Claudio Caniggia: «Maradona siempre le puso el pecho a todo, era como un indio salvaje»

Fotografía: Jose A. Ramos

En los años en los que el rock and roll dominaba la cultura popular, Argentina jugaba al fútbol con dos melenudos por delante, Caniggia y Batistuta. Incluso hoy, con sus gafas de cristal púrpura, Claudio recuerda a Robin Zander, de Cheap Trick. En ocasiones, estos «rockeros» por detrás tuvieron a Dios. A Diego Armando Maradona. Pero fue en ocasiones porque las suspensiones arruinaron el potencial de aquella selección. A estas alturas, Claudio Caniggia (Henderson, Argentina, 1967) no quiere hablar de nada extrafutbolístico, pero sí que recuerda momentos épicos de su carrera que son historia del fútbol. Nos encontramos en Málaga, junto al exfutbolista local Antonio Vega y el periodista Camilo López. En el repaso a su trayectoria, Caniggia rechaza valorar a los futbolistas por su técnica y florituras, para él los buenos son los que aparecen en el momento cumbre. Cuando hay que aparecer. No hay más.

Eres un futbolista salido del medio rural.

Henderson era un pueblo chiquito, de unas siete mil personas. Yo no es que fuera un hombre de campo, pero prácticamente crecí en un pueblucho. Puede que se note en mi carácter, no soy de Buenos Aires. Soy un poco más desconfiado, me protejo más. Allí lo que tenía era el campo a treinta metros de mi casa. Desde que tuve cinco años, me pasé ahí todo el día. Era un terreno que nosotros llamamos potrero. La pelota iba para donde quería. Era terrible. Pero jugar en potreros lo que te daba era algo diferente a tu fútbol. No solo lo digo yo, ya se ha hablado mucho de esto, hasta Pelé lo decía: «A nosotros la pelota nos botaba para cualquier lado». En el potrero, a salir con el balón con gente alrededor, a pensar, lo aprendes instintivamente. Luego llegas a un campo de verdad y es un lujo.

Donde yo jugaba, en un equipo que se llamaba Juventud Unida en el que había jugado también mi padre, en el campo había zonas con zarzales. Por ahí pasaban después los corderos para quitarles la lana. Nadie quería pasar por esas zonas del campo, si corrías por ahí se te llenaban las medias de espinas; luego, cuando te golpeaba la pelota, se te clavaban. Te ponías perdido de sangre, era un dolor terrible. Veinte espinas clavadas. Y si te caías…

Hiciste atletismo también.

Me gustaba mucho, corrí cien, doscientos y cuatrocientos metros. Lo que más me gustaba era el salto de longitud. Me encantaba saltar y quizá eso se quedó en mi estilo a la hora de correr sobre el campo. Siempre me dijeron que corría encogido, que me agachaba un poquito para coger velocidad, pero yo lo hacía por los rivales, para meterles el cuerpo en carrera. Si vas erguido, te tiran con solo tocarte un poquito. Una vez leí que Usain Bolt le dijo a Cristiano Ronaldo que tenía que correr con la espalda más derecha, pero no es lo mismo correr con la pelota que en la pista. Bolt hace muy bien los cien metros, pero no puedes correr como un atleta en un partido de fútbol. Ahí hay gente que te quiere desacomodar, no puedes arrancar con el pechito para adelante.

Fui a muchas competiciones de atletismo en las ciudades alrededor de mi pueblo, no competí a nivel nacional porque era muy joven, pero me hubiese gustado. Pero no creo que fuese rápido jugando al fútbol por haber hecho atletismo, ya era rápido de por naturaleza. Puedes aprender a correr, mejorar tu salida, por ejemplo, pero no se puede aprender a correr más rápido. Eso no se puede mejorar.

Con quince años te plantaron en Buenos Aires para jugar en River.

Carlos «el Negro» Jaimerena era de una peña de River en mi pueblo. Jugaba al billar con mi padre y un día propuso que me llevaran a probar. Todas las peñas hacen estas cosas. Llamó al club, le dijeron que fuéramos y nos presentamos allí los tres en un auto. Me probé como 8, que era lo que me gustaba, pero cuando vieron mi velocidad me pusieron de 7. Yo en realidad era de Boca, desde chico escuchaba los partidos por la radio y mi padre, que era comerciante y de vez en cuando iba a la capital a por electrodomésticos, me llevó alguna vez a la Bombonera.

Pero el problema de verdad fue que pasé de un sitio donde conocía a todo el mundo a, de repente, verme en una ciudad como Buenos Aires completamente solo. No tenía amigos, cambiaba de colegio cada año. Con quince años no eres niño ni adulto. No fue fácil para mí. Me encontré, además, con un equipo de pibes que llevaban tres o cuatro años jugando juntos y se bancaban entre ellos, se protegían. Ahí empezaron los problemas. Yo era el nuevo, le quité el puesto al que llevaba ahí años y dijeron: «¿Qué pasa acá?». Con dieciséis años estuve a punto de volverme. No solo por esto, también porque tenía que ir hora y media en autobús al colegio, luego coger un tren, luego otro autobús. Estaba agotado y no tenía relación con casi nadie. Vivía con mis tíos y mis primas. No fue fácil. Si no es porque me convence mi madre, que me dijo que me quedase un poco más, hubiese renunciado. El segundo año fue más fácil y no volví a tener deseos de volver al pueblo.

Te apodaron el Pájaro.

Se le ocurrió a un periodista cuando empecé a jugar en primera. Era porque corría con las puntas de los pies y parecía que no tocaba el suelo. No apoyaba el talón prácticamente. Alguien dijo que volaba y a otro se le ocurrió llamarme el Pájaro. También se dijo el Hijo del Viento, que se lo decían a Carl Lewis.

Cuando subiste a la primera plantilla, se recuerda de ti que salías de cada entrenamiento lleno de arañazos porque no te podían atrapar.

Me pegaban bastante. Hijos de puta [risas]. Cuando empiezas a entrenar con los de primera te enseñan el rigor. Me daban duro, me mataban a patadas, pero me tenía que callar. Tenía que levantarme cada vez y seguir. Nunca me lamentaba. Ruggeri decía que, cuando me daban, iba al suelo, me ponía de pie y en la siguiente jugada volvía a encararles otra vez. «Le dábamos, pero el hijo de puta seguía encarándonos», decía. Obviamente, te querían intimidar. Ahora también pasa, pero si le dan a uno en los entrenamientos sale en todas partes. Ya ha pasado. Entonces no podías decir nada. ¿Qué ibas a decir? Y te hacías jugador, u hombre, como quieras llamarlo, más rápido.

Ruggeri decía que te daban igual los golpes y que no sabías ni con quién jugabas el siguiente partido.

Sí sabía contra quién jugaba, lo que no sabía era quién me iba a marcar. Salvo los jugadores más importantes de cada equipo, no conocía a los demás. Los periodistas me preguntaban a propósito quién me marcaba y yo contestaba: «No lo sé, qué quieres que te diga». Igual era inconsciencia, pero así me quitaba preocupaciones. Si yo estaba bien, no necesitaba saber quién me marcaba. No quería tanta información en mi cabeza. Ni siquiera en los Mundiales. Seguí igual. Mi mente funcionaba así.

Ese River ganó la Copa Libertadores y luego la Intercontinental al Steaua de Bucarest.

Era muy difícil debutar en ese River, había ocho o nueve jugadores internacionales entre uruguayos y argentinos. El club tenía dinero en esa época y compraba lo mejor que había en circulación por Sudamérica. Estaban Pumpido, Ruggeri, Henrique… el centro del campo de la selección argentina campeona del mundo en el 78, Gallego y Ardiles… Hubo jugadores mejores que yo en las categorías inferiores que no pudieron jugar en ese River.

Pero cuando debutaste se dijo que no se veía nada igual desde Maradona.

Es verdad que fue un ascenso bastante rápido, arranqué a jugar y desde el primer partido encaraba, cogía la pelota y me iba para delante. Jamás me sentí intimidado. Nunca me puse nervioso. Era un poco inconsciente en ese momento. Pero fue Bilardo el que le dijo al técnico del primer equipo, Héctor Veira, que me sacase. No se la quería jugar con los pibes, que los había muy buenos, pero no los ponía. Bilardo me conocía porque utilizaba a las categorías inferiores de River como sparring de la selección argentina que luego ganó la Copa del Mundo del 86. Le dijo: «¿A este pibe qué haces que no lo pones en primera?».

Cuando llegas arriba es muy bonito, pero nada de lo que has hecho antes vale para nada. Muchos muy buenos llegaron y se cayeron. Jugaban uno o dos partidos, después iban al banco y al final desaparecían. Cuando yo aparecí, me faltaba mucha experiencia, pero era como si hubiese jugado toda mi vida en primera. Me adapté.

Puedes tener la técnica que quieras, pero si no tienes cabeza… La mentalidad es más importante que la técnica en el máximo nivel. Tienes que saber que los espacios son más reducidos, que no puedes ponerte a gambetear como si tuvieras dieciséis años, tienes que entender que el juego es más rápido, más fuerte y tácticamente tienes que prestar más atención a tu ubicación, al juego posicional. Todo eso lo tienes que aprender muy rápido. Yo no tuve ese problema, también porque era muy vertical; cuando había que ir, iba y punto. No hacía jugadas para perder el tiempo.

Esas cabalgadas tuyas recuerdan a las de Ronaldo Nazario, o al revés.

Sí, a pesar de que la posición en el campo era diferente, él era un 9, más delantero, lo mío era arrancar de atrás. En principio, yo partía como wing. En River jugábamos con tres arriba. Estaba Alzamendi, el uruguayo que jugaba en la selección, a él no le iban a largar de la derecha, así que tuve que aprender a jugar desde la izquierda. Nunca lo había hecho, ni siquiera en las categorías inferiores.

Y lo hacías contra esas defensas sudamericanas de la época…

El fútbol argentino y el italiano son los más difíciles del mundo. Te pegan, te dan codazos, no les importa. Vas a sacar un córner y te escupe toda la tribuna, te reputean. Pero eso nos pasa a los argentinos desde que somos chicos, por eso nos acostumbramos a la presión y por eso mismo cuando salimos fuera no existe la presión para nosotros. Cuando teníamos trece años, íbamos a sacar un córner y los padres del equipo contrario nos decían de todo. Nos apedreaban. Tipos de cuarenta años insultando a pibes de trece. Es una vergüenza, pero Argentina es así. Desde chico juegas en un ambiente hostil, luego te vas a Europa y te parece un juego de niños. No te causa sorpresa nada de lo que ves. Te gritan cuatro, vale, ¿y a quién le importa?

En el campo las patadas eran terribles. Todo el tiempo. Yo, que era finito, flaquito, volaba cinco metros cuando me daban. Alguna fractura me costó. En la Libertadores igual, ibas con un cuchillo entre los dientes a jugar a Paraguay, a Colombia… te mataban. Era horrible. Ahora hay cámaras, pero en esa época era el terror. Ibas a sacar un córner y no sabías si ibas a salir con un ojo menos. A mí me agarraban del pelo…

Es como dijo Riquelme hace unos meses, que Messi es un fenómeno, pero en Argentina acabaría lesionado dos o tres veces por año y no podría jugar todos los partidos. En Argentina tampoco podría tirar paredes en el área chica, porque le irían a buscar antes y le pegarían, le frenarían. Con inteligencia, pero le desacomodarían. No quiero decir que aquí no pasen esas cosas, pero el jugador sudamericano está más acostumbrado a ese tipo de fricción. A ser listo. Es así, es la naturaleza. Es como crecemos en Argentina, Brasil o Uruguay. Como sé que eres muy bueno y me vas a pintar la cara, no te voy a dejar salir. No te respetan. En Europa, a los grandes equipos les dan, pero no les dan tan fuerte. Allá no importa quién sos. Cuando volví a Boca en el 95 con Maradona me daban igual. Nos tenían respeto, pero dentro del campo, si te tienen que colgar con un alambre, te cuelgan. Así es Argentina.

Pronto llamaste la atención de los clubes europeos.

El primero que vino a por mí fue la Roma. Estaba todo listo, yo tenía diecinueve años, pero no pudo ser, ¿sabes por qué? Porque alguien, no voy a decir quién, se quería quedar con el 15 % del traspaso, que es una comisión que le corresponde al jugador. Habría jugado unos treinta partidos en primera y me ofrecieron un contrato de tres años. También lo intentó la Juventus. Yo no tenía representante, no había esas cosas, iba con mi padre a negociar porque sabía algo de contabilidad. Era el año 87, la Roma ponía cinco millones, a mí me correspondían cuatrocientos mil dólares. Eso era una fortuna en aquella época. Ya habían adelantado un millón, pero dije que no. Quería mi 15 %. Yo no le había costado a River ni una moneda. Al año siguiente vino el Verona ofreciendo un buen contrato y entonces sí decidí irme.

¿Hubo mucho cambio de Argentina a Italia? Dijiste que tenías agujetas hasta en las orejas.

Yo lo aprendí todo de Bilardo y del fútbol italiano. Era un fútbol mucho más cerrado, había que moverse mucho, si no, te comían. El italiano es el fútbol más difícil en el que he jugado. En los ochenta, los máximos goleadores del Calcio no marcaban más de veinte goles. Maradona fue máximo goleador en la temporada 87-88 con quince goles. Yo hacía unos diez u once. Había muy pocas ocasiones, se trabajaba muchísimo. Mucho.

Nunca me he entrenado como allí. Era terrible. Aunque solo lo pasé mal el primer año, en el segundo el cuerpo tiene memoria y se adapta. Pero eran entrenamientos extremos. En la pretemporada hacíamos tres al día, durante veinte días, en una montaña. Troglio, que era un tractor, tampoco podía. Al final del día, le decía: «¿Vos estás como yo o soy yo solo?». Y contestaba: «Estoy hecho polvo». Cenábamos a las ocho de la noche y nos tirábamos en la cama. Pero luego veías a tíos como Thomas Berthold, el internacional alemán, que cuando salíamos a correr a la montaña él iba solo un kilómetro por delante de los demás.

¿Sufriste al Milan de los holandeses?

Les hice dos goles en un mes. Con uno de esos dos les echamos de la Copa. También recuerdo haberles hecho uno muy lindo de vaselina un día que luego nos ganaron con un gol de Van Basten en el último minuto, que le dio a uno de los nuestros en el hombro y entró. ¿Sabes que al principio Van Basten tenía problemas con Sacchi? Pensaba: «¿Para qué trajimos a este?». Y él se quería ir. No tenían buena relación. Jugando, lo impresionante era cómo te presionaban. No te dejaban. Y se lo hacían a grandes equipos, jugaban igual contra el Inter o contra el Madrid, al que le metieron cinco.

¿Es verdad que a los extranjeros el primer día os llevaban a vestiros bien?

Eso le pasó a Van Basten, precisamente. Un día salieron a algo con sus trajes y él iba con calcetines blancos. Le dijeron: «Perdona, ¿qué es esto?». Siempre que llegaba un jugador le llevaban a vestirle. Tienes que tener en cuenta que en los ochenta no había información como ahora, que puedes pedir lo que sea por internet y hay setecientos canales de televisión. Antes nadie tenía información de un carajo. Si llegabas a Italia con veintiún años, que aquello era el Hollywood del fútbol, te llevaban a comprar ropa, varios trajes, camisas, zapatos y te explicaban cómo iba la cosa. No porque fueses mal vestido, sino porque querían que fueses bien, como se iba en Italia.

¿Por qué fichaste luego por el Atalanta?

A veces me dicen que podía haber jugado en equipos más fuertes y es verdad, pero fue así porque el fútbol era distinto, los cupos de extranjeros lo complicaban todo. Mira al brasileño Junior, fue al Pescara y al Torino. Enzo Francescoli, uno de los mejores jugadores que he visto, fue al Cagliari. Toninho Cerezo, a la Sampdoria. Zico, al Udinese. Maradona no fue ni al Milan ni al Inter ni a la Juventus, sino al Nápoles, que el primer año peleaba en mitad de la tabla. Gica Hagi, al Brescia. Ramón Díaz, uno de los mejores defensores que vi en mi vida, ¡al Avellino fue!

Ahora se ha perdido la esencia con tantos extranjeros. Antes los vestuarios estaban mucho más unidos porque estaban todos los italianos y nosotros, dos o tres extranjeros. Ahora hay quince tipos y son todos de fuera. Esos grupos ya no son tan compactos como antes.

¿Cómo viviste que Maradona ganase dos ligas con el Nápoles y tirase una, o lo que fuera aquello?

Fue una historia rarísima, llevaban cinco puntos de ventaja, cuando ganar eran dos puntos, y faltaban cinco fechas. Era casi imposible que lo perdieran. Circulan muchas leyendas sobre lo que pudo pasar. Pero ganó dos. Con un par de incorporaciones, ese equipo medio, después del Mundial del 86, se puso a pelear por la liga y ganó dos. Por eso Maradona es el jugador más grande de la historia del fútbol. Porque se fue al Nápoles. Esto hay que tenerlo en cuenta cuando se hacen comparaciones, porque parece que hablamos diferentes idiomas. Maradona fue el jugador más trascendental de la historia del fútbol. Tenía que pelear contra el poderío económico y también político del norte de Italia, y llevó al Nápoles a ganar dos campeonatos y perder otro de forma extraña.

No hay un jugador capaz de repetir eso. Se rodeó de buenos jugadores, sí, pero no olvidemos que Maradona regaló un 30 % de lo que pudo dar de sí. Entrenaba cuando le salía de las pelotas y todos los demás problemas, que no es necesario que los diga porque ya los sabemos. Fue el mejor de la historia regalando el 30 % de su carrera.

Diego le dijo a Bilardo que te llevase al Mundial, que, si no, él no jugaba.

Lo dijo Diego. No lo sé. Eso lo sabrán Maradona y Bilardo. Lo escuché por primera vez en televisión.

¿Cómo fue la preparación para Italia 90? Tras ser campeones del mundo en el 86, en la Copa América del 87 y del 89, parecía que la selección pudo haber dado más.

