Tailandia, el país que no se tomaba el sexo en serio 

Museum of Sex Thailand tailandia 1

El Gobierno de Tailandia se enfadó conmigo hace unos de años por un artículo que escribí sobre los burdeles de Bangkok, convocándome a una reunión en la que fui llamado al orden. Funcionarios sentados al otro lado de una mesa del tamaño de media pista de tenis insistían en que la ciudad tiene mucho más que ofrecer que puticlubs donde las meretrices se ofrecen vestidas de azafatas de Singapore Airlines, trapecistas gais hacen malabarismos sexuales y ladyboys beben tequila sobre el regazo de turistas japoneses. Alegar que en los ocho años que llevaba viviendo en la ciudad solo había escrito un par de veces sobre prostitución no sirvió de mucho. Mis interlocutores insistían en que mi reportaje provocaría un efecto llamada en los turistas sexuales y depravados del mundo, que al parecer necesitaban de mis revelaciones para enterarse de que en Bangkok se puede pagar por sexo. Casi puedo imaginar su cara de sorpresa. 

La reprimenda me sorprendió porque el papel de dama ofendida no iba con un lugar que no solo ha sido consciente de su mala reputación, sino que ha hecho todo lo posible por fomentarla. Las autoridades tailandesas descubrieron los beneficios económicos del comercio sexual en los años 70, cuando se creó el primer distrito rojo del país en la ciudad costera de Pattaya, ofreciendo un oasis de vicio a los soldados americanos que llegaban de Vietnam. El Ministerio de Turismo envió años después una nota a los gobiernos provinciales pidiendo que promocionaran la apertura de «zonas de entretenimiento», el eufemismo con el que los asiáticos describen sus barrios eróticos. En la ofensiva para convertir Tailandia en una potencia turística, alguien había llegado a la conclusión de que no bastaban playas con mar azul turquesa, centenarios templos budistas o la legendaria amabilidad local. «Perder la reputación ahora para recuperarla más adelante», es como se definió la política destinada a que los visitantes se marcharan con una sonrisa. La reacción por mi artículo me hizo pensar que «más adelante» había llegado y las autoridades habían iniciado el lavado de imagen. 

Uno solo podía desearles suerte: la iban a necesitar.  

Tailandia se ha ganado el título de capital libertina del mundo a pulso, desde que los primeros viajeros que llegaron al reino de Siam se sorprendieron de que los anfitriones ofrecieran una noche con una hija como regalo de bienvenida. Sin los corsés puritanos del cristianismo o el islam, con su incapacidad para juzgar cómo gestiona cada uno las cargas de la naturaleza, el país ha creado su propia marca como el destino donde se puede dar rienda suelta a las fantasías. Y a los tailandeses no les ha importado jugar ese papel, en parte porque son incapaces de tomarse el sexo en serio. 

Después de todo, este es el país donde las mujeres se declaran las más infieles del mundo; donde se le ha puesto un nombre (gig) a la pareja de la que solo se esperan contrapartidas sexuales; y donde Chuwit Kamolvisit, conocido como el Rey de las Saunas y antiguo dueño de la mayor red de burdeles de Bangkok, se sienta en el Parlamento nacional. El tipo llegó a tener a veinte mil prostitutas a sueldo en sus locales, pero lo que en otro lado le habría llevado a la cárcel en Tailandia le sirvió para hacer carrera política. En vísperas de una de las votaciones se dejó fotografiar en un jacuzzi con seis de sus chicas, respondiendo a la prensa en mitad de una nube de espuma y alardeando de ser un creador de empleo: «Ellas quieren mantener a sus familias del norte y yo les doy esa oportunidad».

Los burdeles temáticos como los que hicieron millonario a Chuwit, con locales que lo mismo se hacen pasar por enfermerías, institutos escolares o cabarets de los años 20, son solo una pequeña parte de la oferta de Bangkok. La ciudad tiene tantas casas de masaje como bares Madrid, la mayoría ambiguamente presentados con carteles que anuncian fines terapéuticos y casi siempre ofrecen la alternativa del «final feliz». No es que los dueños quieran ocultar lo que sucede tras las cortinas, sino que para el tailandés el masaje puede terminar en un trabajo manual y seguir siendo «tradicional». 

