¿Dónde está María? Topología del más allá

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Crucifixion (Corpus Hypercubus), de Salvador Dalí.

Según algunos teólogos heterodoxos, no iría desencaminado Dalí cuando, en su Corpus Hypercubus, representó a Jesucristo clavado a una cruz tetradimensional (el desarrollo de un teseracto). Puesto que se supone que, tras su resurrección, Cristo ascendió al cielo en cuerpo y alma y allí permanece sentado a la diestra de Dios Padre, el cielo no puede ser un lugar meramente espiritual, ya que ha de alojar a un ente físico; mejor dicho, a dos, pues María también subió al cielo en cuerpo y alma (ambos acontecimientos, la ascensión de Jesús y la asunción de María, son dogmas de fe para el catolicismo). Y un lugar no meramente espiritual más allá de este mundo podría ser la cuarta dimensión. La Iglesia católica no se toma en serio la posibilidad de que el paraíso sea una 4-variedad topológica, pero tampoco ofrece ninguna explicación de la presencia de dos cuerpos humanos en un reino inmaterial.

Esta incoherencia no es la menor de las que hacen del catolicismo ortodoxo un relato delirante (como dice Robert Pirsig, el memorable autor de Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta: «Cuando una persona sufre un delirio, lo llaman locura; cuando muchas personas sufren un delirio, lo llaman religión»), cuya aceptación sin reservas supone un alarmante grado de disonancia cognitiva o modorra cerebral.    

La razón del sueño

El discreto encanto —el encantamiento discontinuo— de la religión estriba, en buena medida, en su capacidad de trasladar a la vigilia la plasticidad mental propia de los sueños (de ahí los rituales adormecedores tan frecuentes en muchas religiones: salmodias, melopeyas, cánticos monocordes, rezos repetitivos, etc.). En este sentido, y aunque no aceptemos la abusiva interpretación de los sueños propuesta por Freud, algunas de sus nociones, como la de «fusión de contrarios», parecen especialmente adecuadas para explicar ciertos aspectos de la mentalidad religiosa. Pues la religión no solo toma de los sueños la idea de una vida incorpórea en otro nivel de realidad, sino también su discurso superrealista.

En los sueños todo es posible, y en sus dominios las cosas más incompatibles pueden coexistir e incluso llegar a confundirse. En el maleable universo onírico, puedes estar simultáneamente en varios lugares o participar en una acción mientras la observas desde fuera, o ser al mismo tiempo joven y viejo, hombre y mujer, víctima y verdugo… Todas las noches pasamos varias horas en el mundo de los sueños, y no es de extrañar que seamos tan sensibles a su discurso nebuloso. Un discurso que, convenientemente adaptado al mundo de la vigilia, puede convertirse en un eficaz instrumento de dominación, pues para quienes asumen la caótica lógica onírica nada es inaceptable: un Dios supuestamente justo y misericordioso puede infligir un castigo eterno a quienes incumplen sus mandamientos, y aunque ese Dios sea omnisciente y sepa de antemano todo lo que vamos a hacer, somos libres y plenamente responsables de nuestros actos.

Creer en el infierno, o pensar que la predestinación es compatible con el libre albedrío, no es menos absurdo que aceptar un silogismo como: «Todos los hombres son mortales, Sócrates es un hombre, luego Sócrates es inmortal». ¿Hay que concluir, pues, que los más de mil millones de católicos que hay en el mundo están locos? Solo en parte; lo que ocurre es que, afortunadamente, hay muy pocos creyentes absolutos y sin sombra de duda: la inmensa mayoría son «hombres de poca fe», como nos recuerdan los propios Evangelios. El pensamiento onírico que subyace a la devoción es un claro ejemplo de «pensamiento discreto», que sucumbe de forma intermitente al discontinuo encantamiento de una religión que alterna las proposiciones más razonables con los preceptos más irracionales. Proposiciones tan razonables como la fraternidad universal y preceptos tan irracionales como la prohibición del aborto, la eutanasia o la homosexualidad.

Quienes criminalizan el aborto, llegando incluso al extremo de considerarlo un asesinato, lo hacen desde el supuesto de que un feto es una persona de hecho y de derecho. Y atribuirle «personalidad» (condición de persona) a un embrión humano es tan insensato como pensar que las montañas y los ríos tienen consciencia. Un católico puede creer que Dios nos insufla un alma inmortal en el momento de la concepción y que el aborto es un pecado, una alteración de los designios divinos; pero no puede sostener, si no es desde el irracionalismo más obtuso, que un feto es una persona a la que se asesina al abortar. Al ser humano se lo define como animal racional, y la Iglesia acepta esta definición. Sin raciocinio no hay existencia psíquica propiamente dicha. Cogito ergo sum no es la máxima de un ateo, sino de un gran pensador cristiano.

