La autoestima y su reverso tenebroso

Fotografía: Unsplash (CC0).

Uno de los conceptos centrales en la era del yo es el de la autoestima. Como muchos términos científicos del ámbito psico, experimentó una gran difusión en la cultura popular. Por todos lados parece que se apuesta a favor de nuestra autoestima. Aunque uno se lo proponga, resulta muy difícil esquivar los mensajes que nos empujan a querernos más y mejor. ¿Y cómo quejarse de eso sin parecer un amargado o un rencoroso? ¿Quién puede estar en contra de reforzar la autoestima de los demás? Estos enunciados hiperpositivos esconden una trampa, como cualquier proposición que no admita réplica por ser totalmente positiva.

Durante mi residencia de psiquiatría una de mis maestras me dio un consejo que no pude apreciar completamente en su momento, pero que cada vez me ha parecido más sensato. Ante mis ansias polemistas y guerreras a nivel teórico, me aconsejó «intentar encontrar siempre la intención positiva del concepto, incluso rechazándolo». Desde entonces, siempre que mi mente repudia categóricamente algo, intento ponerme en el lugar de las personas que lo pensaron. Ningún concepto o teoría es un completo despropósito sino que generalmente surgen con una cierta intención de mejora y progreso. Pero, claro, por múltiples motivos algunos conceptos o constructos se convierten en auténticos agujeros negros de consecuencias no previstas, muchas de ellas negativas. Algo de esto ha sucedido con la autoestima. Nació con una pretensión de otorgar un estatus científico al amor propio, pero se ha convertido en un gigantesco coladero con el que poder justificar ante los demás actitudes de aprobación incondicional o bien de independencia extrema. La AE ha evolucionado —en gran medida contra las pretensiones iniciales de quienes la definieron— como un pretexto para no sentirnos mal rechazando al otro. Ha ido soltando el lastre de cualquier limitación o negatividad para convertirse en una agrupación de cualidades positivas que permitan una alta competencia social.

Parte de esta evolución es debida a la propia estructura del término. Se suele decir que la AE es el componente valorativo del autoconcepto. Este último es definido en el ámbito de la psicología cognitiva como el conocimiento y las creencias que el sujeto tiene de sí mismo en todas las dimensiones y aspectos que lo configuran como persona. Se trataría de este modo de una descripción supuestamente objetiva de la persona sobre sí misma  —mentira, ya que todos hacemos trampas al solitario— que daría lugar posteriormente a una valoración emocional o etiqueta evaluativa, la AE.

Entrar en las razones por las cuales la AE colonizó todo Occidente nos llevaría demasiado lejos. Sí que es importante observar cómo en la historia de las ideas psicológicas tenemos que dar la razón a Marx cuando decía a quien quisiera escuchar que los grandes sucesos históricos aparecían primero como tragedias y después como farsas. El psicoanálisis freudiano es profundamente trágico, hijo de una época en la que el imperialismo de la razón daba sus últimos coletazos. Definió un sujeto-héroe clásico rehén de un destino inconsciente. A caballo entre Edipo y Narciso. Freud nunca pretendió otra cosa que ser un científico natural, aunque a veces pueda parecer lo contrario. La tragedia fue iluminar los aspectos inconscientes de la mente y la resistencia feroz que ello generó en cuanto que supuestamente devaluaba la ratio y al ser humano. Hubo enfrentamientos teóricos fabulosos, traiciones, herejías. Pero la polémica acabó amainando y la sociedad hizo un pacto de silencio con los descubrimientos psicoanalíticos. Se pasó del rechazo furibundo de lo reprimido inconsciente a asumir que el nuevo sujeto occidental debía ser un sujeto liberado, emancipado, empoderado. He aquí la farsa, no en el sentido de engaño sino en el de comedia. Este proceso de conversión fue fantásticamente descrito por Adam Curtis en su documental El siglo del Yo.

De alguna manera en la sociedad se convirtió la tragedia íntima de la represión psicosexual en la comedia de la liberación. El sujeto tenía que estar liberado de todo tipo de cadenas, pudores, vergüenzas y limitaciones. Estaba naciendo el sujeto total, que únicamente goza. Es verdad que ciertas corrientes del psicoanálisis —generalmente norteamericanas— contribuyeron alegremente a este proceso, mientras que otras lo combatieron de forma activa. Pero la sociedad aceptó en gran medida lo inconsciente al precio de convertir el proyecto psicoanalítico de liberación en una farsa. Y en esas estamos cuando hoy en día aparecen imágenes en TV de una pareja haciendo el amor en el metro a la vista de todos y dicha acción es considerada por cierta izquierda como un acto de liberación, como una respuesta a la opresión. Pero, al mismo tiempo, se ha producido una privatización a la fuerza del espacio y la mirada pública, un avasallamiento del otro. ¿Cómo denunciar ciertos actos profundamente agresivos y realizados en nombre de la autonomía y el empoderamiento sin caer en un ánimo represor? He ahí el problema en el que cae frecuentemente el ciudadano que se pretende ilustrado. Y, por cierto, he ahí una de las trampas de la socialdemocracia. Falta en la sociedad andamiaje teórico que sostenga la importancia del vínculo con los demás. El sujeto político de las democracias liberales ha caducado. Desgraciadamente, están siendo los partidos políticos populistas quienes lo han recuperado a su manera disparatada. En este tipo de escenas se produce la pinza perfecta entre represores y liberados, en tanto ambos vienen a evacuar cualquier consideración hacia los otros. Los primeros, en nombre de la ley y las tradiciones; los segundos, en nombre del sujeto y el progreso. El problema es que la libertad, como sostiene Byung-Chul Han, es una palabra relacional; uno se siente libre en una relación lograda, en una coexistencia satisfactoria.

Todo lo anterior no es más que uno de los factores que dan cuenta de esta transformación del sujeto, de la represión a la liberación prácticamente sin solución de continuidad. Maslow y su simplista jerarquización de las necesidades humanas dio el espaldarazo definitivo a la autoestima. La situó del lado de la autorrealización y siempre por encima de la necesidad de aceptación social, de seguridad y de las necesidades fisiológicas. A día de hoy ya se ha rechazado esta visión teocrática y cartesiana de las necesidades humanas, pero no es menos cierto que sigue marcando la mentalidad actual. Maslow y Rogers comenzaron a difundir la aceptación incondicional del cliente-paciente. Se asumía que los problemas psicológicos se derivaban del sentimiento de autodesprecio e indignidad, lo cual habría que erradicar mediante respeto, estimación y amor hacia el cliente. Imposible oponerse a esto, ¿verdad?

Fotografía: CC0.

De este modo se sentaron las bases para la explosión de la autoestima, que tuvo lugar en los años ochenta. De forma muy progresiva, los otros significativos en la vida de cada uno fueron desalojados. Mejor dicho, podían permanecer mientras fueran meros espectadores que estuvieran de acuerdo con la valoración que el sujeto hacía de sí mismo. Si la valoración de los otros significativos no encajaba con la del sujeto, dichas personas eran expulsadas porque entorpecían el desarrollo de una alta autoestima. Se dejó atrás un ideal de salud en el que la persona se acepta tal y como es, la verdadera autoestima. Y se evolucionó a un ideal de persona-compendio de cualidades positivas, que excluía cualquier negatividad o limitación. El empresario de sí mismo. Es por esto que Han comenta que hoy mucha gente ya no busca en sí mismo pecados sino pensamientos negativos. La valoración de sí mismo perdió todo rigor para convertirse en un cajón de sastre donde meter todo aquello que supuestamente impulsa al sujeto. Nada de autoaceptación, ¿qué tienen que ver mis relaciones con si yo me quiero o no? Había que jugar a la ruleta. O tienes una alta autoestima o eres un perdedor. Uno de los personajes que mejor ha encarnado esta lógica endiablada es el de Jake Gyllenhaal en Nightcrawler, quien navegaba continuamente entre esos dos extremos, pero siempre desde el rechazo frontal al otro-competidor-enemigo.

Sin pretenderlo seguramente, la autoestima se ha convertido en una ruta que muchas veces acaba en el aislamiento. Parte del desastre se debe a la extirpación académica de lo inconsciente y la erogeneidad, lo que nunca va a encajar del todo en nuestra vida. Afortunadamente, las últimas teorías científicas y disciplinas como el neuropsicoanálisis lo han recuperado para el debate. Cuando se equipara vida psíquica a conciencia y voluntad, se tensionan las relaciones de forma insoportable. De este modo, o uno se ata a las valoraciones que hacen los demás de nosotros o impone sus propias valoraciones de sí mismo a los demás. Cara o cruz, actividad o pasividad. La autoestima como lucha supone una reactualización moderna de la parábola hegeliana del amo y el esclavo. Ambos luchan a muerte por ver quién somete a quién. Como se diría hoy, quién tiene baja y alta autoestima. No hay mejor ejemplo de ello que un anuncio en TV de estos días de una conocida marca de automóviles, según el cual la gente se divide solamente —para qué otras consideraciones— en «dos clases de personas, los pilotos y los copilotos, los que llevan las riendas y los que no». Amo y esclavo en toda su crudeza, para que luego digan que la filosofía no sirve de referente. El inconsciente no es una oculta caja de mierda —crítica pertinente al psicoanálisis clásico que se le ha hecho en otras épocas— sino precisamente aquello que no encaja, aquello que nos vincula con otros sin saber muy bien por qué, aquello que se resiste a ser atrapado por el yo. El psicoanálisis moderno ha pasado de entender lo inconsciente como lo malo debajo de la alfombra a algo más vivo, algo que nos une a los otros o al pasado de forma autónoma, algo que ya no está solamente en la mente de uno.

