Nuccio Ordine: «La corrupción no se combate solo con buenas leyes, también con buenas escuelas y buenas universidades»

Fotografía: Edu Bayer

Profesor de orígenes humildes, entusiasta de los clásicos, Nuccio Ordine (Diamante, Calabria, Italia, 1958) pasó de ser maestro en el sur de Italia a ejercer en universidades estadounidenses. Sin embargo, el trato con él es muy cercano. Se aprecia en la conversación su mente abierta. Con este tono amigable hace su gran defensa de los clásicos de la cultura y las humanidades. Cree que sin ellos estamos perdidos y nuestro pensamiento cada vez será más estrecho.

Viene de una familia donde nadie había estudiado, de una casa sin libros en un pequeño pueblo sin librería ni biblioteca. ¿Cómo surgió su interés por la cultura?

Fue un milagro de la escuela. En un lugar sin bibliotecas, teatros u otros estímulos, la escuela era lo único que había. Merece una reflexión. Porque a mí hacerla me ha convencido de que la verdadera tarea del profesor es cambiar la vida de los estudiantes. Sin embargo, este no es el programa de la escuela o de la universidad actual. La educación hoy en día va en otra dirección, está más enfocada a la burocracia, al mercado. A tantas cosas que no tienen en cuenta la importancia de cambiar la vida del estudiante.

Cada persona, si cierra un momento los ojos y piensa cuál ha sido la persona que ha logrado cambiar algún pequeño aspecto de su vida, o incluso algo importante, todo el mundo tiene la misma respuesta, todos tienen el nombre de algún profesor. Ese es el milagro. En sitios pequeños, lugares recónditos, hay profesores que nadie conoce que hacen que esto sea posible. Un ejemplo lo tenemos en la carta que Albert Camus escribió a su profesor el día que recibió el premio Nobel. He publicado esa carta en mi libro Clásicos para la vida porque creo que es muy importante entender que la escuela moderna no es el ordenador o el móvil, sino que es sobre todo la fuerza del profesor, sus palabras son las que pueden hacer vibrar las cuerdas del corazón.

En su libro La utilidad de lo inútil me parece muy interesante la contraposición que hace con la deuda económica de Grecia con los bancos alemanes frente a la deuda de Europa con la cultura griega.

Es una locura. Hoy, la idea de identidad europea no se construye sobre siglos de literatura, de arte, de filosofía o de música. No, hoy el parámetro para establecer si eres europeo o no es si pagas tu deuda. Es demencial. Hay una frase muy hermosa de Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano que yo he empleado en Clásicos para la vida como epígrafe que dice que las mejores cosas que se han dicho, se han dicho en griego; las mejores cosas que tenemos hoy están dichas en griego porque el griego lo es todo. Es la idea de literatura, de democracia, de lengua, la idea de filosofía, la idea del arte. No podemos pensar una Europa sin Grecia. ¿Podemos pensar una Europa sin España, sin Italia, sin Francia, si no pagan la deuda? Eso es una locura.

Escribe usted «tenemos necesidad de lo inútil como tenemos necesidad para vivir de las funciones vitales esenciales». Y cita usted al biofísico Pierre Lecompte du Nouy, que dice que «en la escala de los seres solo el hombre realiza actos inútiles». Hace poco estuve hablando con una divulgadora canadiense, Zoe Cormier, que dice que el hedonismo, que aparentemente es inútil, es fundamental en la evolución de la especie humana. Calificaba el hedonismo de ventaja evolutiva.

No podemos pensar en el desarrollo de la humanidad solamente en términos económicos. Victor Hugo, en su discurso maravilloso en el parlamento de París, dijo que le gustaba mucho la reivindicación del obrero de pedir pan. Es muy importante, dijo. Pero junto al pan, siguió, existe también el pan del pensamiento porque sin él no existe el desarrollo. No construyes una humanidad fuerte. También hay un discurso muy conmovedor de García Lorca en la inauguración de una biblioteca que repetía la misma idea. No es importante pedir solamente pan, hay que exigir pan y libros. Él dijo: «medio pan y un libro». Porque la humanidad tiene que nutrirse de la dos cosas. Montaigne tenía citas maravillosas sobre esto, decía que hay que alimentar el cuerpo y el espíritu porque somos cuerpo y espíritu, no podemos ser ni solo espíritu ni solo cuerpo.

Habla en su libro La utilidad de lo inútil de una paradoja de la historia que pone en evidencia la importancia del arte y la literatura: «Cuando prevalece la barbarie, el fanatismo se ensaña no solo con los seres humanos, sino también con las bibliotecas y las obras de arte, con los monumentos y las grandes obras maestras». Y luego da ejemplos de quema de bibliotecas, libros y obras de arte percibidas como un peligro por el simple hecho de existir.

La intolerancia y la ignorancia son hermanas. Siempre es así en la historia, porque el intolerante piensa que posee la verdad y la verdad no se puede poseer. La verdad es solamente una búsqueda. Hay muchos ejemplos en mi libro sobre este tema, porque hoy en día tenemos muchos traficantes de verdades. Gente que te vende su verdad como una verdad universal y la paradoja, en la religión por ejemplo, es que la violencia siempre es el instrumento que emplea la persona que cree de poseer la verdad para conseguir el bien de la humanidad, para hacer comprender a los otros cual es la verdad. Toda la historia es así, pero la gente culta sabe que la verdad no se puede poseer. La verdad se tiene que buscar toda la vida; se tiene que dedicar toda la vida a buscar la verdad en la conciencia. No es la posesión de la verdad la que te hace mejor, sino su búsqueda.

Pero en esto hay una contradicción si miramos la situación actual. Tenemos toda la cultura del mundo disponible en internet y, sin embargo, estamos viviendo un auge de racismo, del nacionalismo y la ultraderecha, se aboga por el aislamiento…

Eso es fruto de la ambigüedad, porque hoy en día es muy importante distinguir entre información y conocimiento. Son dos cosas diferentes. Puedo tener muchas informaciones, pero si no tengo los instrumentos para pensar, para comprender, para elegir o para seleccionar, soy un ignorante. Un ejemplo: escribí hace unos meses un artículo en el Corriere della Sera sobre una página de publicidad que me encontré en el periódico en la que se citaban versos de Shakespeare contra el asesinato de mujeres. Me quedé un poco confundido, porque yo he editado cuatro volúmenes de la obra completa de Shakespeare y nunca había leído ninguno de ellos. Me dije entonces: «bueno, necesito documentarme». Entré en internet y encontré varias webs que decían que esos versos eran de Shakespeare. Hablé con otros expertos en Shakespeare y verificamos que esos versos no existían, que eran fake news. Se trata solo de un ejemplo, pero hay muchos. El primer ministro de Italia hizo una visita oficial a Argentina y en el discurso oficial recitó una poesía de Borges sobre la amistad, pero él no la había escrito. Todo el mundo le preguntó qué estaba haciendo, pero en toda internet aparecía como poesía de Borges. ¿Cuál es el problema entonces? Que internet está hecha para la gente que sabe, no para la que no sabe. Si sabes, internet es una mina de oro, pero si no, es un peligro porque no tienes instrumentos para elegir, separar y comprender.

Habla también de Georges Bataille, que dice que «la producción industrial moderna eleva el nivel medio sin atenuar la desigualdad de las clases y solo palia el malestar social por casualidad». Es curioso. Ahora, la ropa, los coches, las cosas materiales en general se han vuelto más accesibles que antiguamente, sin embargo, la educación y la sanidad están cada vez más caras. ¿Qué es ahora lo útil y qué lo inútil? ¿Para qué quiero unos vaqueros por diez euros si la universidad me va costar ciento cincuenta mil?

Ese es el problema. Esta civilización tiende a formar consumidores pasivos. Los estudiantes lo son. Hay una cosa que no la digo yo, sino Amartya Sen, el premio nobel de economía, sobre Kerala, el estado más pobre de la India. Una serie de gobiernos invirtieron ahí mucho dinero en sanidad y en cultura. Hoy, Kerala es el estado de la India con la mejor renta per capita. Eso significa que invertir dinero en educación y sanidad, en la dignidad del hombre, puede provocar un desarrollo económico muy importante. Los gobiernos no comprenden esto.

Señala que hoy en día «aparentar cuenta más que el ser», que prevalece «una supremacía del tener sobre el ser». ¿No es tan viejo como el hombre? En la literatura española del Siglo de Oro ya aparecen los hidalgos que se echan migas de pan en la barba para que parezca que han comido, aunque se estuvieran muriendo de hambre.

El héroe de lo inútil por excelencia es Don Quijote, pero es un héroe. ¿Cuál es la paradoja? Que en una sociedad, la de la época de Don Quijote, donde las únicas cosas que importan son el dinero y el poder, una vida sin fuertes valores, Cervantes defiende la figura de una persona que sí que los tiene. Esa es la mejor lección que podemos aprender de Don Quijote, que una derrota puede ser gloriosa, porque después de ella se puede tener una visión del mundo completamente diferente.

Ahora que hay tanto odio a los musulmanes, un aspecto que hay que destacar es que Cervantes cuando cuenta la historia del Quijote dice que está traduciendo un manuscrito árabe, de Cide Hamete Benengeli. Esa es la ironía de los grandes clásicos, que te permite comprender que la humanidad es una.

Se refiere usted en su ensayo a la diferenciación que hacía Sócrates entre esclavos y hombres libres, siendo los esclavos los que estaban atrapados por la clepsidra, el reloj, para sobrevivir. En la actualidad, esta visión ¿no es un poco elitista?

La tarea de la escuela y de la universidad debería ser hacer comprender a los estudiantes que la dignidad del hombre no reside en estudiar para tener un trabajo, sino en estudiar por uno mismo, para ser mejor. Aplicar esto sería una manera de decir que uno es un hombre libre. En cada época se puede aplicar de una manera diferente porque no son lo mismo los tiempos de Sócrates que ahora, aunque yo creo que sus enseñanzas sirven para dar una idea de resistencia frente al utilitarismo actual.

También dijo que buscar la verdad conducía al sacrificio y la desgracia. ¿Sigue siendo así? ¿Se puede ser filósofo hoy y tener éxito o terminan todos como Tales?

El éxito no es para mí un parámetro de mesura. Tú puedes tener éxito y  escribir cosas que no son importantes en el mundo del pensamiento y puedes no tener éxito escribiendo cosas muy importantes. No podemos evaluar la literatura solamente pensando en el éxito. Hay muchas novelas que tienen mucho éxito y después de diez años nadie las recuerda. Y hay novelas que no tienen éxito y que después de doscientos años todavía se leen. Ese es el discurso. Es el tiempo el que puede hacer de una obra un clásico. Nunca el éxito.

Hay varios estudios recientes que demuestran que a actividades creativas solo pueden dedicarse los hijos de familias ricas, solo ellos pueden permitirse perseverar en el mundo del arte o la literatura, incluso hacer doctorados. Solo los que tienen un respaldo económico familiar. ¿Está el mundo de lo que llama inútil reservado a las clases altas?

Es más o menos así. Hoy la gente que puede permitirse el Erasmus son los hijos de familias con dinero, porque a Italia no puedes ir solo con una beca de seiscientos euros. Te tiene que pagar la familia. Si puede, vas. Y si no, no puedes hacerlo. Es una selección terrible, es una escuela de clase, una que no permite a todos acceder a las mismas oportunidades.

Pero hay excepciones, de todos modos, si existe una fuerte motivación. Yo, por ejemplo, lo veo cuando los estudiantes de Calabria vienen de familias que no son ricas, pero tienen un entusiasmo y una motivación diferentes. En esos casos, tienes que trabajar mucho, el doble, tienes que hacer sacrificios muy grandes, pero puedes lograrlo. En mi caso, en la situación que yo tenía, era imposible pensar en una profesión intelectual. En esa realidad no me podía permitir el objetivo de ser profesor de universidad. No era posible. Pero lo he conseguido. Lo imposible siempre es posible si hay amor. Si hay pasión. Si hay fuerza para trabajar duro. He conocido a muchos estudiantes que con mucha pasión han logrado metas como esa.

Usted recomienda a sus alumnos estudiar y dedicarse a lo que les apasione y no a lo que les vaya a dar beneficios. Es muy bonito, pero de nuevo ¿quién se lo puede permitir sin respaldo económico?

Un regalo que me ha hecho este librito que he escrito es que he podido dar muchas conferencias por el mundo y he tenido la posibilidad de conocer a mucha gente y muchas culturas. En todas partes siempre tengo estudiantes que me preguntan qué tienen que hacer. Mi respuesta es que lo primero es la pasión, la curiosidad que sientes por las cosas. He hablado en mi vida con mucha gente que se dedica a una profesión que no ama y que gana mucho dinero, pero no son felices. Hacer todo el día una cosa que no te gusta solamente por ganar dinero no es una conquista vital muy, muy tenaz.

¿No siente usted una responsabilidad o vértigo dando ese consejo a la gente?

Entiendo que muchas personas puedan llamarme irresponsable, pero mi pensamiento, mi verdad, es la de decirle a los estudiantes que hagan las cosas que aman. En mi vida, muchas veces he conocido a estudiantes pobres que partían con entusiasmo y fuerza y que en este momento trabajan con mucha felicidad. El problema es la motivación. En la vida no hay nada seguro, vives siempre en la incertidumbre, pero si no asumes ese riesgo tu vida es diferente. A mí, mi padre me dijo «tienes que ser abogado», cosa que a mí no me gustaba. Aunque tengo amigos abogados que son muy ricos y muy felices.

Se queja de la desaparición de asignaturas como el latín y el griego en la enseñanza por no ser, según dicen, útiles. Hoy en día todo está centrado en el inglés, lamenta. En los últimos años en partes de España se intenta corregir el problema de las generaciones anteriores con el desconocimiento de idiomas y se están dando clases íntegramente en inglés, una enseñanza bilingüe. ¿Qué opina de estas prácticas? ¿Se puede alcanzar el mismo conocimiento aprendiendo en un idioma que no es tu lengua materna?

No, esto es una gran locura mundial. El verdadero pensamiento es siempre en la lengua materna. Los científicos hacen esto porque piensan que es mejor tener un solo idioma para todas las disciplinas, pero no es buena idea, porque el inglés que se habla es un inglés muy pobre. Es un inglés sin profundidad. Cuando escucho a mis colegas hablando en inglés comprendo inmediatamente que no es una buena solución para expresar el pensamiento, porque necesitas elocuencia.

Un profesor que enseña tiene que ser elocuente porque la seducción pasa también por la palabra. Un profesor que sabe hablar es un profesor que puede hacer vibrar las cuerdas del corazón de los estudiantes. Esa es la idea. Ahora, crear una lengua bastarda, un inglés de conversación técnica-comercial y convertirlo en una lengua universal es una locura. Lo que creo que tenemos que hacer es aprender muchas lenguas, ahí está el esfuerzo que hay que hacer, en la multiplicidad, no en reducirlo todo a una lengua.

Un ejemplo, la lengua española. El español es muy importante para la cultura europea, como lo es la lengua italiana, como lo es el francés. Olvidar todas estas lenguas en favor de una lengua de comunicación básica que no sirve para nada porque reduce la capacidad de pensamiento y la capacidad crítica… ¿Y por qué pasa eso? Porque los rankings mundiales te lo piden. Si tú tienes ese inglés, te eleva en la clasificación. Hay que aprender ese inglés, pero dominando siempre una lengua como el italiano, el español o el francés. No puede existir una lengua universal.

Se queja en su libro y en las entrevistas de que en los institutos y en las universidades no se leen íntegros los clásicos de la literatura.

