Los bandoleros andaluces que retaron al rey en Sierra Morena

José María Hinojosa, el Tempranillo, por John Frederick Lewis. Sierra Morena.
José María Hinojosa, el Tempranillo, por John Frederick Lewis.

De Puente Genil a Lucena,

de Loja a Benamejí,

las mocitas de Sierra Morena

se mueren de pena

llorando por ti.

Donde la Mancha pierde su nombre se yergue una sierra que ha sido escenario de mil fábulas. Una extensión infinita de suaves colinas y abruptos riscos, permanente tierra de paso de pueblos que escapaban de las tierras altas de la meseta con la promesa de un Mediterráneo acogedor. Morada y refugio de bandoleros de leyenda, Sierra Morena ha sido siempre un territorio a caballo entre la realidad y el mito. Una tierra remota que ha sido escondrijo de personajes al filo de la leyenda, fugitivos de una justicia real o imaginaria que encontraron refugio en sus haciendas y cortijos abrasados por el sol andaluz. Una transición entre el secano y el olivar en forma de suave cordillera, regada en su inicio por un joven Guadalquivir que se encamina perezoso hacia un Atlántico aún distante. Un territorio sin dueño, reclamado y recorrido mil veces por héroes y bandidos que vieron en sus montes y olivares el escenario perfecto para llevar una vida montaraz al margen de la ley. Entre sus bosques, recorriendo los mismos senderos que llevaron a don Quijote a su retiro penitente y pasando noches al raso bajo las mismas estrellas que hace siglos vieron los victoriosos cruzados de las Navas, bandidos de toda condición se disputaron durante décadas el trono de una Sierra Morena indómita de la que eran los únicos dueños. 

Hoy en día, los relatos de estos bandoleros se pierden en la leyenda, retales brumosos de otras épocas que han sobrevivido en la tradición oral: figuras como el Tragabuches, Pasos Largos y Diego Corrientes pertenecen al imaginario colectivo de las gentes que habitan algunas de las zonas rurales andaluzas que hace siglos vieron nacer a estos forajidos míticos. 

Y sin embargo, existieron.

El germen andaluz de este fenómeno nacional —presente en España también en otras zonas, como el País Vasco, Madrid y Cataluña— lo encontramos en la guerra de la Independencia, cuando la guerra de guerrillas se imponía como único medio de retrasar el avance francés hacia el sur. Así, en esos años en que la figura del rey y su autoridad eran apenas un ideal abstracto por el que luchar para defender la patria invadida, un buen número de campesinos de estas tierras se agruparon en cuadrillas con el fin de mejor hostigar al ejército francés que las ocupaba. El objetivo de estas partidas de voluntarios era la retaguardia de un ejército francés que se encaminaba inexorable hacia Cádiz, minando sus líneas de abastecimiento e interceptando los correos entre la retaguardia y el frente. Al igual que hicieran otros líderes guerrilleros en latitudes más septentrionales, como el Empecinado, algunas de estas figuras fueron poco a poco cobrando importancia en la estructura de las tropas que luchaban contra el reinado de José I, siendo promocionadas en el seno del ejército realista. Acabada la guerra, sin embargo, algunos de los guerrilleros que no fueron asimilados se negaron a reintegrarse en la vida civil, y se dedicaron al pillaje y saqueo de cuantas diligencias pasaban por las tierras de su control.

Así, en los años posteriores a la guerra, cuadrillas de bandoleros ponían en jaque a unas autoridades civiles que no sabían cómo detenerlos, armando grupos de voluntarios, primero, y soldadesca, después, para perseguirlos. El inicio de la reacción oficial fue un bando de 1817 en el que se dictaba sentencia contra estos salteadores y se creaba un cuerpo de voluntarios, llamados migueletes, para intentar atraparlos.

Unos forajidos de naturaleza indómita que se movían sin descanso por un territorio extenso que abarcaba principalmente las zonas montañosas del sur andaluz comprendidas entre la cuenca del río Genil y el curso alto del Guadalquivir: kilómetros de monte bajo, bosque y olivar controlados de facto por estas bandas de veteranos excombatientes.

En esa coyuntura de miseria posbélica, la mayoría de las poblaciones deprimidas de Sevilla y Córdoba competían por alumbrar a los bandidos más carismáticos, aquellos que sabían ganarse la admiración de un pueblo llano que veía en ellos a sus paladines contra una autoridad —el rey, los terratenientes, la nobleza— que lo asfixiaba. Así, a la manera de un mítico Robin Hood, algunos de ellos repartían el botín entre sus paisanos, asegurándose tanto su admiración como, más importante, su silencio, en un proceso que empezó pronto a forjar la imagen romántica de estos forajidos que ha perdurado en el imaginario colectivo.

La ruta andaluza de este fenómeno olvidado comienza en Écija, cuya banda de los Siete Niños tuvo en jaque a las autoridades civiles de la posguerra durante casi un lustro. Integrada por jóvenes imberbes que lo mismo robaban mulas que asesinaban peones, por ella pasaron algunas de las figuras más notables del noble arte de asaltar diligencias, entre ellas un TragabuchesJosé Ulloa, se llamaba el angelito— que huía de la justicia empezó a raíz del sonado asesinato de su amante: la clásica historia desgarrada de celos y traición que encontramos en la génesis delictiva de la mayoría de los bandoleros. Cantaor de etnia gitana, tuvo tiempo de componer una copla a modo de catarsis personal «Una mujer fue la causa / de mi perdición primera. / No hay ningún mal de los hombres / que de mujeres no venga», antes de que su rastro se perdiese con la captura de los Siete Niños. Antes de la disolución de la banda debida a la captura de la mayor parte de los cabecillas, tuvo tiempo de foguearse en ella la más grande figura de cuantas hollaron Sierra Morena: José María Hinojosa, el Tempranillo, célebre bandido que a los quince años de edad ya era un forajido y que a los veintiocho, a su muerte, una leyenda. 

Hijo analfabeto de una nación devastada, nació en 1805 en Jauja, una pedanía de la cordobesa Lucena de la que dejó escrito Lope de Rueda que «era empedrada de piñones y por ella corrían ríos de leche y miel», alimentos, todos ellos, escasos en los primeros años de vida del joven José María, que de tanto que pasó su infancia hurtando comida a los franceses para poder sobrevivir cuando llegó a la adolescencia no hubo quien lo enderezara: no había cumplido la quincena y ya era prófugo de la justicia, y vagaba por los montes en penitencia por su primer delito de sangre. A navajazos y por causa de una mujer comenta la tradición oral que empezó la carrera delictiva del Tempranillo, que ya en 1820 tuvo que abandonar la ribera del río Genil y unirse a lo que quedaba de los Siete Niños de Écija, para formar poco después su propia cuadrilla con la que impuso su ley en Andalucía en la década siguiente.

Además de ser uno de los bandoleros que más cultivó la colaboración del pueblo llano, la popularidad y el alcance de la figura del Tempranillo se cimentaron en su compromiso con los valores liberales y antimonárquicos —se dice que llegó a reunirse con Torrijos para contribuir a su fracasado golpe contra Fernando VII— y que, al contrario de cómo hicieron otros bandidos, préteritos y contemporáneos, evitaba el conflicto armado y el derramamiento inútil de sangre. Así, en vez de disputarse el territorio con los bandoleros rivales, los incorporaba a su banda. En lugar de asaltar a sangre y fuego los correos que bajaban por Sierra Morena, los desvalijaba sin violencia, haciendo gala de una autoridad —y de un poderío, pues su banda llegó a sumar más de cincuenta personas— que pocos osaban desafiar. Urdió una extensa red de colaboradores, desde simples peones a funcionarios de la magistratura, que le dotaba de información privilegiada sobre el itinerario de correos, cortejos o diligencias que fueran camino de Sevilla, permitiendo así cobrar a sus objetivos una cantidad fija a cambio de seguridad, en una reversión moderna del diezmo que durante siglos los campesinos habían tenido que pagar a los estamentos privilegiados.

Paulatinamente, el fenómeno del bandolerismo empezó a trascender la mera acción delictiva, y pasó a formar parte de la cultura popular de estas zonas deprimidas: se componían coplas, se ensalzaban gestas y se creaban mitos en una corriente romántica que transcendió el ámbito nacional. El autor francés Prosper de Merimée, que ya en su Carmen trató extensamente el tema de los bandoleros andaluces, dejó escrito en la Revue de Paris que «José María era un modelo de caballerosidad», un ejemplo de cuán romántica era la aproximación de muchos intelectuales europeos para con este fenómeno meridional. «Una mano tan bonita no necesita adornos», cuentan que susurraba el Tempranillo al robar las joyas de las damas que ocupaban las diligencias a las que daba el alto. 