La autoestima llevaba en sí misma el potencial desarrollo negativo que aquí tratamos. Es uno de los constructos que más ha contribuido al surgimiento del individuo que se explota a sí mismo, en aras de la positividad total. En los manuales de educación se considera en gran medida que la identidad se basa en el autoconocimiento. Sin ánimo de querer cargar excesivamente contra ellos, es fácil comprender que eso es falso a todas luces. La identidad es un proceso que tiene lugar tras la incorporación de otras personas significativas, que actúan como modelos identificatorios, muchas veces de forma inesperada para el sujeto. ¿En serio alguien fanático del Barça cree que su identidad tiene que ver con un autoconocimiento total de las razones por las que se siente culé? De ninguna manera, es algo que sale de las tripas, de lo afectivo-inconsciente, de experiencias interpersonales tempranas que le marcaron.

Evidentemente hay una intención positiva en tales manuales y pautas pedagógicas. Pero esa forma de ver la realidad puede llegar a suponer una auténtica cárcel mental en tanto que «la respuesta que una persona da en las diferentes situaciones de su vida depende de lo que piense de sí misma […] nuestra manera de relacionarnos, el modo en que nos enfrentamos a las nuevas situaciones y estímulos, incluso nuestra apariencia externa… todo llevará el sello de ese juicio». ¡Vaya presión hacia el sujeto! Tú eres el responsable de tu suerte, porque tú eres el responsable de tu autoestima y si te va mal en la vida, es que tú no te quieres lo suficiente. Mensaje repetido de forma compulsiva en los últimos años como todo el mundo sabe, especialmente en los manuales de autoayuda más chuscos. He ahí los efectos de extirpar el vínculo inconsciente con los otros y asimilar sujeto=conciencia. En otro manual para educadores se considera que «la autoestima es una experiencia íntima que habita en mi interior: es lo que yo pienso y siento respecto a mí mismo, no lo que otra persona siente y piensa respecto a mí». De ahí a la consideración del otro como enemigo y amenaza a mi autoestima hay solamente un paso. Para ser honesto, en estos manuales se intenta siempre considerar la dignidad de las personas, pero no es menos cierto que se abusa de fomentar la adquisición de identidad a toda costa, lo cual siempre tiene lugar por exclusión de los demás. No hay nunca definición e identidad sin descarte de otros elementos. ¿Por qué hay que tener tan claro quién es uno? ¿Alguien me puede decir qué aporta eso?

De este modo se dio vía libre al refuerzo de la autoestima, que saltó desde la psicología a la pedagogía y de ahí a la calle. Si hay problemas, son de falta de amor propio y demasiada sumisión a la valoración de los demás. Independencia a toda costa. O el vínculo con los amigos y demás familiares ayuda a construir una alta autoestima o debe ser erradicado porque lastra al niño. ¿Y dónde encaja el humor en todo eso? O el humor es solamente positivo o también sobra. Todos los compañeros del colegio nos poníamos motes, nos reíamos un poco del profesor que se atoraba con la informática, calentábamos la punta del boli Bic rayándolo a saco contra la mesa para después quemar al compañero de al lado, dibujábamos barbaridades sexuales en el libro del compañero que se tenía que levantar a escribir en la pizarra… Yo no sé si eso fomentaba mi autoestima… pero desde luego me hacía sentirme vivo y conectado, amén de descojonarme. «La autoestima es de nosotros, reside en nosotros y se refiere a nosotros». ¡Toma ya!  Básicamente los demás no pintan nada, excepto para ver el espectáculo. El lazo con los demás se convierte en irrelevante porque nunca es utilitarista, si es genuino. El puro placer de sentirte conectado con otra persona, de conversar por conversar, de reírte con y de alguien, de hacer el payaso, de soltar una maldad, de disfrutar haciendo el amor, de lograr quedarte en silencio con un amigo sin comerte la cabeza, de olvidarte de ti un rato cuando se está en grupo… todo se puede llegar a convertir en amenazas a la autoestima. ¿Por qué? Porque son actividades que nos vinculan, que nos amarran al otro en el buen sentido y que… nos ponen a su merced. Alta autoestima ha sido convertido en sinónimo de no estar a merced de nadie. A esto se refería Houellebecq con la Ampliación del campo de batalla.

Bajo el paraguas del refuerzo de la autoestima se han legitimado socialmente relaciones tremendamente asfixiantes. ¿Si estoy reforzando el amor propio del niño… por qué debería tener algún límite? Pensamiento que, por cierto, hace muy complicado frustrarle, no vaya a ser que se lesione su autoestima. Se ha exacerbado la expresión de los sentimientos amorosos hasta la náusea, hasta convertir el amor en muchos casos en una auténtica parodia. En psicoanálisis es bien sabido que una de las rebeliones más exitosas no es la lucha sino precisamente la parodia, la farsa, lo grotesco. Ahí tenemos a los rebeldes idiotas de la película de Lars Von Trier como uno de los ejemplos más bellos. No hay más que pensar en un conocido programa de radio que se ha convertido en una auténtica fábrica de psicopatología, de sufrimiento futuro tapizado con emocionalidad pornográfica. En dicho programa, el locutor —que pasó de instigar frikis a la ñoñería más ordinaria, no es casualidad— llama por ejemplo a una niña pequeña y le pasa el mensaje de su padre, quien le dice entre llantos e hipos a la niña cosas del pelaje de no sé qué haría en mi vida sin ti, eres el centro de mi vida, me levanto todos los días por ti, me has salvado la vida, etc. Esto supone una crueldad extrema en toda regla y un acto de egoísmo salvaje en tanto extirpa a los niños uno de sus derechos más fundamentales, el de vivir despreocupados de las cosas de los adultos. Como haríamos todos, la pobre niña se creerá que efectivamente es el centro de la vida de su padre y otras patrañas semejantes, llenando su pequeña vida de prematuras angustias, tristezas y tensiones. ¡Todo sea por el amor! ¡No puede haber nada malo en el afecto!

Fotografía: Edward Zulawski (CC).

Hay que prestar especial atención al hecho de que los teóricos de la autoestima la consideran una respuesta afectiva a los pensamientos relacionados con el autoconcepto. Nuevamente una falacia científica —la idea falsa de que la corteza cerebral controla arriba-abajo los afectos y los procesos corporales— que ha sido refutada hace tiempo desde diferentes disciplinas.  O sea, los afectos de la persona son producto y nada más de los pensamientos que ella tenga de sí misma. Pero la verdad es bastante diferente, de modo que los afectos están muy relacionados con las expectativas y las pretensiones que tenemos hacia alguien. Pero nuevamente esto no ha llegado a los reforzadores de la autoestima… si el niño está triste, es que no se quiere lo suficiente, ergo hay que insistir en la autoestima y apartar relaciones tóxicas que perturben este proceso.

Volviendo a la carga negativa de la AE, es fácil ver los efectos destructivos que está teniendo en las familias. Como decíamos antes, se ha convertido en uno de los principales legitimadores de las relaciones de exclusividad total. Se puede dar la matraca al niño o niña sin freno porque lo hacemos por su autoestima, ahora los padres pueden presentarse ante los hijos como todo amor. Contra lo que se pueda pensar y los diagnósticos apocalípticos tertuliano-cuñadistas, la familia nunca ha tenido antes el poder casi ilimitado del que goza hoy en día. En otras épocas los padres se veían obligados a compartir la crianza con otras instituciones: club social, otros padres, ateneo, iglesia, bar del pueblo, club deportivo, etc. Esto no quiere decir que en aquellos lugares todas las opiniones fueran acertadas, pero implicaban de facto un elemento más con derecho a opinión. Un freno ante el atosigamiento familiar. De igual manera que una pareja a veces se desangra en discusiones infinitas precisamente porque falta un tercer elemento que pueda hacer de mediador y freno. Siempre nos cortamos un poco cuando hay otro ojo mirando. Gran parte de las cansinas polémicas educativas tienen que ver con que precisamente no se acepta la influencia emocional que puede tener un profesor, al que se trata de reducir a un paria suministrador de pura información cognitiva. Aceptar que el niño desarrolla un vínculo afectivo con él implica la idea de compartir crianza y tolerar la no exclusividad, tolerar la presencia de un tercer foco. Hoy en día esto se acepta… malamente. La AE ha propagado la idea de que nuestros hijos deben ser extensiones nuestras, y punto. No deben tener otras identidades, nadie más debe influir. El hecho de que el poder de la familia actual prácticamente sea ilimitado en ese sentido —líbreme Dios de decir algo en contra del sacrosanto derecho de las familias a la crianza completa— es uno de los factores que más daño está haciendo en los vínculos familiares. No hay paradoja aquí. La asfixia —la sobreprotección no existe, como me dijo otro maestro— es de tal calibre a veces que ello dinamita los sanos vínculos familiares.

