Futuro imperfecto #29: Estados Unidos arde, pero no se quema

Bethanie Mitchell/SIPA / Cordon Press.

El presidente estadounidense huyendo a su búnker de la Casa Blanca es un suceso con regusto a Bastilla y a guillotina. El ejército protegiendo Washington D.C, la capital del país, suena a distopía, y el toque de queda en veinticinco ciudades el pasado domingo a aparente disparate, casi inconcebible en una democracia en tiempos de paz. Los saqueos, la brutalidad de la policía y los excesos verbales de Trump han conseguido que muchos piensen lo que el filósofo y líder afroamericano Cornel West, considerado heredero intelectual de Martin Luther King: que Estados Unidos, como sociedad, es un experimento fallido

La chispa no fue el vídeo de Floyd, sino el de Jackson

Por duro que resulte el vídeo del ahogamiento de George Floyd, casi nueve minutos de ahogamiento por un policía a un detenido que gritaba «I can’t breathe», no sorprendió a los afroamericanos. Era una prueba más de las muchas que circulan a diario entre la comunidad negra. En 2013 ya eran tantas que se agruparon bajo el hashtag #BlackLiveMatters, las vidas negras importan, y dando así origen a un movimiento implicado en la denuncia de los abusos policiales sobre la población negra. 

Pero lo que tocó los corazones americanos negros para echarse a las calles fue el emotivo vídeo de Stephen Jackson, exjugador de la NBA. «They have killed my bro, everybody knows he was my twin». Muchos hombres y mujeres afroamericanos se sintieron profundamente identificados con el sufrimiento provocado por la muerte de Floyd. Porque en un vecindario negro tener un «brother» o una «sister» significa contar con un amigo íntimo, una relación de protección, apoyo y defensa mutua. Especialmente útil para avanzar en los estudios y no caer en el dinero fácil de la delincuencia, o ser víctima de la violencia policial o la de las bandas. El último vídeo emitido por George Floyd cuando estaba vivo refleja esta realidad: «no puede ser que los muchachos negros se acuesten con las rodillas temblando por los matones armados de nuestros vecindarios». Lo ha contado el cine independiente afroamericano desde que se estrenó Do The Right Thing de Spike Lee en 1989, además de todos los vídeos de hiphop, rap y resto de músicas negras contemporáneas.

El coronavirus como combustible

Las personas negras ocupan la mayoría de los denominados «trabajos esenciales», un estudio de principios de abril le ponía cifras para demostrar que eran mayoría en estos puestos. Fue publicado al mismo tiempo que comenzaba a saberse que el ritmo de contagio por coronavirus entre afroamericanos se multiplicaba por tres, y el de muertes por seis. Esta semana su probabilidad de morir por coronavirus ya es el doble respecto al resto de la población, incluso en aquellos estados donde demográficamente son minoría

El motivo no es solo que desempeñen trabajos muy expuestos al contagio. Los centros de test y control se han situado mayoritariamente en vecindarios blancos. Y al tener más bajos salarios su cobertura médica también es menor, por lo que tienen más dolencias crónicas como hipertensión y obesidad, que aumenta la mortalidad por coronavirus. Antes de que empezaran las protestas ya había cuarenta y tres millones de personas en el paro en EE. UU., y más de la mitad de ellas eran de raza negra. El polvorín estaba servido.

Y el presidente encendió el fuego

El pasado viernes Donald Trump corrió a refugiarse en el búnker de la Casa Blanca acompañado por sus servicios secretos. Estaban lloviendo bengalas y botellas de agua congelada rompían los cristales del edificio, saltando desde el otro lado de la verja. 

El domingo se apagaron las luces del exterior, y los alrededores quedaron iluminados solo por coches en llamas y la sacristía de la iglesia de Saint John, a la que habían prendido fuego. A partir de ese momento las protestas se dividieron en tres hechos que han corrido paralelos: la narrativa de Trump vía tuits, los saqueos y quemas violentas, y las manifestaciones pacíficas. 

El lunes, mientras lanzaba su discurso a la nación, las fuerzas de seguridad dispersaron con gases lacrimógenos a una multitud pacífica para que Trump pudiera acudir caminando a la iglesia de Saint Johnn y hacerse una foto con la biblia en la mano. Un mensaje claro para sus simpatizantes y votantes, seguido de un tuit donde aseguraba que nadie había hecho tanto por los negros como él desde Abraham Lincoln (que también fue del partido republicano). Fue también una reacción política al acto de su opositor, Joe Biden, que se había reunido con los líderes afroamericanos. Paralelamente las redes se llenaban de vídeos donde la policía actuaba con brutalidad contra manifestantes pacíficos y muchas veces inmóviles, usando gases lacrimógenos y hasta explosivos

La semana no había hecho más que comenzar. En una llamada a los cincuenta gobernadores de los estados los llamó idiotas, acusándolos de estar dando una imagen de debilidad, y llegó a proponerles que pidieran la asistencia del ejército para frenar las protestas. Algo que Trump solo podría hacer invocando una ley de 1807, la de Insurrección, empleada por última vez en los disturbios de Los Ángeles en 1992. La violencia y destrucción de entonces estuvo focalizada en aquella ciudad, pero ahora son hay trescientas cincuenta ciudades en las que se producen protestas, unas cuarenta en estado de sitio, y la mayoría con actos violentos. Lanzar el ejército contra ellas no parece una forma de rebajar la tensión. Especialmente porque los saqueos se centran en individuos robando zapatillas deportivas, y en grupos organizados que se llevan electrodomésticos de alta gama. Y una minoría de exaltados que prenden fuego a edificios. 

El miércoles las unidades militares desplegadas en Washington volvieron a sus bases, y el jefe del Pentágono aseguró que no es buena idea usar el ejército, salvo en casos excepcionales. Hasta Trump ha salido a asegurar que fue al búnker para ver cómo era, no porque quisiera refugiarse allí. La toma de la Bastilla acaba con un tuit que parece una broma, aunque en realidad es un intento de dominar la narrativa del conflicto. En cualquier caso la tensión se ha reducido, por el momento. 

El deporte impulsó las manifestaciones pacíficas

Los deportistas de élite han desempeñado un papel fundamental en estas protestas. En realidad llevan haciéndolo desde 2016, cuando un jugador de fútbol americano llamado Colin Kaepernick puso una rodilla en tierra antes de un partido, mientras sonaba el himno nacional. Cuando al final del encuentro los periodistas le preguntaron, afirmó que protestaba por la opresión de los afroamericanos y por los abusos policiales. 

La interpretación de su gesto fue casi unánime en todo Estados Unidos: había insultado a la nación, a su ejército, a sus símbolos. Y lo había hecho un héroe nacional, que es lo que son allí los jugadores estrella, que además lucía un peinado afro como signo de su orgullo de raza. Kaepernick atentaba contra la imagen del negro bueno, esa que encontramos reflejada en los impecables trajes de Sidney Poitier en Adivina quién viene a cenar, o en el Will Smith de En busca de la felicidad. No puede ser que el ejemplo para los muchachos afroamericanos, que miran al deporte como uno de sus pocos ascensores sociales, fuera un activista. La liga NFL canceló su contrato de trescientos doce millones de dólares, no ha podido volver a jugar, y durante un tiempo fue objeto de la ira tuitera de Trump. 

Pero esta semana policías y militares han puesto una rodilla en tierra en muchas ocasiones para apaciguar los ánimos de los manifestantes. Para declarar que están a su servicio, al de una misma nación y por encima de diferencias de opinión o raza. También los deportistas de raza negra se han manifestado, especialmente los de la liga NBA. LeBron James, una de sus figuras más destacadas, ha recordado que no había habido nada ofensivo en el gesto de Kap (Kaepernick). Dejando caer que el escarmiento recibido por la NFL obligó a muchos a callarse. 

El único equipo al que no se había permitido opinar eran los Knicks, propiedad de James Dolan, amigo de Donald Trump. El club enviaba una carta asegurando que ellos no estaban cualificados para emitir una opinión sobre la muerte de Floyd. Era un mensaje a sus jugadores para que se callasen. Tan impopular que el mismo jueves Dolan tuvo que enviar un correo electrónico aclarando que él sí condenaba el racismo. Ese es el mejor indicador de que las protestas han surtido efecto, y que reformar la policía es algo percibido como necesario para la mayoría de estadounidenses. 

Pero el racismo y la situación de las minorías sigue

Trump puede perder o ganar las elecciones de noviembre, pero no serán las protestas violentas las que le aparten del poder, sino los votantes. Aunque ganara Joe Biden, su perfil es de un conservador y no se prevé que traiga grandes reformas sociales

Hasta noviembre queda mucho tiempo, falta saber cómo expandirán estas protestas los contagios por coronavirus, y si el presidente convence de que es un líder apto para la reconstrucción económica y para asegurar la seguridad de los blancos frente a los negros que saquean sus negocios. Una frase muy celebrada por sus seguidores en Twitter esta semana, «When The Looting Starts, The Shooting Starts» (cuando empieza el saqueo, empieza el tiroteo) tiene su origen en una llamada a la violencia contra el Movimiento por los Derechos Civiles de 1967. Nunca ha ocultado del todo su racismo, ni su simpatía, o al menos su tolerancia, por el movimiento supremacista blanco. Y eso le ha beneficiado electoralmente. La prensa americana teme todavía que el presidente sea capaz de invocar la ley de Insurrección y lanzar al ejército contra los ciudadanos. Y ganar.

Justo en el otro extremo Barack Obama ha llamado a aprovechar las protestas y convertirlas en algo más grande, una imitación del Movimiento por los Derechos Civiles. Desde luego hay paralelismos históricos. Una imagen tan potente como el asesinato de George Floyd fue la de Emmet Till en 1955, linchado por silbar a una mujer blanca, y también dio la vuelta al mundo. Además fue el origen de protestas que condujeron al movimiento del que Martin Luther King sería uno de los líderes más destacados. Y que impulsó el fin de la segregación racial en 1964, y el voto para los negros un año más tarde. 

Aquel movimiento y aquellas leyes dejaron desequilibrios pendientes que traen disturbios cuando la situación económica empeora. Los padres negros se ven obligados a enseñar a sus hijos cómo tratar con la policía para no ser asesinados. Y, digámoslo también, muchos blancos, incluso blancos bienintencionados, confían en no tener que adivinar quién viene a cenar. 


Futuro Imperfecto #6: La década que pone fin al Imperio Millennial

Deberíamos haber visto cosas que no creerías, como ataques a naves en llamas más allá de Orión. O rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Al fin y al cabo estamos en 2019, momento en que transcurría el Blade Runner de Ridley Scott, y también cierre de la segunda década del siglo XXI. Pero nos la han vuelto a pegar, así que tendremos que conformarnos con el caos urbano, mezcla de polución y turistas de la película, y resignarnos también a que los coches no vuelen. En todo lo demás los acontecimientos nos han superado, y lo harán aún más en la década siguiente. Esa en que, según los sociólogos, los millennials se harán viejos y la generación Z, que quizá lleve esa letra porque el clima puede convertirla en la última, será la dueña del mundo. Ok, boomer. Vamos con el repaso de la década y la previsión de tendencias.

De generación en generación, ¿regeneración?

Cuatro generaciones, baby boomers, la generación X, millenials y generación Z, han competido a la vez en el mercado laboral. Bueno, es un decir, porque el paro juvenil en España superó el 50% y el futuro del empleo no pinta bien. Las generaciones vienen definidas por la edad y por los impactos sociodemográficos que las dan forma, hasta que adquieren una manera común de entender la sociedad y el entorno. En los próximos años nos encontraremos con varios impactos generacionales. La jubilación de los baby boomers, con los problemas económicos asociados a su salida del mercado. El futuro de las primeras generaciones que van a vivir cien años… o quizá simplemente «sobrevivir», ya que la mala calidad de vida empieza a ser motivo de preocupación desde la adolescencia. La baja natalidad, que algunos postulan buena para «salvar al planeta», otros postulan terrible «para la economía», y quizá simplemente sea una consecuencia natural de los ingresos y el estilo de vida. Nos encontraremos también con el problema del empleo y el déficit, en un entorno donde la deuda es imparable e impagable, donde los países están virando hacia un mayor proteccionismo tras décadas de apertura, y donde tarde o temprano el dinero para pagar todo lo que ahora se considera un derecho se acabará. 

El impacto de estas tendencias sociodemográficas está llevando ya a replantear derechos fundamentales. Quién puede votar y quién no: Podemos propuso rebajar la edad a los dieciséis para ejercer ese derecho, al modo de Austria y Grecia, ya que es la edad legal para trabajar. Privación de libertad con penas más altas para criminales irrecuperables, como la prisión permanente revisable, aprobada por el gobierno del PP, y ya aplicada a casos como el del Chicle, asesino de Diana Quer, fue recurrida ante el Tribunal Constitucional en 2015 por todos los grupos de la oposición. Unos y otros parecen eludir el debate de fondo sobre el asunto, tomando decisiones a golpe de tuit. 

Ese apresuramiento puede estar detrás de la pérdida generalizada de confianza, no solo entre generaciones —millennials achacan sus problemas a boomers—, sino también en los políticos, expertos, y a este paso, en todo lo que nos rodea, con la consiguiente búsqueda de algo nuevo en lo que creer. El nivel de polarización en la opinión pública de la mayoría de los países crece y crece, mientras los políticos confirman, cuando creen que no les escuchan, que les conviene que haya tensión. Vienen tiempos de conflicto y de conflictos.

No parece nada nuevo. Repasando la historia hemos vivido este tipo de situaciones antes ¿La culpa esta vez? En gran parte, de la tecnología

Tecnológicamente, esta ha sido la década del 4G, y ahora viene el 5, con rima

Parecía muy banal cuando lo escuchamos por primera vez, pero ese 4 posibilitó que nuestros teléfonos móviles se convirtieran en pequeños ordenadores. Quién iba a decirnos que nos condenaría también a una conexión permanente con el trabajo, los amigos, y los grupos de Whatsapp. Con el 5G llegará el siguiente paso, el de que nuestros coches y neveras estén conectados a internet. Parece una memez.  

Pero el caso es que no lo es, y en breve todo electrodoméstico, desde una batidora a un timbre, estarán conectados a internet. Es lo que se llama IoT, internet de las cosas, que además de hacernos más vulnerables, posibilitará al fabricante del 5G tener todos nuestros datos. Quien lidera la implantación de esta tecnología es la china Huawei, y eso ha disparado todas las alarmas. Si la compañía es obligada a ceder todos sus datos a China, el país asiático tendría en sus manos el control de nuestro ejército, sistema financiero, comunicaciones, suministro de energía, agua, neveras, etc. Una invasión militar efectiva, sin disparar un solo tiro, y sin enviar tropas.

Estados Unidos puso el grito en el cielo, colocando a Huawei en la lista de empresas con las que no pueden comerciar sus ciudadanos, y obligando así a Apple a dejar de trabajar con ellos. Acaba de seguirle Alemania, con una legislación que pretende ser generalista, pero redactada especialmente para que la empresa no pueda ser la encargada de instalar el 5G alemán. El gobierno chino ha montado en cólera, amenazando con no comprarles un solo coche. Veintiocho millones de automóviles para los que no será fácil buscar un mercado alternativo. La ofensiva ha alcanzado también a Dinamarca, donde el embajador chino ha amenazado a miembros del gobierno de las Islas Feroe con restringir la exportación de salmón a China si no aceptan implantar el 5G… de Huawei. Obviamente, a la noruega Ericsson, con más capacidad de instalación que Huawei, pero patria del salmón, no van a pedírselo. 

¿Y qué defensa hace de sí misma la empresa asiática? La peor posible, afirmando que ellos son buenos y no venderán datos al gobierno chino. ¿El mismo gobierno que les defiende con extorsiones y amenazas en medio mundo? 

Menos mal que en nuestro país tiene vía libre: su consejero delegado asegura en los foros internacionales que España va a ser el ejemplo de Europa en su instalación. Ay, que nos va a tocar la rima del cinco con el 5G chino. 

Esta movida tiene una vertiente imprevisible, porque Estados Unidos está empujando a China hacia su independencia tecnológica completa. Como sea capaz de sacar su propio sistema operativo, distinto a iOs y Android, dejará de necesitar a los desarrolladores estadounidenses. Y es que las guerras, desafortunadamente, suelen tener como positivo el desarrollo de nueva tecnología o conocimiento. Aunque el principio de acuerdo alcanzado puede hacer pensar a muchos que las dotes negociadoras de Donald Trump funcionan, esto es solo el prólogo de lo que está por llegar

Resurge la política de bloques de la Guerra Fría

El presidente Donald Trump y el vice primer ministro Liu He, 2019. Foto: Shealah Craighead / Cordon.

El secretario de defensa estadounidense, máxima autoridad del Pentágono, ha afirmado que China ha desplazado la preocupación militar de EE. UU., para quien Rusia pasa a ser el segundo mayor enemigo, no el primero. Ha afeado al gigante asiático sus intentos por dominar el espacio marítimo al sur del mar de China, así como su injerencia en otros países saltándose leyes internacionales. No solo eso, anuncia una nueva geoestrategia, centrada en limitar la expansión del gigante mediante sus principales aliados en la zona, especialmente Corea del Sur. Los analistas coinciden: esta nueva situación ha venido para quedarse, y ahí tenemos el conflicto que protagonizará los titulares militares de la próxima década.  

De momento, Taiwán ha hecho un llamamiento para no acabar como Hong Kong, y ese abierto desafío al gobierno de Pekín puede entenderse como un intento de alinearse con un posible nuevo bloque de presión estadounidense. 

China no es democrática y tenemos que convivir con ella

Si algo molesta al gobierno chino es que se le denuncie como dictadura. Es lo que tiene reconvertirse al capitalismo, que se abandona la famosa dictadura del proletariado, tan comunista, pero sin abrazar la democracia. Tendríamos que repasar su historia para entenderlo, pero podemos resumirlo en que China, más que un país, es un continente mezcla de varias etnias, lenguajes y creencias, que lleva intentando unificarse bajo la etnia Han desde los tiempos de Mao, y aún antes. Va a hacerlo por las buenas o a la fuerza, y la última minoría con la que se está intentando acabar, con un sistema demasiado similar a los campos nazis, es la etnia uigur. Chinos musulmanes con idioma propio. 

Era un rumor no confirmado hasta que se filtraron una serie de datos de la provincia de Xinjiang, donde están esos nuevos campos de concentración. Ahora sus autoridades destruyen a toda prisa las evidencias del genocidio. Este es el país que nos va a instalar el 5G, del que dependemos tanto económicamente que el aumento de tensión en la guerra comercial con EE. UU. puede hundirnos en una crisis. Coja al azar cualquier producto, cualquier etiqueta, y comprobará que un 80 % de lo que posee tiene la etiqueta Made in China. ¿Vamos a afearle sus costumbres dictatoriales a nuestro proveedor? 

No, y además tendremos que comerciar con él. Quizá debamos hacer caso a Rafael Poch, y aceptar que es un país al que no entendemos lo suficiente, pero que está muy bien gobernado.  

Hemos pasado del presidente negro al blanco, y no nos ha ido mejor

Barack Obama, 2014. Foto: Andrew Harrer / Cordon.

Si algo tuvo la era Obama, el presidente elegido seis meses después de desatarse la crisis de 2008, fue un elogio generalizado del primer negro en la casa blanca. Will Smith llamó a su hijo, llorando, para que viera que, por primera vez, un hombre de su raza gobernaría en Estados Unidos. Poco después le concedían el Nóbel de la Paz al tipo de la gran sonrisa cuyo segundo nombre era Hussein. Menudo chiste después de tanta guerra en Oriente Medio. Al menos Obama reconocía en una entrevista de empleo antes de dejar el cargo que no sabía por qué se lo habían dado. Cosas de suecos.

Y tras el negro, hombre de color, o afroamericano, llegó el blanco, o el zanahoria, según le dé la luz. Donald Trump tiene tan mala prensa como buena tuvo Obama, pero ¿de verdad son tan diferentes? El resumen de los ocho columnistas estadounidenses de The Guardian aseguró al fin de su mandato que no. La sensación es que bajo Obama se instauró la precareidad entre los trabajadores estadounidenses. Ahí estuvo razón del éxito de la gorra roja de Trump con el «Make America Great Again», ligada a hacer regresar las fábricas para sus votantes rurales, los rednecks. Cosa que, claro, no ha sucedido. 

Obama se declaraba adalid de la lucha contra el cambio climático mientras financiaba con fondos públicos mayores explotaciones de crudo en países extranjeros. Deportó a más de 2,5 millones de personas hasta ganarse, concedido por los latinos, el título de «deportador en jefe», imitando el de «comandante en jefe» que todo presidente tiene como mando supremo del ejército. 

Menos mal que nos queda el Impeachment

Si Trump resume los males de nuestro tiempo, siempre podemos echarle. Los demócratas han lanzado el Impeachment, un equivalente aproximado a nuestra moción de censura, que terminaría con su mandato. ¿Funcionará? La aprobación en el Congreso de hacerle un juicio político en el Senado no debe llevarnos a error. Ambos partidos han votado en bloque, y eso quiere decir que los republicanos se han mostrado en contra. Pero para echarle de la presidencia se necesitarán sesenta y siete votos fundamentales que dependen de senadores de su propio partido. 

Lo que van a hacer a Trump en el Senado estadounidense es un juicio, y los senadores norteamericanos no son como nuestros diputados, monos que pulsan el botón que el partido les dicta. Llevan tan a gala su independencia como la honradez, y si unos pocos miembros del jurado consideran que su líder ha cometido traición a sus sacrosantos Estados Unidos de América, le tumbarían. No parece que vaya a ser así, porque el presidente tuitero ha sido listo, y está polarizando el debate como una contienda preelectoral entre demócratas y republicanos, con vista a las próximas elecciones de noviembre de 2020.

Recordemos lo que nos explicaba Roger Senserrich, ningún presidente americano tendría las manos libres para hacer nada, fuera de emergencias, antes de 2020. Nos lo dijo en 2014, usando el término gerrymandering, que, la verdad, parece sacado de las Alicias de Lewis Carroll. Agiliscoso brumeaba. 

O les echamos, o nos echamos todos a la calle. Otra vez.

Protestas desencadenadas por la muerte de Mohamed Bouazizi. Foto: Cordon.

Si algo ha sido esta década, es la de las revoluciones en la calle. Queremos recordar aquí a Mohamed Bouazizi, que no era un activista, ni un revolucionario, ni un héroe. Tan solo un humilde vendedor de frutas, tan desesperado por la confiscación de su puesto por la policía, y las humillaciones posteriores cuando fue a pedir explicaciones, que se quemó a lo bonzo. Su llama incendió Túnez, hizo huir al dictador que llevaba veinticuatro años en el poder, e inició una serie de revueltas denominadas Primavera Árabe

Aunque para ser honestos lo que nos sacudió a nosotros, y con extremada fuerza, fue un movimiento denominado 15M. Nadie tenía muy claro qué era, y lo único seguro en 2011 es que un montón de gente, ya hasta las narices de prometidos brotes verdes, y apaleada por la crisis, acampó en las plazas de media España. No era un movimiento político, sino la sensación de que habíamos dado un gigante paso atrás, con una clase política indiferente e impune, además de soberbia. El movimiento de los indignados lo cambió todo y aquí estamos, todavía sin gobierno, y sin paraíso.

Y eso que durante unos meses pensamos que quizá esta vez íbamos a asaltar, por fin los cielos. Podemos aglutinó el malestar del 15M y puso un partido en las urnas para entregarle nuestra rabia. Bueno, y para que el PP pusiera el grito en el cielo anunciando que regresaban los comunistas, los cuales después decretarían alertas fascistas, y vuelta a empezar. En realidad pocos de sus líderes eran marxistas, casi ninguno estuvo en las plazas, y hasta hubo oportunistas que ascendieron allí declarándose miembros de la PAH. Esta entrevista a Simona Levi explica un poco esa «visión tan particular de la realidad personal» (también conocida como «hechos alternativos»), pero sobre todo históricamente es oro para comprender lo que «Pudieron» ser, y no fue. 

Y esta otra trata de explicarnos que si queremos salir de la crisis tenemos que abandonar o reformar el capitalismo. Hay que darle la razón a Mónica Oltra, la crisis es, o fue, en realidad, una gran estafa. Como las falsas víctimas del 11S o del 11M, o los padres de Nadia, representantes de una nueva moda, el victimismo lucrativo. Curiosamente en todos los casos el resultado es una gran deuda que destruye la confianza.

Tampoco la Primavera Árabe, que nos hizo confiar con esperanza, trajo grandes cambios. Nicaragua, Bolivia, Chile, Colombia, Hong Kong, se han sucedido de revuelta en revuelta, y en todas tiene uno la sensación de que reivindican, con justicia, lo mismo que nuestros indignados, y que los inspirados por Bouazizi. Merecerían tener la razón, pero quizá estemos en el siglo donde toda lucha es estéril. O quizá, poco acostumbrados a pelear, nos demos por vencidos demasiado pronto. 

También es posible que simplemente los que piden cambios en realidad solo quieren uno: «quítate tú para que me ponga yo». No se busca cambiar el sistema o mejorarlo, solo revanchismo con los anteriores para hacer lo mismo que hacían ellos. Ada Colau explicaba cómo la gente le pedía por la calle trabajo para amigos y vecinos, es decir prevaricar. Y basta con un ratito en la cuenta de Twitter de @mejoreszascas para comprobar cuánto político que se quejaba del comportamiento del de al lado lo repite con minucioso mimetismo. Es la moda. Y claro, los políticos han pasado a ser una de las primeras preocupaciones para los ciudadanos de a pie.

La conclusión es que hemos ido de manifestaciones y protestas a movimientos, que se reforzarán cada vez más, saliendo una y otra vez a la calle. Esta vez, educados en no convertirse en partidos políticos, sino en marcarles el camino. Es lo que intentan hacer en Francia la suma de colectivos contra la reforma de las pensiones de Macron, o el Movimiento de las Sardinas en Italia. 

De cincuenta sombras de Grey hasta «El violador eres tú»

Mujeres cantando «Un violador en tu camino». Lima, Perú, 2019. Foto: Carlos Garcia Granthon / Cordon.

Ni la revista Times, al nombrarla persona más influyente en 2012, ni la propia escritora L. E. James imaginaban que al cabo de una década Cincuenta sombras de Grey habría vendido cien millones de ejemplares. Reconocemos el mérito de conseguir esas ventas tras escribir «Oh my» más de setenta veces en el primer libro de la trilogía. Su éxito es una lección para especialistas en marketing y medios de comunicación, responsables últimos de hacer viral algo que no estaba destinado a serlo

Pero hay algo más que pareció pasar desapercibido a las lectoras de entre veinte y treinta años, que han constituido el 70 % de sus compradoras. El protagonista masculino es un maltratador, que trata de controlar lo que ella come, cómo viste, qué coche conduce, y que se cabrea cuando ella no le obedece. Anastasia está lejos de estar empoderada, todo esto la halaga, y mientras nos lo cuenta no para de decir «guau» y hablar de la diosa del sexo que lleva dentro. 

La clave está en las sensibilidades cambiadas, lo que ayer era malo, ahora que estoy en la cima es bueno. Empodera la faja de Kim Kardashian, y Perez Hilton pide perdón a las celebrities a las que haya podido hacer daño con sus comentarios en su blog… ahora que él es una celebrity y no quiere que le hagan lo mismo. El ciclo de la vida, vida en la que debemos evitar o neutralizar a toda la gente tóxica que nos iremos encontrando. Cada vez serán más.

Un grupo de investigadoras publicó un estudio en 2014 advirtiendo del modelo tóxico de relaciones que reflejaba la novela, y su posible negativa influencia en las jóvenes lectoras. Es el eterno debate en que estamos sumidos, ¿no tiene derecho absoluto la ficción a desarrollar su libertad creativa? Error de foco, porque la cuestión aquí es si hoy Penguin Random House se hubiera atrevido a comprar los derechos de una obra erótica publicada en un sello ínfimo de Nueva York. 

Se nos viene encima con mayor fuerza el problema sobre la libertad de expresión. Ya no vale hacer boicots usando nuestra capacidad de compra, es decir no comprando, tal y como explica Enrique Dans en su último libro. Ahora lo moderno es escrachar, prohibir la libertad de expresarse a cualquiera que no nos guste, por cualquier motivo, convirtiendo lugares como las universidades en parques temáticos de lo pírricamente correcto, y actualizando la tradicional quema de libros

Adiós diálogo, negociación, civilización, bienvenidos al conflicto por el conflicto. Cualquier problema, la más mínima molestia, la percepción personal de incomodidad, torna en violencia. La generación blandita lo es para indignarse, pero deja su pasividad para estallar anónimamente en redes o con la cara tapada fuera de ellas. El problema es que a esa generación nunca se le enseñó a luchar, ni aquí antes ni allá en el futuro, por lo que puede llegar a ser utilizada como su Luca Brasi particular por aquellos que mejor sepan venderles el relato o el himno adecuado. 

