En la mente del psicópata

Richard Ramírez durante su juicio en 1985. Fotografía: Corbis.

«Siempre saludaba». Pocas expresiones dicen tanto en tan solo dos palabras. En primer lugar, sorpresa. Como si saludar con educación fuese incompatible con asesinar. Aunque siendo justos, lo que en realidad expresa la frase es lo impactante que resulta que alguien cercano y a simple vista inofensivo pueda ser capaz de algo tan extremo como un asesinato. Es como si ese saludo habitual nos conectase con el hecho. 

Estos sucesos que a menudo estallan en los medios me dejan pensativo. Quizás los psicópatas no sean muy diferentes a los demás, al menos en apariencia. Puede que cualquier sensación, idea u ocurrencia visceral tengan el potencial de evolucionar y desembocar en un desenlace macabro. Quizás ese pensamiento no es muy distinto de cualquier otro que hayamos tenido a lo largo de nuestras vidas, algo que hemos experimentado ayer, o en este mismo instante.  

Lo que sí es distinta es la manera en la que todo se tuerce, la forma en la que se precipitan las cosas a partir de un momento determinado. Pero ¿cuál es el motivo? ¿Por qué todo evoluciona de esa manera? ¿Acaso es diferente la mente de un psicópata?  

«La mayoría de los seres humanos tienen dentro la capacidad de cometer un asesinato» decía Richard Ramirez, uno de los asesinos en serie más célebres en la historia de Estados Unidos  

«El Carnicero de Milwaukee», Jeffrey Dahmer, tenía sus dudas: «Ni siquiera sé si tengo capacidad para sentir o no emociones normales, porque no he llorado por mucho tiempo».  

Puede que ambos tuvieran algo de razón, pero si atendemos a las últimas investigaciones del doctor Jesús Pujol y el doctor Narcís Cardoner recogidas en la revista Psychological Medicine, la respuesta más plausible apunta a que existe algo estructuralmente diferente en el cerebro de los psicópatas.  

En realidad todo está relacionado con la maduración del cerebro durante los primeros años de vida.  

Tras analizar más de cuatrocientos artículos publicados en revistas científicas y escudriñar las características estructurales del cerebro humano a través de más de dos mil resonancias magnéticas cerebrales de sujetos convictos con trastorno antisocial de la personalidad, los resultados indican que el estrés emocional infantil es la causa más probable de que las estructuras cerebrales implicadas en los sentimientos y la toma de decisiones maduren mucho antes de lo que deberían… con catastróficas consecuencias.  

Desde hace mucho tiempo sabemos que el sufrimiento emocional intenso en la infancia es una característica común en la mayoría de los convictos por asesinato. Ahora también sabemos cuál el mecanismo subyacente.  

Las impactantes conclusiones apuntan a que existe una aparente reducción de la sustancia gris y un incremento de la sustancia blanca, aspectos clave en la maduración cerebral, que afectan a los primeros años de vida. El cerebro del niño sometido a un intenso estrés emocional se blinda, se cierra y se protege a modo de firewall. Así se vuelve inmune al sufrimiento. Es como un mecanismo de defensa.  

La parte negativa es que dicha alteración temprana conlleva consecuencias desastrosas. Resulta que la arquitectura cerebral básica del niño se transforma dinamitando los cimientos del puente de conexión hacia el córtex prefrontal de forma permanente.  

En términos evolutivos, el córtex prefrontal ha sido la última región del cerebro humano en desarrollarse. Su vital importancia radica en que se ocupa de modular comportamientos cognitivamente complejos, como la autoconciencia, la expresión de la personalidad, la toma de decisiones, los juicios morales o la predicción de las consecuencias. Si tuviéramos que definirlo de manera simple diríamos que es la parte del cerebro que nos hace humanos. El núcleo de nuestro comportamiento.  

Así que en resumidas cuentas, el sufrimiento emocional infantil altera la conexión con el córtex prefrontal, lo cual interfiere de forma crítica en la fluidez de las comunicaciones entre estímulos, pensamientos y emociones.  

En definitiva se volatiliza el germen de la empatía, la fuerte carga emocional que nos embarga cuando decidimos entre el «bien» y el «mal» y la capacidad de predecir las consecuencias de nuestras acciones y las de los demás. Irónicamente, el citado Richard Ramírez lo describió con bastante exactitud: «Incluso los psicópatas tienen emociones. Por otra parte, quizás no».  

El apodado «The Night Stalker» o «Acosador Nocturno» tuvo una infancia marcada por las brutales palizas que le propinaba su padre en el contexto de una familia conflictiva y disfuncional, además de una adolescencia perturbadora de la mano de su primo Miguel «Mike» Ramirez. Este ex boina verde condecorado en la guerra de Vietnam le narraba sus terroríficos crímenes de guerra mientras mostraba con orgullo unas Polaroids en las que aparecía asesinando, torturando, violando o sujetando la cabeza cercenada de mujeres vietnamitas. El mismo primo Mike que asesinó a su esposa de un disparo de escopeta en presencia del pequeño Richard, quien estaba tan cerca que incluso le salpicó la sangre en la cara. Por aquel entonces contaba con tan solo doce años de edad.  

Otros doce años después, un ya adulto Ricardo Leyva Muñoz Ramirez fue detenido y posteriormente condenado a diecinueve penas de muerte consecutivas tras ser acusado de catorce asesinatos, cinco intentos de asesinato, nueve violaciones, dos secuestros, cuatro actos de sodomía, dos felaciones forzadas, cinco robos y catorce allanamientos de morada. Y todo ello contando entre sus víctimas tanto a adultos como a niños.  

Según la doctora Ann Wolbert Burgess, autora del ya célebre Manual de clasificación de delitos, una infancia expuesta a experiencias traumáticas, el mal apego y la configuración de un mundo interno y privado de fantasías y pensamientos son características habituales entre los asesinos en serie.  

En la mayoría de ellos la predicción se cumple. John Wayne Gacy, «el Payaso Asesino», vivió hostigado durante toda su infancia por su padre por medio de castigos físicos y psicológicos severos, antes de ser agredido sexualmente por un amigo de la familia a los nueve años. Asesinó a treinta y tres personas.  

Ted Bundy y David Berkowitz tuvieron problemas psicológicos al sentirse rechazados por sus familias adoptivas. Cuentan con treinta y seis víctimas a sus espaldas respectivamente.  

Tanto Andrei Chikatilo, como Ed Gein y Albert Fish, argumentan que su exposición temprana a las escenas de muerte y sacrificio propias de una vida rural con animales les empujó a convertirse en asesinos. Entre los tres acabaron con casi sesenta personas; si bien al primero se le atribuyen más de cincuenta de las muertes, los últimos dos son especialmente recordados por un desproporcionado nivel crueldad y sadismo.  

Todos ellos son el macabro ejemplo de que las experiencias emocionales traumáticas durante la infancia pueden ser el detonante de una personalidad extremadamente violenta. ¿Pero es solo eso? ¿Acaso las experiencias traumáticas son el único origen de las conductas homicidas? Desde luego que no. Existen otros aspectos de naturaleza genética, psicológica o biológica que debemos considerar.  

Según el Estudio Mundial sobre el Homicidio 2019 elaborado por la ONU, sorprenden las cifras de resultados globales con respecto al sexo de los sospechosos por homicidio, ya que alrededor de un 90 % son hombres.  

Pero lo más interesante de todo es que entre todos los sospechosos, un 90 % de ellos son menores de treinta años y mayores de dieciocho. Si analizamos las posibles causas de ambos resultados se podría deducir que la testosterona tiene algo que ver en todo esto. De hecho existen varios estudios que establecen una correlación directa entre los andrógenos y las conductas agresivas.  

Si atendemos a las investigaciones realizadas a mediados de la década de los noventa entre la población de reclusos condenados, los correlatos bioquímicos de las personas con trastorno antisocial de la personalidad son bastante contundentes. Los niveles más altos de testosterona se registran entre los sujetos con mayor número de episodios violentos. Idénticos resultados fueron obtenidos en mujeres. ¿Será que el nivel de testosterona es determinante? ¿Afecta a la conexión con el córtex prefrontal?  

Podría ser. Lo que está claro es que esta hormona puede tener mucho que ver. Solo hay que comparar el número de asesinas en serie con sus homólogos masculinos para comenzar a sospechar.  

Por si fuese poco, otro factor referido por el doctor Jesús Pujol a tomar en cuenta es que las regiones cerebrales que aparecen afectadas en los psicópatas se corresponden en gran medida con las personas que han consumido esteroides anabólicos androgénicos durante un periodo superior a diez años con el objetivo de incrementar su masa muscular, lo cual también afecta al comportamiento de forma significativa. No quiere decir que esto lo convierte a uno en psicópata, nada más lejos de la realidad, pero sí que afecta al temperamento y a la frecuencia de episodios explosivos de comportamiento.  

Es evidente que todavía quedan muchos interrogantes por resolver, pero lo que está claro es que el trastorno antisocial de la personalidad o psicopatía es uno de los misterios más fascinantes e incomprensibles de la ciencia en la actualidad. Todavía no existe ni siquiera un consenso en la manera de definirlo, ni mucho menos se observa una posibilidad real de encontrarle una solución a largo plazo o un tratamiento efectivo.  

Pero lo que sí sabemos es que las experiencias traumáticas durante los primeros años de vida juegan un papel crucial en la configuración de la mente del psicópata. Debemos prestar más atención a la educación durante la infancia. Quizás allí encontremos la solución a muchos de nuestros enigmas.


Referencias

Documentos originales citados:

Pujol J, Harrison BJ, Contreras-Rodriguez O, Cardoner N (2018). «The contribution of brain imaging to the understanding of psychopathy». Psychological Medicine 1–12. https://doi.org/10.1017/ S0033291718002507

UNODC, Global Study on Homicide 2019 (Vienna, 2019) https://www.unodc.org/documents/data-and-analysis/gsh/Booklet1.pdf

Referencias en prensa:

https://www.parcdesalutmar.cat/media/upload/pdf/

NP_Revisio_cervell_psicopates_CAST_editora_35_938_1.pdf

https://www.resumenlatinoamericano.org/2019/07/10/estudio-mundial-sobre-homicidios-de-2019/

#:~:text=La%20Onudd%20estim%C3%B3%20que%20alrededor,a%20la%20violencia%20de%20g %C3%A9nero


Desde el país de los periodistas muertos

Ciudad de México, 2018. Fotografía: Cordon Press.

Este artículo está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 26, especial periodismo

El cuerpo de Javier Valdez, tirado en mitad de una calle de Culiacán, capital de Sinaloa, podía reconocerse por el sombrero panamá que siempre llevaba en vida y que ahora le tapaba el rostro, protegiendo de las cámaras su última expresión. Acababa de salir de las oficinas de Ríodoce, el semanario que había fundado junto a su amigo Ismael Bojórquez en 2003. A solo una cuadra de ahí, fue detenido por dos individuos, bajado de su modesto Toyota Corolla, puesto de rodillas y acribillado con doce balas. Fue una conmoción dentro y fuera de México.

A Javier todos lo conocían. Era corresponsal del diario nacional La Jornada y de la agencia France Presse, autor prolífico de libros aplaudidos, como Miss Narco (2007), Huérfanos del narco (2015) o Narcoperiodismo (2016, todos en Aguilar), y su trabajo había sido reconocido con varios galardones, entre ellos el Premio Internacional a la Libertad de Prensa (2011) que da el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés). Además, se hacía querer. Era divertido y generoso. Siempre estaba disponible para los compañeros de la capital y los corresponsales extranjeros que se acercaban a él pidiendo orientación, consejos y fuentes sobre Sinaloa, la región desde donde impera el cartel de drogas más poderoso de América. «Generoso absoluto», precisa la periodista española María Verza. «Era la puerta de entrada a Sinaloa de todo corresponsal».

Su asesinato, el 15 de mayo de 2017, marcó un hito: ni siquiera los periodistas reconocidos eran intocables. Era una anomalía dentro de otra anomalía aún más grande: que México ocupe año tras año uno de los primeros lugares en la lista de países donde matan a más periodistas, solo superado por Afganistán y codo a codo con Siria, Irak y Filipinas (archivos del International News and Safety Institute, INSI). Las cifras varían según la metodología utilizada por las distintas organizaciones no gubernamentales, pero van, desde el año 2000 hasta la fecha, de los cuarenta asesinatos cuyo móvil se probó relacionado con la actividad periodística de la víctima contabilizados por el CPJ —con móvil desconocido cuentan cien— a los ciento cuarenta recogidos por Reporteros Sin Fronteras (RSF), pasando por los ciento veintidós de Artículo 19. México es, además, el país con más periodistas desaparecidos del mundo, veintiuno. ¿Quién mata a los periodistas en México? ¿Por qué? No es solo un actor ni son únicas las causas.

Balbina Flores, corresponsal de RSF, había contestado para una entrevista publicada en Letras Libres en agosto de 2009: «Porque son incómodos. No solo para los poderes públicos, sino también para esos poderes fácticos que conforman el crimen organizado». En aquel entonces, México llevaba ocho periodistas asesinados ese mismo año, tres de ellos solo en julio. La situación parecía no dar más de sí, pero dio. En 2010, mataron a diez, igual que en 2011 y 2012. Hubo un relativo descanso en 2013, 2014 y 2015, años en los que México salió del ranking del INSI de los cinco países más mortíferos para la prensa, pero en 2016 volvió a entrar, con once muertos, y en 2017 alcanzó la cifra más letal, doce. Uno por mes. Balbina contesta a las mismas preguntas ahora, casi diez años después, y las respuestas se parecen.

«La mayor parte de las agresiones provienen de funcionarios públicos, sean policías, militares o políticos», dice Flores. Leopoldo Maldonado, subdirector regional de Artículo 19 para México y Centroamérica, lo corrobora: «Fluctúa cada año, pero en torno al cincuenta y dos por ciento de los casos, hay funcionarios públicos, sobre todo estatales y municipales, involucrados en las agresiones». Luego está el crimen organizado, conocido de manera breve y general como el narco. Y en medio, una delgada línea imposible de discernir que conforman los funcionarios públicos coludidos con el crimen organizado, lo que Jan-Albert Hootsen, representante del CPJ en México, llama «narcopolítica» y que a su parecer está detrás de la mayor parte de los homicidios de periodistas. «Si como dice el académico Edgardo Buscaglia —explica—, el ochenta por ciento de los municipios mexicanos está infiltrado de alguna forma por la delincuencia organizada, ya no podemos distinguir entre las dos categorías».

De esa delgada línea tampoco se libran los periodistas, aunque este cada vez sea un tema más espinoso de tratar: cuando un grupo delincuencial compra el favor de un reportero. La aclamada Alma Guillermoprieto se refirió ello en un artículo publicado hace años en The New York Review of Books:

Digamos que una conferencia de prensa de los Zeta impacta profundamente al reportero A, particularmente después de que el reportero B es asesinado por colaborar con la policía. El reportero A decide adaptar sus historias a lo que él se imagina sería del agrado de aquellos que lo están vigilando, e incluso acepta instrucciones específicas, directrices y solicitudes. Digamos que un día este reportero es asesinado por los enemigos de los Zetas, que lo señalaron como colaborador del enemigo. En el caso poco probable de que un observador externo logre realmente saber por qué y cómo fue asesinado el periodista A, la pregunta seguiría siendo: ¿Estaba involucrado con el tráfico de drogas o era víctima de un chantaje mortal? En cualquier caso, lo más probable es que los dos reporteros A y B estuvieran tratando simplemente de salvaguardar sus vidas.