Además de la familia, la explosión de la AE ha dado lugar a relaciones infumables, o tóxicas según se dice ahora. Esta es una de las razones por las que el humor —lo negativo homeopático— se proscribe y por las cuales la indignación generalizada llega a ser estomagante. El amor propio acaba siendo tan exagerado que cualquier maldad, chorrada, tontería se convierte en blanco de la ira. O el humor me hace quererme más y mejor, o debe ser acallado. Pero lo malo es que muchas veces nos reímos de aquello que va claramente en contra de nuestra moralidad, de nuestras convicciones o de nuestra tan preciada identidad. No se trata de tener la piel fina sino de la resistencia fanática a asumir cierta carga de negatividad inconsciente en uno. Ello equivaldría a tener baja autoestima. ¡No puede ser! En la explanada de lapidación virtual en que se ha convertido Twitter todo ello se lleva al paroxismo, a la épica. Aparecen como setas sujetos que se dedican laboriosamente a buscar causas para indignarse. Cuando uno se identifica con el amor, con lo bueno, lo positivo o con la gente, se da vía libre a crucificar al otro. Lo que implica que todo lo negativo está fuera, claro. Ningún trol tuitero piensa en sí mismo como indigno, equivocado o fanático. Y los efectos de esto se pueden ver en la calle, en los trabajos, en las amistades, etc.

Los vínculos humanos se resisten a ser clasificados como únicamente positivos, pero lo cierto es que, como animales sociales, necesitamos vínculos. Fomentar el ideal del sujeto charltonhestoniano que solo confía en sí mismo, que ve todo vínculo como sospechoso, que cree no necesitar nada de nadie es una barbarie, además de ser anticientífico. Denigrar los vínculos humanos no es aislar al sujeto, es amputar al sujeto. Que no nos extrañe entonces cuando el sujeto amputado, alienado, desvinculado, escoja opciones políticas extremas. Son las únicas desgraciadamente que han puesto la cuestión del vínculo en primer plano. De hecho, es la pura esencia del proyecto populista. Como ya dijo Freud, se trata del hombre fuerte que dará amor a toda su gente por igual, el que nos permitirá sentirnos hermanos otra vez. ¿Nos suena de algo últimamente? Por supuesto son patrañas. Pero, como estamos viendo por la fuerza de los hechos, las fantasías no dejan de tener fuerza. El resto de opciones políticas, desde la socialdemocracia clásica hasta el liberalismo contemporáneo, han dejado desierto este campo de juego, han escamoteado el debate convirtiendo al sujeto político en una pura abstracción, un ente etéreo —perdón por la cacofonía— que sobrevuela las relaciones humanas sin mojarse con nadie.

No existen cerebros ni mentes aislados, ni en la infancia ni en la edad adulta. Las perturbaciones graves de los vínculos de apego en la infancia pueden llegar a alterar el desarrollo estructural del cerebro. Hasta ese punto llega la importancia del vínculo. Es fácil reconocer la motivación positiva que albergaban los teóricos de la AE, pero lo cierto es que el omnipresente refuerzo de la AE ha degenerado en una parodia de alta autoestima, capacitación y positividad. El desarrollo de una alta autoestima —de un individuo que lo va a petar— se ha convertido en un fabuloso pretexto para dar carta blanca a relaciones irrespirables en las que un tercero externo se convierte sistemáticamente en el que viene a joder. ¿Cómo destacar la importancia del vínculo, cómo salir de la dictadura de la positividad sin caer en el cinismo?

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Para saber más:

  • M. González Martínez, «Algo sobre la autoestima. Qué es y cómo se expresa,» Aula, vol. 11, pp. 217-232, 1999.
  • «La Auotoestima,» de Colección Servicios Sociales. Serie Didáctica n.º 4, Logroño, Gobierno de La Rioja, 2002.
  • A. Curtis, The Century of the Self, 2002.
  • B. C. Han, Psicopolítica, Barcelona: Herder, 2014.
  • F. Castillejo y V. Arias, «Autoconcepto y autoestima», de Elijo ser educador: trabajando la motivación, Valencia, Fundación Amigó, 2008.
  • M. Houellebecq, Ampliación del campo de batalla, Anagrama, 1994.
  • S. Freud, «Psicología de las masas y análisis del yo», Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1921.
  • G. Clerici y M. García, «Autoconcepto y percepción de pautas de crianza en niños escolares. Aproximaciones teóricas», Anu Investig, vol. 17, Ene/Dic 2010.
  • P. Ortega Ruiz, R. Mínguez Vallejos y M. Rodes Bravo, «Autoestima, un nuevo concepto y su medida,» Teor Educ, vol. 12, pp. 45-66, 2000.


Asúmelo ya: debatir no sirve para nada de lo que siempre has creído

Reservoir Dogs, 1992. Imagen: Live Entertainment / Dog Eat Dog Productions.
Reservoir Dogs, 1992. Imagen: Live Entertainment / Dog Eat Dog Productions.

Alguien me dijo en una ocasión que conmigo no se puede discutir. Hasta donde me alcanza la memoria, yo también he proferido esa acusación en un par o tres de ocasiones. Los motivos que propician estas consideraciones son diversas: que el otro nos lleva la contraria por deporte, que se enroca en sus opiniones como un burro con orejeras, que pierde los estribos a la mínima, que nos trata con displicencia o bravuconería, y un largo etcétera.

Sea como fuere, cuando participamos en un debate de formato adversarial, en el que se contrastan dos opiniones divergentes, quienes han visto demasiado Sálvame Deluxe se limitan a lanzar frases lapidarias e incuestionables con la profundidad de un aforismo de Mr. Wonderful, y quienes se creen más cultos e ilustrados aspiran a convencer más que vencer y hasta a aprender de la experiencia, enriquecer la propia opinión y ampliar horizontes.

La mala noticia es que se equivocan. Todos ellos. Debatir no sirve para absolutamente nada. Al menos para nada de lo que creemos en realidad.

Tu opinión no importa

La entradilla «yo opino que…» debería ser considerada anatema en cualquier debate. El problema de las opiniones no solo reside en que todos creen tener una, sino en que, precisamente por eso, todas deben recibir una pequeña dosis de respeto y atención. Pero las opiniones en realidad no tienen demasiado valor porque solo son reflejo del nicho social del que formas parte.

Otras opiniones en sintonía con tus opiniones políticas o tus creencias religiosas no solo serán las que más incidan en ti porque te sueles rodear de gente que se parece a ti, sino que únicamente describen una insignificante parte de la realidad: imagina los miles de millones de personas que nunca conocerás y de las que nunca sabrás nada que viven en decenas de países que nunca pisarás.

El otro problema de las opiniones es que nunca han servido para incrementar el número de conocimientos de la humanidad. La razón es que encajamos las opiniones con mejor disposición si se presentan con una buena dosis de retórica o si quien las emite está considerado como inteligente o importante por algún motivo (las opiniones del papa, por ejemplo, resultan más trascendentales para sus seguidores). Y solo asimilamos parcialmente las opiniones, justamente la parte que comprendemos, con la que empatizamos, que se ajusta a una serie de prejuicios sobre la realidad; el resto es sonido que no sabemos interpretar correctamente.

De hecho, la humanidad no empezó a agigantar exponencialmente su corpus de conocimientos empíricos sobre el mundo hasta que no se produjo la revolución científica, allá por el siglo XVII. Esto es: tu opinión ya no importa, solo importa que demuestres (mediante un experimento u otra forma) por qué sabes lo que sabes.

La revolución científica no solo fue una revolución que atañía a las teorías científicas, sino también a las ideas políticas, sociales e incluso estéticas. Todas estas ideas, en mayor o menor medida, pueden ser sometidas a los mismos patrones de demolición, sustitución y avance que las teorías científicas.

La revolución científica postuló, nada más y nada menos, que ya no se tuviera en cuenta lo que decía la gente, a fin de que los errores colectivos y los errores privados dejasen de emponzoñar el conocimiento, sino que se creara un sistema autónomo, una suerte de máquina de la verdad: toda proposición debía ser presentada con las pruebas que la avalasen (la concatenación de datos que la sostienen) y sometida a escrutinio general a fin de hallar fallas. Si no se encontraba ningún error, la propuesta era temporalmente aceptada. Si alguien hallaba alguna inconsistencia, se sustituía la propuesta por otra mejor.

Nikita Khrushchev y Richard Nixon, Moscú, 1959. Fotografía cortesía de history.com
Nikita Khrushchev y Richard Nixon, Moscú, 1959. Fotografía cortesía de history.com

Leído de corrillo este sistema parece muy simple, y en realidad lo es, pero no se le había ocurrido a nadie en miles de años de historia. Esa es la razón de que, durante siglos, se estudiaran las ideas del médico de la antigua Grecia Hipócrates: bastaba con que él lo hubiera afirmado para que se aceptara cono cierto. La revolución científica, sin embargo, partió de la premisa de que no nos podíamos fiar ya de ningún conocimiento anterior y que debíamos empezar desde cero. No importaba que dichos conocimientos procedieran de mentes preclaras como las de Sócrates o Platón.