Por la misma razón, desconectar a un enfermo terminal que desea poner fin a su calvario puede ser, para un creyente, una ofensa a un Dios que se reserva en exclusiva el derecho de dar y quitar la vida y de administrar el sufrimiento, pero no un asesinato. Un Dios arbitrario y cruel, dicho sea de paso; pero allá cada cual con sus creencias. Siempre, claro está, que esas creencias no intenten imponerse a los demás e invadir ámbitos extrarreligiosos, como el código penal o la deontología médica. ¿Qué pasaría si los testigos de Jehová, que no admiten los trasplantes de órganos ni las transfusiones de sangre, boicotearan activamente estas prácticas? ¿Y si piquetes de musulmanes impidieran el acceso a los locales donde se sirven bebidas alcohólicas?

Pensamiento enrevesado

En vano intentó Galileo que los jerarcas de la Iglesia contemplaran la Luna con su telescopio. Nuestro satélite, puesto por Dios en el cielo para mitigar la oscuridad nocturna, solo podía ser una esfera perfecta, y si un instrumento fabricado por el hombre mostraba protuberancias e irregularidades en su superficie, el instrumento se equivocaba. ¿Demencial? Por supuesto. Pero no seamos demasiado duros con nuestros antepasados: muchas personas, cuatro siglos después, evitan sistemáticamente contemplar lo que podría poner en entredicho sus creencias. En mayor o menor medida, todos lo hacemos a veces.

En ocasiones pensamos al revés: en lugar de reflexionar a partir de los datos objetivos para llegar a una conclusión, partimos de una conclusión preestablecida —es decir, de un prejuicio— para determinar si los datos objetivos son aceptables o no. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; por lo tanto, los fósiles mienten y el evolucionismo es una falacia. La tortura es incompatible con la democracia; por lo tanto, puesto que vivimos en democracia, no hay tortura… Esta forma de pensamiento al revés («enrevesado» en estricto sentido etimológico) puede llegar a ser constitutiva de delito, como en el caso de la negación del Holocausto; pero a menudo sustenta creencias muy difundidas y supuestamente respetables.

Razón y fe

¿Son compatibles la razón y la fe? En teoría, sí. Hay creencias que, aunque estén más allá (o más acá) de la razón, no son necesariamente antirracionales. No se puede demostrar racionalmente la existencia de Dios, y ningún teólogo se toma ya en serio los cinco argumentos de Tomás de Aquino (por no hablar del argumento ontológico de Anselmo de Canterbury, que no pasa de ser un ingenioso juguete filosófico). Pero tampoco se puede demostrar racionalmente la inexistencia de Dios, sea lo que fuere. En principio, razón y fe no tienen por qué chocar, puesto que son trenes que marchan por distintos raíles.

Pero cuando la fe incurre en contradicciones flagrantes puede descarrilar e invadir el carril contrario, exigiéndole a la razón inverosímiles acrobacias para eludir el choque frontal. Se puede creer en un Dios omnisciente; pero no se puede afirmar que Dios lo sabe todo y acto seguido decir, por ejemplo, que no sabe leer. Un Dios a la vez omnisciente y analfabeto es una contradicción in terminis, y no lo es menos un Dios bondadoso capaz de infligir un castigo eterno: una monstruosa absurdidad que solo se explica en la medida en que es la única baza eficaz de la represión religiosa, pues, para que un castigo a infligir en un mundo intangible y sub specie aeternitatis sea disuasorio, tiene que ser infinito. Y por más que Juan Pablo II y luego Francisco intentaran quitarle hierro —y fuego— al concepto diciendo que el infierno «no es un lugar sino la situación de quien se aparta de Dios», sigue vigente, como dogma de fe, la noción de un castigo eterno. Si el estatuto topológico del cielo (¿4-dimensional?) y del infierno (¿0-dimensional?) es confuso, el concepto de «justicia divina» inherente a tal antítesis es tan perverso como delirante, y hoy como en la Edad Media para ser un católico ortodoxo hay que dejar de pensar. No en vano se llama «pastores» a los obispos y otros líderes religiosos.


Medirse el ano

Hay un cura por ahí pidiendo a gritos que le midan el ano. No sé si están al corriente.

Le acusan de ser homosesual, que es como se dice homosexual en los círculos en los que no suele decirse mucho. En concreto su obispo, monseñor no se qué, dice de él que es mariquita y además no de las graciosas, ojo, sino de las practicantes. Y le acusa de practicar concretamente con un seminarista que, para más película, ha resultado ser jovencito, guapo y cubano. Como Asdrúbal, pero en beatus ille. Cómo te has quedado.

Tan seguros están de esto en la diócesis de Getafe que han expulsado al cura de su parroquia de Fuenlabrada aunque no por praxis mariquita, dicen ellos, sino por “motivos pastorales”. Antes de que el escándalo saltase a los medios obligaron a Andrés García Torres, que así se llama el sacerdote, a pasar un peritaje psiquiátrico. “Me preguntaron si había sufrido abusos de mis padres, si les había visto mantener relaciones sexuales […] y me obligaron a hacerme la prueba del VIH”, denuncia el sacerdote para concluir que fue “humillante y degradante”. Que lo fue, con toda seguridad. El cura, a todo esto, niega rotundamente ser homogay o que lo sea el seminarista en cuestión aunque, por el otro lado, hay también quién le relaciona con otros escándalos sexuales y niega que el seminarista sea siquiera seminarista. Es un follón, como ven, de tres pares de copones. El asunto, digo. Sus feligreses, en todo caso, le apoyan –“el Diablo se esconde detrás de la decisión del obispo”, anunció el otro día una señora en un acceso de contención y mesura– y el cura tiene el caso en el Tribunal de la Rota. Y lo último ha sido, lo que les digo. Aparecer de nuevo en los medios de comunicancia de masas pidiendo que alguien le mida el culo: “Que midan mi ano –propone–, a ver si lo tengo dilatado”.

