En medio del Caribe…

The Sea Hawk, 1940. Fotografía: Warner Bros.

Fifteen men on the dead man’s chest
Yo-ho-ho, and a bottle of rum!
Drink and the devil had done for the rest
Yo-ho-ho, and a bottle of rum!

La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson

Arrr

La culpa de casi todo lo que uno cree saber sobre piratas la tiene Robert Louis Stevenson al tallar en la novela La isla del tesoro gran parte de los futuros clichés del pirata pop, incluyendo las patas de palo y los loros al hombro pero excluyendo lo de que tuviese la cara del Lágrima y toda la cuestión de sentir aversión por los ninjas. El escritor incluso arrojó en aquellas páginas un puñado de versos de una ficticia canción marinera, «Dead Man’s Chest»Ron ron ron, la botella de ron» en su versión castellana), que gracias a la popularidad del relato se acomodaría en la memoria general como una auténtica tonadilla piratesca. Desgraciadamente los piratas reales no se saludaban entre ellos con un «Ahoy», ni iban por ahí gritando «Aye aye!» o salpicándose con «Arrrrs» indiscriminados. Tampoco se pasaban el día haciendo símiles con el utillaje marítimo, hablando de los ingredientes del grog, poniendo acento de inglés de pueblo profundo o insinuando avistamientos de monos con tres cabezas. Ocurría que parte de la culpa de ese dialecto pirata también era consecuencia de la La isla de tesoro, pero en su versión cinematográfica de 1950,  donde Robert Newton utilizaba un lenguaje de anglosajón cateto para redondear su interpretación de un pirata. El actor iba tan lejos en su gesta como para tener los santos cojones de cerrar una oración religiosa con un «Arrrmen». Cuando Newton se atrevió a trasladar el habla hasta otra película, El pirata Barbanegra, condenó definitivamente a todos los piratas de ficción del futuro a pronunciar erres amontonadas.

Alexandre Olivier Exquemelin sería la verdadera enciclopedia de la piratería, un francés con apellido de conjuro de Harry Potter que chupó cubierta junto a Sir Henry Morgan trabajando como cirujano-barbero, ocupación que tenía bastante salida profesional durante la época y se basaba en aprovechar que medicina y peluquería compartían instrumental para tener a sus peritos recortando perillas por la mañana y piernas enteras por la tarde. Exquemelin se sacaría la carrera profesional de cirujano en Ámsterdam para acabar volviendo al Caribe a zurcir carne de bucaneros y reubicar entrañas de corsarios mientras redactaba ente medias Piratas de la América, un libro de referencia sobre la piratería que tenía bastante de wikipedia en más de un sentido: las diversas traducciones del original (publicado en holandés en 1678 con el título De americaensche zee-eoovers) parecían un taller de escritura creativa al añadir de manera totalmente gratuita, un montón de datos y biografías no corroboradas. 

François l’Ollonnais (c. 1635 – c. 1668)

Un impetuoso Jean-David Nau natural de la Francia oriental decidió adoptar como alias artístico el tampoco demasiado fiero nombre de François l’Ollonnais para acompañar sus perrerías en mares caribeños. Al poco tiempo de fletar su carrera criminal, el Olonés y acompañantes naufragaron a orillas de México y fueron asaltados por un grupo de soldados españoles bastante sádicos. El francés logró escapar de la masacre untándose en sangre, deslizándose entre cadáveres, poniendo cara de Wally y moviéndose poco. Aquel asunto le marcaría ligeramente y provocaría cierta tensión en sus relaciones con los españoles: en Tortuga, azuzado por la mala hostia, secuestraría a todo un pueblo regido por gobernadores españoles solicitando un cuantioso rescate a cambio de no dibujar corbatas con la espada en las gargantas de los habitantes. La respuesta oficial la obtuvo desde La Habana con la visita de un barco hostil dispuesto a reventar su mollera francesa, pero Ollonnais decidió enfocar el asunto de manera positiva: capturando la embarcación y degollando a toda la tripulación a excepción de una persona que utilizaría como cartero para llevar de vuelta el mensaje «De ahora en adelante François l’Ollonnais nunca dará tregua a quien sea español», por si lo de haber cercenado cabezas no se entendía del todo bien.