Terminamos el año en que el himno «El violador eres tú» ha sido coreado en América, Europa, y hasta por las diputadas del Parlamento Turco. Su estribillo, creado por el colectivo Lastesis en Chile, deja claro el problema que persiste todavía en muchas partes del mundo: «Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía». Todo, porque la mujer aún debe demostrar en los tribunales que no deseaba ser violada cuando lo fue. Aquí, con una legislación específica que en lo penal pena más al hombre que a la mujer, vivimos una época que será recordada por «las manadas», grupos de hombres contra una mujer sola. Recordada y distorsionada, tanto, que incluso algunos políticos confunden las manadas con otras… cosas. 

Esta distorsión empieza a suponer un posible riesgo para la presunción de inocencia, que algunos insisten en eliminar; pero sobre todo para la confianza en la justicia, que se ha visto afectada por el populismo y el espectáculo mediático continuado en que viven grandes medios y políticos. En la época de los realities, baratos, rentables y con contenidos tan inevitables como Thanos, incluso el reality por antonomasia, Gran Hermano, no pudo verlo venir ni evitarlo… o eso dicen. 

Es entonces todo un reality, realidad incluida, y por eso hemos confundido ficción con realidad: el artista que creó una falso tour de la Manada de Pamplona ha sido condenado a un año y medio de cárcel y una multa de quince euros. Los medios que tomaron erróneamente por verdadero su falso montaje, creado para denunciar el despreciable tratamiento que realizan en estos casos dichos medios, no han sufrido ninguna consecuencia. Vendrán más condenas y más límites a la libertad de expresión y a otras libertades. 

Es complicado saber el precio que esta sociedad está dispuesta a pagar para que hombres y mujeres lleguen a relacionarse en condiciones de igualdad. Curiosamente se busca ir rápido en el proceso cuando se prevé que la igualdad de género no se alcance hasta 2119. Quizá ni siquiera lo haga nunca. 

Queríamos más mujeres en las carreras STEM y ahora el problema es que cada vez hay menos gente de cualquier tipo en las ingenierías. Queríamos paridad, pero que haya más profesoras de primaria o enfermeras no motiva al cambio. Hay más juezas que jueces, pero a los puestos más altos llegan más ellos. Al menos de momento. 

Quizá no sea tan simple como los himnos y las frases lapidarias de fácil difusión tuitera, quizá haya que entender el problema en detalle para conocer los motivos de algunas de esas diferencias y así plantear posibles soluciones. Lo que es seguro es que podrán identificar a quién vive del problema y no quiere que este desaparezca: repetirá consignas, pedirá que se haga callar a cualquiera que sea crítico o discrepe, y luchará denodadamente por su pan, ocultando datos que puedan arrojar luz sobre el tema. Al menos siempre nos quedará París, donde gritaremos a pleno pulmón «Vive la difference!» y seguiremos combatiendo la intolerancia desde la resistencia.

Nos ha dejado Juego de tronos y el kilogramo, pero tenemos a Rosalía

Rosalía. Foto: Cordon.

Hemos vivido la década del sindiós cultural, por las mezclas de género y la masa decidiendo la creatividad de los autores. Uno de los problemas de los cambios demográficos. De películas en el cine a series en casa. De esperar a la hora señalada cada semana a encerrarnos para ver toda la temporada de un tirón. De recordar a Chanquete con nostalgia a exigir en redes sociales que nos den el final que queremos recordar. Nos quedamos con la explicación de Bárbara Ayuso, que lo resume todo: el escritor no es tu puta

George R. R. Martin vivió acosado para que terminase Canción de hielo y fuego, en parte porque a los fans les obsesionaba ver el final de su serie de televisión, estrenada en 2011. Finalizó antes de que Martin haya acabado de escribir su saga, sin contentar a muchos. Oigan, igual es que faltaba su creador. Será el signo de los tiempos durante la próxima década: la prisa, el atropello. El autor explicaba que los showrunners tuvieron trescientos sesenta minutos, es decir trescientos sesenta páginas de guion, para contar el final, mientras que él no va a bajar de tres mil páginas en su versión. Casi nada.

Y vendrá la limpia, porque lo de crear con calidad no entiende de prisas, ya pueden estar Netflix y HBO obsesionadas con llenar su catálogo. Lo único que consiguen, de momento, es que el 80 % de su producción sea pasable o abiertamente mediocre. El talento de Pareto, de toda la vida, aunque de vez en cuando salve los papeles alguna joya. 

En cuanto al rock, ha muerto. Larga vida al rock. O no, si acaba siendo un producto minoritario, una delicatessen. Led Zeppelin cumple cincuenta años, también el primer festival de Woodstock, y aquel concierto en una azotea de The Beatles. Cuando rebasamos los treinta dejamos de escuchar nueva música, y los rockeros nostálgicos no son más que un producto de la conducta, analizado por la ciencia. El subdirector de esta revista ama el metal, el director es más del indie, todos amamos a Rosalía aunque no la escuchemos. El futuro es el trap y el autotune a tope. Lo dice Jaime Altozano. Y cuando pasa a nuestro lado un chaval con un móvil escuchando algo que no le pondríamos ni a nuestro peor enemigo, un escalofrío nos recorre la espalda. ¿Nos habremos hecho viejos? 

Para saber lo que viene nada como los youtubers, el futuro del entretenimiento disponible hoy en cualquier pantalla. Con ellos podemos entender arquitectura gracias al culo de Kim Kardashian y Ter; entretener a cinco millones de suscriptores con las cosas de niños de MikelTube y LeoTube; o abandonar a los Manolos para ponernos al día con el fútbol de los chavales de Campeones. Sí, también ciencia, magia, una abuela de dragones y mucho más. Cualquiera puede serlo, los niños le dicen a Addeco que es una de sus profesiones preferida, aunque solo unos pocos pueden vivir de ello. Pero quieren ser eso y mucho más.

Pero ya no más…

El nuevo prototipo de la nave de Elon Musk y su compañia SpaceX. Foto: Cordon.

… aunque hay más. Claro que lo hay. Nos ha faltado lo nacional, no le hemos hablado del procés, ni de el día electoral de la marmota, ni del Valle de los Exhumados y su depreciada momia, ni de tantas y tantas cosas que marcaron esta segunda década del siglo XXI. Tampoco del último ataque a la libertad en internet, de las limitaciones en el copyright en la UE, del incendio del Amazonas de París y del Notre Dame de Brasil (los de California ya tal), ni del primer actor y humorista elegido presidente, Volodymyr Zelensky, en Ucrania. No hemos hablado de la nueva carrera espacial, de Musk y Bezos mirando a Marte, de China e India camino de la Luna, o de los fundadores de Google creando alta biotecnología. Tampoco mucho de economía, ni de la deuda, ni del empleo ni de casos como el de Thomas Cook, que quebró por esa dinámica mundial de morir o matar por turismo, sin saber adaptarse a los nuevos tiempos. Sobre todo no le hemos hablado del fin de la risa, y eso que esta vez nos hemos puesto serios. 

Pero no sufran ni se preocupen. Otros les hablarán de todo ello. De un modo u otro, tarde o temprano, siempre encontrarán algunos de esos que viven defendiendo esta bandera negra, con una J y una D. Porque, ¿saben? por encima de cualquier otra noticia, esta ha sido…

… La década Jot Down

El 1 de mayo de 2011 aparecieron, de golpe, trece artículos en una mínima página de internet, otra más en el marasmo de direcciones IP.  Sabemos que se han saltado todos esos enlaces que ponemos para que amplíe la información, pero haga el favor de clicar en este porque fue el primer día de esta revista. Es cierto. Lo sabemos. Viéndolo, nadie hubiera dicho que esos locos de la bola negra fueran a refrescar el periodismo de este país, la forma de escribir artículos, de hacer entrevistas, de mostrarse macarra o erudito, científico, tierno, gonzo, etc. Pero apenas unos meses después, en junio de aquel año, aparecía el primer artículo con el reconocible estilo Jot Down, «El sueño húmedo de la mujer del pescador». 

Jot down significa «apunte rápido y breve», por lo que era evidente que el estilo «yotdaunesco» iba a implicar artículos de dos mil quinientas palabras y entrevistas de dos horas, en persona, en directo y con fotos en blanco y negro. Luego salieron los imitadores, y hasta los jetas que copiaban y pegaban en sus revistas artículos y entrevistas como si fueran suyos, al más puro estilo del sucedáneo homeopático de turno. 

A los primeros se les agradece, como decía el maestro Quino «la diferencia entre el plagio y la inspiración es que inspirarse es lo que hacen tus amigos». Así los vemos, como amigos de la cultura que se han inspirado en unos enamorados del tema, que siendo pioneros parece que han creado escuela. A los segundos no se les guarda rencor. No mucho. No tenemos tiempo para dedicárselo, ya que por aquí pasa medio millón de visitantes únicos cada mes. No personas que repiten, no, 500 000 lectores distintos. Que leen cada artículo durante una media de 14 minutos 23 segundos. Que en sus inicios llegaron a dedicarnos 53 minutos cada vez que venían a saludarnos. Que nos hacen 25 millones de visitas al año. Gente maravillosa como usted, pero también crítica y meticulosa, que incluso a veces nos dejan sus comentarios. Exigentes como para que pensemos en ellos continuamente cuando aporreamos nuestros teclados como estajanovistas pianistas en medio de un complicado concierto. Personas que nos hacen pensar que merece la pena seguir con esto otra década más. Junto a ese hermano pequeño del que no hablamos mucho. Una comunidad a la que queremos ofrecer una visión independiente, un lugar donde se puede hablar de todo y de todos, donde el deporte y el sexo son cultura, y donde el pensamiento crítico nos impide callar, por más que nos exijan silenciar a unos u otros. Y donde, además de escribir, organizar eventos y promover el conocimiento, remamos sin parar.

Ahora que estamos en confianza, es cierto que no hemos cumplido todavía diez años, ya que confesamos que Jot Down nació en 2011. También que la segunda década del XXI no ha acabado todavía realmente. ¡Fake news! Es la moda que viene. Así que no nos tomen demasiado en serio. Que igual que les decimos que las matemáticas desaconsejan jugar a la lotería, les deseamos buena suerte mañana con el bombo. Puede que les toque, o puede que no. En cualquier caso vuelvan por aquí para suscribirse. En Jot Down tienen la seguridad de que siempre saldrán con más de lo que entraron. ¡Tomen nota!


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El fin de la risa (y III)

El doctor y la señora Syntax experimentando con el gas de la risa en una fiesta. Imagen: Wellcome Images (CC BY 4.0).

(Viene de la segunda parte)

El fin de la risa es sustituir a la medicina

Pues sí. La risa es salud y enfermedad. La risa cura y mata. Así que la risa es como la medicina. Y antes de que la turba «escéptica» lance una «alerta magufa» ante esta afirmación, veamos la base científica de esta afirmación.

El fin de la risa es ponernos en forma. Es un ejercicio aeróbico que consume unas cuarenta kilocalorias por cada diez a quince minutos de risa. Los lectores habrán notado que para reír utilizamos varios músculos. Concretamente estos son los doce elegidos para la risa. Zigomáticos mayor y menor, que son los que elevan las comisuras de la boca. Hay un par en cada lado de la cara, por lo que son cuatro. También el orbicularis oculi, gran amigo de los cirujanos estéticos y culpable de las arrugas en los ojos. A uno por ojo, tenemos otros dos. El levator labii superioris, que los expertos en latín podrán explicar que es el que tira hacia arriba de la esquina del labio y la nariz. También tenemos dos. El levator anguli oris, cuyo trabajo es elevar el ángulo de la boca. También son dos, por lo de la simetría. Y finalmente el risorius, también conocido en algunos ámbitos académicos como «el del Joker»: tira de las comisuras de la boca hacia los lados de la cara. Con estos últimos dos tenemos los doce músculos que debemos entrenar para reír y adelgazar.

Más evidencias de la relación entre risa y salud. Un estudio realizado en Noruega durante quince años y con 53 566 participantes concluía que «el componente cognitivo del sentido del humor se asocia positivamente con la supervivencia de la mortalidad relacionada con las enfermedades cardiovasculares y las infecciones en las mujeres y con la mortalidad relacionada con las infecciones en los hombres. Los resultados indican que el sentido del humor es un recurso de afrontamiento cognitivo que protege la salud». La risa reduce el nivel de cortisol, segrega endorfinas, reduce tensión y estrés, así como preocupaciones y miedos (García, 2002). Sobre todo, si los chistes se hacen sobre un problema médico. En México, ante el peligro de la gripe porcina, se convirtieron en clásicos «Cría puercos y te sacarán los mocos», o «la influenza nos ha hecho olvidar el virus del débola: debo la luz, debo la tarjeta, debo el agua…». Rod Martin, el creador del HSQ, también ha aportado a esta causa. En sus diversos estudios sobre el sentido del humor y la salud, concluía que era posible reducir el dolor mediante la risa, siempre y cuando esta fuera sincera y no forzada. En sentido parecido se pueden encontrar conclusiones similares en las investigaciones de Dan Ariely sobre el dolor, que realizó en primera persona, o en metaestudios recientes que confirmaban ya en 2018 el impacto positivo de la risa en ciertos aspectos del dolor, como la ansiedad o el estrés emocional.

Mary Sullivan decía que «aunque un hombre sea débil, la alegría le hace fuerte». El fin de la risa es curar, aliviar el dolor, pero no solo el físico, también el emocional. Hacemos chistes para sobreponernos a la tragedia. Hablábamos antes de Gottfried y el 11-S, pero es solo la punta del iceberg. Bill Ellis analizaba el impacto de los chistes ante dicho evento específico. Peter McGraw es otro estudioso del tema, con varios artículos sobre tragedias y humor. Ante la tragedia y en un primer momento es típico que los humoristas cancelen programas o eviten el tema. El «demasiado pronto» es más importante de lo que parece, pero no solo a nivel temporal. Entender la «distancia sicológica» es vital en estos casos. Para que el humor sea sanador ante una tragedia necesitamos tiempo. Muchos humoristas son padres de la famosa frase «la comedia es igual a tragedia más tiempo». Los chistes sobre catástrofes antes de que ocurran las catástrofes no suelen funcionar bien, y después de estas resultan ofensivos cuanto más cerca en el tiempo se cuenten, cuanto más implicados estemos socialmente con los afectados o cuanto más cerca geográficamente nos pille. Por ello la distancia emocional, pero también la geográfica y social, pueden hacer que un chiste deje de serlo para convertirse en una dolorosa experiencia. Así que la distancia no es solo el olvido, es mucho más. Sin embargo, nada como la madurez. Como explicaban los investigadores, y entendieron en Pixar con Del revés, se puede estar triste y alegre a la vez, pero a partir de una cierta experiencia vital que nos haya permitido entrar en la edad adulta sin dejar de ser niños. Así pues, los chistes son muy valiosos para curar emocionalmente, pero hay que esperar un tiempo prudencial, que no es fácil de medir, para que el impacto sea positivo.

Bueno, salvo que se padezca de cataplexia y esta venga disparada por la risa, como le pasa a Jordi Évole. La cataplexia (también cataplejía) es una enfermedad que provoca de manera repentina una especia de «apagón muscular». La pérdida de fuerza en los músculos puede provocar que quien sufre de este trastorno del sueño se caiga redondo al suelo. Nada que ver con las «caiditas de Roma» que se espera produzcan los apagones, y sus efectos natalicios… aunque siempre hay algún aguafiestas con datos al acecho para demostrar que lo que sube en los apagones es la venta de condones. En cualquier caso, en España todos sabemos que lo que provoca un incremento de la natalidad son las vacaciones de verano y de invierno. Un estudio de más de treinta y tres millones de nacimientos en España, desde 1941 hasta el año 2000, mostraba dos picos inequívocos en abril y septiembre, correspondientes con concepciones en los meses de julio y diciembre.

Pero no solo puede hacernos enfermar, la risa sirve también para matar y morir. Conocida es la expresión morirse de risa, metafórica y literalmente. Notables representantes de este movimiento han sacrificado su vida por la risaZeuxis fue un pintor griego que murió de risa en el V a.C. tras recibir el encargo de pintar a la diosa Afrodita por parte de una anciana señora que quería ser el modelo para el cuadro. En 1410 el rey Martín I de Sicilia falleció por una indigestión. Discutida la causa final de su muerte, por el problema sucesorio que genera, la atribuye Lorenzo Valla a un chiste de Mosén Borra, maestro de bufones y nacido Antoni Tallender, que terminó en ataque de risa mortal tras un chascarrillo sobre un mulo que comía higos no maduros. Pietro Aretino en 1556, Thomas Urqurath en 1660, Will Cushing en 1799, Wesley Parsons en 1893…¡cada siglo tiene documentado al menos un caso!

Curiosamente entrado el siglo XX el fenómeno se dispara. Según Maggie Hennenfeld, a finales del siglo XIX y principios del XX este fenómeno se asociaba a las mujeres, relacionado con la histeria y con muertes de cientos de ellas… y quizá también a la creciente liberación social de las mismas y sus visitas a los nuevos espectáculos cinematográficos y shows de entretenimiento. En 1920 se documenta la muerte en Australia de Mr. Arthur Cobcroft, quien tras leer en un periódico el precio de varios productos en el 1915, rompió a reír hasta caer redondo a la edad de cincuenta y cuatro años. El doctor Nixon determinó que la muerte se produjo por «ataque al corazón provocado por una risa excesiva». En 1975 Alex Mitchell muere viendo un episodio de televisión de la serie The Goodies. Titulado «Kung Fu Papers», la escena cumbre retrata la pelea entre un gaitero militar escocés vestido con kilt que se enfrenta a un experto en el arte marcial de Lancaster, el «Ecky-Thump», armado con un black pudding. Tras reír durante veinticinco minutos sin parar, falleció. La viuda agradeció a la serie de la BBC por haber hecho reír a su marido, sin dar más detalles. Al parecer se descubrió posteriormente que Mr. Mitchell tenía un problema cardíaco conocido como «síndrome del QT largo», una anormalidad estructural cardíaca que predispone a las arritmias.

El peligro de la risa de masas se confirmaba en 1989. Ole Bentzen, danés de buena salud, se encontraba viendo la película Un pez llamado Wanda. De repente, una de las escenas en la que Michael Pallin encuentra su boca y nariz convertida en un almacén de comida, comenzó a reír descontroladamente, su corazón subió hasta doscientas cincuenta pulsaciones, y falleció. No hay documentada científicamente ninguna muerte de ciudadanos alemanes por ataques de risa a lo largo de la historia, por lo que conseguir la nacionalidad debería reducir el riesgo. Aunque no podemos afirmarlo porque los «micromorts», la medida de riesgo creada por Ron Howardprofesor de Stanford y padre de la teoría de decisiones moderna, no incluyen la risa. ¿Quiere usted saber la probabilidad de morir publicando un artículo en Jot Down? Los micromorts nos dan la unidad de riesgo asociada a la probabilidad de uno entre un millón. Así, una micromuerte (un micromort) es una microprobabilidad de morir. Ascender al Everest supone 37 932, correr una maratón 7 por carrera, y un mismo micromort suponen 10 km en moto, 27 caminando, 370 km en coche, 19 000 en avión en EE.UU. En su artículo original de 1979, «Analyzing the Daily Risk of Life» Howard incluía riesgos que no mataban pero reducían tu esperanza de vida. Sume un micromort adicional por cada 1,4 cigarrillos, hora en una mina de carbón, medio litro de vino, o vivir dos meses con un fumador. Desafortunadamente no incluyó en su estudio los micromorts que supone reírse, o ser ciudadano alemán.

Aunque es complicado encontrar casos de muerte por risa en el mundo real, se ha convertido un fenómeno creciente en el mundo de la ficción. El «deux es risus» cada vez se utiliza más a menudo por los dramaturgos de todo el mundo. Tenemos a los banqueros de Mary Poppins, Fulton el amigo de Seinfeld en uno de los capítulos de la serie, Steve Martin en La pequeña tienda de los horrores con un curioso dispositivo basado en óxido nitroso, y otros casos en clásicos La guía del autoestopista galáctico, la película de 1932 La momia, Quién mató a Roger Rabbit o Ice Age 4. Incluso en Los Sims 4 es posible fallecer (en la ficción) por exceso de risa, si pasamos demasiado tiempo en modo «Histérico». El programa 1000 maneras de morir repasaba el caso real de Mitchell y muchos otros más bastante cómicos. Y la serie Six Feet Underuna oda televisiva a las muertes tragicómicas, finalizaba su andadura repasando las de sus personajes. No vamos a entrar en el tema de la risa contagiosa, por evitar riesgos innecesarios como los vividos en Tanganica en 1962, o a nivel histórico en múltiples lugares y ocasiones.

Analizando el punto intermedio, es mejor reírse que provocar la risa. Un estudio de James Rotton no encontraba evidencias de mayor longevidad entre los comediantes, al contrario, determinaba que la industria del entretenimiento termina con las vidas de sus gladiadores mucho antes que la media. Probablemente porque otro fin de la risa es molestar, ofender, incomodar. Periodistas que jamás aceptarían chistes sobre la muerte de una mujer a manos de su pareja, se regodean con la de un hombre que pierde la cabeza en un caja encontrada por su viuda. Daniel Loss habla en sus monólogos sobre su hermana tetrapléjica, algo que quizá si hacen otros no le haría gracia. Bill Burr en Paper Tiger se la juega con sus chistes sobre el movimiento «Me Too» y el «hombre feminista». Ricky Gervais en Humanity se dedica a repasar su timeline de Twitter. Sarah Silverman, con su peculiar manera de romper con Jimmy Kimmel y hablar de la cantidad de pelo que tiene en su cuerpo. George Carlin con la lista de personas a matarla religión, o las ya comentadas siete palabras que no puedes decir en TV. O David Chappelle, este en cualquier momento, pero sobre todo cuando utiliza su técnica innovadora para crear chistes.

Y es que el fin último de la risa es terminar con la raza humana. Por eso se ha creado The Joking Computer, que tomará consciencia de sí mismo en cuanto lea este artículo. En esta máquina los científicos han implementado de manera práctica y real el modelo teórico conocido como JAPE (Joke Analysis and Production Engine), planteado en 1996 por Kim Binstead en su tesis doctoral. No es la única iniciativa de este tipo y habrá más. Básicamente porque los intentos de emular a Deep-Blue o Alpha-Go en el mundo de los chistes no consiguen los mismos resultados positivos esperados. La batalla entre cómicos y máquinas que generan chistes sigue desequilibrada a favor de los primeros. En 2012 se celebraba una conferencia sobre inteligencia artificial y humor para intentar plantar batalla. ¿La conclusión? Poca broma si la inteligencia artificial alcanza la singularidad. Ninguna gracia si los robots conquistan el mundo. Nada como un chiste para saber si el test de Turing queda realmente superado o no… o si eres un replicante.

Ante este tremendo peligro todavía quedan investigadores renegados, como Jaak Panksepp y Jeffrey Burgdorf, que ignoran a las máquinas y se centran en lo básico, dedicándose a hacer cosquillas a las ratas. No del todo convencidos, en la Universidad de Humdbolt en Berlín ahondaron en el tema, para determinar que las ratas que se reían eran las que estaban de buen humor, no las ansiosas. Y lo documentaron con vídeos. De verdad. En Alemania. Quitándole toda la gracia, pero ampliando las fronteras del conocimiento humano para hacer un mundo mejor y salvar a la humanidad de la ignorancia.

Y es que el fin de la risa es preservar la vida humana, entendiendo que el sentido de la vida es que no entre la sal (atención: este es un chiste para los bioquímicos que leen nuestra publicación, que de vez en cuando merecen algo de atención).

El fin de la risa es explicar el sentido de la vida

Aunque ya fue demostrado científicamente que es 42 (spoiler alert), sigue existiendo controversia. Isaac Asimov nos descubría en Jokester El chistoso» en español), uno de sus cuentos cortos, cómo el profesor Meyerhof contaba chistes a Multivac (muchos de ellos ya leídos en este artículo), para descubrir que los chistes eran parte de un experimento extraterrestre en el que las cobayas éramos…¡nosotros!. La risa permitía entender nuestra psique y evitaba que pensáramos en el sentido de la vida. Una vez descubierto el pastel, y desvelado el fin de la risa, el don del humor había desaparecido y «nadie volverá jamás a reírse». Y es que, como decía Churchill, «el chiste es realmente algo muy serio».

Para finalizar, me gustaría matizar, para quien se haya sentido ofendido por los continuos comentarios sobre los alemanes, que tengo una hija alemana. Por lo tanto, no tengo ninguna animadversión ni sesgo personal al respecto. Es más, intentamos que la niña crezca aprovechando lo mejor de ambos mundos: la productividad española y el humor alemán.


El fin de la risa (II)

«The Funniest Joke in the World» en Monty Python’s Flying Circus. Imagen: BBC / Python (Monty) Pictures.

(Viene de la primera parte)

El fin de la risa es categorizar

La risa es una herramienta taxonómica básica y afilada. Un ejemplo claro es comprobar cómo sirve para caracterizar a las personas religiosas. Son nutridas las evidencias de que los religiosos no aprecian el humor. Evidencia inapelable son las intrigas de la película El nombre de la rosa para ocultar un libro de chistes. Entre la solemnidad del culto y la sacralización de las creencias, tenemos un caldo de cultivo poco apropiado para el humor, sea este transgresor, crítico, irónico o incluso blanco e «inteligente». Y es que otro fin de la risa es distraer de asuntos serios a gente como Platón, que la prohibió en su obra La República. Sin embargo Vassilis Saroglou explicaba en su artículo «Being religious implies being different in humor» («Ser religioso implica ser diferente en el humor») que era una cuestión de dar con el tipo de humor adecuado. El investigador utilizaba el Humor Style Questionnaire (HSQ), desarrollado por el profesor Rod A. Martin de la Universidad de Western Ontario. En él se definen cuatro tipos de humor: affiliative (se utiliza para mejorar las relaciones con los demás de una manera positiva), self-enhancing (principalmente usando la capacidad de reírse de uno mismo), aggressive (caracterizado por el uso de sarcasmo, humillaciones, críticas, burlas y cualquier humor utilizado a expensas de otros) y self-defeating (básicamente reírse de uno mismo). Este cuestionario es tan reconocido que hasta se han realizado intentos de confirmar que funciona con alemanes, con dispares resultados, todo hay que decirlo.

Bien, pues, aunque a primera vista pudiera parecer que los religiosos no eran muy dados a ninguno de estos estilos de humor, los resultados demostraban que sí apreciaban notablemente el humor de un determinado tipo: el self-enhancing humor. En dos muestras de menos de doscientos participantes, vale, pero algo es algo. La cuestión es que el self-enhancing humor es un estilo de humor relacionado con «tener una actitud amable hacia la vida, tener la capacidad de reírse de uno mismo, sus circunstancias y las idiosincrasias de la vida de una manera constructiva y no perjudicial». Entre los múltiples ejemplos de este tipo de chistes podemos encontrar un clásico de Snoopy: «Solo en los problemas de matemáticas puede uno comprar sesenta caramelos sin que alguien le diga nada». O el típico «Si tienes siete naranjas en una mano y ocho naranjas en la otra, ¿qué tienes? Unas manos muy grandes». En resumen, un humor que busca resaltar el lado positivo de las cosas, fomentando una actitud positiva incluso en las peores situaciones, y que se puede utilizar para reducir la ansiedad. Intuitivamente, por tanto, la conclusión tiene sentido.

Ya hemos visto hasta dónde podemos llegar con el cuestionario del HSQ, pero cuatro categorías pueden ser algo muy básico. La risa de para mucho más, como confirmaba Scott Dikkers durante su participación en un podcast. El creador del medio satírico The Onion (America’s Finest News Source) llegaba a la conclusión, preparando la guía docente de un curso, que en toda su carrera no había encontrado «un chiste o algo gracioso» que no cayera en una de las once categorías siguientes: ironía (el significado pretendido es distinto del significado literal), personajes (personajes cómicos por alguna característica de su personalidad), referencias (experiencias comunes con las que la audiencia puede empatizar), shocks (chistes que sorprenden sobre todo utilizando sexo, drogas, humor grueso…), parodia (hablar sobre un personaje conocido, o un cliché, de una manera desconocida o inesperada), hipérbole (exageración hasta extremos absurdos), juegos de palabras (rimas, dobles sentidos, etc.), analogías (comparar dos cosas totalmente diferentes), excentricidades (sinsentidos, tonterías, locuras…), metahumor (chistes sobre chistes o sobre la comedia) y desplazar el foco (enfocar la atención sobre el aspecto equivocado). Por supuesto salpicaba cada una con ejemplos de su propio proyecto. Así, desplazar el foco era utilizado en la noticia «Un juguete muy divertido es prohibido por las muertes de tres niños estúpidos». El creador explicaba también cómo se pueden usar estas categorías para desarrollar nuevos chistes. Basta elegir la premisa y después ir probando con cada una de ellas.

