El libro y la película

Supongo que Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999) no es una elección obvia. Desde todos los puntos de vista es una película menor, y más si se la compara con mi segunda opción, Blade Runner. Además, el hecho de que se trate de una muy fiel adaptación de la novela del mismo nombre del escritor estadounidense de ascendencia griega Jeffrey Eugenides permite sospechar que buena parte de sus méritos y hallazgos son obra del autor del libro y no de la directora de la película. Y de hecho lo son. Véanse por ejemplo las llamadas telefónicas con las que los cuatro amigos obsesionados con las hermanas Lisbon, ya recluidas en su casa por una madre beata y sobreprotectora, intentan comunicarse con ellas utilizando como herramienta las canciones que pinchan en su tocadiscos. Pero lo que sí hace magistralmente Sofia Coppola es clavar la atmósfera morbosa de la novela, esa neblina ensoñadora, veraniega y melancólica típica del amanecer y que empapa los recuerdos de la niñez en su tránsito hacia la adolescencia de forma similar al flou que adornaba en los años 70 las portadas de la revista Penthouse (el efecto Orton, para los entendidos en fotografía) o la pegajosa e hipnótica languidez del Atmosphere de Joy Division, el Sara de Fleetwood Mac o el Sunday Morning de la Velvet Underground. Canciones de yonquis, ¿se han fijado? Lou Reed, por cierto, explicaba en una entrevista algo que cualquier heroinómano sabe: todos y cada uno de los pinchazos que siguen al primero son tan solo un patético e infructuoso intento de repetir esa primera sacudida de glorioso esplendor estupefaciente. No puedo imaginar mejor metáfora del primer romance adolescente, de ese hipnótico momento en el que las chicas son todavía organismos fascinantes y embriagadores, un misterio merecedor de devoción y al que dedicar años de sacrificada y estéril investigación. Porque el resto de nuestra vida, desvelado ya el enigma femenino, es tan sólo un triste intento de reproducir esa sublime y conmovedora primera descarga de pureza narcótica. Nostalgia, arrebatamiento y adicción. Ese, más que el suicidio adolescente, es el verdadero tema de Las vírgenes suicidas y por eso es mi película. Metadona pura y dura para la inocencia perdida.

La tabla rasa (Steven Pinker, 2002) no es un libro: es un tsunami de napalm capaz de reducir a escombros bibliotecas enteras y de aniquilar la obra de docenas de filósofos, sociólogos, psicólogos, lingüistas, politólogos, antropólogos y pedagogos otrora considerados relevantes. En este sentido, La tabla rasa tiene una innegable dimensión práctica: permite ahorrar estantería. ¿Jean-Jacques Rosseau? Gas mostaza para él. ¿La teoría del buen salvaje? Fosgeno a toneladas. ¿El existencialismo? A la fosa de las Marianas con sus huesos. ¿Lévi-Strauss? Las bolsas de basura deberían fabricarse con el tamaño exacto de sus libros. ¿Ese diletante de buena familia apellidado Marx y que escribía libros de autoayuda en los que comparaba el progreso con “los horribles ídolos paganos que sólo aceptan beber el néctar en el cráneo de los vencidos”? Conmoción y pavor, gas pimienta y escozor.

La tabla rasa también es el libro más estrictamente ateo jamás escrito: ninguna fe, ninguna credulidad, ningún dogma, ninguna ideología redentorista, ningún mito fundacional de la mala conciencia occidental puede sobrevivir tras su lectura. ¿La bondad intrínseca de las culturas indígenas en oposición a la decadente perversión de los herederos de la civilización grecorromana? Fascitis necrotizante para ella. ¿La teoría del sexo y de los roles de género como un constructo social? Toneladas de ébola. ¿El pánico a la desigualdad, al determinismo y al nihilismo? Olas de gas sarín y hostias como panes. ¿El culto al campesinismo, al nacionalismo, al orientalismo y al exotismo? Teleportados a un universo paralelo. ¿El feminismo de la Segunda Ola, las vanguardias artísticas, la pedagogía libertaria? Garrote vil. ¿Esa antropología cuya única función parece ser la de agotar las existencias mundiales de rodilleras? Ya lo decía Borges: más que “un lejano testimonio de la credulidad de los primitivos (la antropología es) un documento inmediato de la credulidad de los antropólogos. Creer que en el disco de la luna aparecerán las palabras que se escriben con sangre sobre un espejo es apenas un poco más extraño que creer que alguien lo cree”.