El Olonés concentró su carrera marítima en las aguas del Caribe siendo a grandes rasgos un auténtico cabrón. Invadió el inexpugnable fuerte de San Carlos de la Barra, robó y violó a media población de Maracaibo y tomó a la fuerza ciudades para cobrar el rescate solicitado y arrasarlas igualmente. También fue fiel a sus principios y se abalanzó enseñando los dientes sobre todo nativo de España que se le cruzara en su camino, de manera tan textual como para convertirle en leyenda: en un interrogatorio a dos españoles se le ocurrió arrancar el corazón de uno de ellos y devorarlo ante su compatriota para insinuarle que quizás era mejor cantar. Irónicamente, durante una huida se perdió en tierras panameñas y fue capturado por una tribu asilvestrada de caníbales que lo invitó a participar en la merienda-cena en calidad de primer plato.

Benjamin Hornigold (c. 1680 – 1719)

Hornigold arrancó sus desventuras en invierno de 1713 asaltando a los desprevenidos a bordo de una piragua. El asunto se le daría tan bien que cuatro años después se encontraba a cargo del buque más descomunal y con mayor potencia ofensiva de la zona, un barco llamado Ranger. Hornigold se convertiría en el matón de la región mientras demostraba que percibía el concepto de piratería de manera curiosa: en cierta ocasión invadió una embarcación ajena para llevarse tan solo «un poco de ron, azúcar, pólvora y municiones» como quien llama al timbre de la vecina para pedir un puñado de sal. Y en otra notable operación de pillaje abordaría una nave ajena para llevarse todos los sombreros de sus tripulantes porque sus hombres habían perdido los suyos durante una fiesta antológica. Precavido como pocos, no atacaba barcos ingleses para utilizar como excusa en caso de ser apresado que luchaba del lado británico, sufrió un motín y aprovecho el perdón concedido por Jorge I de Gran Bretaña para resetear el currículo y dedicarse a cazar piratas. Durante su vida activa además tuvo el curioso honor de ser mentor de otra leyenda pirata: Barbanegra.

Treasure Island, 1950. Imagen: Walt Disney

Con parche en el ojo

Si hacemos caso a las estadísticas visuales, los contendientes de una escaramuza en alta mar o bien tienen especial predilección por apuntar a los ojos del oponente o bien son lo bastante estúpidos como para tratar de detener balas y sables enemigos con las córneas. El parche en el ojo se imagina como un complemento común del pirata estándar, pero es probable que su existencia no indicase remiendo para un ojo ausente sino una técnica para asaltar con más soltura las entrañas de un barco. Suponiendo que el marinero conservase los dos globos oculares intactos, mantener un ojo acostumbrado a la oscuridad era una ventaja táctica que facilitaba la invasión de bodegas escasamente iluminadas: bastaba con cambiarse el parche de ojo en el momento de hacerlo.

Edward Teach (c. 1680 – 1718)

Edward Teach, conocido popularmente como Barbanegra por sabe Dios qué extraña peculiaridad capilar, tuvo su primer contacto con el agua salada al servir en la Marina Real Británica, hasta que razonó que salía más a cuenta hacerse autónomo. Teach acabaría capturando un buque de esclavos para tunearlo y convertirlo en el temido Queen’s Anne Revenge. Dibujado por el mito como un hombre sanguinario, Barbanegra realmente era una persona muy inteligente que prefería evitar la confrontación y derrotar a sus enemigos por la vía del miedo al valerse de su, adelantada a su tiempo, alma de rockstar: solía presentarse en los combates vestido de negro, forrado con pistolas, con enormes botas de piel y varias mechas encendidas atadas a su barba, pelo y sombrero que le otorgaban la apariencia de ser Satán envuelto en una humareda diabólica; aquella puesta en escena era importantísima, y Teach encarnaba al Rob Zombie del momento. El pirata resultaría ser mucho menos tirano que lo que dictaba su legado, no hay constancia de que dañase a los hombres que capturaba tras la batalla, pero también sería una bestia parda durante las peleas que libraba: en 1718, tras ser derrotado y decapitado en la cubierta de su propio barco por el teniente Robert Maynard, se descubrieron en su cuerpo inerte cinco heridas de bala y una veintena de cortes producidos por espadas.

