Ocaso magenta: cómo y por qué cayó UPyD en tan poco tiempo

Francisco Sosa Wagner, Rosa Díez y Fernando Savater. Fotografía: UPyD.
Francisco Sosa Wagner, Rosa Díez y Fernando Savater. Fotografía: UPyD.

UPyD fue el primer partido que desafió tres décadas de bipartidismo. Consiguió disputarle la tercera plaza a IU y abrir la puerta a nuevos espacios políticos, pero sus problemas internos y la irrupción de Ciudadanos en su mismo nicho ideológico acabaron por abrir en canal la organización y dar paso a su derrumbe.

«Como en cualquier ruptura traumática se necesita tiempo para curar. Todavía no ha pasado el tiempo suficiente, al menos para mí, para poder hablar de ello con la tranquilidad y objetividad que merece». Quien habla es Julio Lleonart, aquel diputado que sustituyó a Toni Cantó cuando este dejó la bancada de UPyD en el Congreso. La prensa en aquellos días hablaba del «diputado hipster», por sus vistosas gafas de pasta y su frondosa barba, las típicas trivialidades que llaman la atención de los medios. Pero su fugaz paso por el Congreso fue mucho más simbólico que eso.

Lleonart apenas estuvo seis meses en ese escaño. Fue el tiempo que separó la espantada de una de las caras más conocidas de su partido y el final de la legislatura. Pero en total lo suyo fueron nueve años metido en el proyecto magenta. Ha pasado ya un año desde aquel adiós, que acabó propiciando también su salida del partido, pero prefiere no hablar del proceso de disolución de UPyD, un trámite que recuerda como muy doloroso.

«Siempre ha habido dos UPyD, una la de la dirección, antipática, inflexible, impermeable a las opiniones y la discrepancia, y otra, la de los afiliados, simpatizantes y votantes, formada por gente razonable, abierta al debate y permeable. Tristemente ganó la peor parte». Quien habla es Fernando Tellado, que fuera concejal del partido en Villalba, una localidad al noroeste de Madrid. «Lo peor de UPyD, su dirección, terminó echando o animando a irse a lo mejor de UPyD». La de Cantó, que propició la entrada en escena de Lleonart, fue una de esas salidas y, además, el primer aviso del vendaval que se aproximaba. Acababan de tener lugar las elecciones andaluzas, en las que UPyD cosechó su primer resultado catastrófico: un 1,93% de los votos, que le dejaban fuera de la Cámara. Por su parte Ciudadanos, el partido que le disputaba su nicho, triunfaba con un 9,3% de los votos, que le dejaban como cuarta fuerza con nueve diputados. Un éxito sin precedentes, especialmente tratándose de un partido catalán en Andalucía.

Entonces arreciaron las críticas, y una de ellas fue la de Cantó, que pidió la dimisión de Rosa Díez para forzar un cambio de rumbo en el partido. En apenas dos años UPyD había pasado de ser un partido emergente que estaba en condiciones de asentarse como tercera fuerza política a prácticamente desaparecer. Poco después, en las generales de diciembre perdieron todos sus escaños y en las recientes autonómicas vascas se quedaron sin su último asiento autonómico. Ahora mismo apenas conservan ciento veintinueve de los casi sesenta y ocho mil concejales que hay en España y fuera les queda solo una representante, Maite Pagaza, porque los otros tres que consiguieron —tras varias renuncias y cambios— ya no están en el partido aunque conserven los escaños.


Inicios problemáticos, trayectoria ascendente

«La política exige flexibilidad, y a nosotros nos faltó», explica una de esas personas, la eurodiputada Beatriz Becerra. «Me desvinculé del partido a principios de abril de 2016. UPyD se había desintegrado y dejado de ser útil a los ciudadanos. Yo continúo con mi trabajo como eurodiputada independiente dentro de ALDE», dice al respecto.

El inicio de la breve historia de la formación magenta hay que buscarlo precisamente en el País Vasco. Fueron personas y entidades sociales diversas las que en un principio crearon el germen de UPyD, todas con un denominador común: el rechazo al nacionalismo periférico —al vasco en particular, al resto por extensión—. Uno de esos fundadores originarios del País Vasco es Carlos Gorriarán, quien fuera mano derecha de Rosa Díez, exdiputado en el Congreso y posiblemente uno de los mayores críticos con el papel de Ciudadanos. «Nuestro diagnóstico de la crisis política española y de sus causas, en el que entonces no creía casi nadie, se ha revelado muy acertado», sostiene. Pero, según afirma señalando a un problema externo y mayor, «no tenemos una democracia digna del nombre, sino una oligarquía con sistema electoral para distribuir los turnos de gobierno entre los partidos adheridos al sistema».

Alrededor de esos fundadores encabezados por Rosa Díez orbitaron políticos e intelectuales como Arcadi Espada, Albert Boadella o Fernando Savater, que moldearon una idea a la que algunos se apuntaron, aunque con discrepancias desde el inicio. «Todos los partidos tienen disensiones internas. En retrospectiva, tengo la impresión de que nos faltó mano izquierda a la hora de gestionarlas. Entre ceder a los intereses personales y negarse a cualquier diálogo hay caminos intermedios que nosotros no supimos explorar», dice Becerra rememorando aquellas primeras tensiones. «Viví de primera mano aquellas peleas de gallos», explica Tellado. «Recuerdo haber creado los primeros blogs y cuentas de Twitter para Mikel Buesa y Ramón Marcos. Estuve en alguna reunión acalorada entre ambos, echándose pestes el uno al otro a pesar de formar parte de la misma dirección, ante los atónitos asistentes. Lo vi como una guerra de egos», sentencia. «Yo no me metí en política, me metí en UPyD», explica marcando el tipo de implicación que tenía con el proyecto. «Pero me di de baja después de las últimas elecciones internas, que provocamos para pedir un cambio de dirección. UPyD no tenía arreglo: iba a seguir rigiéndose desde la antipatía y el desprecio al discrepante».

Pero no todo fueron enfrentamientos ni debates tumultuosos. Becerra coincide en señalar la visión acertada que dio lugar a UPyD y de la que Gorriarán hace gala. «UPyD fue decisivo en el diagnóstico y en las propuestas que hoy configuran el debate político de nuestro país. Lo mejor de UPyD permanece: contribuimos a propiciar un cambio político sin precedentes y a preparar a la sociedad española para ello. Hoy se habla de los temas clave en los términos que nosotros pusimos sobre la mesa. Era natural que esperáramos convertir ese estado de ánimo en votos, y desde luego ha sido muy decepcionante no lograr recoger los frutos, y que fueran otros los que lo hicieran», lamenta.

Rosa Díez. Fotografía: Lupe de la Vallina.
Rosa Díez. Fotografía: Lupe de la Vallina.

Esos «otros» son, sobre todo, Ciudadanos. Por aquel entonces el partido catalán ya existía, pero UPyD caducó más rápido. Cosechó sus primeros éxitos a nivel nacional cuando Rosa Díez se hizo un hueco en el Congreso en 2008 y, gracias a su habilidad como oradora, dio el salto a un grupo parlamentario propio en el que apoyarse. Fue su mejor momento, con 1,1 millones de votos. Un año después, en las europeas en las que Becerra cogió el billete hacia Bruselas, volvieron a romper el techo del millón de votos. Mientras tanto, lograban presencia en los Parlamentos autonómicos de País Vasco, Asturias, Madrid o la Comunidad Valenciana.

Aquellos fueron sus mejores días. Su principal lamento entonces era no tener la presencia mediática y la atención que consideraban que merecían por sus votos, aunque en algunos medios se les daba tribuna preferente. «El trato de los medios ha sido de una hostilidad constante y sectaria. No les ha interesado nada de lo que hacíamos», afirma Gorriarán. «Nos crearon un desierto informativo. Creían que éramos nosotros los que no queríamos ir a televisiones o radios, ni dar entrevistas a los periódicos. La cosa era sencilla y eficaz: se referían solo a Rosa Díez y la acusaban de personalismo mientras a los demás de UPyD nos negaban la mínima atención informativa. Para que se me entienda, un trato exactamente inverso al dado a Podemos, donde cualquier aspirante a algo encontraba abiertas las puertas de todos los medios», concluye. Y eso, en su opinión, tiene un motivo de nuevo externo: «En España tampoco tenemos grandes grupos de prensa independientes. El resultado es un periodismo político partidista y sectario», sentencia.

El asunto de la relación con los medios y la opinión pública siempre ha sido particular. Pocos partidos han despertado en tan poco tiempo tantas antipatías. Nunca su sala de prensa estuvo tan llena como el día en el que Rosa Díez hizo la intervención en la que se esperaba que anunciara su adiós cuando empezaba la caída. «Es cierto que algunos medios fueron injustos con nosotros, pero no todos. Metimos a todos los medios en el mismo saco», reflexiona Becerra. «Esa queja constante fue un error, como lo es cualquier recriminación permanente sin buscar soluciones y analizar qué es lo que tú mismo debes cambiar para que lo demás cambie. Creo que pecamos de una mezcla de soberbia, falta de profesionalidad y cierto esnobismo. No mantuvimos un diálogo constructivo con medios y periodistas. No aprovechamos oportunidades que otros supieron ver, como las tertulias televisivas. No basta con hacer bien las cosas. Asumir que era obligación de los medios contarlo sin construir una relación de confianza y colaboración constituyó una seria miopía», explica.

«Esta fue una de mis peleas permanentes dentro del área de comunicación, en la que trabajé», dice Tellado al respecto. «UPyD ha abierto la mayoría de los debates importantes de este país en los últimos años, pero nunca se supo comunicarlo bien a los grandes medios», reconoce. «Tengo que decir, en contra del mantra tantas veces aludido por UPyD de que los medios no nos querían, que era falso», sostiene. «Si crees de verdad en la libertad de prensa no hay que demonizar a ningún medio, simplemente asumir que hay distintas líneas editoriales, que no siempre coincidirán con tus planteamientos, y que debes tratar a todos los medios con igual respeto y atenderles con amabilidad y profesionalidad», sentencia. Gorriarán, que era parte de esa dirección a la que se alude, discrepa. «Es falso. Hablando por mí, dudo de que hubiera nadie más accesible por cualquier medio de lo que yo he sido. Y de Rosa Díez puedo asegurar que dedicaba todo el tiempo disponible a hablar con todos, infatigable y siempre atenta. Otra cosa es que haya quien te acuse de falta de permeabilidad si no le das la razón o sigues sus directrices y designios. La política es como el fútbol: todo el mundo cree saber mucho más que el árbitro, el entrenador y los jugadores», zanja.

Pese a esas primeras disensiones internas, y con políticas de comunicación tan discutidas, el partido fue ganando apoyos con sus propuestas. Con su crecimiento en apoyos también vino su ampliación programática: el antinacionalismo ya no era su única bandera y se fijaron en la reforma del sistema judicial, las propuestas sociales, propuestas liberales en lo económico y algunas acciones mediáticas. Los juicios de Bankia, por ejemplo, fueron una gran plataforma de atención. «A partir de nuestras querellas por el caso Bankia en 2012 ya fueron directamente a por nosotros», explica Gorriarán. «Era de acoso y derribo, y lo consiguieron a base de una operación de manual: destrozar la imagen pública de Rosa y del partido y sacarnos de las encuestas de intención de voto, lo que ya te expulsa del tablero. No deja de ser un gran éxito que no tuvieran nada peor que sacar contra nosotros», ironiza.

La escalada de Ciudadanos

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Albert Rivera. Fotografía: Alberto Gamazo.

Pero la ola ascendente y la atención mediática por el caso Bankia no fue suficiente. Las antipatías externas y esas críticas de falta de permeabilidad del «núcleo duro» del partido empezaron a hacer mella. «Claro que hemos cometido errores, y hemos reaccionado con mucha ingenuidad y seguramente tarde, pero creo sinceramente que esto ha sido un combate de boxeo en que te arrastran a pelear con las manos atadas a la espalda», dice Gorriarán al respecto. Becerra, por su parte, mira también hacia dentro para buscar culpables: «Hubo una mezcla de factores externos e internos», sintetiza. «Cometimos errores que nos pasaron factura en términos electorales. Las europeas de 2014 fueron el punto de inflexión: obtuvimos un resultado razonablemente bueno, pero no supimos abordar la reflexión y el cambio estratégico imprescindible en aquel momento».

Entonces irrumpía con fuerza Podemos, mientras los de Albert Rivera asomaban la cabeza, todavía con resultados mucho menores que los de UPyD. Y la idea de aunar fuerzas entre naranjas y magentas fue tomando fuerza. «Ciudadanos organizó una operación muy inteligente para aprovechar el viento que soplaba de la opinión pública y desde los medios. Fingieron querer un acuerdo que ya no querían, para hacer pasar a UPyD por los antipáticos que se negaban a sumar. UPyD no supo reaccionar ni optimizar su objetiva situación de mayor solidez política, institucional y organizativa», reflexiona.

Aquí las versiones, de nuevo, difieren. Gorriarán marca distancias, mientras Tellado reconoce proximidades. «UPyD se caracterizaba por ser transversal, laica, creativa y a la vez realista, nada que ver con el populismo telecrático de Podemos o Ciudadanos», afirma el primero. «Pinchamos al declararnos aquello tan poético de “transversales” en vez de presentarnos antes la sociedad con el mensaje más claro y comprensible de “partido de centro”», describe el segundo. «Creo que fue otro error de comunicación importante», termina Tellado.

Ciudadanos, que aún se llamaba Ciutadans, tenía en Cataluña un bastión en el que UPyD no podía entrar, a pesar de que por su posición frente al nacionalismo debería haberle sido favorable. A fin de cuentas, la vía soberanista ya estaba en marcha y muchos votantes no nacionalistas buscaban un partido al que votar que no fuera el PP. Pero tampoco fue UPyD: Ciudadanos, que ocupaba ese espectro ideológico desde hacía tiempo, copaba los votos y enseñaba a los magentas cuál era su techo y cuáles eran sus flaquezas, empezando por la propia existencia de los de Rivera. «Creo que simplemente en Euskadi y el resto de España Rosa Díez era una figura relevante, que sonaba, mientras que en Cataluña se vive otra realidad, más centrada en las figuras propias», resume Tellado. «En Euskadi conseguimos un diputado porque hay una tradición minoritaria, pero sólida, de defensa de los principios democráticos y el constitucionalismo», considera Gorriarán. «En Cataluña no ha sido tan firme y, además, para la opinión pública el espacio de UPyD ya estaba ocupado por Ciudadanos, aunque muchos fundadores intelectuales de ese partido han pasado por todo tipo de ciclos de alejamiento crítico y regreso paternal. Boadella, por ejemplo, me pidió en 2009 que le garantizara que nunca nos uniríamos a Ciudadanos. Luego cambió de opinión, cosas que pasan», comenta.

Durante casi un año, e impulsados por su éxito en Cataluña, Ciudadanos puso en marcha su Movimiento Ciudadano por toda España. Preparó a conciencia el terreno para un salto nacional en un camino contrario al que siguió UPyD: unos fueron desde lo autonómico a lo nacional, mientras que otros habían encallado en Madrid. Por aquel entonces Ciudadanos había cometido algunos errores importantes, especialmente el de coaligarse con Libertas para las europeas, una formación muy volcada a la derecha contra su intento de no definirse «ni de derechas ni de izquierdas», un mantra que repetían en casi todas sus intervenciones. Pero, a pesar de sus resbalones, el contexto les sonrió. El enfrentamiento de Cataluña con el Gobierno central fue reduciendo los apoyos del PP catalán, y Ciudadanos acabó por hacerse fuerte. Sobre esa base, y con la palanca de aquella gigantesca campaña de marketing a escala nacional, iniciaron su campaña de captación provincia por provincia. Y funcionó.

«Ciudadanos es la vieja política: marketing y telecracia, opacidad y tolerancia de la corrupción, continuismo y falta de ideas transformadoras», define Gorriarán. «No tengo la menor duda de que Ciudadanos se prestó a ser utilizado contra UPyD a cambio de financiación para convertirse en unos meses en “partido nacional” y recibir el apoyo masivo y entusiasta de medios que, como El País y su grupo, nunca dieron a UPyD ni el 5% de atención que la dedicada a Albert», critica. Rosa Díez era una gran oradora, pero Albert Rivera era magnético. Los medios empezaron a hacerle más caso a él, que sí fue capaz de venderse como mascarón de proa de un partido político nuevo —aunque es más antiguo que UPyD— y con ideología centrista —aunque muchos de sus miembros tienen un pasado más conservador del que tenía la cúpula de UPyD—. Los magentas empezaban a estancarse y caer, y los naranjas cotizaban al alza. Ciutadans era ya Ciudadanos, y la partida se jugaba ya fuera de Cataluña.

El cisma y la caída

En las europeas de 2014 Ciudadanos volvió a enfrentarse a unos comicios nacionales, tras el pinchazo de las generales de 2008, y triunfaron. Sumaron medio millón de votos, la mitad que UPyD, pero consiguieron representación. El éxito de aquello no fue tanto por el resultado neto, sino por su tendencia al alza. Y algunos dentro de la formación magenta le vieron las orejas al lobo.

En agosto de 2014 el eurodiputado de UPyD Francisco Sosa Wagner publicó un artículo de opinión en El Mundo abogando por una alianza entre ambas fuerzas. «Es preciso unir esfuerzos y lograr un acuerdo entre los pequeños partidos constitucionales para acudir a las elecciones», afirmaba en el texto.  Aquello abrió la caja de Pandora. El debate llevaba meses en marcha, pero el artículo lo puso sobre la mesa. Las críticas de compañeros de formación arreciaron, criticando que aireara ese asunto en lugar de proponerlo en los órganos internos. Sin embargo, en la forma en la que trascendió la crítica le dieron la razón: tiempo después la prensa hablaría de un linchamiento interno en el que uno a uno todos los miembros de la cúpula del partido afearon la conducta al que fuera su líder en Bruselas. Y finalmente Wagner acabó renunciando y dejando el partido.

La narración interna, sin embargo, difiere de lo que se publicó en aquellos días. «El tiempo ha demostrado que tenía razón, aunque en su momento no me parecieron bien las formas. Hacía poco que había estado con Sosa Wagner en una reunión de cargos públicos y no solo no dijo nada al respecto sino todo lo contrario», asegura Tellado. «Los problemas con Sosa comienzan cuando averiguamos que había ocultado información sobre los ingresos de su oficina en Bruselas. Entonces se unió al coro de los partidarios de unirse a Ciudadanos cuando llevaba rechazando la idea desde que entró en política. Después se quejó de persecución y falta de democracia en UPyD, pero el hecho es que tengo muchos correos suyos quejándose de lo contrario, de los excesos de democracia interna en UPyD y de la necesidad de una dirección al viejo estilo, sin primarias ni esas novedades», recrimina Gorriarán.

«No comparto que se le convirtiera en un mártir, ni es cierto que fuera un linchamiento. Hubo mucha gente que le reprochó no tanto su propuesta, por sorprendente e inesperada que fuera en alguien que nunca había hecho tal planteamiento en el seno del partido, sino las formas. Y también hubo gente, y no dos ni tres, que lo defendió», rememora Becerra. «Pero es evidente que aquella reunión se diseñó de forma equivocada. Para él fue muy fácil trasladar un relato de auto de fe, puesto que, con el ambiente que había, la gente estaba dispuesta a creerlo», analiza.

Su salida, sin embargo, no acalló el debate, sino que lo impulsó. Muchas voces comenzaron a sonar apuntando hacia Díez y su guardia pretoriana de la dirección, descrita constantemente en los medios como inaccesible, inalterable y enrocada. Criticaban con dureza a Ciudadanos («movimiento tertuliano» lo llegó a llamar Gorriarán) mientras lamentaban que se les prestara más atención a sus rivales o a sus críticos que a sus propuestas y actividades en el Congreso. «Sería estúpido ignorar que la política atrae mucho, además de idealistas, a personas sin escrúpulos que solo desean una carrera de promoción personal. Esas tensiones siempre han sido utilizadas contra UPyD para presentar al partido como una jaula de grillos, con acusaciones de personalismo o autoritarismo. Hay personas que se marcharon de UPyD o fueron expulsadas y así conseguían una portada de periódico donde se lapidaba a la dirección», recoge Gorriarán. Finalmente, y como forma de intentar acallar todo aquello, se celebró una reunión entre los equipos de Rivera y Díez de cara a la prensa y se trabajó durante meses sin demasiada voluntad para intentar firmar una alianza entre ambas fuerzas. Como era previsible, no funcionó.

«Creo que cada día que pasa queda más en evidencia que el parecido entre Ciudadanos y UPyD era puramente cosmético», afirma Gorriarán, presente en aquella mesa. «Celebramos varias reuniones y en cada una quedaba más claro que hablábamos de cosas muy diferentes. Nosotros queríamos un cambio democrático que superara el bipartidismo y sus vicios, y ellos ser una bisagra del sistema», critica. Sus excompañeros de partido, sin embargo, no lo ven de forma tan categórica. «Se abrieron unas conversaciones en las que, en realidad, ninguno de los dos partidos quería llegar a un acuerdo», analiza Becerra. «Los problemas eran más bien de modelo de partido. Pero no había ningún asunto ideológico capital que impidiera la integración», sostiene.

«Si hubiese habido una voluntad real hoy habría un solo partido de centro, o centrado, con un gran portavoz, un partido sólido y limpio y unas bases fuertes y motivadas», imagina Tellado. «No era cuestión de ideología sino de organización interna pura y dura», lamenta, aunque con matices: «Yo no era partidario de una unión en frío», dice, aunque reconoce que había «una oportunidad fantástica de haber llegado a la sociedad, porque la realidad es que los españoles nos veían como partidos iguales, al menos en el discurso. Estructuralmente UPyD siempre ha sido un partido sólido, limpio y transparente, y Ciudadanos casi justo lo contrario, pero eso el ciudadano medio no lo ve, y ni siquiera le importa mucho», reconoce.

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Francisco Sosa Wagner. Fotografía: UPyD.

Como analizaba Gorriarán, se criticó mucho a UPyD por el fracaso de aquellos contactos. «Nos destrozaron políticamente con una pinza muy eficaz: los ataques externos y los internos a cargo de esas personas que entran en política para medrar como sea, y ese fue por cierto nuestro peor error: no actuar contra esa gente sin contemplaciones. La excusa era la de que había que llegar a un acuerdo con Ciudadanos, que era el partido que los medios impulsaban al alza mientras nos derribaban a nosotros. Pero muchos de los que defendian ese “acuerdo” ya estaban en realidad trabajando para Ciudadanos». «Visto en perspectiva, parece claro que estratégicamente deberíamos haber absorbido a Ciudadanos antes de las elecciones catalanas de 2012», dice Becerra. «Al final ni fusión fría ni caliente, sino un desastre para UPyD, y posiblemente al final también para el país, pues nos queda mucho y malo que ver de Ciudadanos», vaticina Tellado.

En poco tiempo se empezaron a ver los resultados de todo aquel proceso. Primero, cuando una manifestación convocada por el partido congregó a apenas un centenar de personas en Sol, dejando en evidencia la brutal pérdida de apoyos. Después, en la siguiente cita nacional —las municipales de 2015— cuando se derrumbaron: UPyD perdió ocho de cada diez votos, mientras que Ciudadanos triplicó los suyos. En apenas un año los naranjas eran siete veces los magentas. «Cuando en un solo año pierdes el 90% de tus votos la gente deja de votarte porque cree que has dejado de ser voto útil», lamenta Gorriarán. «Ciudadanos trazó una estrategia exitosa de ofensiva contra UPyD», analiza Becerra, «y la reacción de algunos fue visceral. No, no fue acertado», reconoce.

Toda aquella situación acabó llevando a Rosa Díez, corazón y alma del partido, a abandonar la dirección, no sin antes señalar a un delfín para sucederla. Se trataba de Andrés Herzog, arquitecto de aquel mediático caso Bankia, que acabó imponiéndose al sector crítico que lideraba Irene Lozano y en el que estaban Toni Cantó, Ignacio Prendes y otras caras importantes del partido, que acabaron marchándose, fundamentalmente hacia Ciudadanos. Entonces comenzó la agonía del partido. El propio Herzog se presentó en las puertas del plató de televisión donde se celebraba el debate electoral de las generales de 2015 con un puñado de seguidores para protestar por que no le invitaran en una imagen un tanto lastimosa para muchos simpatizantes. Tras la desaparición del partido del Congreso, Herzog firmó su baja del partido y se apuntó a las listas del paro.

