Claudio Caniggia: «Maradona siempre le puso el pecho a todo, era como un indio salvaje»

Fotografía: Jose A. Ramos

En los años en los que el rock and roll dominaba la cultura popular, Argentina jugaba al fútbol con dos melenudos por delante, Caniggia y Batistuta. Incluso hoy, con sus gafas de cristal púrpura, Claudio recuerda a Robin Zander, de Cheap Trick. En ocasiones, estos «rockeros» por detrás tuvieron a Dios. A Diego Armando Maradona. Pero fue en ocasiones porque las suspensiones arruinaron el potencial de aquella selección. A estas alturas, Claudio Caniggia (Henderson, Argentina, 1967) no quiere hablar de nada extrafutbolístico, pero sí que recuerda momentos épicos de su carrera que son historia del fútbol. Nos encontramos en Málaga, junto al exfutbolista local Antonio Vega y el periodista Camilo López. En el repaso a su trayectoria, Caniggia rechaza valorar a los futbolistas por su técnica y florituras, para él los buenos son los que aparecen en el momento cumbre. Cuando hay que aparecer. No hay más.

Eres un futbolista salido del medio rural.

Henderson era un pueblo chiquito, de unas siete mil personas. Yo no es que fuera un hombre de campo, pero prácticamente crecí en un pueblucho. Puede que se note en mi carácter, no soy de Buenos Aires. Soy un poco más desconfiado, me protejo más. Allí lo que tenía era el campo a treinta metros de mi casa. Desde que tuve cinco años, me pasé ahí todo el día. Era un terreno que nosotros llamamos potrero. La pelota iba para donde quería. Era terrible. Pero jugar en potreros lo que te daba era algo diferente a tu fútbol. No solo lo digo yo, ya se ha hablado mucho de esto, hasta Pelé lo decía: «A nosotros la pelota nos botaba para cualquier lado». En el potrero, a salir con el balón con gente alrededor, a pensar, lo aprendes instintivamente. Luego llegas a un campo de verdad y es un lujo.

Donde yo jugaba, en un equipo que se llamaba Juventud Unida en el que había jugado también mi padre, en el campo había zonas con zarzales. Por ahí pasaban después los corderos para quitarles la lana. Nadie quería pasar por esas zonas del campo, si corrías por ahí se te llenaban las medias de espinas; luego, cuando te golpeaba la pelota, se te clavaban. Te ponías perdido de sangre, era un dolor terrible. Veinte espinas clavadas. Y si te caías…

Hiciste atletismo también.

Me gustaba mucho, corrí cien, doscientos y cuatrocientos metros. Lo que más me gustaba era el salto de longitud. Me encantaba saltar y quizá eso se quedó en mi estilo a la hora de correr sobre el campo. Siempre me dijeron que corría encogido, que me agachaba un poquito para coger velocidad, pero yo lo hacía por los rivales, para meterles el cuerpo en carrera. Si vas erguido, te tiran con solo tocarte un poquito. Una vez leí que Usain Bolt le dijo a Cristiano Ronaldo que tenía que correr con la espalda más derecha, pero no es lo mismo correr con la pelota que en la pista. Bolt hace muy bien los cien metros, pero no puedes correr como un atleta en un partido de fútbol. Ahí hay gente que te quiere desacomodar, no puedes arrancar con el pechito para adelante.

Fui a muchas competiciones de atletismo en las ciudades alrededor de mi pueblo, no competí a nivel nacional porque era muy joven, pero me hubiese gustado. Pero no creo que fuese rápido jugando al fútbol por haber hecho atletismo, ya era rápido de por naturaleza. Puedes aprender a correr, mejorar tu salida, por ejemplo, pero no se puede aprender a correr más rápido. Eso no se puede mejorar.

Con quince años te plantaron en Buenos Aires para jugar en River.

Carlos «el Negro» Jaimerena era de una peña de River en mi pueblo. Jugaba al billar con mi padre y un día propuso que me llevaran a probar. Todas las peñas hacen estas cosas. Llamó al club, le dijeron que fuéramos y nos presentamos allí los tres en un auto. Me probé como 8, que era lo que me gustaba, pero cuando vieron mi velocidad me pusieron de 7. Yo en realidad era de Boca, desde chico escuchaba los partidos por la radio y mi padre, que era comerciante y de vez en cuando iba a la capital a por electrodomésticos, me llevó alguna vez a la Bombonera.

Pero el problema de verdad fue que pasé de un sitio donde conocía a todo el mundo a, de repente, verme en una ciudad como Buenos Aires completamente solo. No tenía amigos, cambiaba de colegio cada año. Con quince años no eres niño ni adulto. No fue fácil para mí. Me encontré, además, con un equipo de pibes que llevaban tres o cuatro años jugando juntos y se bancaban entre ellos, se protegían. Ahí empezaron los problemas. Yo era el nuevo, le quité el puesto al que llevaba ahí años y dijeron: «¿Qué pasa acá?». Con dieciséis años estuve a punto de volverme. No solo por esto, también porque tenía que ir hora y media en autobús al colegio, luego coger un tren, luego otro autobús. Estaba agotado y no tenía relación con casi nadie. Vivía con mis tíos y mis primas. No fue fácil. Si no es porque me convence mi madre, que me dijo que me quedase un poco más, hubiese renunciado. El segundo año fue más fácil y no volví a tener deseos de volver al pueblo.

Te apodaron el Pájaro.

Se le ocurrió a un periodista cuando empecé a jugar en primera. Era porque corría con las puntas de los pies y parecía que no tocaba el suelo. No apoyaba el talón prácticamente. Alguien dijo que volaba y a otro se le ocurrió llamarme el Pájaro. También se dijo el Hijo del Viento, que se lo decían a Carl Lewis.

Cuando subiste a la primera plantilla, se recuerda de ti que salías de cada entrenamiento lleno de arañazos porque no te podían atrapar.

Me pegaban bastante. Hijos de puta [risas]. Cuando empiezas a entrenar con los de primera te enseñan el rigor. Me daban duro, me mataban a patadas, pero me tenía que callar. Tenía que levantarme cada vez y seguir. Nunca me lamentaba. Ruggeri decía que, cuando me daban, iba al suelo, me ponía de pie y en la siguiente jugada volvía a encararles otra vez. «Le dábamos, pero el hijo de puta seguía encarándonos», decía. Obviamente, te querían intimidar. Ahora también pasa, pero si le dan a uno en los entrenamientos sale en todas partes. Ya ha pasado. Entonces no podías decir nada. ¿Qué ibas a decir? Y te hacías jugador, u hombre, como quieras llamarlo, más rápido.

Ruggeri decía que te daban igual los golpes y que no sabías ni con quién jugabas el siguiente partido.

Sí sabía contra quién jugaba, lo que no sabía era quién me iba a marcar. Salvo los jugadores más importantes de cada equipo, no conocía a los demás. Los periodistas me preguntaban a propósito quién me marcaba y yo contestaba: «No lo sé, qué quieres que te diga». Igual era inconsciencia, pero así me quitaba preocupaciones. Si yo estaba bien, no necesitaba saber quién me marcaba. No quería tanta información en mi cabeza. Ni siquiera en los Mundiales. Seguí igual. Mi mente funcionaba así.

Ese River ganó la Copa Libertadores y luego la Intercontinental al Steaua de Bucarest.

Era muy difícil debutar en ese River, había ocho o nueve jugadores internacionales entre uruguayos y argentinos. El club tenía dinero en esa época y compraba lo mejor que había en circulación por Sudamérica. Estaban Pumpido, Ruggeri, Henrique… el centro del campo de la selección argentina campeona del mundo en el 78, Gallego y Ardiles… Hubo jugadores mejores que yo en las categorías inferiores que no pudieron jugar en ese River.

Pero cuando debutaste se dijo que no se veía nada igual desde Maradona.

Es verdad que fue un ascenso bastante rápido, arranqué a jugar y desde el primer partido encaraba, cogía la pelota y me iba para delante. Jamás me sentí intimidado. Nunca me puse nervioso. Era un poco inconsciente en ese momento. Pero fue Bilardo el que le dijo al técnico del primer equipo, Héctor Veira, que me sacase. No se la quería jugar con los pibes, que los había muy buenos, pero no los ponía. Bilardo me conocía porque utilizaba a las categorías inferiores de River como sparring de la selección argentina que luego ganó la Copa del Mundo del 86. Le dijo: «¿A este pibe qué haces que no lo pones en primera?».

Cuando llegas arriba es muy bonito, pero nada de lo que has hecho antes vale para nada. Muchos muy buenos llegaron y se cayeron. Jugaban uno o dos partidos, después iban al banco y al final desaparecían. Cuando yo aparecí, me faltaba mucha experiencia, pero era como si hubiese jugado toda mi vida en primera. Me adapté.

Puedes tener la técnica que quieras, pero si no tienes cabeza… La mentalidad es más importante que la técnica en el máximo nivel. Tienes que saber que los espacios son más reducidos, que no puedes ponerte a gambetear como si tuvieras dieciséis años, tienes que entender que el juego es más rápido, más fuerte y tácticamente tienes que prestar más atención a tu ubicación, al juego posicional. Todo eso lo tienes que aprender muy rápido. Yo no tuve ese problema, también porque era muy vertical; cuando había que ir, iba y punto. No hacía jugadas para perder el tiempo.

Esas cabalgadas tuyas recuerdan a las de Ronaldo Nazario, o al revés.

Sí, a pesar de que la posición en el campo era diferente, él era un 9, más delantero, lo mío era arrancar de atrás. En principio, yo partía como wing. En River jugábamos con tres arriba. Estaba Alzamendi, el uruguayo que jugaba en la selección, a él no le iban a largar de la derecha, así que tuve que aprender a jugar desde la izquierda. Nunca lo había hecho, ni siquiera en las categorías inferiores.

Y lo hacías contra esas defensas sudamericanas de la época…

El fútbol argentino y el italiano son los más difíciles del mundo. Te pegan, te dan codazos, no les importa. Vas a sacar un córner y te escupe toda la tribuna, te reputean. Pero eso nos pasa a los argentinos desde que somos chicos, por eso nos acostumbramos a la presión y por eso mismo cuando salimos fuera no existe la presión para nosotros. Cuando teníamos trece años, íbamos a sacar un córner y los padres del equipo contrario nos decían de todo. Nos apedreaban. Tipos de cuarenta años insultando a pibes de trece. Es una vergüenza, pero Argentina es así. Desde chico juegas en un ambiente hostil, luego te vas a Europa y te parece un juego de niños. No te causa sorpresa nada de lo que ves. Te gritan cuatro, vale, ¿y a quién le importa?

En el campo las patadas eran terribles. Todo el tiempo. Yo, que era finito, flaquito, volaba cinco metros cuando me daban. Alguna fractura me costó. En la Libertadores igual, ibas con un cuchillo entre los dientes a jugar a Paraguay, a Colombia… te mataban. Era horrible. Ahora hay cámaras, pero en esa época era el terror. Ibas a sacar un córner y no sabías si ibas a salir con un ojo menos. A mí me agarraban del pelo…

Es como dijo Riquelme hace unos meses, que Messi es un fenómeno, pero en Argentina acabaría lesionado dos o tres veces por año y no podría jugar todos los partidos. En Argentina tampoco podría tirar paredes en el área chica, porque le irían a buscar antes y le pegarían, le frenarían. Con inteligencia, pero le desacomodarían. No quiero decir que aquí no pasen esas cosas, pero el jugador sudamericano está más acostumbrado a ese tipo de fricción. A ser listo. Es así, es la naturaleza. Es como crecemos en Argentina, Brasil o Uruguay. Como sé que eres muy bueno y me vas a pintar la cara, no te voy a dejar salir. No te respetan. En Europa, a los grandes equipos les dan, pero no les dan tan fuerte. Allá no importa quién sos. Cuando volví a Boca en el 95 con Maradona me daban igual. Nos tenían respeto, pero dentro del campo, si te tienen que colgar con un alambre, te cuelgan. Así es Argentina.

Pronto llamaste la atención de los clubes europeos.

El primero que vino a por mí fue la Roma. Estaba todo listo, yo tenía diecinueve años, pero no pudo ser, ¿sabes por qué? Porque alguien, no voy a decir quién, se quería quedar con el 15 % del traspaso, que es una comisión que le corresponde al jugador. Habría jugado unos treinta partidos en primera y me ofrecieron un contrato de tres años. También lo intentó la Juventus. Yo no tenía representante, no había esas cosas, iba con mi padre a negociar porque sabía algo de contabilidad. Era el año 87, la Roma ponía cinco millones, a mí me correspondían cuatrocientos mil dólares. Eso era una fortuna en aquella época. Ya habían adelantado un millón, pero dije que no. Quería mi 15 %. Yo no le había costado a River ni una moneda. Al año siguiente vino el Verona ofreciendo un buen contrato y entonces sí decidí irme.

¿Hubo mucho cambio de Argentina a Italia? Dijiste que tenías agujetas hasta en las orejas.

Yo lo aprendí todo de Bilardo y del fútbol italiano. Era un fútbol mucho más cerrado, había que moverse mucho, si no, te comían. El italiano es el fútbol más difícil en el que he jugado. En los ochenta, los máximos goleadores del Calcio no marcaban más de veinte goles. Maradona fue máximo goleador en la temporada 87-88 con quince goles. Yo hacía unos diez u once. Había muy pocas ocasiones, se trabajaba muchísimo. Mucho.

Nunca me he entrenado como allí. Era terrible. Aunque solo lo pasé mal el primer año, en el segundo el cuerpo tiene memoria y se adapta. Pero eran entrenamientos extremos. En la pretemporada hacíamos tres al día, durante veinte días, en una montaña. Troglio, que era un tractor, tampoco podía. Al final del día, le decía: «¿Vos estás como yo o soy yo solo?». Y contestaba: «Estoy hecho polvo». Cenábamos a las ocho de la noche y nos tirábamos en la cama. Pero luego veías a tíos como Thomas Berthold, el internacional alemán, que cuando salíamos a correr a la montaña él iba solo un kilómetro por delante de los demás.

¿Sufriste al Milan de los holandeses?

Les hice dos goles en un mes. Con uno de esos dos les echamos de la Copa. También recuerdo haberles hecho uno muy lindo de vaselina un día que luego nos ganaron con un gol de Van Basten en el último minuto, que le dio a uno de los nuestros en el hombro y entró. ¿Sabes que al principio Van Basten tenía problemas con Sacchi? Pensaba: «¿Para qué trajimos a este?». Y él se quería ir. No tenían buena relación. Jugando, lo impresionante era cómo te presionaban. No te dejaban. Y se lo hacían a grandes equipos, jugaban igual contra el Inter o contra el Madrid, al que le metieron cinco.

¿Es verdad que a los extranjeros el primer día os llevaban a vestiros bien?

Eso le pasó a Van Basten, precisamente. Un día salieron a algo con sus trajes y él iba con calcetines blancos. Le dijeron: «Perdona, ¿qué es esto?». Siempre que llegaba un jugador le llevaban a vestirle. Tienes que tener en cuenta que en los ochenta no había información como ahora, que puedes pedir lo que sea por internet y hay setecientos canales de televisión. Antes nadie tenía información de un carajo. Si llegabas a Italia con veintiún años, que aquello era el Hollywood del fútbol, te llevaban a comprar ropa, varios trajes, camisas, zapatos y te explicaban cómo iba la cosa. No porque fueses mal vestido, sino porque querían que fueses bien, como se iba en Italia.

