Guía para comprender mejor a Warhol

Andy Warhol. Foto: Jack Mitchell (CC)
Andy Warhol. Foto: Jack Mitchell (CC)

Cuando Warhol visitó España por primera vez en febrero de 1983, llegó en un estado de agotamiento creativo que solo remontó ocasionalmente durante los cuatro años siguientes, hasta el momento de su muerte en 1987. El Warhol que recorrió Madrid y revolucionó la vida social de la ciudad era el de las fiestas de alta sociedad y los retratos, todavía interesado por el underground pero mucho más interesado en hacer negocios. A pesar de todo, la modernidad madrileña de la Movida, que tanto se había inspirado en su obra, se rindió ante él.

Warhol llegó tarde a España pero lo hizo en el único momento posible. Quizá eso haya contribuido a que desde aquí haya una mayor predilección por su lado frívolo y un mayor desinterés hacia su verdadero aporte artístico. Mil veces citado, copiado, invocado y parafraseado, el nombre de Andy Warhol se toma en vano con mucha más frecuencia de la que incluso a él le gustaría. Porque además de hacer cuadros, películas y portadas de discos, también fue un pensador que avanzó muchas de las cosas que definen la sociedad en la que hoy vivimos. Esta guía ayuda a comprender mejor la dimensión y la profundidad de un artista que es mucho más que cuadros coloridos y cotilleo sobre famosos.

1. Popism. Diarios (1960-1969), Andy Warhol y Pat Hackett (Alfàbia, 2010). Publicado originalmente en 1980, el artista expone en este libro su visión de la década que le hizo ser quién es y que tampoco habría sido la misma sin su presencia. Jasper Johns, Rauschemberg, Oldenburg y Warhol tuvieron que imponer un discurso figurativo relacionado con la cultura de consumo en un escenario en el que lo que mandaba era la angustia existencial del expresionismo abstracto de Rothko y Pollock. Pero Warhol lo tenía claro: «Cuando te volvías pop ya nunca podías ver un letrero de la misma manera que antes. Y cuando pensaba pop, ya nunca podía ver Norteamérica con los mismos ojos».

De los libros firmados por Warhol, Popism es el más revelador, algo que no puede decirse de Mi Filosofía de A a B y de B a A (Tusquets, 1981), donde conviven momentos excelentes con otros que no han soportado nada bien el paso del tiempo. Popism incluye pasajes muy vigentes y aplicables a memes como los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas, las penurias de los refugiados o los protagonistas de cualquier programa del corazón: «Se me ha citado mucho diciendo: “Me gustan las cosas aburridas”. Bueno, lo dije y hablaba en serio; pero eso no quiere decir que no me aburran. Claro que lo que yo considero aburrido a otros no se lo debe parecer; nunca he soportado los programas de gran audiencia que dan en la tele, porque el argumento, las tomas y los cortes son esencialmente los mismos, se repiten. Por lo visto a mucha gente le encanta mirar lo mismo mientras los detalles sean diferentes. En mi caso ocurre lo contrario: si me voy a sentar a mirar lo mismo que la noche anterior no quiero que sea esencialmente lo mismo; quiero que sea “exactamente” lo mismo. Porque cuanto más miras lo mismo más significado se pierde y mejor y más vacío te sientes».

2. Songs for Drella, Lou Reed & John Cale (Warner, 1990). La muerte de Warhol en febrero de 1987 propició que durante los años siguientes se propagaran historias que no hacían justicia al artista. Y también un libro, Diarios (Anagrama, 1989), una selección de entradas en su diario que distaba mucho de ser, tal como decía Reed en este disco, el mejor epitafio posible. Primera colaboración discográfica realizada entre Lou Reed y Cale desde que el primero propiciara la expulsión del violinista de Velvet Underground en 1968, Drella combina digresión y narración. Canciones como «Nobody but You», «Faces and Names», «Trouble with Classicists», «Work» o «Images», escritas en primera persona, sirven para que Reed y Cale verbalicen la filosofía de quien fuera su maestro. Dos momentos álgidos: «A Dream», verbalización de un sueño cuyo texto fue creado con fragmentos de los famosos Diarios, incluido aquel en el que Warhol decía detestar a Reed porque nunca le encargaba la realización de sus vídeos. A pesar de eso y de otras diferencias, su alumno se despedía de él con firmeza, y también con el cariño que le negó en los últimos años de vida, en los versos de «Hello It’s Me».