Muchas voces de la formación, como Lleonart o Becerra, pedían entonces la desaparición de las siglas. Pero el agónico paseo continuó de la mano de Gorka Maneiro, el que fuera el último diputado autonómico de la formación, y que acabó por perder su escaño el pasado mes de septiembre tras los comicios vascos. Tras las generales de 2015 tuvieron que abandonar su sede por falta de fondos. En las generales de 2016 bajaron de los cincuenta mil votos. «Mi relación con el partido es emocional. Siempre será mi partido», dice Gorriarán, que abandonó la formación de la mano de Rosa Díez.

Becerra es clara en la autocrítica a la hora de buscar responsabilidades por lo que ocurrió. «Quizá nuestro principal error fue el maximalismo, convertir en cuestión de principios hasta el último detalle. Los medios debían darnos cobertura amplia y positiva y los ciudadanos votarnos en masa simplemente porque éramos el mejor partido. No tuvimos en cuenta factores de la política moderna que otros supieron entender mejor». En una línea similar se mueve Tellado: «La estrategia en UPyD estaba demonizada, todo se basaba en “los principios”, sin comprender que debes ser flexible y paciente», critica. Ambos coinciden, de nuevo, al analizar por qué la gente dejó de votar a UPyD de forma tan rápida y masiva. «Percibieron que había otro partido con un proyecto muy parecido y con más fuerza y empuje, con más apariencia de éxito y modernidad acorde a los códigos vigentes, con una imagen más juvenil, más dialogante», analiza Becerra. «Fue por obligarles a decidir, así de simple», sentencia Tellado. «De repente el votante tenía que decidir entre varios partidos que prácticamente venían a transmitir lo mismo, y había dos de ellos, Ciudadanos y Podemos, que se lo decían con mensajes sencillos, claros y empatía. Mientras, el otro partido estaba todo el día de broncas y disensiones, siendo desagradable, antipático y con problemas constantes. ¿A cuál elegirías? La decisión era simple», explica.

«El partido, en general, fue inflexible. Nos faltó realismo y cintura. Y terminamos parapetados en un estéril orgullo de siglas que ya solo llegaba a nuestro núcleo duro, insuficiente para poder influir», reconoce Becerra. «Hubo un mucho de soberbia», dice Tellado. «Nos convertimos en un partido antipático. No sé si era por el pasado académico de los fundadores, pero el discurso de UPyD hacia la ciudadanía siempre era desde arriba, desde la palestra, como ese profesor que incide en lo que los alumnos no saben en vez de concentrarse en llegar a ellos y hacerles más sabios», lamenta.

Al final, todos ellos han acabado por abandonar unas siglas que ya son historia —breve— de las instituciones. De un movimiento que rompió una tendencia hegemónica y consiguió hacerse un hueco, a pasar al olvido. Todo en apenas unos años. «En España somos fantásticos jugadores de salón, pero cuando hay que bajar al terreno de juego se nos olvida que debemos jugar en equipo, y asumir que hay un árbitro, a veces varios, que nos forzarán a cambiar nuestras estrategias de juego para conseguir ganar el partido», explica Tellado con una metáfora. «UPyD ha sido un estupendo jugador de salón pero malísimo en el campo de juego», sentencia.

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Gorka Maneiro. Fotografía: UPyD.


Librerías con encanto: La Esquina del Zorro

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Aléjense los de derechas, los monárquicos, los papistas y los futboleros (excepto rayistas) con ganas de darse la razón. Aquí Evaristo es Dios y el Drogas su profeta. Por si no lo habían notado estamos en Vallecas, así que si recalan en La Esquina del Zorro ávidos de cupcakes, prepárense para recibir tercios. Entre Portazgo y el Puente, pregunten por «los chicos esos que hacen cosas raras» y les dará indicaciones precisas hasta aquí, una de las pocas librerías del barrio de la Barbie Superstar. Ciclos de poesía en días de partido, conciertos de rock en días pares, presentaciones de libros en los impares. Editan a los «melenudos» que asustan a las grandes editoriales y si se lo piden, también despachan biblias y coranes.

Charlamos con Bego Loza y Jorge Jiménez, propietarios de La Esquina del Zorro, (Calle Arroyo del Olivar, 34), una librería que se parece más a un espacio cultural, y un espacio cultural que se antoja también librería de viejo.

La Esquina del Zorro, ¿es por la canción de Barricada?

Jorge: Sí. El rollo del nombre es que te vale también para los críos, porque aquí tenemos mucho libro infantil y de vez en cuando realizamos también alguna actividad, pero a la vez el zorro puede ser un personaje un poco canalla con el que se puede identificar un adulto perfectamente, así que es un nombre del todo versátil y nos pareció bueno a pesar de no estar en una esquina.

Bego: Pero vamos, el guiño es a Barricada.

J.: Una de las ideas originales era dar cabida a mucha literatura musical y meterla dentro de la cultura, cosa que no se hace tanto, aunque últimamente hay bastantes más.

Esa es una de vuestras reivindicaciones iniciales: devolverle al rock su lugar literario.

J.: Sí, tratar de aportar tu granito de arena para que se considere cultura, porque lo es aunque no esté dentro del gran círculo cultural, llamémosle, o aunque se considere que culta es otro tipo de música. En fin, tiene ciertas connotaciones que a mí personalmente no me gustan nada. Todo lo que podamos hacer para favorecer que no sea así o darle la relevancia que tiene el rock, genial.

Habéis cumplido cinco años. ¿Qué tal el balance?

B.: En abril, sí.

J.: La verdad es que guay. Y por esa parte de reivindicar el rock cojonudo también, porque a los dos años de empezar la librería arrancamos la editorial. Fíjate, una actividad complementaria pero muy centrada en esa idea… pues es una pasada. Estamos viviendo una experiencia superinteresante.

¿Teníais ya desde el principio la idea de montar la editorial (Desacorde Ediciones) o surgió después?

B.: No, la editorial surgió a raíz de la librería. Estuvimos haciendo varias presentaciones y vino Toni Marmota, Juan Abarca y más músicos que habían publicado libros, y todos contaban lo difícil que les resultaba publicar: «Un melenudo va ahí a Planeta y no quieren saber nada de él» y «¡Qué difícil ha sido!». Entonces nos dijimos: bueno, pues si sabemos editar —porque yo vengo del mundo de la edición—, nos gusta el rock y los roqueros necesitan una casa que les edite sin que vayan a mirar si llevan melena o no, pues esta es la nuestra. Así se nos ocurrió y fuimos adelante.

J.: Somos una editorial al uso, la idea simplemente es funcionar como cualquier otra editorial con la salvedad o diferencia de que nosotros nos distribuimos también.

Bego, decías tenías experiencia en la edición. ¿De qué mundos venís?

B.: Yo vengo del mundo editorial. Había estado trabajando en dos editoriales grandes pero me fui y luego estuve un tiempo trabajando de freelance para esas editoriales y para otras hasta que decidimos montar la librería.

J.: Yo vengo del mundo audiovisual y el rollo de plantearnos esto… Yo decía: «Joder, si ya es complicado cualquier negocio imagínate una librería». O sea, manda narices.

Y era innegociable que fuera en Vallecas.

J.: Sí, era la idea. Si te fijas fuera en la calle pone «librería y rincón cultural» porque la idea era un espacio donde pudiéramos hacer de todo. Tener encuentros culturales, vaya. Pues claro, no vas a poner una tienda de chicles. En lo de la librería había interés y, en fin, el rollo de «venga, vamos a arrancar por ahí», porque al principio parecía una locura, pero entiendo que como cualquier cosa que vas a emprender.

B.: Hombre, Vallecas era porque nos gusta y entre otras cosas porque vivimos aquí. Y porque aparte de la librería Muga, que está un poco más para allá, en este rinconcito de aquí no había ninguna librería de este estilo que hiciese encuentros y demás. Hay librerías-papelerías de compraventa y ya está.

Por lo que hemos visto abristeis en un momento en el que habían cerrado un par de librerías muy icónicas de la zona. El panorama era poco halagüeño.

J.: Sí, cerraron una en un centro comercial que había por ahí arriba el primer año que estuvimos funcionando. Fíjate, estamos hablando de Vallecas, que es uno de los barrios más populosos de la ciudad, así que dentro de la locura que supone una cosa de estas tampoco lo es tanto, porque al final sabes que vas a llegar a mucha gente y es cuestión de despertar intereses. Al final si lo haces medianamente bien, un pequeño respaldo vas a tener.

Supongo que también sabíais que este es uno de los barrios con más tasa de paro de Madrid y que, al fin y al cabo, de los productos culturales es de lo que prescindimos antes.

B.: Bueno, eso quisimos obviarlo [risas]. Dijimos que para adelante, porque si te pones a pensarlo mucho al final te quedas en casa porque todo son miedos. Era el 2011, en plena crisis, con cambio de Gobierno, etc. De hecho aquí nos confesaron después que hacían apuestas para ver cuánto durábamos [risas].

En vuestro entorno, supongo.

J.: Los de los bares de arriba. Y el de abajo también. Son parte de nuestro entorno, claro, siempre vamos allí porque cómo no te vas a tomar algo con quien viene a una actividad en la librería —además es una pasada y un privilegio poderte tomar un día una cerveza con un poeta, otro con un escritor…— en fin, son cosas que no están pagadas. Y con el tiempo terminas haciendo amistad con los de los bares y nos decían: «¿Vosotros tenéis un circo, no?» [risas]. Porque hacemos cosas tan diferentes que no tiene sentido.

B.: Cuando preguntas por ahí a gente un poquito más alejada que a lo mejor no nos tiene muy controlados alguien dice: «¿Oye, La Esquina del Zorro, dónde está?». «¿La Esquina del Zorro? No me suena…». «Sí, la librería». Y dice: «Ah, ¿los chicos esos que hacen cosas raras?». «Pues serán». «Ah, pues está ahí». Ahora colaboramos con mucha gente de aquí. En Vallecas se mueven mucho los centros sociales y las organizaciones de vecinos, y en principio no nos hacen competencia pero sí que de repente hay mucho más movimiento que cuando llegamos hace cinco años.

La Esquina del Zorro para JD 1

No sé si aplaudiros o llamaros locos, pero he visto que habéis programado ciclos de poesía el mismo día en que había partido de fútbol de los potentes. ¿Esto es una provocación absoluta o coincidió?

B.: Bueno, como nosotros no sabemos cuál es el calendario futbolístico… [ríe].

J.: Sí, muchas veces es que ya no te enteras porque es es imposible. Si te pones a mirar…

Si preguntas si hoy hay fútbol la respuesta es «sí». Siempre.

J.: Además es que luego nos han pasado unas cosas… Por ejemplo: un día presentaron un libro que era Conversaciones con Pablo Iglesias y venía aquí el escritor, Jacobo Rivero, y resulta que Pablo Iglesias, el de verdad, iba al Ateneo, que está en esta misma calle unos cuantos números más arriba. ¿Pero quién coño va a venir? Si es que…

B.: Una cosa programada el mismo día y no anunciada, la verdad. Nos enteramos  una hora antes de que pasase. Había sido todo secreto para que no se montase mucho pifostio allí, que tampoco tienen mucho espacio, y fue una convocatoria rápida. Y claro, Jacobo no se había enterado y nosotros tampoco [ríe]. Y llegamos aquí y le dijimos: «Pues nada, apáñate con Pablo para que no te contraprograme».

J.: Otra vez igual, era un libro sobre el Rayo y accedimos porque, bueno, estando aquí cerca del estadio, a pesar de que no nos gusta nada el fútbol, se entiende que es una cosa del barrio y un pequeño respeto le tienes que tener… y ese día justo había partido contra el Atleti, así que no vino nadie, solo una familia y un vecino que siempre suele venir y ya está.

Lo importante: el día de la poesía y el fútbol… ¿Vino gente? 

B.: Sí. El otro día tuvimos a Marta Sanz, justo el mismo día en el que tocaban Silvio Rodríguez y Aute aquí. Es verdad que ahí sí que nos fallaron un par de personas que sabíamos que querían venir, pero bueno, lo de Silvio es una cosa única, no va a pasar nunca más, creo yo. El fútbol, pues bueno… dentro de dos días vas a tener otro partido.

Ya que mencionáis a Marta Sanz, he estado viendo que a Chirbes le tuvisteis antes de que muriera, y no es el único gran autor que ha pasado por aquí. ¿Es difícil abrirse camino para una librería pequeñita lejos del centro y traer a gente que está en editoriales grandes?

B.: Pues en este caso no porque han sido muy amables, pero sí que es cierto que en algunos casos cuesta. Hemos querido traer a gente que forma parte de grupos editoriales un poco fuertes y a nosotros esas cosas nos cuestan. También es cierto que cuando Gsús Bonilla abrió el ciclo de Poétikas nos abrió un espectro de contactos y de renombre que vamos, agradecimiento infinito y por siempre. Porque empezó como algo informal y de repente nos ha traído una cantidad de gente que cuando empiezas a verlo alucinas. Por ejemplo, Marta repitió porque había venido así la primera vez. Chirbes vino a través de un cliente que era amigo personal suyo. En estos casos si tienes algún contacto que te ayude… si no es un poquito difícil.

Los autores consagrados van a hacer sus presentaciones a un circuito de librerías muy cerrado.

B.: Alguna vez hemos intentado traer a algún autor por intereses personales y… «Bueno, pues se lo digo a la editorial a ver si lo cuadran en la agenda», pero todo se termina diluyendo. Pero con lo que ha llegado estamos muy contentos.

J.: Sí, la verdad es que sí. Al final ya acaba convirtiéndose en una especie de rueda y todo es más sencillo porque también sabes a qué puertas llamar y tienes otros recursos.

Y un autor sirve para tirar del otro. Ahora que ha venido Marta Sanz imagino que a otro autor de Anagrama le tirará más.

B.: Sí, eso lo miran mucho. De hecho, este último año te dicen: «Uy, pero si es que este año habéis tenido ahí a…» como diciendo «a unos peces gordos» o algo así. Sí, es verdad que vino Marta Sanz, Javier Azpeitia, etc. En un mes vinieron dos o tres así grandecitos.

Y nadie vinculado con el barrio, además.

B.: Marta sí me parece que tiene vínculo con Vallecas. Creo que su padre vivió en Vallecas o algo así y conoce el barrio. Lo cierto es que mucha gente tiene algún vínculo con Vallecas, si no es un amigo es otra cosa, porque hablamos con la gente y nos dice: «Ah, pues es que yo venía aquí de pequeña» o «Yo tengo un amigo que vive aquí a la vuelta de la esquina».

Decís algo así como que «si lleva el sello de Vallecas ya es prácticamente nuestro y lo aceptamos».

B.: Vallecas es un barrio que tiene muchísima identidad. Tú pones en una agenda «Vallecas» abajo y la gente quiere la agenda. Y a nosotros nos parece que todo lo que sea darle vida al barrio y a la gente de aquí es fundamental, por todo lo que recibimos nosotros de ellos. De hecho, tenemos ahí un pequeño rinconcito para los libros sobre Vallecas o publicados por gente de Vallecas. Para nosotros el barrio es importante, hay un sentimiento identitario que quizá en otros de Madrid  no lo he vivido tan fuerte.

Vuestro catálogo decís que es generalista, pero en las publicaciones o ensayo político no escondéis de qué pie cojeáis.

B.: Sí, hay cosas que no entran y hay otros que sí que están y además los exponemos clarísimamente. De hecho, cuando vienen los comerciales con el nuevo libro del papa les decimos que no. Les damos una lista de lo que no queremos en esta librería: ni papado, ni fútbol, ni monarquía, ni derecha.

J.: Al final tienes que tener tu propia identidad de alguna manera y esas pequeñas cosas… Además es una licencia que resulta perfectamente permisible porque no le estás haciendo daño a nadie tampoco.

Si quieres un libro de Pío Moa tienes la opción de ir a comprarlo a otro sitio, ¿no?

J.: Sí, o lo pides e igual se te trae. Alguna Biblia sí que ha caído, como hay colegios… Y también algún Corán hemos vendido. Ten en cuenta que hay mucha población musulmana y nos dicen: «Oye, pues tráeme un Corán en castellano». Igual tres desde que hemos abierto, tampoco es que sea muy significativo, pero tiene su gracia.

Es decir, que también recibís encargos y tratáis de aprovisionar.

J.: Claro, ten en cuenta que el espacio que tienes es limitado y, en nuestro caso, encima teniendo la editorial, hay cajas por todos lados con diferentes historias y no puedes tener tampoco un fondo muy amplio. La idea es esa: tú tienes un número de libros que te parecen a ti imprescindibles, más las novedades y luego traes lo que te piden.

Te lo pregunto sobre todo porque ahora mismo con Amazon, un sitio en el que puedes comprar un libro y tenerlo de inmediato en tu casa sin moverte, el aprovisionamiento es fundamental para vosotros.

J.: A mí me da la impresión de que Amazon le hace más daño a sitios grandes tipo FNAC y todo eso que a un sitio pequeño. Al final un sitio pequeño tiene que ser un sitio de encuentro y debes crear un espacio y un vínculo con el barrio donde el comprador es diferente. Igual me equivoco pero yo lo veo así.

Últimamente mencionar a Amazon en el sector editorial es poco menos que mentar al demonio.

J.: Bajo mi punto de vista el libro electrónico es el típico electrodoméstico que es la novedad y entonces la gente a la que le gusta mucho la tecnología, léase la gente que quiere tener el último móvil y demás, lo compra pero luego tampoco le hacen tanto caso. Por ejemplo, tenemos aquí clientes a los que se lo regalaron en su momento y leen bastante, pero luego siempre vuelven al libro de papel. Yo qué sé, creo que ahora mismo está limitado y creo que se va a quedar así. No te digo que sea una anécdota, pero bueno.

La Esquina del Zorro para JD 2

En la editorial tampoco tenéis ebooks, ¿verdad?

J.: No, porque lo que teníamos en mente al crearla, tratando de músicos, era coger un poco el rollo romántico que tenían antes los discos, que ahora ya no se venden. Un libro lo puedes tener fotocopiado pero ¿qué interés tiene? Haces una tirada más pequeña o más grande según sea el caso, pero la idea es que la gente que lo quiera lo tenga impreso porque a mí es lo que me gustaría como fan o como seguidor de alguien.

¿En qué habéis tenido que transigir vosotros? 

J.: Pues por ejemplo cuando salió lo de las Cincuenta sombras de Grey, que de hecho yo me lo llevé para empezar a leérmelo y buf, ¡madre mía!, eso no es recomendable a ningún nivel, pero luego la gente lo pedía y ponerle vetos a eso pues…

¿También es cultura popular?

J.: Sí, está claro. Va de boca en boca y al final es el fenómeno que hay que tener. Lo que sí veo negativo, en cambio, es meter cosas que ideológicamente no compartes y que te parece que no son muy beneficiosas.

No se va a dar el caso de que vendáis algo con lo que no comulgáis.

J.: Sí hombre, se puede dar el caso, pero la idea es no hacerlo si no es un caso muy especial. La pequeña libertad que tenemos hoy en día los ciudadanos es poder elegir esas pequeñas cosas. Yo qué sé, en la vida vendería un libro de Jiménez Losantos, tampoco lo recomendaría y muy difícilmente se lo traería a alguien, porque pienso que le estoy haciendo mal. Hay gente para todo, pero creo que a los ciudadanos solo nos quedan esos pequeños espacios o decisiones de libertad, como las quieras llamar, y si puedes elegir lo que vendes y lo que no…

Vivís en Vallecas pero, ¿sois de Vallecas?

J.: No, además nacimos los dos muy cerquita uno del otro, por la zona de Cuatro Caminos, pero sí que muchas horas de ocio las hemos pasado aquí. Y luego conocíamos a mucha gente del barrio y al final todos elegimos el lugar donde nos gustaría ir a vivir.

Lo pregunto porque todas las librerías que están surgiendo ahora y en los últimos años remiten a las librerías de barrio de la infancia a las que ibas, pedías un libro aunque te tardaran tres días y tu consumo cultural estaba condicionado por lo que tenían y por lo que te traían.

J.: Sí, y que el trato con la gente fuera de otra manera: el poder recomendar, el abrir un lugar de encuentro. Yo creo que las librerías tienen que ser un local de encuentro donde se programen actividades culturales y abran otro foco, si quieres llamarlo así. En este barrio hay bastantes cosas, en ese sentido no nos podemos quejar. Pero sí, esa era la idea, salir de lo que era la papelería de siempre.

Pero además, al ser una librería tan particular, en la que organizáis eventos culturales y estáis especializados en música, en rock y en política, ¿no viene gente de otros distritos de la ciudad? Porque nos contó Juan Salvador López, de Estudio en Escarlata, que está en Chamberí, que cuando programa eventos se acercan allí personas de otras zonas.

J.: Sí, sí. Cuando se hacen eventos y vienen autores o músicos claro que arrastran a gentes de otros lados. Y luego también se nota mucho en que hay gente incluso de otras ciudades que buscan un poco el «¿Dónde se habla de mi historia?» y te preguntan «Oye, ¿puedo hacer aquí algo?». Pues claro. En ese sentido sí que hay movimiento desde otras partes de la ciudad.

Por lo que veo también tenéis novela gráfica y cómic. ¿Habéis notado mayor interés en los jóvenes estos años?

J.: Eso le interesa a un público más de nuestra edad y quizá a alguien que quiere hacer un regalo y se decanta por eso, pero en general casi todo el mundo que se acerca al cómic o a la novela gráfica es de nuestra edad.

El gran reto: ¿la juventud viene?

B.: Hasta los doce años o así sí que leen. Además vienen ellos e incluso ya se enteran por sí mismos de cuáles son las novedades. A partir de esa edad, buf, ya caen, y creo que tenemos tres lectores de dieciséis años o por ahí. Muy poquitos, caen muchísimo.

J.: Pero bueno, yo entiendo que es una cosa lógica. Recuerdo cuando yo estaba en el colegio con esa edad y había un montón de chavales que no leían. Sentías que te estaban obligando a leer cosas que a ti no te interesaban. Al final la lectura te engancha porque encuentras algo que te hace decir «qué pasada», pero tienes que dar tú el paso a nivel personal. No sé ahora, pero antes la educación era un poco complicada en ese sentido, bajo mi punto de vista, y ha habido una época en la que muchos no leíamos, Yo, por ejemplo, lo único que hacía era escuchar música, y la música es cultura. No hemos sido todos burros ni mucho menos, e igual hemos estado muchos años solo con la música y nos entraban las cosas por esa vía.

Y también muchos años explicando los grandes prebostes eso no era cultura. Ahora decimos que sí y no pasa nada. Durante mucho tiempo a la música popular y al cómic era imposible verlos dentro de la esfera cultural.

J.: ¿A que sí? Totalmente.

Por eso os preguntábamos por los jóvenes, porque ellos ya han crecido con el cómic completamente incorporado al mundo de la cultura.

B.: Sí, eso sí que es verdad. Aunque bueno, son muy de manga. Los chavales que vienen de más de doce años buscan manga.

O los libros de youtubers. ¿O no tenéis?

B.: Libros de youtubers también.

J.: Sí, los tenemos. ¿Un tal el Rubius te suena? [ríe] 

Nos fascina.

J.: Es la leche, ¿eh?

B.: Pero solo tenemos el de el Rubius porque el otro youtuber que vimos en la Feria del Libro no sabíamos ni quién era. Es un fenómeno extraño, yo no sé lo que ese escribe ni le he visto en YouTube. El otro día dije por curiosidad: «Voy a verme un vídeo», pero es que solo verle la cara me dio una pereza… Pero me sorprendió cuando el Rubius sacó el nuevo: los críos vinieron dos días antes a decirme que el miércoles salía el nuevo del Rubius y «tiene una carpeta y una agenda y yo quiero…». Se lo sabían y sabían lo que costaba. Pues si de repente vienen unos niños que antes no venían a por libros del Rubius, quizá de esos diez dos van a leer más cosas.