¿Por qué fichaste luego por el Atalanta?

A veces me dicen que podía haber jugado en equipos más fuertes y es verdad, pero fue así porque el fútbol era distinto, los cupos de extranjeros lo complicaban todo. Mira al brasileño Junior, fue al Pescara y al Torino. Enzo Francescoli, uno de los mejores jugadores que he visto, fue al Cagliari. Toninho Cerezo, a la Sampdoria. Zico, al Udinese. Maradona no fue ni al Milan ni al Inter ni a la Juventus, sino al Nápoles, que el primer año peleaba en mitad de la tabla. Gica Hagi, al Brescia. Ramón Díaz, uno de los mejores defensores que vi en mi vida, ¡al Avellino fue!

Ahora se ha perdido la esencia con tantos extranjeros. Antes los vestuarios estaban mucho más unidos porque estaban todos los italianos y nosotros, dos o tres extranjeros. Ahora hay quince tipos y son todos de fuera. Esos grupos ya no son tan compactos como antes.

¿Cómo viviste que Maradona ganase dos ligas con el Nápoles y tirase una, o lo que fuera aquello?

Fue una historia rarísima, llevaban cinco puntos de ventaja, cuando ganar eran dos puntos, y faltaban cinco fechas. Era casi imposible que lo perdieran. Circulan muchas leyendas sobre lo que pudo pasar. Pero ganó dos. Con un par de incorporaciones, ese equipo medio, después del Mundial del 86, se puso a pelear por la liga y ganó dos. Por eso Maradona es el jugador más grande de la historia del fútbol. Porque se fue al Nápoles. Esto hay que tenerlo en cuenta cuando se hacen comparaciones, porque parece que hablamos diferentes idiomas. Maradona fue el jugador más trascendental de la historia del fútbol. Tenía que pelear contra el poderío económico y también político del norte de Italia, y llevó al Nápoles a ganar dos campeonatos y perder otro de forma extraña.

No hay un jugador capaz de repetir eso. Se rodeó de buenos jugadores, sí, pero no olvidemos que Maradona regaló un 30 % de lo que pudo dar de sí. Entrenaba cuando le salía de las pelotas y todos los demás problemas, que no es necesario que los diga porque ya los sabemos. Fue el mejor de la historia regalando el 30 % de su carrera.

Diego le dijo a Bilardo que te llevase al Mundial, que, si no, él no jugaba.

Lo dijo Diego. No lo sé. Eso lo sabrán Maradona y Bilardo. Lo escuché por primera vez en televisión.

¿Cómo fue la preparación para Italia 90? Tras ser campeones del mundo en el 86, en la Copa América del 87 y del 89, parecía que la selección pudo haber dado más.

Argentina siempre tuvo problemas. Para el 86 se clasificó en el último momento con un gol a Perú en cancha de River que fue terrible, si no lo mete, Argentina estaba fuera; tiró Passarella, dio al palo y la metió Gareca. El Gobierno estaba presionando para que sacasen a Bilardo, llamaban a Grondona para que lo echase. No se daban los resultados, se perdía y empataba contra equipos mediocres, pero él estaba haciendo su trabajo, lo que consideraba. Se ponía en duda a Maradona, se discutía si debía jugar o todavía no. Para muchos era mejor que no fuese titular todavía.

También era verdad que con los que tenían que hacer el trabajo táctico Bilardo era terrible. A Ruggeri lo llamó un día y le dijo que se presentase en su casa, pero con ropa para jugar. Se presentó ahí confundido y Bilardo le hizo bajar a una plaza que había enfrente de su casa, donde estaban unos chicos de ocho o nueve años jugando al fútbol. Le dijo: «Venga, ya lo arreglé con ellos». Quería que jugase con ellos. «Patéale», le dijo. A un chaval de nueve años que estaba en el arco. «Pero es un chico, Carlos… no puedo». «¡Patéale!», insistió. Quería probar a ver si se había recuperado de una lesión.

Los jugadores vivían momentos que… Al Vasco Olarticoechea lo llamó a casa y le preguntó qué hacía. Le contestó que iba a llevar a su familia en coche a un sitio. Le dijo: «¿Por qué autopista?». Y le esperó en un kilómetro, detrás de un peaje. Allí le paró el coche y le dio una charla técnica pintando con un ladrillo en la pared de una casa que había al lado de la carretera.

El Loco era así, hacía cosas rarísimas. Nos grababa a todos, tenía a un tipo escondido en una parte alta tomando vídeos de los entrenamientos. A mí me hizo ver un vídeo mío en el que me mostró con los brazos en jarras. Me dijo que no podía ponerme en esa posición durante un partido porque parecía que estaba cansado y eso lo podía ver el rival y coger confianza. También me pasó vídeos enseñándome cómo me tocaba el pelo, decía que eso me quitaba concentración. Usaba los vídeos para tener pruebas cuando te decía algo. Apoyarse en algo. Yo luego me puse una cinta en el pelo.

Si tenía una charla contigo, llamaba a dos testigos. Si había una mala onda, quería que en el futuro uno no dijese que había pasado una cosa y él otra. En el 90 me lo hizo antes del primer partido, en el que no jugué el primer tiempo. Hubo una historia dos días antes, cuando dio la alineación del equipo y yo me enfadé con él. En una cena hubo mucha bronca, por mi parte hacia él, y me llevó a una habitación a hablar conmigo, pero con testigos. Tuvimos que estar ahí dos minutos los dos en silencio esperando a que llegasen Olarticoechea y Ruggeri. Cuando entraron, tenían a Bilardo de espaldas y se rieron mirándome. En cuanto él se dio la vuelta, se pusieron automáticamente serios los cabrones [risas]. Entonces Bilardo me habló y ellos solo tenían que escuchar, no podían opinar. Era una cosa entre él y yo.

Las concentraciones con él tenían que ser amenas.

Yo las recuerdo con Troglio, que era mi compañero de habitación porque habíamos ido juntos al Verona. Una semana antes de jugar contra Camerún, estábamos en la habitación jugando con la consola. Teníamos una con el Mario Bros y estas cosas. Esa noche estábamos jugando al tenis. Era la una de la mañana y no nos podíamos dormir. Llevábamos un mes concentrados, fuimos el primer equipo que llegó. Bilardo tenía la costumbre de ir habitación por habitación de los nuevos entrando sin tocar a la puerta. Con los que habían ganado el Mundial del 86 tenía otro trato. Esa noche asomó la cabeza y, como no tenía ángulo para ver la cama de Troglio, solo me vio a mí con el mando. Bilardo dio un paso para verle a él, y en esos dos segundos, Troglio soltó el mando y se puso a hacer que dormía. Bilardo se fue y le empecé: «Pedrito, maricón, puto, cómo podés…». Luego, en la sala de televisión, nos dio una charla a todos y se quejó de que yo esa noche estaba jugando al videojuego, ahí a ver si entraba la pelotita, en lugar de estar viendo vídeos de Camerún.

Pues bien, después de eso estaba yo comiendo y me llegó Maradona. Me dijo: «Ven, Claudio, tenés que ver esto». Subimos Maradona y yo a la sala de televisión, fuimos despacito, y me dice Diego: «Ahí lo tenés». Estaba Troglio tumbado, él solo en toda la sala, viendo un Camerún-Sudáfrica o qué sé yo. Él solito. Me acerqué y le dije: «Pedro, sos una mierda, un cagón hijo de puta, no puedes ser tan rata y hacer lo que te dijo» [risas]. Pero era un fenómeno Troglio, ¿eh? Un gran tipo. Maradona también le dijo ahí, pero es que Pedro era tan bueno que no le podíamos decir mucho.

Otra vez entró Bilardo en la habitación y yo estaba fumando. Empecé a fumar en las concentraciones porque me aburría. Un día le dije a Troglio: «Pedro, fúmate un cigarrillo, maricón». Él no había fumado en su vida y dijo: «Bueno, me voy a fumar uno». No se sabía tragar el humo ni nada. Se puso a fumar el primer cigarro de su vida y justo ¡entró Bilardo! Salió de ahí rápido y se fue corriendo a la habitación de Maradona: «Diego, ¡están fumando! ¡Está todo lleno de humo!». Y Diego: «Carlos, y qué quiere que yo le haga, si quieren fumar van a fumar, qué voy a hacer yo». Pero vino Diego a vernos a la habitación, llegó riéndose, se encontró todo lleno de humo y me dijo: «Cani, boludo, abran la ventana aunque sea». Pero ¿sabes por qué pasó eso? Porque teníamos habitaciones diminutas. Bilardo no quería lujos ni comodidades. Ordenó que fuera todo muy rústico y muy pequeño, en el colchón te dabas una vuelta y te caías. Pero nadie se lamentaba. No nos importaba, a mí por lo menos no. Y a la mayoría de los que estaban allí tampoco.

En ese debut en Italia, delante del papa, la selección campeona del mundo cayó ante Camerún. ¿Qué pasó? ¿Había mucha presión?

Siempre hay presión. Yo no me sentí presionado. Jamás me pasó eso. Sentía la responsabilidad de lo que me estaba jugando, tomaba conciencia de la cantidad de argentinos que estaban viendo el partido por televisión, pero no sentía presión. Obviamente, nosotros sabemos a qué compañeros les afecta la presión. Ves cómo se ha levantado ese día, si está igual que hace una semana o no. Hay jugadores que siempre están igual y otros que no. A Ruggeri lo veías igual un mes antes que a diez minutos del partido. Yo también era así.

Aquel día se perdió, pero no fue por presión. Fíjate que hubo dos cambios en ese partido y cuatro más para el segundo. Yo entré por Ruggeri, que tenía pubalgia y no volvió hasta los octavos. Pasó que Bilardo formó un equipo en el que dos estaban fuera de sus posiciones, como Balbo o Lorenzo. Jugó Fabbri, al que no volvió a sacar. Todo esto te da la pauta de que Bilardo se equivocó al formar el equipo. Esa fue la razón. Cuando yo salí, obviamente, se jugó muy bien [risas]. No, me cagaron a patadas. Hice echar a dos, se quedaron con nueve y ni así pudimos empatar. Eran buenos y fuertes físicamente. Era uno de los mejores equipos de la historia del fútbol africano; este y el de Nigeria del 94.

Tras la derrota, Bilardo dijo que, si no pasábamos, iba a coger los mandos del avión de vuelta y lo iba a estrellar. El problema era que casi te lo creías.

Se pasó como mejor tercero de grupo y, claro, esperaba un primero: Brasil.

Veníamos de empatar con Rumanía, aunque a los dos nos valía el empate, por eso el final de ese partido fue tranquilo [risas]. Antes de Brasil, Bilardo mandó a una persona a ir habitación por habitación para reservar los pasajes de vuelta a Buenos Aires en caso de que perdiéramos. Era todo mentira, pero quería que nos viésemos volviendo a Argentina a comernos toda la bronca, porque Argentina es así, es exagerado. Luego era todo mentira.

Brasil os pasó por encima, pero Maradona y tú hicisteis magia.

Brasil venía de jugar bien y ganar, pero ni nosotros ni ellos queríamos ese choque. Es peligroso jugar contra un rival directo que no te tiene miedo, que no te va a respetar, que te quiere ganar. Nadie quiere eso en octavos. Para ellos también fue una mierda el clásico de Sudamérica en octavos, por muy bien que estuvieran.

En el primer tiempo debieron irse dos a cero, no dimos tres pases. Yo estaba solo como un perro delante luchando contra todos, era el único atacante. ¿Cuántos equipos en la historia del fútbol en un Mundial han jugado con un solo atacante? Nómbrame uno.

Tuvimos muchos problemas en ese Mundial. Batista y Olarticoechea vinieron mal. Ruggeri tuvo la pubalgia. Y Héctor Enrique, que era un centrocampista bárbaro, no pudo venir por problemas en la rodilla. Burruchaga estaba a la mitad de lo que podía dar. Maradona, también a la mitad. Diego tenía un tobillo hinchado. No podía casi ni entrenar. Apenas se podía poner la bota. Se tenía que infiltrar incluso para los entrenos. Fue un calvario para él, sufrió mucho. Llegamos con muchas bajas, pero lo que sí que había era un equipo sólido que no quería quedarse afuera. Nos veíamos mal, pero también pensábamos: «Bueno, tiene que jugarse el partido». Era un poco así. Simple. Pensábamos: «Vamos a ver qué pasa, a ver si nos ganan o no». Y en un Mundial, en un acontecimiento de esa dimensión, se ve quién es cada cual.

Contra Brasil tuvimos un poco de culo, como decimos nosotros, de suerte, es verdad. No podíamos salir de mitad de la cancha. No nos dejaban. Nos presionaban alto y no podíamos. La primera mitad fue un sufrimiento, pero la segunda ya fue diferente. Obviamente, hubo un desgaste físico de ellos. Como le hizo el otro día Khabib a McGregor, ¡qué quilombo que se armó! El ruso lo hizo desgastar en el piso, le hizo perder energía. Estos igual, iban para delante, sumaban superioridad numérica, una y otra vez, pero la pelota no entraba. Eso psicológicamente afecta. Te entra un poco de desesperación. Fíjate que tenían a Romario y Bebeto en el banco. Jugaron con Müller, un negrito muy rápido que jugaba en el Torino, y Careca. Tuvimos momentos críticos, pero, poco a poco, luego ya no tanto.

Hasta que Diego tiene una idea.

La jugada de Diego fue espectacular.

Tú eres el que mejor la viste de todo el planeta.

La vi venir, sí.

Él estaba quieto, sin apoyos, y de repente dijo: «Pues me voy».

Vio un huequito, porque él veía todo, y se metió. No estaba como en el 86, que era rápido, tenía un cambio de ritmo espectacular, pero sale con el balón y no lo podían tirar. Se dijo que Alemão no lo quiso tirar porque eran compañeros en el Nápoles, ¡mentira! No podían. Era muy difícil tirar a Maradona. Yo lo he visto salir de situaciones imposibles con dos tipos colgados y no podían echarlo abajo. Tenía un equilibrio y una estabilidad, aunque lo empujasen, impresionante. Una de sus muchas cualidades es que era muy difícil tirarlo. Nunca vi un jugador así, incluso en eso destacó.

En Maracaná, en el 89, le vi salir de una situación con los uruguayos, que ellos te matan… Paró la pelota, fueron tres a por él. Uno de ellos, el Tano Gutiérrez, que jugó conmigo en River. Pensé: «Lo matan». Y puso el culito a un lado, se giró y puso el culo del otro lado, le empujaron por los dos lados y le puso un brazo a uno, un brazo al otro, y salió de la jugada. Le habían caído tres encima. Me quedé: «Pero ¿cómo hizo este tipo?». Es increíble el equilibrio que tenía en los pies. Eso nunca se lo vi hacer a nadie y le he visto hacerlo mil veces. Por eso digo que no se puede comparar con nadie. Déjenlo ahí arriba y todos los demás abajo.

