Ernesto Franco: «Los problemas de América Latina no siempre se pueden analizar desde la idea europea de izquierda y de derecha»

Formentor, septiembre de 2019.

Habla un más que correcto castellano, herencia de los años en los que estudiaba literatura hispanoamericana y preparaba su tesis de licenciatura sobre la narrativa de Cortázar. Genovés de 1956, se fogueó en las editoriales Marietti y Garzanti antes de convertirse en hombre de confianza del gran Giulio Einaudi. Desde entonces, han pasado por sus manos algunos de los mejores libros publicados en Italia en las dos últimas décadas. 

Director general de Einaudi desde 2011, Ernesto Franco ha hecho también sus incursiones como escritor —Isolario, Vite senza fine—, además de escribir ensayos sobre Rulfo, Borges, Octavio Paz, Roberto Arlt o Ernesto Sabato, entre otros. En las Converses Litèraries de Formentor, donde reparte su tiempo entre los coloquios y sus partidas de billar en solitario, accedió a hablar con Jot Down de…

Un buen editor, ¿debe saber más de literatura o de economía?

Creo que de las dos cosas [risas]. Es una pregunta difícil, porque la respuesta es la esencia de la diversidad de una editorial. Un director editorial tiene que saber de literatura y poseer una cultura general, obviamente, tiene que tener un gusto particular. Tener un conocimiento del pasado, pero saber también que los gustos cambian con el tiempo. Si te fijas en las colecciones de una editorial grande como Einaudi, en los primeros diez títulos de cada colección puedes ver la impronta de Cesare Pavese, por ejemplo, o encontrar un pequeño retrato de Italo Calvino. Quiero decir que ahí están sus gustos, sus manías, no solo su conocimiento de la literatura, sino también su sensibilidad. Esas son cosas esenciales en este trabajo. Pero en un sello lo bastante grande un director editorial es también un administrador que debe saber de números. Cuando me preguntan, «dime en una palabra cómo describirías tu trabajo», respondo que consiste en hacer cada día las cuentas, no los cuentos, con la fantasía de los otros. Cada día tienes que estar en contacto con las fantasías de los autores. Es una extraña cosa una editorial, es un lugar donde se elige, donde se toman decisiones a cada rato, y dichas elecciones son de cuatro tipos: económico, cultural, ético y político. Y las cuatro actúan juntas, siempre, hables de lo que hables con tu autor, o si tienes que decidir una campaña de marketing, los cuatro criterios deben actuar juntos. Si haces solo libros digamos de investigación, cerrarás en pocos días. Si trabajas solo para hacer dinero, cerrarás en pocos meses, porque nunca vas a encontrar el libro idóneo. Solo si piensas en la editorial como ese extraño ser que tiene un poco de todo, encontrarás tu camino. 

Insiste mucho en la idea de contemporaneidad, pero la mayoría de la gente, al pensar en editores como Herralde, por ejemplo, que acaba de cumplir cincuenta años al frente de Anagrama, creen que se trata de una tarea a muy largo plazo. Para usted, en cambio, es una labor que se desarrolla en el presente, y que exige ser «presentista», no perderse creyendo que se trabaja para las generaciones futuras. ¿Correcto? 

De una parte sí, pienso una editorial como una vivacidad en el presente, que no puede hacer cosas eternas por principio. Abre colecciones, las cierra, abre un proyecto y termina porque termina la necesidad de ese proyecto… Vive manchándose y comprometiéndose con el presente. Claro, el editor de cultura busca los valores que superan el tiempo. Hay dos tipos de libros, los que se queman en el día, no necesariamente malos ni feos, sino que son aquellos a través de los cuales habla con el presente más precario, el más fugaz, pero esa es una forma también de hablar con sus contemporáneos; y hay otros libros, muchos menos, a través de los que el editor habla con sus contemporáneos y al mismo tiempo con las generaciones del futuro: son una vez novedades y para siempre nuevos, para cada generación. Cada generación descubre a Kafka, que solo fue novedad la primera vez que fue editado por Max Brod. Solo ese año fue novedad, pero seguirá siendo nuevo para los nuevos lectores: a eso se le llama superar el tiempo. Como editor, buscas siempre ese tipo de libros, y de vez en cuando lo encuentras. Pero no debes avergonzarte de los libros que se queman en un día, a través de ellos hablas de la cotidianidad con tus lectores. Einaudi siempre buscó autores que superaran el tiempo, claro, pero hizo muchísimo trabajo político de contemporaneidad. La serie política de los años seenta ahora está cerrada, concluyó su proyecto como acabaron aquellos años. Ahora tenemos otra idea de política, otro compromiso con el presente. 

Usted es conocido como editor de Einaudi, pero tuvo su propia prehistoria en el sector. ¿Puede recordar cómo fue? 

Sí, claro. Yo había terminado la universidad y buscaba trabajo. Un amigo me dijo: «Me voy de la editorial en la que trabajo —él hacía tareas de gabinete de prensa—, ¿conoces a alguien competente que pueda sustituirme?». Y yo le dije, ¿cómo que si conozco a alguien?, ¡yo mismo no tengo trabajo! ¡Quiero ese puesto! Así entré a formar de ese grupo dirigido por Antonio Balletto, un sacerdote muy inteligente que tomó esa editorial católica de Casale Monferrato, Marietti. Muy antigua, publicaba desde el siglo XIX, y hacía cosas muy de iglesia, misales y todo eso. Balletto, con un grupo de jóvenes, abrió una nueva línea editorial con Hans-Georg Gadamer, Emanuel Lévinas, Franz Rosenzweig y todos esos. Pidió a Claudio Magris que le hiciera de asesor para una colección de literatura extranjera, donde dibujaron el perfil de una Mitteleuropa muy distinta de la que buscaba el editor de Adelphi, Roberto Calasso, pero que tenía y tiene un gran valor. Y una colección de ensayos de literatura donde publicaron Franco Fortini, Goffredo Fofi, nada que ver con la editorial confesional. Y además hicieron estupendos libros de teología. A mí me encantaría abrir ahora una línea de teología en Einaudi, eso sería un escándalo, ¡la editorial laica por excelencia! Pero hay necesidad de eso. Tanto, que el año que viene, en 2020, voy a hacer la traducción integral de la Biblia. Lo haremos con la Comunidad de Bose de Enzo Bianchi, monjes que se ocupan del diálogo interreligioso muy conocidos, él es consejero del papa Francisco… Y tiene su gracia porque Italia tiene una sola traducción de la Biblia, que es la de la Conferencia Episcopal, mientras que en Francia hay siete. Esta es la primera no confesional en italiano. Será la primera biblia para laicos [risas].

Volveremos sobre eso, pero querría seguir recordando sus inicios. De Marietti pasó a Garzanti, ¿voy bien?

Así es, Garzanti era otro tipo de editor, histórico. Inventó la Enciclopedia Europea, inventó la Garzantine, pequeñas enciclopedias donde estaba todo antes de la invención de internet, y en edición de bolsillo. Y además publicó a Carlo Emilio Gadda, Pier Paolo Pasolini, Giorgio Caproni, poetas fundamentales. Un loco, el verdadero jefe, totalmente distinto de Einaudi. Y después, en 1991, llegué a Einaudi. Giulio Einaudi estaba ya entonces sin ningún poder práctico, pero venía todos los días y trabajaba con los editores, como si tal cosa. Yo lo hice con él casi diez años, con un contacto muy estrecho y muy prolífico para mí. 

¿Recuerda cómo fue su primer contacto con el viejo editor?

Fue horrible, porque él prefería a otro. Ocurrió en Frankfurt, Einaudi estaba ahí sentado, a un lado el otro, a este lado yo. Y él habló toda la noche con el otro, y yo me dije: «Bueno, evidentemente no le gusto, esto está decidido».  Por el contrario, me eligieron a mí, y empecé como editor de los ensayos. Él tomó mucho cuidado de mí, quizá porque no se fiaba. No me conocía en absoluto, y quería saber qué tipo de tío era. La primera cosa que me hizo hacer fue la redacción de un libro suyo, que había escrito para otra editorial. Un libro donde hablaba de él y de su trabajo. Me llevó a Camogli, a un hotel espléndido, y trabajamos todo el día corrigiendo una palabra, y otra… Luego iba a bañarse en el mar. Y se enojaba muchísimo porque yo no conocía los nombres de los pequeños peces que encontraba. No eran doradas, no eran atunes, ¿qué sabía yo? Yo no sabía nada de eso. «Son pequeños peces», respondía. «No sabes nada», me decía él. «Eres de Génova y no sabes de nada, ni siquiera de peces». Pero pude ver cómo trabajaba. Ahora soy el último director editorial elegido siendo él presidente de la editorial.

Hablamos de una generación de grandes editores. ¿Qué hacía especial a Einaudi entre todos ellos?   

Creo que la historia de ese grupo fue importantísima. Ese grupo de amigos, que estaban en una escuela juntos, el Liceo Massimo d’Azeglio de Turín, con este profesor increíble, Augusto Monti, en tiempos de fascismo: gente que se llamaba Cesare Pavese, Norberto Bobbio, Primo Levi, Giulio Einaudi… Un grupo que venía de una cultura liberal en el sentido más alto. Giulio era hijo de Luigi Einaudi, que fue presidente de la República, y era vigilado por el fascismo. Fueron presos todos tras la fundación de la editorial, en el 45. El cerebro de todo fue Leone Ginzburg, el marido de Natalia. Toda esa gente que combatía por una idea de cultura, que se dejó la vida en ello. Para todos, la editorial fue la vida. No fue un trabajo para ninguno de ellos. Eso era algo que Einaudi tuvo con nosotros hasta el final, el trabajo no se acababa nunca, se trabajaba en la oficina y fuera de ella, se hacían encuentros, discusiones de ideas. Y se continuaba cenando. ¿Qué hacemos en verano? Vamos a buscar a este o al otro, vamos a ver a Mario Rigoni Stern en Asiago… Era quizá demasiado, pero demasiado estupendo. Eso se puede hacer durante algunos años, mientras hay energía.

Por otro lado, la leyenda de que se peleaba con los amigos, los colaboradores, es cierta, pero no porque fuera un tío extraño, sino porque sentía que las ideas nacen siempre de un buen diálogo, de una confrontación dialéctica de distintas inteligencias. Y distintas inteligencias llegan a distintas cosas, y cada una tiene su verdad. Con un diálogo continuado, creía, se llega a muchos matices, como defendía también Pavese en su almanaque de los primeros diez años de la editorial: «una concordia-discordie», una concordia que no está de acuerdo, que cultiva la diferencia como proyecto. Eso fue lo mejor de Einaudi. Luego tuvo un momento de menor esplendor, y coincide con el momento en que fue más conformista. Cuando una editorial se vuelve conformista frente a sí misma, pierde esa chispa, esa capacidad de cometer errores, pero que la mantiene viva.

¿Puede explicar esta última idea?

Es lo que le da vida: no tener miedo de intentar cosas, aunque te equivoques. Nunca se concibió la editorial, por ejemplo, como una biblioteca ideal, como decíamos antes. Los libros no tenían por qué ser lo máximo, no, estaba también el libro que se necesitaba en ese momento, y no quedaba por los siglos y los siglos. 

Se dice siempre de Einaudi que tenía un elevado concepto de la amistad. Sin embargo, los editores de hoy suelen asegurar que este es un negocio, y no hay amigos que valgan. ¿Se ha perdido algo en este tiempo? 

Quienes dicen eso, en mi opinión, mienten. Lo dicen porque les gusta hacerse como que son duros, o que no tienen escrúpulos, como norteamericanos, pero no es verdad. Si son editores buenos, si hacen buenos libros, saben muy bien que el principio que une los libros en una editorial es completamente distinto al de otras mercancías. Todo se basa en un principio de afinidad: de autores entre ellos, de lectores con autores, de lectores y autores con los editores… Un elenco de una editorial es un catálogo de afinidades, afinidades subterráneas muchas veces, escondidas. Y ellos, los editores, lo saben muy bien. No hay por qué hacerse el hombre macho, duro, sin piedad. 

Son los mismos que, cuando un autor se va con otro editor, sufren más que si los dejara su pareja. ¿Usted ha sufrido ese sentimiento de posesión a menudo?

Horriblemente. Por ejemplo, cuando trabajaba en la Marietti, descubría, como todos los pequeños editores, un autor de cierto valor. Le hacía un libro, hacía dos, hacía tres, y entonces llegaba una gran editorial y se lo llevaba. ¡Me enojaba horriblemente! Empleé un cierto tiempo en entender que las cosas son así. El gran editor puede ofrecer cosas a las que el pequeño no alcanza, aunque no siempre les conduzcan a un camino estupendo, lleno de maravillas económicas. Hay que comprender a los autores, que en el caso de los verdaderos escritores desempeñan un trabajo que incide en al alma. Comprendo también al editor que se enoja, claro. O más que enojarse, es un disgusto el que uno siente. Pero te deja porque siempre, por una razón u otra, hubo una incomprensión, y eso no es bueno ni para el escritor, ni para el editor.

¿Ha llegado alguna vez al resentimiento?

No. El autor puede irse, volver, no sé… Pero el disgusto es profundo, claro. Y no es un asunto solo económico. Es algo que empezamos juntos, en lo que creíamos los dos, ¿por qué no seguimos? Seguramente por errores de uno y otro.

Le oí decir que el trabajo de editor se basa sobre «una infidelidad con uno mismo», pero ¿era una idea suya, o de Einaudi?

Lo dije yo, pero como una lección suya. Él nos enseñaba cosas, pero no como un catedrático. Él hacía cosas de las que nosotros aprendíamos, y una era esa: cuando una editorial es demasiado fiel a sí misma, se queda parada. Y él era infiel a sí mismo, a la imagen que los otros tenían del editor, todos los días. Yo como editor soy libre de hacer lo que quiera, no meto mi identidad en una prisión, sino en una casa en la que acepto la diferencia, hacer algo distinto, contradecirme. Una casa con muchas puertas y ventanas abiertas. El Einaudi al que yo llegué, en los primeros noventa, era demasiado fiel a sí misma. No entendía, por ejemplo, lo que era la nueva narrativa extranjera. Compramos, recuerdo, el nuevo libro de Bret Easton Ellis, Menos que cero, y todos se sorprendieron. Nadie se imaginaba que a Einaudi pudiera interesarse por algo así, pero para nosotros, que teníamos treinta años, era el nuevo escritor importante de América. Y Bret Easton Ellis vino con mucho gusto. Antes de que llegase esa nueva generación, Einaudi no comprendía, en el sentido de que no sentía como importantes autores como estos. En una editorial con una historia muy larga, esas cosas pueden pasar. Giulio Einaudi nos enseñó que eso podía ser un peligro grave. Hay que hacer que en una editorial trabajen distintas generaciones. Tienes que comprenderlas, sentirlas. El trabajo de editor es increíble, no tiene horarios, ni territorios: todos los territorios son suyos.            

Tengo entendido que, una vez aceptado en Einaudi, hubo de pasar el examen de Natalia Ginzburg. ¿En qué consistió exactamente?

A unos pocos días de estar en Einaudi, Giulio me dijo que tenía hablar con Natalia Ginzburg, que era un mito para todos los jóvenes. «Te espera en Roma, vas mañana», me dijo. Yo tomé mi avión, fui a Roma con un miedo terrible de esta mujer, porque la apreciaba muchísimo. Estaba sentada en un sofá, me preguntaba qué había leído, qué estudios había realizado, dónde había trabajado… Le expliqué todo, y vi que le gustaba lo que oía. Muy severa, sin una sonrisa, pero al final me dijo: «Bien, bien, buen trabajo». Y tímidamente me marché de su casa. Me impresionó muchísimo, así es el encuentro con un escritor que para uno es mítico. Y bueno, era la prueba de que Einaudi no se fiaba de mí. Pero pasé el examen [risas].       

Natalia Ginzburg ha tenido épocas de estar casi desaparecida en las librerías españolas, y sin embargo ahora vuelve a tener un cierto auge. ¿Ha ocurrido algo parecido en Italia?

No, no, allí es un clásico permanente, sobre todo con ese libro extraordinario y modernísimo que es Léxico familiar. Ese libro tiene una rapidez, una velocidad, en el sentido de Calvino, que no deja indiferente. Lo mismo sucede con El sargento en la nieve de Rigoni Stern. Un joven lo lee hoy lo siente muy cerca, como forma de escritura, por la rapidez con que está escrito. Son historias terribles, ¿eh?, pero que quedan. Contiene valores que superan el tiempo.

Ya que lo menciona, a Rigoni Stern, autor más bien de culto en España, también lo conoció. ¿Qué recuerda más de él?

Sí, todos los años había que hacer un viaje o dos al altiplano de Asiago, a casa de Rigoni, que vivía al borde de un bosque muy intrincado, donde permanecían huellas de la Primera Guerra Mundial. Una vez me dijo: «Te voy a hacer un regalo». Un cartucho, un proyectil de mosquetón, entera, todo oxidado, con el plomo dentro. «Te lo puedo regalar, solo porque estoy seguro de que no mató a nadie», me dijo. Tenía un modo de ver la naturaleza, aquellos bosques, muy suyo, muy particular, muy verdadero, frente a todas las ideologías que se hacen ahora sobre la lírica o la épica de la naturaleza. Él tenía una religión muy antigua, la del cazador. Era un cazador. Allí encontró cuchillos, restos de vestimenta, incluso un esqueleto. Pero nunca dijo dónde estaba, a nadie. Decía que aquella era su justa sepultura. 

Ahora no tenemos a Rigoni Stern, pero nos queda Mauro Corona…

[risas] A Mauro Corona le hice descubrir, imagínate, a Juan Rulfo, ¡y se volvió loco! Estaba fascinado, claro.

¿Y cómo llegó usted a la literatura latinoamericana? ¿Fue en la universidad?         

Sí, me licencié con una tesis sobre Cortázar. Lo conocí mientras la hacía, lo encontré por casualidad en Génova. Le hablé un poco de mi tesis, fue muy amable, pero nada más. Con Octavio Paz hubo un intercambio largo, porque traduje sus poemas y nos vimos en Ciudad de México, en Frankfurt, en distintas ocasiones. Y con Vargas Llosa es al que más he tratado, soy su editor en Italia y somos muy amigos. Lo acompañé a la ceremonia del premio Nobel, conocí a su nueva compañera, y tenemos mucho contacto. Toda esa literatura, desde los tiempos de la conquista, me ha interesado mucho. También la búsqueda de los talentos jóvenes, pero esa la hacen los editores jóvenes. 

Cortázar, Paz, Vargas Llosa: usted no tiene prejuicios ideológicos para trabajar, ¿verdad?

¡No, claro! También conocí una vez en Guadalajara a García Márquez. Quería decirle algo especial, y me salió lo que todos los lectores dicen a los autores famosos: «Maestro, sus libros me cambiaron la vida». Y él me contestó: «Imagínese a mí» [risas]. Pero no, la diferencia política nunca ha sido un obstáculo para mí. También porque pienso que la fama de derechas, sea de Octavio Paz, sea de Vargas Llosa, es una fama mucho más acentuada de lo que ellos piensan en realidad. Aquí, en Europa, ellos serían concebidos como liberales. Que Cuba se volvió una dictadura es algo que sabemos desde hace mucho, pero no conviene decírselo a Bolsonaro, por una cuestión de táctica política. Pinochet fue sin duda peor que Cuba, estamos hablando de extremos. Cuba fue durante un tiempo un sueño fantástico, pero el poder corrompe a cualquiera si dura demasiado. Fue un problema muy latinoamericano. Y el mismo asunto de la guerra de las Malvinas: ¿con quién estás, con los militares que matan a los jóvenes tirándolos de los aviones, o con la Thatcher? Claro que estoy con la Thatcher, y la Thatcher era una derecha de la derecha europea.

Y bueno, mira cuando Vargas Llosa se presentó a las elecciones. Eligieron a este japonés [Alberto Fujimori] que huyó llevándose la caja, y luego lo metieron preso hasta el fin del mundo. Son cosas un poco de novela latinoamericana, ¿no? Conociéndolos a los dos, a Paz y a Vargas Llosa, leyendo sus libros, cambia la opinión. Octavio Paz dimitió como Embajador en la India en el 68 con la masacre de los estudiantes de la plaza de Tlatelolco. No es un gesto de nada, ¿eh? Fue importante. ¿Hay una solución para los problemas de América Latina? Los problemas de América Latina no siempre se pueden analizar desde la idea europea de izquierda y de derecha. Quizá hay que utilizar otros instrumentos, otros conceptos. ¿Cómo interpretas el México de ahora, este país absurdo, con ciudades maravillosas y una violencia infernal? Los juicios sobre Vargas Llosa y Octavio Paz como personas demasiado de derechas son un poco… elementales.        

Sin salir de la política, pero mirando hacia Italia: usted conoció a esa generación de escritores, de Pavese a Vittorini o Pasolini, que tenían una enorme influencia sobre la opinión pública. Hoy queda Magris escribiendo en los periódicos, pero quizá no es lo mismo. ¿No hay una intelectualidad italiana que tenga peso, que cree opinión? ¿Roberto Saviano?

Hay muchos más. Saviano tiene un rol muy influyente en el pensamiento político, y por ejemplo Michela Murgia, es una nueva voz muy fuerte. O Nicola Lagioia, que hace la dirección del salón del Libro de Turín, juega un papel importante desde un punto de vista, digamos, más general. Sandro Veronesi también interviene de vez en cuando, no de forma constante. Y hay filósofos como… ¿valen los filósofos para tu pregunta?