Antes, en la universidad, estaban las disciplinas fundamentales, hoy tienes muchas pequeñas cosas para aprender nada. Es como el zapping en la televisión. Cinco minutos de una película, cinco de otra y al final ¿qué has visto? Nada. Creo que es mejor una película y no veinticinco sin comprender nada. Si obtengo instrumentos para analizar, si aprendo a leer, puedo leer todo, a todos los clásicos. Es una cuestión de método, no de trabajo.

Su principal queja es que los profesores ya no tienen tiempo de enseñar y de preparar sus clases porque se les bombardea con trabajos administrativos. Dice: «la universidad no se puede manejar como una empresa».

Sí, es el mismo discurso de lo que hemos hablado ahora, de la importancia de educación y sanidad como dos columnas de la dignidad humana. Cuando para un médico el paciente o el enfermo es un número, igual que cuando el estudiante es un número, todo se acaba. Por ejemplo, hoy el médico de cabecera no es un señor que habla con la gente, es una persona que tiene su ordenador para firmar recetas. Igual el profesor, que firma exámenes y notas. Se ha perdido mucho de la profesión del médico y de la profesión de profesor que tienen que hablar con una persona, no con un número.

¿Conoce los casos de corrupción que ha habido en España en torno a los másteres que obtenían políticos sin pasar exámenes ni presentar trabajos?

Sí. Y no es solo aquí, es en todo el mundo. Por ejemplo, ahora hay un escándalo de Estados Unidos y grandes universidades como el Stanford y Yale de alumnos que han pagado para sacarse el título. Eran hijos de famosos. No comprenden que no es el título lo que te modifica la vida sino lo que has hecho para obtenerlo. Hoy nada de lo que se ha hecho tiene importancia, es todo apariencia.

Hay corrupción en España, pero en Italia es igual. Se vende todo. Le Monde ha explicado la corrupción en torno a las revistas científicas. Pagas a las publicaciones para que aparezca tu artículo, se establece después un sistema de citas intercambiadas y obtienes un impacto. Se te ofrecen, por ejemplo, mil quinientas citaciones que ellos pueden crear en internet. Es una locura. Todo está al servicio del dinero. Es terrible además porque se produce precisamente en el lugar que tendría que servir de resistencia a todo esto. ¿Cómo pensamos combatir la corrupción? En Italia se ha cifrado la corrupción en setenta mil millones anuales. Con ese dinero se pueden hacer universidades, sanidad, ayudar a los discapacitados… todo. Pero la corrupción no se combate solo con buenas leyes, se combate también con buenas escuelas y buenas universidades.

Tocqueville habló del peligro de las democracias comerciales y su belleza fácil en referencia  a Estados Unidos. Usted dio clases allí ¿Cómo fue su experiencia?

Hay aspectos maravillosos de Estados Unidos. Por ejemplo, las bibliotecas. Están abiertas las veinticuatro horas. Para mí, que venía de una pequeña universidad donde la biblioteca cerraba a las dos del mediodía, con un horario de nueve a dos y sábados y domingos cerradas, fue muy sorprendente. En las grandes universidades americanas las bibliotecas están siempre abiertas. Los problemas vienen porque los alumnos escogen sus estudios, el curso o la universidad, siempre con la idea del mercado en mente. Siempre tienen la idea de ganar dinero. Y no es culpa de ellos, es consecuencia de un sistema de corrupción general en el que te hacen pensar que todo eso es muy importante en tu vida. He tenido estudiantes en Yale o en la Universidad de Nueva York que eran muy buenos, pero solo pensaban en qué había que hacer para ganar más dinero. ¿Y cuál es la publicidad de la universidad? Que un año después de obtener el diploma puedes ganar cien mil dólares.

Claro, para ellos es muy importante porque cada uno tiene que pedir un crédito del banco para poder estudiar y luego tienen que devolverlo.

Ese es otro problema. No creo que los sistemas estadounidenses puedan ser un modelo para todo el mundo. Creo que la educación y la sanidad tienen que ser del Estado, todo el mundo debe tener las mismas oportunidades. El que destaca merece luego distinción, pero todos debemos partir de lo mismo y hoy en día no es así, hay importantes diferencias de clase.

Hace poco vi un documental sobre la enseñanza en Estados Unidos y los profesores explicaban que trabajan en el colegio como si fuera una multinacional. Les grababan en las clases y tenían que competir entre ellos. Se les podía echar por cualquier queja de un alumno o padre. Los profesores, digamos, también tenían que examinarse. ¿Puede enseñar un profesor sin autoridad?

Creo que hay una diferencia entre autoridad y autorevolezza [influencia, aprox]. La autoridad del profesor es independiente de la persona, yo no ejerzo una autoridad por ser profesor, sino que soy profesor porque tengo influencia en los estudiantes. Significa que tengo que conquistar la autoridad, no que la vaya a conseguir por el hecho de ser profesor. Si solo la tienes por tu cargo no es buena. Soy contrario a esa forma de verlo. Si quieres enseñar al estudiante a llegar a la hora a clase, tú tienes que estar ahí diez minutos antes todos los días. Autorevolezza es la conquista de autoridad, porque la autorevolezza viene de la persona y no de la función que desempeña.

¿Le han dicho alguna vez algo en su universidad por criticar tanto el sistema universitario?

Hay profesores que no han comprendido nada de mi libro. Es muy interesante porque los estudiantes lo han entendido mejor. Algunos profesores me han dicho: ¿Cómo podemos defender las humanidades si nosotros decimos que son inútiles? Es una locura, porque no han leído el libro o porque no comprenden nada. Quizá sea que no tienen mucho interés, esa es la razón. Los profesores son cada vez más burócratas y se pasan los días haciendo lo mismo, papeleo. No hacen investigación. Los estudiantes comprenden mejor esto. Cuando he dado conferencias hay casos de estudiantes que lloran, que me abrazaban, porque los profesores están corrompidos.

Se queja usted también de la dificultad de las editoriales para editar los clásicos porque hoy en día solo se venden los estudios o análisis de los clásicos.

En Italia, cuando yo estaba en la universidad, había dos manuales de literatura, los más grandes. El Sapegno, por ejemplo, que era muy importante. Pero existían también muchas colecciones de clásicos. Hoy tenemos cuarenta o cincuenta manuales y las colecciones de clásicos cierran. ¿Cuál es la paradoja? Que tú aprendes hablar de los clásicos que nunca has leído. ¿Cómo te puede apasionar el Quijote leyendo un resumen; leyendo un ensayo sobre la novela? No es posible porque la palabra de Cervantes es mejor que la palabra de un profesor que habla de Cervantes.

Las editoriales hoy están pensadas solo como empresas. Hay jefes de editoriales que vienen de vender agua mineral, por ejemplo. Les da lo mismo vender un libro que cualquier otra cosa, porque lo que importa es el beneficio. Las editoriales independientes son otra cosa, pero no se pueden comparar a las grandes, como Planeta o Mondadori, que no dejan de crecer.

Los clásicos hacen la historia de una editorial. Por ejemplo, a mí me gusta mucho trabajar con Acantilado porque es una editorial independiente. Jaume Vallcorba ha editado muchos clásicos y lo aprecio. En Italia es igual. Hay pequeñas editoriales independientes que hacen un trabajo muy importante, no es solamente vender al publico lo que el publico te pide. La idea es también estimular el publico en otra dirección y las editoriales hoy no hacen ese trabajo y es una manera de orientar el pensamiento.

Cuando usted dice que no puede haber un consumismo de la cultura, ¿a qué se refiere?

Es el mismo mecanismo para todos. Acantilado tiene que vender mi libro para hacer dinero y poder publicar otros libros. Pero la cultura tiene que estar en la frontera de ese mercado. Entre una cultura que tiene relación con el mercado y una editorial que piensa solamente en el mercado hay una diferencia enorme.

Una editorial no puede estar fuera de los mecanismos, no puedes pensar que vas a acabar con el capitalismo totalmente. Pero hay una diferencia entre el capitalismo de Adriano Olivetti y el agresivo de las multinacionales actuales. Olivetti pensaba que una empresa tenía que ganar, el empresario tenía que embolsarse un beneficio, pero los obreros también y la ciudad en la que trabajaba esa empresa debía desarrollarse. Olivetti dijo que la diferencia de salario entre el obrero y el empresario no puede ser más de veinte veces mayor, pero hoy tenemos empresas que pagan diez mil veces más el salario de un obrero a sus directivos. Con lo de una sola persona da para diez mil familias. Esto para mí es inmoral. Como lo es que multinacionales como Google, Amazon o Apple no paguen impuestos, yo pago un 46% por todo lo que gano. Es una violencia enorme.

En su libro habla el caso de Giacomo Leopardi y de su intento de publicar un periódico semanal inútil en un siglo enteramente dedicado a lo útil. Pero lo que llama la atención de este caso es que vio a las mujeres como destinatarias de su semanario.

Sí, porque Leopardi pensaba en la época que las mujeres no tenían esa idea empresarial de los hombres. Es un momento muy importante y en Italia estaba Leopardi y en Francia Gautier, que decía lo mismo. Gautier se quejaba de que se quitasen los campos de tulipanes para cultivar patatas, eso le parecía terrible. La flor solo era bella, no valía para nada, pero ¿te podrías imaginar un mundo sin flores? Pues Leopardi lo que entendía era que las mujeres todavía no tenían una idea corrompida de lo que era el dinero y podían comprender la belleza más que los hombres.

Ha destacado el feminismo de textos como el del Orlando furioso de Ludovico Ariosto. Sus versos hablan de una mujer condenada por adúltera y, sin embargo, cuando es el marido el que engaña, a él no le pasa nada. Un autor del Renacimiento que ya denunciaba que no había igualdad entre hombres y mujeres.

También Antoine de Saint-Exupéry escribió en Ciudadela una página muy hermosa. Decía que el amor es un sufrimiento. ¿Y por qué es un sufrimiento? Porque el amor te hace sufrir, porque es una violencia física… pero el sabio del desierto contesta: «No, no es verdad, el amor es sufrimiento cuando tú piensas en poseer el cuerpo de una mujer y el alma de una mujer». El amor no puede ser la posesión de nadie. La gente que hoy mata las mujeres dice «El amor que yo tenía por ella…» ¡¡No!! Tú no sentías amor por ella, tú tenías ganas solamente de poseerla. Son cosas diferentes.

Es muy importante aprender que en esta vida no hay que aprender a poseer, sino aprender a gozar, que es una cosa muy diferente. ¿Y cómo? Pues con el arte. Si yo miro Las Meninas de Velázquez me provocan un placer enorme, pero para mí no es importante tener el cuadro en mi casa. Esto no se comprende en nuestra sociedad. Mucha gente que posee una cosa no es capaz de disfrutar. Tienen mucho dinero, pero son incapaces de gozar. Es el dinero por el dinero, no el dinero para mejorar la vida o para hacer cosas.

Ariosto, cuando hablaba de la mujer, tenía una estrofa importante donde se preguntaba por qué un hombre podía ir con muchas mujeres y ser admirado y si una mujer hacía lo mismo con hombres era una puta. Ariosto señala todo esto con una claridad típica de la literatura, la de decir las cosas que no se pueden decir, la de hacer ver lo que no podemos ver.

No obstante, en la actualidad creo que es muy difícil hacer una definición objetiva de feminismo, porque con esa palabra entendemos muchas cosas diferentes. Por ejemplo, tenemos a feministas ideológicas y a feministas que están en contra de esas feministas ideológicas. Hay un debate dentro de las mujeres mismas para entender la palabra feminismo con posiciones muy diferentes en torno a esa palabra.

Si el feminismo es ideológico no es bueno. En Nueva York una vez hablé con una estudiante que me decía que Conrad no era un buen novelista. Le pregunté por qué y me dijo que porque no hablaba de las mujeres. No sé si este es un parámetro para medir la calidad de una obra. Otra cosa es reflexionar sobre los aspectos machistas de la sociedad. ¿Por qué en la ciencia solo ha habido hombres? Porque durante mucho tiempo en las familias se pensaba que el trabajo más propio de una mujer era enseñar en una escuela. Preguntarse esas cosas ayuda a comprender y a abrir la sociedad, pero tomar una posición muy ideológica lleva a crear un machismo de signo contrario. Pero tengo mucho respeto por las reivindicaciones de la mujer y pienso que son muy importantes en una sociedad, sobre todo en la sociedad del sur, donde el machismo es un verdadero problema.

En Italia, en clase, tengo mayoría de mujeres. Un día una me dijo que le había enseñando a su madre esta estrofa de Ariosto porque ella le decía que cuando se iba a comer pizza con un amigo que no era su novio, la gente la iba a ver e iba a hablar mal de ella. No podía salir un día con un chico y otro con otro. Sin embargo, la madre no pensaba igual de su hermano. Es una forma de emplear la literatura como reivindicación dentro de una familia.

Contra el nacionalismo, dice que la cultura propia tiene que servir para derribar muros, no para levantarlos.

Hoy, el nacionalismo en todo el mundo es egoísmo. Los eslóganes de America First, La France D´abord o Prima gli Italiani son estupideces, tonterías. Estos partidos son lo que yo llamo empresarios del miedo, lo necesitan para reunir votos. La gente está desesperada porque la crisis la han pagado las clases medias y las populares, es normal que haya una reacción irracional. Pero hacer creer que hay invasores es un crimen terrible, porque la culpa de lo que ha pasado no es de los migrantes, es de los políticos.

¿Cómo podemos resolver ahora este problema? En Italia antes decían que la gente del sur eran unos ladrones y hoy Salvini, que ha creado un partido nacional, tiene como chivo expiatorio al que viene aquí a buscarse una vida digna. Es terrible. Xenofobia y fascismo, y es en todo el mundo igual. Giordano Bruno decía que para él su patria era el lugar donde tenía sus libros, bibliotecas y gente para hablar con un poquito de pan y libertad de pensamiento. Esa es mi patria, que puede ser Barcelona, Roma o París. La Biblioteca Nacional de París, donde por primera vez leí estos textos de Bruno, y las clases que recibí allí de los mejores profesores franceses, eso, la Francia de aquel momento, era mi patria. Tenemos que eliminar las barreras nacionales y no crear más.


Lila Azam Zanganeh: «Un escritor siempre está reescribiendo a otro escritor»

Fotografía: Alberto Gamazo

(English version)

Deseo, transgresión, luz. Nabokov. Mantener una conversación con Lila Azam Zanganeh provoca auténtico vértigo intelectual. Esta escritora de padres iraníes nacida en París vive y trabaja en Nueva York compaginando la creación de sus obras literarias —El encantador fue la primera, un artefacto inclasificable sobre su relación con Nabokov— con colaboraciones en Le Monde, The Paris Review, The New York Times o La Repubblica. Entre muchos otros méritos, es la única mujer de la Nabokov Literary Foundation y forma parte del jurado del Man Booker Prize.

Ocupada entre múltiples viajes y la finalización de su segunda obra, una reescritura de El cantar de Roldán, aprovechamos su paso por Barcelona de vuelta de Mallorca, donde ha participado en las Converses Literàries a Formentor, para hablar con ella sobre literatura, escritura, lectura y Nabokov. Dice que ama la literatura tanto como le horroriza leer. Y es ahí donde empieza el juego.

¿Cómo han ido estos días en Mallorca?

Absolutamente maravillosos. Me ha sorprendido mucho tanto la buena organización del festival como el propio lugar, es de una belleza increíble. Siempre he tenido una relación especial con España, siento que en cierta manera estoy en casa. Me lo he pasado muy bien.

Diste una charla sobre El asno de oro (Lucio Apuleyo).

