Consejos de un discípulo de Sade a un fanático de Grey

Fotografía: Grendelkhan (CC BY-SA 3.0).

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 9.

Un libro es un amo, un esclavo, un amante. Las palabras que alineamos son otras tantas alegrías, dolores, orgasmos y latigazos. Annick Foucault, El ama.

«¡Suerte que esta novela resulta erótica sin recurrir a eso de las Cincuenta sombras de atar o pegar!». Me disponía a dar una charla sobre literatura erótica en la biblioteca de Collserola tomando como punto de partida PlayRoom, primera novela de Patricia Muñiz, hasta que otro de los ponentes mencionó al memo de Grey. Pensé que todo estaba perdido. Hasta ese día había intentado contemporizar con las Cincuenta sombras, créanme. Buscaba el lado positivo del fenómeno: el mommy porn como acercamiento al erotismo de un grupo tradicionalmente excluido, el sadomasoquismo mal retratado pero al menos despertando un interés matizable… Pero ya basta. El SM es un arte sexual que ha acompañado a la humanidad desde hace siglos con diferentes nombres y disfraces, antes incluso de Sade y Masoch (¡hay flagelación erótica en una tumba etrusca del siglo V a. C.!). Apena ver toda esa sutileza asociada a los polvos sosainas de un millonario con aires de concejal marbellí y una acelga pusilánime.

Las novelas que han acercado el sadomasoquismo al gran público son basura machista radioactiva, repleta de tópicos insensatos y psicología majadera de barra de bar. Nacieron como una fan fiction erótica de Crepúsculo que sustituyó al vampiro por un millonario, en una graciosa metáfora involuntariamente honesta. Grey es un papanatas celoso, controlador y antipático, un pobre niño rico con más traumas que Bruce Wayne y peor gusto para las mujeres. Porque su víctima es una versión necia de Amélie, que ya es decir, con el voltaje erótico de una pila sulfatada. Es inevitable compadecerse de ella, sin embargo, porque Grey es un acosador de manual: rastrea a su presa a través de ordenador y móvil, busca aislarla siempre que puede y empieza a menudo sus sesioncillas sadomaso enfadado o alterado, justificándose en su versión retorcida del SM. E. L. James ha profanado algo muy querido para mí.

Pero incluso eso se lo hubiera perdonado si sus novelas hubieran mostrado más valor al adentrarse en el exceso. La literatura erótica no tiene por qué ser sensata ni describir prácticas reales, puede optar por la caricatura o el desenfreno sadiano. Pero la pegajosa ñoñería de las Sombras hace que no funcione ni como imaginación desbocada ni como iniciación al BDSM auténtico. Permítanme algunas recomendaciones literarias que triunfan allí donde las Sombras fracasan.

1. Apología del exceso

En Sade y en Masoch, la literatura sirve para nombrar no el mundo, pues eso ya está hecho, sino un doble del mundo capaz de abarcar su violencia y su exceso. Gilles Deleuze, Presentación de Sacher-Masoch.

«La muy puta conducía a toda velocidad»… Así arranca Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, primera novela de Roberto Bolaño y A. G. Porta. No es una novela erótica, pero sus páginas rezuman lujuria: por la poesía, por la chispa devoradora que surge cuando una femme fatale topa con un homme fatale, por la relación oculta entre sexo, violencia, literatura y muerte. Dice el mismo Bolaño en El gaucho insufrible: «El deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz». La literatura erótica no busca solamente excitar, sino también quebrar esa paz rompiendo las barreras de lógica y razón, enemigas naturales del abandono visceral al placer. Una novela sadomasoquista no limitada por la realidad amplía el mundo hasta el exceso rompiendo los límites del dolor y el delirio; refleja el fuego blanco del estallido del placer y su pérdida momentánea de cordura (¡el orgasmo como estado alterado de conciencia!), aunque para ello deba descolocar o enfrentar con lo prohibido, hasta con lo que tiene buenas razones para estarlo.

Sade no trata de resultar realista, ni falta que le hace. Los crímenes sexuales de La filosofía en el tocador o la enumeración de atrocidades de Las 120 jornadas de Sodoma son joyas de un humor negro feroz y nihilista con el que desarrolla ideas revolucionarias y una filosofía atea, naturalista y profundamente contradictoria. En un registro similar se mueven los empalamientos y orgías en el Orient-Express de Las once mil vergas, de Guillaume Apollinaire, o las poéticas alabanzas al mal del conde de Lautréamont en los Cantos de Maldoror. También Georges Bataille mezcló en Historia del ojo metáforas sobre huevos, ojos y testículos con escenas de mujeres masturbándose furiosamente en el barro, crueles asesinatos y corridas de toros… Estos cuatro franceses excesivos tuvieron propósitos diferentes, pero coincidieron en su pasión por la desmesura y en la elección del sexo desencadenado como vehículo para la ruptura del lenguaje. Bien por ellos: ya dijo Antonin Artaud que toda escritura es una marranada.

Otro tipo de literatura erótica tiene más contacto con la realidad. La mismísima Venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch, está basada en una experiencia verdadera: el escritor firmó un simbólico contrato de sumisión ante la baronesa Fanny Pistor, por el que se comprometía a adorarla y servirla como un esclavo durante seis meses. Si esta línea de adoración reverencial, sumisión masculina y fetichismo les llama la atención, corran a investigar los grabados del artista polaco Bruno Schulz en El libro idólatra… Ilustraciones oscuras y delicadas de hombres arrodillados adorando a bellísimas diosas altivas; imágenes que muestran la dimensión sagrada y ritual del fetichismo por los pies femeninos.

En coordenadas estilísticas similares, pero cambiando la sumisión masculina por la femenina, se mueve Historia de O de Pauline Réage, seudónimo de Anne Desclos. Con elegancia y una gravitas envidiable, habla de una fraternidad sadomasoquista a la que acuden para ser entrenadas quienes desean convertirse en sumisas. A partir de su adaptación cinematográfica de 1975, Historia de O se convirtió en la biblia estética y de protocolo para una generación de aficionados al SM, tomando a veces demasiado literalmente los excesos de Réage. Albert Camus encontraba tan perversa Historia de O que se negó a creer que hubiera sido escrita por una mujer… Y sin embargo muchas mujeres han escrito libros potentísimos sobre dominación. En los ochenta una tal A. N. Roquelaure  publicó una tetralogía de novelas sadomasoquistas, El cuarteto de la Bella Durmiente, ambientadas en un mundo de fantasía medieval con subastas de esclavas, harenes y ponygirls. Roquelaure resultó ser Anne Rice, autora de Entrevista con el vampiro (¡otra relación entre vampirismo y SM!), que publicó los libros como reacción a la censura que le llegó tanto por la puritana derecha como por la izquierda, a manos de cierto feminismo de segunda ola. ¡Nadie le dice a Anne Rice qué le puede o no poner cachonda! Las barreras entre literatura erótica y de género son muy finas: tanto las Crónicas de Gor de John Norman como la trilogía de Jacques Sadoul El evangelio según Satán transcurren en mundos sado-medievales similares al de Rice.

Si hablamos de novelas que, aun siendo ficción, reflejen situaciones habituales en el BDSM, recomiendo una breve joya de Juan Abreu llamada Diosa, con su continuación El reto. Abreu perfila un tarot sadomasoquista con figuras arquetípicas bigger than life (el Amo, la sumisa, el Maestro), y baraja esas cartas en escenas que buscan la pureza en la obscenidad. Esa misma sensibilidad contradictoria se puede encontrar en el sutil autor de Elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki. Obras como La llave o Jotaro el masoquista son maravillas de la psicología fetichista, y en el recopilatorio Cuentos de amor encontramos dolorosa ritualidad en «Tatuaje» o delicado fetichismo sacramental en «Los pies de Fumiko». La sensibilidad japonesa se presta especialmente a la complejidad sadomasoquista, tanto en su vertiente extrema a lo Yukio Mishima como en la estilizada de Yoko Ogawa en Hotel Iris.

Fotografía: pixabay (DP).

Otras novelas se especializan en el noble arte de enrojecer lúdicamente unas nalgas, como El arte del azote, escrito por Jean-Pierre Enard e ilustrado por Milo Manara: historias tórridas en trenes o mansiones que demuestran que cualquier situación y combinación de géneros permite disfrutar del equilibrio entre dolor y placer. Y en Elogio de la azotaina, Jacques Serguine realiza una defensa irónica y divertidísima del «pam pam en el culo» (llamémosle spanking) como juego erótico consensuado de alto voltaje a pesar de su obsoleto origen de castigo doméstico.  

También juega con el dolor Cosas y pelo de Manuel Montalvo, buena referencia a pesar de las imperfecciones propias de una primera novela. En cambio, otros libros sadomasoquistas frecuentemente recomendados por su realismo contienen errores de bulto. Es el caso de Entre sus manos, de Marthe Blau, con frases como «entro en un juego cuyas reglas ignoro pero que acepto por anticipado: tal vez sea eso la sumisión». Pues no: el único juego sin reglas es el calvinball. También La atadura de Vanessa Duriès cae en tópicos destructivos no tan diferentes a los de las Cincuenta Sombras, pero a cambio su parte central contiene reflexiones atinadas. Como ven, abandonamos ya el exceso fantástico para acercanos al realismo…

2. Apología de la experiencia

La pasión, aun cuando tengamos derecho a cultivarla hasta hacerla tan completa como seamos capaces de realizar, nunca debe ofuscar la razón. En ese equilibrio entre realidad y fantasía, entre raciocinio y pasión, está la esencia del juego SM. Dómina Zara, Soy un Sueño.

Resulta frustrante oír que las Cincuenta sombras sirven de entrada al mundo del BDSM. Soy consciente de que hay tantas formas de vivir el sadomasoquismo como personas, lo que hace inútiles los dogmatismos. En el mundillo hay disputas entre la vieja y la nueva guardia (tradición contra experimentación, ¿no ocurre en todos los ámbitos?), peleas entre los intensitos de la sumisión psicológica y los fanáticos de las cuerdas… No me preocupan estas diferencias de enfoque, pero sí la plaga de Amos tuiteros trajeados que imitan los aires de nuevo rico de Grey confundiendo la seguridad dominante con la chulería machista y  prepotente. Una grey según la RAE es un «rebaño de ganado menor», qué irónica es la vida a veces.

La ruta más directa para distinguir entre fantasía y realidad es la de las autobiografías, y la más sensata, didáctica y cercana es Soy un sueño, de Dómina Zara y Antonio Gómez. Pionera del sadomasoquismo en España, Zara habla no solo de su experiencia profesional como Dómina, sino del significado y profundidad de toda relación SM. A través de cartas recibidas, recuerdos y reflexiones, Zara define el sadomasoquismo como una relación basada en el consenso, el placer mutuo y la complementariedad. Muchas fantasías sexuales son irrealizables por definición, pero es posible acercarse a ellas y hallar un punto medio de equilibrio en que coincidan las expectativas y necesidades de las partes Dominante y sumisa. Otra Dómina que ha narrado su experiencia es Annick Foucault, que en El ama enumera las filias y fobias de decenas de personas que conoció siendo Maitresse Françoise, o su alter ego sumisa Marianne. Su escritura es ágil, divertida y verosímil dentro de la exageración, aunque le falta el punto de autoironía y separación entre el personaje y la persona que Zara domina naturalmente.

Entre tanta Dómina, Melusina ha publicado Papi, la autobiografía de Madison Young, actriz, educadora sexual y musa sadomasoquista («la Picasso del porno» según Annie Sprinkle). Young no habla solo de pornografía, sino también de su búsqueda de un daddy (un tipo particular de Dominante) que demuestre poseer la combinación justa de autoridad y ternura. El resultado es apasionante, una capa externa de inocencia naif que esconde torpedos inesperados.

El descubrimiento y aceptación de la propia tendencia bedesemera se describe con mayor o menor acierto en varios testimonios. Diario de una sumisa de Sophie Morgan recoge confesiones de una periodista inglesa con habilidad literaria discutible, pero más sinceridad que las Cincuenta Sombras: ¿cómo resistirse a un libro con escenas como la introducción de un plug anal de raíces de jengibre? Otra periodista de origen inglés, Venus O’Hara, narra en La máscara de Venus la exploración temprana de su sexualidad y su fascinación por La Venus de las pieles. En un registro más mundano, La sumisa insumisa es una sarcástica novela de descubrimiento escrita por Rosa Peñasco y basada en una relación SM real. Y dos libros publicados por Bellaterra, La crueldad puede ser exquisita de Arturo Roca (con asesoramiento de Lady Monique de Nemours) y el recopilatorio Armarios de cuero, de Olga Viñuales y Fernando Sáez, se inspiran en personas existentes y activas en el mundillo no siempre subterráneo del BDSM barcelonés. También es Barcelona uno de los centros más prolíficos en lo que a poesía con guiños bedesemeros se refiere, desde los Versos de perra negra de Pura Salceda hasta el Morbo de Roser Amills.  

Llegados a este punto, debería recomendar también ensayos sobre sadomasoquismo, más escasos de lo que podría parecer. Un punto de partida podría ser BDSM: Introducción a las técnicas y su significado de Jay Wiseman, quizá desfasado en algunos aspectos y algo incompleto en otros, pero magnífico como guía práctica de iniciación y referencia. Una versión más hispánica sería Las reglas del juego, de José Luis Carranco, que habla de herramientas, métodos y estrategias para disfrutar sin que llegue la sangre al río.

Otros ensayos se centran menos en los cómos y más en los porqués, desmintiendo de paso la estúpida relación que intenta establecer Sombras entre traumas infantiles y gusto por el SM. Aparte de los estudios de Michel Foucault (sadomasoquista practicante) o Deleuze, son recomendables En defensa del masoquismo de Anita Phillips o Un estudio sobre el masoquismo del psiquiatra Paco Traver, del que discrepo pero cuyo análisis da pie a discusiones interesantes. BDSM: Estudios sobre la dominación y la sumisión, de Thomas Weinberg, incluye análisis sociológicos basados en estudios de hace más de treinta años que piden a gritos una puesta al día. La escena sadomasoquista cambió radicalmente cuando el boom de internet facilitó que los practicantes conectaran entre sí, lo que disminuyó el peso de la Dominación profesional frente a la aparición de comunidades de aficionados, aglutinadas en torno a redes como Fetlife (el Facebook fetichista) o locales como los barceloneses Rosas 5, La Órbita de IO o LCR.

Una última recomendación. Tanto Sombras como gran parte de la literatura mencionada (con las excepciones de Diosa, Papi y PlayRoom) pasan por alto una de las técnicas más potentes del BDSM: el shibari o kinbaku, el arte japonés de la atadura erótica que mezcla estética, placer y conexión tanto mental como espiritual entre dos personas. Para entender esta maravillosa técnica lean The beauty of kinbaku, de Master K, echen un ojo a los tutoriales Complete shibari de Douglas Kent, consigan el pasado número de invierno de la revista Eikyô y háganse con los libros de fotografías Tattooatados o Shibari Experience de Tentesion. En las cuerdas del kinbaku se esconden los secretos del BDSM: el abandono total, la confianza absoluta, el posible dolor que deviene placer, la restricción de movimientos que se convierte en liberación inesperada…

Todo ello sobrevivirá cuando nadie recuerde ya las Sombras.


Fisteando a Mrs. Grundy

Un cliente contempla la sección de pornografía en un sex-shop londinense, 1956. Foto: John Firth / Getty Images.

La pornografía es el canario en la mina de la libertad de expresión: es la primera libertad en morir. Si se permite que un ataque a esta libertad quede sin respuesta, otros derechos caerán como consecuencia.

Myles Jackman.

Desde diciembre de 2014 es ilegal filmar un squirting en el Reino Unido.

Por ser más preciso: la aprobación de la Audiovisual Media Services Regulations ha extendido al mundo de internet las restricciones draconianas de la pornografía en venta en los sex-shops ingleses. Según estas normas la eyaculación femenina resulta aceptable solo si es «bastante breve y aislada». Un hombre puede eyacular donde prefiera, sin restricción, pero el líquido emitido por la mujer no puede ser ingerido ni entrar en contacto con otro cuerpo.

No es la única regla absurda: también queda prohibido, por ejemplo, conectar un dildo con un taladro para fabricar un vibrador casero, aunque se permiten las fucking-machines (así se llaman, lo juro, como en La máquina de follar de Bukowski) diseñadas profesionalmente. También se restringe el facesitting, juego sadomasoquista en que una dómina aposenta el culo sobre la cara de un sumiso. El fisting, introducir un puño por el ano, solo se permite si no llega hasta el último nudillo… Hay más, busquen la lista completa en el blog del abogado Myles Jackman si quieren echarse unas risas. El paternalista razonamiento tras las prohibiciones es que alguien podría imitar las películas, desgarrándose el recto con el dildo-taladro o muriendo asfixiado por una nalga demasiado rotunda. Niños, no hagan esto en casa.

Para comprender el origen de esta pacata actitud censora, acompáñenme en un viaje que empezaremos en 1664 con el mismísimo John Milton, autor de El paraíso perdido. Tras verse en apuros por su defensa del divorcio por incompatibilidad marital, una idea escandalosa en su época, un Milton indignadísimo escribió el encendido panfleto Areopagítica, dirigido al Parlamento de Inglaterra. Ahí podemos leer frases maravillosas: «sobre todas las otras libertades, denme la de investigar, publicar y argumentar libremente, de acuerdo con mi conciencia». Pero no nos entusiasmemos demasiado: también ataca la obscenidad y las blasfemias religiosas, situándolas a la misma altura que las calumnias y afirmando que merecen «el fuego y el verdugo». El canario de la mina no está fuera de peligro.

Un siglo más tarde el encargado de buscarle las cosquillas a la censura fue Edmund Curll, un librero antecesor de Garamond, el editor fullero y oportunista de El péndulo de Foucault. Curll se especializó en publicar textos blasfemos, pornográficos, libelos o lo que se le pusiera por delante mientras le reportara beneficios. En 1723 publicó Un tratado sobre el uso del látigo en asuntos venéreos, traducción de un texto alemán sobre un tema tan genuinamente inglés como el erotismo del azote. Poco después tradujo del francés y publicó Venus en el claustro, un tórrido diálogo entre una monja experimentada y una novicia a la que instruye en los placeres sexuales. Curll fue detenido inmediatamente, pero se libró unos meses más tarde publicando una retractación que logró convertir, de algún modo, en un anuncio de los dos próximos títulos que planeaba editar… Como un gato, siempre logró caer de pie, e incluso su paso por la picota fue más una fiesta que una humillación pública. Curiosamente, sus libros calumniosos le trajeron más problemas que los pornográficos.

La percepción de que los ingleses victorianos tenían una sexualidad pobre está ya bastante superada. Basta echar un vistazo a la sorprendente encuesta sexual femenina realizada en 1870 por la profesora de Stanford Clelia Mosher, que demuestra que la actitud general era más abierta de lo que se creía: las mujeres entrevistadas hablan sobre la separación del sexo y la reproducción, la importancia de los orgasmos o lo mucho que les apasiona el placer. La pacatería era, además de una trinchera en la guerra de los sexos, un auténtico privilegio de clase, un método para que las mujeres de clase alta se mostraran lejanas, inaccesibles y respetables. El sexo era un tabú social, pero bullía tras las puertas cerradas.

Pongámonos animistas por un instante. Del mismo modo que Neil Gaiman encarnó al Sueño en un doble de Robert Smith y personificó a la Muerte en una adolescente gótica, desde el siglo xix hasta hoy en día el espíritu del puritanismo inglés ha sido representado por una señora de edad avanzada y ceño perpetuamente fruncido llamada Mrs. Grundy. Se la menciona por primera vez en 1798 durante la obra de teatro Speed the Plough, en la que uno de los personajes se preocupa constantemente de lo que pensará su vecina Mrs. Grundy sobre los aspectos escandalosos de la trama. Desde entonces Mrs. Grundy encarnó la censura, la pacatería ignorante, el «qué pensarán los vecinos», la tendencia hipócrita a privilegiar la respetabilidad convencional. Una mentalidad que acabó contaminando las leyes con la persistencia de una garrapata.

A principios del siglo xix, los hermanos Harriet y Thomas Bowdler editaron una versión «familiar» de las obras de Shakespeare mutilándolas de toda referencia obscena, violenta o sexual; no debió ser cosa fácil con Tito Andrónico. Un diez por ciento de los versos shakesperianos cayeron víctimas de la tijera, dejando algunas obras prácticamente incomprensibles… Este procedimiento castrador y algo ridículo se conoce hoy en día como bowdlerización, y resulta habitual en las televisiones anglosajonas, con sus pitidos, silencios y bocas pixeladas cada vez que alguien pronuncia la palabra mágica fuck. Un ejemplo reciente en Monty Python’s Flying Circus: en cierto gag en que Chapman debía decir que sus hobbies eran «estrangular animales, el golf y masturbarme», los censores de la BBC obligaron a quitar la última palabra (¿no les molestó la asfixia animal?). Este tipo de censura sigue el principio de que todo podría acabar en manos equivocadas o ser leído o visto por jóvenes. ¿Y los niños? ¿Es que nadie piensa en los niños? Ah, cómo se reutilizan una y otra vez los argumentos demagógicos a lo largo de los siglos… Fue Mark Twain quien mejor definió la bowdlerización: «la censura es decirle a un adulto que no puede tomar un bistec solo porque un bebé no podría masticarlo».

