Malena Pichot: «Se puede hacer cualquier chiste, pero no lo puede hacer todo el mundo»

Malena Pichot

Malena Pichot es la primera youtuber argentina en una época en donde los youtubers no existían, como así tampoco el término viralidad. Era el 2008, recién habían pasado dos años de la venta de YouTube a Google por mil trescientos millones de euros y Malena creó Loca de mierda, luego de un desengaño amoroso. Plano fijos, elipsis, corte directo, whisky, humo, llantos y desesperación provocaron un boom en la red, millones de clics y el interés de la MTV para la distribución de sus videos caseros.  

Se autodefine en Twitter como: «Guionista de Cualca, Jorge, Por ahora, Mundillo, Tarde Baby, Leonor y Finde. De 16 a 18 en Furia Bebé por @FutuRockOk». Tiene 1.2 millones de seguidores y usa esta red como parte de su militancia feminista y también para promocionar sus presentaciones de stand up. La hija del anestesista Horacio Pichot y de María, profesora de expresión corporal e integrante de la ONG Dando a Luz, vivió en su infancia en los barrios porteños de Belgrano y Núñez. Heredó de su padre la pasión por el tango y de su madre el compromiso social feminista.

El encuentro es en una casona de la primera década de 1900 donde actualmente funciona el Museo Evita y, desde el 2005, el Museo Evita Restaurant. Malena avisa de un retraso porque es muy complicado estacionar un día sábado en las inmediaciones del lugar, a pocos metros del Jardín Botánico de la ciudad de Buenos Aires. 

Apenas llega, le sugiere a la fotógrafa no moverse demasiado entre las mesas del restorán para no llamar tanto la atención de los comensales. Antes, vía WhatsApp, había preguntado: «¿Por qué me querés hacer una nota a mí?». «La idea es hablar de tu trayectoria, actuación, política, el oficio de escribir». Y así, comenzamos.

Mientras coordinábamos la entrevista me dijiste que no tenés mucha confianza en los periodistas. ¿Por qué?

Porque a menos que sean periodistas que son feministas y que me quieren, ha habido lindas entrevistas, pero, en general, no. Obviamente, depende del medio, pero en general están buscando un título y esa cosa del periodismo. A menos que sea un medio superinteresante e inteligente, pero en general están buscando roña [pelea]

Vamos a hacer esta entrevista sin roña, con un título porque lo necesitamos, pero sin roña. En un artículo retomás una entrevista que le hicieron a la cantante Fabiana Cantilo, quien cuenta que ella le ha pegado a todos sus novios, y el conductor le dice: «Ah, violencia de género al revés». 

¿Yo hice una nota sobre eso?

Sí, hay un artículo del 2018 en donde lo mencionás. Fue en el programa de Andy Kusnetzoff.

Justo Andy… Tuve malas experiencias con periodistas y quedé traumada. Pero bien, lo normal.

Lo normal para seguir haciendo entrevistas…

Sí.

Ahí también hablás del fin de la admiración de algunos personajes de tu adolescencia y juventud, entre ellos Alfredo Casero, Lani Hanglin.

Con Lani era muy chiquita, era niña. Era un programa que escuchaba mi mamá.

¿Cuándo empezaste a sentir que se terminaba esa admiración?

Creo que más que una cuestión de género es una cuestión de edad. Vas creciendo y dejás de idealizar a la gente. Entendés más de dónde vienen, qué dicen, por qué lo dicen. Y te quedan menos personas para admirar.

¿Y cómo se siente eso, que haya menos admiración? ¿O admirás a otro tipo de gente con otro tipo de perfil?

No, me parece que es crecer y ver la humanidad en las personas. Hay algo en la juventud y la adolescencia que es más romántico y una idealiza más a la gente. Es crecer, no es tanto una cuestión de género, me parece.

Malena Pichot

Vamos a los años de las idealizaciones. ¿De dónde sentís que viene la vocación de escribir, actuar, guionar?

No sé bien, porque en mi casa no eran artistas. En toda mi familia son todos profesionales. En mi casa y en la de mis tíos no son del mundo artístico. Pero supongo que cuando era chica veía mucha comedia, mucha tele, veía Antonio Gasalla y me gustaba mucho eso. Creo que ese fue el germen de pensar: «¡qué bueno que está esto!» 

El mundo de los sketches era Gasalla en los tempranos noventa. Mis papás se iban a cenar y yo me quedaba sola en casa, a los once o doce, y me quedaba viendo eso. Durante muchos años lo hice porque Gasalla estuvo varios años al aire. Supongo que ahí empezó algo. Y también viendo a Juana Molina. De ella me gustaba la cuestión más payasa. 

Y lo de escribir, no sé. En la secundaria me acuerdo de flashear [imaginar algo] con un cuento de Cortázar, Carta a una señorita en París, y decir: «Ah, claro, uno puede escribir cualquier cosa». Eso fue como una revelación. Como el momento en que se pone a vomitar conejos. Fue entender que uno podía escribir cualquier locura que se le cruzara por la cabeza. Pero de chiquita, antes de leer a Cortázar, también escribía cuentos. Pero no sé de dónde viene. La verdad no sé de dónde lo saqué.

Es una buena fusión Cortázar y Gasalla.

Creo que sí.

Escuché en alguna entrevista que contabas que tu papá, años después, te editó un librito, te hizo un regalo…

Sí, a mis dieciocho. Fue juntando todos los cuentos que escribía de chica, porque había una máquina de escribir y me divertía mucho. No sé si quería escribir cuentos o quería usar la máquina. Los guardaba en una carpeta. Yo se los entregaba como si fuese un editor: «Terminé, acá está». Un día los editó. Digamos, los anilló, podría haberlo hecho mejor [risas]. Pero sí, los anilló e hizo como si fuese una presentación del libro en mi cumple de dieciocho. Yo estaba muerta de vergüenza, pero después más grande me dio ternura.

¿Te acordás del argumento de alguno de esos cuentos?

Sí, hace poco los publicó Hernán Casciari. Me los compró. Fue como una especie de psicomagia extraña, como que alguien le pagó a esa nena por esos cuentos. Fue muy flashero. Hicieron una edición ilustrada. Hay tres o cuatro cuentos en una de las revistas de Orsai.

Durante la pandemia, en el momento en que todos estábamos ordenando cajones, fue el momento en que encontré este librito que había hecho mi viejo. Me los puse a leer y eran muy fascinantes porque había como un inicio de lo que soy ahora. Fue impresionante eso. En general había bastantes de terror, y bastante humor. Así que ahí están los cuentos.

Malena Pichot

Te escuché en varias veces hablar de tu papá, de tu mamá escuché menos, pero escuché que a partir de su trabajo en la ONG Dando a Luz, nace en vos el feminismo. ¿Cómo recordás esos diálogos con tu mamá?

Te voy a romper el romanticismo. Porque mi vieja está hace muchos años en esta ONG que defiende los derechos de las mujeres en el parto, que obviamente es una cuestión muy feminista. Y siempre trabajó con embarazadas y les daba clases de gimnasia preparto. Entonces, había una cuestión de género muy fuerte en mi casa, pero no estaba la palabra «feminismo». En los noventa no se usaba esa palabra. Sí estaban todas las nociones y todos los conceptos, y mi vieja siempre tenía una noción feminista del mundo sin nombrar la palabra. 

El mensaje de mi vieja era: «Vos tenés que ser independiente, tener tu propia plata, tenés que estudiar, no tengas hijos de joven». Ese mensaje estaba sin usar la palabra feminismo. Cuando llegué al feminismo fue muy rápido porque ya tenía todo. Me faltaba el título, nomás. No hablaba tanto de feminismo con mi mamá, pero ella sí me hablaba mucho de la violencia obstétrica, de eso mi vieja sí hablaba todo el tiempo en casa. Siempre supe mucho, y mi mamá es como una gurú de mis amigas que fueron madres, que la aman, que siempre me dicen: «Tu mamá me salvó la vida».

La violencia obstétrica era un tema absolutamente fuera de agenda hace una década. Pero vos sí empezaste a usar la palabra feminista mucho antes del primer 8M masivo. 

Sí, creo que fue en 2010 o 2011. No sé cómo llegué al concepto, porque yo estudié Letras hasta el 2011, creo. Estaba en la facultad y ahí tampoco se hablaba. Estaban los encuentros de mujeres, pero en la facultad no había materias sobre género. Había un poco de literatura queer, pero en la literatura queer no se hablaba de feminismo de ninguna manera. Entonces, en realidad, lo que me pasó fue por internet. Ver cosas, ver comediantes. Yo veía muchas comediantes mujeres en Estados Unidos que sí hablaban de feminismo. Y me pasaba que respetaba mucho el feminismo y a las feministas, pero creía que para ser feminista había que militar en una horda con armas, había que formar parte de la lucha armada. 

No me decía a mí misma feminista. Hasta que una vez estaba en una oficina del INADI [Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo] porque estaba escribiendo el guion de una serie sobre un chico que estaba en silla de ruedas, y mientras hablaba con una mujer que estaba en silla de ruedas para que me contara su situación, terminamos hablando sobre feminismo. Ella me dijo: «Para ser feminista vos no tenés que hacer más que creer que hay una desigualdad entre los hombres y las mujeres». Y yo salí de esa oficina, pensando: «¡Ah, soy feminista!», ya respetando el concepto. Aunque nunca me pasó de no entenderlo. Esto fue mucho antes del «Ni una menos». Yo, en su momento, estuve muy enojada con el «Ni una menos» porque tampoco usaban la palabra feminista. Era una palabra deleznable en esa época, al punto que las de «Ni una menos» decían: «No podemos usar esa palabra porque no va a venir nadie». Puede ser que yo la haya usado un poquito antes con un grupo de personas. Por supuesto, un grupo grande de compañeras.

Tampoco es que pasó tanto tiempo, es fuerte en ese sentido…

Diez años. Es difícil porque en 2015 había un montón de personas. Pero si ponemos como parámetro los medios, el sentido común y lo normalizador, me parece que todavía está mal vista la palabra. No sé bien dónde está bien vista la palabra. En los medios, no. Aunque, en realidad, depende del medio, depende del programa.

Es cierto que depende del programa. Pero si se analiza un manual de estilo de un diario, hay cosas que ya son inadmisibles, como por ejemplo escribir «crimen pasional». Aparecen en tus palabras los medios, los diálogos, el proceso de escritura, el guion, el feminismo. Quiero ir al momento del primer video de Loca de mierda, que también es un momento bisagra. Ahí tampoco estaba el concepto de youtuber… ¿La creatividad puede ser catártica?

Sin lugar a dudas. La creatividad puede ser catártica, lo que no significa que siempre sea interesante la catarsis de la gente. No sé si catártico es más sacarte de encima un veneno, un dolor. Para mí es como transformarlo en algo útil. Incluso las cosas feas que me pasan, digo: «En algún tiempo voy a escribir sobre esto y va a estar buenísimo». Y eso me tranquiliza bastante. «¡Ah, pero cuando escriba esto, mama mama!». Es como una especie de privilegio, no sé cómo hace la gente que no escribe cuando tiene un problema. ¿Cómo hacen? ¿Cómo se consuelan?

Malena Pichot

¿Cómo te visualizás en ese momento haciendo el primer video? Hay una cuestión estética que después los youtubers retoman, como el corte directo, las elipsis…

Gracias por decirlo, porque no lo dice nadie. Me duele en lugares muy profundos que nadie reconozca que fui la primera en hacer eso. Siempre lo cuento, pero no me molesta contarlo. Estaba probando un programa de edición que venía en la computadora. De hecho, ni cámara tenía porque estaba usando la cámara que venía en la computadora. Era un Mac, que en ese momento era una cosa supermoderna. Tenía este programa de edición y yo estaba viendo cómo se usaba. 

Ese primer video es una prueba, no era ni siquiera una idea de nada. Y cuando lo terminé de hacer me dio risa. Y se lo pasé a una amiga. En esa época no existía Wetransfer, no existía pasar archivos pesados por internet, una iba con un CD o un disco externo. Entonces lo subí a YouTube para pasárselo a una amiga, para que lo viera. Ni siquiera lo subí a YouTube para que lo viera la gente, fue como: «¡Mirá lo que hice!». Mi amiga me dijo: «Es muy gracioso, pero estás loca, no se lo muestres a nadie». Me divertía muchísimo hacer esos videos, me pasaba horas y horas editando, era lo más divertido del mundo. Era muy real, no había pretensión de nada. Entonces… tuve suerte.

Hay algo en las elipsis, en el momento en que decidís hacer los cortes, de un modo muy intuitivo, probando. A mí me hace pensar cuánto humor hay en lo que no se dice, en ese tránsito entre escena y escena, en el montaje…

Obvio, a mí me encanta editar, es lo que más me divierte hacer porque pasan cosas muy mágicas que no te esperás, surgen chistes, ambientes y climas nuevos. Si me ves hablando en el video en crudo es malísimo, lo que lo hace gracioso es el corte, la mirada que queda para otro lado, el gesto. Lo mismo pasa en otros niveles como en las películas, actores que solo por la edición parecen que actúan bien, cuando no actúan bien. Es increíble cómo cambia, quedás bien o mal por la edición. Eso me pasa siempre con los móviles de programas de televisión, yo sé que me van a editar como el ojete.

Te voy a replicar porque decís que si estás sin edición sos aburrida. ¿Qué pasa en el stand up?  

Ahí se demuestra que yo, particularmente, soy genial. Eso sí. [risas]

También en el stand up hay montaje. ¿Cómo hacés para que las elipsis aparezcan en tiempo real, cómo hacés esos saltos temporales cuando hacés un stand up?

El stand up que está en Netflix [Estupidez Compleja] lo edité yo. Fue algo que puse en el contrato porque cuando hay cámara, un show filmado cambia mucho. Me acuerdo de que me pasaron el primer editado y el remate me lo ponían como en un perfil, y yo estaba poniendo una cara que era «cara para el remate». Tenía que ser o un plano corto o un plano de frente. Yo me daba cuenta de que todos los planos que elegían tenían que ver con cómo salía de luz y de linda. Entonces digo: la edición es clave. 

Pero en el «vivo vivo», yo ahora hago un show con Vanesa Strauch [Tenemos que hablar] y las dos tenemos un estilo muy diferente. Yo soy muy precisa en las palabras, para mí, si cambiás una palabra de lugar el chiste no funciona. Y Vane tiene un estilo más verborrágico, más desarmado, todos los chistes los dice siempre distintos. A mí me pasa como si fuera de montaje, sé perfectamente que si corto ahí pasa algo, que si no corto ahí no pasa nada.

Me parece superinteresante la precisión de las palabras en algo que parece muy espontáneo.

Tiene que parecer que lo estás diciendo casi por primera vez o que se te está ocurriendo en el momento. Porque si lo decís medio leidito no funciona. Tenés que hacer un acting de que estás charlando: «Che, les voy a contar una cosa, el otro día… no sé qué…». Esa es la diferencia. Hubo un momento cuando se puso de moda el stand up acá que todos hablaban igual, todos tenían la misma musiquita, a mí me desesperaba. Yo decía: «Pero hablá como hablás en la vida, ese es el chiste».

Malena Pichot

Hablamos de la innovación tuya como youtuber cuando no existía la palabra youtuber. ¿Te considerás de vanguardia en la utilización de estas plataformas digitales? ¿Cuánto influyó en vos la interacción que proponen las plataformas digitales en la motivación de producir y escribir?

De la lógica de YouTube ahora yo ya estoy afuera. Ahora es la «nueva normalidad», pero en su momento yo era como «una famosa diferente». La gente no me trataba como una «famosa», yo era como una conocida de ellos. Era más íntimo el trato. Siempre me acuerdo de que estaba en unos premios, creo que de los MTV que se hicieron acá, había un montón de famosos reales y la gente me venía a hablar a mí, se animaban a hablarme porque no era «famosa de verdad». Había una cosa muy íntima que ahora no está más, porque los famosos de YouTube son famosos también, no son tan íntimos como en esa época. Era como el under, una cosa rara.

¿Hay como un nuevo estándar de celebridad genuina de las redes?

Claro, son celebridades que ya están instaladas como tales. Pero yo no era celebridad, me veían en la calle y me abrazaban, se me ponían a llorar los que extrañaban a su ex, era otra cosa, distinta.

Una vez contaste que un profesor de literatura…

Me dijo: «no estudies Letras…»

Exacto, porque también te dijo que «estudiar Letras no sirve para nada». ¿Fue así?

Me dijo como que no lo haga. Y eso me dio más ganas de hacerlo. 

¿Y para qué te sirvió estudiar Letras?

Para todo, para todo, para todo. Primero, porque en general a la carrera de Letras se le criticaba, por lo menos en mi época, que no había talleres de escritura y que no te enseñaban a escribir. Para mí es re mentira, enseñaban a escribir porque cuando tenías que hacer una monografía o un parcial domiciliario entendías la estructura: hipótesis, desarrollo, conclusión. Y todo tenía que cerrar con todo y tenías que comprobar tu tesis, tu teoría. Aprendías de estructura. Es mentira que no. También me enseñó a ordenar un pensamiento, a tener disciplina. Todos mis compañeros de la comedia no tienen la disciplina de estar horas escribiendo. Son todos geniales, tienen una genialidad que me encanta y me sirve, pero ninguno se puede sentar a escribir porque no fueron a la facultad, porque no tuvieron que entregar un parcial domiciliario. Así que siempre soy yo la que se sienta a escribir los guiones en última instancia. Y eso me lo dio la facultad, que no la terminé, pero estuve muchísimos años. Seis años.

Hice todo mal, pero igual me re sirvió. Hice todo mal porque tenía mucho miedo a los finales. En Letras todos los finales son obligatorios y orales. Y a mí me daba pánico, ¿podés creer? Ahora hablo para mil personas sin problemas. Para la gente pararse enfrente de un público y hablar es como el peor miedo. Yo tenía pánico a la instancia oral y ahora si lo pienso lo haría de taquito.

¿No será que lo que te paralizaba era que tenías que hablar sobre algo muy sacro? 