Argentina siempre tuvo problemas. Para el 86 se clasificó en el último momento con un gol a Perú en cancha de River que fue terrible, si no lo mete, Argentina estaba fuera; tiró Passarella, dio al palo y la metió Gareca. El Gobierno estaba presionando para que sacasen a Bilardo, llamaban a Grondona para que lo echase. No se daban los resultados, se perdía y empataba contra equipos mediocres, pero él estaba haciendo su trabajo, lo que consideraba. Se ponía en duda a Maradona, se discutía si debía jugar o todavía no. Para muchos era mejor que no fuese titular todavía.

También era verdad que con los que tenían que hacer el trabajo táctico Bilardo era terrible. A Ruggeri lo llamó un día y le dijo que se presentase en su casa, pero con ropa para jugar. Se presentó ahí confundido y Bilardo le hizo bajar a una plaza que había enfrente de su casa, donde estaban unos chicos de ocho o nueve años jugando al fútbol. Le dijo: «Venga, ya lo arreglé con ellos». Quería que jugase con ellos. «Patéale», le dijo. A un chaval de nueve años que estaba en el arco. «Pero es un chico, Carlos… no puedo». «¡Patéale!», insistió. Quería probar a ver si se había recuperado de una lesión.

Los jugadores vivían momentos que… Al Vasco Olarticoechea lo llamó a casa y le preguntó qué hacía. Le contestó que iba a llevar a su familia en coche a un sitio. Le dijo: «¿Por qué autopista?». Y le esperó en un kilómetro, detrás de un peaje. Allí le paró el coche y le dio una charla técnica pintando con un ladrillo en la pared de una casa que había al lado de la carretera.

El Loco era así, hacía cosas rarísimas. Nos grababa a todos, tenía a un tipo escondido en una parte alta tomando vídeos de los entrenamientos. A mí me hizo ver un vídeo mío en el que me mostró con los brazos en jarras. Me dijo que no podía ponerme en esa posición durante un partido porque parecía que estaba cansado y eso lo podía ver el rival y coger confianza. También me pasó vídeos enseñándome cómo me tocaba el pelo, decía que eso me quitaba concentración. Usaba los vídeos para tener pruebas cuando te decía algo. Apoyarse en algo. Yo luego me puse una cinta en el pelo.

Si tenía una charla contigo, llamaba a dos testigos. Si había una mala onda, quería que en el futuro uno no dijese que había pasado una cosa y él otra. En el 90 me lo hizo antes del primer partido, en el que no jugué el primer tiempo. Hubo una historia dos días antes, cuando dio la alineación del equipo y yo me enfadé con él. En una cena hubo mucha bronca, por mi parte hacia él, y me llevó a una habitación a hablar conmigo, pero con testigos. Tuvimos que estar ahí dos minutos los dos en silencio esperando a que llegasen Olarticoechea y Ruggeri. Cuando entraron, tenían a Bilardo de espaldas y se rieron mirándome. En cuanto él se dio la vuelta, se pusieron automáticamente serios los cabrones [risas]. Entonces Bilardo me habló y ellos solo tenían que escuchar, no podían opinar. Era una cosa entre él y yo.

Las concentraciones con él tenían que ser amenas.

Yo las recuerdo con Troglio, que era mi compañero de habitación porque habíamos ido juntos al Verona. Una semana antes de jugar contra Camerún, estábamos en la habitación jugando con la consola. Teníamos una con el Mario Bros y estas cosas. Esa noche estábamos jugando al tenis. Era la una de la mañana y no nos podíamos dormir. Llevábamos un mes concentrados, fuimos el primer equipo que llegó. Bilardo tenía la costumbre de ir habitación por habitación de los nuevos entrando sin tocar a la puerta. Con los que habían ganado el Mundial del 86 tenía otro trato. Esa noche asomó la cabeza y, como no tenía ángulo para ver la cama de Troglio, solo me vio a mí con el mando. Bilardo dio un paso para verle a él, y en esos dos segundos, Troglio soltó el mando y se puso a hacer que dormía. Bilardo se fue y le empecé: «Pedrito, maricón, puto, cómo podés…». Luego, en la sala de televisión, nos dio una charla a todos y se quejó de que yo esa noche estaba jugando al videojuego, ahí a ver si entraba la pelotita, en lugar de estar viendo vídeos de Camerún.

Pues bien, después de eso estaba yo comiendo y me llegó Maradona. Me dijo: «Ven, Claudio, tenés que ver esto». Subimos Maradona y yo a la sala de televisión, fuimos despacito, y me dice Diego: «Ahí lo tenés». Estaba Troglio tumbado, él solo en toda la sala, viendo un Camerún-Sudáfrica o qué sé yo. Él solito. Me acerqué y le dije: «Pedro, sos una mierda, un cagón hijo de puta, no puedes ser tan rata y hacer lo que te dijo» [risas]. Pero era un fenómeno Troglio, ¿eh? Un gran tipo. Maradona también le dijo ahí, pero es que Pedro era tan bueno que no le podíamos decir mucho.

Otra vez entró Bilardo en la habitación y yo estaba fumando. Empecé a fumar en las concentraciones porque me aburría. Un día le dije a Troglio: «Pedro, fúmate un cigarrillo, maricón». Él no había fumado en su vida y dijo: «Bueno, me voy a fumar uno». No se sabía tragar el humo ni nada. Se puso a fumar el primer cigarro de su vida y justo ¡entró Bilardo! Salió de ahí rápido y se fue corriendo a la habitación de Maradona: «Diego, ¡están fumando! ¡Está todo lleno de humo!». Y Diego: «Carlos, y qué quiere que yo le haga, si quieren fumar van a fumar, qué voy a hacer yo». Pero vino Diego a vernos a la habitación, llegó riéndose, se encontró todo lleno de humo y me dijo: «Cani, boludo, abran la ventana aunque sea». Pero ¿sabes por qué pasó eso? Porque teníamos habitaciones diminutas. Bilardo no quería lujos ni comodidades. Ordenó que fuera todo muy rústico y muy pequeño, en el colchón te dabas una vuelta y te caías. Pero nadie se lamentaba. No nos importaba, a mí por lo menos no. Y a la mayoría de los que estaban allí tampoco.

En ese debut en Italia, delante del papa, la selección campeona del mundo cayó ante Camerún. ¿Qué pasó? ¿Había mucha presión?

Siempre hay presión. Yo no me sentí presionado. Jamás me pasó eso. Sentía la responsabilidad de lo que me estaba jugando, tomaba conciencia de la cantidad de argentinos que estaban viendo el partido por televisión, pero no sentía presión. Obviamente, nosotros sabemos a qué compañeros les afecta la presión. Ves cómo se ha levantado ese día, si está igual que hace una semana o no. Hay jugadores que siempre están igual y otros que no. A Ruggeri lo veías igual un mes antes que a diez minutos del partido. Yo también era así.

Aquel día se perdió, pero no fue por presión. Fíjate que hubo dos cambios en ese partido y cuatro más para el segundo. Yo entré por Ruggeri, que tenía pubalgia y no volvió hasta los octavos. Pasó que Bilardo formó un equipo en el que dos estaban fuera de sus posiciones, como Balbo o Lorenzo. Jugó Fabbri, al que no volvió a sacar. Todo esto te da la pauta de que Bilardo se equivocó al formar el equipo. Esa fue la razón. Cuando yo salí, obviamente, se jugó muy bien [risas]. No, me cagaron a patadas. Hice echar a dos, se quedaron con nueve y ni así pudimos empatar. Eran buenos y fuertes físicamente. Era uno de los mejores equipos de la historia del fútbol africano; este y el de Nigeria del 94.

Tras la derrota, Bilardo dijo que, si no pasábamos, iba a coger los mandos del avión de vuelta y lo iba a estrellar. El problema era que casi te lo creías.

Se pasó como mejor tercero de grupo y, claro, esperaba un primero: Brasil.

Veníamos de empatar con Rumanía, aunque a los dos nos valía el empate, por eso el final de ese partido fue tranquilo [risas]. Antes de Brasil, Bilardo mandó a una persona a ir habitación por habitación para reservar los pasajes de vuelta a Buenos Aires en caso de que perdiéramos. Era todo mentira, pero quería que nos viésemos volviendo a Argentina a comernos toda la bronca, porque Argentina es así, es exagerado. Luego era todo mentira.

Brasil os pasó por encima, pero Maradona y tú hicisteis magia.

Brasil venía de jugar bien y ganar, pero ni nosotros ni ellos queríamos ese choque. Es peligroso jugar contra un rival directo que no te tiene miedo, que no te va a respetar, que te quiere ganar. Nadie quiere eso en octavos. Para ellos también fue una mierda el clásico de Sudamérica en octavos, por muy bien que estuvieran.

En el primer tiempo debieron irse dos a cero, no dimos tres pases. Yo estaba solo como un perro delante luchando contra todos, era el único atacante. ¿Cuántos equipos en la historia del fútbol en un Mundial han jugado con un solo atacante? Nómbrame uno.

Tuvimos muchos problemas en ese Mundial. Batista y Olarticoechea vinieron mal. Ruggeri tuvo la pubalgia. Y Héctor Enrique, que era un centrocampista bárbaro, no pudo venir por problemas en la rodilla. Burruchaga estaba a la mitad de lo que podía dar. Maradona, también a la mitad. Diego tenía un tobillo hinchado. No podía casi ni entrenar. Apenas se podía poner la bota. Se tenía que infiltrar incluso para los entrenos. Fue un calvario para él, sufrió mucho. Llegamos con muchas bajas, pero lo que sí que había era un equipo sólido que no quería quedarse afuera. Nos veíamos mal, pero también pensábamos: «Bueno, tiene que jugarse el partido». Era un poco así. Simple. Pensábamos: «Vamos a ver qué pasa, a ver si nos ganan o no». Y en un Mundial, en un acontecimiento de esa dimensión, se ve quién es cada cual.

Contra Brasil tuvimos un poco de culo, como decimos nosotros, de suerte, es verdad. No podíamos salir de mitad de la cancha. No nos dejaban. Nos presionaban alto y no podíamos. La primera mitad fue un sufrimiento, pero la segunda ya fue diferente. Obviamente, hubo un desgaste físico de ellos. Como le hizo el otro día Khabib a McGregor, ¡qué quilombo que se armó! El ruso lo hizo desgastar en el piso, le hizo perder energía. Estos igual, iban para delante, sumaban superioridad numérica, una y otra vez, pero la pelota no entraba. Eso psicológicamente afecta. Te entra un poco de desesperación. Fíjate que tenían a Romario y Bebeto en el banco. Jugaron con Müller, un negrito muy rápido que jugaba en el Torino, y Careca. Tuvimos momentos críticos, pero, poco a poco, luego ya no tanto.

Hasta que Diego tiene una idea.

La jugada de Diego fue espectacular.

Tú eres el que mejor la viste de todo el planeta.

La vi venir, sí.

Él estaba quieto, sin apoyos, y de repente dijo: «Pues me voy».

Vio un huequito, porque él veía todo, y se metió. No estaba como en el 86, que era rápido, tenía un cambio de ritmo espectacular, pero sale con el balón y no lo podían tirar. Se dijo que Alemão no lo quiso tirar porque eran compañeros en el Nápoles, ¡mentira! No podían. Era muy difícil tirar a Maradona. Yo lo he visto salir de situaciones imposibles con dos tipos colgados y no podían echarlo abajo. Tenía un equilibrio y una estabilidad, aunque lo empujasen, impresionante. Una de sus muchas cualidades es que era muy difícil tirarlo. Nunca vi un jugador así, incluso en eso destacó.

En Maracaná, en el 89, le vi salir de una situación con los uruguayos, que ellos te matan… Paró la pelota, fueron tres a por él. Uno de ellos, el Tano Gutiérrez, que jugó conmigo en River. Pensé: «Lo matan». Y puso el culito a un lado, se giró y puso el culo del otro lado, le empujaron por los dos lados y le puso un brazo a uno, un brazo al otro, y salió de la jugada. Le habían caído tres encima. Me quedé: «Pero ¿cómo hizo este tipo?». Es increíble el equilibrio que tenía en los pies. Eso nunca se lo vi hacer a nadie y le he visto hacerlo mil veces. Por eso digo que no se puede comparar con nadie. Déjenlo ahí arriba y todos los demás abajo.

En esa jugada contra Brasil, cuando lo vi venir, pensé: «¿Qué hago?». Me podía ir a la derecha, Branco era el que me marcaba. Lo primero que hice fue esperar un poquito a ver para dónde tiraba él, porque Maradona de repente te puede frenar y salir para el otro lado y yo tendría que cambiar de dirección. Cuando vi que se iba para la derecha y lo estaban cerrando ahí, cuando vi que ya no podía cortar para el otro lado, me fui a la izquierda. Estas cosas no salen de casualidad, simplemente salió perfecta. Fueron diez segundos perfectos. En milésimas de segundo, vi que no podía quedarme donde estaba porque nos quedaríamos ahí los dos. Se iba contra los cuatro tipos y contra mí también. Entonces me la jugué y empecé a correr, pero con cuidado, mirando para no meterme en fuera de juego, y vi que nadie me seguía.

Tenía a cuatro brasileños encima, ¿confiabas en que te viese?

Sí, Maradona siempre ve todo. Es difícil que no viese algo. A nivel mental jugaba más rápido que cualquiera. Piensa, como ahora Messi, mucho más rápido que cualquier otra persona. Lo que tú no ves, él lo ve.

En esa jugada, un central se debería haber ido conmigo cuando me crucé, pero se quedó con Maradona. Yo pasé rápido y era una decisión difícil para un defensor. Creo que se equivocaron, pero también fue mérito nuestro. Porque, si a mí me llegaba la pelota, era la jugada perfecta. ¿Sabes cuál era el partido perfecto para Bilardo? El que quedaba cero a cero sin ocasiones de gol. Nadie se había equivocado, no se tiraba a puerta y cero a cero. El partido perfecto [risas]. Le preguntaron una vez y dijo eso.

Yo corté y, claro, Diego, aunque iba cayéndose al piso, obviamente me había visto. La jugada resultó bárbara porque el pase le salió. Justo, entre las piernas de Galvão, pero salió. Yo estaba casi al límite del fuera de juego. Me iba frenando incluso, mirando a Diego y al último jugador de ellos. Si te fijas, no había nadie más, ninguno de nuestros compañeros. No vino ninguno.

Cuando recibí el balón, mi primera intención era tirar, arquearme un poquito y darle de rosca, pero vi que salía Taffarel. Lo complicado al encarar al arquero es que se te frene. Tú quieres que salga, que vaya hacia ti, porque tienes la ventaja si la tiras para delante. ¿Qué va a hacer ahí? No puede frenarse, echarse para atrás y alcanzarte, es imposible. Él me vino saliendo muy rápido. Como lo vi, pensé en pararla y tirarle de rosca, pero en el último momento, dije: «No». Estaba tan cerca de mí que vi que si se la tiraba larga no me atrapaba, y ya sabía que por ese lado no venía nadie, porque lo había visto al tirar la diagonal. Tomé entonces la decisión de irme a la izquierda y gambetearlo. Me quedó todo el arco libre. Pasó así de rápido y pensé todo esto igual de rápido. No son ilusiones mías ni estoy contando exageraciones. Fueron milésimas de segundo, pero en ese tiempo piensas y analizas.

No celebraste mucho el gol.

Nunca fui muy efusivo celebrando los goles, el tipo que corre por todos los lados, choca con todos, con los recogepelotas, se sube a la tribuna y abraza al papá. Pensé que a partir de ahí nos tocaba aguantar la embestida de ellos. Había que ordenarse, hablar un poquito. Solo faltaba que nos hicieran dos goles en cinco minutos. Quedaban nueve y había que estar a muerte. No perder tensión, nada de festejar tanto, todavía no había terminado.

Al final, Müller. Se quedó solo, con un centro que le vino de atrás, pero se apura. Era un gran jugador, pero solo, delante del portero, le dio mal y le salió como a tres metros del arco. Tenía que haber esperado un segundo más y haber definido en el segundo palo, ¡estaba solo!, pero la paró y se apuró en pegarle. Goycochea además era un tipo que no salía mucho, tenía todo el arco. Ahí está la diferencia. En los momentos claves, en los grandes eventos, hay jugadores que aparecen y otros que no. De local, sí, pero después de visitante en un partido chivo, duro, no aparecen.

Dicen que metisteis ese gol porque drogasteis a Branco ofreciéndole agua.

Eso es una leyenda urbana. No te lo creas. Supuestamente había Rohypnol en el bidón. Siempre he dicho que no es verdad.

Las siguientes eliminatorias las sacó adelante Goycochea en las tandas de penaltis.

Siempre fue bueno en los penales. No es que salvara grandísimas pelotas durante el campeonato, salvo alguna, que las hubo, pero no tantas. En Brasil saca una, pero las demás fueron al travesaño o fuera. No es para quitarle mérito, al contrario. Siempre tuvo esa condición, ese instinto de ver para dónde iba a ir el balón. Fue muy meritorio lo suyo. Contra Yugoslavia fallamos dos penales, si no es por él…

Faruk Hadzibegic, el que falló el quinto de Yugoslavia después de que fallaran Maradona y Troglio, dice que sueña cada día que mete ese penalti y, por la alegría que genera, su país no se desintegra, porque todo hubiese sido distinto si hubiesen jugado la final.

¿Y si hubiese perdido 3-0 el siguiente partido? Todavía les quedaba mucho.

A Italia, en Nápoles, la eliminasteis y tú marcaste, pero te sacaron una amarilla por la que te perdiste la final.

Mi mano la podría haber dejado pasar el árbitro, fue en mitad del campo. No era una jugada peligrosa. Él sabía quién estaba amonestado. Ahora, con las nuevas normas, te limpian, si te sacan amarilla en las semis, no te dejan sin final. Un árbitro tenía que tener en cuenta todas estas cosas. Además, jugaba delante, para crear, no para destruir. No paré una jugada de ataque. Eso lo tiene que saber un árbitro, para eso le ponen a pitar la semifinal de un Mundial. Tiene que tener la ética de saber que no merecía amarilla.

Obviamente, la sacó a propósito. Nos sacaron a tres jugadores. Si hubiésemos estado dos de los tres a los que nos sancionaron, hubiésemos ganado a Alemania, por mucho que ellos vinieran jugando tan bien. Íbamos de menos a más, con palos, con historias, con puteadas, con lesionados, dejando a Italia eliminada a las puertas de la final… nadie quería que ganásemos. Ya lo sabíamos nosotros. No había que pensar demasiado. Era lógico. Estaba Havelange, brasileño, al frente de la FIFA, y habíamos dejado fuera a Brasil. Europa quería que el campeonato se quedara en Europa. Para colmo, habíamos eliminado a los dos candidatos a ganarlo. No nos querían, que no te quepa duda. Si nos podían sacar amarillas, lo iban a hacer a la más mínima posibilidad.