3. Andy Warhol: Polaroids 1958-1987 (Taschen, 2015). Décadas antes de que pudiéramos soñar con cámaras digitales, smartphones y selfies, la polaroid era la herramienta perfecta para captar y disfrutar un momento. En su obsesión por atrapar el tiempo y documentar su vida diaria, Warhol hizo de su cámara Polaroid su segunda gran aliada después de su grabadora. Algunas de sus instantáneas buscaban servir como base para cuadros, retratando a partir de ellas a iconos —cuando el término icono realmente significaba algo o, al menos, algo interesante— como Grace Jones, Jagger, Debbie Harry, Yves Saint-Laurent, Keith Haring. Pero en manos de Andy, la cámara también cumplía ese papel cotilla innato a su persona, dejando constancia de todo tipo de encuentros y situaciones a lo largo de un arco temporal que también refleja la evolución de sus intereses creativos. Richard Hamilton con el miembro asomando por la bragueta, torsos masculinos, los perros teckel del artista, instantáneas suyas travestido, momentos de vacaciones en Montauk con la alta sociedad neoyorquina, fotografías de sus propias obras… Un amplio mosaico visual que el crítico de arte Richard B. Woodward consigue sintetizar en este monumental libro.

4. 13 Most Beautiful: Songs for Andy Warhol Screen Tests (Plexifilm, 2009). La cámara Bolex que Warhol adquirió en junio de 1963, y con la que rodó Sleep, su primera película —el cuerpo desnudo de John Giorno filmado mientras dormía— se convirtió en una presencia constante en la Factory plateada. Esto fue a raíz de que Warhol hiciera que los visitantes se sentaran frente a ella y se dejaran hacer breves retratos en movimiento. Durante los tres años siguientes se filmaron docenas de las películas-retrato conocidas como screen tests, pruebas de pantalla como las que se hace a los actores que aspiran a tomar parte en una película. Convertida en imán para todo tipo de personajes, la Factory atraería a muchos talentos callejeros que terminarían encontrando sus minutos de gloria en aquel loft, así como a artistas consagrados como Dylan, Duchamp, Jagger o Dalí. La antología de screen tests publicada por Plexifilm (que retoma el título de la primera obra de esta serie, en la que Warhol filmó a una serie de efebos y la bautizó estableciendo una analogía con los trece hombres más buscados por el FBI) recoge trece de esas cintas, protagonizadas por Lou Reed, Nico, Jane Holzer, Dennis Hopper, Billy Name Linich, Edie Sedgwick, Freddy Herko, International Velvet y Mary Woronow, entre otros.

Las películas, siempre de cuatro minutos de duración y filmadas en blanco y negro, son el fiel reflejo de la atracción que Warhol siente por el vacío. Seres hipnotizados por la cámara que a la vez hipnotizan con su estatismo al espectador, en un juego perverso donde se funden voyerismo y tedio. En el DVD, las películas están acompañadas por composiciones de Dean Wareham y Britta Philips, que se ponen al servicio del universo warholiano con temas y canciones que se inspiran en Velvet Underground. La fallecida Callie Angell, una de las más grandes estudiosas de la obra del artista, publicó en 2006 un catálogo razonado de sus screen tests.

5. Andy Warhol. Entrevistas (Blackie Books, 2010). Tanto si hacía él las preguntas como si las contestaba, para Andy Warhol la entrevista ha sido siempre una extensión de su mirada. Prueba de ello es que en 1969 creó Interview, una publicación donde las entrevistas eran básicamente transcripciones sin editar de las conversaciones mantenidas. Pero su mejor legado en este campo quizá sean las entrevistas que concedió. Algunas de sus máximas, repetidas y desvirtuadas hasta la saciedad, reflejan que, bajo la imagen frívola que el artista se obstinaba en dar, había un intelectual cuya mejor baza fue no parecerlo jamás. Los mecanismos de esa estrategia son revelados a través de treinta y siete entrevistas realizadas con él entre 1962 y 1987 y reunidas en este tomo. Los textos incluyen conversaciones tanto con interlocutores hostiles como con otros fascinados ante su aura; también hay encuentros despachados con monosílabos e incluso una entrevista en la que Gerard Malanga, su hombre de confianza durante los sesenta, utiliza el cuestionario tipo de una entrevista de trabajo. Una antología que lleva a reflexionar sobre el fondo del universo warholiano, sobre todo ahora, cuando la cultura pop es ya, en la era de internet, el continente de muchas otras culturas.