Tailandia siempre ha exhibido sus burdeles sin complejos. Están a pie de calle, anunciados con llamativas luces de neón. Los taxistas los publicitan y las guías turísticas los recomiendan. Tanta transparencia ha contribuido a esa mala reputación de la que hablábamos, porque el viajero regresa a su país con historias increíbles del tráfico sexual del que ha sido testigo, sin llegar a preguntarse si lo que sucede en Patpong es realmente peor que los clubs de carretera de España. Si lo hiciera, llegaría a la conclusión de que no.  

En un mundo ideal, que no parece haber existido, nadie ofrecería sexo a cambio de favores, trabajo, fama, prebendas o dinero. En el que tenemos, uno prefiere mil veces un burdel tailandés a cualquiera de los clubes de España donde las inmigrantes son chantajeadas y obligadas a acostarse con unas decenas de clientes para pagar ese precio inalcanzable del billete de avión que las trajo. Limpiados de la prostitución infantil de los años 80, los locales tailandeses se han convertido en parte de la ruta turística porque carecen del ambiente marginal de lugares similares en Occidente. Las prostitutas tailandesas rara vez son retenidas contra su voluntad. No pertenecen al chulo o al local. El cliente paga lo que se conoce como «una multa» al bar donde trabaja y ella negocia su precio. El dinero es solo suyo y, si no quiere volver nunca —las más afortunadas consiguen enamorar a algún cliente—, no tiene que hacerlo. 

Las organizaciones feministas locales hace tiempo que abandonaron la idea de rescatar a las prostitutas. Les ofrecen desde clases de baile para atraer más clientes a cursos de inglés y comercio, por si quieren intentar cambiar de vida. Primero porque se niegan a ser rescatadas, al menos sin una alternativa laboral, y segundo porque tendrían que hacer lo mismo con un buen puñado de hombres. Un estudio de la Universidad de Chulalongkorn asegura que hay treinta mil de ellos trabajando como gigolós en Tailandia, con africanos y jamaicanos cobrando los mejores sueldos por razones que se suponen obvias. En el parque temático del sexo, hay de todo. Para todos. 

Salí de la reunión con los funcionarios del Gobierno y enseguida me vinieron a la cabeza todas las cosas que debía haber dicho y que se le ocurren a uno a destiempo. Que había visto burdeles incluso en el Kabul de los islamistas y que no había sociedades más puras que otras. Que nadie podía darle lecciones a Tailandia, que con su decisión de no esconder su lado oscuro mostraba menos hipocresía y más transparencia que muchos de los que la criticaban. Y que era en los lugares que pretendían no tener prostitución, allí donde se la empujaba a la clandestinidad, donde se producían los mayores abusos. Estaba lo de la reputación, es cierto, pero siempre podría recuperarse «más adelante» o aprender a vivir con ella. 


El Buda más bello de Tailandia

Foto: Richard Seaman (CC)
Foto: Richard Seaman (CC)

Una estatua de once metros de altura en una jaula sin techo. Una pequeña abertura, casi una rendija, permite al gran Buda observar al viajero que se acerca. Una de sus manos apunta al suelo y su mirada serena escruta el infinito. Los gatos que rondan el templo alguna vez se recuestan en su regazo y él sonríe, tal como lleva haciendo desde hace más de setecientos años. Es Phra Achana, el Buda más bello de Tailandia.

Todo superlativo categórico pertenece al terreno de lo subjetivo, y más si hablamos de un país con millones de estatuas de Buda. Las hay más grandes que Phra Achana, más lujosas, más enigmáticas y más veneradas. Es el caso del Buda reclinado y el Buda de esmeralda de Bangkok, la cabeza misteriosa en Ayutthaya o el recinto de templos y stupas de Doi Suthep. Phra Achana se encuentra en Sukhotai, una parada imprescindible cuando se visita Tailandia. Y para explicar por qué es el Buda más bello de ese país es necesario detenernos a explicar algunos de los principios básicos de esta religión milenaria.