En Bound & Gagged, completísimo ensayo de Alan Travis, se habla entre otras cosas de cómo John Bowdler, hermano de los dos Bowdlers anteriores (solo puedo imaginar lo aburridas que serían las reuniones familiares) fundó un grupo metodista llamado Sociedad para la Prevención del Vicio. Todo antivicio necesita sus viciosos, y Bowdler los encontró  en la londinense calle Holywell o Bookseller’s Row, donde se podían encontrar más de cincuenta tiendas vendiendo publicaciones erótico-festivas de forma encubierta. Sintiendo por esa pornografía una mezcla de odio y fascinación (el reverendo Sydney Smith clamó contra los «censores que se recrean en su vicio»), las sociedades conservadoras presionaron a las autoridades para que endurecieran las leyes contra la obscenidad.

Sex shouldn’t be a crime, Clandestine Culture, 2015. Fotografía: Millylove60 (CC).

En respuesta, en 1857 se aprobó el Acta de Publicaciones Obscenas (OPA), ley promovida por Lord Campbell, presidente del Tribunal Supremo. Poco antes se había aprobado una ley sobre la venta de venenos, y Campbell aprovechó para restringir «la venta de una ponzoña más mortal que el ácido prúsico, la estricnina o el arsénico». La OPA se encontró con fuerte oposición, pero Campbell aseguró que solo se perseguirían los libros escritos con el único propósito de corromper la moralidad de los jóvenes y alterar los «sentimientos comunes de decencia en cualquier mente bien regulada». Once años después, su sucesor Lord Cockburn endureció la ley durante  el juicio a un panfleto anticatólico que detallaba con demasiado entusiasmo las prácticas sexuales del clero. Su veredicto lanzó una cascada de juicios arbitrarios que llegan hasta hoy en día: «la prueba de obscenidad es la tendencia del material juzgado a depravar y corromper las mentes abiertas a esas influencias inmorales».  Qué significaban exactamente los vagos términos «depravar y corromper» nadie lo sabía, pero Cockburn dejó claro qué tenía en mente al condenar poco después a seis meses de prisión a los pobres editores de un tratado sobre métodos anticonceptivos. Cuando se le hizo notar que no había una intencionalidad erótica tras la publicación, sino un genuino interés en el control de la natalidad, Cockburn contestó que el texto corrompía las buenas costumbres independientemente de la buena o mala voluntad de sus editores, abriendo así la puerta a la censura de ideas. Los siguientes en caer bajo la ira de Lord Cockburn fueron Flaubert y Zola, o más bien su editor en Inglaterra, un anciano caballero llamado Henry Vizetelly. Por el crimen de publicar las depravadas novelas Madame Bovary y La Tierra, fue condenado a una altísima multa y tres meses de prisión, a los que no sobrevivió. Mrs. Grundy se había cobrado su primera víctima mortal.

La sombra del Acta de Publicaciones Obscenas se hizo sentir más allá de la palabra escrita. En 1865, los responsables del Museo Británico decidieron poner orden en los artefactos obscenos de su colección y crearon el Secretum, una sección dedicada al almacenamiento de artefactos demasiado explícitos como para ser mostrados al gran público. Allí convivieron esculturas fálicas egipcias, jarrones griegos homoeróticos, priápicos bronces romanos, bajorrelieves indios hipersexuales, acuarelas erótico-festivas… Un paraíso del arqueólogo pornógrafo al que solo conseguían acceso estudiosos de mediana edad y respetabilidad intachable. Ya años antes de la creación del Secretum los responsables del museo se habían visto en un aprieto al recibir la estatua budista de Tara, una figura femenina en bronce del siglo viii procedente de Sri Lanka. Los arqueólogos eran conscientes de que la estatua se empleaba con propósito religioso y no erótico, pero consideraron tan irresistibles sus enormes pechos, anchas caderas y cinturita de avispa que decidieron ocultarla a los ojos del gran público.

Y ese era, en el fondo, el problema. Las masas. El objetivo censor no era tanto destruir el material obsceno, sino asegurarse de que su acceso estuviera restringido a una audiencia distinguida y cultivada en cuyo juicio pudiera tenerse fe. Pero cuando un libro obsceno podía tener una distribución masiva, el peligro de que corrompiera la moral social aumentaba. Y si tenía méritos artísticos el peligro aún era mayor, ya que transmitía más insidiosamente su mensaje…

Razonamientos similares llevaron a la condena de la primera novela lésbica de la literatura inglesa, El pozo de la soledad de Radclyffe Hall. Tenía méritos literarios y no contenía ningún pasaje que pudiera considerarse pornográfico, pero su presentación abierta de dos mujeres lesbianas, una de ellas llamada Stephen, fue suficiente como para que los jueces quisieran evitar a toda costa que ese veneno moral pudiera extenderse a la población («Preferiría darle a un joven una botella de ácido prúsico antes que esta novela», dijo el editor del Sunday Times).

En 1959 se reescribió el Acta de Publicaciones Obscenas fijando el «depravar y corromper» de Lord Cockburn y añadiendo una cláusula para salvar los libros cuya publicación redundara «en interés de la ciencia, literatura, arte o conocimiento». Un año después, Penguin Books trató de editar El amante de Lady Chatterley de D. H. Lawrence, sin bowdlerizar ningún pasaje y a un precio asequible para todos los bolsillos. Saltaron todas las alarmas y el editor fue llevado a juicio. Pero las cosas pintaban mal para la Fiscalía: veinticinco testigos de reputación intachable se ofrecieron a defender la calidad de la novela, entre ellos un obispo dispuesto a declarar que el libro presentaba la relación sexual como «algo esencialmente sagrado». La acusación no encontró ni un solo testigo viable. ¿Cómo evitar entonces que un libro que describe el adulterio de una dama con un guardabosques acabe en manos equivocadas, como, en fin, las de damas y guardabosques que pudieran tomar ideas? Estos negros pensamientos bailaron en la mente del fiscal Griffith-Jones durante uno de sus discursos en el juicio hasta que se cortocircuitó y dirigió una fatídica interpelación al jurado: «¿Es este un libro que querrían que sus esposas o criados leyeran?». Una pregunta tan decimonónica en 1960 fue recibida con risas entre los miembros del jurado, hombres y mujeres, profesores, carniceros, capataces, vendedores, nadie con mayordomos a sueldo. En ese instante Mrs. Grundy mostró su verdadera cara de machismo, clasismo e hipocresía, y por supuesto perdió el juicio. Durante los años de la apoteosis hippie pareció que Mrs. Grundy podía haber sido incluso herida de muerte: otros juicios acabaron absolviendo revistas underground como Oz o libros de escaso valor literario como Inside Linda Lovelace. La OPA parecía cosa del pasado…

A finales de los ochenta la policía de Manchester obtuvo un vídeo que mostraba actos sadomasoquistas homosexuales: cera caliente en el pene, ballbusting, azotes con látigos… Nada que no pueda verse cada miércoles en el Berlín Dark, el club gay barcelonés sadomaso de referencia, pero resultó tan chocante para los investigadores británicos que creyeron que habían encontrado una película snuff, la misma pifia que cometería años más tarde Charlie Sheen con un mediometraje gore japonés. Tras una serie de absurdas redadas en que se detuvo espectacularmente a un montón de homosexuales muy sorprendidos, se hizo evidente que las presuntas víctimas se encontraban perfectamente (quizá solo con algún moratón en los testículos), y habían participado en esos vídeos de forma privada y consensuada, como parte de juegos BDSM.

Quizá para no admitir que habían hecho el ridículo y malgastado miles de libras, la policía y la Fiscalía de la Corona presentaron cargos contra dieciséis personas, acusadas de asalto con el resultado de daño corporal. En 1990 llegaron a un pacto legal por el que se declararon culpables, teniendo que oír una estúpida sentencia que daba carta blanca a recibir voluntariamente daño físico procedente del boxeo o los piercings, pero no del sexo. Por suerte nadie volvió a perseguir las prácticas sadomasoquistas y la policía de Manchester no la ha vuelto a liar parda, pero a las leyes antivicio aún les quedaba recorrido.

En 2009 la policía detuvo a Michael Peacock, un escort gay independiente que entró en el porno con cuarenta y tantos años (¡nunca es tarde!) y vendía películas de pornografía homosexual, BDSM, lluvia dorada y fistings. El pobre Peacock se vio acusado en pleno siglo xxi de violar el Acta de Publicaciones Obscenas, crimen por el que se enfrentó a cinco años de prisión. A diferencia del caso Spanner, los actos representados no se discutieron al considerarse plenamente legales, pero la Fiscalía afirmó que su representación podía «depravar y corromper» (¿les suena?) a la sociedad. El juicio se celebró en 2012, pueden encontrar su rastro en Twitter bajo el hashtag #obscenitytrial. Los miembros del jurado tuvieron que ver varias horas de pornografía BDSM para deducir si se sentían especialmente corrompidos: parece ser que más bien se aburrieron rápidamente. Visto un pene azotado, vistos todos, a no ser que te interesen estos temas y vengas depravado y corrompido ya de casa. El veredicto llegó tras cuatro días de juicio: inocente. Al salir de los juzgados, Peacock levantó el puño en un gesto delicioso, reminiscente de un potente fisting: ese puño acababa de introducirse limpiamente en el ano de Mrs. Grundy.


Hágase tu voluntad

Fotografía: Jesús Llaria.

Do what thou wilt shall be the whole of the Law. / Love is the Law, Love under will.

(Hacer tu voluntad será la única Ley. El Amor es la Ley, el Amor bajo la voluntad).

Aleister Crowley.

1. Desenlace

Imaginen a un  hombre vestido ante una mujer desnuda.

Podrían ser dos mujeres o dos hombres, o un hombre desnudo ante una mujer vestida, o mil otras variantes… Pero permítanme partir de esta combinación concreta. Hace cinco minutos charlaban y reían en pie de igualdad, pero cuando ella se quita la ropa la actitud de ambos cambia sutilmente. Hay aún respeto mutuo y buen ambiente, pero también una cierta seriedad, una tensión que empieza a acumularse. Él le ciñe un collar al cuello, y el sencillo gesto de cerrarlo provoca que este hombre y esta mujer dejen momentáneamente de ser personas para convertirse en arquetipos… El Dominante y la sumisa*.

Él le da órdenes pausadamente, ella obedece. Adopta esta postura, túmbate, levanta, mírame, no me mires. Luego el Dominante la inmoviliza empleando unas esposas, o las cuerdas de un complejo shibari, o una orden, o el cordón de un albornoz. Ella se concentra en la sensación físicamente erógena de la atadura y observa cómo se suma a la excitación mental, la indefensión, la entrega total y voluntaria. Devocional incluso. Él contempla a una mujer fuerte e inteligente (un Dominante no jugaría con cualquiera) que ha decidido rendirse indefensa a sus pies esperando sus designios, confiando en su habilidad y buena fe.

Tras unos minutos que se saborean como horas, él prepara parsimoniosamente las herramientas que empleará en una meditada progresión: fusta, paleta, flogger, vara, látigo. El procedimiento tiene una cierta liturgia, un sabor casi sacerdotal. Ambos saben que se aproxima un ritual intenso y reverente, doloroso y placentero, cargado de símbolos y significados. Él empieza suavemente: unos azotes en las nalgas, un pellizco y una caricia, un crescendo lento que da tiempo suficiente a que el cuerpo de ella reaccione al dolor, lo procese, lo absorba, lo disfrute.

Los ojos del Dominante se enfocan, su mirada se vuelve hambrienta y afilada. Está plenamente presente, concentrado, atento, manteniendo un control férreo sobre la situación. La mirada de ella, en cambio, se desenfoca y se vuelve vidriosa, se convierte en espejo de un estado alterado de conciencia que algunos conocen como subespacio y que podría llamarse abandono. Un abandono profundo y placentero, un buen viaje a lomos de las endorfinas, un portal hacia la expiación. La limpieza purificadora de un dolor sencillo y claro. El placer del martirio. Puede haber gritos o un silencio punteado por el sonido de los azotes. Puede haber movimiento y liberador forcejeo o una cierta inmovilidad reconcentrada. Puede haber coito, muchas veces lo hay, o puede no haberlo. Pero siempre hay sexo, una comunión de cuerpo y espíritu que usa el castigo como medio. Esto es BDSM, quien lo probó lo sabe.

2. Presentación

Ya de pequeño me gustaba atar mujeres.

Imaginarlo al menos, en lo que visto en perspectiva eran ensoñaciones presexuales aunque sumamente eróticas. Mujeres hermosas, fuertes e inteligentes que sin embargo caían derrotadas e inmovilizadas por un poder superior: un ladrón de guante blanco atrapando a una policía, un vaquero a una princesa india, un alien tentacular aferrado a una astronauta. A veces los papeles se invertían, y me visualizaba a mí mismo como el proverbial explorador amarrado a una palmera por un ejército de bellísimas (cómo no) guerreras amazonas.

No recuerdo qué edad tenía (¿doce o trece años?) cuando en una madrugada veraniega, tras una pesadilla particularmente intensa que me dejó sin ganas de seguir durmiendo, me escabullí hacia el comedor donde mi hermano mayor estaba viendo una película: Jo, qué noche, infame traducción de After Hours, de Scorsese. Así, a escondidas, vi una escena en que Griffin Dunne se encuentra a Linda Fiorentino atada y amordazada en su apartamento. Mientras corre a desatarla creyendo que han entrado ladrones en el piso, se da cuenta de que está atada con mucho mimo («¿Qué eran los ladrones, marineros?»)… Y de repente oye un ruido a sus espaldas, se gira y se encuentra con un tipo vestido de cuero, con una fusta en la mano y cara de pocos amigos.

No pude contenerme más y pregunté en voz alta: «¿Qué están haciendo?». Mi hermano se dio cuenta de que estaba ahí, rio y contestó: «Están jugando» antes de devolverme a la cama. En ese momento cristalizaron varios pensamientos en mi psique que viene al pelo explicar aquí para quien desee entender la pasión sadomasoquista. Por un lado, su núcleo lúdico: el «están jugando» de mi hermano me remitió al concepto de diversión placentera a pesar de su áspera apariencia externa. Entendí también que esas ataduras tenían un trasfondo sexual, a juzgar tanto por las risas de mi hermano como por mi propia (ejem) respuesta. Y también deduje con algo de preocupación que estos juegos podían ser malinterpretados y confundidos con crímenes o malos tratos.

A partir de ese día mis fantasías sadomasoquistas aumentaron de frecuencia y se volvieron abiertamente sexuales. Y ahí empezó la sensación de culpa y pecado, una insidiosa hidra de cuerpo judeocristiano y múltiples cabezas. Por un lado el miedo a ser machista: más adelante conocí a centenares de mujeres que disfrutan plenamente del BDSM en diferentes roles, pero por aquel entonces no paraba de preguntarme si mi sexualidad era en sí discriminatoria. Además, mis fantasías más intensas empezaron a incluir no solo ataduras sino también dolor (¿para qué sirve una fusta?) y ciertos tipos de sometimiento. Ya había llegado a la conclusión de que esto no podía compartirlo con cualquiera, y me sentía muy solo al respecto… La cabeza más insistente de mi hidra pecadora quería que yo fuera «normal»: me paralizaba el miedo a no encontrar jamás una mujer que disfrutara de lo mismo que yo. Y, en fin, por último descubrí la pornografía japonesa, lo que basta por sí solo para desequilibrar a cualquiera.

En la era preinternet no era sencillo acceder a pornografía especializada, así que mi yo jovenzuelo se vio obligado a vagabundear por quioscos buscando revistas como Sumissa, la Tacones Altos de Luis Vigil o la joya de la corona, el SM Comix, con dibujos fetichistas de genios como Saudelli, Stanton, Von Gotha o Pichard. Desgraciadamente, mi sentido de culpabilidad me ponía cardíaco, y se me volvía insoportable el miedo a que el quiosquero me hiciera caer víctima del gag de Woody Allen en Bananas, es decir, preguntar por megafonía el precio de Colegialas Masocas. Para colmo, hasta la llegada gloriosa de Secretary a la gran pantalla en 2002, las apariciones del S&M en el cine eran casi siempre negativas o directamente psicopáticas. Fue inevitable acabar preguntándome: ¿seré una mala persona?

Fotografía: Jesús Llaria.

Decidí librarme del pecado para siempre, y elegí para ello un método muy narrativo: asignar a mis fantasías un desenlace adecuado, un último capítulo, un finale. Así que imaginé que tenía ante mí a una hermosa mujer atada de pies y manos con una de las complejas ataduras japonesas que había visto en las revistas. Y me visualicé desatándola lentamente y con seguridad, cargando de gravitas cada movimiento. Cuando terminé de desatar a la mujer en mi mente, la abracé con fuerza, susurré «nunca más» y le hice el amor: así llamaba en esa época a follar con cariño.

Por supuesto, la estrategia solo sirvió para redoblar mis fantasías. Mi primer error fue creer que es tan fácil renunciar al núcleo de la propia identidad sexual. Y el segundo fallo fue no tener en cuenta que la acción de desatar podía ser tan sensual, acariciadora y erótica como la de atar… Con esa ensoñación descubrí que el proceso de liberación de la damisela en apuros era también muy placentero, lo que inevitablemente aumentó mi repertorio imaginativo con escenas de caballero andante: Perseo desatando a Andrómeda (¡qué precioso es el óleo de Doré que la muestra encadenada!), San Jorge rescatando a la princesa o, en fin, Shrek. Por no hablar de que para desatar a una mujer alguien tiene que haberla atado antes, y nunca he creído en las subcontratas… El método que debía librarme del pecado se convirtió en una nueva epifanía sadomasoquista, junto al satori psicosexual de Scorsese.

La verdadera revelación llegó sin embargo años más tarde, cuando gracias a la generalización de internet pude conocer en persona a gente con pulsiones similares. «Fue como si se hubiese retirado una cortina. Podía ver con claridad lo que antes había permanecido parcialmente oculto. (…) Esto era lo que había estado esperando. Ahora sé que otras personas sentían lo mismo que yo. Ya no estaba solo». Según cuenta Houllbrook en Queer London, esta sentida parrafada la soltó un tal señor Hutton tras su primera relación homosexual en el Londres de entreguerras, aunque podría perfectamente haber salido de mis labios el día en que conocí a la mujer que se hacía llamar Isabelle de Jour.

Isabelle era una mujer sumisa en su sexualidad bedesemera y guerrera en su vida diaria, una combinación bastante habitual. Tenía mucha más experiencia práctica que yo y una capacidad de enseñanza digna de Mrs. Robinson… Ya sé que el cliché exige que el Dominante experimentado enseñe a la sumisa novata, pero en mi caso fue al revés: ella me enseñó a dominar las bases técnicas del spanking, las ataduras, los azotes, los juegos con cera y pinzas… También me descubrió a Michel Foucault, dejen que le cite: «La creencia de que la práctica del sadomasoquismo es un medio para liberar una violencia latente y dar rienda suelta a la agresividad es poco menos que estúpida. No hay ninguna agresividad en las prácticas de los amantes sadomasoquistas: inventan nuevas posibilidades de placer haciendo un uso creativo de partes inusitadas del cuerpo, erotizándolo.(…) No se trata sino de sondear el placer y todas sus posibilidades». ¿Cómo marcar entonces los límites entre la patología y la sexualidad mutuamente gratificante? Un buen punto de partida sería ese «mutuamente», me señaló Isabelle con infinita paciencia.

Me absolvió también de otros posibles pecados. Al ver mis dudas ante la posibilidad de que mi afán de dominación escondiera un machismo subterráneo o reprodujera una desigualdad social, Isabelle me citó a Foucault de nuevo: «a veces se intercambian los roles en una pareja, pero incluso cuando los papeles son permanentes, los actores saben perfectamente que se trata de un juego en que existe un acuerdo, tácito o expreso, por el que se establecen ciertos límites. Pero no es una repetición de la estructura de poder social en la esfera de la relación erótica, sino una representación a través de un juego de estrategias capaz de proporcionar placer sexual». Qué agradecido le estuve al calvo filósofo francés.

Con Isabelle aprendí que mis dudas eran comunes entre quienes descubren a cualquier edad su pasión por el BDSM, y poco a poco encontré mi lugar en el mundo. Como ven, la gestación de un sadomasoquista no tiene nada que ver con las estúpidas explicaciones de psicología coelhiana de Cincuenta sombras de Grey: no hacen falta en absoluto traumas infantiles, y las únicas heridas del proceso suelen ser autoinfligidas o provocadas por la propia estupidez.

