La Tierra no es redonda

La Tierra no es redonda
Pierre Maupertius, vestido con ropas típicas de Laponia, plana una esfera terrestre con su mano.

El péndulo de Richer

La fuerza de la gravedad no es igual en todas partes. El primero en observarlo fue el astrónomo francés Jean Richer cuando se encontraba en Sudamérica realizando unas medidas para estimar la distancia entre la Tierra y Marte. Allí Richer se dio cuenta de que su reloj de péndulo se retrasaba sistemáticamente respecto a los relojes de París. Isaac Newton lo cuenta en su Principia Mathematica:

Y, en primer lugar, en el año 1672, Mr. Richer lo notó en la isla de Cayena; porque cuando, en el mes de agosto, estaba observando los tránsitos de las estrellas fijas sobre el meridiano, encontró que su reloj iba más lento de lo debido con respecto al movimiento medio del sol a razón de 2 minutos y 28 segundos por día.

En aquel libro, publicado quince años después de las observaciones de Richer, Newton presentó por primera vez su teoría de la gravedad, según la cual todos los cuerpos del universo ejercen una misteriosa fuerza de atracción entre sí, tanto más intensa cuanto más cerca estén. Esa fuerza, la gravedad, sería la responsable de hacer oscilar el péndulo de Richer y, por lo tanto, también la causante de aquel retraso.

Newton lo explicaba argumentando que el giro de la Tierra alrededor de su propio eje generaría una fuerza que hundiría al planeta por los polos. De ser cierto, el ecuador y los trópicos estarían más alejados del centro de la Tierra que los países europeos y, por lo tanto, la fuerza de la gravedad sería menor en Cayena que en París. De ahí el retraso del péndulo.

Sin embargo, esta explicación apelando a una fuerza nueva, extraña y poco intuitiva, no convenció inmediatamente a todo el mundo. Uno de los más escépticos fue el astrónomo italiano naturalizado francés Giovanni Cassini, director del Observatorio de París y colega veterano de Richer en la Academia de las Ciencias. 

Cassini era un hombre de gran prestigio y uno de los astrónomos más brillantes de su época. Durante sus años en Italia había determinado el tiempo que tardan Marte y Júpiter en dar una vuelta sobre sí mismos. Y más tarde, ya en París, descubrió cuatro de las lunas de Saturno, a las que llamó Sidera Lodoicea, las estrellas de Luis, en honor al rey de Francia, Luis XIV.

Newton y Cassini estaban de acuerdo en que la Tierra no era redonda, pero a partir de ahí sus opiniones divergían. Cassini afirmaba, basándose en sus propias observaciones y cálculos, que la Tierra no estaba achatada por los polos sino por el ecuador. Sobre por qué el péndulo oscilaba más despacio en Cayena, ofrecía una explicación sencilla: las medidas de Richer eran probablemente incorrectas. Después de todo, en aquel momento Richer era un simple «asistente», el rango más bajo en la Academia de las Ciencias, y además sus datos contradecían medidas similares realizadas en toda Europa que indicaban que el movimiento del péndulo era constante. Empezaba así una disputa científica que se extendería a lo largo de las décadas siguientes y cuyo desenlace ni Newton ni Cassini vivirían para ver.

Newtonianos y cartesianos

Durante el final del siglo XVII y el principio del XVIII la cuestión de la forma de la Tierra fue motivo de largos y enconados debates en la Academia de las Ciencias francesa. La polémica fue mucho más allá de la astronomía. Supuso el enfrentamiento de dos concepciones del mundo y tuvo connotaciones nacionalistas y filosóficas.

Por un lado estaban los seguidores de Newton, ingleses en su mayoría, pero también una sección joven dentro de la Academia. Para ellos la fuerza de la gravedad servía para explicar tanto la caída de las manzanas de los árboles como los movimientos de los planetas en el espacio. Y por supuesto, también los retrasos tropicales en los relojes de péndulo. Si los cálculos de Newton eran ciertos, la Tierra tenía que ser achatada por los polos.

En el otro lado estaban muchos científicos franceses, que acudían a las ideas de Descartes para proponer otra explicación, según la cual los movimientos de los planetas se producirían por fuerzas internas y no por la atracción que ejercen unos cuerpos sobre otros. Según eso y los cálculos de Cassini, argumentaban que la Tierra debería tener forma oblonga, achatada por el ecuador y no por los polos. 

Había una forma de dirimir la cuestión. Si la Tierra fuese una esfera perfecta, algo que por entonces ya nadie creía, su curvatura sería igual en cualquier punto de ella. Sin embargo, si los newtonianos tenían razón y el planeta estaba achatado por los polos, la curvatura sería menor en ellos que en el ecuador. Si en cambio tenía forma oblonga como decían los cartesianos, el resultado sería el opuesto. Por lo tanto, conociendo la curvatura de la Tierra en dos lugares lo suficientemente alejados entre sí sería posible deducir la forma del planeta.

La curvatura de la Tierra ya se había calculado en Francia en varias ocasiones. El primero en hacerlo fue Jean Picard, un astrónomo francés que ideó un ingenioso sistema para determinar la «longitud del arco meridiano», una medida que permite relacionar grados de circunferencia con distancias lineales.

Para empezar hacía falta medir una línea base de varios kilómetros de longitud. Se hacía de forma manual, utilizando una especie de regla de casi dos metros llamada toesa. A continuación había que buscar un hito (la cima de una montaña, por ejemplo) y medir los ángulos entre los extremos de la línea base y el hito. Con ello, mediante simples cálculos trigonométricos, es posible obtener la distancia entre la línea base y el hito. Utilizando nuevos hitos y calculando los ángulos entre unos hitos y otros, la operación se repetía a lo largo de cientos de kilómetros, lo que permitía estimar la longitud de una enorme línea recta. Después, mediante observaciones astronómicas, se podía calcular cuántos grados había entre un extremo y otro. Finalmente, comparando los grados con la distancia en línea recta  se obtenía el valor de la longitud del arco meridiano.

El propio Cassini utilizó esta técnica para medir el llamado meridiano de París, una línea imaginaria entre Dunkerquee, en el extremo norte del país, y Perpignan, en la costa mediterránea, lo que permitió conocer por primera vez con cierta exactitud el tamaño real de Francia, que resultó ser menor de lo que se pensaba. El rey Luis XIV afirmó entonces que sus astrónomos le habían quitado más tierras que las que le habían dado sus generales.

Conocida la curvatura de la Tierra en París, bastaba ahora comparar ese valor con el de una medida hecha en las proximidades de alguno de los polos o del ecuador. Con esa motivación la Academia de las Ciencias decidió organizar la primera expedición científica moderna. Nacía la Misión Geodésica Francesa.

La Tierra no es redonda
Mapa de Francia de 1720 con el meridiano de París.

Una expedición accidentada

Tras alguna deliberación, la Academia decidió que la msión se llevaría a cabo en Sudamérica, en una región que hoy pertenece a Ecuador y que en aquella época formaba parte del virreinato de Perú, una colonia española. La elección obedeció a criterios prácticos y geopolíticos, y se aprovechó el hecho de que España y sus colonias estaban gobernadas por Felipe V, primer Borbón que ocupó el trono de España y primo del entonces rey de Francia, Luis XV.

La explotación de las riquezas de América constituía una importante fuente de ingresos para la corona, por lo que España mantenía un estricto control sobre su acceso. Pero en este caso el parentesco entre los monarcas facilitó las negociaciones. Felipe V autorizó la expedición con la condición de que permitiese participar en ella a dos españoles.

España estaba muy lejos de ser una potencia científica como lo eran Francia e Inglaterra. No poseía una academia científica equivalente a la Royal Society inglesa o la Academia de las Ciencias francesa. Lo más parecido que tenía era la Academia de Guardias Marinas de Cádiz, una escuela naval militar donde también se impartían estudios de matemáticas, trigonometría, cartografía y astronomía. A falta de sabios más prestigiosos, se escogió para acompañar a los franceses a dos jóvenes cadetes: Jorge Juan, que entonces contaba con tan solo veinte años, y Antonio de Ulloa, de dieciocho. 

En Francia querían aprovechar la oportunidad para realizar muchas otras observaciones científicas, por lo que los dos jóvenes españoles se unieron a un numeroso grupo de académicos y ayudantes franceses. Entre ellos destacó un carismático personaje llamado Charles Marie de La Condamine

Dotado de una gran inteligencia, una curiosidad indomable y una enorme hiperactividad, La Condamine fue uno de los académicos más originales de su tiempo. Lector voraz y escritor incansable, se dedicó a las más diversas disciplinas, desde las matemáticas a la botánica, pasando por la astronomía y el derecho. Tenía la cara marcada por la viruela y cuentan los que le conocieron que suplía esa fealdad con una incontrolable locuacidad, descrita por unos como entretenida y por otros como insoportable.

La Tierra no es redonda
La Condamine en 1760.

Los franceses zarparon de La Rochelle en mayo de 1735, en un barco repleto de baúles con sextantes, toesas y muchos otros aparatos de última generación finamente calibrados. Los españoles lo harían pocos días después desde Cádiz. Nadie suponía entonces que necesitarían siete años para completar la misión y algunos más para presentar sus resultados frente a la Academia. 

Durante ese tiempo ocurrió de todo. Por un lado, la expedición tuvo muchos problemas con las poblaciones locales y las autoridades coloniales, que miraban con suspicacia a aquel grupo de extranjeros que en lugar de buscar oro decían querer medir algo en el cielo. Por el otro, las discusiones internas fueron constantes, tanto por cuestiones logísticas como científicas. Además, a menudo las condiciones meteorológicas les fueron desfavorables, lo que obligaba a esperar a que el cielo se despejara o a tener que volver a subir a una montaña para recolocar un hito caído. El dinero se acabó antes de lo planeado y durante muchos momentos del viaje los expedicionarios tuvieron problemas de solvencia. La Condamine se pasó meses en juicios y embrollos legales, uno de ellos contra Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que se opusieron a que menospreciara la contribución española en la inscripción de unas pirámides conmemorativas de la expedición que mandó construir. Incluso hubo un miembro de la expedición que murió linchado por un asunto de faldas. Todo ello hizo que la expedición se dilatase en el tiempo.

Pero a pesar de los problemas, la expedición también obtuvo varios logros científicos importantes, en muchos casos aprovechándose de los conocimientos locales. Antonio de Ulloa, por ejemplo, fue el primer europeo en estudiar el platino, un metal que ya era conocido y empleado por las culturas precolombinas. La Condamine, por su parte, publicó la primera descripción detallada del  árbol de la cinchona, de cuya corteza se obtenía la quinina para tratar la malaria, y mandó a Francia muestras de caucho, material que los indígenas utilizaban para hacer botellas y antorchas que no se apagaban con la lluvia. 

Además, la Misión Geodésica Francesa también cumplió su principal objetivo, el de determinar la longitud del arco meridiano. Aunque desafortunadamente, lo hizo demasiado tarde.

La Tierra no es redonda
La expedición realizando medidas. De Relación histórica de un viaje a la América meridional, por Jorge Juan y Antonio Ulloa (1749).

Maupertuis gana la partida

Mientras La Condamine y el resto de sus compañeros intentaban llevar a cabo sus medidas, la vida continuaba en París. En la Academia de las Ciencias las noticias que llegaban desde América sobre las dificultades de la expedición supusieron un choque de realidad. Obtener la medida de la curvatura de la Tierra en el ecuador iba a ser más difícil de lo que se pensaba y empezaron a plantearse alternativas.

Fue así como el matemático Pierre Louis de Maupertuis consiguió convencer a la Academia de la necesidad de organizar una nueva expedición para medir la longitud del arco meridiano, pero esta vez a Laponia, en las cercanías del polo norte.

Maupertuis era un reputado académico. Newtoniano acérrimo y hombre de mundo, cuentan que se movía con la misma destreza por las matemáticas que por los salones parisinos. Cuando se organizó la expedición a América muchos se sorprendieron al saber que había rehusado formar parte de ella. Por prestigio, edad y experiencia, era probablemente la persona más adecuada para dirigir aquella expedición. Es posible que no quisiera abandonar París en un momento donde ser visto en determinados círculos podía servirle mejor a su carrera científica que embarcarse en una aventura difícil y de éxito incierto. Algo debió cambiar en los meses siguientes, porque sí que aceptó liderar la expedición a Meänmaa, en el círculo polar ártico. 

Allí, en la frontera entre Suecia y Finlandia, Maupertuis y sus compañeros consiguieron medir en poco tiempo la longitud del arco meridiano. Lo hicieron sin apenas problemas (exceptuando el naufragio del barco en el que regresaron) y contaron con la ayuda de algunos investigadores locales, como el sueco Anders Celsius, que algunos años después crearía la famosa escala de temperatura que lleva su nombre.

En 20 de agosto de 1737, Maupertuis presentó sus resultados en la Academia de las Ciencias y anunció que la longitud del arco meridiano es menor en Laponia que en Francia, confirmando que la Tierra está achatada por los polos como había anticipado Newton. La discusión sobre el tema todavía se alargaría algunos años, pero los cartesianos ya no se recuperarían del golpe.

La noticia de la expedición de Maupertius sentó como un jarro de agua fría a La Condamine y sus compañeros, pero a pesar de ello prosiguieron su trabajo. Todavía tardarían varios años más en concluir sus medidas, que corroboraron los resultados de Maupertius. A partir de ahí los miembros de la expedición siguieron diferentes rumbos. Algunos tardarían años en volver a Francia, otros nunca regresarían.

La Condamine fue de los que consiguió volver. A su regreso a Francia escribió varios libros contando sus aventuras. Se convirtió en una persona muy popular en París e incluso le aceptaron en la Academia Nacional de las Letras. Su amigo Voltaire le dedicó estas palabras:

Encontraste a través de largos problemas

lo que Newton encontró sin salir de casa.


Futur antérieur: historia ligera del niputaideaismo (2)

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Paul Newman como Billy el Niño en El Zurdo. El primer error histórico de la película es la mano con la que empuña el revólver. El  segundo, que Billy el Niño no era tan guapo ni de coña. Imagen: Warner Bros. niputaidea

(Viene de la primera parte)

Una ingeniosa idea errónea podría dar lugar a una investigación fructífera que establezca verdades de gran valor.

(Isaac Asimov, escritor).

Me he dado cuenta de que mucha gente elige creencias científicas del mismo modo en el que eligen ser metodistas, demócratas o fans de los Chicago Cubs. Ellos juzgan la ciencia según lo bien que concuerde con la forma en la que quieres que sea el mundo.

(Robert L. Park, profesor y autor de ‘Ciencia o vudú: de la ingenuidad al fraude científico’).

Yo tengo los resultados desde hace mucho tiempo. Lo que todavía no sé es cómo llegar a ellos.

(Carl Friedrich Gauss, físico, matemático y astrónomo).

Existen pocas fotografías del forajido conocido como Billy el Niño, probablemente porque en su época el chaval estaba más concentrado en lo de no morirse, y en procurar que fuesen otros los que murieran, que en realizar posados fotográficos para la galería. Siendo más concretos, existe una foto de Billy el Niño verificada de manera oficial (esta) y tres instantáneas más en las que asoma la cabeza un jovenzuelo que podría ser Billy: la imagen de una partida de cartas entre cuatro vaqueros, la estampa de un grupo de personas jugando al croquet en los alrededores de una casa y la foto de Pat Garrett (la persona que acabaría matando de un disparo a Billy tras ser nombrado sheriff de Lincoln County) junto a su tropa de rudos colegas.

Tomando como base la instantánea autentificada, durante años se asumió que Billy había sido un pistolero zurdo, porque en dicha foto era posible observar que el chico tiene su revolver colt amarrado al lado izquierdo de la cintura. Aquello provocó que la idea de que el Niño apretaba el gatillo con el dedo índice izquierdo se popularizase muchísimo, tanto como para que el director de cine Arthur Penn decidiese bautizar como El Zurdo (The Left Handed Gun) aquella película que rodó, con Paul Newman en el papel de Billy, relatando las correrías del forajido. En algún momento dado, unos historiadores observaron con una lupa más grande la fotografía y descubrieron, gracias a un detalle en el rifle retratado, que la imagen estaba invertida. Aquello era culpa del proceso habitual de revelación fotográfica de la salvaje época, un método que siempre volteaba la estampa en el resultado final. El famoso maleante en realidad era diestro.

La observación exhaustiva por parte de los investigadores más sabios en ocasiones tiene las gafas empañadas, el método científico a veces tropieza para descalabrarse escaleras abajo y los historiadores no siempre estaban mirando a lo que debían cuando sentenciaron sus conclusiones. La mayoría de las hipótesis nunca tienen alma de vino y con el paso del tiempo caducan, se vuelven algo difícil de digerir o solo dan para debatir sobre cómo es posible que el algún momento alguien se hubiese tragado eso sin cuestionar la mala hostia del sumiller. El niputaideaismo como concepto abarca todas aquellas meteduras de pata efectuadas con envidiable maestría por los hombres de ciencia, por los estudiosos, por los historiadores, por los médicos y en general por toda esa gente tan versada. La pifia simpática como objeto de contemplación. La ignorancia como combustible para la deducción disparatada.

Biología 101

El reino animal acarrea sobre su lomo desde hace siglos toda una colección de ideas equivocadas que, pese a haber sido desacreditadas de manera oficial, siguen siendo bastante populares. En contra de la creencia habitual, los avestruces no entierran su cabeza en la arena ni para dormir, ni para esconderse de los enemigos. Eso no es más que un error generalizado proveniente de los tiempos de Plinio el Viejo, un hombre que patinó al suponer en su extensa y profunda Historia natural que el avestruz era muy de meter la cabeza entre arbustos y creer que estaba escondido por completo.

El cliché de que los murciélagos son criaturas ciegas también es un bulo sobredimensionado, aunque sí es cierto el detalle de que la gran mayoría de ellos utilizan la ecolocalización a modo de GPS para afinar sus vuelos a través de la oscuridad. Algunas especies concretas de murciélagos como los megamurciélagos (sí, se llaman así, aunque también se les conoce como pteropódidos o murciélagos frugívoros, que mola mucho menos) también gozan de una visión nocturna excelente, una mucho más avanzada que la de la mayoría de seres vivos.

Otras criaturas que también tienen mala prensa en cuanto a sus prestaciones de serie son los peces dorados. Ese tipo de residente de peceras de salón al que por alguna razón siempre se le ha atribuido una memoria ínfima, con la supuesta capacidad de almacenar tan solo unos segundos de información. En realidad, el pez dorado tiene el disco duro un poco más amplio y su memoria abarca varios meses, algo que sigue siendo una putada, pero no resulta tan extremo.

En 1934, el zoólogo e ingeniero aeronáutico francés Antoine Magnan escribió en su libro Le vol des insectes que la constitución física y aerodinámica del abejorro común no debería permitirle volar desde un punto de vista teórico. Poco después de publicar aquel estudio, el mismo Magnan descubrió que se había equivocado con los cálculos, y que aquella afirmación era totalmente incorrecta, e intentó recular desacreditando sus propias conclusiones. Pero ya era tarde, porque a aquellas alturas todo el mundo había aceptado como cierta la llamativa idea de que el abejorro era una criatura que «según los científicos» no podía volar, pero lo hacía igualmente porque a él nadie le había informado de ello.

Abejorro común al que se la trae al pairo lo que diga un francés sobre su cuerpazo aerodinámico. Imagen: CC.

La fama de suicidas en masa que poseen los lemmings es un asunto singular. Se trata de un dato tan extendido como para inspirar uno de los mejores videojuegos de la historia, y también para haber moldeado la percepción general del animalillo en torno a esa idea de comunas peludas de insensatos: existe muchísima gente que no sabría decir qué aspecto tiene realmente un lemming, pero que sí tienen claro que se trata de una especie aficionada a matarse en masa.

El problema es que esto último es mentira, porque estos roedores no son de suicidarse a propósito, ni en grupo ni en privado. Sus tendencias suicidas son una leyenda urbana cuyos orígenes exactos resultan inciertos, pero se remontan a finales del siglo XIX por lo menos: en noviembre de 1891, la publicación londinense The Monthly Chronicles of North Country Lore and Legend acogió una crónica de un aventurero llamado C. Gateshead que explicaba cómo cada cinco años un montón de lemmings esprintaban a través de Escandinavia en línea recta sin detenerse ante nada ni nadie. Una maratón ratonil que acabaría alcanzando el mar del Norte, donde todos los lemmings se arrojarían a las aguas para chapotear entre las olas hasta desfallecer por completo.

No estaba claro de dónde había sacado Gateshead sus conclusiones, más allá de haber pisado a algún lemming muerto en unas vacaciones en Noruega. Pero aquel relato, pese a carecer de base, calaba en la memoria por llamativo. La responsabilidad de que posteriormente se extendiera de manera imparable la tendría Disney unos cuantos años después. Concretamente en 1958, cuando estrenó el largometraje Infierno blanco, una película, galardonada con el Óscar al mejor documental del año, que exponía con metraje real la vida salvaje del nevado norte del continente norteamericano. Infierno blanco contenía una famosa secuencia donde numerosos lemmings saltaban a lo loco hacia el mar desde un precipicio. El narrador del documental apuntaba que, según el mito, aquel era el modo en el que la legión de ratoncitos cometía suicidio en masa. Pero también informaba que era probable que los lemmings simplemente confundiesen el mar con un lago y se ahogasen por tontos, tratando de llegar hasta la otra orilla.

De todos modos, nada de lo que se veía en pantalla era un comportamiento realista, porque los directores habían amañado las imágenes, colocando ante la cámara a un puñado de lemmings, comprados a distancia a unos niños inuit, y arrojándolos por un precipicio para lucir en pantalla. El timo llegaba al punto de que ni siquiera el paraje mostrado en la cinta era el hábitat natural de los lemmings, arrojados en dichas escenas a la corriente de un río en lugar de al mar. Pese a todo, Infierno blanco instauró y propagó el mito de una manera absurdamente eficiente.

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Cartel de Infierno blanco, el documental que condenó a los lemmings.

En 1992, I. William Lane y Linda Comac publicaron el libro Sharks Don’t Get Cancer (Los tiburones no tienen cáncer). Una obra donde, a pesar de lo que anunciaba su propio título, no se afirmaba que los tiburones fuesen totalmente inmunes al cáncer, sino que eran seres que lo padecían con poca frecuencia por poseer en sus cartílagos elementos capaces de combatir las células cancerígenas. De este modo, el libro recomendaba el consumo de cartílago de tiburón a modo de pincheo habitual entre los humanos temerosos de los tumores.

Para respaldar dicha dieta, Lane tomó como punto de partida un documental de la CNN que había visto durante una tarde ociosa, y llevo a cabo por su cuenta ensayos clínicos en Cuba y México con pacientes terminales que cataron el cartílago de escualo. La comunidad científica apuntó que todo lo que defendía el libro carecía de base alguna y que, ante todo, resultaba una casualidad muy oportuna el que el propio hijo de Lane tuviese una empresa dedicada a la venta de cartílago de tiburón para cenas, comuniones y otras fiestas de guardar.

A pesar de ser un burdo movimiento publicitario, Sharks Don’t Get Cancer gozó de la suficiente fama, con apariciones de su creador defendiendo los experimentos en programas norteamericanos de televisión, como para extender mundialmente la leyenda de que los tiburones venían programados de base con el modo dios anticáncer activado. Lo cierto es que al bueno de Lane el descrédito por parte de la ciencia se la traía bien floja, porque cuatro años más tarde publicó otro libro titulado Sharks Still Don’t Get Cancer (Los tiburones todavía no contraen cáncer).