¿Qué pasó con la bandera de Argentina de vuestro hotel de concentración?

Quemaron la bandera, se cuenta que la quemó alguien de Bilardo [risas] para crear un clima hostil contra nosotros y motivarnos, pero, si te digo la verdad, no lo sé. Igual es también una leyenda. Sí que había un poco de mala hostia en la concentración después de haber eliminado a Italia. Hubo un problema con el hermano de Maradona, que llegó con un Ferrari a la concentración y le paró la policía porque no tenía documentación. Diego se enfrentó con ellos. Hubo mucha bronca, y lo de la bandera pudo ser un italiano enfadado tanto como Bilardo intentando motivarnos. Yo no me enteré de nada, me lo contaron luego todo.

El penalti con el que os derrota en la final Alemania, ¿lo fue?

No. Fue un contacto que no era para penalti. Les empezó a entrar el pánico. No querían ir a la prórroga. Era un peligro, y ante la mínima… Echaron a dos, a Monzón y a Dezotti. Y hubo un penal contra Calderón que lo podían haber cobrado e íbamos cero a cero. En el borde del área. Si cobró el de Klinsmann, el de Calderón debió haberlo cobrado mucho más.

Fue un golpe, pero en la siguiente Copa América volvisteis a vencer a Brasil y ganasteis el torneo.

Diego no estaba porque lo habían suspendido. Basile cambió prácticamente todo, quedamos solo Ruggeri y yo del Mundial. Se incorporaron Simeone, Redondo, Batistuta, Chamot. Jugadores con personalidad, presencia y ganadores; jugadores que, juegues contra quien juegues, se los siente. Por eso digo que la selección no es para cualquiera. Aunque Redondo jugó muy poco con la selección. Solo jugó un Mundial, fue raro. A Italia no acudió por decisión, dijo que prefería estudiar. En realidad, no compartía el fútbol de Bilardo, o algo así. Luego se contó que Maradona, cuando Redondo hizo esas declaraciones, lo encaró en Sidney, en el ascensor del hotel, y le dijo: «Tú estudiás, ¿y los demás qué somos?, ¿ignorantes, burros?».

El último partido de la liguilla final fue contra la Colombia de Higuita.

Higuita me dijo que le tirase una por arriba para poder hacer el escorpión [risas]. Pero creo que lo dijo en joda. Es un crack, un personaje. Ahora vamos a jugar un partido benéfico juntos para el pueblo saharaui.

Fichaste por la Roma.

Fue en un momento en el que la Roma tenía problemas de vestuario. Tenía una camarilla dentro, un grupito. Nunca vi nada así en un vestuario de todos los que estuve. No había buen ambiente para nada. Ni con los italianos para los extranjeros ni de parte nuestra hacia ellos, porque cuando nos dimos cuenta de lo que había siempre hubo tirantez y roce. Había jugadores que llevaban mucho tiempo e iban tirando mierda. Sinisa Mihajlovic, que era buena gente, un tipo correcto. Con su personalidad y eso, pero muy correcto. Él fue uno de los que sufrió el vestuario. Fíjate que luego se fue a la Lazio y estuvo mucho mejor. El club también estaba descontrolado, desorganizado, no se sabía quién mandaba ahí. No fue un gran periodo.

Estados Unidos fue una nueva oportunidad de ganar la Copa del Mundo, Maradona y tú llegasteis a tiempo tras estar suspendidos. ¿Teníais la moral alta?

Todo empezó con un vuelo a Nueva York. Éramos campeones del 86, subcampeones del 90 y, antes de empezar el Mundial del 94, nos metieron trece horas de vuelo ¡en clase económica! Y no era económica pero todos juntos, era dos por allá, otros dos más atrás, con gente que no conocíamos. Maradona iba en una fila de cuatro asientos con tres tipos que eran turistas. Yo iba en una de tres con un señor en medio que no sabía quién era. Batistuta también iba con dos extraños. Veintidós jugadores desperdigados entre doscientas cincuenta personas. Diego iba fastidiado. Llegó Basile y le dijo: «Hay sitio acá en business class», y Maradona contestó: «Yo me quedó aquí con todos mis compañeros». Trece horas nos pasamos ahí, íbamos tirados en el piso, la gente nos tenía que pasar por arriba, otros iban tumbados debajo de los tres asientos durmiendo. Pasó que alguien en la AFA hacía sus movidas para ahorrarse un dinero y le importaba un carajo.

Pero el equipo llegó fuerte a ese Mundial.

Nos sentíamos capaces de ganar ese Mundial. Estábamos cada uno en el momento justo, con el técnico justo, el Coco Basile, que es un gran amigo, incluso ahora, y como técnico fue espectacular, uno de los mejores que he tenido. Iba al frente con todo, le ponías un tren delante y se ponía, pero a la vez creaba un ambiente muy agradable, con respeto hacia él, obviamente.

Basile no trabajaba la parte táctica como lo hizo Bilardo. Era más ofensivo, formó un equipo bárbaro que miraba siempre para delante. Ganamos así dos Copas América. Llegamos muy bien al Mundial, éramos el equipo a temer. Después del 2-0 a Nigeria venían los periodistas de todo el mundo a decirnos que venían de la concentración de selecciones fuertes, de Italia, de Brasil, y que todos comentaban, los jugadores, los dirigentes, los ayudantes o los familiares de los jugadores, que iban a jugar la final contra Argentina. Y nosotros también lo creíamos. El jugador argentino en ese sentido es muy creído, piensa que le puede pasar por encima a cualquiera; a veces no es así, pero tenemos esa moral.

En el 90 sabíamos que no estábamos bien, Bilardo metió esos cambios, cinco jugadores del primer partido al segundo, pero esto era completamente distinto. Llegamos muy bien, jugamos muy bien, en todas las líneas teníamos buenos jugadores, con personalidad todos. Podíamos crear una situación de gol en cualquier momento, eso lo teníamos clarísimo. Y de repente todo se fue a la mierda.

Echaron a Maradona por el positivo en el control antidopaje.

Perjudicó mucho lo de Diego. El ambiente se puso muy tenso, muy difícil. Estuvimos tres días encerrados, había mucha gente, habíamos perdido a nuestro hombre principal. Fue una situación jodida. El equipo estaba para pelear igual, pero hubo errores en el último partido, y encima yo me quedé fuera por una lesión.

Entrevistamos a Stoichkov y nos dijo que Maradona acudió a ese Mundial engañado por la FIFA. Textualmente: «La FIFA le prometió a Diego, sabiendo que tenía un problema, que no le iba a sacar el dopaje».

A Maradona lo utilizaron. Los argentinos, los que estamos en el ambiente del fútbol, lo sabemos todos. Sabemos que lo fueron a buscar. Lo utilizaron porque necesitaban a la figura principal del fútbol en Estados Unidos, que era el primer Mundial ahí. Querían que fuese para promocionar el campeonato. Cuando Grondona llama al representante de Diego, le dice: «Lo necesitamos, tiene que volver, tiene que ponerse bien, como sea, si necesita ayuda, que…». Algo así, ¿entendés? «Necesita ponerse bien, tiene que ponerse bien en estos cuatro o cinco meses». Y Maradona hizo de todo para ponerse bien, se entrenó como un burro. Porque yo lo veía, mañana y tarde, mañana y tarde. Todo el tiempo. Quería estar en ese Mundial y fue utilizado.

Cuando vieron que Argentina era un candidato, que era otra vez candidato, dijeron «a la mierda». Yo te puedo asegurar que fue así. Dijeron: «¡Afuera Maradona!». Esto de irlo a buscar hasta la mitad de la cancha… ¿A quién van a buscar hasta la mitad de la cancha para hacer el control? Le esperarás en el vestuario. Irlo a buscar con el delantal blanco… ¿Se iba a escapar del estadio? ¿Va a venir un helicóptero y va a huir por la parte de atrás? Hay toda una serie de secuencias, nosotros sabemos la trastienda, lo que pasó anteriormente, y sí, fue utilizado. Tiene razón en lo que dijo Stoichkov, porque, efectivamente, fue así.

Cuando Passarella cogió después la selección, te quitó del equipo. La polémica trascendió porque se dijo que no quería en el equipo a nadie con el pelo largo.

Se equivocó, no sé si por su ego personal contra los símbolos de la selección argentina, como yo o Redondo en aquel momento. Con Batistuta también quiso hacer lo mismo. Passarella fue un grandísimo jugador, siempre he dicho que para mí uno de los mejores defensores de la historia, sin duda. Pero como técnico no. Le traicionó su ego y alguna cosita más, sus amiguitos que venden jugadores. Tenía interés en meter gente nueva en la selección y de paso venderlos después del Mundial. Algo así. Y afuera Caniggia y afuera Redondo.

Cuando todo estaba bien, fue cuando pasó toda esta pelotudez del pelo. Fue la excusa para quitarnos, pero también… ¡la cosa más patética que yo escuché en la historia del deporte! Tuve una llamada con él y, cuando me lo dijo, le contesté: «Pero ¿cuántos centímetros quieres?». Y él: «Cuatro». Y yo: «Pues te voy a dar uno y medio». Era irónico por mi parte, era joda por parte de los dos, pero fue así en un principio y luego eso se volvió, meses después, otra cosa. Ya no se habló del pelo, y el problema fue que quería ir con su gente y no con los grandes nombres de los Mundiales anteriores.

Decidiste abandonar el fútbol europeo y volver a Argentina, a un proyecto en Boca Juniors con Maradona y Bilardo.

Era un proyecto ambicioso económicamente. Maradona y yo íbamos a cobrar más que en Europa. Ponía el dinero un inversor, un millonario armenio que tenía una televisión en Argentina. Puso una pasta terrible, pero no fue por eso por lo que fui, sino por el proyecto en sí.

Estuvimos casi tres años. Diego abandonó en el 97. Fue una etapa espectacular. Diego ya venía jugando en Rosario, yo volvía después de siete años. Al principio de entrenador estaba Marzolini, el gran lateral izquierdo de Boca en los setenta, y al poco vendría Bilardo.

Fue impresionante, jugar en Boca no es para cualquiera. Te lo puedo asegurar. Teníamos treinta o cuarenta periodistas, a veces cincuenta, en todos los entrenamientos. Salías del entrenamiento y se te venían los veinte o treinta cada día. Los periodistas de radio en Argentina son terribles, están todos los días y siempre tienen algo, siempre surge un tema, Boca es Boca y siempre da para hablar. Te entrevistaban hasta en las concentraciones, entraban por dentro del hotel. Ahora el equipo tiene un centro y ya es más difícil. Con nosotros hacían las notas en el mismo hotel, eso forma parte del folclore argentino, en otros lugares es imposible que pase.

Cuando estuve al final de mi carrera en Glasgow Rangers me decían: «Bueno, Claudio, la semana que viene hay una entrevista al final del entrenamiento». Y yo: «¿Y cuándo es eso? ¿Dentro de una semana? ¡Dímelo el día anterior!». En Argentina un periodista, en un segundo, viene y te hace una entrevista.

La imagen icónica de esa etapa es en la que Diego y tú os besáis en la boca tras un gol.

Fue como una joda. Surgió así. Obviamente, no significa nada. Fue como una apuesta. Una pelotudez, alguien dijo «a ver si hay huevos» y…

¿Por qué se retiró Diego?

Se cansó, había mucha presión y él la sintió. En el último año, los últimos cinco meses, no estuvo en su mejor momento y se saturó. Él lo declaró, que casi le matan dos veces al padre en la prensa. Estaba enfermo, tenía algunos problemas, se inventaron varias historias, Diego no sabía nada y publicaron que había fallecido. Dijo: «Ya estoy cansado, basta, sobrepasaron el límite de lo que es el respeto por la persona». Le pasó lo mismo en el último Mundial de Rusia, cuando se sintió mal al final de un partido. A mí me llegó que se había muerto. Llamé al chico que trabaja con él y le pregunté y me dijo: «No, estamos acá, nada que ver, esperando al avión». Y me mandó una foto. Me quedé… ¡qué hijos de puta!

En Boca igual, estaba cansado. Ya no tenía ganas, ya no disfrutaba tanto con el fútbol. Se entrenaba menos. Los martes y los miércoles no venía al entrenamiento. Iba el jueves, viernes, sábado y jugaba el domingo. Los últimos tres o cuatro meses ya se veía que no, no lo sentía, y abandonó. Está bien, si no se levantaba contento y feliz para ir a jugar al fútbol, tenía que abandonar.

Para mí fue un placer enorme haber jugado con el que considero y el que es seguramente el mejor jugador de la historia y también un personaje salvaje, un tío con una alegría y una pasión increíble para jugar al fútbol. Nos entendimos muy bien en el campo. Aprovechaba bien mi velocidad, pero también mis movimientos entre los centrales, dándome la vuelta, girando. Los defensas me han contado después que no sabían dónde estaba y luego aparecía y los pasaba a cien por hora.

Lo he visto jugar hecho mierda, con lesiones con las que nadie podía jugar, y él lo hacía con un amor propio increíble, poniéndole el pecho siempre a todo, era como un indio salvaje. No es el mejor jugador por eso, pero eso también fue algo impresionante de él. Asumía responsabilidades, le mataban a patadas y siempre se puso al frente. Juntos pasamos momentos gloriosos y momentos no tan gloriosos, como personas, porque ante todo uno es persona, y como futbolistas. Pero es parte de la vida. Todos los momentos con él fueron inolvidables.

Siempre estuvo presente en cualquier problema. Tenía mil presiones, como ahora mismo, que cuando va a un lugar se le echan todos encima, a veces la gente no entiende, no es fácil vivir así. Es un ser humano también. No quiero hablar de su vida privada porque jamás hablaré de eso, no quiero hablar de lo que es fuera del fútbol, pero quiero decir que con las presiones que tenía siempre le puso el pecho a todo y estaba siempre disponible con mil quilombos que tenía alrededor. Y cuando jugaba al fútbol era como la vida misma para él, cuando entraba al campo parecía que se le olvidaba todo. Mira en qué situaciones límite estuvo y siempre dio el pecho. Y lo que regaló, que ya te he dicho. Siempre estuvo comprometido y, si alguna vez no lo estuvo, es porque era un ser humano y no siempre se puede estar al mil por mil, nunca nadie jamás en la historia lo estuvo.

Con lesiones increíbles, tuvo un compromiso en cada partido. Siempre estaba con los compañeros, y con el que más lo necesitaba también. Le venía mucha gente a pedir, le hacían llegar el mensaje, y siempre estaba presente o mandaba a alguien. Siempre ayudó a la gente. Yo he ido a partidos benéficos con él en Italia donde se suponía que tenían que ir los jugadores italianos más famosos y no apareció ni uno, ¡ni uno! Pero él iba. Con mil historias, porque era Maradona, e iba porque era una causa importante. Luego le criticaban, me gustaría ver a muchos en la piel de Maradona a ver si se la aguantan.

Tuviste problemas para abandonar Boca.

Decidí volver a Europa. Me quedaba un año de contrato y podía haberme quedado más tiempo, tenía una gran relación con Macri, el presidente, pero después de la última temporada, en la que perdimos el campeonato al final, en los últimos dos partidos increíblemente, pedí en una charla en Guatemala, en un partido amistoso que jugamos allí, que me dejasen marchar por motivos… Estaba todo muy…

Bueno, por una serie de razones, prefería irme a Europa. Y se armó un conflicto. Les dije que buscaría un equipo que les dejara un dinerito. Dijeron que no. Tuve que volver por una cuestión legal, para no tener un conflicto mayor. Pero fue un conflicto personal, entre Macri y yo. Al final acabé en Miami entrenando yo solo con un preparador físico en el campo que tenía un amigo italiano.

Resucitaste en Escocia.

Fui a un equipo chiquito, no es que no debiera haber ido, pero nunca se me pasó por la cabeza terminar jugando ahí, en el Dundee. Fueron solo unos meses, llegué en noviembre cuando ya llevaban diez partidos. Como me estaba entrenando solo en Miami cuando me llamaron, dije: «Bueno, pues voy». El equipo lo había cogido un amigo mío, Ivano Bonetti, que era técnico-jugador. Jugaba como centrocampista. Si te digo la verdad, en ese momento no sabía qué hacer, no sabía si seguir jugando o retirarme.

Enseguida me puse bien físicamente. Tengo suerte de que jamás en mi vida engordé, peso ahora lo mismo que cuando tenía veinticinco años, incluso menos. Nunca me costó mucho entrar en ritmo cuando volvía a una pretemporada. Y cuando empecé a jugar en este club, me di cuenta de que tenía que llegar a los grandes de esa liga, al Celtic o al Rangers, a uno de esos dos.

De la forma de jugar que tenían allí no sabía nada. A veces te dejan espacios, unas veces no marcan mucho y otras te ponen los tacos en el cuello. Se comen por la mañana huevos fritos, panceta y luego se ponen a correr. Yo si me como eso y me pongo a correr, vomito. Yo tomaba mis cereales y una tostadita con mermelada [risas]. A veces los vi comer platos de pasta con kétchup en vez de salsa. Les decía: «Sos un hijo de puta, cómo vas a poner kétchup a la pasta». Los he visto comer las cosas más impensables, pero corrían como unos animales. Entrenamientos con frío, con lluvia, con nieve que cae. Fue una experiencia espectacular.

En el primer partido casi me quiebran. Era contra el Aberdeen F.C. Antes de llegar estuve en Italia. Ahí sí que me entrené solo. Salía a correr alrededor de mi casa. No hice más que correr, nada de fútbol. Llegué a Escocia y a los tres días me pusieron a jugar. Pasé la primera parte en el banco, me dijo el entrenador que me fijase cómo se jugaba allí: «Así entiendes un poquito», y en la segunda me sacó. Salí, primera pelota, sacó el portero y me vino uno que, si no salto, me quiebra. Dije: «Muy bien, ya veo cómo se juega acá, vale, lindo, muy lindo». Pero hice el segundo gol, ganamos y ahí empezó mi aventura escocesa.