Es muy posible que el gran público occidental comenzara a ver el budismo como algo cercano cuando actores tan carismáticos como Richard Gere o Keanu Reeves anunciaron públicamente que habían abrazado las enseñanzas de Buda. Esto, que pudiera parecer una boutade new age, no fue sino una consecuencia lógica: por un lado, la inmigración oriental a la costa oeste de Estados Unidos hizo florecer desde finales del siglo XIX algunas de las principales escuelas budistas de Occidente. Por otra parte, el célebre live fast, die young californiano era un caldo de cultivo perfecto para una sociedad necesitada al mismo tiempo de búsqueda espiritual y superación personal. Eran, por tanto, dos mundos destinados a encontrarse.

¿Pero qué es exactamente el budismo? ¿Cuáles son sus principios, sus ritos? ¿Qué propugna? ¿Qué es eso del nirvana? No es una respuesta sencilla, pues estamos hablando de una religión con más de veinticinco siglos de antigüedad. Por eso hoy comenzamos en Jot Down una serie de artículos que pretenden ser una pequeña guía de viaje en la que los destinos servirán de excusa para conocer algunos de los conceptos básicos del budismo. Nuestro punto de partida es Tailandia. Hay muchos otros lugares donde los templos budistas no están tan colapsados por el turismo de masas, pero el ser precisamente un destino tan exótico y al mismo tiempo tan occidentalizado lo convierte en un punto de partida accesible para quien viaja a Asia por primera vez.

Ruinas de Wat Mahathat, el templo real de Sukhothai. Foto: Ernesto Filardi.
Ruinas de Wat Mahathat, el templo real de Sukhothai. Foto: Ernesto Filardi.

Quien más quien menos, todos tenemos ciertas nociones básicas sobre arte occidental. Somos capaces de comprender y disfrutar de lo que tenemos delante cuando visitamos una iglesia románica o una catedral gótica, al menos en lo esencial: entendemos la importancia simbólica de la luz, conocemos términos como nave, altar o bóveda y podríamos mencionar uno o dos rasgos básicos de cada movimiento artístico. Pertenecemos a una cultura cristiana y, seamos o no creyentes, sabemos de sobra quién es ese hombre crucificado y esa mujer que llora su muerte. Pero al visitar un país en el que ese código cristiano no existe, nos sentimos algo desarraigados porque nuestra percepción es la de un niño pequeño que no conoce el mundo y solo puede guiarse por lo que le dicen su instinto y sus sentidos.

Esto sucede con frecuencia en Tailandia, donde el budismo es especialmente exuberante y uno corre el riesgo de sobresaturarse de templos. La extravagancia (ante nuestros ojos occidentales) de sus formas, su colorida ornamentación y sus millones de estatuas de Buda en diversas posturas hacen que nos sintamos abrumados a los pocos días de estar allí. Un síndrome de Stendhal magnificado por el hecho de no saber muy bien dónde mirar. Quizás por esa necesidad de encontrar una explicación intentamos traducir lo que vemos a nuestros parámetros occidentales, igual que cuando queremos hablar en otro idioma traducimos literalmente del español y enseguida nos damos cuenta de que algo no funciona: budismo y cristianismo son dos religiones tan distintas que no existen tantos correlatos como quisiéramos. Así que nos quedamos mirando a los ojos rasgados de Buda y nos preguntamos cuál es el mensaje principal de ese dios al que tanto adoran los monjes con sus cantos, sus túnicas anaranjadas y la cabeza afeitada.

Buda, a punto de alcanzar la iluminación en Sukhothai. Foto: Ernesto Filardi.
Buda, a punto de alcanzar la iluminación en Sukhothai. Foto: Ernesto Filardi.

Ese es el primer concepto que debemos tener claro: Buda no es un dios ni pretende serlo. Al final de su vida, cuando su mensaje era venerado incluso por algunos reyes, él negó muchas veces ser un dios, un ángel o un santo. Cuando se le preguntaba qué era, Buda siempre respondía: «soy alguien que ha despertado».

Esta negación del propio Buda sobre su esencia divina ha suscitado y aún suscita un acalorado debate: ¿es el budismo una religión o no? Unos argumentan que no puede serlo porque no existe una figura divina a la que adorar. Otros defienden que la existencia de un rito establecido y codificado le confiere ese rango religioso y que, a fin de cuentas, el budismo es considerado como religión oficial en Tailandia. En el fondo es una cuestión semántica: para cerrar esta discusión habría que llegar a un acuerdo sobre la definición de religión, igual que hubo que decidir qué significaba planeta antes de decidir que Plutón no lo era. Nosotros hablaremos del budismo como religión para evitar conceptos aún más complejos, como sucede con doctrina filosófica, línea de pensamiento o escuela de búsqueda interior.

