Italia: la política como pecado

Fotografía: Corbis.

Peccato. Así, sin nada más. Peccato es una de las interjecciones más habituales en el día a día de Italia. Es un «qué pena», un «vaya por Dios», un «ay, no». La palabra junto a otras atrae irremediablemente las lenguas de los italianos, que se enredan en torno a ella independientemente del tema que se esté tratando en ese momento. En el último siglo, su uso escrito en libros se ha duplicado. Sea de manera seria, irónica, cuestionable, humorística o meramente religiosa, el pecado es un concepto omnipresente en la vida del país.

La política no es una excepción. 

El Vaticano está en el corazón de Italia. No solo el geográfico. El país mantiene una, digamos, intensa relación con la Iglesia católica. Posiblemente sea la más intensa de cuantos países constituyen el llamado mundo occidental. El porcentaje de católicos practicantes se mantiene por encima del resto de naciones de su entorno. El matrimonio homosexual no es un asunto tabú, pero sí muy difícil de tratar, siendo elevada la proporción de personas que lo consideran moralmente cuestionable. Estamos hablando de un lugar que, pese a tener una de las democracias más antiguas de Europa, no abolió los crímenes de honor hasta 1981. Efectivamente, antes de ese año el hecho de asesinar a tu mujer porque te había sido infiel, o a tu hermana por haber tenido relaciones prematrimoniales, podía proporcionarte una rebaja en la pena decidida por el juez de turno. La ley italiana establecía una suerte de jerarquía de pecados sancionada por la Iglesia: matar lo era menos si la lujuria (de la mujer, ¡claro!) estaba implicada y el honor se veía atacado.

Históricamente, la Iglesia ha correspondido a aquellos gobernantes que han protegido tal poder en Italia. Esta cobertura ha llegado incluso a ayudar a tapar ciertos pecados, de aquellos que cuentan con posiciones elevadas en la jerarquía antes mencionada. Pese a sus inicios socialistas, a su carácter polemista con respecto a la existencia de Dios, Benito Mussolini comprendió bien que el fascismo no podía ser un sustituto completo a la religión católica. Así que acogió a la Iglesia en su seno. O se dejó acoger por ella. Lo mismo es. El resultado queda plasmado en la famosa frase del dictador: «Pregare, se non aiuta certamente non nuoce». Rezar, si bien no ayuda, ciertamente no hace daño. Tampoco hacía daño reconocer al Vaticano y establecer, por primera vez desde que Garibaldi forjó la República, relaciones entre Roma y la Santa Sede. Fue en febrero de 1929, en los Pactos de Letrán. El tratado central fundaba de facto el Estado de la Ciudad del Vaticano, definía a la Iglesia como «fondamento e coronamento dell’istruzione» educativa y en cuestiones de derecho de familia, entre otros aspectos que, en fin, convertían la República en un Estado confesional. La jerarquía eclesiástica proporcionaba, a cambio, legitimidad a la dictadura. En maneras más o menos conocidas. En la segunda categoría se encontraba un ejercicio que podríamos tildar de hipocresía posibilista. Las instituciones sociales de la Iglesia se encargaron de custodiar y de apartar de la opinión pública a Ida Dalser, amante de Mussolini en su época socialista, casada después con el dictador, y madre de su primogénito, de nombre Benito Albino. A este, una vez arrancado de la custodia de su progenitora, también se le internó en un centro religioso. Ambos, Ida y Benito, morirían en cautividad antes de que cayese el fascismo.

La intimidad entre Iglesia y Estado no acabó precisamente como Mussolini: ejecutado por partisanos en un pueblo lombardo. Los Gobiernos del cuasihegemónico Partido de la Democracia Cristiana desde el final de la guerra hasta 1992 vendrían más bien a perpetuar una relación de quid pro quo. Además, la Democracia Cristiana y la Iglesia compartían un objetivo: frenar el avance del comunismo. El Partido Comunista fue el segundo más votado en todas las elecciones italianas desde 1948 hasta 1992. Esto es, durante toda la guerra fría. Desde cierto punto de vista, existía una cierta alianza (a veces implícita, otras menos) entre los políticos centristas y la curia para frenar a los rojos. Como también la había, esta menos tácita y más obvia, entre los primeros y las organizaciones criminales. Principalmente la mafia. 

Piove? Governo ladro! Una parodia tiene sentido porque hay algo que merece ser parodiado. En este caso, la frase en su modelo sarcástico viene supuestamente de una viñeta aparecida en 1861 en un semanario satírico turinés, Il Pasquino. El día anterior, un grupo de patriotas republicanos había convocado una manifestación en Turín para apoyar la proclamación de una república italiana. Pero la manifestación fue suspendida por la lluvia. La broma vino sola, y acabó por convertirse en el eslogan de la revista. Pero ya se había oído antes al sur de los Alpes sin un carácter tan burlón: tal vez, lombardos y venecianos la utilizaron a principios del siglo XIX para lamentarse de que la (odiada por ellos) casa de Austria que ocupaba su territorio en ese momento les cobraría más impuestos siempre que lloviese, asumiendo que las cosechas serían mejores. O cualquier otro poder foráneo que mantuviese bajo su yugo a los italianos, un pueblo que en realidad no acabó de existir como tal hasta que Garibaldi y los suyos no lo constituyeron en una República independiente en el último tercio del XIX. Toda la voluntad puesta por revolucionarios, contrarrevolucionarios, conservadores y reformistas desde entonces hasta hoy no sirvió para que la parodia dejase de tener sentido. Al contrario: no haría sino ganar peso, significado, hasta ser indistinguible de una realidad que acabó por transformar la política en el peor de los pecados.

Mussolini fue socialista. Mussolini fue un revolucionario. Mussolini fundó el fascismo, lo convirtió en el yugo bajo el cual dominar la República italiana. Y así terminó una revolución que jamás fue. El fascismo hegemónico borró la política del mapa de lo razonable, de lo que hacía la gente normal, la gente que merecía un respeto. La relegó a aquello que hacen hombres harapientos escondidos en las montañas, personas que odiaban la patria. Eso llenó el hueco de la política entendida como competición abierta entre fuerzas con intereses opuestos: la patria, vestida con una camisa negra. En aquella época, Miguel Primo de Rivera, el «prototipo español de Mussolini» (así lo calificó el embajador británico en nuestro país, según cuenta el historiador Shlomo Ben Ami en El cirujano de hierro), alimentaba el que sería el partido del régimen, la Unión Popular: una «unión de ciudadanos» preocupados por el bien común, alejada de la «política», considerada como aquello que hacían Cánovas y Sagasta (bueno, que hacía Cánovas y que Sagasta se creía que hacía) turnándose en el Gobierno de la nación. A pesar de notables diferencias, si algo unía al ultraconservador militar Primo y al antiguo socialista defraudado Mussolini era la intención de pasar por encima de los políticos, de ir más allá, de borrar para siempre la política del mapa de sus propios países como el peor de los pecados, apoyados por reyes (Víctor Manuel III y Alfonso XIII) entre complacientes y temerosos ante tales aspiraciones.

El fracaso de ambos no pudo ser más estrepitoso, puesto que los periodos que siguieron a ambas dictaduras fueron tan «políticos», tan llenos de conflictos y de opiniones dispares, como un país pueda soportar. De la Segunda República ya mucho se sabe por estos lares, pero tal vez no se ha hablado en demasía del periodo que siguió a la caída de Mussolini en Italia. Fue una fase casi prerrevolucionaria, en que el Partido Comunista Italiano se debatía entre la legitimidad que le otorgó alcanzar ciento cuatro escaños en la Asamblea que escribiría la Constitución italiana en 1946 y la oportunidad de embarcarse en una lucha contra el Estado burgués. El PCI sería expulsado de la Asamblea en 1947, pero se convertiría en la oposición permanente desde el año siguiente. 1948 cerró los años de claroscuros con un equilibrio que tendría como piedra angular la Democracia Cristiana. En él, la pretensión de hacer de la política un pecado se sofisticaría hasta límites inimaginables.

¿Ha habido alguna vez un proceso judicial del cual haya resultado la existencia de una asociación criminal llamada mafia a la cual atribuirle con certeza el mandato y la ejecución de un delito? ¿Existe o ha existido un documento, un testimonio, una prueba, cualquiera que sea, que establezca una relación segura entre un hecho criminal y la así llamada mafia? Faltando tal relación, e incluso admitiendo que la mafia existiese, se podría decir que es una asociación de mutuo socorro secreto, ni más ni menos que la masonería.

Quien habla es un político conservador en Roma, personaje de El día de la lechuza. Leonardo Sciascia escribió esta novela, la novela sobre la mafia, en 1960. Por aquel entonces, el Gobierno (cristianodemócrata) italiano negaba rotundamente la existencia de nada llamado «mafia». Se acusaba a quienes denunciaban su poder en Sicilia de «hacerles el juego a los comunistas». Mientras tanto, en la isla, todas las disputas imaginables, todos los procesos de distribución y asignación de recursos, de gestión de bienes públicos… todo aquello de que se podía encargar el mercado o la política terminaba en manos de la mafia. Pero mencionarla siquiera era un pecado mortal. Literalmente: uno se jugaba la vida al hacerlo. Llegó un momento en el cual negar su existencia era absurdo, pero la ley del silencio, la omertà, se mantuvo. Y sobre todo se mantuvo una doble idea: por un lado, era el crimen organizado quien podía proveer de trabajo, de bienes y servicios a los ciudadanos de muchas áreas de Italia. Por otro, el Estado era incapaz de hacer mucho por evitarlo. Piove? Governo ladro.

Hoy sabemos que no solo fue una cuestión de incapacidad. La Democracia Cristiana empleó a la mafia siciliana, así como a otras organizaciones criminales, para conseguir victorias electorales y consolidar su poder en regiones del sur del país. No fueron los únicos, pero sí los pioneros y quienes se emplearon a la tarea con mayor intensidad. Igual que mantuvieron una relación cuando menos turbia que abarcaba más que los votos: financiación, represión policial, a veces incluso relaciones internacionales.

Giulio Andreotti estuvo en el centro de todo lo que pudo haber pasado, y que aún no se ha aclarado a pesar de miles de horas de juicios desde principios de los noventa hasta casi nuestros días. El director de cine Paolo Sorrentino pone en su boca un monólogo dedicado a la esposa del político, Livia. Es el único momento de sinceridad, de diálogo interior del personaje. En él se desgrana la enorme paradoja que supuso enterrar la política en Italia precisamente para salvar al país de sí mismo.

[Tus ojos] no tienen ni idea de lo que el poder debe hacer para asegurar el bienestar y el desarrollo del país (…) La monstruosa, inconfesable contradicción: perpetuar el mal para garantizar el bien. El ostracismo para desestabilizar al país, para provocar terror, para aislar a las facciones políticas más extremas, para reforzar a los partidos de centro como la Democracia Cristiana… ha sido definido como «estrategia de la tensión». Sería más correcto llamarlo «estrategia de la supervivencia» (…) Todos piensan que la verdad es una cosa justa, pero en realidad es el fin del mundo. Y nosotros no podemos permitir el fin del mundo en nombre de una cosa justa. Nosotros tenemos un mandato. Un mandato divino. Es necesario amar tanto a Dios para darse cuenta de lo muy necesario que es el mal para proteger el bien… Esto Dios lo sabe, y yo también.

Los noventa trajeron a Italia un escándalo de corrupción de proporciones inabarcables. La duplicidad antes mencionada explotaba por sus dos extremos: en uno, el crecimiento y la multiplicación de los beneficios por el tráfico de droga catapultaban a las organizaciones criminales (que ya iban mucho más allá de la mafia siciliana) al mismo tiempo que las hacían competir de manera más y más intensa. En el otro, la falta de capacidad del Estado se hacía más y más evidente. Los italianos se miraban perplejos sin saber adónde ir. Les habían robado la política y no tenían ningunas ganas de recuperarla, ningún deseo de caer en el pecado. Hasta que algo emergió.

La mejor medida de la intensidad de la crisis institucional a la que Italia se enfrentó es el éxito de un hombre: en 1994, Silvio Berlusconi alcanzaba el poder por primera vez. Su Forza Italia partía de una idea clara, concisa, y que encajaba totalmente con el espíritu de la época: hay que limpiar el país. ¿De qué? De políticos, por supuesto. Pese a tener una plataforma de electores claramente alejados de la izquierda, su afiliación conservadora no estuvo, ni está hoy, nada clara. Al fin y al cabo, siempre fue un playboy mal disimulado. Su producción mediática era obviamente machista, pero en el sentido más sexual del término, idolatrando a la mujer-objeto. La pátina de modernidad era necesaria para ganar relevancia frente al fondo de lo viejo, de democristianos y comunistas, todos ellos en definitiva moralistas. Curiosamente, muchos de los pecados originales de la Iglesia perdieron su carácter de pecado (sobre todo aquellos que perjudicaban al hombre heterosexual), mientras que la idea de política como pecado no hacía sino ganar enteros. Los partidarios de Silvio entendían que con él bastaba, no hacía falta nada más. Sus detractores, que ante él poco o nada se podía hacer.

Después de dos décadas de excesos y de una batalla desigual con una gris oposición, Berlusconi lleva ya años fuera del poder. Dario «Lele» Mora es un empresario italiano del mundo del espectáculo; digámoslo así. Es imperativo imaginarlo como un señor alto, corpulento y con calvicie incipiente, embutido en un traje de algún color llamativo. También lo es situarlo en el banquillo de los acusados como presunto intermediario entre Berlusconi y una red de prostitución. Mora es bisexual, según él mismo. Mora también tiene el despacho lleno de souvenirs relacionados con Mussolini. O los tenía en 2011, cuando Ariel Levy, del New Yorker, le entrevistó. A Levy le dijo: «Mussolini hizo muchas cosas buenas por Italia, y sin embargo solo se le considera por algunas cosas feas que su gente hizo, ¡los traidores! Como Berlusconi, quien también tiene muchos traidores que hablan mal de él y le hacen cosas feas». El exportavoz de los Gobiernos de Silvio, Paolo Bonaiuti, tenía un busto de Mussolini en el despacho a modo de «provocación» («The Mussolini of Ass», Devin Friedman para GQ, 9 de junio de 2010). El propio ex primer ministro dijo en 2013 que «La aprobación de las leyes raciales ha sido la peor cosa que hizo Mussolini, quien por otro lado hizo cosas buenas». Quién sabe si estaba pensando en pantanos y carreteras o en haberle allanado el camino para poder alcanzar el poder a costa de «la política». Peccato.


El juicio por rebelión a José Antonio Primo de Rivera

José Antonio Primo de Rivera. Foto: DP.

Con el cuerpo de Franco trasladado del Valle de los Caídos se puso fin a un culebrón de una magnitud considerable, pero la historia quedó incompleta. José Antonio Primo de Rivera sigue enterrado en el Valle de los Caídos en un lugar central. Parece que solo se le cambiará de sitio, aunque hubo un amago de debate sobre si el líder falangista era una víctima de la guerra civil o, como el repudiado caudillo, uno de sus promotores. Por lo pronto, lo que es un hecho es que él fue juzgado por rebelión y por ese motivo abandonó el mundo de los vivos, porque la sentencia dijo que era culpable. Las garantías de ese juicio, que duró dos días, ya son harina de otros costal.

Antes, como presentación del personaje, nos valen las palabras de Unamuno en el diario Ahora el 19 de abril de 1935: «Es un muchacho que se ha metido en un papel que no le corresponde. Es demasiado fino, demasiado señorito y, en el fondo, tímido para que pueda ser un jefe y ni mucho menos, un dictador. A esto hay que añadir que una de las cosas más necesarias para ser jefe de un partido ‘fajista’ es la de ser epiléptico».

En José Antonio: realidad y mito de Joan Maria Thomàs se apunta a que el escritor estaba molesto porque uno de los motivos para que no le dieran el Nobel pudo ser haber ido a un mitin de Falange. El socialista Luis Araquistáin iba por los mismos derroteros, le calificaba de «señorito», «un mozo criado entre mimos y comodidades», algo que le limitaba como líder fascista porque «el lenguaje demagógico no es posible aprenderlo en los libros». Él mismo dijo, tajante: «serviría para todo menos para caudillo fascista».