Por supuesto. Se me ocurre ahora el nombre de Luciano Canfora…

Luciano Canfora, por supuesto, y Massimo Cacciari, tiene una influencia enorme en el país… O Gustavo Zagrebelsky, un estudioso del derecho, presidente de la Corte Constitucional, escribe ensayos y es muy influyente también, aunque ninguno de estos son escritores militantes como Pasolini o [Edoardo] Sanguineti.     

¿Ha cambiado también la actitud del pueblo que escucha? ¿Ya no se le hace tanto caso a los intelectuales?

Se escuchan mucho, pero cambiaron la actitud ante los intelectuales. En los periódicos, sin ir más lejos, hace diez o quince años, en la primera página de La Reppublica o de Il Corriere de la Sera podías ver una intervención de Ian McEwan, o de Vargas Llosa, o de Jonathan Franzen, o de Philip Roth. Ahora no hay nada de eso, como si la firma del escritor no fuera tan importante como antaño. Como si se buscara a través de internet otras fuentes de confrontación. Y están los festivales: Italia tiene miles de ciudades, y cada ciudad y pueblo tiene su festival literario. Invitan a escritores para hablar de todo, literatura, filosofía, ciencia, periodismo, y todos tienen éxito. La gente va a escucharlos, pero esto no aumenta ni en un solo ejemplar el número de los libros vendidos. Y ni un solo lector más. Es un fenómeno conservador de los lectores que ya están. Es una ceremonia muy bella, que materializa el acto de la lectura. Yo, lector, encuentro a mi autor, veo su cuerpo, escucho su voz. Lo decía también Petrarca, «yo hablo con los antiguos hombres ilustres». Es algo muy personal, muy cercano al alma de uno. Hablo con mi autor, le pregunto cosas sobre su libro o sobre el mundo. Es un teatro de la cultura muy vivo y alegre, pero… no aumenta el mercado. 

Me sorprendió oírle decir que las ventas de libros en España van mejor que en Italia. Sin embargo, cuando viajamos a su país vemos unas librerías muy bien equipadas, con mucho fondo, y creemos que es al contrario. ¿No han logrado preservar el mercado editorial como han hecho con el café?

Ha cambiado bastante todo, Amazon se ha vuelto muy importante en Italia. La experiencia de la librería es única y hay que defenderla, porque es la experiencia de la diversidad; en el sentido de que, si tú vas a dar un paseo por una librería, buscas cosas en teoría que te interesan, pero después te cae la mirada en otra cosa, que no conoces, que no sabes por qué, te llama la atención, que acaso ni siquiera sabías que existía, y lo tomas. La web es completamente otra cosa: se parece a esa sección de la librería que te dice: «Si te gusta esto, también debería gustarte esto otro». El like, ¿no? Internet te confirma en tus intereses. Es un estímulo que te confirma lo que te interesa. Por eso la librería es el lugar del imprevisto, de la gratuidad de la curiosidad. 

Y como tal, está en peligro.

Debe ser defendida de colosos como Amazon, que lo tienen todo. El simple hecho de tener todo, de tener idealmente un lugar donde están todos los libros, tiene aspectos positivos también. Las pequeñas editoriales están mejor con Amazon, porque en las librerías antes no había sitio para ellas. Ahora, en el lugar virtual de Amazon, pero muy real, uno busca un librito pequeño de autor desconocido de una editorial que apareció ayer, y mañana lo tienes sobre la mesa [risas]. No es todo malo. 

Un amigo italiano me confesaba que cada vez le cuesta más encontrar escritores en las librerías, entre tantos jugadores de fútbol, estrellas de la televisión, políticos… ¿Un editor debe tener en cuenta que el mercado no solo se hace con literatura, sino también con esos «intrusos»?

Bueno, también un Maserati y un carrito para niños tienen ambos cuatro ruedas, pero son cosas muy distintas. Lo mismo pasa con esos libros, todos tienen páginas y cubiertas, pero no basta con eso para ser un libro. Hay objetos para fans, camisetas, pósteres, y que haya también un libro dedicado a ellos no me escandaliza para nada. Porque es imposible confundirlo con un libro de verdad. 

También hay que reconocer que una de las biografías más valoradas de los últimos años es Open, un libro sobre un tenista…

Sí, pero ese es un libro único, en el sentido en que creó un género. No hay otro libro semejante de igual dolor. También Lolita es la historia de un pedófilo: hay muchos pedófilos, pero Lolita  es una obra maestra.

¿Qué le enseñó al editor Ernesto Franco el escritor Ernesto Franco? 

Mi primer libro de narrativa salió en el 94: Isolario. Que los editores de Einaudi publicasen libros en la editorial era una cosa bastante normal. Conocer desde dentro el trabajo del autor no es simple, pero te hace mejor editor. Tienes que saber que son dos cosas muy distintas. Y no hay nada peor que un editor se sienta como el mejor de sus autores, como Vargas Llosa, como podría ser en mi caso. Son niveles cualitativos muy diferentes. El viejo Shurkamp decía a los suyos: «Aún si trabajáis a diario con personalidades creativas, como escritores o artistas, aunque paséis los días y las noches con ellos, nosotros somos cosas diferentes. Ellos son otra categoría de cerebro, de sensibilidad». Un defecto habitual de un editor es la demasiada confianza con estas personalidades, que son únicas. Y no hay error más grande para un editor que, trabajando con diez o quince grandes autores, se jacte diciendo: «Sí, pero yo hice el editing para todos». Como si uno, con la cultura todo lo grande que se quiera, puede enfrentarse a diez creadores sin hacer una homogenización, aun con las mejores intenciones. Estas genialidades no pueden confluir en su única, pequeña biblioteca. Un editor puede tener buena conciencia de lo que puede hacer, pero no más. Es patético oír cosas como «¿Te gusta esa novela? En realidad la reescribí yo. ¿Te parece buena esa traducción? Claro, la rehíce completamente». Eso no es verdad, no puede serlo. Es una automitología, que es la verdadera enfermedad de la edición.        

Su compañero Mario Muchnik escribió unas memorias fragmentarias tituladas Lo peor no son los autores. ¿Qué es lo peor para usted?

Como en todas las profesiones, lo peor es el cinismo. Si eres un cínico, no vas a ninguna parte. Nietzsche decía: «Mejor un cínico que nada», pero no estoy seguro. Creo que es mejor la nada. Cuando un editor, un publisher, se vuelve cínico, frío, no siente… mira a Jorge Herralde, es caliente como un joven de veinte años. Es el contrario del cinismo.

¿Qué opina de los editores que, por necesidad o vocación, en lugar de hacer su tarea paciente buscan a ese autor superventas que haga de locomotora para los otros deficitarios y sanee todo el catálogo? ¿Es una búsqueda legítima?

Legítima o no, no funciona así. Si tienes un autor de grandes ventas, que vende cien mil, doscientos mil ejemplares, tú tienes que tratar de venderle doscientos mil más uno. Y lo mismo con los otros libros, hay ciertos libros que tienen en sí no más de mil ejemplares. No es verdad que si ese libro fuera tratado con la misma publicidad que otro vendería quinientos mil. No. Ese libro lo tomas pagando lo que tienes que pagar, y tu trabajo de editor es vender mil un ejemplares. Eso es muy importante. No es verdad que todo se pueda hacer con marketing. Y eso no quita que haya razones económicas para vender un libro. Es lo que decía antes: los cuatro criterios de juicio, cultural, político, ético y económico, deben funcionar a la vez. Con una pierna solo no se camina bien. 

Seguramente se lo han preguntado muchas veces, pero, ¿qué libros de otros habría querido editar?

Einaudi sí lo hizo, pero yo nunca publiqué a Claudio Magris. Ése me habría gustado. Y bueno, compro casi todos los libros de Adelphi, y me hubiera gustado publicar a Tabucchi. Fuimos muy amigos, nos conocimos en Génova, él como profesor y yo estudiante, pero nos hicimos amigos, íbamos a comer juntos a menudo, hablábamos mucho. Nos escribimos hasta el último momento de Antonio. 

Una curiosidad: veo que lleva un reloj de Corto Maltés, pero Einaudi no publica cómics. ¿Le gusta especialmente?  

Sí, fui a buscar a Hugo Pratt a Ginebra, donde vivía, y publicamos dos libros escritos por él, no dibujados. Era muy simpático, igual a Corto Maltés, ¡se vestía como él!          

Me consta que esta entrevista la leerán muchos escritores. Si uno de ellos, al acabarla, pensara que le gustaría ser editado por usted en Italia, ¿podría decir qué busca cuando se asoma al mercado español? ¿Qué le interesa?

Se publican tantos autores, tantos tipos de libros… Lo que me gusta en un libro es que haya escritura, unida con la capacidad de construir figuras, personajes en situaciones tales que puedan superar lo contingente. Que interpreten la interioridad del hombre y puedan quedarse. Que vengan de lejos y puedan ir lejos.


¡Bienvenido a mi mundo…!

Cardinales y obispos durante el encuentro Protection of minors in the church, 2019. Fotografía: Evandro Inetti / Cordon.

¡No hubo manera de evitarlo! Por fin estalló. Se ha arrancado el velo a lo que en Francia se llama, con gracia, un «secret de Polichinelle» —un secreto a voces: algo que todo el mundo sabe, pero con una evidencia fugaz y a lo que tampoco se presta demasiada atención—. Lo que era meramente anecdótico adquiere por fin una visibilidad sociológica. Ya era hora.

Introducción

El libro de Frédéric Martel Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano es la primera tentativa de la que tengo noticia de contestar, a partir de una investigación rigurosa, a la pregunta: ¿cómo y por qué el principal obstáculo institucional a los derechos LGTB a nivel mundial está en apariencia tan abrumadoramente poblado de hombres gais? Se mire por donde se mire, la pregunta no es estúpida. El autor dedicó varios años al periodismo de investigación en busca de la respuesta. Hizo múltiples viajes intercontinentales, pasó meses viviendo tanto en Roma como dentro del mismo Vaticano, siempre con su propio nombre. Llevó a cabo cientos de entrevistas con aquellos que están, de una u otra manera, involucrados. Desde trabajadores del sexo a cardenales, pasando por periodistas, médicos, abogados, policías, curas, diplomáticos y abogados. De la evidencia recogida surge un cuadro: la homosexualidad vivida sistémicamente de forma deshonesta crea una cultura de mutuo encubrimiento que se autorrefuerza constantemente: la estructura del armario clerical.

Algunos hechos que descubrimos en el libro son a la vez nuevos y perturbadores. Las relaciones entre Pinochet, los círculos católicos gays de derecha en Chile y Angelo Sodano, (el responsable de tantos nombramientos del tan caído en desgracia episcopado chileno); el chantaje que pudo efectuar la Junta Militar Argentina de los años 70 sobre el nuncio Pio Laghi, gracias a la debilidad de este por los «taxiboys» locales; la pregunta sobre hasta qué punto los abusos sexuales en la Archidiócesis de la Habana fueron la última gota para el papa Benedicto, el gatillo para su renuncia; los vínculos entre Alfonso López Trujillo y el narcotráfico en Colombia, como también la violencia sexual que practicaba con los chaperos de Medellín .Y tantas historias más, de dinero y de sexo. Algunos de estos relatos ya eran conocidos en sus países de origen, por lo menos por los periodistas locales; pero esta es la primera vez que se atan tantos cabos sueltos a nivel mundial.

Martel retrata, sí, algunos monstruos en sus páginas, como también muchas cosas que apenas merecerían un apunte, a no ser por desplegarse en medio de la vida, por otra parte, burocrática, del alto clero. Pero no es un libro especialmente lascivo. A todos los elementos potencialmente sensacionalistas se les ha rebajado el tono para destacar el funcionamiento de un sistema cuyos funcionarios creen manejar, pero que de hecho les maneja a ellos triste y cruelmente. El autor tiene claro que topa con muchísimos hombres gais, pero con muy pocos pedófilos. A diferencia de algunos de sus entrevistados está perfectamente enterado de que se trata de dos cosas muy distintas. Este no es, de ninguna manera, un libro sobre el abuso clerical a menores. Sin embargo, la naturaleza sistémica de la mendacidad que queda al descubierto sí tiene consecuencias importantes para comprender la causa de que el encubrimiento del abuso a menores haya sido tan habitual. Esta misma falsedad sistémica arroja también luz sobre por qué toda una generación del alto clero, a partir del fin del Concilio Vaticano II, no pudo participar en el proceso público de aprendizaje sobre la homosexualidad, proceso este que nos ha caracterizado en mayor o menor grado a todos, en todas las culturas, a lo largo de los últimos cincuenta años. Queda patente, entrevista tras entrevista, que el fracaso recalcitrante del alto clero en este aprendizaje ha jugado un papel enorme en la pérdida para el Evangelio de toda una generación de fieles. Al igual que lo ha jugado también su habitual encubrimiento de los abusadores clericales.

Sí, ¿pero será verdad?

Antes de proseguir es menester que sea transparente. Soy sacerdote católico, escritor y teólogo. Como gay que no oculta su condición he escrito sobre cuestiones relativas a la autoridad eclesiástica a propósito de la homosexualidad desde hace muchos años. Soy también una de las muchas fuentes de este libro, y una de las pocas en aparecer con nombre propio. Llegué a serlo gracias a un colega del autor en París que le habló de mis intentos a lo largo de los últimos veinticinco años, de hablar y escribir sobre esta realidad. Para gran alivio mío, resultó que yo sí había intuido algunos de los elementos estructurantes del relato. Además, el autor me ha tratado con inmerecida generosidad, hasta el punto de incluir a mi bulldog francés, Nicholas, en sus páginas. Quisiera informar, no tan solo del hecho de ser fuente, sino también de lo que aprendí durante el proceso de llegar a serlo. Pues tiene relación directa con la fiabilidad del autor, y si lo que dice es verdadero. Preguntas estas que es muy probable que se produzcan, ya que algunas personas ciertamente tendrán necesidad de disparar al mensajero para restarle importancia al mensaje.

El autor me era desconocido cuando recibí su solicitud de entrevista. Me envió un ejemplar de su libro Global Gay como presentación del tipo de periodismo que él practica. El libro es una exploración de cómo «gay» llegó a ser una marca mundial, inculturada de maneras diversas en las comarcas más distantes del planeta. Se da el caso de que conozco bien varias de las ciudades que describe, por ejemplo, México y Bogotá. La descripción que hace de su vida y ambiente gais concordaba con mi experiencia, lo cual me hizo pensar que con toda probabilidad es igualmente fiable cuando escribe sobre Teherán y Taipéi, ciudades que no conozco. Es más, mostraba sutiles matices antropológicos al hablar de sus entrevistados y conocidos, lo cual me llevó a pensar que probablemente sabría evitar lo monocromático al tratar todos los «tonos de gay» en la Iglesia. Noté también su profesionalidad con las fuentes, protegiéndolas cuidadosamente en los países o situaciones donde era menester, permitiendo al mismo tiempo a aquellos que querían hablar con su propia voz que lo hicieran a su manera.

Ya antes de nuestro encuentro Martel llevaba tres años con su proyecto eclesiástico, y yo estaba favorablemente dispuesto a aceptar su fiabilidad. Pude compartir con él tanto mis puntos de vista sobre determinadas historias que conocía por dentro, como también los nombres de amigos y contactos que tal vez le sirvieran para otros temas. También cumplió con su promesa de permitirme revisar, antes de la publicación del libro, tanto las citas directas atribuidas a mí, como las indirectas. Algunas se habían «mejorado» digamos, durante el proceso de edición, pero nunca de manera que llegaran a tergiversar mi intención.

Con respecto al tratamiento que el autor da a las historias que me eran conocidas, doy testimonio de sus páginas sobre el fallecido cardenal López Trujillo. De visita a Medellín en 2003 yo había escuchado historias sobre este prelado y la necesidad que tenía de la violencia en sus relaciones sexuales con los chicos de pago locales. Hay que entender que, en aquella época, con López Trujillo todavía vivo y poderoso tanto en Colombia como en Roma, nadie quisiera hablar sobre esto en público. Quince años más tarde mi anfitrión inicial, el padre Carlos Ignacio Suárez, un sacerdote de enorme valentía, había sucumbido al cáncer pancreático. No obstante, pude indicar a Martel contactos entre los amigos «paisas». Cuando por fin leí las páginas relevantes del libro, no tan solo confirmaban lo que había escuchado, sino revelaban un caso de dimensiones mucho mayores de lo que pudiera imaginar. Aturde descubrir que mucho de esto ya se sabía tanto en Bogotá como en Roma mientras López Trujillo aún vivía.

Dudo que mi experiencia como fuente haya sido única. El autor me trató de manera profesional y descubrió a base de un trabajo arduo que aquello que yo había pensado que era cierto tenía mucho más de verdad de lo que imaginaba. Por eso me inclino a creer que muchas de sus fuentes anónimas habrán tenido la misma experiencia al leer el libro, sin poder decirlo públicamente.

Una observación más sobre este tema. El asunto de este libro es la vivencia deshonesta de la homosexualidad que estructura la vida clerical. Es un campo notoriamente fértil para toda clase de chisme. Por esto es muy fácil desestimar cualquier abordaje del tema, alegando que no pasa de «meros chismes». Pues bien, el autor ha hablado con muchísimos clérigos gais que viven en el armario. Y la mayoría de ellos se ha mostrado dispuesto a contarlo todo sobre los demás (y los demás, por supuesto sobre ellos). En la medida en que me es posible juzgarlo al leer el libro, el autor tiende a no atribuir la homosexualidad o su práctica a cualquier sujeto con base en tan solo las saetas venenosas típicas del mundo anterior a la liberación gay que él describe con tanto tino. Más bien ha buscado múltiples testigos e intentado, en lo posible, hablar con los mismos sujetos para ver si soltaban prenda. Olvídense de los canarios: las divas wagnerianas se desmayarían de envidia ante lo mucho y fuerte que cantaron muchos de estos varones. Tanto al hablar, como por su persistencia en querer pasar su número de móvil a los jóvenes traductores (masculinos) del autor.

En algunas ocasiones me incomodó la presencia de insinuaciones y dobles sentidos en el texto. Tal vez por recordarme demasiado mi propia vivencia de este mundo. Me acuerdo de un chisme sudamericano sobre una supuesta relación sexual entre un servidor y otro miembro de la congregación religiosa con la cual estaba asociado. Se da el caso de que el chisme era falso. Podría haberse desacreditado sencillamente al preguntar a cualquiera de los dos y observar la evidente hilaridad con la cual habría recibido la sugerencia. Como también lo habría descartado cualquier amigo conocedor de mis gustos. Sin embargo, el objetivo del chisme radicaba más en la maniobra política que en la insinuación sexual. Aquellos que lo amplificaban no tenían ni intención de determinar su veracidad, ni interés en hacerlo. Era su utilidad la que importaba, y nada más.

De hecho, es difícil imaginar cómo podría navegar por  la estructura clerical un periodista de investigación. Bajo cualquier régimen «total» u opresor,  los de dentro a la vez sobreviven y protestan por medio del humor. Recuerden el colapso temporal del humor político después de la muerte de Franco. Del mismo modo, una vez dentro de aquel mundo total que es el «closet» eclesiástico, es difícil saber dónde terminan el humor negro de sobrevivientes y las insinuaciones, y donde empieza la evidencia. Por lo mismo es difícil saber dónde un periodista estaría haciendo ruido allí donde el río no suena, o más bien señalando el agua que el río sí lleva.

Por el otro lado, también es posible contribuir al encubrimiento al tildar algo de «mero chisme». Quedé sabiendo como chisme en 1987 lo que resultó comprobado sobre el padre Maciel décadas después. El chisme sobre el arzobispo Nienstadt también, diez años antes de que fuera confirmado por los investigadores legales del estado de Minnesota. Ni qué decir de los chismes sobre el famoso chalé de playa de McCarrick que salió a la luz en 2018. Se da el caso de que todos los que tildaron de «meros chismes» estos relatos contribuyeron a su encubrimiento. Una investigación correcta no se escuda detrás de la imposibilidad, en casi todos los casos, de obtener evidencias fotográficas. Procede filtrando los chismosos hasta descubrir si hay algún testigo auténtico en cuya veracidad se puede confiar. Luego, si el asunto lo merece, se interroga directamente al señalado. En el medio altamente mendaz que es la estructura clerical y sin que el periodista disponga de los instrumentos de la ley civil —citaciones, amenazas y deposiciones legales— no hay mucho más que pueda hacer.

Pues me parece que es esto justamente lo que ha hecho el autor en la medida de lo posible. Y no, no se trata de un periodista amarillista tras una exclusiva morbosa. Es el autor de varios libros, una personalidad abiertamente gay de centro izquierda en la vida política francesa. Ha sido consejero de un primer ministro y de varios ministros de gabinete. Aunque se describe como un ateo de cultura católica, no hay ni resentimiento ni anticlericalismo en sus páginas. Siendo así, se compara favorablemente con la última persona que intentó un «outing» masivo de los gais del Vaticano, el arzobispo Viganò. Los «outings» de este fueron ideológicamente muy selectivos, faltándole, curiosamente, incluir a aquellos que son más afines a sus ideas. También sus ráfagas de entusiasmo por el tema eran algo confusas, dejando más de un herido de bala perdida, y su propia obsesión sugería una compleja relación personal con el asunto. Martel, por contraste, no tiene nada que esconder. Sin duda hay muchas más cosas que él sabe, pero le faltan las evidencias para poder contárnoslo; algunas otras, las habrán suprimido o suavizado sus editores, por consejo de sus abogados; y otras más solo podrán decirse cuando los concernidos hayan partido hacia la más lejana orilla.