¿Psicología? ¿Fisioterapia? 101

En 1955, Glenn Doman, fisioterapeuta, y Carl Delacato, un psicólogo educativo, fundaron The Institutes for the Achievement of Human Potential (Los institutos para el logro del potencial humano). Una entidad cuyo propio nombre ya ofrece cierta seguridad. Concretamente, la seguridad de que está comandada por charlatanes, putos locos, o ambas cosas a la vez. En aquella organización Doman y Delacato se dedicaron al tratamiento de discapacidades intelectuales, lesiones cerebrales, discapacidades de aprendizaje y otras enfermedades cognitivas presentes en los infantes.

Los fundadores utilizaron como base la desacreditada teoría de la recapitulación, aquella según la cual la ontogenia recapitula la filogenia, para idear una terapia propia con la que tratar a los niños. Un método que denominaron «patrón psicomotor» y que consistía en una serie de ejercicios sistemáticos y diarios a los que había que someter a la criatura, aunque fuera de forma pasiva. Doman y Delacato defendían que aquella actividad muscular intensiva y controlada era capaz de reparar las redes neuronales dañadas. Spoiler: era mentira y no existe prueba alguna de que la tontada fuera mínimamente eficiente en lugar de un sacacuartos. Aun así, gente como Liza Minnelli o nuestro eminente intelectual Bertín Osborne defendieron públicamente los métodos de Los institutos para el logro del potencial humano demostrando que el niputaideaismo también afecta a las grandes estrellas. 

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Glenn Doman quiere curar a tu hijo haciendo que ruede por el suelo. Imagen: CC.

Astronomía 101

En ciertas eras antiquísimas, muchas culturas asumieron que la Tierra era plana porque vete tú a explicarle, antes de que existiese Google Earth, a un señor de año de la Kika que está haciendo su vida sobre una pelota tan gigantesca como para que no pueda verse la curvatura del propio planeta en el horizonte.

Las civilizaciones de Egipto y Mesopotamia describían la Tierra como una enorme bandeja que flotaba en el océano, a lo Mundodisco pero con menos animales gigantes implicados. Los antiguos pueblos nórdicos también imaginaron el mundo siendo plano, rodeado de océanos y con un gigantesco árbol, un fresno llamado Yggdrasil, plantado en el centro. Los germánicos visualizaban algo muy similar, pero cambiando la planta por un pilar gordo bautizado Irminsul.

Fueron los griegos en el siglo VI a. C. los que, con Pitágoras a la cabeza, introdujeron la idea de un planeta esférico. A pesar de que los presocráticos siguieron profesando la imagen de una Tierra llana durante cierto tiempo, Platón, Aristóteles y Erastótenes agarraron el relevo de Pitágoras para, a través de sus estudios y observaciones, asentar el globo terráqueo de manera definitiva y comenzar a exportarlo. Entretanto, en China iban a su bola, como siempre. En el siglo XIII el astrónomo persa Jamal ad-Din se presentó en Janbalic, la antigua capital de China y lo que sería ahora Pekín, con un hermoso globo terráqueo en la mano, pero no logró convencer a nadie por aquellos lares de que la Tierra no era plana. Según informaron misioneros y otros viajeros, durante centenares de años, la versión oficial en China fue «La tierra es plana y cuadrada. Y el cielo es un dosel redondo». Una afirmación que prevalecería inamovible hasta la introducción, por parte de los jesuitas ya en el siglo XVII, de la astronomía europea en la cabezota cultura china.

En contra de ciertas creencias populares, Cristóbal Colón no se embarcó en su aventura a través de los mares para demostrar a los escépticos que la Tierra era redonda, sino que eso ya lo tenía bastante claro de antemano. En lo que sí que andaba errado Colón, evidenciando algo de niputaideaismo, era en el tamaño del planeta, porque él se lo imaginaba bastante más asequible.

La confusión respecto al motivo de su viaje viene dada por el muy extendido mito de que el terraplanismo era el pensamiento imperante durante toda la Edad Media. Pero eso no es más que un malentendido moderno que surgió a mediados del siglo XIX, porque durante los tiempos medievales todo el mundo ya tenía bastante claro que nuestro planeta gozaba de curvas de esfera y no pinta de pizza.

La culpa del asentar el falso mito de que las gentes medievales eran cortitas la tuvieron ciertas plumas ilustres que describieron a la población medieval como iletrados terraplanistas: John William Draper con su Historia del conflicto entre la religión y la ciencia, Andrew Dickson White con su Historia de la guerra entre la ciencia contra la teología de la cristiandad, y Washington Irving con Una historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón. Esta última, además, fue la novela que popularizó la visión equivocada del objetivo de Colón y su expedición. En dicho libro, Irving se dedicó a construir la biografía del descubridor mezclando irreflexivamente la realidad con la ficción según le salía del apio.

La parte más cómica y al mismo tiempo triste de todo eso es que, por razones inexplicables, pero que muy probablemente estén enraizadas en la gilipollez más insondable, el terraplanismo sigue vivo a día de hoy, en el mismísimo siglo XXI. Basta con asomarse a las noticias de tanto en tanto, o descubrir en internet que existen corrillos como The Flat Earth Society o The International Flat Earth Research Society con seres humanos funcionales defendiendo que la Tierra es lisa sin ningún tipo de ironía a la vista. Luego te das cuenta de que sus miembros son el tipo de gente que se mata cuando se les ocurre cabalgar hacia el cielo sobre un cohete gigante casero y la cosa comienza a cobrar sentido.

El otro gran ejemplo de niputaideaismo clásico es el célebre modelo geocéntrico. Es decir, lo que ocurría en esos tiempos pretéritos donde la humanidad se creía el ombligo de Todo Lo Conocido: que los eruditos asumían que la Tierra era el centro del universo y todos los astros, Sol incluido, giraban a su alrededor como protagonistas secundarios. Los mismos Platón y Aristóteles que defendieron la existencia de una Tierra esférica, patinaron por otro lado al enunciar sus propios sistemas geocéntricos. La confusión general estaba causada por errores de observación: los estudiosos nos situaron en el centro del universo tras contemplar que el resto de astros avanzaba por el cielo a lo largo del día mientras las estrellas permanecían (en apariencia) estáticas y la Tierra en general no parecía moverse mucho bajo sus pies.

Claudio Ptolomeo, además de tener uno de los nombres más graciosos posibles, también tenía muchas inquietudes astronómicas y con ellas ideó su propio modelo geocéntrico. En el famoso y popular sistema ptolemaico, los planetas giraban alrededor de la Tierra en un recorriendo dos órbitas diferentes, una llamada deferente y otra epiciclo. La tontería se acabó cuando se publicó De revolutionibus orbium coelestium (Sobre los giros de los cuerpos celestes) de Nicolás Copérnico en 1543, un extenso estudio donde se estableció la teoría heliocéntrica que supone acertadamente que todo se mueve alrededor del Sol.

En todos estos tejemanejes cosmológicos existió una persona damnificada por la historia y la comunidad científica. Un astrónomo griego llamado Aristarco de Samos. O la persona que propuso un modelo heliocéntrico allá por el año doscientos y pico antes de Cristo, adelantando en mil setecientos años al celebérrimo Copérnico. En aquel momento, a Aristarco nadie se lo tomó en serio. 

(Continúa aquí)

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El sistema ptolemaico explicado por Johannes de Sacrobosco en su libro De sphaera mundi. Imagen: CC.


Rumbo a Marte, o el ascenso al Olimpo

Exposición Marte. El espejo rojo, en CCCB. Foto: Aleix Plademunt.
Exposición Marte. El espejo rojo, en el CCCB. Foto: Aleix Plademunt.

Uno de los primeros objetos que dan la bienvenida a la exposición Marte. El espejo rojo del CCCB es un minúsculo fragmento de meteorito encontrado en el Sáhara en 2010. Se trata de una pieza aparentemente anodina cuya vitrina casi parece intentar magnificarlo para darle una mayor relevancia que sabemos que no es necesaria: ese pedazo de piedra viene de Marte. Pensar en el conjunto de acontecimientos que la han llevado hasta allí me abruma por completo, y mi mente divaga y le da por imaginar un meteorito similar caído hace miles de años en ese mismo Sáhara, y a un antepasado de nuestra especie observando la trayectoria de ese brillante proyectil sin entender la importancia del viaje que ha hecho. Esa roca (¿existe cosa menos trascendente?) ha unido dos planetas alejados cincuenta y pico millones de kilómetros. Y ese ser, más primate que humano, no tiene ni idea de su origen.

Nuestra relación con Marte explica con precisión nuestra conversión de animales primitivos a seres racionales, y de ahí a lo que podríamos (o querríamos) ser en un siguiente paso evolutivo. La historia nos recuerda que Marte fue antes imaginado que descubierto, y en ese salto ontológico, tras dejar atrás deidades y propuestas religiosas o directamente mágicas, nació un camino muy real y transitable que hemos construido a medida que hemos madurado como especie. Si en la construcción de las antiguas catedrales se daban el testigo distintos arquitectos a lo largo de cientos de años, mejorando así las técnicas y ampliando el conocimiento gracias al propio paso del tiempo, esta calzada mediante la que hemos conectado los dos planetas ha sido testigo y resultado del enorme salto que nos ha llevado desde que descubrimos un enigmático punto rojo en el cielo hasta que logramos aterrizar en su superficie.

De lo mágico a lo científico

Marte se ha materializado en muchas culturas a lo largo de los siglos a través de una dualidad esencialmente cartesiana. Nuestras mentes lo concebían como ese dios sobrenatural e implacable, pero ya desde tiempos pretéritos nuestros sentidos lo identificaron como un objeto errante (y muy real) en el espacio. Los antiguos astrónomos egipcios y chinos registraron los primeros movimientos de este cuerpo celestial sin aún conocer su relación de hermandad con nuestro planeta. Nergal, Mangala, Harmakis… muchos nombres se le darían, y ese color rojo tan característico teñiría su personalidad en cada una de sus representaciones, otorgándole un carácter hostil que no ha dejado de acompañarle en ningún momento.

Más tarde vendría Copérnico con su modelo heliocéntrico del sistema solar y Galileo con la primera observación telescópica del planeta, y de golpe Marte dejaría de mostrarse esquivo. Ya no estaría lejos, sino cerca, muy cerca, lo que daría pie a otro tipo de fantasías. Perdería su estatus de dios para trasladarse a otro lugar del imaginario colectivo, el de una ciencia ficción que poco a poco iría barruntando maneras de emplear nuestro planeta vecino como escenario de sus relatos. No cabe duda de que Verne o Wells son dos de los autores más conocidos dentro de esta narrativa marciana, pero esta exposición del CCCB comisariada por Juan Insua nos recordará muchos otros nombres que abordaron esta temática, yendo desde la ciencia ficción más pura —autores como Bogdánov, autor de Estrella roja e inspiración de Kim Stanley Robinson y su trilogía sobre este planeta, y bueno, claro, también Philip K. Dick, Bradbury, Clarke, Ballard, Burroughs…— hasta la especulación científica (¡toma oxímoron!) sin ánimo de entretenimiento alguno. Que se lo digan si no a Percival Lowell, astrónomo que dedicó esfuerzos titánicos a la defensa de que Marte era un planeta en decadencia cuyos habitantes habían optado por sobrevivir bajo tierra.

Sin embargo, el ejercicio de ficción que más interesante me ha parecido (por inesperado) de esta exposición viene de la picardía de los médiums de finales del siglo XIX. Como si de unos John Carter cualesquiera se tratara, estas personas aseguraban tener una comunicación directa con ese planeta que empezaba a estar en boca de todos. William Denton llegó a escribir informes donde detallaba con precisión todo lo referente a sus viajes. Pero el registro más interesante de estos viajes astrales viene de la mano de Hélène Smith, quien afirmó haber llegado a descifrar el lenguaje marciano, así como también describió la flora del planeta o explicó la existencia de macroconstrucciones de ingeniería hidráulica que mucho tenían que ver con la idea de los canales marcianos que defendieron astrónomos como Schiaparelli o Flammarion1.

Exposición Marte. El espejo rojo, en CCCB. Foto: Aleix Plademunt.
Exposición Marte. El espejo rojo, en el CCCB. Foto: Aleix Plademunt.

De lo humano a lo posthumano

Y lo ideal dio paso a lo real, y con ello, desapareció la magia. Gran parte de las leyendas construidas alrededor de Marte se esfumaron cuando por fin pusimos un pie (aunque fuera de manera vicaria) en la superficie del planeta. Primero habían sido nuestros satélites los que llegaron hasta su órbita, un hito nada despreciable en nuestra carrera espacial, pero no fue hasta 1971 que la Mars 3 aterrizó y transmitió datos desde la superficie al centro soviético que la había enviado hasta allí. Desde entonces han sido varias las misiones que han llegado hasta ese entorno árido e incompatible con la vida humana para irnos transmitiendo cada vez más información, y nuestras esperanzas poco a poco han ido alumbrando una idea loca que con el avance de la tecnología se ha ido convirtiendo en posibilidad muy real: viajar a Marte, y sobre todo, instalarse allí.

Crecerán a partir de entonces las propuestas alrededor de un objetivo muy claro: ¿podría ser Marte un segundo hogar para la humanidad? ¿Una especie de planeta B? ¿Un simulacro? Porque aunque nadie niega que la producción en la ciencia ficción ha seguido siendo fructífera (ahí está el mencionado Kim Stanley Ronbinson, y no olvidemos hacer una fugaz mención a las obras pulp centradas en el planeta rojo y de las que en el CCCB han realizado una ejemplar selección), pensar en vivir en Marte cada vez tiene menos de increíble o de inalcanzable. Y quién sabe si dentro de poco, aquella imagen de nuestro antepasado viendo caer el meteorito venido de Marte tenga su reflejo en otro ser humano (o poshumano) observando la luminosa trayectoria de aterrizaje de una nave terráquea desde la tranquilidad de su hogar en el planeta rojo.


Notas

(1) Casi más fascinante que el descubrimiento de este episodio de experiencias extracorporales y viajes astrales es el hecho de que existan un par de libros donde se documentan todos estos testimonios. Se trata de From India to the Planet Mars. A Study of a Case of Somnambulism de Théodore Flournoy y The Haunted Mind: a Psychoanalyst Looks at the Supernatural de Nandor Fodor.


Viaje en cinco saltos hasta el mismísimo fin de los tiempos

El Ojo de gato, una nebulosa planetaria formada por las emisiones de plasma y gas ionizado de una gigante roja durante el último tramo de su vida. Fotografía: NASA / ESA / HEIC / STScI / AURA.

Si dos personas se diesen cita junto a un tablero de ajedrez y disputaran una partida tras otra hasta completar todas las que es posible jugar con arreglo a las normas tradicionales, esas dos personas jugarían un vigintillón de partidas. Un vigintillón es esto:

1 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000

No hace falta que pierda tiempo contando los ceros, ya le decimos nosotros cuántos tiene: ciento veinte. Por eso los números como este no se suelen escribir así, como una avalancha de cifras. Lo habitual es escribirlos abreviadamente recurriendo a la notación científica:

10120

Cuando se trata de números grandes, los divulgadores y los científicos suelen aportar comparaciones vistosas para ayudarnos a comprender sus magnitudes gigantescas. Algo frecuente, por ejemplo, es decir que hay una cantidad de tal o cual cosa mayor que el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra. Esa clase de comparaciones, sin embargo, solo tienen sentido hasta que se alcanzan ciertas magnitudes, y dejan de tenerlo con las que son todavía mayores. Sería absurdo comparar un vigintillón (1) con el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra, por ejemplo, o acaso con todos los granos de arena que hay en todos los planetas de nuestra galaxia. Un vigintillón es un número mucho mayor que el número de átomos que existe en el universo (2).

Esta es la razón por la que podemos derrotar a las máquinas jugando al ajedrez (3). No es posible construir un disco duro capaz de almacenar todas las partidas que se pueden jugar con treinta y dos fichas y el tablero reglamentario de sesenta y cuatro escaques. Incluso cuando fuese un disco duro extremadamente eficaz y emplease un único átomo de materia para almacenar una partida de ajedrez entera, sencillamente no hay suficientes átomos en el universo para construir ese disco duro.

A los seres humanos nos pasa algo muy parecido a esto. Somos incapaces de hacernos una idea de las magnitudes que representan realmente los números grandes. Aunque suele decirse que eso tiene mucho que ver con la biología y con nuestra propia evolución —entenderlos no representaba una ventaja cuando vivíamos en las selvas y en la sabana, por eso no nos hemos dotado con esa capacidad a través de la selección natural—, eso es cierto solamente en el caso de los números grandes «menos grandes», por llamarlos de alguna forma. En el caso de los números grandes «más grandes», la cosa es más sencilla: nos ocurre lo mismo que a los ordenadores. Incluso si nuestras habilidades matemáticas fuesen mejores de lo que son, estamos hablando de cantidades que exceden la cantidad de neuronas que hay en un cerebro o la cantidad de operaciones que puede realizar mentalmente un ser humano a lo largo de toda una vida.

En este artículo recorreremos el tiempo hacia delante y nos adentraremos muy profundo en el futuro, tan profundo que quizá lleguemos al punto en el que el propio tiempo se acabe. Encontrará usted muchas cifras y serán cifras muy grandes, pero no encontrará muchas comparaciones que le ayuden a comprender lo grandes que son realmente. La razón es que son números inimaginablemente grandes. Fuesen cuales fuesen esas comparaciones, sencillamente no les harían justicia.

El día que muera la próxima estrella (100 años en el futuro)

El 30 de abril del año 1006 apareció un punto de luz en el cielo y en cuestión de pocas horas se convirtió en el objeto más brillante del firmamento. Durante los tres meses siguientes pudo verse a todas horas, tanto de día como de noche, pero luego se atenuó lo suficiente como para aparecer solamente después de la puesta de sol, como hacen las estrellas y los planetas. En una crónica china de la época se dice que aquella «estrella invitada», como ellos la llamaron, brillaba tanto que los objetos arrojaban sombra durante las noches de luna nueva. Un astrónomo egipcio, Alí ibn Ridwan, precisó en sus comentarios al Tetrabiblos de Ptolomeo que emitía tanta luz como la luna durante sus cuartos. Y en la abadía de San Galo, en los Alpes suizos, los monjes anotaron que aquel resplandor variaba porque la estrella misteriosa, «de un modo maravilloso, algunas veces parecía contraerse, otras difuminarse e incluso a veces se extinguía» (4). Algunos creen que aparece retratada en unos petroglifos de la cultura hohokam, en Arizona, con la forma de un objeto celeste como radiante y expansivo, algo más parecido a una explosión (5).

Si la intención de los hohokam fue esa —retratar una explosión—, entonces fueron ellos los que estuvieron más acertados. Aquella estrella, en realidad, era una supernova, la detonación con la que terminan su vida los astros con más masa. Y se piensa que su magnitud aparente llegó a ser de −7,5, dieciséis veces mayor que la de Venus, el cuerpo más brillante de nuestro firmamento (6). SN 1006, como la conocemos hoy en día, fue la supernova más intensa que ha presenciado la humanidad a lo largo de la historia. Los restos de la explosión se redescubrieron en 1965 dentro de nuestra propia galaxia, a unos 7900 años luz de la Tierra (7).

Los restos de la supernova SN 1006. Fotografía: NASA / ESA / Zolt Levay / STScI.

Si le da envidia este acontecimiento y se dice que sería emocionante ver algo así con sus propios ojos, está usted de enhorabuena: la probabilidad de que llegue a hacerlo no es absurdamente remota, como suele pasar con la astronomía. De hecho, la posibilidad de que estalle una supernova en la Vía Láctea y de que sea visible desde la Tierra sin necesidad de instrumentos ópticos es del veinte por ciento en los próximos cincuenta años (8). Y si quiere mejorar su suerte, sabemos incluso en qué dirección debe mirar. Salga a la calle durante una noche despejada, vuelva la mirada hacia la constelación de Orión y busque la estrella rojiza que ejerce como hombro del cazador. Esa es Betelgeuse. Si alguna estrella cercana va a explotar pronto, es esa (9).

Palabra clave: cercana. Betelgeuse es la mejor candidata a convertirse en supernova entre las estrellas que conocemos bien y que están relativamente cerca de la Tierra. También es la que causaría una de las supernovas más espectaculares en nuestro cielo, ya que es una supergigante roja (la clase de estrella más grande que existe) y la estrella de esta clase que está a menos distancia de la Tierra (a unos 700 años luz). Es tremendamente improbable, eso sí, que lo haga mañana o pasado mañana o que sea la próxima en hacerlo (10), pero soñar es gratis y Betelgeuse nos está haciendo soñar últimamente. Hace unos cuantos meses era una de las diez estrellas más brillantes del cielo nocturno, pero ahora mismo ni siquiera está entre las veinte primeras. A finales de 2019 comenzó a perder luminosidad, y a mediados de 2020, cuando firmamos esta pieza, brilla un treinta y seis por ciento menos de lo habitual. Es normal que el resplandor de Betelgeuse cambie: a fin de cuentas, es una estrella variable (11), pero no es normal que lo haga tanto y con tanta rapidez.

Además, las estrellas como Betelgeuse tienen una esperanza de vida cortísima. Nuestro sol, por ejemplo, lleva brillando 4500 millones de años y lo seguirá haciendo otros tantos más, pero Betelgeuse tiene solo diez millones de años y seguramente le quedan unos cien mil, nada más. Las estrellas con tanta masa sencillamente son así, tan grandes y calientes que solo existen brevemente. Tienen más materia que las otras, pero también la fusionan a un ritmo mucho mayor y acaban con ella mucho antes. En el último tramo de su vida, cuando se dedican a fusionar elementos cada vez más pesados y lo hacen cada vez con más rapidez, sufren sacudidas parecidas a las que está sufriendo Betelgeuse. Pierden y ganan luminosidad, cambian de tamaño súbitamente y la temperatura en sus superficies experimenta variaciones vertiginosas. Son los estertores de una estrella.

El día que mueran todas las estrellas (100 años-1012 años en el futuro)

Cuando una estrella muere, expulsa sus capas exteriores hacia el espacio interestelar. Si la estrella tiene un tamaño modesto, parecido al del Sol y hasta diez veces mayor, lo hace mediante pulsos, contrayéndose y expandiéndose. Si la estrella tiene más masa, entonces se desata una única explosión violentísima, una supernova. El efecto es igual en ambos casos: los materiales esparcidos se mezclan con los restos de otras estrellas y con más gas interestelar, se aglutinan por efecto de la gravedad y dan lugar al nacimiento de nuevos astros y planetas.

Enrique III el Negro, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, observa la supernova acontecida en el año 1054 desde la ciudad italiana de Tivoli. Imagen: DP.

Sin embargo, las estrellas no diseminan todo su material por el espacio en el momento en el que mueren, solo el que integraba sus capas exteriores. Las capas interiores y el núcleo, en cambio, se contraen por efecto de la gravedad y forman un cuerpo caliente, pequeño y compacto que los astrónomos llaman «remanente» estelar. Las estrellas más modestas, que son la inmensa mayoría, se convierten de esta forma en una enana blanca, un cuerpo con un diámetro parecido al de la Tierra y una densidad monstruosa. Las estrellas de mayor tamaño, en cambio, se comprimen todavía más y forman una estrella de neutrones, un cuerpo celeste pequeñísimo, de diez o doce kilómetros de diámetro, e inimaginablemente denso. En el caso de las más grandes, la compactación no se detiene nunca y toda la materia se concentra en un punto infinitamente pequeño e infinitamente denso: un agujero negro. Estos remanentes, los tres, son estériles. La materia que acopian no regresará al medio interestelar y no contribuirá a la formación de nuevos astros (12).