Las posibilidades de medición, análisis y categorización son casi infinitas. Por ejemplo, podemos dividir los chistes en función de su nivel de gracia. De este modo sería posible resolver el problema de si un chiste es humor o no, es decir si es bueno o no, y para quién. A fin de cuentas, los juegos de palabras solo se entienden y funcionan como chiste en un idioma y sufren cuando son traducidos. Basta con ver los títulos de películas traducidos al español. La cuestión es que el doctor Richard Wiseman debió pensar que era una buena idea llegar a una conclusión rigurosa y contundente sobre el debate abierto por los Monty Python con su sketch, «The Funniest Joke in the World». Así, desde el «LaughLab» de la Universidad de Hetfordshire decidió determinar, con un enfoque científico, cuál era el chiste más divertido del mundo. La primera fase del proyecto implicaba recopilar chistes. Recibió cuarenta mil. Incluso alemanes enviaron chistes. Estos fueron evaluados con una novedosa herramienta, el «Giggleometer», que básicamente era una escala Likert que iba del 1 (nada divertido) al 5 (muy divertido). Según unas versiones se obtuvieron trescientas cincuenta mil valoraciones, según otras casi dos millones de personas de todo el mundo, alemanes incluidos, participaron. Una de las más curiosas conclusiones que arrojó el análisis por ordenador fue que los chistes más divertidos tenían de media ciento tres palabras. El chiste ganador contaba con ciento dos palabras. Respecto a los chistes de animales, definitivamente el rey de la jungla de los chistes era el pato. Los resultados les permitieron ser reconocidos por el Libro Guinness de los Records, así como publicar un libro con Random House. El chiste ganador, en versión española, fue el enviado por Gurpal Gosall, psiquiatra de treinta y un años, que escribió desde Mánchester (Reino Unido):

Un par de cazadores de Nueva Jersey están en el bosque cuando uno de ellos cae al suelo. No parece estar respirando, tiene los ojos en blanco. El amigo saca su teléfono móvil y llama al servicio de emergencia, gritando al operador:

—¡Mi amigo está muerto! ¿Qué puedo hacer?

El operador, con una voz tranquila y calmada dice:

—Lo más importante es tomarlo con calma. Yo le puedo ayudar. Primero, asegurémonos de que esté muerto.

Se hace el silencio en la línea e inmediatamente se escucha un disparo.

—OK, ¿y ahora qué?

El experimento comenzó en septiembre del 2001, una fecha cada vez más importante para entender los cambios en el estilo del humor de la nueva generación Z (de zombi). Aunque es posible que no tenga relación con la efeméride, pero americanos y canadienses encontraban más divertido el humor donde alguien era muy tonto o quedaba como un tonto (el zasca nuestro de cada tuit). Y curiosamente los alemanes encontraron todos los chistes igualmente divertidos. Aunque no lo es tanto si pensamos en que la estandarización tiene grandes ventajas en los países industriales. Otros países europeos, como Francia o Bélgica, preferían el humor absurdo (como por ejemplo reírse de las órdenes en la UE). Y es que el humor regional es imposible de ignorar. A fin de cuentas, otro fin de la risa es categorizar a nuestros vecinos geográficos. Vizcaínos y giputxis, australianos y tasmanos, ingleses y franceses… En todo el mundo los chistes permiten identificar regionalidades o nacionalidades. Así, los argentinos se suicidan saltando desde su ego, los canadienses piden perdón simplemente poniéndose de pie, los vascos tienen una cultura más antigua que nadie porque levantan piedras, en China se hace de todo menos niñas, y a los italianos no les gustan los testigos de Jehová… ni ningún otro testigo.

Estos chistes permiten también remarcar diferencias entre vecinos, no necesariamente entre regiones. Un ejemplo es que los vizcaínos hablan de los guipuzcoanos en términos similares a los franceses de los belgas, tomándoles por simples… y en contrapartida los segundos ahondan en la arrogancia de los primeros. «¿Por qué los belgas tienen patatas fritas y los árabes petróleo? Los belgas eligieron primero» es respondido con un «Después de que Dios creó Francia, pensó que era el país más hermoso del mundo. Como la gente se iba a poner celosa y para hacer justicia, decidió crear a los franceses».

Hay excepciones, como el mapamundi de Bilbao, que es obra de un bilbaíno. O los múltiples chistes sobre los habitantes de la ciudad más grande del mundo, Bigbao, promocionados por ellos mismos como todo el mundo sabe («¿La deuda mundial? ¡Esta ronda es mía!»). Volviendo al fenómeno de encontrar el mismo chiste en diferentes regiones con el público objeto de la chanza adaptado, explica el amante de las películas de superhéroes protagonizadas por Will Smith cómo el sociólogo británico Christie Davies descubrió en 1974 este hecho durante un viaje a la India. Los chistes de británicos sobre la estupidez de los irlandeses tenían en la India como protagonistas a los sikhs. Tras una exhaustiva investigación descubrió que en Argentina se referían a los «gallegos» españoles, en Brasil los chistes se hacen con los portugueses, portugueses que se ríen a su vez de los españoles y así podríamos seguir encontrado similares chistes por prácticamente todo el mundo, menos en Japón. Sí, en Alemania también lo hacen. Con los de Frisia Oriental. Y los bávaros con los prusianos. Ya, lo sé. Pero lo hacen. No, es en Japón donde no. Fijo. Seguimos.

Otro ejemplo. Un chiste ampliamente repetido en nuestro país en los últimos años es el siguiente:

El presidente de México, de visita oficial en Brasil, queda deslumbrado por el palacio del que es propietario su homólogo en el centro de la ciudad más importante del país. «¿Cómo lo has conseguido?», le pregunta. El anfitrión se acerca con él al balcón y señala un centro comercial, un puente, una autovía y otras obras públicas. «¿Ves todo eso?», pregunta. «Pues el 50% ha sido mío». Impresionado, el presidente mexicano vuelve a su país dando vueltas a lo que ha aprendido. Pocos meses después el presidente brasileño devuelve la visita. Es recibido por una limusina privada, llevado en helicóptero a una finca gigantesca, en medio de la cual se encuentra un castillo medieval traído piedra a piedra y reconstruido. Maravillado con la riqueza de su contraparte, muy superior a la suya, pregunta. «¿Cómo lo has conseguido? ¡Y en tan poco tiempo!». El anfitrión lo invita a sobrevolar la capital en su avión privado. «¿Ves el estadio, el teatro, puente, y la autopista?», pregunta. «No, no los veo», responde el brasileño. «100%», dice el mexicano.

El avezado lector puede cambiar México por España y Brasil por Alemania. O cualquier país europeo del que provenga con otro de reconocida menor corrupción. Comprobará cómo el tópico americano y el europeo son parecidos. Sí es cierto que no conocemos ningún Chiste Oficial Americano, pero sí existe uno propuesto como «Chiste Oficial Europeo»:

Paraíso europeo:

Estás invitado a un almuerzo oficial. Te da la bienvenida un inglés, la comida es preparada por un francés, un italiano la ameniza y todo está organizado por un alemán.

Infierno europeo:

Estás invitado a un almuerzo oficial. Te da la bienvenida un francés, la comida es preparada por un inglés, el alemán se encarga del humor, y todo está organizado por un italiano.

Podemos comprobar la ausencia de españoles en la oficialidad. Probablemente en contrapartida a la famosa frase de Carlos I de España y V de Alemania, dónde afirmaba hablar «latín con Dios, inglés con los amigos, italiano con las damas, francés en la corte y alemán con mis caballos». Y es que el humor y el rencor sobreviven al tiempo y al espacio.

Otra variante de este fenómeno son los chistes comparando tres países, que normalmente se basan también en una clasificación estereotípica, pero que a su vez siguen la regla de los tres pasos. Veamos un ejemplo.

Van un francés, un inglés y un español, discutiendo sobre la persona más rápida del mundo. El francés dice:

—La persona más rápida del mundo es un francés que lanza una flecha con su arco y llega a la diana antes que la propia flecha.

Automáticamente responde el inglés:

—No, no; la persona más rápida del mundo es un inglés, que dispara una carabina y llega a la diana antes que la propia bala

Automáticamente responde el español:

—Os equivocáis, en España tenemos las personas más rápidas del mundo. Los funcionarios españoles terminan de trabajar a las tres y a las dos ya están en casa.

Por malo que el chiste parezca, es valioso como objeto de estudio. Tanto que un 2006 un grupo de investigadores analizaba el patrón AAB en música y chistes. En general un tipo de chistes que funcionan a la perfección tienen un formato conocido como AAB, por los tres elementos que lo componen. El primer elemento proporciona el contexto del chiste; el segundo es similar al primero, generando una tendencia que provoca una expectativa sobre el resultado final; el tercero rompe con dicha expectativa, impulsando la risa. Introducción, desarrollo y remate. Un ejemplo propuesto por los autores es el siguiente:

A:

Tres hombres están a punto de ser fusilados. El guardia adelanta al primer hombre y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!». De repente, el hombre grita: «¡Terremoto!». Todos se sorprenden y miran a su alrededor. En la confusión, el primer hombre escapa.

A:

El guardia adelanta al segundo hombre y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!». De repente, el hombre grita: «¡Tornado!». Todos se sorprenden y miran a su alrededor. En la confusión, el segundo hombre escapa.

B

El último hombre ha visto claro cómo salir indemne. El guardia lo adelanta y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!», y el último hombre grita: «¡Fuego!».

Según esta teoría la clave se basa en el cambio de tercio final, la «desviación». En general no importa cuántas líneas de A incluyamos mientras exista una línea de desviación final. Sin embargo, la experiencia demuestra que los chistes que siguen la estructura AAB son más divertidos y funcionan mejor que otros formatos, como AB o AAAB. La regla de los tres pasos. Así que la próxima vez que vea un cómico maltratando su monólogo, cuente las veces que la estructura AAB aparece en su rutina. Se sorprenderá. Y si de contar se trata qué podemos decir de los intentos de categorizar con fórmulas el humor. El guionista de Los Simpson y escritor de comedía, Brent Forrester, proponía el «Principio de Humor y Duración», que explica grácilmente el refrán «lo bueno si breve dos veces bueno». Él prefirió al refrán la ecuación G=C/T, donde G es la gracia del chiste, que depende de C, referida a su calidad, y dividida por T, que es el tiempo que se tarda en contarlo. O, en otras palabras, que este artículo está dejando de tener su gracia. Igual de serio el tema que la fórmula de Peter Derks, quién postulaba que «Humor = saliencia (rasgo + estado) x incongruencia + resolución». Y hasta aquí voy a leer.

En esta línea académica, pero sin fórmulas, Francisco Yus realizaba una clasificación de las tipologías de los chistes mucho más exhaustiva que las que hemos comentado hasta el momento. Diferenciando desde la raíz entre chistes intencionados e inintencionados, entre los primeros tenemos los integrados en la conversación y los no integrados. Los segundos se basan en diferencias culturales e información que la audiencia ya tiene sobre el contexto, como los chistes sobre sexo, profesiones, países, etc. Los primeros se basan en la interpretación de la expresión humorística, vulgo chiste. Aquí se pueden diferenciar entre estrategias de múltiples interpretaciones o resolución incongruente. Entre estos tenemos tres nuevos tipos, el primero basado en la inferencia del sentido explícito (lo que incluye homofonías, similitud fonética, ajuste conceptual, polisemia, asignación de referencias, etc.); el segundo en los límites entre lo explícito y lo implícito (con dos opciones, explícito como implícito y viceversa); y el tercero basado en la inferencia del significado implícito (con dos opciones también, premisas o conclusión implícitas). ¿Y para qué sirve clasificar de este modo los chistes? Para aprender.

El fin de la risa es enseñar

Fotografía: simpleinsomnia (CC BY 2.0)

No solo las ecuaciones y clasificaciones anteriores, sino también disciplinas muy diversas. Por ejemplo, filología. Gran parte de la clasificación anterior se puede encontrar incluida de otro modo en el riguroso trabajo tuitero de Mamen Horno Chéliz. Psicolingüista, profesora de la Universidad de Zaragoza y educadora de pro, aprovecha los chistes de la fauna tuitera para difundir su saber con el hastag #twitterparalingüistas. Gracias a ella sabemos que los chistes nacen de la ambigüedad léxica («Yo confío mucho en el destino, sobre todo en el de vacaciones»); de los cambios en los verbos (de movimiento a causativo: «—Hola, ¿es aquí la agencia para encontrar pareja? Tiene que subir una planta. He traído unas flores. ¿Valen?»; o de transitivo a intransitivo: «En el gimnasio –Primero tienes que calentar – Vale, ¿a quién?»); por la diferencia entre la frase hecha o la construcción frente al significado composicional («Mira, ese es el coche de mi hermana. Ah, por cierto, ¿y qué es de tu hermana? Pues no te estoy diciendo que ese coche.»); por los cambios de referente que implican un cambio de significado en la palabra ambigua («En el Metro: Perdone ¿Sabe si Tirso de Molina tiene correspondencia con Velázquez? No lo creo, murieron hace mucho tiempo»); mediante falsos prefijos («Tienes la barra vacía Sí, la juventud prefiere sentarse en las mesas. Claro, son jóvenes promesas.»); por los complementos confusos («¿A qué te dedicas? Soy escritora de novela fantástica. Eres un poquitín creída, ¿no?»); usando construcciones («No veo el momento», «ir a por el niño», «tener un retraso», «no doy crédito», «decir algo de»); apoyados en expresiones referenciales (general versus individual, asignación de referencia, referencia y cambio de función… «¿Bomberos? Mi casa está ardiendo!! ¿Dónde se originó el fuego? En la prehistoria, y yo que cojones sé, pero VENGAN YA!!!»); por los mecanismos que generan entonación interrogativa («Nunca os ha pasado que leéis una frase como si fuera interrogativa cuando no lo es.»); por la diferencia entre literal y metafórico («Señor, estoy embarazada ¿Me dejaría sentarme en su sitio? Lo siento, me duele mucho la rodilla, póngase en mi lugar A ver si se aclara»); sintagma frente a locución (Vengo de bucear con un argentino …y la verdad es que en el fondo no hablan tanto.); palabras en la cadena hablada y/o pronunciación («¿Sabe usted sumar? Sí, claro, el Mediterráneo.»); verbo versus nombre («Me he comprado un reloj nuevo.¿Qué marca? Pues qué va a marcar gilipollas, la hora»); los valores del tiempo presente («Cari, ¿y si tenemos un niño? En cinco años de matrimonio nos habríamos dado cuenta ¿no?»); y junto a alguna otra más, como la derivación o la disyunción lógica, y por supuesto las máximas de Grice.

Dentro de la lingüística existe una teoría pragmática, propuesta por el filósofo británico Herbert Paul Grice en 1975. Esta plantea que la clave de la comunicación es la cooperación, y dicha conducta cooperativa se basa en cuatro máximas. La máxima de calidad se centra en decir la verdad. La máxima de cantidad en ni pasarse ni quedarse corto de contenido. La de relevancia con la conexión entre la nueva información y la previamente aportada. Y la de pertinencia en evitar la impertinencia de las ambigüedades, desórdenes o complicaciones. Así, la máxima de máxima de Relevancia de Grice se relaciona con chistes como «Una técnica de marketing que seguro funcionaría muy bien es etiquetar tu producto de alimentación con un “NO CONTIENE CIANURO” bien grande, y que la gente se pregunte si las otras marcas sí lo llevan», o

—Buenas tardes 

—Buenas tardes, señor agente 

—Se le va a realizar un test de alcoholemia, ¿tiene algún problema? 

—Mi hermano se ha dejado las llaves de casa por dentro y no puedo entrar ahora. 

—Algún problema en realizar el test… 

—Si no tengo que usar la llaves, ninguno…

@Quadrophenio

Un chiste similar a este último aparecía en Pienso, luego río (1987), la magistral obra de John Allen Paulos con la que daba una lección de filosofía… usando chistes. Inspirado en Ludwig Wittgenstein, quien dijo que se podría escribir una buena obra de filosofía solo con chistes, y tras publicar Matemáticas y humor: un estudio de la lógica del humor, el divulgador creaba una obra genial e imprescindible con la ayuda de Groucho Marx y Bertrand Russell. Por ejemplo, para explicar la paradoja de Russell sobre los conjuntos que se contienen a sí mismos, nada como el chiste de Groucho sobre que jamás aceptaría ser miembro de un club que le aceptara como miembro. O el corolario a la frase de Robert Benchley «en el mundo hay dos tipos de personas, las que dividen a todos en dos tipos y las que no», siendo este último el grupo paradójico de Mr. Benchley. El libro también habla sobre lingüística con una conocida historia. En ella un filósofo impartía una conferencia sobre lingüística afirmando que la construcción doblemente negativa tiene un significado positivo en algunos idiomas y un significado muy negativo en otros. Continuó su charla afirmando, sin embargo, que en ningún lenguaje se daba el caso en que una construcción doblemente positiva tuviera un significado negativo. En este momento Sidney Morgenbesser, otro conocido filósofo que estaba sentado en la parte trasera de la sala de conferencias respondía con voz burlona «Sí, sí». Una visión que me ha perseguido tras leer el libro es cómo Paulos explicaba que, ante la misma situación risiblemente ilógica, o malentendido lingüístico típico, Lewis Carroll se lo tomaba a coña mientras que el casi alemán Wittgenstein sufría lo que no estaba escrito.

Paulos utilizaba el humor para las matemáticas porque consideraba que «tanto las matemáticas como el humor son formas de juego intelectual, simplemente el énfasis en las matemáticas está más en la parte intelectual, en el humor más en el juego». Pablo Flores, de la Universidad de Granada, y probablemente inspirado por esta visión, recopilaba en un artículo chistes relacionados con educación y matemáticas, comenzando por el clásico «¿Qué pasa cuando x tiende a infinito? Que infinito se seca», analizándolos con herramientas como la regla de los tres pasos. También enseñaba con humor el profesor Randy Pausch, quién impartía una inolvidable «Last Lecture» de casi dos horas en Carnegie Mellon, sabiendo que no era una tradición sino que ya tenía fecha para su espada de Damocles particular. Se hizo tan famoso por ella que no mucho después Oprah Winfrey le invitaba para que pudiéramos aprender con él, en apenas diez minutos, cómo alcanzar nuestros sueños de infancia.

Por supuesto se puede aprender economía con chistes. Yoran Bauman, doctor en economía y graduado en matemáticas, además de impartir docencia en la Universidad de Washington se define como Stand-Up Economist. Es clásico ya su vídeo sobre los diez principios de la economía explicados, o su estudio académico sobre la hiperinflación en el infierno, donde no se corta en dar cera a los creadores del euro. Bauman es coautor de los cómics Introducción a la economía: microeconomía e «Introducción a la economía: macroeconomía». No, nada que ver con Ligonomics. En Irlanda se celebra desde 2010 y anualmente el Kilkenomics Comedy and Economic Festival, que como su nombre indica está dedicado a la economía y la risa. Con su propia divisa, el «marble». Con una premisa del tipo «si Lenny Bruce se encontrara con Keynes», el festival cuenta con periodistas especializados, asesores gubernamentales, banqueros y economistas, que son divertidamente humillados por cómicos de todo tipo. Y con personalidades en su décima edición de 2019 como Dan Ariely, Paul Krugman, Samantha Power o Yanis Varoufakis, que se enfrentaron en varias mesas redondas a cómicos como PJ Gallagher o Allison Spittle.

La risa también sirve para aprender historia. Así se desprende de los doscientos cincuenta y seis chistes del Philogelos, antología de la risa con más de mil seiscientos años. De esta obra de referencia habla también uno de los mayores expertos en risología aplicada y chistes de Jaimito de nuestro país. La obra permite comprobar cómo no hemos cambiado tanto, ya que algunos chistes de esta obra son muy similares a los que escuchamos hoy en día. De hecho, son tan actuales que el cómico Jim Bowen obtuvo un notable éxito en 2008 con una escogida selección de los chistes originales, traducidos del griego por el profesor William Berg, eso sí. Texto y vídeos están disponibles en la web. Los chistes en el Philogelos están divididos en categorías, algo de lo que ya hemos hablado antes. Y aunque hay gente que afirma que incluso se puede aprender alemán con chistes, no había chistes sobre alemanes en el Philogero. ¿Por qué? Como explicaba la profesora de Cambridge Mary Beard, citando a un viejo crítico Romano cascarrabias que conocía bien a los por entonces conquistados germanos, «Los alemanes no se ríen del vicio». Y los romanos ya apuntaban maneras desde por aquel entonces.

El fin de la risa es aprender sobre la risa. Por ejemplo, leyendo libros como Ja, la ciencia de cuando reímos y por qué, donde Scott Weems analiza algunos de los ejemplos de este artículo. O con Only Joking: what’s so funny about making people laugh de Jimmy Carr y Lucy Greeves. O cualquiera de los que se citan en esos mismos libros y en el resto de los libros recomendados en el texto. Todos, salvo el de Christie Davis, Jokes and their relation to Society, que habrá que fiarse de que Jaime R. H. lo haya leído, porque cuesta más de cien euros en cualquier sitio que esté disponible, y maldita la gracia.

Eso sí, cuando no podemos aprender, al menos la risa nos ayuda a sobrellevar lo que no entendemos.

(Continuará)


El fin de la risa (I)

Les Guignols de l’info. Imagen: Canal+

Mucho se habla últimamente del «fin del humor». El debate sobre los límites de este, la creciente censura que ataca a la necesaria libertad de expresión, así como las batallas ideológicas (sobre todo en MordoTuiter) han ocupado gran cantidad de portadas en medios de todo tipo y enfoque. Sin embargo, todo este ruido está ocultando al público el tema de debate realmente importante que subyace detrás. Lo determinante no es si estamos ante el fin de la risa, sino determinar el fin de la risa. Por ello, como parte de nuestra reconocida labor de divulgación científica, hemos decidido analizar de manera profunda y rigurosa el tópico. Tras leer de cabo a rabo el International Journal of Humor Research, repasar el timeline de un par de cuentas de Twitter seleccionadas, y empaparnos de los artículos periodísticos del mayor experto patrio en la disciplina, estamos preparados para dar respuesta seria, cual filósofo alemán, y de una vez por todas, a la necesaria pregunta: ¿cuál es el fin de la risa?

El fin de la risa es ganar elecciones

En julio de 2018 se anunciaba la cancelación de los guiñoles en Francia. Inspirados en los británicos Spitting Image, la versión francesa llevaba treinta años al servicio de una visión cómica de la realidad. Sin embargo, volvieron brevemente en septiembre de 2019 para dar sentido homenaje al expresidente Jacques Chirac, tras conocerse su fallecimiento. El político francés había sido una de las estrellas del show. Es más, los muñecos contribuyeron con su humor a la transformación de un burócrata de perfil bajo en un candidato presidenciable. ¿Cómo? Representándole como un político afable, forofo del fútbol y con un puntito exaltado. Remarcando los ataques y traiciones que recibía de sus contendientes. Inspirándole, cómo cuando su personaje en los guiñoles se lanzaba a convencer a los franceses para que comieran manzanas («mangez des pommes») y Chirac convertía la ficción en parte real de su campaña. Y finalmente, abordando el personaje de Jospin, su principal contendiente, como un aburrido «Yo-yo». Es generalmente reconocido por los medios y los analistas que en 1995 los guiñoles decantaron, a base de risas, el voto desproporcionado de los jóvenes para hacerle presidente en la segunda vuelta. Quizá por ese motivo al comenzar sus escándalos los muñecos, decepcionados y sintiéndose responsables, crearon para él un nuevo personaje, «Super Mentiroso» (Super Menteur).

Otro de los casos más conocidos de políticos dados a la chanza fue el de Ronald Reagan. Primero comentador deportivo en radio en su Illinois natal, después actor y presidente del sindicato de actores en Hollywood, posteriormente gobernador de California desde 1967 a 1975, y finalmente cuadragésimo presidente de Estados Unidos. Estuvo en servicio desde 1981 hasta 1989, ganando sus segundas elecciones con el 97.6% de los votos de los colegios electorales y convirtiéndose además en el presidente de mayor edad elegido en su país, a los setenta y tres años y trescientos cuarenta y nueve días de edad. ¿Por qué? Era tan fan de la risa que sacaba partido de ella en cualquier situación. Por ejemplo, en los debates electorales televisados. Preguntado por el impacto de su avanzada edad ante una eventual emergencia de seguridad nacional («el presidente Kennedy pasó varios días casi sin dormir durante la crisis de los misiles de Cuba» argumentaba el presentador del debate), el candidato conservador respondía con tranquilidad: «no voy a convertir la edad en un tema de debate en la campaña, y no voy a utilizar con fines políticos la juventud e inexperiencia de mi oponente». Hasta su oponente terminaba entre risas.

No era esta una respuesta casual. Ronald Reagan mantenía un listado de tarjetas con múltiples one liners, que recopilaba minuciosamente para utilizarlos en las más diversas ocasiones. Los one-liners son chistes de una sola frase, con un punch-line, o conclusión, rápida y contundente. Algunos ejemplos mundialmente conocidos son «Nunca olvido una cara, pero en su caso haré una excepción» (Groucho Marx), «Las dos palabras más bellas de nuestro idioma no son «¡Te quiero!», sino «¡Es benigno!» (Woody Allen) o «Intentarlo es el primer paso hacia el fracaso» (Homer Simpson). Los del presidente se han convertido en respetable memorabilia, tanto que la Ronald Reagan Foundation & Library los guarda con celo entre sus documentos y recuerdos.

La propia fundación se hace eco orgullosa de su sentido del humor como una de las características definitorias de la personalidad del político americano. En su carrera tuvo que lidiar con momentos complicados, como la caída del muro de Berlín, una importante crisis económica y un intento de asesinato. Nada le hizo cambiar su estilo. Respecto a la extinta URSS, la CIA desclasificó documentos con chistes sobre el país soviético y sus dirigentes, que Reagan recopilaba con interés. Algunos, reconocía en público, incluso se los contaba a Gorvachov. «Un americano y un ruso discutiendo sobre su país. El americano dice “en mi país puedo entrar en el Despacho Oval y decirle al presidente Reagan que no me gusta cómo dirige EE. UU.”. El ruso responde que él también puede hacer lo mismo. “¿Seguro? No me lo creo”, contesta atónito el americano. “Por supuesto, si quiero puedo entrar en el despacho de Gorbachov y decirle que no me gusta cómo el presidente Reagan dirige EE. UU.”».

Hasta en las situaciones más dramáticas mantenía su vis cómica. Tras recibir un disparo de John W. Hinckley en marzo de 1981, Reagan hizo acopio de todo su arsenal de chistes para dejar claro que la situación estaba bajo control y no le había afectado. Desde preguntar a los cirujanos que iban a operarlo si eran «todos republicanos»; pasando por decirle a su hija que «el disparo ha arruinado mi mejor traje»; responder a una enfermera, que le animó a que siguiera con el buen trabajo de recuperación, si «entonces esto me va a pasar más veces»; quejarse a su asistente cuando le confirmó que el gobierno seguía funcionando con normalidad «qué te hace pensar que eso me hace feliz»; o recibir a su mujer nada más llegar al hospital con la famosa frase del boxeador Jack Dempsey tras una dolorosa derrota, «Cariño, olvidé agacharme» («Honey, I forgot to duck»). En claro homenaje a tamaña personalidad, el más grande jugador de fútbol americano de la historia, Tom Brady, usaba como jugada «audible» en la final de la Super Bowl LIII su nombre: «Reagan» era, evidentemente, una carrera hacia la derecha.

La política como fin de la risa sigue siendo de máxima actualidad. Giuseppe Piero «Beppe» Grillo, cómico y actor italiano, tuvo un papel relevante en las elecciones italianas del 2013 con su partido Movimiento Cinco Estrellas, llegando a convertirse en la lista más votada al congreso con más del 25% del voto y 108 diputados. En las elecciones de Ucrania en 2019 el actor y comediante Volodymyr Zelensky, tras interpretar en tono satírico desde 2015 al presidente de Ucrania en la comedia Servidor del pueblo, ganaba la segunda vuelta con más del 73% de los votos para convertirse, esta vez de verdad, en presidente de la nación. Alemania, año 2014, elecciones europeas. El periodista Martin Sonneborn, de la revista satírica Titanic, crea el partido Die Partei. Con objetivos como «promover las élites» o crear «un muro alrededor de Suiza», y cabalgando sobre la más gamberra posible de las campañas, consiguieron un 0,64% de los votos y un parlamentario europeo. Sí, en Alemania. No podemos olvidar tampoco a los últimos presidentes de EE. UU. Barack Obama, que dejaba el cargo y el Despacho Oval con una imprescindible entrevista de empleo en el show de Stephen Colbert, se había reído de sí mismo a cuenta de la inapropiada selección de las claves de acceso, y sus chistes o sus reuniones con la prensa acompañado de su «Traductor Enfadado» se convertían en acontecimientos virales.

También, según cómo se interprete, su sucesor el constructor ha cimentado su carrera en la comedia. Tanto con cameos en series y películas como El príncipe de Bel Air, The Job, De repente Susan, Sexo en Nueva York, The Drew Carey Show, Amor sin preaviso, Spin City, La niñera, The Associate, The Little Rascals, Zoolander, Eddie, Solo en casa 2: perdido en New York o un combate de la WWE, como presentando durante catorce temporadas la versión norteamericana de The Apprentice, a lomos de la popularidad de su ya famosa frase registrada «You Are Fired!». Tras muchos años riéndose de sí mismo, consiguió alcanzar la presidencia, así que para qué cambiar: sigue construyendo su carrera sobre este humoroso muro colorado.

