Viaje en cinco saltos hasta el mismísimo fin de los tiempos

El Ojo de gato, una nebulosa planetaria formada por las emisiones de plasma y gas ionizado de una gigante roja durante el último tramo de su vida. Fotografía: NASA / ESA / HEIC / STScI / AURA.

Si dos personas se diesen cita junto a un tablero de ajedrez y disputaran una partida tras otra hasta completar todas las que es posible jugar con arreglo a las normas tradicionales, esas dos personas jugarían un vigintillón de partidas. Un vigintillón es esto:

1 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000

No hace falta que pierda tiempo contando los ceros, ya le decimos nosotros cuántos tiene: ciento veinte. Por eso los números como este no se suelen escribir así, como una avalancha de cifras. Lo habitual es escribirlos abreviadamente recurriendo a la notación científica:

10120

Cuando se trata de números grandes, los divulgadores y los científicos suelen aportar comparaciones vistosas para ayudarnos a comprender sus magnitudes gigantescas. Algo frecuente, por ejemplo, es decir que hay una cantidad de tal o cual cosa mayor que el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra. Esa clase de comparaciones, sin embargo, solo tienen sentido hasta que se alcanzan ciertas magnitudes, y dejan de tenerlo con las que son todavía mayores. Sería absurdo comparar un vigintillón (1) con el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra, por ejemplo, o acaso con todos los granos de arena que hay en todos los planetas de nuestra galaxia. Un vigintillón es un número mucho mayor que el número de átomos que existe en el universo (2).

Esta es la razón por la que podemos derrotar a las máquinas jugando al ajedrez (3). No es posible construir un disco duro capaz de almacenar todas las partidas que se pueden jugar con treinta y dos fichas y el tablero reglamentario de sesenta y cuatro escaques. Incluso cuando fuese un disco duro extremadamente eficaz y emplease un único átomo de materia para almacenar una partida de ajedrez entera, sencillamente no hay suficientes átomos en el universo para construir ese disco duro.

A los seres humanos nos pasa algo muy parecido a esto. Somos incapaces de hacernos una idea de las magnitudes que representan realmente los números grandes. Aunque suele decirse que eso tiene mucho que ver con la biología y con nuestra propia evolución —entenderlos no representaba una ventaja cuando vivíamos en las selvas y en la sabana, por eso no nos hemos dotado con esa capacidad a través de la selección natural—, eso es cierto solamente en el caso de los números grandes «menos grandes», por llamarlos de alguna forma. En el caso de los números grandes «más grandes», la cosa es más sencilla: nos ocurre lo mismo que a los ordenadores. Incluso si nuestras habilidades matemáticas fuesen mejores de lo que son, estamos hablando de cantidades que exceden la cantidad de neuronas que hay en un cerebro o la cantidad de operaciones que puede realizar mentalmente un ser humano a lo largo de toda una vida.

En este artículo recorreremos el tiempo hacia delante y nos adentraremos muy profundo en el futuro, tan profundo que quizá lleguemos al punto en el que el propio tiempo se acabe. Encontrará usted muchas cifras y serán cifras muy grandes, pero no encontrará muchas comparaciones que le ayuden a comprender lo grandes que son realmente. La razón es que son números inimaginablemente grandes. Fuesen cuales fuesen esas comparaciones, sencillamente no les harían justicia.

El día que muera la próxima estrella (100 años en el futuro)

El 30 de abril del año 1006 apareció un punto de luz en el cielo y en cuestión de pocas horas se convirtió en el objeto más brillante del firmamento. Durante los tres meses siguientes pudo verse a todas horas, tanto de día como de noche, pero luego se atenuó lo suficiente como para aparecer solamente después de la puesta de sol, como hacen las estrellas y los planetas. En una crónica china de la época se dice que aquella «estrella invitada», como ellos la llamaron, brillaba tanto que los objetos arrojaban sombra durante las noches de luna nueva. Un astrónomo egipcio, Alí ibn Ridwan, precisó en sus comentarios al Tetrabiblos de Ptolomeo que emitía tanta luz como la luna durante sus cuartos. Y en la abadía de San Galo, en los Alpes suizos, los monjes anotaron que aquel resplandor variaba porque la estrella misteriosa, «de un modo maravilloso, algunas veces parecía contraerse, otras difuminarse e incluso a veces se extinguía» (4). Algunos creen que aparece retratada en unos petroglifos de la cultura hohokam, en Arizona, con la forma de un objeto celeste como radiante y expansivo, algo más parecido a una explosión (5).

Si la intención de los hohokam fue esa —retratar una explosión—, entonces fueron ellos los que estuvieron más acertados. Aquella estrella, en realidad, era una supernova, la detonación con la que terminan su vida los astros con más masa. Y se piensa que su magnitud aparente llegó a ser de −7,5, dieciséis veces mayor que la de Venus, el cuerpo más brillante de nuestro firmamento (6). SN 1006, como la conocemos hoy en día, fue la supernova más intensa que ha presenciado la humanidad a lo largo de la historia. Los restos de la explosión se redescubrieron en 1965 dentro de nuestra propia galaxia, a unos 7900 años luz de la Tierra (7).

Los restos de la supernova SN 1006. Fotografía: NASA / ESA / Zolt Levay / STScI.

Si le da envidia este acontecimiento y se dice que sería emocionante ver algo así con sus propios ojos, está usted de enhorabuena: la probabilidad de que llegue a hacerlo no es absurdamente remota, como suele pasar con la astronomía. De hecho, la posibilidad de que estalle una supernova en la Vía Láctea y de que sea visible desde la Tierra sin necesidad de instrumentos ópticos es del veinte por ciento en los próximos cincuenta años (8). Y si quiere mejorar su suerte, sabemos incluso en qué dirección debe mirar. Salga a la calle durante una noche despejada, vuelva la mirada hacia la constelación de Orión y busque la estrella rojiza que ejerce como hombro del cazador. Esa es Betelgeuse. Si alguna estrella cercana va a explotar pronto, es esa (9).

Palabra clave: cercana. Betelgeuse es la mejor candidata a convertirse en supernova entre las estrellas que conocemos bien y que están relativamente cerca de la Tierra. También es la que causaría una de las supernovas más espectaculares en nuestro cielo, ya que es una supergigante roja (la clase de estrella más grande que existe) y la estrella de esta clase que está a menos distancia de la Tierra (a unos 700 años luz). Es tremendamente improbable, eso sí, que lo haga mañana o pasado mañana o que sea la próxima en hacerlo (10), pero soñar es gratis y Betelgeuse nos está haciendo soñar últimamente. Hace unos cuantos meses era una de las diez estrellas más brillantes del cielo nocturno, pero ahora mismo ni siquiera está entre las veinte primeras. A finales de 2019 comenzó a perder luminosidad, y a mediados de 2020, cuando firmamos esta pieza, brilla un treinta y seis por ciento menos de lo habitual. Es normal que el resplandor de Betelgeuse cambie: a fin de cuentas, es una estrella variable (11), pero no es normal que lo haga tanto y con tanta rapidez.

Además, las estrellas como Betelgeuse tienen una esperanza de vida cortísima. Nuestro sol, por ejemplo, lleva brillando 4500 millones de años y lo seguirá haciendo otros tantos más, pero Betelgeuse tiene solo diez millones de años y seguramente le quedan unos cien mil, nada más. Las estrellas con tanta masa sencillamente son así, tan grandes y calientes que solo existen brevemente. Tienen más materia que las otras, pero también la fusionan a un ritmo mucho mayor y acaban con ella mucho antes. En el último tramo de su vida, cuando se dedican a fusionar elementos cada vez más pesados y lo hacen cada vez con más rapidez, sufren sacudidas parecidas a las que está sufriendo Betelgeuse. Pierden y ganan luminosidad, cambian de tamaño súbitamente y la temperatura en sus superficies experimenta variaciones vertiginosas. Son los estertores de una estrella.

El día que mueran todas las estrellas (100 años-1012 años en el futuro)

Cuando una estrella muere, expulsa sus capas exteriores hacia el espacio interestelar. Si la estrella tiene un tamaño modesto, parecido al del Sol y hasta diez veces mayor, lo hace mediante pulsos, contrayéndose y expandiéndose. Si la estrella tiene más masa, entonces se desata una única explosión violentísima, una supernova. El efecto es igual en ambos casos: los materiales esparcidos se mezclan con los restos de otras estrellas y con más gas interestelar, se aglutinan por efecto de la gravedad y dan lugar al nacimiento de nuevos astros y planetas.

Enrique III el Negro, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, observa la supernova acontecida en el año 1054 desde la ciudad italiana de Tivoli. Imagen: DP.

Sin embargo, las estrellas no diseminan todo su material por el espacio en el momento en el que mueren, solo el que integraba sus capas exteriores. Las capas interiores y el núcleo, en cambio, se contraen por efecto de la gravedad y forman un cuerpo caliente, pequeño y compacto que los astrónomos llaman «remanente» estelar. Las estrellas más modestas, que son la inmensa mayoría, se convierten de esta forma en una enana blanca, un cuerpo con un diámetro parecido al de la Tierra y una densidad monstruosa. Las estrellas de mayor tamaño, en cambio, se comprimen todavía más y forman una estrella de neutrones, un cuerpo celeste pequeñísimo, de diez o doce kilómetros de diámetro, e inimaginablemente denso. En el caso de las más grandes, la compactación no se detiene nunca y toda la materia se concentra en un punto infinitamente pequeño e infinitamente denso: un agujero negro. Estos remanentes, los tres, son estériles. La materia que acopian no regresará al medio interestelar y no contribuirá a la formación de nuevos astros (12).

Esto les pasará a todas las estrellas y esta es la razón por la que estas, simplemente, dejarán de nacer algún día. Aunque aparecen nuevos astros constantemente y lo hacen a partir de los restos de otros, la materia en circulación es cada vez menos. A medida que pasa el tiempo, a medida que las generaciones de estrellas se vayan relevando unas a otras, los remanentes estériles abundarán más y las fértiles nebulosas de gas donde se forman los nuevos sistemas estelares abundarán menos. Nacerán menos estrellas y serán más pequeñas y llegará un día en el que simplemente dejen de hacerlo.

No sabemos qué aspecto tendrá el universo entonces, dentro de 1010años aproximadamente, pero sí sabemos un detalle: que será rojo y mucho menos luminoso. Ya no quedarán estrellas azules, blancas o amarillas —como lo son ahora en función de su masa y su temperatura—, solo las más pequeñas de todas, las enanas rojas. Y las enanas rojas, ya lo dice su nombre, alumbran poco y lo hacen con luz roja. Eso sí: en lo tocante a la longevidad, no tienen competidor. Del mismo modo que las estrellas grandes viven poco porque fusionan su material enseguida, las enanas rojas viven durante un plazo de tiempo inconcebiblemente prolongado, ya que lo hacen a un ritmo muy lento (13). Se cree que las estrellas más pequeñas del universo, las enanas rojas de cerca de 0,1 masas solares, pueden vivir hasta 1012 años. Eso significa que las primeras enanas rojas que prendieron en el cosmos —y lo hicieron pronto, solo unos cientos de miles de años después del Big Bang— no solo siguen activas hoy en día; es que ni siquiera han superado el uno por ciento de su vida. Desde que el mundo es mundo, todavía no ha dado tiempo a que muera ni una sola de ellas.

El día que muera el último átomo (1012-1040 años en el futuro)

El día que se apague la última enana roja habrá acabado la era estelífera, la era de las estrellas, y dará comienzo la era degenerada. Que no le engañe su nombre, no se lo pusieron buscando dramatismo (14). En realidad, alude a la materia degenerada, la sustancia de la que están hechos los remanentes de las estrellas.

Parte de las estrellas que se acumulan en el centro de la Vía Láctea en una imagen tomada por el telescopio espacial Hubble. Fotografía: NASA / ESA / T. Brown.

Los cuerpos celestes que persistan para entonces serán estos mismos remanentes: enanas blancas, estrellas de neutrones (y las variaciones más exóticas de las estrellas de neutrones, como los púlsares, los magnetares y las estrellas de quarks) y agujeros negros (y sus propias variaciones exóticas: los cuásares). A los seres vivos, que solemos fijarnos solamente en los intercambios de energía, podría parecernos que esta no es la peor de las noticias. A fin de cuentas, las enanas blancas brillan, los púlsares también emiten grandes haces de radiación desde sus polos y los cuásares hacen fundamentalmente las dos cosas, solo que a una escala mucho mayor y con muchísima más potencia. Pero debe recordarse que estos objetos no generan esa energía, tanto si es térmica como cinética. La generaron en su día, cuando eran estrellas, y ahora solo la conservan. El brillo de las enanas blancas es más bien incandescencia, emiten luz debido a su temperatura altísima; los púlsares absorben y disparan la materia que hay en sus inmediaciones porque giran sobre sí mismos a una velocidad vertiginosa, hasta cientos de veces por segundo; y los cuásares, cuyos campos gravitatorios son potentísimos, ponen esa energía en circulación gracias a la fricción que se produce en sus discos de acreción descomunales. Pero ninguno de ellos ni ninguna otra clase de remanente estelar es capaz de poner en marcha la nucleosíntesis, de desencadenar la fusión de los átomos y de transformar materia en energía.

Poco a poco, las enanas blancas irán perdiendo temperatura, las estrellas de neutrones irán perdiendo velocidad y finalmente unas y otras se apagarán y se detendrán completamente. No sabemos cuánto tardarán en hacerlo. Una estimación muy repetida (15) dice que las enanas blancas podrían tardar unos 1015 años en convertirse en enanas negras, es decir, en cuerpos fríos e inertes constituidos por materia degenerada. El plazo en el que lo harán las estrellas de neutrones es incluso más incierto, pero el resultado será parecido.

Durante la era degenerada, el cosmos será un lugar oscuro, aunque habrá algún chispazo de cuando en cuando. En los sistemas binarios de enanas blancas, por ejemplo, las órbitas se acercarán hasta hacer que los dos cuerpos colisionen y estalle una supernova. Y algunas enanas marrones (grandes objetos gaseosos a medio camino entre un planeta y una estrella) que llegasen a colisionar de esta misma forma podrían reunir materia suficiente entre las dos como para empezar a fusionar y alumbrar alguna pequeña estrella tardía. Estas estrellas, las últimas estrellas del universo, serán enanas rojas y serán increíblemente longevas, pero da igual, el reloj tampoco se detendrá entonces. Poco a poco, eón a eón, también ellas se desvanecerán. El cosmos, ya sí que sí, será un lugar a oscuras.

Algunos creen que será entonces cuando la propia materia comience a desintegrarse. Aunque la longevidad de las partículas subatómicas es un tema muy discutido, algunos de los modelos de física de partículas más populares predicen que la vida media del protón (las partículas estables y con carga positiva que forman parte de los núcleos atómicos) es de 1038 años aproximadamente (16). El decaimiento de los protones es un asunto complejo y fascinante que daría para muchas páginas de curiosidades, pero aquí nos quedaremos solo con una: aunque el universo llegue a ser totalmente oscuro, no llegará a ser totalmente frío, al menos no todavía. A medida que sus protones decaen y sus átomos se desintegran, algunas de las enanas negras que sobrevivan irradiarían partículas subatómicas y la radiación podría alcanzar valores de hasta 400 vatios en cada una de ellas. El horno microondas de cualquier cocina emite el doble que eso y más, pero dentro de 1039 años ese será el poder que tengan las mayores estrellas.

El día que muera el último agujero negro (1040-1092 años en el futuro)

Dentro de 1040 años, un átomo se desintegrará en algún rincón del cosmos y será el último en hacerlo. A partir de ese momento ya no existirá nada mayor que un núcleo atómico en todo el universo.

Seguirán existiendo, eso sí, los agujeros negros, y dese cuenta de que eso no constituye una excepción. Aunque solemos referirnos a ellos con ligereza y los llamamos «grandes» y «pequeños», lo cierto es que los agujeros negros son infinitamente pequeños. Lo que es grande o pequeño es el diámetro de su horizonte de sucesos, el espacio alrededor de esa singularidad central en el que la velocidad de escape es superior a la de la luz y entonces ya nada puede circular en dirección contraria a la suya, debe hacerlo siempre hacia ella. Si pudiésemos viajar a las inmediaciones de un agujero negro y contemplarlo desde una distancia prudencial, ese horizonte de sucesos se dibujaría con nitidez frente al fondo luminoso y colorido que presenta el cosmos hoy en día y tendría un aspecto parecido al de una esfera negra, pero eso es algo engañoso. Lo que estaríamos viendo con los ojos seguiría siendo un espacio, una región, no un cuerpo sólido con masa. Masa tiene la singularidad central, y esa está confinada en un volumen infinitamente pequeño.

El agujero negro de la galaxia elíptica M87, primer objeto de su clase en ser fotografiado. Fotografía: EHT / ESO.

En 1974, el físico Stephen Hawking descubrió que los agujeros negros emiten una forma de radiación térmica y que al hacerlo pierden masa (17). Aunque ocurra con una lentitud que desafía al entendimiento, los agujeros negros también se evaporarán poco a poco y al final, puf, desaparecerán completamente. Hawking calculó que los más pequeños que se forman naturalmente, los que tienen el equivalente a tres masas solares, tardarían 1068 años en desvanecerse. Los mayores, los agujeros negros supermasivos que se encuentran en el centro de las galaxias, y que a veces toman la forma de cuásares, tardarán 1092 años en hacerlo. Merece la pena pararse a pensar un segundo en esta cantidad, 1092. Es un número mayor que el número de partículas subatómicas que hay en el universo.

Si pregunta usted a un astrofísico, a un matemático o a cualquier otro profesional del ramo por la muerte del universo, es probable que le digan que ocurrirá más o menos en esta fecha, dentro de 1092 años, o en todo caso cuando el último agujero negro se encoja y desaparezca. Con él se irá también la última fuente energética del cosmos, la última forma de radiación, y el universo se habrá parado totalmente, se habrá enfriado completamente, habrá tocado fondo y habrá cesado para siempre. El universo habrá muerto, larga vida al universo.

El último día del mundo (1092-∞ años en el futuro)

¿Y después? Después de eso, poco más. Fotones, partículas subatómicas y una eternidad, esos son los ingredientes de esta sopa. Los dos primeros no son gran cosa, pero el tercero sí lo es. Algunos dicen que con ese ingrediente se pueden hacer muchas cosas.