In the navy

Pasar tanto tiempo en alta mar sin compañía femenina propiciaba que los tripulantes comenzasen a percibir apetecibles las siluetas de sus compañeros y olvidasen a propósito que estos tenían más pelo bajo la barbilla que bajo el sombrero. Pero como los piratas eran gente de mente abierta, las relaciones homosexuales en su entorno nunca fueron motivo de lamento. Incluso llegarían a crear el matelotage, una institución similar al matrimonio que unía de manera formal a dos piratas varones adultos. Esto es importante, en pleno siglo XVII los fieros piratas del Caribe resulta que ya estaban legalizando el matrimonio homosexual.

A Le Vasseur, gobernador francés que regía la isla de Tortuga, no le acababa de agradar la idea de tener en sus dominios, frecuentados por piratas, a tantos marineros agarrando mástiles que no fuesen los de sus embarcaciones. El hombre inició el papeleo necesario para llevar a cabo un plan que implicaba importar meretrices desde la Francia natal y sus reclamas se transformaron en embarcaciones cargadas con centenares de putas zarpando hacia el Nuevo Mundo como si de una película porno facilona se tratase. Aquellos navíos echaron el lazo en el puerto de Tortuga mientras Le Vasseur animaba a las prostitutas a echarles el lazo a los bucaneros del lugar y atarlos en corto para que formasen familias, se dedicaran al cultivo y obviasen aquello de jugar al pilla pilla con los amigos y al pillaje con los enemigos. Los habitantes de Tortuga entendieron de otro modo la invitación de regar huertos y encararon los puticlubs flotantes con la resuelta convicción de repartir cariños entre queridos y recién llegadas.

Calico Jack (1682 – 1720)

John Rackman se ganó el alias de Calico Jack por su manera de revolucionar la moda pirata luciendo llamativas y carísimas camisas de calicó, algo que decía bastante de una figura que ya en su momento vivía del hype que generaba a su alrededor y debería considerase más exitoso como publicista que como sanguinario pirata: su rediseño de la Jolly Roger, en forma de calavera subrayada por un par de sables cruzados, adquirió fama de manera inmediata logrando que los que la avistaban en alta mar cagasen tantos ladrillos como para construir una nueva muralla china. Pero Jack, a pesar de haber demostrado cierta maña a la hora de apresar navíos ajenos, lucía un currículo pirata cuestionado por historiadores y atesoraba fama de ser especialmente habilidoso a la hora de desaparecer de una gresca si su equipo iba perdiendo. Lo cierto es que lo más interesante de su trayectoria como saqueador de alta mar era su ojo para los fichajes, porque obviando las leyes piratas alistó en su barco a dos mujeres: Anne Bonny y Mary Read, dos figuras legendarias. Calico Jack sería apresado junto a su séquito mientras estaba de farra y finalizó sus días balanceándose con la soga al cuello en un islote de Port Royal que desde entonces sería conocido como Cayo Rackhams.

Cutthroat Island, 1995. Fotografía: Beckner & Gorman / Canal + / Carolco / MGM.

Un par de tibias

Las banderas piratas son el ejemplo perfecto del potencial de un logotipo y la importancia empresarial de crear una imagen de marca. Y, aunque la imagen clásica de la Jolly Roger evoque una calavera junto a un par de tibias cruzadas, existieron a lo largo de la historia diferentes filibusteros que presentaron sus propios diseños personalizados: Edward Low blandiría una bandera con un esqueleto rojo en la misma posición que el muñequito de idéntico color de cualquier semáforo. John Phillips se dejaría ver bajo el emblema de un calvo desnudo con un reloj de arena en una mano y una lanza ensartando un corazón en la otra. Walter Kennedy optaría por poner un poco de todo: Jolly Roger clásica, señor desnudo, espada y reloj de arena. Bartholomew Roberts luciría una bandera donde él mismo aparecía brindando con un esqueleto y diseñaría otra con su persona pisando un par de cráneos enemigos. Henry Every dibujaría la calavera de canto con un pañuelo gangsta. Thomas Tew evitaría los rodeos: su flota enarbolaba la imagen de un brazo que amenazaba con un sable.

Mary Read (c. 1690 – 1721) y Anne Bonny (c. 1700 – c. 17¿?)

