Quique Setién: «Ahora mismo no me veo entrenando otra vez, he perdido todo el interés»

Quique Setién

Quique Setién vive desde hace casi treinta años en Liencres, un pueblo costero entre Torrelavega y Santander. En su momento, compró un prado que ahora está rodeado de urbanizaciones al lado del mar. Si no es el paraíso, se le parece. Tranquilo, en una excelente forma física a sus sesenta y dos años, Quique nos lleva al bar del hijo de su querido Manolo Preciado, donde nos sentamos en una terraza esperando una tormenta que no llega nunca porque el norte es imprevisible. Exfutbolista de élite, internacional en el Mundial de México 86, estrella del fútbol playa y entrenador de Lugo, Las Palmas, Betis y Barcelona entre otros equipos, a Quique se le nota cansado de estar en el foco de los medios. Huye de la polémica todo lo que puede y pretende vivir en paz, eso es todo. Apenas concede entrevistas, pero con Jot Down ha hecho una excepción. Se fía. 

Más de un año desde tu último partido como entrenador, ¿falta de ofertas o falta de ganas?

Ofertas ha habido y oportunidades ha habido, aunque no aquí en España. Lo que pasa es que he decidido no aceptarlas porque los equipos no me estimulaban lo suficiente y económicamente no eran interesantes. 

Son casi cuarenta y cinco años en la élite del profesionalismo, habrás disfrutado viendo los toros desde la barrera…

Pues he estado deseando que no me llamaran, así que imagínate. He tenido un momento de reflexión profunda en cuanto a las últimas experiencias que he vivido, tanto futbolísticas como personales, que me han hecho ver la vida de otra manera. Ya tengo sesenta y dos años, y son demasiados viviendo del fútbol. Además, el fútbol que yo he estado viviendo en los últimos años no es el fútbol que a mí me gustaba. A mí lo que me ha gustado siempre ha sido jugar al fútbol, estar en contacto con el balón… De hecho, jamás pensé que fuera a ser entrenador cuando jugaba, pero se ha convertido en mi manera de mantenerme cerca del balón y de los futbolistas, transmitirles mis conocimientos y hacerles entender el juego que a mí tanto me costó entender.

Hace veinticinco años, un Betis podía fichar a Denilson. Este verano, todos los equipos han estado deshaciéndose de jugadores para cuadrar sus balances.

Hay un problema de base que se lleva arrastrando desde hace tiempo y que ahora, debido a la pandemia y la situación económica de los clubes, se ha agudizado más. Aquí se ha cuidado muy poco el futuro. Siempre se ha pensado en el presente y a mí es algo que siempre me ha costado mucho llevar. Le da mucha inmediatez a todo y al final solo existe el resultado, es muy difícil crear algo pensando en que va a durar en el tiempo.

Incluso equipos que consiguen «resultados», y se me viene a la cabeza el Sevilla de Lopetegui, que lleva dos años brillantes, se ven obligados a deshacerse de jugadores.

El Sevilla en concreto es un equipo que hace las cosas bien, que consigue resultados y tiene gente que decide bien qué opciones tomar, sobre todo Monchi. Pero allí la exigencia es muy alta: si pierden dos partidos, la presión es tremenda. Yo no sé si eso es lo que hace que el Sevilla vaya bien, no creo. Quizá si hubiera más tranquilidad, les iría mejor. Aparte, una vez que consigues esos buenos resultados con un grupo de futbolistas, esos mismos futbolistas acaban pidiendo más porque se van revalorizando, llegan ofertas por ellos y para quedártelos tienes que gastar más dinero. Lo que pasa es que los ingresos son limitados, con lo que el fútbol se acaba desfasando y llega un momento en el que los desajustes son tremendos. Esto que le pasa al Sevilla, le está pasando al Barcelona y le está pasando al Real Madrid. La diferencia es que el Sevilla puede fichar barato, pero el Barcelona o el Madrid no tienen opciones: cualquier chaval de diecisiete años que quieran firmar les vale una barbaridad de dinero sin saber ni si va a jugar en el primer equipo. Pero le tienes que pagar esa barbaridad o si no se te va al Chelsea.

¿Qué equipo o qué jugador te llamaron más la atención de la temporada pasada?

Sin duda, el jugador que más me llamó la atención, aunque ya lo había visto en Las Palmas, fue Pedri. Me parece un chaval extraordinario, en todos los sentidos.

Cuando tú entrenaste allí, ¿ya se hablaba de él?

No, no… yo no le vi jugar nunca. Tendría trece años o así. 

¿No había expectación en torno a él, en plan, «mira a este chaval que promete mucho»?

Bueno, es que eso te lo encuentras todo el rato en todos lados. «Este va a ser un fenómeno», te dicen, nada más llegar. Pero hay que esperar. Pedri es un jugador muy completo y me encanta su manera de ser, está muy centrado en lo que tiene que estar. Me da la impresión de que no es nada divo, que lo que quiere es jugar al fútbol y divertirse jugando.

Italia, campeona de Europa. ¿Un pequeño triunfo de la construcción desde el balón?

A ver, Alemania tuvo también una época de cambio radical. Empezaron de cero y tuvieron la capacidad de mirar hacia adelante y ver hacia dónde iba el fútbol, qué era lo que divertía al público y a los futbolistas y a la vez te conseguía resultados. Italia ha sido una Italia diferente. Esto lo hablé un día con Gattuso cuando jugamos contra el Nápoles. Me dijo que había venido a vernos a los entrenamientos cuando estábamos en Las Palmas y yo le pregunté cómo era posible que un hombre que había sido un futbolista más bien duro se interesara por nuestra propuesta, porque para mí el mérito de lo que ha hecho en el Nápoles es enorme, no ya jugar bien sino salirse de un estereotipo que arrastraba como jugador, una cierta sensibilidad, y cambiarla.

¿Y qué te dijo?

Bueno, él me decía que empezó a vernos jugar y que le gustó mucho y que a partir de ahí vio que él era capaz de transmitir a sus jugadores el entusiasmo, las ganas… cosas que por ejemplo me faltan a mí, pero que además necesitaba aprender a comprender el juego y entender qué es lo que hace que un equipo juegue bien. Me pareció un tipo muy majo, muy abierto.

¿Cómo viste a la selección de Luis Enrique?

Muy bien. Muy, muy bien.

¿Tiene algo que ver en el buen resultado de la selección el tener un técnico intervencionista tanto en la elección de jugadores como en las variantes tácticas?

A Luis Enrique le han dado muchos palos porque es un chaval que nunca se ha llevado bien con la prensa. No ha sido un pusilánime de esos que va diciendo sí a todo. Tiene su personalidad y habla con criterio y eso a una gran parte de la prensa le sienta mal. El concepto de juego, quizá, no lleva la esencia del Barcelona de Cruyff o de Guardiola, pero sí ha seguido una serie de pautas que un poco seguimos todos: tratar de conservar el balón, tratar de recuperarlo lo antes posible, ser un equipo valiente y asegurarse de que los jugadores entiendan el juego. El asunto es tener el balón el mayor tiempo posible, tanto para atacar como para defender. Conservarlo hasta que encontremos los espacios. Además, a los jugadores hay que explicarles por qué se hacen las cosas: si tú mandas a un futbolista a un sitio, tienes que explicarle por qué va a ese sitio, porque luego le resultará mucho más fácil adaptarse a las variantes que vayas introduciendo y te da la posibilidad de cambiar el juego en medio de un partido.

¿El triunfo de Messi en la Copa América cambia en algo su valoración histórica?

Para mí, no. Yo no creo que un jugador sea mejor porque haya ganado más títulos o menos. Yo veo a los jugadores en el campo y decido si un jugador me gusta y quiero volver a verlo o si un jugador es bueno pero quizá no tenga el nivel. Ya he dicho muchas veces que Messi es el mejor jugador de todos los tiempos o al menos de los tiempos que yo he visto, porque a Pelé no le pude seguir en su esplendor. A Messi he tenido la suerte de verle catorce o quince años durante los cuales estaba deseando que jugara el Barcelona para encender la televisión y verle jugar. Yo no soy de equipos, soy de jugadores. Me dan igual los equipos, me da igual que ganen o que pierdan. A ver, el Racing siempre me va a apetecer que gane (risas) pero los demás me dan igual… y, ojo, que también soy crítico con el Racing. Yo no quiero que el Racing gane, quiero que juegue bien, porque eso te da más expectativas, más alegría.

Quique Setién

Hablando del Racing, debutaste con diecinuieve años en Primera División, ¿qué recuerdos tienes de aquella primera temporada?

Buf, aquella temporada para mí fue un cambio radical. No te voy a decir que era lo que más había soñado porque realmente tampoco había soñado con ser futbolista. No estaba obsesionado con eso, a mí me valía con jugar todos los días un partido. Yo era feliz yendo a jugar al fútbol, me daba igual dónde. Cuando ya empecé a ser profesional, a tener el reconocimiento de mucha gente y a jugar en campos como El Sardinero o el Nou Camp o el Bernabéu… Pues, claro, la dimensión aquella fue espectacular y la experiencia, indescriptible.

En ese equipo coincidiste con Manolo Preciado, Arteche o Marcos Alonso como compañeros.

Sí, Arteche llevaba ya un año más porque era un año mayor que yo. Marcos subió seis meses después. En esa época, en el Racing, había muchos jugadores de Cantabria. 

Y el entrenador era el mítico Nando Yosu.

Nando Yosu era muy buena persona y su mayor virtud era la relación que mantenía con los jugadores. Era capaz de sacar el máximo rendimiento de todos. Lo que pasa es que aquellos entrenadores no eran como los de ahora: entonces, los partidos se preparaban poco, se tiraba mucho de «la casta», «la furia»… No recuerdo ver vídeos porque no había posibilidades ni recuerdo que se utilizara la pizarra más que para cuatro cosas puntuales. De esa época, antes de marcharme al Atlético de Madrid, el único que recuerdo que nos daba algo de pizarra era Laureano Ruiz.

Uno de los estandartes del fútbol de posición que se implantó en La Masía…

En cuanto a conceptos, yo aprendí mucho con él. Técnicamente, ya era un jugador muy bien dotado, pero él me ayudó a matizar algunas cosas que, si no te las dicen, no vas a poder corregirlas. Lo que pasa es que, en aquella época, yo jugaba de delantero centro, y él tenía una serie de movimientos que me llevaban casi siempre a la banda, donde si me la daban, partía en desventaja porque yo no soy un jugador veloz, así que me pasaba los partidos tocando cuatro veces el balón y perdiéndolo.

El año de tu debut fue el último año de Cruyff en el Barcelona, ¿llegaste a jugar contra él?

Con el Barcelona, no estoy seguro; de hecho, él vuelve a jugar un par de años después con el Levante y hay un partido en el que nos jugamos el ascenso contra ellos en El Sardinero, pero él no va. Creo que tuvo un conflicto con la directiva porque no le habían pagado… Él se iba a quedar con el cincuenta por ciento de las recaudaciones y el caso es que al final hubo un lío y decidió no jugar.

¿Había algún jugador que te impresionara, en el que te miraras como una referencia…?

Pues a mí me impresionaron mucho algunos compañeros de los que tuve. Por ejemplo, Damas, un portero portugués, que jugaba en el Os Belenenses. Vinieron a jugar un torneo Ciudad de Santander y el Racing le acabó fichando a él y a Quinito. Eran dos jugadores espectaculares. De hecho, Damas llegó a jugar con treinta y ocho años el Mundial del 86, y tuvo un detalle precioso porque me hizo llegar una camiseta suya dedicada. Murió de cáncer hace siete u ocho años y me dio una pena horrible. Jugaba en las pachangas arriba y era un espectáculo lo bien que lo hacía.

Volvamos a ese partido contra el Levante. Acaba 1-0 y el gol lo marcas tú. ¿Es uno de los mejores recuerdos de tu carrera?

Pues sí, es uno de los grandes recuerdos que tengo del fútbol. Me acuerdo del centro de Herrero y de que yo me tiré en plancha para rematar de cabeza. El balón entró al lado del palo, fue un gol muy bonito por todo lo que suponía por el ascenso. Saltó todo el mundo al campo, llegó un primo mío el primero, que me arrancó la camiseta y se la llevó, y luego me acabé cabreando con el público porque no dejaban de darme palmadas y ya no podía más (risas).

Marcaste diez goles esa temporada con solo veintidós años, era inevitable que los grandes se fijaran en ti, sin embargo el Racing no te quería vender.

El problema es que después de esto del Levante yo me paso casi dos años lesionado: primero me lesiono en Alicante, bueno, me lesiona un tal Albaladejo con una hostia salvaje, que me rompe la rodilla justo antes de una convocatoria con la selección. Me pasé cuatro-cinco meses sin jugar, volví para el final de esa temporada y el 6 de agosto, en un amistoso para la siguiente temporada, me rompen la tibia y el peroné en Vitoria. Fue un año y medio sin jugar y otros seis meses para ponerme en forma. Es verdad que, años después, hablando con Ramón Mendoza, sí que me dijo que me habían querido firmar pero que no había querido el Racing. Y, claro, después de las lesiones ya era todo más arriesgado.

El equipo se va a segunda sin ti y llega una temporada 1983/84 un poco rara: empieza la era Maguregui, marcas once goles… y el Racing sube pese a quedar cuartos porque los dos primeros son Castilla y Bilbao Ath., empatados a puntos.

Ese año no lo jugué entero, o no me suena…

Fue una temporada en la que Julio Salinas marcó veintitrés goles, Butragueño veintiuno y Míchel treces. ¿Qué recuerdas de aquellos chavales?

Recuerdo a Míchel porque siempre fue un jugador que me llamó la atención. De Julio Salinas fui compañero después, pero no lo recuerdo del Bilbao Athletic, tampoco a Butragueño.

Los dos siguientes años son tranquilos, en Primera, con Maguregui… el hombre del famoso «autobús»

Sí, estuve dos años y al tercero me fui. No sentía que me estuvieran enseñando nada, pero es que era el contexto de los entrenadores de esa época. Seguramente, de haber tenido gente que me hubiera ayudado en temas de alimentación o de preparación física, me habría ido mejor, pero no tuve nada de eso. Cuando llegué a Madrid, el cambio fue radical, fue entrar en una dimensión totalmente diferente. De repente, tienes un preparador físico, empiezas a competir de verdad, tienes unos compañeros con una calidad enorme. A los ocho años que pasé en el Racing no les saqué todo el rendimiento que tendría que haberles sacado. Fue un lastre porque cuando empecé a jugar en serio tenía ya veintiséis años. Y es verdad que luego lo aproveché bien porque estuve hasta los treinta y siete o treinta y ocho, pero llegar a Madrid me cambió la forma de entender todo.

¿Por qué el Atleti?

Porque fue el que me llamó. Me llamaron directamente a mí y yo les dije que sí, que me iba a marchar, pero que el Racing tenía que recibir una compensación económica. Si no, yo no me iba. Me dijeron que presionara y tal, pero les dejé claro que yo eso no lo iba a hacer, que tenían que negociar con el Racing y que tenían que llegar a un acuerdo.

El entrenador era Luis Aragonés.

Sí, y fue muy duro conmigo, pero aprendí muchísimo con él; me cambió muchas cosas, me ayudó mucho con el punto de agresividad y de tensión que me faltaba. Aquí, en el Racing, me acabé acomodando porque metía dos goles o daba dos pases y ya la gente estaba feliz. Lo triste es que yo no me daba cuenta de que podía haber metido cuatro. Aparte, la condición física. Yo me cuidaba muchísimo, pero aun así me notaba muchas veces cansado en el campo y se lo decía a los entrenadores: que me costaba dar dos carreras largas seguidas. Lo que pasa es que no le daban importancia mientras luego metiera un gol o hiciera una buena jugada. Recuerdo que un entrenador me recomendó que hiciera el amor dos veces por semana, pero siempre separado de los partidos (risas). Ese fue todo su consejo. Y que contratara a una profesional si lo necesitaba. Yo no entendía nada.

Empezaste jugando de titular en el Atleti, pero luego vino otra lesión y los partidos importantes de la Recopa te los pierdes, incluida la final contra el Dinamo Kiev, en la que solo juegas unos minutos de suplente.

Sí, me volví a lesionar en el campo del Estrella Roja y al principio pensé que era otra vez tibia y peroné y que me perdía la final y el Mundial, pero conseguí volver en tres meses. Me dio mucha rabia salir de suplente, pero es que había llegado muy justo y tenía mucha competencia en ese puesto.

En ese Dinamo de Kiev, al que no conocíamos demasiado, estaban ni más ni menos que Belanov, Zavarov o Blokhin, casi nada…

Era un equipazo impresionante. El día antes del partido fuimos al campo y estaban ellos acabando su entrenamiento. No veas qué diagonales se metían, qué nivel físico tenían. Nos pasaron por encima en los primeros veinte minutos, pero por encima, no había manera ni de verlos y todos esos jugadores que tú dices eran élite mundial.

¿Pero vosotros sabíais que eran élite mundial o de alguna manera os pilló de sorpresa?

Sí, sí, lo sabíamos… Habíamos seguido su camino en aquella Recopa y le habían metido cuatro al Rapid de Viena en su casa. En total, nueve goles les metieron. Tenían a un lateral buenísimo también, Demianenko, no pudimos hacer nada, eran demasiado buenos.

Ese fue el primer año sin Hugo Sánchez, ¿cómo afectó eso anímicamente al vestuario, además de la coincidencia con el glamuroso Madrid de Mendoza?

No recuerdo que afectara en nada. El equipo venía de ganar la Copa el año anterior y ese año jugamos muy bien. En el Atlético de Madrid siempre hay grandes jugadores y si se van unos, fichan a otros. 

Quique Setién

Aún renqueante de la lesión, Miguel Muñoz te convoca para el Mundial de México 86, aunque no llegas a debutar. He leído que estuviste mucho tiempo muy cabreado con él por ni siquiera convocarte a los partidos.

A ver, una cosa fue la vivencia ahí y otra fue la vivencia cuando volvimos. Ahí, estaba cabreadísimo, no entendía nada. Es que yo estaba convencido de que iba a ser titular, pero convencido hasta el punto de que cuando Miguel Muñoz da el once inicial contra Brasil, mi primera reacción es pensar «este se ha equivocado». Y luego es que ni me convocó a ningún partido, que no es como ahora que se pueden sentar todos en el banquillo. Por entonces solo había seis suplentes. Muñoz era también de la vieja escuela que te decía antes, muy de motivar al jugador, pero en general todo fue un poco desastre: estuvimos demasiado tiempo concentrados, no le gustaba nada que los jugadores coincidieran con sus mujeres. A mí me dio igual porque iba solo, pero recuerdo un día que veníamos de jugar en Querétaro y fuimos a México D. F. y en vez de quedarnos a dormir allí, que estábamos agotados, nos hizo coger un autobús dos horas a un hotel perdido.

Para que los jugadores no coincidieran con sus mujeres…

Supongo. Quería que estuviéramos completamente aislados y se le ocurrió esto. Cuando llegamos al hotel, resulta que aquello era un espanto. Las habitaciones parecían cuevas, las camas estaban sucias… Estábamos muertos de hambre, que veníamos de jugar un partido y nos habían preparado unas rodajas de melón para comer. Imagínate la que se armó. Nos plantamos todos de madrugada y exigimos que nos fuéramos de ahí. Eso sí, tuvimos que repescar a dos que estaban tan cansados que se habían quedado ya dormidos (risas).

Muchos piensan que España podría haber ganado ese Mundial.

Bueno, estaba Diego, ¿eh?

Ya, pero una vez en semifinales… Al menos habría sido algo histórico. Luego se puso muy de moda lo de hablar de «la maldición de cuartos», pero no era nada habitual llegar a cuartos.

En el partido contra Bélgica, nos marcó un gol Ceulemans y nos descolocó por completo. Luego empató Señor, pero perdimos en los penaltis. No estuvimos cómodos nunca. No sé si hubiéramos ganado aquel Mundial, pero igual, si hubiéramos perdido en semifinales, a lo mejor yo habría tenido la opción de jugar el tercer y cuarto puesto… No sé, en cualquier caso, es lo que te decía, que ahí lo ves de una manera y cuando vuelves, lo ves de otra. No fue fácil, ¿eh? Me acuerdo de que nada más volver, me fui a los Picos de Europa con mi mujer para perderme ahí diez días. No quería saber nada de nadie. Y me sirvió para darme cuenta de que, bueno, había sido mundialista, que eso me lo iba a llevar para siempre, y aprender así a relativizarlo.

¿No crees que habrías podido tener alguna opción en Italia 90 o incluso en Estados Unidos 94 tras ese año maravilloso en el Racing?

No volví a jugar un partido. Antes del Mundial del 94, hubo un amistoso en Santander y pensé que igual me llamaban porque yo estaba a un nivel muy alto, pero no me llamaron y fue una pena, aunque lo entendí perfectamente. El seleccionador necesitaba ir haciendo su equipo y no estaba para homenajes.

Al año siguiente, en la 86/87, otra lesión.

Sí, y me pierdo casi todo el final de temporada, incluyendo la final de Copa, que apenas jugué.

Es un año de locos, preludio de lo que vendrá después: muere Vicente Calderón, empieza la temporada Vicente Miera, pero la acaba de nuevo Luis Aragonés, llegáis a la final de Copa, pero la perdéis por penaltis ante la Real Sociedad de López Ufarte, Bakero, Begiristain…

La clave fue lo de Vicente Calderón. Su muerte lo cambió todo. El equipo estuvo bien ese año o al menos acabó bien la temporada, pero todo era muy inestable y lo de la muerte de Calderón ya fue demasiado.

El día anterior a esa final, se celebran las elecciones a la presidencia y las gana Jesús Gil, que se planta en el estadio. ¿Qué os dijo aquel día?

No, a ver, Gil ya estaba. Yo lo que recuerdo es que Gil ya empieza a hacerse con el club mucho antes de las elecciones, como si fuera suyo, y ya se empieza a respirar el mal ambiente desde entonces. 

No os tragáis desde el principio.

No, pero tampoco tuvimos grandes problemas hasta que echan a Ufarte. Habíamos empezado el año con Menotti, que era muy peculiar, le gustaba entrenar por la tarde y no encajó bien con Gil tampoco. En su lugar puso a José Armando Ufarte, pero nada más empezar a entrenar le da una lista con los que tienen que jugar y los que no. Ufarte le dice que no lo acepta y Gil le despide en el mismo despacho. En esa lista, estaba yo, por cierto, y cuando baja Ufarte al vestuario a decir que no va a seguir entrenando, nos pillamos todos un cabreo importante. El caso es que los periodistas estaban en la puerta y nos iban preguntando según íbamos saliendo. Yo di por hecho que alguien habría dicho algo ya antes, así que, cuando salí y me preguntaron, dije que me parecía una «cacicada»… y resultó que fui el único en protestar en voz alta. Cuando le fueron con el cuento a Gil, dijo que me iba a despedir a mí también. 

Y ahí es cuando el equipo se pone de tu parte.

Sí, nos quería echar sin más a Ramos, a Arteche y a mí, y el vestuario sacó un comunicado diciendo que no lo iban a aceptar, así que me tuvo que readmitir, pero en plan «mejor que se quede en casa porque no va a jugar». Así me tuvo hasta entrado el año siguiente, cuando ya me dejó ir al Logroñés.

¿Viste en su momento la serie de El pionero?

No, no la vi.

Pues mejor que no la veas.

¿Por qué, habla mal de mí?

No, pero el blanqueo que se hace del personaje es curioso.

Es que siempre se le rieron las gracias. Incluso cuando se murió, parecía que se había muerto otra persona distinta de la que yo conocí. Gil estaba siempre con mil pleitos a la vez porque era su manera de funcionar. Me acuerdo de una vez que me llamaron de Telemadrid, cuando yo ya no estaba en el Atleti y, de repente, me dicen «está aquí Jesús Gil, seguro que le quieres decir algo». El tipo había ido con el cocodrilo ese pequeño que llevaba a los platós.

Furia.

No me acuerdo del nombre. Era como un caimán. El caso es que le dije al locutor: «Sí, sí, tengo algo que decirle, claro: que a ver si el cocodrilo se hace grande y se lo come». Luego, con los años, coincidí con el hijo. Fui un día al Calderón a ver a Carlos Peña, el delegado, que seguía siendo un buen amigo y estábamos en su despacho cuando entró Miguel Ángel y nos quedamos los dos un poco sorprendidos, pero reaccionó rápido. Me dijo: «Me alegra verte por aquí». El Atlético de Madrid cuida muy bien a sus exjugadores, es una cosa que tiene muy a gala y es verdad.

En el Atleti, coincides con Paulo Futre, el gran fichaje de Gil.

Sí, era un jugador impresionante. Muy rápido, a veces no pensaba demasiado bien la jugada que tenía que hacer, pero buenísimo. No coincidimos mucho porque yo ya no jugaba. Lo que hizo Gil para dividirnos fue, al final de temporada, echar a los que le molestaban y doblarles el sueldo a unos cuantos para que estuvieran de su lado. Le salió bien.

Del Atleti, te vas al Logroñés, con otro presidente carismático, Marcos Eguizábal, un magnate del vino.

Sí, otro tipo tremendo, pero muy distinto de Gil. Llego a los seis meses o así, cuando ya se había ido Irureta y estaba de entrenador Carlos Aimar.

Entre tus compañeros están Manu Sarabia, que por entonces no era titular, y Ruggeri, ya campeón del mundo, antes de fichar por el Madrid. ¿Era tan hablador como ahora?

Ruggeri me llamó hace poco, cuando salí del Barcelona, para hacer una entrevista en Argentina, me dijo que estaba en no sé qué medio… pero le dije que no porque supuse que iban a buscar carnaza con Messi.

El caso es que a partir de la 89/90, vienen tres años fantásticos para el Logroñés, los mejores de su historia.

Teníamos muy buen equipo y jugábamos muy bien. Santi Aragón, que venía del Madrid, nos daba mucho equilibrio en el medio del campo, nos ayudó mucho, igual que Vílchez, que también venía del Castilla. Si no llegamos a tener algunas lesiones, estoy convencido de que al final hacemos los puntos necesarios para entrar en Europa, que nos quedamos a solo dos.

Sarabia estaba a punto de retirarse, pero la conexión fue inmediata.

Sí, conectamos desde el principio. Él jugaba un poco más adelante y yo detrás, pero nos buscábamos todo el rato. Vivíamos muy cerca y ahí fue donde conocí a su familia, incluido a su hijo, Eder, que era un niño.

Los otros dos años son menos espectaculares, ya con David Vidal en el banco.

David Vidal me tenía un enorme respeto. Siempre le decía a los más jóvenes: «Miren a Setién, así se tienen que hacer las cosas», hasta el punto de que ya una vez tuve que cortarle y pedirle por favor que no siguiera poniéndome de ejemplo para todo porque iba a parecer el protegido del grupo. Vidal la tomaba mucho con los porteros. A Lopetegui, por ejemplo, le hacía la vida imposible, y antes a Lung, que era un portero rumano que teníamos, muy bueno, pero que le tenía horas y horas entrenando, tirándole todo el rato a puerta y gritándole. 

Vidal solía decir que lo que hacía diferentes a los jugadores era su inteligencia, que los equipos grandes ganaban porque tenían jugadores más listos.

Bueno, a mí me cuesta mucho hablar mal de David Vidal porque sigue siendo muy generoso conmigo y cada vez que le preguntan dice que yo soy el mejor entrenador del mundo y tal, pero era un tipo peculiar. Daba muy bien en los medios y llamaba mucho la atención, pero en la parte táctica se perdía un poco.

Quique Setién

En la 91/92 se va Sarabia, pero llega un delantero de época como Anton Polster.

Un delantero maravilloso. Venía del Sevilla y era fantástico tenerle de compañero porque cuando jugabas contra él te dabas cuenta de lo bueno que era y lo mucho que te hacía sufrir. Nos aportó muchísimo.

Un gol de Polster esa temporada contra el Madrid sirvió casi de preludio de lo que pasaría luego en Tenerife.

Puede, pero esas son cosas que a lo mejor interesan desde fuera. A mí me daban igual. Yo no estaba pensando si jugábamos contra el Madrid o contra el Barcelona o si ellos se jugaban algo. Yo miraba lo que me jugaba yo y punto. 

¿No notabas especial algarabía mediática esas semanas?

Sí, por eso, que era cosa de los medios, pero a nosotros —o a mí, al menos— nos daba bastante igual.

Mencionabas antes a Julen Lopetegui, un apasionado del ajedrez, como tú.

Sí, comíamos juntos muchas veces, con otros compañeros, en mi casa, y antes del entrenamiento de la tarde, les jugaba simultáneas, yo contra todos los demás (risas)

Guardiola también es un loco del ajedrez, ¿en qué ayuda a entender mejor el fútbol?

Pues ni siquiera lo sabía, la verdad. ¿Le gusta mucho el ajedrez a Pep?

Eso dice Martí Perarnau, que es fanático de Carlsen, y si él lo dice…

Pues no lo sabía, de verdad. A mí siempre me ha gustado el ajedrez, pero no acabo de verle una relación directa con el fútbol. Me lo preguntan mucho, pero es que no acabo de verlo. Como mucho, alguna cuestión básica, como la importancia de dominar el centro del tablero, que es similar a la de dominar el centro del campo. La importancia de que todas las fichas estén protegidas, de atacar como un conjunto y no individualmente… pero poco más.

En el verano de 1992, vuelves a Santander, con treinta y tres años, pese a que el equipo está en Segunda, ¿qué pasó para tomar esa decisión?

Yo ya quise volver antes, pero el presidente de entonces no me quiso. Cuando cambió la directiva en el 92, a mí me quedaba un año de contrato en el Logroñés, pero me llamaron para ascender y les dije que sí, que me iba. De hecho, tenía una cláusula con el Logroñés por la cual me tenían que liberar si venía otro equipo a ficharme, así que me pagaron el equivalente a ese año firmándome por varias temporadas y me volví.

¿Y cómo fue la vuelta a casa?

Genial. Muy, muy bien. Yo me encontraba muy bien por entonces, me llamaron con el único objetivo de ascender… y al primer año ascendimos.

Un poco sin esperarlo, en el Racing te encuentras con otros dos años en la élite, jugando muy bien al fútbol y con buenos resultados. En la 93/94, con Irureta de entrenador, volvéis a rozar entrar en Europa…

Era un equipo muy sólido, con gente joven como Esteban Torre, por ejemplo, pero también veteranos como Pablo Alfaro. Irureta tenía una cosa muy buena: ponía siempre a los mejores, no se complicaba. Era todo muy simple y muy fácil.

Era el equipo «de los rusos», con Radchenko, Zygmantovich y Popov.

Tres jugadores buenísimos. Nos aportaron una barbaridad. Radchenko, con sus goles, claro, y Popov ayudando en el medio del campo. Luego estaba Zygmantovich, que era un defensa central con una calidad enorme. Marcaron una época aquí.

El año siguiente no es tan brillante, pero es el del 5-0 al Barcelona.

Sí, pero aquello fue una casualidad. El Barcelona llegaba muy mal, muy tocado, era el último año de Cruyff, les expulsan a uno muy pronto… Son cosas que no pasan normalmente y tampoco le di demasiada importancia porque fue un accidente más que otra cosa.

El entrenador es Vicente Miera y mucha química con él no hay…

No. Me ponía siempre, pero no estaba muy convencido. Me acuerdo de una pretemporada, que nos puso a correr y yo iba un poco retrasado del grupo porque ya no estaba para excesos de resistencia. Yo necesitaba entrenar otras cosas a esa edad, como la flexibilidad, pero conocía muy bien a mi cuerpo y no necesitaba palizas porque luego acababa fundido los partidos. El caso es que Miera se quedó esperando a que llegara yo y cuando ya estaba ahí, me dijo: «¿Qué pasa?» y yo le contesté «Nada, no pasa nada, es que me estoy dosificando» y me soltó: «Pues igual habría que plantearse cambiar de profesión», así, sin más. Yo me enfadé muchísimo y le dejé claro que esa decisión solo podía tomarla yo, que él podía ponerme o no ponerme, pero la decisión de retirarme solo la podía tomar yo.

Al año siguiente, sucede lo de Tomás.

Sí, este chico venía del Oviedo y yo ya había visto cosas raras en el entrenamiento. Era demasiado agresivo, de esto que notas que las entradas van un poco más duras de lo necesario. Se supone que estábamos compitiendo por el mismo puesto en el once y Miera le dejaba hacer. En una de estas, se pasó de la raya y yo reaccioné porque estaba ya harto de toda esa situación, así que me fui a por él y la tuvimos. Me tuvieron que mandar al vestuario porque no había manera de controlarme… y nada más llegar al vestuario, salí otra vez al campo y me fui directo a Miera. Yo creo que se pensaba que le iba a pegar a él también pero solo me puse delante y le dije: «Todo esto es culpa suya, usted sabía que esto iba a pasar y ha dejado que pasara».

A Miera lo echan, pero a ti también.

Sí, a Miera lo echan porque hace unas declaraciones sobre si los cántabros tienen mucho tiempo libre o algo así. Unas declaraciones muy raras, y el caso es que por entonces el máximo accionista era el gobierno de Cantabria, así que no podían tolerar algo así. Le echan y de paso me echan a mí, que ya estaba apartado del equipo. Yo no entendía nada. Lo del entrenamiento no justificaba algo así. Sé que Nando Yosu, que fue el que sustituyó a Miera, luchó porque me quedara, quería contar conmigo, pero no hubo manera.

Quique Setién

No sé si esto lo sabe mucha gente, pero tú te retiras en el Levante.

Sí, es algo parecido a lo del Racing del 92, me llaman porque quieren ascender. Estaban en Segunda B y querían subir a Segunda. Para mí era una motivación y lo conseguimos.

Te retiras ese 1996 y empiezas a entrenar solo cinco años después, en 2001, pero aun así te da tiempo a ser estrella del fútbol playa.

Bueno, es que esa época fue muy divertida. Pero muy divertida. Yo me entero de esto porque me llama Joaquín, el del Sporting, que está buscando gente para jugar partidos de fútbol playa y me dice que si me quiero apuntar. Yo, al principio, no entendía nada: «Pero, partidos, ¿como los que jugamos en El Sardinero?», le pregunté y me dijo que no, que con la arena sin alisar. Aquello era un fútbol totalmente distinto y una vida totalmente distinta. Fíjate que yo pensé que era gratis o que incluso tendríamos que poner algo de dinero, pero nos pagaban y bien. A mí se me daba de maravilla, fui máximo goleador con España en varias competiciones, estuve varios años viajando por todo el mundo… Incluso llegué a ser seleccionador de Rusia y a jugar contra España en un Mundial. Jugamos a catorce grados bajo cero en un pabellón, en Copacabana varias veces, era una maravilla.