Esto les pasará a todas las estrellas y esta es la razón por la que estas, simplemente, dejarán de nacer algún día. Aunque aparecen nuevos astros constantemente y lo hacen a partir de los restos de otros, la materia en circulación es cada vez menos. A medida que pasa el tiempo, a medida que las generaciones de estrellas se vayan relevando unas a otras, los remanentes estériles abundarán más y las fértiles nebulosas de gas donde se forman los nuevos sistemas estelares abundarán menos. Nacerán menos estrellas y serán más pequeñas y llegará un día en el que simplemente dejen de hacerlo.

No sabemos qué aspecto tendrá el universo entonces, dentro de 1010años aproximadamente, pero sí sabemos un detalle: que será rojo y mucho menos luminoso. Ya no quedarán estrellas azules, blancas o amarillas —como lo son ahora en función de su masa y su temperatura—, solo las más pequeñas de todas, las enanas rojas. Y las enanas rojas, ya lo dice su nombre, alumbran poco y lo hacen con luz roja. Eso sí: en lo tocante a la longevidad, no tienen competidor. Del mismo modo que las estrellas grandes viven poco porque fusionan su material enseguida, las enanas rojas viven durante un plazo de tiempo inconcebiblemente prolongado, ya que lo hacen a un ritmo muy lento (13). Se cree que las estrellas más pequeñas del universo, las enanas rojas de cerca de 0,1 masas solares, pueden vivir hasta 1012 años. Eso significa que las primeras enanas rojas que prendieron en el cosmos —y lo hicieron pronto, solo unos cientos de miles de años después del Big Bang— no solo siguen activas hoy en día; es que ni siquiera han superado el uno por ciento de su vida. Desde que el mundo es mundo, todavía no ha dado tiempo a que muera ni una sola de ellas.

El día que muera el último átomo (1012-1040 años en el futuro)

El día que se apague la última enana roja habrá acabado la era estelífera, la era de las estrellas, y dará comienzo la era degenerada. Que no le engañe su nombre, no se lo pusieron buscando dramatismo (14). En realidad, alude a la materia degenerada, la sustancia de la que están hechos los remanentes de las estrellas.

Parte de las estrellas que se acumulan en el centro de la Vía Láctea en una imagen tomada por el telescopio espacial Hubble. Fotografía: NASA / ESA / T. Brown.

Los cuerpos celestes que persistan para entonces serán estos mismos remanentes: enanas blancas, estrellas de neutrones (y las variaciones más exóticas de las estrellas de neutrones, como los púlsares, los magnetares y las estrellas de quarks) y agujeros negros (y sus propias variaciones exóticas: los cuásares). A los seres vivos, que solemos fijarnos solamente en los intercambios de energía, podría parecernos que esta no es la peor de las noticias. A fin de cuentas, las enanas blancas brillan, los púlsares también emiten grandes haces de radiación desde sus polos y los cuásares hacen fundamentalmente las dos cosas, solo que a una escala mucho mayor y con muchísima más potencia. Pero debe recordarse que estos objetos no generan esa energía, tanto si es térmica como cinética. La generaron en su día, cuando eran estrellas, y ahora solo la conservan. El brillo de las enanas blancas es más bien incandescencia, emiten luz debido a su temperatura altísima; los púlsares absorben y disparan la materia que hay en sus inmediaciones porque giran sobre sí mismos a una velocidad vertiginosa, hasta cientos de veces por segundo; y los cuásares, cuyos campos gravitatorios son potentísimos, ponen esa energía en circulación gracias a la fricción que se produce en sus discos de acreción descomunales. Pero ninguno de ellos ni ninguna otra clase de remanente estelar es capaz de poner en marcha la nucleosíntesis, de desencadenar la fusión de los átomos y de transformar materia en energía.

Poco a poco, las enanas blancas irán perdiendo temperatura, las estrellas de neutrones irán perdiendo velocidad y finalmente unas y otras se apagarán y se detendrán completamente. No sabemos cuánto tardarán en hacerlo. Una estimación muy repetida (15) dice que las enanas blancas podrían tardar unos 1015 años en convertirse en enanas negras, es decir, en cuerpos fríos e inertes constituidos por materia degenerada. El plazo en el que lo harán las estrellas de neutrones es incluso más incierto, pero el resultado será parecido.

Durante la era degenerada, el cosmos será un lugar oscuro, aunque habrá algún chispazo de cuando en cuando. En los sistemas binarios de enanas blancas, por ejemplo, las órbitas se acercarán hasta hacer que los dos cuerpos colisionen y estalle una supernova. Y algunas enanas marrones (grandes objetos gaseosos a medio camino entre un planeta y una estrella) que llegasen a colisionar de esta misma forma podrían reunir materia suficiente entre las dos como para empezar a fusionar y alumbrar alguna pequeña estrella tardía. Estas estrellas, las últimas estrellas del universo, serán enanas rojas y serán increíblemente longevas, pero da igual, el reloj tampoco se detendrá entonces. Poco a poco, eón a eón, también ellas se desvanecerán. El cosmos, ya sí que sí, será un lugar a oscuras.

Algunos creen que será entonces cuando la propia materia comience a desintegrarse. Aunque la longevidad de las partículas subatómicas es un tema muy discutido, algunos de los modelos de física de partículas más populares predicen que la vida media del protón (las partículas estables y con carga positiva que forman parte de los núcleos atómicos) es de 1038 años aproximadamente (16). El decaimiento de los protones es un asunto complejo y fascinante que daría para muchas páginas de curiosidades, pero aquí nos quedaremos solo con una: aunque el universo llegue a ser totalmente oscuro, no llegará a ser totalmente frío, al menos no todavía. A medida que sus protones decaen y sus átomos se desintegran, algunas de las enanas negras que sobrevivan irradiarían partículas subatómicas y la radiación podría alcanzar valores de hasta 400 vatios en cada una de ellas. El horno microondas de cualquier cocina emite el doble que eso y más, pero dentro de 1039 años ese será el poder que tengan las mayores estrellas.

El día que muera el último agujero negro (1040-1092 años en el futuro)

Dentro de 1040 años, un átomo se desintegrará en algún rincón del cosmos y será el último en hacerlo. A partir de ese momento ya no existirá nada mayor que un núcleo atómico en todo el universo.

Seguirán existiendo, eso sí, los agujeros negros, y dese cuenta de que eso no constituye una excepción. Aunque solemos referirnos a ellos con ligereza y los llamamos «grandes» y «pequeños», lo cierto es que los agujeros negros son infinitamente pequeños. Lo que es grande o pequeño es el diámetro de su horizonte de sucesos, el espacio alrededor de esa singularidad central en el que la velocidad de escape es superior a la de la luz y entonces ya nada puede circular en dirección contraria a la suya, debe hacerlo siempre hacia ella. Si pudiésemos viajar a las inmediaciones de un agujero negro y contemplarlo desde una distancia prudencial, ese horizonte de sucesos se dibujaría con nitidez frente al fondo luminoso y colorido que presenta el cosmos hoy en día y tendría un aspecto parecido al de una esfera negra, pero eso es algo engañoso. Lo que estaríamos viendo con los ojos seguiría siendo un espacio, una región, no un cuerpo sólido con masa. Masa tiene la singularidad central, y esa está confinada en un volumen infinitamente pequeño.

El agujero negro de la galaxia elíptica M87, primer objeto de su clase en ser fotografiado. Fotografía: EHT / ESO.

En 1974, el físico Stephen Hawking descubrió que los agujeros negros emiten una forma de radiación térmica y que al hacerlo pierden masa (17). Aunque ocurra con una lentitud que desafía al entendimiento, los agujeros negros también se evaporarán poco a poco y al final, puf, desaparecerán completamente. Hawking calculó que los más pequeños que se forman naturalmente, los que tienen el equivalente a tres masas solares, tardarían 1068 años en desvanecerse. Los mayores, los agujeros negros supermasivos que se encuentran en el centro de las galaxias, y que a veces toman la forma de cuásares, tardarán 1092 años en hacerlo. Merece la pena pararse a pensar un segundo en esta cantidad, 1092. Es un número mayor que el número de partículas subatómicas que hay en el universo.

Si pregunta usted a un astrofísico, a un matemático o a cualquier otro profesional del ramo por la muerte del universo, es probable que le digan que ocurrirá más o menos en esta fecha, dentro de 1092 años, o en todo caso cuando el último agujero negro se encoja y desaparezca. Con él se irá también la última fuente energética del cosmos, la última forma de radiación, y el universo se habrá parado totalmente, se habrá enfriado completamente, habrá tocado fondo y habrá cesado para siempre. El universo habrá muerto, larga vida al universo.

El último día del mundo (1092-∞ años en el futuro)

¿Y después? Después de eso, poco más. Fotones, partículas subatómicas y una eternidad, esos son los ingredientes de esta sopa. Los dos primeros no son gran cosa, pero el tercero sí lo es. Algunos dicen que con ese ingrediente se pueden hacer muchas cosas.

La energía oscura tiene mucho que ver con el destino final del cosmos. Si hubiese una cantidad suficiente de ella, es probable que la expansión del universo acabase desgajándolo hasta la mismísima escala cuántica. A medida que el propio espacio se expandiese y lo hiciese cada vez a mayor velocidad —ese es precisamente el efecto que parecer tener la energía oscura en nuestro mundo—, disminuiría progresivamente la cantidad de espacio con la que se puede interactuar. Pongámoslo así: un fotón saldría del punto A y se dirigiría hacia el punto B a la velocidad de la luz, pero el espacio mismo que separa A y B estaría expandiéndose a una velocidad mayor que esa. Nuestro fotón hipotético, por tanto, jamás lograría alcanzar el punto B. Se dedicaría a viajar eternamente en su dirección y, pese a eso, estaría cada vez más lejos de él y también del lugar del que salió, el punto A. El diámetro dentro del cual la materia interactúa es gigantesco hoy en día, pero se está reduciendo a medida que la expansión del universo acelera. Si esa expansión sigue acelerándose, llegará el día en el que la distancia entre los puntos A y B sea menor que una galaxia, menor que un sistema estelar, menor que un planeta y menor que un átomo. Todas las distancias se harán infinitas y esto impedirá que tenga lugar cualquier proceso, sea el que sea, y que tenga efecto cualquier fuerza. A eso se lo llama «Big Rip», el Gran Desgarramiento (18).

El Cúmulo de Pandora, un cúmulo de galaxias también conocido como Abell 2744, en una fotografía tomada por el telescopio espacial Hubble en 2014. Fotografía: NASA / ESA / STScI.

Si el Big Rip no tuviera lugar, entonces el espacio-tiempo podría acabarse de otras formas. Los partidarios de la teoría del Big Freeze, por ejemplo, se atienen al hecho de que el cosmos empezó siendo algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso, y nos recuerdan que las leyes de la termodinámica son muy claras al respecto: algo así solo puede derivar hacia lo infinitamente grande, lo infinitamente frío y lo infinitamente vacío. Y cuando las magnitudes físicas alcancen ese valor, o valores muy cercanos a ese, no cabe esperar que pase algo, sea lo que sea. El universo simplemente habrá sufrido la muerte térmica, se habrá alcanzado el grado máximo de entropía y los procesos físicos habrán cesado permanentemente. No ocurrirá nada que arrample con todo ello porque en esas condiciones no podría ocurrir nada. El mundo no acabará por una razón sencilla: ya se habrá acabado. En el mejor escenario solo habrá fotones en circulación y los fotones no experimentan tiempo, así que incluso hablar de eternidad carecería de sentido. El tiempo, que ahora es real, entonces será una ficción matemática, algo que solo existe en el plano de lo ideal y lo hipotético. The End.

Los partidarios del Big Crunch, por el contrario, admiten que algo así tendrá lugar, pero sostienen que ese no será el final del cosmos. Después de separarse al máximo, dicen ellos, la gravedad será la única fuerza capaz de afectar significativamente a las partículas subatómicas, por lo que podrían comenzar a reunirse de nuevo y hacer que la materia volviera a concentrarse poco a poco. Primero habría átomos, después moléculas y después volverían a existir trazas de material sólido. Al final, toda la materia del universo colisionaría, se compactaría y se convertiría en algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso. El mundo, en otras palabras, terminaría con una implosión, y su resultado sería la aparición de una nueva singularidad de proporciones cósmicas y el estallido, quizá, de un nuevo Big Bang (19).

Y otros piensan que este Big Bang no es algo extraordinario, que ha ocurrido muchas veces en el pasado y que lo volverá a hacer indefinidamente en el futuro. La cosmología cíclica conforme, propuesta por Roger Penrose, es una de las tesis con más predicamento en los últimos años, en parte porque reconcilia visiones del futuro lejanísimo que parecían incompatibles hasta hace unos cuantos años. Este Big Bounce o Gran Rebote, como algunos lo llaman, tendría el mismo efecto que el Big Crunch, la reunificación de la materia, pero derivaría de algo más parecido al Big Freeze, la muerte térmica del cosmos. ¿Cómo? Ay, sería largo de explicar. A través de efectos cuánticos extravagantes y de procesos que tienen que ver con la geometría de la causalidad, fenómenos demasiado enjundiosos para detenernos de forma pormenorizada en ellos. Si le interesa, le recomendamos un par de lecturas en el capítulo de notas de este artículo (20) y le anticipamos que, de todos los cataclismos físicos y matemáticos que empiezan por «Big», este es el único que no acaba en la negrura y la nada. Al contrario: el cosmos podría haber existido una, dos, cuatro, mil, un millón y hasta un vigintillón de veces antes y después de nosotros. Y nuestros ajedrecistas hipotéticos, a fin de cuentas, sí podrían jugar sus 10120 partidas, todas las que permiten las reglas del juego. Si pensamos que no podrían, nos dice Penrose, fue porque pecamos de pocas miras, porque corrimos a echar cuentas sin levantar antes la mirada del tablero. Porque no nos dimos cuenta de que nosotros somos las fichas y de que el propio universo es el juego.

La región de formación de estrellas S106. Fotografía: NASA / ESA.


Notas

(1) Debe recordarse que, igual que un billón (en español) no es la misma cantidad que un billion (en inglés), tampoco lo son un vigintillón y un vigintillion. En lo tocante a los nombres de las cifras grandes, en los países hispanohablantes solemos usar la escala numérica larga (en la que cada nuevo nombre representa una cifra un millón de veces mayor que la anterior) y en Estados Unidos y en Reino Unido se usa normalmente la escala numérica corta (en la que cada nuevo nombre representa una cifra mil veces mayor). Cuando decimos, en español, «un vigintillón», estamos diciendo 10120. Cuando se dice, en inglés, «one vigintillion», se está diciendo 1063.

(2) Un vigintillón es 10120. El número de átomos en el universo oscila entre 1078 y 1082. Gott, J. Richard et al., «A Map of the Universe», The Astrophysical Journal, vol. 624, n.º 2, 2005.

(3) Algo que demostró Claude Shannon en 1950, razón por la cual hemos puesto su nombre a esta cifra y la llamamos «número de Shannon». Aunque él estimó que era 10120, hoy se cree que el número de Shannon es mayor, en torno a 10123. Shannon,  Claude E., «Programming a Computer for Playing Chess», Philosophical Magazine, ser.7, vol. 41, n.º 314, 1950.

(4) Aquellos monjes también precisaron en sus Annales Sangallenses maiores que la estrella apareció «in intimis finibus austri», tan al sur como el sur llega. Suiza es el punto más septentrional donde quedó documentado el fenómeno celeste y allí tuvo que verse solamente en junio y apenas por encima del horizonte. La constelación del lobo, donde apareció la nueva estrella, está ubicada en el hemisferio sur, pero en verano puede verse completamente hasta los 35° de latitud norte y solo parcialmente si es más al norte que eso. Stephenson, Richard F., Clark, David H. y Crawford, David F., «The Supernova of 1006 AD», Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, vol. 180, 1977.

(5) Cuando se trata de petroglifos, pintura rupestre y otras formas de arte prehistórico, las interpretaciones son siempre especulativas. Hamacher, Duane W., d«Are Supernovae Recorded in Indigenous Astronomical Traditions?»,  Journal of Astronomical History and Heritage, vol. 17, n.º 2, 2014.

(6) La magnitud aparente de un objeto celeste equivale al brillo que tiene al observarse desde la Tierra, pero fuera de la atmósfera. La magnitud aparente progresa de forma logarítmica y representa más resplandor cuanto más pequeño es el número. Las estrellas más débiles que alcanzamos a ver con nuestros ojos tienen una magnitud aparente de 6; la estrella más brillante, Sirio, de -1,5; Venus, de -4,4; la Luna llena, de -12,6; y el Sol, de -26,8.

(7) Goldstein, Bernard R., «Evidence for a supernova of A.D. 1006», The Astronomical Journal, vol. 70, 1965.

(8) La última supernova que estalló en la Vía Láctea y fue visible desde la Tierra lo hizo en 1604. La última supernova visible desde nuestro planeta tuvo lugar en 1987 y estalló en una galaxia vecina, la Gran Nube de Magallanes. En nuestra galaxia hay dos supernovas cada siglo, aproximadamente, pero tres de cada cuatro no llegan a verse a simple vista. Es preciso que no ocurran demasiado lejos, que no duren demasiado poco y que no se interpongan entre ellas y nuestro planeta nubes de polvo y gas interestelar. Sobre la probabilidad de observar una supernova desde la Tierra en los próximos cincuenta años, Adams, Scott M. et al., «Observing the Next Galactic Supernova», The Astrophysical Journal, vol. 778, n.º 2, 2013. Sobre la frecuencia de las supernovas en la Vía Láctea, Diehl, Roland et al., «Radioactive 26Al from massive stars in the Galaxy», Nature, vol. 439, n.º 7072, 2006.

(9) En palabras del astrofísico Alex Filippenko, «ninguna estrella de la que tengamos noticia tiene más posibilidades de convertirse en supernova antes que Betelgeuse».

(10) Lo más probable es que la próxima estrella que se convierta en supernova dentro de la Vía Láctea sea alguna a la que no nos hayamos anticipado, bien porque la desconozcamos totalmente o bien porque esté muy lejos y sepamos poco sobre ella.

(11) Los registros de su brillo sugieren que Betelgeuse gana y pierde luminosidad siguiendo dos ciclos, uno de seis años y otro de cuatrocientos días, aproximadamente. Algunos creen que lo que ha ocurrido en este momento es que los dos ciclos han coincidido y que Betelgeuse está experimentando un pico a la baja del que comenzará a recuperarse pronto.

(12) Hay excepciones, en particular cuando estos remanentes interactúan entre sí o con astros ordinarios en el contexto de sistemas binarios.

(13) Hay otra razón que explica la longevidad de las enanas rojas. La convección hace que los materiales puedan circular y que todo su hidrógeno tenga acceso al núcleo, donde se transforma en helio. En las estrellas grandes, por el contrario, el hidrógeno de las capas exteriores no pasa por el núcleo y no llega a experimentar la fusión.

(14) El nombre lo pusieron Fred Adams y Greg Laughlin en The Five Ages of the Universe, una obra de referencia en lo tocante al tiempo profundo y el futuro lejanísimo. Desde su publicación en 1999 se ha normalizado el uso de la cronología de cinco eras que proponían Adams y Laughlin en aquel libro, incluso entre astrofísicos y académicos. Estas eras son la era primordial, la era estelífera, la era degenerada, la era de los agujeros negros y la era oscura.

(15) Barrow, John D. y Tipler, Frank J., The Anthropic Cosmological Principle (Oxford Paperbacks, 1986).

(16) Son predicciones que se hacen desde la teoría de la gran unificación, pero otras hipótesis con mucho sustento confieren al protón una vida de hasta 10200 años. Adams, Fred C. y Laughlin, Gregory, «A dying universe: The long-termfate and evolution of Astrophysical objects», Reviews of Modern Physics, vol. 69, n.º 2, 1997.

(17) Aunque se han aportado distintos cálculos y algunos de los procesos cuánticos involucrados están descritos solo de forma muy vaga, la mayoría de los astrofísicos y los matemáticos consideran que la radiación de Hawking es algo fundado y probado. Steinhauer, Jeff, «Observation of quantum Hawking radiation and its entanglement in an analogue black hole», Nature Phys vol. 12, n.º8, 2016.

(18) Con frecuencia se dice que, si el Big Rip tuviese lugar, sería dentro de 22000 millones de años aproximadamente. Eso es en algún momento avanzado de la era estelífera, muchísimo antes del momento en el que ocurrirían los otros «Bigs», como el Big Freeze o el Big Crunch.

(19) Todos estos escenarios son conjeturas y la del Big Crunch es la más especulativa de todas. De las cuatro fuerzas fundamentales que rigen los procesos físicos (la fuerza nuclear débil, la fuerza nuclear fuerte, el electromagnetismo y la gravedad) la gravedad es la que nos resulta más familiar y la que mejor comprendemos intuitivamente, pero también es la peor documentada en el modelo estándar de física de partículas y la que más desconocemos en grado fundamental.

(20) Penrose presentó su tesis en una conferencia de 2006 titulada «Before the Big Bang: An Outrageous New Perspective and Its Implications for Particle Physics», que puede leerse aquí. Se trata de un texto muy celebrado por sus dobles sentidos y su retórica informal, aunque resulta inaccesible sin conocimientos muy avanzados de física de partículas. Para los profanos es mucho más recomendable la lectura de su libro de divulgación Cycles of Time: An Extraordinary New View of the Universe, publicado en 2010.


Cefeidas en mi bemol mayor

La cefeida RS Puppis. Imagen: UBBLE SPACE TELESCOPE (DP)

Este texto ha sido el ganador del concurso DIPCLSC en la modalidad de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2020.

12 de marzo de 1912. Henrietta llevaba semanas esperando este día. Había  convencido a su amiga y colega Annie para que la acompañase a esta velada tan especial. Recuerda que desde que averiguó que la Sinfónica de Boston daría un  concierto en el New Bedford Theatre, se puso a ahorrar para las entradas. 

Ambas acordaron mantener en secreto que asistirían al evento, pues se prestaría a la broma fácil: dos mujeres sordas acudiendo al concierto de un compositor sordo. Sin embargo, esto no supondría ningún problema. Aunque la escarlatina que sufrieron en su niñez había mermado la capacidad auditiva de las dos astrónomas, desde la segunda fila del patio de butacas no se perderían ni una sola nota del Concierto para piano nº 5 «Emperador» de Beethoven

Incluso el transporte lo tenía arreglado. El señor Murdock, periodista del Cambridge Chronicle, se había prestado amablemente a llevarlas al concierto con la condición  de que Henrietta accediera a concederle una entrevista. El artículo sobre estrellas  variables que había publicado apenas nueve días antes estaba dando que hablar. 

Henrietta sentía una profunda conexión con la música del genio alemán. Se  identificaba con él cuando supo que su padre le imponía rígidos ejercicios al piano  de los que intentaba escabullirse intercalando pasajes improvisados. El señor Pickering, el jefe de Henrietta, también le ordenaba tediosas observaciones sobre fotografías de estrellas, una labor pesada y meramente clasificatoria de la que Henrietta, igualmente, intentaba escaparse buscando nuevos patrones en aquellas  manchas estelares. 

Quién diría que la trayectoria de ambos estuvo marcada por imágenes en negativo. Mientras Beethoven componía sus piezas de juventud en esos pianos vieneses de la época, con los colores del teclado invertidos (teclas naturales en negro, sostenidos y bemoles en blanco), Henrietta ingresó en el observatorio de Harvard para ver desfilar las innumerables manchas oscuras que las estrellas dejaban en la emulsión fotográfica que bañaba aquellas placas de cristal.