Sí, obvio. Yo tenía mucha desconfianza de mi capacidad intelectual, me iba re bien en los escritos y en los orales, no. Por eso tardé tanto, dejaba los finales, los dejaba y los dejaba. Pero sí, puede ser eso. Tenía mucho respeto, por eso tardé mucho en escribir. Eso también sentía en la facultad, te anula un poquito la creatividad porque decís: «Cómo yo me voy a poner a escribir después de todo esto que leí».

Ahí aparece el blog, otra tecnología que en aquel momento era novedosa. ¿Esa especie de anonimato que tenía el blog en los inicios te favoreció para empezar a escribir?

Ahí escribía cosas re de los veinte años, re pretenciosas y profundas y zarpadas. Me hacía la zarpada. Hacía como textos de una chica reventada, ese estilo, una cosa estúpida. Se llamaba Seda y Percal. Después tenía otro que se llamaba Madame Ivonne, que es un tango

¿Por qué ese entrecruzamiento con el tango? ¿Viene de la infancia?

Me llamo Malena, arrancamos por ahí. Mi viejo es muy tanguero, y cuando me llevaba al colegio ponía tango y me cantaba todas las canciones como para que flasheara con las letras. «¿Entendés lo que está diciendo acá?», me decía. Y funcionó, me entró. Me iba recitando todas las letras y lo logró, porque flasheaba yo con las letras de tango. Escuchaba tango de muy chiquita, como a los quince, catorce. Primero un tango muy melódico tipo Horacio Molina, y después ya me puse más arrabalera. El jazz y el tango me dieron el drama de la vida, el melodrama.

Malena Pichot

Hay algo de mucha intuición, cada una de las plataformas digitales tiene su propia narrativa y vos le fuiste encontrando una manera de narrar.

Fui usando todas. Ahora ya no, ya me quedé atrás. Pero siempre que salía algo lo usaba: usé Fotolog, usé el blog, YouTube. Y ahí ya me quedé.

Hay que ver qué pasa con Tik Tok…

No.

Vi dos videos tuyos…

Sí, lo intenté. Y no lo entiendo bien, ya me rendí. El otro día hice un streaming por Twitch y el nivel de técnica que tiene eso, yo lloraba de risa, es imposible. Vino el operador de la radio a mi casa y tuvo que instalar todo, yo pensaba cómo va a instalar todo esto, es impresionante. Así que bueno, ya está, es suficiente.

¿El humor plantea algún límite?

Después de muchos años tengo una respuesta para esta pregunta. Es una pregunta que llevó años encontrarle una respuesta. El límite es la misma persona. No todo el mundo puede hacer cualquier chiste. Se puede hacer cualquier chiste, pero no lo puede hacer todo el mundo. Hay chistes que una persona puede hacer y otra persona, no. ¿Se puede hacer chistes con los desaparecidos? Y la verdad es que los hijos de los desaparecidos lo pueden hacer, pero yo no. Es esa para mí. ¿Se puede hacer chistes con los judíos? Los judíos lo pueden hacer. Yo no. ¿Pueden hacerse chistes con que las minas son violadas? Yo lo puedo hacer, un chabón me parece que no. Es ese el límite: tu conciencia de clase y de todo eso.

¿Qué temática no abordarías nunca?

Todas las que no me competen.

¿Por ejemplo?

Cosas de religiones, no sé. Para mí el límite está re claro. Yo tampoco haría chistes sobre la desaparición de gente. Primero, ¿para qué? Pero entiendo que una persona que vivió ese drama lo puede hacer tranquilamente, y hasta puede ser gracioso. 

Nombraste a las religiones y sé de tu obsesión por las sectas y demás…

De eso sí me animo a hacer chistes. Es muy complejo, pero me animo.

¿Por qué te obsesionan tanto?

Me obsesiona el momento en que una persona pierde el control de sí misma por completo. Como la idea de alguien que de repente ciegamente se olvida de todo y sigue a una persona, sea lo que sea. El hecho de perder todo criterio y perder todo, me obsesiona. Creo que el amor romántico y la secta es una cosa muy parecida y creo que todas las personas que están en una secta están enamoradas de su líder, mal, es un enamoramiento horrible y tóxico. Es lo mismo que les pasa a las mujeres cuando se enamoran de un golpeador. Son muchas las mujeres que son golpeadas y no se quieren ir. Están las que se quieren ir y no pueden porque las van a matar. Y hay otras que dicen: «No es tan malo». Y eso es muy de secta, es lo mismo.

Te leí tuiteando sobre el coaching ontológico. ¿Hay algo de ir a un lugar y que no se pueda revelar lo que está pasando ahí adentro? ¿Encontrás un punto de similitud?

Una persona en Twitter me contestó una cosa muy interesante. Yo decía cómo eso no es la primera alerta de que está todo mal, de que te tenés que ir corriendo. Y me decía: «Hay mucha gente que está acostumbrada a guardar secretos». Como que guardar un secreto no es algo alarmante, es la historia de su vida guardar secretos. Y otra cosa es la cuestión de necesitar pertenecer. Cuando te dicen: «No le podés contar a nadie» es como que pertenecés a algo. Eso también me fascina, qué rápido entraron ya.

Malena Pichot

Quiero preguntarte acerca del primer llamado de la MTV en esa época sin youtuber. ¿Qué pensás que se gana y se pierde cuando estás haciendo algo que es netamente independiente, casero, de bajo presupuesto y accedés a la posibilidad de trabajar en una megaempresa o en el mainstream

En ese caso a mí no me cambió nada porque no me dijeron nada. Yo filmaba de la misma manera, con la misma cámara. No había nada que yo no podía decir. Tuve la suerte de que a mí no me cambió nada. Después, en ese momento, a mí me fue muy bien en el teatro y nunca necesité trabajar en ambientes horrendos. Pero es puramente suerte y poca ambición de fama también. Porque hay gente que se desespera por estar en la tele, aún hoy, y no es por la plata porque ya casi no hay plata en la tele. 

Ya cuando entrás en ese sistema de la tele o de los medios más tradicionales, es distinto. Estuve un tiempo en la Rock and Pop y era un poco duro. No grave, pero sí un poco duro. Había que lidiar con unos chabones que me decían cosas, no sexuales, pero que me discutían pelotudeces o que me hacían sentir mal, me decían: «En Facebook te odia todo el mundo». Los lugares mainstream son hostiles, no son gratuitos. Siempre hay competencias, serruchadas de piso, toda esa movida que es fuerte. Yo estoy en Futurock que es Disneylandia, está todo bien. Los sueldos ahí son bajos, porque prácticamente es una cooperativa. Pero bueno, no todo el mundo tiene el privilegio de decir yo gano poco y estoy contento.

¿Cuánto hay de «Estupidez compleja» en esos ambientes hostiles?

Mucha.

¿Cómo explicarías la estupidez compleja?

En mi monólogo explico al concepto y ya me olvidé cómo era. Pero se trata sobre cómo ideas que no son coherentes en sí mismas y cuando intentás entenderlas te da dolor de cabeza porque no tienen sentido. Es como una cosa estúpida, pero también es tan compleja y es tan difícil que hace un vericueto en la mente que no tiene sentido. En general la estupidez compleja son los conceptos que usan para denostar al feminismo, cosas que son muy complejas, unas vueltas rarísimas para tratar de justificar que no es necesario el feminismo en el mundo. Y bueno, es un poco eso: un concepto que no hace sentido y que provoca dolor en el cerebro.

Cuando accediste a Twitter fue porque te enteraste de que algún fake te había suplantado la identidad. Es una red donde hay como un relato de emergencia permanente. ¿Alguna vez sentiste la necesidad de borrar algo? 

Las veces que borré algo fue porque te están puteando en miles de colores. Yo borro mucho, pero en general es porque me están puteando. Hay veces que borro cosas que no leyó nadie. Antes me asustaba más, ahora no. Incluso el tono de Twitter es supervirulento, ahora no me preocupan mis tuits violentos. Hay un montón de tuits que ponen la captura como si yo lo hubiese borrado y me da mucha bronca porque no lo borré, retuitealo si querés.

En Loca de mierda arrancaste con una experiencia superpersonal, después aparece Cualca como una experiencia grupal. ¿Qué pensás que potencia lo colectivo a la hora de hacer humor?

Es clave escribir con gente y pensar con mucha gente. Es muy importante. Para mí todas las mejores cosas salen de muchos cerebros. Pasa que es muy difícil trabajar en grupo y en grupos de artistas. Aunque supongo que los egos están en todos los ámbitos. Es importantísimo trabajar en equipo y es igual de difícil e importante. Siempre es el mismo problema, los egos, de todos, los míos también. Problemas de egos y problemas de modos.

Y a nivel de disfrute, ¿alguna vez dijiste no es lo mismo ser una cantaste solista que integrar una banda de rock?

Sí, lo mismo me pasa en el stand up, no me gusta actuar sola porque primero estás sola en el camarín que es aburridísimo, viajar sola que es aburridísimo. Y, además, me parece que en el show de stand up ir a ver a una sola persona me aburre. Está bueno que haya media hora o cuarenta minutos de alguien y cuarenta minutos de otra persona, me divierte más. Pero eso es un detalle. Pero sí, me gusta trabajar en grupo. Es la que va.

Malena Pichot


¿Sos del River o del Boca? Una historia del superclásico

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Mientras los hinchas de River abandonaban el Monumental tras la derrota con Boca en 1997, Diego Maradona hizo pasar a un periodista al vestuario y explicó el partido: «Boca jugó a lo Boca y River a lo River».

Desdibujado, apenas estuvo cuarenta y cinco minutos en la cancha en lo que terminó siendo el último partido de su carrera. Su análisis futbolístico reconocía que cada equipo tenía un estilo propio. A lo largo de sus más de cien años desde sus respectivas fundaciones, los dos gigantes de Argentina compartieron una historia llena de encuentros y desamores.

El inicio del siglo XX en el país estuvo marcado por la llegada de los inmigrantes. Pasó de menos de cuatro millones de habitantes en 1895 a 7 800 000 en 1914, según los censos. La mayoría llegaba de Europa e ingresaba por el antiguo puerto de La Boca, en el sur de la Ciudad de Buenos Aires. A pocas cuadras alquilaban una vivienda, ponían su negocio y organizaban su vida en torno a actividades sociales, culturales o deportivas. 

En 1908, cuando se disputó el primer superclásico, todavía los dos eran del mismo barrio y estaban en el Campeonato de la Segunda División. Boca ganó el amistoso 2-1 con goles de un inmigrante gibraltareño, Rafael Pratts. La familia Priano tuvo intereses cruzados: en River jugó Francisco y su hermano Juan Bautista estuvo enfrente. Nacidos en Buenos Aires, su padre era un pizzero genovés que se había instalado en Argentina. Los jugadores también eran directivos, como Luis Cerezo, que jugó ese día y era el expresidente del xeneize.

Si algo caracteriza al superclásico argentino es la permanente tensión entre dos versiones. Respecto al primer cruce, River en su sitio oficial dice que fue en 1913. En realidad, ese fue el primero por los puntos. El Millonario, al que todavía no lo llamaban así, ganó 2-1. La rivalidad ya había nacido con el infaltable condimento de los medios de comunicación. Dos años antes, el diario La Mañana había realizado un concurso de popularidad y se publicaban incendiarias cartas de lectores de hinchas de ambos equipos, según reveló el historiador de Boca, Sergio Lodise.

Después de varios años deambulando sin sede, en 1923 River se mudó hacia la zona norte de Buenos Aires y terminó inaugurando su estadio a aproximadamente nueve kilómetros de su lugar original. Un año antes a pocas cuadras, como parte de la expansión de la ciudad, se había inaugurado el Cementerio de la Recoleta. La llegada al nuevo barrio y el abandono de la zona sur había sido el mismo camino que las familias pudientes habían optado años antes escapando de la epidemia de fiebre amarilla en los barrios de La Boca y el lindero San Telmo. Así nacería un nuevo motivo de enfrentamiento en el superclásico: Boca como el club «popular» y su alter ego de la clase alta. La masividad de ambos desmiente en la práctica esta idea que sobrevive en el imaginario. Otra vez con las dos versiones en tensión, el relato xeneize dice que la mudanza se definió en un partido que le ganaron a su eterno rival y lo obligaron a irse. 

Boca a lo Boca y River a lo River siguieron en su propio barrio y en su propio torneo, ya que entre 1919 y 1927 participaron en diferentes asociaciones de fútbol. Durante nueve años no hubo superclásicos, pero la rivalidad seguía vigente. En 1931 jugaron por primera vez en un torneo profesional y terminó en escándalo: el referí echó a tres jugadores de River que se negaron a abandonar la cancha y suspendió el partido. La revista El Gráfico publicó esa semana: «La mayoría atribuirá la culpabilidad principal al referee que pública y notoriamente es otra víctima propiciatoria del ambiente en que actualmente, y desde hace años, se desenvuelve el fútbol».

Durante la década de los 30 se dividieron la conquista de los diferentes campeonatos y cada vez que les tocaba enfrentarse lo vivían como un torneo dentro de otro. El superclásico se empezó a vivir de una forma más similar a la actual. River se ganó el apodo de Millonarios por comprar a Carlos Peucelle y a Bernabé Ferreyra en miles de pesos. Durante esos años también se tuvo que mudar y ocupó definitivamente el barrio de Núñez, donde actualmente tiene el estadio más grande del país y las instalaciones que lo transformaron en una referencia de los alrededores.

No son los títulos ni la historia de cada uno los que explican el fenómeno que supone este partido. Para el diario inglés The Guardian es el primero de los cincuenta espectáculos deportivos que hay que ver antes de morir y lo que destacan es cómo se vive. Si Buenos Aires es la ciudad con más estadios del mundo, el encuentro entre los dos más populares es el punto máximo de adrenalina y tensión futbolística.

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

La alegría de unos supone la desgracia del otro. La construcción del relato circula en paralelo y mientras en Boca engrandecen la figura de Antonio Roma por atajar un penal en el último minuto a Delem (1968), en River recuerdan el triunfo con juveniles de 1971. En pocos hechos de la historia coinciden en la interpretación. Durante muchos años, se conoció al 5-4 millonario de 1972 como «el mejor superclásico de la historia», mientras que la mayor tragedia fue lo que pasó en 1968 con la Puerta 12: a la salida del Monumental, setenta y un hinchas de Boca fallecieron en una avalancha bajando una escalera. El promedio de edad de las víctimas era de diecinueve años. 

Las familias solían replicar el fanatismo de sus padres, pero nadie estaba exento de algún díscolo. Pudo serlo, nada más y nada menos, que Diego Armando Maradona. En mayo de 1980, la revista El Gráfico advirtió que River era la solución para destrabar su situación contractual en Argentinos Juniors. Su padre, fanático de Boca, hubiera sufrido un disgusto. Meses después cuando la negociación se cayó, el joven de veinte años llamó a un periodista del Diario Crónica y le manifestó sus deseos de jugar en el xeneize. Así, metió presión para que la transferencia sucediera. En su primer superclásico, en 1981, anotó un gol para el 3-0 final.

River, que había estado dieciocho años sin salir campeón entre 1957 y 1978, sacó el pecho en 1986 y dio la vuelta olímpica en La Bombonera antes de jugar. Después ganó 2-0 en un partido que se jugó con pelota naranja porque se esperaba que los hinchas tiraran papelitos para los festivos recibimientos de los equipos cuando salieran a la cancha. A fin de ese año, conquistó la Libertadores y la Intercontinental.

Durante los 90, Boca llegó a estar trece superclásicos invictos, pero River se las rebuscó para ser campeón ocho veces en torneos locales. En 1996, el Millonario ganó la Libertadores con figuras como Enzo Francescoli, Ariel Ortega y Hernán Crespo, pero tres meses después perdió el superclásico 3-2 ante un Boca deslucido que terminó festejando por un gol con la nuca de Hugo Romeo Guerra. Al terminar el partido, Ramón Díaz, director técnico del equipo derrotado, dijo: «Boca gana partidos y River gana campeonatos».  

El supuesto equilibrio se rompió en los inicios del 2000 con la llegada de Carlos Bianchi como director técnico. Boca siguió ganando clásicos y también empezó a ganar títulos internacionales. Levantó la Libertadores en 2000, 2001 y 2003 y se consagró dos veces campeón del mundo. 

En 2004, por semifinales de la Copa se jugó por primera vez un superclásico sin público visitante. Fue el inicio de una medida excepcional que se volvió regla desde 2013 en todo el fútbol argentino. La excusa fue la seguridad, pero la realidad indicaba que a los dos clubes más importantes les quedaba mejor, ya que habían alcanzado una cantidad de socios que no entraban en su propia cancha. 

El superclásico se originó como un fenómeno popular, pero a partir del siglo XXI presenciarlo se transformó en un espectáculo exclusivo. Los hinchas concebidos como consumidores generaron una altísima demanda que los clubes aprovecharon para generar ingresos económicos. La Bombonera inauguró costosos palcos y plateas preferenciales, se armó un ranking de socios para que los «más fieles» tuvieran prioridad y hasta se creó una categoría de «socio adherente», que es como una gran sala de espera para algún día ser «socio activo».

En 2011, River descendió por primera vez en su historia. Si la Era Bianchi ya había marcado una diferencia en la eterna competencia entre ambos, la pérdida de la categoría pareció juzgar de forma definitiva una lucha con más de cien años. No fue suficiente que volviera a Primera al año siguiente, porque los hinchas de Boca ya se habían aprendido una canción de memoria: «River decime qué se siente haber jugado el Nacional, te juro que aunque pasen los años nunca lo vamos a olvidar».

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Pero la historia no podía quedar ahí. En 2014, Marcelo Gallardo llegó a River como entrenador y empezó a escribir un nuevo capítulo en la historia del superclásico. Los títulos estaban directamente ligados a la desazón de su rival. Lo eliminó de la Copa Sudamericana 2014 y fue campeón; lo eliminó de la Copa Libertadores 2015 y fue campeón; y le ganó la final de la Supercopa Argentina 2017. 

La tensión llegó a su punto máximo en 2018, cuando se cruzaron por la final de la Copa Libertadores. Boca tenía la oportunidad de terminar con la supremacía millonaria moderna y volver a conquistar un título internacional, como no sucedía desde antes de que River descendiera. 

