El «Seven» de los Juegos Olímpicos: una historia de pecados capitales

Donde hay competición, hay pecado. Parece casi una obviedad. De todas las competiciones deportivas, con sus casos de dopaje, apuestas, trampas, peleas… hemos decidido echar un vistazo a siete historias de los Juegos Olímpicos que parecen sacadas de la mente de un enfermo Kevin Spacey. Son siete como podrían ser setenta, pero estas son las nuestras.

Gula

En el Estadio Olímpico de Londres se dan cita unas cien mil personas, posiblemente más. De todas las pruebas programadas en los Juegos de 1908, esta es probablemente la más prestigiosa, la que une directamente la modernidad del siglo XX con la Antigüedad griega. Incluso la princesa Alexandra, esposa del rey Eduardo VII, está tan emocionada con el evento que obliga a los organizadores a adelantar unos metros la línea de salida para que sus hijos la puedan ver desde el castillo de Windsor.

La épica de esta carrera de algo más de cuarenta y dos kilómetros ha estado trufada en anteriores ediciones por las trampas y la confusión: en 1904, Alice Roosevelt, la mujer de Theodore, se comió el papelón de felicitar y entregar su título de campeón a John Lorz justo antes de descubrir que Lorz había recorrido los últimos treinta kilómetros en coche. En París, 1900, no hubo más trampas que las que la organización tendió. Durante horas se vio a corredores perdidos por la ciudad como si aquello fuera el rally Dakar, sin manera de saber cuál era exactamente el recorrido a seguir.

Todo va a cambiar en estos cuartos Juegos Olímpicos de la era moderna. Mientras los espectadores que han pagado entrada disfrutan de las carreras de obstáculos y las pruebas de natación —la piscina se ha colocado en medio del anillo de atletismo—, por megafonía van anunciando los distintos cambios en el liderato de la maratón: primero, para euforia local, dos ingleses; después, un sudafricano y por último, a pocos kilómetros de la entrada al estadio, un italiano, el desconocido Dorando Pietri.

Pietri, de veintidós años y poco más de 1,60 m de altura, avanza entre síntomas de agotamiento hasta que de repente choca con la multitud. Al cansancio se le une entonces algo parecido al ataque de pánico. Antes de entrar en el estadio, cae por primera vez. Una vez dentro, en la vuelta final, cae de nuevo, se levanta como puede y vuelve a caer. Cuando los comisarios ven entrar en el estadio al estadounidense Johnny Hayes, la simpatía hacia Pietri aumenta: las relaciones entre ambos países son más que tensas y tener que aguantar a otro estadounidense con una medalla de oro sería la gota que colma el vaso patriótico.

Entre todos ayudan a Pietri a pasar la línea como campeón, pero Pietri no recuerda nada, solo que le dijeron que se alimentara mucho para desayunar: un buen filete, dos huevos, una taza de té y una tostada. «Tiene que ser la carne», comenta Pietri a quien le quiera escuchar, descartando la copa de brandy que se ha tomado a cinco kilómetros del final. «Demasiada carne», insiste… mientras se lleva la mano al costado. Por supuesto, Dorando es descalificado y por supuesto gana el estadounidense para enfado monumental de la princesa Alexandra, que le regala al italiano un trofeo exclusivo acompañado de un sonoro «Bravo», la única palabra que Pietri entiende de todo el discurso.

Llegada de Dorando Pietri en la Maratón de los Juegos Olímpicos de Londres, 1908. Fotografía: DP.

Ira

El 1 de noviembre de 1956, el primer ministro húngaro Imre Nagy declara la salida de su país del Pacto de Varsovia y pide a las Naciones Unidas que reconozcan su condición de Estado neutral. Son tiempos de revolución reformista en Hungría, celebraciones en la calle, un cierto aire de libertad que pronto será aniquilado por los tanques soviéticos. Ese mismo 1 de noviembre parte rumbo a Yugoslavia, primera parada de un larguísimo viaje de casi tres semanas, el equipo nacional de waterpolo dispuesto a participar en los Juegos Olímpicos de Melbourne.

Cuando salen de Budapest, su país está a un paso de conseguir la autonomía y desarrollar un proyecto propio; cuando llegan a Australia, el 20 de noviembre, Nagy es un fugitivo, la URSS controla de nuevo toda Hungría y la represión llega a límites extremos para evitar una nueva extravagancia. Los jugadores se quedan atónitos. Ninguno habla inglés salvo Miklos Martin, que les va traduciendo las noticias de los periódicos. España, Suiza y Holanda retiran sus delegaciones como protesta y los propios deportistas húngaros consideran hacer lo mismo, pero saben que eso se vería como una provocación y no está el horno para bollos.

Por lo demás, es un buen equipo, con un punto adelantado a su época, como la selección de fútbol que perdiera dos años antes el Mundial ante la República Federal de Alemania. Ganan sus partidos de primera fase y llegan a las semifinales, donde les espera… la Unión Soviética. La tensión es enorme. Miles de exiliados húngaros pueblan las gradas rodeados de centenares de policías australianos. Desde el principio, la táctica húngara está clara: «Vamos a luchar por nuestro país y vamos a sacarles de sus casillas». Así, expulsión tras expulsión, bronca tras bronca, los húngaros se adelantan 4-0 para deleite de los aficionados.

La humillación es total y, para asegurar el resultado, el entrenador húngaro ordena a un joven de veintiún años, Ervin Zador, que defienda a Valentin Prokopov, una de las estrellas soviéticas. A Zador no se le ocurre otra cosa que meterse con la madre de Prokopov, reivindicar la Hungría libre, llamarle asesino y toda la retahíla habitual de provocaciones. Prokopov aguanta, aguanta, aguanta… y cuando suena el silbato del árbitro para señalar una falta, aprovecha que Zador está despistado para explotarle la ceja de un puñetazo.

A partir de ahí, el caos. Zador queda desconcertado en un agua llena de sangre. Los jugadores de los dos equipos empiezan a soltar puñetazos mientras la policía retiene como puede a los aficionados magiares. El árbitro, un hombre sabio, declara el final anticipado del partido y se va corriendo. Queda después de todo la reivindicación, el orgullo, la ira desatada en la piscina… y el pase a la final olímpica. Una final que Hungría ganará 2-1 a Yugoslavia, el otro país que intenta salirse del control de Kruschev.

Pereza

El grave accidente de moto del soviético Valeriy Brumel, deja la prueba del salto de altura de México 1968 sin un favorito claro. Por supuesto, está el llamado a ser su sucesor, Valentin Gavrilov, y el dominador de la disciplina en Estados Unidos, Ed Caruthers, pero junto a ellos hay un buen montón de aspirantes que dependen del día que tengan sus piernas. Todos utilizan la técnica del molinillo, que se ha acabado imponiendo con los años a la de la tijereta: un salto con relativamente poca carrera en el que hay que pasar primero una pierna y, justo antes de caer, la segunda, siempre de frente al listón.

Solo uno se sale de la norma: el desconocido de veintiún años, Dick Fosbury. Que Fosbury esté ahí ya es una tremenda sorpresa. Cinco años antes, cuando empezaba en el instituto, apenas era capaz de saltar un metro y medio. Ni siquiera en la Universidad de Oregón consiguió destacar: la técnica del molinillo le resultaba tremendamente antinatural, no tenía suficiente coordinación para algo así y poco a poco decidió cambiar algunos elementos. Primero, la carrera, que sería más larga. Segundo, el movimiento de la cadera, que se convertiría en la clave para el salto, y, por último, la curvatura de la espalda, lo que le permitiría un salto más ágil, más fácil, superando el listón con la cabeza, dejando deslizar la espalda y, solo en último lugar, levantando las piernas con un giro de cadera para acabar cayendo en la colchoneta.

Cuando a partir de 1966 los progresos de Fosbury y su excéntrico salto le llevan a campeonatos nacionales, los periódicos no hacen sino reírse de él. «Parece un pez que salta del agua», dicen algunos; «supera el listón como si le hubieran lanzado desde lo alto de un rascacielos», dicen otros. Un medio, incluso, se limita a poner una fotografía suya con el siguiente comentario: «Aquí tienen al atleta más perezoso del mundo».

Nada más lejos de la verdad. Fosbury, de naturaleza tímida, solo entiende de esforzarse, mejorar y ganar. Es casi una obsesión. Perfecciona el método hasta el punto de que sorprende en las pruebas de selección para los Juegos de México consiguiendo la tercera plaza en su último salto. Cuando llega a la villa olímpica prefiere no mezclarse con los demás saltadores, ni siquiera entrenar, y se pasa casi dos semanas descubriendo la ciudad como un detective salvaje.

Eso hace que en la final olímpica a Fosbury se le vea simplemente como un «bala perdida»… solo que el «bala perdida» salta a la primera los 2,03 m, los 2,09 m, los 2,14 m… y así, sin cometer un solo fallo, llega a 2,24 m. Todos sus competidores menos Caruthers están ya eliminados y el público, que al principio se ha limitado a reírse de él, ahora le apoya con un entusiasmo inusitado. Falla los dos primeros saltos sobre esa altura, pero Caruthers hace lo propio. Necesita acertar a la tercera o que su rival no lo consiga y acaban sucediendo las dos cosas: Fosbury salta 2,24 m y se proclama campeón olímpico. Caruthers tiene que conformarse con la plata.

La pereza cambia de bando: los inmovilistas siguen con su estilo tradicional —un estilo que aún le daría al soviético Juri Tarnak el oro en Munich 72—, los innovadores estudian cómo mejorar aún más la técnica de un Fosbury que no volvería a conseguir ningún gran éxito después de México. 

Dick Fosbury, México, 1968. Foto: Cordon.

Lujuria

Olga Korbut, la adorable niña Olga Korbut, a sus diecisiete años, tan frágil, tan vulnerable, tan lejana del tópico soviético del atleta-robot que no deja ver sus emociones. Korbut convertida en un icono en su país, Bielorrusia, y en el mundo entero después de ganar tres medallas de oro, llorar con las derrotas y celebrar las victorias como una adolescente.

Olga Korbut y detrás, gesto hierático, Renald Knish, su entrenador. Knish celebrando sin celebrar, Knish controlador total de su rebaño de pequeñas gimnastas, Knish entrando a la habitación de Korbut a escondidas una noche en plena preparación de los Juegos para obligarla a beber un whisky tras otro y después violarla. Lo mismo que hace con casi todas sus pupilas.

Korbut, mientras, intentando olvidarlo todo pero sin conseguirlo, quizá de ahí el miedo atroz a perder y la reivindicación al ganar. «No solo éramos máquinas deportivas sino esclavas sexuales», afirmaría casi veinte años más tarde en su autobiografía. «Cualquiera de nosotras podía ser la siguiente». Knish, capaz de amedrentarlas a todas, mantenerlas cerradas en su puño durante años y años de abusos, hasta que por fin sale el juicio y le declaran inocente «por falta de pruebas».

Korbut, cuatro años después, en Montreal, luchando contra lo imposible, es decir, contra Nadia Comăneci. Según los cánones explosivos de la gimnasia artística ahora es ella la veterana, con solo veintiún años, mientras la rumana, a los quince, es la niña de todos, la nieta perfecta, la adolescente que tendrá que enfrentarse a su vuelta a Bucarest con las insinuaciones y la violencia de Nicu Ceaușescu, el hijo del dictador, que quiere convertirla en una más de sus amantes. Una más de sus esclavas, vaya. Al parecer, sin conseguirlo.

Avaricia

A menos de un año de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, el único problema de Zola Budd es su pasaporte. Sudafricana de nacimiento y de residencia, Budd ha conseguido a sus diecisiete años batir el récord del mundo de los cinco mil metros que está en posesión de la mítica Mary Decker, solo que la IAAF decide no homologarlo porque la carrera no es «oficial».

Es lógico: desde años atrás, ningún deportista sudafricano puede participar en competiciones oficiales. Ni en atletismo ni en ningún otro deporte. Es el precio que pagan todos porque unos pocos mantengan su apartheid vigente. Visto el panorama, los padres de Budd se toman la cosa con tranquilidad y organizan un plan a medio plazo: dada su ascendencia británica, es posible que para los Juegos de Seúl, en 1988, la niña ya haya podido conseguir la nacionalidad y compita libremente bajo la bandera del Reino Unido.

Es un plan conservador que llega por casualidad a los oídos de un hombre muy avaricioso: el director del Daily Mail, David English. Mira la foto de esa frágil niña de poco más de 1,50 m y ve una gallina de huevos de oro. Inmediatamente, se pone en contacto con sus padres: «Puedo conseguir que sea británica en una semana», les dice. «Tengo el poder suficiente para eso y más». Los Budd prometen pensarlo pero la oferta es escandalosa: cien mil dólares, más los pasajes de avión a Londres, más la colaboración en forma de diario olímpico de la propia Zola durante los Juegos.

Por supuesto, aceptan y, por supuesto, English consigue presionar a la mismísima Margaret Thatcher para que un proceso que debería durar años se resuelva en apenas quince días. Como ciudadana británica, Budd compite en las pruebas de selección olímpicas, las gana y se perfila como una clara candidata a luchar por las medallas en Los Ángeles. El problema es que, a cambio, se ha convertido en una reclusa del Daily Mail: siempre hay redactores acompañándola, ellos dirigen su agenda, ellos llevan su imagen pública…

La niña consigue clasificarse para la final de los tres mil metros y competir por fin contra Mary Decker. Está como un flan y completamente desubicada. Las atletas africanas la tratan con desprecio. Sus compatriotas británicas la miran con recelo, especialmente Wendy Sly, la gran estrella del medio fondo europeo, y el público oscila entre la simpatía —tan frágil, tan pequeña, tan descalza— y la hostilidad, pues no deja de ser una sudafricana enchufada por un periodista.

La carrera va bien y Budd se distancia junto a Decker, la rumana Marijica Puica y su íntima enemiga Wendy Sly. Cuando quedan solo tres vueltas, Mary Decker, quizá demasiado pegada a Budd, tropieza con los pies de la británica una y dos veces. Mantiene el equilibrio como puede pero al final acaba cayendo y queda tirada en la hierba doliéndose de la pierna. Budd se queda de piedra. ¿Ha sido culpa suya? La televisión no lo deja claro, la adrenalina mucho menos. Duda si parar a ayudarla o si seguir hacia adelante pero ya está perdida. Quedan tres atletas para tres medallas pero lo único que puede sentir Budd es el odio de las decenas de miles de estadounidenses que la culpan de la caída de su ídolo.

Silbidos y abucheos. Silbidos y abucheos mientras la carrera sigue y Budd pega un pequeño acelerón sin llegar a distanciarse ni de Sly ni de Puica. «Quería ir lo más rápido posible para acabar cuanto antes y desaparecer de ahí». Así hasta que, en la última vuelta, llega el cataclismo: Budd pierde metros y posiciones hasta quedar séptima, según ella a propósito: «Tenía que acabar la carrera por dignidad pero no podía hacerme a la idea de tener que lidiar con la prensa después». La prensa. En algún lugar de Londres, David English se desespera mientras ve en la televisión cómo su saco se rompe.

Tonya Harding. Foto: Cordon.

Envidia

Shane Stant recibe el encargo y viaja inmediatamente a Massachusetts, donde Nancy Kerrigan suele entrenar durante el invierno. Son las Navidades de 1993, primeros días de 1994, y Kerrigan no está en casa sino en Detroit, entrenando para el campeonato estadounidense de patinaje artístico. Stant no sabe quién es Kerrigan ni le interesan los detalles. No le importa que su víctima haya sido medallista olímpica en 1992 y del mundo en 1991. Su trabajo es su trabajo. Punto.

Otra cosa es que lo vaya a cumplir con la limpieza que esperan sus pagadores. Stant será un hombre decidido pero desde luego no es prudente ni tiene demasiadas luces. El 5 de enero viaja a Detroit, donde Kerrigan está practicando para los campeonatos nacionales. A la salida de una sesión en el Cobo Arena, justo mientras la gran favorita camina hacia los vestuarios, Stant la asalta con un palo de goma, de los que suele utilizar la policía. El objetivo es la rodilla, pero el golpe queda un poco alto, justo debajo del muslo, lo que no evita la lesión pero sí la fractura.

Kerrigan queda en el suelo gritando: «¿Por qué?, ¿por qué?», mientras Stant huye de cualquier manera, dejando las imágenes del asalto grabadas en una cámara de seguridad.

Su falta de profesionalidad tiene un precio: en pocas horas, todo Estados Unidos se estremece ante el ataque a su campeona y pide justicia. La policía detiene a Stant e intuye que no puede ser cosa suya sino que hay alguien detrás. Cuando le ofrecen un trato, el matón no lo duda y da dos nombres: Shawn Eckhardt y Jeff Gillooly. ¿Quiénes son Eckhardt y Gillooly? El guardaespaldas y el exmarido respectivamente de Tonya Harding. ¿Quién es Tonya Harding? La máxima rival de Kerrigan sobre el hielo, la que pocos días después se proclamaría campeona de Estados Unidos ante la ausencia de su gran oponente.

El nombre de Harding, medalla de plata en los Mundiales de 1991, una patinadora en decadencia pero aún entre la élite, pronto sale en la investigación. Su exmarido la involucra y la policía la detiene. Durante unas semanas es la persona más odiada del país. Niega haber ordenado el ataque pero reconoce que sabía lo que estaba pasando y no hizo nada por impedirlo. La Fiscalía pide cárcel y la Federación la aparta de la selección que va a representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer.

Sorprendentemente, Harding se revuelve como gato panza arriba y consigue que el juez le dé la razón: no le pueden quitar la plaza olímpica sin que haya una sentencia antes. En una de las situaciones más absurdas de la historia del olimpismo, víctima y verdugo no solo comparten competición sino que comparten bandera y equipo. La prueba supone uno de los picos televisivos en la historia de los deportes de invierno: todo Estados Unidos y medio planeta están delante del televisor a ver si el culebrón tiene un nuevo capítulo y si la mala malísima esta vez gana o pierde.

Pierde. Harding no pasa del octavo puesto mientras Kerrigan acaba segunda, detrás de la adolescente ucraniana Oksana Baiul. Todo esto para esto. Pocos meses después, Harding acepta una reducción de condena a cambio de declararse culpable: tres años de libertad condicional y trabajos para la comunidad. Pérdida de todos sus títulos deportivos y sanción de por vida. Después de pasar por la lucha libre y el porno amateur acaba como boxeadora profesional y comentarista de realities.

Soberbia

Desde que el baloncesto entra oficialmente en el calendario de los Juegos Olímpicos, allá por 1936, hasta los Juegos de Seúl en 1988, los Estados Unidos solo pierden un partido: la polémica final de 1972 que acabara con canasta de Alexander Belov después de repetir tres veces la última jugada. De hecho, los americanos no reconocen esa derrota: ante la imposibilidad de que la FIBA les reconozca el oro, lo que hacen es negarse a aceptar la plata y dejan las doce medallas esperando en un almacén a que alguien las recoja.

Para ellos, su baloncesto sigue invicto. Por supuesto, ha habido derrotas menores en torneos menores como el Campeonato del Mundo, donde la Federación nunca manda a sus mejores jugadores universitarios sino a una mezcla de amateurs de distintas procedencias… pero los Juegos son otra cosa y por si alguien tiene dudas, ahí está, reciente, el abrumador paseo militar que los Jordan, Perkins, Ewing, Mullin y compañía se dieron en Los Ángeles.

Esto no quiere decir que el resto del mundo no se haya dado cuenta de que la cita de 1988 es diferente: de entrada, están los soviéticos de Sabonis, después del boicot de 1984, y los yugoslavos de Petrovic y el joven Kukoc. Incluso habría que contar con una gran selección de Puerto Rico y los problemas que siempre pueden causar selecciones de rachas como Brasil, Australia o España. El equipo no es tan bueno como el de Los Ángeles pero tampoco es malo: en Seúl se juntan Mitch Richmond, Charles Smith, Danny Manning, Dan Majerle, Stacey Augmon y, sobre todo, David Robinson.

«El Almirante» está llamado a ser la gran estrella de la NBA en la siguiente década y, aunque el entrenador de Georgetown, John Thompson, no es precisamente un experto en el baloncesto internacional, a nadie le cabe duda de que esa plantilla basta para traer un nuevo oro a casa. Los primeros partidos no cambian la sensación: España cae 53-97 para empezar, a Brasil le caen 102 puntos y lo de China y Egipto mejor ni contarlo. Solo Canadá, el incómodo vecino, es capaz de plantar cara, llegando al descanso con dos puntos de ventaja y aguantando hasta un digno 70-76.

Con todo, la mayor muestra de superioridad está por llegar: en cuartos, el rival es Puerto Rico, capaz en la primera ronda de ganar a Yugoslavia y llegar a la prórroga con la URSS. Los boricuas de Piculín Ortiz son cosa seria pero los chicos de Thompson no dan ni una sola opción y ganan 94-57. Casi cuarenta puntos de diferencia contra un rival que los resultados ponen al nivel de soviéticos y balcánicos.

El sentimiento de superioridad es inmenso e inunda a todos los miembros del equipo estadounidense, incluido al entrenador. Cuando se confirma que su rival en semifinales es la URSS, la táctica está clara: dejarles que tiren y fallen. El talento propio hará el resto. Como la línea de tres puntos está unos centímetros más lejos en el reglamento FIBA que en el de la NCAA, a los técnicos y jugadores americanos les parece imposible que esos bigotudos vayan a acertar y les dejan hacer: dejan hacer a Kurtinaitis, dejan hacer a Marčiulionis, dejan hacer a Vólkov… y dejan hacer al lesionado Sabonis, que juega con Robinson como si fuera un niño.

El partido se mantiene en una tónica de igualdad hasta que, mediada la segunda parte, la URSS se coloca diez puntos arriba. No es una casualidad: los europeos son mejores. Estados Unidos intenta una presión en toda cancha pero no sirve para nada. Nadie se ha preocupado de estudiar a sus rivales, de medir de verdad el nivel europeo y por primera vez en la historia, ya sin excusas, los inventores del baloncesto se quedan fuera de una final olímpica, la que la propia URSS se llevaría ante Yugoslavia.

El impacto es tal que la NBA decide enviar a sus mejores jugadores para la siguiente cita, en Barcelona, con el resultado que todos conocemos. De John Thompson, a nivel internacional, no se vuelve a saber nada.


Audie Norris: «Me aburre el baloncesto de ahora, para mí es muy blando»

Esta entrevista está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 14

Si vienes al mundo con seis dedos en cada mano, aunque dos de ellos sean apéndices que un médico te extirpa de pequeño, el destino tiene algo preparado para ti. Si encima eres negro, naces en Mississippi el mismo año de las revueltas por los derechos civiles y tu hermano mayor es bueno metiendo el balón en el aro, está claro que lo tuyo es pelearte en una cancha de baloncesto. Audie James Norris fue de los mejores pívots que jugaron en Europa, en una época en la que el baloncesto era otra cosa. Sus enfrentamientos con Fernando Martín en la pintura están en la retina de todos los amantes de este deporte. Fueron dos de los protagonistas de la gran época dorada de la canasta a finales de los ochenta. Un deporte que se hundió en la indolencia hasta que llegaron los «Juniors de Oro». Ahora, con cincuenta y cinco años, sin poder doblar las rodillas, se dedica a enseñar a bailar en la zona a futuros pívots y presume de hija adoptiva, Sasha Goodlet, campeona de la WNBA en 2012.

Naciste en Jackson, estado de Mississippi, en 1960. ¿Cómo era jugar al baloncesto en el sur de Estados Unidos?

Jackson, Mississippi. Allí el baloncesto no es el deporte rey. Allí se juega al fútbol americano. Yo era bastante bueno, pero mi hermano mayor, Sylvester, tenía futuro en el baloncesto y me enganchó. En el barrio no había ni una canasta. Teníamos que construirla. Mi padre era carpintero y nos trajo una tabla de madera para hacer el tablero y usamos la llanta de una rueda de bicicleta. Le quitamos los radios y ya teníamos una canasta. Al principio la montábamos encima de un árbol en el jardín y… ¡basket, tío! Sobre la hierba, pero era nuestro basket.

Entonces, el culpable de que terminases jugando al baloncesto es tu hermano Sylvester.

Sí. Él estaba en el instituto cinco cursos por delante. Mide 2,13 m y la prensa local ya le señalaba como futura promesa. A mí lo que me gustaba era estar en la calle con mis amigos, y no me tomaba en serio el baloncesto. Cuando entré en junior high [enseñanza secundaria de doce a quince años] vi por primera vez el baloncesto organizado. Un equipo, entrenamientos… ¡pero yo era malísimo! Yo tenía envidia de mis compañeros, porque eran más altos que yo y mucho mejores. Yo era lamentable. No sabía botar la pelota, tiraba muy mal, sin mecánica; pero aprendí gracias a mi hermano. Siempre me llevaba al parque a jugar con sus amigos. Yo iba casi obligado, no quería estar allí y todos los días me pegaban una paliza jugando.

¿Por aquel entonces, con trece años, ya eras tan guerrero como lo fuiste después?

Sí. Eso viene de mi padre. Yo siempre veía a mis padres luchando por nosotros. Tengo cuatro hermanos y luchar siempre ha sido algo natural en mi familia. No teníamos mucho dinero, pero mis padres hacían lo imposible por nosotros para que tuviéramos lo suficiente. Yo quería ser un buen jugador, como mi hermano y el resto de sus amigos. En esa época fue cuando empecé a ver el baloncesto en la televisión. Lakers, Portland Philadelphia, San Antonio, Celtics. Me pegaba a la pantalla para aprender movimientos de algunos jugadores.

¿En qué jugadores te fijabas? ¿Quién era tu referencia?

El primer póster que tuve fue de George Gervin [Gervin fue el jugador franquicia de San Antonio a finales de los setenta, fue All Star doce veces y tuvo el récord de puntos anotados en un solo cuarto, con treinta y tres puntos, hasta que, en 2015, se lo arrebató Klay Thompson]. En la fotografía se veía a Gervin con unos bloques de hielo y con dos balones. Le llamaban Ice Man y para mí era un dios. Con el tiempo, llegamos a ser amigos [sonríe]. Cuando mi hermano fue escogido en el draft por los Spurs, yo tuve la oportunidad de jugar contra él en el campus de verano. Entonces me dijo: «Pequeño Norris, en un año nos vemos en la NBA. Te espero allí». Me quedé tan alucinado que lo único que pude decirle fue: «Ok. Vale». Por entonces, yo cursaba el tercer año universitario, pero en ese momento supe que podría jugar en la NBA.

Elegiste Jackson State University. ¿Por qué, si no destacaba por su equipo de baloncesto?

Elegí Jackson porque quería jugar con mi hermano; pero él se fue a la NBA antes de terminar la universidad y, joder, ahí me quedé. Tuve ofertas de otras universidades más grandes: Kentucky, Georgia, pude jugar con Dominique Wilkins, Universidad de Detroit, Louisiana State… Pero me quedé en Jackson. Allí podía ser una estrella, porque no había nadie mucho mejor que yo. Mi filosofía era muy simple: haz tu trabajo y las cosas saldrán bien.

Mi estilo de juego era muy agresivo y cogía muchos rebotes. El último año universitario, durante el primer tramo de la liga, fui el máximo reboteador de la NCAA pero, como era demasiado duro en defensa, hacía muchas faltas. Estuve mucho tiempo en el banquillo y mi promedio de rebotes bajó de diecisiete a trece, que tampoco estaba mal. La verdad es que me encantaba jugar así.

Terminas tus cuatro años de estudios universitarios en 1982. Acabas la carrera de Fisioterapia y entonces decides dar el salto a la NBA.

Llegar allí no fue fácil. Mi último año en la universidad tuve una lesión, casi al final de temporada. Una fisura pequeña. En verano fui a los campus de la NBA sin entrenar y todavía con muchos dolores. Le eché muchos cojones. Mi objetivo era llegar a la NBA como fuese, así que, a pesar de tener la pierna derecha jodida, jugué muy bien. El torneo de verano fue en Virginia. Dos partidos. Destaqué y los directivos de la NBA me llevaron a Hawái para jugar otro torneo. Allí volví a jugar de cojones, a pesar de mi pierna derecha. Los ojeadores mostraron bastante interés por mi juego. Estando en Jackson State, uno de los peores equipos de la liga, muchos ni me conocían y se preguntaban de dónde había salido. De Hawái me fui a Chicago. Era el primer campus de la NBA, NBA pre draft camp, y allí mi pierna no aguantó más. Un ojeador de Don Nelson, que entrenaba por entonces a los Bucks, me dijo: «Para. No entrenes más. Sabemos que estás jugando lesionado. No tienes que enseñarnos más. Eres bueno. Vamos a enviarte a nuestros médicos para ver qué pasa con tu pierna». Y en la revisión médica no encontraron nada serio.

Recuerdo que antes de marcharnos del campus, Jack Ramsay, el entrenador de Portland, nos dio una charla a los jugadores. Dijo que estaba orgulloso de nuestro trabajo y del esfuerzo de algunos que, estando lesionados, habían trabado muy duro.

Y llegó el draft.

Yo estaba seguro de que Milwaukee me iba a escoger en la primera ronda. No fui a Nueva York al evento, preferí quedarme en casa para disfrutarlo con mi gente. Hice una fiesta e invité a toda mi familia y mis amigos. Como número uno salió James Worthy; luego no recuerdo bien, creo que fue Dominique Wilkins. En el turno de los Bucks, eligieron a Paul Pressey. Cuando terminó la primera ronda, yo estallé. Me largué de la fiesta llorando, destrozado, con una cara de pena de narices. Me senté en un parque al lado de mi casa, triste, realmente jodido. Minutos después vinieron todos mis amigos, gritándome: «¡Te vas a Portland, te vas a Portland!». En ese momento yo no me enteraba de nada, estaba muy jodido, muy jodido. Fue un momento agridulce para mí; segundos antes pensaba que no iría a la NBA, y ahora estaba dentro. Una locura. Al final salí del shock y nos pusimos a celebrarlo. Una hora después me llamó Jack Ramsay para felicitarme.

Haces las maletas y dejas Mississippi para irte a Oregón.

Sí. Un frío de cojones, tío. Otra mentalidad. En Mississippi, durante mi época de instituto, existía el racismo todavía, y yo solo conocía ese mundo. Un cambio, un cambio total aunque yo siempre he tenido la mente abierta. Allí vi montañas, nieve, cosas que no había en Mississippi. Había mucha gente mezclada en la ciudad. Muchas relaciones entre blancos y negros y me quedaba alucinado. «Joder, tío, ¿qué mundo es este?». Era muy diferente y me gustaba mucho. Yo nunca he tenido problemas con otras razas porque, de verdad, yo no veo color. Hay gente buena y gente mala. Claro que no todo el mundo es igual.

¿Qué te encontraste en Portland?

En Portland ese año había muy buen rollo. Mychal Thompson [sí, el padre de Klay Thompson, el mismo que posee el actual récord de anotación en un solo cuarto], Jim Paxson [hermano mayor de John Paxon, el tirador que ayudó a Michael Jordan a ganar sus tres primeros anillos], Wayne Cooper, Calvin Natt. Mychal tenía la taquilla junto a la mía y me adoptó como su rookie. La verdad es que aprendí mucho con él.

De hecho, fue él quien te bautizó como Atomic Dog, un apodo que te siguió durante toda tu carrera.

Lo de Atomic Dog viene porque reventaba el balón haciendo mates. Machacaba con toda mi alma. En un partido contra los Mavericks, en Portland, cogí el balón en la línea de tiro libre, boté y, entre Kurt Nimphius y Mark Aguirre [uno de los futuros Bad Boys de Detroit], hice un mate brutal. El pabellón explotó. Después, mientras algún compañero atendía a la prensa, Mychal, que siempre estaba vacilando cuando nos hacían entrevistas, se coló, agarró el micrófono y dijo: «¿Has visto a Atomic Dog con su mate atómico?».

Desde entonces, toda la gente de Oregón me llama así, y hasta ahora sigo siendo el perro atómico. [«Atomic Dog» era el título del single más vendido por entonces en Estados Unidos. Uno de los temas más conocidos de George Clinton, el padre del funk, con permiso de James Brown].

En la NBA juegas ciento ochenta y siete partidos en tres temporadas. Tu primer año es casi irrelevante, solo juegas trescientos once minutos, pero en los dos siguientes sí empiezas a participar más. Juegas unos quince minutos por partido, con cinco puntos y más de tres rebotes de media. Ahí tu rodilla te empieza a dar problemas.

Sí, pero el problema no solo era mi rodilla. Cada equipo tenía dos o tres jugadores de 2,10 m y que pesaban 125 kilos. Y a mí siempre me tocaba enfrentarme a ellos. A los más grandes y a los más pesados y, en esa época, el baloncesto era mucho más físico. La dureza de los partidos se juntó con la genética de mi rodilla. Aun así, jugué muy bien. En mi tercer año en Portland jugaba unos quince o veinte minutos. Pensaba que estaba haciendo un buen papel y que me merecía más tiempo. Hablé con mi agente sobre la posibilidad de ir a Europa. Quería más minutos, mejorar y volver a la NBA, más adelante, con otro equipo. No quería estar más tiempo en el banquillo.

Tu hermano Sylvester estuvo en Italia, así que tú te plantas en la Benetton de Treviso.

Sí, fue mi primer club y me trataron muy bien. Estuve dos años y la verdad es que me costó marcharme de Treviso. Me pagaban un buen sueldo y yo estaba en un momento fenomenal de mi carrera, jugando a un nivel muy alto. Estaba in my prime. El problema era la falta de competitividad. Cuando llegué a Benetton estaba en A2, en la segunda división. Conseguimos subir a la A1, pero la Copa de Europa estaba lejos. Por entonces, yo no sabía nada de la Eurocup [la Euroliga actual] y, viendo basket por la tele, aluciné con un partido de un equipo griego, el Aris de Salónica. Tenían a un jugador enano que las clavaba todas. Yo no sabía ni su nombre ni nada, pero metía puntos como un animal. No tenía ni idea de qué liga era esa, solo sabía que no era la italiana. Le pregunté a mi entrenador y me dijo que el «tipo ese» era Nikos Galis y la competición era la Eurocup. Desde entonces, me hice fan de Galis y le dije a mi agente que quería jugar esa competición.

Y entonces aterrizas en España. Pero muchos no saben que antes de fichar por el Barça, hiciste una prueba con el Real Madrid.

Sí. Como decía, mis números en Treviso eran muy buenos: veinte, veintiún puntos y diez, doce rebotes por partido. Yo tenía claro que quería jugar en esta competición donde estaban los grandes: Aris, Maccabi, Madrid, Barcelona. Me llamó mi agente para decirme que el Madrid estaba muy interesado, que quería hablar conmigo, y nos trajeron aquí, a hacer una visita, a hablar con el entrenador y a ver al equipo.

Por aquella época el entrenador era Lolo Sainz.

Sí, estaba Lolo. Vine con mi agente, Miguel Paniagua, y hablé con él. Me quería en el equipo. Estaba dispuesto a ficharme ya. Estuve en el pabellón y vi a los jugadores entrenando. Por primera vez vi a Romay, a Fernando Martín, a Llorente, a todos. Y dije: «Hostia, esto es un equipo grande. No me importaría jugar con ellos». Cuando salí de Madrid camino a Treviso, todo estaba bien encaminado. Estábamos de acuerdo en las cifras, pero cuando llegué a Italia, mi agente me llamó y me dijo que no querían pagarme tanto dinero. Yo no me lo podía creer, eran solo diez mil dólares más de lo que cobraba en la Benetton.

¿Cuánto dinero cobrabas entonces por temporada?

Unos ciento ochenta mil dólares. Era un buen sueldo por aquella época, pero no excesivo. Yo siempre digo «por diez mil dólares no estoy en el Madrid». Y la culpa fue de Mendoza. Lolo quería ficharme, el general manager quería ficharme, pero el presidente no.

¿Qué le habías hecho a Mendoza?

No lo sé. La verdad es que no tengo ni idea. Desde entonces, Lolo siempre que me ve me dice que yo era su jugador. «Yo te traje a España. Ni Aíto, ni el Barcelona».

Y empieza tu época dorada en el Barça. En total, seis años de éxitos en Barcelona.

Sí, fue brutal. Cuando llegué no sabía que la rivalidad con el Madrid fuera tan grande. Me recordaba a los piques entre Lakers y Celtics. Cuando llegué a Barcelona me dijeron que el Madrid siempre ganaba la liga. El Barça había conseguido el título el año anterior a mi llegada, pero el Madrid llevaba como diez años seguidos ganando. Dije: «Esto tiene que cambiar». [sonríe]. Ya estaban Epi, Jiménez, Solozábal, pero creo que el cambio en este club se logró gracias a un cambio en la mentalidad de los jugadores. Yo no era un americano típico.

¿Cómo era el americano típico?

«Dame el balón, los quiero todos para mí, quiero tirarlo todo, meter treinta puntos por partido; yo tengo el balón, yo tiro y del resto me olvido». No. Yo no era así. Yo quería que mis compañeros me ayudaran a ganar partidos. Era muy buen pasador y siempre buscaba el tiro más fácil. En los primeros entrenamientos con Aíto, Jiménez y Epi no esperaban que yo los buscara para que tiraran ellos. No se creían que hubiera americanos así.

¿Recuerdas a Manel Comas? Él hablaba de los NAF. Un acrónimo que se había inventado para definir a esos americanos: Negros Atléticos Fraudulentos.

No, no me acuerdo de eso. Hostia con Manel [risas].

Aíto ha dicho de ti que eres el mejor extranjero que ha entrenado en su carrera deportiva.

Para mí, Aíto era un avanzado. Con su mentalidad, su filosofía de baloncesto. Él nos dejaba hacer cosas como profesionales. Había varios equipos, aquí en España, que funcionaban como la universidad norteamericana, no como profesionales. Y, para mí, Aíto tuvo esa visión. Nos dejaba hacer las cosas como hombres, como profesionales, y yo creo que eso ha influido en nuestro juego. Epi, Jiménez, Solozábal, Chicho Sibilio, Joaquín Costa. Todos eran jugadores de la selección española, y sabían mucho de baloncesto.

Con el Barça ganas tres ligas y dos Copas del Rey, pero se os resiste la Copa de Europa. La Jugoplastika se cruza en tu camino dos veces, en el 90 y en el 91.

No recuerdo nada estos partidos [sonríe irónicamente]. ¡Joder, me acuerdo como si fuera ayer! Siempre digo «un partido más, dame un partido más contra ellos y ganamos seguro». La Eurocup de entonces era muy, muy dura. Había equipazos como Macabbi, Limoges, los griegos, la Jugoplastika.

Kukoc, Radja, Savic…

Para jugar contra la Jugoplastika tenías que tener la cabeza al cien por cien. Era muy buen equipo. Esos tipos tenían mucho talento, sabían jugar. Además, estaban muy bien entrenados por Maljkovic. En Zaragoza tuvimos una gran oportunidad de ganar, pero Solozábal y Epi estaban un poco tocados. Aunque, sin duda, la mejor oportunidad de ganar fue en París. Si no hubiera tenido mi lesión en el hombro hubiéramos ganado ese partido, seguro. Las lesiones siempre nos perjudicaron en los momentos clave. Bad luck, man.

¿Qué tal con Maljkovic? Luego te entrenó dos años en el Barça.

Muy bien. Yo entrené con los dos mejores de Europa. Me hubiera gustado pasar más tiempo con Bozidar, porque me gusta su estilo de entrenar, un poco más duro que Aíto. Sacaba muy buen rendimiento de sus equipos.

En 1993, el 29 de mayo, el Barcelona anuncia que no seguirás con ellos. El número 14 aún no ha sido retirado en el Palau Blaugrana, y el único homenaje que has recibido ha sido en 2015 cuando ibas como segundo entrenador del Sevilla.

El número 14 no está retirado y no veo que lo vayan a retirar en el futuro. La directiva del Barça de hoy es diferente, y no sé si tienen el mismo amor, el mismo sentimiento sobre nuestra época, porque también Sibilio o De la Cruz se merecen tener las camisetas en el techo del Palacio. Son unos directivos modernos, tienen otra mentalidad. No la entiendo, porque hemos luchado mucho por este club y sí, me pagaron por mi trabajo, pero yo he dado mi sangre por el Barça. A pesar de todas mis lesiones, yo siempre he jugado al máximo nivel, nunca me escondí. ¿Que si quiero ver mi número retirado algún día? Sí. Cualquier jugador que te diga que no le importa, te miente.

¿Te lo mereces?

Yo creo que sí. Jugamos seis años espectaculares, y he formado parte de la historia de este club, de esta ciudad, de este país. Creo que los combates entre Fernando Martín y yo han cambiado la historia del baloncesto. Durante esa época, la gente se enganchaba mucho más al baloncesto que en el resto de la historia de este deporte, hasta la llegada de Gasol y Navarro.

Antes de preguntarte por esos enfrentamientos con Fernando Martín, me gustaría enseñarte un vídeo. [Le ponemos uno de los muchos vídeos que hay en YouTube con las imágenes de sus enfrentamientos con Fernando Martín, N. del R.].

Nadie juega así ahora. Nadie. Eso es contacto. Dicen que hoy en día hay contacto en el baloncesto, pero no es verdad. Un rival, tío. Este sí que es un rival. Cuando veo esto, pienso que fue un cambio en el baloncesto en España, porque no había choques, combates o rivales tan grandes. Ni el fútbol tenía tanta rivalidad en esa época. Lo único comparable eran las finales entre Celtics y Lakers. La misma energía, el mismo sentimiento, el público caliente, los fans. Hoy en día, veintitantos años después, voy por cualquier ciudad de España y alguien me llega a contar cosas de esta época como si fuera ayer. Cosas que yo ni recordaba. La pasión que tiene la gente cuando me cuenta estas historias… Les miras a los ojos, su cara y están casi llorando.

Joe Arlauckas aseguraba en una entrevista que eras muy sucio en la cancha. ¿Te acuerdas de los golpes con Fernando?

Yo no quería que el Madrid nos ganara nunca, nunca. La guerra, la lucha, el derbi, era personal y brutal. ¿Si me acuerdo de los golpes con Fernando? Hombre, ahora siento todos los dolores de esas hostias. Era muy físico, muy físico. Él era el luchador de su equipo, la estrella de su equipo y yo era el enforcer [la traducción literal sería el ejecutor, el encargado de hacer cumplir las reglas] que tenía que pararle.

¿Y cuando acababa el partido?

Mi hermano siempre me decía que hiciera mi trabajo en la pista y viviera la vida fuera de ella. Muchos jugadores no podían separar estas dos facetas, y no tenían amigos de equipos rivales. Yo siempre ponía las cosas en su sitio. Me gusta vivir, conocer gente. Mi trabajo es mi trabajo y está en su sitio, pero fuera de la cancha yo quería saber cómo era Fernando Martín. Pocos saben que quedábamos, aquí en Madrid, y nos íbamos a cenar y a charlar con su hermano. «¡Hostia, cabrón! Vaya codazo que me metiste». «Sí, y tú a mí, tío»; y cosas así, pero nunca había nada negativo fuera de pista.

Lo pasaste mal cuando murió Fernando.

Fue muy duro, porque Fernando era un amigo. No era un jugador típico, ¿sabes? Era más que un rival. Me tocó y me dolió mucho cuando murió. Pero no solo me pasó a mí, ¿eh? Yo vi a compañeros míos del Barça destrozados ese día.

¿Contra quién era más duro jugar?

Sin duda, contra Sabonis. Era dificilísimo de defender. No solo porque fuera muy grande. El tío era muy inteligente jugando y eso es mucho más peligroso que un tipo alto. Yo he jugado contra muchos tipos enormes, pero que no sabían jugar. Sabonis sabía de baloncesto. Sabía hacer todas las cosas muy bien.

Antes Aíto, Lolo; ahora Laso, Pascual, Plaza. ¿Ha cambiado mucho el baloncesto? Me refiero a la forma de jugar, a la forma de ser de los jugadores.

Sí, ha cambiado. Durante mi época, los jóvenes estaban en el banquillo sentados con las estrellas y el público nombraba de carrerilla la alineación. Había una conexión con los jugadores. Tú le preguntas a alguien que veía el basket en mi época y te nombra a todos los jugadores del Madrid, del Barça, del Valladolid, del Estudiantes. Si le preguntas quién está en su equipo hoy en día, no te pueden responder porque cada año el equipo cambia. Cada año viene gente diferente.

Además, las reglas también han cambiado. Antes se permitía mucho más contacto bajo el aro. Había muchos más jugadores muy buenos cerca del aro, que sabían jugar con su espalda. Los sistemas de los entrenadores han cambiado y ahora se juega mucho más por fuera. Dicen que no hay jugadores de la vieja escuela, pero yo digo que no es verdad. Simplemente no se entrenan. Ahora, a los jugadores altos no les piden contacto debajo del aro. Los sistemas están diseñados para juego exterior, y los jugadores grandes están adaptando su juego para conseguir trabajo en un equipo. Muchos jugadores de mi época no sabían tirar de cuatro o cinco metros. Solo anotaban debajo del aro o con un gancho. Ahora todo es tiro exterior y, si no estás acostumbrado a jugar con contacto, es difícil, es muy difícil. A mí me gusta lo que ha hecho Scariolo con Pau. Para ganar este Eurobasket ha tenido que pasar el balón dentro, a Pau. Pau sabe jugar con su espalda y tiene mucho más éxito jugando en la pintura que tirando de cinco o seis metros.

¿Crees que es justo que le llamaran Pink Panther?

Hombre, se parece un poco. Pau nunca ha sido un jugador de pegar. Nunca ha sido así.  Marc sí me parece de la vieja escuela. Para mí es el mejor pívot de la NBA.

Todo el mundo coincide en eso.

Porque no hay más pívots puros. Howard no es un cinco y no juega duro siempre. Tim Duncan es más un cuatro, pero sabe jugar de cinco. ¿Quién más? Kevin Garnett, con cuarenta años. No hay jugadores como Shaquille O’Neal o Kareem Abdul-Jabbar o Hakeem Olajuwon. Ya no existen. Marc es el único.

¿Sigues viendo la NBA?

Me aburre el baloncesto de ahora. Para mí es muy blando. El juego es blando y las reglas son muy restrictivas. Si tocan a un jugador, pitan falta. Cuando se empieza a correr, te paran con una falta. Es muy predecible.

Denunciaste actos racistas en Sevilla. ¿Sigue siendo el racismo un gran problema en la actualidad?

Hay idiotas en todo mundo. Hay idiotas, pero no todos los seguidores del Sevilla han sido así. Había un grupo que no aprecia su deporte. Siempre hay gente que degrada el baloncesto con sus tonterías.

No me refiero solo al baloncesto. Hace tiempo que pasó la época de la segregación racial, pero siguen ocurriendo revueltas por la discriminación de razas. Los disturbios de Ferguson o el asesinato de Walter Scott en Carolina del Sur movilizaron a la comunidad negra en EE. UU. En Europa ahora vivimos un repunte del racismo con la llegada de refugiados sirios.

Siempre vamos a tener que luchar contra el racismo porque cada país, cada pueblo, cada deporte tiene ese problema. No es solo en Sevilla, en Barcelona, en Estados Unidos, es un problema mundial y cuando hay una oportunidad, hay que luchar contra ello. La vida puede ser maravillosa. No creo que se pueda erradicar el racismo, pero siempre hay que luchar contra ello.

Tuviste la oportunidad de volver al Barcelona, cuando Joan Laporta te hizo una propuesta de cara a ser presidente del club. Él presenta un equipo para la sección de baloncesto en el cual estabas incluido.

Sí. Al final no salió.

Laporta tiene una idea muy clara sobre la independencia de Cataluña. Cuando tú jugabas en el Barça, ¿ese sentimiento de independencia estaba tan extendido como ahora?

No, ahora es mucho más profundo, mucho más avanzado, con más movilizaciones. Es algo que los catalanes sienten. No entro en muchas discusiones políticas, pero entiendo la mentalidad de los catalanes. Yo tengo que vivir en todas las regiones de España. Es posible que un día venga a Madrid a trabajar, o a Vitoria, o a Galicia, y a mí me gusta este país en todos los sentidos.

No tienes muchos enemigos.

No. Bueno, alguno en Sevilla [sonríe]. Yo trato a la gente como me gustaría que me trataran a mí. No tengo tiempo en mi vida para hablar mal de nadie o para tener mal rollo. Cuando las cosas van mal, siempre tengo una sonrisa en mi cara. Están muriendo muchos amigos míos: Darryl Dawkins, Anthony Mason, Moses Malone… y, más que nunca, tengo claro que la vida es demasiado corta, es ya [chasquea los dedos] y hay que disfrutarla a tope.