La energía oscura tiene mucho que ver con el destino final del cosmos. Si hubiese una cantidad suficiente de ella, es probable que la expansión del universo acabase desgajándolo hasta la mismísima escala cuántica. A medida que el propio espacio se expandiese y lo hiciese cada vez a mayor velocidad —ese es precisamente el efecto que parecer tener la energía oscura en nuestro mundo—, disminuiría progresivamente la cantidad de espacio con la que se puede interactuar. Pongámoslo así: un fotón saldría del punto A y se dirigiría hacia el punto B a la velocidad de la luz, pero el espacio mismo que separa A y B estaría expandiéndose a una velocidad mayor que esa. Nuestro fotón hipotético, por tanto, jamás lograría alcanzar el punto B. Se dedicaría a viajar eternamente en su dirección y, pese a eso, estaría cada vez más lejos de él y también del lugar del que salió, el punto A. El diámetro dentro del cual la materia interactúa es gigantesco hoy en día, pero se está reduciendo a medida que la expansión del universo acelera. Si esa expansión sigue acelerándose, llegará el día en el que la distancia entre los puntos A y B sea menor que una galaxia, menor que un sistema estelar, menor que un planeta y menor que un átomo. Todas las distancias se harán infinitas y esto impedirá que tenga lugar cualquier proceso, sea el que sea, y que tenga efecto cualquier fuerza. A eso se lo llama «Big Rip», el Gran Desgarramiento (18).

El Cúmulo de Pandora, un cúmulo de galaxias también conocido como Abell 2744, en una fotografía tomada por el telescopio espacial Hubble en 2014. Fotografía: NASA / ESA / STScI.

Si el Big Rip no tuviera lugar, entonces el espacio-tiempo podría acabarse de otras formas. Los partidarios de la teoría del Big Freeze, por ejemplo, se atienen al hecho de que el cosmos empezó siendo algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso, y nos recuerdan que las leyes de la termodinámica son muy claras al respecto: algo así solo puede derivar hacia lo infinitamente grande, lo infinitamente frío y lo infinitamente vacío. Y cuando las magnitudes físicas alcancen ese valor, o valores muy cercanos a ese, no cabe esperar que pase algo, sea lo que sea. El universo simplemente habrá sufrido la muerte térmica, se habrá alcanzado el grado máximo de entropía y los procesos físicos habrán cesado permanentemente. No ocurrirá nada que arrample con todo ello porque en esas condiciones no podría ocurrir nada. El mundo no acabará por una razón sencilla: ya se habrá acabado. En el mejor escenario solo habrá fotones en circulación y los fotones no experimentan tiempo, así que incluso hablar de eternidad carecería de sentido. El tiempo, que ahora es real, entonces será una ficción matemática, algo que solo existe en el plano de lo ideal y lo hipotético. The End.

Los partidarios del Big Crunch, por el contrario, admiten que algo así tendrá lugar, pero sostienen que ese no será el final del cosmos. Después de separarse al máximo, dicen ellos, la gravedad será la única fuerza capaz de afectar significativamente a las partículas subatómicas, por lo que podrían comenzar a reunirse de nuevo y hacer que la materia volviera a concentrarse poco a poco. Primero habría átomos, después moléculas y después volverían a existir trazas de material sólido. Al final, toda la materia del universo colisionaría, se compactaría y se convertiría en algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso. El mundo, en otras palabras, terminaría con una implosión, y su resultado sería la aparición de una nueva singularidad de proporciones cósmicas y el estallido, quizá, de un nuevo Big Bang (19).

Y otros piensan que este Big Bang no es algo extraordinario, que ha ocurrido muchas veces en el pasado y que lo volverá a hacer indefinidamente en el futuro. La cosmología cíclica conforme, propuesta por Roger Penrose, es una de las tesis con más predicamento en los últimos años, en parte porque reconcilia visiones del futuro lejanísimo que parecían incompatibles hasta hace unos cuantos años. Este Big Bounce o Gran Rebote, como algunos lo llaman, tendría el mismo efecto que el Big Crunch, la reunificación de la materia, pero derivaría de algo más parecido al Big Freeze, la muerte térmica del cosmos. ¿Cómo? Ay, sería largo de explicar. A través de efectos cuánticos extravagantes y de procesos que tienen que ver con la geometría de la causalidad, fenómenos demasiado enjundiosos para detenernos de forma pormenorizada en ellos. Si le interesa, le recomendamos un par de lecturas en el capítulo de notas de este artículo (20) y le anticipamos que, de todos los cataclismos físicos y matemáticos que empiezan por «Big», este es el único que no acaba en la negrura y la nada. Al contrario: el cosmos podría haber existido una, dos, cuatro, mil, un millón y hasta un vigintillón de veces antes y después de nosotros. Y nuestros ajedrecistas hipotéticos, a fin de cuentas, sí podrían jugar sus 10120 partidas, todas las que permiten las reglas del juego. Si pensamos que no podrían, nos dice Penrose, fue porque pecamos de pocas miras, porque corrimos a echar cuentas sin levantar antes la mirada del tablero. Porque no nos dimos cuenta de que nosotros somos las fichas y de que el propio universo es el juego.

La región de formación de estrellas S106. Fotografía: NASA / ESA.


Notas

(1) Debe recordarse que, igual que un billón (en español) no es la misma cantidad que un billion (en inglés), tampoco lo son un vigintillón y un vigintillion. En lo tocante a los nombres de las cifras grandes, en los países hispanohablantes solemos usar la escala numérica larga (en la que cada nuevo nombre representa una cifra un millón de veces mayor que la anterior) y en Estados Unidos y en Reino Unido se usa normalmente la escala numérica corta (en la que cada nuevo nombre representa una cifra mil veces mayor). Cuando decimos, en español, «un vigintillón», estamos diciendo 10120. Cuando se dice, en inglés, «one vigintillion», se está diciendo 1063.

(2) Un vigintillón es 10120. El número de átomos en el universo oscila entre 1078 y 1082. Gott, J. Richard et al., «A Map of the Universe», The Astrophysical Journal, vol. 624, n.º 2, 2005.

(3) Algo que demostró Claude Shannon en 1950, razón por la cual hemos puesto su nombre a esta cifra y la llamamos «número de Shannon». Aunque él estimó que era 10120, hoy se cree que el número de Shannon es mayor, en torno a 10123. Shannon,  Claude E., «Programming a Computer for Playing Chess», Philosophical Magazine, ser.7, vol. 41, n.º 314, 1950.

(4) Aquellos monjes también precisaron en sus Annales Sangallenses maiores que la estrella apareció «in intimis finibus austri», tan al sur como el sur llega. Suiza es el punto más septentrional donde quedó documentado el fenómeno celeste y allí tuvo que verse solamente en junio y apenas por encima del horizonte. La constelación del lobo, donde apareció la nueva estrella, está ubicada en el hemisferio sur, pero en verano puede verse completamente hasta los 35° de latitud norte y solo parcialmente si es más al norte que eso. Stephenson, Richard F., Clark, David H. y Crawford, David F., «The Supernova of 1006 AD», Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, vol. 180, 1977.

(5) Cuando se trata de petroglifos, pintura rupestre y otras formas de arte prehistórico, las interpretaciones son siempre especulativas. Hamacher, Duane W., d«Are Supernovae Recorded in Indigenous Astronomical Traditions?»,  Journal of Astronomical History and Heritage, vol. 17, n.º 2, 2014.

(6) La magnitud aparente de un objeto celeste equivale al brillo que tiene al observarse desde la Tierra, pero fuera de la atmósfera. La magnitud aparente progresa de forma logarítmica y representa más resplandor cuanto más pequeño es el número. Las estrellas más débiles que alcanzamos a ver con nuestros ojos tienen una magnitud aparente de 6; la estrella más brillante, Sirio, de -1,5; Venus, de -4,4; la Luna llena, de -12,6; y el Sol, de -26,8.

(7) Goldstein, Bernard R., «Evidence for a supernova of A.D. 1006», The Astronomical Journal, vol. 70, 1965.

(8) La última supernova que estalló en la Vía Láctea y fue visible desde la Tierra lo hizo en 1604. La última supernova visible desde nuestro planeta tuvo lugar en 1987 y estalló en una galaxia vecina, la Gran Nube de Magallanes. En nuestra galaxia hay dos supernovas cada siglo, aproximadamente, pero tres de cada cuatro no llegan a verse a simple vista. Es preciso que no ocurran demasiado lejos, que no duren demasiado poco y que no se interpongan entre ellas y nuestro planeta nubes de polvo y gas interestelar. Sobre la probabilidad de observar una supernova desde la Tierra en los próximos cincuenta años, Adams, Scott M. et al., «Observing the Next Galactic Supernova», The Astrophysical Journal, vol. 778, n.º 2, 2013. Sobre la frecuencia de las supernovas en la Vía Láctea, Diehl, Roland et al., «Radioactive 26Al from massive stars in the Galaxy», Nature, vol. 439, n.º 7072, 2006.

(9) En palabras del astrofísico Alex Filippenko, «ninguna estrella de la que tengamos noticia tiene más posibilidades de convertirse en supernova antes que Betelgeuse».

(10) Lo más probable es que la próxima estrella que se convierta en supernova dentro de la Vía Láctea sea alguna a la que no nos hayamos anticipado, bien porque la desconozcamos totalmente o bien porque esté muy lejos y sepamos poco sobre ella.

(11) Los registros de su brillo sugieren que Betelgeuse gana y pierde luminosidad siguiendo dos ciclos, uno de seis años y otro de cuatrocientos días, aproximadamente. Algunos creen que lo que ha ocurrido en este momento es que los dos ciclos han coincidido y que Betelgeuse está experimentando un pico a la baja del que comenzará a recuperarse pronto.

(12) Hay excepciones, en particular cuando estos remanentes interactúan entre sí o con astros ordinarios en el contexto de sistemas binarios.

(13) Hay otra razón que explica la longevidad de las enanas rojas. La convección hace que los materiales puedan circular y que todo su hidrógeno tenga acceso al núcleo, donde se transforma en helio. En las estrellas grandes, por el contrario, el hidrógeno de las capas exteriores no pasa por el núcleo y no llega a experimentar la fusión.

(14) El nombre lo pusieron Fred Adams y Greg Laughlin en The Five Ages of the Universe, una obra de referencia en lo tocante al tiempo profundo y el futuro lejanísimo. Desde su publicación en 1999 se ha normalizado el uso de la cronología de cinco eras que proponían Adams y Laughlin en aquel libro, incluso entre astrofísicos y académicos. Estas eras son la era primordial, la era estelífera, la era degenerada, la era de los agujeros negros y la era oscura.

(15) Barrow, John D. y Tipler, Frank J., The Anthropic Cosmological Principle (Oxford Paperbacks, 1986).

(16) Son predicciones que se hacen desde la teoría de la gran unificación, pero otras hipótesis con mucho sustento confieren al protón una vida de hasta 10200 años. Adams, Fred C. y Laughlin, Gregory, «A dying universe: The long-termfate and evolution of Astrophysical objects», Reviews of Modern Physics, vol. 69, n.º 2, 1997.

(17) Aunque se han aportado distintos cálculos y algunos de los procesos cuánticos involucrados están descritos solo de forma muy vaga, la mayoría de los astrofísicos y los matemáticos consideran que la radiación de Hawking es algo fundado y probado. Steinhauer, Jeff, «Observation of quantum Hawking radiation and its entanglement in an analogue black hole», Nature Phys vol. 12, n.º8, 2016.

(18) Con frecuencia se dice que, si el Big Rip tuviese lugar, sería dentro de 22000 millones de años aproximadamente. Eso es en algún momento avanzado de la era estelífera, muchísimo antes del momento en el que ocurrirían los otros «Bigs», como el Big Freeze o el Big Crunch.

(19) Todos estos escenarios son conjeturas y la del Big Crunch es la más especulativa de todas. De las cuatro fuerzas fundamentales que rigen los procesos físicos (la fuerza nuclear débil, la fuerza nuclear fuerte, el electromagnetismo y la gravedad) la gravedad es la que nos resulta más familiar y la que mejor comprendemos intuitivamente, pero también es la peor documentada en el modelo estándar de física de partículas y la que más desconocemos en grado fundamental.

(20) Penrose presentó su tesis en una conferencia de 2006 titulada «Before the Big Bang: An Outrageous New Perspective and Its Implications for Particle Physics», que puede leerse aquí. Se trata de un texto muy celebrado por sus dobles sentidos y su retórica informal, aunque resulta inaccesible sin conocimientos muy avanzados de física de partículas. Para los profanos es mucho más recomendable la lectura de su libro de divulgación Cycles of Time: An Extraordinary New View of the Universe, publicado en 2010.


Diez distopías ballardianas

J. G. Ballard. Foto: The British Library Board (DP)

«Es el espacio interior, y no el exterior, el que hace falta explorar. El único planeta verdaderamente extraño es la Tierra». Lo dijo el visionario novelista J. G. Ballard (Shanghái, 1930-Londres, 2009). Y lo demostró creando una oscura constelación de cuentos y novelas, distopías surreales en las que el progreso tecnológico no trae robots ni viajes por el espacio, sino catástrofes que convierten al mundo en un infierno y al ser humano en un pelele.

Aunque Ballard es más conocido entre la multitud por las adaptaciones fílmicas de sus libros autobiográficos (El imperio del sol, que narra su infancia en un campo de concentración japonés), autoeróticos (Crash, el accidente de tráfico como acto sexual definitivo) o antropológicos (Rascacielos, sobre el comportamiento del bicho humano en cautividad), no hay que olvidar que centró la primera mitad de su carrera literaria en la construcción de apocalípticos futuros próximos, donde el individuo se ve obligado a comulgar con su destino o morir en el intento.

A continuación, pasaremos revista a una decena de distopías ballardianas, narraciones en las que el autor británico nos muestra estampas desoladoras, pero no exentas de belleza: con retorcido lirismo, Ballard celebra en cada novela el fin de la civilización y la llegada de un nuevo y flamante orden natural.

El viento de ninguna parte (1961)

«Primero llegó el polvo… Un polvo rojo, que se amontonaba en espesas capas, empezó a cubrir las calles. En Londres, el viento derribó los edificios más endebles, y forzó a las líneas aéreas a suspender su servicio. Entonces, empezó a aumentar la velocidad del viento». Un inexplicable fenómeno provoca un huracán de violencia inusitada, que alcanza los novecientos kilómetros por hora y destruye bosques, ciudades y hasta las pirámides blindadas construidas por los supervivientes más ricos. Indefensa, la humanidad se ve condenada a malvivir en zulos, túneles, sótanos y demás construcciones subterráneas.

Ballard siempre consideró esta ópera prima escrita en diez días como una especie de entrenamiento literario. Aunque la catástrofe que sirve de punto de partida es atractiva y original, más de un crítico ha subrayado el hecho de que la narración adolece de ciertos fallos técnicos; por ejemplo, sería imposible que nadie sobreviviera ni un instante a un viento de semejante velocidad, pues arrastraría proyectiles letales para cualquier ser vivo. Pero, en el fondo, eso es lo de menos: lo suyo es sumergirse en la narración y, como un personaje de Ballard, dejarse arrastrar por ese huracán cósmico, implacable y atronador como el grito de un dios cabreado.

El mundo sumergido (1962)

Tras el deshielo de los casquetes polares, la Tierra se encuentra completamente inundada. En un Londres sumergido, casi irreconocible por el clima tropical y la vegetación selvática que sepulta los edificios, un biólogo llamado Robert Kerans estudia con malsana apatía el cambio climático que ha provocado la catástrofe.

Instalado en el ruinoso Hotel Ritz, Kerans sufre una especie de síndrome de Estocolmo que lo lleva a ponerse de parte de un desastre natural que supone el fin de nuestra civilización. Bestias salvajes, plantas tropicales, altas temperaturas… La naturaleza desbocada del mundo sumergido es rica y fértil, pero peligrosamente hostil para el ser humano.

Fascinado por el húmedo cataclismo, Kerans desobedece a sus superiores, se queda en la zona inundada y se adentra en la selva virgen. Para él, abandonarse a la catástrofe, la locura y la muerte es la única puerta de entrada al nuevo mundo: «Dejó la laguna y entró en la selva, y al cabo de unos pocos días había perdido el rumbo y caminaba a orillas del agua hacia el sur, bajo el calor y la lluvia crecientes, atacado por caimanes y murciélagos gigantescos, como un segundo Adán en busca de los olvidados paraísos del sol renacido».

Ciudad de concentración (1962)

En esta pesadilla urbanística, el protagonista, Franz M., inventa un objeto volante y busca en vano un espacio abierto para probarlo, en una ciudad enmarañada y caótica en la que no existen claros de más de cien metros cuadrados. Para hacernos una idea de la situación, digamos que Franz vive en el Sector 493, compuesto por 250 distritos, que a su vez pertenece a la Unión Local número 298, compuesta por 1500 sectores adyacentes. El clima que provoca este entrópico laberinto urbano resulta extremadamente alienante y claustrofóbico para sus habitantes: podríamos jurar que, como una jungla sintética, la ciudad ha crecido sola, ajena a la voluntad y a la lógica humanas. 

Cada vez más desesperado, Franz busca un punto de fuga que lo lleve más allá de la selva de asfalto: no sueña con un descampado ni mucho menos con una pradera; le bastaría una simple placita. Pero ni la encuentra, ni logra salir de una metrópolis que parece ilimitada, donde el transporte público te devuelve una y otra vez al punto de partida: «Cientos de huecos de ascensores atravesaban la estación y el laberinto de plataformas, escaleras mecánicas, hoteles y teatros parecía una réplica deforme de la ciudad misma».

La sequía (1964)

Tras décadas de vertidos industriales, el mar desarrolla una capa tóxica que no permite la natural evaporación del agua, cosa que provoca una disminución paulatina de las nubes y una ausencia total de lluvias. Y mientras un sol de justicia seca las tierras y los organismos, la humanidad abandona las urbes y se agrupa en campamentos rurales en los que se raciona el agua como si fuera oro líquido. 

El protagonista de la novela, Charles Ransom, navega a la deriva por la orilla de un río, víctima de una fuerte crisis de identidad: su psique deshidratada se mimetiza con el árido paisaje. Así, mientras otros supervivientes emprenden un éxodo hacia la costa, en busca de reservas de agua, Ransom decide quedarse en la zona seca, reptando por los patios de casas abandonadas, vagando en las piscinas vacías, secándose entre las ruinas de un universo ajado y polvoriento: «Cruzó las pilas de escombros y bajó al río, echando a caminar hacia el lago, a lo largo de la desembocadura cada vez más ancha. Alisadas por el viento, las dunas blancas cubrían el lecho del río como olas inmóviles. La arena tersa y sin marcas brillaba con los huesos de miríadas de peces».