Y es que a veces la línea entre realidad y ficción es muy fina. Es más, en lo relativo a la realidad política, es complicado hoy día saber ya qué es real, qué es ficción y qué son «alternative facts». Julia Louis-Dreyfus lo confirmaba en sus disculpas tras ganar el Emmy en 2016 por la sátira política Veep: «Creo que Veep ha derribado el muro entre la comedia y la política. Nuestro programa comenzó como una sátira política, pero ahora parece más bien un documental aleccionador. Así que ciertamente prometo reconstruir ese muro y hacer que México lo pague». En el 2015 ya había avisado del riesgo de que esto sucediera. «Creo que sería apropiado en este momento citar nuestra sátira política, Veep: “Qué gran honor debe ser para ustedes honrarme esta noche”… Oh, esperen, oh, Dios. Oh no, no, lo siento mucho. Donald Trump ya dijo eso, lo siento». Y es que Julia siempre ha tenido mucha clase.

El fin de la risa es determinar la clase social

Aunque está extendido que «la comedia debe golpear hacia arriba» («comedy should punch up»), nunca ha quedado claro el origen de la expresión. Lo que sí está claro es su significado: el humorista debe dar cerita de la buena a los poderosos. Y si no es así, ¿a santo de qué el bufón de la corte podía decirle barbaridades al rey sin jugarse el cuello? Vamos, que desde siempre en la comedia han existido clases sociales. Postula Julio Embid en Hijos del hormigón (2016) que las series de televisión han popularizado los personajes de clase media y baja como protagonistas de productos de humor (Aída, Con el culo al aire), mientras que las clases sociales más altas aparecen predominantemente en dramas y tragedias (Crematorio, Élite). No es el único estudio en esta línea clasista. «El valor cultural de un buen sentido del humor» confirmaba, tras entrevistar a mil británicos en el festival de Edinburgo que, mientras algunos cómicos eran admirados por todas las clases sociales, las preferencias de las clases medias y trabajadoras con respecto al humor eran una manera de demostrar su «velado esnobismo». Lo que en nuestro país vino a ser la moda del «humor inteligente», vamos. Como concluía uno de los autores del estudio, «hasta cierto punto los gustos de las personas respecto a la comedia son un indicador de su clase social». Esta teoría, aun siendo discutible, nos permite determinar que la risa se manifiesta de maneras diferentes según la clase social y según el entorno en que se desarrolla.

Para entender por qué es discutible que las clases sociales bajas se asocien al humor y las altas a la tragedia podríamos hablar de la primera temporada de La casa de las flores o El príncipe de Bel Air, pero sobre todo es necesario introducir el chiste de «Los aristócratas» en la discusión. Con orígenes fechados alrededor del año 1975 (Rationale of the Dirty Joke, An Analysis of Sexual Humor), este chiste ha tenido una carrera que ya quisieran para sí la mayoría de profesionales del humor.

Como muchos otros chistes, está conformado por tres partes claramente diferenciadas. La primera es la presentación, que incluye diversas variantes de una familia con varios miembros que conversa con un cazatalentos. El agente en cuestión les pregunta por la naturaleza de su actuación, lo que da pie a que la familia lo explique o represente. La segunda, el desarrollo del chiste, queda a gusto del consumidor en lo relativo a su nivel de detalle, ya que consiste en un listado de todas las prácticas desagradables, ilegales e inmorales que a uno se le puedan ocurrir. El objetivo es incomodar y romper toda norma social, preferiblemente de manera grosera y buscando en progresión geométrica alcanzar un clímax gore a base de tabúes arrojados con crudeza sobre la mesa. No voy a comentar los diversos actos que se suelen incluir en esta parte, ya que le es suficiente al avezado lector con repasar los principales artículos de esta, nuestra publicación, para hacerse una idea. El punchline llega con la pregunta del cazatalentos sobre el nombre del espectáculo, momento en que la familia responde al unísono y con alegría «Los aristócratas». Y es que la clase social marca la diferencia hasta en los chistes. Este es tan particular que se ha convertido en una seña de identidad entre comediantes. Tanto que en el año 2005 realizaron un documental al respecto. En él, múltiples cómicos explicaban cómo lo han utilizado o adaptado, y el impacto que ha tenido en su carrera. Por ejemplo, el chiste se volvió tragicómicamente popular cuando Gilbert Gottfried lo utilizó en un evento organizado por Hugh Hefner a finales de septiembre de 2001. Con el ataque a las Torres Gemelas todavía reciente, el cómico decidió iniciar su actuación con un one-liner relacionado con la tragedia, para intentar rebajar la tensión al respecto: «Quería venir en vuelo directo, pero no me ha sido posible, me han dicho que teníamos que hacer escala en el Empire State Building primero». La respuesta del público fue negativa, incluyendo gritos de «¡Demasiado pronto!». Para salir del paso Gottfried se lanzó a narrar su versión más detallada de los aristócratas, convirtiendo el chiste más transgresor del mundo en la salida más brillante imaginable para la situación más incómoda posible.

Y es que Gottfried (por cierto, palabra de origen germánico, que significa Godofredo en español, que se traduciría como «protegido de Dios» y que representa bien su estilo de «humor»), al menos podía hacer chistes para salir del mal paso. Hay situaciones sociales donde esto no es posible e incluso puede terminar muy mal.

El fin de la risa es llevarte a la cárcel

El gran dictador (1940). Imagen: Charles Chaplin Productions / One Production Company.

No siempre es aconsejable usar el humor. Al menos salvo que el objetivo sea pasar una buena temporada sin ser molestados, con tiempo para leer y con nuestros gastos financiados mediante dinero público. Porque, aunque Daniel Davinsky considera que el humor no derroca gobiernos de ningún tipo, siempre hay alguien que decide lanzarse a hacer reír a quien no quiere. Y como los gobernantes no siempre han leído a Daniel, o no le creen, es mejor tener cuidado.

Maestro del cuidado fue el argentino Quinodando voz durante décadas a Mafalda con sutileza y talento. «Basta de censu…» pintado en una pared, o «el palito de abollar ideologías» son ejemplos icónicos de su genial tira cómica. En un país bajo una dictadura militar, donde no existía censura previa y en el que hasta un texto no estaba publicado era imposible saber el impacto que podría tener y cómo se lo iban a tomar, hacer chistes con crítica social era todo un reto. Mara Burkat, investigadora argentina especializada en humor y dictaduras, explicaba que el humor permitía «hacer algo» contra las mismas sin caer en el colaboracionismo. En principio, ensanchando las libertades poco a poco. En segundo, al permitir contar cosas que de otro modo no hubiera sido posible contar. Para ella la revista Humor en Argentina fue un ejemplo de la evolución de esa espita de gas que daba salida a la tensión acumulada. La revista La Codorniz en la España de Franco fue probablemente otro buen ejemplo. Autodefinida como «la revista más audaz para el lector más inteligente», sufrió censura hasta el punto de que los secuestros de sus portadas se convirtieron en leyendas urbanas. Un clásico fue la titulada «Bombín es a bombón como cojín es a X, y nos importa tres X que nos cierren la edición», que nunca se publicó, pero cuya ausencia se achacó a la censura. Y así de 1941 a 1975, con dos bombines.

En otros países modernos, quiero decir a día de hoy, la situación no ha cambiado mucho. Myanmar, donde el satirista Zarganar (o Maung Thura) fue enviado a la cárcel por el gobierno militar; Egipto, donde Bassem Youssef ha recibido múltiples ataques y demandas por insultar al islam debido a sus parodias de Mubarak antes y de Mursi ahora; Siria, país del caricaturista Ali Ferzat, exiliado en Kuwait tras haber sido atacado en su casa, torturado y acusado de insultar al presidente; o Corea del Norte, donde el humor político está prohibido. El escritor Josep Pernau explica en Humor de combate: cómo sobrevivir a las dictaduras (2007) cómo reconocer los principales motivos para entrar en la cárcel por culpa del humor, y así evitarlos si es posible: «En una dictadura, cuando uno se planta en medio de la plaza del pueblo y empieza a gritar que el tirano es un imbécil, le pueden detener por dos cosas: por escándalo público y por divulgar un secreto de Estado». Este chiste, por cierto, se incluye también en la lista de Ronald Reagan.

Incluso en la Alemania nazi se hacían chistes. Criticar a Hitler podía llevar a la cárcel o la muerte, sin embargo, como explicaba Rudolph Herzog en un libro al respecto, los chistes eran una manera de crítica que normalmente terminaba con una leve reprimenda. Algunos chistosos incluso terminaban sus chistes con un «eso son X años de trabajos forzados». Pero claro, no siempre. Una viuda de guerra no tuvo otra idea que contar en el trabajo, en una fábrica de armas, el famoso chiste internacional, «Hitler y Göring están en lo alto de una torre en Berlín. Hitler le dice a Göring que quiere dar una alegría a los berlineses. Göering le responde: ¡salta!». Denunciada por un compañero, juzgada por el Tribunal del Pueblo y sentenciada a muerte, queda claro que no todo el mundo está preparado para escuchar según qué chistes, y menos en Alemania.

Probablemente el mejor chiste contado sobre una dictadura en general (junto con Bananas) y sobre la Alemania nazi en particular, es la película El gran dictador de Charles Chaplin. Esta obra, de 1940, no cuenta con la ventaja de la distancia en el tiempo que le pedían a Gottfried, pero se despacha a gusto. Tanto como muchos de los ciudadanos alemanes entonces, demostrando con sus chistes que para nada existía una aceptación unánime del más conocido -ismo moderno. Uno de los problemas de los dictadores con la risa es que el humor no suele estar alineado con sus objetivos de veneración, infalibilidad y control. Se atribuye a Aristóteles la sentencia de que «solo Dios y los animales carecen de sentido del humor» (de hecho, Dios en la biblia solo aparece riendo cuando se cabrea). Parece evidente que quien se cree un Dios sufra del mismo mal. El estudioso dictador del humorismo español, Jaime Rubio Hancocktiene un artículo dedicado en exclusiva a chistes de dictaduras, donde se puede comprobar cómo normalmente se enfocan en aquellos aspectos en los que la represión dictatorial más incide o en aquello que más afecta a la población que sufre la falta de libertad.

Pero no hace falta irse a los extremos del espectro de las formas de gobierno para comprobar el impacto inesperado del humor en la plaza del pueblo. No hace mucho la palabra titiritero se convertía en una de las más mencionadas en la prensa generalista desde que Spike Jonze lanzara Cómo ser John Malkovich. Alfonso Lázaro de la Fuente y Raúl García, titiriteros y miembros de la compañía Títeres desde Abaj», representaban en Madrid la obra La bruja y don Cristobal como tantas otras veces había hecho antes en otros sitios, allá por inicios de 2016. Sin comerlo ni beberlo ni esperarlo, se encontraron en prisión, denunciados por la Audiencia Nacional, acusados de enaltecimiento del terrorismo y de atacar derechos y libertades públicas. Una obra, que no era para niños, con una broma en forma de pancarta, que tampoco era para todo el mundo, provocó una situación que no se hubieran imaginado ni los de Charlie Hebdo en sus portadas más locas.

En Alemania no eran menos, por supuesto. Conocido es el Erdogate, o Böhmermann affair, en honor al cómico Jan Böhmermann, quien incomodó al presidente turco Erdogan con sus bromas. El mandatario turco consideró que la libertad de expresión no aplicaba en esta situación y que lo que había hecho Böhmermann era un caso de libro de «Schmähkritik», o crítica abusiva de un líder extranjero. Jugando con el metachiste, el comediante explicó en un show de televisión la diferencia entre los chistes que están protegidos por la libertad de expresión y los que serían considerados crítica abusiva. El problema es que este valioso ejemplo educativo lo realizó ilustrando ambos tipos de chistes con Ergodan como ejemplo y, para qué negarlo, usando un humor bastante grueso. Tras la solicitud formal por parte del gobierno turco de que procesaran al cómico, la broma final la hizo la canciller Merkel en la más típica tradición humorística germánica: aceptando encausarle a la vez que se ponía a abolir el párrafo del código penal que podía terminar con él en la cárcel.

No se vayan todavía, aún hay más. George Carlin fue denunciado en múltiples ocasiones, sobre todo tras publicar su obra Siete palabras, dónde analizaba con detalle las siete palabras prohibidas en los medios. Lenny Bruce, considerado en 2017 por la revista Rolling Stone uno de los tres mejores cómicos de stand-up (monólogos) de la historia, era arrestado en 1961 en San Francisco por jugar con el verbo inglés «to come» (traducible como «venir» o «correrse», según el contexto). Sus visitas a la cárcel por obscenidad, y sin pasar por la casilla de salida, incluyeron detenciones sobre escenarios en Londres o Nueva York, y solo conseguían reforzar sus convicciones de que esa era la línea a seguir. A nivel más local tenemos el caso de Camily de Ory, quien enfrenta dieciocho meses de condena por chistes sobre el niño Julen; la absuelta por el Tribunal Supremo por sus trece tuits sobre Carrero Blanco, Cassandra Vera; o David Suárez, que perdió el empleo por los suyos sobre su jefe y sobre personas con síndrome de Down. Pero, ¿quién no ha hecho alguna vez un juicio a los límites del humor?

A veces estas situaciones tienen solución. El cómico Dani Mateo hizo un chiste médico-político en televisión, que terminó con su nariz en una bandera en prime time y posteriormente con su trasero en los juzgados de Plaza de Castilla imputado por ultraje a la bandera y un delito de odio. Ya no como cómico, sino como empleado que debe pagar facturas (malditos costes fijos), pidió perdónculpó a los guionistas (que se encuentran en La Retaguardia), y finalmente gag y tuits desaparecieron de la web. Y es que el tema económico sí que quita la risa. Sacha Baron Cohen incluye ya un presupuesto específico para demandas en sus proyectos. Ha sido denunciado por el gobierno de Kazajistán, dos estudiantes de la Universidad de South Carolina, un trabajador de un bingo solidario, un miembro de Fatah y el candidato al senado de EE. UU. Roy Moore, este último reclamando noventa y cinco millones de dólares. El humor es caro. Últimamente los humoristas son demandados por los objetivos de sus chistes, pero también por otros humoristas. Maravillas de internet.

Personalmente, me parece ejemplar el enfoque de José Antonio Pérez Ledo, también conocido como Mi Mesa Cojea. En su web podemos encontrar un aviso legal para abogados que habla de delitos, falsedades y dinero, intentando intimidarles con la verdad. ¡Iluso! También incluye una disculpa preventiva con licencia Creative Commons, válida para cualquier tipo de ofensa, siempre que se produzca en Twitter. Y es que, como los chistes, hay humoristas de muy diversos tipos, colores y sabores. Como para dividirlos en disciplinas, vamos.

(Continúa aquí)


Salvar al soldado Bergdahl

Bowe Bergdahl, 2009. Fotografía: U.S. Army (DP).

El 30 de junio de 2009, Bowe Bergdahl, soldado de primera clase, abandonó su puesto de observación y caminó hacia la noche afgana. Pasó cinco años en manos de los talibanes hasta que volvió a pisar su Idaho natal. «El horror en el que se ha convertido América es asqueroso», les había dicho a sus padres por e-mail tres días antes de desertar. La respuesta de su padre se resumía en la línea de asunto: «OBEDECE A TU CONCIENCIA».

Diez años después de aquello seguimos sin saber cuáles fueron las causas que llevaron a Bergdahl a arrastrar sus huesos hacia una trampa segura. Se especuló mucho en su día sobre si era un yihadista en potencia, un desertor sin rumbo o, simplemente, un loco que buscaba llamar la atención. En cualquier caso, entender las motivaciones de alguien que vive su vida como si de una novela se tratara resulta aún más complicado. Por supuesto, los primeros capítulos no los escribió él. A Bowe (pronúnciese «Bou») lo trajeron al mundo en Idaho el 28 de marzo de 1986, el mismo día que Lady Gaga, como solían repetir su padre Bob y su madre Jani en la larga lista de entrevistas que dieron durante los cinco años de cautiverio de su hijo. Calvinistas devotos, decidieron que lo mejor para el chaval era evitar la escuela y criarlo en esa pequeña casa de dos habitaciones que se habían construido en los bosques de Idaho. Bob y Jani se habían mudado allí desde California tras el boicot de Estados Unidos a las olimpiadas de Moscú de 1980 por la invasión de Afganistán. Un año antes, Bob era un ciclista profesional que aspiraba a una medalla olímpica. Aquello fue un auténtico mazazo, pero los Bergdahl no podían ni imaginar entonces que aquel lejano país volvería a cruzarse en sus vidas, y de forma mucho más dramática.

La educación de los críos —Bowe tiene una hermana tres años mayor— no giraría únicamente en torno a sesudas discusiones sobre ética y moralidad en las enseñanzas de Tomás de Aquino; también se les estimulaba al aire libre y, con tan solo cinco años, el pequeño de la casa montaba a caballo y era capaz de disparar un rifle del calibre 22. A los dieciséis le dio por la esgrima y acabó mudándose a la casa familiar de una joven bailarina que practicaba en el mismo recinto. Las enseñanzas de budismo y tarot a cargo de su suegra en funciones le sirvieron para pasar el rato, sí, pero Bowe no veía el momento de alistarse a la Legión Extranjera. Voló a París, se apuntó a clases de francés y rellenó su solicitud para «empezar una nueva vida»; eso era lo que ofrecía la página web del legendario contingente. Pero le rechazaron. «No querían a un americano de Idaho escolarizado en casa», adujo Bergdahl para encajar aquello, aunque perfiles mucho más raros que el suyo se conocen entre los legionarios. También lo intentó en el Cuerpo de Guardacostas estadounidense, donde fue descartado «por razones psicológicas» tras tres semanas de entrenamiento básico.

De vuelta en el medio oeste americano, Bowe buscó consuelo en las aventuras de Bear Grylls, aquel exsoldado reconvertido en una estrella de televisión (El último superviviente en España). «Bear Grylls se convirtió en su modelo seguir», llegó a decir su padre. En 2008, mientras trabajaba en una cafetería de Hailey (el pueblo más cercano a su casa en el bosque), empezó a fantasear con la idea de crear un comando para acabar con los señores de la guerra en Darfur y Sudán. De hecho, lo comentó con su padre: se podría acceder a la zona disfrazado de personal de la ONU «y matar a todos esos hijos de puta».

Enrolarse en el ejército americano iba a ser mucho más fácil. Como muchos, Bowe solo se lo dijo a sus padres tras rellenar la solicitud. Aquellas dieciséis semanas de entrenamiento en Georgia fueron más un baño de realidad que un aprendizaje: Bowe sabía disparar, hacer fuego en un bosque helado y sobrevivir a base de raíces y rocío; ¿por qué tenía que compartir barracón con esos críos que jugaban a la Play mientras esperaban a su día de permiso para ir al club de streaptease? No se puede ser Robinson Crusoe en una isla con máquinas de refrescos. No se puede ser Lord Jim en un lago de Kansas. 

Que lo destinaran a una división de infantería en Alaska tras el entrenamiento abrió un resquicio de esperanza para futuras aventuras. Para entonces, ya había decidido que no las compartiría con nadie. En el Ártico, el de Idaho se encerró en sí mismo a través de exigentes rutinas de ejercicio físico y un muro de libros. Que fumara en pipa y no probara el alcohol era una manera más de marcar distancias entre él y el resto del mundo. Volvió a su casa del bosque por Navidad y le entregó un testamento a su padre en el que pedía un funeral en el mar. A su regreso a Alaska, y antes de ser destinado a Afganistán, Bowe también avisó de sus intenciones a un compañero de división: «Si la misión es aburrida, caminaré por las montañas hasta Pakistán».

Pocas palabras podía haber tan rotundas y evocadoras para Bowe como «Afganistán». Como era de esperar, se preparó a conciencia aprendiendo pastún y rebañando manuales militares rusos descargados de internet, pero probablemente nunca hubo un momento peor para ser destinado a Afganistán que marzo de 2009. En vez de asumir la derrota de una guerra iniciada por su predecesor y retirarse, Obama ordenó triplicar el número de las tropas estadounidenses en el país. Durante los siguientes tres años morirían o resultarían heridos más de trece mil soldados, más que en los ocho anteriores. El descalabro se intentó sofocar sustituyendo al general MacKiernan por el general MacChrystal, pero poco podía hacer un mero intercambio de nombres frente la desoladora ausencia de una estrategia. Que se rebajaran los niveles de exigencia a la hora de admitir a nuevos reclutas tampoco ayudó: la mayoría seguían llegando de lugares que cuesta encontrar en los mapas, como el Hailey de Bowe, pero cada vez eran más los exconvictos, los tarados prematuros o, simplemente, los que huían a la guerra y no de ella. Los veinticinco del pelotón de Bowe eran una buena muestra sociológica de los nuevos vientos en el ejército. 

Un soldado del Ejército de EE. UU. patrulla a pie en la pequeña aldea de Yayah Khel, donde Bowe Bergdahl fue capturado por los talibanes el 30 de junio de 2009. Fotografía: U.S. Army  / Sgt. Ken Scar (DP).

Bowe acabaría pasando más tiempo con los afganos que se acercaban a la base que con sus compañeros. Por otra parte, ¿acaso no se trataba de ganarse los corazones y las mentes de la población local, como manda el decálogo de la contrainsurgencia? Pero nada funcionaba como debía. Un sargento primero incompetente y despótico arrancó al grupo el último resto de cohesión interna, y una cadena de mando negligente fue la responsable de que una misión de ocho horas se alargara durante cinco días, todo para custodiar un carro antiminas inutilizado por un explosivo de carretera. Sabemos que Bowe no tenía apenas trato con sus compañeros, pero le dolió la pérdida del teniente Bradshaw. Se habían conocido durante su entrenamiento en Georgia y era lo más parecido a alguien que no lo observaba con una curiosidad zoológica. Bradshaw fue casi un amigo. Y luego estaban los niños, como aquellos cuyos cuerpos trajeron al campamento tras un ataque de los talibanes, o alguno de los que resultó aplastado bajo las ruedas del convoy de Bergdahl. Ocurre a menudo cuando los críos corretean esperando a que los hombres de kevlar les echen caramelos, o cualquier cosa. 

«La vida es demasiado corta para ayudar a idiotas de ideas equivocadas. He visto sus ideas y me avergüenzo hasta de ser americano», le contó a su padre en el último email antes de su incursión en territorio talibán, ese al que Bob Bergdahl respondió con un «OBEDECE A TU CONCIENCIA». Antes de partir, Bowe dejó una nota en su tienda diciendo que se iba «para empezar una nueva vida», y también que renunciaba a su ciudadanía americana. 

Una nueva vida

Nunca tuvo opciones de llegar muy lejos. No había caminado ni dos kilómetros cuando se vio rodeado por un grupo de jóvenes en moto armados con rifles de asalto, esa generación escupida por la guerra como los deshechos que el mar arrastra hasta la playa. Le pusieron una venda en los ojos y le ataron las manos a la espalda. Luego se lo llevaron a una de esas aldeas sin corriente eléctrica en las que el ritmo lo marca el sol, aunque aquel día algo parecía haberlo congelado: los hombres reían y gritaban alborozados, y Bergdahl sintió el impacto de las piedras que le tiraban los niños. No era para menos. El recién llegado era el único prisionero de guerra americano de todo el mundo.

Discusiones por walkie talkie sobre qué hacer con el cautivo: «¡Córtale la cabeza!»; «¡Tráenoslo!»; «¡Véndelo!», creyó entender Bergdahl en el pastún que había empezado a estudiar en Alaska. Poco después, esos hombres que te observan desde lo más profundo de la Edad Media grabaron un vídeo de diez segundos con un móvil e hicieron llegar la tarjeta SIM a los americanos en Kabul. Aquella primera prueba de vida del cautivo iba a acompañada de un mensaje: «Queremos un intercambio de prisioneros». Tres compañeros de pelotón resultaron heridos en una operación de búsqueda en la que participaron drones y cazabombarderos. Solo cuando se tiró la toalla se presentaron dos hombres de uniforme en la casita del bosque de Idaho. Jani esperaba la peor de las noticias, pero se agarró a la idea de que su hijo aún seguía vivo. 

Pasaron seis meses hasta que llegó la segunda prueba de vida. Un pálido y demacrado Bergdahl enfundado en un shalwar kamiz —ese conjunto de pantalón y camisa holgada hegemónico en la zona— pedía su liberación frente a un plato de comida servido para la ocasión. En palabras del estadounidense, beber orina o ingerir alimentos mezclados con heces fue algo habitual durante sus cinco años de cautiverio. En una exclusiva entrevista concedida en octubre de 2017 al periodista británico Sean Langan —secuestrado por la misma célula talibán—, Bergdahl explicó que intentó huir dos veces. En la primera, anduvo perdido por las montañas del noreste de Afganistán durante varios días hasta ser capturado y metido en una jaula para animales; en el segundo intento, el fugitivo intentó buscar refugio en una aldea afgana, pero fue devuelto a sus secuestradores por la población local. Luego le ataron de pies y manos y le golpearon en las piernas con barras y cables de cobre para evitar un nuevo intento de fuga. «Si no moría escapando lo haría por enfermedad. No tenía otra opción», recordó en otra entrevista. Entre paliza y paliza, seguían apareciendo vídeos del marine pidiendo su liberación. Los talibanes insistían en lo del intercambio de prisioneros. 

A miles de kilómetros de allí, Bob y Jani iniciaban una gira por los medios dirigiéndose a dos audiencias muy distintas: al pueblo norteamericano le decían que la Casa Blanca no estaba haciendo nada; a los captores afganos de su hijo les pedía clemencia citando el Corán, con unas palabras reforzadas por la barba pelirroja que el calvinista se había dejado crecer hasta el pecho.

El presidente Obama junto a Jani Bergdahl y Bob Bergdahl en la Casa Blanca, 2014. Fotografía: Cordon Press.

Y el milagro ocurrió. La Administración Obama accedió al canje, pero mantuvo la transacción en secreto, no solo por la seguridad operativa en la frontera afgano-pakistaní, sino también para alejar el asunto de los adversarios políticos en Washington. La entrega del rehén quedó recogida en un vídeo publicado por los talibanes. Un Bergdahl con dificultades para abrir los ojos bajo la luz del día espera pacientemente en la trasera de una pick up. Don’t come back to Afghanistan («No vuelvas a Afganistán»), rotularon los talibanes en el momento en el que uno de ellos se dirige al norteamericano tocándole el hombro. Al poco, un helicóptero Blackhawk sobrevuela la zona en círculos antes de aterrizar. Tras ser conducido hasta la custodia de unos agentes vestidos de paisano, el pájaro alza el vuelo para perderse en un cielo azul. 

Ante el bochorno, Obama esgrimió una de las letanías USA por antonomasia: «Nunca dejamos atrás a uno de los nuestros». Trump montó en cólera. «Nosotros tenemos a un desertor y ellos a cinco asesinos que ya están preparados para intentar destruirnos», dijo el entonces candidato a la presidencia a la cadena Fox nada más enterarse. Lo repetiría varias veces durante una campaña en la que el soldado Bergdahl sería, tras Hillary Clinton, la persona más insultada por el actual presidente de Estados Unidos. «En los buenos tiempos a los traidores se les pegaba un tiro y se acababa con el problema», llegó a decir el magnate en público. Muchos, además del propio Bergdahl, interpretaron aquellas palabras como una incitación al asesinato. 

Como si la parábola trazada por un obús de mortero se tratara, el de Idaho fue ascendido a sargento durante su cautiverio y degradado a soldado de nuevo tras su liberación. Ya de vuelta en casa, se le sometió a una exhaustiva investigación del ejército, así como a un proceso judicial de tres años por un equipo de cincuenta abogados del Pentágono bajo las administraciones de Obama y Trump. Tras admitir los cargos de deserción ante un tribunal militar en noviembre de 2017, a Bergdahl se le conmutó la pena de cárcel y acabaría licenciándose «con deshonor» poco después. Se había convertido en una pedazo de carne que catalizaba el resentimiento del pueblo americano hacia una guerra sin final. Nada ni nadie encarnaban el fracaso en Afganistán como aquel desertor.

No pasó ni medio año hasta que la Administración Trump comenzó a comunicarse discretamente con los talibanes para alcanzar un acuerdo de paz en Afganistán. Aquellos a los que el presidente de Estados Unidos llamaba de forma rutinaria «terroristas sanguinarios» eran exactamente los mismos que encabezan hoy una delegación que podría estar engrasando la salida definitiva de Washington de la ratonera centroasiática. Las conversaciones con los talibán llevan en marcha en Doha (Qatar) desde el pasado enero.

La ironía de todo esto resulta apabullante, y aún más según se conocen nuevos detalles. En el único libro sobre el caso Bergdahl escrito hasta la fecha (AMERICAN CIPHER: Bowe Bergdahl and U.S. Tragedy in Afghanistan. Penguin, 2019), Michael Ames, su coautor, asegura que uno de los cinco delegados afganos, Abdul Wasiq, era ministro de Inteligencia cuando, en noviembre de 2001, se reunió con agentes estadounidenses y se ofreció a ayudar a localizar a su jefe: el mulá Omar. Wasiq llevaría un dispositivo GPS para conducirlos directamente hasta su misterioso y escurridizo líder —muerto en abril de 2013— pero, poco después de la reunión, los estadounidenses lo detuvieron, le ataron las muñecas con bridas, lo cegaron con gafas rellenas de bolas de algodón y le insertaron un supositorio tranquilizante en su recto. Los siguientes doce años los pasaría en Guantánamo. Según los registros oficiales del Pentágono, Wasiq había sido interceptado y detenido «para proporcionar información sobre la ubicación de Omar».