Entre aquellas nubes de puntos difusos, observó la huella de un tipo de estrella variable denominada cefeida que cambia su brillo a intervalos regulares, y dio con  un ingenioso método para discriminar con facilidad estrellas variables de las que no lo eran. Tras obtener una copia en positivo de una placa fotográfica, superponía  este positivo con el negativo de otra placa obtenida en un momento distinto. De esta manera las estrellas que no cambiaban su luminosidad se mostraban de color gris homogéneo, mientras que las estrellas variables lucían un anillo más brillante  o más oscuro según hubiesen aumentado o disminuido su luminosidad en ese  intervalo.

En las dos fotografías en negativo de la izquierda se observa el cambio de luminosidad de una cefeida. A la derecha, copia en positivo que superponía a un negativo tomado en otro instante para distinguir las estrellas variables.

También se dio cuenta de otro detalle. Cuando las cefeidas incrementaban su brillo lo hacían más rápidamente que cuando su luminosidad decrecía, cosa que hacían de modo más gradual. 

En esta gráfica se observa que los aumentos de luminosidad (tramos ascendentes) suceden en menos tiempo que las disminuciones (tramos descendentes).

Esto le recordó de nuevo a su compositor favorito. En la Cantata por la muerte de José II hay un tema musical recurrente que aparece en otras obras de Beethoven y que sigue este mismo patrón: una acusada parte ascendente seguida de una parte descendente más paulatina. Era, virtualmente, la radiografía sonora de una cefeida. Por si fuera poco, este movimiento de la cantata no podía tener un título más adecuado: «La humanidad se eleva hacia la luz»

Pero, ¿qué tenían de especial estos objetos astronómicos más allá de la peculiaridad de mostrar luminosidad pulsante? Henrietta descubrió que las  cefeidas con mayor luminosidad presentan los períodos más largos. Es decir, que  las estrellas que emiten más cantidad de luz tienen un ciclo de pulsación de mayor  duración. 

Hasta este momento, observar una estrella de brillo tenue nos enfrentaba a un dilema, pues podría tratarse de una estrella poco brillante cercana a nosotros o de  una estrella muy brillante que se encontrase muy lejos. Con el descubrimiento de Henrietta se podía asegurar que una estrella tenue que pulse lentamente es una estrella muy lejana, y serviría de patrón de medida para estimar la distancia a la  que está la galaxia en la que se halla. Con esta relación período-luminosidad, Henrietta dotó al firmamento de profundidad por primera vez. Los astrónomos habían permanecido sordos a esta riqueza cromática del universo que puso fin a  una visión plana y monocorde. 

Un ciclo de pulsación (la distancia entre dos crestas) tiene una  duración mayor en las estrellas más brillantes.

El patrón descubierto por Henrietta tuvo su equivalente en Beethoven años después. Si el compositor nos legó en vida nuevos y sorprendentes lenguajes musicales, también influyó en un soporte de la música incluso después de su muerte. Norio Ohga, a la sazón presidente de la firma Sony, se dio cuenta de que un  disco compacto de sesenta minutos, aún en proyecto, presentaba un problema: no sería suficiente para grabar la Novena Sinfonía. La duración de la obra entre un director  de orquesta y otro era variable (como las cefeidas), y había que encontrar la de  mayor duración. Resultó ser la dirigida por Wilhelm Furtwängler en el Festival de  Bayreuth de 1951 con un total de setenta y cuatro minutos, la duración estándar de audio que se fijó para un CD. 

Henrietta Swan Leavitt y Annie Jump Cannon ocupan ya sus localidades en el teatro y el concierto está a punto de empezar. El primer movimiento, el Allegro, es  el favorito de Henrietta. En las notas ascendentes y descendentes del piano reconoce a sus cefeidas, pulsando rítmicamente en medio del trémulo centelleo del resto de estrellas.

DP.


Laniakea

Simulacion de Laniakea. (DP)

Este texto ha sido finalista del concurso DIPC-LSC en la modalidad de ficción científica de Ciencia Jot Down 2020.

Son las 21:00 en el Instituto de Astrofísica de Canarias, una hora más en el resto de España. Madai se ha quedado ultimando los detalles de una presentación que debía haber hecho hace ya una semana. Su doctoranda, Belisa, es quien recopila los datos del satélite Plank que durante  años envió datos de temperatura y radiación de microondas de todo el universo. Porque era eso  de lo que trataba su estudio, de mapear térmicamente nada más y nada menos que todo el universo conocido. En realidad, el proyecto de la Plank ya había terminado hace tiempo, pero las ingentes cantidades de datos que había arrojado estos años tenían algunas inconsistencias que Madai quería cotejar con los telescopios del proyecto QUIJOTE. 

Belisa utilizaba el complejo programa IFCAMHW para visualizar las anomalías detectadas en las regiones descritas por Madai. El programa mostraba los picos de emisión en forma de puntiagudos sombreros mexicanos. Aunque el tratamiento de los datos era casi automático, había que relacionar los picos de estas regiones entre sí para comprobar si había algún fenómeno que explicase por qué había algunos patrones de picos bastante intensos a baja frecuencia. La teoría de Madai se basaba en que había algún tipo de fenómeno que habían pasado por alto, si conseguía relacionar los picos de baja frecuencia y darles una explicación podría suponer un auténtico cambio en el campo de la física, o al menos daría para escribir unos cuantos artículos y apuntarse un tanto. A pesar de la complejidad y cantidad de los datos que manejaba, Belisa seguía anotando los picos de alta intensidad detectados por la Plank en una larguísima hoja de Excel. Junto a la celda con la intensidad detectada y los parámetros, había otra que indicaba las coordenadas y la frecuencia a la que emitían. Todas las anomalías que habían detectado estaban en la banda de los 30 gigahercios así que, cuando terminara con los datos de la Plank, tendría que empezar a cotejarlos con los detectados por otros telescopios. Un plan perfecto para un viernes por la tarde, aunque la perspectiva que esperaba fuera del  laboratorio no era mucho mejor. 

—Madi, creo que ya hemos acabado con la Plank, ¿qué tal vas con lo tuyo? 

—Pues bueno, tengo que convencer a la comisión de que nos dejen los telescopios de baja  frecuencia, pero tranquila, que sacamos la tesis, mi niña. ¿Te pasaste los picos al BFIELD? 

—No, los tengo en Excel… 

—¡Ay… el Excel! Mira, pásamelos, que lo vemos en un momento. 

—¿Te ha llegado? 

—Ahora sí, mira aquí. Yo me los exporto y le pulso aquí y me saca el mapa, si es una machangada.Tarda, ¿eh? 

—Si, voy a dejarlo por la noche y mañana le echas un vistazo y me dices. 

—Vale, entonces voy a ir yendo a casa que se me ha hecho tarde. 

—Yo recojo esto y me voy a casa, ¿te llevo? 

—¡Claro! 

Esa noche Belisa no paraba de dar vueltas en el pequeño estudio que había alquilado en el Puerto de la Cruz, quizá habían dado con algo gordo, algo gordo de verdad. No una de esas  investigaciones para rellenar páginas y cumplir con el proyecto. Si de verdad Madai tenía razón, puede que su tesis se estudiase durante mucho tiempo. En realidad, llevaba mucho tiempo convenciéndose de que todo el trabajo que hacían no era en vano, llevaba allí más de dos años y medio y su jefa había decidido que se centrase únicamente en esas «anomalías». El tema le  parecía fascinante, pero si no sacaba un artículo pronto no iba a poder presentar la tesis. La idea de Madai era que las anomalías se debían a un tipo específico de planeta, al estilo de los planetas púlsar que emiten radiación electromagnética si no están alineados con la estrella de neutrones a la que orbitan. 

Apenas se despertó, Belisa encendió el portátil y abrió el Team Viewer para conectarse con el  ordenador de Madai, el mapa había terminado. Cogió un táper y salió a toda prisa hacia el  trabajo. Aunque sabía que era inútil, pasó todo el trayecto intentando ver algo más claro el mapa del ordenador de Madai desde el móvil. Cuando llegó al instituto subió las escaleras tan deprisa que casi olvida echarse gel. Se sentó y comenzó a aplicar filtros de color a las intensidades del mapa, a medio día ya tenía una idea clara de dónde estaban las señales detectadas. Quería confirmarlo antes de decírselo a Madai, casi todas las señales provenían de una sola región del espacio: Laniakea. Había algunos candidatos a señal fuera de esa área, apenas unos cientos de zonas más lejanas, pero más de doce mil picos de intensidad se agrupaban en una estrecha región del universo de apenas quinientos veinte millones de años luz. Era una noticia estupenda, Laniakea es la región del espacio que más se conoce y la que mejor se puede medir, los telescopios del  proyecto QUIJOTE iban a dar unas medidas bastante más claras de las frecuencias más bajas, pero era la mejor noticia que podía esperar. Cargó algunos parámetros y filtros nuevos y dejó al programa crear el mapa: Esta vez era bastante más detallado, así que al ordenador le llevaría lo que quedaba del fin de semana, seguramente. Un alivio, pensó, lo bueno de que salgan las cosas es que no pasa mucho y hay que aprovechar cuando sucede. Lo malo es que se habían llevado por delante casi todo el sábado. 

Belisa aprovechó para intentar desconectar el domingo. A pesar de que tenía puesta alguna serie de fondo en la televisión, sus manos acababan siempre buscando bancos de datos sobre relaciones de frecuencias o curioseando algún artículo olvidado sobre púlsares. El lunes se presentó tan pronto que tuvo que pedir a Nico, del personal de limpieza, que le abriera. Madai tenía la reunión con la comisión, ojalá les concedieran al menos un telescopio. Todavía quedaban algunas horas para que terminase el mapa que dejó cargando el sábado, así que empezó a curiosear las regiones punteadas del antiguo mapa en las que habían detectado las anomalías. Después de un buen rato buscando coordenadas, Belisa se dio cuenta de que algunas de ellas se producían realmente cerca, incluso en la Vía Láctea. Estaba ampliando algunas regiones de Libra en busca del posible origen de unas de las señales cuando Madai entró por la puerta con una bolsa de papel. 

—¡Beli, mi niña! ¡Nos lo dieron! En octubre podremos manejarlo ya, traje unos kebabs para celebrarlo. 

—¿Qué dices, Madi? ¡Es genial! Además, tengo buenas noticias, mira dónde están las anomalías. 

—Es raro, ¿no? Quizás es algo nuestro. 

—No sé… 

—Hay bastantes en el Cúmulo Local.

—Sí, he localizado una en Virgo.

—¡Eso es fantástico, Beli! Hay que definir bien dónde vamos a apuntar, los que estén más cerca primero, y hay que ver si hay más datos por ahí. 

—Justo estuve el finde mirando algo y a lo mejor tenemos que pedir algunos datos de la WMAP y del Hubble para confirmar. 

—Puede que João aún los tenga, hace mucho trabajamos con los datos de la WMAP, y los del Hubble deben andar por ahí también. 

—Entonces queda mucho aún, gracias por la comida. 

Las siguientes semanas fueron duras, tratar datos y más datos todo el día y discutir sobre qué posiciones iban a registrar con las bandas inferiores de los telescopios. Madai había descubierto  que había una señal muy cercana, concretamente en Tau Ceti e, apenas a doce años luz de la Tierra. El patrón era desconcertante: la Plank y la WMAP habían hecho barridos cada seis meses  aproximadamente y, aunque los picos de emisión eran constantes en la mayoría de las regiones del espacio, cada vez que los captaban variaba la intensidad de la señal. Habían identificado  algunas zonas en las que se localizaban los pulsos, la mayoría eran regiones planetarias. No había un fenómeno común que las relacionase, surgían aparentemente al azar, pero los picos  aparecían en la misma región con más de un año de diferencia. La mayoría de la comunidad científica había asumido estas anomalías como simple ruido, sin una lógica concreta, pero su  catalogación sugería que algún tipo de fenómeno se producía en los cuerpos celestes a lo largo de Laniakea. 

En realidad, lo que Madai había conseguido era un permiso para manejar un nuevo espectrógrafo de microondas que iba a sustituir al actual. La comisión les había dado permiso para realizar las pruebas en sus coordenadas, pero cuando terminasen, el telescopio debía dedicarse al proyecto al que estaba destinado. Así que Madai y Belisa debían elegir muy bien dónde apuntar, porque de vez en cuando el telescopio debía calibrarse y no podrían usarlo. Después de mucho pensarlo decidieron que el pulso de Tau Ceti e era el que podía detectarse más claramente y era allí donde debían apuntar es espectrógrafo. Cuando saltó el aviso en su correo, Madai avisó a Belisa y ambas se presentaron en la sala de control. Los técnicos comenzaron a apuntar el telescopio hacia las coordenadas de Tau Ceti e, Belisa y Madai querían hacer un barrido por la zona cercana, pero las pruebas requerían que el telescopio  permaneciese fijo. Charles, el técnico que había enviado la Universidad de Manchester, comentó que en un par de días estarían. 

Al final las pruebas se alargaron más de una semana. Cuando por fin recibieron los datos no podían creerlo: la frecuencia variaba relativamente poco de una medida a otra, pero al cotejar los datos con la Plank las variaciones eran muy pronunciadas. A veces se cortaban de repente y  comenzaban durante largas horas en frecuencias bajas, otras veces emitían pulsos en la banda de los veinte megahercios que se repetían miles de veces en una fracción de segundo y desaparecían. Acababan de identificar que las anomalías que había detectado la Plank, no eran  más que ecos de esas oscilaciones rápidas. Belisa no cabía en sí de ilusión: lo habían confirmado, no eran «anomalías» en el ruido espacial de las microondas, acababan de descubrir un nuevo fenómeno. La parte mala era que, al contrario que los planetas púlsar, estos pulsos de emisión parecían completamente aleatorios, o por lo menos no tenían ni un solo factor en común. Belisa había tenido tiempo de sobra para repasar muchos de ellos, al menos los suficientes para preparar un artículo y pasarle la pelota al resto de la comunidad científica, y estaba segura de que ni siquiera se trataba del mismo cuerpo celeste. La mayoría de las veces eran planetas, muchas de las veces demasiado cercanos a una estrella, otras veces eran cometas con larguísimos periodos orbitales alrededor de su estrella. Los ecos de muchos pulsos de alta intensidad fueron captados por la Plank una sola vez, pero la mayoría se repetía en ciclos de quinientos sesenta y nueve días. Ese extraño periodo era lo único que parecía relacionar buena parte de los fenómenos. 

Madai y Belisa pasaron varios meses confirmando lo que Tau Ceti e les había revelado, lo que  medían en la Plank eran ecos de un cúmulo de emisiones de frecuencias más bajas. Cuando  enviaron el primer artículo supuso un gran alboroto en la comunidad científica, algo tan rompedor y, aparentemente, inexplicable que hasta una cadena de televisión local llegó a entrevistar a Madai. En enero, el telescopio había retomado su función original en el proyecto QUIJOTE. Madai y Belisa tenían resultados como para pedir un telescopio nuevo si querían, comenzaron a florecer los científicos que querían colaborar, las invitaciones a congresos y a escribir capítulos de libros. Aunque habían llevado de gira por algunos congresos las conclusiones de su investigación y otros científicos habían seguido confirmando los pulsos y emisiones a baja frecuencia, Madai y Belisa cada vez tenían más claro que estaban en punto  muerto. Hacía un año que habían confirmado las primeras señales y, desde entonces, la  investigación casi no había avanzado, seguían sin cuadrar las teorías ni los fenómenos. 

Belisa pasaba las horas y los días devorando artículos sobre el espacio, pero nada  parecía dar respuesta a sus preguntas. Aunque lo intentaba, era imposible desconectar, si se proponía ver alguna serie terminaba viendo por octava vez algún capítulo de Cosmos, la parte de su biblioteca que no estaba destinada al trabajo había sido colonizada casi por completo por Carl Sagan e incluso los podcasts que escuchaba antes de dormir iban sobre ciencia. Fue entonces, un martes por la noche, cuando estaba en la cama a punto de dormirse cuando lo escuchó: «Investigadores de la Universidad Aalto, en Suecia, utilizan señales de microondas en la codificación de la información para la computación cuántica». No podía ser, pensó recordando la frase de Sherlock Holmes «una vez descartado lo imposible lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad». ¿Sería cierto? ¿Era posible que no estuviesen ante un fenómeno  astrofísico, sino ante una sencilla señal de computación? Como era de esperar, no pegó ojo. Sabía que no podía irle con esa teoría loca a Madai, así que se saltó todos los protocolos y escribió directamente al doctor Pasi Lähteenmäki, el director de la investigación que había escuchado la noche anterior. Al revés de lo que Belisa esperaba, Pasi se mostró tremendamente interesado sobre el tema. Al principio Madai renegaba de esa línea de investigación y se sintió ofendida por no haber contado con ella en un primer momento, pero a medida que se desarrollaban las reuniones con Pasi, comenzó a convencerse de lo imposible.  

Pasi y sus colaboradores demostraron en unos meses que las fluctuaciones en las frecuencias de microondas encajaban perfectamente con la codificación de puertas lógicas de los ordenadores. Aunque, aproximadamente, el 40 % de la secuencia no se correspondía con nada conocido, los cuerpos celestes parecían «comunicarse» entre sí casi instantáneamente. Cuando  revelaron los descubrimientos de su colaboración, el mundo contuvo el aliento: acababan de  captar señales lógicas y no naturales del espacio exterior, había algo más en el universo y estaba  «hablando» a menos de doce años luz. 

Después de toda la conmoción que supuso y las grandes corrientes negacionistas que surgieron, Facebook resucitó el estudio de Bob y Alice, dos robots que fueron activados en 2017 para que aprendieran mediante algoritmos el uno del otro, pero que tuvieron que desconectar porque el lenguaje que desarrollaron resultó extremadamente complejo. El gran avance vino seis años más tarde, cuando Belisa ya tenía su propio despacho en el Instituto de Astrofísica de Canarias y leyó la noticia: «Se confirma, el lenguaje detectado no es artificial, sino producto de la  evolución». Al parecer las señales de microondas seguían la ley de Zipf, según la cual un lenguaje tiende a acortar y repetir las palabras de mayor uso. Algo que podía identificarse incluso sin saber el significado del lenguaje al que iba asociado. Belisa casi llora de emoción. Lo había hecho. Su investigación con Madai, lejos de descubrir la respuesta a una pequeña alteración de la radiación de microondas, había dado respuesta a uno de los interrogantes de la humanidad: no, no estábamos solos.


La otra cara de Edgar Allan Poe

Imagen: Ben Ledbetter (CC)

Este texto ha sido finalista del concurso DIPC de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2019.

19 de enero, 1:49 de la madrugada. Un hombre con abrigo largo y bastón de empuñadura dorada se adentra con sigilo en el cementerio Westminster Hall de Baltimore. El truco para franquear la verja, cerrada a estas horas, le había funcionado una vez más. Como cada año, deposita tres rosas y una botella de coñac medio llena sobre los escalones de un cenotafio. En su base, asomando entre la nieve y en letras mayúsculas, se distingue el nombre del homenajeado, Edgar Allan Poe.

No sería posible comprender la obra de Poe sin entender su pasión por la ciencia y la influencia que tuvo sobre parte de su producción literaria, una pasión que estimuló su padre adoptivo cuando le regaló un telescopio refractor al cumplir doce años. Su obra Eureka, un poema en prosa (1848), que dedica al naturalista Alexander von Humboldt, tiene su origen en su obsesión de juventud por la ciencia astronómica.

Poe demuestra poseer un buen nivel de conocimientos, lo que le permite emplear el lenguaje científico como recurso literario. Alcanza tal grado de verosimilitud que consigue hacer pasar hechos inventados por reales. En uno de ellos narra la supuesta primera travesía de un dirigible cruzando el Atlántico, un viaje de setenta y cinco horas con ocho personas a bordo. La noticia del extraordinario vuelo del Victoria se publicó en el New York Sun el 13 de abril de 1844. Dos días después, una nota (seguramente del propio Poe) corregía la información que nadie pudo sospechar como ficticia dado lo impecable y realista de la descripción del aparato volador. El primer viaje transoceánico de un dirigible no sucedería hasta 1919.

Número del New York Sun del sábado 13 de abril de 1844, donde se anuncia la gesta ficticia del dirigible Victoria. (DP)

Poe se diferencia claramente de otros escritores contemporáneos al explicar en sus relatos el componente sorprendente de la ciencia en lugar de recurrir a elementos fantásticos o sobrenaturales. Empleó la relación ciencia-literatura en ambas direcciones, ya que a veces quiso utilizar su genio literario para contribuir al saber científico. De hecho, lamentaba el excesivo empleo del análisis frío y objetivo para extraer conocimiento de la naturaleza, concibiendo la ciencia como una actividad de creación en la que no puede prescindirse de la intuición, la imaginación y la creatividad. Y así lo puso en práctica, con un golpe de inspiración, al proponer una solución a la paradoja de Olbers (¿cómo es posible que en un universo infinito con estrellas uniformemente distribuidas no veamos la bóveda celeste permanentemente iluminada?). Poe lo explica así en Eureka:

Si la sucesión de estrellas fuera infinita, el fondo del cielo nos presentaría una luminosidad uniforme, como la desplegada por la galaxia, pues no podría haber en todo ese fondo ningún punto en el cual no existiera una estrella. En tal estado de cosas, la única manera de comprender los vacíos que nuestros telescopios encuentran en innumerables direcciones sería suponiendo tan inmensa la distancia entre el fondo invisible y nosotros, que ningún rayo de este hubiera podido alcanzarnos todavía.

Otro de los usos insospechados que Poe haría de la ciencia se encuentra en el poema Ulalume (1847), al que pertenece este fragmento:

Los cielos eran cenicientos y sombríos […]

era de noche en el solitario octubre […]

El creciente diamantino de Astarté

claramente con el doble cuerno.

Y dije: «Es más tibia que Diana.

Resbala a través de un éter de suspiros […]

y ha venido más allá de las estrellas del León

para indicarnos el sendero de los cielos».

Ulalume evoca la pérdida del narrador por la muerte prematura de una hermosa mujer. Busca la sonoridad de los versos para intensificar los sentimientos de tristeza y angustia, por lo que emplea profusamente la aliteración, la repetición de sonidos de manera más o menos consecutiva, como en los versos

The skies they were ashen and sober […] Of mmost immemorial year

Pintura póstuma de Virginia Clemm. Acuarela. 1847. (DP)

Pero el poema tiene otro sentido oculto con interpretación científica. La alusión mitológica a Diana (diosa romana de la Luna) y a Astarté (la diosa que se asocia con Venus) no es casual. La mención en el poema del «doble cuerno» y del «creciente diamantino» implica que ambos astros se encontraban en fase creciente. Y además sitúa a Venus «más allá de las estrellas del León», es decir, cruzando la constelación de Leo. Por tanto, ¿hubo alguna noche de 1847, año de publicación del poema, en la que coincidieran estos eventos astronómicos? La respuesta es asombrosamente afirmativa. La escena corresponde a poco antes del amanecer del 31 de octubre, la «noche en el solitario octubre» a la que alude el autor.

Lo cierto es que la desgarradora pérdida que rememora en Ulalume es la de su esposa, Virginia Clemm, fallecida el 30 de enero de 1847. Nunca se había arrepentido tanto de algo como de no haber encargado un retrato fotográfico de Virginia. Lo único que conservaba, como amargo consuelo, era una acuarela de su rostro realizada cuando ya había exhalado su último suspiro a causa de la tuberculosis.