Con sus respuestas impasibles, Warhol se cuestionaba a sí mismo y también al mundo que le rodeaba, del mismo modo que sus retratos en serie sobre celebridades, o sobre desastres, hacen que dejemos de ver lo cotidiano y pasemos a contemplarlo y, por consiguiente, a pensar sobre ello. «Yo creo que la gente hace lo mismo cada día, en eso consiste la vida. Hagas lo que hagas siempre es lo mismo», le contesta a una periodista en uno de sus habituales ejercicios de fingida vacuidad. Un juego presente también cuando articula la entrevista como colaboración, dinámica que habitualmente aplicó a la creación de sus pinturas y películas. Y del mismo modo que a menudo le preguntaba a alguien qué podía pintar, usa a alguno de sus amigos, e incluso al mismo periodista, para que le indique qué debería contestar. Warhol mantenía que la mayoría de las entrevistas estaban escritas de antemano, que daba igual lo que contestara porque el entrevistador ya sabía lo que quería decir del entrevistado. Así que las afrontaba de tal manera que, al final, sus respuestas funcionan como un espejo que nos devuelve la imagen del entrevistador (el título original del libro es I’ll Be Your Mirror) y con ello, nuestra propia imagen, la del lector deseoso por descubrir si este controvertido personaje es exactamente eso que nos hemos propuesto que sea. Un farsante encumbrado a la categoría de artista, un hábil manipulador, o un visionario que comprendió que con los sesenta el mundo había empezado a cambiar de forma radical y, con él, las funciones y manifestaciones del artista. En su caso, y por encima de todo, no hay que olvidar al creador que, cuando alguien le preguntaba por qué pintó las latas de sopa Campbell, en lugar de elaborar un complejo discurso que justificara su obra, se limitaba a contestar que las eligió porque era lo que comía desde niño.

6. Tres biografías esenciales. Una vida como la de Warhol, que representa el sueño americano, con su recorrido desde la más absoluta pobreza hasta el éxito y la fortuna, salpicada por escándalos, tragedias, violencia, drogas, sexo y celebridades, era una golosina para el mundo editorial, sobre todo tras su muerte. Las dos primeras biografías sobre él aparecieron casi a la vez. Warhol (Anagrama, 1991) comenzó a escribirse cuando el artista aún vivía y ofrece una visión cercana pero analítica de su figura y trayectoria. Está firmada por David Bourdon, crítico de arte cercano a Warhol desde sus comienzos como pintor —proceso estupendamente narrado en el texto—, e iba ilustrada por abundante material gráfico que en el momento de su publicación todavía resultaba raro de ver.

Víctor Bockris, uno de los redactores de la revista Interview, también publicó su versión de la vida y la figura del artista en 1989 (tuvo traducción al castellano pero hace años que su editorial desapareció). Siempre controvertido, Bockris acudió a fuentes cercanas, pero su tendencia al sensacionalismo y a las vendettas personales (formó parte del underground neoyorquino de los setenta), algo de lo que también adolecen sus biografías no autorizadas sobre Lou Reed y Patti Smith, hace desconfiar de algunas conclusiones. Más cercano al ensayo que a la biografía es el texto de Wayne Koestenbaum, que en Andy Warhol (Random House, 2002) analiza su vida y obra desde el prisma de la homosexualidad, arrojando algunas revelaciones contundentes y necesarias sobre un personaje cuya sexualidad, aunque manifiesta, siempre se mantuvo en un segundo plano. «No me explico —escribe el autor— cómo se puede llamar asexual a una persona que convertía el pensamiento en sexo y el sexo en pensamiento […] Hay quien llama a Warhol asexual para evitar llamarlo maricón».