Se te ilumina la cara cuando hablas de esa época.

A ver, es que jugabas con amigos, viajabas por todo el mundo. Te ibas a Brasil, por ejemplo, a un buen hotel, te levantabas a las diez, te tomabas un buen desayuno y luego tranquilamente ibas a la playa, un poquito de calentamiento, jugabas el partido de una media hora… y a disfrutar de la ciudad el resto del día y de la noche. Fueron unos años muy divertidos.

Y aun así te da tiempo a sacarte el carnet de entrenador.

Sí, pero sin ninguna intención de entrenar. Me saqué los cursos por si acaso, porque me interesaba e hice las prácticas con un equipo infantil de aquí de Cantabria. No tenía ninguna vocación profesional.

En esas, te llega la oferta del Racing, que había descendido el año anterior a Segunda y al que asciendes a Primera.

No fue tan inmediato. A mí me llama el presidente y me propone ser el secretario técnico. El equipo acababa de descender y yo creía que iba por mal camino, así que le digo: «¿Y qué va a pasar con el entrenador?» y él me dice que va a seguir. Era Gustavo Benítez, un paraguayo con el que el equipo jugaba muy mal. Le dije que se equivocaba manteniéndole y que yo prefería mantenerme al margen, que ya se daría cuenta. Y así, llega un partido contra el Eibar en casa, que empatamos con un paradón al final de Ceballos y, viendo la reacción de la grada, me di cuenta de que no iban a aguantar más y me preparé para que me llamaran.

Y te llamaron.

Sí, me llamaron, tuvimos una reunión con un montón de gente y me preguntaron qué podían hacer y a quién llamaban y al final pues decidimos que me hiciera yo con el equipo, pero de manera interina, dos o tres jornadas para después seguir de director deportivo y estructurar el club. Llego ahí y el ambiente del vestuario era muy malo, horrible. Los primeros partidos los perdemos, pero no encuentran a nadie y sigo… y de repente empezamos a ganar, de manera que cuando soy yo el que me quiero ir, me dicen que no, que imposible, que me tengo que quedar. Fueron unos meses muy duros porque había mucho lío en ese vestuario, pero lo enderezamos y se consiguió el ascenso.

Sin embargo, una vez ascendido el equipo, colocas a tu excompañero Preciado en el banquillo y te echas a un lado en la dirección deportiva.

A Manolo no lo querían porque había estado antes con Yosu y les habían echado una especie de pulso y lo habían ganado porque tenían el apoyo de la opinión pública… pero eso la directiva no lo había olvidado. A mí me parecía la mejor opción. Yo me pude dedicar al proyecto del Racing y durante unos meses dio la sensación de que todo funcionaba. Tenía todo planeado, de arriba abajo. Estoy convencido de que, de haber seguido ese proyecto, hoy seríamos como la Real Sociedad, por ejemplo.

Pero se cruzó Dimitri Piterman en el camino.

A ver, la culpa no fue de Piterman. La culpa fue de quien le vendió el club a Piterman. El presidente me dice que hay un empresario que va a comprar el club, que viene del Palamós, y que por favor me reúna con él. Nos reunimos al día siguiente, en una mesa enorme con toda la directiva y él se sienta delante de mí. Todo muy amable, muy normal, hasta que me pregunta cómo va el equipo. Por entonces, estábamos como siempre, luchando por no descender, pero con cierta holgura, así que le digo que todo bien. «¿Y no podría ir mejor?», me dice. Bueno, yo ahí me pongo a explicarle que es complicado porque hay equipos muy buenos con jugadores muy buenos… y él me interrumpe y suelta: «Es que mi objetivo es jugar Champions». Yo ahí me quedo en una posición un poco incómoda, miro a mi alrededor y veo que están todos mirando al suelo. Seguimos hablando y le pregunto: «Pero, usted, ¿cuánto dinero está dispuesto a invertir aquí?» y me dice que tiene a cuatro jugadores del Palamós que son muy buenos.

Cuatro jugadores del Palamós para jugar la Champions…

Sí, que él había conseguido en Cataluña dominar a todos los demás equipos y que iba a repetir lo mismo ahora en la liga española y que, claro, él decidiría las alineaciones y el sistema y bajaría al vestuario con los jugadores. Yo le dije que eso no lo iba a tolerar ningún entrenador, pero pareció no entenderlo. Nos dimos la mano y en ese momento me desvinculé del Racing.

¿No es un poco raro que desde entonces no hayas vuelto a entrenar al equipo?

No ha surgido. Hace poco, volvimos a hablar del tema y parecía que la cosa iba a salir adelante pero tampoco salió.

Es curioso que tu carrera como entrenador no se estabilice hasta 2009. Pasas una temporada en el Poli Ejido, otra temporada en el Logroñés, pero la cosa no arranca hasta que no llegas a Lugo, que estaba por entonces en 2ª B.

Es que yo seguía sin querer ser entrenador. Cuando se acaba lo del Racing, lo que hago es volver al fútbol playa, pero ya la cosa había cambiado. Para empezar, de los veteranos ya solo quedaba yo, los demás eran jovencitos recién retirados. Y, aparte, Joaquín se había puesto muy pejiguero, no quería que saliéramos por las noches ni nada (risas). Me llamaron de El Ejido y de Logroño pero para cosas muy concretas y sin mucha vocación de continuidad. Así, hasta que me llama el presidente del Lugo, y me hace una oferta que, en realidad, era muy baja. Me acuerdo de que le dije: «Joder, voy a tener que poner el dinero yo para vivir ahí con la familia», y me dijo: «Pues es lo que te puedo pagar», pero al final acepté.

¿Es la época de Lugo a la que más cariño guardas? Fueron tres temporadas en 2ª B y otras tres temporadas en 2ª.

Probablemente. Me llevaba muy bien con el presidente y había muy buena conexión con la gente de ahí. Y eso que nos costó subir porque siempre nos quedábamos a las puertas, pero jugamos muy bien al fútbol, nos divertimos mucho. Me acuerdo de una vez que queríamos fichar a un jugador muy bueno y me dijo el presidente que no podía por diez mil euros. Yo me llevaba las manos a la cabeza porque era un jugador muy importante para nosotros y le pedí que, por ese dinero, hiciera el esfuerzo. Él me dijo: «Vale, pero te lo quito a ti» (risas).

Quique Setién

En 2016, te llega la opción de irte al Las Palmas en Primera, cuando echan a Herrera, y debutas como entrenador en esa categoría a los cincuenta y siete años.

En Las Palmas estuve muy a gusto. Al principio, me costó un poco porque llegué con la temporada empezada y había muchas cosas que no se identificaban con mi manera de ser y con mi manera de hacer las cosas, así que costó, pero, bueno, lo conseguimos enseguida: el equipo empezó a jugar bien, empezaron a tomar protagonismo muchos jugadores que eran muy buenos pero estaban un poco deprimidos y la verdad es que estuve muy contento.

Salvas al equipo ese año y lo asientas al siguiente, ya con Eder Sarabia como ayudante. ¿Qué viste en Eder para convertirlo en tu ayudante inseparable?

Pues yo le conocía de cuando estaba con su padre en Logroño, y, cuando estuve en Lugo, me mandaba comentarios por correo sobre aspectos tácticos muy interesantes. Al final, un día que se vino a ver un entrenamiento, le dije que a lo mejor un día le llevaba conmigo de segundo. Le encantaba el fútbol, tenía mucho entusiasmo y mucha intuición. Cuando me fui al Las Palmas no me podía llevar al segundo del Lugo porque era un chaval de allí, que tenía allí su familia, sus cosas… así que llamé a Eder.

Siempre se te echaba en cara que tus equipos empezaban muy bien las temporadas pero se iban desfondando poco a poco. El caso es que el año que te fuiste, el Las Palmas descendió… a veintiún puntos de la salvación.

Bueno, es que, según las estadísticas, lo de acabar mal las temporadas era sistemático en el equipo. No era cosa mía, sino de todos los entrenadores. Yo intentaba mantener el rigor, la disciplina, hacer las mismas cosas…Lo que pasa es que la mentalidad del jugador canario hay que entenderla y no es fácil, hay que aceptar un montón de cosas para sacarles rendimiento porque no son chavales que, apretándoles, vayas a conseguir que te den lo mejor de sí mismos. Los canarios son especiales, llevan otro ritmo, juegan para divertirse, les encanta el fútbol y hay que entenderlos. Quieren ganar, claro que quieren ganar, pero hay otras cosas más importantes en la vida.

Canarias es un lugar maravilloso.

Lo es, yo fui muy feliz ahí, pero otro problema grave que tenían ahí era el presidente. El presidente es un hombre complicado. De hecho, yo me marcho por él, y ahora me ha llamado para volver, hace cuatro o cinco meses. Me llamaron los satélites que tiene ahí, para decirme que había cambiado, que estaba dispuesto a dejarme llevarlo todo… Yo les dije: «Lo primero que tiene que hacer es llamarme él y decirme todo esto a la cara». Y cuando llamó, le dije que no (risas). Los últimos tres meses allí con él fueron muy duros y menos mal que la gente ya le tiene calado, asumen que es lo que les ha tocado y hay que vivir con ello. Por eso me marché, si no, me hubiera quedado encantado porque a mí el jugador canario me gusta mucho, tiene mucha calidad. Físicamente, también tienen una capacidad tremenda. Son gente muy fuerte. Es que estuve muy bien, me dio mucha pena marcharme.

Coges al Betis y el primer año lo metes en UEFA, recuperas a Joaquín, llenas el equipo de canteranos, haces un fútbol muy vistoso, ganas en el Bernabéu y los chicos le meten cinco al Sevilla en el Pizjuán.

Teníamos un equipo muy bueno, aunque en algún momento tuvimos que recurrir a chavales de abajo, sí, básicamente porque eran aún mejores. El primer año entramos en UEFA, que fue un éxito rotundo, y el segundo íbamos bastante bien pero el problema en Sevilla es que hay un sector de la prensa muy complicado.

¿Por qué se ponen tan visceralmente en tu contra?

Pues creo que todo empezó con unas tertulias que hacen como a mitad de año, que yo fui y hablé demasiado directo. Había un periodista que me ponía a caldo, que me criticaba todo el rato porque dábamos demasiados pases y ya le dije: «Mira, es que el fútbol hay que entenderlo» y se puso a la defensiva: «¿Qué insinúas, que llevo treinta años haciendo las crónicas y no entiendo de fútbol?». Me recordó a una cosa que decía Javi Clemente cuando estaba en Lezama: en la parte de atrás, tras una valla, había un prado con unas vacas pastando. Cuando Clemente quería demostrarle a alguien que no tenía ni idea de fútbol, le decía: «Mira, esas vacas llevan cuarenta años viendo cómo los jugadores de Lezama tiran el balón al otro lado de la valla, y en cuarenta años ninguna ha sido capaz de devolver un balón para acá» (risas). Se lo dije así, que el fútbol parece muy sencillo, pero es muy complejo. Yo llevo cuarenta años jugándolo y estudiándolo y hay muchísimas cosas que se me escapan. Lo que pasa es que igual me equivoco menos que tú, que crees que sabes y no. A partir de ahí, empezaron a tirarme a degüello.

En tu segunda temporada, dejas al Betis a tres puntos de la UEFA otra vez y ganas en el Bernabéu y en el Camp Nou (3-4 con un excelente Lo Celso), ¿crees que no se valoró lo suficiente el mérito de todo aquello?

Mira, por todo eso estoy tan encantado de estar aquí retirado, porque ya acabas un poco harto de estar defendiendo todo el rato lo que estás haciendo. No ya por los resultados, sino por la sensación de tener que estar defendiendo lo que estás haciendo TODOS LOS DÍAS. Si es que yo he hecho lo mismo cuando he ganado y cuando he perdido. No te pienses que es que yo cambio según el rival. Es posible que en muchos partidos me haya equivocado en el planteamiento. Lo reconoces y no pasa nada. Lo asumes, te lo comes y ya está. Pero no puede ser que esté defendiendo todos los días lo que estoy haciendo cuando siempre es lo mismo.

Te acaba agotando.

Claro, y es que, además, la prensa tampoco se enfrenta a ti directamente. Me acuerdo de que iba a las ruedas de prensa los días que perdía y había veinte personas. Me ponían a uno ahí enfrente y a lo mejor te decía: «¿No sientes que has hecho el ridículo hoy con el equipo y que deberías dimitir?» y nada más decirte eso, se daba la vuelta y empezaba a hablar por teléfono tan tranquilamente. Están deseando que pierdas los nervios para que se monte el Cristo, así que tienes que hilar muy fino a ver qué dices para que luego no hagan una montaña de una chorrada. Y cuando pasan los años y ves que esto te pasa un montón de veces, pues al final dices: «No». Que es verdad que hay otros periodistas que da gusto hablar con ellos, gente respetuosa como la de antes y no la «salsa rosa» de ahora, pero en general acabas bastante harto.

Empiezas la siguiente temporada sin equipo, pero en navidades echan a Valverde del Barça y te llaman. A veces, pienso que aquello fue una trampa: que te cogieron por tu cruyffismo reconocido y en realidad había una cierta voluntad de que te estrellaras y, contigo, el propio cruyffismo. 

A ver, yo era perfectamente consciente de que llegaba al Barcelona en un momento muy complicado… pero era la única oportunidad que iba a tener en mi vida. Por tendencia, siempre soy optimista y pienso que me voy a quedar toda la vida en los sitios en los que estoy, porque si piensas que te van a echar ya empiezas a preocuparte y a pensar «tengo que poner a este, tengo que hacer tal cosa…», y no haces lo que crees que debes hacer. Yo soy perfectamente consciente cuando voy a Barcelona de que voy porque no tienen a nadie más, pero lo que no puedes es renunciar a ir al Barcelona y entrenar a los mejores jugadores del mundo, entre ellos, al mejor. A ver, si me había ido bien en Lugo, en Las Palmas, en el Betis… ¿por qué no voy a cambiar la dinámica también allí? Siempre he ido a equipos que estaban en una mala racha, es que es lo normal. Nadie te llama cuando un equipo va bien. Si cambian, es porque las cosas les van mal.

El Barça venía de perder la Supercopa y del famoso 4-0 en Liverpool del año anterior.

Claro, entonces llegas ahí y te encuentras con lo que te encuentras. Un montón de cosas que realmente te llaman la atención porque, primero, desconoces ese nivel y, segundo, porque nunca he vivido un vestuario así, ni en la selección ni en el Atlético de Madrid. Era otra cosa. Y eso sí que me ha provocado un shock.

¿En qué sentido?

Pues que hay muchas cosas que tú no puedes controlar, que es imposible que puedas controlar. Te encuentras un vestuario que no es feliz, no sé si era por la trayectoria, pero no veía un vestuario como el que yo he vivido en la mayor parte de mi trayectoria deportiva. En Sevilla, había una tensión de la hostia fuera, pero en el trabajo diario nos lo pasábamos de maravilla. Disfrutábamos yendo a trabajar cada mañana. Daba gusto. Y me dio muchísima pena marcharme de Sevilla, y al presidente y el vicepresidente, ni te cuento. Lo que pasa es que no tuvieron valor de renovarme. Que lo entiendo, ¿eh? Yo aguanto; si tengo que aguantar, aguanto, pero ellos eran de allí, tenían que plantar cara a mucha gente.

En el Barcelona no hay conexión interna ni externa.

Es que lo que yo me encuentro ahí, ya te digo, no me lo he encontrado en cuarenta años que llevo metido en el fútbol.

Siempre me dio la sensación de que los jugadores estaban más pendientes de no equivocarse, de hacer todo lo que se suponía que había que hacer, que de sacar partido de su calidad… y no lo digo como un reproche.

Si es que, en teoría, al menos cuando llegamos, todo lo hacíamos bien: allí hay un departamento de estadística y, con respecto a otros cuerpos técnicos, nosotros recuperábamos más balones, creábamos más oportunidades, teníamos más tiempo la pelota… lo que pasa es que al final, después del confinamiento, no lo pudimos mantener.

Los entrenadores están acostumbrados a la presión de los resultados, pero ¿cómo se puede soportar el escrutinio cada quince minutos de cada partido?

Es que hay mucha gente que cree que en el fútbol lo puede controlar todo, pero no, es imposible, hay demasiadas variables. A ver, en el momento en el que eliges ser entrenador, ya asumes que, si no ganas o no haces bien las cosas, vas a marcharte, eso está claro y lo aceptas. Pero es que en un partido suceden tantas cosas que muchas veces depende única y exclusivamente de la suerte. Es verdad que si haces las cosas bien y metes cinco goles no te hace falta suerte, pero para eso te hace falta un delantero que ese día esté inspirado… y, a lo mejor, al siguiente partido, ese mismo jugador falla cinco goles debajo de la portería. Es lo que tiene cuando dependes de individualidades. Muchas veces, me planteo: ¿merece la pena tener un jugador diez que te resuelve dos partidos con genialidades, pero el resto del tiempo desaparece?

Como Romario…

Por ejemplo. ¿Prefieres eso y que luego no corra o no defienda y que te metan un gol porque ese jugador no ha bajado? Porque eso te genera un problema grave. A ver, si te mete treinta o cuarenta goles por temporada, no… pero hay tantas cosas que no puedes controlar. El estado anímico, el estado físico de los jugadores. Tú puedes decidir cómo juega el equipo y repetirlo cada partido. Decirles que vamos a defender arriba para recuperar pronto el balón y cosas así. Lo que pasa es que, si el contrario pasa esa línea de presión, en cuanto haya uno o dos que repliegan mal, ya te has metido en un lío. Es un momento en el que tienes que estar concentradísimo. Noventa minutos. Si tienes jugadores que se despistan fácilmente ya te tienes que plantear si defiendes arriba o no, porque a mí la opción de esperar atrás no me gusta, pero a lo mejor no te queda otra. ¿Cómo arreglas esto? ¿Quitando a esos jugadores? Pero no tienes más, o son peores en otras cosas. Es difícil acertar. Hay muchas cosas que yo no puedo controlar y en las que no influyo. Trato de adecuar el sistema de juego para que todos se diviertan porque creo que todos rinden más si se divierten… pero luego hay cosas que se me escapan.

Por eso es un juego.

Claro, que un jugador ponga bien un centro o que el delantero remate bien ese centro ya no depende de mí. No me puedes echar porque el centro sea malo o porque el delantero falle un gol. Si el equipo ha llegado a posición de peligro veinte veces y no ha metido ninguna y le han generado solo dos ocasiones de gol, pero una va adentro. ¿Yo qué puedo hacer ahí como entrenador?

Quique Setién

La pandemia os pilla de líderes.

Con dos puntos de ventaja, sí.

Pero ya antes hay un aviso contra el Valencia y perdéis en el Bernabéu.

Sí, pero lo del Bernabéu, a ver… Me puedes echar porque perdemos 2-0 en el Bernabéu, pero es que tenemos tres manos a mano con el portero y los fallamos. Y el Madrid va y mete un gol que le pega Vinicius con no sé qué, rebota en la pierna de Piqué y le pasa por encima al portero, que la tenía parada. Ante eso, no hay nada que hacer. Y perdemos la liga porque al Madrid le pitan seis penaltis y nosotros entramos en una fase jodida porque hay muchos problemas allí dentro.

Creo que ese es el partido de la polémica con Eder Sarabia por, básicamente, con mayor o menor empeño, hacer su trabajo. 

Sí, sí, pero si te acuerdas bien, yo me cabreo mucho con él ese día porque ya le tenía advertido de que tenía que controlar los modales. Es un chaval muy, muy, muy impulsivo, ya le había advertido varias veces. Lo que pasa es que es un chaval al que quiero mucho y que aporta muchas cosas que son muy válidas y se lo aguantas. Es muy buen chaval y lo único que le decía es que estaba dando una imagen pública y que, si yo estaba alejándome de la crispación y todo esto, él no podía estar dando este ejemplo. Es que a mí no me gusta. Le dije: «Cuando seas entrenador, haz lo que te dé la gana, pero mientras esté mi nombre aquí puesto, que sepas que a mí esto no me gusta». Me cabreé con él muchas veces por este tema. Y ese día le pillaron, pero hubo otros días que no le pillaron y que también lo hacía. De hecho, ese día en concreto, fui al vestuario, reuní a los capitanes y les pedí disculpas por las formas. La verdad es que ellos no le dieron ninguna importancia, pero el que tuvo que ir a rueda de prensa a dar la cara fui yo.

¿Para qué sirvió el parón? ¿Lo aprovechaste en algún sentido, te perjudicó…?

Yo no quería volver. La verdad es que no quería volver, tenía mucho miedo. No quería exponerme a ir ahí cuando estaban muriendo mil personas al día. Es que no hay nada más importante que la vida y yo ya estoy en una edad de riesgo, y hasta que no me garantizaron que no iba a haber ningún problema, no me quedé tranquilo. De hecho, lo consulté con ocho o diez entrenadores, llamé a Zidane, a Julen, a un montón de gente, para ver qué pensaban ellos. Tebas tenía muchas ganas de empezar cuanto antes y yo entendía que había mucho en juego, pero era una situación muy compleja, no me parecía el momento de volver. Luego, me encuentro con una situación muy complicada dentro del club, con muchas reuniones entre jugadores y directiva… y eso repercutió mucho, claro.

¿El equipo que volvió era otro equipo?

Bueno, al principio vinieron con muchas ganas y entrenaron muy bien, incluso en los entrenamientos individuales. Todos vinieron bastante bien, lo que pasa es que luego empiezan los partidos y la cosa cambia. 

Para cuando vais a Lisboa, ¿tú eres consciente de que no vas a seguir?

Cuando fui a Lisboa yo tenía contrato en vigor.

Ya, pero ¿de verdad pensabas que ibas a seguir?

Sí, sí, claro. Es verdad que en lo del tema de la liga puedes pensar que la culpa es del entrenador… pero allí todo el mundo sabía que la culpa no era mía. Puedo tener un porcentaje de culpa, como todos, pero ahí habría fracasado cualquiera.

¿Cómo se explica lo del Bayern? ¿Qué pasó ahí?

Los primeros veinte o veinticinco minutos de partido el equipo está bien ante un equipazo, y hay incluso una oportunidad de ponernos por delante, pero a partir del cuarto gol, el equipo se viene abajo, se derrumba. Se dan cuenta de las limitaciones que tienen, porque nosotros ya sabíamos que el equipo estaba cogido con alfileres. No para ganar al Mallorca, pero para ese nivel… Ya lleva muchos años el Barcelona sufriendo, no hay más que verlo. Ya se sabía que se necesitaba una regeneración tremenda en el club, si es que ahí lo sabía todo el mundo, pero no había capacidad, ni siquiera económica, de hacer nada.

Que esa es otra, no hay un duro.

No, y había renovaciones ahí por medio, promesas incumplidas, y un estado de cabreo en el equipo tremendo… y eso es lo que nos llevó por delante.

¿En qué momento te dijeron que no seguías?

A mí no me dijeron nunca que no seguía. Le escuché al presidente por la televisión hacer un comunicado y el director deportivo, Abidal, quedó para comer conmigo al día siguiente y me quiso convencer para que les perdonara el dinero. Nos llevábamos muy bien y habíamos tenido mucho trato, era un tío cojonudo, y le dije: «Mira, mejor que en esto no te metas, yo tampoco voy a entrar, van a ser los abogados…», así que nadie me llamó nunca, nadie oficialmente me dijo que estaba despedido, a los cuarenta días recibí una carta de despido porque se cumplían los plazos y ahí ya puse una denuncia que está en el juzgado a la espera de que comience el juicio.

¿No ha cambiado nada con la nueva directiva?

Pues, después de las elecciones, les di un mes y llamé por teléfono a Carlos Naval para que le dijera al presidente que quería hablar con él. Al día siguiente, me llamó el vicepresidente y le dije que, si querían entrar en una negociación antes del juicio, yo estaba dispuesto a negociar no ya el dinero sino los plazos. Me estuvo intentando volver a convencer de que les perdonara el dinero y volví a decir que no. Estuvo muy simpático conmigo y tal, y después de tres o cuatro conversaciones en un mes, me dijo: «Bueno, mañana te paso una oferta». Y hasta hoy. Han pasado dos meses.

¿Y cómo estás viviendo tú todo esto?

Con muchísima tranquilidad. Con muchísima tranquilidad. A la espera. La justicia tardará lo que tenga que tardar, pero al final saldrá el juicio y me tendrán que pagar lo que me tengan que pagar.

¿Qué sentiste cuando Messi dio aquella entrevista diciendo que se quería ir cuanto antes?

Nada. Absolutamente nada. Yo he seguido viendo los partidos y trato de ver al Messi futbolista, ya está. Lo demás no me preocupa. Prefiero que vayan bien, porque entiendo que, si van bien con estos nuevos, me van a pagar, pero yo no soy una persona rencorosa para nada y no les deseo nada mal en absoluto. Ahí hay muchos chavales que me cayeron fenomenal y que estoy deseando que les vaya bien y que triunfen. Chavales geniales, extraordinarios, que se portaron muy bien, muy bien…

¿Notas que te ha dado cierto prestigio internacional el haber entrenado al Barcelona?

Sí, sí, he tenido varias ofertas de equipos de fuera, pero no me quiero ir. Salvo que me ofrezcan tal cantidad de dinero que sea imposible decir que no, prefiero quedarme aquí. Bueno, a Estados Unidos sí que me iría, aunque esté la cosa ahí regular con el covid. Si hubiera sido todo normal y me hubiera llegado una oferta de algún equipo de allí, aunque fuera por poco dinero, sí que me habría ido.

Última pregunta: repasando la charla que hemos tenido, ¿tú te ves entrenando otra vez a nivel profesional?

Ahora mismo, no. Es que, además, ni me apetece. Nada. Además, tengo muchas cosas que hacer aquí. Voy a ir a entrenar a un equipo de juvenil de segundo año, de liga nacional, voy a hacer de ayudante de un chaval que está ahí de entrenador, para echarle una mano. 

¿Te apetece?

Sí, eso sí. Con niños, sí. Por lo demás, ahora mismo no me veo entrenando otra vez, he perdido todo el interés.

Quique Setién


Joan Capdevila: «Mi única virtud es que he sabido siempre dónde está mi límite; al final el fútbol es inteligencia»

Esta entrevista está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 26

El fútbol lo decidirán los cracks, los artistas del balón, pero sin futbolistas trabajadores currando y sudando por detrás de ellos no serían nada. Joan Capdevila (Tárrega, 1978) no solo asumió este rol con humildad, sino que parece incluso sorprendido por los éxitos que cosechó ciñéndose al papel sin extralimitarse. Habla de su carrera como si se tratase de un sueño. Todavía le cuesta creérselo. Fue plata olímpica, campeón de Europa y del mundo con la selección española sin jugar ni en el Real Madrid ni en el FC Barcelona. Esa es su gesta.

¿Dónde empezaste a jugar?

Soy de Tárrega, un pueblo que no llega a veinte mil habitantes. En la plaza estábamos siempre jugando al fútbol, ahora no ves a ningún niño hacerlo. Yo solo esperaba que llegase el fin de semana para poder jugar. Apuntaba cada gol que metía en una pizarrita. Era en campos de tierra, salías todo lleno de raspones, que luego se te pegaban las sábanas a la sangre por las noches. Si llovía, pues te embarrabas. Mi madre me hacía lavarme las botas, ella no las tocaba. Fue muy importante en mi desarrollo como futbolista. Como me daba miedo darle de cabeza, me prometió que me daría cien pesetas cada vez que me lo hiciera. Así me atreví. El mismo día que le di, me giré en el campo y le dije a mi madre: ¡cien pesetas!

En mi casa había mucho fútbol. Mi padre jugó en el Tárrega muchos años, cuando se jugaba la Copa América se despertaba de madrugada para ver los partidos. Yo me levantaba con él a las dos de la mañana y no me enteraba de nada, pero hacía el esfuerzo. Luego él pasó también a darme cien pesetas por cada gol que metiese.

Empezaste de delantero.

El primer día de mi vida que jugué en un partido amistoso, con cuatro o cinco años, me pusieron de central, como mi padre, que había jugado veinte años en esa posición. Me llegó un balón y le di directamente. Entró por la escuadra, pero de nuestra portería. Entonces el entrenador dijo: «Mejor ponte arriba». Estuve siempre de delantero y luego de cadete pasé a extremo izquierdo, como Stoichkov.

Con 13 o 14 años, mi tío ya me llevó a ver al Espanyol en Sarriá. Me gustó mucho y me hice socio del club. Todavía lo soy. Me acuerdo de que me encantaba Penev. Un día pedí al entrenador que me cambiaran al descanso para poder ir a ver el Espanyol-Valencia. Luego empataron 0-0, pero bueno… Mi tío también me llevaba a ver al club a Zaragoza, a Logroño, a Pamplona… a sitios cerca de por aquí. La primera vez que me subí a un avión fue con mi tío para ir a un Rayo-Espanyol. Tenía 14 o 15 años, pero estaba cagao. A la vuelta coincidimos con todos los jugadores del Espanyol, compré una libreta en el aeropuerto y pedí a todos que me firmaran. Uno de ellos fue Lardín y años después acabé jugando con él.

¿Cuándo empezaste en el fútbol serio?

En mi segundo año de juvenil ya jugué en Tercera, quedamos campeones e hicimos el play-off para 2.ª B. Jugábamos contra tíos de 35 años. Nunca olvidaré la primera vez, contra el Rubí, entré al campo, fui a un córner, sacamos y dentro del área me dieron un bofetón con la mano abierta, un tío que podría ser mi padre. Me quedé… pensaba «¿Dónde me he metido? ¿Cómo le hacen esto a un niño? ».

Así me llegó la oferta del Espanyol. Me llamó Casanova, que no sé cómo lo dejó escapar luego el Espanyol. Si no es por él, me hubiese quedado toda la vida en el Tárrega. A un amigo de mi edad que hizo el mismo recorrido que yo, le fichó el Barça, a Marc Carballo, que tenía una calidad tremenda, una zurda impresionante. Pero ir al Barça puede ser bueno o malo, porque luego acabó en el Lleida en Segunda. Yo fui más pragmático y no hice la prueba con el Barça.

Me acuerdo de que mi padre, que tenía un Renault 12, cambió el coche solo para venir a verme a Barcelona, por el qué dirán, y se compró un Suzuki Bareno que todavía lo estará pagando. Cuando entramos en Barcelona por Diagonal nos parecía Nueva York. Yo pensaba: «Hostia, a dónde me llevan». Fui a entrenar a La Chatarra y me cogió Paco Flores del cuello, que casi me ahoga, y me dijo: «¿Tú eres el de Tárrega? ¡Cámbiate! »

La residencia de Manel y Lili.

Dos personajes. Nos lo pasamos muy bien ahí. Me hice muy amigo de David Sánchez, al que acababan de fichar del Reus. Luego estaba Valbuena. Yo estaba solo a cien kilómetros de casa, pero niños que venían de Granada o Almería lo pasaban muy mal y a los seis meses se marchaban. Era muy pronto para irte de casa, excesivo. Y ahora hay niños de 10 años con representante. No todo es fútbol en esta vida, hay muchos que no van a llegar y luego se pegarán un palo. A esa edad hay que estar en casa con la familia y divertirse con el fútbol, nada más. Yo al menos ahora no dejaría fichar a un hijo mío con 11 años. El niño tiene que ser niño.

Pero bueno, allí estuve en el juvenil. Los primeros dos meses en el banquillo, cosa que no entendía. Luego tenía que coger el metro para ir a estudiar a las seis de la mañana con no sé cuántos transbordos, atravesar media ciudad hasta el entrenamiento. Le dije a mis padres que me piraba, que me quería ir a mi casa con mis amigos y me dijeron que aguantase todo el año, que acabase lo que había empezado. Si llego a tirar la toalla ahí se habría acabado el fútbol.

A partir de diciembre, empecé a jugar y ya fui alguna vez con el Espanyol B, de extremo, mediocentro a veces, hasta que me pusieron de lateral y ahí me quedé. Un día me fui a jugar un torneo a Italia, me llamaron para debutar en 2.ª B y me pusieron un vuelo. Eso estuvo bonito, motivaba. Florencia-París, París-Barcelona, y luego vuelta para jugar contra la Juve.

Lo bueno de la residencia es que yo ya era de los mayores. La liábamos mucho. A Manel le escondíamos la dentadura… un día salimos, la primera vez en nuestra vida, y David Sánchez acabó borracho perdido, casi coma etílico. Nos caíamos de los taburetes. Nunca habíamos bebido. En la residencia, todo vómitos. Manel preguntó qué había pasado, dijimos que le había sentado mal la cena y aún se lo creyó.

Erais la Quinta de la Intertoto.

Al siguiente año, pasé al Espanyol B. Jugamos el play-off para subir a Segunda, que lo logró el Recreativo de Huelva de Caparrós. Ese año fue también el de la famosa Intertoto, que la jugamos dos o tres descartes del primer equipo y el filial. Eliminamos al Auxerre, de la primera división francesa, hasta que nos tiró el Valencia de Rainieri, Piojo López y todos estos. En la vuelta en Mestalla Paco Flores me preguntó si tenía miedo, porque aquello era espectacular. Anglomá, Cañizares, Farinos, Carboni… un equipo top. Me acuerdo que me hizo mucha ilusión jugar junto a Florin Raducioiu, un mítico del Espanyol de toda la vida. Luego estábamos De Lucas, Tamudo, Soldevilla… creo que no ha vuelto a salir tanta gente en una generación como en aquella. Todos debutaron y todos se fueron, aunque el malvado fui solo yo.

¿Y eso?

El Atlético pagó mi cláusula, 800 millones, que la ciudad deportiva la hicieron conmigo, pero la gente me pitaba. A Toni, el portero, que se fue gratis al Atlético, le aplaudían.

Al primer equipo llegaste por pura suerte.

Entrenaba con el primer equipo, pero jugaba con el filial. Un fin de semana palmamos 6-1 contra el Terrassa. Cogí el coche, me iba a Tárrega, a mi casa. Escuché el Espanyol-Barcelona por la radio y oí cómo le sacaron roja directa a Federico Domínguez. Estaba Brindisi de entrenador y me llevó la semana siguiente convocado contra el Athletic. Me tuvieron que hacer un traje deprisa y corriendo. Fui corriendo a la calle, a la cabina de teléfonos, porque no había móviles, a avisar a mi familia. Colgué el traje en la habitación y me pasé toda la noche mirándolo: «Hostias, tío, qué guapo, voy con el primer equipo y encima a San Mamés».