Además tendemos a homogeneizar mucho cuando hablamos de youtubers y los hay tóxicos, horribles y social e ideológicamente deleznables, pero también hay otros que son geniales y otros que ni siquiera hacen daño a nadie. Hay que saber diferenciar. ¿A quién hace daño el Rubius?

J.: Yo no le conozco, pero eso lo que demuestra es que internet sí que llega y que al final termina siendo un medio de comunicación, porque hay gente que aún se resiste a esa idea pero fíjate, la gente de esa edad ya lo tiene como tal.

Es que resistirse en 2016 a que internet sea un medio de comunicación…

B.: En Planeta los libros que son de youtubers ya los editan con el logotipo de YouTube detrás.

Pero tampoco esto es nuevo, es como el antiguo logo de «anunciado en TV», lo único que pasa es que ahora YouTube ha sustituido a lo que en nuestra generación era la tele.

B.: Claro. Es que es el poder del medio audiovisual es innegable, tanto internet como la televisión. Porque ahora ¿qué periodista de telediario no ha escrito una novela? o ¿qué película de Disney no tiene su ristra de libros y merchandising? De librería, no solo de las toallas de la playa. Sale Dory y tiene como quince o veinte productos de librería. El medio audiovisual tiene un poder que es innegable y creo que eso está bien, lo que hay es que aprender a usarlo. Si quitamos todo eso la librería estaría vacía, vale que no entre el papado y la monarquía pero si quitamos esto… [risas].

La Esquina del Zorro para JD 3

Durante el Día del Libro, Bego, dijiste que te parecían muy aburridas las iniciativas institucionales. ¿Crees que en general las políticas de fomento de la lectura o los aniversarios como el de Cervantes son útiles?

B.: Hay cosas y cosas. Es verdad que La Noche de los Libros ya lleva un par de años que se lo están currando mucho. Aunque bueno, lo que están es aglutinando las actividades que promueven las librerías. Pero es verdad que con La Noche de los Libros se están poniendo las pilas y la iniciativa parece que va bien y además van mejorando. Pero en general desde el mundo institucional es todo un poco sosito. Si comparamos el año Shakespeare con el año Cervantes… Es que lo del año de Shakespeare ha sido una pasada, y aquí todos los años leer el Quijote en BUP uno tras otro y lectura continuada del Quijote por mucha gente. Pues bueno, está bien pero…

Ya no es noticia ni quién lo lee.

B.: Claro, es noticia el primero y luego ya pasa la ciudadanía a leer. Vaya, que en general todo lo que se hace por el fomento de la lectura, ya desde la propia denominación, que ya echa bastante para atrás… Además  yo creo que lleva la carga detrás de que quien fomenta la lectura es un profesor o alguien por el estilo, cuando tendría que ser algo mucho más creativo y mucho menos evidente: fomentar la lectura sin querer fomentar la lectura. No se trata de la gente lea mucho, sino de que aprenda a leer y que aunque solo hayas leído un libro en tu vida, que ese libro haya hecho mella en ti. Hay gente que lee cien libros y es como quien lleva en la mano un ladrillo, que no le cala. Cuando hablan del fomento de la lectura parece que se refieren a la cantidad y no; es el cómo, la calidad. Es ver qué hacen los niños o los adultos con esa lectura luego. ¿Qué hacemos con eso que hemos leído? Parece que hay que leer, hay que leer, hay que leer… Y creo que no se trata de decir «hay que leer», sino que hay que demostrar cómo se disfruta con la lectura.

J.: Claro. Por ejemplo, aquí hay muchos colegios y vienen los chavales «oye, que me han mandado esto», y suelen ser siempre los mismos libros. Yo solo recuerdo ahora mismo a un profesor que viene y se preocupa de preguntarnos «¿de literatura juvenil para estas edades qué hay así más o menos interesante y de qué trata?». Y él se preocupa y lo lee.

J.: Las lecturas que están haciendo ahora son las de siempre. Ya os las podéis imaginar: El sí de las niñas

B.: Tres sombreros de copa… Y bueno, hay lecturas de esas que incluso para esa edad están muy bien.

Como libreros ¿qué recomendaríais vosotros a los chavales de instituto o finales de la ESO, en un plan de educación en la clase de Lengua y Literatura Española? ¿Cuáles son los libros que podrían hacer que lo cojan y digan: «Pues esto de leer mola»?

B.: Pues para empezar yo no leería solo en la clase de Lengua. Creo que tendrían que leer en la clase de Matemáticas, en la clase de Historia… En la clase de Lengua e Historia es bastante fácil recomendar, y  un profesor de Matemáticas puede encontrar literatura en la que la matemática está de fondo y la puedes leer en esa clave. Si no, solo lees en clase de Lengua y Literatura. Si vas a clase de Historia y para explicarte la Segunda Guerra Mundial te dicen: «Vamos a leernos El festín de la muerte y no estudiamos la asignatura», te lees ese libro y dices «pues mira tú, qué fácil de entender es la Segunda Guerra Mundial», y cosas así. Se trata más de sacarlo de la asignatura, aunque es verdad que en Literatura tienes que leer y si les quieres enseñar qué es el Romanticismo tendrán que leer algún fragmento o incluso una novela, pero yo creo que lo suyo es decirles que la literatura sirve para otras cosas. Puedes estar hablando de matemáticas y de física leyendo una novela. Puedes estar hablando de historia y aprender de historia leyendo una novela.

Casi habría que decir de cuál de las disciplinas no podrías estar aprendiendo mientras lees. Hay para todos.

B.: Claro, incluso los de Religión podrían hacerlo también. Incluso de Educación Física… Una misma novela se puede utilizar para muchas cosas y leerla con muchas claves de lectura. Hay rollos matemáticos detrás de Alicia en el país de las maravillas y un profesor de Matemáticas podría leer fragmentos o animar a leer Alicia y descubrirles la cantidad de cosas que hay con referencia a las matemáticas. Sería una forma diferente de plantearlo, y creo que es lo que sorprendería a un chaval. «Anda, si esto no es el típico rollo que me mandan y tengo que aprenderme el personaje y quién lo escribió y cuándo…». No, de repente está leyendo esto y hay cosas de matemáticas ahí detrás. Pero oye, de todos modos los profes lo hacen muy bien y hay muchísimos que se lo curran.

Sí, sin duda. La pregunta se refiere más a planes educativos, porque individualmente siempre hay profesores que se preocupan y se esfuerzan.

B.: ¿Por qué los planes educativos son así, además, habiendo gente de la comunidad educativa metida? Eso es una incógnita. Yo trabajé haciendo libros de texto. Las editoriales de las que me fui eran de libros de texto. Y es que me parece aberrante y difícil de comprender que habiendo tanta gente en la comunidad educativa con tantas ideas brillantes, ¿por qué luego todo termina derivando en un currículo que no entiende nadie? En la editorial hay antiguos profesores y cuando se trabaja con el currículo nadie entiende nada. Los mismos profesores no entienden por qué se montan así los currículos. Entonces te preguntas por qué hemos acabado en esto si aquí hay gente que sabe hacerlo. No hay quien lo coja.

Habrá un tapón en alguna parte del proceso.

B.: Sí, no sé a qué atiende. Sí que es verdad que hay políticos que echan un poquito de ingrediente y de sal al asunto, y entonces puede ir derivando en cosas, pero en líneas generales no sé por qué se termina desvirtuando tanto. Eso es un misterio y da para un debate largo.

J.: Además de que a los profesores les han castigado tanto que ahora tampoco les puedes pedir encima que le metan dos horas de trabajo más al día, o lo que sea, para preocuparse por tantos detalles. Que sí que deberían, pero después de toda la que ha estado cayendo, imaginaos. Yo entiendo hasta que estén desanimados muchas veces.

La Esquina del Zorro para JD 5

Me gustaría saber con qué apoyos habéis contado o si os habéis sentido respaldados al abrir una librería desde cero, nueva y en una zona en la que no había.

B.: Es muy complicado.

J.: Y además te hacen pagar por todo, como a cualquiera que quiera abrir algo, me imagino. Y luego es la leche, porque cuando te piden algo desde las bibliotecas públicas tardan en pagarte la de Dios por mucho que se les llene la boca diciendo «no, ahora tienen que pagarte a tantos días». No. Anda que no hemos estado, este año no tanto pero sí el anterior, haciendo llamadas. No entienden que a lo mejor para mí seis mil euros menos significan que puedo tener que cerrar, yo no soy El Corte Inglés, obviamente. Y te dicen: «Intentaremos hacer un esfuerzo, a ver si en agosto». Y al final tienes que estar discutiendo un montón.

¿Cuánto tiempo pasa desde que decidís montar la librería hasta que se abre la puerta?

B.: Pues como cuatro meses, me parece.

J.: ¿Tanto? Bueno, lo hablamos unas Navidades, es verdad.

B.: Al principio teníamos un socio y yo creo que las primeras cervezas con Paco fueron en diciembre.

Los peores planes y las cañas, un clásico.

B.: [Ríe] Sí, debió de ser a comienzos de diciembre, porque empezaban ya las vacaciones de Navidad y le dijimos a Paco «pues a la vuelta nos ponemos» y el 1 de abril ya estaba la puerta abierta. Fue como si te dijeran «abre la puerta», pero la tienes que abrir a empujones y venga a empujar hasta que consigues hacerlo todo. Y mira que nosotros en cierto modo, por amistades y contactos, algunos trámites los hicimos fácilmente.

J.: No sé si os acordáis, pero fue una época en la que Gallardón había metido, no sé si por ley, un rollo de que si te querías abrir algo tenías que pedir la licencia a empresas privadas y pagarles. Yo me encontré a una compañera del colegio de cuando era más pequeño y una mano nos echó en el sentido de agilizar las cosas.

B.: Y te sientes más respaldado a la hora de hacer esto con una persona a la que conoces que cuando no la conoces. Aunque solo sea por eso… Y bueno, Paco también tenía contactos con los proveedores y como venimos del mundo editorial y todo eso pudimos tener una milésima de ayuda, pero lo que viene a ser con la Administración…

J.: Fue todo complicadísimo, porque no te dan ninguna facilidad. Luego te sientes mal cuando ves en la tele o en la prensa que se dedican a decir que cualquier persona que quiera abrir un negocio lo tiene en poco más que una semana. ¡Los cojones!

No sé lo que costarán las campañas de fomento de la lectura, pero la lectura se fomenta también ayudando a la apertura de negocios de este tipo.

B.: En Francia, por ejemplo, y en Europa en general, hay una cantidad de ayudas para el que quiera montar una librería… y aquí no. Así somos.

J.: Y luego para ciertas cosas tienes que estar en el gremio de libreros si quieres ir a la Feria del Libro. Aunque eso es libre, nosotros no estamos.

Pero habéis estado en la Feria.

J.: Sí, pero como editorial.

B.: Han ido nuestros autores a firmar a una caseta pero nosotros no tenemos caseta.

J.: Hemos estado dos veces: la primera fue en una librería de las que trabajaba con nosotros, es decir, un punto de venta.

B.: La Marabunta, que cerró hace un año.

J.: Y este año hemos ido donde la FAL [Fundación Anselmo Lorenzo] que es una fundación donde también pueden ir editoriales.

B.: De la CNT.

J.: Fueron con sus autores, pero aparte complementaron su catálogo con otra gente y perfecto, porque llevamos a nuestros autores y listo. Si lo piensas es un rollo para sacar dinero. Joder, estás viendo que hay unos escritores que alucinas y no tienen a nadie y luego la gente de la tele o los youtubers sí. Está más enfocado a vender.

Hay librerías y editoriales que casi con lo que venden en la Feria ya tienen casi tres o cuatro meses ventilados. Y es verdad que es muy difícil conseguir una caseta…

B.: A nosotros es que ya por lo pronto los grandes libreros no nos gustan y no nos queremos agremiar.

¿No?

B.: Estas son mis cabezonerías y luego les arrastro a ellos [risas]. Partiendo de la base de que no estoy muy de acuerdo en cómo se gestiona el gremio de libreros, de que no quiero formar parte de él y que para ir a la Feria del Libro como librería que yo sepa no puedes ir si no estás agremiado… Como editorial o fundación sí, porque ahí no tienes que estar en el gremio, pero como librero sí. Y luego es que somos dos y para repartirnos el trabajo durante diecisiete días…

J.: Hay que coger a alguien que te sirva de apoyo.

B.: Pero entonces me imagino que será lo comido por lo servido. Yo creo que si no estuviese el gremio de por medio, si no hubiese tanta mafia por ahí y sobre todo si fuese más corta y con otro talante sí que me animaría, pero  es que diecisiete días son una barbaridad. Cuando luego preguntas a los otros libreros y editoriales la mayoría de las veces entre semana los pobres están a dos velas.

Pasando calor en la caseta.

B.: Pasando calor, viendo pasar las horas… Pues a lo mejor habría que hacer tres fines de semana o concentrarlo en una semana, porque también es cierto que somos así y que si te dicen diecisiete días, vas el primero y el último. El primero por la emoción y el último porque no llegas y el resto de días pues va algún loco. Si lo haces en nueve días, hay siete de gente mirando al techo. No sé por qué lo plantean tan largo. Por otra parte, está claro que hay que vender porque si no el negocio no andaría y no comeríamos. Yo no estoy en contra de las ventas, evidentemente, pero sí que hay veces en las que es demasiado excesivo el mercantilismo de la Feria. Entiendo que hay que vender pero a veces es muy exagerado. Es cierto que hacen algunas actividades aparte de lo de las firmas, pero en el fondo es una feria únicamente de venta. Cuando hemos ido a otras ferias más pequeñitas con la editorial se nota, porque también se va a vender, vale, pero ya hay un acercamiento directo con el lector. El que viene es el lector, ya no tanto el consumidor. Se hacen más eventos para fomentar todo eso y da otro aspecto. Aunque al final todos vamos a lo mismo: a vender para comer. No tengo nada en contra porque somos comerciantes.

La Esquina del Zorro para JD 6

Comerciantes de libros, es exactamente eso.

B.: Claro, solo que la de Madrid me parece un poco excesiva.

J.: Además es que hay una competencia muy fuerte. ¿Cómo te comes que aparte de librerías haya distribuidoras que pillan por todos lados, además de fundaciones o editoriales?

B.: Y luego que lo patrocine Bankia, que ya me parece que nos hemos vuelto todos locos.

J.: Sí, este año era de risa lo de las bolsas.

Y tenían un eslogan también que era como… «¿Perdón?».

B.: «Menos comisiones y más libros» [risas].

J.: El Drogas pensaba que eran unas bolsas que habían hecho los de la CNT para joder [risas]. «No, no, Enrique, que son en todos lados así, que las paga Bankia». «¡Joder!». [Risas].

¿Por qué le sacasteis del error? Hay equivocaciones que bien merecen ser ciertas.

J.: Luego es que lo piensas y… ¡encima Bankia!

Por defender un poco la Feria, quizá es cuestión de tamaño. Cuando es tan grande, al final no deja de ser un centro comercial para vender y se pierde la atención sobre el resto de eventos, aunque los hay. En la Feria de Granada, siendo más pequeña y siendo también para vender, era fácil seguir charlas de autores, mesas redondas y demás.

B.: Pero había mucha más actividad alrededor que pudiese justificar más esa parte de venta.

J.: Claro, debería hacerse un espectáculo en torno al libro para que tenga ya de por sí una entidad suficiente que justifique el hecho de que hay que hacer un evento en torno a él.

Eso es más sencillo cuando la Feria del Libro es pequeña.

J.: Sí, es más manejable.

B.: Claro, y si gracias a eso hay muchas librerías que viven todo el año pues olé, de verdad me alegro. Como el chico de Venir a cuento que cierra y está ahí en la Feria porque le merece la pena por todo lo que vende. En ese sentido me alegro un montón por las pequeñas, pero por las grandes no. Que esté allí FNAC y VIPS no me gusta.

J.: A mí me llamó la atención el primer año —no recuerdo si era la Casa del Libro o el VIPS, pero uno de esos era— que veías el planning de firmas que tenían y estaban, creo recordar, Wyoming y un poco antes el Pío Moa o uno de esos, que yo dije joder, ¿pero quién programa esto? No tiene ningún sentido.

B.: El otro día también pasó algo así. No recuerdo quiénes eran, pero era una cosa muy chocante.

J.: Está muy bien que haya sitio para todos pero no sé, entiendo que cada uno tiene que llevar una línea.

Bueno, la línea es vender.

J.: Ya, ¿pero no tienen un criterio, no?

B.: Bueno, este año en la FAL, la caseta en la que hemos estado nosotros, vendían lo suyo y además por un lado estaban las firmas de los de Amargord y por otro estaban las nuestras. Cualquiera diría «¿pero estos cenetistas que se traen a unos roqueros y a unos de filosofía política?».

J.: Pero casa mejor.

A mí no me suena nada marciano.

B.: Pero nadie estaba firmando libros anarquistas. Bueno, iban con uno pero se les calló. Cualquiera podría decir: «¡Anda estos!, qué poco criterio tienen». Al final buscas lo mismo, estás para vender y para que la FAL tenga dinero y pueda pagar la caseta. Ahí sí que lo hemos hecho.

En este caso el rock español de este tipo sí pega. En Estados Unidos no te vas a poner a vender literatura anarcosocialista y colocar firmando a Ted Nugent, porque es un fascista del copón, pero aquí sí es más común la identificación del rock con una ideología de izquierdas.

B.: A los autores les dijimos «vamos a una caseta de la CNT». «¡Estupendo!» «¡Fenomenal!». [Risas].

Estoy viendo que tenéis La banda que escribía torcido, de Libros del KO. Con todo este boom de las pequeñas editoriales ¿cómo lo gestionáis vosotros? ¿Les dais más apoyo?

J.: Sí. Ya sabéis que vivimos en un país en el que se publica un montón, pero estas editoriales editan de la leche, hay una diferencia que alucinas. Blackie Books, Libros del KO… hay un montón de editoriales que están haciendo cosas muy chulas y muy interesantes.

De hecho ellos decían que el salto más grande y más duro ha sido entrar en las librerías. Ahora están mucho más asentados y la gente más o menos lectora ya les conoce, pero hace unos años…

J.: Es que joder, parece que no pero es un currazo que tela marinera. Y no en todas las distribuidoras te admiten al principio porque tienes que tener un número de publicaciones o lo que sea. Vete a saber tú los criterios. Cuesta. Pero vamos, yo creo que están haciendo una labor alucinante, son cosas superchulas y tenemos que salir un poco del sota, caballo y rey, porque además justamente vivimos en un momento en el que Planeta, por ejemplo, que son supuestamente una gran casa de cultura, termina publicando que si a Belén Esteban, que si tal… Les dan dinero y nadie dice que sea malo, pero quizá están descuidando otro tipo de literatura. Ojalá existieran muchas más, pero es complicado.

J.: El otro día estuvimos en una feria que hacían en el Matadero. ¿Os acordáis? Poetas se llamaba. La hace la gente de Arrebato Libros y claro, ahí eran todas chiquititas. Hablando con una de al lado me decía que deberíamos unirnos, desde la fabricación: nos juntamos todos y vamos a una imprenta, y como vas a tener un número de publicaciones y un número de impresiones, negociamos el precio. También nos distribuimos nosotros de alguna manera y luego ya tienes unos puntos de venta.

La Esquina del Zorro para JD 7

Eso es lo que han hecho los de la Editorial Contexto. ¿Son un caso aislado o un precedente?

J.: Eso llegará porque el mundo del libro se está transformando.

El fenómeno asociativo está llegando incluso a las librerías.

B.: Claro, un poco lo que han hecho La Conspiración de la Pólvora, que se aliaron la librería Letras Corsarias de Salamanca, Intempestivos de Segovia y La Puerta de Tannhauser de Plasencia. Ellos lo hacen para mover el tema de las presentaciones. Decían que es muy complicado pedirle a un grupo editorial que le trajese a los autores porque claro, estás en Segovia, en Salamanca, en Plasencia… Así que se han unido y además les han dicho: «Mira, la ruta es superfácil. Hay una carretera que une las tres ciudades», y entonces programan y coordinan las presentaciones. Por ejemplo, consiguen a Millás y piden tres fechas seguidas, una en cada librería. Así, hacer fuerza a la hora de conseguir estas cosas es mucho más fácil. Intempestivos, que están en Segovia, lo tenían mejor porque a la gente de Madrid le pilla cerca, pero la que está en Salamanca o Plasencia… Son los últimos monos y allí nadie quería ir. Porque claro, que venga el autor cuesta dinero, pero con la asociación se han organizado de una manera que les permite hacer fuerza y da resultado.

A estos sitios no van ni los editores. Nos contaba Diego Moreno, de Nórdica, que fue a Badajoz y el librero le dijo que era la primera vez que un editor iba allí a hablar con ellos, que en veinticinco años no había ido un editor nunca. Un autor ya no te digo.

J.: ¿Sí?

B.: A no ser que estés en Bilbao, Barcelona, Valencia o las ciudades más grandes, en las localidades de la periferia tiene que ser desesperante.

Imagínate una librería de fantasía y ciencia ficción en una pedanía de Soria…

J.: [Risas]. Bueno, a lo mejor luego te va genial, quién sabe.

B.: Hombre, cuanto más específico es el tema que coges, mejor. Incluso una rama de la ciencia ficción y solo esa, pero resulta que eres eres superespecialista, y al final terminas atrayendo a los equis frikis que están interesados en tu tema, y esos van a ser clientes fieles aunque estés en la Conchinchina, porque te los van a pedir por correo o por internet o lo que sea. Cuando es algo muy, muy, muy específico, que hasta puede parecer una locura, en el fondo no es tan locura porque generalmente esos públicos suelen ser muy fieles y van buscando todo lo que salga.

Cuando se entra en el debate de los problemas del sector todos coincidís, más o menos, en cuáles son los riesgos y dificultades que se afrontan. Hay un problema muy claro y es que en España se lee poquísimo, se edita una barbaridad y el nicho de lectores no disminuye, que es una buena noticia, pero tampoco crece. Vender mil quinientos ejemplares con una tirada es un éxito, pero esa cifra, en un país de cuarenta y seis millones de habitantes, en fin. Vosotros como editores ¿sentís también que se está sobreproduciendo?

B.: Sí. Yo tengo clarísimo que se sobreproduce y de hecho tenemos nuestros conflictos a la hora de marcar la tirada [ríe]. Este último, que sale mañana [Cuatro estaciones hacia la locura], han sido dos mil. Es el de Evaristo, la segunda parte del anterior. Lo adaptamos según el autor, porque el de Kutxi Romero fueron tres mil pero por ejemplo, el de Maraví han sido trescientos. El primer año tiramos como locos…

Cometisteis el error del principiante de tirar de más.

J.: Sí. Del primero tiramos mil y hala, luego al final te los comes, pero bueno.

¿Cuántas cajas tenéis muertas de risa?

B.: Infinitas. Pues todas menos una, yo creo [risas]. Lo que hicimos con ese libro, una vez que vimos lo que pasaba, fue utilizarlo mucho como regalo o para hacer promoción. Con un libro que poco más se va a vender, antes de tenerlo ahí…

J.: Bueno, saldrá uno nuevo para septiembre e igual tira un poco del anterior.

B.: Sí. Pero luego hemos sabido ir ajustando las tiradas porque a mí me da mucha rabia que se queden ahí.

J.: Ese es el problema. Con el tiempo aprendes y también dices: bueno, vamos a imprimir aquí que nos da otras facilidades o es más económico o lo que sea.

B.: Nosotros no podemos editar tanto y, además, con la librería es complicado. Por ejemplo, Periférica nos mandó ayer el catálogo de los cien primeros títulos. En diez años han sacado cien títulos, o sea que son diez al año para una editorial mediana, quince como mucho, y no publican más. Creo que si quieres cuidar el producto no te puedes permitir mucho más y no da tiempo. Si sacas uno y la siguiente semana estás con otro, ¿qué haces?, pues estás menospreciando el anterior, porque si ya estás con la siguiente novedad a este no le has dado vida. Yo creo que hay una sobreproducción, pero qué vas a decirle al autor, ¿que no escriba tanto?

J.: Y luego está la autopublicación, que eso no lo hemos hablado. Es una pasada porque ves que todavía les parece la leche estar publicando sus cosas y eso sí que es amor a los libros. Porque al final todo el mundo tiene derecho. Aprecian tener sus letras impresas. Y por todos los lados venga libros, venga libros…

B.: Y toda esta gente de la autoedición está copando las plataformas como Amazon, etc., y claro, tú vas a Amazon y te resulta sugerente un libro… Muchísimo de eso lo está copando la autoedición.

