La carne de dios

Psilocybe species include P. baeocystis (left) and P. pelliculosa (right). Fotografía: Mushroom Observer (CC)
Psilocybe baeocystis (izquierda) y Psilocybe pelliculosa (derecha). Fotografía: Mushroom Observer (CC)

La psilocibina es un compuesto psicodélico presente en unas ciento ochenta y seis especies de hongos. La mayor concentración se encuentra en varias especies del género Psilocybe pero se ha identificado en otros doce géneros más. Tras su ingestión, nuestro organismo transforma la psilocibina rápidamente en psilocina, una molécula psicoactiva que actúa sobre los receptores cerebrales de serotonina y genera alucinaciones, euforia y trastornos de la percepción; aumenta la emotividad, favorece la capacidad de introspección y genera un recuerdo muy vívido de algunas memorias. También pueden experimentarse reacciones negativas tales como náuseas, nerviosismo o dolores de cabeza y en algunas personas puede ser aún peor, con ataques de pánico o paranoia. La duración de los efectos está entre dos y seis horas, pero como también altera la percepción del tiempo los consumidores lo viven como que ha pasado mucho más. Un estudio realizado sobre ciento diez voluntarios sanos que recibieron de una a cuatro dosis de psilocibina concluyó que experimentaron «cambios profundos en el estado de ánimo, en la percepción y en el pensamiento y valoraron la experiencia como placentera, enriquecedora y no amenazante».

Los «hongos mágicos» tienen una historia bien delimitada en dos etapas y no necesariamente una es la continuación de la otra. En la primera parte, antes de mediados del siglo XX, su consumo estaba unido a un ámbito ritual y se buscaba una comunión con los espíritus. Hay pinturas murales en el Sáhara donde se observan figuras con algo que parecen setas en sus manos y recubriendo toda su piel. En un mural de unos doce metros situado en un abrigo rocoso del yacimiento de Selva Pascuala (Villar del Humo, Cuenca) hay otras formas poco definidas y se ha planteado que podría tratarse de una transición de setas a hombres, algo que podría estar relacionado con el consumo de Psilocibe hispanica en esa zona. Ya en épocas históricas, las setas psilocibias eran un componente importante de la culturas americanas, en particular de los aztecas. Los clérigos españoles persiguieron el consumo por los indígenas mexicanos y lo trataron como un asunto diabólico, identificando correctamente que era parte de la comunión de las culturas precolombinas con sus divinidades —el nombre en nahuatl, el lenguaje de los aztecas, es teonanácatl, la carne de dios— y, precisamente por eso, buscando acabar con ello. A pesar de siglos de prohibiciones y persecuciones, las setas psilocibias siguen formando parte de rituales religiosos de distintos grupos étnicos incluyendo los nahuatls, los matlatzinca, los totonacs, los mazatecas, los mixes, los zapotecas y los chatino.

La segunda etapa, que podríamos llamar recreativa, se inicia en la segunda mitad del siglo XX y el consumo sigue pautas muy diferentes: se realiza por personas de países desarrollados o de los mismos países pero sin una conexión espiritual ni cultural, en un lugar no simbólico, sin la presencia de alguien que actúe como guía (el chamán) que es el que regula qué y cuánto se consume. En el primer caso se trata una ceremonia que se considera el acto más sublime del grupo, donde se recibe a los dioses o se hace uno con ellos, y donde el componente espiritual es una parte fundamental y necesaria. En la versión moderna, el consumo es recreativo y va frecuentemente unido a ilegalidad, a tráficos y consumos de sustancias prohibidas. En 1957, un banquero y micólogo aficionado, R. Gordon Wasson, y su esposa Valentina describieron sus experiencias de ingestión de hongos con psilocibina durante una ceremonia tradicional en México, publicando un artículo en la revista Life titulado «Seeking the Magic Mushroom» («Buscando el hongo mágico»). En un segundo viaje les acompañó Roger Heim, director del Museo Nacional de Historia Natural de París, quien identificó las especies de setas utilizadas y envió unas muestras al químico Albert Hofmann, que trabajaba en Sandoz y había conseguido fama mundial al sintetizar el LSD en 1938. A este grupo se unió Timothy Leary, profesor en la Universidad de Harvard que ayudó a popularizar la psilocibina y a defender sus posibles usos terapéuticos. Como había sucedido en la época de la colonia, las autoridades norteamericanas y europeas también ilegalizaron su consumo, posesión y venta, siendo clasificadas como drogas de tipo 1, que son las que tienen un alto potencial de abuso y ningún efecto terapéutico.

A pesar de este estigma, se han hecho diversas investigaciones sobre los principios activos de las setas psilocibias y sus efectos. Griffiths y su grupo hicieron un ensayo clínico con psilocibina en treinta y seis personas que nunca habían tomado un alucinógeno pero que participaban en prácticas religiosas o espirituales. Los voluntarios fueron evaluados durante el tratamiento, poco después y dos meses más tarde, y unos tomaron psilocibina y otros un placebo activo: metilfenidato (Ritalin). El Ritalin produce un efecto estimulante pero no alucinógeno, y se usó porque si se hubiera tomado un compuesto inactivo como control los usuarios habrían identificado con rapidez en qué grupo participaban y se habría dado un sesgo en sus respuestas. A los dos meses, los participantes valoraron la experiencia con la psilocibina como algo muy significativo en el plano personal, con un intenso componente espiritual y atribuyeron a esta experiencia cambios positivos en su actitud ante la vida. Una nueva evaluación un año después hizo que los participantes describieran su experiencia con la sustancia fúngica como una de las más significativas personal y espiritualmente de sus vidas y consideraron que había mejorado su bienestar y su satisfacción con su propia existencia. Para confirmar este efecto, los investigadores entrevistaron también a familiares, amigos y compañeros de trabajo de las personas que habían participado, llegando a la conclusión de que estos cambios eran consistentes con las puntuaciones que les daban los familiares, amigos o colegas de cada participante; es decir, habían cambiado y había sido para mejor. Es una evaluación chocante por dos motivos, por un lado porque se producen cambios duraderos en el tiempo con una experiencia puntual y, por otro, por esa clasificación de la psilocibina entre las drogas de tipo 1, las más peligrosas y dañinas.

DETALLE del panel 1 de la pintura prehistórica de Fuente de Selva Pascuala (Cuenca, España): probables hongos alucinógenos.
Detalle del panel 1 del yacimiento de Selva Pascuala (Villar del Humo, Cuenca). Fotografía:  Giorgio Samorini (CC)

Un segundo grupo de estudios, incluyendo varios ensayos clínicos, se ha centrado en las posibilidades terapéuticas de la psilocibina. La base de datos norteamericana de ensayos clínicos (accedida el 14 de noviembre de 2015) recoge quince estudios realizados o en realización con esta molécula donde se investigan sus posibles beneficios para los pacientes con cáncer, para las crisis de ansiedad, para dejar la adicción a drogas como el alcohol o la cocaína y para mejorar la psicología y eficacia de líderes religiosos, como si pudiéramos tener chamanes de laboratorio. Un par de estudios recientes se han centrado en pacientes con estados avanzados de varios tipos de cáncer y un diagnóstico de un trastorno de ansiedad. Los resultados estadísticos permitían concluir que la psilocibina generó una disminución de la ansiedad y una mejoría en el estado de ánimo de estos pacientes.

El tercer ámbito de actividad en el que la psilocibina parece una molécula prometedora es en el tratamiento de la depresión. La psilocibina se une a los receptores serotonérgicos 1A/2A/2C y hace que la respuesta de la amígdala cerebral a los estímulos negativos o neutros se atenúe y eso genera una mejora del estado de ánimo en las personas deprimidas. La psilocibina actúa también sobre la corteza anterior del cíngulo, una zona que muestra cambios de actividad en personas con depresión y el tratamiento lo normaliza. Las personas con depresión tienen un exceso de actividad en la llamada «red neuronal por defecto» y así están todo el tiempo rumiando sobre ellos mismos, su nulo valor, sus fallos, su maldad, los fracasos vividos y los fallos cometidos. La psilocibina parece actuar también a este nivel, deteniendo lo que se conoce como rumiación obsesiva y mejorando la autoestima de los pacientes. Los primeros ensayos clínicos con la sustancia vieron que los voluntarios que participaban en el estudio se sentían de mucho mejor ánimo unas pocas semanas después, aunque prácticamente ningún laboratorio farmacéutico está dispuesto a participar en el estudio por las dificultades administrativas y legales que implica trabajar con una sustancia controlada.

Los cambios que la psilocibina genera en el cerebro se asemejan también a otro proceso natural de la mente: la creación de sueños. Tras inyectar psilocibina a quince voluntarios y meterlos en un escáner de resonancia magnética funcional, Robin Carhart-Harris y sus colegas del Imperial College han visto que se producía una caída de la actividad en el tálamo y en la corteza anterior y posterior del cíngulo. También se vio que se producía una disminución en el acoplamiento entre la corteza prefrontal y la corteza posterior del cíngulo. Estas regiones están relacionadas con el autocontrol y los pensamientos más elaborados. Estos cambios en los niveles de actividad son similares a los que se producen cuando una persona sueña, lo que podría tener que ver con las visiones y las experiencias oníricas, y la menor actividad en los centros de conexiones también sugiere una cognición sin restricciones, como si el cerebro se comportase «más libre» tras el consumo de psilocibina.

La psilocibina se clasifica también dentro de las sustancias enteógenas, aquellas moléculas capaces de suscitar experiencias espirituales, un aspecto enormemente sugerente por sus implicaciones pero que entre los científicos suele generar cierta incomodidad. De hecho se ha visto que la psilocibina y el LSD son capaces de inducir experiencias místicas o trascendentes en una relación dosis dependiente, algo que no sucede con otras drogas psicoactivas como el éxtasis, el cánnabis, los opioides, la cocaína o el alcohol. Tras un ensayo clínico con psilocibina, la mitad de los participantes lo describieron como la experiencia espiritual más significativa de sus vidas.

Las experiencias místicas son un componente fundamental de las tradiciones religiosas y culturales en todas los continentes y en todas las épocas. En todas ellas hay un núcleo común, un relato bastante parecido que incluye sentimientos de unidad, de conexión, de sentirse en un ámbito sagrado, de paz, inefabilidad, alegría, trascendencia y una idea difícil de explicar de que esa experiencia es una fuente de verdad. Durante milenios, los humanos hemos usado una serie de rituales para alcanzar ese estado incluyendo la meditación, el rezo, el ayuno y la danza. También es común el consumo en esos ceremoniales de sustancias con poderes místicos que pueden ir desde la transubstanciación del pan y el vino en cuerpo y sangre de Dios a la ayahuasca, el peyote y los hongos mágicos.

 Para leer más:

  • Carhart-Harris RL, Erritzoe D, Williams T, Stone JM, Reed LJ, Colasanti A, Tyacke RJ, Leech R, Malizia AL, Murphy K, Hobden P, Evans J, Feilding A, Wise RG, Nutt DJ (2012). «Neural correlates of the psychedelic state as determined by fMRI studies with psilocybin». Proc Natl Acad Sci U S A. 109(6): 2138-2143.
  • Griffiths R, Richards W, Johnson M, McCann U, Jesse R (2008) «Mystical-type experiences occasioned by psilocybin mediate the attribution of personal meaning and spiritual significance 14 months later». J Psychopharmacol 22(6): 621-632.
  • Kraehenmann R, Preller KH, Scheidegger M, Pokorny T, Bosch OG, Seifritz E, Vollenweider FX (2014) «Psilocybin-Induced Decrease in Amygdala Reactivity Correlates with Enhanced Positive Mood in Healthy Volunteers». Biol Psychiatry pii: S0006-3223(14)00275-3.
  • Lyvers M, Meester M (2012) «Illicit use of LSD or psilocybin, but not MDMA or nonpsychedelic drugs, is associated with mystical experiences in a dose-dependent manner». J Psychoactive Drugs 44(5): 410-417.
  • Samorini G (1992) «The oldest representations of hallucinogenic mushrooms in the World (Sahara Desert, 9000-7000 B.P.)». Integration 2 (3): 69–78. Enlace.
  • Young SN (2013) «Single treatments that have lasting effects: some thoughts on the antidepressant effects of ketamine and botulinum toxin and the anxiolytic effect of psilocybin». J Psychiatry Neurosci 38(2): 78-83. Enlace.


Alberto García-Alix: «Es una putada salir mucho de España, a veces uno compara y duele el alma»

Alberto García-Alix para Jot Down 0

Perdido entre las casitas bajas y las estrechas calles de Tetuán, en Madrid, se encuentra el estudio de Alberto García-Alix. Premio Nacional de Fotografía y célebre por retratar tanto a los artistas de la España de los ochenta como a sus balas perdidas sin estrella. Su obra, tras encapricharse su cámara también de moteros y actores y actrices porno, ahora es mucho más introspectiva. Invito al encuentro para relatar esta evolución vital a la cantante Ana Curra, que fue novia del artista durante sus años más locos, con la intención de que le ayude a recordar experiencias comunes.

Ana llega demasiado tarde y yo demasiado pronto. Mientras espero en la puerta del estudio, una chica que está fregando un portal descubre una paloma agonizando en la acera. Le echamos un poco de agua por si es un golpe de calor, la dejamos en la sombra, pero lo que sea que tenga parece irreversible. Me da mal rollo y me meto en el estudio a esperar a Ana dentro. Alberto está hablando de Napoleón con un francés que graba un documental sobre su vida. Los colaboradores del fotógrafo, indiferentes, entran y salen del laboratorio. Huele a revelador, paro y fijador. Llega Ana.

Alberto, fuiste a los maristas en León.

Tuve una infancia muy feliz. El colegio de los maristas de Léon no lo recuerdo con mucho agrado. Estamos hablando de los años que estamos hablando. Mi madre nos peinaba con un flequillito tipo Beatles, porque éramos muy modernos en casa. Y aunque íbamos muy guapos con ese pelo, en el colegio, por esa apariencia, los curas nos llamaban «nenazas» y nos tiraban de las patillas. Eso no se te olvida si eres un poco sensible. Sentía la injusticia. Pero fui muy feliz. No puedo decir tampoco que fuera una experiencia traumática. Fue lo que nos tocaba vivir a todos los niños españoles y a muchos les fue peor que a mí. Qué te voy a decir…

Tu primera cámara se la pediste a tus padres para fotografiar motoristas.

Pedí una cámara por Navidades a mis padres porque quería hacer fotos de las carreras de moto donde competía mi hermano, y yo también. Mi hermano tenía una especie de técnico, Germán del Caso, que además era fotógrafo, y llevaba el control de cuándo tenía que cambiar la cadena y esas cosas. Cada miércoles, Germán llegaba a casa con las fotos en blanco y negro de la carrera del fin de semana. Me encantaban. Y como me pasaba todo el día en el circuito, le pedí a mis padres por Navidad una cámara para fotografiar ese mundo. Concretamente, mi primera foto es de una carrera de motos.

La moto es lo primero y lo que más me atrajo de esta vida. Compraba la revista Motociclismo cada mes, las tengo encuadernadas desde el año 68. En cambio, la música nunca me interesó mucho cuando era joven. En el rock and roll como tal no me metí hasta que no tuve diecinueve años. A mis hermanos les iba Serrat, Paco Ibáñez, etcétera, porque eran todos de izquierdas; a mi amigo Fernando Pais —con el que me fui a vivir cuando me marché de casa— le gustaba una música muy ecléctica, Deep Purple, Osibisa, Neil Young… y la solía poner constantemente, pero a mí no me gustaba nada. Así hasta que un día un amigo me pasó un disco de Elvis y otro de Gene Vincent y descubrí en esa música una pasión y una actitud…

Has comentado que tu madre os llevaba al Prado de pequeños y tú te fijabas en las mujeres desnudas, me pregunto si no te llamaron la atención los retratos de Goya, que miran como en algunos de los tuyos.

Sí que me llaman la atención. Ahora más que entonces, porque teníamos trece años cuando íbamos con mi madre. La primera vez se me hizo pesado, farragoso, y me fijaba más en las mujeres desnudas, por supuesto. No era fácil tener a cinco hijos dando vueltas por el museo del Prado, pero mi madre consideraba que era necesario para nuestra educación. Nos hablaba de la composición de los cuadros y, como es historiadora, nos explicaba quién era el capullo de Fernando VII cuando veíamos los cuadros de Goya. También iba al museo del Ejército, que era muy bueno, y al de Ciencias Naturales, donde había animales disecados que ya ni existen. Hoy lo han modernizado y ya no están aquellos cientos de vitrinas. Ahora es diferente, todo son pantallas y ordenadores con los hábitats de los animales. Lo que había antes aun apolillado era fascinante para un niño.

Alberto García-Alix para Jot Down 1

Podemos decir que a partir del festival Canet Rock empezó todo para ti.

Con diecinueve años le dije a mi padre que era mayor de edad y que me iba a ir de casa. Había conocido a una mujer y quería irme con ella. Pensaron que volvería en cuatro días, pero vaya, se equivocaron. Era una chica portuguesa que quería que nos fuésemos a Londres y rompí con todo. Me puse a trabajar descargando camiones y a vivir en una pensión. Quería apartarme de lo que me rodeaba porque, por entonces, mis hermanos militaban en partidos de extrema izquierda, la Joven Guardia Roja, el Partido del Trabajo… Era el final de la dictadura, pero seguía habiendo cárcel y agresiones. Mi hermano Alfredo entró preso porque se encadenó protestando contra el servicio militar y coincidió con mi hermano Willy en la cárcel. Le golpearon con dureza en la comisaria de la Dirección General de Seguridad. Además, también en esa época murió un íntimo amigo de mi hermano Alfredo en una carrera de motos en Móstoles.

Al regreso de Portugal, una mañana fui al Rastro con una amiga y me presentaron a Ceesepe [Madrid 1958, pintor, ilustrador e historietista; NdR]. Desde el primer momento me quedé fascinado con él. Era muy especial y emanaba creatividad. Ese mismo día también conocí allí Fernando Pais, que intentó vendernos una marihuana que decía que era colombiana, pero en realidad era casera. Una mierda. Yo ya conocía la marihuana de cuando había estado en Portugal , fue allí donde fumé petardos por primera vez.

La chica portuguesa me había dicho que tenía novio en Portugal y yo no la creí, pero era verdad. Me fui a buscarla a Cascais y resulta que sí que tenía novio. Además, era más moderno que yo e independiente. Al cabo de una semana, le dije que me iba, que quería buscar aventuras por Portugal. Ese viaje fue clave para mí. Alimentó mis deseos de independencia. El año anterior había sido la Revolución de los Claveles y se notaba la vitalidad de un cambio que todavía no había llegado a España.

Y al volver a Madrid, me volví a encontrar a Fernando. Era fotógrafo y me contó lo del festival de Canet. Le dije que yo también tenía una cámara de fotos y fuimos juntos. Para mí fue un deslumbramiento. Recuerdo que dormimos dos días en la playa. Al terminar, Fernando regresó a Madrid y yo continué mi viaje, fui a Santander. No le pedí el teléfono ni nada, pero lo que son las casualidades, cuando volví a Madrid, iba por la calle en una motito pequeña que tenía y me pitó un coche, era él: «¡Hola!, ¿qué tal?». Y con la alegría dejé de mirar para adelante y me caí de la moto.

Me dijo que estaba buscando casa, y que iba a ver un apartamento al Rastro. Le acompañé y le dije: «oye, aquí caben dos». Pues adelante, vente, respondió. Así que empezamos a vivir juntos en el famoso piso del Rastro donde él montó un laboratorio. Aunque era muy chapucero, revelábamos con agua fría y los minutos de revelado eran… a elegir. Pero es ahí donde empezó mi pasión por la fotografía. Donde empezó todo.

Fuiste totalmente autodidacta.

Al principio, ni tenía negativos ni les daba valor. Pero una vez me dio una mala bajada de ácido, tan chunga que me propuse cambiar de vida. No iba a la universidad. No hacía nada, sentía que tenía que cambiar y lo que hice fue disciplinadamente meterme todas las tardes en el laboratorio. De una manera autodidacta comencé a aprender y a tomar fotos.

Cuando volvió Fernando de la mili se impresionó mucho con las fotos que había hecho. Pero yo lo que hice fue solamente ir aprendiendo poco a poco con disciplina, ya te digo… Si la primera foto te sale negra, le quitas más tiempo y sale más clara, etcétera, etcétera. Por entonces, no tenía conciencia fotográfica, nunca había abierto un libro de fotografía. Pero encerrado en el laboratorio sentía e intuía el camino que se me abría.

¿Por qué no querías ir a la universidad?

Con diecinueve años estaba matriculado en Derecho, en la Autónoma. Luego lo dejé y pasé a la Facultad de Periodismo, pero tampoco me interesaba nada. Quise haber hecho cine, que es lo que me interesaba, no las fotos, pero llegué un día tarde a entregar la matrícula y no me dejaron. Entonces, por hacer algo, pensé en Periodismo por la rama de imagen. Me alisté, como se decía, pero al final solo iba la universidad a vender los números del Star y los cómics underground. Ponía un trapo en el suelo y a vender.