Datos entre los años 2000 y 2018. Fuente: Article19. (Clic en la imagen para ampliar)

«Es muy difícil hablar del tema porque en México hay una tendencia por parte de la autoridad de criminalizar a las víctimas», dice Leopoldo Maldonado, de declarar que el homicidio en cuestión no tiene que ver con el ejercicio de la profesión y que simplemente, el periodista «andaba en malos pasos». Un ejemplo paroxístico fue el caso del fotógrafo Rubén Espinosa. Oriundo de Veracruz, de donde había huido por amenazas recibidas en su contra por parte de funcionarios del gobierno de Javier Duarte —hoy detenido por corrupción—, fue asesinado en el verano de 2016 con inusitada saña junto a las mujeres que compartían ese departamento en la Ciudad de México: su amiga la activista social, también veracruzana y desplazada, Nadia Vera, Mile Virginia Martín, Yesenia Atziry QuirozOlivia Alejandra Negrete. La investigación, a día de hoy, nunca ha seguido la línea de las amenazas contra Rubén, y tampoco ha determinado con claridad las circunstancias del homicidio múltiple.

En el caso de Javier Valdez, queda claro que su asesinato está relacionado con la guerra que se libraba dentro del cartel de Sinaloa, después de la (tercera) detención de Joaquín «el Chapo» Guzmán, entre los hijos de este —Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán Salazar, llamados para abreviar los Chapitos o los Menores— y Dámaso López «el Licenciado», el exfuncionario de prisiones que había sido socio del Chapo desde que lo ayudó a fugarse por primera vez de la cárcel. En febrero, los Chapitos mandaron una carta a Ciro Gómez Leyva, un conocido periodista con un programa nacional en horario estelar, para denunciar que el Licenciado los quería matar. Dámaso buscó a Javier Valdez para concederle una entrevista y contestar así a los Guzmán. Valdez y Bojórquez pensaron mucho si hacerla o no, pero finalmente accedieron. Los Menores pidieron a los responsables del semanario que no la publicaran, y ante la negativa, se apostaron en los kioscos de Culiacán de madrugada y compraron toda la edición. Guerra en las calles y en los medios. Las amenazas por aquella portada atenazaban el estómago de Valdez. Tanto, que cuando en marzo mataron a la periodista Miroslava Breach en Chihuahua, le recomendaron irse de Culiacán. Se lo estaba pensando cuando, a principios de mayo, Dámaso López fue detenido. Ahí, ha contado Ismael Bojórquez, se relajaron. Menos de dos semanas después, mataron a Javier. «Desde que lo vi tirado en el piso, supe que había sido el narco», dice Ismael en un encuentro informal, al que llega serio y renuente (la última vez que un periodista le presentó a otro periodista para hacerle una entrevista, acabó, sin saberlo, en un documental de Kate del Castillo para Netflix). Además, está cansado del tema. Ya ha dicho muchas veces que cometieron un error: nunca debieron publicar la entrevista al Licenciado. Pero qué difícil es saber que una mala decisión editorial, que en un medio normal de cualquier país normal solo daría lugar a una reprimenda en la siguiente reunión, en algunas partes de México pueda costar la vida.

Reconocidos o no, son los periodistas de provincias los más vulnerables. Y dentro de estos, los que trabajan para medios pequeños. «Por muchas razones», enumera Barbina Flores: «Por sus condiciones laborales, por las condiciones de violencia que prevalecen en su zona, por el desconocimiento de medidas de protección, por la falta de una cobertura amplia de protección…». Muchos de estos periodistas asesinados lo que hacían, continúa Balbina, «ni siquiera era un periodismo de investigación, porque el periodismo de investigación es caro; hacían periodismo en su localidad con los recursos que tenían y se limitaban a la nota —así se le llama en México a la noticia— común diaria».

Es el caso de Moisés Sánchez, al que un grupo de hombres armados sacó de su casa y se llevó por la fuerza, junto con su ordenador y su cámara, en enero de 2015. Su cuerpo se encontró, irreconocible, semanas después. Moisés Sánchez se ganaba la vida como taxista en Medellín de Bravo, a quince kilómetros al sur del puerto de Veracruz, pero su verdadera vocación era la de periodista. Con el dinero que sacaba del coche, y cuando podía, mandaba a imprimir La Unión, un periodiquito que distribuía gratis y que se convirtió en un medio de denuncia ciudadana de la zona, uno de los territorios que controlan diferentes «franquicias» de los Zetas desde hace un decenio, donde los secuestros, las extorsiones y los homicidios son moneda corriente. Además, fungía como guía para reporteros que llegaban de fuera y, a veces, como una suerte de corresponsal para publicaciones de ámbito nacional, como Proceso o La Jornada, que le pedían información. Era un caso calcado al de Gregorio Jiménez, al que secuestraron y mataron un año antes en Coatzacoalcos, al sur del mismo estado de Veracruz, el más peligroso para los periodistas. De los ciento veintidós asesinatos registrados por Artículo 19 desde 2000, veintiséis ocurrieron ahí. El primero que llamó la atención fue el de Regina Martínez, en 2012, que tampoco ha sido resuelto (sí detuvieron a un individuo que se declaró culpable pero, un año después, se descubrió que había firmado su confesión bajo tortura).

Por no hablar del agujero negro informativo que es el estado de Tamaulipas, en la frontera noreste. Allí, la situación de guerra permanente desde 2010 entre los numerosos grupúsculos asociados bien al cartel del Golfo, bien a los Zetas, ha establecido un miedo que obliga a los ciudadanos a usar las redes sociales de manera anónima para poder informar de lo que ocurre. En octubre de 2014, fue noticia el asesinato de la doctora María del Rosario Fuentes Rubio, que denunciaba en redes sociales situaciones de violencia en su ciudad, Reynosa, bajo el pseudónimo de Felina. El grupo armado que la secuestró al terminar su turno en la clínica donde trabajaba usurpó al día siguiente la cuenta de Twitter de la doctora Fuentes (@miut3) y colgó como avatar la foto de su cadáver. «Cierren sus cuentas», decía el tuit macabro. «No arriesguen a sus familias como lo hice yo». Su cuerpo, por cierto, nunca fue encontrado.

«Un crimen así se comete porque el que lo comete sabe que no va a ser castigado», dijo Ismael Bojórquez en televisión poco después de que mataran a Javier Valdez. Y he ahí el corazón de la violencia en México, no solo contra los periodistas. «Es la impunidad lo que incentiva los crímenes contra la prensa», sentencia Jan-Albert Hootsen, coincidiendo con los análisis de Artículo 19 y RSF. Un grado de impunidad que llega hasta el inverosímil 99,75 por ciento.

Una protesta tras el asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa Becerril, Ciudad de México, 2015.Fotografía: Alejandro Ayala / Cordon Press.

En este sentido, Hootsen señala que es un mal que México ha sufrido siempre. Ya en los años ochenta hubo sonados asesinatos de periodistas, como Manuel Buendía en la Ciudad de México o Héctor «el Gato» Félix Miranda en Tijuana, ambos dedicados a denunciar la corrupción y la complicidad entre los poderes públicos y la entonces incipiente delincuencia organizada (muy bien documentada en la serie Narcos: México). Pero cuando se disparó el fenómeno fue en 2006, el año que el presidente Felipe Calderón decidió emplear por primera vez al ejército en operaciones contra las distintas organizaciones criminales, a lo cual la prensa ha llamado siempre, en su intrínseca tarea simplificadora y ruidosa, «guerra contra el narco». Fue la primera vez que México superó a Colombia en periodistas asesinados. «Desde ese momento —dice Jan-Albert— no hemos tenido un año sin por lo menos el asesinato de un periodista».

Ante la situación desbordada, el gobierno mexicano creó, en 2010, la Fiscalía Especializada en Atención a Delitos Cometidos Contra la Libertad de Expresión (FEADLE) y puso en marcha, en 2012, el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de los Derechos Humanos y Periodistas, bajo el que se hallan acogidos hoy más de trescientos profesionales. Balbina Flores pondera el hecho de que esos compañeros estén siendo protegidos, pero es contundente: «Si lo vemos en un sentido más amplio, no hay garantías para el ejercicio periodístico. No las hay porque el contexto violento no ha cambiado. El contexto de violencia se ha modificado de manera constante, y lo que antes teníamos detectado como zonas de alto riesgo solo en el norte del país, hoy lo tenemos en el norte, en el centro y en el sur». Por otro lado, lamenta, «por la Fiscalía han pasado más de seis fiscales, ha tenido varias modificaciones, y ahora con el nuevo gobierno también va a sufrir más modificaciones. No sabemos qué va a pasar, pero los resultados han sido raquíticos». Jan-Albert Hootsen se refiere a estas medidas con un dicho en su holandés materno: «Een druppel op een kookplaat, una gota en un plato caliente», porque «a fin de cuentas, el mecanismo federal de protección no puede resolver el contexto generalizado de violencia contra periodistas, pues el mecanismo no se enfoca en resolver crímenes, y si el principal factor que incentiva los crímenes contra periodistas es la impunidad, la única solución real es que el Estado de derecho mexicano vaya investigando y vaya resolviendo esos crímenes, incluso los cien asesinatos que se han dado desde 2000».

Y no se ha resuelto de manera completa ni uno solo. A veces, se ha detenido a responsables materiales, pero el autor «intelectual» nunca ha podido llevarse ante la justicia. Por dispararle a Javier Valdez, por ejemplo, detuvieron a un Juan Francisco alias el Quillo y a un Héctor alias el Koala, que resultaron ser sicarios de la facción del Licenciado. Ismael Bojórquez, que pensó en un principio que el crimen provenía de los Chapitos, enojados por la «publicidad» que Ríodoce había dado a su rival, sostiene hoy la hipótesis, en vista de las pruebas de la investigación, de que el crimen fue una reacción de ira por parte del hijo del Licenciado, Dámaso López Serrano «el Mini Lic». En concreto, por un despiece que escribió Valdez cuando detuvieron al Licenciado en el que se refería al Mini Lic como «narco de corridos por encargo y pistolero de utilería y de fin de semana». Esa sigue siendo la línea de investigación de la FEADLE, pese a que en el juicio contra el Chapo Guzmán en Nueva York el Licenciado declarara que los que mandaron matar a Javier Valdez fueron «los hijos de mi compadre», los Guzmán.

El asesinato de Javier pareció que iba a marcar, por fin, un antes y un después en la lucha por erradicar los crímenes contra la prensa. Cambiaron al titular de la FEADLE por un joven voluntarioso y dedicado que sí ha avanzado en algunos casos, e incluso el presidente entonces, Enrique Peña Nieto, se pronunció por primera vez—cincuenta y tres meses después de tomar posesión— sobre esta lacra.

El nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que con treinta millones de votos generó una enorme expectativa, se ha reunido con las organizaciones dedicadas a la defensa de la libertad de expresión y ha expresado su intención de combatir estos crímenes, pero, duda Balbina Flores, no saben muy bien cómo van a hacerlo, puesto que a la vez ha reducido el presupuesto para el Mecanismo de Protección. Este requiere quinientos millones de pesos para operar, asegura Balbina, y solo se le otorgaron doscientos. Y advierte: «En el mes de junio vamos a tener una emergencia como la tuvimos el año pasado». Sea como fuere, en apenas dos meses de ejercicio de López Obrador, van dos periodistas asesinados.

El cuerpo de Rafael Murúa Manríquez, de treinta y cuatro años, fue encontrado el 20 de enero en una cuneta a cuarenta kilómetros del municipio de Baja California Sur donde vivía. Se lo habían llevado la noche anterior. «Sujetos desconocidos», dicen los reportes oficiales. Nadie vio nada más que su coche vacío con las puertas abiertas. Rafael tenía una pequeña radio comunitaria, Radio Kashana, y desde 2016 estaba adscrito al mecanismo de protección para periodistas porque había recibido varias amenazas de muerte. Ocho días después, detuvieron a un tal Héctor como autor material del asesinato, vendedor de drogas y «jefe de plaza», según el fiscal estatal, que declaró a Efe que la investigación sobre el móvil se centra en «situaciones relacionadas a actividades personales» y «ajenas a alguna represalia por su labor periodística». Hay 99,75 por ciento de probabilidades de que nunca sepamos quién y por qué lo mató, y no muchas menos de que Rafael, el primer periodista asesinado de 2019, sea el último en el momento en que usted lea estas líneas.


Los finales de Charles Manson

Charles Manson, 1969. Fotografía: Cordon.

Este artículo fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 18.

La del criminal más famoso de Estados Unidos es una historia que encierra muchos finales. Incluso el suyo propio. Porque no importa ya que esté vivo o muerto.

Las historias suelen tener un comienzo y un final. Las dimensiones habituales de cualquier narración. Pero luego hay historias que tiene un comienzo que encierra muchos finales. Otras que empiezan y parece que nunca terminan, aunque su final ya sucedió. E incluso las hay con un final que ni siquiera es aún un final, porque en realidad todavía no ha tenido lugar, pero que queda como tal. Esta, la de Charles Milles Manson (Cincinnati, Ohio, 1934), inductor de un asesinato múltiple, el preso más famoso de Estados Unidos, icono maldito del siglo XX, personaje célebre de la cultura popular, monstruo humano del imaginario colectivo, es una historia que aglutina en sí misma esos cuatro tipos de historias.

La primera es la más conocida y repetida. En el verano de 1969 Manson era el supuesto líder de una comuna hippy que vivía en un rancho en California. Había salido de la última cárcel por la que había pasado dos años antes. Entre correccionales y prisiones, ha vivido la mayor parte de su existencia encerrado. Él mismo me contó, en una entrevista que conseguí con él hace unos años y que publiqué en la revista Vanity Fair, que fue entre rejas donde creció. «Me criaron los gánsteres y los tipos viejos de la cárcel. Yo nunca tuve un fuera en mi cabeza», me dijo. Aquella, la suya, su Familia, como se la etiquetó después a lo largo de un juicio que se convertiría en puro espectáculo, era una comuna más del final de aquellos felices años sesenta. Todo estaba, digamos, en orden. Neil Armstrong pisaba la Luna, había manifestaciones contra la cruenta intervención en Vietnam, Arpanet, origen de internet, hacía su primera transmisión… Y los hippies aquellos pregonaban sus eslóganes de paz y amor entre noches de sexo y LSD y de reacción, sobre todo, y oposición al sistema. Manson y los suyos eran solo unos cuantos jóvenes (él no tanto, que ya tenía treinta y cuatro años) más así. Pero la madrugada del 9 de agosto pusieron la historia patas arriba cuando acudieron al 10 050 de Cielo Drive en Beverly Hills y mataron a cinco personas, entre ellas a la actriz Sharon Tate, la esposa embarazada de Roman Polanski. Los asesinos y Manson, juzgado como inductor de los crímenes, fueron condenados. Presentación, nudo y desenlace. Hasta aquí la primera historia.

Ahora llega la segunda. Aquel crimen, al margen de todo lo que lo rodeó, del espectáculo mediático, del circo que crearon sus protagonistas durante el proceso, de las declaraciones de Manson, del inicio de la construcción de su personaje como hoy lo conocemos, fue simbólico. Encerraba en sí mismo, como decíamos, muchos finales. Archivó definitivamente la década de los sesenta en Estados Unidos, con un puñado de meses de antelación al calendario. Y de alguna manera finiquitó también, como algunas teorías han señalado después, el movimiento contracultural, aquel movimiento antisistema que floreció en los años sesenta, a ritmo de música Beatle, mientras en Estados Unidos aumentaba la pugna social, el activismo por los derechos civiles y llegaba desde el lejano Oriente el olor de la nube de napalm. De repente uno de aquellos grupos de jóvenes que preconizaban el amor libre y la paz se convertía en una banda salvaje de carniceros que mataban a puñaladas. Como si la comuna, como si las drogas y el amor libre los hubieran vuelto locos. El crimen impactó al mundo, pero sobre todo conmocionó a Estados Unidos. Además, en otro de los finales que encierra, aquel crimen supuso un antes y un después para Beverly Hills. La ciudad de Los Ángeles a la que llegó el explorador y conquistador español Gaspar de Portolá en el siglo XVIII era un sitio idílico, de casas sin muros, de puertas abiertas, donde los famosos convivían con sus vecinos. Tras aquel crimen se empezaron a levantar muros y a cerrar vallas frente a las casas y las mansiones, y Beverly Hills comenzó a convertirse en el Beverly Hills por el que hoy deambulan los autobuses de turistas en los que por megafonía se anuncia a qué famoso pertenece cada vivienda que apenas se ve detrás de cada muro a ambos lados de la calle.