J.: Bubok, por ejemplo.

B.: Como se llega a esto a través de internet pues no tienes mucho criterio para poder elegir, porque la información que te viene ahí es mínima. Al final la elección se centra en que la cubierta te guste y en que el título te resulte sugerente. Entonces claro, hay mucha producción ahí que se está sumando a la preexistente, que ya era mucha. Pero no le vas a decir a alguien que no edite su libro.

Al final el problema es que las cifras no cuadran porque es un bombardeo enorme para un público pequeñísimo. Es lo que nos decían en Valdemar, que el mercado editorial se sostiene porque todos compramos libros por encima de nuestras posibilidades. Compramos libros que no tenemos tiempo de leer porque invertimos en una expectativa.

J.: Eso pensarán: «Cuando tenga tiempo, cuando me jubile».

B.: La falta de tiempo es el mayor problema. Aunque es verdad que en Europa se publican menos títulos y se leen más.

J.: También tienen otra percepción. Mira cuando estuvimos en Sicilia, que publican en bolsillo muchas novedades, con tapa blanda y mucho más económico. Y estamos hablando de que aquí nos gastamos veinte euros así porque sí.

Siempre se habla del precio de los libros…

B.: Claro, es que te sacan la novedad de Dan Brown en tapa blanda y te lo cobran a veintidós euros y se quedan tan panchos. Y el precio de los libros en Polonia es una barbaridad; una novedad cuesta ocho euros y son libros bien encuadernados. Y en Italia igual; lo vimos el año pasado en Sicilia. Y están bien editados y son más económicos, que ese también es uno de los problemas fundamentales. Desde que hemos abierto, lo hemos oído muchas veces, sobre todo en este barrio donde ha habido y hay mucho problema de paro. Aquí hay gente que quiere leer y no puede permitirse comprar libros.

La Esquina del Zorro para JD 8

Nos hemos fijado también que tenéis los de segunda mano en la puerta. Combinación de librería de viejo y librería tradicional.

J.: Si te das cuenta, es un pequeño reclamo; tienes ahí eso y dentro también hay. Es muy poquito, la verdad que es anecdótico, pero es suficiente para que la gente se pare y se pueda llevar un libro.

B.: Esta mañana mismo ha venido una señora y se ha podido llevar tres libros para su hijo porque había ahí unos de El Barco de Vapor por dos euros y a lo mejor de otra manera no se los habría podido llevar. Y los nuevos de El Barco de Vapor ya son ocho euros cada libro. Aquí ese problema sí que existe. La gente te lo dice, aquí no se corta nadie: «Cómo me gustaría, pero no puedo» o «vengo el día 10 que es cuando cobro». Es que es muy triste. Tú claro, tampoco puedes decirle: «Venga, te lo dejo a diez euros», porque no puedes regatear. Nosotros con la editorial sí que quisimos ajustar para que no hubiese nadie que dijese: «Ay Dios mío, no puedo».

¿A cuánto los estáis vendiendo?

J.: Te diría que a una media de trece euros pero luego los hay a doce y alguno a diez.

Son baratos en comparación con el sector.

B.: Claro, es que si no lo fuesen mucha gente no los compraría. Luego ya no sé si los leen o no, pero de otra manera no se acercarían al libro por el problema económico. Hablábamos antes del fomento de la lectura, pues ya podrían hablar con determinadas editoriales que sabemos que pueden bajar los precios. Y yo no me meto en sus economías y contabilidades, pero no me puedo creer que una gran editorial tenga que sacar su novedad a veintidós euros.

En una pequeña sí es lógico, además ellos te lo explican muy claramente: son caros pero porque no pueden bajarlos. Ves la calidad del papel, lo cuidados que están… y esa edición y esa tapa cuestan dinero.

B.: Y este libro es muy barato para lo bien editado que está. [Instrumental, de James Rhodes, N. d. R.].

B.: Este me parece que son 19,90 euros. Están bajando y es verdad que está muy ajustado. Es una tapa dura y está bien encuadernado… Mira, voy a dar nombres: Planeta. Sacan alguna novedad que ni siquiera es en tapa dura y en fresado y dices: «Chico, te estás ahorrando lo que no está escrito, ¿cómo lo puedes sacar al mismo precio?». Por eso una de las iniciativas para incentivar la lectura sería bajar el precio de los libros. En el caso de Planeta no les vas a dar subvenciones —además yo no soy partidaria de dar subvenciones—, pero sí facilitar que los editores puedan bajar los precios de los libros para que el consumidor los pueda comprar. Pero claro, eso lo está haciendo la editorial pequeña y mediana de su bolsillo y, sin embargo, en la media del resto de editoriales una novedad cuesta entre dieciocho y veintidós euros, no hay otra cosa. Claro, si tú quieres que la gente lea una media de cuatro o cinco libros al mes, pues dieciocho por cuatro es una barbaridad de dinero. Los directivos de grandes empresas se podrán permitir eso y más, pero gente que está en paro y está cobrando solamente la prestación por desempleo o los sueldos de mierda que existen… ¿te vas a gastar cien euros al mes en libros si estás cobrando quinientos?

Es que es una locura plantearlo.

B.: No salen las cuentas. Y claro, hay mucha gente que no tiene acceso, y aquí está clarísimo porque nos lo dicen.

En esta librería se notan los finales de mes y la disminución de clientes esos días.

B.: Sí, sí. Pero clarísimamente. Y gente que te dice: «Ay porfa, resérvamelo que vengo tal día que es cuando cobro». Es una cosa peliaguda porque yo entiendo que en el precio de un libro hay muchas cosas que pagar y está el sueldo de muchas personas, así que yo también estoy especulando aquí con las finanzas de esta gente [ríe]. Pero sí que entiendo que se pueden recortar costes, y lo sé porque he vivido el mundo el libro de texto desde dentro y sé lo que son los presupuestos y cuánto se gastan las editoriales en determinadas cosas, y también sé lo que luego cuesta el libro.

O sea, que esos padres y madres que se quejan de los precios de los libros tienen toda la razón del mundo, ¿no?

B.: Pues sí, sobre todo porque si una editorial, para hacer una convención, contrata un crucero donde llevar a doscientos empleados, si no se gastara ese dinero en el crucero podría abaratar costes. Lo del crucero es una cosa que me parece indecente e innecesaria; claro que puedes hacer una convención, pero ¿por qué tienes que hacerla en un crucero?

[….]

B.: Y cosas así. No son todas, gracias a Dios. Pero es que el mundo del libro de texto da para otro capítulo. Ahí ha habido unas que son la leche.

Porque además son unas ventas seguras y obligatorias.

B.: Claro, sí. Hay muchísimos niños en este país en edad escolar. Este es un problema gravísimo, pero creo que tiene más que ver con la concienciación de la sociedad.

Ahora están empezando a surgir iniciativas de colectivos de madres y padres que se agrupan para el tema de los libros.

B.: Sí, es verdad que hay un montón de asociaciones que se están uniendo. Aquí en Vallecas empezaron a surgir hace dos años, cuando la gente ya empezó a estar muy muy canina con la economía. La historia no es que se monten asociaciones… Pero, ¿por qué un libro de texto cuesta treinta y seis euros?

Es más, ¿por qué tienes que pagarlos?

J.: Yo creo que eso cambiará y lo veremos nosotros.

Qué optimista.

J.: Seguramente. Tiene que haber una política en serio en educación.

B.: Pues no lo sé, porque en el mundo del libro de texto hay determinados mastodontes y lobbys con los que no vas a poder.

Para terminar, a los libreros siempre se se os suele preguntar por el libro que recomendáis o por el que más se vende, pero como nos parece una brasa, preferimos preguntar qué clásico tenéis atragantado. Un poco por desmitificar los Quijotes, los Rayuelas, los Ulises… No pasa nada por decir «no me lo he acabado y no soy un paleto».

B.: El Ulises.

J.: Yo no entiendo nada.

Creo que hace pleno, nos han dicho el Ulises nueve de cada diez veces.

B.: Y Proust. En Literatura en la universidad nos lo mandaron y no me acabé ni el primer volumen. Yo cada vez que llegaba a la magdalena no podía más, y eso que es la quinta página o así.

La Esquina del Zorro para JD 9

Fotografía: Begoña Rivas


Todo sobre Rato

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Me llama mi editor en Jot Down y se produce esta conversación (me he permitido alguna dramatización):

Tsé ¿por qué no escribes algo sobre la detención de Rato, algo que sea técnico y ameno?

Ya, que no sea como lo último que escribí, eso que no leyó casi nadie.

No quiero decir eso; al contrario, un artículo de ese tipo, pero vamos, algo que no sea solo para juristas.

Ten en cuenta que tardé cuatro meses desde que salió la noticia en poder escribir ese artículo. Sobre lo de ayer no se puede escribir más de lo que ya publiqué en mi blog, que no era gran cosa.

Ah, es que aún no lo he leído.

(PENSAMIENTO DE TSÉ): «Qué bien. Ni mi editor me lee».

Mira, no tenemos datos. Todo dios está especulando de forma salvaje, planteando hipótesis y analizando las consecuencias de las hipótesis que se plantean. No se puede escribir nada serio. Quizás dentro de una semana o en un mes sepamos algo que permita no hacer lo que hace todo el mundo.

Vale. Me parece bien. Quedamos en eso.

Luego, después de colgar, he tenido la sensación de que quizás mi puesto de trabajo peligrase y he pensado que tenía que adaptarme para sobrevivir. Si los demás pueden escribir artículos sobre el asunto, ¡yo no voy a ser menos!

Así que pienso: ¿qué sabemos? La verdad es que no sabemos prácticamente nada. Se ha detenido a Rodrigo Rato, al parecer (digo al parecer porque yo, ver, no he visto ningún documento y el mismo Rato ha dicho que a él no se le ha notificado nada) para efectuar unas diligencias de entrada y registro por delito fiscal, blanqueo de capitales y fraude. Sabemos que lo ha ordenado un juez de instrucción de Madrid. Sabemos, gracias a una periodista de Onda Cero, que esta mañana las cortinas de la casa de Rodrigo Rato no se movían. La misma periodista nos ha informado también, poco después, de que la librería Civitas, que está enfrente de la casa del señor Rato, ha abierto esta mañana (y yo añado algo que es notorio: hoy es día laborable). Estos son los hechos. Al parecer el señor Rato se acogió a la amnistía fiscal del PP, y digo al parecer porque por lo que yo sé nadie lo ha confirmado.

Con esto tengo que hacer un artículo y, como Violante, me pongo a ello con aprensión. Qué hacer, qué hacer, me pregunto, como el compositor de Les Luthiers que tenía que componer un himno; así que echo mano de los expertos. He escuchado a Ignacio Ruiz-Jarabo, antiguo jefe de la AEAT,  preguntarse por las rarezas del caso, ya que, dice, no es normal que Rato haya regularizado solo parte de su patrimonio y no todo él y además el 99,5 % (el experto siempre da porcentajes) de las actuaciones judiciales por delito fiscal se producen como consecuencia de inspecciones y después de largo plazo. Y Carlos Alsina, que le estaba entrevistando, se queda con lo copla de que lo de Rato no es normal y lo repite con tono de «lo he pillado, ajá». Pienso en robarle la idea, cuando caigo en que hasta un escolar sabe que también son raros los asesinos a los que detienen con la pistola humeante y no por eso el policía va a decirse: «uy, qué raro esto, mejor dejo en libertad al presunto asesino, que la estadística hay que tenerla en cuenta». Además, como a Rato le están pidiendo una fianza multimillonaria uno piensa si no habrá intentado regularizar parte por el qué dirán, dejando a salvo lo que él pudiera creer ilocalizable, precisamente para tener su colchoncito si vienen mal dadas con lo de Bankia. No, este experto no me vale.

Ah, escucho al señor Herzog, abogado de UPyD en varios asuntos en los que está siendo investigado el señor Rato, y pongo la oreja, a ver si me permite hacer una faena de aliño. Empieza bien, recordando que efectivamente lo del alzamiento de bienes quizás tenga que ver con que se le han embargado bienes a don Rodrigo para cubrir una fianza de tropecientos millones. La putada es que inmediatamente empieza, en plan parapsicólogo, a mencionar el gesto de Rodrigo Rato cuando le preguntaron por una transferencia en una declaración y considera que todo esto (de lo que no tiene ni idea, como ninguno de nosotros) viene de ahí, y añade que es muy «llamativo» y que «hay que investigar» por qué no es la fiscalía anticorrupción la que se ha encargado de esto. ¡Mierda! El abogado tampoco sabe nada y solo intenta llevar el ascua a la sardina de su partido, ese que planea en dirección vertical, y ve extraño que un fiscal vulgar se ocupe de un asunto que no es competencia de la Audiencia Nacional, sino de un vulgar juez de instrucción de Madrid. Y encima le parece necesario investigarlo, cuando su partido y tantos otros se han dedicado a la demagogia de los aforamientos y a contarnos lo bonito que es que ese juez de pueblo (aunque sea un poblachón manchego) empitone a los poderosos de la casta.

Los expertos no me valen y me voy desesperando. Si soy demagógico, por qué no consultar con los expertos en demagogia y leo que Pablo Iglesias afirma que esto ha sido gracias a que el pueblo se autoconstituyó ayer en Agencia Tributaria y con antorchas asaltó la casa del alcalde de Nottingham, tras autoconstituirse en policía judicial. Con más sutileza (añadan aquí una jetilla) veo que la señora presidenta de la Argentina dice que Rato, detenido por blanqueo, es el que acusaba a los argentinos de corrupción, ja ja, cuando todo el mundo sabe que la prueba principal de que en un país hay pocos corruptos es que no haya detenidos. Por eso Corea del Norte es número uno en transparencia internacional. Estos dos expertos no me sirven, porque, para que no cante tanto, necesito algunos meses para adaptar mi discurso al nuevo tiempo (Verstrynge necesitó décadas), así que busco a algún demagogo más moderado.

Vaya, miro a ver qué ha dicho Pedro Sánchez. Pide la dimisión de Montoro. Por esto, quiero decir. Mi lado racional nuevamente se interpone: si Montoro es culpable porque a instancia de su ministerio se detiene a alguien por delitos que se supone la amnistía fiscal cubría (ya nos dijeron los socialistas y todos los demás que esa era la finalidad de la amnistía), entonces ¿Montoro sería un ministro cojonudo si no se detiene a nadie? O, mejor ¿si la AEAT empura a los treinta mil tipos que se acogieron a la amnistía fiscal esto demostraría que Montoro hizo la amnistía para beneficiarlos a todos? Las cortinas de humo de Montoro me empiezan a parecer tremendamente extravagantes y tengo que admitir que no sé cómo encajarlas en un discurso tramposo para no parecer perfectamente imbécil.

Me desespero. ¿Quizás lo de la mano en la cabeza del guardia? Poca cosa; si todavía le hubiera dado una hostia. ¿Lo de que Rato lo haya negado todo? Para eso necesitaría al teniente Kaffee. Podría hablar de hace once años, cuando Rato dejó el Gobierno, o de Mariano Rubio, pero esto no va a enganchar al público joven de la revista (ni al viejo, para que vamos a mentir).

¿Y lo de la filtración y que hubiese este circo mediático en torno a ese juguete roto dentro de un marco incomparable? Podría ser. Lo malo es que no sabemos quién ha filtrado que Rodrigo Rato ha sido detenido. Como tampoco sabemos quién filtra los sumarios. Y no sé si decir que lo ha filtrado fijo el PP para apuntarse un tanto, o para desviar la atención, o decir que ha sido alguien que quería hacer daño al PP, que buscaba esa fotografía del insigne pepero en foto modo delincuente. Ambas opciones son legítimas en un artículo demagógico como este, pero no sé cuál conviene más. Una agrada a un público, la otra a otro diferente, y soy incapaz de hacer lo de Ónega, que lleva toda la vida diciendo cosas incompatibles entre sí sin perder el trabajo.

Podría tirar por lo grosero y decir que esto es un síntoma blablablá de que esta reforma se ha hecho para que blablablá se apunten a ella la mitad de los tíos del PP como he leído. Lo veo, pero cargando las tintas. ¿Por qué la mitad? ¡Nueve de cada diez es mejor!

Eso: el Gobierno debe dimitir porque nueve de cada diez peperos se ha acogido a la amnistía. Y, si me dicen que no, que me lo demuestren publicando los treinta mil nombres y los nombres de los afiliados al partido para contrastarlo. Venga, a ver si tienen cojones esos corruptos.

Si ha llegado aquí, puede que este artículo le sepa a poco. Mi capacidad fabuladora es limitada. Pero recuerden: ni siquiera es preciso que lo hayan empezado a leer. Basta con que hayan seguido algún enlace para que engorden los ingresos de la revista y mi trabajo no peligre. Y ese era mi objetivo. Así que, qué más da que lo que hayan leído sea una basura sin fundamento. 


Decálogo inútil para afrontar sin garantías el 2014

Foto Wiros Dernholm (CC)
Foto: Wiros Dernholm (CC).

(Los siguientes consejos son insignificantes y no los necesita en absoluto)

1. Ríase con la boca abierta. Reflexione un poco, eche la vista atrás y dígame que no es para reírse: el anuncio de la Lotería, el de Campofrío; el ministro del Interior encomendándose a la Virgen; el ministro de Justicia encomendándose a la Virgen; la ministra de Trabajo encomendándose a la Virgen; los de UGT comiendo gambas y falsificando maletines en China; un señor del PSOE —que estaba presente cuando metían a los animales en el Arca hablando de «renovación»; un político del PP haciéndose fotografías con los cojones de un ciervo en la cabeza; más señores del PP haciéndose fotos brazo en alto (en la clásica posición de «¡taxi!»); eurodiputados votando en contra de volar en turista (¿ven como no es tan difícil lograr el consenso en política?); diputados del PNV y CIU votando junto al PP una ley que permite que los guardias de seguridad de Zara e Intimissimi (o los de Desigual) investiguen altercados callejeros, le registren, le identifiquen y le den dos hostias (si es menester); banderas, banderas y más banderas; gente que se llaman «nazis» los unos a los otros día sí y día también; tertulianos expertos en actividades sísmicas, radiactividad, política, orquestas de verbena, Paquirrín, niños muertos y agricultura agropecuaria; princesas del pueblo; Jorge Javier Vázquez, el sexo oral y el herpes delatador; la voz (?) de Cristobal Montoro; el axioma: «yo no he escrito este tuit, alguien ha hackeado mi cuenta; pido disculpas y despediré inmediatamente al CM»; los papeles (falsos) sobre la violencia doméstica de Toni Cantó; «No pensamos subir la luz»; Ana Mato comprando confeti con el Jaguar de su marido, pensando que era un utilitario; el poni (falso) de Barcenas; los yogures con trozos de fruta; Ana Botella; «No listen the ask»; España.

2. Lea un poco, aunque sean las etiquetas del Súper. Así no comprará más pan Bimbo caducado. Lleve siempre un libro encima: 1) le ayudará a evitar conversaciones indeseadas; 2) le conferirá un aura de intelectual (procure que no sea la biografía de Zapatero); 3) sentirá usted que posee algo; 4) en caso de emergencia siempre puede leerlo.

Huya de los aparatejos electrónicos, cómprese un libro de verdad, aunque sea de bolsillo. Piense que con un libro se puede ligar muchísimo, pero cuidado no vaya a parecer usted un psicópata. Sabe aquello que dicen: «si ligas, te lleva a su casa y no tiene libros, no te lo folles». Bueno, es uno de los consejos más inútiles jamás oídos, cuando alguien que te gusta te mete la lengua en la boca lo último que piensas es «mierda, ¿dónde estará la librería?». Eso sí, cuando acabe usted la faena suelte un: «joder, pues ahora no sabes lo que me apetecería leer un buen libro». Que se den por enterados y en cuanto salgan por la puerta vayan a una librería y gástense cinco euros en libros al peso. Toda ayuda es poca para el sector. Recuerde aquella frase de Cassano, el exfutbolista del Real Madrid, cuando presentó el segundo tomo de su libro de memorias: «Soy el único tipo que ha escrito más libros de los que ha leído».

3. Hable con desconocidos (salte al consejo cuatro si no es mayor de edad). Los desconocidos son una gran fuente de sabiduría, especialmente si uno los conoce en bares a altas horas de la noche. Lleve siempre su bloc de notas, pero tenga en cuenta que si oye a alguien por teléfono a las dos de la mañana diciendo «oye, José, tráeme dos ensaimadas» sepa que probablemente el sujeto no esté llamando a ninguna pastelería sino que esté hablando de DROGA con un TRAFICANTE.

Pagar una ronda es siempre una gran manera de hacer amigos: si no se lo puede permitir es mejor que no lo haga, a menos que tenga una ruta de escape clara y despejada. Huya de su ordenada vida social y métase en líos, haga preguntas incómodas y trate de destacar como sea. Enseñe a esos pardillos cómo se baila el verdadero breakdance, el del Bronx. En general, los colectivos reaccionan muy bien a las excentricidades, así que es bastante probable que se convierta en alguien popular, amado y respetado, como Bimba Bosé o Cayo Lara. Cuando haya alcanzado ese estatus puede abrir un blog, una cuenta de Instagram o de Twitter. Piense que las mujeres sin tabúes, los machos de verdad e iFilosofía son estrellas en ciernes y que si no puede usted ser popular en la vida real siempre le quedarán las redes sociales. Y recuerde: en Twitter puede ser usted el/la desconocido/a más popular del mundo. Y ES GRATIS.

4. Vaya a todas las reuniones de vecinos y haga propuestas absurdas. Por ejemplo, proponga (enfurecido) que un cura vaya rellano por rellano echando agua bendita porque se oyen voces y alguna vez hasta ha escuchado claramente el Ave Satanis de Jerry Goldsmith. Añada —murmurando y con la mirada perdida: «Satán habita en esta comunidad». Mencione en voz muy alta a Iker Jiménez si es necesario. Las reuniones de vecinos son muy aburridas, estamos en 2014 y discutir sobre si se debe (o no) pintar la fachada es un auténtico coñazo. Es su hora de innovar y convertir su edificio en un delirante guirigay. Puede que al principio sus vecinos se lo reprochen pero al final acabarán dándole las gracias. Sepa (historia real) que en los bajos de mi edificio han abierto uno de esos clubes de fumadores de marihuana. Por la tarde, cuando el centro está a pleno rendimiento, la entrada del edificio se llena de una ligera neblina de olor familiar. Cada vez más vecinos se concentran en esa franja horaria en el hall, fingiendo que cogen sus cartas de los buzones. Que si la llave no encaja, que si hay un montón de propaganda, que si ahora no se cierra. Entre pitos y flautas un cuarto de hora aspirando vahos de marihuana. ¿El resultado? Ahora todos nos damos los buenos días y en la última reunión acabamos riéndonos de los putos hippies que van en bicicleta. Hasta el ruso que va peinado como si hubiera acabado de hacer el amor con un puma se rió. Supongo que se imaginaba pasándonos a todos a cuchillo y vendiendo nuestros cadáveres a un traficante de órganos de Sao Paulo. O igual era por lo de los hippies.

5. Si tiene un amigo gilipollas, ahora es el momento de dejarlo. Sí, todos tenemos uno de esos: el listillo, el comediante de medio pelo, el que le guiña el ojo a todo el mundo, el que hace cinco triatlones al mes. En 2014 líbrese de él. Confíeselo, ya no lo soporta más pero es usted buena persona y tiende a sentirse culpable y a mezclar eso con una extraña concepción de la responsabilidad. Por eso aunque no le llamen, sigue usted llamando, organizando cenas y fingiendo que le hace ilusión. Con un sencillo consejo puede usted empezar el año libre de polvo y paja: conviértase en un excéntrico. Cuando quede con su amigo, el gilipollas, háblele de lo mucho que le preocupa el tráfico de escabeche y la bajada cualitativa del semen de los monos de Sumatra. Cuando haya más personas presentes sea más discreto, tráigale una copa y dígale al oído: «Esta noche han entrado en España mil barriles de escabeche. Flipa». Se trata de minar su moral, convertirlo en un paranoico. Cuando él, finalmente, entre al trapo, finja que no sabe de qué le está hablando. Si lo hace usted bien en tres meses se producirá un cambio de roles: de repente el gilipollas será usted y tendrá la sartén por el mango. El poder que le dará su comportamiento errático e imprevisible puede ser encauzado como usted desee: o bien amargando hasta el agotamiento al objeto de su estrategia o bien creando un nuevo mito (el de usted) llevando la gilipollez a nuevas cotas. En este país encontrará mucha competencia, pero basta con perder todo tipo de coherencia, gritar para imponer sus argumentos y mostrarse orgulloso de su ignorancia para hacerse un hueco en la élite de este país. Quién sabe, puede ser que tratando de librarse de ese tipejo/eja que le amarga los días acabe usted pinchando con Paquirrín.