[Si les interesa este último punto, háganle caso a Nacho Carretero y lean El antropólogo inocente de Nigel Barley.]

De hecho, el problema con La tabla rasa es el de qué leer después. Por supuesto, siempre podemos acudir a algunos de los libros que cita Pinker. El mito de la educación, de Judith Rich Harris; A Natural History of Rape, de Randy Thornhill y Craig Palmer; o The Bell Curve, de Richard Herrnstein y Charles Murray, famoso por su muy polémica afirmación de que las diferencias de puntuación obtenidas por negros y blancos estadounidenses en los test de inteligencia se deben tanto a causas ambientales como genéticas. Pero esos libros son paliativos. Porque tras levantar la vista después de leer la última página de La tabla rasa te topas con un paisaje arrasado en el que tan sólo tres edificaciones continúan en pie: la de la ciencia, la del sentido común y la de la naturaleza humana, encarnada en esa lista de universales (rasgos presentes en todas y cada una de las aproximadamente 6000 culturas del planeta) recopilada por el estadounidense Donald E. Brown y que incluye, entre otros, los colores blanco y negro, las leyes, la agresividad del macho, el estatus, el nepotismo, la división del trabajo por sexos, la etiqueta, el uso de términos distintos para padre y madre, las sanciones, la territorialidad y, ¡Santa María del Amor Hermoso!, la propiedad. También el arte, ya ven. Aunque casi más interesante que lo que aparece en la lista es lo que no aparece en ella. La igualdad, sin ir más lejos.

Antes he dicho que La tabla rasa es el libro más puramente ateo jamás escrito. También es el más político. Porque La tabla rasa hace descender el debate acerca de cómo convivir en sociedad desde las alturas de la inane y repetitiva verborrea académica producida a destajo en centenares de universidades, blogs, libros y periódicos de todo el planeta hasta el espacio común de la naturalidad y la racionalidad. La tabla rasa denuncia y ridiculiza a tantos reyes desnudos con los que hemos convivido durante tanto tiempo que la sensación de vacío existencial que le queda al lector tras leer su última página sólo puede ser paliada con un arranque de nihilismo orgiástico en toda regla. La tabla rasa, en definitiva, supone un baño de realidad hasta para el más fundamentalista defensor de los viejos dogmas de fe igualitaristas.

Pero lo más importante de La tabla rasa es que no dice nada que ustedes ya no sepan. Y ese es, quizá, su mensaje más demoledor. Porque… ¿alguien REALMENTE cree que hombres y mujeres somos iguales? ¿Alguien REALMENTE cree que las niñas juegan con muñecas porque “la sociedad” o “el patriarcado” las ha empujado a ello? ¿Alguien REALMENTE cree que es posible vivir en armonía con la naturaleza, quiera decir lo que quiera decir eso? ¿Alguien REALMENTE cree que los delincuentes son “víctimas de la sociedad”? No, dirán ustedes: nadie cree ya seriamente en esas afirmaciones. Si acaso, un pequeño puñado de deficientes emocionales. Y entonces, ¿por qué nos comportamos y actuamos y legislamos como si esas afirmaciones fueran ciertas? Por ejemplo: la edad penal mínima o el derecho a la reinserción de todos los criminales, incluidos aquellos con delitos de sangre, parte de algunos de esos postulados. O la preferencia por la madre a la hora de otorgar la custodia de los hijos de padres separados. Por supuesto, ustedes son libres de fingir que han olvidado lo leído en el libro. También son libres de seguir mintiéndose a sí mismos para continuar viviendo en un mundo estructurado a partir de premisas erróneas. Si así lo hacen es probable que pasen totalmente desapercibidos como miembros de la manada y que consigan así encajar en el molde que han construido para ustedes los ideólogos de las más mentecatas teorías sociológicas, políticas y pedagógicas de moda. Y follarán más, eso seguro: no hay nada más atractivo que la acaramelada, blanda y opiácea previsibilidad de los prejuicios propios cuando son confirmados por el prójimo. Pero seguirán estando profundamente equivocados. Porque tras la publicación de La tabla rasa, la esclavitud intelectual es 100% voluntaria.