Una vez visto, no se puede dejar de ver

El Vaticano, 2019. Fotografía: Michele Spatari / Cordon.

Hasta leer las páginas de Martel nunca había entendido bien por qué Sócrates y Aristóteles afirmaban que en el maravillarse —thaumazein— está el principio del pensamiento serio. El cuadro global que emerge es como para aturdirse. Soy alguien que ha visto desde dentro todo aquello que describe. He convivido con esta realidad toda mi vida de adulto. Hace muchos años que estoy intentando hablar o escribir sobre la misma. Y, sin embargo, no llegaba ni de cerca a acertar con el tamaño y la densidad del armario clerical y a apreciar cuánto distorsiona todos los aspectos de la vida de la Iglesia. Es como si hubiera percibido un atolón en marea alta, mientras que Martel ha puesto al descubierto el volcán que había debajo. Hablar de mi asombro es poco útil, pero solo así consigo describir mi sorpresa por las dimensiones de lo que está saliendo a la luz.

De hecho, más que alguna revelación particular sobre este u otro clérigo de alto rango que resulta ser un armarizado cuyo maquillaje no esconde su odio contra sí mismo, el libro de Martel tiene el efecto de poner de manifiesto, de manera repentina y por primera vez, lo inimaginablemente gay que es el alto clero de la Iglesia católica. No se trata simplemente de proveernos de estadísticas más exactas en un campo donde los obispos se han mostrado muy renuentes en conocer la verdad. Más bien el asombro llega en la medida en la que vas siguiendo la narración a lo largo de más de medio siglo, y descubres lo que se abre ante tus ojos. Martel despliega de manera acumulativa el desarrollo de este asunto en el Vaticano desde el pontificado de Pablo VI y cómo también se ha vivido en varios países claves: España, Francia, Italia, Chile por no citar más. Cada vez se muestra la misma estructura básica: la inducción a y la reproducción de una homosexualidad mal vivida, una dinámica largo tiempo escondida a plena vista.

Todo esto te lleva a caer en la cuenta de que estás viendo algo que una vez visto no puede dejar de verse. Por nadie que lo haya visto. Una vez visto, ya se conoce como un hecho sobre la institución eclesial que no se podrá sortear. Fingir lo contrario sería señal de delirio. Antes de considerar si es bueno o malo que sea así, o de tomar cualquier decisión al respecto, vale la pena hacer un alto y contemplar boquiabierto esta perspectiva enteramente nueva sobre una significativa institución cultural humana, nunca vista antes por nadie.

Y al decir nadie, no exagero. Algunos lectores tal vez imaginen que, en algún lugar del Vaticano, o en alguna Nunciatura, han de existir personas que ya sabían todo esto. No como mera especulación, sino en detalle. De la misma manera que un controlador de tráfico aéreo sabe dónde están todos los aviones en vuelo, cosa que aquellos que están dentro de los mismos, o en tierra, no pueden ver. Es más, algunos lectores tal vez piensen que esta gente que todo lo sabía ha estado escondiéndonoslo deliberadamente. Este tipo de fantasía, de un panóptico malévolo, es, como toda teoría de conspiración, atrayente. Pues, como toda imaginación conspiratoria, es un atajo, algo que aparentemente nos ofrece claridad, unos «shots» de sentido basura con los buenos y los malos convenientemente a la vista.

Sin embargo, algo que emerge del libro es que solamente alguien de fuera, con mucha paciencia y diligencia, podría alcanzar a ver a través de tantos diferentes «armarios» —un colmenar de armarios en la excelente frase del profesor de Harvard Mark Jordan— y llegar así a darnos la primera visión radiográfica del todo. Ninguno de los moradores de estos armarios tiene sino una muy escasa visión de aquello que pasa más allá de sus celdillas circundantes. De esto tampoco debemos sorprendernos. Pues no estamos hablando de una gran mentira donde todos juegan al machote en público hasta volver a meterse tras las murallas del Vaticano; una vez allí pueden relajarse, como en el camerino de un teatro, quitarse el maquillaje, llamarse Mónica, Morgana, o Mechtilde e intercambiar chismes sobre sus respectivos novios.

Más bien estamos hablando de un sin fin de mentiras chicas, de maniobras defensivas, actos de esconder el propio ser, adopción de posturas convenientes, miedos a perder su medio de ganarse la vida, traiciones a los amigos, amores disfrazados, atisbos de chantaje, alianzas extrañas, intercambios codificados y creaciones resilientes de burbujas habitables. Se trata también de cómo los nuevos son inducidos a participar en el juego. Todos los involucrados están mintiendo acerca de sí mismos y de los demás; además al mismo tiempo saben y no saben aquello que los demás saben sobre ellos. A muchos les tortura su propia duplicidad, pues no todos consiguen la perfección de la pulida disonancia cognitiva evidentemente alcanzada por algunos de los entrevistados por Martel. Esto corrobora mi propia observación: el anticlericalismo y el odio al Vaticano más feroces que he oído en mi vida han sido en boca de sus propios empleados clericales.

No, pueden estar seguros de que muchos de los de dentro del sistema clerical, muchos de aquellos que fueron entrevistados para estas páginas, tanto pública como anónimamente, van a quedarse tan atónitos como me quedé yo, y como imagino se quedará la mayor parte de los lectores, al terminar este libro. Los de dentro recibirán una perspectiva sobre cómo y dónde trabajan que nunca la tuvieron antes. La sociología bien hecha facilita una visión sobre los moradores de un sistema que estos nunca podrían alcanzar solitos. Naturalmente, en la medida en la que ellos asuman esta perspectiva nueva, se alterará su estructura desde dentro de maneras que no podremos anticipar.

Demos un paso atrás y vayamos despacio

Surgirán un sinnúmero de reacciones inmediatas al libro de Martel, intentos de hacer que encaje dentro de las guerras culturales de actualidad; posiblemente torrentes de furia de gente que no se ha tomado el trabajo de leer sus más de quinientas páginas. Pues, aunque la prosa de Martel es clara, elegante y a veces hasta chistosa, es un libro sofisticado. ¿Cuándo fue la última vez que la mayoría de nosotros leyó un libro salpicado de citas de Rimbaud? ¿O donde un apartado sobre el mundo cultural de Jacques Maritain y los círculos literarios gais de la Francia de comienzos del siglo XX sí viene al caso para el tema central? De modo que los lectores tendrán que tomarse su tiempo para formarse un criterio sobre el libro, y más tiempo aún para caer en la cuenta de lo allí aprendido. De una cosa tengo certeza: una vez visto, no puede dejarse de ver. Y una vez visto, este mismo hecho producirá una gran alteración en el sistema de mendacidad que está saliendo a la luz, y al cual se está poniendo ante un espejo.

Para comprender lo que estamos viendo creo que vale la pena decir algo que espero que sea evidente: era de esperar que día antes, día después apareciese un libro de este tipo. Y esto por dos razones: En primer lugar porque, sea para bien o para mal, todas las estructuras institucionales a nivel mundial están haciéndose cada vez más porosas, menos creíbles, y menos capaces de exigir deferencia; gracias a los medios sociales sabemos muchísimo más sobre la vida de las personas que las habitan de una u otra manera; y la mística asociada a las «casas de hombres» puramente masculinas y generadoras de mitos, (estén en Papúa Nueva Guinea, en el Vaticano o entre los senadores republicanos estadounidenses) se ha debilitado hasta el punto de haberse vuelto absurda, a veces por lo cómico, a veces por lo brutal.

En segundo lugar, puesto que la tendencia generalizada desde la Segunda Guerra Mundial hacia la visibilidad y la normalidad no patológica de la gente gay, ha resultado ser, no una moda, ni una forma de degeneración de la sociedad sino un proceso auténtico de aprendizaje humano acerca de algo verdadero sobre nosotros mismos. La autoridad eclesiástica se mostró capaz de aprender sobre la mutabilidad de las estructuras institucionales en la época del Concilio Vaticano Segundo. Sin embargo muy poco después, le causó tal pánico la emergencia de la normalidad gay que entró en campaña para tapar el sol con un dedo e insistir en reforzar la deshonestidad entre su ya muy grande población gay. Este libro atestigua el fracaso de aquella campaña, pues lo que otrora era innombrable, ya se habla con cada vez mayor facilidad y sin tapujos. La gente tiene expectativas de honestidad cada vez más altas en esta materia. Cada vez más jóvenes son capaces de detectar inmediatamente que si un cura se niega a decir si es hetero o si es gay, sino que se esconde, diciendo que es célibe, entonces es, de hecho, un hombre gay deshonesto, con toda la disfuncionalidad social que se puede esperar como resultado. Donde la homofobia estridente se interpretaba como señal de una verdadera masculinidad, ahora levanta más risitas sobre aquel que habla que sobre los blancos de su animadversión.

No hay que sorprenderse entonces de que ya para finales del pontificado del papa Ratzinger un gran número de empleados jóvenes y de mediana edad del Vaticano se encontraran muy cerca de la ebullición gracias a la disonancia cognitiva, fruto de una enseñanza falsa a la cual rinden un homenaje postizo, como condición sine qua non de su empleo. Y noten por favor que no es el guardar la continencia esta condición sine qua non. Para probable sorpresa de personas de culturas anglosajonas norteñas, prácticamente nadie en esta cultura mediterránea parece preocupado por esto, con tal de que se evite el escándalo. No, el tal sine qua non es: «No serás una persona veraz, ni vivirás ni actuarás honestamente como hombre públicamente gay, por muy casto que seas». Pues esto sería levantar dudas sobre los demás, y al mismo tiempo contradecir la posición oficial que dice que sufres de un desorden objetivo grave que te discapacita para el sacerdocio. De ahí la mezcla entre el anhelo por la honestidad que se vive fuera y la presión de la disonancia cognitiva, que crece con cada generación, y que ayudó a abrir para Martel tantas puertas dentro del Vaticano, así como dentro de Conferencias Episcopales y Nunciaturas a escala mundial, llevando a la soltura de lengua de sus moradores.

Quien piense que se trata de un periodista anticlerical que ha engañado de manera cruel a sus entrevistados con la finalidad de un «outing» espectacular de la Iglesia, estaría tomando el rábano por las hojas. Más bien encontramos, repetidas veces, a un periodista bastante relajado y poco prejuicioso, a quien le caen bien no pocos de sus entrevistados. Está ofreciéndoles a cierto número de empleados eclesiásticos sin voz, una oportunidad para expresar por medio de él su rabia, desesperación y tristeza frente a este sistema tan evidentemente insostenible.

Atisbos de una reacción no escandalizada

El papa Francisco durante una recepción general en el Vaticano, 2019. Fotografía: Evandro Inetti / Cordon.

¡Ojalá pueda recibir la autoridad eclesiástica con serenidad y gratitud, y como impulso a una mejor vivencia del evangelio, el conocimiento impartido por este libro! Pero sería una locura hacer una apuesta en este sentido. A partir de ahora ninguna crítica al clericalismo del tipo que nos pide el papa Francisco puede dejar de tomar en cuenta la mendacidad sistémica con respecto a la homosexualidad mal vivida que trasparece en las páginas de Martel. Sin embargo, todo aquello que estamos empezando a aprender sobre el colapso de las estructuras institucionales a nivel mundial nos revela lo sin norte que están los encargados de su reinvención, cara a las realidades contemporáneas. Aun así, me gustaría señalar algunas posibles reacciones que me parece que hacen un flaco favor mientras digerimos lo que ha salido a la luz y le permitimos que informe nuestro proceso de discernimiento.

La primera reacción poco útil seguramente vendrá de aquellos para quienes cada nuevo episodio en el escándalo sin fin causado por el encubrimiento clerical de los abusos a menores es un nuevo pretexto para lanzar ataques al clero gay. Como si hubiera algo inherente al ser gay que predispone a las personas a que abusen de menores. Y es que estamos ante un libro que confirma que el alto clero es gay en proporciones jamás imaginadas, ni siquiera por las denuncias del cardenal Burke o del arzobispo Viganò, o hasta las agudamente histéricas del fallecido obispo Morlino. Sin embargo, dudo que los fóbicos obtengan una alegría de esta evidencia que alcanza los niveles de su alarma, ya que la misma evidencia deja totalmente claro que los hombres gais de doble vida están si fuera posible hasta más presentes en el ala tradicionalista y públicamente homofóbica de la Iglesia que en las demás. Y ¿quién va a encabezar la tan anhelada purga, si la necesidad de purgar la homosexualidad en los demás es, de por sí, uno de los indicios más fehacientes de la homosexualidad mal vivida?

Pues no. De existir un vínculo inherente entre la homosexualidad y la pedofilia, sería muy notable que no se hubieran dado muchísimos más casos de abuso clerical a menores a lo largo de los últimos cincuenta años, teniendo en consideración la proporción insospechadamente alta de curas gais. La evidencia no sugiere que la alta proporción de hombres gais entre el clero lleve a mayor incidencia de abusos a menores, sino que la omnipresente deshonestidad clerical con respecto a su homosexualidad, independientemente de cualquier práctica sexual que pueda existir, tenga una fuerte correlación con el habitual encubrimiento eclesiástico que suele darse una vez aparece algún incidente de abuso a menores. O sea, es la chantajeabilidad, real o imaginada, y no la homosexualidad, el asunto clave aquí.

Una segunda reacción que me parece poco provechosa vendrá de los que digan: «Pues bien, no veo el problema en el hecho de que haya tantos curas, obispos y cardenales gais, con tal que mantengan su compromiso con la continencia». Con delicadeza llamo a esta reacción poco provechosa, puesto que algunos de los que argumentan de esta manera son católicos heteros enteramente decentes que no quieren, de manera alguna, ser homofóbicos. Tan solo quieren que se mantengan las mismas exigencias fuertes para el clero gay que obligan al clero hetero. «Mientras la disciplina del celibato esté en vigor, debería aplicarse igualmente a todos, independientemente de su orientación».

Voy a ofrecer una explicación gay de por qué esto no ayuda, y para esto tengo que pedir al lector que suspenda cualquier sospecha de que estaría intentando de alguna manera justificar que el clero gay tenga derecho a una mayor libertad sexual que el clero hetero. No lo estoy justificando. Estoy totalmente a favor de una Iglesia donde, sea la que fuere la disciplina en vigor, se aplique de manera equitativa. Sin embargo, para que este sea el caso, los candidatos heteros y gais para el seminario tendrían que comenzar desde la misma línea de salida. Y por ahora, no es así.

¿Cómo serían las cosas con una línea de salida compartida? Pues los jóvenes adultos de la orientación que sea habrían crecido desde la más tierna infancia con la conciencia de que el matrimonio con alguien de su elección amorosa es una posibilidad no solo real, sino deseable. Posibilidad esta que trae consigo felicidad, reputación y el fortalecimiento de sus vínculos familiares. A partir de su adolescencia se habrían socializado por medio de sus parientes y compañeros en procesos de noviazgo. Y si tienen suerte, habrían tenido alguna preparación para la humanización de sus deseos sexuales con respecto a posibles parejas futuras. Sus sueños comentados en voz alta habrían sido agradable fuente de humor tanto para su familia como para sus colegas. Se habría por lo menos esperado o tolerado, cuando no animado, su experimentación emocional y erótica.

De estos jóvenes adultos, algunos pocos, en paz con su orientación sexual y caminando hacia una responsabilidad emocional y erótica, se encuentran llamados a no continuar por el camino mayoritario hacia el matrimonio, sino a abrazar una vida de soltero como su propia forma de seguir a Jesús. Esta opción les ofrecerá un tipo de florecimiento diferente, en la medida en la que se autodonan en variadas formas de trabajo pastoral que los alejan de las estructuras salariales necesarias para mantener una familia. A jóvenes adultos de este tipo se les da la bienvenida al seminario. Allí adentro, como parte de su educación teológica pueden compartir su historia de vida hasta la fecha. También reciben la formación necesaria para un desarrollo de soltero adulto psicológicamente saludable, con una buena red de apoyo al prepararlos para su futuro campo laboral.

Espero que sea de sobra evidente que este cuadro, de por sí altamente idealista hasta para los candidatos heteros es sencillamente inexistente para los candidatos gais. En primer lugar, la autoridad eclesiástica aún enseña que a un joven gay no se le puede socializar de manera apropiada por la humanización de sus impulsos emocionales y sexuales hacia el sueño de casarse con alguien de su elección amorosa. De hecho, demasiados colegios de enseñanza secundaria católicos, sobre todo en Estados Unidos, demuestran un legalismo feroz al intentar aplicar estas enseñanzas a la vida, tanto de sus empleados como de sus alumnos. Es más, las autoridades enseñan que un joven gay no tiene verdadera libertad de elección entre formar pareja o permanecer soltero. Tiene una obligación solemne a la vida célibe, reforzada de manera poderosa con la amenaza del infierno.

De hecho, las autoridades niegan que pueda existir una persona abiertamente gay emocional y psicológicamente equilibrada que pudiera efectuar una elección libre entre vivir en pareja o ser soltero, y así llegar a ser un candidato honrado para el seminario. Su propio documento de 2005 lo deletrea con claridad. Tanto el cardenal que lo firmó como el «perito» que lo defendió en L’Osservatore Romano, monseñor Anatrella (él mismo suspendido del sacerdocio bajo sospecha de abusos sexuales a varones adultos) acaban con cualquier duda: hasta los hombres gais castos no pueden ser sacerdotes a causa de las inherentes deficiencias psicológicas que los caracterizarían. La única conversación apropiada entre un candidato gay y un director de vocaciones es aquella en la cual el candidato tiene la obligación de contar que es gay, y el director tiene la obligación de decir que el candidato deberá retirarse. Esta prohibición fue repetida tan recientemente como en 2016.

Ahora bien, es evidente para todo el mundo que la posición oficial es una mentira, y no se aplica casi en ninguna parte. Hasta los obispos de línea más dura afirman no discriminar basándose en la orientación sexual sino en lo que llaman «la madurez afectiva y emocional». Pero esto significa que, en realidad, no creen en su propia enseñanza, pues están admitiendo al seminario a personas cuya existencia viene negada por la enseñanza oficial. Los candidatos admitidos así están automáticamente implicados por su mera presencia en la deshonestidad de sus superiores. Es más, con solo fingir no ser gay, (y muchos han tenido toda una adolescencia para aprender cómo pasar por hetero) ningún candidato gay tendrá dificultad en encontrar suficientes profesores en el seminario que le introduzcan en el juego de guiños y disfraces. Pues estos son ya diestros en el asunto.

En resumen, mucho antes de que surja cualquier pregunta sobre la práctica sexual del candidato, sea en el pasado, la actualidad o el futuro, este se da cuenta de que la única cosa imposible es que se presente de manera directa y honrada en primera persona. No encuentra una institución que estaría dispuesta a respaldar su narración en primera persona contra los fóbicos, tanto de dentro del seminario, como de fuera. Tampoco encuentra una institución que ofrezca al candidato una socialización de por vida al lado de admirados miembros mayores, ellos mismos ejemplos de un honesto relato en primera persona, al asumir su opción por la continencia sexual, ayudándose todos mutuamente en sus respectivos momentos difíciles.

A aquellos que dicen «No exigimos otra cosa que la continencia vivida tanto por los gais como por los héteros» quisiera contestarles: es la receta perfecta para que no cambie nada del sistema actual. Si resolver el problema fuese tan fácil como insistir repetidas veces en la continencia, entonces ¿qué ocurre con los sacerdotes que la han mantenido, o bien íntegramente, o después de recuperarse de algún lapso reconocido como inapropiado? ¿Por qué no se han puesto en pie para hablar en primera persona? Podrían haberlo hecho, por ejemplo, para dar testimonio de la falta de relación entre ser gay y ser pedófilo. O sencillamente para hacer visibles unos modelos para jóvenes atribulados. Mi amigo el padre Jim Martin nos asegura que existen miles de sacerdotes fieles de este tipo, y estoy de acuerdo con él. Pero ¿por qué, entonces, su clamoroso silencio? En un artículo reciente sobre los curas gais Andrew Sullivan, también amigo mío, no pudo encontrar más que un solo sacerdote americano muy valiente dispuesto a hablar en su propio nombre y en primera persona.

No, el silencio de estos muchos y fieles sacerdotes nos dice que el problema está en la honestidad pública con respecto a quienes son, más bien que en la continencia. Hasta los pocos que no tienen ningún incidente en su vida pasada que sea motivo de rubor, no hablan. ¿Será que porque al hablar darán miedo a sus amigos y compañeros? Perderás todos tus amigos si su asociación contigo les saca a ellos del armario. Si a ti no se te puede chantajear en un campo donde a tantos sí se puede, entonces ¿cómo podrán contar contigo para guardar el secreto ajeno, o para comportarte con la debida discreción cuando estás con ellos? Es más, si hablas directa y honradamente como cura gay, por casto que seas, estás dando testimonio público contra la enseñanza oficial, quieras o no. Esta enseñanza te describe como portador de un desorden objetivo que te incapacita para el ejercicio apropiado de tu papel. Dicho de otra manera, la honestidad te llevará a perder los amigos, y a tener tus posibilidades de empleo en la Iglesia reducidas a las existentes en Siberia.