3. Nudo

Todas las historias deberían terminar en el nudo… Y con un nudo. Superada la tensión del desenlace, comprendido su origen en la presentación, tan solo queda seguir adelante con la vida. Continuar aprendiendo incesantemente. Inventar nuevas liturgias, nuevas ataduras, nuevos delirios de la carne. Seguir persiguiendo el dolor en el placer y el placer en el dolor, un yin yang de sudor, sangre y saliva. Durante mi aprendizaje cometí errores absurdos y pecados imperdonables. Até mal, azoté mal, la cagué con errores que nada tienen que ver con el sadomasoquismo… Pero, al mismo tiempo, procuré no cometer el mismo error más de una vez. Conocí a personas fantásticas, visité decenas de locales, fui copropietario de un club social BDSM durante cinco años, estudié con maestros japoneses de shibari persiguiendo la mística de las cuerdas y los nudos.

Pero todo eso no importa. Si les he hablado de mí mismo no ha sido más que como muestra, posible atisbo de una ruta de entrada. Al principio de este texto (el desenlace de mi razonamiento) hablé de arquetipos sadomasoquistas, y en realidad me convertí en uno. Hay muchos otros, una enorme variedad de géneros y roles: la Dómina, el Switch, la esclava, el Masoquista, la Sádica… Un auténtico Tarot BDSM. Si su ruta vital les acerca en algún momento a las cuerdas o los látigos, no se dejen atrapar por las dudas y déjense llevar por su verdadera voluntad. Escúchenla. No es difícil de oír.

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*N. del A.: en el mundillo del BDSM se suele reflejar mediante el uso de la mayúscula la diferencia jerárquica de los roles de los participantes, por eso términos como «Dominante» aparecen con mayúscula inicial, mientras que otros como «sumisa» o «esclavo» lo hacen en minúscula. El autor aclara que no así «Masoquista», pues no tiene necesariamente connotación de diferencia jerárquica.


Ruta libertina con parada y fonda en el Purgatorio

Me encanta el aroma añejo de la palabra «libertino», que según mi diccionario es «aquel que se entrega desenfrenadamente a los placeres sin someterse a la moral dominante». Nunca he creído que la moral social sea algo a lo que prestar excesiva atención. El ocultista Aleister Crowley propuso una brújula mejor: Do what you will, es decir, «haz lo que quieras» o, de forma más precisa, cumple aquello a lo que te impulsa tu voluntad interior. Una máxima con su ética implícita: todo humano tiene derecho a cumplir esa voluntad propia, por lo que al realizar la tuya no deberías perjudicar o interferir con la ajena. Vive y deja vivir.

En un mundo fracturado por la crisis no parece fuera de lugar reservar un espacio a un sano hedonismo que reconcilie con la vida, un paréntesis de placer en la lucha cotidiana. He preparado  una pequeña ruta pecaminosa con pocas direcciones y muchas pistas: de varios de los lugares mencionados tan solo podrá darse un teléfono de contacto o una dirección web desde la que tirar del hilo.

Todo aspirante a libertino ha de elegir cuidadosamente sus pecados. La ira es destructiva y hace perder el control. La avaricia no solo perjudica al prójimo, sino que impide disfrutar del dinero al preocuparse solo de su acumulación. La soberbia limita el objeto de admiración a uno mismo, habiendo tanto por disfrutar en el mundo. La envidia se ha definido como el motor de la humanidad, pero lo que impulsa a los auténticos creadores es la voluntad de emular y superar a los maestros que admiran. Solo quedan pues tres pecados dignos de disfrute…  

1. GULA

No hay amor más sincero que el amor por la comida.

George Bernard Shaw.

Nueve semanas y media, 1986. Imagen: PSO / Jonesfilm / Galactic Films / Triple Ajaxxx.

En 1999, el cineasta francés Michel Reilhac desarrolló un proyecto sin apenas precedentes: una serie de cenas en que los comensales comían completamente a oscuras, atendidos por camareros ciegos. Poco después produjo un talk show de TV llamado Le goût du noir?, filmado  con cámaras infrarrojas, en el que la periodista ciega Sophie Massieu y el psicoanalista Gérard Miller cenaban a oscuras con diversos invitados.

Poco después se creó la cadena de restaurantes Dans le Noir? (interrogante incluido), con locales en París, Londres, Nueva York y Barcelona. La idea cuajó no solo como método para concienciar de las dificultades cotidianas de los invidentes, sino también como demostración de nuestra excesiva dependencia de la vista, que llega a atrofiar el resto de sentidos. Al renunciar a la mirada, el cerebro da órdenes a los órganos del olfato, el gusto, el tacto y el oído para que se agucen al máximo… A pequeña escala, es exactamente eso lo que hacemos al cerrar los ojos en el momento de degustar una delicatessen.  

El lector despierto adivinará por qué las cenas a oscuras pueden tener una vertiente libertina. Vendar los ojos durante un encuentro íntimo es un juego erótico de primer orden, más aún cuando se relaciona con la comida. Juega con este impulso Mickey Rourke en la escena de Nueve semanas y media en que venda los ojos a Kim Basinger antes de alimentarla con fresas, nata, yogur o cubitos de hielo con que antes le acaricia juguetonamente los pezones… Un experimento que cualquiera podría repetir a no ser que, como en mi caso, solo guarde en su nevera restos de comida india y tarros de salsa de dudosa caducidad.

Dándole vueltas a esa idea decido arrancar esta ruta libertina yendo en pareja a Dans le Noir? Barcelona. Allí no hay vendas para los ojos, sino una sala sumida en la oscuridad más absoluta en la que cenan un número indeterminado de comensales, imposible adivinar si diez o 60. Entrar en ese comedor guiado por el camarero ciego me provoca un shock considerable: con los ojos completamente abiertos y sin poder ver nada más que negrura, mi cerebro envía señales de pánico hasta que me acostumbro a la ceguera. Trato de aislar los chistes malos de mis vecinos de mesa y aguzo los oídos, atento al sonido amortiguado y preciso de los camareros afanándose tras las mesas. Su organización milimétrica y la necesidad de mantener corredores fijos libres de obstáculos me recuerdan a una novela corta de John Varley titulada La persistencia de la visión. En ella se describe una comunidad de sordociegos que ha desarrollado normas estrictas de convivencia: pasillos con sentidos de circulación delimitados, comunicación basada en el roce, ausencia de tabús táctiles y rituales sexuales propios y muy elaborados.

Me viene a la cabeza, inevitable, el pianista con los ojos vendados de Eyes Wide Shut, y me asalta la idea decadente de que este entorno sería ideal para un discretísimo encuentro sexual. Espoleado por este pensamiento, tanteo sobre la mesa hasta encontrar una mano de mi acompañante, y la acaricio suavemente, dorso y palma, como un quiromántico ciego. Recorro luego el contorno de su cara: labios, nariz, pómulos, cejas… Intento absorber por el tacto cada detalle de su fisionomía, dándome cuenta de que la oscuridad aumenta el placer del descubrimiento mutuo.  

Nos interrumpe educadamente una camarera trayendo platos de los que nada contaré por no arruinar la experiencia a los lectores que quieran emularla: parte de la gracia es no saber de antemano qué platos se servirán. La comida no es abundante, pero sí sabrosa y de aromas y texturas intrigantes. Durante la cena se sirven dos vinos, aunque mi torpeza enológica me impide reconocer si son blancos, tintos o verde lima; tras la cena el maître enseñará fotografías de todo lo comido y bebido. Y mientras llega el postre, no puedo evitar sacarme el zapato y tantear a ciegas hacia mi acompañante, rezando porque no haya cámaras de visión nocturna.

Cambiando de la oscuridad a la explosión de colores, esta ruta tiene una parada obligada en Málaga, donde el chef Benjamín de la Mata, especializado en cocina japonesa, ha realizado durante años glamourosas presentaciones de nyotaimori (body sushi) sin las estúpidas polémicas prefabricadas que nos asaltaron hace unos meses. De la Mata prepara deliciosos makis y nigiris, colocándolos sobre hojas de banano estratégicamente situadas sobre el cuerpo de una modelo (mujer u hombre, que de todo hay), sin que haya contacto directo entre la comida y la piel.

Con respecto al nyotaimori se han dicho y escrito muchísimas tonterías. Es falso que se trate de un arte centenario, ya que no se encuentran rastros de nyotaimoris en pinturas o grabados ukiyo-e; su origen más probable está en el underground del Japón de mediados del siglo XX. También es falso que resulte intrínsecamente degradante o desagradable para la bandeja humana: conozco de primerísima mano a varios hombres y mujeres para quienes la experiencia resulta erótica en sí misma, una mezcla de exhibicionismo al participar en un hermoso striptease gastronómico, y puro placer físico por el roce y cosquilleo de los palillos.

Sigamos esta ruta pervertida acercándonos ya al postre, un dulce territorio en que podemos encontrar delicias tradicionales como la mallorquina mamella de monja («teta de monja»). La repostería erótica es un arte frecuentemente maltratado. Igual que el nyotaimori, se ha asociado de modo un tanto cutre con las despedidas de soltero y el humor grueso, a pesar de que un pastel con motivos eróticos puede tener tanta elegancia como tenga el maestro pastelero que lo hornea. O maestra: bajo el nombre de Sweet Switch se esconde una repostera barcelonesa que cocina junto a su socio galletas y tartas muy particulares, exclusivamente bajo demanda. Su especialidad son los pasteles con temática fetichista (zapatos de tacón, cuerdas, corsés), aunque logran resultar eróticos y sorprendentes en todos los ámbitos. Nunca hacen dos pasteles iguales: para cada encargo piden al cliente que rellene un cuestionario con el que afinar el tiro.

Recomiendo dejarse llevar por la gula, pero manteniendo la moderación justa como para no morir por su causa, como en los suicidios de Leaving Las Vegas o de La grande bouffe de Marco Ferreri. Pero si ocurriera lo peor, emplazo a los lectores a que nos encontremos en el más allá, concretamente en la sexta terraza del Purgatorio de la Divina comedia de Dante, última parada de esta sección de la ruta. En un reflejo del suplicio de Tántalo, allí las almas glotonas pasan cien años contemplando árboles frutales y manantiales de agua clara, sin que les sea permitido saciar su sed ni su hambre. Ese pensamiento me ha despertado el apetito, así que si me disculpan, voy a comer algo antes de continuar.

Dans le Noir

Restaurant/Bar/Lounge – Paseo Picasso 10, 08003

www.danslenoir.com

93 268 70 17

Barcelona

Benjamín de la Mata

www.benjamindelamata.com

633 080 160

Málaga

Sweet Switch Cakes

[email protected]

618 123 692

Barcelona

2. LUJURIA

La vida es deseo, no significado.

Charles Chaplin, Candilejas.

Secretary, 2002. Imagen: Slough Pond / TwoPoundBag Productions / double A Films.

Decía Donatien Alphonse de Sade que la lujuria es al resto de pasiones lo que la sangre a la vida: un soporte imprescindible que las nutre y fortalece. Considero esta filosofía completamente cierta, teniendo en cuenta que la lujuria no atañe exclusivamente al ansia sexual sino a muchas formas de deseo… Pero por enfocar este recorrido por la España libertina, centrémonos en lo que de forma algo cursi se ha llamado a veces «el frenesí de los sentidos»: la expresión libre del deseo sexual.

Abriré el fuego afirmando que, si bien la monogamia con exclusividad sexual es una opción plenamente válida, no es de ningún modo la única posible y está basada a menudo más en convencionalismos economómicos y sociales que en auténtica convicción personal. La sexualidad humana es compleja y cambiante, no solo por la bisexualidad natural que en cierto grado todos tenemos, sino por la infinita variedad de combinaciones posibles en una relación, con o sin exclusividad sexual o emocional: cuartetos, parejas abiertas, tríos cambiantes o estables (el más frecuente, por cierto, es el de dos hombres con una mujer). No es esta pequeña ruta el lugar adecuado para hablar en detalle de estos temas: remito al lector interesado al magnífico ensayo The ethical slut de Dossie Easton y Janet Hardy.

A mediados del pasado siglo se realizó un primer intento de apertura: fueron los años de la liberación sexual, el nacimiento del swinging lifestlyle y los intercambios de parejas como el descrito ingenuamente en la película de 1969 Bob & Carol & Ted & Alice. No estaba la sociedad preparada para todo aquello, y tanto el auge de las ETS como la reimposición de tabúes sexuales pillaron a muchos con el pie cambiado. En una escena de La tormenta de hielo, de Ang Lee, aparece una setentera «fiesta de llaveros», en la que los hombres ponen las llaves de su coche (en aquella época no abundaban las conductoras) en un recipiente del que cada mujer coge un llavero al azar, yéndose después con su dueño. En la película el polvo consiguiente resulta gélido, forzado y frustrante, anunciando el final tumultuoso de muchas utopías de la época (ay, esos hippies mutando en posesivos yuppies en los 80).

Por suerte no hay muchas similitudes entre esas improvisadas fiestas de llaveros y los encuentros en clubes swinger de hoy en día, en que son las afinidades electivas (a lo Rilke pero en psicosexual) las que construyen relaciones. Actualmente el swingerismo está cerca de la sexualidad abierta y desacomplejada de películas como Shortbus, que incluye escenas de sexo explícito en una historia que gira alrededor de un club liberal. Casi siempre se acude a estos clubes con una pareja, y se siguen normas basadas en el sentido común y la ausencia de drama tanto en las proposiciones como en los rechazos. En España hay decenas de lugares interesantes, aunque me limitaré a mencionar tres clubes barceloneses de los que puedo dar referencias: el Training Events por ser un clásico ineludible, el Oops! por su ubicación en un bonito palacete de la zona alta, y el Dejà Vu por organizar eventos como la Bondage Soireé, una suave introducción a las ataduras eróticas que me servirá para pasar al siguiente punto de la ruta… El BDSM, un acrónimo formado por la B de bondage (inmovilizaciones, ataduras), la D/s de dominación y sumisión y la S/M de sadomasoquismo, uso de dolor erótico.

Aún pervive una injusta prevención social respecto al BDSM. En parte proviene de muchos años de sensacionalismo barato y películas que presentan el sadomasoquismo como algo agresivo, oscuro y destructivo, cuando en realidad resulta altamente placentero si se practica con dos dedos de frente. El filósofo Michel Foucault lo explicó perfectamente: «El sadomasoquismo es la creación efectiva de nuevas e imprevistas posibilidades de placer. La creencia de que su práctica es un medio para liberar una violencia latente y dar rienda suelta a la agresividad es completamente estúpida. (…) Es bien sabido que no hay ninguna agresividad en las prácticas de los amantes sadomasoquistas; inventan nuevas posibilidades de placer haciendo uso de objetos extraños o partes inusitadas del cuerpo, erotizándolo».

Para emprender una ruta lujuriosa por el mundo del sadomasoquismo, lo primero que deberá hacer el lector desprevenido es olvidar completamente las 50 sombras de Grey y ver atentamente la película Secretary. Cumplido ese trámite de desintoxicación, estará listo para la primera escala: un portal anónimo del Eixample que da acceso a un sótano donde durante muchos años se reunieron pequeños grupos de personas cargados con sospechosas bolsas y maletas, de las que a veces asomaba, delator, el mango de una fusta. Así se entraba al Fetish Café, reino de la dulce y sensata Dómina Zara… Desgraciadamente el local cerró hace un par de años, pero su huella aún perdura en la comunidad BDSM.  

Desde la Wanda von Dunajew que traía de cabeza a Leopold von Sacher-Masoch, la dominatrix se ha convertido en un arquetipo tan generalmente incomprendido como el del hombre sumiso. Uno de los tópicos más extendidos respecto a los sumisos es que son extremadamente poderosos e inteligentes en su vida cotidiana. Evidentemente esto es solo cierto algunas veces y la realidad es mucho más compleja, pero resulta gracioso ver cómo Gil Grissom, el cerebral protagonista de CSI, establece una tórrida relación con la dominatrix Lady Heather… O el mismísimo Sherlock Holmes con Irene Adler, convertida en poderosa dómina en la serie Sherlock de Steven Moffat. Resulta desesperante, eso sí, que en casi todos los ejemplos de ficción las dóminas se presenten siempre como profesionales, cuando abundan también las mujeres que dominan a hombres (o a otras mujeres, véase la asociación lésbico-sadomasoquista Samois) por simple placer. El libertino que desee adentrarse en el BDSM deberá olvidar todo lo que creía saber de antemano y prepararse para conocer personas, no arquetipos.

El siguiente punto obligado de una ruta sadomasoquista es el Club Social Rosas 5, creado por el fallecido (y muy llorado) atador Kurt Fischer y pensado como lugar de encuentro para interesados en la cultura BDSM. Otros clubes maravillosos han ido abriendo con el tiempo: la asociación subterránea La Orbita de IO o el club privado La Cuerda Roja son paradas ineludibles, así como el Dojo de Barcelona, donde se organizan talleres, seminarios y encuentros de shibari.

Hace tiempo dediqué un artículo entero al shibari, el arte japonés de la atadura erótica, que proporciona placer sensual y estético mediante el uso de cuerdas que inmovilizan, presionan y abrazan («una atadura es un fuerte abrazo», en palabras del fotógrafo Nobuyoshi Araki). El shibari tuvo su origen en un arte marcial medieval llamado hojojutsu, transformado durante el siglo XX de brutal en erótico por el artista Itoh Seiyu y sus sucesores, los maestros de cuerda o bakushi. Alguna vez he descrito el shibari como un cruce entre polvo, tango y combate de artes marciales, un diálogo erótico sin palabras en que se habla a través de la cuerda. Una rope bunny (persona que disfruta de ser atada) adora la caricia de las cuerdas sobre la piel y la sensación de sentirse a un tiempo inmovilizada, dominada, abrazada y protegida.  

Una ruta del shibari en España debe pasar necesariamente por Gijón, concretamente por un local autogestionado llamado Munster. Allí se reúne un grupo de atadores y atadoras gestionado por el Sr. Interior, que no solo organiza periódicos encuentros de cuerdas (nawa-kai), sino que ha traído a España a varios bakushi de fama internacional.

Puede que a estas alturas algún lector se pregunte, desconcertado por tanta cuerda, si esto del sadomasoquismo no era cosa de homosexuales de cuero negro y fusta en ristre… Algo de eso hay: la cultura leather de San Francisco, mayoritariamente gay, ha influido muchísimo en la estética y principios del BDSM. Un vistazo a los locales gays de España ameritaría artículo propio, así que me limitaré a mencionar el barcelonés Berlín Dark, exclusivamente para hombres homosexuales excepto los miércoles por la noche, cuando se celebra una fiesta sadomasoquista abierta a hombres y mujeres.

Terminaré esta sección con dos recomendaciones un tanto misteriosas, ya que pertenecen a personas o asociaciones con una natural tendencia al anonimato. La primera pista que dejo caer apunta a Barcelona y las fiestas periódicas organizadas por Sociedad Cerrada. La segunda, a Madrid y a un elegante dúplex de nombre fascinante: Fetterati, es decir, «persona que acude a eventos públicos en busca del estímulo necesario para posteriormente disfrutar en privado». Y hasta aquí puedo leer, más allá de mencionar que ambos funcionan mediante estricta invitación.     

Una última consideración: si el exceso de placer conduce a algún lector a la muerte, podrá continuar la fiesta en la séptima terraza del Purgatorio de Dante, donde las almas lujuriosas arden y se purifican en un gigantesco muro de llamas. El sarcasmo divino reinterpreta la expresión «fuego en el cuerpo».

Training Events

C/ Cobalto, 17

www.trainingeventsbcn.com

Cornellà de Llobregat, Barcelona

Dejà Vu

C/ Gran Vía, 476

www.ledejavuclub.com

Barcelona

Oops!

C/ Anglí, 69

www.oopsbarcelona.com  

93 667 78 15

Barcelona

La Orbita de IO

Inicio

La Cuerda Roja

http://lcrclub.blogspot.com

Club social Rosas 5

C/ Atenas, 5

www.clubrosas5.net

Barcelona

La Munster

[email protected]

Gijón

Berlín Dark

Passatge Prunera, 18

www.berlindark.com

Barcelona

Sociedad Cerrada

www.sociedadcerrada.com

Barcelona

Fetterati

www.fetterati.net

Madrid

3. PEREZA

Nunca tienes tiempo suficiente para hacer toda la nada que quieres.

Bill Watterson.

Fotografía: Jaione Dagdrømmer (CC).

Para finalizar esta ruta tendremos que dar un pequeño rodeo antes de llegar a España, deteniéndonos en el Japón de principios del periodo Edo, allá por el siglo XVII. Gracias a la paz y prosperidad traídas por el shogunato Tokugawa, florecen las artes, las ciencias… y los placeres. En ciudades prósperas como Kyoto o Edo (la actual Tokyo) aparecen casas de té algo particulares, provistas de entradas escondidas tras matorrales o accesibles mediante túneles. Estos establecimientos cumplen un doble propósito: por un lado, proporcionan a las prostitutas un lugar discreto al que traer a clientes importantes. Por otro, permiten a las parejas jóvenes dar rienda suelta a una fogosidad sexual imposible en las casas familiares, con sus delgadas paredes de papel de arroz.