En Guerras y vicisitudes de los españoles, las memorias de Julián Zugazagoitia, ministro de Gobernación de Negrín, el socialista consideraba que la ejecución de José Antonio había sido «algo peor que una injusticia, un error». Hubiese sido una baza preciosa para la República haberlo enviado a zona nacional, canjeándolo o dejándolo huir sutilmente, como hizo el ministro Manuel de Irujo con Ramón Serrano Suñer.

Algo que se olvida es que Franco, además de participar en el golpe contra la democracia, también dio un golpe dentro de los golpistas, con el eufemismo de Decreto de Unificación y la fundación de la Falange Española Tradicionalista de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, siglas que le costaron la vida, por fusilamiento, a algunos de los suyos que se opusieron. De hecho, como consecuencia, se fundó acabada la guerra en 1939 la Falange Española Auténtica. En la clandestinidad, pero con un acrónimo que desafiaba el marketing incluso entonces: FEA

Esa lucha por el poder desembocó en una reyerta sangrienta entre los dos grupos rivales, lo cual fue aprovechado por Serrano Súñer para silenciar cualquier foco de resistencia a la unificación (…) En realidad, las estructuras jerárquicas de falangistas y requetés desaparecían también porque el supremo jefe, a partir de ese momento, era Franco. (…) Hedilla pasaba a ser un simple vocal de la Junta Política y no solo no aceptó, presionado por los «camisas viejas» (…) El 25 de abril, Hedilla fue arrestado junto con otros falangistas disidentes (…) Hedilla compareció dos meses después ante dos consejos de guerra sumarísimos (…) Hedilla, acusado de «adhesión a la rebelión» y de resistencia al cumplimiento del decreto de unificación, fue condenado a muerte (…) Franco le indultó, pero pasó cuatro años en la cárcel y, según Javier Tusell, «el resto de su vida lo viviría Hedilla en una situación de ostracismo oficial, pensando en una Falange independiente que siempre resultaría imposible». (Julián Casanova, Historia de España en el siglo XX

Franco a Manuel Hedilla se lo pudo hacer, pero a José Antonio no habría sido tan fácil. Para la República, lanzarlo a él en mitad de la zona sublevada hubiera sido más efectivo que cualquier bomba por la división que habría sembrado. De hecho, consta que Primo de Rivera no deseaba en modo alguno una guerra. Le dijo a un periodista estadounidense que le entrevistó en la cárcel que lo que estaba haciendo Franco era «un error».

Pero no fue posible comprobar la hipótesis de si hubiera enfrentado a los cabecillas de la rebelión, la condena a muerte lo impidió. Para Zugazagoitia, el único que salió ganando de quitarle la vida fue Franco, porque se quedó «sin competidores». Además, para él, «la sentencia fue excesiva». Escribió: «El delito de que debía responder Primo de Rivera se había producido con anterioridad a la insurrección de los militares. Se le condenó, no por lo que había hecho, sino más bien por lo que se suponía que hubiese hecho de encontrarse en libertad».

En cualquier caso, misiones del mismo tipo, como el canje posterior, en 1937, de Raimundo Fernández Cuesta, habían fracaso. Al llegar a la zona sublevada se plegaban a las órdenes de Franco, como dejó escrito en sus memorias Azaña.

Ángel Viñas en ¿Quién quiso la Guerra Civil? revela que José Antonio ya pudo estar en las primeras conspiraciones que se iniciaron desde el mismo 14 de abril para destruir el Estado democrático, aunque por esas fechas no fuese todavía un fascista propiamente dicho. Su conversión fue más adelante, cuando fue recibido por Mussolini y financiado a través de su agregado en la embajada en París y el conde Ciano. Se había visto también con Hitler en mayo de 1934 y lo reconoció durante su juicio en Alicante. Aparece, además, en la solicitud de Von Engelbrechten para entrar en las SS, lo anotó como mérito, haber presentado al hijo del general Miguel Primo de Rivera al Führer. No obstante, no hubo grandes relaciones hispano-germanas a través de los falangistas.

Antes de la contienda, sus hombres tomaron parte en lo que Antonio Goicoechea, conspirador de Renovación Española, describió como «necesidad ineludible de organizar un ambiente de violencia». Sus militantes fueron protagonistas de la famosa violencia callejera del 36. En ocasiones como víctimas, en otros momentos como protagonistas de represalias con muertos. Como cuenta Tusell, en las fichas de afiliación se anotaba quién tenía «bicicleta», esto es, «pistola». Sin embargo, sostiene Viñas que con Falange solo se contó en la etapa final de la conspiración y para que aportara la «carne de cañón». Entonces la Falange era un movimiento marginal y nadie pensó en ella como órgano de poder de un nuevo Estado. Según Tusell, «era un partido político de jóvenes universitarios sin fuerza electoral propia ni menos aún implantación en medios sindicales o proletarios».

Alfonso García-Valdecasas, Julio Ruiz de Alda y José Antonio Primo de Rivera en la fundación de Falange en 1933. Foto: DP.

En noviembre del 35, Primo de Rivera ya planteó la necesidad de un golpe de Estado para hacer frente a «una amenaza de un sentido asiático, ruso, contradictoria con toda manera occidental, cristiana y española de entender la existencia», pero, mientras que Calvo Sotelo defendía abiertamente «una reforma totalitaria del Estado», José Antonio en sus últimos textos lo criticó. Escribió: «La enfervorización religiosa de los pueblos no es tarea política». Desde ese año 1935, en los mítines que había dado el pequeño partido hubo un denominador común, la estrategia propagandística era la de explicar su política como «ni de izquierdas ni de derechas». Cuando la derecha hizo la reforma de la reforma agraria, como apunta Ramiro Trullén en España trastornada, Primo de Rivera sorprendió a propios y extraños criticando la medida en el Congreso: «Teniendo en cuenta que la vida rural española era absolutamente intolerable tendrían que atenerse a las consecuencias». En síntesis, su pensamiento lo que sostenía era la necesidad de encauzar las revoluciones porque motivos no faltaban para que se desencadenasen.

No obstante, desde el primer día de la sublevación los falangistas estuvieron ahí. En las órdenes que dio Yagüe en Marruecos se les tenía bien en cuenta: «Conferir el mando del orden público y seguridad en las ciudades a elementos de Falange». En La columna de la muerte de Francisco Espinosa, está documentado que elementos falangistas ya habían recibido el 16 de julio órdenes para actuar en Extremadura.

Él no. Desde el 14 de marzo estaba detenido. Azaña estaba decidido a atajar la violencia ultraderechista y clausuró la sede de Falange por tenencia de armas el 27 de febrero, once días después de ganar las elecciones. El 5 de marzo la policía se incautó de Arriba, su semanario, y no volvió a publicarse. Siguieron medidas de este tipo que expulsaron al partido a la clandestinidad donde, paradójicamente, empezó a crecer en afiliación. El 19 de mayo el presidente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga, proclamó:

Se han acabado las contemplaciones con los enemigos, claros o encubiertos, de la República (…) Hace algún tiempo yo dije que no estaba dispuesto a tolerar una guerra civil. Pues bien, cuando se trata de un movimiento fascista —digo fascista sin determinar esta o aquella organización, pues todos sabemos qué es el fascismo y cuáles son las organizaciones fascistas—, cuando se trata de atacar a la República democrática y las conquistas que hemos logrado junto al proletariado, ¡ah! Yo no sé permanecer al margen de esas luchas y os manifiesto, señores del Frente Popular, que contra el fascismo el Gobierno es beligerante.

Había sido detenido en marzo por posesión ilícita de armas. Su estancia en prisión se alargó cuando le fueron encontradas en la cárcel dos pistolas. En mayo intentó eludir la justicia por la vía de recuperar la inmunidad parlamentaria, al tener que repetirse las elecciones en algunas provincias pensó que podría presentarse y sacar un escaño, pero la Junta Electoral no aceptó nuevas inclusiones en las listas de febrero. Fue trasladado a Alicante en junio.

Recibió cientos de visitas en su cautiverio, con las que trató el proyecto de la rebelión militar. Pero consta que, iniciada la conflagración, desde su «mesianismo», según Thomàs, José Antonio se propuso parar la guerra desde la cárcel. Abogó por un gobierno de unidad nacional con socialistas, intelectuales, conservadores catalanes y que abordase la reforma agraria y, por otro lado, permitiese la educación católica, para satisfacer a ambos bandos enfrentados. Era agosto del 36 y se ofreció para convencer a los generales golpistas. El Gobierno envió al subsecretario Leando Martín Echevarría a la prisión para entrevistarse con él, pero el plan se rechazó.

En 1963, Franco ordenó borrar todo esto del libro que el falangista José María Mancisidor publicó sobre el juicio. El mito que se había construido no iba, precisamente, en esa dirección. En los sesenta, con los veinticinco años de paz, cundió la preocupación en el régimen por su responsabilidad a la hora de haber iniciado la guerra. Es ahí donde surgen todas las teorías ahistóricas e incluso antitéticas para justificar el 18 de julio, o cargarle la responsabilidad a las víctimas. Falsificaciones que aún circulan hoy.

Paradójicamente, mientras José Antonio barruntaba proyectos para unir a todos los españoles, los militantes de su partido dirigidos con entusiasmo por sus jefes provinciales estaban exterminando a los rivales políticos de cualquier nivel. El propio Hedilla tuvo que pedirles un poco de orden y organización a la hora de matar, con escaso éxito.

El 3 de octubre de 1936 la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo nombró a Federico Enjuto Ferrán juez instructor del sumario «por supuestas responsabilidades en la actual rebelión militar» de José Antonio Primo de Rivera. El fiscal era Vidal Gil Tirado, que el 12 de septiembre había condenado a muerte a cincuenta falangistas que habían intentado liberar al preso. Gil sustituyó a Juan Navarro Serna, que pretendía pedir una pena de dos años por conspiración al entender que no podía acusársele de rebelión por estar preso durante el golpe. Un bombardeo sobre Alicante precipitó el relevo, hubo intentos de la población de entrar en la cárcel a lincharle. El propio juez Enjuto tuvo que dormir dentro de la prisión frente a su celda.

La clave del juicio fue que, desde la cárcel de Alicante, José Antonio escribió a mandos militares «animándolos a la acción», en palabras de Tusell. Consta que Rafael Garcerán Sánchez, el 1 de junio de 1936, ofreció a Mola las milicias del partido. En Los fascismos españoles, Thomàs cita que en junio un boletín clandestino de la organización ya decía:

La guerra está declarada y ha sido el Gobierno el primero en proclamarse beligerante. No ha triunfado un partido más en el terreno pacífico de la democracia; ha triunfado la Revolución de Octubre; la revolución separatista de Barcelona y la comunista de Asturias (…) Estamos en guerra (…) El gobierno se da prisa en aniquilar todo aquello que pueda constituir una defensa de la civilización española y de la permanencia histórica de la Patria: el Ejército, la Armada, la Guardia Civil… y la Falange. 

José Antonio Primo de Rivera en 1935. Foto: Cordon Press.

Primo de Rivera se defendió a sí mismo y a su hermano Miguel y su cuñada Margarita, que también estaba detenida desde la sublevación. El domingo 15 de noviembre tuvo acceso al sumario. El lunes 16 comenzó la vista oral, el 18 fue condenado y el 20 fusilado.

El Tribunal Popular (antes Especial) Provincial de Alicante estaba presidido por tres magistrados y un jurado con representantes de partidos y sindicatos. Su estrategia de defensa pasó por seducir a ese jurado con miembros del PSOE, CNT, UGT y PCE, entre otros. Para ello habló del carácter revolucionario de Falange y dedicó horas a explicar su ideario distanciado del conservadurismo y de tintes sociales. Afirmaba que los preparativos de la sublevación se habían hecho «cuidando especialmente que yo no la conociera», pero mientras esto sucedía, sus hombres desde el 18 de julio estaban asesinando sin control. Su teoría era que para que esto sucediera primero tuvieron que ponerle a él en fuera de juego. La culpa era de la República.

La política de las derechas respecto de mi partido ha sido siempre la misma; querer aprovechar el brío combatiente de mis muchachos (…) Eso sí, querían impedir a toda costa, pero a toda costa, que a estos muchachos los dirigiera yo. ¿Por qué? Porque dicen que estas cosas que yo decía de la tierra y demás eran señuelo que yo utilizaba para atraer a las clases obreras, porque las derechas tienen el error de creer que a las clases obreras se las atrae con señuelos (…) Las derechas tienen esa actitud respecto de mí, pero en cambio dicen: «Esos miles de chicos valerosos, arrojados, un poco locos si queréis, esos son utilísimos. Con estos tenemos que contar nosotros». Y entonces me maquinan disensiones dentro de mi movimiento. (…) surge mi encarcelamiento y la ocasión es «pintipirada»: ahora sí que es fácil levantar el coraje de estos chicos magníficos, valerosos y un poco ingenuos, sin que se nos interponga el majadero ese que nos viene con la cosa de la reforma agraria y del Movimiento-Nacional-Sindicalista.

También se apoyó en que en ninguna de las listas que se habían incautado a los militares detenidos en las zonas donde fracasó el golpe figuraba su nombre. Pero añadió:

De mí, por ejemplo, no os voy a decir hipócritamente que no me hubiera sumado a la rebelión. Creo que en ocasiones la rebelión es lícita y la única salida de un período angustioso.

Y posiblemente metió la pata, en el caso de que no estuviera sentenciado de antemano, que lo estaba. Además, negó las noticias que llegaban de los suyos:

Las ferocidades de que el señor fiscal me da ahora la primera noticia; atrocidades que por otra parte me va a permitir que ponga en cuarentena, porque sé que mis camaradas no son capaces de cometerlas. 

Luego su estrategia pasó por exigirle al Tribunal «alguna prueba positiva» de su participación en el golpe de Estado y sus palabras pasaron a ser más dramáticas:

Os digo que prefiero con mucho no morir (…) Si yo no he tenido parte en esto, si no he participado en esto ,¿para qué voy a venir aquí y hacer el papel de víctima? 

Thomàs señala que fue clave para su condena el cambio de gobierno en el que Largo Caballero colocó al anarquista Juan García Oliver como ministro de Justicia. Este convocó al juez para exigirle la condena. Al mismo tiempo, sentencia el historiador: «José Antonio había participado en la gestación del golpe y había implicado a la Falange de pleno en él, aunque judicialmente fuese difícil de probar… ante un tribunal ordinario, dada la endeblez de las pruebas. Pero el Tribunal Popular no era un tribunal ordinario, sino político, y el veredicto condenatorio estaba asegurado».

El jurado deliberó durante cuatro horas y aceptó todos los cargos del fiscal. Cuando se le comunicó, «conmovido», pidió que se le conmutase la pena de muerte por la cadena perpetua. El jurado volvió a deliberar y se lo denegó. El acusado entró en una crisis nerviosa. Largo Caballero firmó el «enterado». Prieto quiso evitar la condena, pero tuvo más peso García Oliver y el socialista acató la sentencia.

Un año antes, en 1935, en un reunión en el Parador Nacional de Gredos, ya hizo planes de golpe de Estado, que luego él mismo presentó en un informe al gobierno fascista italiano que le financiaba. Otro plan que le mostró más adelante a José Moscardó y Franco, jefe del Estado Mayor de la República en ese momento, fue desechado. El 4 de mayo de 1936 escribió su Carta a los militares de España que circuló por los cuartos de banderas pidiendo a los oficiales que se unieran al golpe. En lo relativo a romper la disciplina y subvertir el orden, decía:

¿Habrá todavía entre vosotros —soldados, oficiales españoles de tierra, mar y aire— quien proclame la indiferencia de los militares por la política? Esto pudo y debió decirse cuando la política se desarrollaba entre partidos. No era la espada militar la llamada a decidir sus pugnas, por otra parte harto mediocres. Pero hoy no nos hallamos en presencia de una pugna interior. Está en litigio la existencia misma de España como entidad y como unidad. El riesgo de ahora es exactamente equiparable al de una invasión extranjera. 