Cuando miras atrás, ¿cambiarías algo?

Me hubiera gustado volver a jugar en la NBA después de un par de años en Europa. Tuve la oportunidad después del primer año en el Barça. Habíamos ganado la liga y en verano me fui a Portland, a mi casa de verano. Me dijeron que entrenase con ellos, nos fuimos a la liga de verano a Los Ángeles. Y allí empezó a dolerme la rodilla de nuevo. Con una sola pierna hice unos entrenamientos muy buenos. Tenía contrato con el Barcelona un año más y veía que me dolía mucho la rodilla, así que agradecí al general manager de Portland la invitación para jugar con ellos pero, con la rodilla jodida como la tenía, preferí dejar el equipo y hacer la rehabilitación durante el resto del verano para volver al Barça. Dos días después de hablar con él, mis problemas con la rodilla desaparecieron. ¡Podía hacerlo todo! Desde entonces, no volví a pensar en la NBA. Mi destino era quedarme en el Barça.

Cambiar cosas [piensa unos segundos]… Ganarle a la Jugoplastika. Uno de los partidos, al menos. En serio, me gustaría saber qué hubiera pasado si no hubiera tenido problemas con mi hombro en París. Ahí tuvimos alguna oportunidad de ganar, más clara que en Zaragoza. Pero, con mi hombro, yo estaba más para animar que para jugar. Metí ocho puntos con la mano izquierda en ese partido, pero era mucha Jugoplastika.

Y cuando miras adelante, ¿qué crees que te depara el futuro?

Tengo mi campus de verano para los chavales en Hospitalet. Es un campus para aprender inglés, cómo ser jugador y cómo comportarte fuera de la pista. Les enseño a ser hombres fuera de la pista y a jugar duro dentro. También doy charlas tipo coaching a empresas, para formar a directivos. Tengo que hacer una mezcla de español e inglés, porque no hablo español perfectamente, pero la gente me entiende y funciona. Es muy divertido, porque empresa y deporte son muy parecidos. Se trata de jugar en equipo y no tener egos.


Nacho Azofra: «En las canchas de mini del Ramiro se jugaba a tope, con sangre y golpes»

Esta entrevista está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 13

Más de un cuarto de siglo estuvo jugando Nacho Azofra (Madrid, 1969) en la ACB. Vivió todo los cambios que se produjeron en este deporte, los años gloriosos, en los que el baloncesto español rivalizaba con el fútbol, la etapa en la que entraron millonadas en los equipos y la de la ruina posterior. Es difícil pensar en el Estudiantes y no verle a él botando. Fue un jugador enloquecido, valiente, era capaz de dar el mejor pase de la historia, pero también de perder el balón decisivo en la última jugada. Cuando se retiró quiso hacerlo vestido de torero. Algo de matador sí tenía, porque nunca se amilanó ante nadie. 

¿Cómo llegaste al colegio Ramiro de Maeztu?

Entré en 1975 por ser hijo de un antiguo alumno. Mi padre, don Ángel Azofra, iba allí, y creo que él siempre ha sentido el Ramiro muy dentro, al igual que ahora mi hermano que lleva a mis sobrinos también. Antes habría otros condicionantes para entrar en los colegios y uno de ellos era ser hijo de antiguo alumno porque el Ramiro era un colegio muy requerido en el que había mucho hijo de personas del régimen. Pero creo que el diseño viene de la Institución Libre de Enseñanza, fíjate qué contrastes. En todo caso es el colegio público más pijo de Madrid, que está en la calle Serrano en medio del Viso, en la zona de las mansiones y donde estaba la iglesia del Opus. 

La Demencia apareció por allí en los setenta, ¿no?

Yo vivía al margen de eso absolutamente, no era más que un chaval de seis años. Recuerdo ir a los partidos de baloncesto del Estudiantes con mi padre ya en el Magariños y ver a la Demencia como una cosa muy divertida de los chicos mayores, pero inalcanzable. Por aquel entonces aún no se vestían de árabes ni nada, eso fue más en los ochenta con el tema de Jomeini, cuando el ayatolá derrotó al shah de Persia. 

Has dicho alguna vez que como no había chicas jugabas al baloncesto.

Eso es así, no había chicas y no teníamos esa distracción. Como el baloncesto, por otra parte, se respiraba en el ambiente en ese colegio, en que había muchas más canastas que porterías, jugábamos todos al baloncesto. Cada vez que salíamos al recreo íbamos corriendo al grito de «maricón el último» para encontrar una canasta. 

¿Cómo es eso de que en Estudiantes llegada cierta edad, si pasabas a jugar al basket, ya no podías jugar al minibasket?

Al director deportivo de entonces, Pablo Casado, se le metió en la cabeza que jugar al mini nos fastidiaba la mecánica de tiro. Una chorrada. Estamos hablando de cuando yo estaba en infantiles-juveniles, cuando ya habíamos dado el paso a las canastas grandes. A esa edad yo era muy mal tirador y Pablo cada vez que me veía en una cancha de mini me echaba. No me quedaba otra que jugar a escondidas. Porque, vamos a ver, puede haber algún jugador que haya jugado lo mismo que yo al baloncesto, pero no más. Yo hacía pellas para jugar al mini, después me iba al entrenamiento y luego otra vez al mini. 

Lo que sí que pasaba también en esas canchas era que la gente, que estaba de público mientras se comía el bocadillo, veía muy mal que se tirase. Tú tenías siempre que chocar, el otro te iba a poner el tapón, y tú machacabas en los contraataques, era muy divertido. Esperábamos todo el día con ansiedad echar el partido en el recreo. En las canchas de mini del Ramiro se jugaba a tope, con sangre y golpes. Uno de otra generación, más joven que la mía, que también jugaba mucho en esas canchas era Gonzalo Martín

¿Cómo recuerdas tus primeros pasos por el baloncesto profesional?

Uno de los partidos más relevantes en los que aparecí al principio fue el Torneo de la Comunidad contra el Madrid de Drazen Petrovic. Me hacía mucha gracia porque lo había visto en la Cibona y era un tío que no es que fuera letal, es que le metía cuarenta puntos al Madrid con las consiguientes burlas, y de repente lo tenía enfrente. Sus partidos no te los perdías, era un espectáculo verle. Estabas siempre pendiente de la que iba a montar. Igual metía un triple en el minuto cinco y se tiraba encima de sus compañeros del banquillo. Aparte de ser un superjugador que sale cada no sé cuántos años, el espectáculo que daba era divertidísimo. Estos cabrones de Yugoslavia no se conformaban con ganar y nada más [risas]. El Madrid luego la verdad es que lo hizo muy bien. Si no puedes con tu enemigo, cómpralo. Como ha hecho muchas veces, vaya. Aunque aquí no le saliera muy bien porque se les fue pronto a la NBA.

Y en directo impresionaba. Era distinto. A veces se dice que un jugador está un escalón por encima. Pues no. Aquí eran dos escalones sobre los mejores de aquí. Era alucinante la velocidad del balón en sus manos, su velocidad de tiro. En ese partido, los que estábamos en el banquillo le estábamos siguiendo a él continuamente. Tenía un imán para las miradas. Estoy seguro de que todos los que estaban en el Palacio de los Deportes también le estaban mirando solo a él. Era tan joven y tenía tanta facilidad, era asombroso. Lo mejor es que ¡creo que les ganamos! Nos decíamos: «Coño, hemos ganado a Petrovic, el Madrid de Petrovic no vale nada» [risas]. 

Tengo una foto por ahí jugando contra él. Luego en liga también volvimos a enfrentarnos y después se escapó. De todas formas, en la cancha el tío iba a lo suyo. Supongo que su motivación para jugar contra el Barcelona no era la misma que contra nosotros, el Estudiantes. Estaba claro que no conocía a ninguno de nuestros jugadores, pero sí a todos los del Barça. Si le defendías duro, sí que te podía marcar algo que te doliese además de los dos puntos, pero si no ibas a una guerra muy frontal él seguía con lo suyo tranquilamente, meter sus treinta y cinco puntos e finito

Uno de tus primeros partidos importantes con el Estu fue en Copa Korać contra el Olimpia esloveno. 

Para mí fue crucial. He conocido siempre a muy buenos jugadores jóvenes que, coño, valen para esto, pero luego hay que saber aprovechar las oportunidades y estar caliente para el momento justo y eso quizá fue lo que me pasó a mí en este partido. Así te ganas la confianza del entrenador, que piensa: «Coño, cuando saco a Nacho responde». Para mí fue entrar por la puerta grande porque Vicente Gil estaba lesionado y Paco Garrido me sacó a mí en un momento dado en lugar de a Antúnez. Creo que venían con una ventaja de veinticuatro y ganamos de veinticinco en nuestra casa con una canasta de Pinone a falta de dos segundos o una cosa así. Yo salí e hice trece puntos contra un base que era Zdovc, un superjugador de la selección yugoslava, que años después ganó la Copa de Europa con el Limoges. Era muy bueno. No me acuerdo muy bien, pero creo que ese partido fue perfecto, aunque no vino casi nadie a vernos. Las gradas del Palacio estaban casi vacías y mira la que liamos. 

Cuando el Estudiantes cambió el Magariños por el Palacio se perdió mucho ambiente.

El Magariños hubo unos años que impresionaba verlo porque iban dos mil quinientas o tres mil personas. A Fernando Martínez Arroyo, el gerente, te lo encontrabas por ahí diciendo «¡Como venga la policía, me detiene!», porque superaba el aforo. Además, se podía fumar y aquello era un espectáculo todo lleno de humo. Ganar al Estudiantes en el Magariños con ese ambiente no era nada fácil. Era un equipo muy competitivo, con Vicente Gil y Carlos Montes, con Pinone en un estado de forma estupendo y jugando treinta y cinco minutos todos. Claro, que te jugaban tantos minutos por partido porque había treinta segundos de posesión. He visto a muchos jugadores caer cuando la norma bajó de treinta segundos a veinticuatro. Eso ha sido un cambio importante en el baloncesto moderno. Se consiguió el doble de intensidad. 

Cuando llega el Cura —Miguel Ángel Martín Fernández—, Vicente Gil es uno de los grandes sacrificados y decide montar un equipo joven tirado por dos americanos como Pinone y Winslow. Era el equipo más joven de la ACB.

Cuando todo eso ocurre no tenía ni idea de que me iba a dedicar profesionalmente al baloncesto. Aún tenía una sensación de amateur, de salir a pasármelo bien que afortunadamente me ha durado mucho tiempo. Pero estaba igualmente dentro del equipo y sí que veía que el Cura y Vicente no se llevaban muy bien. Vicente Gil era de sangre caliente y alguna vez había hecho declaraciones sobre él y creo que quiso quitárselo de encima y ya está. No era algo tan premeditado apostar por los jóvenes, porque Alberto Herreros era una perla joven, ya había jugado muchos más minutos y era un anotador importante. Había talento, siempre es un riesgo tomar una decisión así, pero tampoco hay que ser un suicida. Si a gente joven con talento la rodeas de veteranos buenos siempre es fácil. 

Hay una eliminatoria de Korać que jugasteis contra el Partizan de Belgrado.

Sí, viajé contra el Partizan de Divac, Djordjević, Obradović, que jugaba en pívot el alero zurdo, y Paspalj, que era el jefe del equipo. Ya era el veterano, digamos, y tenía un equipo jovencísimo. Cuando salió Djordjević… Creo que nos ganaron de treinta allí. Cómo movían la bola, aquello era insólito. Nos impresionó. Luego pasado el tiempo ya me he dicho «coño, no me extraña». Todos eran superjugadores. Y ya entonces tenían un desparpajo tremendo. 

¿Hubo ambiente en Belgrado?

No mucho, no se molestaron siquiera en ir. Era un partido que lo tenían muy claro [risas]. 

También jugaste contra el Madrid el partido posterior a la muerte de Fernando Martín. ¿Cómo lo viviste? Porque me imagino que cuando jugaba en el Estudiantes tú le seguirías.

Cuando jugaba en el Estudiantes sí, cuando juegan en el Madrid yo no sigo a nadie.

¿Pero recuerdas aquel día?

Sí, creo que el día que se mató nosotros jugábamos en Málaga y me vino a avisar Alberto: «Que se ha matado Fernando Martín». Cuando la noticia ya estaba confirmada y salimos al campo a jugar nos quedamos un poco callados, la verdad, porque Fernando había estado muy cerca de gente como Pepu, Clemente, y con nosotros había jugadores de su generación como Carlos Montes, que creo que aunque era un poco más pequeño sí tenía contacto con él. Fernando trascendía lo deportivo. Era uno de los símbolos de nuestro baloncesto. No, era el símbolo, porque había estado en la NBA. Yo no le traté, sí que conocí mucho a Antonio, con el que hice muy buena amistad, pero a pesar de eso tengo entendido que Fernando Martín tenía mucha personalidad y allá donde iba arrastraba bastante el pensamiento de los demás y, por supuesto, se notaba su presencia. Tenía un aura un poco de superjugador español. 

Al Madrid, la FIBA les hizo jugar un partido contra el PAOK de Salónica a dos días de su muerte, justo después de enterrarle, pero el primer partido de ACB fue contra vosotros. 

Sí, recuerdo que los jugadores de la cantera iban de luto. Que la Demencia le dio un ramo de flores a su madre… ¿Él no iba a un partido cuando se mató?

Sí, contra el Zaragoza, que no se jugó.

Contra nosotros nunca olvidaré que estábamos los jugadores en formación y salió la madre. Guardamos un minuto de silencio. La verdad es que nos quedamos todos bastante tocados, nos impresionó mucho. Pero luego saltó la bola arriba y a jugar, la vida sigue. Esto es así, macho. La bola sube y se acabó, te tienes que poner otra vez a jugar. Hasta Antonio Martín. 

También juegas contra el Valladolid de Sabonis.

Sabonis era un dominador absoluto. Era otra cosa, ese sí que impresionaba jugando. Su presencia era… te ocupaba toda la cancha. Es que hacía de todo y con muy mala leche además. Era muy ganador y a veces muy malvado. Pero ten en cuenta que lo era porque por movilidad él ya tenía los tobillos bastante jorobados y se los vendaban que casi era como si se los escayolasen para jugar cada partido. Por eso cualquier cosa que le sacase un poco físicamente de su contexto le fastidiaba mucho y sacaba toda la mala leche que tenía; la de un jugador que no era duro, sino durísimo. Y además de soviético y duro, con una calidad increíble, el tamaño. ¡Era impresionante, era enorme! Chocabas con él y… [risas].

Me acuerdo una vez que estábamos jugando contra ellos y teníamos un sistema que el Cura lo ordenaba gritando: «Manda cinco», con el que yo pasaba y tenía que ir a bloquear para que subiese Orenga a poste alto. A Sabonis le jorobaba mucho tener que salir hasta fuera, de hecho Orenga le hacía bastantes puntos por partido porque tiraba bien de fuera y a él no le gustaba. Además, Juan era muy competitivo y contra Sabonis se venía arriba. También le gustaba pegarse y no era como otros, tenía peso. El caso es que en ese bloqueo que le hacía yo a Sabonis, me daba con el codo un toquecito y me tiraba al suelo. Era como un árbol, como la rama gorda de un árbol. Y durante un partido me tiró al suelo una vez, dos veces, tres… Joder, ya me estaba empezando a hacer daño [risas]. Y dijo el Cura otra vez «Manda cinco», y yo le grité: «¡Los cojones voy a mandar cinco!». El Cura me miró con una cara… [risas]. Por otro lado, Sabonis era Sabonis y no le pitaban las faltas y yo era un jovencito recién subido.

En el Trofeo Las Rozas de baloncesto jugaste contra la Jugoplastika de Toni Kukoc.

Estaba también Perasović, que era el que defendía. Un jugador muy bueno, pero en ese equipo tan solo uno más. ¡Buah! Es que los que se juntaron ahí también… Toni Kukoc a mí entonces ni siquiera me sonaba. No lo conocía nadie. Tampoco es que yo leyera mucho de baloncesto porque yo había llegado hasta ahí jugando en el patio del colegio con mis amigos. Echaba pachangas en las canastas de mini y luego me iba a jugar de profesional contra Toni Kukoc [risas]. Lo que no quita que yo fuera muy competitivo, saliera y pensara «coño, qué tío más grande», y cuando íbamos 27 a 7 iba entrando en razón «hostia, sí que son buenos estos». Pero antes de empezar el partido no eras realmente consciente. Pasados los años ya sí sabes quién es cada uno. Quizá en el banquillo sí te percatabas de detalles que no veías jugando. Decías «joder, estos tíos saben». Ganaron la Copa de Europa, por supuesto. 

Otros equipos de tus inicios, el Caja de Ronda de Joe Arlauckas.

Mover la bola, mover la bola y mover la bola. Yo creo que todavía eran treinta segundos de posesión. Tú imagínate lo que era jugar contra unos pavos que eran cinco tíos que solo movían la bola y tiraban en los últimos diez segundos de posesión. Y si te cogían el rebote… ¡otros treinta segundos moviendo la bola!

En serio, lo de los treinta segundos fue determinante. El otro día hablaba con Pedro Rodríguez y recordábamos que nosotros corríamos, pero si yo llegaba botando y no había nadie me tenía que dar la vuelta y ver como iba viniendo Pinone por el centro diciendo «Calma, Nacho» [risas]. Pinone ya no corría tanto. Subía como podía y me decía «marca la dos» o la que fuera, la gente me miraba y se iban a sus posiciones, ¡tardaban un mundo! Te daba tiempo a todo. Era la leche, no tenía nada que ver con los veinticuatro segundos. Por eso era tan bueno el Caja de Ronda, con un base muy listo y tres por dentro, el triple bloqueo ese que tenían siempre. Jugaban con dos y tres, con Arlauckas, Rafa Vecina y Ricky Brown y dos que se alternaban por fuera que no me acuerdo de cómo se llamaban. El base era Fede Ramiro y el entrenador, Mario Pesquera, que era tan listo y tenía mucho oficio, pues juega tú ahí en Málaga contra ellos, que además había un ambientazo. Era muy difícil, te desquiciaban. Fíjate que no me acuerdo de nada nunca, pero contra ellos sí recuerdo que nos pusieron la zona, porque Mario jugaba con los fallos del rival, y Alberto Herreros les metió como siete u ocho triples. No quitaron la zona y les eliminamos en Málaga. Algo es algo. 

El Cura contaba que Alberto había hecho una primera parte horrorosa, que por eso le echó una bronca en el descanso y en la segunda parte metió ocho triples.

Eso dicen siempre los entrenadores, que como le había echado la bronca se había motivado [risas]. Pero sí que animaba mucho a Alberto a tirar, le decía que no se cortase. 

Tuviste muchas veces enfrente a Laso en el Taugrés.

Me parecía muy bueno al contraataque y sobre todo buen pasador. Quizá peor tirador. Jugábamos un poco con eso, tratando de pasar los bloqueos por detrás. Era el jefe del equipo defendiendo, se entendía muy bien con Arlauckas, y sobre todo era valiente. Ahora me encanta lo que está haciendo en el Madrid. De verdad. 

¿Es jodido ser del Estudiantes y que te encante cómo juega el Madrid?

Es un triunfo del baloncesto. Que pierdan, siempre, pero me gustan. Para mí ver a Sergio es una gozada. Yo tuve bastante libertad para la toma de decisiones en el campo y para improvisar, para mí es una gozada ver a un jugador de ese tipo surgir en un baloncesto en el que durante los últimos años se ha impuesto la disciplina de equipo. O Rudy, que también puede tomar decisiones, aunque a veces se le vaya la olla, pero en la balanza siempre suele salir positivo. Aunque también hay mucho de casualidad en todo esto. Cuando Sergio vuelve de la NBA con Messina le cuesta adaptarse. Luego con Laso también hace un año irregular y le ponen en el mercado para venderlo, pero como tenía una ficha alta… Y me imagino que sería Laso el que le puso a la venta. Sin embargo, luego da con la tecla y Sergio desarrolla todo su potencial. Uno también tiene que poner de su parte. Hay que saber adaptarse a los compañeros cuando eres creativo. Yo lo he sido y cuando nos liamos no nos entendemos ni nosotros [risas]. Podemos crearle un infierno al entrenador. Siendo bases ya ni te cuento. 

Fue clave para ti la salida de Antúnez.

Pasé a ser titular. Mi juego hasta entonces era de salir a revolucionar los partidos. José Miguel se fue al Todopoderoso, es decir, que pagaron por él, y todo cambió. 

Tuviste un momento épico en esa final que ganas lesionado.

El Barça nos metió treinta o cuarenta puntos y encima me lesioné. Antes veníamos también de perder, pero esa derrota contra el Barcelona igual nos sirvió para reaccionar. Ganamos al Madrid con un triple de Aísa.

¿Es verdad que le llamabais el Drogas?

Pinone alguna vez se lo decía porque Juan iba un poco desaliñado y siempre venía tarde, con los pelos largos. Luego encima tuvo un lío porque el año en que Asier García dio positivo se filtró que había pitado un jugador que empezaba por A y el Marca interpretó que era Aísa. Se pilló un cabreo yo creo que más que justificado. Además, Asier luego recurrió y le quitaron la sanción. Parece que dio por un crecepelo. 

¿Esa no es la excusa típica para enmascarar la sustancia?

Pues supongo que a lo mejor sí, pero no tengo ni idea. Yo soy de pensar que si nos quedamos calvos, nos quedamos calvos. Todo el lío que tuvo para luego raparse la cabeza al cero; todo lo que se habría ahorrado si lo hubiera hecho antes [risas].

Volvamos a aquel partido de Copa del Rey.

A Granada yo fui de vacaciones con mis amigos. Pero llegamos a la final y el doctor Soriano me hizo un invento para que pudiera jugar que le agradeceré siempre. No podía extender el brazo y dar latigazos era impensable, pasaba con las muñecas nada más y tirar era imposible. Como mucho, dejar una bandeja, pero solo con la muñeca. Entonces me pusieron un limitador para que no pudiese extender el brazo. Íbamos palmando y el marcador estaba muy bajo. Fue uno de esos partidos en los que una canasta es como meter gol. No metíamos ni unos ni otros, aunque quizá ellos sí tenían más iniciativa. Era también un partido muy duro, no nos dejaban correr. Así que el Cura se la jugó. Yo creo que si sacó a un tío que estaba manco es porque lo veía muy mal [risas]. Me preguntó: «¿Estás para jugar?». Di un salto, nada más salir tuve la suerte de robarles un balón que acabó en un matazo de Rickie, nos cambió la cara y a ellos también. 

Dijiste que era el día más feliz de tu vida.

Sí, hombre. Aunque es lo que se dice siempre. Ahora cuando veo todas esas declaraciones me da un poco de vergüenza [risas]. Porque he tenido días mucho más felices, con la familia, con alguna chica… Lo que no quita que esa fuese una gran alegría, sobre todo porque en Estudiantes no es algo individual, es familiar. Se produce un estallido de alegría de un montón de gente que hace que el triunfo sea de mayor magnitud. Encima el club no había ganado una desde la Copa del Generalísimo, imagínate. Hombre, a mí me hubiese gustado ganar la del Generalísimo y que me hubiera recibido Franco en El Pardo [risas]. Yo que siempre he sido muy franquista [más risas].

En la celebración coge Alberto Herreros se levanta, alza su copa y dice: «En estos momentos quiero levantar mi copa y brindar por un compañero que nos dejó a comienzos de esta temporada y se marchó al Real Madrid para ganar títulos. Brindo por José Miguel Antúnez».

Para que veas luego cómo son las cosas, por la boca muere el pez. Ay, Albertito, hombre, mira que decir esas cosas… Yo le dije: «Por hacer ese comentario te van a hacer una oferta y tú te vas a tener que ir al Real Madrid». Me contestó: «¡Que te den por culo!». En el vestuario del Magariños Herreros y yo nos sentábamos al lado y en su sitio se sentó después Orenga, luego Alfonso Reyes y después Felipe Reyes. Yo siempre decía: «Este es el asiento del Real Madrid». Y Andrés Miso, que es un cachondo, decía «¡Pues para mí!». Lo cogió. «Andrés, vas a joder la racha», le tuve que decir [risas].

¿Qué tal en la cancha del Maccabi?

Joder, Israel. El campo más caliente… Bueno, he estado en varios muy jodidos también, en la época de Grecia contra el Panionios nos tiraban de todo. Además, su campo es como una nevera de lo pegado que estás al público. Les daba tiempo a ponerte un punto de mira donde te iban dar con la moneda. Era la leche, caían una cantidad de monedas que no te lo puedes creer. Te jugabas los ojos. Si te dan un monedazo en la oreja o la cabeza, pues mira. Pero si te dan en un ojo puedes perderlo. Cuando alguien tiraba los libres, yo como base no podía estar en mitad de la cancha porque me caía todo a mí. Me tenía que poner al lado de uno de los suyos. En el momento en que no tenías a un rival pegado te caían monedas por todas partes. Y si el otro se movía, te movías con él. Había chavales recogiendo las monedas con la mopa y no veas qué dinerales se llevaban. 

Recuerdo que Pinone metió un gancho que nos daba el partido a cuatro segundos y, en lugar de sacar de fondo y jugar los segundos que faltaban, salimos corriendo hacia el vestuario. Y a la policía la veías con las manos en los bolsillos. Yo fui de los últimos en salir del campo, me cazaron con una moneda de un dracma en la cabeza y me tuvieron que dar puntos. Entré al vestuario sangrando y Alberto me miraba alucinado. «Me han cazado, tío», le dije. Ahora hace gracia y en aquel momento también nos reíamos porque aquello era un desmadre, pero era peligroso de verdad. Si estabas cerca del público te daban puñetazos en la cabeza o donde pillasen. No pudimos salir del vestuario hasta una hora después del partido. 

En España eran más de insultar. El pabellón de Manresa era muy furioso, qué bonito era el antiguo campo del Joventut. O el del Huesca, que no llegaba al nivel de Grecia, porque nadie arrojaba nada, pero cómo te insultaban, madre mía. En una ocasión [risas] yo todavía era junior, estábamos en Bilbao, salí a calentar y empezaron a insultarme a mí. Me decían de todo, no paraban, y yo no entendía nada. Hasta que llegó Pedro Rodríguez y me dijo: «Anda Nacho, quítate los calcetines de España». No tenía ni idea, eran los primeros calcetines que había pillado, no sabía que tenían la bandera de España y me estaba poniendo a parir todo el pabellón. 

Pero árbitros presionados no he visto como el día del que hablamos en Tel Aviv. Cuando luego los he visto por la tele siempre es lo mismo. El Pabellón de la Mano de Elías, qué presión. El público te gritaba de todo, cuando pasabas te daban fuerte en el hombro. De todas formas, el Maccabi no era un equipo que nos fuera a impresionar como cuando nos enfrentamos al Partizan en Belgrado. Estábamos en un nivel mental que competíamos contra cualquiera. De hecho, al Partizan le habíamos ganado los dos partidos en casa y el de Fuenlabrada [el Partizan tuvo que jugar en Fuenlabrada sus partidos de casa porque la FIBA dictaminó que en Yugoslavia se vivía «clima de inseguridad»]. Y a los italianos les habíamos ganado de seis y allí perdimos de cinco con la famosa canasta aquella.

¿Fuera de tiempo?

Aísa la metió dentro de tiempo y con falta además. ¿Tú te crees que con la presión que había allí si hubiera habido la más mínima duda no la hubiesen anulado? Recuerdo que Mike D’Antoni iba detrás de los árbitros diciéndoles unas cosas en inglés… que si eran unos hijos de puta, que no iban a volver a pitar en su puta vida. Yo nunca había visto algo así, era joven. Aunque luego tampoco [risas]. Pensaba que le echarían o algo. Herreros estaba a mi lado y también estaba flipando. Pero no estábamos escandalizados, nos estábamos echando unas risas. Lo vivíamos así. Aunque el árbitro estaba pálido. 

En la vuelta contra el Maccabi en Madrid, ochenta mil pesetas una entrada en la reventa. Eso es una auténtica barbaridad para 1992.

Pues no sé, lo que sí recuerdo es que la gente estaba como loca. Incluso antes de jugar con el Maccabi, ya nos decían por la calle: «Oye, que nos vamos a Estambul, ¿eh?». Cuando vieron que allí habíamos perdido en la prórroga y nos quedaban dos partidos se dieron cuenta de que era factible que pasáramos. Ellos tenían dos pívots negros grandes, fuertes. Siempre hacían eso, meter pívots con muchos kilos, grandes, debajo de la canasta. Un autobús en la zona y luego Jamchi y otros israelíes muy buenos por fuera. Claro que a nosotros estos equipos, tan lentos, nos venían mejor que los que tenían a jugadores más finos o rápidos, porque nuestros pívots, Orenga y Pinone, tiraban muy bien desde fuera. 

La locura se desató porque en aquella época se seguía mucho el baloncesto. Además, el Real Madrid ya estaba eliminado de la liga europea así que habría algunos vikingos en el campo [risas]. De todas formas, en esa época en los partidos de la ACB siempre teníamos lleno el Palacio. Y también te digo que pagar ochenta mil pesetas de la época por una entrada me parece una barbaridad. 

El partido clave lo ganáis porque Chus se olvida de limpiar el sudor de la tarima.

No sé si íbamos uno arriba o uno abajo, atacaban ellos y se cayó Pedro Rodríguez en la lucha por el rebote. Pidieron tiempo muerto para poder sacar de banda en su campo de ataque. Marcaron la jugada, unos bloqueos por línea de fondo para Jamchi. Recuerdo que le defendía Rickie Winslow. El caso es que Chus, el encargado de la mopa, se olvidó de secar la zona de la cancha donde se había caído Pedro. Doy fe de que Chus era un tipo bastante competente, pero mira, en esta ocasión, por fortuna, fue bastante incompetente [risas]. Como era más del Estudiantes que yo, estaba en éxtasis con el partido. Ese día todo el mundo vio el partido de pie desde el minuto ocho. Imagínate el ambiente. El caso es que Winslow se quedó trabado en los bloqueos, salió Jamchi, se resbaló con el sudor y el balón que iba a recibir se fue fuera de banda. 

En la Final Four, sin embargo, nada salió bien. 

Creo que la gente consideró que con ir a Estambul ya tenía el premio, sobre todo después de un partido como el de contra el Maccabi. También pecamos de primerizos, era el primer año que íbamos a una Final Four y no estábamos al cien por cien concentrados en competir. Quizá sí a un noventa, pero para ganar necesitas el cien. Mira el Madrid, que ha necesitado varias finales para poder ganar la del año pasado. Nosotros en cambio no tuvimos demasiadas oportunidades de perderlas para ganar una [risas]. 

Te jodió que os fuerais a las primeras de cambio.

Es que yo siempre he sido muy competitivo, de salir a comérmelo todo, y hay una cosa que me jode incluso más que perder, que es no competir. Si compites hasta el final, has estado tenso todo el partido, te vas al vestuario y te cagas en todo, pero solo te queda la mala hostia. No competir te deja sensación de vacío. Perder un partido por quince o veinte puntos, sin reacción por tu parte, me deja fatal. No hay cosa que más me joda que ver un partido de baloncesto en la tele, cualquiera, y que haya un equipo que vaya ganando de veinte. El baloncesto tiene que estar igualado siempre. Y esto es precisamente lo que nos pasó con el Joventut, porque ellos no jugaron un gran partido, pero sabían lo que tenían que hacer. 

Como esta última semifinal entre España y Francia del último Eurobasket, que luego llega la final contra Lituania y te aburres.

La final fue un partido muy descafeinado. España estupenda, obviamente, pero a mí me gustan los finales igualados. Es lo que hace que la gente se aficione a este deporte tan especial. Mucha gente mayor me dice: «He visto el partido de España contra Francia y he tenido que apagar la tele porque me iba a dar un infarto». Y joder, es verdad. Hay mucha gente mayor que no ve baloncesto porque lo pasa realmente mal. Eso no lo tiene el fútbol. O no de esa manera. Porque en baloncesto metes una canasta y te meten otra inmediatamente. Tú estás alegre y de repente te meten dos canastas en cinco segundos y ¡joder! Es que es la hostia. Esos finales hacen muy grande al baloncesto. 

Para el Joventut casi mejor no haberos ganado, que luego en la final se comieron el triple de Djordjević en el último segundo. 

Lo vi a pie de cancha. Me llamaron de una radio par comentar los últimos minutos y estaba ahí, justo al lado. Joder, vaya triple metió. Estaba colgado en el aire. Es que él era físicamente muy atlético y técnicamente un superclase. Le defendían Tomás Jofresa y Jordi Pardo, se pasaron de frenada, Djordjević salta, se queda en el aire, deja el brazo perfecto. Eso lo vi ahí al lado y solo pude decir: «Hostia». 

Al día siguiente todos los niños de España estaban imitando ese triple.

Claro. Es que eso se queda en la mente, son esos finales los que transforman a un muy buen jugador en uno histórico. Y eso que Djordjević iba a ser igual de bueno después, pero a partir de eso es todavía mejor. 

Igual Danilović, que era igual de bueno que Djordjević, luego no fue tan conocido por no haber dejado una jugada como ese triple.

Sí, tuvo algunas lesiones, se fue a la NBA y se quedó un poco diluido. En ese sentido,  Djordjević fue muy hábil. Fue a la NBA, vio cómo estaba el asunto y se piró. Ni lo intentó. Porque es otro juego, es algo distinto. Allí o el entrenador confía en ti al 100 % y te da treinta minutos por partido o no hay nada que hacer por mucha calidad que tengas. Djordjević iba sobrado de calidad, pero vio que no le iban a dar esos minutos y decidió no pasarse media temporada en un banquillo y se volvió a Europa. La NBA de entonces era mucho menos accesible que ahora, te daba mucha más aura. Todos querían irse allí cuando pensaban que ya habían dominado en Europa. Ahora no. Fíjate la decisión que ha tomado Llull, sorprende un poco pero entonces era impensable. Y eso que Llull lo ha ganado todo en Europa e iba a una franquicia que le iba a dar minutos y dinero, tiene una edad en la que aún le daba tiempo a volver, pero ha preferido quedarse. 

¿Cómo es tu relación con la Demencia?

Rara. En esos años pues muy bien. Muchos de los de la Demencia eran compañeros míos de clase y mi relación es muy fluida porque en la pandilla no soy más que Nacho Azofra, un tío que ha estudiado con ellos y hemos salido juntos de cervezas. Pero cuando ya solo soy jugador, la relación es distinta. Ellos tienen su opinión de las cosas y yo tengo otra, que a veces coincide pero a veces es distinta. 

Te cantaban: «¡Nacho Borracho!».

Pues por eso, por haberme ido de cañas con ellos. Siempre tuve una pequeña pelea dialéctica con Miguel, el Cura. Como se metía en todo, me decía: «Oye, que la Demencia nunca miente y están siempre con lo de “Nacho borracho”». Y yo le contestaba: «Hombre, Miguel, la Demencia sí que miente, porque también dice lo de “la novia del Cura me la pone dura” y a mí tu novia no me la pone dura en absoluto». 

Documentándonos para esta entrevista dimos con una en la que te hacían seis o siete preguntas sobre vino sin venir a cuento, parece que te querían buscar las cosquillas con eso.

Aparte de lo de la Demencia, ocurrió otra cosa. Jugaba yo en Sevilla cuando Jordi Bertomeu llevaba la ACB. Ahora está en la Euroliga. Hice unas declaraciones sobre el Elosua León, que firmó unos contratos enormes que luego no pagó nadie. Dije que lo primero que tenía que vigilar la ACB es que se cumplieran los contratos. Ahora es habitual que haya retrasos, pero entonces no, era cuando estaba empezando. En León hicieron fichajes millonarios y dejaron de pagar desde el tercer o cuarto mes. Por eso pedí que se controlaran esas cosas. Esas declaraciones sentaron mal y Bertomeu contestó con otras declaraciones poniendo en duda mi profesionalidad, diciendo que yo salía, que tenía una vida disoluta. 

Es un bulo que me hace una gracia terrible, porque, vamos, he sido el tercer jugador que más partidos ha disputado en la ACB y el que más partidos ha jugado seguidos sin lesionarse, como quinientos o seiscientos. Pero al final consiguen cascarte el sambenito. Casi prefiero no entrar en esto porque me parece bastante estúpido. Aunque lo que dijo Bertomeu, no os creáis, me dio bastante igual. Sí que recuerdo que me llamaron desde la Asociación de Jugadores y yo les dije que respondieran ellos. Me defendieron diciendo que no se podía ofender así a un jugador. Y bueno, al final la cosa quedó en nada.

El Joventut volvió a ganaros en el play-off de la ACB.

Es que ese Joventut fue legendario. Pero creo que nosotros les forzamos dos eliminatorias hasta el quinto partido. Imagínate cómo estábamos nosotros. Estuvimos muchas veces a puntito de llevarnos los play-offs. Pero ese Joventut era un equipo muy fuerte; estaba Villacampa, los Jofresa, tenían muy buenos americanos, como Corny Thompson. Pero competíamos muy a la par. Tenían a un núcleo muy sólido que estaba en la selección española. Llevaban mucho tiempo en la élite, pero no habían podido con el Real Madrid o el Barcelona y cuando tuvieron vía libre quisieron aprovechar esos años. Todo eso sumado a buenos fichajes americanos con Thompson o Harold Pressley. Era un equipo montado solo para ganar. El panorama del baloncesto español con su irrupción fue una delicia. Capaces de ganar al Madrid o al Barcelona estaban ellos, nosotros, venía fuerte el TAU Vitoria, estaba por aparecer el Unicaja…

En el cuarto partido de esa eliminatoria metes el triple de tu vida.

Ni me acuerdo.

«Anota un increíble tiro de tres puntos al límite de la posesión, desde siete metros, a la media vuelta y con dos defensores encima. El tiro que todos alguna vez han soñado con encestar». ¿No te acuerdas?

¿Fue en casa?

En el partido de los nueve mates de Rickie Winslow.

Nueve mates. Eso fue insólito. Ahora sería completamente imposible, impensable. Sí, ahora me acuerdo del triple. Y lo puedo contar porque mi hermano le puso el otro día a mi sobrino unos vídeos de internet míos, porque nunca me ha visto jugar, y sale por lo visto ese triple. Se me había olvidado completamente. Ya casi no me acuerdo de jugadas. Alguna cosa sí, pero normalmente no es una jugada mía. Me acuerdo más de los viajes, de los compañeros, pero casi nunca de cosas que yo haya hecho en el campo. 

¿Cómo era el vestuario de aquel Estudiantes legendario de 1992?

Pinone era el jefe, pero era un jefe ya mayor. Estaba cansado y nos dejaba hacer. Mientras no tocásemos mucho los cojones con el tema del juego, mientras cumpliésemos en la cancha y en los entrenamientos, él nos dejaba hacer. Ya estaba a otras cosas, había pasado de generación y le quedaban pocos años en activo. Nunca lo sabes con precisión, pero cuando estás en tu recta final lo sientes. Los jóvenes éramos jóvenes pero teníamos mucha responsabilidad en el juego, como Alberto Herreros o yo mismamente. Además, estábamos en una generación similar a gente como Alfonso Reyes o Pablo Martínez, con lo que el ambiente era bastante divertido, joven. Y Pedro Rodríguez era uno de los nuestros porque era un tipo adorable y lo sigue siendo. Su rol estaba perfectamente asumido y ayudaba al buen rollo. 

Pero me hace gracia lo del buen rollo porque es algo que solo existe cuando ganas. Cuando pierdes, ojito con el buen rollo. Es cierto que entre nosotros siempre hubo buen ambiente, aunque a veces pasáramos baches profundos en la liga. Bueno, cuatro o cinco partidos sin ganar en aquella época para nosotros era un bache profundo. Y como el Cura era un entrenador de la vieja guardia, pues todas nuestras fobias y odios iban dirigidos hacia él, lo cual nos unía mucho también. Pero lo de la vieja escuela es entre comillas, porque no era un entrenador cabrón ni mucho menos. Yo le llamaba Cura y él me llamaba Miliki por hacer mucho el payaso. 

Le recuerdo, de todas formas, con mucho cariño. Lo que pasa es que yo era un jugador caliente y él un tipo muy disciplinado, pero también caliente. Al final hubo buen rollo porque ganamos y los americanos que teníamos no eran muy americanos, como Pinone, que jugaba al mus, que no era nada distanciado.

Con Pinone se dice que no te podías pasar con él porque te soltaba un guantazo alegremente.

A ver, sí que es cierto que Pinone se pasó alguna vez con Pablo, alguna falta de respeto, pero fue puntual. Si teníamos que hacer una putada en el vestuario a Pinone se la hacíamos. Normalmente te insultaba en castellano, pero si lo hacía en inglés es que estaba cabreado de verdad [risas].

Lo contaba Arlauckas. El único tipo del Estudiantes del que hablaba con verdadero respeto era Pinone. Nos dijo que antes de un partido contra vosotros, toda la semana tenía que sacar el tiro desde arriba, porque si no, Pinone se la quitaba con el zarpazo. 

Era increíble. Tú sabías que lo iba a hacer y daba igual. En los entrenamientos él te daba la bola y sabías que te la iba a robar. Tenía esa especial habilidad para encontrar el momento justo. No os podéis imaginar la de balones que robaba en los entrenamientos. Pinone era un superjugador. Se la dabas en el poste alto y el tío «plas, plas, plas», tiraba, asistía, hacía de todo. Era un jugador insólito de bueno. 

Y todos aprendisteis el zarpazo de él.

Primero lo hereda Pedro Rodríguez, luego Orenga… Inicialmente es una cosa muy de pívots, pero luego lo aprendemos todos. En los entrenamientos nos dábamos bien. Cada vez que uno se daba la vuelta para encarar, «¡Plas!». Pero su habilidad era única. En realidad, él no defendía, tenía tres o cuatro recursos defensivos que le hacían sobrevivir ahí y el tío los aprovechaba, porque era muy bueno. Para hacer bien el zarpazo tienes que ir un segundo por delante, si no, es imposible.

Me acuerdo una vez en el Magariños que Iturriaga entró a canasta y «¡Pam!», falta. Zarpazo de Pinone. Iturriaga tenía que lanzar tiros libres y pidió el cambio porque no podía ni botar de la hostia que le había dado. Tú imagínate la manotazo que le tuvo que dar [risas]. Iturriaga puso una cara de dolor terrible, intentó disimular un poco por orgullo, se dio una vuelta por el campo y tal, pero cuando fue a botar el balón se quedó ahí el balón botando solo [risas]. «Es que no puedo ni tirar», dijo. Toda la peña descojonándose en el Magariños. Qué hostia le dio. Es que te hacía daño de verdad, tenía una fuerza… No se me olvidará nunca. Aquel día fue la risa porque a Iturriaga le odiábamos: «Iturriaga, vaya braga», le cantábamos. Y era recíproco. Nos odiaba también. Luego en su evolución ha cambiado, habla bien de nosotros y creo que le tiene cierto cariño a Estudiantes. 

En nuestra entrevista en el número cuatro se le notaba cierto propósito de enmienda, recordaba todo de forma bastante sana y con humildad, admitiendo los errores.

En las comidas de veteranos que tenemos en Estudiantes, es curioso, en general es gente orgullosa, por decirlo de alguna forma. Desde las generaciones del año cachupín hasta ayer. Los deportistas solemos ser gente a la que le cuesta abrirse a los propios defectos. Somos todo virtudes, digamos. Pero reírse de uno mismo es una forma estupenda de terapia y de desdramatización. 

En la 92-93 llega Danko Cvjetičanin.

Hombre, Danko. Por la tele le habíamos visto jugar con Dražen Petrović y yo pensaba «Joder, este las mete». Porque Petrović metía treinta y cinco, pero este sus veinte. Le veía siempre oculto, como de segunda espada. Tenía cara de listo y era enorme. Jugaba muy vertical y en los entrenamientos tenía un tiro que nos impresionaba. Había semanas en las que solo fallaba dos tiros. También tenía mucha ética de trabajo, cosa que aquí no conocíamos. Bueno, sí la conocíamos, pero de forma distinta. Yo tenía una ética de trabajo desde un punto de vista muy lúdico, no de obligación. Me iba a la cancha y hacía unos tiros, pero enseguida estaba haciendo tonterías con el bote. Él llegaba y se tiraba sus doscientos triples cada día. Al menos consiguió arrastrarme porque me pedía que le acompañara a tirárselos. Todo eso influyó mucho en el club, porque nunca habíamos entrenado así. No era que el entrenador te obligara a ir al día siguiente a tirar, sino que te vas tú con tu pelotita. Eso es lo que hacía Danko. De modo que influenciados por él y por varios del equipo empezamos a hacerlo. Aunque también es cierto que lo hicimos con diferentes resultados [risas]. Por lo menos logró que recapacitáramos sobre nuestro esfuerzo. Él se iba todas las mañanas libres a echar tiros. Y a los entrenamientos llegaba una hora antes para tirar… y se iba el último porque se quedaba a tirar más. Así a la hora de competir le daba igual tirarse la última bola. Con él y con Alberto alcanzamos un nivel de tiro que…

Pero perdisteis contra el Madrid.

Sí, pero es que ese Madrid tenía a Sabonis y a Arlauckas, ¡y perdimos en el quinto partido y en un final igualado! Tuvimos oportunidades contra un equipazo que luego fue campeón de Europa. Estudiantes siempre nos hemos quedado en muchos quintos partidos para llegar a la final, y en la única final que jugamos caímos en el quinto también. 

Lolo Sáinz te seleccionó y te pasó aquello de los tiros libres contra Alemania.

Se había lesionado Pepe Arcega y yo estaba en la sub-21, con la que habíamos jugado unos torneos en el extranjero. Eran los últimos coletazos de la vieja guardia: estaba Epi, que era el padre de todos, Rafa Jofresa, su hermano Tomás, Villacampa, Xavi Crespo, Alberto, Orenga y Antonio Martín, al que conocí ahí y nos hicimos amiguetes. Pero luego se quedó aquello en el recuerdo, que me hicieron dos 1+1 seguidos y fallé los dos tiros. No jugué mal, por eso estaba en la cancha en los últimos minutos, pero en el deporte hay jugadores a los que un error en un partido les pesa mucho. No pasa nada. Siempre he tenido capacidad para olvidar. Como dice Pedro Rodríguez, las derrotas me duran tres minutos, pero es que las victorias uno. Y eso es lo importante. 

¿Te afectaba la presión de los últimos minutos de los partidos como alguna vez se ha dicho?

En algunos momentos puntuales sí, pero en general no. Más por ansiedad de querer hacer muchas cosas que de no querer hacerlas; más por exceso que por defecto. Quería tener la bola más que soltarla. Esos tiros libres contra Alemania los tiré convencido, pero yo no era un gran tirador desde ahí. 

¿Tiene que ver ese error con que no fueses mucho a la selección?

No, eso fue sobre todo culpa mía. Jugaba bien y siempre he sido muy jugador de equipo, pero las concentraciones, por ejemplo, siempre las llevé fatal. Eran muy largas y me aburría. Me he llevado siempre bien con mis compañeros, pero por mi forma de entender la vida y el juego era bastante anárquico. Eso siempre crea bastantes dudas a un entrenador. Mi juego era algo parecido al de Sergio Rodríguez, y hay que acoplarlo. En determinados momentos lo conseguí e hice buenos partidos, pero no creaba mucha confianza. Les entiendo perfectamente, porque yo tampoco era un grandísimo amante de la selección española en el sentido de tener que estar ahí a cualquier precio. Me sentía del grupo cuando iba y era un orgullo, pero no pasaba nada si no me llevaban. Todo esto lo digo después. En su día no me sentía cómodo por que no supieran meterme ahí, aunque admito que en realidad era culpa mía por no centrarme. En Estudiantes mis condiciones eran distintas, los entrenadores siempre me permitieron cometer muchos fallos, tener mi personalidad y que me regulase yo. La selección es otra cosa, tienes pequeños periodos para montar un equipo y necesitas jugadores que sepan lo que te van a dar. Los seleccionadores quizá no tenían claro lo que les iba a dar yo en cada momento. Entiendo que la Federación prefiriera a otro. 

Decías que no te gustaba no tener libertad y que en la selección estuviera todo planificado.