Anne Bonny fue una pelirroja irlandesa fruto de la aventura de un abogado con su criada. Su existencia provocó que su padre creyese conveniente establecer cierto perímetro de seguridad con su esposa oficial y se mudase a Londres junto a una niña que vivía disfrazada de chico y respondiendo al nombre de Andy, y su madre biológica. De ahí embarcaron hacía Carolina del Sur, donde una joven Bonny cansada de sentarse en el porche y rascarse el higo abandonaría a su padre en busca del romanticismo de la delincuencia marítima para acabar casándose con un pirata de segunda división llamado James Bonny. Las aguas se calmaron hasta que apareció Calico Jack y la jovenzuela, hipnotizada por su profundo sex appeal, decidió dejarlo todo y aventurarse, haciéndose pasar por varonil filibustero, a desvalijar embarcaciones ajenas junto a ese boceto de Jack Sparrow.

Mary Read nació como consecuencia de algún arrumaco extramatrimonial ejercido por la esposa de un marinero. Tras el fallecimiento del marido entre las olas la mujer obligó a la pequeña a pasar la infancia y adolescencia vistiendo ropa de chico para cobrar de ese modo la herencia que correspondía a otro hijo de la familia también fallecido. La joven chavala le pilló el truco a lo de hacerse pasar por hombre y travestida formaría filas en unas fuerzas armadas británicas junto a las que repartiría leña en el campo de batalla. Se enamoró de un compañero flamenco de milicia al que le confesó que en realidad carecía de genitales externos, un detalle que al hombre le pareció lo suficientemente interesante como para desposarse con ella y montar una posada donde vivir sin sobresaltos. La muerte de su marido la llevó a embalarse de nuevo en el disfraz de mucho macho y caminar hacia el ejército buscando guerra de nuevo. Calico Jack y Anne Bonny, creyendo que estaban tratando con un hombre, la invitarían en 1720 a unirse a su tripulación de saqueadores y lo que ocurriría a continuación entre aquellos tres sería materia prima para telecomedia de equívocos: Bonny y Read comenzaron a experimentar una extraña tensión sexual y la primera decidió aclarar a la segunda que tenía ranura en lugar de pito, solo para que la segunda le revelase que también era usuaria de trompas de Falopio. Entretanto Rackham estaba empezando a ponerse tan celoso, al ver a otro hombre arrimándose a su amante, que Bonnie tuvo que confesar, para alegría del pirata, que en realidad había cuatro tetas sobre la cubierta.

Lo interesante es que las leyendas que aseguran que Rackham era de esconder la cabeza durante las afrentas suelen solaparse con aquellas que afirman que las verdaderas guerreras del grupo eran dos furiosas mujeres pirata. Durante sus últimos días, un Calico Jack encarcelado solicitó ver por última vez a su querida y Bonny aprovecharía la reunión para dedicarle unas amables palabras de despedida: «Siento verte aquí. Pero si hubieras luchado como un hombre no serías colgado como un perro». Mary Read murió en su celda a causa de fiebres producidas por un embarazo, pero el destino de Bonny sería tan incierto que bien podría haberse pasado otros sesenta años disfrazada de bravucón macho alfa aterrando el Caribe y peleando como la mujer que no sería colgada nunca como un perro.


Canciones con historia: Ron, ron, ron, la botella de ron

La isla del tesoro. Imagen Walt Disney Productions.
La isla del tesoro. Imagen: Walt Disney Productions.

Todos, cuando niños, habremos cantado alguna vez aquello de «Ron, ron, ron, la botella de ron», el estribillo de la canción pirata más famosa de todos los tiempos. Pues bien, aunque hoy no nos paramos a pensar demasiado en estas cosas, durante décadas su origen constituyó una de las ocupaciones predilectas de los estudiosos de la música folclórica, especialmente en el mundo anglosajón. Raras veces una canción tan conocida y con una historia tan bien documentada generó tanto misterio a su alrededor. La culpa de todo la tuvo Robert Louis Stevenson. El escritor escocés irrumpió en la escena literaria con la inmortal novela La isla del tesoro, un serial de aventuras y piratas publicado inicialmente en una revista juvenil durante 1882, que un año más tarde sería recopilado y editado como novela. Fue un éxito de dimensiones colosales, un fenómeno literario que capturó la imaginación de miles y miles de niños, adolescentes y adultos desde finales del siglo XIX. Pues bien, en el libro se hacía referencia a una canción de la que solamente se reproducía el estribillo:

Fifteen men on the dead man’s chest,
Yo, ho, ho, and a bottle of rum!
Drink and the devil had done for the rest,
Yo, ho, ho, and a bottle of rum!