Merimée le dedicó un artículo y John Frederick Lewis el único retrato que se conserva: el pintor orientalista inglés se desplazó hasta Andalucía para retratarlo, elaborando una representación estilizada que ponía por fin imagen al esquivo bandolero. Un paisano recio, de corta estatura, de acerados ojos grises que mira desafiante desde la grupa del caballo bayo con el que se dice que patrullaba incansable montes y veredas.

Si Sierra Morena era su reino, la Sierra de la Camorra era su feudo: allí, a la vera del río Genil, se encuentran las poblaciones que fueron testigo directo de algunos de los acontecimientos más importantes de cuantos jalonaron la vida de su heroico paisano. «Si en España mandaba el rey, en Sierra Morena mandaba el Tempranillo», dejó escrito Merimée a propósito del más universal de los bandoleros que controlaron Sierra Morena. Un bandolero con hechuras de héroe que todavía pervive en las historias de sus paisanos. Además de la Jauja y Lucena, poblaciones como Corcoya y Badolatosa albergan todavía pedazos de esa memoria popular en forma de iglesias, cortijos o conventos en los que la estela del Tempranillo dejó su impronta hace ya casi dos siglos. 

El más importante de estos acontecimientos fue el indulto con el que Fernando VII compró la lealtad del más peligroso de los bandoleros: corría el año 1832, el monarca estaba enfermo y se imponía encontrar una solución al problema de inseguridad que sufría la región. Un decreto de indulto polémico que no solo exoneraba a toda la enorme banda de José María de todos sus delitos sino que los convertía en funcionarios reales, pasando a formar parte del recién creado Escuadrón de Protección y de Seguridad de Andalucía, un cuerpo policial que con el Tempranillo a la cabeza se encargaría a partir de entonces de mantener el orden en la misma región que hasta entonces habían controlado como forajidos, dando caza a las demás bandas de delincuentes que todavía operaban entre Grazalema y Despeñaperros.

Alameda es el último lugar de reposo de este bandido que murió sirviendo a la monarquía a la que hasta hacía poco había desafiado. No se sabe a ciencia cierta si fue en Despeñaperros, a escasa distancia de donde se batieron siglos antes moros y cristianos en la batalla de las Navas de Tolosa, o en el cortijo de Buena Vista, a un kilómetro escaso de la malagueña Alameda, donde un antiguo compañero de correrías, el Barberillo, hirió de muerte al último de los bandoleros míticos de esas tierras. 

Dos días más tarde, el 23 de septiembre de 1833, moría José María Hinojosa y se ponía fin a la época romántica del bandolerismo andaluz. Aquel que había sabido convertir un fenómeno delictivo local en el referente cultural de un pueblo oprimido expiraba en el mismo lugar en el que se ofició un sentido funeral que se dice que congregó a gente de toda la provincia, y en el que aún hoy reposan sus restos: el anexo a la sacristía de la iglesia de la Inmaculada Concepción, en Alameda.

Poco después del sellado de su tumba, alguien se encargó de rotular en su memoria sobre su lápida «aquí yace el rey de Sierra Morena».

Fernando VII, el odiado rey al que le había disputado su reino durante una década, moriría apenas seis días más tarde.

Qué maravilla, quinientos migueletes y no lo pillan.

Lo buscan por Lucena y está en Sevilla!

¡Quién lo diría que un Rey manda en España!

¡Quién lo diría, cuando en la Sierra manda José María!


La leyenda de Curro Jiménez, un wéstern sangriento

Curro Jiménez (1976–1979). Imagen: RTVE.

Dice la RAE que un bandolero es un bandido, pero antiguamente se distinguía que bandolero era el que formaba un bando, una facción o cuadrilla, y bandido era el reclamado por un bando, un edicto público. Luego el bandolero también puede ser citado en un bando, pero, en un principio, se le concedía el beneficio del romanticismo. Si bien el bandido era un delincuente, el bandolero había acabado en esa situación por necesidad o por injusticia. Lo suyo era reparación y por eso los quería el pueblo, como en el mito de Robin Hood.

Su medio eran las geografías irregulares o las fronteras, donde la autoridad no podía imponerse. Su origen se pierde en la noche de los tiempos, pero en la invasión musulmana de la Península ya apareció la figura del «golfín» en las fronteras con los reinos cristianos. En el siglo XI hubo alguno que muy bien pudo despertar el interés de Marvel, como Halcón Gris, en el reino de taifa de Sevilla. También surgieron en los caminos castellanos bandoleros monfíes, árabes, y malandrines, gitanos, que obligaron a los Trastámara a reclutar partidas armadas para mantener la seguridad de los caminos.

Desde 1465 a esa fuerza se le llamó Santa Hermandad. Un cuerpo policial que cuando atrapaba a los bandoleros les ejecutaba por asaetamiento —atado el prisionero a una columna, se le lanzan siete flechas—, y las penas leves eran azotes o torturas, como seccionamiento de orejas o pies. Carlos V ordenó, por humanidad, que antes de asaetar a un detenido se le estrangulase primero. Sancho Panza se pasa medio Quijote muerto de miedo porque temía que en una de las que iban liando por los caminos les apareciera la Santa Hermandad. Existió hasta 1835.

En Cataluña, donde hubo alta actividad bandolera durante siglos, es célebre la creación de los Mossos d´Esquadra para imponer orden, y el nuevo orden, después del caos dejado por la guerra de Sucesión. Escribe el historiador L. Alonso Tejada en el séptimo número de 1976 de la revista de historia Testimonio: «Pronto adquirieron los mossos fama de rigor. Ellos se encargaban de acompañar a los bandoleros hasta el cadalso, donde luego recogían los cuartos de los ajusticiados, para colocarlos en las encrucijadas de los caminos, las puertas de las ciudades y otros lugares (…) no desdeñaban otras faenas más menudas. Así, detenían a las mujeres adúlteras o de dudosa conducta (…) la actitud intransigente del cuerpo y el dictatorial patronazgo que sobre él ejercía la familia Veciana acentuaron su impopularidad».

También después de una guerra, esta vez la de Independencia, el bandolerismo se desató en Andalucía. En muchos casos eran guerrilleros que habían luchado contra los franceses y ahora no tenían otro medio de supervivencia. Su destino solía ser el garrote. En una guerra casi tan cruenta como la de los franceses, el jornalero se enfrentaba al latifundismo que creaba bolsas de proletariado rural. Además, cuenta el libro Fuera de la ley (La Felguera, 2016) que esta explosión en tierras sureñas no se puede entender fuera del contexto del romanticismo propio de la primera mitad del XIX. La lucha por la supervivencia y el espíritu de la época llevaron a muchos a echarse al monte. Si en condiciones semejantes se crearon la Santa Hermandad o los Mossos d’ Esquadra, ahora el nuevo cuerpo iba a ser la Guardia Civil.

Ese fue el ambiente en el que se dice que vino al mundo en 1820 Francisco Antonio, hijo de Antonio Jiménez y Manuela Ledesma. Una leyenda que relata Manuel Pérez Regordán en El bandolerismo andaluz. Volumen III (Quadix, 1987). Dice que Antonio era barquero, pasaba mercancías por el Guadalquivir, de Cantillana a Sevilla. Su hijo Curro le ayudaba, pero cuando su padre murió el alcalde dio el trabajo de barquero a otra persona. Encima, Curro se enamoró de María, la prometida de Enrique, el hijo del alcalde. Sorprendido por sus primos Curro cuando se «entregaba al amor» con ella, recibió una paliza de la que tardó cinco meses en recuperarse. Cuando volvió a salir a la calle, jurando venganza, se marchó del pueblo.

Apareció de nuevo para entrar en el Ayuntamiento, coger al alcalde y rajarle la cara, sin matarlo, para avisarlo. Le sorprendió Enrique, que se puso a preguntarle qué estaba haciendo, al grito de criminal. A lo que Curro respondió asestándole varias puñaladas. «A tu padre lo he avisado, a ti ni eso».