Me fijé en quiénes eran los grandes, me preparé para cuando vinieran y cuando jugué contra ellos la rompí [risas]. Enseguida me quisieron fichar el Rangers y el Celtic. Fui a una reunión privada con el Rangers, escondido en un auto con cristales polarizados, entramos por el garaje al estadio hasta la oficina de David Murray, el presidente. Un magnate del acero del Reino Unido, un millonario, «el Rey de los Aceros» le llamaban. Y no tenía piernas. Las perdió en un accidente, iba con dos ortopédicas. El entrenador era Dick Advocaat. Fiché por ellos porque insistieron más y me dieron algo más, y jugué la Champions.

Y un Mundial.

Me llevó Bielsa cuando quedaban tres partidos para empezar el Mundial de Corea y Japón.

¿Cómo es Bielsa?

Es un tipo… no sé cuál es la palabra… Es un gran técnico, muy estudioso a un nivel de locura. Como lo era Bilardo en su peor momento, que era su mejor momento. Pero Bielsa no cambia nunca la forma, es siempre lo mismo. Él lo reconoce, que no es flexible. No sé por qué, porque es un técnico muy inteligente y que trabaja mucho. Tiene gente alrededor que estudia mucho al contrario, pero no cambia. Y a veces hay que cambiar.

En las concentraciones salía del hotel y se ponía a dar vueltas él solo, mirando el piso. Recuerdo un día en Alemania que estábamos calentando, había un argentino en la grada gritándole a quién tenía que poner, y le contestó: «Callate ya, pelotudo, que no te aguanto». Le dijo eso, pero era capaz de salir corriendo hacia él y hacerle la de Cantona.

Tiene una personalidad… Está todo el día pensando en el fútbol. Su apodo, el Loco, está bien escogido.

Me contaron que un día montó un quilombo en una rueda de prensa y tenía un coche preparado en la puerta para, según saliera, irse. Fue, se subió al coche y… ¡no arrancó! Y se veía al Loco gritándole al conductor: «¡Sos un pelotudo, la concha de tu madre!». Se tuvieron que bajar y empujar el auto. Quería salir de la rueda de prensa volando y se fue empujando el coche.

Acabaste tu carrera en Catar, con Guardiola y Hierro por ahí.

No estábamos en el mismo equipo, pero estábamos todos en la misma ciudad. Éramos Batistuta y yo argentinos. Mario Basler y Stefan Effenberg, alemanes. Y Frank Leboeuf, que jugó en el Chelsea, un francés. Romario había estado antes, pero solo duró tres meses.

Allí me entrenaba todo el día porque no sabía qué hacer. ¿En Doha qué iba a hacer? No había gran cosa, algún hotel, alguna playa… de hombres, por supuesto. Los entrenamientos eran a las ocho de la noche y yo me despertaba temprano, así que me iba a entrenar. Porque lo que hacíamos con el equipo tampoco eran gran cosa.

Me llamó mucho la atención lo reprimidos que estaban los jóvenes. Un día me vino un catarí y me dijo que se iba a casar, que si iba a la boda. Un buen chico. Le pregunté: «¿Ya follaste y tal?». Y me dijo: «No, no se puede». Le contesté: «¿Cómo que no se puede? ¡Claro que se puede! ¿Cómo sabes si no si folla bien?». Y él «No, no podemos hacer eso nosotros». Esto, claro, lo ves un poquito… Cuando llegué me contaron que Romario en un centro comercial estaba con una chica, le dio unos besos y le llegó la seguridad a decirle que ahí no se podía hacer eso

Los chicos tampoco estaban muy acostumbrados a la exigencia, los entrenamientos que eran un poco duros no querían hacerlos. Yo me iba una hora antes a estirar para no lesionarme. Me estiré más ahí que cuando tenía veinticinco años, lo que también es normal. Un día tuve un problema de espalda, no me podía ni mover. Fueron al hotel a verme dos árabes, el director deportivo, que no tenía ni puta idea de lo que era el fútbol, y un médico. Al verme así, me querían hacer mes por mes el contrato, pero ya estaba firmado y me negué. El médico, un cabrón francés, no importa la nacionalidad, pero era un cabrón [risas], hablaba conmigo en italiano. Me llevaron a una clínica espectacular y le dijo al árabe que lo mejor era operarme. Yo le dije que no me iba a tocar la espalda. Me puse recaliente, porque cobran por operación y te meten en el quirófano con una uña encarnada. Me fui a Alemania a un fisio que es un crack y a los diez días estaba jugando bárbaro.

Al retirarte, ¿te costó vivir sin fútbol?

No me costó al principio. Luego me arrepentí a los dos años. Creo que debí haber jugado más, no por una cuestión de dinero, sino porque estaba para jugar hasta los cuarenta. Físicamente estaba impecable, nunca tuve grandes lesiones. Tenía treinta y siete y estaba bastante rápido. Pero al dejarlo no, me cayó la ficha a los dos o tres años porque me aburría. Esa adrenalina no la puedes tener nunca más. Yo me seguía divirtiendo jugando, no me costaba ir a entrenar por la mañana. Ni entrenar dos veces al día. Y eso que en Catar los jugadores africanos nos iban a dar. Nos iban mal y son fuertes los cabrones, especialmente iban a por mí y a por Batistuta. También había que correr en ese fútbol. Mira que Romario cuando fue pedía la pelota al pie, no corría y lo mandaron al banquillo, y a los tres meses le dijeron que basta y para casa. Me lo contaron todo unos brasileños que había en el staff de mi equipo.

¿Cómo has visto estos años a la Argentina de Messi?

La final que se perdió se pudo ganar. Hubo oportunidades, el tiro pegado al palo de Messi, la de Higuaín solo, que falló, pero hay que estar ahí y patear. Si hubiese entrado una de esas… ponte a recuperar un 1-0 en la final de un Mundial. Bueno, en el 86 se lo hicieron a Argentina, que le remontaron dos. A lo que me refiero es a que no podemos decir que Alemania la arrasara. Pero mira a los aficionados argentinos. Cuando va bien, mira cómo se ponen. Pues si va mal, es lo mismo, pero al revés y con la misma intensidad.

Este año en Rusia, cuando el técnico pierde el control de la situación, hay muchos problemas. Si el técnico dice que la selección es el equipo de un jugador, es un gran problema. Si luego Croacia en el segundo partido te gana así, es todo un caos. Nunca puede terminar bien una historia así. Nosotros pudimos tener muchos cambios, pero había solidez en el grupo. Tú no puedes decir: «Este es el equipo de Messi». Bilardo nunca dijo: «Este es el equipo de Maradona». Eso no se puede decir, todos sabíamos que Maradona era el mejor, quién no lo sabía, pero no hay que decirlo. Porque es un equipo de fútbol, una selección nacional, la selección de Argentina, no el equipo de nadie.


Radomir Antic: «Elegí al Atlético de Madrid porque en aquel momento era el club más difícil del mundo»

Fotografía: Ivana Todorovic

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 13

Viajamos a las montañas de Zlatibor, en Serbia, donde Radomir Antic tiene su casa de veraneo. Está rodeado de su familia. Mientras hablamos, viene a visitarle Milan Jovanovic con su mujer, el delantero de la selección serbia en el Mundial de 2010 y ex del Liverpool. Tiene una casa cerca. Como muchos deportistas, algunos retirados de la NBA y otros viejos conocidos de la liga española. Comemos todos juntos. Rado me explica que en España nos fijamos en el menú del restaurante y en Serbia en lo que van a cantar los músicos. Metidos en el repaso a su carrera, noto emoción y miradas vitriólicas cuando relata los episodios más complicados de su currículum. Antes de irnos, no quiere que nos marchemos sin ver su gol con el Luton en YouTube, en un portátil. Fue en 1983, pero sus nietos lo viven como si lo hubiera marcado ayer. Él les besa uno por uno. Tengo la sensación de que ese fue el mejor momento de toda su carrera deportiva. Al menos en el que fue feliz de la forma más inocente y pura. Luego todo fue, digamos, complicado.

Hábleme de su familia.

Mis padres eran de Bosnia, se conocieron en la II Guerra Mundial, fueron partisanos. Mi tío fue héroe de guerra. Yo nací en un pueblo, Zitiste, en 1948, porque mi madre quiso dar a luz cerca de su madre, pero no viví allí nada, solo algún verano. Era un sitio duro; un invierno los vecinos tuvieron que hacer túneles para comunicar sus casas por la nieve que cayó. Después estuvimos en Uzice, en Belgrado… Mis padres, al ser militares, cambiaron mucho de destino.

En aquella época en mi casa siempre se hablaba de los sacrificios que se realizaron durante la guerra en defensa de unos valores y unas ideas. Valores, los del socialismo, que me siento muy orgulloso de haber recibido. Por ejemplo, en el colegio un profesor nos hizo una vez un cuestionario sobre qué queríamos ser de mayores y qué no. Yo puse que quería ser ingeniero mecánico y que no me gustaría barrer la calle. En la siguiente clase vino enfadado y gritó: «Sentaos todos menos tú, Radomir». Pensé: «¿Qué habré hecho?». Y me explicó: «Puedes llegar a ser ingeniero mecánico porque eres inteligente y buen alumno, pero lo que has dicho sobre que no quieres limpiar las calles es una vergüenza. Cada trabajo honesto hay que valorarlo, y lo único que no deberías querer ser es un criminal».

Otro ejemplo. Mi padre, cuando se jubiló, tuvo una depresión. «Pero si lo tienes todo; has formado una familia, tienes a tus hijos encarrilados y ahora puedes disfrutar de la vida», le decía, y él me respondía: «Me he pasado toda la vida luchando, peleando, y ahora que tengo cuarenta y cuatro años, que es cuando mejor estoy, cuando más puedo dar porque ya no tengo problemas de sacar adelante una familia ni nada, la sociedad me rechaza».

Cuando se mudó a Belgrado fue la primera vez que le vi llorar. En Yugoslavia, al jubilarte, podías elegir dónde querías vivir. Él decidió ir a la capital por mí, para que tuviera un futuro, pero yo no quise marcharme con él porque me acababa de fichar el Sloboda, el equipo de Uzice. Sin embargo, poco tiempo después, el fútbol nos reunió. Fiché por el Partizan y volvimos a estar juntos.

También hizo deporte. Tengo una lista: baloncesto, boxeo, ajedrez, tenis de mesa…

De boxeo llegué a tener un combate, pero amateur. Fui campeón de ajedrez y el baloncesto me gustaba mucho. De hecho, me llegaron a seleccionar para jugar en un equipo serbio, pero lo rechacé para dedicarme al fútbol porque con mi altura veía que tendría más oportunidades en este deporte. Esa decisión marcó mi vida. La Ingeniería Mecánica que empecé también le dejé por el fútbol. ¿Sabes qué me dijo mi madre cuando me empezó a ir bien como futbolista?

Cuénteme.

Cuando empecé como profesional di una entrevista al Vesti, que es un periódico de Uzice, en la que salía mi foto. Cuando salió publicada, compré dos periódicos y los tiré sobre la mesa al llegar a casa. Le dije a mi madre: «Mira, mamá, a dónde ha llegado tu hijo». Ella lo miró, lo remiró y me contestó: «Hijo mío, has llegado muy lejos. Ahora todo el mundo puede limpiarse el culo con tu cara».

¿Era para que no se le subiese a la cabeza el éxito?

Sí, era la forma de vivir y educar a un hijo en aquella época. La filosofía de mi pueblo siempre ha estado enfocada hacia lo colectivo, no a la individualidad, tanto en la cultura como en el deporte, como en cualquier otra cosa. Aquí siempre hay que sacrificarse a favor del grupo. Además, estábamos en Uzice, que fue la primera ciudad de Europa liberada de los nazis por las armas en 1941. Los partisanos establecieron una república que duró seis meses, pero ahí quedó la hazaña. Eran otros tiempos. Recuerdo cuando nos fuimos a la nueva casa y tuvimos baño por primera vez. Antes de eso solo nos podíamos bañar los sábados y para tener agua caliente había que ponerla al fuego en la cocina. También me acuerdo de un discurso que dio una vez un cura en la inauguración de una fábrica…

¿Un cura?

Sí, era un cura que había ayudado a los partisanos en la guerra. Dijo: «Ojalá que tengáis muchos niños y muchos animales, y que en la vida, como en una montaña, vayáis siempre cuesta arriba y nunca cuesta abajo». Todo muy bien, se inauguró la fábrica, se fueron todos los obreros a beber y comer para celebrarlo y un paisano se le acercó al cura y se atrevió a decirle: «Es muy bonito esto que nos has contado de que todo nos vaya bien, pero eso de marchar toda la vida cuesta arriba… ¡Parece que dices que tenemos que sufrir siempre!». Y él le contestó: «Hijo mío, cuando en la vida empiezas a ir cuesta abajo ya no habrá nadie que te frene». [Risas]

¿Cómo fueron sus primeros años como futbolista?

En el Sloboda empecé de extremo y luego pasé al centro del campo. En el Partizan ya me pasaron a la defensa, donde me quedé, pero creo que en mi carrera he participado en todas las posiciones. Mi ídolo era Omar Sívori, un italiano que jugó en la Juventus y en el Nápoles. Cuando empecé a ganar dinero como futbolista todavía no había terminado el colegio y ganaba más que mis profesores. No les gustaba y me criticaban: «Para ti todo es fácil, ganas más que nosotros». Pero en realidad mi vida no era mucho mejor que la suya y yo, además, no le daba más importancia al dinero que a mis valores. Otra cosa que me inculcaron en casa. En Belgrado, cuando fiché por el Partizan, como me había casado, el club me tuvo que dar una casa, porque lo estipulaba en el contrato. Fue una de cuarenta y cuatro metros, pero ahí empezamos a vivir.

¿Cómo eran los derbis entre Partizan y Estrella Roja?

Una vez tiré desde lejos en el último minuto. El portero del Estrella, Ratomir Dujkovic, despejó, le cayó a Nenad Bjekovic y marcó el 2 a 1 para nosotros. Fue una explosión en el estadio que no te puedes ni imaginar.

Su primer contacto con España fue un viaje a Valencia con el Partizan.

Fue un torneo de verano. Como éramos comunistas, nos dieron una especie de charla antes de viajar. Nos dijeron que teníamos que tener mucho cuidado, porque España era un país fascista en el que no había libertades. Yo solo tenía veintiún años y de verdad que fui muerto de miedo. Estábamos en un hotel en el centro y yo salía, andaba diez metros en una dirección y volvía. Andaba diez metros para el otro lado, y volvía de nuevo. Sin embargo, lo que me encontré fue que estaba toda la gente sonriendo por la calle. Me preguntaba: «¿Cómo es esto posible?». Pensé que por la noche se recogería todo el mundo y saldría la policía. Pero tampoco. Llegó la noche y todavía había más gente, más jaleo y más risas. Me quedé… Esto no es como me lo han contado. Desde ese día, decidí que cualquier cosa que me contaran en los medios de un país, si no la veo yo con mis propios ojos, no me la creo.

Cuando cumplió veintiocho años y pudo salir de Yugoslavia, fichó por el Fenerbahçe turco.

Otra experiencia, porque aquello era una cultura completamente distinta. Estambul en aquel momento era la ciudad más bonita del mundo, entre dos continentes, entre dos mares… Preciosa. En el Fenerbahçe no me fue mal, fui elegido mejor jugador y ganamos la liga. Conservo en la cara esto [se señala una cicatriz] del gol que le marqué al Galatasaray. Salté con el lateral izquierdo, Erdogan Arica, para rematar, y me dio un cabezazo. Marqué, ganamos 2-1, nos proclamamos campeones de liga y yo me fui inmediatamente al hospital para que me cosieran la cara. Imagina la repercusión de aquello, en las tiendas no me cobraban porque me convertí en Dios para ellos. Era la época en la que Besiktas, Galatasaray y Fenerbahçe compartíamos estadio. Cuando había partido, el campo se empezaba a llenar desde las diez de la mañana y se pasaban todo el día cantando. Si ganábamos, el presidente venía al vestuario y nos iba metiendo dinero en la ropa a cada jugador. Y luego había salidas que eran como ir al Oeste, en serio. En Diyarbakir, entre la frontera de Irán e Irak, nunca lo olvidaré, la gente iba por la calle con pistolas. Creo que ahora sigue siendo así. Era la parte de Turquía más lejana de Ankara, de Esmirna y de Estambul y se vivía de esa manera. Nos entrenaba Kaloperovic, que es de aquí, de Serbia, y aquel día nos confesó: «Menos mal que nos han empatado al final; si ganamos no salimos con la cabeza pegada al cuerpo».

Decidió entonces fichar por el Zaragoza.

Tenía un año más de contrato, pero hubo un golpe de Estado en Turquía, el del general Evren, y como yo tenía familia e hijos tuve miedo. Casualmente, Boskov estaba haciendo la pretemporada con el Zaragoza en Pirot, Serbia, me dijo que me pasase, jugué un partidillo y ahí me ficharon, firmando en una servilleta.

¿Cómo era Boskov?

Más que un entrenador, para mí fue un profesor. Vivía el fútbol de otra manera. Me aconsejó sobre todos los aspectos de la vida. Me recomendó a qué colegio llevar a mis hijos en Zaragoza, cómo invertir el dinero que ganase con el fútbol. La amistad con él era más allá de jugador-entrenador.

Nos legó la famosa frase «fútbol es fútbol».

Y la de «penalti es cuando pita el árbitro». Tenía muchas.

¿Qué tal le fue en aquel Zaragoza setentero?

La llegada fue dura. Entramos en Aragón en coche después de pasar por Lleida y cuando mi mujer vio el desierto de Los Monegros y todo eso empezó a gritarme: «Pero ¿dónde me has traído? ¡Eres un irresponsable conmigo y con tus hijos!». Se puso a llorar. Pero luego la ciudad resultó inmejorable. Me acuerdo de las convocatorias en Zuera antes de cada partido. Comíamos todos juntos y cada uno tenía un vaso de vino, pero como en Yugoslavia los futbolistas no bebíamos alcohol, Camus siempre se sentaba a mi lado, se bebía el suyo y luego me lo cambiaba y se bebía el mío. Las comidas en España me dejaban alucinado. Siempre he dicho que en España se vive para comer y en la antigua Yugoslavia para vivir, que es muy distinto. Aunque pensaba que no había ningún país del mundo como España, pero después de mi experiencia en China puedo decir que los chinos dan todavía más importancia a la comida que los españoles.