Me educaron en Francia, y allí siempre tienes que contestar preguntas explicando por qué, cómo… El tema era «Espíritus, fantasmas y almas errantes», así que me pregunté cuál era el porqué de este tema y cuál era el conector. Me di cuenta de que quizá era una pregunta relacionada con el deseo, porque uno de los motivos por los que estas almas errantes regresarían era el deseo de seguir viviendo, de seguir con algo inacabado. Así que pensé que la conexión entre El asno de oro y esa cuestión era una noción de transgresión. Y para mí, como es natural, todo está conectado con la obra que estoy acabando ahora, es el eslabón que Apuleyo coloca entre las transgresiones como medio para iniciar una narrativa: quiere convertirse en un búho y para ello se aplica un ungüento, pero se equivoca de ungüento y acaba convertido en asno.

Uno de los principios de estas religiones de la antigua Roma era que no deberías inmiscuirte en lo invisible. Así que la primera transgresión es que Lucio está muy interesado en convertirse en mago y practicar la magia. Aunque más que mago es un hechicero. La segunda transgresión es que realiza el ritual incorrecto. Y eso hace que arranque la historia.

Gran parte de la narración es sobre el deseo, y el deseo siempre es una transgresión, es una pregunta sin respuesta, se trata de ir en contra de algo. Y naturalmente en la narración hay historias de fantasmas propiamente dichas. Para resumirlo, la historia trata de Lucio buscando a la diosa Isis, pero para poder encontrarla tiene que realizar estas transgresiones, toparse con unos fantasmas, conocer a muchos hombres y mujeres adúlteros y finalmente conseguir la elevación espiritual. Para mí ha sido una buena oportunidad de releer el texto con esa lente. Y naturalmente gran parte de la gracia está conectada a esos dos temas. Va mucho más allá de las Converses; lo que siempre me ha interesado más de la literatura es la conexión entre la transgresión y el deseo. Y la literatura es una forma de deseo, el deseo por la literatura y el deseo que crea la literatura.

Aunque hablaste de una obra de Lucio Apuleyo, la mayoría de la gente relaciona tu nombre con el de un escritor ruso. ¿Por qué Nabokov?

Mi conclusión es que mi experiencia en ese sentido es como enamorarse. Es una cuestión de su incandescencia o fosforescencia, es algo que te ilumina tan profundamente que realmente no hay un porqué. Fue simplemente un sentimiento de intenso reconocimiento en su inglés. Evidentemente, hay ciertos accidentes biográficos en los que encuentro similitudes: el exilio, los varios idiomas, el escribir en inglés… quizá al principio lo que sentí en su obra fue sobre todo el exilio, su pasado —que me recordaba mucho al de mi madre—, y su nostalgia dos veces eliminada. Y es en esas frases donde en cierta manera reinventa la lengua inglesa donde me sentí como en casa. Primero fue un sentimiento de reconocimiento, de incandescencia, como una forma de infatuación, y entonces me interesó porque Nabokov creía que el arte solo nos podía enseñar a observar mejor el mundo, que no te iba a enseñar ningún mensaje o algo de historia. No lees Ana Karenina para aprender sobre el adulterio. Algunas de las preguntas que les hizo a sus estudiantes cuando hablaron de Ana Karenina trataban de los estampados de las cortinas. Y eso es lo que el arte te hace hacer: observar mejor el mundo. Para mí el libro iba sobre por qué son importantes la belleza, la imaginación y la literatura. Y en estos tiempos es una cuestión importante, así que al principio mi libro tenía un enfoque muy reducido, no era más que un recuerdo de mi propia aventura como lectora, pero luego se convirtió también en un recuerdo de mi aventura en el arte con el que más me identifico, que es precisamente el arte que no tiene nada que enseñarnos más que a ser mejores observadores del mundo. Además, siempre me han interesado la estética y la belleza intrínseca de los patrones.  Nabokov también traza una línea que va de la belleza a la trascendencia. Sobre todo, cree en la imaginación. No hay nada más real que la imaginación. Es una característica particular de la experiencia humana, y a fin de cuentas mi libro también se convirtió en un panfleto en defensa de la literatura y la ficción.

¿Fue tu amor por la literatura lo que te llevó a él o sucedió al revés?

No, llegué a Nabokov por mi amor a la literatura. Siempre me han encantado las historias. Crecí como hija única, era muy tímida, durante mucho tiempo tuve muy pocos amigos, y la imaginación ocupa todo el espacio, especialmente cuando eres hijo de inmigrantes. Francia era un país muy homogéneo, principalmente las escuelas públicas a las que fui. Casi todos eran franceses. El ideal de la República francesa es la completa integración en el modelo francés. Encontrarte con eso siendo un forastero es una experiencia extraña, porque eres muy consciente de ser forastero y de ser el empollón y el primero de la clase. Eso no mola. Yo no vestía como el resto, no hablaba con nadie, mis padres hablaban y eran distintos… así que la imaginación y los libros tuvieron una gran importancia. Siempre he leído muy despacio, nunca fui la niña que se lee quinientos libros. Quizá solo me leía un libro, pero leía cinco veces cada frase. Y con las películas lo mismo, veía quince veces cada película. No solo porque no tuviera nada mejor que hacer, sino también porque es una experiencia fantástica, y entras en el universo de esa película como si lo hicieras físicamente. Como un Regreso al futuro; cada película era como viajar atrás o adelante en el tiempo, al mundo particular de la película —igual que con el mundo de la novela—, y yo estaba allí como una niña que continúa la historia, y por las noches me iba a dormir imaginándome en ese libro o película y viviendo esas aventuras con los personajes. Esos personajes eran más reales y más amigos míos que la gente del colegio. Era extremadamente tímida.

El hecho de que superara esa timidez es un misterio hasta para mí.  Nabokov cayó en mis manos de adolescente. Mi madre me leía algunos pasajes de Habla, memoria y yo me sentía muy identificada. Y empezó casi como una broma, porque ella se estaba leyendo Ada o el ardor y en la portada estaba esta chica morena, muy joven y desnuda, y escrito en rosa fluorescente ponía «Ada». Le pregunté a mi madre qué leía, y me dijo que eso aún no era adecuado para mí. Evidentemente, al día siguiente ya estaba leyéndolo. Como dice Ada, todos los niños brillantes son unos depravados, y yo buscaba todo lo depravado. Inconscientemente, mi madre me arrastró hacia él al decirme que no estaba hecho para mí. Además, sentí que moralmente estaba muy cerca de mí. No sé por qué. Aunque yo venía de un contexto distinto, de un mundo distinto, en cierta manera con valores de siglos pasados… nunca sentí ningún tipo de relación moral con el mundo, la literatura o las artes. La cualidad amoral de Nabokov estaba muy cerca de mi mundo espiritual.

¿Fueron tus estudios en Filosofía y Literatura en la École Normale Supérieure en París los que te dieron esta habilidad analítica para la lectura (o digamos tu manera obsesiva de leer) o fue algo natural?

Creo que uno debe tener cierta inclinación. Le debo mucho a mi madre, que me mostró todo el mundo con una inmensa pasión y amor por la belleza, así como una inmensa generosidad. Nabokov tiene la más bonita definición de gozo estético que he oído, en el epílogo de Lolita: «Arte (ternura, bondad, curiosidad, éxtasis)». Mi madre inventó mi educación, y los principales elementos que utilizó fueron esos: ternura, bondad, curiosidad y éxtasis. Podías darle cualquier cosa y lo apreciaría. Acabábamos en los sitios más extraños del mundo, a veces lugares poco atractivos porque no había adónde ir —aunque sobre todo íbamos a Italia porque está cerca de donde crecí— y ella señalaba un ángulo de la ventana donde se veían dos árboles, y lo encontraba hermoso. Así es como empezó la experiencia analítica, fue para tener esa capacidad de estar sorprendida, pasmada y agradecida. Y mi madre es también una optimista retrospectiva. Pase lo que pase ella acaba diciendo que quizás sea algo bueno. Mucha gente lo dice, pero es que ella realmente lo cree.

Se combinaba todo esto: la capacidad para el optimismo, la capacidad para la curiosidad y el éxtasis, la capacidad para la gratitud y la apreciación estética. Eran completamente inseparables. Y yo heredé todo eso. Tuve mucha suerte, porque crecí en París. Cuando llegamos me llevó ante el Lycée Henri IV, que es el mejor colegio público de Francia, y me dijo: «Este es el colegio al que van los niños franceses realmente inteligentes». Durante unos años fui a una pequeña escuela cerca de casa, pero finalmente rellené la solicitud y entré en ese colegio; y ese fue uno de los mejores días de su vida. En ese colegio conocí a niños de toda Francia, de todos los ambientes sociales. Aunque la meritocracia es siempre un ideal y hay muchos condicionantes sociales, mi mejor amigo en el Henri IV venía de un mundo totalmente distinto. Yo era también una forastera, y todos nos unimos. Pero eran forasteros excepcionales. Venían de unas partes de Francia que yo, como inmigrante, no conocía, como Bretaña o Perpiñán. Así que en los veranos íbamos a lugares extraños y preciosos. Y no solo era eso, sino también su ambiente socio-intelectual, su manera de ser franceses era muy distinta a la mía, usaban expresiones que yo nunca había oído… Y esos niños llevaban consigo una gran inteligencia y cultura, eran mucho más cultos que yo.

Nuestra gran suerte no fue estudiar en el Henri IV, sino conocernos. Estar en compañía de esos niños me cambió la vida. Sentía que eran mi familia. Y no solo ellos, me da la sensación de que cualquier persona inteligente, generosa y amable que conozco forma parte de mi familia elegida. Y por eso la literatura empezó con las habilidades de mi madre, pero siguió con mi familia recreada. Y uno de los milagros que me han pasado con este libro, El encantador, es que me ha permitido conocer a gente extraordinaria, como la que conocí en el colegio. Y no se trata del entorno socioeconómico, al final no es más que su inteligencia.

¿Cuándo y por qué decides marcharte de París?

No decidí marcharme de París, sucedió cuando entré en la École Normale Supérieure. Normalmente la primera o segunda vez que intentas entrar no lo consigues. La primera vez no lo conseguí por medio punto, pero el segundo año entré. Nunca había pensado que podría hacerlo. Mi padre, que fue un atleta toda su vida, me dijo que era como una maratón, que intentara llegar al final, pero que la foto-finish está muy disputada, probablemente no lo iba a conseguir. Así que nunca creí tener posibilidades, pero al final me aceptaron, y resulta que tenían unos programas de intercambio con las mejores universidades del mundo, y me mandaron a Harvard. Mi intención no era quedarme en Estados Unidos y dejar Francia. Harvard era un lugar muy interesante, los estudiantes eran brillantes y era justo lo contrario de lo que todo el mundo piensa: no son pretenciosos ni arrogantes. Están sobre todo sorprendidos y asustados de encontrarse allí, y son chavales, pero chavales con mucho talento. Tras dos años allí me di cuenta de que amaba la literatura, pero no quería ser una académica. Me habría costado mucho adaptarme a las necesarias repeticiones de la vida académica. Soy muy caótica y desorganizada, y me di cuenta de que forzar el orden era muy difícil. ¿Qué podía hacer? Si volvía a Francia tendría que ser profesora.

En ese momento uno de mis estudiantes se convirtió en un gran amigo. Estaba en la facultad de Derecho de Harvard, y antes había estado en la Universidad de Columbia en Nueva York, y me dijo que quizá debería intentarlo en el programa que allí tenían. Era una especie de programa de ciencias políticas y comunicación en medios. Así que fui a Nueva York y completé el programa, y eso me cambió la vida. No por las ciencias políticas y la comunicación, sino porque participé en un seminario con Judith Crist. Era no ficción, era como una clase de pintura. Te pedía que escribieras una cara o un edificio. Era la profesora más dura de Columbia, aterrorizaba a los estudiantes, pero yo venía de un sistema escolar muy duro, donde en todo momento me decían que era tonta, como en un colegio militar. Ella llevaba más de cuarenta años enseñando en Columbia, tenía ochenta años. Elegía a sus estudiantes. Yo no me sentía segura porque el inglés era mi cuarta lengua, así que nunca la dominaré del todo, pero a final de curso me dijo que me iba a poner un sobresaliente, y era la primera vez en los cuarenta años que llevaba enseñando que lo ponía. Aún no sé por qué me lo puso, pero lo que me dijo me cambió la vida. Me dijo que debía hacerme escritora. Ella sabía que yo no quería ser periodista y que quería escribir libros. Y dijo que tenía que hacerlo y que lo acabaría haciendo.

Después de eso tenía que quedarme. Quizá fue también por algo que pasaba con los inmigrantes en Francia, porque cuando yo estaba allí para conseguir un trabajo en el ámbito de la cultura tenías que conocer a mucha gente, tu tío tenía que ser ministro, un pariente tenía que ser director de algo… y pensé que yo no tenía ninguna oportunidad. Mis padres solo se juntaban con iraníes: pintores en el exilio, arquitectos, filósofos… todos eran gente extraordinaria, pero ninguno tenía un trabajo de verdad, vivíamos de manera muy extraña. Una de las razones por las que no volví fue porque pensé que en Nueva York tendría más oportunidades de encontrar un trabajo, y así fue. Además, en esa época Le Monde se quedó sin presupuesto para mandar corresponsales de cultura a Nueva York, y resulta que yo estaba viviendo allí. Y entonces mi colegio, la École Normale, me ayudó. Llamé al periódico y pregunté si podía trabajar para ellos. Pensaba que me iban a colgar el teléfono, pero me preguntaron qué había hecho, y les dije que era una normalienne. Ahí es donde la meritocracia ayuda. No me colgaron simplemente porque había estudiado en el sistema educativo público. Y así empecé a trabajar para ellos, fue una feliz coincidencia. Me di cuenta de que si quería trabajar para los franceses era mejor si estaba lejos, porque me necesitaban por razones estratégicas, pese a no ser hija o sobrina de nadie.

En Nueva York tu condición de extranjera cambió.

De pequeña en todo momento notaba que era extranjera, mis padres y yo hablábamos persa… incluso hoy si hablas persa en un cine la gente te mira. Alguien me miraba extrañado al oírme, pero entonces yo pasaba a un francés perfecto y se sorprendía mucho. Quería que entendieran que se puede ser completamente francés y otra cosa al mismo tiempo. Todos teníamos estas identidades múltiples, culturales, sexuales o lo que fuera. Nueva York fue la primera ciudad del mundo donde no sentía que era extranjera. Una de las cosas que más me gusta hacer en Nueva York es viajar en metro, porque cada vagón es como la ONU. Miras a tu alrededor y tienes representado a todo el mundo. Todos hablan un idioma distinto, con distintos acentos… si vives allí eres neoyorquino, no les importa el porqué y el cómo.

¿Con Trump todo eso cambiará?