7. I shot Andy Warhol (Mary Harron, 1996). Uno de los acontecimientos que marcaron un punto de inflexión en la vida y la obra de Warhol fue el intento de asesinato del que fue objeto por parte de Valerie Solanas en junio de 1968. Los disparos que le descerrajó al salir del ascensor de la entonces nueva Factory —ya mucho más un centro de negocios que un estudio artístico— estuvieron a punto de causarle la muerte (llegó a pasar unos minutos en muerte clínica). Aquello evidenció que el caudal de talento salvaje del que se abastecía el artista entrañaba también un serio peligro. En 1964 el bailarín Freddy Herko se había suicidado haciendo una cabriola mortal, saltando por una ventana; y en 1972 Andrea Feldman se arrojaría al vacío aferrada a una Biblia desde el rascacielos donde vivía. Solanas se sintió traicionada por Warhol, al que acusó de apropiarse de sus ideas y quiso matarlo. Mary Harron, periodista asociada a la revista Punk, debutó como realizadora con este correcto filme que recrea con bastante acierto la figura de Solanas —mérito que sobre todo recae en Lily Taylor—, el ambiente de la Factory y las caprichosas leyes de su rey. Menos afortunada resultó Factory girl (2006), que, al llevar la vida de Edie Sedgwick a la gran pantalla, acaba cayendo en los tópicos que suelen dar al traste con este tipo de proyectos. De ambas películas se desprende que el artista era un ser caprichoso y cruel; quizá lo fuera, pero según mantiene Koestenbaum en su libro, no es el ser que arrastró a otros a la autodestrucción, tal y como se ha dicho en muchas ocasiones. «Warhol —dice el escritor— no hacía algo si pensaba que no era lo correcto».

8. Tres ensayos imprescindibles. Son innumerables los análisis sobre la obra de Warhol, pero hay dos que destacan por encima de todos los demás. Andy Warhol Superstar (Anagrama, 1976; originalmente publicado en Estados Unidos como Stargazer: Andy Warhol’s World and his Films, Praeger Publishers Inc., 1973) fue el primer acercamiento a Warhol a través de sus películas —en realidad, el primer texto que se tomaba en serio su cine— y sus conclusiones siguen sosteniéndose cuatro décadas después. Koch nos presenta al Warhol mirón que transforma el tedio en nirvana y el paso del tiempo en pornografía. Nos lo muestra desde un ángulo que conecta su cine con nuestro presente, ese en el que internet ha propiciado que seamos testigos pasivos de vidas ajenas. Y pone énfasis en un hecho capital: que Warhol fue y es la mejor obra de Warhol: «En los sesenta, se convirtió en uno de sus propios objetos —argumenta el autor—, llamativo, brillante, inconfundible».

Por su parte, el historiador del arte Arthur C. Danto ofrece una visión global del canon warholiano en Andy Warhol (Paidós, 2011) pero haciendo hincapié en su faceta como pensador: «Muchas de sus obras más importantes son como respuestas a preguntas filosóficas […] Eso es algo que no entienden muchos de los observadores de su obra […] Andy hacía filosofía al hacer el arte que le dio fama […] Demostró mediante su “Caja Brillo” la posibilidad de que dos cosas aparenten ser iguales y, en cambio, no solo sean distintas sino distintas de una manera trascendental». Muy recomendable también es Tristísimo Warhol (Siruela, 1999). Centrándose únicamente en su obra pictórica, la historiadora del arte Estrella de Diego hace emerger a la superficie al Warhol artista en una serie de textos que a veces usan como contraste a contemporáneos suyos como Hockney, Johns o Pollock. El título es sin duda uno de los más acertados y descriptivos que se podían haber elegido para hablar de semejante personalidad.

9. «Factory people» (2009). Es complicado entender a Warhol, sobre todo al primer Warhol, sin una serie de personajes y colaboradores que fueron clave en la década de los sesenta, cuando su obra artística gozaba de contundencia y los intereses comerciales todavía no habían condicionado su producción. Esta serie documental rodada para la televisión australiana se centra en varias de esas figuras, que hablan sobre lo que fue trabajar y divertirse en la vieja Factory de paredes plateadas. Ese mismo lugar en el que Malanga comenzó a ayudar al pintor con sus primeras serigrafías, la cámara Bolex retrataba a los visitantes y filmaba improvisadas películas porno en su sofá rojo; el lugar donde Velvet Underground ensayó durante casi dos años y cuyos personajes y situaciones acabaron empapando las letras de Lou Reed. Puesto que Warhol delegaba a la hora de hacer lo que hacía, muchos de esos nombres que ofrecen aquí valiosos testimonios —y otros ya fallecidos, presentes a través de material de archivo—, resultan imprescindibles. Paul Morrissey, el hombre que ayudó a profesionalizar el cine warholiano; Billy Name, encargado de la Factory y autor de miles de fotografías de la misma; Viva, Mary Woronov y Ultra Violet, tres modelos femeninos de estrella y actriz del universo de Andy. Todos ellos y otros más comparecen aquí como piezas imprescindibles para completar ese gran rompecabezas que es Andy Warhol.