Esta doble vertiente de los love hotels (también llamados eufemísticamente fashion hotels, boutique hotels o, simplemente, hoteles por horas o de parejas) se ha mantenido hasta hoy en día. Procuran resultar lo más discretos posible: utilizan máquinas en lugar de recepcionistas, conectan directamente el parking con los dormitorios, algunos hasta carecen de ventanas. Los hoteles más imaginativos cuentan con habitaciones temáticas: futuristas, romanas, submarinas… En un love hotel puede encontrarse desde un jacuzzi hasta un karaoke, una jaula o un sillón de dentista.  

Los jóvenes (y no tan jóvenes) de la era de la crisis no tienen fácil independizarse, y encontrar lugares en que hacer el amor con tranquilidad se ha convertido en una necesidad no ya solo japonesa. La comedia costumbrista cubana Amor Vertical, de Arturo Sotto, retrata las dificultades de una pareja de La Habana para encontrar un sitio íntimo en que desahogarse. El título viene de uno de los lugares en que intentan consumar: un ascensor. Con esta imagen en la cabeza, acaricié la idea de pergeñar una guía de ascensores españoles lo suficientemente lentos como para permitir un polvo estándar… Pero me limitaré a mencionar un par de love hotels en que dar rienda suelta no solo a la lujuria sino también a la proverbial pereza postcoito (ya se sabe, omne animal post coitum triste).  

En Barcelona la referencia inevitable es La França, un hotel de parejas con un cierto aire a meublé de los años 30: habitaciones románticamente elegantes y una suite con jacuzzi y cama redonda. Mucho más sobrio resulta Apartamentos DV, que permite la opción de cocinar allí mismo para quien quiera hacerse el chef antes de entrar en materia. En Madrid serviría de ejemplo el Hotel Zouk, que esconde habitaciones con piscinas privadas, saunas o camas de agua. Los demás love hotels que he visitado no destacan particularmente ni para bien ni para mal, con una excepción: un sórdido tugurio temático del que no daré datos de contacto porque mi deseo más íntimo sería verlo rociado de napalm.

Desgraciadamente en España la imaginación en cuanto a hoteles temáticos brilla por su ausencia, aunque me viene a la cabeza un ejemplo madrileño magnífico, no especialmente orientado a parejas pero que merece una recomendación. Se llama Dormirdcine, y cada una de sus 85 habitaciones está decorada en homenaje a algún icono del cine, desde Steve McQueen a Mary Poppins. Si se siente uno clásicamente romántico puede elegirse la habitación Audrey Hepburn… O, para un encuentro algo más cañí, la suite Almodóvar.

Una lánguida noche almodovariana bien puede terminar en muerte. En el Canto XIX del Purgatorio, Dante castiga a los perezosos poniéndolos a esprintar incesantemente por la ladera de una montaña. La moraleja que extraje de esa lectura fue que no merece la pena ponerse en forma: una vez muerto, mi espíritu correrá más kilómetros que Ricardo Abad, el atleta navarro que completó 500 maratones en 500 días. Cuando permanezco tumbado en el sofá me digo que estoy cogiendo fuerzas para cuando llegue ese momento. Y con esta imagen de agotamiento y deber cumplido me despido… hasta que coincidamos en alguno de los puntos calientes de esta ruta.

La França

C/La França Xica 40

http://www.lafransa.com/

93 423 14 17

Barcelona

Apartamentos DV

C/Torns 3

www.apartamentosdv.com

93 334 31 66

Barcelona

Hotel Zouk

A2, Carretera de Barcelona, Km. 28,200

www.zoukhotel.com

918 771 820

Madrid

Dormirdcine Cooltural Rooms

C/Príncipe de Vergara 87

www.dormirdcine.com

91 411 08 09

Madrid


Sin aliento

Empire des sens 2-300 DPI.tif
El imperio de los sentidos, 1976. Imagen: Argos Films.

Spectarum nuptas hic se Mors atque Voluptas – Unus fama ferat, quem quo, vultus erat.
(Se miraron un día a la vez la Muerte y la Voluptuosidad, y sus dos rostros eran uno solo).
Gabriele D’Annunzio, Le Vergini delle Roccie.

1. El último suspiro

La noche del 3 de junio de 2009 se presentaba aburrida para David Carradine en su hotel de Bangkok. Los productores de Stretch, su última película, le habían dejado tirado yéndose a cenar a un restaurante de lujo sin esperarle, una decisión que más tarde les traería una demanda judicial y muchos dolores de cabeza. Nunca sabremos con exactitud qué ocurrió entonces, pero a la mañana siguiente el cadáver de David fue encontrado desnudo en el armario, con las manos atadas y una larga cuerda apretándole simultáneamente los testículos y el cuello. Marina Anderson, su cuarta exesposa, acabó convencida de que hubo ahí un robo con asesinato; Mark Geragos, abogado de la familia, achacó la muerte a una misteriosa secta de asesinos kung-fu. Sin embargo, los análisis forenses apuntaron a un estrangulamiento accidental durante la práctica de autoasfixia erótica.

No fue esta la primera muerte asfixiófila de un personaje conocido. En ocasiones existe una duda razonable sobre si el fallecimiento fue en realidad un suicidio, como en el muy debatido caso del cantante Michael Hutchence. En otras ocasiones el contexto de la muerte parece evidente, como cuando el reverendo presbiteriano Gary Aldridge fue hallado muerto con una cuerda atada al cuello mientras vestía máscara de gas y ropa interior de látex negro. Un estudio estadístico en la estadounidense Journal of Forensic Sciences atribuye a la asfixia erótica entre doscientas cincuenta y mil muertes anuales, lo que es una manera educada de decir «muere gente de vez en cuando pero no sabemos muy bien cuánta».

2. De la hipoxifilia considerada como una de las bellas artes

En el mundillo del BDSM (Bondage, Dominación/sumisión, Sadomasoquismo) en el que me muevo habitualmente, a morir en un desgraciado accidente relacionado con la falta de oxígeno se le suele llamar «hacer un Carradine». Difícilmente podría considerarse un término técnico. Pero hipoxifilia es una palabra horrenda, asfixiofilia suena fatal, autoasfixia excluye los juegos en que participa más de una persona… Los términos ingleses breath play o breath control parecen más precisos, especialmente el segundo: para entender por qué la privación de oxígeno puede resultar enormemente placentera o acrecentar otras sensaciones de placer, el control parece un buen punto de partida.

Uno de los pasos en el aprendizaje del yoga es el pranaiam o pranayama, un conjunto de técnicas enfocadas a controlar la respiración o, por ser más preciso, obtener el control de la fuerza muscular que moviliza la respiración. La fase más importante del pranayama es el khumbaka, la retención cada vez mayor de la entrada del aire, sea a pulmones llenos o vacíos. Esta disminución del ritmo respiratorio (y, de paso, cardíaco) ayuda en la meditación y crea un estado de calma y concentración en la mente. No es exagerado decir que la disminución controlada y gradual de oxígeno en el cerebro crea estados alterados de conciencia: claridad mental, tranquilidad, nitidez perceptiva. Y sin riesgos: a no ser que existan patologías previas, es físicamente imposible morir aguantando voluntariamente la respiración.

Pero hay quien utiliza atajos peligrosos para llegar ahí. El dibujante Vaughn Bodé murió mientras meditaba con una correa enroscada fuertemente al cuello. Antes de encerrarse en su habitación para ello, le comentó con aire casual a su hijo: «Mark, he visto a Dios cuatro veces y pronto voy a volver a hacerlo»; la metáfora quedó convertida en algo bastante más literal. En la misma línea, el náufrago protagonista de la Vida de Pi de Yann Martel cuenta: «Uno de mis métodos favoritos de huida era una suave asfixia. Usaba un fragmento de tela cortada de los restos de una sábana. Lo llamaba mi trapo de los sueños. Lo humedecía con agua salada para que estuviera mojado pero no goteante (…). Caía en un aturdimiento letárgico al que el trapo de los sueños que restringía mi respiración daba una cualidad especial. Me visitaban los sueños más extraordinarios, visiones, pensamientos, sensaciones, recuerdos».

Pasar de la meditación y los estados alterados de conciencia a la excitación sexual no es en realidad un gran salto. Hace unos años el educador sadomasoquista canadiense Scott Smith visitó Barcelona, y tuve la oportunidad de ayudarle a organizar unos talleres sobre su especialidad, el edge play o juego sexual cercano a los límites del riesgo. Impartió cuatro clases a la comunidad BDSM local: manejo avanzado del látigo, uso de puntos de presión, construcción de escenarios de interrogatorio erótico y, por último, control de la respiración. Lo que aprendimos en esta última clase daría para un libro, pero lo relevante ahora mismo es el primer ejercicio que planteó.

En un contexto D/s (es decir, de relaciones de Dominación/sumisión consentidas y placenteras), que la parte dominante controle la respiración de la persona que se le somete es una forma muy intensa de ejercer control y dominio. La forma en que Scott decidió mostrar este escenario fue sencilla: ordenó a su pareja que no respirara en absoluto, y se pasó un buen rato introduciendo el aire en sus pulmones mediante un lento y cariñoso boca a boca. Por un lado, la menor cantidad de oxígeno del aire espirado produjo en la modelo los efectos mentales antes comentados. Y por otro… Es difícil de explicar. Fue como si alrededor de ambos se creara una burbuja detenida en el tiempo, o más bien ralentizada a un ritmo pausado e hipnótico. A pesar de estar rodeados por los alumnos de su taller hipoxófilo, ambos quedaron aislados en un pequeño núcleo de intimidad. Hundidos en un silencio profundo, punteado solamente por los sonidos de una sola respiración conjunta.

3. She’s lost control

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Graphic Sexual Horror, 2009. Imagen: NC-17 Productions.

Hay otras formas algo menos sutiles de restringirle a otra persona la cantidad de oxígeno respirado, por ejemplo empleando una máscara de gas regulable… Pero la imagen más popularizada por algunas películas porno es la de la bolsa de plástico en la cabeza, véanse al respecto algunas de las escenas más impactantes del documental de Anna Lorentzon y Barbara Bell llamado Graphic Sexual Horror. La reacción habitual que produce la bolsita de marras, en particular si se combina con una atadura o inmovilización, no es precisamente relajante como en los casos anteriores sino un chute de adrenalina que aguza los sentidos, seguido de un cierto pánico primario e incontrolable. Y ese es exactamente el objetivo buscado en este caso: combinar un chorro adrenalínico con los efectos aturdidores del exceso de dióxido de carbono. Una ducha escocesa de sensaciones. El terror como afrodisíaco.

Por cierto: el impulso desesperado de tomar aire no viene provocado exactamente por la falta de oxígeno sino por el exceso de dióxido de carbono… Así que hiperventilar brevemente, disminuyendo el CO2 en sangre, permite aguantar la respiración con más facilidad. He aquí un consejo útil para la próxima vez en que algún lector practique buceo a pulmón libre o se vea con una bolsa de plástico cubriéndole la cara.

Otra manera algo menos aparatosa de restringir la entrada de aire es apretando firmemente el cuello con una mano, un gesto que en según qué momentos (por ejemplo, durante el coito o antes de un beso particularmente intenso) puede resultar profundamente erótico y pasional. En cualquier caso, un efecto habitual de este gesto, y no uso adrede la palabra «estrangulamiento», es precipitar/acelerar el orgasmo.

Siguiendo este camino de intensidad ascendente, un juego hipoxófilo especialmente habitual en Estados Unidos y Canadá (confieso no estar seguro de por qué) es aplicar una llave de estrangulamiento de artes marciales o chokehold, que no actúa restringiendo la respiración sino el flujo de sangre al cerebro mediante la presión de las arterias carótidas. Supongo que no hace falta que subraye lo peligroso que es esto por varios motivos, no el menor la posibilidad de desprender una placa de la arteria creando un trombo. En mi infancia recuerdo a algún conocido retando a otro a probar el «juego del desmayo», que básicamente es provocar un síncope presionando las carótidas y estimulando el nervio vago, lo que logra el combo de bajar de golpe el ritmo cardíaco, dilatar los vasos sanguíneos y dejar sin sangre el cerebro. Vamos, caer redondo al suelo y despertarse (o no) con una sensación extraña de agradable desorientación, como el que acaba de empezar adormilado un nuevo día.

Se impone tomar aire y desviar este recorrido hipoxófilo al terreno de la supervivencia.

4. Te necesito más que el aire que respiro

Dentro de la comunidad BSDM, mucho más variada de lo que podría pensarse desde fuera, se libra desde hace años una auténtica guerra civil subterránea sobre la conveniencia o no de practicar juegos de control de la respiración. No se me ocurre otra práctica que despierte más polémica o haya hecho correr más ríos de tinta… Y curiosamente hay un componente geográfico en las sensibilidades: tradicionalmente los americanos son más prudentes, mientras que europeos y asiáticos tienden (tendemos) a correr más riesgos o, al menos, ser menos conscientes de su alcance.

El principal representante de la corriente, digamos, cautelosa es el sexólogo y paramédico Jay Wiseman, autor entre otros del libro fundacional BDSM 101 (traducido aquí como BDSM: Introducción a las prácticas y su significado). Wiseman no llega a recomendar la abstinencia total de este tipo de juegos para quien los disfrute, pero sí razona que el riesgo inherente a ellos es mayor de lo que se cree y, peor aún, difícilmente mitigable.

En el 90 % de juegos sadomasoquistas, como azotes, pinzas en pezones o genitales, cera caliente o la mayor parte de ataduras, no hay prácticamente riesgo de consecuencias indeseadas aparte de algún moratón, una pequeña quemadura o una herida leve. Además, se pueden emplear precauciones para limitar el riesgo, tanto técnicas («¡no azotar jamás sobre la rabadilla!») como generales (la palabra de seguridad que permite a la parte sumisa detener inmediatamente la sesión). Del 10 % restante, un 8 % de actividades (por ejemplo ataduras de shibari que incluyan suspensiones en el aire, juegos con fuego, electricidad o agujas) pueden causar lesiones si no se ejecutan correctamente. Para realizarlas con garantías es necesario aprender detalles técnicos de algún maestro experimentado, participar en talleres y adquirir ciertos conocimientos especializados. Eso sí: tomando precauciones es posible mantener el riesgo en niveles fácilmente asumibles.

Eso nos deja un 2 % de actividades extremas y muy infrecuentes, pero que potencialmente pueden causar grandes daños o incluso la muerte: jugar con armas de fuego, golpear en el pecho, practicar fuertemente ballbusting (no entraré en muchos detalles, pero incluye dar patadas en los testículos) y, por supuesto, la hipoxifilia. En estas actividades, ni siquiera tomar precauciones, aprender de maestros y realizar las técnicas correctamente puede eliminar un riesgo significativo de accidente grave o muerte… Y definir el significado exacto de la palabra «significativo» es en este caso elegir un bando en esta guerra civil fetichista.

Veamos alguno de estos riesgos difícilmente evitables. El récord mundial de aguantar la respiración sin moverse (y sobreviviendo) está fijado en once minutos y medio. Bajo circunstancias normales, podemos pasar unos tres minutos sin entrada de oxígeno hasta que empiece a morir alguna célula que otra. Sin embargo, el riesgo hasta entonces no es inexistente por culpa de la posibilidad, muy baja pero no desdeñable, de ataque al corazón debido entre otras cosas al llamado efecto Valsalva. Al intentar exhalar con las vías respiratorias cerradas (por ejemplo porque alguien te está apretando el cuello) se incrementa la presión en la cavidad torácica, lo que disminuye el riego sanguíneo del corazón y, de propina, puede causar el desprendimiento de alguna placa. Este efecto es el mismo que puede producir infartos al esforzarse uno desesperadamente en defecar… Morir cagando, he aquí otra forma un tanto lamentable de entrar en el más allá.

Jay Wiseman alude a la impredecibilidad del efecto Valsalva como argumento para negar el «riesgo cero» en la hipoxifilia. Dicho esto, se pueden y deben tomar precauciones con los juegos de respiración: que no sea posible eliminar completamente el peligro no significa que no pueda hacerse una cierta estratificación de riesgos. La más obvia: nunca practicarlos estando solo, sino asegurarse la compañía de al menos un observador que pueda intervenir si ocurre algo inesperado. Sin embargo, a veces no basta con no estar solo. En el capítulo de CSI llamado «Slaves of Las Vegas» aparecía un crimen relacionado con un accidente asfixiófilo en compañía… Aunque si ese episodio resulta memorable es por contener la primera aparición de lady Heather, la Dómina que logró poner a Gil Grissom de rodillas.

En la mayoría de locales y clubes sociales BDSM se prohíben los juegos de respiración por un simple tema de prevención legal. Sin embargo, otra línea de razonamiento opina que no hay mejor sitio para practicar este tipo de actividades que en un lugar semipúblico y con alguien responsable a mano que sepa aplicar reanimación cardiopulmonar.

No es este un tema sencillo. Un amigo mío, el sexólogo Ignasi Puig Rodas, lleva un tiempo recogiendo datos para un estudio estadístico sobre lesiones y accidentes en las actividades BDSM. Una de las sorpresas que se ha llevado es que estadísticamente los consoladores resultan más peligrosos que la asfixiofilia. De los encuestados que juegan habitualmente con plugs anales, un 9 % ha sufrido algún incidente grave con ellos, mientras que solo un 3 % de hipoxófilos ha reportado problemas con la asfixia erótica. Eso sí: desgraciadamente, al menos uno de los incidentes terminó en fallecimiento.

Debería despedir el artículo antes de quedarme yo mismo sin aire, y lo haré mencionando la única técnica que permite seguridad total con los juegos de asfixia: el mindfuck. Es decir, el truco mental, el hacer creer a la «víctima» del juego erótico que está siendo privada de oxígeno sin que eso sea rigurosamente cierto. ¿Una bolsa discretamente agujereada? ¿Una mano en el cuello no tan firme como parece al primer momento? El mecanismo concreto lo dejo a la imaginación de los lectores.

Y si no, siempre queda la opción, que desaconsejo vivamente por motivos obvios, de renunciar completamente a la seguridad y seguir la vía del amor fou apuntada en la mítica película El imperio de los sentidos, de Nagisha Oshima. Por refrescar la memoria: muestra el caso real de una mujer llamada Sada Abe, que estranguló dulcemente a su amante durante un coito hipoxófilo, le cortó el pene y los testículos al cadáver y los guardó en su bolso durante varios días. Y ahora sí, esta última imagen mental me ha dejado sin aliento.

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El imperio de los sentidos, 1976. Imagen: Argos Films.


Sibaritas del erotismo

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Alguien que parece el gemelo univitelino de Chuck Palahniuk regenta un local subterráneo en algún lugar de Barcelona de cuyo nombre no quiero acordarme. Solo los miembros pueden acceder a él y la primera regla coincide con la del Club de la Lucha: nadie habla sobre el Club de la Lucha. O, al menos, nadie habla desvelando su nombre. Tampoco su dirección. Si algún lector sintiera la imperiosa necesidad de acudir, sabría cómo encontrarlo. Pero les advierto: los mirones no son bienvenidos. Al final de la escalera, donde los rayos del sol no alcanzan, algunas bombillas azules iluminan un parque recreativo para adultos. Los toboganes y los columpios han sido sustituidos por jaulas y catres. A disposición de los asistentes: látigos, fustas, arneses y máscaras de cuero para materializar sus fantasías. Una barra si necesitan saciar la sed en sillas alrededor de mesas con historia. Un zulo. Material médico de primeros auxilios por si el dolor superase con creces el placer. Y en el techo, puntos de suspensión. No para uso de acróbatas, sino de amantes de la primera de las siglas de BDSM —bondage, disciplina (BD), dominación y sumisión (DS), sadismo y masoquismo (SM)— que denominan el conjunto de prácticas que aquí tienen vía libre.

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Remplacen la B por la S de shibari y tendrán la versión nipona del arte de atar. Shibari (縛り) significa «atadura”» en japonés. La palabra kinbaku (緊縛), que se traduce como «atadura tensa», se emplea como sinónimo; las diferencias entre ambas son mínimas. También en Japón el arte de atar es underground. No siempre de forma tan literal como en este sótano, pero pueden contarse las veces que se exhibe sobre un escenario multitudinario. Con su actuación en el estudio de ballet Ars Nova de Tokio en 1964, Osada Eikichi, reputado nawashi —nombre que se otorga a los profesionales de la cuerda— ya fallecido, empezó a llenar locales impulsando junto a otros maestros la salida del armario del shibari. De Eikichi se dice que para preparar a las modelos la noche de la actuación las dejaba atadas todo el día en su estudio del salón Lotus. Lejos del pudor de la sociedad japonesa, los tugurios tokiotas donde suelen tener lugar estas actuaciones reciben esporádicas visitas de la policía.