Los cómics los editábamos Ceesepe y yo. Nos traían tebeos del underground americano, los Zap Comics, y lo que hacíamos era tapar con tippex blanco las letras, traducirlas luego al español y los imprimíamos. Editábamos a Clay Wilson, Richard Corben, Moscoso, Spain Rodríguez y a algunos españoles. Teníamos un puesto en el Rastro que era entonces el punto de encuentro de todas las inquietudes juveniles. También vendíamos La piraña divina, de Nazario, en fanzine. Todos los tebeos que teníamos hablaban de drogas y tal, pero el que se quedaba en el canastillo bajo el mostrador era el de Nazario por lo sumamente irreverente que era y todo el sexo que llevaba.

Alberto García-Alix para Jot Down 2

En el laboratorio empezaste con los opiáceos.

Así fue. El puesto del Rastro lo llamábamos «la Cascorro Factory» por el hecho de que vivíamos en Cascorro. Un día, después del Rastro, un montón de gente subimos a mi casa. Cuando fui a la cocina, en el laboratorio oí ruidos. Abrí la cortina y me encontré a mi amigo Fernando y a otros dos poniéndose…. «¿Esto qué es?», pregunté. Y ellos: «¡cállate, cállate!». «Pero ¿puedo probarlo?», insistí. «Sí, si quieres quédate, pero calla». Lo probé y lógicamente salí de ahí… Pensaba: «esto está bien, bien». Lo que pasa es que, claro, a los pocos días ya estaba preguntándole a mi amigo si había posibilidad de volver a pillar otra vez aquello del otro día y…

Podrías haber sido el protagonista de «Qué hace una chica como tú en un sitio como este».

Fernando Colomo vino a mi casa a que le contara la vida que yo llevaba para escribir la película. Me ofreció hacer una prueba de cámara para ser el protagonista, pero fue un fracaso absoluto. Recuerdo que me pusieron frente a una chica y me dijeron que intentara ligármela, y no fui capaz. Entonces le dije a Fernando Colomo que conocía a un actor que sí que podría, el Fifo, y se llevó el papel. Fernando siempre quiso poner la música de Burning en esa película. Antoñito, el cantante, era amigo mío. En las Vistillas, frente a la estatua de Ramón Gómez de la Serna —que es uno de los sitios más bonito de Madrid— Antoñito se comió el primer tripi de su vida conmigo. Le invité yo.

¿Salías siempre de casa con la cámara?

Pocas veces. Las mañanas de domingo, en el Rastro, sí, pero por las noches no. Si hubiese sacado la cámara la hubiese perdido. Por aquellos días me fui a vivir con Teresa. Era el año 78. Compré una ampliadora Durst y me monté un laboratorio. Todas las tardes trabajaba, me sentía fotógrafo aun con unos conocimientos muy escasos. Digamos que me había venido Dios a ver. Ahora hay muchísima información, pero entonces yo no tenía casi nada. A veces ojeaba la revista Nueva Lente, pero no me interesaba, lo sentía todo como muy lejano. También estaba la revista Arte Fotográfico, que hablaba mucho de técnica, revelados y otros procedimientos.

La adicción influiría en tu continuidad.

La adicción a los opiáceos influyó en todo. Ciertamente, por culpa de ello los problemas venían a nosotros como las pulgas al perro, pero aun así continué con mi afición a la fotografía. Tuve que empeñar las cámaras algunas veces para pagar la casa. Un carrete me tenía que durar un par de semanas por lo menos, no podía tirar veinte fotos cada tarde. A todo esto, tuve que hacer la mili. En el 79 se me habían acabado las prórrogas de estudios, y tuve la suerte de salir excedente de cupo, pero mi gozo en un pozo, en ese momento los militares en España, por los asesinatos de ETA, decidieron que todos los excedentes hiciéramos la mili. Unos al tercio de Tierra, otros al de paracaidistas y otros a las COES, y todo sin haber firmado nada. A mi me tocó en la Brigada Paracaidista. Fui a ver si era un error y me dijeron que no. Aquello fue una experiencia dura, aunque también interesante en cierta medida. Era un cuerpo de élite, y la disciplina férrea y legionaria. A la gente en mi situación nos prometieron meternos en oficinas cuando acabáramos el campamento; sin embargo, ante mi sorpresa, en la jura de bandera, casi todo el mundo fue a oficinas y a mí me toco artillería. Pasé pisando hormigas toda la mili. Hice todas las maniobras y aun así estaba mejor que los de oficinas, que allí encerrados se aburrían como monas y ademas no podían escaquearse.

Hay una foto muy bonita de dos boxeadores que la sacas en la mili.

En la mili hice algunas fotos. No era fácil. Primero, por la idiosincrasia militar y también porque el ambiente no era muy propicio. Había mucha tensión. Lo que más grabado se me quedó en la memoria es que en la Brigada Paracaidista fue donde vi los primeros tatuajes. Por la noche miraba con curiosidad cómo se los hacían. Era lo clásico: un palillero y tres agujas, escudos de la Brigada Paracaidista o el amor de madre. Recuerdo, porque tengo la foto, a un compañero que se hizo una cabeza de tigre en la espalda.

Al volver empiezas a retratar a tus amigos, a la gente que te rodea, que no te gusta que se la llame marginal.

Marginales no éramos. Si lo pienso bien éramos privilegiados. Mucho antes de que la droga bajase a la calle, estaba en las casas.

[Ana Curra]: La droga al principio la tenía el que podía permitirse ir a Laos y traerlo.

Hacia el 81, a mí me surtían unos holandeses. La vendía para comer y para ponerme. No era como fue luego en los años noventa, son épocas muy diferentes. Hay una etapa del 76 al 86 en la que el mundo de la drogadicción es de una manera, y del 86 a la siguiente década, de otra. De todas maneras, los problemas típicos y comunes de la adicción eran el pan de cada día. Parece que todo era muy divertido, pero no es así. Cuando conocí a Ana, mi hermano murió de sobredosis. Los problemas con las drogas se fueron haciendo cada vez más pesados. Afortunadamente, Curra y yo vivíamos dentro de las drogas, pero compartíamos mundos apartes: yo en lo mío, y ella en la música. Yo tenía muchos amigos que no eran drogadictos. Pero fíjate cómo era la época, a los que no tomaban drogas y no eran promiscuos en el sexo les llamábamos, en broma, «los jesuitas».

Alberto García-Alix para Jot Down 3

Hay un autorretrato de 1981 en el que muestras un navajazo sangrante que te habían dado.

Fue un grupo de extrema derecha, los Guerrilleros de Cristo Rey. Me apuñalaron en la discoteca El Sol de la calle Jardines. Dos años llevaría abierta entonces. Una noche, entraron estos tíos en la pista, mientras yo estaba ahí bailando. Se pusieron a echar a todo el mundo a patadas. Yo estaba a mi aire, y de repente vi que iban a por mí. Cogí una botella de Coca-Cola para defenderme, amagamos el uno y el otro, pero ya me habían pinchado. También pincharon a mucha más gente. Llegó la policía y me preguntaron si estaba herido. Dije que no, solo tenía alguna herida en las manos de dar golpes. Me fui a fumar un cigarro y me encontré de pronto con la mano llena de sangre. ¡Hostia!… Bajé al cuarto de baño y me vi una puñalada en la ingle. Era una especie de ojal por el que salía sangre. No me había ni dolido, pero a partir de ahí sí que lo sentí. Fui al hospital a coserme y me dijo el médico que el paquete de Fortuna me salvó de que la puñalada no me alcanzara la femoral.

Una vez tuviste que romper tus fotos en un registro para que no las viera la policía.

Fue un registro en casa de mis padres. Había un montón de fotos mías y un policía se puso a mirarlas. Mi padre le dijo: «oiga perdone, qué hace usted mirando eso, son fotos de mi hijo, no hay nada importante ahí». El policía las dejó pero yo me quedé con mucho miedo, estaba paranoico, y tras salir de la detención destruí los negativos que había sacado ese año. Creo que debí romper como veinte o treinta tiras, no creo que tampoco fueran buenas, pero como se nos veía a todos poniéndonos y nos podían identificar, temía que por culpa de las fotos pudiera ser un chivato.

Viajabais mucho en todo caso.

[Ana]: a Tánger…

A Tánger íbamos al hotel Continental. Yo ya lo conocía porque había ido con Teresa en el 78. Pero lo que hacíamos era pasear y encerrarnos en el hotel a tomar opio. Entonces era muy fácil de encontrar en el mercado. Nos ponían las cabezas en un cucurucho de papel. En el hotel nos lo cocían…

[Ana:] Y se supone que nos íbamos a Tánger a desengancharnos…

Íbamos a desengancharnos y volvíamos igual. Yo cada vez que me iba a cualquier sitio, cuando estaba de vuelta en Madrid, lo primero que pensaba era en ponerme.

Hay una foto de Ana y un tío fumándose un chino…

Eso fue en Amsterdam… y a la vuelta, la Interpol [se dirige a Ana] nos paró en la carretera. Pensé en tirar todo lo que tenía encima, porque si me encontraban algo iban a registrar dentro del coche y entonces sí que la habíamos cagado. Total, una vez más, nos vino Dios a ver. Según bajamos, a Curra se la llevó una mujer policía…

[Ana]: ¡Era un hombre!

Es igual, se lo escamoteó en las narices. Se lo metió en el sujetador o no sé qué hizo, malabares…

[Ana]: Lo hice con la polvera, ahí lo metí.

Yo estaba rodeado de policías, con un bolsón, a ver qué hacía. Y también conseguí escamotearlo. Hice, por única vez en mi vida, juegos malabares con mis manos.

[Ana]: Se lo puso en un pulgar y movió la otra mano…

Lo sujeté entre un bolsillo y mi mano. Le enseñé el forro del bolsillo delante de su careto, pero moví el otro. No sé si me entiendes… Fue un acojone, no sé cómo nos libramos.

Cuando salimos de la caseta y de la alegría de que no nos hubieran pillado, Ana dijo que paráramos a ponernos un chino para celebrarlo. Y yo de los nervios: «esto… mejor no, cuando lleguemos».

[Ana]: Yo quería parar ya a celebrarlo (risas).

Alberto García-Alix para Jot Down 4

Has contado en alguna charla a estudiantes de fotografía que hubo un antes y un después en tu carrera tras un viaje que hiciste a Venecia.

Sí. Para mí fue un viaje muy duro pero con todo positivo. Efectivamente, hay un antes y un después de ese viaje. Era el año 86 y me juré que no me volvería a ver a mí mismo mendigando por la calle jamás. Fue la primera vez que la falta de recursos se me hizo insoportable. Siempre había podido dormir en casa de un amigo, pero aquí me vi obligado a dormir en la calle. Iba por ahí solo, rumiando mis penas. Tenía la idea de que podría vender mi ropa, pensaba que hasta me la podrían pagar bien, pero no había caído en la cuenta de que me encontraba en Italia y mi ropa era de rockero. Me puse en un puente con un trapo en el suelo a intentar venderla, estuve horas, bajo un sol de justicia, y no le interesaba a nadie, ¡a nadie! Los italianos que van siempre tan maqueados la miraban como… «¿Una chupa de cuero con flecos? No me jodas». La situación era insostenible, en mi desesperación llegué hasta pensar en asaltar a una mujer por la calle y quitarle el bolso.

Podría haber hecho una cosa muy simple, llamar a mis padres y que me mandaran dinero. O a mis amigos, a Kiko Rivas. Pero me había jurado a mí mismo que yo me iba de ahí por mis propios medios, sin llamar a nadie. Esto lo mantuve dos días, luego tres, después cuatro, hasta que llegó un momento en que me sentí vencido. Ana y mis amigos se habían ido, no quiero decir ahora por qué nos separamos. Ellos me dijeron que cómo me iba a quedar solo sin dinero ni nada, que me fuera con ellos. Y yo: ¡dejadme! Cuando se fueron con el coche, la primera noche todo bien… Bueno, las primeras noches dormí dentro de un tren en la estación, pero un día se puso en marcha y me dio tal susto que decidí dormir en la calle.

Iba todo desolado por Venecia, que por cierto me parece un espanto de lugar. No por feo, es un gran decorado, pero casi sin vida. No había locales nocturnos, ni discotecas, ni lugares de encuentro donde poder a conocer a una mujer que me llevase a dormir a su casa… ¿Sabes lo que más me costaba? Hacer caca. En los bares, hay tantos turistas que para ir al baño tienes que pedir la llave. Tienes que consumir y es caro y yo estaba sin nada de dinero. Fíjate qué cosa más tonta, cagar. Es casi mejor pasar hambre que no poder cagar.

Conocí un periodista y me dejó quedarme una noche en su habitación. Luego una señora, era una mujer muy agradable. Iba yo por la calle y vi en el escaparate de una librería pequeñita un libro que había salido con unas fotos mías publicadas. Se llamaba Nuevos imagineros españoles, que había comisariado Luis Revenga. Al verlo pegué un bote. Entré en el local y dentro, aparte del propietario, había solo una cliente. El propietario se asustó. Yo le decía: «¡soy yo! ¡soy yo!», señalando el libro y enseñándole el DNI. Mi idea era pedirle un préstamo, pero venía de dormir en la calle, sucio, con camisa de chorreras, unas botas tejanas y una gorra blanca. Total, que el tío pasó de mí y me fui, pero la señora salió detrás y me preguntó: «¿lo que ha contado usted es verdadero?». En español lo dijo, era chilena. Y añadió: «pues usted no tiene pinta de artista». En fin… El caso es que me dejó dormir en su casa. Pensé que me daría de cenar, pero no tenía nada en el frigorífico, solo pudo darme un vaso de leche, y se encerró en su habitación. A su manera tenía también un poco de miedo. Pero fue muy generosa y me dejó dormir allí esa noche.

Otro día terminé tirado en la plaza de San Marcos. Sentado en un soportal sin poderme ni mover. Era de noche y estaba lloviendo a mares, se puso a mi lado un hombre y me dijo «è bello…». Al ver que alguien me hacía caso, contesté enseguida: «hostia… ¡claro que sí!». Luego me preguntó de dónde era, le dije que español, de Madrid, y contestó: «¡la Movida madrileña!». Fue una luz de esperanza. Me puse a hablar con él a saco y le terminé soltando que tenía mucha hambre y no había comido, que por diversas circunstancias estaba ahí tirado. Me invitó a cenar en un restaurante, pidió vino y todo. En la cena, exhibí todos mis conocimientos de cultura italiana para que viera que yo era un hombre decente. Hasta de Umberto Eco le hablé. Luego fuimos a su casa, me invitó a otra copa de vino y acepté. Sobre todo pensando en preguntarle si me podría quedar a dormir en su casa. Era un hombre culto y tal, tomamos esa copa. Dijo que por supuesto, que me podía acostar en el sofá. ¡Genial!

Yo quería que él se fuese de una vez del salón para poder quitarme las botas, porque después de no haberme cambiado los calcetines en varios días, me daba vergüenza. Había dejado toda mi ropa en la consigna de la estación, menos la chupa de cuero que la usaba para dormir. No quería cambiarme las botas delante de él y que oliera mis pies después de cinco días pateándome toda Venecia. Uno tiene su pudor. Me dijo algo que no entendí. Por fin se fue. Estando ya acostado en el sofá, volvió. Desnudo bajo una bata de amebas. En ese momento yo me sentía avergonzado por mi olor a pies, apestaba. Se acercó, me abrazó y se puso a besarme. Al principio grité «no, no», pero no paraba. Cuando besó mis labios, le metí un cabezazo y un par de hostias. Se cayó y se golpeó la cabeza contra el suelo. Quedó inconsciente. Pensé que lo había matado. Me entró un miedo terrible, pánico… Miré todos los vasos que había tocado para quitarle las huellas, una gran tensión. Hasta abrí la ventana y pensé en tirarme al canal y cruzarlo a nado. Me puse las botas, me iba a ir y de pronto le escuché jadear. Me dio un ataque de rabia, le eché un cubo de agua en la cabeza, se incorporó y le dije: «te equivocaste».

Salí de ahí y otra vez me vi por las calles de Venecia desesperado. Me di cuenta de que estaba llorando de la tensión que había vivido. Los pocos transeúntes despiertos me miraban. Otra vez me tocaba buscarme un sitio donde dormir y un sitio donde cagar.

Ya puestos, un muchacho que conocí y trabajaba en un hotel, de botones, me dijo que podía sentarme en la plaza de San Marcos con dos amigos suyos. Ellos vivían de ser gigolós con turistas. Los dos italianos se ponían en la plaza con un café y entraban a las turistas que se sentaban al lado. Iban bien planchados y decentes, muy buena pinta. Yo también lo intenté pero sin saber ningún idioma. Cuando me puse a hablar con las señoras me di cuenta de que tampoco valía para eso. ¿Sabes lo que es sentir que no sirves absolutamente para nada?

Venecia ya la veía y… eso nunca lo olvidaré, trágica y cómica. No miraba a la gente, veía solo los calcetines blancos, las sandalias y las palomas picoteando entre aquella masa de pies. Es la imagen que más recuerdo. Un día estaba lloriqueando y tiré, por rabia, los carretes de fotos al mar, o al canal. Solo se salvaron los que hice cuando llegué porque se quedaron en la bolsa que dejé en la consigna de la estación de tren. Me juré que aquello no podía volverme a pasar.

Al final, después de intentar colocarle la cámara a un argentino, y no lo hice porque solo me daba la quinta parte de lo que valía, mi amigo, el botones de hotel, me acompañó a la policía para que me repatriaran. En la comisaría me dijeron que me daban un billete hasta Roma. Y de allí, la policía me mandaría a España. Mi hambre no podía esperar tanto. Mi amigo, el botones, al que yo había dado alguna tarde clases de fotografía, o más bien de odio al paisaje veneciano, me ofreció comprarme el equipo de cámaras por un poco menos dinero que el argentino, no tenía más. Acepté con la condición de enviárselo, cuando pudiese, y que él me restituyese la cámara. Con el dinero, compré el billete de vuelta y lo poco que sobró lo gastamos en una borrachera. Antes de coger el autobús, como en la estación de tren hay duchas, me di una. Me afeité a gusto y por fin cagué tranquilo. Me fui de Venecia a Madrid sin comer, y de remate en cada frontera la policía subía y solo me bajaba a mí para registrarme. Al final llegué. Recuerdo vivamente la alegría que sentí.

Alberto García-Alix para Jot Down 5

Y apareció la galerista Valle Quintana.

Había perdido a Ana, las cámaras y tuve que volver a casa de mis padres. Era el año 86, me había quedado sin nada. Sin dinero, sin casa. Lo único que me quedaba era la moto. Afortunadamente, en el famoso viaje de Madrid a Vigo iba Valle Quintana, que era la galerista de una sala de arte muy importante que se llamaba La Cúpula. Me preguntó cómo estaba. Le hablé de mi problema, no tenía nada, ni cámaras. Contestó que si estaba así era porque yo quería y me ofreció una exposición. «Confía en mí que te lo vendo todo», dijo. Como en esa época yo cometía errores, problemas con las drogas y demás, de administrar el dinero de producción se ocupó Kiko Rivas. Me encerré en casa de mis padres, monté un laboratorio en el cuarto de baño y durante dos meses estuve trabajando en la exposición. Y sí que se vendió, sí. Fue la primera vez que gané dinero honradamente.

Antes había expuesto en Londres, pero metí la pata. Una amiga llevó unas fotos mías a una galería que había cerca de Portobello. Se quedaron muy sorprendidos. Pensaban que estaban hechas en Nueva York porque salían unos rockers. Le mandé otras fotos y volvió a llevarlas. Como además tenía a la policía muy pegada al culo en ese momento, me fui a Londres. La exposición apareció en la prensa. Vino la directora del Photograpers Gallery y me dijo que quería ver más fotos mías, y exponerlas en esa sala. Debían pasar por un comité, pero sonriendo añadió que me podía prometer que les iba a interesar mucho. Firmé los papeles, me vine a España, pero me volví a meter en la milonga de las drogas y no cumplí con ella. Un año después escribió pidiendo explicaciones, se las di a mi manera y pedí perdón. Me volvió a mandar los papeles, volví a firmar y… volví a incumplir.

En tus retratos, has dicho que nunca sorprendes al modelo. ¿Cómo llegaste a ese estilo tan austero, de mucho trabajo hasta dar con algo nada recargado?

Lo que me pasó a mí concretamente es que en el año 81 cuando salí de la mili fui a ver una exposición de Agust Sander en el Instituto Alemán y fue la primera vez que me quedé pillado delante de unas fotos. Pero pilladísimo. Volví a verlas varias veces. En la soledad de mi laboratorio, por primera vez, algo se hacía evidente. La independencia de la mirada. La posición. La sinceridad… Sander era alguien que se posicionaba con una gran intención para tirar un retrato. Ese mismo año fui a ver una exposición de fotografía americana. Vi las fotos de Walter Evans, de Diane Arbus… Me sentí próximo y me hizo reconocerme en ellos.