Mis padres y mi tío fueron a verme. Marcó Benítez para nosotros, me acuerdo perfectamente, y se lesionó Pacheta, que estaba de lateral izquierdo porque Domínguez estaba sancionado. Brindisi me dijo: «Joan, ven, que vas a salir». Me dio unas instrucciones que ni a día de hoy sé lo que me dijo, solo estaba pensando: «¿Voy a jugar en San Mamés?». Salté al campo, marqué a Etxebarría, y el primer balón que toqué en primera división fue de cabeza [risas]. Pensé que sería algo del destino. Mi tío, en la grada, cuando vio que iba a salir, se tuvo que marchar del estadio. No llegó a verme por los nervios. No pudo.

Empatamos 2-2, di un pase de gol. Nos empataron en el 93, estuvo bien la cosa. Brindisi me dijo que no sabía que era mi debut, como el hombre acababa de llegar… Llevaba un partido solo, creo. Pero hubo más. En el siguiente partido, contra el Betis, Domínguez seguía sancionado, volvió a salir Pacheta y en el minuto 10 se volvió a lesionar. Lo que es el fútbol. Volví a salir, otra vez cagao, y debuté en Montjuic. Ganamos 1-0. La siguiente semana viajamos a Zaragoza y me puso de titular. Ganamos 0-3 y marqué un gol. El 0-1. Desde entonces, jugué titular todo el año. En tres semanas me cambió la vida.

Ese año estuvo Bielsa seis partidos.

Sus entrenamientos eran muy exigentes. No estábamos acostumbrados. Hacíamos casi una hora con el físico y luego venía él. En el cara a cara era un tío que iba de frente. Mucho. Me acuerdo de Dominique Lemoine, un belga que teníamos, que hizo unas declaraciones en el Sport criticando algo. Antes del entrenamiento, vino Bielsa con el periódico y le dijo: «¡Qué dices aquí!». Le contestó que se habría equivocado con el idioma, porque era cierto que hablaba muy poco español, y lo crucificó. Si te iba así, te cagabas vivo. Cuando se fue y vino a despedirse de todos, nos dio la mano uno a uno  y, cuando llegó a Lemoine, este se levantó y a él le dijo: «A ti no». Rencoroso, lo que tú quieras. A mí me veía más como un central zurdo. Me dijo que me fijase en lo que hacía Pochettino.

¿Qué recuerdos guardas de la que ya era la liga de las estrellas en aquel entonces?

El día que debuto en San Mamés, había un balón en la banda, fui a él y Patxi Ferreira me dio una patada… Llegaron las asistencias, Mauri, el médico del club: «¿Qué pasa, Joan?». Y le digo: «Me han pegado una patada que…». Me cogió del hombro y me dijo mirándome a la cara: «Bienvenido a primera división» [risas]. «Hostia, qué razón tienes», pensé. No me he olvidado de esas palabras en toda la vida. Y no me puso ni spray milagroso ni nada.

De esa época fue una ilusión terrible jugar en el Camp Nou, marqué a Figo. En ese momento vives en una burbuja, no te das cuentas de lo que pasa. En el Bernabéu me impresionó mucho Seedorf, qué manera de jugar tenía. Me acuerdo también de Hierro, que me deba un poco de temor, mucho respeto.

¿Por qué fue conflictiva tu salida?

Si yo jugaba veinte partidos con el primer equipo, pasaba a profesional. Los superé, pero nadie me hizo profesional. Seguía cobrando 180 000 pesetas al mes, lo del filial. Cuando se enteraron de que venía el Atlético de Madrid a por mí, me dijeron de ir a firmar el nuevo contrato deprisa y corriendo. Entonces dije: «Pues ahora no quiero». Me ingresaron un dinero, dando por hecho que ya era profesional. Yo, mal asesorado, lo devolví… Se desencadenó una guerra total, pero no por mí, sino por la cláusula que querían que pagase el Atlético. El presidente era Sánchez Llibre, que salió en la prensa diciendo: «Le doy un 33 % más que el Atlético de Madrid». Y era mentira, se cubrió las espaldas y me dejó a los pies de los caballos.

El año en el Atlético de Madrid fue de pesadilla, el del descenso.

Fui con una ilusión tremenda, pero empezamos mal. Estaba toda la vieja guardia del Atlético, Aguilera, Kiko, Baraja… también Bejbl, y Solari, que era el interior y yo el lateral. Primer partido en casa, palmamos contra el Rayo. Toni tuvo un par de errores y lo cambiaron y encima llegó la intervención judicial. Un día me encontré el Calderón lleno de coches de policía rodeando el estadio. Clemente Villaverde nos dijo que no nos preocupásemos, pero se cargaron a Ranieri y vino Antic, que creo que arrastraba problemas con los veteranos de la etapa anterior, eso me dijeron. No ganamos ni un partido con él.

Encima de bajar a Segunda con un equipo hecho para jugar en Europa, es que éramos el Atlético, que tiene una masa social enorme, ¡abríamos cada telediario! Al volver de Oviedo nos apedrearon el autobús que no veas cómo lo dejaron. En el siguiente partido en casa, contra el Sevilla, nos tiraron huevos, que estaba Toni limpiando la portería, y le marcó Tsartas.

Lo pasé fatal. Psicológicamente lo veía como el fin del mundo, tenía ganas hasta de retirarme. La afición no salvó a nadie. Jesús Gil un día nos reunió a todos en su despacho antes de la intervención judicial, fuimos uno por uno. Cuando me tocó a mí, vi el cuadro de Imperioso, el caballo, la bandera del Atlético, la bandera de España… dije ufff… Estaba cagado, cagado. Me senté en las silla esperando que me decapitase, pero me dijo que estaba contento conmigo, que era joven, que más no me podía pedir. Salí contento, pero a unos nos fue mejor que a otros. A otros les veías que salían casi llorando. Algunos te contaban lo que les habían dicho, otros vete a saber.

¿Qué te dijeron los demás?

No me acuerdo ahora, no sé. No sabría decir. Solo que fue muy duro. No ganábamos, no ganábamos y nos fuimos al hoyo. Cuando bajamos en Oviedo fue un drama. Para colmo, jugamos la final de copa contra el Espanyol. Yo estoy convencido de que me echaron un mal de ojo. No puede ser que me vaya del Espanyol al Atlético, baje a segunda y juegue la final de copa contra el Espanyol y la pierda.

¿Cómo puede un equipo de ese nivel, que lo demuestra llegando a la final de la Copa del Rey, bajar a segunda?

Un mal de ojo. Hicimos partidos de la hostia hasta el minuto 70, como un día contra el Zaragoza que Garitano nos metió dos faltas a la escuadra y 2-2. Siguiente partido, lo mismo. Nos marcó hasta Toni Prats, el portero del Betis, de falta, ¿te lo puedes creer? En el Camp Nou, 1-1 en el minuto 90, y nos marcó Bolo Zenden desde fuera del área, con la derecha y por la escuadra, ¡bah! Esa no la volvió a meter en su vida. Contra el Athletic de Bilbao en casa nos jugábamos la vida, pues llegó una tormenta con rayos y truenos, como si el destino nos estuviera amenazando, y nos ganaron 1-2.

Ganasteis al Madrid.

La única alegría que nos llevamos. Cuando lo ganamos, que era a principio de temporada, volvimos al Calderón y la gente estaba entusiasmada con nosotros, como si hubiésemos ganado un título. Decías: «Joder, como este año se dé bien, va a ser superbonito, pero nos salió todo mal».

En la final, el error de Toni, tu amigo…

En Mestalla, aunque habíamos bajado a segunda, la gente estuvo con nosotros. Había ambiente. Pero en el minuto 6, Toni la está botando y se la quita Tamudo y gol. Más desgracias no nos podían pasar.

¿Por qué pasaban esas cosas, qué fallaba?

No lo sé. En el vestuario no había ningún problema, no puedo decir que fuese culpa de ningún entrenador. Era todo normal, pero se juntaron varias cosas, que no ganábamos, la intervención, que te la clavan por la escuadra, que otro se resbala… ¿Qué más podía pasar?

Del error de Toni me enteré por la gente. Estaba recuperando mi posición y de repente escucho «Goool» y digo «¿Qué me estás contando? ¿Gol? ¡Pero si la tenía mi portero!»… Luego Kiko le preguntó a Toni y este decía: «Te juro que la tenía cogida», vimos la repetición después y… unos cojones la tenías cogida [risas]. Estuvieron mucho tiempo sin hablarse Tamudo y él. Yo hubiera preferido no llegar a la final, que nos hubiera eliminado el Barça en semis, ¡pero no se presentaron a jugar la vuelta! Pasamos automáticamente después del 3-0 de la ida, y no les sancionaron, al año siguiente volvieron a jugar la Copa, es un pitorreo todo esto. Y, agárrate, que luego cuando acabamos la final, me tuve que coger un vuelo para ir con la selección a Bratislava. Para colmo, me metieron en un avión con Tamudo. Algo me estaba pasando, eso solo podía ser un mal de ojo.

Saliste ese verano del Atlético.

Estaba ya pensando en que el año que viene jugaba en Segunda, estaba en Port Aventura y me llamó Miguel Ángel Gil. Me dijo que si encontraba equipo me podía ir. Tenía cinco años de contrato y estaba por quedarme. Entonces me dijeron que nos íbamos a ir al Deportivo Molina, Valerón y yo, pero que si yo no iba, se rompía la operación. Me empezaron a meter una presión de la hostia. Lo normal era que me pagasen los cuatro años de contrato que me faltaban, pero al final se los perdoné. Esto no salió en la prensa. Tenía tal sentimiento de culpabilidad que me dio igual. Y era dinero, eh.

Fuiste a los Juegos Olímpicos de Sidney.

Fiché por el Dépor, campeón de liga en ese momento, entrené un poco y me llamaron para la Olimpiada. Aquello fue una pasada. Una de las mejores experiencias que he vivido. Era un grupo bueno, los que veníamos de la sub-21, Puyol, Tamudo, Xavi, Angulo, José Mari… todos gente ya asentada en primera división. Iñaki Sáez nos daba libertad. Solo perdimos contra Chile, que se había llevado a Zamorano y nos marcó un gol. Se podían llevar tres mayores. Nosotros no llevamos ninguno y se estuvo hablando de si debía haber ido Raúl. Cuando fuimos a Sidney a jugar la fase final dijimos que en la Villa Olímpica no dormíamos. Eran como bungalows con siete camas cada uno, y nos metieron en un hotel en el centro, que no veas lo que era eso. Discotecas, garitos…

Ganasteis a Italia, se rompió ahí el maleficio.

Una Italia con Gatusso, Ambrosini, Pirlo, Abbiati. Era una generación tan buena como la nuestra, fue campeona del mundo en 2006. Les ganamos con gol de Gabri. Hubo mucho pique y como José Mari jugaba en el Milan, le dijeron: «Ya te cogeremos en Italia a ti». Fue un partido muy duro, como solo puede serlo contra Italia, que lo traen de cuna. Sin comerlo ni beberlo, después ganamos a Estados Unidos y llegamos a la final.

A mí, sin embargo, me sacó del equipo. El día de la charla de Estados Unidos vi el once y yo no estaba. Me dio un bajón. Puso a Puyol de lateral izquierdo. Algo que tenías que entender, que él venía del Barça, yo estaba en el Dépor, tenía sus galones, pero es que dijo Iñaki Sáez: «Puyol, vas a jugar de lateral izquierdo porque he soñado que metías un gol». Y yo: «Pues, coño, ponlo entonces de lateral derecho»…

En la final contra Camerún lo repitió, jugué en la segunda parte, desde el minuto 60. Había gol de oro, tuve una jugada, tiré y dio al larguero. Casi me cubro de gloria. Estábamos con 9 en esa prórroga, a Velamazán le partieron la clavícula. Íbamos 2-0 en el descanso y habíamos fallado un penalti. En la segunda parte, se metió un gol en propia puerta Amaya y nos empataron. Estaban Eto’o, Geremi, Kameni… tuvimos que aguantar como pudimos hasta llegar a los penaltis.

Me acuerdo de que no vino nadie a vernos, porque el vuelo hasta Australia, échale… Solo vino la familia de Amaya. Y fue el que se metió el gol en propia portería y en la tanda falló el penalti, tío. Horrible.

El mío lo metí. Le tiré a Kameni, le aguanté la mirada, pero estaba convencidísimo de tirárselo a su derecha y, cuando estaba colocando el balón, me empezaron a entrar unas dudas y lo cambié sobre la marcha. Entró. Ahí me cambió la suerte, se me fue el mal de ojo en Sidney.

La medalla de plata no está mal, aunque en el momento me fastidiaba no tener el oro. Eurocopa. Mundial y Oro olímpico hubiese sido la hostia. Lo que nunca olvidaré es que, según perdimos la final, en el vestuario, me suena el móvil y era Toni Jiménez. Pienso: «Querrá darme ánimos, qué detalle, qué buen amigo». Cojo y me dice: «¡Jódete, yo tengo el oro y tú no! ». Él lo había ganado en Barcelona 92 [risas]. Qué tío. Mira que luego no se me ocurrió a mí llamarle después del Mundial.

¿Qué tal con Irureta?

Cuando llegué, llevaban ya seis jornadas. Ese año jugué poco. Romero con 28 años estaba en plenitud. Me costó mucho, pero cuando fui entrando fue muy bonito. Jugué mucha Champions League. Cuando te ves en Old Trafford, en el Olímpico de Munich, contra el Milan… eso es otra cosa. E Irureta me fue sacando, porque él eso lo hacía, si tenía que poner cuatro laterales, los ponía: Romero, yo por delante, Manuel Pablo y Scaloni. Y no veas cómo le funcionaba ese rollo amarrategui en Europa.

Ahí me pasó que, estaba dando clases de inglés, y le pedí al profesor un insulto para usarlo en Inglaterra. Me dijo que como mucho les dijese «be careful» y días después, cuando se me puso Beckham por delante le dije: «Beautiful! beautiful!», porque me confundí. Otra vez, me di un golpe con él que me hizo una herida por encima del labio y estuve días afeitándome sin parar para que se me viera la raja, la gente no dejara de preguntarme qué me había pasado y poder decirles: «Nada, el otro día, un choque con Beckham…».

Jugaba muy bien ese Dépor.

Hombre, qué plantilla había. Ese equipo llevado con técnicas actuales hubiese ganado cinco ligas. En aquel entonces, cada uno hacía lo que quería, estábamos todos con un 15 %, 18 % de grasa. Todo eso es impensable ahora. Pero mira lo que había: Si no era Makaay era Tristán, si no era Valerón, era Djalminha. Si no era Víctor, era Scaloni. Si no era Fran, era Luque. Si no era Mauro, era Sergio. Romero, Manuel Pablo, que sonaba para el Madrid antes de romperse, Naybet, que también lo quiso el Madrid, Andrade, Turu Flores, Pandiani… era increíble.

Djalminha era un espectáculo.

Lo que le he visto yo hacer a ese hombre… Era el Ronaldinho de la época, lo que hacía en los entrenamientos era un espectáculo. Lo que pasa es que luego el carácter le falló y Valerón le comió el terreno. Lo que ha hecho Dembélé con Coutinho. Djalma era brasileño, en A Coruña no había presión de nada, en aquella época no había móviles con cámaras, podías hacer lo que querías, y… Lo de Neymar en silla de ruedas yéndose de fiesta lo hacías y no se enteraba nadie. Pero lo más grave fue el cabezazo a Irureta.

Djalminha no tenía claro que Scolari le fuese a llevar al Mundial de Corea y Japón, porque no jugaba siempre. Estaba nervioso por eso. Me acuerdo un entrenamiento que era un festivo y el día antes habíamos salido. Había un buen rollo de la hostia. Ese vestuario era brutal. Estábamos entrenando una pachanga, el segundo entrenador pitó un penalti, Djalminha se encabezó con que no era penalti y decidió que no se tiraba. Makaay iba a plantar el balón para chutar y Djalma se la quitaba. Irureta vino diciendo que había que tirarlo. Se encararon y le metió un cabezazo. Ya no jugó más y se perdió el Mundial. Irureta le dijo: «Al vestuario». Y Djalma: «Me pagan por entrenar, no me voy»: Irureta: «Fuera». Y él: «Que no me voy». E Irureta: «Venga, pues diez minutos más» [risas]. Seguimos jugando y no sé si Djalma marcó diez goles en cinco minutos porque nadie le entraba ni le tocaba.

El gran hito de ese Dépor fue remontarle al Milan un 4-1 en unos cuartos de Champions. En sus memorias dice Pirlo que sospecha que ibais dopados, que luego desaparecisteis de las competiciones europeas y no se os vio contra el Oporto.

El Dépor no tenía poder económico, por eso desapareció de Europa. Y hombre, si me hubiese dopado contra el Milan, me habría dopado también contra el Oporto. En el descanso les ganábamos 3-0 porque ellos iban andando. Si ves el gol de Luque, el pase era de saque de Molina. Ese gol te lo resume todo. Iban muy confiados.

En octavos había sido la Juve.

Sí, Del Piero era mi debilidad y al final le pude pedir la camiseta. La guardo en mi casa como oro en paño. Me gustaba mucho la clase que tenía. Cuando jugué en la India me lo encontré y se acordó de mí. Me dijo de tomar un café, tendría 37 años, y me quedé tan cortado… ¿Del Piero me dice que me tome un café con él? Dije que no, me subí a la habitación y le dije a mi mujer: «¡Que Del Piero me ha dicho que me tome un café con él!». Y ella me dijo: «¿Y no te lo tomas? ¿Tú eres tonto?».

Nunca has perdido el punto de aficionado, aunque fueses profesional.

Hace un par de años estuvo mi hijo ingresado en el hospital. Por Navidad, anunciaron que vendrían los jugadores del Barça a ver a los críos. Pensé que sería Rafinha y tal, pero no. Vinieron Messi y Luis Suárez. Cuando me vio Messi me dijo: «¡No me pidas nada hoy!» [risas]. Tengo tres camisetas de Messi, dos pantalones y unas botas. En cambio, a Cristiano Ronaldo le pedí las botas y no me las dio. En mi último año en el Espanyol le dije final del partido que me las diera de recuerdo y me dijo que no. Estaría de mal humor… solo acababa de marcar cinco goles, el Madrid ganó ese día 0-6 en Cornellá. Messi es al revés. Mi hijo pequeño, por desgracia, es del Barça, un día le pedí a Messi si le podía hacer una videollamada y se la hizo. Cuando le pasé el teléfono a mi hijo y vio que era Messi no sabes la ilusión que pudo hacerle eso. Se quedó… Mi hijo le pidió que metiese un gol y al día siguiente lo metió, al Athletic de Bilbao, de falta, y el chaval se pensaba que se lo había dedicado a él. Fue muy bonito. De Messi dirán lo que sea, pero conmigo se ha portado espectacular.

Hablemos del centenariazo.

Nos presentamos casi de invitados al Bernabéu con Figo, Raúl, Roberto Carlos, Zidane… No eran galácticos, eran megagalácticos. Llegamos al estadio y dos horas antes del partido todavía estábamos peleando con Lendoiro por las entradas. Hubo un lío con las invitaciones, que no nos habían dado las que eran, y llegamos a decir que o nos daban las entradas que nos habían prometido o no salíamos al campo. No sé cómo, dos horas antes aparecieron todas las entradas. Esa pelea que tuvimos con Lendoiro nos hizo salir al campo enrabietados. Hay unas imágenes, que en el minuto 5 o 6 cae uno del Madrid al suelo y van dos o tres a por él… salimos a competir de una manera… Estábamos ahí pensando: «Me cago en las putas entradas estas, al que pille por delante lo reviento». Y resulta que el que se nos cruzó fue el Madrid [risas]. Luego fuimos a celebrar el título al restaurante que tenía reservado el Real Madrid. Estaban las camareras quitando las banderitas blancas de la mesa a toda prisa.

¿No imponía el Bernabéu?

El campo que más me ha impresionado fue San Siro. De no poder hablar con el que tienes a dos metros. Fue un año que les eliminamos con Djalminha tirándose un penalti a lo Panenka; penalti que me hicieron a mí, pero no hace falta que lo pongas [risas]. Él avisó y todo, dijo: «Lo voy a tirar a lo Panenka», y lo tiró a lo Panenka. Se fue al córner a celebrarlo y nos tiraban de todo, hasta móviles de los Nokia tochos, monedas… Ahí pensé en lo que tiene que ser un Inter-Milan.

Por el Oporto de Mourinho nadie daba un duro, se llevó por delante al Dépor y ahí empezó la leyenda de ese entrenador.

Todavía no existía la expresión «de Mourinho». Empatamos en Oporto 0-0, que creo que Mourinho lo daba hasta por bueno. Pero el problema que tuvimos fue que en la ida expulsaron a Andrade por darle una patadita a Deco, que era amigo suyo, fue de coña, pero lo echaron. Andrade le decía al árbitro: «Que es mi amigo, que es mi amigo», pero nada. En la vuelta jugamos sin él y sin Mauro Silva, que se provocó la tarjeta para no perderse la final. Al loro. En su lugar jugó César y fue él quien hizo el penalti que nos metió Derlei y nos echó. No digo que César lo hiciera mal ni mucho menos, pero es que ya es mala suerte. Además, en el minuto 80. Pero ese día el ambiente ya no era como el de la remontada al Milán.

A la Eurocopa de Portugal fuiste, pero no jugaste.

Debuté con la absoluta en Logroño, en un partido contra Paraguay. Fueron a verme mis padres y les regalé la camiseta, que está enmarcada. En 2004 dieron la lista y yo no iba, pero se lesionó Michel Salgado y me llamó Iñaki Sáez. Fui y no jugué ningún minuto, pero me sirvió de experiencia la convivencia. Entrenar con Raúl, que era el jugador más importante que había, para mí fue importante.

¿Qué le pasó al equipo para irse en primera fase?

No quiero culpar al entrenador, pero igual fue demasiado permisivo. Quizá mandaban más los jugadores que él, pero no sé. Algo falló. Hicimos lo más difícil, que era ganar el primer partido y, en el segundo, contra Grecia jugamos mejor pero nos empataron con un gol de Charisteas ahí que…

No, no, gol tras un señor pase de don Vassilis Tsartas.

Con la zurdita, sí, golazo.

Mourinho ganó la Champions y Grecia la Eurocopa, fue un año de deleite para los amantes del fútbol defensivo.

Lo impresionante fue que el partido inaugural fuese Grecia-Portugal y la final, Portugal-Grecia, y ambos los perdiese Portugal. En Portugal [risas]. Lo de Grecia tenía un punto a la Dinamarca del 92, que fue de invitada porque la llamaron al última hora en sustitución de Yugoslavia, y ganó. Por Grecia nadie daba un duro, se lo fue creyendo y ganó también. Yo me alegré de que ganara Grecia, no por ellos ni por ir contra Portugal, sino porque una sorpresa siempre le sienta bien al fútbol. Espectáculo no dieron, eso sí. Era como el Atlético de Madrid de Simeone, no hace fútbol vistoso, pero te gana. Te gustará o no cómo juega, pero te gana. Ves que los equipos cuando van a jugar contra el Atlético ya van resoplando, sin ganas, porque va a ser un partido feo y te van a ganar en una contra. Nadie quiere enfrentarse a ellos.

¿Qué tal Caparrós en el Dépor?

Muy bien. Confió mucho en mí. Es un personaje… El fútbol para él no tiene secretos, es trabajo, trabajo y trabajo. A nosotros nos trajo ya conceptos modernos, cuidar la alimentación, mirar el porcentaje de grasa. El cambio lo notamos, pero ese Dépor no era el de cuando Lendoiro compraba, sino el de cuando vendía. Se fueron las estrellas y éramos de media tabla. Currando solventó situaciones complicadas. Porque yendo de abajo a arriba es fácil, pero de arriba a abajo cuesta gestionar un equipo. El doctor Escribano nos daba sus papillas en el descanso…

¿Qué tenían?

Espaguetis triturados. No sé si nos hacían bien o te lo imaginabas, pero esos métodos los empezaron a introducir todos los clubes. Antes Donato jugaba con 40 años y barriguita y lo hacía muy bien, pero ponle ahora en el Camp Nou con 40 años… Un ejercicio que hacía mucho Caparrós era ponerte a correr y cuando solo te quedaban cien metros se ponía a tu lado y te empezaba a hacer preguntas. Quería que en una situación de agotamiento te funcionara la cabeza, que supieras pensar ahogado. Trabajar el cerebro en el momento límite. Luego daba charlas. Decía, si tú haces entrenamientos, estás fundido, llegas a casa con la bolsa y ves que en el séptimo, donde está tu familia, hay un incendio, subes a toda leche. Pues eso es porque el cuerpo, aunque parezca que no, todavía puede dar más. La adrenalina te da para hacer ese esfuerzo. Aunque tú digas no puedo más, el cuerpo todavía puede. Esos ejemplos nos ponía.

En 2006 no fuiste al Mundial.

Jugué amistosos, estuve en convivencias, pero ya vi que, con 28 años, si me perdía ese, nunca tendría oportunidad de jugar un Mundial. Me quedaba el recuerdo de haber estado en una Eurocopa, al menos. Entonces se lesionó Del Horno y los periodistas pensaban que iba a ir, pero fue Pernía de, inicialmente, suplente de Antonio López. Recuerdo que hubo dudas en las televisiones y fue un poco raro, porque a él le sacaban metiendo goles y a mí sacando de banda, tirándome por el suelo [risas]. Creo que, sinceramente, si no me hicieron la cama, sí apretaron para que fuera Pernía. Luis no era para nada influenciable y se llevó a Pernía porque, dijo, sabía los códigos del fútbol. El otro fútbol, el de todo un poco. Luego resulta que fue titular. ¿Cómo se sentía Antonio López? Eso nadie lo ha preguntado. Yo me llevé una decepción. Aunque no fuese a jugar, al menos estar ahí, como en la Eurocopa, quería vivirlo. Al siguiente Mundial veía imposible que nadie quisiera llevarme a mí con 32 años.

¿Qué pasó en la tragedia del «Vamos a jubilar a Zidane»?

Se habló de la destitución de Luis Aragonés, puso el cargo a su disposición, pero Villar no le aceptó el cese. Entonces ya Luis planeó algo tipo: «Me quedo, pero con mis ideas». Prescindió de Raúl, de Albelda, de Míchel Salgado, Cañizares… En ese Mundial creo que empezó a haber grupitos, Luis lo detectó, malos rollos… ya Raúl no fue titular…

Era Villa.

No sé, porque con el disgusto no lo seguí mucho. Pero después, en la fase clasificatoria, cuando pierde contra Irlanda, es cuando ya no llama más a Raúl y Míchel Salgado. Ahí estalló la bomba.

¿Qué pasó?

Lo que me han contado no sé si es verdad…

Enrique Ortego contó que Raúl no quería entrenar mañana y tarde y Aragonés decía que a la selección se iba a trabajar. ¿Coincide?

No me coincide para nada. La verdad no la sabremos nunca, hubo discrepancias, se rompieron las relaciones y punto, y se puso a hacer un grupo que estuviese unido. Un vestuario donde cada uno aceptase su rol. Porque lo que me han contado a mí es que ellos tenían que jugar siempre, si iban a la selección tenían que jugar. Luis se arriesgó, fue con lo suyo a muerte y le salió bien. Cosa que no fue fácil, ir a la selección entonces era un drama. Nadie quería ir, no era como ahora. Ibas, pero lo pasabas mal. Cuando perdimos en Suecia, jugamos un amistoso en Murcia, cuando inauguran la Nueva Condomina, contra Argentina, que debutó Antonio Puerta, y en el entrenamiento nos insultaba la gente, «mercenarios», «hijos de puta»…

El punto de inflexión fue en Dinamarca, con el famoso gol de Sergio Ramos en Aarhus. Ahí empezó, para mí, la verdadera era de Luis Aragonés. Porque pasásemos por donde pasásemos, todo el mundo estaba «Raúl, Raúl». Una vez Luis Aragonés en Oviedo dijo que el entrenamiento iba a ser a puerta cerrada y se lio… Era el debate nacional, toda la prensa siempre estaba con lo mismo. A día de hoy, todavía no sé cómo soportamos esa presión. Era brutal, y eso que a nosotros los jugadores no nos incumbía.

¿Cómo se gestó esa forma de jugar?

Natural, de la calidad que había. Con esos jugadores va surgiendo. Igual que el Barça lo hace porque tiene calidad para hacerlo, no porque pueda llegar cualquiera y decir «hoy voy a jugar al tiquitaca». Yo cuando jugaba con España me sentía como si fuera del Barça o del Madrid, pensaba en cómo se tenían que sentir ellos con su 70 % de posesión en cada partido. Acababa y estaba fresco, porque con balón te diviertes. Después de cada partido podría haber jugado otro.

¿Sentisteis presión de la selección de baloncesto?

Al revés, al baloncesto no le dieron la importancia que merecía. Ganaron el Mundial, le dieron bola dos días y luego te sacaban una portada de Cristiano atándose las botas. Debería haber estado el país un mes de fiesta. Tiene tanta dimensión el fútbol que parece que los demás deportes no valen para nada. Hay una obsesión con el fútbol masculino, ni siquiera con el femenino. Se nos ha dado demasiada bola, pienso yo.

En el último amistoso, contra Estados Unidos, antes de la Eurocopa, decía El Mundo Deportivo: «esta España no va bien y su examen final antes de la Eurocopa lo aprobó por los pelos (…) lo que está claro es que la cosa no marcha como debería (…) Esta selección está años luz de ser candidata firme a ganar la Eurocopa (…) un equipo plano, sin ritmo y que abusa en exceso del toque (…) Se abusa de los pases horizontales sin peligro (…) la masiva presencia de interiores provoca que el fútbol ofensivo de la selección se cree por el centro. Un panorama desolador (…) si España dejara de apostar por el ‘toca toca’, de continuar no dándole resultado, el plan B tampoco sería garantía de éxito».

Fuimos al Sardinero y nos pitó todo Santander. Dijo la prensa que teníamos una defensa de mierda. Algo como «España sin defensa», que fue lo que más me molestó. Encima me lesioné en el abductor y casi me mandan para casa. Me dijo el fisio que porque era yo y sabía que mi cuerpo se recuperaba bien, pero jugué toda la Eurocopa lesionado. Jodido, jodido. Me dolía. Personalmente, estuve un poco molesto con la prensa porque habíamos ganado los amistosos, tan mal no estábamos, aunque se pudiese mejorar. Pero vamos, en el primer partido ganamos 4-1 a Rusia y ya todo era «¡Podemos!».

Contra Suecia, qué pase le diste a Villa, qué asistencia.

A ver en qué partido de esa Eurocopa un tío da un pase de 80 metros y acaba en gol. Fui a quitármela de encima y me dije, ya que le doy, la meto al área. Eso para mí es un despeje orientado [risas].

Con Ramos hubo líos al principio. Te leo: «Luis Aragonés le dio ayer un nuevo aviso a Sergio Ramos. Esta vez no fue por algo que haya pasado en el terreno de juego, sino fuera de él».

Le sacaron unas fotos en el pueblo donde estábamos, en Neustift, donde solo había un bar y él había bajado a tomar una copa con su hermano. Eso lo publicaron como que se había ido de fiesta, cosa que era imposible en ese pueblo, no había más que dos bares. Luis Aragonés le llegó con el periódico en la mano y le dijo: «Usted es tonto, ¡usted es tonto! ¿No ve que quieren desestabilizar? Yo sé que no estuvo de fiesta, pero el próximo día si quiere tomar algo le dejo yo una peluca». Nos metían mierda por todos los lados.

La clasificación fue fácil.

Aparte, que jugaran los suplentes el tercer partido vino muy bien. Debutaba todo el mundo, no había gente sin jugar, con ese ansia. Poder salir todos nos vino de fábula.

En el Mundial de 2006 recuerdo que al jugar el tercer partido con suplentes, contra Arabia, algo se dijo de que fue un error porque se había perdido tensión competitiva.

No, estaba bien. Así todo el mundo se sintió importante. Yo lo prefiero así, al menos.

Italia, partido épico.

Íbamos con la losa de no superar nunca los cuartos de final. Encima Italia, que era la campeona del mundo. Pero al eliminarlos nos sentimos como que habíamos cumplido 18 años y ya éramos mayores de edad. Sobre todo hubiera sido una pena habernos quedado en cuartos después de lo que sufrimos y la mierda que tragamos.

Italia se veía más favorita que nosotros, pensarían que en los momentos complicados nos ganarían con algún recurso, pero se encontraron con que en los penaltis, donde en teoría son mejores, demostramos que psicológicamente éramos más fuertes. Ahí les sorprendimos. Recuerdo estar en el medio campo, mirar a Buffon abrir los brazos y la portería parecía de hockey. No sabía por dónde iban a entrar los balones. Agradecí a Luis que no me dejara tirar. Vamos, Luis no preguntaba. Llegaba y decía: «Tú el primero, tú el segundo…». Ponía a los buenos a tirar primero, no eso de guardarse la estrellita para el final, como le pasa a Cristiano, que a veces ganan y él no ha tirado. Si eres el mejor tira el primero, ¿no?

A Rusia se la pasó por encima.

Nos liberamos. Fue el mejor partido de España, ya pensamos: «Ahora que nos digan lo que quieran».

Luis os dijo que si no ganaba con ese equipo, él era una mierda.

Decía: «Yo sé cómo ganar, solo tienen que hacerme caso». Desde el primer día hablaba de ganar la Eurocopa. Lo dijo Torres en una entrevista, era la primera vez que oíamos la palabra ganar en la selección. En Portugal nunca escuché a nadie hablar de ganar la Eurocopa. Nos lo fue metiendo, nos lo fue metiendo y al final nos lo creímos. Encima, logró que todos tuvieran su rol definido y aportaran. Palop, que era el tercer portero, que sabía que no iba a jugar, ¡era el que más animaba! ¿Cómo consigues eso? Eso es dificilísimo para un entrenador.

¿Y la final?

Llegó Luis y dijo «mañana no juega Wallas». Se refería a Balack, que al final jugó. Y dijo Luis: «¡Menos mal!». Porque había perdido todas las finales que había disputado. También habló de que le había llamado el rey y nos dijo: «Vamos a apretarle a ver si nos sueltan más pasta». Nos distraía con esas cositas. Yo, antes de salir, en la final, le dije a Xavi: «Si yo te la doy, bajo ningún concepto me la devuelvas». Y él: «Tío, Joan, què em dius, que estamos a punto de jugar una final». Me quitaba la tensión así a mí mismo. Era por mí.