Playa terminal (1964)

Traven es un militar varado en una isla que ha sido utilizada como escenario de varias pruebas nucleares y que ahora es proyección psicosomática de su creciente ruina mental. Tras las explosiones, la isla ha quedado reducida a un árido espacio en el que la arena y unas cuantas palmeras anémicas sirven de aderezos naturales a un paisaje sintético exento de fauna y compuesto por bloques de hormigón, autovías de asfalto, lagos artificiales y búnkeres abandonados. 

La isla es como un «Auschwitz del alma» en el que Traven malvive, cada vez más flaco y piloso, encerrado en un búnker, hojeando obsesivamente viejas revistas. Ajeno a la cercanía del mar y a la ausencia de comida, solo sale de su encierro para explorar el santuario interior de la isla, fuente de oníricas alucinaciones. 

Día a día, Traven va mutando en Homo hydrogenensis, nueva y decrépita especie llamada a ocupar el lugar del Homo sapiens tras el holocausto nuclear: «La isla invirtió la máxima geológica que reza que “la llave del pasado está en el presente”. Aquí, la llave del presente está en el futuro. Esta isla es un fósil del tiempo futuro, y los búnkeres y los bloques son sus exoesqueletos».

El mundo de cristal (1966)

Un médico británico que atiende por Edward Sanders es enviado a una remota región de África para ayudar a combatir una rara variante de la lepra. En el camino descubre que un inexplicable fenómeno se está produciendo: la selva se cristaliza. Y, con ella, plantas, animales, personas y todo lo que pueda contener. 

Mientras busca causas y efectos, el protagonista se recrea en la violenta belleza de la catástrofe: el helicóptero que parece un dragón de diamantes, el sacerdote cristalizado en su iglesia como un Cristo brillante, el bosque transmutado en una vasta gruta cristalina… Testigo alucinado, Sanders recorre la novela con fría desidia, quizá porque intuye la irrelevancia de la inteligencia en un cosmos netamente mineral. ¿Qué postura debe tomar un espécimen humano ante una plaga cristalizadora que mata, pues elimina la vida, pero también preserva, puesto que congela el tiempo? Finalmente, en un rapto tan conradiano como delirante, Sanders viaja río arriba para fundirse con el bosque cristalino, siguiendo el irresistible impulso de formar parte de esa brillante eternidad. A la postre, la cristalización vendría a ser una suerte de iluminación mística, una inerte e incorruptible inmortalidad que tiene un alto precio: renunciar para siempre al propio ego.

El día eterno (1966)

El mundo ha dejado de girar, el tiempo se ha detenido y los relojes han muerto, pasando a formar parte de la perenne flora de un paisaje apocalíptico. Este fenómeno provoca que cada lugar del globo tenga una luz y un clima perennes. Por poner tres ejemplos, en Saigón siempre es medianoche, en Londres no pasan de las seis de la tarde y en Trondheim reina un perpetuo e invernal mediodía, en que las nieves y los árboles devoran las ciudades y el sol inmóvil hace que sea imposible dormir.

Buscando un punto medio entre el día y la noche, un tal Halliday se instala en Columbine, Sudáfrica, donde la luz estática es siempre crepuscular. Allí logra dormir, pero el crepúsculo eterno perturba sus sueños y lo sume en un estado entre lisérgico y contemplativo, que Ballard usa de percha para sus proverbiales descripciones psicopaisajísticas: «Desde el balcón del hotel vacío, Halliday miraba por encima del río seco las sombras inmóviles en el suelo del desierto, el crepúsculo africano, infinito y continuo, que lo llamaba prometiéndole el cumplimiento de unos sueños perdidos. Las dunas oscuras, tocadas las crestas por la luz espectral, se alejaban como olas de un mar de medianoche».

La isla de cemento (1974)

El arquitecto Robert Maitland conduce su Jaguar a toda velocidad cuando, debido a un pinchazo, pierde el control del coche, se sale de la autopista y cae a un espacio baldío, mucho más abajo: un triángulo yermo entre tres carreteras que conforma una especie de isla de cemento y hierba. Herido e incapaz de salir de ese espacio, Maitland tendrá que desencadenar su lado salvaje para sobrevivir. 

Pese a las apariencias, La isla de cemento es otra gran distopía: el protagonista ha naufragado en un espacio urbano no planificado, que geográficamente está muy cerca de la civilización, pero a efectos psíquicos se encuentra tan lejos como el planeta Venus o la isla de Robinson Crusoe. Como otros antihéroes ballardianos, Maitland se acaba identificando con el paisaje de la isla de cemento, y se da cuenta de que dominarlo supone un reto mucho más importante que escapar de él. «Yo soy la isla», llega a decir, reconociendo en voz alta su propia alienación y su separación espiritual de un mundo moderno que solo le ofrece un narcotizado horizonte de tedio eterno. Porque, como el propio Ballard ya nos advirtió, «el futuro será aburrido. Como un vasto y monótono suburbio del alma».

Hola, América (1981)

Casi un siglo después de una brutal crisis energética que provocó una emigración masiva, los Estados Unidos se han convertido en un fantasmal desierto. A la costa yanqui llega un barco europeo que trata de descubrir la procedencia de una nube radiactiva que atravesó el Atlántico. 

Los expedicionarios que bajan del barco cruzan el continente seducidos por las oxidadas ruinas del sueño americano, emprendiendo un hipnótico peregrinaje que culmina en la ciudad del pecado: «Las ruletas detenidas y las luces agonizantes de los hoteles de Las Vegas se reflejaban en la pradera del desierto ahogado: un espejo violento que mostraba todo el fracaso y la humillación de América». En Las Vegas flotan los fantasmas de cuarenta y seis presidentes de los Estados Unidos, capitaneados por el actual mandatario, Charles Manson, que planea apretar el botón nuclear y borrar América del mapa.

Hola, América es reflejo surreal de una cultura suicida, en cuya alma hueca todavía aúllan los ectoplasmas de los indios aniquilados y de los pioneros traicionados. Rica en paisajes apocalípticos, la novela da la razón a los ecofascistas que ven en el desierto el estado natural de nuestro planeta y consideran la vida humana como una especie de enfermedad. 

El día de la creación (1987)

Destinado a una remota región de África subsahariana, el doctor Mallory es un médico rural que pretende en vano detener el avance del desierto sacando agua de pozos en el lecho seco de un lago. Por casualidad, tras arrancar un viejo árbol para ampliar una pista de aterrizaje, un soldado a cargo de Mallory rompe un acuífero subterráneo que da forma a un nuevo río. En cuestión de semanas, lo que antes era un secarral se convierte en un frondoso bosque lleno de plantas, insectos y animales. 

Sin embargo, Mallory se siente humillado por la naturaleza y por ese río espontáneo que consiguió en un instante lo que él no logró en años, y que es fértil reflejo de su fracaso. Acompañado por una joven nativa, Mallory agarra una barca y emprende demencial un viaje río arriba para tratar de cegar las fuentes del río y devolver la región al desierto. Si la catástrofe no se produce, habrá que inventarla, parece decir la historia: la pulsión destructiva humana en toda su miseria y en todo su esplendor: «Ahora Dios existe, Mallory, es posible que vuelva usted al Edén para destruirlo, un mesías de la era de la televisión por cable».


El que trae las catástrofes (una reflexión sobre Brian Aldiss y la naturaleza)

El ojo del silencio, de Max Ernst.

Hay un aspecto de la ciencia ficción de Nueva Ola de los sesenta del que quizás no se haya hablado lo bastante. De acuerdo, los escritores de la Nueva Ola odiaban la ciencia ficción clásica. Odiaban a los extraterrestres, las naves espaciales y los robots. Odiaban las guerras de las galaxias, los viajes interestelares y temporales. Odiaban el pulp. Les gustaba la experimentación, el modernismo, William Burroughs, los paisajes interiores, la oscuridad, las drogas y el radicalismo. Lo que no se señala a menudo es que también eran unos grandes amantes de la naturaleza.

La naturaleza es, en efecto, uno de los grandes temas de la ciencia ficción de la Nueva Ola. Es obvio en las novelas de «desastres naturales» que escribió J. G. Ballard en los sesenta: El viento de ninguna parte, El mundo sumergido o La sequía, donde una naturaleza hambrienta y onírica regresa para llevarse de vuelta lo que le robó la civilización. Es obvio en la posciencia ficción «ecologista» de Ursula K. Le Guin, que después de rechazar todas las utopías del progreso hegeliano en Los desposeídos, construye su nueva Arcadia en la naturaleza renacida de los valles californianos de El eterno regreso a casa. Y es obvio también en Heliconia, la obra cumbre de Brian Aldiss, que es en muchos sentidos una elegía monumental a la naturaleza y un testamento a los intentos condenados del hombre para imponerse y elevarse sobre ella.

Es fascinante que, en la misma década en que se hace realidad el inicio de la exploración espacial (del Sputnik al Apolo 11), la gran nueva corriente de la literatura de ciencia ficción asuma como bandera el fracaso de la tecnología, de la civilización, de la cultura. El apocalipsis ecológico se vuelve chic. El LSD construye paisajes surrealistas que se tragan al hombre. El astronauta se cae en el pozo de gravedad infinito de su propia psique.

Las primeras (y espectaculares) emergencias en la obra de Brian Aldiss de la naturaleza —como concepto y como realidad— parecen un caso de retorno de lo reprimido sacado de un manual de psiquiatría freudiana. Un chaval fan de H. G. Wells y de la revista Astounding Stories de los años treinta se alista en el Real Cuerpo de Señales del Ejército británico y es enviado al teatro del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial. Conoce Sumatra, China y la India y entra en combate en Birmania (años más tarde asegurará que mató en combate a un soldado japonés, pero que tardó años en desbloquear el recuerdo). A su regreso a Inglaterra, se integra rápidamente en el establishment literario, empieza a publicar en Faber and Faber, traba amistad con autores como C. S. Lewis y Kingsley Amis e inicia una carrera de antólogo y agitador cultural que se extenderá durante cinco décadas. Y entonces, hace algo inusitado en ese entorno literario. Empieza a publicar ciencia ficción, su inspiración original como lector.

Aldiss siempre afirmará que sus años en Asia lo marcaron de por vida y le impidieron ver Inglaterra más que como un lugar gris e incapaz de excitar la imaginación. Sin embargo, nunca fue capaz de escribir directamente sobre Asia. Sus tres primeras grandes novelas llegan en el espacio de cinco años: La nave estelar (1959), Invernáculo (1962) y Barbagris (1964). Las tres están protagonizadas (el verbo está elegido deliberadamente) por mundos calurosos, húmedos e invadidos de vegetación selvática, como las junglas de Birmania. Las tres son historias peripatéticas; peregrinaciones de hombres rotos por paisajes inhumanos, cámbricos, terribles. Las tres son oscuras, crueles y caóticas y ni les interesa la construcción de personajes ni el verismo científico ni ofrecer alivio ni aliento al lector. En ellas, los humanos no estamos en el centro de ninguna creación. Somos insectos. Somos comida. Las podríamos llamar la «Trilogía Distópica de Aldiss», si no fuera porque el término no hace justicia a la originalidad ni al radicalismo de sus planteamientos. Más que distopías, son pesadillas. Los elementos oníricos son explícitos, junglas de Max Ernst, espectros del inconsciente, alusiones claras a la estética surrealista. El paralelismo con Ballard también es claro: la primera edición de El mundo de cristal (1966) lleva como imagen de cubierta El ojo del silencio de Max Ernst, mientras que una década más tarde Ballard escribirá Compañía ilimitada de sueños, la gran novela neosurrealista británica.

Los fantasmas de la selva de Birmania no son los únicos monstruos reprimidos que emergen en la obra de Aldiss. Barbagris proyecta otro trauma interior en forma de pesadilla sublimada. Un mundo donde la gente fue esterilizada hace décadas y donde ya solo queda una población menguante de gente anciana que nunca pudo tener hijos. La novela, que consolidó a Aldiss como el gran escritor británico de ciencia ficción de su generación, no trata de la ancianidad, según su autor. Su escritura es resultado de la pérdida que sufrió al romperse su primer matrimonio y marcharse su primera esposa, Olive Fortescue, a vivir con los hijos de ambos a la isla de Wight. A solas en una habitación de un barrio deprimido de Sheffield, Aldiss concibió una historia donde las resonancias personales retumban en su momento histórico. Corren mediados de los sesenta y una gran parte de la población se ha convertido en ancianos prematuros que contemplan desconcertados cómo los jóvenes han huido a un mundo desconocido. Arrancado de su adolescencia por la guerra y devuelto a un país y a una generación deprimidos de los que no se siente parte, Aldiss llega ligeramente tarde a la revolución de los sesenta, con cuarenta años cumplidos. Atrapado entre dos mundos. Y aunque no vivirá de primera mano las drogas y el rock de los hippies, sí se convertirá en uno de sus grandes evangelistas literarios.

A lo largo de la década de los sesenta, Aldiss se consolida como autor inclasificable y provocador. Su obra narrativa bascula entre dos polos, que podríamos llamar lo onírico macabro y lo satírico macabro, y su actitud de renegado (y bocazas) le granjea detractores en el picajoso ramo de la ciencia ficción. Todavía no han irrumpido plenamente el concepto y el empuje de la Nueva Ola (que deben mucho a los trabajos críticos del mismo Aldiss), ni tampoco se ha roto (aunque ya se tambalea) el dogma del realismo científico. En 1962 se publica Invernáculo, novela que retrata una Tierra en rotación sincrónica en torno al Sol (con un lado siempre iluminado y otro siempre en la sombra), y a la Luna atrapada en un punto troyano de la órbita terrestre y unida a la Tierra por telarañas de arácnidos gigantes. La novela es un triunfo tan grande de imágenes alucinógenas, paisajes expresionistas y desolación existencial que, a fin de cuentas, poco importó que el comité de asesores científicos del editor dictaminara que los elementos físicos de la historia no tenían ni pies ni cabeza, ni que James Blish calificara el libro de «chorrada absoluta» y criticara a Aldiss por ignorar las leyes fundamentales de la física.

Dos de las opiniones de Aldiss que más escuecen en ese momento son la imposibilidad de que los cuerpos más pesados que la luz rebasen su velocidad y la improbabilidad de la vida extraterrestre. No es de extrañar que en los años sesenta esto cabreara a muchos, considerando que esas dos ideas sustentaban el noventa por ciento de la ciencia ficción de la Edad de Oro, cuyos popes (Asimov, Clarke, Heinlein) seguían en activo. De hecho, Aldiss fue más allá y escribió una novela, Los oscuros años luz (1964), que se burla salvajemente de ambos conceptos. Auténtica obra maestra que fusiona la alegoría política de Wells con la sátira de Swift, Los oscuros años luz parodia las historias de un primer encuentro con una civilización extraterrestre para mostrarnos que nuestra perspectiva está tan contaminada por prejuicios culturales, basura política y nuestra convicción de estar en el centro del universo que, de producirse dicho encuentro, sería un auténtico disparate. La otra dimensión del libro es una sagaz metáfora sobre el colonialismo y la historia de los pueblos. Aldiss culmina la década de los sesenta con otras dos distopías negrísimas, Earthworks (1965, inédita en español) y Criptozoico (1967), las dos imbuidas de sueños y alucinaciones (o viajes en el tiempo reformulados como sueños), así como de elementos del amour fou surrealista y del cherchez la femme del hard-boiled.

Hacia 1968, el panorama de la ciencia ficción ya ha cambiado lo bastante como para permitir a Aldiss un golpe de timón. En realidad, Aldiss ya había dado pasos de gigante para desligar la ciencia ficción del verismo científico e introducir elementos de fantasía, sátira política, literatura de vanguardia, modernismo o expresionismo. Pero ahora ha llegado la Nueva Ola, y ya son muchos los que están rompiendo el molde por todos lados. En 1967, la revista emblemática del movimiento, New Worlds, publica una nueva novela de Aldiss previamente rechazada por varias editoriales. Se trata de Informe sobre Probabilidad A, una historia que ya solo puede calificarse de ciencia ficción si uno entiende este género como exploración de vanguardia de ciertos conceptos científicos no tratados antes de forma artística. Más influida por Beckett, Borges o Flann O’Brien que por nada previamente considerado ciencia ficción, se trata, en palabras de Paul Di Filippo, de «una regresión infinita de voyeristas cósmicos centrada en torno a una enigmática pintura, mientras el movimiento de la nouveau roman invade la ciencia ficción».

A Informe sobre Probabilidad A le siguen otras obras ya abiertamente experimentales como A cabeza descalza (1969), famosa por ser esa novela en que unas drogas hacen hablar a los personajes como Finnegans Wake; Frankenstein desencadenado (1973), tour de force metaliterario sobre un viajero temporal que viaja a la época de Mary Shelley y —también— al argumento de Frankenstein; The Eighty Minute Hour (1974), una space opera satírica en formato operístico; El tapiz de Malacia (1975), una ambiciosa fantasía neorrenacentista con ecos de Borges, Calvino o Shakespeare; Enemigos del sistema (1978), otra sátira sangrante ambientada en un futuro donde la humanidad ha alcanzado la sociedad perfecta, cien por cien racionalista, socialista y políticamente correcta; y La otra isla de Moreau (1980), la segunda de sus deconstrucciones de los clásicos de la ciencia ficción y última obra publicada antes del clímax monumental que será Heliconia.

No es que la etapa experimental de Aldiss se cierre del todo con Heliconia. Sin embargo, tiene sentido que, llegado este punto, Aldiss se canse de las infinitas posibilidades de trastear con la ciencia ficción. A fin de cuentas, corren los años ochenta. Ya no tiene sentido seguir vapuleando los postulados de la Edad de Oro ni demostrando que la ciencia ficción puede ser la punta de lanza de la experimentación literaria. Ahora los enemigos son otros.

En su balance de aquella época, Aldiss comenta que en plena recesión mundial de los ochenta es casi imposible contemplar literariamente un futuro en expansión. Esto lleva a un dominio aplastante durante estos años de la fantasía por encima de la ciencia ficción. Por otro lado, «los autores de ciencia ficción están desmoralizados por las películas de ci-fi multimillonarias de los últimos años, y a menudo intentan imitar sus disparates. Y aunque los escritores de basura siempre pueden salir adelante, los de nivel intermedio se ven aplastados por los cambios del mercado y la filosofía del marketing». Entretanto, añade, los autores de la generación previa, como Asimov, Clarke y Heinlein, se contentan con entregar malas imitaciones de su trabajo anterior y recibir adelantos desmesurados por ello, lo cual también resulta desmoralizador.