Debajo de uno de los puntos de suspensión, una mujer y un hombre se colocan de pie, ella delante y él detrás. Podría estar ella detrás y él, delante. O podrían ser él y él o ella y ella. O solo uno de ellos. Las combinaciones invalidan las críticas recibidas por feminismos tergiversados. Aunque es posible llevarlo a cabo individualmente, la praxis del shibari en pareja permite el juego de roles de dominación y sumisión. Atar o ser atado, he aquí la cuestión. Antaño fueron un policía y un prisionero, pues el shibari desciende del hojojutsu, un arte marcial usado por samuráis y policías para el arresto, el traslado o la punición de reclusos ampliamente utilizado durante el periodo Edo. También dio sus frutos como método de tortura para lograr confesiones. En el ocaso del periodo Edo —finales del siglo XIX— estas técnicas adquieren un cariz erótico. Al pintor y nawashi Itoh Seiyu se le considera el padre del kinbaku y sus obras que ilustran la transmutación del dolor en placer tuvieron problemas con la censura.

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Suena «Silence is Sexy» de Einstürzende Neubauten. Él le acaricia el torso a ella. Primera vuelta de cuerda alrededor de los hombros. Segunda. Los pechos quedan sujetos, la presión los realza. La cuerda permite al atador deformar a su gusto el cuerpo de la persona atada. Kinoko Hajime, nawashi que ha llevado a cabo espectaculares montajes de shibari con árboles, subraya las posibilidades de la cuerda para metamorfosear a la persona atada hasta que personifique una forma ideal. A su juicio, las ataduras eróticas deben embellecer al modelo. Para él, la cuerda es la pintura, la persona atada, el lienzo y el atador, el pintor. La cuerda elegida para atar es de yute. Siempre doble. Su tacto, un intermedio entre la aspereza de la fibra de coco y la suavidad del algodón. Las fibras naturales tienen más popularidad entre atadores que las sintéticas. También entre atados, intuyo por las expresiones faciales de ella.

Él tira de la cuerda, ella cierra los ojos y respira. El primer nudo lo hace en la espalda. Roza su cuello con la cuerda una vez. Otra vez. Baja hasta su cintura. Presiona sobre los puntos erógenos. Para el famoso fotógrafo Nobuyoshi Araki, la cuerda es una extensión de los dedos del atador, atar fuertemente es abrazar. Pero nunca tan fuerte como para cortar la circulación. Las tijeras están a mano por si necesitase interrumpir urgentemente el proceso. El atador y la atada se miran. Saberse a merced de su atador la excita. La exime de cualquier responsabilidad. Segrega endorfinas y adrenalina. El efecto de la atadura no es únicamente físico, también psicológico.

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Con cruces de cuerda y nudos sencillos, teje un entramado que decora su torso. Un arnés barroco por detrás y minimalista por delante. Los brazos han quedado inmovilizados contra la espalda. «¿Estás bien?», le pregunta. Ella asiente. Se entretiene en el ombligo, recreándose en la concavidad. Coge otra cuerda y continúa. Baja hacia los genitales. Las primeras teclas del piano de «God is in the house». Luego la voz de Nick Cave. La cara de ella la delata. El sentido estético no se reduce a ataduras y posturas imposibles, la expresión facial de la persona atada es esencial. La pérdida de la compostura en una sociedad como la japonesa es una provocación. Los libros de fotografía de shibari que Akechi Denki dejó como legado así lo ilustran. Pleasure and a little pain con la actriz Kate Asabuki es un magnífico ejemplo. Agnès Giard le dedicó un ensayo titulado L’imaginaire erotique au Japon usando estas palabras: «A la memoria de Akechi Denki, que ataba a las mujeres tan dulcemente que ya no querían ser desatadas».

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Coge velocidad para descender por sus piernas. Nick Cave sigue al piano. Con el crescendo de la música, los cruces de cuerda se aceleran. Los muslos atados, ahora las pantorrillas. Su cara deja traslucir la fatiga que le sobreviene. Termina en los tobillos. Destaca la asimetría de las cuerdas, wabi-sabi o belleza de lo imperfecto, la llaman. Las piernas han quedado soldadas, las reminiscencias mitológicas de colas de sirenas son inevitables. Sus esfuerzos por mantenerse erguida evidencian su vulnerabilidad. Él vuelve a su posición original para sostenerla por detrás. Otra vez el imaginario marítimo acechando: ella como una prisionera atada a un mástil, él. Y cuando el espectador daría el juego por finalizado, él mira hacia arriba y coloca una anilla en el punto de suspensión. Podría haber terminado aquí, el arte de atar no implica necesariamente tsuri, pero esta vez sí. Él pasa la cuerda que termina en su espalda por la anilla y ella queda ligeramente levantada, carece de estabilidad y se balancea. Con una agilidad más rápida que el ojo humano, él tensa una cuerda que sale de sus piernas y ella acaba suspendida en posición horizontal, boca abajo y paralela al suelo. Con la cuerda sobrante, o mudanawa, teje figuras ornamentales en el triangulo formado por las cuerdas y el cuerpo atado. Él se coloca debajo. La belleza de esta figura y del proceso para llegar a ella justifican la salida del shibari del dormitorio. Pasar de la esfera privada a la pública sin alterar el grado de intimidad entre ambos.

La variedad de posturas depende de las posibilidades de contorsión del cuerpo atado y de la destreza del atador. Deshacer la atadura también forma parte del proceso. La delicadeza del atador se agudiza, volver a la postura habitual del cuerpo no es fácil. Cuando ya la ha descolgado, se sienta y la tumba sobre su regazo, recreando La Piedad de Miguel Ángel. Y el mármol se hizo carne. Como recuerdo de la impudicia, las marcas tatuadas por la cuerda en la piel.

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Fotografía: Claudia Ávila


Cuando solo un género se desnuda: del CMNF al CFNM

Lady Godiva, de John Collier.
Lady Godiva, de John Collier.

Hay demasiados desnudos en televisión y demasiado pocos en la radio. (Jarod Kintz, Seriously delirious)

Quitarse la ropa en un entorno en el que todo el mundo va desnudo no se considera un gesto erótico. Las playas y campamentos nudistas hacen hincapié en la sencillez, la liberación del incómodo yugo de la vestimenta y el acercamiento a la naturaleza, más que en el erotismo de los cuerpos desnudos. Sin embargo, cuando tenemos una sola persona tal como vino al mundo mientras la gente alrededor permanece vestida, se crea un ambiente cargado de sensualidad.

Muchas fantasías eróticas clásicas beben de estos escenarios. Por ejemplo: una bella señorita (o un joven caballero) se quita la ropa para bañarse en un lago. Al cabo de un rato, un paseante chistoso descubre la ropa abandonada y la esconde… En uno de los cuentos de Los amores difíciles de Italo Calvino una bañista pierde en el mar la parte inferior del bikini y no se atreve a volver a la playa, prefiriendo correr el riesgo de ahogarse a verse puesta en ridículo. Y sobre Anne Royall, una de las pioneras del periodismo norteamericano, se cuenta una historia probablemente apócrifa que siempre me ha hecho gracia. Al enterarse de que el presidente John Quincy Adams acostumbraba a bañarse cada mañana en el río Potomac, se acercó allí y le escondió la ropa hasta que el político se comprometió a contestar sus preguntas: la primera entrevista presidencial concedida a una mujer.

Verse desnudo rodeado de gente vestida se percibe a menudo como humillante y vergonzoso. La ropa es más que un adorno y una protección física ante el frío y los elementos: es también una armadura psíquica, un símbolo de estatus y posición social. Nadie tiene pesadillas con el mero hecho de verse desnudo, sino con visualizarse en pelotas en una situación pública, el trabajo, la universidad… Un truco clásico para calmar los nervios que causa hablar en público es imaginarse a la audiencia desnuda: al visualizarse como la única persona vestida de la habitación se gana inconscientemente respetabilidad y autoconfianza.

Resumiendo: un grupo de personas desnuda crea un ambiente de igualdad natural y protocomunista, pero en un grupo en el que solo hay algunas personas desnudas se crea un desequilibrio de poder. ¿Y qué ocurre si solo se desnuda un género?

Phryne desnudada frente al areópago, de Jean-Léon Gérôme.
Phryne desnudada frente al areópago, de Jean-Léon Gérôme.

CMNF: Mujeres desnudas, hombres vestidos

Creo que aparecer desnuda sobre un escenario es asqueroso, vergonzoso y antiamericano. Pero si tuviera veintidós años y un cuerpo hermoso, creería que es artístico, patriótico y una experiencia religiosa. (Shelley Winters)

Me marean las siglas tanto como al que más, y ya bastantes quebraderos de cabeza me da explicar qué significa BDSM. Así pues, entenderé a quien se haya asustado con la sopa de letras que da título al artículo. Sin embargo, CMNF es un acrónimo sencillo: Clothed Male, Naked Female, mujeres desnudas ante hombres vestidos.

A veces la mujer desnuda no se pasea solamente ante hombres sino ante todo el pueblo, como Lady Godiva a lomos de su caballo o la señorita de este anuncio de la MTV rusa. A menudo se utiliza el reclamo del cuerpo femenino en la publicidad, con el bien conocido peligro de objetización y machismo potencial según la forma en que se materialice. Lo que dará para un futuro artículo. Por ahora lo que me interesa es el potencial erótico-festivo de esta diferencia de vestimenta, que considerando lo ya comentado sobre el desequilibrio de poder inherente a este tipo de desnudos, se manifiesta a menudo en el mundo de la D/s, la dominación/sumisión erótica. A veces de forma explícita, como en esta imagen #readingissexy de la que desconozco el autor; a veces implícitamente, como en el autorretrato del fotógrafo checo Jef Kratochvil luciendo bigotón o en esta potente fotografía del mismísimo Helmut Newton. Cuidado: en el CMNF no siempre se enfatiza este diferencial de poder, como en las tiernas imágenes de Giulia Bersani.

Almuerzo sobre la hierba, de Édouard Manet.
Almuerzo sobre la hierba, de Édouard Manet.

Los escenarios CMNF están presentes en el imaginario colectivo desde hace siglos, y aparecen en centenares de ocasiones en el arte. Un ejemplo obvio es El desayuno en la hierba de Édouard Manet, que muestra un picnic con dos hombres completamente vestidos (el hermano de Manet y su futuro suegro), una mujer desnuda y una bañista al fondo a medio vestir. El cuadro causó un considerable escándalo al ser expuesto por primera vez en 1863, no solo por el hecho de contener desnudos en un entorno cotidiano y no mitológico o histórico, sino por el aire de naturalidad tranquila que respiraba la escena.

El siglo XIX vio un boom de cuadros CMNF gracias al auge del orientalismo, la fascinación europea por el medio y lejano Oriente. La mente calenturienta de los pintores de la época se recreó particularmente en los harenes y los mercados de esclavas… Un autor especialmente prolífico fue Jean-Léon Gérôme, que se inspiró en la mitología griega para su Pigmalión y Galatea, un escultor enamorado que ve cumplirse su mayor deseo.

Otro tema artístico habitual es el de la doncella en apuros. Los dragones y monstruos de antaño debían tener dificultades para digerir las piezas de ropa, así que exigían que las doncellas que se les ofrecían en sacrificio estuvieran desnudas o escasamente vestidas. Y dado que los caballeros errantes suelen protegerse con pesadas armaduras, tarde o temprano se producen impagables momentos CMNF, como en Perseo y Andrómeda de Tiziano… O en la famosa escena de la película Excalibur, de John Boorman, en que Uther Pendragon se acuesta mediante engaños con la infortunada Ygraine sin quitarse ni una pieza de la armadura: es un milagro que la reina sobreviviera y diera a luz al futuro rey Arturo. El cuadro El caballero errante, pintado por John Everett Millais en 1870, es otro ejemplo de mujer desnuda rescatada por un caballero de brillante armadura. La mujer está atada a un abedul plateado, árbol asociado a la femineidad con cuyas ramas se fabrican varas con las que azotar las nalgas… Originalmente la figura femenina miraba hacia su rescatador, pero esa actitud fue considerada demasiado provocativa y Millais fue obligado a repintarla apartando recatadamente la mirada.

El caballero errante, de John Everett Millais.
El caballero errante, de John Everett Millais.

En ocasiones la actitud del hombre es de total indiferencia, como en la famosísima fotografía de Eve Babitz y Marcel Duchamp, más concentrado en su próximo movimiento que en la desnudez de la artista. La enorme potencia de la imagen y sus muchas lecturas han provocado decenas de homenajes; mi favorito es el de la jugadora de ajedrez Jennifer Shahade, que celebró tres partidas simultáneas con modelos desnudos. Otras veces la actitud de los hombres vestidos es de adoración y reverencia, lo que invierte el desequilibrio de poder del CMNF. El cuadro Adoración (1913) de William Strang es un buen ejemplo: a nivel metafórico suele interpretarse que el cuerpo femenino en ese cuadro representa la belleza de filosofía admirada por la humanidad. Pero también es un óleo que no desentonaría en el cuarto de estar de Sacher-Masoch.

En el mundo del modelado artístico a menudo una persona permanece desnuda rodeada de otras vestidas. En escuelas de arte y entornos académicos se siguen reglas estrictas para mantener un ambiente profesional y respetuoso hacia la modelo: se prohíbe tocarla o dirigirle la palabra durante el posado, hay una bata a mano para que se cubra, etc. Si el modelo desnudo es un hombre y en un momento dado tiene una erección, la mayoría de centros de arte detendrán el posado o no volverán a contratarlo. En la serie de cuadros de Thomas Eakins William Rush y su modelo vemos cómo en ocasiones a la modelo la acompañaba una chaperona, generalmente una viuda encargada de garantizar la virtud de la joven. No parecían hacer falta tantas precauciones, ya que al parecer el escultor era un caballero.

En entornos no académicos el ambiente puede ser más relajado, y a veces posar sin ropa se convierte en un acto cargado de sensualidad. Mi dibujo preferido de Milo Manara, como ya comenté en el monográfico manariano para Jot Down, es la imagen del pintor griego Apeles retratando a la bella Kampaspe y enamorándose perdidamente en el proceso. O, puestos a recordar un momento cinematográfico, la escena de Titanic en que Kate Winslet se desnuda, con un «dibújame como a una de tus chicas francesas» que devino carne de meme.

Audrey Munson con Daniel Chester French. Autor desconocido (DP)
Audrey Munson con Daniel Chester French. Autor desconocido (DP)

Una historia interesante respecto a modelos artísticos es la de la bellísima Audrey Munson, modelo profesional de principios del siglo XX. Posó desnuda para decenas de pintores y escultores de Nueva York, inspirando famosas estatuas como La fuente del Sol Poniente de Adolph Weinman. Se la llamó «Miss Manhattan» o «La Venus Americana», y su fama la llevó a participar en cuatro películas mudas. Una de ellas, Inspiration (1915), se hizo famosa por mostrar el primer desnudo integral en una película no pornográfica. Por desgracia poco después se truncó su sueño: sin su conocimiento o consentimiento, el propietario de la pensión en que se alojaba mató a su esposa para poder estar con Audrey. La mala prensa posterior destruyó su carrera de modelo y la lanzó a una espiral autodestructiva que acabó en un manicomio.

Puede resultar sorprendente que la censura de principios de siglo no pusiera reparos a las películas en que Audrey aparecía completamente desnuda. Aparte de por la coartada artística, la escena no se consideró inmoral al permanecer inmóvil la actriz: solo era obscena la desnudez en movimiento. Cuando en el primer número de Jot Down escribí sobre los orígenes del striptease, dediqué un espacio a los tableaux vivant, espectáculos que encontraron en el arte clásico una excusa perfecta para mostrar la desnudez al gran público en las pacatas sociedades occidentales. La censura teatral en los países anglosajones prohibía que las actrices desnudas o semidesnudas se movieran provocativamente por el escenario, pero consideraba aceptable la desnudez inmóvil, congelada. Así, teatros como el neoyorquino Ziegfeld Follies ofrecían retablos de desnudos con títulos clasicistas como Ninfas bañándose o Diana la cazadora.

Toulouse Lautrec en su atelier, con una modelo (1895). Fotografía de Maurice Guibert (DP)
Toulouse Lautrec en su atelier, con una modelo (1895). Fotografía de Maurice Guibert (DP)

En el Berlín de 1908, la bailarina Olga Desmond ofrecía veladas artísticas llamadas Schönheitsabende («Tardes de Belleza»), en las que permanecía en escena inmóvil y completamente desnuda imitando famosas obras de arte. A veces se pintaba la piel con polvos blancos, acentuando su aspecto estatuesco; o aparecía con algún ayudante semivestido que completaba el retablo. Olga defendía su arte con entusiasmo: «Decidí romper un yugo de siglos de antigüedad. Cuando salgo desnuda al escenario no siento timidez ni vergüenza, ya que me muestro ante el público tal como soy, amando la belleza. El arte es mi única deidad, ante ella me inclino y le ofreceré cualquier sacrificio». La mayor parte de su vida esa diosa le fue favorable: participó en películas y abrió su propia escuela de baile y bellas artes… Pero el sacrificio llegó tras la Segunda Guerra Mundial: tras clausurar el gobierno de Berlín Oriental su escuela de danza por «decadente», Olga murió pobre y olvidada.

Lo que me lleva a considerar por un momento esta cita lapidaria de Mason Cooley en Aforismos de Ciudad: «la desnudez es el disfraz de los amantes y los cadáveres». Y es que en la sala de autopsias todos, hombres o mujeres, permaneceremos desnudos frente a alguien vestido (si el forense está desnudo en ese momento habría serios motivos para retirarle la licencia). En el impactante cuadro de Enrique Simonet La autopsia (1890), conocido también como Y tenía corazón, vemos a un anciano forense sosteniendo el corazón de una joven, sorprendido al parecer de que una «mujer de la calle» tuviera un órgano igual al suyo. Algo más considerada parece Paola Mineo en Sudario, una corta performance resurrectora con tintes CFNF.

CFNM: Hombres desnudos, mujeres vestidas

¡Qué cosa frágil y fácilmente herida es un cuerpo de hombre desnudo; de alguna manera inacabado, incompleto! (D.H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley).

Las siglas CFNM (Clothed Female, Naked Male) hacen referencia al escenario en que uno o más hombres permanecen desnudos ante mujeres vestidas. A veces la escena transcurre con una engañosa normalidad que esconde una sensualidad subterránea, como en esta graciosa anécdota de Foro en Femenino o en ciertos emparejamientos casuales en una playa nudista. En ocasiones la desnudez masculina no produce más que una cierta indiferencia exasperada… En cualquier caso, el infundado temor patriarcal a perder la autoridad junto con la ropa ha hecho históricamente difícil encontrar imágenes CFNM más allá de algún fresco pompeyano como el de Perseo y Andrómeda, o shungas como este de Torii Kiyonobu:

By the Light of a Hexagonal Lantern, de Torii Kiyonobu.
By the Light of a Hexagonal Lantern, de Torii Kiyonobu.

El CFNM está poco presente en el arte clásico: los hombres desnudos suelen aparecer como centro de la composición, pero poco frecuentemente se ven por ahí cerca mujeres vestidas lanzándoles miradas irónicas. Tampoco abundan escenarios en que la diosa Atenea, ataviada para la batalla con su lanza y armadura, se lance al rescate de un tímido hombre desnudo encadenado a un poste a merced de algún monstruo mitológico. Pero otra diosa sí es representada a menudo junto a un hombre desnudo: Kali. En la mitología hindú, el diablo Raktaveeja obtuvo un don por el que de cada gota de su sangre derramada nacerían cientos de demonios como él. Para matarlo, la diosa Kali lo atravesó con su lanza y bebió toda su sangre. Encendida por la ira y ebria con el icor del demonio, Kali estuvo a punto de destruir el mundo en su frenesí, hasta que su marido Shiva se arrojó bajo sus pies para calmarla. Más allá de su valor simbólico, imágenes como esta muestran los efectos desestresantes del CMNF celestial.

Diga lo que diga D.H. Lawrence en la cita que abre esta sección, el cuerpo masculino desnudo no tiene nada de imperfecto. Hay imágenes CFNM que resaltan su belleza apelando a la ternura, como la famosísima fotografía de Annie Leibovitz en que un John Lennon fetal se aferra a Yoko Ono cinco horas antes de morir asesinado. En el mundo de la publicidad se juega con el contraste entre un cuerpo desnudo masculino mientras el femenino se muestra ataviado para la batalla de la moda: servirían como ejemplos esta famosa foto de Herb Ritts con una muy vestida Christy Turlington, esta escena retratada por Mariano Vivanco con el modelo ruso Vladimir Aberyanov o esta fotografía de Terry Richardson que muestra la inversión del desequilibrio de poder tradicional. A mediados de los años setenta se organizaron en Nueva York un par de ediciones del concurso de belleza nudista Ms. All-Bare America, «el premio de belleza más honesto, ya que quien participa no tiene nada que ocultar». El concurso estaba dirigido a concursantes femeninas, pero tras una ola de bien merecidas quejas se abrió también a hombres desnudos.