Después están esas historias que terminaron pero que parece que nunca lo hicieron. Esta ya lo hizo. Manson fue condenado en abril de 1971. Ahí terminó todo. Y ahí hubiera terminado más rotundamente si no se hubiese quedado en un limbo legal. Inicialmente condenado a la pena de muerte en la cámara de gas, antes de que se ejecutase la sentencia, en 1972, la pena capital fue abolida durante unos años en California. A Manson se le adjudicó entonces la segunda pena en importancia que existía: cadena perpetua con revisiones de condicional. Desde entonces, casi cinco décadas después, Manson ha vivido en la cárcel de Corcoran, en California, en una unidad especial donde no solo se le vigila por lo que pueda hacer él, sino sobre todo por lo que otros reclusos puedan hacerle a él en busca de notoriedad. Y desde entonces, también, ha tenido una docena de vistas de condicional a las que ha acudido para lanzar mensajes absurdos y apocalípticos, que pueden encontrarse fácilmente en YouTube o en las transcripciones oficiales, o a las que ni siquiera ha acudido porque directamente no quería. En una de ellas llegó a decir que no iba porque estaba trabajando en su página web. Da igual. Aunque la ley le dé ese derecho a poder aspirar a la condicional, nunca hubiera salido de la cárcel. La última sesión fue en abril de 2012. Manson no asistió a la vista y se fijó la siguiente con el plazo máximo: quince años. Sería, si sigue vivo, y tendría ya noventa y tres años, en 2027. Pero aquel limbo legal inicial en el que estuvo permitió que durante años se terminase de construir su personaje. El Manson entrevistado en la cárcel en contadas ocasiones, cuando el Gobierno de California aún permitía que se entrevistase a los reclusos en persona. Hoy ya está prohibido. Cuando lo entrevisté tuve que hacerlo por teléfono. Traté de conseguir un permiso para visitarlo cara a cara, que es como se deben hacer las entrevistas, pero el Departamento de Prisiones del Estado lo rechazó. «No somos una agencia de relaciones públicas de ningún preso», dijeron. Al final tuve que realizar la entrevista por teléfono. Manson telefoneó desde la cárcel a uno de los amigos que tiene fuera y este me rebotó a mí la llamada. Con esas entrevistas en las que el viejo Charlie ha ido asomando su cabeza entre los barrotes y lanzando sus pintorescos mensajes se ha creado el personaje. Hay gente en Estados Unidos hoy que confiesa temer que Manson salga de la cárcel, aunque nunca lo hará. Incluso que dicen haberlo visto por la calle, aunque no ha salido de la prisión. El crimen y algunos criminales generan atracción pública. Fascinación. Morbo. Dicen los expertos que los crímenes de Jack el Destripador en el Londres de finales del siglo XIX fueron los primeros que crearon ese runrún en los lectores de los periódicos. Hoy parece que ya no hay periódicos, pero Manson ha vivido sus décadas de gloria con ellos, con la consolidación de la televisión, con la llegada de internet, con las redes sociales… Con toda la artillería, vamos. Porque no ha sido siquiera él quien realmente ha espoleado todo eso. Sí, diréis, algo ha hecho, su mérito tiene. Es verdad. Ahí están sus declaraciones. «Yo soy todo lo malo», me dijo a mí. ¿Cómo querría ser recordado?, le pregunté. «Parece que no lo entiendes», me respondió. «¡No va a quedar nadie! Todo se está muriendo. No habrá aire para respirar así que no tendréis cerebro para recordar nada. ¿Lo entiendes? ¿Puedes encajar eso en tu, como la llamas, sociedad?».

Mensajes así, como los que ha lanzado de tanto en cuanto, tienen su mérito, cierto. Si se hubiera callado se hubiese difuminado su figura. Pensemos en otros criminales mediáticos, como Mark David Chapman, por ejemplo, el asesino de John Lennon. Pero Manson ha seguido hablando. Y sobre todo Manson ha continuado rodeándose de gente a su alrededor, de extraños personajes que han vivido incluso en Corcoran para estar cerca de él o que se han puesto en contacto con él. George Stimson fue uno de ellos, durante los años noventa. Recientemente Stimson me contaba que hay mucha gente que se dirige y se ha dirigido a Manson, cada uno con diferentes motivaciones. Hay quien ha buscado incluso el negocio, tratando de conseguir alguna carta o algún objeto suyo que subastar en internet. «Pero Manson es consciente de todo y sabe ver las motivaciones detrás de cada persona», me dijo. Stimson también destacó la «positividad» que el preso sigue teniendo a pesar de su vida. Rose, una mujer de Texas con la que Manson charla de vez en cuando por teléfono, me llegó a confesar que tras fallecer su madre recibió una llamada del preso y que aquello la consoló como nada. También me dejó escuchar grabaciones de sus conversaciones en las que básicamente ella lanzaba preguntas al aire y Manson respondía lo que le daba la gana. «¿Qué pasará con mi cuerpo cuando muera?», le respondía repitiéndole su pregunta una de las veces. «Yo soy solo una polla!». Fernando, un joven de Brasil, me contó que se puso en contacto con el preso porque cree en su visión sobre el medio ambiente y en el movimiento que lidera desde la cárcel, bautizado como ATWA (acrónimo, en inglés, de Aire, Tierra, Agua y Animales). Craig Hammond y Afton Burton, un sexagenario y una veinteañera bautizados por Manson como Gray Wolf y Star, viven en Corcoran para estar cerca de él, para atenderlo, para acudir a sus visitas o tratar de ganar algún dinero también vendiendo los dibujos que Manson hace o camisetas a través de la página charliesarts.com. Son todos ellos los que han contribuido también a inflar la leyenda. ¿Si aquella Familia de los sesenta que tuvo cometió aquellos crímenes, qué podría hacer una nueva Familia? Pero el enunciado es falso. No son nadie. Ni siquiera han dado nunca ningún problema en el pequeño pueblo de Corcoran, donde viven, como me contó uno de sus jefes de policía. Han (hemos) sido los medios de comunicación los que han consolidado y perpetuado el Manson icónico. Con entrevistas, con reportajes en los que cada año, cada aniversario, se recuerdan aquellos crímenes, o convirtiendo en noticia cada hecho que tiene, aunque sea de refilón, algún tipo de relación con Manson. Si solo hubiera dependido de él, la historia de Charles Manson habría terminado en 1971 con su condena.

Y, sin embargo, lo más paradójico de esta historia que esconde tantos finales es que el final de Charles Manson ya se ha producido. Y no una, sino varias veces. Hace tres años terminó difundida en los medios de comunicación una noticia falsa que decía que había muerto. Las reacciones en las redes sociales lo convirtieron en trending topic. Cada uno hizo su chiste, su comentario, lo que fuese. Pero Manson seguía vivo. Totalmente vivo. Como me dijo a mí hablando en español cuando lo entrevisté: «La hierba mala no muere». Este año, a comienzos de enero, volvió a suceder. Manson sufrió una hemorragia intestinal y debió ser trasladado a un hospital fuera de la prisión. Cuando entrego este texto aún no se sabe bien qué sucedió, si está recuperado o si por su edad, como han apuntado algunos medios, no se podrá recuperar. Al menos había sido trasladado de nuevo a la cárcel. Pero los responsables de la prisión no dan datos sobre su salud porque dicen que está prohibido por ley hacerlo. Manson, cuando salga publicado este texto, podría haber muerto ya. Pero tampoco importa. Con el ingreso en el hospital de nuevo se desataron las mismas reacciones que hace tres años. Chistes, suspiros de alivio, noticias… Los medios volvieron a recordar entonces lo mismo que llevan recordando periódicamente desde hace casi cincuenta años: quién es Manson, qué hizo, qué ha ido diciendo… La misma pieza una y otra vez publicada. Ahora también, por eso de internet y los clics, en formato lista. Las mismas historias que recuerdan la versión oficial que quedó de sus crímenes y cómo, ido por las drogas y alucinado, quería espolear una guerra racial tras la que supuestamente él y los suyos liderarían el mundo. Las mismas teorías contrapuestas que han ido conociéndose durante estos casi cincuenta años en las que se niega aquella versión que estableció el fiscal Vincent Bugliosi en el juicio. Todo igual. Así que cuando muera finalmente, cuando de verdad llegue su final biológico, no importará, porque ya ha sucedido muchas veces antes. Esta es, en definitiva, una historia con un final que conocemos y que aun así seguimos esperando y contando. Una historia en la que poco importa ya, aunque parezca mentira, su protagonista, Charles Manson, y que esté vivo o muerto.


La leyenda del hombre mono, su triunfo y su maldición

Fotografía: Emiliano Bruner.

Aunque somos la especie más tecnológica que nunca ha pisado este planeta, hoy en día otorgamos devotas garantías y ciega confianza a todo lo que pretende ser «natural». Pero si descartamos aportaciones de dioses y alienígenas, hay que reconocer que sería muy de sobrados y egocéntricos pensar o afirmar que nuestra especie no es el resultado de la naturaleza, así que por ende nuestra tecnología también lo es, cosa que delata una falsa separación entre lo «natural» y lo «artificial». En esto hay un sesgo temporal importante, y a menudo llamamos natural a lo que hace unos siglos o unos milenios era artificial, como cuando distinguimos una panoja modificada en laboratorio de una seleccionada por fertilización controlada en el campo. También adulamos comidas y remedios de antaño, olvidando las enfermedades y muertes que han causado. La sabiduría rural funciona muy bien a corto plazo, pero, a falta de criterios y métodos de control a largo plazo, fracasa dramáticamente al enlazar causas y consecuencias lejanas en el tiempo (de aquí el uso de plantas cancerígenas o de aguas radiactivas, sin contar unos cuantos rituales anatómicos absurdos y lerdos).

En muchos casos halagamos nuestros instintos, exaltando sus raíces naturales. Por ejemplo, uno de nuestros tabús más sensibles y respetables es la reproducción, un derecho intocable y una necesidad sagrada. La pulsión por reproducirse es el motor más fuerte de la evolución, y no escapa a sus hechizos ni siquiera el sesudo y cuerdo ser humano. Aun sabiendo que hay miles y miles de niños abandonados en el mundo, la adopción es, en general, solo un último remedio a la infertilidad, en lugar de ser la primera de las opciones, aparentemente la más sensata, práctica y moral. Pero el instinto te dice que la cría tiene que tener tus genes, así que prima este deseo profundo e hipnótico de autoclonación, un intento (evidentemente inútil) de inmortalidad, que manda callar a cualquier tipo de razonamiento o de evidencia lógica. Además, para una adopción se requieren garantías impecables y un largo camino administrativo, pero nadie pone pegas a la paternidad de un niño generado entre los vómitos de una borrachera, en un ambiente degradado por violencia y abusos, o en un contexto económico desastroso e inviable. Tiene que «pasar algo» para que la sociedad, a veces, reaccione. Pero a la espera de que aquel «algo» pase, la generación y entrega de una vida a una condición de fracaso más que probable se acepta, porque el proceso ha sido «natural» y, por ende, legítimo.

Evidentemente, el afán reproductivo no afecta solo la individualidad familiar, sino que se extiende a escala mundial. El programa de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas se propone acabar con los problemas del planeta, y ha localizado diecisiete «Objetivos de Desarrollo Sostenible» que hay que resolver imprescindiblemente. Y es interesante notar que casi todos los que se enumeran se solucionarían en buena parte con un control de la natalidad. Pero claro, es un tema caliente, que huele a eugenesia, castración y represión, y ni gobiernos ni expertos se atreverían a mencionar ni siquiera el asunto. Todos conocen y entienden perfectamente el problema y la solución, a grande y pequeña escala, pero no se puede mencionar, no se puede nombrar, ni siquiera insinuar entre líneas, como cualquier tabú que se precie. Porque la reproducción es sagrada, es un instinto natural. Y nos olvidamos de que también matar o violar son instintos naturales. En evolución el único parámetro que cuenta es cuánto te reproduces, tú y tu linaje. No hay otro valor que este a ojos de la selección natural. Cueste lo que cueste alcanzarlo. Cuanto más te reproduces, más se difundirán tus genes en las generaciones siguientes. Es la ley de las medusas, de los jabalíes, y de los piojos. Y la naturaleza, en su constante ambición de satisfacer este criterio, nunca es moral o justa. Al revés, es cruel y muy despiadada, según nuestros criterios occidentales. Entonces, en el momento en que queremos defender la reproducción y no el asesinato o la violación, tenemos que encontrar otra razón, porque la de «es un instinto natural» no conviene utilizarla, a no ser que queramos también defender otros comportamientos igual de naturales, que pero tachamos (en mi opinión, más que oportunamente) de inhumanos y aberrantes. Tampoco cuela la de la «supervivencia de la especie», porque está visto que tenemos el problema opuesto. Y la de «porque quiero y punto» aguanta lo que aguanta, porque no ofrece muchas perspectivas de discusión, porque arroja dudas sobre nuestras ostentosas capacidades mentales, y porque también en este caso se puede aplicar a muchas otras cosas a las que es mejor no aplicarla.

Una de las características más interesantes de nuestra cognición humana es la capacidad de inhibición. Muchas especies animales pueden experimentar una cierta inhibición a la hora de expresar un comportamiento determinado, aunque hay dos diferencias importantes con respecto a nosotros. La primera es una diferencia de grado: nuestra capacidad de inhibir un instinto o una respuesta emocional está increíblemente más desarrollada, a nivel individual y de grupo. La segunda es una diferencia de calidad: la inhibición en un animal suele estar asociada a miedo o a algún tipo de coerción, generalmente a corto plazo, mientras que los humanos tenemos también una inhibición asociada a un razonamiento, incluso a una moral, también (y sobre todo) a largo plazo. Nuestra inhibición es, muchas veces, una decisión. Esta capacidad de inhibición es una de esas características que «nos hace humanos», que nos permite alcanzar grupos sociales muy grandes sin matarnos, sociedades complejas y diversificadas, almacenar recursos sin gastarlos todos de golpe, o planear estrategias de larga duración. Es muy interesante notar que, muchas veces, el proceso de inhibición a nivel cerebral no se basa en elegir una opción, sino en ¡descartar las otras! Es decir, en muchas ocasiones nuestro cerebro no nos aconseja la elección mejor, sino que se limita a suprimir, según la información disponible, las que parecen peores.