Lamentablemente sí, al menos en parte. No sé qué pasará en noviembre [N. del R.: La entrevista tuvo lugar antes de la victoria de Trump], pero su discurso es peligroso. Cuando me instalé en Estados Unidos y empecé a tener amigos de todo el mundo y de diferentes etnias odiaba la palabra «raza», porque crecí en Europa y consideramos que solo existe una raza, la humana, pero en Estados Unidos dicen «raza» cuando quieren decir «etnia», y ves que en las escuelas los de Oriente Próximo se juntan, los hispanos también… y eso no me gusta. Trabé una buena amistad con un afroamericano y acostumbrábamos a quedar con otro amigo más en restaurantes de Nueva York. Y si él llegaba el primero acostumbraba a esperarnos fuera. Le pregunté por qué lo hacía, y me dijo que si entraba él solo no le darían mesa, que ya le había pasado dos veces. Así que lo que Obama explica en sus memorias aún es cierto ahora. Los taxis no recogerán a un joven negro. El racismo es endémico. El miedo al otro es algo compartido por la mayoría del planeta, desgraciadamente, y estas cosas pasan incluso en Nueva York. Y lo que hace que la gente como Trump sea extremadamente peligrosa es que ese discurso empieza a desinhibirse, la gente empieza a decir en voz alta lo que antes se callaban. Algunos extranjeros de Nueva York empiezan a notar que lo son, como por ejemplo los mexicanos o los musulmanes. Y eso es terrible. Por naturaleza soy curiosa, me gusta hablar con todo tipo de gente, y recuerdo ver a una mujer en una tienda a la que identifiqué como iraní, aunque ella no se dio cuenta de que yo también lo era. Llevaba una placa con su nombre, «Ziba», que en persa quiere decir «hermosa». Le pregunté de dónde era, y me dijo que era medio americana… y entonces dudó. Fue consciente de que era iraní y judía. Eso es el inicio de la fractura, las fisuras.

Pero con El encantador diste un paso a un lado de tu origen familiar. Muchos editores te presionaron para que escribieras sobre tu herencia iraní, para mostrar las similitudes con la vida de Nabokov. Pero esa no era tu intención.

Claro que no, y en todo el libro solo hay una página en la que hablo de eso, y entre líneas. En Estados Unidos todavía hay, naturalmente, una fuerte identidad cultural, y si te limitas a una de esas identidades puedes escribir libros que comercialmente serán más viables. Aunque, como todas las fórmulas, tiene sus límites. Pero yo no quería hacer eso, no quería venderme. Sabía que iba a ser mucho más complicado, pero no había estudiado en ese sistema educativo público que adoro y que define en quién me he convertido ni había trabajado tan duro para después venderme como una iraní en el Nueva York pos-11S. Había empezado trabajando como periodista cultural tras el 11S, así que tenía tomada la temperatura de la ciudad. Reflexioné mucho sobre el tema. De hecho, pensé tanto que tuve un episodio muy serio de vértigos. Fue curioso, porque era casi como si mi cuerpo estuviera transcribiendo lo que estaba viviendo, y cuando me planteé si debía tomar una dirección u otra, vi claramente la respuesta: «Opta por escribir sobre la imaginación, sobre las cosas que te importan, sobre la belleza…». Iba a ser mucho más difícil, iba a ganar mucho menos dinero e iba a llegar a un público mucho más reducido, pero es lo que me apetecía hacer. Ser iraní es tan solo un accidente del destino que acepto y del que he aprendido mucho, es parte de mi alma y mi corazón, pero mi mente y mi espíritu son también el resultado de la combinación y el conflicto entre mundos distintos. ¿Por qué debería definirme por solo uno de ellos cuando lo cierto es que mi imaginación está hecha de todos los libros que he leído, todo lo que he estudiado y visto y toda la gente que he conocido en mi vida? Algunos de ellos son iraníes, pero muchos no.  

Relacionado con esto, en alguna ocasión has dicho: «¿Por qué debería escribir sobre mí cuando lo mejor que tengo es mi imaginación?».

¡Es verdad!

Afirmas haber leído a Nabokov de forma obsesiva, revisando cada frase al detalle. ¿Hizo esta lectura exhaustiva que se rompiera la ilusión de la historia, tu sentimiento de ser transportada a un mundo ficticio?

Entiendo perfectamente que a alguien le pueda pasar, pero para mí es justamente lo contrario. Cuando más profundamente leo una frase más profundamente puedo imaginar ese mundo de ficción y más real me parece. Esto lo hago incluso con los periódicos y artículos varios con los que me obsesiono. Empiezo a releer las frases. Y lo hago porque sé que es una manera de tocar con tus dedos la realidad que pueden ofrecerte las palabras. Cuanto más lento leo más impregno mi ser, mi corazón y mi alma con la verdad de esa ficción. Hasta tal punto que esta maravillosa alquimia se convierte en parte de ti. Tras leer a Nabokov no puedo ver Estados Unidos de la misma manera, porque ahora su forma de verlo —en Lolita, por ejemplo— va a estar siempre integrada en mi propia mirada, en mis circuitos cerebrales. Es algo que Nabokov ya explicó en su libro de Gógol. Es un ensayo maravilloso, y dice que Gógol fue el primer escritor que vio árboles azules y cielos verdes. Cambió la manera en que vemos San Petersburgo. Y creo que eso es tan cierto sobre el proceso de lectura y sobre la literatura que cuando lees despacio te empapas de esas imágenes y esos colores, y la siguiente ocasión en que ves San Petersburgo o una autopista de California empiezas a ver espejismos superpuestos, los colores honestos de los surtidores de gasolina, que evocan a Edward Hopper, como en Lolita. Siempre está este palimpsesto de cosas, por lo que ahora es imposible observar una gasolinera y no verla a través de varias lentes que la hacen más real, con más texturas y más bonita.

Entonces no compartes la idea de algunos críticos, que dicen que han perdido la ilusión de la lectura porque ya solo ven palabras y no mundos.

No sé qué tipo de trabajo hacen, pero entiendo lo que dicen. Como me dijo un amigo en una ocasión, pasado un cierto punto, si deconstruyes demasiado un texto no puedes volverlo a construir, pierdes el contacto con su significado. Una parte de nosotros necesita mantener esa noción de misterio, de algo que no está completamente definido. Y es el caso de la literatura. Depende de qué forma trabajes el texto. Nunca me interesó hiperanalizar el texto o diseccionarlo hasta la última palabra. El tipo de trabajo mental que hago está más conectado al placer que al análisis. Realmente lo hago porque quiero ver mejor, ver los colores, sentir esas texturas. De repente ese mundo es más suntuoso.

Hablando de leer, cuando empecé El encantador y leí las primeras palabras («Siempre me han horrorizado la lectura y los libros») confieso que pensé: «Vaya, prepárate para enfrentarte a un narrador poco fiable». Pero entonces entendí que no estabas mintiendo, que era una referencia a Claude Lévi-Strauss en Tristes trópicos («Odio viajar y a los exploradores»).

Ese inicio de Lévi-Strauss es una de mis frases preferidas de toda la literatura. En mi caso es completamente paradójico, pero porque pongo tanta atención en las palabras que a veces es bastante doloroso, requiere una gran concentración para sacarte de ti mismo y estar ahí. Necesitas estar a la vez dentro y fuera de ti para adoptar otra voz y visión, para reimaginarlo. Es como construir una pequeña ciudad en tu cabeza. En la literatura, cuando encuentro una gran descripción sobre arquitectura suele cansarme físicamente porque no soy muy buena con el espacio y la orientación, así que cuando veo todas esas palabras intento ponerlas juntas, pero se resisten y sé que tendré que ir más allá, realizar un esfuerzo adicional. Ese acto preciso de reimaginar es un verdadero esfuerzo físico. Y, de hecho, a veces es doloroso. Hay un precio que pagar, existe un espacio liminal donde vas a tener que luchar para pisar ese mundo, pero una vez estás ahí es extraordinario. Las primeras sesenta páginas de Ada son imposibles. Son incomprensibles, muy confusas, tienen algo de oscuro, pero tienes que pasar a través de ellas para llegar a la parte de «puro gozo» del libro.

Horroriza confrontar tu imaginación con la de Nabokov.

Sí, y tu imaginación crece. Es exactamente la definición de metamorfosis: cuando una mariposa está metamorfoseándose, cuando es una crisálida, algunos órganos se mantienen en su interior, pero el resto se vuelve líquido y se recompone. Leer es también una metamorfosis en ese sentido: parte de tu imaginación permanece, pero tienes que estar preparado para las obras que realmente pueden cambiarte, tienes que estar preparado para metamorfosearte. Y cualquiera que diga que una metamorfosis no es dolorosa, o bien no ha pasado nunca por una o no es consciente de lo que implica. Cualquier gran obra de arte transformará tu imaginación y la hará más fuerte, más amplia. Cambiará tus colores, pero es físicamente agotador. Por eso hay terror, pero es un camino hacia la belleza y la transformación.

Y la felicidad, porque dices que «la felicidad es la consciencia que capturamos a través de las palabras». ¿Por qué consideras a Nabokov el escritor de la felicidad?

Lo creo tanto que en cierto modo era una premisa para el libro. Lo que intento explicar en el prólogo es que todo el mundo dice que Nabokov es el escritor de la enfermedad sexual, pero yo no lo creo. Él era consciente de que la literatura es transgresión. En esencia, el deseo es literalmente transgresivo; trata de crecer más allá de ti, por lo que estás transgrediendo los límites de tu ser. Pero también estás transgrediendo los límites que la sociedad impone entre los seres y las cosas. Lo que me interesó al principio era qué podías hacer en ese sentido durante el siglo xx, donde todo estaba permitido. Así que él encuentra dos temas, la pedofilia y el incesto, que todavía están prohibidos. Pero eso es solo el principio de la aventura. Dice que Lolita no arrastra ninguna moral, y creo que tiene razón. Lo que intentaba decir sobre Apuleyo en Formentor es que la transgresión del deseo es en realidad el inicio de la aventura, y esa aventura es la literatura. Una vez estás ahí, estás en su mundo. Lo que más me afectó del mundo de Nabokov era que se trataba de un gran escritor de la felicidad debido a su forma de observar las cosas en torno a él. He visto muy pocos escritores que hayan observado el mundo con esa sensibilidad a la luz. La Odisea es mi obra favorita, y cada página de ella está infundida con luz. El brillante cuerpo de Calipso, la ninfa que abduce a Ulises; tienes a la destellante Palas Atenea… si revisas la Odisea es verdaderamente sorprendente cuántas expresiones de luz hay ahí: brillante, destellante, reluciente…

El otro escritor al que he leído que tiene tanta luz como Homero es Nabokov. Cada página está infundida de luz. Y, en general, cada línea trata sobre observar el mundo como si se desplegara delante de nosotros. Y al final nuestra única posibilidad de felicidad está en observar cada instante, tomándolo y siendo sorprendidos por él. Y sentir esa sensación de éxtasis que la belleza puede ofrecer. Eso es lo que vi en Nabokov y eso es lo que buscaba transmitir. Fui muy afortunada de poder hablar por teléfono con John Updike pocos años antes de que muriera. Fingí que le estaba entrevistando para Le Monde, pero en realidad hablamos sobre Nabokov porque Updike admiraba a Nabokov. Él odiaba Ada, pero es que es demasiado americano para gustarle Ada. También creía que Nabokov era un escritor de la felicidad, y tenía una frase preciosa que puse en mi libro: «Nabokov escribe prosa de la única forma que debe ser escrita, que es extáticamente». En un artículo de The New Yorker habla sobre Glory. Tituló el artículo «El crujido de la felicidad», un título que también empleo en uno de mis capítulos. Así que ya ves, escribir prosa extáticamente, sentir el crujido de la felicidad en las palabras y ser el observador de la luz y dejarla que prenda tus sentidos, todo eso es para mí la esencia de Nabokov. Y si eso no es felicidad entonces no sé qué puede ser la felicidad.

Si alguien descubre a Nabokov con El encantador, ¿qué imagen crees que tendrá del escritor?

Una imagen muy realista. He tenido que pelearme con muchas personas a lo largo de los años porque le llamaban «viejo obsceno» y cosas así. Él sin duda tenía un ojo para la belleza. Estoy segura de que cuando daba clases en Cornell miraba a las chicas. Conoció a Irina Guadanini cuando ella tenía unos veinte años y él estaba aún en Europa. Realmente se enamoró de ella y si le atraparon fue porque alguien envió una carta a Vera. Y Vera dijo «si te has enamorado de ella, deberías irte». Yo creo que él sí que estaba enamorado de Irina, pero decidió no marcharse porque también amaba a Vera. El corazón, como sabemos, es embustero y complicado. Así que se quedó. Estoy absolutamente segura de que no volvió a engañarla otra vez. Y por supuesto no creo que nunca tocara a niñas, sobre semejantes cosas tan ridículas no pienso hablar. Él nunca tuvo ningún romance con niñas, y tampoco fue ningún pedófilo en ese sentido. Uno de sus alumnos de Cornell, Alfred Appel, que también fue su mejor crítico, dijo que recordaba comer mantequilla en un refugio de montaña con Nabokov cuando tenía unos setenta años, y que le encantaba el sabor de la mantequilla. Y entonces una preciosa camarera apareció y él se la quedó mirando en éxtasis, y su estudiante dijo «Tiene la mirada d’un vieillard encore vert [de un viejo aún verde]». Empleando el francés, se convirtió en una dulce forma poética de decirlo. ¿Tenía entonces un ojo para la belleza? Por supuesto, y además creo que sería un retrato realista porque los lectores lo verían como un ser extremadamente tierno que amó a su mujer durante toda su vida. Ves retratos de ellos a los sesenta años y parecen adolescentes enamorados, se adoraban el uno al otro. Era un matrimonio poco usual, como lo son la mayoría de los matrimonios. También fue un matrimonio feliz.

Y luego él también fue un hombre complicado de su generación, era un misógino, dijo que no le gustaban las mujeres como colaboradoras o escritoras, pero eso demostraba que también era un mentiroso, como la mayoría de escritores. Tenía dos traductoras y le gustaba Jane Austen. Tal y como explico en el libro, su obsesión hacia el cuerpo adolescente es de hecho su obsesión con sus primeras experiencias sensuales en el bosque de San Petersburgo y la explosión de consciencia que le proporcionaron. Y la increíble emoción, el placer, la asombrosa transformación que esa experiencia le dio es algo que quedó en él para siempre. Y dado que perdió a su primer amor y a su país a la vez, y después a su padre y su lenguaje, casi todo al mismo tiempo, todo se convirtió en ese acontecimiento mítico: algo se había perdido irremediablemente, pero también correspondió con una explosión de consciencia. Y eso es lo que persiguió toda su vida. Estaba obsesionado con el cuerpo adolescente, claro, pero no porque quisiera tener sexo con él, sino porque quería recobrar un paraíso perdido. Esa es una de las cosas que me interesaron en El encantador. No estoy segura de haberlo citado, pero en Lolita dice que «Los poetas nunca matan». Los artistas y criminales pueden ser muy parecidos, solo los separa una línea muy fina, pero ahí está la diferencia. Puede que tengamos las mismas fantasías, pero no las llevamos a la práctica. Así que sí, creo que es un retrato realista de Nabokov.

¿Cómo podemos definir El encantador? ¿Es acertada la definición que empleó uno de tus amigos al llamarlo «ULO – Unidentified Literary Object»? [OLNI – Objeto Literario No Identificado]

Totalmente, creo que esa es la definición perfecta. En realidad, no pertenece a ningún género. Es una combinación de prosa, ficción, no ficción, además de que algunas de las cosas que digo sobre mí son mentira. Me gusta ponerme esa máscara. Creo que es fascinante avanzar con una máscara de todas las maneras posibles. No me gusta la cultura contemporánea que consiste en exponerlo todo sobre uno mismo.

¿Puede que sea una expresión de tu forma de vida caótica?

Sí, en parte. Hay digresiones. El propio libro está compuesto por quince ideas que en realidad son quince digresiones sobre Nabokov.

Y hay mucho de Alicia.

Le encantaba Alicia en el país de las maravillas. El primer libro que tradujo al ruso fue Alice in Wonderland, que él llamó Анья в стране чудес, «Anya en la tierra de las maravillas». Y llamó a la protagonista Anya por razones fonéticas. Estaba obsesionado con Alicia, y Lolita está llena de Alicia. Siempre me ha encantado Alicia. Es un trabajo que tengo muy cerca de mi corazón, y pienso en él a menudo. Por ejemplo, siempre llego tarde, así que me siento como el conejo que siempre llega tarde y mira su reloj. Es maravilloso cuando hay una llave secreta para una aparente falta de orden, y hay una llave para ese libro, que en esencia es la suma de todos los rastros de luz. Es un desorden ordenado, si se quiere.