Aunque ya fuese tarde para su querida esposa, Edgar ha aceptado la invitación de W. S. Hartshorn para una sesión de fotografía. El daguerrotipista ya tenía a resguardo de la luz la placa de cobre que insertaría en la cámara. El día anterior, tras pulir concienzudamente una de las caras de la placa, bañada en plata, la puso sobre un baño de yodo que al sublimar la volvería fotosensible. Mientras esperaba que se completara el proceso, Hartshorn montó en la cámara su nuevo objetivo Petzval. Hubiese sido impensable que el señor Poe posara durante veinte o veinticinco minutos para obtener una fotografía aceptable, como era usual unos años atrás. Pero gracias a la combinación de lentes de este objetivo, la exposición no requería más de un minuto. El resultado era más luminoso y otorgaba especial nitidez al centro de la imagen, muy apropiado para los retratos.

Objetivo fotográfico Petzval con su esquema óptico. (DP)

Una vez terminada la sesión, Edgar mostró interés por la técnica del daguerrotipo planteándole todo tipo de preguntas al fotógrafo. Aunque su estado de ánimo ese día, 9 de noviembre de 1848, era especialmente sombrío, no quiso declinar la invitación para conocer el instrumento que, en sus propias palabras, «debe ser considerado el más importante, y tal vez el más extraordinario triunfo de la ciencia moderna». Cuando se hubo despedido de Edgar, Hartshorn extrajo la placa y la introdujo en la sauna, un baño de mercurio a 60ºC cuyos vapores aceleraban el revelado. Finalmente, y tras sumergirla en agua salada para fijar la imagen, la colocó dentro de un marco de madera, encapsulada bajo un cristal para impedir que el oxígeno del aire degradara la fotografía.

Resulta irónico que Edgar Allan Poe, cuatro días después de un intento de suicidio, fuese inmortalizado en una placa plateada. No obstante, su dualidad entre poeta y amante de la ciencia y el frágil equilibrio de su vida, se identifican plenamente con la naturaleza del daguerrotipo. Es una copia única, se muestra como un positivo o un negativo según el ángulo de incidencia de la luz, y muestra la «otra cara» del retratado: el daguerrotipo registra una imagen invertida lateralmente. El «espejo con memoria» al que nos asomamos para reconocer a Poe.

La imagen real de Poe es la de la izquierda. La de la derecha, obtenida por el daguerrotipo, es su imagen especular. (DP)

Nadie conoce el significado de la ofrenda que cada 19 de enero aparecía en su tumba. Sucedió durante siete décadas y aconteció por última vez en 2009, en el bicentenario de su nacimiento. Se piensa que las tres rosas simbolizan al escritor, su esposa y su suegra, enterrados en el mismo cementerio, pero la botella de coñac medio llena permite una interpretación más libre. La representación de dos mundos, el volátil de su narrativa y el destilado de su interés científico, que se imbrican en la obra de Poe. Dos caras que se hermanan y se inspiran mutuamente en la realidad del poeta del romanticismo oscuro.


En nombre de dios: la nomenclatura del sistema solar

Una visión artística del sistema saturnal. Imagen: Helga (CC).

Era casi un trámite, un premio de consolación. La forma que tenían de decir «y vivieron felices y comieron perdices». Cuando no sabían cómo acabar un cuento, los antiguos griegos le ponían final así: convirtiendo al protagonista en una estrella o en una constelación. Le ocurrió a Orión, a Andrómeda, a Casiopea y a varias decenas más de personajes de la mitología griega. Y por supuesto les ocurrió a sus dioses. A ellos les reservaron los cuerpos errantes, los que viajan por el cielo: el Sol, la Luna y las cinco estrellas que se mueven por el firmamento. Aquellas eran para los griegos «πλανήτης», «planétes», que significa literalmente eso, «errantes» o «vagabundas». Poco sabían entonces que, con aquella convención narrativa, con aquel chimpún atropellado que ponía final a sus mitos, estaban dándole nombre a regiones verdaderas, suelo tan real como el de Tracia o el Peloponeso. Y que, con el tiempo, habría mapas que llevarían esos mismos nombres y personas que pisarían aquellos mismos suelos.

Pero ¿por qué decidieron llamar «Venus» precisamente a Venus? ¿Por qué Marte se llama «Marte», y no «Minerva», por ejemplo? ¿Por qué todas las lunas de Júpiter tienen nombre de mujer menos una? ¿Y por qué Apolo, un dios tan prominente en el panteón grecolatino, no tiene su propio planeta? Nos contentamos con lo que nos contaron en los libros de texto: que los romanos pusieron a los cuerpos celestes el nombre de sus dioses y que siguieron en esto la costumbre de los griegos, punto final. Y eso, además de un resumen pobrísimo, es cierto solamente a medias. Aquí nos proponemos hacerle un poco más de justicia a la cuestión y arrojar luz, aunque solo sea un poquito, sobre ese hermosísimo embrollo de mitología, etimología y astronomía que es la nomenclatura del sistema solar.

Un par de cosas sobre astronomía antigua

Pero antes es preciso hacer un par de anotaciones. Primera: los antiguos griegos solo conocían los planetas visibles al ojo desnudo, los que hoy llamamos Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Para ellos no eran distintos de las estrellas excepto por su cualidad móvil. Y no es cierto que a estas «estrellas errantes» les pusieran los nombres de Hermes, Afrodita, Ares, Zeus y Cronos. Más bien ocurrió que las consagraron a esas divinidades.

Hubo una excepción: Venus. No solo tenía un nombre propio, tenía dos. Al menos desde la época homérica se le llamaba Fósforo cuando aparecía al amanecer y Héspero al hacerlo en las primeras horas de la noche (dentro de unas cuantas líneas entraremos en el porqué). Pero los demás planetas carecían de nombre propio. En Les noms des planètes et l’astroutrie chez les Grecs, un texto clásico sobre la materia publicado en 1935, el historiador belga Franz Cumont nos recuerda que «incluso en la época de Platón, los cinco planetas menores, excepto Venus, fueron designados como “la estrella de este o aquel dios”». Cumont pone como ejemplo un pasaje del Timeo donde el filósofo, al hablar de Mercurio y Venus, confiere a Venus el nombre de Héspero, pero a Mercurio lo designa vagamente como «και ό ιερός ‘Ερμου λεγόμενος», «el que se dice que está dedicado a Hermes». Fue lo habitual en la lengua griega incluso después del nacimiento de Cristo.

Fueron los romanos, en cambio, quienes adoptaron la costumbre de atribuir un nombre propio a los planetas, como hacemos hoy en día. En su caso les pusieron el de los homólogos latinos de aquellas mismas divinidades griegas: Mercurio, Marte, Júpiter y Saturno. Aunque pueden encontrarse algunos textos latinos en los que se sigue la costumbre griega de aludir a las estrellas errantes con el nombre de su dios en genitivo (donde reciben entonces los nombres de «stella Mercurii», «stella Martii», «stella Iovis» y «stella Saturni»), aquello era un giro helenizante poco habitual y solamente literario1. Lo normal en el mundo romano era darles el nombre propio del dios y distinguirlo, a efectos retóricos, con un título adicional: «Mercurius Scintillans», «Mars Rutilus», «Iovis Splendidus» y «Saturnus Lucidus». Al planeta Venus, como hicieron los griegos, le concedieron habitualmente dos nombres, uno para cuando aparecía por la mañana («Lucipherus») y otro para cuando lo hacía a primeras horas de la noche («Vesperus»). 

Sobre el Sol y la Luna

Una imagen del horizonte lunar con la Tierra de fondo tomada durante el curso de la misión Apollo 11 en 1969. Fotografía: NASA.

Eso sí: en la Antigüedad el Sol y la Luna no contaban ni como estrellas ni como planetas, por más que el primero sea decididamente una estrella y la segunda tenga aspecto de planeta. Por el contrario, se pensaba en ellos como dos cuerpos celestes singulares que los griegos denominaron «ἥλιος» («helios», «sol») y «σελήνη» («selene», «luna»). Se piensa que el primer término deriva de la raíz indoeuropea «*sehu-el», la misma que en latín derivó en la palabra «sol»2. La etimología de la segunda es más incierta, pero se relaciona claramente con «σέλας» («selas», en castellano «luz»3). El caso de su nombramiento es distinto al de los planetas. El Sol y la Luna formaban parte del conjunto de fuerzas naturales primordiales, como el cielo, la tierra, los ríos o las montañas. Estas fuerzas no heredaron sus nombres de los dioses, sino que primero tuvieron uno propio y fueron los dioses quienes lo heredaron.

Y casi todos esos dioses pertenecían al primer linaje divino, el de los titanes. También Hiperión (el que está «en lo más alto» de la bóveda celeste, tal y como evoca su propio nombre, patrón del mediodía y de las labores de vigilancia) y Tea (distinguida en la época homérica con el título adicional de «Eurifaesa», «la de gran brillo», patrona de todo lo relacionado con el brillo y la visión). Ellos fueron los padres de Helios y Selene, a quienes los romanos llamaban «Sol» y «Luna». Al menos desde la Teogonía de Hesíodo, del siglo VII antes de Cristo, a Helios y Selene se los considera hermanos mellizos y se les atribuye otra hermana más, Eos, a quienes los romanos llamaron «Aurora». Y al menos desde los Himnos homéricos, de aquella misma fecha, se les describe pilotando carros: Helios una cuadriga dorada; Selene, casi siempre, una biga plateada tirada por dos corceles, a veces toros o bueyes; y Eos (referida en la lírica homérica como «Eos Rododáctila», «Eos la de los dedos rosados») una biga de dos caballos con cierta cualidad chispeante, de ahí su color entre rosado y anaranjado. Los tres cruzaban la bóveda celeste con sus vehículos y cumplían con la tarea de aportar luz al mundo: Helios de día, Selene de noche y Eos entre ambos. 

En la época clásica, sin embargo, a partir del siglo V antes de Cristo, Helios y Selene empezaron a ser asimilados con otros dos dioses mellizos del segundo linaje, el de los olímpicos, de los que hasta entonces habían sido independientes: Apolo, dios de las artes y la razón (a quien los romanos llamaban «Febo»), y Artemisa, diosa virgen de la caza4 (conocida como «Diana» entre los romanos). ¿Por qué, entonces, el Sol y la Luna no pasaron a conocerse con esos dos nombres? Por aquello que mencionábamos más arriba: en este caso eran los dioses quienes llevaban los nombres de los astros y no los astros quienes llevaban los de los dioses. Aunque Helios y Selene (los dioses) menguaron en el culto y el folclore hasta prácticamente fundirse con Apolo y Artemisa, Helios y Selene (los astros) conservaron su nombre. Y Apolo y Artemisa, patrones de los dos objetos más significativos del cielo, no transmitieron su nombre a ningún cuerpo celeste.

Mercurio, el planeta saltarín

El cráter Hokusai de Mercurio en una imagen de la sonda espacial Messenger. Fotografía: NASA/Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory/Carnegie Institution of Washington

La primera mención de Mercurio de la que tenemos noticia procede de las llamadas tablillas MUL.APIN, unos registros babilonios sobre astronomía y astrología. Aunque la copia más antigua que conservamos es del siglo VII antes de Cristo, se cree que las propias observaciones fueron acometidas por astrónomos asirios5 en el siglo XVI antes de Cristo. En aquel catálogo se describe a Mercurio como «el planeta saltarín», una cualidad que alude a su peculiar forma de moverse por el firmamento. 

Al observarse desde la Tierra, Mercurio siempre está cerca del Sol. De día no puede verse, como ocurre con las estrellas y el resto de los planetas; de noche se aprecia solamente antes del amanecer y después del atardecer. Además, todos los planetas experimentan retrogradación: aparentemente se desplazan de oeste a este, pero regularmente disminuyen su velocidad, llegan a detenerse y comienzan a hacerlo en sentido contrario, solo para acabar deteniéndose poco después y retomar el curso habitual (es un efecto que se ve al observarlos desde otro planeta, la Tierra, que describe su propio movimiento y «adelanta» a unos mientras que «es adelantada» por otros). Y Mercurio, el que orbita más velozmente y el que lo hace más cerca del Sol, experimenta esta retrogradación cada ciento dieciséis días terrestres (compárese, como referencia, con los quinientos ochenta y cuatro de Venus o los setecientos ochenta de Marte). En una visión geocéntrica, donde la Tierra ocupa el centro del sistema solar y todos los otros cuerpos giran a su alrededor, Mercurio se comportaba de una manera poco menos que incomprensible: aparecía, desaparecía y correteaba de un lado al otro6.

Siendo así, parece natural que en Mesopotamia pronto se identificase el «planeta saltarín» con Nabu, su dios de los escribas y mensajero de los dioses. Y la influencia de la astronomía oriental en Grecia, vehiculada a través de Persia, Fenicia y las colonias griegas en el Levante, explica que los griegos hicieran lo propio y lo consagrasen a Hermes, patrón de viajeros, ladrones y mensajeros y también correo de los dioses. Algunos piensan que su proximidad (en la Antigüedad se creía que Mercurio era el planeta más próximo a la Tierra; solo la Luna estaba más cerca) pudo tener que ver con esto. Hermes era el psicopompo, quien guiaba las almas de los difuntos hasta el inframundo, y se le atribuía por eso cierto papel de mediador entre los humanos y los dioses. Nos consta, eso sí, que, al menos en la época arcaica y en ciertas regiones griegas, se pensó en el planeta Mercurio como dos cuerpos distintos. El que se veía al amanecer se lo dedicaron a Apolo, y el que aparecía al atardecer, a Hermes. Si verdaderamente lo consideraban dos cuerpos celestes diferentes o si este desdoblamiento era una costumbre puramente folclórica es un extremo que hoy se desconoce; en todo caso, aquello se limitó al primer tramo de la historia helena. Los primeros catálogos astronómicos verdaderamente rigurosos, que partían de los descubrimientos realizados por los sumerios, lo consignaron ya como un único cuerpo. Y como Apolo ya empezaba a identificarse con el propio Sol, parece lógico que el planeta conservase entonces el de Hermes.

Entre los latinos el dios Hermes fue conocido como Mercurio y conservaba sus mismos atributos: el Caduceo y unas sandalias aladas que le permitían remontar el vuelo y personarse allí donde era requerido. Aunque su culto no llegó a Roma tan pronto como el de otros dioses olímpicos, en el año 495 antes de Cristo Mercurio tenía ya su propio templo entre la colina del Aventino (un distrito predominantemente plebeyo) y la del Palatino (el gran distrito patricio), una ubicación que significaba el papel adicional que le atribuyeron los romanos, el de dios del comercio (que intermediaba, en este caso, entre la clase productora y la clase consumidora). Se piensa que Mercurio recibió aquella faceta de la misma divinidad de la que heredó su nombre latino, que emparenta con «merx» («mercancía») y que deriva de una raíz desconocida, no indoeuropea, presumiblemente etrusca7

Un planeta que lo era dos veces

Una fotografía compuesta que muestra un tránsito de Venus frente al Sol ocurrido en 2012. Fotografía: NASA/SDO.

Venus recibe el nombre de la diosa latina de la belleza y el amor, pero debe acreditarse a los sumerios, y no a los griegos o los romanos, que lo conozcamos por ese nombre.

Venus es, con Mercurio, uno de los dos únicos planetas que orbitan alrededor del Sol más cerca que la propia Tierra. Eso hace que, para el observador que contempla el cielo desde nuestro planeta, ambos aparezcan acompañando al Sol y circulen siempre a su vera. De día no los vemos por la misma razón que no vemos las estrellas: la luz del Sol los ciega, y en su caso mucho más por encontrarse siempre en posiciones adyacentes a la suya. Y de noche no los vemos porque lo siguen de cerca y desaparecen del firmamento junto a él. Pueden verse brevemente al amanecer (cuando el sol no ha salido todavía pero está ya lo suficientemente cerca del horizonte como para que sus acompañantes aparezcan en el cielo) y al anochecer (cuando el sol ya se ha puesto pero no ha descendido mucho bajo el horizonte, de modo que alguno de los planetas o ambos asomen todavía en el firmamento) y siempre cerca del horizonte, no en lo alto de la cúpula celeste.

Como ocurrió con Mercurio, la mayoría de las civilizaciones antiguas pensaron que también Venus era dos cuerpos celestes distintos, pero los sumerios supieron pronto que se trataba solamente de uno. Lo identificaron con Inanna, su diosa guerrera y del amor, y algunos de los títulos que recibe el planeta en sus tratados astronómicos8 sugieren que aquella asociación tuvo que ver con el color rojizo del alba y el atardecer, que atribuían al efecto de Venus y que vinculaban a la sangre y el erotismo. Más tarde, los acadios y babilonios identificaron a Inanna con Ishtar, divinidad de la belleza y la fertilidad, y los fenicios con Astarté, y todos confirieron al planeta esos mismos títulos. 

Los antiguos griegos, sin embargo, pensaron ciertamente que Venus era dos planetas, uno al amanecer y otro al anochecer. Los llamaron, respectivamente, Fósforo y Héspero, como los dos hijos de Eos, la diosa de la aurora. Plinio el Viejo asegura que fue Pitágoras quien descubrió que ambos eran solamente uno, y Diógenes Laercio mantiene que fue Parménides quien lo hizo, pero lo cierto es que ocurrió, con total seguridad, por influencia de los textos astronómicos orientales. Y pese a que persistió la tradición de llamarlo con estos dos nombres y de referirse a él como dos cuerpos, en el Almagesto de Claudio Ptolomeo, del siglo II, seguramente el texto astronómico más influyente de la historia, se documentan ya exhaustivamente las características del planeta y se cualifica inequívocamente como uno. También la influencia de la astronomía oriental explica que el planeta, al menos en estos textos académicos, se dedicase a Afrodita, la homóloga griega de Inanna, Ishtar y Astarté.

Pese a eso, denominar «Venus» a Venus es una costumbre moderna. Los romanos sabían también que era un único planeta, en su caso el de la diosa a la que ellos llamaban Venus9, y no es infrecuente que aludieran a él de esta forma, principalmente en tratados astronómicos y otros textos donde prima el rigor científico. Lo popular, sin embargo, fue seguir la costumbre griega de llamarlo con dos nombres, en su caso Lucifer y Vésper, los hijos de la diosa Aurora. Y eso siguió siendo así hasta muchos siglos después. Si le parece chocante que recibiera entonces el nombre que hoy conferimos al diablo10, dese cuenta de que lo seguimos haciendo: al Venus matutino lo llamamos, todavía, Lucero del alba. Y a las últimas horas del día las calificamos como vespertinas en alusión a Vésper.

Marte, el improbable

Una visión artística del cráter Gale de Marte compuesta a partir de una imagen de la sonda Mars Global Surveyor Orbiter. Imagen: NASA / JPL / Doug Ellison.

Marte es uno de los planetas mejor documentados por las antiguas civilizaciones y uno de los que reunió atributos más parecidos en todas ellas. El tono rojo de su brillo, efecto de la oxidación del hierro sobre su superficie, solía mover las mismas comparaciones. Los egipcios, cuya primera mención conocida a Marte se remonta al siglo XVI antes de Cristo, lo llamaron «Horus el rojo»; en China, Corea y Japón, donde los planetas se identificaban con los cinco elementos primordiales, era «la estrella de fuego»; y los sumerios lo consagraron a Nergal, su dios de la destrucción, la plaga y la devastación. En Grecia fue Ares, hijo de Zeus y Hera, dios de la guerra. 

Y eso constituye un cierto enigma. Robin Hard recuerda en su aplaudido manual sobre mitología11 que «Ares nunca evolucionó como dios de importancia social, moral o teológica» y que tuvo un rango más bien bajo entre los doce olímpicos. Su culto tenía arraigo principalmente en Tracia, una región que los helenos consideraron extranjera durante las edades arcaica y clásica, y solo en un puñado de polis alcanzó cierta popularidad, las más notables Tebas y Esparta. Homero, Hesíodo y otros mitógrafos insisten casi con machaconería en que el dios Ares protagonizó muchos enfrentamientos, pero salió airoso de pocos. Fue hecho preso de los Alóadas, dos gigantes ctónicos, de quienes tuvieron que rescatarlo Hermes y Artemisa; cayó junto a Afrodita en la trampa de Hefesto, de la que fue liberado solo después de sufrir humillación; y en la Ilíada traiciona a su bando original, el de los aqueos, para unirse al que acabaría perdiendo, el de los troyanos, y resultar vencido finalmente por su hermana Atenea, que representaba el ejercicio de la inteligencia y la integridad en la batalla. ¿Por qué los griegos consagraron un planeta a su dios más iracundo, errático y falto de sabiduría si contaban con otra diosa de la guerra, Atenea, que además encarnaba las virtudes de las que él carecía? Es la etimología la que podría aportar la respuesta. El nombre de Ares emparenta con el jónico «ἀρή» («aré», en castellano «catástrofe» o «ruina») y parece tener un cognado en sánscrito («irasya», en castellano «maldad» o «perversidad»), lo que sugiere que este dios llegó a Grecia procedente del norte y que lo hizo pronto, con las migraciones indoeuropeas. Y sabemos bien que Atenea se incorporó tardíamente al panteón olímpico, seguramente procedente del sur, de Creta y el entorno del Egeo, desplazando parcialmente a Ares como patrón de la guerra y contribuyendo a la mengua de su culto. Para entonces, sin embargo, el planeta ya tenía su nombre y aquel nombre había arraigado, así que no cambió. 

En Roma la cosa era bien distinta. No se sabe a ciencia cierta si el nombre del homólogo latino de Ares, Marte, evolucionó a partir del nombre de un primitivo dios etrusco de la agricultura, Maris, o si deriva de la raíz protoindoeuropea *Mawort, que se relaciona con la destrucción y que en la India dio nombre a los marutas, unas coléricas divinidades atmosféricas relacionadas con las tormentas. En todo caso llegó a Italia muy pronto, se le confirió allí una personalidad severa pero justa y se asimiló con Ares mucho después, sin llegar a incorporar nunca el carisma de matón descerebrado que le conferían los griegos. Como «Mars Ultor» encarnaba la justicia; como «Mars Pater» patrocinaba las labores del campo y presidía varias festividades agrícolas; como «Mars Quirinus» vigilaba la convivencia y el civismo; y como «Mars Gradivus» era padrino de la guerra y los soldados. Como padre de Rómulo y Remo, fundadores de Roma, Marte cumplía además con un papel político e identitario importante precisamente en la capital. Fue el dios más venerado en Roma después del propio Júpiter y lo fue especialmente a partir del emperador Augusto, coincidiendo con la Pax romana. Qué ironía. 

Marte/Ares tuvo muchos hijos, pero se consideraba principales a los que tuvo con Venus/Afrodita. La mayoría de los mitógrafos cuenta entre ellos a Eros (dios del amor, que los romanos llamaban Cupido), Harmonía (diosa de la armonía, que los romanos llamaban «Concordia») y los gemelos Fobos y Deimos (encarnaciones del miedo y el terror, que los romanos llamaban «Timor» y «Formido», a veces también «Metus»). Cuando se descubrieron las dos diminutas lunas del planeta Marte en 1877, se sugirieron muchos nombres para ellas a la Royal Astronomical Society, pero fue su propio descubridor, el astrónomo Asaph Hall, quien dio por buena la de «Deimos para el satélite interior y Fobos para el exterior»12

El padre de los cielos

Júpiter en una imagen de la sonda espacial Juno. Fotografía: NASA / SwRI / MSSS / Gerald Eichstädt / Seán Doran.