Es aquí donde resultan difíciles para los amigos heteros mis explicaciones de hombre gay. Si lo comparamos con el asunto de la sinceridad acerca de ser gay contado en primera persona, lo de la continencia tiene ínfimo peso para la mayor parte de los curas gais. En primer lugar, y dejando de lado los moralismos sin fin a su respecto, es difícil que se den actos humanos de menores consecuencias que los actos sexuales entre dos miembros adultos del mismo sexo que consienten. No dañan a nadie, y no producen ni bebés ni cualquier alteración fisiológica o intelectual discernible en los participantes. No existe diferencia perceptible entre un monseñor que tiene un amigo con derecho a roce, y un monseñor cuyo amigo viene sin tales beneficios. Es más, si el padre Fulano sale de vacaciones cada año con su amigo Mario ¿quién podrá decir si tienen sexo o no? Y, más contundente ¿a quién rayos le importa un comino? El asunto carece de consecuencia discernible.

No se da lo mismo entre la gente hetero, donde los actos sexuales pueden tener consecuencias notables. Pues de la relación entre un hombre y una mujer surgen muy rápidamente cuestiones de justicia, considerando la probabilidad de la relativa vulnerabilidad económica de la mujer, y el hecho de que sus años de fecundidad tengan fecha de caducidad. De modo que, si el padre Mengano sale de vacaciones cada año con su amiga Mercedes, a no ser que sea conocida como el tipo de mujer a quien le encanta la compañía de los varones gais, se los mirará con recelo. La incontinencia clerical entre heteros trae consecuencias en asuntos de justicia y de posibilidades reproductivas que están ausentes en la incontinencia clerical gay. No digo absolutamente nada acerca de si esto es bueno o malo. Nada más señalo que en términos puramente funcionales, el que un cura gay «practique» o no tal vez tenga una importancia espiritual para él personalmente, pero para el buen funcionamiento del sistema clerical es un asunto tanto invisible como irrelevante.

De modo que la presencia del clero homosexual no es de por sí el problema, puesto que la homosexualidad no es ni más ni menos indicadora de la pedofilia que la heterosexualidad. La pregunta sobre si este u otro cura gay tiene práctica sexual tiene un impacto cero sobre el funcionamiento regular del sistema de mendacidad. No, el hueso duro de roer, aquel ante el cual la confrontación es ineludible gracias al libro de Martel, entre otros factores, es el asunto de la honestidad. Una veracidad de vida, vivida por suficientes miembros como para que la chantajeabilidad por la omertà de la homosexualidad mal asumida deje de ser una amenaza.

Y con esto, llegamos a la tercera reacción que tildo de poco útil. La que consiste en exigir la honestidad por decreto. Algunos dirán: «Todos estos tipos están siendo deshonestos. Deberían vivir honradamente». Por supuesto, desde cierto punto de vista, tienen razón. Pero es una farsa cuando la exigencia viene de boca de aquellos que forman parte de la misma deshonestidad que se está criticando. La imitación tiene un poder de atracción mucho mayor que cualquier instrucción, y cada candidato gay al seminario verá a muchos parecidos a él ya en el seminario, y le entrevistarán otros parecidos a él entre el personal del seminario. Si, en medio de todo esto se le insiste con el dictamen «Tienes la obligación de decirnos si eres gay o no, y si eres gay y honesto, el encargado vocacional tiene la obligación de exigirte que retires tu candidatura», no se le está, de veras, presentando una opción moral límpida. Dentro del contexto, se le está presentando una valla, y su capacidad para saltarla demostrará su aptitud para encajar en el sistema como los demás. Si por un acaso la valla resultara un poco alta, y si el candidato le cae bien al encargado, éste podrá sugerir al chico que no es verdaderamente gay. Sufre, más bien de una forma transitoria de «atracción por el mismo sexo» u otra ficción eclesiástica conveniente. Si al director de vocaciones no le cae bien, entonces sí se puede utilizar el hecho de que sea gay para impedirle la entrada.

Un sistema deshonesto no puede exigir que sus reclutas sean honestos, puesto que en tal sistema hasta la exigencia está hecha deshonestamente, y con igual deshonestidad será recibida. El Santo Padre comentó en una sección algo confusa y poco profesional de su reciente entrevista con Fernando Prado que es de la opinión de que los curas gais deberían salir antes que vivir una doble vida. Pues ¡claro! ¿A quién de nosotros se nos ocurre querer vivir una doble vida, o que nuestros amigos vivan así, o que nuestro sacerdote viva así? Sin embargo, su petición no tendrá resultado mientras no se examine con mayor criterio ¿qué tipo de doble vida? Y ¿por qué?

Por ejemplo, no raras veces jóvenes gais en conflicto entran en el seminario o su equivalente. Inicialmente seguirán el juego del requerido fingimiento. Y esto tal vez no sea otra cosa que la misma hipervigilancia que les caracterizaba como adolescentes en el armario, producto de ambientes con una aversión religiosa por la homosexualidad. Ahora bien, si la formación teológica y humana que reciben en el seminario es medianamente buena, y muchas veces sí lo es; si se les enseña bien a leer y a entender los evangelios; si tienen a su alcance directores espirituales decentes y sabios, no es de sorprender que a lo largo del tiempo vayan descubriendo la verdad: que ellos no tienen nada de objetivamente desordenados, y que la enseñanza oficial en esta materia es sencillamente falsa. O sea, ¡la gracia se saldrá con la suya!

El que, al pasar los años, estos hombres descubran a otros semejantes a ellos, sean clérigos o laicos, y en algunos casos, que se emparejen, no tiene nada de raro. Probablemente habrán caído en la cuenta de que su compromiso con el celibato es nulo. Pues en el momento de asumirlo, una parte, la autoridad eclesiástica, les estaba mintiendo acerca de quienes son, y acerca de su libertad para elegir una vida compartida. De la misma manera, cualquier matrimonio sería nulo bajo las mismas circunstancias de mendacidad de una parte hacia la otra. En la medida en la cual estos hombres llegan a tener una buena conciencia, ¿por qué deberían considerar que están haciendo algo malo? A fin de cuentas, han llegado a crecer en la gracia y en la verdad en la medida en la que llegaron a percibir la deshonestidad hacia ellos de la institución de la cual dependen por su empleo.

Entonces, dentro del sistema tal y como está ahora, en muchas ocasiones un superior o un obispo sabio no interferirá en algo que hace de los miembros de la pareja gente más sana. Se limitará a esperar que sepan mantener la discreción, y rogará que no se le informe directamente de la situación, para que no tenga que «saber» de manera innegable. La propia pareja entenderá que la única regla que importa es aquella de no causar escándalo. La duplicidad que les golpeará no tiene nada que ver con su vida sexual, por la cual nadie se interesa ni un poquito. Tendrá que ver con el hecho de que jamás podrán sugerir en público que el ser gay no es problema, y que formar pareja del mismo sexo no es problema para los fieles que ellos atienden. El precio que pagarán por una vida tranquila es estar de acuerdo en no contar la verdad y nunca interferir con la propagación de una mentira por los líderes de la Iglesia. He aquí el dolor de la vida doble: no el que estés teniendo prácticas sexuales que no debías tener. Hace tiempo que aprendiste que no es el caso. Sino que el precio de una vida sosegada, ya permanezcan juntos o se separen, es no desafiar nunca de manera pública la mentira institucional. Y esto sí representa un dilema real para la vocación sacerdotal. Si sales, triunfa la mentira. Si te quedas, triunfa la mentira. ¿qué hacer?

No, la honestidad no puede ordenarse por decreto, ni tampoco la pueden exigir los jefes de un sistema deshonesto. La veracidad, por contraste, sin la cual no puede existir la honestidad, ella sí la puede facilitar la autoridad eclesiástica. Y es esto lo más interesante que debemos mantener bajo observación a medida que apreciamos aquello que seguramente ha de volverse cada vez más visible después del libro de Martel. ¿De qué manera la autoridad eclesiástica llegará a facilitar la veracidad institucional? Tendrá que tener impacto en los dos extremos del espectro que son de importancia estructural. Por un lado, los niños que, al crecer tal vez se encuentren llamados al sacerdocio. Y por otro lado los obispos. Son los únicos capaces de crear el contexto de veracidad necesaria para que puedan emitirse promesas de ordenación límpidas.

Tan solo cuando sea evidente para los niños que Dios les ha hecho como son y así los ama, y que el proceso por el cual llegarán a humanizar su capacidad para el amor es legítimo tome la forma que tome, tan solo entonces, en la siguiente generación habrá candidatos rectos para el seminario, para quienes el ser gay o hetero será un asunto sin importancia, y en los que la presentación veraz en primera persona, se dará con normalidad, puesto que lo importante es el proyecto del Reino, y llegar a ser sus operarios incondicionales.

Y al otro extremo del espectro, cuando los propios obispos estén viviendo su orientación, sea cual fuere, de manera honesta y responsable ante el público; cuando sean capaces de ofrecer un contexto de veracidad dentro del cual sus ordenandos puedan emitir promesas o votos sin que las dos partes estén jugando un juego tipo «no preguntes, no lo digas», tan solo entonces será razonable que haya una expectativa de honestidad entre el clero.

Y por supuesto estas dos cosas, el enseñarles a los niños gays la verdad sobre si mismos, y el tener la expectativa de sinceridad de los obispos gais, solo serán posibles cuando se haya impuesto una enseñanza eclesial auténtica sobre lo que realmente es el caso acerca de los seres humanos en cuestión, superando así las recientes ofuscaciones circulares de las congregaciones romanas. Eche una mirada a lo que decía el Concilio Vaticano II, en un texto de mucho mayor peso que los subsiguientes documentos sobre la homosexualidad. Se puede vislumbrar lo que tal vez haya sido al fin y al cabo la enseñanza de la Iglesia desde el principio, a pesar de las tentativas desesperadas de guardarla bajo llave desde mediados de los años setenta. Así reza Gaudium et Spes (1965):

§36. …Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es solo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios…

Al aprender, y luego al enseñar, la verdad nos hará libres. La verdad al respecto de aquella variante minoritaria, no patológica y de aparición regular en la condición humana que se llama «la homosexualidad». Espero que el libro de Martel nos dé un ímpetu fuerte en este sentido. Aquellos que viven atrapados por la estructura autorreforzante de mendacidad sistémica que él describe, como también aquellos a quienes sirven, están, a sabiendas o no, implorando esta misericordia.


Este artículo fue publicado en inglés el 23 de febrero en www.abc.net.au. La traducción al castellano es del autor con la valiosa ayuda de la Dra Margarita Benedicto.


Reed Brody: «No tenemos derecho a no tener esperanza»

Fotografía: Ricardo García Vilanova

La técnica de caza más antigua es la de persistencia: consiste en agotar a la presa. Se hace en grupo y en silencio, siempre tras el macho más grande. Hay que aislarlo del resto de la manada para no confundir sus huellas con las de otros miembros. Los cazadores alcanzan un estado de trance tras muchas horas concentrados en un único objetivo. Las huellas de su presa se pierden a menudo, por lo que hay que deducir el camino que habrá tomado. No siempre funciona, pero, a veces, la suerte acompaña y el animal queda la vista, expuesto. Es entonces cuando el tedioso tempo cambia: uno de los cazadores corre hacia la presa; esta busca árboles, arbustos, o cualquier sombra para protegerse de la vista del depredador y del calor abrasador; su cuerpo bombea sudor y sangre, pero nada funciona bajo el sol en su cenit. Y cae. Arrojar la lanza no es ya más que un gesto simbólico tras el que se rinde pleitesía al animal. El Kalahari ahora es el mundo, las horas son años, la presa es un monstruo y el grupo lo forman sus víctimas y un abogado. Se llama Reed Brody, y entre sus piezas se cuentan las de Augusto Pinochet, Jean-Claude Duvalier e Hissène Habré. Son tiranos cuyas rodillas acabaron quebrando ante una persecución tan tenaz como implacable tras la que no hubo pleitesía. Solo justicia.

Ese hombretón vestido de negro que bebe de pie café solo y sin azúcar es Reed Brody. Estamos en su casa de Barcelona, que comparte con la cineasta Isabel Coixet, donde él mismo arranca la conversación en el español que aprendió en América Latina. Para cuando nos invita a sentarnos ya hemos comprobado que su lugar de trabajo es un cubículo vacío, que sus gestos son pausados y que no sobran palabras en el discurso de este hombre aparentemente espartano. En esta etapa de su vida, este neoyorquino del 53 no necesita impresionar a sus contertulios con relatos inflados de épica, aunque tampoco tardamos en descubrir que esta existe. Brody es un ilustre exponente de esa generación de americanos que renunció a quedarse de brazos cruzados mientras su gobierno masacraba a vietnamitas, nicaragüenses, o a los propios negros que eran sus vecinos en su barrio de Brooklyn. Dice que lleva cinco décadas buscando justicia; durante las últimas dos, su idealismo ha fluido a través del cauce de Human Rights Watch, una ONG de referencia en el campo de los derechos humanos de la que ha sido portavoz y en la que sigue trabajando como abogado. Cuenta con tres cabezas de tiranos en su haber y confía en no tener que esperar demasiado para que el gambiano Yahya Jammeh se añada a la lista de dictadores a los que Brody y su gente han llevado ante la justicia. Son quizás sus victorias más icónicas, pero hay mucho más en la carrera de aquel niño que soñaba con cambiar el mundo. Empezamos por el principio.

Es usted «hijo de refugiado», según su perfil de Twitter.

Estoy precisamente en eso. Me he mudado a Barcelona hace dos meses y, en el traslado, he encontrado una caja llena de documentos de la vida de mi padre y mis antepasados. Mi padre era judío de un pequeño pueblo húngaro. Al comienzo de la guerra fue enviado por el gobierno colaboracionista de Hungría a campos de trabajos forzados, primero en Ucrania y después en Yugoslavia. Fue uno de los únicos supervivientes del primero porque la mayoría murió de frío y escapó del segundo antes del asesinato de miles de judíos. En la caja que te comentaba he encontrado cosas como el documento que le obliga a presentarse al campo, el que le dieron cuando depositó la ropa o el salvoconducto de los partisanos de Tito con los que luchó antes de participar en la liberación de Budapest con el Ejército Rojo, donde recibió un disparo con una bala en la pierna. Tengo la herencia de un superviviente nato.

Y acabó en América.

Sí. Llegó a Estados Unidos en el 47, con treinta y ocho años. Tras todo lo que había pasado su vida seguía siendo difícil. Fue vendedor ambulante de máquinas de escribir en Colombia, Panamá… Pero siguió estudiando y se doctoró a los cincuenta y nueve tras decir que tenía diez años menos. Acabó de profesor de universidad. Mi madre, Francesca, era hija de inmigrantes judíos ucranianos y rusos pero nació en Estados Unidos. También era profesora.

¿Qué lengua se hablaba en su casa?

Inglés, aunque mi madre hablaba yiddish con mi abuela cuando no querían que yo les entendiera. Del lado de mi padre parece ser que eran de origen sefardí, pero él, como todos los húngaros, hablaba muchas lenguas. Con su madre, por ejemplo, hablaba alemán.

Imaginamos una infancia en la yeshiva (escuela hebraica), preparándose para el bar mitzvá y esas cosas.

En casa nadie creía en Dios. Recuerdo que era uno de los pocos blancos en mi escuela pública. El nuestro era un barrio de negros y portorriqueños. Hoy ha cambiado pero entonces era un gueto peligroso. Me impactó ver aquella pobreza y diría que desde muy jovencito era ya consciente de las desigualdades

¿Qué presencia tenía la shoa en casa? ¿Escuchaba historias de boca de su padre o era de los que se las guardaban?

Mi padre no habló de ello hasta que yo empecé a preguntarle. Eso sí, durante los últimos quince o veinte años de su vida no solo habló mucho de aquello sino que también escribió. Mi madre no lo vivió, claro, pero nunca compraba productos alemanes. En cualquier caso, era mucho más activa políticamente que mi padre; me llevaba a marchas, protestas… Con trece o catorce años yo estaba trabajando en mi barrio para candidatos progresistas. Iba de puerta en puerta, a casas donde había ratas y cucarachas. Aquello me llevó a entender aún mejor la realidad que me rodeaba. Llegamos a tener una «escuela libre» donde tuve mi primer contacto con el marxismo. Eran tiempos convulsos, con la guerra de Vietnam retumbando siempre desde el fondo. Fui líder del movimiento estudiantil contra la guerra.

Le pilló en la universidad, ¿no?

Eso es. Hice Ciencias Políticas en la facultad donde enseñaba mi padre y luego me matriculé en Derecho con la idea de cambiar el mundo. Durante aquellos primeros años me debatía entre el derecho y el periodismo, de hecho, me veía como corresponsal en el extranjero. Finalmente me decanté por las leyes. Era un camino quizá más claro, más consagrado, aunque probablemente fuera por falta de imaginación de la época. Yo quería ser abogado de los derechos civiles; no imaginaba por aquel entonces la vía del derecho internacional. Estaba más centrado en las cuestiones laborales, en minorías o en derechos cívicos.

¿Cómo dio el salto?

A finales de los setenta. Cuando me faltaba un año para acabar Derecho pasé un año en Francia y ahí empecé a ver el mundo desde otra perspectiva tras conocer a anarquistas y activistas de todo tipo. Entre toda aquella gente había a un exiliado chileno con el que compartía piso. Luego volví, me licencié en Derecho y me fui a América Latina, donde pasé cinco meses. Aquel viaje me empezó a despejar el camino de lo que yo iba a hacer. Encontré unos curas radicales que me llevaron a conocer el Sindicato de Mineros en Potosí, Bolivia, y bajé a la mina de estaño donde no podía aguantar ni dos minutos. Había gente que vivía allí, y que tenía una esperanza de vida de cuarenta y dos años. Diría que fue entonces cuando relacioné por primera vez la riqueza de Estados Unidos con la pobreza de América Latina. Viajaba con una amiga argentina que me regaló Las venas abiertas de América Latina, el libro de Eduardo Galeano. Me impactó mucho. Eran los años de las dictaduras militares y me detuvieron en Argentina solo por tener el pelo largo y vaqueros y me quitaron el libro de Galeano. Estuve en el Chile de Pinochet, y luego volví a Estados Unidos muy sensibilizado con la democracia en América Latina. Entré a trabajar en un bufete de abogados [ríe]. Me sirvió para pagar mis deudas universitarias pero no aguanté ni un año. Nunca volví a ese mundo.

¿Y a dónde fue?

Pasé a ser fiscal general adjunto del estado de Nueva York, que era un lugar para abogados progresistas, y en el 84 me fui a Nicaragua. Todos estábamos muy cautivados por la revolución sandinista y a mí ya me interesaba mucho tras mi experiencia previa en América Latina. Fui con una amiga cuyo hermano, Lyle, era misionero en un pequeño pueblo en la frontera entre Nicaragua y Honduras. Esa visita cambió el rumbo de mi vida. Quedé profundamente impresionado con la identificación de la gente con la revolución; decían cosas como que antes tenían que andar durante horas para llegar a un hospital, pero que ahora, «gracias a la revolución», tenían un puesto de salud en el pueblo. El problema era que, entretanto, llegaban soldados, mercenarios y, en definitiva, gente armada por EE. UU. que, según me decían los lugareños, estaban matando y cometiendo todo tipo de atrocidades. Me entrevisté con multitud de víctimas de la Contra y me hicieron prometer que contaría en mi país, el que financiaba a la Contra, lo que había visto. Aquello me hizo sentir una enorme responsabilidad personal. Pensando en cómo podía ayudar, decidí aprovechar mi experiencia como abogado para documentar y relatar aquello. No tenía formación en derecho internacional ni en derechos humanos, pero decidí dar el salto. Durante cuatro meses visité las zonas de actividad de la Contra, entrevisté a centenares de víctimas, tomé declaraciones juradas… Fue un trabajo muy exhaustivo y traté de mantener altos estándares de rigurosidad. Para moverme y llegar hasta esa gente aproveché la red de los sacerdotes. Iba con Lyle y otros curas en camionetas a los pueblos donde iban a predicar. Una noche, frente a una hoguera en las montañas del norte de Nicaragua, una mujer española que participaba en una brigada de recolectores de café me contó cómo su madre hablaba a menudo de las Brigadas Internacionales que habían ido a defender a la República frente a Franco. No creo yo que hubiera tenido el valor de empuñar un arma e ir a España de haber vivido entonces pero, en aquel momento, sentí que el frente entre el bien y el mal estaba en Nicaragua y que yo estaba donde tenía que estar.

De hecho, consiguió acabar con la financiación a la Contra. ¿Cómo lo hizo?

Al volver a EE. UU. la cuestión de Nicaragua y el Salvador era «el foco» de la política exterior americana. Reagan hacía lo imposible para ayudar a la Contra, a los que había calificado como «el equivalente moral de los padres fundadores de América». Washington les daba cada vez más ayuda y yo estuve en Nicaragua en un momento de máxima tensión. Mis más de doscientos declaraciones juradas se convirtieron en el eje central de la campaña que buscaba acabar con el apoyo de Washington a los paramilitares. Mi informe acabó publicándose en la cabecera del The New York Times, en la CBS… Luego lo presentamos en el Congreso. Tenía treinta y un años pero nunca en mi vida he estado frente a tantas cámaras. El impacto fue tal que se cortó la ayuda a la Contra.

Uno no suele salir indemne de victorias como esa. ¿Hubo represalias?

La administración Reagan me atacó con todo. Primero hicieron una campaña contra mí. Un articulo en Time Magazine me acusaba de estar financiado por los sandinistas y el propio Reagan llegó a citarlo para esgrimir que todo había sido orquestado por ellos. Entretanto, seguí viajando a Nicaragua, participando en campañas en EE. UU.… Creo que di charlas en más de setenta ciudades.