Naked man at Folsom Street Fair. Fotografía de Jacob Appelbaum (CC)
Naked man at Folsom Street Fair. Fotografía de Jacob Appelbaum (CC)

Ya comenté en otra ocasión que el desnudo masculino en público es más escaso que el femenino, lo que acerca en cierta medida muchas imágenes CFNM a la pornografía más o menos glamourosa. La compañía japonesa de vídeos eróticos Moodyz tiene una línea puramente CFNM, en la que se muestran las carcajadas y gestos de sorpresa de mujeres vestidas al observar con ojo clínico a hombres desnudos más o menos apabullados por la situación. Estos vídeos se bautizaron de forma poco imaginativa como Mujeres que quieren ver el pene, aquí lo dejo en japonés para quien se atreva a curiosear en Google: チンポを見たがる女たち. Una versión algo más light de esta temática llegó a Fuji TV en los ochenta: Por favor, enséñame tus calzoncillos.

También en Japón son populares los Host Clubs, lugares en que las mujeres pagan por compañía masculina no sexual. Lo que obtienen las clientas a partir de unos sesenta mil yenes es charla interesante, buena educación y un surtido de caballeros vestidos con traje y corbata. Hombres-geisha… Este artículo de Miki Tanikawa en el New York Times cuenta los detalles con cierto retintín: «Clubes en que los hombres japoneses son amables con las mujeres, por un precio». Encontramos una versión más hardcore y propiamente CFNM de estos locales en los osawari host clubs, donde osawari significa «tacto, toque». Allí los azafatos ya no van vestidos elegantemente, sino desnudos o con la mínima cantidad de ropa posible. El sexo explícito sigue estando prohibido, pero sí se permite que a las clientas se les vaya la mano de vez en cuando hacia los genitales generosamente expuestos. En general, el mundillo de los strippers masculinos es pródigo en momentos CFNM, como muestra Tomás y las Águedas de Rafael Trobat.

En ambientes BDSM, en particular en locales de Dóminas amateurs o profesionales, se realizan de vez en cuando fiestas CFNM bautizadas con nombres algo menos machacagargantas. En ellas el código de vestuario es elegante para las mujeres y ausente para los hombres, es decir, que los hombres tienen que asistir en pelotas o muy escasamente vestidos para que se les permita la asistencia. A menudo los sumisos asistentes actúan como mayordomos improvisados a las órdenes de alguna Dómina. En estas fiestas la desnudez se ve como humillante, equiparándose a la exposición pública. En el shibari, tanto con modelos masculinos como femeninos se juega con el shuuchi, la vergüenza al ver expuesto y resaltado por las cuerdas el cuerpo desnudo.

No querría terminar sin subrayar que esta ensalada de siglas no es más que una forma de sistematizar situaciones que suelen ser más complejas, con hombres desnudos frente a otros hombres (CMNM, como en esta imagen de la École de Beaux-Arts), solo mujeres (CFNF, como en esta performance de shibari a cargo de Gorgone y Alice V) o una mezcla caótica de gente desnuda como en las fotos de Spencer Tunick. Pero sobre nudismo sin distinciones de género prometo hablar en una continuación de este artículo… Un texto que escribiré probablemente en pelotas.

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.


Pies, ¿para qué os quiero?

“Pies, para qué os quiero si tengo alas para volar”. Frida Kahlo

Paseando en verano es habitual ver un buen montón de pies… Delicados piececillos subrayados por elegantes sandalias de Gaultier, o infames peanas sudorosas cuyos pulgares asoman aprisionados por la tira de unas chanclas de playa. Incluso se puede uno topar con una de esas desconcertantes tiendas de ictioterapia donde una fila de pies en remojo es asaltada por peces devoradores de pieles muertas.

El verano es el momento ideal para ir descalzo. Me encantan los placeres sensoriales como pasear mis peludos pies de hobbit por las playas pedregosas de la Costa Brava, o remojarlos en la orilla del mar. Casi todo el mundo disfruta de la sensación placentera de un suave masaje en la planta de los pies… Y a veces la cosa va un poco más lejos: un fetichista de los pies sentirá excitación sexual al acariciar, lamer, chupar, cosquillear o besar los pies ajenos. No cualquier pie, por supuesto: no faltan los fans de los pies sucios, pero los más apreciados suelen tener curvatura elegante y buena pedicura. El pie no es una extremidad maloliente: ese es un prejuicio igual de estúpido que el que considera la vulva como órgano inmundo per sé. Un pie limpio no huele mal, unos genitales limpios tampoco.

El fetichismo por los pies (odio el cacofónico término podofilia) es particularmente frecuente en varones: circulan por Internet listas más o menos fiables de famosos con afición por los pies, desde Elvis Presley a Enrique Iglesias, Dostoyevsky o Andy Warhol, que conservaba un pie humano momificado entre sus trastos. Por supuesto, también hay mujeres que encuentran sexualmente estimulantes los pies y los zapatos, aunque el fetichismo podal femenino es un fenómeno aún poco estudiado, quién sabe si por influencia freudiana.

Para Sigmund Freud el pie es un símbolo del pene. Quién lo hubiera imaginado, ¿eh? En una nota escrita en 1910 Freud explica la podofilia sosteniendo que el pie representa “el pene de la mujer, cuya ausencia impresiona fuertemente”. En Fetichismo pone el ejemplo de un niño que ve por primera vez los genitales de su madre e interpreta la desconcertante ausencia de pene como una amenaza de castración. Para contrarrestar ese peligro, el crío se negará inconscientemente a aceptar ese vacío, adoptando como sustituto del pene materno lo último que hubiera visto antes de posar su mirada en ese traumático coño. Zapatos, pies, lencería: “la elección tan frecuente de piezas de lencería como fetiche se debe a lo que se retiene en ese último momento del desvestirse en el que todavía se ha podido pensar que la mujer es fálica”.

Lo lamento por los psicoanalistas clásicos que me estén leyendo, pero como explicación siempre me ha parecido poco convincente. Nunca he comulgado con la descripción freudiana de los genitales femeninos como un vacío, una ausencia, un tubo, un pene castrado; una visión que desprecia e ignora la vulva o el clítoris… Pero ese es tema para otro artículo.

Probemos con otro acercamiento: si el pie no simboliza un pene… ¿Qué simboliza?

El pie es el reflejo del alma

 “Soy ciertamente tu Señor, así que quítate los zapatos”. Corán, Ta Ha 20:12

Muchas confesiones religiosas han exigido tradicionalmente descalzarse y realizar los ritos sagrados con los pies en contacto con el suelo. Pitágoras aconsejaba a sus discípulos que se quitaran las sandalias para ofrecer sacrificios a los dioses, y Moisés se acercó descalzo a la zarza ardiendo. El razonamiento parece ser no ensuciar con el polvo del camino los lugares sagrados, aunque me queda la duda razonable de si no será peor el remedio que la enfermedad en caso de llevar los pies muy sucios (y aquí me vienen a la memoria los tomates calcetineros de Paul Wolfowitz en una mezquita turca).

Para los pies sucios hay un rápido remedio… lavarlos. En Oriente Medio el pediluvio se consideraba un deber de cortesía: tradicionalmente, el anfitrión recibía a sus huéspedes ofreciéndoles agua para que se lavaran los pies. En Lucas 7, 37-38 se cuenta cómo una pecadora (léase “prostituta”) se arroja a los pies de Jesucristo para limpiarlos con sus lágrimas y secarlos con su propio cabello. La mujer “besaba sus pies y los ungía con ungüento”, en una escena algo turbadora que oscila entre la humilde adoración y la podofilia sagrada. Como nota lateral: a raíz de una confusión del papa Gregorio en el siglo VI, se identificó a esta “pecadora” con María Magdalena, que de prostituta no tenía nada. Hay quien ve en esta maniobra un intento de desacreditar a Magdalena como predicadora para limitar el papel de la mujer en la Iglesia primigenia…

El propio Jesucristo dio muestras de humildad lavando los pies a sus discípulos tras la Última Cena. De esa escena siempre me ha hecho gracia la reacción de Simón Pedro, que aprovechó para pedir sin éxito que de paso le lavaran manos y cabeza. Tras los doce pediluvios, Jesús sentenció: “si yo, el Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros“; una hermosa comunión de pies limpios conocida como mandatum. Otras tradiciones como la hindú no llegan a tanto: para mostrar respeto les basta con inclinarse y tocar el pie en un gesto llamado pranāma.

Sucios o limpios, para muchas religiones los pies son un símbolo del alma, la base que mantiene erguido el cuerpo físico del mismo modo que el alma soporta el cuerpo astral. Esta asociación explica que existan tantos seres demoníacos representados en el folklore con pies deformes (¡las tradicionales pezuñas diabólicas!) o incluso invertidos: tanto el dios azteca del inframundo Xolotl como el vampiro femenino indio Pichal Peri o el duendecillo brasileño Curupira son representados habitualmente con los pies apuntando hacia atrás, lo que ponía comprensiblemente de los nervios a cazadores y rastreadores. Las huellas tienen su propio poder: la madre del fundador de la dinastía Chou se quedó embarazada al pisar una huella dejada en la roca por un dios.

Resumiendo: descalzarse es señal de respeto, lavar o tocar los pies es muestra de humilde adoración y el pie en sí mismo simboliza la base del alma. Necesitaremos más datos para entender la sexualización de los pies: tras la religión, acudamos a la ciencia.

El pie como insospechada fuente de placer

 “El pie humano es una obra maestra de ingeniería y una obra de arte”. Leonardo Da Vinci

En 1950 un neurocirujano llamado Wilder Penfield empezó a practicar cirugías cerebrales a pacientes epilépticos. En este tipo de operaciones indoloras el paciente permanece consciente: debe ser una sensación extraña tener levantada la tapa de los sesos mientras un cirujano trastea con tus pensamientos. Penfield tomó nota de qué reacciones producía la estimulación eléctrica de diversas áreas del cerebro, y con esa información trazó un mapa del córtex somatosensorial, una franja de la corteza cerebral que procesa los estímulos procedentes de cada parte del cuerpo. La representación gráfica de este mapa es el homúnculo de Penfield: un gracioso monigote gracias al que se puede comprobar que las manos y la boca acaparan la mayor parte del córtex. Hablar y tocar parecen ser las especialidades humanas.

Todos los pacientes analizados por Penfield fueron hombres, una lamentable omisión corregida por Barry Komisaruk en un memorable experimento reciente: analizando las respuestas cerebrales de once mujeres mientras se masturbaban, pudo mapear en el córtex las zonas correspondientes al clítoris, la vagina y el cuello uterino.

Analizando el mapa se observa algo significativo: las áreas cerebrales dedicadas a los pies y a los genitales están una al lado de la otra. Y aquí entra en escena el neurólogo Vilayanur Ramachandran, que con su estudio sobre el dolor de los miembros fantasma llegaría a conclusiones sorprendentes. Tras la amputación de una parte del cuerpo, la zona correspondiente del córtex cerebral deja de recibir información de esa extremidad, pero muchas veces sigue activa, haciendo creer al cerebro que el miembro amputado (“fantasma”) sigue ahí. Además, esa área del córtex suele acabar siendo reutilizada por las zonas adyacentes. Por ejemplo, al amputar una mano, la zona del córtex correspondiente se ve invadida por la más cercana, la de la cara. Así, estimular la cara del paciente hace que se alivie el dolor de la mano fantasma.

¿Qué consecuencias tiene que la zona adyacente a los pies en el córtex sea la de los genitales? Para empezar, que las reconexiones cerebrales tras una amputación son desconcertantes. Ramachandran narra cómo varios pacientes con un pie amputado refieren no solo haber aumentado la intensidad de sus orgasmos, sino también sentir placer sexual procedente del pie fantasma. En otro caso, un paciente al que se le tuvo que amputar el pene refiere cómo al cabo de un tiempo empezó a experimentar fuertes orgasmos cuando su esposa le masajeaba y lamía los dedos de los pies.

Para Ramachandran, esta plasticidad cerebral ayuda a explicar el fetichismo por los pies también en casos sin amputación alguna. Con un entusiasmo contagioso, sostiene que “tal vez todos tengamos un cierto cortocircuito entre estas zonas cerebrales, lo que explicaría por qué nos gusta tanto que nos chupen los dedos de los pies”. A un amigo mío fetichista de los pies le fastidia una interpretación tan poco mística, pero a mí me hace gracia tanto que cada cual tenga su propio cableado cerebral de zonas erógenas como que los pies sean tan propensos a dejarse estimular.

Pero es inevitable preguntarse: ¿no será todo más sencillo? ¿No será que visualmente los pies pueden ser muy bonitos a pesar de su injusta mala fama? Tras el psicoanálisis, la religión y la ciencia, le toca el turno al arte.

El pie considerado como una de las bellas artes

Imagino que la diosa del Amor ha descendido del Olimpo para visitar a un mortal. Para no morir de frío en nuestro mundo moderno, envuelve en pieles su cuerpo sublime y se calienta los pies en el cuerpo prosternado de su amante”. Leopold Von Sacher-Masoch

En mis primeros años universitarios, un amigo me pidió que escribiera un guión para su primer cortometraje. Como siempre me ha fascinado el bondage, escribí una historia que empezaba con la protagonista medio desnuda y atada a la cama… Y como nadie del equipo de rodaje sabía manejar cuerdas, me ofrecí voluntario para atarla y desatarla en cada escena. El corto fue un fracaso, pero yo me lo pasé muy bien.

La moraleja es que para un cineasta es fácil disfrutar de sus fantasmas eróticos a la que sea un poco espabilado… Y Quentin Tarantino, entre otras muchas cosas, es un tipo listo. Reconocido fetichista de pies, el director se las ha arreglado para incluir planos de delicados piececitos femeninos en todas sus películas. Los momentos más recordados son el diálogo sobre masajes en los pies de Pulp Fiction, los obsesivos primeros planos del pulgar de Uma Thurman en Kill Bill y, sobre todo, la hipersexual escena de Abierto hasta el amanecer que Tarantino escribió para darse un homenaje: una bellísima Salma Hayek bailando con una pitón albina (¡mujeres y serpientes!) y embutiéndole el pie en la boca al propio Quentin en una peculiar forma de servir alcohol. No es la única vez que el director ha sido visto bebiendo de pies o zapatos ajenos: aquí podéis verle tomando champán a sorbitos de unos Louboutin.

Aunque ya décadas antes de Tarantino los amantes de los pies bonitos habían podido disfrutar de escenas tan inolvidables como el arranque de Lolita de Stanley Kubrick, con esa delicadísima y amorosa pedicura… En la versión de los noventa también vemos en varias ocasiones a la Lolita interpretada por Dominique Swain vacilarle a Jeremy Irons utilizando como arma sus sensuales piececillos. Otras veces, el fetichismo se ha usado como alivio cómico: me vienen a la memoria esta hilarante escena con las botas de Jamie Lee Curtis en Un pez llamado Wanda, el baboso papel de Chris Elliott en Algo pasa con Mary o toda la subtrama del “pisoteador de Baltimore” en Polyester, de John Waters.

En España tenemos a Luis Buñuel salpicando sus películas con referencias podófilas y fetichistas: los botines de piel que despiertan la pasión de un anciano en Diario de una camarera, la pierna amputada de Catherine Deneuve en Tristana (una presencia espectral que obsesionó a Hitchcock), y por supuesto las escenas de dominación y sumisión de la hermosísima Belle de jour. Aunque el cineasta español fetichista por excelencia fue sin duda Luis García Berlanga, cercano al mundillo del sadomasoquismo y reconocido fetichista del zapato de tacón: los botines, en particular, le sugerían agradables fantasías de dominación femenina. En sus películas los fetichismos aparecen como guiños más o menos explícitos (la Bárbara Rey masoquista de La escopeta nacional, la colección de zapatos de Gurruchaga en París-Tombuctú), o como parte central del guión en Tamaño natural, un estudio de los mecanismos del fetichismo y sus peligros en caso de obsesión.

En 1999, Berlanga instituyó el Premio a la Mujer Mejor Calzada de España, entregado desde entonces en el Museo del Calzado de Elda. El trofeo es un zapato de tacón de aguja con alas (lo que vestiría el dios Mercurio si quisiera travestirse), y ha caído en manos, o más bien en pies, de mujeres tan dispares como Ana Rosa Quintana, Anne Igartiburu, Paz Vega, Marta Sánchez, Terelu Campos o Esperanza Aguirre (!).

En fotografía el primer nombre que viene a la cabeza es el de Elmer Batters, un genio especialmente activo durante los cincuenta y sesenta con muchísimo ojo para retratar piernas, pies y zapatos. Desgraciadamente en esa época pacata su fetichismo no fue comprendido, y como muchos otros fotógrafos de la época, sufrió el acoso de la justicia bajo acusaciones de perversión y obscenidad. Batters nunca entendió el porqué de tanta persecución: para él su atracción por los pies era limpia, lírica y sencilla. En sus propias palabras: “las piernas están para andar, bailar y amar. Pero también se dirigen a quienes se sienten fascinados por ellas, en un lenguaje tan elocuente como la poesía”. La mayor parte de su vida Batters pasó relativamente desapercibido en círculos artísticos, poco dados aún a bucear en la iconografía fetichista, hasta que en los noventa el avispado Benedikt Taschen publicó los recopilatorios From the Tip of the Toes to the Top of the Hose y Legs That Dance to Elmer’s Tune, que descubrieron al público la enorme calidad de sus fotografías. Más vale tarde que nunca: desde entonces su trabajo se ha expuesto en galerías respetables de Nueva York, Rotterdam, París o en el IVAM valenciano.

Otros fotógrafos han retratado pies, piernas y zapatos con maestría, aunque no de forma tan dedicada y meticulosa como Batters. A mí me gusta especialmente Nina Leen, una de las primeras fotógrafas de Life, que en sus retratos de mujeres americanas siempre prestó especial atención al calzado… O la fotografía erótico-podofílica de Lucien Clergue, o el talento avasallador de Helmut Newton y sus supermujeres vestidas solo con tacones. En España tenemos a Alberto García-Alix, un grandísimo retratista que siempre se ha sentido cómodo con las sexualidades alternativas. O, en estilos más abiertamente fetichistas, fotógrafos como Antonio Graell y popes del porno sadomasoquista muy aficionados a los pies, como el mítico José María Ponce.

El sadomasoquismo erótico y el fetichismo por los pies se han entendido siempre muy bien. Y es que ante unos pies bonitos el fetichista no tiene por qué sentir solo el impulso de acariciarlos y lamerlos, sino también atarlos (como muestra Ipe Ray), azotarlos con una técnica llamada bastinado, hacerles cosquillas… Los fans del cosquilleo se hacen preguntas intrigantes cómo qué pasaría si se le hacen cosquillas a una bibliotecaria descalza, un escenario tierno y cruel (¡debería reírse pero no puede!) emparentado con el #readingissexy.

Casi todos los dibujantes de cómic erótico han representado pies apetecibles, especialmente los habituales de la temática sadomasoquista. Así a vuelapluma me vienen a la cabeza los taconazos de Guido Crepax en Histoire d’O o las preciosas botas altas habituales en Gwendoline de John Willie. Sin embargo, si hay que destacar un dibujante podófilo en particular, la elección está clara: Franco Saudelli. Este ilustrador italiano, habitual en magazines eróticos de los noventa, se especializó en dibujar damas en apuros bien atadas, casi siempre con sus delicados piececillos flexionados y a la vista.

Traigamos referencias literarias: evidentemente, uno de los principales fetichistas del pie es Leopold von Sacher-Masoch, que elevó a categoría de arte el acto de postrarse rendido y humillado a los pies de una mujer triunfante. También hay que mencionar al novelista francés Nicolas Edme-Retif, cuya pasión pionera por el calzado femenino hizo bautizar como retifismo a la adoración por los zapatos. Pero de quien querría hablar aquí con más detalle es del escritor, pintor y grabador polaco Bruno Schulz, cuyos textos delicados y pesimistas he admirado siempre muchísimo. Su recopilatorio de grabados El libro idólatra, publicado aquí por Maldoror Ediciones, es una intrigante maravilla. Sus imágenes expresionistas convierten el fetichismo en un ritual religioso en que la mujer-diosa es adorada por una multitud de hombres deformados y goyescos, alguno con los rasgos del propio Schulz. Estas femme fatales inalcanzables dejan sin embargo accesible una parte de su cuerpo: los pies que atraen al idólatra con un magnetismo erótico irresistible. Una estúpida disputa entre dos oficiales nazis le costó la vida a Schulz en 1942: espero que la diosa le haya acogido en su seno. O a sus pies.

El pie es un caramelo cuyo envoltorio es el zapato

Envíame tus zapatos, ya desgastados de tanto bailar, para que tenga algo tuyo que estrechar contra mi corazón”. Johann Wolfgang von Goethe

Que el Príncipe no fuera capaz de reconocer a Cenicienta por la cara sino por la forma en que encajaba su pie en un zapatito de cristal siempre me ha resultado sospechoso de podofilia… Y tampoco acabo de entender por qué esos zapatitos no volvían a ser costrosas sandalias campesinas al llegar la medianoche. Sea como sea, hay muchas más versiones del cuento de Cenicienta que la insulsa de Perrault adaptada por Walt Disney: la historia es un antiquísimo arquetipo materializado en narraciones chinas, hindúes o egipcias con pocas cosas en común más allá de la intervención salvadora de un simbólico zapato como forma de identificar a la protagonista. En la versión de los hermanos Grimm las hermanastras de Cenicienta llegan a mutilarse un par de dedos y cortarse el tendón de Aquiles para encajar el pie en el zapato de marras, adelantándose un par de siglos a las operaciones de cirugía estética e inyecciones de bótox en los talones que se hacen hoy en día las fans de los Jimmy Choo con pies poco aptos para los tacones kilométricos.