De repente, quince siglos de conocimientos fueron parcial o totalmente refutados por ingentes cantidades de información de mejor calidad a propósito de animales, plantas, geología, geografía, cosmología, medicina y cultura humana en general. Como abunda en ello Kathryn Schulz en su libro En defensa del error: «En nuestra época, globalmente íntima y cartografiada en Google, es casi imposible comprender el grado de trastorno intelectual y emocional que toda aquella nueva información tuvo que ocasionar». No era para menos. Por primera vez en la historia se perseguía conocimiento excluyendo lo máximo posible al yo. Porque la ciencia es, sobre todo, una herramienta que tiende a dejar al margen a la humanidad. Porque la ciencia es el intento de alcanzar el máximo de objetividad posible: la ausencia de la mente, de prejuicios, sentimientos e interpretaciones, es decir, de opiniones. Y si la objetividad es lo que tiene lugar independientemente de nuestra mente, el debate basado en opiniones personales es cualquier cosa menos objetivo.

Porque en un debate de cualquier índole, sobre todo si se produce de forma sobrevenida (en un café, un viaje en coche, en una cena de empresa), no hay tiempo ni medios para verificar datos o hacer demostraciones. La gente habla en intervenciones cortas y rápidas y dice lo que piensa, sin que sepamos exactamente de dónde procede ese conocimiento (generalmente se lo ha inventado, se lo ha dicho otra persona o lo ha leído en algún artículo, mayormente de opinión). Como apunta el psicólogo Gary Marcus en Este libro le hará más inteligente: «Cuando dos personas discrepan, la causa hay que buscarla muy a menudo en que sus convicciones previas les llevan a recordar (o a centrarse en) fragmentos de información diferentes».

Si el debate se limitara a presentar los datos de que disponemos, el debate se reduciría e incluso se diluiría. Esto es lo que sabemos y no sabemos más (de momento). El resto son conjeturas, un blablablá. Que además presentamos maniqueamente, como explica el filósofo Julian Baggini en ¿Se creen que somos tontos?: Preferimos «eso es cierto» o «eso es falso» a «la parte factual de esa información es verdadera, pero sus supuestas ventajas no son reales».   

Otra cuestión es que la mayor parte de la gente ignora dónde se encuentra este conocimiento y sus fuentes pueden ser tan dispares como una entrevista en «La Contra» de La Vanguardia o un blog Illuminati. Sin contar que la mayoría de la gente ni siquiera comprende los elementales basamentos de la lógica y de la filosofía de la ciencia, como denuncia el matemático John Allen Paulos en Un matemático lee el periódico: «Qué diferencia hay entre la proposición empírica y la apriorística, entre la inducción científica y la inducción matemática. ¿Es válida cierta consecuencia en ambos sentidos o es falsa su inversa?».

En resumidas cuentas, cuando se vierte una opinión en un debate, no estás recibiendo nada cualitativamente relevante porque lleva marchamo de «opinión». La opinión únicamente es información de la que ignoramos su procedencia, y la recibimos en cantidades ingentes, que a su vez es producida por otras opiniones. Hasta el punto de que nuestras creencias no son realmente las que limita nuestra mente, sino la red de testigos y sus opiniones en la que estamos atrapados.

Con todo, el problema de la opinión es solo la punta del iceberg de cualquier debate.

Improvisación emocional: el motor del debate

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Siete mujeres, 1966. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.

A uno le gusta pensar que, al debatir, está realizando un intercambio ponderado de conocimientos mientras, de fondo, suena una música de violines. «Adelante, caballero, dígame qué opina». «Hum, interesante punto, pero déjeme que le matice lo siguiente». Si hacemos zapping durante cinco minutos descubriremos que esta forma de debate es una idealización. Con todo, aun logrando debatir como caballeros decimonónicos, siempre con la mejor predisposición y humor, recibiendo las réplicas como buenos fajadores y disparando las nuestras con respeto y humildad, estaremos lejos de solucionar uno de los mayores lastres de cualquier debate: la improvisación.

Los debates, a diferencia de los ensayos escritos, tienen lugar en tiempo real. Cada segundo que transcurre pronunciamos alguna palabra. Si bien podemos guardar silencio unos segundos para reflexionar acerca de nuestra siguiente intervención, o incluso podemos tomar alguna nota al vuelo mientras nuestro interlocutor desarrolla su argumento, lo cierto es que el tiempo apremia cuando intercambiamos opiniones con los demás. Y no solo tenemos poco tiempo para acceder a todos los conocimientos que atesoramos sobre el tema tratado (confiando en que nuestra memoria no nos juegue malas pasadas), sino que debemos sintetizarlo, liofilizarlo y presentarlo casi con la extensión de uno de esos textos virales de Facebook y, a ser posible, con la determinación retórica de una galleta de la fortuna.

Hay asuntos que requieren la lectura de libros de trescientas o cuatrocientas páginas. Incluso esos libros, que han sido redactados durante meses o años, que se corrigen y pulen línea a línea, suelen hacer llamadas a una extensa bibliografía compuesta por otros libros o artículos que, a su vez, también han sido redactados del mismo modo. Ahora estamos delante de nuestro polemista ideal, caballero hasta la médula, y tenemos unos minutos para recordar y ordenar todo el conocimiento que obtuvimos de la lectura de esos libros (en el mejor de los casos, porque la mayoría de la gente ni siquiera lee libros de los temas que aborda).

Es decir, en un debate ideal, los concurrentes deben haber leído mucho sobre el tema, haber consultado fuentes fiables, recordar lo leído, ordenarlo de forma coherente y ajustada a la réplica del otro y, por si fuera poco, hemos de confiar en que el otro entienda lo que estamos diciendo o sea capaz de intuir todo lo que nos hemos dejado en el tintero. En un debate ideal, recibimos una porciúncula de conocimiento bajo la promesa de que la incorporaremos a nuestra reflexión y que leeremos mucho y bien sobre ese tema para contrastarlo, algo que nunca o casi nunca sucede en realidad. Además, si de lo que se trata con un debate no es tanto convencer al otro como facilitarle material para que lo someta análisis, ahorraríamos tiempo omitiendo el debate y ofreciendo sencillamente una bibliografía apropiada a nuestro interlocutor.

En realidad el cerebro humano no funciona así. Cuando hablamos con alguien no exponemos pormenorizadamente una ristra de argumentos como si se tratara de una tesis doctoral, sino que improvisamos en función de lo que nos llegue a la mente, y mucho más importante: en función de las réplicas y gestualidad del interlocutor (cuando ha puesto esos ojos en blanco he decido ser más categórico porque me ha ofendido su displicencia). Nuestro cerebro, sobre todo en un entorno social, no es una máquina analítica sino una órgano que tiende a la fabulación: nos gustan las historias, tanto explicarlas como recibirlas, y faltamos a la verdad en aras de que las historias tengan sentido (tanto para nosotros como para los demás). Un debate es un intercambio de emociones en un caldo de cultivo social, no un análisis racional.

Diversos experimentos ponen en evidencia esta tendencia, pero uno de los más curiosos fue el realizado por los psicólogos Richard Nisbett y Timothy Wilson en 1977. Tras abrir una tienda en unos grandes almacenes de Michigan, solicitaron a la gente que comparara cuatro clases distintas de medias. Todas las medias, en realidad, eran completamente idénticas, pero los compradores mostraron preferencia por unas y no por otras, e incluso razonaron extensamente las razones de la misma, aseverando que ese color era un poco más atractivo o que el tejido era un poco menos rasposo. Es decir, que tendemos a explicar nuestras razones aunque sea a costa de inventarlas sobre la marcha. Hasta el punto de que, tras el experimento, se reveló a todos los consumidores que las medias eran exactamente iguales… y muchos se negaron tajantemente a creerlo, aferrándose a sus creencias originarias.

Esa es la razón de que, en casi cualquier tema abordado, raramente admitamos «no lo sé» y vertamos nuestra opinión con soltura, totalmente improvisada o recogida de oídas (incluso para temas profundamente técnicos de ámbitos como la economía o la física cuántica). Y, si nos pillan en algún renuncio, básicamente nos dediquemos a agarrarnos al clavo ardiendo.

A esto se suma que todos, en mayor o menor medida, estamos lastrados por el llamado efecto lago Wobegon, como explica Kathryn Schulz en su libro En defensa del error:

Muchísimos vamos por la vida dando por supuesto que en lo esencial tenemos razón, siempre y acerca de todo: de nuestras convicciones políticas e intelectuales, de nuestras creencias religiosas y morales, de nuestra valoración de los demás, de nuestros recuerdos, de nuestra manera de entender lo que pasa. Si nos paramos a pensarlo, cualquiera diría que nuestra situación habitual es la de dar por sentado de manera inconsciente que estamos muy cerca de la omnisciencia.

¿Cómo es posible que la gente cambie de opinión tras un debate?

Un dios salvaje, 2011. Imagen: Constantin Film.
Un dios salvaje, 2011. Imagen: Constantin Film.

Llegados a este punto, podemos aducir que tras un debate puede que nos hayan convencido de algo, que nos hayan mostrado una veta de conocimiento que nos había pasado inadvertida, que nos hayamos sentido enriquecidos de algún modo. En general, un debate no sirve para cambiar la opinión de las partes, pero vale la pena explorar por qué sucede en cierto porcentaje de casos.

En primer lugar, que experimentemos todas esas sensaciones no significan que sean ciertas. Uno puede cambiar de opinión tras un debate (aunque sea un fenómeno más raro que avistar al Yeti), pero ignoramos si ese cambio de opinión obedece a que hemos recibido la información completa y correcta, o que sencillamente nos la hemos tragado porque parecía convincente, tal vez añadiendo mayor número de errores a nuestros conocimientos.