Aunque hay periodos en los que Marte puede verse un poco mejor, Júpiter es normalmente el cuarto objeto celeste más luminoso del cielo (después del Sol, la Luna y Venus). Y pese a eso tarda cuatro mil trescientos treinta y tres días terrestres, cerca de doce años, en completar una órbita alrededor del Sol. Esa aparente lentitud sugiere al observador perspicaz, incluso al de mentalidad geocéntrica, que aquel planeta está bastante lejos. Las antiguas civilizaciones, empezando, una vez más, por los asirios y sumerios, observaron ambos hechos y conjeturaron acertadamente que si estaba lejos pero brillaba tanto, entonces aquella tenía que ser la estrella errante más grande, o en todo caso la que brillaba con más fuerza13. En Mesopotamia se asociaba con Marduk, el rey de los dioses, al menos desde la era de Hammurabi, el siglo XVIII antes de Cristo. De nuevo, el prestigio que acabaron adquiriendo los tratados astronómicos asiáticos en Grecia motivó la vinculación del planeta con el rey de los dioses local, Zeus, que los romanos asimilaron más tarde con el suyo propio, Júpiter o Jove. 

O no. En el orbe grecolatino quizá no fuese tan simple como que al mayor dios se le dedicase el mayor planeta; quizá ocurriese, además, que aquel planeta concreto encarnaba con fidelidad los atributos de aquel dios específico. Escuche esto. Se cree que el gran dios padre de la mitología indoeuropea recibía un nombre parecido a este: «*Dyēus Phter». Es una raíz que resuena con claridad en muchos lenguajes modernos y que mueve el consenso entre los paleolingüistas. Y se cree que aquel rey de los dioses primigenio era de clase celestial (una divinidad del cielo, las tormentas y los fenómenos atmosféricos y no agrícola, marina, bélica o de ultratumba, por ejemplo) porque la propia raíz indoeuropea «*dyeu» era la que calificaba a lo que relucía por efecto de la luz diurna y por extensión a lo celestial y lo relativo al cielo. «*Dyēus Phter», cuyo significado es «Padre del cielo», «Padre en los cielos» o algo parecido a eso, derivó en palabras como el latín «Iuppiter» (el nombre del dios Júpiter) o el sánscrito «Diaus Pitar» (el gran dios padre de la mitología védica) a medida que el propio pueblo indoeuropeo se disgregaba y la figura de aquel dios primordial iba mutando y adquiriendo nuevas formas, aunque casi siempre conservando sus atributos celestiales (como el rayo que blande Júpiter). También ocurrió que esta expresión compuesta llegó a perder el segundo término, «*phter», y de esa manera derivó en palabras como el latín «Iovis» («Jove», otro nombre alternativo para Júpiter14) o «deus» («deidad», «dios») y el griego «Ζεύς» (un sustantivo irregular: el caso nominativo era «Ζεύς», «Zeús», y el genitivo era «Διός», «Dios»). Si algún planeta ameritaba el título de «padre en el cielo», de patriarca en las alturas, ese era indudablemente Júpiter: los planetas bajo él eran todos sus hijos, Mercurio, Venus y Marte, y por encima solo estaba el abuelo del clan familiar, Saturno.

Galileo Galilei descubrió las cuatro mayores lunas de Júpiter en enero de 1610 y las denominó sencillamente «Júpiter I, II, III y IV». El nombre por el que las conocemos hoy se lo puso otro astrónomo, Simon Marius (que aseguraba haberlas descubierto por sí mismo antes que Galileo), siguiendo las sugerencias de Johannes Kepler: «Io, Europa, Ganimedes puer, atque Calisto lascivo nimium perplacuere Iovi», «Ío, Europa, el muchacho Ganímedes y Calisto, que complacieron grandemente al lascivo Júpiter15». Aquello dio comienzo a la tradición de bautizar a los satélites de cada planeta con los nombres de los hijos, los amantes y los parientes del dios que daba nombre a ese planeta. 

Y aquella tradición la puso a prueba precisamente Júpiter, del que poco después se supo que tiene un auténtico enjambre de lunas. Hoy se conocen nada menos que setenta y nueve y las que tienen nombre propio (varias conservan, de momento, su denominación alfanumérica provisional) llevan el de alguna de las mujeres que tomaron parte en los escarceos amorosos del rey de los dioses o bien de mujeres que fueron el fruto de aquellos encuentros amorosos, tanto hijas directas del dios como sus descendientes. Elara, Yocasta, Pasífae, Leda, Metis, Adrastea, un sinfín de ellas. Amaltea (la ninfa que ejerció como su nodriza) y Calírroe (una oceánide que simplemente obtuvo de Zeus el favor de que sus hijos se convirtieran en adultos súbitamente) son algunas de las excepciones más notables. Otra sonada es Ganímedes, el único amante varón que se le recuerda al dios, el único nombre masculino entre los satélites jovianos.

El cajón de sastre mitológico

Saturno en una imagen tomada por la sonda espacial Cassini. Fotografía: NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

En la Antigüedad, mucho antes de la aparición de los telescopios, el planeta indudablemente más hermoso del sistema solar era el menos vistoso de todos. Brillaba poco (su magnitud aparente es menor incluso que la de varias estrellas), era el que circulaba más lentamente (Saturno completa una órbita cada treinta años aproximadamente) y lo hacía más lejos (antiguamente habrían preferido decir «por encima») que los demás. Todos los ciclos astronómicos conocidos se encontraban bajo su órbita, como supervisados por él. Por esa razón las civilizaciones de Oriente Próximo solían identificarlo con dioses que ejercían la vigilancia del tiempo, el calendario y la rueda zodiacal. En Grecia aquel dios era «Κρόνος» («Krónos», «Cronos»), referido por la mayoría de los mitógrafos como el principal y también el más joven de los titanes. Hijo de Urano y Gea, castró y destronó a su padre y fue derrocado después por su propio hijo, Zeus.

El origen de la palabra «xρόνος» («kronos», «tiempo») es un debate viejísimo y muy enconado entre los etimólogos del griego antiguo. Aunque algunos lo relacionan con la raíz indoeuropea «*(s)ker» otros prefieren contentarse con la duda16. Nos consta incluso que los propios latinos ya se preguntaban por el origen del nombre de su dios análogo, Saturno, que muchos conectaban con «satus» (sembrado) y «satio» (cosecha) y relacionaban con la noción de la abundancia17. Y nos consta también que otros censuraban estos razonamientos, intuyendo que no eran verdaderos. Cicerón, sin ir más lejos, lo hizo el libro tercero de De natura deorum («Sobre la naturaleza de los dioses»), un diálogo del año 45 antes de Cristo. En aquel texto, Cotta, un escéptico, reprochaba a los estoicos su propensión a las falsas etimologías y ponía como ejemplo la que une el término «Saturno» y el verbo «saturare», «saturar», que consideraba simplona e irrisoria18.  

Saturno ha sido también el mayor quebradero de cabeza para los responsables de poner nombre a los cuerpos del sistema solar durante la época moderna, la Royal Astronomical Society, que lo hizo desde su fundación en 1820, y la Unión Astronómica Internacional, que lo hace desde su fundación en 1919. Y lo fue porque el astrónomo John Herschel (hijo de William Herschel, precisamente el primer presidente que tuvo la Royal Astronomical Society) propuso en 1847 que los satélites de Saturno, el único titán entre los dioses planetarios, llevasen el nombre de Titán (en el caso de la luna mayor) y luego el de los otros once miembros del clan divino. En aquella fecha ya se conocían siete lunas (denominadas genéricamente «Saturno I, II, III, IV, V, VI y VII»), que recibirían entonces el nombre de Mimas, Encélado, Tetis, Dione, Rea, Titán y Jápeto. Y de esta forma se reservarían cinco nombres más para los futuros descubrimientos. Esta idea tan cauta recibió la bendición de William Lassell («No puedo sino pensar que esta nueva nomenclatura es una gran mejora y que merece ser adoptada de forma generalizada19») y de la propia Royal Astronomical Society. Precisamente aquella decisión, que constituyó el primer ejercicio de planificación en la nomenclatura de los cuerpos del sistema solar, cimentó el reconocimiento generalizado de la institución como autoridad inapelable en esta materia.

Y, sin embargo, se ha dicho que aquella no fue la mejor decisión que pudo tomarse. Desde entonces se han descubierto ochenta y dos lunas en Saturno (las últimas hace tan solo unos días), que ya es oficialmente el planeta con más satélites en el sistema solar. Primero se les puso el nombre de los titanes restantes, como previó Herschel, y después se procedió con los descendientes de los titanes, pero ocurría que muchos (muchísimos) no servían. O se habían usado ya antes para designar a determinados cuerpos celestes (como Helios, Selene, Héspero y Fósforo, sin ir más lejos20) o ponían nombre a mares, ríos, cadenas montañosas y regiones de la Tierra (como la titánide Asia o los reyes legendarios Egipto y Egeo, por poner solo algunos ejemplos21). Y, además, para cuando los objetos se descubrían orbitando Saturno, algunos de los descendientes más prominentes del primer linaje de los dioses habían conferido ya su nombre a otros objetos del sistema solar (como los grandes asteroides Palas y Vesta, ambos ubicados en el cinturón de asteroides) o eran féminas que habían yacido con Zeus o que eran también sus propias descendientes (y si no ponían nombre todavía a una luna del sistema joviano la prudencia aconsejaba reservarlas para aquel). Aunque a veces quedó a mano alguna figura libre y razonablemente popular (como Pandora, Prometeo o Calipso) para bautizar a los nuevos satélites que iba incorporando Saturno, en otros casos se recurrió a figuras cuya filiación con los titanes se coge con alfileres (como el dios Pan, olímpico por parte paterna, pero hijo de una ninfa titánide por parte materna). También se recurrió por primera vez a dioses exclusivamente romanos, sin homólogo griego, como Jano. Hoy en día, entre las lunas de Saturno se cuentan los primeros dioses no grecolatinos del sistema solar: las lunas Ijiraq y Paaliaq, que aluden a divinidades de la cultura inuit, o Skadi, Jarnsaxa, Mundilfari y Surtur, entre otros, que son figuras de la mitología nórdica.

Urano, Neptuno y otras incorporaciones modernas

Una fotografía de Neptuno tomada por la sonda Voyager 2. Fotografía: NASA/JPL.

Y con esto llegamos a Urano y Neptuno, los dos últimos planetas del sistema solar, y los planetas enanos. Los griegos y los romanos desconocían su existencia y se les puso nombre en la modernidad, a medida que se fueron descubriendo. 

William Herschel descubrió Urano en 1781, aunque fue Johann Elert Bode quien probó concluyentemente que aquello era un planeta y no un cometa. Se invitó a Herschel a que bautizara el cuerpo, pero pecó de falta de miras: propuso llamarlo «Georgium Sidum», la «estrella de Jorge», en honor al rey Jorge III de Inglaterra, y aquello se consideró (con razón) un acceso nacionalista que traicionaba la naturaleza universal de la nomenclatura de los cuerpos celestes. Por esa razón prosperó el nombre que le atribuyó Bode: Urano. Si después de Marte estaba su padre, Júpiter, y después de Júpiter estaba su padre, Saturno, parecía lógico que después de Saturno estuviese su padre, Urano. Cuando empezaron a encontrarse sus primeras lunas la mitología clásica era una mina que daba signos de agotamiento, así que se optó por una solución ingeniosa: que los satélites de Urano llevasen nombres de estilo griego extraídos de las obras de William Shakespeare. Estas lunas, de las que se conocen veinticinco hoy en día, tienen nombres como Titania y Oberón (de El sueño de una noche de verano), Miranda, Calibán y Sycorax (de La tempestad), Ofelia (de Hamlet), Cordelia (de El rey Lear), Julieta (de Romeo y Julieta) o Desdémona (de Otelo). En 1851 Lassell descubrió dos nuevos objetos que giraban alrededor de Urano, uno muy luminoso y otro muy oscuro, que fueron nombrados por esta razón Ariel y Umbriel, personajes de El rizo robado, del poeta inglés Alexander Pope. Poco después, otro satélite de Urano, Belinda, recibiría su nombre en honor a Pope en lugar de Shakespeare.

Neptuno, conocido desde 1846, fue el primer planeta que se encontró matemáticamente (por su interferencia gravitatoria en la órbita de Urano) y no mediante la observación. Cuando se confirmó con un telescopio que el planeta, en efecto, estaba donde lo números predecían que aparecería, dos personas se atribuyeron la autoría de los cálculos: el francés Urbain Le Verrier y el británico John Couch Adams, cada cual respaldado por las instituciones de sus respectivos países. Le Verrier propuso llamarlo como sí mismo, «Le Verrier», y el nombre llegó a calar entre los académicos franceses22, pero con el tiempo se impuso la opción de Neptuno, bendecida por la imparcial Academia de Ciencias de San Petersburgo. Dado que era imposible continuar con la línea paterna de los dioses (Urano, dios primigenio, no tenía padre) y a los académicos decimonónicos les parecía inconcebible que un planeta tan grande llevase el nombre de una diosa (detalle: las mujeres no pudieron formar parte de la Royal Astronomical Society hasta 1915), el hermano de Júpiter y dios del océano era la opción que parecía más natural para un planeta gigantesco e intensamente azul. Sus satélites, de los que hoy conocemos quince, llevan nombres como Tritón (el hijo de Neptuno), Proteo (pastor de sus manadas de focas), Nereida (el nombre genérico de las cincuenta ninfas del Mediterráneo, hijas de Nereo, otra divinidad marina) o Náyade (el nombre genérico de las ninfas de agua dulce).

Plutón se clasifica hoy como planeta enano y no como planeta propiamente dicho, pero durante cerca de un siglo se sumó al recuento tradicional de los planetas. Aunque Percival Lowell llegó a fotografiarlo inadvertidamente en 1915, un año antes de morir, el equipo del observatorio Lowell no confirmó su existencia hasta 1930. Fue el primer cuerpo del sistema solar bautizado por una mujer, Venetia Burney, que entonces contaba once años de edad. Entre las más de mil propuestas que tomó en consideración el observatorio Lowell fue la suya la que se dio por buena: Plutón, hermano de Júpiter y Neptuno, dios del inframundo. En el caso de sus lunas no se ha seguido una lógica genealógica sino temática, como en el caso de Neptuno, y todas recibieron, ya en nuestro siglo, nombres de figuras mitológicas griegas asociadas con los infiernos: Nix, Hidra, Cerbero y Estigia.

El planeta enano Ceres en una imagen tomada por la sonda Dawn. Fotografía: NASA/JPL-Caltech/UCLA/MPS/DLR/IDA.

Con la creación en 2006 de la nueva categoría de los planetas enanos se suelen contar también los miembros de esta familia al hablar de los cuerpos más significativos del sistema solar. Cuatro están más lejos que el propio Plutón y se descubrieron en 2005: Eris (bautizado en honor a la diosa griega de la discordia; su única luna se llama como la hija de aquella diosa, Disnomia), Makemake (el dios creador del mundo de la mitología rapanui) y Haumea (diosa hawaiana de la natalidad). El quinto planeta enano está en el cinturón de asteroides, entre las órbitas de Marte y Júpiter, y fue descubierto en 1801. Aunque durante décadas algunos astrónomos solían llamarlo Hera, como la reina de los dioses griegos, el nombre que se asentó finalmente fue el de la romana Ceres, diosa de la fecundidad y las cosechas.

Nos dejamos, quizá para otra ocasión, los demás cuerpos del sistema solar: los del cinturón de asteroides y la Nube de Oort. No creemos posible completarlos en menos de veinte páginas. Se lo advertimos: era un embrollo. Pero confiamos en que le parezca, como a nosotros, un embrollo hermoso. Desde luego, conocer la nomenclatura del sistema solar reúne la cualidad más destacada de lo bonito, que es no tener utilidad. Al menos en nuestros días. Eso sí: puede usted atesorar algunas de estas curiosidades en su cabeza y luego hacérselas conocer a la siguiente generación, eso no estará de más. Los hijos de los hijos de los hijos de sus hijos quizá lleguen a pisar el suelo de Europa o Titán, y los nietos de los nietos de sus nietos quizá caminen por Marte sin necesidad de escafandra. Y mirarán entonces a esa estrellita azul visible en su firmamento (recuerde: allí saldrá solamente al amanecer y al atardecer, pero no durante toda la noche) y querrán saber por qué sus habitantes le pusieron a Marte «Marte» y a Venus «Venus». 


Notas

1 Debe notarse que en latín se recurría al nombre de los dioses en caso genitivo para aludir a los meses, los días, las festividades y otros intervalos del calendario que estaban consagrados a aquellos mismos dioses. En latín el 15 de marzo era «Idus Martii», por ejemplo, y a los miércoles se les llamaba «dies Mercurii». En parte, es probable que evitasen hacer lo mismo con los planetas para no facilitar confusiones.
2 Puede rastrearse fácilmente en muchas otras palabras que significan «sol»: el nórdico antiguo «sól», el antiguo anglosajón «swegl», el gaélico «haul», el avéstico «hvar» y el sánscrito «surya», entre otros casos.
3 Algunos piensan que «σέλας» podría emparentar lejanamente con la raíz indoeuropea «*leuk», que en griego también derivó en «λευκός» («leukós», en castellano «blanco») y en latín lo hizo en «lux» (en castellano «luz») y en la propia palabra «luna». Es también la raíz de la que deriva, a través del árabe, el nombre de Alicante (originalmente en griego «Ἄκρα Λευκή», «Akra Leuké», algo así como «Roca Blanca» o «Peña Blanca»).
4 Algo que consta por primera vez en los fragmentos que se conservan del Faetón de Eurípides, del siglo V antes de Cristo, donde los nombres de Helios y Apolo designan a una misma divinidad dependiendo del contexto. En época helenística pueden encontrarse algunas menciones a Helios como hijo de Apolo y otras en las que ambos comparten el mismo título, «Φοῖβος», «Foibos», en latín «Febo» (en castellano, «brillante»).
5 En innumerables textos históricos se menciona a «los caldeos», sin más, como la fuente de estos conocimientos astronómicos, pero debe notarse que en ese contexto casi nunca es un gentilicio verdadero. En latín se solía calificar como «caldeos» a los antiguos matemáticos y astrónomos de Mesopotamia. En realidad, las fuentes procedían, casi siempre, de las civilizaciones que hoy denominamos asiria y sumeria. 
6 En De natura deorumSobre la naturaleza de los dioses »), escrito en el año 45 antes de Cristo, Cicerón sostiene que es precisamente el comportamiento errático de los planetas lo que anima su asimilación con los dioses: «En sumo grado maravillosos son los movimientos de las cinco estrellas, falsamente llamadas “planetas” o “estrellas errantes” (porque no se puede decir de una cosa que anda errante si conserva durante toda una eternidad movimientos fijos y regulares, hacia adelante, hacia atrás y en otras direcciones). Y esta regularidad es sobre todo maravillosa en el caso de las estrellas a las que nos referimos, porque unas veces se ocultan y otras veces se muestran de nuevo; unas veces se acercan, otras se retiran; unas veces van delante, otras veces van detrás, unas veces se mueven más aprisa, otras más lentamente, y aún otras veces no se mueven en absoluto, sino que permanecen estacionarias durante un cierto tiempo (…). Semejante regularidad en las estrellas, esta exacta puntualidad a lo largo de toda la eternidad a pesar de la gran variedad de sus trayectorias, me resulta a mí incomprensible sin una inteligencia y un designio racionales. Y si observamos estos atributos en los planetas, no podemos dejar de catalogarlos en el número de los dioses».
7 A través de su incorporación al latín en «mercatus» («mercado»), puede rastrearse todavía en palabras como el alemán «Mark» o el inglés «market», además de en «comercio», «merced» y «mercenario», entre otros términos castellanos.
8 Al menos un sello del período Yemdet Nasr, comprendido entre los años 3200 y 3000 antes de Cristo, prueba que ya entonces los sumerios pensaban en Venus como un único planeta. Que sepamos a ciencia cierta, las primeras observaciones sistemáticas del astro tuvieron lugar en Babilonia en torno a los años 1700-1500 antes de Cristo. La copia más antigua de aquellos registros es la Tablilla de Venus de Ammisaduqa, del siglo vi antes de Cristo.
9 Se piensa que el nombre de la diosa Venus deriva del prefijo latino «venes-» (que caracteriza a lo que posee encanto o atractivo) y aquel de la raíz indoeuropea «*wen», relacionada con el deseo, el querer y el esfuerzo. Puede observarse en el inglés «want» («querer») o en multitud de palabras castellanas, como «veneración» o incluso «veneno» (un término que empezó aludiendo a los elixires del amor).  
10 Desde la Vulgata de San Jerónimo, una traducción latina de la Biblia de finales del siglo iv, puede leerse en Isaías 14:12 la asociación directa de Satanás (el ángel caído de la mitología hebrea) con Lucifer (el hijo de la Aurora en la mitología romana): «¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones». Aunque el vínculo entre ambas figuras se acabó disipando, el trasvase del nombre de la una a la otra dura hasta nuestros días.
11 Titulado originalmente The Routledge Handbook of Greek Mythology y en España El gran libro de la mitología griega, publicado en 2008 por La Esfera de los Libros. Que no le engañe el título castellano, tan poco acertado; es un volumen de la casa Routledge que parte de la vocación de modernizar y ampliar el manual clásico de H. J. Rose, extremo que consigue con brillantez.
12  Hall, A.: «The Discovery of the Satellites of Mars». Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, vol. 38, pp. 205-209 (1878).
13 En muchos textos antiguos se atribuyen a los planetas apelativos que describen su tamaño, pero no debe tomarse como una alusión literal a sus dimensiones; los antiguos astrónomos se referían, más bien, a la magnitud de su brillo. En la Antigüedad no se pensaba en los planetas como cuerpos esféricos de tamaño variable describiendo órbitas en el vacío; en cambio se los consideraba fuentes de luz que ocupaban una posición fija en los «orbes», esferas translúcidas, giratorias y concéntricas. Había un gran orbe exterior donde se encontraban las estrellas (por eso todas se mueven al mismo ritmo); dentro de aquel, siete orbes concéntricos giratorios, cada uno menor que el anterior, en los cuales se engarzaban (de fuera adentro) Saturno, Júpiter, Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la Luna (por eso cada cual se mueve a una velocidad diferente); y en el centro de todos estaba la Tierra (un cuerpo sólido, esférico e inmóvil). Precisamente porque los planetas brillan de forma desigual, y no más cuanto más cerca estén de la Tierra en este modelo, no se pensaba que los orbes fuesen equidistantes entre sí ni que los planetas brillasen todos con la misma intensidad: los había cercanos, pero poco brillantes (como Mercurio), y lejanos y muy brillantes (como Júpiter). En cuanto a las distancias concretas de los planetas (de los orbes) entre sí y respecto a la Tierra, Claudio Ptolomeo se limitó a calificarlas como inmensas en su Almagesto (aunque más tarde, en sus Hipótesis planetarias, aportó unos cálculos, pero significativamente errados). Por supuesto, en la Antigüedad clásica convivieron diferentes descripciones del sistema solar, algunas también heliocéntricas y que contemplaban la rotación de la Tierra, pero esta es la visión que gozó de mayor consenso y la que el éxito del Almagesto convirtió en predominante hasta bien entrada la Edad Media. 
14 Si se lía usted con «Iuppiter» y «Iovis», los dos nombres del rey de los dioses, sepa que es completamente normal. «Iuppiter, Iovis» es un sustantivo irregular de la tercera declinación (de ahí esa diferencia morfológica tan notable entre el nominativo «Iuppiter» y el genitivo «Iovis») y «Iovis, Iovis» es un sustantivo regular de la tercera (en el que nominativo y genitivo tienen la misma forma). En la práctica, el caso genitivo de la primera palabra y los casos nominativo, vocativo y genitivo de la segunda son «Iovis».
15 Simon Marius: «Mundus Iovialis» (1614).
16 La partícula «*(s)ker», a la que se atribuyen un significado original relacionado con la corta, la siega y el cercenamiento pero también con la creación, tiene ramificaciones morfológicas y semánticas muy diversas en las lenguas modernas y muchos critican que se recurra a ella como «comodín» etimológico. Además, esta relación parece avalar la participación del Cronos griego en un mitema indoeuropeo sobre la creación, un extremo también muy discutido.
17 Durante las Saturnales, las festividades de Saturno, los romanos celebraban banquetes e intercambiaban regalos. En época imperial tardía se hizo que las Saturnales se solapasen con otra conmemoración, «Dies Natalis Solis Invicti», la natalidad de Sol Invicto, para favorecer su culto recién oficializado. Hoy son las mismas fechas en las que celebramos la Navidad.
18 «Por lo demás, ¿por qué sois tan aficionados a esos métodos alegóricos y etimológicos de explicar la mitología? La mutilación del Cielo por su hijo y análogamente el encarcelamiento de Saturno por el suyo, así como otras ficciones semejantes, las racionalizáis de tal manera que sus autores realmente parecen no solamente no haber sido unos pobres idiotas, sino hasta haber sido filósofos. En cuanto a vuestras etimologías, ¡sois realmente dignos de toda misericordia! Saturno es llamado así porque está “saturado de años”, Marte porque produce la “subversión de las cosas grandes”, Minerva porque “disminuye” o “amenaza”, Venus porque “visita” todas las cosas, Ceres viene de “gero”, producir. ¡Qué práctica tan peligrosa es esta! Os encallaréis, en efecto, en muchos nombres. ¿Qué haréis con nombres como “Vejovis” o “Vulcano”? Aun cuando, supuesto que creéis que el nombre Neptuno procede de “nare”, nadar, no habría ningún nombre cuya etimología no podáis averiguar claramente con solo alterar una letra; en esta cuestión me parece a mí que nadáis mejor que el propio Neptuno».
19 Lassell, W.: «Satellites of Saturn». Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, vol. 8, pp. 42-43 (1848).
20 Para evitar confusiones, en particular a los astrónomos del futuro, es una norma no poner a los cuerpos celestes de una clase el nombre que ya hayan llevado otros cuerpos de esa misma clase, incluso cuando hayan caído en desuso o tales cuerpos fuesen solamente falsos positivos. La Unión Astronómica Internacional lleva este principio tan a rajatabla que en 2013 descalificó la candidatura del nombre «Vulcan» (en alusión al planeta ficticio de la franquicia Star Trek) en el concurso para poner nombre a dos lunas de Plutón, que finalmente recibieron el nombre de Cerbero y Estigia. «Vulcano» había sido el nombre de un planeta anunciado en 1859 por Urbain Le Verrier, el descubridor de Neptuno, cuya existencia se descartó definitivamente en 1915.
21 Podría argumentarse que Europa, el más pequeño de los satélites de Júpiter, violenta este mismo principio. Debe recordarse que, a diferencia de lo que ocurre en castellano y en otras lenguas romances con menos peso en las convenciones astronómicas, en inglés no reciben el mismo nombre esta luna de Saturno y el continente terrestre: la primera se llama «Europa» y el segundo, «Europe».
22 A la par muchos empezaron a llamar a Urano «Herschel», queriendo naturalizar que los planetas llevasen el nombre de sus descubridores. El diablo está en los detalles: llamando «Herschel» a Urano y «Le Verrier» a Neptuno también estaban equiparando sus descubrimientos, el de Herschel (completado necesariamente por Bode sin que Bode confiriese su nombre al planeta) con el del propio Le Verrier (completado por Adams sin que Adams confiriese su nombre al planeta). 