Una financiación externa para todo eso sí que parece una teoría plausible.

Sí, es lo que decían, pero a las charlas me invitaban y me costeaban los viajes. Los ataques de Reagan fueron muy duros y decidí salir del país. Me fui a Ginebra, pasé cinco años con la Comisión Internacional de Juristas, y allí me empapé sobre los derechos humanos. Hice contactos por todo el mundo y llegué a tomar parte en procesos como la redacción de la Constitución de Mongolia. Luego me llamaron para la ONU en el Salvador como jefe de DD. HH. de la misión de mantenimiento de la paz. También estuve en Tíbet, Timor, Congo, Haití…

Coordinó las intervenciones de Human Rights Watch en el procesamiento de Augusto Pinochet en 1998. En alguna ocasión se ha referido a aquel proceso como un «punto de inflexión».

Yo había entrado en HRW en febrero del 98 y casi lo primero que hice fue participar en la conferencia de Roma, que sentó los cimientos de la Corte Penal Internacional. Estamos en ese momento de la construcción de la justicia internacional. Al volver a Nueva York en octubre del 98 llega la noticia del arresto de Pinochet en Londres. Entendemos la importancia capital que tiene aquello y se decide que yo vaya a Londres. Lo que iba a ser una semana se alargó hasta seis meses. HRW fue admitido como ponente en la Cámara de los Lores. Ahí conozco a Baltasar Garzón y a Juan Garcés. Participamos en las tres series de audiencias. Teníamos un equipo de abogados y trabajamos con los abogados de la Corona que representaban los intereses de España con el juez Garzón a la cabeza. Insisto en que aquel era un momento en el que empezaba a madurar el derecho internacional de los derechos humanos. Todos esos principios que habíamos estudiado se ponen a prueba, y no en un caso cualquiera, sino en el de Pinochet, que era un dictador icónico. Sentí que se cerraba un círculo. La represión tras su golpe de 73 fue un reguero de muerte y tortura, y produjo centenares de miles de exiliados que nutrieron el movimiento de derechos humanos y Amnistía Internacional que luchó para la ratificación de convenios que, veinticinco años después, se utilizaron para detener a Pinochet. Víctimas, abogados, activistas… todos estaban en la Cámara de los Lores. El derecho internacional de los derechos humanos se hizo realidad. Yo era una de las pocas personas que acudía a las audiencias a diario, que entendía completamente lo que pasaba y que hablaba español. El arresto de Pinochet y las dos decisiones de los lores denegándole la inmunidad probaron que teníamos un instrumento para llevar ante la justicia a torturadores y tiranos que parecían inalcanzables. Y a partir de ese momento, con Amnistía y otros grupos, comenzamos a pensar quién sería el próximo.

El «kilómetro cero» de la jurisdicción internacional.

Exacto. Ahí vemos hasta dónde se puede llegar y que nosotros, militantes y víctimas, podemos lograrlo. No depende de una instancia supranacional, sino de nosotros mismos. Luego los chadianos (de Hissène Habré) se me acercaron diciéndome que querían hacer lo de los chilenos, y los gambianos (de Yahya Jammeh) lo que los chadianos. Fue un precedente. HRW adoraba mi cita de que el caso Pinochet fue «una llamada de alerta para los dictadores», pero no era para ellos sino para nosotros. El arresto de Pinochet no cambió la actitud de Robert Mugabe o Sadam Huseín, pero a sus víctimas les hizo soñar con la justicia.

Pinochet murió sin ser procesado, lo mismo que su siguiente objetivo, Jean Claude Duvalier, exdictador de Haití. Para el tercero en su lista, el chadiano Hissène Habré, hubo que esperar durante diecisiete años, hasta que fue juzgado. ¿Pueden esperar tanto las víctimas? ¿Cómo se gestiona la frustración?

En inglés tenemos la expresión justice delayed is justice denied, la justicia aplazada es justicia denegada. Para las victimas de tortura, para el que perdió a sus padres, el paso del tiempo sin justicia también es una tortura. Creo que vamos acortando poco a poco los tiempos, también con la Corte Penal Internacional. Cuando comenzábamos con las víctimas en el caso Habré nadie se lo tomaba en serio. En Chad nos decían: «¿Desde cuándo la justicia llega hasta Chad?». Ahora no, ahora dicen: «¿Cuánto tiempo hace falta?». En cualquier caso, los mecanismos siguen siendo imperfectos. ¿Vamos a poder llegar hasta Bashar al Asad? ¿O a George Bush?

¿Cómo se caza a un dictador?

El arma principal son las víctimas y luego hay que construir las condiciones políticas. Lo jurídico es más fácil porque, en general, los crímenes son claros, pero hace falta convencer a un tercer estado para juzgar a un guatemalteco o un chadiano. Hay que construir un relato a partir de las víctimas individuales. Stalin, supuestamente, decía que un muerto es una tragedia, pero que un millón de muertos es una estadística. Ahí está el cuerpo de Aylan Kurdi, ese niño kurdo ahogado en la playa. Hay que poner nombres y apellidos a las víctimas, contar su historia con detalle, como la de Souleymane Guengueng en Chad o Rigoberta Menchú en Guatemala. A Habré intentamos juzgarle en Senegal pero inicialmente no funcionó, así que probamos en Bélgica, ya antes de que fuera juzgado y condenado en Senegal. Fuimos a Bélgica con Souleymane, y allí, cara a cara con el ministro de Justicia, le expone su caso y el ministro llora. Yo no puedo conseguir el mismo impacto, pero cuando te lo cuenta una víctima es distinto. Luego están los hechos, lo jurídico, los medios de comunicación… Es un trabajo de años.

La pieza en su punto de mira hoy es Yahya Jammeh, expresidente de Gambia. ¿En qué momento se encuentra?

Jammeh está refugiado en Guinea Ecuatorial bajo la protección de otro dictador y Gambia no lo quiere de vuelta porque vive una situación todavía muy voláti. Una de sus peores matanzas fue la de cincuenta y seis migrantes que intentaban llegar a Europa, de los que cuarenta y cuatro eran de Ghana. Estamos intentando que Ghana, Senegal, Costa de Marfil y Nigeria le digan a Teodoro Obiang (presidente de Guinea Ecuatorial) que Jamé ha matado a sus ciudadanos y que presionen para que este último deje de protegerle. No va a ser fácil, pero he aprendido a no aceptar un «no» por respuesta.

Es autor de tres informes de Human Rights Watch sobre el maltrato de prisioneros en EE. UU. durante la llamada «guerra contra el terror» de George Bush hijo. ¿Se planteó en serio esa presa?

He participado en varios intentos en España, Francia y Alemania buscando justicia por Guantánamo y Abu Ghraib. En la Audiencia Nacional española se abrió un expediente y el juez quería escucharme como testigo. Son tentativas que han sido rechazadas por razones políticas. En EE. UU. no hay justicia para eso, en el sistema anglosajón las víctimas no pueden acudir directamente a los tribunales.

¿No hay justicia para las víctimas de los blancos?

Es muy difícil porque existe un doble rasero. La cuestión también es quién te protege: EE. UU. a Israel y a Arabia Saudí, China a Corea del Norte, Rusia a Siria… Y ciertamente es un problema para nosotros porque pone en cuestión toda la arquitectura de la justicia internacional si esta sirve para unos pero no para otros. Al final uno no tiene otra que trabajar con las realidades. No pierdo la oportunidad de hablar de los crímenes de Henry Kissinger pero hacemos lo que podemos.

También parece que exista un doble rasero con las administraciones estadounidenses. ¿Por qué juzgar a Bush por torturas y no a Obama? Entre otras cosas, se sabe que las operaciones con drones se multiplicaron por diez cuando el demócrata llegó a la Casa Blanca.

Estoy de acuerdo y reconozco que no he investigado lo suficiente el tema de los drones. Es cierto que tendría que estudiarlo mejor. Los drones estadounidenses han matado a más de mil quinientos civiles desde 2004 en sitios como Pakistán, Yemen y Somalia. Algunas de estas acciones han violado las leyes internacionales y pueden haberse traducido en ejecuciones extrajudiciales o crímenes de guerra.

Ejecuciones extrajudiciales como la de Bin Laden. ¿Dónde se traza la línea que separa un acto de guerra de un asesinato selectivo?

También estoy de acuerdo. El deber del gobierno era capturarlo vivo siempre que fuera posible, y ni sabemos ni se nos ha permitido saber. Si fueron con la intención de matarlo, entonces hablamos de una ejecución sumaria, pero si fueron con la intención de capturarlo y opuso resistencia es distinto. En su momento emitimos ciertas reservas desde HRW y fuimos muy criticados.

Se ha significado públicamente en numerosas ocasiones contra Trump. ¿Teme que se pueda convertir en un dictador? ¿Lo es ya?

Sé algo de dictadores y Trump no se distingue de un dictador africano. En América tenemos una herencia democrática e institucional y una población más activa que nunca que impide que se convierta en un dictador, pero cumple ese perfil en su relación con la prensa o cuando no distingue entre su vida personal y profesional, por poner dos ejemplos.

Parece la tónica a nivel mundial. El fascismo sin complejos se extiende desde Brasil hasta el este de Europa, y ahora parece que levanta cabeza en España. ¿Pandemia?

Creo que estamos viviendo el momento más difícil que yo he conocido. A Trump hace quince años lo habríamos absorbido mejor con una Europa más fuerte y una fuerza democrática global más sólida. Ahora le tenemos que sumar lo que pasa en Brasil, Europa, Turquía, Rusia… De todas formas, no temo por el futuro de EE. UU., aunque sí creo que los dos años de mandato de Trump han puesto a prueba sus límites. Temo por el futuro de la humanidad en su conjunto; creo que estamos perdiendo tiempo ante el suicidio colectivo que representa el cambio climático. Perdemos el tiempo en Trump, en Bolsonaro, en el separatismo, en cosas muy secundarias como raza humana cuando tenemos un imperativo que es unirnos ante los retos existenciales. En EE. UU. recuperaremos el rumbo, pero habremos perdido dos, cuatro, ocho años en la guerra más importante, y eso me deprime muchísimo. Trump era minoritario cuando ganó. La estrategia republicana consiste en suprimir el voto y cambiar las reglas electorales y de circunscripción, y la retórica de la inmigración participa en el intento de retrasar el cambio demográfico en Norteamérica y mantener la supremacía blanca en el gobierno. Se está provocando el odio contra el diferente y para alguien como yo, que ha pasado cincuenta años en la lucha por la justicia social, es muy deprimente. En la Marcha de las Mujeres el pasado enero recuerdo una anciana con una pancarta que decía: «No me puedo creer que todavía tenga que protestar contra esta mierda». Cuando podemos estar perfeccionando nuestras sociedades con feminismo, inclusión, transición climática, tenemos que seguir comabatiendo a los nazis y al odio. España ha estado a salvo pero entre Cataluña, Vox y el desgaste de los partidos tradicionales quizá se encuentre en la antesala de lo que hoy es Italia. Y Steve Bannon está en Europa para transmitir las técnicas antidemocráticas y el discurso populista que hicieron ganar a Trump.

Pocos conflictos habrá más asimétricos que el de Gaza, pero parece que a Netanyahu solo se le juzgará por corrupción.

Ahí puede entrar en juego la Corte Penal Internacional porque Palestina ahora es reconocido como estado parte de la CPI y le ha dado la autorización para investigar. Esto es lo que en parte ha provocado la reacción violenta de la administración Trump contra la Corte Penal Internacional. Mientras esta se ocupe de los africanos todo bien, pero ahora está investigando en Gaza, en Afganistán… Veremos si se abre una investigación completa porque, de lo contrario, no habrá justicia.

¿Cuáles son los límites de la justicia internacional?

Hay dos ejes de la justicia internacional, uno la corte penal internacional y el otro las jurisdicciónes nacionales. He vivido el auge y la caída de la ley belga de Competencia Universal, que estaba bien para los africanos, pero cuando se apuntó a Israel y EE. UU., Rumsfeld llegó a Bélgica en 2003 y con todo el descaro dijo: «Si los dirigentes de los países de la OTAN no se sienten seguros en Bélgica trasladaremos la sede de la OTAN». Y eso fue un castillo de naipes. En España pasó lo mismo; la ley es muy buena para Argentina o Chile, pero si se toca a China por Tíbet, Israel o EE. UU. ya es otra cosa. Ahí vemos los límites políticos. La Corte Penal Internacional tiene otro límite que es el de su propia competencia jurídica. Llega hasta los países que la han ratificado como España o en situaciones remitidas por el Consejo de Seguridad de la ONU. Siria no la ha ratificado y Rusia y China ejercerán su poder de veto en el Consejo de Seguridad y no permitirán sorpresas.

El de las ONG parece un mundo lleno de claroscuros. En el caso de las más grandes pesan los sueldos inflados de las directivas y casos que van desde corrupción más clásica hasta la explotación sexual y la prostitución, como lo de Oxfam en Haití. Esto no te lo cuentan cuando te abordan en la calle pidiendo tu contribución.

Hay muchos factores pero uno es la relación de poder. Un internacional en Haití, de Naciones Unidas, de Oxfam… tiene mucho más poder que el haitiano. Yo he trabajado en Haití, allí se pone al desnudo la relación entre la pobreza de un país y el poder de los que deciden por él. Haití tiene un número brutal de mujeres embarazadas por soldados de Naciones Unidas. Mas de diez mil Haitianos murieron de cólera, que fue introducida en Haití por soldados de las Naciones Unidas. Todo ello sin una rendición de cuentas.. Yo lo vivo cuando trabajo en países pobres; la diferencia de poder entre lo que tú tienes y lo que tienen ellos es abismal. En primer lugar, hay que actuar con mucha ética para no abusar de esas ventajas y no hablo aquí de abusos sexuales. La pregunta es: ¿cómo organizamos nuestro trabajo de igual a igual? Yo voy a Gambia para ayudar a las víctimas en su lucha. ¿Cómo lo hacemos para no imponer mis ideas? Esto tiene su raíz en la desigualdad.

Volviendo a la pregunta sobre la corrupción en las ONG, ¿qué pasa?

Creo que, en general, las personas que trabajan para las ONG lo hacen por ideología y por altruismo. En el caso de mi ONG, casi todo el mundo podría ganar mucho más haciendo otra cosa. La mayoría de mis colegas de la Facultad de Derecho de Columbia son millonarios. Las personas que conozco de Oxfam lo hacen por filantropía, es una elección vital, pero los problemas son estructurales. La ayuda paternalista tiene sus límites. Hay que replantear la cuestión de la gobernanza de las ONG, y hasta sus modelos económicos, para que la voz de los afectados predomine en sus políticas, y esto vale tanto para las ONG de derechos humanos, como la mía, o de ayuda humanitaria, como Oxfam. Decisiones que se toman en Nueva York o en Londres serían distintas si se tomaran en Puerto Príncipe o en Cairo. A Haití después del terremoto se la llamaba «la república de las ONG». No hay Estado y se transfiere la soberanía de tu país a gente en Nueva York y Washington. Los progresistas no podemos aprovecharnos de las relaciones internaciones injustas, que denunciamos por otra parte, para imponer nuestra visión de la caridad, de la solidaridad. Creo que puede estar justificada la intervención exterior siempre y cuando se haga con humildad y la sensibilidad de escuchar y de establecer una asociación genuina con la gente. Mi socia mas próxima en el caso Habré era una abogada chadiana, Jacqueline Moudeina. Teníamos una relación de igual a igual; nos pasábamos el día discutiendo, yo con mi perspectiva internacional y ella con su visión chadiana. La simbiosis entre nuestras visiones posibilitó nuestra victoria. A los siete u ocho años de trabajar en el caso se estrenó un documental en torno a mi figura, El cazador de dictadores. Aquello estaba muy bien para mi madre, pero a mí me ponía aquí arriba y a mis socios ahí abajo. Frente a ello, creamos una estructura, con Jacqueline al frente, con una ONG chadiana gestionando la mayoría de los fondos recaudados, y no HRW.

A HRW se la ha acusado de publicar informes «parciales» sobre América Latina.

Hace tres años los chavistas atacaron a Human Rights Watch acusándonos de tener vínculos con el gobierno americano. HRW me llamó como su «izquierdista residente» para defender a la ONG en el programa de televisión de mayor seguimiento entre progresista americanos, Democracy Now. Yo creo que HRW hace un muy buen trabajo y defiendo su labor. Es cierto que HRW tiene su sede en Nueva York y que, por muy internacionales que seamos, no dejamos de tener una visión «primermundista». Una organización similar con base en Asunción o en Kinshasa haría las cosas de forma distinta. En general, creo que el movimiento de derechos humanos está en crisis por el auge del autoritarismo en el mundo. Hay muchos, como el profesor Samuel Moyn, que acusan al movimiento de centrarse en las libertades públicas de un élite y no preocuparse lo suficiente de las desigualdades económicas que dan lugar a los populismos y los nacionalismos. Si bien es cierto que tenemos que luchar para una mayor repartición de las riquezas, no sé si es labor de las organizaciones de derechos humanos ocuparse de todos los problemas del mundo. Si fuera así, dejaríamos todo para luchar contra el cambio climático, pues ese es el gran desafío de la humanidad.

Organizaciones como la suya suelen estar en el punto de mira de muchos gobiernos. ¿Les han espiado?

Sí, los chinos y los sirios.

Por lo mismo, las ONG suelen ser una pantalla recurrente para agentes de inteligencia. ¿Les ha pasado?

Tenemos personal de más de setenta países, y también gente que ha trabajado con los gobiernos de EE. UU., Brasil, Chile, Nigeria, Suecia, Costa Rica, Perú, Reino Unido, Australia y muchos otros. Una vez descubrimos que uno de mis excolegas hacia recomendaciones políticas a su gobierno que no eran acordes con las recomendaciones de HRW sobre la materia y fue sancionado. Quiero pensar que todavía somos lo suficientemente pequeños y profesionales en la contratación para evitar problemas.

Vivimos un momento de éxodos casi bíblicos, desde América a los Balcanes, pasando por el Mediterráneo central. ¿Qué se hace con esto?

La riqueza en el mundo es suficiente para todos y eso es incontestable. El reparto es el problema: hay que revertir y devolver. Trabajo mucho en África, donde todos sabemos que no hay oportunidades económicas. No voy a disertar sobre el saqueo de África por los europeos, pero sería mucho menos costoso un gran plan Marshall para el continente que las políticas actuales porque, mientras aquello no cambie, seguirán intentando llegar a Europa. Siempre habrá alguien sin perspectivas con un vecino que recibe dinero desde Europa. No podemos abrir las fronteras pero sí ofrecer oportunidades porque, de lo contrario, nos enfrentaremos a una situación cada vez más grave.

¿No podemos abrir las fronteras?

Yo no soy quién para decirle a un gambiano que se quede en su casa. Cuando se ejerza una política justa se podrán abrir porque, generalmente, nadie quiere emigrar. Casi todo el mundo quiere vivir donde nace, pero abrir hoy las fronteras no es factible.

¿Era más fácil migrar cuando su padre llegó a Brooklyn?

En su día reconocimos a las víctimas del nazismo que lo merecían, y hoy pensamos que no dan el perfil. Hoy, desde Trump hasta Vox, existe un política de generar el odio hacia el otro. El odio es rentable políticamente. Uno de los grandes fallos de la democracia es conseguir votos despreciando al otro. Veo difícil con los líderes actuales organizar un reparto más justo de las riquezas del planeta pero, si queremos salvarnos y evitar un desafío cada vez mayor, eso es lo que hay que hacer.

Conocemos sus trofeos, ¿cuáles son sus cicatrices?

He perdido muchas más batallas de las que he ganado. En el 97 era jefe adjunto de una investigación de la ONU sobre masacres en el Congo. No se hizo nada con nuestro informe. Veinte años después en el Congo vemos los mismos crímenes, los mismos actores y la misma impunidad. En Haití intenté llevar a juicio a criminales del gobierno de facto y fracasamos. Cuando miro a la Nicaragua de hoy… Hay que gestionar mucha frustración. Eso sí, la condena de Hissène Habré fue la vindicación de diecisiete años de trabajo. Fue un alivio inmenso, pero también entendí la inmensa suerte que teníamos. La obsesión y el talento no son suficientes, hace falta suerte. Habré podía haber muerto antes del juicio, por ejemplo. Tengo suerte de poder mirar atrás y decir que mi trabajo ha aportado su granito de arena, aunque se trate de logros que empequeñecen frente a la situación que estamos viviendo. No tenemos el derecho de no tener esperanza porque, si no tenemos esperanza, no hay esperanza. Hay que batallar con optimismo. Aunque cueste.


OT, Martin Crane y la adoctrinación de la clase obrera

Amaia interpreta «Te recuerdo, Amanda», de Víctor Jara, en OT. Imagen: RTVE.

Azul y fucsia bañan un escenario construido por espejos. Se cruzan otros focos, anaranjados. Del fondo, flanqueada por dos escaleras irregulares iluminadas con neón, emerge una mujer. Es joven. Se llama Amaia, y es una de las estrellas de la última edición de Operación triunfo. Mientras, suena un arreglo musical que podría corresponder con prácticamente cualquier canción del mundo. En el séptimo segundo, Amaia arranca a cantar. Es «Te recuerdo, Amanda», de Víctor Jara. El escenario se vuelve totalmente azul. Luces y bailarines simulan estar en un Santiago lleno de lluvia. Amaia canta. Yo creo que, en ese momento, disfruta.