Aquí no viene mal recordar que instintos y emociones no son las mismas cosas, así que hay que tener cuidado en no confundir el mensaje. Es cierto que tienen una relación muy íntima (a nivel evolutivo y psicológico se alimentan los unos de las otras y viceversa), pero desde luego no son lo mismo. Los instintos son programas comportamentales que conllevan la ejecución de un acto para alcanzar un objetivo, y su realización afecta las relaciones con otros individuos. Las emociones son descargas bioquímicas que generan un cambio en la condición interna de un organismo, en su forma de ver, sentir y pensar el mundo, y afectan más la relación con uno mismo. Es decir, en los instintos algo interno (el programa) afecta algo externo (el ambiente y la sociedad), mientras que en las emociones es al revés, y algo externo (el ambiente y la sociedad) afecta algo interno (el individuo). Evidentemente hay más que esto, y la separación entre estos dos flujos no es tan lineal, porque se sustentan el uno con el otro, pero es importante entender esta diferencia de polaridad. Como consecuencia reprimir instintos es necesario para desarrollar una sociedad compleja, mientras que reprimir emociones a menudo solo desarrolla penas, conflictos internos, e incluso trastornos. Para estar bien con los demás muchas veces es necesario inhibir los instintos, pero para estar bien consigo mismo hay que evitar inhibir las emociones. La tarea no es sencilla y alcanzar un equilibrio entre estos dos factores no es nada fácil, pero es recomendable, por lo menos, intentarlo. Y, más allá de esta diferencia funcional, hay una diferencia de color muy intensa: los instintos nos hacen más primates, mientras que las emociones nos hacen más humanos. Que cada uno elija su propia combinación.

Fotografía: Emiliano Bruner.

Pero así es, la capacidad de inhibición es una de las claves de nuestra supuesta humanidad. Una capacidad increíblemente potente, aunque no absoluta. Intentamos no matar y no violar, y para muchos de nosotros son tareas tan asumidas que las llevamos a cabo sin ningún esfuerzo. Al revés, sería más difícil renunciar a esta inhibición, dejando rienda suelta a nuestros instintos jabalíes. Pero sabemos que esto no vale para todos y hay unos cuantos que no han alcanzado este control espontáneo, ya sea por límites biológicos o culturales. Hay otros instintos que es más difícil controlar e inhibir, como los relacionados por ejemplo con la comida (nos pasamos, las cosas como son) o las dinámicas de las jerarquías sociales (que en los humanos son las mismísimas que en los babuinos o en los macacos). Y, finalmente, hay otros para los que estamos todavía muy lejos de tener un control eficiente, como la reproducción. Y esto a pesar de ser la única especie en la historia de este planeta que es capaz de distinguir entre reproducción y sexo, y que por ende puede permitirse el lujo de disfrutar del cebo (el placer) sin tener que tragar necesariamente el anzuelo (la fecundación). Aun así, el instinto es imparable, y la pulsión de autoclonación, arrasadora.

Somos como renacuajos a la mitad de un camino, hemos evolucionado las patas (la capacidad de razonar) pero todavía no hemos perdido la cola (la capacidad de controlar los instintos), y estos elementos se chocan y se obstaculizan, generando una pisada confusa y poco funcional. Duele decir que, en los anfibios, es este el momento de mayor mortalidad: el renacuajo con patas no domina ni el agua ni la tierra, y los depredadores se ceban con miles de incapaces, perdidos en un cuerpo quimérico y torpe, seres híbridos que no saben adónde huir, ni cómo hacerlo. La solución que han encontrado muchas especies es la más obvia: reducir lo más posible este período de transición, prometedor para el futuro pero nefasto para los que se quedan atrapados en él.

Ahora bien, hemos empezado a percibir esta sensación de metamorfosis desde hace poco tiempo, y en particular desde cuando las teorías evolutivas nos han hecho notar cierta continuidad con los otros animales. La ciencia nos ha ofrecido, en el último siglo, mucha información acerca de nuestra posición en la historia natural de la vida en este planeta. Los humanos somos primates sociales, necesitamos un grupo, y un fin. Esto de ser parte de un gran proceso divino hoy en día, en nuestras sociedades, ya no cuela, y entonces nos ha empezado a gustar la idea de ser parte de un gran proceso natural. De ahí el conflicto con la religión, que ha visto peligrar su rol unificador y soberano, garantía de poder y de control. De ahí también los excesos de una entrega demasiado pasiva de la sociedad a los dictados de muchos académicos evolucionistas, que a menudo han transformado la ciencia en dogma, traicionando sus mismos principios con mantras y sentencias copia-y-pega sustentadas por la fe en lugar de ser fruto del conocimiento.

Sea como fuere, los humanos de las sociedades industriales hemos empezado poco a poco a agradecer ser hijos de la madre naturaleza (algo que otras culturas nunca han separado de sus religiones, matando dos pájaros de un tiro), buscando y anhelando esta maternidad, y halagando más o menos tímidamente sus evidencias. Pero claro, ha sido una reconciliación conflictiva, entre el deseo de ser parte de la naturaleza y una mezcla de soberbia y asco hacia esa excesiva proximidad con las bestias. Simios sí, pero con distancia, por favor. Tarzán ha sido uno de nuestros primeros iconos en esta fase de reconciliación, y aún hoy en día delata este conflicto: es un puente entre la metrópoli y la selva, un hombre mono, pero es guapo, peinado y aseado, bruto pero con sanos principios honorables, salvaje pero con un pasado aristócrata. Su Jane sale fresca de la peluquería, y su Chita es un chimpancé joven, dócil y juguetón, no como los de verdad, que arrancan brazos y matan crías desgarrándoles el pecho. El hombre mono tiene una maldición que funciona al revés: en lugar de transformar al humano en bestia, afeita y perfuma al animal, le corta las garras y le blanquea los dientes, le depila el sobaco y le distorsiona la mirada tosca en una seductora sonrisa. El simio humano, iluminado por la luz encantada de la evolución, se transforma en una aberración primatológica que huele a jazmín, lleva tanga, y predica una moral.

Pero no es más que una leyenda. No existe el hombre mono. Solo existen primates, de diferentes especies, con sus límites filogenéticos y zoológicos, sus necesidades y sus instintos, sus emociones y sus afanes. Mejor reconocer y aceptar los límites de la evolución y tenerlos en cuenta que ignorarlos y luego llorar sus consecuencias. Ser primates quiere decir tener potencialidades y limitaciones, ventajas y vínculos, y es preciso saber dónde acaban las unas y empiezan los otros. No se trata de ser perfectos, sino solo, sapientemente, coherentes.

***

Halagamos el raciocinio pero le tenemos miedo, porque puede delatar nuestras incoherencias. Fardamos de que el raciocinio nos hace humanos, pero también afirmamos que un exceso de raciocinio deshumaniza. Os invito a leer este artículo sobre nuestra conflictiva relación con la inteligencia: Vitruvianos, talosianos y otros monos cabezudos

Quiero dedicar este artículo a la memoria de Irenäus Eibl-Eibesfeldt (1928-2018), que nos ha guiado entre los increíbles caminos que enredan filogenia y psicogenia, para descubrir los aspectos más hermosos y más oscuros de la bestia humana.


El Vampiro de Silesia, un asesino en serie en la Polonia socialista

I’m a Killer (2016). Imagen: RE STUDIO Renata Czarnkowska-Listos.

Zdzislaw Marchwicki. Nacido en 1927. Clase baja. Se le acusa de asesinar a catorce mujeres en diferentes lugares y ciudades entre 1964 y 1970. Fue detenido en 1970 y condenado a muerte en 1975. En abril del 77 se ejecutó la sentencia. La prensa le apodó el Vampiro de Silesia.

Su padre se había casado cinco veces y tenía tres hermanos y una hermana. A su hermano Jan se le condena también a muerte por cómplice. A Henryk le caen veinticinco años por participar en una conspiración para cometer un asesinato. Y a Helena a tres años por acumular pequeños objetos robados, como relojes y plumas estilográficas, de las víctimas. Su hijo, también llamado Zdzislaw, fue condenado por no informar a la policía de lo que estaban haciendo su padre y sus tíos.

El juicio fue muy polémico. En realidad no había plena seguridad de que Zdzislaw fuese el verdadero Vampiro de Silesia. Aunque permaneció muy tranquilo todas las sesiones que duró el proceso. Durante su estancia en prisión se supone que escribió un diario confesando todos los detalles de sus crímenes. En la actualidad se duda de que alguien sin escolarizar como era su caso hubiera escrito esos textos con oraciones complejas y términos propios la jerga policial.

La clave del caso fue que una de las víctimas del Vampiro de Silesia fue la sobrina de Edward Gierek, que en aquella época era el delegado del partido en  Katowice, Alta Silesia. Un tecnócrata que no tenía malas relaciones con la URSS con trayectoria ascendente como para ser sucesor de Wladislaw Gomulka, líder comunista polaco hasta 1970. En la edición polaca de Newsweek, cuarenta años después de lo sucedido, se reveló que la policía era incapaz de encontrar al asesino en serie y que hasta que no fue asesinada la sobrina del primer secretario, no estuvo «claro» que tenía que aparecer un culpable.

Przemysław Semczuk es un periodista autor de un libro sobre todo el caso. Sus conclusiones no están claras. El proceso estuvo lleno de inexactitudes, chapuzas e irregularidades en la confección de pruebas. Al mismo tiempo, los psicólogos de la época estaban confundidos. No entendían que alguien pudiese matar sin la motivación de violar o robar. Aquí lo único que tenían es que una vez cometido cada asesinato se profanaban los cuerpos con motivaciones «pervertidas». El Vampiro, que también se duda si fue un asesino o varios siguiendo el ejemplo unos de otros, segó la vida de catorce mujeres y lo intentó con seis más de edades comprendidas entre los diecisiete y los cincuenta años. El único patrón fue que eran mujeres.

A todas les hacía lo mismo. Las esperaba en un lugar apartado, se colocaba detrás de ellas, les golpeaba en la cabeza con un objeto contundente y, una vez en el suelo, manipulaba sexualmente el cadáver. Les quitaba la ropa interior, les abría las piernas. Solo en algunos casos apareció algún tipo de penetración. El caso se denominó «Anna», el nombre de la primera víctima, Anna Mycek.

Se llevaron cien policías a la región para que, vestidos de mujeres, salieran a pasear por las noches como señuelo a ver si alguien les atacaba. No tuvieron éxito.

Pero la gravedad del caso aumentó notablemente cuando tocó a un jerarca del partido: a partir de ahí llegaron las urgencias. Se ofreció un millón de zlotys de recompensa a quien aportara información y se abrió una línea telefónica. Llegaron centenares de denuncias por carta y por teléfono que se estudiaron escrupulosamente. A Marchwicki se le detuvo porque quien le denunciaba era su esposa y coincidió con el perfil que estaban buscando. El acusado tenía fama de borracho en su vecindario y contaba con antecedentes porque en una ocasión había insultado a un policía. Nada más ser detenido, su foto apareció en todos los periódicos bajo titulares de «sospechoso de los crímenes aberrantes». La prensa ya había juzgado a su manera.

En una maniobra un tanto propagandística se dijo que un ordenador había establecido las características del asesino. Según Semczuk, «se le dio a los ciudadanos un cuento de hadas para darles sensación de seguridad». Lo cierto es que la población estaba nerviosa, les exasperaba la lentitud de la policía para resolver el caso y las mujeres en Silesia volvían a casa muertas de miedo por las noches. Las fábricas alquilaban autobuses para que sus empleadas no tuvieran que volver solas andando. Maridos, padres, hijos y hermanos iban a buscar a sus familiares a su centro de trabajo cada día para acompañarlas de vuelta al hogar. Se imprimieron octavillas alertando de la peligrosidad de los lugares apartados.

En el que fue su último crimen, el 4 de marzo de 1970, el Vampiro envió una carta a la policía informándole de detalles del asesinato y anunciando que la policía no le cogería con vida.

Pero una vez que prendieron a un culpable, las autoridades convirtieron el juicio en un espectáculo. En la sala había aforo para medio millar de personas, algunos iban con termos de café con la mentalidad expresa de presenciar un show. Hubo famosos en la sala, actores y escritores. También colas para entrar, peleas para hacerse con los asientos. Detalla el escritor que una mujer fue con sus propios cuadernos para  tomar nota de todo. En las audiencias participaron hasta setecientas personas.

Aún no se sabe si el acusado era culpable o no, pero no se defendió. Estaba deprimido, roto. Ni siquiera aportó sus testimonio. Como mucho, palabras sueltas. Su personalidad se fue destruyendo desde el primer día. Al principio, tenía una voz firme, pero estuvo dos años encerrado en una celda sometido a interrogatorios. En las grabaciones, después de todo ese tiempo, parecía una persona completamente distinta. De todos modos, dejó clara una cosa en sus testimonios: «No maté».

Los días que permaneció en prisión fue exhibido como un trofeo. Tanta fue su popularidad que se organizaban pases públicos para observarle, alguna visita pidió que le firmase un autógrafo en una fotografía. Tras ser ejecutado, se hizo un molde con su cara para hacer bustos. Uno de ellos acabó en el despacho de Gierek, que ya había sustituido a Gomulka como primer secretario del Partido Comunista de Polonia. Tras la violenta represión desatada contra las protestas de trabajadores en diciembre de 1970 por la subida del precio de los alimentos, en las que murieron cuarenta y dos manifestantes, la situación fue tan grave que le costó el puesto al presidente.

Hubo policías y periodistas que protestaron, no les encajaba que Marchwicki fuera el culpable, pero el juicio era demasiado complejo. Había muchas víctimas, muchos datos, demasiados sospechosos y mucha prisa por encontrar un chivo expiatorio y zanjar el problema. Lo grave fue que ninguna de las mujeres que sobrevivieron al ataque reconocieron al acusado como su agresor. De hecho había indicios de que el verdadero Vampiro de Silesia era otro hombre, pero se había suicidado.

Se trataba de Piotr O., había asesinado a su suegra, mujer e hijos y luego se prendió fuego. Quizá él envió la carta que recibió la policía. Ya le estaban investigado por uno de los asesinatos imputados al Vampiro. Todos los que dudaron del desarrollo del caso pasaron a denominarse los «Kaliszany», por el coronel Kalisz, que no se creía la investigación y no lo ocultó.

El hermano Henryk, tras cumplir su sentencia, intentó que se reabriera el caso en los novena para que se aclarase la verdad, pero murió en 1998. Para algunos medios su muerte es sospechosa. Oficialmente se cayó por unas escaleras, se rompió la columna en el golpe, pero en ese estado volvió a subirlas y se acostó para morir en su cama. Algo no les cuadra por mucho que la autopsia mostrarse que estaba completamente borracho.

Para Józef Gurgul, fiscal del caso, incluso hoy no hay duda de que se ejecutó al verdadero culpable. En el diario Polska Times explicó recientemente que las mujeres supervivientes de los ataques declararon que tenía una mirada salvaje, sin pupilas. Para el fiscal no había duda porque Marchwicki padecía nistagno horizontal, un movimiento incontrolable de la vista que, en su caso, hacía que si estaba alterado solo se percibiera el blanco de los ojos en su mirada.

También jugaron en su contra los testimonios que lo incriminaron, especialmente el de su mujer, que lo describió en el juicio como un sádico que abusaba de ella y de sus hijos. Ha trascendido que al final del juicio el acusado lo que estaba era resignado porque si hasta su mujer le acusaba del delito ya no tenía más fuerzas para luchar.

No obstante, en su casa, sostiene Gurgul, había objetos personales de las víctimas y un látigo con el que se mató a una de ellas. Todos los crímenes se produjeron en lugares que conocía, donde tenía amigos o había trabajado, y hubo detalles que se le escaparon en los interrogatorios que solo podía conocer el asesino. En los años noventa empezaron las especulaciones sobre la inocencia del sentenciado a muerte, pero, según el fiscal, porque nadie se molestó en leerse toda la documentación.

Para Teresa Semik, de la revista Dziennik Zachodni, que siguió el caso en su momento, el problema no es que el acusado no fuese culpable de asesinato, sino que varios asesinatos no se pudieron probar que fueran suyos.

Con tanto misterio y tanta duda, no es de extrañar que el Vampiro de Silesia haya pasado a formar parte rápidamente de la cultura popular polaca, con referencias múltiples en libros y películas. La última de todas ellas, Jestem Morderca (Soy un asesino), de Maciej Pieprzyca, que está disponible en Filmin y apuesta claramente por la versión que sostiene que se condenó a un inocente para salvar la cara del Estado.