Esto es: «Quince hombres sobre el cofre del muerto, ¡Yo, ho, ho! ¡Y una botella de ron! La bebida y el diablo se encargaron del resto, ¡Yo, ho, ho! ¡Y una botella de ron!». No eran más que unas pocas líneas en mitad de una novela; podrían haber sido ignoradas porque, a fin de cuentas, era una canción de la que ningún comprador del libro había oído hablar. Sin embargo bastaron para excitar la imaginación de los lectores, despertando un fenómeno cultural que se parecía a lo que ha sucedido con series de televisión como Lost. El público pudo haber tomado aquel estribillo como un mero leitmotiv literario, sin darle más vueltas al asunto. Pero ese maravilloso artefacto llamado curiosidad humana provocó especulaciones sobre el origen de la canción, dando pie a toda clase de leyendas. Los lectores dedujeron que aquellos renglones debían de ser el fragmento de alguna vieja canción marinera cuya letra hacía referencia a una historia perdida en la memoria de los tiempos. Aunque las habladurías se extendieron rápidamente, el propio Stevenson se abstuvo de aclarar (en público) cuál era el significado concreto de aquel estribillo, o de dónde había sacado la canción. Mientras, sus miles lectores se preguntaban: ¿Qué hacían quince hombres sentados en el cofre de un muerto? ¿Qué les había sucedido a los demás, de quienes se habían ocupado «la bebida y el diablo»?

Dada la extraordinaria popularidad de la novela, algunos periódicos y revistas empezaron a recopilar versiones extendidas de la letra, pretendiendo hacerlas pasar por la original. Aquellas versiones eran diferentes entre sí, pero en realidad ese detalle no iba en menoscabo de su verosimilitud; en los himnos marineros, conocidos como salomas o shanties, la disparidad de letras era algo bastante habitual. Las salomas eran canciones que las tripulaciones de los barcos solían entonar mientras trabajaban, así que iban cambiando conforme saltaban de una embarcación a otra. Sencillas y rítmicas, amenizaban tareas repetitivas como tirar de los cabos o remar, eran poco poéticas cuando no directamente obscenas, y rara vez sonaban en las tabernas portuarias. No solían ser muy conocidas más allá de su ámbito profesional, al contrario que las «canciones marineras» propiamente dichas, más melódicas, que eran cantadas por aquellos mismos marineroa en los ratos de descanso o cuando estaban en puerto; esas sí pasaban al folclore general con mayor facilidad. Pues bien, por su evidente naturaleza rítmica, el estribillo de Stevenson debió de haber sido inspirado por un shanty. Diferentes letras de «Dead man chest» comenzaron a aparecer desde los lugares más insospechados, descubiertas por investigadores que se sumergían en el mundillo portuario para escribir fascinantes relatos sobre los marinos que la cantaban, relatos que revistas o periódicos publicaban sin demasiado afán crítico. Algo no muy distinto de lo que hoy puede suceder con los memes de internet, las llamadas «leyendas urbanas» o las habladurías sobre El código Da Vinci. ¿El problema? Que hoy sabemos que la credibilidad de los diarios de la época era escasa y que muchos reporteros primaban una buena historia sobre una de las novelas más populares del mundo por encima del hecho de que, en realidad, no habían descubierto información sólida. Así que nada en claro puede sacarse de todas aquellas publicaciones.

Con La isla del tesoro convertida en un libro universalmente reconocido, seguía sin existir acuerdo acerca de cuál de aquellas versiones de la canción era la verdadera. Años después se escribió una versión que hoy podemos considerar «estándar», cuando el estadounidense Young Allison publicó un poema llamado «Derelict», consistente en la expansión libre del estribillo de Stevenson. En el poema, unos piratas imaginarios narraban una sangrienta matanza, aunque era evidente que se trataba de un juego literario y no una crónica histórica. Con todo, aquella versión tan tétrica satisfacía el morbo del público, así que se hizo muy popular. En Broadway algún productor teatral decidió aprovechar la inmensa fama de La isla del tesoro y de la secuela en forma de poema para estrenar un musical que se llamaría precisamente Derelict. La canción principal utilizaría la letra de Young Allison. Estrenado en 1900, el musical fue un éxito, pero hablamos de unos tiempos donde casi no existían grabaciones, así que quedó rápidamente olvidado.