Me pasa con todo, incluso para esta entrevista. No me gusta saber lo que tengo que hacer al día siguiente. Ahora las concentraciones que hacen con la selección española son más largas, pero también los seleccionadores mucho más inteligentes y te dejan tiempo libre. Creo que fue Pepu el que empezó con esto. Cuando a la selección llega gente que ha estado jugando todo el año, tiene que entrenar como si estuviese en casa. Es decir, tener el fin de semana libre, que no haga falta comer o cenar todos juntos, ni estar un mes alejado de casa. Que puedas ir a ver a tu familia, o que si viene tu pareja pueda quedarse a dormir en la habitación. ¿Por qué no? Si eres un profesional te dicen la hora de entrenamiento y vas. Punto. Se te hace mucho más llevadero así. Llegas al campeonato con ganas de jugar y competir, no saturado de baloncesto. A mí me pasó, al menos. Las concentraciones eran demasiado exageradas con una preparación física muy exigente cuando llegabas de jugar una liga de ocho o nueve meses. 

En el libro Treinta años (y alguno más) con la selección, de Juan Antonio Casanova, se dice que los debutantes teníais que invitar a comer a todos los demás.

Sí, a mí me tocó en Alemania, después de los famosos tiros libres. Nos tocó a Xavi Crespo y a mí e invitamos en un restaurante alemán. Como pagaban otros siempre se iba al sitio más caro y se pedía a lo bestia. Son cosas que no las entiendo, pero bueno. Tampoco me voy a enfrentar a las tradiciones. Bueno, al Toro de la Vega sí.

Cuando dejaste Estudiantes, te quejaste de que siempre apelaban al corazón para bajarte la ficha.

Sí, siempre. Pero no soy nadie especial en Estudiantes por eso. Siempre se ha hecho. A los de casa, claro, no vas a apelar al corazón de un americano que ha fichado el año anterior. Estudiantes emplea sus bazas negociadoras, Alejandro Matínez Varona, que en paz descanse, y Juan Francisco Moneo eran perretes en eso. Lo digo desde el cariño. 

Y al final, cuando ya lo tenías hecho con el Caja San Fernando y te ibas para Sevilla, Estudiantes aceptó tus condiciones.

Sí, pero ya había  dado mi palabra al Sevilla y había cambiado el chip. Además, me apetecía porque el cambio es bueno. Tampoco cambiar cada año, pero aparte de la pasta, irse a un sitio competitivo a un proyecto de tres o cuatro años yo se lo recomiendo a los jugadores. Siempre que puedan elegir, por supuesto. 

En Sevilla viviste en un piso propiedad del duque de Feria, entonces juzgado por pederastia.

De hecho, creo que al duque lo pillaron con la niña en ese mismo apartamento. La verdad es que hubiese ido a cualquiera, pero eran unas casas estupendas en la plaza de Santiago, en el barrio de la Alfalfa. El club me quería meter en unos chalés afuera, que era donde vivían la mayoría de los jugadores, pero yo no tenía carné de conducir y era una excusa maravillosa para que me dejasen vivir en el centro de la ciudad. No fui a Sevilla para no estar en Sevilla, quería disfrutar la ciudad. Los tablaos, por ejemplo, ya que siempre me gustó el flamenco. Me hice muy amigo de Rocky Jarana, el segundo entrenador, que era un gran conocedor de estas cosas. También Raúl Pérez, que realmente tiene dentro lo ritmos del sur y los practica, y fue un buen cicerone en ese aspecto. Había un gran ambiente en el equipo y Pesquera era un buen entrenador, pero creo que en Europa no ganamos ni un partido [risas]. Es que nos tocó un grupo, macho: la Phillips de Djordjević, el PAOK de Prelević y Fassoulas

Acabáis quintos el primer año y el segundo te vengas de tu antiguo entrenador.

No me vengo, porque con Miguel me llevaba bien. Teníamos esos enfrentamientos dialécticos, pero nos lo tomábamos como un juego. Me sentí un poco culpable porque allí jugué un buen partido e hice mi récord en la ACB metiendo veintitrés puntos por primera vez en mi vida. Y por última [risas]. Enchufé eso y fue el último partido del Cura en Estudiantes, le sustituyeron por Pepu. Siempre me dice que yo le eché y le contesto: «Hombre, Miguel, no me jodas, haberlo hecho mejor». Y se ríe. 

Volviste a Estudiantes en cualquier caso y te rompiste.

En un partido en Sevilla, por la mitad de la temporada, sentí un chasquido en la rodilla y noté que se me rompía algo. Seguí jugando el partido y acabé con la rodilla muy hinchada. Me hicieron pruebas y se llegó a la conclusión de que tenía una condromalacia, que es simplemente uno de los cóndilos del fémur desgastadito de cartílago. Me dijeron que a final de temporada se hacía una artroscopia y se regularizaba la zona. Aguanté algo menos de medio año, y en las segundas partes de los partidos se me hinchaba bastante la rodilla y me costaba jugar. Perdí un poco de tono y ese tramo de la liga lo jugué mal. Supongo que la lesión tuvo algo que ver. Quedamos novenos, se consideró un fracaso. Se fue Pesquera y tardaron mucho en fichar a otro entrenador. Para cuando contrataron a Aleksandar Petrović ya había llegado a un acuerdo de vuelta con Estudiantes. Comenté lo de la rodilla, me hicieron pruebas y decidieron operarme en junio. 

Lo hizo el doctor Guillén y en mitad de la operación dijo: «Oh, oh». Resulta que no era condromalacia, sino condropatía, un arrancamiento de cartílago, que estaba bailando. Estuve de entrada dos meses sin poder apoyar. Se supone que una condromalacia se cura en un mes y medio, yo estuve siete meses. Si lo miro ahora tengo que agradecerlo, me ficharon por un dinero importante, estuve siete meses parado y me respetaron el contrato. También se interesó por mí Querejeta para llevarme a Vitoria, pero al verme roto no sé qué hubiese hecho ahí. Al final hice una rehabilitación bastante exhaustiva porque otros jugadores con esta misma lesión nunca se han recuperado, aunque eran de otro perfil, tíos que saltaban más. 

¿Cómo viviste la salida de Herreros?

Hombre, mal. Pero para mí fue lógica. Alberto no era mi compañero de equipo, era mi amigo. Después de los entrenamientos y los partidos nos íbamos siempre a tomar algo. Yo en esto siempre apoyo al jugador. Alberto era más de Estudiantes que nadie y si se fue era por algo. Si te dan un dinero que te soluciona muchas cosas y, además, en Estudiantes estás que no sabes si vas a cobrar el sueldo o no, pues te vas. No sé cuánto le pagaban ni me interesa, pero él lo tenía claro. La pena para mí no fue que se fuera un gran jugador, uno que metía tantos puntos por partido, sino que se iba mi amigo. Con el que me tiraba todas las horas muertas de los viajes. 

Entonces, lo comprendiste al momento.

Absolutamente. Ni me lo planteo, estas cosas siempre he considerado que son asunto suyo, como si quiere irse gratis. 

¿Y a él cómo le viste?

Jodido, sobre todo al principio, porque tomar la decisión es lo más difícil. En los primeros partidos que jugamos contra él estaba descompuesto. Le costó mucho. Y es que Alberto era del Estudiantes y del Atlético de Madrid. Y sigue siéndolo [risas]. 

¿Y cuando está en el Madrid sigues manteniendo el contacto?

Sí, pero menos. Ya tiene otros horarios. Lo que es jodido de Madrid es que es muy grande y llega un momento en que pierdes el contacto. Cuando veo a Alberto es como ver a mi hermano. Lo que pasa es que Alberto vive en Las Rozas y yo vivo aquí en el centro. Además, he estado sin coche hasta los treinta y un años, que Alberto me llevaba a todos lados con su Opel Kadett, con el que nos jugábamos la vida, por cierto. Encima, luego se compró un  Audi… A este le gustaba el volante. Yo le decía: «Albertito, Albertito…». Luego ya tuvo familia y los niños y se ha calmado más, pero siempre ha sido un amante de los coches.

Con Alberto salí alguna vez de marcha mientras él estaba en el Madrid. También con muchos amigos de la selección, como Nacho Rodríguez o Juan Carlos Barros, un personaje que jugaba en Valencia. Muy personaje. Se lesionó en Sevilla. Estaba estirando debajo de la canasta y una de las piedras que hacen de contrapeso se le cayó encima del pie, se lo rompió y ahí se acabó su carrera. Luego hizo de su vicio su profesión. Es jugador de póquer. Es gallego y vive en Mera, un pueblo que hay enfrente de A Coruña. Fui a su boda con Susana, con quien duró poco, y luego se casó con una chica norteamericana. Hace ya dos o tres años que no hablo con él, pero montó una página web de póquer y se dedicaba a jugar online. Y vive así. Es muy buen tío. Era distinto y me hice su amigo. Y Nacho Rodríguez es para comérselo, me enamoré el primer día de él. Es muy divertido y todo corazón. Ahora está de director general de deportes de la Junta de Andalucía. 

Jugó en el Barça, era muy duro.

Lo suyo era dar leña y dar leña. Recuerdo en el primer partido subir el balón y que me diera cuatro hostias sin que el árbitro pitara nada. Le miré con los ojos ensangrentados y me dije: «Vaya tarde que me espera». Efectivamente, fue dura. 

¿Cómo se te quedó el cuerpo al perder la copa Korać con el Barcelona?

Muy mal. Quizá es el día en que se me ha quedado peor cuerpo después de una derrota. Pero no por perder, vuelvo a lo mismo, por no competir. El Barcelona se distrajo un momento y le metimos dieciséis, que pudieron ser más, pero al final reaccionaron Djordjević y Esteller con unos triples. Hicieron lo que esperábamos, ir a dar y dejar el listón de las faltas muy alto para poder meter puntos. Nosotros no éramos un equipo que jugase muy regular durante todo el partido, pero teníamos picos buenos de defender y correr al contraataque y, sobre todo, teníamos mucho desparpajo. Pero Aíto García Reneses logró sacarnos del partido y no competimos. En el descanso el asunto ya estaba mal, perdíamos de veinte, no tuvimos capacidad de reacción y eso me dejó un gran vacío. 

También hubo una semifinal contra el Madrid en que os quedasteis a una canasta. Djordjević falló un tiro libre, rebote inmediato, balón a Aísa, este vio a Chandler Thompson debajo del aro y… Aísa dice que se la dio y se fue a celebrarlo, que no llegó a ver cómo la fallaba y cuando se lo dijeron no se lo podía creer. 

Lo que no nos podíamos creer es que hubiese visto el pase [risas]. Fue duro. Estábamos de mala hostia y cabreados por haber perdido esa oportunidad, más que por el tiro, que no deja de ser una anécdota, por no llegar a la final. Luego el Madrid la ganó en el Palau, Djordjević se quedó celebrándolo en la pista y Nacho Rodríguez fue a empujarle. Fue buenísimo. Lo recuerdo porque tengo amistad con Nacho y le conozco el carácter. Mucho me extrañó que no le pegase. Y eso que son amigos. 

La siguiente temporada es el Tau de Bennett, Stombergas y Scola.

Ahí ya apareció el Tau. Empezó a tener esos equipazos. No solo por un tema de dinero, sino que da con la clave. Fíjate los jugadores que me habéis dicho, sobre todo Bennett

¿Entró mucha pasta en el basket en esa época?

Ni idea. No sé ni el presupuesto de Estudiantes ni lo que cobraban mis compañeros. Es que ni idea. Bueno, sé que en Vitoria a los jugadores siempre les sale algo menos a pagar por el tema fiscal del concierto y entonces cobran más. Pero no sé cuánto tenía Estudiantes. Hombre, mucho más que ahora, desde luego, pero yo nunca he leído ni el Marca ni el As. Me daba igual. Jugaba, entrenaba, que es lo que más me gusta del mundo, y estaba con mi familia y mis amigos. Nunca me ha interesado saber qué cobra tal ni si me ponían una estrella o dos. Solo le pedía a mi agente, Miguel Ángel Paniagua, que me procurase un sueldo acorde al mercado y un lugar para jugar donde estuviese a gusto y con contratos de tres años. De hecho, siempre he sido yo el que ha pagado a mi agente. Otros jugadores no sé, pero así pensaba que mi agente luchaba por mí. Creo que he sido de los últimos. Ahora pagan ya siempre los clubes un diez por ciento todos. Obviamente, yo no le pagaba el diez por ciento a Miguel, que me parece una barbaridad lo pague quien lo pague. Otra cosa es que sea un encargo y una cosa acordada porque entonces el contrato es entre dos, pero que ya esté establecido que sea un diez por ciento me parece tremendo. Tengo entendido que el Barcelona paga el siete por ciento, pero en el Madrid es el diez. 

El 11M te tocó de cerca.

Sí, el hermano de Cepo, de Alberto. Son una familia que iba al Ramiro de toda la vida y además coincidíamos en Galapagar, adonde yo iba a veranear. Yo jugaba en mini con Cepo todo el día. Y su hermano mayor era un jugador de Estudiantes del Ramiro de Maeztu, era muy elegante y bueno. Iba en un tren con su hijo y ocurrió aquello. Al hijo solo le pasó algo en la mano, pero él murió y fue un palo. 

En esa época es la aparición de Felipe Reyes.

Mira la edad que tiene y sigue compitiendo al máximo nivel. Es un jugador especial, diferente. Como su hermano, que era muy ambicioso y competidor. Aunque luego, fuera del campo, son muy cariñosos. Felipe es mejor jugador que Alfonso, pero nunca he conocido a nadie con más fuerza natural que Alfonso. Hasta Sabonis decía: «¿Pero quién empuja así, quién es?». Bajaba el culo, ponía el punto de gravedad muy bajo, en los contraataques yo le pasaba el balón al suelo y el tío los cogía. Si no chocaba no la metía. 

En 2004 jugáis en los play-offs contra el Madrid. En el Madrid estaba Kambala, y Alfonso, su compañero, se empezó a pelear con él porque le estaba metiendo hostias a Felipe, rival en Estudiantes. 

¡Defendiendo a la familia! Le soltó un codo. Pero a Kambala a veces se le iba la olla… 

¿A veces?

Una vez por minuto. Kambala podía hacer daño de verdad. Entonces le soltó un codazo y le dio de refilón, pero si le da de frente… Por eso Alfonso saltó a la cancha. Pensábamos que se iba a liar contra nosotros, pero no, se fue a por Kambala. Nos quedamos todos: «Joder, qué familia» [risas].

El Barça de Navarro y Bodiroga acabó con vosotros dos años seguidos.

En la cancha del Madrid siempre hemos jugado bien, pero la del Barça nos costaba mucho. Es muy caliente, incluso hasta desagradable. Hay mucho insulto. En la del Madrid no tanto, pero da igual, nos costaba sacar algo de Barcelona. Contra Navarro y Bodiroga competimos, en un momento les pudimos haber sacado la cabeza, pero no lo hicimos y contra jugadores tan buenos… En esos partidos si había que dejar a alguien más suelto no era ni a Navarro ni a Bodiroga, sino a Rodrigo de la Fuente, y cogió y nos metió dos triples. Así es esto. 

¿Había diferencia entre el Bodiroga del Barça y el del Madrid?

Bodiroga es una máquina de jugar. Se mira la camiseta después del partido. Tiene mucho mérito, porque técnicamente a veces en algunas cosas es hasta poco ortodoxo, pero macho, es que no falla. Hoy en día quizá hay más gente capaz de defender a Bodiroga, hay gente más grande que se mueve bien, pero antes el serbio volvía loco a su tres. Era un superclase, aunque formado a partir de repetición de movimientos. Fíjate el tiro ese raro que tenía. Con los triples no era muy allá porque necesitaba mucho tiempo, pero claro, me gustaría saber los puntos que ha hecho de tiros libres. En cada partido eran por lo menos diez o doce. También pasaba bien, defendía bien, era un compañero muy correcto. Desgraciadamente, cuando jugamos contra ellos estaban un poco enfrentados con su entrenador, Svetislav Pešić, y se conjuraron para ganarnos. Y como eran buenos pues nos ganaron. Lo bonito para nosotros fue ganar al Tau en su casa en semifinales, estaban Prigioni, Scola, Macijauskas, Calderón… un equipazo. Y les vencimos en el quinto y en su casa. 

En el último partido contra el Barça apareció Sergio Rodríguez.

Y metió un canastón… ya venía entrenando con nosotros y ya se le veía. A mí me encantaba, era un espíritu libre. Era un jugador al que había que centrar mucho para que diese importancia a otras cosas del juego, pero era un jugón absoluto. En los calentamientos siempre jugábamos uno para uno con bote. Empezábamos los partidos ya empapados de sudor. 

También viste debutar a Ricky Rubio con catorce años en un partido de 2005 y alucinaste.

Es que Ricky impresiona. Le veías jugar con catorce años y parecía que tuviera dieciocho. No solo era el juego, también la mirada, que solo la ves cuando juegas contra él. Te quedas… «¿Cómo puede tener solo quince años este pibe?». E impresiona jugando también, porque con veintiún años hace cosas de uno de veintiocho. Todo talento natural. Un entrenador no puede enseñar a un chaval que uno va a hacer un reverso y que se ponga por el otro lado. Se lo puede decir, pero cuando haces tres reversos y siempre está en el otro lado es porque tiene talento natural, no porque se lo haya dicho el entrenador. Si se lo ha dicho puede acertar una, pero no todas. 

¿Qué tal fue Orenga como entrenador?

Cuando le cambiaron de entrenador no llevábamos muchos partidos, me sorprendió la decisión. Él empezaba a tomar las riendas del equipo en el tema de la comunicación y estábamos empezando a competir bastante mejor. Me sorprendió que no se aguantase un poquito más. A mí se me hizo un poco raro entrenar con él porque yo ya era veterano. Además, quieras que no, los últimos diez años de mi carrera he ido ejerciendo de entrenador en la cancha, me fui haciendo mi baloncesto, por lo que se me hacía raro recibir instrucciones que no coincidían con mi idea, pero esto te pasa con cualquier entrenador. Aquí además, como las órdenes venían de alguien que había sido compañero mío hacía unos años, me costaba más. 

¿Por qué le fue tan mal con España?

Había un circo montado alrededor de España. Tenía que llegar a la final porque sí. Todos lo daban por hecho y en baloncesto yo no doy por hecho nunca nada. España había jugado siempre muy bien porque había competido de forma muy seria y precisamente lo logró porque nunca dio nada por hecho. En este campeonato no había tenido ningún rival serio, estaba jugando muy fácil y la sensación era que llegaría a la final y se enfrentaría a los americanos. Eso no fue cosa de Orenga, fue algo general. Un ambiente festivo que hace que unos no entrenen, o entrenen algo menos. No es una cuestión física, sino mental. 

A mí personalmente los partidos que se hicieron no me gustaron. Fue el único campeonato donde no tuve la sensación de que España era un bloque serio en el que todos tuviesen asumidos sus roles. Estaban muy dispersos, en mi opinión. Teníamos mejor equipo que Francia pero nos eliminó. 

¿Cómo decides irte a Bilbao?

Vino Pedro Martínez, que tenía un estilo de entrenamientos muy fuertes en cancha. Yo pasé un año con altibajos físicos por cansancio, y el año que se me venía encima… Se les iba a plantear el problema típico de cómo retirar a uno que ha estado muchos años en un club y ha sido algo especial en el equipo. De modo que preferí retirarme yo marchándome, que no se preocuparan, y creo que el club se sintió aliviado en ese aspecto. En Bilbao estuve muy bien. El equipo vino a mi partido de despedida pagándose ellos los gastos. 

Saliste vestido de torero en el homenaje [risas].

Sí, era el traje de José María Manzanares, el padre, yo solo conozco a un José María Manzanares. Me lo dejó un amigo mío. Soy aficionado al toro, aunque si me dicen que lo defienda se me hace difícil. Tengo metida dentro la cultura de mi abuelo y mi padre y he ido mucho a Las Ventas. Es un espectáculo muy duro si lo piensas, pero tengo que reconocer que quizá sea de los que más me gusten, de las cosas que más me han transmitido. Ver a José Tomás me ha encantado, como expresión artística. Y lo cierto es que no deja de ser una barbaridad lo que se hace con el toro. Es de bárbaros, pero tengo esa contradicción. Tampoco me gusta prohibir, mientras no sea el Toro de la Vega, que defender eso ya no sé… Si nos ponemos con las tradiciones, también lo es quemar a alguien en la plaza Mayor…

Tampoco le veo ya mucha verdad al mundo del toro. No me fío de las crónicas, solo de lo que veo. Es que es el único espectáculo que te pone en tu sitio, porque se pone uno delante del toro y ahí no hay cronómetro. Yo veo si me gusta o no me gusta lo que se hace. Hace tiempo que estoy un poco desconectado, pero la afición va y vuelve. La estética de todas formas siempre me ha gustado. Me gustan las plazas de toros y me gustan los toros. Soy de los que se dicen torista, me gusta ir a ver el toro. El toro de lidia es el animal más bello que existe, es impresionante. 

Estuviste cuatro años de director deportivo y con poca pasta.

Fue una experiencia interesante pero muy puta de vivir. No solo es que te pongan a caldo por haber fichado a uno o a otro, con eso cuentas, sino porque yo tenía claro que Estudiantes no podía volver a ser el equipo que llegaba a semifinales, pero teníamos que vender algo de cara al patrocinador y fueron años de retrasos en los pagos con gente nueva, a veces hice más de economista que de otra cosa. 

¿Adecco dejó el patrocinio por los insultos que recibía de la afición al ser una empresa de trabajo temporal?

Sí, la Demencia empezó a protestar. La verdad es que yo puedo tener mi opinión personal de Adecco como empresa, de cómo funciona y cuál es el fondo de la cuestión de ese negocio, pero no voy a empezar a gritar en contra porque es el patrocinador principal y daba muchísimo dinero. Que lo gritasen en un partido, no pasaba nada. Pero en varios seguidos… De todos modos, defiendo la libertad de cada uno de gritar lo que quiera. Hay quien defiende que Estudiantes baje a segunda antes de fichar a según quién. Somos un equipo de patio de colegio. Yo he replicado a gente que dice eso de que ellos no viven del Estudiantes, que aquí hay cuarenta nóminas mínimo y si nos vamos a segunda más de la mitad se iban a la calle y a ver cuándo volvíamos a subir. De todas formas, no creo que Adecco se fuera por eso, sino porque ya había cumplido una etapa.

Luego has querido dedicarte a enlatar anchoas.

Es un producto delicado, que se soba a mano y es totalmente artesanal. Al ser de Santoña siempre fui muy consumidor. Un amigo me dejó su fábrica, compré unos cuantos kilos y me puse a aprender. Cada fábrica tiene su método, aunque se parezcan, son distintos. Empecé haciendo ensayo-error y hablando con mucha gente hasta que di con el punto e hice mi lata para los amigos y la familia. Me encantó. Lo que pasa es que cuando ya quise comprar toneladas e intenté meterme en serio el precio de la anchoa grande se triplicó. Según mi plan de negocio, es muy difícil vender a ese precio sin que sea un producto de lujo y el lujo no va conmigo.


Božidar Maljković: «Una final de la Copa del Rey de la ACB es mejor que cualquier partido de la NBA»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot DownSmart número 9

No para de sonarle el teléfono ni de saludar a gente. Estamos en un restaurante en el centro de Belgrado y lo mismo se abraza efusivamente con Zoran Filipovic, delantero del Estrella Roja y el Benfica, que pasaba por ahí, como nos señala con mucha discreción al actor que ha interpretado a Radivoj Korac en una película reciente sobre el genio balcánico. Tampoco falta un camarero que aprovecha el momento para pedir consejo porque un hijo suyo está empezando a jugar bien al baloncesto. Es Božidar Maljković (Otocac, Croacia, 1952), uno de los entrenadores más laureados de Europa, y el artífice de la Jugoplastika de Kukoc y Radja que no deja de aparecerse en nuestras pesadillas. Pedimos unas rakijas y un cordero y junto a Jordi Sampietro, formador de jugadores y entrenadores en Serbia en los campus de Belgrado Basketball, repasamos toda una vida dedicada no solo al baloncesto, sino a competir a cara de perro contra lo que se ponga por delante.

Cuáles son sus orígenes, de dónde era su familia.

Soy un caso muy difícil de explicar. Mi familia nació en Croacia y los mejores años de mi vida los pasé en Split entrenando a la Jugoplastika. Mi mujer es serbia, pero también con orígenes croatas. De modo que soy serbio, pero Croacia es fundamental en mi vida. Yugoslavia está dentro de mi corazón todavía. Era un gran país. Siento mucha nostalgia. A Belgrado llegué en el año 66. Mi madre aún vive, tiene ochenta y siete años, estamos cada día con ella. Y mi padre era militar, coronel. Lo que más recuerdo de él es que cada vez que me explicaba cómo llegar a algún lugar en coche me daba las coordenadas, como hacen en el ejército, y yo siempre me perdía con esa información, no la entendía. Acababa perdido en el campo. Siempre me peleaba con él por eso. Pero en realidad mi padre no tenía mentalidad castrense, era como un poeta. Muy buena persona. No era duro, como yo. De niño jugaba mucho al ajedrez con él, hasta que le gané; no quiso enfrentarse más a mí (risas).

Aunque una cosa que me trató de inculcar sí que me marcó. Trabajar duro, decía, ocurre solo cuando te sudan las muñecas, por la parte donde pasan las venas. Solo por ahí. Si te esfuerzas de verdad, sudas por esa parte. En serio. Lo comprobé una vez que construimos una casa de verano cerca de Split, trabajé como un animal en verano. No teníamos mucho dinero y yo soy hijo único, así que me deslomé para levantar esa casa. Llevaba tantos kilos encima que me temblaba todo el cuerpo, pero de repente lo vi, me estaban sudando las muñecas, y me puse a gritar a mi padre: «¡Milan! ¡Milan! ¡lo he conseguido!» (risas).

A mis jugadores se lo he dicho siempre: no es un buen entrenamiento si no sudas por las muñecas. Años después recuerdo que estaba jugando contra el Breogan y me llamó un amigo para decirme que mi padre se había dado un golpe en la cabeza. Me dijeron que no era grave, pero sentí que iba a morir. Estaba con Unicaja y los chicos jugaron para mí, sabían que estaba triste, y ganaron. Cogí un coche alquilado directo a Madrid, un avión, escala en Frankfurt, y llegué a Belgrado. Mi padre aguantaba con vida solo para poder tocar mi muñeca. Lo hizo y murió. Pudo haber vivido más, pero estaba cascado por su experiencia en la Segunda Guerra Mundial. Fue partisano, luchó contra los nazis y le habían metido dos balas en la espalda. Se me fue con setenta y siete años.

Usted jugó al baloncesto solo hasta los diecinueve años.

Solo tenía tiro. Un tiro excelente que aún conservo, pero no daba más de mí. Mi preparación física era cero. Defensa, cero. ¿Correr al contraataque? Sí, si soy yo el que mete la canasta (risas). El Boza Maljkovic entrenador nunca hubiera fichado al Boza Maljkovic jugador. Teníamos un entrenador en aquel equipo que se tuvo que ir a la mili y nos quedamos todos llorando. Entonces un amigo me eligió para que fuese yo su sustituto. Pasé una noche entera sin dormir, tenía que demostrar que valía.

Para la salud no es bueno hacerte máximo responsable de un club siendo tan joven. Como entrenador, pase lo que pase, el culpable eres tú. El jugador entrena cinco horas, pero tú trabajas veinticuatro. Cuando empecé me pasaba noches enteras en vela fumando cajetillas de tabaco. Pero me fue bien, logramos que el equipo ascendiera de categorías.

Y se convirtió en profesional.

Me fichó el Estrella Roja como jefe de la cantera cuando el primer entrenador era Bata Djordjevic, el padre de Sasa Djordjevic. Estuve tres años, luego entrené al Radnicki, que significa «el trabajador», y me convertí en el segundo entrenador más joven de toda Yugoslavia. Aquí nunca teníamos dinero, no podíamos hacer preparación física, entrenábamos en un parque. Los demás tampoco es que fuesen muy allá. Radja y Kukoc, por ejemplo, tenían un Golf; cobrarían alrededor de cincuenta mil marcos alemanes.

Pero aquí ocurría una cosa muy a tener en cuenta. El piso te lo daba el Gobierno. Gratis. Los asignaban los ayuntamientos, y el dinero de tu salario era todo para ti. Eso motivaba a la gente para jugar mejor. Un entrenador en España dijo una vez que nosotros jugábamos tan bien porque teníamos hambre de salir del país. Tuve que ir a hablar con él para explicarle que no tenía razón.

Hizo la mili con Dalipagic.

Coincidimos un mes en la Armada. Lo vi jugar en un campeonato que se organizaba para los soldados. Es uno de los mejores jugadores que ha dado este país. Saltaba en suspensión que le ponía las zapatillas en la boca a los que le defendían. Ahora es un apasionado del tenis. Me acuerdo que el profesor Nikolic, uno de los padres de nuestro baloncesto, me dijo: «Este es un fenómeno». Le contesté: «Sí, es uno de los mejores…». Y me interrumpió: «No, no por eso. Le puedes dar una zapatilla del 40 o del 47; se las pone y juega, arrasa con lo que sea que le calces en los pies» (risas). Imagina a los de ahora…

Fue asistente de Ranko Zeravica en el Estrella Roja, otro de los padres del baloncesto yugoslavo.

Sí, aprendí mucho a su lado. Una vez estábamos en Salónica en un torneo contra la selección griega y North Carolina. Cuando llegaron los americanos nos dejaron alucinados. Eran todos treinta centímetros más altos que nosotros. El base medía 2,07, por ejemplo. Solo con ver el equipaje, de un metal especial, ya daban miedo. Llevaban no uno, sino dos curas. Rezaban antes de comer. Nosotros mirando… madre mía ¿Qué es eso? ¿Otro mundo? Tenían una disciplina increíble.

El Estrella Roja jugó contra ellos el mejor partido de toda su historia, probablemente. Faltaban seis segundos de la prórroga, íbamos uno arriba, la robó uno que… ¿Quién era? Se llamaba Michael Jordan, metió canasta y con la mano nos dijo adiós a todos. La cogió el animal y no pudimos hacer nada. Luego tuve oportunidad de charlar con él de esto y se acordaba perfectamente de cómo nos dijo bye bye.

Me lo contó años después en el Buddha-Bar de París, cuando entrené al PSG en el 97. Yo estaba enfadadísimo aquel día. Habíamos perdido contra Chicago Bulls, pero eso me daba igual, el problema era que nuestra afición iba con ellos. Veinte mil personas, en tu pabellón, y todos animando al rival. Hay que entender que París es multinacional, pero me enfadé mucho. Le di al L’Equipe unas declaraciones en las que dije: «Quiero pensar que la mejor parte de los parisinos se ha quedado en casa». Quería insultar a los que habían ido a vernos (risas). Pero la fascinación por Jordan y los Bulls alcanzó hasta a mis jugadores. Llevaron a la familia, se hicieron fotos, todos estaban pensando en poderle decir a sus nietos que jugaron contra los Bulls de Jordan.

Pese a todo, lo que me pareció increíble fue que luego, cuando estuve tomando algo después con él y Toni Kukoc, le pedí un autógrafo para mi hija Marina y ni de coña. Jordan tenía un contrato con una empresa que le daba seis millones limpios y le prohibía firmar autógrafos. En cualquier caso, lo pasamos muy bien. Kukoc por entonces empezaba a hablar mucho de golf. Y ahora, después de retirarse, digamos que solo habla de golf. Se va con Jordan, ponen mil dólares cada uno, y se pasan el día jugando. Cuando he hablado con la mujer de Toni no hace más que quejarse: ¡ocho horas cada día se pasa jugando con Jordan!

En este equipo Zeravica era el poli bueno y usted el poli malo, y luego se quedó usted para siempre ejerciendo solo de poli malo.

Ranko estaba mayor entonces. Aprendí muchas cosas de él, pero sobre todo porque era un amigo para toda la vida. Yo he pasado más tiempo con Ranko que con mi padre. Por mi temperamento, cuando los jugadores no querían trabajar bien, le decía a Ranko que no se preocupara que ya me encargaba yo.

Años después, de mayor, él se fue a vivir a Zaragoza. Le llamé hace poco y le dije: «¿Qué tal estás?». Contestó: «Bien, bien», Y yo: «No, no estás bien». Y ya reconoció: «Bueno, ando fastidiado…». Nunca te decía que algo iba mal, pero entonces su corazón trabajaba al veinticinco por ciento. Tenía miedo de venir a Belgrado porque no hay vuelos directos y yo llamé inmediatamente al presidente de la federación, Dragan Djilas, y le dije de hacer una buena acción ante Dios y ante el pueblo: pagarle un avión privado a Zeravica. Lo conseguimos, y cuando se lo comenté a Ranko, me soltó: «¿No puedo yo pagar los pilotos?» (risas).

Cuando llegó al aeropuerto a Belgrado, casi llorando, me dijo: «Gracias, es mi último vuelo». Y lo fue. Yo tenía la intuición de que estaba mal, pero es que nunca lloraba. Hice un discurso en su entierro y lloró todo el mundo. Nos pidieron traducirlo al español desde Argentina, donde pasó gran parte de su vida trabajando.

Mira, para hacerse una idea de su nivel. Una vez estábamos en un avión para ir a Israel a enfrentarnos al Hapoel Haifa y los jugadores empezaron a decir que en la pista del aeropuerto estaba Maradona. Se lo comenté a Ranko, que estaba muy enfadado porque habíamos perdido dos partidos, y me respondió: «¿Que dicen que está Maradona? Sabía que mis jugadores eran gilipollas pero no que también eran imbéciles?». Entonces vi que iba a subir al avión y grité: «Que sí, que sí, que es Maradona». Y él: «Así que tú también eres imbécil, Boza». Ranko era muy aficionado al fútbol. Veía varios partidos por semana. Seguía hasta la segunda división italiana… Al final subió Maradona al avión y ya me dijo él: «¡Coño! Sí que es él, ve ahora mismo a pedirle un autógrafo para mis hijos». Me acerqué a Maradona, se lo pedí muy amablemente: «¿Podría firmarle un autógrafo a nuestro entrenador, Ranko Zeravica?». Maradona giró la cabeza, le miró y gritó: «¿Zeravica? ¿Ranko Zeravica? ¡Usted es Dios! ¡Usted es Dios!».

Ese era Ranko Zeravica. También recuerdo que el sobrecargo del avión llegó para preguntar si íbamos a tomar menú kosher, nosotros dijimos que nos podían poner todo lo que quisieran. Luego el tío llegó a donde estaba Maradona, y le dio en el hombro preguntando: «Señor, ¿cuál es su apellido?». Y Diego contestó: «Soy Maradona». El azafato se dio la vuelta y nos dijo a todos riéndose: «Anda, este dice que es Maradona». Y siguió: «¿Me hace el favor de decirme su nombre?». Entonces se giró el argentino y le dijo a la cara: «Dieeego Armaaando Maraaadona» ¡El hombre estalló! Se puso a llamar a los pilotos como un loco, todos pidiéndole autógrafos. Zeravica se partía.

En el Estrella estuvieron a punto de fichar al otro Maradona, el del baloncesto: Drazen Petrovic.

Fue por una canasta que no lo logramos. Nos arbitraron muy mal en la final de la liga contra la Cibona, en el 84. Estábamos vendidos. Habían comprado al árbitro, seguro. Esto lo hemos sabido después. Y en los últimos segundos, Mihovil Nakic metió un churro que yo no sé si fue la única canasta que metió en todo el año. Un gancho de izquierda… Y nos ganaron. Yo conocía muy bien a la madre y al padre de Drazen, teníamos su palabra de que ficharía con nosotros, pero se fue con la Cibona porque nos ganó. A él le daba igual el equipo, su único objetivo era jugar la copa de Europa y se fue con el club que la disputó al año siguiente.

Fue una pena. Le conocía desde crío porque yo tenía una casa de verano en Croacia. Años antes, ya me habían dicho que había un chico que sobresalía, pero que tenía problemas con las caderas, no caminaba bien y tenía un tiro muy malo. No obstante, era un animal. Partiendo de esa situación, todas sus cualidades fueron fruto del trabajo. Se levantaba una hora antes para ir a la escuela y aprovechaba para tirar. Yo esto lo he visto. Cuando iba a comprar pescado a Sibenik le veía trabajando solo. Tirando y tirando. Creo que no hay jugadores que hayan trabajado más que él y Dusko Ivanovic. Lo suyo no era ser trabajador, sentía perversión por el trabajo. Ni siquiera podía vivir sin pesas. Quizá podría haber tenido una mejor defensa, pero… (risas).

Moka Slavnic nos contó que fue muy importante para Drazen que él fuera su entrenador-jugador en su primer año.

¡Claro que sí! Le dio, aparte de la oportunidad de jugar, confianza en sí mismo. Le decía: «Tira. Si metes, bien, y si no, no pasa nada». Con eso no basta, pero a partir de ahí si había que tirar algo, Petrovic lo tiraba. Ese control, confianza, Slavnic sabía hacerlo. No solo con él, también con otros jugadores que tuvo.

Hablemos de la Jugoplastika. Llegó en el 86. Hotel Park, habitación 101.

Mi entrada fue complicada. Estaba en esta habitación, que era la suite de Tito, y casi me asfixio. Tengo alergia al polen y me desperté en mitad de noche ahogándome. Estaba preocupado, la gente andaba quejándose de que habían contratado a un entrenador anónimo y tuve que dar mi primer entrenamiento con la cara hinchada por la alergia.

Radja había dicho a la prensa que mi fichaje no tenía sentido. Yo llegaba de Belgrado a Split, había mucha rivalidad. No fue nada, nada fácil. Sin embargo, a los pocos días toda la plantilla estaba trabajando sin que tuviese que dar una sola voz ni un mal gesto. Los jugadores saben cuando alguien sabe de baloncesto. A la semana, Radja se acercó a pedirme perdón; me dijo que no sabía quién era, que le habían preguntado los periodistas y dijo lo que dijo. Lo bueno fue que me dieron las llaves de la casa. Poder absoluto. Y funcionó.

¿Por qué le ficharon si no le conocían?

Los de la Jugoplastika llamaron a Ranko Zeravica y él me recomendó, dijo que era mejor que él. Imagínate qué clase de persona era, qué categoría. Luego llamaron al profesor Nikolic, que fue el fundador del baloncesto aquí, creó nuestra escuela, y también me recomendó. Dijo que era ideal para la Jugoplastika. Y ahí estaban tíos que sabían, como Jerkov o Skansi, pero con estas credenciales apostaron por mí y, bueno, qué decir, fueron cuatro años inolvidables. Porque la primera vez que ganas en Europa es inolvidable, pero la segunda vez ya no es la primera (risas).

Cuando la Jugoplastika ganó la Final Four de Munich se habla de que lo hizo «un equipo de imberbes».

No he visto en mi vida algo como el recibimiento que nos hicieron en Split al volver. Pero antes de eso, en febrero, nos había dado una paliza el Barça. Creo que fue la primera vez en mi vida que he sentido vergüenza como entrenador de baloncesto. Nos mataron. Solozábal, Costa, Epi… quería que se me tragase la tierra. Desde ese día, en cada entrenamiento les recordaba este partido. Les ponía el vídeo y le decía a Kukoc: «Macho, mira el bíceps de Jiménez. Bien, ahora mira el tuyo» (risas). A Dusko Ivanovic le puse de los nervios. Terminó rabioso. Y así salimos a la cancha en la Final Four.

¿Sabes, de todas formas, qué nos falló ese día de febrero? Antes de jugar en Barcelona fuimos a ver el museo del club y el Camp Nou. Nos impresionó mucho y nos empequeñecimos. Es algo que no he vuelto a hacer en mi vida cuando he vuelto a jugar contra ellos allí. Ves el campo de fútbol para ciento veinte mil personas, y luego te ves a ti, con un palacio para tres mil personas… Te ganan la guerra psicológica. Te quedas sin garra. Eso fue lo que nos pasó y de lo que aprendimos.

En la final contra el Maccabi Aza Nikolic acudió para darle una charla a su plantilla.

En el hotel dio un discurso muy emocionante. Les dijo que no tenían ninguna posibilidad de ganar, para que se relajasen, pero que íbamos a hacer nuestro mejor baloncesto para pasarlo bien. Nikolic estaba mayor, tenía ya párkinson, intentaba llevarse el cigarro a la boca entre palabra y palabra y no acertaba, el pobre. En el partido se sentó detrás de mí con un puñado de pastillas de nitroglicerina en la mano para no morir de un infarto.

Recuerdo que el pobre Kukoc tenía encima una presión tremenda. Falló todo lo que tiró al principio. Los hinchas de Split, que los tenía detrás, me gritaban: «¡Cambia a este desgraciado, vamos a perder por su culpa!». Quise apoyarle, le mantuve, se tiró el séptimo o el octavo, tocó los aros, una vez, dos, tres, cuatro y dentro. Empezó a jugar y ganamos.

Estábamos celebrando en el vestuario, todos locos, y me llamó Aza Nikolic: «Compañero, escucha. A partir de ahora vas a tener muy pocos amigos». Y es verdad, ha sido tal cual en mi caso. Lo gracioso es que después de ganar, me fui a ver a mi padre. Me tomé con él una rakija de ciruela, vimos los periódicos, donde habían escrito juegos de palabras con mi nombre: «Regalo de Dios». Mi padre solo me dijo: «Bueno, Bozidar, y ahora, dime: ¿cuándo vas a trabajar en algo serio?» (risas).

Aquellos jugadores aún tienen pesadillas con los entrenamientos.

No creo que nadie haya trabajado como nosotros, ni en horas ni en intensidad. Y encima, Zeravica tenía la teoría de que no nos lesionábamos mucho porque tomábamos todos los días chorba, la sopa típica de aquí, que tiene verduras y minerales.

Ivanovic y Perasovic terminaron obsesionados por lo que trabajaron, pero luego lo han intentado aplicar en los equipos que entrenan y hay un problema: no hay tiempo. Nosotros estábamos un mes sin jugar. La selección se iba a Estados Unidos, donde aprendía muchísimo, y nosotros seguíamos trabajando, trabajando y trabajando.

Pero por muy bien que entrenes y por mucho que trabajes, sin talento no vas a ningún sitio. Aquí, en tres regiones yugoslavas, Dalmacia, Herzegovina y Montenegro, hemos tenido la mejor cantera. Solo en Dalmacia, entre Split, Sibenik y Zadar, hay ciento cincuenta kilómetros, y han salido los mejores jugadores del mundo. En el sur de Serbia se acaba. En Nis, por ejemplo, ya no tenemos gran baloncesto. Y en el norte, en Eslovenia, tampoco. Tienes a los hermanos Dragic, pero son hijos de serbio, igual que Rasho Nesterovic. ¿Y por qué? Porque está todo en ese triángulo.

También, detrás de la Jugoplastika, estaba Joza Blasic. Un coronel del ejército que era como nuestro padre. Había sido asistente de Tito para primeros auxilios, por si le daba un infarto. A mí, cuando me veía nervioso, me metía en la sauna. Antes de los grandes partidos, me ponía como loco y él me relajaba con unos ejercicios. Fue también como un padre para Radja, para Ivanovic… Tenía manos de oro. Nunca he visto a nadie igual. Cuando se estaba muriendo fui a verle al hospital a Ljubliana y le di la mano poco antes de que falleciera. Me dijo: «Maestro, sabía que iba a venir».

Cuando Vinny Del Negro vino a Italia, a la Benetton, tenía la espalda jodida y le llamó. Le dio tal masaje que dijo: «Este tío no se vuelve a separar de mí» (risas). Y lo ficharon. Recuerdo que cuando íbamos en bus con él y todos dormíamos, el coronel estaba despierto vigilando. Si nos despertábamos, se dormía él. Luego hemos estado en otros países, pero siempre que teníamos mal la espalda nos íbamos a Treviso a que nos la pusiera él bien. Este hombre tiene tanto mérito como el mejor jugador de la Jugoplastika. Les ponía unos estiramientos a los jugadores que yo les veía las caras y me daba pena, de verdad. Sudaban como decía mi padre, por las muñecas.

Luego me partía de risa con Savic, cuando fichó por el Barcelona, que vio a todos los jugadores catalanes en el vestuario enchufados a modernos aparatos eléctricos para recuperar. Nosotros en cuatro años de Jugoplastika no habíamos usado nada más que las manos de Joza. No tuvimos más que una luxación del hombro de Kukoc.

¿Y eso que se decía de Kukoc, que tenía los brazos tan largos por los pesos que le hacía usted llevar?

Como era el más joven, según mis reglas, llevaba las maletas. Las bolsas y el equipaje. Era buenísimo, pero me daba igual. Una vez me encontré con él cuando era entrenador del Barça y me dijo: «Míster, ya no llevo las bolsas, ahora las lleva Tabak». Estaba todo contento. Creo que si quieres que la cosa funcione tienes que controlarlo todo. Yo no permitía por ejemplo que se movieran treinta kilómetros de la ciudad donde estuviera el equipo sin avisarme por teléfono. Les ponía multas.

También influye el carácter, en Balcanes es duro.

Lo comenté hace poco en una charla que me invitó a dar la UEFA en París. En la antigua Yugoslavia somos muy duros con los críos. Espartanos. Si un niño tira un triple en el último segundo, no entra y el equipo no gana, no puede dormir en su casa. Su padre le recomendará de mala manera que se busque otro deporte. «¿Por qué no haces ballet?», le dirá. Porque le ha humillado y no va a poder hablar con nadie en varios días.

Un perro y un lobo son la misma familia en el reino animal, pero el perro está calentito en casa, bien alimentado, y el lobo está buscándose la comida, peleando con otros animales. Pero como se enfrente un lobo a un perro, se lo come vivo. Esto es lo que hay aquí. En España se comete un error y todo el mundo te dice «no pasa nada», «mañana será otro día»… Aquí te matan. Metes la pata y tu familia, tus padres y tus compañeros te dirán: «¿Tú trabajas o no trabajas?».

Por ejemplo, Novak Djokovic es un lobo. Su padre vendió todo lo que tenía para invertir en él. En Francia fallas una canasta y ne se passe rien, no pasa nada. Aquí te machacan. El mejor ejemplo que puedo poner es la Final Four de Estambul. Morales, después de que la metiera Jofresa, cogió el balón y en vez de ponerlo en el suelo, porque entonces no se paraba el tiempo, ¡le dio el balón Koprivica!, que sacó rápido, recibió Djordjevic, triple y perdieron. ¡El mérito del famoso triple fue de Morales! Por eso lloraba el pobre al final del partido. Yo estaba viendo el partido con Bata, el padre de Djordjevic, que estaba eufórico, y se lo dije ahí mismo: «Dale la gracias a Morales». Todo por no pensar un segundo. Eso diferencia a un lobo y a un perro.

La Jugoplastika le ganó la liga al Partizan de Vlade Divac.

Divac como jugador es muy vago. Como talento, increíblemente bueno. Solo Kukoc tenía más talento que él. Pero como persona no me gusta nada. Es presidente de nuestro comité olímpico, van a empezar ahora en Belgrado el torneo preolímpico clasificatorio para los Juegos Olímpicos de Río. ¿Y dónde está Divac? En Sacramento. Luego ha tenido problemas por vender Gucci falsificados en su tienda… Todos sabemos que es así. Está metido en política y le defienden determinados políticos. A mí me das a elegir para confeccionar una plantilla a dos jugadores como Divac o a uno como Radja y cojo a Radja, que era un gran trabajador y mejor persona, una condición que también hay que tener para ser un número uno.

¿Crees que Nikola Jokic, que está ahora en la NBA con veinte años, puede llegar a ese nivel?

Puede ser incluso mejor. Entiende el juego mejor que Divac, trabaja más que Divac, corre, participa en los contraataques. Puede ser mejor. Como persona no le conozco, pero talento le sobra.

Esa final contra el Partizan se suspendió precisamente por un monedazo a Divac.

Abandonaron por ese supuesto monedazo. Aquello fue teatro y del malo. Ya en su momento dije que algún día sabríamos todos que eso fue una pantomima. Djordjevic, honesto como es, ya ha dicho que sí. El médico que le atendió ha dicho que sí… Ellos sabían que en Split no podían ganarnos. Era muy difícil. Imposible. Y se retiraron de la final cuando nos pusimos dos partidos a cero con el pretexto del monedazo. Eran grandísimos jugadores, pero muy malos actores.  

Aun así, a pesar de un bochorno así, la liga yugoslava era tremenda.