Probablemente no llegaremos a saber si se trató de algo premeditado o, simplemente, de un nuevo fallo de coordinación entre la miríada de agencias de inteligencia norteamericanas. Sea como fuere, otros movimientos resultan más visibles. Tras la liberación de los cinco talibanes en 2014, estos fueron recibidos en Doha, donde las autoridades les obsequiaron con un pastel a cada uno antes de ponerlos bajo arresto domiciliario. Desde entonces, han vivido en el pequeño país de Golfo en la sombra, si bien las conversaciones de paz con Trump los han vuelto a poner bajo los focos. Mientras en Doha la realidad triunfa sobre la retórica, los talibanes controlan más territorio que nunca desde que comenzó la guerra más larga de Estados Unidos. Nada más transmitir Trump su deseo de salir del país, la insurgencia afgana no tardó en diseñar un calendario que marca en rojo la retirada total de las fuerzas estadounidenses en menos de un año. 

En cuanto a Bergdahl, jamás se dio con una pizca de evidencia creíble de que simpatizara con los talibanes, de hecho nunca fue acusado formalmente de traición. Muchos como él optaron por el suicidio, por las drogas, por ambos. O por provocar una masacre de civiles; casi siempre en destino, raras veces en casa. El de Idaho simplemente quería irse, caminar hacia las montañas de Pakistán y dejar atrás todo aquello. Hoy vive en algún rincón del medio oeste americano, donde se refugia de los medios y de los que aún piden su cabeza. En la única entrevista concedida a la televisión un Bergdahl de mirada huidiza bajo una gorra de béisbol narra su odisea desde el interior un pequeño cobertizo de madera y uralita. Está lleno de aperos, botes de aceite, lubricantes para motor y todo tipo de herramientas. Parece un lugar tan bueno como cualquier otro para seguir escribiendo la novela de una vida.


Un smartphone, un voto

Fotografía: Japanexperterna.se (CC BY-SA 2.0)

No alcanzo a recordar en qué novela de los años veinte del pasado siglo sucedía. Puede que fuera en El secreto de un loco, de Benigno Bejarano, puede que en alguna de Carlos Mendizábal. Importa poco: lo que importa es señalarlo. De aquella novela no recuerdo nada más que esto: los personajes llevaban pequeños televisores en los bolsillos en los que continuamente veían noticiarios o películas que eran un claro vaticinio de los teléfonos móviles, aunque es cierto que los personajes no podían interactuar con sus aparatos, estos eran meros recipientes donde descargaban una programación más o menos educativa y dogmática. Pero lo que más llamaba la atención es que esta capacidad certera para intuir el futuro tecnológico se compensaba con una audaz carencia imaginativa en lo concerniente a la geopolítica: los personajes de la novela llevaban móviles en los bolsillos antes de que la televisión fuera un electrodoméstico, sí, pero en el mundo en que vivían Marruecos seguía siendo un protectorado. El autor, confiando en su capacidad de futurólogo, podía acertar en cuanto a la cuestión tecnológica, pero la política ni se la planteaba, daba por hecho que todo seguiría más o menos como estaba. Podía imaginar nuevas formas de dominio mediante la tecnología, pero las colonias eran colonias, y la geografía política no se tocaba, permanecía en el limbo de lo que no está sujeto a cambios. 

El detalle no es anecdótico: coches voladores y viajes espontáneos eran recurrentes en la ciencia ficción de pantalón corto que se practicó a principios del XX —a menudo muy ladeada hacia la sátira, como otra novela que tampoco recuerdo en la que unos astronautas viajaban por el espacio en un armario en el que solo llevaban jamón ibérico para demostrar a las civilizaciones de ahí fuera la calidad de vida de este planeta—, pero, en cuanto a la cuestión política, el único movimiento que se permitían —como haría Orwell más tarde— consistía en reducirlo todo a grandes bloques en pugna, cuantos menos bloques mejor, nosotros contra ellos, el norte contra el sur, Oriente y Occidente, imperio y rebeldes. O dejarlo todo tal y como estaba —Marruecos como protectorado— porque ningún cambio tecnológico iba a amenazar el statu quo de los países que mandaban en el mundo en tenso equilibrio.

Ahora pasa igual. A cualquiera le es fácil imaginar, en el aspecto tecnológico, a dónde van a conducir los avances de ingenieros e informáticos (puede que también se unan los cirujanos para implantarnos cosas en la cabeza, quizá una ranura donde insertar novelas), es prudente suponer que, como acontece en algunas películas del género, nada más nacer una nueva criatura se entregue a los padres un informe donde se detallen los padecimientos que la visitarán y recomendándoles alimentación y hábitos para retrasarlos —cuando no la propia selección de laboratorio sea la que cree criaturas sin defectos de fábrica: solo tendrán los padecimientos que ellos mismos se procuren con sus decisiones, no por falla de la genética—. Pero ¿quién se atreve a imaginar el futuro político? ¿Necesitaremos un tirano? ¿Se saldrá con la suya Platón, primer teórico de la realidad virtual? Lo cierto es que no hubo un solo historiador ni periodista que se adelantara a los acontecimientos para decirnos: «El Muro de Berlín va a caer». Ninguno —que yo sepa— advirtió de que la infalible necesidad de guerra de la industria del armamento y la pamplina del patriotismo necesitaría un golpe colosal como el ataque a las Torres Gemelas. Y, antes, nadie dijo nada de los campos de concentración nazis antes de que estos abrieran —naturalmente, después fueron muchos los que dijeron que lo habían predicho, que lo avisaron, pero que nadie los escuchó—. 

Las ilusiones de la influencia tecnológica en los mapas políticos se evaporan rápido y ahora suenan a cánticos de parvulario todos aquellos himnos que sonaron cuando emergió internet como una herramienta contra las fronteras, por la libertad, en impetuosa cabalgada de una globalización que, a expensas de multiplicar las posibilidades de mercado, abrocharía también definitivamente las menguadas virtudes de los nacionalismos. Más o menos cualquiera puede fantasear con coches que van solos y no chocan nunca, pero, en la cuestión política, ¿quién se atreve a apostar por nada más allá del hecho, ya obvio, de que el dataísmo se ha convertido en el ismo más influyente de la historia de los ismos? Pero hasta el dataísmo tiene todavía sus límites, porque ¿quién, por mucho big data que tuviera a mano el año pasado, hubiera sido capaz de vaticinar que habría, aquí en España, mediante moción de censura que aunara a las más diversas opciones ideológicas, un nuevo Gobierno formado por un grupo con solo ochenta y pico diputados? 

Cuando, a finales de los años noventa, internet nos empezó a colonizar la vida, ya hubo quien adelantó que un aparato como el teléfono se volvería médula de nuestra existencia, pero, en pleno boom del internacionalismo, ¿quién se habría atrevido a vaticinar que la fuerza política más pujante aquí y allá hundiría sus raíces en el populismo? ¿Perón tenía alguna lección que darnos, de veras? ¿El catecismo de Goebbels iba a ser resucitado en aras de una democracia virtual donde el ruido y la furia iban a dictar sus sentencias sin el menor asomo de respeto por lo que susurrasen los tribunales instituidos para llevar a cabo juicios? Así las cosas, ¿quién se atreve a imaginar lo que nos espera, en el plano político, a la vuelta de la esquina? Lo único que puede predecirse es lo de siempre: los cacaos ideológicos servirán solo para alzar hasta el poder a quien sea, el cual, una vez ganado el poder, traicionará minuciosamente todos los peldaños con que construyó su escalera. El poder es como el lenguaje, que decía Wittgenstein: una escalera que te permite llegar a algún punto desde el cual derribar la escalera que te ha alzado. Por ese motivo quienes ostentan el poder se parecen tanto entre sí, más allá de las escaleras que hayan utilizado para llegar al poder. Entre el Obama aspirante y el Obama presidente hay mucha más distancia ideológica que entre el Obama presidente y el Bush Jr. presidente, porque lo que pesa ahí es el cargo, no el apellido. Por eso fue tan decepcionante el mandato de Obama, porque lo comparábamos todo el tiempo con el aspirante a presidente, con la promesa, en un ejercicio de ingenuidad pasmoso. Quien ostenta el poder es siempre un enemigo de la promesa.

En aquellos días aurorales de la era digital se pensaba que la democracia se fortalecería de tal manera que se convertiría al fin —sin tener nada que ver con ese sintagma del terror soviético— en una democracia real. La tecnología facilitaría que nuestra opinión —opinión significa opción— se tuviera en cuenta no solo cada cuatro o cada seis años, sino prácticamente a diario. Votar sería una cosa cotidiana. Decidir a diario, implicarnos en la tarea de gobierno de manera habitual, un smartphone, un voto. Nos parecía que, una vez armado cada individuo con su máquina, como una extensión natural de su persona física, el Estado podría, para acabar con la farsa de la representación, ponerse de veras en las manos del pueblo —utilizo la palabra más con melancolía que con cinismo, aunque también— para que este fuera decidiendo su suerte cada mañana, con el desayuno, o al menos una vez a la semana, para que no se volviera tediosa la emisión de opiniones. 

Pero, aunque cambien las reglas del juego, el juego apenas cambia, eso lo sabe cualquiera, y por supuesto que estábamos avisados de que quien hace la ley hace la trampa, y nos temíamos, quizá, en algún momento de lucidez escéptica, que solo se nos permitiese votar desde nuestro teléfono o computadora —en conexión segura, si es que la hay— en aquellos puntos en los que sería temible escuchar a la mayoría, porque la democracia podrá tener la buena prensa que se quiera, pero es evidente que en muchos asuntos el NO le gana al SÍ, aunque haya conciencia de irresponsabilidad e injusticia, porque la suma de enemigos de algo es casi siempre superior a sus defensores. Imaginen tener que elegir un Gobierno de esa manera, donde se nos preguntase por cada cargo. El presidente propone a alguien y los ciudadanos tienen que decir sí o no, todos los ciudadanos, no solo los votantes del partido del Gobierno. No se nombraría un solo ministro nunca. La gente que tiene algo en contra de alguien siempre es más que la que lo tiene a favor, aunque solo sea por joder. La facilidad de comunicación, como se ha visto con Twitter y otras redes, lleva indefectiblemente al cinismo y la falta de piedad, porque, por incidencia que tenga en el mundo real, las decisiones que se toman siguen inyectadas del veneno de lo virtual: aquí conviene citar una desconocida novelita de César Aira, El juego de los mundos, donde los chavales destruyen planetas reales —sabiendo que son reales— desde sus computadoras. Que el acto virtual tenga incidencia en la realidad no hace que quien lo ejecuta cobre ningún sentido de responsabilidad, pues el acto contamina a sus consecuencias, por lo que las consecuencias también serán virtuales en la conciencia de quien lo realiza. 

No hace falta asomarse al futuro para obtener pruebas fehacientes de este mecanismo siniestro.

¿Cómo imaginar la realidad política en un mundo tan tecnológico como el que ya habitamos, que es apenas un parvulario del que nos espera y donde disciplinas escasamente científicas —como la sociología— parecen haberse alzado al podio de las ciencias puras, por lo que no es raro que se haya instalado en nuestras vidas la sensación de habitar en la era de la posverdad? Imaginarlo, intentarlo siquiera, tiene algo de desafío contraproducente, como saltarse un montón de capítulos intermedios en una novela para ir a las páginas finales y descubrir allí qué pasa a sabiendas de que con esa información quizá podamos imaginarnos lo que ocurrió en medio. 

Confieso que el futuro nunca me ha interesado lo más mínimo, como todo lo que no existe. No es más que el lugar de nuestra tumba. Pero si es fácil, como en la novela que no recuerdo si era de Bejarano o de quién, intuir que en el ámbito tecnológico los avances serán extraordinarios —trenes que van a dos mil por hora, desayunas pan con aceite en la estación de Cádiz a las ocho y a las nueve y media entras a trabajar en algún lugar de París— y que, naturalmente, afectarán a la vida cotidiana —¿desaparecerá el sexo entre humanos? ¿Las nuevas generaciones solo sentirán deseos ardientes por mecanos exquisitamente diseñados para aparentar ser criaturas de belleza inmarcesible? ¿Cobrarán las leyes del copyright a quienes se masturben el porcentaje de «derechos de autor» que le corresponda a quien inspire el acto onanista?—, no resulta nada sencillo intuir siquiera qué tipo de régimen político padecerán los ciudadanos, aunque es previsible que, como todos hasta el día de hoy, esté en manos de una élite y se ejerza sobre una masa uniforme a la que mantener contenta con pequeños sorbitos de vida. Pero ¿cómo? ¿Cómo conseguirá disfrazar la autoridad del Estado su mentira una vez que perezcan todos sus símbolos? ¿Que no perecerán esos símbolos? Ya, ¿alguien puede decirme cuál era la bandera de Gengis Kan, el hombre más poderoso de la historia? ¿Pueden señalarme los límites, alucinantes, de su imperio? Sí, los símbolos perecerán todos y serán suplidos por otros, eso está claro, pero ¿será toda la Tierra un Parlamento y el sueño de la razón producirá monstruos —expresión que significa, según el grabado de Goya, dos cosas muy distintas: una, que si la razón se duerme vienen los monstruos y, otra, que la razón llevada a su límite, su sueño, es también monstruosa—?

No lo sé. Solo sé que cualquier expedición futuróloga que se atreva a dibujar un panorama político se equivocará. Porque es lo único apasionante que tiene la política: que nadie puede decir «mañana a las doce y cuarto empieza la Edad Media», que solo puede acertarse su quiniela cuando ya están todos los partidos jugados, que, aunque su negocio verdadero sea el futuro, la promesa, no ha habido un solo escritor, ni Orwell siquiera, que, si se atrevía a entrar en detalles, acertara cuando imaginaba, políticamente, el futuro. Solo sabemos que empezó una revolución. Y también sabemos, nos lo ha enseñado la historia, que toda revolución acaba siempre en un Napoleón hambriento.


El Orden Mundial: «El próximo paso del capital es aceptar que la democracia tiene un límite»

Fotografía: Begoña Rivas

Esta entrevista se puede encontrar en papel en nuestra trimestral nº25 Futuro imperfecto.

Solo una cosa podía presidir las oficinas de El Orden Mundial: un mapamundi. Está debajo de decenas de garabatos, líneas y flechas que interconectan países y continentes que a priori no guardan ninguna relación evidente. Las borran cada día y vuelven a empezar, esa es su elección. Se propusieron —dicen que como hobby— la pírrica tarea de hacer digerible ese concepto tan enmarañado que convenimos en llamar relaciones internacionales. Lo llaman divulgación, pero no se trata de otra cosa que explicar cómo funciona el mundo más allá del telediario. Y de la inmediatez. Sin conspiraciones, aunque les tomen por Illuminati. Sin urgencias ni lenguajes enrevesados. Con mapas, gráficos y contexto. Medio millón de lectores acuden cada mes a leer sus análisis sobre asuntos que ocurren en todo el globo, hasta los que se antojan más insignificantes. Tres son sus siglas, EOM, y tres sus integrantes: Fernando Arancón, Blas Moreno y Eduardo Saldaña. Con una inteligencia y una juventud altamente insultantes, nos dan las claves de cómo será el futuro de ese mapamundi, hasta que se hace de noche.

¿Hasta qué punto vuestro nombre tiene que ver con el libro de Kissinger?

Fernando Arancón: Nuestra fundación es anterior al libro. Surgimos en el año 2012, como un blog totalmente amateur, desinteresado y nada profesional, un hobby para tratar temas internacionales y explicarlos de manera sencilla. Siempre digo que esto se nos ha ido un poco de las manos, porque empezó a tener éxito a través de Twitter, de los mapitas y gráficos… Hasta que te das cuenta de que te están leyendo cientos de miles de personas al mes.

Blas Moreno: Ahora mismo esto da más trabajo del que daría un hobby, pero no da el dinero que daría un trabajo. Pero hace un año y pico decidimos apostar todo y volcarnos profesionalmente en ello.

Eduardo Saldaña: Lo cierto es que nuestras siglas, EOM, son una ventaja porque no se olvidan, como una marca para un concepto del que se habla mucho: «El orden mundial».

F. A.: Es un término muy frecuente en nuestra disciplina, pero también acarrea otra connotación de conspiración. ¡Hay gente que se piensa que somos Illuminati! Sobre todo al principio. Todas las conspiraciones habidas y por haber pasan por nosotros.

No sois un medio de comunicación ni un think tank, sino una plataforma de divulgación. ¿Era un hueco poco explorado en España?

B. M.: Sí, la idea es ir un poco a ese hueco que queda entre medias del periodismo, que cuenta lo que pasa pero no tiene tiempo ni espacio para darle un contexto, y la academia. Esta te lo cuenta, pero tienes que leerte un paper de cien páginas para entenderlo. Queremos explicar lo que pasa, con historia y perspectivas, de una forma accesible al público en general. Somos complementarios, no competimos ni con el think tank ni con el periódico.

E. S.: Tanto nosotros como muchos de los que escriben aquí venimos de la primera oleada de las relaciones internacionales en las universidades públicas. Consumíamos medios anglosajones como The Economist, Foreign Policy, o Le Monde Diplomatique, que tienen esa necesidad de contar las cosas de manera accesible: con mapas, gráficos… Surgió por pura necesidad.

F. A.: No hemos inventado el fuego, solo importado formatos que en España nunca se habían hecho. Nadie se lo había planteado hacer porque nadie había tenido la necesidad como medio, como proyecto, de tener que recurrir a ello. Nosotros sí, porque tenemos algo muy claro, si no vendemos, porque la gente no se suscribe, cerramos. Así de sencillo. Antes de que empezara la crisis de la publicidad institucional, te caía dinero sin tener que trabajártelo mucho, con modelos muy rentistas, y no se fomentaba que los medios fuesen productivos, innovasen y se trabajasen sus propios modelos. Digo con orgullo que esta es una empresa en el sentido bueno, siempre pensamos en cómo hacer bien las cosas y tratar bien a los lectores. Igual que el panadero del barrio o la gente que trabaja en la farmacia, que tiene que tener contenta a la clientela y ofrecer un buen producto.

Históricamente se ha dicho, porque era así, que las secciones de internacional aportaban prestigio al periódico, pero que no eran «rentables» ni se leían mucho. ¿Creéis que podéis revertir eso?

E. S.: Yo te diría que sí. Estamos probablemente en una de las mejores épocas para hacer nuestro trabajo, porque Trump ha dado un empujón al tema internacional. A mí me gusta la anécdota de los rohinyás. Cuando hablamos de ellos estábamos en el programa de radio de Julia Otero, y llevamos este tema antes de que saliera en los telediarios.

B. M.: Salió semanas después y la gente se dio cuenta de que los de El Orden Mundial ya lo habíamos dado. No tengo una certeza clarísima, pero creo que a la gente le interesa mucho el tema internacional, lo que pasa es que no se ha contado bien. No se han empleado las herramientas adecuadas para que le llegue a la gente. No quiero frivolizar, pero la forma de contar es muy importante.

F. A.: Además, que lo que pasa fuera te puede acabar afectando en tu país es algo que hemos visto con la crisis. Que en Berlín, París o Bruselas se decidía algo y aquí te lo tenías que comer. A lo mejor lo que pasa a mil kilómetros de tu casa te afecta.

E. S.: De todo eso ya alertaban los académicos, pero no lo comunicaban bien. La divulgación tiene el peligro de la simplificación, pero no hay que tener miedo a simplificar o adaptar a una plataforma. Nosotros usamos mucho Twitter e Instagram. Y aquí pongo el ejemplo de nuestras madres o gente de esa edad, que a lo mejor lo ve en Instagram o en un tuit y se mete y lo lee. Pero tienes que despertarle ese interés por lo que está pasando fuera. Eso es algo que no se había hecho. Los mapas son parte de la misma estrategia, hacen que la gente se meta a leer un artículo que desarrolle lo que ha visto en la imagen.

B. M.: Hay cosas que, aunque no lo parezcan, tienen política detrás. El cine de Hollywood ha reflejado la política exterior estadounidense durante décadas, por ejemplo. El reto está en contar a la gente estas cosas de forma interesante. En EOM, los dos artículos más leídos han sido uno de política social en Islandia y otro de refugiados. ¿Por qué? Pues porque Islandia fue el país más pequeño en llegar al Mundial de fútbol y eso tiene que ver con una política social que puso en marcha su Gobierno hace años, promocionando el fútbol para sacar a la gente de la droga. Y el tema de los refugiados de Croacia, que acabaron jugando el Mundial y llegaron a la final. A través del fútbol consigues contar política internacional. No engañas a nadie, pero sí que endulzas un poco el primer paladeo.

Mantenéis una atención constante a los sucesos más actuales, pero también publicáis cosas de países alejados de la atención del momento como Liberia. ¿Es complicado equilibrar esa agenda?

F. A.: Creo que hay que hacerle cierto caso a la actualidad, pero con prudencia, no tienes que seguirla como si fuera el palo y la zanahoria. Sí que hay que prestar atención a los temas importantes que están sucediendo, pero también hay que romper un poco con la agenda. Lo que pasa en el mundo va a tener unas repercusiones, y eso lo puedes contar hoy, mañana, pasado o la semana que viene. Nuestros grandes problemas, que son los análisis un poco más sesudos, sirven para comprender cómo funciona a nivel estructural lo que ocurre en los temas internacionales.

B. M.: Tiene mucho que ver con la plataforma. Publicamos grandes temas, que se parecen a los de Jot Down, que son muy largos, de leer con calma, y se preparan con mucha antelación, durante semanas. Si pasa algo en directo, me pongo en Twitter, para explicar la actualidad igual basta con un tuit o un hilo. La herramienta es también una manera de cambiar el discurso. Los temas largos son atemporales, temas internacionales que se pueden leer de aquí a un par de años.

E. S.: Es que el artículo de los rohinyás era de 2015.

B. M.: Ese artículo no podía advertir de que podía haber un genocidio en 2018. Pero sí podía advertir de que había una minoría en Birmania y que estaba en peligro.

E. S.: Pasa lo mismo en China con los uigures; cuando pase, nosotros ya tenemos trabajo que hemos realizado hablando de ello. Al final, lo que hace falta es el contexto para saber qué está pasando

F. A.: Es un poco como educar el paladar. Si siempre cedes a lo que parece que se demanda, realmente al final malcrías un poco la demanda de conocimiento. Nosotros lo que generamos no es información, sino conocimiento, que es útil hoy, mañana o pasado. Para conocer las noticias están los diarios, y nosotros estamos para quien quiere saber de dónde viene esto, qué es lo que va a ocurrir, qué factores hay en juego. Yo creo que uno de los hándicaps que ha tenido internet es que nadie nos ha enseñado a usarlo. Nos han dado una conexión, un router o un móvil y un campo inmenso, y nadie te ha dicho por dónde ir, qué se puede hacer. Es como cualquier otro producto, que hay que evitar intoxicaciones, evitar saturar… si te comes veinte Kit Kat a la vez igual tienes un subidón de azúcar.

E. S.: No podemos competir contra El País o The Guardian en cuanto a cantidad de contenido, pero sí en cuanto a la profundidad de ese contenido.

Vayamos al futuro. ¿Seguiremos hablando del conflicto de Oriente Próximo las próximas décadas?

B. M.: En la medida en que el tema de Israel y Palestina siga roto, se seguirá hablando de ello durante décadas, incluso más. También influirá mucho la gran pelea que hay entre Arabia Saudí e Irán y el papel de Estados Unidos en esa región. Eso va a estar ahí mucho tiempo.

F. A.: Igual dentro de treinta años Palestina ya no existe, pero el Israel que haya absorbido Palestina va a tener muchos problemas. Va a seguir siendo un país muy polémico. También en la región hay que saber qué intereses tiene cada parte, hay que entender cómo están formados los actores, sobre todo los Estados. En Europa son Estados nación, con su cultura compartida, pero Israel ahora mismo es una especie de etno-Estado, que le da mucha importancia a la religión.

B. M.: Acaban de aprobar una ley en la que dicen que son un Estado judío y luego ya, si eso, democrático.

F. A.: Arabia Saudí es una familia supernumerosa con un país a sus pies, como si fuera su finca privada. Una monarquía absoluta de la Europa del siglo XVII. Luego Irak es un Estado que no es un Estado, son varias comunidades mezcladas con una frontera… Entramos en tromba y lo rompimos todo, lo que lo ha complicado aún más. Es lo que pasa en Siria, que el que sostiene el Estado es un dictador que tiene un sistema social que fomenta cierta paz social, como le pasaba a Huseín, o a Gadafi en Libia. La gente no se queja mucho, si tienes rentas del petróleo, puedes dar subvenciones, que la gente viva más o menos bien, y no tienes problemas. Si baja el precio del petróleo y recortas subvenciones, la gente te la lía. Y tienes un Estado fallido, porque ya nadie te debe lealtad a ti.

Otra región que parece que será clave en el futuro de la geopolítica es el Cuerno de África, donde hay una creciente militarización que podría desembocar en un conflicto. Ya no son solo las instalaciones de Francia y Estados Unidos, es que ahora India, China, Turquía, Arabia Saudí y Emiratos Árabes han instalado bases militares en la zona. ¿Será uno de los puntos calientes del futuro?

E. S.: Totalmente. En el Cuerno de África ya no es solo que Turquía está entrando en el mar Rojo, rodeando perfectamente el golfo, es que también están entrando en Somalia. Turquía es uno de los aliados de Estados Unidos, y esa zona sirve para tender un puente entre ellos y Catar con base en Somalia y en la islita que le han dado a Sudán del Sur. Es un cerco muy concreto a la península arábiga.

B. M.: Hay muchas lecturas interesantes ahí. Está el punto de vista geopolítico de Turquía y Catar, y cómo pueden romper ese cerco el resto de monarquías del golfo. Es una ruta comercial por la que también pasan India y China y el petróleo que viene por el golfo Pérsico. Hay otra lectura más a futuro: en la medida en que el Ártico se vaya descongelando, se abrirá una ruta mucho más corta. La habitual pasa por Somalia, Yemen y Suez. El primer barco que cruzó la ruta del Ártico sin necesidad de ayuda lo hizo este verano, y cuando eso se empiece a descongelar va a ser más sencillo todavía tomar esa ruta. Y tendrá un impacto medioambiental y económico. Eso desplazará la atención del sur hacia el Ártico.

E. S.: Y respecto al Cuerno de África, sí es una zona fundamental para el comercio, pero ya te digo yo que va a costar mucho que haya inestabilidad y guerra en esa zona. Pero si se abre una nueva ruta, los Estados potentes como Rusia y China controlarán el paso y es mucho más probable que se líe allí.

F. A.: Sí que parece que el Ártico va a ser uno de los grandes polos de conflicto, por ese desplazamiento del comercio de hidrocarburos. Europa va a seguir siendo un mercado potente. Pero China es distinto: dile que tiene que acceder a todo ese comercio bordeando un montón de estrechos, con el riesgo constante de que le corten el paso si hay malas relaciones. Pero por el Ártico el peor enemigo es el hielo, si no hay, se puede pasar tranquilamente y no tienes problemas, no tienes que andar bordeando.

E. S.: El problema del Cuerno de África es quién está militarizando esa zona. Hay que empezar a ver el mapa del mundo de otra forma, y eso es algo que nosotros también estamos haciendo. Deberíamos empezar a diseñarlos con el centro aquí [señala el Pacífico].

B. M.: O China y Eurasia, mejor.

¿Vamos hacia un futuro geopolítico con mucha más supremacía China?

F. A.: Económicamente sí. La clase media en China, la que tiene una capacidad de consumo normal, ya iguala en cantidad a la clase media europea. Como mercado es incomparable, y acaba de empezar. Fíjate lo del Día del Soltero: treinta mil millones de dólares en un día, facturados por una empresa. Europa no puede competir ya con China. Esa gente en veinte o treinta años nos ha sobrepasado completamente.

B. M.: Hubo la revolución 3G, y después otra 4G. La revolución 5G va a ser la de la inteligencia artificial, los coches autónomos. Si las otras las han dirigido Estados Unidos, Europa o Japón, China se ha propuesto dirigir la 5G y va a ser la potencia que lo haga. De aquí a veinte años el lugar puntero no va a ser Japón, ni Corea, ni Silicon Valley, va a ser China. Están metiendo una gran cantidad de dinero en eso, en su mercado interno y en su mercado externo, para seguir siendo influyentes en el mundo. Quieren ser la vanguardia.

F. A.: Me alucina de los chinos su concepción del tiempo. Esa gente piensa a cincuenta años. Lo que pase mañana o dentro de cinco o diez años les da igual. Tienen un plan, tienen que llegar a un sitio y les da igual cómo, pero tienen que llegar.

B. M.: Con las consecuencias perversas que tenga eso para su población, para el medio ambiente, o para lo que sea.

Otro asunto de relevancia es la carrera espacial china, que será vital en el siglo xxi. ¿Es el espacio la última frontera de Pekín?