La novela, sin embargo, no perdió un ápice de su vigencia y durante la primera mitad del siglo XX continuó atrayendo a nuevas generaciones de lectores en todo el mundo. Era uno de los libros infantiles por excelencia, pero además acumulaba un considerable prestigio literario, ya que era ensalzada como una de sus novelas preferidas por importantes escritores (se puede citar a Marcel ProustJorge Luis Borges o Vladimir Nabokov entre sus más devotos admiradores). Su estatus era el de una obra maestra. El cine, como es natural, no fue ajeno a esto. Hubo varias adaptaciones, pero fue la de Walt Disney la que, de carambola, llevó a recuperar la canción de principios de siglo. Después de triunfar con los dibujos animados, Disney se decidió a producir su primer largometraje filmado con actores reales y eligió La isla del tesoro porque era una apuesta segura, como El Señor de los Anillos lo ha sido en tiempos más recientes. Estrenada en 1950, la película obtuvo el éxito esperado, aunque lo relevante para nosotros es que catapultó a la fama a su protagonista, el actor inglés Robert Newton, que encarnaba al pirata Long John Silver.

Newton era todo un personaje, realmente un actor digno de su papel de pirata. Alcohólico e insurrecto, llevaba una vida muy desordenada y pese a su gran éxito con Disney la gran cantidad de dinero que le debía al fisco lo mantenía en una situación desesperada. Como era de esperar en aquellas circunstancias, quiso aprovechar el tirón taquillero de su personaje para intentar salir a flote. Propuso al estudio Disney rodar una secuela, pero no se mostraron interesados, así que aceptó la oferta de otros productores menos renombrados para volver a encarnar a Long John Silver en un film de menor presupuesto, Retorno a la isla del tesoro. Era un proyecto bastante menos sólido, pero la calidad del guion poco le importaba a Newton; el rodaje tenía que servir para ganar algo de dinero con el que evitar que los de Hacienda lo enviasen a la cárcel. La nueva película era, en efecto, muy mala. Desde luego palidecía en comparación con la de Disney, así que no estaba destinada a pasar a la historia, excepto por un detalle… en los créditos iniciales sonaba una melodía que todos reconoceremos al instante:

Aquí vuelve a complicarse la genealogía de la canción. El autor de la banda sonora era un renombrado y prolífico compositor cinematográfico, David Buttolph, que constaba como autor de la melodía. La cual, después de agradar al público de la película, reapareció en una serie de televisión llamada Las aventuras de Long John Silver. Realizada en Australia, la serie servía también para que Robert Newton, todavía atenazado por las deudas, volviera a meterse en el papel del famoso pirata con pata de palo:

Por desgracia, Robert Newton no tardó en morir después de apurar el personaje de Long John Silver hasta el tuétano, además de encarnar a otros piratas famosos. Pero su enorme carisma había convertido a Silver en un icono del cine y la televisión, provocando que toda una nueva generación de niños empezase a cantar la melodía asociada a su personaje. Con aquella redoblada popularidad, el origen de la canción volvió a despertar interés, esta vez incluso por motivos académicos. Durante los años sesenta surgieron estudiosos preocupados por evitar que antiguas canciones del folclore marinero se desvaneciesen en el olvido. Sobre todo en las islas británicas, estos estudiosos recopilaban canciones marineras y shanties que en algunos casos llevaban siglos sonando a bordo de toda clase de buques, pero que a mediados del siglo XX estaban desapareciendo de la práctica marinera por el declive de la navegación a vela. Estudiosos como Stan Hugill o el dúo A. L. Lloyd / Ewan MacColl hicieron una labor extraordinaria en este sentido y muchas antiguas canciones se hubiesen perdido sin ellos, aunque no cabe duda de que otras ya habían sido olvidadas.