También entraron en escena los sobrinos del alcalde, a los que se dirigió con paso lento y les cosió a puñaladas hasta matarlos. Como oyó que Emilio todavía balbuceaba algunas palabras, Curro volvió sobre sus pasos y, según el relato original: «Cogiendo el cuerpo del herido, lo alza fuertemente y lo tiende sobre el pilón de la fuente, donde, de un certero golpe, le parte el cuello y abandona el cadáver con la cabeza pendiente en el agua». Antes de abandonar el lugar, vio Curro que estaba medio pueblo mirando boquiabierto, y todavía sacó tiempo para vejar aún más el cadáver de Emilio dejándole clavado el cuchillo en el pecho, a modo de rúbrica, poniendo todo el pilón a rebosar de sangre.

Hasta aquí, lo relatado por Pérez Regordán tiene cierto rigor histórico. Los historiadores están de acuerdo con que existió alguien llamado Andrés López Muñoz, apodado el Barquero de Cantillana, que asesinó a alguien en su pueblo y tuvo que escapar para, en lo sucesivo, dedicarse al pillaje. Su historia da nombre a la leyenda de Curro Jiménez. Según las investigaciones, lo más fiable de la historia real del bandolero es su principio y su final; la revista Andalucía en la historia (n.º 22, 2008) especifica que no había alcalde de por medio, que solo tuvo que huir del pueblo por una pelea callejera con un joven de su edad.

Pero el citado escritor continúa con la leyenda, aferrada a detalles históricos y a la novela El Barquero de Cantillana. Historia de un bandido célebre, de Rafael Benítez Caballero, publicado en Madrid en 1894. El alcalde organizó partidas de voluntarios para atraparlo vivo o muerto. Cuando murió la madre de Curro, ya volvió él por su propio pie, pero para quemar los graneros donde el alcalde almacenaba las cosechas. Tras la gravedad del asunto, el caso pasó a manos del gobernador de Sevilla, que envió más partidas de escopeteros sin que lograran atraparlo.

Aporta Pérez Regordán un bando provincial de 1843 sobre la actividad bandolera a la que hacían frente:

… tienen a sus laboriosos habitantes en una continua angustia, porque ninguno cuenta con seguridad ni aun en su propio hogar; cuando sus bienes son arrebatados de la manera más cruel y violenta sufriendo perjuicios incalculables y llegando la infame conducta de aquellos malvados hasta el extremo doloroso y horrible de violar a honestas jóvenes en presencia de sus propios padres…

Sigue una escena del mito realmente hermosa. En Posadas, a treinta y dos kilómetros de Córdoba, entraron los bandoleros de Curro con trapos en los cascos de los caballos para no ser oídos. En la plaza del pueblo, ahorcó a don Rulfo, el alcalde, y un amigo suyo adinerado, un tal Sebastián. Al atracar una diligencia, un cura capturado les había confesado a los bandoleros que estos dos habían organizado partidas para robar imputándole sus crímenes a Curro.

Otra más. En una venta, de madrugada, al encuentro con la partida del alcalde de La Algaba, los bandoleros acuchillaron a los dos centinelas con una puñalada en el corazón. Cogieron a todos los que estaban bebiendo y descansando de la búsqueda de Curro, unos veintidós, y los ahorcaron de los árboles. Menos a uno, Matasiete, su jefe, un mercenario cazarrecompensas, al que el mismo Curro le clavó un cuchillo en el corazón y dejó su cuerpo tirado a la puerta de la venta. Viendo a los hombres colgar de los árboles, Curro sonrió al ver sus órdenes cumplidas. Antes del amanecer, cogieron los cuerpos de los ahorcados, los subieron a lomos de sus caballos y los condujeron en un siniestro convoy hasta el pueblo de donde procedían. Al verlos, hubo llantos y lágrimas entre la población al comprobar que no faltaba entre los cadáveres un solo miembro de la partida que había ido a dar caza a los bandoleros. Se los habían devuelto a todos muertos.

Más adelante, Curro también se las arregló para ahorcar al propio alcalde de La Algaba, por lo que tras los bandoleros esta vez salieron seis compañías de infantería mandadas por un coronel. No lograron dar con ellos y, mientras, el Barquero de Cantillana recrudecía, como represalia, sus asaltos a diligencias y viajeros.

En 1843 un nuevo cuerpo, la Guardia Civil, le daría caza. Tras unos primeros éxitos contra partidas de bandoleros, una compañía de la guarnición de Sevilla salió en busca de Curro Jiménez. Según las investigaciones de la revista de Amigos de la Guardia Civil, hubo varios intentos de captura. En un primer encuentro, Curro consiguió matar a un agente, Francisco Rieles Bermejo. En otra ocasión, en un tiroteo, la partida de bandoleros quedó diezmada y cayeron heridos dos guardias. En 1846, hubo un tiroteo más tras el cual Curro Jiménez desaparece y no se vuelve a dar cuenta de su actividad en los caminos.

En esas fechas, la Guardia Civil está acabando con el bandolerismo en todo el país. Encarceló a los cómplices y los campesinos ayudaron más a la Benemérita que a los delincuentes. En 1846, el año en que Curro huyó sin dejar rastro, cayeron 674 bandoleros y enlaces o encubridores. Pero las conflictividad social creciente de la época y la segunda guerra carlista desviaron la atención de los guardias. Empezaron a sofocar revueltas populares mientras la guerra de la Corona con los nostálgicos del absolutismo llegó a Andalucía oriental.

Es ahí cuando aparece de nuevo Curro Jiménez, que se une a los carlistas. Posiblemente con el objetivo de hacer méritos de guerra para expiar sus crímenes si los enemigos del Estado ganaban la contienda. Llegó a entrar en combate, pero al ser mermada su unidad por las fuerzas realistas, volvió a escapar y a dedicarse a merodear y al robo.

Finalmente, una patrulla, compuesta por el teniente Francisco del Castillo y el sargento Francisco Lasso, cuatro guardias y dos soldados, salió en su búsqueda a la sierra. Se la tenían jurada, sobre todo Lasso, al que había herido. Allí consiguieron encontrarlo y en un tiroteo lo mataron. Cuando los demás bandoleros huían, Curro Jiménez decidió darse la vuelta, asomarse y disparar. Así fue abatido. Ese gesto, sabiendo que ya no tenía adonde huir, se interpreta como un suicidio. La orden de concesión de recompensas a los guardias del Ministerio de la Guerra decía así: «persecución, aprehensión y muerte del facineroso Andrés López Muñoz, el Barquero de Cantillana». El escritor Manuel Fernández González lo despidió así en su obra Los niños de Écija: «Murió en carácter, como deben morir los valientes: vestido, calzado y sin sacramentos».


El mito de Robin Hood: ¿qué fue de los bandidos sociales?

Robin de los bosques, 1938. Imagen: Warner Bros.

I fought the law
And the law won

(Sonny Curtis and The Crickets)

«El robo es la restitución, la recuperación de la posesión. En vez de encerrarme en una fábrica, como en un presidio; en vez de mendigar aquello a lo que tenía derecho, preferí sublevarme y combatir cara a cara a mis enemigos haciendo la guerra a los ricos atacando sus bienes…». Marius Jacob, el célebre ladrón anarquista francés, mira a los magistrados de la audiencia de Amiens que le juzgan y lee su alegato —Por qué he robado—, donde se autodefine como «un rebelde que vive del producto de sus robos». Es el mes de marzo de 1905 y Jacob se libra de la pena de muerte, pero a cambio pasará los siguientes veintidós años de su vida en un presidio de la Guayana Francesa. La justicia le acusa de haber perpetrado más de ciento cincuenta robos a iglesias, mansiones y hoteles, entre otros delitos, junto a los Trabajadores de la Noche, la banda de asaltantes libertarios que, con su audacia, ha traído de cabeza a la policía francesa desde 1897. Los hombres de Jacob se disfrazan de curas, oficiales del ejército o señores de alta alcurnia, tratan de no pegar un solo tiro y, después de cada golpe, dejan siempre un mensaje mordaz bajo la firma de Atila, el seudónimo de Jacob: «A Dios Todopoderoso, aquí están tus ladrones».