Luego Luis nos dijo que si protestábamos, siempre de dos en dos para que el árbitro no viera siempre al mismo. Teníamos que aprendernos el nombre del línea, decía «al juez de línea le gusta que le llames por su nombre. ¿Quién se sabe el nombre de un linier? Si le dices ¡bien, Joseph!, el tío piensa: «Joder, qué bien, se saben mi nombre». El otro fútbol. Yo en mi puta vida me había parado a saber el nombre de un linier. Por algo le llamaban el Sabio, lo sabía todo.

Y el gol de Torres, que también es un tío que estuvo cuestionado y mal.

En la selección todos lo estuvimos. El problema era que la selección era de Madrid y Barça. La gente estaba pendiente de si había más de uno o de otro. Es así siempre. Para mí, es una guerra absurda, y los demás hemos sido jugadores de segunda fila a los que aceptan en casa de los mayores, para que te sientas bueno por un día. Pero yo pienso que si he hecho Olimpiada, Eurocopa y Mundial sin ser de ninguno de los dos, tiene más mérito que lo de ellos. Y siendo malísimo, pues más todavía [risas].

Tu habitación era el cuartel general.

Es que era enorme. Como íbamos por orden alfabético pensé que sería la de Casillas y fui a ver si se habrían confundido, pero no, era la mía. Entonces ya se quedó para jugar a las cartas y tomar unas cervecitas después de los partidos. Antes de cada final, en las que yo estuve, la noche antes siempre hacíamos todos juntos un colacao con madalenas o un cruasán, era como una superstición. Luego, dormir antes de una final es peor, porque sabes que si fallas estarás marcado para toda la vida. Sobre todo en la del Mundial, estaba muy preocupado por si me resbalaba o algo y perdíamos por mi culpa. De haber ocurrido algo así, ahora estaríamos aquí sentados y todo el que pasase por la calle me diría «¡hijo de puta! ».

Es difícil destacar nada de ese equipo, todo funcionó: Casillas, la defensa, el medio campo, los delanteros. No se puede decir que uno fuera clave, porque lo fueron todos.

Todo salió bien en esa Eurocopa. Hasta la celebración estuvo mejor que la del Mundial. Ganamos en Viena, volvimos y nos pegamos una fiestecilla entre nosotros en el famoso pub de Sergio Ramos. Volvimos al hotel, cogimos el avión para volver a Madrid, hicimos toda la ronda, y montamos una fiesta privada en Buda solo para nosotros, la familia y los amigos. Aquello fue muy brutal, todos dándonos besos, abrazos. Nos lo pasamosahí me di cuenta de la maravilla que era el grupo que habíamos hecho. Al llegar a las ocho de la mañana me encontré en el vestíbulo del hotel a Puyol y nos abrazamos y cambiamos la camiseta como si fuera el final de un partido, todavía la tengo guardada. Un escándalo lo bien que lo pasamos. Fue tan natural, una maravilla. En el Mundial celebramos, pero estuvo más apagado.

En ese momento eras jugador del Villarreal, club al que escogiste porque, dijiste, era el «más serio» de los que te pretendía.

Tuve varias ofertas. El más importante fue el Betis, el Levante me mareó también un poco, pero me fui con el Villarreal porque estaban en Europa y competían. Acerté. Conseguí ahí la plenitud futbolística. Si fui al Mundial con 33 años fue gracias al Villarreal, si me hubiera ido al Levante, que ese año bajó a segunda, no lo habría logrado. En Coruña sembré y recogí en Villarreal, donde logramos el mejor puesto de la historia, segundos, y salimos con el autobús como si hubiéramos ganado. Lo que ha hecho Roig es espectacular. Igual que en Coruña, que su realidad era estar en primera, mantenerse, y eso la gente no lo veía porque venía de unos años buenísimos.

Tuviste a Pellegrini y a Valverde; uno llegó al Madrid y el otro, al Barça.

Pellegrini, junto con Caparrós, ha sido el mejor entrenador que he tenido. Nunca se ponía nervioso. No le salió lo del Madrid, pero lo merecía. Con él no hice más que disfrutar del fútbol. No hacíamos tiquitaca como el Barça, pero sí minitiquitaca. Íbamos con jugones de verdad, Cazorla, Senna, Cani, Rossi, Nilmar, Borja Valero… Un Barça en miniatura. Luego llegó Valverde y quiso cambiar un poco el dibujo a un 4-4-2 más defensivo y nosotros no lo pillamos. La culpa es siempre a medias, pero creo que fue más nuestra. No asimilamos lo que nos pedía. Cuando se marchó fue muy emotivo porque le queríamos mucho y nos sentíamos culpables de no darle lo que pedía. Pero eran cosas que no podíamos hacer, que los extremos bajasen a defender, a Pirés lo mataba… Pellegrini en cambio era: «Si nos meten uno, tranquilos, ya meteremos dos». Ahora en el Barça si Valverde pone un 4-4-2 lo matan.

¿Por qué se fue Luis de la selección?

Durante la celebración él ya era consciente de que no podía seguir. Ya tenían a otro firmado, porque nadie esperaba que fuésemos a ganar. Eso es al menos lo que me llegó a mí.

¿Del Bosque qué mantuvo y que tocó?

Su presión añadida era que veníamos de ganar la Eurocopa. Ya estaba todo encaminado, la columna vertebral hecha, no quiso tocar muchas cosa y le fue bien.

Metió el doble pivote.

Sí, que fue muy criticado tras la derrota ante Suiza. Todos los entrenadores tienen que meter algo suyo, porque todos tienen sus cosas. No creo que esa derrota fuese por el doble pivote. El sacrificado fue el pobre Silva, porque de Busquets dijo que, de poder ser un jugador, Del Bosque hubiese querido ser Busquets. Le reafirmó. Eso fue importante, Busquets tenía 21 años. Pocos aguantan la presión como lo hizo él. Por eso ha llegado él donde ha llegado y no yo [risas].

Mi única virtud es que he sabido siempre dónde está mi límite, al final el fútbol es inteligencia. Nunca me habrás visto hacer una bicicleta porque podía descarrilar y rotura de tibia y peroné. Si lo mío era cortar y dar, yo cortaba y daba. Como decía Luis de sí mismo: «Yo era malo, pero era listo de cojones».

A ti se te cuestionó.

¿Sí? No me acuerdo. En la selección siempre he tenido la suerte de estar un poco al margen por no ser del Barça o el Madrid. Yo le daba igual a los polemistas. No hablaban ni mal, ni bien. Estaba entre dos aguas. En ese partido contra Suiza yo en lo único que estaba pensando fue en que era mi debut mundialista. Estuve pendiente del saque de centro y cuando lo hicieron, dije: «¡Ya! soy mundialista, le contaré a mis hijos que soy mundialista». Para mí jugar un minuto en un mundial ya era un triunfo. Luego acabé jugando todos los minutos, junto a Piqué y Casillas, que esa es otra.

Casillas también aguantó lo suyo porque se le ponía en duda por la presencia de Sara Carbonero.

Igual fue una motivación, ¿no? Antes, en la Copa Confederaciones, Sara estaba detrás de la portería. Nosotros en el calentamiento la mirábamos, porque si una chica es guapa, pues… y ya nos dijeron que tenía casi pareja. Fue todo muy secreto, como lo de Piqué y Shakira, que yo no me enteré hasta después del Mundial. De hecho, yo andaba por ahí diciendo todo el rato que quería hacerme una foto con Shakira. Pero no creo que esto fuese una distracción para nadie, sino al contrario. Te motiva.

Luis os criticó en los medios por salir con el partido de Suiza ganado.

Ni me enteré. Pero sí que es verdad que no salimos con la tensión adecuada, en lugar de salir al cien por cien sí que salimos al ochenta por ciento.

Después de Suiza fueron todo finales.

El primer día, el de Honduras, me llegó Del Bosque en la merienda y me dijo que ayudase un poco a los jóvenes, que venía un partido jodido. Eso me llenó de confianza, que viniera el míster a decirme algo a mí, en privado, me sorprendió. Porque lo normal era que hablase con Casillas y con gente con más peso. Después de lo de Suiza, a todos los partidos fuimos con la maleta hecha por si después nos íbamos a casa.

Lo de Chile fue un parto.

Honduras fue terrible, pero sabías que podías ganar. Contra Chile ya teníamos más dudas. Los equipos sudamericanos se nos dan fatal, presionan mucho. Un equipo de Bielsa además es complicadísimo. Estábamos acojonados, menos mal que metió Villa eso desde el medio campo. Fue un partido feo no, feísimo. De cojones. Cuando nos marcaron el 2-1 no sabíamos si atacar o defender.

Fue la primera vez que esa selección se echó para atrás.

Nosotros no sabíamos que a Chile le valía, fueron ellos los que pararon. A nosotros nos daba igual el otro partido, solo nos valía ganar. Teníamos el miedo en el cuerpo. Un resbalón, cualquier cosa, en fútbol puede pasar de todo, y a casa. Yo me quedé a atrás, lo único que tenía claro es que no podían meternos un gol, si no metían estábamos en octavos y me dediqué a eso.

Piqué recibió por todos los lados, estaba todo el día sangrando.

Ahí es donde se enamoró Shakira, al verle con esa cara [risas]. Pero, fíjate, después van y le silban. A un tío que siempre que le han llamado se ha entregado. Después, que cada uno piense lo que quiera en su vida privada, pero si defiende tu país o tu camiseta respétalo, ¿no?

El partido de Portugal, tácticamente, fue el más complicado que disputó esta selección junto con el de Italia de la Eurocopa.

Es que Portugal tenía muy buena selección. También nos tenían ganas. Cuando jugué en el Benfica noté que había algo de rivalidad entre portugueses y españoles, no los veo como los mejores hermanos. Siempre he visto que nos tienen ganas. Fue un partido duro y jodido. A mí, a nivel personal, me vino Toni Grande y me dijo: «Joan, has hecho el partido de tu vida». Dije: «Coño». Recuerdo que me cayó a la banda Cristiano porque tengo un par de fotos guardadas. Y el gol nuestro, si hubiera habido VAR, igual nos lo anulan, que estaba en fuera de juego Villa.

Vaya faltas nos tiró Cristiano Ronaldo.

Es que el balón ese era un desastre. Lo hicieron a propósito para Cristiano. Le metías y no sabías dónde iba. Me pongo en la piel de Iker y… cada falta era una lotería. Era casi un penalti, o peor, que de lejos es más difícil porque el balón se mueve más. No sé quién aprobó esa pelota, a mí no me gustó desde el principio.

Infartitos contra Paraguay.

Falló un penalti Cardozo en el 70. Fue el partido que más sufrí. Es que los equipos sudamericanos siempre se nos han dado mal, son rocosos, nos asfixian, nos viene mejor el estilo europeo. Vas de mala gana, te meten en su terreno y psicológicamente te ganan. Si nos llegan a meter el penalti, que se lo para Iker, estoy convencido de que nos eliminan. Luego tuve a Cardozo en el Benfica y me dijo que nunca los tiraba así, que ese día cambió. Y luego sacó Casillas y nos pitaron penalti a nosotros. Lo tiró Xabi Alonso, lo metió y le hicieron repetirlo, pero en esa jugada hubo otro penalti que no pitaron. Y al poco después entra el gol, un remate al palo de Pedro que coge Villa, chuta y da al palo, al otro palo y gol. Fíjate lo que es la suerte. No hicimos un fútbol brillante en ese mundial, pero fue eficaz. 1-0, 1-0 y 1-0. Esas fueron nuestras eliminatorias, se divirtió más la gente en la Eurocopa, pero un Mundial lo absorbe todo.

¿Cómo afrontaste la final?

Me dijo un amigo unos días antes: «Para salir al campo, ponte una moneda en la media y una vez dentro la lanzas y la entierras en el césped». Respondí: «Vamos a ver, tío, que mañana voy a jugar una final del Mundial, que no es la fiesta mayor». Y me dice: «Si quieres ganar, haz eso». Por la noche empecé a dudar, «¿y si no lo hago y perdemos?, a ver si va a tener razón». Con un par de cojones, me puse un euro en la media, el himno, tal cual, todo chulo, y mientras hacían el sorteo, tiré mi moneda y la clavé con el dedo en el césped, que debe estar todavía ahí. Yo no la toqué.

Cuando salté al campo, miraba la copa. Cómo brillaba. Ver la copa que habían levantado Matthäus, Maradona… La miré porque, ¿y si no la volvía a ver? Me impresionó mucho lo que brillaba. Pensé en Maradona, cómo se lo tuvo que pasar en el Estadio Azteca, levantándola delante de ciento veinte mil personas. Cuando sonaron los himnos, se me pasó un flash de mi carrera: «Yo qué hago aquí, con todo lo que he jugado en campos de tierra», me puse como melancólico, «cincuenta millones de españoles viendo el partido». Veía imágenes de mí cuando era pequeño.

Mis padres vinieron a partir de las semis, eso me puso muy contento, que me vieran jugar un Mundial. Al estar ellos en el campo me sentí un poco protegido, respaldado. Estás a doce horas de España, pero no estás solo. Entonces empezó el partido y se pusieron a meternos unos palos… En el minuto 13 o 14, me da un pase Puyol, la recibo, viene Van Persie y me da en el pie de apoyo. Le sacaron amarilla, pero sentí que me había reventado el tobillo.

¿Jugaste lesionado?

En el descanso estuve con el fisio. No me enteré de nada de la charla que dio Del Bosque. Tenía el tobillo hinchadísimo, con un esguince de caballo. Pensé que no podía jugar. Le dije al fisio: «Hazme lo que sea, pero que pueda jugar». Me dio un Nolotil o algo así, algo rojo. Me tuve que quitar el cordón de un par de ojales de la bota para poder atármela y probé en la carrera para salir al campo, si no podía, me volvía, se lo tuve que prometer. Pero pude. En cuanto empezó la segunda parte, ni me acordé del tobillo. Sería la adrenalina, pero no sentía dolor. Acabó el partido y estuve un mes de baja. Tenía el tobillo negro.

¿Os sorprendió la forma que tuvieron de salir?

Mucho. ¿Cuándo Holanda ha sido así de agresiva? Yo creo que ahí perdieron la final. Fue el equipo más violento de todo el torneo en ese partido. Paraguay fue mucho más noble que ellos y se supone que los sudamericanos son los aguerridos. ¿Lo de Van Bommel con Iniesta, que habían sido compañeros en el Barça y tuvieron un rifirrafe? Para sacar de quicio a Iniesta hay que… Y ya no te digo la patada de De Jong a Xabi Alonso, todavía no me explico cómo en el mundo del fútbol eso no es roja por mucha final que sea. Si es roja es roja, aplica el reglamento. Eso no es cargarse una final, el que se la ha cargado es De Jong, no el árbitro.

¿Cómo viste la ocasión de Robben?

Yo iba detrás de él, fui el que mejor lo vio de todo el planeta. Sin pagar entrada [risas]. Le grité: «¡Kiricocho!».

¿Cómo?

Kiricocho. El segundo de Pellegrini, Rubén Cousillas, cuando teníamos una ocasión en contra, decía «kiricocho», que es un mal fario para el rival. Se me quedó grabado. En esa jugada, a Piqué le pasó por debajo de la pierna, no sé por qué, pero el otro cuando arrancó la moto yo ya no llegaba. Solo me quedó correr a la desesperada y decirle «¡kiricocho!». Y va y la falla, tío. Rubén Cousillas tenía muchas manías, antes de cada partido se encerraba en los cagaderos y empezaba a rezarle a la Virgen…

Llegó el gol.

Cuando marcó Iniesta, miré el marcador y del 117 al 120, esos tres minutos, fueron los más largos de mi vida después de mi boda. Duró igual que todo el Mundial. Nos quemaba el balón, fue una cosa de locos. Despejábamos y Torres corría todos los balones. Yo le metí uno y se rompió al intentar controlarla. Una rotura de caballo.

Del gol no me acuerdo tanto. El carrerón de Navas, no me acuerdo. Vi que Iniesta pegó un taconazo y pensé: «Hostia, qué haces con taconazos en mitad del campo, no la perdamos ahí». Siguió la jugada, Torres metió un centro que despejaron y le cayó a Cesc, le dio el pase a Iniesta, que estaba en fuera de juego en el primer pase… Ahora no me acuerdo. Mira, ese gol no he vuelto a verlo nunca. No lo veo cuando sale en la tele porque tengo miedo de que lo falle. En serio, por superstición intento no verlo, a ver si me van a quitar la estrella.

Superstición a posteriori.

Quiero ver todas las imágenes del Mundial, menos el gol. Cuando chutó Iniesta y marcó, el estadio se quedó como… ¿qué ha pasado? De repente, vi que Iniesta salía corriendo, pensé «¿Gol? ¿Gol?», vi al linier pirarse para mitad de campo y empecé a correr como un loco hacia ellos, fueron ochenta metros, la carrera más rápida que he hecho en mi vida en un campo de fútbol. Caímos todos, dentro del montón me encontré con Xavi, me di un abrazo con él, y ya está. La camiseta de Jarque para mí fue una sorpresa, no sabía que la llevaba. Es caprichoso el destino, Iniesta estuvo a punto de no ir al Mundial, tuvo una especie de depresión, le trató un psicólogo. Le pusieron vídeos de motivación…

Luego el balón nos quemaba, solo dábamos pelotazos, y recuerdo que se fue de fondo una y le dije a Iker cuando iba a por ella: «Por tu madre, no saques, por tu madre», que se jugase una tarjeta o lo que fuera. Y tal y como lo plantó para sacar, el árbitro pitó el final. Todos nos pusimos a llorar, te derrumbas ahí, es algo… toda la tensión…

El fútbol tiene tal magnitud. Tú piensa que por dos días o tres unimos a toda España. Esto no lo han conseguido ni los políticos. Por dos días, unimos a todo un país. Otra cosa que me emocionó fue que, cuando acabó todo, me encontré con mi familia, que estaba ahí en un córner, y vi que mis padres estaban llorando. Yo nunca había visto eso en mi vida. Todavía me emociono al recordarlo.

La putada es que tanto en 2008 como en 2010 me tocó doping. Me perdí las dos celebraciones en el vestuario, en las dos estuve con un tío persiguiéndome.

También te perseguía un periodista japonés.

Mutsu Kawamori, es amigo mío. En 2004 nos conocimos, hace Champions, campeonatos internacionales para una revista. En 2008 me trajo unos amuletos orientales de buena suerte. Yo los llevaba en el neceser. Lo veían los compañeros, me pedían y yo iba repartiendo. Ganamos Eurocopa y Mundial, no sé si tendría que ver [risas].

¿Cómo llevaste el declive profesional?

Con 33 tacos ya te ves que… Del Bosque lo hizo muy bien, me mantuvo un añito más y el terreno ya estaba preparado para Jordi Alba en la Eurocopa de 2012. Con el Benfica fui al sorteo de la Eurocopa en Kiev, me encontré con Del Bosque y me llamó a un aparte para pedirme disculpas. Le dije que no tenía que darme ninguna explicación.

En el Villarreal, Garrido me dijo que no me quería. Por eso me fui a Lisboa y mira, me ahorré un descenso. Luego volví al Espanyol un poco para desquitarme, que me estuvieron silbando diez años, pero es donde me formé. Salvamos la temporada con Aguirre tirando de los veteranos, yo sacando los córners y Simao rematándolos, mira cómo estábamos. Me acuerdo de que con él pactaba las broncas. Me avisaba antes de que me iba a gritar, que le siguiera el rollo, y luego me montaba la de dios delante de los jóvenes.

Y ya me había retirado cuando me apareció la oportunidad de ir a la India, que decían que iban a montar una NBA del fútbol, con jugadores franquicia, y me fui. Me lo pasé muy bien, campos enormes llenos, con Del Piero, Anelka, Pirés, fuegos artificiales, pero unos mosquitos gordísimos… Luego la pobreza que vi por ahí me sirvió como cura de humildad. Vienes aquí y te das cuenta de que nos quejamos por nada.

Todavía me dio tiempo a ir a Bélgica, en el Lierse, estuve lesionado y descendimos, me rompí el cruzado. Mi último club fue en Andorra, el Santa Coloma, que jugábamos la Champions. Nos tocó un año en Armenia y la pena fue que, el segundo, que estaba deseando meterme otro viaje, nos volvió a tocar en Armenia.

¿Qué pasó con lo de Guanyarem? Dijiste que se utilizó tu imagen para intereses políticos.

Cuando me ha llamado la selección catalana he ido, cuando me ha llamado la española, he ido. Nunca en beneficio político de nada. Para mí, el deporte no tiene nada que ver con la política. Sí que he visto que aquí en Cataluña nos han apretado un poquito, nos pusieron una pancarta y nosotros, muchos, no lo sabíamos. No era un engaño, pero era como «¿Qué tiene que ver la política aquí ahora?». También nos decían que, cuando sonase el himno catalán, aunque no nos lo supiéramos, que se viera como que lo cantábamos. Yo pensaba: «¿Y por qué? Cada uno que haga lo que quiera, ¿no? Si lo quiere cantar o no». Cosas que…

Lo cierto es que al final los que más van a la selección catalana son los del Espanyol.

¿Y tú has visto alguna vez al presidente de la Generalitat en un partido del Espanyol? Si en el palco del Barça parece que le han puesto un piso… Así nos va. El fútbol es un deporte, un espectáculo, y la política otra cosa. Si lo quieres mezclar, nos equivocamos todos.

¿Qué le pasa ahora a España?

Yo estuve en el momento adecuado en el lugar adecuado. Nosotros cuando subimos de la sub-21 no teníamos presión, España era siempre un desastre. Ahora ya hay ahí una estrella en el escudo. Lo mismo le pasó a la Italia campeona del mundo y antes a Francia. Pero estoy ilusionado con los Asensio, Isco, Morata, Odriozola, Rodri, Koke, Saúl… Creo que la esencia sigue siendo el toque, la selección no la va a perder. Igual Luis Enrique prefiere ataques más directos, pero su esencia es la posesión. Si no es en esta Eurocopa, que tenemos que ser de las fuertes, será en el Mundial. Por madurez y por todo. Pero el fútbol ha cambiado mucho. Es muy exigente actualmente. Ahora quieren máquinas. Estoy flipando con la de lesiones que hay en primera división. Exprimen al máximo el cuerpo humano. Buscan tanta perfección que el cuerpo humano no responde.

Coautor 720


Julio Salinas: «Mi ocasión en USA´94 la he visto un montón de veces»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 15.

Desgarbado, falto de equilibrio, heterodoxo, de la forma de jugar de Julio Salinas (Bilbao, 1962) se ha dicho de todo. Su apellido llegó a ser un calificativo en las canchas de barrio cuando alguien metía un gol de aquella manera o fallaba uno claro. Sin embargo, siempre que tuvo minutos, metió goles. Algunos de ellos inverosímiles. Muchos, decisivos. Cuestionado desde los inicios y sometido a alguna que otra campaña de desprecio mediático, a la hora de repasar su carrera deja que sus números hablen por él. Registros que alcanzó, explica, por una sola razón: determinación y confianza en uno mismo. En esta temporada se cumplen veinticinco años de la Copa de Europa de Wembley, la primera en la historia del FC Barcelona. Dejemos que Julio nos cuente el relato completo.

Naces en 1962, barrio de San Adrián, en Bilbao.

Entonces era un barrio humilde, ahora está catalogado como barrio alto y es donde está situado el pabellón de basket de Bilbao y el frontón. En mi época no llegaba ni el autobús. Mi padre había nacido en Bilbao, pero mi madre era de Torrelavega (Cantabria) y llegó con dos años al Bocho. Vivíamos todos en un quinto sin ascensor. Creo que subir las escaleras todos los días nos hizo fuertes. El piso era de cincuenta metros cuadrados. Tenía dos habitaciones, un baño normalito, un salón y una cocina, donde hacíamos la vida. Teníamos una Telefunken con un canal, que era TVE. No teníamos UHF, si echaban alguna película que nos gustaba nos teníamos que ir a casa del vecino. Mis hijos ahora se ríen de esto y les digo que no son conscientes de todo lo que tienen.

Para ir a entrenar teníamos que ir en autobús y volver en tren. Antes de ir, pasábamos por la estación a buscar por el suelo billetes sin picar para la vuelta. Si no, teníamos que ir entre los vagones con cuidado de que no nos cogiera el «pica». Llevábamos una bolsa con todas las cosas llenas de mierda, porque las botas te las tenías que limpiar tú, o sea, mi madre, y era la hostia. La estación estaba en El Arenal y teníamos que ir hasta San Adrián andando. No había luz, era un descampado y por donde íbamos no pasaba nadie. Acojonaba.

Y todo esto sin que el Athletic nos pagara el transporte. Solo financiaba el de los de fuera. Yo, para sacar dinero, hacía cada sábado el reparto de una carnicería donde sacaba veinticinco pesetas por cada entrega más la propina que nos daban las señoras. También, cada jueves descargaba un camión. Como solía llegar a las cuatro de la tarde, muchas veces no iba al colegio para descargarlo. Y vendíamos lotería o directamente papel, que en aquella época se cotizaba. Hasta cobre he vendido. Nos buscábamos la vida en todo porque la paga de los abuelos no eran más que dos duros y, además de lo fundamental, teníamos vicios: las cartas, el futbolín y el billar, al que jugábamos con tres bolas y una caja de cerillas en medio y había que hacer veinticinco carambolas. Ahora veo a los niños con sus teléfonos móviles de mil euros y no sé ni qué pensar.

De tu barrio eran las Vulpes.

En esa época pegaron muy fuerte. Eran un grupo revolucionario. Nuestro barrio era pequeño y hasta ese momento no había habido nada. Se consideraba un lugar problemático. Al lado estaba Errekalde y abajo La Peña, todo eran bandas y peleas. Subían los de La Peña y te decían: «A ver, tú, Julio, te tienes que pegar con este y tú, Patxi, con este». Y había que pegarse. Era irreal. Otro mundo. Estuve hace poco en el barrio y me hizo mucha ilusión. Todavía seguía la tienda de chucherías de María Jesús, que se iba a jubilar dentro de poco. Me acuerdo de los Flash que nos tomábamos y los Jariguay de naranja. Jugábamos al fútbol en los bancos. Éramos tan callejeros que hasta mi madre me obligaba de vez en cuando a subir a casa. Ahora a los hijos no les dejan andar ni un kilómetro. Te dicen: «¿Y si le pasa algo al niño?». Pues en aquella época vivías en la calle, cada día subías con un chichón o una brecha, era algo habitual y daba igual. En cambio, ahora están todo el día jugando a la Play, están agilipollados.

En Navidad yo salía a la calle, me preguntaban qué me habían regalado y decía: «Nada». Un indio, como mucho. Jugábamos con el tiragomas, a la pelota, al chorro-pico, al escondite… Me acuerdo de mi bicicleta BH que me compraron cuando tenía trece o catorce años y era para los dos hermanos. Teníamos discusiones para usarla porque éramos de la misma edad y salíamos con la misma gente, pero fuimos siempre uña y carne.

Con once años te cogieron en el Athletic.

La vida me arrastró a jugar en el Athletic. No fue algo buscado. Yo jugaba en el Corazón de María, que ahora se llama Askartza Claret, uno de los mejores colegios de Bilbao, en el barrio de San Francisco; de los barrios más problemáticos entonces. Para llegar, todos los días pasaba por Las Cortes, donde estaban las putas. Abríamos puertas para ver si veíamos alguna teta. Y por Zabala, donde vivían los gitanos. Si pasaba un camión nos subíamos a la rueda de atrás y si podíamos robábamos alguna cosilla del remolque. Mi infancia ha sido muy bonita. Éramos muy humildes, mi padre trabajaba en la recepción de un hotel y mi madre era una curranta de la hostia, trabajaba limpiando fuera y luego en casa.

El caso es que mi madre entró a limpiar a un polideportivo y me colocó en administración, sustituyendo a un tío que iba a hacer la mili. Me encantaba ese trabajo. Siempre he sido un tío de números. Con diecisiete años me creía el jefe de la empresa. Creo que hasta los empleados me tenían manía de lo serio y puntual que era. Iba todos los días con mi madre en autobús, nos levantábamos a las seis de la mañana. No teníamos coche. Mi madre tuvo un seiscientos, pero un cabrón nos lo robó y lo tiró por un barranco.

Llevaba ese curro a rajatabla y por ahí vino mi primer palo en la vida. Ganaba catorce mil pesetas y cinco mil en comida. Con veinte mil pesetas me sentía el rey del mundo. Y mis padres me lo dejaban todo para mí, aunque luego les compré un piso y ayudé en casa. Pero vino el chaval de la mili y decidieron que me tenía que marchar. Eché unas lagrimotas que no te puedes imaginar. Estaba entonces jugando en el Athletic juvenil. Si me hubiera salido el curro habría dejado el fútbol. Pero me llamó el Athletic una semana después para que entrenara mañana y tarde. Como solo había hecho 3.º de BUP y no era muy buen estudiante, tampoco tenía más opciones.

Todos los días a las ocho de la mañana tenía que estar en San Mamés. Venían a recogerme Goikoetxea y Ángel María Villar. Goiko con un 131 y Villar con un Renault 5. Yo me montaba y decía: «Egun on», y no volvía a hablar hasta que me bajaba y me despedía: «Eskerrik asko, agur». Ellos iban a lo suyo, hablando de cosas de abogados. Yo me iba al campo y entrenaba solo tiros a puerta, remates y toda esa historia y luego comía en un bar de Lezama con todos los porteros. Iribar, Cedrún… eran ídolos. Veías llegar a Alexanco con su Supermirafiori como si fuese un dios. Les teníamos un respeto increíble. Luego a nosotros nos venía Pizo Gómez de chaval y te decía: «Hey, tronco, dame el champú» [risas].

Un entrenador te dijo: «No te preocupes, estoy seguro de que serás delantero del Athletic».

En el juvenil a veces no me sacaban. Lo pasé mal y entonces Irizar me dijo eso. Pero yo me preguntaba cómo iba a suceder si no me sacaban. Al final empecé a jugar y salí de los juveniles, pero decidí irme a la mili. El Athletic ese problema lo tenía muy mal organizado, eludirla. Había dos maneras, o pagabas dos millones de pesetas y te librabas, o el Athletic te colocaba en Arellano. Yo tuve suerte porque una prima mía se casó con un militar y nos colocó a mi hermano y a mí en un buen destino. Pero fue complicado, porque entonces no querían vascos en telecomunicaciones. Era en los ochenta, años muy duros de ETA, muy jodidos, y todos los días con manifestaciones en Bilbao.

¿Cómo vivías ese ambiente, erais ajenos a lo que sucedía?

No eras ajeno porque estabas conviviendo con las personas y la situación económica tampoco era boyante, que eso era lo que recrudecía los problemas. La gente lo que quiere es vivir bien. Al final en la mili me pusieron en correos y mi hermano Patxi tenía que ir una vez por semana y estar ahí veinticuatro horas encerrado, durmiendo y todo. Tuvimos mucha suerte, aunque fueron dieciocho meses. Y el mes de campamento nos coincidió con la semifinal de la Copa del Rey y nos dejaron ir, por eso jugamos calvos el partido ese en el Bernabéu en el que Míchel metió un gol por fuera de la red.

En YouTube está la prueba.

Para nosotros fue… habíamos salido en la prensa, íbamos a jugar una final contra el Real Madrid, televisada, con toda la ilusión del mundo. Después de una temporada fantástica, en la que en casa les habíamos metido 3-0, llegas allí y pierdes por un gol que sabes que ha entrado por fuera de la red. Dices: «¡Me cago en la madre que me parió!». Estuvimos buscando media hora y no vimos el agujero. Nunca he hablado con Míchel de esto, pero hubo unos lloros impresionantes.

No fue la única polémica con el Castilla.

No, en la 82-83 quedé pichichi de 2.ª B y subimos a 2.ª A, jugué muchos partidos con el Athletic. Y tuve ocasión de jugar el último, además, que fue en el que ganamos la liga en Las Palmas. Un año perfecto. Pero en la 83-84 nos volvieron a robar Míchel y compañía. Quedamos igual de puntos que ellos, pero tres semanas antes nos hicieron repetir un partido que habíamos ganado 3-1 al Cartagena. Decían que fue con alineación indebida porque mi hermano había jugado diez partidos de liga con el primer equipo, ¡pero no habían sido de liga, sino de Copa! Tuvimos que repetir el partido en Vallecas y empatamos a uno. El año siguiente, 84-85, ya estuve en el Athletic y me designaron mejor jugador. Trofeos que te hacen una ilusión de la hostia y a mis padres una satisfacción enorme. Guardaban los recortes del periódico.

Las celebraciones de esos títulos de liga que consiguió el Athletic con Clemente fueron espectaculares.

¿Sabes qué pasa? No te das cuenta de lo que has logrado, me pasó igual con el Barça. En aquella época estaba acostumbrado a ganar. En los cuatro años del Athletic fueron dos de ganar, dos terceros puestos, una Copa y una final perdida, que era lo normal, porque solo teníamos al Madrid y al Barça por encima. Pero ahora cuando veo los vídeos de lo que hicimos, que había un millón de personas celebrándolo, ¡me cago en la hostia! Fue impresionante. Y nunca lo volverán a conseguir.

Sin embargo, alguna vez has dicho que el propio Athletic no reconoce lo suficiente vuestro mérito.

El Barça, al Dream Team, lo tiene ya de por vida. En Madrid la Quinta del Buitre es respetada y querida. En el Athletic, no sé cómo se llamará a nuestra generación, pero no mantiene ni a la gente dentro del staff. Está Artiaga como director de la estructura de la casa, por así decirlo, con Gallego de utillero y De Andrés de ojeador, pero a los demás no ha sabido meterlos cuando es gente muy cualificada que en la estructura base da sentimiento a ese equipo, ¡joder! Fue un equipo único por lo que consiguió.

Acabó como el rosario de la aurora con el enfrentamiento entre Sarabia y Javi Clemente, ¿no?

Acabó mal y fue una putada. A Javi Clemente lo llevamos en el corazón, para nosotros lo era todo. Lo que pasó con Sarabia me afectaba, yo era un poco el salpicado en esa historia porque aquel año pasé a ser titular. De una delantera de Dani – Sarabia – Argote, pasó a ser Dani – Salinas – Argote y se formó un follón que ni te va ni te viene ni se sabe a santo de qué cuando el equipo es ganador. Yo era internacional ya, pero también un poco niño todavía y lo viví todo desde la sombra. Intentamos convencer a Javi para que volviera al equipo, pero nos dijo que él no podía dejar de ser Javi.

Qué carácter.