6. Invente excusas originales, mienta con elegancia. La verdad está sobrevalorada, todos lo sabemos. El ejemplo más clásico es cuando alguien a quien no le importamos un pito nos dice «¿cómo estás?». La respuesta de cortesía es «bien, gracias». Lo que deberíamos contestarle es «pues mal, ayer discutí con mi pareja, tenemos problemas de pasta, al niño le han pillado vendiendo heroína en el parque y la niña le ha arrancado los ojos al hámster. ¿Me puedes dejar mil euros?». Y la respuesta auténtica, la verdad: «¿Y a ti qué cojones te importa si no me conoces de nada?».

Sin embargo, mantenemos un nivel de mentira constante que nos impide vivir en plenitud. Por tanto, puestos a hacer trampas, hagámoslo con clase. Cuando lleguemos tarde a una cita de trabajo no busquemos excusas baratas (la imposibilidad de predecir los patrones de tráfico, lo mal que le ha sentado la comida precocinada de Mercadona, las horas de visita del señor del butano), sea valiente, atrévase con algo innovador: «Perdona que haya llegado tarde, el metro ha descarrilado, se ha incendiado y he tenido que sacar a las ochenta personas de los vagones mientras hacía fotos y las ponía en Instagram. Mi abrigo ardía y no podía respirar pero he salvado a mucha gente y soy un héroe». Su vida adquiriría una riqueza narrativa maravillosa y aunque es probable que su pareja le dejara, le despidieran del trabajo y la familia le repudiara y la sociedad le convirtiera en un paria, nadie podría dudar de su innegable talento para mentir y manipular, que al fin y al cabo, son formas abstractas de la verdad.

7. Vea cine en el cine. A menos que tenga una pantalla de ocho mil pulgadas. Entonces puede quedarse en casa.

8. Dedique más horas al sexo. Lo demás es problema suyo. Nada de niños, ni cadáveres, ni animales. Puede usted mantener relaciones sexuales con muebles si así lo desea. Chupe, huela, pellizque, lama y muerda. Y encienda la luz, coño.

9. Vaya a Bankia y pida un préstamo personal de diez millones de euros. Póngase su mejor traje (si no lo tiene, lo alquila), hágase con un maletín y diríjase a la oficina de Bankia más cercana (la reconocerá por los carteles con la cara de Heidi o Marco —hay que ser miserable para venderte algo con esos dos—) y pregunte por el director. Una vez en su despacho diga que necesita pedir un préstamo personal. El director sacará unos documentos y empezará a tomar notas. «Necesito diez millones de euros», le soltará usted. Verá como el hombre (o mujer) sufre un cambio sustancial de actitud. Usted aún no lo sabe pero él está valorando qué clase de persona tiene delante. «¿Para qué lo quiero? Putas y cocaína», añadirá antes de que él/ella tenga tiempo de preguntarle. (Si es usted mujer cambie putas por «gigolós» y «cocaína» por «MDMA» y tan ricamente). A partir de aquí los hechos se precipitarán. Él/ella le pedirá que se vaya de su despacho. Usted abrirá el maletín y sacará unos Intervius y dirá que tiene avales. Un señor de seguridad le agarrará por las axilas y es entonces cuando usted abandonará el banco haciendo aspavientos y levantando la voz. «¿Y mis putas? ¿Mi cocaína?» (versión femenina: «¿Mis gigolós? ¿mi MDMA?»). Una vez en la calle quéjese de las preferentes, busque el apoyo popular. Qué cojones, reivindíquese: estos ladrones nos han robado treinta mil kilos, así que usted quiere señoritas/itos de moral laxa y un par de kilos de droga, que se los den y punto. Eso sí, luego no sea tacaño e invite a los amigos/as. Si llama usted a Jot Down le darán mi teléfono: acuérdese también de mí.

10. Piense mal. Si modera usted las expectativas y piensa que todos/as los/as que le rodean son unos completos imbéciles verá que su vida se vuelve especialmente luminosa. Muchos/as le sorprenderán, puede que se enamore, que su vecino se revele como un tipo estupendo, que la cajera del Lidl le sonría en lugar de mirarle/la con cara de asco (Nota: este comentario debe estudiarse en un contexto humorístico y en ningún modo implica que todas las cajeras del Lidl miren a todos los clientes con cara de asco aunque sí a algunos, especialmente los lunes). Si es usted pesimista y no espera nada de nadie es posible que 2014 sea un año fantástico. Si por el contrario prefiere sonreír como un idiota y abrazar hasta a las farolas la humanidad le consumirá como las llamas del infierno y acabará en una habitación acolchada hablando con un amigo imaginario llamado Ismael. Desconfíe y sea feliz.


Rubén Díaz Caviedes: Matones de matones

Atención, cuidado. Warning. Hay un matón suelto en la política española, repito, hay un matón suelto en la política española. Se trata de un varón blanco de mediana edad que responde al nombre de David Fernàndez y obra como diputado de CUP –Candidatura d’Unitat Popular– en el Parlamento catalán, donde siembra el terror y no se descarta que también el horror en el ultramarinos. Mediana estatura, pelo castaño, viste así como con desaliño y lleva un pendiente en la oreja, como las mujeres, los mariquitas y los piratas en las películas de Errol Flynn. Y es peligroso. No duda en llamar a las personas «gangster», a tal grado de violencia accede en sus delirantes arrebatos, e incluso ha llegado a acusar a algunas de «generar paisajes devastados», como hizo anteayer con Rodrigo Rato en la sede parlamentaria. Como lo están oyendo. O leyendo. Hasta una sandalia tiene y sabe cómo usarla, cuidado. Como Calígula, solo que peor. Su modus operandi es quitársela en gesto simbólico y esgrimirla en alto con retórica intención, es que no te digo más. El acabose, vamos. El recopetín.

Y no acaban ahí sus fechorías. Fernàndez, no te lo pierdas, es también responsable del «deterioro activo de las instituciones democráticas», según denuncia el diario El País en su editorial de ayer. Y de convertirlas en un «demagógico tribunal popular», razón por la cual el periódico hasta ha acuñado para él una categoría propia en la genealogía del ser lo peor: los Fernández. «El activismo de los Fernández», denuncia el medio, «nutre de jóvenes los actos independentistas y canaliza algunos de los sentimientos de protesta que expresó el 15M». Tan innobles son estos Fernández que lo suyo, pese a diputados, no es política sino «activismo», según califica El País hábilmente. No pase inadvertida tampoco esa relación, sugerida de nuevo entre líneas por las diestras plumas anónimas que escriben los editoriales de la gran cabecera española, que tampoco ha escapado a las fuerzas pensantes de la llamada extrema derecha mediática. «Los Fernández» e «independentistas», ojo. En la misma oración. Son independentistas pero se apellidan Fernández, quiero decir. Con la tilde hacia la derecha, nunca mejor dicho. Y eso es un apellido español. Y ellos se apellidan así. Pero son independentistas. Pero se apellidan así. No sé si se entiende.

El Mundo, por el contrario, no se anduvo ayer con intrincadas jugarretas literarias y recurrió al siempre elocuente Ser ETA para titular El chófer de ETA así, directamente. Bien grande, en portada, con foto del diputado —no sea que alguien no se quede con su cara— y sin GIF parpadeante ni pirulas sonoras no por falta de ganas, sino porque la cabecera acabada de cambiar de piel, como sabrán, y ahora lleva la mercancía en plan más austero. Tal es la amenaza que supone Fernàndez para el contrato social que el ínclito Salvador Sostres, espíritu cualificado como no hay otro para empuñar el cetro moral y llevarse las manos a la cabeza en ejemplar pajarraca, no faltó a la tradición de la casa y denunció, porque alguien tiene que hacerlo, la evidente relación que emparenta a los de la calaña de Fernàndez con los terroristas vía «su dinámica criminal», su simpatía incuestionable por los proetarras y la «previsible» por los dictadores de Oriente Medio, «el terrorismo palestino» y cuanto es enemigo de lo que es justo y bueno en el mundo, en resumen, incluyendo tiranos, terroristas, antisistema, separatistas, orcos, los virus de la nariz roja en Érase una vez la vida, Gargamel y Skeletor. Momentos antes de quedarse tan ancho, Sostres aseguró incluso que «si Saddam Hussein hubiera venido a Barcelona», David Fernàndez «tal vez también le habría hecho de chófer». Tal vez, oye. Quién sabe. Por esa razón, dice, hay que tenerle miedo, permitiéndose señalar a quién hay que temer y a quién no porque así de grave es la amenaza que tristemente nos ocupa, queridos conciudadanos. «Hay que tener miedo a macarras que se hacen nuestros salvadores y a los apologetas de las ideologías que más devastación moral, ruina económica y muertos han causado», clama sin sonar nada, pero nada en absoluto, al NODO. Se refiere Sostres a Fernàndez, por cierto. No a sí mismo. Aunque sea él quien señale con el dedito desde el púlpito y no el truculento agitador del CUP, que a fin de cuentas es político y actúa en una comisión parlamentaria. Lo aclaro porque a lo mejor esto tampoco se entiende.

Y menos mal, oigan. El pobre Rato, objeto anteayer de los accesos inaceptables de Fernàndez, tenía que estar en su casa temblando y tomando sopa a sorbitos como un pajarito, pobrecito mío, después de que el otro alzase el martillo terrible de su sandalia y le explicase que en Irak ese gesto implica «humillación y desprecio» para preguntarle seguidamente, qué osada es la osadía, si no tiene miedo a quedarse sin nada, como sí lo tienen miles de españoles. Agárrate a la goma de la braga. Y en un parlamento, además, autonómico en este caso. En su misma cara y en su misma casa, como quien dice, pese a que Rato habite a la par también la financiera en un «deterioro activo de las instituciones democráticas» sano ejercicio de versatilidad política de contrastado beneficio para la sociedad. Por suerte el país —el concepto— tiene a El País —el periódico—, abnegado en su funfún como puede serlo solo el autoproclamado Pilar Fundamental de la Democracia, y cuenta detrás con El Mundo que, otra cosa no, pero el caldo le sale siempre bien gordo. Tan de acuerdo están las potencias periodísticas españolas que hasta le dedicaron a Fernàndez el mismo adjetivo —el de matón— en afortunada casualidad, fijate tú, y coincidieron en desplegar simultáneamente en su contra el puño del Cuarto Poder, vigilante siempre de los que mandan y al lado de los indefensos. A ver si no quién, si no son ellos, nos iba a abrir los ojos para advertirnos sobre la obra ruinosa de estos perniciosos carismas apolíticos y su acoso inaceptable a los representantes de la ciudadanía, de legitimidad institucional y comportamiento intachable. Los perniciosos carismas son los Fernàndez, por cierto. Y los del comportamiento intachable, los Rato. Lo aclaro porque a lo mejor —a lo mejor— esto tampoco se entiende.

Fotografía de portada: CC/A4gpa.


¿Por qué el PP ha sobrevivido hasta ahora en la Comunidad Valenciana?

Corts valencianes

La política es como el amor o la religión: o lo sientes o no lo sientes, o crees o no crees. Hay factores que te hacen querer a una persona, pero resultan difíciles de explicar porque entran en juego las pasiones y ciertas cosas que no controlamos. Pasa lo mismo con la fe: si se siente es un elemento básico de cualquier vivencia y una respuesta a casi cualquier cosa. Sin embargo, fuera de esas burbujas, la gente mirará con extrañeza a una pareja que embelesada se come a besos o, convencida, pone velas a algún santo.

Si hay una pregunta del millón en la política nacional en los últimos años bien podría ser la que encabeza el artículo: cómo demonios ha podido sobrevivir, contra viento y marea, el PP en la Comunidad Valenciana, que tiene a uno de cada cinco miembros de su grupo parlamentario imputados. Los escándalos, las imputaciones interminables, la gigantesca deuda que dejan los pufos urbanísticos y todas esas cosas que hacen que fuera de esa burbuja política que parece ser la región nadie entienda que los votantes sigan embelesados con los dirigentes populares y les pongan velas en forma de voto puntualmente, cada cuatro años desde aquel lejano año 1995 en el que empieza esta historia.

Los motivos son complicados de explicar de forma exacta, pero sí hay muchos factores que, poco a poco y en diferente medida, contribuyeron a construir ese denso blindaje que les ha hecho sobrevivir en el poder al menos durante dos décadas. Aunque ahora cueste creerlo, la Comunidad Valenciana era incuestionablemente progresista tanto por tradición —por aquello de la Guerra Civil, la lengua propia y demás— como por voto —desde la Transición hasta casi la caída de Felipe González el socialismo valenciano tenía un peso específico nacional acorde con la potencialidad económica y demográfica de la Comunidad.

A grandes rasgos hay cinco factores que propiciaron el cambio de un régimen incuestionable a otro régimen incuestionable. Cuatro de ellos son gracias a una eficiente estrategia del propio Partido Popular, que ha conseguido enraizarse de forma profundísima en la cultura valenciana, y una es un favor que sus rivales le hacen. Y posiblemente ese factor sea el auténticamente determinante de la supervivencia de estos últimos años.

Eduardo Zaplana.
Eduardo Zaplana.

Escalada en dos pasos: Benidorm y la presidencia del partido

Nuestra historia comienza con un jovencísimo y prometedor político de apenas treinta y cinco años llamado Eduardo Zaplana, que ni era valenciano ni hablaba valenciano. Estas cosas, que hoy en día no tienen demasiada importancia en la política regional, por entonces la tenían. Y mucha. Él fue uno de esos muchos que se iniciaron en la vida democrática desde las filas de la UCD que, en un acelerado proceso de disolución, acabó desaguando en las puertas del incipiente Partido Popular.

Su andadura en la política popular llegó en un momento de cambio: José María Aznar se había hecho con la presidencia del partido en 1990, imponiendo un nuevo estilo acorde con el rebranding general que vivió la formación. Agresivo, sin los complejos del pasado que atenazaban a sus antecesores, joven y directo, el que acabaría siendo el hombre que tumbara a Felipe González abandonaría la presidencia de la Junta de Castilla y León para dar el salto al Congreso y empezar su épica batalla por el poder. Conocedor del talento que había diseminado por la geografía española, empezó a buscar fichajes con los que regenerar la nómina de militantes.

Un año después de la llegada de Aznar a la cúspide del PP, Zaplana se hizo con la alcaldía de Benidorm. Por aquel entonces tenía unos cuarenta y dos mil habitantes y ya comenzaba a ser un prominente núcleo de turismo, aunque a la sombra de gigantes como Gandía, unas cuantas decenas de kilómetros al norte. Llegó al poder gracias a una moción de censura facilitada por una tránsfuga que casi trunca su progresión política antes de empezar: al igual que le pasó a Garzón con el caso Gürtel, unas escuchas muy comprometedoras fueron anuladas por la forma en que se tomaron y Zaplana vio pasar de largo la espada de la justicia. Aquello fue parte del llamado «caso Naseiro», y le sirvió para aprender la lección: nunca jamás volvió a cometer un solo error estratégico.

Desde la atalaya de Benidorm, donde en un tiempo récord tejió una tupida red de contactos empresariales e infraestructurales, ganó peso en la sombra del partido a nivel regional. Entonces estaba regido por Pedro Agramunt, sempiterno senador popular, a quien arrebató la presidencia del partido de forma casi inexplicable y por unos pocos votos. Aquello fue como lo de Zapatero en el año 2000, pero con gomina, polo y dejando atrás un ayuntamiento en ebullición económica. Años después, ya muy lejos de allí, avalaría la construcción de Terra Mítica y la desmedida extensión de una ciudad que ahora mismo tiene casi el doble de habitantes que entonces en invierno y que en tiempos de bonanza ha llegado a tener una población veraniega estimada de casi un millón de personas.

Aquel Aznar que empezaba a plantar cara a González en la dialéctica parlamentaria se fijó en él. Su nuevo hombre en la Comunidad Valenciana era muy de su estilo, incluso en lo ideológico dentro de la heterodoxia del partido en aquellos días. Liberal, alejado del halo religioso asociado a anteriores líderes del partido, conservador, inflexible… renovador y estable a la vez, prometedor en cualquier caso.

De cómo el PP se merendó a la UCD y a UV

Posiblemente lo que terminó de conquistar a Aznar fue la forma en la que Zaplana supo encontrar su sitio en la política valenciana. Lo primero que hizo fue demoler al tercer partido en discordia en la región, una Unión Valenciana que era un partido regionalista de corte tradicional y conservador, anticatalanista, no necesariamente nacionalista y muy bien avenido con determinados entornos culturales de la vida valenciana que tenían un peso específico en la tradición lingüística.

José María Aznar con Eduardo Zaplana
José María Aznar con Eduardo Zaplana.

Zaplana, que es de Cartagena, supo hacer suyo el discurso anticatalanista que durante años, y de forma cíclica, ha calado en la política valenciana. Una buena muestra de ello eran los partidos de fútbol: en aquellos días el Real Madrid no era mal recibido en Mestalla, mientras que los partidos contra el Barcelona eran auténticas batallas dialécticas. Eran los tiempos en los que el mapa del tiempo de la televisión catalana incluían al País Valencià y toda una generación de niños se criaban consumiendo dibujos doblados al catalán y usando en los colegios libros de valenciano escritos por editoriales catalanas.

La sociedad valenciana es un poco como las fallas para esas cosas: bonita de apariencia, con mensajes de hermandad y sonrisa eterna, ampulosos monumentos, muy grandes, pero muy de cartón piedra. Y los grandes discursos del No ens fareu catalans (No nos haréis catalanes) calaban, y de qué forma.

Con el legado de Zaplana generando dinero a espuertas en Benidorm, absorbiendo parte del discurso regionalista de UV y con la decadencia socialista a la que González conseguía sobrevivir pero no así sus barones regionales, llegó la sorpresa. De quedar como segunda fuerza a catorce escaños del PSPV, Zaplana consiguió en sus primeras elecciones, las de 1994, quedar diez escaños por encima del socialista y entonces president Joan Lerma. En cuatro años veinticuatro escaños de vuelco cuando entonces Les Corts tenían ochenta y nueve. Y, de un plumazo, el PSOE perdía un importantísimo granero de votos. Nada mal.

El Ejecutivo de González tuvo que recolocar a toda prisa a los náufragos de aquella debacle: los Lerma, Carmen Alborch y demás fueron realojados a la espera de una reorganización para volver a dar la batalla e intentar recuperar el trono perdido en una pelea que imaginaban corta. Nada más lejos de la realidad. El PP pactó con UV gobernar, en una conjunción que se conoció como «el pacto del pollo» y que mataba muchos pájaros de un tiro: desalojaba al PSPV, ponía a Zaplana en el mapa y, de paso, iniciaba la demolición interna de UV en favor del PP.

Aquel acuerdo tuvo unos efectos similares a los que tienen las grandes coaliciones —la del PSD y la CDU en el primer gobierno de Merkel, o el de los Tories y liberales en Reino Unido actualmente—: el partido en desventaja fue literalmente fagocitado y eliminado por el partido dominante. Por aquel entonces UV era un partido clave en la gobernabilidad valenciana, con presencia en el Ayuntamiento y hasta en el Congreso de los diputados, pero aquello les puso en primera línea, consiguiendo por ejemplo la presidencia de Les Corts.

La fama y el poder acabó con la formación: su carismático presidente, Vicente González Lizondo (aquel que sacó una naranja en el Congreso cuando no estaba de moda llevar cosas a la tribuna), fue expulsado del partido por el sector más reaccionario y nacionalista. Su muerte un mes después abrió una disputa interna que hizo que muchos destacados dirigentes cruzaran el Rubicón y se alistaran en el PP. Son gente que luego alcanzaron altas responsabilidades de la mano del propio Zaplana, como Maria Ángeles Ramón-Llin —dos veces consejera.

Aquel caldo de cultivo hizo que en 2004, con el partido relegado a la irrelevancia, su presidente José María Chiquillo se presentara como marca «popular» en 2004. La historia terminó en 2011 cuando el entonces presidente Francisco Camps anunció la absorción efectiva de un partido que, durante estos veinte años, ha ido desapareciendo y cediendo su cuota ideológica y de votos al PP de forma progresiva y muy rentable.

Pero las conquistas del general Zaplana no terminaron ahí. Él, que venía de UCD, hizo lo que hacen algunos altos directivos cuando se pasan a la competencia: llevarse consigo a un puñado de su equipo. Así, el exsenador Joaquín Farnós, el exeurodiputado José Emilio Cervera, o personajes de la talla política de Manuel Tarancón, Juan Cotino o el hombre que sucedió a Zaplana, José Luis Olivas (sí, su nombre te suena de Bankia), abandonaron las filas del centrismo para ocupar responsabilidades en el PP. Si a eso se añade la contribución de otros cuyo cambio de equipo fue aún más notorio, como los exsocialistas Diego Such o Rafael Blasco, se obtiene una buena idea del acopio de fuerzas que consiguió forjar a su alrededor durante los siete años que fue presidente.

De hecho, el vuelco que hizo posible su primera victoria solo hizo que profundizarse: en sus segundas elecciones, las de 1999, sacó catorce escaños de diferencia, algo que solo logró superar mucho después Camps, en 2007, cuando Valencia era el epicentro de la locura inmobiliaria.

Toda esta estrategia política no solo tuvo consecuencias numéricas, sino también ideológicas: el PP valenciano tejió a su alrededor una red ideológica que aglutinaba a conservadores, liberales, centristas y regionalistas, lo que sirvió de potente maquinaria para fijar algunas ideas que aún hoy perduran. Por ejemplo, que el PP es el que defiende los intereses de la Comunidad frente a las «aspiraciones» (sic) catalanistas, o que sirve de guardián de la cultura y la tradición valenciana.

Como muestra, un botón: el 2003, con Zaplana en la cima de su carrera, Lo Rat Penat, una antiquísima y conservadora institución cultural valenciana que defiende que la Comunidad debería llamarse «reino», otorgó la distinción de regina dels Jocs Florals, por la que se hubiera matado durante la edad de oro, a la hija de Zaplana. Al preguntarle sobre el asunto él respondió «es evidente que es en agradecimiento a mi labor de gobierno durante estos años».

Francisco Camps.
Francisco Camps.

El inicio de la burbuja

Convertido en indiscutible dominador de la política valenciana, solo faltaba una guinda para el pastel. Pongámonos en contexto: España tenía las cuotas más altas de paro e insatisfacción laboral conocidas hasta la presente crisis allá por el final de los 80, con las huelgas generales, la reconversión industrial, la práctica destrucción del sector agrario español y otros sacrificios que se llevaron a cabo en el altar de la UE a cambio de los fondos de cohesión que nos tocaban como «hermanos pobres» de la incipiente unión continental. Esos mismos fondos de cohesión que luego sostuvieron nuestra economía y, en parte, hicieron que creyéramos que éramos ricos… hasta que llegaron a la UE otros más pobres que nosotros que se quedaron con los fondos.

En aquel momento los escándalos no eran muy diferentes a los actuales: ahora no hay un GAL, ni una ETA matando a decenas de personas al año, pero entonces ya había inmensos escándalos de corrupción y acosos mediáticos para terminar con un gobierno socialista que tras catorce años en el poder sobrevivía por pura inercia.

Aznar, el que estaba noqueando a González, hizo una especie de casting nacional de nuevos talentos, donde Zaplana aparecía por méritos propios. Tras una primera legislatura moderada, con el apoyo de CiU y con el PSOE desmoronándose, llegó un segundo mandato que fue la oportunidad soñada para el entonces president: primero ministro de Trabajo y, después, portavoz, previo paso todo ello por el Senado y el Congreso. Aquel era el nuevo PP que aún hoy se recuerda, el momento de gloria de muchos tiburones políticos como él.