Luego del empate en la ida, el partido de vuelta se suspendió por un piedrazo al colectivo de Boca. Como en 1931, el superclásico fue reemplazado por largas editoriales y llamados a la reflexión sobre la manera de vivir el deporte. Aquella rivalidad nacida en 1908, alimentada por el diario La Mañana y sostenida durante más de cien años con hitos variopinto, tuvo uno de sus momentos más dramáticos. Símbolo de los tiempos, la resolución fue montar un espectáculo internacional en Madrid, ante los ojos del mundo y diferente a aquel primer partido entre inmigrantes. 

River ganó en tiempo suplementario, fue campeón y, en un intento de cerrar la histórica tensa relación con Boca, los hinchas empezaron a cantarle a su rival que «murió en Madrid». Por popularidad y rendimiento, el fútbol argentino quedó reducido prácticamente a los dos más grandes del país. En las redes sociales, los hinchas de los demás equipos empezaron a hablar del fenómeno «Bover». Después de tantos años de desencuentros, el acrónimo los unió como cuando compartían barrio.

Los medios de comunicación se alimentaron de la tensión y debatieron permanentemente por esa competencia hasta el día de hoy. De tanto hacerla en cafés, reuniones y paneles periodísticos, hay una pregunta que se volvió cliché: ¿es peor descender o perder una final continental contra tu máximo rival? 

En más de cuatro años nunca se pudo alcanzar una respuesta unánime. Esa es una de las claves del éxito que se puede ver a través de la historia del superclásico: la tensión se sostiene y se construye desde dos polos opuestos. Boca a lo Boca y River a lo River.


El Gato y la Caja | Introspección

El Gato y la caja

Con la ciencia no alcanza

Empezamos El Gato y la caja como una forma de compartir ciencia para tantas personas como fuera posible. Porque sin compartirla, sin construir un sentido común, sin repartir lo sensible, sin consensuar el mundo, hacer ciencia es ser Cassandra, la pitonisa de Troya: portar la maldición de ver el futuro y no poder hacer nada porque nadie te cree.

No importa lo bien que funcione una vacuna, si no logras construir ese sentido de seguridad en otra persona, van a sobrar vacunas, pero van a faltar brazos. No importa cuán seguro estés de la necesidad de bajar las emisiones de dióxido de carbono o del futuro preocupante que nos espera si no cambiamos nuestra matriz energética, si el resto de las personas no comparte esa visión, nada va a mejorar. 

Esa necesidad de entender el mundo como es pero también de transformarlo en lo que puede ser constituye el espíritu de Gato. Resumido: sin la ciencia no se puede, pero con ciencia sola no alcanza. Por eso buscamos formas originales y potentes de contar historias y construir experiencias, usando todas las herramientas que el mundo digital generosamente nos provee. 

Por ejemplo, desarrollamos experimentos y experiencias digitales con cientos de miles de participantes que desean activamente hacer ciencia y con quienes siempre, siempre, compartimos los resultados de las investigaciones. Porque con el paper no alcanza, pero sin el paper no se puede. Entonces creamos experiencias interactivas para que quien participó pueda no solo conocer los resultados, sino además apropiárselos, inscribirlos en una narrativa sobre sí mismo, sobre las demás personas y el mundo en donde vive. 

Sin internet no se puede

También hacemos libros que reclutan decenas de especialistas de las ciencias, la salud, la antropología y la comunicación. Los libros son viajes más profundos e introspectivos.  Los entendemos y los pensamos como objetos de diseño, experiencias que exceden su contenido. Oportunidades para reflexionar y aprovechar esa escena de lectura propia que tiene el dispositivo libro y cuesta mucho encontrar en otro lado. Entonces hablamos de drogas, de posverdad, de la conciencia. Hablamos de ciencia ficción y de historia. De la vida y la muerte. De crisis climática.

Sin la información no se puede, por eso subimos todos nuestros libros completos a internet para que puedan ser leídos de forma gratuita. Pero sólo con la información no alcanza, así que también creamos campañas de comunicación amables —y un poco asertivas— para llegar a tomadores de decisiones, diputadas, diputados y senadores (pero también periodistas, influencers y otras personas motivadas). Esas campañas tienen objetivos claros. Por ejemplo, cambiar una ley de drogas absurda e injusta. Estas campañas son uno de los modos más genuinos a nuestro entender de habitar internet, porque se trata, en definitiva, de usar los métodos de  internet para transformar la realidad. En ese sentido, hemos hecho campañas de venta de libros en las que prometimos (y cumplimos) regalarle uno a un representante público por cada diez que vendíamos. Hicimos bombas de mails, bots de tuiter, trivias, juegos y visualizaciones de datos. Convertimos las campañas en experiencias accionables. Y de esa presión nacieron cientos de reuniones con representantes de la política y hasta proyectos de ley para incorporar algunos de estos contenidos en la educación formal.

Hacemos lo que sea que se nos ocurra hacer usando las herramientas de la internet para compartir un modo de ver y pensar basado en evidencias. Para que las ideas no se queden gritando que saben pero sin que nadie les crea o sin que nadie haga algo con ellas. A veces es hacer un buscaminas para mostrar la poca cantidad de espacios verdes que hay en nuestras ciudades, otras es armar un panel de decisión para maximizar la inversión del Estado en una matriz de desarrollo productivo sustentable usando ciencia de datos o un algoritmo capaz de predecir tus actos futuros mejor que vos mismo para mostrar cómo funciona la conciencia. Es que describir lo que hacemos a través de ejemplos puede ser un recurso poco elegante, pero es el más apropiado. 

Enunciar, diseñar y habitar

Nada bajó los costos de llegar a millones de personas como lo hizo internet. Nada nos dió más herramientas. Y ahora el límite es nuestra propia imaginación y la capacidad de contar historias que conmuevan y movilicen. La pregunta que debería surgir en este momento es: ¿movilizar a quién? Procuramos nunca perder de vista eso, porque Gato es sobre todas las cosas una comunidad de personas que comparten la visión, que leen, escuchan, comentan, diseñan  y construyen junto a nosotros. Porque sin imaginación no se puede, pero sólo con la imaginación no alcanza. Siempre hace falta una aldea. 

Eso es Gato: nuestra iniciativa de llevar más ciencia y más diseño a más lugares y más personas con el objetivo de compartir el mundo como es, pero también de salir a construirlo como queremos que sea. Es la voluntad de romper la maldición de Cassandra. Porque saber no es suficiente para transformar, y necesitamos más que nunca transformar. Con ciencia, con diseño, con información, con internet, con la comunidad. Imaginar, diseñar, construir y habitar el mundo que queremos, porque con enunciarlo no alcanza.

El Gato y la caja

En Jot Down, a través de nuestra distribuidora Soidem, vamos a imprimir y distribuir los libros de El gato y la caja. Ya está disponible en la web y en librerías Sobre drogas, un proyecto sobre ciencia, política y la relación entre las sustancias psicoactivas y nosotros, las personas, que tiene por objetivo desnaturalizar prejuicios, cuestionar costumbres y generar espacios de discusión sobre la manera en la cual desarrollamos las políticas públicas de drogas.

Sobre drogas busca revertir la profunda disonancia que existe entre el enfoque actual basado en la prohibición (con participación mayoritaria de los organismos de seguridad) y el enfoque propuesto por los expertos y apoyado en la evidencia científica, que entiende que el “problema de las drogas” debe ser abordado desde la Salud Pública y contemplar los Derechos Humanos en la solución. Junto con el apoyo y la participación de decenas de especialistas en diversas áreas creamos ‘Un libro sobre drogas’, la primera materialización de esta iniciativa. Toda la información contenida en el libro la encontrarás en forma gratuita en esta web y se encuentra bajo licencia Creative Commons para facilitar que llegue a todos lados.


A 40 años de la guerra, ¿en qué pensamos cuando pensamos en Malvinas?

guerra de Malvinas
Soldados del ejército argentino leyendo los periódicos durante la guerra de Malvinas. (DP)

A comienzos de 1982 —hace ahora cuarenta años— los militares que gobernaban la Argentina tuvieron una idea que les pareció brillante: recuperar por la fuerza las islas Malvinas. Creyeron que tal acción sería un espaldarazo de popularidad, un golpe de efecto similar al que había representado el Mundial de fútbol desarrollado en el país y ganado por la selección local cuatro años atrás. El resultado, sin embargo, fue exactamente el opuesto. La derrota militar en la guerra contra el Reino Unido precipitó el final de la dictadura que llevaba ya seis largos y atroces años en el poder.

Lo que vino después en relación con esa guerra (la única en la que se involucró la Argentina en el último siglo y medio) fue el silencio, el ninguneo, una suerte de afán por meter la basura debajo de la alfombra. Como si lo necesario o lo aconsejable fuera el olvido. Los que no podían olvidar, por supuesto, eran los que habían estado allá, quienes al trauma bélico debieron añadir el desprecio de una sociedad que primero los mandó al infierno y luego los dejó a la buena de Dios. Más de quinientos excombatientes se suicidaron en las cuatro décadas transcurridas desde entonces.

Poco a poco, no obstante, el paso del tiempo y el recambio generacional han hecho que la mirada sobre ese capítulo del pasado reciente se haya ido modificando. Pero para los argentinos Malvinas sigue siendo un tema doloroso, chocante, contradictorio, hasta cierto punto incluso bastante desconocido. Cuarenta años después, ¿en qué pensamos cuando pensamos en Malvinas?

* * *

En Argentina, el 2 de abril es festivo: recuerda la fecha de 1982 en que se produjo el desembarco y la recuperación (temporal) de las islas. Hay municipios, calles, estadios, plazas, clubes, centros culturales, hospitales, museos, torneos de fútbol, un aeropuerto e incontables otros lugares e instituciones que llevan el nombre de las Malvinas. El mapa del archipiélago se reproduce en infinidad de sitios: camisetas, calcos pegados en los coches, grafitis y murales en las paredes, banderas en los partidos de fútbol y los conciertos de rock. Todos aquí crecemos sabiendo que «las Malvinas son argentinas».

«Estamos atravesados por Malvinas», me dice el historiador y escritor Federico Lorenz, quien se ha especializado en esta cuestión y acaba de publicar la novela Para un soldado desconocido, ambientada precisamente en esta guerra. Es algo que «llega como mandato a los más jóvenes a través de la escuela y los medios». Pero aclara que por Malvinas se entienden dos cosas. En primer lugar está el recuerdo de la guerra; en segundo plano —aunque en buena medida superpuesto al primero— «la causa nacional por la recuperación de las islas». Esa superposición «complica un poco el debate».

¿De qué forma lo complica? Lorenz —quien entre 2016 y 2018 dirigió el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, con sede en Buenos Aires— señala que, por un lado, cualquier crítica contra la guerra es vista desde ciertos sectores como algo que puede atentar contra la reivindicación argentina de su soberanía sobre las islas. Por el otro, cualquier propuesta de revisar los fundamentos de esta «causa nacional» parece desestimar el sacrificio de quienes dieron su vida en el 82. «Es medio como el perro que se muerde la cola», añade Lorenz. «Y eso no le hace justicia a ninguna de ambas cosas: ni al recuerdo de la guerra ni a la historia larga de las islas».

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Y sí que es larga la historia de las islas. Aparecen en los mapas desde 1502. Durante siglos, Francia, Reino Unido y España se disputaron su soberanía. Desde 1766 las Malvinas tuvieron gobernadores españoles. Tras la independencia argentina, obtenida en 1816, Buenos Aires se hizo cargo de su administración. Hasta que en 1833 llegó una fragata de guerra británica que expulsó a los argentinos y tomó posesión de las islas; es decir, lo mismo que hicieron las tropas argentinas —con resultados tan distintos— un siglo y medio después.

Desde entonces, la Argentina protesta por esa usurpación, alegando razones históricas y políticas y también geográficas: el archipiélago se encuentra dentro de los límites de su plataforma continental. En 1965, la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció la existencia de una disputa de soberanía y que el caso se encuadra en una situación de colonialismo, e invitó a ambos países a «encontrar una solución pacífica al problema» teniendo en cuenta «los intereses de la población de las islas». Pero los militares argentinos de principios de los ochenta decidieron jugar su juego.

Para los argentinos hubo una suerte de revancha simbólica: el partido que enfrentó a la selección albiceleste con la inglesa en el Mundial de México en 1986. Diego Maradona convirtió ese día dos de los goles más famosos de la historia del fútbol, el de la Mano de Dios y el Gol del Siglo, «barrilete cósmico —como dijo Víctor Hugo Morales en su archifamoso relato—, ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina?». En ese puño apretado había mucho más que fútbol, indudablemente.

El caso es que, en la actualidad, las Malvinas siguen siendo uno de los diecisiete territorios no autónomos supervisados por el Comité Especial de Desconolonización de la ONU. En enero de este año, un grupo de personalidades españolas —entre las cuales se destacan los expresidentes González, Aznar, Zapatero y Rajoy— instó al Gobierno británico a reabrir las conversaciones con su par argentino por el tema Malvinas. Como era inevitable, la tensión por la actual guerra entre Rusia y Ucrania hizo que estas buenas intenciones quedaran en un plano muy secundario.

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A los excombatientes argentinos les pasa más o menos lo mismo que a los veteranos de todas las guerras. Algunos se quedaron detenidos allí, como si nunca hubieran podido escapar de ese momento de sus vidas: hablan todo el tiempo de eso, «gente que quedó monotemática, que te habla de la guerra y hace el ruidito del proyectil en el aire y las explosiones, que mitad en chiste y mitad en serio habla imitando la manera de hablar de los militares». Me lo cuenta Sergio Omar Rotundo, que tenía diecinueve años cuando lo mandaron a pelear a las islas.

Otros no hablaron de la guerra nunca más. «Gente que se encerró, o evade el tema, casi que reniega, que en su momento ni siquiera invocó su condición de excombatiente para buscar trabajo». Este último dato no es nada menor, sobre todo si se tiene en cuenta que durante mucho tiempo —en las décadas del ochenta y noventa e incluso en los 2000— era bastante común que, vestidos con ropa militar, muchos veteranos de Malvinas se ganaran la vida en el transporte público, vendiendo baratijas con el contorno de las islas y los colores celeste y blanco de la bandera argentina.

Rotundo siempre se sintió «en un lugar intermedio». Y alude también a esa contradicción entre la guerra y la «causa nacional» cuando se refiere a Malvinas como tema en la sociedad: «Es un sentimiento pero a la vez una molestia, algo que duele. Como cuando tenés una persona querida muy enferma y no sabés si preguntarles a los familiares o no, si ofrecerles ayuda, si ir a visitarlos, y cuando hablás de eso se genera una situación medio tensa».

De hecho, enfatiza Rotundo, en los primeros años después de la guerra, Malvinas era un tema del cual, en la vida cotidiana, casi no se hablaba. Él no solía sacar el tema en las conversaciones porque «no quería incomodar» ni hacer que alguien se sintiera «obligado» a hablar de eso. Durante muchos años, agrega, las Malvinas fueron «un informecito en el noticiero cada 2 de abril y nada más». 

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Por cierto, es interesante repasar la historia de las fechas elegidas para las conmemoraciones de Malvinas: equivale a analizar la historia de la memoria argentina sobre la cuestión.

El 28 de marzo de 1983 —cinco días antes del primer aniversario del desembarco argentino en las islas— la dictadura todavía gobernante (aunque en retirada, pues ya se había anunciado que a finales de ese año habría elecciones para volver al régimen democrático) decretó que el 2 de abril sería feriado, en ocasión del «Día de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur».

Un año después, sin embargo, el gobierno constitucional de Raúl Alfonsín decidió trasladar el festivo al 10 de junio, «Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Malvinas, Islas y Sector Antártico» (en recuerdo de la fecha de 1829 en que la Argentina designó su primer gobernador de las islas, Luis Vernet; esta conmemoración se había establecido una década atrás, pero siempre había sido día laborable).

Tuvieron que pasar diez años de ninguneo y desdén para que, en 1992, el 2 de abril fuera declarado «Día del Veterano de Guerra». Y casi otra década más para que, desde 2001, esa fecha —ahora con el nombre específico de «Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas»— volviera a ser feriado nacional, en reemplazo del 10 de junio. Y así continúa. La herida sigue abierta, pero poco a poco ha ido cicatrizando.

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El tiempo ayuda a que los hechos se puedan ver con mayor perspectiva. Y también colaboran otros factores. Por ejemplo, el acceso a la información posibilitado por internet. «Un pibito de hoy se va a encontrar con Malvinas, aunque sea por accidente, muchas más veces que un adolescente de los ochenta o los noventa, cuando no había información por casi ninguna parte», destaca Rotundo.

El recambio generacional, por su parte, también entraña dificultades. Rotundo cuenta que, a lo largo de estos cuarenta años, con mucha frecuencia fue convocado a escuelas e institutos para contar su experiencia en la guerra. «Al principio, debía tener presente que los pibes habían sido muy chiquitos en la época de Malvinas, o que tal vez ni siquiera habían nacido. Pero ahora tengo que ser consciente de que yo fui a una guerra cuando ni siquiera habían nacido los padres de esos chicos».

Y eso obliga a explicar desde cero algunas cuestiones que para los niños y adolescentes de hoy suenan (por fortuna) cada vez más remotas: que el gobierno era militar y no había sido elegido por la vía democrática, que existía un servicio militar obligatorio… Hay que recordar que los dictadores argentinos enviaron a la guerra —contra una de las mayores potencias armamentísticas y con más prestigiosa historia bélica del mundo— a miles de muchachos de entre dieciocho y veinte años cuya formación militar se reducía a lo que habían aprendido en la colimba (nombre coloquial de la mili en Argentina, acrónimo de «corra, limpie y barra»). Algunos de esos muchachos —los nacidos en 1963, quienes llevaban unas pocas semanas como reclutas— ni siquiera tenían claro cómo se manejaban las armas con las que fueron enviados a «defender la patria».

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Soldados argentinos en la Guerra de Malvinas de 1982. Foto: Escuela Provincial de Educación Técnica. (DP)

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En una conversación con una chica inglesa, hace unos cuantos años, cuando yo vivía en Madrid, surgió el tema de Malvinas. Ambos coincidimos en calificar la guerra de desatino y de tragedia. Más o menos como todas las guerras. Casi sin pensarlo, pronuncié una de esas frases que los argentinos repetimos miles de veces de forma automática, algo así como: «Fue un delirio de los militares que solo sirvió para que murieran un montón de argentinos». Ella me miró fijo, y yo también la miré fijo, porque me di cuenta de lo que acababa de decir. «Y un montón de ingleses también, claro», añadí.