(…)

… lo permanente de España que servíais, ha desaparecido. Este es el límite de vuestra neutralidad: la subsistencia de lo permanente, de lo esencial, de aquello que pueda sobrevivir a la varia suerte de los partidos. Cuando lo permanente mismo peligra, ya no tenéis derecho a ser neutrales. Entonces ha sonado la hora en que vuestras armas tienen que entrar en juego para poner a salvo los valores fundamentales, sin los que es vano simulacro la disciplina. Y siempre ha sido así: la última partida es siempre la partida de las armas. A última hora —ha dicho Spengler—, siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización.

(…)

En las demás naciones el Estado no estaba aún en manos de traidores; en España, sí. Los actuales fiduciarios del Frente Popular, obedientes a un plan trazado fuera, descarnan de modo sistemático cuanto en la vida española pudiera ofrecer resistencia a la invasión de los bárbaros. Lo sabéis vosotros, soldados.

(…)

Medid vuestra terrible responsabilidad. El que España siga siendo depende de vosotros. Ved si esto no os obliga a pasar sobre los jefes vendidos o cobardes, a sobreponernos a vacilaciones y peligros. El enemigo, cauto, especula con vuestra indecisión,

(…)

Jurad por vuestro honor que no dejaréis sin respuesta el toque de guerra que se avecina.

(…)

Si así lo hacéis, como dice la fórmula antigua del juramento, que Dios os lo premie; y si no, que os lo demande. ¡ARRIBA ESPAÑA!

Desde la cárcel, el citado Antonio Goicoechea era el que llevaba sus mensajes a los militares. También pidió una donación a Mussolini de un millón de pesetas para sobornar a oficiales indecisos, que le fue negada, apunta Thomàs. En junio escribió artículos quejándose de que los conspiradores querían utilizar a Falange como tropa para el golpe. «¿Pero qué supone esa gentuza? ¿Que la Falange es una carnicería donde se adquieren, al peso, tantos o cuantos hombres? ¿Suponen que cada grupo local de la Falange es una tripa de alquiler a disposición de empresas?». Entendía que lo que estaba en marcha contaba con ellos, en sus palabras, «como comparsa». En una circular de veintisiete puntos ordenó que nadie tomase parte en un levantamiento.

Al final, sus peores temores se hicieron realidad. Cuando llegó el golpe, las bases de su partido se sumaron a él sin dudarlo. Eso sí, de manera subordinada al mando militar, nunca dirigiendo las operaciones. El único lugar donde el golpe tuvo verdadero apoyo civil fue en Navarra, con los miles de voluntarios tradicionalistas de Mola detenidos en Somosierra por milicianos madrileños. Si en ese momento José Antonio había cambiado su postura manifiesta o no y por qué, es un interesante debate histórico. Por lo pronto, solo queda el testimonio del oficial de prisiones, Abundio Gil, citado por Ian Gibson en su obra En busca de José Antonio, que observó que los días 16 y 17 de julio, José Antonio, en su celda, estaba haciendo las maletas.

Entierro de José Antonio Primo de Rivera, 1936. Foto: Cordon Press.


El final de la Segunda Guerra Mundial en España: la desnazificación de Franco

Franco y Hitler en Hendaya, 1940. Fotografía: Cordon Press.

Inicialmente, el nazismo no cuajó mucho en España. A Falange se le atragantaba su doctrina porque la veían poco compatible con el catolicismo. José Antonio Primo de Rivera estuvo en Alemania y no volvió deslumbrado. Tuvo más influencia el fascismo italiano. Sin embargo, todo cambió el 18 de julio de 1936. Cuando el golpe de Estado fracasó y los sublevados se vieron obligados a pedir auxilio a alemanes y italianos para poder derrotar al Estado.

En principio, Mussolini no estaba por la labor. Dijo que no varias veces. Tenía miedo de entrar en conflicto con Francia, que podría intervenir en defensa de la democracia en España. Acababa de terminar la guerra en Etiopía. El 15 de julio el Duce salió al balcón del Palazzo Venezia de Roma para celebrar que la Sociedad de Naciones le levantaba las sanciones. Intervenir en España tres días después era demasiado.

Sin embargo, Francia dejó tirada a España. Al igual que el resto de democracias, consideraron el golpe de Estado y la guerra que le iba a seguir como un asunto interno por miedo a una escalada que les terminase enfrentando abiertamente a los fascismos. Es decir, pánico a que se repitiera la guerra del 14, que hasta entonces era el horror de los horrores. En ese momento, Italia cambió de idea. Le habían dejado vía libre y la posibilidad de un Estado títere en el Mediterráneo. A tal fin colaboró el abuelo del rey emérito, Alfonso XIII, que desde una cacería en el castillo de los Metternich en Checoslovaquia, escribió esta carta a Mussolini para convencerle de que accediera a las peticiones de ayuda de Franco:

Le supongo enterado de la enorme importancia del movimiento español. Faltan elementos modernos de aviación y con objeto de adquirirlos van a Roma Juan de la Cierva (inventor del autogiro) y Luis Bolín, personas de mi entera confianza. El marqués de Viana, portador de la presente, le explicará todos los detalles y la ayuda que espero nos prestará. Aprovecho esta ocasión para de nuevo felicitarle por sus nuevos éxitos que consolidan su labor formidable y gloriosa. Agradeciéndole lo que seguramente hará, quedo su amigo y admirador que le abraza.

Paul Preston pone en duda que hiciera falta convencer a Musolini, Ángel Viñas en La soledad de la República cree que esta misiva «no dejó de tener importancia». Desde Italia salieron los aviones para que Franco hiciera el primer puente aéreo militar de la historia, le seguirían los nazis aportando más aviones en la Unternehmen Feuerzauber (Operación Fuego Mágico) y, de esta manera, en palabras de Preston: «Hitler y Mussolini convirtieron un coup d’état que iba por mal camino en una sangrienta y prolongada guerra civil».

La intervención de los aliados fascistas en España sirvió también para captar adeptos entre las nuevas elites políticas a la causa del nacionalsocialismo. En El Nuevo Orden, a España le correspondería dominar el norte de África y recuperar el liderazgo en América. Volvería al liderazgo mundial de la mano de los nazis. No obstante, nunca llegó a haber una estrecha colaboración. A Hitler las pretensiones de Franco le dejaban frío. A los pocos meses de empezar la guerra civil, los nazis ya estaban intentando explotar en su favor las diferencias dentro de las familias sublevadas. Se sabe que barajaron alternativas a Franco en busca de otro líder más maleable u orientado a sus intereses.

Aunque Himmler vino de visita a España y mencionó a los visigodos y un sin fin de elucubraciones que no buscaban más que sentar las bases para la alianza entre dos naciones originadas, según sus delirios, en la raza aria, el pacto no fue posible. España se declaró neutral, algo que ya había dejado claro en 1938, cuando estuvo a punto de estallar la guerra en Europa, pero las democracias en este caso a quien dejaron tirada fue a Checoslovaquia.

Pese a todo, la colaboración entre España y el III Reich fue estrecha y privilegiada. Como es sabido, de España salió la División Azul hacia la URSS, pero hay facetas menos conocidas. Alemania trabajó en nazificar las elites franquistas y sectores de la sociedad española. Se enviaron trabajadores y estudiantes, hubo una amplia colonia española en el III Reich y la pregunta es ¿Qué pasó con toda esta infraestructura cuando los nazis estaban perdiendo la guerra?

La respuesta está en un libro de 2000, Spaniards and Nazi Germany, de Wayne H. Bowen, hispanista estadounidense. Es un estudio que repasa las figuras de los grandes nazis españoles, sus actividades en Alemania y las relaciones entre ambos países. Cinco años apasionantes desde el punto de vista diplomático, pues España fue neutral de una manera al principio del conflicto diametralmente opuesta a su neutralidad al final.

Un médico inspecciona a un voluntario para la División Azul en julio de 1941. Fotografía: DP.

Sin embargo, la flamante neutralidad aliadófila de toda la vida del franquismo se vio comprometida por los reclutas españoles que seguían alistándose para combatir del lado de Hitler —a pesar de que los aliados ya se acercaban al Rin y al Vístula— y los miles de trabajadores que renovaban sus contratos y seguían en el Reich. Alemania necesitaba desesperadamente trabajadores y soldados. Para captarlos en España, la propaganda de Goebbels explotó la idea de eficacia alemana y el sueño del Nuevo Orden. La huella de que había dejado la Luftwaffe era honda en contraste con la debilidad de las fuerzas armadas españolas y para los supervivientes de la guerra, en un país arrasado con una vida pública mediocre, formar parte de algo más grande, más moderno y más fuerte constituyó un atractivo para mucha gente en edad de hacer algo útil con su vida.

Según Bowen, en su artículo «The Ghost Battalion: Spaniards in the Waffen-SS, 1944-1945» para The Historian: «Aparte de un puñado de suecos, suizos, y los reclutas finlandeses, los españoles fueron los únicos europeos que se unieron a las SS y al ejército alemán sin pertenecer al territorio ocupado por el Eje». Solo en enero del 44, cien españoles se presentaron en la embajada alemana en Madrid para alistarse como voluntarios.

También hubo casos más prosaicos. Miles de trabajadores procedían de regiones devastadas, no tenían más opción para alimentar a sus familias que irse. Al mismo tiempo, cruzar la frontera era la única oportunidad que tenían los delincuentes de para traerse coñac, cigarrillos y café para el mercado negro. Algunos españoles dieron el pelotazo e hicieron fortunas que enviaron fácilmente a Madrid con el sistema de transferencias bancarias que se había establecido entre los dos países.

El 6 de noviembre de 1944, Franco anunció públicamente algo que ya llevaba en marcha varios meses. Se desmarcó totalmente de las fuerzas del Eje cuando, en una entrevista con United Press, declaró que España «ya era una verdadera democracia». Orgánica, naturalmente. En la que se encarnaba «la voluntad general de todos los españoles». Por eso, no había «obstáculos que impidan la colaboración con los principales poderes aliados».

En Berlín, el diario Enlace, controlado por Wilhelm Faupel, exembajador en España, escribió un editorial criticando duramente al Caudillo y comparando esas palabras con sus discursos de hacía tan solo un par de años. A partir del cambio en la diplomacia española, este diario, editado por Martín María de Arrizubieta Larrinaga, cura, abertzale y nazi, dio también un giro antifranquista y llegó a introducir la causa nacionalista vasca en sus contenidos ante la sorpresa de la colonia española en Alemania a quien iba dirigido. Mientras, en España, otro vasco, José Luis de Arrese, secretario general de la Falange, escribió en enero del 45 «Hoy está muy de moda para camuflar a la Falange y vestirla con el estilo democrático más inofensivo».

Bowen también atribuye a este giro las acciones de diplomáticos españoles para salvar judíos. Sostiene que los embajadores de España en Berlín, Bucarest, Budapest y otras capitales pusieron a salvo a miles de hebreos al final de la guerra como consecuencia del giro diplomático. Se anotaron un tanto ante los aliados y la prueba de ello es que no fue invitado ningún representante español al Congreso Internacional Antijudío que se había celebrado en Cracovia en junio de 1944. En diciembre del mismo año, se constató también que las programas de radio nazis para España perdieron oyentes «a un ritmo alarmante».

A finales de año, también cerraron las oficinas de soporte de la División Azul en España. Desde primavera se había ordenado su retirada del frente, pero eso no impidió que mucha gente siguiera saliendo del país para alistarse en las tropas alemanas. Aquí llega una de las mejores paradojas del libro. Comprometido por estos voluntarios, el gobierno franquista dijo a los aliados, primero, que no sabía nada, que se trataría de «rojos» llevados «por el espíritu de aventura y la necesidad económica». Parece un delirio, pero no lo era. El Sicherheitsdienst (SD), el servicio de seguridad de las SS, contó con españoles huidos de Franco. En palabras del historiador: «Algunos de los cuales habían sido reclutados por los alemanes entre los exiliados republicanos españoles, lucharon y espiaron contra los españoles en la resistencia francesa y contra los aliados en Normandía». La embajada española en Berlín sabía que eran no menos de mil quinientos.

No obstante, y aquí viene lo bueno, las autoridades franquistas añadían «su número no puede compararse al de españoles alistados en las tropas aliadas». Es decir, Franco tuvo que recurrir a los republicanos derrotados que ahora luchaban con los aliados para salvar la cara de la neutralidad del país, cuando tenían perfecto conocimiento de la cantidad de españoles que estaban prestando servicios ilegales en la Gestapo y las Waffen-SS en su Spanische Freiwilligen Einheit (Unidad de Voluntarios Españoles), formada de los aventureros citados, veteranos de la División Azul y trabajadores desplazados.

Lucharon en la batalla de las Ardenas y, por ejemplo, las 101ª y 102ª Compañías SS Españolas, integradas en la 24ª División SS de Montaña «Kartsjäger», combatieron en Rumanía contra el Ejército Rojo y, ya bajo el mando del teniente José Ortiz Fernández, se enfrentaron a los partisanos de Tito en los frentes esloveno y croata de Yugoslavia. En el libro The Lion and the Eagle de Conrad Kent, Thomas K. Wolber y Cameron M.K. Hewitt dicen de estas fuerzas: «a diferencia de otras unidades españolas, sin embargo, se ganaron una reputación más turbia, con acusaciones de saqueo y violaciones».

Franco y Hitler en Hendaya, 1940. Fotografía: Cordon Press.

Es curioso también que había dos flujos. Uno de voluntarios que acudían al frente con las SS o tropas legionarias españolas dentro de la Wehrmacht, y a trabajar a las fábricas alemanas, y otro de españoles que ya llevaban tiempo en el III Reich y se olían el percal que se alistaron en la marina mercante alemana con la esperanza de escapar del barco en territorio neutral. Mientras, los familiares y el gobierno español exigían a Alemania la repatriación de todos trabajadores y soldados españoles, pero en el III Reich se lavaban las manos. Contestaban que no podían hacer nada, que eran ciudadanos que estaban en suelo del Reich y habían tomado esta decisión. Un veterano de la División Azul, Miguel Ezquerra, como capitán de las SS, en enero del 45 recibió la orden de reclutar a todos los españoles que pudiera encontrar.

Tampoco los involucrados tenían intención alguna de regresar. Hay casos documentados, como el de Rufino Luis García-Valdajos, de la SS-Freiwilligen-Grenadierdivision-Wallonie (división de granaderos voluntarios de Wallonia SS) del colaboracionista belga Leon Degrelle, que solicitó los permisos a la SS Rasse und Siedlungshauptamt (Oficina Central de Raza y Reasentamiento) para casarse con una mujer alemana que vivía en Berlín, Ursula Jutta- Maria Turcke. Les asimilaron.

El gobierno español solicitó que al menos los trabajadores españoles no construyeran fortificaciones. Por lo visto, a lo que más se dedicaron fue a excavar después de los ataques aéreos para sacar cadáveres y buscar un techo a los indigentes. Los bombardeos aliados también destruyeron los centros de Falange en Stuttgart, Königsberg, Hamburgo y Wiesbaden. Es llamativo que Bowen especifique que murieron decenas de trabajadores españoles en estos ataques «porque se negaron a entrar a los refugios».

Interesante es también el plan de Franco para Francia. Asignó a Jesús Suevos, camisa vieja, que mientras los nazis se retiraban se quedase en territorio francés para servir de enlace con el Parti Populaire Français (PPF) de Jacques Doriot —que muy bien se había exiliado a Alemania desde el desembarco de Normandía— y la nueva resistencia, esta vez blanca y contra De Gaulle. Todavía no estaba clara la derrota total de Alemania, que el III Reich sobreviviera firmando una paz por separado con los aliados occidentales se veía como posible aún en el año 44. De esta manera, el franquismo tuvo una mínima esperanza de que en París se colocase finalmente un régimen más afín o cercano a la dictadura española. Era su único asidero, al menos, para impedir que desde suelo francés se organizasen luego tropas para entrar en España, como efectivamente sucedió, aunque desastrosamente. Sin embargo, el fracaso del plan fue absoluto, y tal y como señala Bowen, Suevos tuvo que quedarse en la capital francesa hasta diciembre de 1945 y asistir a los desfiles de la victoria con la presencia de columnas españolas. La Nueve, ahora por fin célebre en España tras décadas de olvido.