Queridos extraterrestres, queremos que existáis

El astronauta Yuri Gagarin. Foto: Cordon.

El gran interés del público de los siglos XIX y XX por las exploraciones del planeta, y la admiración por sus grandes figuras, Aducen, Livingstone, y los demás, cesó como moda mayoritaria al comenzar la guerra fría. Y ello porque ahora había un lugar mucho más grande y exótico que contemplar: el espacio. La última frontera, como se encargaba de anunciar una voz en off al inicio de cada capítulo de Star Trek. La ciencia ficción cobró a partir de la década de 1950 un protagonismo inédito en la cultura, debido en parte a la contienda entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Las dos primeras victorias soviéticas en la carrera espacial fueron aplastantes, y aterradoras para los estadounidenses. Su enemigo había sido capaz de poner en órbita el primer satélite artificial, el Sputnik, y también de demostrar que un ser vivo, la perrita Laika, podía sobrevivir en el espacio, abriendo el camino a la exploración humana. Cuatro años después iba a ser el ruso Yuri Gagarin el primer ser humano en abandonar la Tierra y viajar al espacio. Aunque para entonces el Gobierno estadounidense ya había agrupado sus esfuerzos mediante la creación de la NASA, por lo que un mes después de Gagarin hubo también un astronauta norteamericano en órbita.

Pero la NASA no solo iba a orientar los esfuerzos técnicos que pondrían al hombre en la Luna, asegurando su supremacía sobre los rusos. También iba a convertirse en una poderosa arma de propaganda que presentaría resultados atractivos para el gran público. Los políticos estadounidenses la emplearían para atraer el voto ciudadano, los de la Unión Soviética para desalentar a sus enemigos. En Estados Unidos se recuperó el talento y la organización propagandística de la Segunda Guerra Mundial, para reconvertirlos en gabinetes de relaciones públicas y lobbies al servicio del Gobierno. Los cuales dedicaron gran parte de sus esfuerzos a influir en la cultura de la nación. Y lo hicieron alimentando los sueños de sus ciudadanos, ofreciéndoles algo más que una sucesión de hitos en la carrera espacial. Era necesario asegurarles que en un futuro próximo vivirían en un edén tecnológico donde sus problemas serían resueltos por robots, y su necesidad de trabajar posiblemente también. Un modo de acallar cualquier oposición a un millonario gasto público que afectaba a otras partidas como la sanidad, la educación o la lucha contra la pobreza.

Pronto cesaron las críticas, y la sociedad civil se contagió del entusiasmo hacia los viajes espaciales, y de la posibilidad de que existieran sociedades futuras muy avanzadas tecnológicamente. Los cómics y las novelas pulp fiction de temática espacial fueron, en los años cincuenta, las primeras manifestaciones culturales de esta tendencia. Género infantil los primeros, y literatura de consumo para un público con educación básica las segundas. Pero no tardaron en cobrar relevancia obras literarias tan sólidas como las de Isaac Asimov, Phillip K. Dick, Arthur C. Clarke y Ray Bradbury. Sus argumentos no solo comenzaban a ser aceptados como un género para adultos, sino ampliamente demandados. El desarrollo de la televisión aprovechó este interés por los asuntos galácticos y futuristas para lanzar en 1966 Star Trek, que a día de hoy sigue constituyendo un hito. Su capacidad de recreación de los viajes interestelares y la exploración de las galaxias marcaron definitivamente el camino a seguir por la ciencia ficción. Algo que se trasladó al cine en los años setenta y ochenta con grandes éxitos comerciales como la saga de La guerra de las galaxias, que generó una ola de admiración solo equivalente a su predecesora Star Trek. También el documental científico televisivo tuvo su auge con Carl Sagan y sus programas sobre el espacio.

Aunque llegó un momento, a partir de la década de 1970, en que los esfuerzos propagandísticos gubernamentales y el desarrollo cultural se disociaron. La película Apolo XIII protagonizada por Tom Hanks refleja bien ese ambiente de desinterés social. Era la séptima vez que se viajaba a la Luna, y todos daban por hecho que era una operación rutinaria. Tan solo ese «Houston, tenemos un problema» suscitó algo de interés entre el gran público, que ahora prefería los mundos fantásticos del cine o la novela de ciencia ficción. A principios de los ochenta Alien, el octavo pasajero, mezcló el género con el del terror, haciendo prevalecer una idea ya anticipada por las novelas, el peligro de aniquilación por extraterrestres. La película era además una muestra de la aceptación social de los viajes espaciales en el futuro, pues el argumento arranca en una nave, con tripulantes sacados de la hibernación, sin que haga falta explicar dónde están ni qué hacen. Desde entonces hasta el día de hoy las sagas de Alien, La guerra de las galaxias, o Star Trek despiertan mucho más entusiasmo que las fotos del Curiosity en Marte o las del rover chino Yutu en la Luna. Cuando la Unión Soviética dejó de existir se canceló también la guerra fría, y la NASA quedó como única agencia relevante en las conquistas espaciales. Pero algo muy importante había cambiado para siempre en la mentalidad de todos nosotros.

Tan importante como que los científicos que hoy exploran el espacio crecieron de niños soñando con las obras literarias, películas y series de televisión que prometían conquistar las galaxias. Ello podría explicar por qué hace poco realizaron un anuncio poco convencional, del que se han hecho eco medios de todo el mundo. En torno a la estrella KIC 8462852, popularmente conocida como Tabby, se había detectado una posible megaestructura alien. La primera gran posibilidad de vida extraterrestre. No se habían vuelto locos, ni exagerado su afición por la nave estelar Enterprise o los caballeros jedi. En realidad estaban barajando la hipótesis científica formulada por Freeman Dyson. Un físico y matemático de gran prestigio que se guía por la máxima de que los planteamientos de la ciencia deben ser siempre subversivos o no aportarán avance alguno. Consecuente con ello, se inspiró para una de sus ideas más famosas en la lectura de una novela de ciencia ficción, Star Maker, publicada originalmente en 1937. Esta maravilla del género explora el concepto de los humanos como seres de origen de una Tierra anterior y más antigua, la creación genética de especies o la mente colectiva conectada mediante telepatía. Anticipa muchos temas tratados después debido a la influencia que ejerció sobre Asimov, Arthur C. Clarke o H. G. Wells. Y añade además un trasfondo filosófico, conforme a la profesión de su autor, Olaf Stapledon, filósofo. Pero lo que más llamó la atención del científico Dyson fue la asociación entre necesidades energéticas y desarrollo tecnológico. Y así es como formuló su hipótesis, llamada esfera de Dyson, basada en principios matemáticos, astronómicos y físicos.

La esfera de Dyson es una megaestructura que rodea una estrella y aprovecha toda su energía. Es un planteamiento consistente con civilizaciones capaces de viajar entre galaxias, pues precisarían una cantidad de energía que hasta donde sabemos solo puede obtenerse de esta manera. Dyson imaginó que si tal estructura existía podríamos detectarla mediante observaciones astronómicas desde la Tierra. Y ello porque la ingeniería de los alienígenas iba a generar irregularidades en la radiación de la estrella. Algo así como si contempláramos un tubo de neón estropeado que se apaga y enciende caprichosamente antes de fundirse por completo. En 2015 las observaciones del telescopio Kepler de la estrella Tabby demostraron ser consistentes con la hipótesis de Dyson. Allí estaba la indicación de vida extraterrestre.

El hallazgo no fue casual. Una generación de científicos más parecidos a los protagonistas de la serie de televisión The Big Bang Theory que a los serios profesores del pasado estaba buscando activamente vida extraterrestre. Gracias al satélite telescopio Kepler lanzado por la NASA en 2009 y a los datos obtenidos en el Observatorio Europeo Austral de La Silla, Chile, han podido saber con toda certeza que sistemas como el nuestro, con varios planetas orbitando alrededor de una estrella, son lo común, y no la excepción, en nuestra galaxia. Un diez por ciento de ellos están situados además en la llamada zona de habitabilidad y, como la misma Tierra, reúnen las condiciones para albergar vida. No hay más que buscarla, y puede que en Tabby la hubieran encontrado.

Las observaciones sugieren que las inusuales señales luminosas de KIC 8462852 son fragmentos de cometas polvorientos que bloquearon la luz de la estrella cuando pasaron frente a ella en 2011 y 2013. Recreación: NASA.

Y ahora llega el momento de enfriar los ánimos. Nuestra cultura, heredada de la guerra fría y la carrera espacial, nos ha hecho mirar aquello que queremos ver. La estrella KIC 8462852 es llamada Tabby por Tabetha Boyajian, la astrónoma que reparó por primera vez en la anormalidad de este cuerpo celeste. Pero en el artículo científico que ella firmó junto a otros muchos colegas no aparece la esfera de Dyson sino otras posibles explicaciones del fenómeno, indicando que la más probable sea una nube de miles de cometas en caprichosas órbitas alrededor de la estrella. Quizá el producto de la colisión de dos planetas. Teorías que dejan, sin embargo, muchas cuestiones por explicar. Como el hecho de que Tabby lleve oscureciéndose un siglo y que haya perdido un 3% de su luz en los últimos años. El único modo de responderlas es seguir buscando más sistemas como el solar, y analizar individualmente los datos de cada estrella, cotejando unos con otros. Cualquier lector que haya mirado arriba en una noche estrellada en mitad del campo comprenderá que es como buscar una aguja en un pajar. Especialmente porque KIC 8462852 tiene una anormalidad que jamás se había observado, así que debemos encontrar otras similares para sacar conclusiones. Y como ni el telescopio Kepler de la NASA ni el europeo de La Silla pueden centrarse en esa única tarea, la propia Tabetha Boyajian ha impulsado la asociación Planet Hunters. Una red de voluntarios que contemplan durante horas los gráficos extraídos de observatorios de todo el mundo. En la web del mismo nombre pueden marcar con puntos rojos las estrellas cuyas oscilaciones lumínicas puedan indicar la existencia de planetas orbitando alrededor de ellas. No hace falta ser un experto, solo leer las instrucciones en inglés y ser lo suficientemente friki como para querer pasar allí las horas muertas.

Así que, aunque la megaestructura alien sea una hipótesis demasiado aventurada, lo cierto es que responde a una búsqueda real. Estamos intentando encontrar vida extraterrestre, y estamos haciéndolo desde mucho tiempo atrás. Incluso con cierta inconsciencia por nuestra parte. Las sondas Voyager, la primera de las cuales fue lanzada en 1977, contenían discos de oro con sonidos de la Tierra, saludos en varios idiomas humanos, fotografías y otros datos. Su objetivo era que, de ser leídos en su conjunto por una civilización extraterrestre, esta comprendiera la existencia humana en nuestro planeta y nuestra historia. En principio no iban dirigidas a ningún lugar lejano de la galaxia, sino a los planetas de nuestro sistema solar. Porque, aunque hoy nos parezca impensable que alberguen vida inteligente, en la década de 1970 no estaban tan seguros. La guerra de los mundos de H. G. Wells era una posibilidad científica, y quién sabe si los marcianos pondrían en algún tipo de tocadiscos aquellas grabaciones, caso de llegarles. Una acción un poco irresponsable si consideramos las advertencias que nos hace últimamente Stephen Hawking. De acuerdo con su pensamiento, una civilización extraterrestre capaz de llegar a la Tierra nos encontraría en una condición de inferioridad tecnológica muy similar a la que tenían las civilizaciones americanas cuando llegaron los españoles. Recordemos que no conocían el uso de los metales, y menos aún las armas de fuego. Por no hablar de que las enfermedades llegadas de Europa los diezmaron tanto o más que las guerras de conquista. Por tanto, lo más prudente es observar si existe vida en otros planetas y, caso de hallarla, guardar silencio. Mandar un «hola» interestelar es, según Hawking, la peor idea posible.

Pero la pregunta es si estamos buscando algo que no existe debido a la influencia de una cultura que nosotros mismos creamos. La intuición estadística nos lleva a concluir que, dada la existencia de mil millones de planetas en la parte del universo que podemos observar, alguno de ellos tiene que albergar vida. Ahora bien, si buscamos una vida similar a nosotros, capaz de viajar al espacio, usar la tecnología y dejar rastro de ella para ser detectada desde otros puntos de la galaxia, la cosa se complica. Especialmente porque solo podemos mirar al momento presente, y existe la posibilidad que otras civilizaciones alcancen su desarrollo mucho después de que nosotros nos hayamos extinguido, o que lo hayan hecho mucho antes. Es una cruda verdad que de momento estamos sujetos a la Tierra, y especies muy evolucionadas y bien adaptadas a su entorno, como los dinosaurios, sufrieron una extinción masiva por algo tan inevitable como la caída de un meteorito. No fue la única desaparición de especies en nuestro planeta, y la geología indica que habrá más en el futuro. Cabe la posibilidad de que seamos capaces de colonizar las estrellas y perpetuarnos en otros lugares, pero de momento eso sigue siendo ciencia ficción. Si nos extinguimos, simplemente no estaremos aquí cuando lleguen los aliens.

Por el momento nuestra búsqueda de extraterrestres continúa, y cada vez con más empeño. En 2018 entrará en funcionamiento el telescopio espacial James Webb Space de la NASA, destinado exclusivamente a estudiar atmósferas de planetas potencialmente habitables. Técnicamente, el espectro de los gases producidos por seres vivos puede ser identificado desde la Tierra, puesto que aquí los tenemos como producto de la respiración de las plantas, la putrefacción de los cadáveres, y otros procesos biológicos. En caso de localizar su espectro sobre un planeta indicaría que allí hay vida, y una vez establecida esa posibilidad, podríamos buscar además emisiones de radio procedentes de ellos. Las cuales indicarían una civilización tecnológicamente avanzada. El problema es, una vez más, saber hacia dónde tenemos que mirar en la infinitud espacial. Un reciente descubrimiento, el de la estrella Trappist-1, parecía haber resuelto este problema.

Trappist-1 es un sistema planetario muy parecido al nuestro. La estrella es más pequeña y emite menos energía que el Sol, pero de los siete planetas que orbitan en torno suyo, unos cuantos podrían reunir las condiciones para albergar vida. Al menos esas eran las primeras observaciones, porque nuevos datos han permitido saber que las tormentas solares de la estrella posiblemente harían imposible a ningún ser vivo sobrevivir allí. Si esto se confirma, tendremos que seguir buscando.

Desde un punto de vista meramente científico, aún no podemos afirmar ni desmentir que exista vida extraterrestre. Ambas posibilidades son correctas y los experimentos de búsqueda tendrán que decirnos si descartamos una de ellas. Dos astrónomos, Behroozi y Peeples, han combinado los datos del telescopio Kepler y del Hubble hasta concluir que hay un 92% de posibilidades de que existan civilizaciones alienígenas. Para añadir a continuación que será más probable que existan en el futuro, dado que la duración estimada del Universo es de cien mil millones de años, y nosotros hemos surgido en los primeros trece mil ochocientos millones. En teoría hemos nacido demasiado pronto, aunque no hay que descartar que otros hayan existido antes y ya no estén. Meros conjuntos de posibilidades que abren preguntas sin respuestas. La única certeza es que seguimos buscando, y mientras lo hacemos estamos defendiendo la posible existencia de otros seres. Porque, después de más de un siglo de novelas, películas, series de televisión y documentales, el problema no es si existen o no los extraterrestres. Es si queremos dejar de creer en ellos.

La guerra de los mundos, 1953. Imagen: Paramount Pictures.


John Michell, el olvidado padre de los agujeros negros

Agujero negro, escena de Interestellar, 2014. Imagen: Warner Bros Pictures.

Supongamos que las partículas de luz son atraídas de la misma manera que todos los demás cuerpos con los que estamos familiarizados, (…) de lo que no puede haber duda razonable siendo la gravedad, hasta donde sabemos o tenemos razones para creer, una ley universal de la naturaleza. Bajo esta suposición, si hubiese cualquier estrella cuya densidad fuese lo bastante grande, (…) toda luz emitida por ese cuerpo volvería hacia él por causa de su propia gravedad. (Carta de John Michell a Henry Cavendish, 1783).

Es posible por lo tanto que los más grandes cuerpos luminosos del universo sean, por esta causa, invisibles. (Simon Pierre LaPlace, Le Système du Monde, 1796).

Entre los hombres de ciencia en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVIII, hubo uno especialmente notable por el amplio rango de su genio y la originalidad de sus métodos de investigación. (…) Aunque muy respetado y estimado por sus contemporáneos, apenas ha recibido de las subsiguientes generaciones el reconocimiento al que el mérito de su trabajo, sin duda, le da derecho. (Archibald Geikie, Memoir of John Michell, 1918).

Las ideas que un día fueron novedosas parecen más fáciles de entender cuando alguien ha conseguido entenderlas y explicarlas antes. Un vehículo con ruedas se nos antoja la manera más lógica de transportar peso a lo largo de un camino, pero solo se entiende esa lógica una vez la rueda ya ha sido inventada y adoptada, cosa que no sucedió al mismo tiempo en todos los lugares del mundo. Lo que hoy juzgamos obvio porque crecemos aprendiéndolo como una verdad indiscutible, no siempre fue tan obvio, excepto para un reducido puñado de mentes excepcionales. Una persona del siglo XXI puede pensar que los principios básicos para describir la realidad que Euclides enunció en su obra Los elementos son poco menos que perogrulladas y, sin embargo, ideas como que «una línea recta puede ser dibujada usando dos puntos cualesquiera» requirieron de un talento superior para ser concebidas y reconocidas como verdades fundamentales. La mente humana no encuentra gran problema en asimilar ideas ya elaboradas, pero producir nuevas ideas es un logro tan difícil que algunos razonamientos que ahora nos parecen muy simples apenas fueron entrevistos por unos pocos individuos a lo largo de los siglos, hasta que el resto de la humanidad por fin estuvo preparado para compartirlos. Esto es así en todas las disciplinas humanas. ¿Quién no ha escuchado decir sobre los cuadros cubistas de Picasso que «eso lo podría hacer yo»? Pero se necesitó un Picasso para realizar por primera vez un trabajo cuyos principios otros encontraren fáciles de comprender e imitar. Por ello, a quien consigue la hazaña de producir conocimientos nuevos lo llamamos «genio», título honorífico que procede del latín gignere, «engendrar». Cuando repasamos la historia de las ideas, lo de menos es que un genio acierte en todo; si ha sido el primero en formular una idea que anticipaba o posibilitaba nuevas formas de pensar, no importa que esa idea se demostrase errónea después, pues de igual modo su autor merecía la inmortalidad.

En 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, se alistó en el ejército uno de los físicos y astrónomos alemanes más brillantes de su tiempo, Karl Schwarzschild. Acababa de cumplir cuarenta años, una edad más que inusual para un recluta. Aún peor: al vestir el uniforme abandonaba una fructífera carrera científica en la que había abarcado con admirable versatilidad diversos ámbitos del conocimiento humano. Pero ni siquiera la crudeza de las batallas pudo detener su producción intelectual. Mientras servía como oficial de artillería, participando en aquellas carnicerías que terminarían asustando a la propia historia —de largo curtida en toda clase de horrores—, Schwarzschild continuó generando ideas nuevas. Aprovechaba los tiempos inertes entre un combate y el siguiente para cambiar los cañones por lápiz y papel, dedicando las horas de su descanso a analizar con entusiasmo la teoría de la relatividad general que su colega Albert Einstein acababa de presentar al mundo. A finales de 1915, el propio Einstein recibió una carta enviada desde las trincheras; en ella Schwarzschild le ofrecía la solución a las «ecuaciones de campo» que Einstein, el futuro premio nobel, no había desentrañado todavía. El ahora soldado decía: «Como verás, la guerra me ha tratado lo bastante bien como para, pese al intenso fuego, permitir que me aleje de todo ello y pueda emprender este paseo a través del país de tus ideas». Einstein, muy sorprendido, respondió con otra misiva, alabando el hallazgo con tono de admiración: «No esperaba que alguien pudiera formular la solución exacta del problema de una manera tan simple». Prometía también que en cuestión de días él mismo presentaría el descubrimiento al mundo científico, ya que Schwarzschild, destinado en el frente ruso, no podía hacerlo por sí mismo. Por desgracia, Karl Schwarzschild no regresó con vida de la guerra. Estando en las trincheras desarrolló una rara enfermedad autoinmune, el pénfigo, que produce ampollas en la piel y las mucosas, y que sin un tratamiento adecuado lo condujo a una miserable muerte.