Cuando estos discursos se cuelan se abren grietas y eso es lo valioso. En O. T. se lanzan mensajes de amistad, sororidad, diversidad afectiva… Valores que pueden ser muy útiles para nuestras hermanas pequeñas. Incluso ponen a Rozalén a cantar «La puerta violeta», que es puro feminismo. Es verdad que el capitalismo hace eso, apropiarse de las estrategias emocionales y obtener rentabilidad de ellas, pero insisto: hay que aceptar que eso sucede, apropiarnos de ello y darle todo el sentido político posible.

Se lo dice Ángela Rodríguez (filósofa, investigadora en arte y diputada de En Marea) a Noemí López Trujillo en un texto que se dedica a analizar por qué este O. T. ha generado una respuesta tan distinta por parte de la juventud en general, pero sobre todo de la juventud políticamente movilizada y comprometida con la izquierda.

¿Por qué fijarnos sobre todo en ese sector? Porque no todos están de acuerdo con Ángela Rodríguez. Daniel Bernabé, por ejemplo, lo llama «celebración de la impotencia». El Nega está de acuerdo. También Esteban Hernández. No así (o no tanto) Víctor Lenore. Podríamos seguir, pero parece claro que hay un debate abierto dentro de la izquierda: si un proyecto se pretende transformador, ¿debe usar productos que participan de una lógica de mercado para difundir posiciones y argumentos propios? Esta cuestión se enmarca a su vez en otra: ¿puede la izquierda encontrar referentes fuera de la pureza?

Hay una izquierda que no va a tener mayor problema en responder a ambas cuestiones con un rotundo «sí». Llamémosla socialdemócrata, moderada, centrista. El caso es que esa izquierda ya ha establecido la negociación con el capitalismo, llegando a la conclusión de que le parece bien el mestizaje y los puntos intermedios. Pero, claro, lo interesante es que la discusión se produce en el seno de esa otra izquierda que ve a estos como traidores. Aquella que se plantea una enmienda a la totalidad del sistema actual. Que piensa que son ellos, y no los otros, los verdaderos herederos del espíritu de Víctor Jara. ¿Qué hacer cuando aparece ante millones de espectadores, mayoritariamente jóvenes, en una versión producida y pagada por una de las mayores empresas multinacionales del mundo?

Esta discusión se produce además en dos niveles de clase distintos. Como la mayoría de quienes toman partido en ella forman parte de sectores medios y acomodados (al menos en lo que acumulación de capital social y cultural, así como expectativa de renta futura, se refiere), la parte más jugosa del debate tiene lugar cuando miran a la clase obrera. A veces da la impresión de que se aproximan a ella como a una especie aparte a la que seducir o movilizar de alguna forma misteriosa. El resultado es un cruce eterno de acusaciones de paternalismo. Los colaboracionistas indican que los frentistas miran por encima del hombro la cultura popular desideologizada, con un fondo de superioridad moral. Los segundos, por su parte, arguyen que los primeros infantilizan a la clase obrera asumiendo que no son capaces de acceder a ideas complejas, además de distinguir entre lo que sería cultura popular real (Víctor Jara) y cultura de mercado (Amaia).

Ha muerto John Mahoney. Hoy. Se ha anunciado mientras escribo. Mahoney no es un nombre muy conocido, pero sí su cara tan pronto le busque en Google Images quien esté leyendo esto. Sí, es el padre de Frasier. Martin Crane era un viudo, policía retirado, lo que se conoce en Estados Unidos como blue collar worker: trabajador de cuello azul. Que, gracias a un buen salario como policía y a haberse casado con una psiquiatra, ascendió en la escala social. Sus dos hijos, Frasier y Niles, se dedican sistemáticamente a avergonzarse de él y de su falta de cultura en sus momentos más esnobs, o a pelear por qué es mejor para su padre cuando tienen el espíritu menos egoísta. Siempre ignorando a Martin. Este tipo de tramas ocupan casi la mitad de las once temporadas de la serie. Las discusiones entre la izquierda sobre cómo abordar el dilema cultural son un poco así: dos señores pijos intentando decidir qué es lo mejor para su padre, el señor obrero inculto que ha tenido la magnífica suerte de encontrarse con tales luminarias dispuestas a guiarle en la dirección adecuada.

Los frentistas consideran, al fin y al cabo, que no hay tanta diferencia entre 2018 y 1852. La alienación de la clase obrera funciona hoy igual que funcionaba entonces. Así que su misión es descubrir al vulgo a Lenin, a Pasolini, a Eisenstein y a Rosa Luxemburgo, mostrando cómo los argumentos liberales de Isaiah Berlin llevan irremediablemente a tolerar el fascismo o cómo las películas de John Huston lo justificaban de manera velada. En lugar de eso, se quejan, la nueva izquierda transformadora entra inadvertidamente en el juego capitalista del mercado. Se cree que está cambiando conciencias desde dentro, pero en realidad es ella la que está siendo cambiada.

Los colaboracionistas, por su parte, parecen asumir que vivimos en una época distinta en la que la alienación actúa de manera más sutil, diferente, disfrazándose de libre albedrío. Consideran que si la gente decide ver O. T. o escuchar reguetón, y está convencida de que tal es su decisión, es poco productivo intentar convencerlos de que hay todo un aparato sistémico-hegemónico marcándoles la pauta. Es más inteligente jugársela, intentar redefinir significantes existentes, buscar las «grietas» a las que se refería Rodríguez.

Pero todos le quieren decir a la clase obrera qué debe pensar, cómo debe consumir cultura y en qué dirección debe despertar su conciencia. De hecho, lo podríamos llamar classplaining.

Llegados a este punto, alguno podrá llevar este argumento al extremo y afirmar que la izquierda (ahora sí, toda, también la moderada y socialdemócrata) ha apabullado culturalmente a la clase obrera con sus discusiones sobre la diversidad, sus posiciones prominorías. Demasiado color. Demasiado no tener en cuenta al prójimo. ¿Qué pasa si Martin Crane se siente incómodo si está viendo O. T. y de pronto se besa una pareja del mismo sexo? ¿Y si decide en ese momento apagar la tele? ¿Y votar a Trump, porque al menos él habla de proteccionismo económico, no de baños para transexuales?

Pablo Simón tiene un texto que ya responde casi todo lo que hay que responder a este tipo de argumentaciones. Rescato aquí el final, una conclusión que apoya en todo el artículo (que vale la pena leer).

(…) ni está claro que los obreros hayan votado por Trump, ni hay evidencia de que hayan dejado de optar por la izquierda en España, ni se perfila en el horizonte una incompatibilidad práctica entre la dimensión cosmopolita y la más distributiva.

Para mí, de hecho, el problema no reside tanto en qué debates introducir desde la cultura, sino en cómo. La solución no es renunciar al conflicto político en su forma simbólica, sino afrontarlo asumiendo que vivimos en democracia. Pelear en la arena cultural, sí. Pero de igual a igual. Sin paternalismos, ni explícitos ni implícitos. Sin asumir que la clase obrera tiene en su conjunto tal o cual posición, que excluye a la de más allá.

¿Han visto Pride? Es una buena película. Cuenta la historia de una alianza: la del movimiento LGBT y los mineros en huelga en el Reino Unido de Margaret Thatcher. La manera en que se configura dicha unión, cómo se van superando prejuicios, opiniones y dificultades en un proceso simétrico, de qué manera unos pocos de ambos bandos se quedan fuera pero la mayoría estará dentro… todo ello ejemplifica bien lo que quiero decir con «de igual a igual».

Pero, antes de terminar, faltamos nosotros, claro. Falta aclarar el papel de los que nos dedicamos a hablar en público.

Amaia termina de cantar. Todos aplauden. Unas semanas después, la noche del 5 de febrero, ganará esta edición de O. T. Y entre los millones de personas que vieron y verán la interpretación (ahí la tienen, en YouTube, cómo no), habrá una parte que ya conocerá la canción y a Víctor Jara. Y tendrá sus opiniones al respecto. Otra parte no. De ellos, algunos se lo plantearán. Quizás lean sobre la historia de Chile, de Jara, de Quilapayún, de Allende, de Pinochet. Se formarán un criterio al respecto. Aprovechando, otros nos lanzaremos al papel para escribir lo que pensamos y ponerlo a su disposición. En ese momento, el papel de quienes disfrutamos de la enorme suerte de contar con una plataforma para expresar nuestras opiniones no será determinar, adoctrinar, enseñar ni iluminar; ni siquiera colocar ideas mediante subterfugios simbólicos. Si no queremos encerrarnos en una autoparódica burbuja que nos convierta en réplicas neomarxistas de Niles y Frasier, más nos valdrá ceñirnos a participar, a aportar, a conversar.


El último en morir que apague la luz

Imagen: Hulu / MGM.

Lo más sorprendente de las reacciones a la fabulosa El cuento de la doncella (Handmaid’s tale en su versión original) es la mayoritaria impresión de que nos encontramos ante una distopia. «Estamos cerca», dicen algunos/as, del régimen de Gilead, esa dictadura cristina y teocrática, en el que las mujeres son tratadas como meros recipientes al servicio de un poder pretendidamente superior. Ellas no pueden poseer bienes, leer o escribir. O al menos, algunas de ellas. Las esposas de los altos gerifaltes —como no— viven en un mundo distinto, igualmente oscuro pero con un matiz más permisivo.

Y la reacción es sorprendente porque Somalia, Siria, Arabia Saudí o Irán ya han puesto en práctica muchas de las políticas que nos parecen algo así como ciencia ficción cuando las vemos en una serie de televisión, pero que no nos provocan ni un parpadeo en el día a día del mundo moderno. Esa es probablemente la parte más terrorífica del horror que dibuja esta serie de Hulu (distribuida en España por HBO), el hecho de que existen en el planeta miles de esclavas sexuales, algunas recluidas en países con acuerdos comerciales con el nuestro; otras sometidas a torturas diarias en territorios sin ley en África u Oriente Medio. La República de Gilead existe y respira en rincones que no son tan remotos, ni lejanos (en tiempo y espacio) como nos gustaría pensar. Sin embargo, y seguramente como método de autoprotección o a modo de arma que dispara frases de autoayuda, nos refugiamos en el paraguas de la ficción y preferimos pensar que esta clase de cosas no ocurren en nuestro mundo. ¿Mujeres obligadas a cubrirse cuerpo y rostro con una suerte de túnica y cuya suerte depende únicamente de seguir a rajatabla las ordenes de una figura religiosa? ¿Países sin ningún tipo de respeto por los derechos humanos y donde la justicia se ejerce a través de la violencia en espacios públicos? No parece que El cuento de la doncella haya ido muy lejos en sus previsiones sobre un futuro negro como el Dios vengativo al que dicen obedecer.

Escrita en 1985 por la canadiense Margaret Atwood, El cuento de la doncella se gestó bajo el régimen de Margaret Thatcher, aquella primera ministra británica que transformó —para bien y para mal— el Reino Unido y que despreciaba a los sindicatos mientras proclamaba su cariño por Augusto Pinochet. Como en V de Vendetta (el magnífico cómic de Alan Moore y David Lloyd), la sociedad que creó Atwood estaba regida por una interpretación marcial de la ley (su ley) y una singular forma de fanatismo religioso cuyo núcleo conceptual es el dinero.

La adaptación televisiva no es solo impecable sino que además supera en muchos tramos al original literario gracias a un atrevimiento formal que se antoja a veces tan doloroso como la propia epopeya de la protagonista: el rosario de primeros planos de la impresionante Elisabeth Moss (qué valentía la de la actriz, sin miedo a reseguir la fragilidad a través de una interpretación que roza lo suicida, abierta en canal ante un espectador que sufre lo indecible a poco que posea un mínimo de sensibilidad) es el perfecto retrato de la voluntad de los creadores de no renunciar al peso específico de la crudeza del relato. Esa crudeza explícita, que incluye momentos de una dureza incontestable, como esas penas de quirófano o las «ceremonias» en las que las doncellas son violadas con la connivencia de otras mujeres e incluso planos tan abrasivos como el de esas esclavas vestidas de rojo sentadas en un banco mientras al fondo pueden observarse los cadáveres de cuatro ahorcados. Debió costar más de un dolor de cabeza a los encargados de llevar a la televisión un libro seco y conciso, más que cruel o bárbaro.

El cuento de la doncella es un relato de una solidez escalofriante a la hora de esbozar un universo de colores apagados donde el miedo es el pegamento de una sociedad rebozada en su propia mugre. Además, el espectador permanece a ciegas (excepto por algunos flashbacks) respecto al detonador, a la chispa que condujo hasta el punto en el que arranca la narración. En la novela ni siquiera conocemos el nombre de la protagonista y en la serie desconocemos qué ha sucedido con la democracia, más allá del obvio golpe de Estado que ha conducido hasta un régimen absolutista. Esa incógnita, una gigantesca X en una ecuación sin resolver, contribuye a sembrar en el imaginario del que ve la serie una suerte de terror irracional del mismo tipo que sufre el lector de La carretera de Cormac McCarthy al entrar de lleno en un apocalipsis de raíz invisible. Lo que de entrada ya resulta incomprensible multiplica su efecto al negarnos la causa de la enfermedad. Eso sí, en el libro Atwood dedica un párrafo (uno solo) a meternos en vereda; la serie prefiere la venda en los ojos, hasta que el silencio se hace ensordecedor.

Esa voluntad, la de resultar críptico, es clave para mantener una tensión casi insoportable. Tanto como la fotografía, despojada de colores vivos, cuyas únicas excepciones resultan ser —paradójicamente— los vestidos rojos de las esclavas (que hubieran hecho las delicias de los puritanos de Nueva Inglaterra del siglo XVII) y el inmaculado blanco de los quirófanos donde se imparte «justicia», o el diseño de producción, con esa geografía plagada de casas de piedra llenas de escaleras y estancias atemporales, como si aquellos que las habitan vivieran en un pasado que nunca existió, un infierno artificial en el que no hay nada que hacer. Sin radio, televisión, internet o periódicos, y cuya única conexión con el presente es un tablero de scrabble que el comandante utiliza como arma de seducción con su esclava.

Podría decirse que El cuento de la doncella elige siempre el camino correcto, la mejor opción para llegar a su desenlace, y poco le importa que ese camino sea impracticable. Por eso a veces, esta serie se asemeja más a una película de terror de corte clásico que a un drama rocoso sin ningún tipo de anclajes, de los que te deja caer a plomo. La atmósfera alrededor de esa casa (donde vive Offred), en la que todos parecen tener una agenda propia y los escrúpulos extirpados al nacer, es de las mansiones encantadas, aquellas con fuerzas malévolas que tiran del protagonista hasta acabar con él y en las que no sobrevive ni el apuntador.

Lo peor (tal vez lo mejor) es esa sensación de que ese espacio lleno de hombres que consideran a las mujeres un enemigo cuya utilidad se limita a sus capacidades reproductivas y a mujeres que son peores que esos hombres (la tía Lidia, el terrible personaje interpretado por la maravillosa Ann Dowd o la complejísima esposa que nos regala Yvonne Strahovski, espectacular) y una tonelada de esclavos que viven bajo el yugo de una dictadura feroz con la misma actitud que la oveja que deja al lobo vigilar el refugio, es un espacio en el que ya vivimos. Ese futuro que nos asfixia viendo la serie, ya está aquí y no esconde su rostro. Quizás no vista de rojo, ni arranque los ojos a los opositores (al menos en Europa), pero es tan real como el demacrado rostro de Moss, una actriz que cuenta mejor que nadie lo que significa morir sin poder cerrar los ojos: el retrato más certero de la pérdida de ese espejismo llamado esperanza.

Imagen: Hulu / MGM.


La última vez que Dylan tomó partido: historia de un concierto

Joan Baez y Bob Dylan durante la Marcha sobre Washington de 1963. Foto: National Archive / Newsmakers.

9 de mayo de 1974. Un Dylan visiblemente borracho sube al escenario del Felt Forum, la sala más pequeña del Madison Square Garden de Nueva York. Escoltado por su odiado/amado Phil Ochs y por otros viejos compinches de la escena folk de Greenwich Village, apenas consigue entonar «North Country Blues», «Spanish is the Loving Tongue» y una final, obvia, «Blowin’ in the Wind». Son canciones antiguas, casi prehistóricas para el cantante que se había desprendido con estruendo de su aura redentora. Pero son las que eligió ante los cinco mil espectadores que habían acudido a la llamada de la solidaridad con los perseguidos, desaparecidos y exiliados chilenos. Una tarde con Salvador Allende. Concierto benéfico de amigos de Chile fue, tal vez, la última ocasión en que Bob Dylan tomó partido. Políticamente hablando, claro, y por la izquierda.

En aquel año, Dylan vivía sus particulares días sin huella, como los calificó el crítico Paul Williams. Separado de Sara Lowndes —tardarían todavía algún tiempo en formalizar su divorcio—, el 14 de febrero había rematado la gira que, acompañado por The Band, testimonia el volcánico doble elepé Before the Flood. Entre ese momento y las sesiones de septiembre en que iniciaría Blood on the Tracks, se borró del mapa. La única pista registrada de aquellos meses fue, precisamente, la de su participación en An Evening with Salvador Allende. Según Williams, autor de análisis fundamentales sobre la obra del músico, «uno de los casos mejor documentados y más extremos en él de embriaguez». Según Clinton Heylin, biógrafo, «probablemente la más enloquecedora de sus numerosas apariciones como invitado». Según cierto tópico que circula entre dylanólogos y dylanitas, la peor grabación existente de Bob Dylan.

«Aunque existía una gran solidaridad, vimos que había mucha gente bebiendo detrás del escenario, con groupies, lo que era muy llamativo», relataba al periódico chileno La Nación, muchos años despúes, Joan Turner, la viuda de Víctor Jara, «porque nosotros no sabíamos de fans ni de shows. En un momento hasta me robaron la cartera. Creo que nadie de los presentes, ni siquiera nosotros, intuíamos la terrible tragedia que ocurría en Chile». Intuyeran o no lo que intuyeran, aquella tarde desfilaron por el escenario pequeño del Madison Square Garden no solo un Dylan extrañamente recuperado para la causa izquierdista, sino también sospechosos habituales —Phil Ochs, Pete Seeger; Arlo Guthrie, hijo de Woody—, actores del ala rebelde de Hollywood —Dennis Hopper recitó a Neruda y leyó el legendario último discurso de Allende—, un veterano y secundario de honor del Village —Dave Van Ronk—, cantautoras menores —Melanie— e incluso chicos de la playa: Dennis Wilson y Mike Love, de los Beach Boys, entregaron su «California Girls» en defensa de los caídos por la revolución socialista de Allende. Joan Baez y Joni Mitchell se cayeron a última hora del cartel.

De organizar musicalmente aquella peculiar colisión entre el sistema de estrellas del pop estadounidense y la canción de intervención se encargó Phil Ochs. Quería replicar el célebre Concierto por Bangladesh que en 1971 había montado George Harrison. Incluso logró la implicación de Amnistía Internacional. Y fue quien convenció a Dylan para participar, después de haberlo encontrado en la calle de Nueva York y haberle explicado lo que acontecía en Chile. Aquel Dylan aislado, narcisista, no estaba informado. Pero Ochs sí. Había visitado el país, revolucionado bajo el Gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular, y había conocido a Víctor Jara, autor de «Te recuerdo Amanda», una de esas figuras totémicas en las que teoría (musical) y práctica (política) convergían con coherencia. De hecho, llegaron a compartir escenario en un acto de reivindicación laboral de los mineros del cobre. «No te imaginas, aquí no somos nada comparado con él», contaba un impresionado Phil Ochs a su hermano, «Bob Dylan, Pete Seeger y yo somos una farsa al lado de Víctor. Él es el verdadero activista político».

Y eso que había roto con su amigo Dylan en 1965 debido a diferencias de táctica lírica. Ochs le había afeado las «derivas» de sus letras a propósito de lo que iba conociendo del disco Blonde on Blonde, que un año después iba a sacudir la música moderna con su poesía visionaria y su sonido asalvajado. En concreto, a propósito de «One of Us Must Know (Sooner or Later)». Aquel día, asegura la leyenda, Bob Dylan echó a Phil Ochs del coche en que viajaban. «Tú no eres un cantante folk. Tú eres un periodista», le espetó. Lo curioso es que ni Dylan era ya un cantante folk —por lo menos no en la acepción en que lo había sido— ni «periodista» era un insulto para Ochs. Su primer elepé se había titulado, de hecho, All the News that’s Fit to Sing [Todas las noticias que vale la pena cantar], una parodia de la cabecera del New York Times: «Todas las noticias que vale la pena imprimir» [«All the news that’s fit to print»]. Y no dudaba en presentarse como «periodista cantante». Tampoco en asegurar que «cada titular es una canción potencial». Porque de eso trataba su música y su escritura, y composiciones tan reconocidas como la antimilitarista «Ain’t no marching anymore», su particular «La mala reputación». De lo que sucedía y de un mundo colapsado. De las derrotas y las victorias de los menesterosos. De la otra historia de los Estados Unidos. No por casualidad, el FBI poseía un expediente de 450 páginas referidas a sus actividades.