Para el apocalipsis de Berlín, el aludido Ezquerra reunió a un centenar de voluntarios españoles. Lucharon junto a otros extranjeros franceses, noruegos, daneses, italianos, holandeses, rumanos, belgas, húngaros y de otras nacionalidades. Dice el hispanista que los ibéricos se distinguieron por, como de costumbre, «tenacidad en la defensa, imprudencia en el ataque».

Los diplomáticos españoles en la capital alemana tuvieron que abandonar su embajada dejando atrás toda clase de lujosos tesoros en el sótano. Se colocaron en el exterior carteles que señalaban la extraterritorialidad del edificio, su inmunidad diplomática, pero los soldados soviéticos que venían haciendo la guerra desde dos mil kilómetros se los pasaron por salva sea la parte y saquearon todo. Otra curiosidad, el 7 de abril, dice, ya no quedaban diplomáticos en Berlín menos uno, el portugués. Los españoles escaparon hacia Dinamarca. De la embajada, se llevaron consigo solamente la bandera de España, la de Falange, los documentos más importantes, y la película ¡Presente!, el biopic de José Antonio.

Quien más hizo por la colaboración nazi-española, Wilhen Faupel, promotor del Instituto Ibero-Americano de Patrimonio Cultural Prusiano, se suicidó junto a su mujer cuando cayó Berlín. Desde Baviera, Antonio de la Fuente, presidente de la Comisión Interministerial para el Envío de Trabajadores a Alemania (CIPETA) intentó organizar el regreso de los trabajadores españoles. La Barcelona que pocos años antes había recibido a los refugiados de toda España que huían de Franco, ahora se tuvo que preparar para acoger a los miles de refugiados españoles que volvían de Europa tras la derrota del Nuevo Orden.

Finalmente, el punto más complicado que toca es el de la colaboración con los aliados en la entrega de nazis. Bowen, en sus investigaciones, considera que fueron pocos los que encontraron refugio en España porque Franco cumplió con casi todas las demandas aliadas de entrega de alemanes, el más destacado que logró quedarse aquí fue Leon Degrelle, señala. Así consiguió salvar la cara del régimen, que fue respetado en su aislamiento para acabar recibiendo el flotador americano en 1959 por su anticomunismo. Sin embargo, hay que poner en perspectiva esa supuesta colaboración.

Está acreditado que en España se hicieron movimientos para engañar a los aliados y devolver bienes a los alemanes mediante testaferros españoles o, como recoge el libro La caza de nazis en la España de Franco de David A. Messenger (Alianza, 2018) en 1946, de mil seiscientos que le habían pedido que extraditase, envió a ciento setenta. En 1948, la OSS, precedente de la CIA, estaba «librando una batalla perdida», concluye el autor. Phillip Crosthwaite, del Foreign Office, escribió al respecto: «la decencia debería prevalecer sobre la conveniencia», pero la embajada británica, en noviembre de ese año, consideró las entregas un «asunto enterrado».

Imagen de propaganda nazi que muestra la marcha de la milicia fascista de Italia (conocidos popularmente como Camisas negras) con motivo del gran desfile de la victoria después de la toma del poder de Franco en Madrid, España, mayo de 1939. Foto: Cordon Press.


La reescritura de la historia por el Tercer Reich

Soldados de la Wehrmacht en la Acrópolis de Atenas, 1941. Foto: Cordon.

«Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro». En el lema del Partido de la novela 1984 resuena de fondo aquella cantinela tan querida de Heinrich Himmler: «Un pueblo solo puede vivir feliz en el presente y en el futuro si es consciente de su pasado». Como ejemplo, advertencia, identidad o tradición, el pasado nos interpela siempre, de una u otra forma. Puede erigirse como noble tradición que merece la pena preservar, como paraíso perdido que debe recuperarse para ser grandes de nuevo o quizá sea descrito con tintes muy negros para mostrarnos la necesidad de aceptar cambios para distanciarnos de él. Incluso el adanismo, ese mal tan frecuente de nuestro tiempo, crece a la sombra del pasado al necesitar negarlo de forma radical y militante: creer que la historia empieza con nosotros es el equivalente a taparse los oídos y gritar «nananana», por miedo a que se infiltre alguna enseñanza pretérita en ese cerebrito orgullosamente virgen. El pasado es además el hogar del mito, porque a medida que transcurre el tiempo las cosas se van recordando menos e imaginando más, y con mitos es como se construyen los movimientos políticos, pues como decía Ernest Renan «un pasado heroico, grandes hombres, la gloria, este es el capital sobre el que se asienta una idea nacional». Por todo ello está siempre tan presente la tentación de reescribir la historia; decidida la conclusión de antemano, queda por escoger las premisas, retorciendo los hechos lo que haga falta o directamente inventándolos. El nazismo fue uno entre tantos en esta práctica, pero se entregó a ella con tal entusiasmo, dedicó tanta energía e inventiva a elaborar un pasado mítico en el que reafirmarse que merece la pena que le dediquemos las siguientes líneas para conocerlo con más detalle.

Una de sus fuentes la encontramos, naturalmente, en el propio Hitler. Su libro Mi lucha entremezclaba sin distinción su ideario político y su trayectoria biográfica, descrita en un tono mesiánico en el que cada etapa o anécdota de su vida era interpretada como una señal o una prueba de la providencia al servicio de un objetivo último, que era la conquista del poder. Uno de esos momentos trascendentales fue el interés que ya en su juventud despertó en él la historia:

Aprender historia quiere decir buscar y encontrar las fuerzas que conducen a las causas de las acciones que escrutamos como acontecimientos históricos. (…) Fue quizá decisivo en mi vida posterior el tener la satisfacción de contar como profesor de Historia a uno de los pocos que la entendían desde este punto de vista, y así la enseñaban. El profesor Leopold Poetsch, de la Escuela Profesional de Linz, realizaba este objetivo de manera ideal. Era un hombre entrado en años, pero enérgico. Por esto, y sobre todo por su deslumbrante elocuencia, conseguía no solo atraer nuestra atención sino imbuirnos de la verdad. Todavía hoy me acuerdo con cariñosa emoción del viejo profesor que, en el calor de sus explicaciones, nos hacía olvidar el presente, nos fascinaba con el pasado y, desde la noche de los tiempos, separaba los áridos acontecimientos para transformarlos en viva realidad. (…) Nuestro fanatismo nacional, propio de los jóvenes, era un recurso educativo que él utilizaba a menudo para completar nuestra formación más deprisa de lo que habría sido posible por cualquier otro método. Este profesor hizo de la Historia mi asignatura predilecta. De esa forma, ya en aquellos tiempos, me convertí en un joven revolucionario.

Durante su estancia en Viena, en los años previos a la Primera Guerra Mundial, se convirtió en un lector ávido de historia o literatura clásica. Pero daba igual qué leyera, que siempre extraía la misma conclusión, todo pasaba invariablemente por el cedazo de su particular visión del mundo, pues tal como señala en otro momento de su libro: «la historia universal en su conjunto no es sino la manifestación del instinto de conservación de las razas». Lo que no tenía nada de particular era, sin embargo, esa búsqueda en un pasado remoto de un sentido para el presente y es lo que le permitió conectar con la Sociedad Thule tras el término de la guerra, con el fin de que patrocinase lo que llegaría a ser el NSDAP. Considerada en la antigüedad clásica un territorio legendario ubicado en el punto más septentrional del mundo conocido (vinculado por algunos a la Atlántida), Thule estaba allá donde en verano no se ponía el sol y en invierno vivían sumidos en las tinieblas, origen de las runas y del culto a los solsticios, la cuna del pueblo nórdico. Así que en 1918, en un momento de gran incertidumbre política, se constituyó bajo el nombre de Sociedad Thule lo que en principio era un grupo para el estudio de la antigua cultura germánica. En ella encontró Hitler el trampolín que necesitaba, de hecho, la propia esvástica tan característica del nazismo provino del emblema de esta sociedad. Más adelante, el departamento de Herencia Ancestral de las SS recogería algunas de sus ideas, financiando expediciones a Islandia y al Tíbet en busca de los ancestros arios.

Músicos de las Juventudes Hitlerianas conmemoran el 1000-Jahr-Feier de Heinrich I (aniversario de los mil años de Heinrich I) sobre las murallas de Quedlinburg ,1936. Foto: Cordon.

Esto nos lleva a una cuestión central del ideario nazi: la relación de Alemania con la cultura grecorromana. Por un lado estaba la posición representada por Himmler, el máximo responsable de los campos de concentración y de las SS. Intimidados por el esplendor y el prestigio intelectual que Roma y Grecia representaban, los ideólogos de esta corriente querían encontrar un pasado glorioso para Alemania al margen de esa influencia. Podía encontrarse en la Edad Media. Para ello contaban con la epopeya del siglo XIII El cantar de los nibelungos, seña de identidad nacional a la que Wagner dedicó cuatro célebres óperas que podrían considerarse poco menos que la banda sonora del Tercer Reich. A ese periodo histórico remitían también las Napolas, instituciones educativas de las que debía surgir la élite del régimen, ubicadas a menudo en castillos medievales e inspiradas de forma más o menos libre en las órdenes caballerescas. Incluso un tipo de letra gótica, la Frakturschrift, pasó a formar parte de toda la cartelería y documentos oficiales… al menos hasta 1941, cuando las sospechas sobre su posible origen judío hicieron que quedase proscrita. La mitología nórdica era también muy querida para esta corriente estética e ideológica, con frecuentes alusiones en diversos ámbitos al dios Wotan y al Valhalla, el paraíso al que los soldados irían tras morir en combate. En relación con ello también proliferaron las inscripciones rúnicas, las ceremonias neopaganas (especialmente en las SS), así como multitud de excavaciones por todo el suelo alemán en busca de vestigios prehistóricos, particularmente de megalitos, a los que se les atribuía un hondo significado espiritual. Pero nada de esto era del agrado de Hitler, pues las construcciones megalíticas no eran según él un lugar de culto, sino refugios para huir del avance del lodo. Sus opiniones sobre el conjunto de esos restos ancestrales no eran menos desdeñosas:

En la época en que nuestros antepasados fabricaban pilas de piedra y vasijas de barro, todos esos objetos con los que se entusiasman nuestros prehistoriadores, los griegos estaban construyendo la Acrópolis. (…) Esos catedráticos e imbéciles, que están creando en su rincón su mezquina religión nórdica me fastidian profundamente. ¿Por qué lo tolero? Porque ayudan a destruir. 

Según su ideario, basado en el darwinismo social, aquello que era débil no debía ser ayudado y, dado que la mitología nórdica y la cultura nórdica asociada fueron en su momento rebasadas por el cristianismo, no merecían por tanto ser recuperadas. Sus mencionadas lecturas, además de su interés por el arte y la arquitectura, hicieron de Hitler un defensor incondicional de la cultura clásica, alguien para el que, en palabras de Goebbels, Roma y Atenas eran como La Meca. Pero ¿cómo conjugar eso con la exaltación nacionalista alemana? Fácil, apropiándose de ellas. Y no de tal manera que los antepasados de los alemanes fueran griegos, sino haciendo que los antepasados de los griegos (y por extensión de los romanos) fueran alemanes:

En los formidables desiertos helados del norte, vivía una raza de gigantes que habían adquirido fuerza y salud gracias a la selección racial (…) Ahora bien, estas razas que nosotros calificamos de arias en realidad fueron las que dieron vida a todas las grandes civilizaciones ulteriores (…) Sabemos que fueron inmigrantes arios los que proporcionaron a Egipto su elevada civilización, al igual que sucedió en Persia y Grecia; estos inmigrantes eran arios rubios de ojos azules y sabemos que, fuera de estos países, en la tierra no se ha fundado ninguna otra civilización.  

Joseph Goebbels en el templo de Poseidón, cabo de Sunión, Atenas,1939. Foto: Cordon.

De manera que la relación de Alemania con la cultura grecorromana tuvo una segunda corriente, mayoritaria y dominante al estar representada por el propio Hitler, que consistió no en sortear su esplendor, sino en considerarlo como una rama más del tronco germánico. Es ahí donde el historiador Johann Chapoutot ha centrado su obra El nacionalsocialismo y la antigüedad, que tomaremos como referencia. Así que entonces, una vez reescrita la historia para comulgar con esa rueda de molino, se abría un horizonte de posibilidades insospechadas. El legado griego y latino pasaba a ser un gigantesco baúl del que extraer mil artefactos útiles para el presente. Para empezar, suponía conectar con el propio Romanticismo alemán por el que tanta simpatía mostraba el nazismo, pues desde Goethe hasta Hölderlin habían sentido fascinación por ese pasado, y en segundo lugar ofrecía abundantes elementos para ser reinterpretados a la luz de los prejuicios del momento para darles solidez. Así el Tercer Reich, además de los mil años por delante que prometía, contaría con al menos unos dos mil quinientos por detrás respaldándolo.

Eso exigía reescribir bastante, claro está, empezando por la filosofía. Al bueno de Sócrates no había manera de reciclarlo para el nazismo. Feo con avaricia, no encajaba en ese ideal nórdico de belleza, y además su estilo era fastidiosamente igualitario. Consideraba la razón como algo inherente a todo ser humano y no tenía inconveniente en debatir por las calles atenienses con quien se cruzara por delante, pues la sabiduría no entendía de aristocracias. El ideólogo Rosenberg lo tildó con bastante desparpajo con el anacronismo de «socialdemócrata internacionalista». A los estoicos tampoco les fue mejor, pues en su cosmopolitismo se quiso ver la sombra del judaísmo. Más asequible resultaba Platón, cuya república totalitaria era muy del gusto nacionalsocialista tanto por su afán de fiscalizar la vida cotidiana como por su rígida división en estamentos sociales. Por su parte, Aristóteles resultaba problemático, pues a todas sus luces y sombras había que añadir su vínculo como maestro con Alejandro Magno, figura que no había manera de minimizar. Pero ¿cómo debía interpretarse a tan insigne conquistador a la luz del nazismo? De aspecto ario y forjador de un imperio a base de conquistas militares que se extendía sin fin hacia el este, en principio resultaba el espejo ideal en el que mirarse… si no fuera por su molesta costumbre de mezclarse, tanto él como sus tropas, con los autóctonos a los que conquistaba. Su sueño de forjar un imperio multirracial y multicultural no podía ser más opuesto a la pretensión nazi de conquista de espacio vital para su colonización, sin mestizaje alguno. La manera correcta de valorarlo era viéndolo como un héroe militar que, sin embargo, trajo la decadencia racial con su política irresponsable.

No obstante, hubo un aspecto del legado de la Antigüedad que fue utilizado con entusiasmo por el régimen y, ciertamente, no tuvo que tergiversarlo de forma significativa: Esparta. De hecho, la comparación del Tercer Reich con la sociedad espartana fue una crítica relativamente frecuente hecha por sus detractores. Era una sociedad que practicaba la eugenesia para eliminar a los más débiles, que exigía una vida de disciplina, obediencia y entrenamiento gimnástico y militar continuado, donde el individuo estaba supeditado a la comunidad y esta tenía como fin último la guerra y el imperialismo. No es de extrañar que Hitler la pusiera como ejemplo con frecuencia, como también Goebbels en un discurso tan decisivo como el que dio tras la derrota de Stalingrado. El episodio de la batalla de las Termópilas apelaba además a un heroísmo y sacrificio colectivo frente al enemigo asiático que no podía sintonizar mejor con el contexto de la guerra contra la Unión Soviética. El ministro de Educación del Reich no pudo ser más explícito:

Quiero dejarlo claro para todos: debemos educar a una juventud espartana y aquellos que no estén dispuestos a entrar en esa comunidad espartana deberán renunciar para siempre a ser ciudadanos de nuestro Estado.

Miembros del RAD se ejercitan en Zeppelinfeld, 1938. Foto: Cordon.