Y no sería el primero. Las comparaciones son odiosas pero a Paul Verlaine, por ejemplo, príncipe de los poetas, también le midieron el hojaldre.  Fue a raíz de la demanda de divorcio interpuesta en 1871 por su esposa, Mathilde Mauté, que lo acusó de sodomía después de que el poeta la abandonase y se fugase con Rimbaud –para further information y para ver a Leo DiCaprio de jovencito, consúltese la excelente película de 1995 Total eclipse–. Y también se lo midieron a Alan Turing, por ejemplo, padre de la computación y de su famoso test homónimo. Héroe de guerra y brillante matemático, fue acusado de sodomía en 1952, condenado y castrado químicamente. Se suicidó dos años después a consecuencia de las terribles lesiones de la castración comiendo una manzana envenenada con cianuro. Por algo parecido pero sin acabar en suicidio pasó el matemático y premio Nobel John Forbesh Nash, acusado y condenado por sodomía también en 1954 aunque en la correspondiente película –A beautiful mind, 2001– Ron Howard decidiese pasar por alto ese detalle. Sobre Turing no hay biopic, gracias a Dios, pero nótese la leyenda, nunca confirmada ni desmentida oficialmente, de que el nombre de la compañía Apple y su logo –una manzana mordida– homenajean precisamente al genial inventor de la informática.

Pero a estos tres, claro, en el año catapún. Del culo coetáneo del cura Andrés extraña –o extrañaría; condicional simple, también llamado postpretérito– que le aplicasen semejantes greatest hits del siglo XIX. Estamos en el XXI, quiero decir; no podemos ir por la vida midiéndonos el culo los unos a los otros. Pero es que se ha sabido, oh sorpresa, oh oportuno uso del condicional, que el propio sacerdote escribió en 2006 un ensayo, llamémoslo así, titulado Carta a un homosexual. El escrito disfrutó en su día de una amplia difusión en circuitos católicos e incluso hoy día puede leerse en www.autorescatólicos.org.

En él el párroco se muestra henchido todo él de pío amor al prójimo, concretamente al prójimo homosexual, al que dice objeto de una “obsesión viciosa terrible” que “hará de tu vida un infierno”. Toma castaña. Al homosexual desconocido le recomienda “ir a un psicólogo para que te ayude, no a uno que te pervierta, es decir, que te diga que eso es normal” para después bucear por las posibles “causas de tu tendencia: pudo ser una violación o abuso que sentiste de pequeño, una madre que te dominó en exceso, […] una experiencia negativa sexual que tuviste”. Y concluye el cura que la senda de la homosexualidad lleva “a la depresión y el intento de suicidio” y que “al final, si el SIDA no te ha matado y te haces viejo, encontrarás un vacío existencial terrible”.

Y claro; de aquellos polvos estos lodos –sin doble sentido–, porque por giros inesperados de los caminos del señor, que no por nada son inescrutables, el cura Andrés se ha visto ahora objeto del depurado método diagnóstico del mariconismo galopante que antes, no obstante, defendía con pasión, dedicación y poca vergüenza. Antropología cristiana, lo llaman en el obispado. Sabe Dios, nunca mejor dicho. Y el tema, lógicamente, le ha parecido una experiencia “humillante y degradante”. Sin que nadie, a todo esto, entone ni un triste nos ha jodido mayo.

Así que, pues nada. Por más que clame el cura Andrés por activa y por pasiva –sin doble sentido– seguramente no encuentre más simpatías entre el pueblo soberano que la de la señora aquella que hablaba del Diablo, que no es mucho decir. Quiero animarles, desde aquí, a que tampoco le presten las suyas de ustedes. Por si acaso, quiero decir. Por no casarse con nadie. Sabida es la humana afición a encontrarle a todo un bueno y malo pero a veces hay historias, pocas pero las hay, en las que uno no encuentra al bueno por más que lo busque. Y en todo caso de esto pienso yo Andresito, querido amigo, que ahí nos las den todas; si es que sí porque sí y si no, porque no, la cosa es que entre pitos y flautas –sin doble sentido– te has granjeado enemigos por todo el espectro de opinión ampliamente dilatado –sin doble sentido– que va del lobby homosexual a la Iglesia católica. Que mira que es complicado, quiero decir, caerle mal por igual a Rouco Varela y a Boris Izaguirre. Pero tú lo has conseguido, ya ves. Enhorabuena. Con la simple reducción de la orientación sexual a una cuestión de estrechez de culo. Que quién lo hubiera dicho. Y además te han sacado bien mono en www.protegeatushijos.org. Retratado para la posteridad, o sea. Que disfruta del pastel.