En 1974 los tiempos estaban cambiando, sí. Pero en sentido contrario al que había predicho el último premio Nobel de Literatura. Ochs había conseguido que Dylan se volviera a oponer en público al Gobierno de su país. El papel de los Estados Unidos había sido central en la instauración de la dictadura de Pinochet.  Al cierre de An Evening with Salvador Allende, susurraba al oído del de Minessota —además de bebido, notablemente desafinado, incluso para sus estándares— las letras de sus propias canciones combatientes. Se preocupó de los treinta mil dólares que se recaudaron esa noche. Al día siguiente, un resacoso Bob Dylan acompañó a Joan Turner a visitar el Guernica de Picasso, entonces un refugiado más expuesto en el Moma neoyorquino. «Estamos con ustedes», se despidió de la compañera de Víctor Jara. Y las declaraciones políticas explícitas, públicas, desparecieron de su modo de operar. Phil Ochs aguantaría dos años más sobre la Tierra. Desencantado, harto, paranoico, se suicidó en abril de 1976.

El registro sonoro del concierto, incluidos beodos berridos en la coreada, palmeada «Blowin’ in the Wind», se llegó a editar como An Evening with Salvador Allende. Pero, un poco al igual que esta historia, se encuentra descatalogado.


Latinoamérica redonda: el poder del balón

Soldado custodiando a los presos políticos retenidos en el Estadio Nacional de Chile, 1973. Foto: Cordon.

El caso Zozulya —el jugador ucraniano rechazado por la grada del Rayo Vallecano por sus presuntas vinculaciones con la ultraderecha de su país— ha reavivado el debate sobre fútbol y política. Para algunos es un cóctel innecesario. Para otros, son harina del mismo costal. Echando un ojo a la historia del último siglo y medio, desde que se inventó este deporte, no parece haber lugar a disputa. Desde su mismo nacimiento el fútbol se convirtió en fenómeno de masas, y por lo tanto en arma política. Un gráfico ejemplo es Latinoamérica, una entidad más o menos algodonosa que comparte el amor por el fútbol —salvo en el Caribe, adscrito al béisbol, y aun así— y también una historia inestable, con una sucesión infernal de gobiernos militares en el siglo XX, a la par que se desarrollaba el llamado deporte rey. A veces herramienta contestataria, casi siempre instrumento interesado del poder, el fútbol siempre ha sido un actor a tener en cuenta.

Tan redituable es para la política que su nombre llegó a invocarse para bautizar una guerra. Fue Ryszard Kapuściński quien tituló «La guerra del fútbol» a una crónica sobre el conflicto entre Honduras y El Salvador en 1969. En realidad él mismo explica en el texto que la causa real no fue el fútbol, sino problemas de otro calibre: una disputa demográfica y económica. Pero una eliminatoria premundialista sirvió para tensar más los ánimos y empujarse al enfrentamiento. Debía haberse llamado guerra de las Cien Horas, que es lo que duró; sin embargo, para la posteridad quedó como la guerra del Fútbol, señal de que hay algo más en ese deporte que humanos corriendo tras una pelota en un prado. Quizás un solteros contra casados, y ni siquiera. El fútbol sin contexto es como un partido sin balón, y su frontera con la política termina siendo más borrosa que el pasado de Zozulya. Estos otros cuatro episodios latinoamericanos así lo atestiguan.

1. De negros y anarquistas

Cuando los ingleses, después de dejar la pelota y el reglamento, subieron al barco y se fueron de vuelta a sus frías tierras, no sabían que con su invento deportivo acababan de aportar un elemento importante al activo laboratorio social que era la América de aquella época. En cada país, la construcción de su fútbol retrata a su sociedad. En Brasil, por ejemplo, a la élite blanca se le ocurrió aplicar sus patrones habituales y le quiso poner puertas al campo: prohibieron alinear negros. Aunque parezca increíble, hasta la década de 1920. Arthur Friedenreich fue el mayor goleador de la historia. Era nieto de alemán y brasileña, mulato de ojos verdes y pelo rizado, y para jugar escondía, a duras penas, su mezcla natural. Se cuenta que tardaba un mundo en salir al campo porque se alisaba el pelo y se ponía una redecilla en la cabeza. Su negritud disfrazada le permitió jugar en la selección de Brasil, y en 1919 un gol suyo le dio el primer título a la verde-amarela, el Sudamericano.

En aquella época, el club Fluminense empezó a ser apodado Pó de Arroz por el talco que otro crack mulato, Carlos Alberto, usaba para blanquearse la cara (el club sostiene que en realidad lo usaba como after shave). Aún hoy la hinchada de Flu saluda la entrada de su equipo en el campo con una nube gigante de pó de arroz. Unos años después, otro club de Río, Vasco Da Gama, revolucionó el fútbol brasileño al aceptar oficialmente a negros en sus filas. Fue el primer gran club que lo hacía y obligó a que poco más de un año después se eliminaran las restricciones raciales en Brasil. Era 1925 y todo estaba, en el país y en el campo, por hacer.

En Argentina el fútbol se instaló con fuerza en la década de 1880 de la mano de los ingleses, con sus navieras, ferrocarriles y talleres (no hay más que echar mano del nomenclátor de clubs argentinos para comprobarlo). En un principio coto exclusivo de escuelas británicas y recoletos reductos poscoloniales, enseguida el deporte sirvió para agitar las estructuras de un país tan floreciente como desigual. Osvaldo Bayer, escritor e historiador, glosa en Fútbol argentino el poder del anarquismo (y el socialismo) en los orígenes del fútbol austral. A inicios del siglo XX se popularizó una frase con sello ácrata: «Misa y pelota: la peor droga para los pueblos». Frente al opio redondo, intelectuales de izquierda y asociaciones obreras resolvieron fundar sus propios clubs y cambiar la cultura de un deporte que había sido hasta entonces cosa de señoritos.

Así nació en Buenos Aires Mártires de Chicago, fundado por socialistas y anarquistas como tributo a los obreros cuya muerte se conmemora hoy cada primero de mayo. Poco duró el nombre, pues enseguida se impuso otro, hoy conocido por todos: Argentinos Juniors. Chacarita, otro club de la capital, fue fundado en una sede socialista del barrio. Un primero de mayo, claro. Independiente de Avellaneda, uno de los clubs más laureados del continente, también fue fundado por obreros de una fábrica —independientes del patrón—. Otros ejemplos como Libertarios Unidos —gráfico nombre, hoy llamado Colegiales—, El Porvenir o el Progreso de Montevideo dejaron patente un origen político explícito en la efervescente Sudamérica futbolística.

En los años treinta llegó el profesionalismo, en parte una solución a las huelgas de los futbolistas que denunciaban ser tratados como mercancía humana, y después el deporte, ya negocio, se precipitó hacia lo que todos sabemos. Hoy aquellos clubs argentinos, instituciones sin ánimo de lucro que aglutinan barrios o ciudades en torno a la actividad deportiva, pueden convertirse en sociedades anónimas deportivas, en una iniciativa alentada por aquel que fue presidente de Boca Juniors y hoy lo es del país, Mauricio Macri. Algunos clubs y una coordinadora de hinchas tratan de frenar al llamado Fútbol S. A., tan lejos de aquellos pioneros.

2. Paripé a puerta vacía

21 de noviembre de 1973. Comienza el partido en Santiago. Chile saca de centro y sus jugadores empiezan a pasarse la bola mientras avanzan en cohorte hacia el área de la URSS. Hasta cuatro jugadores la tocan en un tuya-mía dentro del área rival, hasta que Chamaco Valdés, capitán, remacha a gol sin oposición, a puerta vacía. 1-0 y Chile logra la clasificación para el Mundial de Alemania 1974. Fin del encuentro, si es que se puede llamar así, porque el rival no se ha presentado al partido y el equipo local ha jugado sin oponente durante quince segundos, en una pantomima que parece sacada de los Monty Python, si no fuera por lo trágico del trasfondo.

Para entender el paripé hay que ir un par de meses hacia atrás. El 11 de septiembre los internacionales chilenos debían ir a la ciudad deportiva de la selección para probarse ropa, pues se iban al día siguiente a Moscú a jugar la ida de la repesca para alcanzar el Mundial. Al llegar, les avisaron de que acababa de producirse un golpe de Estado. Les sorprendió, pero no les sonó a chino: Chile vivía una tensión política insoportable y algunos de ellos, por su filiación política, lo sabían de primera mano. Ese 1973 fue el año del Colo-Colo. Su base era la de la selección, y en ella jugaba un delantero, llamado Carlos Caszely, que atraía la atención de todos, un fuera de serie de cuerpo rechoncho, desgreñado, mofletudo y bigotón, con regate de pellizco y remate de dinamita. Caszely marcaba chicharros a puñados a la vez que mostraba sin tapujos su ideario, próximo al del Gobierno de Allende. Él y sus amigos jugaban como los ángeles y estuvieron a punto de ganar la Copa Libertadores, lo que mantenía de algún modo pendiente, si no unido, a un país fracturado. Pero perdieron en la prórroga del partido de desempate contra Independiente de Avellaneda. Según algunas tesis —la de Luis Urrutia y su libro Colo-Colo 73, el equipo que retrasó el golpe—, una vez tumbado el club que daba alegría al pueblo, no había razones para demorar lo que se barruntaba hacía meses: un pronunciamiento contra el Gobierno.

Con Allende muerto, la eliminatoria contra la URSS cobraba otra dimensión: levantó un telón de acero particular y puso en duda incluso el concurso de Chile, como sopesó el propio Augusto Pinochet. Finalmente viajaron a Moscú. La recepción fue fría, amarga, tiesa como el cemento del Estadio Lenin. Por unos días la política cambió radicalmente el contexto del partido, que se disputó el 26 de septiembre. Las pocas fotos disponibles descubren gradas atestadas. No se puede comprobar en vídeo porque nunca se divulgó. Parece, eso sí, que Figueroa, central rocoso, anuló a Blojín y Chile se llevó un valioso 0-0 a casa. Un empate con sabor a victoria en plena guerra fría.

Cuando regresaron a Santiago se encontraron un país en pedazos. El ejército en el Gobierno, la represión en la calle y el horror en el Estadio Nacional, convertido en uno de los mayores centros de detención de la dictadura, por donde entraron miles de obreros, activistas y estudiantes en las semanas siguientes al golpe militar. De día, sentados en las gradas. De noche, bajo los tablones, en las escotillas, donde eran torturados. Y allí era, justamente, donde debía disputarse la vuelta dos meses después. En repudio a la nueva situación, la URSS se negó a jugar en Santiago. La FIFA de Stanley Rous anunció un viaje para «inspeccionar» el campo. El 24 de octubre una delegación de encorbatados entraron al césped junto a gerifaltes del ejército, esto es, del Gobierno. Diez minutos y un par de posados después, se fueron a los vestuarios. Había agua en las duchas y estaban limpios. Nada que objetar. Ni el ahogo de las voces ni las cadenas ni las picanas eléctricas se escucharon en aquella visita, pese a que hay constancia de que hubo detenidos hasta noviembre, y se dio por buena la celebración del partido. Pese a todo, los soviéticos se negaron a viajar. Eso le daba la clasificación inmediata a Chile, pero los ideólogos del régimen tuvieron la idea de montar una tramoya en el estadio, en el que la selección le pisaría la cabeza al comunismo.

Diecisiete mil personas vitorearon la jugada, quince segundos ridículos que aún hoy hacen taparse la cara a jugadores que declararon sentirse como marionetas. Caszely siguió su carrera en España —jugó en el Levante y el Espanyol—, pero en Chile fue marcado por el Gobierno y él respondió con audacia: en el besamanos tras la clasificación se negó a darle la mano a Pinochet. Más tarde sería vetado para la clasificación al mundial 78 por el presidente de la federación chilena, a la postre general y subdirector de los carabineros, una evidencia de que el fútbol es un arma más efectiva que las balas o los camiones de agua. Como pasaría poco después con Argentina, la mejor muestra de normalidad era ofrecer al mundo un partido de fútbol y ganarlo. Aun sin oponente.

3. Al otro lado de la barbarie

El dictador Jorge Videla celebrando un gol de la selección Argentina a Alemania en el Mundial de 1978. Foto: Cordon.

Cambiaba la FIFA de manos pero las costumbres continuaban. En la inauguración del mundial del 78, João Havelange, presidente del ente mundial, era condecorado por Jorge Rafael Videla en el Estadio Monumental de Buenos Aires, vecino de la siniestra Escuela de Mecánica de la Armada, donde funcionaba un centro clandestino de detención, agujero de la muerte. En los últimos años saltaron a las imprentas y las pantallas relatos de futbolistas que sufrieron la represión en sus carnes, como Claudio Tamburrini, el portero del club Almagro al que chuparon y encerraron en otro centro de detención, la Mansión Seré, de la que escapó y huyó. Pero existen otras historias, las del otro lado de la barbarie, consumadas en nombre del Estado por hombres de fútbol.

Edgardo «el Gato» Andrada pasó a la historia como uno de los grandes porteros del fútbol argentino. Internacional e ídolo de Rosario Central de los años sesenta, jugó también en el Vasco da Gama brasileño. Él estaba bajo palos en el penalti que supuso el gol número mil de Pelé. En 1976, año en que se inició la dictadura, regresó a Argentina. A finales de los noventa se recibió en un juzgado una denuncia anónima sobre Andrada. Años más tarde se desclasificaron los archivos del llamado Personal Civil de Inteligencia de la dictadura. Entre los más de cuatro mil agentes aparece su nombre. Andrada se dedicaba a recabar información y la soplaba al ejército, según las investigaciones que detalla el periodista Gustavo Veiga en Deporte, desaparecidos y dictadura. Las cosas se complicaron más cuando un exmilitar y la propia fiscalía lo acusaron de formar parte del grupo que había secuestrado y asesinado a dos militantes peronistas en 1983. Andrada lo negó siempre y fue absuelto por falta de pruebas en 2012. Pese a ello y a la presunción de inocencia, fue expulsado de Rosario Central, donde trabajaba con las categorías inferiores.

A Juan de la Cruz Kairuz no lo llevaron a juicio, pero él sí a un abogado por calumnias, después de que este lo acusara de haber encabezado un secuestro junto a otros miembros de la policía. Él, Kairuz, reconoció formar parte de esa fuerza, pero dijo que no iba a trabajar, porque él era entrenador de fútbol. Kairuz jugó en Primera (Newell’s Old Boys) y a esas alturas era técnico en Jujuy. Treinta años después, mientras entrenaba al Gimnasia y Tiro de Salta, dimitió por la acusación presentada ante el club. El juicio por calumnias lo perdió.

Hay casos más cinematográficos recogidos por Veiga: un árbitro, Francisco Bujedo, y su juez de línea, Ángel Racedo, dirigían los partidos en fin de semana y por la semana participaban en operativos clandestinos en Mar del Plata, ciudad donde desaparecieron trescientas personas en los dos primeros años de la dictadura. Ocurría que en las sombras de la noche la jerarquía se invertía y el linier pasaba a ser jefe del árbitro. En cierta ocasión ni les hizo falta quitarse el traje de árbitros: descubrieron a un militante en uno de los equipos y se lo llevaron desde el propio campo. Ambos fueron condenados en 2013. Racedo murió dos años después. Bucedo fue condenado en 2016 a ocho años. En el juicio se le vio con los ojos cerrados y la cara tapada.

Y no podía faltar la figura del directivo vinculado estrechamente a la dictadura. Guillermo Suárez Mason fue jefe del I Cuerpo del Ejército y jefe del Estado Mayor. Además, era el hombre fuerte de Argentinos Juniors. Con el traje de represor cometió todo tipo de tropelías, según quedó determinado por la justicia. De civil, dominó el club y llegó a negociar el traspaso a Boca Juniors de aquel chico llamado Diego Armando Maradona. Suárez Mason murió en 2005, pero futbolísticamente se le acabó la peseta seis años antes, cuando lo expulsaron como socio de Argentinos. El mismo club que había sido fundado, recordemos, en honor a los Mártires de Chicago. El círculo cerrado.

4. Socráticos y democráticos

Igual que Argentina, Brasil ganó un Mundial durante su propia dictadura, y lo hizo con el mejor fútbol que se recuerda. Fue en México 1970, en lo más crudo del régimen, mientras en los sótanos se agolpaban los militantes de izquierdas que —aun así— festejaban los goles de la selección. Después de esa cita Brasil bajó el nivel futbolístico, coincidiendo con el ocaso de Pelé. Y solo lo elevó con la nueva década con un grupo de jugadores que más parecían hacer ballet que jugar con una pelota. Era el Brasil del 82 y estaba comandado por un capitán que era un joven veterano, de planta inopinada y visión periscópica del juego. Medía 1,91 m, pero calzaba un 37 y jugaba, siempre que podía, de tacón. Era médico de formación. Se llamaba Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira.

Difícilmente haya habido personaje en el fútbol más identificado con la izquierda que Sócrates, o en todo caso que lo haya expresado con más determinación: cada gol lo celebraba puño derecho en alto, mirando a la grada. 1982 era el año de su Mundial —que no lo fue por la «tragedia de Sarrià»—, pero también el de Corinthians. Allí, en el club más popular de São Paulo, Sócrates triunfó. Pero no solo en el campo. Como en una alineación de astros, un plantel liderado por tres futbolistas —Wladimir, el obrero del balón, Casagrande, el joven rebelde, y por supuesto Sócrates, el líder natural— consiguió hacer una revolución pacífica desde donde más les dolía a los militares. Como suele ocurrir, una cadena de circunstancias y casualidades se aliaron, entre ellas la de fichar a un director deportivo —el sociólogo Adílson Monteiro— que no sabía nada de fútbol, pero que dio una libertad nunca vista en un club brasileño. Sócrates y compañía comenzaron a votar todas las decisiones del plantel, desde un fichaje a la concentración previa a los partidos, pasando por los esquemas tácticos. «Un sistema de democracia perfecta», según dijo el propio Sócrates. «Votábamos hasta para decidir si el bus tenía que parar para que alguien bajara a mear». Y todos votaban, de la estrella del equipo a la encargada de la lavandería.

Porque, antes de nada, se trataba de mejorar las condiciones de trabajo en un medio en el que el futbolista era tratado como un cacho de carne. Paralelamente a la autogestión, el grupo de barbudos y melenudos empezó a hacer propaganda antidictadura, sin ambages. De algún modo predicaban con el ejemplo. La democracia era posible, solo había que mirar al Corinthians, que, casualidad o no, ganó así un bicampeonato por primera vez en treinta años. Con el impulso se vinieron arriba. Monteiro contrató a Washington Olivetto, publicitario top de São Paulo, que creó la frase «Democracia Corinthiana» y la estampó sobre el dorsal 9 de Casagrande en la camiseta blanca del Timão, en una foto icónica del fútbol mundial. El poder del símbolo —se parecía sospechosamente al logo de Coca-Cola— traspasó cualquier límite esperado. No había redes ni internet, pero el Corinthians era el fenómeno que podía minar los cimientos de la dictadura.

No se detuvieron en su apuesta. Al no tener patrocinador en la espalda, arriesgaron y serigrafiaron su causa: «Día 15 Vote», porque la dictadura había permitido elecciones regionales. Aquello fue un disparador, el antídoto contra la alienación del supuesto hincha adormecido. «Lo más importante fue discutir política con lenguaje del fútbol en un país de gente sin educación. El fútbol es lo universal en este país, lo que nos unifica porque todos lo entienden», dijo Sócrates. Dio en la clave mucho antes de sesudos análisis sobre política y deporte. La camiseta fue vetada por la censura. Pero ellos siguieron, mientras se proclamaban campeones del campeonato paulista. Llegó 1983 y también llegaron a la final a doble partido. En el partido definitivo aquel día el eslogan cambió. Y la puesta en escena significó el culmen del movimiento. Al Estadio Morumbi salieron con una pancarta larguísima con la que posaron frente a los fotógrafos y las cámaras de televisión: «Ganar o perder, pero siempre con democracia». Ganaron.

En abril del 84 se vivió el epílogo del movimiento. En el centro de São Paulo se celebró un mitin que pedía elecciones directas, en el que hablaron las cabezas visibles de Corinthians frente a un millón y medio de personas. Sócrates tiró el órdago futbolístico, hoy dirían populista: «Si finalmente se aprueban las elecciones directas, no me voy del país». Se refería a que no ficharía por el fútbol italiano, que lo cortejaba desde hacía meses. En el colmo del anticlímax, no se aprobaron las elecciones y Sócrates se fue a la Fiorentina, donde duró un año, lo mismo que la dictadura tardó en darse por vencida. Por cierto, en la Fiore fue hostigado por la directiva del club, presidida por un aristócrata y senador democristiano que no toleraba bien las ideas izquierdistas del brasileño, hasta que se fue. No suena tan desconocida esa historia.

Sócrates y su camiseta del Corinthians, 1983. Foto: Jorge Araújo (CC).


Julio Iglesias, el embajador universal

Fotografía: Cordon Press.

Desde niño, siempre he tenido la costumbre, quizá mala (buena no es), de fisgar entre los libros y discos de la gente nada más entrar en sus hogares. Se aprende mucho de sus criterios, aspiraciones y, a veces, algo sobre sus simpatías políticas. A pesar de tan sólido aprendizaje en encasillar a los demás por sus gustos o predilecciones culturales, cuando llegué a España durante mi año Erasmus no estaba preparado para la casi enfermiza politización de la cultura en todas sus manifestaciones. Si se encuentra un CD de Tom Jones y las memorias de Jackie Collins en las estanterías de una casa británica, es más probable que los propietarios sean partidarios de David Cameron que si tienen la novela homónima del tigre de Galas de Henry Fielding y un vinilo de Bob Dylan; aún así, la ciencia es menos exacta que, por poner unos ejemplos que vienen al caso, el tropiezo con los grandes éxitos de Julio Iglesias y la biografía de la reina Sofía en comparación con la última novela de Juan Goytisolo, y una grabación de Camarón de la Isla en directo.