En esa jugada contra Brasil, cuando lo vi venir, pensé: «¿Qué hago?». Me podía ir a la derecha, Branco era el que me marcaba. Lo primero que hice fue esperar un poquito a ver para dónde tiraba él, porque Maradona de repente te puede frenar y salir para el otro lado y yo tendría que cambiar de dirección. Cuando vi que se iba para la derecha y lo estaban cerrando ahí, cuando vi que ya no podía cortar para el otro lado, me fui a la izquierda. Estas cosas no salen de casualidad, simplemente salió perfecta. Fueron diez segundos perfectos. En milésimas de segundo, vi que no podía quedarme donde estaba porque nos quedaríamos ahí los dos. Se iba contra los cuatro tipos y contra mí también. Entonces me la jugué y empecé a correr, pero con cuidado, mirando para no meterme en fuera de juego, y vi que nadie me seguía.

Tenía a cuatro brasileños encima, ¿confiabas en que te viese?

Sí, Maradona siempre ve todo. Es difícil que no viese algo. A nivel mental jugaba más rápido que cualquiera. Piensa, como ahora Messi, mucho más rápido que cualquier otra persona. Lo que tú no ves, él lo ve.

En esa jugada, un central se debería haber ido conmigo cuando me crucé, pero se quedó con Maradona. Yo pasé rápido y era una decisión difícil para un defensor. Creo que se equivocaron, pero también fue mérito nuestro. Porque, si a mí me llegaba la pelota, era la jugada perfecta. ¿Sabes cuál era el partido perfecto para Bilardo? El que quedaba cero a cero sin ocasiones de gol. Nadie se había equivocado, no se tiraba a puerta y cero a cero. El partido perfecto [risas]. Le preguntaron una vez y dijo eso.

Yo corté y, claro, Diego, aunque iba cayéndose al piso, obviamente me había visto. La jugada resultó bárbara porque el pase le salió. Justo, entre las piernas de Galvão, pero salió. Yo estaba casi al límite del fuera de juego. Me iba frenando incluso, mirando a Diego y al último jugador de ellos. Si te fijas, no había nadie más, ninguno de nuestros compañeros. No vino ninguno.

Cuando recibí el balón, mi primera intención era tirar, arquearme un poquito y darle de rosca, pero vi que salía Taffarel. Lo complicado al encarar al arquero es que se te frene. Tú quieres que salga, que vaya hacia ti, porque tienes la ventaja si la tiras para delante. ¿Qué va a hacer ahí? No puede frenarse, echarse para atrás y alcanzarte, es imposible. Él me vino saliendo muy rápido. Como lo vi, pensé en pararla y tirarle de rosca, pero en el último momento, dije: «No». Estaba tan cerca de mí que vi que si se la tiraba larga no me atrapaba, y ya sabía que por ese lado no venía nadie, porque lo había visto al tirar la diagonal. Tomé entonces la decisión de irme a la izquierda y gambetearlo. Me quedó todo el arco libre. Pasó así de rápido y pensé todo esto igual de rápido. No son ilusiones mías ni estoy contando exageraciones. Fueron milésimas de segundo, pero en ese tiempo piensas y analizas.

No celebraste mucho el gol.

Nunca fui muy efusivo celebrando los goles, el tipo que corre por todos los lados, choca con todos, con los recogepelotas, se sube a la tribuna y abraza al papá. Pensé que a partir de ahí nos tocaba aguantar la embestida de ellos. Había que ordenarse, hablar un poquito. Solo faltaba que nos hicieran dos goles en cinco minutos. Quedaban nueve y había que estar a muerte. No perder tensión, nada de festejar tanto, todavía no había terminado.

Al final, Müller. Se quedó solo, con un centro que le vino de atrás, pero se apura. Era un gran jugador, pero solo, delante del portero, le dio mal y le salió como a tres metros del arco. Tenía que haber esperado un segundo más y haber definido en el segundo palo, ¡estaba solo!, pero la paró y se apuró en pegarle. Goycochea además era un tipo que no salía mucho, tenía todo el arco. Ahí está la diferencia. En los momentos claves, en los grandes eventos, hay jugadores que aparecen y otros que no. De local, sí, pero después de visitante en un partido chivo, duro, no aparecen.

Dicen que metisteis ese gol porque drogasteis a Branco ofreciéndole agua.

Eso es una leyenda urbana. No te lo creas. Supuestamente había Rohypnol en el bidón. Siempre he dicho que no es verdad.

Las siguientes eliminatorias las sacó adelante Goycochea en las tandas de penaltis.

Siempre fue bueno en los penales. No es que salvara grandísimas pelotas durante el campeonato, salvo alguna, que las hubo, pero no tantas. En Brasil saca una, pero las demás fueron al travesaño o fuera. No es para quitarle mérito, al contrario. Siempre tuvo esa condición, ese instinto de ver para dónde iba a ir el balón. Fue muy meritorio lo suyo. Contra Yugoslavia fallamos dos penales, si no es por él…

Faruk Hadzibegic, el que falló el quinto de Yugoslavia después de que fallaran Maradona y Troglio, dice que sueña cada día que mete ese penalti y, por la alegría que genera, su país no se desintegra, porque todo hubiese sido distinto si hubiesen jugado la final.

¿Y si hubiese perdido 3-0 el siguiente partido? Todavía les quedaba mucho.

A Italia, en Nápoles, la eliminasteis y tú marcaste, pero te sacaron una amarilla por la que te perdiste la final.

Mi mano la podría haber dejado pasar el árbitro, fue en mitad del campo. No era una jugada peligrosa. Él sabía quién estaba amonestado. Ahora, con las nuevas normas, te limpian, si te sacan amarilla en las semis, no te dejan sin final. Un árbitro tenía que tener en cuenta todas estas cosas. Además, jugaba delante, para crear, no para destruir. No paré una jugada de ataque. Eso lo tiene que saber un árbitro, para eso le ponen a pitar la semifinal de un Mundial. Tiene que tener la ética de saber que no merecía amarilla.

Obviamente, la sacó a propósito. Nos sacaron a tres jugadores. Si hubiésemos estado dos de los tres a los que nos sancionaron, hubiésemos ganado a Alemania, por mucho que ellos vinieran jugando tan bien. Íbamos de menos a más, con palos, con historias, con puteadas, con lesionados, dejando a Italia eliminada a las puertas de la final… nadie quería que ganásemos. Ya lo sabíamos nosotros. No había que pensar demasiado. Era lógico. Estaba Havelange, brasileño, al frente de la FIFA, y habíamos dejado fuera a Brasil. Europa quería que el campeonato se quedara en Europa. Para colmo, habíamos eliminado a los dos candidatos a ganarlo. No nos querían, que no te quepa duda. Si nos podían sacar amarillas, lo iban a hacer a la más mínima posibilidad.

¿Qué pasó con la bandera de Argentina de vuestro hotel de concentración?

Quemaron la bandera, se cuenta que la quemó alguien de Bilardo [risas] para crear un clima hostil contra nosotros y motivarnos, pero, si te digo la verdad, no lo sé. Igual es también una leyenda. Sí que había un poco de mala hostia en la concentración después de haber eliminado a Italia. Hubo un problema con el hermano de Maradona, que llegó con un Ferrari a la concentración y le paró la policía porque no tenía documentación. Diego se enfrentó con ellos. Hubo mucha bronca, y lo de la bandera pudo ser un italiano enfadado tanto como Bilardo intentando motivarnos. Yo no me enteré de nada, me lo contaron luego todo.

El penalti con el que os derrota en la final Alemania, ¿lo fue?

No. Fue un contacto que no era para penalti. Les empezó a entrar el pánico. No querían ir a la prórroga. Era un peligro, y ante la mínima… Echaron a dos, a Monzón y a Dezotti. Y hubo un penal contra Calderón que lo podían haber cobrado e íbamos cero a cero. En el borde del área. Si cobró el de Klinsmann, el de Calderón debió haberlo cobrado mucho más.

Fue un golpe, pero en la siguiente Copa América volvisteis a vencer a Brasil y ganasteis el torneo.

Diego no estaba porque lo habían suspendido. Basile cambió prácticamente todo, quedamos solo Ruggeri y yo del Mundial. Se incorporaron Simeone, Redondo, Batistuta, Chamot. Jugadores con personalidad, presencia y ganadores; jugadores que, juegues contra quien juegues, se los siente. Por eso digo que la selección no es para cualquiera. Aunque Redondo jugó muy poco con la selección. Solo jugó un Mundial, fue raro. A Italia no acudió por decisión, dijo que prefería estudiar. En realidad, no compartía el fútbol de Bilardo, o algo así. Luego se contó que Maradona, cuando Redondo hizo esas declaraciones, lo encaró en Sidney, en el ascensor del hotel, y le dijo: «Tú estudiás, ¿y los demás qué somos?, ¿ignorantes, burros?».

El último partido de la liguilla final fue contra la Colombia de Higuita.

Higuita me dijo que le tirase una por arriba para poder hacer el escorpión [risas]. Pero creo que lo dijo en joda. Es un crack, un personaje. Ahora vamos a jugar un partido benéfico juntos para el pueblo saharaui.

Fichaste por la Roma.

Fue en un momento en el que la Roma tenía problemas de vestuario. Tenía una camarilla dentro, un grupito. Nunca vi nada así en un vestuario de todos los que estuve. No había buen ambiente para nada. Ni con los italianos para los extranjeros ni de parte nuestra hacia ellos, porque cuando nos dimos cuenta de lo que había siempre hubo tirantez y roce. Había jugadores que llevaban mucho tiempo e iban tirando mierda. Sinisa Mihajlovic, que era buena gente, un tipo correcto. Con su personalidad y eso, pero muy correcto. Él fue uno de los que sufrió el vestuario. Fíjate que luego se fue a la Lazio y estuvo mucho mejor. El club también estaba descontrolado, desorganizado, no se sabía quién mandaba ahí. No fue un gran periodo.

Estados Unidos fue una nueva oportunidad de ganar la Copa del Mundo, Maradona y tú llegasteis a tiempo tras estar suspendidos. ¿Teníais la moral alta?

Todo empezó con un vuelo a Nueva York. Éramos campeones del 86, subcampeones del 90 y, antes de empezar el Mundial del 94, nos metieron trece horas de vuelo ¡en clase económica! Y no era económica pero todos juntos, era dos por allá, otros dos más atrás, con gente que no conocíamos. Maradona iba en una fila de cuatro asientos con tres tipos que eran turistas. Yo iba en una de tres con un señor en medio que no sabía quién era. Batistuta también iba con dos extraños. Veintidós jugadores desperdigados entre doscientas cincuenta personas. Diego iba fastidiado. Llegó Basile y le dijo: «Hay sitio acá en business class», y Maradona contestó: «Yo me quedó aquí con todos mis compañeros». Trece horas nos pasamos ahí, íbamos tirados en el piso, la gente nos tenía que pasar por arriba, otros iban tumbados debajo de los tres asientos durmiendo. Pasó que alguien en la AFA hacía sus movidas para ahorrarse un dinero y le importaba un carajo.

Pero el equipo llegó fuerte a ese Mundial.

Nos sentíamos capaces de ganar ese Mundial. Estábamos cada uno en el momento justo, con el técnico justo, el Coco Basile, que es un gran amigo, incluso ahora, y como técnico fue espectacular, uno de los mejores que he tenido. Iba al frente con todo, le ponías un tren delante y se ponía, pero a la vez creaba un ambiente muy agradable, con respeto hacia él, obviamente.

Basile no trabajaba la parte táctica como lo hizo Bilardo. Era más ofensivo, formó un equipo bárbaro que miraba siempre para delante. Ganamos así dos Copas América. Llegamos muy bien al Mundial, éramos el equipo a temer. Después del 2-0 a Nigeria venían los periodistas de todo el mundo a decirnos que venían de la concentración de selecciones fuertes, de Italia, de Brasil, y que todos comentaban, los jugadores, los dirigentes, los ayudantes o los familiares de los jugadores, que iban a jugar la final contra Argentina. Y nosotros también lo creíamos. El jugador argentino en ese sentido es muy creído, piensa que le puede pasar por encima a cualquiera; a veces no es así, pero tenemos esa moral.

En el 90 sabíamos que no estábamos bien, Bilardo metió esos cambios, cinco jugadores del primer partido al segundo, pero esto era completamente distinto. Llegamos muy bien, jugamos muy bien, en todas las líneas teníamos buenos jugadores, con personalidad todos. Podíamos crear una situación de gol en cualquier momento, eso lo teníamos clarísimo. Y de repente todo se fue a la mierda.

Echaron a Maradona por el positivo en el control antidopaje.

Perjudicó mucho lo de Diego. El ambiente se puso muy tenso, muy difícil. Estuvimos tres días encerrados, había mucha gente, habíamos perdido a nuestro hombre principal. Fue una situación jodida. El equipo estaba para pelear igual, pero hubo errores en el último partido, y encima yo me quedé fuera por una lesión.

Entrevistamos a Stoichkov y nos dijo que Maradona acudió a ese Mundial engañado por la FIFA. Textualmente: «La FIFA le prometió a Diego, sabiendo que tenía un problema, que no le iba a sacar el dopaje».

A Maradona lo utilizaron. Los argentinos, los que estamos en el ambiente del fútbol, lo sabemos todos. Sabemos que lo fueron a buscar. Lo utilizaron porque necesitaban a la figura principal del fútbol en Estados Unidos, que era el primer Mundial ahí. Querían que fuese para promocionar el campeonato. Cuando Grondona llama al representante de Diego, le dice: «Lo necesitamos, tiene que volver, tiene que ponerse bien, como sea, si necesita ayuda, que…». Algo así, ¿entendés? «Necesita ponerse bien, tiene que ponerse bien en estos cuatro o cinco meses». Y Maradona hizo de todo para ponerse bien, se entrenó como un burro. Porque yo lo veía, mañana y tarde, mañana y tarde. Todo el tiempo. Quería estar en ese Mundial y fue utilizado.

Cuando vieron que Argentina era un candidato, que era otra vez candidato, dijeron «a la mierda». Yo te puedo asegurar que fue así. Dijeron: «¡Afuera Maradona!». Esto de irlo a buscar hasta la mitad de la cancha… ¿A quién van a buscar hasta la mitad de la cancha para hacer el control? Le esperarás en el vestuario. Irlo a buscar con el delantal blanco… ¿Se iba a escapar del estadio? ¿Va a venir un helicóptero y va a huir por la parte de atrás? Hay toda una serie de secuencias, nosotros sabemos la trastienda, lo que pasó anteriormente, y sí, fue utilizado. Tiene razón en lo que dijo Stoichkov, porque, efectivamente, fue así.

Cuando Passarella cogió después la selección, te quitó del equipo. La polémica trascendió porque se dijo que no quería en el equipo a nadie con el pelo largo.

Se equivocó, no sé si por su ego personal contra los símbolos de la selección argentina, como yo o Redondo en aquel momento. Con Batistuta también quiso hacer lo mismo. Passarella fue un grandísimo jugador, siempre he dicho que para mí uno de los mejores defensores de la historia, sin duda. Pero como técnico no. Le traicionó su ego y alguna cosita más, sus amiguitos que venden jugadores. Tenía interés en meter gente nueva en la selección y de paso venderlos después del Mundial. Algo así. Y afuera Caniggia y afuera Redondo.