Pero si no es un dios, ¿qué o quién es Buda? Muy sencillo: un príncipe indio del siglo VI a.C. llamado Siddharta Gautama que consiguió encontrar el modo de escapar del samsara, uno de los conceptos básicos del hinduismo. El samsara es el eterno ciclo de muerte y resurrección: cuando un ser muere su espíritu se reencarna en otro ser, tras cuya muerte llegará una nueva reencarnación y así hasta el fin de los tiempos. El samsara provoca el sufrimiento de la mente, ya que cada nueva reencarnación le aporta dolor y ansiedad. Tras una serie de vivencias, Siddharta halló la iluminación necesaria para comprender el modo de alcanzar el nirvana, que no es ni más ni menos que la ruptura del samsara, la liberación de ese movimiento continuo. Una vez que se alcanza el nirvana, el espíritu queda libre de ese ciclo infinito y puede por fin descansar en un estado eterno de paz y relajación. Tras ese momento de iluminación, Siddharta tomó el sobrenombre de Buda, que significa «aquel que ha despertado» o «aquel que ha sido iluminado», y se dedicó a divulgar sus enseñanzas sobre el nirvana. La tradición cuenta que él mismo lo alcanzó más de cuarenta años después, en el mismo día de su muerte. Sócrates aún no había nacido.

El nirvana, por tanto, es el objetivo último del budismo. Para alcanzarlo es necesario desprenderse de las tres ataduras que nos mantienen fijados al mundo físico: el apego excesivo por los bienes materiales, el odio y la ignorancia. Estas tres ataduras, también consideradas como tres fuegos, son las que provocan nuestra ansiedad y nuestra desesperación, o, en términos budistas, el dukkha característico del samsara.

Pero basta de teoría por ahora. Volvamos a Sukhothai.

Vista general de Wat Mahathat, el templo real de Sukhothai. Foto: Cédric Liénart (CC)
Vista general de Wat Mahathat, el templo real de Sukhothai. Foto: Cédric Liénart (CC)

Situada en el centro del país, Sukhothai se alza orgullosa recordando sus tiempos gloriosos como primer reino de la historia de Tailandia, aunque algunos historiadores piensan que existió algún otro reino anteriormente. El recinto histórico se encuentra a doce kilómetros de la moderna Sukhothai, donde se alojan los viajeros que quieren visitar las ruinas. Son siete horas en autobús desde Bangkok o casi cinco desde Chiang Mai. Si se quiere viajar en ferrocarril es necesario llegar a la vecina Phitsanulok y desde ahí contar con una hora en autobús hasta Sukhothai.

El reino de Sukhothai comenzó en 1238, cuando los primeros tailandeses se rebelaron contra el poder del imperio jemer que dominaba una buena parte del sudeste asiático (y de cuya gran ciudad, Angkor, hablaremos en otro momento). Ramkhamhaeng, hijo del primer monarca de Sukhothai, fue quien llevó al reino a su mayor esplendor: creó una organización social y militar a semejanza de los jemeres, inventó el alfabeto tailandés que se utiliza hoy en día y, lo que más nos interesa para nuestro cometido, convirtió al budismo en la religión oficial del reino.

Pero todo reino necesita una imagen propia con la que identificarse, y de esta forma apareció dentro de la iconografía budista el llamado «estilo Sukhothai». Este estilo, uno de los más reconocibles del budismo tailandés, se caracteriza por dotar a Buda de una nariz larga y fina y una protuberancia en la cabeza en forma de llama. Otro de los grandes hallazgos iconográficos del estilo Sukhothai es representar a Buda caminando en una actitud que trasciende lo masculino y lo femenino para presentarse como una entidad celestial algo altiva que, a pesar de ello, no pierde en humanidad.