Y lógicamente hay mucho amor por Nabokov en El encantador. Como tú dices, «un romance de larga distancia».

Sí, exacto. Es un romance con su lenguaje, con su universo. Lo que intentaba decir en el libro se refiere a cierta clase de metamorfosis: el mundo de Nabokov me cambió, completamente. Cambió mi inglés, me convirtió en una escritora… Pero fue una osadía hacerlo, fue audaz, porque sabía que uno de los escritores a los que más admiraba de hecho miraba por encima del hombro a las mujeres como intelectuales y artistas.

¿Hubiera sido distinto sin esa distancia? ¿Hubiera desaparecido el amor?

Puede ser, no lo sé. Me he encontrado con él muchas veces en mis sueños, eso sí. Y entonces conocí a Dimitri, que es muy parecido a su padre, y acabamos haciéndonos amigos y, aunque odiaba a la mayoría de los nabokovianos, para mi sorpresa le gustó mucho mi libro y acabó ayudándome. Más tarde me pidió que formara parte del consejo de la Nabokov Literary Foundation, lo que es un gran honor. Soy la única mujer en ese consejo, lo que me hace reír.

¿Qué podemos saber sobre tu próximo libro?

Lo estoy acabando ahora. Está conectado con lo que te explicaba al principio, sobre El asno de oro y Las metamorfosis. Es una reescritura de El cantar de Roldán. Trata sobre el hecho de que con la primera forma de transgresión empezó la literatura. Abordar un texto medieval y decidir que lo vas a reescribir es algo aterrador y transgresivo en sí mismo. Es un deseo hacia la literatura y un enorme deseo hacia el mundo que el propio mundo nunca puede satisfacer del todo. Ese deseo es el que se convierte en literatura. Si amas la literatura, lees y ves que todos esos trabajos están interconectados. Un escritor siempre está reescribiendo a otro escritor. Shakespeare reescribió en ocasiones a Ovidio… y en los relatos medievales, Ariosto reescribió El cantar de Roldán, Virginia Woolf hace referencia al Orlando furioso, y creo que al Roldán también. La idea inicial era mostrar y completar la genealogía de la metamorfosis en la literatura. Y entonces me di cuenta de que la pregunta que más me interesaba cuando empecé a escribir era una pregunta que aparece en la última película de John Cassavetes, Love Streams [Corrientes de amor], una película muy sombría, donde en una escena Gena Rowlands va al psiquiatra y dice: «Is love a continuous stream?» [«¿Es el amor una corriente continua?»], y, por supuesto, no hay respuesta. Creo que al principio esa era mi primera pregunta. Ese es el motivo por el que quería el máximo espacio-tiempo. Y entonces comprendí que había una conexión entre amor y literatura, como diría Deleuze, todo arte es una forma de repetición y diferencia.

Y lo mismo es cierto sobre la literatura, reescribes preciosas historias medievales, que son contadas oralmente una y otra vez, por lo que siempre tenían esa repetición y diferencia. Lo mismo es cierto con el amor: el amor es una historia contada a menudo que siempre es la misma y a la vez siempre es distinta. Ese fue el lienzo con el que empezar. Y a medida que iba creando la obra la fui construyendo en siete colores distintos y es una historia del amor como forma de posesión. Trata sobre cómo esa posesión es una de las pocas posibilidades de metamorfosis que existen. Y no hay tantas otras. Es muy difícil metamorfosearnos siendo adultos. La belleza es una forma, el amor otra y tal vez la experiencia de trascendencia. Pero no hay muchas más. Y si lees literatura sobre psicoanálisis te dirán en muchas obras que la personalidad adulta está tan formada que en realidad solo hay unos pocos momentos en la vida durante los que podemos metamorfosearnos. Creo que la sensación de posesión en el amor es uno de ellos. El libro trata íntegramente sobre metamorfosis: la metamorfosis de la literatura, la metamorfosis del amante y también la metamorfosis de los personajes.

En algunas de tus conferencias dices que leer nos convierte en mejore amantes. ¿Puede alguien que no esté acostumbrado a leer comprender eso, o tu mensaje va dirigido exclusivamente a los que disfrutan de la lectura?

Pusieron ese título a una conferencia que di, pero en realidad mi charla no tenía ningún título. De hecho, se llamaba «Primer amor» y trataba sobre Turguénev. Creo que lo dije en algún momento —aunque, para ser sincera, no recuerdo a la perfección lo que dije—, pero sé que lo que quería decir era que leer no es únicamente una actividad solipsista, te hace ver el mundo de otra manera. Y el mundo se refleja sobre ti de forma distinta y te conviertes en el cocreador de «realidad». Cuando miramos el mundo lo recreamos a través de lo que hemos leído y a su vez el texto se ve canalizado hacia una experiencia distinta de vida. Nos hace ser mejores observadores, y estoy bastante segura de que lo que dije en la charla no tenía connotaciones sexuales, se trataba de convertirse en amantes de la vida, significaba que leer nos hace apreciar y ver mucho mejor las cosas y ser sorprendidos. En la poesía persa siempre encuentras las figuras del amante y el amado, pero el verdadero vencedor nunca es el amado, es siempre el amante. El amante es aquel que se transforma. Y para ser el más generoso de los amantes, el más imaginativo, el más poderoso, tienes que tener una inmensa capacidad de observación. Podemos amar porque observamos mejor, porque tenemos un mejor sentido de la empatía, un mayor sentido de conexión, porque vemos las pequeñas maravillas o los detalles que no veríamos de otra manera. Y esa capacidad para refinar nuestra visión es realmente el mayor obsequio del arte. Es algo que aprendí de Nabokov y que llevo conmigo en mis nuevos viajes.

Durante tu entrevista a Orhan Pamuk, él dijo: «Mi regla de oro para escribir una novela es identificarme con todos los personajes. Identificarme con el más sombrío de mis personajes es en esencia lo que hace a una novela ser poderosa. El ejemplo más claro es seguramente Dostoyevski». Existe cierta controversia con distintas investigaciones en cognición que relacionan la lectura de ficción con la empatía. ¿Estás de acuerdo con esa relación? ¿Crees que leer nos puede hacer más empáticos?

Si no tienes ningún interés en los libros, o en la imaginación, no creo que leer produzca esa reacción alquímica, aunque no creo que esa alquimia esté estrictamente contenida en la llamada alta literatura. Iba sentada en el avión junto a un hombre que leía Canción de hielo y fuego y me dijo que él nunca leía, pero que ese libro era extraordinario, y le estaba transformando de la misma forma que Shakespeare transformaría a cualquier otro. Esa alquimia puede ocurrir con cualquiera que quiera dar una oportunidad a la imaginación. Así que en ese sentido sí que creo que sea posible, y también con películas si dan pie a ello. A veces los «intelectuales» desechan cantidad de cultura popular pero no estoy de acuerdo con esa postura. Por ejemplo, en los libros que apelan a la imaginación colectiva a veces encuentro construcciones muy interesantes, hay algo que de alguna forma es inteligente y apela a la gente por otras razones que no son el simple consumo y el marketing de masas. Y en esa inteligencia existe potencial para la transformación. Pero tal vez esa transformación tiene más que ver con la observación que con la empatía. Nos convertimos en mejores observadores del mundo, y soy optimista en ese sentido, no creo que esté reservado a unos pocos privilegiados. Esa es también la razón por la que es maravilloso hablar sobre literatura con personas que no son, estrictamente hablando, intelectuales.

Yendo más allá de eso, creo que hay una diferencia entre observación y empatía. Si la literatura necesariamente nos hace más empáticos… No lo sé. Ese argumento hace que la literatura suene como una pequeña poción, casi la sitúa en el ámbito médico. La empatía tiene un componente moral en ese sentido, como si los libros susurraran «bébeme y te haré ser mejor persona». Y no estoy interesada en las mejores personas. Chéjov, en un sentido ligeramente distinto al de Pamuk, decía que él era todos sus personajes, lo que creo que de hecho también somos nosotros, tanto escritores como lectores. Los rusos creían que la línea entre el bien y el mal corre a través de nuestros corazones. Y que, si somos sinceros con nosotros mismos, encontraremos allí aspectos de todos los personajes literarios. En hebreo, satan significa «el adversario», y el mayor adversario, por supuesto, está dentro de nosotros, es el que nos detiene cuando queremos hacer lo que nos gustaría hacer. Me encanta esa idea de satán como el adversario, y si así es el caso, entonces todos lo llevamos dentro de nuestros corazones. Así que la literatura puede ayudarnos en la gran tarea de «conocernos a nosotros mismos», y tal vez, en el mejor de los casos, expandir nuestros corazones.

Colaboras con Narrative 4, «una comunidad global de ciudadanos empáticos que mejoran el mundo a través del intercambio de relatos personales».

Eso es de alguna forma un proyecto distinto, porque en Narrative 4 tú me vas a contar la historia de tu vida. Tú me explicas tu historia y yo te cuento mi historia —entonces yo cuento tu historia como si fuera y tú cuentas mi historia como si fueras yo—. Así que intentamos que esos chicos que están muy aislados hablen con otros —vienen de barrios extremadamente duros, forman parte de bandas, a menudo han estado en prisión, uno de ellos fue sentenciado a doce años de cárcel por tráfico de drogas…— y es genial ver cómo se abren. Por supuesto, creo que idealmente quieres decirme que la literatura debería estar haciendo eso, pero es un camino peligroso porque nos lleva a un fin moral, y nunca me ha gustado pensar que el arte tiene una utilidad en ese sentido. Lo que hacemos con estos chicos y chicas es ofrecerles un espacio seguro para abrirse, para traer sus mundos locos, desagradables, caóticos a un lugar donde sentirse a salvo para compartir y aliviarse y que otros escuchen. Lo he hecho con algunos de ellos y es gracioso porque promueve las amistades inmediatamente. Todos son tan distintos, cada uno de ellos mira al resto con curiosidad, y entonces cuentas tu historia y los ves iluminarse porque la encuentran divertida, y les alivia y a veces les salva la vida, por lo que es distinto, es como un patio de recreo para abrirse a los otros. Es casi un pretexto para iniciar una conversación que nunca hubiera tenido lugar, y precisamente por ese intercambio de voces la conversación tiene lugar de una forma divertida. Eso es bello.

Lo que queremos hacer ahora es crear un programa llamado «Empatía en acción» donde salgan al mundo y descubran que pueden afectar a sus comunidades a través de la empatía. Recientemente, por ejemplo, promovimos un intercambio de historias entre propietarios de armas y víctimas de violencia con armas. Esas son las cosas en las que creo. Siento que lo que hacemos como escritores, intelectuales o investigadores tiene sentido en la medida en que nos mantenemos conectados al mundo. Es lo que siempre intento hacer en cualquier tarea. Y me encanta mirar siempre a la gente a los ojos. Nunca llegué a conocer a ninguno de mis abuelos, lamentablemente, pero una cosa que llegó hasta mí de mi abuela materna era precisamente eso: ella siempre decía «mira a la gente a los ojos». Y eso, para mí, es empatía. Y ese gesto ha cambiado mi vida, nuestras vidas en distintas ocasiones. Mi madre huyó del aeropuerto de Irán durante un día de gran convulsión en que el país acabó cerrando las fronteras, y ella logró huir porque un hombre la vio llorar y le preguntó el motivo, y bastó que ella lo mirara a los ojos para que el hombre le dijera que iba a tomar el último vuelo que salía, y de hecho fue la última persona a la que llamaron para tomar el último vuelo, aunque no tenía billete ni reserva, solo una maleta llena de fotografías.

Y en otras situaciones mucho menos dramáticas he visto las líneas de mi propia vida cambiar porque, en la más azarosa de las situaciones y en el lugar más extraño, miré a alguien a los ojos y le dije: «¿Puedo hacer esto, por favor? ¿Puedo ir ahí?», y me respondieron: «Sí». Y sucedió porque por un minuto has mirado a otra persona y realmente dijiste: «Tú, como ser humano, ¿puedes ayudarme?». Para mí es uno de los milagros de la vida. Ver que, aunque exista esa línea entre el bien y el mal cruzando nuestro corazón, es posible mirar a alguien a los ojos y sacar la mejor parte de él. Creo que es una de las experiencias más mágicas de la vida. Sucede todo el tiempo. Ves a personas enfadadas, con pinta de agresivas y que parece que te vayan a pisotear, y los miras a los ojos y de repente se produce un momento de perturbación, entonces una vacilación y algo cambia sin razón aparente. Es increíble. De golpe conectas con lo realmente humano que hay en ellos de la mejor manera posible.

¿Algunas recomendaciones de libros para comprender mejor el universo de Lila?

Indudablemente pondría El asno de oro de Lucio Apuleyo. Leería al poeta persa Hafez, que influyó mucho a Goethe. Me encanta más que cualquier otra obra del mundo la Odisea, la adoro absolutamente. Me encanta Hamlet por otras razones, y leo mucha poesía. Entre los autores contemporáneos mis favoritos son Anne Carson y Michael Ondaatje, que además es un novelista extraordinario (él encarna lo que Nabokov creía, que la mejor prosa y la mejor poesía son una y la misma). El rasgo común en todos ellos es que iluminan el mundo. Hannah Arendt dijo que en la época más oscura existen unos pocos hombres y mujeres que siguen arrojando su luz sobre el camino. Y eso es exactamente para mí la tarea de un gran escritor. Y volvemos de nuevo a la luz…


Lila Azam Zanganeh: “A writer is always rewriting another writer”

Photo: Alberto Gamazo

(Versión en español)

Desire, transgression, light. Nabokov. To keep a conversation with Lila Azam Zanganeh (Paris, 1976) causes genuine intellectual vertigo. This writer, born in Paris from Iranian parents, lives and works in New York and combines the creation of her literary works –The Enchanter was the first one, an unclassifiable literary artifact about her relationship with Nabokov– with collaborations for Le Monde, The Paris Review, The New York Times or La Repubblica. Among many other merits, she is the only woman at the Nabokov Literary Foundation and is a member of the Man Booker prize jury.

Busy with many travels and the completion of her second book, a rewriting of The song of Roland, we seize her stopover in Barcelona returning from Majorca, where she has taken part at Converses literàries a Formentor, to talk with her about literature, writing, reading and Nabokov; a writer that she reads and rereads obsessively. She says that she loves literature just as much she dreads reading. And that is where the game begins.

How were your days in Majorca at the Converses literàries a Formentor?

They were completely marvelous. I was very surprised both by the way the festival was organized and the place itself, which was of incredible beauty. I have always had a special relationship to Spain; I always feel like I’m back home in a way, I felt incredibly happy.

You gave a talk about The Golden Ass (Lucius Apuleius). What was it about?