Y es que los zapatos de tacón tienen una innegable belleza que los convierte en fetiches eróticos por derecho propio, pero también resultan peligrosos para la salud si se llevan en exceso. Llevar taconazos constantemente puede provocar deformidades (juanetes, dedos en martillo), dolores crónicos o problemas en los tendones. De todas formas, basta con alternar los tacones con calzado plano durante al menos un tercio del tiempo que se permanece de pie para que el riesgo disminuya enormemente. Muchas mujeres que conozco hacen algo parecido: empiezan la noche llevando zapatos de tacón de aguja, pero traen bailarinas en el bolso para cambiarse a partir del momento en que los taconazos duelen demasiado o se vuelven incómodos.

La dificultad para caminar y el hecho de que los tacones resulten dolorosos los convirtió en enemigos naturales de la segunda ola del feminismo, allá por los setenta. Su tesis era que más que objetos embellecedores eran instrumentos de tortura creados para subordinar a las mujeres y objetificarlas ahogándolas en un canon de belleza opresor. Abundaron las comparaciones con la costumbre tradicional china de vendar y deformar los pies femeninos, un procedimiento horrendo y literalmente nauseabundo sobre el que prefiero no hablar. La feminista Germaine Greer llamaba a este tipo de zapatos “fuck-me shoes” o zapatos-fóllame, un semichiste que hizo bastante fortuna (una canción de Amy Winehouse se llama Fuck-me pumps, donde pumps es otra forma de llamar a los zapatos de tacón).

Más recientemente surgió con fuerza un feminismo sex-positive menos tremendista, en que los taconazos se usan en su justa medida como herramienta femenina de autoafirmación… Y la justa medida aplica aquí no solo a la necesidad de alternar tacones con zapatos planos, sino a casos como el de Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York, que sin ser millonaria acumula centenares de Manolo Blahniks y Jimmy Choos a unos 400-500 dólares de media por par. Esta tendencia a coleccionar zapatos como quien acumula conservas antes del apocalipsis no es exclusiva de personajes de ficción: es conocido el caso de la ex Primera Dama filipina Imelda Marcos, alias “Mariposa de Acero”, que al huir del país rumbo a Hawai en 1986 dejó tras de sí 1060 pares de zapatos de lujo. O, en una nota menos criminal, es bonito comprobar el orgullo con que la bailarina de neo-burlesque Dita von Teese muestra su colección de zapatos, muchos regalo de Christian Louboutin en persona.

El fetichismo del pie puede resultar difícil de comprender al primer vistazo, pero el gusto por los zapatos de tacón es bastante autoexplicativo sin que Freud identifique el tacón con un sustituto del pene. Una mujer con tacones parece más alta y de piernas más largas, y adopta una postura erguida que subraya las curvas del cuerpo y hace destacar pantorrillas, nalgas y pechos. La forma de caminar se vuelve más sinuosa y, según los cánones occidentales, elegante y seductora. El tamaño del tacón influye en el resultado: los taconcitos de 4 cm apenas alteran el paso, mientras que caminar con tacones de aguja de 13 cm sin plataforma es un reto complicado.

Los tacones de más altura son ya puramente decorativos o se emplean en el mundillo BDSM. Por ejemplo, las ballet boots están diseñadas específicamente para fantasías fetichistas: taconazos de 18 cm o más, junto a un empeine curvado que fuerza la postura en punta de las bailarinas. Se usan por placer estético o como restrictores de movimiento (una forma de bondage, atentos al candado), no tanto para caminar… Aunque hay modelos fetichistas, como Maisumi Max, capaces hasta de bailar con estas botas puestas. En uno de esos curiosos cortocircuitos entre el mundo del sadomasoquismo y el de la música pop, varias cantantes han llevado estas botas de ballet en sus vídeoclips: Beyoncé en Green Light, Pink en U and Ur Hand o Christina Aguilera en Hurt.

Y es que los zapatos de tacón son un icono sadomasoquista natural. Una de las imágenes tradicionales de la dominación femenina muestra a la Dómina pisando el cuerpo rendido del sumiso con sus afilados tacones, sea amorosamente o con mala idea en un enérgico trampling. El equivalente más cercano intercambiando los géneros sería el del fetichismo por las botas militares o de montar, también extendido aunque no tan frecuente. Y la fantasía desbordante propia del BDSM permite diseñar zapatos surrealistas, como esta maravilla que convierte a quien lo lleve en un dócil pequeño pony.

Sea como herramienta del agradablemente perverso mundo del sadomasoquismo, sea como accesorio de moda transformador del cuerpo y los andares, el zapato de tacón es un punto focal de atracción del deseo y una encarnación del eterno femenino. Y despediré este podófilo artículo con una muestra reciente de su poder icónico: para promocionar el blu-ray de Cenicienta, en Disney le encargaron a Christian Louboutin que creara un par de zapatitos de cristal. Aquí podéis ver el resultado: una curiosa mezcla de las características suelas rojas de los Louboutin con la etérea y vagamente cursi imaginería disneyana. Unos zapatos pensados para que cualquiera que se los ponga se convierta automáticamente en princesa…

Y si luego esa princesa clava el tacón de cristal de Swarovski en la espalda de su príncipe azul ya no lo sabremos, aunque podemos imaginarlo.

 

 


Araki: amor y muerte

“La fotografía es amor y muerte. Ese será mi epitafio” Nobuyoshi Araki

Siempre he sentido un especial respeto por las personas que viven libres siguiendo sus propias normas y deseos, dedicándose en cuerpo y alma a lo que disfrutan sin preocuparse excesivamente de convencionalismos sociales. Gente inclasificable que sublima sus obsesiones en arte, que valora su libertad creativa, que logra subrayar la belleza de maneras nuevas y originales. Pienso en músicos como Nick Cave o Tom Waits, cineastas como Terrence Malick, escritores como Roberto Bolaño, artistas plásticos como Duchamp… O fotógrafos como el gran Nobuyoshi Araki.

En artículos y reportajes sobre Araki es frecuente encontrar su nombre escoltado por el adjetivo guardaespaldas “polémico”, “controvertido” o “enigmático”… Puedo entender que se le considere polémico, teniendo en cuenta que le gusta jugar a provocador en sus declaraciones y que sus imágenes de mujeres desnudas y/o atadas pueden ser malinterpretadas… Pero, ¿enigmático? Nunca me ha parecido especialmente enigmático, la verdad. Para entender a Araki sólo hay que considerar que de haber nacido en la Grecia mitológica hubiera sido un sátiro de pies de cabra: sólo habría que cambiarle la flauta por una cámara. Rebosante de energía y vitalidad, lujurioso, imprevisible, fundamentalmente alegre pero propenso a ataques de melancolía, admirador de la belleza femenina en todas sus formas…

1. Bajo la protección de las megami

Fotografiar es parar el tiempo en un solo momento, enfocarlo todo en un instante forzado. Pero si continúas creando esos instantes, forman una línea que refleja tu vida”. Nobuyoshi Araki

En Japón el septuagésimo cumpleaños se considera especialmente importante, hasta el punto de que tiene un nombre propio: koki. Araki cumplió setenta años en 2010, y es fácil imaginar que alguien tan conocido como él celebraría su koki por todo lo alto… Hemos tenido la suerte de contar con un testigo excepcional de la celebración: el fotógrafo español Kirai. Y podemos hacernos una idea del tipo de fiesta que fue con la descripción que escribió del encuentro: “una locura, gente muy rara, mujeres bellas (la mayoría modelos de Araki) y actuaciones de lo más variopintas”.

Una de esas actuaciones es especialmente significativa para entender a Araki… En un momento de la fiesta sale a escena un terrible personaje: el shinigami o dios de la muerte, ataviado con un uniforme de colegiala y más que dispuesto a llevarse a Araki consigo. Es un momento divertido pero intenso, ya que Araki lleva meses peleándose con un cáncer de próstata… El fotógrafo reacciona sonriendo, enfrentándose al shinigami y dándole un abrazo. Señalando a sus acompañantes y las modelos que le rodean, dice: “estas mujeres son diosas que me protegen del Dios de la muerte, así que no os preocupéis por mi cáncer”.

A diferencia de la mayoría de fotógrafos, más o menos desconocidos para el gran público, Araki es una estrella en Japón, donde los medios le llaman “Tensai Araki” (Araki el Genio). En Occidente es conocido sobre todo por sus hermosas fotos de ataduras y por la admiración que le rinden Björk o Lady Gaga (a la que ató a petición de la cantante durante un reportaje fotográfico para Vogue)… Pero en Tokyo su popularidad es tal que la gente le reconoce por la calle, le pide autógrafos, le saluda, respeta y sonríe. Araki es uno de los suyos, un tokiota que ha retratado a miles de personas (casi siempre mujeres) a lo largo de su carrera, pero cuyo primer y más importante modelo ha sido siempre la propia Tokyo.


2. El caminante incansable

No me gusta que la gente borre sus imágenes tan fácilmente. Buenas o malas, ya se han tomado y deben significar algo para nosotros” Nobuyoshi Araki

Araki nació en 1940 en Shitamachi (literalmente “ciudad inferior” o “villabajo”), el área de Tokio considerada tradicionalmente como más pobre y humilde frente a los barrios altos de Yamanote… Y fue paseando por los barrios bajos como un joven Araki de veintipocos años encontró material para Satchin, una serie de fotos con la que ganaría el premio Taiyo, su primer reconocimiento importante. Un retrato fiel del Japón de posguerra, con sus contrastes entre las áreas en rápido desarrollo y las que aún mostraban los destrozos de las bombas incendiarias… La nueva Tokyo vista a través de los ojos de niños de familias humildes que juegan alegres en la calle. Satchin es una metáfora del renacimiento de Japón y de la esperanza en el futuro, además de un trabajo que es imposible ver sin sonreír en algún momento: viendo estas fotos me queda la sensación de que Araki ha conservado toda su vida la energía, entusiasmo y alegría de los críos que retrató.

Araki se mueve por las calles de Tokyo cámara en mano, retratando sin pensárselo cualquier cosa que le llame la atención. Su barrio favorito para ello ha sido siempre Kabukichō, en cierto modo el “barrio rojo” de Tokyo, lleno de love hotels, burdeles, clubes nocturnos, sex shops y gente interesante. El inolvidable libro Tokyo Lucky Hole, de 1980, muestra a un Araki juerguista, mujeriego y con una saludable capacidad para reírse de sí mismo y hacer lo que se le pase por la cabeza sin preocuparse de parecer respetable.

Los paseos de Araki prueban que es un maestro de la poesía urbana. En la serie de fotos Tokyo Nude, de 1989, Araki yuxtapone imágenes de mujeres desnudas con paisajes tokiotas de rascacielos, apartamentos, bosques de cables eléctricos… El fotógrafo recorre las calles de la ciudad con el mismo ánimo explorador con que repasa las curvas femeninas: la lujuria del urbanita, aunque siempre con un aire vagamente nostálgico.

No hace falta llevar mucho más allá la metáfora para visualizar a Araki penetrando en el interior de su ciudad en la serie de imágenes Subway. Desde que una parte importante de mi vida empezó a transcurrir en un sótano (larga historia) le he empezado a prestar especial atención a todo lo subterráneo: cuevas, parkings, catacumbas… Y los túneles del metro. Araki los atraviesa sosteniendo una cámara en el regazo, disimuladamente, y retrata a sus compañeros de vagón sin tan siquiera mirar por el objetivo. Guapas jóvenes dormitando, oficinistas leyendo manga, madres de familia pensativas, críos mirando por las ventanas…

Las fotos callejeras de Araki tienen el encanto natural de lo improvisado e imperfecto… Es lógico que sea uno de los últimos apóstoles de la fotografía analógica, y ha hablado a menudo de las virtudes que las sorpresas propias del revelado manual añaden a sus fotografías. Declaró en cierta ocasión que encontraba muy sexy el cuarto oscuro: quiero creer que se refería al de revelado…

3. Flores que huelen a sexo

Las flores son órganos reproductivos, úteros en que la nueva vida se materializa y el futuro comienza. En ellas el amor se consuma: no es extraño que sean símbolos de felicidad”. Nobuyoshi Araki

De niño, Araki solía jugar en los patios del templo de Jokanji, donde durante la época Edo se enterraron sin ceremonia más de 25.000 cortesanas y prostitutas del distrito de Yoshiwara. En 1973, ya con 33 años, Araki revisitó algunos de los lugares de su infancia, y al pasear una tarde por Jokanji (“mi parque-cementerio”) le llamó la atención un ramo marchito de amaryllis… Sin saber muy bien por qué lo hacía, empezó a fotografiar el ramo sobre un fondo neutro hasta ya llegado el anochecer, y se dio cuenta de que había encontrado un nuevo tema que se convertiría en uno de los pilares de su fotografía. Y es que hay miles de fotógrafos que retratan flores, pero sólo Araki dota a sus imágenes de un extraño aire a la vez sensual y decadente, un simbolismo explícitamente sexual (pistilos y estambres como genitales) y poéticamente representativo de la juventud que brilla lozana y luego se marchita.  “Las flores huelen a muerte. Me siento atraído por ellas porque se marchitan, y me invade una sensación erótica al verlas decaer”, escribió Araki.

Una de las características de Araki que más me apasionan es su tendencia al humor negro. Tras el reciente diagnóstico de cáncer de próstata que ha puesto su vida en la cuerda floja, el fotógrafo empezó a sacar fotos de las flores que desea que se empleen en su funeral en lugar de las auténticas. Es decir, que si se cumple su voluntad, lo que cubrirá su ataúd durante la ceremonia no serán flores sino imágenes de flores… Seguro que no soy el único que lo encuentra especialmente apropiado y un pelín inquietante.

4. Se acerca el invierno

¡La fotografía es la vida! Empezó cuando conocía a Yoko”. Nobuyoshi Araki

La serie de fotografías que mejor ilustra la máxima de Araki que abre este artículo (“la fotografía es amor y muerte”) es Sentimental Journey/Winter Journey, el melancólico e impactante retrato de dos décadas de matrimonio en una serie de imágenes que muchos consideran las mejores de su carrera.

En 1971 Araki se casó con una joven ensayista llamada Yoko a la que amaba con locura. Fiel a sí mismo y a su personaje, el fotógrafo se llevó la cámara a la luna de miel y la documentó cuidadosamente, así como gran parte de sus primeros años de casado. Observando las fotos nos volvemos testigos de sus paseos, baños, orgasmos, bailes, discusiones, alegrías… La mirada de Yoko es casi siempre muy intensa, soñadora, algo melancólica. Vemos centenares de retratos naturalistas de Yoko asomándose a la ventana, Yoko acariciando a su gato Chiro, Yoko nadando en un lago, Yoko dormida en un bote tumbada en posición fetal… Esta última imagen es una de las más conocidas de Araki, y resulta no sólo hermosa visualmente sino también extrañamente turbadora… Y es que jugando con la ventaja de saber que Yoko moriría pocos años más tarde, podemos ver en esa imagen un cierto presagio, un símbolo de su viaje al más allá en una barca funeraria. En un curioso momento del documental Arakimentari, de Travis Klose, Araki recuerda el momento en que tomó esa fotografía. Tras adoptar un aire melancólico unos segundos, sonríe y comenta el motivo por el que Yoko dormía… Básicamente que se habían pasado toda la noche follando y estaban ambos agotados.

En una entrevista con la artista Nan Goldin (amiga y colaboradora), Araki medita sobre el “olor a muerte” que el mismo arte de la fotografía desprende en su intento de convertir en estático lo esencialmente dinámico. Dice Araki: “cuando fotografío la infelicidad sólo capturo la infelicidad, pero cuando fotografío la alegría aparecen reflejadas la vida, la muerte y todo lo demás. La infelicidad parece grave y pesada; la alegría es ligera, pero contiene su propia pesadez, un sentido inminente de muerte”.

Yoko murió en 1990, por culpa de un cáncer de ovario, y Araki se enfrentó a sus seis meses de agonía con la única arma de que disponía: su cámara. En una serie de fotos difícil de mirar sin que aparezca un nudo en la garganta, Araki retrata la progresiva decadencia de Yoko, las flores de su habitación de hospital, el último contacto de sus manos… Y finalmente los ojos cerrados de su mujer en el ataúd con tapa de cristal, cubierto de flores. Tras las imágenes de la tumba, vemos a la muy querida gata de ambos, Chiro, acurrucándose en el rincón de Yoko de la cama o saltando sobre la nieve recién caída…

Durante varios meses tras la muerte de su esposa, Araki fotografió casi exclusivamente cielos. Despejados, nublados, brillantes, azules, grises… Los imponentes y vacíos cielos de Tokyo.

5. El atador elegante

La atadura se convierte en un abrazo fuerte” Nobuyoshi Araki

El kinbaku (también llamado shibari) es el arte japonés de la atadura erótica, cuyos antecedentes técnicos pueden rastrearse hasta un arte marcial del siglo XVI y que actualmente es un ingrediente básico de la subcultura del sadomasoquismo. Nobuyoshi Araki tiene una enorme habilidad para la fotografía de kinbaku, y ese talento para fotografiar mujeres atadas ha sido frecuentemente malinterpretado o directamente incomprendido. Algunos grupos feministas (no todos, y hago aquí la nota mental de hablar otro día del feminismo “sex positive” de Betty Dodson) le han boicoteado, llegando a tirarle piedras durante una exposición en Seúl…

Considerar misóginas estas imágenes (y, por extensión, al propio fotógrafo) es de una miopía notable, y demuestra no conocer en absoluto a Araki y su veneración casi mística por las mujeres y lo femenino. Dijo Araki en cierta ocasión: “hay muchos elementos esenciales en las mujeres: belleza, atracción, repulsión, obscenidad, pureza; el cielo y el mar, el capullo y la flor…”. Las elegantes ataduras de Araki no agreden a la mujer, sino que subrayan su belleza, la muestran bajo una luz diferente de tierna vulnerabilidad, enseñan otro aspecto de la sexualidad y de las relaciones entre sufrimiento, erotismo y éxtasis…

Araki se ha visto envuelto también en polémicas con la censura oficial japonesa, no tan preocupada por las imágenes de sadomasoquismo como por la aparentemente horrenda posibilidad de que se vean genitales en las fotos… En 1988 la policía retiró la revista Shanshin Jidai porque en ella aparecían fotos de Araki; en 1992 la exposición Photomania Diary fue suspendida y un escuadrón de policías revisó literalmente con lupa más de 1500 diapositivas para ver si mostraban genitales (escena que Araki recuerda riéndose a carcajadas).

Al evaluar sus fotos de bondage hay que tener en cuenta que Araki no es un nawashi (maestro de la cuerda): sus ataduras, incluso las más complejas como las suspensiones, son formalmente simples y repetitivas… Pero las imágenes tienen una elegancia sobrenatural y un enorme sentido de la estética, captando de forma única la generalmente intensa mirada de las modelos. El propio Araki ha comentado en la introducción de Todas las mujeres son hermosas (2006): “Existe una estética propia del bondage, como la del shibari de los maestros. Pero no necesito una perfección como esa en la fotografía. Ni siquiera tiene por qué ser un buen bondage. Cuando ato a una mujer, le digo “Estoy atando tu corazón, no tu cuerpo”. En realidad, podría desatarse de mi atadura… Pero no tiene por qué hacerlo”.

En la reciente serie de fotografías Hana Kinbaku, Araki presenta imágenes agrupadas en parejas: una flor en primer plano acompañada de una mujer inmovilizada según las técnicas del shibari. Entre cada pareja de imágenes se establece un diálogo temático y estético: los colores de las fotografías están especialmente cuidados y resultan siempre extrañamente complementarios…


6. El retratista lujurioso

“Todas las mujeres que me rodean, todas las que se ponen frente a mi cámara… Son diosas”. Nobuyoshi Araki

Cuando Araki cumplió doce años su padre le regaló una cámara Baby Pearl, que estrenó en un viaje escolar fotografiando el templo de Ise y a una guapa compañera de clase que le gustaba. Como veis, las cosas no iban a cambiar demasiado en los siguientes sesenta años.