Por si esto fuera poco, los cambios de opinión no suelen ser fruto de los debates, sino de algo gradual o, por el contrario, de un salto cuántico fugaz. Los cambios de opinión se producen muy rápidamente o muy lentamente para proteger nuestra autoestima: solo a estas dos velocidades el cambio de polaridad tiene lugar de forma casi imperceptible. El cambio gradual de una creencia (ahora dejo de creer en Dios, por ejemplo) atenúa la experiencia hasta que casi desaparece. El cambio repentino hace lo mismo condensando la experiencia: al advertir tanto para nosotros como para los demás que estábamos equivocados es casi como si también alumbráramos una nueva verdad. El primer tipo de cambio de creencia puede prolongarse durante años, el segundo, apenas unos segundos. Pero difícilmente, tras diversos tiras y aflojas, un polemista irá admitiendo sus errores y asumiendo que quizá no sabe qué opinar, que se ha quedado huérfano de conocimiento. En el mundo real, sin embargo, tenemos toda la razón del mundo sobre algo hasta que, justo un instante después, tenemos toda la razón del mundo sobre otro asunto.

Esta lógica, sin embargo, incluye un matiz. Los cambios de opinión derivados del propio debate, los fidedignos, los verdaderamente lacayunos, pueden tener lugar si el contexto es emocionalmente confortable. O dicho en román paladino: si el debate tiene lugar con alguien a quien amamos particularmente. Los argumentos proferidos por alguien del que estamos enamorados, por ejemplo, siempre suenan mejor que el de los otros, hasta el punto de que no nos dolerán prendas en admitir nuestros deslices frente a él.

Con todo, esta es solo la visión simplista del contexto. El contexto puede ser diverso y cambiante en apenas segundos, e incluso interactúa de formas arcanas con nuestros estados de ánimo (los contextos interiores o biológicos). Schulz resume mejor que yo estas oleadas neuroquímicas dependientes del contexto:

… son sensibles de una manera imprevisible a pequeñas fluctuaciones, fácilmente perturbados, a menudo aparentemente arbitrarios. En un sistema semejante es difícil explicar por qué la humildad y el humor a veces prevalecen sobre la soberbia y la susceptibilidad, y es aún más difícil prever de antemano el resultado. Como consecuencia, nuestra capacidad para admitir nuestras confusiones tendrá siempre algo de misterioso y en ella influirá, como en todo, nuestro talante momentáneo.

Dicho de otro modo: hay momentos en los que, sin saber muy bien la razón, deseamos machacar al interlocutor que nos ha tocado las narices porque parece que cuestiona nuestras creencias. Otros momentos, sin que haya cambiado nada realmente, podemos abordar la cuestión con un tono entre cortés y circunspecto o meramente salomónico, como si la verdad fuera un concepto inaprensible.

Esto no solo ocurre en nosotros, sino también en nuestros interlocutores. Y nunca podemos saber fehacientemente si nuestro interlocutor está siendo víctima de sesgos tanto cognitivos como contextuales y, por tanto, el grado de ruido que añade a nuestro sincero y elevado propósito de confrontar nuestras ideas con otras para enriquecerlas o hasta cambiarlas.

En consecuencia, otorgarle la razón a alguien poco tiene que ver con el contenido de lo dicho en sentido estricto. Es decir, que dar o no la razón a alguien tiene también algo de caprichoso y fortuito. El misántropo contumaz de Schopenhauer fue más tajante a la hora de describir esta sensación en Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente: «A veces hablo con los hombres como el niño con sus muñecos; aun sabiendo que los muñecos no pueden comprender, mediante un grato autoengaño metódico se logra el gozo de la comunicación».  

El cerebro chapucero

ABC NEWS - ELECTION COVERAGE 1968 - "1968 Elections" - Airdate November 5, 1968. (Photo by ABC Photo Archives/ABC via Getty Images) WILLIAM BUCKLEY;GORE VIDAL
William Buckley vs Gore Vidal, 1968 (del documental Best of Enemies). Imagen: Magnolia Pictures.

Si bien hay personas más arrogantes y obstinadas que otras a la hora de discutir cualquier tema, más cerradas de mente o sencillamente más disonantes cognitivas, cuñadismo style, todos albergamos todos esos elementos y se manifiestan con más o menos brío en función del contexto o sencillamente del día que hemos tenido. Además, esta idea de que hay buenos y malos discutidores también se asemeja bastante a un argumento circular: afirmar que gente tozuda no puede admitir que está equivocada es casi lo mismo que afirmar que la gente que no puede admitir su error no puede admitir que está equivocada. Es decir, que asumimos que el otro está equivocado (tozudamente) aunque quizá esté en lo cierto y su tozudez en realidad sea razonable. Al fin y al cabo, tildar a alguien de que no sabe discutir es otra forma de advertir que está equivocado. Algo que, en todo caso, deberá dirimirse en el propio debate.

Bien, en realidad no hace falta dirimirlo. En gran parte de los asuntos que se debaten, al carecerse de experimentos y pruebas que avalen cada una de las afirmaciones, en realidad cada uno cuenta la suya sin que nadie sepa a ciencia cierta si hay engaño o manipulación (ni siquiera el propio manipulador, que puede operar inconscientemente). Quienes aducen que debaten con los demás para aprender sencillamente son víctimas de lo que se denomina «realismo ingenuo»: la idea de que el mundo es tal y como lo experimentan, y que pueden transmitir su experiencia a otra persona para que también la experimente igual que ellos. Bajo este paraguas, un debate reflejará pasivamente la verdad del mundo, ni más ni menos. Lo que yo opino es verdad o, en cualquier caso, es verdad lo que tú opinas, vamos a discutirlo y así hallaremos quién capta mejor la realidad. O como dijo el filósofo Ward E. Jones: «Lo que sucede es que no tiene sentido verme a mí mismo creyendo que P es verdad y al mismo tiempo convencido de que lo hago por razones que no tienen nada que ver con que P sea verdad».

Por si fuera poco, nuestro cerebro tiende a interpretar a quien está equivocado como nuestro enemigo, lo que en general carga aún más las tintas. Esta percepción puede ser manifiesta o sencillamente estar oculta tras capas y capas de corrección política («yo no soy racista, pero…»). Si alguien afirma algo chocante no es infrecuente que el otro responda con algo parecido a: «¿Estás flipando?». Y quienes defienden creencias diametralmente opuestas a las nuestras pueden ser tildados alegremente de «rojos», «cavernarios», «lunáticos liberales», «meapilas de la derecha» y un largo y creativo etcétera.

Cuando la gente de mi entorno suele afirmar cosas del tipo «¿Qué clase de idiota puede seguir votando al PP?» a menudo pasan por alto que viven en una burbuja ideológica, y que sus homólogos políticos diametralmente opuestos probablemente están afirmando algo parecido a «¿Qué clase de idiota vota al PSOE?». Y eso sucede con toda clase de temas. Siempre hay asuntos en los que, hasta el mayor defensor del debate como forma de enriquecimiento personal, parte de la premisa de que el otro es sencillamente idiota. Y si pensamos que el otro es idiota es porque pensamos que nosotros no lo somos.

Es la razón de que en Estados Unidos haya condados donde los demócratas siempre ganan, y otros donde siempre ganan los republicanos. Como abunda en ello Schulz:

Tanto si pasamos mucho tiempo con esas personas porque estamos de acuerdo con ellas o si estamos de acuerdo con ellas porque pasamos mucho tiempo juntos, la cuestión fundamental sigue siendo la misma. No es solo que participemos de una creencia; es que participamos de una comunidad de creyentes.

En el caso de que nos veamos obligados a permanecer tiempo con personas que opinan radicalmente distinto a nosotros, entonces echamos mano de los buenos modales y tampoco abordamos los temas en los que diferimos. Y si lo hacemos, el tacto propicia que tampoco abordemos los puntos verdaderamente críticos. Ello no solo torna el debate en un teatro (en el caso de que no queramos hacer daño a la otra persona), sino también en una manera de enemistarse, distanciarse y reafirmar nuestras propias creencias (en el caso de que tengamos ganas de sangre, poniéndonos petulantes, paternalistas o desdeñosos).

Lo más perturbador, sin embargo, es que si procedemos así con los demás, hemos de admitir que también los demás lo hacen con nosotros, lo que reduce ostensiblemente la probabilidad de que nos alerten a propósito de posibles fallos de nuestras opiniones. Dicho de otro modo: parece que en formato profundamente adversarial solo caben dos opciones, a saber: que saquemos las uñas y el otro se ponga a la defensiva (reforzando sus ideas), o que nos callemos educadamente y otro sencillamente no sepa que está equivocado (reforzando sus ideas).

El deporte nacional: debatir asuntos abstractos

Doce hombres sin piedad, 1957. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer / Orion-Nova Productions.
Doce hombres sin piedad, 1957. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer / Orion-Nova Productions.

El debate puede ser útil si es conciso y tiene como objeto de glosa un tema muy sencillo, fácil de demostrar, «mira, no, oye, dijiste que no te dejaste el gas encendido y aquí tienes la prueba de que no es así». Sin embargo, el debate se convierte en un lastre intelectual peligroso cuando se centra en temas complejos, abstractos, para los cuales no solo no hay evidencia, sino que la solución ni siquiera es binaria, sí o no, a favor o en contra.