En este contexto, es fácil entender que Aldiss quisiera dar un puñetazo en la mesa y reivindicarse no solo a sí mismo, sino también la escena literaria de vanguardia a la que pertenecía. Y se propuso hacerlo, en un guiño a Wells, con «una nueva clase de romance científico» que «resultara sustancial incluso comparado con las obras de Olaf Stapledon». Y ciertamente lo consiguió, tanto por su contenido como por su envergadura. Investigada durante dos años y escrita y publicada a lo largo de un lustro (1981-1985), Heliconia alcanza las mil seiscientas páginas, divididas en tres volúmenes titulados Primavera, Verano e Invierno. Ni el Stapledon más ambicioso podría haber concebido un proyecto semejante.

Más allá de una reivindicación de la novela de ciencia ficción y de sus posibilidades artísticas, Heliconia también es síntesis y compendio de los intereses filosóficos y de la obra previa de Aldiss. En realidad, la diversidad de argumentos y géneros de sus obras de los setenta puede eclipsar el hecho de que Aldiss se había mantenido fiel a una serie de temas y argumentos: el principal es que la humanidad, siendo parte de la naturaleza, se ha opuesto a ella, lo cual solo puede llevar al desastre. Esto ha sucedido a nivel de especie, haciéndonos perder nuestra conexión y cercanía con la Tierra. Y, más importante, como individuos nos hemos «civilizado» en detrimento de una serie de pulsiones (sexo, guerra, brutalidad) que están condenadas a reaparecer siempre. La otra gran hubris de las culturas humanas es su convicción de ocupar el centro de la creación, de no conocer su ubicación ni su historia reales, una ignorancia a la que contribuyen los sistemas políticos y religiosos. Este último tema se extiende sin interrupción desde La nave estelar hasta Heliconia.

Es imposible resumir el espectro colosal de temas, ideas y argumentos que hay en Heliconia. En un esfuerzo máximo de síntesis, se puede decir que la novela trata de un planeta que, debido a su posicionamiento respecto a una estrella binaria, tiene un año equivalente a dos mil quinientos años de la Tierra. Esto provoca variaciones climáticas tan descomunales que sus civilizaciones no pueden sobrevivir a ellas, sino que evolucionan hasta la modernidad durante los periodos estivales y en el apogeo del invierno regresan a las culturas neolíticas y a la vida en el subsuelo y luchan contra la extinción. Uno de los temas del libro es la memoria, la fragilidad de la cultura y de la conexión con el pasado y el significado civilizatorio de instrumentos como la escritura o la representación artística y la máquina.

El otro gran tema de Heliconia es el conflicto con la naturaleza. Esto se formaliza por medio de dos vías. En primer lugar, mostrando a los personajes sobre el gigantesco telón de fondo de su planeta en momentos en los que tanto este como el clima están experimentando cambios. Para dar una idea adecuada de la escala de la vida en Heliconia, cada uno de los volúmenes de la saga muestra un punto de transición distinto dentro del gigantesco arco del Gran Año Heliconio. Pero la segunda vía es la introducción en la historia de otra especie inteligente: se trata de los phagors, una especie de humanoides-bestias astados y lanudos, con quienes los humanos viven en simbiosis. Esta simbiosis está representada por un virus del que ambas especies son portadoras en distintas fases de su evolución anual conjunta, y cuyos estragos les permiten crear mecanismos adaptativos encaminados a la supervivencia.

Aunque humanos y phagors son archienemigos en la saga, también dependen los unos de los otros, y esto es una metáfora brillante de la forma en que la razón y las pulsiones se necesitan entre sí en la psique del hombre; en Heliconia, cada una de estas especies venera a una estrella distinta del sistema binario. «En la Tierra no tenemos phagors —dice Aldiss—, solo el lado animal de nuestras naturalezas, con el que también estamos en guerra, y con el que tenemos que llegar a alguna clase de acuerdo».

Pero Aldiss no quiso limitar el alcance de Heliconia cerrando la perspectiva o construyendo un único ámbito de acción y temático. A medida que avanza la historia, esta se va descomponiendo en cinco niveles: la vida en Heliconia; la vida en Avernus, la estación espacial terrestre que orbita y estudia Heliconia; la vida en la Tierra, que atraviesa también un cataclismo; la vida en el inframundo de los muertos; y la vida de las deidades de Heliconia. Esto le permite crear la obra total, la actualización posmodernista por antonomasia del ideal de romance científico de Wells, con sus connotaciones claras de comentario político, ecológico y psicosocial sobre nuestro mundo.

Brian Aldiss escribió cuarenta y dos novelas y un número casi incalculable de relatos. Sin embargo, aunque siguió escribiendo durante tres décadas más, me ha parecido prudente detenerme en Heliconia por su tremenda ambición cultural. Heliconia debería ser, por sentido común, una de esas sagas fantásticas que han capturado la imaginación y han marcado a una (o más) generaciones, como Fundación, El Señor de los Anillos, Gormenghast, Dune, Terramar o Canción de hielo y fuego. Me resulta incomprensible que, pese a su gran prestigio, no haya terminado nunca de tener ese papel. Sus reflexiones en materia ecológica son más profundas que las de ninguna otra obra literaria que me haya encontrado. Sus poderosísimas imágenes oníricas no solo no han perdido fuerza, sino que han prefigurado muchas escenas y obras que nos han fascinado después: la larga marcha de los phagors desde las estepas heladas de Sibornal en Heliconia primavera, por ejemplo, es la inspiración obvia de la larga marcha del Rey de la Noche y sus caminantes blancos sobre Poniente. Quizás haya algo demasiado crudo, demasiado irreductible en Aldiss. En cualquier caso, en el mundo anglosajón su obra jamás ha dejado de reeditarse, y sigue estando ahí, testimonio del vasto y asombroso terreno que abrió en la tradición literaria. 


Miedos en extinción

Jurassic Park, 1993. Fotografía: Universal Pictures

1) Al sexo: Voy a contarles un secreto que está a punto de dejar de serlo: cuando abandoné el colegio salesiano en 1985, tras mi octavo curso, yo aún temía mearme dentro de una señora a la hora de hacer el amor. Como lo oyen: MEARME. Creía que lo de cambiar conductos o usos (urinario por reproductor) era una decisión consciente, y que era perfectamente posible que acabaras utilizando a tu pareja de orinal si te despistabas una pizca durante el acto. Ajá. Así de bien me enseñaron aquellos curas fatídicos todo el embolado de la educación sexual. Y es que, en fin, eran curas; ¿quién leches les puso al mando? Después de todo, uno no realizaría un curso de enología en una tetería de Marrakesh, ni montaría un equipo de bobsleigh en Kingstown Town (ejem). El resultado de todo aquello, en todo caso, es que los niños de los setenta crecimos tan primordialmente amilanados por el sexo como todas las generaciones anteriores desde Adán y Eva (o el primer trilobite zumbón). Era una longeva tradición: la de tenerle un miedo espantoso a lo de la «primera vez». Un miedo que hoy solo sirve para entender mejor las novelas inglesas de los años cuarenta y cincuenta, donde los protagonistas sufren trescientas cuarenta y siete páginas de terrores del averno antes de magrear un burdo pezón.

Ningún adolescente actual (avezado a hacerlo cuando le place, y sin remordimientos de ningún tipo, y encima confiando en un nivel razonable de proficiencia por ambos lados), podría comprender las simas miasmáticas de angustia a las que el primer sexo nos arrojaba en 1987. Por ende, superado el lamentable trance de la desvirgación, uno pasaba entonces unos cuantos meses (o años) de patente ineficacia sexual. Oh, Dios. 1987: Sensación de Morir. Aquello no parecía mejorar jamás, y nadie tenía ni idea de qué debía hacerse con los órganos esenciales, cómo levantarlos/humedecerlos, ni qué maldito resultado esperar del pringoso ensamblaje. Que estabas en la inopia, caramba. Que veías sangre en la sábana después de haber yacido con moza y te ponías a buscar la cabeza de caballo cortada de El Padrino.

Por añadidura, lo que uno hacía en la alcoba en los años de aprendizaje se parecía en maldita la cosa a lo que uno atisbaba —con ojos achinados y creciente rampa de bíceps— en los filmes gorrinos de Serenna o Private. ¿Y me preguntan por qué aún estoy resentido? Es muy sencillo: los malditos jóvenes de hoy han crecido en Spring Breakers, y yo en una maldita novela de Jane Austen: todo miraditas y labios de pitiminí, cortejo centenario y pacato recato a la que uno accedía al fin a la horizontalidad. ¿Cómo se puede ser nostálgico de esa época, con lo malfollaos que íbamos? Sería como ser nostálgico de la peste negra. O de la época en que para ser de izquierdas tenías que escuchar a Quilapayún. 

2) Al Apocalipsis: Tienen que ponerse, si me hacen el favor, en modo Edad Media. Piensen que la tradición profética juanina (la del Apocalipsis atribuido a San Juan, quiero decir) esperaba que el mundo terminaría en un pestañeo. Como dice Norman Cohn, «para el pueblo medieval el formidable drama de los últimos días no era una fantasía sobre un futuro remoto e indefinido, sino una profecía infalible que podría cumplirse en cualquier momento». Santa Hildegarda de Bingen, una abadesa que dependiendo de cómo le daba la luz del claustro se parecía a Vanessa Redgrave o al Dr. Zaius (orangután jefe en El planeta de los simios), tuvo la visión del Anticristo como «una bestia con monstruosa cabeza negra como el carbón, ojos llameantes, orejas de asno y un abierto vientre con dientes de hierro». Esa supermodelo era lo que la gente del Medievo esperaba encontrar en mitad de su ciénaga cada mañana al levantarse del jergón; y, admítanlo, como ejemplo de canguelo matutino suena bastante peor que sintonizar la COPE mientras te lavas los dientes.

El lado bueno de todo ello, supongo, era que si superabas la fase inicial de julepe paralizante ya solo te quedaba abandonarte a un loco «erotismo anárquico» (como los alegres mozallones de la Herejía del Libre Espíritu), al insensato bandidaje y la más estremecedora borrachez. Y a-la-mierda-todo. O sea: el mundo iba realmente a terminar MAÑANA. No era como para empezar a preocuparse de la hipoteca del yurt, o de si la recolección y cata de estiércol era una empresa con futuro. Ríanse ustedes del punk; esto sí debió ser nihilismo flamígero y No Future calcinamundos. Lo de las hambrunas y la fiebre bubónica y el derecho de pernada vis a vis la señora de uno debía ser una lata, lo admito, pero por otra parte imaginen las infinitas posibilidades liberadoras que esconde lo de Creer Que No Va a Haber Un Maldito Mañana. He ahí un miedo que tal vez convendría devolver a la actualidad, amigos míos.

3) Al hambre: La gente ha puesto a caldo a Yuval Noah Harari por decir que la revolución agrícola fue el gran timo de la historia de la humanidad, pero algo de razón tenía el pibe. Me pregunto quién debió ser el imbécil que decidió que estar encadenado a un secarral rezando para que brotara el primer nabo pocho era mejor que triscar por los bosques recolectando frambuesas y ensartando al ocasional pecarí rollizo. Y follando con doncellas (otro cantar es que esas doncellas pareciesen familia de Chewbacca). Pero en fin: lo hecho, hecho estaba, y a partir de esa calamitosa decisión curricular el ser humano pasó el resto de su existencia intentando mitigar el hambre a base de demente arado de dehesa y sembrado ineficaz de tubérculos, ad eternum y de sol a sol. Es difícil imaginar lo prevalente y cotidiana que era no hace tanto la posibilidad de quedarte sin un mal chusco de pan que echarte al maxilar. Y generalizada, además.

El capitalismo es una estafa, sin duda, pero algo (una pizca) hemos mejorado en lo de la producción de alimentos y la idea del estado de bienestar. Antes, todo orbitaba alrededor del miedo a carecer de manduca. Está en todas partes, sean cuentos centroeuropeos o novelas sujetapuertas sobre la Gran Depresión norteamericana. Cuando les leo a mis rorros fábulas de gigantes pelirrojos en los bosques negros de Silesia, la parte que no comprenden no es la del ogro piloso que goza desmembrando humanos, sino la de la familia hambrienta que penetra en la cueva buscando desesperadamente una patata con gusano. Los dos chavales no pueden asimilar que, antes, los hard times eran lo normal. Y cuando digo antes no me refiero a 1260, sino a 1954, leches. Occidentales, no del Tercer Mundo. Voy a terminar diciéndoles a mis vástagos lo mismo que me decía a mí mi abuela: «No saps que es passar gana». Con una sutil diferencia: ella sí lo sabía, mientras que yo sigo sin tener ni pajolera idea (si no contamos la criptoanorexia que sufrí en 1996; y créanme: mejor no la contamos).

4) A otras razas: En mi pueblo había un chino. La anécdota termina aquí, y la culminación del chiste está implícita en el cómputo: UN chino. Solo había uno. Y era coreano, ahora que lo pienso. No es que yo hubiese sido capaz de captar el matiz racial y sociocultural entonces, pero incluso así. De noventa mil ciudadanos amontonados a la orilla más pestilente del Llobregat, en Sant Boi, solo un puñado infinitesimal eran emigrantes internacionales. El tío más exótico de mi colegio lo era por huérfano, no por venir de la Micronesia. El gueto en Sant Boi era un Entresuelo Segunda donde vivía una familia de Ceuta. Antes dije miedo, pero es que no era ni eso: no sabíamos ni qué eran las otras razas (más allá de lo que intuíamos en recurrentes seriales de TV como Kung Fu o Raíces). Cuando veo a la pandilla de mi hijo menor, que parecen los Guardianes de la Galaxia o un anuncio particularmente abigarrado de Benetton, pienso en lo soporíferamente uniforme y homogénea que fue nuestra infancia. Los amigos de la clase de mi hijo mayor son un celebrable potaje de sangre brasileña, irlandesa, pakistaní, rusa y filipina. Los de la mía, en EGB, venían de Azuaga, Teruel y Villena. Toma ya tutti frutti multicultural: maños, bellotos y catalanes. Está claro que esto no puede parar de mejorar. Que no hay color.

5) A la guerra: «Por lo menos no estamos en guerra». ¿Soy yo el único ciudadano que pasa el día pensando (y, a veces, mascullando en voz alta y con ojos de orate en el metro) esta frase? Sí, mis queridos amigos: pese a lo negro que pinta el futuro, al menos no estamos enzarzados en una holocáustica conflagración bélica civil o internacional. A la que uno lee más y más historia cae en la cuenta de que lo de estar en tiempo de paz es una cosa sumamente rara. Una aberración histórica, y nunca mejor dicho. Antes, lo normal era que cada generación pasara por una guerra, como mínimo. Si tenías una mala suerte excepcional incluso era posible que te zamparas dos de ellas seguidas (pregúntenselo a los boches o ingleses que lucharon en la I y II Guerra Mundial; vaya merdoso jackpot). Muriendo de forma horrible, para más inri. No había forma de relajarse. Cada vez que te abrochabas la bata de boatiné y alumbrabas la pipa, aparecía por la radio un demente condecorado echando espumarajos por la boca y exigiendo de malas maneras la «movilización total» y la anexión de esto o aquello. Uno no podía bajar a comprar la baguette matutina sin presenciar una nueva entrada de tanques y cañones por la calle ancha.

Y hablando de tanques: hace poco estuve en Santiago de Compostela, y un camarero moteado por lamparones Pollock y aparentemente experto en la «cuestión catalana» se manifestó al respecto con esta declaración inequívoca: «Allí tendrían que entrar los tanques» («allí» quería decir «en Catalunya»). Va, ¿en serio, cerdoso camaruta? En primer lugar: nunca es deseable que entren tanques en ningún lugar, julay. Solo cosas malas pueden resultar de esta decisión precipitada. Antes de mandar tanques envía un WhatsApp, o un mail severo, o algo vistoso de Interflora. Agota las posibilidades; eso es lo que intento decir. En segundo lugar, los tanques españoles jamás lograrían «entrar» en Barcelona. Tal y como están las cosas (presupuestariamente, digo) sufrirían una avería mucho antes de cruzar la frontera, y la invasión se postergaría eternamente mientras unos cuantos cabos chusqueros tratan infructuosamente de cambiar una rueda en alguna estación de servicio de Los Monegros. Pero al camarero gallego no le dije nada de esto, claro (y mucho menos lo de «cerdoso camaruta»). Solo tomé de su mano el plato de codillo con pimientos y balbuceé un «muchas gracias» del que, casualmente, había desaparecido cualquier tipo de acento o inflexión catalana.

6) A una muerte violenta: De nuevo, me es imposible no andar silbando el tema principal de Mary Poppins («Con un poco de azúcar y la píldora…») por las calles, arrancándome con el ocasional saltito con golpeteo de talones en el aire, cada vez que pienso en lo poco posible estadísticamente que es el que yo vaya y sufra una muerte violenta antes de los cincuenta. De haber nacido en 1860 en lugar de en 1971 yo ya no estaría aquí, y ustedes estarían leyendo una página vacía de Jot Down. Siendo como soy de extracción proletaria, a los dieciséis ya me habrían apuñalado por la espalda unos facinerosos del arrabal por medio caliqueño y un caramelín de menta, o en plena huelga general habría sido aplastado bajo los cascos de un corcel de la guardia de asalto, o me habrían condenado al garrote vil por robar un pedrusco de carbón usado; qué sé yo. Admitámoslo: estamos en un mal momento y urge un cambio total de paradigma, pero antes se estaba mucho peor. ¿«Antes cuándo», escucho que preguntan? Todos los «antes». Cualquier tiempo pasado fue infinitamente más excrementicio. Y si no eres caucásico, muchísimo peor que eso. Como dice Louis CK, «la gente negra no puede trastear con máquinas del tiempo. Cualquier época antes de 1980 es: “¡no, gracias!”».

7) A las enfermedades venéreas: De nuevo: qué mejora, troncos y troncas. En 1890, quedarte sin nariz por culpa de la sífilis era un percance más o menos común. Todo el mundo en el barrio conocía al menos a un caballero desnarizado por haber hecho guarraditas en alguna patatona tiznada. No me digan que ese no es el peor porvenir posible: con el pito hecho un chili jalapeño y supurando goterones de pus, sin nariz, y encima completamente chiflado (la sífilis acababa desembocando en enfermedad mental, como quizás ya sepan). Supongo que lo de la locura es el último gesto de consolación del Altísimo: ya que tu minga se asemeja a un chucho de crema recién escaldado al aceite hirviendo, y acaba de caérsete la probóscide al suelo tras intentar sonarte en una gala benéfica, lo mínimo que puedes pedirle a Dios es que te vuelva chalupa del todo, para así seguirte viendo idéntico a Paul Newman cada vez que te echas un vistazo en el espejo. Suerte que finalmente llegó la penicilina, acompañada de algo más de información médica sobre los microbios y los mínimos requisitos exigibles de higiene en los bajos, y la gente pudo relajarse de nuevo en el catre. ¡Gracias, era moderna! ¡Adiós, miedo visceral a los chancros!