Araki empezó ese día a guardar en su casa miles de fotografías, en su mayor parte retratos. Nunca ha ocultado que prefiere retratar mujeres, con cuanta menos ropa mejor: “el origen del arte visual yace en la vagina”, dijo en una entrevista… Y como puede verse en algunos hilarantes momentos de Arakimentari, centenares de mujeres japonesas se mueren de ganas de ser fotografiadas por Araki, a quien nunca le han faltado modelos. Sean jóvenes impetuosas o respetables amas de casa de mediana edad, cuando llegan a su estudio no suele necesitar mucho esfuerzo para desnudarlas. Y es que casi todas quedan muy satisfechas al verse retratadas…

El porqué es sencillo de entender. Todas sus mujeres (estén vestidas o desnudas, atadas o desatadas, en compañía o solas) desprenden un aura especial, una cierta luz interior, un aire sagrado y a la vez natural y muy sexy. Cierta leyenda alimentada pícaramente por sí mismo sugiere que se acuesta con la mayor parte de sus modelos (quiero creer que no con todos, ya que en cierta ocasión retrató a una osa polar)…

Araki aparece de vez en cuando en las fotografías que saca (gracias al uso de temporizadores o disparadores), pero en ocasiones recurre a pequeños avatares de plástico, generalmente reptiles. Serpientes, dinosaurios y pequeños juguetes le sustituyen en escena, se acercan a las modelos y pasean sobre su piel. Curiosa forma de retratarse y captar su propia esencia…


7. El viudo que fotografiaba gatos

Tal vez esta exposición sea un réquiem por Chiro y por la fotografía analógica…” Nobuyoshi Araki

Decía Heinlein que nuestro comportamiento hacia los gatos acabará determinando nuestro status en el cielo. Si es así, Araki será sin duda un pez gordo en el más allá, ya que son miles las cariñosas fotografías que le ha dedicado a su gata Chiro, uno de los últimos recuerdos que le quedaban de su esposa Yoko (que fue quien trajo la gatita a casa). En uno de sus últimos trabajos, Sentimental Journey/Spring Journey, Araki ha seguido la enfermedad y muerte por edad avanzada de Chiro, de una manera similar a la del Winter Journey de Yoko. La fotografía de Chiro en su pequeño ataúd es inquietantemente similar a la de Yoko en el suyo…

Empezábamos este artículo con el septuagésimo cumpleaños de Araki, y no estará de más terminarlo mirando a su futuro. Tras su cáncer de próstata (que también documentó en una serie de fotos llamada sarcásticamente Tokyo Radiation) ha declarado que ya no es el sexo el motor de su trabajo, sino la vida misma en todas sus formas… De la cual aún le queda mucho por vivir. Araki comenta a menudo que aún le falta tiempo para llegar a la edad de Hokusai o Picasso, que murieron con más de noventa años, así que aún planea dar guerra durante algún tiempo. “Me parece que ahora empiezo a convertirme en un fotógrafo profesional”, dijo en su cumpleaños.

Araki seguirá energético y creativo hasta su último día en la Tierra. Recientemente trajo al parisino Palais una muestra de sus fotografías, y la presentó sacando en directo una serie de polaroids eróticas de una bailarina que iba desnudándose ante la audiencia… No es esta una mala imagen para terminar el artículo: Araki disparando su cámara y moviéndose sin cesar alrededor de una hermosa bailarina con poca ropa. ¡Feliz cumpleaños, maestro!


Shibari: el arte japonés de la atadura erótica

A Kurt Fisher: 1953-2011

A principios de 2009 la compañía de mosaicos de lujo Bisazza contrató para una campaña publicitaria al famoso fotógrafo Nobuyoshi Araki. La promoción fue un éxito, pero una de las imágenes fue rápidamente prohibida en el Reino Unido por la ASA (Advertising Standards Authority), con el argumento de que tenía una fuerte carga de violencia sexual. La fotografía mostraba a la modelo atada y con una expresión extraña en el rostro…

Ya estoy acostumbrado a cualquier tontería en cuestión de censuras, pero me sorprende que la obra de Araki todavía levante controversias. Considerar misógino a uno de los mayores adoradores de la belleza femenina es una muestra de miopía tan increíble que me parece necesario, como fan de Araki y aficionado al BDSM, aclarar algunos puntos sobre el arte del shibari que hubieran evitado el malentendido de la ASA.

Una precisión inicial: la palabra shibari (縛り) significa literalmente “atadura”, mientras que kinbaku (緊縛) se podría traducir como “atar fuertemente”. En la práctica, ambas palabras se emplean casi indistintamente (con ciertos matices) para referirse al arte japonés de la atadura erótica, a cuya historia, significado y belleza está dedicado este artículo.

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1. Una atadura es un abrazo fuerte

¿Por qué resulta erótico inmovilizar o restringir el movimiento? Para la persona atada, el efecto es en parte físico: la presión de las cuerdas sobre puntos sensibles y zonas erógenas, el roce que puede ser suave o áspero según el tipo de cuerda…  En una suspensión entra en juego la ingrávida sensación de volar y perder los referentes; en una atadura sobre tatami o una cama, el sentirse manejada, empujada, acariciada por las cuerdas. Los efectos psicológicos son potentísimos y a veces contradictorios: el chorro de adrenalina al sentirse indefenso y a la merced del atador, frente a la relajación y confianza de saberse en buenas manos y poder librarse de toda responsabilidad y vergüenza (“no puedo resistirme al placer que se me proporciona”). Como sostiene el propio Araki, atar fuertemente es abrazar… Las cuerdas se convierten en una extensión de los dedos del atador.

El establecimiento de una comunicación fluida entre atador y atado convierte una sesión de shibari (sea performance con público, sea juego privado) en un cruce entre baile intenso y pelea de artes marciales…  Entra también en juego el aspecto estético: la disposición de las cuerdas realzando y subrayando las formas de la persona atada, la contorsión erótica de los cuerpos, las posturas tanto expuestas como recogidas, tensas o relajadas. La expresión de la cara de la persona atada suele ser clave en las fotografías de shibari: en una cultura como la nipona, famosa por su impenetrabilidad facial, dejar traslucir una emoción profunda crea un instante potente y significativo.

¿Y qué hace el atador cuando tiene a la “víctima” a su merced? ¿La azota? ¿La acaricia? ¿La fotografía? ¿Folla con ella? ¿Deja que vuele? ¿Le venda los ojos para que se aísle del mundo exterior y se cueza en su propia salsa? Pues todo, parte o nada de lo anterior, dependiendo de la relación existente entre ambos (tan ligera como atador/modelo fotográfico o tan profunda como pareja habitual). Cada tipo de interacción tendrá su propia energía artística y vital.

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2. La atadura sagrada

No es casual que el arte de la atadura (erótica o no) se haya desarrollado sobre todo en Japón, ya que el uso creativo de cuerdas y envoltorios ha formado parte de su tradición social y cultural ya desde el periodo Jōmon (literalmente “diseño de cuerda”), que va desde el 14.000 hasta el 400 antes de Cristo y recibe su nombre de los hermosos patrones realizados mediante sogas de yute en piezas de alfarería. Envolver cuidadosamente los obsequios es también un arte con sus propias reglas: es conocida la historia del maestro zen Ejo Takata, que le regaló a Jodorowsky un paquete intrincadamente envuelto. Cuando tras mucho esfuerzo logró desenvolverlo, el escritor chileno vio que estaba vacío: el auténtico regalo era la experiencia estética efímera e irrepetible de deshacer la hermosa y complicada atadura.

Hasta en la religión sintoísta tienen un papel importante las ataduras: las cuerdas llamadas shimenawa marcan los lugares considerados puros o sagrados, como los templos o los árboles donde habitan los espíritus…

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3. La atadura como arte marcial

Pero la mayor fuente histórica del shibari se puede rastrear en el hojōjutsu (捕縄術), un arte marcial japonés que enseña a utilizar cuerdas para capturar y atar prisioneros para su arresto, transporte o castigo. Sus orígenes pueden rastrearse hasta el siglo XVI como arma de guerra (era una de las 18 técnicas de lucha en que se instruía a los samurai), y posteriormente como herramienta policial.

La habilidad japonesa para ritualizar y embellecer actividades cotidianas (desde la ceremonia del té hasta la caligrafía o los arreglos florales) entró también en juego con el hojōjutsu: las ataduras del prisionero podían seguir complicados patrones según su clase social, el delito cometido o el castigo que le estaba reservado. Diferentes escuelas enseñaban sus propias técnicas secretas de atadura y empleaban cuerdas de diferente color (dependiendo de la estación del año), grosor o material.

Un punto en común de todas estas técnicas es que no se preocupaban en exceso del bienestar del criminal, presionando con las cuerdas puntos de dolor o dificultando la respiración. De hecho algunas ataduras se utilizaron abundantemente como método de tortura durante el periodo Edo (siglos XVII-XIX). Según documentos de la época, dos de las peores torturas que se podían aplicar legalmente sobre un criminal eran las ataduras llamadas ebizeme (con el criminal contorsionado dolorosamente sobre sí mismo, ver ilustración adjunta) y tsurizeme, consistente en suspender todo el peso del prisionero de sus brazos atados a la espalda. Hay documentados poquísimos casos en que estos métodos de tortura no obtuvieran apresuradas confesiones… Con excepciones, la más llamativa la de una mujer llamada Fukai Kane, detenida en 1871 como sospechosa de asesinato y más tarde puesta en libertad sin cargos… Ante la sospecha de los sorprendidos carceleros de que el suplicio estaba teniendo un efecto diametralmente opuesto al previsto.

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4. De la brutalidad al arte erótico

Independientemente de la curiosa actitud de la señora Kane, es evidente que en esa época tanto el hojōjutsu como la tortura de la cuerda eran actividades brutales, que podían dejar secuelas permanentes en sus víctimas y que no buscaban ningún tipo de connotación sensual. El paso de la brutalidad medieval al refinamiento del arte erótico se dio de forma gradual durante el siglo XIX y llegó a su cumbre gracias a la influencia del pintor Itoh Seiyu, llamado el “padre del kinbaku”.

Nacido en 1882, Itoh recibió profundas influencias del arte del ukiyo-e (los bien conocidos grabados xilográficos sobre madera) y especialmente de los shunga o “dibujos de primavera”, grabados explícitamente sexuales inmensamente populares en la época. Ya tuve oportunidad de hablar en Jot Down del terremoto erótico tentacular que Katsushika Hokusai ocasionó con El sueño de la mujer del pescador … Otros autores de shunga jugaron un papel similar en la erotización de las ataduras y las escenas de violencia (seme-e): desde los asaltos de Kunisada Utagawa o las cortesanas castigadas de Koryusai Isoda hasta la terrible y extrañamente erótica imagen de una embarazada suspendida cabeza abajo en la cabaña de una bruja: La casa solitaria del pantano de Adachi del gran Tsukioka Yoshitoshi. También en el teatro kabuki más popular en la época empezaron a prestársele una especial atención a las escenas de torturas o ataduras (relativamente abundantes en los dramáticos argumentos de las obras), interpretadas con convicción por actores que adoptaban papeles masculinos y femeninos. Al joven Itoh le causaron gran impacto escenas como la representada en la imagen adjunta, de una obra kabuki en que una princesa llamada Chujo es atada bajo una fría tormenta de nieve…


Itoh Seiyu absorbió estas influencias y las combinó con su propia querencia por los juegos eróticos de dominación y sumisión (lo que hoy llamaríamos BDSM), haciendo nacer el arte del shibari. La primera mujer de Seiyu no compartía en absoluto sus preferencias eróticas, y el suyo fue un matrimonio frío. Pero su segunda esposa y modelo, una delicada mujer llamada
Kiseko, era sexualmente masoquista y sentía un enorme placer al ser atada (y retratada) por Itoh. Seiyu transformó gradualmente las ataduras del hojōjutsu buscando convertir la brutalidad en placer: las cuerdas que antes presionaban estratégicamente nervios causando un gran dolor pasaron a buscar las zonas erógenas y seguras; empleó nudos y pases de cuerda que no se apretaran con el forcejeo, evitando así el riesgo de cortar la circulación…


Esta preocupación de Itoh (y, como veremos, sus discípulos) por la seguridad de las ataduras será muy importante en escenas fotográficas realmente intensas, como la controvertida imagen de la suspensión cabeza abajo de Kiseko embarazada (en homenaje al ukiyo-e de Yoshitoshi antes comentado) o una sesión de fotografía en la nieve realizada en pleno febrero…

Inevitablemente Itoh acabó teniendo problemas con la censura y al menos en dos ocasiones pasó por comisaría: la primera vez por publicar “material obsceno” y la segunda por unos dibujos ofensivos hacia el Confucianismo. Sin embargo, más adelante su popularidad como artista y enfant terrible le permitió suavizar sus relaciones con las autoridades, hasta el punto de terminar dando clases de hojōjutsu a policías o colaborando en un libro gubernamental sobre la justicia en la época Edo.

Para entender esta libertad sorprendente a ojos occidentales tengamos en cuenta que parte del Japón cultural de los años 20-30 estaba influido por los excesos artísticos de la república de Weimar y tendencias experimentales de vanguardia… Mientras en los EEUU resultaba problemático usar la palabra “embarazada” en la radio, en Japón nacían movimientos artísticos como el Ero Guro Nansensu, dedicado a la corrupción sexual, lo deforme y lo grotesco. Itoh Seiyu no pertenecía a este movimiento (buscaba más el refinamiento clásico que la transgresión rompedora), pero se benefició del ambiente de la época.

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5. El club de las historias extrañas

Cuando por fin logre viajar a Japón (llevo años intentándolo infructuosamente), visitaré sin falta un distrito tokiota llamado Iidabashi… A tres minutos de la estación de tren, un edificio aparentemente anodino alberga sin embargo un museo-librería realmente único: el Fuzoku Shiryoukan o “Museo de lo Anormal”. Fundado en 1984, alberga la mayor muestra mundial de publicaciones relacionadas con el sadomasoquismo: una colección privada de más de 17.000 volúmenes, 2.000 vídeos, centenares de documentos históricos y un increíble portafolio con casi todas las obras originales de Itoh Seiyu.

Una de las joyas de este museo es la colección completa de una legendaria revista llamada Kitan Club (abreviatura de “El club de las historias extrañas”), que nació en Osaka tras la Segunda Guerra Mundial como publicación underground de relatos escandalosos o divertidos. Sin embargo, a partir de mediados de los cincuenta su editor cambió la orientación de la revista especializándola en sadomasoquismo y shibari… La decisión fue tomada sobre todo gracias al éxito de ventas del número de julio de 1952, que contenía una ilustración llamada Diez mujeres atadas de un dibujante aún desconocido llamado Kita Reiko. Esa ilustración se puede considerar fundacional, al abrir un nuevo camino al arte del shibari hacia los medios de comunicación.

Kitan Club alcanzó una enorme fama, y acogió a alguno de los mayores talentos artístico-eróticos de la época… Kita Reiko resultó ser un alias de Minomura Kou, discípulo de Itoh Seiyu y continuador de sus estudios sobre la violencia erótica en el teatro kabuki. El prolífico y recientemente fallecido escritor Dan Oniroku empezó aquí su carrera literaria con la historia Hana to Hebi (“Flor y serpiente”), que sería adaptada al cine en varias ocasiones por la poderosa productora Nikkatsu. También empezó a escribir en Kitan Club en esa época el legendario Nureki Chimuo, reconocido hoy en día como el mayor nawashi (“maestro de cuerda”) vivo…

Mientras tanto, en Occidente, varios ejemplares de Kitan Club caían en manos de un dibujante y fotógrafo llamado John Alexander Scott Coutts, alias John Willie. Fue un auténtico pionero del arte fetichista en occidente (se le llegó a conocer como “el Rembrandt del pulp”), jugando en EEUU un papel similar al de Itoh Seiyu en Japón. Se puede rastrear la influencia del shibari en muchos de sus dibujos para la revista Bizarre (¡qué delicioso su personaje de Sweet Gwendoline!) y en gran parte de las fotos eróticas en que ató a modelos como la conocida pin-up Betty Page. Por supuesto, la influencia fue bidireccional, y en varios ejemplares de Kitan Club pueden encontrarse obras de Willie, Eric Stanton y otros dibujantes y fotógrafos estadounidenses de la época.

Kitan Club abrió camino a muchas otras revistas, libros de fotografía, novelas y películas relacionadas con el sadomasoquismo y el shibari. Algunas de estas publicaciones resultaron copias cutres sin alma ni sentimiento o sufrieron altibajos por culpa de los vaivenes de la censura, pero otras alcanzaron pronto grandes niveles de calidad artística. Fue por ejemplo en la revista SM Sniper donde Nobuyoshi Araki, con el que abríamos este artículo, publicó en 1979 uno de sus mejores portafolios de shibari…

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6. Nawashi: artistas de la cuerda

En la época pre-Internet, estas publicaciones permitieron poner en contacto a modelos, atadores y aficionados, facilitando el intercambio de ideas, información y técnicas. De ese caldo de cultivo han ido surgiendo con el tiempo grandes nawashi (“maestros de la cuerda”), es decir, personas con reconocido talento para la atadura erótica. Para ser considerado un nawashi no hace falta sólo habilidad técnica, sino sobre todo sentido estético y capacidad para establecer una comunicación profunda con la modelo. Cada nawashi tiene su propio estilo: hay quien prefiere las suspensiones y quien favorece el bondage de suelo; hay quien gusta de los patrones ordenados y quien potencia la asimetría y la originalidad…

Uno de los nawashi más influyentes fue Akechi Denki, un genio natural de la cuerda. De carácter suave, amable y dialogante, contribuyó enormemente no sólo al avance de la técnica de la atadura sino también a acercar al público su arte, más allá de los círculos elitistas en que se movió el shibari en sus inicios. Akechi falleció prematuramente en 2005, dejando tras de sí alguno de los mejores libros de fotografías de shibari de la historia (por ejemplo el magnífico Pleasure and a Little pain, con la modelo Kate Asabuki). La autora francesa Agnès Giard le dedica su imprescindible ensayo L’imaginaire erotique au Japon usando estas palabras: “A la memoria de Akechi Denki, que ataba a las mujeres tan dulcemente que ya no querían ser desatadas”.

Y hablando de mujeres: probablemente algún lector se haya preguntado si también hay mujeres maestras de la cuerda… Y evidentemente la respuesta es sí, cada vez más, aunque algunos de los primeros nawashi se mostraran reluctantes a la idea. En la época feudal japonesa, donde hemos visto que tiene uno de sus orígenes históricos el shibari, la cuerda era dominio exclusivo de los hombres (con la única excepción de las kunoichi o “mujeres ninja”). Fue precisamente Akechi Denki uno de los primeros nawashi en enseñar su arte a mujeres como la habilísima Benio Takara, actualmente una reconocida Dómina y maestra de la cuerda.

Y empezaré la última sección de este artículo con otro gran ejemplo de mujer nawashi…

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7. Volar sobre un escenario

Barcelona, 9 de Abril de 2011. Se celebra el acto benéfico Cuerdas por Japón, creado por el artista Alberto No Shibarien favor de las víctimas del reciente tsunami. Mientras suena de fondo la música de los Yoshida Brothers, una mujer llamada Despertant se acerca a un chico joven que le espera en actitud tranquila. La mujer coge un manojo de cuerda de yute. Con un tirón rápido de la mano (similar al gesto de arrancar la anilla a una granada) la despliega elegantemente y comienza a usarla para atar al joven, partiendo de las muñecas cruzadas en la espalda y tensando la cuerda alrededor de brazos y hombros. Un diseño empieza a ser visible: un arnés que inmoviliza progresivamente al joven y le sirve como punto de apoyo hacia una anilla que cuelga del techo. Un par de tirones de las cuerdas hacen volar al hombre, que queda completamente suspendido de la anilla y girando lentamente sobre sí mismo. De repente la mujer saca unas tijeras y el público contiene el aliento: ¿hay alguna emergencia que haga necesario cortar las cuerdas? Sin embargo, la mujer agarra la coleta del joven, y en un gesto tierno cuyos significados se adivinan profundos, la corta.

El shibari es ante todo una comunicación íntima entre dos personas… Pero al ser un arte tan visual y estéticamente potente, es lógico que encuentre uno de sus principales medios de expresión encima de los escenarios, no sólo de clubes especializados sino también de teatros, locales privados o incluso platós de televisión. Recientemente el canal Arte retransmitió una preciosa performance aérea de la bailarina berlinesa Dasniya Sommer (en la foto), que combina de forma hipnótica y preciosista shibari, yoga y danza contemporánea…

Gran parte de los artistas del shibari que deciden subir a un escenario le deben mucho al maestro Osada Eikichi, primer nawashi en llenar locales con sus coreográficas e intensas actuaciones tras su primera y legendaria performance en el estudio de ballet Ars Nova de Tokio, en 1964. Su testigo lo recogió el gran Osada Steve, de origen alemán y único nawashi occidental residente en Japón. Las apariciones públicas de Osada Steve resultan siempre espectaculares, ya que posee un magnetismo particular y un sentido escénico muy desarrollado. Tuve en 2010 la inolvidable oportunidad de asistir a uno de sus talleres, organizado en Barcelona por el Club Social Rosas 5, y de verle en acción…

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8. La belleza del kinbaku

Todo este artículo no ha hecho más que rascar la superficie de un mundo sensual y sorprendente que conjuga niponofilia, erotismo, estética y espectáculo, un arte del que podría estar hablando durante horas… Pero me debo despedir ya y lo haré con una recomendación literaria: quien quiera saber más de la historia y orígenes del shibari debería conseguir el libroThe Beauty of kinbaku, de “Master K”: un ensayo precioso y profusamente ilustrado con hermosas fotografías, publicado en una única edición de mil ejemplares que se convertirán pronto en objeto de coleccionista…