El último trabajo de Schwarzschild, desarrollado como vemos en las más insólitas y duras circunstancias, ofrecía el soporte matemático sobre el que concebir un objeto cuya masa fuese tan grande que su «velocidad de escape» fuese incluso superior a la velocidad de la luz. Siendo la velocidad de escape aquella que cualquier cuerpo debe alcanzar para abandonar un campo gravitatorio, Schwarzschild deducía que ni siquiera la luz, el ente más veloz concebido por la física, podía correr lo bastante como para escapar de las fauces del hipotético monstruo cósmico. Un monstruo en cuya existencia real, por cierto, Einstein nunca creyó. Aunque impresionado por las implicaciones que ofrecía la resolución de las ecuaciones de campo, Einstein pensaba que ese supuesto Gargantúa espacial que tragaba toda luz era más un bello artefacto abstracto emergido de las matemáticas que un astro presente en el espacio. Algunos colegas suscribieron su escepticismo; otros sospechaban que Einstein, quizá, podía estar equivocado. Los argumentos a favor y en contra acerca de la realidad de los insondables pozos gravitatorios de Schwarzschild se sucedieron durante décadas. No fue hasta los años sesenta que la astrofísica irlandesa Jocelyn Bell Burnell descubrió las primeras estrellas de neutrones, haciendo sospechar que los monstruos podían ser reales. El estadounidense John Wheeler sugirió un nombre quizá inexacto, pero sin duda muy poderoso, con el que bautizar a esa clase de voraces demonios: «agujeros negros». Hoy ya sabemos que tales criaturas están ahí fuera.

Como se ve, el concepto de los agujeros negros parece algo propio del siglo XX, algo derivado de la física einsteniana. Sin embargo, mucho tiempo atrás, en el siglo XVIII, un científico inglés llamado John Michell sugirió por primera vez su existencia. A ojos de casi todos sus contemporáneos la ocurrencia era muy extravagante; de hecho fue desestimada como mera curiosidad y así permaneció ignorada durante otros doscientos años. Hoy, por fin, la figura de Michell ha resurgido como la de un nuevo Demócrito, aquel filósofo griego que hace dos mil quinientos años sugirió que la materia estaba compuesta de «átomos». Michell también se anticipó a su época, más por intuición genial que por un auténtico conocimiento de los verdaderos mecanismos del cosmos. Aun más, la existencia de los agujeros negros no fue el único hallazgo histórico del polifacético Michell; sus aportaciones en varios campos de la ciencia fueron el producto de una mente versátil y fructífera como pocas que haya conocido la humanidad en los últimos dos o tres siglos. El hombre que predijo la existencia de los agujeros negros —¡en 1783!— debería haber gozado de una universal fama póstuma, pero además de su escaso interés por promocionar sus descubrimientos durante su vida, la precocidad de sus concepciones le hizo pagar un precio de cara a la posteridad. En los últimos tiempos, por fortuna, se le ha empezado a hacer justicia. Sus hazañas intelectuales, algunas de las cuales no han sido valoradas hasta nuestros días, ya nunca dejarán de asombrarnos.

Un talento renacentista

John Michell nació en la Navidad de 1724, en la misma época en que murió su compatriota Isaac Newton. Michell, como Newton, era un hombre muy religioso, aunque parece ser que poco dogmático. Ejerció como profesor en la Universidad de Cambridge y durante sus trece años de estancia dio buena muestra de la amplitud de su talento, impartiendo una pléyade de asignaturas siempre al máximo nivel (aritmética, teología, geometría, griego o hebreo), mientras ejercía otros puestos administrativos en la institución y ya de paso tenía energía para obtener sendos títulos superiores en Arte y Estudios Religiosos. El más importante de todos sus cargos académicos en Cambridge fue quizá la cátedra de Geología, disciplina por la que, junto al estudio del magnetismo, obtuvo su prestigio profesional y sería recordado en tiempos posteriores, al menos hasta que la comunidad científica comprendió la magnitud de sus aportaciones en física y astronomía. No se sabe mucho sobre Michell a nivel personal; ni siquiera se conservan retratos suyos, suponiendo que alguna vez encargase alguno. Un colega escribió una breve descripción que se ha conservado entre los archivos del Museo Británico: «John Michell es un hombrecillo bajito, de complexión morena, y gordo. No siendo conocido suyo, poco puedo decir sobre él. (…) Se le estima como un hombre muy ingenioso y un excelente filósofo [científico]. Ha publicado algunas cosas en ese sentido, sobre magnetismo y electricidad». También han llegado hasta nosotros comentarios sobre su constante actividad de investigación en Cambridge; al parecer, cuando no estaba dando clases o ejerciendo tareas administrativas, se encerraba en el laboratorio, donde con gran habilidad diseñaba aparatos para realizar experimentos sobre materias de lo más diverso. Abandonó su puesto en la universidad cuando se casó y contra pronóstico aceptó ejercer la rectoría en una iglesia anglicana rural. Una vez viviendo en el campo demostró poco interés por hacer que sus trabajos se publicasen —cosa que hacía muy de vez en cuando— y su único afán era el de comunicar cada descubrimiento a sus amigos mediante correspondencia privada. Eso no impidió que gozara de fama y respeto entre la comunidad científica: viajaba a Londres con cierta asiduidad y trabó amistad con eruditos como Henry Cavendish, el descubridor del hidrógeno, y Joseph Priestley, descubridor del oxígeno. Cuando no se dignaba aparecer por la capital eran los científicos famosos quienes iban a visitarle a su casa (por ejemplo, el inventor y político estadounidense Benjamin Franklin fue uno de quienes quisieron ir a conocerlo). Pese a su reticencia a cultivar de modo activo cualquier tipo de fama, Michell gozó de un enorme prestigio entre los científicos de su tiempo.

El respeto que inspiraba se debía a lo agudo de sus intuiciones, que en aquella época solían ser revolucionarias. Desde la perspectiva del siglo XXI sabemos que algunas de sus ideas geniales se basaron en principios erróneos, pues la ciencia puntera de su época todavía estaba descubriendo los mecanismos fundamentales de la naturaleza y las concepciones que se tenía sobre el mundo no siempre continuaron siendo válidas. Pero esto es algo que puede aplicarse también a Newton, a Einstein y cualquier otro científico que abordase facetas novedosas en su disciplina. Lo relevante es que algunas de aquellas predicciones producen pasmo no solo por el parecido con realidades científicas que hoy se tienen como indiscutibles, sino por haberlas realizado con medios arcaicos y partiendo de una visión del universo que ya es obsoleta. Un buen ejemplo es su trabajo geológico; Michell gustaba de pasear y realizar excursiones para estudiar los estratos del terreno. Sus observaciones contribuyeron a la comprensión de la corteza terrestre y fue, de hecho, uno de los padres de la sismología moderna. Destacó su concepto del mecanismo de los terremotos; no acertó en todo, pero su trabajo allanó el camino a los investigadores que llegaron después.

Maremoto posterior al terremoto de Lisboa de 1755. Ilustración de Georg Ludwig Hartwig, 1887.

En 1755 toda Europa quedó horrorizada por la noticia del terrorífico terremoto de Lisboa, un cataclismo que terminó con la vida de unas doscientas mil personas en Portugal, España y Marruecos, y cuya potencia hoy se estima en un 8.5 o 9 de la escala Richter. Estudiando las crónicas y registros del suceso, Michell llegó a diversas conclusiones sobre los movimientos sísmicos. Dedujo que estaban producidos por el vulcanismo y sugirió una explicación que hoy sabemos errónea pero que sin duda era elegante: imaginó que la lava de los estratos inferiores, al calentar el agua subterránea, estaría creando vapor en grandes cantidades. Cuando este vapor no encontraba una salida, la presión que ejercía sería la única fuerza lo bastante fuerte como para generar fuertes movimientos en la corteza. Aún más llamativo es que tuviese otra intuición, en este caso más certera, cuando después de estudiar la distribución geográfica de los terremotos sugirió que podrían estar relacionados con las fallas, aquellos lugares en donde la corteza terrestre, uniforme en casi todo el territorio, presentaba fisuras. También fue el primero en afirmar que los terremotos no se limitaban a movimientos vibratorios de temblor localizados en regiones concretas, sino que asimismo se desplazaban en forma de ondas que llegaban a lugares mucho más alejados. Así, calculó que el epicentro del gran terremoto de Lisboa se había encontrado en el fondo marino del océano Atlántico, y de paso proporcionó la primera descripción moderna del mecanismo de los tsunamis. Cuando Michell publicó estas conclusiones en una revista de 1760 tenía treinta y seis años; aquel artículo fue uno de los grandes artífices de su prestigio y el logro científico que más laureles le conllevó en vida. La geología continuó siendo una de sus grandes pasiones hasta su muerte.

Otro de los motivos por los que sus colegas le tenían tanto respeto fue la importancia de sus descubrimientos sobre magnetismo, incluyendo el principio fundamental de que la fuerza de atracción ejercida por los polos de un imán decrece en proporción al cuadrado de la distancia. Como en el caso de los terremotos, sus estudios sobre los imanes —sus propiedades, cómo fabricarlos, etc.— tuvieron una enorme influencia en el desarrollo posterior de la disciplina. También fue el responsable de un avance de vital importancia en el conocimiento de la gravedad, aunque en vida no recibió crédito por ello porque murió antes de poder poner en práctica su hipótesis. Inventó un mecanismo llamado «balanza de torsión», que serviría para medir la fuerza de la gravedad que Newton había formulado como hipótesis teórica casi cien años antes. Estaba tan ocupado en otros asuntos que nunca llegó a realizar su planeado experimento con la balanza, y cuando falleció fue su amigo Henry Cavendish quien heredó el artilugio. Tras introducir algunas modificaciones, Cavendish realizó por fin el experimento que permitía medir la masa terrestre y con ello la constante de gravitación universal, llamada «G». Cuando publicó los resultados, se produjo una sacudida en el mundo de la física. Cavendish, cuya personalidad era tan modesta como la de Michell, insistía en que casi todo el mérito le correspondía a su difunto amigo. Aun así, el que quizá fue el experimento de mayor importancia para el desarrollo de las posteriores investigaciones sobre la gravedad es hoy conocido como «experimento Cavendish».

Todos estos hallazgos sobre sismología, magnetismo o física experimental hubiesen bastado para otorgarle a John Michell un lugar destacado en la historia de la ciencia. Su nombre, sin embargo, no brilló como merecía y fueron los geólogos, sobre todo, quienes lo mantuvieron sobre un pedestal. Sin embargo, son sus estudios astronómicos los que hoy más nos sorprenden. Curiosa ironía, porque en su día casi nadie pareció entender sus ideas sobre el cosmos, tan excéntricas que no serían apreciadas, aunque de modo muy distinto a como Michell hubiese imaginado, hasta casi doscientos años después de su muerte.

El hombre que miraba a las estrellas

La habilidad como ingeniero de Michell se trasladó al terreno de los telescopios y durante su vida construyó varios para observar el firmamento. Su principal objeto de interés fueron las estrellas. Muy influido por la astrofísica de Newton, se preguntaba qué efectos podría tener la fuerza de la gravedad sobre ellas. De nuevo, llegó a conclusiones insólitas.

La distribución de las estrellas en el universo fue uno de los asuntos que captó su atención. Los astrónomos de su tiempo imaginaban las estrellas como homólogos de nuestro Sol y pensaban que también eran gigantes solitarias. Cuando dos estrellas aparecían muy juntas en el cielo se debía a una simple coincidencia; suponían que todas las «estrellas dobles» eran estrellas separadas, situadas a diferentes distancias de la Tierra, pero que estando casi en la misma línea de visión producían la impresión falsa de ser una pareja. Este era un paradigma bien establecido y las estrellas dobles habían sido consideradas un accidente de la perspectiva durante milenios. Cosa que parecía de sentido común si se partía de la base de que todos los soles estaban aislados. Pero Michell reflexionó sobre el asunto y creyó que había demasiadas estrellas dobles como para que la mera coincidencia visual pudiese explicar su cantidad. Decidió aplicar una técnica matemática conocida como «estadística», recién inventada por el alemán Gottfried Achenwall, para intentar averiguar si una distribución aleatoria justificaba esa abundancia. Tras realizar concienzudos cálculos, dedujo que en el cielo había muchas más estrellas dobles de lo que podía esperarse por el puro azar. Por lo tanto, muchas de aquellas estrellas dobles tenían que estar realmente juntas. Fue así como propuso la existencia de parejas de soles que estarían muy cerca entre sí, orbitando el uno en torno al otro por efecto de las leyes de gravitación universal de Newton. Se convirtió de esta manera en el primer astrónomo en defender la existencia de lo que hoy conocemos como sistemas estelares binarios. También describió la existencia de cúmulos estelares y sugirió una nueva clasificación de las estrellas según su distancia: «Por la situación aparente de las estrellas en los cielos, existe la más alta probabilidad de que, ya sea por la acción original del Creador, o como consecuencia de alguna ley general (como pueda ser la gravedad), se agrupen en gran cantidad en algunas partes del espacio, mientras que en otras partes hay pocas o ninguna».

Trasladó esta lógica a las Pléyades, un grupo estelar situado en la constelación de Tauro, que es el cúmulo más fácil de distinguir a simple vista. Visto por los telescopios, parecía formado por estrellas de muy diferente tamaño aparente. Como los astrónomos de la época pensaban que todas las estrellas tenían un brillo similar al del Sol, deducían que las Pléyades estaban situadas a diferentes distancias y que su agrupación era un accidente visual. Michell estimó que la probabilidad estadística de que las Pléyades pareciesen un cúmulo sin serlo se reducían a 1 contra 496 000, y por tanto dedujo que todas ellas estaban unidas entre sí por sus respectivos campos gravitatorios. Llevando más lejos el ejemplo de las Pléyades, imaginó que las entonces llamadas «nebulosas» eran en realidad «universos separados» —esto es, galaxias— y que solamente aparecían difusas porque las estrellas que los componían estaban tan lejos que no podían ser distinguidas ni siquiera a través del telescopio, apareciendo como una imagen borrosa similar a una nube de luz. En su afán por descifrar la manera en que las estrellas estaban distribuidas, empezó a usar un método creado por el escocés James Gregory para intentar calcular la distancia hasta las más brillantes usando el paralaje, esto es, el movimiento aparente en la posición de un astro cuando se lo observa desde puntos geográficos diferentes. El paralaje era usado desde mucho antes y había servido para deducir que unas estrellas estaban más cerca que otras, pero sin medir distancias de manera demasiado precisa. Gregory, en cambio, había comparado el paralaje de las estrellas más brillantes con el un astro que se sabía más cercano, Júpiter. Michell hizo lo mismo y, aunque sus mediciones no fueron correctas, acertó, aunque se asume que casi por casualidad, con la distancia a la que podría estar la estrella más cercana, unos cuatro años luz.

Las estrellas oscuras

El tamaño aproximado de la estrella UY Scuti comparada con el sol. Imagen: Philip Park (CC).

La afirmación más llamativa de Michell, y una de las que pasó más desapercibida tras su muerte, tenía que ver con el efecto gravitatorio que unos hipotéticos astros supermasivos ejercerían sobre la luz. En el siglo anterior Newton no solamente había formulado la ley de gravitación universal sino que, entre otras muchas cosas, había defendido la idea de que la luz estaba compuesta de partículas (el término «fotón» no fue acuñado hasta 1926 por el químico estadounidense Gilbert N. Lewis, aunque se parecía poco a lo que Newton había imaginado). Los astrónomos y físicos del siglo XVII no habían caído en relacionar esos dos conceptos newtonianos, la gravedad y la naturaleza corpuscular de la luz. O por lo menos no hasta las últimas consecuencias. Fue Michell quien lo hizo, lo cual constituyó la más sorprendente de sus aportaciones.

Si la luz estaba compuesta de partículas, decía Michell, estas partículas debían tener algo de masa y por lo tanto tendrían que estar sujetas a las leyes de la gravitación universal. Así pues, al pasar cerca de un cuerpo más masivo que ellas, la velocidad de dichas partículas sería ralentizada por el campo gravitatorio de aquel. Esta deducción era lógica, aunque también un error comprensible; la física einsteniana demostraría mucho después que la luz no se ralentiza, sino que en cualquier caso podría parecer que un rayo de luz se ralentiza cuando pasa cerca de un cuerpo masivo (porque sigue un camino más largo a causa de la curvatura del espacio) o cuando atraviesa ciertos materiales (ya que los fotones son absorbidos por un átomo, que se sobreexcita hasta producir otro fotón, para lo cual emplea un pequeño intervalo de tiempo). Por descontado, en el siglo XVII Michell no tenía manera alguna de conocer estos mecanismos de torsión espaciotemporal o de funcionamiento subatómico, pero aun así puede decirse que su intuición básica de que la luz es afectada por los campos gravitatorios era, en espíritu, correcta. También se acercó mucho a la verdad cuando propuso el uso de lentes especiales para observar los rayos de luz y medir en ellos un cambio de color que indicase la influencia de los campos gravitatorios. Es decir, Michell pensaba que el «desplazamiento al rojo» o el «desplazamiento al azul» de los haces de luz demostraría su cambio de velocidad debido a la gravedad. Hoy pensamos más bien que ese desplazamiento cromático demuestra una variación en la frecuencia de las ondas electromagnéticas, el llamado efecto Doppler, pero en esencia Michell había entendido los fundamentos de la cuestión y con su propuesta de estudiar el cambio de color estaba anticipando un valiosísimo instrumento para el estudio del cosmos.

Su descubrimiento más llamativo se produjo cuando llevó todavía más lejos su razonamiento sobre la interacción entre luz y gravedad. Sabía que cada cuerpo posee un campo gravitatorio de cuya fuerza depende la velocidad de escape que permite alejarse de él. Dado que las estrellas eran los cuerpos más grandes y masivos conocidos, Michell se preguntó qué sucedería si existiese una estrella tan enorme que su velocidad de escape no pudiera ser alcanzada ni siquiera por la propia luz. Estimó que se necesitaría una estrella cuya masa fuese quinientas veces más grande que la del Sol (500 M, esto significa «quinientas veces la masa solar»), y la imaginó con un diámetro acorde (500 R, quinientas veces el radio de la circunferencia solar). Hoy pensamos que semejante diámetro no puede ser alcanzado por un cuerpo de tanta masa, porque la estrella colapsaría sobre sí misma, comprimiéndose hasta un tamaño mucho más reducido. La estrella más grande conocida es UY Scuti, con un diámetro aproximado 1700 R. Si estuviese en el centro de nuestro sistema, UY Scuti se tragaría todos los planetas interiores además de Júpiter y Saturno… pero es una súper gigante roja muy poco densa y se estima que su masa no va más allá de 12 M. Por el contrario, la estrella más masiva (también la más caliente y luminosa) conocida hoy es R136a1, con una masa de 315 M, pero se halla comprimida en un diámetro no mayor de 35 R. Para no despistarnos con tanto número: Michell acertaba al imaginar que una estrella podía contener tanta masa como quinientos soles (y muchos más), pero no podía saber que su tamaño no podía alcanzar la misma proporción que su masa. No se le debe culpar por ello; los conocimientos pertinentes todavía no estaban a su alcance. La verdad es que se acercó tanto a los conceptos actuales como lo permitía la física newtoniana que imperaba en su tiempo.

La enorme estrella de 500 M propuesta por Michell tendría, según sus cálculos, un campo gravitatorio tan intenso que «si un cuerpo cayese hacia ella desde una altura infinita, alcanzaría al llegar a su superficie una velocidad superior a la de la luz, y en consecuencia suponemos que la luz se vería atraída con la misma fuerza proporcional a su vis inertiae, como los demás cuerpos, y que toda luz emitida por ese cuerpo volvería hacia él por efecto de su propia gravedad». Dicho con otras palabras, afirmó que una estrella quinientas veces más grande que el sol no dejaría escapar ninguna luz, y se convirtió así en el primer científico de la historia que concibió la existencia de «estrellas oscuras», las cuales serían por completo invisibles pese a su inmensa actividad interna. Expresó la idea por primera vez en 1783, en una carta que envió a su amigo Cavendish, y al año siguiente publicó un artículo en la revista oficial de The Royal Society, la sociedad académica más importante de Inglaterra (a la que pertenecía desde que sus rompedoras hipótesis sobre los terremotos habían cimentado su fama). Sin embargo, la ocurrencia fue juzgada más como una interesante curiosidad que como un descubrimiento en el que merecía la pena profundizar. Un detalle significativo: en 1918, poco después de que Karl Schwarzschild hubiese proporcionado los fundamentos matemáticos para concebir los agujeros negros, la Universidad de Cambridge publicó un interesante libro —y muy bien escrito, en un inglés muy elegante— para conmemorar los trabajos del antiguo profesor de la institución, John Michell. El autor del libro, el escocés Archibald Geikie, era geólogo y no sorprende pues que la parte dedicada a las aportaciones de Michell sobre los terremotos y otras cuestiones geológicas ocupasen un amplio y muy detallado espacio, mientras que las investigaciones astronómicas, aunque explicadas con mucha corrección, eran descritas en un capítulo menos extenso. Pues bien, no hay en ese capítulo mención alguna a las «estrellas oscuras» cuya existencia predijo Michell, lo que da buena idea sobre la manera en que se las había considerado una extravagancia impropia de mayores atenciones. Esto no solamente le sucedió a Michell; en 1696, trece años después de su carta a Cavendish, el francés Pierre-Simon Laplace llegó por su cuenta a la misma conclusión de que podía haber estrellas tan masivas que capturasen la luz, aunque en su caso tampoco su afirmación tuvo efecto sobre la comunidad científica y también sería mejor recordado por otras cuestiones.

Para terminar, Michell no solamente anticipó la existencia de los «agujeros negros», sino que también propuso un procedimiento con el que poder detectarlos. Aunque sus «estrellas oscuras» no emitían luz y por lo tanto no podían ser vistas en el microscopio, Michell supuso que, si su idea sobre los sistemas estelares binarios era correcta, algunas de estas gigantes negras debían de tener compañeras visibles. Sería en el comportamiento de estas estrellas visibles donde podría descubrirse la influencia gravitatoria de su vecina oculta. En efecto, hoy se piensa que este procedimiento —aplicado no solo a la luz visible sino a otras emisiones como los rayos X— puede servir para encontrar agujeros negros que forman parte de sistemas binarios y existen buenos candidatos como V404 Cygni o Cygnus X-1. Es más, a principios de 2016, el sistema binario formado por dos agujeros negros que se estaban fusionando sirvió para efectuar la primera detección de ondas gravitacionales. También se usó un procedimiento similar al propuesto por Michell para detectar los primeros exoplanetas, más de dos siglos después de su muerte. El nombre de John Michell, pues, ha sido como una de sus estrellas oscuras: ha permanecido casi invisible en un rincón de la astronomía, hasta que la casi mágica similitud de sus deducciones con las teorías actuales ha permitido detectarlo de manera indirecta para estimar, por fin, la enormidad de su brillo. De ahora en adelante, el hombre que arrojó tanta luz sobre los terremotos, el magnetismo, la gravedad, los sistemas binarios, las galaxias y los agujeros negros, empezará por fin a recibir una luz equivalente en proporción a su inmensa gravedad.