8) A la paternidad: Ya pasó. He ahí un pavor que puedo atestiguar que ha sido desintegrado de mi psique, por este simple motivo: ya lo soy. Ya soy padre, quiero decir. Es bien sabido que lo peor de un terror es la premonición infausta e hiperbólica, especialmente si está completamente cercenada de una realidad certificable. Imaginar el asunto como asaz peor de lo que es en realidad, vaya. Les confieso que yo, en las épocas inmediatamente previas al nacimiento de mi primer hijo, veía la natalidad como EL FIN DEL MUNDO (tal y como lo había conocido hasta entonces). Un Armagedón emocional y social que, como la lluvia aquella de meteoritos del Cretácico-Terciario o la primera Edad del Hielo, acabaría drásticamente con una serie de felices ritos y costumbres personales (beber, follar, salir, hacer lo que me viniese en gana en cada punto de mi existencia…) e inauguraría otro estadio. Que yo imaginaba igualito que la esclavitud y el Pasaje Medio, no hace falta decirlo.

Me alegra decir que resultó no ser así, y el Oficio de Padre se reveló como algo más gratificante y elevado que la catatonia mental y la servidumbre cotidiana que yo había visualizado —sudando cubitos de hielo en mitad de la terrible noche— en el periodo anterior a que mi hijo mayor asomara su apanochada cabeza por un igualmente apanochado orificio de salida. Pero tampoco quiero hacer propaganda del tema, pues luego mis amigazos me echan en cara que siempre pinté esta basura como mucho más armoniosa y poética de lo que es en realidad; amargando su vida en el proceso. Pido perdón. Yo soy así, qué le voy a hacer: siempre recordando lo majo, y olvidando a cañonazos lo oprobioso y patético. Que lo hay, y a montones.

9) A mi locura: Qué narices digo: sigo acobardado por mi propia demencia. Me aterra mi confusa mente. Voy a sacarles la ecuación del infortunio, para que ustedes puedan conocerme mejor (y porque, siendo seres humanos como yo, es posible que les aquejen idénticos dolores). Cosas malas suceden invariablemente cuando se combinan todos o casi todos los factores siguientes: hinchazón de EGO (seguido de un ciclotímico descenso del mismo hasta la más arrastrada ausencia de autoestima) + nervios + delirios de juventud + fijación en la propia basura (o egoísmo vulgaris) + lanzamiento público de algún trasto artístico (un nuevo libro, o festival, o lo que proceda; por el descontrol vital que ello conlleva) + un cierto hartazgo pasajero respecto a las rutinas existenciales de un padre de familia + aburrimiento vital. Sumen cada uno de estos elementos y lo que obtendrán es una crisis clásica; de los cuarenta, cincuenta o noventa (¿cuándo termina esto? ¿Debo confiar en que llegue una década sin crisis? Eso estaría bien).

Como siempre le digo a mi amigo David (un fulano tan neurasténico como yo mismo): para nosotros, la tranquilidad es sinónimo de contentura. Cuando no estoy tranquilo —ya lo dije— cosas espantosas suceden. Las puedo ver en la distancia, solidificándose de forma ominosa como los nubarrones cachumbos que preceden un chaparrón. No es en absoluto la calma antes de la tormenta, como decía aquella sensacional canción de The Bats, sino el caos que la anuncia. Es el primer trueno, el primer tic en la ceja, el primer espasmo en el brazo, el bobo olvido que, sin embargo, anticipa el fatal alzhéimer. Y hay que detenerlo, de cualquier modo al alcance de uno. Porque una vez la bola empieza a rodar ladera abajo, nadie puede pararla, y hay que llevar el asunto a su consecución natural (ni pregunten). Esas crisis de chaladura pasajera deben ser cercenadas en su primer brote, de veras se lo digo; cuando ves asomar la habichuela. Lo que sucede es que nunca atino a hacerlo y, cuando reparo al fin en lo que está sucediendo, el tronco de las habichuelas ha crecido hasta destrozar el techo y las paredes de mi hogar, y solo me queda trepar por él hasta la guarida del ogro. No puedo hacer una metáfora más explícita que esa (la guarida del ogro es mi lado peor, por si necesitan aún más indicaciones). En fin, que casi preferiría tener la sífilis; no sé cómo decírselo, maldita sea.

10) A volar: Yo ya no tenía miedo a volar, después de muchos años desasosegado por el tema. Era un ejemplo clásico de puro miedo cerval superado a fuerza de madurez, sentido común y testicular perseverancia. Por supuesto, ha dejado de ser así. Si ustedes siguen —aunque sea por encima— la actualidad internacional no requerirán que me extienda demasiado en la razón por la cual ese particular terror ha regresado a mi psique. Por culpa del trotante depresivo alemán, los montes picudos y el segundo oficial pegando hachazos a la puerta de la cabina, vuelvo a estar MUERTO DE MIEDO. Y vuelo a París mañana, con toda mi familia. Lo bueno de esto último es que —por narices— tendré que dominar mi tembleque, y lo malo es, obviamente, que VAMOS A MORIR TODOS ENGULLIDOS POR LAS LLAMAS EN UNA TUMBA VOLADORA. Sí, lo dije gritando y haciendo jirones la camisa que llevo. Así que consideren esta lista como mi carta de despedida, mi nota de suicidio. Cuando lean esto, yo ya no estaré aquí. Sr. Juez. Todo eso. Adiós, lectores de Jot Down. Adiós para siempre.


Cuando el mundo se acaba

Fotografía: Corbis..

De niño me preocupaba sobrevivir al fin del mundo. Me inquietaba no estar preparado porque no sabía hacer fuego ni tirar con arco. Pero sobre todo me interesaba el asunto. ¿Cómo sería sufrir una pandemia o un error nuclear? ¿Qué refugios quedaban cerca de casa? La culpa era de la ficción posapocalíptica: un género que ha producido obras enormes.

La premisa es simple. Una mañana soleada la civilización se derrumba y un puñado de personas sobreviven como náufragos. Estos supervivientes —que nunca son héroes— buscan refugio, temen a los extraños y cargan camiones con latas de conservas. Algunos pasan la primera noche en un gran hotel y al despuntar el sol saltan al vacío. Otros resisten. Deambulan entre rascacielos ruinosos o fortifican una granja. Viven de los despojos. Habitan un mundo nuevo.

Hay montones de novelas y películas sobre esos primeros días después del desastre nuclear, vírico o climático. Muchas son malas. Eso lo concedo. Pero las mejores obras tienen dos grandes virtudes. La primera son sus protagonistas: ¡El fin del mundo les sucede a tus vecinos! No ocurre en otro país ni hace doscientos años. Podría pasar perfectamente en tu pueblo. Son historias de personas corrientes en circunstancias extraordinarias, que suelen ser las mejores. La otra virtud son las reflexiones que esconde el género. ¿Cuánta humanidad nos queda después del colapso? ¿Somos más egoístas, más crueles, más solidarios? Cuando nos desprendemos del Estado y de sus instituciones, ¿qué ganamos, qué perdemos y qué permanece? Es un género político.

Estas y otras virtudes se ven mejor si no se explican. Las podéis encontrar en mis cinco obras favoritas del género: dos novelas, una película, una serie y un videojuego.

Una novela mítica. El clásico de la literatura posapocalíptica es El día de los trífidos, de John Wyndham (1951). Un hombre se despierta una mañana demasiado silenciosa y descubre que mientras dormía la sociedad se ha desmadejado. Ahí arranca su aventura. Es una novela divertida y optimista: casi deseas que nos caiga un meteorito. Para compensar existe otro libro más crudo y mucho más triste: La tierra permanece, de George R. Stewart (1949). Las dos novelas parecen llenas de clichés, pero no están cayendo en tópicos sino inventándolos.

Una serie de televisión. La ficción posapocalíptica más exitosa de los últimos años es una serie televisiva: The Walking Dead, de Robert Kirkman (2010). No me gustan las historias de zombis. Sesgan el relato hacía el terror y roban tiempo a los conflictos entre personas (dentro del grupo, con rivales o con extraños). Hacen las historias peores. Pero The Walking Dead es buenísima. En especial desde su cuarta temporada, es una serie intensa y bellísima. Maltrata a los espectadores y por eso da miedo. Además, aborda los grandes temas. El dilema hobbesiano de la violencia preventiva. O la tensión entre mantenerse vivo y mantenerse humano. Es asombroso ver con el pasar de temporadas cómo los protagonistas reducen su círculo de empatía. La supervivencia fortalece los lazos entre unos pocos —la familia, el clan, «one of us»— mientras debilita los vínculos con los extraños.

Una película. Hay decenas de películas posapocalípticas, pero la mayoría suceden demasiado tarde. Una virtud de Hijos de los hombres, de Alfonso Cuarón, es que sucede ya. Nos reconocemos en los protagonistas porque podríamos ser nosotros. Es una película sobre la esperanza en un mundo sin ella.

Otra novela. La mejor novela posapocalíptica para la gente que no lee ciencia ficción: La carretera, de Cormac McCarthy (2006). Otra obra tristísima. Un padre y un hijo que cruzan una Norteamérica devastada. Es una historia de supervivencia verdadera: cuando el único propósito de vivir es seguir vivo.

Y un videojuego. En 2013, Naughty Dog produjo un videojuego que captura mucho de lo mejor del género posapocalíptico: The Last of Us. Es divertido jugarlo, pero puede disfrutarse solo mirando. El relato, los personajes, los escenarios, la fotografía, el doblaje… todo funciona. Es una magnífica ficción que disfrutará cualquiera que alguna vez haya disfrutado de un videojuego, y alguno más.

La última virtud de la ficción posapocalíptica es que es un género juvenil. Si eres niño o tienes uno cerca, te ofrece otra ventaja: es una forma de realidad aumentada mejor que Pokémon GO. De niño las historias del fin del mundo siguen contigo al cerrar la página o apagar la consola. Te envuelven cuando sales a la calle. Te descubres localizando con ojo experto los mejores refugios del vecindario. Dibujas mapas con bibliotecas y farmacias cercanas. Ves el mundo con ojos nuevos. Quizás hasta pides que te apunten a clases de arco.


El apocalipsis pasó de largo  

DP.

Este artículo está también disponible en papel en nuestra revista trimestral Jot Down nº 18 Armagedón.

El gran edificio central estaba rodeado de colores brillantes. Parecía un aparcamiento lleno de coches. Cuando el avión descendió, los coches resultaron ser cuerpos. 

Montones y montones de cuerpos —cientos de cuerpos— llevando vestidos rojos, camisetas azules, blusas verdes, pantalones rosas, pichis infantiles moteados. Parejas con sus brazos enlazados, niños abrazando a sus padres. Nada se movía. La ropa mojada colgaba de los tendederos. Los campos habían sido arados hace poco. Las bananeras y las vides estaban floreciendo. 

Pero nada se movía.

Desde el cielo, el periodista de Time Donald Neff divisó la alfombra de muertos en Jonestown. Para novecientas personas el mundo había acabado allí abajo, sobre la hierba cetrina. Bajo el cenador metálico, entre los surcos de tierra. Los cadáveres diseminados como una espuma de muerte. Estáticos. Cuando el avión descendió a tierra, el mundo —que no había acabado— comenzó a calibrar la verdadera dimensión de lo sucedido el 18 de noviembre de 1978 en la selva de Guyana. El mayor suicidio colectivo de la historia. 

Jim Jones, el «pastor» de la congregación del Templo del Pueblo les había estado preparando para ese día. Espoleándoles con la inminencia. Los jueves se consignaban a celebrar simulacros, las white nights en las que los feligreses ensayaban el «suicidio revolucionario» ingiriendo venenos que no mataban. Pero el apocalipsis cayó en sábado. Mientras el cianuro potásico, el Valium y el zumo de uvas se diluían con el óxido de los barreños, el líder convocó la última asamblea. Su Arcadia tropical había acabado, anunció. Las fuerzas capitalistas se habían confabulado para acabar con ellos y se dirigían hacia allí para castigarles por su fe. Abrirían las puertas del infierno y desencadenarían el Armagedón, les dijo, sentado en su trono de bambú. Un magnetófono grabó los cuarenta y cuatro minutos de esta última homilía, probablemente uno de los documentos sonoros más perturbadores del siglo XX: la llamada death tape de Papa Jones

«No hubo pánico. Tampoco grandes explosiones emocionales. La gente estaba en trance», relató Odell Rhodes, uno de los pocos supervivientes de la masacre. La primera en obedecer y beber la mezcla letal fue una mujer llamada Ruletta Paul, que empujó el líquido en su garganta y cerró los ojos como si hubiese hecho algo bueno. Después se lo suministró a su bebé. «No lloran porque les duela; lloran porque está amargo», calmaba el reverendo. Le siguieron más madres, más niños, más ancianos. Algunos forzados a «morir con dignidad». Otros, directamente, tiroteados. 

El propio Jones cedió su dignidad y su gatillo a otro. Fue Madeleine, su esposa, quien le evitó los rigores apocalípticos pegándole un quirúrgico tiro en la frente. El pastor no merecía agonías, ni estertores. No era la primera vez que conseguía huir del fin del mundo. 

En los albores de la secta, cuando el Templo del Pueblo se parecía más a una idílica comunidad agrícola que al gulag de Guyana, Jones tuvo su primera revelación de que el fin estaba cerca. Corría 1961 y pastoreaba a un rebaño modesto en su Indiana natal, una recua de fanáticos embrujados por el «Elvis con alzacuellos». Una voz le habló. En el «cinturón bíblico» de Estados Unidos no era arriesgado aventurar que se trataba de Dios. Le dijo que un holocausto nuclear arrasaría el estado de Indiana, concretamente el 15 de julio de 1965. Así que subió al rebaño en autobuses y se mudaron al valle de Redwood (California) a salvo del Armagedón. Cuando el 16 de julio Indiana y sus llanuras permanecieron en su sitio, Jones no se descubrió equivocado. Aquello confirmaba la veracidad de su profecía: esta vez, se había salvado. 

El Apocalipsis había pasado de largo.

Ni los mayas, ni Nostradamus, ni Newton tienen la patente de explotación de «el fin». Desde que el ser humano es tal, ha transitado por el mundo confabulándose contra él de diversas formas. Apuntalando la certeza irreprimible de que esto no va durar, como si sobre la cintura de nuestra especie reposara un cinturón de dinamita. Inmolándose a veces. Diseñando nuevas fechas, nuevos plazos, hipotetizando lo inevitable.

El resultado es una fantástica y estrambótica colección de augurios, un acopio de apocalispsis fallidos. Desde los más tempranos —y, por tanto, más errados—, que profetizaban que Roma sería destruida doce años después de su fundación, o el papa Clemente, que apostó fuerte por el año 90 d. C como el último; hasta otros más recientes, como los del fundador de la Iglesia mormona, que tomó la precaución de establecer el día del Apocalipsis con el margen suficiente para pillarle ya muerto. Se fue dejando dicho que todo se acababa en 1891.

Religiones, cultos y sectas pescan en el mismo pozo: el miedo. La herramienta más poderosa de reclutamiento, proselitismo y alineamiento que poseemos. Pocos se resisten a establecer un final que constriña a los suyos, con formulaciones vagas (la Biblia opta por el útil «nadie conoce el día ni la hora») o más concretas (según el hinduismo, aún nos quedan 427 000 años). Para los tibios, siempre está la opción variable, o el apocalipsis de caducidad flexible: los testigos de Jehová llevan eones reinterpretando la hipotética fecha del fin del mundo. Ahora sostienen que ya vivimos en ella. 

La equivocación es un activo más en el sustancioso y efectivo negocio del fin del mundo. A Jim Jones le suceden y anteceden decenas de mesiánicos líderes que sobrevivieron a su propia y alocada hipótesis. No así sus seguidores, como los setecientos setenta y ocho miembros de la secta de la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios a los que su gurú (el expolítico ugandés Joseph Kibweteere) prendió fuego el último día de 1999, después de equivocarse en su profecía inicial. 

Cuando el apocalipsis pasó de largo, él huyó a Malawi. 

Pero, cuando el desenlace no es trágico y los creyentes sobreviven, ¿qué ocurre el día después de que el apocalipsis pase de largo? ¿Qué sucede con un grupo de personas que esperan el fin del mundo… y el mundo no acaba? ¿Y con los líderes cuyo carisma vende muerte?

Disonancia cognitiva 

A las 6 de la tarde del 21 de diciembre de 1954, un pequeño grupo de personas se arracimaba frente a un domicilio en la localidad de Oak Park (Illinois). Habían vendido sus casas, abandonado a sus familias, olvidado las facturas y otras oquedades de su existencia. Miraban al cielo, tratando de conjugar la ilusión y el terror. Las manos entrelazadas. Esperaban el platillo volador que les salvaría del fin del mundo. Se llamaban los Seekers. 

Su líder era Dorothy Martin (alias Marian Keech), un ama de casa de Chicago de cincuenta y cuatro años. Unos seres superiores del planeta Clarion se habían comunicado con ella a través de la escritura automática, revelándole que el mundo acabaría ese 21 de diciembre por una letal inundación. Fatídicos pero dadivosos, «los Guardianes» le brindaron también un salvoconducto, un espacio en su platillo volante que la rescataría de la Tierra junto a la pléyade de seguidores que consiguiera reunir. Premiarían su fe con el privilegio de la supervivencia. 

Y ocurrió lo que nadie esperaba. 

No, ningún objeto hizo esfumarse a la discreta multitud con abducciones. Pero los Seekers, que apuraron la espera hasta el día de Navidad, no se desmoralizaron ni una brizna. Permanecieron ahí, inquebrantables, bajo el rigor invernal de Illinois y el ridículo absoluto ante la lógica más básica. No ocurría nada, ni un sutil cambio en la disposición del aire. Ellos se alentaban, se turnaban para fragmentar el cielo en pedazos, tratando de divisar un transporte que ya iba con retraso. 

El apocalipis pasó de largo. Otra vez. Y eso vigorizó sus creencias. Las atizó hasta volverlas más sólidas. 

Entre ellos, había tres miembros del culto cuyo nombre hoy posee significado y entidad propia: Leon Festinger, Henry Riecken, y Stanley Schachter. Tres psicólogos que, lejos de tener la más mínima confianza en los seres del espacio o en las habilidades comunicativas de la excéntrica Dorothy, se habían infiltrado en la secta para estudiar lo que ocurriría si ningún cataclismo se dignaba a acontecer. 