Cuando todo estaba bien, fue cuando pasó toda esta pelotudez del pelo. Fue la excusa para quitarnos, pero también… ¡la cosa más patética que yo escuché en la historia del deporte! Tuve una llamada con él y, cuando me lo dijo, le contesté: «Pero ¿cuántos centímetros quieres?». Y él: «Cuatro». Y yo: «Pues te voy a dar uno y medio». Era irónico por mi parte, era joda por parte de los dos, pero fue así en un principio y luego eso se volvió, meses después, otra cosa. Ya no se habló del pelo, y el problema fue que quería ir con su gente y no con los grandes nombres de los Mundiales anteriores.

Decidiste abandonar el fútbol europeo y volver a Argentina, a un proyecto en Boca Juniors con Maradona y Bilardo.

Era un proyecto ambicioso económicamente. Maradona y yo íbamos a cobrar más que en Europa. Ponía el dinero un inversor, un millonario armenio que tenía una televisión en Argentina. Puso una pasta terrible, pero no fue por eso por lo que fui, sino por el proyecto en sí.

Estuvimos casi tres años. Diego abandonó en el 97. Fue una etapa espectacular. Diego ya venía jugando en Rosario, yo volvía después de siete años. Al principio de entrenador estaba Marzolini, el gran lateral izquierdo de Boca en los setenta, y al poco vendría Bilardo.

Fue impresionante, jugar en Boca no es para cualquiera. Te lo puedo asegurar. Teníamos treinta o cuarenta periodistas, a veces cincuenta, en todos los entrenamientos. Salías del entrenamiento y se te venían los veinte o treinta cada día. Los periodistas de radio en Argentina son terribles, están todos los días y siempre tienen algo, siempre surge un tema, Boca es Boca y siempre da para hablar. Te entrevistaban hasta en las concentraciones, entraban por dentro del hotel. Ahora el equipo tiene un centro y ya es más difícil. Con nosotros hacían las notas en el mismo hotel, eso forma parte del folclore argentino, en otros lugares es imposible que pase.

Cuando estuve al final de mi carrera en Glasgow Rangers me decían: «Bueno, Claudio, la semana que viene hay una entrevista al final del entrenamiento». Y yo: «¿Y cuándo es eso? ¿Dentro de una semana? ¡Dímelo el día anterior!». En Argentina un periodista, en un segundo, viene y te hace una entrevista.

La imagen icónica de esa etapa es en la que Diego y tú os besáis en la boca tras un gol.

Fue como una joda. Surgió así. Obviamente, no significa nada. Fue como una apuesta. Una pelotudez, alguien dijo «a ver si hay huevos» y…

¿Por qué se retiró Diego?

Se cansó, había mucha presión y él la sintió. En el último año, los últimos cinco meses, no estuvo en su mejor momento y se saturó. Él lo declaró, que casi le matan dos veces al padre en la prensa. Estaba enfermo, tenía algunos problemas, se inventaron varias historias, Diego no sabía nada y publicaron que había fallecido. Dijo: «Ya estoy cansado, basta, sobrepasaron el límite de lo que es el respeto por la persona». Le pasó lo mismo en el último Mundial de Rusia, cuando se sintió mal al final de un partido. A mí me llegó que se había muerto. Llamé al chico que trabaja con él y le pregunté y me dijo: «No, estamos acá, nada que ver, esperando al avión». Y me mandó una foto. Me quedé… ¡qué hijos de puta!

En Boca igual, estaba cansado. Ya no tenía ganas, ya no disfrutaba tanto con el fútbol. Se entrenaba menos. Los martes y los miércoles no venía al entrenamiento. Iba el jueves, viernes, sábado y jugaba el domingo. Los últimos tres o cuatro meses ya se veía que no, no lo sentía, y abandonó. Está bien, si no se levantaba contento y feliz para ir a jugar al fútbol, tenía que abandonar.

Para mí fue un placer enorme haber jugado con el que considero y el que es seguramente el mejor jugador de la historia y también un personaje salvaje, un tío con una alegría y una pasión increíble para jugar al fútbol. Nos entendimos muy bien en el campo. Aprovechaba bien mi velocidad, pero también mis movimientos entre los centrales, dándome la vuelta, girando. Los defensas me han contado después que no sabían dónde estaba y luego aparecía y los pasaba a cien por hora.

Lo he visto jugar hecho mierda, con lesiones con las que nadie podía jugar, y él lo hacía con un amor propio increíble, poniéndole el pecho siempre a todo, era como un indio salvaje. No es el mejor jugador por eso, pero eso también fue algo impresionante de él. Asumía responsabilidades, le mataban a patadas y siempre se puso al frente. Juntos pasamos momentos gloriosos y momentos no tan gloriosos, como personas, porque ante todo uno es persona, y como futbolistas. Pero es parte de la vida. Todos los momentos con él fueron inolvidables.

Siempre estuvo presente en cualquier problema. Tenía mil presiones, como ahora mismo, que cuando va a un lugar se le echan todos encima, a veces la gente no entiende, no es fácil vivir así. Es un ser humano también. No quiero hablar de su vida privada porque jamás hablaré de eso, no quiero hablar de lo que es fuera del fútbol, pero quiero decir que con las presiones que tenía siempre le puso el pecho a todo y estaba siempre disponible con mil quilombos que tenía alrededor. Y cuando jugaba al fútbol era como la vida misma para él, cuando entraba al campo parecía que se le olvidaba todo. Mira en qué situaciones límite estuvo y siempre dio el pecho. Y lo que regaló, que ya te he dicho. Siempre estuvo comprometido y, si alguna vez no lo estuvo, es porque era un ser humano y no siempre se puede estar al mil por mil, nunca nadie jamás en la historia lo estuvo.

Con lesiones increíbles, tuvo un compromiso en cada partido. Siempre estaba con los compañeros, y con el que más lo necesitaba también. Le venía mucha gente a pedir, le hacían llegar el mensaje, y siempre estaba presente o mandaba a alguien. Siempre ayudó a la gente. Yo he ido a partidos benéficos con él en Italia donde se suponía que tenían que ir los jugadores italianos más famosos y no apareció ni uno, ¡ni uno! Pero él iba. Con mil historias, porque era Maradona, e iba porque era una causa importante. Luego le criticaban, me gustaría ver a muchos en la piel de Maradona a ver si se la aguantan.

Tuviste problemas para abandonar Boca.

Decidí volver a Europa. Me quedaba un año de contrato y podía haberme quedado más tiempo, tenía una gran relación con Macri, el presidente, pero después de la última temporada, en la que perdimos el campeonato al final, en los últimos dos partidos increíblemente, pedí en una charla en Guatemala, en un partido amistoso que jugamos allí, que me dejasen marchar por motivos… Estaba todo muy…

Bueno, por una serie de razones, prefería irme a Europa. Y se armó un conflicto. Les dije que buscaría un equipo que les dejara un dinerito. Dijeron que no. Tuve que volver por una cuestión legal, para no tener un conflicto mayor. Pero fue un conflicto personal, entre Macri y yo. Al final acabé en Miami entrenando yo solo con un preparador físico en el campo que tenía un amigo italiano.

Resucitaste en Escocia.

Fui a un equipo chiquito, no es que no debiera haber ido, pero nunca se me pasó por la cabeza terminar jugando ahí, en el Dundee. Fueron solo unos meses, llegué en noviembre cuando ya llevaban diez partidos. Como me estaba entrenando solo en Miami cuando me llamaron, dije: «Bueno, pues voy». El equipo lo había cogido un amigo mío, Ivano Bonetti, que era técnico-jugador. Jugaba como centrocampista. Si te digo la verdad, en ese momento no sabía qué hacer, no sabía si seguir jugando o retirarme.

Enseguida me puse bien físicamente. Tengo suerte de que jamás en mi vida engordé, peso ahora lo mismo que cuando tenía veinticinco años, incluso menos. Nunca me costó mucho entrar en ritmo cuando volvía a una pretemporada. Y cuando empecé a jugar en este club, me di cuenta de que tenía que llegar a los grandes de esa liga, al Celtic o al Rangers, a uno de esos dos.

De la forma de jugar que tenían allí no sabía nada. A veces te dejan espacios, unas veces no marcan mucho y otras te ponen los tacos en el cuello. Se comen por la mañana huevos fritos, panceta y luego se ponen a correr. Yo si me como eso y me pongo a correr, vomito. Yo tomaba mis cereales y una tostadita con mermelada [risas]. A veces los vi comer platos de pasta con kétchup en vez de salsa. Les decía: «Sos un hijo de puta, cómo vas a poner kétchup a la pasta». Los he visto comer las cosas más impensables, pero corrían como unos animales. Entrenamientos con frío, con lluvia, con nieve que cae. Fue una experiencia espectacular.

En el primer partido casi me quiebran. Era contra el Aberdeen F.C. Antes de llegar estuve en Italia. Ahí sí que me entrené solo. Salía a correr alrededor de mi casa. No hice más que correr, nada de fútbol. Llegué a Escocia y a los tres días me pusieron a jugar. Pasé la primera parte en el banco, me dijo el entrenador que me fijase cómo se jugaba allí: «Así entiendes un poquito», y en la segunda me sacó. Salí, primera pelota, sacó el portero y me vino uno que, si no salto, me quiebra. Dije: «Muy bien, ya veo cómo se juega acá, vale, lindo, muy lindo». Pero hice el segundo gol, ganamos y ahí empezó mi aventura escocesa.

Me fijé en quiénes eran los grandes, me preparé para cuando vinieran y cuando jugué contra ellos la rompí [risas]. Enseguida me quisieron fichar el Rangers y el Celtic. Fui a una reunión privada con el Rangers, escondido en un auto con cristales polarizados, entramos por el garaje al estadio hasta la oficina de David Murray, el presidente. Un magnate del acero del Reino Unido, un millonario, «el Rey de los Aceros» le llamaban. Y no tenía piernas. Las perdió en un accidente, iba con dos ortopédicas. El entrenador era Dick Advocaat. Fiché por ellos porque insistieron más y me dieron algo más, y jugué la Champions.

Y un Mundial.

Me llevó Bielsa cuando quedaban tres partidos para empezar el Mundial de Corea y Japón.

¿Cómo es Bielsa?

Es un tipo… no sé cuál es la palabra… Es un gran técnico, muy estudioso a un nivel de locura. Como lo era Bilardo en su peor momento, que era su mejor momento. Pero Bielsa no cambia nunca la forma, es siempre lo mismo. Él lo reconoce, que no es flexible. No sé por qué, porque es un técnico muy inteligente y que trabaja mucho. Tiene gente alrededor que estudia mucho al contrario, pero no cambia. Y a veces hay que cambiar.

En las concentraciones salía del hotel y se ponía a dar vueltas él solo, mirando el piso. Recuerdo un día en Alemania que estábamos calentando, había un argentino en la grada gritándole a quién tenía que poner, y le contestó: «Callate ya, pelotudo, que no te aguanto». Le dijo eso, pero era capaz de salir corriendo hacia él y hacerle la de Cantona.

Tiene una personalidad… Está todo el día pensando en el fútbol. Su apodo, el Loco, está bien escogido.

Me contaron que un día montó un quilombo en una rueda de prensa y tenía un coche preparado en la puerta para, según saliera, irse. Fue, se subió al coche y… ¡no arrancó! Y se veía al Loco gritándole al conductor: «¡Sos un pelotudo, la concha de tu madre!». Se tuvieron que bajar y empujar el auto. Quería salir de la rueda de prensa volando y se fue empujando el coche.

Acabaste tu carrera en Catar, con Guardiola y Hierro por ahí.

No estábamos en el mismo equipo, pero estábamos todos en la misma ciudad. Éramos Batistuta y yo argentinos. Mario Basler y Stefan Effenberg, alemanes. Y Frank Leboeuf, que jugó en el Chelsea, un francés. Romario había estado antes, pero solo duró tres meses.

Allí me entrenaba todo el día porque no sabía qué hacer. ¿En Doha qué iba a hacer? No había gran cosa, algún hotel, alguna playa… de hombres, por supuesto. Los entrenamientos eran a las ocho de la noche y yo me despertaba temprano, así que me iba a entrenar. Porque lo que hacíamos con el equipo tampoco eran gran cosa.

Me llamó mucho la atención lo reprimidos que estaban los jóvenes. Un día me vino un catarí y me dijo que se iba a casar, que si iba a la boda. Un buen chico. Le pregunté: «¿Ya follaste y tal?». Y me dijo: «No, no se puede». Le contesté: «¿Cómo que no se puede? ¡Claro que se puede! ¿Cómo sabes si no si folla bien?». Y él «No, no podemos hacer eso nosotros». Esto, claro, lo ves un poquito… Cuando llegué me contaron que Romario en un centro comercial estaba con una chica, le dio unos besos y le llegó la seguridad a decirle que ahí no se podía hacer eso

Los chicos tampoco estaban muy acostumbrados a la exigencia, los entrenamientos que eran un poco duros no querían hacerlos. Yo me iba una hora antes a estirar para no lesionarme. Me estiré más ahí que cuando tenía veinticinco años, lo que también es normal. Un día tuve un problema de espalda, no me podía ni mover. Fueron al hotel a verme dos árabes, el director deportivo, que no tenía ni puta idea de lo que era el fútbol, y un médico. Al verme así, me querían hacer mes por mes el contrato, pero ya estaba firmado y me negué. El médico, un cabrón francés, no importa la nacionalidad, pero era un cabrón [risas], hablaba conmigo en italiano. Me llevaron a una clínica espectacular y le dijo al árabe que lo mejor era operarme. Yo le dije que no me iba a tocar la espalda. Me puse recaliente, porque cobran por operación y te meten en el quirófano con una uña encarnada. Me fui a Alemania a un fisio que es un crack y a los diez días estaba jugando bárbaro.

Al retirarte, ¿te costó vivir sin fútbol?

No me costó al principio. Luego me arrepentí a los dos años. Creo que debí haber jugado más, no por una cuestión de dinero, sino porque estaba para jugar hasta los cuarenta. Físicamente estaba impecable, nunca tuve grandes lesiones. Tenía treinta y siete y estaba bastante rápido. Pero al dejarlo no, me cayó la ficha a los dos o tres años porque me aburría. Esa adrenalina no la puedes tener nunca más. Yo me seguía divirtiendo jugando, no me costaba ir a entrenar por la mañana. Ni entrenar dos veces al día. Y eso que en Catar los jugadores africanos nos iban a dar. Nos iban mal y son fuertes los cabrones, especialmente iban a por mí y a por Batistuta. También había que correr en ese fútbol. Mira que Romario cuando fue pedía la pelota al pie, no corría y lo mandaron al banquillo, y a los tres meses le dijeron que basta y para casa. Me lo contaron todo unos brasileños que había en el staff de mi equipo.

¿Cómo has visto estos años a la Argentina de Messi?

La final que se perdió se pudo ganar. Hubo oportunidades, el tiro pegado al palo de Messi, la de Higuaín solo, que falló, pero hay que estar ahí y patear. Si hubiese entrado una de esas… ponte a recuperar un 1-0 en la final de un Mundial. Bueno, en el 86 se lo hicieron a Argentina, que le remontaron dos. A lo que me refiero es a que no podemos decir que Alemania la arrasara. Pero mira a los aficionados argentinos. Cuando va bien, mira cómo se ponen. Pues si va mal, es lo mismo, pero al revés y con la misma intensidad.