I was educated in France, and over there you always have to answer questions by asking why, how… The theme was “Spirits, ghosts and lost souls”, so I was wondering what the why to this question was and what the connector was. I realized that maybe it was a question related to desire because part of the reason why these lost souls would come back was the desire to continue living, to continue something that was unfinished. So it struck that the connection between The Golden Ass and that question was a notion of transgression. And to me, of course, it is all connected to the work I am finishing now, it’s the very link that Apuleius makes between transgressions as a means to start a narrative. Any kind of transgression that occurs within the story: he wants to become an owl and puts an ointment but instead of becoming an owl, the ointment is the wrong one and he becomes an ass. One of the principles of these ancient Roman religions was that you should not meddle with the invisible. So the first transgression is that Lucius is extremely interested in becoming a wizard, meddling in magic. More than a wizard it’s a sorcerer, really. The second transgression is that he gets the ritual wrong. That begins the story. And then, much of the story is about desire, and desire itself is always a transgression, it’s a question without an answer, it’s about going against something. And of course there are ghost stories proper within the narrative. To summarize it, the story is about Lucius finding the goddess Isis, but in order to reach Isis he has to go through these transgressions, meet a few ghosts, find many adulterous men and women and finally get to spiritual elevation. For me it was a beautiful occasion to re-read the text with that lens. And of course so much of the playfulness is connected to these two themes. For me of course it’s much more than the theme of the “Converses”, it’s what always has interested me most in literature: the connection between transgression and desire, which are both related to literature. And it’s literature as a form of desire, the desire for literature and the desire that makes literature.

Although you talked about a work by Lucius Apuleius, most people relate your name to a Russian writer. Why Nabokov?

At the end of the day I think that my experience in that regard is a bit like falling in love. It’s a question of its incandescence or phosphorescence, it’s something that illumines you so deeply that there is really no why. It was just a feeling of intense recognition in his English foremost. Of course there is a few biographical accidents where I find certain similarities: the exile, the multiple languages, the writing in English… perhaps initially it was mostly exile, his background –which was very reminiscent of my mother’s background-, and it was her nostalgia twice removed which came down to me which I felt in his work. And in a way it’s inside those sentences, where he reinvents the English language in a sense, that I felt at home. First it was a feeling of recognition, of incandescence as a form of infatuation, and then it interested me because Nabokov thought that art could teach us nothing but to become better observers of the world, that it would not teach you messages or anything about history. You don’t read Anna Karenina to learn about adultery. Some of the exam questions he gave to his students about Anna Karenina were about the pattern of the curtains. So that is what art makes you do, observe the world better. The book to me was about why beauty matters, why the imagination matters and why literature matters. And in this time it is a relevant question, so my book was very small in its scope initially, it was really just a record of my own adventure as a reader, but then it became also a record of my adventure with that form of art, which I most identify with, which is precisely the art that has nothing to teach us but to become better observers of the world. And I’ve always been interested in aesthetics and the intrinsic beauty of patterns. He also draws a connection between beauty and transcendence. He believes more than anything in imagination. There is nothing more real than imagination. It’s a defining characteristic of the human experience, and in the end my own also became a pamphlet in defense of literature and fiction.

Was your love to literature what brought you to this writer or it happened the other way round?

No, my love for literature brought me to Nabokov. I’ve always loved stories. I was raised as an only child, I was extremely shy, for a very long time I had very few friends, and the imagination takes up all the space in the world, especially when you are a child of immigrants. France was a country quite homogenous, especially in the public schools I attended. There were almost only French people. The ideal of the French republic is about complete integration in the French model. Coming into it as an outsider is a strange experience, because you are highly self-conscious of being an outsider first, and then of being the nerd and the first in the class. There is nothing cool about that. I didn’t dress like anybody else, I didn’t really talk like anybody, my parents talked and looked differently… so imagination and books took a huge place. And not just books, I was always a slow reader, I was never the kid who read five hundred books, maybe I just read one book, but I read every sentence five times. And films were the same way, I would watch a film fifteen times over. Not just because you have nothing better to do, but also because it becomes a fantastical experience in its own right, and you enter the universe of that film as if you are stepping inside of it. Like with Back to the future, but to me every film was like going backwards or through or forward in time, the particular world of a film, just like the world of a novel, and I was there like a kid so much so that I’d continue the story, and I would go to sleep at night imagining myself in that book or that film and sort of continuing the adventures with the characters. Those characters were more real for me, were more my friends than people in my school. I was extremely shy. The fact that I outgrew that shyness is a mystery even to me. Nabokov came to me when I was a teenager. My mother read to me some excerpts of Speak, Memory and it was a feeling of intense recognition. And it started almost as a joke, because she was reading Ada, or Ardor and there was this brunette girl, quite young in a beautiful cover with “Ada” written in fluorescent pink and she was naked. I asked my mother what that was, and she told me it was not for me yet. And, of course, any time she said that the next day I was on it. As Ada says, all bright kids are depraved, so I would get my hands on anything that was depraved. By saying it was not for me my mother drew me into it, unconsciously. And there it was. And also it felt even morally close to myself. I don’t know why, although I come from a different background, from a different world, in a way with values from other centuries… I never felt any form of moralistic relationship to the world, to literature or to the arts, so really the amoral quality of Nabokov felt very close to my own sort of spiritual world.

Were your studies on philosophy and literature at École normale supérieure in Paris what gave you this analytical skills for reading (or let’s say, your obsessive way of reading), or it came in a natural way long time before?

I think one has to have a little bit of a bent, an inclination. I have a huge debt in the most beautiful sense of the word to my mother, who showed me all of the world with a sense of immense passion and love for beauty and an immense generosity. Nabokov has the most beautiful definition of aesthetic bliss that I know, in the afterword to Lolita. He says: “Art (tenderness, kindness, curiosity, ecstasy)”. My mother really invented my education, and the main elements that she brought were those elements: tenderness, kindness, curiosity, ecstasy. You could give her anything and she would appreciate it. We would wind up in very strange places in the world, sometimes unappealing places because there was nowhere else to go – though mostly we went to Italy because it was next to where I grew up- and she would point at a small angle of a window where you could see two trees, and she would find it beautiful. That’s how the analytical experience began, it was really for having that capacity for being surprised, astounded and grateful. And she is also a retrospective optimist. Anything that happens she ends up saying that maybe this is good. Many people say it, but she really believes it. All these things were combined: the capacity for optimism, the capacity for curiosity and ecstasy, the capacity for gratitude and the aesthetic appreciation. They were completely inseparable. And that’s what I inherited. I was fortunate because I grew up in Paris. The first time we arrived she took me in front of the Lycée Henri IV, which is the best public school in France, and she told me: “This is where the truly intelligent French kids go to school…” For a few years I stayed at a small school next to our house, but finally I applied and got in, and that was one of the most beautiful days of her life. In that school I met kids from all over France, from any social milieu. Although meritocracy is always a bit of an ideal and there is a lot of social conditioning, my closest friend in Henri IV came from a completely different world. And I was completely an outsider, as well. So all the outsiders sort of bonded together, but they were let’s say exceptional outsiders. They came from different parts of France that as an immigrant I didn’t know, like Brittany and Perpignan. So during the summers we would go to strange and beautiful places. And it wasn’t just that, it was also their socio-intellectual background, their being French was very different from my world if you will, they used idiomatic expressions that I had never heard… And those kids brought with them extreme intelligence and culture, they had far more culture than me. Our good fortune was not to be in Henri IV, it was to meet each other. Being in the company of those kids changed my life. I felt that those kids were my family, and not just them, I feel that any person I meet who is intelligent, generous and kind is part of my chosen family. And that’s why literature began with my mother’s skills but also continued into life with that recreated family. And one of the miracles that happened to me with this book, The Enchanter, is that it has brought me to meet extraordinary people of the same kind as I had met in public school. It’s not the socioeconomic background at all, at day’s end, it’s how intelligent they are, how much they get one other.

When and why did you decide to leave Paris?

I didn’t decide to leave Paris, it came when I got into the École Normale Supérieure. Usually you fail the first or even the second time you try to get in. The first time I failed by half a point and the second year I got in. But I’d never thought I would get in. My father, who had been an athlete all his life, told me “it is like a marathon, try to run it to the end but the photo finish is very competitive, probably you are not going to make it”. So I never thought I would make it, but I got in in the end, and it turns out they have a series of exchange programs with the best colleges internationally, and they sent me to Harvard. It wasn’t my intention to stay in the US and leave France. Harvard was a very interesting place, the students were very bright and it’s the opposite of what people think: they are not snobby and they are not arrogant. They are mostly surprised and scared to be there, and they are kids, but they are very talented kids. After two years there I realized that I loved literature, but I didn’t want to be an academic. There was something about the necessary repetitions of the academic life that I would have a hard time adjusting to. I am very chaotic and disorganized, and realized that forced organization was very difficult. What was I going to do? If I went back to France I would have to be a professor. At the time one of my students became a very dear friend of mine, and he was at law school in Harvard, and had been to the Columbia university in New York before, and he told me that maybe I should try that program. It was a sort of political science and media communications program. So I went to New York and I completed that program, and that changed my life. Not for the political science and media communications stuff, but because I took one writing seminar with Judith Crist. It was non-fiction, it was like a painting class. She’d ask you to write one face or one building. She was the toughest teacher at Columbia, she terrified students, but I came from a very tough public school system, where they told me I was dumb all the time, like a military school. She had taught at Columbia for more than 40 years, she was 80 years old. She always picked her students. I was insecure because English was my fourth language, so I will never master it completely, but at the end of the year she said to me that she was going to give me an A+, and it was the first time in the 40 years she had been teaching that she gave an A+. I still don’t understand why she gave it to me, but what she said changed my life. She said that I should be a writer. She knew I didn’t want to be a journalist and that I did want to write books. She said that I should and I would. After that I had to stay. Maybe it was also an immigrant thing with France, because when I was growing up in France in order to get a job in culture you had to know a lot of people, your uncle had to be a minister or a relative had to be the director of something… and I thought that I had no chance. My parents only saw Iranians: exiled painters, architects, philosophers… They are all extraordinary people, but nobody had a real job, we all lived very strange lives! One of the reasons why I didn’t go back was that I thought that New York gave more of an opportunity to start working, which it did. And also what happened very quickly is that Le Monde ran out of money to send culture correspondents to New York, and I happened to be there. That’s when my school, the École Normale helped me. I called them and I asked if I could work for them and I thought they were going to hang up on me but they asked what I had done and I said I was a normalienne. That’s where the meritocracy helps. They didn’t hang up on me just because I had gone to the public schooling system. And that’s how I started working for them, it was a sort of happy coincidence. But then I realized that if I wanted to work for the French, it was better to be far away because then I had the advantage of being far away, and even if I wasn’t the niece or daughter of anybody, they needed me for strategic reasons.

You say that in New York your condition of foreigner changed.

When I was growing up I was always self-conscious of being a foreigner, my parents and I spoke Persian… to this day if you speak Persian in a movie theater people look at you. Some people would look at me funny and I would switch to perfect French, and they were very surprised. I wanted to tell them that it’s possible to be completely something else and completely French at the same time. We all hold these multiple identities, weather cultural or sexual or otherwise. In New York I felt it was the first city in the world where you didn’t feel that self-consciousness. One of my favorite things to do in New York is to travel in the subway, because every train is the United Nations. You look around and you have the entire world there. Everybody speaks different languages, with different accents… if you live there you are a New Yorker, they don’t really care about why and how.

Do you think this is going to change with Trump?

Yes, unfortunately, I think that, at least in part. I don’t know what is going to happen in November, but unfortunately I think that there is danger in the discourse of these people. When I started settling in America and I started having friends from all over the world and different ethnicities, I hated the word “race” because I grew up in Europe and we consider there is only one race, the human race, but in America they say race to mean ethnicity, and you see schools of middle-eastern people together, Hispanics together… and I dislike that. The first time I had a close African-American friend we would meet often with another friend of mine in restaurants in New York, and he would always wait for us outside if we were late. I asked why he did that, and he told me that if he went into the restaurant alone they wouldn’t give a table, that it happened to him twice. So what Obama says in his memoirs is still true today. Taxis won’t stop for a young black man. Racism is endemic, of course, fear of the other is shared by most of the world, unfortunately, and even in a city like New York you have this sort of occurrences. And the problem with people like Trump that makes them extremely dangerous is that discourse becomes uninhibited, meaning that people begin to say out loud what they would previously think and keep to themselves. I feel that some foreigners in New York are becoming self-conscious in a disturbing way like Mexicans, for example, or Muslims. And it’s a terrible thing. I’m curious by nature, I love to talk to all kinds of people, and I remember I saw a woman in a store and I could tell she was Iranian, but she didn’t realize I was too. She had a nametag: “Ziba”, which means “beautiful” in Persian. I asked her where she was from, and she said she was half-American… and then she hesitated. I realized she was self-conscious about being Iranian and Jewish. That’s the beginning of the cracks, the fissures.

But with El Encantador you took a step aside from your family background. Many publishers pressed you to write about your Iranian heritage, to show the similarities with Nabokov’s life. But this was not the aim of your work.

Not at all, and there is only one page in the book where I write about it between the lines. In America there is still of course a strong identity culture, and if you stick to one of these identities you can write books that are more commercially viable. Although, as with every formula, it also has its limits. But I really didn’t want to do that, I didn’t want to sell myself. I knew it was going to be a much harder way, but I hadn’t gone to that public school system that I loved so much and that defined who I became and worked so hard to then sell myself as an Iranian in the New York of post 9/11. I started working as a cultural journalist in the aftermath of 9/11, so I knew the temperature of the city. I thought about it long and hard, so much so that I had an episode of very serious vertigo. It was funny because it was almost as if my body was transcribing what I was feeling, and I thought whether I should go one way or the other, and to me the answer was very clear: “Go the way of writing about the imagination, about the things that you care for, about beauty…” It was going to be much harder, I was going to make much less money and I was going to meet with a much more restricted public, but that is what I wanted to do. To be Iranian is just an accident of fate that I embrace and that I have learnt so much from, it’s part of my soul and heart, but my mind and my spirit are also the result of the combining and conflicting of different worlds. Why should I define myself by just one of them, when the truth is that my imagination is made of all the books I have read, everything I have studied and seen and all the people I have met in my life? Some of them are Iranian, but many are not.    

I read that, related to this, you’ve said “Why should I write about me, when the best of everything I have is my imagination?”

It’s true!

You say that you read Nabokov in a kind of obsessive way, reviewing each sentence to detail. Did this exhaustive reading break the illusion of the story, your feeling of being taken to a fictional world?

I completely get how one could feel that way, but for me it’s the opposite. The more deeply I re-read a sentence the more deeply I can imagine that fictional world and the more real it becomes. And I do that even with newspapers and articles and things that I become obsessed with. I start re-reading sentences. I do that because I know that it’s a way of touching with your finger the reality which words can offer you. The slower I read the more I know I am permeating my being, my heart and my soul with the truth of that fiction. So much so that by this marvelous alchemy it becomes a part of yourself. I can never see America in the same way after reading Nabokov, because now his way of seeing America, in Lolita for instance, is always going to be ingrained in my own vision, in my own brain circuitry. It’s something that Nabokov explained in his Gogol book. It’s a wonderful essay, and he says that Gogol was the first writer to see trees blue and skies green. He changed the way that we look at Saint Petersburg. And I think that is so true about the reading process itself and about literature, that by reading slowly you imbibe yourself with those images and those colors and the next time you are looking at Saint Petersburg or at a highway in California you are beginning to see melting mirages, honest colors of the gas pumps reminiscent of Edward Hopper, just as in Lolita. There is always this palimpsest of things, so it is impossible now to look at gas stations and not see through the various lenses which make them more real, more textured and more beautiful.

So you don’t share the idea of some critics who say that they have lost the illusion of reading because they see words, not worlds.

I don’t know what kind of work they do, but I understand what they are saying. As a friend of mine once told me, past a certain moment, if you deconstruct a text too much you cannot construct it back, you can’t be in touch with its meaning any more. There is a part of us that needs to keep that notion of mystery, of something that is not overly defined. And it’s the case for literature. It depends on what kind of work you do on the text. I was never interested in hyper-analyzing the text, or dissect it to the last word. I think the kind of mental work that I do is more connected to pleasure than to analysis. I really do it because I want to see better, and see the colors, and feel those textures. All of a sudden that world becomes more sumptuous.  