Si hubiese dependido de la gente del baloncesto no hubiese habido una guerra aquí con miles y miles de muertos. La gente del baloncesto en todos los países, Eslovenia, Bosnia, Croacia, Macedonia… era gente muy inteligente y todos se sentían yugoslavos, no eran separatistas. Me duele mucho haber perdido Yugoslavia, vivíamos muy bien. En la época de Tito no había gente escandalosamente rica, todos teníamos más o menos lo mismo, y en el baloncesto era lo mismo; estábamos todos a un mismo nivel, había mucha competitividad y era una liga excelente. Ahora hablo con la gente del baloncesto a la cara y me lloran, recuerdan los grandes tiempos de Yugoslavia, pero en cuanto aparece alguien alrededor ya no dicen nada, están calladitos. Yugoslavia era un gran país, como España, a la que quiero tanto. La gente de estos dos países entendemos la vida de forma muy parecida.

En 1990 fichó por el FC Barcelona.

Entendí que se había acabado un ciclo. Todos los grandes de mi país se habían marchado a demostrar que tenían clase y calidad también fuera. Lo anuncié un año antes. Me ofrecieron cincuenta mil dólares menos que en Barcelona; acababan de vender a Radja, con un contrato vitalicio, en el que yo decidía cuántos años. Pero preferí salir.

En Barcelona al principio solo tuve un problema. Yo notaba que los jugadores me escuchaban, pero algo pasaba. Había como una barrera. Tenía un traductor, Ljubo Rikic; le pregunté si me estaba traduciendo bien y se enfadó: «¡Hablo español mejor que estos, hasta hablo catalán mejor!». Estaba casado con un catalana. Pero seguían raros, y lo que pasaba es que en serbocroata la traducción de «veces» es «puta», y yo, al dar instrucciones, decía todo el rato «puta, puta, puta» (risas). Esa tontería la solucioné, pero luego con Aíto tuve problemas desde el primer día.

Quería demostrar a todos que el mejor fuera de España no podía trabajar con el Barcelona, que solo él era capaz. Pregúntale a Epi, a Norris, a Solozábal, hasta a Salvador Alemany… todos te dirán lo mismo de él. Llegué a tener un precontrato firmado con Toni Kukoc y él lo destruyó. Pudo haber jugado en el Barça.

¿Entonces no fue por dinero?

Aíto tenía dinero de sobra. Aguanté todo lo que pude y se lo dije a la cara: «Quiero ganar aquí y tú haces todo lo posible para que no lo consiga». Aíto me dejó sin jugadores, hizo que muchos se operaran. Me lo dijeron grandes entrenadores: «Este te va a perjudicar». Y era cierto. Tú miras las plantilla de cada año y la mía era la más floja. Y aun así gané la Copa del Rey, me ganó la liga el Joventut en la final y llegué también a la final de la Final Four. Con el Joventut perdimos por un error en el pase de Montero. Al día siguiente tuve que llamarle para darle un abrazo y un beso, al pobre.

Eso es lo contrario que se hacía en Yugoslavia.

Ya, pero es que a Montero lo estaban machacando todos. Estaba todo el mundo contra él y le estaba afectando. Quise darle mi apoyo. Porque un cirujano comete un error y no se entera nadie, pero nuestro trabajo es público, todos nuestros errores los ven miles de personas por televisión. Yo soy duro, pero intento serlo solo en el momento. Y cuanto más experto sea el jugador, más. Epi me decía que le hablaba peor que a todos los compañeros juntos. Ahora nos hemos encontrado y nos hemos abrazado. Si haces un equipo con Solozábal de entrenador  y Epi de director yo pongo el dinero.

¿Si Aíto fue así desde el primer día por qué no se marchó?

Porque era mi primera salida fuera. Imagina cómo me sentía. Dimitir hubiese sido como decir que no era capaz de trabajar solo. Luché todo lo que pude. Como entrenador Aíto es muy bueno. Como persona, no. El único del mundo del baloncesto con quien no me hablo. Solo se llevaba bien Montero porque tenían negocios juntos. Aíto tenía mucho poder en el club y fuera. Tenía árbitros. Por ejemplo, cuando le ganó la liga al Real Madrid de Petrovic el árbitro les crujió. Fue una vergüenza verlo, incluso hoy.

En Europa solo Mike D’Antoni y usted implantaron la zona 1-3-1.

Más él que yo. Yo hice otro tipo que parece 1-3-1, pero no lo es. Es una zona-hombre. Nadie ha jugado ni antes ni después esta zona. Por ejemplo, con la Jugoplastika se la apliqué al Barcelona en la final de la Final Four de Zaragoza. Y a su vez con el Barcelona al Estudiantes, grandísimo equipo, en la Copa del Rey que se jugó también en Zaragoza. Al final fue mi ciudad talismán.

El Estu en unos minutos nos metió un parcial de doce puntos. Fue uno de esos momentos en los que el entrenador tiene que reaccionar o lo matan. Puse esa defensa que es zona man to man. Este sistema no es como juegan muchos en España de triángulo más dos man to man, el mío depende de tus movimientos. Solo se puede hacer con jugadores listos. Trabajamos mucho esto desde el primer día, meses y meses. Y ganamos al final por seis puntos, cosa que nadie esperaba porque nos faltaban jugadores importantes. Nunca olvidaré la cara de Aíto cuando debía estar contento.

En el 91 estalló la guerra en Yugoslavia. ¿Le afectó?

Lo pasé muy mal. No conozco a nadie más yugoslavo que yo. Ahora mismo debo de ser el único entrenador en Serbia que defiende la liga adriática. Llamaba por teléfono a mis amigos croatas y… ¡llorábamos! Estuve muchas noches sin dormir, la gente me llamaba con problemas, yo creo que envié un millón de dólares a personas que lo necesitaban. Y a los dos lados, a amigos serbios y a amigos croatas.

Con Johan Cruyff tuvo algún cruce de declaraciones.

Empecé muy mal con él. Salió en la prensa diciendo que no entendía a su club, que la sección de baloncesto tuviese a un fichaje como Montero, que ganaba no sé cuánto, y sus jugadores mientras la mitad. Decía Johan que él llevaba a ciento y pico mil personas y nosotros a menos de la mitad. Nos afectó. Y tenía razón, pero dije: «Un hombre que piensa que entiende del trabajo ajeno muchas veces el que no entiende es el suyo». Empezó una guerra de dos meses en la que, aunque nos pinchábamos, también había respeto mutuo. Luego le dio el infarto y fui a verle al hospital, olvidamos todo y quedamos para comer. Fue increíble.

Me acuerdo de que nos reunimos y estaba Ronald Koeman dándole lecciones a su hijo Jordi de cómo tirar faltas. Tenían una barrera de hierro de estas. Y de repente se levantó Johan Cruyff, que le acaban de dar el alta del infarto, salido de la UCI, gritando «no, no, así no». Y se puso él a tirar las faltas diciendo «quitad, que no tenéis ni puta idea». Cenamos muchas veces y lo pasamos muy bien. Era un tío muy listo. Especialmente inteligente.

La siguiente parada fue Limoges.

Yo odiaba Francia, no quería ir. Habíamos jugado años atrás contra el Limoges, vinieron a Split y llegaron con una lista de peticiones. Pedían agua embotellada. Y en aquella época no había en Yugoslavia, se bebía del grifo. Pensaron que les queríamos joder, pero es que no había. También se querían llevar la llave del vestuario al hotel, como si les fuésemos a robar. Tuve que darles mi palabra de que nadie iba a entrar.

Juré que nunca iría a jugar allí. De hecho, al principio, quería irme a Estados Unidos, pero el dueño del Limoges me llamó y me dijo que venía a verme en avión privado. Les contesté: «No voy a fichar nunca por un club francés, si quieres venir a verme como amigo, ven». El caso es que vino y me ofreció tal cantidad de dinero, el triple de lo que había cobrado en el Barça, y ya no era yo, tenía que pensar en mis hijos. Así que fiché.

Fui para allá en coche y cuando llegué, con el Opel lleno de barro, nieve y hasta arriba con todas mis cosas de Barcelona, alucinaron. Luego en Limoges una ventaja que teníamos era que no paraba de llover, podías estar encerrado en el pabellón muy a gusto. Vino Zeljko Obradovic un día y me dijo: «¡Coño, Boza, cómo puedes vivir aquí!». Ahora dicen que ha cambiado el tiempo. Aquello era increíble.

Logró la copa de Europa con muy poco.

Michael Young era el mejor atacante que he tenido en toda mi vida. Ganamos cinco títulos y el milagro de la Final Four. Un milagro, pero a mucha gente se le olvida que luego volví a meter al Limoges en la del 95 que ganó el Real Madrid.

El entrenador de la Benetton, Petar Skansi, tras la derrota del 93, dijo que el baloncesto iba a morir si se seguía jugando así.

Él con la Benetton tenía mucho dinero y los mejores jugadores, pero perdieron contra nosotros. En el vestuario, después, Kukoc estaba llorando como un niño. Le dije: «Toni, macho, el año pasado me ganaste tú a mí y yo no lloré». Me dio toda su equipación para mi hija Marina. Había perdido la primera final en toda su vida. Quería irse a Estados Unidos sin haber perdido ninguna.

Luego apareció Luciano Benneton. Me había querido fichar un año antes y no acepté. Les dijo a todos: «Levantad la cabeza, la familia Benetton y yo estamos contentísimos por todo lo que habéis logrado este año. Hay que perder alguna vez, hombre. No pasa nada. Vais a cobrar todas las primas de este partido». ¡Un señor!

Y nada, me fumé un cigarro con Skansi y nos fuimos a la rueda de prensa. De camino, me dijo: «Oye, Boza, tengo que decir algo para defenderme: voy a declarar que tu baloncesto es muy feo». Y yo: «Vale, no te preocupes». Y soltó: «Esto no es baloncesto, tal…» (risas). Entonces es cuando yo contesté que si me daba a mí a Toni Kukoc iba a verme jugar de manera distinta. Qué iba a hacer él, lo entiendo.

Me pueden decir lo que quieran de que soy defensivo, no hay más que ver los atacantes que he tenido: Savic, Perasovic, Naumoski… Ahora incluso me llaman para hacer seminarios de ataque. Pero qué opciones tenía con el Limoges. Podía jugar un baloncesto abierto, perder y quedar como un tío muy simpático, o defender, con muy buena preparación física, double team, defensa de botella, como dicen en España, cambios y ganar. Eso hicimos. Mejor, ¿no?

Nos marchamos de allí en aviones privados y en el aeropuerto Kukoc seguía llorando. Le abracé y lágrimas y lágrimas, pero ojo, yo tengo la teoría de que solo los hombres más valientes lloran así. Kukoc ni como cadete, ni como junior, ni sub-20 ni profesional había perdido una final en Europa. Se tuvo que ir a Chicago sin esta. Pero pese a esta ambición era una gran persona. Era de la filosofía de que una canasta hace feliz a uno, pero una buena asistencia a dos. A mí me gusta eso.

Después fue al  Panathinaikos.

Me dijeron: solo queremos ganar la copa de Europa, todo lo demás nos da igual. Fue muy interesante, porque en ese vestuario hablábamos seis idiomas. Lo que pasa es que el baloncesto griego es muy difícil, hay muchas cosas sucias fuera del campo. Siempre pasa algo. La prensa es muy mala, hay tres periódicos a favor del Panathinaikos y tres en contra. Los arbitrajes eran penosos, los partidos siempre parecían peleas callejeras. Y luego el dinero. El baloncesto griego empezó a bajar cuando llegó el euro. Ya no pudieron blanquear el dinero negro y hubo un pequeño declive.

Giannakopoulos, por otro lado, era tan rico que no sabía ni cuánto dinero tenía. En esa Final Four le dije de broma que nuestro avión privado para volver a Atenas como campeones de Europa era muy pequeño y rápidamente compró un jet con caviar y de todo. No me lo podía creer.

¿Cómo fue su relación con Dominique Wilkins?

Nunca hubo una mala palabra entre nosotros, pero jamás en su vida había trabajado en verano. En la primera sesión me lo encontré tirado detrás de la canasta. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que tenía asma. «Mira» —le dije—, «estás cobrando tres millones y medio netos, no tienes derecho a tener asma». Pero fueron solo tres o cuatro meses tontos, luego jugó como un animal; robaba balones, contraataque, saltaba por encima hasta de Vrankovic. Era un superjugador.

Él dijo que usted nunca podría entrenar en la NBA con sus  métodos.

Lo ha dicho él y me lo han comentado también Radja y Kukoc. En Estados Unidos no tienen autoridad. No te dejan trabajar como tú quieres. El arte de un entrenador allí es acercarse a los jugadores, ser su amigo. Yo no sé hacer eso, no soy capaz. Me puedo hacer amigo de los jugadores después, pero no sé ir de tío simpático. Quizá sea un error mío. Obradovic sí que lo hace. Sale con la plantilla, se toma un vino con ellos. Es una cualidad que yo no tengo.

En esa Final Four se encontró con el Barcelona de Aíto y no faltó polémica.

De este partido yo sabía que el Barça iba a hacer una presión importante sobre el árbitro, sobre Pascal Dorizon. No pitaron muchas faltas que eran para nosotros, debimos ganar sin ningún problema. Llamé al árbitro en mitad del partido y le advertí que lo que estaba haciendo no estaba bien, que el encuentro iba a ser un desastre y él lo iba a pagar.

Así que los que dicen que en la última jugada se decidió por el árbitro, que se pongan el partido completo. Lo de Montero eran pasos limpios. Clarísimos. Porque si no los hubiera hecho, habría fallado. Seguro que el balón se le hubiera ido a la izquierda, era un tiro con muchos nervios. Y el tapón no sé si era legal o ilegal. Solo sé que me llegó Salvador Alemany, una grandísima persona, la mejor persona que conozco del baloncesto español junto con Portela, y me dijo: «Boza, es muy difícil para mí, pero enhorabuena». A Aíto, que estaba triste, como es normal, se le acercó uno de Canal +, le contó no sé qué y fue entonces cuando empezó a quejarse, que si había un ángulo en el que se ve no sé qué. Estas cosas ilegales en los partidos pasan mil. Era imposible ver nada ahí, hombre.

A Unicaja llegó en el 99.

Cuando me fui de Málaga un periódico tituló: «Se va el que nos hizo grandes». Empecé con muy poco dinero, pero en cuatro años fuimos subiendo. Ganamos una copa Korac al Hemofarm aquí en Belgrado. Al día siguiente me llevé a todo el equipo al cementerio a la tumba de Korac antes de salir para Málaga. Estaban todos encantados. Pude quedarme más años, pero en cuanto me enteré de que el presidente me quería cambiar, me fui por orgullo.

Estuvo a punto de fichar a Sabonis.

Esto me molestó mucho. Hablé con Arvydas, que vive en Torremolinos. Tenía muchas ganas de jugar conmigo. Es una historia larga, nos conocemos y hemos jugado varias veces, perdió con el Real Madrid contra el Limoges. Yo hablo ruso y siempre hemos charlado. Salimos con las mujeres al restaurante favorito de Sabas, un gallego, y me dijo que quería acabar su carrera conmigo. Estaba todo listo, pero al final alguien en Unicaja se metió en medio para cargarse el fichaje diciendo que era un inválido, que no tenía piernas. Pues después se echó dos años en Portland en la NBA. Esta fue la primera herida que me hicieron en Málaga. Después de tres años maravillosos, ¿no tenéis confianza en mí?

Luego fue al Real Madrid, leemos que le recomendaron ir Mijatovic, Radomir Antic, Djordjevic… todos.

El Madrid es un gran club. Entre Barça y Madrid no sabría decirte, ambos tienen grandes virtudes. Tengo una excelente relación con todos los presidentes. Con Florentino hablo por teléfono de vez en cuando, con Núñez muy bien, y ahora ha venido Joan Laporta a dar una charla aquí a Belgrado y he estado con él.

En el Real Madrid quise modernizar un poco el club, pero fue muy difícil. Para empezar, quise traer a Joan Plaza, porque nos conocimos en Francia y le prometí que si volvía a España le ficharía; soy un hombre de palabra. Y en el club: «Qué pasa, no hay entrenadores en Castilla que tienes que traer a un catalán». Ahora Joan me parece uno de los mejores y lo ha demostrado.

Luego quería más dinero para fichar, se lo dije a Florentino; el último jugador de la plantilla de fútbol, que chupaba banquillo toda la temporada, cobraba más que todos nosotros juntos. Eso no podía ser. Luego vinieron Calderón y Divac y preferí irme.

Pero a Florentino le dejé a cuadros. Cuando jugamos la final de la ACB, quedaba un minuto y medio y perdíamos de nueve contra el TAU de Dusko Ivanovic. Fue muy divertido. Estaban Querejeta y Portela en el palco, bajaban para entregar las medallas, hay veintidós escalones, y cuando llegaron se encontraron con que los del TAU estaban llorando y nosotros celebrando. Metimos triple en el último segundo, el de Herreros.

Florentino bajó al vestuario con su mujer, Pitina, que murió, y con su hijo; estaba absolutamente emocionado. Me dijo que nunca había estado tan contento. Nos abrazamos de tal manera que le hice una fisura en las costillas. Hubo una foto en el Marca donde salía llorando por la costilla rota. Y al volver a Madrid Florentino vio con sus propios ojos que ganar una liga de baloncesto no era una mierda. Estaba todo el mundo loco de alegría. Habíamos ganado en el País Vasco, lo que tenía también su rollo político, y además el equipo de fútbol había fracasado. Pero en Madrid tuve a la prensa en contra desde el primer día. El Marca fue a por mí a muerte, parecía un periódico griego. Todo muy sucio. Fue una campaña contra mí, y no sé por qué.

Se habla mucho de que los entrenadores y los agentes cogen dinero de los fichajes.

No me gustan los agentes. Estoy muy decepcionado con muchos de ellos. Son gente que tiene millones de euros y no paga ni una Coca-Cola. Yo nunca he tenido agente. Me intentaron poner uno en Barcelona y no quise. Lo hice todo con un abogado, el que ahora le lleva todo a Zeljko Obradovic. Después de eso, Giannakopoulos me llamó personalmente y hubo una persona que solo por darle mi teléfono le cobró cien mil dólares. Le dije que estaba loco por pagar eso. A día de hoy hay deal entre los directores de clubes, agentes de jugadores y demás. Es muy difícil comprobarlo; uno te paga en Gibraltar, el otro en Andorra, y aquí no ha pasado nada. Muchos de mis colegas hacen más dinero con esto que con su contrato.

¿Usted cómo fichaba? ¿No estaba en estas redes?

¡Que diga uno que conmigo ha hecho deal! Nadie. Yo antes de robarle el dinero a un jugador me voy a la iglesia y me llevo el cepillo. Para fichar solo he estado atento a los detalles. En Split lo gané todo y fiché a Savic, que estaba jugando en un pueblo. Al macedonio Petar Naumoski y a Aramis Naglic. Los directivos me preguntaban para qué íbamos a traerles si ya lo habíamos ganado todo, y yo contestaba que cuando me fuera quería que el club siguiera ganando sin mí. Al año siguiente de irme de Split jugaron contra mí en el Barcelona y Savic nos metió veintisiete puntos. Por cierto, qué emocionante. Nombraron a Kukoc MVP y cuando tuvo que dar su discurso dijo que gracias, pero que el MVP había sido Savic.

Como seleccionador de Eslovenia logró derrotar a España.

Sí, pero lo de España es increíble. Toda mi vida he dicho que Sabonis era el número uno, luego Gasol y después Radja. Ahora creo que Gasol es el número uno. No me cabe duda. Nadie ha sido tan importante como él lo fue para España en el último europeo. ¡Madre mía!

¿Qué le parece la NBA a día de hoy?

Cada dos años voy para allá. El año pasado estuve viendo los entrenamientos de Phoenix Suns con Igor Kokoskov, el seleccionador de Eslovenia de ahora. Cuando acabó la sesión me dijo: «Boza, perdona por ver este entrenamiento». Es que no hay entrenamiento. ¡No entrenan! Veías a algunos jugadores pasando directamente del preparador. Y el entrenador: «¡Vamos! Let´s go!». Y nada. Ni caso. Solo hay glamur. Y no hay nada más, no hay competición. Hasta el playoff nada. No trabajan más que dos semanas. Lo respeto, eh. Es un gran país del baloncesto. No paran de surgir ideas nuevas.

Igual por ese caos surgen.

Sí, todas las ideas nuevas llegan de América. Lo que pienso es que Radja y Kukoc aquí tuvieron ciento y pico partidos por año. En Estados Unidos en la universidad son treinta con la misma edad. Los míos maduraban antes, más rápido, pero terminaban la temporada con inyecciones de calcio gigantescas. Al final de temporada aquí estaban machacados. Pero quiero decir una cosa, y yo estoy siempre detrás de mis palabras: para mí una final de la Copa del Rey de la ACB es mejor que cualquier partido de la NBA. Y si la final de la ACB es en Málaga, cerca del mar, con boquerones y carabineros, ¡mucho mejor que en Los Ángeles! (risas).

Ahora su hija continúa su legado.

Estoy muy orgulloso de mis hijos. El chaval tiene una empresa de marketing y ha trabajado con Kusturica, nuestro mejor director de cine, en su película Gato negro, gato blanco. Y Marina es una gran entrenadora. Cuando me dijo que quería entrenar le dije que no debía, pero ella quería, quería y quería. Me decía que si yo no escuché a mi padre por qué iba a tener que hacerlo ella, y siguió. Yo, como el padre de Djordjevic, que nunca se metió en la carrera de su hijo, nunca me he metido en la de ella. Nunca he estado en un entrenamiento y me he pasado diez años sin pisar un partido en el que ella fuera la entrenadora. Lo ha logrado todo ella sola. Una medalla de oro en el Europeo del año pasado. No tengo palabras.

Y ahora, ¿espera ofertas para volver o está fuera?

No. Quiero volver. Tengo ofertas y al final elegiré la que más miedo me dé (risas). Me he pasado un tiempo descansando y no he hecho más que leer. Muchísima literatura española, por cierto. Leo mucho de la Guerra Civil. Mi hija me roba los libros, ella habla español mejor que yo. Pero lo mejor que me ha pasado últimamente es conseguir que los pabellones de baloncesto de Belgrado lleven el nombre del profesor Aza Nikolic y Ranko Zeravica. Se lo pedí al expresidente de Serbia, Boris Tadic, y me engañó dos veces. No me hizo caso. Con Vucic no tuve que insistir, se lo sugerí y lo hizo.

Conseguir ponerle el nombre de mis maestros a los pabellones de baloncesto de esta ciudad ha sido muy importante para mí. Ha estado cargado de significado. Ha sido como ganar mi quinto título europeo. Me río porque la hija de Aza ahora me quiere regalar una pistola de su padre. Una preciosa, pequeña, que le dieron en el Ignis de Varese. ¿Pero para qué quiero yo una pistola? ¡Si ya tengo cuatro! Pero para mí es muy emocionante. Estoy muy orgulloso de haber conseguido un monumento para los que fueron mis profesores. Ahora todo el mundo por la calle viene y me abraza por esto, gente a la que no conozco de nada.


Joe Arlauckas: «Jugando en Grecia casi me ponía cachondo»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 6

Fue el mejor de Europa en su puesto. Un rol que consistía en meter canastas. Su genuina mentalidad estadounidense no admitía complicaciones: solo quería meter canastas. Por eso, cuando alguien trató de alejarlo de ese objetivo, por ese afán táctico del baloncesto europeo, tuvo problemas. Ahora, Joe Arlauckas (Rochester, Estados Unidos, 1965) admite que en ese papel de superanotador muchas veces le pudo el ego, que, en sus palabras, fue muy hijo de puta. Pero también revela que cuando empezó a llevarse bien con sus rivales y a conocerlos personalmente bajaron sus números. Queremos repasar con él su trayectoria, que le llevó de la NBA a ser campeón de Europa con el Real Madrid tras pasar por Italia, el Caja de Ronda en Málaga y el Tau Vitoria.

¿Es cierto que estás tratando de convertirte en agente para traer jugadores estadounidenses como tú a Europa?

No, no. El mundo de los agentes no me gusta nada. Tengo muchos amigos metidos en ese negocio, pero a mí no me mola. Por ejemplo, están los runners, que se dedican a levantarles jugadores a los representantes. Trabajan para algún agente y se dedican a desestabilizar. Les pagan para llegar, sacar al jugador a cenar, a tomar algo, irse de putas y convencerle de que estará mejor con otro representante. Yo no valgo para eso. Porque el mundo de los agentes es así. Se gana mucho dinero, tú calcula lo que puedes sacar si pillas un 10 % de cada millón que se mueve. Y piensa lo que supone para un representante que ha cogido a un chaval desde joven, ha hablado con sus padres y cuando empieza a triunfar se lo quita esta gente. Yo quiero dormir. A mí por la noche cuando cierro los ojos lo que me mola es quedarme dormido, tío.

De todas formas, el sistema en Europa está jodido. Los niños tienen que estudiar. No puedes coger a un tío de dieciséis años y llevarlo a jugar al baloncesto. No tiene asegurado que va a ser profesional. Si lo llevas a la universidad tiene un 95 % de posibilidades de acabar una carrera, en el baloncesto solo un 5 % llegan arriba. En Estados Unidos tienes trescientas universidades, de ahí dos de cada equipo pueden llegar a la NBA, pero los otros diez se sacan su carrera. El porcentaje de los que llegan no sé si es del 2 %. Aquí igual la proporción es más alta, pero a qué precio…

Tus padres eran emigrantes lituanos en Estados Unidos.

Sí, pero no conozco su historia. Solo sé que los padres de mi madre eran napolitanos. La verdad es que me da rabia, pero es lo que hay. Mi padre con cuarenta y un años tuvo a mi hermana. Me imagino que para él ya tuvo que ser un fallo, aunque mi madre tenía treinta y tres y todavía estaba bien. Pero cuando llegué yo mi madre tenía cuarenta y mi padre cuarenta y ocho. Creo que fue la última vez que mi padre folló en su vida. Por lo menos a mi madre. Tener en el año 65 un niño con cuarenta años no era normal. Pero como eran católicos no usaban protección, así que seguro que dijo ¡ahí no entro más!

Mi padre era todo un currante, un tío impresionante. No ganaba un duro. Se levantaba a las tres o las cuatro de la mañana cada día. Era repartidor de leche. Llegaba a casa sobre las diez, dormía un rato y se iba a hacer pizzas al restaurante de un amigo. Y mi madre trabajaba limpiando. Eran lo que en inglés se llama blue collar. Su vida era trabajar, trabajar y trabajar. Mientas tanto, yo estaba todo el día jugando con mis amigos. Y si no estaban ellos, me iba yo solo a la calle, pintaba un recuadro en la pared y me ponía a tirar como pitcher.

¿En la high school, como en las películas, los deportistas os llevabais a todas las chicas?

No sé cómo sonará lo que voy a decir, pero los deportistas suelen ser gente muy insegura. No somos muy inteligentes. A esas edades te encuentras incómodo, no encuentras tu sitio, y el deporte se presenta como una manera de coger autoconfianza, ver que eres importante. A partir de ahí empiezan a llegar las chicas, pero si has crecido con inseguridad, después de alcanzar la cima, las inseguridades no se van, siguen ahí. Las compensas con la atención que te presta la prensa, con los partidos, con otra chica… Esto se ve mucho en el mundo del deporte. Matrimonios que van fatal, infidelidades, gente poniendo los cuernos a todo el mundo, y no es por otra cosa que porque todavía llevan al niño inseguro dentro. Porque todo el mundo tiene su vicio. El mío, por cierto, era salir por la noche y tomar copas.

Tus años en Niagara, en la universidad, fueron de locura total.

Nada más llegar me ligué a una chica que tenía cuatro años más que yo. Me enamoré, era un fresh man con una senior, iba por ahí pensando que era la hostia. Pero de un día para otro ella dejó de hablarme porque tenía novio. No me lo podía creer y a partir de ahí fue la locura. Empecé a irme cada día de marcha y a sacar unas notas fatales. Aunque no me iba mal ese ritmo de vida. Fuimos a Florida en un torneo de Navidad, salí todas las noches, con las cheerleaders del South Portland, emborrachándome, y me metí en el cinco titular del torneo. Pero por supuesto, no tardé en liarla. Me cogió un grupo de seniors que no eran jugadores, solo fiesteros, y me llevaron al spring break en Fort Lauderdale. Cogí todo el dinero que me habían dado mis padres para pasar el año, unos mil quinientos dólares, y les seguí el ritmo. Era el más pequeñito, el rookie, pero bebía el que más de todos. El spring break es una locura generalizada de mucho cuidado. Hay películas sobre esto. Se hacen competiciones de gilipolleces a punta pala. Tipo a ver quién es la chica que bebe más rápido y chorradas de ese tipo, y luego tienes el Wet Willie, que es un concurso de bailes en tanga. Yo tenía fama de quitarme la ropa en lugares públicos. De hecho, el día que conocí a mi exmujer me estaba quitando la ropa en un bar. Y aquel día subí a bailar. Borracho, por supuesto. Me acuerdo de que había un backstage en el que te explicaban cuáles eran las normas, que se reducían básicamente a que no te podías sacar el rabo. Salí con tres o cuatro tíos más. Uno, con unos músculos que alucinas. Pues estamos bailando en tanga como gilipollas y oigo: ¡Diez!, ¡once!, ¡doce! Resulta que el cachas se había puesto a hacer flexiones en el suelo. Cogí, le di una patada en un brazo, se dio una hostia contra el suelo con toda la cara y en ese momento me colgué del techo. Gané.

Al volver a Niagara los entrenadores se enteraron de la juerga. Para que veas cuál era mi estado mental, me estaban echando la bronca y aquí en Estados Unidos tenemos dos siglas. Una AA, que es Alcohólicos Anónimos, y otra AAA, que es de asistencia en carretera [American Automobile Association; N. d. R.]. Pues me estaban gritando y me dicen «¡Te vamos a llevar a AA!». Y yo todo serio, extrañado: «¿Pero sois gilipollas, si no tengo coche?».

El segundo año pagué muy caro este ritmo de vida. El entrenador estaba contando mucho conmigo y era el cuarto anotador del país en Navidades, hasta que nos fuimos a Florida. Salía todas las noches, pero aquella vez fue muy loca. Un amigo se había ligado a una tía, se la llevó a la habitación y se animaron dos o tres más a ir con ellos. Estaban todos y me llamaron a mí. Esto pasó en una época chunga porque en Minnesota un grupo de deportistas había violado en grupo a una niña. Bajé, estaba la tía con los tres tíos, y cuando me vio dijo: «¿Quién cojones más está aquí?». Se montó un pollo y yo me fui corriendo. Se conoce que tres, bien, pero cuatro ya era mal rollo. «¡Os estáis pasando!», gritó.

Bueno, fue una noche de locuras así. Y al día siguiente en el avión me empezó a doler la tripa, sudores fríos. Fatal. Vomitando. Me pasé diez días tumbado. Me ingresaron en el hospital. Fue algo gástrico jodido. El caso es que perdí casi quince kilos. De ciento y pico pasé a ochenta y nueve. Entonces me hicieron unas pruebas los médicos del equipo y me encontraron una arritmia, que mi padre también tiene. Me dijeron que no podía jugar más. Me largué, les mandé a la mierda. Les dije que me la sudaba e iba a seguir jugando. Y en ese estado me fui a Boston, todavía convaleciente del estómago. ¿Y qué hice la primera noche? Beber como un idiota. ¿Sabes lo que es un Long Island Iced Tea? Un cóctel que lleva cinco licores: ron, vodka, tequila… todo en uno. Pues me tomé cuatro. Un amigo me tuvo que llevar al hotel. Al subir, las cámaras me grabaron meando en el ascensor. Me tuvieron que dar una ducha fría. En ese momento, temblando debajo del agua, me di cuenta de que había tocado fondo, que tenía que cambiar.

Y lo más duro fue volver a casa con unas notas malísimas. Esperaba que mi padre se pusiera a hostia limpia conmigo, pero no me pegó. Fue peor. Me dijo: «¿Tú ves que cuando juegas un partido vamos toda la familia a verte, da igual el tiempo que haga, llueva, nieve o hiele, que siempre estamos ahí? Te voy a decir una cosa: cuando jodas todo esto y te vayas a trabajar a un McDonalds, no te va a ir a ver nadie, porque eres una mierda, chaval». Y yo: «¿Pero no me vas a dar de hostias?». Estas frases se me quedaron para siempre en la cabeza, porque sí era verdad que yo era el primero de la familia que pisaba una universidad.

¿Viste a muchos buenos que podían haber llegado y se quedaron?

Varios, pero también hay mucha gente que termina hasta los huevos, ¿eh?, que no quiere volver a oír hablar de baloncesto en su puta vida, que lo aborrecen. Esto no es un mundo de color de rosa. Yo me levantaba a las cinco de la mañana para entrenar, dos horas. Luego clase de ocho a diez. A las once entrenamiento hasta la una. Comes. Clase de cuatro a cinco o a seis. A las siete entrenas. Cenas y luego al study-room con un profesor hasta las once de la noche. Yo hacía todo eso y luego encima me iba de marcha por la noche. Era horrible.

Además, los entrenadores cuando te fichan te dicen que eres muy bueno, que vas a llegar a ser titular, pero al cabo de unas semanas, cuando te están entrenando, la cosa es: «¡Tu madre es una puta!». Y joder, piensas: «Pero si has firmado el contrato con ella hace dos meses». Los entrenadores de baloncesto universitario son unos hijos de puta que no te lo puedes ni imaginar. Luego en tu vida te puedes topar con alguien como Obradovic, que es difícil, pero estás ganando pasta. En el campeonato es muy difícil soportar todo eso. Los entrenamientos universitarios son de llegar —yo lo he vivido—, tirar los balones a la mierda, poner cuatro cubos de basura en cada esquina del campo y decir: «Vamos a correr hasta que vomitemos todos». Y venga, todos a potar. Flexiones, escaleras, fondos y todo dios vomitando por todas partes.

Y si en el partido habíamos jugado mal, teníamos que volver a entrenar esa noche. De diez a una de la mañana. Gritándote: «Eres una mierda, no tienes ni puta idea, tu madre es una puta, haz cien flexiones, ¿solo eres capaz de ochenta y cinco? Pues otras cien, ¡ya!». Por eso muchos no querían volver a jugar. Hay hasta casos de suicidios. Lo que pasa es que si llegas a aguantar eso luego lo aguantas todo. En mi caso, tengo que decir que esta etapa la recuerdo como los mejores cuatro años de mi vida.

Debutaste en la NBA, en Sacramento Kings, con Bill Russell.

Bill Russell era un tío que no tenía ni puta idea de entrenar. Era toda una leyenda, pero macho… La suerte fue que el segundo era Willis Reed. A Bill Russell lo terminaron mandando a los despachos porque no tenía ni idea. El primer día llegó a entrenar, se sentó en las gradas y se puso a dormir. A las dos horas se despertó y le dijo a Willis: «Oye, que son las once y media, acaba rápido que he quedado para jugar al golf». Muy fuerte.

Cuando me cogieron a mí despidieron a Johnny Rogers. Fue jodido. Me hice amigo suyo jugando en el Rookie Camp. El último día me llamaron, me dijeron que felicidades, que era parte de Sacramento Kings. Yo no me lo creía, iba a jugar en la NBA, aunque jamás había sido mi sueño. Y también me contaron que iban a echar a Johnny, porque jugábamos los dos en el mismo puesto. Cuando estaba en la habitación, Johnny me llamó a la puerta. Creí que venía a darme una hostia, hasta pensé en no abrir, pero lo hice y me dijo: «Solo quiero felicitarte, te mereces entrar en el equipo». Qué detalle. Fue un tío con clase, todavía es muy amigo mío. Aprendí mucho de ese gesto que tuvo.  

Allí en Sacramento coincidí con Otis Thorpe, que para mí es el tío que me enseñó a jugar. Me cogió y me puso con él en todos los entrenamientos. Y Harold Pressley, que era el tío más gracioso que he visto en mi vida. También estaba Reggie Theus, al que le gustaban las mujeres yo diría que bastante. Era el tío más escandaloso que he visto en mi vida. Cada viaje que hacíamos follaba. Y eran cuarenta y un viajes al año. Era un reto para él follar en cada salida. Recuerdo un partido en Denver, que llegamos el día antes y al siguiente nos íbamos, pues le dio tiempo a follarse a ocho tías diferentes. Y metió veinticinco puntos, ojo. Me quedé diciendo: tú eres mi puto ídolo. La verdad es que era superguapo y elegante, ya antes había sido modelo. Una vez en un aeropuerto en Dallas, llamaron por el teléfono de servicio de la sala donde estábamos para embarcar, lo cogió una empleada, preguntó por él: «¿Dónde está Reggie?». Resulta que estábamos en la puerta 55 y era una tía de la puerta 51 que llamó a ver si se lo podía tirar. Y ahí se la folló en el aeropuerto, impresionante.

Sacramento Kings éramos un equipazo… pero por las noches [risas]. En la NBA no te controlan. Se supone que eres un profesional. No es como aquí. Puedes hacer lo que quieras mientras rindas. Casinos, putas. Como veas. Eso sí, en el momento que baja tu rendimiento pues te echan. Ya está. Aquí están todo el día encima de ti, a ver adónde vas, qué comes. También, en los equipos de la NBA, los jugadores fuera del campo van más a su rollo. Eso de que somos un equipo… no tan equipo. Si yo tengo ganas de jugar y tú estás jugando bien y se te jode el tobillo, tampoco me importa mucho porque al que le toca salir es a mí. Sabonis me contó que en Portland los primeros cinco meses se los pasó solo en la habitación. Hay mucha gente esperando a que pierdas el sitio.

Jugaste contra Los Angeles Lakers míticos.

Aquel día estaba en el banquillo buscando a tres tías que estaban en la cuarta fila. Les estábamos mandando mensajes a través de un chaval para que nos dieran el teléfono. También en casa se puede follar, no solo en los viajes. Y de repente me dicen que salga. ¿Sabes los pantalones esos largos que llevamos que se quitan con botones? Pues yo no sabía ni si llevaba los cortos debajo. Antes, solo había jugado en Denver, en el viaje en el que Reggie se folló a ocho tías, que perdimos de veinte y en el descanso Russell sacó a todos los rookies, cambió a todo el equipo. Pero yo normalmente chupaba banquillo. Así que iba a salir y me dijeron: «Tienes que defender a Magic Johnson. Tienes seis faltas y tienes que gastar las seis». Pasé de meter cuarenta puntos en Niagara en un partido a tener que hacer las seis faltas. Pero joder, era lo que tocaba.

En esos Lakers jugaba un tío que era amigo mío, Mike Smrek, que ponía bloqueos arriba para Magic. Medía 2,13 o 2,14 m, era como una casa. El caso es que salí, me puse a defender a Magic. Hizo un movimiento, pasó el bloqueo, se fue a canasta y dije, bueno, pues la primera hostia. Salté y le di una… nos caímos los dos al suelo, yo encima de él. Pitó el árbitro y dijo: «¡Vale la canasta!». Y yo: «¿Perdona? No puede ser que la haya metido con la hostia que le he dado». Estábamos en el suelo y me dice Magic: «Rookie, qué pasa, que te han sacado para hacer las seis faltas, ¿eh?». Le contesté: «Pues algo parecido». Y salta: «Pues vas a tener que darme más duro». Metió el tiro libre adicional, subimos, bajamos y otra vez atacaban. Volvió a ir a canasta, volví a darle otra hostia. Y el árbitro: «¡Vale la canasta!». Yo: «¡Me cago en su puta madre! ¿Cómo está metiendo las canastas?». «¡Me tienes que dar más fuerte!», me volvió a decir Magic, «pero no te preocupes que te van a cambiar ahora». Miré a la banda y pitaron cambio. «¡Joe, fuera!». Magic hasta me dijo adiós: «Venga chaval, buen trabajo ¡al puto banquillo!». Y ahí el entrenador me echó la bronca: «¿Qué te he dicho que hagas?». Yo estaba desesperado: «¡Pero es que no puedo matarlo!», gritaba.

Karl Malone.

Malone me mataba. Tuve que hacer con él como con Magic, salir para gastar las seis faltas y fue peor. Malone, cuando entraba, él primero te daba una hostia, luego saltaba a canasta, la metía y después te pitaban personal a ti. Magic solo iba a canasta, pero Malone saltaba con los codos. No tenías ni tiempo de darle. Y yo, con la mandíbula que tengo, es difícil fallar. Aprendí mucho de él, de cómo meter el codo [risas].

Y contra Dominique Wilkins en Atlanta.

Ahí es donde me cambiaron, ficharon a Mike McGee y me echaron esa misma noche. Fue muy gracioso cómo sucedió todo. Los jugadores teníamos cuatro entradas por partido y las vendíamos por un dineral, igual sacábamos dos mil quinientos dólares, según quién viniera, si Dominique, Larry Bird o los Lakers. Pues contra Atlanta vendí las cuatro y se me olvidó guardar una para mi novia, que se enfadó de la hostia. Pasamos el día discutiendo y encima yo luego perdí el partido. Estaba en el baño de casa, macho, cagando, y sonó el teléfono. Me puse y era Bill Russell, que me habían echado. A los cinco minutos le estaba diciendo a mi novia: «Ay cariño, cómo te quiero, te quiero mucho». Tenía el ego por las nubes. Era muy hijo de puta, iba muy a la mía. La verdad es que me gustaría volver a vivir todo para poder hacerlo mejor. Con más respeto a la gente, soy muy consciente de eso.

En el draft saliste con tíos como David Robinson, Scottie Pippen…

… Joe Arlauckas [risas]. Antes de salir estuve a punto de ir en primera ronda por unos torneos que hice pre-NBA, pero me jodí el tobillo y bajé bastante en el draft.

¿Cuándo te dicen que Estados Unidos te queda grande, pero que puedes ganarte la vida con el baloncesto en Europa?

Conocí a mi agente, Joe Glass, después de un partido en Virginia. Tenía setenta y cinco años y parecía que tenía ciento cincuenta. Después de una buena actuación me invitaron a otro torneo en Hawai, donde metí treinta y cinco puntos en el primer encuentro y nadie me conocía. Tenía a veinticinco agentes llamándome: ¡Eres la polla, ficha conmigo! Pero me reuní con Joe Glass, con el puro en la boca, sin fumar, solo lo chupaba, y me dijo: «Siéntate. No tengo mucho tiempo, me están esperando. ¿Estás contento? Has jugado bien, pero no te olvides de que esto es solo un partido, igual no estás hecho para la NBA, quizá valgas para Europa, tienes que pensar en tus opciones». Le dije: «Me está diciendo todo el mundo que soy muy bueno». Y él: «Te están diciendo lo que tú quieras, pero aquí vas a escuchar la verdad: puedes ser jugador NBA, pero tienen que pasar muchas cosas para que llegues, yo quiero que juegues y tienes que pensar en el futuro si quieres hacerlo bien». Pasé de él, pero era porque decía cosas que no quería escuchar. Él se reía: «Coge esta tarjeta que seguro que me vas a llamar». Y luego me lesioné, bajé en el draft, los agentes dejaron de llamarme, ni siquiera me cogían el teléfono. Busqué la tarjeta de Joe desesperado y cuando le llamé se reía. Firmamos y estuve toda la vida con él, murió hace cinco años.

Italia era el primer destino de todos los jugadores americanos.

Para los americanos Italia era el país. Bob McAdoo marcó el camino. Es que Europa para nosotros era Italia. Tuve un compañero en Niagara que en Irlanda estaba ganando cien mil dólares al año. Calculé y en diez años era un millón de dólares. Ahí decidí dar el salto. La pena es que no valorábamos lo más importante, que es la experiencia de vivir en Europa. Yo entonces era un americano idiota al cien por cien.

Fliparías al llegar a Caserna entonces.

Era un niño. Rompí con mi novia, llegué y vi que no había nadie que hablase inglés, así que corriendo la llamé: «Por favor, ven, por favor, me caso, lo que tú quieras» [risas].

Eras compañero del brasileño Oscar Schmidt.

Un día jugando íbamos perdiendo de diecisiete y Oscar lo había fallado todo. Empecé yo a anotar y anotar y nos metimos en el partido. Llegué a colar un triple y nos pusimos a dos con posesión para empatar, aunque al final perdimos. En el vestuario, Oscar estaba llorando como un puto niño. Porque este cuando las cosas no le iban bien lloraba, y lloraba de hacer pucheros, dar grititos, y no le caían solo tres lágrimas, lloraba como un niño. Entonces el entrenador, Franco Marcelletti, me llevó aparte, me enseñó las puntuaciones del equipo y me dijo que eso no podía ser. «Cómo que no, casi ganamos», le respondí. «Lo sé, lo entiendo», explicó, «pero si metes más puntos que Oscar va a ser un problema para mí y un problema para ti también». Y yo: «¡A mí no me toques los cojones, yo estoy aquí para ganar partidos». Me echaron.

En Málaga, cuando llegas al Caja de Ronda, sería también otro contraste cultural importante.

No sé cómo llegué a España. No tengo ni idea. Entrené en Milwaukee, tenía buen trato con Del Harris, pero vi que no tenía sitio y me llamó mi agente con la oferta de Málaga: «Hay playa y hace sol», me dijo. Pues ya está. Suficiente. Y al llegar es verdad, ves la playa en agosto, las ferias, y mola. Pero lo pasé fatal en Málaga por culpa de Pesquera. En cuanto al choque cultural, joder. Un día me fui a las procesiones de Semana Santa con mi mujer y Ricky Brown, que era un negrazo. Estábamos tomando unas birras y a lo lejos empezaron a llegar los tíos con los gorros estos, que son como los del Ku Klux Klan. No te puedes imaginar cómo nos quedamos. Ricky al principio estaba de espaldas. Yo miré un poco por encima de su hombro de repente y aluciné. Empecé a intentar que Ricky no se girase, pensando: «¡Hay que sacar al negro de aquí ya!». Y le dije: «Ricky, no te gires». Y ni caso, se dio la vuelta y se quedó blanco como un folio. Porque encima él era de Mississippi. Puso una carita… de: «Pero, hostias, ¿esto qué cojones es?». Y ya llegó Manolo Rubia a explicarnos que no, que tranquilos, que era otra historia. Pero joder, son iguales que el Ku Klux Klan. Fue muy fuerte. Nos quedamos… madre mía.

Rafa Vecina y estos, Pepe Palacios, Luis Blanco, eran gente impresionante. En el vestuario éramos un equipazo. Me enseñaron a hablar español, mal, pero me enseñaron. Sin embargo, mi estancia en el Caja de Ronda fue muy dura, tío. Pesquera lo controlaba todo. Pero todo. No me dejaba tomar sal, ni pimienta, ni tabasco, ni Coca-Cola. ¡Esto qué cojones es!, decía yo al principio. Estoy ganando pasta para llegar al campo y jugar, nada más. ¿Correr por campos de golf, por las montañas, como hacíamos? A mí ponme en un campo para meter canasta. Así al menos me lo explicó mi agente: «Tú metes canastas, todo lo demás me lo dejas a mí». En estos equipos gente como Jordi Grau estaba todavía creciendo, pero a un profesional que está ganando pasta no puedes tratarlo como a un niño de dieciséis. Entrenadores como él o Aíto eran muy difíciles. La gente no entiende cuánto cuesta adaptarse a jugar en Europa.

Pesquera me intentó echar cinco veces. Siempre por gilipolleces, como no dejarme tirar. Quería posesiones largas, si fallabas era porque siempre había un pase más. Yo, que venía con mentalidad americana, no conocía otra manera de jugar y de repente, ¿con qué me encuentro? ¿Con que tirar está mal? ¿Cómo te adaptas a eso? Encima en Sacramento tenía un adosado cojonudo y en Málaga me pusieron en un séptimo piso, sin lavadora ni secadora. «¿Pero esto qué cojones es? —pensaba— ¡Y encima habláis raro!». Y Ricky no, él era la puta estrella, llegó aquí ganando trescientos mil dólares. Tenía una casa en el campo de flipar.

Te ficha Querejeta para Vitoria.