El vínculo que el Tercer Reich deseaba establecer con la Grecia clásica no se limitaba a los discursos, ni al sistema educativo, ni a los sectores más cultos, debía ser algo que formarse parte de la vida diaria de los alemanes en todo momento. Para ello se organizaban grandes desfiles bajo el lema «Dos mil años de cultura alemana», con miles de voluntarios vestidos con trajes de la época y en los que se recreaban en diversas carrozas esculturas, embarcaciones y elementos arquitectónicos griegos. También se proyectó la construcción de cuatrocientos teatros al aire libre (aunque llegaron a culminarse bastantes menos) imitando la estructura de los antiguos, que debían albergar representaciones inspiradas en los clásicos, pero, si hubiera que señalar un cénit en el celo del régimen en su reivindicación de Grecia, este estuvo sin duda en los Juegos Olímpicos de 1936. Representaban un formidable escaparate no solo ante toda Alemania, sino ante el mundo, y encajaban como un guante en el gusto nazi por la escenografía de masas y el culto al cuerpo. Por encargo personal de Hitler, Leni Riefenstahl filmó un magnífico documental sobre ellos que supo recrear su visión idealizada sobre la salud física, la disciplina y la vida en comunidad, y todo ello, además, fruto de la emanación de un pasado ancestral, representado por esas ruinas y estatuas del comienzo que se transforman ante nuestros ojos en atletas contemporáneos. Juventud y eternidad, eso pretendía ser simultáneamente el nazismo. Con la intención de exaltar el vínculo entre Grecia y Alemania, el Ministerio de Propaganda tuvo además una idea que gustó tanto al COI que aún hoy en día sigue poniéndose en práctica, la de una carrera de relevos que traslada la llama originariamente traída por Prometeo a los humanos en Olimpia hasta el pebetero del estadio donde se celebran los Juegos, en este caso Berlín. Después de todo esto, la justificación de Alemania para invadir Grecia durante la Segunda Guerra Mundial venía rodada. Así que, al acudir en rescate de su calamitoso aliado italiano e invadir la región en 1941, los alemanes sentían que simplemente estaban recuperando lo que era suyo.

Hemos mencionado a Italia y eso nos da pie para concluir hablando del Imperio romano. ¿Acaso no se sintió el Tercer Reich tentado de apropiárselo, reescribir su historia y encontrar justificación a su sombra como hizo con Grecia? Sin duda, aunque en este caso hubo ciertas diferencias. En el imaginario colectivo alemán se consideraba en parte a Francia —con la que tradicionalmente había estado en guerra— como heredera de la cultura y civilización latina, aunque naturalmente fuera Italia el país más vinculado a ella, pero tampoco este país había sido siempre un aliado. Así que en el caso romano se trataba de un legado más disputado como para reclamarlo en exclusiva y curiosamente se trasvasó a Alemania por medio del fascismo. Tanto el característico saludo como los estandartes, las insignias, el águila y otros aspectos estéticos se recrearon siguiendo lo establecido por Mussolini, quien no tuvo más que echar la vista atrás. Quizá fue en las grandes obras públicas donde más se reflejó la huella romana, con las autovías que conectaban el Reich como equivalentes contemporáneos de las calzadas, así como todos los edificios oficiales de estilo neoclásico y una vocación expresa de ensombrecer a Roma, con esas gigantescas obras que Speer proyectó para Berlín y que en su mayor parte se quedaron en una maqueta. Claro que representar a Alemania como heredera natural del Imperio romano traía consigo algunas complicaciones a poco que se fijase uno en ciertos detalles históricos, y para eso está la labor de reescritura. Por un lado estaba la cuestión del cristianismo, religión denostada por Hitler que el Imperio adoptó oficialmente y que encima estaba fundada por un judío. Ya desde el siglo XIX diversos teóricos antisemitas habían ido elaborando la narración de que Jesús era en realidad ario, Wagner incluso llegó a identificarlo con el dios Wotan. Se quiso creer que el Jesús real era un nórdico de raza y espíritu que poco tenía que ver con su imagen tradicional, diseminada por el «protobolchevique» San Pablo. Por otra parte, estaba la cuestión de la caída del Imperio debido a las invasiones bárbaras, que situaban en el papel de los malos y primitivos a las tribus germánicas. Eso no podía ser. Su llegada al corazón del Imperio lo que trajo es una revitalización de su sangre nórdica, sostenía Hitler, pero fue la carcoma del cristianismo la que lo había debilitado tanto que ya resultaba insostenible.

Zeppelinfeld, inspirado en el altar de Pérgamo.


Bebiendo esta sangre yo te hago: fascista

Un hombre enciende una vela frente al retrato de Corneliu Zelea Codreanu, Bucarest, 2008. Fotografía: Bogdan Cristel / Cordon.

Pocos movimientos fueron más pintorescos que los fascismos del siglo XX. Personas vistiéndose todas iguales para perder la uniformidad, con camisas pardas, azules, negras, verdes. Representando símbolos como las esvásticas, los yugos y flechas, las cruces, en ropa y monumentos, en todas partes. Y, unido a todo eso, unas ceremonias de admisión que eran espectaculares ritos de paso. Pocas alcanzaron a la de la Guardia de Hierro rumana. Sus acólitos tenían que beber la sangre de las venas de sus compañeros, tal vez porque uno de sus principales líderes había nacido en Transilvania, no muy lejos de la ciudad de origen de Vlad Tepes, héroe nacional en su país, y vampiro inspirador de Drácula en el resto del mundo.

Hoy casi cualquier persona tiene claro lo que es el fascismo: un insulto. Antes de eso fue una ideología política basada en mitos, defensora de la pureza genética, ultranacionalista y populista. A todas esas premisas, que la Guardia de Hierro cumplía, su fundador Corneliu Zelea Codreanu añadió un misticismo ultrarreligioso plagado de supersticiones. Empezando por su más firme creencia, la de que los espíritus de los muertos caminaban entre los vivos. En su Manual del jefe, el libro de cabecera de los fascistas rumanos, explicaba que las guerras las vencen los líderes capaces de atraer las fuerzas misteriosas del mundo invisible. No es una simple metáfora, explica, porque según él son los espíritus de los antepasados rumanos, los que murieron luchando en defensa de la patria, los que caminan diariamente entre nosotros, ayudando a los nietos y bisnietos. Si el fascista sabe conjurar esas fuerzas, dice, «lanzarán el pánico y el terror entre los enemigos, paralizarán su actividad».

Es difícil no acordarse de los espectros de Juego de tronos, surgidos de los cadáveres dejados por los caminantes blancos en la obra de George R. R. Martin. O de los Muertos del Sagrario, ejército de espíritus perjuros convocado por Aragorn en El señor de los anillos, de Tolkien. La coincidencia no es casual, porque la tradición narrativa rumana es muy rica en esa concepción terrorífica del mundo de los muertos. Muy influido por su cultura natal, Codreanu mezcló su fascismo con extraños ritos y con grandes dosis de beatería. Su movimiento rebasó la política desde su mismo principio para adquirir características místicas. Lo que pedía a sus legionarios, que es como denominaba a sus militantes, era que se ejercitaran en el ayuno, la pobreza, la oración y la obediencia. Petición no muy distinta a la que se hace a los sacerdotes católicos cuando profesan. Y es que su aspiración principal no era establecer un modelo de Estado ni una política estatal totalitaria. Por encima de eso lo que debían conseguir los legionarios era que todos los rumanos resucitaran a la derecha de Dios Padre. O, dicho de otro modo, que alcanzaran el paraíso. Primero ellos, y luego todas las naciones de la Tierra en el nombre de Jesucristo. Lo conseguirían a través de la guerra y la muerte, como en todos los movimientos fascistas, y con el exterminio de judíos. Porque antes incluso de que el III Reich pusiera en marcha su solución final, el general rumano Zizi Cantacuzino, directo colaborador de Codreanu, aseguró que el único modo de resolver el problema judío era matarlos a todos.

Aquellas propuestas no resultaron muy atractivas para sus compatriotas. La Legión de Miguel Arcángel, nombre del partido, consiguió pocos adeptos y escasa influencia política. El ascenso de Hitler y Mussolini fue un empujón, pero solo para rebañar un 3% de los votos en las elecciones generales. Codreanu cayó entonces en la cuenta de que era el medio rural, y no las ciudades, el territorio ideal para el reclutamiento de adeptos. Especialmente si lo hacía mediante una ceremonia con tintes vampíricos. Después de una misa, los nuevos afiliados tenían que beber la sangre de los cortes practicados en los brazos de los miembros veteranos. A continuación, cortándose a sí mismos, estaban obligados a firmar sus votos de disciplina, trabajo, silencio, educación, mutua ayuda y sentido del honor, usando su propia sangre como tinta. Por si hubiera sido poco, los veteranos aprovechaban los cortes de los que habían bebido los demás para verter su fluido vital en una copa, hasta llenarla, y brindar después colectivamente, dando pequeños sorbos. Como símbolo de unidad en la vida y la muerte.

Corneliu Zelea Codreanu en un acto de la Guardia de Hierro, Bucarest, 1937.

Si Codreanu acudía al acto, la representación no acababa ahí. El líder se presentaba ante los nuevos legionarios, pero no de cualquier manera. Hombre alto y atractivo, muchos le habían señalado cierto parecido con la entonces estrella del cine en blanco y negro Tyrone Power. Consciente de ello, y de la fascinación que ejercían esos actores sobre el público, había estudiado a Power y a otras estrellas de Hollywood, copiando sus gestos y sus dramáticas apariciones en escena. Siempre llegaba vestido con el traje tradicional rumano, precisamente porque era un atuendo de gala muy implantado en las localidades a las que acudía. Blanca e inmaculada, esa vestimenta consiste en una holgada camisa, que queda suelta sobre unos pantalones del mismo color, a juego con el chaleco. Solo unos toques de color decoran chaleco y el cinturón, en su caso relacionados con el verde y negro del emblema de su partido. Así vestido, se aparecía sobre un caballo blanco ante todos sus nuevos adeptos y recientes bebedores de sangre, recibiendo la aclamación colectiva propia de un líder fascista. ¿O la de un jefe de vampiros? Para la imaginación de los campesinos rumanos que asistían a aquellas escenificaciones el comportamiento de Codreanu y la bebida de sangre era algo que identificaban con el sagrado poder de los espíritus poderosos. Tanto es así que con este sistema la Guardia de Hierro pasó de tener apenas tres mil afiliados a doscientos ochenta mil.

El siguiente paso de Codreanu fue formar la Guardia de Hierro, el nombre con el que se alude a su partido hasta el día de hoy. Consistía en una milicia que integraban hombres de entre dieciocho y treinta años, y que acabó convertida en una agrupación de células revolucionarias y terroristas, distribuidas por todo el país. Además de cometer muchos otros crímenes, asesinaron al primer ministro Ion Duca, del partido neoliberal, que acababa de ganar las elecciones con el 51% de los votos. Lo había hecho mediante coerciones y compra de votos, temiendo el ascenso de la Guardia, única fuerza política capaz de hacerle sombra. Por eso una de sus primeras medidas fue ilegalizarla, siendo asesinado en represalia. La ilegalización, que no llegó a derogarse, no pudo impedir que el líder refundase su movimiento bajo otros nombres y siguiera ganando adeptos. Tampoco llegó a ser procesado. Así que el rey Carol II, que acababa de hacerse una Constitución a la medida para acaparar el poder, decidió eliminarlo de forma definitiva.

Codreanu fue detenido, juzgado por sedición y condenado a diez años de trabajos forzados. Después, junto a otros catorce líderes fue sacado de la prisión con la excusa de un traslado, para ser ejecutado en secreto. Sus cuerpos fueron disueltos en ácido, y los restos enterrados bajo una pesada capa de hormigón. Pero Carol II ordenó además que la operación se realizara la noche de San Andrés, el 30 de noviembre, tanto para que no hubiera testigos, como para que los legionarios recibieran el mensaje implícito de que los muertos no habían protegido a sus líderes. Lo que el fundador prometía en su Manual del jefe. Y es que, según la tradición rumana, todavía vigente a principios del siglo XX, esa noche los espíritus, los lobos y los vampiros cobraban una fuerza mayor a la del resto del año. Podrían atrapar y hacer daño a cualquiera que encontrasen en la calle, así que la población se encerraba en sus casas, cuidando de poner ajos en puertas y ventanas. No hubo testigos, y sí miedo entre los mismos que creyeron ver en Codreanu un nuevo héroe nacional, un Vlad Drakulea.

El monarca era un modelo de corrupción y despotismo, y por actuaciones como esta acabó en el exilio. Entonces el poder efectivo pasó a manos del general Ion Antonescu, quien además de implantar una dictadura dio al partido fascista la oportunidad de gobernar por primera vez. Horia Sima era su nuevo líder, y la Guardia de Hierro recibió el encargo de formar los ministerios de Educación, Trabajo, Sanidad y Protección Social, Obras Públicas y Asuntos Exteriores. E inadvertidamente también el de Interior, porque el militar nombrado ministro era un legionario de la Guardia en la sombra. Rumanía se denominó Estado Nacional Legionario. Y el resultado fue nefasto, tanto a nivel político como de gestión. Apenas cuatro meses después de haberlos llamado al Gobierno, Antonescu, apoyado por Hitler, decidió apartarlos del poder. Los legionarios se rebelaron provocando una breve revolución que pretendía ser un golpe de Estado y que terminó en fracaso. Horia Sima tuvo que negociar los términos de su rendición con los alemanes. Nueve mil legionarios fueron detenidos y seis mil encarcelados, además de los muchos que murieron en las revueltas. Cientos de ellos fueron ejecutados sumariamente, colgando sus cuerpos, a modo de ejemplo, de las farolas de Bucarest, y de otras principales ciudades, con su fascista camisa verde bien visible. Un aviso a caminantes.

Horia Sima, Bucarest, 1940.

Aquel enero de 1941 la Guardia de Hierro iba a desaparecer también de otro país, España, tan repentinamente como había llegado. Desde el final de la Guerra Civil la prensa franquista se había mostrado entusiasta partidaria de Rumanía. Los diarios Ya, Arriba y ABC dedicaban no menos de dos artículos a la semana a un país hasta entonces desconocido para los españoles. Los ministros y autoridades rumanas, a su vez, se mostraban solidarias con la «España victoriosa de Franco» y aseguraban que las dos naciones compartían una ideología política semejante. Arriba, que era falangista, y Ya, cristiano, se deshacían en elogios hacia la Guardia de Hierro, hacia su ideología tan religiosa, y hacia su fundador Codreanu al que llamaban mártir. Todo eso fue cortado de raíz cuando Antonescu, ayudado por los nazis, purgó el partido de Horia Sima. La censura franquista prohibió cualquier referencia a la Guardia de Hierro, y después, cuando el dictador rumano fue depuesto por los soviéticos, también a Rumanía. Fin del idilio. Pero un fin solo momentáneo.

Los nazis se habían llevado a Horia Sima al campo de concentración de Buchenwald, aunque vivía con un estatus privilegiado, en absoluto parecido al de los que eran quemados en los hornos. De hecho le consideraban una reserva estratégica que usaron en 1944, cuando ya estaban perdiendo la guerra. Le liberaron entonces, a él y a otros legionarios, para formar en Viena un Gobierno Nacional Rumano en el exilio con la esperanza de que fomentara un levantamiento de legionarios en su país, ahora bajo la órbita de la Unión Soviética. Obviamente fue inútil y, una vez que Berlín cayó, Sima fue declarado criminal de guerra nazi. Había sido responsable de ordenar, bajo su gobierno, el asesinato de varios líderes políticos, entre ellos sesenta y cuatro presos de la cárcel de Jilava. Estuvo huyendo durante un año con documentación falsa, cruzando Europa desde Viena hasta entrar a España, que le acogió. Hubo un inicial regocijo por su llegada entre los falangistas, que recordaban las trescientas cincuenta y una noticias publicadas en su prensa sobre la Guardia y sobre Rumanía, pero duró poco. Cuando Franco firmó los Pactos de Madrid de 1953, por los que recibía la ayuda económica de Estados Unidos a cambio de permitir la instalación de bases de la OTAN, el régimen abandonó las referencias al fascismo alejando del Gobierno a sus últimos líderes. El mismo Franco comenzó a vestir de traje civil, y no volvió a ponerse el uniforme falangista. Sima quedó apartado.