¿Quieren un ejemplo práctico de por qué deberían ustedes leer La tabla rasa? Se lo doy. ¿Recuerdan lo mucho que se han indignado hace apenas unas líneas cuando he mencionado el libro de Herrnstein y Murray en el que se analizan los diferentes resultados obtenidos por negros y blancos en diversos test de inteligencia? Yo no he dicho cuál de los dos grupos obtiene un mejor resultado. Como es obvio, los resultados de esos test, siempre que hayan sido realizados de acuerdo al método científico, no tienen ninguna obligación de coincidir con nuestros prejuicios sociales. Las posibilidades estaban al 50%. Pero ustedes han reaccionado apriorísticamente. No me interesa si han acertado o no: me interesa el hecho de que han actuado como una máquina y se han aferrado a sus dogmas de fe despreciando los resultados de unos test estrictamente científicos y, como tales, susceptibles de ser reproducidos y refutados. De hecho, ni siquiera han actuado como una máquina, sino como la hormiga obrera de unos prejuicios colectivos que se suponen correctos independientemente de que la realidad confirme o refute su pertinencia. Fíjense en la paradoja: ustedes han dado por sentado que los negros son menos inteligentes… pero se han indignado ante la mera suposición. Una suposición que ha sido sólo suya y a la que han llegado sin que nadie les empujara en esa dirección. ¿Esquizofrenia? Ni mucho menos. A ese molde intelectual en el que tanto se esfuerzan en encajar algunos se le llamaba en otras épocas fascismo. Por eso deberían ustedes leer La tabla rasa: porque están enfermos de autoengaño. El diagnóstico no se lo cobro.

Por si les interesa la polémica referente a The Bell Curve, de la que también se habla en La tabla rasa: han acertado, los negros obtuvieron resultados ligeramente inferiores a los de los blancos. El mismo Noam Chomsky, nada sospechoso en este terreno, negó la acusación de racismo contra los autores del libro aún no estando de acuerdo con sus tesis sobre el cociente intelectual: “Una correlación entre raza y cociente intelectual (si se demostrara que existe) no conlleva ninguna consecuencia social, excepto en una sociedad racista en la que cada individuo se asigne a una categoría social y no se le trate como individuo por propio derecho, sino como representante de su categoría. Herrnstein menciona una posible correlación entre la altura y el cociente intelectual. ¿Qué importancia social tiene eso? Ninguna, por supuesto, pues en nuestra sociedad no se discrimina por el hecho de ser más o menos alto”. Como explica Pinker, es evidente que el cociente intelectual de una persona es el que es independientemente de si su causa es medioambiental o genética, así que un racista discriminará a un negro por su (supuesta) menor inteligencia tanto si esta se debe a causas medioambientales como genéticas. Pero les voy a dar una sorpresa: ningún racista discrimina a un negro por su inteligencia. Si así fuera, ese mismo individuo también discriminaría a los blancos, puesto que estos obtienen en dichos test peores resultados que los asiáticos o los judíos. El hecho de que no lo haga demuestra que su problema no es la inteligencia, sino el color de la piel. Claro que, ¿quién dice que los test de inteligencia sirvan para algo más que para medir una habilidad muy concreta, y desde luego no la única, del cerebro humano?