Solo entonces fui consciente de cuán impregnados estaban en mí los discursos que había escuchado y leído desde mi infancia (yo tenía cuatro años durante la guerra). Y de que nunca, o casi nunca, me había tomado el trabajo de cambiar de perspectiva, de pensar los hechos desde otro punto de vista. Claro que murieron un montón de argentinos en Malvinas: seiscientos cuarenta y nueve. Pero también murieron doscientos cincuenta y cinco ingleses. Y muchos más británicos sufrieron las políticas neoliberales del gobierno de Margaret Thatcher, en buena medida también como consecuencia de la guerra. En 1983, la primera ministra fue reelegida con la victoria electoral más amplia desde la Segunda Guerra Mundial, gracias al inmenso respaldo popular que se ganó a fuerza de reavivar las nostalgias del viejo imperio.

Sucede que, en cierto sentido, pese a que muchas veces nos sentimos en las antípodas, agua y aceite, cara y cruz, lo cierto es que argentinos e ingleses somos bastante más parecidos de lo que solemos querer ver. Hernán Casciari, al escribir sobre un cuento de Nick Hornby, destaca «la enorme cercanía entre los universos argentinos de provincia y los escenarios suburbanos de Inglaterra». Habla de las ficciones televisivas inglesas, en las que «hay mucho fútbol (en la calle, en los bares) y muchísimo trapicheo argentino, muchas sobremesas con porro y conversación». Se advierte con claridad en This is England, que primero fue una película y luego una serie, «donde los protagonistas ingleses, un grupo de adolescentes, pasan por dos momentos históricos clave: la guerra de Malvinas, en el 82, y el gol con la mano que les metió Maradona en México».

Guillermo Saccomano, en un cuento titulado «Jonás», de 2011, sí invierte la mirada: sus personajes son traumatizados excombatientes ingleses, entre ellos el que disparó los torpedos que hundieron al crucero General Belgrano, acción en la que murieron trescientos veintirés hombres (casi la mitad de las bajas argentinas en todo el conflicto). Raúl Vieytes fue más lejos aún en su novela Kelper, de 1999, un oscuro policial ambientado en las Malvinas, protagonizado por isleños que desprecian a los argentinos y en el que la guerra es solo un mal recuerdo que es mejor nombrar lo menos posible.

La más importante de las obras que ponen en perspectiva el enfrentamiento probablemente sea el biodrama Campo minado, de Lola Arias, estrenado en 2016. Está construido sobre los testimonios reales de seis excombatientes: tres argentinos y tres ingleses (uno de ellos, en realidad, un gukha nepalés). La particularidad es que son ellos mismos quienes ponen el cuerpo: se suben al escenario y les cuentan a los espectadores sus sobrecogedoras experiencias. «En 1982, cuando vi a los argentinos por primera vez, me parecieron arrogantes —dice Lou Armour, uno de los ingleses—. La segunda vez estaban heridos o muertos. La tercera vez estaban derrotados. Ahora todos tenemos cincuenta y pico y somos veteranos de la misma guerra».

De todos modos, nadie lo dijo mejor que Borges en su brevísimo relato «Juan López y John Ward», publicado en el diario Clarín en agosto del 82:

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras. […]

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Hay, de todos modos, una diferencia fundamental en el modo de recordar la guerra en Argentina y en Inglaterra. La refiere el mismo Lou Armour: «Cuando llegué a Buenos Aires [en 2016] estaba sorprendido, las Malvinas estaban por todos lados: remeras, calcomanías en los autos, fotos en un hospital de niños… Pero nosotros ya no hablamos de las Falklands en el Reino Unido. Los niños británicos no aprenden sobre esa guerra en el colegio, lo cual es extraño porque fue nuestra última guerra al viejo estilo, en la que peleamos trinchera a trinchera con bayonetas como en la Primera Guerra Mundial».

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En Argentina también hay voces que se apartan de —y en ocasiones incluso se oponen a— la posición mayoritaria. Hace una década, en ocasión del 30º aniversario de la guerra, un grupo de diecisiete intelectuales, periodistas y constitucionalistas (entre los que se encontraban personalidades como Beatriz Sarlo, Juan José Sebreli, Santiago Kovadloff y Jorge Lanata) firmaron un documento titulado «Malvinas: una visión alternativa». Basándose en el principio de autodeterminación de los pueblos, el texto señala que «los habitantes de las Malvinas deben ser reconocidos como un sujeto de derecho» y que «respetar su modo de vida implica abdicar de la intención de imponerles una soberanía, una ciudadanía y un gobierno que no desean».

El derecho a la libre determinación es el principal argumento esgrimido por el Reino Unido para negarse a reabrir el diálogo sobre la soberanía de las islas. El Estado argentino considera que ese derecho no les corresponde a los malvinenses, pues no constituyen una población originaria sino que fue «implantada» en ese territorio por el país usurpador.

En marzo de 2013 los isleños fueron convocados a un referéndum sobre su soberanía: «¿Desea que las Islas Malvinas conserven su actual estatus político como Territorio de Ultramar del Reino Unido?». La participación superó el noventa por ciento. Hubo mil quinientos diecisiete votos por el sí y tres votos por el no. Tres. ¿Quiénes habrán sido esas tres personas que votaron por el no? ¿Qué clase de frustración los habrá impulsado a ir a las urnas a expresar su desacuerdo con casi todos sus vecinos? ¿Le habrán revelado a alguien, en alguna de las largas y heladas y ventosísimas e innumerables noches malvinenses: «Yo soy uno de los tres que aquella vez dijeron que no»?

Beatriz Sarlo viajó a las islas, enviada por el diario La Nación, para cubrir el referéndum. Lo cuenta en uno de los textos incluido en su libro Viajes, publicado un año después de esa votación. Ratifica allí, desde luego, la «visión alternativa» del documento de 2012. Llama Stanley a lo que para nosotros es Puerto Argentino. «No puedo contarle a esta gente [los malvinenses] la violencia de mis sentimientos sobre las islas —escribe—. No las quiero como territorio argentino».

También menciona la «extraña historia de Alejandro Betts, el único isleño que eligió vivir en la Argentina. Consiguió trabajo en el aeropuerto de Córdoba y ahora sostiene los derechos argentinos a las islas. Es el único caso que se ha conocido. ¿Se inscribe en la iluminación histórica o en las peripecias de la vida de un hombre?».

Pero Betts (quien murió hace dos años, a la edad de setenta y dos) no era el único. Hay al menos un caso más: el de James Peck, quien nació en Malvinas, cuando tenía trece años fue testigo de la guerra (su padre combatió para el bando inglés), luego se casó con una mujer argentina, se mudó a Buenos Aires y el 14 de junio de 2011 —día en que se cumplían veintinueve años de la rendición argentina en las islas— recibió, de manos de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el documento de identidad que lo acreditaba como ciudadano argentino.

«A lo largo de los cuatro días que siguieron recibí un aluvión de mensajes, en distintos formatos —cuenta Peck en su libro Malvinas, una guerra privada, de 2013—. Me llegaron insultos a la cuenta de correo electrónico y otros me criticaban en conversaciones que mantenían en las redes sociales. Había también quienes me trataban como a un héroe y enviaban cartas de felicitación o me asaltaban a gritos en la calle. Yo sentía con más fuerza que nunca el carácter simbólico de mi gesto junto con el fantasma permanente de la guerra y el tener que justificar algo que otros habían inventado».

* * *

Sarlo destaca en su artículo que «la ocupación argentina de 1982 fue uno de los hechos más traumáticos de [su] experiencia política durante la dictadura». «Nunca me sentí más lejos del país donde vivía —enfatiza— que en esos meses donde todo había sido eclipsado por la ilusión de que, guiada por la dictadura, la Argentina vencía a Gran Bretaña. Esa fantasía colectiva fue mi pesadilla». (Para mensurar el tamaño y la fuerza de aquella fantasía colectiva, nada mejor que el documental 1982, de Lucas Gallo, estrenado hace tres años y construido enteramente con fragmentos de programas de la televisión argentina emitidos durante los setenta y cuatro días que duró la guerra.) Sarlo añade que oponerse a la guerra en el momento mismo de los hechos «implicaba formar parte de un grupo casi invisible». 

También en ese sentido se puede trazar un paralelismo con el Mundial 78. También en ese momento quienes se opusieron al triunfalismo dominante conformaron un grupo minúsculo, casi imperceptible. En la final de ese Mundial, cuando restaba un minuto para el término del tiempo reglamentario y Argentina y Países Bajos empataban 1-1, un remate del neerlandés Rob Rensenbrink dio en el poste. En la prórroga, Argentina ganó 3-1. ¿Cómo habría cambiado la historia si el tiro de Rensenbrink iba cinco centímetros más a la derecha y la selección campeona del mundo no era la local sino la entonces llamada Holanda? ¿Acaso la frustración popular habría precipitado el final de la dictadura, lo cual habría evitado innumerables males, entre ellos la guerra de Malvinas?

Imposible saberlo. Del mismo modo en que es imposible saber cómo habría cambiado la historia si Margaret Thatcher decidía hacer caso a la mayoría de sus asesores, que le recomendaban negociar (como se ve en la película La dama de hierro, de 2013, con Meryl Streep en el rol protagónico) y no ir a la guerra en el Atlántico Sur.

La película Historia de lo oculto, de 2019, propone una extraña ucronía en la cual la televisión argentina ofrece a las Malvinas como destino turístico. Sobre imágenes en blanco y negro de la típica arquitectura malvinense, primero, y de pingüinos, después, se escucha una voz de mujer en off que anuncia: «¿Busca paz? ¿Busca tranquilidad? Encuéntrelas visitando islas Malvinas. Un orgullo nacional ubicado en el extremo más austral de nuestro país. Averigüe todas las promociones vigentes. Es un mensaje de la Secretaría de Turismo de la Nación».

Al ver esa escena sentí un estremecimiento parecido al que me acometió durante la conversación con aquella chica inglesa, porque me di cuenta de que nunca me había puesto a pensar realmente cómo serían las cosas si la Argentina hubiese recuperado el control de las islas en 1982. ¿Cuánto tiempo más se habrían mantenido los militares en el poder? ¿Serían las Malvinas un destino turístico apetecible para los argentinos? ¿Les habría metido Maradona sus goles a los ingleses en el Mundial 86?

También resulta imposible saberlo, por supuesto. La realidad es la que es, y pensar en qué habría pasado si no es más que un juego de la imaginación. Bien mirado, sin embargo, imaginar qué habría pasado si también es una forma de analizar y de entender el presente. Es otra de las tantas cosas en las que pensamos, o podemos pensar, ahora, cuarenta años después, cuando pensamos en Malvinas.

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un soldado británico en un campo de cascos abandonados. DP.


Una ciudad en dos palabras

Una ciudad en dos palabras
Foto: Diego Margarit (CC)

En 1536, cuando empezaron a fundarla, la Ciudad era un páramo. Hay lugares que son antes de ser; la Ciudad, antes que ella, no era nada. Antes de ser, Madrid era la sierra con mejor aire de Castilla; antes de ser, Roma era la belleza hecha colinas; antes de ser, Manhattan era un puerto perfecto; México, sin ir más lejos, siempre fue. La Ciudad, antes de ser, fue un pajonal infame; quizá por eso tardó siglos en empezar a ser otras cosas, otra cosa.

La Ciudad es muy nueva. Los habitantes de la Ciudad se pasaron muchos años postulando —tácitamente postulando, quizás incluso sin saberlo— que la novedad era su mayor bien. Y un día —un día que nadie sabe, que nadie registró— empezaron a hablar de sus tradiciones, a jactarse de sus tradiciones: 

desde entonces.

La Ciudad ocupa trescientos kilómetros cuadrados de llanura despiadada. No tiene elevaciones —y sus habitantes siempre creyeron que no las necesitaban para nada—. Muy de vez en cuando aparece alguien para postular —postular es la palabra— que el destino de la Ciudad habría sido otro con pequeñas colinas: que no les habría dado esta impresión de facilidad, de todo a favor; que habrían supuesto obstáculos que vencer y buscado el coraje de enfrentarlos, la fuerza de voluntad, la decisión, etcétera. En esos casos siempre hay alguien para decirle que entonces no tiene más que irse a vivir a las cavernas montañosas: que el País, allá detrás, a la distancia, rebosa de accidentes. Los habitantes de la Ciudad siempre fueron muy localistas —de una manera extraña—. Los habitantes de la Ciudad siempre están muy orgullosos de la Ciudad 

y después pasa algo.

La Ciudad puede parecer, para ciertas miradas, para algunos, ese lugar donde millones de personas se las arreglan, bien que mal, para coordinarse y acomodarse: para vivir al mismo tiempo y en el mismo lugar. La Ciudad, mirada así, sería un prodigio. 

La Ciudad se organiza en una serie de círculos concéntricos que se despliegan a partir de un núcleo que podría ser, digamos, el palacete de la Curia en su avenida tan afrancesada. No por ninguna consideración sobre el poder que el clero ejerce sobre ella —ese sería otro tema, ahora que se ha vuelto la cuna del monarca católico—, sino por mera ubicación, por pura geografía. A los habitantes de la Ciudad les gusta pensar que su centro está en la plaza que se extiende frente al Palacio —que, por antigua coquetería republicana, llaman «Casa»— de Gobierno, pero los círculos concéntricos —y, por ende, su centro— no tienen que ver con el poder político sino con la potencia social: con la riqueza. Y, si situamos ese centro en el palacete de la Curia —un edificio pretencioso, frío, pomposo como las mitras que refugia—, podemos ver cómo a cada círculo sucesivo corresponde un descenso en la escala social, una escalada en la penuria, un oscurecimiento incluso en el color de pieles de sus habitantes. La Ciudad es un remedo malo del infierno.

La Ciudad es una complicación de personas y lugares, pero, además, cada persona lleva en sí tantos tiempos distintos. En la Ciudad no solo las personas, los lugares disputan: están, también, los tiempos.

En la Ciudad nada dura, nada permanece. El ciudadano se cruza cada día con centenares, miles de otros ciudadanos que ocupan su atención si acaso por un segundo o diez, que imprimen en sus retinas un efecto leve que se disuelve sin dejar rastros aparentes. La Ciudad es un desorden y una lucha: pelea de los rastros por imponerse sobre tantos otros: darwinismo de rastros. Dentelladas: la Ciudad es un caos. En la Ciudad —como en cualquier otro cuerpo— lo único capaz de ofrecer algún orden es la Conspiración. Sus habitantes la extrañan, la esperan, se desengañan tanto.

En la Ciudad hay todo tipo de personas: unas pocas, satisfechas de sí mismas. Se les nota porque caminan por las calles de la ciudad como si estuvieran en cualquier otra —o, por lo menos, en cualquiera—.

La Ciudad son millones de personas, la Ciudad es millones de personas —la Ciudad es, antes que nada, cada una de esas personas— y, sin embargo, nada anula mejor la individualidad de esas personas que ciertos espacios que la Ciudad ofrece: una tarde cualquiera, miles de esas personas encerradas en coches bajo tierra que las desplazan a ochenta kilómetros por hora para volver de sus trabajos son, mucho más que personas, la Población de la Ciudad. La mayoría de los ciudadanos ama a la Ciudad porque les da esa posibilidad de disolverse; otros, menos, la detestan por eso.

La Ciudad, entonces, ofrece a sus habitantes la ilusión de que los contiene y los dirige —pero ella misma no es más que esos habitantes que pretende contener, solo que son demasiados para controlar nada y cambian sin cesar porque algunos se mueren y otros nacen y, en esa sencilla pero emotiva ceremonia, se transforman en repuestos desechables, en piezas de una máquina que, por definición, no va a ninguna parte—. Si los hombres no se murieran —no nacieran— la Ciudad no sería nada más que la suma de ellos. 

Los habitantes de la Ciudad tienen ideas sobre sí mismos —en cuanto que habitantes de la Ciudad—. Creen, por ejemplo, que los habitantes de la Ciudad —por serlo— son pícaros con una picardía siempre al borde del engaño, la sordidez, el timo. A los habitantes de la Ciudad les gusta imaginarse como tales pícaros, aunque eso, muchas veces, les complique la vida: viven sabiendo que la mayoría de las personas con que se relacionan —habitantes de la Ciudad también— los van a tratar al borde del engaño, la sordidez, el timo. 

Pero creen que sabrán sobreponerse.

La Ciudad está llena de lugares donde sus habitantes —la enorme mayoría de sus habitantes— nunca han accedido pero que forman —porque así se forman las ciudades— parte de sus vidas: que son escenarios donde, por omisión, sus vidas se hacen y deshacen. Son tan pocos los que han estado alguna vez —un suponer— en la oficina del comisario jefe de su policía. No son muchos los que han estado alguna vez en los baños de la estación de tren donde se encuentran los amantes más urgidos. Ni siquiera son demasiados los que han estado alguna vez en los estadios de fútbol de sus equipos más famosos. Son multitud los que nunca han entrado a su fastuoso teatro de conciertos o a sus palacios de gobierno.

O, peor: cada uno de sus ciudadanos conoce, digamos, generosos, cien casas entre el millón de casas que la Ciudad esconde.

La Ciudad, a veces, se deslumbra. A veces el cielo de la Ciudad es milagrito; a veces es de un azul tan bruto como solo el Photoshop, tan brillante, tan desnudo de nubes. Entonces, los habitantes de la Ciudad se sienten en un escenario que no se merecen, y prefieren no recordar que su cielo fue turbio durante muchos años hasta que, por causas tan oscuras, consiguieron volverlo inmaculado.

La Ciudad es confusa. Suele pasar en todas las ciudades con el tamaño suficiente: su lengua se distiende, sus habitantes usan acentos, entonaciones, modismos diferentes. La forma de la diferencia está en la sustracción: quién le saca qué a cada palabra. Así se puede decir, grosso modo, que los habitantes de los barrios altos —los barrios caros: la Ciudad, por su carácter desesperadamente chato, no tiene diferencias topográficas— suelen deshacerse de sílabas en la mitad de las palabras; mientras —antes, después, mientras— que los habitantes de los barrios bajos —pobres— se empeñan en desdeñar la letra que acaba las palabras. 