El mito de Robin Hood, el ladrón noble que roba a los ricos en beneficio de los pobres, se esparció por el mundo a partir del siglo XIV gracias a los poemas, baladas y relatos orales que mencionaban ya algunas hazañas del príncipe de los ladrones. Desde entonces, la imagen de los «bandidos buenos» ha llegado a gozar de atributos casi divinos. La cultura popular les dedicó canciones y relatos, poemas y proverbios, altares paganos y reinados simbólicos. Las leyendas de esos forajidos generosos nutrieron durante varios siglos el imaginario de los más desfavorecidos. Algunos abrazaron la revolución, otros impartieron su propia interpretación de la justicia social y hubo quienes se dejaron llevar por el gatillo fácil. ¿Qué tienen en común Pancho Villa y Diego Corriente? ¿Malverde y Lampião? ¿Gaspard de Besse y Phoolan Devi? ¿Jesse James y Jules Bonnot? ¿El Gauchito Gil y Marius Jacob? ¿Salvatore Giuliano y Juraj Jánošík? Para Eric Hobsbawm, el historiador marxista que abordó el fenómeno en sus libros Rebeldes primitivos (1959) y Bandidos (1969), esos personajes y una legión más de almas rebeldes encarnan de una u otra manera el prototipo del «bandido social», como bautizó el ensayista británico a esos justicieros a los que el pueblo llano dotó de una aureola de misticismo e invulnerabilidad, las mismas cualidades que en su día se cantaron sobre el prodigioso arquero de los bosques de Sherwood.

Hobsbawm observó que las historias de esos bandoleros que robaban a los ricos y redistribuían la riqueza entre los pobres (o al menos lo pregonaban) se sucedían con características muy similares en diferentes rincones del mundo. Ese fenómeno universal se presentaba principalmente en las sociedades campesinas que se hallaban en la etapa de evolución entre la organización tribal y familiar y la sociedad capitalista industrial. «En las montañas y los bosques bandas de hombres fuera del alcance de la ley y la autoridad, violentos y armados, imponen su voluntad mediante la extorsión, el robo y otros procedimientos a sus víctimas. De esta manera, al desafiar a los que tienen o reivindican el poder, la ley y el control de los recursos, el bandolerismo desafía simultáneamente al orden económico, social y político. Este es el significado histórico del bandolerismo en las sociedades con divisiones de clase y estados (…) La esencia de los bandoleros sociales es que son campesinos fuera de la ley, a los que el señor y el Estado consideran criminales, pero que permanecen dentro de la sociedad campesina y son considerados por su gente como héroes, paladines, vengadores, luchadores por la justicia, a veces incluso líderes de la liberación, y en cualquier caso como personas a las que admirar, ayudar y apoyar», sostiene Hobsbawm en la cuarta edición de Bandidos (1999). Pese a circunscribir el bandolerismo social al ámbito rural, el pensador marxista, cuya primera edición de ese ensayo recibió algunas críticas de otros historiadores por no haber definido con más nitidez el marco político en el que se desarrolla el fenómeno, dedica varias páginas de su obra a otros proscritos que no actuaron estrictamente en el mundo rural, como los expropiadores anarquistas del siglo XX.

Ese forajido que levanta su espada o empuña el mosquetón contra los abusos y en nombre de la justicia social posee ciertos rasgos que lo hacen fácilmente identificable, bien se trate de un cosaco de las estepas rusas, un dacoit de la India o un bandolero andaluz. Hobsbawm detectó varios  atributos a la hora de perfilar la imagen de un bandido social. En el ADN de todo ladrón noble que se precie debe ser visible, como un tatuaje en la piel, el apotegma que da sentido al mito de Robin Hood: «robar al rico para dar al pobre». El bandido bueno suele traspasar los márgenes de la ley al ser víctima de una injusticia. Esa afrenta le otorgará el salvoconducto para no ser considerado un criminal por el pueblo. El ladrón generoso no mata si no es en defensa propia (una máxima que no todos cumplirán a rajatabla), se siente invulnerable y cuando cae suele deberse a una traición.

¿Era esa la imagen del arquero de Sherwood? Alejandro Dumas le hizo hablar así en Robin Hood el proscrito: «Soy lo que la gente llama un bandido, un ladrón, ¡de acuerdo! Pero, aunque desvalijo a los ricos, no tomo nada de los pobres. Detesto la violencia, no derramo nunca sangre; amo a mi patria, y la tiranía me resulta odiosa». Los trovadores del siglo XIV ya cantaban las hazañas de ese Robin Hood real o imaginario. William Langland, autor del poema alegórico Piers Plowman (1377), cita al príncipe de los bandidos por boca del sacerdote Sloth: «Conozco rimas de Robin Hood». Es la primera mención en un manuscrito al proscrito del condado de Nottingham que se enfrenta a los caballeros normandos y al clero. Las proezas del ladrón generoso se siguen leyendo y cantando en el siglo XV. Muchos años después, en 1795, el anticuario inglés Joseph Ritson dio a conocer una recopilación de baladas sobre Robin Hood que despertarían con el paso del tiempo el interés de historiadores, literatos, poetas y cineastas.

Pero todo ese fervor historiográfico y literario sobre el forajido de los bosques de Sherwood no ha logrado revelar si hubo un Robin Hood de carne y hueso. Su leyenda se nutrió sin duda de otros personajes, como Hereward the Wake (el Proscrito), el hijo de un noble sajón asesinado por los normandos que se alzó en armas contra el rey Guillermo el Conquistador en el siglo XI. Fue el historiador Joseph Hunter quien a mediados del siglo XIX investigó más a fondo sobre la figura del héroe sajón en los archivos de York, y llegó a la conclusión de que existió un tal Robert Hood nacido en 1290 que acabaría sublevándose contra Eduardo II de Inglaterra y asaltando a los comerciantes que transitaban por el bosque de Sherwood. Las correrías de Hood terminarían con una promesa de fidelidad al rey. No obstante, durante los siglos XIII y XIV y hasta la aparición de las primeras baladas en el siglo XV fueron varios los proscritos identificados como Robin Hood, todos ellos insurrectos contra los normandos. Ese Robin Hood individual o colectivo, enfrentado a los poderosos y defensor de los humildes, fue sublimado por el folclore medieval. Su leyenda ha pervivido a lo largo de los siglos como una corriente de agua subterránea, aflorando aquí y allá. Hombres que nunca oyeron hablar del príncipe de los ladrones retomaron su legado cada vez que se alzaron en armas contra la injusticia social.

Un hombre toca el busto de San Jesús Malverde, Culiacán, 2011. Fotografía: Cordon.

Algunos de los sucesores de Robin Hood se convirtieron en verdaderos santos laicos a los que todavía hoy siguen venerando miles de fieles. Y, al igual que ocurre con el primer ladrón noble, en sus biografías conviven hechos reales con otros surgidos de la imaginación popular. Es el caso de Jesús Malverde (Jesús Juárez Mazo), el bandido de Sinaloa, al que han rendido tributo todos los narcotraficantes de ese estado mexicano en el que aún se cantan corridos sobre sus supuestas hazañas. Considerado un ladrón generoso y ajusticiado en 1909, a Malverde le adoraban esas clases populares de las que más tarde surgirían los grandes capos de los cárteles sinoalenses. A su capilla, erigida en la ciudad de Culiacán, solían acudir campesinos de las sierras, pescadores y obreros. Hasta que llegaron los narcos y empezaron a ofrendar sus AK-47 mientras rezaban una plegaria para que sus cargamentos de droga llegaran sin problemas a su destino, al norte del río Bravo. En el otro extremo de América Latina, el culto piadoso le corresponde a otro salteador de caminos de agrandado corazón, el Gauchito Gil (Antonio Mamerto Gil Núñez), jefe de una banda de bandoleros de la provincia de Corrientes. Cada 8 de enero, decenas de miles de fieles acuden a la localidad correntina de Mercedes para pedirle que interceda por ellos. Hay cientos de versiones sobre las aventuras del más célebre de los «gauchos milagrosos». La mayoría, apócrifas. Cuentan que el Gauchito Gil, devoto de San La Muerte, tenía poderes sobrehumanos para desviar las balas enemigas, ahí es nada. Pero tuvo el final trágico de casi todos los malevos. Le colgaron de un algarrobo boca abajo y le degollaron. Su primer «milagro» fue ayudar a su verdugo, a quien antes de morir solo le reclamó que rezara por él. La leyenda cuenta que el verdugo le hizo caso y su hijo, aquejado de una grave enfermedad, se curó. Desde entonces el Gauchito Gil no ha parado de recibir peticiones. Lleva ciento cuarenta años en el asunto.