Me llevo bastante bien con él. Es un hombre de negocios y esto es un negocio. Muestra de que es así es que al tercer año me engañó en la cara. Me dijo que iba a seguir y me puso a la venta como a una puta. No me lo creía cuando me lo dijo mi agente, tuve que llamar a Pablo Laso —su padre estaba en el club— para que me dijera si era verdad. Y sí, lo era. Me imagino que hay mucha gente en esta vida que tiene éxito en los negocios que no son buena gente. Es difícil en este mundo tener éxito sin pisar a los demás. A mí me lo decían de cuando jugaba, que era muy hijo de puta. Y es cierto. He hecho de todo. Fíjate en un dato, mis números bajaron bastante cuando empecé a conocer a todo el mundo en la ACB. Pero antes me decían, oye, que vienen tal y cual y vamos a salir a cenar. Y yo: «¿Del otro equipo? ¿Vais a salir con los rivales a cenar? Yo no quiero verlos, tío. Mañana en el campo les voy a decir cosas de su madre y de su padre y les voy a dar hostias». No sabía jugar de otra manera. Si metía diez puntos seguidos iba al entrenador rival y, como Charles Barkley, le decía «oye, cambia a este, que le estoy matando». En los tiempos muertos me echaba agua en las muñecas diciendo «me queman, me queman». Una de gilipolleces, tío… y cuando empecé a hablar español, cuidado.

Pero peor que yo era Ramón Rivas. Un día salimos a jugar contra Estudiantes y se acercó a Orenga, se puso a correr con él, a su altura, y le dice: «Estás en mi casa, aquí me llamas papá». Y Orenga: «¿Qué?». Mientras, yo mirando y pensando qué manía le tenía que tener para decirle eso. «Aquí me llamas papi, aquí soy tu puto padre». El tío calentando y Ramón corriendo detrás de él. «Que no me voy hasta que me llames papi». Creo que ahí me cogí yo el enganche con Orenga. Decidí matarlo en todos los partidos. Le metía treinta puntos hablándole y hablándole: «A ver si defiendes, hijo de puta», «Eres más feo que mis cojones, cabrón». Siempre así. Como entrenador ahora no lo conozco, pero como persona no me gusta. Ramón en cambio era la hostia. Uno de los primeros días en Vitoria fui a su casa y estuvimos viendo la tele. Al irme, al ir a salir, vi un cartel al lado de la puerta lleno de nombres. Veo que son nombres de jugadores de la ACB, le pregunto qué era eso y me dice: «Son la gente de mi lista». «¿De tu lista?». «Sí, de mi lista de pegar una hostia». Tenía como quince o dieciséis nombres. Encima veo que el noveno por ahí era yo. «Pero si estoy yo aquí», le digo. «Sí, mmm… bueno, te voy a quitar ahora que jugamos en el mismo equipo». Le pregunté qué hice, y dice: «Porque me metiste un mate y me hiciste el pistolero con las manos en la cara». «¿Y por eso me ibas a dar una hostia?». «Sí, sí, una hostia limpia». Todos los de la lista recibieron. Juanan, Morales, Jordi Soler. Todos. Llegaba el partido y raca, pum, nariz fuera, sangre por todas partes.

Y Pablo Laso.

En todos los equipos en los que he estado me llevaba al base a cenar y de copas para que luego me pasara el balón. Pero Pablo, si fallabas dos, no te la daba. Le decía que quién era él con el tiro que tenía para reprocharme a mí que hubiera fallado, y contestaba: «Yo no tengo que tirar, ese es tu negocio». Pero al final Pablo y yo terminamos muy compenetrados, sabiendo qué estaba pensando cada uno en cada momento. ¿Alley oop? Alley oop. ¿Pase atrás? Pase atrás. Nunca me ha pasado algo así con nadie. La pena fue que Pablo, aunque le echaba huevos en todos los partidos y entrenamientos, se cruzó con Herb Brown, que tenía un carácter asqueroso, sobre todo con los bases. Le metía tanta caña que un día estuvieron a punto de pegarse. Pablo estaba tirando de espaldas para que los niños se rieran y Herb le dijo: «Deja de hacer el gilipollas y ponte a entrenar». Se encararon y salieron los dos fuera. En la calle Herb tuvo un gesto como de militar cuando se quitan los galones, tiró la pizarra al suelo y le gritó: «Ya no soy tu entrenador, pégame, pégame».

Y otro día nos dijo a todo el equipo que éramos tontos por no ir al rebote cada vez que fuese a tirar Pablo Laso, porque la iba a fallar seguro. Ahí mismo, en perfecto inglés, le dije «Herb, serás hijo de puta». Herb puteaba incluso al delegado del equipo hasta hacerle llorar por chorradas.

¿Es verdad que en el Tau le fuiste cogiendo asco al Madrid?

Le cogí asco. Puedes decirlo: asco. Yo llegué con una mentalidad clara. ¿El Madrid el mejor equipo? Vete a la mierda. ¿El Barça el mejor equipo? Vete a la mierda. Al principio es que no sabía ni qué clubes eran, solo sentía mis colores, eso a los americanos nos lo inculcan en la high school. Y con los jugadores igual. ¿Sabonis el mejor jugador? Yo te decía: vete a la mierda.

Cuando fichaste por el Madrid tuviste problemas con Sabonis al principio.

No. Fue un periodo de adaptación. Sabas es corto en palabras. Aunque es un buenazo, al principio es muy frío. Los primeros días le hacía preguntas: «¿Qué pasa, Sabas, que jugáis a las cartas en las concentraciones?». Y él: «Sí». Y ya está, no decía más. Además, a mí me gustaba jugar dentro, a cuatro cinco metros de la canasta. Sabas entre lo que medía y su envergadura, te quitaba dos metros de campo. Cuando él cruzaba, te quitaba todo el espacio, no podías penetrar y tampoco podías dársela porque estaba al lado y al final lo que te salía era un mal tiro. Pero yo era un profesional, así que fui buscando el punto de compatibilidad.

Qué pena que no coincidieras con George Karl.

Quería ficharme, nos llamamos mucho. Trajo aquí un juego sencillo, ni correr por el campo ni por la montaña ni hostias. No se complicaba la vida. Este deporte es muy fácil. Si tienes dos, se la pasas al que está libre. Aunque para mí el mejor estratega era Obradovic. Hacíamos cosas en los entrenamientos que luego el cabrón, en los tiempos muertos de los partidos, sacaba la pizarra y nos salían siempre.

Obradovic la tomó con Cargol.

Željko tiene un trato con la gente chungo. A Cargol lo tuvo apartado porque no tenía mala leche. No era un tío que fuera a por ti si le tocabas los cojones, y se metía con Pep para que eso resultase ejemplarizante para el resto del equipo. A mí me echó un día de un entrenamiento cuando quedaban veinte minutos. Como vi en el reloj que era tarde, le repliqué: «La próxima vez que me eches que sean las seis y veinte y no las ocho, no te pases todo el entrenamiento tocándome los cojones para echarme al final». Me dijo que fuera a su despacho y ahí sacó una botella de Chivas, dos vasos y hielo. Me sirvió y me explicó que su trabajo era jodido: «A Sabonis no le puedo echar porque es especial, pero a ti te voy a tener que echar de vez en cuando, entiéndelo». Luego me metí en el coche y vi que nos habíamos bajado la botella de Chivas entera. Sin cenar ni nada. Llegué a casa a las nueve y media ciego. Mi mujer se puso a gritar. Y yo: «Joder qué día, el entrenador, ahora tú, por favor dejadme en paz».

¿Es verdad lo que nos dijo Biriukov de que Sabonis se enfadaba con Antúnez?

José [Antúnez] es un buenazo, tío. Leí lo de Chechu y fue muy fuerte con él, aunque algo de razón tenía. Yo tuve problemas con Laso, Lasa y por supuesto también con Antúnez. Porque son mis bases y si no toco balón es culpa suya. A Sabas le pasó lo mismo con él. Con José el tema es que si hubiera medido un poco más y hubiera jugado de dos habría llegado a la NBA seguro. Porque él no tenía mentalidad de base, era un anotador, se adelantó a ese momento en el que se puso de moda que los bases metieran puntos. Antes el base era solo para manejar el partido. Por eso la gente se mosqueaba mucho con él en el campo. Y yo también me pillaba mosqueos. Lo que era clásico de él era hacer una falta tonta al final del partido, cosas así. Pero es un tío de puta madre.

¿Era un vestuario unido?

Sí, y todo esto a mí me vino muy mal en la vida, en mis relaciones con mi mujer, con mi familia y mis amigos, porque yo era de vestuario. Nadie me quitaba el sitio. ¿Entiendes? Por ejemplo, yo tenía claro que Antonio Martín no me quitaba el puesto. Bueno, a Antonio le daba muy igual el baloncesto. Pasaba. Era muy inteligente, le mandaron al despacho y él encantado. Aunque tenía mucho orgullo porque estuvo un poco a la sombra de su hermano y eso le afectaba. Pero me encantaba entrenar todos los días con él, me hizo mucho mejor jugador. Cuando se fue del equipo yo lo pasé fatal, me forzaba a currar todos los días. Además, con él te descojonabas, Antonio era de tal manera que… Mira, un día en el Palacio íbamos ganando de tres y quedaban cuarenta segundos. Había montones de cosas que teníamos que pensar, si hacer falta, tirar, ya sabes. Y me viene Antonio y me dice «¿Cómo vamos?». Digo: «¿Cómo?». «¡Que cómo vamos, gilipollas!». Yo no entendía: «¿Cómo vamos de qué?». E insistía: «Cómo vamos en el partido». Ya le dije: «Ah, vamos ganando de tres… Pero ¿cómo no sabes cómo vamos, Antonio?». Y me dice: «Es que los putos marcadores están a tomar por culo y no veo nada». Era miope. Pero, fíjate, le grité: «Serás cabrón que estás jugando y no sabes cómo vamos». Y él: «Déjame en paz, sabía cómo íbamos, pero más o menos». [Risas]

¿Qué tal el partido con la Cibona, la bestia negra del Madrid, antes de la Final Four?

Cuando viajamos a Croacia, antes del partido, Obradovic nos dijo: «No os preocupéis de lo que pase conmigo, que aquí se va a liar». Le cantaban: «Mata, mata, mata al serbio». No salía hasta el último minuto. Yo flipaba con todo aquello. Luego jugamos otro partido, no sé dónde estuvimos, igual fue Bosnia o también Croacia, pero nos llevaron con los cascos azules de la ONU, todos armados, el autobús con agujeros de bala. Y yo: «Me cago en mi puta madre, ¿qué hago yo, un niño de Rochester, aquí? Se lo digo a mi madre y flipa».

Dijiste que esa Final Four se ganó gracias al trabajo de los españoles.

Que yo metiera veinte puntos y Sabas metiera otros veinte era muy fácil, estaba todo el mundo jugando para nosotros. Pero hay que hacer el trabajo sucio. Hay que defender. Había gente como Isma Santos, Javi Coll, Lasa, José Silva; gente que iba todos los días a entrenar y meternos hostias. ¿Por qué metí sesenta puntos en un partido? [Le metió sesenta y tres puntos en un partido al Buckler de Bolonia; N. d. R.] Por un animal como Martín Ferrer, que en todos los entrenamientos, todos los días, me daba hostias. Se lo dijo Obradovic: «Todos los días pégale hostias a Joe, me da igual lo que le pase con su hijo, con su familia, tú dale». Ahora cada vez que veo a Martín Ferrer le meto una hostia. Me hizo pasar un año de puta mierda.

Tú defendías poco.

Yo no defendía a nadie. A ver, algo defendí, pero no era bueno, nunca fui bueno defendiendo en mi vida. Hombre, en zona, si me metes en ayudas, sí que entendí muy bien estos conceptos. De hecho, estoy en los récords de la ACB de tapones y es difícil meter tapones si no defiendes.

¿Qué nos cuentas de Rimas Kurtinaitis?

«Three is better than two, baby», siempre decía eso, «No entiendo por qué tiráis de dos». Fue a Houston ya en los ochenta al concurso de triples. Es de las mejores personas que he conocido en mi vida. Cuando ganamos la liga el tío se puso ciego cuatro o cinco días seguidos. Fuimos a casa de Sabonis, o de Chechu, no recuerdo de quién era, y se tiró a la piscina y no había agua. Solo un palmo de nivel, lo que se deja en invierno. Se pegó una hostia, vamos. Fuimos luego a una historia del Marca y él con toda la cara llena de sangre. Después, en mi casa, llegaron Sabonis y él y quitaron toda la comida del niño del frigorífico y metieron quince botellas de vodka. Me dijeron: tú tranquilo. Trajeron unas cajas de Coronitas y estuvimos todo el día bebiendo cerveza. Y a las seis dijeron: venga, todos a la cocina. Cogían copas de cava y metían zumo de tomate con pimienta y luego el vodka encima con una cuchara para que se quedase flotando. Y nada: chupito, chupito, chupito. Quince botellas. Porque ellos bebían, pero sus mujeres… yo creo que casi más. Después salimos a un japonés a cenar. Y en un paso de cebra, paró un coche y le dijeron algo a Kurtinaitis, de campeón, no sé qué. El tío saltó en plancha y se metió dentro del coche por la ventanilla de atrás. Volando. Y se fue de copas con ellos, que eran tres tíos. Se lo llevaron. Y claro, luego no sabía ni dónde estaba.

Del resto de americanos que había en la ACB, ¿qué opinas?

De Norris, por ejemplo, que es amigo mío, tengo que decir que era sucio de cojones. Te cogía de los huevos, te metía la mano en el culo. Luego Harold Pressley era un tío cojonudo. Mi mujer decía de él que era «The nicest asshole I have ever met». Otro de mis mejores amigos aquí fue Pinone. También muy listo, muy sucio. Defendía de una manera muy rara, pero defendía muy bien porque no tenía mucho talento. Pinone era el verdadero entrenador de Estudiantes, como un entrenador en la sombra, y eso fue el origen de mis problemas en el Madrid con el entrenador Miguel Ángel Martín. Porque cuando él estaba en Estudiantes, en los partidos cada vez que me pasaba por el banquillo, yo le decía: «Oye, vais fatal, dile a Pinone que pida un tiempo muerto». Y Pinone tenía que llevar al equipo porque Martín no tenía ni puta idea. Llevaba hasta a los juniors que, de hecho, le querían como a un padre. Pinone era un tío diferente, no suele haber gente como él. Pero luego Martín vino al Madrid y…

Llega al Madrid, es tu entrenador, y noticia en El País del 1 de febrero de 1998: «Arlauckas siempre está de guasa, independientemente del resultado de un partido. No le importa tirarse un pedo cuando el entrenador está en el uso de la palabra».

Eso lo filtraba Martín y era todo mentira. Lo que ocurrió un día concretamente fue que estábamos en el vestuario y la cosa iba tan mal que Martín, que iba mal por culpa suya, dijo que íbamos a tener una reunión con los directivos. En el Palacio había un doble pasillo en el vestuario y a veces no se veía quién entraba. Estábamos de risas, qué coño pasa, este tío es un cabrón, lo típico. Y no sabíamos que los directivos estaban ahí. Yo al menos no le vi, pero él estaba entrando con la plana mayor y en ese momento me tiré un pedo y…  pues sí, estaban todos ahí delante. Y esa chorrada va y sale en la prensa. En El País. Todo era por los que venían de Estudiantes, el Orenga y tal, eran todos muy amigos. Algo así del vestuario no puede salir en la prensa. Cuando estaba Antonio Martín, Cargol, la gente con carácter, estas cosas no salían. Qué importancia tiene que yo me tire un pedo o no. Fue una campaña para echarme de España y no pagarme el contrato.

Te debían mucha pasta.

Sí. Y me pagaron porque les puse una demanda. Pero no veas qué movidas mientras tanto. Un día me apartaron del equipo porque habían dicho que estaba fuera de forma, cuando en Tel Aviv había metido treinta y cinco puntos. Me llamó mi agente y me dijo «¿Estás con tu mujer?». «Sí». «Cuando estés solo me llamas». Me aparto, llamo, y dice: «Me acaban de llamar un periodista del AS y otro del Marca diciendo que tienen fotos tuyas follando con una negra en tu coche, que si no dejas el equipo las publican el martes». ¿Qué te parece? Le dije que les dijera que publicasen lo que les saliese de los cojones, a ver si tenían huevos. «¿Y tu mujer?», me pregunta. «Es que no tienen fotos». ¿Sabes qué pasó? Cuando Miguel Ángel Martín llegó lo primero que hizo fue quitarme de compañero de habitación a Isma Santos. Me puso con Orenga, que era su espía. Y Orenga se enteró de alguna historia, alguna gilipollez, oyó campanas y fue a contárselo corriendo a este. No había ni fotos ni pollas.

¿Y lo de sacarte sangre para pillarte algo?

Llegamos a entrenar un día y dicen que a la mañana siguiente había prueba de sangre, de doping. Dije, van por mí, porque otro rumor que estaban metiendo es que yo era drogadicto. Mi agente me recomendó que fuera una hora antes a hacerme yo unos análisis a la clínica que tuviera más cerca de casa. Del Corral se enteró y le dije que a mí no me iban a conseguir echar, que no había hecho nada mal. Pero no era el Madrid. Era el entrenador. Lorenzo Sanz y su hijo no creo que promovieran estas cosas, aunque igual me equivoco, que eran ellos los que me pagaban, pero creo que no. Teníamos buena relación.

Fue todo muy feo y muy cutre. Y al final ganaron ellos, me echaron por una cosa de Mike Smith, ¿te lo puedes creer? Yo estaba ya a punto de firmar para irme a Turquía. Tenía un contrato de cuatrocientos cincuenta mil para acabar el año. Y me pidieron en el Madrid que hiciera un partido más. Fui y Miguel Ángel Martín le pidió a Mike que saliera por Dejan Bodiroga, pero le contestó que no quería, que le dolía la tripa. Y todo el mundo en el banquillo, al oír la excusa, se partió el culo; todos menos yo. Al día siguiente voy a firmar para irme y me dicen que no, que me han echado por descojonarme en el banquillo. Está en el vídeo del partido. Se ve cómo habla él con Mike, se daba la vuelta y se descojonaba todo el banquillo. Hasta el hijo de Lorenzo Sanz se rio de él. Pero yo estaba callado, mirando al frente, que sabía que me iba. Y nos echaron a Mike y a mí por indisciplina, pero dos días después, al entrenador. Estaba tan loco que llamé para que me ficharan otra vez, que quería quedarme aquí. Pero nada. No era una cuestión de cifras. En serio. Dos años antes Bolonia me daba tres millones de dólares en un banco en Nueva York con mi nombre, y me quedé aquí por muchísimo menos.

¿Qué te gustaba o qué odiabas más del Barça?

Los dos partidos que nos ganó el Barça, el de la liga en Madrid y el de la Final Four en París, me duelen hasta hoy. Fueron dos derrotas muy duras. Esto me deja más marcado que los sesenta puntos que metí. Cuando pienso en mi carrera recuerdo más esos dos partidos. Pero lo bueno del Barça es que siempre te saca lo mejor, vas con unas ganas… Lo siento, decirlo tan claro, pero no es lo mismo el Barça que ir a Manresa, con dos mil personas y un frío de cojones. No es lo mismo que ir al Palau a jugar contra el mejor equipo de la liga. Si no te emocionas contra ellos es que no te gusta esto.

También Grecia, ¿no?

Eran los partidos más intensos que había. Recuerdo contra el Olympiacos, dieciocho mil tíos cantando la canción de Queen, «We Will Rock You». Pero sin música, todo el campo haciendo el ritmo. Y yo: «Hostia, qué bonito». Se me subía la presión de la sangre. Y de repente empiezan todos: «We will, we will fuck you». Ahí me paré: «Qué cosa más bonita, hijos de puta, os voy a meter treinta en la puta cara». La verdad es que jugando en Grecia me ponía casi cachondo. Nunca olvidaré eso en mi vida. Luego te vas a Huesca con mil ochocientas personas y no es lo mismo.

Cuando fuiste a Grecia después del Madrid, fichado por el AEK, también te costó adaptarte.

Siempre digo lo mismo. Si hubiese ido a Grecia diez años y luego a España, en lugar de al revés, sería España la que me parecería una mierda. La griega es una liga diferente, ahí mandaban los jugadores, hacían lo que querían. Lo mejor que me pasó fue mi compañero Dimos Dikoudis, que jugó en Valencia. Lo cogí como hizo Otis Thorpe conmigo en Sacramento. En los entrenamientos le decía: «Ven que te voy a enseñar a jugar este puto deporte». Pasó un año pegado a mí, y ahora una de mis mayores alegrías en baloncesto es ver que jugó como internacional, también mucho en España, y ganó mucha pasta con un deporte que le gustaba. Siempre me da las gracias cada vez que puede y eso me llena.

En Grecia diste un positivazo por testosterona.

Lo que pasó es que después del AEK, donde no me fue bien, fiché por el Aris y llevaba un año sin jugar. Me tuve que poner en forma, así que me junté con Torgeir Bryn, que había jugado en el Estudiantes y era un animal. Estábamos todos los días con las pesas y a mí me dio un dolor en el esternón que alucinas. No podía ni respirar. Entonces me pincharon un par de veces cortisona en el pecho y, bueno, valía para jugar. Iba mejorando poquito a poco. Como nos iba bien, me siguieron pinchando para jugar los partidos. Íbamos penúltimos y llegamos al play-off. Lo cual para mí fue una putada, porque yo quería acabar e irme a casa y tenía más partidos por delante [risas]. Era el referente del equipo, estaba jugando cuarenta minutos por partido, pero tenía treinta y cuatro años y ya no estaba como antes. De modo que siguieron pinchándome hasta que un día me noté algo raro en la pierna. Digo: «¿Qué pasa?». Pensé que me habían tocado el nervio o algo. Pero me dijeron que no me preocupara. Bueno, pues caímos en el cruce y luego teníamos otro play-off por delante, pero con diez días de descanso. Después del partido, me toca mear. Yo ya lo había hecho tres veces en Grecia, conocía a todos los del antidoping. Pero antes me llegó corriendo el fisio y me dijo: «Oye, si quieres ponemos a mear a otro». Me daban el pis de un compañero en un frasquito de meter pastillas. Lo que pasaba es que en ese equipo todos fumaban marihuana, y pasé. Yo no había tomado nada en la vida. Solo proteínas. Eso lo tomaba como loco, pero siempre le pasaba al club qué era cada cosa para que lo mirasen por si al ser productos americanos tenían algo prohibido aquí. Y nada, fui, meé, me tomé dos Heineken, cogí y me fui a Estados Unidos. Yo con ellos ni cogía el autobús del equipo, porque no me pagaban. Me debían ciento cincuenta mil dólares, que al final me terminaron pagando en cash, en una bolsa. En fin…

El caso es que estaba ya descansando en Estados Unidos, me llaman y me dicen que había dado positivo con dos veces y media más de lo que se había metido Ben Johnson en los Juegos Olímpicos de Seúl. Flipé. Pensaba que era una llamada de broma. Luego rápidamente dije que cambiaran las cerraduras de mi casa de Grecia para que no entrasen y pusieran por ahí algo. Yo con la droga tenía mucho miedo, después de Len Bias, que se murió metiéndose una raya de coca, yo no me fiaba de nada. La primera vez que fumé marihuana fue con treinta y tantos años, con mi hermana, mi cuñado y mi mujer, y me fui a casa, me comí una bolsa entera de patatas y me quedé dormido. Me dije: «¿Y esto para qué? Menuda chorrada». Al principio pensamos en luchar contra la movida del positivo, porque me hacía gracia pero estaba afectando a mi prestigio. Sin embargo, a la hora de abordarlo en serio decidí que era mejor retirarme, no jugar más. Así no le daba más prensa al asunto. Y se acabó mi carrera, por eso esta noticia no sale. Es que esta noticia no la conoce mucha gente, solo los del mundillo.  

¿Te dio mucho bajón adaptarte a la vida normal fuera del deporte?

Tenía en la cabeza la tontería o gilipollez de que tenía que sacar el baloncesto de mi sangre. Intentar algo nuevo. La cosa más tonta que he hecho jamás. Toda la vida de deportista y de pronto querer ser un hombre de negocios… Suena de puta madre, pero es jodido. El primer año le dejé a mi mujer que hiciera lo que quisiera. Estudió para masajista. Yo estaba con los niños todo el día, en plan padrazo. Y luego abrí una empresa de trabajo temporal, una franquicia. La empresa iba, no sacaba beneficios, pero no iba mal. Y de repente llegó el 11S y todas las empresas bajaron sus presupuestos. De treinta y cinco chicos trabajando pasé a cuatro o cinco. Como no tengo mentalidad de empresario lo dejé, luego mi matrimonio se hundió y lo pasé fatal. Horrible. Fueron demasiados cambios de golpe en mi vida. Me retiré. Cambié mi casa de Rochester a Carolina del Sur. Había adoptado a un niño etíope y era un reto irnos al sur con un niño negro, que allí en Carolina nadie me conocía. Me fui buscando la vida un poco. Pero cambiar toda la vida, todo a la vez, fue muy jodido. Lo pasé mal, mal. Había dejado el baloncesto muy pronto, con treinta y cuatro, me quedaban tres años más todavía tranquilamente. Pero para eso tienes que aceptar el rol de jugar quince minutos por partido y yo no era capaz. Yo cuando me querían cambiar me hacía el loco, ni les escuchaba. También eché de menos el vestuario, el equipo, todo. Y el divorcio fue un golpe duro. Siempre tenía ganas de volver a España. Cuando mis hijos tuvieron una edad, el pequeñito quince, hablé con ellos. Para el menor fue un poco jodido, pero lo entendieron y me vine. Al final me costó tres años aceptar que ya no era jugador de baloncesto. Cuando vas a dejarlo, te tienes que mentalizar cinco años antes de colgar las botas. Buscándote un plan. Si quieres ser fisio o abogado, no esperes a que acabe el baloncesto para empezar. Hazlo antes. Ese es mi consejo.


John Pinone: «Es una locura lo que están haciendo con el baloncesto»

Fotografía: Begoña Rivas

John Pinone entra en el Polideportivo Magariños como lo que es: un hombre de cincuenta y seis años que acaba de llegar de Connecticut después de ocho horas de vuelo nocturno y sin tiempo apenas para pasar por el hotel. Aunque no abandona nunca una media sonrisa, el cansancio es evidente. La nuestra es la primera de una serie de entrevistas que el club Estudiantes ha preparado para celebrar los veinticinco años de la victoria en una Copa del Rey. Los pobres nos conformamos con muy poco.

Hay en toda esta operación de marketing un punto de decadencia: no ya por John, tranquilo en los movimientos, saludando a todo el mundo como se saluda a un viejo amigo del instituto al que se recuerda vagamente, sino por el hecho de que la mayoría de los jugadores de aquel equipo —Alberto Herreros, Juan Orenga, Juan Aísa, Rickie Winslow, incluso el entrenador Miguel Ángel Martín…— no participarán en los actos de celebración por diversas razones.

Ni siquiera los tiempos para las entrevistas parecen bien ajustados. Pese al esfuerzo y el madrugón de Pinone, la conversación apenas dura cuarenta y cinco minutos y es continuamente interrumpida por empleados y antiguos jugadores que pasan a saludar. Por ejemplo, Nacho Azofra, el gran capitán, quien empezara su carrera al lado del Oso de Vilanova. «A este —dice entre risas, señalando a Pinone— seguro que Trump le parece de izquierdas», y Pinone encaja la broma con una risa, o más bien ampliando ligeramente la sonrisa forzada, y esquiva la cuestión cuando se la plantea el periodista: «Nunca hablo de política ni de religión en público. Las cosas nunca acaban bien cuando se habla de política o de religión en público».

Así que, descartado Trump, lo que en el fondo es un alivio, nos podemos centrar en lo que importa, en el baloncesto, en los recuerdos de un hombre cuyo apellido abarca una década de la historia de este deporte en España. La década de la nostalgia por excelencia. Los años ochenta.

La mayoría de los aficionados te recuerdan por tus nueve años en Estudiantes, pero no tantos son conscientes de que fuiste una estrella en el instituto y sobre todo en la Universidad de Villanova, donde fuiste elegido entre los quince mejores jugadores de todo el país en 1983. ¿Qué recuerdas de aquellos años?

Nos quedamos a las puertas de la Final Four mis dos últimas temporadas, pero es que nos tocaron dos equipos tremendos: Houston y North Carolina. Houston tenía a Hakeem Olajuwon de pívot y North Carolina no solo tenía a Michael Jordan, que estaba en su segundo año, sino a James Worthy y a Sam Perkins. No está nada mal. En cualquier caso, fue una gran experiencia, eso es con lo que me quedo: jugar contra todos esos grandísimos jugadores y saber que podía competir con ellos, que estaba a su nivel.

En el título de North Carolina, la estrella era Worthy, pero el tiro definitivo lo anotó Jordan en la final. ¿Se podía intuir por entonces que acabaría siendo el jugador que fue?

Lo que llamaba la atención, sin duda, era su capacidad atlética, pero también se podía ver que había mucho talento detrás de esas demostraciones físicas. Sabíamos que iba a ser una estrella, eso quedó claro desde el primer año, pero no creo que nadie pudiera predecir que se iba a convertir en la estrella en que se convirtió después. ¡De lo contrario, le habrían elegido número uno del draft! [risas].

O, al menos, número dos.

Sí, en lugar del pobre Sam Bowie… La verdad es que Olajuwon, que fue el número uno ese año, también era un pedazo de jugador y jugando en la Universidad de Houston era normal que los Rockets lo eligieran. En cualquier caso, como te decía, se veía que Jordan era bueno, pero nadie podía imaginarse que sería tan bueno, y eso que jugué varias veces contra él.

Además de Jordan, ¿qué otros rivales recuerdas como los más temibles en tus años de universidad?

El que más, Ralph Sampson. Había días que era imparable. También Patrick Ewing, por supuesto. El propio Sam Bowie, aunque creo que ya por entonces estaba lesionado… No sé, había tantos buenos jugadores en aquella época. Prácticamente todos triunfaron después en la NBA; cambiaron la liga, de hecho. De los jugadores más bajos, aparte de Worthy, que jugaba de alero, recuerdo a Randy Wittman. Estaba en Indiana con Bobby Knight y luego coincidimos en los Atlanta Hawks. Como los dos éramos novatos, el entrenador nos hacía compartir habitación. Era un gran tipo y luego ha hecho carrera como técnico. En general, toda la promoción de 1983 era buenísima: estaba Clyde Drexler, estaba Dale Ellis… incluso estaba Dominique Wilkins, aunque él se presentó al draft un año antes.

Y tú estabas entre ellos, en el tercer mejor quinteto de todo el país…

Sí, yo estaba entre ellos. Creo que tuve la suerte de estar en el lugar adecuado, con el sistema adecuado. Por entonces, todo era diferente, no había línea de tres puntos y jugábamos a meter la bola dentro lo antes posible. El baloncesto ha cambiado mucho, es normal, ahora son todo triples y para un pívot es muy difícil destacar salvo que atléticamente sea una bestia. Yo no lo era por entonces, desde luego.

Un año antes de dejar la universidad, fuiste convocado para disputar el Mundial de Cali con la selección de Estados Unidos junto a jugadores como Antoine Carr, Joe Kleine o Doc Rivers. ¿Qué recuerdas de aquella experiencia?

Fue duro. Era la época de Reagan y la lucha contra el comunismo. Los rusos eran el gran enemigo del país, aquellos eran partidos que iban más allá del baloncesto y nosotros perdimos la final por un solo punto. El año anterior, en la Universiada de Bucarest, ya habíamos jugado contra ellos y les habíamos ganado. De hecho, recuerdo que les metí veintiocho puntos y no me parecieron gran cosa. Quizá nos confiamos un poco por eso.

¿Teníais algún tipo de relación personal con ellos?

No, no, no, ninguna. Al contrario. Se palpaba la tensión. En Bucarest, por ejemplo, nos tenían separados a los países occidentales de los orientales. Ten en cuenta, como decía, que Reagan acababa de ganar las elecciones con un discurso político muy claro y que Rumanía era un país de la línea dura del comunismo, con Ceaușescu. No teníamos trato con ellos más allá del campo y en el campo fuimos muy superiores, aunque ellos eran buenos, claro. Los yugoslavos también eran muy buenos, por cierto.

¿Qué pasó en Colombia, entonces?

Recuerdo que fuimos perdiendo todo el partido. Incluso a falta de treinta segundos perdíamos por cuatro puntos de diferencia. No sé cómo, pero conseguimos remontar y tuvimos el último ataque para ganar, pero Doc Rivers falló un tiro desde la esquina algo forzado.

En el vídeo del partido se te ve desesperado, llevándote las manos a la cara y tirándote al suelo

¡Porque estaba solo! Habían ido a defenderle a él y me habían dejado a mí solo, pero no me debió de ver. Para Doc ese no era un mal tiro, pero en el momento hubiera preferido que me la pasara [risas].

No fue la única derrota de Estados Unidos en aquel Mundial. De hecho, perdisteis contra España, la primera vez que una selección española vencía a una estadounidense en partido oficial. ¿Recuerdas a alguno de aquellos jugadores?

¿Perdimos? ¿En serio? Ni me acordaba, la verdad. Sí recuerdo que corrían muchísimo. Corrían todo el rato. Teníamos otra idea del baloncesto europeo, algo más mecánico, pero Corbalán se pasaba el partido de una canasta a la otra y eso nos pilló un poco por sorpresa. Eran muy buenos al contraataque. Aparte, nosotros teníamos diecinueve o veinte años y estos tíos andaban ya casi por los treinta. No quiero que esto suene a excusa, porque Estados Unidos siempre está obligado a ganar, pero obviamente aquello tenía su importancia.

¿Sigues manteniendo el contacto con tus compañeros de aquella época?

Con la mayoría, no. Sigo hablando de vez en cuando con Wittman y hace unos cuatro o cinco años vi a Rivers después de un partido de los Celtics en Boston. También hablo con Ed Pinckney, que jugó conmigo en Villanova y ahora es asistente en los Timberwolves. Un gran tipo.

En aquel equipo soviético había un adolescente que apenas jugaba y que se llamaba Arvydas Sabonis, con el que tuviste que enfrentarte muchas veces después, ya en España…

Por entonces, los rusos tenían un montón de tíos de siete pies [2,13 m]. Parecía que los produjeran en cadena. Lo de Sabonis fue una pena, me refiero a su lesión. La única comparación posible entre la gente de su edad era ni más ni menos que David Robinson. De hecho, se enfrentaron aquí en Madrid, en un Mundial, creo.

Sí, en 1986. Allí ganó Robinson, pero en 1988, ya lesionado, ganó Sabonis en los Juegos Olímpicos de Seúl.

En Estados Unidos estaban como locos con él. No solo era grande, era atlético, rápido… Habría tenido un lugar en la NBA ya en los ochenta, seguro, y como estrella.

Teniendo en cuenta el estatus con el que llegabas al draft de 1983, ¿no fue una pequeña decepción caer hasta la tercera ronda?

Desde luego. Yo daba por hecho que me elegirían en la segunda ronda, pero por entonces había menos equipos, las plantillas eran de once jugadores… así que era más complicado. Me cogieron los Hawks, pero en Navidades me dejaron ir y por entonces la FIBA tenía una regla algo extraña por la cual si habías jugado en la NBA y te ibas a Europa ya no podías volver a la NBA. Bueno, podías volver, pero en cuanto jugaras un minuto ya sí que no te dejaban volver a Europa otra vez, así que tenías que estar muy convencido. Lo llamaban «la norma amateur». La quitaron a los pocos años porque no servía para nada. Si en mis primeros años no hubiera estado vigente esa regla, seguro que habría intentado volver a la NBA, pero por entonces era jugártela demasiado.

¿Por qué crees que los Hawks no te dieron la oportunidad de jugar con ellos?

A ver, esto es un negocio. Hay que tomárselo así. Sí que me dieron la oportunidad, pero llegó un momento en el que tenían que decidir con quién quedarse y el otro tipo tenía un contrato garantizado y yo no, así que les era más fácil deshacerse de mí, eso es todo. Aquel año fue muy duro. Siempre pensé que podía jugar en la NBA, que tenía un sitio ahí, y de repente te ves en otro país en el que no hablas el idioma, del que no conoces nada…

Hablas ya de tu llegada a Estudiantes, en 1984…

Sí, aunque tuve la suerte de que ahí estaba John Comiskey de preparador físico y de que el otro americano era David Russell, contra el que había jugado durante cuatro años cuando estudiaba en Saint John’s. Él llegó unas dos semanas antes que yo, así que ya estaba un poco más adaptado y me ayudó a hacer la transición. No duró mucho. Al año de estar aquí ya empecé a sentirme más cómodo y a gusto con los aficionados, la Demencia…

Vayamos un poco más atrás, al momento en el que un chico de Connecticut que siempre ha soñado con jugar en la NBA y ha llegado a estar en la élite universitaria se da cuenta de que se va a tener que ganar la vida en países que no conoce de nada… ¿Cómo fue eso para ti?

De entrada, me costó bastante hacerme a la idea de qué era eso de Estudiantes [risas]. A ver, fue una decisión complicada, claro, pero eso era mejor que el paro, ¿no? Yo lo que quería era seguir jugando, seguir compitiendo. Además, Madrid era una gran ciudad, el equipo era bueno, con potencial, cada año íbamos mejorando… Una vez que me hice a Madrid, todo fue mejor, pero al principio me costó. Piensa que había una gran diferencia cultural pero también profesional: no había instalaciones apenas. Entrenábamos en un sitio donde hacía un frío horrible, la gente no dejaba de fumar durante los partidos… Era un mundo diferente. No jugamos en el Palacio de los Deportes hasta mi tercer o cuarto año y el Magariños no era lo de ahora, el balón apenas botaba, por ejemplo. Además, el dinero dependía mucho del patrocinador que tuviéramos. Había años que nos clasificábamos para la Copa Korać, pero no podíamos jugarla porque no había dinero. Eso nos limitaba mucho. Luego ya sí conseguimos empezar a viajar y competir contra los mejores equipos europeos; ahí estuvo una de las claves del salto de calidad del equipo.

Pasaste de la promesa de ochenta y dos partidos al año a jugar solo una vez a la semana.

Sí, eso fue también muy complicado de asimilar. Nos tirábamos cinco días a la semana solo entrenando y entrenando, jugábamos el partido del sábado, porque siempre era en sábado, y luego otra semana sin competir. Menos mal que por fin conseguimos el dinero para jugar en Europa.

¿Cómo era aquel Madrid de 1984, el de los rescoldos de la famosa movida?

Se podía sentir la libertad. La posibilidad de hacer cualquier cosa. La ciudad estaba llena de grandes restaurantes, bares, discotecas, mucha oferta cultural… En 1986, si no me equivoco, el país entró en la Comunidad Económica Europea, eso también se notó mucho. Aparte, el baloncesto se vivía con mucha intensidad, éramos casi como estrellas. Por supuesto, seguía siendo el segundo deporte, nunca se iba a alcanzar al fútbol, pero durante aquella década hubo momentos en los que dio la sensación de que se podía competir con ellos.

¿Tenías amigos en el Real Madrid, otros americanos con los que hacer vida social?

En aquella época, Brad Branson. Nos llevábamos muy bien. Los partidos contra ellos eran tremendos, eso sí. Ahí no había amigos ni nada parecido.

De hecho, tu primer partido fue contra el Real Madrid, al poco de llegar… y se comenta que lo primero que hiciste fue insultar al árbitro porque era lo único que te habían enseñado en español.

¿Yo? ¿Insultar al árbitro? ¡Imposible! [Se parte de risa]. Solo me estaba quejando de que no me pitaban las faltas. Tenía que luchar contra Romay, Martín, el otro Martín… y no había manera de que les pitaran nada, así que fue como «¡Dadme un respiro, pitad algo!». No sé exactamente lo que dije, pero sí es verdad que no les sentó nada bien [más risas].

Tu llegada fue una sorpresa. Aquí estábamos acostumbrados a que los americanos blancos fueran como Walter Szczerbiak, Wayne Brabender o Brian Jackson: tiradores y, si fichabas a un pívot, tenía que medir como mínimo 2,08 m y ser un animal bajo el aro, a ser posible negro y atlético. Tú no eras nada de eso

Sí, es verdad. Yo apenas superaba los dos metros, no era el tipo más atlético del mundo… y, de hecho, tuve que adaptar mi juego y mejorarlo con los años. Me di cuenta de que podía tirar con seguridad desde cuatro o cinco metros, y sacar a esas moles de la zona o incluso driblarlos y entrar a canasta. Podía jugar de espaldas al aro sin problema… y, además, la manera de jugar era ideal para mí. Con Paco Garrido no teníamos demasiados sistemas, demasiadas tácticas. Era todo más bien libre, pasarse la bola y conseguir la mejor situación, sin complicarse demasiado. Yo intentaba correr lo máximo posible para anotar en transición y no tener que jugar todo el rato en cinco contra cinco… Sí es posible que a mi llegada la gente tuviera dudas, pero seguro que no tardaron mucho en decir: «Pues este tipo es bastante bueno…».

Mencionaste antes a David Russell, otro jugador mítico del baloncesto español de los ochenta…

Aquí adoraban a David. Era increíble. Podía machacar y machacar y volver a machacar, dar vueltas alrededor del aro en el aire… Además, era un tipo genial. Genial. Un excelente compañero de equipo. Era una de las razones por las que la gente venía a vernos: les divertía, les entusiasmaba. Él solo podía volver loco un partido, darle la vuelta, y eso la gente lo agradecía muchísimo. Hacíamos una excelente pareja.

Es curioso, porque en aquel momento la gran estrella era Russell, el gran anotador, el que ganaba los concursos de mates y coqueteaba con fichar por el Madrid… pero al final ese equipo se ha acabado recordando como «el de Pinone».

Yo creo que eso se ha ido construyendo con los años y tiene mucho que ver con que yo me quedara aquí nueve años, mientras que David jugó cuatro o cinco y Rickie otros cuatro o cinco. Cuando llegué aquí, el equipo estaba luchando por no descender y cuando me fui estábamos luchando por ser campeones de Europa. Eso es lo que la gente recuerda, los años dorados, y como yo estuve todo el rato los asocian a mí, pero ellos eran unos jugadores increíbles.

¿Cómo es posible que Russell no consiguiera volver a la NBA? Lo intentaba cada verano, se apuntaba a todas las ligas de preparación…

Dave no llegaba a los dos metros… y con esa estatura en la NBA necesitabas tener mejor tiro exterior. Por entonces, la liga era muy física, se repartía mucho bajo el aro, había muchas peleas… no le iban a dejar jugar cerca del aro y su juego de lejos dejaba mucho que desear. Aquellos tiempos no eran como los de ahora. No paraban el partido para poner el vídeo y estudiar si tal falta se puede considerar una flagrante de tipo uno o de tipo dos. Es una locura lo que están haciendo con el baloncesto, cada vez me cuesta más ver un partido de la NBA, en serio.

[Llegan los refuerzos, en este caso, el desayuno. Tres cafés y un surtido de bollos. John le pregunta a Begoña, la fotógrafa, de dónde es. Cuando ella responde que es vasca, la cara de Pinone se ilumina y empieza a chapurrear términos en euskera para sorpresa de todos. «Lo aprendí de Rementería. Era de Irún. ¡Qué comida, la de Irún y San Sebastián! ¡La mejor del mundo! —dice—. Y Azofra me enseñó la palabra “pringado”, no la he olvidado desde entonces».

Ion Imanol Rementería jugó en Estudiantes de 1983 a 1989, los años duros, los que no se celebran. Poco después, hablamos también de la figura de Pedro Rodríguez, su compañero inseparable en la pintura durante los locos años del Magariños. «¡Ah, el socialista!», dice entre carcajadas y en un perfecto castellano. «Sin él, no habría podido destacar todo lo que destaqué. Me hacía todo el trabajo sucio. Era un jugador increíble, un compañero descomunal». Después de los dos primeros sorbos a un café con leche, la entrevista continúa].

Russell no lo consiguió, pero Fernando Martín, sí. En España fue algo increíble en aquellos tiempos. Impensable. ¿Qué os pareció a los americanos, que sabíais lo que era aquel mundo y estabais acostumbrados a jugar contra él en España?

Por entonces, había un prejuicio instalado que afectaba a todos los europeos: no defienden. Mucha gente cree que en la NBA no se defiende, porque se anotan muchos puntos, pero sí que se defiende. Y muy duro. Lo que pasa es que son tan buenos en ataque que aun así la meten. La duda con Martín, y con los europeos en general, era: «¿Puede este tipo defender bien?». A Petrovic le pasó lo mismo y acabó siendo una de las estrellas de la liga en Nueva Jersey.

¿Había algo de cierto en ese prejuicio?

Da lo mismo. Era algo irracional, instintivo. Para ellos todos los europeos eran iguales, no se paraban en detalles. «Son malos defensores y hacen pasos cada vez que cogen la pelota». Es curioso, porque eso se dice mucho aquí de los americanos también. No creo que fuera justo, pero es lo que había. ¿Cuánto aguantó Martín, dos años?

Solo uno. No soportaba estar en el banquillo. Era un competidor nato.

Por supuesto. Si no tienes ego, es imposible conseguir nada. Hay que tener ego, tienes que creer en ti mismo. Siempre. Petrovic lo encaró de otro modo: esperó su oportunidad, trabajó, pulió su juego y acabó triunfando.

Volvamos a Estudiantes. Cuando empezó a quedar claro que eras uno de los mejores jugadores de la liga, ¿no tuviste ofertas de otros equipos?

Continuamente. Sobre todo, de Italia, e incluso de algún equipo de España, pero yo adoraba Madrid. Mi mujer adoraba Madrid… ¿Podría haberme ido por más dinero a algún otro lado? Sí, supongo que sí, pero tendría que haber sido mucho más dinero. No me compensaba irme de Madrid. Además, siempre me trataron muy bien a la hora de negociar los contratos. Por supuesto, teníamos el agravio comparativo con el Madrid. Les ganábamos muy a menudo, pero ellos cobraban dos o tres veces más que nosotros. Tenían el fútbol, eso era todo, y nosotros, no, así que te acostumbras. No tengo queja ninguna al respecto.

¿Cómo era jugar en un instituto? Al fin y al cabo, incluso en los años dorados, los de la Final Four de Estambul, el equipo seguía entrenando en el Ramiro de Maeztu, seguía cruzándose con sus aficionados camino al gimnasio, incluso compartían cancha en ocasiones…

Aparte del choque cultural, yo lo que recuerdo del Ramiro es que hacía un frío horrible. ¡Y eso que soy de Connecticut! No había calefacción ni nada, pero las instalaciones de todos los equipos españoles eran similares. Con los años, eso fue cambiando. Yo se lo decía a los directivos: para ser competitivos, los jugadores tienen que tener las mejores instalaciones, los mejores tratamientos… Por supuesto que estaba genial el ambiente casi amateur de poder ver a todos los chavales jugar justo antes de tu entrenamiento o que te saludaran por la calle, pero había que cambiar la mentalidad y remodelar las instalaciones. En los clubes de Estados Unidos, no solo en la NBA, también en las grandes universidades, tienes varias pistas de entrenamiento, una sala de vídeos, un gimnasio, un comedor con todo tipo de alimentos… Aquí no había nada de eso.

Dice Lolo Sainz que cuando George Karl vino al Real Madrid tampoco dejaba de preguntar por la sala de vídeo, por su despacho personal, por la sala de reuniones… y, como no había nada de eso, Lolo se limitaba a repetir: «Es que justo ahora estamos de obras y no te las podemos enseñar».

¡Exacto! Es que nosotros veníamos de otra cultura, entonces, cosas como no ver los partidos de los rivales, que no hubiera un análisis, un scouting decente de cada equipo… nos costaba mucho entenderlo. Incluso al final, ya en los noventa, seguíamos teniendo problemas con eso.

Hace años entrevistamos en Jot Down a Joe Arlauckas y hablaba maravillas de ti. Recuerdo que decía que eras el único rival que le hacía cambiar su manera de jugar, que se pasaba la semana modificando la mecánica de tiro porque sabía que si sacaba el balón desde abajo se lo ibas a rebañar con uno de tus «zarpazos».

Joe fue un gran amigo el año que coincidimos en Madrid. Junto con Branson probablemente fuera mi mejor amigo, al menos entre los estadounidenses con los que coincidí en España. Es un tipo genial. Yo creo que me respeta porque además le hacía defender y eso lo odiaba. En ataque era un jugador buenísimo, pero lo de defender no le gustaba, así que mi plan era hacerle trabajar en defensa e intentar que así estuviera más cansado en ataque y poder controlarle un poquito mejor. Antes de llegar al Madrid, cuando fichó por el Caja de Ronda, todos nos preguntamos: «¿De dónde ha salido este tío?». Era un enorme anotador, jugó muchos años aquí y siempre a un altísimo nivel: podía correr, saltaba mucho… no era un gran tirador, pero podía encestar desde tres o cuatro metros, así que tampoco podías flotarle.

Arlauckas te admiraba a ti. ¿A quién admiraba John Pinone?