Al principio, mis fotos eran muy naturistas. Con los años fueron siendo de otra manera. En aquella época sacaba muchas fotos de habitaciones de hoteles y las pensiones por las que pasaba, que eran muy humildes. Los amigos decían que aquello no eran fotos. De hecho, una vez un tío, que estaba buscando fotógrafos para una colección de postales y que publicó a toda la gente de mi época, me dijo al ver mi material: «hijo, no te voy a engañar, dedícate a otra cosa». Pero fue como el que oye llover, solo que con mi sinceridad habitual le dije a mis amigos lo que me había dicho y durante un tiempo llevé el sambenito de «dedícate a otra cosa».

Retrataste a Johnny Thunders.

Vino a España a tocar y me fui con Santi Ágapo y más gente a buscarle al hotel, le dijimos que teníamos heroína en casa, que si se venía y aceptó. Primero dimos un paseo por la calle, por detrás de Gran Vía, y luego fuimos a mi casa. Allí estaba durmiendo mi amiga Eva, que era fanática de Johnny Thunders, y también una apasionada de los opiáceos. Llegó y le digo: «Eva, despierta, mira a quién te traigo». Abrió un ojo, lo reconoció y gritó: «¡hijo de puta, hijo de puta, cómo me haces esto!». Salió corriendo, se encerró en el baño y cuando volvió parecía la reina mora, maquillada y peinada. Total, que, con mucha alegría, todos nos pusimos el primer chute.

Después de ponerse, Johnny escupió la sangre que quedaba en la jeringuilla contra la pared. Me sentó mal. Me pareció una guarrada. Le dije: «¡eh!»… Y él: «sorry, sorry». Me dejó la pared llena de churretes. Al segundo chute Johnny volvió a hacer lo mismo y me cabreé bastante. Meses después pinté la sangre por encima porque me daba mal rollo. Y hoy lo que pienso es… ¿Y si la hubiese fotografiado? ¡Hoy tendría el ADN de Johnny Thunders en una copia de papel! Esa foto habría sido buenísima, ¡buenísima! Pura metafísica. Pero fui torpe y no la hice, en cambio le saqué unos retratos que… Bueno, él no era un gran modelo, porque era muy teatral para mi gusto, no paraba de poner caras y poses, aun así conseguí un par de buenas fotografías.

Y de Camarón.

Kiko Rivas me llamó para hacerle un retrato a Camarón para la revista El Europeo. Fuimos a San Fernando (Cádiz). La verdad es que el plan, a priori, no me entusiasmaba mucho. El flamenco nunca ha sido la música que más me ha interesado. Pero, hombre, era Camarón… Además, cuando lo comentaba a la gente todo el mundo quería venir conmigo, ¡y pagando! Me decían: «¿puedo ir contigo? voy de ayudante, lo que sea, te pago lo que haga falta». Al final, vino mi mujer. Ella quería conocer a Camarón como fuera.

Salimos para allá con Kiko Rivas y el primer encuentro con Camarón fue un poco frío. Habíamos quedado en una fonda y Camarón me miraba como pensando ¿este de qué va? Le pedí unos minutos. Saqué unas fotos de él sentado en la mesa, pero de repente se fue al cuarto de baño, uno de los que iban con él salió detrás con bicarbonato y una cuchara y me dije: «joder, a ver si nos invitan». Camarón, en el cuarto de baño, no se debió sentir cómodo, porque había mucha gente en el bar e intentaban entrar en el baño. Salió y dijo que continuáramos por la noche.

Fuimos a la Venta Vargas y allí sí que nos entendimos. Vi que Camarón tenía un tatuaje en la mano y le pedí que me lo enseñara para fotografiarlo. Ocurrió que ahí había un tal Candado, que estaba siempre con él. Dijo que no se podía, que los artistas no muestran tatuajes en las fotos. Lo dijo con sorna. No me sentó bien oír eso. Me abrí la camisa y dije: «¡pues yo soy un gran artista y mira todo lo que llevo tatuado!». Replicó: «joder, parece un mapamundi». Todo el mundo reía, pero vi que Camarón se había quedado quieto. Enfoqué a la mano y me dije: «yo tiro mi foto». Cuando levanté la mirada, el único que se había dado cuenta de que la había hecho fue Camarón. Además, había dejado quieta la mano, sin moverla de posición, sabiendo lo que yo estaba haciendo. A partir de ese momento, surgió una corriente de comunicación entre nosotros. Nos reímos mucho y hasta nos invitó después a una boda gitana.

Pilló buen rollo conmigo. Me tomaba el pelo, se reía, decía: «¡tú eres gitano!». Porque yo llevaba el pelo largo y rizado por esa época. Al volver a Madrid, mucha gente me preguntaba cómo era él… Era un príncipe, veías que emanaba de él algo especial, no sé cómo explicarlo. La verdad es que me arrepiento de no haber hecho más fotos, falleció poco después. Por cierto, que al poco de su muerte me encontré toda la ciudad empapelada con mi foto en el nuevo disco y tuve que ir a la discográfica a renegociarlas.

Alberto García-Alix para Jot Down 6

Por estas fechas estuviste metido en los Centuriones y de ahí surgen tu colección de fotos «Bikers». ¿Eran muy chungos?

Los Centuriones éramos un motoclub. ¿Tú crees que eramos chungos…? Chungos son los políticos corruptos, y son muchos, y sus miserias nos afectan a todos. Los Centuriones eramos libertarios. Gente de corazón, más vivos. Yo lo fui unos años y lo dejé, pero la verdad es que los años en el motoclub me causan una gran morriña… Conservo buenos amigos. Nunca podré volver a vivir la carretera y la moto como la viví entonces. Para mí fue una época maravillosa en mi vida. Lo que no le puedes pedir a un club de motoristas es que se acoja a lo políticamente correcto, los motoclubs siempre tendrán sus propias reglas y leyes.

Hay una cosa que me extraña, Ramón de España, en El País, no una sino dos veces, escribió que eras un niño bien que se hacía rebelde, que no contento con no querer estudiar Derecho y hacer Periodismo te hiciste motero. Y te compara con alguien de la alta sociedad catalana que conocía que se enroló en la Legión, se casó con la asistenta de sus padres y se fue a vivir a Rubí.

Tonterías. Ni me va ni me viene. Primero, porque lo que dice no es verdad. Son pamplinadas literarias de alguien que no me conoce. Yo no me hice motorista, las motos están en mi vida desde los doce años… ¡Antes que las mujeres! Mira [me enseña su carpeta del colegio, toda llena de fotos de motos recortadas de revistas], del año 66, la portada del libro de Filosofía con Mike Hailwood. Mira, química, ciencias… mira, ¿de qué está lleno todo? De recortes de motos. Lo que siempre ambicioné desde niño fue disfrutar la vida encima de una moto. Ser un zascandil. Sin más.

Creaste un equipo de competición de motos.

Mi amigo César Aguí vino a verme y me contó que conocía a un mecánico en Valladolid que tenía una Ducati 851. Él deseaba competir con esa moto, pero no tenía dinero. La palabra Ducati encendió mi corazón. Le propuse poner la pasta y hacer un equipo de competición. Se llamaría «Pura Vida Racing Team» y el logotipo sería la chica tatuada del logo del fanzine El Canto de la Tripulación. Me pidió que habláramos con el mecánico y preparamos una comida, después de unos entrenamientos, en el Jarama. Nos fuimos a comer tortilla de patata al campo. Yo fui franco con Evelio Tejero, así se llamaba. Le dije: «mira, no tienes dinero, yo puedo ponerlo». Le hablé de La Tripulación como grupo, y me remangué hasta el codo para que no hubiera dudas de quiénes eramos. El primer año corrimos con César Aguí, que hasta la última carrera se mantuvo entre el segundo y el tercer puesto. En Cartagena, la última carrera, se vino abajo. Fue bajando del segundo al cuarto, del quinto al sexto y al séptimo… No sé si al final quedamos octavos. Fue un año maravilloso y tuvimos la oportunidad, hasta el último momento, de haber dado la campanada en el Campeonato de España con un equipo muy humilde.

Evelio Tejero y yo comprendimos que si queríamos ganar, necesitábamos un piloto más joven que César. Justo entonces, un amigo mío que dirigía una compañía de seguros, se ofreció a esponsorizar el equipo y puso todo el dinero para el año siguiente. Compramos en Bolonia la primera 916 réplica de Carl Fogarty, y también una 748 con las que ganamos el campeonato de España en Sport Production, y quedamos segundos en Super Sport, luchando contra los hermanos Gavira, que eran muy, muy rápidos. ¡Cómo llevaban las motos esos dos! Pero fue un año muy intenso, nuestro piloto David Vázquez era muy rápido y nos dio días de gloria.

El otro gran punto de inflexión en tu vida fue en París.

En el año 2000, en una fiesta me tomé un par de rayas y un par de cubatas e inmediatamente, sin ton ni son, me puse a devolver. Al día siguiente no tomé nada, pero días después volví a beber y volví a devolver. Fui a ver al médico, mi amigo Pedro Escartín, y me hizo unos análisis. Se me había detonado la hepatitis C. «Alberto, se te acabó lo de beber, tienes el hígado destruido, ni una sola copa mas, tienes que hacer inmediatamente un tratamiento de Interferón». Y me advirtió de que el tratamiento era complejo y duro.

A partir de ese momento, a los cubatas los llamaba aspirinas. Era el refresco entero con una gotita de alcohol. Aparte de esto, como nunca vienen dos sin tres, sucedieron otras cosas. Fue un momento de una gran fractura personal, una quiebra. Me di cuenta de que no podía seguir así. Decidí dejar de tomar drogas, ir a París, abandonar absolutamente todo y hacer el tratamiento. Fue un año entero tratándome con Interferón y con unos efectos secundarios horribles. Muy brutal. Sentí algo en mí que nunca había sentido, debilidad y miedo. Adelgacé muchísimo, fue muy duro. Estaba en una situación de confusión absoluta, pero tuve suerte… Siempre he caído de pie.

Unas semanas antes de comenzar el tratamiento, una amiga en París me invitó a una fiesta en una casa. Al rato de llegar una chica que había allí me preguntó si yo también iba a tomar la «madre». Me explicó que era ayahuasca. Pregunté cómo colocaba eso y no me lo supieron explicar. Tenía miedo de cómo podía afectarme y que me salieran todos los demonios, que eran muchos. No estaba en ese momento como para poder escupir todo lo que tenía dentro. Estaba allí sentado y pensaba «¡vete, vete, vete…!». Pero al final me dije: «no seas cobarde, igual hasta te puede ayudar». Y la verdad es que el viaje fue positivo.

No me enteré mucho de lo que pasó a mi alrededor. Éramos unas diez personas tirados todos en colchonetas. Lo que sí es cierto es que tuve un desdoblamiento. Me vi flotando encima de mí, como un soldado. Establecí un monólogo conmigo mismo y me dormí. Cuando desperté, no estaba nada cansado y estaba convencido de que podría con el Interferón. Los médicos en París me habían dado un 20% de posibilidades. Pensaban además que tenía cirrosis. Pero tenía amigos. También me gustaba la ciudad. Y tenía dinero para permitirme un tiempo de descanso. Aun así, no era como Madrid. Conocía poca gente y caminaba mucho sin rumbo. Eso me hizo encerrarme en mí mismo. Al final, dio lugar a una evolución en mi mirada, y a toda mi nueva obra en vídeo.

[Ana]: Me emocioné muchísimo cuando volviste de París. Hiciste una de las exposiciones más sinceras, lloraba de emoción al verla.

Sí, esa exposición era muy intensa y reflejaba muy bien mis emociones de aquel momento.

Alberto García-Alix para Jot Down 7

En esas fechas también realizas tus fotos de actores y actrices porno.

Eso fue antes de irme de Madrid. Me invitó al festival porno de Barcelona un periodista, Casto Estópico. Al principio, como no conocía a nadie, estaba cohibido. Pero Dios los cría y ellos se juntan. Allí conocí a Nacho Vidal. Tenía que hacerle unas fotos y le pedí que se bajara el pantalón. Aparte de mí, estábamos allí mi asistente, un fotógrafo francés y otro inglés que me habían pedido estar presentes. Cuando Nacho se bajó el pantalón y vimos aquella cosa que tenía ahí colgando, yo grité: «¡que Dios conserve esa polla!». El caso es que ahí Nacho y yo nos hicimos amigos. Ya puestos, quedamos esa noche para irnos de farra. Nacho me presentó a gente del porno, actores, actrices. Incluso le acompañé a un casting en la República Checa.

Keith Richards es fan de tus fotos.

La mujer con la que viví en París era muy amiga de los Rolling Stones. Un día ella estaba hablando con Keith por teléfono y le contó que estaba viviendo con un fotógrafo español. Él preguntó si no sería García-Alix por casualidad porque le gustaban mis fotos. Le habían regalado un libro mío. Él, por lo que dijo mi chica, pensaba que las fotos estaban hechas en la calle en ciudades como Nueva York. Y no, eran mis amigos de Madrid. Esto me pasaba mucho al principio, nadie pensaba que esas fotos estaban hechas en España.

La foto que hiciste de la camisa de tu hermano Willy, fallecido por sobredosis, ¿sigue siendo para ti la más importante que has hecho?

No creo. No tengo fotos favoritas. Cada época tiene su foto, la que mejor expresa y condensa lo que fue. Si te fijas aquí en el estudio no tengo fotos. Solo de pilotos de motos.

Te gustaría poder retratar a José Tomás.

Fui a verlo a Nimes. La verdad, me gustan los toros y quería verlo como fuera. Me invitaron unos amigos y fue un gran día en mi vida. Me quedé pilladísimo. Cuando acabó era como… ¿Qué ha pasado? Ahí estaba un hombre que había amplificado los límites de la gloria. Lo quieras o no se te pone la piel de gallina. Fue como cuando encienden la luz en un teatro o un cine y acabas de ver una gran obra, que no te puedes ni levantar del asiento. José Tomás en dos horas nos hizo mejores personas. ¿Dónde puedes encontrar una épica como la de ese hombre, el respeto, la mística, el sacerdocio, la altivez, la tensión, el arte…? Como fotógrafo claro que me gustaría hacer la foto, pero una gran foto que reflejase su personalidad.

Te arrepientes de haber sido vago, de no haber hecho más fotos.

Pues sí. Si ahora pudiera volver a vivir los años ochenta con la conciencia de ahora mismo, estaría fotografiando constantemente el mundo que me rodeaba. Los tendría a todos, como si fuera un coleccionista de freaks.

Te marcó viajar a China.

Tenía que escribir el guión del vídeo De donde no se vuelve para el Reina Sofía y le propuse a todo el equipo irnos a Cartagena de Indias, a Colombia. Había estado allí hacía poco, y me encontré a Manuel Malou, que había montado un bar en el local donde Marlon Brando rodó La queimada. Iba andando por la calle y escuché: «¡Alberto, Alberto!». Me giré y vi que era él. Increíble. Me llevó a la playa con unos músicos de vallenato solo para mí. Más tarde, cogimos un coche tirado por caballos y él se puso a tocar rumba con la guitarra por la calles de Cartagena de Indias, en fin, genial Manuel Malou.

Volví a Madrid convencido de ir a Colombia a trabajar, pero justo antes tuve que ir cinco días a China, a Pekín, a inaugurar una exposición. La primera noche salimos a cenar y no sentí una gran atracción por el lugar. Pero al día siguiente fui a dar un paseo y me hice un canuto. Flipé. Estaba por todas las calles que hay detrás de Tiananmen y se me quedó la cabeza a cuadros. Me pareció superinteresante y supervital. Luego me hice amigo de las tres chicas españolas que estaban viviendo allí. Vinieron a la exposición, les pedí que me sacaran de marcha y eso ya fue maravilloso. Así que fuimos todo el equipo a Pekín. La primera noche acabamos con unos músicos de Nueva York e Inglaterra que hacían música antigua, de marineros de los años treinta, por swing, con contrabajo, acordeón y guitarra. Acabamos bailando encima de las mesas.

Pasamos ocho meses. Me encerraba todos los días a escribir y, aunque la tensión del trabajo era muy grande, lo pasamos de miedo. Fue una gran experiencia. Conocí a mucha gente. Entre ellos a un músico chino muy sensible y nos hicimos amigos. Lo encontré en un bar, que por cierto se llamaba Dos Kolegas, en español, donde ponían música experimental. Lao Ta, que así se llama, según entré en el bar me tendió la mano y me ofreció un canuto enorme de marihuana. Le dije a mi equipo: «¡este es nuestro hombre!». Era genial músico, genial persona, y además nos surtió de la mejor marihuana del mundo (risas). Hombre, si te vas allí para ocho meses tienes que buscarte tu vidilla. Me eché hasta una novia china.

Alberto García-Alix para Jot Down 8

No te has pasado a la fotografía digital.

Al principio pensé en pasarme como todo el mundo. De hecho, hace cinco años probé una Phase One de Hasselblad digital, que me la llevaron al Escorial, donde yo daba un curso de fotografía para que la probara. Es una buena cámara, pero me di cuenta de que el autofocus solo va con lo que está detenido, lo que está en movimiento no lo pilla. Tampoco me daba más poesía, entonces me pregunté qué me daba. Si no me ofrecía más velocidad y tampoco poesía y expresividad, no era lo que necesitaba. Así que decidí que me podía permitir seguir trabajando en analógico.

Has dicho que no falsificar las emociones es tu primera norma.

No es así. Falsificar las emociones, si se hace brillantemente, es genial. El problema es que el digital ha traído una gran falsedad de las emociones, que es otra cosa. Tiene ventajas y virtudes. Ahora te metes con el ordenador, desenfocas aquí, desenfocas allá; estiras de aquí, estiras de allá, y sale una fotografía como las que hace Antonie D´Agata pero sin ser Antonie, ni haber tenido ese desarrollo. O si quieres hacer una imagen como la de Anders Petersen, puedes imitarlo a través de unos contrastes exagerados. Pero no hay una visión sobre la cámara al mirar. Es un juego después, a posteriori, maniqueo. Si tienes buen gusto puedes hacerlo muy bonito, pero hay una gran falsedad en las emociones.

Dijiste que de niño te habrías imaginado al hombre del siglo XXI de muchas formas muy modernas, pero nunca haciéndose selfis sin parar.

Nunca he dicho que me imaginara al hombre del siglo XXI. Mi cabeza no da para tanto. Cuando llegaron los móviles hace cinco o seis años con cámara de fotos y la gente empezó a hacerse fotos a sí misma, que hasta se sacan fotos masturbándose y las cuelgan en las redes, de repente pensé qué coño, la ciencia ficción nos había mostrado mucho lo que esperaba al hombre del futuro, pero nunca nos enseñó a una persona haciéndose fotos a sí misma.

Pero el fenómeno podría tener su punto. Recuerdo cuando estaba en Buenos Aires escribiendo un texto para un libro de Joan Fontcuberta. En la calle había una cacerolada contra la corrupción política y pensé, qué coño, eso no tenía sentido en el mundo moderno. Hoy en día lo que se podrían hacer era, precisamente, selfis, pero de otra manera. Es decir, coger el móvil, bajarse los pantalones, sacarse una foto del ojete, anónima totalmente. Imagínate al Gobierno recibiendo dos millones de ojetes del culo para decirle lo que pensamos de ellos. No pueden decir que no lo han olido. Crearíamos un antecedente de mal gusto: mire, señor, esto es lo que pienso de usted de verdad y se lo voy a hacer ver. Es una broma, pero al verlos tocar los tambores, pensé que eso ya estaba fuera de época. Ahora hace falta una profanación del poder.

Al entrar en este estudio te he visto hablar de Napoleón y no me ha extrañado porque dijiste que el 15M estaba bien, pero que tú lo querías con un Napoleón. ¿Por qué te obsesiona tanto este hombre?

No, no he dicho eso nunca [«Todo era una asamblea permanente. No, hacen falta directrices fijas. Yo creo más en un líder, en un Napoleón que diga: “Venga, vamos a reventarlos a todos”». La Voz de Galicia, 12-12-2013. Durante la entrevista Alberto insiste: «Es una cita falsa». NdR]. A mí me gusta el personaje de Napoleón en la historia. Napoleón fue la primera persona que tuvo la idea de una Europa unida. Trajo algo que no aportó la Revolución Francesa. Eso antes no había existido. Napoleón también fue el primero en becar a los artistas, en financiar el arte. Las leyes que seguimos ahora, aunque tengan la base del derecho romano, son modernizadas por el derecho napoleónico.