A Doroteo Arango, más conocido como Pancho Villa, no se le atribuye más milagro que el de haber sido capaz de invadir los Estados Unidos de América. La providencia, y su pasión por el gatillo, le salvaron la vida más de una vez («como lluvia en el sombrero le rebotan las balas», escribe Eduardo Galeano en Memoria del Fuego). Pancho Villa se situó al margen de la ley después de haber tiroteado a un hacendado que había violado a su hermana mayor. Junto a una partida de bandoleros se dedicó a asaltar villorrios del estado de Chihuahua y a tomarse la justicia por su mano. El estallido de la Revolución mexicana cambia su destino. Como apunta Hobsbawm, fue tal vez el caso más emblemático de la conversión de un bandido sin bagaje político en un revolucionario. El presidente Madero le reclutó para su causa en 1910 y Villa se colgó pronto las charreteras y las insignias de general. Los ejércitos del norte bajo su mando contaban sus batallas por victorias hasta su declive en 1915. Curiosamente, el bandido revolucionario acabó sus días como hacendado. Cuando quiso volver a la política, una ráfaga de balas se interpuso en sus deseos en la ciudad de Parral el 20 de julio de 1923. Murió a hierro cuando ya no era bandido.

Al frente de una milicia poderosa también estuvo Virgulino Ferreira da Silva, alias Lampião (Farol), el cangaceiro (bandido rural) más temido del nordeste brasileño, idolatrado por su pueblo pese a haber hecho gala de una crueldad que incumple el evangelio del buen bandido. En la empobrecida tierra del sertão brasileño a principios del siglo XX manda el látigo del fazendeiro, que se vale del poder de fuego de las bandas armadas para mantener su autoridad y desafiar a las denominadas «fuerzas volantes» del Gobierno. El asesinato del padre del joven Virgulino a manos de una de esas partidas gubernamentales le empuja a tomar las armas. «Nos vengaremos hasta la muerte», jura ante la tumba de su padre. Se enfunda el fusil y se une a una banda de cangaceiros de la que pronto será su guía. Lampião es un bandido atípico. Con sus gafas de pasta y su cuerpo esmirriado, provoca al mismo tiempo temor y risa. Le llaman «el capitán de opereta» pero no le tiembla el pulso cuando tiene que ajustar cuentas con un enemigo o un traidor. Las fotografías de la época lo muestran con un sombrero de cuero adornado con monedas de oro, chaqueta militar, cartucheras, mosquetón y un gran puñal ajustado a la ingle. A su lado está la inseparable Maria Bonita, la mujer que le acompañará en su vida de maleante desde 1930 hasta la muerte conjunta de ambos ocho años después. Atrás queda una época de saqueos en ciudades y ataques feroces contra las fuerzas volantes. Sus aventuras se podían leer gracias a la literatura de cordel que florece en Pernambuco. Cuando muere Lampião, lo que cuelga de la cuerda de la plaza es su cabeza y la de su compañera. Para los pobladores del sertão quien ha muerto es un héroe, no un villano. Un valiente que se levanta en armas contra la injusticia social aunque en el torbellino de sus batallas ese reclamo se haya difuminado. Esa contradicción que rodea la figura de Lampião llevó a Hobsbawm a incluirlo dentro de una subcategoría del bandolerismo social, la de los «vengadores», cuyo comportamiento es ora noble, ora criminal. Para el historiador marxista, se trataba de un «héroe ambiguo». El cancionero popular ya recogió en su día esa antinomia:

Mataba como distracción
No por pura perversidad
Y daba comida al hambriento
Con amor y caridad

Rubem Braga, el gran cronista brasileño, lo retrató así en O conde e o passarinho: «Lampião, que expresa el cangaço (‘bandolerismo’), es un héroe popular del Nordeste. No creo que el pueblo lo ame solo por ser cruel y valiente. El pueblo no ama sin motivos. Lo que hizo se corresponde con cierto instinto de pueblo (…) Las atrocidades de los cangaceiros no fueron inventadas por ellos ni constituyen su monopolio. Las aprendieron sobre la marcha y, en muchas ocasiones, a su propia costa».

A los dacoits (salteadores de caminos) de la India también les cabe el dudoso honor de ser al mismo tiempo ángeles y demonios. Para los británicos —cuenta Hobsbawm— eran tan solo «tribus criminales». Sin embargo, muchas de las bandas que operaron en el país dedicaban una parte de su botín a la caridad. Así lo hacían en el siglo XIX los badhaks en el norte y los minas en el centro, grupos formados en parte por campesinos que habían sido desposeídos de sus tierras y se habían transformado en bandoleros profesionales. A menudo estos salteadores llegaban a establecer pactos con autoridades locales para recibir tierras y otros derechos a cambio de la vigilancia de los pueblos y caminos. Fue el caso de Gajraj, un jefe badhak conocido como el Robin de los Bosques de Gwalior. A Phoolan Devi (1963-2001), una de las pocas mujeres bandoleras de renombrada fama, la acusaron de ser una dacoit. Perteneciente a una subcasta de parias, los mallah, fue obligada a casarse a los once años y violada y maltratada después por su esposo y por otros miembros de su comunidad. La persecución y las vejaciones constantes la convierten en una intocable, una marginada. Secuestrada por una banda de dacoits, acabará asumiendo que su única forma de venganza es llegar a ser algún día la reina de los bandidos: «Como vivían en el miedo, la única opción era darles miedo. Como utilizaban la violencia, era necesario que yo fuera más violenta que ellos». A los diecisiete años ya es adorada por los campesinos de su casta. La traición, fenómeno inseparable de la idiosincrasia del bandolerismo, también será la perdición de Phoolan Devi, como lo fue de Lampião y otros célebres proscritos. Cuando un gurú de otra casta mata a su esposo Vikram, comienza el declive de Phoolan Devi. Le dará tiempo a vengarlo pero, cansada de huir, pacta su rendición con el Estado. Como Pancho Villa, quiere cambiar las armas por la política. Al Centauro del Norte ese deseo le costó la vida. A Phoolan Devi también. Entra en el Parlamento en 1994 de la mano de un partido socialista, pero siete años más tarde, un thaktur (la misma secta a la que pertenecía el gurú que mató a su esposo) la cose a balazos a la puerta de su casa en Nueva Delhi. Para la reina de los bandidos de Uttar Pradesh, ser dacoit no era un estigma:

«He repartido dinero entre los pobres (…) he castigado a los violadores y a los saqueadores de tierras, solo he devuelto a los hombres lo que ellos me hicieron sufrir a mí. Ser dacoit es hacer justicia», escribirá en su autobiografía.

Aunque vivió más años que la mayoría de los bandidos justicieros, el final de Phoolan Devi fue tan trágico como el de tantos otros Robin de los Bosques. Diego Corriente, el bandolero andaluz, murió a los veinticuatro años sin haber matado a nadie, al igual que Gaspard de Besse, el forajido de la Provenza francesa (ambos proscritos nacieron en 1757 y murieron en 1781). Y Juraj Jánošík, el más célebre de los bandidos de los Cárpatos de finales del siglo XVII y principios del XVIII, cayó a los veinticinco años.

Corriente, De Besse y Jánošík tuvieron un final atroz. El malevo andaluz fue ahorcado un Viernes Santo. A De Besse le crucificaron hasta la muerte. Y a Jánošík le colgaron de un gancho clavado en sus costillas. Los tres son fieles sucesores del arquero de Sherwood. «Diego Corriente yo soy / aquel que a nadie temía / aquel que en Andalucía / por los caminos andaba / el que a los ricos robaba / y a los pobres socorría», reza la popular copla sobre el bandido de Utrera. «Solo robaremos a los ricos, los nobles, los usureros, los grandes beneficiarios del clero (…) Nunca los campesinos ni los pobres serán molestados ni desvalijados (…) Asustad pero nunca matéis», instruye a los suyos Gaspard De Besse. La guerrilla rebelde de Jánošík robaba a mercaderes ricos y distribuía parte de su trofeo entre los campesinos pobres. Hoy es uno de los héroes populares de Eslovaquia y uno de los proscritos al que más baladas se le han dedicado a lo largo de los siglos. La tradición oral en la que se ensalza a los ladrones nobles ha sido siempre fuente de controversias para los historiadores. Al propio Hobsbawm se le reprochó en su momento que basara parte de sus tesis sobre el bandolerismo social en esas fuentes orales y en las baladas anónimas.

Billy the Kid, Doc Holliday, Jesse James y Charlie Bowdre, Las Vegas, 1879.