Pero el líder transilvano continuó residiendo en Madrid, intentando organizar una oposición al comunismo y viajando periódicamente al extranjero para reagrupar a los legionarios. En los últimos años de la dictadura fue un firme apoyo de Blas Piñar, primero en su editorial Fuerza Nueva S. A. y luego en el partido político del mismo nombre, de ideología fascista. De hecho, esta agrupación política impulsó en 1970 la creación de un monumento en Majadahonda dedicado a los rumanos de la Guardia de Hierro que vinieron a combatir junto a Franco. Solo eran ocho y no hicieron gran cosa, salvo aparecer en el frente de Madrid y retirarse a su país cuando un obús republicano acabó con la vida de dos de ellos, Ion Mota y Vasile Marin. En su regreso a Rumanía fueron homenajeados como héroes, y ese acto fue un impulso más para el partido fascista rumano. En España el franquismo conservó como agradecimiento una cruz y varias banderas españolas, una con el emblema de la Guardia de Hierro, en el lugar en que murieron, la carretera de Boadilla del Monte a Majadahonda, en Madrid. El partido de Blas Piñar añadió a aquello una especie de arco del triunfo de hormigón, intentando con ello encontrar adeptos y votos entre los franquistas más recalcitrantes. En 2015, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, el Ayuntamiento de Majadahonda aprobó su demolición. Pero le fue imposible, porque de pronto los terrenos pertenecían a una asociación dedicada a la memoria de los legionarios rumanos, que estaba al corriente del pago de impuestos.

El final de Horia Sima, como no podía ser menos, está rodeado de un cierto misterio, muy de cuento de vampiros. En los noventa aún viajaba por todo el mundo intentando reorganizar y mantener la Guardia de Hierro. Y lo hacía además con documentación falsa, porque todavía estaba reclamado como criminal de guerra nazi, delitos que no prescriben. El 24 de mayo de 1993 se hallaba alojado en casa del también legionario Filip Paunescu, dentista en Untermeitingen, Alemania. Teóricamente, esa noche falleció, según unos porque se le paró el marcapasos, y según otros a raíz de una inyección anestésica suministrada por el dentista Paunescu. La defunción por vejez o accidente fue admitida, pero ¿qué fue del cadáver? Se decía que lo habían llevado a Rumanía, enterrándolo allí. Blas Piñar había contribuido desde España al equívoco, asegurando que no supo más de Sima hasta que fue llamado por un juez en Madrid. Junto al escritor Luis Jerez Riesco tenía que prestar testimonio ante una comisión rogatoria de la justicia rumana para identificar las fotos de su cadáver. No olvidemos que el líder de la Guardia de Hierro viajaba con documentación falsa, y que posiblemente su país natal quisiera cerrar su expediente como criminal nazi. Si es que estaba muerto. Piñar y Riesco lo identificaron, y se hizo una ceremonia fascista de tributo en su honor. Sima cayó en el olvido, hasta que en 2015 la periodista Montserrat Palau y el político de ERC Josep Bargalló encontraron su tumba en Torredembarra, Tarragona. Según sus investigaciones, unos legionarios rumanos en el exilio que vivían allí la ofrecieron para su fallecido líder. Pero la lápida no tiene nombre, y no hay seguridad completa de que esté allí dentro, ni queda muy claro cómo viajó el cadáver desde Alemania a Madrid, y luego hasta Tarragona. Dado el carácter místico y supersticioso de aquel fascismo rumano que abanderaba, ni siquiera podemos asegurar que no siga entre nosotros, buscando adeptos a los que reclamar su sangre.

Ceremonia en recuerdo de Corneliu Zelea Codreanu, Bucarest, 2008. Fotografía: Bogdan Cristel / Cordon.


El suicidio de Europa según Klaus Mann

Klaus Mann en 1935. Fotografía: Fred Stein / Cordon.

El hombre occidental, el Homo Occidentalis, que se había considerado a sí mismo una criatura básicamente racional, resultó estar, en buena medida para su propia sorpresa horrorizada, todavía poseído por sus demonios, impulsado por fuerzas irracionales y salvajes. Los más siniestros presentimientos y las más sangrientas fantasías de los pesimistas del siglo dXIX fueron sobrepasados por la aterradora realidad del veinte. El Anticristo, cuyos gestos y acentos Nietzsche imitó sacrílegamente, adquirió existencia real y demostró su poder devastador. Cámaras de gas y grandes explosivos, propaganda venenosa y explotación organizada, los atropellos de los regímenes totalitarios y el diabólico mal gusto del entretenimiento comercial, el cinismo de las camarillas gobernantes y la estupidez de las confundidas masas, el culto a los asesinos de alto rango y las máquinas de hacer dinero, el triunfo de la vulgaridad y el fanatismo, el terror de la ignorancia; son las armas y métodos que usa el Maligno. Con ellos pretende subyugar a la raza humana. (Klaus Mann)

El artículo «Europa en busca de un nuevo credo» fue publicado por la revista estadounidense Tomorrow en junio de 1949, un mes después de que su autor, el escritor alemán Klaus Mann, hubiese muerto por sobredosis de barbitúricos a la edad de cuarenta y dos años. La tesis oficial sobre su fallecimiento hablaba de suicidio; sus allegados y apreciadores la pusieron en duda, más como un gesto elegante de respeto que por convencimiento. Descontando si queremos los antecedentes de suicidio en la familia —lo habían cometido dos de las hermanas de su padre, el insigne nobel de literatura Thomas Mann—, sus personas cercanas no pudieron sino admitir que Klaus había jugueteado con la idea de la muerte con mucha más frecuencia de la debida.

En aquel artículo póstumo, además, Klaus había puesto en boca de un anónimo estudiante sueco (quién sabe si ficticio y mero vehículo para expresar sus pensamientos íntimos) la petición de que los intelectuales europeos ejecutasen un dramático suicidio colectivo para denunciar las nubes que, incluso terminada la Segunda Guerra Mundial, pensaba él que continuaban oscureciendo el porvenir del continente. Citaba la muerte del poeta alemán Ernst Toller, autor de la famosa obra teatral Hoppla, wir leben! (¡Vaya, estamos vivos!). En 1939, Toller estaba arruinado por su apoyo a la causa republicana en la guerra civil española y con el ánimo hundido tras la victoria final de Franco. Se quitó la vida en un hotel de Nueva York, ahorcándose con el cordón de seda de su batín. Los periódicos nazis, en un despiadado acto de burla, le dedicaron el inhumano titular Hoppla, wir sterben!, («¡Vaya, estamos muertos!»).

Mann mencionaba también el suicidio de Stefan Zweig quien, cansado de dar tumbos de exilio en exilio, se había establecido con su mujer en Brasil, donde parecía tener por fin un futuro estable en un país que les gustaba. Por desgracia, el tétrico devenir de la historia los había sorprendido ya alejados de la juventud y no encontraron la motivación para disfrutar de un retiro baqueteado por el pesar ante los horrores europeos. Zweig dejó escrito en su nota de despedida: «Comenzar algo nuevo después del sesenta cumpleaños de un hombre requiere una fuerza particular, y mi propia fuerza ha sido agotada después de años de deambular sin un hogar». Un día, ambos se vistieron de punta en blanco, se peinaron, bebieron un elixir mortal y se tumbaron en la cama, donde fallecieron unidos por un último abrazo.

Otro suicida recordado por Mann era Jan Masaryk, a la sazón ministro de exteriores checoslovaco, que en 1948 había caído, vestido con un pijama, desde la ventana del cuarto de baño de su despacho (aunque la discusión sobre un posible asesinato a manos del núcleo duro de los comunistas iba a eternizarse durante décadas, Mann no vivió lo suficiente para asistir al debate). También otorgó carta de naturaleza filosófica al suicidio de la escritora británica Virginia Woolf. En la carta de despedida que Woolf dejó para su marido había expresado su horrorizado desaliento ante el retorno de sus enfermedades mentales, diciendo: «No me recuperaré esta vez». En un ejercicio de triste poesía, se llenó los bolsillos de piedras y se dejó llevar por las aguas del río cercano a su casa. El cuerpo no apareció hasta semanas después. Para Mann, sin embargo, también formaba parte de una oleada inevitable de rendiciones en tiempos donde la realidad europea resultaba insoportable para los espíritus refinados.

Los intelectuales europeos, decía, conformaban un «pequeño y desconcertado grupo» al que se miraba en busca de unas respuestas de las que carecían. El escritor y actor francés Antonin Artaud acuñó la expresión «suicidado por la sociedad» en un ensayo sobre Van Gogh; paciente mental él mismo, Artaud la había empleado para criticar a la psiquiatría. De manera análoga, Mann creía que los pensadores suicidas de su tiempo habían sido victimizados por la situación social y política, no solo por sus propios demonios. En los años treinta y cuarenta, las personas de gran sensibilidad no podían sino sentir angustia. Las de gran inteligencia no podían sino sentirse forzadas a buscar explicaciones para el desastre, desgastando su energía mental en el imperioso, aunque inútil y agotador, intento de descifrar el presente y el porvenir inmediato. Quienes combinaban ambas cualidades, gran inteligencia y gran sensibilidad, estaban destinados a la melancolía. De entre los melancólicos, varios estaban condenados a la consunción y a una muerte prematura.

Su llamamiento al hara-kiri —un extraño borrón que cerraba de manera un tanto desconcertante aquel, por otra parte, clarividente texto— podría ser calificado sin demasiado reparo como una expresión de su creciente culto a la muerte, y en concreto, a la suya propia. El estudiante sueco sin nombre sugería: «Alistémonos en un absoluto abatimiento, es la única actitud sincera, y la única que puede ser de alguna ayuda». Palabras que suenan demasiado a Mann como para no ser suyas, aunque cabe otorgarle el beneficio de la duda; quizá aquel estudiante, rara alma gemela, sí existió y compartía sus más que evidentes indicios verbales de estar padeciendo una depresión. Como fuese, el diagnóstico de la personalidad de Klaus Mann es irrelevante con respecto al grueso de las ideas que expresa en sus escritos filosóficos y políticos, salpicados aquí y allá de desaliento personal, pero punzantes como los de George Orwell en lo político y lo social. El análisis freudiano y demasiadas veces sensacionalista de las relaciones de Klaus con su colosal figura paterna, o de las disfunciones reales e imaginadas de la familia Mann al completo, queda como materia de algunas biografías oportunistas y el intercambio de desmentidos entre los familiares y amigos que lo sobrevivieron. Un intercambio amarilleado por el paso del tiempo y amarillento por el tono, pues los Mann, como es sabido, se convirtieron en objeto de las comidillas vecinales del no siempre magnánimo mundillo del comentario literario.

Klaus Mann, pese a todo esto, no era un nihilista, aunque a veces esa deducción errónea se haya desprendido como una costra de su suicidio y sus ocasionales arrebatos de una desesperanza redactada con sobrecogedora precisión. Era un idealista primero y un pesimista después. Izquierdista liberal y humanista, su pesimismo era legítimo. No provenía solo de la melancolía; su análisis del presente siempre fue lúcido. Advertía los problemas, pero intuía las soluciones, y aquel pesimismo estaba fundamentado no en la ausencia de dichas soluciones sino en el desinterés de las sociedades de posguerra hacia la aplicación de las mismas. Su apuesta por la nada era personal, nunca política. Incluso reprochaba el nihilismo de figuras como Heidegger y Sartre, aun reconociendo que a ninguno de los dos gustaba la etiqueta. En el original inglés de su texto desdeñaba la escuela existencialista entonces muy en boga, con melódica aliteración: remarkably unsystematic philosophical system seems to consist of inconsistencies (una definición no menos musical en español: «sistema filosófico marcadamente asistemático que parece consistir en inconsistencias»).

Como Orwell, Mann vivió la posguerra señalando, sin distinción de color o de régimen, unos peligros del totalitarismo que no creía extinguidos con la caída del fascismo europeo. Con un dilatado pedigrí izquierdista y respetado como el decidido enemigo de los nazis que había sido siempre, alienó a sus antiguas amistades comunistas denunciando la dictadura soviética. Y aún le quedó munición para denunciar la arbitrariedad de la incipiente fiebre anticomunista en los Estados Unidos. No se casaba con nadie ni con nada, excepto con sus propias ideas. Que, como las de Orwell, eran cada vez más propias y menos parecidas a las de otros. Eso lo aislaba y lo hacía sentirse incomprendido en su propio tiempo, pero dejó para la posteridad una constelación de sentencias reveladoras.

Desencantado con el seguidismo irreflexivo y la cobardía de las masas, depositaba la responsabilidad del equilibrio mental de la nueva Europa en los intelectuales, en quienes debía recaer la tarea de ejercer un liderazgo ideológico efectivo. Sus opiniones sobre los intelectuales más destacados no siempre eran positivas, sin embargo. Dejando a un lado el desprecio que le habían provocado quienes se habían aliado con el régimen nazi —una repulsión indisimulada y vitriólica condensada en su novela más famosa, Mefisto—, comentaba con perplejidad la moralina acartonada que se había apoderado de la intelligentsia europea. De repente, los pensadores parecía buscar en los cielos las respuestas que no habían sido capaces de hallar en la tierra: «Incluso algunos de los autores antes conectados con movimientos ateos de extrema izquierda se complacen ahora en modos píos y especulaciones metafísicas».

A ciertos pensadores del momento, aunque pocos, los consideraba dignos de capitanear la reconstrucción cultural europea. Señalaba en especial al filósofo Bertrand Russell, afirmando que «ciertamente merece el rango de líder intelectual», aunque no albergaba muchas esperanzas de que la equilibrada ponderación del británico encontrase eco en los demás intelectuales, entretenidos con las recompensas fugaces y estériles de las argumentaciones bizantinas tan comunes por entonces. Mann creía que Russell tenía respuestas, pero destinadas a no ser tenidas en cuenta: «Su algo evasivo agnosticismo y su poco imaginativo sentido común pueden no ser particularmente atractivos para las mentes más fastidiosas». También elogiaba al italiano Benedetto Croce aunque, después de haberlo visitado en Nápoles, albergaba dudas sobre su asidero con la contemporaneidad: «Me sentí en presencia de una magnífica reliquia, una conmemoración viva de proezas pasadas y principios olvidados». Lo contrario decía de Ortega y Gasset, a quien consideraba «muy versado en las cuestiones de nuestro tiempo» y cuyas «brillantes especulaciones de La rebelión de las masas han ayudado a aclarar los sucesos tumultuosos de las pasadas décadas». Pero, con pesar, Mann creía que Ortega, como Russell, les parecía insuficiente a las nuevas generaciones, ansiosas de controversias pirotécnicas.

Klaus y Erika Mann, 1930. Fotografía: Lotte Jacobi / Cordon.

Suele decirse, y es verdad, que Klaus estuvo a la sombra de su padre en lo literario, y que su apellido fue una bendición y a la vez un lastre. Pero gozaba de su propio prestigio entre los intelectuales demócratas, porque había sido uno de los alemanes que jamás había flaqueado en su rechazo del nazismo, sobre cuya verdadera naturaleza advirtió a todo aquel que quiso escucharlo. Ya desde los años veinte, cuando los nazis eran un pequeño grupo de outsiders de quienes conservadores y progresistas se reían por igual. Klaus se había marchado de Alemania en el mismo momento en que Hitler ascendió al poder, en 1933, previendo un cataclismo que no muchos otros querían creer posible. Siendo hijo del alemán más insigne y respetado junto a Albert Einstein, Klaus Mann continuó siendo una molestia en el exilio. Los nazis, en una de tantas demostraciones de su desprecio por el talento, lo despojaron de la nacionalidad en 1934. En 1936, cuando las democracias occidentales aún se empeñaban en creer que resultaría posible convivir en términos amistosos con el III Reich, Mann publicó Mefisto, novela en la que rodeaba al régimen de una aureola de pesadilla. Además de sus escritos hablaba en público del «verdadero y repulsivo rostro de los nazis». Al acabar la guerra, resultó haber sido uno de los pocos intelectuales germanos que jamás se había adormecido en lo tocante a la podredumbre hitleriana.