Además del feeling entre ambos, Zaplana vendía un modelo económico de éxito: no es que cogiera un pueblo de pescadores y lo convirtiera en una urbe antes de cambiar el signo ideológico de la tercera región más importante del país, pero sí impulsó la reconversión de Benidorm y alentó que se pusieran las bases para la profunda reforma que vivió Valencia en concreto y la Comunidad Valenciana en general y alcanzó su cénit de la mano de Francisco Camps.

Campos de golf para buscar turismo de ricos, reforma de planes urbanísticos que permitieran la edificación de la costa y dieran millones a los ayuntamientos para invertir en infraestructuras y un desmedido impulso por la especulación inmobiliaria. Valencia cambió completamente y pasó a ser una ciudad de monumentos y proyectos de futuro que antes hubieran parecido imposibles. Zaplana no trajo la Copa América, ni el Hilton, ni la Fórmula 1, pero sin Zaplana nada de eso hubiera sido posible.

Entonces la ola estaba alta y no se adivinaba la resaca. Por hacer un símil es como si un trabajador de clase media hubiera comprado un palacio: claro, tu casa es preciosa, el problema es que no solo te quedas sin dinero sino que tu deuda es tan grande que nadie de tus sucesores podrá pagarla. Algo así sucedió con Valencia y con la Comunidad Valenciana, pero entonces nadie lo sabía. Era el momento de la fiesta y el milagro económico, a la que le sucedería la época del gasto público.

Rita Barberá y Francisco Camps.
Rita Barberá y Francisco Camps.

La transición popular valenciana

En esa estructura económica con un crecimiento exponencial, y con los dos pies en Madrid, Zaplana quiso mantener su peso específico en Valencia. Tras él Olivas dirigió un ejecutivo interino y temporal, que heredó en las urnas Camps. Aún resuena el restallar de sables de la batalla que, durante años, «zaplanistas» y «campsistas» libraron en la Comunidad. Como si de una guerra civil política se tratara, los fieles del expresident se concentraban en la provincia de Alicante y algunos puntos del entorno de Valencia, mientras que Camps controlaba los núcleos de poder que consiguió arrebatar a los pocos alcaldes socialistas que quedaban en el anteriormente conocido como «cinturón rojo» de la capital y, sobre todo, la protección que desde Castellón le daba Fabra (sí, el de la lotería).

Mientras en Valencia se construía y decidía, Alicante y Castellón emergían como potencias económicas. Los modelos eran diferentes, y los «líderes» también: en un lado el turismo y la industria —juguete, calzado, mueble…—; en el otro el turismo y otra industria —Porcelanosa, Pamesa, Mercadona…—. Las guerras políticas solo son visibles cuando se pierde, y el problema era menor porque el PP arrasaba. Pero es que incluso esa guerra favoreció al PP en lugar de dividirlo: a pesar de las evidentes tensiones y desencuentros por el hecho de que el discretísimo Camps no se dejaba gobernar por Zaplana y los suyos, el modelo económico funcionaba tan bien que había tarta para todos. Con el tiempo el propio Camps, educado, tranquilo y cabal, se convirtió en un ambicioso y ciego político que encadenó éxitos y llegó a sostener al ahora presidente del Gobierno. En cierto modo la pelea encubierta entre el modelo de Aznar y el de Rajoy fue un poco como la de Zaplana y Camps: el fin de una época y el inicio de otra.

Esa nueva escuela popular valenciana ya no era la de viejos centristas reconvertidos o regionalistas adoptados. El Barça ya no era el enemigo en Mestalla, sino el Real Madrid. El PP se llenó de jóvenes, ya nacidos para la política con un PP poderoso, de familias económicamente pudientes, con coches imponentes y mucha vinculación con el poderoso y tradicional empresario valenciano. La construcción cimentó amistades muy lucrativas.

Aquí, como en lo del crecimiento «a lo fallero» de la economía valenciana, entra otro componente inmaterial: el empresariado valenciano, incluyendo el comercio, ha sido siempre de corte tradicional, con una hinchadísima visión de sí mismo, que ha generado una enorme cantidad de dinero en entornos rurales donde no hace falta tanto para vivir. Son en muchos casos self-made-men que protegen lo suyo de lo que interpretan como amenazas externas con uñas y dientes. Y eso el PP, tanto el de Zaplana como el de Camps, lo supo ver muy bien.

En ese punto cobra especial importancia la televisión autonómica valenciana, que no se constituyó como un vehículo de defensa de la lengua y cultura propias, ni como un órgano de información sobre el entorno regional. Lo que se creó fue una empresa a imagen y semejanza de esa valencianía: gigantescamente desmesurada —con más gente en informativos de la que hay en Antena 3 y Telecinco juntas—, con más jefes que trabajadores —ocuparon parte del garaje de coches antenizados para construir despachos— y con una gestión económica montada en una burbuja. Como con el símil de la ola, aquello fue bien mientras la burbuja se hinchaba… hasta que estalló.

Canal 9 consiguió notoriedad, audiencia y dinero inventando formatos basura como Tómbola. Progresivamente castellanizó su contenido, dando cancha a artistas y famosos afines, a los que recolocaba a precios millonarios. Abrieron el debate de la privatización de televisiones autonómicas allá por 2003, cuando la externalización de contenidos era una constante. El funcionamiento era sencillo: cuando había que recortar se hacían despidos ejemplarizantes de gente afín, que montaba una productora privada que acababa llevándose dinero público por la realización de programas carísimos y generalmente sin audiencia.

Con semejante monstruo montado, el paso maestro fue hacer de aquello un aparato de propaganda masiva. No en la forma en la que casi todos los medios públicos españoles no han sido, sino de forma profunda y mucho más latente. La audiencia rural de la región, formada por personas mayores que en muchos casos sintonizaban Canal 9 para ver si hablaban de su pueblo en la tele, tenían ante ellos un No-Do de más de una hora de duración que dedicaba gran parte de la emisión a hablar de lo que hacía el Govern. Ese mismo aparato propagandístico hizo que, cuando los escándalos de corrupción arreciaron y Camps dimitió, muchos se preguntaran por qué: en Canal 9 el caso Gürtel jamás fue mencionado junto al de Camps, que llegó a sentarse frente al juez sin que Canal 9 lo contara.

El uso que se hizo entonces del órgano de comunicación de la Generalitat fue el de la defensa: los casos de corrupción se vendieron como causas del Gobierno central contra el valenciano, ellos que habían creado la crisis atacaban a los dirigentes que habían traído prosperidad y habían puesto a Valencia en el mapa, los del circuito Ricardo Tormo, la Fórmula 1, las obras de Calatrava, el Bioparc, la Copa América y tantas cosas más. De nuevo como con el supuesto catalanismo: todo era un ataque contra lo propio, y en esa dialéctica el empresariado valenciano respondió muy bien del lado del Consell.

No es casual, por ejemplo, que en Valencia a día de hoy no haya Ikea a pesar de que llevan años asegurando que se va a construir: el empresariado del mueble, arruinado por la irrupción de fabricantes extranjeros, el hundimiento inmobiliario y la falta de adaptación del sector, lleva años haciendo trabajo de lobby bloqueando su construcción. Y la Generalitat, consciente de la importancia de su apoyo, transigiendo. Y ese es solo un ejemplo, pero durante estos años ha habido miles.

Y mientras, las izquierdas descompuestas

El tablero de Risk ha tenido esa forma durante años: un PP hegemónico, con un modelo económico de crecimiento continuo, que supo absorber las cuotas de poder de rivales directos como UCD y UV, con un líder carismático con peso en Madrid, en un momento de bonanza, con industria y empresariado haciendo suyas las banderas del mantenimiento de lo propio frente a la amenaza exterior y con una gigantesca arma de propaganda. Todo eso por sí mismo, además de la inercia, podría explicar estos veinte años de hegemonía popular. Pero falta el detalle más importante: durante todos estos años, y aún ahora, no han tenido un rival.

Mónica Oltra
Mónica Oltra.

El Partido Socialista no ha sabido hacer la digestión de su derrota en todo este tiempo. Desde la caída de Lerma han desfilado por su primera línea Antoni Asunción, exministro de González, Joan Ignasi Pla, Jorge Alarte y ahora Ximo Puig. Cuatro caras y múltiples familias, empezando por las que ya en tiempos de Lerma estaban en pie —Ciprià Císcar, por ejemplo, sigue siendo diputado y Leire Pajín, ahora de retiro laboral, solo conserva un cargo político y es en la Ejecutiva regional.

Sirvan dos ejemplos recientes para ilustrar la profundidad de las peleas internas. El primero, el de Joan Ignasi Pla, el único candidato que ha repetido desde Lerma y cuya salida fue forzada desde Ferraz porque se negó a dimitir; lo hicieron filtrando a la Cadena SER información sobre unas obras irregulares en su casa. El segundo, el de Antoni Asunción, que acabó fuera del partido al perder las primarias abiertas en las últimas autonómicas al acusar de «pucherazo» a la formación.

Además de por su inestabilidad, el PSPV le ha puesto muy fácil al PP las cosas, por ejemplo validando su discurso anticatalanista: las siglas del socialismo valenciano responden a Partit Socialista del País Valencià. Esto, que ya de por sí llama la atención, fue un intenso punto de conflicto hace unos cinco años cuando Jordi Sevilla, al dejar la cartera ministerial, fue enviado por Zapatero a poner paz en la organización. Ya el primer punto de su plan, que pasaba por renombrar la organización al estilo catalán (PSV, Partit dels Socialistes Valencians) fue rechazado en plano. Sevilla acabó tirando la toalla y publicando sus impresiones en su blog, donde habló de «oxidadas palancas» imposibles de mover.

Guillermo López, profesor de la Universitat de València y autor de La Paella Rusa, un influyente blog satírico muy crítico con el Consell, coincide con la visión externalizadora de las culpas. «Hasta 2011, la respuesta es, a mi juicio, que podían echarle todas las culpas al rival, al PSOE y a Zapatero, en cuanto al impacto de la crisis. Su modelo, aunque ya se veía que no funcionaba, ni el ladrillo ni los eventos, aún lograba calar socialmente. No es hasta que llega Rajoy al poder cuando queda claro que ni es verdad que el PP pudiera solucionar la crisis, ni es verdad que el PP sea el partido que defiende a los valencianos».

En las primarias que se celebraron para elegir candidato a las elecciones autonómicas de 2011 se postularon hasta cinco candidaturas, que luego se quedaron en cuatro y luego en dos que consiguieron avales suficientes. Ese es el nivel de fragmentación interna.

Otro problema evidente, producto de esa guerra de taifas continua, es el ensimismamiento del partido: no solo tienen peleas internas, lo cual es grave, sino que parecen no ser conscientes y parecen creerse siempre preparados para gobernar. Sin embargo, la desconexión con la calle es absoluta, a juzgar por su progresiva pérdida de representatividad que se dilata incluso en los sondeos para 2015.

Retomando el asunto del catalanismo se presenta un problema más, dados los guiños que el PSPV sigue haciendo a esa corriente y que con detalles como el cambio de denominación parece seguir queriendo hacer: en la Comunidad Valenciana no hay una alternativa política de izquierdas que no sea, de forma más o menos cierta, catalanista. Y eso, que posiblemente un socialista valenciano negaría a pesar de las siglas (argumentando que el nombre es una denominación histórica que nada tiene que ver con el catalanismo) es algo que se ve, por ejemplo, en cada manifestación sindical o, incluso, de colectivos sociales de izquierda: las banderas independentistas catalanas ondean, pero las valencianas —con la franja azul y sin estrella— no. Es una especie de aversión similar a la que en el espacio público español se siente por la bandera.

Ante todos estos problemas internos, la alternativa se ha ido fraguando en otras vías. Un caldo de cultivo propicio ha sido el cultural. Es curioso, por ejemplo, el ejemplo de Gandía, donde mientras gobernó la izquierda se hacían correllengües y conciertos de grupos más o menos catalanistas, algo que ha cambiado a las corridas de toros y Julio Iglesias en cuanto el PP ha llegado al Ayuntamiento. Y eso que la ciudad hace muchos años que dejó de ser el centro turístico que fue cuando Zaplana despertaba en Benidorm.

En esa trinchera, la cultural, la corriente a la izquierda del PSPV ha ganado muchos enteros: muchos profesores de secundaria, gente de corte más joven vinculada a la docencia y la cultura, participan de forma más o menos activa en iniciativas vinculadas a Compromís. La vieja guardia socialista, que antaño poblaba el ámbito cultural, ha quedado desplazada a contextos mucho menos conectados a la gente joven y la calle.

Eso, unido al acierto estratégico de una personalidad emergente en el ámbito político valenciano, ha acabado por hacer que la balanza de la izquierda empiece a virar hacia Compromís. Mònica Oltra es mucho más famosa fuera de las fronteras de la Comunidad Valenciana que cualquier líder del socialismo regional. Y lo ha conseguido gracias a sus vídeos en YouTube plantando cara a las formas del PP en Les Corts, con sus camisetas hostigando a Camps y otros corruptos y capitalizando la respuesta política en momentos tan delicados como las manifestaciones que tuvieron lugar en el IES Luis Vives hace cuatro años. Ella, y otros dirigentes de su partido, estaban a pie de calle con los manifestantes, mientras los socialistas seguramente hubieran sido desalojados de allí entre abucheos.

Luego vinieron las apariciones de Oltra con Jordi Évole, su cara en las encuestas y demás. Pero antes que todo esto, cuando Rita Barberá y Francisco Camps decidieron empezar a demoler El Cabanyal, barrio protegido culturalmente y que el Tribunal Supremo acabó amparando, Mònica Oltra fue una de las heridas por las cargas policiales porque estaba allí, con los vecinos, intentando impedir que las excavadoras arrancaran. La calle siempre ha sido una forma efectiva para la izquierda de convertirse en alternativa.

Enric Nomdedéu, portavoz de Compromís en el Ayuntamiento y la Diputación de Castellón, considera que durante todos estos años dos razones explican la supervivencia del PP: «Se ha generado cierta tolerancia social frente a la corrupción y, a la vez, ha faltado una alternativa creíble… y eso es algo que va íntimamente ligado a lo primero», explica.

Y es que a la izquierda del PSPV las cosas tampoco han sido fáciles: hasta cuatro combinaciones diferentes de partidos han intentado presentarse a sucesivas elecciones, lo que ha provocado que hasta las de 2011 solo hubiera tres partidos con representación en la Cámara. Así, hasta 1998 Esquerra Unida (IU) y el Bloc —nacionalistas, catalanistas y de izquierdas— se presentaban separados. En 2003 EU firmó un acuerdo, La Entesa, con todos los grupos regionalistas de izquierdas salvo con el Bloc. En 2007 por primera vez concurrieron todos unidos como Compromís y en las últimas elecciones, las de 2011, la coalición se rompió y EU volvió a concurrir por su parte. Otra locura semejante a la del PSPV.

¿Qué pasó entre todas esas formaciones en este tiempo? De todo: peleas entre filocomunistas y regionalistas, entre unos ecologistas y otros, pasos de personas de una formación a otra y, finalmente, peleas programáticas.

Así las cosas, entre la eficacia militar del PP y los recursos gastados por los partidos de izquierda en pelearse consigo mismos, el panorama valenciano se enquistó. Y todo eso volvió a reforzar la idea madre con la que aquel PP de Zaplana empezó a jugar: mientras ellos se pelean o crean la crisis, solo nosotros defendemos los intereses valencianos.

Alberto Fabra.
Alberto Fabra.

El advenimiento del tripartito

Pero todo este pequeño imperio podría estar tocando a su fin. Según explica López, «como no hay un duro, ni siquiera está claro que puedan mantener las redes clientelares que han tendido en estos casi veinte años. La conjunción de todos esos factores señalados les deja, electoralmente, en muy mala posición».

Coincide también Nomdedéu: «Creo, y así parecen demostrarlo las prospecciones demoscópicas, que la situación empieza a cambiar. Y no solo por el hundimiento electoral del PP, sino por el crecimiento de algunas fuerzas políticas. Creo honestamente que el posible éxito tiene también una explicación interna, que es que empezamos a hacer las cosas mejor, y otra externa, que es que hay mayor permeabilidad a discursos diferentes por la dimensión dela crisis».

En su opinión para este cambio de perspectiva se debe «a que la corrupción se tolera mucho mejor cuando no hay crisis, además de que la intolerancia a la corrupción tiene un efecto acumulativo».

Desde hace más de un año, el PP, que de la mano de Alberto Fabra intenta denodadamente apartar a los imputados de primera línea, está cambiando su habitual comunicación azuzando la idea de que el tripartito conduciría a la ruina. Porque el tripartito, según los sondeos, es más que probable: la suma del PSPV, Compromís y EU desbancaría al PP tras más de dos décadas.

En dichas encuestas se confirman las tendencias que se han visto desde los últimos años: el PSPV, aunque sigue siendo el principal partido de la oposición, sigue derrumbándose, mientras a su izquierda multiplican los escaños. La fragmentación de Les Corts, que hasta hace nada era cosa de tres partidos, seguiría con hasta cinco formaciones… y eso a pesar del umbral del cinco por ciento de los votos necesarios para entrar en el Parlament. Mònica Oltra es, además, la líder mejor valorada con una amplia distancia y, de forma significativa, los del PP salen francamente mal parados… con lo que significa que Rita Barberà, la que sale en cada procesión o salta en el balcón en cada fiesta de Fallas, pierda su aura de intocable.

De aquí a 2015, las próximas elecciones, queda mucha tela por cortar y mucho por resolver en la Comunidad Valenciana, sobre todo ahora que las pistas de la investigación del caso Gürtel vuelven a apuntar a la posible financiación irregular de la formación. El discurso del miedo que empieza a agitar el PP también puede tener mucho que decir, a pesar de todo, dadas las férreas estructuras tejidas durante todos estos años, por maltrechas que estén, y sumando a eso la herencia del término «tripartito» en el imaginario español en general y valenciano en particular, por aquello de la asociación con Cataluña.

Pero, pese a las precauciones, sí parece que los vientos empiezan a cambiar en la tierra de Calatrava, el aeropuerto de Castellón y el accidente del Metro que nunca se investigó en condiciones. El problema, en cualquier caso, sobrevivirá a quienes lo agigantaron: no es que la Comunidad Valenciana no tenga dinero, es que tiene deudas mucho mayores que su capacidad de generar riqueza… así que el problema no se solventará con un cambio de timoneles, si es que llega a producirse. El problema está para quedarse, quién sabe si otros veinte años más.


Andy Robinson: «La juventud en España no tiene una reacción instintiva contra el capitalismo»

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Andy Robinson tiene cincuenta y dos años. Es inglés de Liverpool, una marca de calidad añadida: su legendario equipo de fútbol, el himno de sus hinchas, You’ll never walk alone («Nunca caminarás solo»), los Beatles… Trabaja desde hace años en La Vanguardia. Ha logrado un estatus envidiable: viajar por el mundo y contar qué sucede, algo que despierta la envidia, y algo más, entre sus compañeros de redacción. Se ha especializado en economía, que está de moda desde 2008, cuando estalló la crisis que se está llevando puestos de trabajo, empresas y derechos. Se declara de izquierdas y harto de Inglaterra. La entrevista se celebra en la azotea de la Casa Encendida de Madrid. Un sarcasmo muy británico pues se trata de un centro cultural auspiciado por Caja Madrid, es decir, Bankia. Vive cerca del lugar de la cita, un dato que apunta que Robinson es un tipo práctico. Adora el barrio de Lavapiés desde que se instaló en él en 2008, recién llegado de Nueva York. Acaba de publicar un libro titulado Un reportero en la Montaña Mágica (Ariel). Por si hubiera dudas de si se trata de un estudio sobre la gran novela de Thomas Mann, el subtítulo centra al lector en el tema y en la línea: Cómo la élite económica de Davos hundió el mundo.

Han pasado cinco años del hundimiento de Lehman Brothers. ¿Qué hemos aprendido, qué se ha corregido?

Creo que hemos aprendido muy poco. Hace poco hablé con Bob Shiller. Escribió un libro en 1996 llamado Exuberancia irracional. Fue antes del pinchazo de la burbuja de las punto com, la primera burbuja en EE. UU., mucho antes de la burbuja de la vivienda en la siguiente década. Dijo eso: no hemos aprendido ninguna lección en la peor crisis financiera desde la Gran Depresión de los años treinta. Es alucinante, pero tengo la misma sensación. Toda la legislación de reformas financieras del presidente Barack Obama y de los demócratas ha sido más o menos desmontada tras una campaña muy fuerte del lobby de Wall Street. Hasta el punto de que incluso Larry Summers se ha quejado. Y eso que él fue el arquitecto de la desregulación con Bill Clinton…

Y uno de los culpables de lo ocurrido.

Culpable, sí; y con doble moral. Ahora se queja de la presencia de lobistas en Washington. Hubo hasta cuatro lobistas de Wall Street por cada congresista. Tenían 10.000 millones de dólares para los miembros de la Cámara de Representantes y los senadores. Han quedado pocas cosas. Queda un organismo de protección de derechos del consumidor de productos financieros, diseñado por Elizabeth Warren, una mujer valiosa que ganó el escaño de Massachussets en las últimas elecciones al Senado, en noviembre de 2012. Cuando piensas en todas las cosas que supuestamente se tenían que hacer, que era rediseñar y reconstruir un sistema de regulación siguiendo el modelo de Roosevelt, parece muy poco.

Obama dijo: vamos a refundar el capitalismo. Al final lo único que se ha hecho es refinanciar el mismo capitalismo que nos condujo a la ruina.

Sí, con dinero público, dinero federal. Se realizó un rescate bancario pactado con el Congreso diez días después de la quiebra de Lehman. Fue cuando George Bush dijo aquello de «si no soltáis la pasta este cabrón se hunde» (this sucker is going down) en referencia al hundimiento del sistema financiero. Henry Paulson, secretario del Tesoro en aquel entonces y exconsejero delegado de Goldman Sachs, se puso literalmente de rodillas delante de Nancy Pelosi, líder demócrata en la Cámara de Representantes. Le dijo: «Por favor aprueba este rescate de 700.000 millones de dólares, si no, se va a acabar todo». Hubo un debate sobre si el rescate era necesario o no. Aunque me aleje un poco de las posiciones de izquierdas con las que en otros aspectos me sentía identificado, creo que fue necesario. Permitir que se hundiera el sistema financiero y quebrasen sus bancos, como ocurrió en los años treinta, hubiera sido catastrófico. El impacto en la economía real, en el empleo, hubiese sido desastroso. El error fue no aprovechar el momento de extrema debilidad de los bancos, ese poder fáctico, que de repente se quedó sin nada, pidiendo limosna al Estado federal. Obama debería haber aprovechado ese momento para desmantelar los grandes bancos.

Cuando pasó el huracán Sandy por Nueva York, en octubre de 2012, dejó la ciudad sin luz excepto la zona donde está Wall Street. Una de las bromas que se hacían era que a Goldman Sachs la luz le venía del infierno. ¿Es Goldman Sachs un símbolo de todo lo que está mal o es exagerado?

Matt Taibbi, uno de los periodistas de Rolling Stone por el que siento más admiración por su forma de escribir, calificó a Goldman Sachs como un gran calamar vampiro, con sus tentáculos extendidos por todo el mundo, chupando la sangre. Creo que no se pasó con ese símil. Goldman es tan poderoso que tras el estallido de la crisis, el Gobierno de EE. UU. le ofreció protección con garantías de depósitos, como si fuera un banco comercial normal que proporciona dinero a la economía productiva. En EE. UU. todos los bancos cuentan desde 1929 y el New Deal con la protección del Federal Deposit Insurance Corporation; todos menos los bancos de inversiones porque se consideran bancos metidos en un negocio especulativo. Después de la crisis, Bush primero y Barack Obama después ofrecieron esas garantías a Goldman Sachs y gracias a eso han ganado cada vez más dinero. Lo último que leí, aquí en España, es que el Instituto de la Vivienda de Madrid ha vendido miles de casas de protección oficial a un fondo de Goldman Sachs. Como decimos en inglés: you couldn’t make it up, no podrías inventártelo.