Tan pronto como se echaban al monte, los bandoleros eran conscientes de que, con su cabeza a buen precio, sus vidas serían más cortas que las del común de los mortales. Antes que a las fuerzas del orden, temían a un enemigo más dañino para su supervivencia: la traición. A lo largo de la historia del bandolerismo se repiten los casos de forajidos legendarios entregados a la ley o asesinados por alguien de su círculo más íntimo. Su invulnerabilidad, esa cualidad simbólica que les arropa y que se sustenta en la protección y admiración popular, se desmorona muchas veces en su propia trinchera. Según la leyenda, a Corriente le pierden los celos de una mujer. A Jesse James, el forajido del lejano Oeste americano que se consideraba a sí mismo un ladrón noble pese a su fascinación por el revólver, le mató Robert Ford, uno de sus hombres de confianza. Salvatore Giuliano, el apuesto bandido siciliano de la primera mitad del siglo XX a quien tanto le gustaba que le entrevistaran, fue traicionado y asesinado en julio de 1950 por su lugarteniente Gaspare Pisciotta. La breve vida de este casanova del bandolerismo siciliano estuvo marcada por el auge del independentismo que vivía Sicilia y al que se adhirió Giuliano, un Robin sanguinario y contradictorio, aliado de la mafia y víctima a la postre de las ponzoñosas relaciones entre el Estado y la Cosa Nostra.  

En el totum revolutum del bandolerismo social, Hobsbawm incluye también a los expropiadores anarquistas españoles que asaltaban bancos, joyerías y meublés para financiar la causa libertaria y propagar «la idea». La leyenda de Francisco «Quico» Sabaté, a quien Hobsbawm elige como paradigma de los expropiadores, se fue propagando por toda Cataluña en los años cincuenta del siglo pasado, cuando su destreza para escapar de las emboscadas policiales le había conferido esa aura de inmortalidad de los antiguos bandoleros. Fue el resistente antifranquista que más dolores de cabeza provocó a la Brigada Político Social. Ni él ni José Luis Facerías, otro destacado miembro del maquis anarquista, eran bandidos. Robaban, como lo hicieron unas décadas antes sus predecesores Durruti, Ascaso y Jover, para recaudar fondos destinados a la lucha revolucionaria. La prensa franquista, sin embargo, les definía siempre como crueles pistoleros por sus enfrentamientos armados con la policía. En cierta ocasión, Sabaté le robó cuatro mil pesetas a un comerciante de tejidos en Barcelona para financiar un golpe de más enjundia. Consumado el atraco en una sucursal del Banco de Vizcaya, donde su grupo se hizo con un botín de setecientas mil pesetas sin pegar un solo tiro, El Quico le envió un giro al comerciante con la cantidad «prestada» para el atraco, según relata el historiador ácrata Antonio Téllez en Sabaté, guerrilla urbana en España, la biografía que escribió sobre su amigo y compañero de lucha. Algunos años más tarde, herido y perseguido por cientos de guardias civiles, Sabaté malgastó su séptima y última vida en Sant Celoni al caer acribillado por las balas de un somatén. El 5 de enero de 1960 concluía la Guerra Civil para uno de los últimos guerrilleros libertarios.

Sin la determinación ideológica de los expropiadores anarquistas, otros célebres bandidos sociales levantaron también la bandera de la revolución. Jules Bonnot y su banda, atracadores profesionales franceses, llevaban la rebeldía social en el corazón y la pistola bien amarrada al cinto. En su libro Fuera de la ley, Laurent Maréchaux se refiere a la banda de Bonnot como «los excluidos de la Belle Époque». Mecánico de día y maleante de noche, Jules Bonnot (1876-1912) se decanta pronto por el más provechoso mundo del hampa: «Si quieres ser libre, cómprate un fusil. Si no tienes dinero, róbalo». Una máxima que llevará hasta sus últimas consecuencias junto a un grupo de kamikazes libertarios. La burguesía francesa está aterrorizada por la violencia de sus atracos. La persecución policial será implacable. Uno a uno van cayendo todos los miembros de la banda. Acorralado por quinientos policías, el 27 de abril de 1912 Jules Bonnot se pega un tiro en la cabeza. Pero antes se sienta a una mesa y escribe: «Soy un incomprendido de la sociedad, tengo derecho a sobrevivir y, ya que vuestra sociedad imbécil y criminal pretende impedírmelo, ¡peor para ella, peor para vosotros!».

El fin de la etapa preindustrial en el siglo XX fue relegando la aparición de nuevos bandidos sociales. Aunque el fenómeno siguió vivo con otras características (Hobsbwam menciona los casos del estrafalario Ejército Simbiótico de Liberación en Estados Unidos o la guerrilla tupamara en Uruguay), es difícil encontrar un Robin de los Bosques en los tiempos modernos. En un artículo publicado en 2012, el periodista e historiador Jon Lee Anderson reflexionaba acerca de si a algunos capos del narcotráfico les encajaría la etiqueta de bandido social. Pablo Escobar era una suerte de patriarca de los humildes de Medellín, a quienes atendió con los enormes ingresos que le proporcionaba el negocio de la cocaína. Pero su crueldad contra todo aquel que se interpusiera en su camino le aleja de la figura del ladrón noble. ¿Y qué decir de los hombres del hampa que imponen su ley en las favelas brasileñas? El Comando Vermelho, responsable del tráfico de drogas en Río de Janeiro, fue fundado por un grupo de presos comunes que se empaparon de política al mezclarse en el presidio de Isla Grande con los guerrilleros del Movimento Revolucionário 8 de Outubro (MR-8) y de Ação Libertadora Nacional (ALN) que fueron recluidos allí a partir de 1969. Recelosos en un primer momento, los presos comunes se fueron sintiendo atraídos poco a poco por el grado de organización y disciplina de los militantes izquierdistas, muy escrupulosos a la hora de perpetrar sus propios atracos. Los criminales leyeron las obras del Che Guevara y de Régis Debray y en 1971 fundaron el Grupo União, embrión del Comando Vermelho. Ese primer impulso social se iría perdiendo a medida que el grupo fue ganando territorio, poder y dinero. No obstante, algunos jefes del Comando Vermelho, como Marcinho VP (asesinado en prisión en 2003), se consideraban a sí mismos herederos de la tradición de Robin Hood. Como a los bandoleros de antaño, a los dueños de los morros cariocas también acuden a pedirles favores los vecinos más desventurados de su comunidad. Uno de ellos, Antônio Bonfim Lopes, subió un día a lo alto del morro de la Rocinha para explicarle al capo de turno que necesitaba dinero para curar a su hija. Bonfim volvió a casa con el préstamo en el bolsillo y la promesa de convertirse en bandido. En poco tiempo era ya conocido como Nem da Rocinha, el rey de la favela más populosa de Río. Antes de entregarse a la policía en 2011, ideó un sistema de reparto de bolsas de alimentos para los pobladores más pobres, según narra Misha Glenny en O Dono do Morro, la biografía de Nem, a quien Glenny entrevistó en diez ocasiones en el penal de máxima seguridad de Campo Grande.

¿Dónde se esconde Robin Hood en este siglo XXI de tantas injusticias y desigualdades? Hay quien ha creído verlo en el algoritmo de un hacker capaz de desfalcar un banco o en las pequeñas insurrecciones sociales que a cada tanto provocan las crisis recurrentes del capitalismo. «Por mucho que sea posible que Robin Hood no haya existido nunca, su vida heroica era un modelo y su personaje despertaba vocaciones. En la actualidad, ni siquiera de su leyenda surgen imitadores», se lamenta Maréchaux en Fuera de la ley. Esos bandidos de gran corazón que añora el escritor francés son parte del pasado. Vidas marcadas a sangre y fuego que no cambiaron el mundo pero aliviaron ciertas carencias de su entorno y alimentaron el folclore y la literatura popular. Para compensar tanto dramatismo, hubo entre ese ejército de las sombras quien decidió despedirse de este despiadado mundo con salvas de humor negro. Antes de clavarse una jeringuilla de morfina en el brazo, Marius Jacob, el cabecilla de los Trabajadores de la Noche, deja un escrito para quien lo encuentre. Es la noche del 28 de agosto de 1954 y el espíritu de Robin Hood vaga ya en franca retirada. Se impone la ironía, la burla socarrona de los proscritos: «Colada lavada, aclarada, secada pero no planchada. Me da pereza, lo siento. Encontraréis dos litros de rosado al lado del cesto del pan. ¡A vuestra salud!».


Cómo ser un bandolero con guapeza, majeza y gallardía

bandoleros

«Muy fuerte, argo jorobao, bizco de los dos ojos, un poco sordo, de vos bronca que paese sale de una tinaja, y muy ancho de espaldas. Está argo enfermo y se ajoga cuando corre mucho», así fue descrito el bandolero Bizco del Borje por alguien que lo conoció. Y que no debía tenerle mucho aprecio, sospechamos. ¿Pero qué sitio deja este amargo retrato al bandido como héroe romántico, ese rebelde a quien «las mujeres adoraban, los hombres temían. Robaba a los ricos y se lo daba a los pobres»? ¿Cómo eran realmente aquellas gentes de trabuco, patillas y vida airada?