Y en cuanto al 15M, yo también me siento un indignado. Este país me duele. España ha ido atrás otra vez. Me ofende la gran estafa del sistema democrático sobre todo porque no somos iguales ante la ley. Y aún duele más que la corrupción haya sido institucional, y por ende su soberbia e impunidad.

La historia me gusta mucho, mi madre es licenciada en Historia. Creo que los Gobiernos de España nunca nos han tratado como adultos. Con las motos por ejemplo, hay una ley por la que no podemos cambiar ni el manillar. Aunque las pinzas de freno sean del año 79, legalmente no puedes poner pinzas nuevas. En Francia, Inglaterra, Alemania, Suecia, Dinamarca, Suiza o Portugal, tú puedes trabajar tu máquina, en todas partes menos en España, que no nos dejan hacer nada porque los distribuidores se han repartido el gran negocio y los motoristas nos lo hemos comido. Si no te permiten hacer nada, no hay creatividad, y cuando te roban la creatividad, aunque sea en una tontería como esta de la moto, te roban mucho más. Sueños, ilusión, alegría. Y no es solo una moto porque es así en todo en este país, lo hemos convertido en uno de los más rígidos de Europa. Es una putada salir mucho de España, a veces uno compara y duele el alma.

Paro la grabadora. Me pongo a hablar con el periodista francés que está haciendo el documental. Las ayudantes de Alberto se van cada una para un lado, con sus cosas, y de pronto un grito irrumpe en todo el estudio, es Alberto: «¡hostia, hostia, que hay una paloma muerta!». Le dicen que no llega a comer con no sé quién. Responde: «primero la fotografía, después todo lo demás».

Alberto García-Alix para Jot Down 9

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


La enredadera de los muertos: en brazos de la madre ayahuasca

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.

Cuando se me presentó hace poco la oportunidad de participar en una ceremonia de toma de ayahuasca, tardé unos cinco milisegundos en contestar que sí. Los motivos eran muchos: fascinación por el chamanismo desde la adolescencia tras muchas lecturas de Alan Moore y Castaneda, curiosidad científica por el funcionamiento de los enteógenos, búsqueda espiritual privada… y el presentimiento de que la planta iba a jugar un papel importante en mi vida.

Mientras esperaba a que cierto chamán me llamara por teléfono para una entrevista previa a la ceremonia, empecé por lo primero que hago siempre cuando me encuentro con una novedad en mi vida: acumular libros que hablen de ella. Teoría previa a la práctica. Así que me atrincheré en casa con Ayahuasca, la enredadera del río celestial de Claudio Naranjo y las Cartas del yagé de Allen Ginsberg y William Burroughs. Y esto es lo que aprendí…

1. Sueño hecho planta

La ayahuasca es una bebida obtenida de la cocción de dos plantas, generalmente la enredadera llamada ayahuasca o Banisteropsis caapi y la chacruna o Psychotria viridis; aunque hay recetas que mezclan plantas diferentes, como la Diplopterys carerana. Se emplea desde hace siglos como brebaje visionario y sacramental a lo largo del alto Amazonas: Perú, Brasil, Colombia, Ecuador. Los indígenas toman tradicionalmente ayahuasca como rito de iniciación, en fiestas concretas o antes de tomar decisiones individuales o de grupo.

Los nombres más empleados para la bebida son yagé o ayahuasca, palabra derivada del quechua y que significa algo así como «liana de las almas», haciendo referencia a los ancestros fallecidos. Los asháninka peruanos llaman a la planta hananeroca o «enredadera del río celestial». Mis nombres favoritos, sin embargo, son los más cercanos: medicina o abuelita… Se la considera una planta maestra, no solo porque de su consumo se extraen enseñanzas, sino porque los chamanes la usan como referencia para estudiar las propiedades de otras plantas.

Químicamente la ayahuasca es fascinante. En la enredadera se encuentra una curiosa betacarbolina, la harmina (originalmente llamada telepatina por sus extrañas propiedades), que actúa como inhibidor de la monoaminoxidasa o IMAO. En la chacruna, por otro lado, hay una pequeña cantidad de dimetiltriptamina, alcaloide presente en muchas plantas y de forma endógena en el cerebro mamífero, producido en la glándula pineal. Aún se está estudiando cuál es su función en humanos, pero aparentemente está relacionado con la generación de efectos visuales en el sueño. No produce ningún efecto al ser ingerido por vía oral… a no ser que vaya acompañada de un inhibidor, que impide su degradación en el tracto digestivo. Una de las plantas es la llave y otra es la cerradura, pero ¿cuál es cuál? No es evidente, ya que el efecto de la bebida parece atribuible más a la harmina que al DMT.

Y es que la ayahuasca no es un alucinógeno. Los alucinógenos (LSD, mescalina, etc) provocan cambios a veces delirantes en la percepción de la realidad, pero los alcaloides de la harmala de la banisteropsis potencian la percepción de visiones, imágenes y sueños conscientes sin pérdida de contacto con la realidad. De ahí la denominación de onirofrénicos o «potenciadores de fantasías»… La ayahuasca es sueño hecho planta.

Cocinando ayahuasca y chacruna. Foto: Terpsichore (CC)
Foto: Terpsichore (CC)

Las visiones percibidas durante una toma suelen actuar como metáforas o alegorías, de modo similar a como los sueños plasman en imágenes rincones del inconsciente. Hay patrones habituales en las visiones de ayahuasca: animales (especialmente serpientes y felinos), imágenes de muerte y renacimiento, seres voladores… Estas visiones pueden aludir a constantes universales (citando a Naranjo, «el felino condensa lo animal, la gracia y maestría en el movimiento, el misterio, la rapidez, la peligrosidad, los dientes, las garras») o resultar profundamente individuales y tener sentido solo para quien las experimenta. Haya o no visiones (no ocurren siempre) la bebida produce efectos psicológicos notables: comprensión de elementos de la propia vida o personalidad, purgación de aspectos patológicos del carácter, fortalecimiento del espíritu de lucha, empuje y determinación… A menudo se recibe una inspiración, un diálogo con una voz interior que actúa como guía más sabio y experimentado.

Ningún estudio sobre la ayahuasca le ha detectado capacidad adictiva… Al contrario, ha sido empleada con éxito en tratamientos de desintoxicación y para mitigar el estrés postraumático. Sin embargo, como casi todo lo que merece la pena en esta vida, la ayahuasca está en un limbo legal. Ni la enredadera en sí ni la cocción de dos plantas están fiscalizadas, pero el DMT sí aparece a partir de ciertas cantidades en la lista 1 de la JIFE, entidad de la ONU que regula (rematadamente mal, aunque ese es otro tema) el uso de drogas en el mundo. Esto provoca que aunque se reconozca el uso terapéutico y religioso de la ayahuasca, existan dificultades burocráticas para importar la bebida desde Sudamérica… Así que se celebran pocas ceremonias en España, menos aún a cargo de chamanes serios y experimentados, muy difíciles de encontrar. He tenido suerte.

2. Ni alcohol ni leche

El chamán me llama por teléfono. Me gusta su voz: parece tranquilo y seguro de sí mismo. Durante un buen rato me explica en detalle los efectos de la bebida y el desarrollo de la ceremonia. Me hace varias preguntas relativas a mi estado de salud… Y es que el hecho de que la ayahuasca sea segura y no cause adicción no significa que su consumo esté exento de contraindicaciones farmacológicas y psicológicas, en particular si hay enfermedades mentales diagnosticadas (no es mi caso, aunque parezca increíble).

El chamán me explica también que unos días antes de la ceremonia deberé evitar ciertos alimentos: lácteos, cítricos, carnes rojas, alcohol… Es importante, ya que podrían interactuar negativamente con los ingredientes de la bebida (por ejemplo, los IMAO interaccionan de forma particularmente chunga con los alimentos que contienen tiramina). También me recomienda unos días de abstinencia sexual, para acumular energía… En fin, es por una buena causa, pienso en voz baja.

Los efectos físicos de la bebida que puedo esperar: mareo, frío, percepción de olores, colores y a veces imágenes complejas. Casi siempre, vómito. A nivel psíquico son esperables catarsis emocionales, recuerdos vívidos, paz, quietud meditativa, receptividad, comprensión respecto a uno mismo y los demás. De los efectos espirituales no hablaré aquí (no es el lugar adecuado) más que para mencionar que suele sentirse una sensación de comunión y respeto a lo sagrado y a la vida.

Foto: Paul Hessell (CC)
Foto: Paul Hessell (CC)

Le pregunto al chamán por la posibilidad de malos viajes. No le gusta esta expresión: en su experiencia, todas las experiencias con ayahuasca son en su conjunto constructivas aunque tengan momentos psicológicamente duros. De todas formas ahí entra la importancia de la ceremonia: la guía del chamán y los cantos anclan al tomador y le ofrecen un ambiente seguro, calidez humana, acompañamiento. El resto de detalles se arreglan rápidamente, así que me permito un fast forward hasta el día de la ceremonia, que tendrá lugar en plena naturaleza.

3. Bajando las escaleras

Al llegar charlo con el resto de participantes de la ceremonia. Descubro que es un grupo mucho más variado de lo que esperaba: un psicólogo, un veterinario, una pareja de aire hippy, un profesor de teatro, una ingeniera… Para varios de nosotros esta será la primera vez con la planta maestra (y, en mi caso, cualquier sustancia psicoactiva).

La bebida está almacenada en tres botellas situadas sobre un pequeño altar ante el que se coloca el chamán. El grupo se sienta en círculo, y el chamán nos divide alternando novatos con experimentados. Cada cual tiene a su lado una bolsa de basura para recoger el vómito en caso de que aparezca. Las dos parejas presentes son separadas: el viaje es un proceso introspectivo e individual, aunque se cree una energía de grupo. Está a punto de anochecer. Y antes que nada, hablamos. Mejor dicho, el chamán habla y los demás nos limitamos a hacer preguntas o comentar aspectos de la ceremonia. Se nos habla de lo que podemos experimentar y sentir, de cómo hay que dejarse llevar por el viaje sin oponer resistencia a lo que la planta muestre. El chamán hace hincapié en que el viaje es siempre amoroso aunque en él se muestre algo desagradable o alguna verdad incómoda. La ceremonia es de no intervención, es decir, más allá de cantar y dirigir los ícaros el chamán no intervendrá en la experiencia individual de cada tomador si no es necesario.

Se nos dice que no contengamos las emociones que nos vengan (si hay que reír se ríe, si hay que llorar se llora), pero sin exagerarlas ni romper el equilibrio del grupo. Podemos ponernos de pie y hasta bailar si nos hace falta, pero con cuidado y sin romper el círculo. Si hay que salir a tomar el aire o a mear, nunca más de dos o tres personas a la vez.

Tras las explicaciones nos acercamos por turno ante el altar para recibir un vasito del brebaje. Le doy las gracias al chamán y a la planta. Voy preparado para un sabor horrendo y amargo, pero no resulta para tanto… Vuelvo a mi sitio. Cuando todos hemos tomado empiezan los tambores y los cantos, con breves intervalos de un silencio de agradable textura. Es difícil decir cuánto tiempo transcurre: ¿media hora? ¿Tres cuartos? Permanezco sentado en una postura cómoda, con la espalda apoyada en la pared. Acompaso mi respiración al ritmo de los tambores. Al cabo de un rato me tumbo y observo fijamente el techo. Las vetas de madera se ven exageradamente nítidas a la media luz de las velas: me pregunto si pequeños cambios de percepción como ese se deberán al efecto de la planta. Aparte de eso, no siento ningún cambio y empiezo a ponerme nervioso: ¿tendré algún tipo de inmunidad a la harmina? O, dicho de otra forma, ¿me habrán rechazado los espíritus de la planta? El hombre de mi derecha se ha hundido en un trance profundo, y permanece tan inmóvil que lo percibo como un objeto de gran densidad, un agujero negro. Oigo a alguien vomitar. Cierro los ojos y me visualizo descendiendo unas escaleras, abriendo una puerta: quiero que la planta tenga claro que la acojo, que estoy dispuesto a bucear en mi inconsciente. No parece funcionar.

Al cabo de un rato, es el chamán quien pasa uno a uno frente a nosotros para darnos la segunda toma, otro vasito. Y entonces sí me agarra la serpiente.

4. En brazos de la abuelita

No voy a contar en detalle lo que vi, ya que pertenece al ámbito de lo privado: lo que me dijo la abuelita, lo dijo para mí. Sí puedo decir que tuve dos visiones nítidas, entendidas como alteraciones visuales de la realidad dotadas de un significado simbólico profundo. Ambas imágenes, similares en textura a sueños lúcidos, fueron significativas para mí e hicieron referencia a partes de mi personalidad íntima.

Establecí un diálogo con la planta, algo muy socrático, de preguntas y respuestas. Para un psicoanalista ese diálogo lo establecí con mi inconsciente, para un poeta con mi musa, para un indígena amazónico con mis antepasados, para un chamán con la planta, para un creyente, con Dios. ¿Qué más da? Lancé mis preguntas y obtuve respuestas. Relacioné de forma lógica diferentes acciones que había realizado en los últimos meses sin saber muy bien por qué. Comprendí por qué hacía unas semanas había elegido un colgante en concreto en una tienda de minerales y no otro, relacionándolo con un par de sucesos de mi pasado. Recordé una historia que me contó mi madre y comprendí su auténtico significado. Bajo los efectos de la planta varios problemas que consideraba irresolubles se me presentaron como sencillos, obvios… Sucesos que no había relacionado entre sí pasaban a ser significativos.

Universum, de Heikenwaelder Hugo (DP)
Universum, de Heikenwaelder Hugo (DP)

No todo el viaje fue una sucesión de sensaciones y flashes de claridad mental. Hubo ratos desagradables, en los que me vi enfrentado a mis propios demonios, culpas y errores pasados. No es bonito ver según qué cosas de uno mismo, y en algún momento me hundí en mi propia oscuridad. Comprendí entonces la importancia de los cantos, esos ícaros que según el chamán son la columna vertebral de la experiencia… Cuando me hallé perdido, la música fue la cuerda de salvamento que me mantuvo unido a la calidez del grupo. El viaje es a priori personal e intransferible, y sin embargo la sensación de comunión grupal fue intensa… Y en cierto momento de la ceremonia, mi pareja y yo nos encontramos y abrazamos, y la sensación de comunión espiritual entre ambos fue profunda y tangible.

El efecto de la ayahuasca no es lineal: funciona por oleadas, crestas y valles, cada uno teñido por una sensación diferente. De vez en cuando sentí un escalofrío de energía recorriendo la columna, atravesando la cabeza y lanzándose más allá de mi coronilla. En esos momentos pensé con más claridad y me inundó una sensación de comprensión sobre el funcionamiento del universo. Miré hacia mis raíces, sentí el peso de la memoria ancestral… Pensé en la muerte y en lo que ocurre después, en el sueño y el soñador.

5. La planta de los narradores

Hacia el final de la ceremonia vomito un magma denso y oscuro que parece hundirse en la bolsa de basura como en un agujero negro. Inmediatamente me siento más ligero, tengo la sensación de verme libre al fin de un lastre pesado y pegajoso.

Cuando varias horas más tarde (parece que hayan pasado días) salgo al exterior de la cabaña, aún siento residualmente los efectos de la planta. Me cuesta caminar, me siento como un recién nacido. Algunos participantes duermen en el interior de la cabaña, el resto se reúne en una mesa al aire libre donde la organización del encuentro ha dejado sopa caliente, frutas, agua fresca. Charlan en voz baja sobre la experiencia con un tranquilo buen humor. La sensación generalizada es de bienestar y alegre cansancio. No tengo la sensación de que esto haya sido un viaje puntual, sino un cambio de perspectiva cuyos efectos sentiré durante mucho tiempo.

Me tumbo sobre una lona y observo las hojas de los árboles recortándose contra el cielo oscuro. Caen gotas de lluvia sobre mi frente, y me doy cuenta de que empieza a chispear. En ese instante me asalta una nueva comprensión sobre mi experiencia: la planta es integradora, proporciona la chispa que le da al guionista de nuestras propias vidas el empuje y la inteligencia necesarias para relacionar entre sí sucesos aparentemente dispares. Recorre la vida del tomador ordenándola en una narración cohesiva y disparando las escopetas de Chejov que encuentre en su camino. Si Damon Lindelof hubiera conocido la ayahuasca, no habría dejado tantos cabos sueltos en su lamentable final de Perdidos.

Y es que la abuelita es sin duda la planta de los narradores.

Imagen: Newtonian Nocturn (CC)
Imagen: Newtonian Nocturn (CC)


Juguemos a Guillermo Tell (y II)

Willam Burroughs 1960 (DP)
Willam Burroughs 1960 (DP)

Viene de la primera parte

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Joan se levanta del aburrimiento, como si el sopor fuese una silla demasiado cómoda. García Robles está convencido de que no es la primera vez que Bill y su mujer juegan a Guillermo Tell. Después de todo su vida consiste, cuando no se observan los pies, en correr por las azoteas, buscando el arrullo del abismo y su brisa. No hay atisbo de turbación en el gesto de Joan, como si estuviese deseando que Bill la retase. Está tranquila. En el fondo, confía en la telepatía que la une a Burroughs cuando están muy colgados. Se coloca el vaso sobre la cabeza y cierra los ojos. «No puedo mirar, no puedo soportar ver sangre», dice con humor de yonqui. En mitad del juego, se vuelve una efigie de piedra, de mirada feliz y profunda, a la que un escultor estuviese a punto de hacer hablar. Burroughs retrocede algunos pasos, hasta quedar a tres metros de la estatua. Comprueba que la pistola está cargada. Extiende el brazo. Apunta brevemente. Aprieta el gatillo. El vaso rueda intacto por el suelo, y el dibujo que traza suena como un violonchelo.

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Ciudad de México les había prometido la felicidad al fin de la escapada, cuando un día emprendieron la huida de Nueva Orleans. En realidad, Nueva Orleans también les había hecho promesas. Se habían instalado al otro lado de la ciudad, cruzando el Mississippi, después de vender su terreno en Texas, porque era fácil conseguir heroína y morfina. La droga posee una geografía propia, con sus asentamientos. Joan ya ha dado a luz a William S. Burroughs III. Ella y Bill están otra vez atrapados en la ecuación. Bill es un enfermo total, postrado, y los bajos fondos de Nueva Orleans le ayudan a perfeccionar su locura. En cuatro años lo ha visto todo, salvo el yagé. «He consumido la droga bajo muchas formas: morfina, heroína, dilaudid, eucodal, pantopón, diccodid, diosane, opio, demerol, dolofina, palfium. La he fumado, comido, aspirado, inyectado en vena-piel-músculo, introducido en supositorios rectales. La aguja no es importante. Tanto te da que la aspires, la fumes, la comas o te la metas por el culo, el resultado es el mismo: adicción». A finales de 1949, en Nueva Orleans empieza a cruzarse con demasiados agentes de policía. No quieren yonquis en la ciudad, pero Bill necesita la droga «para salir de la cama por las mañanas, para afeitarme, para tomar el desayuno». Una tarde la policía le da el alto. Su coche va lleno de heroína y marihuana. Cuando registran su vivienda, encuentran marihuana, cápsulas y un revólver del 38. «Ahora su marido es propiedad del Tío Sam», le dice uno de los agentes a la mujer de Bill mientras se lo llevan. Es el momento de buscar la felicidad en otro sitio. La policía había cometido el error de registrar la casa sin mandato judicial, y William queda en libertad, a la espera de la vista oral. Pero «el juicio en Nueva Orleans por tenencia de heroína y marihuana —admite en Queer— parecía tan poco prometedor que decidí no acudir a la cita del tribunal». Hacen las maletas. México los espera.

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La bala forma una bolsa de silencio que envuelve la casa de Haely. En cierto sentido, se hace de noche. De pronto, se acaba también el verano y entra el invierno. No hay otoño. El tiro es seco, breve, y deja marcas de pasos, como si la bolsa gotease. El reloj se congela en las siete y media de la tarde para siempre. Nadie sabe, después de la detonación, en qué año se encuentra. Cada uno pisa una fecha. La bala lo remueve todo: el calendario, el suelo, la historia… Todos se vuelven en la dirección de Joan, a tiempo de oír cómo rueda el vaso de ginebra por el suelo hasta que la inercia muere, agotada. Bill no soporta el peso de su mano, y deja caer la pistola, que suena hueca y atroz. El bienestar de la droga desaparece de repente. Siente frío y calor. Quiere morir y correr hacia cualquier lugar, pero no existen lugares.

16

Daily NewsHan huido bien. William enseguida advierte que Ciudad de México es una enorme colonia extranjera, con fabulosos burdeles y restaurantes, y cualquier forma imaginable de diversión. «Un hombre solo podía vivir bien allí por dos dólares diarios», calcula, como si siempre hubiese sido pobre. México tiene un «aire claro y brillante y un cielo de ese tono especial de azul que tan bien combina con los revoloteantes buitres, la sangre y la arena: el puro, amenazador y despiadado azul mexicano». Por un momento, Bill y Joan tienen de nuevo el sueño de comprar acres de tierra y sembrar. «México es mi lugar —le escribe enseguida a Kerouac—. Quiero vivir aquí y criar a mis hijos aquí». Su entusiasmo es tan contagioso, que Jack y Neal Cassady no lo piensan y se suben sin maletas a su Ford 1937.