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Hay dos grandes películas y un documental que explican la crisis; el documental es Inside Job y las películas Margin Call y Too Big to Fall. La primera es la historia de uno de estos bancos de inversión que se da cuenta de que todo se desmorona y decide vender sus activos tóxicos. Los vende para salvarse de la quema. Siempre se ha dicho que es Goldman Sachs que consigue colocar esa basura financiera a Lehman Brothers y a otros. ¿Es esta orgía financiera de Wall Street responsable de la crisis que aún padecen millones de ciudadanos en todo el mundo?

Está clarísimo. La recesión del 2009 que hundió la economía mundial fue la consecuencia de la congelación de los mercados financieros. En España hay otro factor: esa especie de corsé reaccionario de la unión monetaria. El euro nos quitó soberanía macroeconómica además de soberanía política. No hemos podido, aunque hubiéramos querido, hacer políticas contracíclicas. Es interesante lo que decías de la producción cinematográfica y cultural que se ha generado en esta crisis. Porque realmente hay algún rayo de esperanza. Creo que el ciudadano tiene consciencia de lo que pasó, tanto en EE. UU. como aquí. Por fin sabemos lo que está pasando y entendemos la realidad. Han ayudado mucho documentales como Inside Job, que delata la complicidad de personas como Glenn Hubbard. Era uno de los asesores de la Administración Bush, defensor a ultranza de la libertad financiera y de la economía de mercado. No transcurrieron ni dos preguntas de su entrevista en el documental cuando se queja: «Oye, pero no me ibais a preguntar por esto; si seguís así, hacemos una pregunta más y me voy». Se vio cómo un segmento amplio del mundo académico está coartado por el sistema y la banca. Es lo que trato de plasmar en el libro porque Davos es un microcosmos de eso: economistas, periodistas, emprendedores sociales. Enseguida te das cuenta de que es un gran intercambio de favores. Tanto economistas como periodistas ajustan sus análisis y su lectura intelectual de lo que está pasando a un sistema que, en cierta medida, los ha comprado.

¿Ha desaparecido la izquierda? No existe una propuesta global ni un discurso de izquierdas. En una reseña de 1945, la nueva película de Ken Loach, un periódico citaba al cineasta británico: «Necesitamos desesperadamente un partido de izquierda». No hay discurso contrapuesto al discurso dominante, que es el discurso de Davos, el de los mil más ricos que se reúnen todos los años allá. ¿Carece la izquierda de un discurso alternativo?

No ha desaparecido la izquierda. Existe una conciencia en la calle que es más de izquierdas que nunca. Lo que pasó en 2008 ha sido blanco sobre negro: socialización de las pérdidas de la banca y privatización de los beneficios empresariales. Ha quedado tan claro que ahora somos más de izquierdas que nunca. El problema es la ausencia de partidos políticos que puedan canalizar una conciencia popular más madura que permitiría un nuevo programa de izquierdas. En EE. UU. es obvio desde hace tiempo: hay un bipartidismo comprado, una corrupción institucionalizada mediante el sistema de lobby que no permite que haya una política de izquierdas fuera del Partido Demócrata. Debe haber un tercer partido.

Me dijo una vez un norteamericano que la diferencia entre los republicanos y los demócratas es la diferencia entre la Coca-Cola y la Pepsi Cola.

Nunca mejor dicho. Estamos en un sistema político secuestrado por grandes corporaciones. Syriza, en Grecia, es un buen ejemplo de cómo un partido puede canalizar esta frustración y aprovechar el derrumbamiento del sistema bipartidista. Ojalá que Izquierda Unida y otros partidos puedan hacer lo mismo en España. Hay alguna señal de que puede estar pasando.

En España lo más próximo a Syriza es Xosé Manuel Beiras. En Galicia fusionó su sector del BNG con Izquierda Unida, que era irrelevante excepto en Ferrol y Vigo por los astilleros. Su Anova Irmandade Nacionalista obtuvo más votos que el Bloque y se está comiendo al PSOE en las encuestas. Como dice, hay un caldo de cultivo, mucha gente buscando partido. Somos como Pirandello: Seis personajes en busca de autor.

Ha sido muy decepcionante lo que pasó después del 2011 con el Movimiento 15M. Un ejemplo es lo ocurrido con la estación de metro de la Puerta del Sol, un lugar emblemático. Me parece muy fuerte que ahora se llame Vodafone Sol, cuando esa empresa telefónica es una de las más maquiavélicas en el aprovechamiento de las causas progresistas. Vodafone realizó en 2011 un anuncio en el que reivindicaba la paternidad de las protestas de la plaza Tahrir en El Cairo: «Nosotros vamos a traer la libertad», decía el eslogan. Tienen una arrogancia que les permite alcanzar un acuerdo con el Ayuntamiento de Madrid, pagar un millón de euros y poner su marca en un sitio histórico como la Puerta del Sol. Lo más deprimente es que no ha habido reacción. Ni del movimiento 15M ni de los madrileños.

¿Por qué cree que este país está tan silencioso, tan pasivo? La fuerza se nos va por la boca en bares, Facebook y Twitter. No existe una movilización social.

Sí, es extraño que el 15M desapareciera de las calles porque después de Tahrir, Madrid fue la inspiración del movimiento Occupy Wall Street. Existe un problema con este tipo de organizaciones a través de las redes sociales: aparecen y desaparecen. La juventud en España no tiene una reacción instintiva contra el capitalismo y las grandes multinacionales; parecen centrados en que los diputados cobran demasiado. Si tuviéramos que redactar un catálogo de problemas, ese estaría muy por debajo de las relaciones endogámicas entre poderes económicos bancarios, empresariales y políticos.

¿Cree que los medios de comunicación están haciendo su trabajo?

No. Estamos haciendo un trabajo lamentable. En parte, porque hemos perdido nuestra independencia como medios de comunicación, y eso es otra tragedia. Como consecuencia de una crisis provocada por actividades especulativas de bancos impunes surge una crisis económica que ha hundido la publicidad y ha hundido a muchos medios de comunicación. Al final terminamos perteneciendo a los bancos. Directa o indirectamente casi todos los grandes diarios españoles, y también unos cuantos fuera de España, pertenecen a los bancos. Habría que replantear el sistema de financiación de medios de comunicación. Entiendo que existe una alternativa que son los nuevos medios en Internet, pero tengo la sensación de que necesitamos diarios. Tengo suerte: La Vanguardia me permite viajar y hacer reportajes; tengo bastante independencia, bastante margen de libertad. Pero noto que ese margen es cada vez más estrecho. Por buenas que sean las intenciones de la gente que ha montado medios en Internet no tienen el presupuesto para hacer periodismo de verdad.

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En América Latina han surgido webs y revistas. Tienen claro que la base es el gran reportaje y el periodismo de investigación. Son sitios pequeños, en los que en el mejor de los casos trabajan veinte personas, pero tienen reporteros dedicados dos, tres y cuatro meses a investigar. Es algo que está en el ADN del periodismo latinoamericano, como lo está en el anglosajón. Pero no existe en el periodismo español. Los nuevos medios no incluyen este tipo de reportajes e investigaciones. España debería ser una mina con todos los casos de corrupción.

No sé si es una cuestión de cultura o de recursos. Si alguien te ofreciera esa posibilidad, lo harías encantado, pero cuesta mucho dinero. España tiene sus problemas particulares, pero este es un problema generalizado. Estamos en un momento en el cual diarios bien editados y bien financiados que apuestan por el periodismo de investigación están cayendo como moscas, en Estados Unidos más que en ningún sitio. Cuando piensas en las barbaridades que han cometido en The New York Times, con Judy Miller inventándose historias sobre armas de destrucción masiva en Irak, uno de los motivos que justificaron la guerra… Es un indicio de lo mal que están los medios, aunque admiremos tanto The New York Times.

Los medios han perdido protagonismo con la caída de la publicidad, han ido pasando a manos de bancos, como decía antes. Es como si la democracia estuviera en manos del poder financiero. Es la esencia de su libro: el gobierno real es el de Davos.

Hay algo del gobierno real en Davos. Pero existe una diferencia con el Davos anterior a la crisis, cuando se produjo una victoria ideológica del capitalismo globalizado y parecía que todo funcionaba muy bien: apenas había inflación, se habían alcanzado niveles de empleo respetables, incluso en España con su histórico déficit de creación de empleo. El crecimiento de la economía mundial era de los más altos desde los años sesenta, la edad de oro de las políticas keynesianas. En Davos se respiraba autosatisfacción. Habían convencido a la mayor parte de la población de que esto funcionaba, de que no había alternativa ni necesidad de buscarla.

Ya no estamos en esa situación. Se ha producido una ruptura entre las élites representadas en Davos y el ciudadano normal. Por eso es importante para ellos elaborar políticas de relaciones públicas. Davos es el escaparate del filantrocapitalismo y de la filantropía. Pretenden vender la idea de que, aunque sea inevitable esa concentración de la riqueza en un segmento de la población cada vez menor, más poderoso y más rico, están dispuestos a utilizar sus grandes dotes empresariales y sus grandes fortunas para rellenar, en cierta medida, el agujero dejado por la retirada del Estado.

Hay tipos como Arpad Busson, gestor de hedge funds, que administra una treintena de escuelas públicas en el Reino Unido, una de ellas en Liverpool, mi ciudad, a través de una empresa sin afán de lucro. Para ello utiliza la terminología del sector financiero más especulativo. Su empresa de gestión de la enseñanza infantil se llama Absolute Returns for Kids, un término de hedge funds: de rentabilidad absoluta para los peques. Algo grotesco. En Inglaterra todo el mundo da por hecho que el siguiente paso será la conversión de esas empresas en otras con afán de lucro, como las que están gestionando parte del sistema de enseñanza público en Suecia. Un sector supuestamente filantrópico está protagonizando la última fase de la privatización.

Que nadie se deje engañar con esa operación de relaciones públicas. Es parte de lo mismo. A Davos acude Bill Clinton con su fondo, el Clinton Global Initiative, también filantrópico con decenas de miles de millones de dólares. Según un reportaje que fue primera página en The New York Times, los Clinton están utilizando ese fondo para financiar la campaña de Hillary para llegar a la Casa Blanca.

En Davos se habla mucho de los paraísos fiscales, pero las grandes fortunas viven y se nutren de los paraísos fiscales y se habla poco de las grandes empresas que evaden de forma legal el pago de impuestos.

En Davos no se habla de manera crítica de los paraísos fiscales gracias a la campaña genial de imagen de la que hablábamos antes y de la ausencia de una organización de izquierdas. En el Reino Unido surgió una contestación en la red en favor de una justicia tributaria. Tax Justice Network ha organizado una campaña de protesta contra la evasión fiscal legal de empresas como Starbucks y grandes marcas como Apple y Google. Han tenido un éxito impresionante. Los consejeros delegados de esas empresas tuvieron que comparecer en el Parlamento británico y ahora se van a tomar medidas para evitar que las multinacionales se aprovechen de la ingeniería fiscal. Antes era casi imposible escribir sobre esto. Primero porque parecía imposible cambiarlo; segundo, porque era tan árido y complejo, difícil de escribir un artículo medianamente interesante sobre temas como evasión fiscal corporativa. De repente puedo escribir textos centrados en una marca como Apple. Bloomberg lo ha hecho, Reuters lo ha hecho, El País lo está haciendo. Es un cambio positivo.

En España se ha empezado a escribir sobre El Corte Inglés, que era un tema tabú.

Es importante que la crítica no se centre solo en la banca. La banca está endogámicamente relacionada con las grandes empresas de marcas multinacionales: Telefónica, Repsol, El Corte Inglés también, con alguna diferencia histórica. Tendemos a pensar que los malos son los banqueros y los consejeros delegados de empresas aparentemente productivas son mejores, pero cuando miras las tendencias de remuneración de los consejeros delegados de empresas como Telefónica, Zara y las multinacionales americanas y europeas, te das cuenta de que ese es un escándalo si cabe mayor que Goldman Sachs.

El Gobierno español vende que ya estamos saliendo de la crisis. Pero salgamos cuando salgamos, ¿cuál es el precio que vamos a pagar? ¿Cuánto vamos a retroceder?

Con el aniversario de la quiebra de Lehman Brothers hemos hablado de esta etapa de crecimiento en EE. UU., que ya lleva dos años y medio, y en qué se está basando. Es la historia más esperanzadora. Europa va a depender cada vez más de mercados exteriores como el estadounidense y el chino. En Europa estamos adoptando el modelo alemán: exportar y tener superávit comercial. Berlín quiere convertir la zona euro en un área con superávit comercial permanente. Quiere que todos seamos alemanes, como dice Ulrich Beck en su libro Una Europa alemana. Si es así, tendremos que basar el crecimiento en mercados exteriores; es decir EE. UU. y las grandes economías emergentes. Parece que las economías emergentes están entrando en la nueva fase de la crisis. Ha habido una fuga de capitales de los llamados BRICS [Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica] que se asemeja a lo que le pasó a España en 2010. El crecimiento brasileño es muy pobre ahora mismo, apenas un 1%. Respecto a China, tengo admiración por el economista Michael Pettis, que acaba de escribir el libro The Great Rebalancing, (La gran reestructuración). Él es norteamericano, nacido en Málaga, pero vive en Pekín. Hace un análisis convincente de la necesidad china de superar una economía basada en inversión en viviendas e infraestructuras, como España antes de la crisis, sin que esté claro que haya tanta demanda de viviendas e infraestructuras. Este ajuste —y hay consenso en que es necesario—supondrá, según Pettis, una caída del crecimiento entre el 3 y el 4%. Eso es un crecimiento muy muy bajo para China.

Desde hace treinta años, EE. UU. ha sido el consumidor de último recurso de la economía mundial, el famoso consumidor americano. ¿Cómo se puede fundamentar una nueva fase de crecimiento en EE. UU. basada en el consumo si los salarios de la clase media y la clase trabajadora se han recortado tanto desde el inicio de la crisis? Según Emmanuel Saez, un economista de la Universidad de Berkeley que hace un seguimiento de asuntos de desigualdad, el 95% del aumento de la renta registrado en EE. UU. desde el 2008 ha ido a parar al 1% de la población. La recuperación, que en EE. UU. viene produciéndose desde hace doce años y medio, ha beneficiado a un segmento estrecho de personas de elevadísimo poder adquisitivo. Estamos en una fase de crecimiento basada en productos de lujo, pero cuesta creer que el gran éxito económico de EE. UU. y Europa desde la Segunda Guerra Mundial esté basado en el consumo de la clase media. Y cuesta creer que sea sostenible, si puede basarse otra vez en una expansión de deuda. Ese fue el motivo del colapso de 2008, así que no lo veo claro. Tampoco veo que pueda aplicarse aquí. ¿Cómo va a haber crecimiento en España si hemos sufrido recortes del salario real de hasta el 10%? ¿Si no tenemos para comprar y no va a haber inversión pública para sustituir el vacío de consumo?

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La economía española se ha basado en los últimos cincuenta años en el turismo, primero, y en la especulación inmobiliaria, después. El mayor fracaso de la democracia ha sido no haber creado un verdadero tejido productivo.

España es, según el Gobierno de Rajoy y según Bruselas, un alumno ejemplar de la escuela de la devaluación interna. Ante la ausencia de una divisa que pueda devaluarse se ha adoptado una disciplina que permitirá a España devaluar salarios y costes. Vamos a salir de la crisis, y utilizan el término en inglés lean and mean [«perfeccionado y simplificado»], preparados para hacer lo necesario agresivamente para competir en la economía global. El problema de España en los años de la crisis fue un déficit por cuenta corriente que tenía que financiarse externamente. Se terminó la financiación externa y el modelo colapsó. Ahora tenemos superávit y Mariano Rajoy dice: «Hemos hecho lo necesario aunque ha sido duro». Pero en realidad tenemos superávit comercial por cuenta corriente debido al colapso catastrófico de la demanda interna, es decir, del consumo y la inversión. Sería engañarnos pensar que España puede volver a crecer sin tener los mismos problemas de antes.

Si queremos cambiar el tejido productivo sería lógico invertir en ciencia, tecnología y educación en vez de recortar. ¿Se está haciendo?

No, no se está haciendo. Quizá porque el diseño de la zona euro y la respuesta a la crisis por parte de las autoridades europeas no permiten el ajuste hacia una economía productiva porque haría falta una inversión pública. François Hollande acaba de anunciar una serie de políticas industriales en una amplia gama de industrias que los franceses consideran estratégicas. En España se debería hacer lo mismo, pero cómo se va a hacer si estamos sometidos a un corsé fiscal que Rajoy presenta como muestra de nuestra disciplina, pero en realidad es un suicidio para la economía productiva. Hay una incapacidad en Alemania para entender lo más elemental de la economía keynesiana. Empobreces al vecino utilizando políticas que supuestamente te van a beneficiar a medio plazo, pero si todos hacemos lo mismo no va a haber demanda.

En España hay problemas por el lado de la oferta. Es una economía que ha apostado por sectores no comerciables, que no permiten exportar y generan problemas en una cuenta corriente que tiene que financiarse y acabas dependiendo de capitales externos. Son necesarias reformas estructurales, no reducir los salarios, porque eso conduce a un problema de demanda aún más grave. Digamos que hay que tratar de hacer ese ajuste hacia sectores productivos de exportación. Pero creo que lo primero que hay que hacer en Europa es restablecer la demanda, así empezaremos a crecer. Eso se hace con políticas fiscales expansivas. En Alemania, seguro; también en España. Estuve hablando con un economista escocés que está en la Universidad de Brown, en Rhode Island. Acaba de escribir un libro sobre la austeridad. Hizo un catálogo de países que han adoptado este tipo de políticas. Nunca funcionan. En los años veinte fue un desastre: todos haciendo lo mismo que estamos haciendo en Europa, con la misma idea de disciplina. Ahora dicen que es el euro el que crea esta disciplina. En aquellos tiempos fue el patrón oro. El resultado fue la Gran Depresión. Hay países que han llevado políticas de austeridad, Suecia y Canadá, pero solos y en un momento en el que los mercados crecían. Hacerlo todos a la vez es una auténtica locura.

¿Podemos pasar aún de una doble recesión a una triple recesión o a una depresión?

Diría que va a ser un período larguísimo de muy muy bajo crecimiento. Mario Draghi asegura que esos brotes son de un verde muy pálido. Soy británico y tengo, a pesar de mí mismo, instintos euroescépticos. Creo que esta crisis no se ha resuelto en Europa. Que Draghi dijera «haremos lo que haga falta» no significa que los problemas subyacentes de una unidad monetaria con grandes fallos de diseño hayan convencido a los mercados. Todo depende de las impresiones de unos mercados ciclotímicos y desquiciados. Solo hace falta que un par de bancos de inversión tengan dudas sobre la disponibilidad del BCE en la compra de deuda española y se generará otra epidemia de miedo. La frase de Draghi era un reconocimiento de que había temor en los mercados. Como buen psicoanalista les quitó ese miedo. Pero había motivos para tenerlo. El principal es la relación entre la deuda soberana española y el sistema bancario. Un bucle pernicioso, según el FMI. Mientras tengamos un crecimiento bajo con una morosidad en niveles insostenibles, los bancos van a tener cada vez más problemas de capitalización y esto, en algún momento, volverá a contagiar a la deuda soberana.

Después de lo ocurrido con las preferentes hay una enorme desconfianza hacia los bancos y hacia cualquier producto bancario. Tampoco hay crédito, el dinero no fluye. La gente que tiene poco lo guarda bajo el colchón, como en Argentina, y los que tienen mucho lo trasladan a paraísos fiscales.

Estamos todavía en una edad del miedo, financiero y económico. Esto crea lo que Keynes llamaba la paradoja del ahorro: si todos ahorramos no hay nada que vaya a estimular la demanda. Tampoco la imposibilidad de conseguir crédito, tanto de particulares como de pymes. Si queremos ir por el camino de la zona euro, lo primero que se tendría que hacer es una unión bancaria y el rescate de la banca española. Una recapitalización de la banca española desde Europa, no desde Madrid. Pero los alemanes no quieren hacerlo. Se creó un Frankenstein con la complicidad de Felipe González, Jordi Pujol, José María Aznar… Meternos en ese proyecto ha sido una auténtica catástrofe para España.

¿Se refiere al euro?

Sí. Cuando trabajaba en Cinco Días en los años noventa, en el Grupo Prisa, la zona euro era incuestionable, pertenecía a los principios de la democracia. El diario El País tenía como lema ser un periódico europeísta. Ser europeísta era como un valor de libertad de expresión. Pero la realidad era que cuando querías cuestionar el diseño de la zona monetaria, que era muy cuestionable, no te lo publicaban. Te tachaban de anglosajón euroescéptico que trata de sabotear el noble proyecto europeo. Todavía se dice eso en la prensa española. Todavía en 2008, antes de la crisis, leías «la pérfida Albión y los euroescépticos del Financial Times quieren hundir el euro». Ese era el discurso de Zapatero y de El País. Demencial.

Además de la crisis económica, tenemos un problema territorial no resuelto desde la Edad Media: qué somos. ¿Un estado federal, plurinacional o autonómico? Parece que Cataluña está dando pasos hacia su independencia. Usted es inglés, vive en Madrid pero mantiene una relación estrecha con Barcelona porque trabaja en La Vanguardia, un periódico catalán. ¿Cómo lo ve?

Es complejo y no pretendo entenderlo. Entrevisté a Oriol Junqueras, el líder de Esquerra Republicana, para un artículo que preparo para la revista The Nation. Hay interés fuera por la situación de Cataluña. Lo interpretaría como una manifestación más de un pueblo que se siente privado de su soberanía en un momento de grave crisis de las instituciones públicas. La sanidad pública en Cataluña está en una situación espeluznante. Conozco personas que han pasado la noche en una camilla esperando a que una enfermera les limpie. A una amiga que tenía un bulto en el pecho y le dijeron que tenía que esperar tres meses para la prueba. Son cosas graves en una sanidad que ha sido un orgullo para el pueblo catalán. En cierta medida, las manifestaciones en la plaza Sintagma de Atenas son una forma de responder a esto, a una sensación de impotencia: que nuestros gobiernos no nos representan. Y aunque quisieran representarnos no pueden porque su soberanía se ha desplazado a Frankfurt, Bruselas y Berlín. Siento simpatía por las personas que salen a la calle para reivindicar el derecho a decidir, una reivindicación que quiere recuperar espacios democráticos. Son familias las que salen a reivindicar el derecho de Cataluña a decidir y a la independencia.

David Cameron parece más astuto en el manejo del caso de Escocia. Londres acepta el referéndum pero hace campaña activa en favor del «no».

En Escocia la campaña del «sí» no logra rebasar el 30%. Alex Salmond, primer ministro escocés e impulsor del «sí», trata de movilizar a los escritores. Estuve en Glasgow en julio con el editor de un nuevo libro con artículos de novelistas sobre la independencia; tiene a escritores como James Kelman y Alasdair Gray, cuyo último libro Lanark acaba de salir en español y es una maravilla. Salmond quiere que le ayuden para crear una visión de lo que sería una Escocia independiente. También hay un movimiento que se llama The Common Weal, gestado en la Fundación Jimmy Reid, un líder sindical de los estibadores escoceses del Partido Comunista, muy conocido en Escocia y héroe popular. El escocés medio está bastante más a la izquierda que el inglés medio. Ese Common Weal trata de identificar una Escocia independiente con los valores socialdemócratas, acercarse al modelo escandinavo. Dicen que no son nacionalistas, que son republicanos socialistas. Quieren la independencia porque creen que es imposible alcanzar objetivos de izquierda mientras Escocia pertenezca al Reino Unido. Es un argumento que tiene cierta lógica. Si miras la composición electoral del Reino Unido en estos momentos, quien decide quién tiene la mayoría en la Cámara de los Comunes es principalmente el sur de Inglaterra, donde ganan los tories. En Escocia no tienen ni un diputado. Los escoceses lo llaman el Doomsday Scenario: están privados de sus derechos democráticos porque cualquiera que sea su decisión en las urnas, acaban con un Gobierno que no les representa.

Andy Robinson para Jot Down 4

En el caso de España-Cataluña no hay debate. Aquí es una pugna entre sentimientos y prejuicios. Hablaba antes del discurso único sobre el euro, algo que ha sucedido con la candidatura olímpica de Madrid… Nadie discrepa, nadie ofrece opiniones diferentes, matices.