E. S.: Yo cada día soy más reacio a decir que China va a gobernarlo todo. Va a gobernar ciertos aspectos, pero en otros será difícil. Por eso, cuando escuchas a algún analista decir eso de que China va a ser la superpotencia, creo que hay que ir con cuidado… que la vida da muchas vueltas. Nuestro trabajo es poner en duda si eso es tan taxativo.

F. A.: A nivel mundial, China tiene todavía hoy una influencia bastante discretita. No está al nivel de Estados Unidos, Rusia…

Robert D. Kaplan dice eso de que el control de las fuentes tecnológicas ha definido muchas veces el orden mundial. ¿Eso puede ocurrir con el espacio?

B. M.: Es cierto, el país que en cada época tiene los mejores elementos tecnológicos acaba siendo potencia. Pero una precisión: no es que China vaya a ser la potencia mundial, sino que va a volver a ser la potencia. Como hace mil quinientos años, antes de que los europeos nos pusiéramos a explorar el mundo, que ellos estaban al mando de la innovación. Dejaron de serlo durante un tiempo, y ahora volverán a serlo otra vez. La tecnología viene de la mano de esto.

F. A.: Su propio nombre significa eso, ‘imperio del medio’. Y como tal se proyectan, como un imperio.

B. M.: Para ellos es un poco vergonzante, porque les pesa mucho aquella historia de cómo los occidentales los dominaron, la guerra de los bóxers, el tema del opio… Quieren recuperar el orgullo que tenían.

E. S.: Es que en eso China son los más realistas, incluso más que Rusia.

B. M.: Aunque Rusia parezca una potencia de la leche, su PIB es parecido al de España. Pensamos que es un país potentísimo, y claro que lo es en aspectos nucleares, históricos o militares. Pero económicamente es un país de la liga media. Lo que están haciendo ellos es procurar golpear por encima de su peso. Proyectar más poder del que realmente tienen. Rusia no es tan poderosa como parece, pero les viene bien que hablemos de ellos como «el coco ruso».

El otro día Eric Schmidt (ex-CEO de Google) pronosticaba que el internet del futuro estará dividido en dos redes independientes gestionadas por los Estados Unidos y por China. ¿Qué os parece, va a balcanizarse internet en el futuro?

F. A.: Ya lo está. China tiene un sistema cerrado en el que tú acatas sus normas o simplemente no entras. La cuestión es, para el futuro, si ese modelo de China se impone fuera de China.

E. S.: Lo más peligroso de esto no es tanto que China aplique censura, sino que Google claudique y acepte esa censura china.

B. M.: Tiene guasa que el ex-CEO de Google diga esto ahora, cuando unos años antes había dicho que no iba a entrar en China porque les aplicaba la censura. Ahora le parece bien, porque es tal mercado que no pueden renunciar a él.

E. S.: El próximo paso del capital es aceptar que la democracia tiene un límite. Por decirlo así. En Silicon Valley la teoría de la creación de Google es la libertad de la red, esa gente ha estado luchando contra Trump y por la neutralidad de la red. Y ahora ha aceptado eso en China, lo cual es muy peligroso. Porque, si lo aceptas en China, ¿por qué no en la Unión Europea?

F. A.: Ahí se ve cómo el Estado influye en la empresa y no la empresa en el Estado. Hablamos de Google como si fuese una pyme, y no. Dile tú a Irlanda que Google se va mañana de allí. Tributariamente tendría un problema, porque perdería a un gigante que le aporta un dineral absoluto. Cuando sea Google el que presione a los Estados para que no le apliquen sus leyes, ahí la tarta se invierte. Es una empresa la que presiona a un Estado para que acate sus normas, so pena de no entrar en su mercado. Con China es diferente, porque, si Google no entra en China, los chinos no pueden saber qué es Google. ¿Es mejor haber amado y haber perdido que nunca haber amado?

E. S.: Le voy a dar la vuelta a mi argumento de antes y voy a decir que también es un éxito para Google y para Occidente, porque China ha aceptado que esa empresa, con una serie de condiciones, entre en su mercado.

B. M.: Históricamente, China ha puesto trabas a la inversión extranjera si no era de la mano de un socio chino. Es la forma de tener controlado el dinero que entra en el país. Mi pregunta sería qué control va a tener Google en China, qué acceso a datos. Quién va a controlar realmente los datos de sus usuarios.

F. A.: La semana pasada salía la noticia de que Facebook había reconocido la culpa en el genocidio de los rohinyás, así que, ¿hasta qué punto seguimos hablando de los Estados como si fueran los únicos actores cuando hay otros actores muy potentes que siguen teniendo un peso gigantesco y decantan mucho la balanza, hacia dónde va un asunto u otro?

¿Qué os parece esa afirmación de que «los datos serán el petróleo del futuro»?

E. S.: No es tanto los datos como la información, y la propia red. Se ve en países africanos, del África subsahariana. Nigeria, donde está triunfando mucho el comercio y la compraventa a través de WhatsApp y con criptomonedas, porque son mucho más fiables que su moneda. Ahí no son tanto los datos de los usuarios, qué también, sino el propio establecimiento de la red. ¿Si corto el acceso a esto? Al país lo tumbas. Internet ha roto cualquier forma de concebir la realidad, incluida la percepción de las potencias y los actores. Los ha diversificado. Siempre hablamos del ejemplo de un pueblo de Macedonia que se lio a fabricar noticias falsas en las elecciones de Estados Unidos.

B. M.: Vivimos en un mundo en el que cuatro chavales en un garaje en Macedonia te influyen en las elecciones de la primera potencia mundial. Por ganar dinero, porque a ellos el resultado ni les va ni les viene. Pero con un 40 % de paro…

E. S.: Y eso, cualquier analista de inteligencia de Estados Unidos lo pasaría por alto en su momento porque ni se le pasa por en la cabeza. Son espías, llegaría a pensar. Pero son cuatro mataos.

B. M.: O hay un espía muy listo que les ha pagado a cuatro mataos.

E. S.: Vienen unos tiempos muy interesantes, muy complejos y muy difíciles. Lo que planteaba Fernando es uno de los grandes retos, enseñar a la población y a la ciudadanía la nueva realidad en la que estamos creciendo. Uno de los fallos que se han cometido es no enseñar las implicaciones que tiene la entrada de internet en la vida del individuo.

¿Qué es «la conspiración de la geopolítica» de la que habláis a veces?

F. A.: En el fenómeno de la geopolítica, al final los temas internacionales se han ido reduciendo a un espectro muy pequeñito de simplificaciones que realmente tienen poco o nada que ver con lo que sucede en realidad. Te encuentras un vídeo en YouTube con un millón de reproducciones que te dice que la guerra de Siria es culpa del petróleo, de Soros, de Israel y de Estados Unidos. O que la culpa de que el Frente Nacional suba en Francia es de Rusia, Perico el de los Palotes y Google, por ejemplo. Te juntan tres piezas, te las hilan de forma golosa y lo petan. Se vende superbién. No diría que todo ahí es falso, pero sí que hay muchas cosas que son falsas o que son difícilmente justificables, porque tienen un soporte intelectual bastante escaso. Así que al final todo conduce al síndrome de la conspiración, de que hay un poder oculto detrás que no te deja conocer la verdad, que hay intereses sibilinos…

B. M.: En el momento en que las certezas se caen y te crees que la ensalada es un engaño con el que te quieren envenenar, ya pones en duda absolutamente todo, la posverdad. Entramos en lo que hablábamos antes del blanco y el negro. Como el negro es muy negro y no me lo creo, tiene que ser blanco. Esto pasa mucho en el mundo multipolar, pero hay gente que todavía piensa en términos del mundo bipolar de la guerra fría. Si yo soy moralmente muy antiimperialista, porque Estados Unidos hizo unas salvajadas en el mundo, entonces tengo que ser prorruso. Esta es la lógica que utiliza esta gente. Si Al-Asad es aliado de Rusia, es el bueno. Porque como soy antiimperialista…

F. A.: Se mezcla velocidad y tocino, se le pone una bechamel, una capita, de toque de conspiración. Muchas noticias falsas se construyen con toques de realidad. Como una pieza sí parece que es cierta, el resto, por tus propios sesgos, lo das por válido

¿Es a eso a lo que vamos, ese es el futuro de la información a largo plazo?

B. M.: Pues puede ser. Como ahora no sé si todo es más complejo que antes, pero desde luego es muy complejo, y tampoco hay tiempo ni ganas de informarse de verdad, pues lo que haces es recurrir a soluciones sencillas. Si no es A, será B. Porque A está contra B.

F. A.: Y también porque no es barato informarse bien, nosotros como medio también tenemos que ser autocríticos. Requiere mucho tiempo. Mucha gente no tiene tanto tiempo en el día a día como para estar relativamente bien informada. Hay quien piensa que por verse el telediario de las nueve lo está, y es que los telediarios sueltan cada pildorita que puf…

¿No faltan analistas internacionales también? De los que estén al alcance de todos, no del «tertulianismo».

E. S.: Sí, es que en España no hay tradición de traer expertos a los medios. Siempre ponemos el ejemplo de la BBC, en la que, si pasa algo en Uganda, te traen a un experto en Uganda. Aquí tienes al mismo de siempre

F. A.: Que lo mismo te comenta un partido de fútbol que te habla de las elecciones en no sé dónde. Y cuando llevan a expertos, tampoco saben hablar bien. Es el problema de la divulgación, el otro escalón.

B. M.: Ya, pero si todo esto funcionara bien, yo también pongo en duda que la gente se informara bien. Porque creo que mucha gente parte de la premisa de que todo lo que le han contado es mentira. Pasa con la política y, como vemos con nuestros compañeros de Maldita Ciencia, pasa también con la salud. Yo no tengo la respuesta de cómo dar la vuelta a esta historia, cómo darle la vuelta a la gente que cree algo fervientemente y no la sacas de ahí. Porque es una fe.

E. S.: Por añadir algo más: es caro para el usuario estar informado, pero también lo es para los medios internacionales asumir los errores que se han cometido. Hay una pregunta que hago cuando hablamos de esto: Si te pregunto si había armas de destrucción masiva, o si te digo ¿ha sido ETA?, ¿qué respondes? Parte de llegar a esos conspiranoicos pasa por asumir que hemos cometido errores, porque la información venía desde un canal y había unos intereses. Cuando lo asumas, va a tener una repercusión negativa, porque vas a fortalecer a los conspiranoicos. Pero es que ha pasado, no podemos concebir la información como algo imparcial, y no lo es.

F. A.: El problema de la gente es la fe irracional, pero es que los medios también se alimentan de ella.

E. S.: Yo creo que de ahí viene lo de los muros de pago en los medios. Es una forma de expiar la culpa, de asumir errores porque tenían la dependencia de quien la tenían, y ese modelo no funciona. Está habiendo un cambio. Pero, en cualquier caso, la conspiración en la geopolítica vende mucho. Hay que entender dónde se consume esa información también, eso es importante. Porque hablamos de teorías de imperialismo desde España, pero es que el español es el segundo idioma más hablado del mundo. Un latinoamericano probablemente se crea esa teoría de la conspiración mucho más fácilmente porque Estados Unidos derrocó a un Gobierno en Panamá, o en Chile. No es tan extraño creer eso cuando has sufrido los resultados. Nosotros lo vemos claramente, porque muchos de nuestros lectores son de allí, y hay una gran tendencia al conspiracionismo y el negacionismo en América Latina.

B. M.: Es en todo el mundo, en realidad. Como ese dicho que existe en Irán, de que todo es culpa de los ingleses. Como en su momento derrocaron al sah y dieron un golpe de Estado, en Irán existe esa teoría conspirativa popular de que todo lo que pase para mal es culpa de los ingleses, y, por extensión, de Occidente. Cada zona tiene su conspiración, y todas coinciden en acabar echando la culpa a los de fuera.

E. S.: Todo esto es la conspiración de la geopolítica: la pseudociencia de la geopolítica.

Os quejáis de que durante estos años de terrorismo islamista apenas se han hecho esfuerzos de pedagogía o divulgación sobre qué es el islam, y eso ha alimentado la islamofobia. ¿Seguirá esto siendo una constante en el futuro?

F. A.: Con la islamofobia, partamos de una base muy sencilla: un español de a pie no te distingue un marroquí de un iraní, y los dos profesan el islam. Son todos «moros», y se piensa que los turcos son árabes. No le intentes meter ya cuáles son las diferencias entre un suní y un chií.

B. M.: Todo eso dejando de lado que los árabes viven en la zona en la que se originó el cristianismo, donde hay cantidad de ramas cristianas y judías que profesa gente de etnia árabe. Dentro de los árabes hay también cristianos, aunque la gente los llame «moros», que la palabra ya va cargadita. Además, también se considera que todos los que viven del Estrecho para abajo, hasta Pakistán, son lo mismo.

F. A.: Si lo piensas dándole la vuelta, tiene más sentido. Si alguien dijera es que «el cristiano es así», ¿qué cristianismo?, ¿el catolicismo, el protestantismo, el ortodoxo, la iglesia luterana, la anglicana, la del quinto día, los mormones…?

B. M.: Es como si ellos dijeran que todos los cristianos tienen doce mujeres y viven en el siglo XIX, como los mormones. Pues diríamos que está simplificando mucho, y eso es lo mismo que hacemos con ellos en el tema de la yihad.

Alguna vez habéis planteado como un problema futuro el de la desradicalización de los actuales yihadistas del Estado Islámico, lo que ocurrirá cuando regresen.

B. M.: Es un tema muy complicado. Primero, porque no creo que el Estado Islámico vaya a desaparecer. Le quitas el territorio, pero empieza a actuar como hace Al Qaeda, infiltrándose en la sociedad y refugiándose en montañas. Ahora mismo casi solo conserva territorios en Irak o Siria, pero sí que sigue actuando. Y en el futuro, si no se llama Estado Islámico, se llamará otra cosa. Y, si no, estará Al Qaeda, que nunca ha desaparecido. El terrorismo yihadista seguirá vivo mucho tiempo.

F. A.: Sí, con las filiales de Al Shabab, Boko Haram…

B. M.: ¿Qué es lo que va a ocurrir con los yihadistas europeos dentro del Estado Islámico? Yo diría que buena parte de ellos están muertos ya, y la otra parte acabarán detenidos. Los que quieran volver serán un problema, entre otras cosas por las cárceles. Si encarcelas a alguien así, te radicaliza a media cárcel más. También hay otro problema enorme con las mujeres y los niños, porque esa gente ha formado familias allí, niños que han nacido allí, en el Estado Islámico. ¿Cómo metes a esa gente en un colegio público de Carabanchel? Esto va a derivar en muchísimos problemas, a pesar de que numéricamente no parezca un problema mayor. Aunque yo creo que la cuestión preocupante no es tanto los que vuelven como los que se van a seguir radicalizando dentro de Europa. Muchos de los últimos atentados gordos, los de París, Londres y Bélgica, los ha cometido gente que ha nacido y se ha educado aquí, y nunca ha viajado a Irak o Siria. Para atentar no hace falta instruirse en la guerrilla de Afganistán, ahora te basta con un cuchillo y una camioneta. ¿Eso cómo se soluciona? Pues no basta con cargarse a Estado Islámico allí. Hay que cambiar cosas aquí, y si no las cambias, seguirá pasando. Si no son musulmanes radicalizados, será otra cosa, pero en cualquier caso van a intentar atentar contra nosotros. O contra cualquier sociedad libre. Hay que hacer ejercicios de introspección que no estamos haciendo, porque esta gente no está entrando en la sociedad.

F. A.: De hecho, haciendo el símil, aunque parezca bestia, el discurso de Estado Islámico en Europa no se diferencia demasiado del discurso populista que han tenido muchos partidos. ¿Cuántos combatientes del Estado Islámico ha habido que viniesen de un país europeo, que ganasen tres mil euros al mes, tuviesen una familia formada y viviesen bien? Muy pocos, por no decir ninguno. En una encuesta reciente preguntaron los motivos de por qué se unirían a Estado Islámico: las primeras respuestas eran «porque no tengo trabajo», «porque hay falta de oportunidades», «por el conflicto entre Israel y Palestina»; y después, ya como séptima razón, decían que era una cuestión de fe. Así que no se trata de que esa gente se vaya a luchar ahí porque crea en un califato islámico, sino más bien porque no ha encontrado trabajo en su vida, no lo va a encontrar y allí les pagan mil euros al mes pegando tiros.

B. M.: Sí, pero tampoco hagamos pensar que todo el mundo que se mete en la yihad es pobre, porque no es así. Los que están al mando tienen dinero. Pero entre los demás cunde la sensación subjetiva —que es muy difícil de cambiar— de sentirse discriminados. Gente de padres marroquíes que ha nacido en Bélgica, que si va a Marruecos le llaman «el belga», y que allí es «el marroquí». Desarraigo, discriminación percibida, aunque no sea real… Todo eso es un problema que tenemos nosotros.

B. M.: En cualquier caso, el yihadismo como tal lleva unos sesenta años, y ahora las condiciones siguen dando para que continúe. En la medida en que siga existiendo una falta de entendimiento entre esas sociedades, esas culturas distintas, y siga habiendo países fallidos como Irán, Siria, Somalia, en los que se ha permitido hacer tales salvajadas… ¿Por qué no van a continuar las salvajadas yihadistas? Yo creo que continuarán.

¿En qué medida el auge de la ultraderecha influirá en ello?

B. M.: Pues en la medida en la que poblaciones inmigrantes como estas perciban un rechazo latente en la sociedad de acogida. Es un círculo vicioso de retroalimentación continua, y en algún momento habrá que parar. Por ejemplo, Bélgica: es el país que más población yihadista mandó a Siria e Irak per cápita, dentro de Europa, y tiene mucho que ver con el hecho de que Bélgica es un país con un partido ultraderechista muy fuerte desde hace muchos más años que el resto de países europeos. Es un factor importantísimo.

F. A.: Y luego la mano de Arabia Saudí, que siempre está por detrás.

B. M.: Exacto. Porque todas las mezquitas que hay en Bélgica las ha pagado, históricamente, Arabia Saudí. El tema de la financiación es crucial. Por ejemplo, en Turquía vas a encontrar muchos menos yihadistas que en Egipto, porque el islam turco es mucho más sufí. Todo influye. Las mezquitas financiadas en Europa tienen conexión con corrientes wahabíes muy radicales.

F. A.: En Bélgica no había nada que contrapesara, un islam más moderado, y si Arabia Saudí hace una mezquita y te coloca a un imán wahabí a tope, ya está. Como la población es homogénea, porque no está integrada en el resto, se refugia en sí misma de esa manera.

B. M.: Y también porque el Gobierno belga abre las puertas a Arabia Saudí todo lo que quiera. La presencia de la ultraderecha flamenca ha contribuido mucho a todo este cóctel, convirtiendo a Bélgica en uno de los países con más yihadistas de toda Europa.

Antes habéis mencionado el rol de los derechos humanos. ¿Qué papel creéis que van a jugar en el futuro las movilizaciones sociales en este sentido?

B. M.: Lo que se llama la movilización de la vergüenza, ¿no?

E. S.: Yo soy muy negativo en este aspecto. Lo vemos cada día. Yo parto de la premisa de que las ONG son actores, y hay unos intereses, esto no es conspiranoia. Los derechos humanos son una herramienta. Parte de esa posverdad con los derechos humanos viene de que se han usado en unos casos sí, y en otros no. ¿Qué credibilidad tiene un premio Nobel a Obama o a la Unión Europea cuando ves las cifras de muertos en el Mediterráneo? Los derechos humanos se han prostituido y se ha acabado con su esencia, en mi opinión. Así que yo te diría que no van a jugar ningún papel. Movilizarán a la sociedad, pero es que la sociedad se moviliza por una cantidad de tonterías… Y esto no es una tontería. Han matado a Khashoggi en Turquía, pero es que Irán se carga a disidentes cada día.

F. A.: O que Arabia Saudí está bombardeando Yemen, dejándolo todo hecho un parking.

B. M.: A pesar de que los derechos humanos sean algo que hay que defender siempre, el hecho de defenderlos a veces está motivado por intereses. Se defienden muchas cosas y otras se ignoran. En el momento en el que se instrumentaliza esa defensa, pierde legitimidad.

F. A.: Y los vacías más de contenido. Dices «derechos humanos, derechos humanos», pero en realidad estás agitando una caja vacía.

B. M.: Así que, en la medida en la que el mundo sea más multipolar y haya más actores implicados, cada uno con sus intereses, a uno le dará igual lo que haga el otro mientras todo esté más o menos en calma.

E. S.: Yo la única lanza que rompo en favor de ello es que la unilateralidad, los intereses de cada actor, les obligue a aceptarlos. Tenemos un ejemplo con Bolsonaro, que cuando llegó al poder decía que ni Amazonas, ni cambio climático, ni poblaciones indígenas. Pero han llegado las empresas y le han dicho: no, si no respetas el medio ambiente y los derechos humanos de estas poblaciones, Europa y Estados Unidos no nos compran. Entonces Bolsonaro ha accedido. Los derechos humanos podrán ser vertebradores de algunas relaciones.

F. A.: Hay una cosa que está clara: los Estados les dan menos peso a los derechos humanos porque ni siquiera en sus propias sociedades eso tiene un valor. Si en el momento en que se violasen los derechos humanos saliesen cien mil personas a la calle a exigir al Gobierno que se respeten, quizás se respetarían. Pero a nadie le importan los derechos humanos. Se esgrimen como algo otorgado, que no se ha luchado por ello, que es un valor vacío. Un ente abstracto donde ni siquiera sabemos a qué nos referimos exactamente, ni emplearlos bien, y acabamos pasándolos por la ley del embudo.

B. M.: Y que los que sufren están lejos, eso también.

E. S.: Además, los derechos humanos se defienden en organizaciones e instituciones que quedan muy lejos de la ciudadanía. Nuestros compañeros expertos en este tema nos argumentan habitualmente que existen resultados. Y los hay, pero en organizaciones que no son capaces de transmitírselo a la ciudadanía, así que no se ve un efecto directo. Por otro lado, hay una politización de los derechos humanos, pero no se sabe qué implican en realidad. Escuchas cómo apelan a ellos los políticos, cuando realmente su ciudadanía no sabe qué son. Es un error de transmisión de conocimiento, de divulgación. Por eso muchas organizaciones acaban siendo disfuncionales, porque nadie las entiende ni sabe qué hacen. Si te pregunto la diferencia entre el Consejo Europeo y el Consejo de Europa, ¿cuántos sabrán distinguirlos? Porque el Consejo de Europa, en teoría, defiende los derechos humanos en todo el continente. O el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que estuvo presidido por Arabia Saudí. Pues eso.

Europa gasta en defensa más que China y Rusia juntas, pero no tiene ejército. ¿Cuál creéis que es el futuro del PESCO, unas fuerzas armadas europeas? ¿Lo veremos o no?

F. A.: El ejército europeo es un truco bastante astuto de los europeístas. Como la hacienda propia, el ejército es uno de los elementos clave del Estado, así que ese era el elemento clave para darle a la UE una entidad más de Estado. Así que se está utilizando como un caballo de Troya para darles un tirón en la caña a los países más díscolos. Es un debate que no creo que vaya a llegar a término. A pesar de que la UE debería ir a una integración mayor, porque si no los países de Europa van a estar muertos de aquí a décadas; yo creo que vamos a una Europa de las dos velocidades. Eso, o que la UE acabe convertida en una simple unión aduanera.

¿Cuál es vuestro pronóstico?

F. A.: Creo que habrá una Europa occidental mejor integrada, y después habrá otra Europa oriental que estará en una UE versión 2.0, a medio gas. Pero todos estos debates de los eurobonos, la unión fiscal, el ejército… no creo que vayan más allá.

B. M.: La Unión Europea no ha conseguido transmitir la necesidad, si es que la hay, de avanzar en esta integración. Los europeos están pensando más en el ascenso de ciertos partidos políticos, o en si la hipoteca les cuesta mucho o poco. No se piensa a cincuenta años. Por eso, el ejército europeo no creo que sea una realidad; si tú preguntas en la calle qué es el PESCO, a ver quién lo sabe.

2018-11-12 MADRID EL ORDEN MUNDIAL JOT DOWN FOTO BEÑA RIVAS

Creo que era Ignacio Ramonet quien decía que la geopolítica, en general, funciona a través de seísmos. Cuando todo parece establecido y previsible, surge un acontecimiento que perturba el panorama. ¿Hace falta algo así en la Unión Europea?

E. S.: Pues era precisamente lo que estaba pensando con todo esto. Hace falta que Estados Unidos, que es el primer ejército, y Turquía, que es el segundo, digan que se van de la OTAN. Eso y verte completamente expuesto. Ahí habría que establecer una unión militar o defensiva, aunque quizás no sea en forma de ejército. Porque ahora estamos en el punto de las guerras híbridas, las nuevas formas de combate, así que no hay que pensar en el formato de un montón de soldaditos puestos en fila. Si llegamos a ese punto, que con estas trazas puede llegar a ocurrir, a mí me encajaría con ciertos movimientos nacionalistas que está habiendo en Europa. Quizá esa creación de un ejército europeo pasa por enfatizar un nacionalismo de la civilización occidental. Y eso son Salvinis…

B. M.: Es que el término de «euroescépticos» ya empieza a ser erróneo. Porque ni Salvini, ni Le Pen, ni Orbán se quieren ir de Europa. Se quieren meter hasta la cocina para ganar las elecciones europeas y conseguir la presidencia de la Comisión. Así, gobernando Europa, la cambiarán desde dentro hacia donde ellos quieren: una Europa mucho más nacionalista, laxa en la relación con los países…

E. S.: El Sacro Imperio. El mejor ejemplo es el fascista de Austria, Strache, que es fascista pero es europeísta.

F. A.: Eurofascismo.

E. S.: Pero es fascismo. Tienes a los países del Grupo de Visegrado, que son ultracatólicos, y son de la misma tendencia que Salvini, todo el día con el rosario colgando. Es el rasgo que estructurará Europa si esta gente llega al poder.

F. A.: A veces hay que verle las orejas al lobo para ponerse las pilas, con el brexit

B. M.: Sí, pero llevamos ya muchos toquecitos. El brexit, la crisis de 2008, los refugiados… y nada. Sobrevivimos.

F. A.: Ya, pero para que se consolidara la Unión Europea con el carbón y el acero tuvimos que pasar dos guerras mundiales. Y era solo el carbón y el acero, no era una construcción loquísima. Y ahora estamos que si el brexit, que si no sé qué… para la federación de un Estado supranacional.

E. S.: Pero la ultraderecha tampoco es idiota. A lo mejor acaban con la base liberal de la Unión Europea, pero los partidos que llegan al poder no son tontos. Serán conscientes de que hay que mantener algún tipo de unidad si quieren sobrevivir.

B. M.: Lo que está por ver en los próximos años es hasta qué punto la UE, que hasta ahora, en su estructura, siempre ha estado llena de ideología liberal, hasta qué punto esa estructura sobrevive con un relleno distinto. Si domina el euronacionalismo xenófobo la estructura, la seguirá utilizando, pero para otra cosa. ¿La estructura y la ideología van de la mano, o la estructura puede sobrevivir formada por otra cosa más perversa, distinta?

E. S.: El tema es que uno de los errores que se comete con estos movimientos es no entenderlos. Hay gente que les vota, y no es poca. Y quizás toda esa gente prefiere una Europa gobernada por estos tíos que por los que han estado hasta ahora, y hay que ver por qué. Si has estado en Bruselas, has visto que el funcionamiento es muy kafkiano.

F. A.: Se parece al Senado galáctico de La guerra de las galaxias.

E. S.: A veces se pasa por alto que el populismo tiene una cosa buena: conecta con la gran mayoría de la sociedad. Y es algo que el liberalismo no ha cogido, no ha dado un toque pop a su ideología.

F. A.: Tampoco pensemos que la UE es un ser de luz. En un momento dado, en la construcción política de la Unión, se dijo: «No, vamos a ir a tope con la construcción económica, más que con la política». Neoliberalismo a tope, tratado de Maastricht, euro… Se dejó aparcado un camino que a lo mejor había que haberse planteado seguir, o llevarlo más acompasado. Pero se tiró por una línea económica a tope, y se metieron mil países a saco. Como la economía era lo más importante, se metió a países poscomunistas que se debían estar pirrando por tener McDonalds, y todos amigos. Algo muy endeble. Y la Constitución Europea cogiendo mierda desde hace treinta años. A ver cómo la rescatas ahora.

E. S.: Y esto lo hablamos aquí, entre nosotros, sabiendo que la Unión Europea es lo que necesitamos. Pero imagínate qué piensa alguien que es completamente ajeno a este sector, que puede llegar a pensar que no necesita para nada a la UE.

B. M.: Y eso es lo que pasa en el brexit, que después de dos años dicen, hostias, a lo mejor hay que volver a votar.

E. S.: ¿Y quién te sale a protestar? La gente joven.

F. A.: La gente que usa la Unión Europea. Entiendo que a una persona que no viaja, o que no tiene relación con la UE, le dé más igual. Pero cuando tienes que coger un avión y solo enseñar tu DNI, piensas que lo de Schengen no es tan mala idea. O el roaming. O si eres un agricultor y te vienen las subvenciones de la UE, porque, si no, a lo mejor tenías que estar haciendo otra cosa o irte a tu casa, lo mismo.