Son los llamados temas peliagudos, que generalmente emanan de la subjetividad o en los que los acuerdos al respecto solo son convenciones o fronteras arbitrarias porque nada es blanco o negro. Es el caso de, por ejemplo, el aborto, el uso del burkini, la tauromaquia y otros tantos. Eso no quiere decir que no haya nada que aportar a tales temas. Todos esos asuntos pueden analizarse de forma más completa si se aportan datos de buena calidad, como los científicos. Por ejemplo, si debatimos sobre el aborto, el debate será mucho más completo si se tiene en cuenta lo que ya sabemos sobre embriología, genética, el sistema nervioso o la consciencia. Pero, si bien debatir a ciegas es mucho más infructuoso que hacerlo teniendo en cuenta tres o cuatro puntos indiscutibles, la solución a esos debates no existe, solo podemos dar vueltas y más vueltas a su alrededor, incluso cambiando de postura a cada poco en función de las nuevas opiniones que recibamos.

Y, entonces, queda a la vista la verdadera función del debate, que en absoluto es presentar todo lo que hemos aprendido en nuestra vida acerca de un tema para contrastarlo con todo lo que han aprendido los demás para, finalmente, todos salir de allí sabiendo más que antes.

Blablablá, el motor social

Debatir sirve para lo mismo que charlar de cualquier otro tema. Un debate, por el hecho de definirse como debate, discusión, polémica, no dista en absoluto de las funciones que tiene cualquier conversación.

Puede ser un pasatiempo o una manera de aproximarse al otro, trabar alianzas o forjar odios. Discutir es como un baile de salón. El debate considerado como un baile con otra persona, pues, sirve para divertirse, acercarse, conocerse, ahora lo llevo yo, ahora tú, aquí soy un poco Tartufo, allí tú me sueltas un moco, aquí yo te demuestro que tengo una espina clavada por aquello que me dijste, media vuelta, bienvenido a mi baile o fuera de aquí.

Debatir es algo así como un engrasante social. Una forma de juego que recuerda a los mordiscos de mentira que se propinan los perros.

Debatir es hablar y, como especie social que somos, necesitamos hablar para intimar. Si la mayor parte del tiempo chismorreamos sobre terceras personas a fin de evaluar la reputación relativa de los diferentes miembros del grupo, la otra gran parte del tiempo la dedicamos a confrontar ideas para hacer justamente lo mismo.

Debatir, las más de las veces, no sirve para hallar la verdad, ni para convencer a nadie de nada. Obviamente, siempre debemos preferir el intercambio ponderado de argumentos al intercambio vehemente de denuestos. Pero eso no quita que probablemente le estamos otorgando un exceso de importancia a la capacidad esclarecedora del debate en sí mismo, por muy ponderado que sea. Como describió Philip Roth en Pastoral americana:

En cualquier caso, sigue siendo cierto que de lo que se trata en la vida no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, malentenderlo una vez y otra y muchas más, y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo. Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos.

El cerebro es un accidente evolutivo y, si bien tiene unas capacidades asombrosas, su diseño no es propicio para alcanzar la objetividad. Un cerebro está tan sesgado que, por defecto, ningún individuo puede negar que sea racista, machista o clasista: lo más que puede hacer es afirmar que intenta serlo lo menos posible.

De igual modo, un cerebro no está diseñado para debatir en el sentido tradicional del término, lo cual tampoco es impedimento para mejorar algunos hábitos mentales sin necesidad de ser un gran científico: prestar atención a las contrapruebas, evitar creer que lo que pensamos es la última palabra y, sobre todo, que el árbol no nos eclipse el bosque o que olvidemos por demasiado tiempo que nuestras creencias más firmes están determinadas por accidentes del destino, desde nuestro lugar de nacimiento hasta nuestro ADN.

Porque al considerar que no podemos discutir con alguien, que discutimos para encontrar la verdad, que el otro no está siendo ponderado y lógico como nosotros, que somos humildes y solo buscamos el enriquecimiento mutuo… es probable que estemos poniendo de manifiesto justo lo contrario: que nos creemos más listos, que no somos víctimas de toda la maraña de sesgos cognitivos que entorpecen el cerebro humano, que, sumergidos hasta las trancas en el lago Wobegon, estamos por encima de la media.

Por eso, si estamos en el fragor del debate, intentemos tomarnos unos segundos, respirar hondo y recordar que solo estamos ejecutando un baile social antes que escudriñando quién tiene razón.

ARCHIV - Der republikanische Präsidentschaftskandidat Richard Nixon (r) und sein demokratischer Kontrahent John F. Kennedy (l) verabschieden sich nach ihrem Fernsehduell in Washington am 07.10.1960 herzlich voneinander. In der Mitte steht Fernsehdirektor J. Leonard Reinsch. Wahlkämpfe in den USA sind eine milliardenschwere Sache. Doch wer mächtigster Mann der Welt wird, entscheiden manchmal Kleinigkeiten - gewollte geniale Schachzüge und ungewollte peinliche Ausrutscher. (zu Serie: US-Präsidentenwahl 2012 «Game Changer: Manchmal entscheiden Kleinigkeiten den US-Wahlkampf») +++(c) dpa - Bildfunk+++
Debate entre John F. Kennedy y Richard Nixon, 1960. Fotografía: Cordon Press.


Maternidad y salud mental: el último tabú

Fotografía: « м Ħ ж » (CC).
Fotografía: « м Ħ ж » (CC).

¿Puedo ser buena madre si tengo un trastorno mental? ¿Cómo afectará la medicación al feto?¿Heredará mi hijo el trastorno? ¿Cómo voy a cuidar de un niño si yo misma necesito que me cuiden a veces? ¿Tendré más posibilidades de sufrir depresión posparto? ¿Cómo le explicaré a mi hijo mi enfermedad? Miles de mujeres se hacen este tipo de preguntas cuando el instinto de ser madres choca con el estigma social y el autoestigma.

Albert, ¿tú sabes lo que le pasa a mamá?

Con estas palabras, Ino Moya encaró una de las conversaciones más difíciles de su vida. Fue el día en que explicó a su hijo mayor, en términos que pudiera entender a sus once años, que padece un trastorno bipolar y que estuvo ingresada en su día.

— ¿Has estado en el manicomio?
— Se llama psiquiátrico.
— ¿Pero estás mal de la cabeza?
— No, hijo. Mamá tiene un trastorno mental, pero puede hacer todo lo que quiera.

Ino, contable, «terapeuta de reiki y especialista en bioneuroemoción», decidió revelarle a su hijo su enfermedad, pues está convencida que los secretos influyen en el desarrollo de los niños. Más tranquila y segura, se lanzó tiempo después a contárselo al pequeño, de siete años, y la conversación fue sensiblemente más corta:

Ferran, ¿tú sabes lo que le pasa a mamá?
— Sí. Que estaba mal de la cabeza, pero ya está bien.

«Yo nunca había querido ser madre, pero mi primer hijo me dio la vida», reconoce Ino, que tuvo a Albert con treinta y dos años, cinco años después de ser diagnosticada con un trastorno mental. «La enfermedad supuso un punto de inflexión en mi vida, pero tener a mi hijo, ¡eso sí que fue un antes y un después!», exclama. «Me ayudó a darme cuenta de que yo era capaz de hacer lo que cualquier persona, y me dio una fuerza impresionante», añade.

Cuidar y ser cuidada

«¿Seré capaz de cuidar de un hijo si a mí me han tenido que cuidar?». Esta pregunta daba vueltas en la cabeza de Ino cuando empezó a sentir ganas de ser madre, y es la misma duda que reconocen haber tenido las demás mujeres con trastorno mental consultadas para este reportaje. «Hablé con mi marido y lo consultamos con mi psiquiatra, que nos dijo que no habría problema, porque ya llevaba bastante tiempo estabilizada. Me dijo que sería cuestión de dejar la medicación unos meses antes de la gestación, ya que puede dañar al feto». Ino cuenta que pudo dejar de tomar sin problemas el litio, un estabilizador del estado anímico, pero le fue imposible con el ansiolítico, así que la psiquiatra optó por sustituirlo por otro más indicado para el embarazo. «En ese momento, me arriesgué a que mi vida se desequilibrara, porque había algo dentro de mí que me movía a hacerlo», relata.

No es el caso de Sonia Avellaneda, una pedagoga social diagnosticada de trastorno límite de personalidad (TLP). Con cuarenta y dos años ya no se plantea tener hijos. «Quizá ya sea tarde. Me faltaría una vida para ser madre», confiesa. Durante una época trabajó en un Equipo de Atención a la Infancia y la Adolescencia (EAIA) y vio muchos casos de madres con problemas de salud mental que habían perdido la custodia de sus hijos. «Una vez tuve que evaluar si una madre con el mismo trastorno que yo podía tener visitas con su hijo», explica. «¡Yo, que por aquel entonces escondía en el trabajo mi diagnóstico!», revela. «En esa época aumentó mi miedo a la maternidad: me traumatizó ver a niños tutelados, abandonados. Me ha podido más el miedo a no ser buena madre que las ganas de tener hijos», confiesa.