Es verdad. En Escocia, Cameron ha adoptado una política distinta. Artur Mas y Junqueras lo utilizan como ejemplo de que la democracia británica funciona mejor que la española. Personalmente creo que Cameron tiene su agenda. Si Escocia se desvinculara del Reino Unido, y esto es algo que dice Neil Ascherson en el London Review of Books, los tories tendrían la mayoría garantizada en Inglaterra hasta el infinito. No digo que sea su objetivo, pero es la verdad. La idea de que el Reino Unido es una democracia antigua en la que se respeta el derecho a decidir de los escoceses es ingenua. El Reino Unido es un país que ha sido el centro de uno de los imperios genocidas y tiene un sistema democrático anacrónico. Hay que tener cuidado al admirar tanto al Reino Unido.

Creo que si hicieran en Madrid un referéndum para comprobar si queremos ser catalanes, un 20 o 25% estaría dispuesto con tal de respirar un poco.

[Risas] Sí. Antes de la crisis tampoco teníamos muchos derechos democráticos. Era una democracia falsa. No podías, por ejemplo, encontrar un partido que propusiera volver al control de capitales para que no pudiera haber este dominio financiero. No existía como opción, se consideraba infantil y utópico plantear esas cosas. Pero ahora no tenemos nada. Ni siquiera nuestro Gobierno tiene poder para decidir el fin de una política de austeridad que es suicida porque la economía en España está en depresión. Diría que hasta Luis de Guindos sabe que no tienen razón de ser. Hay una ausencia de poder.

Una pregunta obligada para un británico, ¿cómo ve el asunto de Gibraltar?

Hay una lectura de que se trata del viejo truco de un Gobierno con problemas: jugar la carta patriotera. Si te digo la verdad, no creo que sea así. Creo que Gibraltar es una barbaridad y debería ser español, así de simple. Gibraltar es un paraíso fiscal muy turbio. No hay transparencia de lo que se hace con los flujos de capitales ilícitos, dinero ruso, etc. A través de la Tax Justice Network, la red de justicia tributaria británica, conozco gente como Nicholas Shaxson, que escribió un libro fantástico: Treasure Islands, (Islas del tesoro), una especie de análisis muy legible y divertido sobre los paraísos fiscales. Cuando surgió el asunto de Gibraltar pensé que igual podía escribir algo sobre eso desde el punto de vista de los paraísos fiscales. Le llamé y me dijo «no tengo ni idea». Nadie ha podido entrar a ver lo que pasa en Gibraltar por culpa del Gobierno británico y del Gobierno de Gibraltar, unos impresentables, en mi opinión. No es justificable la existencia de Gibraltar y ya va siendo hora de que empiecen a ver todo lo de los casinos online, etc. No sé si hay complicidad española en eso. Me extraña en cierta medida puesto que hay una ofensiva contra paraísos fiscales. Si el Gobierno español quisiera hacer una política inteligente, sería esa. En el G20 acaban de anunciar una medida para evitar que haya centros offshore que permitan salidas de dinero hacia Luxemburgo o las islas del canal de la Mancha.

En España, sobre todo en momentos de crisis de la democracia española y con un Gobierno tan poco democrático como el de Rajoy, hay tendencia a buscar ejemplos fuera. Inglaterra no es un buen modelo. El Reino Unido es una democracia fallida. Hay que ser muy crítico con su apoyo a lo que está pasando en Gibraltar, sin defender al Gobierno español. Vine a España huyendo. Me resulta difícil estar en Inglaterra, un país que se ha convertido en una gran parodia de sí mismo.

Hay una frase genial de Bernard Shaw. Le entrevistaban en la BBC y dijo: «Ustedes los ingleses presumen de lo que no tienen. Presumen del té, que viene de India o de Sri Lanka. Del whisky que es escocés y de Bernard Shaw, que es irlandés». Por lo menos a Inglaterra le queda siempre el sarcasmo, que es una válvula de escape.

Supuestamente es un valor nacional, pero creo que ahora es una especie de afectación nacional. Hemos tenido tanto Monty Python, que en su día fue subversivo, que ya es un componente de la identidad nacional. Soy de Liverpool y siento un poco lo mismo que Escocia: Londres es una ciudad tan sobredimensionada, tan poderosa, en la que se concentra tanta riqueza y tanto poder político que el resto de Inglaterra no pinta nada.

¿Cree que el célebre discurso de Ana Botella del relaxing cup of café con leche en la plaza Mayor escenifica las miserias y limitaciones de España?

No, no estoy de acuerdo con esa idea de los españoles. Estoy de acuerdo con la idea de que Ana Botella es una política poco preparada y que no debería ser la alcaldesa de Madrid. Es alcaldesa porque es la mujer del expresidente del Gobierno español que más daño ha hecho a España, responsable de la muerte de decenas de españoles y muchos iraquíes, que pertenece a un partido que no tiene la más mínima idea de cómo gestionar la ciudad. Madrid debería ser una ciudad con un gobierno moderno, al margen de ideologías.

Este es un país con una enorme energía que durante mucho tiempo se ha expresado de forma luminosa. Ahora vivimos tiempos de oscuridad pero esa energía sigue ahí, a la espera de algo que libere esa imaginación. ¿Qué es lo que se puede hacer para que esa energía creativa colectiva se ponga en marcha?

Lo primero que hay que hacer es cambiar la zona euro para que haya dinero para invertir en economía productiva y en cultura. España ha tenido Madrid, que ha sido una ciudad con una cultura efervescente, un crisol. Recuerdo un club al que iba. Se llamaba Suristán. Era un emblema de lo que podría ser Madrid si tuviera un buen gobierno: música latina, africana, flamenco. Todo se juntó de una manera espontánea y con mucha libertad. El barrio de Lavapiés, donde vivo, debería ser un modelo para España. Hay una convivencia que no he visto en ningún otro país. La gente dice que existen guetos y no es verdad. Es una coctelera. Ha dejado de existir la idea de de dónde eres; somos todos de Lavapiés y de Madrid.

Es algo muy neoyorquino, que nadie te pregunte de dónde vienes.

Con la diferencia de que en Nueva York las comunidades están más separadas. En Chinatown nadie habla inglés. En Lavapiés todo el mundo habla español. El castellano es nuestra lengua aunque no seamos españoles. No es que quiera ser español, lo que quiero es seguir viviendo en un barrio con vida en la calle, mucha oferta cultural y sin prejuicios de clase. Una cuarta parte de la gente que está en la plaza de Lavapiés, tan castigada por la crisis, son indigentes. No tienen casa o tienen una infravivienda. Se pasan el día bebiendo, están alcoholizados. Es terrible. Son el ejemplo de los estragos de esta crisis. Muchos son inmigrantes. Pero no están aislados como sucede en EE. UU. y en el Reino Unido. En San Francisco tienes la «plaza de los indigentes», los down and outs. Están todo el día bebiendo y vigilados por la policía, que los mantiene allí; casi nunca tienen interacción con el resto de la ciudad. Ese no es el caso de Lavapiés. El indigente está probablemente trabajando en algo, cobra un poquito y hay familia a su alrededor. Existe más cohesión que en otras ciudades europeas y norteamericanas. Ese debería ser el modelo para Ana Botella. Pero seguro que ella no ha pisado en su vida Lavapiés. También es verdad que hay mucha gente que lo está pasando muy mal. Es un barrio muy creativo. Hay que partir de jóvenes que se sienten dispuestos y abiertos a asimilar las culturas que vienen de fuera. Si empezaran a apoyar con dinero público la multitud de nuevos proyectos culturales en Lavapiés habría regeneración cultural en Madrid. Es solo un ejemplo, lo sé, pero es uno muy bueno.

Andy Robinson para Jot Down 5

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Javier Gómez: La culpa es nuestra, no de Rajoy

Tiene narices sentarse a escribir para enmendarle la plana a Mariano Rajoy, pero así es: la culpa no es suya. Ni de Zapatero, ese hombre, que gasta una tarde a la semana en el Consejo de Estado y tres con los playoffs ACB. Ni de “los mercados”, pronunciado como solo saben hacerlo los tertulianos progres, como si mentaran a Magneto, Octopus o cualquier otro villano Marvel. No. La culpa es nuestra: suya de ustedes y, faltaría más, mía.

La culpa es de un país de listos. De un país que se vanagloria de ser en el que mejor se vive y cada vez resulta más difícilmente habitable. De un país que vive atemorizado por la posibilidad de un rescate, como si no hubiese quebrado ya moralmente. De un país que solo habla de crisis económica cuando la ruina es moral, como escribe Enric González.

La culpa es de un país que ha estandarizado la corrupción con pisacorbatas dorado. En Italia, el crimen siempre ha estado un poco mejor organizado; tiene una estructura, códigos seculares, una épica y hasta a Marlon Brando para darle su pátina. La mierda italiana tiene al menos un relato. La nuestra está un poco más desperdigada. En España no hay mafia, dicen. Mejor que cada uno se monte la suya en su jardín. Corrupción modelo Ikea: la montas en tu casa, ayuntamiento, empresa constructora, comunidad autónoma o caja de ahorros.

La culpa es de la televisión. De los que sabemos que dos tetas te dan ese pico de audiencia al final del programa. De los que dejamos que Boing y Clan nos cuiden a los críos. De esa TV que nunca se equivoca apostando por el mal gusto de la gente. De los que llegaron a España a importar sus putillas, sus minifaldas, sus garrulos en huis-clos y otros laxativos de prime-time. Justo esos que teorizan que este negocio no es más que rellenar los espacios entre las tiras publicitarias.

La culpa es de un país capaz de indignarse con unos muñecos de látex. O, mejor dicho, capaz de indignarse solo por unos muñecos de látex.

La culpa es del 15M. Interesante como síntoma pero inútil y hasta peligroso como remedio. Tan incapaz de separar los bongos de las ideas (yo también copio a Dani Mateo). Ya se han hecho mayores, con su camisita, su canesú y sus escisiones, casi más como una separación de matrimonio viejo: para ti la casa en la playa, para mí los cuadros; para ti Twitter, para mí Facebook.

La culpa es del periodismo. Y, sobre todo, de quienes lo dirigen. Que critican el despilfarro del Estado, los blindajes de los altos cargos, los sueldos astronómicos de los consejos de administración y los han calcado en sus trémulas pirámides empresariales. Engordaron sus sueldos, sus sobres a fin de año, sus tarjetas de crédito a cargo de la empresa, y ahora intentan entrar en la talla XS de la crisis a base de eres. Como si Mastroianni, Tognazzi, Piccoli y Noiret se hubiesen apresurado a emprender la dieta del pepino en las últimas escenas de La grande bouffe. Ayer, por primera vez en meses, me emocionó una historia en un diario nacional. Una escritura de llamaradas. Un regreso al futuro del periodismo. Algún directivo igual hasta se vanagloria de haberla publicado. No encontró espacio en portada. El diario no pagó ni un euro de ese viaje. Y el redactor lo hizo empleando su tiempo de vacaciones.

La culpa es del PSOE. Aplicar los métodos de Bernardo Provenzano no es malo en política. Al menos, no novedoso. Pero u tratturi no se dejaba pillar con el micro abierto mientras amenazaba con cargarse al sospechoso de turno. Y Provenzano no habría tomado represalias contra Maru: a las mujeres la mafia suele dejarlas tranquilas. Se habría ido a por Tomás Gómez. Casi prefería al PSOE hace dos semanas, defendiendo a capa y espada que no era necesaria una comisión de investigación sobre Bankia, a su nuevo prêt-à-porter inquisitivo para el verano. Era, no sé, como más sincero. 

La culpa es de Mariano Rajoy. No solo, pero también. Es difícil tratar de mentecato a un político cuando sabes que no escribe lo que lee. Pero no tanto toda vez que asume proclamarlo en público. Como el viernes, cuando afirmó ante 23 futbolistas y un país con más de cinco millones de parados que España “necesita una alegría en estos tiempos difíciles”. Aquí no se ha producido ninguna catástrofe natural, ninguna desgracia divina. Vivimos los tiempos que hemos creado, pero sin que los responsables estén siendo investigados ni se haya extraído lección alguna. El Sahel necesita comida y España necesita trabajo y otra escala de valores, no panderetas ni golazos. Del Bosque le afeó la parida un día después, para evitarle el feo de no tener dónde esconderse ante el estrado. Del Bosque, por cierto, un ejemplo de esa izquierda genética y modosa, de esa izquierda honesta y que suda, de esa izquierda fea, joder, benditamente fea y de pueblo, que tanta falta hace, frente a la izquierda guay de los turistas del ideal, la izquierda puedelotodo, la izquierda dicta-consciencias. Escribió en La Repubblica Michele Serra sobre las tipologías de la izquierda, y siempre me sentí identificado con la que él denominaba “la izquierda de autogrill”, cuyo máximo exponente era Nanni Moretti: aquéllos a los que ya les basta con que en el restaurante de carretera les den el ticket y no defrauden a Hacienda.

La culpa es de un país que ha alterado la evolución de la especie. Infancia, adolescencia, primera edad adulta, madurez… han sido sustituidos por la primera generación eternamente adolescente. Empezó a los 14 y no tiene fin. Se trabaja incluso, se gana dinero, pero el objetivo es rehuir las responsabilidades, de gin-tonic en gin-tonic hasta la curda final de la madurez epicúrea. Suelen decir los antropólogos que la natalidad es el mejor índice de salud de una sociedad. Convertido a fútbol, España habría acabado este año goleada hasta por el Rácing de Santander. Si alguien quiere saber cómo se tienen hijos sin un duro que pregunte a nuestros abuelos.

La culpa es del Gobierno. No solo, pero también. Un Ejecutivo que iba a ser “el de los mejores”. Hasta que preguntas a jefazos del PP por qué tal o cual ministro ocupa puestos para los que no están preparados y contestan en privado, con algo de apremio, que “a ése lo impuso el partido”. Un Gobierno sobrepasado y, lo que es peor, que no consigue ocultarlo. A esta Moncloa de Bernarda Alba se le aprecian arrugas siendo un Ejecutivo neonato, como una de esas mujeres a las que el sufrimiento y la desesperación han convertido en viejas prematuras. Parece un equipo carcomido por las hostias que da el viento tras 12 años de mandato y no llevan ni 12 asaltos.

La culpa es de la Justicia. Perdón, mejor con minúscula. Esta semana salió a dar una rueda de prensa Carlos Dívar, un señor de hablar anquilosado y gesto ídem que no había tenido a bien dar ninguna desde que tomase posesión en 2008. Explicó, en suma, que sus 20 viajes a la Costa del Sol a hoteles de 4 estrellas fueron todos por motivos profesionales. ¿Cuáles? Eso ya no consideró de importancia mencionarlo. Y una ley de 1996 le ampara para no desvelar el motivo de sus desplazamientos oficiales. Ni siquiera me parece tan importante saber si se vio con Merkel o con tres putas rusas. Lo vergonzoso de todo es que el Estado ampare desde dentro que, sean tres putas rusas o una tía suya a la que guarda tamaño afecto, no debamos enterarnos.

Solo tenemos lo que nos merecemos. ¿Soluciones? Me perdonarán, pero uno es escéptico por naturaleza. Y no cree que España la tenga. Por culpa nuestra.


Enric González: La Transición era esto

Hace ya algún tiempo, casi 20 años, encontré en el aeropuerto de Goma a un joven fotógrafo recién llegado. El genocidio ruandés había desbordado sobre Congo, entonces Zaire, y morían miles de personas cada día por la violencia y el cólera. El fotógrafo me dijo que tenía poco tiempo y necesitaba tomar imágenes “intensas”. Preguntó si cerca del aeropuerto, del que aún no había salido, existía alguna fosa común. Existía, por supuesto: enorme y simpre abierta. Me pidió que le llevara hasta ella y lo hice. En cuanto se asomó a la zanja y disfrutó del espectáculo y del aroma, el fotógrafo vomitó sobre los cadáveres. Recuperando como pudo una actitud digna, el fotógrafo se alejó y desde la distancia, con la cámara empuñada, me explicó el intríngulis del asunto: “Es que estas cosas”, dijo, “hay que fotografiarlas con perspectiva”.

Muy cierto. Cuando el asco resulta insoportable, mejor alejarse y recurrir a la perspectiva. ¿Para qué meter la nariz en la carroña, si ya nos la conocemos? Bankia es sólo una excrecencia, una más, y no la última, de un sistema construido en los 70 sobre dos pilares que en su momento pudieron parecer razonables: la reconciliación y el consenso. La idea consistía en saltar por encima de los problemas endémicos de España (una letanía de conflictos centrífugos y centrípetos, de bandazos liberales y nacional-católicos y de angustias existenciales, resumido todo ello en la puñetera pregunta ¿qué es España?) y plantarse en el futuro sin resolver el pasado.

Ahora estamos ya en el futuro. La Cultura de la Transición (“copyright” de Guillem Martínez) ha conseguido sus últimos objetivos. La reconciliación es una plena realidad allí donde hacía falta, entre las élites: no hay más que ver cómo se protegen entre sí políticos, banqueros, altos funcionarios, gentes pudientes e intelectuales orgánicos, unidos y libres al fin de conflictos ideológicos, en la evasión de responsabilidades. Si cae uno, caen otros, como ocurrió en Italia a principios de los 90. El consenso ha permitido construir una España unida, separada y todo lo contrario, en la que cada ciudadano ha venido soportando al menos dos Gobiernos con su correspondiente pompa, sus gastos clientelares y sus caprichos, y en la que han mandado el dinero, la superficialidad y la desfachatez.

La ruina económica se debe en gran medida a los errores de la construcción europea, una tarea objetivamente positiva y sin embargo marcada por una de las taras del siglo XX: la convicción de que la realidad acabaría adaptándose al proyecto ideológico. Pero la ruina moral es enteramente nuestra.

Hemos llegado a un futuro parecidísimo al pasado. Tiene su gracia leer, en el presente trance, el discurso que Joaquín Costa pronunció el 3 de enero de 1900 en el Círculo de la Unión Mercantil e Industrial de Madrid. ¿Qué proponía? Aumentar la productividad, aligerar la administración, atender la pobreza, acabar con la corrupción caciquil y mejorar la educación. El clásico catecismo regeneracionista, con lamentos no menos clásicos: “¿Por qué será esto, señores? ¿Por qué será que el pueblo, que las masas neutras, que la nación, toleren el que de ese modo sigan jugando con sus destinos y con su suerte los gobernantes, sin más título que el de haber jugado antes con ellos 20 y 30 años? ¿Será, por ventura, que hayamos sido tan culpables como ellos, y que nos sintamos desarmados y sin autoridad para reconvenirles y jubilarles?”.

Volvemos a entonar saetas regeneracionistas como las del 98, a lanzar quejidos como los de Ortega y Gasset en La España invertebrada y a constatar, en resumen, que seguimos viviendo en el país angustiado e ineficiente que describió José Álvarez Junco en su espléndido ensayo Mater dolorosa, la idea de España en el siglo XIX. Aunque, crucemos los dedos, sin pronunciamientos militares y sin tanto hambre como entonces, hemos vuelto a la España de siempre. La Transición, al parecer, era esto.

Son curiosos los destinos nacionales. Véase el caso de Alemania, que desde mucho antes de su nacimiento (cuando el Congreso de Viena, o incluso más atrás) y hasta hoy mismo vive empeñada en salvar Europa, por lo civil o por lo criminal, y acaba siempre dejándola patas arriba. Alemania tuvo un par de décadas francamente simpáticas, más o menos las que transcurrieron entre 1968, cuando se afrontó la desnazificación, y 1989, cuando comenzó la retirada de las tropas ocupantes aliadas y se tramó la reunificación. Hoy es Alemania de nuevo.

Y España es España. Lo cual tiene sus ventajas. Los que pasamos de una cierta edad sabemos ya a qué atenernos, los jóvenes descubrirán en qué país viven realmente y por una temporada larga, muy larga, nos ahorraremos esas estupideces de nuevos ricos con las que abochornábamos al mundo. Algo es algo.


Tsevan Rabtan: El golpe

Un doctorando presenta su tesis sobre responsabilidad civil. Comenta cierto artículo del código civil húngaro, en su exposición. Un reputado catedrático, tras alabar su trabajo, sin embargo, matiza: “En su análisis de la responsabilidad civil en el derecho húngaro, imagino que ha trabajado usted con la traducción del francés realizada por el famoso profesor X. Yo considero más apropiada la traducción inglesa, que refleja mejor el espíritu de la norma …”. En ese momento, el doctorando, heroico, responde: “No, he trabajado con una traducción directa efectuada por mi vecino Pancho Puskas”.

Naturalmente, es posible que la traducción directa de Pancho Puskas fuera técnicamente menos acertada que una traducción que había pasado previamente por el inglés. También es posible defender que traducir de una traducción puede dar un resultado mejor que una traducción directa del idioma original: en cierto sentido, ésa fue también la excusa que dio la editorial del Ministerio de Defensa cuando al traducir De la guerra de Clausewitz utilizó no el original en alemán, sino una traducción inglesa. Por eso nunca creí el rumor de que el traductor de alemán salía más caro y que, para justificar el ridículo, tuvieron que ponerse a hablar de prólogos estupendos y notas al pie. Al fin y al cabo, el alemán es una lengua casi desconocida.

Estos ejemplos de mediación son muy españoles: se basan en la presunción, la vanidad y la ausencia de la más elemental vergüenza. Y podemos añadir otro ejemplo más, el basado en el trinque. Hace unos años, un señor italiano compraba un edificio en Madrid. Yo acudí como abogado de uno de los vendedores. La escena fue muy divertida: allí había varios abogados de los vendedores, uno del comprador, varios agentes inmobiliarios diferentes, un apoderado de un banco, un administrador de algo, dos gestores e incluso un señor que no terminé de identificar y que no recuerdo que abriese la boca. El señor italiano venía con un cheque y una cantidad muy importante de dinero dentro de un maletín. Su abogado abrió el maletín y empezó a repartir el dinero entre todos los que estábamos allí, incluyendo al silente. El italiano lo contemplaba todo con una mezcla de sospecha y —creo que podría decirse— admiración. Estaba presenciando una escena de ésas que salen en los libros de antropología.

Hoy —y esto es algo que podremos contar a nuestros hijos— estamos asistiendo, en patio de butacas, a la representación más excelsa que pudiéramos imaginar de este rito español. Las cajas de ahorros, que nacieron como reacción al negocio bancario, lugares en los que empeñar las joyas de la abuela y que no pagaban interés, se transformaron en falsos bancos, llenos de señores silentes que extendían la mano. Si nadie te pregunta por qué cobras, no vas a ser tan maleducado de preguntar por el lugar de donde sale el dinero. Hicieron negocio, pero eso era bueno porque las cajas eran de todos —nos decían—. Preguntar por los créditos y las condonaciones habría sido como traducir directamente del húngaro. Mejor que los balances fueran traducciones de traducciones, porque eso es mucho más rentable. Cuando la cosa empezó a ponerse fea, como consecuencia de la funesta manía de preguntar de algunos de los que nos prestaban dinero, alguien pensó que lo mejor era ir desapareciendo de escena. “Mire usted, señor cliente, esta Caja es de una viuda; la compró el marido, pero murió en seguida y nunca salió del garaje”. Ya eran bancos, cada vez más enormes y con una tripa más podrida, y el balance de la fusión era una traducción de una traducción de una traducción. Todas las cantidades ingentes de pequeñas irregularidades y pequeñas falsedades, unidas, acumuladas y empaquetadas, como aquellas subprime de bonitos nombres. Ahora nos dicen que esos bancos privados no valen lo que se supone valían, que hay una desviación de unos cuantos miles de millones de euros, que si la evolución, que si las exigencias de provisión, que si no se les puede dejar quebrar. Y los mismos con las mismas caras de mármol que se sentaban a cobrar y firmar que todo estaba bien, nos explican que esos bancos privados hay que hacerlos públicos para salvarnos a todos de la ruina. Y que no es culpa de nadie, que es lo que tienen los procesos económicos y los balances, que son flexibles. Durante cuatro años algo ha cambiado para que todo siga igual. Eso sí, en el proceso se han ido nuestros ahorros.

Lo peor de todo, además, es que tienen razón, y ahí radica su maestría. No podemos dejar que caigan.

Omnes gentes, plaudite manibus.