B. M.: Ya, pero Gales es una de las regiones que más dinero recibe de la UE, y votó claramente a favor de salirse. Tiene mucho que ver con que no se cuenta bien, porque la Unión Europea hace muchísimas cosas buenas, pero no conseguimos que la gente se entere de eso. Cuando se queden sin la subvención, ya verás cómo se van a dar cuenta en Gales, pero ¡ya han votado!

E. S.: Pasa como con las conspiraciones: la UE es un ente tan profundamente abstracto que es el objetivo perfecto para cebarse con él. Es el imperialismo de este tipo de populismos. Es muy revelador que partidos de lo que tradicionalmente se conoce como izquierda y derecha sean euroescépticos. El problema no está en esos partidos, sino en que ese elemento no ha sabido hacerse oír y eso facilita el ataque.

En alguno de vuestros análisis habéis dicho que el mayor desafío de lo que se avecina como el nuevo paradigma internacional es la respuesta a las demandas identitarias, cada vez más particulares, en un mundo globalizado. ¿Hacia dónde vamos?

B. M.: Es que la cuestión identitaria es una reacción a cómo se ha globalizado todo de un día para otro, en quince años. Caminar por una calle de Estambul, de Madrid, de Londres, y mirar: tienes exactamente los mismos comercios. Pasa igual con la música, con el cine… Las identidades se pierden, y no olvidemos que la identidad en una persona es algo muy importante. Sentirse representado y arropado en un grupo. Porque, si no lo tengo, quizás me siento perdido, y por eso necesito reclamar esa tradición histórica por más rancia que sea. Por eso creo que la cuestión identitaria es una cosa que va a crecer, mucho y en todas partes.

E. S.: Fíjate, si es algo que se ve hasta en los videojuegos: la búsqueda del sentimiento histórico a través del wéstern. Se manifiesta en todos los ámbitos: desde la Iglesia ortodoxa en Rusia, que es un símbolo de identidad, hasta el resurgimiento de unas corrientes cinematográficas que apelan a una historia que crea una identidad colectiva.

F. A.: Las identidades de ahora son superdefensivas. En realidad, no es una identidad en positivo, que está superbién. El problema es cuando tú antepones esa identidad a los grupos. «Como yo soy del Atleti, pues no puedo tener ningún tipo de relación con los del Real Madrid», por poner un ejemplo estúpido.

B. M.: Lo hemos visto muy claro en Estados Unidos: la política identitaria es capaz de deshacer y descomponer la identidad democrática. Porque tienes a dos polos enfrentados que no se hablan en absoluto, que votan sistemáticamente y, si se llega a un empate, ¿qué? Todo es campo para la pelea política identitaria, incluidas las instituciones democráticas, que a priori no deberían serlo. Todo eso supone un descrédito absoluto para la ciudadanía de sus instituciones y de la democracia como tal. Es la política de trincheras.

F. A.: Y, ¡ay de quien se ponga en medio!

B. M.: Ahora me viene a la cabeza el ejemplo de Mandela, un tío capaz de unir a un país, con todos sus matices. Pero es muy raro que se dé un Mandela, un líder así.

E. S.: Es una situación muy extraña para el punto del que venimos. Lo normal es pensar que una democracia liberal tienda a la cooperación y al diálogo entre partes y partidos. Pero, y en clave nacional, me parece imposible tener una política más allá del partidismo. Y esto es aquí. ¿Cómo vas a romper la idea de identidad si los partidos tradicionales no lo hacen? Tu definición pasa por contraponerte al otro. Con la cantidad de acceso a la información que tienes para entender al contrario…

F. A.: Pues creo que precisamente ahí está la clave. El hecho de que, gracias a internet, has sido capaz de identificar a más personas que piensan como tú. Donde antes eras una persona rara, en tu barrio, colegio o trabajo, si todo el mundo pensaba distinto a ti… pero, en el momento en que tienes una comunidad por la red, todo cambia. Empiezas a tejer pequeñas redes, y esa red se acaba haciendo más grande. Y te acabas encontrando que en tu barrio, donde creías que nadie pensaba como tú, hay más. Antes de internet nuestra burbuja era el medio físico.

Antes habéis mencionado las «guerras híbridas». Dado el desarrollo de la tecnología, con vehículos autónomos y modulares que no necesitan tripulación, ¿cómo serán las guerras del futuro?

F. A.: Las guerras, en un sentido tradicional, ya no son rentables. Todo lo que cuesta el diseño, fabricación, envío y logística de un carro de combate, ¿no es más barato hacer un ataque especulativo contra una moneda? ¿O ponerle un arancel a un país y pegarle una crujida brutal? Las guerras, en muchas ocasiones, han sido una cuestión de costes y beneficios, por eso la guerra tradicional cada vez es menos rentable en multitud de aspectos.

B. M.: Y de nuevo volvemos a los cuatro macedonios en el garaje. Rusia hubiera pagado una barbaridad por haber influido en las elecciones de Estados Unidos hace cincuenta años, y ahora lo hace pagándoles a cuatro señores en Macedonia. A lo mejor no hace falta montar una guerra tradicional, sino batallar de una manera mucho más sutil. Moneda, aranceles, información… Ahora mismo estamos aún intentando entender cómo funciona la injerencia en redes sociales, pero está claro que es poderosísima. Y más que lo va a ser.

E. S.: ¿Hace cuánto que no se ve un enfrentamiento directo entre potencias? Pues eso.

Pero la carrera armamentística continúa.

B. M.: Claro, porque consiste en eso, en una huida hacia delante. En que, si tú dejas de competir, yo te gano.

E. S.: Sí, y lo peor es que a veces hay que usarlo, mira el ejemplo de Yemen o de Siria. Ahí se ha utilizado armamento, pero Estados Unidos no ha estado metido realmente en este conflicto. Lo que ha tenido es una diversificación de los enfrentamientos, que es a lo que vamos en el futuro. Un rollo guerra fría, pero con muchos polos. Creo que es un error hablar de guerras, al menos para lo que va a venir en el futuro. Son y serán conflictos. La guerra tradicional se concibe entre Estados.

B. M.: No habrá guerras entre dos países. Podrá haber guerras, dentro de un país, entre varias facciones que podrán contar o no con apoyo de otros países externos. Mucho más complejo, porque incluirá guerra económica, tecnológica…

E. S.: Fíjate en la complejidad del conflicto sirio. Los rebeldes acabaron volviéndose contra el que los armó y los apoyó, Estados Unidos. Y el Ejército Libre Sirio acabó como un grupo de milicias islamistas. A mí todo esto me recuerda mucho más a las proxy wars de la Guerra Fría, pero mucho más complejas. Pero tampoco creo que haya que quitarles el ojo a los hombres fuertes que dominan el tablero. Arabia Saudí va a establecer su primera central nuclear, y dicen que no desarrollarán armas nucleares a no ser que Irán lo haga. Pasará o no, pero que unos Estados como estos, en un mundo multipolar, tengan ese tipo de acceso a elementos nucleares es muy peligroso.

B. M.: Estados Unidos, Rusia, Francia y Reino Unido están bien educados, entre comillas, en cómo controlar el armamento nuclear. Porque tienen décadas de tradición. Una potencia nueva a nivel nuclear es muy volátil, muy peligrosa. Corea del Norte es un poco eso, que nos da mucho más miedo a pesar de que Rusia tiene setenta armas nucleares y Corea veinte, porque Rusia ya sabes lo que va a hacer. Arabia Saudí es lo mismo.

E. S.: Una cosa que no hemos visto todavía, y que sí que veremos en unos años, es una ciberguerra. México, por ejemplo, recibió un ciberataque que limpió el Fondo Federal durante mucho tiempo.

B. M.: Sí, y Finlandia ha recibido un ataque contra su sistema GPS y parece ser que podría venir de Rusia. Pensemos que el GPS es fundamental en el control de espacio aéreo, por ejemplo. Puede paralizar un país entero.

E. S.: La clave de una guerra siempre se ha dicho que no es matar, sino herir al oponente. En un mundo hiperconectado, la mejor manera de herir a una población es privarla de la vida virtual. Por eso las guerras irán hacia ese enfoque: es más barato y además es mucho más difícil de probar la autoría.

F. A.: Uno de los miedos más grandes que hay en los Estados es un ataque al sistema de refrigeración de una central nuclear. Puede provocar accidentes nucleares brutales. O que te tumben el radar de un aeropuerto durante cinco minutos, imagínate. Mira los famosos hombrecillos verdes de Crimea, todos sabían que eran los rusos. Pero ¿un ciberataque? Ponte a demostrarlo.

B. M.: Y el hecho de que sea tan difícil de demostrar alimenta la conspiración de la geopolítica.

El armamento nuclear será un tema clave en el futuro, algo decisivo en las próximas décadas; ¿lo serán también asuntos como el calentamiento global y las crisis de refugiados?

E. S.: Esos tres y el movimiento feminista como un movimiento clave en la política internacional.

F. A.: Y la robotización.

E. S.: Sí, pero el movimiento feminista tiene algo más: es transversal. Afecta a todos los actores que hemos hablado, en mayor o menor medida. Lo hay en Irán, en América Latina… Lo mismo pasa con la carrera nuclear y el cambio climático. Quizás sea lo único que pueda vertebrar, en cierto sentido, las relaciones entre Estados. Es hacia donde tendríamos que llevar las relaciones internacionales, a que estén marcadas por esos cuatro aspectos.

F. A.: El movimiento feminista a mí me parece clave porque, al contrario que el resto de derechos, ese no se percibe como que es un derecho que ha tocado tope, sino que tiene mucho margen de mejora. Así que sí que hay una percepción de que merece continuar la lucha.

E. S.: Y que en España se proteste por la defensa del aborto en Chile o en Argentina dice mucho. O que se proteste porque casen a una chica en Sudán y la vayan a matar por acabar con su violador…

F. A.: El error que puede haber ahí es llevarlo a algo abstracto. En Argentina o en Chile hubo un éxito muy potente porque enfocaron en una cosa muy concreta, que la ganas o no la ganas. Pero decir solo «queremos más derechos» es demasiado vago. Estructurarlo es clave, porque, si hablas en abstracto, nunca vas a saber si has avanzado o no.

B. M.: Con el cambio climático lo veo más complicado. Hasta que no lleguemos a un punto crítico, no nos vamos a dar cuenta. Y quizás sea demasiado tarde.

E. S.: Más tarde o más temprano, llegará. Porque es de las pocas cosas que nos afectan a todos, porque lo vamos a notar. La pobreza en el Congo no va a llegar a España, pero que los polos se derritan, sí. Porque afecta a los cultivos, a la desaparición de islas, de tierras…

F. A.: Es la metáfora de la rana y el agua caliente. Igual acabamos cocidos.


Richard J. Bernstein: «Debes aprender a vivir con incertidumbre, y no es fácil»

Fotografía: Edu Bayer

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 2

Richard J. Bernstein es un filósofo neoyorkino de 83 años. Nació en Brooklyn y morirá en Manhattan con las botas puestas. A poder ser en su despacho de la New School for Social Research, donde todavía trabaja. Su trayectoria recorre la historia de la izquierda norteamericana, de los derechos civiles a Bernie Sanders. Su obra es una síntesis única de dos enemigos acérrimos: la mejor tradición europea y las sutilezas de la filosofía analítica anglo-americana. Estudió en Chicago, en Columbia y en Yale, donde trató con la élite cultural del país. Hannah Arendt, Richard Rorty y Derrida fueron amigos suyos; Habermas, cuando pisa la ciudad, cena en su apartamento de la calle 52. Está en la frontera entre Midtown y el Upper East Side, es decir, entre la masa que trabaja en Naciones Unidas sin muchos resultados y la burguesía más influyente del mundo. El apartamento, en el séptimo piso de un edificio lujoso, es tan grande y espacioso que nada más entrar avisa de que es herencia de la familia de su esposa, Carol, también académica. Es su mitad indisoluble, llevan 60 años casados.

La República de Platón comienza con una conversación entre Sócrates y el Viejo Céfalo, en la que Sócrates le pregunta si la vejez es una maldición, y Céfalo le responde que más bien lo contrario, porque uno se libra de la esclavitud de Eros. Usted tiene ochenta y tres años, y es filósofo. ¿Está de acuerdo con Céfalo? ¿La vejez es una maldición o una bendición?

Es una bendición, pero no por las razones que Céfalo da. Soy afortunado porque tengo buena salud y no siento que mi mente haya perdido facultades. Es una bendición estar en esta etapa por lo que he conseguido, y porque puedo pensar y hacer lo que quiero. No tengo que esforzarme más para progresar, no tengo que hacer nada para complacer a nadie. Intelectualmente hablando.

¿En el pasado lo hizo?

No. He tenido mucha suerte en mi carrera. No he tenido que enfrentarme a lo que mucha, muchísima gente tiene que enfrentarse hoy día en la vida académica. No lo entiendas como que presumo, pero nunca he tenido que buscar trabajo. Me pidieron que diera clases en la Universidad de Yale, y luego, cuando no me dieron la plaza fija allí, tenía esperándome treinta ofertas de diferentes universidades. Desde 1965 soy profesor a tiempo completo. En aquel momento era muy feliz dando clase en Haverford College, durante veinte años, y entonces me pidieron que reformara el Departamento de Filosofía de The New School for Social Research en Nueva York. Aquí estoy desde entonces.

Mi mujer y yo siempre hemos sentido que somos neoyorquinos y que queríamos volver a Nueva York. De hecho, yo me vine y mi mujer todavía estaba dando clase en Pensilvania. Cuando ella se jubiló nos mudamos definitivamente. He sido bendecido con lo que Maquiavelo llama «fortuna», buena suerte.

Conoció a su mujer en el instituto, cuando aún eran adolescentes.

Así fue. La gente asume que éramos novios desde niños, pero no. Nos conocimos entonces, yo tenía quince años. Nos movíamos en los mismos círculos. Luego me fui a la Universidad de Chicago, después un par de años a la Universidad de Columbia. Ella, a Swarthmore College. Yo acabé en Yale para doctorarme en Filosofía, y ella llegó un año más tarde para doctorarse en Filología Inglesa. Nada más llegar ella nos encontramos. Recuerdo la fecha exacta: 15 de septiembre de 1954. Le dije: «Si tienes algún problema, búscame». Al año siguiente estábamos casados. El 11 de septiembre.

Acabamos de celebrar sesenta años juntos.

Cuando dejó Yale escogió Haverford College. Entre otras razones, para acomodar las ambiciones profesionales de su mujer.

Totalmente cierto.

En el prefacio de su Praxis y acción dice: «Mi esposa no ha mecanografiado este manuscrito ni ha colaborado en los detalles técnicos. Me ha ayudado de más maneras de las que puedo expresar siendo una compañera intelectual». Lo habitual que ha permeado la vida de los intelectuales durante siglos es lo contrario: la esposa como secretaria. Un gran pensador podía pensar libremente porque su esposa se encargaba de los aspectos prácticos de su vida.

Deberíamos invitar a mi esposa a la conversación para que pueda contar su versión [ríe]. Los europeos no se percataron de cuán sexistas eran las universidades estadounidenses hasta mitad del siglo XX. Las universidades de la Ivy League: Princeton, Yale, Harvard… solo había hombres. Yo daba clase en una institución (Yale) donde todos los estudiantes eran varones y virtualmente, todo el profesorado era masculino; con una o dos excepciones. A Carol le gusta contar que viene de una familia en la que su madre era maestra, que fue a una de las mejores universidades de Humanidades del país y que incluso en Yale, aunque era una de las dos o tres estudiantes mujeres en su clase, nunca se sintió discriminada. Cuando sacó el doctorado, la actitud en Estados Unidos era: «¿Ahora qué más quieres, si ya tienes un marido que es profesor en Yale?».

Para los intelectuales de aquella época lo normal era que sus mujeres fueran sus secretarias. Pasaban los textos a máquina, se ocupaban de los hijos… Tuve la certeza (en 1965) de que los únicos sitios a los que iría serían lugares donde ella pudiera desarrollar su trayectoria profesional de forma independiente. Había mucho machismo, pero afortunadamente algunas universidades estaban cambiando en los sesenta. Un año después, Carol consiguió trabajo en la Universidad de Pensilvania y daba clases en la Universidad Bryn Mawr, probablemente la mejor universidad para mujeres de todo el país. El Bryn Mawr College se fundó en el siglo XIX porque las mujeres no podían ir a las universidades de la Ivy League. Decidieron crear una universidad que fuera igual o mejor que cualquier universidad para hombres en Estados Unidos. La que hoy es presidenta de Harvard se graduó en el Bryn Mawr College.

Los dos hemos desarrollado nuestras carreras de forma independiente, y nuestros campos de conocimiento se complementan. A mi esposa le interesan la literatura comparada y los aspectos teóricos. A veces, cuando voy a dar clases a algún sitio, ella también está impartiendo las suyas allí.

Usted nació en Brooklyn…

¡Sí señor! …

en 1932. Su familia era judía, pero secular.

Bueno, no exactamente. Las categorías son un poco confusas en esa generación. Mi familia no era excesivamente practicante, u ortodoxa, o fundamentalista en ningún sentido. Pero, aun así, había un sentimiento muy fuerte entre las familias inmigrantes de mantener la tradición.

¿Desde dónde emigró su familia?

Nuestra familia llegó de lo que hoy es Ucrania, en aquel entonces Rusia.

¿Cómo era Brooklyn en los años treinta y cuarenta?

Era muy interesante, la verdad. Entonces vivíamos en Borough Park, ahora es una zona de judíos muy religiosos. En aquella época era básicamente un sitio para judíos de clase media-baja. No un gueto, pero sí un barrio judío; justo al lado estaba el barrio italiano. Mi padre trabajaba vendiendo muebles. No se hizo rico, pero le fueron bien las cosas porque era un judío que hablaba italiano. Cualquiera que en esos tiempos podía permitirse muebles en Brooklyn los compraba en Simon Bernstein’s, su tienda. Pero Brooklyn era, tiene gracia, porque en la actualidad es un lugar vibrante e interesantísimo… era más que nada provinciano. De hecho, en las indicaciones del metro se leía «Hacia la ciudad», queriendo decir «Hacia Manhattan». No había vida cultural. Para ir al teatro, a un concierto o simplemente a bailar, tenías que ir a Manhattan. Es bastante curioso y divertido para nosotros observar cómo ha ido transformándose.

Llegó a la Universidad de Chicago con diecisiete años y tuvo compañeros que se convertirían en la columna vertebral de la cultura estadounidense: Susan Sontag, Richard Rorty, Philip Roth…

En aquellos días Chicago era un lugar tremendamente especial. Fue transformado por uno de los educadores más famosos del siglo XX, Robert Hutchins. Era único. Para empezar, aceptaban estudiantes a partir de segundo de bachillerato. Luego, las asignaturas en los cuatro primeros años eran iguales para todos, no había optativas ni especializaciones. Desde el día en que llegabas leías a Platón, Aristóteles, Freud, Dostoievski. Imagina una institución donde todo el mundo leía los mismos libros. El debate era magnífico, era el único sitio que los intelectuales consideraban serio. Y eso atrajo una cantidad de talentos extraordinarios, tanto entre los alumnos como entre el profesorado. Y no solo en el campo de la filosofía, en todas las disciplinas. Creadores, como Philip Roth.

¿Eran amigos?

No lo llegué a conocer bien, pero coincidimos muchas veces. A Susan Sontag sí que la conocí más en profundidad, estaba en mi misma clase.

¿Cómo era?

Era una joven intelectual brillante y precoz. Ella misma ha escrito sobre esa época. Estaba en la misma sección de ciencias sociales que yo, y el profesor, Philip Rieff, acabó siendo su primer marido. Había mucha intensidad en Chicago. Es donde Richard Rorty y yo nos hicimos amigos.

Y en Chicago escribió su tesis Amor y amistad en Platón. ¿Qué aprendió de Platón?

No sabía nada de filosofía en mi época del instituto, no venía de una familia intelectual. Ni siquiera sabía lo que era la filosofía. Pero recuerdo perfectamente la primera vez que leí el Fedro. Sentí que estaba escrito para mí. Sigue siendo mi pieza filosófica favorita. Hace poco di una asignatura sobre el texto y todavía me habla. Fue ese aspecto, el elemento erótico, romántico, el que me interpeló. Con el modo en que estamos organizando la educación superior matamos ese elemento romántico, tan importante para cualquier materia. Los alumnos vienen porque se han enamorado de algo, algo interesante se ha abierto ante ellos. ¿Y qué es lo que hacemos nosotros?

Hay un ensayo fantástico de Whitehead, habla sobre el ritmo de la educación y describe tres etapas. La primera es el romance, como el eros de Platón: enamorarse, la emoción de una idea. La segunda es la precisión. Tienes que aprender cómo ser preciso. La tercera es la generalización. Y dice: el romance sin precisión puede convertirse en sentimentalismo. Pero la precisión sin romanticismo deviene en pedantería. Y creo que lo que pasa en la educación es que estamos poniendo el énfasis en la precisión sin el amor. Solo puede darse la generalización si atraviesas las primeras dos etapas. Se puede aplicar a cualquier campo. Ese amor solo pasa una vez en la vida. Hay algo profundo en esta idea.

En Yale descubrió el pragmatismo americano en una época en la que estaba en declive, casi se menospreciaba. Desde entonces siempre ha defendido que el pragmatismo es sumamente relevante. ¿Por qué?

«Pragmatismo» está en el vocabulario cotidiano. Se acepta que ser pragmático es ser práctico. Cuando la palabra se usa en círculos intelectuales el significado es «no-ideológico», incluso antiintelectual. Ninguno de estos usos tiene relación con la gran tradición del pragmatismo americano.

En los Estados Unidos de finales del siglo XIX hubo una especie de apertura. La filosofía no se convirtió en una disciplina en América hasta entonces. Las diversas figuras clave en la fundación del periodo del pragmatismo clásico —Charles S. Peirce, William James, John Dewey— estaban abiertas a todo el espectro del conocimiento humano, a diferentes influencias. Peirce estaba influido por Kant, James por los empiristas, Dewey por Hegel. A eso se debe su riqueza. Y aun así, es muy difícil definirlo en una frase.

Lo que identifica al pragmatismo son varias cosas. El falibilismo, o el tipo de actitud en la que se asume que todo lo que aseguras saber siempre está sujeto a una crítica más extensa, que hay que abandonar la idea de la cruzada del conocimiento absoluto. O convendría abandonarla. Si eres falibilista, puedes decir «yo sé cosas», pero nunca con la certeza de que no pueden revisarse. Con esa actitud, otra característica de la tradición pragmática se convierte en esencial: la importancia de lo público y de la comunidad. Siempre estás apelando a la comunidad para probar y validar el conocimiento.

Hay un tercer tema clásico. Tendemos a ver la filosofía como una especie de disciplina académica. Se ocupa de ciertos problemas que desafortunadamente son tan técnicos que la gente ya no sabe qué significa, se pierde. Los pensadores pragmáticos en realidad están en la tradición socrática. La filosofía tiene que ver con la vida práctica. No en el sentido de ganar dinero, sino de cómo llegas a vivir la vida que vives.

Al principio de La República Sócrates afirma que está debatiendo un asunto importante: cómo deberíamos vivir. Eso es lo que el pragmatismo trata de recrear, o de devolver a la filosofía. Y así podríamos seguir…

Dewey dice que «el carácter progresista e inestable de la vida y la civilización estadounidenses ha facilitado el nacimiento de una filosofía que mira al mundo como algo que está en continua formación, donde todavía hay lugar para el indeterminismo, para lo nuevo, para un futuro real». ¿El pragmatismo tiene una importante «americanidad»?

¡Sí! Esa es mi primera respuesta. Pero cuidado, a veces esta afirmación se usa de manera simplista: «Esto es solo una ideología americana para justificar el materialismo americano». Si te tomas la cita en serio, lo que es constante en todos los pensadores pragmáticos es que el universo está, en esencia, abierto. No está determinado por completo. Tampoco son voluntaristas: uno no cambia las cosas simplemente con desearlo. Es lo mejor de la tradición americana.

Los pensadores pragmáticos fueron sumamente críticos con lo que consideraban imperialista, sexista, racista… particularmente James y Dewey. Características que todavía hoy son cuestionables en la sociedad americana.

En The Metaphysicial Club, de Louis Menand, parece entenderse que el pragmatismo fuera la respuesta al trauma de la guerra civil.

Algunas personas fueron muy críticas con el libro de Menand. Yo soy fan de esta obra. Y creo que tiene algo de razón en el fondo de la cuestión. Particularmente, cuando enfatiza la reacción contra el fundamentalismo, el absolutismo, el dogmatismo. Cuando se sufrió esa situación en América, no solo la lucha, sino también el atrincheramiento, no había la capacidad de debatir las cosas, de hablar de los problemas. Es correcto afirmar que es una respuesta a ese trauma. La única observación que yo haría es que hay que tener en cuenta las otras corrientes filosóficas que están presentes en el pragmatismo. Pero las secuelas de la guerra civil plantean un contexto cultural que es crucial para comprenderlo.

En 1964 se unió a un grupo de profesores para participar en el Movimiento por los Derechos Civiles y las protestas contra la guerra del Vietnam. Viajó a Misisipi para participar en el Freedom Summer Project, una iniciativa que ayudaba a los negros a registrarse para poder votar.

El Freedom Summer lo organizaron jóvenes estudiantes y jóvenes negros. Tenía un objetivo muy específico: conseguir que los afroamericanos —en aquel momento se les llamaba negratas— del sur se inscribieran para votar. El Partido Demócrata en el sur era una formación totalmente segregacionista, paradójicamente. Si los negros se registraban, lo que conseguían es poder asistir a la convención demócrata y exigir representación. Era el objetivo. Uno de los líderes de este movimiento, William Colvin, capellán en Yale, acudió a varios profesores solidarios con la causa y nos pidió que fuéramos al sur para apoyar a nuestros estudiantes. Solo estuve allí diez días.

¿Qué recuerdos tiene de aquello?

Era peligroso. Los asesinatos de las tres personas que murieron se cometieron unas semanas antes de que yo viajara a Misisipi, y solo me sentí a salvo cuando estaba en una comunidad negra. Mi recuerdo más intenso es de un momento del proceso de registro. Los residentes negros tenían que elegir a sus representantes para ir a la convención. Se celebró un encuentro en Harrisburg, que para mí es uno de los ejemplos más emotivos y paradigmáticos de la democracia. A esas alturas los estudiantes ya habían entendido que ellos no podían liderar. La reunión se celebraba en una iglesia, hubo discursos, debates y una votación. Hasta hoy, lo que considero democracia participativa ejemplar sucedió allí. Gente unida pese a que las circunstancias eran peligrosas para ellos. Nosotros nos iríamos, y había muchos asesinatos y linchamientos en esos momentos.

¿Esto le ayuda de algún modo a entender el movimiento contra las muertes a manos de la policía y el encarcelamiento masivo de americanos negros?

En aquel momento había una cierta inocencia. Creíamos de verdad que si conseguíamos que los Gobiernos reconocieran los derechos de los afroamericanos habría nuevas legislaciones, nuevas leyes electorales. Que podría ser el principio del fin. Mucha gente todavía no había comprendido la profundidad de la discriminación y la segregación, y su aspecto económico. Y, en parte, creo que ello fue una motivación para los aspectos radicales de los movimientos negros.

Malcom X.

Sí, Malcom X y los Black Panthers decían que nunca avanzaríamos si nos limitábamos a participar en el juego americano. No estoy diciendo que tuvieran razón, pero claramente vieron esa candidez.

Malcolm X decía en su famoso discurso «El voto o la bala» que hay un momento en que la liberación violenta debe preceder a la libertad política.

No digo que esté en desacuerdo, antes hablaba de mi propia inocencia. Yo ya estaba involucrado en el movimiento antes de que este elemento se manifestara claramente. Era la época en que negros y blancos trabajábamos juntos. Pero se puede dibujar una línea entre lo que uno trataba de conseguir entonces y el Black Lives Matter de hoy. También me preocupa que vaya a sufrir las mismas limitaciones. Este país aún no está preparado para afrontar lo que se necesita afrontar para acabar con el racismo.

¿Qué es lo que se tiene que afrontar?

La raíz del problema es económica. Si no mejoras las ciudades, si sigues con los encarcelamientos masivos… me preocupa ver solo gestos. El racismo en este país es extremadamente profundo. Y no se trata solo de racismo. Está vinculado a la manera en que funciona nuestro sistema capitalista, y al fracaso, y a la resistencia a asumir lo que hay que hacer en materia económica para que haya un cambio sustancial en la pobreza que afecta a los negros.

Hannah Arendt respondió a un periodista que le preguntaba si era progresista o conservadora: «No lo sé. Y debo decir que no podría importarme menos. No creo que los grandes interrogantes de este siglo reciban iluminación alguna de esta pregunta».

Es una de mis citas preferidas.

Pero usted es de izquierdas.

Sí, lo soy.

¿Qué significa hoy ser una persona de izquierdas?