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Joan se desploma como si cayese desde un octavo piso. No deja de precipitarse lentamente. Cuando se detiene, el suelo tose. Bill tarda en reaccionar, por la mezcla de frío y calor. Apenas oscila por dentro. Ella tiene una bala en la cabeza, pernoctando. Todo parece irreal y extranjero, como pasear por calles con letreros de neón que no consigues entender. De hecho, Lewis y Eddie Woods creen que Bill y Joan bromean aburrida y toscamente. Pero la broma se disuelve poco a poco, como si solo fuese humo de cigarro, y queda a la vista la tragedia cruda y granate. La sangre de Joan se extiende cuarta a cuarta. Sufre espasmos. Trata de hablar, pero solo emito sonidos rotos. De pronto, todos comprenden lo que sucede, pero sin entender en absoluto. Hay una falta de lógica aplastante, que les abrasa las manos cuando tratan de tocar a Joan. «Marker salió despavorido del departamento en busca de un vecino estudiante de medicina», cuenta García-Robles. Burroughs es un fantasma con los pies fríos. Cae de rodillas ante el cuerpo inerme de Joan y comienza a gritar: «¡Háblame! ¡Háblame!». Joan se aferra a la luz, pero no habla. En cuanto a Haely, casi hace una hora que ha salido a «resolver un asunto» y aún no ha regresado. Woods, por su parte, baja a buscar a la encargada del edificio. Es ella la que se comunica con la Cruz Roja, la policía y el abogado de Burroughs, Bernabé Jurado. El silencio empieza a astillarse de tanto pisarlo.

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Los primeros días son felices y remotos, como cuando desciendes al infierno y ves a conocidos. Se matricula en el México City College para tomar clases de antropología y arqueología maya. «Pensé en abrir un bar en la frontera», admite en Queer. Pero ya están el Bounty, el Ku Ku y el Hollywood Steak House. Tres bares son todo el hogar que necesita. Vive rodeado de norteamericanos acostumbrados a pasear sobre el abismo, como él. Así es feliz. Y Joan también. La droga hace el resto. Basta una mordida al médico, y ya tienes recetas para la morfina. Todos los funcionarios son corruptibles. «Podías curarte de una gonorrea por 2,40 dólares o comprar la penicilina e inyectártela tú mismo. No había normas que restringieran la automedicación, y se podían comprar agujas y jeringuillas en cualquier parte», relata Burroughs.

19

Joan respira vagamente, sin nociones ya de lo que es la vida. Solo la separa de morir que no conoce los trámites exhaustivos de la muerte. A las siete y media llega la ambulancia. Es como si todo ocurriese a esa hora, da igual cuánto tiempo pase. Ya hay revuelo en la calle. Se llevan a Joan. Burroughs la acompaña y escucha a su lado la agonía, que se despliega en una partitura jadeante. Cruz Roja tiene un hospital en la calle Durango esquina Sonora. No tardan en llegar. Pero una hora después, Vollmer muere, tras cumplimentar todos los trámites. Empiezan a no ser las siete y media exactamente. «Burroughs se echó a llorar desconsoladamente, jalándose los cabellos de impotencia», cuenta García-Robles. En esas, aparece la policía, que traslada a Bill a sus dependencias en la avenida Cuauhtémoc, para la primera declaración. Burroughs todavía relata los hechos tal como han sucedido: Joan y él quisieron jugar a Guillermo Tell, ella posó un vaso sobre su cabeza, él disparo. Alguien da la orden de conducirlo a la prisión.

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La ciudad lo subyuga. «La gente cagaba en la calle y después se acostaba encima mientras las moscas le entraban y le salían de la boca. Algunos emprendedores, entre los que no eran infrecuentes los leprosos, hacían fogatas en las esquinas de las calles y cocinaban unos revoltijos horribles, apestosos, indescriptibles, que ofrecían a los transeúntes. Los borrachos dormían directamente sobre las aceras de la calle principal, y ningún policía los molestaba. Me pareció que en México todos dominaban el arte de no meterse en las cosas de los demás. Si un hombre quería llevar un monóculo o usar bastón, no vacilaba en hacerlo, y nadie se volvía para mirarlo», cuenta Bill, como si describiese el paraíso. Y al principio es así. Pero los paraísos también se acaban. No son tanto un lugar, como una franja de tiempo, y un día, se agota.

21

David Woodard y William Burroughs. Foto Riefensthal (CC)
David Woodard y William Burroughs. Foto Riefensthal (CC)

Bernabé Jurado se reúne con William en la cárcel de Lecumberri. Le aclara, con esa clase de cinismo que lleva años cultivar, que los hechos no han ocurrido exactamente como él los ha presenciado, y le acaba de relatar a la policía. En derecho, la primera versión de un crimen raramente tiene futuro. A menos que quiera pasar mucho tiempo en la cárcel. Burroughs niega con la cabeza. Ni hablar de cárcel. De todas formas, quiere saber cómo sucedieron las cosas realmente. «Fácil. La pistola se te cayó al suelo mientras la limpiabas, y se disparó sin querer». Bill asiente en silencio. Todo irá bien, le promete Jurado. «Es el abogado del diablo —explica García-Robles en La bala perdida—, hipertransa, avieso, rey del soborno y el chanchullo, amo de la maniobra y capoteo de leguleyos […]. Se casó catorce veces […]. Murió en 1980, cuando en un arranque de celos mató a su esposa en un penthouse… Luego él mismo se disparó en la sien una bala expansiva». Bill interioriza el nuevo escenario. En el siguiente interrogatorio habla ya de accidente. A la larga, el relato siempre es más fuerte y brillante que los hechos. A Konrad Kninckerocker, en los años sesenta, le cuenta que un día «tuve un terrible accidente con Joan Vollmer, mi esposa. Tenía un revólver que pensaba vender a un amigo. Lo estaba probando y me salió un disparo… y la maté. Surgió el rumor de que yo estaba tratando de darle a una botella colocada sobre su cabeza, al estilo Guillermo Tell. Es absurdo y falso».

22

García-Robles sostiene que la estancia de William en Lecumberri «es de todo menos terrible». Hay droga, buenos conversadores, los presos lo tratan tan bien que incluso «le dan cobijas para que no lo agarre el frío por las noches». Pero Jurado cumple su palabra, y trece días después de la muerte de Joan, Burroughs abandona la prisión «bendiciendo la corrupción de los tribunales mexicanos». No hay nada que celebrar, pero Jurado se lleva a Bill a la cantina de la Ópera, para celebrarlo. La Ópera es un santuario. En el período de la Revolución, zapatistas y villistas bebieron y comieron en sus salones. En el techo del cuarto gabinete hay un agujero de bala. A alguien le dio por decir que se trataba de un balazo de Pancho Villa, que había entrado a caballo en la cantina. Los mexicanos saben, sin embargo, que un día Bernabé Jurado desenfundó su pistola, borracho, y su acompañante llegó a tiempo de cogerle la mano y la bala se alojó en el techo. «Habrá que seguir pagando sobornos, pero todo saldrá bien», le asegura esa noche Jurado. Cuando llegue el juicio, «los peritos avalarán que la pistola se disparó por accidente».

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William se queda solo. Su hermano, Mortimer, que había llegado de San Louis a los pocos días del accidente, con dinero para los sobornos y la fianza, regresa a Estados Unidos y se lleva a su sobrino Bill. Los padres de Joan, a la que Mortimer entierra en el panteón americano de Tacuba, se hacen cargo de Julia. William va a los toros y a las peleas de gallos y porta armas. Por supuesto, bebe y se droga. Es decir, hace vida normal, como si no hubiese ocurrido nada, salvo los hechos. En realidad, en el primer capítulo de El almuerzo desnudo, escrito en pleno delirio, dice que «un año después, en Tánger, me enteré de la muerte de Jane [Joan]», no antes. Es como si nada dramático hubiese pasado todavía, y Joan solo se hubiese ausentado. Y de pronto, durante su período africano, en una sucia habitación del barrio moro, todo emerge. Son esos días en los que Paul Bowles se lo encuentra, y todo a su alrededor resulta desolador: «Se pasa en la cama todo el día —dice— inyectándose heroína y practicando el tiro al blanco con una pistola contra la pared de su habitación».

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En el vacío mexicano, con Joan muerta, nace el escritor. No podrá sino admitir, con el tiempo, que «todo me lleva a la atroz conclusión de que jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan, y a comprender hasta qué punto ese acontecimiento ha motivado y formulado mi escritura… La muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, el Espíritu Feo, y me embarcó en una lucha de toda la vida, en la que no he tenido más remedio que buscar la salida escribiendo». Ya tiene el primer borrador de Yonqui. En realidad, ya trabaja sobre Queer. Le gusta decir que la diferencia entre una y otra, es que Yonqui es una novela de adicción, y Queer una novela de síndrome de abstinencia. «La primera parte fue escrita con caballo y la segunda no». A la espera del juicio, y de que todo el recuerdo se agote, se entera de que Jurado es un prófugo de la justicia. Burroughs no tiene muchas opciones. Sin Jurado puede aguardarle una larga condena. Aunque no han transcurrido cinco años desde que eludió la justicia estadounidense, y su caso no está prescrito, cruza la frontera. En diciembre se le ve por Florida. Pero «mi casa está en otra parte», le escribe a Ginsberg. Todavía cree en el yagé, y emprende de nuevo su búsqueda. En julio de 1953 Ginsberg recibe una carta desde la selva amazónica peruana. «Tengo una caja llena de ayahuasca», anuncia Burroughs. El yagé existe. «Es un viaje en el tiempo y en el espacio». Si viajase hasta el presente, en febrero celebraríamos que cumple cien años.


Juguemos a Guillermo Tell (I)

Willam Burroughs (DP)
Willam Burroughs (DP)

1

Es jueves. Es 6 de septiembre. Es 1951. El apartamento de Burroughs, en la calle Orizaba 210, huele a droga, sudor viejo y comida. Las cucarachas corren pegadas a la pared. No es la limpieza la clase de virtud que le quita el sueño a William. Hay un pasaje en El almuerzo desnudo, referido a esos días en los que solo le importa pincharse cada dos horas, en el que confiesa que «hacía un año que no me bañaba ni me cambiaba de ropa, ni me la quitaba más que para meterme una aguja cada hora en aquella carne fibrosa […]. Nunca limpié el polvo de la habitación. Las cajas de ampollas vacías y la basura llegaban hasta el techo […]. No hacía absolutamente nada. Podía pasarme ocho horas mirándome la punta del zapato». Cuando algún amigo acude a visitarlo, él sigue sentado. Mucho se teme que si ese amigo «se hubiese muerto en el sitio, yo hubiese seguido allí sentado mirándome el zapato y esperando para revisarle los bolsillos». El aire del interior parece estancado, moribundo, como si las termitas lo royesen por dentro. Los niños corren de un lado a otro. A media tarde, William y Joan se preparan con tequila para visitar a John Haely, en la calle Monterrey 122. Haely es uno de los muchos americanos que residen en la colonia Roma, en Ciudad de México. Regenta el bar Bounty, en el mismo edificio donde vive. William, o Bill, como le llaman todos, queda en pasarse por su casa porque hay otro estadounidense, conocido de Haely, interesado en comprar su pistola. William necesita dinero. No es que el dinero sea más importante que su pistola, claro, pero le permitirá comprar droga, que es más importante que todo.

2

La adicción a la droga de Burroughs dura quince años. Se volvió un adicto tras graduarse en Harvard. En recompensa —por graduarse sus padres lo enviaron a Europa y empezaron a pasarle una asignación de ciento cincuenta dólares mensuales. Después de todo son una familia acomodada. El abuelo, William Seward Burroughs, inventó en 1885 la primera máquina de calcular impresora. Se construyeron más de un millón de calculadoras Burroughs. «Mi abuelo no inventó realmente la máquina de sumar, pero sí el artefacto que la hacía funcionar, a saber, un cilindro lleno de aceite y un pistón perforado que se movía hacia arriba y hacia abajo a una velocidad constante. Y eso me dio un poco de dinero». Tal vez porque su vida es cómoda, de pronto siente que no le ofrece grandes emociones. En una ocasión, Conrad Knickerbocker le pregunta por qué empezó a tomar droga. «Bueno, simplemente me aburría dice. No parecía tener mucho interés en convertirme en un ejecutivo publicitario de éxito o en vivir el tipo de vida al que te destina Harvard. La droga llenaba un vacío. Yo empecé por pura curiosidad. Luego empecé a pincharme cada vez que me apetecía. Terminé colgado».

3

Joan Burroughs (DP)
Joan Burroughs (DP)

Cuando la situación remonte, se dice, conseguirá otra pistola. No es difícil. En México todo el mundo que lo desea lleva una. «Cuando entraba en un bar —decía me encontraba al menos con quince personas que llevaban pistola. Todo el mundo llevaba pistola. Se emborrachaban y era una amenaza para cualquier ser viviente. Sentado en una cantina, tenías que estar siempre preparado para salir zumbando». Pero su gusto por las pistolas no tiene que ver con este país, sino con Estados Unidos. En San Luis (Missouri), durante su infancia, William ya estaba fascinado con las armas y los gánsteres. «Como muchos chicos de ese tiempo, quería ser uno de ellos; podía sentirme mucho más seguro con mis leales pistolas alrededor de mi cintura», confesaba. En Gato encerrado explica cómo durante una clase al aire libre, en un instituto de Los Álamos (Nuevo México), al que lo habían enviado sus padres, apareció de la nada un tejón, y el profesor sacó de su alforja un Colt automático del 45. Acalorado, empezó disparar. Al principio sin demasiado acierto. Hasta que acercó el revólver a unos pocos centímetros del animal, y lo reventó. La adolescencia de Burroughs fue vacua y las armas lo reconfortaron. «A veces paseaba en coche por el campo con una carabina del 22 y disparaba contra las gallinas». En fin, le gustan las armas, pero hoy la suya está en venta. Necesita droga. Cuando tenga droga, y vuelva a tener dinero, volverá a tener pistola. Pero primero, la droga.

4

La droga lo empuja en ese estado flotante e íntimo en el que eres feliz mirando la punta de tu zapato. No quieres hacer nada más. Ni siquiera puedes. Burroughs le llama «el álgebra de la necesidad». Eso es la droga. El drogadicto es un hombre con una necesidad absoluta de droga. Todo se vuelve fútil a su lado, incluida tu pistola. «A partir de cierta frecuencia, la necesidad no conoce límite ni control alguno… Estás dispuesto a mentir, engañar, denunciar a tus amigos, robar, hacer lo que sea para satisfacer esa necesidad total», explica en El almuerzo desnudo, una novela escrita, precisamente, bajo el delirio absoluto y la desesperación que le producían el consumo y la abstinencia. De hecho, en la introducción confiesa que no tiene un recuerdo preciso de haber escrito las notas publicadas con el título de El almuerzo desnudo.

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Joan deja a los niños en casa de los vecinos. «Solo serán un par de horas», les promete, mientras se aleja. Caminan siete manzanas hasta la calle Monterrey. Hace calor. William lleva la pistola en un bolsillo. A veces siente como si el arma marcase las horas, igual que un reloj. Pronto serán las seis, hablando de horas. Llegan al edificio Gordehuela, suben tres plantas y llaman a la puerta del apartamento 10. John abre y los manda pasar. Huele a ginebra de ayer y de hoy. En el salón están Lewis Marker, de quien William sigue oscuramente enamorado, y un amigo de este llamado Eddie Woods. Pero ni rastro del americano que le va a comprar la pistola. «Supongo que llegará en cualquier momento», alega John Haely, que señala hacia la mesa. «Servíos algo de beber». Jorge García-Robles, el periodista que mejor ha documentado qué ocurrió ese 6 de septiembre de 1951, asegura que la sala está «atiborrada de botellas de ginebra, ron y refrescos vacíos», aunque «los presentes están sobrios». El caos se debe a la fiesta que anoche organizó John para los americanos becados en el México City College, que acaban de recibir su asignación mensual. Bill y Joan responden a la señal de Haely, y se acercaron a la bebida a pasos lentos y firmes, como si fuesen felinos. Los momentos importantes de un día cualquiera en la vida de los Burroughs se componen de gestos así, irrelevantes y cortos, como tomar una botella o buscar una vena.

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Joan bebe ron, tequila, ginebra, cualquier cosa, todo. Qué importa. Solo se trata de beber, sin más ciencia. También toma anfetaminas, marihuana, morfina. El caso es drogarse, se supone. Su equilibrio es una luz parpadeante, a punto siempre de fundirse. Pende de que una ráfaga de viento no sople, como cuando paseas por una cuerda entre dos rascacielos un día precisamente ventoso. Tiene días regulares y malos. Hoy es un día horroroso. Arrastra la esquizofrenia desde los años de Nueva York. Entonces, la bencedrina de Manhattan la empujó al hospital psiquiátrico de Bellevue. Eso fue un 1946. William la sacó de allí inesperada, casi milagrosamente, cuando no se podía esperar gran cosa de un Bill colgado de la heroína. De hecho, acababa de cumplir condena por falsificar recetas médicas, pero aun así acudió a su rescate. Bill sabía bien qué era Bellevue. En el otoño de 1939, «para impresionar a alguien que me interesaba por aquel entonces, recordé lo que había hecho Van Gogh y me corté una falange de un dedo con un cuchillo». A continuación, con el trozo de carne muerta, se presenta en la consulta de su psicoanalista, que evalúa el episodio y urge su ingreso en el psiquiátrico de Bellevue. Pero pasan los años. Es 1946 y ahora la interna es Joan. «Vayámonos a Texas», le propone. «Tendremos una vida apacible, cultivando marihuana». Y Joan lo sigue. A cuarenta millas de Houston descubren un lugar idílico, una barraca sin electricidad, con noventa y siete acres de bellos paisajes, lejos del apartamento de la calle 115 de Nueva York, donde fueron muy felices y desdichados.

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«¿Qué tomas?», pregunta William. «Ginebra con limonada», dice Joan, sin pensar demasiado. Cualquier bebida es maravillosa. Su marido prepara el combinado con ginebra Oso Negro y se lo tiende como si fuese un papel para firmar. Chocan sus vasos en un brindis fulgurante, más como tic que como apoteosis, y se funden en la inmensidad del trago, en silencio. Bill observa con cierta distancia a Lewis Marker, y Joan repara en que también Marker, en un locuaz y breve instante, estudia de soslayo a Burroughs, tal vez solo para despreciarlo. Ella está resignada a la homosexualidad de William. Ahora es Lewis Marker, pero antes fueron otros. En realidad, no le importó nunca. Ni siquiera cuando vivían en Nueva York, eran felices y un día Joan se quedó embarazada de Bill. Así que solo le produce indiferencia que su marido se rinda a los encantos de un joven veinteañero y presuntuoso.

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Hal Chase, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs en Nueva York (DP)
Hal Chase, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs en Nueva York (DP)

El apartamento de la calle 115 es una larga historia que conduce, por pasadizos estrechos y desiertos, al día que William conoce a Jack Kerouac. Eso es, seguramente, en el verano de 1944. Bill viste traje de tres piezas, corbata y sombrero, y despliega frialdad, erudición, melancolía, un sarcasmo que corta la carne, y una pistola. Es suficiente, incluso bastante, para empezar a vivir al límite, corriendo al filo de las azoteas. El grupo va sumando adeptos. Allen Ginsberg, Lucien Carr, David Kammerer, y pronto Eddie Parker, la novia de Kerouac, y su compañera de piso, Joan Vollmer. Ginsberg llamaba a aquella banda «el círculo libertino». El 13 de agosto de ese año, durante una de sus fiestas, Kammerer se insinúa a Carr por enésima vez. Amaga con violarlo, como si la violación solo fuese un oscuro pase de baile entre dos amigos de toda la vida, como en realidad son ellos. Pero Lucien saca un cuchillo de boy scout y lo hunde, como en una anáfora, tres veces seguidas en el cuerpo de Kammerer. Cada movimiento suena a guitarra. Después arroja el cuerpo vacío al río. La droga tiñó la fiesta. Es la ecuación. Burroughs explica en Yonki que «la droga no es, como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar. Es una manera de vivir». Y a menudo te impide ser tú mismo. Con Kammerer muerto, la policía detiene a Burroughs y Kerouac como posibles cómplices y encubridores. A Carr le espera la cárcel. El grupo entra en crisis. William les propone a Ginsberg y Kerouac hacer terapia de psicoanálisis y telepatía, y lentamente se restituye el equilibrio en torno a un gran apartamento de seis habitaciones de la calle 115, donde nace la Generación Beat. Kerouac y Edie, Joan y su hija Julie; Ginsberg y Hal Chase, un estudiante de la universidad de Columbia, y periódicamente Burroughs, que mantiene una pequeña habitación en el Down Town. Pero la felicidad es breve. William cae en el aburrimiento. Y desde ahí se precipita a la droga. Se une a las bandas de consumidores y vendedores de heroína.

