Historias de crímenes y monstruos

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The Idle Prentice Executed at Tyburn. (DP)

El segundo de la serie de doce grabados Industry and Idleness, titulado «The Idle Prentice Executed at Tyburn», creado por William Hogarth en 1747, representa una ejecución pública de la época. Junto con el verdugo, el reo, el ataúd y la horca, la multitud se agolpa alrededor del espectáculo. En el centro del grabado, una mujer con un niño en brazos muestra un papel en el que se puede leer «The last dying speech and confession of Thomas Idle». Era habitual en las ejecuciones que se imprimiera y vendiera el discurso del reo antes de morir o su confesión  del crimen y los motivos que le condujeron a la horca. 

Jack Sheppard fue ahorcado en Tyburn, una aldea del condado de Middlesex. El día de su ejecución empezó a venderse un relato autobiógrafico del popular delincuente, cuya autoría algunos atribuyen a Daniel Defoe. Sheppard fue detenido el 1 de noviembre de 1724 y ejecutado quince días después. Para entonces era ya una celebridad, un héroe popular, aunque su loca carrera criminal había durado apenas unos meses. Fue un ladrón de procedencia humilde que se fugó en varias ocasiones de prisión, una de ellas con su amante. Los carceleros cobraban para dejar a la gente entrar a verlo a la prisión de Newgate. El mismo día de su ejecución, su verdugo encontró un objeto punzante escondido con el que planeaba cortar la cuerda y volver a escapar.

Newgate era una sombría fortaleza cercana al Tribunal Penal Central de Inglaterra y Gales, más conocido como Old Bailey. Las ejecuciones allí continuaron hasta 1868. La prisión estuvo en uso más de setecientos años, fue cerrada en 1902 y demolida en 1904. Daniel Defoe, el presunto autor de la falsa autobiografía de Jack Sheppard que se vendió durante la ejecución, fue uno de sus inquilinos más ilustres. Es difícil asegurar con seguridad la autoría del panfleto sobre Jack Sheppard del mismo modo que es difícil atribuir a Defoe el relato periodístico que narra la historia de Jonathan Wild, el criminal que supuestamente entregó a Sheppard a las autoridades y que llegó a ser más famoso que él, pero en su novela picaresca Coronel Jack, el protagonista comienza su carrera delictiva teniendo como maestro a una especie de Jonathan Wild. Ambos ladrones tuvieron una popularidad extraordinaria en su época y han protagonizado novelas, narraciones como la atribuida a Defoe y hasta óperas. 

Muchos criminales de diversa índole fueron inmortalizados a través de la narración escrita de sus hazañas. The Newgate Calendar, The Malefactors’ Bloody Register fue una publicación mensual editada por el guardia de la prisión en la que se narraban las hazañas de los más notorios criminales que daban con sus huesos allí. Estos boletines fueron posteriormente recopilados en libros que se convirtieron en indispensables en los hogares ingleses. En 1774 apareció una edición en cinco volúmenes. En el siglo posterior los abogados Andrew Knapp y William Baldwin publicaron otras versiones, en 1824 y 1826. The Newgate Calendar competía en importancia con la Biblia en los hogares ingleses, y sus truculentas narraciones eran leídas a los niños por su contenido supuestamente aleccionador. The Newgate Calendar inspiró directamente las conocidas como novelas de Newgate, que partían de los casos originales para novelar los hechos añadiéndole exageraciones y en ocasiones glorificando al criminal. El calendario original no estaba exento de exageraciones e incluso de criminales ficticios.

Jack Sheppard, el capitán Kidd, Jonathan Wild o Dick Turpin fueron popularizados en el famoso almanaque. Todos ellos forman parte de la cultura popular en su tierra e incluso en la nuestra: Dick Turpin se hizo famosísimo en España raíz de una serie de televisión de los años ochenta, e incluso existe una película española anterior a la serie inspirada en la vida del highwayman o salteador de caminos, Dick Turpin (1974), dirigida por Fernando Merino, y que parte del personaje real para contar la poco probable y muy fantasiosa revuelta campesina contra el conde de Belfort encabezada por el bandido. Daniel Defoe, en Un viaje a través de toda la isla de Gran Bretaña», también escribió sobre el bandido inglés. 

En nuestro país, este tipo de literatura popular existió, la llamada literatura de cordel: pliegos sin encuadernar que se exhibían para su venta colgados de un cordel. Al menos desde el siglo XIV, las hermandades de ciegos se encargaron en muchas partes de la península de difundir este tipo de literatura. En el siglo XVIII, la hermandad de Nuestra Señora de la Visitación y Ánimas del Purgatorio, formada por los ciegos de Madrid, obtuvo en exclusiva mediante decreto del Consejo de Castilla las relaciones de los reos ajusticiados en la Corte para elaborar una relación en verso de la sentencia, que era previamente solicitada por la hermandad. Durante el siglo XVIII y XIX este tipo de literatura sufrió intentos de regulación y abolición. Carlos III promulgó un decreto en 1767 con la prohibición de, entre otras, las coplas de ajusticiados. Se consideraba lectura de poco provecho y moralmente perniciosa.  

Hay quien se pregunta de dónde sale tanto documental sobre crímenes reales, pero lo cierto es que lo único que ha cambiado es el soporte en el que se narran los crímenes. Incluso la intención moralizante o aleccionadora es evidente en algunos de ellos, como en la docuserie de Netflix Don’t F**k with Cats: Hunting an Internet Killer, en la que un grupo de internautas detectives de salón intenta atrapar a un asesino de gatos que exhibe sus atrocidades por internet, hasta que decide pasar a asesinar piezas más grandes. En él, al igual que en la más reciente Crime Scene:  The Vanishing at the Cecil Hotel, dirigida por el especialista en el género Joe Berlinger, hay un mensaje o advertencia sobre los peligros que puede conllevar la investigación casera de crímenes, en el primero el asesinato y en el segundo la destrucción psicológica de un inocente. 

En 1988 el psicólogo norteamericano Joel Norris, en su libro Serial Killers: The Growing Menace, advertía de la existencia de muchos, muchísimos asesinos en serie en su país. Esa creciente amenaza del título no ha hecho más que decrecer en los últimos años, y lo cierto es que ya en 2004, la psiquiatra forense Helen Morrison, una seria y respetada investigadora, en My Life Among the Serial Killers se burlaba de Norris y su aseveración de que la mala alimentación puede convertirte en Ted Bundy. Esto no quita para que Norris vendiera libros como churros. En nuestro país Valdemar publicó su ensayo sobre Henry Lee Lucas. Se tragó todas las fantasías que el supuesto asesino y su amigo deficiente Otis Toole contaron sobre crímenes que no habían cometido y sobre los que fueron incitados a confesar por cuerpos policiales de medio país. Algunos periodistas en su día alertaron de lo que estaba pasando, y en la miniserie de Netflix The Confession Killer, el mito de Henry Lee Lucas que Joel Norris y otros ayudaron a crear es desmontado con minuciosidad.

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Ottis Toole y Henry Lee Lucas. Imagen: MUBI.

Las narraciones y documentales sobre crímenes reales han ido transformándose durante el siglo pasado y lo que va de este. Los asesinos en serie han disminuido en número en parte debido a los avances en ciencia forense: hoy es más complicado mantener una carrera como asesino en serie básicamente por ser más difícil asesinar sin que te pillen antes del segundo crimen. El crimen narrado por Truman Capote en A sangre fría, publicado en 1966, parece un juego de niños al lado de lo que estaba por venir. Existen asesinos en serie documentados desde hace siglos, pero jamás les habíamos conocido con tanto detalle y su profusión en Estados Unidos o la Unión Soviética (cuando pudimos enterarnos) parecía señalar un franco declive de la civilización. El documental Asesinando Norteamérica, dirigido en 1981 por el escritor experto en cine underground Sheldon Renan, (guionista también de la indescriptible Lambada, fuego en el cuerpo, basada en su propio cuento), fue el alimento de mucha imaginería. Es un film sucio y asfixiante, un documental de género mondo con todo lo que eso conlleva: sensacionalismo, violencia explícita y moralina de saldo. El film es uno de los responsables de haber popularizado figuras como John Wayne Gacy, Ted Bundy o Ed Kemper, al que podemos ver en la cárcel diciendo «he querido asesinar a mi madre desde que tenía ocho años». En 1974, el fiscal del juicio del caso Tate-La Bianca, Vincent Bugliosi, publicó Helter Skelter, un monumental true crime sobre los asesinatos de la familia Manson que ha vendido más de siete millones de ejemplares desde su publicación a pesar de lo discutible de algunas de sus conclusiones.

Como si el sueño hippie no fuera más que un recuerdo, las crisis económicas y la supuesta pérdida de la inocencia alumbraron una época violenta en unos Estados Unidos sumidos en la paranoia y la pesadilla. El despertar del verano del amor alumbró la edad dorada de los asesinos en serie, las sectas criminales y las drogas duras. La Nueva York de Taxi Driver, las imágenes de los prostíbulos de Anchorage en Alaska o las de Los Ángeles en Asesinando Norteamérica no se diferenciaban mucho entre sí. Occidente ha cambiado mucho desde entonces y ya no tenemos en el mundo asesinos colosales que cuenten a sus víctimas por docenas, o al menos no con tanta frecuencia.

The Newgate Calendar contaba con historias de asesinos múltiples, violadores, estafadores y ladrones de todo tipo. El almanaque también reflejó las historias de ajusticiados injustamente y falsos culpables y narra algunos casos de ajusticiados que resultaron ser inocentes, como John Jennings, camarero ejecutado en 1742 que fue llevado a la horca por el testimonio de su jefe, James Brunnel, que le acusó del robo que él mismo había cometido. O el caso del posadero Jonathan Bradford, que acudió a la habitación de uno de sus huéspedes, uno muy rico, con el ánimo de asesinarle y robarle, encontrándose el cadáver del cliente ejecutado por uno de sus empleados que además tenía la intención de acabar con el propio Bradford. 

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Ilustración de un número de The Newgate Calendar. (DP)

Este subgénero, por llamarlo así, de falsos culpables o no tan culpables como pudiera parecer, ha dado algunos de los mejores libros del género. Lejos ya de la moral cristiana impostada del almanaque británico, Sombras de Reikiavik, del periodista Anthony Adeane, es una especie de reportaje sobre la desaparición de dos islandeses que cuenta cómo un cuerpo policial absolutamente incompetente para investigar supuestos asesinatos montó un circo para condenar a algunos jóvenes con antecedentes que confesaron bajo terribles presiones y tortura. Cuarenta años después se reabrió el caso y todos los acusados fueron declarados inocentes. Además del libro existe un documental en Netflix centrado en el mismo caso, Out of Thin Air, que es, además de un documental sobre crímenes, el retrato de una sociedad aislada del resto del mundo en los años setenta del siglo pasado. Uno de los aspectos que llama la atención es la asesoría que recibió la policía islandesa de un investigador alemán, Karl Schütz, que ayudó a «resolver» los crímenes con métodos muy discutibles.

La pseudociencia está muy presente en algunas investigaciones. Es habitual ver en programas estadounidenses de crímenes a personas sometidas al polígrafo, artefacto que jamás ha servido para nada y cuyos resultados en muchos lugares no puede presentarse en un juicio como prueba. En Thomas Quick, cómo se hace un asesino en serie, el periodista sueco Hannes Råstam cuenta cómo desmontó minuciosamente el caso de uno de los asesinos en serie más notorios de Suecia, Sture Bergwall, alias Thomas Quick. Eso provocó un escándalo en el país nórdico. Råstam cuenta cómo las aspiraciones de poder de un fiscal y algunos abogados sin escrúpulos, ayudándose de la pseudociencia de una terapeuta sectaria, convirtieron a un pobre enfermo mental en un monstruo. En circunstancias que recuerdan a las de Henry Lee Lucas, a Bergwall se le fueron inoculando falsos recuerdos  que acabaron en confesiones de crímenes que no había cometido. Fue condenado por ocho asesinatos, pero Råstam logró algo inaudito: que Bergwall fuera absuelto de todos ellos. Además, puso patas arriba el trato que se daba en Suecia a los enfermos mentales con un sistema sustentado en supercherías y drogas. El caso de Sture Bergwall se cuenta en el documental de 2015 The Confessions of Thomas Quick . En YouTube todavía se pueden ver algunas de las reconstrucciones dantescas de los casos por parte de la policía en los que se ve al acusado visiblemente drogado. 

Las confesiones falsas de Lucas o Bergwall no son algo aislado. William Heirens, el famoso asesino del pintalabios, lo sabía muy bien. Fue condenado por tres asesinatos, pero existen serias dudas sobre su culpabilidad. En el segundo de ellos apareció una frase escrita en un espejo con un pintalabios: «Por el amor de Dios, atrápenme antes de que vuelva a matar, no me puedo controlar». Heirens confesó ante la policía de Chicago. El problema es que en el asesinato del pintalabios la prensa llegó antes a la escena del crimen que la policía. El todavía sospechoso fue torturado salvajemente y se le administró pentotal sódico. El resto de su vida en la cárcel, Heirens no dejó de luchar para demostrar su inocencia, lo que no le sirvió de mucho, falleció en prisión en 2012. Su caso sirvió de inspiración para una novela de Charles Einstein de 1953 que fue llevada al cine por Fritz Lang en 1956 con el título de Mientras Nueva York duerme. La película se centra en la competición entre periodistas alrededor del caso y quién será el editor del periódico. Existe también un libro que intentó arrojar luz sobre Heirens y las sospechosas circunstancias de las acusaciones que le llevaron a la cárcel, William Heirens: His Day in Court/Did an Innocent Man Confess to Three Grisly Murders?, de Dolores Kennedy, autora también de una biografía sobre la asesina en serie Aileen Wuornos. La respuesta a la pregunta del título del libro sobre Heirens es un rotundo . La brillante psicóloga Elizabeth Loftus lleva décadas estudiando el fenómeno. Su libro Juicio a la memoria: testigos presenciales y falsos culpables es imprescindible para comprender el fenómeno, si bien se centra en cómo los recuerdos de los testigos de un crimen se transforman con el tiempo. Curiosamente, en los relatos del almanaque de Newgate sobre falsos culpables se advierte a los lectores de los peligros de confiar un caso únicamente al testimonio de testigos. Loftus también ha escrito artículos sobre cómo la privación del sueño puede conducir a confesiones falsas, método bastante frecuente en interrogatorios policiales norteamericanos. 

Cuando vemos un elegante y sofisticado true crime en Netflix o HBO, realmente no estamos viendo algo muy diferente de lo explicado más arriba. Si bien The Newgate Calendar pretendía, supuestamente, mostrar a la gente el único camino posible al que lleva la delincuencia, lo cierto es que la truculencia y la oscuridad empapaban sus páginas, lo que sin duda incrementó su popularidad mucho más que la moralina. Lo que ahora llamamos true crime no es más que algo que los seres humanos llevamos haciendo toda nuestra historia: cotillear. No importa el soporte, la tecnología solo ha añadido sofisticación y un envoltorio respetable a algo que siempre estuvo mal visto pero que como todo lo que suele estar mal visto, es algo común a todos nosotros. El discurso moral de las narraciones de crímenes varía dependiendo de la época en la que estemos: en el siglo XVIII era Dios, en el nuestro es la democracia y los derechos humanos. Los crímenes de Henry Lee Lucas o William Heirens son sometidos a revisión en nuestra época en la que se duda de todo, pero incluso esa revisión de crímenes, como vimos más arriba, no es nueva. 