El resultado de aquella investigación (a la que sucedieron decenas de entrevistas con los miembros de la secta, perfiles psicológicos y una compilación de experimentos) cristalizó en el libro When Prophecy Fails (Cuando falla la profecía) publicado en 1956. En él, daban respuesta a por qué los seguidores de la secta reaccionan de una manera tan contraintuitiva, aferrándose aún más a su apocalíptica fe cuando esta se demostraba tan evidentemente equivocada. ¿Cómo podían salir reforzados de lo que, a todas luces, era un Armagedón fallido? ¿Por qué no había deserciones?

A Festinger este experimento le sirvió de base para acuñar la teoría de la disonancia cognitiva. Ya saben, el mecanismo que sucede cuando dos pensamientos discordantes ocurren de manera simultánea. Para resolver el conflicto, las personas pueden intentar cambiar de conducta o defender sus creencias o actitudes (incluso llegando al autoengaño) para reducir el malestar que produce la disonancia. Nos adaptamos incluso a las contradicciones más improbables usando nada más que nuestros métodos de racionalización cotidiana.

En el caso de los Seekers, la disonancia era evidente: el apocalipsis en el que creían no se había producido. «Pero los miembros del grupo se mostraron más convencidos que nunca de que sus creencias eran correctas», constató la periodista Maia Szalavitz, presente esos días. Cuando la tercera venida volvió a fracasar, Martin recibió un oportuno mensaje de los Guardianes: «Nuestro grupo ha infundido tanta luz que Dios ha salvado al mundo de la destrucción», le dijeron. La congregación respondió con un proselitismo de renovado vigor, redoblando sus esfuerzos de reclutamiento y ampliando sus filas. Resolvieron la contradicción entre la realidad (que el apocalipsis había fallado) y la profecía buscando seguridad en los números: «Si más gente puede ser persuadida de que el sistema de creencia es correcto, entonces claramente es, después de todo, correcto», razonaron. Chimpún. 

El apocalipsis pasó de largo y la secta se fortaleció. Dorothy Martin siguió predicando y fundó la Orden de Sananda y Sanat Kundara, los nombres de dos de los Guardianes. Murió en 1992 como líder de la robusta congregación.

Los apocalipsis se equivocan a diario, pero interiorizan sus fracasos y hacen de ellos un hogar. A veces les sobreviven sus seguidores, sus líderes y sus doctrinas. Su falibilidad solo contribuye a su fortaleza con una lógica embarazosa. Aciertan porque se equivocan. 

El mundo se empeña en no acabarse. Somos nosotros los que pasamos de largo. 


Cómo la cultura popular me preparó para el coronavirus

28 días después (2002). Imagen: Fox Searchlight / DNA Films / UK Film Council.

El coronavirus campa a sus anchas por el mundo mientras las cifras de contagios y muertes no dejan de aumentar. Los fabricantes de mascarillas y geles desinfectantes (¡y de papel higiénico!) bailan sobre sus mesas de dirección mientras se hacen su particular agosto, septiembre, octubre y los meses que queden por delante. Curiosamente, el medio ambiente se toma un respiro —literal y figuradamente— ante el descanso obligado que China se autoimpuso a nivel industrial y empresarial. Y mientras todo esto sucede, redes sociales e informativos nos bombardean a diario con mensajes de mantengan la calma y de sálvese quien pueda, así, todo a la vez, lo que como resultado lleva a cierta psicosis que nos empuja a desabastecer supermercados o a pensar que esto es una gripe y poco más, según nos pille el día. Pero ustedes y yo, que hemos leído mucho y visto mucho cine y muchas series, e incluso que hemos sabido elegir los videojuegos adecuados, sabemos que todo esto tenía que suceder así y no de otra manera. Porque la ficción muchas veces nos enseña mucho más de la realidad que cualquier documental o informativo. ¡Ja! Nos llamaron locos cuando construimos aquel búnker al pie de la montaña, pero no entendieron que todas aquellas historias sobre virus eran auténticos manuales de supervivencia. 

Vayamos a las sagradas escrituras para entender el poder de las ficciones en nuestras vidas a través de una sutil parábola. En el primer episodio de la undécima temporada de Los Simpson, Mel Gibson recurría a Homer como asesor para mejorar su última película. Nuestro rechoncho amigo era la única persona que se había quejado durante un pase privado de la cinta porque en el largometraje no había tiros ni violencia de ningún tipo. En un momento del capítulo, nuestros dos héroes eran perseguidos por ejecutivos cinematográficos cabreados y Gibson, bajando los brazos junto a su figura de cera de Mad Max, se preguntaba si no debería renunciar a su película. Era entonces cuando, empujado por la desesperación del actor, Homer se venía arriba y soltaba una ridícula perorata sobre la importancia de las películas al llenarnos de romance, odio o fantasías de venganza. Decía que Arma Letal nos enseñó que el suicidio era divertido, y que antes de Arma Letal 2 jamás imaginó que pudiera haber una bomba en su inodoro, algo que siempre revisaba desde entonces. Marge lo corroboraba, avergonzada.

Entiéndanme. Lo que venía a decir el bueno de Homer era algo que se hartan de afirmar los escritores sobre los relatos de todo tipo: que nos permiten vivir muchas vidas en una. Las ficciones nos enseñan a explorar lo que no hemos explorado todavía, o que nunca exploraremos, o que ya exploramos hace tiempo y entendimos de otra manera. Esta suerte de simulaciones sociales nos pone en la piel de otras personas y nos obliga a sentir y pensar como ellas, y con ello nos empuja a realizar un importante aprendizaje vital con las lecciones que aprende(mos). Y si Homer había entendido el potencial peligro de zullarse sin mirar antes bajo la taza, ¿qué podríamos aprender de las ficciones sobre virus que nos sirva para el momento actual?

Si queremos empezar por ser prácticos y entender cómo se propaga un virus a lo largo y ancho de este planeta, nada mejor que jugar al Plague Inc: Evolved y convertirse en un patógeno mortal en forma de virus escurridizo o bacteria caprichosa dispuesta a contagiar a todo ser viviente. Este videojuego de Ndemic Creations se hizo famoso hace años con su primera entrega por mostrarnos comportamientos altamente realistas de lo que podría ser una pandemia real. De hecho, el propio CDC —el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades— ha declarado públicamente su admiración por las mecánicas del juego. No solo vemos el número de contagiados en el clásico panel de número espantosamente alto que sigue creciendo sin parar, sino que vemos los vuelos entre países con nosotros a bordo o las contramedidas que se toman en forma de investigación o vacunas. El gobierno chino, incómodo por vete tú a saber qué, ha considerado que eso de pretender plagiar a su estrella más mediática no está nada bien y ha ordenado su retirada en todo el país.

Y ya que hablamos de China y el origen del virus, no dejemos pasar una simpática coincidencia que algunos lectores avispados han detectado hace semanas. De la misma forma que Idiocracia se adelantaba once años al nombramiento de un completo imbécil como presidente de los Estados Unidos, Los ojos de la oscuridad presagiaba en 1981 una pandemia nacida en 2020 por un virus creado en una base militar de Wuhan. Estaremos todos de acuerdo en que a Dean Koontz, autor de la novela, se le debió cerrar tan de golpe el ojete al descubrir semejante casualidad que se podría haber utilizado su esfínter como cortapuros. Esperemos por nuestro bien que las cosas no acaben como en el libro (spoiler: mal).

Otro virus de novela de terror que nos ha acojonado más por los que sobreviven que por los que se lleva por delante es el de Apocalipsis, del maestro Stephen King. El escritor de Maine construyó un novelón de más de mil quinientas páginas dividido en tres partes claramente diferenciadas: la propagación del virus —una especie de supergripe que mata al 99.4% de la población mundial—, la reunión de algunos de los supervivientes norteamericanos en dos grupos enfrentados, y la confrontación entre ellos. La peculiaridad de esta historia era que entraban en juego muchos de los lugares comunes del bueno de Stephen. Sueños que conducían a los personajes hacia su destino, telépatas, la Madre Abigail, una señora de más de cien años de edad que se erigía en algo así como una diosa del Bien, y Randall Flagg, uno de esos malos malísimos que nos hace desear con todas nuestras fuerzas que no exista un infierno, o que este mundo no se convierta en uno si hay personas (o lo que sea) como él por allí.

Estallido (1995). Imagen: Warner Bros. / Kopelson Entertainment / Punch Productions.

Y ya que pululamos por lo fantástico no podemos olvidarnos de ese relato publicado en el Amazing Stories de septiembre de 1927 titulado «The Colour of Outer Space». H. P. Lovecraft, papá de Cthulhu, inventó en esta historia unos virus de indescriptible color que podían viajar por el universo montados en meteoritos o lo que encartara para llegar a otros planetas de los que absorber su energía vital. Por suerte para la humanidad, en la visita que hicieron a nuestro planeta los virus no tuvieron otra ocurrencia que esconderse en el fondo de un pozo allá donde Cristo perdió la alpargata y lo único que pudieron hacer fue estropear el terreno del propietario y enloquecer a los distintos miembros de su familia. (No dejen de ver la película de 2019 protagonizada por ese otro gran patógeno al que admiramos con locura llamado Nicolas Cage).

A diferencia de los creadores de género fantástico, algunos escritores optaron por dar un toque más realista a sus virus novelescos. Zona caliente de Richard Preston fue documentada a partir de los brotes reales de ébola y marburgo que tuvieron lugar durante los años ochenta en el centro de África. Como resultado tenemos una obra de suspense capaz de retratar con gran fidelidad tanto la ciencia tras el virus como sus efectos en las sociedades que se vieron afectadas, lo que a veces es peor. La película Estallido jugaba en la misma liga. Nos trasladaba desde el Zaire de los años sesenta y una supuesta erradicación de un extraño virus hasta treinta años después, con una reaparición estelar de nuestro agente infeccioso. Un virus que además tenía ganas de viajar y lo hacía a bordo de un mono que acababa pisando suelo norteamericano. Ya podemos imaginar el resultado: contagio inicial, extensión del virus, amenaza de pandemia, científico salvador, todo arreglado hasta el siguiente susto.

Llegados a este punto, nadie dudará ni por un segundo que la mejor solución ante cualquier amenaza mundial es que dicha amenaza caiga en Estados Unidos. Todo peligro global queda en nada si pasa por una defensa y solución Born in the USA. Ellos te expulsan a los extraterrestres un martes en Independence Day, cuentan los miércoles con los mejores científicos en La amenaza de Andrómeda, y no han llegado al viernes que te presentan a salvadores polivalentes (así, en general) como el protagonista de Guerra Mundial Z, que en la gran pantalla nos permitió ver a Brad Pitt zurrando a zombis infectados a diestro y siniestro a la vez que resolvía complejos conflictos de política internacional a la vez que cuidaba de su familia a la vez que encontraba el antídoto a la vez que salvaba el mundo. Pero donde no había pudor alguno en demostrar todo el poderío estadounidense era en The Last Ship, esa serie de Michael Bay —esto ya nos puede dar una pista— en la que un buque de guerra capitaneado por el médico buenorro de Anatomía de Gray salvaba a toda la población mundial una y otra vez a lo largo de cinco temporadas de banderas ondeando al viento, ropa de camuflaje, cien cañones por banda y viento en popa a toda vela.

Americanitis a un lado, si tenemos que ponernos a sumar páginas de ficciones sobre virus es muy probable que a día de hoy los que salgan ganando sean los títulos en que un virus no mata a la especie humana, o sí lo hace pero no del todo, y nos la deja a puntito de caramelo para una invasión zombi de las de toda la vida. Acabamos de mencionar las consecuencias de lo que sucede en Guerra Mundial Z (antes vino la novela de Max Brooks) cuando el paciente cero vive en un poblado chino y los flujos migratorios van de país en país repartiendo patógenos como los Reyes Magos durante la noche más mágica del año. Pero aquí tenemos especial simpatía por 28 días después, la cinta de Danny Boyle en la que descubríamos por primera vez que un zombi —vaaale, un infectado— podía correr cien metros lisos por las calles de un Londres arrasado con una marca nada despreciable.

La ironía en la propuesta de Boyle estaba en que la propagación del virus no nacía de una mente malvada o de una extraña mutación producida en mitad de la jungla. La película empezaba con un conjunto de animalistas decididos a liberar a un puñado de monos de un centro de investigación. Lo que nuestros jóvenes idealistas desconocían era que esos monos iban cargados de virus hasta las cejas. Y claro, pasaba lo que tenía que pasar. Casualidad de las casualidades, la película 12 Monos de Terry Gilliam presentaba al Ejército de los Doce Monos (otro grupo de animalistas con un líder algo trastocado y estrábico) como causante de la catástrofe que obligaba a nuestra sociedad a vivir bajo tierra y, años después, a enviar a un completo tarado a tratar de evitar un suceso muy empeñado en continuar teniendo lugar a pesar de los esfuerzos en que no sucediera así.

También existen zombis que hablan español y recorren renqueando nuestra geografía nacional, no se vayan a creer. El lector de género estará más que familiarizado con Los caminantes, saga de cinco novelas escritas por el prolífico Carlos Sisí que arrancaba con la propuesta de una Málaga postapocalíptica en la que unos pocos supervivientes sobrevivían instalados en el polideportivo de Carranque. Conforme avanza la trama, la duda se instala en un lector incapaz de discernir si estas personas tendrán que preocuparse más por la presencia de esos dichosos zombis o, por el contrario, por la existencia de un cura con muy mala leche que por motivos desconocidos (al principio) es ignorado por los muertos vivientes. Siguiendo por la línea de las infecciones, Gemma Marchena proponía en El pozo. La ola de ira que arrasó Andratx, la clásica escabechina durante unas fiestas patronales en la localidad de Mallorca que aparece en el título de la novela. La cosa acaba como el rosario de la aurora cuando la gente empieza a perder los modales y mata sin ningún tipo de reparo al que pilla por delante. Sospechemos todo lo que podamos de una niña-hada que vive en un pozo cercano y juega con despertar a los muertos del cementerio con su varita mágica. Como para no sospechar.

12 monos (1995). Imagen: Universal Pictures.

Pero estamos hablando de virus y zombis y no hemos comentado nada sobre LA franquicia. Resident Evil desembarcaba en 1996 con su primer título para PlayStation y nos descagarrinaba a todos con una introducción de lo más sangrienta, una narrativa completamente asfixiante y un uso de las cámaras fijas que nos hacían apretar el mando hasta el agarrotamiento articular. A partir del éxito de ese título vinieron un buen chorro de juegos más, el manga, las novelas y unas cuantas películas protagonizadas por una Milla Jovovich empeñada en quitarle el título de tipa más dura del cine a Ripley. No podemos negar que la primera cinta tuviera su qué con una protagonista amnésica y un recinto subterráneo repleto de sorpresas —todas malas— con las que devolverle la memoria a base de sustos, pero la franquicia se fue yendo de madre conforme la protagonista iba desarrollando unos superpoderes que podían dejar en evidencia al mismísimo Dr. Manhattan.

Y de zombis a vampiros. Sin seguir al pie de la letra la narrativa de los videojuegos de origen, las películas de Resident Evil intentaron ser fieles a la propuesta principal: una corporación (Umbrella) desarrollaba armas biológicas y se les iba de las manos. (Sí, ahora que lo leo no debió ser muy complicado mantener esos elementos estructurales en la trama). Lo mismo sucedió con Soy leyenda, de Richard Matheson. La novela nos presentaba a Robert Neville, único superviviente de una pandemia que había convertido al resto de la humanidad en figuras muy parecidas al clásico vampiro de morirse con la luz solar, llevarse mal con los espejos y huir de los crucifijos. Lo interesante de la propuesta de Matheson estaba en que hacia el final del relato descubríamos que existían otros infectados distintos a los vampiros que pretendían restablecer la normalidad en el mundo, y que Neville, ese gran héroe hasta el momento, resultaba ser algo así como el hombre del saco para esos vampiros que no hacían otra cosa que temerle. Con el tiempo vendrían hasta cuatro adaptaciones cinematográficas de la novela, a cada cual más alejada en su propuesta principal. Eso sí, en ninguna de ellas estuvieron interesados en mantener ese mensaje pesimista de que los humanos tendremos que echarnos a un lado en algún momento del futuro. Seremos leyenda, sí, pero no por lo que nos gustaría serlo.

Aunque no todo va de matar o que te maten. La tierra permanece, de George Stewart, no tenía nada que ver con este tipo de propuestas repletas de conflictos, carreras y psicópatas varios. En esta novela la premisa era sencilla: un virus se cepillaba a la humanidad y solo quedaban unos pocos supervivientes que de forma natural habían resultado ser inmunes. No había pillajes ni nadie se había levantado de su tumba: los hospitales funcionaron hasta el último día y las cosas se dejaron de hacer sin más. Y en mitad de todo eso, los que habían sobrevivido no trataban de construir un imperio sobre las calaveras de sus enemigos, sino simplemente cumplir con las nuevas reglas del juego. ¿Apocalipsis? Si, pero todo bien ordenadito.

Otra obra que se escapa de las líneas clásicas del huye-de-lo-que-ha-sobrevivido-al-virus es Snow Crash. Esta novela escrita por Neal Stephenson nos presentaba un mundo algo distópico en el que una sociedad anarcocapitalista poblada por mafias, mercenarios y gente de mal vivir repartía sus horas entre el mundo real y un metaverso que vendría a ser como un juego de rol online multijugador en realidad virtual. Ya nos podemos ir haciendo a la idea de que en este caso el virus causaba estragos en los dos universos superpuestos. Ante el pasmo de su singular protagonista, el repartidor de pizzas Hiro Protagonist, el mundo se venía abajo ante una droga que se propagaba como un virus y se inyectaba en las mentes a modo de religión, lo que como resultado amenazaba con provocar el infocalipsis. Sí, estamos hablando de una de las obras cumbre del cyberpunk, por si no lo habían notado. 

Pero si un virus mitad informático mitad biológico aún les parece muy poco exótico, aún podemos probar con un tipo de patógeno único en su especie. Nos referimos al virus que se propagaba por las páginas de Pontypool Changes Everything, de Tony Burgess. La historia nos presentaba los estragos que acababa causando un virus deconstruccionista que se transmitía a través del lenguaje y que provocaba afasia —incapacidad de comunicarse— en los afectados, para luego desembocar en canibalismo y blablablá. Obviando la segunda parte del asunto (el pack clásico de muerte y destrucción), hay que destacar la originalidad de la propuesta en cuanto a su premisa y primeros estadios de desarrollo. Y si no, díganme qué película, libro o videojuego nos ha presentado un virus cuyo antídoto debe ser desarrollado por médicos, semióticos, lingüistas, antropólogos o críticos de arte. C’est ce n’est pas un virus.