A mí me ayudó mucho. Me subió al primer equipo. Recuerdo que antes de que le echaran tuve una charla con él. Entonces me impresionaba. No es como la relación entrenador-jugador de ahora, que el jugador manda y si no te manda a tomar por saco porque tiene un contrato de ocho millones de euros en cualquier lado. Yo estaba acojonado, me llamó a su despacho y me preguntó por qué no renovaba. Le dije que ganaba tres millones de pesetas, mientras otros de la plantilla estaban entre nueve y veinte, y no quería renovar por cinco que me ofrecían, sino por nueve. Javi se descojonó al escucharme. Me estaban intentando engañar.

Jugaste contra el Barça de Maradona el día de la lesión.

Fue una de las peores experiencias de mi vida. Nos metieron 4-0 y a la salida del campo nos apedrearon el autobús. Pasé miedo. En el hotel se armó otra tangana con gente que vino a por nosotros y hubo peleas entre los aficionados. La polémica estuvo coleando hasta la final de la Copa del Rey, en la que se montó otra pelea entre los jugadores. Luego hubo un partido en San Mamés en el que me anularon un gol, arbitraba el gallego García de Loza, que era muy polémico, y se montó la de dios. La policía pegó tiros con balas de goma, peleas, barricadas en la calle, invasión del terreno de juego… Se pasó miedo de verdad. La relación llegó a ser muy tirante entre Barcelona y Athletic. Cuando los vascos aterrizamos en el Barça cambió todo, pero pasamos momentos muy difíciles.

Debutaste con España contra la Unión Soviética.

Sí, el 22 de enero de 1986. Después de aquella conversación con Clemente tuve la suerte de empezar el año, debutar con la selección y marcar un gol a Dassaev. Era muy joven y fue la hostia. En el siguiente me volvieron a llamar y le metí un gol a Bélgica. De modo que me convocaron por tercera vez y otra vez hice un gol, esta vez a Polonia. Esa racha me abrió las puertas del Mundial de México.

Ese verano fue cuando fichaste por el Atlético de Madrid, lo cual fue interpretado en Bilbao como una traición y tu familia llegó a pasarlo mal.

Sí, en aquella época era impensable que alguien se pudiera marchar del Athletic. Nadie lo hacía. Pero yo me fui al Mundial, era el único internacional de la plantilla junto con Goikoetxea y con Zubi, y quería una ficha como los demás. Al principio ellos no valoraron el problema porque tenían a Dani, a Noriega, a Sarabia y a Endika. Julio Salinas era uno más. Pero ¿qué pasó? Dani se hizo entrenador, Endika no siguió con la progresión que parecía que iba a tener y Sarabia estaba en el ocaso de su carrera. Cuando quisieron darse cuenta tenían un problema en la delantera.

Vendieron en los medios la idea de que yo era un pesetero. Lo que les interesaba de cara al aficionado. Imagínate a mi familia, que se quedó en Bilbao. Fue tan grave que no me quisieron entregar la insignia de oro y brillantes y un cuadro que daban de Pichichi, Rafael Moreno Aranzadi, el futbolista, por haber jugado cien partidos con el Athletic. Cuando mi hermano fue a renovar les puso como condición indispensable que me dieran lo que me correspondía. Pero el mensaje a los aficionados para que me machacaran ya estaba enviado y mi madre sufrió mucho. Escuchaba a José María García hasta las dos de la mañana y lo pasaba fatal. Decían de todo porque no lo entendían, era el primer jugador que se marchaba del Athletic sin dejar un duro, me fui libre.

Un año después quisieron que volviera. Yo dije: «¡Joder! Encantado de volver». Solo pedí que me pagaran lo mismo que estaba cobrando en el Atlético y me contó el gerente un lío de que en Bilbao la vida era más barata y cobrando menos era como si cobrase igual. Contesté que no me vinieran con historias. Yo era un delantero internacional de veinticinco años y me quisieron quitar dinero en el cambio. Engañarme otra vez.

Antes de eso fue el Mundial de México.

Fue una gran experiencia, pero muy dura. Cuarenta y cinco días estuve en Tlaxcala, una montaña a tomar por saco. Solo había un futbolín y un ping-pong para todos. Era insoportable. No había teléfono, jugábamos a las cartas. Días largos, largos. Luego en Guadalajara lo pasamos mejor, pero el seleccionador, Miguel Muñoz, nos metía unos viajes que eran la madre que lo parió. Cuando fuimos a jugar contra Dinamarca estuvimos en un hotel en el que salían arañas que parecían tarántulas de lo grandes que eran. Era como leones, joder. Y encima veías que los daneses habían podido llevarse a sus mujeres, estaban muy a gusto, y tú decías, pero ¿qué es esto?

Así les fue (España les ganó 5-1).

Sí, les salió un partido redondo [risas].

El primer partido fue el famoso gol de Míchel que no dieron contra el Brasil de Sócrates, perdimos 1-0.

Entraba dentro de lo previsible perder, aunque fuese gol. No fui consciente de tener enfrente a Sócrates, solo puedo recordar que me tocó de marcador un negro de dos metros de alto por dos de ancho. No sabía qué hacer.

Le marcaste a Irlanda del Norte en el siguiente, ¿no te emocionó?

Me emocionó, primero, porque no nos quedaba otra que ganar, si no, estábamos muertos, ya que pasaban dos por grupo. El tercero era Argelia, el único que teníamos seguro que podíamos ganar. Fue un orgullo enorme meter ese gol. Con la izquierda, además.

¿La convivencia con la Quinta?

Bien, muy bien. Era una selección mitad veteranos, mitad jóvenes. Mi generación era la de Míchel, Butragueño, Tomás, Chendo… los mayores eran Julio Alberto, Carrasco, Goikoetxea, Maceda, Señor, Gordillo, Víctor… Los problemas vinieron porque Carrasco, Marcos y Rincón estaban mosqueados porque no jugaban. Arriba éramos Butragueño y yo, dos chavalitos.

Y el Buitre marcó esos cuatro goles a Dinamarca.

Ese partido a Butragueño le catapultó. Era muy buen futbolista, pero con ese encuentro subió mucho. Ahí rompió la barrera salarial y se convirtió en un ídolo nacional. Yo sentí una alegría enorme conforme los iba enchufando. Dinamarca era el rival más difícil hasta el momento e iban de favoritos, tenían a los Laudrup y compañía. Contra Bélgica lo veíamos más fácil. Con esos goles del Buitre sentíamos que ya casi estábamos en semifinales y encima con el pichichi, que por eso tiró el último penalti.

Contra Bélgica, el disgusto.

Fue un palo. Nos falló que Goiko estaba sancionado y Maceda ya no jugaba. Fuimos a penaltis y eso es cara o cruz. Con el Athletic y el Barcelona sí que tuve suerte de campeón, ese empujón necesario para llevarse los títulos, pero con la selección no tuve ninguna fortuna.

¿Cómo fueron los dos años en el Atlético de Madrid de Jesús Gil?

Cuando Gil se metió en el fútbol creía que esto era llegar y besar el santo. Pensaba: «Hago esto, esto y esto y gano; traigo a Futre y seis jugadores y gano con la boina». En realidad, es mucho más complicado. Creo que le faltó paciencia, aunque montó un Atlético que era un equipazo. Necesitamos un poco de tiempo y tuvimos la mala suerte de que Luis Aragonés se puso enfermo en pretemporada y hubo que cambiar al entrenador nada más empezar… Luego, seis entrenadores en dos años. Lo divertido fue que Gil nos llevaba a Marbella, todos vestidos impecables, a fiestas con la jet set. Pensábamos: «Pero ¿qué hacemos aquí, macho? Como vengamos mucho no vamos a jugar al fútbol».

Pero no iba a ser así ni mucho menos. Lo que más me sorprendió del Atlético fueron los entrenamientos. Eran brutales. No he corrido nunca tanto. Por la montaña, en series, la madre que los parió. Mira que una de mis cualidades era la forma física, pero esto era insoportable. Correr por el campo en Segovia en verano. Me encontraba a Da Silva y demás, escondidos detrás de un árbol, diciendo: «Vete, sigue, no nos mires». El preparador físico era Ángel Villanova, que luego se vino conmigo al Barcelona con Cruyff y cambió como de la noche al día, ya hizo todos los entrenamientos con balón, rondo, posesiones…

Compartiste vestuario con don Juan Carlos Arteche.

Vestuario y habitación. Era un fenómeno, me ayudó mucho. Tampoco lo pasó bien ese año. Gil se metía mucho con él porque vendía zapatos, aunque se metía con todo dios cuando perdía. Arteche era un tío de pueblo en el mejor sentido, un hombre con una nobleza y unos valores impresionantes. Tenía sus limitaciones técnicas, pero a nivel táctico estaba no solo para jugar en un equipo grande, sino para ser el buque insignia. Era un líder, un tío autoritario en el campo que sabía aprovechar muy bien sus cualidades.

Tuve buenos compañeros. El primer año viví con Juan Carlos y Uralde, el segundo con Eusebio. Íbamos mucho a casa de Quique Setién, que tenía una máquina para jugar al ajedrez. Era un enfermo del ajedrez, hasta el punto de que hizo tablas con Kaspárov en una partida de él contra cien personas.

El segundo año llegó Paulo Futre, recién proclamado campeón de Europa con el Oporto.

Como jugador era una alegría. Griezmann, Messi o Ronaldo me recuerdan a lo que él daba. En el uno contra uno era impresionante, aunque luego regateara demasiado y le faltara ser un poco de equipo. Cuando llegó, yo lo primero que hice fue ir a hacerme una foto con él. Como persona era un gran compañero también.

Menotti fue el entrenador ese segundo año.

Siempre estaba con lo de achicar espacios, el «achique». Nunca olvidaré una frase suya: «Chavales, pelead, no me digáis que estáis cansados. Si se quema tu casa y estás cansado, ¿a que sacas fuerzas de flaqueza para entrar ahí y buscar a tu hijo?». Fue un entrenador diferente en sus planteamientos, aunque tampoco le dio tiempo a nada porque Gil se lo cargó rápido. Si no se ponía a los que él quería, se cargaba al entrenador. Y aquel año quedamos terceros, no sé qué quería, los otros eran el Barça y el Madrid y estuvimos peleando por la liga hasta el final.

Al menos le disteis un 0-4 en el Bernabéu.

Es el partido que más recuerdo. Metí un golazo, y ganar así en el campo del Madrid fue… debías haber visto la cara de Jesús Gil diciendo: «Dejadme, dejadme que disfrute este momento».

La Eurocopa del 88, desastrosa. Recuerdo las fotos de Vialli a toda página en el Don Balón destrozándonos.

Fue el peor torneo internacional de todos los que he jugado. Ganamos a Dinamarca otra vez, pero perdimos con Italia y Alemania en la fase de grupos. Ganó Holanda esa Eurocopa, con Gullit y estos, pero podría haber ganado Alemania perfectamente, con Völler o Matthäus, o la Italia de Vialli, eran equipazos. Y nosotros teníamos un equipazo, pero… Fue el último año de Miguel Muñoz. En México no estábamos bien y luego el equipo no terminó de coger la onda.

Al Barça llegaste justo después del motín del Hesperia, fuiste uno de los primeros fichajes que hicieron.

Entramos trece nuevos. Yo iba con Eusebio, también del Atlético. Cuando llegué me reuní con Gaspart y con Núñez, y este me dice: «Está usted aquí en contra de mi voluntad, usted es un jugador problemático, de montar revoluciones, ha venido solo porque Cruyff le ha considerado indispensable». Tenían la experiencia del motín del Hesperia y estaban obsesionados. No querían saber nada. Fíjate que tenía una inmobiliaria y nunca nos ayudó a buscar piso.

En realidad, ese equipo lo había montado Javi Clemente, era muy amigo de Núñez. Recuerdo que un día en el Atlético fuimos a Valencia y Luis nos dijo que había que jugar bien, que en la tribuna estaba Johan Cruyff. Yo jugué horrible. Supongo que el Barça, dentro de lo que podía fichar, quería algún internacional y no había mucho más que reuniese las características. Extranjeros solo podías tener tres.

La prensa también estaba en contra de tu llegada a Barcelona.

Fui a Mundo Deportivo, donde trabajo hoy día, y me soltó Andrés Astruells: «Te lo digo sin problema a la cara: te he criticado siempre, me parece que un jugador como tú, después de Kubala, Cruyff y Maradona, no pinta nada en un club de prestigio como el Barça. No sé qué haces aquí». Contesté que esperaría a que me criticara por lo que viera en el terreno de juego.

¿Cómo fueron los revolucionarios planteamientos tácticos de Cruyff?

Cruyff estaba por delante de su tiempo. Llegó con una metodología completamente nueva, planteamientos que eran impensables, no estábamos acostumbrados. La gente decía que estaba loco, pero él estaba tan seguro y tan convencido… Todos los entrenamientos físicos los mandó a tomar por saco. Todo era posesión. Jugamos con tres defensas en esa época, con rondos, con los espacios… Era Johan, el mejor jugador del mundo; si te lo llega a decir otro ni de coña.

Sufrimos mucho, nos hicieron muchos goles y nos pitaron muchos penaltis en contra porque sufríamos muchas contras, pero el juego encandiló desde el primer día. La gente disfrutaba. Pero el Madrid tenía un equipazo, la Quinta del Buitre, acompañada de unas estrellas que no veas, y había que tener paciencia. Lo mismo que debía haber tenido Jesús Gil. La paciencia es un valor en el fútbol.

¿Qué tal con Lineker?

Muy bien, era un fenómeno. Venía como el mejor jugador del Mundial y era mi ídolo con Inglaterra. El mejor delantero centro del mundo en aquella época, pero a Cruyff no le acababa de gustar. Lo puso en la banda y él en la banda estaba muerto, igual que yo. Eso sí, en la final de la Recopa contra la Sampdoria marqué por un centro suyo desde la banda.

Veo en la hemeroteca que en esa época ya te tenías que reivindicar constantemente, como nunca dejó de ocurrir en tu carrera. Decías: «No me importa ser discutido mientras siga marcando goles», «Los pitos me ponen nervioso», «Esto de la técnica es un tema muy controvertido, hay quien cree que tener técnica es coger un balón y regatear a cinco y eso no es así, porque cuando yo jugaba de 9, siempre devolvía el balón al primer toque y la dejaba lista para rematar». En resumen, que metías muchos goles empujándola a puerta vacía, pero había que saber estar ahí.

Creo que he sido un jugador que ha tenido una técnica muy buena, porque, ¿qué es la técnica? Si la técnica es dominar la pelota yo lo paso mal. Cuando en los equipos me fichaban y me hacían la foto el primer día siempre me ha costado horrores. Cuando fui a Japón me pusieron a dar toques con unos niños al lado y yo fui al primero que se le cayó, y ellos seguían y seguían. Acabé aburrido de verles dar toques, e intenté darles un empujoncito a ver si se les caía: «¡Que me estás dejando en ridículo, chaval!».

Pero yo he sido rentable en todos los equipos en los que he estado. Todos han ganado pasta conmigo, menos el Athletic, aunque les fui muy rentable porque tampoco les costé dinero. Al Barça le costé, pero estuve seis años a un gran nivel. Al Dépor no le costé y les dieron cuarenta kilos. En el Sporting jugué como los dioses y encima les dieron más pasta de la que ellos pagaron por mí. Luego en Japón estuve bien y en el Alavés, de puta madre.

Tengo buena aclimatación. He jugado en todos los sistemas posibles, con un delantero, con dos, en la banda, como quieras, y he marcado siempre goles. Nunca he estado lesionado. Llegué a un Dépor que nunca había ganado títulos y se llevó dos en un año. Al Barça del Hesperia y salí del Dream Team. El Athletic, el mejor de toda su historia. Al Alavés lo cogí último, lo dejé en UEFA y casi nos metemos en Champions. Me retiré a los treinta y siete años para hacer treinta y ocho, y por aburrimiento, porque podía haber continuado, era el máximo goleador del Alavés.

¿Fui discutido? Sí, pero por intereses, que en mis tiempos había muchos. Hubo una guerra contra el seleccionador que fue brutal. Antes, si Marca estaba a favor, As estaba en contra. Si Sport estaba a favor, Mundo Deportivo estaba en contra. Si José María García estaba a favor, De la Morena estaba en contra. Y viceversa. Y todos los que estaban en contra te mataban. Por estos motivos fui discutido, no por lo que haya demostrado con juego y con goles. Los goles que he marcado nadie me los puede rebatir.

Jugaste contra Stoichkov antes de que viniera a Barcelona, cuando estaba en el CSKA de Sofía.

No me acuerdo mucho. Solo sé que cuando cruzábamos el telón de acero me daba mucha pena. Una vez en Polonia le dimos un plátano al intérprete y parecía que lo guardaba para el día de su cumpleaños. Había una pobreza, una necesidad… En esos viajes aprovechas para comprar un abriguito de piel y llevárselo a tu madre, pero parecía todo tercermundista y encima hacía un frío que pelaba.

Final contra la Sampdoria, le marcas a tu amigo Pagliuca.

Aquel gol supuso mi primer título europeo. Fue importante para que tuvieran paciencia con el proyecto, porque aquel equipo estaba ya con la soga al cuello. Aquel partido fue el principio del principio.

Al siguiente año se incorporaron Koeman y Laudrup.

En aquel Barça mandábamos los vascos. Éramos los veteranos y los internacionales. Zubi y Alexanco eran los capitanes. Bakero, Begiristain, Rekarte… Entonces los tres extranjeros pasaron de ser Aloísio, Romerito y Lineker a ser Koeman, Laudrup y Stoichkov, y una cantera de chavales catalanes de puta madre: Amor, Milla, Chapi, Sergi, Guardiola, Busquets… Así se gestó el Dream Team.

Koeman era un jugador extraordinario. Tenía poca velocidad para jugar de central, que encima era complicado en el esquema de tres con Guardiola por delante, pero era muy bueno en el toque de balón; tenía un desplazamiento increíble y una inteligencia táctica que le convertían en un jugador vital. Además, marcaba de falta o de penalti siempre en los momentos difíciles. Era un jugador top. Además, se integró muy bien. Y Laudrup era diferente a Koeman, pero también se integró perfectamente, hasta estuvieron en la canción esa que hicimos, un rap y un tema en catalán.

Uno de los goles más bonitos de tu carrera se lo hiciste al Madrid a pase de Urbano. Te diste la vuelta y la enchufaste de volea en un partido que ganasteis 3-1.

Sí, uno que recibí por la espalda. Me di la vuelta con Sanchís y se la metí a Buyo. Fue un golazo que no paraba de salir en televisión. Ganar al Madrid siempre ha sido una satisfacción, un partido diferente.

La Quinta dominó durante cinco años el campeonato, parecían imbatibles.

Tuvimos suerte de ganarles una Copa del Rey, luego nos la ganaron, pero nosotros nos hicimos con la Recopa. Y al tercer año, ya con Stoichkov y Nadal, unos fichajes con los que arrasamos porque la supremacía era brutal, por fin nos impusimos. Dicen que ganamos tres ligas en los últimos quince minutos, pero no es así. En realidad, regalamos esa posibilidad. Creo que aquel Barça debió haberlas ganado mucho más sobrado.

Llegamos al Mundial del 90, con Luis Suárez de seleccionador.

El centro del campo, con Míchel y Martín Vázquez, era todo garantías. Sigo pensando que tuvimos mala suerte. Perdimos en la prórroga, también con mucha histeria acumulada, porque el primer partido, contra Uruguay, fue bastante malo y Luis Suárez ya estuvo muy nervioso todo lo que quedaba de torneo. Al principio no contó conmigo para estar arriba con Butragueño, siempre estábamos con el debate de buscar el complemento al Buitre. Pero me sacó contra Corea, cuando metió los tres goles Míchel, y el seleccionador contó conmigo para el resto de partidos.

Ese triplete de Míchel es el del famoso «me lo merezco, me lo merezco». ¿Se lo merecía?

Se lo merecía. Nos estaban dando palos por todos los lados. Yo me hubiera sentido igual si hubiese metido los tres goles. Desgraciadamente, en el partido contra Yugoslavia pasó lo mismo que en el Mundial anterior; éramos mejores, pero se adelantaron ellos y se nos hizo muy cuesta arriba. Marqué yo el empate, pero luego, ya sabes, Míchel se agacha en la barrera y nos la clavan. Una pena, porque este Mundial no tuvo nada que ver con el de México. En Italia estábamos como en casa, fuimos a Venecia, tuvimos días de descanso, fue otro tipo de campeonato.

Martín Vázquez estaba llamado a ser el héroe de la selección y del Mundial, pero no le entraron.

No tuvo mucho tiempo de explotar. Nos eliminaron en octavos, una pena, porque en la siguiente ronda nos habría tocado Maradona. Igual que en México, que de pasar frente a Bélgica nos habríamos enfrentado a él. Contra la Argentina de Maradona al menos sí jugamos algún amistoso. Para mí siempre ha sido el mejor. No se puede comparar con Messi, en aquella época te mataban en el campo. Messi está muy protegido. Cualquier falta fuerte que recibe sacan tarjeta. Las patadas que le dieron a Maradona…

Como persona no le conozco, pero tampoco comparto cómo le han criticado. Algo habría que le llevara a meterse en lo que se metió. Maradona era una persona de orígenes muy, muy, muy humildes. La presión que tuvo después… en fin, hay que mirar el contexto antes de llamarle drogadicto y polémico. Porque una cosa es indiscutible: no hay ningún compañero de Maradona que haya hablado mal de él.

En la temporada 90-91 el Barça iba como un avión y casi se trunca en febrero, cuando Cruyff sufrió un infarto.

Fumaba mucho y, ya sabes qué tipo de situaciones suelen provocar los infartos: el estrés. Fumador empedernido y la presión… Estuvo un tiempo fuera, le tuvieron que operar y poner un marcapasos.

La sorpresa de ese año fue Stoichkov.

El búlgaro, ay, el búlgaro. La gente no le conoce. Supongo que los de Madrid dirán «este tío es subnormal», pero hay que conocerlo. Stoichkov es como un niño. Es un trozo de pan. Aunque luego se le acerque un periodista y le conteste a gritos o le diga «déjame en paz». Estuve hace poco en su homenaje, en Bulgaria, es un tío único. En su país manda más que el presidente. Confieso que le quiero mucho. De todos los extranjeros con los que he jugado es con el que más amistad tengo. Es muy diferente, es todo nobleza.

Recuerdo que estábamos siempre apostando. Veíamos a los chavales de Canal Plus pelotear antes del partido y apostábamos a ver cuál chutaba más lejos. En el vestuario, cogíamos una bola y a ver quién la encestaba en la bolsa de basura. Apuesta. Hubo un partido en Pamplona, en El Sadar, en el que les aposté cincuenta mil pesetas a que no metían dos goles a Stoichkov y a Romario. Uno cada uno. Era una buena apuesta porque en un partido fuera de casa no era tan fácil marcar, pero los cabrones marcaron. Stoichkov uno y Romario ¡dos! Se vinieron a celebrarlo al banquillo para decirme: «¡Hey, cincuenta mil!», vacilándome. Y yo: «Cabrones, que se va a enterar todo dios. A jugar, joder, que os alegráis más de ganar que por los dos puntos».

Wembley, 20 de mayo de 1992.

Es el inicio de la historia del Barça. Fue un año muy duro porque íbamos mal clasificados en la liga, a un montón de puntos del Madrid. En la Copa del Rey estábamos eliminados en enero y todo era un desastre. El míster nos veía tan mal que nos dijo que estábamos todos renovados si ganábamos un título. Lo hicimos en Wembley, y eso nos dio alas para coger con fuerza la liga. Nos dio una moral impresionante. Sobre todo, después de haber perdido aquella Copa de Europa en Sevilla, que fue un palo. Una oportunidad única como esa, porque antes tenías que ganar la liga para poder jugar la competición, no es como ahora. Y todo eran eliminatorias, sin liguillas, te podía ganar cualquiera. Con tres extranjeros por equipo estaba más igualado. Por eso para nosotros fue como una cita con la historia, habíamos ganado la Copa y la Liga, también la Recopa, el título que nos faltaba.

Fuiste titular, contra pronóstico.

Creo que me puso porque soy un ganador. Él sabía que yo no me acojonaba. En los partidos importantes y las finales que había jugado había marcado goles siempre. Cruyff sabía que yo daba la cara en esas citas. Y en un partido de ese calibre lo que te hace falta es gente que no se arrugue. Me llamó el viernes y me pidió que no saliera de chufla el fin de semana. Pensé que se le había ido la olla, pero él sabía que yo iba a dar la cara.

Campeones de Europa y, meses después, Tenerife.

Lo que fue impensable en Tenerife era que hubiésemos dejado escapar esa liga. Éramos un equipazo. Antes del partido estábamos tristes por esto, puesto que considerábamos que el Real Madrid no dejaría pasar una ocasión como esa contra un equipo que no se jugaba nada. Perdió, fue una sorpresa y una alegría inmensa.

La segunda vez, al año siguiente, sabíamos que teníamos pocas opciones, pero ya lo vimos un poco más abierto. Lo impensable era que algo así le pudiera ocurrir dos veces a un equipo como el Real Madrid. Claro que, si ha pasado una, ¿por qué no iba a pasar dos veces? Fue impresionante, como te imaginarás.

Y ya la que fue la hostia fue la tercera, la del Deportivo. Un equipo en casa, que se juega la vida, que era una oportunidad única para ellos, por muy primado que esté el rival no te puedes imaginar que no ganen y… Yo ese año no jugué casi nada, estaba hablando con Txiki y me dice: «Penalti». En el último minuto. Te quedas: «No, por favor». Y va y lo falla. En la vida hay que tener suerte, y Johan tenía flor. Hay gente que la tiene. Mira Zidane. Es muy importante tener flor.

Te fuiste quedando relegado del equipo, sobre todo tras la llegada de Romario, pero, por ejemplo, en esa 93-94, que acabó con empate a puntos y resuelta por la diferencia de goles, hubo un partido contra el Albacete que ganaste tú solito que resultó crucial.

Jugaba poco sin Romario, imagínate cuando llegó. Mi declive de azulgrana se ve en mis goles por temporada, que van: veinte, quince, once, siete, cinco y dos. Bajando cada año. Mi problema con Cruyff fue que dio su palabra de que si ganábamos un título renovábamos todos. Esto lo dijo en noviembre, cuando no había posibilidades de ganar. Luego falló Djukic, le dimos la vuelta a la tortilla y yo me quería quedar, pero Johan incumplió el trato. Ganamos la liga, pero al perder la Champions contra el Milan de Capello se pilló un mosqueo impresionante y me dijo que me tenía que marchar. Y yo no había jugado esa final. Le dije: «No, yo me quedo, me lo has prometido».

Me acababa de echar novia en Barcelona, tenía treinta y dos años y me veía fenomenal. Confiaba en mis posibilidades. Le insistí en que teníamos un trato y al final lo resolvió así: «Pues sí, yo cumplo mis promesas: te puedes quedar, pero con la ficha de Escaich». Dije que me quedaba, como mínimo, con la ficha que ya tenía, y ahí me la hizo para que me marchara.

El Dream Team no duró mucho más, al menos estuviste y participaste en un equipo histórico.

Fíjate Amor, que venía del fútbol base, con un carácter diferente, tenía el sentimiento de la gente de la casa. Bakero, que fue un jugador discutido, siempre jugaba al ras, tenía alternativas, carácter, gol y ponía un pundonor imprescindible para el equipo. Guardiola, que era un chavalín, que fue yendo a más y a más. Begiristain, que como Bakero marcaba la diferencia sobre todo por la inteligencia. Nadal, la familia Nadal podría hacer lo que quisiera con esa genética; este salió futbolista, pero podría haber sido lo que quisiera. Goiko, un artista, con esa velocidad, regate y buen centro. Sergi y Ferrer, que eran dos moscas cojoneras y además muy rápidos…

Fuiste al Mundial de Estados Unidos en el 94 habiendo jugado poco ese año, pero la clasificación en parte se debía a tus goles.

Los de Irlanda. Teníamos que ganar, estábamos prácticamente fuera. Veíamos el Mundial muy lejos, había que ganar a Dinamarca, campeona de Europa, en Sevilla, y a Irlanda allí. Era muy complicado. Recuerdo las charlas de Clemente diciendo que confiaba y estaba a muerte con nosotros, que lo que dijeran le daba igual. Ganamos con el gol de Hierro, con Cañizares parando un penalti y Zubi expulsado. ¡Cómo sufrimos!

Y ese Mundial fue el mejor en el que he estado. Estados Unidos es un país maravilloso. Teníamos días libres para irnos a Chicago, por ejemplo. Había un cocinero, el ambiente era de piña. Fue nuestro Mundial, con un Caminero que se salió, que estaba en racha. Yo marqué contra Corea en el primer partido. He marcado en tres mundiales, creo que Villa también tiene ese récord. Luego arrasamos a Suiza, a Italia le metimos un meneo, pero salió la famosa Italia de siempre.

Y tu famosa ocasión.

Mi ocasión en USA´94 la he visto un montón de veces, me la sigo poniendo en YouTube, donde he visto que hay un vídeo que pone «Pícala Julio, pícala». [risas] Fue una jugada complicada, en el pase la pelota venía botando. En primera instancia sí la quise picar, pero iba en carrera, botando el balón y el portero se me quedó a media salida, con lo que ya no podía regatearle, con la pelota apenas controlada, no tuve otra alternativa que tirar. No le pegué muy bien, porque le di con el interior, pero sí que engañé a Pagliuca, él se tiró para un lado y la pelota iba para el otro, con tan mala fortuna que le pegó en una pierna; tan mala suerte, además, de que en la siguiente jugada nos metieron gol, joder… Es que se dieron todas las circunstancias para decir: «Hostia, no puede ser, no puede ser». Fuimos al vestuario y nos encontramos a las infantas allí, nosotros con unas caras… y ellas diciendo: «Lo sentimos mucho, ánimo». A mí me llegó Javi, que tenía que estar destrozado el que más, y vino a darme ánimos, diciéndome que por lo menos había tenido una ocasión. Y yo: «Joder, pues mejor no haberla tenido» [risas]. Fíjate ese gol lo que hubiera supuesto… En fin, es lo que hay.

Imagino que solo puedes tener buenas palabras para Javi.

Sí, yo ya pensaba que mi ciclo se había acabado, me fui a Coruña, jugué muy bien y me dijo que para seguir en la selección tenía que demostrar que era el mejor delantero de España, y para eso tenía que marcar goles y jugar. Por eso me fui al Sporting, donde rendí a un altísimo nivel y volví a la selección en la Eurocopa de Inglaterra en el 96. Otra vez, con tan mala suerte que nos robaron el partido contra el anfitrión, en el que marqué un gol que era legal y me lo anularon. Y de esto no se habla, ¿eh? La gente se acuerda solo de lo de Italia.

En A Coruña debiste llegar a un vestuario marcado por ese penalti fallado de Djukic.

Sí, estaban muy jodidos. Con lo que cuesta ganar una liga a cualquiera, imagina lo que le suponía al Dépor. Encima lo tenían todo montado, una mariscada, una celebración por todo lo alto, y… todo se echó a perder. Pero tenía mucho mérito hasta dónde llegaron, porque ese equipo no tenía nada. Eso era otro mundo. El Deportivo era un piso de cien metros en mitad de Coruña, esa era la oficina con dos ancianos y Lendoiro, y ya. Te ibas a entrenar y te recogía un autobús en Riazor para llevarte a la Torre de Hércules. No tenía nada que ver con nada.

Nos contó Paco Jémez en su entrevista que compartió vestuario contigo ese año, que te cuidabas mucho el pelo para no quedarte calvo.

[Risas] Yo en aquella época tenía un negocio, que era Svenson, con el que se suponía que no te quedabas calvo y luego no hacía nada. Me birlaron un montón de pasta, fue ruinoso. La gente me decía «Tú tienes bien el pelo por Svenson», y yo: «No, no te equivoques, tengo un buen pelo por naturaleza, no por Svenson». Paco recuerdo que tenía una melena de la hostia y luego se quedó calvo. Pero mira, le pasa como a Guardiola que, sin pelo, como entrenador parece que tiene más carisma y es más interesante [risas].

La plantilla del Dépor era top.

A mí me parecía que los extranjeros estaban al nivel de los del Barça. Bebeto, Mauro Silva y Djukic, uno por posición y todos cojonudos. Bebeto era el mejor delantero centro junto con Romario. Y Mauro Silva era un fiera. Lo de fichar exjugadores de Madrid, Atlético y Barcelona, Aldana, Donato, Alfredo, Nando, Rekarte, Elduayen… fue muy buena estrategia. Eran tíos de treinta años, que es la mejor edad, pero con la que en los grandes ya te enseñaban la puerta. Encima estaba Fran, que era un monstruo. El ambiente en el vestuario era como el de un equipo de barrio. No tenía nada que ver con la filosofía de Barça o Madrid. Además, Arsenio era como un padre. Te decía: «Chavalines, una copita de vino solo». Y cuando llegaba a la mesa de los vascos, decía: «Bueno, a vosotros os dejo la botella». Luego iba por las habitaciones para que nos acostáramos pronto: «Hay que dormir, ¿eh?, hay que dormir».

¿Por qué te fuiste después de haber marcado doce goles? Solo metió más que tú Bebeto, dieciséis.

Por Toshack. Yo renovaba por una cláusula que decía que si marcaba más de diez goles renovaba automáticamente. Pero al volver en el mes de julio, Toshack me hacía el vacío. A los suplentes nos hacía entrenar aparte, vi que conmigo no contaba para nada. Ganamos la Supercopa al Madrid, pero no jugué nada, no me dio ni bola. Javi me había dicho que solo sería internacional si marcaba goles, como te he dicho antes, vi que me quería el Sporting, pregunté y me dijo «Te puedes marchar mañana mismo, pero hay que pagar». Cuarenta kilos tuvo que poner el Sporting.

Ahí hiciste dupla con Eloy, otra delantera de «casi jubilados».

Creo que jugué más con Lediakhov que con Eloy. Ese Sporting también era un buen equipillo, con Ablanedo de portero. Sinceramente, creo que ha sido donde mejor he jugado. Me salía todo, macho. Y eso que cuando llegué pasé vergüenza. Vino a buscarme Quini, que era mi ídolo de pequeño, llegué a Mareo y en la presentación estaba todo lleno. Tiene cojones, pensé, ni que fuera yo Romario. Un tío de treinta y dos años, que van a pensar que vengo a robar, pero empezaron a cantar: «Bota de oro, Salinas, Bota de oro». Yo me decía: «Esto no puede estar pasando. ¿Se estarán riendo de mí, se estarán descojonando?». Eso sí, cuando fuimos a otros campos me coreaban «Bota de mierda, Salinas, bota de mierda». Pero empezó esa temporada y lo metí todo. Unos golazos, que decía «Madre mía, me sale todo, macho». Fueron dieciocho goles y sin tirar los penaltis. Mi mejor año y el club donde mejor me han tratado con diferencia.