Este año en Rusia, cuando el técnico pierde el control de la situación, hay muchos problemas. Si el técnico dice que la selección es el equipo de un jugador, es un gran problema. Si luego Croacia en el segundo partido te gana así, es todo un caos. Nunca puede terminar bien una historia así. Nosotros pudimos tener muchos cambios, pero había solidez en el grupo. Tú no puedes decir: «Este es el equipo de Messi». Bilardo nunca dijo: «Este es el equipo de Maradona». Eso no se puede decir, todos sabíamos que Maradona era el mejor, quién no lo sabía, pero no hay que decirlo. Porque es un equipo de fútbol, una selección nacional, la selección de Argentina, no el equipo de nadie.


«¡Tanto súper y tanta hostia!»: origen y apogeo de un equipo de ensueño

Arsenio Iglesias. Foto: Cordon Press.
Arsenio Iglesias. Foto: Cordon Press.

El árbitro pita el final del partido y Arsenio Iglesias sale del banquillo como alma que lleva el diablo, chándal azul, blanco y verde, baja las escaleras que llevan al vestuario y suelta un contundente «¡Tanto súper y tanta hostia!» que refleja a la perfección lo que el técnico de Arteixo piensa sobre las exigencias desmedidas en torno a su equipo. El Deportivo acaba de empatar a dos contra el Tenerife. Teniendo en cuenta que hablamos del mejor Tenerife de su historia, el de Jorge Valdano, con jugadores como Latorre, Redondo, Felipe, Del Solar o el infalible Pizzi, la cosa no debería provocar tanto escándalo.

Sin embargo, Riazor está mudo y descontento. Refunfuña como refunfuña su entrenador. A falta de tres minutos y a pesar de jugar con diez hombres casi toda la segunda parte, el Deportivo ganaba 2-0 y solo dos despistes defensivos, cuando los jugadores estaban más a la celebración que al partido, permitieron que primero Dertycia y luego Ezequiel Castillo empataran en un abrir y cerrar de ojos. Tanto súper y tanta hostia. Tanto recrearse en el triunfo y al final te la juegan como si siguieras siendo aquel equipo que peleaba con sangre en las promociones de descenso a segunda división.

Es un partido clave porque es el partido de en medio. El partido que mide la resistencia mental de un gran equipo, de un «superequipo», de creer a la prensa. Por los altavoces suena aquello de «Yo digo Deportivo, vamos a ganar este partido» y algunos jugadores tienen aún la cabeza puesta en el de la jornada anterior, perdido en el Bernabéu después de adelantarse en la primera parte mientras otros fantasean con llegar líderes al Camp Nou, cosa que ya no sucederá porque se ha interpuesto esa cosa pringosa llamada presente.

Arsenio lo sabe. Sabe que los campeonatos son cuestión de hemeroteca. De partidos que nadie recuerda pero que sumaron dos puntos. Por ejemplo, el Tenerife en casa. También sabe que el público de A Coruña, como cualquier público, tiende a la montaña rusa. Poca gente ha tenido una relación más complicada con Riazor que el viejo zorro plateado, el llamado «bruxo» en parte por su personalidad enigmática y en parte por su facilidad para encontrar soluciones tácticas. Debutó en 1951 como jugador. Coincidió con Helenio Herrera, tuvo que vivir el exilio en varios clubes del sur y el este de la península y volvió en 1971 como entrenador para ascender al equipo de segunda a primera, un dramático partido ante el Rayo Vallecano que acabaría 1-0.

Los momentos de euforia se habían mezclado con los de decepción demasiadas veces, tantas que a Arsenio le gustaría un poco de calma, de tranquilidad, de disfrutar y punto. Tan solo un año y medio atrás, en mayo de 1991, había anunciado su retirada del fútbol a los sesenta años. No aguantaba más. «La ciudad quería el equipo en primera ya en septiembre. Estoy cansado», dijo a la prensa como queja amarga después de aguantar varios meses de críticas y abucheos: Arsenio, estás acabado; Arsenio, mejor vuélvete al pueblo. Unos meses que en realidad fueron tres años, desde que Lendoiro le rescatara del Compostela a mitad de la temporada 1988/89 para evitar que el Deportivo se fuera a Segunda B.

Desde entonces: una promoción de ascenso perdida, unas semifinales de Copa del rey y, por fin, el pase a primera división. Ahí os lo dejo, es vuestro, no contéis más conmigo.

Todo esto está demasiado reciente como para que Arsenio se deje embriagar por los éxitos de su equipo. Demasiado recientes las críticas destructivas y demasiado recientes los coros que pedían su vuelta nada más aterrizar Boronat en Coruña. El retiro duró solo ocho meses, lo que tardó Lendoiro en convencerle de nuevo: «Salva al equipo y luego ya vamos viendo, la gente está contigo». Y aunque Arsenio era consciente de que la gente está contigo ahora y cuando el Tenerife te empate a dos estará en tu contra porque para eso va la gente al fútbol, para buscar culpables, decide hacer otra vez de salvavidas, sumando puntito a puntito y ganando la promoción ante el Betis con un 0-0 en el Villamarín, el resultado que le acompañaría peligrosamente el resto de su carrera.

Solo medio año después, ya saben, esto: tanto súper y tanta hostia. El Deportivo empezó el tríptico Bernabéu-Tenerife-Camp Nou como líder, con dos puntos de ventaja sobre los dos grandes y lo acabaría tercero, a dos del Madrid y a tres del Barcelona de Cruyff. Ya no se reharía esa temporada. La gente estaba con él, sí, pero igual convenía recordarle a la gente cómo demonios un equipo que venía de quedar decimoséptimo el año anterior estaba ahí disputando la liga.

El verdadero y adolescente Súper Dépor

En el principio fue Djukic. También se podría decir que en el principio fueron los hermanos José Ramón y Francisco Javier González Pérez y no sería del todo mentira. Puede también que el principio fuera el propio Arsenio o, yendo un poco más atrás, muy poco, Augusto César Lendoiro, ese canterano del PP que fue dirigiendo equipos desde la adolescencia hasta que la madurez le pilló en una diputación, como era de esperar, «saneando» las cuentas del club de la ciudad que le negaba cada cuatro años la alcaldía.

El caso es que todo empezó en algún momento y supongo que ese momento llegó cuando se juntaron todos: Djukic, un serbio desconocido —por entonces, yugoslavo; por entonces, a precio de saldo que podía alternar la posición de líbero defensivo con la de organizador, los pujantes canteranos, el entrenador canoso y el directivo ambicioso, tan ambicioso que no solo subió al equipo a primera sino que se propuso que disfrutara de los mejores años de su vida, unos años que se pudieran recordar siempre, aunque costaran bancarrotas posteriores e intervenciones judiciales.

Ya habría tiempo para pensar eso luego.

De momento, verano de 1992, el Deportivo se ha salvado. Arsenio ha reconsiderado su retirada y decide continuar al menos una temporada más, si la salud y las críticas le respetan. El club se acaba de convertir en Sociedad Anónima Deportiva y Lendoiro decide sacar la chequera. Una chequera que aún no se sabe muy bien de dónde sale y qué hizo ahí esperando tanto tiempo. Una chequera que trae, de golpe, sin anestesia, a un montón de segundos espadas de clubes grandes: Nando, del Valencia; Aldana, del Real Madrid; Serna, ex del Barcelona: Ramón, casi inédito ya en el Sevilla y Juanito, un chico del Compostela que acabaría haciendo carrera en segunda.

Ellos eran el equipo, el sustento. Ellos y los que venían ya del año anterior: Liaño, Albistegi, Sabin Bilbao, Ribera, Claudio o López Rekarte. Con eso había para mantenerse. Con cierta holgura, además. Faltaban sin embargo, las estrellas. Eran los años del dinero loco y fácil en el fútbol español, los años en los que cada Osasuna tenía su Kosecki, cada Oviedo tenía su Lacatus, cada Logroñés fardaba de su propio Polster. Lendoiro fue más allá: trajo a un centrocampista del Bragantino, un tipo que no había marcado un gol como profesional en toda su vida y que se llamaba Mauro Silva, y como broche se llevó a Bebeto, que ya había sido internacional con la selección brasileña y máximo goleador de la liga de su país con el Vasco de Gama.

Y la cosa se salió de madre. Por completo. El Deportivo de la Coruña pasó de la promoción contra el Betis a ganar sus cinco primeros partidos, con siete goles de Bebeto y tres de Claudio. El último de esos cinco, ante el Real Madrid de Benito Floro, aún herido por la pérdida de la anterior liga en Tenerife, cuando Leo Beenhakker ocupaba el banquillo. El Madrid se adelantó 0-2 con goles de Hierro y Zamorano, pero el Dépor no se vino abajo: Bebeto marcó el 1-2 antes del descanso, luego empató a dos mediada la segunda parte y, a diez minutos del final, Ricardo Rocha cabeceaba el 3-2 en su propia portería.

Aquel era el tercer gol de Rocha en propia puerta en menos de seis meses. Los dos anteriores le habían costado al Madrid la eliminación de la UEFA a manos del Torino y la pérdida de la citada liga en Tenerife. El brasileño era un hombre carismático y muy querido por la afición madridista pero tenía estas cosas. También es cierto que sus rivales por el puesto eran Nando y Spasic.

En fin, que siguieron pasando las jornadas, el Barcelona también cayó en Coruña y el Deportivo llegó a ganar diez de sus once partidos en casa antes del famoso empate en el descuento y aquel «Tanto Súper y tanta hostia» de Arsenio. La semana siguiente se irían goleados del Camp Nou y quedarían ya apeados en la práctica de la lucha por la liga. Daba igual. La semilla estaba plantada. Siendo justos, el único año del «Súper Dépor» como tal debería ser ese, el de la epifanía, cuando todo era nuevo y excitante. Todo lo demás llegó como por inercia aunque, por supuesto, lo que quedará en la memoria de todos los aficionados al deporte será la tragedia del año siguiente.

El penalti más largo del mundo

No voy a explayarme en una historia que ya conocen de sobra. En la temporada 1993/94, el Deportivo llegó al liderato de la clasificación justo a tiempo para ver cómo el Madrid se hundía en Lleida al grito de «con el pito nos los follamos» y el Barcelona vivía su particular montaña rusa, capaz de recibir seis goles en Zaragoza y de meterle cinco a los blancos. A falta de cuatro jornadas para el final de la liga, los de Arsenio Iglesias tenían tres puntos de ventaja con cuatro partidos por jugar en unos tiempos en los que la victoria valía dos puntos. En otras palabras, el Deportivo podía permitirse al menos dos empates o una derrota y sería campeón aunque el Barça lo ganara todo.

Había sido una temporada mucho más «práctica». Menos goles y más tensión competitiva. Aquel era mucho más el equipo de Mauro Silva o del recién llegado Donato que el de Bebeto, que se quedó en dieciséis tantos, muy por detrás de Romario, Suker o incluso Meho Kodro. Solo había concedido cuatro derrotas en liga: las habituales en el Bernabéu y el Camp Nou más una muy temprana en casa contra la Real Sociedad y un 3-1 que se llevó en San Mamés, cortesía de Julen Guerrero y Ernesto Valverde.

Los nuevos fichajes —muy en la línea del año anterior, es decir, hombres veteranos, provenientes de grandes equipos pero lejos quizá de su esplendor habían funcionado: Voro parecía mejorar a Ribera en la zaga; Donato en seguida mezcló bien tanto con Djukic en la posición de líbero como con Mauro Silva en la de organizador; Alfredo, Pedro Riesco y Paco daban profundidad de banquillo y Manjarín, una de las dos grandes promesas del Sporting de Gijón junto a Juanele, acabó quitándole el puesto de titular a Claudio.

En la jornada 35, el Deportivo jugaba en Lleida ante un equipo casi descendido pero que había sido capaz de ganar al Real Madrid en casa y al Barcelona en el Camp Nou. Era un partido para sumar los dos puntos pero acabó 0-0. Por su parte, los de Cruyff ganaron 0-4 en Vigo. La ventaja pasaba a ser de dos puntos a falta de tres jornadas. Una semana después, el Deportivo recibía al Rayo Vallecano, otro equipo involucrado en la lucha por el descenso, con un excelente portero recientemente fallecido, Wilfred, que hizo uno de sus habituales partidazos contra los grandes, y volvió a dejar su portería a cero. Segundo empate consecutivo e inesperado y segundo 4-0 a favor del Barcelona, en este caso ante el Sporting de Gijón.

Daba la sensación de que el Deportivo estaba muerto de miedo, mal de altura… Pero las cuentas cuadraban: tenían que visitar Logroño en la penúltima jornada mientras el Barcelona iba al Bernabéu. Todo el mundo contaba con el pinchazo de Cruyff en un estadio que nunca se le dio bien —en cinco temporadas como entrenador del Barça nunca había ganado en la Castellana— y con celebrar de antemano el campeonato, sin prisas. Una multitud de deportivistas fueron a llenar Las Gaunas y a festejar así el triunfo 0-2 de su equipo, con goles de Donato y Manjarín en la segunda parte. El partido se jugó un domingo, pero no hubo alirón porque el día anterior un solitario gol de Amor a pase de Stoichkov había vuelto a dejar la clasificación patas arriba: un punto de diferencia y un partido por jugarse. Tercer año consecutivo que el Barcelona se veía en la misma situación. Tenía sentido dar por hecho que ganarían su partido en casa ante el Sevilla, así que faltaba por ver qué iba a hacer el Deportivo ante un Valencia venido a menos, séptimo, sin esperanzas de llegar a Europa y con cuatro entrenadores en un solo año, aunque con la curiosa casualidad de que el primero, Guus Hiddink, acabaría siendo el quinto, al volver para los últimos ocho partidos de liga.

El ambiente era el de las grandes promociones, el de los grandes ascensos y descensos. La ciudad volcada en el entusiasmo y Arsenio, el hombre meditabundo, con un aire siempre nostálgico, recordando a todo el mundo que, ojo, podía pasar como otras veces, que se podía perder tanto como se podía ganar. Arsenio en rueda de prensa rebajando euforias porque alguien que lleva en el fútbol desde los años cincuenta sabe demasiado como para dar por hecho nada. La gente que le para por la calle, que le felicita por un éxito aún no certificado mientras él sonríe y dice «bueno, bueno, vamos a ver» y se despide con algún gesto cariñoso.

Porque Arsenio está muy nervioso, al menos en la primera mitad. En la segunda, directamente, adopta su pose fatalista mientras pasan y pasan los minutos y el gol no acaba de llegar. Tercer empate a cero casi consecutivo ante un equipo inferior, tendría que haber pensado en eso antes, haber buscado algo parecido a un plan B. No hay noticias de Bebeto. No hay noticias de Manjarín. No hay noticias de Fran ni de Claudio. El técnico de Arteixo siente el dolor de la decepción pero a la vez ha aprendido a aceptarlo. Corre el minuto 88 y está claro que el Deportivo va a perder la liga en casa, ante decenas de miles de coruñeses que nunca se verán ante una igual. Y además, él tendrá que salir a explicarlo, como si vivirlo no fuera ya suficiente.