Es una intriga policial canónica en sus formas, pero que al tener un marco referencial diferente, el régimen comunista, resulta mucho más atractiva que lo habitual por sus giros inesperados. Hubiera ganado de lanzarse el autor a un realismo sucio, como el añorado Balabanov cuando retrataba su Unión Soviética, pero aún así es un film estimulante.

No obstante, la pieza magistral sobre la pena de muerte en Polonia sigue siendo Krótki film o zabijaniu de Krzysztof Kieslowski. Fue el quinto capítulo de aclamado Dekalog, su serie sobre cada uno de los diez mandamientos de la ley de Dios, y sin duda el más asequible para todos los públicos. Es difícil no recordarla cuando se ve ahora Soy un asesino, porque las dependencias penitenciarias que salen en ambas se parecen mucho. Aunque la obra de Kieslowski, que fue con la que se dio a conocer en Europa, no planteaba dudas en el caso de asesinato que se juzgaba. El de un joven que había matado a un taxista prácticamente por aburrimiento. Sino que ponía el foco en lo absurdo y tétrico de ambas muertes, la del inocente en la calle y la del culpable en el patíbulo. El éxito del director fue que lograba estremecer con ambas muertes en un alegato contra la pena capital ejemplar. Con el Vampiro de Silesia lo que preocupa es si se ejecutó al que no era, pero nunca parece que preocupe que no es muy católica la pena de muerte.


Maneras de matar a un hombre

Retrato de Fernando VII (detalle), por Francisco de Goya, ca. 1815.

Si crees que sabes bastante de una época, lee a Fontana. Entonces comprobarás lo equivocado que estás. Un ejemplo de esto se ve perfectamente al enfrentarse a un personaje como Fernando VII, que no pasa precisamente por ser uno de los reyes más brillantes de la historia de España.

Hay cuatro citas de su libro La época del liberalismo (tomo 6 de la Historia de España que dirige junto a Ramón Villares) que tenemos que traer a este artículo, las tres primeras son demoledoras, y reafirman al lector en la idea, bastante extendida, de que Fernando VII era un necio integral. La cuarta cita contradice a las tres primeras y es la que más interesa aquí. Después de leerla se empieza a mirar con otros ojos a este rey, a comprender que la realidad es más compleja de lo parece (como suele suceder, aunque hace falta alguien que te la muestre), y que Fernando VII era más listo y más lúcido (aunque igual de egoísta e hipócrita) de lo que parecía.

Cita uno:

No hace nada, ni lee ni escribe ni piensa.

Cita dos:

Bueno, pero sin instrucción ni talento natural, ni tan solo despierto.

Estas dos citas son la descripción que hace de Fernando VII su primera esposa, la pobre María Antonia de Nápoles, una mujer inteligente que por desgracia (en la historia de España a la ineptitud se le une muchas veces la mala suerte) murió de tuberculosis al poco de casarse.

María Antonia en sus cartas es todo lo sincera que puede ser, y como única virtud de su marido pone su carácter «bueno», pero los franceses que lo custodiaban (o que hacían como que lo custodiaban, porque él no parecía tener la menor intención de escapar) en el palacio de Valençay, durante la guerra napoleónica, no ven ni siquiera esa posible bondad cuando lo describen: «No se le conocen ni vicios ni virtudes». A lo que añaden que se pasa el día sin hacer nada, y que el palacio está lleno de libros pero no se le ocurre jamás coger alguno. Vamos, que es un soso de cojones, un tío aburrido y nada interesante, y desde luego ignorante como él solo.

Pero luego viene la cuarta cita y es cuando el lector pone a prueba sus prejuicios. Cuando el libro de Fontana marca la diferencia con los otros libros. Cuando se nos muestra a un personaje que se preocupaba por el gobierno, aunque para él el gobierno fuera simplemente mantenerse en el poder, y, sobre todo, que sabía bien qué convenía hacer en cada momento y quién tenía que encargarse de cada asunto. Y todo eso se extrae de una simple frase, que pronunció el mismo rey en persona, hablando de uno de sus principales verdugos. Un tal «Conde de España» (el título no puede ser más apropiado) que se dedicaba a ir matando a todos los traidores que pillara, ya fueran liberales o ya fueran protocarlistas. Cuando le reprochan su crueldad y sus curiosos métodos (el tal conde por lo visto era bastante sádico, además de borracho, maleducado, irreverente y unas cuantas cosas más), el rey, tranquilamente, contesta:

Está loco, pero para estas cosas no hay otro.

Y ahí está la clave del asunto, porque, aunque Gabriel García Márquez haga decir a su viejo dictador: «Hay órdenes que se pueden dar, pero no se pueden cumplir», lo cierto es que no, que hay órdenes que nunca se deben dar, porque, una vez dadas, siempre se encuentra a alguien dispuesto a hacerlas cumplir. Y sí, puede que estos verdugos sean unos locos, unos sádicos, unos cabrones asquerosos, pero esa locura, ese sadismo, esa crueldad es perfectamente útil y, de hecho, es lo que les hace merecedores de semejante cargo. Fernando VII lo dice muy clarito: si es perfecto para este trabajo, es precisamente porque está loco.

Pensemos en los verdugos nazis. O en las dictaduras argentina y chilena. Pensemos en la represión de la España franquista. O pensemos, como me pasó a mí en cuanto leí eso, en los vigilantes de los gulag de Stalin de los que habla Vitali Shentalinski en su libro De los archivos literarios del KGB (ed. Anaya y Mario Muchnick, 1994). Pensemos en su crueldad y en su sadismo aparentemente gratuito, caprichoso, inexplicable, innecesario, banal en el fondo. ¿Realmente todo es tan absurdo como parece? ¿O no? ¿Y si el sadismo de los verdugos nunca es gratuito, ni caprichoso, ni inexplicable, ni (desgraciadamente) innecesario o banal, sino, todo lo contrario, que es muy útil, muy útil para ellos (pues si fueran mejores personas tendrían que buscarse otro trabajo) y muy útil para el dictador que les manda hacer el trabajo sucio? ¿Y si todos los Fernando VII del mundo tienen razón? Los verdugos, cuanto más locos, más eficaces resultan.

El verdadero terror, se puede pensar, es así: loco, caprichoso, inexplicable. El verdadero terror es impredecible, no se somete a reglas lógicas, no se puede entender desde la sensatez, la humanidad y el sentido común. Y los dictadores lo saben, los déspotas lo saben, los reyes absolutos lo saben. ¿A quién hay que temer más, a un gobernante muy riguroso y muy severo pero cuerdo y, por tanto, justo, o que trata de ser justo, o a un loco caprichoso e impredecible que lo mismo te colma de regalos que te hace decapitar al momento, según se le antoje?

Antes de contestar, dejemos que Vitali Shentalinski nos cuente algunas de las razones para matar a un hombre que aparecen en su libro.

Prisioneros trabajando en la construcción del Canal Mar Blanco-Báltico, 1931–33. Imagen (DP).

«Todos los ciudadanos de nuestro país sabían que vivían bajo la mirada de la Lubianka, que podía intervenir en sus vidas en cualquier momento y hacer de cada uno lo que quisiera. Que era imposible protegerse de ella». Esa declaración categórica aparece en las primeras páginas de su libro y, por si el lector tiene la tentación de pensar que exagera, el mismo autor se encarga, con los documentos en la mano, de demostrar que de eso nada, que cualquiera podía ser detenido en cualquier momento y por cualquier cosa, y que eso era lo verdaderamente monstruoso, lo verdaderamente horrible de la dictadura estalinista y, por extensión, de cualquier dictadura.

Hay muchos ejemplos, tenemos, por un lado, los casos de escritores o intelectuales rusos, que forman los capítulos principales del libro. Esos casos ya son bastante conocidos, aunque, desde luego, siguen siendo impresionantes, y animo al lector a que se lea el expediente de, por ejemplo, Isaak Bábel, y comprenda su angustia cuando confiesa que «se daba cuenta de que tenía que publicar algo, porque su silencio se convertía en una manifestación claramente antisoviética». Pero también tenemos otros muchos casos mucho menos conocidos, expedientes de personas que no destacaban por nada, ni por sus libros ni por sus ideas, de gente anónima, de ciudadanos de a pie, de gente normal y corriente, de personas que tienen sus trabajos y cumplen las normas y procuran no meterse en política ni en líos y que, sin embargo, por cualquier motivo, van a parar a un campo de prisioneros en Siberia o van a acabar delante de un pelotón de fusilamiento, y a veces, incluso, sin saber de qué se les acusa.

Y, por supuesto que Orlando Figes y otros grandes historiadores ya han destripado bastante bien el terror estalinista, pero el libro de Vitali Shentalinski es otro de esos libros fundamentales. No hace historia, no da teorías, no pretende explicar una época ni tiene grandes ambiciones, solo muestra los documentos, y los documentos, ya se sabe, no tienen vergüenza:

«Organizó el asesinato de una serie de personas que consideraba molestas, incluida su mujer», se dice en el expediente del juicio a Ezhov, un lacayo de Stalin caído en desgracia que, como tantos otros, utilizó su cargo de Comisario del Pueblo de Interior para quitarse de encima a todos los que le caían mal o le daban problemas, incluida también su mujer y el primer marido de esta, que, debemos suponer, también debía de resultarle «molesto».

Otras veces el motivo para ser condenado a muerte es tu apellido. Sí. Simplemente tu apellido. Como el caso de una amiga de Anna Ajmátova, cuyo marido, nos cuenta Vitali, fue condenado a muerte solo porque tenía el mismo apellido que Trotski. Y no, no digo que fueran familia, no digo que fueran primos o sobrinos o lo que fuera, no, simplemente tenían el mismo apellido. Y punto. Eso fue suficiente para mandarlo a la tumba. Y, por cierto, como solían hacer, a su mujer no le dijeron que estaba muerto. Silencio administrativo. No hay comunicados, no hay cartas, no se sabe nada, ni donde está ni qué ha pasado. Se lo llevan detenido y punto final. Se lo traga la tierra.

Pero el caso que posiblemente más llama la atención es el de un joven campesino que acabó en un gulag, torturado salvajemente hasta casi la muerte (entre otras cosas, le tiraron cubos de agua helada y lo dejaron desnudo y mojado toda la noche, con el agua transformándose en hielo por las bajas temperaturas, esperando que muriera de frío mientras los guardianes se reían de él y hacían bromas). ¿Cuál era el delito, era un espía, un saboteador, un intelectual peligroso, un asesino, un ladrón? No. Nada de eso. Era un simple campesino. Un campesino que no había renovado sus documentos a tiempo y que había tenido la mala suerte de ir por ahí con un documento de identidad caducado. Eso era más que suficiente para matar a un hombre: algo que se solucionaba con un simple papeleo administrativo. Pero, claro, ya lo cuenta Orlando Figes, ya lo reafirma Vitali: «Si no hay enemigos, nos los inventamos, si no hay conspiración, pues la inventamos». Hay que encontrar culpables. Y todo vale.

Por eso, ni siquiera hay que cometer un delito, el que sea, el más tonto posible, como escribir un verso donde se dice que «Los gorriones se posan sobre viejos balcones», porque eso de viejos balcones ya es ideológicamente subversivo, puesto que en la madre patria todo tiene que ser nuevo y limpio y reluciente (y no, no es broma, es una situación real a la que se enfrentó el mismo Vitali, en su juventud proyecto de poeta, y decimos «proyecto» porque, luego de tropezar con las autoridades, en este caso representadas por el jefe de la organización local de escritores, ya se le quitaron las ganas de escribir más poesías), ni siquiera hay que cometer un delito, repetimos, porque para condenar a un hombre y para fusilarlo basta con que exista la posibilidad remota de que ese delito sea cometido. Y sí, no estamos exagerando…

¡Sabemos perfectamente que usted no forma parte de ninguna organización y no hace propaganda! Pero, llegado el caso, nuestros enemigos pueden fijarse en usted; y si le proponen actuar contra el poder soviético, puede que usted no se resista. No podemos actuar como el Gobierno zarista, que perseguía por crímenes ya cometidos, sino que debemos prevenir esos crímenes. Si no, ¿qué pasaría? ¿Habríamos de esperar a que alguien cometiera un crimen para castigarlo? No, eso no sirve. Hay que ahogar el mal en embrión. ¡Nuestra causa estará así más protegida! (Palabras del oficial instructor del caso contra Pável Florenski, recogidas en el expediente del mismo. 10 de septiembre de 1935).

Y sí, la fecha es importante, estamos solo a comienzos de la dictadura estalinista. Es el comienzo del terror. A Stalin le queda hasta 1953 para ir afinando su máquina de matar.

¿Y qué se puede decir? Si un gobernante loco es peligroso y un gobernante despiadado aunque supuestamente justo también es peligroso (aunque él se excuse, naturalmente, en «razones de Estado»), ¿qué se puede decir de una gente que considera que el malvado zar era un blando porque solo perseguía a los que habían cometido un crimen, y no a cualquiera que en cualquier momento pudiera cometer un crimen? ¿Y qué podemos esperar si a esta lógica sádica, despiadada y paranoica se le junta la locura caprichosa, festiva y miserable de los verdugos?

«Está loco, pero para esas cosas no hay otro». Lo decía Fernando VII. Pero bien lo podría haber dicho Stalin de cualquiera de sus jefes de policía, a los que, por cierto, después iba fusilando cuando dejaban el cargo. ¿Y sabéis qué es lo que más jode del asunto? Que poco después a Stalin tuvimos que agradecerle que nos ayudara a parar a Hitler.


Las chicas Manson: la felicidad es un arma humeante

Susan Denise Atkins, una de las implicadas en el asesinato de Sharon Tate, 1970. Foto: Cordon.

Charles Manson entró en el reformatorio a los catorce años. Salió con veinticuatro y fue condenado a prisión otros diez años. En 1967 se le concedió la libertad condicional. Tenía treinta y dos años. En 1971 fue sentenciado a pena de muerte, pero esta se conmutó por cadena perpetua. A sus ochenta y dos años, pensaríamos que ha quedado como una reliquia perversa de la Era Hippie, pero siempre hay una noticia y el mundo entero se hace eco: rumores sobre su muerte, bodas por sorpresa y los enésimos documentales y películas de la Familia… Si Manson no consiguió su objetivo, ser estrella de la música pop, tras los crímenes y el juicio se ha convertido en uno de los personajes más famosos de los últimos tiempos, por medio del proceso de transformación de los asesinos en objetos de consumo. Sobre todo, por su proceso.

Todo comenzó en agosto de 1969, cuando la policía no tenía pista alguna sobre los autores de los asesinatos en Cielo Drive y Los Feliz. A pesar de ello, los medios de comunicación se explayaron en detalles sobre las muertes y las vidas privadas de las víctimas, Saron Tate y sus amigos y el matrimonio LaBianca, quienes parecían ser las únicas responsables de lo que les había sucedido, al encontrar drogas en los domicilios (cantidades grandes, incluso para la época y Hollywood), y supuestas relaciones con grupos mafiosos. Lo que fue un acontecimiento especialmente macabro se transformó en el carnaval de las grandes audiencias, toda vez que el país se hallaba inmerso en la crisis de las protestas juveniles, los disturbios raciales y el comienzo de una guerra atroz que las autoridades no querían ni sabían cómo afrontar.