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En su primera experiencia seria con la droga, advierte cómo la morfina «pega primero en la parte de atrás de las piernas, luego en la nuca», y después nota «una gran oleada de relajación que te despega los músculos de los huesos y parece que flotes sin sentir el contorno de tu cuerpo, como si estuvieras tendido sobre agua salada caliente». Eso es el principio. A partir de ahí, tu vida consiste en todo lo que haces para conseguir dosis diarias de heroína, morfina, cualquier cosa, todo. Los ciento cincuenta dólares que le asignan sus padres ya no son suficientes. Una vez convertido en un adicto «delinquí de modo consciente, al tener auténtica necesidad de dinero», admite en Yonki. Su vida se vuelve una rutina todavía más aburrida, aunque no lo advierte. Solo piensa en inyectarse su dosis. Y cuando lo hace, se limita a mirarse la punta del pie, aunque lo que «adoran los yonkis es ver la televisión». Billie Holiday decía que sabía que estaba descolgándose de la droga cuando no tenía ganas de ver la televisión. El yonki es obstinado. «Si no tuviese televisión, se sentaría a leer un periódico o una revista, y ¡Dios mío!, se lo leería entero. Conocí a un viejo yonki en Nueva York que se levantaba, compraba muchos periódicos y revistas, algunas barras de caramelos y varios paquetes de cigarrillos, y luego se sentaba en su cuarto y se leía esos periódicos y revistas de principio a fin. Indiscriminadamente. Cada palabra».

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William Burroughs. Foto Chuck Patch (CC)
William Burroughs. Foto Chuck Patch (CC)

El tiempo avanza lento en la casa. En realidad, parece que ha llegado a algún sitio, y ahora descansa. Entretanto, Lewis ignora a Burroughs y departe con Eddie, como si quisiese darle celos. Ha tenido bastante de William en los últimos meses. Entre julio y agosto viajan juntos por Panamá y Ecuador. Bill va en pos del yagé, o ayahuasca, la droga absoluta, esa capaz de otorgar el control de un cerebro sobre los otros. Le propone a Marker que lo acompañe. Este es reacio. «Pero Burroughs se ofrece a pagarle todos los gastos a cambio de que se acueste con él al menos una vez al día. Y Market acepta», revela García-Robles en La bala perdida. La aventura es un fracaso. No hallan rastro del yagé y, a la postre, Lewis no accede a follar con William más que ocasionalmente. Cuando regresa a Ciudad de México, el estado de ánimo de Bill es un espejo roto en demasiados trozos.

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William está lejos aún de ser un escritor. Cuando conoce a Kerouac y Ginsberg, estos consideran ya que su destino pasa por ser escritores, poetas, «pero Bill se mostraba reacio a compartir estos sueños tan extravagantes», asegura Allen. En 1945 empieza a escribir con Jack Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques. Es una novela sobre la muerte de Kemmerer, pero el proyecto se diluye. El manuscrito solo se publicará en noviembre de 2008. Solo a principios de 1950, casi recién instalado en Ciudad de México, empieza a tomar notas de lo que será el germen de Yonki. «Al contestar a mis cartas cuenta Ginsberg me enviaba capítulos de Yonki, al principio solo era para hacerme partícipe de anécdotas que consideraba curiosas, aunque no tardó en acariciar la idea de convertir aquellos fragmentos en el embrión de una obra narrativa sobre el tema de la droga». William le confiesa a Conrad Knickerbocker que no se sintió movido a escribir sobre sus experiencias con la adicción y los adictos. Simplemente, «no tenía nada más que hacer. La escritura me brindaba algo que hacer cada día».

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Una hora y media después, el tipo que iba a comprar la pistola de William todavía no ha llegado. Bill está borracho y colocado. Suda. Siente desasosiego. Bebe. Mira la hora. Bebe otra vez. Suda mucho y el sudor le huele vagamente a heroína, como esas chimeneas que humean a lo lejos, en las montañas. En un momento fugaz, centelleante y turbio, cuando Joan se vuelve hacia él, ve que sostiene su Star .380 en la mano, empuñada, como si fuese a apartar tejones imaginarios con ella. Farfulla algo. «No sé qué daría por desaparecer en la selva y sobrevivir cazando animales», dice, como si, de pronto, lamentase profundamente estar en casa de Haely, como si fuese el mayor error de su vida. Joan está tan o más borracha, y se ríe de los sueños desesperados de William, siempre dispuesto a huir. «Tú serías incapaz de disparar a un pajarito. No aguantarías una semana vivo en la selva», lo provoca. Burroughs es una presa fácil, y cae en la trampa, así que para probar lo contrario, le sugiere que se levante y se ponga el vaso de ginebra y limonada en la cabeza. «Juguemos a Guillermo Tell», dice.

(Continúa)


Fernando Sánchez Dragó: “Lo que más me ha enseñado en la vida han sido las ingestas de LSD”

El autor de El sendero de la mano izquierda, donde cuenta el secreto de la felicidad y Soseki: Inmortal y tigre, dedicado a su célebre mascota, es conocido por el gran público principalmente por su faceta de presentador de televisión —al que debemos algunos de los momentos más memorables de la pantalla— aunque también se le puede definir de otras muchas maneras: profesor en diversos países, actor en series y películas, místico sin iglesia, tertuliano siempre polémico, pansexual, apátrida por vocación, ganador del Premio Nacional de Literatura, niponófilo con la misma pasión con la que detesta España, entusiasta de las pastillas (de las de herbolario y de las buenas), joven de 75 años, anarquista reaccionario y poseedor del raro privilegio de tener una especie de escarabajo bautizada con su nombre (el Somaticus sanchezdragoi). Pero, por encima de todas las cosas, nos dice, aquello a lo que nunca podrá renunciar en la vida es a su condición de viajero, lector y escritor.

Hace poco citaba una frase de William Blake: “La persona que jamás cambia de opinión es como el agua estancada: su mente cría sabandijas”. Supongo que por su trayectoria personal se sentirá especialmente identificado.

Sí, efectivamente. Pero habría que matizarlo un poco. El que no cambia nunca de opinión es que está muerto, es un marmolillo. Esta clase de gente que te dice “yo soy de izquierdas de toda la vida” o “yo seré de derechas hasta que me muera”. Evidentemente todos vamos cambiando físicamente, psíquicamente y a medida que se van modificando nuestras circunstancias. Pero sin embargo hay algo que permanece: el sentido del propio yo. Vas envejeciendo, te resulta difícil reconocer en el espejo la imagen que te arrojó hace 20 o 40 años y sin embargo la conciencia del propio yo sigue existiendo. ¿Y qué es lo que nos confiere ese sentido de la identidad? Yo creo que es el carácter. Nacemos con un determinado carácter y eso es prácticamente lo único que no cambia a lo largo de la vida. Por supuesto que se manifiesta de diferentes maneras, pero el carácter permanece y te lleva a mantener una determinada actitud ante las cosas. Desde ese punto de vista me sorprende que aparentemente he sido versátil, he sido de izquierdas cuando tenía 20 años, milité incluso en el Partido Comunista. Y ahora en cambio no tengo nada que ver con la izquierda —lo que no significa que tenga mucho en común con la derecha—. Sin embargo cuando leo no te digo ya mi primera novela, escrita a los 23 años, cuando leo cosas que escribía en el colegio con 8 o 10 años, los primeros poemas en la universidad… La verdad es que me sorprendo al decir cosas que sigo diciendo ahora. Los hinduistas dicen que estamos viviendo en la época del Kali Yuga: la época de disolución y materialismo, donde todos los valores éticos y estéticos se van al traste y entonces uno se olvida de quién es. El ser humano no puede cumplir con ese viejo precepto de la eterna sabiduría, sophia perennis, que es “conócete a ti mismo”. Eso es muy difícil en el momento actual. Ya los vedas, hace miles de años, proponen un juego muy curioso llamado el Vichara. Es una palabra sánscrita que se podría traducir como juego de la indagación del yo. El juego consiste en lo siguiente: coges un papel y en dos minutos tienes que responder a la pregunta “¿Quién soy yo?” Y dices lo primero que se te pase por la cabeza. Vuelves a coger otro papel y respondes a la misma pregunta, pero sin dar ningún dato de tu biografía. Coges en tercer lugar otro papel y tienes que responder sin ningún dato sobre opiniones o creencias. Y en cuarto lugar, coges otro papel y tienes que responder sin dar datos sobre tu aspecto físico. De esa forma, dicen los vedas, habrás averiguado quién no eres, que es el primer paso para saber quién eres. Por eso, hayas sido de izquierdas o de derechas, español o guatemalteco, todo eso puede haber ido cambiando, pero la conciencia del yo permanece.

En los años 80 se definía como antieuropeísta, debían ser tres o cuatro en toda España, pero en estos momentos el rechazo a Europa parece estar mucho más extendido.  

Es sorprendente. Y no voy a ocultar que en cierto modo me enorgullece. Tengo colgado a la entrada el telegrama que envié al Ministerio de Justicia pidiendo, ante la infamia cometida, el estatuto de apátrida. Recibí la callada por respuesta, pero se armó un gran barullo. Aquello saltó a la prensa —yo era prácticamente el único disidente— y me empezaron a llevar a entrevistas. Recuerdo una con Iñaki Gabilondo en la que, solo ante el peligro como en aquella película, yo era el único del debate que atacaba a Europa. En aquella época tenía Gabilondo un artilugio llamado el Sermómetro, que era una encuesta realizada tras el debate a partir de las miles de llamadas que se recibían y ante el estupor de todo el mundo casi toda España —salvo Castilla y León y, por los pelos, Cataluña— me dio la razón. Fundé entonces la Agrupación de Comunidades Ibéricas Miguel de Unamuno, para la salida de España y Portugal del Mercado Común. Recibí adhesiones sorprendentes de gente que no conocía en aquél momento como Albert Boadella o Saramago. Finalmente aquella agrupación quedó en nada, porque yo sirvo para lanzar ideas pero no para gestionarlas.

Pero cuando entramos en el euro, recuerdo que una novia de mi hijo ante mi asombro se levantó a las 12 en punto diciendo “¡qué ilusión, ahora empieza el euro, quiero ser la primera en tener uno!”, se bajó a la calle y en el primer cajero saco unos euros y volvió orgullosísima. Fue entonces cuando escribí un artículo contándolo y diciendo que esto iba a ser un desastre, que no se pueden juntar churras con merinas y que era un juguetito de los políticos que iba en contra del sentido común. Y ahora me están dando la razón. Europa se hunde, es un desastre, no hay nada que hacer. Europa dentro de poco será el tercer mundo. Continuamente voy y vengo de Oriente, que es lo que realmente está creciendo: India, China, Malasia, Vietnam, Corea… y tengo impresiones parecidas cuando voy de Bangkok a París a las que tuve en 1967 cuando desde Roma llegué a Bopal. Y esto es algo de lo que los europeos no se dan cuenta, están ciegos y sordos. Mudos no, porque hablan y hablan sin parar, pero sin decidir nada. Pero ya verás como Europa se va al diablo.

¿Entonces qué es lo que va a pasar? Un nuevo orden mundial. En la historia universal hay corrientes telúricas que cuando llega su momento se abren paso a una velocidad vertiginosa y no hay quien las detenga. Hubo un milenio que fue el del Mediterráneo: el milenio de la Natividad, de la Hélade, de Egipto… Luego otro milenio que fue del Atlántico, el de Estados Unidos, Inglaterra, los imperios coloniales… y ahora llega el milenio del Pacífico. Hay tres grandes bloques emergentes en el mundo: uno es Rusia, otro es el sudeste asiático y el otro los países musulmanes. Estos últimos están desunidos entre sí, pero en el momento en que se unan Europa se va a convertir en un parque temático, en un museo. Los rusos, musulmanes y chinos vendrán a disfrutar de nuestra gastronomía, a beber nuestro vino, a tirarse a nuestras mujeres y visitar nuestros museos.

Entonces los valores occidentales de libertad, democracia… ¿Están en peligro?

Creo que la democracia ha llegado a su punto final. La democracia es un régimen político con sus virtudes y sus defectos, como todos los sistemas, y que cumple su función. Creo que en estos momentos —y no lo estoy defendiendo, no mates al mensajero— como observador me limito a señalar que hay un nuevo sistema político que emerge con extraordinario vigor que es el sistema chino: libertad económica y autoridad política. Es como vive un estudiante en casa de sus padres, ellos son quienes gobiernan la casa, quienes se ocupan de resolver los enojosos problemas administrativos… y mientras tanto el estudiante va a estudiar, le dan una paga el fin de semana, sale, entra, chicolea, se va de botellón… Pues bien, ese es el sueño de todo chino y en definitiva de todo ser humano, por lo que esta nueva fórmula es la que va a acabar imponiéndose.

¿Pero los chinos no querrán imitar a Occidente también en ese aspecto, reclamando más libertades?

¿Imitar un sistema que nos ha llevado al desastre? ¿Cuál es la raíz del desastre económico del mundo occidental? Tiene nombre: un “malhechor” que se llama Keynes. Europa tiene una ideología, que es la socialdemócrata. Y tan socialdemócrata es Rajoy como Rubalcaba, Merkel y Cameron, por muy liberales que se proclamen. No son liberales. El liberalismo hoy día en el mundo occidental no existe. ¿Entonces en qué consiste la democracia, el Estado del Bienestar? Era algo sostenible a corto plazo, dentro de ciertos niveles, mientras no se produjera el fenómeno de la inmigración. Pero en el mundo actual el Estado del Bienestar no es posible. El Estado del Bienestar significa holgazanería, hedonismo y falsa solidaridad. Consiste en que medio país viva a costa del otro medio, como las cigarras. A mí me llama mucho la atención que cuando voy a Japón o a otro sitios y digo que soy español, una de las respuestas más frecuentes que suscita mi declaración es “ah, viene usted de esa parte del mundo donde la gente vive sin trabajar”. Y es verdad, así que no creo que los chinos tengan el menor interés en imitar el Estado del Bienestar. El Estado que yo propugnaría es el Estado de la responsabilidad. Somos hijos de nuestras obras, yo en esto coincido con Escohotado, Los enemigos del comercio me parece importantísima. Es un saludable egoísmo —practicado dentro de las normas del sentido común— tal como decían los filósofos anglosajones del siglo XVIII y XIX lo que nos puede llevar a organizar la sociedad de una manera adecuada. Si yo defiendo a los míos, si yo cultivo mi huerto tal como decía Voltaire y todo el mundo hiciera lo mismo, el mundo sería un vergel.

Ese individualismo que usted reivindica… ¿No se contradice con su interés por una sociedad tan opuesta a esos valores como la japonesa? ¿No resulta Japón un tanto asfixiante en ese aspecto?

Vamos a puntualizar. Japón es un país admirable, entre otras cosas porque es completamente distinto a los demás. Ahí hay un misterio que no sé a qué se debe, quizá a la condición de insularidad que hasta hace 150 años ha caracterizado la historia del país. Pero el mundo se divide entre Japón y los demás. Así que cuando yo llegué a Japón en 1967, después de estar un año allí, escribí una larga serie de artículos que se publicaron en España —con pseudónimo porque estaba exiliado— y el título general que puse a esas ciento y pico páginas fue el de Los marcianos están entre nosotros. Cualquier consideración que hagas sobre Japón no sirve para el resto de la humanidad y viceversa. Dicho esto, tengo que decir que mi admiración por Japón es por el Japón de los daimyō, de los samuráis, de Mishima, del bushido, no por el Japón actual. Aunque es verdad que el actual tiene una cosa extraordinaria y es que todo el mundo cumple con su deber. Eso es la herencia del bushido, casi nadie engaña a nadie. No hay delincuencia de ningún tipo, puedes dejar las puertas de tu coche o tu casa abiertas y todo el mundo va a respetar lo que haya en el interior. Todo eso hace que vivir allí relaje extraordinariamente.

Tu estás aquí en España y tienes la impresión —por desgracia corroborada por los hechos— de que está todo el mundo engañándote. Llamas al fontanero para que te arregle la cisterna y lo primero que hace es culpar al fontanero anterior diciendo “uy, lo que le han hecho aquí”. Te engaña tu jefe, tu subordinado, la comunidad de vecinos, los políticos… es una sensación agobiante, acabas extenuado viviendo en países como España, Italia o Grecia. Pero llegas a Japón y te relajas porque todo funciona a la perfección. No como un reloj suizo, sino como un Seiko en este caso. Dicho esto, debo admitir que ahora en Japón me asfixio. De hecho ya no vivo allí, aunque voy de vez en cuando porque ha sabido conservar casi como en un congelador las formas tradicionales hasta extremos que la gente no conoce. La gente cuando piensa en Japón piensa en Tokio, en la ultramodernidad. Pero es el país del mundo con más superficie boscosa. El 73% de la principal isla está cubierta por bosques impenetrables, en ese Japón holográfico, que vive a espaldas de Tokio, de Osaka, vive refugiado un Japón tradicional, con miles y miles de pueblos con la vieja arquitectura, con el ritmo de los viejos tiempos, es algo fascinante. Voy allí a buscar eso, no el otro Japón, que se ha convertido también en un país socialdemócrata. La socialdemocracia es la intromisión de los poderes públicos. No tenemos un resquicio de libertad, probablemente en estos momentos hay catorce cámaras grabando lo que decimos tanto o más cuando mi buena amiga Esperanza Aguirre vive al otro lado de esa pared, en el portal de al lado (risas).

No lo digo por ella, pero está todo controlado, todo prohibido, yo me ahogo en la España de hoy en comparación con la que conocí, que era la España de Franco. Esto tampoco es defender el régimen de Franco, es defender una sociedad en la que había libertad, por ejemplo, para ir a la farmacia a comprar lo que me diera la gana, y ahora prácticamente no puedo comprar ni una aspirina. Donde podía coger un avión y no someterme a las vejaciones que ahora nos imponen. Ahora vivimos entre barrotes, los terroristas han triunfado, en nombre de la seguridad —que es la mayor estupidez del mundo, porque no hay nada más inseguro que estar vivo— nos han metido a todos en la cárcel. Pues esto en Japón llega hasta extremos inverosímiles, la intromisión hasta en los últimos recodos de la vida cotidiana de los poderes públicos llega a ser agobiante, más que en ninguna otra parte.

Hablando de Japón, hay ciertas tradiciones que supongo que usted conocerá y no sé si habrá practicado, como el Nyotaimori o body sushi.

El mundo actual está hecho de ocurrencias, ingeniosidades. No sé si has leído cómo en China han dictado una ley por la cual en un retrete público solo puede haber dos moscas, más de dos es delito. Pues Japón está lleno de estupideces como esa, pero eso del body sushi y las muñecas hinchables es mínimo, es lo que se recibe en el mundo occidental del Japón. Hacen un documental o un reportaje sobre ese país y siempre salen estas cosas. Yo voy allí y no las veo, y he vivido casi 10 años de mi vida en Japón.  Por supuesto que existe, no digo lo contrario, pero por ejemplo nunca he visto uno de esos hoteles en los que las habitaciones son cápsulas. Son aspectos mínimos pero muy llamativos que definen a los ojos de los no japoneses esa sociedad, una de las más falsificadas por los periodistas que he visto.

Body sushi… nunca he practicado tal cosa, evidentemente si me colocas aquí a una hermosa chavala japonesa… a mí la comida que más me gusta es el sushi y las chicas japonesas me gustan con delirio. Así que me la pones delante con sushi o sashimi encima, yo encantado me lo como. Pero no me puedo tomar en serio estas cosas, que también se han hecho en el mundo occidental, con chocolate o poniendo crema en el sexo a una mujer o ella a ti en tu pene y luego te lo chupa.

¿Y el shibari, que consiste en atar a una mujer con cuerdas?