El recinto histórico de Sukhothai, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es una visita imprescindible para cualquier amante de la iconografía budista. Sus numerosos templos (o wat, en tailandés) encierran innumerables joyas escultóricas que se ven magnificadas por la omnipresencia de la naturaleza. Es el caso de Wat Mahathat, el impresionante templo real, o Wat Saphan Hin, con su monumental Buda de pie en lo alto de una pequeña colina.

Phra Achana, el Buda más bello de Tailandia, se encuentra en un templo del siglo XIII llamado Wat Si Chum, que está aproximadamente a un kilómetro y medio del recinto central de Sukhotai y del que apenas queda nada en pie. Lo primero que llama la atención al llegar es el contraste entre su reducido tamaño y la grandiosidad de la estatua de Buda: la escultura mide once metros y permanece encerrada dentro de los quince metros de altura de la mandapa, una estructura cúbica con una cubierta piramidal que en el arte tailandés suele tener la función de santuario. Pero de la cubierta no se sabe nada, ni siquiera si alguna vez existió: Sukhothai sucumbió ante el reino emergente de Ayutthaya allá por el siglo XV y poco a poco fue siendo pasto del olvido y de la selva, que durante cuatrocientos años se dedicó a devorar el esplendor pasado. Y entonces, cuando parecía que todo estaba perdido, apareció por allí Lucien Fournereau, un arqueólogo y arquitecto francés que a finales del siglo XIX se dedicó a buscar los restos de los principales reinos de la zona dejando un legado fotográfico impresionante. A Fournereau le debemos, entre otros, el descubrimiento de las ruinas de Angkor y de Sukhothai y nunca se lo agradeceremos bastante. También le debemos el testimonio gráfico que nos indica el estado en que se encontraba Phra Achana por esa época. Comparen la imagen actual del Buda con la que aparece en esta foto:

Foto: Bibliothèque nationale de France (DP)
Foto: Bibliothèque nationale de France (DP)

A lo largo del siglo XX Sukhothai fue debidamente restaurado, como lo demuestra la belleza actual de Phra Achana. Es difícil saber, sin embargo, cómo era la cubierta de Wat Si Chum. Existen muchas teorías, como esta o estas. Incluso hay quien opina que la cubierta nunca fue construida. Sea como sea, y con esto vamos llegando por fin a la explicación del título de este artículo, la disposición actual otorga al entorno un encanto especial. No solo desde el punto de vista estético, sino también porque la ausencia de cubierta realza la postura representada por la estatua, uno de los momentos más importantes de la vida de Siddharta Gautama.

Existen varias formas de representar a Buda: sentado, de pie, caminando o reclinado. Cada una de estas posturas tiene un significado distinto, al igual que cada uno de los mudras, que son las distintas posiciones de las manos de Buda. Phra Achana está sentado con las piernas cruzadas, la mano izquierda sobre su regazo y la mano derecha apuntando al suelo. Esta posición, quizás la más representada en Tailandia, remite al momento de su iluminación: tras varios años de búsqueda y presintiendo que el momento está cerca, Siddharta decide sentarse bajo un árbol y no levantarse hasta haber sido iluminado. Un demonio maligno llamado Mara intenta de varias formas hacerle desistir, pero Siddharta toca el suelo con su mano derecha para solicitar a la Tierra que sea testigo de su inminente iluminación. La Tierra responde con una lluvia de flores que hace que Mara se rinda, tras lo cual Siddharta entra en un estado de meditación absoluta en el que tiene varias visiones. Entre ellas, todas sus reencarnaciones pasadas, la muerte y la resurrección de todo ser vivo del universo y cómo la ley del karma se relaciona con el hecho de conseguir una mejor o peor resurrección. Gracias a esas visiones puede comprender profundamente el funcionamiento del samsara y el modo de alcanzar el nirvana. De ahí que su rostro se muestre sereno y apacible.

Foto: Esther Warren (CC)
Foto: Esther Warren (CC)

Es imposible apreciar en una sola foto la sensación de paz que desprende un Buda tan grande en un espacio tan reducido. Es un remanso de tranquilidad e infinitud a pesar de los anchos muros que le constriñen. El viajero podría sentirse agobiado en el poco espacio que queda libre en el interior del recinto ya que apenas se pueden dar unos cuantos pasos. Y ya ven, no es así: hay pocos lugares tan mágicos en Tailandia como esos pocos metros cuadrados presididos por la dulce sonrisa de una estatua de ladrillo y estuco. Al igual que sucede en una catedral gótica, es imposible no mirar hacia arriba al entrar en la mandapa. Pero como ya dijimos, no siempre es posible hacer una traducción literal entre códigos artísticos. La majestuosidad de Wat Si Chum es diametralmente opuesta a la del gótico, pues no radica en la fascinación por la suntuosidad sino en su reducido tamaño.