Había varios. Al principio, recuerdo las peleas con Audie Norris, siempre nos llevábamos al límite. No era como con Fernando Martín, pero cada partido era una batalla. Jugar contra Joe no era nada fácil, desde luego… Cuando llegué a la liga, el Real Madrid tenía un jugador, Wayne Robinson, muy bueno, muy atlético, contra el que me costaba mucho jugar. Creo que nunca se le valoró como se merecía, algo parecido pasó con Brian Jackson. Además, esos tíos llevaban aquí muchos años, tenían experiencia, sabían de qué iba la liga, cómo jugar este baloncesto… eso marcaba la diferencia con otros americanos.

La marcha de Russell y la llegada de Winslow coinciden con el gran punto de inflexión del equipo: llega Miguel Ángel Martín al banquillo, se van Vicente Gil o Javi García Coll y suben desde la cantera Antúnez, Azofra, Herreros además del fichaje de Orenga. ¿Cómo viviste tú aquel momento, teniendo en cuenta que ya eras el líder del equipo?

Rickie era un jugador maravilloso. No entiendo cómo no jugó en la NBA. Puede que fuera por su tiro exterior, que era un poco irregular, pero cuando quería también las metía de lejos. Aquí jugó varios años a un nivel extraordinario, creo que a veces se le infravalora un poco y no sé por qué: podía defender a cualquiera y conseguir que ni tirara a canasta. Esa es una faceta de la que se habla poco pero que para nosotros era clave. Jugaba duro cada partido y era un atleta tremendo. Saltaba tanto como Dave, casi, aunque eran jugadores completamente distintos: Rickie no jugaba tanto al poste, pero podía tirar de tres puntos y era un jugador más completo. Dave podía saltar por encima de ti, sin más y machacar la pelota en tu cara, pero Rickie era más sutil, te mataba de mil maneras.

El caso es que la revolución de Miguel Ángel Martín os obliga a los dos a asumir un rol más secundario para dejar espacio a los chavales… ¿Cómo fue esa transición?

Yo no tuve problema alguno, porque ese cambio hizo que ganáramos cada vez más partidos. Esa era la clave: ganar. Ganábamos mucho y les ganábamos a los mejores, incluso en Europa. Orenga, Herreros, Nacho… crecieron muchísimo y nos llevaron a otro nivel. Antes, bastaba con parar a David y a John y el rival sabía que iba a ganar el partido. Ni siquiera «pararnos», si conseguían que metiéramos cuarenta entre los dos en vez de sesenta, tenían mucho adelantado. En los noventa era distinto: Rickie podía meter quince; yo, otros quince, y aun así ganar el partido cómodamente. Éramos un equipo más equilibrado.

Aunque al principio tanta juventud asustaba, incluso dentro del club.

¡Normal, si eran unos niños! Había que enseñarles a hacer muchas cosas. Sobre todo, en el plano psicológico. Decirles lo que hacían mal, pero a la vez dejarles claro que no podían quedarse pensando en el error, que había que olvidarlo cuanto antes y seguir concentrado en la siguiente jugada. Cuando eres joven, eso es de lo más complicado. Pasas de jugar en categoría júnior a estar al más alto nivel mundial… pero esos chicos eran muy buenos y querían ser muy buenos, tenían esa voluntad, ese empeño. Puede que solo fuera para poder ganar más dinero, pero se esforzaban al máximo [risas].

Curiosamente, tu último partido fue también contra el Madrid. Quinto encuentro de las semifinales de la temporada 1992/93, casi nueve años después de tu debut.

Fue durísimo. Íbamos ganando, quedaban unos cinco minutos… pero empezamos a fallar tiros. Yo fallé un tiro libre que Sabonis sacó del aro, porque aquí en Europa se podía hacer eso. Orenga falló un triple fácil de los que solía meter… y ellos se limitaron a dársela a Sabonis para que las metiera todas. Y las metió, claro. Fue muy duro: habíamos remontado un 2-0, el año anterior también habíamos perdido contra el Joventut en cinco partidos en semifinales… Creo que eso ha sido lo más decepcionante de mi paso por España: no haber podido jugar una final de la ACB. Al menos una. Creo que nos lo merecimos. Ese último año estaba convencido de que les íbamos a eliminar en el quinto partido, aunque jugaran ellos como locales. Convencido.

¿Y qué faltó para conseguirlo? Si no me equivoco, perdiste cuatro semifinales consecutivas con Estudiantes.

Teníamos un excelente equipo. En mi último año estaban Rafa Vecina y Danko Cvjetičanin, por ejemplo… pero los demás equipos también tenían excelentes jugadores: el Madrid, el Joventut… Creo que ese fue el primer año en el que se podía jugar con tres extranjeros: el Madrid tenía a Sabonis, ni más ni menos; el Joventut tenía a Harold Pressley y a Corny Thompson, además del mejor Villacampa de su carrera. No sé, a veces es mejor tener mucha suerte que ser muy bueno… y nosotros éramos muy buenos, pero no tuvimos suerte: un mal bote aquí, un fallo allá. Fue muy duro, de verdad creo que al menos una final nos la habíamos ganado.

¿Tuviste opción de seguir en Estudiantes después de 1993, aunque fuera en un rol más limitado?

Creo que después de lo que pasó, no. Esto es un negocio, hay que tomarlo así. No te pagan por lo que has sido, sino por lo que vas a ser el año siguiente. El pasado no cuenta. A mí me habría gustado jugar un año más, pero no fue posible llegar a un acuerdo. Lo entiendo ahora y lo entendí entonces. Habían sido nueve años, y obviamente yo no era el mismo jugador con treinta y dos años que con veintitrés, así que querían traer a gente más joven. Hasta cierto punto pudo ser una decepción, pero entendía que era parte del negocio. Alguna gente me decía: «Si hubierais ganado ese quinto partido, te habrían renovado», pero no lo creo. Igual si hubiéramos ganado la liga… nunca se sabe, pero por su parte estaba todo bastante decidido.

¿Tenías claro que dejar Estudiantes suponía retirarte del baloncesto profesional?

Al principio, no. Estaba convencido de que aún me quedaba un año de calidad al menos y de hecho tuve un par de ofertas aquel verano.

¿De España o de otros países?

De otros países, pero mi mujer se quedó embarazada y salía de cuentas en noviembre, así que no quise hacerla pasar por todo aquello. Lo mejor era volverse a casa y ponerse a trabajar en otra cosa. Al final, fue lo mejor para todos, no tenía sentido ir yendo de España a Grecia, de Grecia a Italia…

Durante años se especuló en la prensa y entre los aficionados que podrías volver como entrenador, especialmente cuando a Miguel Ángel Martín se le empezó a cuestionar, justo antes de su despido en 1994.

¿En serio?

Sí, parecía que era la opción más lógica: de líder en la cancha a líder en el banquillo.

¡Pues a mí no me llamó nadie! Nunca me ofrecieron entrenar a Estudiantes. Si lo hubieran hecho, desde luego me lo habría pensado. Me encanta entrenar, estoy entrenando en un instituto ahora mismo y me habría encantado entrenar a Estudiantes siempre que no fuera una cosa de un año o dos, sino un proyecto largo.

¿Sigues el baloncesto español y europeo desde Connecticut?

En ocasiones. Ahora es mucho más fácil, con internet. Depende del lío que tenga en mi trabajo. Piensa además que mis dos hijas han vivido en España: la pequeña estuvo aquí hace un par de años en un curso de formación del profesorado y a las dos les gusta mucho Madrid. Cuando están por aquí van a los partidos y me cuentan qué tal le va al equipo, y aparte tengo muchos amigos en el club con los que sigo hablando.

¿Y la NBA?

No me interesa demasiado. Casi nada. Todo lo que te decía de los triples y los arbitrajes por vídeo. Otra cosa es la NCAA, ese baloncesto me suena más al que yo jugaba. Además, el año pasado ganó Villanova por fin, así que lo disfruté muchísimo.

¿Fue de alguna manera una redención para vosotros, los que estuvisteis a punto de conseguirlo en los primeros ochenta?

Bueno, estuvimos a punto, pero al fin y al cabo perdimos contra grandes equipos que lo merecían más, como Houston o North Carolina. No había nada que redimir. Me alegré por la universidad, eso sí. El año pasado tenían una presencia interior muy poderosa con Daniel Ochefu. Le han echado mucho de menos este año.


¿Final de ciclo?

Pau Gasol, Juan Carlos Navarro y Felipe Reyes se abrazan tras el partido España – Italia / Eurobasket 2003. Fotografía: Cordon.

He escrito este ensayo sobre la selección española de baloncesto en el contexto más difícil en el que nunca me haya encontrado: la convulsa situación entre España y Cataluña, la convulsa situación entre ECA (empresa que organiza la Euroleague y la Eurocup) y FIBA. Y del último dúo supura el conflicto de las ventanas FIBA, unas fases clasificatorias forzadas por el nombrado organismo en medio de la temporada. Así que las selecciones que compiten no pueden contar, por temas de agenda, ni con sus jugadores NBA ni con los de Euroliga por la coincidencia de sus competiciones. Como hemos vistos estos días, una selección B española (Albert Oliver se ha convertido en el jugador más veterano de la selección en debutar con casi cuarenta años) ha ganado de forma excelsa a las también descafeinadas Montenegro y a la actual campeona europea Eslovenia para sumar más opciones en su participación en el próximo Mundial del 2019.

No obstante, adelante. Como muchos sabréis, la selección española ganó el bronce en el último Eurobasket. Por muchos entendido como el mínimo aceptado por tanto talento acumulado en los centímetros y kilos de sus integrantes. Pero, como viene siendo habitual desde hace varios años, cada vez que acaba un Eurobasket, un Mundial o unas Olimpiadas, independientemente del resultado, nos resta una misma cuestión.

La incursión de los Júniors de Oro en el baloncesto internacional ha marcado un punto de inflexión tan superlativo que es como si nos estuviéramos preparando para una caída libre. Aquella chavalería nacida en 1980, entre la que incluimos a José Manuel Calderón (un año menor), es una de las mejores de la historia del baloncesto mundial por tres razones: competitividad, talento y físico. En ese orden de importancia. Siempre creyeron que podían ganar. Sus rivales siempre creyeron que podían perder.

Ya han pasado diecisiete años desde que dos casi imberbes Juan Carlos Navarro y Raül López fueran reclamados para debutar con la selección absoluta en aquel combinado que dirigía Lolo Sainz. La cita, para soñar despierto, las Olimpiadas de Sydney del 2000. Raül me confesó en el libro Historia del baloncesto en España (Ed. Círculo Rojo, segunda edición mayo de 2016): «Aunque Pau aún no había explotado del todo en ACB, resulta curioso que no fuera seleccionado. Nuestro papel en las Olimpiadas fue malo y es difícil saber si con Pau las cosas hubieran ido de otra forma. Lo que es seguro es que él habría aportado cosas al equipo. Los puestos interiores los cubrieron Alfonso, Dueñas, Johnny Rogers y De Miguel». España quedaba novena. Después de ocho años, todo un histórico como Sainz dejaba el cargo tras un exiguo recorrido delimitado entre un «chinazo» (derrota ante China por 74-78 en el Mundial de Toronto del 94. El resultado se calificó, históricamente, como un desastre para el baloncesto español. Aquella victoria era imprescindible para que España no quedara apeada en la primera fase) y un único metal. Sainz nunca volvería a entrenar. Las veces que he hablado con él, he captado algo de desapego por la disciplina que le llevó a lo más alto. Seguramente, la injusticia de firmar un amargo final como punto y final a una excelente trayectoria. Todo, impresiones dueñas de quien escribe estas líneas.

Pau Gasol es un deportista que ha ligado el grado de su progresión a la magnitud de sus desafíos. Después de las mencionadas Olimpiadas en las antípodas, Pau, lejos de desanimarse, completaría una temporada de escándalo haciendo doblete en Copa y Liga. Siendo MVP en ambas competiciones. Después del chasco olímpico y una década noventera fundamentalmente funesta, la FEB se frotaba las manos. Tenían un as en la manga. Un 2,15 que se movía con la rapidez y agilidad de un jugador exterior. Un regalo llegado de la nada y sin precedente en España. Y ahora es cuando los más despistados alucinan. En la selección júnior, como jugador de segundo año, Pau no era titular. Y lo más sorprendente: antes el de Sant Boi nunca había sido seleccionado para jugar con España en dicha categoría ni inferiores. Lógicamente, ese verano del 2001 su talento acabaría encajando con la absoluta donde Javier Imbroda también debutaría como seleccionador. Para Pau, la fiesta se duplicaría en ese momento, los Atlanta Hawks le escogían en la tercera posición. Luego, como todos sabemos, sus derechos pasarían a los Memphis Grizzlies.

Imbroda lo incitaba para que lo diera todo en su debut. Pau, desde su determinación habitual, aceptaba el pulso. Su impacto en el Europeo de Estambul fue bestial, siendo elegido en el quinteto ideal del campeonato junto a Predrag Stojakovic, Damir Mulaomerovic, Dirk Nowitzki y el ídolo local Hidayet Türkoğlu. Y es que con veintiún años acabaría siendo el séptimo máximo anotador del Europeo con más de diecisiete tantos, a lo que añadió cerca de diez rebotes. Otro chaval de oro que se estrenó fue Felipe Reyes. Aquel pívot bajito de apellido familiar en el profesionalismo que no tenía tiro ya rentabilizaba sus minutos a base de tesón. Por su parte, Raül y Navarro repetían la experiencia con un concurso coral de veintidós puntos y más de cinco asistencias de media. De paso, España consiguió un bronce con sabor a venganza contra la Alemania de Nowitzki, para muchos de nosotros, a la altura de los legendarios Sabonis o Petrovic. Se declaraba la revolución. Además del astro germano, Tony Parker, Papaloukas, Ginóbili y un prolongado etcétera de estrellas sufrirían el descaro y determinación (sí, repito calificativo) de estos chicos durante muchos campeonatos internacionales. Estos tíos, conjugados con anteriores genios como Jorge Garbajosa (1977) o Carlos Jiménez (1976), y posteriores como Ricky Rubio (1991) o Sergio Rodríguez (1986), «la liaban» casi cada verano. Apunte, mi tocayo Carlitos, menos brillante y plástico, era el alero alto que ejercía de pieza angular para equilibrar el juego del equipo. Sin sacrificio e intangibles, siempre rendirás por debajo de tus posibilidades.

Recuerdo al gran Aleksandar Djordjevic, hace unos veranos, alabar el compromiso del grupo de la selección de Scariolo. El seleccionador de España había sido técnico del serbio en su época como jugador en Bolonia y Madrid. Sasha hacía referencia a ese grupo en el que las estrellas siempre estaban deseando volver a competir junto a sus amigos, su familia. Volviendo a los inicios de la incursión de los Júniors de Oro en la absoluta, su palmarés muestra que, después de diecisiete campeonatos, se hicieron con la friolera de doce metales. Cuatro oros y otras tantas platas y bronces. En el 2006 fueron los mejores del mundo, solo al alcance de seis países con el justo asterisco que aclare que los Estados Unidos congregaron a sus jugadores profesionales a partir de las Olimpiadas de Barcelona de 1992.

Pero, entonces… ¿se cierra un ciclo? Me entristece deducir que sí. Pau es el único integrante de aquella irrepetible generación que aún no ha confirmado su retirada de la selección. El último ha sido un voluntarioso pero maltrecho Navarro. La FIBA ya ha certificado que en el verano de 2018 no habrá competición internacional y ha trasladado el Mundial de Beijing a 2019. ¿Para que no coincida con el de fútbol? Les dejo a ustedes la respuesta. En 2020 se celebrarán los Juegos Olímpicos y en 2021 será la próxima vez que España podría volver a jugar un Europeo. Todo, si siguen clasificándose para tales citas sin olvidar que pudiera no ser así, tras la creación de las ya citadas peliagudas ventanas FIBA, las cuales comprometen a los jugadores que compiten en la Euroliga a lidiar con el conflicto FIBA-Euroleague. El caso es que Pau ya estampó su firma con los San Antonio Spurs de la NBA por tres años. Los tejanos son un potente equipo de los que, como poco, va a disputar las finales de conferencia. Este nuevo periplo coincidirá con los últimos años del catalán en la NBA y, quién sabe, si en el profesionalismo. Como viene siendo habitual, su bagaje natural tras cada temporada será de unos cien partidos a sus espaldas antes del periodo estival. Para el próximo Mundial tendrá treinta y nueve años. El legado podría recaer en su hermano Marcpero no olvidemos que andará en treinta y cuatro y que, en la selección, nunca fue tan decisivo como Pau. El Chacho tendrá treinta y tres y Llull, treinta y dos.

Entonces, ¿hay vida después de los Júniors de Oro?

Sergio Llull y Willy Hernangómez celebrando la victoria en el EuroBasket 2015. Fotografía: Benoit Tessier / Cordon.

Vaya por delante que será prácticamente imposible que vuelva a salir una generación de tal calidad y rendimiento como la de los Júniors de Oro. Aunque España sea una potencia mundial en la disciplina del baloncesto dicho sea de paso, es una lástima la fijación que se ejerce por centrar todos los esfuerzos en promocionar un único deporte tan deteriorado por malos hábitos como es el fútbol, es obvio que no siempre se puede estar en la élite de la élite.

Para responder a una pregunta tan compleja es necesario echar la vista atrás. La segunda mejor generación de la historia del baloncesto español fue la del 59 con los Epi, Romay, Iturriaga, Llorente y sus próximos Solozábal y Sibilio, del 58. Como pasó en el caso que nos compete, tal quinta fue el eje principal para poder contribuir a grandes éxitos grupales como fue la plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles del 84. Junto a esos talentos, destellos de otras generaciones más noveles. Léase el caso de Fernando Martín y Andrés Jiménez (ambos del 62) u otras más veteranas como la de Juan Corbalán (54) y Pep Margall (55). Tras ellos, un desierto noventero, aunque es de recibo apuntar la temprana muerte de Martín (veintisiete años), primer jugador español en jugar en la NBA, en 1986, y uno de los dominadores del baloncesto europeo desde la pintura.

No obstante, en este caso reafirmo mi esperanza en que en los próximos años se formará un grupo que también nos brindará, aunque con menos frecuencia, valiosos éxitos. No por el alentador refuerzo de una generación, pero sí de otros hermanos, los Hernangómez. Estos chicos serán dos estiletes dentro y fuera de la pintura durante muchos compromisos internacionales. El mayor, Willy, ya es un pívot tan exquisito como contundente a sus veintitrés años aunque el protagonismo de su vuelta a la NBA ahora ande algo frenado por parte del coach Hornacek. Paciencia, Willy es un tipo listo que aprende de los mejores. Tiene una capacidad de pase y un juego de pies cercanos a los de los mejores pívots del mundo. Ahora necesita mejorar su tiro, defensa y… lo hará. El pequeño, Juancho, es bárbaro. No tiene miedo al trabajo. A pesar de sus veintidós años, sabe lo que es sufrir. Tras su último año como cadete y una repetida lesión en su rodilla, fue descartado por el Real Madrid y acabó fichando por el modesto Majadahonda. Allí se recuperó para luego incorporarse al júnior del Estudiantes. Es una esponja. A pesar de que en su aún corta trayectoria ha jugado en posiciones interiores, su mejora en el tiro y rapidez le han permitido colocar sus 206 centímetros en el puesto de alero. Tremendo físico para esa posición. ¿Cuántos jugadores de perímetro en Europa son capaces de jugar por encima del aro?

Los Gasol son incomparables, como lo es la generación de oro, pero ellos serán clave para montar un buen puzle con otro modelo en el que reinará una mezcla de diversas quintas. Un modelo que debe sacarnos de la inopia del talento de aquellos tiempos en los que la generación dorada coleccionaba títulos de forma relativamente fácil. Tiempos que aún alcanzan el presente y en los que existen, en muchas ocasiones, productivas jerarquías en detrimento de la figura de un seleccionador con un mayor despliegue táctico y de papel más relevante. Ya no seremos tan buenos y, si se quiere continuar con una trayectoria fructífera, se requerirá un cambio de rumbo. Un patrón más próximo al de Serbia, Eslovenia e, incluso, la rebotona Hungría. Soldado, a tu trinchera. Intensidad y más rotaciones. Más asignación de roles. Claro ejemplo es el actual de la selección B española, que ha ejecutado un juego de equipo espectacular y efectivo en los choques de las ventanas FIBA (¡Excelente Quino Colom! (88) ¿Para cuándo una oportunidad en la «A» para este pedazo de base?). Se deberá buscar ese combinado que logre exprimir hasta al último componente de la plantilla en busca del robo de sensaciones de los contrarios. El talento también recaerá en los Mirotic (91), Abrines (93) y Ricky Rubio (90), mientras los Vives (93), Xavi Sastre (91) y Oriola (92) deberán seguir mejorando para poner en la pista esa entrega e intangibles que igualen fuerzas con otros conjuntos, esta vez, con mayor calidad y/o físico.

Veamos el paso al frente de los otros del 94. Como el MVP y campeón de la pasada Eurocup Alberto Díaz, un base ultradefensivo pero que en los momentos de la verdad también enchufa, o Oriol Paulí, con esa hambre y esos alley oops a lo Rudy. ¿En Andorra facilitarán que Jaime Fernández (93) sea ese oportunista «combo» que desequilibra y rompe dinámicas que todo equipo quiere tener? Cómo me hubiera gustado haber visto a este chico dando lo mejor de sí mismo en su «Estu» junto a otro pequeño de raza y francotirador como Darío Brizuela (94). Cómo me gustaría que el Baskonia hiciera un centro dominador de Ilimane Diop (95), como cuando antaño esculpieron a un tal Scola o Splitter. Tampoco debemos perder de vista al potente base mallorquín Sergio García que, a pesar de ser del 97, ya compite con plenas garantías en la Liga Endesa a favor del Tecnyconta Zaragoza.

Hasta ahí el manifiesto camino que me atrevo a vislumbrar con la meta de una selección con posibilidades para mantenerse en el podio en un alto porcentaje durante los próximos seis u ocho años. Después, o se cambian muchas cosas, o podría llegar un desierto.

¿Seguirán llegando éxitos dentro de ocho o diez años?

La solución pasa por extenderse también hacia mayores ambiciones estructurales y sociales. Ahora mismo, el escenario es angosto. Tiremos para la raíz, los clubes de barrio. La base de la base de nuestro baloncesto. El inicio, el vivero que da jugadores y jugadoras de todos los niveles, imprescindibles para el desarrollo de todo tipo de trayectorias y, de paso, para generar aficionados que acaben llenando pabellones y consumiendo baloncesto. Pero, antes, cuestión clave, sí… otra más: en general, ¿nuestros niños y chavales pueden practicar el deporte de la canasta? He preguntado a clubes de toda España y la cuota anual está entre cuatrocientos cincuenta y ochocientos euros. Ahí se podrían incluir (o no) gastos diversos y obligados: viajes, loterías, ropa, cuota de socio… La media de esos guarismos es prohibitiva para un elevadísimo porcentaje de la población; aquellos que malviven sin o con pocos recursos. «Un 15% recibe ayudas de servicios sociales», me cuenta el exjugador ACB Mario Fernández, que desde hace unas temporadas lleva las riendas del Club Bàsquet Mollet. «En Cataluña la media ronda los seiscientos cincuenta-setecientos euros», continúa. ¿Qué hay de la integración social y el desarrollo físico (deseados complementos para el intelectual) de los más jóvenes? Amantes y responsables de otras modalidades seguro que también se alzarían en protesta. Conclusión, no solo los pobres no pueden jugar a esto del baloncesto, tampoco tantas familias que se tienen que «ajustar el cinturón» a final de mes y que mayoritariamente representan a este país. Desde mi visión como docente, entiendo que el deporte debería conjugarse con la educación como otra herramienta fundamental en la lucha por la exclusión social, pero no solo el escolar, también el federativo.

Sigamos el largo y tortuoso camino. Una vez superada la fase de selección económica-social, aquellos jugadores que, por talento y disponibilidad, pueden seguir adelante se enfrentarán a otra criba en las canteras elitistas: la multitud de jugadores extranjeros becados, de los que se aprecia como una de sus principales virtudes su físico. Ahora, ¿quién apostaría por un chaval de dos metros que juega de pívot y que no tiene tiro ni de media distancia aunque sea una bestia atrapando rebotes? ¿Alguien le daría continuidad a un escolta que roza el metro noventa y pesa poco más de setenta kilos? Felipe Reyes y Juan Carlos Navarro eran así y, en su momento, Estudiantes y F. C. Barcelona sí tuvieron paciencia. Por incoherente que parezca, la altura y el físico no lo son todo en el deporte que más gigantes suma dentro de su marco; sí lo es la progresión, pero esta requiere de tiempo y trabajo. Sin respetar esas variantes, se antoja difícil no prever un desierto de éxitos en la selección española de aquí a diez años.

Cada año la FIBA realiza un estudio bajo unos baremos que dan como resultado un ranking en éxito de las mejores selecciones del mundo en varias categorías. Actualmente, España ocupa la segunda posición en el mundo, tanto en la selección absoluta masculina como en la femenina. En cantera, los chicos bajan a la séptima posición mientras que las chicas se mantienen en la segunda. Lituania, Turquía o Serbia ya pisan los talones de nuestros chavales. Hay que replantearse el funcionamiento de las canteras tuteladas por quien quiere el éxito inmediato. Insisto, a fuego lento, no solo para que entre la pelota, también para que evitemos llenar la sociedad de un buen número de juguetes rotos. Construyamos personas con formación y saludables hábitos físicos e intelectuales, lo demás llegará.

Para más dificultades, una vez se nos hacen mayores de edad, normalmente, aterrizan en un deficiente semiprofesionalismo. Hay un mundo entre la categoría júnior y la sénior. Las competiciones LEB (Oro, Plata, LF1 y LF2) requieren de una dedicación colosal, por lo que nuestros jugadores y jugadoras no pueden compaginar el baloncesto con sus estudios. A cambio, un futuro incierto mientras no se están formando para labrarse un oficio para un futuro no tan lejano. Contraprestación: insuficientes sueldos y compartir piso con tres o cuatro compañeros a kilómetros y kilómetros de sus casas. Por consiguiente, quien no se marcha becado a una universidad de los Estados Unidos para jugar y estudiar es muy posible que lo acabe dejando, o entrenando mucho menos en otras categorías que sean más de estar por casa, como la Liga EBA o las máximas autonómicas. En esos casos… ¡Bienvenidos! Acabáis de llegar, de forma fugaz, al final de vuestro trayecto profesional en las canchas.

EuroBasket 2017. Fotografía: Murad Sezer / Cordon.


Zarko Paspalj: «Respeto, jerarquía y talento, esa era la fórmula del baloncesto yugoslavo»

Fotografía: Ivana Todorovic

Este 2017 se cumplen treinta años del bronce de Yugoslavia en el Eurobasket de Grecia. Considerado entonces un fracaso, sirvió como primer torneo en la absoluta para jugadores como Djordjevic, Kukoc o Radja, quienes junto a Divac tan solo unas semanas después serían campeones del mundo júnior. Fue uno de los mejores equipos de todos los tiempos. Ese torneo también sería el debut de Zarko Paspalj (Pljevlja, 1966). Natural del norte de Montenegro, proviene de la región donde más arraigado estaba el sentimiento nacional yugoslavo. Fue una pieza clave en aquel equipo y un jugador con un estilo, hasta entonces, fuera de lo común.

Tu amigo Obradovic acaba de ganarle otra Final Four al Olympiacos.

Lo esperaba. Nunca lo ha hecho más fácil. La única sorpresa fue que llegase Olympiacos a la final, pero no fue tanta sorpresa como el mal juego del CSKA. Todo lo demás ya lo habíamos visto antes. No me ha parecido nada extraordinario lo que ha pasado.

Eres de Pljevlja, en Montenegro.

Ahí estuve mis primeros años de vida. Si no habéis ido nunca, no hace falta que vayáis [risas]. Estoy de coña. Tuve una infancia, como todos los yugoslavos, feliz. Me pasé todo el día corriendo por ahí; un tipo de vida con una libertad que ya no existe.

Se dice que en el norte de Montenegro es donde más yugoslava se sentía la gente de toda la federación.

Lo siguen sintiendo hoy en día. Ahora resulta difícil explicárselo a quien no lo ha vivido, pero entonces no era fácil ponerle fronteras a la gente. Éramos un pueblo muy mezclado. Los musulmanes tenían tendencia a irse a estudiar a Sarajevo, los ortodoxos a Belgrado y luego estaba mi padre, que decidió que fuésemos a Titogrado, que ahora se llama Podgorica. Cuando tenía diez años nos mudamos ahí. Mi padre trabajaba en la exportación de madera procesada. Viajaba mucho. Con mi madre tenía el típico matrimonio en el que ella está siempre esperando que el marido vuelva de algún viaje. Si eran felices o infelices solo ellos lo saben. A mi hermano y a mí nos parecía que todo iba bien.

Mi abuelo se murió primero y mi abuela vivió unos años más. Era indestructible y un personaje muy interesante. De pequeña, cuando tenía seis o siete meses, se le cayeron encima las brasas de una hoguera y tuvieron que amputarle la pierna. Así, sin pierna, tuvo siete u ocho hijos. Y dios sabe cuántos perdería por el camino, lo mismo quince. Vivió hasta los cien años. Bueno, más o menos, creemos que fueron cien. Ella, a partir de un momento dado, solo decía que tenía noventa, pero creemos que superó el siglo. La quería mucho. Me acuerdo de una cosa que nos pasó un día. A mí de pequeño me gustaban mucho los animales, recogía todos los que veía. Una vez tuve diez cachorros de perro en el sótano de casa. Mis padres no estaban encantados precisamente, dormir cada noche con ese ruido saliendo de abajo… Como se quejaron, los metí en bolsas y se los llevé a mi abuela. Cuando me vio llegar pensó que mi madre le enviaba tomates y verduras. Al coger las bolsas empezaron a salir perritos. Al final me aconsejaron, por decirlo de algún modo, que me buscara otra afición.

¿Eras un niño rebelde?

Me escapaba de casa de vez en cuando. Lo veía como una proeza, pero vamos, la realidad era que Pljevlja tenía tres calles y llegar hasta la cuarta para mí era escaparse de casa, lo vivía como ir a la Unión Europea sin visado. Todos se descojonaban de mí cuando hacía estas cosas. Pero estuve en cierto modo avanzado a mi edad. Por ejemplo, con seis años le dije a mi padre: «Prepárate, porque he decidido casarme». Él me respondió: «Vale, vete a dormir, descansa un poco y por la mañana, si sigues pensando lo mismo, organizamos la boda». Se conoce que por la mañana el sueño me lavó un poco el cerebro. De todas formas, no esperé mucho para casarme, lo hice con veinte años. Siempre tuve ganas de ver cómo se veía la vida en pareja.

Hiciste el voluntariado de los jóvenes comunistas.

Esto hoy sería impensable. Los jóvenes nos íbamos en verano a trabajar voluntariamente por Tito y tenían que hacer grupos porque queríamos ir todos. Cada mes de verano iba uno. No había sitio disponible de toda la gente que lo demandaba. Lo fascinante para mí fue que ese verano fue el que más crecí en mi vida y volví del campamento con cinco o seis centímetros más. No daban crédito cuando me vieron al llegar, no tenía el tamaño de un niño normal. Aunque eso no evitó que me hicieran la bicicleta, una novatada muy típica. Éramos cien en cada barracón, se esperaban a que te durmieses, te ponían papeles entre los dedos de los pies y les prendían fuego. Cuando te despertabas, te ponías a correr como si montaras en bici. Muy gracioso, pero estuve diez días sin poder andar. La idea de ir de voluntarios de Tito había sido de mi hermano y creo que desde ese día dejé de hacerle caso.

De todas formas, cuando se murió Tito fue un shock. La gente entró en pánico. Recuerdo que aquel día, un día que no se te olvida nunca, nos encontramos a la madre de un amigo por la calle y estaba enloquecida. Pensaba que un segundo después de la muerte de Tito nos iban a invadir y secuestrar a todos. El miedo era fuera de lo normal. Supongo que porque en nuestras vidas no existía la opción B, solo había A, es decir, Tito. La B no se contemplaba. Nos habían adoctrinado con que Tito nos quería y nos cuidaba, éramos sus niños, y por una parte creo que sí que era así, al menos la gente mayor lo vivía así. Cuando murió todos tuvieron una sensación de inseguridad absoluta. No sabían qué iba a pasar después. La imagen de la madre de mi amigo se me quedó grabada. En esa época la conexión de todos los yugoslavos con ese hombre era muy estrecha, porque además todo funcionaba muy bien, o al menos lo parecía.

¿Cuándo te dio por el deporte?

Entonces era lo único que hacíamos. El otro día lo recordé con un amigo, si hubiéramos tenido videojuegos en nuestra época no habríamos sido deportistas. Antes no había nada de eso, teníamos mucho tiempo libre. Estábamos todo el día fuera con los amigos y todo giraba en torno a la pelota. No como un concepto deportivo, sino como una vida basada en el balón. En jugar. Todo cuerpo esférico que pudiera girar juntaba a un grupo de chicos alrededor. Era nuestra manera de vivir. Y así fue como me ocurrió, de repente, el basket. Me pasaba los días enteros en la cancha, perdía la noción del tiempo. Un día, los chicos que eran siete y ocho años mayores, que llegaban por la tarde, cuando bajaba un poco la temperatura y se podía respirar, me invitaron a jugar con ellos. Fue un honor gigantesco.

¿Cómo funcionaba el sistema de ojeadores que os pescaba de esas canchas?

Lo de las canchas callejeras era un fenómeno muy habitual en provincias, donde nos aburríamos mucho y no teníamos nada que hacer, solo jugar y jugar. Los jugadores de mi generación que salieron de ciudades grandes los cuentas con los dedos de una mano. Pero estaba todo muy bien montado. La educación física que recibíamos en el colegio era muy buena. Así, era lógico que un país de veinticuatro millones de personas produjera grandes deportistas. El sistema estaba organizado de tal manera que era imposible que no te prestaran atención, que fueras invisible. No podían no detectarte si eras bueno.

Lo gracioso es que no eran conscientes de que eso era un sistema. Ni siquiera lo llamaban así. Los profesores de educación física estaban muy preparados para reconocer el talento de cada uno. Desde que eras pequeño ellos ya iban viendo si servías para el baloncesto, para el fútbol, voleibol, balonmano… lo que fuera, pero poco a poco te iban redirigiendo para aquello en lo que mostrabas potencial. Y luego estaban siempre por ahí los responsables de los clubes viendo constantemente a los chavales e iban fichando. En un momento dado, te llegaba uno y te decía: «Ven a entrenar con nosotros». Así funcionaba. Mucha gente de mi generación, solo con dieciséis años, ya estaban compitiendo en el primer equipo del Buducnost con compañeros y rivales mucho mayores que ellos. Llegó un momento en que el sistema era así de eficaz.

Vlade Divac, por ejemplo, empezó con diecisiete. Eso era normal en ese momento. En el sistema educativo yugoslavo era muy difícil que si alguien tenía ganas de hacer deporte y tenía talento para ello se quedara fuera. Por otro lado, salieron tantos deportistas porque el único contacto social era el deporte. Muy pocos jóvenes pasaban el tiempo fumando porros y escuchando rock and roll. En Podgorica había que ser avant-garde muy seriamente para hacer eso. La mayoría de la gente socializaba jugando un partido de algo. Hoy en día todo esto es completamente imposible, han cambiado los tiempos, qué le vamos a hacer. Ahora cuando sale un jugador bueno lo besamos, mimamos y abrazamos. Yo creo que cada vez habrá menos.

¿Tus padres cómo llevaron que dejaras los estudios por el deporte?

Tuve que dejarlos porque cuando me dediqué por completo al baloncesto igual eran dos o tres entrenamientos diarios los que tenía. Yo no me lo cuestioné y los directores del colegio lo entendían. Aunque siempre fui un buen alumno, no recuerdo estudiar mucho, pero me iba muy bien. A mis padres, sin embargo… Para que os hagáis una idea de lo que era, mi padre se enteró de que me estaba dedicando seriamente al baloncesto cuando ya estaba en la selección de júniors. Fue un día a la kafana [restaurante y bar tradicional] y le dijeron: «Oye, ese pequeño tuyo tiene mucho talento». Y él: «¿Para qué?». «¿No ves que le han llamado para la selección?», le preguntaron asombrados. Los padres, si no te salías de la línea, haciendo alguna putada en el colegio o peleándote, no te hacían ni caso.

Hoy en día los padres se vuelcan en las hipotéticas carreras deportivas de sus hijos. Antiguamente, el deporte era inofensivo para los chavales. La educación física era muy importante, pero no para que fueras deportista después, sino porque era bueno para ti físicamente y para tu personalidad. Eso lo hemos perdido. Primero, porque para hacer deporte en un club tienes que pagar. Y después, porque antes había confianza en el sistema. Ahora lo que hay es sufrimiento económico y privaciones, por eso la gente pone las expectativas en los niños, para que hagan algo en el deporte y que esa sea la salida a sus problemas de dinero. El niño será la estrella que les saque de la mierda. Por eso meten presión a la persona que está introduciendo a su hijo en el deporte. No confían en que lo vaya a hacer bien. Eso crea una atmósfera que no es agradable, es incluso conflictiva. Si yo me hubiese metido a entrenador, nunca permitiría estas injerencias de los padres. Antes no pasaban estas cosas porque el deporte no estaba en todos los medios constantemente. Ahora, en cuanto el niño coge una pelota por primera vez, el padre ya está proyectando esa visión y se lo imagina por la tele, lo ve ahí levantando una copa.

¿Cómo fue entonces tu experiencia en tu primer club, el Buducnost?

Entré con muchos de golpe, porque reformaron la sección de júniors. Para mí era un honor, porque mi relación con los mayores en general y con los compañeros era de respeto. Si me decían que llevara las bolsas, las llevaba. Lo veía como algo normal. Eres joven y haces lo que te dicen. Todo era lógico. Pero no consistía solo en la autoridad; de esta manera, con estos detalles, lo que veían era cómo eras. Ponían a prueba tu carácter, comprobaban si sabías comportarte, que es un factor muy importante. Desde el punto de vista del entrenador, servía para averiguar si eras capaz de formar parte de un equipo.

Estabas con los hermanos Ivanovic; Dusko es recordado en España por su dureza.

Eran montenegrinos también y, en aquel entorno, un entrenador de Montenegro con quien era más duro era con los suyos. Si venía alguno de fuera para jugar no le daban tanta caña, le enseñaban otras cosas, hacían otros ejercicios, pero ¿con los tuyos? Se exigía lo máximo.

En esa situación, Dragan y Dusko se adaptaban muy bien, trabajaban mucho. Nadie hacía preguntas, no se dudaba de lo que mandaba el entrenador. Si te decía que había que correr diez kilómetros bajo la lluvia, te ponías el chubasquero y a correr. En el acto. Con esa disciplina los hermanos Ivanovic eran los mejores. Luego han sido grandes líderes porque les venía ya dado con la disciplina que tenían. Supongo que por eso han aplicado después formas de trabajar parecidas. Porque no son malas, si funcionas así como jugador tu cerebro se libera de la reflexión sobre si está bien o mal lo que estás haciendo. Además, es que era justo. Había una recompensa. Las cosas bien hechas se reconocían. Si lo habías hecho todo bien, te llegaban oportunidades. Ahora que lo pienso, no me extraña que fuésemos los mejores durante tantos años.

Todavía se les sigue dando vueltas a las claves que formaron el equipo nacional yugoslavo que llegó tan lejos.

Respeto, jerarquía y talento, esa era la fórmula del baloncesto yugoslavo. De hecho, por eso fuimos más conocidos por los deportes colectivos que por los individuales.

¿Cómo llegaste a la posición de 3?

Me pusieron ahí muy rápidamente. Siempre he jugado más fuera que dentro. Luego, cuando te acercas al final de tu carrera, te meten más dentro porque pesas más y eres menos ágil. Entonces no, fui un 3 clásico.

Grandes jugadores yugoslavos como Petrovic o Bodiroga han basado su juego en entrenamientos de repetición. Sin embargo, tú tenías tu propio estilo.

A veces me veo a mí mismo jugando, aunque no lo hago muy a menudo, y me parece todo muy gracioso. Lo que pasaba es que yo era muy alto y muy rápido. Para esa época eso fue una innovación muy grande. No había muchos más aparte de mí hasta que llegó Kukoc que pudieran hacer ese tipo de movimientos. Por eso llamé tanto la atención. Tuve más posibilidades de juego, podía hacer más cosas, pero nunca pensé en los términos de que yo tuviera mi propio estilo

Con la selección, en cadetes, ganaste el oro en el 83. En aquel equipo, el MVP fue Mavresnki, que luego no triunfó como vosotros. ¿Por qué? ¿Qué hacía falta para llegar arriba, aparte del talento?

Es difícil de explicar. Él estaba en mi generación, la del 65-66, y no pudo encontrar espacio con todo lo que vino después. Llegaron demasiados jugadores buenos. Seguía jugando con mucha calidad, pero no pudo mantener la que mostraba desde el principio en competencia con aquellos críos porque llegó lo mejor que salió de Yugoslavia jamás. No quiero ofender a la generación de Kicanovic y Dalipagic, que eran también cojonudos, pero lo que vino después, solo con Divac y Drazen Petrovic

Por desgracia, ahora nadie conoce a Mavresnki, solo los del mundillo. Pero si durante siete años no paran de salir chavales con talento, por muy bueno que seas, si no avanzas a la velocidad que imponen los acontecimientos, simplemente, te quedas fuera. Con diecisiete o dieciocho llegas a tu techo, no pasas a la siguiente fase y los que vienen por detrás, sencillamente, te aplastan.

Se dice que el Partizan no te fichó, te secuestró.

Si no lo hubieran hecho así, me habría quedado en Podgorica como tirador local, con treinta puntos por partido, pero retirado a los veinticinco años. O también quizá como un borracho local más y ya está, sin más historia. Lo que ocurrió fue que hice una buena temporada con el Buducnost, me lo había pasado bien, tenía a mi familia y el cerebro me decía que era la hora de cambiar, pero el corazón no quería. Probé con el Bosna de Sarajevo varios meses, pero no me gustó

El Partizan tampoco era una prioridad para mí, de hecho, el Buducnost con quien tenía buenas relaciones era con los clubes croatas, no con los de Belgrado. Pero en el Partizan me convertí en lo que fui. Exploté. Ellos tampoco eran lo que fueron. Se dice que Kicanovic, que fue el que formó aquel equipo, tuvo una visión con Djordjevic, Divac, Obradovic y yo, pero otros dicen que fue pura casualidad.

Sobre las buenas relaciones con los equipos croatas, se habla de que incluso le regalasteis un partido clave a la Cibona.

Ahora podrías decir que se vendió ese partido, pero desde la óptica de la época no fue exactamente así. En aquella liga, para seguir, tenías que ganar todos los partidos de casa. Por eso en Podgorica jugábamos como tigres, era muy difícil ganarnos, pero cuando salíamos fuera era como si te ibas a Trieste a comprar ropa. En Belgrado nos metían treinta de diferencia. El año de aquel partido famoso, nosotros ya teníamos la permanencia, pero para la Cibona era muy importante, no recuerdo por qué. Como teníamos buena relación, se acordó que jugásemos los jóvenes. El problema fue que éramos un poco rebeldes y jugamos mejor de lo que se esperaba, pero no se regalaba nada en aquella liga.

Con el Partizan, el primer año, le ganasteis la liga al eterno rival, el Estrella Roja.

Si tienes calidad y confianza, ganar es algo natural. Tuvimos la suerte además de que el Estrella se cargó a la Cibona, que era un equipo fantástico, y luego fue muy fácil para nosotros derrotarlos a ellos. Fue como imponerse en un derbi, pero nada que ver con la rivalidad que hay ahora. Cuando hay igualdad, los equipos se vuelven mejores al enfrentarse y de aquella competencia lo que salió después fue la Jugoplastika de Maljkovic. A ese equipo, en cuestión de calidad, no podíamos ni acercarnos y por eso dominaron el campeonato los siguientes tres años.

¿Qué tal la convivencia entre compañeros en aquel Partizan? Un rumor que hay es que Grbovic dormía en el vestuario.

En esos vestuarios era muy difícil dormir. Quien anduviera por el Hala Sportova en aquella época sabe que eso era como un túnel en el que nunca se había encendido la luz. Pese a toda la tradición de baloncesto que tenía ese pabellón, las condiciones eran horribles. Era un sufrimiento. Una falta de higiene… Entonces Grba no le daba mucha importancia a la higiene [risas], pero no tan poca como para dormir en ese sitio.

En general, éramos muy buenos chicos. Los únicos problemas que tuvo ese Partizan fueron administrativos, de la elección de entrenador, pero entre nosotros todo era genial. Una vez, por ejemplo, Djordjevic, Divac y yo, que estábamos muy enamorados de nuestras novias, estábamos concentrados en Zagreb para volar con la selección a Madrid. Teníamos que pasar la noche ahí, pero nos escapamos para ir a verlas a Belgrado. No teníamos carné de conducir. No sabíamos ni que existían los carnés de conducir. Cogimos un coche y tiramos por la carretera, que entonces no era como ahora. Todavía estaba la autopista que había construido el ejército después de la II Guerra Mundial. Estaba hecha con cubos de hormigón. Pillabas un bache en cada uno de ellos, el coche iba como al trote. Llegamos, estuvimos con ellas y nos volvimos. Y, oye, tres nos fuimos, tres volvimos. Llegamos a tiempo. Kresimir Cosic, el seleccionador entonces, que era un buen hombre, nos regañó un poco, pero vio que aquello no era grave. Por eso te fiabas de aquella gente, porque eran duros, pero también muy majos. Sabían distinguir entre una tontería de adolescentes y algo serio. Cuántas veces habrían hecho ellos algo semejante en su vida… Lo sé porque se lo escuchaba contar.

Ese Partizan pudo reinar en Europa, pero se encontró con el Maccabi.

En el baloncesto todo tiene que ser perfecto para llegar a lo más alto. Llegas a un nivel top, pero luego hay que dar un paso más para ser campeones. En ese momento no teníamos todo lo necesario para el último escalón. La persona que se encontró ese equipo, Dule Vujosevic, no era la adecuada en ese momento. Uno de los grandes motivos por los que perdimos esa Final Four fue ese. Si hay cuatro equipos muy buenos, lo que marca la diferencia puede estar fuera de la cancha. También es cierto que quizá aquella oportunidad nos llegó muy rápido, demasiado pronto.

En el bronce de Atenas de 1987 empezó a surgir esa selección de Yugoslavia mágica.

Ahí se empezó a producir el cambio de generación. Cosic tuvo el gran mérito de empezar a meter a los jóvenes que llegábamos en aquel equipo nacional. No obstante, no llegó a hacer un relevo completo. Porque era comprensible, tenía que ir poco a poco. Pero ahora lo recuerdo con impotencia, porque los jóvenes ya estábamos para tomar las riendas del equipo. No puedo decir que los mayores estuvieran mal, todavía jugaban mucho, pero en esas circunstancias era muy difícil decidir quién hacía qué.

Pero la Grecia que os ganó fue luego campeona, con Nikos Galis. ¿No era un equipazo?

Me parece bien que ganasen, pero nosotros perdimos porque no teníamos el equipo bien compensado entre jóvenes y veteranos. No teníamos por qué haber perdido. Fue el último año de convivencia entre dos generaciones, en el 88 empezó la época nueva. Lo cierto es que del 81 al 87 tuvimos malos resultados. Hubo alguna medalla, como esta, pero nada que ver con lo que nos habían legado Kicanovic, Moka Slavnic y compañía.

En Seúl fue plata, os derrotó la URSS de Sabonis, Volkov, Tijonenko y Marchulenis.

Como Juegos Olímpicos, estuvo todo bien. Sin problemas. Y no perdimos con nadie que fuese peor que nosotros. De hecho, eran mejores. Pero aquí tuvimos un problema distinto: la sensación de que volveríamos al año siguiente y ganaríamos. Para empezar, los Juegos Olímpicos son cada cuatro años. Como jugador, si vas dos veces en un deporte colectivo, has tenido mucha suerte. Ganamos la plata y sentimos que, bueno, ya lo corregiríamos la próxima vez, pero no pudimos volver porque el país se desintegró y a nosotros no nos dejaron participar.

En el Eurobasket de Zagreb del 89 fue un oro aplastante, ahí estaba la madurez.