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Rosemary y Fred West. (DP)

Hemos empezado este viaje necesariamente arbitrario con el grabado de William Hogarth titulado The Idle Prentice Executed at Tyburn, en el que se puede ver a una mujer vendiendo la narración escrita de los crímenes que llevan a la horca a un reo. En 1994, en Gloucester, el matrimonio de asesinos en serie, violadores y secuestradores Fred y Rose West vio cómo la policía desmontaba el suelo de su jardín y otras estancias bajo el que yacían nueve cadáveres, entre ellos el de una de sus propias hijas, Heather. En el Podcast Las cintas secretas de Fred y Rose West, el periodista Howard Sounes, autor del libro Fred & Rose, cuenta cómo se desarrolló el circo mediático en torno a la investigación forense en el tristemente famoso número 25 de Cromwell Street. Sounes trabajaba para un tabloide en aquellos entonces. Era habitual en la época pagar grandes sumas de dinero a testigos de lo ocurrido o a vecinos de un criminal. La policía estuvo haciendo todo lo posible para evitar la injerencia de la prensa en la investigación, pero desde las casas colindantes a la de los West se cobraba entre diez y veinte libras por acceder a la parte de arriba y poder fotografiar lo que estaba sucediendo. Una de las testigos más importantes del caso, Caroline Owens, que sobrevivió a su encuentro con el matrimonio asesino, cobró una elevada suma por vender su historia en exclusiva en los medios. Sounes cuenta que fue frustrante que se le adelantaran en eso. Owens tuvo que ver cómo su historia en los medios era utilizada en su contra durante el juicio. Aunque a muchos pueda parecerles inmoral, lo cierto es que cuando la prensa local publicó que había recibido una importante suma por su historia acudió al periódico y espetó al director que había pasado por una experiencia terriblemente dura (fue violada y torturada por Fred y Rose en los setenta) y que en los años noventa era madre trabajadora de una hija adolescente y que nadie tenía derecho a juzgar su decisión después de lo que le había ocurrido. Quizá no le faltaba razón. Cambian los tiempos, nosotros no tanto. 


¿A cuál de estos asesinos en serie podrías haber tenido como vecino?

Piromanía, enuresis y crueldad hacia los animales. Estos tres rasgos son los que, según McDonald, encienden las alertas sobre un posible sociópata y los que comparten muchos de los asesinos en serie más famosos. Hay muchas formas de hacerse conocido, pero pasar a los anales de la historia como uno de los seres más crueles y sanguinarios es, de todas ellas, la más cuestionable. Aun así es innegable que despierta curiosidad y una extraña atracción el conocer qué lleva a estos seres a cometer los abominables actos que cometieron. Y a saber cómo lo hicieron, porque, queramos negarlo o no, somos seres morbosos que se sienten atraídos por lo desconocido y lo macabro. A la vista están las cifras de audiencia de toda serie o película cuya trama se basa en estos criminales. 

En cualquier caso, asesinos hay muchos: altos, bajos, atractivos, casposos, siniestros, con aspecto amigable… y a toro pasado todos aseguramos que jamás tendríamos en nuestro entorno a alguien capaz de hacer algo así, que nosotros, seres superiores, lo notaríamos, lo sabríamos y nos alejaríamos. Desde luego es que qué tonta la gente que ha tenido que pasar por el trance de darse cuenta de que su persona de confianza es en realidad un mal llamado «monstruo». Pero oiga, por si algún día le falla a usted su prodigioso olfato y se entera de que el del tercero tenía manías poco recomendables, mejor que tenga cara de simpático, que no haga fiestas y que tenga insonorizada la habitación de descuartizar y torturar. Si usted sugiere que hay algún otro psicópata que hubiese podido tener como vecino, aunque sea durante un tiempo, no dude en añadirlo en comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Ted Bundy

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Un jovencito atractivo obsesionado con asesinar mujeres, todo un clásico. Su seña de identidad es su enorme capacidad de embaucar a sus víctimas e incluso ganarse fans dentro de la cárcel por su carisma. Poco importaba que hubiese matado a más de treinta mujeres y que haya pasado a la historia cinematográfica de Netflix como Extremadamente cruel, malvado y perverso. El típico que seguro, seguro, siempre saludaba y te ayudaba con las bolsas. Eso sí, como vecino iba a ser un poco fugaz porque acostumbraba a quedarse poco en cada ciudad, por eso de burlar a la justicia, detallitos.


Richard Ramirez

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Otro pobre diablo cuya historia ha servido para alimentar el catálogo de Netflix con una miniserie recién estrenada. El Acosador Nocturno se dedicó en tan solo un año a acabar con la vida de catorce personas de maneras dispares y sin ningún tipo de modus operandi. Este no tiene un aspecto tan afable como Bundy, pero seguro que no era un vecino muy ruidoso, adorar a Satán no requiere de mucho jaleo si uno se lo propone.


John Wayne Gacy

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El payaso  asesino que sirvió de inspiración a Pennywise. Poco recomendable si tienes niños pequeños y te piden contratar a Pogo el payaso para su cumpleaños, puede acabar mal. Además enterró a la mayoría de sus treinta tres víctimas en casa, los problemas de olores no estaban descartados. Pero oye, cara de graciosete tenía, probablemente también saludara siempre.


Jeffrey Dahmer

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El Carnicero de Milwaukee, otro encantador jovenzuelo si no fuese por su afición a trepanar los cráneos de sus víctimas e introducir en los orificios ácidos para conseguir zombis dóciles a sus deseos y exigencias. El canibalismo y la necrofilia fueron otras señas de identidad de este psicópata que, además, también acostumbraba a guardar sus macabros trofeos en casa. Mínimo vivía en un chalet o en un bloque lleno de ancianos tenientes porque si no, no se explica. Discreto no era. 


Edmund Kemper

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El Asesino de las Colegialas, y no solo de colegialas, porque este señor asesinó a sus abuelos y a su madre, entre otras víctimas. No muy sociable y bastante dado a la torturar y matar animales antes de dar el paso con las personas. Ojito con el perro, que luego todo son disgustos. 


Gary Ridgway

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Un hombre bajito, de aspecto tranquilo, de misa los domingos y si le pones una camisa y unos mocasines parece un agradable vecino de barrio bien, pero como siempre las apariencias engañan. También diré que el hecho de que con catorce años apuñalase a un niño porque «quería saber lo que se sentía al matar a una persona» podía haber hecho que alguien se oliese la tostada, pero parece ser que a todos les pareció cosa de críos. Gary Ridway es uno de los asesinos con más crímenes a sus espaldas, todos ellos a mujeres provocados por un odio incontrolable hacia las mismas, es especial a las prostitutas. 


David Berkowitz

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El Hijo de Sam y el más clásico de todos, mataba a sus víctimas con un revolver, sin complicaciones. Lo original es que sus crímenes se los ordenaba un perro endemoniado, lo de tirar balones fuera se ve que le gustaba. A ver si le iba a culpar a usted de robarle el felpudo si en una de sus entradas y salidas lo manchaba de sangre y se tenía que deshacer de él. 


Ian Brady y Myra Hindley

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Una encantadora pareja de jóvenes. Él viola y asesina, ella atrae a las víctimas y ayuda a ocultar sus cadáveres. Perfectos para un barrio británico que solo quiere en sus calles familias estructuradas y que, de puertas para afuera, sean de anuncio de lavavajillas. 


Dennis Rader

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El asesino BTK (Bind, Torture, Kill: atar, torturar, matar). El nombre no deja lugar a demasiadas dudas. Tiene cara del típico vecino que llama a la policía si un día te da por cantarte los éxitos de Queen a las dos de la mañana, cosa que no descartaría porque al hombre le iba el riesgo. Él mismo se dedicó a enviar pistas sobre su identidad a la policía cuando les vio atascados con la investigación. Quería casito, vaya. 


Andrei Chikatilo

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El Carnicero de Rostov. Asesino, caníbal, sádico a más no poder, solo se excitaba si había sufrimiento y mucha sangre de por medio. Por lo demás era un tipo callado, educado y afable pero llegó a acumular, que se sepa, a cincuenta y tres víctimas a las que torturó y arrancó los ojos como seña de identidad. ¿He dicho ya que era educado? Y superamable de verdad, eso decía la gente a la que no mató. ¿No es suficiente para alquilarle aunque sea un séptimo interior sin ascensor?



En la mente del psicópata

Richard Ramírez durante su juicio en 1985. Fotografía: Corbis.

«Siempre saludaba». Pocas expresiones dicen tanto en tan solo dos palabras. En primer lugar, sorpresa. Como si saludar con educación fuese incompatible con asesinar. Aunque siendo justos, lo que en realidad expresa la frase es lo impactante que resulta que alguien cercano y a simple vista inofensivo pueda ser capaz de algo tan extremo como un asesinato. Es como si ese saludo habitual nos conectase con el hecho. 

Estos sucesos que a menudo estallan en los medios me dejan pensativo. Quizás los psicópatas no sean muy diferentes a los demás, al menos en apariencia. Puede que cualquier sensación, idea u ocurrencia visceral tengan el potencial de evolucionar y desembocar en un desenlace macabro. Quizás ese pensamiento no es muy distinto de cualquier otro que hayamos tenido a lo largo de nuestras vidas, algo que hemos experimentado ayer, o en este mismo instante.  

Lo que sí es distinta es la manera en la que todo se tuerce, la forma en la que se precipitan las cosas a partir de un momento determinado. Pero ¿cuál es el motivo? ¿Por qué todo evoluciona de esa manera? ¿Acaso es diferente la mente de un psicópata?  

«La mayoría de los seres humanos tienen dentro la capacidad de cometer un asesinato» decía Richard Ramirez, uno de los asesinos en serie más célebres en la historia de Estados Unidos  

«El Carnicero de Milwaukee», Jeffrey Dahmer, tenía sus dudas: «Ni siquiera sé si tengo capacidad para sentir o no emociones normales, porque no he llorado por mucho tiempo».  

Puede que ambos tuvieran algo de razón, pero si atendemos a las últimas investigaciones del doctor Jesús Pujol y el doctor Narcís Cardoner recogidas en la revista Psychological Medicine, la respuesta más plausible apunta a que existe algo estructuralmente diferente en el cerebro de los psicópatas.  

En realidad todo está relacionado con la maduración del cerebro durante los primeros años de vida.  

Tras analizar más de cuatrocientos artículos publicados en revistas científicas y escudriñar las características estructurales del cerebro humano a través de más de dos mil resonancias magnéticas cerebrales de sujetos convictos con trastorno antisocial de la personalidad, los resultados indican que el estrés emocional infantil es la causa más probable de que las estructuras cerebrales implicadas en los sentimientos y la toma de decisiones maduren mucho antes de lo que deberían… con catastróficas consecuencias.  

Desde hace mucho tiempo sabemos que el sufrimiento emocional intenso en la infancia es una característica común en la mayoría de los convictos por asesinato. Ahora también sabemos cuál el mecanismo subyacente.  

Las impactantes conclusiones apuntan a que existe una aparente reducción de la sustancia gris y un incremento de la sustancia blanca, aspectos clave en la maduración cerebral, que afectan a los primeros años de vida. El cerebro del niño sometido a un intenso estrés emocional se blinda, se cierra y se protege a modo de firewall. Así se vuelve inmune al sufrimiento. Es como un mecanismo de defensa.  

La parte negativa es que dicha alteración temprana conlleva consecuencias desastrosas. Resulta que la arquitectura cerebral básica del niño se transforma dinamitando los cimientos del puente de conexión hacia el córtex prefrontal de forma permanente.  

En términos evolutivos, el córtex prefrontal ha sido la última región del cerebro humano en desarrollarse. Su vital importancia radica en que se ocupa de modular comportamientos cognitivamente complejos, como la autoconciencia, la expresión de la personalidad, la toma de decisiones, los juicios morales o la predicción de las consecuencias. Si tuviéramos que definirlo de manera simple diríamos que es la parte del cerebro que nos hace humanos. El núcleo de nuestro comportamiento.  

Así que en resumidas cuentas, el sufrimiento emocional infantil altera la conexión con el córtex prefrontal, lo cual interfiere de forma crítica en la fluidez de las comunicaciones entre estímulos, pensamientos y emociones.  

En definitiva se volatiliza el germen de la empatía, la fuerte carga emocional que nos embarga cuando decidimos entre el «bien» y el «mal» y la capacidad de predecir las consecuencias de nuestras acciones y las de los demás. Irónicamente, el citado Richard Ramírez lo describió con bastante exactitud: «Incluso los psicópatas tienen emociones. Por otra parte, quizás no».  

El apodado «The Night Stalker» o «Acosador Nocturno» tuvo una infancia marcada por las brutales palizas que le propinaba su padre en el contexto de una familia conflictiva y disfuncional, además de una adolescencia perturbadora de la mano de su primo Miguel «Mike» Ramirez. Este ex boina verde condecorado en la guerra de Vietnam le narraba sus terroríficos crímenes de guerra mientras mostraba con orgullo unas Polaroids en las que aparecía asesinando, torturando, violando o sujetando la cabeza cercenada de mujeres vietnamitas. El mismo primo Mike que asesinó a su esposa de un disparo de escopeta en presencia del pequeño Richard, quien estaba tan cerca que incluso le salpicó la sangre en la cara. Por aquel entonces contaba con tan solo doce años de edad.  

Otros doce años después, un ya adulto Ricardo Leyva Muñoz Ramirez fue detenido y posteriormente condenado a diecinueve penas de muerte consecutivas tras ser acusado de catorce asesinatos, cinco intentos de asesinato, nueve violaciones, dos secuestros, cuatro actos de sodomía, dos felaciones forzadas, cinco robos y catorce allanamientos de morada. Y todo ello contando entre sus víctimas tanto a adultos como a niños.  

Según la doctora Ann Wolbert Burgess, autora del ya célebre Manual de clasificación de delitos, una infancia expuesta a experiencias traumáticas, el mal apego y la configuración de un mundo interno y privado de fantasías y pensamientos son características habituales entre los asesinos en serie.  

En la mayoría de ellos la predicción se cumple. John Wayne Gacy, «el Payaso Asesino», vivió hostigado durante toda su infancia por su padre por medio de castigos físicos y psicológicos severos, antes de ser agredido sexualmente por un amigo de la familia a los nueve años. Asesinó a treinta y tres personas.  

Ted Bundy y David Berkowitz tuvieron problemas psicológicos al sentirse rechazados por sus familias adoptivas. Cuentan con treinta y seis víctimas a sus espaldas respectivamente.  