No es una exageración afirmar que he podido fraguar una carrera a base de esta observación y su relación con idiosincrasias tanto mías como de los españoles que rayan en vicios. Hice mi tesis doctoral sobre la puesta en escena y recepción de los grandes dramaturgos del teatro áureo en la España contemporánea; una de mis conclusiones fue que la apropiación del Siglo de Oro por ciertos sectores de la derecha española ha tenido mucho que ver con el hecho de que hay más montajes de Shakespeare que de Calderón de la Barca, Lope de Vega y Tirso de Molina en su conjunto. Mientras el genio de Stratford se ve como popular en el buen sentido de la palabra, a sus homólogos españoles los tildan de populistas, un adjetivo que asume connotaciones mucho más negativas en España que en el Reino Unido; hay muchas explicaciones para este fenómeno, pero la apropiación de la cultura popular por parte de la dictadura franquista junto con la hegemonía de la doctrina marxista entre los intelectuales de oposición es clave. Por poner un ejemplo sobre la mesa, si nos fijamos en Reivindicación del conde don Julián (1970) de Juan Goytisolo, el polémico escritor despotrica contra lo que considera como el opio de las masas: tanto lo más rancio —ahora diríamos casposo— de la cultura nacional, entre lo cual figuran manifestaciones tan diversas como la exuberancia del barroco y los fans de Raphael, como lo que interpreta como una cutre invasión anglosajona a través de productos que van desde la Coca-Cola hasta los Rolling Stones. Se olvida muchas veces que la llegada de los Beatles a la España de 1965 —y la muy comentada posibilidad de que iban a rodar una película con Manuel Benítez, el Cordobés fue peor vista por la disidentes que por los fieles al régimen.

Un par de décadas más tarde, una colega mía coincidió con Goytisolo en una cena en un colegio de la Universidad de Cambridge; se quedó estupefacta ante la manera en que don Juan entabló la conversación con una curiosa pregunta retórica: «¿Qué piensas de la julioiglesiasificación del mundo?». Tampoco sabría contestar a tal interrogatorio: la superestrella siempre me ha dejado indiferente, pero no conviene ver los toros desde la barrera cuando la bifurcación entre los que quieren y los que odian a Iglesias es igual o mejor que muchas definiciones o explicaciones de «las dos Españas». Cuando se celebró un concierto en el Liceo en 2011, hubo ecos de antiguos y empedernidos conflictos de clase en el contraste entre la gente guapa dentro del auditorio burgués por antonomasia y los okupas de la plaza Catalunya en pleno fervor 15M.

Julio diría que la política platica con el cerebro y él canta para las almas; una afirmación de esta índole no solo da fe de sus raíces gallegas sino que también es buena prueba de la regla general de que el que se autoproclama como apolítico suele ser de derechas. De hecho, es el camaleón perfecto, un encantador maquiavélico del siglo XX. Recibió la primera oportunidad de salir a la palestra musical porque su padre, el celebrado ginecólogo Dr. Iglesias, tenía importantes amiguetes dentro del Movimiento Nacional, quienes tuvieron el poder para seleccionar a su hijo como candidato español para el Festival de Benidorm. Según el antiguo mayordomo, Antonio del Valle, Julio se trasladó a Miami entre otros factores porque no pudo aguantar el rumbo democrático que tomaba España después de la muerte de Franco; eso no evitó que el cantante diera un concierto de masas, subvencionado por el Estado, para coincidir con la celebración de la Copa Mundial en su país natal. El cantante ofreció varias galas en Sudáfrica durante el apartheid; a medida que fue mejorando su fama en los mercados occidentales y empeorando la imagen de la segregación racial se arrepintió y, en 1985, prometió que no volvería a actuar allí hasta que cambiara la política del país —como resultado, las Naciones Unidas le quitaron de una lista negra de cantantes que no acataban las sanciones que habían impuesto.

Eurovision 1970. Fotografía: Nationaal Archief (CC).

Aunque nunca le ha tocado el papel de mariachi luchador metido en un golpe de Estado —como hacía Enrique, el benjamín del matrimonio Iglesias-Preysler, junto con Antonio Banderas en Once Upon a Time in Mexico, película de Robert Rodríguez—, la música de Julio casi constituyó la banda sonora de las dictaduras militares para muchos latinoamericanos. Los trabajos de Katia Chornik, una investigadora de la Universidad de Manchester, han revelado que solían torturar a muchos presos políticos en Chile con la música del español puesta a tope; aunque sería injusto echarle la culpa por los gustos de los matones de Pinochet, tampoco se debe olvidar que disfrutó de un trato personal y privilegiado del régimen dictatorial, bajo cuyo amparo volvió una y otra vez. Julio no ha dejado de ofrecer galas en países represivos en pleno siglo XXI; incluso ha llegado a cantar en directo con la hija del dictador de Uzbekistán. Ahora que se ha apagado un poco su estrellato en el llamado primer mundo, se puede notar un fenómeno bastante consistente en sus giras: cuanto menor es el PIB del país y peor su historial de vulneración de los derechos humanos, más cuesta una entrada para un concierto de Julio Iglesias. Para explicar este fenómeno hace falta entender su valor como icono de la supuesta modernidad y sofisticación.

Mi primer encuentro con su música fue cuando encontré uno de sus discos en las estanterías de la casa de mi tía; cuando le pregunté quién era, ella me contestó: «El hombre con quien debí de haberme casado en vez de tu tío». Hasta hace más o menos diez años, no había cena en su casa sin aceitunas y un disco de Julio, ambos buques insignia de cierto espíritu aventurero y cosmopolita que a ella le parece que la separaba de la mayoría de mis parientes más paletos. Tanto Raphael como el teatro del Siglo de Oro disfrutan de renombre internacional dentro de ambientes muy dispares, pero el caso de nuestro cantante es distinto y único: se ha convertido en un símbolo universal. Julio Iglesias era la marca España antes de que se le ocurriera a nadie acuñar tal término. Le pagaron dieciocho millones de dólares por aparecer en una campaña de Coca-Cola; su álbum Momentos vendió más ejemplares que Thriller de Michael Jackson en Brasil y a partir de su primer concierto en Beijing en 1988, visto por más de cuatrocientos millones de televidentes, Julio —o 胡利奥·伊格莱西亚斯, en mandarín— se ha convertido en el artista extranjero con más ventas en China; ha actuado en recepciones oficiales para presidentes tan diversos como Reagan, Chirac y Clinton. Digan lo que digan sobre Coca-Cola, los chinos o la Casa Blanca, saben invertir bien el capital tanto económico como simbólico, y Julio se ha convertido en un blanco atractivo y lucrativo. Para bien o para mal, el exportero de Real Madrid es, junto con la revista Hola, lo más parecido a la Coca-Cola made in Spain. Pero, ojo, el hecho de que algo o alguien sea un símbolo universal no quiere decir que signifique lo mismo en todos los sitios; a los guiris, por ejemplo, siempre nos parece raro que a veces haga falta en los menús del día pagar un suplemento por un refresco: no entra en nuestra mentalidad que una cerveza o un vino puede ser más económico que una Coca-Cola.

Cuando anunciaron que iba a dar un par de conciertos en Londres para coincidir con la entrega de un galardón por ser el artista latino con más éxito de todos los tiempos, hice el peregrinaje al Royal Albert Hall no solo para ver al español más universal en su salsa sino para observar la variedad entre la homogeneidad, es decir a su(s) público(s). Arrancó con «Amor», una de las canciones más emblemáticas en español para el mercado anglosajón. El público, muy entregado desde el principio hasta el final, quería que todo fuese apoteósico pero resultó obvio que algo no iba bien a pesar del apoyo incondicional de los fieles seguidores: casi no pudimos ni oír ni ver al gran ídolo, quien se ha quedado cojo y afónico. En una reseña de The Daily Telegraph, Neil McCormick, uno de los críticos más importantes y respetados de Gran Bretaña, echó la culpa a la mala acústica de la sala y dedicó elogios a la actuación en sí. Mi impresión, sin embargo, fue que los desajustes de sonido se hicieron adrede —no había problemas durante el recital del telonero, el aún más casposo Carlos Núñez— en lo que se puede interpretar como un sorprendente acto de humildad por parte de la estrella. Dio la impresión de haber trabajado mucho por disimular sus limitaciones: la aparición continua de un par de bailarines de tango sirvió para distraer la atención de su falta de movilidad; mientras que el bajo volumen de su micrófono durante la mayoría de la actuación permitió que una intepretación de «Hey» pareciera poderosa a base no tanto de las cuerdas vocales sino por la amplificación, muy bien manejada por su equipo de sonido. Un inciso: una pregunta que me surgió con la abdicación del rey Juan Carlos fue qué habrá sido de Hey, el cachorro de león que Julio compró para sus majestades a principios de los años ochenta.

Como acto de protocolo, el concierto no tenía parangón: todos supimos y desempeñamos nuestros papeles a la perfección. La canción del cachorro fue un desahogo emocional antes de que el público se pusiera en pie para la recta final, de temas más animados; también dio la oportunidad para un despliegue de hombres de seguridad, quienes iban a ser necesarios cuando una mujer bien entrada en años intentó subir al escenario para abrazar a su latin lover. Constituyó una versión esperpéntica del famoso cameo que hizo para un especial del día San Valentín del programa norteamericano The Golden Girls. El celebrado efecto que Julio inspira en mujeres de cierta edad ha sido apuntado por The Guardian, que ha comentado que da miedo a cualquier hombre cuya mujer ha mirado en los ojos de un camarero italiano más de lo estrictamente necesario. Sería un escándalo entre sus lectores si hicieran un comentario parecido sobre un rapero africano, y es muy llamativo que el periódico más políticamente correcto del Reino Unido no tenga reparos en mezclar lo italiano con lo español, reproduciendo en vez de desmitificar la facilona sexualización de los cuerpos y voces latinos por los anglosajones. Es solo un ejemplo entre muchos —el ejemplo más emblemático sería The Minstral Show— de cómo lo exótico puede conceder cierto protagonismo, pero siempre conlleva el riesgo de convertir al exótico en un payaso pendiente de los caprichos del público que manda. No sé hasta qué punto es verdad pero dicen que el galán italiano Eros Ramazzotti ya maneja el inglés demasiado bien y tiene que asistir a clases de enunciación para seguir hablando con el acento foráneo que exigen sus admiradoras; Julio no dejó de dar juego con su deje inglés durante todo la actuación y, antes de una canción típicamente latina según él, prometió que todas las mujeres del público iban a quedar embarazadas después del concierto y eso a pesar del hecho de que más del setenta por ciento del público femenino ya había pasado la edad en que incluso el doctor Iglesias hubiera podido facilitar los, digamos, trámites necesarios.

Iglesias en el Royal Albert Hall el pasado mes de mayo. Fotografía: Cordon Press.

Si uno se fija en los comentarios y las críticas de sus conciertos en las páginas web de Ticketmaster, muchos se quejan de que Julio cante demasiados temas en español. Hasta cierto punto, el cantante debe ser consciente de este chovinismo anglosajón: pasó por alto algunos de sus grandes éxitos en castellano —«De niña a mujer», «Soy un truhán, soy un señor»— para ofrecer versiones bastante mediocres de canciones ya anodinas de George Michael o The Cars. No es casualidad que sea en Benidorm donde hay un auditorio nombrado en honor de Julio, junto con una estatua: como la ciudad, es un cóctel que compagina lo familiar con lo exótico, y hace hincapié en las diferencias, pero siempre dentro de un discurso universal mezclado con idiosincrasias locales. Así invita a Carlos Núñez, quien ya había insistido en el espíritu celta de sus gaitas, para que vuelva al escenario para hacer juntos «Un canto a Galicia»; y antes de cantar —o, mejor dicho, susurrar— su tema más famoso en Inglaterra, «To All the Girls I’ve Loved», presenta a un joven desconocido estadounidense, quien reemplaza a Willie Nelson, como un «yanqui» —una palabra que no he oído desde la última vez que vi una película de John Wayne.

Soy consciente de que quizás he dado la impresión de que el concierto fue una birria total; hasta cierto punto lo fue y, según la prensa, un gran porcentaje del público en su siguiente concierto en Dublín pidió, sin éxito, que el promotor les devolviera el dinero. Sin embargo, en ningún momento me aburrió. En primer lugar, me quedé fascinado por la gente que había a mi alrededor: dos chinos adinerados, unas chicas cursis de Valladolid y dos abuelitas inglesas. Pero, más que nada, me sorprendió lo que había de entrañable y patético en la figura de Julio: se nota que es adicto al escenario y, en contraste con Bob Dylan —quien es igual o peor de voz, pero da la impresión de que no le importa para nada—, parece que echa mano desesperadamente de todos los limitados recursos a su alcance para que el público se lo pase bomba. Más que nada me recordó al protagonista de la película The Wrestler (El luchador), y no acabo de decidir si el cantante es más o menos patético que el personaje de Mickey Rourke por ser un multimillonario. Quizás el momento más trágico llegó cuando alguien tiró una bandera española al escenario y le costó mucho esfuerzo recogerla; minutos después durante una absurda pero pegadiza interpretación de «Bacalao» (si nunca has visto el videoclip para esta canción, merece la pena echarle un ojo en YouTube), una ayudante le colgó otra más pequeña en la solapa. Se hubiera podido preparar y defender una tesis doctoral sobre las distintas connotaciones que conllevó la bandera nacional durante aquel acto. Curiosamente, en estos momentos, la sonrisa y movimientos de Julio, acartonados por la edad y el exceso de cirugía plástica, me trajeron a la mente las figuras de Micky Mouse o el Pato Donald que andan por la Puerta del Sol.

A nivel anecdótico y sociológico, la experiencia me ha venido de perlas para hacer reír a la gente tanto británica como española después de un par de cañas. Pero soy funcionario y el Estado paga mis nóminas: ¿se puede justificar como trabajo? Contestaría que sí, tanto en lo que respecta a la investigación como a la docencia; lo digo no solo porque he llegado a la conclusión de que no solo es la cultura popular digna de nuestro estudio y respeto, sino también porque me gustaría sugerir, y sin ningún afán iconoclasta, que, como intentaré demostrar a continuación, no supone una exageración afirmar que no se puede entender cabalmente la Transición a la democracia sin tener en mente figuras como Julio Iglesias.

Existe una relación muy estrecha entre la política y la cultura popular en España. Después de haber trabajado para Adolfo Suárez como asesor personal y acuñado el eslogan electoral «Contigo, yo puedo» —una frase que serviría igual de bien para el titulo de una canción de Julio Iglesias—, Alfredo Fraile se convirtió en el representante del cantante durante quince años. Su siguiente trabajo importante: ser asesor personal de Silvio Berlusconi. Mientras redacto estas hojas estoy metido en una investigación sobre cómo y por qué el Ministerio de Turismo e Información apoyó las actuaciones de Raphael en la antigua Unión Soviética en 1971 cuando se habían roto las relaciones diplomáticas entre los dos países décadas antes. Otro tema que me fascina es la posible existencia de documentación que daría constancia de las airadas acusaciones de que el régimen franquista ofreció sobornos para garantizar la victoria de Massiel sobre Cliff Richard en Eurovisión. Estos son solamente un botón de muestra de la importancia que concedieron altas figuras del Estado español a la apropiación de las estrellas y los acontecimientos masivos por lo que solemos llamar en inglés soft power, es decir el uso de productos culturales para cultivar las relaciones internacionales.

Marina Pérez de Arcos, una joven y muy prometedora doctorando de la Universidad de Oxford, está sacando ahora mismo importante material sobre las relaciones bilaterales entre España y los Estados Unidos durante los años ochenta. Dentro de este material, hay una serie de telegramas entre miembros del National Security Council sobre Manuel Fraga y su obsesión con conseguir una foto con Ronald Reagan en 1983 —así, la disponibilidad que Aznar demostró para perder la dignidad a cambio de aprovecharse de cada oportunidad por salir en los medios con George W. Bush tiene un antecedente.

Fraga y Reagan en 1985. Fotografía: RTVE.

Lo que los estadounidenses denominan «the Fraga Saga» es un auténtico sainete en el que el entonces líder de Alianza Popular queda muy mal parado; pero lo que más me llama la atención es que, en vez de solicitar la reunión a través de la Embajada española en los EE. UU. o la embajada americana en Madrid, emplea a Julio Iglesias como alcahuete. No cabe la menor duda de que el «Celestino» de la canción causó mejor impresión entre la flor y la nata de la sociedad estadounidense que el líder de la oposición; sus relaciones públicas también aseguraron que ganara a Camarón de la Isla, un competidor musical con mucho más talento pero mucha menos tenacidad o ambición. En una tertulia del club taurino de Londres —una organización que merece otro artículo— Roberto Elms, un locutor de la BBC, me contó cómo su amigo representó durante una época al gitano gaditano en los EE. UU. Organizó un concierto en el Radio City Music Hall en Nueva York con la esperanza de que su talento fuera de serie convencería a Quincy Jones —quien acababa de de producir Thriller— para que colaborara en su próximo disco. Al final de un concierto verdaderamente apoteósico, había una cola de gente que quería felicitarle. Camarón ya había saludado a Aretha Franklin cuando le tocó a Quincy Jones. En vez de darle la mano, soltó: «¿Quién es este moro?». El mismo año, la colaboración entre Diana Ross y un español más diplomático salió en todas las emisoras principales del país más poderoso del mundo.

Si a mí el año de Erasmus me supuso un gran número de choques culturales, es lógico suponer que funciona de una manera parecida para los que embarcan en el camino inverso. Entre las sorpresas que les espera a los españoles destinados a Leeds, imagino que entra el hecho de que van a estudiar a personajes como Julio Iglesias, Corín Tellado, Paquirri y Alaska; esto sería casi imposible en una universidad española. ¿Quién tiene razón? Si soy sincero, honestamente, no lo sé. Hice una carrera de Filología pura y dura en Oxford, y esto me ha facilitado los recursos tanto económicos como intelectuales que me permiten consultar no solo las confesiones del mayordomo de Julio Iglesias sino también las actas de las Jornadas del Teatro Clásico de Almagro cuando paso por la Biblioteca Nacional. Es decir, me parece más factible defender una tesis sobre Lope de Vega y después hacer investigaciones sobre Isabel Preysler que al revés; y esto es algo que la veneración de los llamados Cultural Studies —tan en boga en las universidades anglosajonas— no suele tomar en cuenta. En el peor de los casos, funciona como una enseñanza antidemocrática en la que un hereje consagrado reserva todo su conocimiento más ortodoxo para sí mismo, y se dedica a hablar con los alumnos sobre temas más guays como los reality shows que, en la mayoría de los casos, ya formarán parte de su vida cotidiana y de los cuales sabrán mucho más los chavales que el maestro.

Quiero que mis estudiantes sepan que «Quijote» no es solo una canción de Julio Iglesias sino también un personaje de Miguel de Cervantes. Bromas aparte, forma parte de mi vocación docente no solo exponer a mis estudiantes a la belleza del arte, entre comillas, culto, sino también facilitarles las herramientas para explorar la cultura popular desde una perspectiva crítica. No aspiro para nada a que dejen de escuchar música pop o ver películas de Hollywood por mis clases; lo que sí espero es ofrecerles una visión más global de la cultura que les deje elegir según sus propios criterios y ver que hay óperas buenas, malas y mediocres, como en el caso de las canciones melódicas. Incluso en el muy poco probable e hipotético caso de que la canción ligera sea mala en su totalidad, solamente podemos y debemos decirlo con conocimiento de causa; como constata el aforismo, tan añorado tanto por los marxistas como por los punkis, know your enemy, o sea, «conoce a tu enemigo». Por este razonamiento, me dan vergüenza ajena tanto los supuestos intelectuales que presumen de no tener una televisión en casa como los ignorantes de verdad que se burlan de cualquier cosa que se aparta un poco de lo corriente. En España, este fenómeno se exagera por el hecho de que la gran mayoría de los profesores y autodenominados intelectuales suelen infra y sobrevalorar la cultura popular nacional a la vez. Según ellos, la cultura de masas no es digna de la palabra cultura, pero a la vez funciona como un somnífero para casi la totalidad del país; para que fuera verdad eso, la gente tendría que ser mucho más tonta de lo que es. Este cuento ya viene de lejos: si lees los muchos ensayos y artículos sobre el fenómeno Raphael a principios de los setenta, la narrativa dominante es que su éxito es un síntoma de una combinación de la pobreza cultural del país y la pervivencia de un Estado autoritario; para bien o para mal, el niño de Linares sigue siendo aquel y, en una de estas contradicciones que parece inverosímiles, encabeza el cartel del festival indie Sonorama este verano en Aranda de Duero. Por un lado, este fichaje es el resultado del hecho de que, como Lope, Raphael es un verdadero monstruo de la naturaleza —tiene tablas de verdad, y sus conciertos no tienen nada que ver con los de Julio Iglesias— y, por otro lado, el pasotismo de la posmodernidad que ha dado pie al auge inexorable de la nostalgia. Yo estaré allí, entre otros motivos, porque me parece que acabar con el binomio culto/casposo es una de las grandes asignaturas pendientes, no solo de las humanidades dentro de la universidad española, sino también de la implementación de los valores democráticos en la sociedad en su conjunto.

Fotografías: Mayor’s Office, City of Boston (CC).

 Duncan Wheeler, doctor por la Universidad de Oxford, es profesor titular de la Universidad de Leeds y profesor invitado de la Universidad de California y de la Universidad Carlos III de Madrid.