Talking about reading, when I started The Enchanter and I read the first words “I have always dreaded reading and book”), I confess that I thought “Oh, man, get ready to deal with an unreliable narrator”. Then I understood that you weren’t lying at all, that that was a reference to Claude Lévi-Strauss in Tristes Tropiques. («I hate traveling and explorers»).

Yet Levi-Strauss’s opening is one of my favorite sentences in all of literature. It’s completely paradoxical, in my case, but because I give so much attention to words, it’s sometimes quite painful, because it requires so much concentration, to be pulled out of yourself and be there. You need to be in you and outside of you in order to embrace another voice and vision, to reimagine it. It’s like building a little city in your head. In literature, when there is a great description of architecture it often tires me physically, because I am not very good with space and orientation, so when I see all those words I try to put them together, but they resist and I know I’m going to have to go –as the Americans say- the extra mile. That precise re-imagining is a true physical effort. And sometimes it’s actually painful. There is a price to pay, there is a liminal space in which you are going to struggle to step into that world, but once you are there it’s extraordinary. The first 60 pages of Ada are impossible. They are incomprehensible, very confusing, kind of obscure, but you have to go through them to get to the “pure joyousness” part of the book.

You feel some horror confronting your imagination to Nabokov’s.

Yes, and your imagination grows. It’s exactly the definition of metamorphosis: when the butterfly is metamorphosing, when it’s a chrysalis some organs remain inside, but the rest becomes liquid and recomposes. Reading is also a metamorphosis in that sense: some of your imagination stays, but you have to be ready for the works that really will change you, and you have to be ready to be metamorphosed. And anyone who says that metamorphosis isn’t painful either has never gone through it or is unaware of what it entails. Any great work of art will transform your imagination and will make it stronger, wider. It’ll change your colors, but that is physically taxing. That’s why there is terror, but it’s a pathway to beauty and transformation.

And happiness, because you say that “happiness is the consciousness that we capture through words”. Why do you consider Nabokov a writer of happiness?

I believe it very much in a way that it was a premise for the book. What I try to explain in the foreword is that everybody says that Nabokov is the writer of sexual malaise, but I don’t believe that, he was aware that literature is about transgression. Essentially, desire is transgressive, literally, it is also a growing out of yourself, so you are transgressing the borders of the self. But you are also transgressing the limits that society imposes between beings and things. What interested me in the beginning was what can you do in the 20th century, where everything is permitted. So he finds two subjects, pedophilia and incest, which are still forbidden. But that’s only the beginning of the adventure. He says that Lolita has no moral in tow, and I think that’s correct. But really the transgression, what I was trying to say about Apuleius in Formentor, is that transgression of desire is really the beginning of the adventure, and this adventure is literature. Once you’re in there you’re in his world. What struck me most, in his world, was that he was indeed a great writer of happiness because of the way he observed the things about him. I have seen very few writers who have observed the world with this sensibility to light. The Odyssey is my favorite work, and every page of it is infused with light. The lustrous body of Calypso, the nymph who abducts Ulysses; you have glinting Pallas Athena…if you look through The Odyssey it’s really surprising how many expressions of light there are: lustrous, glinting, gleaming… The other writer I have read who has as much light as Homer is Nabokov. Every page is infused with light. And generally, every line is about observing the world as it unfolds before us. And really our only chance of happiness in the end is in observing every instant, taking it in and being surprised by it. And feeling that sense of ecstasy that beauty can offer. That’s what I saw in Nabokov and that’s what I wanted to convey. And I was very lucky to be able to talk on the telephone with John Updike a few years before he died. I pretended I was interviewing him for Le Monde, but really I was talking about Nabokov, because Updike admired Nabokov. He hated Ada but he’s too American to like Ada. But he also completely believed that Nabokov was a writer of happiness, and he has a beautiful sentence that I put in the book: “Nabokov writes prose in the only way it should be written, that is ecstatically”. In a The New Yorker article he talks about Glory. He titled the article “The crunch of happiness”, which I also used for one of my chapter titles. So you see, writing prose ecstatically, feeling the crunch of happiness in words and being the observer of light and let it ignite your senses, all that for me is the essence of Nabokov. And if that’s not happiness then I don’t see what happiness can be.

If somebody discovers Nabokov with The Enchanter, which image do you think they will create about the writer?

A very realistic image. I had to fight a lot of people over the years because they all said “dirty old man” and this and that. He certainly had an eye for beauty, I’m sure that when he was teaching at Cornell he was looking at the girls. He met Irina Guadanini in his twenties, when he was still in Europe, and he really fell in love with her, and he was caught because somebody sent a letter to Vera. And Vera said: “If you have fallen in love with her you should leave”. And I think he had fallen in love with her, but he decided not to leave, because he also loved Vera. The heart, as we know, is a deceitful and complicated thing. So he stayed. I am absolutely certain that he never cheated on her again. And I don’t believe he ever touched little girls, of course, these are such silly things I don’t even want to talk about them. He never had affairs with girls, and he was never a pedophile in that sense. One of his Cornell students, Alfred Appel, who was also his best critic, said he remembered eating butter in a mountain refuge with Nabokov when he was in his mid-seventies in Switzerland, and that he loved the taste of the butter. And a beautiful waitress came out and he was looking at her in ecstasy, and his student said “He had the gaze d’un vieillard encore vert”. Using French, it became a sweet poetic way of putting it. So, did he have an eye for beauty? Of course, and besides I think it would be a realistic portrait because readers would see him as being extremely tender and loving to his wife throughout his entire life. You see portraits of them in their mid-sixties and they look like teenagers in love, they adored each other. It was an unusual marriage, like most marriages are. It was also a happy marriage. And then, of course he was a complicated man of his generation, he was misogynist, he said he didn’t like women so much as collaborators or writers, but then he was also was a liar, like most writers. He had two woman translators in fact, and he liked Jane Austen. As I explain in the book, his obsession with the adolescent body is really his obsession with his own first sensual experiences in the wood of Saint Petersburg and that explosion of consciousness it afforded him. And the incredible thrill, the joy, the astounding transformation that experience lent him is one that stayed with him forever. And because he lost his first love and his country together, and later his father and his language, almost all at once, it all became this mythical event: something was irredeemably lost, but it also corresponded to an explosion of consciousness. So that is what he was going after all his life. He was obsessed with the adolescent body, for sure, but not because he wanted to have sex with it, but because he wanted to retrieve a paradise lost. That’s one of the things that interested me in The Enchanter. I don’t think I quoted this, but in Lolita he says “Poets never kill”. Artists and criminals can be very similar, there’s a very fine line, yet there is a difference. We may have the same fantasies, except we don’t act on them. So I do think, yes, that this is a realistic portrait of Nabokov.

How can we define The Enchanter? Is it accurate that definition that one of your friends made saying it is a “ULO – Unidentified Literary Object”?

Totally, I think that’s the perfect definition. It doesn’t really have a genre. It’s a combination of prose, fiction, non-fiction, and besides, some of the things that I say about myself are a lie. I like having a mask. I think it’s a wonderful thing to advance with a mask in every possible way. I don’t very much like the contemporary culture that consists in laying everything out about oneself.

Is it maybe an expression of your chaotic way of living?

Yes, in part. There are digressions. The book itself follows 15 ideas that are 15 digressions on Nabokov.

And there is a lot of Alice.

He loved Alice in Wonderland. The first book he translated into Russian was Alice in Wonderland, which he called Анья в стране чудес, “Anya in the land of marvels”, in Russian. And he called her Anya for phonetic reasons. He was obsessed with Alice, and Lolita is full of Alice. I have always loved Alice myself. It’s a work that’s very close to my heart, and I think about it often. I am always late, for instance, so I feel like the rabbit who is always late and looking at his watch. It’s wonderful when there’s a secret key to an apparent lack of order, and there’s a key to this book, which in essence is the sum of all the traces of light. It’s an ordered disorder if you will.

And of course there is a lot of love to Nabokov. As you say, “a long-distance love affair”.

Yes, exactly. It’s a love affair with his language, with his universe. What I was trying to say in the book regards a certain kind of metamorphosis: the world of Nabokov changed me, completely. It changed my English, made me a writer… But it was a daring thing to do, it was audacious, because I knew that one of the writers I most admired actually looked down on women as intellectuals and artists.

Would something be different without this distance? Would this love disappear?

Maybe, I don’t know. Of course I have met him many times in my dreams. And then I met Dimitri, who is very similar to his father, and we ended up becoming friends and, although he hated most Nabokovians, to my surprise he liked the book very much and wound up helping me. He later asked me to be on the board of the Nabokov Literary Foundation, which is a great honor. I am the only woman on the board, that makes me laugh.

What can we know about your next book?

I am finishing it now. It’s connected to what I was telling you at the beginning, about The Golden ass and The Metamorphoses. And it’s a rewriting of The song of Roland. It’s about the fact that with the first form of transgression begins literature. Tackling a medieval text and deciding that you are going to rewrite it is something frightening and transgressive in and of itself. It’s a desire for literature and an enormous desire for the world that the world can never completely fulfill. It’s this desire that becomes literature. If you love literature, you read and you see that all these works are interconnected. A writer is always rewriting another writer. Shakespeare was rewriting Ovid at times… and in these medieval tales, Ariosto is rewriting The song of Roland, Virginia Woolf is referencing Orlando Furioso, and I think Roland as well. The initial idea was to show and work down that genealogy of metamorphosis in literature. And then I realized that the question that most interested me when I started writing was a question that appears in the last film John Cassavetes made, Love Streams, a very dark film, in which at some point Gena Rowlands goes to a psychiatrist and says: “Is love a continuous stream?” and of course there is no answer. I think in the beginning that was my first question. That’s why I wanted a maximum space-time. And then I realized that there is a connection between love and literature, as Deleuze would say all art is a form of repetition and difference. The same is true of literature, you are rewriting beautiful medieval stories, that are told orally and retold, so you always have this repetition and difference. The same is true of love: love is a story often told that is always the same and yet always different. That was really the beginning of the canvas. And as the work was built I constructed it in seven different colors and it’s a story of love as a form of possession. It’s about why possession is one of the only possibilities for metamorphosis that we have. And there are not that many. It’s very difficult as adults to metamorphose. Beauty is one, love is another and perhaps experience with transcendence. But there are not that many. And if you read through a lot of psychoanalytical literature they will tell you the adult personality is so formed that there are in fact few moments in life when you are able to be metamorphosed. And I think the sensation of possession in love is one of these. The book is entirely about metamorphosis: the metamorphosis of literature, the metamorphosis of the lover and also the metamorphosis of characters.

In some conferences you’ve said that reading makes us better lovers. Could somebody not used to reading understand what you are saying, or your message is only for those who enjoy reading?

They put that title, but my lecture didn’t really have a title. It was actually called “First love”, and it was about Turgenev. I guess I said that at some point, but to be completely honest I don’t fully remember what I said, but I know that what I meant was that reading is not just a solipsistic activity, it makes you look at the world differently. And the world reflects back onto you and you become a co-creator of “reality.” As we look at the world we recreate it through what we’ve read and that in turn is channeled back into a different experience of living. It makes us better observers, and I’m pretty sure what I said in the talk had no sexual connotations, it was really about becoming lovers of life, meaning that it makes us appreciate and see things a lot better and be surprised. In Persian poetry you always have the lover and the beloved, but the true winner in Persian poetry is never the beloved, it is always the lover. The lover is the one who is transformed. And in order to be the most generous, the most imaginative, the most powerful lover that you can be you have to have an immense capability of observation. We are able to love better because we observe better, because we have a better sense of empathy, a greater sense of connection, because we see the small beauties or the details that we wouldn’t otherwise see. And this capability to refine vision is really the great gift of art. It’s something that I learned from Nabokov and that I take with me on my new journeys.

During your interview to Orhan Pamuk he said: “My golden rule for writing a novel is to identify with all the characters. Identifying with the darkest characters is what makes a novel essentially powerful. The finest example is surely Dostoyevsky.” There is some controversy with some cognitive research that relates reading fiction with empathy. Do you agree with this relation? Do you think reading could make us more empathetic?

If you have no interest in books, or in the imagination, I don’t believe reading will produce that alchemic reaction, although I don’t believe that this alchemy is strictly contained in so-called high-brow literature. I was sitting on the airplane next to someone who was reading Song of Ice and Fire and he said that he never reads, but that this book is extraordinary, and it was transforming him in a way that Shakespeare might transform someone else. That alchemy can happen with different types of text in anyone who’s willing to give the imagination a chance. So in that sense, I believe it’s possible, and also with movies as long as there is something to a film. Sometimes “intellectuals” like to discard a lot of popular culture, but I disagree with that stance. In books that appeal to the collective imagination, for instance, I often find some very interesting constructions, there is something there that somehow is intelligent and appeals to people for reasons other than just mass-marketing and consumption. And in that intelligence, there is a potential for transformation. But perhaps that transformation has something to do with observation rather than empathy. We do become better observers of the world, and I’m optimistic in that sense, I don’t think it’s reserved for the happy few. That’s also why it’s wonderful to speak about literature with people who aren’t, strictly speaking, intellectuals. Beyond that, I think there’s a difference between observation and empathy. If literature necessarily makes you more empathetic… I don’t know. That argument makes it sound like literature is a nice little potion, it puts it almost on the medical side. Empathy has a moral compound to it, as if books whispered: “Drink me and it will make you a better person”. And I’m not interested in better people. Chekhov, in a slightly different vein from Pamuk, said he himself was all his characters, which I think we are indeed, both as writers and readers. The Russians believed that the line between good and evil runs through our hearts. And if we are honest with ourselves we can find in our own hearts aspects of all literary characters. In Hebrew “Satan” means “The adversary”, and the greatest adversary, of course, is within ourself, he’s the one who stops us from doing what we would like to do. I love this notion of Satan as the adversary, and if that is indeed the case, then we hold it all inside our hearts. So literature can help in the great task of “knowing thyself”, and perhaps, in the best of cases, of expanding the heart.

You are involved in Narrative4, “a community of empathic global citizens who improve the world through the exchange of personal narratives”.

That’s a somewhat different endeavor, because in Narrative4 you would tell me a story about your life. You tell me your story and I tell you my story — then I tell your story as if I were you and you tell my story as you were me. So we try to get these kids who are very isolated to speak to one other –they come from extremely harsh neighborhoods, are involved in gangs, often have been to jail, one of them was sentenced to twelve years of prison for drug-trafficking…- and it’s wonderful to see the kids opening up. Of course, I think that in an ideal sense you want to say that literature should be doing just that, but it’s a dangerous path because it leads to a moral grounding, and I never want to think that there is a usefulness to art in that sense. But what we do with the kids is giving them a safe space to open up, to bring their mad, painful, chaotic worlds into a space where they feel safe to share and unburden themselves and have other kids listen. And I have done it with some of the kids and it’s funny because it fosters friendships immediately. Everybody is so different, everybody is looking at themselves strangely, and then you exchange a story and you see those kids lightening up because they find it fun and relieving and at times life-saving, so it’s different, it’s like a playground for opening up. It’s a pretext almost for opening a conversation that would never occur, and it’s really about that exchange of voices, that conversation that happens in a playful way. That’s beautiful. What we are trying to do now is create a program called “Empathy into action”, where they actually go into the world and discover that they can impact their own communities through empathy. Just recently, for instance, we did a story exchange in New York between gun owners and gun violence victims. Those things I believe in. I feel that what we do as writers, as intellectuals, as researchers, makes sense insofar as we remain connected to the world. It’s always what I’m trying to do in whatever humble capacity. And I always love to look at people in the eyes. I didn’t really get to know any of my grandparents, unfortunately, but one thing that came down to me from my maternal grandmother was this: she always said “Look at people in the eyes”. And that, for me, is empathy. And it has changed my life, our lives many times. My mother escaped the airport in Iran, during a day of great convulsion in which the country eventually closed its borders, and she escaped because somebody saw her cry and asked why, and she looked him in the eyes, and he told her she was going to get on the last flight out, and she was in fact the last person to be called on that last flight out, although she had no ticket, no reservations, just a suitcase full of photographs. And in far less dramatic circumstances I have seen the lines of my own life change because, in the most random of circumstances and the strangest of places, I looked at someone in the eyes and said “Could I please do this? Could I go there?” And they said “Yes”. But that’s because for one minute you have looked at them and you are really saying “You, as human being, would you help me?” For me it’s one of the miraculous things of life. To see that although we have that line between good and evil that crosses our heart, it is possible, by looking into somebody’s eyes, to sway them toward the best part of themselves. And for me that’s the most magical experience in life. It happens all the time. You see people who are angry, look mean and it seems they are out there to trample you, but then you look at them in the eyes and all of a sudden there is a moment of perturbation, a vacillation and then something changes for no reason at all. It’s incredible. All of a sudden you connect with what is truly human in them in the best possible way.