Tanto Andrei Chikatilo, como Ed Gein y Albert Fish, argumentan que su exposición temprana a las escenas de muerte y sacrificio propias de una vida rural con animales les empujó a convertirse en asesinos. Entre los tres acabaron con casi sesenta personas; si bien al primero se le atribuyen más de cincuenta de las muertes, los últimos dos son especialmente recordados por un desproporcionado nivel crueldad y sadismo.  

Todos ellos son el macabro ejemplo de que las experiencias emocionales traumáticas durante la infancia pueden ser el detonante de una personalidad extremadamente violenta. ¿Pero es solo eso? ¿Acaso las experiencias traumáticas son el único origen de las conductas homicidas? Desde luego que no. Existen otros aspectos de naturaleza genética, psicológica o biológica que debemos considerar.  

Según el Estudio Mundial sobre el Homicidio 2019 elaborado por la ONU, sorprenden las cifras de resultados globales con respecto al sexo de los sospechosos por homicidio, ya que alrededor de un 90 % son hombres.  

Pero lo más interesante de todo es que entre todos los sospechosos, un 90 % de ellos son menores de treinta años y mayores de dieciocho. Si analizamos las posibles causas de ambos resultados se podría deducir que la testosterona tiene algo que ver en todo esto. De hecho existen varios estudios que establecen una correlación directa entre los andrógenos y las conductas agresivas.  

Si atendemos a las investigaciones realizadas a mediados de la década de los noventa entre la población de reclusos condenados, los correlatos bioquímicos de las personas con trastorno antisocial de la personalidad son bastante contundentes. Los niveles más altos de testosterona se registran entre los sujetos con mayor número de episodios violentos. Idénticos resultados fueron obtenidos en mujeres. ¿Será que el nivel de testosterona es determinante? ¿Afecta a la conexión con el córtex prefrontal?  

Podría ser. Lo que está claro es que esta hormona puede tener mucho que ver. Solo hay que comparar el número de asesinas en serie con sus homólogos masculinos para comenzar a sospechar.  

Por si fuese poco, otro factor referido por el doctor Jesús Pujol a tomar en cuenta es que las regiones cerebrales que aparecen afectadas en los psicópatas se corresponden en gran medida con las personas que han consumido esteroides anabólicos androgénicos durante un periodo superior a diez años con el objetivo de incrementar su masa muscular, lo cual también afecta al comportamiento de forma significativa. No quiere decir que esto lo convierte a uno en psicópata, nada más lejos de la realidad, pero sí que afecta al temperamento y a la frecuencia de episodios explosivos de comportamiento.  

Es evidente que todavía quedan muchos interrogantes por resolver, pero lo que está claro es que el trastorno antisocial de la personalidad o psicopatía es uno de los misterios más fascinantes e incomprensibles de la ciencia en la actualidad. Todavía no existe ni siquiera un consenso en la manera de definirlo, ni mucho menos se observa una posibilidad real de encontrarle una solución a largo plazo o un tratamiento efectivo.  

Pero lo que sí sabemos es que las experiencias traumáticas durante los primeros años de vida juegan un papel crucial en la configuración de la mente del psicópata. Debemos prestar más atención a la educación durante la infancia. Quizás allí encontremos la solución a muchos de nuestros enigmas.


Referencias

Documentos originales citados:

Pujol J, Harrison BJ, Contreras-Rodriguez O, Cardoner N (2018). «The contribution of brain imaging to the understanding of psychopathy». Psychological Medicine 1–12. https://doi.org/10.1017/ S0033291718002507

UNODC, Global Study on Homicide 2019 (Vienna, 2019) https://www.unodc.org/documents/data-and-analysis/gsh/Booklet1.pdf

Referencias en prensa:

https://www.parcdesalutmar.cat/media/upload/pdf/

NP_Revisio_cervell_psicopates_CAST_editora_35_938_1.pdf

https://www.resumenlatinoamericano.org/2019/07/10/estudio-mundial-sobre-homicidios-de-2019/

#:~:text=La%20Onudd%20estim%C3%B3%20que%20alrededor,a%20la%20violencia%20de%20g %C3%A9nero


El Vampiro de Silesia, un asesino en serie en la Polonia socialista

I’m a Killer (2016). Imagen: RE STUDIO Renata Czarnkowska-Listos.

Zdzislaw Marchwicki. Nacido en 1927. Clase baja. Se le acusa de asesinar a catorce mujeres en diferentes lugares y ciudades entre 1964 y 1970. Fue detenido en 1970 y condenado a muerte en 1975. En abril del 77 se ejecutó la sentencia. La prensa le apodó el Vampiro de Silesia.

Su padre se había casado cinco veces y tenía tres hermanos y una hermana. A su hermano Jan se le condena también a muerte por cómplice. A Henryk le caen veinticinco años por participar en una conspiración para cometer un asesinato. Y a Helena a tres años por acumular pequeños objetos robados, como relojes y plumas estilográficas, de las víctimas. Su hijo, también llamado Zdzislaw, fue condenado por no informar a la policía de lo que estaban haciendo su padre y sus tíos.

El juicio fue muy polémico. En realidad no había plena seguridad de que Zdzislaw fuese el verdadero Vampiro de Silesia. Aunque permaneció muy tranquilo todas las sesiones que duró el proceso. Durante su estancia en prisión se supone que escribió un diario confesando todos los detalles de sus crímenes. En la actualidad se duda de que alguien sin escolarizar como era su caso hubiera escrito esos textos con oraciones complejas y términos propios la jerga policial.

La clave del caso fue que una de las víctimas del Vampiro de Silesia fue la sobrina de Edward Gierek, que en aquella época era el delegado del partido en  Katowice, Alta Silesia. Un tecnócrata que no tenía malas relaciones con la URSS con trayectoria ascendente como para ser sucesor de Wladislaw Gomulka, líder comunista polaco hasta 1970. En la edición polaca de Newsweek, cuarenta años después de lo sucedido, se reveló que la policía era incapaz de encontrar al asesino en serie y que hasta que no fue asesinada la sobrina del primer secretario, no estuvo «claro» que tenía que aparecer un culpable.

Przemysław Semczuk es un periodista autor de un libro sobre todo el caso. Sus conclusiones no están claras. El proceso estuvo lleno de inexactitudes, chapuzas e irregularidades en la confección de pruebas. Al mismo tiempo, los psicólogos de la época estaban confundidos. No entendían que alguien pudiese matar sin la motivación de violar o robar. Aquí lo único que tenían es que una vez cometido cada asesinato se profanaban los cuerpos con motivaciones «pervertidas». El Vampiro, que también se duda si fue un asesino o varios siguiendo el ejemplo unos de otros, segó la vida de catorce mujeres y lo intentó con seis más de edades comprendidas entre los diecisiete y los cincuenta años. El único patrón fue que eran mujeres.

A todas les hacía lo mismo. Las esperaba en un lugar apartado, se colocaba detrás de ellas, les golpeaba en la cabeza con un objeto contundente y, una vez en el suelo, manipulaba sexualmente el cadáver. Les quitaba la ropa interior, les abría las piernas. Solo en algunos casos apareció algún tipo de penetración. El caso se denominó «Anna», el nombre de la primera víctima, Anna Mycek.

Se llevaron cien policías a la región para que, vestidos de mujeres, salieran a pasear por las noches como señuelo a ver si alguien les atacaba. No tuvieron éxito.

Pero la gravedad del caso aumentó notablemente cuando tocó a un jerarca del partido: a partir de ahí llegaron las urgencias. Se ofreció un millón de zlotys de recompensa a quien aportara información y se abrió una línea telefónica. Llegaron centenares de denuncias por carta y por teléfono que se estudiaron escrupulosamente. A Marchwicki se le detuvo porque quien le denunciaba era su esposa y coincidió con el perfil que estaban buscando. El acusado tenía fama de borracho en su vecindario y contaba con antecedentes porque en una ocasión había insultado a un policía. Nada más ser detenido, su foto apareció en todos los periódicos bajo titulares de «sospechoso de los crímenes aberrantes». La prensa ya había juzgado a su manera.

En una maniobra un tanto propagandística se dijo que un ordenador había establecido las características del asesino. Según Semczuk, «se le dio a los ciudadanos un cuento de hadas para darles sensación de seguridad». Lo cierto es que la población estaba nerviosa, les exasperaba la lentitud de la policía para resolver el caso y las mujeres en Silesia volvían a casa muertas de miedo por las noches. Las fábricas alquilaban autobuses para que sus empleadas no tuvieran que volver solas andando. Maridos, padres, hijos y hermanos iban a buscar a sus familiares a su centro de trabajo cada día para acompañarlas de vuelta al hogar. Se imprimieron octavillas alertando de la peligrosidad de los lugares apartados.

En el que fue su último crimen, el 4 de marzo de 1970, el Vampiro envió una carta a la policía informándole de detalles del asesinato y anunciando que la policía no le cogería con vida.

Pero una vez que prendieron a un culpable, las autoridades convirtieron el juicio en un espectáculo. En la sala había aforo para medio millar de personas, algunos iban con termos de café con la mentalidad expresa de presenciar un show. Hubo famosos en la sala, actores y escritores. También colas para entrar, peleas para hacerse con los asientos. Detalla el escritor que una mujer fue con sus propios cuadernos para  tomar nota de todo. En las audiencias participaron hasta setecientas personas.

Aún no se sabe si el acusado era culpable o no, pero no se defendió. Estaba deprimido, roto. Ni siquiera aportó sus testimonio. Como mucho, palabras sueltas. Su personalidad se fue destruyendo desde el primer día. Al principio, tenía una voz firme, pero estuvo dos años encerrado en una celda sometido a interrogatorios. En las grabaciones, después de todo ese tiempo, parecía una persona completamente distinta. De todos modos, dejó clara una cosa en sus testimonios: «No maté».

Los días que permaneció en prisión fue exhibido como un trofeo. Tanta fue su popularidad que se organizaban pases públicos para observarle, alguna visita pidió que le firmase un autógrafo en una fotografía. Tras ser ejecutado, se hizo un molde con su cara para hacer bustos. Uno de ellos acabó en el despacho de Gierek, que ya había sustituido a Gomulka como primer secretario del Partido Comunista de Polonia. Tras la violenta represión desatada contra las protestas de trabajadores en diciembre de 1970 por la subida del precio de los alimentos, en las que murieron cuarenta y dos manifestantes, la situación fue tan grave que le costó el puesto al presidente.

Hubo policías y periodistas que protestaron, no les encajaba que Marchwicki fuera el culpable, pero el juicio era demasiado complejo. Había muchas víctimas, muchos datos, demasiados sospechosos y mucha prisa por encontrar un chivo expiatorio y zanjar el problema. Lo grave fue que ninguna de las mujeres que sobrevivieron al ataque reconocieron al acusado como su agresor. De hecho había indicios de que el verdadero Vampiro de Silesia era otro hombre, pero se había suicidado.

Se trataba de Piotr O., había asesinado a su suegra, mujer e hijos y luego se prendió fuego. Quizá él envió la carta que recibió la policía. Ya le estaban investigado por uno de los asesinatos imputados al Vampiro. Todos los que dudaron del desarrollo del caso pasaron a denominarse los «Kaliszany», por el coronel Kalisz, que no se creía la investigación y no lo ocultó.

El hermano Henryk, tras cumplir su sentencia, intentó que se reabriera el caso en los novena para que se aclarase la verdad, pero murió en 1998. Para algunos medios su muerte es sospechosa. Oficialmente se cayó por unas escaleras, se rompió la columna en el golpe, pero en ese estado volvió a subirlas y se acostó para morir en su cama. Algo no les cuadra por mucho que la autopsia mostrarse que estaba completamente borracho.

Para Józef Gurgul, fiscal del caso, incluso hoy no hay duda de que se ejecutó al verdadero culpable. En el diario Polska Times explicó recientemente que las mujeres supervivientes de los ataques declararon que tenía una mirada salvaje, sin pupilas. Para el fiscal no había duda porque Marchwicki padecía nistagno horizontal, un movimiento incontrolable de la vista que, en su caso, hacía que si estaba alterado solo se percibiera el blanco de los ojos en su mirada.

También jugaron en su contra los testimonios que lo incriminaron, especialmente el de su mujer, que lo describió en el juicio como un sádico que abusaba de ella y de sus hijos. Ha trascendido que al final del juicio el acusado lo que estaba era resignado porque si hasta su mujer le acusaba del delito ya no tenía más fuerzas para luchar.

No obstante, en su casa, sostiene Gurgul, había objetos personales de las víctimas y un látigo con el que se mató a una de ellas. Todos los crímenes se produjeron en lugares que conocía, donde tenía amigos o había trabajado, y hubo detalles que se le escaparon en los interrogatorios que solo podía conocer el asesino. En los años noventa empezaron las especulaciones sobre la inocencia del sentenciado a muerte, pero, según el fiscal, porque nadie se molestó en leerse toda la documentación.

Para Teresa Semik, de la revista Dziennik Zachodni, que siguió el caso en su momento, el problema no es que el acusado no fuese culpable de asesinato, sino que varios asesinatos no se pudieron probar que fueran suyos.

Con tanto misterio y tanta duda, no es de extrañar que el Vampiro de Silesia haya pasado a formar parte rápidamente de la cultura popular polaca, con referencias múltiples en libros y películas. La última de todas ellas, Jestem Morderca (Soy un asesino), de Maciej Pieprzyca, que está disponible en Filmin y apuesta claramente por la versión que sostiene que se condenó a un inocente para salvar la cara del Estado.

Es una intriga policial canónica en sus formas, pero que al tener un marco referencial diferente, el régimen comunista, resulta mucho más atractiva que lo habitual por sus giros inesperados. Hubiera ganado de lanzarse el autor a un realismo sucio, como el añorado Balabanov cuando retrataba su Unión Soviética, pero aún así es un film estimulante.

No obstante, la pieza magistral sobre la pena de muerte en Polonia sigue siendo Krótki film o zabijaniu de Krzysztof Kieslowski. Fue el quinto capítulo de aclamado Dekalog, su serie sobre cada uno de los diez mandamientos de la ley de Dios, y sin duda el más asequible para todos los públicos. Es difícil no recordarla cuando se ve ahora Soy un asesino, porque las dependencias penitenciarias que salen en ambas se parecen mucho. Aunque la obra de Kieslowski, que fue con la que se dio a conocer en Europa, no planteaba dudas en el caso de asesinato que se juzgaba. El de un joven que había matado a un taxista prácticamente por aburrimiento. Sino que ponía el foco en lo absurdo y tétrico de ambas muertes, la del inocente en la calle y la del culpable en el patíbulo. El éxito del director fue que lograba estremecer con ambas muertes en un alegato contra la pena capital ejemplar. Con el Vampiro de Silesia lo que preocupa es si se ejecutó al que no era, pero nunca parece que preocupe que no es muy católica la pena de muerte.


Las mujeres que aman a los hombres que matan

Richard Ramírez durante su juicio en 1985. Fotografía: Corbis.