Hablar con todas las letras sería —se diría— una actitud impropia: como de un extranjero.

La Ciudad no conoce catástrofes. A veces, muy de tanto en tanto, una lluvia inunda algunas calles, y eso es lo más cercano. Nunca un tsunami, un terremoto, un huracán como se debe. Nunca el placer de descubrir que la naturaleza o el descuido o el enemigo innominado irrumpen y arrasan, de pronto, se hacen dueños, arramplan. Nunca el placer tembloroso del mundo derrumbándose sobre nuestras cabezas, tan ajeno en sus causas, propio en sus efectos. Eso nos falta: en la Ciudad la culpa nunca es del todo ajena. 

Y aquella marca del origen: la Ciudad fue hecha, formada, pensada, construida por extranjeros. La Ciudad cambió mucho cuando dejaron de fundarla. Al principio la fundaban una y otra vez: la Ciudad podría haber existido de una, pero sabía cuál era su condición y se dejó fundar más de la cuenta. Ahora nadie la funda —y algunos suponen que, por eso, ha perdido su razón e, incluso, su buen nombre—. Ahora, entonces, esa Ciudad que ya no fundan es, como tantas, una ruina orgullosa de sí misma. Eso la hace particular, muy propia: una ciudad auténtica.

La Ciudad ya está fundada, entonces, y la nombran para siempre dos palabras. Dos palabras es una forma de destino: no es unívoca, no es homogénea, es en la mezcla. Por algo las dos ciudades más migratorias de nuestro continente son las dos que tienen dos palabras: nuevo, bueno. Dos palabras son un exceso para decir lo que casi todos saben decir en una. Dos palabras nos hacen charlatanes.

         Dos palabras son un peso, un privilegio: la ambigüedad, las idas y las vueltas, contradicción, la diferencia. Un peso con el que vale la pena cargar, el que la hace distinta, el que la vuelve lo que es, el que la tumba. El que hace que nos enorgullezca y avergüence, el que nos hace quererla y detestarla, el que la llenó —digamos— de psicoanalistas, como mamá y papá —que son, por supuesto, dos palabras—. 

Buenos Aires son dos, y las dos mienten levemente.

Martín Caparrós es escritor. Hace unos años fue nombrado ciudadano ilustre de Buenos Aires.

Una ciudad en dos palabras
Foto: Hernán Piñera (CC)


Ese país que escribe de pelotas

escribir de pelotas
Oscar Mas (izquierda) y Xavier Stierli (derecha) durante un partido entre las selecciones de Argentina y Suiza, 1966. Fotografía: Getty.

Un tío corre. Con los pies va dando pataditas, así, tac, tac, a una pelota de cuero. Se la pasa a otro tío que viste la misma camiseta. Ambos van en calzoncillos ridículos. El segundo golpea con fuerza la bola, que pasa entre un rectángulo de madera y choca con una red. Dicen que ha sido gol, pero tampoco sé muy bien qué es eso.

Tú al fútbol le quitas relato y se te queda una cosa de lo más insulsa. Hay que reconocerlo, no pasa nada. Eso lo entendieron muy pronto los argentinos, que son quienes mejor han jugado —a veces— y vivido —siempre— este bendito deporte. Por eso llevan más de un siglo escribiendo de pelotas. De pelotas de fútbol, se entiende. Acompáñenos el lector por este sendero que combina wings derechos y delanteros de izquierdas con Jorge Luis Borges. Lo juro.

Pioneros del balón y la pluma

Qué de sueños, el balón. Qué de historias. La Argentina lo entiende pronto. Quizá quiso cambiar cuchilladas en lunfardo por gritos que exaltan a caudillos y cebollitas. Ya ven, más higiénico, más exportable, que nosotros somos Europa, pero más que Europa y, además, tan lejos de Europa. Fíjense si será importante el football que hasta llegamos a la final en la primera Copa del Mundo, año 1930. Contra Uruguay, nada menos, que es enemigo cercano —lo que resulta enemigo dos veces—. Montevideo. O, como decimos nosotros, el Buenos Aires del otro lado. En fin. Aquella vez jugaron cada mitad con el balón que dispuso uno de los contrarios, porque no se ponían de acuerdo en la esfericidad necesaria para el esférico —y, en habiendo charrúas y argentinos de por medio, las discusiones amenazaban con llegar hasta el ocaso—. Cada equipo ganó con su pelota —algo hubo de haber, ¿no?— y Uruguay logró la victoria final. Qué descrédito. Qué inmensa pena.

Precisamente fue un uruguayo, Horacio Quiroga, el primero en fundir fútbol y literatura de ficción. Porque, oigan, si tanto nos gusta esto, del todo natural es que queramos leer sobre ello, ¿no? Que lo del hincha iletrado e imbécil parece cosa pinturera y divertida, pero falsa en todo extremo. Así que en eso también allá nos ganaron. Pero luego remontamos, ¿eh?

José Gabriel, por ejemplo, hablaba de «El jugador de ‘football’: ejemplo de arte» allá por 1929. Y aprovecha para meterse con otros, que es también cosa muy de escritores —y de argentinos—. «Nada de esto vale lo que un partido de fútbol», dijo de cierta actuación que había dado Anna Pávlova, ojo al nivel. «En esa pantomima rusa todo movimiento es arbitrario (…) mientras que en el fútbol la destreza y la agilidad obedecen a un objeto y un canon». Ya ven, haciendo amigos. Que se durmió en el balé, coño, a todos nos ha pasado. También Roberto Arlt tocó el tema. Y Carriego. Y Martínez Estrada. Y Humberto Costantini, unos años más tarde. Sumen las crónicas —convertidas a veces en pequeñas obras de arte—, los análisis y, en fin, los comentarios de bar —que por certeros y poéticos deberían tener antología propia— y verán que lo de las pelotas y la pluma estaba ya muy extendido en el país. 

El fútbol se vuelve barra brava

A Roberto Fontanarrosa lo llamaban «el Negro». El Negro. Que es nombre de central, central duro, de esos que pasa balón o jugador, pero nunca ambos. Otra vez con diez, ¿qué hizo el Negro? y esas cosas. Roberto Fontanarrosa siempre quiso ser wing de la selección argentina o, en su defecto, cantante de tangos, que son dos profesiones que tienen un aire. Por lo golfas, principalmente. Solo que no, que menudos pies, que dónde vas con esas caderas que ni mover podés. Así que Roberto («con el número cuatro, el Negro») empezó a dibujar, y más tarde a escribir, y como hacía ambas cosas bastante bien, pues se ganaba la vida con ello. Y, ya puestos, empezó a meter allá parte de sus obsesiones. 

Que eran, sobre todo, una. O varias. El fútbol, la pelota, selección albiceleste, Rosario Central. Sobre todo esta última. Rosarino, como Messi, solo que Lionel tifa por Newell’s Old Boys, ese equipo con nombre británico, y Fontanarrosa salió de los otros. «Canallas» y «Leprosos» se escupen unos a los de más allá, porque el amor queda fuera del estadio en la Argentina.

Pues eso, que Fontanarrosa escribió mucho y bien sobre deporte. E inició, quizá, una nueva raza. Escribidor que se acerca a la pelotita sin vergüenza, sin querer esconderse detrás de elementos metafóricos o simbólicos para hablar de lo que más le gusta. No, no, oigan, este es un cuento de fútbol, y trata sobre fútbol, y a mí me encanta el fútbol. Y, pese a ello, no soy analfabeto. Sí, sí, como lo escuchan. Un milagro.

No es el único, que en los últimos tiempos parece que nos cuesta menos deshacernos de complejos. Al menos de estos, ustedes me entienden. Osvaldo Soriano, por ejemplo, tipo sesudo, y tramas milimétricamente planeadas… con copitas de por medio. Copitas de campeonatos, digo, que de las otras también. Césped, barras bravas, locutores al borde de un colapso cardiaco. O Eduardo Sacheri, alguien que escribió una cosa tan delicada, tan bonita, como La pregunta de sus ojos, y todos lo miraron sorprendidos después, oiga, don Eduardo, y cómo es que se dedicaba antes a boludeces de fútbol en vez de tocar temas serios. Él resoplaba, intentaba poner la mejor sonrisa posible, explicaba otra vez que siempre escribe sobre las mismas cosas, sobre seres humanos, y la vida, y el amor, y el destino, solo que a veces hay balompié y mediocentros entre esas frases, y que no por ello son más o menos trascendentes. El mismo Sacheri que hasta guionizó cierto cuento de Fontanarrosa basado en un jugador de futbolín —estamos resumiendo, ojo—, que debe de ser el fútbol literario llevado hasta la máxima potencia.

Qué vas a esperar, en fin, del sitio donde nació Jorge Alberto Francisco Valdano, que un día jugó al fútbol y ahora ya —casi— solo se le recuerda por cosas de la literatura, el verbo florido y las frases largas. Y no es que fuese malo, ¿eh? Como pelotero, digo. Si hasta ganó el Mundial, que —me cuentan por el pinganillo— es torneo de cierto espesor en esto del fútbol. Lo hizo, además, rodeado por veinte tíos a los que les habían inyectado virilidad en vena y otro que bajó directamente del cielo, qué bueno que viniste, para trotar sobre el Estadio Azteca. Vamos, que debían de mirar raro al bueno de Jorge cuando leía en mitad de la concentración.

Fervor de fútbol. O algo así

Y Borges, claro. Siempre Borges, Borges siempre. Volver a Borges, que es como volver a casa. O, bueno, igual no a casa, pero sí a esa biblioteca que tenía el ricachón del pueblo cuando eras niño, esa donde te colabas gracias a tu amistad con su hija, lo que acabó en escarceos de corte lejanamente erótico hasta que os descubrió una doncella —y menos mal, porque doncella habría dejado de serlo la duquesita cualquier tarde— y aquello fue un escándalo, y todos hablaron del tema, y jamás volviste posar tus ojos de lector glotón sobre aquellos lomos tan bien dispuestos. Historia clásica. Más o menos. Ustedes me entienden. 

¿Les asombra encontrarse a Borges aquí? Lo digo porque…, bueno, digamos que la animadversión de Georgie por el fútbol es bien sabida. Él era más de ajedrez, y de peleas de gallos, y de universos que se esconden en un pequeño agujero parecido a una ratonera. En esas cosas, cada cual tiene sus aficiones. Y, sin embargo, impacta ver todo lo que habló y escribió Jorge Luis sobre la pelotita de cuero. Aunque fuese para denostarla, aunque tuviera ganas de insultar. Sí, ahí hay algo.

Pues eso. Ironía esnob, quizá, que es la única forma de esnobismo que no da ganas de matar. Borges fue salpicando vida, obra y entrevistas con referencias despreciativas al fútbol. Que si el fútbol es un juego insensato, y no intelectual como los escaques. Que si el fútbol es popular porque la estupidez es popular —como si no hubiera otro montón de estupideces en la tele, balompié al margen—. Que si no entiendo a la gente que se fanatiza viendo a veintidós hombres en pantalón corto. Ese ritmillo, ustedes me entienden.

¿Acudió alguna vez Borges a un partido de fútbol? Nos dice él mismo que sí, solo que quizá se lo inventó, porque cualquier biografía ficticia vale más que la real, o, si no, miren lo majo que era Honorio Bustos Domecq, o lo bien que contaba chistes Ricardo Reis. Pues eso, que Borges fue a ver un match. Qué digo: la más enconada rivalidad que se puede tener sobre el césped. Uruguay-Argentina, nada menos. Dicen que lo llevó Enrique Amorim, escritor charrúa. Que se tiraron todo el tiempo hablando de libros, sin mirar al césped, y salieron tras ver que los jugadores se retiraban. Que alguien los avisó. Oigan, ustedes, los dos raritos: esto es solo el descanso, queda toda la segunda parte. Qué importa. Al final Borges no vio ni un partido entero…, solo medio. Ya en la calle se confesaron el uno al otro que querían la victoria del contrario, por asuntos de cortesía. Y qué coño nos importa, debieron de solazarse. 

La historia cuenta que nunca supieron el resultado final.

¿Quieren más hechos concretos? A Borges, el gran anglófilo del mundillo cultural hispano —lo de meterle mano a El Quijote en inglés da hasta pudor decirlo— le horrorizaba que sus adorados descendientes de Enrique VIII hubiesen creado algo tan bárbaro como el fútbol. «Late una idea de dominación en esto de tener que derrotar al contrario», dicen que dijo en una ocasión, seguramente porque no hacía quinielas y por ello ignoraba la existencia del signo X. Ni siquiera aquel Mundial que llegó para mayor gloria de Videla (antiguo coleguita de mesa y mantel, «es todo un caballero» llegó a decir del bigotines) le hizo cambiar de opinión. «Mientras dure el campeonato iré a cualquier parte donde no se hable de fútbol. El Mundial es una calamidad que por suerte ha de pasar». Ya ven, pelín estirado. Provocación de provocaciones, contraprogramó el debut de la albiceleste frente a Hungría impartiendo a la misma hora una conferencia sobre la inmortalidad. Dicen las crónicas que hubo más de media entrada, y que varios monóculos se cayeron al suelo ante las osadas invectivas del genio.

Dos anécdotas más. Una de ficción, otra cierta, si es que ambas cosas no vienen a ser la misma. Borges escribió un cuento sobre fútbol. Sí, sí, como lo oyen. Algo un poco raro, tirando a metafísico —tampoco esperarían crónica de periódico deportivo, ¿no?—, pero fútbol, al fin y a la postre. Solo que ni siquiera era suyo del todo, porque lo hizo a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares. Y no firmó, quizá por coquetería. Esse est percipi aparece como obra de Bustos Domecq, y representa casi un oxímoron en sí mismo. 

La otra historia nos habla de cuando César Luis Menotti fue a conocer al maestro. Pocos meses después de ganar el Mundial, quién iba a negarle nada al gran héroe de la patria —a ver, los héroes de la patria llevan uniforme y charreteras, pero ustedes me entienden—. Que me hace mucha ilusión, que no puedo admirarlo más. Y allá que organizaron el encuentro. Dicen que Borges recibió a Menotti con una frase levemente irónica. «Usted debe de ser muy famoso, porque mi asistenta me dijo que le pidiera un autógrafo suyo. Para ella». ¡Bum! Ya ven, creando buen rollito el bueno de Jorge Luis.

Desengañémonos: Borges tiene pinta de odiar tanto el fútbol no por repulsa inicial, sino por los recuerdos asociados a ser siempre el último niño a quien escogen en los recreos. Situación dantesca y humillante que no les recomiendo, pero que dibuja, a la larga, escritores con cierto talento. O, al menos, escritores. Sí, eso debió de ser. Y, en venganza, pues hala, a despreciar. Sin más razones.

Porque, estarán conmigo, Borges era otro que escribía de pelotas.


Charly García, el tipo que no quería volverse tan loco (y al final lo logró)

Charly García
Charly García en 1976. Foto: Rubén Andón.

«Lo que más me gustó es ese personaje que inventaste: Charly García». Eso le decían los lectores españoles a Martín Lombardo tras leer su primera novela, Locura circular (Los Libros del Lince, Barcelona, 2010), que narra las desventuras de un argentino que se ha mudado a la Ciudad Condal y busca su destino allí guiado por las canciones de su ídolo, su faro: Charly García. Todo el texto, narrado en primera persona, está surcado por las letras de esas canciones, fragmentos ensamblados en el relato como una suerte de hilo conductor, de leitmotiv.

Lo curioso es que, por supuesto, no se trata de una invención de Lombardo: Charly García existe. Es un tipo de carne y hueso que vive en Buenos Aires, que en estos días está cumpliendo setenta años y que probablemente sea el artista popular más extraordinario que ha dado la Argentina y uno de los más grandes de América Latina en el último medio siglo. Nada menos.

¿Y cómo puede ser que en España sea tan poco conocido —que se tome por el personaje de una novela— un músico de este calibre, un tipo del que se puede arriesgar semejante afirmación? Quizá porque sus años más brillantes fueron también los del rock argentino, la década de 1980, que coincidió con la movida madrileña y unos años brillantes también para el pop español. Tal vez por razones comerciales que escapan al público conocimiento. A lo mejor García sea «demasiado argentino» y quién sabe si por eso los pocos españoles que lo escucharon no lograron conectar con él (una de sus canciones se titula «El karma de vivir al sur»). En cualquier caso, conviene conocerlo. Hablemos de Charly García. Tratemos de describirlo, de contar quién es. Si acaso esto es posible. Quienes saben de filosofía oriental afirman que el Tao que se puede explicar con palabras no es el verdadero Tao; tal vez podría decirse lo mismo de Charly García. Pero tal vez no. Hagamos el intento.

* * *

La historia puede empezar en 1972, cuando se editó su primer disco. Desde ese momento, y durante las dos décadas que le siguieron, Charly compuso e interpretó decenas de canciones —una veintena de discos en casi veinte años—, muchas de las cuales forman parte de la banda sonora de este país. Primero con los grupos de los que formó parte (Sui Generis, PorSuiGieco, La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán), de los que fue líder incluso aunque a veces se propusiera no serlo, y luego como solista.

García «simboliza el rock argentino por excelencia» —escribe la investigadora Mara Favoretto en su libro Charly en el país de las alegorías, de 2014— pues «estuvo cerca de sus comienzos, alcanzó una audiencia masiva y se mantuvo en el centro del aparato musical rockero durante décadas». Pero no es solo rocanrol: también «transformó la música popular argentina de muchas maneras diferentes», dice Favoretto. Y también más allá: su alcance y su influencia abarcó toda Latinoamérica, como de algún modo corroboran el unplugged que grabó para MTV en 1995 y el Grammy a la Excelencia Musical que recibió en 2009.