En segundo lugar, los promedios no dicen nada acerca de los individuos considerados aisladamente: aún si se demostrara que las tesis de los autores del libro son correctas, algo que está todavía muy lejos de ser confirmado, seguirían existiendo muchísimos negros mucho más inteligentes que la inmensa mayoría de los blancos y muchísimos blancos mucho más estúpidos que la inmensa mayoría de los negros. Ídem si el resultado de los test fuera exactamente el contrario. El problema, como es obvio, surge A) de esa visión del color de la piel como rasgo definitorio de la identidad del ser humano en vez de como una característica física más, similar a la del número de pie o el tipo de cabello, y B) de esa consideración de la inteligencia como el atributo por excelencia del ser humano, jerárquicamente superior a otros atributos como la fuerza o la resistencia física, el oído musical, la empatía, la belleza, el talento artístico, la capacidad de liderazgo o la fortaleza frente a las enfermedades. ¿Se escandalizarían ustedes si un científico les dijera que los que tienen el pelo rizado tienen menos probabilidades de enfermar de cáncer que los que tienen el pelo liso? ¿O que aquellos a los que les gusta la música clásica tienen una capacidad de concentración ligeramente mayor que aquellos a los que les gusta la música pop? ¿Se escandalizan ustedes ante la evidencia de que los mejores músicos de jazz de la historia han sido negros? ¿O con la de que no existen prácticamente nadadores negros entre la elite de ese deporte? ¿Y esas evidencias son peligrosas por sí mismas o sólo lo son en la medida en que pueden ser utilizadas por fanáticos, psicópatas y dementes para justificar sus atrocidades? Para la naturaleza, la inteligencia no es un atributo más importante o definitivo que cualquier otro que pueda adornar al ser humano. La evolución es ciega y no atiende a categorías morales humanas. Mírenlo así: imaginen un mundo dominado por una o varias potencias asiáticas dentro de 40 o 50 años, algo que entra dentro del ámbito de lo verosímil. ¿Seguirían ustedes considerando la inteligencia como un rasgo jerárquicamente superior a otros rasgos del ser humano o adoptarían una visión fríamente científica sobre el asunto dado que tienen todas las de perder en la comparación? De hecho, es muy dudoso que la inteligencia por sí sola nos haya hecho evolucionar “más y mejor” que la resistencia a las enfermedades, la fuerza física, nuestras habilidades sociales o nuestra capacidad de adaptación al entorno. Un genio del pensamiento abstracto pero asocial, feo como una lamprea tuerta, débil, enfermizo e inflexible tiene muchísimas menos posibilidades de transmitir su carga genética que un soberano merluzo empático, guapo, fuerte, sano y adaptable a cualquier entorno. Así que lo correcto es pensar que nuestro éxito como especie se debe a una combinación de dichos factores. De hecho, no está nada claro que la misma inteligencia que nos beneficia colectivamente como especie nos beneficie en la misma medida individualmente. Piensen en cuál sería su decisión si tuvieran que apostar su dinero por una de estas dos afirmaciones: A) la inteligencia de un sujeto cualquiera es directamente proporcional a su nivel percibido de bienestar psicológico, B) la inteligencia de un sujeto cualquiera es inversamente proporcional a su nivel percibido de bienestar psicológico. Creo que queda claro: nadie apuesta su dinero en contra de lo obvio y ustedes no han sido una excepción.

Si quieren ir un paso más allá: no hay nada en la naturaleza, en nuestras leyes físicas, que diga que “más” es mejor que “menos”. La categorización de “más” como mejor que “menos” es 100% humana, al igual que los conceptos de “arriba” y “abajo”, que no existen en el universo más que como puntos relativos de referencia espacial. Desde el punto de vista científico, los términos “más” y “menos” albergan tanta carga moral como “arriba” y “abajo”, es decir ninguna, y sólo adquieren peso en la medida en que se utilizan en relación a un objetivo cualquiera determinado por el ser humano, ya sea este bondadoso o maligno. De hecho, los principales críticos con las tesis de The Bell Curve, como en su momento lo fue Stephen Jay Gould, no ponen en duda los resultados de los test, sino la asunción de que la inteligencia puede ser reducida a un número, la de que es posible ordenar a los seres humanos de acuerdo a su mayor o menor inteligencia en una línea recta (y no en un plano cartesiano, por ejemplo), la de que la inteligencia está principalmente determinada por la herencia genética y la de que es esencialmente inmutable. Otro conocido crítico con las tesis del libro es Thomas Sowell, un economista liberal heredero de Milton Friedman y George Stigler cuyo color de piel (negro) no le impide ser también uno de los más conocidos detractores de la discriminación positiva. Y si lo que les preocupa es la existencia de racistas, maníacos, perturbados y resentidos, bueno… despreocúpense. Siempre han existido y siempre existirán, y las teorías de higiene racial de los nazis son un aterrador ejemplo de ello. La ciencia sólo les da armas a esos anormales en la medida en la que estos la malinterpretan y la tergiversan. A fin de cuentas, el racismo y la intolerancia también son rasgos susceptibles de ser analizados científicamente, así que cuanto más sepamos sobre el cerebro humano que los produce, mejor.