«Viva Satán», vociferó. Y ella se deshizo en el asiento, mirando al hombre al que entregaría su virginidad en cuanto el Tribunal dictara sentencia. Estaba orgullosa y ansiosa. Dentro de poco podría poner la alianza de matrimonio en esas manos que meses atrás le habían arrancado los ojos a una mujer antes de violarla, las mismas que desmembraron y asesinaron a otra decena, incluidos niños. Los detalles se atropellaban en el periódico: las vísceras, el ritual satánico, el relato del macabro «Merodeador Nocturno» y su espeso reguero de sangre. Pero ella solo veía los profundos ojos negros de la fotografía que parecía observarla desde esas mismas páginas: Richard Ramírez, asesino en serie. Y su futuro marido. Le había enviado setenta y cinco cartas a la cárcel, confesándole su idolatría. Eran pocas, en realidad. Otras habían sobrepasado la centena, llenando sacos y sacos de encendidas misivas remitidas hasta la prisión californiana de San Quintín. Pero la había elegido a ella, Doreen Lioy, que ese 20 de septiembre de 1989 le vio en persona por primera vez, mientras el jurado pronunciaba el «culpable» y le sentenciaba a la cámara de gas. Su nido de amor sería el corredor de la muerte.

Groupies de los psicokillers, admiradoras de carniceros, Eloísas encandiladas por Abelardos ensangrentados. Las que en lugar de huir del que porta el cuchillo, corren hacia él. Ellas siempre aparecen, da igual la atrocidad de los crímenes o la voracidad del depredador. Un día, cuando esté entre rejas, un sobre desde algún lugar romperá las barreras de la celda para susurrarle al asesino palabras de amor y devoción. Y después de ese, otro y otro más. Desde Charles Manson hasta Joseph Fritzl, los buzones de los peores criminales de la historia se han visto rebosados por una corte de aficionadas, mujeres fascinadas por la oscuridad de estos seres exponentes de lo peor del ser humano. Pero ellas no tienen ninguna inclinación al crimen, ni fantasean con continuar el legado sanguinario del monstruo: quieren amarle, cuidarle, acostarse con él. Casarse. Por eso les envían su ropa interior, sus mejores fotografías, versos garabateados para ser refugio del convicto. Besos de carmín enmarcando sus intimidades de tinta. A veces creen firmemente en su inocencia, otras da igual. Ya conocen su necrófilo historial, o a cuántos niños enterró en el patio del jardín. Quieren que, de entre todas las cartas, elijan la suya. Recibir una respuesta aceptando la visita en prisión, para quizás así poder mirarle a través del cristal y constatar que del otro lado no habita el mal, sino la que en adelante será la razón de su existencia.

La psicología aún no ha dado con el porqué. Con la causa común que ha llevado a centenares de mujeres a dejarlo todo para amar a la bestia. Son abogadas, camareras, arquitectas, jóvenes, viejas, de alto y bajo nivel adquisitivo. Las hay con historiales de abusos en la infancia, pero también con expedientes psicológicos impecables y vidas trazadas en la pulcra normalidad. El único patrón es que no hay patrón. El criminalista francés Edmond Locard bautizó este trastorno como enclitofilia, una inclinación por liberar al hombre cuyos crímenes le han catapultado al estrellato del horror. Otras veces, esta propensión ha acabado en la lista de parafilias bajo el nombre de hibristofilia, como la definió el sexólogo John Money: «En ella, la excitación sexual y la facilitación y logro del orgasmo dependen de estar con una persona que sepan que ha cometido un atropello o delito como la violación, el asesinato o el robo a mano armada», asegura. Una de las escasas evidencias es que no hay reflejo del lado opuesto, y se trata de una inclinación que se da casi en exclusiva en mujeres. Otra, que el imán es la violencia contra el individuo —especialmente mujeres—, lo que las atrae, ya que los asesinos de masas no acostumbran a ser objeto de esta fascinación. Tan incognoscible es la respuesta al porqué que incluso revienta las costuras del determinismo evolucionista que preconiza que las féminas se ven atraídas por el macho más dominante de la manada. No es la dominación lo que las arrastra sin remedio, sino el más puro y genuino mal. El olor de la sangre.

Tampoco existen cifras fiables de a qué número de mujeres afecta esta patología o inclinación por involucrarse sentimentalmente con el asesino. Pero sobran estimaciones para el escalofrío: solo en el Reino Unido se calcula que más de un centenar de mujeres han iniciado relaciones con sádicos homicidas que cumplen pena en EE. UU. El nivel de devoción y sacrificio que exhiben es nitroglicerina para la comprensión, ya que un gran número llega a abandonar su país, vender su casa y pertenencias para cruzar el océano e instalarse en las medianías del edificio alambrado desde donde su amado responde las cartas, los e-mails o acaramela la voz a través del auricular.

La relación que se adivina entre la atrocidad de los crímenes, su publicidad y la atracción que generan difícilmente podría ser más perversa, por proporcional. La comunicación global no solo ha difundido las violaciones de un loco en un pequeño pueblo de Texas por todo el mundo, sino que también ha brindado a las hibristofílicas nuevas vías de acceso hasta su objeto de deseo. Pocas escriben ya a los diarios solicitando contactar con el asesino cuyo rostro está omnipresente en los telediarios. Ahora encuentran en Internet más de cuarenta webs dedicadas en exclusiva a conectar a convictos con admiradoras, una red articuladísima con una eficiencia estremecedora. Ellos cuelgan su fotografía, su fecha estimada de liberación, la prisión en la que se marchitan y un relato escabroso de sus crímenes. Ellas bucean por el retrato desnudo y culposo de las puñaladas, los secuestros y las mutilaciones. Saltan de ficha en ficha hasta que dan con el adecuado. Una subasta online de depravación en la que el espécimen más inhumano es el más cotizado.

Después llega la correspondencia cruzada, las visitas entre los muros. El construir un romance que a veces ni siquiera llega al piel con piel, como en el caso de Richard Ramírez y Doreen Lioy, que solo pudieron consumar su matrimonio con un casto beso en los labios. Ella de blanco, él de naranja carcelario. Otros, como Ted Bundy, uno de los criminales más letales y oscuros del siglo xx, se las apañan para dejar descendencia. Antes de morir en la silla eléctrica por el asesinato de un centenar de mujeres —cuyos cadáveres ni siquiera pudieron ser recuperados—, contrajo matrimonio con Carol Ann Boone, a quien las crónicas atribuyen un hijo o hija que hoy debería tener treinta y dos años. Pero aunque ella declaró a su favor en el juicio, en algún momento el macabro embrujo se desvaneció y Carol le vio como el monstruo que en realidad era. Simplemente, desapareció. Tuvo tiempo, a diferencia de las hermanas australianas Avril y Rose, cuya trágica historia quedó inmortalizada en el libro de Jacquelynne Willcox-Baily, Dream Lovers. Cuando rondaban los cincuenta, ambas se divorciaron de sus maridos para iniciar relaciones con sendos convictos. Les acompañaron durante toda su condena, cegadas por la defensa de su inocencia y soñando con el porvenir que les esperaba al franquear las puertas de la prisión. El que nunca llegó, porque una semana después Avril moría a martillazos y Rose era mutilada por su nuevo marido.

Sus lámparas blancas se apagaron en el charco de sangre. Y es que, la interpretación más amable de estas patologías también ha recibido el nombre de síndrome de Florence Nightingale, conocida como «la dama de la lámpara».

¡Mirad! En aquella casa de aflicción
Veo una dama con una lámpara.
Pasa a través de las vacilantes tinieblas
y se desliza de sala en sala».

(Henry Wadsworth Longfellow, «Santa Filomena», dedicado a Nightingale).

De acuerdo con ella, la pulsión que late en estas mujeres es la de convertirse en la antorcha que guíe al extraviado, abriendo las tinieblas para que pase el amor. Quieren ser, en esencia, el ángel salvador que les redima de sus atrocidades. Como hizo Nightingale, madre de la enfermería moderna, que tras la guerra de Crimea serpenteaba entre los catres durante la noches, tratando de aliviar la carga del enfermo.

Pero quien ha mirado a los ojos a una treintena de estas protagonistas de romances carcelarios no ha detectado esa concepción del amor como autoinmolación. De la experiencia de la periodista Sheila Isenberg se extrae una conclusión diferente de por qué estas se aproximan al sadismo y la oscuridad: el apetito de notoriedad. «Si escribes una carta a Brad Pitt es probable que no te conteste. Charles Manson, sí», asegura. Muchos criminólogos concuerdan con esa teoría, que sostiene que el foco de atracción es la celebridad del asesino más que sus crímenes. Conjetura que explicaría por qué la mayoría de mujeres que buscan marido tras los barrotes seleccionan a aquellos con quien jamás podrán sentarse en el sofá de un hipotético hogar. Los de la milla verde. Aquellos con quien quemarán horas, pero bajo estricta vigilancia; estableciendo una relación compacta y segura en la que siempre sabrán donde encontrar a su Romeo sanguinario. Quizá por eso, la mayor parte de misivas desesperadas a los asesinos en serie de la cárcel de San Quintín arriban desde Alemania y Gran Bretaña, donde no existe la pena de muerte.

El 5 de diciembre de 2005, el presentador estadounidense Larry King hizo la pregunta que palpitaba en la mente de todos los espectadores, que por primera escuchaban de viva voz a quien había escogido amar a un asesino. «¿Qué te hizo sentirte atraída por alguien que sabías a ciencia cierta que había hecho las salvajadas que había hecho?». La destinataria de la pregunta era una mujer rubia, de innegable atractivo. Joven, de sonrisa franca: Tammi. Una mujer que años atrás había visto en televisión el rostro de los hermanos Menéndez, quienes entraron en el dormitorio de sus padres en Beverly Hills y los asesinaron a bocajarro con una escopeta. Ella se fijó en Erik, y le escribió. La historia acabó en una boda telefónica con un twinkie como pastel nupcial. «Pensé que él era diferente. Solo quiero dejar claro que si él hubiera sido un asesino en serie o alguien que matara en la calle arbitrariamente, creo que nunca le habría escrito. Me di cuenta de que algo debería estar realmente mal para matar a sus padres, y creo que por eso mi corazón cayó prendado de él», contestó a King. En su libro Nos dijeron que nunca lo lograríamos detalló cómo es ser la esposa de un condenado a cadena perpetua, con quien jamás se acostará y a quien asegura haber perdonado el parricidio. Pero ni las agudas interpelaciones del presentador ni su relato en primera persona podían ser suficientes para responder a ese gigante porqué. Por qué amar a quien ha sido capaz de lo peor. Por qué escribir la primera carta y conducir ciento cincuenta kilómetros cada fin de semana para sentarse en una fría sala de espera, para que tu hija llame «Papá Tierra» al hombre que mató a los suyos y culpó a un ladrón.

Complejo de salvadora, ansias de notoriedad o atracción enfermiza por el mal. Masoquismo. Aberración. Negación de la realidad o simple locura. Groupismo psicokiller. Qué resorte se activa en el cerebro de estas flores raras para buscar aliento en el mal es una incógnita tan grande como el mal mismo. Y de este lado, solo hay quizás. Quizás sus historias de amor sean como la planta de invernadero, que germina en habitaciones sin ventanas al calor del artificio. Entre los muros alambrados. Lo que no es cierto es que los forajidos tocan en un lugar profundo del alma de todas las mujeres, cante lo que cante Waylon Jennings. Sigue habiendo una distancia entre ellas y nosotras que mejor mantener tal como está. Por si acaso Borges sí tenía razón y la única manera de entender la distancia que nos separa de ellos es uniéndonos a ellos.

Anthony Perkins en Psicosis, 1960. Fotografía: Paramount Pictures.


La máquina de muerte de la calle 63

Retrato policial de Henry Howards Holmes, 1895.

Al inspector de policía John E. Fitzpatrick le gustaba la arquitectura. Le gustaban las fachadas, las puertas y los ventanales. En los días que no estaba de servicio, le gustaba pasear por el loop y quedarse un rato mirando las magníficas obras que estaban cambiando el perfil de la ciudad. Los llamaban rascacielos y tenían diez, doce, hasta dieciséis plantas. Y no usaban piedra ni ladrillo, sino que estaban construidos con esas nuevas estructuras de acero tan ligeras y tan rápidas de montar. A veces pedía acompañar a los colegas del cuerpo de bomberos para hacer las inspecciones pertinentes antes de que les concedieran las licencias de apertura. Entonces paseaba con mal disimulado entusiasmo por sus recibidores y sus lobbies aún vacíos, tocaba los vidrios de las ventanas y los marcos de madera de las puertas, subía los peldaños de las escaleras y presionaba los botones de los elevadores que Elisha Otis estaba montando en cada construcción, sin los cuales la propia existencia del edificio carecería de sentido.

Y luego miraba los planos. Le gustaban mucho los planos. Insistía en ello hasta la saciedad cuando era instructor en el ejército: había que comprender los planos para entender los edificios. Para saber por dónde entrar y por dónde escapar en caso de incendio o de escaramuzas armadas. Los planos hablaban de la gente que viviría en ellos, de los espacios, de las alturas y de las distancias a recorrer. Y tenían nombres. Nombres de las obras y de los arquitectos. Nombres que pronto se harían famosos. El Home Insurance de William Le Baron Jenney, el Tacoma o el Monadnock de Holabird & Roche, el Rand McNally de Burnham & Root.

Los propios Daniel Burnham y John Root habían sido los encargados de diseñar los edificios de la Feria Mundial del año anterior. Fitzpatrick recordaba caminar tranquilamente por el parque Jackson, junto al lago, entre los pabellones de los distintos estados y los distintos países. Entre columnatas y cúpulas neoclásicas recubiertas de estuco, tan brillantes que los lugareños olvidaron el verdadero nombre de la Exposición Colombina Mundial y acabaron llamándola la Ciudad Blanca.

John Fitzpatrick había llegado desde Springfield hacía quince años y se sentía un habitante pleno de la ciudad. Se sentía orgulloso de su ciudad. Orgulloso de su gente, de sus comerciantes, de sus trabajadores, de sus obreros, sus constructores y sus arquitectos. Orgulloso de sus bomberos y, por supuesto, de sus policías. Orgulloso de la Feria Mundial y de los nuevos rascacielos que estaban colocando a Chicago en la cima del mundo.

Era 17 de noviembre de 1894 y al inspector John Fitzpatrick le gustaba sentirse al borde de un cambio. Fue entonces cuando recibió un telegrama desde la policía de Boston. Un detective de la agencia Pinkerton acababa de detener al doctor Henry Howards Holmes.

La muerte

El 7 de mayo de 1896, H. H. Holmes, cuyo verdadero nombre era Herman Webster Mudgett, fue ejecutado por ahorcamiento en la prisión de Moyamensing, Pennsylvania. Tenía treinta y cuatro años y había pasado cinco de los últimos siete dedicándose a matar.

El arresto de Holmes se había producido bajo los cargos de robo de caballos y fraude continuado, acusaciones que el propio Holmes confesó. Sin embargo, había algo más. De hecho, había mucho más. El fraude era cierto, porque Holmes estaba especializado en un tipo de estafa muy concreto: la estafa a las aseguradoras. Y comenzó bien temprano. Desde que estudiaba Medicina en la Universidad de Míchigan y robaba cadáveres para desfigurarlos, pretendiendo que los finados habían muerto en accidentes para así luego reclamar las primas del seguro que él mismo había falsificado y contratado. Era solo el principio. Pronto, la escalada criminal de Mudgett se dispararía como una bala de cañón.