10. The Warhol look. Glamour. Style. Fashion (Bullfinch AWM, 1998). Publicado coincidiendo con la exposición homónima, este libro/catálogo cumple un objetivo esencial si hablamos de Warhol: establecer su relación con la moda, la televisión, el cine y la publicidad. Que imágenes suyas como el plátano que decoraba la portada de The Velvet Underground & Nico, la lata de sopa Campbell o su propio retrato se hayan convertido en motivos aprovechados por diseñadores y firmas de moda, así como por marcas de complementos de todo tipo, no es más que la parte final —por ahora— de un proceso que comenzó cuando el propio Andy, siendo un crío, soñaba con las estrellas de Hollywood y coleccionaba revistas con sus fotos. Un efecto bumerán de largo recorrido, mucho más profundo que esa aparente frivolidad con la que el artista se empeñaba en envolver cada cosa que hacía. Teniendo en cuenta que dibujó zapatos antes de ser pintor y que su primera exposición fue en un escaparate, la moda tenía que estar presente en su obra. La fauna de la Factory creó un fresco visual que atrajo a fotógrafos como Avedon y cineastas como Antonioni, pero también a los editores de Vogue y Harper’s Bazaar; y muchos años después, a marcas como Calvin Klein, que reivindicaron en su publicidad la estética de las viejas superstars, y hasta el basto granulado de las primeras películas del pintor.

Dentro de ese juego de intercambios, Warhol jugó también con la identidad de género, convirtiendo en estrellas a transexuales e introduciéndolos en el mainstream —como ocurrió con Candy Darling, que fue portada de Cosmopolitan y apareció en Klute con Jane Fonda—. Y de la misma manera que unió para siempre lo experimental con lo popular, creó Interview, publicación en la que los famosos compartían charlas y fiestas con talentos recién surgidos del underground. La relación de Warhol con la fama, el glamour y el estilo queda perfectamente establecida en este libro. Y puesto que estos tres conceptos han ido degradándose a lo largo de los últimos años, no está de más revisar su semántica cuando esta realmente se aplicaba a gente y cosas que importaban algo. Porque si bien es cierto que Warhol profetizó que en el futuro todo el mundo sería famoso al menos durante quince minutos, también lo es que un día, harto de que los periodistas le recordaran la frase, corrigió a alguien declarando: «Lo que dije fue dentro de quince minutos todo el mundo será famoso». También acertó con eso.


Corita Kent: la monja pop

Hace ya años que los contables que gobiernan el mundo del arte lo han convertido en un polvoriento pero muy rentable espanto para consumo de toreros, promotores inmobiliarios, futbolistas, alcaldes de pueblo costero valenciano, banqueros y sus respectivas fulanas. Nada que objetar al respecto y muy especialmente desde que los artistas son los primeros en arrastrarse, si es necesario con los premolares, hasta las timbas más horteras. No será desde luego esta gente la que haga que el arte sobreviva como el único refugio de la emoción en un planeta en el que el mayor grado de estremecimiento del que son capaces muchos de sus habitantes cabe de sobras en un mensaje de Whatsapp.

Quizá he sido injusto con los toreros en el párrafo anterior. A fin de cuentas, las crónicas taurinas son los textos más vitales y exuberantes que pueden leerse hoy en día en los diarios de este país. Y eso independientemente de la opinión que se tenga sobre las corridas de toros y que en mi caso es la que es.

Todo lo contrario, en cualquier caso, que los tortuosos monolitos de la sección de arte, probablemente los peor escritos de la prensa occidental. Monolitos rebosantes de blablublá, de pesadísima digestión, diseñados a conciencia para que el lector arranque a correr despavorido y no pare hasta llegar a la frontera de Perpignan. A mi última exposición visitada me arrastró por ejemplo el poder de convicción de unos ojos de un azul oceánico y con nombre de bagatela para piano de Ludwig van Beethoven: si llega a ser por la nota publicada en El País no me planto allí ni borracho de palo cortado Leonor.