Los habían tenido delante todo el tiempo, incluso fueron detenidos por robo de vehículos y vandalismo mientras buscaban desesperadamente a los asesinos, pero cuando por fin descubrieron que ellos eran los responsables, fue como encontrar a los culpables de cada muerto en Vietnam, de cada herido en las calles de Chicago. Aquel hombrecillo seguido por varios colgados y su harén de chicas teledirigidas, tenía que ser, por fuerza, el mismísimo demonio. Pero él afirmaba que no, que en realidad se veía como la reencarnación de Jesucristo y su mensaje era de amor y respeto por las criaturas de la naturaleza; sin duda, en un espantoso gesto blasfemo. El gurú psicópata se convirtió en el producto perfecto para justificar ante los americanos por qué les estaban pasando unas cosas tan malas.

Los asesinatos truculentos, con víctimas femeninas y escenario adornado con signos raros, han servido para desviar la atención y el miedo de otros asuntos, como la guerra, la crisis económica o la sequía. La mística de la violencia se ha transformado mucho, pero la cultura es más receptiva con los asesinos «locos», el amok o el criminal de masas, que con los que actúan con una motivación ideológica, por muy extravagante que esta sea. La familia Manson disponía de todos los elementos necesarios para sacudir y remover las entrañas de Norteamérica. Y el mundo entero, de paso. Sin entrar en lo horrible y en las razones de los crímenes, que parecen un poco más cicateras que el plan mesiánico del «Helter Skelter», el público los condenó antes de ser juzgados, igual que hicieron el tribunal, los medios y hasta el presidente Nixon. Era un grupo de desarraigados casi adolescentes que sobrevivían como nómadas, primero en varias localizaciones de California, después en el desierto de Nevada, mientras buscaban en la arena la puerta a una ciudad subterránea, donde esconderse del apocalipsis que iban a desencadenar los negros contra los blancos, según profetizaba su líder (augurios poco fiables: no fueron los negros, sino los blancos de clase media los que tomaron las armas. Los Weathermen comenzaron sus acciones violentas en octubre del 69).

La mayoría de los mansonitas se había escapado de casa y pertenecía a familias de clase media poco afortunadas (solo había algunos ejemplos de chicas de origen acomodado, que no duraron mucho). Las mujeres eran muy superiores en número, casi todas tenían niños que habían traído con ellas o los habían concebido con Manson. En una última ráfaga de paranoia y violencia, un pequeño «comando», escogido por el líder, mató salvajemente a esas nueve personas y dejó en los escenarios, escritos con la sangre de las víctimas, mensajes que sugerían ser proclamas antisistema (algunas solo eran palabras extraídas de canciones de los Beatles, y encima mal escritas). Manson no participó, pero luego entró en las casas para borrar huellas y dejar el decorado todavía más espantoso si cabe.  

Lo peor de todo no fue encontrar que detrás de aquella insana carnicería no había más que un mensaje muy, pero que muy sencillo. Un refrito de lemas de la cienciología, autoayuda de Dale Carnegie y citas de la Biblia para contestatarios sin mucha preparación. También fue muy desalentador descubrir que Manson, bajo aquel aparataje teatral de muecas y frases grandilocuentes, no estaba tan chiflado como el público temía o acariciaba temer, sino que era un personaje de inteligencia mediana (por eso quizás se le negó la posibilidad de defenderse a sí mismo), con el suficiente encanto para poder haber llegado a telepredicador o líder de gran éxito en otras circunstancias. Lo peor, sin duda, lo que no se entendía, era lo de las mujeres. El público podía demonizar a la generación hippie en Manson y sus escuderos (aunque, de nuevo, Manson jamás se identificó con el movimiento, entre otras cosas, porque es/era un tipo especialmente racista y misógino, de ahí la profunda ironía de este caso), pero lo de las mujeres desafiaba cualquier explicación.  

El juicio-espectáculo hizo imposible tratar el caso con objetividad, pero las chicas Manson y su conducta descabalaron la estrategia de focalizar toda la responsabilidad en él. Ellas pasaron de seguir un estricto plan de obediencia, mostrándose desafiantes al tribunal, con la técnica aprendida de Manson de responder con gestos burlones, cantos y risas histéricas, para después transformarse en inofensivas víctimas que denunciaban entre lágrimas a su antiguo gurú. Siguiendo con el símil bíblico, que tanto inspiró a Manson, una le vendió en cuanto fue detenida (Linda Kasabian), y otra, la mano derecha del líder, Susan Atkins, firmó un contrato millonario para un libro de memorias y después renegó de él. Es cierto que las chicas eran usadas conforme al concepto patriarcal de la comuna, como criadas y objetos sexuales, y a menudo sufrían palizas y abusos pero, como se preguntaba Colin Wilson en su libro Los asesinos (Caralt, Barcelona, 1976), ¿no fueron ellas las que lo eligieron como jefe supremo y lo convirtieron en lo que fue? Sin ellas, la sobredimensión de esta historia no se hubiese podido realizar, a pesar del marketing político. La extraña ambivalencia de estas mujeres, por un lado mostradas como inocentes presas de la secta, pero también capaces de surgir como oscuras y peligrosas amenazas, en un momento en que estaban siendo puestos en entredicho y de forma radical los roles familiares y de género, fue la clave. Manson quedó convertido en el monstruo que acecha tras la década de la revolución y todavía sigue dando mucho juego en la literatura, el cine y las pesadillas, a juzgar por la cantidad de películas, libros y páginas web que se siguen produciendo.

Las chicas, nostalgia de los sesenta y fetiches macabros

Leslie Van Houton, Susan Atkins, Patricia Krenwinkel, 1970. Foto: Cordon.

Deben estar haciendo los preparativos para celebrar (sinónimo de explotar comercialmente) los cincuenta años del acontecimiento, porque para 2016 se estrenaron una serie de televisión y dos películas, así como una novela inspirada en los hechos de la Familia fue uno de los best sellers del año. Sobre la serie en cuestión, Aquarius, hecha para NBC y lanzada como reclamo junto a Hannibal, solo digamos que no pasó de la segunda temporada y que la comparación con la otra es odiosa y muy desafortunada. Es sorprendente que un personaje de ficción, Hannibal Lecter, haya tenido un despliegue tan interesante desde su nacimiento literario en cine y televisión, y sin embargo un personaje real con la trascendencia social de Charles Manson aún no haya encontrado una proyección en cine o arqueologías literarias lo suficientemente dignas (con perdón). Ni siquiera en las series documentales de true crime. Cuando toca el episodio de Manson, siempre lo estropean. El estereotipo, el regodeo sexual y la misma manipulación que se hizo hace cincuenta años sigue sobrevolando las revisiones de esta historia. Sin duda, Gregg Jakobson, el compositor amigo de Dennis Wilson, que conoció a los mansonitas, fue quien les puso el nombre de «la Familia» y le sugirió tantas veces a Manson la producción de una película documental para Hollywood sobre él y sus acólitos, quizá podría haber cambiado el curso de la historia. Al menos, el del cine malo en su nombre. Porque lo mismo sucede con Manson´s  Lost Girls, una película producida para el canal Lifetime, cuyo único interés, supongo, debe ser la aparición de hijos e hijas de actores muy conocidos en Hollywood, que para sorpresa de todos también han decidido ser artistas, en las escenas de sexo y violencia en la comuna del Rancho Spahn.

Por suerte, hay aproximaciones distintas. La novela debut de la californiana Emma Cline, Las chicas (Barcelona, Anagrama, 2016), que también espera una futura adaptación al cine, no es una narración precisa sobre la vida de Charles Manson en el periodo fatal de la comuna, sino una evocación de aquel tiempo y el «suceso» desde una perspectiva diferente. Se convierte en el testimonio de una chica imaginaria de la Familia que rememora su vida en el presente, completamente estancado por el pasado y esos hechos terribles. El verano de 1969 en California es el paisaje donde se ha quedado suspendida la vida de Evie, la casi niña protagonista, perdida en una carretera hacia el desierto. Pero no por la influencia directa del líder «satánico», que aquí es presentado como un músico mediocre que vuelca su ira contra los componentes de la comuna, sino por la amistad y la devoción entre las mujeres, especialmente una, que es reflejo de la verdadera Susan Atkins.

Evie no es deslumbrada por Russell, sino por estas chicas salvajes, pasivas ante el hombre, pero al mismo tiempo agentes capaces de decidir, querer y matar, lo que trastoca su percepción. De la zona acomodada de un pueblo sin alicientes y padres divorciados, más pendientes de sí mismos que de ella el padre se ha vuelto a casar con una mujer más joven y la madre se ha entregado al consumismo de los productos New Age para regenerar y estirar la juventud, la protagonista no encuentra consuelo para sus escasas habilidades sociales y su falta de atractivo hacia los chicos, según el estándar que buscan los que la rodean. Cuando las chicas aparecen en el autobús escolar pintado de negro y la recogen como a un animal herido, se desvela ante ella un mundo que no está sometido a reglas ni a las convenciones de padres, amigas del colegio o intereses románticos. El personaje de la Suzanne ficticia es violento y rencoroso, está dañado como el resto de las mujeres de la comuna,  pero ejercerá de tutora fraterna, incluso protectora con la protagonista en el desgraciado acto final. Evie entenderá que la vida puede transcurrir por otros caminos, que las mujeres pueden decidir y no esperar a que alguien les diga que lo hagan. Eso sí, lo aprenderá de la forma más traumática posible, aunque Cline no se atreve a mostrar el lado más crudo de lo que realmente fue para las componentes de la Familia la convivencia con Manson.

Las chicas es un ejercicio muy brillante de estilo, planteado como introspección adolescente y nostalgia de la famosa Era de Acuario, en el que se hace hincapié en los roles de las mujeres y los grandes cambios que comenzaron en ella. Por desgracia, la protagonista, aunque varada en el tiempo, detecta que en el presente, tras esa época de transformaciones sociales, la situación entre hombres y mujeres parece ser igual que entonces, cuando es testigo de la conducta de los adolescentes que la visitan en casa. La novela ha sido recibida con entusiasmo, pero también le han llovido críticas por escoger los acontecimientos de la Familia Manson para armar este relato y la personalidad de la niña protagonista, dejando un tanto en el aire al resto de figuras y sus motivaciones; más que explicación en profundidad, como simple justificación o adorno. Si bien es verdad que los personajes quedan un poco desdibujados, las chicas incluidas, me ha sorprendido que la mayoría de críticas negativas hayan acentuado la falta de presencia del líder, o peor, su caricatura de penoso cantautor pop, como si se estuviese cometiendo una falta de respeto por la figura de Charles Manson.

Cline centra la trama del líder de la comuna en su delirio por firmar un contrato discográfico, como de hecho sucedió en realidad, y sus esfuerzos en convencer a una lista de estrellas del rock (por ejemplo, Neil Young, Cass Elliot, John Phillips, Frank Zappa), y representantes de artistas (Terry Melcher, productor de los Byrds; Paul Rothchild, de los Doors) de que él era la nueva esperanza de la música juvenil. En la novela, Russell persigue a Mitch Lewis, un popular músico pop, lo soborna con los favores sexuales de sus chicas, invade y saquea su lujosa casa, le sablea grandes cantidades de dinero y termina amenazándolo de muerte. Igual que sucedió con Dennis Wilson, el batería de los Beach Boys, playboy millonario y mundialmente conocido, pero con un infancia dramática de abusos paternos de la que supo aprovecharse Manson, pero no lo suficiente para conseguir ese disco y la esperada fama mundial. Hasta 1970, cuando Phil Kauffman, el roadie de los Stones (sí, el que robó el cadáver de Gram Parsons) y antiguo compañero de cárcel de Manson, aprovechó el tirón del juicio y publicó las grabaciones que Wilson había pagado en otoño del 67, con el título de Lie, usando la portada de la revista Life, «The Love and Terror Cult». A la élite del pop esta grabación no le sonó nada interesante, pero las canciones, si bien un tanto simples, estaban llenas de la energía (o la rabia) que guardaba su creador, y se han convertido, como era de esperar, en objetos de culto, veneradas por una generación adicta al fetiche de la violencia.

A Emma Cline no le interesa el gurú y su excepcional cualidad como manipulador de gente con carencias emocionales, sino las propias chicas y el proceso de transformación de víctimas en verdugos, de objeto-mártir a sujeto-soldado a través de un sangriento rito de paso en esta banda de delincuentes juveniles. Pero la nostalgia por las épocas doradas de la cultura pop que ni siquiera se han vivido, como es el caso de la autora, sigue pesando como un lastre, aunque incida en el hecho más evidente: el marcado carácter reaccionario en que derivó esa revolución de las costumbres y las ideas.

Otra aproximación a Manson distinta a las acostumbradas y con un resultado, en mi opinión, especialmente brillante, es la que ha realizado el director J Davis con la producción de los hermanos Duplass, en una película financiada a través de crowdfunding y que ahora se puede ver en un canal de televisión de pago muy famoso. Se trata de Manson Family Vacation (2016), donde la idea de «la familia» se mezcla en varios sentidos: por un lado, el de la secta de Manson, que es la afición enfermiza que tiene Conrad (Linas Phillips), un personaje desarraigado que lleva toda su vida obsesionado con esta historia (usa el libro de V. Bugliosi, Helter Skelter, como si fuese la Biblia), y por otra, el de su hermano Nick (Jay Duplass), un hombre equilibrado que ha formado una familia feliz, pero se embarca en este viaje absurdo una especie de «proyecto periodístico» por los lugares donde vivieron Manson y sus seguidores, solo para acompañar a Conrad, para estar con él después de mucho tiempo.

Los lazos de familia también se analizan en profundidad, porque los hermanos no son de sangre (Conrad, el mayor, es adoptado, sin embargo Nick es hijo natural de los mismos padres, que no esperaban poder concebir, de ahí el dramático desplazamiento de la atención de uno sobre otro, y las consecuencias a posteriori). Nick es un hombre comprensivo que está horrorizado por el fanatismo de su hermano hacia un asesino, pero Conrad solo ve en Manson a un igual, un niño no querido y abandonado, que reunió a un grupo de gente con las mismas fallas emocionales. El viaje tiene momentos de comedia negra y episodios muy inquietantes en el filo del género del suspense, sobre todo cuando llegan al desierto y se encuentran con un grupo de seguidores de Manson, dirigidos por un antiguo miembro de la Familia (espléndido Tobin Bell) y se desvela la sorpresa final. Además de unas actuaciones memorables, este giro sobre Charles Manson desde una óptica tan opuesta a la que estamos acostumbradas es muy recomendable. En la película se muestra cuál es la raíz y la solución del problema, que no era acabar con los hippies, ni el apocalipsis supremacista blanco. Solo el cuidado de una familia y la reforma de las instituciones educativas y penitenciarias, algo desde luego mucho más utópico y revolucionario.

Diana Bluestein, Nancy Pitman y Rachel Morse, miembros de la Famlia Manson, tras declarar en el caso de Sharon Tate, 1970. Foto: Cordon.


La máquina de muerte de la calle 63

Retrato policial de Henry Howards Holmes, 1895.

Al inspector de policía John E. Fitzpatrick le gustaba la arquitectura. Le gustaban las fachadas, las puertas y los ventanales. En los días que no estaba de servicio, le gustaba pasear por el loop y quedarse un rato mirando las magníficas obras que estaban cambiando el perfil de la ciudad. Los llamaban rascacielos y tenían diez, doce, hasta dieciséis plantas. Y no usaban piedra ni ladrillo, sino que estaban construidos con esas nuevas estructuras de acero tan ligeras y tan rápidas de montar. A veces pedía acompañar a los colegas del cuerpo de bomberos para hacer las inspecciones pertinentes antes de que les concedieran las licencias de apertura. Entonces paseaba con mal disimulado entusiasmo por sus recibidores y sus lobbies aún vacíos, tocaba los vidrios de las ventanas y los marcos de madera de las puertas, subía los peldaños de las escaleras y presionaba los botones de los elevadores que Elisha Otis estaba montando en cada construcción, sin los cuales la propia existencia del edificio carecería de sentido.