En 1886, junto a su esposa Clara Lovering, se mudó a Chicago en busca de una carrera en el negocio farmacéutico. Allí se cambió el nombre y se convirtió en el doctor H. H. Holmes.  Pronto comenzó a trabajar como ayudante en la farmacia de la doctora Elizabeth Holton que, según su propio testimonio, siempre le consideró un hombre esforzado y competente. En 1889 Holmes compró la farmacia a la señora Holton y, con la hipoteca de la misma, adquirió un solar justo enfrente. En la confluencia de la Avenida Wallace y la calle 63 Oeste. A pocas manzanas del parque Jackson y el lago Míchigan.

Se acercaba la Exposición Colombina y el doctor no estaba dispuesto a perder una oportunidad tan franca para hacer dinero. Así que allí, en su flamante nuevo solar, construyó un edificio de tres plantas al que llamaría World’s Fair Hotel, el Hotel de la Feria Mundial, aunque los vecinos se referían a él como el Castillo. También fue entonces cuando conoció a Benjamin Pitezel, constructor y carpintero de pasado turbio, que fue el encargado de dirigir la obra siempre bajo las precisas indicaciones de Holmes.

Mientras tanto, el doctor se había separado de su primera esposa y, aún sin haberse hecho efectivo el divorcio, contrajo matrimonio con Myrta Belknap, con la que se trasladó a su nueva vivienda en la afueras de Chicago, si bien pasaba la mayor parte del tiempo en la ciudad atendiendo a sus aparentemente lícitos negocios. Porque, pese al sobrenombre, el Castillo era un edificio bastante convencional. Con fachada de ladrillo, grandes escaparates y amplios ventanales en forma de bow-window. En la planta baja, Holmes recolocó la farmacia así como varias tiendas de regalos y souvenirs. En las plantas superiores se disponían las habitaciones para los viajeros que, provenientes de todos los rincones del país, habían llegado a Chicago a ver la famosa Feria Mundial.

El edificio permaneció abierto durante todo 1893 y dio acogida tanto a huéspedes como a ciudadanos de Chicago que trabajaron en la farmacia y en las tiendas. Sin embargo, tras el cierre de la Exposición, y con la economía local en un acusado declive, Holmes y Pitezel abandonaron Chicago. Pero no abandonaron sus planes criminales. Con la ayuda del abogado Jeptha Howe, elaboraron un plan para simular la muerte de Pitezel, cobrar el seguro y repartir los diez mil dólares de la póliza entre los tres. Se trasladaron a Filadelfia y pusieron en práctica el engaño. Pero Holmes consideraba que si había algo mejor que simular una muerte era ejecutarla de manera real. Así que mató a Pitezel y le llenó de cloroformo para fingir que se había suicidado.

Eso es lo que declaró el detective Frank Greyer de la agencia Pinkerton cuando fue llamado a testificar en el juicio contra Holmes. Las repetidas reclamaciones de pólizas de seguro y la extraña muerte de Pitezel despedían un hedor insoportable a los ojos de Greyer, así que decidió rastrear los movimientos del doctor por todo el continente. En Texas descubrió que Holmes había participado en una venta fraudulenta de caballos. En Toronto encontró los cadáveres descuartizados y quemados de los tres hijos desaparecidos de Pitezel. Y en Denver  conoció a Georgina Yoke, que afirmaba ser la esposa del doctor Holmes y que no tenía conocimiento de que su marido estuviese casado con ninguna otra mujer. De hecho, solo sabía de la existencia de una amante, una tal Julia Smythe que había trabajado en la farmacia de Holmes y de la que, según su esposo: «Nunca más tendría que preocuparse por ella».

Por eso, cuando Greyer detuvo a Holmes en el puerto de Boston, enseguida puso un telegrama dirigido a la policía de Chicago.

La máquina

El inspector de policía John Fitzpatrick no quería recordarlo. Albergaba la esperanza de que, con la ejecución de H. H. Holmes, las pesadillas desaparecerían. También había pensado lo mismo cuando el edificio de la calle 63 ardió hasta los cimientos el año anterior, pero las pesadillas continuaron. Noche tras noche, peleaba entre la realidad y el día en que entró por primera vez al Castillo.

A Fitzpatrick le gustaba la arquitectura. Creía que los edificios daban forma a la ciudad y que las fachadas, las ventanas y los espacios contribuían a la felicidad de la gente. Servían para que las personas viviesen mejor. Por eso no estaba preparado para lo que encontró la mañana del 18 de noviembre de 1894. Nadie podía estarlo. Porque nadie está preparado para los espacios del horror. Para la arquitectura de la muerte.

En calidad de jefe del departamento de detectives de la policía de Chicago, Fitzpatrick llegó a la confluencia de Wallace con la 63 acompañado de otros dos agentes del cuerpo y de Pat Quinlan, guarda del edificio. La construcción tenía cincuenta metros de largo por unos quince de ancho y la planta baja aún conservaba los restos de las tiendas y la farmacia. Estanterías, almacenes, mostradores y algunos objetos que nunca se vendieron. Estatuillas y muñecas polvorientas con la sonrisa congelada.

Pero los escaparates y las ventanas y la fachada de ladrillo no eran más que una truculenta mentira. «El doctor Holmes nunca nos permitía limpiar los pisos superiores. De hecho, teníamos completamente prohibido el paso», dijo Quinlan. Cuando consiguieron derribar la puerta de la escalera y Fitzpatrick puso un pie en la primera planta, se encontró de frente con el monstruo. Un monstruo formado por cien habitaciones oscuras, sin ventanas. Algunas eran tan pequeñas que apenas cabía una persona, algunas tan bajas que una persona ni siquiera podría permanecer de pie. Puertas que abrían a paredes tapiadas, puertas que solo se abrían desde fuera. En medio de una oscuridad coagulada, el inspector de policía caminó por escaleras que no conducían a ninguna parte y por pasillos que se volvían estrechos y estrechos y cada vez más estrechos hasta que difícilmente podía atravesarlos de perfil. Un laberinto de esquinas angulosas sin salida y puertas que conducían a otras puertas que conducían a otras puertas que conducían a trampas en el suelo que se alimentaban de otras trampas en el techo. Y marcas en el papel pintado de las paredes. Marcas de dedos, de uñas y de sangre. Y restos de vestidos y de telas y de piel y de huesos y cadáveres consumidos, disecados y diseccionados.

Y el olor

Solo habían pasado unos meses desde el cierre del Castillo y todo olía a mil años de putrefacción química. A gas y a cloroformo. Algunas cámaras tenían salidas directas desde las canalizaciones de gas y otras estaban forradas de acero, cuidadosamente insonorizadas y recubiertas de tela de asbesto. Allí, las víctimas se asfixiaban lentamente entre bocanadas tóxicas. Sin que nadie escuchase sus gritos. Sin que nadie sospechase nada. Sin que nadie hiciese nada.

En el sótano, bajo conductos que venían directamente desde las plantas superiores,  encontraron enormes tinas de ácido y decenas de frascos con veneno y hornos crematorios y hasta un potro de tortura. Y esqueletos completos y esqueletos apenas insinuados. Un laboratorio del asesinato en el que Holmes consumaba sus atrocidades descuartizando los cuerpos y vendiendo los huesos y los órganos a las facultades de Medicina. Los huesos y los órganos de Julia, de Lizzie, de Sarah, de Charles y de tantos otros que era casi imposible de determinar. De trabajadores a los que había obligado a firmar seguros de vida para contratarlos y después matarlos. De acreedores, arrendatarios y huéspedes. De hombres, mujeres y niños.

Mientras veía como uno de los agentes dibujaba un croquis del grotesco engendro, con sus paredes y sus laberintos, Fitzpatrick se preguntaba cómo había podido ocurrir todo. Quién había sido el arquitecto. «Nosotros solo trabajamos dos semanas en el edificio y únicamente respondíamos ante las órdenes del doctor Holmes y el señor Pitezel», afirmó uno de los albañiles al Chicago Examiner. «Creo que los que vinieron detrás de nosotros también estuvieron apenas unos días en la obra». Claro, no había arquitecto. El arquitecto era H. H. Holmes y la construcción pasó por decenas de manos distintas, que nunca tuvieron constancia completa de la forma ni el propósito del edificio. Porque el monstruo había sido meticulosamente planificado durante años con una única voluntad. La muerte.

Los planos pronto aparecieron en las páginas del Tribune y del Inquirer, pero también del New York Times y del Boston American. William Randolph Hearst le llamaba el «Murder Castle» e inundaba sus publicaciones día tras día con datos y detalles de los crímenes y de la aberración que se levantaba en la 63 con Wallace. Quizá quería imitar a los periódicos londinenses que habían disparado sus ventas unos pocos años antes con el caso de Jack el Destripador.

Quizá el propio Holmes quiso imitar al asesino británico cuando, tras recibir la sentencia de muerte por el asesinato de Benjamin Pitezel, confesó hasta doscientos homicidios, algunos de los cuales eran claramente falsos. Pero Jack mató a cinco personas, mientras que la policía pudo confirmar al menos veintisiete víctimas del doctor Holmes. Veintisiete.

«Nací con el diablo dentro de mí», declaró Holmes ya en prisión. «No puedo evitar el hecho de que he sido un asesino, igual que el poeta no puede evitar tener la inspiración para declamar. Nací con el Maligno sentado junto a la cama que me vio llegar al mundo, y ha estado a mi lado desde ese momento».

Pero al inspector de policía John E. Fitzpatrick le daba igual. Nunca supo si el monstruo de la calle 63 había sido construido con manos diabólicas o con el puro e incontrolable impulso criminal, pero sí sabía lo que había visto. Sabía que al doctor Holmes no le interesaba ni la medicina ni la farmacia ni los caballos y ni siquiera el dinero. Sabía que el único proyecto de H. H. Holmes había sido la muerte. Y que su arma ejecutora fue una máquina de tres plantas fabricada con horror y ladrillo.

El Castillo de la muerte de H. H. Holmes, ca. 1890.


Amityville, la puerta del infierno

The Amityville Horror, 1979. Imagen: AIP / Cinema 77 / Professional Films / MGM.

El 13 de noviembre de 1974, a las 3:15 de la madrugada, una figura de manos negras le entregó un rifle del calibre 35 a Ronald DeFeo. Luego le siguió en silencio, de habitación en habitación, mientras Ronald disparaba a bocajarro a sus padres y a sus cuatro hermanos en su casa del número 112 de la avenida Ocean de la pequeña ciudad de Amityville.

La policía encontró a los DeFeo en la misma posición en la que Ronald los había dejado: en sus camas, boca abajo y con la cabeza reposando sobre sus brazos cruzados. A su padre y a sus cuatro hermanos (de dieciocho, trece, doce y nueve años) les había disparado por la espalda. A su madre, en la cabeza. Tras asesinarles, metió su ropa ensangrentada y el rifle en la funda de una almohada y lanzó el paquete a una cloaca.

Ronald, que era consumidor de heroína y de LSD, fue condenado a seis cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional. Su abogado alegó locura con el argumento de que Ronald había asesinado a su familia obedeciendo las órdenes de unas voces procedentes de la casa.

Tras su condena, Ronald, que hoy tiene sesenta y cuatro años y sigue en la cárcel, aprovechó los puntos ciegos de la investigación para cambiar su versión de los hechos varias veces. El principal de esos puntos ciegos, el hecho de que ningún miembro de la familia se despertara tras el primer disparo de Ronald. Tampoco ningún vecino dijo haber oído nada. Lo cual resulta extraño teniendo en cuenta que Ronald no utilizó silenciador y que ninguno de los DeFeo había sido sedado esa noche.

Un año después de los asesinatos, la casa de los DeFeo seguía en venta y su precio se había desplomado hasta los ochenta mil dólares. Una ganga, teniendo en cuenta que la enorme vivienda se encuentra a apenas veinte minutos del aeropuerto JFK de Nueva York y al borde de una gigantesca laguna que conduce directamente hasta el océano Atlántico, a solo seis kilómetros de distancia.

Este era el anuncio de venta:

Zona residencial de Amityville: seis dormitorios, colonial holandés, espacioso cuarto de estar, magnífico comedor, atrio cerrado, tres baños, sótano completo, garaje para dos coches, piscina de agua caliente y amplia caseta para botes.

A George y Kathy Lutz, que tenían tres hijos y un perro labrador llamado Harry, no les importó que la casa superara en casi treinta mil dólares su presupuesto. El embarcadero privado les permitiría ahorrarse el dinero que ahora gastaban en un embarcadero de alquiler. Tampoco pareció importarles el hecho de que la casa hubiera sido el escenario de una masacre solo un año antes. Y aún menos que la casa estuviera todavía amueblada con las pertenencias de los DeFeo. Por cuatrocientos dólares extra, esas camas, armarios y sábanas eran una segunda ganga.

Unos racionalistas convencidos, los Lutz.

El 18 de diciembre de 1975, George, Kathy y sus tres hijos se instalaron en la casa. Ese día, algo llamó la atención de George. Los postigos de las ventanas de los vecinos que daban a su casa se encontraban cerrados, cosa que no ocurría con los que estaban orientados en otras direcciones.

Lo que ocurrió durante los veintiocho días siguientes, que es el tiempo que tardaron los Lutz en huir de la casa, sigue siendo el patrón con el que se cortan aún hoy todas las historias sobre casas encantadas.

La primera de esas historias tuvo como protagonista al sacerdote Ralph J. Pecoraro. Pecoraro, como era costumbre por esos lares, visitó la casa para bendecirla cuando se lo pidieron los nuevos propietarios. Al subir al segundo piso, el de los dormitorios, el sacerdote pudo oír una voz masculina que le chillaba «Vete» desde una de las habitaciones cerradas. Solo él oyó la voz. Al abandonar la casa, Pecoraro les sugirió a los Lutz que no pasaran mucho tiempo en ella, y menos tiempo aún en el segundo piso.

George empezó casi de inmediato a sufrir un raro tipo de insomnio que le hacía despertarse cada noche a la misma hora, las 3:15. Una de esas noches, George oyó música procedente de la planta inferior: trombones y tambores lejanos. Cuando bajó las escaleras, la música, que no había despertado a ningún otro miembro de la familia, dejó de sonar. En el comedor, los muebles habían sido apartados hacia los lados formando un pasillo, como si efectivamente hubiera desfilado por allí una banda de música.

Su hija Missy empezó entonces a hablar de un caprichoso amigo imaginario, un cerdo llamado Jodie. Jodie parecía hablar con ella a todas horas. Un día, mientras estaba en el jardín, George vio a Missy en la ventana de su habitación. Tras ella, en la oscuridad de la estancia, pudo entrever una figura gigantesca remotamente parecida a un cerdo. Cuando subió corriendo hasta su habitación, George encontró a Missy durmiendo plácidamente en su cama.