Viene esto a cuento de la sarta de ñoñeces, banalidades y soporíferos datos históricos con la que ha sido recibida la exposición Mitos del pop del museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Ñoñeces, banalidades y soporíferos datos históricos capaces de provocar bostezos que rivalizarían sin problemas con los de un mero. Y es que, más allá de la conocida frase de Richard Hamilton con la que se lo suele definir —«popular, efímero, prescindible, barato, producido en serie, joven, ingenioso, sexy, divertido, glamuroso y un gran negocio»—, si el movimiento pop art es significativo por algo es por ser el primero de la historia en el que la aportación femenina es bastante más atractiva y merecedora de atención que la masculina. Y el resto son eslóganes de todo a un euro.

Otra cosa, por supuesto, es la desproporcionada fama de la que gozan Andy Warhol, Roy Lichtenstein, Keith Haring, Jasper Johns y David Hockney en comparación con la más bien escasa, por no decir inexistente atención, que se le suele dedicar a Marisol Escobar

Marisol Escobar.
Marisol Escobar. Foto: Library of Congress (DP)

Pauline Boty

Pauline Boty.
Pauline Boty. Foto: Cortesía de Mach Schau.

o Niki de Saint Phalle.

Niki de Saint Phalle. Foto:
Niki de Saint Phalle. Foto: Sprengel Museum Hannover (CC)

Pero lo entiendo. Por supuesto que lo entiendo. ¿Para qué preguntarse por qué extraña razón todos los focos de la exposición Mitos del pop se han centrado en los nombres de siempre cuando puedes crucificar ¡y hasta contribuir al despido! del speaker del Mundobasket? Que bajo ningún concepto lo importante le quite jamás tiempo a lo idiota, por favor.

Todo lo apuntado aquí arriba está explicado con detalle en dos libros: el catálogo Seductive Subversion: Women Pop Artists 1958-1968, de Sid Sachs y Kalliopi Minioudaki, y Power Up: Female Pop Art, de Angela Stief. Es en el segundo donde Stief explica, en un alarde de empatía más que de perspicacia, que la obra de Kiki Kogelnik

Kiki Kogelnik.
Heart, de Kiki Kogelnik.

Rosalyn Drexler

The Dream (a.k.a. King Kong), de Rosalyn Drexler.
The Dream (a.k.a. King Kong), de Rosalyn Drexler.

y Dorothy Iannone

The next great moment in History is ours, de Dorothy Iannone.
The next great moment in History is ours, de Dorothy Iannone.

es bastante más exuberante, combativa, ácida y sexual que la de sus homónimos masculinos. Y es cierto. Así que el que busque desapego, hastío, sarcasmo y superficialidad, es decir gelidez y muerte, que siga retozando en el sector masculino del pop art. El resto, que investigue mejor la rama femenina.

Aunque de quien yo quería hablar en realidad es de Corita Kent. La artista monja. O la monja pop. O la artista que fue monja.

Corita Kent.
Corita Kent. Foto: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.

Francis Elizabeth Kent (Iowa, 1918) adoptó el nombre de Mary Corita tras mudarse a Los Ángeles, unirse en 1936 a la muy liberal orden católica de las Hermanas del Inmaculado Corazón de María y estudiar arte en la Universidad de Southern California con maestros como Charles y Ray Eames. En 1968, a sus cincuenta años, tras treinta y dos como profesora del departamento de arte de la orden y convertida ya en uno de los grandes nombres del pop art gracias a sus coloristas serigrafías abarrotadas de mensajes de paz y amor, Kent abandonó los hábitos y se mudó a Boston, donde se dedicó prácticamente en exclusiva a su carrera artística y a cultivar su amistad con John Cage, Saul Bass y Alfred Hitchcock, entre muchos otros. Corita Kent murió de cáncer en 1986 y en la actualidad sigue siendo prácticamente una desconocida en nuestro país.

CORITA KENT 2
Foto: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.

Y ya que menciono a John Cage. Corre por la red un decálogo titulado Diez reglas para estudiantes y maestros que suele atribuirse al músico californiano pero que es en realidad obra de Corita Kent. Ella lo escribió como parte de un proyecto escolar entre 1967 y 1968 y sus diez reglas se acabaron convirtiendo en el decálogo oficial del college del Inmaculado Corazón. Sí es cierto, en cambio, que fue Cage el que lo popularizó. Y no solo por el hecho de que la regla nueve cita una frase suya. Tanto cariño le tenía Cage al decálogo que Merce Cunningham, su pareja, guardó hasta su muerte una copia en el estudio en el que ensayaba:

Foto: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.
Imagen: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.