Los muros que rodean al Buda nos recuerdan la opresión del eterno ciclo del samsara, del que ni siquiera la propia escultura logró escapar: Phra Achana conoció una vida de esplendor hace setcientos años, cayó en el olvido, quedó casi destruida por completo para renacer tras el viaje de Fournereau. Siddharta Gautama, el hombre representado en la estatua, está a punto de convertirse en Buda y sonríe porque sabe que existe un camino para descansar del sufrimiento eterno. Y el viajero, fascinado por la grandeza del momento, mira hacia arriba para encontrarse con esa sonrisa tan delicada. Las espléndidas bóvedas de crucería que coronan las majestuosas catedrales occidentales nos hacen mirar al cielo para, entre otras cosas, recordarnos la grandeza de Dios, que ha creado al hombre que a su vez ha creado la catedral. Phra Achana, sin embargo, nos invita a mirar hacia arriba pero no para encontrarnos con Dios, que como sabemos no existe como tal en el budismo. Cuando nuestra mirada se eleva, y gracias a la falta de cubierta, nos encontramos con el cielo abierto. La grandeza del universo del que algún día seremos parte, cuando nos hayamos liberado de nuestro apego excesivo a las cosas materiales, de nuestro odio y de nuestra ignorancia.

Antes de salir del recinto, el viajero suele volver la mirada para echar una última ojeada a la dulce imagen de Buda. Su emblemática mano está apuntando a la Tierra. Pidiéndole, ya saben, que sea testigo de su iluminación. Y el viajero comprende que él también ha sido testigo de esa iluminación. Incluso ha sido parte de ella porque el viajero también es parte de la Tierra. Y el Buda más hermoso de Tailandia sigue sonriendo. Pero esta vez no sonríe por haber alcanzado la iluminación, sino porque sabe que, desde ese mismo momento, su belleza es ya una parte irrenunciable del viajero y del destino que le espera.

Vista de Wat Si Chum desde el exterior. Foto: Richard Seaman (CC)
Vista de Wat Si Chum desde el exterior. Foto: Richard Seaman (CC)


Sombras en el neón tailandés

Tailandia - Fotografía de Zigor Aldama (3)
Pattaya es uno de los pocos lugares del mundo en el que a nadie van a mirarle mal por hacerse pasar por Osama Bin Laden, Adolf Hitler o Saddam Hussein.

Muchos llegan al «reino de las sonrisas» atraídos por el desenfreno del país, y algunos terminan derramando muchas lágrimas.

«Ping-pong show? Banana show?». Son pocos los turistas que no escuchan estas propuestas poco después de aterrizar en Bangkok. El joven sonriente que hace de cebo enumera las habilidades vaginales que asombrarán al espectador que siga sus consejos y acuda al antro en el que, «por solo 300 baht (6 euros), incluida una consumición», podrá disfrutar de uno de los espectáculos que ya se han convertido en símbolo de la capital tailandesa. Muchos acceden. Al fin y al cabo, ¿cómo se puede viajar hasta allí y no acercarse hasta una de las representaciones sexuales más conocidas?

Nada más poner un pie en la boca del lobo, el gancho que los ha llevado hasta ella desaparece. Los turistas quedan en manos de varias jóvenes atractivas que los arrastran por el esófago hasta uno de los sofás que rodean la plataforma circular en la que un grupo de chicas desganadas en bikini se contonean sin atisbo de erotismo alguno. Una mujer más mayor, con gesto de jefa, les entrega una carta de cervezas en las que los recién llegados creen escoger su bebida gratuita a la luz de una linterna.