El amigo de Missy intensificó poco a poco sus exigencias. Un día le dijo a la niña que no le gustaba su madre. Otro día le ordenó que jugara con un niño que había vivido en su habitación antes que ella. Jodie también le dijo a Missy que nunca abandonaría la casa. Una noche, George y Kathy vieron una figura de ojos rojos mirándoles a través de la ventana de la planta baja. Cuando se acercaron para ver qué era, la figura, que se parecía a los dibujos que Missy hacía de Jodie, se alejó gimoteando y se ocultó entre los árboles. Sus huellas podían verse claramente en la nieve.

La casa parecía tener vida propia. Las puertas se abrían y cerraban a capricho por más que George y Kathy las cerraban cada noche. Un olor fétido impregnaba la casa a todas horas. En una ocasión, se toparon con una nube de moscas en la habitación de costura a pesar de que era invierno. Las paredes y las cerraduras parecían rezumar una sustancia pegajosa de origen desconocido y que no desaparecía con ningún producto de limpieza. En la cocina, Kathy notó un par de veces un olor a perfume barato. La primera de esas veces notó un roce que ella interpretó como «amable». La segunda vez, ese roce fue mucho más brusco y a cargo de dos presencias en vez de una.

Un día, George y Kathy bajaron al sótano de la casa. Tras unos tablones clavados en pared creyeron intuir algo. Al arrancar los tablones se toparon con una pequeña habitación, de poco más de un metro cuadrado, con las paredes pintadas de rojo. Un pequeño pozo en su centro desprendía un olor nauseabundo. Aparentemente, Ronald solía matar pequeños animales en esa estancia. Entre ellos, pequeños lechones.

George también creyó ver a Kathy levitar sobre la cama durante tres noches consecutivas. En la segunda de esas ocasiones, el rostro de Kathy pareció envejecer veinte o treinta años: su pelo encaneció en segundos y su cara se llenó de arrugas. Al cabo de unas horas, esas arrugas habían desaparecido. En la tercera ocasión, aparecieron en la piel de Kathy marcas rojizas, similares a quemaduras, desde el cuello hasta el pubis. Kathy había tenido la misma pesadilla durante varias noches: una mujer tenía relaciones con su amante en su cama.

George y Kathy tomaron medidas. Una médium, Francine, visitó la casa a petición de la pareja. Tras recorrer sus tres plantas y el sótano, huyó a la carrera. Francine les dijo que no quería saber nada de lo que ocurría allí dentro.

El última día que pasaron en la casa, George y Kathy oyeron gritar de pánico a sus hijos. Cuando llegaron a la habitación de los pequeños, estos les dijeron que alguien había salido reptando de debajo de la cama. Cuando se asomaron al exterior, pudieron ver claramente a una figura blanca, encapuchada y de rostro deforme bajar las escaleras con parsimonia y desaparecer en la oscuridad de la planta baja. George y Kathy cogieron en brazos a sus hijos y abandonaron la casa inmediatamente, en plena madrugada, dejando todas sus pertenencias en el interior. No volvieron a ella jamás, ni siquiera para recuperar sus cosas. La vendieron a pérdida, muy por debajo del precio que habían pagado solo unas semanas antes.

Pocos meses después, el escritor Jay Anson se hizo amigo de George y charló largo y tendido con él sobre lo ocurrido. En 1977, Anson publicó el libro The Amityville Horror. A True Story. En ese libro se basa la película Terror en Amityville de 1979, dirigida por Stuart Rosenberg y protagonizada por James Brolin y Margot Kidder en los papeles de George y Kathy Lutz. El libro y los posteriores artículos que se escribieron sobre la casa encantada más famosa de los EE. UU. daban algunos detalles novedosos. Al parecer, la casa, que había sido construida en 1924, se erigía sobre un antiguo cementerio de los indios shinnecock en el que estos abandonaban a los locos y los moribundos. La sugerencia de que la habitación roja del sótano era la puerta del infierno no salió sin embargo de la boca de los Lutz, sino que fue una interpretación aventurada de los guionistas de Terror en Amityville.

En realidad, toda la historia es un montaje. Los Lutz se habían reunido antes de comprar la casa con William Weber, el abogado de Ronald DeFeo. En esa reunión, los tres diseñaron el fraude tras beberse «cuatro botellas de vino». Todos ganaban. Ronald DeFeo obtenía apoyo para su versión de «las voces». George y Kathy se hacían millonarios con la venta del libro en el que narrarían la historia de la casa. Y Weber obtenía un nuevo juicio para su cliente, así como un porcentaje de los beneficios del libro de los Lutz en concepto de agente editorial.

Pero el ego y la avaricia de los implicados acabaron haciendo fracasar el plan original. Los Lutz y Weber acabaron peleados, el libro lo escribió Anson y las demandas fluyeron hasta acabar involucrando a todos los aprovechados, escritorzuelos de segunda e «investigadores de lo paranormal» que se presentaron en la casa atraídos por su fama y la posibilidad de ingresos fáciles. A lo largo de los años, capas y capas de mentiras, exageraciones, fantasías y distorsiones se han ido añadiendo a la historia original hasta hacerla prácticamente irreconocible.

Hasta el día de su muerte, los Lutz defendieron la idea de que la historia había ocurrido tal y como ellos la contaban. Pero los hechos parecen indicar lo contrario. Los shinnecock negaron que allí hubiera ningún cementerio ni que fuera su costumbre abandonar hasta la muerte a dementes y ancianos. La habitación roja era un simple armario de acceso a las tuberías de la casa. El sacerdote Pecoraro negó haber pisado jamás la casa. La policía reconoció no tener constancia de las llamadas que los Lutz dijeron haber realizado en varias ocasiones. Y la noche de las huellas en la nieve no nevó en Amityville.

Más aún: ni siquiera se ha podido confirmar que los Lutz tuvieran tres hijos. De esos supuestos hijos no queda ni rastro y cuando, muy de tanto en tanto, aparece algún personaje rocambolesco diciendo apellidarse Lutz, no pasan demasiados minutos hasta que este le acaba pidiendo dinero a su interlocutor a cambio de «su versión de la historia».

Los siguientes propietarios jamás han notado nada raro en la casa y su única queja se debe a las hordas de curiosos que se pasean a todas horas frente a ella.

Y, sin embargo, algunos detalles no encajan. ¿Por qué iban los Lutz a gastar todos sus ahorros en una casa de ochenta mil dólares en la que solo iban a vivir un mes a cambio de unos hipotéticos ingresos futuros que nadie estaba en posición de garantizarles? ¿Por qué se reunieron con el abogado de un asesino al que ni siquiera conocían? ¿Y por qué iba un abogado con experiencia a creer que un juez del siglo xx le dedicaría siquiera un minuto de su tiempo a una historia increíble sobre fantasmas que incitan al asesinato de familias enteras? Probablemente la explicación sea tan prosaica como que el mundo está lleno de idiotas avariciosos dispuestos a aliarse para estafar a otros idiotas avariciosos.

En todo caso, algo hemos de agradecerle a Weber y los Lutz. Porque la historia de la casa de Amityville puede ser falsa, pero el miedo que provoca es muy real. O a ver quién es el valiente que baja al sótano de la casa del 112 de la avenida Ocean, a oscuras, a solas y a las 3:15 de la madrugada, a echarle un vistazo a la puta habitación roja.


Canciones que cantan los muertos: I’ll be you sinner, baby

Jeffrey Dahmer. Foto: Cordon.
Jeffrey Dahmer. Foto: Cordon.

Muchas veces usa un cuchillo. Casi siempre es un él. Desliza los dedos por el filo, distraída pero delicadamente, mientras sus ojos acarician glotonamente otra cosa: una yugular palpitante, unos labios retorcidos en una mueca de clemencia que no hallarán. Porque va a matar y da igual el por qué. Escrutando a su víctima, juguetea mentalmente con el cómo —liberar el dique sangriento de su garganta, llenar de pólvora su entrecejo o robarle todo el oxígeno con la prensa de sus manos— y una melodía le aguijonea la cabeza. Tararear y matar, la dansé macabré.

Si la muerte tiene banda sonora, no es la que creemos. Hollywood, siempre al acecho de nuestros deseos y miedos, ha añadido a la violación del quinto mandamiento una pátina de sofisticación por vía sinfónica. Si vamos a morir a manos de un serial killer, que por lo menos no sea un tipo de dientes cariados que nos desmembre a machetazos, porque hasta para ser víctima hay un estatus. Que lo macabro no entorpezca lo bello, nos susurra el celuloide. Que el último aliento se exhale mientras retruenan las Variaciones de Goldbergh de Bach, como en el Silencio de los Corderos, o que la melodía que nos dulcifique la tortura sea la sonata Claro de Luna de Beethoven, como en Misery. Nadie quiere pasar la eternidad bisbiseando a los horrísonos Whitney Houston o Phil Collins, porque el ejecutor (como en American Psycho) nos redujo a víscera y hueso con un hilo musical de taller de repostería.

Lejos de la ficción, las canciones que cantan los muertos son otras. Las que sus asesinos llevaban adheridas en los labios mientras les acechaban, las que volvían a escuchar una y otra vez en la oscuridad, rebuscando en sus letras el impulso final que diera sentido al baño de sangre que ensoñaban y que finalmente acometieron. Porque el camino de la inspiración es de ida y vuelta, y si hoy muchos grupos cantan a los homicidas en sus letras (Del « Revolution Blues» de Neil Young, el «Midnight Rambler» de los Rolling Stones o el célebre «I Don’t Like Mondays» de The Boomtown Rats) hubo un día en el que fue al revés. Ellos cantaban y él mataba. Y los muertos —su muertos— quizás ahora estén tarareando algo así.

Jeffrey Dahmer

Nobody wants him
He just stares at the world
Planning his vengeance
That he will soon unfold

Black Sabbath, «Iron Man»

En el catálogo de horrores macabros «el carnicero de Milwaukee» dejó poco por hacer. Durante trece años violó, desmembró, disolvió en ácido e incluso devoró a diecisiete hombres, reventando las costuras del apelativo «monstruo» hasta lo incomprensible. En su juicio, una de las cosas que más fascinó al respetable de este hombre de una belleza violenta es que fuera fan del heavy metal, como si eso esclareciera cómo un empleado de una fábrica de chocolate puede pervertirse de tan macabro modo. Era eso, o compadecerlo como una especie de antihéroe, un niño víctima de abusos que se vengó de la sociedad que le rechazaba. El mito de que escogía a sus muertos en conciertos metal no era cierto, pero sí lo eran sus veladas de sangre, avidez, ginebra y Black Sabbath imprecándole desde los auriculares. O eso creía él. Dahmer se tomó a sí mismo por ese «Iron Man» que perpetraba su venganza contra un mundo que lo ignoraba, aunque Ozzy Osbourne en realidad estuviera cantando a un hombre que viajaba al futuro y veía el Apocalipsis, y cuando regresaba al presente no se encontraba las quince cadenas perpetuas que logró Dahmer, sino un auténtico Armagedón desatado por su rabia.

Charles Manson

Will you, won’t you want me to make you
I’m coming down fast but don’t let me break you
Tell me tell me tell me the answer
You may be a lover but you ain’t no dancer

Look out helter skelter helter skelter
Helter skelter ooh

The Beatles, «Helter Skelter»

El título de la canción aludía a una montaña rusa y los Beatles lo usaron simultáneamente como metáfora sexual y como vía para picarse con The Who, haciendo temas un poco más salvajes de lo que acostumbraban en las postrimerías de los sesenta. No aventuraban que un maníaco barbado descubriría en los acordes y las letras de «Helter Skelter» la forma de cristalizar todo su demente y alucinado ideario, entendiendo que en realidad el cuarteto de Liverpool le estaba diciendo que él, Charles Manson, tenía que llevar a cabo su profecía. La matanza que la secta «La Familia» acometió ese aciago 9 de agosto de 1969 en la mansión del 10050 de Cielo Drive —en la que perecieron la actriz Sharon Tate y otras tres personas— se llevó a cabo después de una elaborada instrucción del ideólogo Manson sobre el mensaje que «Helter Skelter» y todo el White Album escondían: que la guerra racial entre blancos y negros estaba a la vuelta de la esquina y ellos debían dar el primer paso. Y es que a Manson, fatal como estaba de lo suyo, leía y releía la Biblia y se le atropellaban las pistas inequívocas de que Ringo, John, George y Paul eran en realidad los cuatro jinetes del Apocalipsis. Las partes en las que el sagrado texto se refiere a los cuatro ángeles como «hombres con las caras de los hombres» pero «con el pelo de una mujer» eran obvias referencias a ellos; así como la semejanza del nombre del banda con la palabra «escarabajo» («beetle») que aludía indiscutiblemente a la plaga de langostas de la que también habla el Apocalipsis. Al fin y al cabo, ambos crujen al pisarlos, ¿no?

Manson invirtió una cantidad inusitada de tiempo en tratar de contactar con los Beatles para explicarles personalmente cómo había descubierto sus sutiles llamamientos al alzamiento, conjugando en un batiburrillo sin par la Biblia, el nazismo y Nietzsche. Huelga decir que no lo consiguió y la banda aventó las culpas de toda influencia que pudieran haber tenido sus letras en un lugar tan sinsorgo como la mente de Manson. A juzgar por ciertos resultados, parece que sus desnortados fieles tampoco lo entendieron del todo bien: el día de la matanza usaron la sangre de sus víctimas para pintar en las paredes mensajes con referencias a los Beatles, entre ellas el manifiesto fundacional de su demencia: «Helter Skelter». Solo que lo escribieron mal: «Healter skelter». Y así quedó para siempre.

Aileen Wuornos

Have I been blind
Have I been lost
Inside myself and
My own mind
Hypnotized
Mesmerized
By what my eyes have seen?
 

Natalie Merchant, «Carnival»

La «Doncella de la Muerte» solo asesinaba en días lluviosos. Esos días el agua le afeaba y conseguía menos clientes para prostituirse, momento que Aileen Wuornos aprovechaba para acallar la sed de venganza que la consumía. La única serial killer de la lista, que mató a siete hombres que contrataron sus servicios, no pasó mucho tiempo en conciertos ni meciéndose en canciones con malas palabras y peores sentimientos. Suficiente le dio la vida, que no escatimó en palizas, abandonos y atrocidades. Puede, pero solo puede, que alguna vez meciera las caderas con «Daytona Nights», la canción que Hank Williams Jr le dedicó a The Last Resort, el bar de moteros donde se tomó su última cerveza en libertad y donde fue detenida. Sus muertos quizá abandonaron esta vida sin nada que tararear, pero de los dos deseos que albergaba ella antes de morir por inyección letal en Florida, uno sí se cumplió. Su funeral se inundó de la plúmbea tristeza de «Carnivale» de Natalie Merchant, tal y como demandó. El otro, expresado en sus últimas palabras, es más difícil de constatar: «Estoy navegando y voy a volver el día de la independencia con Jesús, el 6 de junio, en una enorme nave espacial y todo eso. Voy a volver», vaticinó. Las secuelas del carnaval.