De todo eso, entre otros muchos temas, habla La tabla rasa. Y por eso es un libro importante.

 


Ricardo Cantalapiedra: Doctor Livingstone, supongo

El mítico doctor David Livingstone (Glasgow,1813–Chitambo, Rhodesia,1873) causó impresión en el mundo en la segunda mitad del XIX. Médico, naturalista y estratega, con 28 años ingresa en la Sociedad de Misioneros de Londres. En 1841 es destinado a las misiones de África en la tribú bantú de Botswana, al sur del Continente negro. Llegó allí como misionero, médico y naturalista; luego demostró que por encima de todo era un explorador inteligente, un pionero muy eficaz. Es significativo que al final de su primer viaje dimitiera de la iglesia a la que había pertenecido. ¿Se apuntó luego a otra iglesia protestante? Solo consta que nunca dejó de ser ferviente cristiano. También llama la atención que no fundara misión alguna en sus estancias africanas. Llevó a cabo otros dos viajes que resultaron muy productivos científica, estratégica y cartográficamente. Cuando volvía a Inglaterra, siempre era para conseguir más ayuda económica. Entre otros muchos descubrimientos, fue el primer europeo que se adentró en el lago Nyassa (hoy Malawi), en 1859, y las espectaculares cascadas del río Zambeze (1855), que él bautizó como Cataratas Victoria en honor de la reina Victoria de Inglaterra.

Livingstone es un enigma. Para mí, sus actividades invitan a pensar que el doctor fue en realidad un espía para entidades comerciales y políticas británicas. No cabe duda, sin embargo, de que fue profundamente religioso y siempre que podía lanzaba algún pequeño sermón a quien se le ponía por delante. Nunca viajaba los domingos, que dedicaba a sus oraciones y ritos.

Inglaterra tenía fuertes intereses en la República Sudafricana. En 1806, Ciudad del Cabo, en manos de la Compañía Holandesa de Indias Orientales desde 1652, pasó a convertirse en colonia británica. En 1797 sucedió lo mismo con el cabo de Buena Esperanza, controlado por los portugueses desde 1487. El Reino Unido quería expansionarse por Tanganica (hoy Tanzania), Zambia, Malawi. Mozambique, Namibia, Angola y otros países de la zona. El norte del Continente ya estaba trillado por los franceses y por Godoy gracias al espía español Doménec Badía i Llebrich, que se infiltró allí como príncipe sirio llamado Alí Bey el Abassí y proporcionó a Francia puntuales informaciones militares, políticas y cartográficas que fueron fundamentales para el afincamiento de los galos en esas tierras casi al mismo tiempo que el predicador trabajaba en el sur del Continente. Livingstone y Alí Bey tienen demasiados puntos en común. El inglés y el catalán utilizaron métodos muy semejantes, aunque Alí Bey hubo de bandearse con pueblos islámicos bien organizados y combativos; Livingstone lo tuvo más fácil porque se encontró con multitud de tribus desorganizadas y sin ninguna estructura unitaria nacional. Todo ese trajín resulta demasiado costoso y llamativo para un simple misionero, lo cual demuestra que el doctor iba allí para otras cosas.

El predicador proporcionó a su país información minuciosa de todos los países que recorrió con su gran comitiva de porteadores, guías, reses y animales en abundancia. También llevaba sextantes, cronómetros, utensilios de topometría, medicinas, almanaque náutico, aparatos para medir la altitud y la humedad, fusiles de caza, carabinas, brújulas, tablas de logaritmos de Thompson, centenares de metros de tela de algodón, cajas de bizcocho, perlas y vidrios sencillos que tenían un gran valor para la ornamentación de los nativos, todos ellos muy dados a tatuajes coloristas y acicalamientos corporales. Además, portaba un gran libro de anotaciones y grandes hojas de papel para sus planos, todo ello guardado en cajas metálicas resistentes a la humedad. Era el único blanco de la expedición. La comitiva de Livingstone parecía más un ejército que una incursión evangelizadora. ¿Son esas las armas propias de un predicador?