Sus compañeros eran Amorrortu, Pichi Alonso, Víctor Muñoz…

Y Pedro Camus, Irazusta… Me acuerdo de toda la plantilla. Marqué gol, el de la victoria, el día de mi debut, contra el Celta de Vigo. Salí como el extranjero más rentable de toda la liga, pero teníamos un equipo con mucha personalidad. De hecho, Pichi y Víctor terminaron en el Barcelona. A mí me pudo fichar el Madrid después de esa temporada, pero tenía treinta y un años.

Al año siguiente llegó Valdano.

Y casi muere. Vino con Badiola, que era también del Alavés, y al llegar a Zaragoza se hospedaron en el Hotel Corona de Aragón, que se quemó, no se sabe si por un atentado. Badiola saltó desde el segundo piso y se hizo un traumatismo craneoencefálico. Valdano entonces era un jugador joven, con mucho porvenir, y como buen argentino tenía mucho pico [risas]. Fue una época muy bonita y me hubiera gustado quedarme en Zaragoza, pero de repente me enteré por la prensa de que prescindían de mí. Trajeron a un argentino, Trobbiani, en mi lugar. La gente hizo pancartas y octavillas a mi favor, pero no les hicieron caso. No les guardo rencor, mi siguiente parada en Inglaterra también fue una experiencia maravillosa.

Fue en el Luton Town, allí le conocen como «Raddy».

Mi estancia allí fue como la universidad. Aprendí inglés, valores familiares y una cosa muy importante: planificación. Algo que no sabíamos hacer ni los españoles ni los yugoslavos, nosotros vivimos al día. También me cambiaron la forma de pensar. Yo venía de jugar de libre y le preguntaba al entrenador que por qué no me ponía de esa posición, y Pleat contestaba: «Raddy, yo entiendo que en Europa todos lo hacen y que Beckenbauer ha sido el mejor jugador de la época, pero cuando tenemos el estadio lleno, no tengo derecho a cambiar el sistema de juego y poner un hombre atrás de libre porque significa que admitimos que somos inferiores al rival». Eso me lo llevé al Atlético. No nos sentimos nunca inferiores a nadie.

El gol que marcó allí contra el Manchester City fue el de su vida.

Le marqué también uno a Peter Shilton, pero el del Manchester City fue de leyenda. Íbamos empatados a cero, en su campo, un resultado que les mantenía en primera. Yo estaba de suplente, entré a quince minutos del final, hicimos una jugada por la derecha, Brian Stein centró, ellos rechazaron la pelota, que me vino a la pierna derecha en la frontal del área, y la metí por la izquierda. Quedaban cuatro minutos para el final y les mandé a segunda. Pleat nos dijo que lo superarían, porque eran un club grande, pero les costó siete años volver. La celebración desde Manchester hasta Luton fue increíble.

Se retiró y empezó una nueva vida en Yugoslavia intentando ser entrenador.

Tuve problemas con los entrenadores serbios. Traía mentalidad inglesa y chocaba con la forma de hacer los entrenamientos, con la forma de vida, etc. Eran de corte clásico y no estaban preparados para incorporar ideas nuevas. Me pusieron de ayudante de Fahrudin Jusufi en el Partizan, él también era exjugador y ya en la pretemporada lo tuve que dejar porque teníamos ideas diferentes. Tuve un equipo cadete y luego con Bjekovic cogí por fin al Partizan como segundo entrenador. Ahí incorporé a Pantic, que jugaba en segunda o en tercera. También traje a Goran Bogdanovic, que luego acabó en el Espanyol.

Tuvo en ese equipo a Srecko Katanec.

Eslovenia es país de esquiadores más que de futbolistas, y cuando vino la gente desconfiaba, pero mira a lo que llegó. Era un jugador completamente novedoso, con esa altura y esa fuerza, que chocaba con cualquiera, la presión que hacía, cómo hablaba en el campo, porque tenía carácter. Ahora es el seleccionador de su país.

Ganaron la liga con el Partizan, pero porque se la concedieron años más tarde en los juzgados. ¿Qué pasó?

Historias burocráticas. No me gusta recordar esa época. Fue cuando empezó a haber problemas en Yugoslavia, cuando visitábamos Zagreb, Split o Sarajevo había peleas entre los aficionados. El ambiente se volvió raro…

Regresó a España, como técnico del Zaragoza, y se encontró una huelga de entrenadores en protesta por su llegada y la de Cruyff.

El problema era Cruyff, yo tenía el diploma de entrenador. Nos metieron en el mismo saco, pero no era así. A mí me pidieron que terminase un curso más en España, pero al final eso quedó en nada y entrenamos los dos.

Su portero era el paraguayo José Luis Chilavert.

Cuando llegué me encontré a Cedrún, que era un portero con prestigio y cuyo padre también había sido portero en el Athletic de Bilbao, pero desde el principio quería un guardameta que no solo valiese para estar bajo palos, sino que también saliese y jugase con el pie. Paco Santamaría, que trabajaba en el club, me habló de un paraguayo que reunía estas características con el que podríamos jugar con la defensa adelantada. Por eso le fichamos. Y luego descubrimos que era todo un carácter que chocaba con los rivales, con los compañeros y con su cuerpo técnico. Siempre quería imponer su ley. Pero fue algo novedoso saliendo de su portería, tirando faltas. A veces incluso quería tirar los penaltis.

El Madrid de la Quinta, en el Bernabéu, les metió cuatro un año y siete al siguiente.

Pero no nos achicamos. Todo lo contrario. Aunque recuerdo lo pequeño que me sentí cuando miré a la grada desde el banquillo. «Como bajen todos me aplastan», pensé. Lo que se siente estando ahí es una sensación única. El Bernabéu es imponente, muchos equipos pierden antes de empezar el partido. Me he dado cuenta perfectamente cuando he llevado a otros equipos a jugar ahí. Entiendes lo importante que es el ambiente para jugar al fútbol.

Sin embargo, la gente se queja de que animan poco.

No, no es eso. No sé cómo te lo podría explicar. El público de Madrid tiene su jerarquía. Antes se hablaba de Juanito, de esa fe suya, de su lucha. Pues va de eso. El público del Madrid no deja que su equipo sea inferior a nadie.

Su Zaragoza llegó a la UEFA en la 88-89.

Llenábamos La Romareda en cada partido. Incorporé a gente de la tierra: Pablo Alfaro, Salillas, Salva, Belsué… Trajimos al búlgaro Sirakov, uno de los mejores pichichis de Europa entonces, pero se nos lesionó. En la UEFA perdimos contra el Hamburgo en octavos. Me expulsaron a Higuera y a Pablo, a Pardeza le anularon un gol y nos eliminaron en la prórroga. Al volver teníamos a siete mil personas en el aeropuerto esperando a sus héroes, pero en aquel año, el segundo, ya empezaron los problemas con el nuevo presidente. Me quería imponer sus fichajes, como a Redher, un peruano. Yo no quería imponer los míos, pero al menos sí discutirlos. ¿Ahora por qué está el Zaragoza como está? Porque se ha convertido en un cementerio de elefantes, siempre fichan a jugadores en el final de su carrera, a los que no puedes revender. Cuando luego fui al Madrid fiché a Lasa y a Luis Enrique, los dos de dieciocho años. No pensaba solo en el «hoy», pensaba en el futuro.

Víctor Fernández era profesor de aerobic, ¿por qué se fijó en él para que fuera su asistente?

Da igual. El fútbol es un proceso de aprendizaje. Yo buscaba un entrenador joven. Alguien que no solo te ayude con tu trabajo, sino que también sea como una apuesta de cara al futuro, que aprenda de ti como técnico. Víctor fue uno de ellos. En el Real Madrid elegí a Rafa Benítez

Llegó al Real Madrid para acabar una temporada lamentable, quedaban diez jornadas e iban séptimos.

Echaron a Toshack, y luego Di Stefano y Camacho no pudieron remontar. Mendoza había dimitido cuando quedaban trece partidos para el final de liga y llegué yo. Me pidieron que recuperara al club con los jugadores que teníamos.

A Butragueño, por ejemplo, le dije: «Mira, esto que te insistían de que presiones en la salida del balón, yo no lo quiero. Cuando lo perdamos quiero que te retires y descanses, yo quiero al Emilio Butragueño que todos reconocen, al que es único en el mundo, el que cuando entra en el área todos tienen taquicardias. Ahí quiero que recortes y pongas el balón donde no está el portero». La única vez que ha sido pichichi fue conmigo. En aquella época, Emilio terminaba los entrenamientos y se quedaba en el campo haciendo yoga, porque estaba de moda; yo siempre le picaba y le decía que él era un tipo inteligente, que se dejase de historias.

A Chendo le dije «sabía que eras buen jugador, pero no me imaginaba que tanto. La forma en la que defiendes al rival me parece fenomenal, pero eso de estar siempre por delante de Míchel y centrar desde detrás cuando tienes el balón… Mejor quédate un poco y deja a Míchel centrar alguna vez». Todo fueron risas y solucionamos los papeles en esa banda derecha.

Gheorghe Hagi no se separaba de mí, era como mi hijo. ¿Y por qué? Porque Toshack y compañía lo querían jugando pegado a la banda izquierda, y él se preguntaba: «¿Por qué me han fichado por tanto dinero para ponerme en una posición que no es la mía?». A él le llamaban el Maradona de los Cárpatos, quería tener libertad de juego. ¿Recuerdas el gol que le marcó al Osasuna desde cuarenta metros? Esas son el tipo de cosas que yo conseguí, logré que estuviese contento y jugase a gusto.

A Míchel también le animé para que subiera al segundo palo a rematar de cabeza, él me decía que no lo había hecho en la vida, pero un día le metió uno al Athletic. Entonces dijo: «Vaya, míster, no sabía ni que tenía cabeza».

Y luego Fernando Hierro. Soy el único entrenador con el que jugó de centrocampista. Marcó muchísimos goles. Me llamó el otro día, ahora está en Oviedo, para hablar conmigo porque he tenido un problema de próstata y me han operado. Me confesó: «Nunca he estado tan a gusto en el campo como contigo». Me decía: «Para mí era fácil jugar hacia delante porque el espacio siempre quedaba cubierto por Milla». Sin embargo, luego llegó Beenhakker y le ordenó a Milla «en lugar de jugar diez pases cortos, tienes que jugar seis cortos y cuatro largos». Y Milla desapareció como jugador porque le exigieron algo que no iba con él, que era un jugador de cubrir espacio y equilibrar al equipo.

¿Solo bastaba con aplicar sentido común?

Sí, pero cuando lo consigues todos piensan que es fácil. Me acuerdo del maestro croata Tomislav Ivic, entrenador del Atlético entonces. Visitamos una vez juntos el diario As para comentar la previa de un derbi y, como tenía experiencia, era mayor que yo, me dijo: «Radomir, por favor, no hables tanto porque nos vas a dejar sin trabajo, luego piensan que esto es fácil» [risas]. En mi caso en Madrid, lo cierto es que el trabajo en la parcela física que habían realizado Toshack y luego Di Stefano y Camacho no había sido el adecuado. Conmigo se mejoró esa faceta y empezaron a funcionar como grupo.

¿Y Spasic?

Era un jugador que se fichó antes de llegar yo y, claro, le pidieron que jugase el balón, algo que él nunca había hecho. Spasic se fue del Bernabéu entre aplausos porque conmigo por fin pudo jugar como lo que era: un marcador, un stopper, no un jugador de balón. Con Sanchís al lado hacía una buena pareja, porque Manolo jugaba el balón y Spasic marcaba al hombre, y te garantizaba que al que cubriera, al más importante, lo borraba del partido. En su lugar se fichó a Rocha, que era internacional con Brasil, jugaba en el Sao Paulo y tenía una gran trayectoria. Yo estaba por la labor de que se quedara Spasic, pero decidió el club, como siempre.

Logró un hecho significativo: que Butragueño, Míchel, Buyo… toda la plantilla hablase bien de usted y le considerase el artífice de la recuperación.

Me llevé bien con ellos porque soy de los pocos entrenadores que emplea la comunicación en las dos direcciones. Valoraba a las personas y me gustaba saber qué opinaban. Nunca impuse nada, todo fueron acuerdos. Hice siempre trabajo de grupo con los capitanes y todos los acuerdos había que cumplirlos porque no eran solo decisiones mías, también lo eran de ellos.

Tras la recuperación del equipo, el problema es que habían contratado a Maturana, un entrenador famoso por el juego zonal, por crear espacios. Yo llegué de Belgrado y Mendoza me invitó al restaurante Jockey. Nos sentamos y me dijo: «Radomir, en esta mesa nunca nadie me ha rechazado una propuesta», y le respondí «Será porque nunca has tenido a un serbio enfrente». Me ofrecía ser director técnico, argumentaba: «porque hablas idiomas, eres un hombre que está integrado, sabes hacer cosas… no hay nadie mejor, le dejamos a él de entrenador y tú te quedas en la dirección». Dije que no, que conmigo no contase. El día de la presentación del equipo en el Bernabéu no tenía contrato, pero me hicieron ir.

Hicieron la pretemporada en Italia.

Nos fuimos a Udine, cerca de la montaña. Hice tres o cuatro entrenamientos diarios y descubrí que esos jugadores nunca en toda su carrera habían pasado por algo semejante. Rocha me decía recostado en una silla, sin poder respirar, «míster, mucha agua mata a las plantas». Le respondí: «¡Calla y trabaja!». No podía ni hacer un rondito después del entrenamiento físico. Hasta que me llamó Mendoza y me dijo que los jugadores se habían quejado. Yo me defendí y dije que sabía lo que hacía.

¿Cuál fue el problema entonces por el que le cuestionaron desde el inicio de la 91-92?

En el Teresa Herrera en A Coruña, Mendoza llegó en su yate y Beenhakker, que estaba allí con el Ajax, le dijo que no podíamos aspirar a algo teniendo solo a Butragueño como delantero centro. Por eso, cuando empezamos la liga, le contrataron como director técnico.

Fichó a Eduardo Esnáider, un niño.

No fui yo, lo ficharon ellos. La primera vez que estuvo convocado jugábamos contra Osasuna y salíamos de la Ciudad Deportiva a las diez de la mañana. Era la hora y Esnáider no estaba, así que le dije al chófer: «¡Vámonos!». Los jugadores empezaron «Pero, míster, ¿no esperamos a Esnáider?». Y dije: «Que le den por el culo, siendo la primera vez que va convocado debería estar aquí a las ocho de la mañana esperando, no que estéis vosotros esperándole a él». Nos fuimos y luego nos tuvo que seguir en taxi.

¿Estaba muy verde?

Tenía diecisiete años. Los fichajes sudamericanos siempre vienen con historias. Siempre se dice que es el mejor negocio que puedes hacer si los compras por lo que valen y los vendes por lo que ellos piensan que valen. Siempre están sobrevalorados, especialmente los argentinos.

Pero luego él demostró que era un gran futbolista.

Sí, en aquel momento fue por su edad y su carácter, pero nunca tuvo regularidad.

Pudo incorporar a aquel Real Madrid a Caminero, pero usted dijo que no.

Sí, y él sabe perfectamente por qué. Cuando quisieron ficharlo, él venía de jugar en el Valladolid de central, pero en ese puesto ya teníamos a Sanchís y a Fernando Hierro. Ese fue el único motivo, no era nada personal. Y te digo que lo sabe porque hablamos más de una vez sobre esto.

La incorporación estrella fue Robert Prosinecki.

Tenía veintitrés años en aquella época y había sido elegido el mejor jugador de la competición en el Mundial Juvenil del 87, que ganó Yugoslavia con aquella famosa selección que luego no pudo ser por la disolución del país. Era el jugador con mayor porvenir de la época, pero luego… Como todo jugador con talento, lo quieras o no, necesitaba continuidad y por los problemas físicos no la tuvo. Es verdad que como fumaba tuvo muchos problemas musculares. Además, la guerra entre Serbia y Croacia le afectó mucho. Su padre era croata y su madre, serbia. Vivía cada día pensando qué podía ocurrir, pendiente del teléfono. Los bombardeos eran diarios y le podía tocar a tus seres queridos o a tu familia en cualquier momento.

Usted era serbio, ¿de qué hablaba con él?

Entre compañeros de trabajo no teníamos problemas políticos. De verdad que no. Aquella situación cada uno la vivió a su manera, nos afectó mucho, pero a un nivel personal. Yo nunca he tenido ningún problema en la vida con ningún croata. Nunca he sido nacionalista. Desde muy pequeño, como he explicado, mis valores han sido universales como para preocuparme por de dónde es uno o de dónde es otro. Prosinecki en Madrid no salía de mi casa y en Oviedo conmigo hizo la temporada de su vida.

¿Cómo se gestó su destitución de un Real Madrid que iba líder en la tabla?

Hicimos un buen inicio de liga, aunque nos pasó factura la lesión de Hugo Sánchez. Los problemas fueron subterráneos. José María García tuvo un papel determinante en lo que pasó. Decía que yo era demasiado joven para entrenar al Real Madrid. Atacaba a Míchel con asuntos de una chica o no sé qué. Hicimos una reunión en el vestuario para vetarle, pero alguien lo sacó a la luz y entonces empezaron las hostilidades a lo bestia. Decía que teníamos que jugar de otra manera, esas cosas que se dicen siempre que quieres romper un equipo. En realidad, batimos muchos récords jugando así.

La ironía es que le destituyeron justo después de ganar al Tenerife en la primera vuelta.

Con diez jugadores y Míchel de portero porque expulsaron a Buyo, pero cuando llegué a casa me llamaron por teléfono y me dijeron que estaba despedido. Estaba tranquilo porque había hecho todo lo que tenía que hacer. Me arroparon mis amigos de Zaragoza y después ya sabemos cómo acabó todo. En todos los clubes grandes pasan cosas de estas. Yo siempre he querido tomar mis propias decisiones en todas partes. Algunas veces he salido perjudicado por este motivo, pero me da igual, soy así.

Cuando perdieron en Tenerife en la segunda vuelta, ¿qué se le pasó por la cabeza?

Estuve en el partido. Desde el principio sabía que iba a ocurrir algo porque se notaba al equipo muy nervioso. En el descanso ya le dije a Mendoza que lo veía muy mal. Me dijo que había que tener fe y… bueno. El Real Madrid de aquel año fue un club que regaló la liga en todos los aspectos.