Es identificarse con las causas de injusticia social y con los movimientos o posturas que intentan acabar con esa injusticia. Todo el mundo se desespera por la dificultad de crear un movimiento significativo. En los sesenta lo había. No era todo drogas y lo demás, había participación política. Ahora bien, nunca sabes cuándo se darán las circunstancias, qué contingencias surgirán, cuándo la masa dirá que ya basta. Pero desde un punto de vista filosófico creo en la contingencia, no acepto eso de que el sistema es tan grande, tan inabarcable, que nunca se podrá cambiar.

En tiempos difíciles tienes que mantener vivo el ideal, y si va a estar vinculado a Estados Unidos, debe ser para aprovechar lo mejor del país, no lo peor. Tenemos una gran tradición progresista que se remonta a Jefferson, Whitman y Dewey. Y otra cosa sobre el pragmatismo: nunca caes en el desespero o en el cinismo. Las cosas son terribles, sí, pero ¿qué vas a hacer para mejorarlas?

Con su mismo compromiso, alguien podría responderle, por ejemplo, que la presencia del Estado es perjudicial. Que si nos libramos de él, mejor. Y no sería considerado tan de izquierdas como decir que el Estado debería intervenir para cambiar las cosas.

O podría ser más de izquierdas.

Bueno, sí, el anarquismo, pero…

Los anarquistas piensan así, pero creo que no tiene sentido. El capitalismo no va a desaparecer. Es cierto que estamos acercándonos al fin del Estado-nación, pero es algo que no va a ocurrir por las acciones de un movimiento. Si te concentras en el problema general y lo que se necesita hacer, no te abandonas a la desesperanza. Lee el periódico cada mañana, como hace mi mujer: se pone furiosa. Pero no subestimes los movimientos concretos. La revolución más importante que he vivido en toda mi vida es la de las lesbianas, gais y transgénero. Y si alguien me dice que eso es insignificante y que forma parte del sistema le diré: chorradas. Cuando yo era niño, si eras gay o lesbiana sufrías. Tengo amigos que pasaron por eso, que crecieron con miedo, que se avergonzaban o se escondían. Sus vidas quedaron distorsionadas. Y ahora tengo tres hijos gais. Mis nietos se están criando en una sociedad donde no importa si eres homosexual o hetero. Eso es maravilloso.

¿Ha dicho tres hijos gais?

Sí. Tengo una familia muy interesante.

¿Cuántos hijos tiene?

Cuatro. Mi hija mayor es heterosexual. Mi segunda hija tiene pareja, una mujer, desde hace veintisiete años. Y dos hijos biológicos. El padre biológico forma parte de una pareja homosexual, y esa pareja son también parte de la familia. Esos niños fueron criados por dos padres y dos madres. Y mis hijos más jóvenes tienen parejas y también son gais. Desafiamos el cliché de familia americana.

Sí.

¿Quieres que te enseñe una foto?

Claro.

Somos una familia muy unida [Me enseña una foto de la boda de su tercer hijo, con toda la familia, y con orgullo identifica a todos sus hijos, yernos, nueras, nietos, el padre biológico de sus nietos y la pareja de este].

Usted expresó su oposición a las guerras de Afganistán e Irak, y…

Sí, pero mi mayor implicación fue en las protestas contra la guerra del Vietnam, en los sesenta. Y sí, estaba contra las intervenciones en Irak y Afganistán. No cuando fueron a Kuwait, pero claramente después del 11 de septiembre.

Usted habla sobre el abuso de la idea de «el Mal» para justificar las guerras que sucedieron tras los atentados.

Nunca debimos haber hablado de la guerra contra el terror, nunca deberíamos haber ido a Oriente Medio, no sabíamos lo que estábamos haciendo. Una política en la que se hubiera perseguido a esos grupos, Al Qaeda y demás, hubiera sido lo correcto. Un discurso tipo «aquí hay fuerzas criminales». Y, si fuera utópico, lo que me hubiera gustado ver es algún tipo de debate serio sobre por qué existe el islamismo fundamentalista.

¿Se sintió rodeado de miedo?

En el transcurso de un mes matan a tres mil iraquíes. La actitud en América todavía es: ¿a quién coño le importa? De ninguna manera pretendo exculpar lo que pasó el 11 de septiembre, pero me ofende profundamente la actitud que todavía prevalece en este país. Las vidas estadounidenses cuentan, las otras, no. Lo otro son solo estadísticas.

Usted siempre escribe la palabra terrorista entre comillas.

Había una tendencia a cosificarlo, a convertirlo en algo que no tiene sentido. Una guerra contra el terror no tiene ningún sentido, es un tipo de guerra indefinida. Politiza lo que debería haber sido criminalizado. Si tratas de matarme voy ir a por ti, pero también voy a tratar de entender por qué un movimiento como el tuyo genera tanta empatía.

¿Dónde estaba usted el 11 de septiembre?

En Nueva York, aquí mismo, en mi apartamento. Fue un día muy extraño. Acabábamos de volver después de un año en Berlín, y Berlín es muy silencioso. Aquí oí las sirenas y no pensé nada extraño hasta que mi hijo me llamó para que encendiera la tele. Pero lo que más me impresionó fue que la reacción inmediata en Nueva York no fue la histeria. Había tranquilidad, calma y tristeza. Lo que te rompía el corazón era cuando encontrabas las fotos de las personas desaparecidas. Me impresionó mucho.

El pánico y la histeria lo alentaron los medios y los políticos, no la gente.

Quince años más tarde, ¿ha cambiado la ciudad?

El mundo ha cambiado. La política, las posturas, todo es peor.

Usted afirma que es el atentado terrorista más dramático de la historia.

No sé si ahora emplearía ese adjetivo. Quería decir que fue espectacular. Desde el punto de vista de Al Qaeda fue una idea brillante. Ni en sus sueños más tórridos creo que llegasen a pensar que las torres fueran a caer. Quizá la palabra es espectacular, no dramático: visual, memorable, nunca se olvidará. Derrida dijo: «el 11 de septiembre se está canonizando». Casualmente coincide con mi aniversario de bodas [ríe]. No tenemos un nombre para ese día, es simplemente el 11 de septiembre.

Ese día también marcó la presidencia de George W. Bush. Después llegó Obama, al que le queda un año en el cargo. ¿Cuál es su valoración?

Para entender realmente lo que está ocurriendo debes conseguir entender el capitalismo financiero. Y nadie lo consigue del todo. No quiero rendirme, no quiero hablar de posdemocracia, pero es muy difícil pensar que este país es en cualquier sentido real una democracia. Nuestros partidos están atados por el dinero. Obama podría haber hecho más. Había tal euforia cuando fue elegido, con un Congreso con mayoría demócrata. No soy muy optimista con el futuro de la política americana. O con la europea: está metida en un lío tremendo.

Por otro lado, me impresiona Bernie Sanders [el candidato más izquierdista en las primarias del Partido Demócrata]. No será presidente, pero tiene un movimiento de base detrás. La gente quiere un cambio significativo. No saben cómo hacerlo, no saben lo que realmente significa, pero están ahí.

O sea, Hillary Clinton.

Sí. Bueno, esa es mi esperanza.

¿Por qué?

Entre los candidatos con posibilidades, es la única persona razonable y sensible. Pero tampoco creo que vaya a ser determinante. Yo era muy escéptico con Obama, nunca me tragué toda esa retórica de que todo iba a cambiar. Los problemas son sistémicos y estructurales.

No le gusta Donald Trump.

[Ríe] Lo único que me sorprende de Donald Trump es que sea tan popular.

Demuestra que hay algo en la política de este país que no tiene nada que ver con reflexionar. Trump es solo un personaje, un buen personaje. Si intentamos ofrecer un análisis más serio, se diría que lo que el fenómeno Trump y el fenómeno Sanders demuestran es que existe un descontento muy extendido con la política normal.

Usted conoció a algunas de las mentes más brillantes del siglo. Me gustaría preguntarle por dos de esas figuras: Hannah Arendt y Jürgen Habermas.

Conocí a Hannah Arendt en 1972. No estaba muy interesado en su obra por aquel entonces.

Era hostil a su obra, he leído.

Sí. Yo estaba más involucrado en una especie de ideas marxistas-hegelianas. La manera que Arendt tiene de interpretar a Marx y a Hegel es atroz. De hecho, la primera vez que nos vimos tuvimos una discusión sobre esto: así nos conocimos. Pero el encuentro fue erótico. No erótico en sentido vulgar, hubo una fuerte atracción y un fuerte antagonismo. Discutimos mucho. Pero ella admiraba mi libro Praxis y acción y quería que me fuera con ella a trabajar en la New School for Social Research. En mi libro Praxis y acción solo hay una breve nota al pie en la que la menciono, ella había escrito un libro entero sobre la acción. Era obvio que su obra no me interesaba, pero no le importó. Siempre fue un gran apoyo para mí.

¿Qué tipo de filósofa era en la intimidad?

Su prestigio no tenía ningún efecto en ella. En ese momento ya era una de las grandes. Pero si creía que lo que hacías era interesante, para ella eras un igual. Era apasionada y muy femenina. Y tímida, no soy el único que lo dice. Pero cuando daba clase o cuando discutía de filosofía se transformaba. Se volvía carismática, apasionada, controvertida, con opiniones contundentes.

¿Y Habermas?

Somos muy amigos. Estuvo anoche cenando aquí. Cuando leí su libro Conocimiento e interés por primera vez sentí que podría haberlo escrito yo. En otras palabras, me sentía muy cercano al abanico de intereses que aparecían en el libro. Le invité a dar una conferencia y vino, así que luego le invité a dar un semestre y acabamos siendo amigos. Y nuestras esposas. También llevan sesenta años casados.

¿Qué mente tiene?

Es considerado, y con acierto, el intelectual más importante de Europa. La gente no siempre aprecia su modestia. Ha ganado todos los premios, tiene todos los reconocimientos. Siempre está pensando, siempre se involucra, es un demócrata visceral. El último ataque que le lanzó a Merkel se puede decir que sale de las profundidades de su ser. A la vez, no tiene miedo de valorar lo bueno: piensa que Merkel lo ha hecho bien con los refugiados, pero terriblemente mal con Grecia y la UE. Está muy preocupado por Europa. Si ha habido una persona que fuera teóricamente interesante y a mismo tiempo comprometida, esa es Habermas. Es admirable.

Usted ha sido el gran interlocutor norteamericano de la filosofía europea. ¿Diría que Europa, como potencia intelectual, está en decadencia?

No es un gran momento para la filosofía en general. Antes sabías que estaba Foucault, que Derrida era significativo, incluso que Heidegger estaba vivo. O vayamos a la tradición angloamericana. Yo estaba haciendo el doctorado cuando se publicaron las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein. Sabías que John Austin era importante. Hoy, en cambio, me parece muy difícil señalarte a algún filósofo del mismo calibre. Deberíamos poder dar alguna explicación estructural, pero no la veo. Existen filósofos muy buenos, grandes académicos, pero ninguna figura capaz de cambiarlo todo.

¿Por qué?

La profesionalización de la vida académica mata la originalidad. A veces flirteo con la tesis de Habermas: la era de los grandes filósofos ha terminado. No vamos a tener a un Hegel o a un Kant. No sé si me equivoco, pero no hay nadie de ese calibre.

«Ansiedad cartesiana». Usted sostiene que deberíamos ser capaces de resistir tanto la tentación del relativismo como la obsesión por encontrar fundamentos últimos.

Correcto.

Resistir a la idea de que en un mundo sin dios, o sin nociones fijas, todo vale y no hay criterios para distinguir el bien del mal y, a la vez, a la idea de que debemos buscar un fundamento último, una sola idea de Verdad que guíe nuestras acciones. ¿Cuál es la solución práctica para este dilema?

Se trata de decir que no es fácil vivir con incertidumbre y ambigüedad. La gente ansía algo profundo, algo fundamental. Y emerge de repente, como por ejemplo ocurrió después del 11 de septiembre. En momentos de crisis aparece esa necesidad. Cuesta mucho vivir con espíritu falibilístico. Al fin y al cabo, el punto de vista pragmático es relativamente nuevo en nuestra civilización. Y marca la diferencia en la manera que uno tiene de vivir. El falibilismo, para mí, no es solo una doctrina teórica, es sobre todo un conjunto de virtudes. Es escuchar, hablar, aprender a entendernos los unos a los otros, no ser inflexible ante ciertas ideas. No se trata de no defender tus convicciones o creencias, pero es importante mantener ese espíritu vivo. Las sociedades alcanzan lo mejor de sí mismas cuando aprenden a vivir de este modo. Pero debes aprender a vivir con incertidumbre y contingencia, no es fácil.

Parece ser que la religión ofrece algo en este mundo de incertidumbre que la filosofía es incapaz de dar. ¿Es insuficiente la razón? ¿Estaba equivocada la Ilustración?

Hay facetas de la Ilustración que están anticuadas, eran ingenuidades. La idea de que al final la razón iba a triunfar y la religión iba a desaparecer: ya no se lo cree nadie. Me pienso a mí mismo como secular, pero mi responsabilidad como intelectual es responder honestamente la pregunta de por qué la religión es tan atractiva para tanta gente. No existe una explicación simple. Pero defiendo con firmeza que no podemos identificar la religión con el fundamentalismo. Está relacionado también con los pragmatistas clásicos: es interesante que ninguno de ellos fue antirreligioso. En Estados Unidos nunca tuvimos una iglesia central fuerte, poderosa, contra la que la gente reaccionara. Así que las tendencias ilustradas nunca fueron antirreligiosas. Más bien fueron una llamada a un tipo de religión no fundamentalista, no dogmática, falibilista.

Otra de sus ideas centrales es lo que usted llama «choque de mentalidades» en oposición a «choque de civilizaciones».

¡Sí! ¡Exacto!

¿Podría desarrollarlo?

Hay gente que es militante de algo y no considera otra opción. Puede ser un militante secular o religioso. O puede ser secular y abierto o religioso y abierto. Desde un punto de vista sociológico, la militancia secular nunca ha sido muy popular, excepto por pequeños grupos de intelectuales. Pero a la gente religiosa le gusta señalar que los peores abusos del siglo XX los perpetraron Hitler y Stalin, que no eran religiosos. Tienen razón y hay que admitirlo.

El fanatismo puede echar raíces en cualquier lugar, el fundamentalismo puede arraigar en cualquier persona. Así que dejemos de hablar de choque de civilizaciones: ¡son las mentalidades! Puedes ser fundamentalista de manera estalinista, puedes serlo de manera judía, como algunas personas en Israel o de manera cristiana. Así que esta distinción atraviesa la dicotomía religión/ateísmo. Existen grandes tradiciones que lo demuestran. Si te tomas el cristianismo en serio, por ejemplo, existe una tradición de duda, de cuestionamiento, que va de San Agustín a Kierkegaard, que no es fundamentalista. Cuando alguien pretende decirme que tal cosa es «la manera cristiana de mirar el mundo» es cuando me enfado. No sabes nada del cristianismo.

No soy en ningún sentido una persona religiosa, pero entiendo muy bien a mi amigo Charles Taylor cuando me dice que vive una vida más rica siendo religioso, pero no me va a convencer de que yo no puedo vivir una vida verdaderamente plena.

En su último libro, usted afirma que no existen normas generales para saber cuándo, cómo o por qué la violencia está justificada. Seyla Benhabib, por ejemplo, se lo ha criticado.

Me interesaba el diálogo con textos influyentes sobre la violencia: Schmitt, Arendt, Benjamin, Fanon, Assmann. La justificación de la violencia depende de cada caso concreto. Ninguna teoría te va a decir si es correcto que los norteamericanos se lanzaran a una «guerra contra el terror». Pero el caso concreto es más claro: la idea de que íbamos a cambiarlo todo en Irak, de que íbamos a llevarles la democracia, era mera ideología. Algo bueno que ha hecho Obama es ser más reacio que Bush a intervenir. Las intervenciones que hemos llevado a cabo en Oriente Medio han traído consecuencias desastrosas. Para América y para Oriente Medio. Dirán que yo soy indeterminado, pero la retórica que nos ha llevado a la guerra era totalmente simplista.

Usted dice que la tecnología deshumaniza al enemigo. ¿Existe una diferencia moral o ética entre utilizar o no la tecnología para matar?

Con el dron la muerte es anónima. Matar anónimamente, ese es el peligro real. Es tan prevalente, tan fácil, que a la gente no le parece mal.

Usted dice que nuestra era podría llamarse la era de la violencia. Steven Pinker argumenta, en cambio, que vivimos en el momento más pacífico de la historia de nuestra especie.

Leí a Pinker y entiendo qué quiere decir, pero no se enfrenta a los problemas que tenemos. Ciertamente hay cosas que están mejor, Nueva York es la ciudad más diversa de la historia. Y la gente no va matándose por la calle. Si esta es tu medida, bien, puedes afirmar que estamos mejor. Pero no es incompatible con reflexionar sobre lo que la tecnología nos está permitiendo hacer hoy.

Hemos empezado hablando de Eros y la vejez, después de más de sesenta años dedicados a la reflexión. ¿Qué responde un filósofo ante las preguntas básicas, incluso infantiles, sobre esos dos mismos extremos: el amor y la muerte?

Primero quisiera saber qué quieres decir con «amor».

Es usted un filósofo listo.

[Se ríe] Aristóteles dedica dos libros de su Ética a hablar de la amistad, de su importancia, de su significado. Esto parece haber pasado de moda, y creo que es esencial. Mis ideas sobre la apertura de la mente y la discusión franca tienen que ver con esa idea de la amistad, de la misma manera que pienso que la filosofía tiene que ver con la manera en que uno vive su vida.

¿Y la muerte?

Con ella tengo una relación casi socrática. No tengo ningún miedo. Tengo miedo a perder la cabeza. Ni siquiera al dolor, solo a ser dependiente. Espero morir como mi padre: un ataque al corazón y adiós. Confieso que soy algo deficiente en este tema: nunca he entendido la ansiedad existencial frente a la muerte.

 


El pasado te engaña

Barack Obama, 2013. Fotografía: Pete Souza (DP)

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 15

Puedo adivinar el futuro: Barack Obama será mejor valorado como presidente en 2020 que hoy. Y no tengo poderes especiales. Todos los expresidentes americanos recientes son mejor vistos después que durante su mandato. En abril de 2008, meses antes de dejar la presidencia, un 32 % de americanos creía que George W. Bush lo hacía bien. Cinco años después, un 49 % decía que fue un buen presidente.

Durante los ocho años de mandato de Bill Clinton, una media de 55 % creía que era buen presidente. En 2012, un 88 % creía que lo fue. Hasta Carter o Ford, que perdieron sus elecciones, tienen mejor prensa años después.

Es un ejemplo pequeño de que somos condescendientes con el pasado. El recuerdo de una exnovia nunca es tan pesado como fue en realidad. La memoria selectiva es razonable y hasta compasiva. Pero también provoca una admiración a tiempos pasados, que nunca los hubo mejores. Es un mito pesado y persistente.

*

Hay al menos dos nostalgias extendidas: la pureza del primitivo y el recuerdo de la juventud. Ambas son falsas.

George Kennan fue el diplomático americano más influyente del siglo XX. Su hito más célebre es proponer la doctrina de la contención en 1947 para frenar la expansión de la Unión Soviética: la cooperación era imposible y la guerra era un recurso innecesario; la contención era el mejor camino para esperar el derrumbe del régimen.

Se acaban de publicar los diarios privados de Kennan. El 20 de diciembre de 1927, con veintitrés años, escribía:

No puedo dejar de lamentar no vivir cincuenta o cien años antes. La vida está demasiado llena en estos tiempos para ser comprensible. Conocemos demasiadas ciudades, y nuestras salidas y llegadas ya no son momentos de desapego emocional, porque son demasiado comunes. Tenemos también demasiados amigos para tener alguna amistad de verdad, demasiados libros para conocer alguno bien, y la calidad de nuestras impresiones decae en beneficio de la cantidad, así que la vida empieza a parecer una película, con cientos de escenas que aparecen y desaparecen de nuestro campo de percepción, pasadas antes de que tengamos tiempo de considerarlas.

Me hubiera gustado vivir en los días en que una visita era cosa de meses, cuando los países extranjeros eran aún extranjeros, cuando una vasta parte del mundo tenía siempre el glamour del gran desconocido, cuando las guerras merecían aún los combates y los dioses merecían aún adorarse.

Ese verano de 1927, Kennan y un amigo habían viajado a Europa. El 26 de junio tomaron un barco en Nueva York. Habían comprado un pasaje en tercera clase por 97,50 dólares, que serían 1317 en dólares de hoy, a lo que había que sumar visados y «propinas». En total, ir de Nueva York a Southampton en 1927 costaba casi 2500 dólares actuales. Kennan lo pagó con dinero de su padre, que sufragó todo el viaje.

El trayecto duró siete días. Los otros viajeros no eran turistas: «¡Somos una panda de deportados!», dice Kennan. Entre otros, «hay un hombre con un ojo, un viejo diablo barbudo, tísico que parece un Papa Noel en paro en Constantinopla, hay al menos cien espaguetis [italianos] todos iguales, con largos bigotes castaños y varias capas de suciedad».

Al llegar a Inglaterra van a Exeter. Después van a Londres, París y Génova. El 6 de agosto vuelven a Estados Unidos. En el viaje se emborrachan, se quedan sin dinero, regatean con los dueños de las pensiones. Es un viaje largo, pausado, igual y a la vez distinto a la mayoría de los que se hacen hoy. Pero Kennan aún quería otro tipo de viaje, como los del siglo XIX.

Hubo otro detalle distinto en el viaje de Kennan: cogió disentería en Italia. Al volver, además, antes de tomar el barco, debieron vacunarse. Había enfermedades en Europa y en Estados Unidos que requerían precauciones obligatorias.

Kennan quería hace noventa años un mundo distinto, más tranquilo, con menos incentivos. Pero, respecto al mundo de hoy, entonces ir a Europa era un lujo o una paliza, y además peligroso para la salud. Kennan, como muchos hoy, quería más. La satisfacción plena es difícil de lograr y el pasado es un buen recurso para seguir deseándola.

*

Cien años antes, a principios del XIX, un joven británico viaja a Brasil. En una ciudad portuaria, el británico entra en un café donde hay dos mesas ocupadas: un grupo de brasileños escucha a otro tocar la guitarra y cuatro norteamericanos hablan mal de Inglaterra.

«Ningún hombre, incluso el más cosmopolita, puede digerir violentas críticas sobre el país de su nacimiento», escribió años después el británico en un periódico de Detroit, pero «no creo que yo deba ir haciendo de Don Quijote y enfrentarme a todos los que deciden difamar a su majestad de Inglaterra». Pero los norteamericanos siguieron y empezaron a meterse con él. Acabó por retar a un duelo a uno.

Quedaron a la mañana siguiente, dieron un revólver a cada uno. Para el inglés era su primer duelo. Se separaron dieciséis pasos. Se giraron y dispararon. Una bala atravesó el sombrero del inglés y otra dio en el hombro del norteamericano. Pero sobrevivió. Era otra pega del mundo antiguo: el honor servía para jugarse la vida. Hubiera sido divertido verlo, pero no vivirlo: tener que jugarse la vida por unos cuernos —y más si te los ponen— es penoso.

Aún más atrás, en 1787, en la Francia casi revolucionaria, los locos eran poseídos. Así describe el científico italiano Enrico Rossi en una conferencia en Nápoles en 1901 el trabajo del gran médico francés Philippe Pinel:

Dos años antes de la caída de la Bastilla, Pinel entró en el manicomio de Salpêtrière y cometió el valiente acto de liberar a los locos de las cadenas que les oprimían. Demostró en la práctica que los locos, cuando son liberados de sus cadenas, son más tranquilos, en lugar de crear desorden y destrucción.

A finales del siglo XIX, Mark Twain viajó a Hawái. No pudo desembarcar en Honolulu porque había cólera. A pocas millas de allí estaba Moloka‘i, una isla para leprosos. Es el único lugar de Estados Unidos donde vivieron dos futuros santos, el padre Damián de Veuster y la madre Marianne Cope.

El diplomático Kennan quería volver precisamente a la simplicidad de aquellos días, cincuenta, cien años antes de que él naciera. Twain dice que en 1894 Honolulú se había vuelto más rica que en su otra visita, unas décadas antes. ¿Las mejoras? «Alfombras, hielo, cuadros, libros del mundo».

Esa presunta simplicidad de los primitivos tenía un precio: la salud. Cuando alguien eche de menos el pasado, solo debe pensar por ejemplo en ir al baño. Para hacerse una idea, no hay que ir de hecho al pasado. Aún hoy hay ejemplos. Así es el extraordinario principio del libro The Big Necessity, de Rose George:

Necesito un baño. Asumo que hay uno, aunque esté en un restaurante austero en Costa de Marfil, en un pequeño pueblo lleno de refugiados de la vecina Liberia, donde el agua llega en cubos y puedes comprar toallas de segunda mano. El camarero, un joven liberiano, solo asiente cuando pregunto. Me lleva por la oscuridad a un edificio de una habitación, enciende la luz y se va. Hay baldosas blancas en el suelo, baldosas blancas en las paredes, y ya está. Ningún baño, ningún agujero, ninguna idea. Salgo a buscarle de nuevo y le pregunto si me ha enviado al lugar adecuado. Sonríe con sarcasmo. Los refugiados no se divierten a menudo, pero ahora se divierte. «Hazlo en el suelo. ¿Qué esperas? ¡Esto no es América!». Me siento tonta. Digo que me conformo con usar los arbustos, que no es que sea fina. Pero ya se ha ido, riendo en la oscuridad.

El problema no era solo la sanidad. Había uno más grave: el precio barato de las vidas. El honor no se arreglaba, como ahora, con un insulto o un empujón o una rabieta. Había duelos. En el siglo XIV el exiliado no era Salman Rushdie sino Dante Alighieri, que si volvía a Florencia lo hubieran quemado vivo.

La violencia ha descendido también de manera extraordinaria. No voy a repasar las guerras y asesinatos del pasado aquí. Todos los datos y gráficas están en el libro Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker. «La mente humana tiende a calcular la probabilidad de un acontecimiento a partir de la facilidad con que puede recordar ejemplos, y las escenas de carnicerías tienen más probabilidades de llegar a los hogares y grabarse en la mente de sus habitantes que las secuencias de personas que mueren de viejas», dice Pinker. Por eso nuestra época siempre será peor.

*

Hay más violencia económica, dicen otros. El filósofo John Gray escribe en El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos que «la desigualdad en Estados Unidos a principios del siglo XXI es mayor de lo que lo era en la economía esclavista de la Roma imperial del siglo II». Bill Gates es tan rico que podría ser un causante de esa desigualdad: los millonarios lo son tanto que la diferencia quizá llegue a ser mayor, lo que no implica —como parece decir Gray— que era mejor ser esclavo en Roma que empleado en Ohio.

Gates se dedica ahora a donar buena parte de ese dinero. Cada año publica una carta con sus conclusiones y expectativas. En 2014 decía:

Para desmentir el mito de que los países pobres están condenados a seguir siendo pobres no hay más que apelar a los hechos: no han seguido siendo pobres. Muchos de los países que considerábamos pobres (aunque ni mucho menos todos) ahora presentan economías fuertes. Y el porcentaje de personas extremadamente pobres se ha reducido a menos de la mitad desde 1990.

La gente de Roma o de la Edad Media no era menos codiciosa y más pura y simple. Solo hay que ver el infierno de la Divina comedia de Dante. Pero hay algo que seguro que era la mayoría: analfabetos. Hoy más leen, aunque el progreso es lento: El alquimista de Paulo Coelho lleva más de cinco años entre los más vendidos en Estados Unidos.

En 2116 algunos creerán que 2016 era mejor: se hacían aún cosas en papel. Pero otros destacarán que en 2016 aún no era posible que cinco titulares del Real Madrid fueran gais declarados y nadie les gritara «maricones». En 2016 un 34 % de europeos no sabe que la Tierra da vueltas al sol o un 48 % de americanos no sabe que los hombres vienen de otros animales.

Nosotros sabemos que 2016 es un año normal, agradable, irregular, tortuoso, como debe ser. Quizá lo está siendo más de lo normal y de aquí a cien años lo verán como el principio de algo. El problema del presente es que debe vivirse entero. Del pasado recordamos o imaginamos los fragmentos que queremos, como si fuera una película, donde los protagonistas no deben aguantar camareros estúpidos o lunes por la mañana o la pesadez de ir de un lugar a otro.

Pero no por eso el pasado es mejor. Tampoco el personal. La juventud está bien, pero solo mientras se vive. Es imposible disfrutar de los veinte años con la experiencia de los cuarenta. Veo a jóvenes hoy y está claro que echarán de menos en el futuro las mismas tonterías de su vida que los demás.

Buzzfeed es un medio norteamericano que hace a menudo listas sobre nuestra juventud: «Veinte cosas que demuestran que naciste en los setenta», por ejemplo. Cuando abrieron su versión británica, el director creía que ese tipo de nostalgias no funciona en el Reino Unido: «Somos más escépticos al recordar nuestro pasado con cariño».

Los británicos conocen los límites de nuestras construcciones del pasado. No hubo tiempos mejores —excepto algún rato—, tampoco es seguro que los vaya a haber. Pero es bastante más probable.