Richard Ramírez

I’m your night prowler, asleep in the day
Night prowler, get outta my way
I’m the prowler, watch out tonight
Yes I’m your night prowler, when you turn out the light

AC/DC, «Night Prowler»

Durante los veranos horribles de 1984 y 1985 en Los Ángeles se necesitaba un chivo expiatorio. No se conseguía dar caza al «merodeador nocturno» que estaba arrancando ojos, violando y descuartizando personas por toda la ciudad, y la sociedad se impacientaba entre el terror y el pánico. Hasta que apareció la gorra de AC/DC en uno de los escenarios del crimen y la prensa se prestó encantada a cumplir con los requisitos del estereotipo amarillista al que en estas reseñables ocasiones está encantada de reducirse: «El serial killer se inspira en las letras de AC/DC», titulaban. El remate llegó cuando, capturado Richard Ramírez, se confirmó por sí mismo y por testimonios de remotos amigos de la infancia, que el asesino era un gran fan de la banda de rock. «El merodeador nocturno admite que la música de AC/DC le hizo matar a dieciséis personas», aullaban. Ello, unido a la semejanza entre el apodo de Ramírez («Night Stalker») y la canción «Night Prowler» publicada en el álbum Highway to Hell, cinco años antes de los asesinatos, hicieron el resto. Los jugosos tintes satánicos de sus crímenes fueron el corolario. De nada sirvió que el propio Malcolm Young explicara que la letra nada tenía que ver con macabros crímenes —sino con algo mucho más naif como un niño espiando a su novia— porque la reimaginación que Ramírez hizo de la canción echó raíces más profundas. Él mismo encarnó el epítome de la patética angustia adolescente ochentera. Hasta que murió en 2013, no escatimó en sádicos detalles de cómo salía de caza, entrando en las casas de sus víctimas por la noche, con «Night Prowler» sonando en bucle en su walkman.

John Wayne Gacy

I’ll be your builder, skilled at the tasks you ask
I’ll be you sinner baby, allowing my soul to be sold
But I’m drawing the line there woman
I ain’t takin’ no more abuse
I’ll be puttin’ my foot down and then
Throw the chains away

Reo Speedwagon, «Throw The Chains Away»

Si cuando se topan con los componentes de Reo Speedwagon no pueden evitar pensar en payasos tristes sepan que hay otro porqué además del evidente. Aquellas power ballads no solo pusieron banda sonora a algunos años que más nos conviene olvidar a todos, sino que además acompañaron los crímenes de un tipo que oficiaba exactamente así: vestido de payaso triste. John Wayne Gacy, que violó y mató a treinta y tres jóvenes que enterró en su jardín o lanzó al río, acostumbraba a aliñar sus dos tareas favoritas con los compases melódicos de Reo Speedwagon, la banda favorita de sus padres. Su segunda mujer lo recordaba pintando cuadros —adivinen de qué: payasos tristes— luchando por afinar la melodía masticable del «Can’t Fight This Feeling Any More», algo acorde al hombre sensiblón y ejemplo de su comunidad que creían que era. Secretamente, vociferaba el «I’ll be your sinner» mientras hundía el cuchillo en la carne, lanzando un mensaje a la posteridad sobre la inconveniencia de confiar en las apariencias. (Y en los payasos tristes).

Wayne Williams

Every man or woman
Enjoys going home
To a peaceful situation
To give love and receive love
Without any complications

B. B. King and Bobby Bland’s, «I Like to Live the Love»

No conviene que los vivos perdamos también la esperanza aventurando que todos estos muertos están aquí o allá tarareando letras irremediablemente oscuras o febriles. Porque aunque hay cosas que nunca sabremos, cómo cuantos crímenes cometió exactamente Wayne Williams (si solo los dos por los que fue condenado o los cerca de veinte que se sospechan) en los márgenes aún queda alguna certeza la que abrazarse. Williams, que entre homicidio y homicidio trabajó en una radio musical en el Atlanta de los setenta, no titubea a la hora de retratarse con su canción favorita: «I Like to Live the Love», de B.B King y Bobby Bland’s, todo un manifiesto para los vivos. Come on, es tan contagioso que incluso puede que los muertos acompañen con los coros.

Charles Manson. Foto: Cordon.
Charles Manson. Foto: Cordon.


El hombre que asesinó a Noruega

26 Jul 2011, Malmö, Sweden --- SWEDEN/MALMOE(MALMO) _ Norwegian gun man on all nordic ,swedish,danish,norwegian talboild and other dailies ,terror in Norway 26 July 2011 (PHOTO BY FRANCIS JOSEPH DEAN/DEAN PICTURES) --- Image by © Francis Dean/Corbis
El atentado de Utøya ocupó la portada de todos los diarios suecos, noruegos y daneses. Fotografía: Corbis

El mal ha sido siempre un sujeto emborronado. A pesar de su naturaleza aparentemente permeable lleva siglos resistiendo análisis de pensadores, filósofos y antropólogos y —naturalmente— periodistas. El intento más famoso de entre los contemporáneos es el de la sempiterna Hannah Arendt, y su visión de Adolf Eichmann que se finiquitó con eso tan conocido de «la banalidad del mal». El gran Harry Mulisch (autor de dos obras maestras sobre el tema como El descubrimiento del cielo y Sigfrido) incidió en los mismos fangos con Causa Penal 40/61, llegando a similares conclusiones: el mal bien podría ser un turba de tipos mediocres capaces de cruzar todas las líneas con la excusa más nimia. Ron Rosenbaum fue incluso más ambicioso y en su libro Explicar a Hitler: Los orígenes de su maldad, trató —en forma de diversos ensayos— de llegar al fondo de la cuestión: ¿por qué el Führer industrializó la maldad hasta convertirla en una simple cuestión burocrática, de cálculos mundanos? Rosenbaum, que se mete hasta las orejas en cada rincón de la vida del dictador, acaba por reconocer que es incapaz de llegar a ninguna conclusión concreta. Su análisis se pierde en diversos caminos que acaban conduciendo al mismo lugar: el mal es impredecible, huidizo y caprichoso.

En cierto sentido, el mal bien podría ser la ausencia de lógica y todo aquello que no podemos procesar de un modo racional (desde un punto de vista moral, que no intelectual) formaría parte de ese concepto. Los vídeos de DAESH podrían ser un ejemplo claro de la disparidad de criterios con los que uno se enfrenta a la idea del mal. Imágenes de niños disparando en la nuca a prisioneros en monos de color naranja, decapitaciones, ahogamientos; cuarenta tipos reunidos en una playa decapitando a otros cuarenta desconocidos con un plano final de las olas teñidas de rojo; hombres arrojados de azoteas por su presunta homosexualidad. A la mayoría de los que piensan en sí mismos como seres humanos les repugna la sola idea de visionar algo así y se les hace difícil encontrar un discurso (ya sea teológico o bélico) en su contenido. Sin embargo, muchos expertos coinciden en que son magníficos instrumentos de propaganda y que miles de jóvenes musulmanes de todo el mundo se han alistado en la organización gracias a ellos. Para todos esos jóvenes DAESH no es el mal. Para el resto de la humanidad, indiscutiblemente, lo es, en términos absolutos.

Anders Behring Breivik nació el 13 de febrero de 1979 en la capital de Noruega, Oslo. Su madre, Wenche, estaba entonces casada con un funcionario del servicio de diplomacia que pretendía hacer carrera. Poco después de nacer Anders, a él le ofrecieron un puesto en la embajada de Londres. El matrimonio pensó que podría ser una buena idea para limar sus diferencias e hicieron las maletas. Seis meses después, Wenche se volvía a Noruega con Elisabeth, la hermanastra de Anders, y el propio Anders. Las continuas discusiones con su marido, un hombre de carácter irascible, y la naturaleza de Wenche, inestable e insegura, no contribuyeron a la buena salud de la pareja.

Ella solicitó el divorcio poco después y él le cedió la casa de Noruega durante tres años. Poco después él conoció a otra mujer y se mudó a París.

Para Wenche las cosas empeoraron en su tierra natal: fue diagnosticada como esquizofrénica paranoide y pidió ayuda a los servicios sociales para salir del atolladero. Elisabeth se había convertido en una chica con una madurez insólita para su edad, ya que su madre había empezado a beber de una forma constante. La niña trataba de cuidar de Anders, pero este pocas veces escapaba de la ira de su madre. Años después, la madre afirmaría que cuando llevaba el pequeño en la barriga ya notaba que le daba patadas «como si quisiera molestarme». Los psicólogos que atendieron a Breivik en aquella época explicaban en sus informes que el pequeño mostraba un comportamiento antisocial constante pero que cuando se sentía atacado reaccionaba de una forma especialmente virulenta. También anotaron que su madre solía decirle: «ojalá no hubieras nacido».

Los servicios sociales noruegos permiten en algunos casos que los niños puedan pasar los fines de semana con familias de acogida para así ayudar a los progenitores con problemas a estabilizar su situación en la medida de lo posible. En el caso de Wenche los intentos por mejorar su salud (especialmente en el plano mental) resultaron infructuosos. Tampoco ayudaba el hecho de que el padre de Anders no estuviera de ningún modo interesado en su hijo: después de perder la custodia de los hermanos había tenido dos retoños con su nueva esposa en París y consideraba Noruega un resquicio de su pasado.

A pesar de ello, Breivik y su madre siguieron conviviendo y el adolescente empezó a mostrar preocupantes síntomas de aislamiento que solo empeoraron con su habilidad al enfrentarse a un ordenador: las únicas personas que le interesaban se ocultaban —como él— en un entramado de ceros y unos.

Así fue como entró en contacto con diversas facciones de la extrema derecha más radical de Europa. Los ultras noruegos, muy activos en redes, fueron el gran polo de atracción para Breivik, que creó su propio grupo (los caballeros templarios) y se autodenominó (según el mismo declaró en su juicio) «comandante militar del movimiento de resistencia anticomunista noruego y jefe de justicia de la orden de los Caballeros Templarios». Pronto empezó a escribir un manifiesto que ponía sobre las mesa sus soluciones para lo que el consideraba la creciente islamización de Europa. Cualquiera que haya tenido acceso al documento (fácilmente rastreable en redes) podría haber encendido la luz de alarma: Breivik apostaba sin ambages por la acción directa. Sin embargo, todos esos años de militancia solo sirvieron para que la inteligencia noruega le pusiera en una lista de «personas de interés» con otros miles de sujetos con relaciones (directas o indirectas) con círculos de la ultraderecha noruega. Inexplicablemente, ni siquiera cuando Breivik empezó a acumular toneladas de fertilizante (nitrato de amonio).

27 Jul 2011, Oslo, Norway --- (110727) -- OSLO, July 27, 2011 (Xinhua) -- Workers work at the bomb-damaged government quarter in Oslo, capital of Norway, July 27, 2011. Rigmor Aasrud was the first cabinet member to make a symbolic return on Wednesday to her bomb-damaged office as the nation tries to restore normality after the massacre by right-winger Anders Behring Breivik. (Xinhua/Wang Qingqin) (zf) --- Image by © Wang Qingqin/Xinhua Press/Corbis
Uno de los edificios dañados por la bomba en Oslo. Fotografía: Corbis

La combinación del nitrato de amonio y diversos derivados del petróleo lo convierte en un eficaz explosivo y, por así decirlo, agranda el radio de destrucción. Breivik trabajaba en una finca y se dedicaba a la agricultura, por lo que levantó pocas sospechas, pero bastaba con acercarse a su lugar de trabajo e interrogarle para saber que el cupo de fertilizante necesario en la finca donde prestaba sus servicios estaba más que cubierto.

Con esas seis toneladas de nitrato de amonio, unos cuantos litros de combustible de uso agrícola, un detonador y una furgoneta, Breivik empezó la preparación de uno de los atentados terroristas más graves de la historia del continente europeo en las últimas décadas. Su plan primigenio consistía en entrar en el parlamento y decapitar al primer ministro para a continuación hacer estallar la bomba. Según los cálculos del noruego, la furgoneta contenía la suficiente cantidad de explosivo como para fracturar las columnas que soportaban la estructura del edificio y hacer que este se viniera abajo. Finalmente, descartó la ejecución del ministro por una cuestión de tiempo, ya que afectaría a la segunda parte de su plan. Aquel día las juventudes laboristas noruegas celebraban su habitual campamento de verano: Breivik pretendía irrumpir allí y asesinar a los que él consideraba indeseables. Pretendía hacerlo con tranquilidad: todas las fuerzas del orden del país estarían ocupadas tratando de lidiar con la explosión en el centro de Oslo, lo cual le garantizaría unas horas de total inactividad policial en el área.

El 22 de julio de 2011, Breivik dejó su casa en un pequeño pueblo de Hedmark con una furgoneta llena de explosivos. El día anterior había aparcado otro vehículo similar con el que se daría a la fuga, a pocos metros del parlamento noruego. Aproximadamente a las tres de la tarde, vestido de policía, Breivik aparcaba la furgoneta bomba en la mismísima puerta del parlamento. Sospechando que alguien podía reparar en que no tenía autorización para estacionar en aquel lugar, el noruego abandonó el vehículo pistola en mano. Sin embargo, nadie se le acercó.

Breivik caminó sin guardar la pistola unos trescientos metros y se subió a un vehículo plateado. El temporizador haría estallar la bomba a las 15.25.

La explosión pudo notarse en un kilómetro a la redonda. Tres personas murieron en el acto por el efecto de la onda expansiva. Breivik escuchaba el relato en la radio mientras se dirigía a Tyrifjord, desde donde ya se divisaba Utoya. El terrorista tenía pensado coger el barco allí poco después de las cuatro de la tarde. Llevaba consigo un revolver y un rifle. En el primero, y con la ayuda de un cuchillo, había grabado en caracteres rúnicos la leyenda «Mjolnir», por el martillo de Thor; en el segundo «Gungnir», por la lanza de Odín. Para Breivik, un fanático del esoterismo, lo que estaba a punto de suceder la aseguraría su entrada en el Valhalla, el mítico refugio de los dioses nórdicos.

En la capital, el caos reinaba. No había guardias armados en la entrada del parlamento, la mitad de la policía estaba de vacaciones y aún no habían llegado las fuerzas especiales. No se habían establecido controles de carretera o cerrado puentes o aeropuertos. En cierto sentido, el país seguía funcionando de forma normal aunque iba a ser golpeado de un modo que ni siquiera podía llegar a sospechar. La policía noruega solo disponía de un helicóptero, y aunque un ciudadano que había llamado a la policía poco después de la explosión les había advertido de que había visto huir del lugar a un hombre de metro noventa, armado y cargando una mochila, nadie había establecido los parámetros para seguir al sospechoso. El piloto del helicóptero llamó a sus superiores en cuanto se enteró del atentado en Oslo: «No le necesitamos», le contestaron.

Cuando se dictó la orden de arresto, Breivik ya estaba en Utoya.

Seiscientos jóvenes de entre dieciséis y veintidós años celebraban allí un fin de semana de conferencias y fiestas que marcaban cada año el aniversario de la rama juvenil del partido laborista noruego. Cuando Breivik llegó, con aspecto tranquilo y su uniforme de policía, las noticias de la bomba en Oslo ya habían llegado a la isla. El terrorista usó esa información como excusa para pedir a todos los jóvenes que se acercaran, ya que se disponía a darles detalles de lo sucedido. Cuando a su alrededor se formó un semicírculo de rostros nerviosos que deseaban volver a sus casas, Breivik sacó su pistola y abrió fuego.