Y luego miraba los planos. Le gustaban mucho los planos. Insistía en ello hasta la saciedad cuando era instructor en el ejército: había que comprender los planos para entender los edificios. Para saber por dónde entrar y por dónde escapar en caso de incendio o de escaramuzas armadas. Los planos hablaban de la gente que viviría en ellos, de los espacios, de las alturas y de las distancias a recorrer. Y tenían nombres. Nombres de las obras y de los arquitectos. Nombres que pronto se harían famosos. El Home Insurance de William Le Baron Jenney, el Tacoma o el Monadnock de Holabird & Roche, el Rand McNally de Burnham & Root.

Los propios Daniel Burnham y John Root habían sido los encargados de diseñar los edificios de la Feria Mundial del año anterior. Fitzpatrick recordaba caminar tranquilamente por el parque Jackson, junto al lago, entre los pabellones de los distintos estados y los distintos países. Entre columnatas y cúpulas neoclásicas recubiertas de estuco, tan brillantes que los lugareños olvidaron el verdadero nombre de la Exposición Colombina Mundial y acabaron llamándola la Ciudad Blanca.

John Fitzpatrick había llegado desde Springfield hacía quince años y se sentía un habitante pleno de la ciudad. Se sentía orgulloso de su ciudad. Orgulloso de su gente, de sus comerciantes, de sus trabajadores, de sus obreros, sus constructores y sus arquitectos. Orgulloso de sus bomberos y, por supuesto, de sus policías. Orgulloso de la Feria Mundial y de los nuevos rascacielos que estaban colocando a Chicago en la cima del mundo.

Era 17 de noviembre de 1894 y al inspector John Fitzpatrick le gustaba sentirse al borde de un cambio. Fue entonces cuando recibió un telegrama desde la policía de Boston. Un detective de la agencia Pinkerton acababa de detener al doctor Henry Howards Holmes.

La muerte

El 7 de mayo de 1896, H. H. Holmes, cuyo verdadero nombre era Herman Webster Mudgett, fue ejecutado por ahorcamiento en la prisión de Moyamensing, Pennsylvania. Tenía treinta y cuatro años y había pasado cinco de los últimos siete dedicándose a matar.

El arresto de Holmes se había producido bajo los cargos de robo de caballos y fraude continuado, acusaciones que el propio Holmes confesó. Sin embargo, había algo más. De hecho, había mucho más. El fraude era cierto, porque Holmes estaba especializado en un tipo de estafa muy concreto: la estafa a las aseguradoras. Y comenzó bien temprano. Desde que estudiaba Medicina en la Universidad de Míchigan y robaba cadáveres para desfigurarlos, pretendiendo que los finados habían muerto en accidentes para así luego reclamar las primas del seguro que él mismo había falsificado y contratado. Era solo el principio. Pronto, la escalada criminal de Mudgett se dispararía como una bala de cañón.

En 1886, junto a su esposa Clara Lovering, se mudó a Chicago en busca de una carrera en el negocio farmacéutico. Allí se cambió el nombre y se convirtió en el doctor H. H. Holmes.  Pronto comenzó a trabajar como ayudante en la farmacia de la doctora Elizabeth Holton que, según su propio testimonio, siempre le consideró un hombre esforzado y competente. En 1889 Holmes compró la farmacia a la señora Holton y, con la hipoteca de la misma, adquirió un solar justo enfrente. En la confluencia de la Avenida Wallace y la calle 63 Oeste. A pocas manzanas del parque Jackson y el lago Míchigan.

Se acercaba la Exposición Colombina y el doctor no estaba dispuesto a perder una oportunidad tan franca para hacer dinero. Así que allí, en su flamante nuevo solar, construyó un edificio de tres plantas al que llamaría World’s Fair Hotel, el Hotel de la Feria Mundial, aunque los vecinos se referían a él como el Castillo. También fue entonces cuando conoció a Benjamin Pitezel, constructor y carpintero de pasado turbio, que fue el encargado de dirigir la obra siempre bajo las precisas indicaciones de Holmes.

Mientras tanto, el doctor se había separado de su primera esposa y, aún sin haberse hecho efectivo el divorcio, contrajo matrimonio con Myrta Belknap, con la que se trasladó a su nueva vivienda en la afueras de Chicago, si bien pasaba la mayor parte del tiempo en la ciudad atendiendo a sus aparentemente lícitos negocios. Porque, pese al sobrenombre, el Castillo era un edificio bastante convencional. Con fachada de ladrillo, grandes escaparates y amplios ventanales en forma de bow-window. En la planta baja, Holmes recolocó la farmacia así como varias tiendas de regalos y souvenirs. En las plantas superiores se disponían las habitaciones para los viajeros que, provenientes de todos los rincones del país, habían llegado a Chicago a ver la famosa Feria Mundial.

El edificio permaneció abierto durante todo 1893 y dio acogida tanto a huéspedes como a ciudadanos de Chicago que trabajaron en la farmacia y en las tiendas. Sin embargo, tras el cierre de la Exposición, y con la economía local en un acusado declive, Holmes y Pitezel abandonaron Chicago. Pero no abandonaron sus planes criminales. Con la ayuda del abogado Jeptha Howe, elaboraron un plan para simular la muerte de Pitezel, cobrar el seguro y repartir los diez mil dólares de la póliza entre los tres. Se trasladaron a Filadelfia y pusieron en práctica el engaño. Pero Holmes consideraba que si había algo mejor que simular una muerte era ejecutarla de manera real. Así que mató a Pitezel y le llenó de cloroformo para fingir que se había suicidado.

Eso es lo que declaró el detective Frank Greyer de la agencia Pinkerton cuando fue llamado a testificar en el juicio contra Holmes. Las repetidas reclamaciones de pólizas de seguro y la extraña muerte de Pitezel despedían un hedor insoportable a los ojos de Greyer, así que decidió rastrear los movimientos del doctor por todo el continente. En Texas descubrió que Holmes había participado en una venta fraudulenta de caballos. En Toronto encontró los cadáveres descuartizados y quemados de los tres hijos desaparecidos de Pitezel. Y en Denver  conoció a Georgina Yoke, que afirmaba ser la esposa del doctor Holmes y que no tenía conocimiento de que su marido estuviese casado con ninguna otra mujer. De hecho, solo sabía de la existencia de una amante, una tal Julia Smythe que había trabajado en la farmacia de Holmes y de la que, según su esposo: «Nunca más tendría que preocuparse por ella».

Por eso, cuando Greyer detuvo a Holmes en el puerto de Boston, enseguida puso un telegrama dirigido a la policía de Chicago.

La máquina

El inspector de policía John Fitzpatrick no quería recordarlo. Albergaba la esperanza de que, con la ejecución de H. H. Holmes, las pesadillas desaparecerían. También había pensado lo mismo cuando el edificio de la calle 63 ardió hasta los cimientos el año anterior, pero las pesadillas continuaron. Noche tras noche, peleaba entre la realidad y el día en que entró por primera vez al Castillo.

A Fitzpatrick le gustaba la arquitectura. Creía que los edificios daban forma a la ciudad y que las fachadas, las ventanas y los espacios contribuían a la felicidad de la gente. Servían para que las personas viviesen mejor. Por eso no estaba preparado para lo que encontró la mañana del 18 de noviembre de 1894. Nadie podía estarlo. Porque nadie está preparado para los espacios del horror. Para la arquitectura de la muerte.

En calidad de jefe del departamento de detectives de la policía de Chicago, Fitzpatrick llegó a la confluencia de Wallace con la 63 acompañado de otros dos agentes del cuerpo y de Pat Quinlan, guarda del edificio. La construcción tenía cincuenta metros de largo por unos quince de ancho y la planta baja aún conservaba los restos de las tiendas y la farmacia. Estanterías, almacenes, mostradores y algunos objetos que nunca se vendieron. Estatuillas y muñecas polvorientas con la sonrisa congelada.

Pero los escaparates y las ventanas y la fachada de ladrillo no eran más que una truculenta mentira. «El doctor Holmes nunca nos permitía limpiar los pisos superiores. De hecho, teníamos completamente prohibido el paso», dijo Quinlan. Cuando consiguieron derribar la puerta de la escalera y Fitzpatrick puso un pie en la primera planta, se encontró de frente con el monstruo. Un monstruo formado por cien habitaciones oscuras, sin ventanas. Algunas eran tan pequeñas que apenas cabía una persona, algunas tan bajas que una persona ni siquiera podría permanecer de pie. Puertas que abrían a paredes tapiadas, puertas que solo se abrían desde fuera. En medio de una oscuridad coagulada, el inspector de policía caminó por escaleras que no conducían a ninguna parte y por pasillos que se volvían estrechos y estrechos y cada vez más estrechos hasta que difícilmente podía atravesarlos de perfil. Un laberinto de esquinas angulosas sin salida y puertas que conducían a otras puertas que conducían a otras puertas que conducían a trampas en el suelo que se alimentaban de otras trampas en el techo. Y marcas en el papel pintado de las paredes. Marcas de dedos, de uñas y de sangre. Y restos de vestidos y de telas y de piel y de huesos y cadáveres consumidos, disecados y diseccionados.

Y el olor

Solo habían pasado unos meses desde el cierre del Castillo y todo olía a mil años de putrefacción química. A gas y a cloroformo. Algunas cámaras tenían salidas directas desde las canalizaciones de gas y otras estaban forradas de acero, cuidadosamente insonorizadas y recubiertas de tela de asbesto. Allí, las víctimas se asfixiaban lentamente entre bocanadas tóxicas. Sin que nadie escuchase sus gritos. Sin que nadie sospechase nada. Sin que nadie hiciese nada.

En el sótano, bajo conductos que venían directamente desde las plantas superiores,  encontraron enormes tinas de ácido y decenas de frascos con veneno y hornos crematorios y hasta un potro de tortura. Y esqueletos completos y esqueletos apenas insinuados. Un laboratorio del asesinato en el que Holmes consumaba sus atrocidades descuartizando los cuerpos y vendiendo los huesos y los órganos a las facultades de Medicina. Los huesos y los órganos de Julia, de Lizzie, de Sarah, de Charles y de tantos otros que era casi imposible de determinar. De trabajadores a los que había obligado a firmar seguros de vida para contratarlos y después matarlos. De acreedores, arrendatarios y huéspedes. De hombres, mujeres y niños.

Mientras veía como uno de los agentes dibujaba un croquis del grotesco engendro, con sus paredes y sus laberintos, Fitzpatrick se preguntaba cómo había podido ocurrir todo. Quién había sido el arquitecto. «Nosotros solo trabajamos dos semanas en el edificio y únicamente respondíamos ante las órdenes del doctor Holmes y el señor Pitezel», afirmó uno de los albañiles al Chicago Examiner. «Creo que los que vinieron detrás de nosotros también estuvieron apenas unos días en la obra». Claro, no había arquitecto. El arquitecto era H. H. Holmes y la construcción pasó por decenas de manos distintas, que nunca tuvieron constancia completa de la forma ni el propósito del edificio. Porque el monstruo había sido meticulosamente planificado durante años con una única voluntad. La muerte.

Los planos pronto aparecieron en las páginas del Tribune y del Inquirer, pero también del New York Times y del Boston American. William Randolph Hearst le llamaba el «Murder Castle» e inundaba sus publicaciones día tras día con datos y detalles de los crímenes y de la aberración que se levantaba en la 63 con Wallace. Quizá quería imitar a los periódicos londinenses que habían disparado sus ventas unos pocos años antes con el caso de Jack el Destripador.

Quizá el propio Holmes quiso imitar al asesino británico cuando, tras recibir la sentencia de muerte por el asesinato de Benjamin Pitezel, confesó hasta doscientos homicidios, algunos de los cuales eran claramente falsos. Pero Jack mató a cinco personas, mientras que la policía pudo confirmar al menos veintisiete víctimas del doctor Holmes. Veintisiete.

«Nací con el diablo dentro de mí», declaró Holmes ya en prisión. «No puedo evitar el hecho de que he sido un asesino, igual que el poeta no puede evitar tener la inspiración para declamar. Nací con el Maligno sentado junto a la cama que me vio llegar al mundo, y ha estado a mi lado desde ese momento».

Pero al inspector de policía John E. Fitzpatrick le daba igual. Nunca supo si el monstruo de la calle 63 había sido construido con manos diabólicas o con el puro e incontrolable impulso criminal, pero sí sabía lo que había visto. Sabía que al doctor Holmes no le interesaba ni la medicina ni la farmacia ni los caballos y ni siquiera el dinero. Sabía que el único proyecto de H. H. Holmes había sido la muerte. Y que su arma ejecutora fue una máquina de tres plantas fabricada con horror y ladrillo.

El Castillo de la muerte de H. H. Holmes, ca. 1890.


Amityville, la puerta del infierno

The Amityville Horror, 1979. Imagen: AIP / Cinema 77 / Professional Films / MGM.

El 13 de noviembre de 1974, a las 3:15 de la madrugada, una figura de manos negras le entregó un rifle del calibre 35 a Ronald DeFeo. Luego le siguió en silencio, de habitación en habitación, mientras Ronald disparaba a bocajarro a sus padres y a sus cuatro hermanos en su casa del número 112 de la avenida Ocean de la pequeña ciudad de Amityville.

La policía encontró a los DeFeo en la misma posición en la que Ronald los había dejado: en sus camas, boca abajo y con la cabeza reposando sobre sus brazos cruzados. A su padre y a sus cuatro hermanos (de dieciocho, trece, doce y nueve años) les había disparado por la espalda. A su madre, en la cabeza. Tras asesinarles, metió su ropa ensangrentada y el rifle en la funda de una almohada y lanzó el paquete a una cloaca.

Ronald, que era consumidor de heroína y de LSD, fue condenado a seis cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional. Su abogado alegó locura con el argumento de que Ronald había asesinado a su familia obedeciendo las órdenes de unas voces procedentes de la casa.

Tras su condena, Ronald, que hoy tiene sesenta y cuatro años y sigue en la cárcel, aprovechó los puntos ciegos de la investigación para cambiar su versión de los hechos varias veces. El principal de esos puntos ciegos, el hecho de que ningún miembro de la familia se despertara tras el primer disparo de Ronald. Tampoco ningún vecino dijo haber oído nada. Lo cual resulta extraño teniendo en cuenta que Ronald no utilizó silenciador y que ninguno de los DeFeo había sido sedado esa noche.

Un año después de los asesinatos, la casa de los DeFeo seguía en venta y su precio se había desplomado hasta los ochenta mil dólares. Una ganga, teniendo en cuenta que la enorme vivienda se encuentra a apenas veinte minutos del aeropuerto JFK de Nueva York y al borde de una gigantesca laguna que conduce directamente hasta el océano Atlántico, a solo seis kilómetros de distancia.

Este era el anuncio de venta:

Zona residencial de Amityville: seis dormitorios, colonial holandés, espacioso cuarto de estar, magnífico comedor, atrio cerrado, tres baños, sótano completo, garaje para dos coches, piscina de agua caliente y amplia caseta para botes.

A George y Kathy Lutz, que tenían tres hijos y un perro labrador llamado Harry, no les importó que la casa superara en casi treinta mil dólares su presupuesto. El embarcadero privado les permitiría ahorrarse el dinero que ahora gastaban en un embarcadero de alquiler. Tampoco pareció importarles el hecho de que la casa hubiera sido el escenario de una masacre solo un año antes. Y aún menos que la casa estuviera todavía amueblada con las pertenencias de los DeFeo. Por cuatrocientos dólares extra, esas camas, armarios y sábanas eran una segunda ganga.

Unos racionalistas convencidos, los Lutz.