Tenía que resultar muy exótico para aquellas tribus subdesarrolladas observar a un míster británico que siempre llevaba consigo a su perrito caniche, Tchitané. El pequeño caniche sobrellevó sin mácula las incesantes penurias y sobrevivió a los ataques de la terrible mosca tsetsé, encargada de liquidar poco a poco pero sin pausa los ganados del doctor y a muchos de sus hombres, eso sin contar las enfermedades tropicales. Sus porteadores eran muy numerosos. Negoció con centenares de tribus, algunas de ellas enemigas entre sí y de idiomas dispares. Tuvo que sortear a los numerosos ladrones que le iban saliendo, muchos de los cuales eran precisamente desertores de sus propias expediciones. Algunas tribus negociaban con los negreros árabes a quienes vendían hijos, mujeres o individuos que no les caían bien. Livingstone les increpaba, pero no porque estuviera mal visto por los dioses, sino porque esos usos acabarían por despoblar los pueblos.

En todos sus viajes tuvo constantes problemas con las caravanas de árabes negreros que habían logrado atravesar con camellos el desierto de Sahara. Dice en El último viaje del doctor Livingstone (Ediciones Grech. Madrid 1987): “Todos los árabes huyen de mí; se diría que para ellos mi nombre encierra la idea de la confiscación de esclavos. No comprenden que sea otro mi objetivo…”. ¿Cuál era el objetivo del doctor? Evidentemente no era acabar con el negocio de los esclavos que luego serían vendidos en los mercados árabes. Su idea era otra, desde luego: informar como fuera al gobierno inglés y a la Royal Geographical Society, tanto en lo referente a la geografía como en la descripción de los pueblos, costumbres, nivel económico, cultivos, posibilidades agrarias y religiones, que eran variopintas o simplemente no existían. A veces les entraba Biblia en mano, pero para los indígenas era como si les hablara en chino. Sorprende la cantidad de lenguas nativas que llegó a dominar. Los últimos años de su vida ya era amigo de los árabes y de los comerciantes indios de Zanzíbar. De hecho, muchos de sus guías y porteadores eran cipayos (miembros de la caballería del imperio otomano) que le causaron serios problemas por su falta de seriedad y por su abulia. En sus incursiones Livingstone tuvo muy en cuenta los anteriores periplos de su compatriota y contemporáneo el extraordinario explorador Richard Burton, una especie de superhombre que llegó a dominar 29 lenguas europeas, africanas y asiáticas.

En su relación con los árabes se daba con frecuencia esta curiosa anécdota: le pedían cerveza, él les replicaba que el Islam prohibía el alcohol; ellos contestaban que “bebían a escondidas”. Las cervezas de los nativos eran un trago largo y duro de graduación muy elevada, el agua de la vida, elaborado a partir de la banana y el maíz; nada que ver con nuestras cervezas. De esta manera consiguió que los árabes se emborracharan cuando a él le venía bien. En esas situaciones aprovechaba para establecer contactos productivos con las caravanas, que le prestaron a cambio datos fundamentales de aquellos países y le permitieron subir a sus goletas para navegar por el lago Nyassa. Los indígenas no disponían de embarcaciones que pudieran atravesarlo. Recorrió Mozambique, Tanganica, parte de Kenia, Uganda, Botswana, Zanzíbar, Zimbawe, Malawi, Zambia…

Los poderosos valedores con que contaba David Livingstone quedan patentes con el gran ejército-expedición al mando del galés Sir Henry Morton Stanley (1841-1904) que partió en su busca. Stanley residía en 1869 en Madrid como corresponsal del diario New York Herald. Hasta la capital española le llegó de su periódico el encargo. ¿Puede un periódico financiar semejante proeza económica y militar para encontrar a un misionero? ¿Quién organizó verdaderamente la magna expedición? No es difícil adivinarlo.

El médico y evangelizador era, por supuesto, otra cosa: doctor Livingstone, supongo.