Fantasía, ciencia ficción y géneros limítrofes nos permiten explorar territorios lejanos en el espacio y el tiempo para comprender mejor la tierra que habitamos. Y sí, es probable que la constante lucha contra zombis y otros seres postapocalípticos no vaya a instruirnos demasiado sobre lo que hacer ante el avance de un coronavirus que más tarde o más temprano quedará en un triste recuerdo de cómo no se deben hacer las cosas a nivel institucional y social. Pero no nos vayamos a los fuegos de artificio de todas esas historias y centrémonos en sus cimientos. Ahí encontraremos que muchos de los comportamientos más despreciables, ruines y egoístas que vemos por las noticias ya se vieron reflejados en ese personaje particular o en aquella escena concreta. Y también la propagación del miedo, el alarmismo, la manipulación de los medios, la ineficiencia de los gobiernos y la respuesta de los mercados. Porque en el fondo no somos tan complicados de entender y la historia se repite una y otra vez, lo que nos deja muchas pistas para intuir por dónde irían los tiros en caso de pandemias como la que estamos viviendo a día de hoy. Eso sí, de todos los mundos posibles, ¿por qué demonios nos ha tocado el universo en que se agota el papel higiénico en los supermercados?

Guerra Mundial Z (2013). Imagen: Paramount Pictures / Skydance Productions / GK Films / Plan B Entertainment / Apparatus Productions / Hemisphere Media Capital / Latina Pictures / 2DUX²


Agotados de esperar el fin: la extinción humana según la ciencia ficción

The Road, 2009. Fotografía: Dimension / 2929 / Nick Wechsler / Chockstone Pictures.

Pasa una generación y viene otra, pero la tierra es siempre la misma.

Eclesiastés 1:4

En el principio se creó el fin. Cualquier religión que se precie cuenta con un suceso en el que la vida de la comunidad desaparece de forma abrupta, violenta y muy espectacular. Este acontecimiento puede ya estar prefijado o ser provocado por la ira de los dioses, la estupidez de los seres humanos, y venir con una debacle ecológica o una gran guerra. Pueden darse todos los factores a la vez: tormentas de fuego, ángeles justicieros del espacio exterior, la tierra que se abre… 

El apocalipsis es, con toda seguridad, la idea más popular de nuestra historia. Nos regodeamos, como las criaturas finitas y supersticiosas que somos, en soñar con acontecimientos truculentos que culminarán en la desaparición de nuestra especie. Triste consuelo a nuestra condición, pero que ha generado una cantidad inmensa de literatura y productos de entretenimiento —películas, cómics, televisión, música— para disfrutar padeciendo del fin mientras afrontamos nuestro propio final. Eso no quita para que mientras tanto pueda darse un apocalipsis de padre y muy señor mío, tal y como lo vieron los profetas de las religiones antiguas o lo han ido delineando los autores y autoras de la ciencia ficción. 

Con el perfeccionamiento de las armas de destrucción masiva, más el destrozo medioambiental, todo ello unido a la deriva popular hacia la idiocia y el fanatismo, es muy probable que nosotros (o como mucho unas pocas generaciones más) asistamos por fin a la ansiada extinción, de la que (y esto también es una regla de oro) siempre tienen que sobrevivir unos pocos, aquellos que padecerán indecibles penalidades para volver a fundar la misma y alocada civilización, o morirán tras descubrir que en realidad se encuentran en el planeta de los simios. 

Milenarismo ecológico

El fin de la humanidad, tal y como lo ha escrito la ciencia ficción, es un recurso fantástico. Además de imaginar finales espantosos a nuestra especie, con lo liberador y divertido que este ejercicio resulta, también ha servido para hacer crítica sobre los Gobiernos, su política armamentística, las consecuencias de las guerras, los peligros de la tecnología, así como para establecer dilemas y extraer conclusiones morales. Hace ya mucho tiempo que en estos relatos se sustituyó a los dioses por los científicos y, especialmente, se ha colocado a los productos tecnológicos como los desencadenantes del fin del mundo.

Tras libros de profecías y alarmas del milenarismo, los relatos apocalípticos modernos comenzaron con la primera Revolución Industrial, que dejó muy mal cuerpo en algunos autores. Las consecuencias de la mecanización, las columnas de humo sobre las ciudades y la lucha de clases dieron lugar a desagradables pesadillas sobre el futuro que se avecinaba. Por ejemplo, H. G. Wells describió una humanidad completamente aniquilada en La máquina del tiempo (1895), reducida a esclavos de una raza bestial, los morlocks. El viajero contemplaba el paisaje final, donde ya no había nada, solo criaturas primitivas y siniestras, en una ingenua metáfora sobre a dónde podría llegar el enfrentamiento entre ricos y pobres de no tomar rápidas medidas.

Las sociedades hiperdesarrolladas, en las cuales la destrucción del medio ambiente provoca una enorme escasez de recursos, son el escenario idóneo para llegar al acontecimiento fatal. Casi al mismo tiempo que las fantasías sobre un Armagedón, batalla termonuclear entre ejércitos o contra fuerzas de otros planetas que pulveriza a la raza humana, la literatura también desarrolló otras situaciones donde los seres humanos eran cancelados a causa de un inmenso desastre natural: el inevitable meteorito, una disfunción del Sol, los efectos de la radiación extraterrestre, una sucesión de catástrofes medioambientales, la propagación de virus… Cuando determinadas y muy poco afortunadas decisiones en relación con la agricultura eran capaces de acabar con el alimento o el agua, ya teníamos la debacle. A estos problemas, especialmente los últimos, que cada vez parecen menos ensoñaciones de fantasía, el escritor británico Brian Aldiss, gran erudito y ecologista, los etiquetó como cosy catastrophe (catástrofe acogedora): subgénero de fin del mundo no especialmente hiperviolento, como de clase media, donde los pocos supervivientes intentan reorganizarse como pueden para volver a tener una sociedad como la que han perdido, en contraposición a obras posapocalípticas de contenido durísimo, apenas soportable, como las recientes La carretera, de Cormac McCarthy (2006) o Hijos de hombres (1992), de P. D. James. Hay otras aproximaciones, como Memorias de una superviviente (1975), en la que Doris Lessing muestra un mundo terrible tras la catástrofe (que no se especifica), donde la protagonista intenta luchar contra el caos, dentro de una paradoja temporal y feminista. 

Las catástrofes ecológicas, aunque no tan abruptas como las guerras contra los extraterrestres, también pueden acabar con toda la humanidad, dejando a un pequeño grupo obligado a sobrevivir en el planeta, cuyas condiciones han cambiado de forma monstruosa. De esta forma, el hombre se tiene que plantear su condición de ser y su manera de vivir en sociedad. La literatura británica nos ha ofrecido grandes libros de este subgénero. 

El día de los trífidos, de John Wyndham (1951), es la novela que lo inaugura. Su esquema argumental se ha repetido en numerosos relatos y adaptaciones posteriores. Un tipo se despierta en el hospital convaleciente de una operación de la vista. Descubre que los habitantes de Londres han sido aniquilados (por unas extrañas luces) y los que quedan están, paradójicamente, ciegos. Como consecuencia del caos, se han escapado de unos laboratorios secretos (soviéticos, por supuesto) unos seres terribles, los trífidos, plantas carnívoras que caminan, matan y se alimentan de los humanos. Los supervivientes habrán de luchar contra estos bulbos gigantes y contra los que conservan la vista, que quieren reorganizar la sociedad en un sistema feudal y someter como sus vasallos a los ciegos. Además de la crítica contra la explotación sin medida de los recursos naturales, hay una clara intención política en esta literatura, como sucedía en La muerte de la hierba, de John Christopher (1956): la extinción de las cosechas da lugar a un régimen de terror en medio de la aparentemente tranquila sociedad británica.

Los últimos días, 2013. Fotografía: Morena Films / Antena 3 / Rebelion Terrestre / El Monje / Les Films du Lendemain / Canal + / TV3 / Wild Bunch.

El maestro J. G. Ballard llevaría al límite estas ideas. Sus cuatro primeros libros relatan increíbles situaciones derivadas de cataclismos ecológicos. En El mundo sumergido (1962), Londres está cubierto por el agua, tras derretirse los polos. Este hecho no se vive por parte de algunos supervivientes como una tragedia, sino como un punto de partida hacia la nueva evolución psicosocial. En El viento de la nada (1962), han sido unos vendavales los que han hecho caer todos los edificios de la civilización. El desastre es causado por un elemento diferente en La sequía (1965): la contaminación y los vertidos tóxicos han provocado el crecimiento de una especie de pantalla sobre los ríos que hace imposible la evaporación y la formación de lluvia, con lo que comienza el fin en un ambiente tan deprimente como cercano. Por último, El mundo de cristal (1966) aventura un paisaje inconcebible: en una región de África, la naturaleza y los seres vivos se están quedando congelados, como en una edad de hielo, pero solo restringida a esa zona, sin ninguna razón aparente. Todo permanece cristalizado, ante el asombro de los protagonistas, que quedan alucinados ante la contemplación del mundo detenido en el espacio y el tiempo.

El propio Brian Aldiss contribuyó a esta nueva ola de la ciencia ficción, con obras en las que desarrolla diversas hipótesis acerca de un futuro en el que las condiciones ambientales hayan transformado radicalmente al ser humano. En Invernáculo (1962), la Tierra ha dejado de rotar sobre sí misma y el Sol está a punto de apagarse. ¿Consecuencias? La mitad del planeta es un páramo helado y se encuentra en las tinieblas; la otra mitad es una jungla habitada por un árbol monstruoso que ha invadido todo el espacio y varias especies amenazantes de plantas y hongos. El ser humano es un ser verde e insignificante que, cómo no, emprenderá un viaje al lado oscuro. 

Por último, un ejemplo de la ciencia ficción norteamericana con esta misma constante es una de las grandes novelas de George R. Stewart, La Tierra permanece (1951). Con muchas referencias bíblicas desde su título, la causa del fin del mundo ha sido aquí un virus que ha acabado con casi toda la humanidad. El protagonista, el memorable Isherwood Williams, tendrá que reconstruir la sociedad con ideas más humildes y respetuosas sobre el medio ambiente para convertirse en el nuevo padre fundador de la especie.

Registros del holocausto nuclear

La literatura ha sido muy generosa con la bomba. Las historias del mundo arrasado por la guerra llegaron al cine, los cómics y los relatos cortos de las revistas de ciencia ficción. No solo durante los periodos de la guerra fría, tanto en los años cincuenta como en los ochenta: hasta hoy mismo se siguen publicando distopías sobre un planeta radiactivo, víctima de los dedos torpes de militares fanáticos y presidentes de peinados complicados. Entre los libros que no pueden faltar mencionaré Cuna de gato (1963), donde Kurt Vonnegut realiza una crónica muy negra y divertida sobre la amenaza de la bomba termonuclear en plena crisis de los misiles, aprovechando, como de costumbre, para criticar a todas las instituciones, iglesias incluidas. En un tono muchísimo más lúgubre se escribe La hora final (On the beach, 1957), de Nevil Shute, la trágica historia de los habitantes de Melbourne, que saben que les queda muy poco tiempo, pues se ha producido el cataclismo nuclear en el hemisferio norte y va bajando hasta ellos la nube radiactiva. Leigh Brackett publicó en 1955 The Long Tomorrow, una de las primeras y más interesantes novelas sobre la pesadilla posnuclear: en Estados Unidos, los pocos supervivientes se han organizado en torno a cerradas comunidades religiosas que tienen prohibida la tecnología, así como cualquier pretensión de reconstruir o recrear el pasado, con las consecuencias que todos estamos imaginando. Desde una óptica opuesta y completamente salvaje que prefigura el universo de Mad Max, Harlan Ellison sitúa en 2024 el punto de partida tras la hecatombe en Un muchacho y su perro (1969), las peripecias del adolescente Vic y su perro, Sangre, glorioso animal telépata, en un paisaje lleno de peligros, escasez y mundos subterráneos poblados por mujeres.   

Cuando la humanidad termina con una nueva humanidad

La literatura no se ha quedado en el apocalipsis tradicional. El desarrollo de la robótica y la ingeniería genética ha sugerido nuevas opciones. El concepto de lo poshumano ha servido para imaginar una nueva serie de «¿Qué pasaría si el fin del mundo tal y como lo conocemos fuese en realidad que los humanos han dejado de ser tal y como en realidad los conocíamos?». Por supuesto, aquí las máquinas juegan un papel decisivo. Los temas clásicos se mezclan ahora con el feminismo, el transgénero y una visión satírica del universo a punto de extinguirse.

Entre las pioneras hay que mencionar una obra maestra: Más que humano, de Theodore Sturgeon (1953), relato sobre la evolución de seis jóvenes marginales que consiguen, mediante sus cualidades psíquicas, fundirse en un ser dotado de poderes increíbles. En la serie de novelas The Ship Who Sang (La nave que cantaba), la escritora Anne McCaffrey relató en 1969 las aventuras de la exploradora Helva, con no poca controversia, puesto que Helva es una cíborg, su cerebro está envuelto en una sofisticada envoltura artificial debido a una enfermedad de nacimiento. Más audaz si cabe es la trilogía de Octavia Butler, Xenogénesis (1987-1989). Los terrícolas supervivientes de la guerra nuclear reciben la visita de unos extraterrestres, los oankali, que son muy buenos y les ofrecen su ayuda para volver a dejar la Tierra habitable, pero a cambio deben crear con ellos una nueva raza, gracias a sus conocimientos genéticos. El conflicto está servido (los extraterrestres, por si no han leído las novelas, son un poco distintos en apariencia a los humanos), pero la autora ofrece el texto como reflexión sobre la convivencia entre las distintas especies y el odio xenófobo que mantenemos dentro de la nuestra. Si esta situación va a más (es un decir), el escenario más probable, aunque sin notas de romanticismo ni finales sublimes, será el que describió Clifford D. Simak en su gran colección de relatos Ciudad (1952): solo los perros (¡que hablan!) y los robots poblarán la Tierra.   

Apocalipsis hispano

Antes de apretar el botón rojo, no puedo despedirme sin recordar que en pocos lugares como aquí lo tenemos tan fácil para escribir distopías sobre el fin de los tiempos. En 1974, el escritor catalán Manuel de Pedrolo publicó la estupenda y ya clásica Mecanoscrit del segon origen (Mecanoscrito del segundo origen), una descripción del fin de la humanidad por ataque extraterrestre del que sobrevive una pareja de adolescentes, Alba y Dídac, quienes tendrán que recomenzar el mundo desde lo que fue la cuna de la civilización occidental, el Mediterráneo. 

Los autores Emilio Bueso y Jesús Cañadas son dos referentes de la ciencia ficción en español que piensa sobre el final de los tiempos en entornos muy reconocibles. El primero ha publicado varios relatos sobre zombis, cambios climáticos y pesadillas apocalípticas (Ahora intenta dormir, Valdemar, 2015). El segundo también vio editada su última novela en el mismo año y la misma editorial, la brutal Pronto será de noche. En ella, un suceso muy malo, pero que muy malo, ha lanzado a todo el mundo como loco a un atasco en la carretera, de la que nos tememos va a ser ciertamente difícil que salgan vivos para poder ver, como decía aquella antigua canción pop, el fin del mundo «en directo, por televisión».  


El Mad Max por venir

Mad Max 2 (1981). Imagen: Kennedy Miller Productions / Warner Bros.

Porque el Señor mismo con voz de mando,
con voz de arcángel, y con trompeta de Dios,
descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero.

Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado,
seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes
para recibir al Señor en el aire,
y así estaremos siempre con el Señor.

(Tesalonicenses 4:15-17)

Años de minucioso estudio de la Biblia hicieron brotar en la mente del predicador William Miller una conclusión terrible y esperanzadora: el fin del mundo era inminente. El único problema era acertar con la fecha. Su creciente corte de seguidores le reclamaba alguna, así que se aventuró a situarlo en algún momento entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844. Cuando concluyó el último de esos días y todo seguía más o menos en su sitio el descontento no se hizo esperar. ¡Un momento! Que los cálculos eran erróneos, la fecha será el 18 de abril, ahora sí. Pero tampoco. Miller de nuevo se aplicó en sus pronósticos a partir de la profecía de Daniel («dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado») y el momento de la segunda venida de Cristo sería sin duda alguna el 22 de octubre de ese mismo año, 1844. Esta debía ser ya la definitiva. Una vez más, a medida que transcurría la mañana del día siguiente al señalado y el cielo se empeñaba en no abrirse sobre las cabezas de todos, miles de entusiastas se vieron defraudados, con escenas de desconsuelo que en algún caso llegaron incluso a la violencia. Muchos abandonaron la fe, otros reinterpretaron la profecía dando lugar a lo que hoy es la Iglesia Adventista del Séptimo Día, y en lo que respecta al propio Miller… en cierta medida acertó, pues murió unos meses después. Al menos para él sí llegó el fin del mundo y terminó reuniéndose con el Creador.

Este episodio, ocurrido en un joven Estados Unidos con un esplendoroso futuro por delante, no fue una rareza histórica. El zoroastrismo, por ejemplo, preveía que el mundo sería envuelto en llamas y los pecadores castigados durante tres días, cosa que se hace bastante llevadera en comparación con los tormentos eternos con que otros amenazan. Para los indios hopi, por su parte, el apocalipsis se anunciaba con la tierra cubierta de serpientes de hierro y de una enorme tela de araña… ¿metáfora de los ferrocarriles e internet? De ser así, ya podemos prepararnos para el siguiente y definitivo paso: la caída sobre nuestras cabezas de una estrella azul. En lo que respecta a la hecatombe final prevista por los mayas para el 2012, solo cabe suspirar de alivio una vez pasada la fecha, aunque no podamos quitarnos la inquietud de que se trate de otro error de datación y esté aún por llegar…

Pero, de todas las creencias, es sin duda la tradición judeocristiana a la que se adscribía Miller la que ha recreado con más colorido, énfasis y variedad de formas el armagedón. Frente a la concepción de la historia como algo cíclico propia de otras cosmovisiones, opone una interpretación de ella lineal y maniquea. Es decir, la historia tiene un principio y, por tanto, un final, y además su desarrollo es una lucha constante entre el bien y el mal, con sucesivas inclinaciones de la balanza hacia un lado o hacia el otro, ya desde el Paraíso y pasando por Noé —el más célebre superviviente en un mundo posapocalíptico— hasta llegar a un Juicio Final en el que definitivamente la humanidad arreglará cuentas. Una visión que ha impregnado el conjunto de la cultura occidental encontrando acomodo bajo una apariencia laica. No es casualidad que el pionero de la ficción apocalíptica, Jean-Baptiste Cousin de Grainville, fuera un sacerdote que abandonó el oficio tras la Revolución francesa y escribió entonces El último hombre. Título e idea que retomó Mary Shelley dos décadas después para otra novela a la que siguieron luego Poe y H. G. Wells entre otros, que desde mediados del siglo XX pasarían a desbordar la cultura popular. La Segunda Guerra Mundial había tenido una magnitud digna de la más febril visión de cualquier profeta y le siguió una era nuclear en la que tecnológicamente ya era factible una destrucción total de la humanidad.