Y al año siguiente, lo mismo que en A Coruña, no te quiere el nuevo entrenador, en este caso Floro.

Me llegó una oferta de Japón y se la trasladé a Floro, pensando que iba a decir que no. Pero cuando se lo comuniqué me dijo: «Sí, te puedes marchar; vete a la directiva a anunciarlo». Me llevé una sorpresa… Luego averigüé que quería a Luna, por la razón que fuese. El Sporting pagó doscientos cincuenta kilos, lo que supuso la ruina del club, y encima bajaron a segunda.

En Japón fueron dos años en el Yokohama Marinos.

Fue una experiencia acojonante, aunque al principio fui con miedo. Me casé allí, por cierto, en la embajada española y tuve allí un hijo. Me fui forzado, yo no quería. Tuve problemas con un catalán, Antonio de la Cruz, sustituto de Xabier Azkargorta, el que me trajo. De la Cruz quiso implantar el sistema del Barça de Cruyff en Japón y empezó a no contar conmigo ni con Goiko, que también se vino a Japón.

La primera vez que me cambió —yo era el máximo goleador—, me dijo: «Te quito para dar más velocidad en ataque». La jornada siguiente jugamos contra el equipo de Floro, que ya no estaba en el Sporting [risas], y me volvió a quitar. Le dije: «Joder, si me cambias a mí perdiendo 2-0, al delantero estrella, la gente se va a preguntar qué pasa conmigo». Luego me lesioné y ya no quiso sacarme más. Un día que perdimos 0-4 y no nos puso en el campo nos cabreamos que no veas. Fui a por él, nos dijimos de todo y casi llegamos a las manos. No nos dimos por un pelo. Los japoneses estaban acojonados, flipando, no entendía nada. Y como allí es todo jerarquía, nos apartaron del equipo a Goiko y a mí.

Y en el Alavés, otra resurrección.

Tenía treinta y seis años y ya había dejado el fútbol, pero me llamó Mané para ir al Alavés, que iba último. Le dije: «Venga, Mané, ¿para bajar a segunda? Me va a quedar una mancha de la hostia en el currículum». Hasta mi madre me dijo que era una locura. Pero el míster no paraba de insistir y le dije, para quitármelo de encima, que iría un día a entrenar a ver qué tal. Y mira, me lo pasé muy bien y me animé. En el último partido le metí un gol con la mano a la Real y nos salvamos. Tenía treinta y siete años, me encontraba de puta madre, y quise jugar un año más, pero ¡entonces ya no me querían!

Decían que iban a rejuvenecer el equipo, que venía Kodro. Amenacé al presidente, le dije que o me renovaba o le decía a la prensa que yo habría seguido un año más por cero euros solo a cambio de dos millones en el caso de ser el máximo goleador del equipo. Se puso nervioso y me renovó. Pues fui el máximo goleador del equipo [risas] Entramos en la UEFA y si no perdemos el último día en San Mamés, 2-1, gol mío, quedamos segundos. En Vitoria me hice muy amigo de Javi Moreno. Éramos uña y carne. Me alegré mucho cuando le fichó el Milan. Le enseñé que en cada penalti cogiera el balón y se lo tirase él, que no se la quitase nadie. Un día estando yo en el banquillo vi que se lo hizo a Kodro y me dije: «Así me gusta chaval, así me gusta, tira todo que son goles» [risas].

Después del fútbol, destacó tu etapa de locutor con Andrés Montes.

Cuando cuelgas las botas hay tres maneras de seguir en esto: secretario técnico, entrenador o comentarista. Estuve seis años de comentarista en Radio Nacional y en Televisión Española comentando Champions con José Ángel de la Casa, Juan Carlos Rivero y Paco Grande. Muy bien. Entonces me llamó La Sexta en 2006 y era un palo, porque solo me proponían hacer el Mundial y, de aceptar, perdía lo de TVE, que estaba muy bien pagado, todo lo contrario que La Sexta. Pero por el gusanillo de hacer un Mundial, egoístamente, acepté. Nada más llegar me dijo Montes: «Chaval, esto es diferente, olvídate de José Ángel de la Casa, hay que seguir el juego».

Dije que era como un camaleón, que me adaptaba a todo, como a los sistemas de juego. Hicimos ese Mundial con mucha desventaja. Canal Plus tenía de todo, mientras que nosotros estábamos, por llamarlo de algún modo, en una barraca con gente muy joven. Ellos tenían a Maradona. Pero creo que salimos ganadores porque al final todo el mundo se quedó con lo de «jugón», «tiquitaca», «tiburón Puyol», «¿Dónde están las llaves?»…

Andrés era diferente a todo, era único. Tenía sus rarezas y creo que le caía mal a mucha gente porque era muy exigente. Su forma de dirigirse a los demás a veces sonaba mal y siempre pidiendo, en plan: «¡Tenemos los mejores comentaristas y hay que darles el mejor catering, me cago en la hostia!». Yo era como su pareja, iba de la mano de él. Tuvimos la suerte de que la liga se quedó en La Sexta y tuve suerte con la apuesta que había hecho. Estuvimos dos o tres años y al final nos despidieron a los dos.

¿Por qué?

No le encuentro explicación, porque Andrés era único. Servía para fútbol, para basket, para cualquier cosa. El problema es que era independiente. No se dejaba manipular por nadie. Y en este mundo… Te cuento un caso. Una vez, había un vídeo en el que criticaban a Ramón Calderón, expresidente del Real Madrid, y le dijeron que antes de darle paso criticara a Calderón. Y él decía: «¿Por qué tengo que criticarlo si no veo motivo para hacerlo? Meto el vídeo, pero yo no critico a nadie». Fui testigo de un par de sucesos como este y él iba muy fuerte. No era un cualquiera, era muy inteligente y muy culto, leía mucho, sabía de política, de filosofía, de música… era un tío muy, muy preparado.

¿Y ahora qué haces?

Sigo en el periodismo deportivo, pero lo que más hago, mi pasión, es coleccionar placas de botellas de cava, sobre todo. Tengo veintitrés mil. Hace ocho años más o menos que me metí en esto. Hay una web donde puedes hacer intercambios, pero necesitas moneda de cambio y las que encuentras en los bares son todas las típicas. Al principio no sabía bien qué hacer, hasta que se me ocurrió diseñar mis propias chapas para los coleccionistas. Encontré una bodega buena, bonita y barata y hacen cavas con mis chapas, dedicadas, por ejemplo, a los equipos donde he jugado o a la final de Wembley.

Mi hermano, por ejemplo, colecciona camisetas. Tiene setecientas. Pero solo las auténticas, no le valen las que se venden en la tienda. A mí me las ha quitado todas. Creo que solo tengo seis mías, una por cada equipo en el que he estado. Tiene de Maradona, de Ronaldo, de Messi… Yo le conseguí de Sergi en el Atlético, de Aimar en el Valencia…

Está con las camisetas igual que yo con las placas. Es una frikada porque te obsesionas, vives con ellas, piensas en ellas, duermes con ellas. Es como cuando va un tío a cazar y cobra una buena pieza.

Como ser un goleador.

No, no, como meterle un gol al Madrid no hay nada.


Fernando Torres: «Galicia ha marcado mi vida entera»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 11.

Recuerdan los treintañeros de Corcubión —un pueblecito en el corazón de la Costa da Morte— a un niño madrileño con pecas que gastaba agosto jugando al fútbol frente al mar gallego. Solía participar en los torneos de fútbol sala que se celebraban todos los veranos y competía con chavales tres y cuatro años mayores que él. «El cabrón —dice un vecino— no hacía nada espectacular, ninguna filigrana especial. Pasaba desapercibido, pero acababa el partido y el niño aquel había metido ocho goles». «Es que no sé hacer esas cosas», dice aquel niño, hoy convertido en jugador profesional e ídolo inapelable del Atlético de Madrid. «No sé hacer chilenas, espuelas y esas cosas. Yo juego al fútbol y marco goles. Me lo decía Luis Aragonés: «niño, usted clink, clink. A marcar goles. Olvídese del resto». Se trata de reducir a la máxima sencillez la complejidad del juego. Y así entiende también el resto de su vida Fernando Torres. Reduce preguntas con aspiraciones complejas a respuestas sencillas como un remate. «El Niño» recoge la pregunta, encoge los hombros, amaga una sonrisa y responde a gol. No rehúye un solo balón. Se puede llamar madurez. La madurez del Niño a quien, con diecisiete años, le dijeron que tenía que salvar al equipo de sus sueños.

Me explicaba Juan Tallón, gran atlético y mejor escritor, que tu carrera se puede sintetizar en un esquema de nombres propios de grandes entrenadores: Luis Aragonés, Rafa Benítez, Roberto Di Matteo, José Mourinho y Cholo Simeone. Y sin embargo tú siempre has dicho que el que más te ha marcado ha sido tu entrenador en juveniles, Abraham García.

A veces te encuentras gente en el camino que en ese momento son importantes solo hasta un punto. Pero con el tiempo te das cuenta de que no los olvidas, que las cosas que te quisieron enseñar y no entendiste, las entiendes más adelante. Me pasó con Luis Aragonés y con Rafa Benítez, pero sobre todo con Abraham García, tal vez por ser el primero. Tengo treinta y un años y setecientos partidos como profesional y me sigo acordando de él. Fue muy importante: yo era cadete y jugaba con los juveniles del Atlético de Madrid y de ahí salté al primer equipo, que estaba en segunda división. Algo que debería haber llevado bastantes años yo lo hice en menos de dos. Fue fundamental tener a alguien como Abraham, que me hablase de lo que iba a pasar. Quizá en ese momento no sabía bien lo que me decía. Fue el primero que me habló de cuidar mi imagen, de la importancia de ser un buen compañero, de hacer caso a mis padres. El fútbol empezaba a cambiar y Abraham lo sabía. Yo no entendía de qué me hablaba, tenía dieciséis años y solo quería marcar goles. Pero él me puso en alerta de lo que venía y lo tengo muy presente. Además me enseñó a jugar al fútbol.

¿Te refieres a que te enseñó a ver más cosas además de meter goles?

A pensar. Me enseñó a pensar. El futbolista madura con la edad. Cuando tienes veinte años no piensas como con treinta. Tienes más condiciones físicas entonces, pero la experiencia te la dan los partidos. Él me enseñó muy temprano a moverme, a entender el juego, a saber por qué la pelota va a un sitio y no a otro y a estar ahí para llegar antes. A observar a los compañeros y entenderlos. Me pasó lo mismo con Luis Aragonés. Me decía cosas que yo no entendía y luego, llegaba un partido o una jugada y decía «coño, esto ya me lo había explicado Luis hace años». Hablaba de una manera que no se refería a un momento puntual, sino que puedo aplicarlo años después a muchas situaciones. Cosas que se me han quedado en la cabeza.

Si tuvieras que escribir un reportaje sobre tu carrera, ¿con qué imagen abrirías el texto? ¿Con qué descripción?

Yo con cinco años tirando tiros a mi hermano, que era portero, y sin ganas. Obligado por él [se ríe]. No me gustaba el fútbol de pequeñito. Nada. Tampoco lo seguía. Mi padre es gallego y seguíamos un poco al Deportivo porque veraneábamos siempre en la Costa da Morte, pero me empezó a interesar de verdad por mi abuelo. Tenía en su casa un platito con un escudo del Atlético y yo le preguntaba: «Abuelo, ¿y esto?». Le veía irse a escuchar el partido por la radio a la calle y no podía ver al Atleti por la tele porque se ponía muy nervioso. Y fue el que me hizo despertar mi curiosidad por el fútbol.

Pero entonces te interesó antes el Atleti que el propio fútbol.

Sí. Me llamaba la atención por qué tenía ese escudo en aquel plato si no podía ver los partidos por la tele. Empecé a verlos por él y me hice del Atleti. Y solo entonces me empezó a gustar el fútbol, cuando los otros niños llevaban años coleccionando cromos o jugando a las chapas de futbolistas.

Y en ese proceso de acercamiento al fútbol también Galicia es importante.

Galicia ha marcado mi vida entera. De ahí es mi padre, allí conocí a mi mujer, nació mi hija… Cada verano suponía el momento que estaba deseando que llegara desde que se acababa agosto. Por la mañana iba a la playa de Cee con mis amigos y por la tarde al pabellón de Corcubión a apuntarnos a los torneos. Ese mes lo pasaba increíble.

Has dicho en alguna ocasión que, de tu pandilla de amigos de Madrid, tú eras el peor técnicamente. Y sin embargo eres el único que ha llegado a profesional. Dice bastante de cuántos factores se necesitan conjugados para llegar a la élite, más allá de las condiciones innatas.

Es que yo creo que condiciones tiene todo el mundo al que le guste el fútbol. Si algo te gusta y tienes interés, vas a hacerlo bien. El problema es que bien no es suficiente, porque hay mucha gente. Siempre hay alguien mejor que tú, en todo. Se trata de hasta dónde quieres llegar. Hay un momento en el que tienes que ser consciente de que no puedes pasar de ahí y en la mayoría de casos ese límite impide llegar a profesional. Yo de pequeño nunca pensaba en llegar a nada. Es que yo nunca he sabido hacer estas cosas que hacen los jugadores, de la pierna por arriba y malabares y esas cosas. Luis Aragonés siempre me decía: «Niño, usted no aprenda a hacer esas cosas que eso no vale para nada. Usted clink, clink. Gol, gol, gol». A mí nunca me han llamado la atención esos jugadores que la controlan de tacón. O esos pases mirando para otro lado. Ni de pequeñito. Sentía que se perdía tiempo y que al final el fútbol era otra cosa. Desde los seis años que empecé a jugar al fútbol hasta los diecisiete que debuté, he conocido a muchísimos compañeros con muchas más condiciones que yo, pero no entendían lo que era el fútbol. El fútbol no es eso. Eso son complementos. Si los tienes son un tesoro, porque es un recurso, pero no es fútbol. Y muchos niños se equivocan con eso porque al final esas cosas son las que están todo el día en las televisiones. En los anuncios que nos hacen hacer, tacones, chilenas y esas cosas. El fútbol no es eso.

¿Qué es entonces lo que necesita un jugador más allá de la técnica para dar ese salto entre amateur y profesional?

Depende de la posición y de la persona. Hay muchísimos factores. Creo incluso que hay jugadores de primera división en España que nunca podrían jugar en la primera de otras ligas como Inglaterra o Italia. Y viceversa. Es que ese salto es muy difícil. No vale solo con ser técnico: hay que ser competitivo, hay que ser fuerte, hay que entender lo que pide cada partido… Y aprovechar la oportunidad, que es lo más difícil.

¿Y el factor psicológico? Supongo que no es lo mismo jugar una pachanga que en un estadio con sesenta mil personas. Y en tu caso más: debutaste con el primer equipo del Atlético con diecisiete años y saltando directamente desde el juvenil.

Yo pasé de estar un fin de semana en la grada viendo al equipo a estar el siguiente en el campo. Yo jugaba en los juveniles, me lo pasaba bien, marcaba goles, pero no tenía el reto de llegar al primer equipo. No lo veía como algo cercano ni me obsesionaba. Si llegaba, llegaba. Para mí jugar un solo partido con el primer equipo hubiera sido suficiente. No tenía presión ni en casa se hablaba de eso. Si en alguna categoría hubiera estado en el banquillo, lo hubiera dejado, porque no me hubiera merecido la pena hacer dos horas de autobús para ir a entrenar. Me habría ido al equipo del barrio y jugado allí. Yo no tuve tiempo para asimilar que estaba en el primer equipo. Llegó de repente y creo que eso me ayudó. Cuando me di cuenta de dónde estaba metido ya era tarde para echarme atrás. Cuando comprendí todo lo que conlleva un club profesional, cuánto sufre la gente, ya estaba metidísimo y por eso no me dio vértigo. Otros chicos tienen marcada esa fecha como un reto y cuando llega se dan cuenta de que hay muchísimas más cosas aparte de jugar. Y les puede.

¿Y cómo se gestiona eso? ¿Cómo se maneja la cabeza de un chaval de veinte años al que todos adoran, en el que todos confían y que se convierte en un icono?

Eso me lo decía Luis Aragonés. Cuando yo coincidí con él con diecisiete años me decía, «Niño, no lea la prensa. No les haga caso porque están construyendo un pedestal y cuando le tengan arriba de todo le van a dar un hachazo en la base y se va a dar cuenta de lo que es la realidad». No entendía muy bien a qué se refería hasta que estuve fallón dos o tres partidos, no jugué bien y dije «Mira, era esto lo de Luis». Efectivamente, veo chavales muy confundidos. Con presión en casa, que los padres no les dejan disfrutar, les exigen. O con ídolos o ejemplos de jugadores que no son los mejores.

Hay una corriente creciente de aficionados que se posicionan —nos posicionamos— en contra del llamado fútbol moderno, este fútbol-negocio de hoy en día supeditado a las televisiones, los fichajes y el marketing que hace que los estadios se vacíen y la esencia se pierda poco a poco.

El fútbol es un negocio. La ley de la oferta y la demanda. Hay muchísima oferta y mucha gente que saca partido. Sin embargo, desde el punto de vista del futbolista el fútbol es de los futbolistas. Y si alguien se tiene que llevar lo que produce el fútbol son los futbolistas, que son los protagonistas. El problema es que los futbolistas no controlamos la liga. Ni los horarios: a nosotros nos encantaría jugar un partido por semana nada más, jugar a las cinco de la tarde con el campo lleno y con precios asequibles. Pero no mandamos. Las televisiones en España controlan todo. En Inglaterra es distinto. He estado allí y sé cómo funciona. ¿Por qué la gente llena los campos? ¿Por qué los equipos llevan cuatro mil o cinco mil aficionados visitantes? Porque no pueden ver a su equipo en la televisión. O van al campo o no lo ven. Y si no lo ven, no pueden ver los resúmenes hasta el lunes. Allí, si tú quieres disfrutar de tu equipo, tienes que ir a verlo. Eso es el fútbol. Todo lo demás es otra cosa. En España hay cultura de ver el partido siempre y en cualquier sitio. Es un gran negocio. No es fútbol. El fútbol está en el estadio.

¿Entonces en España el fútbol está perdiendo su esencia?

Lo puedes comprobar en la televisión, cada vez que ves un campo vacío. Deberíamos devolver el fútbol a la gente porque ellos son los que producen todo, los aficionados.

Sinceramente, ¿hasta qué punto es importante la hinchada para un jugador profesional? Decía Molina, exportero del Atlético y del Deportivo, que a él le daba igual jugar en casa que fuera.

A mí me encanta jugar en casa. La afición influye mucho en mí. Yo considero importante meterte en el partido en el campo y en la grada. Contagiarte del entusiasmo cuando están apretando o saber aislarte si hay pesimismo. Hay que interpretar también lo que hacen los hinchas. Y lo mismo fuera: cuando tienes a cuarenta mil aficionados en contra cuesta más aguantar el balón, no escuchas al compañero, no conoces el campo. Parece una tontería, pero no te resultan familiares los colores, no estás acostumbrado a la iluminación… es un sitio que no controlas. En tu campo estás con tu gente. Y cuanto más te apoye tu afición y más te perdonen los fallos, más opciones tienes de hacerlo bien.

Un tema delicado que afecta al mundo de las gradas es el de los grupos ultras. Los jugadores no soléis hablar de ello. En España hay una demonización pero la mayoría de clubes siguen considerando a estos grupos muy importantes.

Para mí es muy sencillo: lo que no puede haber en un campo de fútbol son delincuentes. Ya está. El resto, bienvenido. Gente que viene a animar o que el equipo es una religión para ellos, bienvenidos.

Y sin embargo las medidas actuales de la liga no atañen solo a los posibles delincuentes, sino que también prohíben banderas, bufandas, ciertos cánticos o hasta ver el fútbol de pie.

La gente ahora se burla de las medidas y las hinchadas cambian palabras en los cánticos a modo de broma para que no les sancionen. Pero esto no es ninguna broma. No me parece ninguna tontería. A mí me da vergüenza ver a alguien insultando a un jugador. Muchísima vergüenza y pena si tiene un niño al lado. Yo lo veo cada vez que juego en un campo rival: nos insultan con niños de la mano. ¿Pero en qué país vivimos? Eso no es fútbol. Yo ahora tengo niños y no sé si quiero que vayan a un campo de fútbol. Eso en Inglaterra no lo he visto, llevaría a mis hijos a un partido en Inglaterra sin problema. Lo que tampoco puede ocurrir es demonizar a todos, llamar ultra a alguien porque vea el fútbol de pie en el fondo del estadio. Allí hay de todo, desde abogados a profesores pasando por fontaneros. Yo he ido al fondo del Calderón de crío y no era ningún delincuente.

Tras siete temporadas en el Atlético de Madrid, convertido casi en leyenda, te vas a Inglaterra, al Liverpool. ¿Por qué?

Igual que fue cumplir un sueño debutar en el Atlético y pasar de la grada al campo, fue complicado vivir los últimos años. Me tocó una época de muchos problemas, con una intervención judicial, con problemas sociales y deportivos, con un equipo de media tabla… Yo lo aceptaba encantado porque estaba viviendo mi sueño, pero de pronto se convirtió en responsabilidad. Veía que no podía cambiar la situación, sentía la necesidad de cambiar todo y no podía. Y era un peso enorme. Llegué a sentir que el club se estaba centrando demasiado en mí y yo obstaculizaba que el equipo pudiera mejorar. Era muy extraño. Yo quería seguir, pero estaba seguro de que si me iba el equipo iba a dar un empujón para arriba.

Y así fue.

Y así fue. Yo pude crecer y el club pudo crecer. Sentí un alivio tremendo. Igual fue azar, pero lo que tenía en la cabeza que iba a pasar si me marchaba, pasó.

Allí coincidiste con Rafa Benítez como entrenador.

Rafa me cogió en un momento muy bueno. Estaba en paz conmigo y con el Atleti. Todos mis sentidos estaban en crecer y disfrutar. Su aportación fue distinta a la que experimenté con Abraham o Luis.

¿Muy distinto un vestuario inglés de uno español?

Bueno, es que en el Liverpool había mucho español. Estaba Xabi Alonso, Reina, Arbeloa y argentinos como Mascherano, Insúa… Y todo el staff de Benítez era español. Entonces el ambiente no era tan diferente. La gran diferencia para mí fueron los entrenamientos. Eran muy, muy profesionales. Cada entrenamiento parecía un casting que había que hacerlo perfecto para entrar en la siguiente alineación.

Y estaba Steven Gerrard.

Hasta que lo conocí yo nunca me había puesto una meta. Debuté en el Atleti, jugué en primera, me fui a Liverpool… Iba quemando etapas y dando pasos, pero sin un objetivo claro. Solo quería disfrutar y hacer goles. Gerrard me cambió la manera de entender las cosas. Recuerdo que en mi primer año en Liverpool quedé tercero en el Balón de Oro y fui con él a la gala porque él también estaba en el once ideal de la FIFA. En el avión de vuelta me dijo que no me preocupara, que yo ya ganaría muchas más cosas y que podía ganar el Balón de Oro. Estuvimos hablando todo el viaje y yo sentía que de verdad pensaba que yo podía ganar todo lo que quisiese. Y a partir de ahí, vi que tenía que intentar llegar a todos los objetivos. Ver que él creía en mí me hizo cambiar. Jugué mis mejores años. Solo saber que él estaba en el campo me hacía mejor. De los ochenta o noventa goles que marqué aquellas temporadas, el 90 % son gracias a él.

Hay jugadores que solo con su presencia ya ayudan al equipo.

Hay jugadores distintos. Que los árbitros y los rivales miran de una manera diferente. Que cogen la pelota y tienen tres tíos alrededor y nos dejan a los demás libres. Son jugadores con los que tienes que asociarte. Yo vivo de esos jugadores. Vivo de jugadores como Gerrard o como Xabi. Miran hacia adelante y ya sabes que ellos te ponen la pelota donde les pidas. Donde y cuando quieras.

Es que a veces los aficionados ven a los futbolistas como figuras iguales y hasta deshumanizadas. A uno le sale un mal partido y ya se especula con que si es malo o que no sirve. Igual es que la noche anterior durmió mal. O le dejó la novia. Eso nunca lo piensa el aficionado.

Es que eso pasa en todos los oficios del mundo. Hay muchísimos factores que influyen en un partido, lo que pasa que hay que dejarlos a un lado porque a nadie le importan. La gente está esperando algo de ti y le tienes que dar eso. No hay otra opción. Imagínate que salgo y digo «hoy jugué mal porque mi niño estuvo toda la noche llorando y no pude dormir». Impensable. Me comen.

Pero a veces ocurren cosas así.

Claro que ocurren. Pero te las comes, como cualquier otro trabajador que va a su puesto sin dormir porque el crío le dio la noche. Lo mismo. Lo que pasa que a nosotros se nos mide por un solo día: el del partido. Igual has entrenado espectacular toda la semana y el día de partido no te salen las cosas. Pues has perdido una oportunidad.

Hay un añadido en vuestra profesión que sí os hace diferentes: la tremenda atención de la prensa. Si en tu trabajo no te salen las cosas o en un torneo de tu barrio no das una, pues apechugas tú. Pero vosotros tenéis que leer o ver las críticas públicas al día siguiente. ¿No te pasa eso por la cabeza mientras juegas?

A mí no. Es verdad que con veinte años acabas el partido, lo analizas y dices: «Mañana la que me va a caer». A estas alturas ya me importa poco. Lo que sí me afecta es que afecte a mi familia. Que se preocupen por mí.

Pero a veces la prensa tiene mucho poder. Y puede llegar a hacer daño a algún futbolista.

Sí. Si tienes a cincuenta mil tíos en la grada que leen todos los días cosas malas de un jugador, pues están condicionados. Eso sí lo notas. Compañeros que salen incómodos, que pierden la pelota y se escucha un rumor. Eso afecta porque a veces la prensa crea realidades sin fundamento. Si tú mañana escribes en este reportaje que me has visto triste, mañana otro periodista me va a preguntar si estoy triste y otros medios hablarán de que si estoy triste. Y de pronto, una historia inventada se convierte en real. Es muy difícil controlar eso.

¿Qué opinas de la prensa deportiva española?

[Sonríe ampliamente]. Hay de todo. Va un poco en paralelo a los futbolistas: hay jugadores a los que les gusta mucho el fútbol, a otros no, a otros les gusta todo lo que conlleva… Los periodistas supongo que lo mismo: habrá a los que les encante el fútbol, habrá otros dolidos porque no han llegado a ser futbolistas y critican, otros forofos… Pues habrá de todo.

Más allá del fútbol, ¿qué te ha dado Inglaterra?

Un idioma. También una manera diferente de ver las cosas. La gran diferencia para mí es que en Inglaterra la gente vive más su vida que la de los demás. En la España que yo dejé no ocurría eso. Ahora creo que ha cambiado: la gente es más consciente de lo que necesita, de lo que de verdad es importante.

¿Crees que el fútbol es importante?

¿Para qué?

Para una sociedad. ¿Es importante que exista una competición de fútbol?

Cualquier deporte que despierte sentimientos es importante. Se pueden conseguir muchas cosas a través de los sentimientos y el fútbol despierta muchísimos. Pero hasta ahí. Yo a la gente que viene llorando a hacerse una foto o a amigos que se fascinan con el fútbol les digo: «Yo solo juego al fútbol. Nada más. Y eso no es importante».

¿Por qué los futbolistas no hablan de política?

Mira, yo llevo jugando al fútbol desde que tenía diez años. Mi vida ha sido el fútbol. Con diecisiete años ya tenía un trabajo y una responsabilidad. A mí no me ha dado tiempo a pensar en política. Derecha, izquierda… no me ha afectado. Yo he empezado a trabajar tan temprano que un partido u otro no me va a cambiar la vida. Y además, los pocos futbolistas que se han pronunciado han sido duramente criticados.

Hay una percepción, sobre todo entre la gente a la que no le gusta el fútbol, de que los futbolistas son tontos. No quiero ofenderte, pero esa idea existe.

Creo que tiene que ver con la edad. Esa gente que dice que somos tontos, tendrían que dar una rueda de prensa con dieciocho años para tres millones de personas. Pues probablemente se confundan mucho. Se equivoquen en el mensaje o en la manera de decirlo porque no tienes formación, ya no digo académica, sino de madurez. Yo ahora veo ruedas de prensa que di con dieciocho años y pienso: «Madre mía, vaya joyita». Con treinta años es otra cosa. En cualquier caso, como en todas partes, hay de todo. Yo conozco a futbolistas muy, muy inteligentes.

Decía en una entrevista Rio Ferdinand, jugador inglés, que los futbolistas profesionales se aburren. Entrenan dos horas al día y el resto del tiempo no hacen nada.

Creo que el futbolista profesional tiene demasiadas cosas demasiado pronto. Y puede relajarse. ¿Quién no lo haría? Con los años aparecen las inquietudes, y muchos empiezan a estudiar, montan un negocio o practican otro deporte.

Del Liverpool te fuiste al Chelsea, otro club inglés. Allí te entrenó José Mourinho, una persona que siempre da que hablar.

Mi experiencia con él fue muy buena. Es un entrenador fantástico y un tío con el que puedes hablar. Me gusta la gente con la que puedes discutir, aunque no llegues a un acuerdo. Me parece gente de diez. Mourinho es así: tienes un problema con él y su puerta está abierta. Puedes hablar con él lo que quieras que te va a responder lo que él piensa. Va de cara. No hay que tener recelo ni miedo de las personas que van de cara.

Y regreso a casa. Con Simeone de míster.

Con el Cholo es diferente porque hemos sido compañeros. Imagínate que tienes un compañero y ocho años después es tu jefe. Siempre existen un montón de anécdotas, convivencias y experiencias que a veces es difícil medir. Debo pensar que es mi entrenador, no puedo ir y hacerle una broma que le hacía hace ocho años porque no procede [se ríe]. Pero lo mismo que Mourinho: es un tío que va de cara. Como lo ve la gente en la rueda de prensa, así es el Cholo.

¿Los jugadores son conscientes de lo que supone su juego o el de su equipo? Por ejemplo, la selección española campeona o el Barça de Guardiola: ¿los futbolistas se paran a pensar en lo que están dando al fútbol o el capítulo que están escribiendo en la historia del juego? ¿O se dedican solo a jugar y eso queda para los analistas?

Creo que eso lo da el tiempo. Todavía no se sabe a qué nivel hemos podido cambiar la historia del fútbol con el juego de la selección española. Hicimos algo que no ha hecho nadie en la historia del fútbol pero está muy reciente. Yo desde que nací he escuchado siempre hablar de Pelé y Maradona; no los he visto jugar nunca, pero están ahí, presentes. Marcaron una época. Y los años los va mitificando. Creo que pasará lo mismo con la selección española. Quedarán nombres y momentos y quedarán los títulos. Y se olvidarán los malos momentos.

Al Mundial de Sudáfrica en 2010 llegaste lesionado y fuiste casi en modo «por lo civil o por lo criminal». Dijiste incluso que ibas aunque fuera lo último que hicieras. ¿Por qué?

Porque sabía que íbamos a ganarlo. Me sentía parte muy importante de ese equipo y quería estar con mis compañeros. Porque habíamos vivido cosas muy malas antes de la Eurocopa 2008. Estábamos disfrutando muchísimo y sabíamos que íbamos a ganar. Arriesgué todo lo que tenía y lo volvería a hacer.

Ese momento del gol que marcas en la final de la Eurocopa 2008 contra Alemania. Si tuvieras que explicar cómo fue…

Te diría que pensaba que iba fuera. Gracias a que el campo estaba mojado, el balón, con el giro, no se va para fuera. El caso es que aquel gol fue tan temprano, que no piensas que va a ser el gol definitivo. No es esa sensación de final de partido que dices «la que hemos liado aquí». Tenía la sensación de que iban a pasar muchas más cosas y de hecho en la piña celebrando se oían cosas del tipo «tranquilidad, falta mucho». Fue diferente al que metí en la Euro 2012, que era el 3-0 y el partido terminado y fue una explosión.

Después de tantos años y éxitos, ¿entiendes el fútbol de otra forma? ¿De una forma más madura, tal vez?

Totalmente. Cambian las prioridades. Llegar a casa después de un mal partido y que tus niños te vengan a dar un abrazo, pues… Pues eso hace que te olvides de lo demás y comprendes qué es lo importante. Partidos de fútbol hay más: juegas mal pero a los tres días tienes otro. Pero cada día de tu niño… eso no vuelve.


Pirri Mori o el doblete insospechado

Imagen cortesía de historiasdecromos.com

No es usual si eres futbolista español. Dos apellidos que terminan con la letra «i» que serigrafiar encima del dorsal. Además lucen encima del marcial número 11, lo que supone sumar otras dos «íes» que, en mágico caligrama, te convierten instantáneamente en extremo izquierdo. Y zurdo. La diestra ahí, por simetría biológica. «Con el 11, ¡¡¡P-i-r-r-i M-o-r-i!!!», anuncia el speaker del Vicente Calderón para inflamar a la grada. Onomástica con ritmo, aliteración. Candidez infantil en apelativo travieso a la que sumar la rotundidad de un barbarismo que parece una italianización. Pero algo chirría. Hay en los apellidos talentosa calle y orígenes silvestres; falta excelencia, un punto de temple. Es una idiotez irracional —lo mismo que Maradona diría que Maldini era demasiado bello como para ser futbolista— pero la conjunción de apellidos carece de musicalidad como para perpetuar a su titular como una gran figura del balompié. Y encima el hipocorístico remite a míticos ecos merengues, un malicia si se quiere transitar por el enloquecido Atlético de Madrid de la 93-94. A ese toro mecánico aterriza el carbayón Pirri en plan promesa-incógnita, con veintidós añitos y con el cuerpo en tal ebullición que te da de sobra para entrenar sin dormir. Llegaba tras despuntar en el Vetusta y en el Oviedo grande gracias a su zigzag, a galopadas incontenibles y algún latigazo siniestro con resultado de gol. Por lo que acontecerá a su llegada a la capital, en el contexto de aquellos primeros meses lo más sensato hubiera sido llamar al del Libro Guinness. O a Ángel Cristo.