No, esa no era la madurez. Esa época estaba por llegar y nos la cortaron por la guerra. Fue la mayor injusticia que puede vivir una generación. Los años 89, 90 y 91, en los que fuimos los mejores, en realidad eran la introducción a la época dorada que no llegó. En 1996 yo tenía treinta años y Divac, veintiocho. Nuestro mejor baloncesto hubiera sido el de la primera mitad de los noventa. Ahí hubiéramos seguido ganándolo todo y solo hubiéramos perdido ante el Dream Team. Nos habríamos llevado todos los europeos y mundialmente la cuestión habría sido si nosotros o los americanos, nadie más habría llegado a ese nivel.

Es la misma historia que pasó con la selección de fútbol de Yugoslavia. Les echaron de la Eurocopa del 92, entraron en su lugar los daneses y ganaron el campeonato por primera vez en su vida. Nosotros en el verano del 91 nos fuimos a jugar a Roma el Eurobasket, que lo ganamos, pero llegamos como un país y salimos de allí un mes después como tres distintos. Eso se lo cuentas a alguien hoy y no sabría ni de lo que le estás hablando.

¿No notabais también vosotros que ocurriría algo así?

Era evidente, pero de alguna manera no creíamos que fuera a suceder. Fue todo una tortura y lógicamente el deporte no se mantuvo al margen. La ruptura alcanzó a todo, a todas las profesiones y todas las personas. Ningún ser humano debe pasar por algo como lo que pasó aquí. Se fue un país y ya no sé ni cuántos tenemos. ¿Cinco, seis, siete? No sé si en cada uno de ellos estarán más felices, no estoy muy seguro, pero que no tenemos el mismo deporte sí que lo puedo afirmar. En términos generales, personalmente, creo que no ganamos nada con la desintegración.

Antes de todo esto, Gregg Popovich te fichó para la NBA.

Sus padres eran yugoslavos, pero él no nació aquí. Cuando yo fui, solo era entrenador asistente. Había pasado mucho tiempo como militar de la OTAN en Turquía y, a diferencia de los estadounidenses, que eran muy conservadores y pensaban que solo allí había verdadero baloncesto porque era su deporte, él fue de los que empezó a decir que también había calidad en otros lugares. Antes de la llegada de los soviéticos, de Divac, Petrovic y mía a la NBA, hubo otros extranjeros. pero ninguno hizo nada. Nuestra llegada sentó un precedente. Además, no era como ahora, que se ve todo por televisión. Entonces nadie se enteraba de lo que pasaba allí. Sabíamos que el juego era el mismo, baloncesto, pero nada de su nivel, que estaba en otra dimensión.

Popovich me vio en un torneo en Alemania y a través de un amigo común hablamos. Estaba de vacaciones en Montenegro con mis colegas y de un día para otro me fui. Cogí en Belgrado un avión de Pan Am, la que entonces era la aerolínea más importante de Estados Unidos, tenía una tradición de cien años y ya no existe. Llegué a Nueva York y de ahí fui a San Antonio. Un año después, volví por el mismo camino [risas].

Estuve tres días en San Antonio y firmé el contrato. Acto seguido, me fui con ellos a un torneo de verano a Los Ángeles. En ese momento fue cuando me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba. Todos los compañeros se portaron muy correctamente conmigo, de hecho, si no llega a ser por los negros no hubiera podido ni pedir la comida, pero fue muy duro. Nosotros en el colegio estudiábamos ruso.  

En Los Ángeles jugamos en una universidad y, mientras calentábamos, me dio por mirar al público y vi a un tío con una cabeza… una cabeza de esas que a un kilómetro ves que es balcánica, nuestra, así… grande, joder, que no puedes no verla. Él me miró a mí, yo le miré a él, y resulta que era un tío de un barrio de Podgorica. Nos presentamos y estuve con él diez días sin separarnos. Cuando luego volví a San Antonio pensé que me iba a morir. Era muy pronto para pasar por ese aislamiento cultural. Yo era un niño.

Pese a todo, en San Antonio lo único importante para mí era el resultado. De verdad que no tuve problemas para encajar en el equipo, ni de relacionarme, aunque no supiera el idioma. Esa parte la llevé bien. El problema fue que el entrenador tenía muy claro que yo no debía jugar y no hubo manera de convencerle. Entrenaba bien, me llevaba bien con todos, todo iba bien, pero el que jugaba era otra persona. No me dieron oportunidades. Es algo muy típico de allí. Gregg intentó convencer al entrenador de que yo valía para algo más que para estar sujetando las toallas, pero nada. Por eso mi aventura solo duró un año. Si hubiera sido distinto y me hubiese quedado, mi carrera podría haber sido toda en la NBA. No ocurrió y me duele, pero tuve una trayectoria satisfactoria por otros caminos distintos y completamente inesperados. Aunque no fuese en la NBA, mi nivel no pasó inadvertido.

Ese otro era Sean Elliott.

Era un tío majo y correcto. Le aprecio mucho y me llevo bien con él hoy. Aunque para mí fue difícil asimilar que alguien con un nivel cercano al mío, que no era superior, jugase todo el tiempo y yo nada. Ser parte del equipo requiere sentirlo y es difícil que lo hagas si entras en el vestuario con la certeza de que no vas a jugar. Cuando tienes veinticuatro años y te han dicho que eres el mejor alero de Europa, que vas a encajar en la NBA mejor que Divac o Petrovic, y luego no ocurre nada de esto, es complicado. Al menos volví con una estupenda amistad con Gregg, que dura a día de hoy. Pude ver cómo funciona el sistema y la organización en Estados Unidos, que es muy distinta a nuestra forma de hacer las cosas.

¿Cuáles eran las grandes diferencias?

Nuestro estilo era el ruso, todo estaba basado en la fuerza y el esfuerzo. Ellos lo hacen distinto, trabajan con más precisión, están muy centrados en el jugador y no se pierden ningún detalle. Le dedican mucha atención al individuo, no me sorprende cuando los jugadores van allí y en un año se ponen superfuertes.

En todas tus biografías se destaca que en Estados Unidos te volviste adicto al Marlboro y a Pizza Hut.

Exageraciones. El problema de adaptación que tuve allí es que los americanos no son gente cercana. No se relacionan entre ellos. Yo no fui a hacer amigos, fui a jugar, pero como no me salió bien, el resto de adversidades me molestaban el doble. Si hubiese ido a Los Ángeles, donde había colonias de yugoslavos, me habría facilitado la vida y lo habría soportado mejor, pero en San Antonio no había ni uno solo. No obstante, si quieres jugar en el mejor baloncesto del mundo te tienes que olvidar de tu casita y centrarte en ello.

No son una mala nación, es gente correcta. Tienen un trato personal distante, pero funcionan muy bien en general. En el deporte de élite, si quieres ser el mejor del mundo, pongamos como Djokovic, te tienes que olvidar de estos detalles personales. Hasta que termines tu carrera, eso es lo que va a haber. Si Dios te dio un talento para que resuelvas tu vida, algo con lo que puedes ser reconocido y tener las finanzas en orden, es un pecado no aprovecharlo. Y lo digo por ese orden, porque creo que el dinero que recibes no puede compararse con el amor que sientes por lo que estás haciendo. Todas nuestras carreras empezaron siempre por amor al baloncesto.

Lo que me pasó allí fue que no tenía ni idea del idioma y, cuando me preguntaban los periodistas, yo solo podía decir «I like» y «I like ». Así, le podían poner «I like» a lo que quisieran. Pizza Hut me encanta, pero evidentemente no comía pizzas cada día. Y como no jugaba, tenían que buscar pretextos. Uno fue lo de las pizzas y otro, que fumaba como un turco [expresión local, un equivalente en español: «como un carretero»]. Pues vale.

Mira, diez días antes de irme a Estados Unidos estaba en Montenegro jugando al basket en una playa de Budva, Slovenska, con mi amigo Luka Pavicevic, uno de mis mejores colegas, por cierto, que nos machacaron dos tíos que había allí, y él había estado en Utah unos años antes. Ya entonces me dijo que no estaba seguro de que irme a la NBA fuese la mejor opción para mí. Me habló de su forma de funcionar, de que estaba Sean Elliott y tenían que subirlo. Me advirtió de que iba a ser un mal rollo para mí, y llevaba razón. Con todo mi respeto para la calidad de Elliott, creo que la medida básica de este deporte tiene que estar en lo que se ve, no en los acuerdos o negocios que se hayan hecho antes.

¿No intentaste cambiar de equipo?

No pude. Se lo pedí a Gregg a mitad de temporada. Quería ir a Golden State, pero no pudo ser. De haber salido, quizá habría sido todo completamente distinto. En esos años me di cuenta de que el deporte no es solo jugar bien, hay decisiones fuera de la cancha que afectan al desarrollo de tu carrera. Por eso es tan importante que te guíen, no puedes acabar nunca sentado en el banquillo con una toalla en el hombro pensando «¿Qué coño hago aquí?».

En Estados Unidos te dieron un tratamiento de hipnosis para que dejases de fumar.

Sí, lo hicieron. Gregg cuenta mucho esta historia cuando está de buen humor. Me llevaron a un hipnotizador ruso que era un estafador de tres al cuarto. El clásico. Entré y me dijo: «Este es tu último cigarro», nos reunimos alrededor del cenicero como si fuera un tótem sagrado —supongo que los americanos creen más en estas tonterías que nosotros— y me felicitó, me dijo: «Ya has dejado de fumar». Tengo que reconocer que si te dejas sugestionar igual sí que te funciona el paripé. En mi caso, no. Al salir de ahí me encendí un cigarro a ver si era verdad que había funcionado lo del hipnotizador y justo me vieron hacerlo los del equipo. Se llevaron un disgusto. He intentado dejarlo un par de veces y, más que cualquier ayuda, lo que creo que necesitas es tu propia voluntad. Ni la tuve ni la he tenido hasta ahora.

Mi problema con el tabaco allí fue que al principio viví en casa de Gregg y vio que fumaba mucho. Se dio cuenta él, sobre todo, de que eso era muy negativo para mí por la mala imagen que daba. Podría haber dejado el tabaco oficialmente y fumar luego tranquilamente en casa, porque todo era una cuestión especialmente de imagen pública, pero no lo hice, e ir fumando por la calle como hacía yo allí no era aceptable.

De vuelta, esperaba el Mundial de Argentina del 90. El oro y el triunfo más deslumbrante de aquella selección yugoslava.

Fue muy fácil y muy alegre. La continuación de lo que hablábamos. Un equipo que va subiendo de nivel año tras año. Pero nos tuvimos que preparar para eso… ¡buf! fueron dieciséis años de concentración. Yo ya no sabía ni dónde estábamos ni lo que hacíamos. Estuvimos en la montaña de Rogla, en Eslovenia. Fuimos a un torneo a Seattle, los Goodwill Games, donde estaban prácticamente todos los equipos que luego fuimos a Argentina. Después, echamos unos partidos en Canadá. No hacíamos más que mudarnos de un sitio a otro. Luego el campeonato transcurrió acorde a la calidad que teníamos. Fuimos y lo hicimos, ya está. Como jugador, cuando estás en la cancha eres muy consciente de quiénes son tus rivales, y ahí nadie se nos acercaba.

¿Qué opinión tienes del juego de tus compañeros, uno por uno, de sus talentos?

Mi opinión sobra. La opinión general que hay sobre ellos es la que es y es real. Además, al margen de las individualidades, era un equipo que funcionaba muy bien. Nadie se salía del guion. Si alguien lo intentaba, el entrenador lo resolvía muy rápido. Después pasó lo que pasó entre Drazen y Divac, pero en su momento todo estaba en orden. Cada jugador tenía sus ambiciones, y se expresaban sinceramente, pero por encima de todo lo que importaba era el resultado que lograse la selección y no si Drazen u otro iba a meter treinta o no. Ahora bien, para Drazen sí que era importante si había metido treinta o no, o supongo que así era, pero en ningún momento eso se fue de madre. El entrenador, Dusan Ivkovic, lo llevaba muy bien.

El incidente de la bandera croata que Divac le quitó a un aficionado en la celebración del título también ha persistido en el recuerdo. ¿Había diferencias políticas entre vosotros?

En el 90 todavía no había. Lo que pasó fue una gilipollez que nadie se enteró siquiera ni de lo que había ocurrido. Pero ahí no pintaba nada ni una bandera croata ni una serbia. Solo había un país, Yugoslavia, y una bandera. Si alguien tenía sentimientos nacionalistas, no los compartía. Se los guardaba. Pero no creo que nadie de aquellos jugadores pensase en esos términos. Lo que hizo Divac fue correcto. ¿Por qué le dolió tanto a Drazen? Eso demuestra que tenía otro tipo de pensamientos. Pero a este incidente se le ha dado muchísima más importancia después de la que tuvo en su momento, que es algo que, por otro lado, parece que va con nuestro carácter.

Yo ahora te digo, sinceramente, que no había problemas entre los jugadores. Aunque creo que esa sinceridad está más presente en nosotros que en ellos, y cuando digo ellos me refiero a los croatas, que también tenían sus razones. Ellos estaban obligados a muchas cosas en las que no quiero entrar y que no tienen nada que ver con el deporte. Cosas que simplemente te imponen y no tienes mucho espacio para tu propia opinión, y si haces algo distinto te pondrías a ti mismo en una situación incómoda. Pero mientras estuvimos juntos nunca pasó nada en este sentido. Lo grave fue en Roma, en el europeo del año siguiente, cuando al volver a casa vimos en la televisión que estábamos en guerra. Habíamos estado con los compañeros croatas hasta hacía dos días, y te preguntabas al llegar: «Pero ¿qué coño está pasando?». Luego llegó el año siguiente y ya no había nada, ni país. Fue todo tan estúpido.

Volviste al Partizan.

Por desgracia, sí.

Pero saliste pronto. ¿No te dio pena no estar con el Partizan, que jugó sus partidos en Fuenlabrada por la guerra y se proclamó campeón de Europa?

Si queréis que sea sincero, no me dio pena no estar ahí. En aquel momento ya tenía mi carrera orientada en otra dirección. Ni siquiera seguí especialmente lo que estaba pasando. Eso no quita que al Partizan le llegara su merecido momento. Ganaron y hay que ver en qué condiciones. En una situación que ya era de por sí difícil, aquellas circunstancias lo hicieron todavía más difícil. El camino hasta esa final fue un tormento. Fue justo que ganaran. Ese triple tenía que entrar y todo tenía que suceder de esa manera.

No os dejaron ir a Barcelona 92.

Nos estábamos preparando correctamente y, cuando estábamos en Tesalónica a punto de ir, nos informaron de que los deportistas yugoslavos de disciplinas individuales podían ir a los Juegos pero los de equipo, no. Fue una regla nueva muy interesante. En aquel momento ya tenía una edad suficiente como para darme cuenta de que ahí algo no encajaba

¿Habríais ganado al Dream Team?

No, no, no. En el 92 no, pero quizá un par de años después hubiéramos podido. En ese periodo fue cuando nuestro nivel estuvo más igualado. Contra aquellos todavía se podía jugar, ahora ni en sueños. Antes algo sí que les podías disputar, ahora solo das vergüenza. Nuestros jugadores entonces ya llevaban un tiempo en la NBA y se habían ajustado a ese juego, lo conocían, pero nos quitaron los años buenos.

Ahora solo podemos hacer estimaciones, nos habríamos llevado el europeo del 93, una plata olímpica, habríamos estado ahí el 94, ¿eso es poco? Creo que no. Habríamos cerrado un círculo de diez años de muchísimo éxito. Pero de repente nos dijeron: «¡Pa-pá!» [forma de decir adiós de los niños serbios cuando son muy pequeños]. Y nos tuvimos que ir de vacaciones. Encima, con lo duro que era entrenar cuatro meses seguidos con la selección, de repente nos lo quitaron todo al final de la concentración. ¡Ahora, al mar!

Fichaste por Olympiacos, fuiste la primera gran estrella que llegó a la liga griega.

Así lo dijeron y me hicieron un gran recibimiento. No fue mi elección ir a Grecia, ellos fueron los únicos que pudieron pagar mi traspaso al Partizan. Te podría decir que estuve muy contento de ir para allá, pero la realidad es que preferiría haber ido al FC Barcelona o al Real Madrid, que es donde creía que iba a ir. Sin embargo, ocurrió esto y el camino fue otro. Como compensación, lo que me dieron allí todavía me dura. También creo que jugué muy bien e hice buenas relaciones. Cuando pasas en algún sitio quince años de tu vida es obvio que te ha ido bien y que te gusta, porque de lo contrario yo no me habría quedado tanto. Especialmente los primeros años estuve muy a gusto, solo jugaba al baloncesto y eso me vino muy bien, porque después me fueron viniendo otro tipo de problemas estúpidos, pero eso es parte de la vida.

También encontré una buena Grecia para vivir. Quien conoce a los griegos sabe que el dinero es muy importante para ellos, como para todos, pero quizá para ellos un poco más que en otros sitios. Y aquella época fue cuando alcanzaron su mejor nivel económico y todo funcionaba muy bien. Invirtieron mucho en deporte y fue bonito formar parte de ese ambiente.

Olympiacos llevaba sin ganar desde el 78 hasta que llegaste.

Mandaban el Aris y el PAOK. Los clubes de Atenas ni siquiera eran conocidos, tuvieron su época en los sesenta, pero cuando llegué yo era todo bastante triste.

Hiciste una media de treinta y tres o treinta y cuatro puntos por partido, y trajeron a Roy Tarpley.

Que Dios le tenga en su gloria.

¿Cómo era?

Estaba muy loco, pero era un buen jugador y buena gente. Tenía mucho talento para la NBA y firmó un buen contrato, pero tuvo unas historias de drogas y alcohol y le suspendieron. Se tuvo que venir a Grecia y nos hicimos amigos. Era alcohólico. Se estaba quitando de las drogas. Se podía beber veinte cervezas como nosotros bebemos agua, pero era muy majo. Las malas influencias, ya se sabe… Y no pudo vencer sus adicciones.

Entonces solo podía haber dos extranjeros en cada equipo y generalmente traían solo americanos y yugoslavos, luego ya llegó de todo. Los de fuera teníamos que marcar la diferencia, ser los motores del equipo. Era una presión en cada partido. Porque la calidad eras tú, si fallabas, no estabas rodeado por gente de un nivel que supliera tus fallos. Todo estaba en ti.

En el 93 murió Petrovic.

Supuestamente venía a Grecia a firmar con el Panathinaikos. Por lo menos eso se hablaba. Y pasó lo que pasó. Fue fatal.

En la Final Four de Tel Aviv perdisteis contra el Joventut por un par de fallos tuyos.

De diez partidos que hubiésemos jugado contra aquel Joventut, habríamos ganado nueve, y el que hubiésemos perdido hubiera sido de casualidad. Pues nos pasó esa casualidad.

A partir de esos tiros libres que fallaste cayeron todos tus registros de tiro, ¿perdiste la fe?

No, esos fallos no fueron la causa de que bajase, fueron la consecuencia de que estaba bajando. Éramos tan superiores que dieron el MVP en el descanso del partido, íbamos diez arriba, parecía que íbamos a ganar de treinta, pero al final perdimos. El colmo para mí fue fallar esos tiros libres. En la Final Four no cuenta lo que has hecho durante todo el año, sino lo que pase ahí. Es un sistema injusto. No lo digo como justificación de lo que nos pasó, pero si la norma fuese buena, los americanos la tendrían desde hace tiempo.

¿En Olympiacos se enfadaron contigo?

Los griegos no destacan por hacer balances equilibrados. Fue la misma historia que en Estados Unidos, como fumaba era malo. Aquí, me habían pagado una pasta y, como no gané, fue un problema. Para mí no está mal funcionar así. No puedes competir a un alto nivel y esperar que no haya presión. Pero mi fallo en los tiros libres fue el resultado de que tenía demasiada presión, sabía que si no jugaba bien era imposible que el club ganase ese partido. Después fui a Italia y Francia y me descojoné de la presión que había ahí, no era ni parecida. En Italia un poco, pero en Francia todo era en plan: «¿Dónde comemos hoy? ¿A qué hora quedamos esta noche?». Luego veinte puntos arriba, veinte puntos abajo, ¡daba igual!

¿Por eso cambiaste?

Podían haberme nacionalizado y traer dos extranjeros más. Hubieran hecho un equipo invencible, pero no tenían esa visión. Solo pensaban en que habían pagado y querían resultados inmediatamente. Lo de mañana ya se vería mañana. Me enfadó mucho que me dejaran marchar por mi primer error. Les di el campeonato y la copa, pero por esos dos tiros libres dejaron de creer en mí.

¿Por eso te fuiste al Panathinaikos, su máximo rival?

Fue inesperado para todos.

¿Pensabas que ellos tendrían más visión?

Créeme, hermano, que no pensaba nada. Estaba de vacaciones, me llegó la oferta y la acepté porque ya se había pasado el plazo de fichajes. Pensaba que me renovarían en Olympiacos, dejé pasar el tiempo, no lo hicieron y me quedé en agosto prácticamente sin equipo. Cuando me llamó Panathinaikos no tenía muchas más opciones. Los grandes de Europa ya habían cerrado sus plantillas. No fue un deseo mío, sino todo lo contario. A lo mejor un poco sí por el inat [el mayor enfado posible, fruto del orgullo y la desesperación], pero fue mucho más por la falta de opciones.

En el primer partido de liga contra Olympiacos les metiste tres triples en un minuto.

Me estaban enseñando billetes desde la tribuna, diciéndome que me había vendido. Toda la grada estaba meneando dracmas. No sé si serían de verdad o de mentira. Encima era un pabellón ridículo al norte de Atenas, la capacidad era para quinientos y habían entrado dos mil personas. Todos gritándome que era un vendido.

En un Olympiacos-Panathinaikos te pitaron las dos hinchadas porque Yugoslavia eliminó a Grecia.

Eran como un matrimonio esquizofrénico. En un momento nos queremos, al siguiente nos odiamos. Cuando me fui al Panionios ya me querían todos, estaba en terreno neutral. Creo que fui uno de los primeros en cambiar de un club al otro, no sé si lo habían hecho antes un par de futbolistas nada más. Fue muy duro. Me cantaron todas las canciones posibles.

En el 95 volvió la selección yugoslava, se hizo una ronda de clasificación adicional. ¿Cómo fue aquello?

No conozco los detalles. Se crearon dos plazas nuevas con la condición de que se decidieran mediante un torneo. Fue todo muy caótico. No lo esperábamos y no teníamos preparación física. Todo pasó superrápido. Fuimos a Bulgaria a jugarlo y fue durísimo quedar primeros. Luego tuvimos solo dos semanas antes del Eurobasket.

La final contra la Lituania de Sabonis fue tremenda, ellos se querían retirar a mitad del partido en protesta por el arbitraje.

Fue muy especial ganar porque nos habían quitado cuatro años, cuando mejor estábamos, y luego volvimos con la mayor gloria. Djordjevic estuvo espectacular en aquella final, pero no fue importante quién jugó bien o no. Simplemente, nos miró Dios y ganamos. Los lituanos fueron con sus expectativas nacionales, como un nuevo viejo país, que venían para hacerse famosos y decirles a los rusos que ellos eran los que sabían jugar al baloncesto en la URSS. Pero en realidad tuvieron tres jugadores buenos y tres ayudantes, y esos tres eran los que lo llevaban todo. Estaban preparados para ganar, pero no supieron llevarlo. Daban por hecho que el oro iba a ser suyo, tenían a todo el estadio de su parte, estaban como en casa, porque nosotros habíamos eliminado a Grecia, se pensaban que éramos los del 87 y no contaron con que para nosotros también era muy importante conseguir ese triunfo después de todas las injusticias que nos habían pasado.

Los deportistas no tenían la culpa, pero las sanciones contra Yugoslavia eran porque en la guerra se estaban cometiendo crímenes contra la humanidad.

Ojalá lo pudiera haber cambiado. Hubiera preferido diez años de sanciones deportivas a cambio de que no hubiese habido una guerra. Pero en una situación así, el deporte debe estar en el último lugar. Nosotros lo vivimos como una gran injusticia. Aparte, los países que apoyaban las sanciones estaban metidos en nuestro conflicto por sus intereses. No tenían ni idea de lo que debía hacerse aquí y ocurrió lo peor posible. Cuando entraron ya no había manera de pararlo, así que hubiera sido mejor que no se metieran porque cada vez que lo han hecho lo han empeorado todo. Para meter tu nariz donde sea es importante que sepas la esencia del problema, que puede remontarse a cien años atrás. Ellos reaccionaron de un día para otro y el resultado fue el más humillante que pudimos recibir. Si Yugoslavia podría haber funcionado de cinco maneras distintas, eligieron la sexta opción: dividirla. Ahora las independencias no le han funcionado a ninguno de los seis países. E incluso hoy, si alguien encendiera un fuego, podríamos volver a lo mismo que veinticinco años atrás.

No creo que nosotros seamos maravillosos, ni mucho menos, el problema siempre empieza desde dentro. Si pudieron cargarse Yugoslavia tan fácilmente significa que algo no iba muy bien. Creo que controlando los problemas con un poco de buena voluntad se podría haber obtenido otro resultado, pero ¿seis naciones distintas? Nadie vive bien en ellas ahora y seguimos sin llevarnos bien. Y con la tendencia que tenemos a poner a mediocres a dirigir nuestros países, creo que la tendencia irá a peor. Este es el resultado que tenemos de la democracia y la influencia de la comunidad internacional.

Los croatas se bajaron del podio cuando ibais a recibir la medalla.

Con eso no nos decepcionaron a nosotros, sino a todos los aficionados al deporte. No sé si en la historia ha pasado muchas veces algo así. Para alguien normal es impensable que eso se les ocurra espontáneamente a los jugadores. Lo tuvieron que preparar desde arriba los listillos de su Gobierno. Otra muestra de cómo ellos han estado sujetos a las influencias políticas. Para ellos todo se basaba en rechazar lo serbio y tengo la impresión de que eso no ha cambiado a día de hoy. Y ahí tienes la otra cara de la hipocresía, no les sancionaron por hacer eso. Nadie lo menciona. Se bajaron y ya está. El nadador Milorad Cavic se sacó una camiseta en Holanda en la que decía «Kosovo es Serbia» y le metieron tres meses de sanción. Hay tanta hipocresía que me parece repugnante.

No creo que nosotros seamos florecitas ni mucho menos, tenemos un montón de defectos, pero si en el deporte pasan estas tonterías, imagínate a otros niveles lo que se mueve. Al final a los croatas el que les castigó fue Dios, porque desde ese día… no sé si se han llevado algo en ajedrez. Hay fuerzas cósmicas que lo ponen todo en orden. Es el karma.

Aquellas celebraciones fueron espectaculares.

Fue todo espontáneo, sin planificar. Nos fuimos a un club en Atenas a las cuatro de la mañana y estaba cerrando. Acabamos en un bar de estos como de estación que están abiertos toda la noche y nos metimos quinientas personas. Fue una fiesta muy bonita, muy sincera. Y la famosa vuelta a Belgrado fue muy especial.

La gente besaba las ruedas del autobús.

Fue normal, con todo lo que nos pasaba, esa fue la única alegría que tuvimos en esos años negros. Pero no sabíamos ni a dónde íbamos. De repente a alguien se le ocurrió que podíamos ir al palacio de enfrente del Parlamento y así lo hicimos, y así se ha hecho desde entonces cada vez que Serbia o Djokovic han ganado algo. Se convirtió en una pequeña tradición. Fue como todo en nosotros, todo espontáneo, nada planificado. Pero salió genial. Desde entonces nuestro baloncesto, pese a los altibajos, siempre se ha mantenido a buen nivel, como el deporte de más éxito. Aunque siempre hay que mencionar nuestro waterpolo.

Fichaste por el Panionios.

Otra vez llegué tarde, pero estuvo genial. Fue una buena temporada, para mí relajante en cuanto a trabajo y funcionamiento. E históricamente estuvo bien porque ganamos un torneo, la Supercopa Helena. Desde entonces no han ganado nada. Yo estuve en muy buena forma porque tenía motivación para ir a los Juegos de Atlanta.

En la final olímpica te saliste ante el Dream Team.

No sabían a quién cubrir, si a Djordjevic o a Danilovic, y a mí me pilló un buen día. Fue la consecuencia del buen año que había tenido. Si el partido hubiera durado un poco menos, no habríamos ganado, pero igual hubiéramos salido un poco más contentos. Al menos jugamos en su terreno y les estuvimos torturando un poquito delante de treinta mil personas.

Jugaste tan bien esa final que Atlanta Hawks te quiso fichar.

Estaba hecho, firmé. Pero tuve un problema personal. Hice una tontería y lo estropeé con mi mujer. Como suele suceder normalmente. Después de eso, no me pude centrar en nada. Ni entrenar. Me sabía mal haber aceptado un reto y no ser capaz de dar el cien por cien, así que decidí abandonar. Lo dejé todo. Divac también andaba de bajón, porque le habían traspasado de los Lakers a Charlotte, así que nos juntamos «como dos pavos» [expresión que significa estar perdidos]. Me mudé a su casa, hasta que un día llegó su mánager y me preguntó si no pensaba volver. Le dije: «No sé ni dónde estoy, menos lo que voy a hacer». Me dijo que en París estaban montando un equipo potente y que podría ir. Como la verdad es que me aburría en Charlotte, acepté, hice la maleta y me fui. Fueron cinco o seis meses, pero no me abandonaron los problemas personales. Echaba de menos mi Grecia, también. En esta etapa, aparte de una vida muy decente en París, no hay nada más que merezca la pena recordarlo.

Fichaste por un Aris de Salónica en crisis económica.

El Aris siempre está en crisis. Creo que desde que aparecieron nunca han funcionado normal. Pero yo quería ir a Grecia y el entrenador, al que yo quería mucho, garantizó que eso iba a funcionar económicamente. A mitad de temporada perdimos a la mitad del equipo. Se fueron todos. No teníamos ni presidente. Nos quedamos cuatro griegos, un cachondo italiano, Mario Boni, y yo medio lesionado, pero de esa guisa ganamos la copa y creo que desde ese día no han vuelto a conseguir nada más.

Luego te quiso llevar Danilovic a Bolonia.

Supongo que dio luz verde, porque allí era el alfa y omega. No sabía que me llevaron por su iniciativa, de lo que se entera un hombre después de veinte años…

El caso es que allí empezaron tus problemas de salud.

Después de Bolonia se murieron mi padre y mi madre en seis meses. Luego vino el bombardeo de la OTAN a mi país y se me juntó todo. Me retiré un poco a Atenas a esperar una oferta, pero fue un poco engañarme a mí mismo porque sabía que no la iba a recibir. No quise aceptar lo que me llegó y me quedé descolgado. Perdí regularidad entrenando y me dediqué más a jugar al fútbol sala para divertirme. Me gusta ese deporte más que cualquier cosa, pero un día me dio un infarto después de un partido. Sobreviví de milagro. Estuve luego un año y medio en que cada vez que hacía deporte se me repetía el infarto, fueron varios. Yo, que nunca en la vida había tenido ningún problema de salud, tuve que aceptar que eso me había pasado a mí y tuve que dejar de hacer deporte.

Pero no de fumar.

Me lo llevan aconsejando desde que tengo trece años. No lo conseguí y probablemente no lo conseguiré. Dejar el deporte no es que no me lo hayan aconsejado, es que piensan que a una persona normal ni se le pasaría por la cabeza seguir haciéndolo después de varios infartos. No se podían creer una y otra vez que fuese incapaz de concienciarme de que tenía que parar, pero no era capaz de concebir que ya no podía hacerlo y, cada vez que jugaba a algo, infarto. Lo cuento muy gracioso, la gente se ríe mucho, a veces casi les entran ganas de que también les dé un infarto a ellos, pero no es muy gracioso. Tenía dos opciones, o aceptarlo y llorar por mi destino, o aceptarlo y vivir como pudiera. He optado por la segunda opción. Así estoy mucho más a gusto.

Con el tabaco, a las personas inteligentes no tiene que darles un infarto para que dejen de fumar, pero para mí es una debilidad imposible de superar. No hace falta que me den consejos sobre algo tan obvio. Como consecuencia de estos problemas del corazón me tengo que tomar unas pastillas al día. Hace un tiempo estaba harto de todo y dejé de tomarlas durante un año y medio. Un amigo me dijo: «Mírale, en vez de dejar el tabaco, ha dejado los medicamentos»… No sé qué decir sobre esto. Nada que no sea una tontería irresponsable. Nunca he podido dejar de fumar. Las consecuencias que tendrá ya las veremos.

Fuiste team manager de Serbia y Montenegro cuando fue seleccionador Obradovic.

La atmósfera fue muy mala, pero me pasó una cosa buena, por fin decidí que no quería tener nada que ver con el baloncesto. Obradovic y yo hemos hablado mucho de lo que ocurrió. Él pensaba que podía corregir todo lo que había ahí, pero no fue posible. Hubo un cambio general y se empezaron a valorar otras cosas en lugar de las que se tenían en cuenta antiguamente. Fue una tortura estar ahí consciente de que no podía cambiar nada. Ahora los chavales viven el baloncesto de acuerdo con la época en la que están. Nadie está preparado para renunciar a tanto por la selección. Y no digo que no lleven razón, hay que buscar un equilibrio. Creo que ahora Djordjevic esto lo maneja muy bien.

¿Qué opinas del documental Once brothers sobre la amistad entre Divac y Petrovic?

¡Salgo yo! Creo que solo pudo hacerlo un americano, porque si llega a ser alguien de aquí le criticarían los croatas por alguna cosa y los serbios por otra. La historia que cuenta está bien. Si fue así lo que pasó, como lo pusieron en el documental, que se quede como en la película.

¿Qué te parece la evolución del baloncesto español?

Como muchos en Europa, se han apoyado en nuestro método de trabajar. España es un país serio en cuanto al deporte, han invertido mucho dinero y han logrado alcanzar un gran nivel. Si hay dinero, trabajo y talento, es muy natural que se llegue a ser un líder. Además, España lo ha hecho en muchos deportes. Han acertado. Supongo que en Yugoslavia habría sucedido algo parecido si nos hubiésemos quedado juntos. Los clubes españoles se pueden llevar a todo el que quieran. No les importa pagar lo que sea. Si cogen niños les pagan los estudios y los padres están contentos. Así es como deben funcionar las cosas. Luego hay muchos españoles muy buenos con nivel similar o mejor al de esos fichajes. De todas formas, creo que el baloncesto europeo no tiene tendencia a mejorar, más bien al revés. Todo lo bueno que sale se va a Estados Unidos, donde están al máximo de todo, de rapidez, de tiro, van treinta años por delante.

¿Sigues siendo amigo de Divac y Djordjevic?

Cuando estaba en Grecia les gustaba mucho venir a verme. Preferían venir conmigo antes que irse a cualquier otro lado. Pero luego nos hemos hecho viejos, cada uno está en su mundo y ya no es como antes, ya no nos vemos tanto.

[En español] La última…

[Contesta en español también] ¡Última! ¡Última! ¿Sabéis de qué me sé esta palabra? De los bingos españoles. Siempre hacíamos un tour de año nuevo con Yugoslavia, íbamos tres días a España. Del 25 al 1 de enero íbamos a París y luego a Madrid. Nos gustaba mucho jugar al bingo, estábamos en el centro de la ciudad y había uno al lado. Así que en cualquier momento libre que teníamos íbamos a darle. Estábamos empeñados en ganar, supermotivados y nos daban las tantas de la mañana. Una vez anunciaron la última partida, serían las tres y media, y solo estábamos allí mi amigo y yo, y una señora mayor. Pero teníamos que ganar, llevábamos cinco horas ahí metidos, así que dije: «Coño, si no ganamos ahora, no ganamos nunca». De repente, la abuela gritó «¡Bingo!», y yo dije al mismo tiempo «¡Joder!» [risas].

Esto sería el año 88 u 89. Luego en el 97, en Barcelona, en el Eurobasket, ya me había retirado de la selección, pero estuve para dar apoyo al equipo. Fuimos a ver a Los Tres Tenores en el Camp Nou, fue un gran concierto. Pavarotti, Carreras y Plácido Domingo. Muy bien. Pero seguíamos con la obsesión del bingo. Estábamos con nuestras mujeres, que se ponían furiosas si íbamos al bingo y tenían que estar ahí sentadas cuatro horas mirando, no entendían cómo podía gustarnos eso tanto. Una noche estábamos en un buen hotel, ellas se fueron a dormir y dijimos: «Vamos a echar unas bolas ya». Buscamos, encontramos un buen bingo y estábamos tan emocionados que aparcamos justo enfrente, en la acera. Estuvimos dentro cuatro horas y al salir no había coche. Se lo había llevado la grúa. Lo gracioso es que ahí al salir nos dimos cuenta de que justo al lado del bingo había un cartel gigantesco donde ponía parking [risas].

Ahora que no puedes hacer deporte, ¿cuál es tu hobby?

La música. Aunque escucho de todo desde hace treinta años, lo que me encanta es el jazz. Tengo un garaje lleno de discos. Hace poco me encontré con que una emisora pública que acaban de privatizar en Belgrado, Studio B, había tirado a la basura todos sus vinilos. Lo descubrí de casualidad, podría haber sido cualquier otro. Pero ¿cómo puede alguien tirar un montón de discos a la basura? ¿Se puede ser más cretino? Me encargué de que fuesen devueltos adonde pertenecen, que es o al Estado o a la Biblioteca Nacional.


Lucio Angulo: «Los jugadores de baloncesto somos demasiado correctos»

Diecisiete años como profesional dan para mucho. La carrera de Lucio Angulo recorre la última década del siglo XX y la primera del XXI casi en su totalidad: ha conocido el triunfo en la selección española, el Real Madrid o el Baskonia, ha conseguido triunfar en su tierra —Zaragoza y Huesca— y no ha tenido problema a la hora de encabezar proyectos más modestos como el del Alicante. Cuando su nombre ya no ocupaba páginas de suplementos deportivos, alargó su carrera cinco años en la LEB con el Cáceres, justo cuando las penurias económicas empezaron a asolar la categoría.

Con todo, Lucio Angulo es mucho más que eso: es un tipo normal. Los deportistas de élite normales y con sentido del humor no abundan. No hay en sus comentarios ni en sus chistes una voluntad especial de llamar la atención, simplemente salen solos, como cuando comparó su propio equipo con una casa de putas en pleno ataque de rabia o publicó en su blog una parodia sobre los árbitros que le costó tantas críticas que tuvo que acabar retirando el artículo. Diplomado en Magisterio, con varios años de conservatorio a sus espaldas y amante del cine independiente y de los Pixies, Lucio nos cita en una cafetería de Las Tablas, periferia de Madrid, que se sale de lo habitual en la zona: está llena, la decoración es moderna y en el hilo musical suenan éxitos anglosajones de todas las épocas.

Se le ve cómodo, aunque tengamos que cambiar de mesa dos o tres veces por cuestiones de iluminación. Ha pasado una noche complicada con problemas gástricos y está cansado, pero con muchas ganas de contar cosas. Es un torrente de recuerdos y anécdotas, las que marcaron a una generación que no es la de los ya demasiado gastados años ochenta.

Para muchos aficionados, el nombre de Lucio Angulo va ligado a una imagen y a una frase. De la frase hablaremos luego, pero la imagen hay que buscarla en los cuartos de final del Eurobasket 2001 contra Rusia a falta de un minuto, cuando robaste un balón decisivo y mientras corrías hacia el mate ibas haciendo gestos de alegría…

Bueno, levanté el puño. Daba por hecho que la iba a meter, pero si la llego a fallar me matan… Es un poco halagador y triste que te recuerden a veces por pinceladas. Ese Eurobasket para mí fue muy importante porque ya llevaba varios años en los que Lolo Sainz me dejaba fuera en el último momento. Siempre era igual; me decía: «Bueno, Lucio, que sepas que va a haber una concentración, que estoy encantado contigo… pero que vas a ser el descartado. Así que te toca trabajar un mes y medio —porque Lolo era así de distendido— para luego volverte a casa». Yo me sentía muy honrado igual, porque sabía que estaba siempre al límite, que había gente de mucha calidad, pero es verdad que en esa por fin entré y el robo aquel se convirtió un poco en el emblema del pase a semifinales, que ahora es lo normal, pero por entonces para la Federación era un éxito.

La maldición de cuartos de final… Además, contra Rusia habíamos perdido en los Juegos Olímpicos del año anterior.

Yo tuve la suerte de vivir entre la generación de Herreros, Esteller, Nacho Rodríguez, Orenga, Dueñas… y la de 1980, que era una barbaridad, así que Javi [Imbroda, el seleccionador] me pidió que hiciera un poco de enlace, que les explicara de qué iba esto a los chavales… aunque gente como Navarro ya iba muy aprendida. Tenía un estilo puro, era un verso libre, igual que Pau. Con no estropearles, bastaba.

El campeonato tuvo mucho de especial porque fue el primero en el que jugaron juntos Raül López, Juan Carlos Navarro, Pau Gasol y Felipe Reyes.

Rompieron con todo. Antes, en la selección hacías una entrada muy lenta: tenías que pagar un peaje, ir poco a poco, luchar por conseguir un estatus… pero ellos tuvieron claro que su impacto iba a ser brutal e instantáneo. Incluso en el vestuario, a la hora de poner la música: llegaba Navarro y ponía a Estopa y nos teníamos que tirar la tarde escuchando a Estopa. A todo trapo, además [risas].

Javier Imbroda, el seleccionador, te adoraba, decía que eras «el mejor defensor de Europa». ¿Exageraba o no?

Bueno, yo quiero pensar que era verdad [sonríe]. Ahí creo que Javi me echó un quite porque igual yo no era tan popular. Nuestra relación pasó por toda clase de etapas, porque luego coincidimos en el Real Madrid en un momento horrible para el club y las cosas no fueron tan bien, pero en ese momento aquello me dio alas. Es verdad que se recuerda mucho mi defensa, pero anotaba mucho más de lo que la gente cree. A ver, ha habido picos, pero cuando empecé en Zaragoza tenía partidos de dieciocho o veinte puntos, o al final en Alicante. Yo creo que la gente me recuerda solo por la etapa del Real Madrid, en la que sí era más especialista.

¿Qué más recuerdas de ese Eurobasket?

Pues me acuerdo de que compartía habitación con Pau Gasol porque habíamos tenido un rifirrafe en la final de la ACB de aquel año y Javi no quería problemas, pero luego Pau estaba todo el día con Navarro. De hecho, ha sido la única concentración en la que no han compartido habitación. Eso es algo que me llevo: ¡dormir con Pau Gasol!

Los dos años que jugaste en la selección te sirvieron para jugar contra algunas de las mayores estrellas del siglo XXI, por ejemplo Andréi Kirilenko en aquel partido.

Era un poco del estilo de Pau: muy, muy intenso, de moverse mucho, siempre atento al rebote. No era lento para la altura que tenía, también te cogía los rebotes por detrás. Yo compaginaba entre el escolta y el alero. Normalmente el titular era Paraíso y yo era su sustituto. Muchas veces Imbroda nos ponía a Navarro y a mí juntos para que él anotara y yo hiciera el trabajo más sucio.

Y en semifinales, Peja Stojakovic…

Aquella Yugoslavia era un equipo intratable, pero les plantamos cara. Me acuerdo de que estaba en el autobús pensando: «A ver, estoy en mi mejor momento defensivo y voy a defender a Stojakovic, que es una estrella de la NBA…». Me lo tomé como un reto, estaba totalmente concentrado y luego va el tío y me mete treinta puntos. Sacaba el balón altísimo en los tiros. Luego, en Indianápolis llegamos a jugar juntos al ping-pong, porque ahí todas las selecciones compartían la misma zona de recreativos, menos Estados Unidos, claro. Allí les ganamos, por cierto, en primera ronda, y eso que ellos acabaron campeones del torneo.

¿Cómo fue lo de jugar en aquel Mundial contra Estados Unidos, a los que por entonces aún se empeñaban en llamar el Dream Team?

Estaban tocados ya. Habían perdido ya dos partidos y se les veía desconectados. Tenían a Paul Pierce, tenían a Ben Wallace, a Reggie Miller… Como anécdota, cuando acabó el partido y después de ganarles, Carlos Jiménez fue a pedirle la camiseta y el tío se la cambió muy educadamente. Ya sabes que en la NBA están a todas. Tenían unos jugadores acojonantes, pero no jugaban como equipo.

¿A quién te tocó defender?

Pues creo que a Reggie Miller. Fue una sensación brutal, sobre todo al principio del partido, que les estás viendo calentar y dices: «Madre mía, qué armarios, qué percha tienen, qué guapos son todos…». Era una gozada estar ahí, en la misma pista. En teoría no íbamos a ganar, pero sí llevábamos la idea de competir y las cosas salieron bien.

¿Te vaciló mucho?

¡Me hubiera encantado! ¡Ojalá Reggie Miller me hubiera insultado! Yo soy muy de apuntar anécdotas y no recuerdo que en aquel partido me dijera nadie nada. No sé, fue un partido muy especial, la prensa nos puso muy bien. La pena es que en cuartos de final se nos había cruzado Alemania, con Nowitzki. Nos metió cuarenta puntos o por ahí, es que era imparable. Pensábamos: «Joder, si Pau no llega al tiro ese en suspensión hacia atrás, es que no llega nadie», y así se convirtió en una de las grandes superestrellas de la NBA. Al principio fue un poco palo perder contra Alemania con las expectativas que llevábamos, pero luego vimos hasta qué punto Nowitzki marcaba la diferencia.

Ya no volviste a la selección…

Es curioso, porque toma el mando Moncho López y lo primero que me dice es que piensa contar conmigo, que soy un jugador muy útil para la selección… pero no me vuelve a llamar. Es verdad que con Imbroda había entrado un poco «con calzador», porque encajaba perfectamente en su filosofía de equipo. Moncho prefirió repescar a Herreros, pero, claro, es que dejar a Herreros fuera tuvo que ser muy complicado para Javi. Yo creo que él quería darle más confianza a Navarro y por eso no llevaba a Alberto, para que tuviera más tiros. A la vista está que funcionó bien. El problema, a veces, es que cuesta cerrar ciclos. Se está viendo ahora con el propio Navarro en el Barcelona y yo lo viví con Fernando Arcega en Zaragoza, que me querían dar minutos a mí y se los quitaban a él. Igual en un par de años pasa lo mismo con Rudy en el Madrid. Son equipos que giran en torno a un jugador, pero tarde o temprano hay que cerrar el ciclo, y ¿cómo lo haces?

Uno de tus compañeros de selección, Jorge Garbajosa, dice de ti en el libro que escribió con Brotons: «Lucio es un tipo polifacético: lee, escribe, toca la guitarra y el piano». ¿De dónde salió esa vocación de ir más allá del deporte?

Bueno, hay muchos deportistas así, no te creas. Alfonso Reyes, por ejemplo, estaba todo el día estudiando y leyendo, incluso en el vestuario antes de un partido. También se ponía con sus fascículos de historia, que le mandaban cada semana, y él estaba ahí con la toallita y leyendo su fascículo encantado… Con Jorge veíamos películas, le ponía a los Pixies… También hice algo parecido con Raül López.

¿Qué películas veíais?

Eran todo películas independientes. Yo iba mucho al videoclub y a lo mejor cogía una película que no sabía ni de qué iba, pero prefería ver una película independiente a una más comercial. A veces eran un truño y otras veces eran muy buenas. También me gustaban los clásicos: me compré todas las películas de los hermanos Marx, las primeras de Woody Allen… pero de vez en cuando veíamos alguna producción egipcio-nigeriana por probar [risas]. Por ejemplo, en Cáceres, años más tarde, había un cine en que ponían pelis de autor por un euro y yo iba muy a menudo.

¿Y lo de la música?

Pues es que yo fui al conservatorio de pequeño y estudié solfeo y piano. De hecho, tengo el grado medio de piano. La guitarra la tocaba peor, pero también me gustaba, sí.

[En ese momento, suena en el bar una canción de la Velvet Underground. Lucio inmediatamente la reconoce y dice: «¡El primer grupo de Lou Reed! Esto se lo ponía mucho a Jorge también». De repente, cambia de tema y vuelve a la literatura…]

Estaba acordándome ahora de que el año ese malísimo que tuvimos en el Real Madrid me lo pasé leyendo La náusea, de Sartre. ¡El existencialismo! Me lo recomendaron varios amigos, pero no lo podía leer, se me atragantaba, y me acuerdo de que le decía a Herreros: «Esto —La náusea— es lo que estoy sintiendo este año, te lo juro. Cuando acabe este libro, todo va a mejorar…», y Alberto decía «Sí, sí», como si nada, pero cada vez que me veía con el libro en las manos me gritaba: «¡Acábate ya esa mierda, estamos perdiendo por esa mierda!», y al final no me lo acabé, tuve que esperar al verano.