Por fin había visto caer a sus peores enemigos, pero eso no lo volvió más optimista. Como Orwell, desdeñaba aquella idea de «muerto el perro, se acabó la rabia», porque pensaba que la rabia era intrínseca a la naturaleza humana. Los mecanismos que habían conducido al auge del fascismo podían revivir en cualquier momento, y de hecho continuaban activos en el régimen estalinista y en dictaduras de mínima influencia, pero ilustrativas, como la de Franco en España. Orwell, en sus advertencias, se centraba en el análisis del poder en sí mismo, de sus ejecutores directos y de las herramientas y métodos usados por la maquinaria del sistema opresor. Mann abordaba la cuestión desde otra perspectiva: el totalitarismo precisaba del silencio o la aquiescencia de del pueblo, de la nación y de sus fuerzas vivas. Del colaboracionismo, en definitiva. En 1938 había dicho, durante un discurso ante emigrantes alemanes en los Estados Unidos, que «Hitler no es Alemania. Hay una resistencia contra él en nuestro país y entre los alemanes que residen en el extranjero; los nazis pueden amordazarla con su Gestapo, pero no la destruirán». Para su desaliento, la resistencia alemana nunca había estado cerca de triunfar, salvando un atentado fallido planeado por los militares.

Mefisto narraba la carrera de un actor de segunda que coqueteaba con el régimen nazi para alcanzar el éxito. Describía una Alemania seducida por un movimiento demagógico y siniestro del que, como bien demuestra ese libro, ya se conocían los perfiles diabólicos; Mefisto es un libro incómodo para los defensores de la tesis de que los alemanes no entendían bien lo que implicaba el ascenso de alguien como Hitler. El protagonista estaba inspirado en un personaje real, el actor Gustaf Gründgens, exmarido de la querida hermana del escritor, Erika Mann. Para Klaus, de entre sus cinco hermanos, Erika siempre había representado un papel especial. Ambos eran homosexuales, lo que en aquellos tiempos hacía casi imposible mantener una relación sentimental pública y verdadera, y además les había ganado la incomprensión de su padre. Enfrentados a similares obstáculos, escritores ambos, los dos hermanos se habían apoyado siempre; habían compartido viajes y aventuras, bohemia artística y compromiso político.

Erika estuvo casada con Gustaf Gründgens entre 1926 y 1929. El matrimonio había sido, cabía sospechar, no mucho más que una tapadera, dado que Gründgens también era homosexual, pero el actor era buen amigo de los dos Mann. Simpatizante comunista, lo consideraban uno de los suyos en cuestiones políticas y sociales. Cuando Hitler era todavía una figura exótica en la política alemana, Klaus y Erika nunca lo hubiesen imaginado formando parte de un movimiento fascista. En apenas unos años, sin embargo, lo impensable sucedió. En 1934, justo cuando Klaus se quedaba sin su ciudadanía alemana, Gründgens fue nombrado director del teatro estatal de Prusia, cargo para el que fue designado por el entonces gobernador de la región y figura destacada del NSDAP, Hermann Göring, Después, el actor entró a formar parte de la sección teatral de la Cámara de Cultura del Reich, institución concebida por Joseph Goebbels para controlar la creación artística nacional. Klaus Mann, decepcionado, usó a Gründgens como modelo para el protagonista de la novela: Hendrik Höfgen, perfecto retrato del arribista nacionalsocialista: un individuo que no es un monstruo con rabo y cuernos, sino un ser humano cualquiera. La tentación de vender el alma al diablo es idéntica para todos; depende de cada cual el resistirla.

El título de la novela, Mefisto, hacía referencia a Mefistófeles, el enviado del diablo con el que Fausto firma un acuerdo para entregar su alma a cambio de obtener a la bella y virginal Gretchen. La lujuria —sumada, según la versión del mito, a la riqueza o el ansia de saber— era la motivación para pactar con Satán, pero no la maldad. Fausto no es intrínsecamente malvado, como tampoco lo es Hendrik Höfgen. Mann no cree que todo un pueblo pueda asimilar con sinceridad una ideología detestable, y menos de un día para el otro. Piensa que quienes se «convierten» lo hacen con la misma mentalidad de quien cierra un trato con el diablo. Estampando su firma, el arribista vocinglero obtiene ventajas sociales y profesionales. El cobarde, a su vez, se conforma con la supervivencia; camuflado entre la manada, busca una sensación de seguridad por el alto precio de renunciar a su libertad y a su derecho de disentir de la mayoría. Cuanto más aplastante esa mayoría, más rápido el proceso de contagio ideológico. No es que los alemanes fueran en su mayoría nazis de corazón, porque no lo eran; es que se acobardaron ante el creciente empuje del NSDAP y, una vez los vieron instalados en el poder, decidieron acomodarse al nuevo statu quo. El corazón ideológico está reservado para la élite del partido; los demás no necesitan convencerse, sino comportarse como si hubiesen sido convencidos. No necesitan creer lo que se les dice, sino repetirlo sin titubear. Y, sobre todo, deben someterse.

Los hechos le daban la razón a Klaus: en 1934, los nazis «de corazón» que habían protagonizado en las calles los años de ascenso del partido, los «camisas pardas» de las Sturmabteilung (SA), fueron purgados por el propio Hitler. Y fueron purgados antes que los judíos, incluso. En el nuevo régimen los primeros en caer habían sido los nazis que todavía creían que podían tener ideas propias, que todavía podían hacer y deshacer por el mero hecho de lucir un brazalete con una esvástica. La Noche de los cuchillos largos les abrió los ojos, a ellos y a los demás alemanes: quienes ascendían eran los que asimilaban y repetían las ideas descendidas desde la élite y no causaban problemas. Ser nazi debía implicar no la comprensión del ideario, sino su disciplinado acatamiento. Si Orwell insiste en que la desobediencia es castigada, Mann nos recuerda que la obediencia es premiada y que la búsqueda de la recompensa, como la lujuria de Fausto, es motivación más que suficiente para sucumbir a la barbarie.

Una década después de la publicación de Mefisto y desaparecido el III Reich, Mann extendió los mecanismos del arribismo a todas las ideologías, como Orwell hizo con los mecanismos de la opresión. Decía Mann: «Aquellos que ahora colaboran con Rusia, los que predican y propagan el Evangelio comunista, ¿son también “traidores”? Algunos de ellos, sobre todo en los países del Telón de Acero, incluyendo la parte de Alemania ocupada por los soviéticos, pueden haberse convertido en marxistas por oportunismo y miedo». Lo mismo podía suceder en una democracia. Hitler no había sido un revolucionario exitoso; su pasado golpista había terminado en ridículo y con sus huesos en la cárcel. En los años treinta, sin embargo, había llegado al poder dentro del marco constitucional. Había ganado unas elecciones, se había vestido de corbata, había inclinado la cabeza en una respetuosísima reverencia mientras le estrechaba la mano al jefe del Estado. Hitler había desempeñado de manera impecable su papel institucional, había cumplido con la ley y había respetado las formas, hasta que decidió dejar de hacerlo para convertirse, él mismo, en la nueva ley. Klaus Mann había contemplado y comentado todo el proceso, desde que el NSDAP era un partidito marginal hasta que, incluso antes de que Hitler hubiese obtenido la cancillería, las concentraciones nazis ya auguraban un totalitarismo desenfrenado. Había visto cómo los oportunistas se afiliaban a alguna de las ramas uniformadas del partido para poder aprovecharse del creciente terror que los nazis despertaban entre la población. Una población que iba cambiando de bando para no estar en el de los perdedores. Pronto no quedó nadie dentro de Alemania capaz de levantar la voz; los pocos que lo hacían terminaban muertos o en un campo de concentración. Alemania no había atravesado una guerra civil ni una guerra revolucionaria. La demagogia era la que había librado y ganado todas las batallas, y nunca hubiese vencido sin la aquiescencia de la gente de a pie.

La Europa de posguerra no iba a estar libre de demagogia. Hitler y Mussolini habían muerto, el fascismo se había derrumbado, pero el continente estaba devastado y sumido en la confusión. Mann pensaba que los «turbados europeos» buscaban respuestas fáciles en la religión, el marxismo, el orientalismo, el existencialismo, y demás dogmas cuyas estructuras sistemáticas parecían ofrecer un antídoto contra la incertidumbre. Sin criticar esas ideologías, recordaba que quien busca respuestas fáciles puede terminar sucumbiendo bajo el encanto de alguna figura emergente que sepa hacerse escuchar y prometa las ansiadas respuestas. Recordaba que el ciudadano no comprometido o bienintencionado podía ceder ante la presión grupal de quienes defendiesen dogmas para ellos indiscutibles. La polarización de las ideologías le preocupaba de manera especial. Cuando las ideas se presentan en forma de dicotomía entre dos únicas opciones (conmigo o contra mí), «se nos obliga a elegir un bando y, haciéndolo, a traicionar todo lo que deberíamos defender y celebrar». Los malvados no arrastran los países al caos, salvo que sean facilitados por la polarización de los no malvados. El portador del mal no por necesidad es alguien malvado, como el portador de un virus no por necesidad está enfermo, aunque terminará pagando, como todos, el precio de la propagación de la epidemia.

Klaus Mann murió en los albores de la Guerra Fría, con una Europa reducida a escombros. Expresaba, como Orwell, una sorda preocupación por el futuro del continente, aunque también lo hacía sin caer en el juego del vaticinio. No intentaba adivinar qué iba a suceder y, lo más importante, tampoco cuándo. Pero sí exponía con detalle los engranajes, bien conocidos ya para él, del avance de la demagogia y el fanatismo. Aquellos mecanismos mediante los cuales unos pueblos que se consideran civilizados y repletos de buenas personas, terminaban ensalzando a figuras que representaban no lo mejor de esos pueblos, sino, por efecto de la simplificación ideológica y la instrumentalización de la moral, lo peor.

Estamos estupefactos. Quisiéramos alejarnos, pero nos vemos obligados a mirar. El peligro de que Europa ya no escuche, de que nos acostumbremos a esa gente, es temible. ¡Sintámonos, al menos, obligados a permanecer atentos! ¡Leamos sus escritos! ¡No olvidemos lo que han sido desde el principio! Estamos recopilando todo lo que un día —¿cuándo exactamente?— la memoria del mundo entero recuperará.


Comerse Roma

Y nos iremos en un tren nocturno huyendo de lamias vengadoras,
oscuramente felices, confundidos con soldados y con monjas.

Instrucciones para matar hormigas en Roma, Julio Cortázar.

«Las hormigas se comerán Roma, está dicho. Entre las lajas andan». Pero, mientras llega este momento terrible, cuando aún se organizan en galerías subterráneas, debajo de las fuentes, podemos devorarla nosotros. Los italianos, como se sabe, son una invención reciente. Si permanecen unidos es por la desidia y por la gastronomía. Esta inseguridad los ha convertido en unos integristas culinarios muy irritantes. Su admirable pesadez (la carbonara no lleva esto, la pasta está demasiado cocida, la masa debería ser un poco más gruesa) ha terminado convenciéndonos de que su cocina es elaborada y compleja, ¡dificilísima!, cuando es de lo más simple. Y deliciosa, porque lo complicado no es, por sí mismo, valioso.

Un italiano entra en una cafetería, pide un expreso, se lo lanza a la garganta y se va. Sobre estos cuatro gestos han construido poco menos que una religión. «Es que el café en Italia es…». Naderías. El gusto por la parafernalia, la ritualización absurda, la magnificación de cosas nimias: ese es el verdadero espíritu italiano. Es cierto que el café es delicioso. Por las mañanas se toma capuchino (un café con leche barroco, con espumilla por encima, para darse importancia) y el resto del día expreso. Para desayunar puede uno llevarse a la boca un cornetto, que es un bollo parecido al cruasán (más esponjoso), que se rellena de crema pastelera, de avellanas o de mermelada. Es muy importante que no pida un capuchino después del desayuno, porque esto podría desencadenar un nuevo saqueo de Roma, la reinstauración de los estados pontificios o alguna calamidad parecida. Es una gente muy sensible.

Ahora tiene que ingeniárselas para hacer tiempo hasta el almuerzo. Roma tiene —tampoco vamos a quitarle méritos— un paseo muy agradable. Es una ciudad edificada para impresionar, la demostración de que el orgullo y la arrogancia producen, algunas veces, obras formidables. Puede caminar hasta los foros, que conservan el encanto de las ruinas (la gloria desmantelada por el tiempo y la codicia). Si prefiere edificios que se mantienen más o menos intactos, es recomendable llegar —dando los codazos necesarios— hasta el Panteón de Agripa. Allí dentro, bajo esa cúpula asombrosa, uno se imagina el papelón que tuvieron los papas para competir con aquello. Pero debían levantar templos mejores, porque, al fin y al cabo, su fe era la verdadera y los lujos de aquellos diosecillos tenían que quedar en nada. Así que los mejores artistas que conocieron los tiempos fueron hasta allí y empacharon Roma de mármoles, de refinamientos arquitectónicos, de trampantojos y de dorados.

Puede que el bullicioso caos en el que sobreviven los romanos le haya abierto el apetito. Si no lo han atropellado ni se ha descalabrado en ningún bache puede premiarse con un aperitivo, a ser posible con un spritz, que es un combinado variable de vino blanco, alguna bebida carbonatada y aperol (o algo similar). Tiene su encanto. Con el buche refrescado, camine un poco, suba un par de cerros (las siete colinas tonifican que es una barbaridad) y cuando sienta la llamada del estómago vaya a un restaurante soleado, pida buen vino y colóquese la servilleta.

Nunca he encontrado el encanto del fiambre laminado italiano, pero supongo que debe ser exquisito cuando no se sabe lo que es un lomo embuchado como mandan los cánones; o un buen jamón. En Roma es común que las cartas ofrezcan varias frituras como entremeses. Si nunca las ha comido, las flores de calabaza rellenas de mozzarella y anchoa tienen su encanto. Las sirven sobre papel de estraza, y se ven, entresaliendo por la coraza de la fritura, el color de los pétalos. Luego, dando un tajo con decisión, uno arranca un pedazo y se lo lleva a la boca, donde al crujiente de la masa le sigue el blando sabor de la leche y, de repente, un golpe salado de la anchoa. Las alcachofas a la judía son deliciosas. No tienen más secreto que conseguir una alcachofa digna, pelarla y quitarle las puntas duras, apretarlas contra una tabla de modo que los pétalos se abran y freírlas en abundante aceite.

Después es conveniente que tenga la gallardía de pedir un buen plato de carbonara, esa salsa mantecosa y amarilla, que se consigue mezclando yemas de huevo con pecorino y guanciale frito —que es papada de cerdo curada—, y que se mezcla con la pasta recién cocida, que funde el queso y monta el huevo. Es preferible una pasta con recovecos, de modo que cada bocado arrastre la dosis precisa de salsa; conviene dosificar los pedazos de papada, que crujen en boca y estallan, grasos y felices. Otras opciones, para que no me acusen de proselitismo. Si es de esos que prefieren atomatar los platos, pida bucatini all’amatriciana, un plato de espaguetis rechonchos con salsa de tomate, pecorino, guanciale y pimienta. En la liga del tomate también compiten los rigatoni alla pajata, que se cocinan con vísceras de ternera. Si usted, por alguna razón ascética, prefiere la sequedad y la aridez, cacio e pepe (pecorino, aceite y pimienta); si es ardiente, all’arrabbiata. Además, los romanos saben asar corderos y preparan excelentes estofados. En cualquier restaurante encontrará con facilidad la tripa a la romana, que son unos callos con menta, o rabo de vaca, que ellos lo cuecen en salsa de tomate en vez de en vino. Si va con mucha prisa, un buen bocadillo de porchetta (fiambre de cerdo con especias) puede solucionarle el apuro. Para terminar, cualquiera con un mínimo de dignidad debe llevarse a la boca un buen tiramisú, que se hace con crema de mascarpone, bizcochos y café, y con un poco de suerte lleva una cucharada de gianduia, una crema de avellanas y chocolate un poco pija, que vale un puñao.