Pasó página y fichó por el Oviedo.

Había pocos recursos, pero buena cantera y los fichajes que dejó Irureta eran muy buenos: Lacatus, Jankovic, Jerkan

Tengo grabada una imagen de Irureta, antes de que le cesaran, de cómo le escupían los aficionados, una lluvia de saliva.

Ya sabes cómo es el fútbol. Y en el Tartiere todavía más, porque los aficionados estaban junto detrás de ti, muy cerca.

En tres años reunió una buena plantilla, al tercero se quedó fuera de Europa por pocos puntos.

No renovamos a Lacatus porque tenía el ego tan característico de la mayoría de los rumanos: siempre creen que tienen razón. Había que convencerlo de todo lo que se quería cambiar por el bien del grupo, como el trabajo de recuperación. Todos los rumanos que he tenido, como Prodan o Hagi, eran parecidos. Con Jerkan y Jankovic tuve una gran relación. También me traje a Slavisa Jokanovic del Partizan, que aportó cosas realmente importantes. Pedí a Onopko porque era un ganador, tenía carácter de líder. Luego tuve a Carlos, a Oli, Losada, Suárez, Amieva… muchos jóvenes de la cantera y de Asturias que empezaron su carrera conmigo.

Incorporó a Prosinecki, apostando por su resurrección.

Fue una oportunidad, porque en el Real Madrid no jugaba y nosotros teníamos buena relación, así que le ofrecí la posibilidad y él encantado de venir. Yo diría que esa fue su mejor temporada en España.

Un partido con morbo fue cuando con Prosinecki sobre el campo logró vencer al Real Madrid de Valdano. Teniendo en cuenta que el año anterior también había ganado al Tenerife de Valdano con el Oviedo, fue una especie de venganza.

No era por venganza [risas]. Soy un entrenador que siempre sale con la intención de ganar. Mira la portada del diario NIN que tengo ahí colgada en la pared, es de cuando fui seleccionador de Serbia. El titular dice: «Nunca vamos a reconocer ninguna debilidad». Esa es la filosofía de nuestro pueblo. Por eso nos bombardearon, por no aceptar las reglas de la OTAN, pero es nuestra mentalidad. Yo nunca me he rendido. Ahora te cuento por qué me fui al Atlético de Madrid teniendo un precontrato por más dinero con otro club.

¿Por qué eligió al Atlético de Madrid?

Elegí al Atlético de Madrid porque en aquel momento era el club más difícil del mundo y yo quería demostrarme a mí mismo que era capaz de funcionar en esas circunstancias.

¿Con quién tenía el precontrato?

Con el Valencia. Luego el presidente Roig decía de mí: «Este es el único hombre que me ha puesto los cuernos».

El Atlético era una máquina de despedir entrenadores.

Allí era todo. Hasta el Calderón tenía aluminosis y se le caían las gradas, pero luego hicimos un campo de cinco estrellas. Con la plantilla fue complicado al principio. Tenía treinta y tres jugadores y no había equipo. Tuve que ponerme frente a más de veinte jugadores con contrato en vigor y anunciarles que no iban a seguir. No fue nada fácil. Y fichamos a jugadores sin tener un duro. Por ejemplo, Molina, al que en la promoción para bajar a segunda con el Albacete le metieron siete goles en los dos partidos. Igual que Santi. A Penev lo trajimos gratis…

Lo primero que me pregunté en el Calderón fue cómo era el aficionado del Atlético de Madrid. Vi que era un hombre de clase media que igual tenía problemas para llegar a fin de mes, pero que nunca iba a reconocer ninguna inferioridad con nadie. Por eso nuestro equipo jamás salió a un partido buscando el empate, sino a pelear para ganar. La filosofía de un equipo ganador. Además, jugando a un ritmo que para el fútbol español era toda una novedad.

¿Porque el fútbol español era más lento?

Era un fútbol de marcaje hombre a hombre, muy distinto al fútbol de contraataque que hacíamos nosotros.

Se da una carambola muy curiosa ese verano que permite la llegada de Milinko Pantic. Inicialmente, usted quería a Prosinecki, pero le dio una larga cambiada al Atlético y se fue al Barcelona.

Quería tanto a Prosinecki como a Jokanovic, pero ninguno de los dos se atrevió a venir porque era un club muy inestable. Robert prefirió irse al Barcelona que, vale, es un club grande, pero Jokanovic antes que al Atlético se fue al Tenerife. Nadie quería ir al Atlético entonces. Habían pasado diez entrenadores en dos temporadas o algo así.

Pero eso fue bueno. Que no quisieran ir sirvió para que llegara Pantic y se quedara Simeone.

Sí, Simeone había llegado el año anterior del Sevilla. También puse en su sitio a Caminero, que antes estaba en otra posición. Toni fue fundamental. Todos estos jugadores empezaron a funcionar desde el primer entrenamiento. Pero, fíjate el ambiente, cuando nos llevamos el Carranza en verano, Jesús Gil dio una cena y pidió que algún jugador se levantara y diera un discurso. Se puso de pie Biagini y no le salió ni una sola palabra. Le imponía la situación. No te puedes imaginar cómo era eso.

Pidió a Michael Robinson como ayudante.

Sí, es verdad. Tuvimos una reunión con Gil. Yo estaba encantado porque no solo le quería como ayudante, también para promocionar al Atlético y darle una nueva imagen. Pero Robinson al final no se atrevió.

¿Cómo llegó Pantic?

Fue un poco fortuito. Un día vi un partido de Grecia, estaba él y marcó un gol de falta. En cuanto lo vi, dije: «¡Ese es Pantic! ¿Está en el Panionios?». Lo analicé todo y vi que era la pieza que necesitaba. Primero, porque sabía que con Penev y Kiko jugando de punta y mediapunta íbamos a tener unas cinco o seis faltas al borde del área cada partido y por eso necesitaba a un especialista. Pero encontré resistencias al principio. Gil me dijo medio en broma: «Lo que quieres es traerte a tus amigos, como todos». Y le contesté: «Si tú no quieres pagarlo, lo hago yo de mi bolsillo». Cuando vino, nada más aterrizar, le metió un gol de falta al Talavera y dijo Gil: «Joder, qué jugador».

Tuvo un inicio fulgurante en liga.

El sistema de juego que creamos fue algo totalmente nuevo para el fútbol español. Una defensa adelantada, pero éramos muy compactos, jugábamos al primer toque… tengo vídeos maravillosos de goles que marcamos. En pretemporada lo ganamos todo. En liga empezamos 4-1 a la Real Sociedad, 0-4 al Racing, 0-2 al Athletic…

Cappa en el Madrid declaró que usted tenía suerte, Toshack en el Deportivo también sugirió lo mismo.

Todos lo decían. Éramos el equipo que mejor fútbol jugaba y pensaban que llevábamos un ritmo imposible de mantener, que bajaríamos el pistón al final de temporada. Yo a aquellas críticas repliqué que eran mentira y que cada uno mirase a su plato y no al del vecino. Aquel año tuve pelea con todos; con Serra Ferrer, con Bilardo, que echaba sal a la salida de los jugadores del equipo visitante para darles mala suerte.

Kiko y Penev metieron veintisiete goles en liga.

A Kiko le dije que de cada diez jugadas que hiciera, cuatro o cinco fueran fáciles y las otras cinco a su manera. Quería buscar un equilibrio en su forma de jugar y acerté. Por otro lado, con los goles de cabeza, le pasó lo que a Míchel: se dio cuenta de que tenía una. Se compenetró muy bien con Penev, que como buen búlgaro también era muy orgulloso, y había tenido una enfermedad muy dolorosa para un hombre, cáncer de testículos. Si vino con nosotros fue porque el Valencia no quiso renovarle. A mí me encantaba, era un delantero que podía estar en el área, valía para la estrategia, para proteger el balón… era un jugador perfecto. Respondió muy bien y se hizo dueño y señor de la posición de delantero centro. Luego tenía detalles como que, mientras los demás jugadores del Atlético venían a Boadilla con coches normales, él traía un Porsche. Hacía esas cosas. [Risas] Y tenía la manía de ser siempre el último en subir al autobús. Se quedaba en una esquina esperando para poder hacerlo. Supersticiones.

Simeone.

Por su carácter y por su forma de presionar la salida del balón, Simeone fue muy influyente en nuestro juego. Y en la estrategia siempre atacaba al primer palo. Esa temporada marcó doce goles por primera vez en su carrera. Pero tuvimos un equipo en el que todos los jugadores, excepto Molina, marcaron goles. Marcamos más del 60 % de los tantos de estrategia. Esa fue la clave del triunfo. Me empeñé en que todo el mundo supiera por qué se hacía cada cosa. Una vez entró Jesús Gil en el vestuario y había un papel en el que ponía: defensa, ataque, córneres, faltas, barrera… Y dijo: «¿Esto qué es? No había visto algo así en mi vida». Claro que no lo había visto nunca. Era fruto de un acuerdo entre toda la plantilla, saber qué tenía que hacer específicamente cada uno en cada una de esas situaciones y evitar así cualquier imprevisto.

La Copa del Rey la ganó en Zaragoza, su querida ciudad, y con gol de Pantic.

En el viaje del Calderón a La Romareda les puse un vídeo de cada jugador para motivarles, con sus goles, cosas buenas, celebraciones. Las chirigotas de Kiko también ayudaron a relajar el ambiente. Éramos una familia. Todos los viernes nos íbamos a tomar unas cervezas y unos pinchitos. Con Simeone hacíamos barbacoas en Boadilla.

La liga se ganó, pero no sin agonía.

El partido decisivo contra el Barcelona, Simeone no lo quiso jugar. Se tenía que ir con la selección y, ya sabes los argentinos, a eso no renuncian por nada del mundo. Luego también había unas historias, pero no quiero hablar demasiado… Intentamos prepararle un avión y se negó. Pero puse a Roberto y ganamos 1-3. En la ida les habíamos metido 3-0 y era el Barça de Cruyff. A todos los que dijeron que no íbamos a aguantar así todo el año, con esa intensidad, les demostramos lo que es la confianza en uno mismo.

La celebración la recuerdo como algo maravilloso. Nunca lo olvidaré. En el paseo por Madrid había más de un millón de personas. Iba en una especie de carroza y desde ahí vi a una mujer, una abuela, de unos ochenta años, sentada en una silla y aplaudiendo. Pensé: «Por esto el fútbol es grande». Miguel Ángel Gil me quiso dar una sorpresa y se trajo a mi padre sin yo saberlo. Estuvo muy discreto, pero muy orgulloso de su hijo. Me hizo muy feliz.

Por estas fechas, en una entrevista en El Mundo, llamó nazi al periodista Hermann Tertsch y él le denunció.

Su padre durante la Segunda Guerra Mundial era nazi. Y el hijo atacó a Serbia por todas partes. Yo, por supuesto, no pude aguantar eso. Me denunció y sí, tuve que pagar una multa.

Su Atlético campeón se quedó atrás al año siguiente del doblete, cuando la ley Bosman revoluciona la liga.

Antes de eso hubo otros problemas. Cuando ganas algo, siempre te aparecen tíos en el club a traerte jugadores con los que yo no estaba de acuerdo. No pude traer a Ronaldo, que ya lo seguía en el PSV. Perdí a Solozabal, que yo estaba totalmente a favor de que se quedase y no sé qué ocurrió ahí arriba, pero se fue y me trajeron a Andrei, que era bastante lento. Me dijeron los Gil que tiraba buenas faltas, pero yo quería a alguien que defendiera bien, ya tenía gente que sabía tirar faltas. Bueno, cosas que pasan…

Pero hicimos una Champions maravillosa, fuimos el primer equipo que ganó al campeón de Alemania en su feudo, al Borussia Dortmund, que luego ganó la Champions. Y el partido contra el Ajax en casa… fuimos muy superiores y nos marcaron ese gol en la prórroga. Dani desde fuera del área, que en la vida había metido algo así.

Esnáider falló el penalti.

Sí, eso es.

¿Se adaptó a su equipo el argentino?

Prefiero no hablar de aquello. Solo te puedo decir que le quitamos un lastre al máximo rival, porque la temporada anterior solo había jugado siete partidos.

¿Y por qué dejaron marchar entonces a Penev?

Porque ya era mayor. Ya que teníamos aspiraciones de Champions queríamos mejorar en ese sentido. Pensábamos que ya había dado lo máximo de sí mismo y que iba a ser difícil que se superase. A Pantic también le buscamos un recambio, porque iba a tener que jugar miércoles y domingo cada semana y ya estaba en una edad en la que no podía rendir a buen ritmo con un calendario así. El año anterior fue maravilloso, pero los refuerzos del siguiente no rindieron como pensábamos. Y luego te das cuenta de que en el fútbol el entrenador no manda siempre en este aspecto.

En su tercer año en el Atlético la prensa destacaba que tenía muchos problemas de vestuario.

No era cierto. Lo que pasó fue que Bogdanovic tuvo problemas musculares y hubo que cambiarlo por otro jugador a mitad de temporada. Y lo de Juninho, la lesión que le hizo Míchel Salgado fue clave. Encima era penalti y expulsión y no pitaron nada. Le rompió el tobillo, ahí se acabó su temporada prácticamente y perdimos a un jugador muy valioso.

Otro personaje conflictivo pero que también jugó muy bien fue Vieri.

Christian vino precisamente porque era un jugador joven y con gran porvenir. Tuvimos muchas conversaciones porque él venía de un club grande con Lippi, y nos costó mucho cambiar un poco su forma de jugar. Queríamos que tirase los desmarques en contra del sentido en el que se juega porque así tenía toda la portería para sí, pero nada. «A mí me dijo Lippi que tengo que ir siempre al primer palo», se me quejaba. Y yo: «¡Si te vas al primer palo vas a tener una portería así de pequeña!». Cuando logramos que entrara en razón metió veinticuatro goles en una temporada. La primera vez que lo hizo en su carrera, y solo logró igualar esa cantidad un año más con el Inter cinco años después.

¿Y él no lo veía?

No, porque su carácter era un poco de ir de guapo, de italiano [risas].

Usted le acusó públicamente de cerrar discotecas.

¿A Vieri? Bueno, tuvo algunas historias con unas chicas italianas y también tuvo problemas de lesiones.

Pero la afición le quería a usted y cantaba lo de «Radomir, te quiero».

Cada vez que voy al Calderón lo escucho. En todos los clubes que he estado me he portado como si fuese mi casa. Tenemos un dicho en Serbia: «Nunca cierres una puerta con el culo».

¿Por qué salió del equipo en la 98-99?

No fue cosa mía. Había otras historias. Recuerdo un partido contra la Lazio en Roma, los Gil estaban sentados en el palco con Arrigo Sacchi.

Le estaban haciendo la cama, que se dice.

Hombreee…

¿Cómo es que no fichó por ningún otro equipo?

Me quedé un poco tranquilo en casa con mi familia, que también lo merecía. Y, ¿sabes lo que pasa? Yo nunca en mi carrera he tenido representante y a veces los clubes imponían a sus representantes para fichar. Cosas que pasan.

¿Por ese motivo no salió al mercado?

[Risas] Había de todo. En aquella época había otras circunstancias en la forma de pago y esas cosas que no quiero desvelar.

¿Pero se refiere al Atlético o a los demás equipos?

Todos los equipos.

Y a usted eso no le gustaba.

Por supuesto, yo velaba por mis derechos.

¿Con los Gil cómo era?

No voy a decir nada. Solo te puedo decir que hubo muchos cambios en el fútbol español con el paso de los clubes a Sociedades Anónimas.

Volvió al Oviedo.

Sí, también en una situación de transición a Sociedad Anónima y problemas internos. Aposté por Collymore, pero no cumplió y la gente se enfadó. Nunca olvidaré las declaraciones de Cruyff: «El equipo que mejor fútbol ha hecho ha sido el Oviedo, y puede descender». Y nunca se habla de qué manera ganó el Osasuna a la Real Sociedad en la última jornada.

Ha visto mucha suciedad en el fútbol español.

Bastante [risas].

¿En otros países es igual?

No lo sé, lo desconozco. Solo creo que le hicieron al Oviedo cosas que nunca deben hacerse en el fútbol.

¿Lo del Osasuna o durante todo el año?

Lo del Osasuna.

Sin embargo, luego logró fichar por el FC Barcelona. Aunque fuese cogiendo al equipo a mitad de temporada, se convirtió en el único entrenador que ha estado en Madrid, Atlético y Barça.

Gaspart me dijo: «Estamos en situación de descenso. Por favor, a ver si nos puedes ayudar». Dije que por supuesto, pero me encontré al llegar con muchos problemas. Aquellos seis meses para mí fueron seis años. Había cuatro presidentes y cada día se hablaba de uno de ellos, del nuevo fichaje estrella, del nuevo entrenador. Siempre estaban en campaña.

En la Champions di bola a jóvenes, como Gabri e Iniesta. Puyol venía cada día al despacho a preguntarme «¿Qué hacemos?, ¿cómo lo hacemos?», pero nos echó la Juventus… Fue increíble la que falló Luis Enrique delante del portero, era casi a puerta vacía.

¿Sabes cuáles eran los problemas? Le dije al capitán, a Luis Enrique, de hacer una convivencia cada viernes, y el primer día que la hicimos vi que los cinco holandeses estaban jugando a las cartas, los argentinos hablando entre ellos y me dije… «aquí está el asunto». Terminó la primera convivencia y le dije a Luis Enrique: «Esto es una vergüenza, la cerveza estaba fría y la tortilla inmejorable, pero también me he dado cuenta de por qué estáis donde estáis y por mí no vamos a hacer ninguna convivencia nunca más». Luis Enrique me pidió que por favor les diéramos otra oportunidad. Contesté: «Por mí no, si vosotros queréis podemos repetirlo, pero convivir de esta manera no os lleva a ningún sitio». En la siguiente ocasión empezaron a hablar entre ellos y, mira, ganamos todos los partidos hasta el final. Siempre he tenido la filosofía de que los buenos jugadores no hacen un buen equipo como el buen ambiente.