Procedente del Oviedo de Jabo Irureta, Marigil y Radomir Antic e hijo del histórico Armando Mori del Cánicas, al nuevo fichaje (Pirri a secas, lo de Mori se agregaría poco después) lo van a tratar de entrenar en su año de estreno —además de Jesús Gil— Jair Pereira (siete jornadas, fusilado tras un infausto partido contra el OFI Creta en UEFA), Cacho Heredia (cuatro encuentros, y eso que él fue el míster en la mítica remontada 4-3 al Barça de Cruyff, con 0-3 al descanso), Emilio Cruz (ocho, hasta una infame derrota contra el Rayo), José Luis Romero (seis, con descalabro 5-3 en el Camp Nou y con Koeman expulsado ¡desde el minuto 25!), Iselín Santos Ovejero (cuatro partidos, dinamitado tras un 0-4 contra el Zaragoza que un año después levantaría la Recopa) y, por último, el manso y verborreico Jorge D’Alessandro (nueve, para cerrar la temporada en el puesto 12). Todos devorados por el cetáceo (imagen robada a Carmen Rigalt) presidente-alcalde-patrone, que también repartía estopa a la plantilla intramuros, siempre que su corpachón no se quedara encajado en la puerta del vestuario o su agenda laboral se lo permitiera: alimentar cocodrilos y guepardos en Burgo de Osma y deslomar equinos con los que debatir alineaciones. Como para que los futbolistas cogieran el tono o cierta regularidad. Barra libre de «indocumentados y facinerosos». A todos los niveles. Titular indiscutible, Pirri metió cuatro goles aquel año de debut y tuvo el privilegio de jugar junto a Moacir, Roman Kosecki o Mario de Oliveira Costa, alias Tilico.

Desde aquel tiempo nefasto e infausto para cualquier colchonero con vergüenza torera, Francisco José Mori Cuesta, alias Pirri Mori (Cangas de Onís, Asturias, 1970) se ha fijado en el disco duro de los aficionados con una santa trinidad hecha de guasa, ternura y pizcas de mito de barriada. Para los vecinos a orillas del Manzanares Pirri Mori simboliza al jugador español que apunta grandes maneras en club modesto (Pizo Gómez, Tato Abadía, Mami Quevedo, Pedro, Bustingorri, Torrecilla…), es fichado por arrebato en la espuma del momento, nunca explota, no es convocado jamás con la selección pese a atisbar la internacionalidad y juran que da lo mejor de sí en la oscuridad de la noche y sus etílicas leyendas urbanas (una conducta siempre dada a chascarrillos cuando no a insultos desde la grada). Como si los forofos nunca hubieran pisado un bar y una escuadra de Primera División frecuentara la biblioteca de un convento. Por eso a la postre, y visto con la distancia de las dos décadas que ahora se cumplen de un hito insospechado, el indulgente atletista absuelve los presuntos pecados e impericias de Pirri Mori porque formó parte del elenco de una las mayores loterías de la historia del fútbol español: el doblete del año 96. Lo hizo como secundario. Pero ahí está. En banderines conmemorativos. En el póster que había en la garita del tipo de mono azul donde dejaba el coche tu padre o tu colega, ese que se compró un Kadett GT. En la orla, las caritas de Molina, Geli, Toni, Solozábal, Santi, Vizcaíno, Simeone, Caminero, Pantic, Kiko, Penev. Y Pirri Mori, con apenas mil minutos, veinticinco partidos y dos goles, uno de ellos en Copa contra el Mérida y el otro frente al Betis unos días después de haber ganado la Copa en Zaragoza gracias a la frente deforestada de Pantic en la prórroga.

Antes del histórico doblete, en el año 94-95 Pirri Mori tuvo otro trocito de gloria al mojar en el 1-4 a un pseudo-Barça de Cruyff (Angoy, Korneiev, Escurza…) en Copa del Rey. Cómo definir el partido si el Tren Valencia marcó dos goles. Parece que YouTube hubiera suprimido el vídeo de aquel encuentro porque vulnera todas las leyes de la verosimilitud. En esa liga, Pirri jugó veinticinco partidos (diecisiete como titular) y marcó cinco goles. En el último partido de aquella temporada horrorosa casi cae el Atleti a un playoff dantesco que disputaban antepenúltimo y decimosexto de Primera contra tercer y cuarto clasificados de Segunda. Una pelea de perros. Hubo biscotto con el Sevilla en el colofón y el bueno de Pirri Mori contribuyó a tal película gore con una expulsión en el minuto 71. El Atleti iba ganando 1-2. Siete minutos después empataba su paisano Monchu. Con la UEFA asegurada, quiso Luis Aragonés no hacer sangre con su malhadado Atleti. Simeone aún sigue pidiendo calma y pases en horizontal a sus excompañeros del Sevilla. Que se besen.

oie_15114247Iqlkyl0K
Imagen cortesía de colchonero.com

No pasaron ni noventa días para que se empezara a obrar el prodigio, la carambola sideral. No del calibre del Leicester, pero sí que la sorpresa fue morrocotuda en la temporada 95-96. Aquella fue la primera en España en otorgar tres puntos por la victoria y también la pionera en que los jugadores lucieran el dorsal que les diera la gana —qué chachi, como en el Mundial—, y con el nombre coronando el número. Así nacieron las tiendas oficiales de los clubes para vender camisetas con las que pasear en verano sintiéndose Roberto Baggio, David Platt o Pilipauskas (aún juega en Montevideo a sus cuarenta y un espléndidos años). Al Atleti de junio del 95 llega el serbio Radomir Antic, que había dejado noveno al Oviedo de los talentosos Jankovic, Rivas, Mora, Prosinecki, Oli, Carlos y Jerkan, que además devoraban y se fumaban el postpartido en la discoteca El Antiguo de la ciudad donde casi nace Woody Allen. Confiaban el décimo proyecto desde que llegó Jesús Gil a la presidencia —saldado con dos míseras Copas del Rey— a un serbio al que habían largado del Real Madrid cuando iba líder. Por jugar mal, justificó Ramón Mendoza. Como jugador pasó por el Zaragoza a finales de los setenta procedente del Fenerbahçe. Dio el callo un par de temporadas con Boskov y Villanova, pero la memoria retiene mejor a coetáneos de más fulgor como Jorge Valdano, Barbas, incluso al paraguayo Amarilla. Con fama de dócil, parecía Antic contar con las tragaderas suficientes para capear las embestidas, arbitrariedades, insultos y caprichos del orondo Gil. Pasando por alto su vínculo merengue, la afición nada le podía exigir al exyugoslavo, después de coquetear con el abismo y tras unos años entre el pitorreo y la desolación. Agarrar la UEFA, ganar un partidito al Real Madrid… Eso es todo, míster, y que dure usted tantas jornadas como pueda. Hete que el balón echa a rodar y el Madrid de Jorge Valdano no carbura. El Barcelona, tres cuartos de lo mismo. Raro, raro, vía libre. Se da la circunstancia de que en verano Robert Prosinecki opta por jugar en el equipo azulgrana en vez de fichar por el Atleti (estaba casi hecho) con la coartada de «ganar títulos». Sonaba razonable. En el Atleti recala un volante serbio desconocido y barato que venía del potentísimo Panionios griego: Milinko Pantic. Visto lo conseguido por uno y otro, quedó en mal lugar la elección del croata, que se lesionaba viendo la tele.

Junto a Pantic se asomaron a la concentración en Los Ángeles de San Rafael otros chicos nuevos con la interrogante en el peto: Molina y Santi Denia recién descendidos, el españolista Roberto Fresnedoso, el veterano Penev, que había superado un tumor testicular, los exóticos Fortune y Biagini… El Atleti se artillaba con muchos extraños cromos (otro verano más), aunque el bloque Solozábal, Vizcaíno, Caminero, Simeone y Kiko mantenía un traje tipo que no sonaba del todo mal. ¿Se deshilacharía con prontitud? Inesperadamente, desde la primera jornada los de Antic no pararon de exhibir un juego portentoso, a ráfagas primoroso. Tiren los antidepresivos al río. Esto va serio, regular. Un fútbol total a oleadas. Repliegue y contraataque en hordas, con el portero de líbero. Destacaban todos, todos se ayudan. El equipo se compacta. Caminero, mejor que el mejor Kaká; Geli y Toni, puñales por la cal; Baresi se transfiguró en Solozábal; mientras, Kiko asistía aconsejado por Camarón, Simeone repartía arengas y patadas necesarias y el enclenque Pantic hacía magia con una camiseta tres tallas más grande. Lubo Penev seguro que habló con Mefistófeles. Un rodillo rojiblanco al que no daban crédito ni continuidad los analistas. Ya caerá. No es alternativa. Pasan los domingos. Las jornadas caminan. Líder al acabar la primera vuelta. Físicamente como caballos. La distancia con el segundo se ensancha. El Rayo Vallecano da la patada a Valdano. El mejor del Barcelona es Meho Kodro; en la portería, el padre de Sergio Busquets se quema las manos con una plancha. Al final, Cruyff se iría a falta de dos jornadas para echar el telón tras un empate a uno en Sarriá y el Madrid queda sexto. El Atleti gana al Salamanca agónicamente. Empata a uno en Tenerife con el exrojiblanco Aguilera echando el balón frente a una portería de cincuenta metros de ancho y sin cancerbero. Solo falta doblegar al Albacete para consumar la proeza. Córner, gol de Simeone; sandía que cae del cielo, Kiko a la tronera. Campeones. Cabalgata, confeti. Hubo plaga de polillas aquel mayo del 96. Dicen que eran de todos los atletistas que desempolvaron banderas y bufandas… Se festejó con más intensidad que la Liga de Godín en el Nou Camp. De largo.

En tan opípara celebración se lo pasa de rechupete Pirri Mori, sentado en calesa. Antes lo estuvo en el banquillo todo el año. Wikipedia podría reseñar que pertenece al ínfimo porcentaje de jugadores que llegan a la élite en España, juegan en un equipo grande y pueden beber champán en la misma temporada dentro de dos copas encargadas por la LFP a una joyería. Un retruécano de cojones. Y viviendo los contrastes más brutales de un club bipolar. El asturiano supone el eslabón entre una etapa espantosa (bastante antes de la caída al infierno en 2000) y un resurgimiento inesperado que se traduce en el único doblete en la historia del Atlético de Madrid. Caminó sobre el desfiladero para luego vivir un momento de cabalgata y opereta, con paquidermos y ponys en un inenarrable parade por el paseo del Prado, majorettes, éxtasis y calimocho. Aquella Liga, ganada en el último partido al Albacete —y con el Valencia de Luis Aragonés, Mijatovic y Mazinho en el cogote— reivindicaba que el Atleti seguía vivo, que aún atesoraba esplendor tras sus mil calamidades y que regresaba por fin a la nobleza pese a la incompetencia supina de su directiva. Poco a poco el espejismo se hizo añicos. La piedra de Sísifo volvió a rodar paseo Imperial abajo.

De entrada, en la 96-97 y con los refuerzos de Bejbl y Esnáider, el Atleti vio como el Real Madrid celebraba el alirón en su cara (y en el Bernabéu) y cómo el Ajax le descabalgó de una Champions que mereció y a la que solo se clasificaban los campeones de Liga (Auxerre, Juventus, Oporto…). Doblegó al Borussia Dortmund aquí y allí con un juego primoroso y fue Van der Saar quien le privó de la Orejona guardando la cancela del Ajax. Inmediatamente tras fallar el penalti y enajenado de frustración, Esnáider vio la tarjeta amarilla por lanzarle al portero holandés una patada con más saña que Cantona a aquel hooligan del Crystal Palace. No creo que se haya dado nunca en la historia del fútbol un doble suicidio tan idiota. Solo seiscientos setenta días después de aquel salto de kung-fu, la víspera de la lotería de Navidad la Guardia Civil copaba las escaleras que conducen a las oficinas del estadio. Intervención judicial. Ordenadores en convoy. Cajas, papeles. Escándalo. Un tipo llamado Rubí Blanc llega para meter en vereda económica a un club que se desguaza, lleno de mentiras. Gil al calabozo. Rainieri (el del Leicester) se apea del barco. Nadie cobra. Ni Valerón, ni los torpes paraguayos de la defensa que no ven tarjetas, ni Solari, ni Hasselbaink, ni el virtuoso Venturin… Al hoyo. Antic, triste paradoja, desciende a Segunda. Lo nunca visto. Encima frente a su Oviedo. Con un penalti que detiene Esteban, otro que luego denunciará impagos estando en el Atleti en la temporada 2002-2003 y que contagiaría una desidia generalizada que provoca que el equipo se quede a las puertas de clasificarse para la UEFA. De estos desastrosos vaivenes ya no es testigo Pirri Mori, que tras el doblete fichó por el Compostela, luego recalaría en el Mérida y abrocharía su carrera en el Burnley inglés sin siquiera pisar los treinta años.

Seguro que en estos años de entronización y salida en palio por Madrid Río del Cholo Simeone (las Champions perdidas también son dolorosísimos logros), a Pirri le preguntarán sus allegados cómo fue compartir vestuario y gloria con el argentino, que vivió un Atleti tan claroscuro como Caravaggio y que, ya convertido en entrenador rojiblanco desde diciembre de 2011, ha trazado un camino, deportivo y empresarial («si se cree y se trabaja, se puede»), que ha sentado las bases del futuro de un club para los próximos cincuenta años. Un turning point de coraje y corazón, del mismo modo que antes hicieron Cruyff en el Barça o Sacchi en el Milan. Todo el que venga tendrá que acarrear sobre los hombros ese legado de compromiso y juego feo competitivo.

Hoy el apellido Mori Cuesta aparece en la prensa local asturiana por cuencas muy lejanas a la del Manzanares. El hermano del exfutbolista (José María, Titi) regenta restaurantes que llevan por nombre El Campanu. Los tiene en Ribadesella, Oviedo y Cangas de Onís. Se precia de pescador consumado que a veces captura el cotizadísimo primer salmón de la temporada y que da nombre a sus negocios. En el mundo de la pesca todos le conocen como El Marqués. Hace tiempo que, si aparece su nombre por esas cosas de las fanfarronerías fluviales, La Nueva España ya no glosa que es el hermano del exjugador del Atleti del doblete. Cuando recuerdas ese doble apellido con apelativo cariñoso en cualquier antología de bar, los veteranos de grada coinciden en aglutinar su figura en apenas tres chispazos. «Jajaja Pirri Mori, ¡qué grande! Buena zurda. Dicen que le gustaba la juerga». Y a quién no. Una Liga. Una Copa. Con el número once, Pirr1 Mor1.


Los jugadores de la final en tres gráficos

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

El sábado, Real Madrid y Atlético de Madrid se disputan la final de la Champions League. Hemos querido analizar a sus protagonistas y compararlos con mil seiscientos jugadores de las cinco grandes ligas del continente.

Empecemos por la producción ofensiva. El primer gráfico representa los goles y los disparos de cada jugador.

G1

En Europa el líder en goles y disparos es Zlatan Ibrahimovic, del PSG, que ha marcado 38 goles en la liga francesa. El sueco ha marcado 1,34 goles por cada 90 minutos de juego. Detrás de Ibrahimovic vemos un grupo con ocho grandes delanteros, en el que aparecen tres jugadores del Real Madrid que participarán en la final.

Benzema, Bale y Cristiano Ronaldo disparan dos veces a puerta cada 90 minutos y marcan un gol. La producción ofensiva de esta BBC es la gran baza de los blancos. Aunque los datos evidencia también algo que se ve sobre el campo: al Real Madrid no le sobran rematadores fuera de la BBC.

Los dos arietes del Atlético —Torres y Griezmann— tienen una producción menor, otro dato de la capacidad del equipo de Simeone para sacar lo máximo de sus goles: hace mucho marcando poco.

Pasemos ahora a analizar las dos actividades propias del centro del campo. El gráfico siguiente representa el número de ocasiones que produce cada jugador —los pases que acaban en un disparo de un compañero—, y el número de recuperaciones que consigue, ya sea interrumpiendo un pase o robando un balón al contrario.

G2

El gráfico captura una de las características del fútbol moderno: su especialización. Vemos que algunos jugadores crean ocasiones y otros se dedican a destruir las del rival. Por eso el gráfico tiene forma de triángulo: no hay jugadores capaces de destacar a la vez por crear y destruir. No existe el «mediocampista total». Los especialistas en crear ocasiones recuperan pocos balones; los grandes recuperadores crean poco.

Observemos primero a los grandes recuperadores de Real Madrid y Atlético. Casemiro es una pieza clave del esquema defensivo de Zidane: es el jugador que más recuperaciones consigue, bien por delante de Ramos o Marcelo. Pero Casemiro está rodeado por jugadores rojiblancos que enfrentará el sábado: Godín, Filipe Luis, Ñiguez o Gabi son grandes recuperadores. De los cuatro, solo uno es un centrocampista, lo que da una pista sobre el sistema defensivo de Simeone: muchos balones se recuperan desde la propia defensa.

El Atlético también destaca por la capacidad recuperadora de sus jugadores de ataque. En especial la de Griezmann, que recupera casi el doble de balones que Bale y mucho más que Benzema y Cristiano Ronaldo.

Pero la historia es distinta con la creación de ocasiones. El Atlético de Madrid carece de jugadores que se destaquen por la creación —con la excepción de Koke–, mientras que el Real tiene media docena. Entre Koke y el segundo máximo creador colchonero –Griezmann—, el Real Madrid presenta ocho jugadores: James, Bale, Isco, Modric, Benzema, Kross y Marcelo.

Los mejores creadores de Europa son los sospechosos habituales: Özil, del Arsenal, Payet, del West Ham, o Kevin de Bruyne, del Manchester City. En recuperaciones, un líder se destaca claramente: N’Golo Kanté, que en su magnífica temporada ha promediado más de ocho recuperaciones.

Veamos ahora la capacidad destructora de los jugadores. El último gráfico representa el número de pases interceptados y los balones robados, o tackles, para cada jugador.

G3
Si comparamos los jugadores que disputan más minutos —los puntos más gruesos—, es evidente que los rojiblancos superan a los blancos en la faceta recuperadora. Godín, Filipe Luis, Gabi, Giménez y Ñigues son buenos en intercepciones y robos. Todos mejoran a Ramos en robos y a Marcelo en intercepciones.

Además el Real Madrid tiene un problema en la esquina inferior izquierda: Benzema y Cristiano Ronaldo apenas recuperan balones. Bale es algo mejor, pero sigue claramente por debajo de Griezmann. El único jugador Atlético liberado en tareas defensivas es Torres, y juega relativamente poco minutos.

* * *

Estos datos ayudan a entender el juego de Real Madrid y Atlético de Madrid. Nos sugieren qué jugadores serán claves el sábado y en qué circunstancias: quién creará las ocasiones, quién hará los goles, quién tiene por misión anular al rival. Otras características de los dos equipos no pueden verse en estos datos, porque emergen de la combinación de jugadores. Sobre esas características ya hablamos: el Real Madrid es el equipo con mejor producción ofensiva —genera muchos remates y necesita pocos para marcar goles—, mientras que el Atlético sobresale en defensa: exige veintiún disparos por cada gol que concede.


Los mejores equipos de Champions en cinco gráficos

Foto: Kieran Lynam (CC)
Foto: Kieran Lynam (CC)

Esta semana se deciden las semifinales de la Champions League. Es el momento perfecto para radiografiar a los cuatro semifinalistas y a los grandes equipos del continente. Esta vez lo haremos sin nostalgia, ni recuerdos, simpatías o grandes pasiones. Solo con datos.

La primera pregunta es obligada: cuál es el equipo más fuerte de Europa. No hay una respuesta definitiva, pero tenemos algunas cifras. El Bayern de Múnich es el equipo que lidera su liga con más suficiencia. Logra 2,6 puntos de cada 3. El PSG también domina su liga. Pero estos datos no tienen en cuenta que hay ligas más competitivas que otras. Para comparar equipos de diferentes torneos podemos usar otra métrica, que procede del mundo del ajedrez y debe su nombre a un matemático húngaro, el sistema Elo.

El gráfico muestra el ranking Elo y otras dos métricas de fortaleza para los treinta mejores equipos.

g1

El sistema de puntuación Elo es un cálculo matemático que permite medir la fortaleza relativa de un equipo de fútbol. La puntuación tiene en cuenta los rivales a los que ha se enfrentado y los resultados que ha obtenido. Cuando dos equipos disputan un partido, se intercambian puntos Elo en función del marcador final. Este sistema permite comparar, al menos aproximadamente, a equipos de ligas diferentes.

Según el ranking Elo calculado en Club Elo, los ocho mejores equipos de Europa ahora mismo son: Real Madrid, Barcelona, Bayern de Munich, Atlético de Madrid, Juventus, PSG, Borussia Dortmund y Manchester City. Es decir, que los cuatro finalistas están entre los ocho mejores equipos del continente.

Estos datos reflejan la fortaleza de un equipo.Pero hay muchas otras estadísticas sobre el rendimiento y el estilo de cada equipo. Por ejemplo, el siguiente gráfico representa los goles a favor y en contra de cada uno de los equipos en su competición doméstica.

g2

Los mejores equipos aparecen en el primer cuadrante: son los que más goles consiguen y menos encajan. El Barcelona y el Real Madrid logran casi tres goles por partido. El Bayern, en cambio, se distingue por marcar mucho y encajar poquísimo. El Atlético de Madrid de Simeone es casi del montón a la hora de hacer goles, pero es el segundo equipo que menos goles recibe. Y como veremos después, esa capacidad defensiva lo convierte en un equipo excepcional.

Pero antes de hablar de defensas, veamos los parámetros de ataque. En el gráfico siguiente, los mejores equipos aparecen en la esquina inferior derecha: no solo disparan mucho, sino que además necesitan pocos remates para marcar un gol.

g3

Los dos mejores atacantes de Europa son semifinalistas. El Bayern y el Real Madrid rozan los diecinueve disparos por encuentro. Rematan casi el doble que la media y en esta estadística aparecen bien por delante del resto de grandes equipos. Pero no solo disparan mucho, también son eficientes. Especialmente el Real Madrid: el club blanco solo necesita seis o siete remates para marcar un gol. Esas dos condiciones hacen que el Real Madrid sea, seguramente, el mejor equipo en producción de ataque.

Otros buenos atacantes son Barcelona, Nápoles o PSG. En cambio el Atlético de Madrid aparece en la nube de equipos. Tiene alrededor a clubs como Leicester, Mónaco, Athletic o Sevilla. El conjunto atlético no destaca por hacer muchos disparos, pero es relativamente eficiente con sus remates y, sobre todo, compensa su ataque frugal con el mejor sistema defensivo en Europa.

El gráfico siguiente señala a los equipos que mejor defienden.

g4

En este gráfico sobresale la defensa del Atlético de Madrid. El equipo del Cholo es de los que menos disparos recibe por partido, pero sobre todo destaca por su enorme capacidad para recibir muchos remates antes de conceder goles. Sus rivales necesitan veintiún disparos para encajarles un gol. Es una cifra asombrosa y sin parangón en el fútbol europeo.

Del resto de semifinalistas, el Bayern es el mejor en defensa. El equipo de Guardiola solo concede siete disparos por partido, y además exige quince disparos por cada gol que concede. En cambio, ni el City ni el Real Madrid son excelentes en defensa.

Para acabar, en el último gráfico hemos recopilado diez estadísticas: ranking Elo, goles a favor, tiros, posesión, tiros por gol, goles encajados, etc. En color azul fuerte se destacan los equipos que dominan cada estadística.

g5

Entre los veinte mejores equipos de las cinco grandes ligas —de acuerdo con el ranking Elo— solo hay un equipo francés (PSG) y dos italianos (Juventus y Napoli). El resto de equipos son españoles, ingleses o alemanes.

El cuadro es un buen resumen del rendimiento y el estilo de cada equipo. El Real Madrid, por ejemplo, es el líder del ranking Elo, el que más goles produce y más dispara. Es también un equipo vertical y vulgar en defensa. El Atlético destaca por su capacidad defensiva, mientras que el Bayern quizás sea el más completo: potente en ataque, correcto en defensa, el primero por posesión y juego combinativo.

Estas estadísticas reflejan también el poder de tres de los finalistas: Bayern de Múnich, Atlético o Real Madrid lideran ocho de las diez métricas. Es una prueba de que al menos tres de los favoritos han llegado vivos al final de la máxima competición europea. Y es que el fútbol tiene una componente azarosa, estocástica e imprevisible, pero no es puro caos: se rige también por probabilidades y regularidades que los datos capturan.


El último Atlético de Madrid-Real Madrid de Paulo Futre

Paulo Futre. Foto: Cordon Press.
Paulo Futre. Foto: Cordon Press.

Luis Aragonés llamó a Futre a las tres de la mañana. Puede que le despertara, como dice el portugués cuando cuenta la anécdota, o puede que Luis ya se hubiera hecho a la idea de que a esa hora Paulo no solía estar dormido. «Recuerde lo que le hicieron a Pizo», insistió el de Hortaleza, haciendo referencia a aquel episodio en el que Míchel y Gordillo adelantaron al corajudo lateral del Atleti en plena carretera de La Coruña, camino de la Ciudad Deportiva desde Las Rozas. y le empezaron a pedir autógrafos y a gritarle: «Pizo, eres nuestro ídolo».

Por supuesto, Pizo Gómez lo tenía complicado para ser el ídolo de nadie. Lateral de los de entrega, canterano del Athletic de Bilbao y proveniente de Osasuna, formaba parte de lo que se podía llamar «vieja escuela»: un hombre duro, implacable en su banda y en el marcaje individual. La mofa era evidente aunque lo cierto es que contada más de veinticinco años después la historia no parece dar para tanto.

De hecho, aquel mes de junio de 1992, Pizo ni siquiera estaba en el equipo, sino cedido en las filas del RCD Espanyol. No sé hasta qué punto invocar a Pizo Gómez era la mejor manera de motivar al equipo. No sé siquiera si la anécdota es cierta: a veces Futre la ubica por teléfono a las tres de la mañana y otras en plena concentración, a las nueve, las sábanas aún pegadas.

Es lo mismo: a Luis le gustaban esas cosas, formaban parte de su pedigrí como entrenador. Con Futre las había tenido tiesas varias veces pero siempre de puertas adentro, como sucedería, por ejemplo, con Eto’o años después, en el Mallorca. Pero no, Futre no necesitaba motivación alguna para una final de Copa del Rey y menos si el rival era el Real Madrid de Paco Buyo —«la primera que tenga te la voy a colar», le dijo, desafiante, antes del partido con el que tantos encontronazos había tenido en sus cinco temporadas en España, incluyendo aquella esperpéntica expulsión de 1989, los dos rodando por el suelo en pleno estadio Bernabéu.

Futre y sus paquetes de tabaco. Futre y su evidente falta de disciplina. Quererlo u odiarlo. Niño mimado de la afición, que lo adoraba, y sobre todo niño mimado de Jesús Gil, que lo utilizó como gran reclamo para ganar las elecciones de 1987, cuando aquel chaval de veintiún años venía de ganar la Copa de Europa con el Oporto, donde formaba junto al argelino Madjer una delantera de época.

Después, los años duros. Un inicio casi soñado con Menotti, con triunfos en el Camp Nou y en el Bernabéu (0-4) en una misma temporada, pero, pronto, la marejada, los terceros o cuartos puestos que no valían para nada, siempre Gil buscando un micrófono para poner en duda la entrega de sus jugadores y advertir al entrenador de turno de que espabilara. Sus primeros compañeros: Arteche, Landáburu, Marina, Setién, Goikoetxea, López Ufarte… pasando por la cola del paro tras sus más y sus menos con el presidente.

Con la perspectiva de los cinco años en el club, el camino se empezaba a hacer demasiado largo, pero a la vez los resultados comenzaban a llegar poco a poco: por ejemplo, la formidable temporada 1990/91, con Tomislav Ivic en el banquillo, que dejó un título de copa contra el Mallorca, el primero que ganaba Futre desde que llegara al Calderón. Y, ahora, una decente temporada 1991/92 en la vuelta de Zapatones a su casa, culminada con la final del Bernabéu, la que enfrentaba a los de la cuadrilla de Pizo con los de la cuadrilla de Míchel.

El resto es historia: aún en shock por la pérdida de la primera liga de Tenerife, el Madrid apenas opuso resistencia y el Atleti dejó dos de los goles más espectaculares de una final de este tipo: primero, a los seis minutos, un libre directo magistral de Bernd Schuster que entró por toda la escuadra y aún en el primera parte, un contraataque que culminaba Futre con un zurdazo inapelable cuando casi no tenía ángulo. El Madrid dispuso de un penalti en la segunda mitad pero Míchel lo falló. Si se trataba de hacerle pagar por algo, el daño desde luego parecía compensado.

Parecía, una vez más, el principio de unos años mágicos para los de Gil. En realidad se trató de algo así como el canto del cisne. Su único título hasta el mágico doblete de 1996.

«¡Toma, Buyo, toma!»

Y es que la temporada 1992/93 no empezó bien. Ya en los primeros entrenamientos, Futre confirmó su tendencia a quedarse dormido en casa apurando el sueño. Luis, que esperaba que el portugués diera el salto definitivo a sus veintisiete años, no estaba dispuesto a pasarle ni una más. Conforme pasaron las jornadas y los malos resultados, la relación se enquistó. «No se entrena como debería entrenarse un profesional», decía uno; «Luis ha cambiado, no es el que yo conocí», decía el otro.

¿Y qué quedaba en medio? Ni más ni menos que un club y una afición volcada. Al poco de iniciarse la liga, el Barcelona de Cruyff se paseaba por el Calderón, con exhibición de Stoichkov incluida. Tras años de fichajes y fichajes, los grandes seguían estando a una distancia sideral, pero lo peor llegó a partir de la jornada trece, cuando los de Luis sumaron hasta cinco partidos sin ganar —dos empates y tres derrotas que no solo le descolgaban definitivamente del título sino que ponían en riesgo incluso la plaza UEFA, acechado por el Sevilla de Maradona y el Athletic de Bilbao de Juup Heynckes.

El bajo rendimiento de Futre tenía mucho que ver con los tropiezos y los tropiezos a su vez no hacían sino hundir mentalmente a Futre. Su relación con Luis pasó a ser inexistente y adoptó una pose quizá equivocada de genio incomprendido. «Me equivoqué al fichar por el Atleti» diría después «Tenía veintiún años, venía de ganar dos ligas y la Copa de Europa y quizá debería haberme ido a Italia». Su único vínculo con el club seguía siendo Jesús Gil. Ni siquiera su hijo Miguel Ángel, con el que ya había tenido algún enfrentamiento, sino el gran patriarca, más preocupado por la alcaldía de Marbella y un posible salto a la arena política nacional de cara a las elecciones de 1993 que por la hora a la que sus jugadores llegaban a los entrenamientos.

La mejor manera de romper la racha negativa era darse un gustazo ante el Madrid en la jornada dieciocho de liga. Consciente de que estaban bajo la lupa de la prensa y la afición, Luis declaró una tregua pocos días antes de ese partido y Futre afirmó en la víspera que «iba a hacer que el Calderón se cayera de entusiasmo». Enfrente, al Madrid no le iban mejor las cosas. Era el primer año de Floro en el banquillo y lo había comenzado perdiendo en el Camp Nou. Su rendimiento en casa era bueno, incluso brillante, pero fuera del Bernabéu acumulaba derrotas en campos tan improbables como Vallecas.

Si Antic había estado en el alambre el año anterior teniendo al equipo líder distanciado, imagínense cuál era la situación de Floro, un hombre que, además, nunca consiguió caer bien en determinados corrillos: demasiado frío, demasiado cerebral, demasiados psicólogos haciendo ejercicios mentales para descojone general del vestuario… Antes de aquel partido en el Calderón, el Madrid no pasaba del tercer puesto en liga, a tres puntos de Deportivo de la Coruña y F. C. Barcelona. A punto de acabar la primera vuelta, la cosa se complicaba…

…Y más que se complicó cuando a poco de empezar el partido marcaba Sabas a bocajarro. «¡Toma, Buyo, toma!» gritaba Futre, desencajado, empeñado en hacer mucho más de lo que su equipo necesitaba: de la banda izquierda al centro, del centro a la derecha. Mucho contacto con el balón pero poco acierto… Y pocas responsabilidades defensivas. Futre lo intentaba y Luis se desgañitaba en la banda pidiéndole por favor que recuperara su posición, que recordara que aquello era un equipo.

La recuperación de Schuster, que debutaba en esa jornada con un partido inmenso, mantuvo con ventaja al Atleti hasta el minuto 27, cuando Zamorano empató cómo no— de cabeza. El resto fue un ir y venir de dos equipos que necesitaban la victoria. Alguna ocasión suelta para Butragueño, la lucha habitual de Zamorano, la inteligencia de Manolo… Y sobre todo la competición de los dos centros del campo: Donato, Vizcaíno y Schuster por los colchoneros; Hierro, Prosinecki, Míchel y Martín Vázquez por los merengues.

El partido acabó así, 1-1. Para el Atlético de Madrid no era un buen resultado pero para el Real Madrid tampoco, y eso siempre alegra a la parroquia local. Nadie intuía entonces que la guerra estaba a punto de estallar, que el conflicto latente se convertiría en un reguero de acusaciones y gritos en la radio que acabaría con Futre fuera del Atlético.

El traspaso al Benfica, el principio del fin

La cronología de los siguientes días parece un parte de sucesos: en la misma rueda de prensa y como quien no quiere la cosa, Luis acusa directamente a Futre de no estar involucrado en el equipo y de no hacer ningún caso a lo que le dice el entrenador. Su objetivo, al parecer, es motivar al jugador, pero esta vez la gota colma el vaso. Cuando le vienen a Futre con las declaraciones, no duda en achacar todo a una maniobra de despiste para ocultar las carencias técnicas y tácticas del equipo.

Al día siguiente, 19 de enero de 1993, Futre aparece como invitado en El Larguero, de la Cadena SER. Está concentrado con su selección en Portugal, una selección, por cierto, que entrenaba Carlos Queiroz, el mismo que pasó del triplete con el Madrid a la nada más absoluta en unos pocos meses de 2004. Tiene algo que decir y lo dice bien claro, para jolgorio de José Ramón de la Morena: «Mi ciclo en el Atlético de Madrid se ha acabado y quiero que el presidente me traspase».