Last question: some book recommendations to better understand Lila’s universe?

I would definitely put The Golden Ass by Apuleius, I would read the Persian poet Hafez, who influenced Goethe a lot, I love more than any work in the world The Odyssey, I absolutely adore it. I love Hamlet for other reasons, and I read a lot of poetry, among contemporary authors, my favorites are Anne Carson and Michael Ondaatje, who is also an extraordinary novelist (to me he embodies the ideal that at their best prose and poetry are but one and the same). The common thread between all of them is that they illumine the world. Hannah Arendt said that in the darkest of times there are a few men and women who keep on shining their light over the path. And for me that’s exactly the task of the great writer. And so we circle back to light…


Propuesta de libros para desterrar tras la revolución

Doña Inés y Don Juan (Biblioteca virtual Cervantes)
Doña Inés y Don Juan (Biblioteca virtual Cervantes)

Desde hace unos años, cada noviembre se representa en el madrileño Campo de Cebada una versión actualizada de Don Juan Tenorio de José Zorrilla. Se trata de una propuesta financiada por crowdfunding que propone, entre otros aspectos, recordar que el teatro por antonomasia es la reunión del pueblo ante el hecho teatral. Aquí se puede encontrar toda la descripción del proyecto, del que la prensa nacional se hizo eco en su momento. Como todas las iniciativas, este don Juan dirigido por César Barló (uno de los directores jóvenes más interesantes y comprometidos de la escena actual española) tiene sus detractores y sus admiradores. Es algo que suele suceder siempre que se pone en pie cualquier adaptación del mayor mito literario de nuestro país, desde que Tirso de Molina (o quien fuera el genio) escribió El burlador de Sevilla. Sin ir más lejos, el que esto escribe mantiene desde hace años una bella relación de amor/odio con el texto de Zorrilla: lleno de ripios imposibles, pero con un ritmo y una teatralidad que no siempre la dramaturgia española ha sabido igualar.

Viene todo esto a cuento de un artículo aparecido hace unos días en La Marea, un medio que apuesta por la regeneración democrática de nuestro país. El artículo en cuestión parte de una premisa indiscutible (a saber, que el personaje de don Juan es un chulo camorrista y violento) para concluir que «forma parte de una tradición que habría que desterrar de una vez por todas» y que «la violencia simbólica del Tenorio debería ser repudiada de oficio por quienes hablan de crear espacios de ciudadanía».

Mucho se podría decir para rebatir este punto de vista, pero en el fondo esta polémica es tan antigua como la propia literatura. ¿Debe ser el arte un reflejo de la virtud? ¿No es acaso necesario mostrar también los defectos humanos para poder reconocerlos y vencerlos? ¿Es machista la obra llamada Don Juan Tenorio o lo es su personaje principal? ¿No es el texto de Zorrilla (así como los de Tirso, Molière, Mozart, Antonio de Zamora…) un ejercicio moralizante que nos enseña que quien sigue esa conducta termina siendo castigado por la justicia humana, divina o poética? ¿Es nuestra lectura tan simple como para deducir que series actuales como Dexter, Mad Men, Breaking Bad o The Wire incitan al asesinato, a la infidelidad y al tráfico de drogas solo porque sus protagonistas se sitúan al otro lado de la ley o la moral? Y más allá de gustarnos o no la figura del Tenorio, ¿no es el feminismo una causa mucho más seria y necesaria que el preocuparse por si don Juan se tira o no a una monja, o si al final de la obra es redimido por su amor?

Nuria Varela, autora del artículo, se pregunta si no existe en el teatro español «otra obra que genere emoción, consenso, disfrute y que, efectivamente, pueda considerarse su representación un acto comunitario». Es difícil encontrarla, la verdad. Intenten recordar ustedes otra obra de la que la práctica totalidad de los españoles conozca cuatro versos seguidos. No, ¿verdad? Nos guste o no, el Tenorio forma parte de nuestra tradición literaria. Esa tradición que, vuelvo a citar, «habría que desterrar de una vez por todas».

Hablemos claro: la tradición que necesitamos desterrar de una vez por todas en este país es la de prohibir los libros. El cierre de los teatros en el Siglo de Oro, el de las fronteras y universidades durante el reinado de Fernando VII, la prohibición de que las mujeres accedieran a estudios universitarios durante muchos siglos, el destierro de Unamuno, el asesinato de Lorca y la censura franquista (por poner solo algunos ejemplos punteros de esa tradición tan española) tienen un denominador común: la proclamación de un orden constituido en torno a una idea en cuyo nombre se deben prohibir determinadas obras literarias. Es cierto que en el artículo antitenoril no se mencionan en ningún momento conceptos como prohibición o censura sino el más suave destierro; pero ya somos todos lo suficientemente mayores como para reconocer un eufemismo cuando nos lo encontramos de frente.

José Zorrilla (Wikicommons)
José Zorrilla (Wikicommons)

¿Qué queremos entonces? ¿Quemar libros en la plaza mayor del pueblo? Si es así, digámoslo bien alto. Porque si a partir de ahora el rasero para medir la literatura es el machismo del texto, nos vamos a ahorrar mucho en bibliotecas. Así que, como es posible que esta regeneración democrática y revolucionaria se consolide y logremos un futuro justo y fraternal en el que no haya lugar para las obras literarias perjudiciales, contribuyamos desde hoy mismo proponiendo una lista de lecturas peligrosas. Que haberlas haylas, por supuesto. Y si son muchas no pasa nada. Todas desterradas. El futuro que nos aguarda seguro que nos proveerá de autores y autoras que nos fascinarán lo suficiente como para no echar de menos aquellas obras que hoy en día consideramos imprescindibles.

Empecemos por los orígenes: la Iliada, la Odisea y la Eneida. Tres obras sobrevaloradas en las que las mujeres son malas, dóciles y sumisas. Esa Helena de Troya por cuya culpa comienza una guerra, esa Penélope que espera durante años el regreso del marido que ha preferido irse a la guerra, esa Dido enamorada que se quita la vida al ser abandonada por el héroe misógino. Desterremos todas ellas, acompañadas por el resto de la mitología griega con la Metamorfosis de Ovidio a la cabeza, donde ese cabrón de Zeus le ponía los cuernos a su querida esposa disfrazándose nada más y nada menos que de lluvia dorada. Y otro tanto con las tragedias griegas, por supuesto: ¿qué es eso de que existan mujeres como Medea, asesinas de sus propios hijos solo por vengarse de su marido? ¿Qué decir de la Orestíada, donde la malvada Clitemnestra ha conspirado para matar a su esposo? ¡Al fuego purificador con semejantes barbaridades! Y no me hablen ahora de Antígona: mucha imagen de revolucionaria contra el poder dictatorial de Creonte, sí, pero bien que se alegraba de ser una niña sumisa a los caprichos de su padre en Edipo en Colono.

La Edad Media está repleta de historias que es mejor que nuestros descendientes no conozcan, no sea que cojan ideas: quién sabe si el elevado número de mujeres violadas cada año en todo el mundo se debe a la mala influencia del Cantar de mío Cid y el episodio de la afrenta de los infantes de Carrión. En el Libro de buen amor, el autor se atreve a relatar ¡jocosamente! sus aventuras amorosas riéndose de las gordas, las feas y las brutas. Por supuesto, los malvados islamistas trajeron obras muy perjudiciales a la Península: es el caso del Calila e Dimna, cuya adaptación medieval a nuestras letras tomó el título de Sendebar. Mucho cuidado con este libro, amigas: se trata de una colección de cuentos de influencia árabe, persa e hindú que lleva el sobrenombre de El libro de los engaños y de los ensañamientos de las mujeres. ¿Necesito decir algo más o lo condenamos ya a la hoguera? Porque los cuentos son así, que en la brevedad está el peligro. No hay más que recordar el Decamerón y esas pobres mujeres engañadas por hombres manipuladores que solo pretenden meterse entre sus piernas para enseñarles a meter el diablo en el infierno. Otro tanto sucede con Los cuentos de Canterbury, y por supuesto en Las mil y una noches: piensen en la pobre Scherezade, sin saber durante casi tres años seguidos si va a morir al día siguiente o no. O la literatura de viajes medievales, donde no aparecen mujeres viajeras. O la hagiografía, con el modelo de virtud mariana de Gonzalo de Berceo. Casi mejor metemos toda la literatura medieval en un saco, que además está llena de antisemitismo y antiislamismo y no puede ser que basemos nuestro futuro en la perpetuación del racismo. La Divina comedia podría tener un pase; pero solo el Paraíso, porque está muy bien que sea una mujer la que guíe al protagonista. Nada de Infierno ni Purgatorio, seamos serios. Que ahí hay muchas mujeres condenadas por ser infieles a sus maridos. A ver si en nuestra revolución las mujeres no van a poder gozar de una libertad sexual. Libertad ante todo, señoras y señores. Aunque para ello haya que eliminar la libertad de acceder a según qué libros.

¿Qué podemos hacer con el Orlando furioso de Ariosto, con el mito artúrico creado por Chrétien de Troyes y con la posterior oleada de novelas de caballerías? No existe otra opción que la de enviarlas al fondo del mar, porque fueron esos malvados libros los que comenzaron a difundir la peligrosísima idea de los caballeros andantes que tenían que proteger y liberar a las damiselas en peligro. La otra cara de la moneda está representada por la Celestina, donde parece ser que no puede existir una mujer inteligente si no es puta.

Es obvio también que existe un consenso acerca de que el Siglo de Oro español es una fosa hedionda de machismo a flor de piel. Da lo mismo que existan monólogos que defiendan tan intensamente la libertad de la mujer como el de Dorotea en el Quijote, el de Laurencia en Fuenteovejuna, el de Tisbea en El burlador de Sevilla o los de Magdalena en El vergonzoso en palacio. Vista en su conjunto, es muy probable que no exista ninguna literatura anterior a esta en la que cobren tanto protagonismo las mujeres que quieren ser dueñas de su propio destino. Pero no importa: existen un puñado de dramas de honor en los que la mujer tiene que morir aunque solo sea por una sospecha. Y eso es suficiente como para enviar todo el Siglo de Oro al cajón del olvido del que nunca debió salir.

Nada de todo esto es comparable con el malvado Shakespeare, cuyos grandes personajes femeninos son manipuladores y sanguinarios o simples marionetas que sufren las acciones de los hombres sin ningún control sobre su vida. A no ser, claro, que sean mujeres a las que hay que apalear y hasta matar. Ese y no otro es el punto en común entre Lady Macbeth, Goneril y Regan (las hijas malas de El Rey Lear), Ofelia, Julieta y Desdémona. Es cierto que algunas mujeres shakesperianas son más proactivas: Rosalinda y Porcia en Como gustéis y El mercader de Venecia, por ejemplo. Pero ambas tienen que vestirse de hombres para solucionarlo todo, así que de nuevo nos vemos en la obligación de mandar a Shakespeare al cadalso. Y no seguimos, porque no queremos tener que rasgarnos las vestiduras al recordar esa apología de la violencia doméstica que es La fierecilla domada. En cuanto a Molière, ni nos detendremos a analizarlo: que se atreva el muy rufián a tener obras como Las preciosas ridículas o La escuela de las mujeres nos debería llevar a denunciarlo al tribunal de ofensas literarias que aún tenemos que fundar.

Lady Macbeth con dagas, de Johann Heinrich Füssli
Lady Macbeth con dagas, de Johann Heinrich Füssli.

Tenemos la suerte, eso sí, de contar con el modélico siglo XVIII. Tras nuestra gloriosa revolución igualitaria, en todos los teatros patrios (si es que decidimos finalmente que siga habiendo teatros, claro) se repondrá El sí de las niñas de Moratín, obra divertida y gratificante como pocas. Después tendremos que taparnos la nariz de nuevo ante el siglo XIX, lleno de delitos literarios: Bécquer y su falso sentimentalismo lleno de misoginia; las mujeres engañadas, locas y mendigas que pueblan Fortunata y Jacinta; y sobre todo, las tres grandes novelas europeas sobre mujeres infieles: Anna Karenina, Madame Bovary y La Regenta. Desgraciadas e incomprendidas mujeres escritas y descritas por insensibles manos masculinas: no parece casualidad que las tres terminen siendo castigadas tras (re)plantearse su felicidad conyugal. Y es que la justicia poética masculina no tiene piedad alguna con las pecadoras. No, no insistan. Será mejor que nos detengamos aquí, porque el siglo XX es un espejo de inmundicias y ejemplos perniciosos. ¿O acaso existe obra más machista que La casa de Bernarda Alba?

Este rápido recorrido podría seguir ad nauseam, pero creo que es más que suficiente para entender lo que quiero decir. En su Bibliografía de las controversias sobre la licitud del teatro, Cotarelo Mori hace un exhaustivo repaso por todo tipo de textos en contra y a favor de la comedia. Son más de setecientas páginas repletas de joyas en contra del arte teatral, los actores y los poetas. No es necesario indagar mucho para encontrar textos como el que sigue:

Por donde concluyo que de mi parecer, aunque vale poco, no solo se habían de derribar los teatros y desterrar los poetas de estas cosas, sino cerrar las puertas de las ciudades y pueblos a los comediantes, como a gente que trae consigo la peste de los vicios y las malas costumbres.

Este texto del siglo XVI, firmado por un fraile dominico llamado fray Antonio de Arce, tampoco menciona la palabra prohibir. A él también le gusta utilizar desterrar para eliminar por siempre de su mundo «la peste de los vicios y las malas costumbres». Las mismas que caracterizan al protagonista de Don Juan Tenorio, «el prototipo de aquello que buena parte de la ciudadanía queremos erradicar». Ustedes dirán qué hacemos entonces: o nos ponemos a prohibir libros por si acaso, o dejamos que existan y que cada uno se acerque a ellos como le apetezca y que saque la conclusión que considere oportuna.

Quizás sea más productivo, en nombre de ese futuro solidario que deseamos y necesitamos, reivindicar todo aquello relacionado con la cultura. Los libros, no lo olvidemos, son la mejor ayuda para desenmascarar a aquellos que se postulan como la cura para la sociedad enferma en la que vivimos; pero que, en el fondo, no distan mucho de ser como el cura y el barbero del Quijote que tanto gustaban de quemar libros.

A tale of Decameron, de John William Waterhouse
A tale of Decameron, de John William Waterhouse.