Cambié a siete jugadores de puesto y Xavi fue uno de ellos. Le llamé un día y le dije: «Xavi, amigo, vamos a ver, esto no va con tus virtudes». «¿Cómo, míster?», replicó. Él tenía complejo de Guardiola, de jugar por delante de la defensa. Le dije: «Mira, tienes un buen tiro desde media distancia, tienes un gran pase al espacio, tienes un gran sentido de combinación. ¿Eres capaz de añadirle a tu posición treinta metros hacia la portería del rival? Porque tenemos a Overmars y tenemos a Saviola, que son rápidos. Necesitamos a un jugador que pueda poner balones al espacio». Entonces se excusó: «Sí, míster, pero a los centrales les gusta que yo empiece a jugar desde atrás». Y yo: «No te preocupes, esto lo voy a arreglar con los centrales. Vamos a probarlo». Al primer partido vino Gaspart y me dijo: «Míster, este es el partido más importante de mi vida. Jugamos con el Espanyol y si nos gana en su campo se pone por delante de nosotros y yo tengo que irme del Barcelona». Y, justo a los diez o quince minutos, Xavi, por primera vez en su vida, termina una jugada, entra en el área del rival y marca un gol. Una fiera. En ese momento empezó a ser el mejor centrocampista del mundo y el mejor en su posición.

Decían que con Van Gaal el equipo estaba un poco machacado de táctica y usted les dio más libertad.

No fue exactamente así, aunque hice cambios, claro. Por ejemplo, me dijeron que Frank de Boer era más lento que su madre, así que yo puse a su lado a Puyol, que era mucho más rápido, para adelantar la defensa y corregir el problema. También hablamos con Overmars, que era un diestro pero jugaba por la derecha; era muy rápido, pero siempre que llegaba a la zona de ataque tenía que recortar y era muy predecible. Yo lo pasé a la otra banda. Al final terminamos en la zona UEFA, pero ganó Laporta las elecciones y tenía a su gente. Begiristain me dijo que estaban encantados conmigo, pero que «nuevo presidente, nuevo entrenador». Me agradecieron que no pusiera problemas a mi salida.

Y después otro fichaje igual, a salvar al Celta.

Ha sido mi vida. Coger equipos al borde del desastre y dejarlos en mejor situación. Pero ¿por qué? Porque nunca tuve un representante. El problema con el Celta fue que, además de estar por abajo, tenían que jugar Champions y nos las vimos con el Arsenal de Henry, Vieira… El equipo estaba agotado y había jugadores con unas costumbres antideportivas muy serias.

Ser entrenador de los tres grandes de España es algo que no ha hecho nadie. ¿En qué se diferencian Madrid, Atleti y Barça?

En todo. El fútbol es un espejo de la sociedad. Catalanes y madrileños ya sabemos que son muy diferentes, pero es que el Atlético también es muy especial y distinto al Real, no tiene esa arrogancia.

¿Qué se le pasó por la cabeza cuando murió Jesús Gil?

Esto es algo que ya he repetido más de una vez y que es una enseñanza vital para mí: Jesús Gil tenía todo para ser feliz; una finca preciosa, Valdeolivas, mucho dinero. Y, sin embargo, se fue de la vida con pena y con muchos problemas. Con todo lo de Marbella… De verdad, todo el dinero que ganó no le hacía feliz. Seguramente Gil fue la persona que más disfrutó con los títulos que ganamos. Nunca olvidaré cuando fuimos al Vaticano a ofrecer el trofeo al papa. Fue su mujer y también su madre, doña Guadalupe. Ella era una mujer muy firme, no dejaba que nadie la ayudase con sus maletas en el aeropuerto, ni siquiera yo mismo, y eso que Gil le dijo, refiriéndose a mí: «Pero que sin este señor no estaríamos aquí» [risas]. Estas cosas te marcan muchísimo, de verdad.

Te voy a contar otra cosa sobre Gil. Él tenía su oficina en el estadio y mandó construir un baño para poder ducharse, porque decía que necesitaba limpiarse de las cosas malas que le habían pasado, de su tiempo en la cárcel cuando lo de Los Ángeles de San Rafael [se derrumbó un restaurante de su propiedad y murieron cincuenta y ocho personas, fue condenado por ello]. Recuerdo también que una mañana, en Liga de Campeones, vi a todos sus guardaespaldas saliendo del hotel cargados hasta arriba de almohadas del propio hotel. Gil dijo: «Es que nunca he dormido tan bien como en este hotel con estas almohadas». [Risas] Él iba al casino y gastaba y gastaba, ganaba mucho dinero, aunque lo que de verdad le hacía feliz, ¿sabes qué era? [risas]. Jugar al parchís. En serio.

¿Qué le parece el Atlético actual de Simeone?

Creo que ha ganado solidez. También ha solventado sus problemas económicos, que, quieras que no, estos éxitos en Liga de Campeones, llegar a las finales y tal, les dan mucho dinero. Ciento cuarenta millones de euros de derechos de televisión, otros sesenta por llegar a la final…

¿Y el estilo de juego?

Ya sabes que los resultados son lo único que no se discute en el fútbol. Pero si tengo que opinar personalmente, a mí me parece que Simeone tiene todo el derecho a hacer lo que hace, pero su equipo no juega con autoridad de campeón: siempre está replegándose, defendiéndose muy atrás, jugando al contraataque. Él es quien ha hecho que el equipo juegue de esta manera, aunque es cierto que también trabaja la estrategia y marca goles por ahí. Por otro lado, Simeone ha sabido generar una relación casi simbiótica con el grupo y con los aficionados. La gente está con él.

¿El Madrid de Florentino?

Sigue siendo el club más rico del mundo, con las mayores posibilidades. Y, sin embargo, los últimos años se han salvado de milagro con las dos victorias en la Liga de Campeones porque llevan cuatro años sin ganar la liga española. Les he visto en muchos partidos de Champions y han ganado, pero no me han convencido en absoluto.

¿El Barça de Messi?

Te voy a decir una cosa que me encanta del Barça y que no veo en el Madrid: salen a calentar las estrellas juntas. Neymar, Messi y Suárez. Y, además de marcar goles, dan asistencias. Es algo de lo que se beneficia el Barcelona, son jugadores que normalmente serían egoístas, pero trabajan mucho unos para otros. Este año creo que tienen un poco de overbooking en el centro del campo, hay ocho para dos puestos.

Pudo clasificar a Serbia para el Mundial de Sudáfrica.

La situación del fútbol serbio era calamitosa, de los veintitrés jugadores que tenía doce no jugaban en sus equipos. Hubo que devolver la autoestima al grupo, pero cambiamos la mentalidad de la plantilla y la de los aficionados, tuvimos el campo siempre lleno. Nos clasificamos por delante de Francia y le metimos un 5-0 a Rumanía.

Javi Clemente, que fue seleccionador de Serbia, dijo en su entrevista en Jot Down que los serbios, ante los equipos grandes, salían a muerte, pero contra los que eran inferiores a ellos salían desmotivados.

No. Es que él siempre ha intentado jugar contrarrestando el juego del rival y buscar su oportunidad. Siempre desde la defensa y desde la pelea. Contra los grandes, bien, pero contra equipos pequeños no podía porque no dominaba. Es el problema de siempre de los equipos que salen siempre a defenderse.

¿Qué pasó en Sudáfrica que no pasó de primera ronda?

Perdimos con Ghana por un penalti absurdo de Kuzmanovic, una mano tonta. Luego ganamos a Alemania, hacía veintiocho años que un equipo de Yugoslavia no podía con ellos, y contra Australia hicimos nuestro mejor partido, pero perdimos. La suerte que tuvo España en ese mundial nos faltó a nosotros.

¿Tuvo suerte España?

Sí, porque España tampoco tuvo autoridad en el juego, en los momentos claves tuvo suerte.

¿Cómo ha sido su última etapa entrenando en China?

He estado en el Shandong, donde hicimos una ciudad deportiva que para mí es la mejor del mundo. Le pusieron un río artificial alrededor, trasplantaron árboles de cincuenta años y sobrevivieron. Solo puede pasar en China, son extraordinariamente meticulosos y trabajadores. Nos superan en todo; en trabajo, jerarquía, comportamiento. Son maravillosos. Luego estuve en el Hebei, que lo compró un magnate, un constructor, pero que no construye casas, construye ciudades. Empezamos desde cero y conseguimos subir a primera división, pero como siempre, aunque tenía más de un año de contrato, me lo pagaron y me despidieron.

¿Por qué?

Porque pusieron un chico joven chino. Como siempre, pensaban que esto de entrenar lo hace cualquiera. A mí me ocurre siempre.


Más raro que un Mundial sin Italia

Francesco Totti y Michael Ballack en el Mundial 2006. Foto: Cordon.

Hacía mucho tiempo que no nos tomábamos una cerveza. La última recuerdo que fue en Campo de’ Fiori, en Roma, delante de la estatua de Giordano Bruno. Él venía de Nápoles extasiado por la devoción de la ciudad partenopea hacia Diego Armando Maradona. Aquella noche romana, en las pantallas, televisaban el Alemania-Polonia del Grupo C de la pasada Eurocopa en Francia, que terminó 0-0 en Saint-Denis. Esta semana, con la excusa de que iba a pasar unos días en España, después de un tiempo sin quedar, coincidiríamos. Admiro mucho de mi amigo Juan Antonio Pineda cómo convirtió la pasión por el célebre esférico en un oficio vital. Estoy seguro de que para él, igual que para mí, la vida se divide en Mundiales. Una década después de conocernos, hoy trata el fútbol con la misma seriedad que ayer: «Si trabajas en algo que te gusta, no trabajarás ningún día de tu vida» es una de sus máximas. Hoy es periodista de Radio Marca en Sevilla.

«¡Que sean dos!», le dice él al camarero. Tras actualizarnos acerca de cómo nos van las cosas, pedimos las primeras tapas, que me sentarán tan bien como a él su última amatriciana. Inevitablemente, terminamos hablando del deporte rey. Y de nuestros primeros recuerdos futbolísticos. El suyo es de 1994. Era mediados de julio y se encontraba en la costa de Málaga, de vacaciones con su familia. Su padre, que seguía el Mundial de Estados Unidos, le contó a su hijo, en varias ocasiones, la importancia de la nueva final, que será esta vez entre Brasil e Italia. Según su padre, con razón, eran «las selecciones que más títulos habían ganado en la historia». Efectivamente, tres Copas del Mundo para Brasil (1958, 1962 y 1970) y tres para Italia (1934, 1938 y 1982). «Aunque tuviera solo cinco años, ese día intuí, en el salón junto a mi padre, que países como Brasil o Italia, de alguna u otra manera, siempre son importantes en los Mundiales», dice Pineda. Pero en esa jornada, sin embargo, el destino no estuvo a favor de Italia: tanda de penaltis y lanzamiento por encima del larguero para Roberto Baggio, ante la alegría de Taffarel. Eran las tres de la tarde, hora de Los Ángeles. Aquel 17 de julio, la Italia de Arrigo Sacchi abandonaba el sueño de establecer una continuidad con los azzurri de Dino Zoff del Mundial de España en 1982. Y tardará una década en recuperarse.

Tras otro par de cañas, hablamos del Mundial de Rusia. Como si le tocara de cerca, veinticuatro años después de aquella final en el Rose Bowl de Pasadena, California, Pineda me suelta: «¿Qué raro un Mundial sin Italia, no?». Ante mi indignación, como para animar, asegura: «Un Mundial sin Italia no es un Mundial». La noche que la azzurra fue apartada de esta Copa del Mundo, a mediados del pasado noviembre, jugaba contra Suecia. En ningún momento había seguido personalmente las clasificatorias para Rusia: en fin, la —mala— costumbre de participar siempre de las selecciones grandes. Así pues, cuando tuvo lugar ese partido decisivo, esa noche estaba en el cine. Al salir, el taquillero está mirando fijamente una pequeña televisión, sin pestañear. Veo que hay un partido y le pregunto: «¿Qué ha pasado?», dando por descontado de que se trataba de un club. «Italia está fuera del Mundial», me contesta. Creía que era una ironía, una alusión a un futuro lejano si nadie le ponía remedio. «¡Venga ya! Está de broma…». Que no, que no. El señor, indignado, señala a la pantalla: «Como le digo, Italia está fuera del Mundial». La primera imagen que veo es la de Buffon, el portero de los récords, llorando. Efectivamente, no podrá hacer historia participando en su sexto Mundial. Ninguna selección italiana, en los últimos sesenta años, ha protagonizado un Mundial desde el sofá.

La prensa italiana e internacional dará noticia de lo ocurrido al día siguiente como un auténtico fenómeno histórico y social, más allá de lo deportivo. ¿Por qué? ¿Acaso no falta también Holanda en este Mundial? No es lo mismo. Una Copa del Mundo rompe con la tradición si faltan Alemania, Brasil, Italia o Argentina. Son las que más han ganado, suman quince Mundiales juntas. Son las que siempre dan miedo, aunque por supuesto no sean invencibles.

¿Tanto peso puede tener el pasado en el fútbol? Un equipo con los mismos once jugadores titulares en teoría es idéntico, aunque sea en dos partidos distintos. Sin embargo, en el fútbol, cada alineación y su comportamiento es diferente en cada encuentro. Como las células de un mismo cuerpo humano, que cambian dejándonos iguales. Por ello, el pasado en el fútbol cuenta y mucho. Las gestas heroicas corren por las piernas de cualquier sucesor: en un descampado o en el césped, entre amigos o ante una eufórica hinchada. Son el estímulo que une pasado y futuro en una misma esencia. De ahí la importancia del gol de Torres en 2008 y el de Iniesta en 2010. Son los precedentes necesarios para quienes vengan detrás, algo que España nunca tuvo. Como diría el gran maestro Arrigo Sacchi: «Es el indiscutible peso de la historia».

En el imaginario popular, la bestia negra de España, hasta hace bien poco, era Italia. Un símbolo de ello fueron aquellos cuartos de final de Estados Unidos 94, con el famoso codazo de Tassotti a Luis Enrique. Por cierto, los italianos no saben de qué estamos hablando. En serio. Salvo que se trate de forofos del balompié con memoria envidiable, la gran mayoría de los transalpinos apenas conoce que hubo una nariz que hizo correr ríos de sangre por el rostro de un centrocampista español. A menos que tengan un amigo español justamente resentido. El codazo de Tassotti será el emblema de que España, incluso físicamente, no merecía llegar nunca a una semifinal. Todo cambiará para la Roja a partir de 2008, con aquellos cuartos de final contra Italia en la Eurocopa de Austria y Suiza. Antes de los penaltis, el temor de «no pasar de cuartos» era real y fundado. Pero, tras el gol acertado de Fábregas, esa victoria sabía ya a media copa. En ese mismo instante, España abatió el muro de su propia historia. En comparación, la final con Alemania era pan comido —sic—. Luis Enrique, catorce años después, tuvo su revancha mirando la pantalla. Y su tabique nasal también.

Muchos equipos tienen su propia bestia negra, no solo España. La de Italia, por ejemplo, siempre fue Francia. Una aclaración: para Italia, Alemania fue, es y será siempre el eterno rival: respetado, apreciado, temido y a menudo vencido. Con el tiempo, el mérito ha repartido gloria a partes iguales entre Roma y Berlín. «Italia 4 – Alemania 3», de la semifinal de México 70 se ha convertido en un icono del fútbol del siglo XX, un sinónimo de clasicismo: Riva, Rivera y Mazzola frente a Beckenbauer y Müller. El célebre periodista deportivo italiano Gianni Brera (1919-1992) calificará el partido el día siguiente con estas palabras: «El fútbol jugado ha sido mediocre desde una óptica técnica y táctica. Pero desde el punto de vista competitivo, y por tanto también sentimental, ha sido una verdadera exquisitez». Hoy en día, en una placa conmemorativa en el Estadio Azteca de Ciudad de México se puede leer: «Homenaje a las selecciones de Italia (4) y Alemania (3), protagonistas en el Mundial de 1970 del Partido del Siglo». La final la ganará Brasil 4-1. Con Pelé.  

La diferencia entre un eterno rival y una bestia negra está en la forma en la que el mérito juega o no su propio papel, en detrimento de la suerte, para desafiar el destino. Frente a una bestia negra hay solo que esperar lo mejor y ya está. Y la bestia negra de Italia, en ese sentido, siempre fue Francia. Todo empezó en México 86, cuando la Francia de Platini elimina a Italia, entonces campeona del mundo, en octavos de final por 2 a 0. La siguiente tortura para los azzurri será en 1998, con Cesare Maldini como seleccionador —y entrenador de su propio hijo, Paolo, que merecería un reportaje aparte—, en el Mundial que vio a los galos anfitriones de la Copa del Mundo con Zidane, Blanc y Djorkaeff como embajadores. Así pues, cuartos de final en el Stade de France con un 0-0; y tanda de penaltis con un Di Biagio que, a diferencia de su predecesor cuatro años antes en Pasadena, esta vez fallaba dándole de lleno al larguero. Para la alegría del portero francés Barthez.

En la Eurocopa del año 2000, organizada por Bélgica y Holanda, Italia se enfrenta a ambos anfitriones. Primero fue un 2-0 con Bélgica en la fase de grupos y luego una apasionante semifinal con la Holanda de Cocu, Davis, Kluivert, Bergkamp y los hermanos De Boer. Para variar, el 0-0 llevará a los azzurri nuevamente al fatídico punto blanco colocado a once metros de la portería. No sin razón, los italianos hablan ya, desde hace años, de los maledetti rigori. Pero la suerte parece apoyar a los transalpinos, que se sienten cada vez más seguros. Icono de esa seguridad será por ejemplo Francesco Totti, quien ejecutará a la perfección un penalti a cucchiaio, es decir, a lo Panenka. El portero holandés Van der Sar no dará crédito. Italia, así pues, estará nuevamente en una final después de seis años… con Francia. Del Vecchio marcará en el minuto 55, pero el entrenador italiano, Dino Zoff, sigue impasible como de costumbre, por si las moscas. Llegados al minuto 90, se conceden otros cuatro de descuento. Y precisamente a unos pocos segundos del final del partido Wiltord dará otra posibilidad a Francia. Italia se derrumbará moralmente y en el minuto 13 de la prórroga Trezeguet sellará el gol de oro —muy parecido al de Zidane en la final de Champions contra el Bayer Leverkusen, dos años más tarde— que le permitirá a Francia ser la primera selección en ganar Mundial y Eurocopa seguidos. Por cierto, menos mal que quitaron los goles de oro. Eran demasiado crueles para los derrotados. Benditas prórrogas completas.