Sea como fuere, los investigadores no tardaron en deducir que la melodía utilizada en Retorno a la isla del tesoro y Las aventuras de Long John Silver debía ser la misma de aquella obra estrenada en 1900, Derelict. El compositor David Buttholp había encontrado las partituras de Broadway en algún cajón y las había devuelto a la vida, adaptándolas a la pantalla. Hoy la canción es conocida por diversos nombres: «Fifteen Men», «Dead Man’s Chest», «Bottle of Rum». Pero antes de Broadway resulta completamente imposible seguir el rastro. Excepto algunas inusuales recopilaciones del siglo XIX, las salomas casi nunca habían sido transcritas en una partitura, así que nunca sabremos si la melodía nació en Broadway o fue inspirada por una anterior de la que ya no queda rastro.

legados a este callejón sin salida que terminaba en Broadway, no fue la investigación musical la que continuó arrojando luz sobre el asunto, sino la antropológica y la literaria. Decíamos que cuando Stevenson publicó La isla del tesoro no aclaró públicamente el significado del estribillo de marras. Durante todo el siglo XX el asunto pareció un misterio irresoluble… hasta que un análisis de la correspondencia del escritor dio en la diana, revelando un dato que siempre había estado ahí, oculto entre sus papeles. En una carta que Stevenson había enviado a un conocido suyo, el galerista Sidney Colvin, explicaba de dónde habían surgido el estribillo y con él, la idea para su novela. La idea de La isla del tesoro nació cuando Stevenson estaba leyendo un libro de viajes, At Last: A Christmas in the West Indies de Charles Kingsley. Le llamó la atención un pasaje sobre las Islas Vírgenes donde se mencionaba el sonoro nombre de una isla: Dead Chest. Aquello hizo sonar la campana de su imaginación. Un nombre que bastó, por si mismo, para generar una de las novelas más famosas de todos los tiempos.

En apariencia, Dead Chest no tenía nada de especial aparte de su nombre. No era un puerto cuya taberna estuviese repleta de antiguos cuentos marineros. Es más, la isla siquiera estaba habitada. Era poco más que un pedrusco de apenas un acre de superficie (aunque muy escarpado: ¡llega a los cien metros de altura!) perteneciente una cadena de islotes de las Vírgenes británicas. Está apenas a unos cinco kilómetros de Tórtola, la isla principal del archipiélago, o de la isla de Peter, hoy dedicada a un turismo exclusivo. Más cerca del islote Dead Chest solo hay otros islotes igualmente estériles, aunque algo más grandes. Dada su insignificancia geográfica, antes del descubrimiento de la carta de Stevenson a nadie se le había ocurrido relacionar Dead Chest con la canción de La isla del tesoro, porque casi nadie más allá del archipiélago conocía su existencia. Es uno de tantos pedazos de roca del Caribe. Ni siquiera posee el valor turístico de sus islas vecinas; su contorno está formado por rocas verticales y acantilados, así que es muy difícil atracar o desembarcar allí. De todos modos, no hay nada que ver sobre su superficie.

La isla Dead Chest, vista desde la isla de Peter. Foto: John Sievert (CC)
La isla Dead Chest, vista desde la isla de Peter. Foto: John Sievert (CC)

Pero el islote, pese a su pobre apariencia, resultó tener su propia historia, que fue descubierta, como en los mejores tiempos de las novelas de aventuras, por un explorador. En 1969, el escritor y trotamundos Quentin van Marle estaba haciendo submarinismo en las islas Vírgenes cuando se desorientó y perdió su embarcación. Tras llegar a la tierra firme más cercana, que resultó ser Dead Chest, quedó aislado allí durante toda una noche. No fue una noche agradable. Tuvo tiempo de comprobar que la descripción que se hacía en los almanaques de la región, «islote infame y fantasmal», no se alejaba mucho de la realidad. Era un pedrusco desprovisto de recursos, sin agua dulce, donde únicamente sobrevivían mosquitos, serpientes y lagartos. En palabras del propio van Marle, «un lugar horrible». Y no tenía salida. Aunque las islas habitadas más cercanas no estaban lejos, intentar alcanzarlas a nado era una idea estúpida. Cuando fue rescatado al día siguiente no le quedaban muchas ganas de volver a poner el pie sobre él. Sin embargo, no todo eran alimañas. Indagando en el folclore local de las islas que sí estaban habitadas, van Marle descubrió una antigua historia que databa de inicios del siglo XVIII y que involucraba nada menos que al pirata Edward Teach, más conocido por su inmortal apodo, Barbanegra (uno de los varios piratas que Robert Newton había interpretado en el cine, por cierto). Según un relato transmitido de generación en generación, Barbanegra había tenido que enfrentarse a un motín en su barco justo cuando navegaba por aquellas aguas. Tras sofocar la revuelta, abandonó a los marineros rebeldes en Dead Chest sin comida ni agua. Les dejó una botella de ron y un cuchillo por cabeza, pretendiendo que se matasen entre sí. Cuando regresó treinta días después para comprobar el estado de los amotinados, quince de ellos habían muerto. Catorce sobre la propia isla, y otro ahogado cuando, movido por la desesperación, intentó salir nadando. Su cadáver había sido arrastrado hasta una playa en otra isla.