En aquellos tiempos estaba muy de moda, cortesía de José María García, lo de que una entrevista acabara como el rosario de la aurora gracias a las diversas intervenciones telefónicas que iban entrando en el programa. En cuanto oyeron el mensaje de Futre, en la SER no dudaron en llamar a Gil, que entró como el típico elefante en una cacharrería: que si me has decepcionado, que si eso no se puede hacer, que siempre me has conocido en las buenas, pero como me tengas que conocer en las malas…

Por una vez, en cualquier caso, Gil se puso del lado de su entrenador: «Se acabaron los caprichos», concluyó su intervención y empezó a buscarle un comprador. Dorna se ofreció para mediar en el traspaso pero el presidente veía con pavor la posibilidad de que Futre se fuera al Madrid. Con una cláusula de dos mil quinientos millones de pesetas, Gil estaba dispuesto a escuchar a cualquiera que ofreciera entre seiscientos y ochocientos… salvo si el que lo ofrecía era Ramón Mendoza. «Si el Madrid lo quiere, entonces son cinco mil», dijo, recordando lo que había pasado anteriormente con Hugo Sánchez, con Paco Llorente y la miniguerra que se desató con el fichaje de Fernando Hierro, pretendido por ambos equipos.

El 21 de enero, el hermano de Futre se reúne con los hijos de Gil y llegan a un principio de acuerdo por seiscientos millones. Solo falta el comprador, claro. Alguien que, de repente, en mitad de temporada, esté dispuesto a desembolsar esa cantidad por un jugador cuyo rendimiento está bajo sospecha y cuya actitud ha quedado retratada entre tanta polémica y tanto recado a sus compañeros: «No habré metido muchos goles afirmó, en pleno enfado, pero que le pregunten a Manolo o a Baltazar, dos delanteros de lo más normal a los que yo convertí en estrellas con mis pases».

Yo, yo, yo… Había un exceso de ego en el discurso de Futre, un poco desesperado conforme pasaban las fechas y la posibilidad de tener que volver a la fuerza al Calderón, pedir perdón a todo el mundo y acabar al menos la temporada con la boca callada se acercaba poco a poco.

Y entonces llegó el Benfica. El histórico Benfica con su histórica deuda. Mientras el Oporto luchaba por encontrar financiación para recuperar a su estrella y el Sporting de Lisboa se rompía la cabeza y el bolsillo para que su canterano más preciado volviera a casa después de casi diez años, Rego de Brito conseguía cerrar un acuerdo con la televisión pública portuguesa para venderles una serie de partidos internacionales que sumaban justo la cantidad deseada. El escándalo fue mayúsculo: el director de la corporación pública había sido presidente del Benfica hasta poco antes. Incluso Mario Soares tuvo que intervenir para depurar responsabilidades.

En cualquier caso, el dinero estaba ahí. Atlético y Benfica llegaron a un acuerdo para los plazos de pago y el jugador no tuvo que volver a Madrid. «Siempre quise ir a la Roma tuvo tiempo de afirmar pero Gil nunca me dejó».

De la bronca con Luis… a la bronca con Antic

El negocio fue ruinoso para ambas partes. El Atleti siempre tuvo la sensación de que podía sacar más dinero por una estrella mundial y deportivamente el equipo no notó mejoría alguna. Al contrario: dos semanas después, era Luis el que hacía las maletas, sustituido por Iselín Santos Ovejero y Omar Pastoriza antes de que Ramón Heredia se hiciera definitivamente con las riendas del equipo.

Como sustituto del portugués se tanteó al extremo del Paris Saint Germain y bestia negra del Real Madrid, David Ginola, pero al final prefirió renovar por su equipo.

Futre se fue en busca de más paz y lo que encadenó fue una serie de lesiones en la rodilla y traspasos en cadena: del Benfica pasó al Olympique de Marsella, donde Tapie contaba con él pero su entrenador, no. Poco después de que el magnate ofreciera al Real Madrid su cesión, el jugador se rompió la rodilla. Una lesión salvaje que acabaría en la práctica con su carrera. Porque sí, aún tuvo tiempo de pasar por la Reggiana, un equipo sin más aspiración que no bajar a segunda y de coquetear brevemente con el Milan, donde llegó a jugar algún partido suelto hasta que Berlusconi decide mandarlo al West Ham.

A sus treinta años no quedaba nada del Futre explosivo del Oporto o el Atleti, aquel rayo furioso que se pegaba el balón al pie y empezaba a tirar diagonales regateando a todo el que se pusiera a su paso. Una segunda lesión grave de rodilla en 1996 le obligó a anunciar la retirada, pero, resistiéndose a la evidencia, aún tuvo tiempo de volver al Calderón, requerido de nuevo por Gil y por Radomir Antic para aquel descomunal proyecto encabezado por Vieri, Lardín, Kiko y compañía para recuperar el título de liga ganado dos años antes.

Apenas jugó diez partidos de liga, todos como suplente, para un total de ciento setenta y dos minutos. Eso sí, le dio tiempo a montar un amago de motín, pelearse con el entrenador y acabar apartado del equipo ante la imposibilidad de marcharse a La Portuguesa, un modestísimo equipo brasileño. En los dos derbis contra el Madrid, Antic le dejó en la grada.

Así acababa, ahora ya sí, la carrera de Futre como jugador. Del campo pasó al despacho corriendo, primero como agente, luego como director deportivo del Atleti en tiempos de intervención judicial. Aguantó dos años pero, por supuesto, acabó peleándose de nuevo con los Gil. Como si a esas alturas alguien creyera que aquello podía acabar de otra manera.


Mapa de las aficiones del fútbol español

Fotografía: Alberto Varela (CC)
Fotografía: Alberto Varela (CC)

Vivimos en un país de aficionados al fútbol. Para sospecharlo basta con mirar un telediario o asomarse a Twitter una tarde de partido, pero además tenemos datos que la confirman: según las encuestas del CIS, a la mitad de los españoles le interesa este deporte. Los datos también confirman la impresión generalizada de que la mayoría de simpatizantes lo son del Real Madrid (38%) o del FC Barcelona (25%) y que el resto de aficiones —las del Atlético (6%), Valencia, Athletic o Betis (3%)— son minoritarias a nivel nacional. Esas estadísticas nos dan la foto general, y es verdad que son las cifras que mueven el dinero y gobiernan las audiencias televisivas, pero no reflejan el duelo que se libra en cada ciudad y cada pueblo.

Porque, ¿cómo se distribuyen las aficiones a lo largo y ancho del país? Esa es la pregunta que hacemos hoy. Queremos averiguar (¡por fin!) si hay más culés que madridistas en Valencia, si las Castillas beben de la fuente central, o el nacionalismo (o la simple singularidad territorial) tiene efectos sobre qué equipos prefieren los ciudadanos. Vamos a ver que hay regiones monolíticas, como Lleida y Bizkaia, y otras divididas en tres contingentes, como Granada o Castellón. ¿Está justificada esa sensación de inferioridad numérica que le asola cada lunes cuando llega la discusión futbolera? ¿Es Ud. uno de tantos entre sus vecinos o puede sentirse una excepción?

(En las provincias que faltan, desgraciadamente, la muestra de la encuesta del CIS era demasiado pequeña para concluir nada, lo sentimos)

1. Los favoritos en cada provincia

El mapa siguiente muestra qué equipo de fútbol tiene más aficionados en cada provincia. Los datos, como todos los que veremos, provienen de la encuesta que realizó el CIS en junio pasado.

mapa 1

Las muchas Españas del fútbol. Aunque el Real Madrid es capaz de dominar en la mayoría de territorios del centro y sur de la península, en las provincias del norte, en Valencia y en Sevilla las mayorías se alinean con otros equipos. El Barcelona domina Catalunya y la provincia de León (!), mientras que el resto de regiones optan por sus escuadras locales: Valladolid, Deportivo, Sporting, Osasuna, Athletic, etc. Las provincias de La Rioja, Albacete y Baleares, por su lado, tienen el corazón dividido entre los dos grandes. Más tarde, hacía el final de este artículo, discutiremos sobre las posibles causas de esta distribución, pero de momento permítannos que sigamos indagando.

2. El madridismo y el barcelonismo por provincias

Los dos mapas que siguen muestran el porcentaje de aficionados que tienen el Real Madrid y el Barcelona.

mapa 2

(Este mapa puede verse con más detalle en un mapa interactivo en CartoDB. Ahí se incluyen también los márgenes de error, que son significativos en las provincias donde la muestra de la encuesta es más pequeña. Al final del artículo hay una tabla con los principales datos desglosados).

mapa 3

(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo).

Madrid vs. Barça, ¿sur contra norte y centro contra periferia? En España el Real Madrid es el equipo con más aficionados (33%), seguido a una distancia nada despreciable del FC Barcelona (24%) y con el resto mucho más atrás. Este madridismo se concentra en el centro de la península ibérica… así como en Lugo y Ourense, donde seguramente se nota la falta de un equipo local fuerte. Pero en general, el tercio norte parece ser mal sitio para la escuadra blanca. Por su parte, el Barça, el segundo club más querido del país, tiene sus plazas más fuertes, aparte de en Catalunya, en una especie de donut que rodea el centro peninsular. Esta distribución en centro y periferia es bastante clara, aunque hay varias provincias que escapan del patrón: el norte es poco barcelonista, Tarragona es más madridista de lo que cabría esperar y Ourense justo lo contrario.

Esta distribución se observa aún mejor si ponemos frente a frente la potencia de arrastre de los dos equipos más seguidos de España, donde puede apreciarse cómo efectivamente la ventaja del Madrid respecto al Barça se difumina conforme uno se aleja del centro y del sur del país.

mapa 4

(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo.)

3. Ni del FC Barcelona ni del Real Madrid: los terceros equipos

El último mapa refleja el porcentaje de las aficiones del tercer equipo, diferente de Barcelona y Real Madrid, con más aficionados en cada provincia. De esa manera estaremos viendo la fuerza de esos «otros equipos» en cada una de las regiones.

mapa 5

(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo).

Lo primero que verán es que en la mayoría de provincias los terceros equipos son más bien minoritarios (no superan el 20% de aficionados), pero que hay un buen número de excepciones. Los equipos de Asturias, Cantabria, Valladolid y Pontevedra se mueven entre el 30%  y el 50% de seguidores, seguidos de aquellos de Sevilla, La Coruña, Valencia y Zaragoza, que superan el 50% y consiguen ser mayoritarios. Un tercer grupo lo forman la Real Sociedad, el Osasuna y el Athletic que superan el 70% y son casi monolíticos en Gipuzkoa, Navarra, y Bizkaia, respectivamente.

El porqué de esta distribución de aficionados

Hemos visto que el Real Madrid domina en la mayoría de territorios del centro y sur de la península, que el Barcelona es mayoritario en Catalunya y está muy presente en toda la periferia, mientras que son otros equipos los que dominan en Valencia, Sevilla, Zaragoza y la mayor parte del norte (sobre todo en Galicia, País Vasco y Navarra). Pero, ¿qué puede explicar esta distribución de aficionados? ¿Por qué en algunas provincias son tan fuertes los equipo locales mientras que en otras todo el mundo apoya a Real Madrid y Barcelona?

Pues bien, además del «factor norte», un elemento que parece ayudar a tener una afición local numerosa es contar con una gran ciudad en la provincia: con la excepción de Málaga, en todas las provincias donde se ubican las ciudades más pobladas domina siempre un equipo local (ocurre en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao y Zaragoza). No es extraño. Una gran ciudad sirve para coordinar aficionados en número suficiente y alimentar así un equipo competitivo, capaz de mantenerse en primera y hasta competir por títulos de vez en cuando. Un equipo, en definitiva, capaz de proporcionar emoción, ilusiones y espectáculo de primer nivel. Donde eso no es posible, o no ocurre, la gente elige seguir al Real Madrid o al FC Barcelona.

Tampoco cabe despreciar que un mayor sentimiento de pertenencia, de singularidad cultural o nacional, tenga su reflejo en las afinidades futbolísticas y acabe atado al balompié. La tierra pesa, pero parece que no pesa lo mismo en todas partes. Un tercer elemento, aunque seguramente menor, pueden ser los flujos migratorios:las provincias con más habitantes llegados de otras tendrán sus fidelidades más repartidas —quizás eso explica porque el Real Madrid y el Barça dominan Toledo y Lleida más incluso que las propias Madrid y Barcelona.

En todo esto hay, por supuesto, un efecto de retroalimentación y de «dependencia histórica» más que evidente: conforme un equipo tiene más aficionados —por la razón que sea—, consigue más recursos y construye equipos más competitivos, gana partidos, lucha por títulos y da más espectáculo, y de esa forma consigue reclutar más aficionados; aficionados que le servirán para conseguir más recursos nuevamente, y así sucesivamente. Esa realimentación nos aporta otro factor para explicar nuestro mapa: la antigüedad de los equipos. Si una ciudad tuvo pronto su primer equipo de fútbol, esos equipos pioneros tuvieron tiempo de crearse una afición antes de que los dos grandes dominasen, y ese impulso inicial pudo bastar para consolidarlos como equipos con una cierta base social y por tanto competitivos.

En definitiva, es posible elucubrar durante infinitos cafés y amontonar montañas de cascos de cerveza sin saber exactamente por qué las simpatías futbolísticas se han distribuido como lo han hecho. Por suerte es una cuestión que importa poco. Lo cierto es que una miríada de factores, unos obvios y otros inimaginables han interaccionado e interaccionan de forma incierta y presumiblemente complicada, pero el resultado es conocido: todas esas fuerzas agitadas, miles de personas inculcando equipo a sus hijos, niños en el colegio observando camisetas y balones de cuero, ojos emocionados que ven ganar a un equipo, o casi ganar, o perder y estar satisfechos… todas esos sucesos diminutos se amontonan y configuran un escenario conocido: los mapas que acabamos de dibujar.

 

Apéndice. Tabla con los datos principales desglosados (también pueden consultarse en el mapa interactivo al que ya nos hemos referido antes).

grafico 1


Ricardo Rocha: bigote, mullet y autogoles

Fotografía: Cordon Press.

Veranito de 1991. Felipe González todavía mola más que Henry Fonda. La URSS se cae a cachos. Comienza en serio la guerra de Yugoslavia. En septiembre ve la luz el Nevermind de Nirvana y la alegría se convierte en algo de mal gusto. Los grupos de música españoles abandonan el español como lengua vehicular. Llegan las camisetas XXL. Los walkmans, con auto-reverse. El tiempo medio de posesión de una Vespino antes de que te la roben alcanza los cinco meses. En el mundo del espectáculo los buenos modales dejan de comprender la oferta de una rayita de caballo cuando se está entre bastidores. Y el FC Barcelona es el mejor equipo de España. Trágico todo.

En 1991 no es que el fútbol fuese más romántico, es que era una cuestión de fe. No se televisaban todos los partidos. Lo que no venía en el Don Balón no existía. Se enteraba de cómo jugaba su equipo el que iba al campo. Al Bernabéu costaba mil pesetas en el segundo anfiteatro de pie, verlos entrenar en Plaza Castilla, cien. Pero a mucha de la gente que acudía a una u otra cosa, con sus bricks de vino y una distribución de las piezas dentales en clave de leninismo amable, bascular, las transiciones y los controles orientados, francamente, se la pelaban. Querían victoria, destrucción. Y el Madrid no se lo estaba dando.

El club tenía muchos y diversos problemas en la plantilla, pero el más notable estaba atrás. Tras la marcha de Óscar Ruggeri, don Predag Spasic no había dado lo que se esperaba de un central de 1,90 natural de Kragujevac, Serbia. No solo eso, Spasic será recordado para la posteridad por marcar el gol de la victoria del FC Barcelona en un derbi en el Nou Camp. Un remate certero, directo. Imparable. Solo se podía pasar más vergüenza ajena por esas fechas con VIP MAR, emitido desde Marbella por Telecinco.

La solución a ese problema, popularmente conocido como «la maldición del central», fue Ricardo Roberto Barreto da Rocha. Si no funcionaba buscar un defensa como mandan los cánones en la que fue la capital de Serbia durante la Primera Guerra Mundial, se volvía al viejo truco de coger a alguien con bigote. El pretexto, la excusa que dieron, fue que había hecho una muy buena Copa América con Brasil.

Los que completamos el álbum de cromos de Panini de Italia 90 le recordábamos porque salía mirando con cara de que alguien se estaba riendo de él o pensando que le habían puesto el himno muy bajito. Estaba como mosqueado. También, porque en el famoso cruce de octavos contra Argentina falló a puerta vacía en un córner, no llegó a rematar. Y por supuesto, por tener el honor de agarrar a Maradona e intentar tirarlo como fuera mientras el barrilete cósmico se sacaba de la manga un pase a Canigga para que marcara el gol de la victoria.

No era un jugador normal. Y tampoco lo fue en el Madrid. No sé si fue incluso peor que Spasic. Habría que medir con cuál de los dos nombres se ríen más alto los múltiples y bien pertrechados enemigos del Real Madrid. Pero bueno, en un principio, sobre el papel, aquello prometía. Robert Prosinecki, mejor jugador de Europa. Gheorghe Hagi, el Maradona de los Cárpatos. Y Rocha, el central de Brasil. Podrían haber pasado a la historia, pero a quien se recuerda es a Koeman, Laudrup y Stoichkov. Veamos por qué.

Cuentan las crónicas que Rocha fue de lo mejorcito de su equipo, por no decir lo único presentable, en el inicio de la temporada 91-92. Buen partido en Cádiz, contundente contra el Valladolid —aunque quedara eclipsado por la salvaje agresión de Valderrama a Míchel golpeándolo con los genitales en la palma de la mano—, y el mejor contra el Slovan de Bratislava junto a Buyo, lo que demostraba, entre otras cosas, que el equipo se estaba defendiendo demasiado.

Así lo entendió Mendoza, que rápidamente trajo de director técnico a su amigo el holandés Leo Beenhakker. «Haré el trabajo que hacía Molowny», «vengo a trabajar en la sombra», «nunca seré el entrenador», declaró. Y en fin. Ya saben.

Pero a Antic le defendían los resultados. Contra el Barça en casa, por ejemplo, se dejó una impresión bastante decente aunque se empató a uno. Robert Prosinecki marcó el gol del Madrid de falta. Rocha aquel día jugó con gripe y solo aguantó la primera parte. El equipo se hundió en cuanto se fue. Pero aparte de una serie de yoyah bastante interesantes, dejó detalles como anticiparse a Stoichkov y dejársela de tacón a Chendo.

Eso no se veía habitualmente por aquellas fechas. Y menos en Madrid, donde el fútbol no es para reír. De hecho, diez minutos después del taconcito, don Michael Laudrup con toda la clase y la elegancia que le caracterizaban, le pegó una patada en la boca a Rocha llegando por detrás de inigualable factura. Claro, porque antiguamente los taconcitos tenían un precio en sangre y eso lo sabía hasta el mago danés. Aunque Rocha manco no era y cinco minutos después volvió a derribar a Stoichkov con una entrada directa al talón y en el lance, de paso, se tiró de culo sobre su cabeza. Qué bello era el balompié entonces.

Con aquella inyección de moral, ver que el campeón no estaba para ganar al Madrid, el equipo fue tomando forma; forma rocosa, concretamente. Rocha daba palos detrás, pero por delante tenía a gente seria que jugaba circunspecta como Milla y Fernando Hierro. El malagueño mandaba y marcaba cada jornada, explotó como futbolista. Los amantes del fútbol feo y desagradable, del vencer poniendo mueca de asco, de que se contabilicen los goles y las bajas, estábamos de enhorabuena, pero desgraciadamente, el que mandaba, Ramón Mendoza, no.

Al presidente se le puso en las narices esa ordinariez de «jugar bien». Iba de esteta. Debió de pensar que aún estábamos en los ochenta, en los años de la beautiful people, las hombreras y los socialistas expertos en vinos franceses. Declaró expresamente que la plantilla era muy buena y que por eso se iba líder, no por Antic, el entrenador. Luego regó esas palabras con vino francés de ese, pero no adelantamos acontecimientos.

Por entonces, Rocha, silenciosamente, nos demostraba de qué pasta estaba hecho. Jugaba partidos muy completos, era insuperable, pero en Riazor, por ejemplo, en el minuto uno dejó solo a Claudio Barragán, que no supo agradecer el favor. Tenía esos detallitos e iban llegando por goteo, como cuando empieza a llover. Pese a todo, tras ganar por dos a cero al Mallorca, la defensa del Real Madrid era la menos goleada de la era Mendoza.

Un dato que contrastaba con la irregularidad del equipo, capaz de palmar contra el «Neuchatel de los egipcios», —Hany Ramzy, Ibrahim Hassan y Hossam Hassan y a los pocos días meterle cinco al Español en Sarrià ante la atenta mirada del serbobosnio Dusan Mijic, integrante de la Vojvodina que le chuleó el campeonato yugoslavo 88-89 al Estrella Roja y el Hajduk Split. Pero esa es otra historia. Aquel día Milic le cedió amablemente un balón a Míchel para que marcara y a final de año fue pasaportado al Palamós con un lacito. El caso es que el Madrid cuando parecía que molaba, pinchaba.

Mendoza entonces hacía chistecitos. Dijo un día «Antic, en el descanso de este partido, no está cesado, al término del encuentro, ya hablaremos». Nadie como él y su fina ironía para transmitir tranquilidad a la plantilla. Rocha, por su parte, seguía siendo el mejor del equipo junto a Hierro. El brasileño en Atocha se marcó un partidazo ante la Real Sociedad de Oceano, Carlos Xavier y Kodro, que era la sensación de los resúmenes del domingo. La crónica del Mundo Deportivo fue muy descriptiva:

El brasileño estuvo infranqueable en todo momento, aunque para ello tuviese que recurrir al juego duro; la máxima «puede pasar el balón, pero nunca el jugador» la siguió al pie de la letra.

En la capital estábamos orgullosos de él. No le faltaban recursos. No pedíamos más. En la vuelta contra el Neuchatel, donde se marcó un autogol el egipcio Ibrahim Hassan, Rocha dijo que como en la primera parte lo vieron crudo, en el descanso «rezaron mucho» y «surtió efecto». Encima «Dios con nosotros», como en la hebilla de los cinturones de la wehrmacht.

Cuando no debió de rezar fue contra el Atlético de Madrid. Venían de dos empates, contra Zaragoza y Oviedo, y ganar al vecino era una necesidad acuciante. Rocha hizo, en sus propias palabras, su peor partido con el Real Madrid. Luis Aragonés destrozó a la defensa blanca con sus jugadas de estrategia. En el gol de Manolo falló Rocha y Futre, al que debía marcar, se lo pasó pipa los noventa minutos.

Ricardo Rocha en el Real Madrid. Foto: Cordon Press.
Ricardo Rocha en el Real Madrid. Foto: Cordon Press.

Finalmente, Antic se fue a la calle. Iba líder, sí. pero perdió en Valencia, el Madrid ganó al Tenerife en casa pidiendo la hora y empató a uno con el Cádiz. Demasiado para Mendoza. Nada más ser despedido, el serbio fue a consolarse a casa de su amigo y excompatriota Robert Prosinecki, lesionado de gravedad, como todo el mundo recuerda, e iniciándose en el mundo de la noche de una de las ciudades más divertidas de Europa en aquel momento. Seguro que se enchufaron unas rakijas diciendo barbaridades irreproducibles sobre el club y su máximo mandatario. Tenían al Barcelona segundo a tres puntos. El serbio ese año había logrado una racha de veinticinco de veintiséis puntos posibles en trece jornadas, pero lo mandaron a casa. La situación era como para cabrearse.

Con Benhaker pronto se dejó ver el «buen fútbol», el «jogo bonito» y todas esas cosas. Derrota contra el Valladolid de los colombianos y nuestro amigo Engonga y derrota contra el Sevilla. Rocha fue claro y meridiano con los periodistas: «Somos un mal equipo».

Al Nou Camp se fue como al matadero. El Barça estaba crecido y el Madrid era un hazmerreír. A los pocos minutos, Koeman clavó un obús de falta como pocos se recuerdan. Rocha estaba desbordado, más perdido que una rana en el mar, pero, mira tú por dónde, el que apareció fue Butragueño. Se hizo una jugada excepcional por la izquierda, metió un pase medido a Hierro quien fusiló a Zubizarreta literalmente, porque la pelota le golpeó en el esternón al vasco como una bala, aunque el rebote fuera luego para dentro. Cómo lo gritamos en la meseta. Y para que se hagan una idea del paso del tiempo, en el momento del gol, yo estaba jugando al Hyper Olympic en MSX en casa de un amigo con el partido puesto en otra tele.

No estaban muertos. Quedaba mucha liga. ¡Arriba los corazones! El Real Madrid salió muy reforzado de ese empate a uno, pero a los pocos días llegó un rival de cierta entidad y Ricardo Rocha demostró por primera vez, ya a las claras, su don para lucirse en las grandes ocasiones. Era el Torino; el Torino de Rafael Martín Vázquez, el hijo pródigo, que nos había abandonado por un saco de monedas. Otra audacia de Mendoza.

En la ida se ganó 2-1. El paisano de Rocha, Walter Casagrande, marcó el 0-1. Fue un espantajo de gol. Habría sido feo hasta en un San Mamés una tarde de niebla y lluvias torrenciales. Lentini chutó sin ángulo, raso, a la base del palo y no me pregunten qué hizo Buyo porque aún no lo sé. El balón bailó ska por encima de su cuerpo, le cayó a Casagrande dando botecitos y la enchufó a placer. Rocha era su marcador. Ría aquí.

La rueda de prensa fue memorable. Doce aficionados del Torino fueron agredidos en las puertas del estadio, a uno le rompieron el peroné, y al autobús del equipo se le apedreó y se le rompieron las lunas como mandan los cánones en los pueblos de boina calada hasta las cejas. El jefe de prensa italiano le espetó a Leo Beenhakker «¡Los españoles sois unos animales!». Y el holandés, metido súbitamente en la piel de un español cual general de la Rovere, replicó: «El Torino ¡a tomar por culo!».

De menos risa fue a que a las dos de la madrugada, en el kilómetro 161 de la N-V, un camión cargado con troncos perdió el control y la carga cayó por toda la carretera. El coche en el que volvía a casa de ver el partido Juan Gómez «Juanito» esquivó los troncos, pero no a un camión portugués que se había detenido. La leyenda blanca perdió la vida en el acto.

En el partido de vuelta, Rocha fue el más desafiante de los blancos. «Los del Torino no son más hombres que nosotros», dijo a los medios. Hombres tal vez no, pero como futbolistas, Lentini se coló por la derecha nada más empezar, centró al área y ahí apareció Ricardo Rocha para despejar de chilena o tijereta o no se sabe qué. Es cierto que si no despejaba venía Casagrande por una autopista para rematar a placer, pero es que despejó a la escuadra donde no podía llegar Buyo. No, coño, no.

Con eso ya estaban clasificados, pero por si acaso, el belga Enzo Scifo tocó para Rafael Martín Vázquez, el tío bigotes abrió para Lentini y el bueno de Gianluigi la volvió a liar. Se internó en el área, sorteó a Chendo con un regate que, geométricamente hablando, digamos que la línea que unía el centro de cada uno de sus testículos en ningún momento dejó de estar en paralelo con la línea de tierra, centró a Fusi; y este hombre, como era su obligación, tiró a puerta con toda su alma y ahí estaba de nuevo el dúo cómico. El balón pasó por entre las piernas de Rocha y Buyo, volviendo de donde había dejado Lentini a medio Madrid clavado, intentó pararla con el pie dando una patada al aire inverosímil. Si el aleteo de una mariposa en Londres puede provocar una tormenta en Hong Kong, solo diré que tras la acción de Buyo hubo dos seísmos de 7,5 en Estados Unidos. Pueden preguntárselo a Google si no se lo creen. Y de propina, el Barça se calificó esa semana para la final de la Copa de Europa en Wembley.

En la prensa se empezó a comparar a Rocha con Spasic por eso del autogol en un momento clave, aunque se reconocía que se había mostrado muy seguro durante todo el año. Mano a mano con Sanchís, habían permitido que Hierro se preocupara de atacar en el centro del campo con notable éxito y, la verdad, era cierto. Era un central excepcional. Aunque hay que decir que el principal activo de Rocha como defensa era su temeridad. Se iba al suelo con facilidad y violencia en cuanto tenía a alguien enfrente. Los antimadridistas dirán que como era merengue podía hacer todas esas guarrerías y lo mismo llevan razón. De hecho, si no lo he soñado, Núñez se quejó de que entraba con los dos pies por delante y se refirió a él como «negrito».

En el último tramo de liga, las diferencias entre Madrid y Barcelona nunca se agrandaron. Una semana, un gol de Alejandro Rodríguez López, natural de Albacete antes de que ser de Albacete fuese cool balompédicamente hablando, dio al Real Burgos un empate a uno en el Nou Camp y el Madrid lo tenía todo de cara. A la siguiente, Marius Lacatus le clavaba un gol a Buyo por entre las piernas de Miguel Porlán Chendo y volvía la igualdad.

Sin embargo, con todo en contra, el Madrid acabó fuerte, con buen tono. En dos partidos memorables de Rocha, los blancos ganaron al Atlético y al Valencia. Ya solo había que ir a Tenerife y ganar. ¿Fácil, verdad?

Buen rollo no había en el equipo. Rocha dijo a la prensa «hay un par de jugadores en el Real Madrid que están como muertos». Se refería tal vez a Milla y Luis Enrique. Pero daba igual. En Tenerife, Hagi marcó uno de los goles del año, el Madrid se puso 2-0. La liga estaba ganada. Solo había que dormir el partido. Telemadrid estaba echando una corrida de toros e interrumpía la emisión para poner los goles. En las Ventas estaban más pendientes del fútbol que de la lidia. Todo era fiesta. Emoción. Y tanto.

Porque, ay, Estebaranz acortó distancias. 2-1. Y llegó el desastre. Pizzi se fue por la derecha, chutó a puerta de mala manera y Rocha, que estaba cubriendo a Pier, despejó con todas sus fuerzas… dentro de la portería. Casi revienta el balón de la hostia que le dio. Empate. Y en pocos segundos, derrota, aunque omitiremos cómo fue la ejecución del 3-2 por si nos están leyendo niños. Lo relevante es que Ricardo Rocha, nuestro Rocha, la volvió a cagar en el momento más importante.

En cualquier caso, la Revista Real Madrid le dio el premio al jugador más destacado de la campaña. Y la derrota contra el Atlético en el Bernabéu en la final de Copa del Rey, con goles de Futre y Schuster, afortunado él, se la perdió.

Nadie la tomó con él. En la Ciudad Deportiva la gente pitaba a Míchel y a Sanchís. Se estaba gestando aquello del «menos millones y más cojones». Y finalmente, de esta temporada, cabe destacar las declaraciones de Chendo analizando lo sucedido: «El Barcelona ha ganado la liga porque ha quedado campeón». Ni Baudelaire.

A poner orden llegó Benito Floro, el nuevo Arrigo Sacchi, anunció Mendoza a sus palmeros. Llegó Zamorano. Se esperó a Prosinecki, que volvía de la recuperación. Se mantuvo a Rocha y se echó a Hagi, tal vez porque era demasiado bueno y los demás se ponían tristes, no se sabe aún a ciencia cierta. De todas formas, solo podían jugar tres extranjeros.

La temporada 92-93 fue la de la eclosión del Superdépor y la llegada a nuestro campeonato de un Diego Armando Maradona con la mente más puesta en las escalas del bergantín-goleta de la Armada Española, Juan Sebastián Elcano, que en el fútbol. Pero todos estuvimos pendientes de él cada semana.

El Madrid comenzó como era Floro, frío. Aburrido. Y también irregular. En la UEFA empató a uno con la Politécnica de Timisoara y Rocha volvió a demostrar con sus declaraciones que había muy buen rollo en la plantilla:

Tenemos que cambiar la manera de actuar porque hemos jugado contra un equipo de tercera categoría y, en la segunda parte, nosotros hemos sido de cuarta. Debimos ganar 0-3 y a punto hemos estado de perder por ese resultado. Este ha sido el peor partido desde que estoy en el club. No hace falta que hablemos los jugadores, todos sabemos qué pasa aquí. El Real Madrid le tiene que echar cojones y no se los echa.

Deberían haberlo escrito en la pared del vestuario. Se metió a la grada en el bolsillo. Cosa que era lo mejor que podía hacer, por otra parte, porque ante el mencionado Superdépor quizá se metió el mejor autogol de toda su carrera. Minuto ochenta, un centro del Deportivo al área, suavecito, y lo cabeceó al hueco. Impecable. Mejor que Spasic. Como los mejores rematadores británicos de antaño. Y antes, el anterior gol del Dépor fue un centro de Hierro atrás que dejó pasar Rocha al portero inexplicablemente, la recogió Bebeto muy agradecido y empató. Perder, vale. La charlotada ¿por qué? ¿para trastornar a los niños?

Lo gracioso es que ese año, jugando en horizontal como jamás haya hecho un equipo, —el Madrid recordaba a lo que se encontró Homer Simpson el capítulo en el que fue a ver un partido de fútbol— al final se hizo una temporada bastante decente. Al Barcelona se le ganó en casa. Al Sevilla de Maradona se le metieron cinco. El equipo estaba arriba. Con un juego espectacular que llenó las canchas de baloncesto y balonmano de la capital, pero arriba.

No obstante, las desgracias fueron llegando como siempre le pasa al Madrid cuando se muestra burbujista, esto es, al primer cruce con un equipo serio. Fue en la UEFA, contra el PSG. En el Parque de los Príncipes cayeron cuatro. El primero de córner, con Rocha en el primer palo. En el segundo poco pudo hacer, en la repetición a cámara superlenta se le ve como espectador privilegiado asistir a todo un rondito. En el tercero, se comió un amago y salió volando. Y en el cuarto, otra vez le tocó disfrutarlo en primera fila. Fue una carnicería.

Al final de la temporada, el Madrid logró eliminar al Barcelona en las semifinales de la Copa del Rey. Fue el último gran partido de Rocha vestido de blanco. Pero, ay, había que volver a Tenerife. Rocha fue baja por una rotura de fibras. Mendoza ya le había dicho que no seguiría en el Real Madrid. Los Ultras Sur hicieron un mural gigante con su caricatura pidiendo que se quedase. «Rocha se queda, Rocha no se vende», coreaban. Como por lo visto no estaban convencidos de que este gran defensa y mejor persona era un gafe se mirase por donde se mirase, el jugador declaró a la prensa: «Seremos campeones en la última jornada». Casi, casi. Dos goles, dos, le metió el Tenerife al Madrid. Dos a cero.

Y así, con muchísimo cariño, sin acritud ninguna, hubo que decirle adiós a este señor. Siempre le hemos tenido estima. Entre otras cosas, porque su plaza de extranjero la ocupó Claudemir Vitor Marques, natural de Mogi Guaçu, y aquello ya fue porno duro. Lo contaremos otro día.