Estos hombres de leyenda necesitan una frase para ellos solos, aunque sea de solo dos palabras. Gianluigi Buffon. Fabio Cannavaro. Alessandro Nesta. Gennaro Gattuso. Andrea Pirlo. Luca Toni. Filippo Inzaghi. Alessandro Del Piero. Francesco Totti. Marcello Lippi. Así, sin unas comas que los conviertan en un mero listado. Todos ellos, juntos, dibujaron en 2006 una nueva Copa del Mundo para Italia. Su mejor partido será, cómo no, con su eterno rival, Alemania. Klose, Schweinsteiger, Metzelder, Ballack y Podolski serán los anfitriones para un Mundial ende Alemania. El Westfalenstadion de Dortmund será un escenario casi enteramente blanco, en una semifinal intensa que se mantendrá en el 0-0 incluso durante toda la prórroga. Falta un minuto para empezar la enésima tortura de los penaltis e Italia, por obvias razones, estaría sola. Sin embargo, en tan solo un minuto tendrá lugar todo aquello que hará de este partido el mejor encuentro de Italia en el siglo XXI. Buscadlo en Youtube, en serio. Solo cuatro nombres: Pirlo, Grosso, Gilardino y Del Piero. Dos goles en un minuto y pasaporte para la final en Berlín. Un partido único, digno sucesor del 4-3 de 1970. La semifinal de 2006, así pues, será más importante que la propia final, donde Italia ganará finalmente a Francia en los penaltis, para variar, neutralizándola como bestia negra. Atrás quedarán los maledetti rigori. Y de paso también el cabezazo de Zidane en el pecho de Materazzi.

Los últimos doce años de la selección italiana, marcados en esencia por la falta de grandes leyendas —a excepción de Pirlo—, han oscilado entre la calidad sin resultados y la mediocridad por la falta de espíritu. Italia estuvo muy cerca de una nueva copa en 2012, pero el 4-0 de la final de Kiev contra la Roja hará de España, definitivamente, la nueva bestia negra de Italia. Quién lo iba a decir. España, así pues, pasará a la historia por ser la primera en conseguir el trío Eurocopa-Mundial-Eurocopa. La última Eurocopa de 2016 dio nuevas esperanzas a la azzurra entrenada por Antonio Conte, consciente de la virginidad futbolística internacional de muchos de sus integrantes. El grupo por él creado será sólido y deseoso. Sin embargo, por cosas del destino, Italia cayó, cómo no, en los penaltis y de la mano de su eterno rival. Diez años después de la hazaña de Grosso y Del Piero en el Mundial germano, los alemanes tuvieron su justa y merecida revancha en los cuartos de final. Quitando los pésimos penaltis fallados por Pellè y Zaza, objeto de mofa nacional en su país, muchos italianos se preguntaron si ese equipo podría haber sido realmente una buena promesa.

Lo cierto es que es increíblemente raro asistir a un Mundial sin Italia, como bien dice mi amigo Pineda. Por supuesto no es el único que me ha transmitido su extrañeza por una Copa del Mundo sin la azzurra. Es como organizar una fiesta sin ese alguien que sabemos que nos gusta. Es curioso, porque es precisamente en Italia donde sus futboleros son los primeros que, en el relativismo extraordinario que los caracteriza, viven el Mundial con normalidad, teniendo claro que la vida sigue, faltaría más. Están demasiado acostumbrados a la mediocridad en política como para que el Calcio no sea algo serio. Si no se hacen bien los deberes, es mejor no estar. Al final va a ser verdad que este año Italia brillará por su ausencia.


«Con el pito nos los follamos»: La última charla técnica de Benito Floro en el Real Madrid

Benito Floro llegó al Madrid como Rasputín a la corte de los zares, envuelto en la mística que da poseer un secreto único: los saques de banda estudiados, el psicólogo de los limones y el achique de espacios a lo Arrigo Sacchi, su eterna comparación. Había llevado al Albacete de las profundidades del fútbol federativo a la primera división a base de pepinazos de Zalazar, se puso de moda y, como es habitual, el Real Madrid lo fichó no fuera a ser que se le pasaran las vitaminas.

Floro era un hombre que causaba reacciones opuestas, como casi todos los «revolucionarios». La mitad de la prensa —y del vestuario— no evitaba la risa con tanto método y tanta historia. Tanto misterio, en definitiva. La otra mitad seguía esperando el advenimiento, como el que se queda mirando mucho rato la mano del prestidigitador a ver dónde está el truco. Lo cierto es que su primera temporada fue más que aceptable: dejó al equipo justo donde lo cogió, es decir, en Tenerife, aunque al menos esta vez no jugó con ningún sentimiento, no hizo un Beenhakker ni un Rocha ni un Buyo: salió al Heliodoro con cara de derrotado y al descanso ya perdía 2-0 y se le escapaba la liga.

Con la distancia de más de veinte años puede que algunas cosas no se entiendan bien, pero aquel Real Madrid no estaba acostumbrado a los segundos puestos. Ramón Mendoza, desde luego, no lo estaba. De repente, en solo tres años, el club había traspasado sus «urgencias históricas» —otra frase de Valdano— de Europa a su propio país, donde acostumbraba a pasearse incluso con Garcías de bigotes frondosos. Tres años sin ganar la liga, sumados a los ya veintisiete sin llevarse la Copa de Europa hacían que la temporada oliera a fracaso. No importaba que se hubiera disputado el campeonato hasta la última jornada, que se ganara la Copa del Rey —tuvieron que pasar dieciocho años para repetir— y que solo un gol en el descuento del mejor PSG hubiera eliminado al equipo en Europa.

La segunda temporada de Floro tenía que ser la de su consagración. Más le valía. Sin embargo, los refuerzos fueron mínimos: Alkorta, Dubovsky y un brasileño llamado Vitor al que comparaban con Cafú. Creo que en aquellos años el Madrid fichó a todos los laterales derechos brasileños que se parecían a Cafú menos a Cafú. A Cafú, no me pregunten por qué, lo fichó el Zaragoza. La base del equipo seguía siendo la intermitente «quinta del Buitre», completada de nuevo con Martín Vázquez tras sus aventuras italiano-francesas, más Buyo, Hierro, Luis Enrique y Prosinecki, en su tercer año triunfal.

La temporada que no arrancaba nunca

Cuando a alguien le dicen que es un genio toda la vida acaba por creérselo. A mí me pasaría y a usted también. Por lo menos, durante un rato. Cuando a uno le contratan por ser un genio, además, imagínese la presión, el hiato constante entre la realidad y la expectativa. Floro empezó el año nervioso, inquieto, buscando fórmulas y pociones que no existían. Butragueño ya no iba a jugar mejor; Zamorano no era Hugo Sánchez, los rivales ya no temblaban de miedo en el Bernabéu, de hecho, los dos primeros partidos de liga en casa fueron dos derrotas: 1-3 ante el Valladolid y 0-1 contra el Oviedo.

Toda la prensa clamaba por su destitución pero Mendoza aguantó. Hay que tener en cuenta que a Mendoza aún le duraba el «síndrome Antic», cuando creyó que ganar la liga en España era tan fácil que si no lo hacías con diez puntos de ventaja lo mejor era que te volvieras a Yugoslavia. De todo aquello aprendió que a veces era mejor tener calma, que, según el momento, cualquier paso en cualquier dirección puede ser un paso en falso. Y, además, en un año había elecciones. Floro aguantó como pudo, sumó dos empates en Tenerife y el Calderón y al terminar la jornada séptima el equipo estaba decimocuarto en la clasificación, un punto por encima del descenso, a cuatro ya del Barcelona.

Aquello solo podía mejorar y mejoró: de repente, el Madrid funcionaba.

Todos los equipos grandes tienen ese momento en el que de repente funcionan y la prensa local se entusiasma y elabora todo tipo de teorías y profecías que ocultan lo que no es más que pura lógica: los buenos jugadores, los caros, los de millones de euros, puede que no jueguen bien todos los partidos, pero lo que es imposible es que jueguen mal cada domingo. Llegó octubre y conforme avanzó el otoño aumentó el optimismo: el Real Madrid sumó cinco victorias consecutivas en liga, se clasificó para los cuartos de final de la Recopa y, lo más importante, consiguió ganar la Supercopa con cierta contundencia ante el todopoderoso Barcelona, que también estaba en su propia crisis de adaptación de Romario y veía cómo el Deportivo de la Coruña se escapaba en cabeza.

En 2014, cinco victorias consecutivas de Real Madrid o Barcelona serían algo rutinario pero por entonces llamaban la atención. El 11 de noviembre el Madrid visitó Valencia y ganó 0-3… al final de la jornada doce, el equipo era colíder de la liga junto a otros cinco competidores. Un séxtuple empate en la cabeza que no se había repetido jamás. Las piezas empezaban a encajar. Eso, hasta que vinieron los terremotos.

El pelele en el Camp Nou

Entre la ida y la vuelta de la Supercopa ante el Barça, el Real Madrid perdió en Gijón, empató en casa contra el Sevilla y cayó en San Sebastián. Pese a tamaña debacle, la penúltima jornada de la primera vuelta les enfrentó a un Barcelona a tiro de piedra, solo dos puntos por delante. A cuatro quedaba el Deportivo. Una victoria suponía el segundo puesto. No estaba mal para un inicio de temporada tan desastroso.

Lo que pasó después lo recuerdan casi todos: Romario hizo lo que quiso con la cadera de Alkorta, Koeman mandó un misil a la escuadra de Buyo y a partir de ahí, festival blaugrana con Bruins Slot saliendo del banquillo para enseñar la manita a la grada. Al día siguiente el Marca no tituló con «Manolo, estás despedido» porque, insisto, eran otros tiempos, pero la andanada no era mucho menor: «Pelele», colocó a cinco columnas, y con lo de «pelele» se quedó el equipo un buen rato, rumiándolo, la sensación de que toda mejora es una burbuja, la conciencia de fin de ciclo de una generación y la cara de Floro, sus gafas de profesor de película de Trueba, mostrando una impotencia total.

Si el entorno ya estaba nervioso, a partir de ahí fue de manicomio. Cada día sonaba un técnico distinto, una nueva estrella para el equipo. Mendoza decidió que, pese a todo, Floro iba a continuar como entrenador y no quedó muy claro si aquello era un gesto de confianza o de castigo. De desidia, más bien. De Humphrey Bogart diciendo en su bar: «Para despreciarte, primero tendría que pensar en ti». Así quedó Floro, entre la temporada presente y la temporada por venir, la que no contaba con él. Atrapado en el tiempo.

La situación se mantuvo así durante unos meses. El 5-0 había llegado poco después de Reyes y para finales de febrero, el Madrid había mostrado de nuevo una pequeña recuperación: algunas victorias en campos fáciles, cierta regularidad en casa… Tras la jornada 26, a pesar de todos los pesares, el equipo iba tercero, empatado con el Barcelona y todavía a cuatro puntos del Deportivo de la Coruña, que iba disparado a por la primera liga de su historia. Los dos grandes del fútbol español sumaban treinta y cuatro puntos cada uno. Si lo pasamos a la puntuación actual, nos saldrían cuarenta y nueve para el Barcelona y cuarenta y ocho para el Real Madrid. Miren la clasificación de los últimos años a esas alturas y comparen.

En medio, eso sí, el Tenerife de Valdano había vuelto a cruzarse. El baño táctico que le daba Valdano a Floro en cada partido era de escándalo. En Copa del Rey jugaron dos partidos de cuartos de final y los dos los ganaron los canarios con una facilidad asombrosa: 2-1 y 0-3. Este último resultado volvía a poner en el disparadero a Floro, pero Mendoza, de nuevo y pese a todos los consejos, le mantuvo en su puesto. Esperaba el París Saint Germain en cuartos de la Recopa, aquel PSG de Ginola y Weah que ya había eliminado al Real Madrid el año anterior en la UEFA para acabar cayendo en semifinales contra la Juventus. Nadie en su sano juicio pensaba en una victoria madridista. Puede que tampoco pensaran que la semana iba a ser tan enloquecida.

Primero, el París Saint Germain; después, el Lleida.

El vía crucis tenía que empezar, cómo no, con Valdano y el Tenerife. Pese a acabar con nueve hombres, los canarios sacaron un empate en el Bernabéu que descolgaba al Madrid aún más de la liga. Solo cuatro días más tarde, el coliseo blanco recibía un nuevo incómodo visitante: el Paris Saint Germain. La eliminatoria del año anterior había sido espectacular y llena de goles: la ida, con 3-1 a favor de los de Floro ponía la eliminatoria muy a favor de los blancos, pero en París todo se complicó y, así, en el minuto 80 Ginola marcaba el 2-0 que clasificaba a su equipo. No quedó ahí la cosa, en el descuento, Valdo parecía sentenciar con el 3-0.

Ya fuera de Europa y a la desesperada, encontró todavía el Real Madrid un gol milagroso de Zamorano que ponía el 3-1 y llevaba el encuentro a la prórroga… solo que el árbitro siguió descontando y descontando hasta que Kombuaré marcó el 4-1 y dejó las cosas donde estaban quince minutos de locura antes.

Este año las cosas iban a ser muy distintas. Los dos equipos se tenían un miedo atroz y las defensas podían con los ataques. Puede que el plan de Floro fuera sacar un empate a cero en casa y luego jugar al contraataque en París, algo que le salía relativamente bien. El precio a pagar fue una imagen espantosa que se complicó aún más cuando casi al final de la primera parte Weah marcaba el 0-1. El Madrid no fue el pelele del Camp Nou ni el pelele de la Copa contra el Tenerife, pero tampoco fue mucho más que eso. Las caras de los aficionados y los jugadores dejaban claro que aquello era imposible y en imposible se quedó: 0-1 y sensación de que mejor ni viajar a París.

Para redimirse, la siguiente jornada de liga dejaba un partido muy sencillo en Lleida. El equipo catalán acababa de ascender, ocupaba la antepenúltima posición y aunque es cierto que se había llevado una victoria improbabilísima en el Camp Nou (0-1), nada hacía pensar que aquel equipo lleno de remiendos pudiera plantar cara al mismísimo Real Madrid, un montón de almas, un montón de cariño, un montón de déficit en el club. El Lleida venía de cinco partidos sin perder y aquel día pasó a su pequeña historia particular: al gol de Parés le sucedió uno de Hierro para poner el empate, pero a los 29 minutos marcaba Andersen y ponía el 2-1.

De un lado, jugaban Ravnic; Jaime Quesada, Gonzalo, Txema, Urbano, Herrera, Virgilio, Matosas, Rubio, Parés, Andersen, Milinkovic y David de la Hera; del otro, Buyo, Chendo, Sanchís, Alkorta, Ramis, Hierro, Milla, Michel, Dubovsky, Luis Enrique, Zamorano, Prosinecki y Martín Vázquez. En los 61 minutos restantes, el Madrid no fue capaz de empatar siquiera el partido. El bigote de Mané sonreía y la prensa volvía a trinar. Sin embargo, no está claro que fuera la derrota en sí lo que le costó el puesto a Benito Floro.

«Maricón el que la pierda»

El lunes por la mañana nada hacía apuntar a un cese. La derrota dolía pero se había hecho algo demasiado habitual. Por supuesto, Floro seguía siendo un zombi, un muerto andante, que dicen los americanos, y el fichaje de Valdano estaba prácticamente cerrado —junto a Valdano, por cierto, Laudrup, Redondo y quien él pidiera, porque esto había que acabarlo ya—. Todo cambió cuando esa misma noche, El día después, un programa de culto de Canal Plus presentado por Nacho Lewin y Michael Robinson anunciaba una exclusiva que pasaría a la historia no ya del fútbol sino de la cultura popular española.

La imagen mostraba un vestuario vacío, típico escenario del campo de batalla sin recoger. La imagen, en cualquier caso, no era lo importante, lo importante era el sonido. Lo importante era Benito Floro desesperado, apelando a los cojones, a «ponerlos» porque no hay nada más. El gurú, el científico, convertido en un cliente borracho de barra de bar. El parlamento seguía hacia una especie de soliloquio desvariado en el que se mezclaba la apelación a la deuda del club con la afición, las críticas de la prensa, el manido «pelele», la hombría de los jugadores, los fundamentos del deporte… Floro se iba desesperando hasta que al final todo se reducía a lo práctico: «Haced lo que os salga de la polla ahí, pero ganad, coño» y el mítico: «Un equipo que el año pasado estaba en Segunda B o Segunda A, ¡con el pito nos lo follamos, con el pito!».

El último sonido, casi imposible de subtitular, era un desgarrado «¡Dios, no os da vergüenza… me cago en Dios!»

Yo creo, y esta es una opinión muy particular, que si el vídeo no hubiera salido a la luz, Floro habría acabado aquella temporada en el Madrid. Lo que pasa es que el vídeo era mucho más que anecdótico: toda la fórmula mística y secreta se reducía a poner huevos y ganar con el pito, el hombre estaba completamente fuera de sí, la división con los jugadores se hacía patente… y el lenguaje ofendía. Esto parece una chorrada enorme pero no lo es: aún empezaban los noventa y cagarse en Dios seis veces en dos minutos no era algo demasiado recomendable.

Esa charla «técnica» de Benito Floro, el mago de la pizarra, fue su última al cargo del Real Madrid. Al día siguiente, de manera fulminante, la directiva lo cesó y puso a Vicente del Bosque al cargo del equipo. Del Bosque rozó la machada en París y dejó al equipo, él también, donde lo había encontrado: cuarto, lejos del campeón, incapaz siquiera de frenar al Barcelona en el Bernabéu y dejarlo sin campeonato, la última rendición de un equipo roto.

En cuanto a Floro, desde entonces fue difícil tomárselo en serio. En serio como chamán, por lo menos. Puede que él se quitara un enorme peso de encima. El Albacete lo rescató y tuvo unos años interesantes en Gijón y Villarreal, con varias excursiones al extranjero en medio, para ampliar conceptos. En 2005, Florentino Pérez decidió ficharlo como director deportivo del Real Madrid, formando tridente de lujo con el entrenador López Caro y el manager Arrigo Sacchi. Duró lo que tardó el presidente en presentar la dimisión. Desde entonces, no ha vuelto a entrenar en España.

Actualmente, que sepamos, es seleccionador de Canadá.