Pero eso también se ha hecho toda la vida, es el sadomasoquismo. Al fin y al cabo si miras las posturas del Kamasutra, la mayor parte son irrealizables a menos que tengas un entrenador personal que te esté colocando una pierna de determinada manera o estés maniatado y colgado con poleas del techo. El mundo actual ha perdido el sentido común, yo todos los años hago un viaje con mis hijos y mis nietos, un viaje sagrado en el que a lo mejor un año vamos a la India, otro a Nepal, a Senegal, a Tanzania… Este año hemos hecho un viaje más corto, a Italia, concretamente a Cerdeña, Sicilia y Nápoles. Cerdeña es una isla curiosísima, es una especie de viaje a la prehistoria, la prehistoria está viva allí como en ninguna otra parte del mundo. Y en lo que es la Toscana, el Toledo, el corazón que es Nuovo, que está allí enclavado en las montañas que es donde se produjo este famoso fenómeno del bandolerismo sardo que duró hasta hace muy pocas décadas. Pues allí hubo algo que me llamó mucho la atención y sobre lo que quiero escribir algo. A comienzos del siglo XIX habían llegado los Saboya, la dominación española se había ido y representaban entonces la modernidad, tomaron una serie de medidas que a los campesinos sardos les parecieron disparatadas, entre otras cosas porque les expropiaron muchas tierras. Entonces se produjo un fenómeno curiosísimo de anarquismo conservador, de anarquismo reaccionario por así decirlo, como lo soy yo mismo, Escohotado o Boadella, y ese movimiento, que llegó a ser poderosísimo y puso en jaque a las autoridades, tenía un grito de guerra que es como se llegó a conocer el movimiento, “volvamos atrás”. Yo si tuviera que proponer ahora un manifiesto sería ese. Volvamos atrás, recuperemos el sentido común, recuperemos las viejas palabras, los viejos valores, las viejas costumbres.

¿Regresar atrás hasta cuando?

Todos hemos pensado alguna vez en qué momento de la historia nos hubiera gustado nacer. Yo lo he pensado en infinidad de ocasiones desde que era joven, y desde luego el momento de la historia en que más me disgusta nacer es precisamente el que he nacido. Cualquier momento anterior me hubiera gustado más. Por eso si me dices a mí —y no lo puedo proponer para los demás— que aparece aquí Mefistófeles y me dice aprieta botón y vuelves a nacer en el momento de la historia universal que prefieras: siglo VI antes de Cristo. Es el siglo de Buda, de Confucio, de Lao-Tsé, de Zaratustra, de los movimientos órficos, de Pitágoras, los presocráticos… Ese es el mejor momento de la historia universal. Todo lo que sabemos se dijo en ese siglo y desde entonces el mundo está en continua decadencia.

Respecto a estas épocas anteriores el consumo de drogas parece haberse centrado en el aspecto lúdico, se ha perdido la parte de ritual, de experiencia espiritual.

Eso es gravísimo, el hombre se ha drogado siempre y siempre se drogará. Hasta los animales se drogan; los monos, los elefantes de Namibia cuando toman bayas fermentadas del suelo: Hubo hace años una película deliciosa con esto. Drogarse está en la condición humana. Cuando follamos nos estamos drogando, el laboratorio interior está produciendo una serie de hormonas, de sustancias químicas como la oxitocina. Entonces la droga ha sido siempre un instrumento de éxtasis, para caer en trance, para encontrar respuestas o aproximaciones a las respuestas de las grandes preguntas como quiénes somos, a donde vamos, de donde venimos…etc. Y ahora en el mundo moderno, con la frivolidad que lo caracteriza, primero todas las drogas se meten al mismo cajón y pasan a ser estupefacientes. Y no tienen nada que ver las drogas llamadas alucinógenas con los opiáceos, las anfetaminas… son todas completamente diferentes y de efectos totalmente distintos. El siglo del que antes hablaba era el siglo de Eleusis, que va desde el siglo VII ac. hasta que monjes nestolianos fanáticos del siglo IV después de Cristo reducen a cenizas el viejo santuario iniciático de Eleusis. Todos los grandes espíritus del paganismo, artistas, políticos, todos ellos habían ido a iniciarse en los Misterios Mayores de Eleusis, porque como en todos los ritos sagrados había Mayores y Menores, algo que heredó el cristianismo, pero este quitó el principio activo de los ritos Mayores, que consistían en la ingesta de esa misteriosa sustancia, el kykeon, que llevaba a un estado de trance. El uso de tales sustancias es lo más importante que yo he hecho en la vida. Lo que más me ha enseñado en la vida han sido las ingestas de LSD, mescalina, peyote, ayahuasca…

¿Alguna experiencia en concreto que le haya marcado?

Sí, están en varios de mis libros. Fundamente en Los caminos del corazón, una novela que recoge mis largos viajes asiáticos de hippie en los 60, y en el primer volumen de mis memorias generales, Esos días azules: memorias de un niño raro. Y en un primer volumen de mis memorias espirituales —iban a ser dos—  que se llama La del alba sería: mis encuentros con lo invisible. En ese libro me explayo sobre las experiencias más importantes que he llevado a cabo con ese tipo de sustancias y que sigo llevando. Solo la ingesta razonable —“nada en exceso” nos advertía el santuario de Delfos—, todo puede hacerse con cabeza y nada de una forma excesiva. Porque es cierto que yo he visto muchos de los mejores cerebros de mi generación destruidos por el alcohol y por otras drogas, nunca por las de este tipo, que ni generan adicción ni ningún efecto sobre el organismo y que únicamente liberan sustancias ya existentes en el cuerpo. Nunca han llevado a nada malo a nadie excepto a aquellas personas que ya tenían previamente tendencias neuróticas o psicopáticas, que sí las podían desarrollar. Como te estaba diciendo, ese tipo de experiencias psicodélicas Escohotado prefiere lo de psiquedélico, de ambas maneras puede decirse— no solo han sido las experiencias de conocimiento, de gnosis, más profundas que yo he llevado en mi vida, al lado de la meditación, sino también las más arrebatadoras y embriagadoras experiencias de felicidad que he tenido nunca. De felicidad cordial, de amistad, de sexo, de emoción ante el anima mundi… los momentos más felices de mi vida han sido los vividos bajo los efectos de esas drogas.

¿Se definiría como un místico sin religión?

Sí, sin duda. Un místico sin iglesia. Se proponen diferentes etimologías para la palabra “religión”. Una dice que proviene de “releer”, que está bien, es efectivamente reinterpretar las experiencias de tu vida. Otra interpretación dice que proviene de “religar”, volver a unir lo que inicialmente estaba separado, lo que la espada del demonio separó en la unidad del cosmos. Desde ese punto de vista la palabra religión me gusta, lo que pasa es que ese término en el mundo occidental ha quedado vinculada al concepto de iglesia. Iglesia en el estricto sentido de la palabra solo la hay en el cristianismo. Las tres grandes religiones monoteístas —judaísmo, cristianismo e islam— son idénticas entre sí, y nacidas de una revelación que es un camelo, una revelación no es más que un estado psicopático. Son experiencias esquizofrénicas como la de Pablo y su famosa caída del caballo a las puertas de Damasco. Sin embargo las religiones orientales son politeístas, allí los dioses son de función, no de raza, su santoral está formado por el dios de los herreros, el dios de los escritores, etc. Nadie ha ido nunca a la guerra en nombre de Shiva o de Buda. En cambio todas las grandes guerras de la humanidad han sido en nombre de Alá, Yahveh o Cristo. En dichas religiones monoteístas surge el concepto de iglesia y la definición de un dogma. Y en el momento en que defines un dogma viene la exclusión: los buenos y los malos, los fieles y los pecadores…

Aún así la sinagoga no es una iglesia, una sinagoga es una especie de púlpito donde cada rabino inventa su propia doctrina. La mezquita tampoco es una iglesia en sentido estricto. Así que como decía la iglesia solo existe en el cristianismo y por tanto claro que soy un místico sin iglesia, como todos los místicos de la historia universal en todos los ámbitos culturales y geográficos. El místico es un científico. El místico no cree en nada, no tiene fe. El místico es un científico que tiene un laboratorio: su cerebro. En él induce fenómenos mediante una serie de experimentos, que pueden ser las situaciones límite como el peligro, el arte, el éxtasis, la ingesta de determinadas drogas, la soledad, el ayuno… el místico provoca todo este tipo de experiencias y estudia las modificaciones que generan en su conciencia con la misma meticulosidad con la que un químico observa el movimiento de las bacterias, microbios o lo que se a través de un microscopio. Entonces llega a conclusiones universales. Lo que dice el místico chino, hindú, sufí o cristiano es exactamente lo mismo, usando obviamente un lenguaje y unas metáforas diferentes. Pero el meollo de sus conclusiones es la misma, de la misma manera que una química china y otra americana.

Ahora que menciona la ciencia, en los últimos años han proliferado estudios científicos y filósofos como Daniel Dennet que hablan de la religión y de los sentimientos que la inspiran como un fruto accidental del funcionamiento del cerebro. Es decir, algo puramente fisiológico, quizá fruto de la selección natural. ¿Perderían entonces todo su valor?  

En el mundo hay ahora una cuarta religión monoteísta además de las tres que te acabo de citar, que es la ciencia. El científico desempeña ahora el mismo papel que el hierofante en los templos egipcios en la época de los faraones. Su función era recibir a la muchedumbre de peregrinos  que llegaban al propileo del templo y se dirigía a ellos con toda una parafernalia, con instrumentos musicales y voz engolada diciendo “acabo de estar en el pronao y Ra o Amón me ha comunicado… etc”, lo que él creía que eran los secretos del universo, cómo funcionaba el mundo. Esto es lo que hace ahora el científico: se encierra en una torre de marfil y de vez en cuando desgrana verdades como puños en un lenguaje críptico, inasequible al profano y revestido de autoridad, que cada 20, 30 o 40 años se descubre que era falso porque cambia el paradigma científico. De la misma manera en que se ha ido pasando de Aristóteles a Newton y de Newton a la física cuántica… etc. Entonces en estos momentos sales a la calle y cualquier problema del que hables, por ejemplo el Sida, la respuesta inmediata del hombre de la calle es “algo encontrará la ciencia”. Es una cuestión de fe. Al desaparecer los dioses, los sacerdotes, las religiones… ese miedo que anida en el corazón del hombre, por el que surge la idea de un dios salvador exterior a nosotros que nos conducirá al cielo tras la muerte, hace que el científico pase a adoptar ese papel a los ojos del hombre de hoy. Antes te hablaba de la diferencia entre las religiones monoteístas y las orientales, en las segundas no hay revelación sino iluminación. Tras once años sentado debajo del árbol de Bo, llega un momento en que llega al éxtasis, al nirvana, se le rompe el cerebro, resuelve el kōan de la existencia. Es una iluminación desde dentro, eso es lo que hace el místico, es un fenómeno real, científico, no es un fenómeno de fe. Todo lo demás son pamplinas.

La situación actual en España es de enorme pesimismo, el futuro se pinta muy negro, ¿qué actitud deberíamos tener ante todo esto? ¿Indignación, resignación, esperanza…?

No me siento español. No soy español ni de ninguna parte. Tengo en mi casa del pueblo donde vivo —que eso ni es España ni es nada, es como Macondo— un cartel en latín que dice “Ubi bene ibi patria”, que significa “Allí donde estés bien, está tu patria”. Miguel Hernández decía “donde están mis zapatos está mi patria”. Si yo estoy bien conmigo mismo, esa es mi patria. Entonces no me hables de España, me resulta absolutamente indiferente. La he dado por perdida, España no tiene arreglo, parafraseando a Primo de Rivera es una unidad de destino en lo infernal. El problema de España son los españoles. Los españoles han andado siempre a la greña desde la época de las tribus, arranca de la prehistoria, es una maldición no secular sino milenaria. Están todos enfrentados, España es el país del mundo en el que más guerras civiles ha habido y esto es un frío dato historiográfico. García Lorca dijo que aquí pasó lo de siempre, murieron cuatro romanos y cinco cartagineses, y eso sigue pasando.

Hoy en día gracias a dios de forma incruenta, pero el espíritu que condujo a la Guerra Civil está vivo en las calles exactamente igual. La fragmentación de las autonomías, esto es un delirio español, que ningún extranjero con dos dedos de frente y los pies en el suelo entiende. El español es una cigarra. ¿España? Siesta, fiesta y zarzuela. Estamos en plena crisis, estamos verdaderamente al borde del precipicio y aquí van a suceder cosas muy graves, están ya sucediendo. ¿Y qué hace la gente? Está todo el mundo en los bares, aquí la fiesta empieza el jueves. En Soria empieza la semana que viene las Fiestas de San Juan, igual que el valenciano con las Fallas, el pamplonés con los San Fermines o el sevillano con la Feria de Abril, además de tener un mes entero de vacaciones —cosa que un americano o un japonés no entenderían en su vida— ,además de tener todos los puentes habidos y por haber porque aquí todos somos pontífices, además de tener fiestas de guardar y de no guardar a lo largo del año, además de no dar golpe a lo largo de la semana, porque aquí desde el jueves hasta el lunes por la tarde no trabaja nadie, encima llegan este tipo de fiestas y durante doce días, digo bien, doce días, se detiene por completo la actividad económica de la ciudad ¿Tú crees que puede levantar cabeza un país que vive de esa forma? Somos los PIGS junto a Italia, Portugal y Grecia porque hemos sido siempre pobres. ¿Es eso una casualidad o una causalidad? ¿Por qué los países del centro de Europa han sido siempre ricos y nosotros no? Parecía que habíamos salido de pobres, porque cuando entramos en Europa nos dieron un montón de dinero. ¿Y qué hicimos con ese dinero? Gastárnoslo alegremente, como la cigarra, sin pensar en lo que sucederá cuando llegue el invierno. Cargándonos con la burbuja inmobiliaria el país y el paisaje. Ha quedado un país devastado y ahora encima Europa tiene que volver a socorrernos. Somos los mendigos del mundo.

Este rescate que se está produciendo es una ineluctabilidad histórica. Te voy a citar cuatro fechas: siglo XVI, Felipe II, la Armada invencible. Se va al diablo el poderío naval, España pierde el dominio de los mares, le traen la noticia a Felipe II y lo pillan rezando y no se inmuta, “no envié a mis naves para luchar contra los elementos” y sigue bisbiseando jaculatorias arrodillado en un reclinatorio. Siguiente siglo, Batalla de Rocroi, los invencibles tercios españoles son derrotados por el Duque de Enghien y a partir de ese momento España es expulsada de Europa y nos convertimos en lo que somos ahora: el hazmerreír del mundo. Tercera fecha: el desastre de la pérdida de las colonias de 1898. Francisco Silvela, Jefe de Gobierno, ese día en que perdimos las últimas migajas, Cuba y Filipinas, escribe un artículo llamado España sin pulso. ¿Qué hacen ese día los madrileños? Llenan la plaza de toros, llenan las horchaterías, eran las fiestas de la Paloma… por favor, ¡Qué importaba que se hubieran perdido las colonias! Lo primero es lo primero. Y esto último del rescate que acaba de ocurrir es una continuación de lo anterior, es el golpe en la nuca del conejo. Así que por mi parte, que vengan los de la troika, que por lo menos pongan orden en nuestras cuentas y nos obliguen a trabajar, que es lo que no hemos hecho en nuestra puta vida.

Para ir finalizando, tiene usted 75 años…

Desdichadamente (risas)

¿A estas alturas qué le queda por hacer?

¿Qué es envejecer? Hay una anécdota que me gusta de Stevenson, uno de los más grandes escritores que han existido. Era un hombre de salud frágil y llevaba una vida bohemia. Un día fue al médico y este le dijo “Señor Stevenson, si sigue llevando esta vida morirá joven”, y  le respondió con una frase maravillosa: “doctor, siempre se muere joven”. Al comienzo de la entrevista te hablaba del carácter, hay personas que nacen viejas y mueren viejas, y personas que nacen jóvenes y mueren jóvenes. Yo nací joven y —aunque sea una locura porque igual me muero en 48 horas— me siento exactamente igual que como me sentía a los 20 años, y vivo de la misma manera que con esa edad. Viajo como cuando era un hippie de los años 60, de cuneta en cuneta, y, si hay que dormir en un templo, se duerme. No te creas que voy a hoteles de cinco estrellas, que los detesto. Si veo a una chica guapa por la calle como a esta fotógrafa que tenemos aquí, los ojos se me van detrás de ella, por desgracia los ojos de la chica mona ya no se van detrás de mí como cuando tenía 20 o 30 años. Pero quiero decir que tengo la misma actitud. Y de la misma forma que a esa edad tenía mil proyectos y me metía en la cama y se me ocurrían mil cosas, ahora igual: ya sea desde escribir un libro a crear un hotel de gatos en Castellfrío. Ahora estoy obsesionado con abrir un hotelito en Laos o en Camboya. Yo me doy cuenta de que quince vidas que tuviera no me bastarían. Envejecer es dejar de tener proyectos, detenerte. ¿Cómo es posible que la gente se jubile? La jubilación es una violación de los derechos humanos. Si uno quiere jubilarse allá él, ¿pero que te obliguen? Jubilarse es una enfermedad letal. Por eso tengo 75 años pero me siento joven. Mira que he hecho cosas… si alguien grita fuego corro, pero para acercarme al fuego. Me pasó el año pasado con el terremoto de Fukushima. Me pilló en Bangkok, y lo primero que hice fue irme a Japón y concretamente al propio lugar del terremoto, desde donde publiqué 35 crónicas. Toda mi vida la he vivido así, pero he procurado hacer las cosas con cabeza. No me he muerto en ninguna de estas aventuras y he procurado cuidar mucho el aspecto físico. He elaborado ese famoso elixir de la eterna juventud, por el que me tomo 70 pastillas al día, todas ellas de herbolario. Son sustancias que he ido encontrando buceando por una parte en la tecnología punta y por otra yéndome a los mercados, a los bazares, a los chamanes… esto de momento me permite la vitalidad de carácter que tengo, que sé que puede terminar en cualquier instante, qué le vamos a hacer. Así que esa vitalidad psíquica va acompañada de una vitalidad física que me permite seguir viviendo como he hecho siempre. Cuando me operaron del corazón, uno se plantea qué va a ser de mí a partir de ahora. Y entonces te das cuenta de qué es lo verdaderamente irrenunciable que hay en tu vida, aquello que si lo pierdes ya no te importa morir. Me di cuenta de que en mi vida solo hay tres cosas realmente imprescindibles. A mí me gusta mucho comer, también beber una buena botella de champán o de vino y me gustan mucho las mujeres… todo eso me gusta muchísimo. Pero yo puedo vivir sin follar y puedo rechazar la buena comida y el alcohol. Sin embargo hay tres cosas a las que no puedo renunciar: viajar, leer y escribir. Mientras pueda seguir haciendo esas tres cosas, seguiré sintiéndome igual de joven que me siento ahora.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Antonio Escohotado: «La cruzada contra las drogas acabará entre susurros»

Es imposible resumir la vida y obra del filósofo Antonio Escohotado (Madrid, 1941) en unas pocas líneas sin dejar fuera lo fundamental, pero intentemos un esbozo: tras pasar su infancia en Brasil, se licencia en Derecho a finales de los sesenta y comienza a trabajar en el Banco Español de Crédito. Poco después lo deja todo para irse a vivir a una cabaña en Ibiza, donde traduce a Marcuse y Hegel, escribe sobre metafísica y comienza a experimentar con las drogas. En los ochenta pasa dos años en prisión acusado de tráfico de estupefacientes y allí culmina la monumental obra Historia general de las drogas, que lo convierte en una autoridad mundial en el tema y un personaje público siempre envuelto en la polémica. Posteriormente muestra interés por la física cuántica y escribe Caos y orden, que obtiene el Premio Espasa de Ensayo. Durante los últimos once años se ha volcado en la economía, pasión de la que da cuenta su impresionante Los enemigos del comercio, libro del que publicará en septiembre una segunda parte. Parece gozar de una salud indestructible —ha tomado tantas drogas que casi nos deja al resto del mundo sin ninguna—, una curiosidad intelectual insaciable y una fecundidad digna de un sultán (es padre de ocho hijos). Pero si algo hay que destacar es su carácter cordial y profundamente empático. Antonio Escohotado nos recibe en su casa:

En tu libro Los enemigos del comercio trazas el recorrido histórico del comunismo, remontándote hasta hace 2.000 años, con aquellos que consideraban la propiedad privada “un robo y el comercio su instrumento”. ¿Te  definirías como anarcocapitalista?

No lo sé, todo el trabajo que hago últimamente es intentar evitar etiquetas y simplificaciones. Anarcocapitalista parece ser la obra de Nozik y aún más la obra de Hayek. Anarquismo es rechazar el autoritarismo, un invento feliz y atractivo para cualquier persona que tenga respeto por los demás y por la inteligencia. Lo que pasa es que esta formulación tan sencilla —«el anarquista es el que frena al autoritario»— en la práctica resulta en otra cosa. Sale una pandilla de rusos muy raros que están deseando es destruirlo todo —los nihilistas— que piensan que tras esa destrucción, de repente, va a emerger una racionalidad y un sentido nuevo de las cosas. De modo que no podemos declararnos anarquistas si nos atenemos a los precedentes prácticos (risas). Respecto al capitalismo: el capital es trabajo acumulado, así que capitalistas somos todos y siempre lo seremos. Lo que pasa es que algunos no han podido acumular su trabajo de manera que les permita vivir mañana y a esos desdichados los podemos llamar no-propietarios, o proletarios. Dentro del capitalismo, están el capitalismo de Estado —que es el que aplicaban los romanos o el Sha de Persia— y el capitalismo privado. El cual comienza con una serie de personas que, en la disyunción entre el más allá y el más acá, dijeron: «a mí me basta con mi profesión». Centraron su fervor en una maestría que les permitiese trabajar por cuenta propia. A esto lo podríamos llamar el alma puritana.