El 18 de diciembre de 1975, George, Kathy y sus tres hijos se instalaron en la casa. Ese día, algo llamó la atención de George. Los postigos de las ventanas de los vecinos que daban a su casa se encontraban cerrados, cosa que no ocurría con los que estaban orientados en otras direcciones.

Lo que ocurrió durante los veintiocho días siguientes, que es el tiempo que tardaron los Lutz en huir de la casa, sigue siendo el patrón con el que se cortan aún hoy todas las historias sobre casas encantadas.

La primera de esas historias tuvo como protagonista al sacerdote Ralph J. Pecoraro. Pecoraro, como era costumbre por esos lares, visitó la casa para bendecirla cuando se lo pidieron los nuevos propietarios. Al subir al segundo piso, el de los dormitorios, el sacerdote pudo oír una voz masculina que le chillaba «Vete» desde una de las habitaciones cerradas. Solo él oyó la voz. Al abandonar la casa, Pecoraro les sugirió a los Lutz que no pasaran mucho tiempo en ella, y menos tiempo aún en el segundo piso.

George empezó casi de inmediato a sufrir un raro tipo de insomnio que le hacía despertarse cada noche a la misma hora, las 3:15. Una de esas noches, George oyó música procedente de la planta inferior: trombones y tambores lejanos. Cuando bajó las escaleras, la música, que no había despertado a ningún otro miembro de la familia, dejó de sonar. En el comedor, los muebles habían sido apartados hacia los lados formando un pasillo, como si efectivamente hubiera desfilado por allí una banda de música.

Su hija Missy empezó entonces a hablar de un caprichoso amigo imaginario, un cerdo llamado Jodie. Jodie parecía hablar con ella a todas horas. Un día, mientras estaba en el jardín, George vio a Missy en la ventana de su habitación. Tras ella, en la oscuridad de la estancia, pudo entrever una figura gigantesca remotamente parecida a un cerdo. Cuando subió corriendo hasta su habitación, George encontró a Missy durmiendo plácidamente en su cama.

El amigo de Missy intensificó poco a poco sus exigencias. Un día le dijo a la niña que no le gustaba su madre. Otro día le ordenó que jugara con un niño que había vivido en su habitación antes que ella. Jodie también le dijo a Missy que nunca abandonaría la casa. Una noche, George y Kathy vieron una figura de ojos rojos mirándoles a través de la ventana de la planta baja. Cuando se acercaron para ver qué era, la figura, que se parecía a los dibujos que Missy hacía de Jodie, se alejó gimoteando y se ocultó entre los árboles. Sus huellas podían verse claramente en la nieve.

La casa parecía tener vida propia. Las puertas se abrían y cerraban a capricho por más que George y Kathy las cerraban cada noche. Un olor fétido impregnaba la casa a todas horas. En una ocasión, se toparon con una nube de moscas en la habitación de costura a pesar de que era invierno. Las paredes y las cerraduras parecían rezumar una sustancia pegajosa de origen desconocido y que no desaparecía con ningún producto de limpieza. En la cocina, Kathy notó un par de veces un olor a perfume barato. La primera de esas veces notó un roce que ella interpretó como «amable». La segunda vez, ese roce fue mucho más brusco y a cargo de dos presencias en vez de una.

Un día, George y Kathy bajaron al sótano de la casa. Tras unos tablones clavados en pared creyeron intuir algo. Al arrancar los tablones se toparon con una pequeña habitación, de poco más de un metro cuadrado, con las paredes pintadas de rojo. Un pequeño pozo en su centro desprendía un olor nauseabundo. Aparentemente, Ronald solía matar pequeños animales en esa estancia. Entre ellos, pequeños lechones.

George también creyó ver a Kathy levitar sobre la cama durante tres noches consecutivas. En la segunda de esas ocasiones, el rostro de Kathy pareció envejecer veinte o treinta años: su pelo encaneció en segundos y su cara se llenó de arrugas. Al cabo de unas horas, esas arrugas habían desaparecido. En la tercera ocasión, aparecieron en la piel de Kathy marcas rojizas, similares a quemaduras, desde el cuello hasta el pubis. Kathy había tenido la misma pesadilla durante varias noches: una mujer tenía relaciones con su amante en su cama.

George y Kathy tomaron medidas. Una médium, Francine, visitó la casa a petición de la pareja. Tras recorrer sus tres plantas y el sótano, huyó a la carrera. Francine les dijo que no quería saber nada de lo que ocurría allí dentro.

El última día que pasaron en la casa, George y Kathy oyeron gritar de pánico a sus hijos. Cuando llegaron a la habitación de los pequeños, estos les dijeron que alguien había salido reptando de debajo de la cama. Cuando se asomaron al exterior, pudieron ver claramente a una figura blanca, encapuchada y de rostro deforme bajar las escaleras con parsimonia y desaparecer en la oscuridad de la planta baja. George y Kathy cogieron en brazos a sus hijos y abandonaron la casa inmediatamente, en plena madrugada, dejando todas sus pertenencias en el interior. No volvieron a ella jamás, ni siquiera para recuperar sus cosas. La vendieron a pérdida, muy por debajo del precio que habían pagado solo unas semanas antes.

Pocos meses después, el escritor Jay Anson se hizo amigo de George y charló largo y tendido con él sobre lo ocurrido. En 1977, Anson publicó el libro The Amityville Horror. A True Story. En ese libro se basa la película Terror en Amityville de 1979, dirigida por Stuart Rosenberg y protagonizada por James Brolin y Margot Kidder en los papeles de George y Kathy Lutz. El libro y los posteriores artículos que se escribieron sobre la casa encantada más famosa de los EE. UU. daban algunos detalles novedosos. Al parecer, la casa, que había sido construida en 1924, se erigía sobre un antiguo cementerio de los indios shinnecock en el que estos abandonaban a los locos y los moribundos. La sugerencia de que la habitación roja del sótano era la puerta del infierno no salió sin embargo de la boca de los Lutz, sino que fue una interpretación aventurada de los guionistas de Terror en Amityville.

En realidad, toda la historia es un montaje. Los Lutz se habían reunido antes de comprar la casa con William Weber, el abogado de Ronald DeFeo. En esa reunión, los tres diseñaron el fraude tras beberse «cuatro botellas de vino». Todos ganaban. Ronald DeFeo obtenía apoyo para su versión de «las voces». George y Kathy se hacían millonarios con la venta del libro en el que narrarían la historia de la casa. Y Weber obtenía un nuevo juicio para su cliente, así como un porcentaje de los beneficios del libro de los Lutz en concepto de agente editorial.

Pero el ego y la avaricia de los implicados acabaron haciendo fracasar el plan original. Los Lutz y Weber acabaron peleados, el libro lo escribió Anson y las demandas fluyeron hasta acabar involucrando a todos los aprovechados, escritorzuelos de segunda e «investigadores de lo paranormal» que se presentaron en la casa atraídos por su fama y la posibilidad de ingresos fáciles. A lo largo de los años, capas y capas de mentiras, exageraciones, fantasías y distorsiones se han ido añadiendo a la historia original hasta hacerla prácticamente irreconocible.

Hasta el día de su muerte, los Lutz defendieron la idea de que la historia había ocurrido tal y como ellos la contaban. Pero los hechos parecen indicar lo contrario. Los shinnecock negaron que allí hubiera ningún cementerio ni que fuera su costumbre abandonar hasta la muerte a dementes y ancianos. La habitación roja era un simple armario de acceso a las tuberías de la casa. El sacerdote Pecoraro negó haber pisado jamás la casa. La policía reconoció no tener constancia de las llamadas que los Lutz dijeron haber realizado en varias ocasiones. Y la noche de las huellas en la nieve no nevó en Amityville.

Más aún: ni siquiera se ha podido confirmar que los Lutz tuvieran tres hijos. De esos supuestos hijos no queda ni rastro y cuando, muy de tanto en tanto, aparece algún personaje rocambolesco diciendo apellidarse Lutz, no pasan demasiados minutos hasta que este le acaba pidiendo dinero a su interlocutor a cambio de «su versión de la historia».

Los siguientes propietarios jamás han notado nada raro en la casa y su única queja se debe a las hordas de curiosos que se pasean a todas horas frente a ella.

Y, sin embargo, algunos detalles no encajan. ¿Por qué iban los Lutz a gastar todos sus ahorros en una casa de ochenta mil dólares en la que solo iban a vivir un mes a cambio de unos hipotéticos ingresos futuros que nadie estaba en posición de garantizarles? ¿Por qué se reunieron con el abogado de un asesino al que ni siquiera conocían? ¿Y por qué iba un abogado con experiencia a creer que un juez del siglo xx le dedicaría siquiera un minuto de su tiempo a una historia increíble sobre fantasmas que incitan al asesinato de familias enteras? Probablemente la explicación sea tan prosaica como que el mundo está lleno de idiotas avariciosos dispuestos a aliarse para estafar a otros idiotas avariciosos.

En todo caso, algo hemos de agradecerle a Weber y los Lutz. Porque la historia de la casa de Amityville puede ser falsa, pero el miedo que provoca es muy real. O a ver quién es el valiente que baja al sótano de la casa del 112 de la avenida Ocean, a oscuras, a solas y a las 3:15 de la madrugada, a echarle un vistazo a la puta habitación roja.


Un precursor desconocido

Imagen: 20th Century Fox.
Imagen: 20th Century Fox.

Creemos que nuestro tiempo es la gran era de los inventos y los descubrimientos. Falso. En realidad, una persona que hoy tenga cuarenta años no ha podido sorprenderse con ningún hallazgo sensacional. El primer microchip fue desarrollado en 1959 e internet ya funcionaba a principios de los setenta. Ahora disfrutamos de las comodidades de una tecnología asequible: el teléfono es móvil y el ordenador es personal. Pero nadie se queda boquiabierto cuando envía su primer whatsapp. Hace tiempo que movemos textos a distancia.

Hubo unas décadas, en el siglo XIX, que sí fueron asombrosas. Entre 1840 y 1899 aparecieron el teléfono, la bombilla, el fonógrafo, el cine, el avión, la anestesia, el automóvil, la aspirina y la Coca-Cola. Además del marxismo, el anarquismo, el psicoanálisis, las leyes de Mendel sobre la genética y un montón de novelas maravillosas.

Ninguna de estas cosas causó tanto asombro y alcanzó tanto eco en la prensa como otro de los grandes descubrimientos del XIX: el rincón más oscuro del alma humana. Sigmund Freud desarrolló algunas teorías sobre las pulsiones, los hilos invisibles que mueven nuestro espíritu, pero solo empezó a concretarlas a principios del XX. Antes que él, un desconocido exhibió ante el mundo una serie de demostraciones rotundas, indiscutibles, con las que demostró que los confines de la mente eran mucho más turbios, remotos e inexplorados de lo que cualquiera podía imaginar.

No sabemos nada de ese desconocido que en 1888 cometió los asesinatos más célebres de la historia. La ignorancia es tal, que a veces se le considera un personaje de ficción. Existió, sin embargo. Y podemos deducir algunas cosas de él: fue un hombre joven que vivió en Whitechapel, en el East End londinense; tenía un trabajo regular (solo actuaba en fines de semana o festivos, entre medianoche y el amanecer), un aspecto corriente y una cierta experiencia en despiezar animales, racionales o no, con un cuchillo. Eso es todo. Podemos suponer también que nunca usó el nombre por el que se le conoce: lo de Jack the Ripper, traducido sonoramente en castellano como Jack el Destripador, lo inventó el periodista Frederick Best, del Star, para dar más gancho a sus reportajes. Best escribió varias cartas a la policía firmadas como «Jack the Ripper». Aún hay quien las atribuye al asesino.

Scotland Yard nunca tuvo la menor idea de quién era el responsable de los crímenes. En 1894, a raíz de que el diario The Sun asegurara que el Destripador fue un tal Thomas Cutbush, víctima de graves delirios psicóticos, Melville MacNaghten (un jefe de la policía que no participó directamente en la investigación) publicó el nombre de los tres principales sospechosos: el abogado Montague John Druitt, el inmigrante polaco Aaron Kosminsky y el estafador de origen ruso Michael Ostrog. Bastante inverosímiles los tres. En realidad, Cutbush (sobrino de un oficial de policía) encajaría mejor como asesino que los citados por MacNaghten, tan despistado que atribuía a Druitt la profesión de médico.

A la policía le faltaban medios técnicos. Pero sobre todo le faltaba, como al público en general, la capacidad de comprender el impulso que movía al Destripador. Dado que las víctimas, cuatro o cinco, o tres, o quizá seis (ni en eso hay certeza), eran prostitutas alcoholizadas sin un céntimo, el robo podía descartarse. Las mutilaciones, por otra parte, no se compadecían con un simple atraco violento. Scotland Yard barajó teorías que sonaban razonables para la época: un hombre que se vengaba de las prostitutas porque una le había contagiado la sífilis, o un médico que extirpaba úteros para algún experimento. Eran más razonables, desde luego, que las barajadas un siglo más tarde por diversos «detectives de sillón»: conspiraciones monárquicas o masónicas, operaciones zaristas para desestabilizar al Imperio británico, comadronas enloquecidas y muchísimas otras fantasías.

Los detectives decimonónicos más avezados en psicología creyeron estar ante un caso de sadismo extremo, ante alguien tan enloquecido que podía ser reconocible al instante. Eso, para los conocimientos del momento, tenía sentido. Aunque basta con repasar los informes y las autopsias para comprobar que el Destripador no quería infligir ningún dolor a sus víctimas. Situado detrás de ellas en la posición del cliente (lo habitual, por razones de rapidez y para evitar embarazos, consistía en la sodomización de pie contra una pared), las estrangulaba y luego, desvanecidas o ya muertas, les segaba la carótida de una cuchillada, con lo que el chorro de sangre no le alcanzaba. La muerte era casi instantánea. El desconocido obtenía placer sexual hurgando dentro del cadáver, deformando sus facciones (párpados, nariz, pómulos) y llevándose algún órgano como recuerdo: el útero o un riñón.

Los psicólogos contemporáneos tienden a atribuir al Destripador un serio problema con su madre.

El «otoño» del terror duró poco, del 31 de agosto al 9 de noviembre de 1888. Se limitó a una zona concreta, el East End londinense, repleta de inmigrantes paupérrimos y considerada por entonces el área urbana más miserable del mundo. Afectó solo a mujeres de cierta edad (menos la última víctima, Mary Ann Kelly, de veinticinco años), aficionadas a la ginebra y dedicadas a la prostitución de forma habitual u ocasional. Pero provocó un escalofrío planetario. Primero, porque dio un impulso definitivo a la prensa popular: las historias del Destripador se leían con igual fruición en cualquier rincón de cualquier país. Segundo, y más importante, porque asomó a las sociedades decimonónicas a un abismo incomprensible de ritos macabros y fetiches sanguinolentos, una versión revolucionaria del crimen sexual, repleta de símbolos que solo el autor era capaz de descifrar.

El lobo urbano, la alienación, las psicopatías, las simas ocultas de la sexualidad, son hoy elementos de la cultura popular. Podemos incluso establecer una cierta identificación cómplice con personajes monstruosos como Hannibal Lecter. Hemos aceptado que en nuestro subconsciente anidan bestias que a veces oímos chapotear en nuestro cerebro y preferimos no mirar.

Pero hubo una primera vez. Hubo alguien que obligó a la sociedad a mirar lo que hacía y a intentar comprenderlo. El «artista independiente» que «decidió hacerse cargo personalmente del asunto», en palabras sarcásticas del dramaturgo George Bernard Shaw, fue el precursor solitario de los horrores del siglo XX. Y nunca se sabrá su nombre.

Imagen: DP.
Imagen: DP.