Y no es para menos. Un 45 % de los padres con trastorno mental acaban perdiendo la tutela de sus hijos, y casi un 40 % de los hijos de personas con trastorno precisan ayuda de servicios sociales o de salud mental, según datos facilitados por Raquel del Amo, directora y psicóloga del Proyecto Casa Verde, una iniciativa de la Fundación Manantial que se dedica al seguimiento de hijos de personas con trastorno y al apoyo a los padres para compensar los posibles déficits durante la crianza. No obstante, Del Amo aclara que «tener un trastorno mental no implica que las personas vayan a ser malos padres, pero es una población de riesgo y hay que prevenir y apoyar a los hijos y a los padres para que pueda desarrollarse un vínculo emocional estable».

El vínculo del apego

Según Del Amo, el miedo de las personas con trastorno a no ser buenos padres, que «en principio podría constituir un factor de riesgo para el cuidado de los hijos, en realidad muchas veces funciona como factor de protección, porque estos padres no quieren que sus propios hijos pasen por sus mismas experiencias, y mucho menos que desarrollen una enfermedad mental».

Anna, publicista de cuarenta años y diagnosticada de trastornos de ansiedad y TLP ha sido madre hace un año y medio. Nunca se había planteado si su problema de salud mental sería un impedimento en la maternidad, y cuando se sintió preparada dio el paso. «Sobre todo, porque no lo hice sola: llegó el momento y estaba con la pareja adecuada, pero como tenía ya treinta y ocho años, nos costó mucho». Hacía cuatro años que no se medicaba, así que no necesitó ayuda profesional, pero al reincorporarse al trabajo tras el embarazo, tuvo problemas laborales que la desequilibraron anímicamente y pidió ayuda: «Decidí estar bien, sobre todo por mi hijo, y el psiquiatra me recetó un antidepresivo que se puede tomar durante la lactancia».

Precisamente por su experiencia de salud mental, Anna no quiere que su hijo reproduzca patrones y por ello está haciendo un tipo de crianza «muy consciente, muy cercana y amorosa», explica. «Quiero que tenga una base emocional muy sólida y a través del juego le educo para que empiece a adquirir la seguridad de la que yo carecí durante mi infancia», remacha.

La psicóloga de la Fundación Manantial coincide en la importancia de las relaciones tempranas del bebé con sus cuidadores: «Es en la relación con la madre donde el niño aprenderá su manera de amar, así como adquirirá la seguridad que tendrá posteriormente en su futura vida de adulto», explica Del Amo. «Este vínculo es el que llamamos apego, y es fundamental para el desarrollo del ser humano». Según ella, que una persona con trastorno mental pueda criar hijos vendrá determinado de «si son capaces o no de establecer un vínculo de apego».

Estigma y autoestigma

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Fotografía: Ed Beard (CC).

Las cuatro mujeres consultadas para hacer este reportaje aseguran haber contado con el apoyo de sus respectivos psiquiatras al preguntarles por la posibilidad de ser madres. Sin embargo, en muchos casos, la presión social ha sido un problema. «Socialmente, te capan como mujer cuando te diagnostican un trastorno mental», explica Sonia. «A menudo he oído: “bastante tienes con cuidarte a ti misma, no te puedes encargar de nadie más”, y eso me ha pesado durante muchísimos años», reconoce.

Por su parte, Mónica Civill, una psicóloga de treinta y nueve años diagnosticada de trastorno bipolar y que no tiene hijos, señala: «la sociedad te dice que eres normal si estudias, trabajas, tienes una pareja y luego hijos… y cuando aparece un trastorno mental, todo eso se rompe». Así, mientras «el resto de la gente tiene hijos sin pensárselo tanto ni ser consciente de lo que supone», la sociedad pone a las personas con trastorno «todas las trabas del mundo» para la maternidad.

A ello se suma el autoestigma, un fenómeno tan paralizante como el estigma social. «Tus propios prejuicios y las creencias que tienes interiorizadas respecto a tu trastorno pueden ser un impedimento mayor que el trastorno mismo», señala Ino, quien asegura que «con información y ayuda», se puede vencer ese miedo.

«La persona que más me ha estigmatizado a lo largo de mi vida he sido yo misma», reconoce Mónica, que hace algún tiempo estuvo cerca de intentar tener hijos con una pareja anterior. «Me dijeron que debía dejar la medicación tres meses antes de la gestación y después volver a introducirla, cosa que no me pareció nada segura para la salud del feto, ya que la medicación puede provocar malformaciones. Además, puesto que llevo tantos años tomando, tuve miedo que también fuera un factor de riesgo para el feto», recuerda. Otro tema que le preocupaba era la depresión posparto: «si tienes un trastorno mental, seguro que tienes muchos números de padecerla». Ahora, Mónica podría animarse a ser madre con su actual compañera sentimental. «Al ser mi pareja una mujer, se me abre una nueva oportunidad», confiesa, «es un tema muy delicado y serio, pero ya no solo depende de mí el embarazo. Si ella se queda embarazada, habría menos riesgos».

¿Mi trastorno es hereditario?

Otro de los miedos recurrentes tiene que ver con la posibilidad de que el hijo herede el trastorno mental. Un riesgo que varía en función de la enfermedad de que se trate: algunas, como el trastorno bipolar, no son hereditarias, pero otras pueden serlo en mayor o menor medida. «El riesgo de que el hijo desarrolle esquizofrenia si uno de sus padres la padece es del 10 %, y del 30 % si la tienen ambos padres», explica Del Amo, quien añade que «los hijos de padres con depresión tienen un riesgo de alrededor del 50 % de padecer una depresión».

Anna reconoce este miedo, pues por parte de ambos padres tiene familiares con problemas de salud mental. «Pero mi marido es diabético y también tengo miedo a que tenga un problema con el azúcar», relativiza Anna, quien considera clave la normalización de estas problemáticas. «Y si algún día tiene dificultades, me gustaría que pudiera hablar conmigo y pedirme ayuda, porque a mí me costó mucho hablar con mis padres sobre mis problemas de salud mental», confiesa.

Para casos así, la adopción podría ser una solución, aunque el asunto es bastante complejo al estar sometido a legislación nacional y también autonómica, por lo que varía en función de la región. En cualquier caso, el hecho de tener un trastorno mental suele conllevar la denegación del certificado de idoneidad para adoptar.

Según Nuria Miranda, una psicóloga que ha trabajado nueve años en el campo de la adopción, «no todos los trastornos son iguales ni afectan de la misma forma a la vida de las personas». Indica que la decisión final está en manos del departamento encargado en cada comunidad autónoma de determinar si un aspirante es o no apto para adoptar. «Se tendría que valorar cada caso como único, teniendo en cuenta también si se trata de una pareja y qué tipo de soporte familiar o social tienen», señala. La cosa se complica aún más en el caso de la adopción internacional, ya que, además de la normativa española y autonómica, hay que tener en cuenta la del país de procedencia del menor.

Sea como sea, señala Mónica, «si ya es difícil adoptar para cualquier persona, si tienes un trastorno mental, es imposible: se nos cierran todas las vías», lamenta. Sonia cree que «es un sistema injusto si no se acepta que seas madre de adopción aunque tu pareja no tenga ningún diagnóstico: parece que todo el peso recae en la mujer únicamente», denuncia.

El embarazo y el posparto

Preguntada acerca de los períodos más críticos en la crianza, Del Amo señala «la concepción del hijo, el embarazo, el parto y sobre todo los primeros años de la vida del niño». Bajo su punto de vista, «durante el proceso de convertirse en madre, ocurren importantes procesos en la mujer, a través de los cuales su identidad y rol sufren importantes transformaciones». Y si a esto se añade la ingesta de medicación psiquiátrica, el riesgo de desarrollar un desequilibrio mental aumenta.

Quizá por eso, para Ino su primer embarazo fue «agridulce, entre mucha ilusión y mucho miedo, tanto que no podía dormir: mi marido me leía libros para que cogiese el sueño». Para más inri, la Seguridad Social le cambió a su psiquiatra por uno nuevo que decidió quitarle el ansiolítico que seguía tomando, lo cual incrementó su miedo a que la medicación pudiera haber afectado al bebé. Tampoco le ayudó la infructuosa búsqueda de alguien con trastorno bipolar que también hubiera pasado por un embarazo y pudiera aconsejarla. Todo ello, aumentó su estrés hasta desembocar en «una crisis impresionante» que afortunadamente pudo superar tras acudir a una psicóloga privada.

Tras el parto y estando en su casa, se le abrió la herida de la cesárea y tuvo que estar un mes sin coger a su hijo, porque le mandaron reposo absoluto. Esto desencadenó una pequeña depresión posparto. Pero «a partir de entonces, todo fue fantástico: recuerdo con mucha emoción los primeros meses, saliendo a la calle con el carrito, toda radiante», recuerda Ino, «Me hizo tanto bien que cuatro años después me animé a tener el segundo».

Actualmente, tanto Ino como sus hijos conviven con su trastorno mental. «A veces es complicado, hay días en los que me meto en la cama y soy incapaz de levantarme», reconoce. Pero entonces, sus hijos la apoyan y alimentan esa fuerza que en su día le brindó la maternidad. «El pequeño, que es un amor, cuando me ve en la cama me trae un osito: “toma mamá, para que te haga compañía”».

Fotografía: Phalinn Ooi (CC).
Fotografía: Phalinn Ooi (CC).


¿Es la psicología una ciencia?

Laboratorio de psicología experimental, 1896. (PD)
Laboratorio de psicología experimental, 1896. (PD)

¿Es la psicología una ciencia?