El antropólogo Julio Caro Baroja se preguntaba por qué han provocado siempre tanto interés. Y la primera respuesta que daba es que, sencillamente, la violencia es más divertida que la mansedumbre. Para que aquellos que la ejerzan acaben siendo los protagonistas de las narraciones populares y literarias ya solo faltaría entonces otro ingrediente: que su actividad sea considerada delictiva por las autoridades pero no por el pueblo llano. Tal cosa podía ocurrir en el caso de sociedades muy poco igualitarias, donde las clases bajas considerasen que sus intereses eran distintos, e incluso opuestos, a los de las clases pudientes. Eso fue lo que pasó en Andalucía, la región de España que tradicionalmente estuvo más vinculada al bandolerismo. Ya desde los lejanos tiempos de la reconquista y el reparto de tierras que trajo consigo, que favoreció su concentración en unas pocas manos. Es decir, el latifundismo. Esto además tuvo como consecuencia la formación de ciudades relativamente grandes rodeadas de extensas zonas despobladas, donde los bandidos podían campar a sus anchas. Especialmente si contaban con accidentes geográficos, que pudieran emplear como refugio, más concretamente Sierra Morena. Por otra parte, Sevilla llegó a convertirse en una de las ciudades más grandes y ricas del mundo gracias al comercio con América, lo que atrajo toda clase de fauna humana, tal como cuenta en su libro autobiográfico Julián Zugasti (un curioso personaje sobre el que luego volveremos):

Pordioseros, cortabolsas, mandilejos, espías y coberteras de todos los crímenes, ladrones de toda especie, facinerosos de todas marcas, tunantes de todos calibres, birladores de todas cuantías, viejos en todo linaje de levas y trampas, viejas traficadoras en todas clase de pecados, mozas del partido, mendigas del uñate, poltrones de todas tallas, pícaros de todas estofas y hampones de todas castas escuchaban, obedecían y acataban con profundo respeto al archihampon ó archipámpano, que se ostentaba en su cotarro como un general ante su ejército, como un rey ante su trono, como un emperador en su imperio.

Para que el retrato quede completo hay que añadir que, lejos de ser únicamente una especie de rebelión de los desheredados, como señala Baroja también hubo frecuentes casos entre los bandoleros de gente pudiente y con propiedades. Y bandas de guerrilleros durante la invasión napoleónica que luego, adictos ya a ese estilo de vida, se hicieron salteadores de caminos. Era común también un primer delito inicial, como en el caso del Tragabuches —que llevaba una vida normal hasta descubrir a su mujer con un amante y matar a ambos que los apartaba de la sociedad, obligándolos a huir y a echarse al monte. Un proceso llamado en la jerga antropológica apothenosis. Y una siguiente fase denominada enantybiosis, cuando ya se consolida en ese nuevo estilo de vida como delincuente, tras formar una banda y cometer nuevos delitos. Y estaba también, por último, «el influjo que en ellos ejerce la fama y nombradía de algunos bandidos célebres, el ansia de ver relatadas sus guapezas en romances y en papeles públicos».

Rinconete y Cortadillo, por Manuel Rodríguez de Guzmán.
Rinconete y Cortadillo, por Manuel Rodríguez de Guzmán.

Aparte de innumerables cuentos y canciones populares, fueron inmortalizados por escritores como Lope de Vega, Cervantes o Mérimée para cuya Carmen se inspiró en el célebre Tempranillo, pintores como Goya les dedicaron varios cuadros, mientras que la obra de Rafael Tejeo llamada Bandido contemplando la cabeza de otro bandido, a su vez inspiró el poema «La visita nocturna» a Tomás Rodríguez Rubí, escritor sevillano del siglo XIX:

¡Várgame Dioz, esdichao!
¡En lo que vino a pará
tu cabeza! ¿Quién dirá
que éza es la e Paco el Zalao
al vela tan empiná?
¿No mablar ya, Pacorriyo?
¿No zabes que hasta el Lucero,
tu valeroso tordiyo,
está ya como un cordero
y no come el probeziyo?
¿No zabes que tu María
y la Curriya, tu hermana,
yorando están noche y día,
y mau jurao esta mañana
que azí estarán toa su vía?
¿Y no vez aquí a tu Antón
puesto elante e tuz espojos,
que al cumplí zu obligación
la angustia e zu corazón
ze le zale por lo zojos?
Míralo bien, camará,
y zi ve tanto pená
esde eze palo no puéz,
¡ay!…, jéchame una mirá
esde onde quiera que estez.
Yo vengo a ve por la noche
tu chola, Paco, y no e día,
porque temo que la mía
argún puscanó la ezmoche
pa jazerte compañía.

La poesía continúa, hasta llegar a una reivindicación de la común humanidad que evoca al parlamento de Shylock en El mercader de Venecia:

bandoleros 1¿Pues qué, zeñó, los ladrones
no tenemos corasón?…
¿No zentimos nuestro mal
lo mezmito que caá cual?
¿O penzáis que no azpiramos
más que a aquello que topamos
y á partilo por igual?
¡Ay!… Vozotros, los que eztáis
en zociea congregaos,
¿por qué cuando nos juzgáis
vuestra mano no lleváis
al costal e los pecaos?
¿En él nenguno tenéis?
¿No oz ezcurrizteis jamás?
¿También lo zojos ponéis?
¡O zólo con ellos veis
las culpas en loz emás?
¿No véiz que zomos jermanos?
Zi a tos los largos e manos
ze ajorcara… Voto a Bríos,
que entonce, probes guzanos,
oz ajorcaran a tos.
(…)

El bandolerismo podría haber llegado a ser en España, de tener una industria del cine más solida, un equivalente a las películas del Oeste americanas. Porque historias que contar desde luego no faltan. Pero algunas se han hecho pese a todo, de entre las que merece la pena destacar Carne de horca, de Ladislao Vadja, rodada en 1953. Una estupenda película que cuenta con la intervención estelar de Pepe Isbert y que por sus personajes, trama, paisajes y escenas de acción recuerda a cualquier westernclásico. También contiene, por cierto, una escena muy similar a otra de Aliens, el regreso. Pero la referencia por excelencia para cualquiera en cuanto oye hablar de bandoleros es, por supuesto, la serie Curro Jiménez, inspirada en el bandolero Andrés López, alias el Barquero de Cantillana. Según dijo el estudioso del tema José Santos Torres al respecto de ella: «buena ambientación a veces, buena interpretación otras, hermosos y apropiados paisajes, diálogos a veces acertados, pero con un desconocimiento absoluto y culpable de hechos y acontecimientos históricos». Vaya por Dios.

Por todo ello, su aspecto y comportamiento llegaron a estar bastante idealizados, algo a lo que los propios protagonistas contribuyeron en algunos casos, de manera que los bandidos servían de inspiración a los artistas y narradores pero estos también acababan influyendo en ellos. Para un bandolero, por encima de todas las cosas, el caballo era esencial. También se distinguían en muchos casos por la ausencia de tatuajes y jerga de delincuente, llamada «germanía», características más propias de los delincuentes urbanos. Y respecto a su ropa, parece que había cierta moda común de manera que hasta los ladrones gallegos vestían sombrero calañés y traje corto a la andaluza. José María el Tempranillo tenía según Mérimée, «pelo rubio, ojos azules, boca grande, hermosa dentadura y manos pequeñas. Vestía camisa fina, chaquetilla de terciopelo con botones de plata y polainas de cuero». Sobre su carácter y maneras decía con entusiasmo:

Guapo, valiente, cortés, tanto como puede serlo un ladrón: así es José María. Cuando detiene una diligencia, dará la mano a las señoras para que bajen y cuidará de que queden cómodamente sentadas a la sombra, ya que es de día casi siempre cuando se realizan estas cosas. Jamás un juramento ni una palabra gruesa, sino al revés, miradas casi respetuosas y una cortesía natural que jamás se desmiente. «¡Ah, señora, una mano tan hermosa no precisa adornos!». Y al mismo tiempo que desliza la sortija a lo largo del dedo, besará la mano con un ademán capaz de hacer creer, según la expresión de una señora española, que el beso tiene para él más precio que la sortija.