Biografías, entrevistas, crónicas, análisis de sus canciones: los libros que se han escrito y publicado sobre Charly, especialmente en los últimos años, componen por sí solos una biblioteca. Pero ya a comienzos de los noventa —es decir, al cabo de aquellas esplendorosas dos primeras décadas de carrera— García era una institución. León Gieco, otro de los músicos populares de más vasta y reconocida trayectoria en la Argentina, lanzó en 1992 la canción «Los Salieris de Charly», que jugaba con la idea de que todos los músicos de este país «le roban melodías a él».

En Argentina, entonces, Charly venía a ser Mozart. O Gardel: recibió tres veces el Gardel de Oro, el galardón más importante de la música nacional. O Dios: «Vos sos Dios, vos sos Gardel, yo soy lo más», dice su canción «V.S.D», en la que dialoga consigo mismo. Nunca le interesó ser humilde: más bien todo lo contrario. Demasiado ego se titula uno de sus discos. «Acá no había estrellas de rock, solo había músicos de rock, hasta que yo me la inventé —dijo en una entrevista con la revista Rolling Stone en 1998—. Ahora hay superestrellas: soy yo. Lo dije y me creyeron. Y ahora ya está. Lo agregué en la lista y pasó». 

O los Beatles. Joaquín Sabina, amigo y admirador suyo, dijo alguna vez que a Charly García «en España casi nadie no lo conoce, pero en Argentina es como los Beatles». Fueron los cuatro de Liverpool, precisamente, quienes marcaron las búsquedas musicales de un jovencísimo García, que era todavía Carlitos a comienzos de los años sesenta. Fue al escuchar «There’s a Place» cuando descubrió que, en efecto, había un lugar que no era el que él ocupaba, y que era allí hacia donde quería ir.

* * *

Porque la historia también puede empezar antes, desde luego: el 23 de octubre de 1951, cuando en el seno de una familia de clase media bastante acomodada del barrio de Caballito, en Buenos Aires, nació un bebé al que llamaron Carlos Alberto García Moreno. Nombres y apellidos demasiado comunes para un tipo demasiado fuera de lo común.

Fue un niño genio. Cuando tenía tres años le regalaron una sitarina —un pequeño instrumento de cuerdas, una especie de arpa muy elemental— y se reveló virtuoso. Comenzó a estudiar música y dio su primer concierto en el Conservatorio Thibaud-Piazzini el 6 de octubre de 1956, cuando le faltaban un par de semanas para cumplir cinco años. Así lo cuenta el monumental Esta noche toca Charly, de Roque di Pietro: más de mil trescientas páginas en dos tomos (el primero de 2017, el segundo recién salido de los hornos de Gourmet Musical Ediciones) que reseñan con exhaustividad todos y cada uno de los conciertos que el artista dio en más de seis décadas de carrera.

Poco después protagonizó una de sus anécdotas más conocidas: le señaló a Eduardo Falú, uno de los músicos de folclore argentino más prestigiosos, que una de las cuerdas de su guitarra estaba desafinada. Falú no se había dado cuenta, y al probarla advirtió que el niño tenía razón. Así supieron que el pequeño Carlitos tenía oído absoluto. ¿Cómo es que ese niño estaba presenciando la prueba de sonido de Falú? Pues porque su mamá era productora de músicos. El ambiente más propicio para que Charly desarrollara su talento. Tras escucharlo tocar, Mercedes Sosa le dijo a Ariel Ramírez (otros dos gigantes del folclore argentino): «Este chico es como Chopin». Ella en ese momento tenía poco más de veinte años; luego sería una de las amigas más entrañables de Charly, hasta su muerte en 2009.

La educación musical de Carlitos fue muy tradicional. De todos los maestros su preferido era Chopin, «el que tenía más sensibilidad pop entre los clásicos». Compuso su primera canción, «Espejos», cuando tenía diez años. Y a los doce se recibió de profesor de teoría y solfeo. Lo malo es que era un niño muy nervioso. Dice que no dormía: «Nadie es profesor de piano a los doce años si duerme». Como fruto de esos nervios, tras un largo viaje de sus padres, empezó a sufrir vitíligo, una enfermedad que provoca una despigmentación en diversas áreas de la piel. El resultado más visible es su rasgo físico más peculiar: el bigote que adorna su cara desde mediados de los años setenta es, casi en partes iguales, blanco a la izquierda y negro a la derecha.

* * *

Sui Generis, el dúo que Charly conformó con Nito Mestre, grabó tres discos de estudio que revolucionaron el por entonces incipiente rock argentino y contribuyeron de modo clave con su masividad. Esos discos, cuyas canciones en su totalidad fueron compuestas por García, fueron Vida (1972), Confesiones de invierno (1973) y Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1974). Después el grupo se separó en busca de nuevos rumbos. El concierto de despedida, titulado Adiós Sui Generis, se realizó en el Luna Park en septiembre de 1975, y a tal punto fue un hito para la música popular argentina que a partir de su registro audiovisual se editaron un disco triple y una película.

Después vinieron PorSuiGieco, un «supergrupo» (a la manera de lo que harían unos años después The Traveling Wilburys) fugaz que dejó un disco homónimo, y La Máquina de Hacer Pájaros, banda especializada en el por entonces tan en boga rock progresivo: era «el Yes del subdesarrollo», según declaró el propio García. Tal vez ese mismo subdesarrollo, o el horror de la época —la banda existió durante los años más salvajes del terrorismo de Estado en Argentina—, hicieron que en ese momento el público le diera la espalda. Solo años más tarde, sus dos discos (La Máquina de Hacer Pájaros, de 1976, y Películas, 1977) obtuvieron elogios y reconocimiento.

Lo que Charly deseaba en aquel entonces era integrar una banda de la que no fuera el líder, sino un miembro más de su formación. Y nunca estuvo más cerca de lograrlo que con Serú Girán, el grupo que armó con David Lebón, Oscar Moro y Pedro Aznar. Fueron ellos quienes terminaron de confirmar el carácter masivo y popular del rock nacional: los llamaban «los Beatles criollos». Grabaron cuatro álbumes de estudio: Serú Girán (1978), La grasa de las capitales (1979), Bicicleta (1980) y Peperina (1981), y uno en vivo: No llores por mí, Argentina (1982). En ese momento, tras una década de discos y éxitos grupales, y casi en coincidencia con el final de la dictadura en Argentina, Charly sintió que era tiempo de lanzar su carrera solista.

* * *

Durante todos esos años, Charly fue una especie de cronista de la situación sociopolítica argentina, y el rock fue su vehículo de protesta. Así lo señala Sergio Pujol, historiador especializado en música popular, en su libro Rock y dictadura, de 2007. Pero ¿cómo se podía protestar en esa época marcada por la censura y el terror? García tuvo que extremar el carácter metafórico y alegórico de sus composiciones. «Me decían: “Está la dictadura, no podés decir eso”, y yo lo decía de alguna manera», explicó en una ocasión. Así es como en sus letras aparecen Casandra (la griega que anticipaba el futuro pero condenada a que nadie le creyera), Alicia (la niña que va a un país que funciona con reglas extrañas y a menudo «al revés») y reyes imaginarios «o no», por citar solo algunos ejemplos.

Fue Jorge Álvarez (que en los sesenta había sido uno de los grandes editores de libros de la Argentina y en los setenta se convirtió en productor musical) quien, tras leer las letras de Instituciones, el último disco de Sui Generis, le preguntó a Charly si no «se podía decir eso mismo siendo más sutil». Charly lo hizo, y con el tiempo llegó a la conclusión de que ese álbum «es mejor así como salió que como hubiera sido con las letras originales».

Claro que eso también tenía como consecuencia que, para mucha gente —como lo reflejan algunas críticas en diarios de la época—, las letras eran «ininteligibles». «Con las letras de sus canciones sucede algo interesante: muchas veces se entienden años más tarde», ha explicado Mara Favoretto. Algunas «fueron criticadas por su aparente falta de coherencia para luego ser recibidas con mayor apertura. ¿Por qué sucede esto? Porque estamos frente a un sistema de órbitas alegóricas y su interpretación no solo no es simple sino que es ambigua», apunta la investigadora. El propio Charly se refirió años después a «la inteligencia para plantear una respuesta de un modo que pueda ser entendida por gente que a uno le interesa y no entendida por gente que a uno no le interesa y que puede llegar al punto de matarte». Literalmente, claro: matarte, en esa frase, no es una metáfora.

Una anécdota de esos años lo retrata muy bien. Sui Generis dio un concierto en Montevideo en agosto de 1975, cuando Uruguay ya era gobernado por una dictadura militar (para el golpe de Estado en Argentina faltaban unos pocos meses). Terminado el recital, todos los miembros de la banda fueron arrestados por haber interpretado la canción «Botas locas», censurada por entonces en ambos márgenes del Río de la Plata.

«Después nos hicieron declarar a todos por separado —recordaba Rinaldo Raffanelli, bajista de la banda, fallecido en junio de este año—. El primero en ir fue Charly, que cuando volvió nos hizo señas de que dijéramos que no sabíamos las letras. Va Juan Rodríguez y cuando le preguntan por la letra de los militares dice que es el baterista y no canta. Yo hago lo mismo, digo que toco el bajo, y Nito dice que toca la flauta. Después nos soltaron a todos. Cuando estuvimos lejos le preguntamos a Charly qué era lo que había hecho. El Flaco les cambió toda la letra de “Botas locas” y les hizo creer que era un tema nacionalista. En vez de “si ellos son la patria, yo soy extranjero”, les dijo “si ellos son la patria, yo me juego entero”. Fue increíble, lo hizo todo en el momento y sin consultarnos. La sangre de pato de Charly nos salvó la vida».

* * *

El comienzo de la etapa solista de Charly coincide, entonces, con el retorno de la democracia. Y en esos años grabó tres discos que constituyen su trilogía consagratoria, quizás el pico más elevado de su larga carrera creativa: Yendo de la cama al living (1982), Clics modernos (1983) y Piano bar (1984). Clics modernos fue considerado por Rolling Stone el segundo mejor disco de la historia del rock argentino. Otros ocho de sus discos están entre los primeros cien de ese ranking, y también son nueve las canciones incluidas entre las cien mejores del género en este país.

En esta época su estilo es mucho más ácido, directo, transgresor: el clima político lo permitía. Y coincide con los años de oro del rock nacional, con el ascenso de bandas y artistas como los Abuelos de la Nada, Virus, Soda Stereo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Andrés Calamaro, Fito Páez… Para Charly, los ochenta continuaron con otros álbumes: Parte de la religión (1987), Cómo conseguir chicas (1989), un disco en dupla con Pedro Aznar titulado Tango (1986), y de algún modo se cerraron con Filosofía barata y zapatos de goma (1990) y Tango 4 (también con Aznar, 1991). Aunque se pueden añadir a ese período —a modo de epílogo— dos obras de alta calidad: La hija de la lágrima (1994), una ópera rock que ya marcaba otras búsquedas y nuevos rumbos en su carrera, y Hello! (1995), el ya citado acústico en MTV.

Pero Charly, en esos años, también empezó a ser noticia por asuntos extramusicales. Diversos escándalos durante sus conciertos (como la famosísima vez en que se bajó los pantalones y le mostró el pene al público que le gritaba «¡puto!» en Córdoba en 1983) fueron ocupando cada vez más páginas en los diarios y más minutos en la radio y la televisión. A los excesos clásicos —sexo, droga y rocanrol— Charly le sumaba los rasgos de una personalidad sumamente excéntrica, problemas nerviosos, paranoias y quién sabe qué otros posibles diagnósticos. («Maníaco-depresivo con personalidad esquizoide»: así lo habían catalogado ya en 1971 al darlo de baja de la mili, después de que sentara un cadáver en una silla de ruedas y lo llevase a tomar el sol, porque «lo había visto muy pálido». Por supuesto, fue una estratagema de García para obtener esa baja, después de que no dieran resultado todos los desórdenes físicos que fingió).

A comienzos de los noventa Charly pasó varias temporadas ingresado en clínicas psiquiátricas, casi siempre en contra de su voluntad. A los miembros de su banda les fue cada vez más complicado seguirle el ritmo de vida, el caos se fue apoderando de sus conciertos, al punto de que muchos de ellos sonaban muy mal y terminaban pocas canciones después de comenzar… Lo que ahí comenzó fue un período de cierta oscuridad.

* * *

En 1996 apareció Say No More, que más que un disco es un concepto. A partir de esa expresión —tomada de la película Help!, de los Beatles— Charly compuso un disco extraño, experimental, grabado sin guion previo ni un listado de temas definidos, elaborado sobre la marcha, una obra en que la decadencia es tema, forma y fondo. Pero además García diseñó un logo, y más aún: creó un personaje, se disfrazó de mito posmoderno, una alegoría de sí mismo, una parodia de la estrella de rock. No fue Martín Lombardo en su novela quien inventó al personaje Charly García: lo hizo el propio Charly, cuando pasó a vivir en una performance constante de su propia persona. El músico como artefacto mediático, el artista que hace del mundo entero su escenario. Say No More como filosofía. Había comenzado The García Show.

Los discos posteriores a Say No More transitaron la línea del mismo personaje, plagados de líneas autorreferenciales, sonidos sucios y «planificado caos»: El aguante (1998), Influencia (2002) y Rock and Roll Yo (2003). «La construcción del mito, del héroe “Charly García” —afirma Mara Favoretto—, es una alegoría que señala a ese sistema perverso que inventa ídolos populares y los utiliza a su antojo. Antes de que lo utilicen a él también, Charly les gana de mano. Se autoproclama héroe mítico popular para así manejar a su antojo su popularidad».

Por supuesto, las excentricidades lo siguieron acompañando, cada vez más presentes, desde el descontrol cotidiano y los mil escándalos aquí y allá hasta quizás el episodio más alocado de su vida: el 3 de marzo de 2000, en Mendoza, saltó desde un noveno piso hasta la piscina del hotel en que se estaba alojando. Sufrió apenas algún rasguño. Dicen que fue porque unas horas antes un comisario de policía le había dicho: «Para mí, usted es un ciudadano más, una persona común y corriente», a lo que Charly respondió: «Yo no soy igual al resto, yo soy un genio». Poco después compuso un tema titulado «Me tiré por vos». Diez años antes, en una de sus letras más conocidas, había escrito: «No pienses que estoy loco / es solo una manera de actuar. / No pienses que estoy solo / estoy comunicado con todo lo demás».

Hasta que, como suele ocurrir, los excesos empezaron a pasar su factura. En 2008 su salud se resquebrajó tanto que sintió a la Parca golpear la puerta de su casa. Y entonces Charly hizo lo que antes había evitado sistemáticamente: aceptó la ayuda de sus amigos. Salió de una neumonía, ganó peso, hasta se hizo unas gafas con la graduación apropiada y se sometió a un tratamiento estético de odontología. Hasta eso necesitaba, así de bajo había caído. «Yo no quiero volverme tan loco», se titula uno de sus hits, y de algún modo se volvió todo lo loco que pudo. Ese fue el fondo que tocó. Y desde ahí comenzó a subir.

* * *

El 23 de octubre de 2009, el día en que cumplía cincuenta y ocho años, Charly volvió a los escenarios tras sus problemas de salud, y dio uno de sus shows más recordados: el «Concierto Subacuático», llamado así porque se desarrolló casi en su totalidad bajo una lluvia torrencial en el estadio de Vélez Sarsfield, en Buenos Aires. En esos días comenzó la —por ahora— última etapa en la carrera de García, una etapa que incluye dos discos (Kill Gil, de 2010, y Random, de 2017), multitud de homenajes (como el brazalete Say No More que rodeó el obelisco porteño en agosto de 2009) y el reconocimiento generalizado.

Al dejar atrás sus transgresiones y sus excesos y dedicarse a una vida más serena («Buscando un símbolo de paz» es otro de sus temas más famosos), las críticas que en un tiempo arreciaron sobre él también parecen ser cosa del pasado. Como en una fábula hollywoodense, el héroe ha sobrevivido a su caída y ahora puede observar desde lo alto su propia obra. Como si ahora la mayoría de la gente pudiera lo que antes a muchos les costaba: mirar (escuchar) atrás con cierta perspectiva y advertir lo gigante de su música. Y lo bueno es que toda su música está ahí, a un clic de distancia, para que quienes quieran —los españoles, las nuevas generaciones, el porvenir— se asomen a ella cuando sea la ocasión.

En estos días, mientras poco a poco salimos de la pandemia, tanto el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires como otras instituciones y medios de comunicación organizan diversas celebraciones por sus setenta años, desde conciertos hasta muestras fotográficas e instalaciones artísticas. He ahí el mito, ese que tanto él mismo como todos los argentinos hemos edificado. Está claro que nos fascinan los mitos: ahí están Gardel, Perón, Evita, Maradona, por qué no Borges, el Che. García ya ocupa su lugar en ese panteón. «¿Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo?», se pregunta una de sus canciones de los años setenta. A su manera tuvo unas cuantas muertes, pero siempre volvió para contar cómo le había ido.

«Sí, yo asumo que soy Charly García —le dijo a Sergio Marchi, autor de la biografía No digas nada, de 1997—. ¿Serlo es una porquería? Hay veces que la gente piensa que vino Alá y me dijo: “Vos sos Charly García y tenés los poderes del mundo para hacer lo que quieras”. Y yo soy Charly un poco porque lo inventé yo, un poco porque se dieron las circunstancias y un poco porque me decían Charly en el colegio secundario». Qué bueno ese personaje que se inventó.

Y sin embargo en la misma entrevista dijo también: «El truco es nunca decir quién es uno. Dejar que los demás digan todo de vos. Es como jugar al ping-pong. De pronto un tipo te viene a hablar y te dice: “Pero lo que pasa es que vos sos Charly García”. Entonces la pelotita está ahí arriba. Y tu raqueta contesta: “Y vos no”».


Derribando al galán argentino: el sarampión 

Derribando al galán argentino
Esther Williams y Fernando Lamas, 1961. Fotografía: Gianni Ferrari / Getty. Argentino

«¿Y si nadie va a por la rubia?» .

Con esa frase, Una mente maravillosa trataba de presentar la explicación del llamado «equilibrio de Nash» a unos espectadores que podían o no estar interesados en la teoría de juegos, pero que sí compartían un íntimo deseo: ninguno quería quedarse sin follar. 