Ojo, que esta es una pregunta trampa. Claro que la psicología es una ciencia, y lo voy a ejemplificar con tres historias que espero, y en este orden, sorprendan, estremezcan y estimulen. Porque este artículo trata de tres experimentos científicos relacionados con la psicología y sus métodos. Y no me vengan los ortodoxos de lo cuantitativo y el laboratorio a confundir términos como el psicoanálisis con la psicología, que la primera es una disciplina psicoterapéutica de aproximación clínica y la segunda una disciplina científica que la engloba y clasifica.

Antes de entrar propiamente en los ejemplos les introduzco los tres métodos más habituales en psicología para adquirir conocimientos, y así podremos hablar con propiedad el resto del tiempo sin que algún lector se arranque por peteneras en los comentarios. Estos métodos son el método experimental, el correlacional y el método clínico. Las tres aproximaciones al fenómeno que se estudia se basan en el método científico-natural y parten de la observación de la conducta, a partir de la cual se hace una generalización, se formulan hipótesis y se propone una teoría explicativa. En las tres aproximaciones es fundamental que las observaciones puedan ser replicadas y las hipótesis contrastadas por otros investigadores.

La indefensión aprendida

No hace falta explicar el concepto después de ver el vídeo. La indefensión aprendida se basa en el hecho de que si nos encontramos ante un evento incontrolable nos preguntamos a qué es debido, y la respuesta que nos daremos determinará en gran medida nuestra reacción. La interpretación que hará cada persona de este suceso incontrolable dependerá del estilo atribucional propio, el cual viene dado por tres dimensiones (interno-externo, estable-inestable y global-específico). Una persona con estilo atribucional optimista (tendencia a explicar las causas de un suceso manera optimista) atribuye los sucesos positivos a factores internos, estables y globales y los sucesos negativos a factores externos, inestables y específicos. Por el contrario una persona con estilo atribucional negativo (tendencia a explicar las causas de un suceso manera pesimista) se caracteriza por el patrón contrario, atribuyendo los sucesos negativos a causas internas, estables y globales, y los sucesos positivos a causas externas, inestables y específicas. Este estilo representa un factor de riesgo para la indefensión y la depresión, y la estabilidad y la globalidad son las dimensiones más relevantes en el desarrollo de la misma, puesto que serían las responsables del mantenimiento de los déficit a lo largo del tiempo y en diferentes situaciones. La siguiente tabla ejemplifica las reacciones de una persona que suspende un examen en función de las tres dimensiones enunciadas:

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Tabla sobre estilos atribucionales extraída del manual Psicología del aprendizaje de la UOC

Como podemos ver en el vídeo la autoestima de los alumnos disminuye cuando no son capaces de hacer frente a un problema —que en su caso es irresoluble— y eso les influye negativamente en la realización de la última pregunta mientras el resto de los compañeros sí pueden resolverla (indefensión personal). La autoestima no se verá reducida  en caso de que nadie pueda resolver el problema (indefensión universal).

Bien, este experimento nos muestra la existencia de este fenómeno que denominamos indefensión aprendida, pero probar que la respuesta de cada persona al experimento tiene relación con un estilo atribucional específico es harina de otro costal. Lo podremos hacer mediante una aproximación correlacional al fenómeno. En términos generales, la aproximación correlacional estudia a los individuos, sin modificar ni el entorno ni el sujeto, como organismos únicos. El objetivo es conocer si determinado rasgo, basándose en la covariación de las respuestas, está relacionado estadísticamente con el fenómeno tal como se postula. Es decir, estudiaríamos mediante cuestionarios el estilo atribucional de los alumnos y junto con la respuesta obtenida mediante la inducción de la indefensión aprendida analizaríamos si la relación entre ambas variables tiene significancia estadística. Las limitaciones de la aproximación correlacional son que abusa de los autoinformes como instrumentos de evaluación centrándose en el rendimiento de los sujetos y que no estudia la causalidad, describiendo en su lugar relaciones de asociación entre variables. En Gaussianos explican muy bien que la correlación no implica causalidad. Los experimentos iniciales que realizó Seligman para postular su teoría sobre la indefensión aprendida se hicieron bajo un diseño experimental triádico englobado en la metodología experimental.

Bruce o Brenda

El vídeo con la dramática historia de David Reimer dura cuarentea y cinco minutos. Si prefieres leerla en cinco minutos puedes encontrarla aquí.

David siempre se sintió atraído por las mujeres, incluso antes de la reasignación, cuando todavía era Brenda Reimer. Son espeluznantes las consecuencias de este tipo de experimentos que parten de una actitud prepotente y egoísta de profesionales —ahora no los llamaríamos así— que anteponen su carrera o sus ideas al cuidado de las personas que tratan. Cierto es que se trata de un caso límite, y que aunque podemos encontrar muchos más —igual o más terroríficos, recuerden a Mengele— tanto en medicina como en psicología son todos de hace unos cuantos años. Gracias al desarrollo de la ética en las profesiones clínicas, es imposible que la sociedad en general y el propio estamento científico acepten este tipo de prácticas. Y cuidado con las operaciones de fimosis (es broma).

No obstante John William Money no fue un loco, sino todo lo contrario, fue un investigador pionero en su campo que creía en la teoría de la tábula rasa y por eso se lanzó a la reasignación sexual de Reimer sin pensar en las consecuencias para el chico. Esta teoría postula que las diferencias psicológicas de sexo son totalmente culturales y no innatas. En la actualidad determinadas marcas neuroquímicas permiten asegurar que la identidad de género puede ser innata y vienen determinadas por la diferenciación sexual provocada por la acción de los esteroides sexuales, sobre todo durante el periodo perinatal. Además diferentes observaciones neuroanatómicas revelan que la anatomía del cerebro está asociada con la orientación sexual y la identidad sexual. Se ha observado que mediante la administración de sustancias estrogénicas y androgénicas a hombres y mujeres heterosexuales se generan patrones diferentes en la activación hipotálamica, por lo que la ciencia en este momento hubiera podido ayudar a David mediante un estudio de las regiones cerebrales que se activan diferencialmente según si la persona tiene una orientación homosexual o heterosexual, en respuesta a diferentes estímulos, sin tener que hacer reasignaciones basadas en análisis subjetivos. A continuación una imagen del tercer núcleo intersticial del hipotálamo anterior —INH3—, una de las zonas del cerebro en las que se puede observar una estructura dimórfica según la identidad sexual.

inah-3
INAH3 en un cerebro heterosexual (izquierda) y un cerebro homosexual (derecha)
Fuente: «A Difference in Hypothalamic Structure Between Hetereosexual and Homosexual Men» Science, 253, pp. 1034-1047, 1991, American Association for the Advancement of Science.

La investigación clínica implica el estudio sistemático, en profundidad, de los individuos y se basa en el famoso «ojo clínico» de los médicos o los terapeutas. Como se puede ver en este caso arriba descrito, el análisis del problema siempre es subjetivo y trata con multitud de factores, muchos de ellos altamente complejos. La principal limitación de la aproximación clínica es la dificultad de replicar sus datos, por lo que en el caso de Reimer, las estrategias terapeúticas no podrían aplicarse del mismo modo a otra persona —afortunadamente—. Otras limitaciones son las interpretaciones subjetivas de los datos por parte del terapeuta y que las observaciones son asistemáticas. La principal ventaja es que estudia al individuo en profundidad, en su contexto, y se acerca a la relación real entre la persona y la situación.

¿Tienen memoria los peces?

Este original experimento que ha desarrollado la empresa española de biotecnología Neuron Biopharma pone de manifiesto que los peces sí tienen memoria en contra de la creencia popular de lo contrario. Específicamente el experimento pone de manifiesto que existe un hipocampo de los peces que les permite memorizar caminos de una forma similar a como lo hacemos los humanos. En Neuron Biopharma utilizan los peces cebra para el estudio del Alzheimer y otras enfermedades neurodegenerativas. Otros de los experimentos que se han realizado con los peces cebra están relacionados con la ansiedad. ¿Tienen los peces ansiedad? Parece que también. Si colocamos a un pez cebra en una pecera circular, al inicio de su estancia el pez nada siempre pegado a los bordes, a medida que pasa el tiempo y el pez se encuentra más tranquilo comienza a moverse por el centro de la pecera de tal forma que el tiempo que pasa en cada punto de la misma es de igual duración. Si golpeamos la pecera el pez cebra se pone nervioso y vuelve a nadar por los bordes, pero ¿y si le añadimos al agua un poquito de Diazepam o similar? Pues que entonces vuelve a pasar el mismo tiempo en cualquier punto de la pecera. El pez cebra se ha convertido en un modelo animal para investigar diferentes procesos biológicos y sus cualidades genéticas y embrionarias se aprovechan para buscar nuevos medicamentos que permitan estudiar diferentes aspectos de las enfermedades neurodegenerativas.

Este experimento se ha realizado mediante el método experimental en el que la investigación supone la manipulación sistemática de variables para establecer relaciones causales; en contraste con la investigación clínica y correlacional hay un control experimental directo sobre las variables que interesan al investigador. El método experimental se realiza en el laboratorio y se controla al detalle todo lo que sucede. Las limitaciones de la aproximación experimental son que son pocas las variables que se pueden estudiar, la situación experimental se realiza en laboratorio por lo que no se puede generalizar a contextos más complejos y que por la propia naturaleza del método hay muchas variables que no se pueden controlar aunque se pretenda.