Solo que hay un jugador que no está dispuesto a rendirse: Nando, el lateral izquiedo reconvertido a carrilero, ex precisamente del Valencia. En un ataque de rabia, una jugada algo alborotada, Nando entra en el área, se deja el balón un poco largo pero es capaz de tocarlo justo antes de recibir la patada del defensor che. Penalti. Como una casa. Hay un momento en el que todos dudan de si el árbitro va a pitarlo o no porque ganar una liga en el minuto 89 y de penalti es un sueño demasiado bonito. Lo pita. La grada espera ver a Bebeto acercarse al área con el balón en la mano, pero Bebeto hace mutis, influido por los que ha ido fallando a lo largo del año. Donato no está, sustituido minutos antes. Podría tirarlo Fran, pero le toca a Djukic.

Y cuando todos vemos cómo respira Djukic antes de iniciar la carrerilla, cómo eleva los hombros delante del mundo entero en señal de que no le llega el oxígeno, sabemos que lo va a fallar. Y lo falla, claro. Y Arsenio, más que lamentarse, hace un gesto como de «esto se veía venir, esto es lo que pasa siempre en el estadio del pez pequeño». Y la liga se va y viaja a Barcelona, la cuarta consecutiva, mientras todo Riazor invade el campo y consuela a Djukic que se va entre lágrimas, sabedor de que toda su carrera estará ya siempre marcada por ese fallo.

El tercer año que casi nunca se menciona

Puede que Arsenio esperara algo parecido a un linchamiento. Puede que se viera a sí mismo tan solo tres años atrás, cuando tras conseguir el ascenso a primera se vino completamente abajo, abrumado por las exigencias, las expectativas desmesuradas. Si aquel año se le hizo eterno porque el equipo no conseguía dominar la segunda división, ¿qué pasaría ahora que habían perdido una liga? Estuve pensando en enlazar el vídeo del penalti, pero ustedes han visto el vídeo del penalti doscientas veces, y sean del equipo que sean, estarán de acuerdo en que es un momento demasiado doloroso (yo cumplía diecisiete años ese mismo día y abrazaba como loco a la chica que luego sería mi novia cuatro años. Cuando recuerdo mi entusiasmo, me siento culpable. Supongo que para ella sería peor; al fin y al cabo ella era coruñesa. Nunca volvimos a hablar del tema).

Me quedo, en cambio, con la rueda de prensa de Arsenio, con su claridad, su resignación, el aplauso de los medios, invadidos por una tristeza aún mayor que la del técnico, como si el reino del Bruxo no fuera de este mundo. Como si se imaginara lo que iba a llegar el año siguiente. Echen un vistazo porque esto no se ve ahora, resultaría imposible. Achacar la pérdida del título a las propias limitaciones y no al árbitro o al horario o a la mala suerte. Cuando Arsenio habla, todos callan…

Ahí ponen muchos el fin a los años dorados del Deportivo, aunque en rigor los años dorados del Deportivo duraron al menos hasta los tiempos de Djalminha, Diego Tristán y el Turu Flores, aquella liga de 2000, aquel «centenariazo» de 2002. Puede que sí fuera, hasta cierto punto, el fin de Arsenio, o al menos el de su comunión total con Riazor. Para la siguiente temporada, Lendoiro le trajo a Villarroya, a Julio Salinas y a Kostadinov. Tenía sentido. Funcionó bien. No fue suficiente.

Después de lo vivido los dos años anteriores, la afición del Deportivo, y sobre todo su presidente, no se conformaban con segundos puestos y empates a cero. Ya es difícil creerlo cuando apenas tres años antes el equipo estaba en segunda, pero uno se acostumbra rápido a lo bueno. La temporada del Dépor fue excelente. Luchó con el Madrid hasta la jornada 36 e hizo falta el mejor Zamorano para tumbarlo. El de Valdano era un muy buen equipo en un estado de gracia mental y técnico. El último canto de la Quinta del Buitre y el primero de Raúl González Blanco.

No solo fue segundo el Deportivo en la liga sino que ganó la Copa del Rey. En dos días. Y ante el Valencia. El primero acabó en una lluvia torrencial, una tormenta de verano madrileña que anegó el Bernabéu como pocas veces se había visto. El resultado por entonces era 1-1 y, de alguna manera, entre las decenas de miles de coruñeses que se habían cruzado media península para celebrar el título que no pudieron celebrar el año anterior, se mascaba la tragedia.

No era aquel un mal Valencia, y ahí estaba Pedja Mijatovic para demostrarlo, autor precisamente del gol que daba el empate. Quedaban quince minutos sueltos, a celebrar entre semana días después, miles de bajas por enfermedad repartidas por astilleros, oficinas y organismos públicos para poder quedarse más en Madrid y no perderse el final del cuento de hadas. Porque si el Leicester va a tener el suyo, ¿cómo no iba a tenerlo el Deportivo? Y cuando, de nuevo, todos esperaban a Bebeto o a Claudio o a Aldana o a Manjarín o a Fran, apareció un espontáneo: Alfredo Santaelena, el hombre que le dio la Copa al Atleti en 1991 y que se la daba ahora al Deportivo con un doble cabezazo en los morros de Zubizarreta.

El primer título de la historia del Deportivo.

Arsenio, de nuevo agotado, de nuevo demasiado exigido, de nuevo apesadumbrado ante lo que él consideraba falta de paciencia por parte del entorno —broncas con Fran, con José Ramón, Lendoiro pregonando el fichaje de Toshack casi a mitad de temporada…— anunció de nuevo su retirada. Una retirada en todo lo alto que nunca debió romper, porque, meses después, ahí estaba de nuevo, esta vez en el Bernabéu, culminando desastrosamente la temporada 1995/96 que había empezado el propio Valdano. Supongo que quiso darse el gusto de dejarse de modestos e incluir al Madrid en su currículum. Un último baile como Dios manda. Junto a García-Remón, intentó enderezar el rumbo de una plantilla confusa y solo consiguió que los periódicos se llenaran de faltas de respeto. Ahí, sí. Ahí, Arsenio puso el punto y final.

A sus ochenta y cinco años, de Arsenio se sabe poco. Desde su experiencia en Madrid, aquel gol de Padovano que le dejó fuera de unas semifinales de Champions League, apenas se ha prodigado más que como comentarista ocasional. Desde hace diez años, ni eso. Sigue viendo fútbol y sigue entendiéndolo a la perfección. Cuando debutó en el Deportivo, Di Stefano aún jugaba en Millonarios. En medio lo ha visto todo, absolutamente todo, y, como decía Kipling, ha aprendido a tratar ese todo como si fuera un mismo impostor.


«¿Usted sabe lo que hace un político? Yo no, así que vóteme y se lo cuento»

Tiririca. Foto: Cordon Press.
Tiririca. Foto: Cordon Press.

Brasil, la política del espectáculo

La televisión es omnipresente en Brasil. Hay pantallas con programación en directo en el supermercado, el autobús, el chiringuito, el metro, el quiosco, el ambulatorio, la farmacia y el ascensor. Y también en el taxi. Ocurre que a veces no hay un televisor: hay dos. En cierta consulta médica, en Río de Janeiro, una pantalla de plasma vomitaba noticias encima de otra exactamente igual, pero apagada. «¿Por qué dos pantallas si una está encendida?». «Por si se estropea la otra». Visto así, parece natural que la televisión sea el trampolín y el baremo de éxito o fracaso no solo de las empresas que se publicitan sin parar o de las gigantescas industrias culturales del país, sino también de los políticos.

Cada cuatro años, cuando llegan las elecciones, como ahora, en el lugar preferente que ocupan las telenovelas y el fútbol en prime time se hace un hueco para los espacios electorales gratuitos. Durante los últimos cien días, candidatos a presidente, gobernador, diputados y senadores han replicado sus mensajes a través de cuatro canales en abierto, simultáneamente, durante dos bloques de cincuenta minutos al mediodía y por la noche. Los aspirantes a dirigir el país tras las elecciones de octubre se reparten los tiempos con fórmulas casi logarítmicas a partir de enrevesadas coaliciones que condicionan el escenario: así, Dilma Rousseff ha tenido doce minutos y su mayor perseguidora, Marina Silva, dos. El fondo de los spots es clásico: frases dirigidas al elector en singular, a usted que mira esto, promesas contra promesas, ataques contra ataques. En la forma dominan los tonos pastel, las pupilas brillantes donde se reflejan los focos y los teleprompter que leen los candidatos mientras se escuchan acordes al estilo de John Williams, antes de dar paso a machacones jingles, normalmente sambas y forrós con letra a tono con el gigantesco y diverso pueblo brasileño.

Pero es un poco más tarde, cuando llegan los anuncios de diputados federales y estatales cuando empieza el verdadero show, una fiesta de luz y de color, una especie de linterna mágica a trepidante velocidad, entre lisérgica, humorística e indignante. Se trata de una tradición que ha ido ganando más y más visibilidad a medida que han crecido Youtube y las redes sociales: la inclusión de candidatos estrambóticos que piden su voto a partir de un nombre que recuerde a otro, o a partir de un rostro parecido a un famoso, o un famoso en sí mismo venido a menos o incluso personajes inefables. En los anuncios tienen derecho a mínimos discursos, en el más corto de los casos de solo cinco segundos. Y en ellos les da tiempo a decir su nombre el número que acompaña su candidatura —fundamental para pulsar los botoncitos en la urna electrónica, que funciona en Brasil desde 1996— y un par de frases. Las joyas incunables son una reducción al máximo del cuarto de hora de fama que preconizaba Warhol o un adelanto del éxito del Vine y los seis segundos. Los expertos en marketing político podrían darse un festín estos días en Brasil. Los electores ya lo hacen. Y no son pocos: ciento cuarenta y dos millones de personas. Todo se quedaría en anécdota si no fuese porque en las últimas elecciones surgió, de entre estos fenómenos, el diputado más votado del país.

El payaso de la tele

Todo empezó en 2010 con una rima chusca. «Vote Tiririca, pior do que está não fica» (peor de lo que está no va quedar). Eslogan directo al hipotálamo: una exhortativa acompañada de una nota marginal en rima consonante, que acompañaba a una sugerente frase con poco margen de imaginación: «Usted sabe lo que hace un diputado? Yo no, así que vóteme y se lo cuento». Y una imagen que habla por sí sola. Esta de aquí abajo:

Se llama Tiririca y es un payaso que se curtió en circos del humilde nordeste brasileño, y luego en la televisión, dónde si no, antes de presentarse a las últimas elecciones como diputado federal. Hubo carcajadas, acusaciones —nunca rebatidas-— de que era analfabeto y finalmente estupefacción cuando, llegada la hora de las urnas, cosechó más de un millón trescientos mil votos: Tiririca se convertía en el más seguido de esas elecciones y el segundo con más votos de la historia de Brasil. No se quedó ahí. Durante la legislatura, el payaso terminó siendo elegido uno de los mejores veinte diputados, básicamente por haber asistido al ciento por ciento de las sesiones deliberativas del Congreso. Un mérito donde tendría que haber solo una obligación. Pero en cualquier caso, un éxito. Tan enorme que Tiririca decidió optar a la reelección. Llegada la hora de elaborar los vídeos de propaganda de este año, hiló aún más fino. Su eslogan volvió a pegar: «Estás harto de la política? Vota a Tiririca».

Exercicio:

Papel político:

Culos:

Escucha mujeres:

Analizan los sociólogos que fenómenos como el del payaso ocurren en Brasil por el sistema de listas abiertas donde se puede presentar cualquiera. También por el espíritu del pueblo brasileño, bromista y tolerante con todo tipo de excentricidades. El asunto es que el discurso y el programa son nulos, y las burlas lo dejan como defensor de la antipolítica, pero sin aportar más que chistes. Para el crítico televisivo Maurici Stycer, sin embargo, «el stand-up de Tiririca demuestra que el horario electoral no puede estar peor de lo que está». Ya lo decía el propio payaso en su eslogan de hace cuatro años. Tanta escuela ha creado que ahora tiene sus propios epígonos: en este 2014 hay registrado otros cinco Tiriricas, directamente con el mismo nombre. Si hay botín para uno debe de haberlo para seis, pensarán. Y no van tan desencaminados.

Freak show

Si Guy Debord levantara la cabeza y encendiese la televisión brasileña, se relamería. No hay ya división entre política y espectáculo, del mismo modo que la frontera de los medios de comunicación y la sociedad se ha borrado. Se felicitaban los colectivos sociales en 2013 por la respuesta popular espontánea a los problemas del país. «No nos representan«, gritaban. Y apostaban por un nuevo orden y con medios más democráticos y horizontales, como los que se encargaban de cubrir las protestas en las calles. Pero un año después volvió la maquinaria electoral con su engranaje televisivo, fundamental para los grandes partidos pero también para el último aspirante a diputado de la más remota circunscripción electoral. Así es especialmente para los que han conseguido sacar votos, o risas, o lloros, por sus nombres o apodos. Hay varios Bin Laden, Jesús, el Diablo y una colección de personajes difíciles de categorizar.

Rayo Privatizador:

Jesús:

Recopilación:

Nada de lo que ven está prohibido, todo está reglado por ley y lo único que puede pedir quien no esté de acuerdo es una reforma electoral. Claro que no le interesa a casi nadie del arco político, por una simple razón aritmética: los partidos grandes se nutren de los pequeños para ganar espacio electoral televisivo, una rentable sopa de siglas. Y los pequeños necesitan a los grandes para optar a cargos y ganar notoriedad. Dijo estos días la politóloga María Socorro Braga que «la formación de coaliciones es una caja negra». Negra por su opacidad, pero también por los datos que encierra, inconfesables a la vista del enorme cantidad de políticos imputados por corrupción.

El otro Obama

«Mi nombre es Claudio Henrique, pero me puedes llamar Barack. Barack Obama». Tiene sonrisa de perlas y un pelazo digno de Hollywood. Y como el presidente norteamericano en sus años mozos, él aún panfletea en la estación más grande de Brasil para ganar votos. El Obama carioca tiene planes ambiciosos para el estado de Río, que pretende representar como diputado federal en Brasilia. Ya ha intentado sin éxito llegar a alcalde de su ciudad, Belford Roxo, pegada a Río. Ahora cree que lo puede lograr con poco dinero pero mucha creatividad, en sus palabras. Este es su spot:

Barack asegura que eligió ese nombre porque le llamaban así en su ciudad y que muchos de sus proyectos tienen que ver con el programa político del estadounidense. Él es persona seria y no admite comparaciones con otros sosias. Mucho menos con los otros que emulan al Obama del norte: son cinco en total. Y cree que está a las puertas de conseguir un pasaje a Brasilia. Quién sabe si luego se encontrará a Bin Laden en los pasillos del Congreso.

Allanando el retiro

En Brasil a Gran Hermano le llaman como se debe, Big Brother, apocopado en BBB. Y, como sucede en Europa, algunos de sus participantes cobran cierta notoriedad catódica, situación que se va diluyendo de forma inversamente proporcional al número de edición del programa. En Brasil van por el BBB 14. Imaginen cuántos estómagos por alimentar una vez que termina el corto periplo por la fama de estos chicos. Seis de ellos se presentan a diputados. Evitamos el vídeo porque no hay diferencias con un político al uso. A propósito de carreras cortas, en el fútbol se dura más tiempo que en BBB pero después de ser un campeón pasas a ser un excampeón. Y de ahí a la nada media una desagradable cuesta abajo en la que el teléfono deja de sonar. Aun así, hay quien puede presumir de vidorra fuera del fútbol. Y a pesar de eso, les falta algo. Les ocurre a dos jugadores que formaron una pareja futbolística para la historia. La dupla Bebeto-Romario ganó el último Mundial para Brasil, en 1994. Hoy se ganan la vida por separado, pero haciendo lo mismo. Diputados. Uno estatal, el otro federal. Y con ansias de ser senador (ocho años de mandato) con una salvedad inconfesable: cuentan que Romario tiene intención de presentarse a alcalde de Río de Janeiro. Sería un colofón perfecto a una carrera. Política, se entiende.