Para lograr tan encomiable propósito, la película recurría a la analogía entre el mercado económico y el mercado de la carne. Un poco de trazo grueso, sí, pero recuerden que aún seguimos utilizando los estadios de fútbol como unidad de medida universal. La situación era la siguiente: el matemático John Nash, interpretado por Russell Crowe, está en un bar con sus letradísimos amigos y ven a un grupo de mujeres. Sobresale una rubia, la más atractiva. Valiéndose de los postulados de Adam Smith —«En competencia, la búsqueda del interés propio contribuye al bien común»—, resuelven abordarlas a lo bruto, respondiendo al instinto más simiesco de que gane el mejor y el que venga detrás que arree. Todos irán a por la rubia; si los rechaza, se conformarán con cualquiera de las morenas. 

Hasta que Nash tiene su epifanía y predice que semejante plan está abocado al fracaso. Si todos acuden en tropel a por la más despampanante: 1) se obstaculizarán entre ellos y 2) cuando reconduzcan el tiro y traten de cortejar a las amigas, fracasarán también, porque para segundos platos ya están los menús del día. «Adam Smith dijo que el mejor resultado se obtiene cuando todos los del grupo hacen lo mejor para sí mismos, ¿verdad? Adam Smith se equivocaba —proclama Nash, alumbrando su idea genial—. Si ignoramos a la rubia, ni nos entorpecemos ni ofendemos a las otras chicas. Esa es la única estrategia ganadora». Una teoría que le valió el Premio Nobel de Economía, y que muy resumidamente enuncia que se logrará un mejor resultado para el conjunto si se comparten las estrategias con el resto de los jugadores. Todos hacen lo mejor para sí mismos, dado lo que ha hecho el resto. 

Y si hay una especie, un subgrupo, una élite en esto de perfeccionar su comportamiento a la hora de ligar, estaremos de acuerdo en que esos son los argentinos. Más allá del tango, del dulce de leche o de las proporciones elefantiásicas de su ego —hablando de cosas que solo pueden medirse en campos de fútbol—, lo que de verdad han convertido en centro gravitacional de su existencia es la seducción. Específicamente, de mujeres. Más específicamente… de mujeres no argentinas. Esto lleva siendo así desde los tiempos en los que se podía fumar en los consultorios médicos, cuando el primer argentino agarró sus bártulos y se plantó en España para descubrir, extasiado, que su acento provocaba un instantáneo embrujo entre «las gallegas». Imagínenselo, desconcertado ante tal feliz hallazgo, inconsciente como era de su habilidad innata, tratando de calibrar la grandiosidad de su propia gesta. Solo le hizo falta despegar los labios y dejar caer una de esas lisonjas triviales —«Disculpáme, ¿sos de acá? Porque para mí parecés de otro planeta»— para que un infinito mundo de posibilidades se abriera ante su bragueta. 

No hace falta que los libros de historia detallen qué ocurrió a continuación. La palabra había obrado el milagro engatusador y con la palabra se expandió la buena nueva. El secreto duró lo que tardó ese argentino primigenio en hacer números y asumir que ni doblando jornada conseguiría satisfacer la demanda de una población femenina sedienta e impresionable ante las frasecitas ingeniosas y eses arrastradas. A pesar de su recién descubierta grandiosidad, solo era un hombre. Corrió la voz. Prometió a sus compatriotas una región virgen, fértil para el piropo existencial, que con unas dosis mínimas de creatividad —bastaba con decir muchas veces «proyectar», añadirle «re» a cualquier cumplido— te hacía resultar exótico e irresistible. 

Hordas de porteños, mercedianos, pamperos, bonaerenses, plateros y barilochenses desembarcaron en todos los puntos cardinales —quizás también huyendo de una dictadura, vale— con una maleta cargada de sueños húmedos y una guitarra que no hacía falta saber tocar. Debió de celebrarse un cónclave secreto en algún recinto ferial, una coordinación estratégica de cómo desplegarse y operar en territorio inexplorado y maximizar sus conquistas. No podemos saber los términos, pero sí las consecuencias: eligieron una estrategia unitaria. Y eficaz. A partir de entonces, todos los argentinos con ganas de meterla en caliente se convertirían en el mismo argentino, sin importar su aspecto o procedencia. Consensuaron historietas, trucos, gestos imperceptibles. Memorizaron los más melosos versos de Benedetti, ensayaron la pose canallita-torturado-carismático-pero-en-el-fondo-buen-tipo. Todo para convencerte a ti, mujer con asma y presbicia nacida en Berruecos del Jarama, de que eres el ser más singular de la creación, un ejemplar irrepetible que con su mera existencia ha compensado que él cruzara un océano y huyera de cien corralitos para dar contigo en este preciso instante, en esta cola de los baños en la que estás buscando un clínex a las tres de la mañana. 

¿Y cómo iban a lograrlo? Habían detectado que algo se derretía en las autóctonas cuando ellos fingían haber leído a Borges o a Cortázar —citar: «Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos» poseía un índice de éxito sobrenatural, descubrieron— pero que la sabiduría igual estaba en lo verdaderamente leído. A alguien le vino a la memoria una de esas obras obligatorias en secundaria, Las mil y una noches. Tras las coñitas preceptivas sobre cómo el sultán Shahriar era «un recontragenio y un chabón», dieron con la tecla precisa: una mujer. Scheherezade. El paralelismo era tan evidente que se sorprendieron de no haberlo visto antes. Si conseguía entretener toda la noche al sultán con sus historias, se salvaba de la decapitación. Y seducir a una mina también era una carrera contrarreloj contra la muerte: había que rivalizar con tipos que además de pasear una guitarra sabían tocarla, hombres que entrenaban los bíceps, que llamaban croissant a las medialunas, que no se echaban a llorar si les mencionaban el Mundial de Fútbol de 1994 y que jamás invitarían a una mujer a una copa para explicarle las bondades del psicoanálisis. 

Así que reprodujeron el ardid de Scheherezade: hablar, hablar, hablar. Sin resuello, sin dar tiempo a réplicas o pausas que comprometan el discurso hueco. Simple y llanamente, hablar como si lo fueran a prohibir. Fundamentalmente de uno mismo. El truco era inyectar a la víctima ese veneno diluido en la musicalidad de su acento, adormecerla para que, con el juicio nublado, crea que está formando parte de una conversación interesante y no de una perorata de un vendedor de motos sin ruedas. Lo bautizaron «hacer el verso», pero solo era oratoria. Labia, si quieren. Se han escrito decenas de manuales de seducción argentinos —no se pierdan los cursos que imparten los ínclitos Martín Rieznik y Mike Tabaschek, que, con un póster de Frida Kahlo de fondo, te revelan cómo irte a casa con una modelo de Victoria’s Secret— que dan mil vueltas a cómo agasajar a las hembras con palabrería, pero su esencia es bastante ramplona. No es que hayan alcanzado un conocimiento de los laberintos del alma femenina con tesón, ni que el consumo prolongado de alfajores les otorgue unos poderes genéticamente imposibles en un checoslovaco. Solo aplican el mismo lema que utilizan los conductores en Marruecos cuando van a cruzar una rotonda: si te paras, pierdes. 

Y ellos llevan sin parar décadas. Puliendo, perfeccionando, disparando chamuyos aquí y allá, engrandeciendo su fama de seductores implacables. Incluso si se da la circunstancia de que fracasen —porque el novio está al lado de la presa, porque es lesbiana o por otra razón que desvelaremos más adelante—, dan la vuelta al marcador y en un abrir y cerrar de ojos ya están engatusando a la siguiente con idéntica ferocidad, sin aspavientos ante el rechazo sufrido. Las mismas décadas que lleva el resto de la población masculina heterosexual poniendo los ojos en blanco cuando un argentino se aproxima a una de las hembras del grupo con un susurro colgándole del labio —«Disculpáme, ¿me permitís hacerte una preguntita?»— porque saben lo que viene a continuación. Que mercachifles que andan por ahí creyéndose Fito Páez, repitiendo una y otra vez las mismas marrullerías con encantos falaces, inexplicablemente, resultan arrebatadores. 

No es cometido de este texto dilucidar si el descubrimiento del equilibrio de Nash debería en realidad llamarse «equilibrio del mate», o de si corresponde a los argentinos la autoría del premiado concepto. Eso que lo resuelvan los comités suecos. A mí se me requiere para que exponga otra teoría sobre la que llevo años disertando, acodada en la barra de tugurios —¿los recuerdan?—, dispuesta a compartirla con quien quisiera escucharme, una concurrencia tendente a cero. Acostumbro a exponerla cuando alguien se duele de que esa amiga suya, hermana, prima o conocida, con siete doctorados en Cambridge, varias empresas emergentes de éxito y las paredes rebosantes de clásicos rusos, ha caído rendida ante un patán del tres al cuarto. Uno que se presenta como cantautor y trovador del alma, y que por su culpa ahora ella dice «heladera», acepta que el mate en realidad no está tan mal y se está volviendo a ver con él todo el cine de Campanella o de Mignogna —nunca de Lucrecia Martel o de María Luisa Bemberg, fíjate—. Resoplan, se encogen de hombros, y con derrotismo alegan que «yo tampoco lo entiendo, pero, claro, él es argentino». Lo dicen como si no hubiera remedio. Y sí, sí lo hay. Está justo ahí, ante sus narices. 

La única forma de librarse de un argentino es sucumbir ante un argentino. No me entiendan mal, no estoy animando a que se lancen a los brazos del primer camarero que te dibuje una margarita en la espuma del café y te diga lujuriosamente que le tienes muerto. No es eso. Se trata de aprovecharse de las flaquezas de su —aparentemente— implacable modus operandi

Puede que seas incapaz de verlo ahora, que te has levantado en la cama de un señor de Bariloche y te sientes como si te hubieran acariciado el cerebro con un rallador de queso. Alárgalo si quieres un tiempo, hay cosas que no están tan mal, si es que puedes soportar que te recite todas las bromas de Esperando la carroza la totalidad de veces —entre siete y cuatrocientas cincuenta— que te proponga ver la película juntos. O si estás más loca que la canción de Mocedades y no consideras un instrumento de tortura que ahora, además, el siglo XXI les permita enviar audios interminables por WhatsApp. 

Pero cuando todo eso pase, cuando te asfixie el detalle escrupuloso sobre lo mal que cortas la carne, cuando ya hagas gárgaras con el chimichurri de puro agotamiento, cuando quieras pasar página porque sospechas que hay léxico más allá de pedo y añores pronunciar barbacoa sin que suenen las cornetas del Apocalipsis… En suma, cuando no lo soportes más y seas tú quien quiera mudarse a pastos más verdes, algo mágico sucederá. 

Aparecerá otro argentino para encenderte un cigarrillo, alabando cómo balanceas el traste, jurando ante Maradona que es la primera vez que se siente así al conocer a alguien. Y entonces se activará un resorte en tu cerebro reptiliano y sabrás, automáticamente, que en esta ocasión no vas a acabar con las bombachas en los tobillos porque lo tuyo, además, son bragas. Se instalará en ti una fortaleza insólita, esa certeza de que antes te depilas las ingles a machetazos que volver a escuchar a otro ejemplar pontificar sobre la mitología del Boca y del River creyéndose una fotocopia de Ricardo Darín. Después de eso, amiga, se revelará ante ti que la genuina naturaleza del argentino no es la consonante aspirada, sino el alma de creativo publicitario hagiógrafo de sí mismo. 

Y es que, a fuerza de constancia, de repetir una y otra vez los mismos trucos y engañifas, de diluir su singularidad para ser siempre el mismo argentino, convencidos de que esa es la vía óptima para engancharte, han logrado algo más. Canibalizarse, perder eficacia emotiva. Follado un argentino… follados todos. Así de irónico es: lo que consideraban que los volvía infalibles los ha convertido en un virus pasajero, en un trance que pasar. Usa clichés y en cliché te convertirás, diría la maldición, si existiera. La conclusión —no me ven, pero ahora mismo estoy crujiéndome los nudillos— es que los argentinos son como un sarampión. Una infección que hay que superar una vez en la vida y con la que se pasa regular, pero que trae consigo el espléndido regalo de la inmunidad. Una vez catados se vuelven completamente resistibles, créanme. 

Alguien dijo —un argentino— eso de «no sos vos, soy yo». No sabía la razón que tenía. Cuando ya se han paladeado las mieles argentinas, el problema ya no son ellos. Somos nosotras, que nos volvemos «chenoas», entonando ese himno inmortal escrito, sin duda, tras un affaire en la Pampa. 

Presumiendo que lo sabe todo
me dice cosas que no suenan del todo bien.
Está tratando de seducirme,
entre la marcha y tanto ruido no le oigo bien.
Pelo hacia atrás, sonrisa retorcida,
intentará abordarme por segunda vez.
No se da cuenta que no me interesa
que lo que diga o lo que haga lo conozco bien.

No vayáis a por la rubia, que da igual. Ellas también han alcanzado su propio equilibrio. 


El inagotable ingenio argentino para el insulto

arte argentino insulto
Ilustración: Tau.

«Pelotudo». El insulto argentino más universal se pronuncia con la pe y/o la te muy marcadas, aun en estos tiempos de covid-19, donde las diminutas gotas de saliva que expulsamos suponen un riesgo nuevo. «Pelotudo» puede escucharse en los prolegómenos de una pelea callejera, se grita a menudo de un automóvil a otro por una mala maniobra de tránsito, frente al televisor al ver un partido y, más fuerte que en ningún otro lugar, en el estadio de fútbol. 

«La cancha de fútbol es un lugar hecho para insultar, para descargar un montón de tensiones», admite el polifacético Pablo Marchetti, autor de Puto el que lee. Diccionario argentino de insultos, injurias e improperios. Hasta las personas más formales se transforman en las gradas del estadio en máquinas de lanzar barbaridades, una tras otra, con una inventiva tal que su fama ha traspasado fronteras. 

Uno de los blancos favoritos de los últimos años de la selección argentina ha sido Gonzalo Higuaín. «Cementerio de canelones», «Terrorista de choripanes», «Arruinador de alegrías», «Andá a la concha de tu trola madre hijo de un camión Iveco lleno de putas, gordo fofo y la madre que te re mil parió», «¿Por qué no te atas la pija en la punta del obelisco y das vueltas como si estuvieras en una calesita?», pudo leerse en Twitter después de que el delantero fallase una clara oportunidad de gol en los primeros minutos del amistoso que Argentina jugó contra España en 2018. 

El técnico de la selección en ese partido, Jorge Sampaoli, también recibió una catarata de improperios, centrados especialmente en su calvicie. «Sampaoli, hijo de un sistema solar rebosante de putas, cabeza de rodilla, salame, forro, la concha de tu hermana, metete en un cohete y aterrizá en una galaxia donde no se te pueda ver ni con un satélite, dedicate a esquilar ovejas, hacete coger por King Kong con malaria hdmp», escribió un tuitero. «Tobogán de piojos», «Flequillo de carne», «Cabeza de desodorante a bolilla», le dedicaron también. 

A Lionel Messi le persigue desde hace años la etiqueta de «pecho frío», en la eterna comparación con Diego Armando Maradona, el jugador más idolatrado del país y autor de célebres insultos como «la tenés adentro», conocida incluso por sus siglas, LTA, o «se te escapó la tortuga», entre otros. 

Las puteadas en el fútbol no se limitan al estadio, a los livings de las casas ni a las redes sociales, sino que a veces son proferidos también por comentaristas de partidos, como Alberto Raimundi, hincha declarado de Gimnasia de La Plata, quien se ensañó con el árbitro tras un partido de su equipo contra Boca Juniors: «Totalmente ilícito y me chupa un huevo lo que piensen los demás. Se borró de la cancha, lo cual me da en las reverendas pelotas. La camiseta de Gimnasia hay que defenderla más allá de la hija de recontraputez total de este sorete hijo de cuatro cientos setenta sistemas solares repletos de putas hasta en los anillos de los planetas y los rayos de los soles».

En Argentina, el fútbol y la política tienen relaciones muy estrechas, por lo que no es de extrañar que uno de los insultos más famosos de los últimos años contra un mandatario naciese en la cancha para propagarse después por todo el país. El cántico arrancó en febrero de 2018, en el estadio de San Lorenzo, cuando recibió la visita de Boca Juniors, en ese momento en lo más alto de la tabla clasificatoria. En medio de un partido tenso, empezó como un susurro y de a poco aumentó su volumen, hasta volverse ensordecedor: «Mauricio Macri, la puta que te parió, Mauricio Macri, la puta que te parió».

En pocas semanas, el cántico contra el expresidente de Boca Juniors y en ese momento jefe de Estado de Argentina se popularizó en protestas callejeras contra el gobierno, actos culturales, bares y fiestas con mayoría peronista, mientras las siglas, MMLPTQTP, se estampaban en banderas, pines y camisetas. 

«Los insultos son una de las áreas más dinámicas de la lengua y mi diccionario tendría que actualizarlo. No incluye, por ejemplo, la irrupción de insultos feministas», dice Marchetti. Estos son toda una novedad en una sociedad que tiene el sexo y el machismo como pilares de las palabrotas, donde sobresalen verga, pija, poronga, pingo, garompa o nabo como sinónimos vulgares del miembro viril masculino y concha y argolla del femenino en mil combinaciones que van desde el «¿por qué no me chupás/agarrás/lamés la pija?» al «andate a la recalcada concha de tu madre, forro».

En las multitudinarias manifestaciones a favor del aborto legal a mitad de 2018, el cántico contra el presidente se transformó así en «Mauricio Macri, la yuta [policía] que te parió». Ese mismo año, empezó a cobrar fuerza la palabra despectiva machirulo, definida por la Fundéu como «de origen incierto, aunque podría tratarse de un acrónimo a partir de macho y chulo o de macho y pirulo», que se emplea como neologismo para el “hombre machista, en ocasiones asociado a quien hace gala de esa condición”». 