Anders Behring Breivik durante el juicio: Fotografía: Corbis
Anders Behring Breivik durante el juicio: Fotografía: Corbis

Durante la siguiente hora y media, mientras gritaba «marxistas, hoy vais a morir todos», Breivik se paseó por la isla disparando sin cesar, caminando lentamente, registrando cualquier lugar que pudiera servir de escondite. A muchos/as les disparó dos veces, dándoles el tiro de gracia para asegurarse de que estaban muertos. Algunos jóvenes trataron de huir a nado pero el agua estaba demasiado fría y aunque la distancia era pequeña, se veían obligados a volver: Breivik les esperaba en la orilla. Cuando llegó la policía, Anders Behring Breivik, de treinta y dos años, había asesinado a sesenta y ocho personas. Se entregó sin oponer resistencia.

Youtube ya había retirado el vídeo donde aparecía con un parche en el brazo derecho en el que podía leerse «cazador de marxistas». Su manifiesto de mil quinientas páginas seguía disponible para cualquiera que tuviera el estómago de echarle una ojeada. Los medios de comunicación empezaron pronto a escudriñar a Breivik solo para encontrarse a alguien que afirmaba ser prosionista, admirador de Churchill, masónico, antimusulmán y amante del esoterismo; un tipo tan desconcertante que no encajaba en ninguna descripción, un lobo solitario cuya visión del mundo era un pandemónium. Se le comparó con Timothy McVeigh, el hombre que el 19 de abril de 1995 hizo pedazos un edificio del FBI en Oklahoma, causando ciento sesenta y ocho muertos, pero McVeigh era un supremacista blanco de manual: admirador del Ku Klux Klan, antisemita y simpatizante del nacionalsocialismo estadounidense que representaban William Luther Pierce o las milicias de Michigan. Él y Breivik no se parecían en nada, excepto en su ultraderechismo, su aparente facilidad para matar sin arrepentirse y en su uso de la palabra «colateral» para definir a las víctimas.

En cuanto a Breivik, su aparición en el juicio, con traje y corbata, rostro sonriente y el puño en alto, enervó a la sociedad noruega. Sus delirios patrióticos y las soflamas presuntamente europeístas que se empeñaba en soltar ayudaron a sus abogados a presentarle como un enfermo, un tipo que era incapaz de distinguir el bien del mal. El propio Breivik, como si quisiera contradecirles, declaró que lo que había hecho «era atroz» pero «necesario». En ningún momento mostró señales de arrepentimiento y su comportamiento hizo mella en una sociedad que se preciaba de ser de las más avanzadas del continente.

Finalmente, fue condenado a veintiún años revisables en una institución psiquiátrica mientras los expertos se enredaban en inacabables debates sobre si el código penal debía ser revisado (endurecido) para castigar acciones tan brutales como aquella.

Nada más llegar a la cárcel, aquel gigante de metro noventa se quejó de que su habitación era muy pequeña, de que no tenía conexión a internet, de que el ordenador del que disponía era demasiado antiguo y de que la comida no era lo suficientemente buena. En 2013 su madre fue a visitarle y él lloro y le pidió perdón por haberle arruinado la vida. Fue la única ocasión, dijeron sus carceleros, en la que se ha visto a Breivik emocionado.

Robert K. Ressler, el creador de la unidad de ciencias del comportamiento de Quantico y —probablemente— la figura más relevante en el estudio de asesinos en serie y maníacos de toda clase, confesaba en su libro El que persigue a monstruos que a pesar de haber pasado horas interrogando a Charles Manson o David Berkowitz (más conocido como «el hijo de Sam»), resultaba imposible saber con precisión qué elementos podían señalar a aquellos dispuestos a cruzar la línea. Los perfiles para atrapar a los asesinos servían a posteriori, una vez que estos habían actuado, pero nadie podía prevenir las masacres de los lobos solitarios, de los terroristas cuyos planes solo conocían ellos mismos. Los golpes de suerte, las monitorizaciones de ciertas organizaciones o la prevención en forma de más policías, más recursos y más seguridad, se revelaban casi insignificantes en casos como el de Breivik, McVeigh o —por qué no— los ataques contra Charlie Hebdo o el reciente atentado frustrado al tren de alta velocidad en Francia. Estamos expuestos al mal, con su disfraz ideológico o religioso, y la sonrisa de Breivik sea quizás el reflejo más atroz de la impotencia que sentimos cuando nos muerde y se niega a soltarnos. Entenderlo no rebajará sus consecuencias pero al menos nos daría las herramientas para tratar de asimilarlo, de digerir lo que provoca en una sociedad presuntamente civilizada.

Alguien dijo una vez que si los malvados fuesen demonios surgidos del mismísimo infierno, eso nos aliviaría: sabremos que no son humanos, que no son de los nuestros. Lamentablemente, no fue Lucifer quien empuñó las armas en Noruega.

Hace unas semanas, algunos de los supervivientes de la masacre de Utoya volvieron a la isla. Allí, un pequeño recordatorio en forma de estructura de metal donde se han escrito los nombres de las víctimas sirve de homenaje a todos los que perdieron la vida aquel día. Para ellos, el mal tiene nombre y apellidos pero, como para el resto, ninguna explicación.

Monumento a las víctimas de Utøya. Fotografía: Corbis
Monumento a las víctimas de Utøya. Fotografía: Corbis


Asesinas en serie

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Fotografía: topher76 (CC)

El siglo XX es el siglo de la biomedicina, la época en la que avances como las vacunas, los antibióticos y el agua sanitaria acabaron, al menos en el mundo desarrollado, con una de las principales tragedias de la humanidad, la muerte de los niños. Pero el siglo XX es también el siglo de la maldad, la era en que el Holocausto, el gulag, las bombas atómicas y las guerras industriales demostraron la capacidad de nuestra especie para violar, torturar y  asesinar. No sé qué deberemos hacer para perdonarnos a nosotros mismos esta historia abyecta, una especie que se autodenominó sabia (sapiens), que se cree racional, donde muchos piensan que están hechos a imagen y semejanza de Dios, tendrá que pagar de alguna manera esos crímenes, porque si alguna vez he dicho que somos la esperanza y la conciencia de la Tierra, somos también su principal vergüenza.

De los dos sexos se puede afirmar con rotundidad que los hombres somos los protagonistas principales de esta maldad, somos nosotros los que diseñamos, programamos y ejecutamos guerras y matanzas, somos nosotros los inventores de armas sofisticadas y torturas insufribles. No existe entre las mujeres del último siglo una sola que se acerque a los crímenes contra la humanidad de Hitler, Stalin, Mao o Pol Pot. Es triste que entre los comportamientos atribuibles a las hormonas masculinas uno de los más evidentes sea la agresividad.

El asesinato es también una actividad fundamentalmente masculina y un grupo particular son los llamados asesinos en serie. Al parecer, el término (Serienmörder) fue inicialmente propuesto en 1930 para Peter Kürten, el conocido como «vampiro de Düsseldorf» porque además de setenta y nueve agresiones y violaciones, nueve asesinatos y siete intentos de asesinato, bebió la sangre de al menos una de sus víctimas. En general se considera que un asesino en serie es alguien que comete tres o más asesinatos durante un periodo extenso, al menos treinta días, con un lapso de inactividad entre cada crimen.

Las series de televisión nos muestran una actividad muy poco realista de la búsqueda de los responsables de asesinatos en serie. Uno de los primeros pasos en su búsqueda y captura es definir su perfil psicológico, algo que permita centrar las investigaciones. Sin embargo, un perfil psicológico no es más que una probabilidad estadística y si la policía creyera, como vemos tan a menudo en la pantalla, que es una descripción real, habría un riesgo cierto de ignorar otras evidencias.

La mayoría de los asesinos en serie son hombres jóvenes, entre veinticinco y cuarenta años y con ocupaciones que pueden implicar altos niveles de testosterona como mecánico, peón de carreteras o albañil. Son carreras laborales donde es difícil progresar y por lo tanto es raro tener la autoestima alta o valorar positivamente la situación social o profesional. Es común que estos delincuentes tengan dificultades para moverse en sociedad y para relacionarse sexualmente y suelen tener rabia contra otras personas a quienes consideran responsables de sus fracasos. Pero evidentemente muchas otras personas, incluidas todas las asesinas en serie, no encajan en esta descripción. Afortunadamente estos delitos son raros y los cuerpos de seguridad trabajan de forma sistemática y organizada, muy alejada de esas detenciones «mágicas» que consiguen en un episodio de cincuenta minutos los detectives de la televisión.

Cuando se ha estudiado a algunos perpetradores de asesinatos en serie se ha visto que mucho más prometedor que el perfil psicológico es el perfil geográfico, algo que también está codificado en el cerebro. Todos tenemos mapas mentales y los crímenes nunca son al azar, siempre hay un patrón. Los criminales no son tan diferentes de una persona que va de compras o de un grupo de leones que va de cacería. Normalmente se hace, de forma consciente o inconsciente, en sitios que uno conoce, asesinan en lugares con los que están familiarizados y luego arrojan los cuerpos lejos del lugar en donde viven. Cartografiando los lugares donde tiene lugar la desaparición de la víctima y el encuentro del cadáver es posible conseguir información direccional. Un ejemplo fue Arnold Pearce el llamado «Barclays bomber», un terrorista que puso bombas en una serie de oficinas bancarias del Barclays cerca de estaciones de una línea del metro de Londres. Cuando fue capturado se vio que vivía junto a esa misma línea. Su defensa argumentó que sufría de enfermedad de Binswanger, un tipo raro de demencia causado por daños en la sustancia blanca y que puede alterar el juicio. No le sirvió de mucho, pues el 4 de abril de 1999 fue declarado culpable de veinte cargos y sentenciado a veintiún años en prisión.

29 Nov 1954, Tulsa, Oklahoma, USA --- Original caption: Mrs. Nannie Doss, 49, laughs as she is interviewed by Captain Harry Stege at the police station November 29th, after allegedly confessing the poisoning of four of her five husbands. She was arraigned November 29th. Although she giggled confessing to the four arsenic murders, she is said to have become glum, when questioned on the deaths of seven other relatives. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Nannie Doss entrevistada por el Capitán Harry Stege tras haber confesado el asesinato de cuatro de sus cinco maridos. Fotografía: Corbis.

Aunque el 85% de estos asesinatos han sido cometidos por hombres, hay unas cuantas decenas de mujeres que encajan en la definición de asesinas en serie. Entre las más famosas en el mundo anglosajón está Jane Toppan, una enfermera que acabó con decenas de pacientes entre 1885 y final de siglo; Belle Gunness, que mató a veinticinco personas a finales del siglo XIX, incluidos sus maridos y sus hijos, y desapareció sin que se supiera más de ella; Nannie Doss, una «viuda negra» que asesinó a sus cinco maridos, a una de sus suegras, a sus hermanas, a dos de sus hijos y a su propia madre, o Aileen Wuornos, que acabó con cinco clientes que habían contratado sus servicios sexuales entre 1989 y 1990. En España tenemos también nuestra crónica negra y entre las asesinas en serie recientes están los casos de Encarnación Jiménez, que fue condenada a ciento cincuenta y dos años de cárcel por matar a dos ancianas y asaltar a otras quince en Madrid entre abril y julio de 2003, y cuyo objetivo era conseguir el dinero y las joyas de sus víctimas, y Remedios Sánchez, una mujer que fue condenada a ciento cuarenta y cuatro años de prisión por matar a tres ancianas e intentar asesinar a otras cinco en tres semanas de locura en Barcelona en 2006, que terminaron al ser detenida en el local de tragaperras donde gastaba el fruto del saqueo de las casas de sus víctimas.

La neurociencia intenta entender cómo funciona el cerebro de alguien con comportamientos aberrantes, cómo puede pensar un padre o madre que mata a su bebé, pero prácticamente nunca aparece una explicación sólida y generalizable. Nos cuesta entender la maldad, un cerebro que hace las cosas que pensamos imposibles para nuestra especie, «inhumanas». Diversos investigadores han estudiado los perfiles de decenas de asesinas en serie que cometieron sus crímenes en los dos últimos siglos en Estados Unidos y el análisis de esos casos proporciona algunas informaciones sorprendentes, entre las que llama la atención que el perfil es bastante diferente del de los hombres:

  • La mayoría eran mujeres de clase media y alta.
  • Casi todas (92%) conocían a sus víctimas. Los hombres asesinos en serie, en cambio, suelen matar principalmente a personas desconocidas.
  • Casi todas eran blancas.
  • La herramienta para matar más habitual fue el veneno, mientras que en el caso de los hombres eran las armas.
  • La mayoría eran «geográficamente estables». Vivían en la misma zona donde cometían sus crímenes.
  • El motivo principal de los asesinatos fue el dinero, al contrario que en los hombres en que el motivo principal suele ser sexual.
  • La mayoría tenían grados universitarios o una buena formación, frente al nivel educativo mucho menor de los hombres.
  • La mayoría cometieron entre siete y diez asesinatos o intentos de asesinato, mayor número que en los hombres.
  • La carrera criminal de las asesinas en serie fue más larga que la de sus colegas masculinos, quizá por ser culpables menos habituales, lo que hacía que la policía tardase más en centrar sus averiguaciones.
  • La mayoría tenían un atractivo medio o superior a la media.
  • La mayoría eran monógamas en serie. De media se habían casado dos veces, aunque alguna se había casado en siete ocasiones.
  • Dos tercios eran parientes de sus víctimas.
  • Un 44% había asesinado a sus hijos biológicos.
  • Una cuarta parte había matado a ancianos enfermos o niños muy pequeños, personas que no tenían ninguna posibilidad de defenderse.
  • De las que se pudo conocer la religión, el 100% eran cristianas.
  • Su actividad laboral era muy variada, de profesora de religión a prostituta, pero la profesión más representada, con casi un 40%, eran trabajos relacionados con la salud, como enfermeras o auxiliares de enfermería. El segundo grupo, en torno a un 22%, eran personas cuya actividad fundamental era cuidar a otras, especialmente niños pequeños. En cualquier caso, profesiones muy diferentes de las de sus colegas masculinos.

Son datos interesantes y en ocasiones sorprendentes, pero no debemos olvidar que, como aquel brandy Soberano, el asesinato en serie es «cosa de hombres».

Para leer más:

Angrilli A., Sartori G., Donzella G. (2013), «Cognitive, emotional and social markers of serial murdering». Clin Neuropsychol 27(3): 485-494.

Frei A., Völlm B., Graf M., Dittmann V. (2006), «Female serial killing: review and case report». Crim Behav Ment Health 16(3): 167-176.

Harrison M. (2015), «Female serial killers have some shocking characteristics». Business Insider. Enlace

Harrison M. A., Murphy E. A., Ho LY, Bowers T. G., Flaherty C. V. (2015) «Female serial killers in the United States: means, motives, and makings». J Forensics Psychiat Psychol 26(3): en prensa.