Romario:

Bebeto:

En Brasil hay Romarios y Bebetos como Reagans y Schwartznegger en Estados Unidos. Costaría mucho más encontrar una comparación con Tiririca, el Rayo Privatizador o el mismísimo Jesús. Aquí se termina el horario electoral gratuito. Ahora empieza la telenovela y después, el fútbol. La vida vuelve a la normalidad en Brasil.


El penalti de Djukic. Resiliencia serbia frente a persistencia gallega

Cicatrices

Arrieros somos y en el camino nos encontraremos”. Fue la primera frase, bañada en rabia y venganza contenida, que Francisco Liaño, portero del Deportivo de La Coruña entre los años 1991 y 1996, le dirigió al Valencia C.F. tras el partido. Minutos antes, en aquella tarde-noche del 14 de mayo de 1994, el portero ché, José Luis González, había detenido un penalti en el último minuto de la última jornada que impidió al Deportivo lograr el campeonato. El penalti lo tiró —centrado y flojo— el serbio Miroslav Djukic, líbero elegante y sobrio que dio nombre a aquel capítulo imborrable de la Liga española, si acaso el más dramático; sin duda el más cinematográfico: el penalti de Djukic.

Aunque los arrieros, efectivamente, se encontraron —el Deportivo se alzó con la Copa del Rey la temporada siguiente frente al Valencia— la cicatriz no se borró. En A Coruña se decía entonces que sí, que se había consumado la venganza, que se había compensado el daño. Pero no. Años más tarde, en la temporada 99-00, el equipo blanquiazul ganó la Liga. Se convirtió en el noveno equipo en hacerlo en la historia y tanto la prensa como los foros deportivos de cualquier índole coincidían: “Ahora sí, la herida ha cicatrizado”. Pero seamos francos: tampoco entonces lo hizo.

El penalti de Djukic siguió y sigue ahí. Y siempre lo hará. No podía ser de otra manera si hablamos de un equipo gallego: sin importar lo que se haya logrado después, el paisano del coruñés barrio de Monte Alto —taza de Ribeiro en mano y codo en barra— se lamentará siempre de aquello. Es lo que el psicólogo y experto de la memoria, Daniel Schacter, denominó pecado de la memoria o persistencia. Consiste en la incapacidad de superar la carga emocional de un suceso traumático, es decir, la imposibilidad de olvidar un recuerdo negativo. La persistencia emocional empuja a revivir, una y otra vez, el hecho, preguntándose qué hubiera pasado si se hubiera actuado de otro modo, lo que suele terminar en depresión grave que, en ocasiones extremas, puede conducir al suicidio. El diagnóstico encaja perfectamente en Galicia, el país del orballo, de la negra sombra de Rosalía de Castro, de la larga noche de piedra de Celso Emilio Ferreiro. Encaja con las cruces en las rocas de las rías, con el lamento del campanario que toca a muerto y con el deambular de la Santa Compaña. Con el ‘conxuro’, los malos espíritus y el sentimiento trágico de la vida. Con la saudade —que te impide estar bien aunque estés bien— y con la incapacidad para olvidar, aunque la vida te sonría. Encaja, definitivamente, con lo que supuso el penalti de Djukic.

Por suerte o por desgracia el pecado de la memoria se ha cronificado en Galicia, de modo que el seguidor herculino no consuma el suicidio deportivo, sino que convive con él en armónica depresión. Es el “estouche moi mal, vou morrer”, pero al final nunca ‘morre’. El penalti de Djukic en Galicia, como cualquiera de sus otras penas, se enquistó.

Frente a esto, la resiliencia demostrada por el protagonista de la tragedia. Miroslav Djukic, serbio, balcánico, curtido, sufridor, frío, eficaz. Superó el trago. Djukic demostró ser un admirable caso de lo que en psicología se conoce como resiliencia: se centró en lo positivo y no en las emociones negativas. Le costó: “La jugada, la imagen, el momento, me persiguió durante mucho tiempo, —aseguraría años después— era como una obsesión insana. Un día decidí que no podía seguir pensando en aquel maldito instante. No quería volverme loco”. No es un asunto menor. En 1986 el lanzador de beisbol Donnie Moore falló la bola que, de haberla colocado bien, le habría dado el campeonato a los Angels de California. Moore era un ídolo en aquel equipo y un consumado lanzador. Pero falló esa última bola, la última del campeonato, y su error hizo campeón a los Red Sox. Moore jamás superó aquel trance y, aunque los aficionados le siguieron apoyando con lealtad, terminó suicidándose en 1989. Djukic, por el contrario, demostró entereza psicológica. Tras aquel error ganó una liga con —aquí una paradoja— el Valencia, y actualmente lleva a cabo una notable carrera como entrenador. La resiliencia: mirar atrás sin miedo, superando los problemas. Que la memoria no duela. Algo difícil, evitar el dolor, después de lo que se vivió aquel 14 de mayo en Riazor.

Cinco atrás y balones a Bebeto

Futbolísticamente, era la época de los pantalones a medio muslo, de los dorsales del 1 al 11 sin nombre, de los fondos de cemento y las bengalas, del árbitro de negro y de El Día Después con Ignacio Lewin y sus varios relojes. Deportivo y Valencia se enfrentaban en la última jornada de la temporada 93-94. El equipo coruñés había ascendido dos campañas antes. En la primera (91-92) se salvó en la promoción de regresar a Segunda después de vencer en el partido de vuelta al Betis, hecho que hermanó a la hinchada blanquiazul con la sevillista. En la siguiente (92-93), Lendoiro, presidente del equipo herculino, fichó a dos nombres propios del deportivismo: el delantero Bebeto —procedente del Vasco de Gama— y el mediocentro Mauro Silva, del Clube Atlético Bragantino, ambos brasileños y desconocidos para la mayoría de aficionados españoles. La apuesta salió más que bien: ese año, para sorpresa general, el Depor terminó la temporada en tercera posición. Ante la dualidad Madrid-Barça aparecía un pequeño equipo sólido atrás con mucha efectividad en punta. Fue entonces cuando nació el término ‘SúperDepor’, concretamente tras imponerse a Barcelona y Madrid en los dos partidos en Riazor. Lo paradójico es que el apodo no es muy apreciado en la ciudad: existe una sensación de que ignora todo lo hecho por el equipo antes de esa temporada, incluido un subcampeonato en la 49-50, perdido también en la última jornada. En la siguiente campaña se produjo la eclosión. El equipo se encaramó a la primera posición en la jornada 14 y ahí aguantaron, como gatos acorralados por la presión, hasta la última, que les deparó un desenlace de intolerable crueldad.

Aquel Depor estaba entrenado por Arsenio Iglesias, que pretendió dejar el cargo tras ascender a Primera en el año 91, pero que no tuvo por más que regresar. ‘O bruxo’ o ‘Zorro de Arteixo’, cuyo busto luce hoy en día en el paseo marítimo de A Coruña, era y es un hombre, sobre todo, tranquilo. Prudente hasta el pesimismo, desconfiado, reflexivo. Es, en fin, gallego. Alineaba cinco defensas (tres y dos carrileros, que decían algunos); en los laterales Nando y López Rekarte; dos centrales, Voro y Ribera y un libre: Miroslav Djukic. Esta defensa hizo Zamora dos temporadas seguidas al portero deportivista, Paco Liaño. Una de ellas logró una marca imbatida hasta la fecha: recibió, en todo el año, 18 goles. Por delante de ellos se colocaba Mauro Silva, al que Santiago Segurola llegó a definir, en su época, como el mejor extranjero que había pasado por la Liga española. El brasileño, que marcó un solo gol en toda su carrera (¿adivinan a quién? Sí, al Valencia), agobiaba cualquier intento de toque en el medio campo y lo que robaba nunca más era recuperado por el rival. Hay quien dice que jamás perdió un balón. Si el rival superaba esta línea, detrás esperaban Voro y Ribera. Centrales de los de antes: marcaban pegados, fijando tobillos y anulando el talento enemigo. Dibujaban así el escenario para que apareciese Djucik cortando balones con elegancia y sacándolos con la cabeza alta. Como Baresi, Djukic nunca chocaba contra el delantero, se le adelantaba. Y los aplausos eran para él. El serbio salía de la cueva con la casaca impecable mientras sus centrales jadeaban el trabajo sucio con una sonrisa. Arriba predominaba la calidad. Por la derecha trotaba Donato, quien llegó a Coruña para apurar sus últimos coletazos futbolísticos proveniente del Atlético de Madrid y se quedó diez años. Por la izquierda destilaba calidad Fran, ‘O neno’, un chaval de la costa que creció a la sombra de su hermano, José Ramón. El 10 de Ribeira, con su zurda, pronto iluminó por sí mismo a la hinchada de Riazor moviendo la pelota como nunca soñaron muchas estrellas brasileñas que salían en más cromos que él. La punta de lanza era doble y opuesta: Bebeto y Claudio Barragán. El brasileño era dos toques y gol. Siempre gol. Claudio era su antagonista: raza, pasión, ‘pichón’. Al valenciano (¿otra señal?) aún se le canta hoy en la grada de los Riazor Blues, donde Bebeto tiene un enorme mural. El Ayuntamiento aceptó la propuesta de dedicar una calle a Mauro y a Fran, aunque de momento no ha cuajado, y Donato, ‘el abuelo’, sigue ostentando la ovación más larga. Así marcó aquel Depor.

El fondo de armario del equipo era corto: destacaba la inmensa calidad de Aldana, que ese año se quedó en blanco por culpa de su rodilla, Manjarín, que llegó a ser internacional, Alfredo Santa Elena, que vino del Atlético como añadido de Donato y cabeceó la primera Copa del Rey del equipo, y el central Paco Jémez, de quien cuentan que un día, dos años después del capítulo que nos ocupa, se quejó en un entrenamiento ante Toshack, entrenador del Depor: “Mister, me duele cuando le pego con la izquierda”, le dijo. “Paco —respondió el galés— a mí me duele cuando le pegas con las dos”.

Los chupa-chups de Cruyff

El Depor comenzaba la temporada 93-94 con la euforia de jugar la UEFA por primera vez en su historia, aquella UEFA en la que competían todos los grandes, sin grupos de clasificación. El inicio fue frenético: derbi en A Coruña contra el Celta que termina empatado sin goles, clasicazo contra el Sporting que se resuelve 0-2 en El Molinón y paliza al Real Madrid en casa, 4-0, en la que a la postre sería la mayor goleada de ese año del Depor. En Europa, el equipo peca de novato en su desplazamiento a Dinamarca y cae frente al Aalborg por 1-0, tropezón que se solventaría quince días después en casa con un 5-0.

Los blanquiazules fueron sacando sus partidos adelante y apuntaron autoridad ganando al Barcelona de Cruyff 1-0 en Riazor y eliminando a un potente Aston Villa en la segunda ronda de la UEFA. Las lesiones, además, respetaban a las piezas claves del once. Fue, completado el primer tercio de la temporada, cuando el equipo presentó sus credenciales a todo. En la jornada 14, tras vencer 1-0 al Racing de Santander, el Depor se coloca líder. Dos partidos después cae eliminado de la UEFA ante el Eintracht de Frankfurt y centra toda su atención en el campeonato doméstico. El Depor arrasa. Lo gana casi todo, se mantiene siempre al frente de la tabla y basa su fútbol en una eficacia aplastante: se planta en la jornada 35 como líder a tres puntos del segundo, el ‘Dream Team’ de Cruyff (en aquella Liga las victorias todavía valían dos puntos), y con sólo 52 goles a favor (el menos goleador de los siete primeros clasificados) por los 77 que atesoraba ya el Barça. Eso sí, tras 35 encuentros, a Liaño le habían metido sólo 18 goles, mientras que Zubizarreta acumulaba 40. De hecho, desde esa jornada, el Depor no encajó un solo tanto más.

Pero —siempre pero— algo flotaba en el ambiente. La gente creía y no, en una dualidad puramente galaica. Quedaban cuatro partidos, dos de ellos muy asequibles (Lleida y Rayo Vallecano) pero detrás venían los muchachos de Cruyff, con su chupa-chups y sus tres ligas consecutivas. Con Koeman, Laudrup, Stoichkov, Guardiola, Romario… Cierto pesimismo no manifestado comenzó a descender como la ‘brétema’ que cubre la playa del Orzán por las mañanas y Arsenio pensaba, como confesaría después, “que sí, que aquello podía pasar”, pero no lo decía. En realidad muchos hinchas lo pensaban, y tampoco lo decían, con una sensación de que todo aquello ya era suficiente, ya era más de lo que habían podido soñar y que era imposible culminar la utopía. Como si el desear ganar aquella Liga que estaba al alcance de la mano fuera excederse, abusar de lo concedido. Y en esas estaba el Depor, con su sí pero no, mientras el Barça colocaba sus partidos una hora antes que los gallegos y hacía funcionar la maquinaria mediática.

El Depor, claro, tropezó.

Primero contra la UD Lleida. Un empate a cero que hizo recortar un punto a los blaugranas. Después, en Riazor, lo inesperado: otro empate a nada frente al Rayo. Y pudo haberse acabado ahí, si no es por la galopada de 50 metros de, quién si no, Djukic, evitando el gol rayista. Estos dos equipos, para mayor escarnio, terminarían descendiendo a Segunda División esa temporada. Y el Barça a lo suyo, ganando 4-0 al Sporting y situándose, a falta de dos partidos, a un punto de los de Arsenio. En la penúltima jornada el Depor resucita. Se sacude la presión y, con los hinchas deportivistas desplazados blandiendo un chupa-chups gigante en las gradas de Las Gaunas, doblegan al Logroñés con un 0-2 que le sirve la Liga en bandeja: hay que ganar en casa el último partido ante un Valencia que no se juega nada.

Nosotros queríamos que el Depor ganase esa Liga”

A Coruña, una pequeña ciudad norteña que jamás soñó con alzarse con un título, era una olla. En cada esquina había un trapo blanco y azul, en cada ventana asomaba una bandera y en cada rincón se hablaba de lo mismo. Los niños iban al cole con la camiseta de Bebeto y por las calles los coches hacían sonar el claxon; esa semana se pitaba en cada semáforo. La ciudad, literalmente, era blanquiazul. Sin embargo existía, oculta pero perceptible, una cara oculta: aquella que se temía lo peor, que pensaba en el fatal desenlace. Aquella, tan de abuela que —mirando al cielo con rostro ajado— insiste en repetir que aún no está hecho. Y que podría no salir bien.