Para que el cine, el cómic y las novelas fantasearan tan a menudo con estas historias apocalípticas, además de aludir a un sustrato religioso profundo, debían de tocar alguna tecla de nuestra psicología, pues si no la gente no las consumiría. Pero ¿cuál? ¿Qué es lo que nos atrae de ellas? En primer lugar, como es sabido, las buenas noticias corren pero las malas vuelan, y ciertamente el fin del mundo es la madre de todas las malas noticias. ¡Cómo no va a llamar entonces nuestra atención! Los buenos presagios solo requieren de nosotros esperar para que se cumplan, pero los malos nos impulsan a prevenirlos de alguna forma y, por tanto, primero tenemos que atender a ellos con los ojos bien abiertos, enterarnos de cómo, cuándo y dónde tendrá lugar la amenaza. Un indicio de la suspicacia que inevitablemente nos provoca el porvenir es el entusiasmo con el que todo político promete un futuro mejor… cosa que no serviría de reclamo si lo diéramos por supuesto. Al fin y al cabo, si algo podemos saber con seguridad del futuro es que en él se sitúa nuestra muerte. Tal vez en uno distante, o bien inmediato, pero tarde o temprano está claro que nos va a dar un buen disgusto. Aquel grito punk de no future era en realidad un clamor común a toda la especie humana.

Para terminar de echar sal a la herida solo faltaba que, además, nosotros nos vayamos de este mundo y los demás no. Hasta ahí podíamos llegar. Irse de la fiesta antes que el resto y que estos sigan en ella sin reparar en nuestra ausencia tiene su punto frustrante, admitámoslo. Podemos ponernos a ver una película ya empezada, pero nos cuesta mucho más dejarla antes de que termine, ¿quién nos contará luego el desenlace? Ser una generación más en una larga sucesión, que nuestra vida pase sin que en ella haya tenido lugar el acontecimiento más importante de la historia, nos coloca en el papel de figurantes de esta gran tragicomedia. De manera que, si alguien en el pasado auguró el cataclismo definitivo, ¿acaso no estaría interpelándonos a nosotros en exclusiva? Un presidente que tanto ayudó a avivar el terror apocalíptico a comienzos de los ochenta como Ronald Reagan lo tenía claro: «Reviso las profecías del Antiguo Testamento y los signos que pronostican el armagedón, y me pregunto si somos la generación que lo verá llegar… ciertamente ellos describían los tiempos que estamos atravesando».

Por otra parte, los cambios sociales drásticos son un potente estímulo para esta clase de fantasías sobre el futuro y estos se han producido con especial intensidad en las últimas décadas. Como si el tiempo estuviera acelerándose, ahora cada año parece una década y eso acrecienta la ansiedad colectiva. Civilizaciones previas cayeron, ¿por qué esta debería ser la excepción? Claro que de aquellas conocemos su declive porque, al fin y al cabo, quedaron testigos. Ahí está un elemento clave de esta clase de ficción cada vez más común en los últimos tiempos: más que apocalíptica, habremos de precisar definiéndola como posapocalíptica, pues quedan supervivientes. La catástrofe global tiene lugar bien por una epidemia zombi, un holocausto nuclear, una invasión alienígena o cualquier otra calamidad a gran escala. Eso provoca la quiebra del orden social, el Estado pierde el monopolio de la violencia y la vida vuelve a ser como en los albores de la humanidad, según especuló Hobbes: solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta. Pero también es vista como más auténtica: ahora los protagonistas de la narración parecen estar realmente vivos. Tal vez lo vemos así porque la modernidad hace la vida más sencilla, pero también nos provoca el vértigo de que en estos enormes y sofisticados enjambres humanos, cuyo funcionamiento ni siquiera alcanzamos a entender, ya no tenemos el control sobre nuestro destino individual. Si el sistema se desmorona, en consecuencia, uno puede volver a depender de sí mismo, sentir de nuevo el suelo bajo sus pies.

A menudo esas historias de ficción comienzan mostrándonos a unos personajes distraídos por preocupaciones frívolas, dejándose llevar por un modo de vida basado en el consumo y la satisfacción de necesidades irreales. Entonces se desata el caos y con él llega el vuelco existencial: ahora las prioridades están de nuevo ordenadas. Se produce así el cambio interior del protagonista que requiere toda narración. Forzado a madurar bruscamente, toma una mayor conciencia de sí mismo y encuentra su lugar en un mundo en el que las convenciones sociales se han alterado drásticamente. Es un viaje repentino en el espacio y en el tiempo, un nuevo reparto de cartas en el que aquellos que estaban en lo alto de la pirámide social son vulnerables y a la inversa. Max Rockatansky, John Connor o el apodado «Hombre» del estupendo cómic homónimo de José Ortiz y Antonio Segura pasan ahora a tener la sartén por el mango, una vez que las reglas del juego han cambiado. Tradicionalmente, las guerras y epidemias han ejercido ese papel durante siglos, proporcionando una segunda oportunidad, un reordenamiento de las jerarquías en sociedades fuertemente estratificadas. De hecho, los historiadores suelen considerar la peste negra que sacudió Europa durante el siglo XIV como un factor precursor del Renacimiento. Toda destrucción es, a su manera, creativa.

En ese nuevo mundo las construcciones aún en pie adquieren un nuevo significado, una singular belleza. ¿Cabe alguna duda a estas alturas de que la mejor escena de El planeta de los simios era ese desenlace en el que veíamos en una playa los restos de la Estatua de la Libertad? Lo mismo ocurría con El último hombre vivo y su versión posterior, Soy leyenda, o con Oblivion o The Road: las calles de una ciudad en otro tiempo vibrante aparecen desiertas, cubiertas de maleza o incluso pobladas por animales salvajes. Son ruinas de una civilización perdida, la nuestra. Un abandono que resulta extrañamente hermoso, tal como aparece en una de las películas posapocalípticas más destacables de los últimos años, Un lugar tranquilo. Dado que esa plaga de monstruos que arrasó el mundo reacciona al sonido, los pocos supervivientes vagan por pueblos abandonados procurando no hacer el menor ruido. Ese silencio en un lugar lleno de vida en otro tiempo le da un tono intimista a la cinta que resulta ser todo un hallazgo. En definitiva, el mundo que la ficción nos muestra tras el desastre final es atroz, pero al mismo tiempo nos da una segunda oportunidad y está dotado de una belleza melancólica, como el célebre soneto de Percy Shelley sobre aquella gran estatua de un olvidado rey de reyes perdida en el tiempo y en el desierto. Probablemente no vivamos ningún apocalipsis, dado que nuestras vidas no son tan importantes como nos gustaría, y, además, de haberlo —permítannos no adelantar una fecha exacta—, seguramente no lleguemos a estar entre los escasos supervivientes, pero ¿y si…?


El milenarismo ya llegó

Coronación del emperador Otón III del Sacro Imperio Romano Germánico, Apocalipsis de Bamberg, Folio 59v ca. 1002. DP.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 20

Los medios de comunicación adoran las novedades y el cambio, pero saben también que son fundamentales ciertas rutinas para reconfortar al público mostrándole que, a pesar de todo, el mundo tiene un orden. Nuestro equilibrio psíquico requiere que al asomarnos cada día a ver lo que pasa ahí fuera constatemos que si es invierno hará frío, y entonces queremos noticias que nos cuenten que hace eso, frío, y que sí Pérez-Reverte ha creado una nueva polémica es por haber dicho algo característico de Pérez-Reverte. Imagínense que un día hace una declaración propia de Willy Toledo, eso nos desconcertaría, no estaría nada bien por su parte.

En ese paisaje mediático el ilustre científico Stephen Hawking ha adquirido entidad propia y si mañana se descolgase afirmando que nos espera un futuro luminoso al que abrazar esperanzados, cualquier persona razonable no debería hacer otra cosa que entrar en pánico y correr en círculos con los brazos arriba ante semejante ruptura del orden establecido: durante los últimos años ha pronosticado que una pandemia exterminará a la humanidad, que sufriremos una guerra nuclear, que el cambio climático destruirá la civilización, que si entramos en contacto con extraterrestres nos tocará el papel de indígenas, que el bosón de Higgs podría generar alguna reacción en cadena cuántica enloquecida que aniquilará el universo (no me pregunten detalles, él sabe explicarlo mejor) y también que un ordenador que tomase conciencia de sí mismo llegaría a rebelarse contra sus creadores, aunque aquí ya empezamos a sospechar que lo que empieza a contarnos en cada conferencia es la película que ha visto la noche anterior. La cuestión es que, sea de una u otra forma, nos quiere ver muertos a todos, ¿cómo puede caber en ese endeble pecho un corazón tan negro?

En realidad si nos cuenta todo eso es porque sabe que encontrará un público receptivo, no es cosa suya sino nuestra prestar tanta atención a las profecías apocalípticas. Podemos perdernos los cinco primeros minutos de una película, pero no soportamos quedarnos sin los cinco últimos, así que, si el mundo va a acabar y nuestra experiencia nos hace intuir que todo tiene un final—, entonces que sea mientras estamos en él y veamos lo que promete ser el espectáculo definitivo. La historia es eso mismo, una historia, y como toda narración debe tener un planteamiento, un nudo y un desenlace. De ahí que resulte inevitable que sintamos tanta impaciencia por saber de una vez por todas cómo concluirá la existencia de nuestra especie. Un anhelo que en Occidente se ha materializado en una doctrina, el milenarismo, si bien no es exclusiva del judeocristianismo y, dentro de este, tampoco se ha dado de forma homogénea, disgregándose en ramificaciones a lo largo de épocas y lugares tan variadas como la que estudió con tanto detalle el antropólogo Juan Aranzadi en su clásico Milenarismo vasco: Edad de Oro, etnia y nativismo.

Pero si tuviéramos que señalar una raíz la encontraríamos en el mesianismo judío nacionalista previo a la era cristiana, que, tras sucesivos fracasos políticos y militares, a la vista de que el mundo real se le resistía, cayó en cierta melancolía espiritual definida por Aranzadi como «sustitución del combate armado por el ascetismo purificador, predominio de la espera sobre la acción e idealización del Reino de Dios». Características de las que a continuación se apropiaron los primeros seguidores de Jesús, pues eso les permitía interpretar el aparente fracaso que supuso su crucifixión como simplemente la primera etapa, siendo la siguiente su resurrección y segunda venida. Él mismo, cuando estaba con sus discípulos en el Monte de los Olivos durante su última semana de vida, ya lanzó una espeluznante profecía: «Y Jesús les dijo: “¿No veis todo esto? En verdad os digo: no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada. (…) porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores. Entonces os entregarán para ser atribulados, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre (…) Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin (…) E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas”». (Mt 24: 2-29). Suena estremecedor, solo falta que además se caiga la conexión de internet y no podamos comentarlo por las redes sociales.

Una descripción tan vívida y generosa en efectos especiales no es de extrañar que cautivase a uno de sus discípulos, Juan, a quien la tradición atribuye la escritura del último libro del Nuevo Testamento, titulado precisamente Apocalipsis. En él contaba que mil años después Satanás sería liberado de la prisión en que se encontraba para enfrentarse contra Cristo en su Segunda Venida, se formaría un inmenso ejército maligno al mando de Gog y Magog que sería arrasado por una lluvia de fuego que caería del cielo y entonces tendría lugar el Juicio Final, momento en el que los muertos resucitarían para ser juzgados, siendo unos enviados al paraíso y otros arrojados a un lago de azufre y fuego. Ese periodo anunciado de mil años será lo que dé origen por tanto al milenarismo, la creencia en la literalidad de estos augurios.

Visto desde la perspectiva actual, es lógico suponer entonces que en el año 1000 de nuestra era muchos temieran estar a punto de presenciar el fin del mundo. Se trata de un cliché bastante inexacto, pero demasiado sugerente como para que eso importase: entre la realidad y el mito el segundo suele imponerse en cuanto le dan suficiente tiempo. El monje Johannes Trithemius, a comienzos del siglo XVI, fue el primero en popularizar esa imagen: «En ese año un terrible cometa apareció, que aterrorizó a muchos que temieron la inminencia de los últimos días, en la medida en que había sido predicho por algunos a partir de un cálculo erróneo, que el mundo visible terminaría en el año del Señor 1000». Desde entonces la idea no dejó de circular, quizá porque el temor que nos despierta el fin del mundo es comparable a la risa que nos provocan aquellos que lo temieron en vano previamente, y alcanzó su apogeo en la última década del siglo XX, en la que se repetía con insistencia aquella imagen de campesinos medievales aterrorizados por sus creencias religiosas, al tiempo que se auguraba aquel «efecto 2000» en los ordenadores que quedó en nada.

Lo cierto es que a finales del primer milenio los calendarios estaban al alcance de muy pocos y ni siquiera existía consenso sobre la fecha en la que se materializaría dicho augurio, de manera que no puede afirmarse con rotundidad que hubiera una mayor expectación apocalíptica de la ya extendida en decenios y siglos tanto previos como posteriores a esa fecha en concreto. No se les puede culpar, fueron tiempos de enormes incertidumbres en los que cayeron y se erigieron imperios, y si el orden social se desmoronaba solo podía ser obra de un Satanás por fin liberado de su prisión. Los vikingos asolaban los enclaves cristianos al oeste del continente europeo, los musulmanes habían conquistado buena parte de la península ibérica y las feroces tribus húngaras atacaban por el este. Los corsarios árabes asediaban a las poblaciones mediterráneas para cometer secuestros con los que alimentar un enorme mercado de esclavos y los castillos que empezaron a proliferar en torno al siglo X hacían invulnerables a los señores ante el campesinado, al que podían someter de forma casi ilimitada gracias a sus despiadados mercenarios a caballo, quienes con el tiempo terminarían elevando su posición social y ajustando su comportamiento a un código moral que los transformaría en caballeros… pero esa es otra historia.

Ningún territorio, extracto social o institución parecía a salvo de la descomposición, el caos y, en definitiva, el influjo diabólico. Menos aún la Iglesia, pues al menos en su cúspide no abundaba precisamente la santidad: en el año 955 un adolescente fue elegido para la máxima responsabilidad bajo el nombre de Juan XII, también conocido como «el Papa Fornicario», lo cual nos da cierta idea de sus costumbres. Carente del menor interés por la espiritualidad o la liturgia, no había depravación que no practicara o que se rumoreara sobre él, desde convertir su palacio en un prostíbulo, a castrar curas o brindar por el demonio. Su muerte estuvo a la altura de su fama, ya que se le atribuye según una versión una apoplejía en pleno acto de adulterio, aunque otras dicen que fue asesinado por un marido cornudo. Mientras tanto, a los campesinos solo les quedaba la clemencia de los monasterios y, en realidad para muchos de ellos, la esperanza de que efectivamente se acabara el mundo y con él sus calamidades. De forma paradójica, o tal vez no, el emperador al frente del Sacro Imperio Romano Germánico durante la transición de un milenio al siguiente, Otón III, resultó ser un joven excepcionalmente devoto, consciente de su deber de redimir tanto su propia figura como su época. Ya durante su coronación en el 996 portó a sus espaldas una capa con escenas del Apocalipsis de Juan, y según un cronista de la época de nombre Tietmaro de Merseburgo: «en el interior de su conciencia sufría el peso de las numerosas fechorías de las que, en el silencio de la noche, trataba de expiarse sin cesar mediante vigilias, intensas oraciones y ríos de lágrimas». Y es que no le faltaron buenos maestros, como el monje Adalberto, del que se decía que podía detener el croar de las ranas cuando se ponía a rezar. No es un superpoder como para formar parte de los Vengadores o los X-Men, pero al menos es original.

También llamó mucho su atención un anciano anacoreta llamado Nilo, que se acercó a él pidiendo clemencia por el antipapa Filagato, a quien para entonces ya se le habían cortado la lengua, los labios y la nariz, y se le habían sacado los ojos, maldiciendo al papa y al mismo emperador si no eran capaces de darle el perdón. Otón III debió quedar impresionado por el atrevimiento de Nilo, que se convirtió en puro terror religioso cuando el papa murió al año siguiente, en el 999. Claramente era una señal. Así que partió en búsqueda del anacoreta en un viaje de penitencia en el que se detuvo en cada templo de su camino para entrar descalzo en él, hasta que finalmente se presentó frente al anciano, se arrodilló ante él y se quitó la corona. O eso afirmaban las crónicas, en un gesto realmente insólito para alguien de su poder. Hubo además una tercera figura religiosa inspiradora para el emperador, un ermitaño llamado Romualdo, del que se decía que tenía la piel de color verde debido al tiempo que había permanecido sumergido en una ciénaga. Irradiaba tal santidad que a punto estuvo de ser asesinado por el populacho para obtener reliquias de su cuerpo, aunque logró librarse fingiendo locura. Lo cual suponemos que no le debió costar mucho esfuerzo. A él le confesó Otón III su íntima convicción de enmendar todo lo que estuviera mal en su imperio, ir en viaje de peregrinación a Jerusalén y abdicar de su corona ante Cristo, quien debía gobernar en su Segunda Venida. Pero a comienzos del 1002, cuando apenas tenía veintiún años, una enfermedad le arrebató la vida impidiéndole cumplir su promesa. Ubicado en el epicentro del cambio del milenio y del temor milenarista como ningún otro, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico desconocemos si en su agonía se reconfortó o se atormentó pensando en la salvación y en las visiones apocalípticas que le acompañaron desde su coronación. Tal vez todos esos augurios fueran infundados o puede que su piadosa intercesión ante la divinidad logrará una prórroga para la humanidad, de tal forma que la verdadera profecía sobre el fin del mundo habría de llegar mucho tiempo después, en el siguiente milenio, mediante una voz robótica controlada por un físico en silla de ruedas.