¿Cómo compaginabas el conservatorio con todo lo demás?

Pues era una paliza. Me empeñé en acabar el grado medio, que eran cuatro años. El año que acabé cuarto estaba en el Huesca y tenía que practicar un par de horas al día como mínimo. Además, estaba estudiando Magisterio a la vez, así que imagínate la locura, porque esto era como otra carrera… Me levantaba a las siete de la mañana, pero me lo saqué en Teruel porque me dijeron que ahí era más fácil y me lo saqué por mis cojones. Tenías que tocar tres estudios, uno era de Bach, otro libre… luego he seguido, pero de soslayo.

Tienes en YouTube un vídeo maravilloso con Andrea Pecile…

Es que a mí siempre me ha gustado hacer canciones de coña y en Cáceres tenía más tiempo y a Andrea le conocía de jugar contra él. Era un tío muy divertido, nos llevábamos muy bien… así que, de cachondeo, le escribí una canción, con letra y todo, y se la mandé a ver si le gustaba, para hacer algo juntos, y se animó. No sé, es que a mí esto del deportista profesional que vive en su burbuja me parece un poco coñazo. Siempre he querido hacer más cosas. Por ejemplo, tenía una idea muy buena para hacer un cortometraje con un amiguete de Zaragoza y lo íbamos a hacer, pero al final se quedó en nada. Los americanos nos llevan años luz de ventaja a la hora de reírse de ellos mismos.

Vamos ya a la frase famosa, más que nada porque me parece que refleja bastante bien tu forma de ser. Aquello de «Si uno hace lo que no sabe, esto es una casa de putas», que soltaste en la temporada 2002/2003, la única en la que el Madrid no ha jugado ni play-offs en toda la historia del club… ¿Puedes decir ya en quién o en qué estabas pensando en ese momento?

A ver, es que los jugadores de baloncesto somos demasiado «correctos» y hay muy poca gente que patine. Yo recuerdo tener encima una frustración enorme y esto era diciembre. Lo curioso es que no cambió nada después. El ambiente estaba enrarecido y aquella frase era una llamada de atención, casi de auxilio, pero no sirvió de nada. No había buen rollo, se perdió conexión con el entrenador. Lolo Sainz, que estaba de director deportivo, intentaba apagar los fuegos, pero yo creo que tendría que haber habido un cambio radical, no sé si de entrenador o de jugadores, pero radical… y el único cambio que hubo fue traer a Mulaomerovic, que era una bomba de relojería: un jugador muy egoísta, con el que era muy complicado jugar. Yo quería algo, aunque fuera que me echaran, porque es que las sensaciones eran terribles. Más en un equipo como el Real Madrid, que tiene margen para probar cosas nuevas.

¿Cuántas broncas te echaron por decir eso y además en televisión?

Pues fíjate que hasta Valdano me llamó al orden. Yo tenía muy buena relación con él porque estaba de encargado de la sección de baloncesto, y me dijo: «Lucio, ¿qué ha pasado?». ¿Te acuerdas de aquella canción de Sabina, la de «¿Quién pudiera reír como llora Chavela?», pues ¡quién pudiera animar como echa las broncas Valdano! Yo salí de ahí encantado. Se ve que estaba acostumbrado a tratar con gente con más «poderío» y tenía mucho tacto. Me vino a decir que entendía el fondo pero que las formas no procedían.  

Con todo, llegasteis a la última jornada con opciones de play-offs y solo teníais que ganar en Lleida a un equipo que no se jugaba nada. Perdisteis 85-69. ¿Qué recuerdas de aquel partido en concreto?

Lo tengo un poco como una nube. Es que nadie pensaba que pudiera pasar. El Lleida llegaba muerto, se suponía que nosotros teníamos que salir a por todas… pero no salió nada. Los jugadores estaban muy desconectados, Imbroda intentaba cosas pero no había manera… Mucha gente que no cumplió las expectativas.

Dragan Tarlac, por ejemplo.

Pues sí. A ver, era un fenómeno: buena persona, majo… y jugaba bien, correcto, pero no era lo que se esperaba de él. También influyó la apatía, quizá nos juntamos un equipo apático. Derrick Alston tenía mucha clase pero estaba muy fastidiado con las rodillas; Alfonso Reyes tenía la espalda destrozada, se juntó todo… Esto no puede servir como excusa, porque éramos el Madrid y el Madrid tiene que ganar siempre, pero no ayudó a cambiar la dinámica. En el Lleida jugaba mi hermano Alberto y, joder, lo celebraron como si hubieran ganado la Copa de Europa. Eso también nos dolió, la verdad.

¿Hasta qué punto influyeron esas declaraciones en tu marcha ese verano del club?

Pues lógicamente no ayudaron, pero creo que fue una cuestión deportiva. El Madrid se tiene que construir para ser competitivo en Europa, no solo en España, y nosotros no cumplimos ni con la parte de España. Había que hacer una limpia completa.

Ese fue tu último partido después de cuatro años en el Madrid. El primero fue en 1999, con un nuevo entrenador, Sergio Scariolo, tu hermano Alberto y jugadores como Djordjevic en la plantilla. Fue un año muy raro, con muchos fichajes extraños como Gnad o Larsen, muchas lesiones, un entrenador cuestionado todo el año… pero acabasteis ganando la liga en el Palau, el día que Nacho Rodríguez casi se lía a tortas con Djordjevic.

Sasha era el rey del marketing. Aparte de ser un jugador extraordinario, sabía montar un buen espectáculo, aprovecharse de la «marca Djordjevic». Él era muy consciente de que era un personaje, aparte de un jugador. Muchas veces me ha chocado que aquella se recuerde como «la liga de Djordjevic» cuando mi hermano Alberto fue el que ganó el MVP con unos partidos espectaculares. Aquello fue un mérito muy de equipo: Struelens jugó genial, Brent Scott desquició a Dueñas en defensa… No era un equipo muy brillante, pero éramos más guerreros, con gente como el propio Scott, como Galilea, como yo. Se nos cuestionó mucho, por ejemplo, el tener a Djordjevic ya un poco mayor y a Galilea de suplente, que tampoco era un crío. Había mucha gente rebotada de otros equipos…

Y, centrándonos directamente en el quinto partido, ¿cómo fue ganar la liga en una de las canchas más complicadas de Europa?

En el vestuario estábamos con una confianza tremenda, muy tranquilos, convencidos de que se podía sacar adelante. El asunto era competir, llegar al final ajustados y luego ya veríamos. Fue una eliminatoria con mucho «juego de prensa» por parte de los entrenadores. Aíto tenía su cultura del karate press y Scariolo era igual. Recuerdo entrenamientos con Sergio en los que les decía a sus asistentes: «No pitéis faltas, no pitéis faltas», y ahí nos pegábamos de lo lindo. Fíjate hasta qué punto era un enfoque físico que cuando estábamos en Vitoria, también con Brent Scott, hubo un entrenamiento en el que Sergio empezó a gritarnos «más duro, más duro» y en un bloqueo Scott pescó a Jorge Fernández, el que luego fue modelo y ahora presenta La ruleta de la fortuna, y le rompió la rodilla. De broma siempre le dice que le debe su carrera en el espectáculo [risas].

¿Qué pasó de verdad entre Scariolo y Herreros? ¿Le echó en el gimnasio delante de todo el mundo como dijo el jugador o fue en un despacho como dijo el entrenador?

Scariolo tenía una visión de equipo… y para mí no estaba desorientada. Tenía su razón de ser, vaya. Recuerdo que estábamos haciendo pesas y nos fue llamando Sergio para ir diciéndonos si contaba con nosotros o no. A mí también me dijo que me tenía que ir, lo que pasa es que yo le dije que tenía contrato en vigor y que me gustaría seguir aunque fuera con pocos minutos, y lo entendí y lo acepté. Su intención era hacer un barrido total, echar incluso a Herreros, y al final resultó que el que acabó en la calle fue él y Herreros siguió porque pusieron a Lolo Sainz de director deportivo y a Imbroda de entrenador. Fueron unas formas un poco drásticas, pero lo mismo que le hizo a Herreros se lo hizo a mi hermano. Esa era su idea de futuro y tampoco le veo tanto problema.

Aquella fue la primera liga del Madrid desde los tiempos de Sabonis y coincidió con la novena Copa de Europa de la sección de fútbol. ¿Cómo se vivía aquello de jugar entre gritos de «Sí, sí, sí, nos vamos a París» en el viejo Saporta? ¿Descentraba mucho jugar al baloncesto en un club de fútbol?

Con los presidentes no tenías relación, ni con Lorenzo Sanz ni con Florentino, pero en general el trato era muy amable y ahora mucho más, porque recuerdo que hubo una época en la que siempre se decía si iba a desaparecer la sección… No sé, el jugador de baloncesto se acaba acostumbrando a ese vivir en la línea porque yo viví la desaparición del Amway Zaragoza, con el Huesca descendimos y pasó lo que pasó… Después de todo eso, llegar al Madrid te supone una seguridad enorme, no se te ocurre ponerle pegas.

Tu segundo año allí llegan Zídek y Milic como estrellones, pero la cosa no cuaja para nada… ¿Por qué?

Bueno, porque estaba Pau Gasol en el Barcelona. Las finales nos las gana él. Ya estaba muy hecho, muy maduro. Fíjate que muchas veces decíamos: «Vamos a jugar más duro con Pau, a ver si le sacamos del partido», pero sabía encajar muy bien, como ha hecho después en la NBA. Tenía una presencia y una tranquilidad enormes. De hecho, Aíto, muy inteligentemente, intentó retenerle diciendo que no estaba preparado, pero estaba más que preparado. Nosotros teníamos a Zídek y a Milic, sí. A ver, en mi opinión, Marko Milic salió bien, físicamente era una bestia. Zídek tuvo más problemas de espalda y es verdad que solo tiraba triples, pero Milic sí nos aportó muchas cosas y aparte era un tío feliz, se lo tomaba todo a coña. Es verdad que a veces chocaba, porque nos estábamos jugando las castañas y él jugaba como si estuviera en el patio del colegio. Esa era su virtud y su defecto. Era muy divertido y a lo mejor daba la impresión de que no se tomaba en serio el partido cuando sí que se lo tomaba muy en serio. Aparte, tenía el problema del tiro. Muchas veces le hacían falta para que tirara tiros libres o le flotaban demasiado y eso nos complicaba el ataque…

En general, dentro de tu larguísima experiencia de catorce años en la ACB, ¿qué rivales recuerdas como los que más miedo te daban, los que sabías que no iba a haber manera de pararles?

Había un alero en Valencia, creo que era Aaron Swinson, que jugaba todo el rato al poste bajo y como yo no tenía mucho físico las pasaba canutas con él. También con Navarro, porque era todo el rato dar vueltas alrededor de la cancha detrás de él y hacías más kilómetros que un maratoniano. Además, con Navarro te daban el scouting y eran dos hojas: penetra bien por la derecha, por la izquierda, tira bien de siete metros… ¡Ponme lo que no hace bien y acabamos antes! Tenía una jugada que le gustaba mucho, que era que pedía un bloqueo directo, te fijaba con la mirada y en cuanto tú apartabas una centésima la vista para ver por dónde venía el bloqueo, te la tiraba.

¿Y los que más te motivaban?

José Luis Maluenda, del Pamesa. Lo conocía de antes y éramos amiguetes porque también es aragonés. Me pasaba el partido diciéndole: «Manu, me encanta defenderte porque hueles muy bien» [risas]. El tío era muy metrosexual, tenía como cincuenta colonias en casa. Entraba muy bien al trapo, nos llevábamos muy bien.

Bueno, ahora que ya nos hemos quitado al Madrid y a la selección de en medio, vamos al principio de tu carrera. Empezaste en el Argal Huesca, con Gavaldá de entrenador.

Sí, era un tío muy teórico. En aquella época no tiraba muy bien los tiros libres y él probaba técnicas así más experimentales, que digo yo que tendrían su base; me sentaba en el suelo y me decía: «Cien tiros», luego, pegado a la pared, «Doscientos tiros». Me tapaba los ojos con un pañuelo y decía: «Trescientos tiros».

Tenías veinte años, la edad a la que se les empezaba a dar responsabilidades a los jóvenes en los primeros noventa. Ahora, hasta los veinticinco, o eres Doncic o no la hueles; ¿por qué ha cambiado tanto la mentalidad de los entrenadores en ese sentido?

Es que el baloncesto se ha globalizado. Ahora, la cantera del Real Madrid es todo el mundo. Antes, la del CAI Zaragoza era Aragón. No había lo de los representantes que se iban a África a buscar estrellas. Como mucho fichaban a algún yugoslavo. Para que te hagas una idea, Jiri Okác, que jugó conmigo en el Daroca, el filial del CAI, se vino desde Brno en coche, no sé si tardó dos o tres días. Eran otros tiempos y la competición era menor. Yo creo que si ahora sale un Lucio Angulo igual no llega al Madrid porque de joven no le habrían dado muchas oportunidades. En mi caso, tuve la suerte de tener entrenadores, como Julbe sobre todo, que apostaron por mí siendo muy joven. Si tú tienes a un tío como Julbe o Aíto, a los que no les gustan demasiado los talluditos, pues tienes mucho ganado.

El equipo coqueteó todo el año con el descenso pese a contar con americanos como Sallier o incluso el veterano Larry Micheaux, que había sido una institución en Vitoria…

Larry Micheaux era un figura. Nos invitaba a Iván Pardo y a mí a tomar chupitos después de los entrenamientos. Decía: «¡Vamos a tomar algo!», y nosotros pensábamos: «Vamos a huir de este tipo, que nos hunde la carrera». Estábamos empezando y él ya estaba casi de vuelta de todo. Tuve muy buenos partidos, pero luego vino Ángel Navarro, que se trajo a Barneda y me tocó chupar más banquillo. Estaban construyendo por entonces el pabellón nuevo y me acuerdo de que siempre comíamos en el mismo bar de menú ahí al lado y estaban ahí los obreros que decían: «Pero ¿quién va a jugar ahí, si está lleno de grietas?». Y al año siguiente el equipo desapareció. Es una pena porque el pabellón antiguo era una gozada: venía el Fórum de Sabonis y la gente se dedicaba a tirarle pipas al banquillo porque estaban al lado [risas].

¿Recuerdas algún campo especialmente complicado como jugador visitante?

El del Manresa. Estaba todo muy cerca y teníamos al del bombo todo el rato llamándonos «burros» a todos. No te condicionaba porque, una vez en el partido, estabas concentrado, pero era un coñazo. El del Aris de Salónica también era tela. Fui con el CAI cuando era un chavalín. Quique Andreu y compañía se fueron al centro de la pista a entrenar y Fran Murcia se quedó en una banda. Todos empezamos: «Fran, ahí no; ahí no», y le empezaron a llover escupitajos, monedas… Nadie quería sacar de banda. Sacabas rápido, a quien fuera, solo por quitártela de en medio. Debimos de perder un montón de balones en ese partido.

Al siguiente año vuelves al CAI de Zaragoza, donde ya estaba tu hermano Alberto, pero apenas juegas. ¿Cómo viviste el cambio de rol?

¡Yo estaba haciendo la ola! Mi hermano entró de casualidad, porque hicieron una «operación altura» y él no daba el mínimo, pero vieron que jugaba bien, le dejaron quedarse, fue pasando pruebas y acabó jugando en el primer equipo. Aquel primer año fue el de los tres extranjeros en la ACB y nosotros teníamos a Andy Toolson, que era un tirador buenísimo, a Ken Bannister, un pívot espectacular y a Andre Turner, que era un jugadorazo.

Nacho Azofra nos contó hace poco que Turner había sido el jugador más difícil de defender que había conocido.

Es que era imparable. El mejor americano que ha pisado España en años. Estaba un paso por delante, mental y físicamente. Tenía una cabeza… hacía la primera falta a los diez minutos; la segunda, a los veinte; siempre estaba de buenas con los árbitros… Me acuerdo de una frase que me dijo: «Deja que el baloncesto venga a ti, no fuerces situaciones», y yo pensé: «Joder, claro, es que tú eres Andre Turner». Era un tío con mucha presencia, lo tenía todo clarísimo. Sabía llevar el ritmo en el juego y fuera de la cancha sabía llevar el vestuario, controlar incluso a Bannister, que se echaban unas partidas de póker tremendas, con broncas y todo, pero que acababan entre risas. Estaba muy por encima del resto.

También coincidiste con Rickie Winslow, antes de hacerse turco…

Sí, pero fue un fichaje extraño. Llegó lesionado, tenía ya treinta y pico años y no cumplió las expectativas. Le cortaron al poco de llegar. Sí recuerdo que era muy guapete y que tenía un pedrusco de no sé cuántos kilos de diamante. No sé lo que podría costar aquello.

Tu ascenso coincide, como decías antes, con los últimos coletazos de Fernando Arcega…

Fernando era lo más grande para Zaragoza. Tenía dote de palabra, actitud de capitán, negociaba muy fuerte con José Luis Rubio, el presidente. El caso es que Alfred Julbe, el entrenador, tenía una idea muy clara de rejuvenecer el equipo y apuesta muy fuerte por mí y por Fran Murcia, que tendría unos veintitrés o veinticuatro años por entonces. La verdad es que la relación no fue demasiado buena, aunque yo estaba feliz. Veía que Fernando estaba siendo el damnificado por mí pero es que yo estaba haciendo muy buenos números. Si en un momento no hubiera respondido, habría salido Fernando, que era una garantía. El caso es que fue un cambio muy brusco, casi de todo a nada.

Después del segundo año, la cosa con Julbe va tan bien que te llama Querejeta para el Baskonia. ¿Qué otras ofertas tuviste por entonces?

Ese año jugué muy bien y en Zaragoza tenía un contrato ascendente: tres millones, cinco millones, siete millones… pero el caso es que con veintiséis años te plantabas con un gran rendimiento pero cobrando poquísimo. Además, ese año el patrocinador, Amway, desapareció y el club se vio ahogado económicamente. Julbe incluso hizo el esfuerzo de reunirnos a ver si podíamos ayudar en algo, pero acabamos saliendo todos. Yo tuve ofertas del Estudiantes, que insistió bastante, del Joventut, de Unicaja, de Pamesa… y la verdad es que me volví un poco loco porque me apetecían todos. Me decidí por el Tau por culpa de Manel Comas, que había estado conmigo en Zaragoza y también por no alejarme mucho de la familia. Además, iban también Fran Murcia y Pepe Arcega. Nunca sabes si has acertado o no. De hecho, después del primer año se va Manel Comas y llega Scariolo y dice que no quiere contar conmigo porque quería hacer una carambola con Marcelo Nicola para mandarme a mí a Italia. Llegué incluso a ir a Pésaro a ver la ciudad porque también tenía una oferta del Scavolini.

Julbe y Comas, pocos entrenadores tan carismáticos como ellos…

Para mí, Julbe es el mejor entrenador que podía haber tenido. Apuesta por mí, pero es que además me coge un poco de pupilo. Me acuerdo de ir a museos con él y tener una cercanía que me extrañaba entonces y que no he vuelto a vivir después con nadie. Me regalaba libros, como Trópico de Cáncer, de Henry Miller, y en la dedicatoria me puso: «Luego sigues con la trilogía SexusNexusPlexus». Yo ya leía a Bukowski por entonces y me regalaba libros de ese tipo. Él se preocupaba por que fuera más allá… Manel Comas era más distante, era un genio en el día a día… bueno, «en el día a día» a lo mejor no, porque tampoco era muy trabajador [risas].

¿Ah, no?

Bueno, a veces llegaba con las gafas de sol, se sentaba en la mesa y decía: «Sesión de tiro», y se quedaba ahí, que le mirabas y decías: «Esta noche ha habido mandanga», pero luego en los partidos era un genio. El primer año en Vitoria jugamos con Kenny Green y le sacó un partido maravilloso. Manel no era tan formativo pero era muy querido. Tenía un tono muy particular, entre burla e ironía. Me acuerdo de que a Jorge Garbajosa le vacilaba mucho, porque era muy joven, o a lo mejor cogía a algún pívot que no tenía mucho talento y le decía: «Pero ¿qué haces tirando? Tú, argamasa; tú, argamasa. ¡No inventes!».

Pero era un tipo muy temperamental, eso todo el mundo lo dice…

Sí, también tenía su pronto. ¿No has oído hablar de «la jornada Michelín»?

En la vida.

Pues cuando perdíamos un partido, Comas decía: «Horario Michelín», y te hacía estar ocho horas en el pabellón. «Un trabajador normal está ocho horas en su curro, ¿no?, pues vosotros vais a estar ocho horas aquí». Gimnasio, tiro… lo que fuera. Me acuerdo de un partido que perdimos contra un equipo griego: teníamos una ventaja en el basket-average de trece puntos y perdimos por más de trece allí, y nada más volver del viaje nos metió a entrenar. Imagínate. Ahí se podía haber lesionado todo dios. Y todo por sus cojones. A ver, lo entiendes por el lado del correctivo, pero a la vez es demasiada presión. Yo creo que los americanos se lo toman mejor en ese sentido y a la larga se acaba notando.

En Vitoria coincides brevemente con Perasovic, un mito del baloncesto europeo…

¡Peras! Sí, joder, era un cansino, nos mareaba a todos. Decía: «Lutsio ven aquí, vamos jugarr uno contra uno», y yo le decía: «Joder, Peras, que llevamos dos horas de entrenamiento», pero él como si nada: «Lo que pasa es que no quieres aprender», así que tenías que jugar otros quince minutos hasta que ya no podías más.

Como entrenador también tiene fama de duro.

Es que ya entrenaba cuando era jugador. Decía: «Lutsio, cuando yo sea entrenador, a ti te ficharé», aunque luego ni me fichó ni nada. Hizo el curso de entrenador superior el año antes que yo y me dijeron que el tío era un show, que salió a hacer un ejemplo, quitó al que estaba dando la charla y se puso a hablar durante media hora de cómo había que defender el bloqueo indirecto. Con Perasovic tengo una anécdota: yo me examinaba en Zaragoza y tenía que ir y venir todo el rato, y en una de esas me dijo: «Tú te llevas mi cotse, ningún problema». ¿En serio? «Sí, sí, sí, no problema». Así que cojo el coche y le digo: «Peras, ¿dónde está la radio? Que tengo tres horas de viaje…». Y me dice: «No, no, no, este cotse no tiene radio, ¿para qué quieres radio? Tengo un balón detrás, por si quieres hacer tiro en algún momento». Y yo: «Pero, Peras, que tengo que ir a las ocho de la mañana, llego a las once, hago el examen, y me vuelvo a entrenar, no me va a dar tiempo a hacer tiro en ningún sitio…». «¡Pero si entrenamos a las tseis! Tienes tiempo de tsobra, pero si tú no quieres hacer tiro, si no quieres mejorar, no hagas tiro». El tío no tenía radio, pero sí un balón para tirar en el camino en algún parking. Ivanovic debía de ser un poco así también.

¿Tuviste algún viaje a Serbia con él en el equipo? Dicen que eran de altísima tensión.

Pues a Serbia no recuerdo, pero sí hubo una vez que nos sentamos juntos en el avión y le pregunté por la guerra, por cómo estaba el conflicto, y el tío me estuvo hablando media hora sin parar, hasta el punto de que me puse con el libro a leer otra vez y se enfadó: «¿Por qué me preguntas si no te interesa?» ¡Pero, Peras, que llevas cuarenta minutos hablándome del tema! Claro, para él era la vida, era importantísimo.

¿Y qué me cuentas del famoso viaje del Mosquito?

Joder, teníamos que hacer mil escalas. No recuerdo dónde jugábamos, en el centro de Europa, puede que en Yugoslavia, sí. Para empezar, paramos en Bolonia, que hacía un tiempo terrible. Una tormenta de cojones. El avión era tan pequeño que veías al piloto a tres metros y le oías hablar con la torre de control, que le decía: «No, por favor, no aterrice, que no nos hacemos responsables», y el piloto en plan: «Muy bien, pero es que no tengo carburante, así que tengo que aterrizar…». La gente estaba llorando, rezando. Fran Murcia, con el carné en la boca, diciendo: «Eh, que vamos a palmar», pero en plan de coña. Miguel Ángel Reyes tenía pánico a los aviones y dijo que no quería volver a viajar.

En Vitoria tenías un programa que se llamaba El triple de oro, también con Fran, y creo que Pepe Arcega y Garbajosa colaboraban asiduamente. ¿Cómo surgió la idea?

Pues era en Radio Vitoria y al club le pareció bien porque hacíamos sorteos con el merchandising. Ahí teníamos por contrato que teníamos que hacer determinadas cosas de imagen del club, como ir a colegios o a hospitales. Me acuerdo de una vez que tuve que ir a Indautxu, a un colegio que solo hablaban en euskera, con un traductor… Lo cuidaban todo muchísimo. Tenían muy claro que había que hacer comunidad.

El segundo año en Vitoria, ya con Scariolo, el equipo va como un tiro, tanto que acaba primero en la liga programada. En cuartos de final le ganáis 3-0 al Unicaja y en semifinales le ganáis 3-0 al Barcelona… y el TDK se carga al Madrid y os toca en la final.

Lo vimos todo hecho.

Eso pareció…

Y eso que en liga regular habíamos perdido con ellos, no se nos daban bien. Había sido un año durísimo desde la pretemporada. Scariolo nos metía una caña enorme y se iba lesionando todo el mundo. Correr, entrenar, correr, entrenar… Eso sí, la temporada fue brutal. Ganamos trece partidos seguidos y cuando perdimos el decimocuarto nos cayó una bronca acojonante para que no nos relajáramos. En la final lo que pasó es que el TDK tenía muy buen equipo: no había manera de parar a Derrick Alston ni a Bryan Sallier, que era un pedazo de jugador, ni a Chichi Creus, que nos hizo un traje.

¿Cómo os quedasteis?

En estado de shock, porque veníamos como un rodillo, pero nos ganaron el primero y ya se nos vino el mundo encima. Me acuerdo que Chichi Creus las metía de todos los colores, hubo un triple en la esquina que nos hizo polvo. ¡Y tenía cuarenta tacos el tío, cumplidos! Además, el Manresa era un equipo que caía bien, porque tenía muchos nacionales, como Capdevila, Peñarroya, Lázaro, Singla… Salían un rato y nos hacían mucho daño. Todos cumplían.

Vosotros teníais a Bennett.

Impresionante. Me acuerdo de que cuando llega sustituye a Tony Smith, creo que era, un base que había estado en los Lakers, y el primer entrenamiento fue lamentable. Yo pensé: «Madre mía, vaya castaña nos han traído aquí», pero luego fue cogiendo ritmo y era imparable. Me acuerdo sobre todo de los mates con la izquierda. Con la derecha no los hacía, pero con la izquierda hizo uno en la Copa del Rey de 1999, que la ganamos contra el Sevilla, impresionante. También estaba Beric, que era buenísimo, y Espil, que era un artillero de primera, las metía todas. De los pocos argentinos sensatos que he conocido [risas]. Era muy tranquilo, muy poco fiestero.

Aquella Copa que dices fue tu primer título, ¿cómo fue lo de levantar una copa, ser campeón por fin?

Fue curioso. Era una final rara, contra el San Fernando de Imbroda y con Andre Turner de base, así que había cosas que se mezclaban. De hecho, me tocaba defenderle en algunos momentos porque, como le conocía, Scariolo me ponía sobre él para incomodarle. Tampoco éramos los favoritos: el Madrid iba con Bodiroga, por ejemplo.

Y en esas, cuando el proyecto parecía ir sobre ruedas y después de jugar la Euroliga por primera vez… Scariolo y tú decidís iros al Madrid, probablemente el equipo más odiado para la afición del Baskonia. ¿Fue una decisión difícil?

Fue una carambola, la verdad, porque ellos querían a Scariolo y en el paquete entré yo como segundo plato. A Querejeta le venía muy bien porque se libraba de mi ficha y se llevaba ochenta millones por los dos. Ahí salió su lado de empresario, una línea que ha trazado y que le ha ido muy bien. Tienes que entenderlo, es su filosofía de empresa. Tampoco engaña a nadie, es un estilo más NBA. Con el jugador apenas tenía relación. Me acuerdo de una vez que me puso una multa Scariolo y yo, tan inocente, fui a hablar con Querejeta porque no estaba de acuerdo. El tío me miró y me dijo: «A mí no me vengas con milongas, que aquí hay una jerarquía». Lo del Madrid surge cuando yo estaba de vacaciones en Cuba, y la verdad es que estaba encantado porque el Madrid siempre va a ser el Madrid. Estaba con mi hermano Sergio y me llamó mi representante y me dijo: «Oye, esto hay que firmarlo ya; te lo mando por fax y me lo firmas ahora mismo». Así que lo firmé en el hotel, por si acaso, no se fuera a complicar.

¿Qué tal te trataban en Vitoria cada vez que volvías? ¿Llegaron a perdonarte la afrenta alguna vez o fue como lo de Herreros con Estudiantes?

Qué va, aunque tampoco es que yo fuera una figura ahí muy importante. Depende del perfil del jugador. Yo con la afición de Vitoria estaba encantado.

Ya hemos hablado de tus años en el Madrid, pero, echando la vista atrás, ¿los considerarías los mejores de tu carrera o simplemente fueron los que te ayudaron a ser más conocido?

Fueron los más mediáticos, no los mejores. Mi mejor año fue sin duda el último en Alicante, que acabo MVP de dos jornadas y hago los mejores números de mi carrera… pero al año siguiente estaba jugando en la LEB. Y en cuanto a sensaciones de juego, nada parecido a mi primer año en el Amway Zaragoza… pero, claro, el efecto mediático que tiene el Madrid o tiene la selección no es comparable a nada.

Del Madrid pasaste al Etosa Alicante. Debió de ser duro. ¿O tal y como acabó la cosa en Madrid era justo lo que necesitabas, un poquito de calma?

El Alicante hizo una apuesta muy fuerte. Tenía a Luis Casimiro, pero le cortaron nada más llegar. Luego empiezan a llegar Iñaki de Miguel, que había coincidido conmigo en la selección; Quincy Lewis, que tenía una muñequita de lujo; Pepe Sánchez, un primer espada; Larry Lewis, un tío veterano pero que se conservaba de maravilla y, sobre todo, Lou Roe, que es de los mejores jugadores con los que he compartido equipo. El primer partido que jugué con él hizo veintiocho puntos y catorce rebotes. Era una bestia, todo nervios. Todo lo que hacía, lo hacía a mil por hora. Mates de lado a lo Jordan, suspensiones elegantes…

El segundo año hacéis la machada y os metéis en los play-offs por el título con Trifón Poch de entrenador y Nacho Rodríguez de base. El típico equipo veterano que sabe lo que hace y no regala nada. ¿Cuál fue la clave de ese éxito?

Nos tocó Unicaja, ¡con Scariolo! Íbamos ganando 2-0 la serie y en una de sus genialidades montó un chocho espectacular en el tercer partido en medio de la pista. Le pitan técnica, luego le expulsan… y a partir de ahí, todo cambió. Es algo que le he oído muchas veces, lo de forzar técnicas para cambiar la dinámica del partido y el arbitraje. Ahí le funcionó de maravilla y a partir de ese momento revientan la serie.

Scariolo, ese gran incomprendido… siempre parece estar bajo sospecha.

No sé, quizá hay gente que tiene mejor prensa, como Pepu Hernández, pero el currículum de Scariolo ya debería avalarle. Es un poco Expediente X. Es verdad que el método de Scariolo es algo confuso: le gusta empezar mal para acabar bien. Yo a veces sospechaba que hacía algunas cosas voluntariamente… te explico: cuando iba a llegar la Copa del Rey, el partido de antes lo perdíamos siempre, y te preguntabas si aquello estaba pensado de antemano para ir más motivados y más en alerta después de una derrota. Además, así nos podía echar más broncas [risas].

Tu último año en la ACB coincide con el del descenso del Alicante en 2007. Hasta ocho jugadores de aquel equipo superaban la treintena. ¿No pensaste entonces en retirarte? ¿Cómo es que seguiste en la LEB con el equipo?

Pues yo venía de un año muy bueno y tenía un contrato altísimo. A ver, para la ACB estaba bien, pero es que para la LEB era inasumible, así que, como tenía ofertas de otros equipos ACB como el Sevilla, le dije al presidente que me traspasara, pero me dicen que no y el año se me hizo muy cuesta arriba porque yo no quería estar en la LEB, es todo muy complicado, además cuando bajas ya es muy difícil subir… Juego ese año y me voy al Cáceres.

¿Cómo surgió lo de Cáceres?

Bueno, yo me veía con fuerza para seguir un par de años más, pero la idea era jugar en cualquier parte menos en España. Aprender algún idioma, intentarlo de nuevo en Italia, que es una espinita que se me ha quedado clavada… pero al final no surge. Llegué a estar unas semanas de prueba en Treviso con la Benetton, pero fue un poco paripé porque estaba muy claro desde el principio que no tenía sitio. En esas, me llamó Piti Hurtado, que estaba entrenando allí, empeñado en que me fuera con él. Me fui y me puso de pívot, que siempre le he dicho de coña que ahí acabó con mi carrera [risas]. Era un tipo más rollo Alfred Julbe, de hecho fue su segundo en Zaragoza mucho tiempo, más centrado en la formación global del deportista.

Si la ACB está en ruinas prácticamente, ¿qué decir de la LEB?

Lo de la ACB es preocupante. Están los equipos de arriba, que sí que tienen dinero y, claro, eso se nota en la clasificación porque es como jugar con dos barajas, puedes hacer más cambios durante la temporada… y a mucha distancia los equipos de abajo. Por ejemplo, en mi caso, al principio no cobraba mucho, luego hay un momento en el que la cosa se dispara en todos lados y de repente llega el petardazo. Empiezan a fallar patrocinadores, Ayuntamientos, Diputaciones… cuando ese seguro desaparece, estás jodido. En Cáceres, por ejemplo, hay un dinero acordado, pero no se paga nunca, o se paga a seis meses. Entonces, los jugadores y proveedores cobran a seis meses, claro. Por eso se empiezan a ver los contratos mileuristas, la gente jugando sin cobrar…

De hecho, yo en Cáceres tuve que acabar en juicio porque me debían cuatro o cinco meses. Afortunadamente, la Asociación de Baloncestistas Profesionales tiene un fondo salarial para la gente que está sin cobrar, pero la pena es que no llega para todos, claro. Luego, ojo, hay equipos que han sabido hacerlo bien… en la LEB, por ejemplo, hay equipos que lo que te prometen, te lo pagan. Lo que pasa es que son unas cantidades un poquito ridículas. Quizá esa es la filosofía: pagar lo que puedas, pero pagarlo. Antes, con tres patrocinadores te hacías el año. Ahora, hay equipos que juegan con una docena de patrocinadores para ir poquito a poquito y no perder mucho dinero.

En 2011, diecisiete años después de debutar, cuelgas las botas. ¿Cuál es tu sensación después de retirarte? ¿Cómo viviste «el vacío del deportista»?

La ABP da charlas en ese sentido, animándote a formarte antes, a hacer un colchón cultural y económico, que evites las relaciones de amistad que se quieren aprovechar de ti…

¿Eso pasa en España? Pensé que era cosa de la NBA solo.

Pasa mucho menos, claro, porque se mueve menos dinero, pero algún argentino he visto yo con sus «mochilas», o algún americano, que tenía «amigos» por todos lados y ni él sabía quiénes eran. Lo de la retirada es muy complicado, porque te acabas acostumbrando a que el delegado te lo haga todo: que te busque la casa, el colegio de los niños, que te ponga incluso el módem si quieres internet… Te estupidizas a un nivel muy alto. Recuerdo a un americano en Vitoria al que el delegado le tenía que pedir la cena todas las noches. «Es que no sé el idioma», decía. Joder, vale, pero ¿qué es lo siguiente?, ¿que te ate los zapatos por las mañanas?

Y en tu caso…

Yo sabía que quería probar al menos un año la docencia, que es lo que hice, pero vi que era muy complicado, que no era lo que habría querido. Cuando dejé eso, me dediqué a entrenar a alevines, un equipo de primera nacional en Madrid y a seguir con el baloncesto en general. Comentando en Movistar Plus, colaborando de vez en cuando en Colgados del Aro

¿Y no te has planteado otras cosas? Lo digo por tus inquietudes culturales, lo que decías al principio de la música, el cine, etc.

Bueno, es que también tienes que encontrar una entrada. A mí escribir me gusta mucho, lo que pasa es que siempre he escrito de gratis: en la FEB, en una revista, en varios foros… y he acabado diciendo que no a todo. Es muy complicado vivir de eso, del picoteo constante en medios, así que de momento voy a seguir con el baloncesto y a ver qué pasa.


Los años salvajes del baloncesto español

Jiri Okac en el centro. Imagen cortesía de bujacocesto.

Diciembre de 1991. Partido de Primera B entre el Caja Badajoz y el Cáceres en el Pabellón de Entrepuentes. Niebla de tabaco, encuentro disputado. Jiri Okac, pívot checoslovaco, se sienta en el banquillo antes del final de la primera parte. Su equipo marca y lo celebra junto a los demás reservas. La Policía Nacional se acerca y les dice que no vuelvan a festejar nada al lado de los aficionados rivales por si se desencadena algún incidente. Vuelven a marcar y vuelven a saltar. Un policía de nuevo le requiere al checoslovaco que se quede sentado. Okac se encara con él. Discuten. El jugador le quita la gorra reglamentaria y se la pone en la cabeza. El agente automáticamente desenfunda su porra y le asesta varios golpes. Dos le dieron de lleno. El jugador cae al parqué y se lo tienen que llevar a ser atendido en los vestuarios. Acaba con collarín.

Septiembre de 1987. Eddie Phillips, estrella del Cajacanarias, celebra en el Bobby´s Bar de Tenerife su veintiséis cumpleaños con Mike Harper, el otro estadounidense de la plantilla. Hablan con unas chicas del local. Alguien les tira un vaso. Hay una pelea. Los porteros del local la emprenden con ellos con bates de béisbol. Phillips escapa. Se va a su casa. Abre el cajón de la mesilla de su habitación y saca una pistola. Vuelve a la discoteca, se sitúa enfrente del local y abre fuego. Destroza a tiros todas las cristaleras. Solo una mujer termina herida, afortunadamente, porque le caen los cristales encima. No las balas.

Junio de 2007. Byron Dwight Houston, exjugador del León Caja España, es arrestado en Oklahoma City después de que una mujer le denuncie tras verle conducir su Chevrolet a las seis de la tarde mientras se masturbaba. En 2001 había sido encontrado culpable de cuatro cargos por exhibicionismo. En Houston, según la declaración de un vecino, solía pasearse desnudo fuera de su apartamento.

Bobby Martin, del CB Murcia y Taugrés, es recordado entre sus compañeros porque, cada vez que salían de juerga, si la cosa se animaba, tenía cierta tendencia a exhibir su miembro viril en el interior de los garitos.

Son solo unas pinceladas de las bucólicas y edificantes anécdotas de 101 historias del Boooom del basket español de Javier Ortiz. Porque cuando se habla con los amigos de baloncesto, se empieza discutiendo la defensa en zona y a la tercera copa empiezan a salir estos detalles que dan volumen, perspectiva y esplendor al legado de la liga ACB. Tras recorrer sus páginas, contacto con el autor y le pregunto si al fin y al cabo, pese a las risas, no le ha salido un libro cargado de nostalgia. Responde:

El baloncesto del siglo pasado era peor técnicamente, físicamente, todo era peor, pero era nuestro baloncesto. Una mierda, pero nuestra mierda. La nostalgia suele tendernos este tipo de trampas, de edulcorar o exaltar cualquier tiempo anterior solo por serlo. En este caso, hay que tener en cuenta que todos los momentos históricos y anécdotas del baloncesto español las vivimos cuando no había internet, ni videojuegos ni nada de eso. Había un partido por semana y en la prensa te enterabas de lo que había pasado en la NBA tres días después. Sin embargo, todo aquello sabía mejor. La ignorancia era un aliciente.

Ahora nada nos parece nuevo, todo parece fácil. Si te pones hoy un partido de los ochenta te resulta insoportable, pero en aquella época era nuestra mierda maravillosa. Conocías al cien por cien de los jugadores. Como periodista, no era difícil tomarse cañas con ellos.

La mayoría eran nacionales. Los americanos de ahora no marcan la diferencia como antes, que venían negros a meter cuarenta puntos por partido y los demás sacaban de banda. Actualmente, tenemos otro nivel. Y no se le pueden poner puertas al campo, es normal que vengan tantos extranjeros, pero las plantillas cambian cada año y no arraigan en tu memoria. Tampoco nos parecen ya extraterrestres como antaño, hoy puede que Fernando Martín no fuese ni internacional.

De esos estadounidenses son las mejores anécdotas del libro. Su nivel aquí era estratosférico y, lo mismo que parecían alienígenas, nosotros también éramos para ellos seres con costumbres propias de un lugar ignoto. Basta con mencionar la anécdota que contó Joe Arlauckas en su entrevista en el número 6 de Jot Down, cuando se fue de cañas con su mujer y Ricky Brown por las calles de Málaga y se encontró con una procesión de Semana Santa. Brown era de Mississippi, al verla se creyó que estaba ante el Ku Klux Klan. Arlauckas dijo que su compañero se quedó «blanco como un folio». Ortiz explica que para muchos de ellos, efectivamente, venir a España era como aterrizar en otro planeta:

Ahora con las redes sociales no pierdes contacto con tu gente estés donde estés, pero imagina a alguien de Alabama en Badajoz en el año 85. Los americanos que había en Madrid se iban a una hamburguesería que había por Goya solo porque el dueño estaba suscrito al USA Today. Iban ahí a leer la prensa dos días después. Eso no es trasladable al mundo actual. Ni siquiera eran capaces de conducir alegremente nuestros coches con marchas, sin cambio automático como los suyos. David Russell, por ejemplo, llevaba siempre dos relojes, uno con la hora de Madrid y otro con la de Nueva York.

Así pasaban las cosas que pasaban. A Eddie Phillips le tocaron los huevos en una discoteca, se encaró con los tíos, pero no se dio de hostias, se volvió a casa a por la pipa, muy a lo yanqui, se volvió a hacer en coche los veinte kilómetros que había entre el garito y su casa, y se lió a tiros. Le metieron dos días en el calabozo y cuando el caso avanzó judicialmente salió por piernas del país. Todavía no se atreve a volver aunque hayan pasado veinticinco años.

A Byron Houston en Estados Unidos le metieron en una lista de sex offenders y ya no pudo trabajar en campus de baloncesto con chavales. Aquí, como lo del típico tío con la gabardina enseñando la chorra detrás de una esquina formaba parte del paisaje local, se le rescindió el contrato y se le mandó para casa. Éramos más light.

Otro fenómeno que marcó la década de los ochenta y primeros noventa fue el aterrizaje de jugadores soviéticos, exsoviéticos y de los países satélites. Todos ellos tuvieron sus problemas para adaptarse. Empezando por Biriukov, para el que, aunque tuviera una madre española, salir de la URSS fue dejar un país en el que se movía como pez en el agua, aunque su tía casi desfalleciera al entrar por primera vez en un supermercado.

Uno de ellos fue el búlgaro Georgi Glouchkov. Explica Ortiz que al Gobierno comunista de su país no le costó mucho dejarle salir porque ni con él tenían opciones de llegar lejos en ninguna competición. Les venían mejor las divisas. A España llegó tras un paso discreto por la NBA y ¡con contrato temporal! en el Baskonia.

Uliana Semenova. Fotografía cortesía de meteelmicro.

Uliana Semenova, letona, 2,13 m, que calzaba un 58 en un pie y un 52 en el otro, llegó al Tintoretto de Getafe. El autor destaca de ella que fue a la Zarzuela, al Valle de los Caídos, a un Real Madrid-Betis de fútbol y a una corrida de toros de la que se salió antes del final «impresionada por la experiencia».

Paradoja fue la del gran entrenador Alexander Gómelski, general del Ejército Soviético, uno de los más laureados del mundo internacionalmente, que en España pinchó. Tuvieron que echarle del Tenerife porque bajaban. Fue la gran apuesta del presidente Amid Achi, un empresario de origen sirio que había construido un imperio de tiendas de ropa barata, Número 1. Puede que parte del problema fuese el idioma.

Un ucraniano, Guennadi Ouspenski, duró cuatro partidos en el Estudiantes. No aprendió a decir ni buenos días. Sabonis tampoco lo puso fácil en el Fórum Filatélico Valladolid, vivió junto a su amigo Homicius y sus parejas en un apartamento del que Arvydas expresó a los periodistas una lacónica sentencia: «No me agradan ni la toallas ni la decoración».

La aparición de Vlade Divac y su mujer Ana por la Costa del Sol para un campus fue más amena. Snezana se lanzó por el tobogán «kamikaze» del Parque Acuático de Torremolinos ni más ni menos que en topless, marcando a fuego la infancia de los cuatrocientos niños que estaban en el curso. Ortiz dice que, al contrario que con los americanos, con los llegados del otro lado del telón de acero había más química:

Había mucho choque cultural con ellos, pero era menos. Al ser europeos tenían cierta complicidad. Había otra cosa, una especie de intercambio. No obstante, se recuerdan los fracasos. El ucraniano de Estudiantes vino siendo una estrella y le tuvieron que largar en dos meses.

Al adorado exentrenador de la URSS no solo le tuvieron que echar de aquí, también de Limoges, en Francia, su siguiente destino. Y venía de la ganar el oro en Seúl derrotando a Estados Unidos en semifinales y a Yugoslavia en la final.

Al que más grabado tengo en la memoria, por haber jugado en mi ciudad, fue a Jiri Okac. Cuando vi que le quitó una gorra a un policía nacional me pregunté si el respeto que se suponía que traían inculcado por las fuerzas del orden en sus países no era para tanto. Pero, claro, se encontró con un policía de Badajoz de sesenta años que por los cojones iba a permitir que un checoslovaco le vacilase. Su gesto de quitarle la gorra fue como el de tocarle la teta a una tía y no esperar que te den una hostia. Fue aporreado brutalmente. Lo más gracioso es que encima le denunciaron a él por agresión. Salió de milagro del juicio y recibió unos porrazos bastante serios.

La selección española también desfila por estas páginas. Los tenemos celebrando el oro de la URSS en Seúl pillándose un ciego a base de vodka con los soviéticos porque, total, no tenían nada mejor que hacer.

El momento más hilarante narrado es en el Mundobasket de Argentina, cuando tuvieron que jugar la novena plaza a mil quinientos kilómetros de Buenos Aires, cerca de la frontera con Bolivia. Durante la concentración previa al partido, se aburrieron hasta tal punto que jugaron al escondite inglés con la selección italiana. El arzobispo del lugar dio un sermón antes del encuentro. Al final el público quiso llevarse todo de sus sobrevenidos ídolos, hasta las vendas usadas. En España, al menos, cuando jugaron la final del Eurobasket de Nantes de 1983, lograron que una final de Copa del Rey de fútbol Real Madrid-Barcelona, con Maradona de por medio, tuviera que cambiar su horario para que la gente viera el baloncesto. Lo nunca visto. Pregunto al autor cómo era la pasión por el equipo nacional en aquella época:

Te alegrabas más de las canastas de la selección que de las de tu equipo, pero fue un equipo, el de Díaz Miguel, que hasta la famosa plata no cosechó más que fracasos y, a partir del éxito, parte de su mandato fue cuestionable y, cuando hubo éxito, le pasó lo que a todos, que vio fantasmas, conspiraciones.

En el resto de las páginas tenemos al casi actor de Chewbacca fichado por el Real Madrid, Mark McNamara. A Anthony Pelle, del CB Girona, dándose paseos por la calle con su pitón colgada del cuello. O a Joe Cooper negociando con sus compañeros a cara de perro qué películas se iban a ver en el bus del Oximesa Granada en los desplazamientos largos a ciudades como Bilbao. Un libro muy punk, que llega a ser una especie de enciclopedia de lo que al final todos acabamos recordando de cualquier deporte: el barro. Así lo confirma Ortiz: «No quise hacer arqueología, es un libro para tenerlo ahí, en el bidé, y leerlo en el puto váter».

Javier Ortiz firmando un ejemplar de 101 historias del Boooom del basket español. Fotografía de @domingocaceres