La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner la usó para referirse a su sucesor, Macri, cuando él pidió a los senadores y gobernadores peronistas «que no se dejen llevar por las locuras de Cristina». «Tratar de loca a una mujer. Típico de machirulo», escribió. Llamarse Tincho o Raúl en estos días tampoco goza de mucho prestigio, porque ambos nombres han quedado convertidos en sinónimos de machirulo

En la actualidad «hay grupos insultados que se hacen cargo del insulto, lo usan y de esa manera lo neutralizan. Pensemos en los términos puto —con los putos peronistas a la cabeza —, el término puta —con las putas feministas a la cabeza— o negro villero y el orgullo villero de la cumbia villera. Algo que ya había comenzado con los equipos de fútbol. Bosteros, gallinas, leprosos, canallas, cuervos, quemeros, tatengues, negros, etcétera. Son todos términos que nacieron como insultos y de los que los hinchas de esos clubes se hicieron cargo», subraya Marchetti. 

El exceso de uso ha transformado algunas puteadas clásicas en vocativos neutros, como pasa con boludo en toda Argentina —che, boluda, ¿venís al asado hoy?—, o con culiao en el norte — ¿Qué hacé’, culiao?, ¿vamo’ a comer, culiao?—. Otras, en cambio, conservan intacto el poder de décadas atrás, como el pelotudo que defendió el escritor Roberto Fontanarrosa en 1994 frente al Congreso Internacional de la Lengua. «Hay palabras de las denominadas malas palabras que son irreemplazables, por sonoridad, por fuerza y por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o sonsa que es un pelotudo», dijo Fontanarrosa durante su discurso, en el que pidió una amnistía para las malas palabras. 

La sonoridad es clave también en el desprecio que rezuma «sos un sorete», que podría traducirse como «pedazo de mierda», y su hipérbole, «sorete mal cagado». O en «forro», con la erre bien remarcada. Pero algunos insultos solo funcionan por escrito, como el de Riber —en vez de River Plate—, pintarrajeado hasta el cansancio en paredes y muros de redes sociales por sus rivales futbolísticos tras haber descendido de división en 2011.

Para Marchetti, es bueno «ponerle el cuerpo a un insulto, porque puede llegar a tener consecuencias», al ser a menudo la última frontera antes de la violencia física. «Hijoderemilputas pitocorto, bolsa de cuernos, hacé lo que se te cante del orto, infeliz», le dedicó una conductora a quien acababa de adelantarla sin poner el intermitente. El otro se limitó a levantar su dedo corazón como respuesta, pero poco después, cuando recibió un nuevo ataque verbal por otra maniobra incorrecta, detuvo el coche con ánimo de llegar a las manos. 

Cuanta más distancia hay, más sencillo resulta insultar. En la cancha, uno insulta de lejos, y en Argentina, además, desde hace años, sin hinchada visitante. En cuarentena, encerrados en casa, esas largas enumeraciones de improperios tienen menos vías de escape. Esto supone un peligro para aquellos que, como Fontanarrosa, les atribuyen propiedades terapéuticas. «Mi psicoanalista dice que son imprescindibles incluso para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría —no quiero hacer, repito, una teoría ni nada— lo único que yo quería reconsiderar es la situación de estas malas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas, vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar», se despidió ante los atónitos académicos de la lengua. 


Margarita Xirgu, puñados de fuego y jarras de agua fría sobre públicos adormecidos

Margarita Xirgu en la década de los diez
Margarita Xirgu en la década de los diez. (DP)

A tres cuadras de la 9 de julio, «la avenida más ancha del mundo», y en pleno barrio San Telmo, está el Teatro Margarita Xirgu, en el Casal de Catalunya, un edificio de fines del siglo XIX que, apenas construido, se convirtió en centro de distintas actividades de la colectividad catalana en Buenos Aires. Para mí Margarita Xirgu no era más que el nombre de un teatro de Buenos Aires y después fue el nombre de una actriz: la española que hacía el repertorio de Federico García Lorca. Aunque tomó la nacionalidad uruguaya, Margarita Xirgu vivió mucho tiempo en Argentina y formó parte de la generación de españoles que llegó en los años treinta del siglo pasado. 

Argentina es tierra de inmigrantes. La historia cristalizada de la inmigración en este país —la que se aprende en la escuela, la que se repite en la calle— dice que «somos un crisol de razas» porque a los habitantes criollos y mestizos se sumaron los europeos que llegaban buscando la prosperidad de la pampa. Yo tampoco sabía lo que significaba crisol, lo repetía, como hacíamos todos. Supongo que habré pensado que quería decir algo como mezcla. El crisol, me enteré después, es un recipiente que se usa para fundir metales a altas temperaturas; lo que sale de ahí, lo hace de manera solidificada. El crisol de razas, entonces, se usa para graficar a esas sociedades con elementos heterogéneos que de forma gradual se van convirtiendo en una sociedad homogénea. 

La realidad, claro, siempre es más compleja.

Soy Calamari de apellido paterno y Ribas de apellido materno. Italianos y españoles. En los orígenes tengo esa característica que Octavio Paz señaló con sorna y que algunos compatriotas leen como signo de superioridad: «los argentinos descendemos de los barcos». Aunque a Argentina los barcos llegaron de todos lados, la inmigración española está desde el comienzo, desde la época colonial, mucho antes de que esto fuera un país. 

Cuando hace unos años la economía se empezó a derrumbar casi definitivamente, con el último empujoncito que le faltaba, toda una generación de descendientes europeos comenzó a desempolvar ancestros para conseguir la ciudadanía europea, sinónimo de pasaporte a una vida mejor. Formo parte de esa generación. Resultó que los Calamari y los Ribas habían llegado más o menos al mismo tiempo, pero hace demasiado tiempo. Se hacía imposible rastrear tantas partidas de nacimiento y defunción porque mis ancestros llegaron en la primera gran afluencia inmigratoria, en el último tercio del siglo diecinueve. Eso también lo aprendimos en nuestras clases de ciencias sociales: que hubo distintas «oleadas inmigratorias». 

El país era muy joven, después de la independencia vinieron décadas de enfrentamientos por el control del poder hasta que conseguimos una constitución en 1853 y había que hacer un país y poblar un territorio desierto. Ya desde el preámbulo —que aprendíamos de memoria— les dábamos la bienvenida a «todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino». Entre los primeros que llegaron por esa época estaban mis antepasados. Llegaron millones de toda Europa, la mayoría de ellos desde Italia y España. 

Con el nuevo siglo Argentina se convirtió en el granero del mundo, se llenó de vacas que todos querían comprar y era el lugar ideal para los que «venían a hacerse la América». A algunos les fue mejor que a otros, pero las posibilidades seguían intactas hasta que en 1930 tuvimos el primer golpe de Estado y la joven promesa de América empezó a decaer.

Pero esa década fue un infierno para Europa, así que los inmigrantes seguían arribando. Llegaban judíos alemanes, suizos, austríacos, rusos o polacos que huían de los avances totalitarios y la persecución. Venían los que escapaban de la pobreza y los que buscaban la libertad. Argentina estaba lejos de ser una sociedad homogénea, pero los lazos culturales de los recién llegados con sus países de origen se fueron mezclando con lo que encontraban acá.

El caso de los españoles fue notable. En cada pueblo había un Centro Español con actividades sociales y culturales ligadas a la península que atraían a inmigrantes y a nativos. En el pueblo donde nací —uno de tantos rodeados de trigo, maíz y vacas— el único cine que teníamos era el Cine Teatro Español y lo mismo pasaba en las localidades vecinas. La cultura española y los artistas que visitaban constantemente el país marcaron a toda una generación. Mi tía abuela Cándida, por ejemplo, no sabía ni un solo tango o milonga pero sí cantaba: 

Doce cascabeles lleva mi caballo por la carretera

Y un par de claveles al pelo prendido lleva mi romera

Y pronunciaba ieva y cabaio, intentando tapar los argentinos sheva y cabasho.

Volvamos a los años treinta, la década que cambió para siempre la fisonomía de la inmigración española porque se dividió entre republicanos y franquistas. Los que llegaban, los que estaban desde antes, los artistas e intelectuales, también los dirigentes argentinos, todos estuvieron atravesados por la realidad política de España.

Desde principios de siglo, la radio, el cine, la música y el teatro que se hacían y consumían en Argentina estuvieron fuertemente marcados por «los españoles». Y así llegamos al comienzo y al nombre de Margarita Xirgu, que con el tiempo quedó asociado al de Federico García Lorca. Hasta la muerte del poeta, dos actrices habían compartido su repertorio en la cartelera argentina: Margarita Xirgu y Lola Membrives. Después de 1936 todo fue disputa y confrontación en el terreno personal, profesional y político. 

Lola Membrives ahora también es un teatro pero antes era una actriz. No era española, sí hija de inmigrantes. Debutó antes de los veinte años en Madrid y construyó su carrera entre ambos países. Era el símbolo de la hispanidad. 

Xirgu y Membrives fueron las dos actrices españolas más famosas de la Argentina. Vivieron casi al mismo tiempo. Xirgu nació en Catalunya en 1885 y Membrives en Buenos Aires en 1888. Las dos murieron en 1969. Xirgu en Montevideo, a diez mil kilómetros de su patria, en el exilio, y Membrives en la misma ciudad en la que nació. En el ínterin fue la embajadora cultural del franquismo en Argentina. 

Cuando Franco tomó el poder, Margarita Xirgu estaba viviendo en Buenos Aires. Hasta su muerte deambuló entre Argentina, Chile y Uruguay. Nunca volvió a España.

Cuando Franco tomó el poder, Lola Membrives se fue a vivir a España, después volvió a Argentina y se alineó ideológicamente con el gobierno del general Perón. Vivió entre los dos países hasta su muerte.

Solo con el paso de los años pude advertir la diferencia radical de lo que representan esos dos nombres de teatros a metros de la 9 de Julio. De esos dos nombres, el de Margarita Xirgu se eleva por lo que encarna: la libertad. La irrenunciable libertad personal, profesional y artística.

«La Xirgu», como le decían por acá, había estado en Buenos Aires mucho antes de esa convulsionada década del treinta. La había traído Faustino Da Rosa, un empresario portugués que había llegado en 1895 al país con la ilusión de ser artista. El portugués decía que él había «descubierto» a Margarita Xirgu y que todo fue una gran casualidad. 

Es una noche lluviosa y fría de enero de 1912 y la joven actriz está representando Frou frou en el Teatro Principal de Barcelona. En el hotel de enfrente se está hospedando el empresario teatral Faustino Da Rosa que está de paso con destino a París; suele hacer estos viajes para contratar compañías que quieran actuar en los teatros Colón y Odeón de Buenos Aires, símbolos de la Argentina opulenta de esos años. No se ha podido mover en toda la tarde del hotel por culpa de la lluvia, ve la marquesina en el frente, conoce la obra y no tiene nada más interesante que hacer. El nombre de la actriz le resulta desconocido pero también le da curiosidad: empieza con una X. Cuando la obra termina, la Xirgu recibe una tarjeta del empresario con una nota: le está ofreciendo un contrato para actuar en América. Ella cree que es una broma pero al otro día se encuentran y conversan sobre las condiciones. El empresario accede a todos sus pedidos y sigue camino hasta Francia con la promesa de cerrar el trato a su regreso.

Cuando Da Rosa vuelve de París firman un contrato por un año con once artículos que estipulan su actuación «en todas las repúblicas de Centroamérica y de Sudamérica», el repertorio, pasajes en primera clase, su sueldo, un galán primera figura, nuevos decorados para cada obra, una participación en las ganancias y un adelanto para «la señora Xirgu». También una modista en París. Tiene poco más de veinte años, una compañía propia y trabajo asegurado por un año con la posibilidad de extenderlo a dos. Dicen que en ese momento solo sabía hablar en catalán y que el español lo fue aprendiendo a medida que la gira avanzaba, que era muy pequeña, con una voz baja y quebrada. A todos les gustó ese cantito y acento catalán.

A principios de los años veinte, y ya definitivamente consagrada en toda España, hace su segunda gira por América Latina y unos años después conoce a Salvador Dalí y al poeta que se va a convertir en su amigo: Federico García Lorca. Juntos, fueron famosos y marginales.

Dalí dijo que su voz era como un nido de avispas, para Lorca, en cambio, era la actriz que «arrojaba puñados de fuego y jarras de agua fría sobre públicos adormecidos». Para la década siguiente ya era una republicana, era «Margarita, la roja» y también una «lesbiana encubierta». 

Está comenzando el año 1936 y la periodista Irene Polo llega a la casa de Margarita Xirgu. La conoce y la admira y ahora tiene la posibilidad de entrevistarla. Irene es mucho más joven, hace un periodismo poco tradicional, entretenido, irreverente; ya son famosas sus «interviús repentinas». También ella se hace notar: el cabello corto y el traje sastre, «se deja ver» con pantalones. Va a entrevistar a Margarita Xirgu antes de que comience su próxima gira por Latinoamérica, la cuarta, la última. De lo que pasó esa tarde hay muchas versiones, lo que se sabe es que después de la charla Irene Polo le anunció a sus amigos y colegas que se va de gira con la actriz. Será su representante o su asistente, también imagina seguir escribiendo algunos artículos.

La gira por América Latina se convirtió en destino indefinido para las dos. 

A diferencia de países como México, donde el gobierno llevó adelante políticas institucionales de recepción e instalación para los exiliados españoles desde el estallido de la guerra civil, en Argentina todo se desarrolló de manera individual. Aunque la legislación no los favorecía sí lo hacía el entorno de afinidad cultural porque, ¿quién no tenía un pariente viviendo en Argentina? 

Los exiliados seguían llegando. Eran «los españoles sin España» por América. En Buenos Aires, la intelectualidad se agrupa rápidamente en los espacios antifascistas como la Revista Sur dirigida por Victoria Ocampo y se conecta con los exiliados ilustres de otras partes de Latinoamérica. En el mundo del espectáculo los espacios no están tan claros.

Es agosto de 1936. Han fusilado a Federico García Lorca y todo cambia para las dos actrices que habían competido por su repertorio. 

Margarita Xirgu está en México cuando se entera de la muerte del poeta, al que estaba esperando para continuar su gira. Lola Membrives está en Buenos Aires a punto de reponer Bodas de sangre pero todo el mundo habla del fusilamiento, la comunidad internacional pide por él, los republicanos buscan su cadáver y la actriz no quiere quedar asociada a todo eso. Deja pasar el verano y en marzo de 1937 se presenta en el Teatro Avenida. Así se anunciaba la obra en la marquesina:

Lola Membrives en Bodas de sangre, de Federico García Lorca, el gran poeta español asesinado por los rojos.

Será la última vez que represente a Lorca. Está por llegar la Xirgu a Buenos Aires y Membrives le cede el poeta fusilado a su rival, con gusto.

El contrato que Xirgu había firmado con el empresario ya había terminado y ella quería volver a España. Sin embargo, desde Madrid, el Consejo Central del Teatro de Bellas Artes presidido por José Renau y Antonio Machado le aconsejó seguir en América. Le piden que sea la «representante de la España que lucha por su integridad». Así que seguirá en estas tierras hasta que sea oportuno volver.

En los meses previos a su llegada a Argentina se lanzó una campaña en su contra: «por roja». La atacaban los colegas y los políticos. La prensa local quedó dividida en dos, como el resto de la sociedad, frente a la causa republicana. Algunos miembros de la comunidad artística española en Buenos Aires solicitaron al gobierno la aplicación de la ley de represión del comunismo que estaba vigente por esos años en Argentina.

Cuando llega al aeropuerto la están esperando los periodistas. Le preguntan por la orientación política de su repertorio. Ella dice que es una artista, que no responde a ningún grupo político, que si lo hiciera no tendría problemas en decirlo, «lo cual no impide que viva abrumada por el increíble asesinato de Lorca». Dice que solo podría formar parte de un partido: el de los amigos de Federico.

Los años que siguieron la encontraron tomando, definitivamente, partido por la República y la causa catalana. Vivió entre Uruguay, Chile y Argentina. Acá filmó la película Bodas de sangre —en Villa María, una localidad pequeña de la provincia de Córdoba— recorrió el país con sus obras, se enfermó y pensó en retirarse. En 1939 disolvió su compañía teatral y el regreso a España se volvía cada vez más improbable. Margarita Xirgu se asentó en Chile y su compañera durante esos años, Irene Polo, se quedó a vivir en Buenos Aires. 

No eran años fáciles para los espíritus libres, ni en Europa ni en Argentina.

No sé si mis abuelos fueron alguna vez al teatro a ver a Margarita Xirgu en sus giras por el interior. No creo. Probablemente sí la escucharon por las transmisiones de radio que llegaban a su casa en el campo, tal vez alguna vez vieron Bodas de sangre en el cine o después cuando la pasaron por televisión. No sé si sabían lo que representaba la Xirgu. Sí sé que no la querían a la Membrives, por peronista. 

Me quedo pensando en esa imagen sobre los españoles en Argentina que cambió para siempre durante fines de los años treinta. Me quedo pensando en la sociedad argentina que después de todo aquello nunca más pudo ser inocente respecto a «los gallegos» —que es el modo en que se nombraban a todos los inmigrantes españoles porque habían sido los primeros en llegar y los más numerosos—. Pienso en los centros españoles que había en cada pueblo y cómo se multiplicaban en las grandes ciudades. Y cómo España no era una sola cosa porque había un centro catalán y uno andaluz, y también uno gallego, aragonés y otro vasco y también el centro navarro y el balear y la comunidad valenciana. Y que cada uno de ellos representaba a toda una comunidad con sus identidades, sus diferencias, y también con sus luchas. Frente a esa multiplicidad, me quedo pensando en la obsesión por una Hispanidad única y con mayúscula, en el gobierno argentino saliendo al rescate de Franco cuando la comunidad internacional lo mantenía aislado. Pienso en las fotos de Eva Duarte con el dictador y sus discursos para «la madre patria» mientras los exiliados seguían acá. Trato de imaginar la experiencia de salir de tu país por unos meses y no poder volver nunca porque el dictador no se va más. Pienso en Irene Polo, una periodista exitosa que salió detrás de una actriz y no volvió más y se tuvo que instalar en Buenos Aires y traer a su familia y sobrevivir traduciendo libros hasta que se suicidó en 1942. Pienso en Margarita Xirgu abriendo sus escuelas para formar a las nuevas generaciones de artistas al otro lado del océano, en su civil resignación al pedir la ciudadanía uruguaya, en su muerte en 1969 mientras el dictador seguía inamovible en Madrid. Pienso en sus restos volviendo a casa veinte años después.