Regla 1
Encuentra un lugar en el que confiar e intenta confiar en él durante un tiempo.

Regla 2
Deberes generales del estudiante: extrae todo lo que puedas de tu maestro; extrae todo lo que puedas de tus compañeros.

Regla 3
Deberes generales del maestro: extrae todo lo que puedas de tus estudiantes.

Regla 4
Considéralo todo como un experimento.

Regla 5
Sé autodisciplinado: esto significa encontrar a alguien sabio o inteligente y seguirlo. Ser disciplinado es seguir de una buena manera. Ser autodisciplinado es seguir de una manera mejor.

Regla 6
Nada es un error. No existe el ganar y el fallar, solo existe el hacer.

Regla 7
La única regla es el trabajo. Si trabajas llegarás a algún lado. Es la gente que trabaja todo el tiempo la que al final consigue cosas.

Regla 8
No intentes crear y analizar al mismo tiempo. Son procesos diferentes.

Regla 9
Sé feliz siempre que puedas. Disfruta. Es más liviano de lo que parece.

Regla 10
«Estamos rompiendo todas las reglas. Incluso nuestras propias reglas. ¿Y cómo lo hacemos? Dejando espacio suficiente para cantidades X» (John Cage).

Consejos útiles
Quédate cerca. Apúntate a todo. Ve siempre a clase. Lee todo lo que caiga en tus manos. Ve películas atentamente y con frecuencia. Guárdalo todo. Puede serte útil más tarde.

Todo lo que necesita una vida está ahí, en ese escaso puñado de frases telegráficas: sí a todo, acepta la incertidumbre, adopta la ética del trabajo y aprende a convivir a caballo de la razón y la emoción.

El decálogo no contenía en cambio ni una sola gota —explícita— de Dios. En 1967, el liberalismo del Inmaculado Corazón de María llevaba años siendo la piedra en el zapato de las autoridades eclesiásticas californianas, poco dispuestas a que el espíritu renovador del Concilio Vaticano II arraigara en sus dominios.

En mayo de 1965, el arzobispo de Los Ángeles se quejó amargamente de lo que veía. ¡Las hermanas de la orden estaban usando arte moderno para la representación de temas religiosos! «¿Son ustedes conscientes de que las postales de Navidad diseñadas por las hermanas del departamento de arte de la orden son una afrenta contra mí y un escándalo para la diócesis?», estalló.

Para el arzobispo, que apenas un año antes le había encargado a Corita el diseño de una banderola para el pabellón vaticano de la Feria Mundial de Nueva York de 1964, el arte de la monja más famosa de los EE. UU. había pasado de «elemento propagandístico de primer orden» a «sacrilegio» en apenas unos pocos meses. Las hermanas de la orden respondieron con una declaración que rezaba: «Las mujeres de todo el mundo, viejas y jóvenes, están adoptando roles decisivos en la vida pública, cambiando su mundo, desarrollando nuevos estilos de vida. Las mujeres creyentes de los EE. UU. quieren estar al frente de esta nueva, potencialmente fructífera e inevitable apuesta por la autodeterminación».

En 1970, la presión llevó a cuatrocientas hermanas de la orden a renunciar a sus votos y fundar la Comunidad del Inmaculado Corazón, libres por fin del yugo de la Iglesia. Corita había abandonado sus hábitos dos años antes para dedicarle más tiempo a su carrera artística.

La obra de Corita se volvió a lo largo de la década de los setenta más abstracta y mucho más pictórica. En 1971, diseñó el conocido Rainbow Swash, la decoración del famoso tanque de gas de la compañía Boston Gas en Dorchester.

Rainbow Swash, de Corita Kent.
Rainbow Swash, de Corita Kent.

En 1981, Corita diseñó el tercer sello de la serie Love Stamp del Servicio Postal de los Estados Unidos. El sello se puso a la venta en 1985 y se convirtió rápidamente en uno de los más vendidos de la historia.

Love Stamp, de Corita Kent.
Love Stamp, de Corita Kent.

Pero mis preferidos son sin duda alguna los juegos tipográficos de sus coloridas serigrafías, realizadas en su mayoría durante los años sesenta.

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Una auténtica belleza, ¿no es cierto?

Foto: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.
Foto: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.