Llegó el Valencia al aeropuerto coruñés haciendo bromas: los jugadores chés, dirigidos por Guus Hiddink, metieron un billete de 5.000 pesetas asomando en el maletín del delegado del equipo. Presagio de lo que vendría después. Quique, Arroyo, Mijatovic, Serer, Fernando, Giner y los demás no sólo no se jugaban nada en aquel encuentro sino que alguno de ellos confesaría años después lo que sintió durante la víspera del partido. “Yo quería que ganase el Depor la Liga, entre otras cosas por Nando y Voro, que eran grandes amigos”, llegó a decir Fernando Giner, central de aquel Valencia. Como él, otros tantos valencianistas, por no decir todos, sentían que la Liga debía de ser blanquiazul. No sólo los jugadores. Esos días, los foros de hinchas valencianos se llenaron de mensajes de apoyo al Depor e incluso, capítulo muy oscurecido por la memoria enfurecida, no fueron pocos los aficionados que en los días posteriores al partido recriminaron a sus jugadores haber impedido el título blanquiazul. Fue lo último amable que se recuerda entre dos hinchadas que nunca se volvieron a dirigir la palabra.

¿Tres millones? Una liga vale por lo menos diez!”

Comenzó, por fin, el choque. Arrancó encogido por la tensión, como un músculo agarrotado. No se encadenaban cuatro pases, no se llegaba a la portería. La hinchada apenas podía animar. El aire que flotaba sobre el césped pesaba. Había que dirigirse hacia la portería rival y meter el balón en ella. Una vez, una sola vez y el Depor sería campeón de Liga, pero hacerlo era un mundo, un objetivo inalcanzable en ese momento. En Barcelona marcaba, contra pronóstico, el Sevilla. Gol de Suker que, lejos de aliviar la espesura del juego, la aumentó: el título estaba demasiado cerca para ser verdad. “Nunca llegamos a meternos en el partido”, explicaba después Donato. “El público nos gritaba que valía el empate, estábamos más pendientes del Camp Nou que de ganar nuestro partido. Cuando se quiso despertar era demasiado tarde”.

Cuando empezó el partido nos dimos cuenta de que ellos estaban bloqueados, en blanco”, recuerdan los jugadores valencianistas. Hasta tal punto que permitieron a los chés jugar con comodidad y generar algunas ocasiones. Por si fuera poco, los de Cruyff comenzaron a poner las cosas en su sitio y sentenciaron contra el Sevilla con varias joyas de Romario. El partido de Riazor comenzaba a agonizar. El Valencia estaba cómodo. Fue esta la situación que enfadó a los locales. “Durante el partido Bebeto me dijo de todo —afirma Giner— que si éramos unos vendidos, que si no nos daba vergüenza…”. Tomaba forma la histórica recriminación que A Coruña le sigue haciendo hoy en día a Valencia. “Me jode que digan eso”, añade el ex central valencianista. “La Liga la perdieron ellos, no se la hacemos perder nosotros”. Bebeto respondió: “En el campo yo jamás hablaba con los jugadores rivales. Yo no le comenté nada a Giner. Lo que él dice ahora son tonterías. Está loco y miente”. Sólo Donato puso cordura. “¿Debían abrir las piernas para que ganásemos?”

La realidad es que las piernas no se abrieron porque, entre otras cosas —como la profesionalidad—, tres millones de pesetas lo impidieron. El Valencia, tal y como confesarían años después hasta cuatro miembros de aquella plantilla, cobró una cuantiosa prima del Barcelona por impedir la victoria deportivista. En concreto, 18.000 euros por barba. Sólo algunos chavales de la cantera que habían disputado pocos minutos cobraron menos. Hiddink no quiso ni un duro.

Fue un dinero amargo”, dijo Giner. “Queríamos que la Liga la ganase el Depor”. El central llegó a explicar cómo se desarrolló la acción. “Recogimos el dinero en la autopista, a mitad de camino entre Valencia y Barcelona. Lo guardamos en casa de uno del equipo y lo fuimos repartiendo”. Al parecer, un empresario barcelonés ofreció siete millones más al portero, José Luis González, si lograba dejar su meta a cero. Cuentan que el único que se quejó fue el delantero Lubo Penev, convaleciente de un cáncer testicular: “¿Tres millones? ¡Una Liga vale por lo menos diez!”.

Nos dimos cuenta enseguida que habían salido primados”, explicaría en una radio años después Nando. “Por favor, ahora Nando descubrió el mundo —le replicaría Serer—, pueden decir lo que quieran, pero es más fácil perder que salir a ganar”. González, el protagonista y, se supone, mayor beneficiado de las primas, fue más allá: “Sería bueno que se normalizaran las primas. Incentivar por ganar me parece lícito, por perder es como venderse. Si un empresario te da dinero por vencer, lo veo correcto”. El meta confirmó así el rumor del empresario barcelonés.

El asunto lo zanjó Arsenio como sólo ‘O bruxo’ podía hacerlo: “No sé si había primas o no, porque yo no las he visto”.

El penalti.

Final en el Camp Nou. 5-2 para el Barça. Los jugadores blaugranas se apiñan en el césped con los transistores: empate a cero en Riazor y faltan dos minutos. En ese momento, con algunos aficionados del Depor bañados ya en lágrimas de pura tensión, Nando (valenciano) agarra una pelota mal despejada por la zaga ché tras un saque de córner botado por Bebeto. El lateral progresa y entra en el área. Le sale al paso su amigo Serer, le quiebra bien y el central valencianista le engancha. Nando cae. “Intenté provocarlo, pero me dio”, revive el blanquiazul. En ese momento, la cabeza del árbitro, Antonio Jesús López Nieto, es atravesada por los gritos de la gente que se cruzaba por la calle en su Málaga los días previos al partido: “¡Pítales un penalti” ¡Que se lo merecen!”. Y lo pitó. Serer, de rodillas, y Nando, tumbado, miraron desde la hierba cómo López Nieto señalaba los once metros y avanzaba decidido hacia el punto de cal. “El penalti lo ves y te arrancas a pitarlo o no… pero no te lo piensas. A mí no me dio ni tiempo. Si lo pienso, no sé si lo pito”, diría después.

Estalla Riazor. Mauro y Bebeto se arrodillan, Donato se abraza, la Curva Máxica se viene abajo. Arsenio se echa las manos a la cara y resopla como si de él saliera todo el aire contenido por los coruñeses durante meses. A 1.200 kilómetros de distancia, el Camp Nou enmudece. Cruyff se gira al banquillo y dice: “Tranquilos, lo va a fallar”.

En ese momento miramos a Bebeto”, dice Giner, quién sabe si con ánimo de venganza por su enganchada durante el partido. El brasileño, que había fallados dos penas esa temporada, ante el Oviedo y ante el Aston Villa, se defiende: “Quien diga que no me atreví a tirar el penalti, está mintiendo. Donato no estaba en el campo y Djukic era el lanzador. Él nunca fallaba, ni siquiera en los entrenamientos. Hablé con él para tirarlo, pero me dijo que estaba bien para lanzar y hacer gol”. El serbio cogió la pelota y la colocó en el punto de cal. Cogió aire e hinchó el pecho. Pero nunca llegó a notarlo en los pulmones…

La verdad es que me pareció exagerado el gesto de González cuando paró el penalti. Parecía que acababa de ganar la Copa de Europa”, asegura López Nieto. “Fue un gesto reivindicativo, llevaba siendo titular tres partidos y ya había parado otro penalti. Luchaba por un puesto”, le defenderían algunos compañeros. Puño en alto, González festejó detener el balón que Djukic empujó con suavidad, sin fe, paralizado por el entorno. Lo tomó en sus manos y alzó el brazo. Aunque después siguió el juego y sacó en largo, su silueta festejando la parada quedó congelada en ese punto y grabada en la retina de todo el deportivismo.

Djukic ya no se movió del suelo. “No hay palabra que sirva de consuelo y nosotros mismos estamos hundidos”, aseguró el capitán valencianista, Fernando, tras el partido. Mientras en Barcelona estallaba la fiesta y el ‘president’ Núñez declaraba que “el Valencia hizo gala de una gran caballerosidad”, en A Coruña los aficionados no se movían del sitio, en silencio. Solo un gemido sordo, de miles de llantos simultáneos, llenaba el estadio tras el pitido final. Como la Santa Compaña, los hinchas que lograban levantarse desfilaban lastimosamente. “Recuerdo que al terminar el partido me dediqué a consolar y a levantar del suelo a los jugadores del Depor. Estaban destrozados”, explica Giner. Fernando salió del vestuario para dar la rueda de prensa, un recorrido que, asegura, “me quedó grabado”. Se cruzó a cientos de hinchas hundidos, mucho llorando, otros en silencio. El autobús que les llevó al hotel recibió cientos de golpes, miles de insultos. Las miradas de los aficionados que se encontraron en el hotel quedaron grabadas en los jugadores. En medio de toda aquella amargura, con las banderas colgando aún de las ventanas como una burla pesada, alguien, ‘spray’ en mano, pintaba junto al portal del defensa serbio: ‘¿Djukic? Te quiero igual’.

En el año 2000 el Depor logró el ansiado campeonato, a pesar de que el lema que se había instalado en la ciudad tras el error del serbio era claro: “Otra así ya no tenemos”. En ese momento Djukic declaró: “Soy feliz. Ahora puedo descansar tranquilo”. Era ya ex jugador blanquiazul: había fichado por el Valencia. Era el nacimiento de la resiliencia.

El epílogo lo puso Arsenio en una rueda de prensa que la hinchada deportivista jamás olvidará. Llegó hundido. Dicen que ya había llorado todo lo que tenía que llorar, así que habló con ese halo de ‘os lo dije’, con ese pesimismo consolidado. Con ese irrenunciable sentido trágico de las cosas: “Es uno de esos momentos en que hay mucho que decir y poco que contar. Siento una gran tristeza por esas gentes que yo veía todos los días con una ilusión tremenda y yo pensaba que podíamos desilusionarlos, porque podía pasar esto, porque no es la primera vez. Y ha pasado. Hasta fuimos a fallar un penalti cuando no había ni tiempo para respirar. Estaba escrito así”. Era el nacimiento de la persistencia.

 


El penalti de Bebeto

Aquel equipo era muchas cosas: una colección de jugadores ninguneados por los grandes clubes, unos cuantos brasileños de “Cristo y amor”, el encanto de la ciudad pequeña y tranquila, la alternativa al dinero y los titulares de prensa… y especialmente, por encima de todo, un entrenador que se convirtió en algo así como “el abuelo de España”.

El Deportivo pasó de Segunda a disputar la liga en dos años. Para ello hizo falta fichar a Bebeto y Mauro Silva, que no es poca cosa, e ir recogiendo a los Donato, Nando, Aldana y compañía que iban dejando sueltos los demás. En su primer año como equipo competitivo se vino abajo después de unas cuantas jornadas de líder. El segundo año se tomaron la cosa tan en serio que llegaron a la última jornada con un punto de ventaja sobre el Barcelona y un partido relativamente fácil en casa.

Mi recuerdo de Arsenio se va a un final de partido y una rueda de prensa. El partido en cuestión no lo ubico con facilidad: sé que el Deportivo se había adelantado en casa y le habían empatado casi en el descuento. Arsenio, enrabietado, tomaba el túnel de vestuarios al grito de “Tanto Súper y tanta hostia”. Era un hombre temeroso de la fama y la repercusión mediática, como si se sintiera incómodo. Un par de años más tarde cogería al Real Madrid post-Valdano, en plena descomposición, y creo que jamás he visto a alguien tan perdido en un banquillo.

La rueda de prensa en cuestión es la de después del famoso Deportivo-Valencia. Aquella trágica última jornada. Arsenio no se sentía triste, se sentía culpable: “Sabía que podíamos fallarles”, dijo con una resignación absoluta, como pidiendo perdón. “Sabía que esto podía pasar y toda esa gente se iba a sentir muy triste”. Seguro que Arsenio hacía muchas cosas pensando en sí mismo, como las hacíamos todos, pero daba la sensación de que en realidad estaba ahí por los demás, con una naturalidad apabullante.

Volver al partido en cuestión es insistir en un drama. Fue un 14 de mayo, el día de mi cumpleaños. Estábamos haciendo una fiesta en casa y conforme avanzaba la cuenta atrás, nos arremolinábamos alrededor de la televisión. Los del Madrid iban con el Deportivo, los del Barcelona, obviamente, con el Valencia. En la mente de todos está el momento en el que Nando entra en el área, se hace un autopase y un defensa visitante lo zancadillea.

Minuto 89. Locura en los transistores.

Las imágenes de Núñez desolado y el Camp Nou callado por completo mientras Riazor saltaba de alegría. “Sabía que podíamos fallarles”, seguro que se repite todavía Arsenio, recordando todo aquello. El penalti lo tendría que haber tirado Bebeto: era el goleador por excelencia de ese equipo, uno de los mejores delanteros que pisaron la liga española en los 90 y meses después se coronaría campeón del mundo patentando su propia celebración de los goles.

El problema es que Bebeto había fallado ya dos penaltis con anterioridad y esos penaltis habían costado puntos. “Solo falla el que lo tira”, dijo él, entonces, para defenderse… y tenía mucha razón. Hay que tener valor para enfrentarse uno contra uno al portero rival y los millones de expectativas de medio país. Cuando el árbitro pitó, aquel 14 de mayo, Bebeto, simplemente, se alejó lo más posible del balón, silbando, como si la cosa no fuera con él. Donato ya no estaba en el campo. ¿Quién tenía el valor para ir ahí y disparar? Le tocó a Djukic.

Hay un momento en el que sé que lo va a fallar. Esto es una tontería: nadie sabe si un penalti se va a fallar o a meter, pero hay señales que pueden indicar una cosa o la contraria. Cuando toma la carrera, el yugoslavo coge aire y eleva los hombros casi a la altura de la nariz. Tiene un ataque de ansiedad colosal y el miedo en la cara, como si él también supiera que fallar a toda esa gente iba a ser difícil de olvidar.

El resto ya lo conocen: González paró el penalti y lo celebró como una Copa de Europa. Probablemente fue innecesario pero él solo hacía su trabajo. Ni siquiera le sirvió para renovar con el Valencia, que ese verano se hizo con Zubizarreta. Núñez volvió a sonreír y Cruyff salió del banquillo con Rexach a celebrar. Era la cuarta liga consecutiva del Barcelona, la tercera en el último partido por fallo de su rival.

En Riazor todo eran lágrimas. El público saltó a la cancha a abrazar a sus héroes, una especie de terapia de grupo. Djukic, llorando como un juvenil, intentaba hacerse paso mientras los niños le decían “no pasa nada” pero se lo decían con una tristeza infinita en la cara. Esos tres minutos seguro que fueron los más largos de su carrera.

En cualquier caso, ni a Bebeto ni a Djukic les tocó dar explicaciones. Arsenio tampoco mandó a su segundo a hacer la rueda de prensa. La enfrentó él, a pecho descubierto, sonrisa resignada en la boca, tono de “ya os lo decía yo, ya os lo decía yo” y resignación de hombre humilde que ve cómo las langostas arrasan su cosecha y solo puede pensar “el año que viene todo irá mejor”.

Y fue mejor: el Deportivo ganó la Copa del Rey… ante el Valencia, en el Bernabéu. Los chicos de Riazor tuvieron que esperar seis años para celebrar por fin una liga pero acabaron celebrando, que es lo que cuenta. Eso debería valer para toda una generación, se vivan después los descensos que se vivan. Arsenio, tras ese breve interregno en Madrid, no volvió al fútbol de primer nivel.