Así fue como la memoria tradicional del Caribe, unida a la correspondencia de Stevenson, permitió cerrar finalmente el círculo. Stevenson concibió su novela inspirado por un islote cuyo tétrico nombre evocaba el no menos tétrico castigo que Barbanegra impuso a unos marineros rebeldes. ¿Y la melodía? No existe motivo para pensar que existía antes de la versión de Broadway; si lo hizo fue en forma de una canción que se ha perdido para siempre y de la que ni siquiera en el siglo XIX había oído hablar casi nadie. El estribillo, ya lo sabemos, fue una pura invención literaria de Stevenson.

Pero no se puede cerrar la historia de una canción semejante sin otra aventura. En 1994, cuando se conmemoraba el centenario de la muerte de Robert Louis Stevenson, nuestro amigo Quentin van Marle decidió rendirle homenaje a su manera. Por entonces van Marle tenía ya cincuenta años, pero eso no le impidió concebir el alocado proyecto de rememorar el abandono de los marineros de Barbanegra, permaneciendo él mismo durante treinta y un días en el islote, a su suerte y sobreviviendo por sus propios medios. Tras conseguir un patrocinador —una marca de ron, detalle que van Marle calificó como «irónico»— se dispuso a batir la marca de supervivencia de los amotinados de 1700 (si es que había sobrevivido alguno, que las contradictorias tradiciones orales no lo dejaban muy claro). En el entorno de van Marle, como él mismo recordaría después, intentaron hacerle entrar en razón: si ya lo había pasado mal en el islote durante una sola noche siendo mucho más joven, ¿qué podía esperar de treinta días de estancia, casi cumplidos los cincuenta, en un lugar tan infernal?

Pero lo hizo y sobrevivió. Cual Tom Hanks, se las arregló para salir adelante en aquel inhóspito pedazo de roca. Es más, terminó disfrutando la experiencia, pese a lo exigente que había sido para su organismo: «Perdí mucho peso, me salió barba, pero fui aprendiendo a pescar y llegué a saber cuán maravillosamente liberador es estar sin compañía humana. Era un lugar duro, terco, que nunca te daba nada por las buenas; cada palito de leña, cada pez, cada gota de agua tuve que ganármelos y pagar su precio de una manera u otra». Durante aquellas solitarias noches, van Marle podía ver en el horizonte las luces de la isla de Peter. Desde allí le llegaba, amortiguado por los kilómetros, el rumor de las fiestas nocturnas que se celebraran en los resorts de vacaciones para gente adinerada. Era como percibir ecos de otro mundo. Durante un mes, van Marle fue la habladuría del archipiélago, aunque él prefería recluirse en la soledad: «Algunos venían en sus barcos privados para intentar contactar conmigo, pero siempre me sentía feliz al ver cómo se daban la vuelta». Cuando completó su hazaña y regresó a la civilización después de sobrevivir treinta y un días en una roca, fue agasajado como un héroe en aquellas mismas fiestas cuya música había estado escuchando a lo lejos: «Durante un par de días, me mezclé incómodo con los ricos y famosos, tratando de recuperar algún pequeño aprecio por los valores y comportamientos que había estado descartando durante todo el mes anterior». No cabe duda, Robert Louis Stevenson hubiese estado orgulloso de él.