Comienza la performance. Vuelan las escuetas prendas de las chicas del estrado y aparecen todo tipo de objetos con un destino común. Una de las mujeres les va dando uso con su vagina. Con ella se fuma un cigarro, lanza dardos contra unos globos que estallan en carcajadas, y pelotea con miembros del público que devuelven con gesto de asco las bolas de ping-pong. Mientras tanto, un grupo de jóvenes mucho más atractivas que la artista de la tarima, brinda con los asistentes varones a los que desean suerte.

Y la van a necesitar, porque cuando se dispongan a abandonar el lugar se encontrarán con una abultada factura que incluye las bebidas de las chicas y esas cervezas que pensaban que eran gratis. «¿Quién os ha dicho eso?», pregunta la jefa, que ahora muestra otro menú en el que aparecen los precios que no tenía el anterior. Las sonrisas se convierten en ceños fruncidos, y las suaves curvas de las jóvenes tailandesas son ahora bíceps de fornidos matones.

Tailandia - Fotografía de Zigor Aldama (5)
Turistas chinos se fotografían con transexuales en Walking Street, una calle que cobra vida a la noche y en la que reinan el sexo y el alcohol.

Es solo un aviso de lo que espera en la Tailandia extrema, esa a la que se viaja con la excusa de la playa y con el sexo como objetivo. No importa que el país haya tratado de lavar su reputación como uno de los centros neurálgicos del turismo sexual a nivel planetario. Porque solo hace falta dar un garbeo por la calle peatonal de Pattaya, una localidad situada a menos de 150 kilómetros de la capital, para darse cuenta de que la arena es lo que menos importa.

Este Benidorm tailandés, que se ha desarrollado al calor de los soldados de marinas anglosajonas con necesidad de desfogarse, es un cóctel de mafias, prostitutas, traficantes, policías corruptos y turistas sin escrúpulos cuya tasa de mortalidad multiplica varias veces las de otras localidades turísticas del reino asiático. Hay quienes incluso mueren frente a un establecimiento abierto 24 horas y no reciben atención hasta que el rigor mortis comienza a ser más que evidente.

«Hay tantos borrachos que no le dimos mayor importancia», se justificaron el pasado mes de diciembre los responsables de la tienda, en la que se puede adquirir todo el alcohol necesario a precios de risa. Es el paraíso de los occidentales jubilados —muchos de ellos veteranos de guerraen busca de sexo barato, pero también hace las delicias de jóvenes atraídos por la combinación de alcohol, droga, chicas desinhibidas y fiesta hasta bien pasado el amanecer. No en vano, poco más se puede hacer en un lugar que amanece a las seis de la tarde.

No importa que las playas de los alrededores sean, como mucho, ordinarias. Ni que la oferta cultural sea nula. Pattaya, con sus 300.000 habitantes, recibe más de cuatro millones de visitantes al año, y nadie busca templos budistas. No obstante, sin saberlo, se enfrentan a numerosos peligros. Aunque algunos casos acaban en tragedia, la mayoría se solucionan con una dolorosa visita al cajero automático y, en el peor de los casos, algún golpe que otro.

Los engaños más habituales son viejos y están perfectamente documentados, pero siguen funcionando. La estrella es el de la moto acuática: un turista alquila uno de estos aparatos para dar una vuelta frente a la playa, firma un contrato que le obliga a pagar los gastos de cualquier desperfecto que pueda ocasionar, y cuando regresa, una inspección del propietario del chiringuito de playa descubre alguna abolladura, corte, o rotura achacable al uso indebido del cliente. El desperfecto es antiguo y ha sido cubierto con pintura soluble para que no se haga evidente, pero no hay forma de probarlo sin un perito. Y no hay tiempo. Los amistosos tailandeses que hacían risas ya no bromean. De hecho, en esta perfecta coreografía terminan apareciendo una navaja y una barra de hierro.

Tailandia - Fotografía de Zigor Aldama (1)
Una joven extranjera regresa a la playa de Pattaya después de dar una vuelta a lomos de una moto acuática, acompañada por un guía local. Estos servicios son los que más problemas acarrean, porque muchas veces los que alquilan las motos extorsionan a los turistas a quienes acusan de haber provocado daños en el vehículo.