En ese sentido suele relacionarse el auge del capitalismo con la ética protestante, como en la obra de Max Weber.

Sí, por ejemplo en el tomo segundo de Los enemigos del comercio desarrollo un aspecto que Weber no ha estudiado y que me parece muy interesante: el cómo las sectas puritanas en Estados Unidos crean el capitalismo específicamente norteamericano. Porque da la casualidad de que son sectas comunistas. Son siete —cuatro de ellas alemanas y dos inglesas— apoyadas en los recursos que tienen los cuáqueros, otra secta importante. Porque cuáquero fue William Penn, el gobernador de Pensilvania, que decidió no quedársela sino hacer un estado; luego, los estatutos de Pensilvania son un 80% de la constitución norteamericana. Pues bien, aprovechándose de que los cuáqueros poseían el Merchant Adventurers —que era una compañía que llevaba bienes y personas a uno y otro lado del atlántico— se compadecieron de unas iglesias reformadas, independentistas, que no eran comunistas cuando vivían en Europa pero cuando llegaron a Estados Unidos y viendo las dificultades enormes que tenía que sacar adelante, se hicieron comunistas. Todo esto no es conocido pero es muy interesante: ver cómo un comunismo que no es obligatorio, que no quiere doblegar al otro, que es un comunismo instrumental, puede ser una fuente inexorable de prosperidad, paz y respeto mutuo. Aún ahora, cuando inspeccionas el panteón fundacional del capitalismo norteamericano, lo que aparecen son los «shakers», los rapitas, los zoaritas, los amanitas… esas sectas comunistas originales.

Sueles criticar duramente la revolución francesa y reivindicas la revolución norteamericana como la auténticamente liberal.

Es que en la Revolución Francesa se produce una oposición entre conseguir la autonomía personal y conseguir la autonomía nacional, por eso llega Robespierre y, con él, el Terror. Porque dice que la libertad debe ser el cumplimiento colectivo, la satisfacción general del pueblo. Vale, pero ¿por qué demonios excluye los derechos civiles? ¿Por qué coincide el establecimiento de la libertad con que se llame «liberticida» al disidente? ¿Por qué «libre» significa «patriota»? La Revolución Americana, en cambio, se consuma sin sangre. La única sangre derramada está en la Guerra de Independencia. Pero cuando se vence, los muchos realistas que quedan son gentilmente invitados a respetar la nueva Constitución, a irse a Canadá o a volver a Inglaterra.

En esa línea es curioso como Estados Unidos en su día compró Alaska en vez de haberla invadido militarmente, que es lo que siempre se había estado haciendo.

Y lo mismo hizo con la Luisiana, en la famosa compra de Jefferson a Napoleón. Yo intento documentarla con detalle, porque Jefferson dice de él que no sólo es un payaso, sino un muerto de hambre. Ellos querían comprar el puerto de Nueva Orleans y de repente Napoleón estaba tan mal de dinero —como siempre les pasa a estos señores que andan haciendo guerras— que ofreció toda la Luisiana que acababa de robarle a los españoles. Y Jefferson le dijo al embajador «¡Compra!».

Pero, por otro lado, también se asocia el capitalismo con el imperialismo. El imperialismo europeo decimonónico, suele decirse, fue consecuencia del desarrollo capitalista.

Hobson, que luego influiría mucho en Keynes, es quien más estudió el momento dramático inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial, cuando Alemania intenta abrirse camino estableciendo colonias por el mundo. Ante su poder intelectual e industrial, sus universidades y sus fábricas, a Alemania le resulta absurda la situación de no tener posesiones en el extranjero, a diferencia de Francia o Inglaterra. Ahí es cuando se plantea el vínculo entre imperialismo y capitalismo.  Hobson, a mi juicio, es un pensador al que no se le concede ahora el mérito que tiene. En parte porque Lenin lo aprovecha para sus propios fines y lo combina con un libro que acababa de publicar Rosa Luxemburgo acerca del capitalismo, que no se podría mantener sin convertirse en imperialismo. Cuando lees a Hobson te das cuenta de que él no dice eso, sino que el capitalismo sufre una crisis interna recurrente –eso ya lo había visto Sismondi un siglo antes—, tratando de conseguir un estímulo del consumo basado en que no se extreme el ahorro. Y esto lo podemos llevar a las sectas puritanas en las que el dogma ha sido «trabaja y ahorra». Lo que Hobson reclamó, como hizo antes Sismondi y luego Keynes, es «trabaja, pero parte de tu ahorro empléalo en el consumo o si no esto no se podrá mantener».

Esto, en la sociedad actual ocurre de manera más acentuada.

Ahora es evidente; ha habido tantísima liquidez que para que las ratas no se comiesen los almacenes de efectivo la solución ha sido invertir. Y claro, «la inversión de la inversión de la inversión» ha llevado a esta ingeniería financiera. Yo dedico en Caos y orden dos capítulos a la ingeniería financiera de los que estoy satisfecho, porque el libro es de 1999 pero, leídos ahora, se ve que son una descripción de lo que pasó con Lehman Brothers. Se empieza a hacer lo que llaman ellos «productos garantizados» en base a unos cálculos supuestamente sofisticados e infalibles, sobre que si inviertes en bonos del tesoro coreano y luego inviertes también en General Electric… etc. Y que si haces una diversificación de cartera quedas absuelto de riesgo. ¡Mentira! Lo que haces es aumentar la volatilidad de esos productos al máximo. Pero date cuenta de que esto es inevitable.

Según algunas voces esto habría sido consecuencia de la desregulación bancaria, de un exceso de liberalismo.

Pero estas personas deberían estudiar el caso para ver cómo lo regularían ellos. Igual que hablan de neoliberalismo y no saben lo que dicen —porque no saben distinguir neoliberalismo de liberalismo— tampoco son capaces de identificar cuáles son los mecanismos de regulación a los que aspiran. ¿Significa esto que no pueden hacerse transacciones a través de Internet, por ejemplo? Esto es lo que en el fondo se está pidiendo. La velocidad de traslación de capitales que Internet permite… si quieren decir esto, que lo digan. Pretender que el liberalismo saca al Estado de la actividad económica es ignorancia.

¿Y aquellos que defienden por ejemplo la Tasa Tobin?

Lo mejor en esos casos es leer lo que decía el propio Tobin cuando los anti-globalización pretendieron imponer dicha tasa. Y él decía «lean mis libros, entérense de lo que realmente hablo». Es un poco absurdo que se estén citando unos consejos escritos antes de que apareciese Internet, cuando él no defendía eso. Señores, infórmense. Que es, por lo demás, lo que me pasa a mí, que a los cuarenta años me tuve que poner a estudiar matemáticas, a los sesenta me tuve que poner a estudiar física de partículas y ahora a los setenta estudio economía política. Con todo lo mal que va el mundo en muchos sentidos, en este ámbito de la información disponible va fenomenal. Para las personas que quieren informarse, es un momento idóneo.

Ahora con Internet parece que las posibilidades son enormes, pero es difícil distinguir la información veraz entre todo lo que se escribe…

Evidentemente. En la Wikipedia puedes encontrar una información perfecta si buscas Carlay o Epicuro, y muy discutible si te hablan de derivados financieros. Porque en un caso hay propaganda y en el otro no. Es función del entendimiento individual. Lo que hay que entender es aquello que decía Holderlin: “donde crece el peligro, crece la salvación». Cuando alguien viene y nos ofrece una situación segura, hay que preguntarle inmediatamente: ¿qué me vas a ordenar a cambio de esta seguridad que me ofreces?

El comunismo tradicionalmente ha gozado de mucho prestigio intelectual y moral. ¿Por qué?

Porque proviene del cristianismo y detrás tiene la constelación mesiánica, la gran promesa de superar el estado de cosas. Es lo que Marx llama «Ley general de desarrollo», donde las clases sometidas expulsan a las clases sometedoras: el proletariado expulsa a la burguesía en una versión actualizada de «los último serán los primeros». El mesianismo es algo que tiene un pie en la consciencia y otro en la inconsciencia, es un arquetipo universal. El Mesías es el chivo expiatorio racionalizado y el chivo expiatorio está tan conectado con nuestro sistema nervioso como la tendencia humana a desplazar el mal de un lado a otro, la transferencia del mal. Si lees a Marx verás cómo desprecia esas tonterías del paraíso de Adán y Eva, que no son nada en comparación con las comodidades efectivas que ofrecerá el comunismo una vez aplicado.

El profesor de psicología de Harvard, Dan Gilbert, dice que mucha gente no comprende realmente el funcionamiento del mercado. Según él, un error muy frecuente es considerar el precio de las cosas como una esencia invisible del objeto y no como una relación dependiente del contexto, de la oferta y la demanda. Es decir, muchos creen que una hamburguesa debería costar siempre y en todo lugar tres euros, y si te cobran más, aunque estés en medio del desierto, es un robo.

¿Gilbert se llama?, qué gracia. Oferta y demanda es lo que en derecho se llama autonomía de la voluntad. Cada vez que decimos que hay que superar el mercado lo que se quiere decir es: queremos que nos digan qué producir. Es bastante gracioso que se personalice, igual que Marx a veces pone «Capital» con mayúscula y pasa a llamarlo «Monsieur le Capital». Él, que tanto habla de los fetiches, fetichiza el capital, que no es nada más que trabajo acumulado. El gran problema del comunismo es intentar medir el valor como trabajo por unidad de tiempo. Eso es tan disparatado como imaginar que Picasso pinta una paloma y le toma tres segundos, y eso vale tanto como la pintura que hagamos tú o yo de una paloma. Pues no es así, lo sentimos mucho (risas).  ¿Por qué demonios ciertos trabajos son enormemente valiosos, como los poemas de Verlaine, y lo que escribió El Tostado no vale nada? Porque hay autonomía de la voluntad. Si no reinase el deseo, reinaría la planificación.

¿Esa oposición a la planificación de un poder centralizado frente a la existencia de múltiples agentes autoorganizándose, podría ser lo que inspira las protestas de Sol?

Vendría bien que estas personas de Sol releyeran la dialéctica del amo y el siervo tal y como la plantea Hegel en su Fenomenología del espíritu. Se darían cuenta de que no puede interrumpirse el movimiento. Las cosas son producto de la evolución y para evolucionar necesitan atravesar etapas de contradicción. Sin contradicción no hay progreso. Que un planificador central dé paso a una autoorganización localizada es algo inevitable y además deseable. Pero fíjate tú que ahora mismo el problema de España es tener que pagar el Estado central y el autonómico. Eso no quiere decir que no debamos tener autonomías, quiere decir que hemos de ser humildes y admitir que no vamos a encontrar ninguna solución definitiva. Vamos hallando remedios al problema fundamental de la vida en sí, que tiene que alimentarse de otra vida. En el momento en que descubramos el fusor, que requerirá una temperatura de millones de grados para tirar ahí una piedra y extraer dos megavatios cambiará la situación. Hasta entonces, hemos de tener todos los días mil millones de pollos mantenidos en condiciones atroces, incompatibles con la dignidad que deberíamos otorgar a otras formas de vida. Pero lo fundamental es que no vamos a encontrar soluciones definitivas, eso es lo que hay que decir a los chicos de Sol. No se trata de romper lo establecido, sino de perfeccionarlo. Les diría también que igual que antes fue necesario separar a la Iglesia del Estado, ahora es necesario separar a la clase política de la economía. Esa es la asignatura pendiente de nuestro tiempo, ya hemos visto lo que ha pasado por ejemplo con las cajas de ahorros.

Respecto a la clase política, parece que critican su separación de la ciudadanía.

La clase política es imprescindible en las democracias representativas con densidades de población muy grandes. Es inevitable que algunas personas sean descargadas de otros trabajos para dedicarse a funciones legislativas, ejecutivas y judiciales. Es imprescindible, pero manteniendo un control sobre su crecimiento. Nos encontramos con una clase política que en el pasado nos liberó de los salvadores tipo Hitler, Stalin y otros totalitarios, pero ahora esa clase política ha crecido demasiado y hay que controlarla para que no asfixie al poder judicial, para que no corrompa al poder legislativo y no aumente su poder hasta extremos absurdos su poder, como por ejemplo en la cruzada contra las drogas.

En tu libro Sesenta semanas en el trópico cuenta que en los años sesenta intentaste ingresar en el Vietcong para combatir en la selva vietnamita a los marines americanos.

Claro que sí, es que era indignante. Yo me despertaba cada mañana indignado con las noticias de que estaban bombardeando con Napalm a aquella pobre gente que solamente tenía su coraje y un AK-47 para resistir al invasor. Creo que si volviese a producirse una situación así y no tuviera setenta años volvería a ofrecerme voluntario. Por fortuna, el cónsul vietnamita dijo que aquello era muy duro y que ningún europeo lograría sobrevivir, pero también me dijo que hubo miles de europeos y americanos que pasaron por su consulado parisino para ofrecerse voluntarios.

En ese libro da la impresión de que acabaste realmente harto de los tailandeses.

Es que son personas que no están acostumbradas a recibir residentes, acogen al turista una semana y ya está. Pero si vas allí y pides que te traten como a uno más, como se trata a los inmigrantes en Europa, entonces la cosa se torna muy dura. Ellos se llaman orgullosamente «gitanos», no se dan cuenta de que en Europa no es un término de exaltación o prestigio. Y tienden a tratar a los visitantes de una forma un tanto expoliatoria, obligándote por ejemplo a renovar el visado todos los meses para sacarte más dinero. Si en Europa se pidiese algo equivalente a los inmigrantes, los arrasaríamos por completo. La idea es que haya reciprocidad. El trato al extranjero es muy duro, he visto en las comisarías de Tailandia a birmanos encadenados en muy malas condiciones sanitarias, simplemente por haber entrado ilegalmente al país.

Narras también un viaje a Brasil, organizado por una pequeña agencia de viajes española, que consiste en tomar ayahuasca en una cabaña en medio de la selva durante una semana. ¿Lo recomendarías a nuestros lectores?

La ayahuasca es un fármaco del mayor interés. En primer lugar es sana, es increíble pero es como un purificador orgánico. La gente que toma Prozac o antidepresivos toman la mitad de la ayahuasca, la beta-carbolina. Si comes algo mientras tomas ayahuasca sufrirás una tremenda diarrea y vomitona, sin embargo al día siguiente te sientes nuevo y estimulado. Si además tomas una dosis suplementaria, tendrás un viaje. Ese viaje es como el de LSD y tiene todos los peligros para quien se lo tome trivialmente. El que va allá para aplacar el aburrimiento se encontrará con un genio como el de Aladino que le aplastará como a una colilla, porque su finalidad es incorrecta y merece ser castigada. Pero si no, tiene la ventaja respecto al ácido de que mientras un viaje con éste puede durar veinte horas, el de ayahuasca no dura más de dos. Sin embargo es igual de profundo, incluso más sentimental. Yo creo que deben estar convenientemente guiadas por personas competentes, capaces de decir «mira chico, yo a ti te veo neurótico, mejor no tomes esto» y al otro «te encuentro preparado, pero antes debes formarte un buen criterio y prepararte un cuadro de preguntas que te vas a hacer a ti mismo durante el viaje psíquico». En esas condiciones puede que aproveche a nueve de cada diez personas.

El contacto con la naturaleza juega una parte importante del proceso, ¿no?

Claro, en este caso estábamos en un afluente del Amazonas, en el centro de una naturaleza tan vivaz que durante la noche era de un estruendo comparable a estar en plena Times Square, en Nueva York. Había que ponerse tapones en los oídos para poder dormir. Yo estaba aterrorizado porque acababa de separarme y pensé que viajar me iba a matar. Estaba muriéndome orgánicamente pero además iba a morirme psíquicamente. Me intenté resistir a tomarlo durante un par de días, pero al final me dije «no seas cagueta» y me vino bien. No recomendaría tomar LSD más que en condiciones muy restringidas, en cambio con la ayahuasca, al requerir otras condiciones y por su propio rigor, los peligros se reducen.

¿Y con estas drogas existen peligros para la salud mental, riesgo de acabar en un psiquiátrico?

Yo no he conocido a nadie que no estuviera loco de antes de tomar estas cosas. He sido muy amigo de Albert Hoffman, que me llamaba su hijo espiritual, y me dijo que tampoco conoció a nadie que hubiese perdido la salud mental con el uso de estas cosas. También me lo dijo Ernst Jünger. Si sumas la experiencia de nosotros tres a lo mejor equivale a la de varios miles de personas, no es una inducción completa, pero es relativamente válida.

Sueles hablar de las drogas como una vía de conocimiento. ¿Qué te han enseñado?, ¿es algo que puede ser descrito con palabras?

Aprendiendo de las drogas es como se titula uno de mis libros. Sucede una cosa graciosa con él. Se publicó originalmente en Mondadori como El libro de los venenos —que me pareció una forma irónica de describirlo— y vendió en total quinientos ejemplares. Una vez caducó el contrato con esa editorial, Jorge Herralde de Anagrama sugirió cambiar el título y al llamarlo Aprendiendo de las drogas pasó a vender cien mil ejemplares.

Creo que algo parecido debió pasar con su otro libro Realidad y substancia…

(risas) Algunas personas creyeron que ese tratado de metafísica, que es tan insufrible como los Elementos de Euclides —porque los tratados no están para entretener— era sobre drogas.

Además en la portada aparece una piedra oscura que parecía de hachís.

¡Qué va, es una roca de la luna! (risas). El caso es que es el único tratado de metafísica que ha vendido dos ediciones. Porque Fenomenología del espíritu, a mi juicio el libro más inteligente y profundo jamás escrito, vendió quinientos ejemplares en los primeros cincuenta años de su publicación. Pero nos habíamos quedado en qué es lo que puede aprenderse de las drogas. A priori sería abusivo perfilar qué tienen las drogas de enseñanza. Salvo un punto, el de la introspección. Es posible nos ayuden a ver cosas del exterior, pero a mi juicio es absolutamente evidente que las drogas  —las de paz, viaje o estimulación— siempre te van a decir algo sobre tus abusos, tus puntos fuertes, y sobre todo sobre tus puntos débiles. Siempre van a demostrarte quién eres, te van a decir «mira chico, no te sigas mintiendo, a lo mejor eres un pelele».

¿Y para las relaciones personales?

A veces pueden ayudar, a veces estorbar. A priori es muy difícil decir nada.

¿Qué opinas la prohibición de fumar en lugares públicos con la que comenzó el año?

Esto es un ensayo del Estado Clínico, que decía Thomas Szasz. La nueva clase política está comprometida con un proyecto de condicionamiento tipo Gran Hermano, que podemos retrotraer a la ética utilitarista: Bentham, Stuart Mill… que es placer del mayor número, que importan más los fines que los medios. Son formas refinadas de autoritarismo. En este caso se trata de ver hasta dónde se puede condicionar al personal. Por este camino se puede llegar a imponer que las personas tomen ciertas drogas para conducir mejor o llevarse mejor con la pareja… son seudópodos, tentativas del nuevo Estado para ver hasta dónde puede crecer.

Los partidarios de esa ley argumentan que no se trata de proteger a los fumadores de sí mismos, sino a los no-fumadores.

Ya, esto es curioso. Siempre se habla de las víctimas, como cuando Robespierre impone el Terror como atajo para la virtud pública: es para defender al pueblo francés de los saboteadores y liberticidas. Cada vez que se quiere mandar a una persona sin su consentimiento se busca la idea de que hay un tercero victimizado o de que es por el bien del propio obligado.

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, se ha mostrado partidario de la legalización de las drogas. Por otra parte, en California ha habido un referendo para legalizar la marihuana, y los resultados estuvieron bastante igualados. ¿Son hechos anecdóticos o hay un cambio de tendencia en el mundo?

En el caso de California se perdió el referéndum, según dicen sus promotores, porque al ser domingo la gente joven se quedó durmiendo en casa. Si fuese así, qué triste, porque es precisamente la gente joven la que hace de esto una bandera y una seña de identidad, un símbolo. Porque igual que la heroína simboliza el malestar y la cocaína la prosperidad, el cáñamo simboliza el ser progre… (risas) es una forma curiosa de proyectar nuestros valores sobre entes objetivos.

¿Crees que esto cambiará en el futuro?

La guerra contra las drogas se terminó hace unos quince años. Eso se nota en la reducción del presupuesto de las diversas brigadas de estupefacientes de diferentes países. Se ha impuesto de forma más o menos explícita la política de reducción de daños en materia de drogas. La cruzada contra las brujas no se acabó con un decreto diciendo «nos hemos equivocado», se acabó entre susurros. Y así es como se acabará la cruzada contra las drogas, entre susurros. Nunca se ha conseguido que una cruzada del tipo que fuere contra el librepensamiento, la homosexualidad, la brujería o las drogas terminase explícitamente.