Cuenta además la anécdota de un pobre arriero de Campillo que, viajando con un burro famélico, se cruzó con él. El Tempranillo se burló del pésimo aspecto que lucía el animal y entregó a su dueño mil quinientos reales para que fuera a casa de un hombre llamado Herrera, que tenía en venta una mula por ese precio. El arriero, muy agradecido, ese mismo día hizo la compra. Ya por la noche, dos ladrones entraron en casa de Herrera exigiéndole dinero y cuando este les dijo que no tenía qué darles le respondieron: «mientes, ayer has vendido una mula en mil quinientos reales que te ha pagado uno de Campillo». De manera que no le quedó más remedio que admitirlo y así el Tempranillo pudo ver culminada su buena acción sin que le costase una sola moneda. Un hombre generoso, aunque fuera con el dinero de otros.

Al bandolero Pablo Aroca, jefe de la banda de los Niños de Écija —descrita como «la más sanguinaria reunión de bandoleros que jamás haya existido», se le atribuye una ingeniosa jugada parecida a la anterior. El dueño de un cortijo recibió una carta del bandido pidiéndole cien onzas de oro para un negocio bajo la promesa de que le serían devueltas. Por la peligrosa fama que precedía a Aroca, no le quedó más remedio que concederle el préstamo, entregándoselo a un mensajero que a continuación acudió donde un molinero «honrado encubridor de ladrones». Este vivía agobiado por un inminente embargo si no pagaba a la administración una cantidad similar a la que recibió entonces del mensajero. Así que al día siguiente acudió al juzgado y pagó su deuda. El juez, junto a su escribano y su alguacil, emprendió entonces el camino cargado con el dinero sin saber que Aroca estaba esperándolo. Tras darle una buena paliza, le robó el dinero y lo entregó a continuación al mensajero que fue entonces a devolvérselo al dueño del cortijo.

El bandido conocido como Minadó acostumbraba a poner una manta en medio del camino, con dos puñales cruzados sobre ella, y a gritos desde un escondite exigía al viajero que dejara en ella cierta cantidad de dinero por las buenas, ya que si no sería por las malas. El Tenazas hacía alarde de tal temple que se fumó un cigarro antes de ser ejecutado y tras terminarlo le dijo al verdugo «anda aprisa para ganar el tiempo perdido, que hoy tienes mucho trabajo». Por su parte a la salteadora la Serrana de la Vera, en las narraciones que inspiraron su figura se decía de ella que vestía con faldón y montera de pellejo de tigre y le atribuían que tras robar a los caminantes, hacía que «tuviesen sus gustos y deleites con ella y después, para no ser conocida ni descubierta, les quitaba la vida».

Otro salteador, el Cristo, tenía entre sus diversas fechorías la de mandar cartas de extorsión como esta que se ha conservado recibida por el párroco de Algodonales, en Cádiz. A juzgar por su estilo no parecía plenamente consciente de que «el mal uso del lenguaje desprestigia el contenido» y mostraba tanto respeto por las normas ortográficas como por las de convivencia:

Sr. Cura: Con mucho centimiento i mucha berguesa les cribimo esta porqe ute es mui gueno i mu generozo, mosbemo mui apuraos, estos ocho desgrasiaos qe andamos por estos montes no po curpa nuestra cino el picaro gobierno (…) jaga el fabor qe le pedimo jagalo por dios y porto os los santos cino lo qier jacer por mosotro esperamo guen resultao, qeute es mui gueno i caritatibo i mande a zu defensor.

Su persecución

Julián Zugasti, gobernador de Córdoba y azote de bandoleros.
Julián Zugasti, gobernador de Córdoba y azote de bandoleros.

Pero al menos igual de llamativas que las fechorías de los bandidos, fueron las maneras de combatirlo y las personalidades que se destacaron en ello. De acuerdo a la legislación establecida por los Reyes Católicos, los salteadores de caminos tenían como castigo morir asaeteados por flechas. Eso sí, tras recibir los sacramentos. Posteriormente pasarían a ser ajusticiados con la horca, arrastrados y descuartizados, poniéndose al final del proceso su cabeza en lo alto de una estaca junto a algún camino, como veíamos en el cuadro de Tejeo. Con el siglo XIX llegaría el progreso y con él la muerte por garrote vil o la más frecuente ejecución extrajudicial. Respecto a los métodos de apresamiento variaban desde la quema de bosques, pasando por la organización de agrupaciones vecinales armadas, hasta la creación en 1844 de la Guardia Civil.

Anteriormente hemos citado a Julián Zugasti y merece la pena retomar a este personaje. Fue nombrado gobernador civil de Córdoba en 1870 y desde ese cargo combatió a los bandoleros con fiereza, mucho talento y pocos escrúpulos. Posteriormente narraría sus actividades en un libro, El bandolerismo, firmado por él aunque escrito por el novelista cordobés Juan de Dios Mora. Resulta fascinante la habilidad con que utilizó todos los recursos a su alcance, legales o no, para cumplir su cometido. Utilizó policía secreta distribuida por fondas, casinos, tabernas y casas de prostitución, se entrevistó personalmente con toda clase de cómplices de los delincuentes y organizó una red de confidentes en las cárceles. Por aquél entonces los salteadores de caminos ante el auge del ferrocarril tuvieron que optar por otro modelo de negocio: los secuestros. Fue ahí cuando tuvo lugar la más brillante jugada de Zugasti, pues cuanto más complicado era un problema más audaz era la solución que planteaba y la que dio en este caso, de haber tenido lugar en Estados Unidos a cargo del FBI, seguramente ya la hubiéramos visto narrada por Clint Eastwood. A los secuestrados se les tapaban los ojos durante el trayecto hasta el cobertizo o cueva en el que permanecían encerrados hasta que se cobraba el rescate. De tal manera que luego al ser liberados apenas podían dar ninguna pista a las autoridades, salvo en un caso el sonido de un tren a lo lejos. La idea de Zugasti consistió en ordenar a sus agentes que se disfrazasen de mendigos y recorrieran los caminos de la provincia cantando a grandes voces el lugar por el que pasaban. De esa forma, aunque los secuestrados tuvieran los ojos tapados o estuvieran a oscuras, con suerte tal vez llegaran a cruzarse con uno de estos supuestos mendigos. Y así ocurrió. Tras ser liberada de su cautiverio, una de las víctimas pudo relatar que escuchó cantar a un indigente un: «¡Gracias a Dios! Vengo de La Alameda y voy para Casariche, y hasta ahora no he encontrado un alma caritativa que me socorra». Una información que resultó suficiente para que las autoridades pudieran dar con la base de operaciones de los secuestradores, la Huerta del Tío Martín.

Ya fuera con ingeniosidades como esta o con prácticas más expeditivas —como torturar a los prisionerosZugasti adquirió tal aura de poder a ojos de los bandoleros que uno de ellos, de mote Garibaldiño, aseguró en cierta ocasión que tuvo a tiro a «eze maldezío gobernaor» durante uno de los paseos en solitario que daba este por un cementerio, pero que no disparó por considerarlo inmune a las balas. Pero no fue el único servidor público que demostró tal celo en perseguir al bandolerismo. El juez Melero, de Archidona, convirtió esta tarea en una cruzada personal después de que unos bandidos secuestraran a su hija pequeña y dejasen clavadas sus orejas en la puerta de su casa. Días más tarde aparecería muerta y Melero, cegado por el dolor y la ira, fue a Madrid para lograr una comisión especial que le otorgase poderes especiales. Una vez obtenida, recorrió los pueblos andaluces acompañado de la Guardia Civil y su venganza fue implacable. Aplicó a destajo la llamada «ley de fugas», que consiste en simular que un detenido ha intentado fugarse y por tanto no ha quedado más remedio que abatirlo a balazos. De esa forma, todos los detenidos por el juez por ser sospechosos de bandolerismo acababan ejecutados al día siguiente.

Para comienzos del siglo XX el bandolerismo quedó prácticamente extinguido, siendo uno de los últimos bandoleros Joaquín Camargo alias el Vivillo, que posteriormente se reciclaría profesionalmente en picador de toros y llegaría a escribir sus memorias, convertido ya en una especie de reliquia de otro tiempo hasta su muerte en 1929.

Asalto de ladrones, de Goya. Se inspiró en un caso real
Asalto de ladrones, de Goya. Se inspiró en un caso real.

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Bibliografía:

El bandolerismo andaluz, C. Bernaldo de Quirós y Luis Ardilla (Ed. Gráfica Universal)

Realidad y fantasía en el mundo criminal, Julio Caro Baroja (Consejo Superior de Investigaciones Científicas)

El bandolerismo, Julián Zugasti (Ed. Alianza Universidad)

El bandolerismo en España, José Santos Torres (Ed. Temas de Hoy)