Y un policía que calma la situación. Tras escuchar lo sucedido, recomienda al turista que pague, aunque negocia una suma algo inferior a la que le exigen los mafiosos. Por supuesto, el agente se llevará una suculenta comisión, y aquí no ha pasado nada. Por si fuera poco, voluntarios de la policía turística un cuerpo de extranjeros que trabaja codo con codo con las autoridades para esclarecer casos en los que se ven involucrados turistas, reconocen que la propia policía les pide que se mantengan al margen de estos tejemanejes. «Nuestra labor es asistir a los extranjeros que se meten en peleas o tienen algún otro problema, pero no sustituimos la labor de la policía», comenta un voluntario australiano que prefiere no dar su nombre. «Pattaya es un centro del vicio, del crimen internacional, y de la corrupción policial», aseguraba uno de los cables que publicó Wikileaks, emitido por la Embajada de Estados Unidos en Bangkok.

Nadie duda de que los uniformados se saquen un sabroso sobresueldo con todo tipo de turbios negocios. Fuentes mencionadas en los cables de Wikileaks estiman que los agentes pueden embolsarse entre 3000 y 10.000 baht (de 60 a 200 euros) al mes por cada establecimiento en el que hacen la vista gorda. Y mucho más si participan en engaños como el de la moto acuática, que también se ha trasladado al otro centro turístico por antonomasia: Phuket.

Pero ahí no acaba la historia. Muchos policías también están compinchados para extorsionar a extranjeros que cometen delitos, sobre todo en casos de drogas y de prostitución infantil, e incluso fabricar pruebas incriminatorias allí donde no se ha dado falta alguna. Paco es un valenciano establecido en Tailandia que sigue con mucha atención los patrones en los que se dividen los casos. «Un taxista muy amable te ofrece comprar drogas de su amigo, y te lleva a él. Este te vende drogas a precios fantásticos, pero, mientras tú compras, el taxista llama a su socio policía y le dice tu destino. Una vez dejas el taxi, un policía te para y te pide el pasaporte. Te preguntará si has consumido drogas y te registrará. Una vez encontradas las sustancias, el policía te amenazará con ir a la cárcel. Pero le puedes pagar una cantidad de dinero, normalmente bastante alta, y así quedas libre».

Otra versión muy extendida cambia al taxista por una prostituta que, tras cumplir con su servicio en la habitación del turista, aprovecha algún descuido para introducir sustancias ilegales en el equipaje del cliente. Tras la despedida, no pasa mucho tiempo hasta que aparece la policía para llevar a cabo un registro y exigir su tajada a cambio de la libertad.

Porque con las drogas no se juega en Tailandia. En todas las fronteras queda bien claro que su posesión se pena con muchos años de cárcel e incluso con la pena capital. Sin embargo, en la meca del «mochileo» más cutre, hay quienes se arriesgan y caen en la trampa. Porque, a pesar de que historias parecidas han dado pie a grandes blockbusters de Hollywood, y aunque muchas embajadas advierten sobre sus consecuencias, todavía hay gente dispuesta a transportar misteriosos paquetes por astronómicas sumas de dinero que, finalmente, serán las que ellos tengan que pagar a los compinches con gorras de plato que los atraparán con las manos en la masa. «A veces ni siquiera es droga, pero no hay forma de saberlo porque está empaquetada», explica uno de los voluntarios extranjeros de la policía turística.

Uno de los casos recientes más llamativos se produjo el pasado verano, cuando cuatro turistas cayeron a la vez. La policía encontró casi dos kilos de metanfetamina en sus equipajes en el principal aeropuerto de Bangkok. Aunque ellos aseguran que ni siquiera se conocían, la policía considera que trabajan para un cártel que opera en Pattaya y Phuket, así que ya han pasado a engrosar la población de la cárcel más famosa del país, rebautizada como Bangkok Hilton. Por lo visto, se negaron a pagar por un delito que aseguraban no haber cometido. Nadie quiere acabar entre rejas. Tailandia es el paraíso en la tierra, pero sus cárceles son un infierno. Y se estima que en ellas se pudren más de 2500 extranjeros que han sucumbido al lado más oscuro de la Tailandia más extrema.

Tailandia - Fotografía de Zigor Aldama (11)
Interior de uno de los muchos clubes de ‘striptease’ y de espectáculos sexuales en los alrededores del mercado de Patpong, en Bangkok.

Fotografía: Zigor Aldama