Si se ha terminado el menú, le conmino —¡le exhorto!— a que SE entregue al riposino, que es como en italiano se dice siesta. Sueñe con los pecados tremendísimos que vio san Benito, con los triunfos de los emperadores, con el colérico Lutero, con las manos de Cicerón expuestas en el foro, con Miguel Ángel reclamándole al papa el salario de los trabajadores, con el hombre asesinado por Caravaggio, con san Pedro, cabeza abajo; Clemente VII remangándose la sotana y huyendo de los soldados imperiales mientras el duque de Borbón se desangra por la pierna, Cristóbal de Morales escribiendo motetes para la Capilla Sixtina, esa misma capilla —con las luces apagadas por la pasión de Cristo— oyendo por primera vez el Miserere de Allegri, los cadáveres bajando por el Tíber, la colosal envidia y disputa entre dos arquitectos barrocos, Mussolini haciendo aspavientos en un balcón, santa Catalina de Siena haciéndole una peineta a su santidad, Garibaldi rodeado de camisas rojas, la hilera de pinos que flanquean las calzadas que llegan a la ciudad, la ristra de santos que quedaron deslumbrados por los oropeles pontificios, la arena del circo, los millones de peregrinos que fueron a ganar la indulgencia, las famosas prostitutas de la ciudad eterna.

Cuando se despierte, estírese con vigor, lávese la cara y cálcese. Ahora debe caminar, con toda la parsimonia y dignidad que le permita su complexión, por la ribera del Tíber. Se encontrará, tarde o temprano, con la isla tiberina o con el castillo de Sant’Angelo. Uno fue un templo en honor de Esculapio, sobre el que luego hicieron una fortaleza que luego fue un convento y que sirvió, por épocas, como hospital de apestados. El otro, el Mausoleo de Adriano que terminó siendo una fortificación, donde se dice que se apareció san Miguel con una espada flamígera para decirle al papa que la epidemia de peste había terminado. Es sorprendente cuántos edificios tienen historias parecidas.

Me han jurado que las pizzerías auténticas solo abren para la cena. Una buena mesa de mármol, el alegre trasiego de los camareros, del horno a la sala; nada de amasadores exhibicionistas. La pizza romana tiene la masa fina y los ingredientes puestos de mala manera. El otro día vi pasar una de frutos del mar que tenía los mejillones lanzados desde un quinto piso. Cualquier pizzería le ofrecerá una carta bien repleta: cuatro quesos, diavola, margarita, con flores de calabaza y salchicha… Mientras espera, pida una ración de suppli, unas bolas de arroz, mozzarella y carne que están muy ricas acompañadas de una buena cerveza. Para el postre toca helado, que de eso los italianos saben un rato.

Caminar por Roma de noche es delicioso. Es importante hacerlo sin prisa. Mire los perfiles iluminados de los edificios —allá a lo lejos la cúpula de San Pedro— y sienta bajo sus pies el rumor de las hormigas.


Einaudi encendió la luz

(Nota: Este artículo es el primero de una serie sobre memorias de editores)

Italia estaba a oscuras en mitad del fascismo, y Giulio Einaudi y Leone Ginzburg encendieron la luz. Existe un tipo de iluminación que no se inventa de una vez y para siempre, sino que cada cierto tiempo hay que redescubrir. Era 1933, Giulio tenía veintiún años, y una mañana Leone, dos años mayor, fue a verlo a su casa de Turín. Ginzburg, de origen ruso, había llegado a Italia con dos años y estudiado en el liceo D‘Azeglio, al igual que Einaudi, Massimo Mila, Norberto Bobbio o Cesare Pavese. Después se convirtió en profesor de literatura rusa, aunque al no prestar juramento de fidelidad al régimen fascista debió abandonar la docencia. En un momento de la visita, le propuso a su amigo: «¿Por qué no coordinas una editorial?». «¿Y el dinero?», replicó Einaudi. «El dinero se encuentra», respondió Leone, como si las dificultades de la vida se desanudasen solas.

Santorre Debenedetti, filólogo y buen amigo de Leone, fue el primero en escuchar la propuesta. Tenía dinero, ganas de leer cosas que nunca había leído, y les hizo el primer préstamo. Cien mil liras de entonces. «Digamos que serían unos cien millones de hoy», reconocía Einaudi en sus conversaciones con Severino Cesari a finales de los ochenta. El padre de Giulio, el senador Luigi Einaudi, que en 1948 alcanzaría la presidencia de la República, intercederá para que el también senador Luigi Albertini sume su apoyo al proyecto. Si Giulio tuviera que contar cómo se devolvió ese dinero, no podría, pues no se devolvió. Solo así consiguió Einaudi por fin convertirse en editor. La creación de la editorial corrió pareja a la compra de la revista La Cultura, toda una institución del país, y de la que toma un logotipo predestinado: un avestruz con un cincel en el pico, con un lema que dice Spiritus durrissima coquit, algo así como que «el espíritu digiere las cosas más difíciles». La imagen había sido creada en el siglo xvi por Paolo Giovio, y adoptada por Mario Praz para Edizioni de La Cultura.

Cuando registra la editorial en la Cámara de Comercio de Turín el 15 de noviembre de 1933, la sede está en el número 7 de la calle Arcivescovado. «Era un último piso, una gran buhardilla donde teníamos también el almacén, un despacho para mí, otro cuarto para Ginzburg y una sala más grande para la secretaria», Angiola Jolanda Coppa. La escritora Natalia Ginzburg, esposa de Leone y también colaboradora de la editorial, relata en Léxico familiar que el Giulio Einaudi de los años treinta era un joven tímido que «se sonrojaba con frecuencia. Pero cuando llamaba a la dactilógrafa lanzaba un grito salvaje: “¡Coppaaaa!”».

El proyecto contaba apenas con unos meses de vida cuando el 13 de marzo de 1934 se produce la primera detención de Leone, junto a sesenta miembros más del grupo turinés de Giustizia e Libertà. Lo condenaron a cuatro años de cárcel, con una amnistía de dos. En 1935 llegó el segundo golpe. La nueva redada contra el movimiento antifascista, esta vez con doscientos detenidos, incluye a Giulio Einaudi y Cesare Pavese. El primero será puesto en libertad enseguida, aunque bajo ciertas medidas de seguridad. En cambio, el poeta y narrador, y pronto alma de Einaudi, cumple año y medio de confinamiento en Brancaleone (Calabria).

La editorial asimila las desgracias como si fuesen vicisitudes, simple pelusa que se adhiere a la ropa, y en mitad de los fuertes vientos del fascismo, entre los años 1936 y 1940, coincidiendo con el regreso de Leone, publicó títulos de gran importancia sobre historia, ciencia, humanismo y cultura científica. Pese a la noche, ahora se podía caminar a oscuras tranquilamente. Giulio admite que su compañero era «un editor completo, pero también un político, y por ello, sobre todo, comprendía que al público, al lector, había que darle la mejor mercancía posible, hecha lo mejor posible. Aun a riesgo de ser pedantes». Fue Leone quien aconsejó ciertos volúmenes de la Biblioteca de Cultura Científica, como por ejemplo el famoso texto de Pavlov. «¿Quién habría soñado en publicar en Italia un libro como Los reflejos condicionados de no habérmelo señalado él?». Aunque tal vez la gran aportación de Ginzburg al catálogo fue la literatura rusa. Sus conexiones políticas, de hecho, resultaron claves para publicar los escritos de Trotsky o Los cuadernos de la cárcel de Gramsci. En el ámbito de la ficción, propuso entre otros títulos El don apacible de Mijaíl Shólojov, y se encargó directamente de la traducción de Tolstoi, Puhskin y Dostoievski. Lo hacía desde la cárcel, pues al estallar la guerra lo enviaron a Pízzoli como interno civil, con su mujer Natalia y sus dos hijos. «Me había convencido de que contratase a los clásicos rusos, y revisaba esas traducciones, no solo en manuscrito, sino también en pruebas, una o dos veces: me volvía loco. Mandaba postales de Pízzoli, selladas por los carabinieri, donde escribía: “Distinguido señor, respetable editorial. Les envío las terceras pruebas de las cien primeras páginas de Guerra y paz…”», contaba Giulio.

Cuando cayó Mussolini tras la invasión de Sicilia Leone viajó a Roma, al fin libre. Allí se reunió con Natalia. «Pensé que comenzaría una época feliz para nosotros. No tenía motivos para pensarlo, pero lo hice». A los veinte días de su llegada, «fue detenido en una imprenta clandestina. Yo estaba en casa —cuenta su mujer— con los niños en aquel piso que teníamos en los alrededores de la plaza Bologna, y esperaba, y las horas pasaban, y al ver que no regresaba comprendí poco a poco que lo habían detenido». La Gestapo lo torturó hasta matarlo.

Entre tanto, Pavese había tomado la dirección editorial de Einaudi. Ya era un poeta célebre, y un traductor no menos solvente. Por sus manos iban a pasar Sinclair Lewis, Melville, Sherwood Anderson, Whitman, Dos Passos, Faulkner, Joyce o Hemingway. Recalar en Einaudi fue un relato de resistencia. Leone y Giulio habían tardado en convencerlo para que se incorporase. Pavese se oponía empleando su frase favorita: «¡Me importa un bledo!». No necesitaba un sueldo, decía. «A mí me basta con tener un plato de sopa y tabaco». Pero un día su oposición se doblegaría y se incorporó al proyecto de Giulio y Leone, de quien se hizo amigo íntimo. «Solía llegar a nuestra casa comiendo cerezas —cuenta Natalia—. Desde la ventana lo veíamos aparecer por el fondo de la calle, alto, con su rápida forma de caminar: venía comiendo cerezas y arrojando los huesos contra la pared con un tiro seco y fulminante». Muy pronto se convirtió en un empleado puntilloso y meticuloso que gruñía contra los otros dos porque llegaban tarde por la mañana y se iban a comer a la tres. «Él defendía un horario distinto: empezaba temprano y se iba a la una en punto, porque a esa hora su hermana […] llevaba la sopa a la mesa».

El propio Einaudi resaltaba que durante los bombardeos de Turín por parte de los británicos, Cesare acudía a trabajar «entre escombros, limpiaba su mesa de trabajo y se disponía a leer». A él le importaba un bledo que las bombas volasen sobre sus cabezas. Hasta que un mortero destruyó la sede a la que se habían trasladado en la plaza de San Carlo. «Al cabo de veinticuatro horas estábamos trabajando a conciencia en otra sede, con teléfonos, máquinas de escribir, pruebas de imprenta y mesas. Una editorial portátil, desmontable como una tienda del mando militar. Sí, acaso fuera ese entonces, y nada más que ese, “el proyecto”. Seguir con vida, continuar trabajando y así, en cierto modo, oponerse», confesaba Giulio Einaudi.

La editorial se hizo adulta en poco tiempo y se trasladó a una rutilante sede en la avenida Re Umberto. Pavese ya tenía un despacho para él solo. En su puerta había un cartelito que rezaba «Dirección editorial». Allí leía la Ilíada en griego durante las horas de descanso, recitando los versos en voz alta. Si Leone había incorporado los rusos al catálogo, él apadrinaría a los norteamericanos. En el despacho contiguo estaba Giulio Einaudi. En esa época Natalia lo recuerda «guapo, sonrosado, con su largo cuello […]. Ahora tenía muchos timbres y teléfonos en su mesa, y no gritaba “¡Coppaaa!”. Cuando quería llamar a alguien apretaba un botón». Ya no era tímido. «Se había convertido en una fuerza contra la cual los desconocidos chocaban como lo hacen las mariposas deslumbradas bajo una lámpara».

Pavese odiaba recibir a desconocidos. Decía: «Tengo cosas que hacer. No quiero ver a nadie. Que se ahorquen. Me importa un bledo». Y delegaba las visitas en los nuevos empleados: Natalia Ginzburg, Felice Balbo, Italo Calvino, Elio Vittorini, Massimo Mila, Giaime Pintor, Franco Venturi, Paolo Serini o Carlo Levi. Todos ellos consideraban que los desconocidos podían aportar ideas. En cambio, Cesare afirmaba que «¡Aquí no hacen falta ideas! ¡Tenemos ya demasiadas!». Las propuestas y las nuevas ideas eran el fuerte de Felice Balbo, que había participado en la guerra, primero como un suboficial de la Alpini, y luego como miembro de la Resistencia. En Einaudi supervisaba dos colecciones de filosofía. Natalia sostiene que Balbo «carecía de defensa contra las propuestas y las ideas. Todas le gustaban, le interesaban, le ponían en ebullición e iba a exponérselas a Pavese […]. Balbo hablaba y hablaba, y Pavese fumaba su pipa y se enrollaba el pelo alrededor de un dedo. Pavese decía: “¡Me parece una propuesta cretina! ¡Defiéndete de los cretinos!”. Y Balbo respondía que sí, que efectivamente era una propuesta cretina, pero que al mismo tiempo no lo era tanto y que tenía un fondo bueno, vital, fecundo».

Italo Calvino, 1974. Fotografía: Sophie Bassouls / Sygma / Corbis.

El discípulo aventajado de Pavese era Calvino. Italo cuenta que «después de que Pavese me presentó a Giulio y le pidió que me contratara, me pusieron en el departamento de publicidad». Acabada la guerra, Einaudi se había hecho a la idea de que Italo estaba dotado, además de para escribir, también para las actividades prácticas, organizativas y económicas, es decir, que representaba el nuevo tipo de intelectual que él intentaba promover. «Por lo demás, Giulio siempre tuvo el don de conseguir que las personas hicieran cosas que no sabían que pudieran hacer», soslayaba Italo. Fue también idea de Einaudi, tras aceptar publicar la primera novela de Calvino, El sendero de los nidos de araña (1947), lanzar una campaña publicitaria con una amplia pegada de carteles con la cara del autor, algo nunca ensayado hasta entonces. «Se vendieron seis mil ejemplares: un éxito discreto en aquel tiempo», admite el propio escritor en las páginas autobiográficas de Ermitaño en París.

A Italo le gustaba trabajar en equipo. Era modesto, y aun cuando ya abrigaba fama, evitaba levantar la voz. No lo hizo ni siquiera cuando propuso traducir La vie, mode d´emploi de su adorado George Perec y Giulio lo descartó porque resultaba una empresa demasiado costosa. En Einaudi, y tal vez fuera de Einaudi, nadie escribía notas de solapa como Calvino. Las convirtió en un subgénero apreciable, un fulgor que te cegaba. Redactó centenares. Trabajaba con «una exactitud substanciosa», revela en un célebre artículo su compañero Ernesto Ferrero, quien trabajó en la editorial hasta los años ochenta. Daba la información precisa, contaba lo indispensable sin ir más allá, apenas lo suficiente para despertar la curiosidad, ofrecía claves de lectura. «Cristal puro», admitía Natalia Ginzburg. Esta minuciosidad que depositaba en los factores invisibles, casi irrelevantes, lo llevó a escribir miles de cartas a aspirantes a escritores que llenan las editoriales de manuscritos. «A cada aspirante le explicaba lo que funcionaba y lo que no funcionaba —cuenta Ferrero—, lo que podía cambiar; y al mismo tiempo hablaba de sí mismo o de lo que significa escribir».

Einaudi trascendió Turín, incluso Italia, pero su éxito seguía sin estar reñido con la tristeza, y en 1950 Cesare Pavese se suicidó en el Hotel Roma. Había hablado durante años de suicidarse. Basta leer El oficio de vivir, sus diarios publicados póstumamente: «La mayor culpa del suicida es no matarse, sino pensarlo y no hacerlo (6 de noviembre de 1937)»; «Nunca le falta a nadie una buena razón para matarse (23 de marzo de 1938)»… Eligió el verano, «cuando ninguno de nosotros estábamos en Turín», lamentaba en Léxico familiar Natalia, que además de corregir textos se permitía de vez en cuando traducirlos, como con los primeros volúmenes de À la recherche du temps perdu, de Marcel Proust.

Con los años la editorial consolidó algo parecido a un público einaudi, comprometido con la actualidad, pero que no se conformaba con ella y exigía un pensamiento profundo sobre su contexto y la historia que la hacía posible. Einaudi desarrollaba colecciones para explicar y potenciar la realidad. Así es como empezaron a llegar títulos de Albert Einstein, Max Born, Max Planck, Werner Heisenberg, Sigmund Freud, Enrico Fermi, Hans Reichenbach, Jean Piaget, Stephen Spender, Gregor von Rezzori y Hans Magnus Enzensberger. A los que hay que añadir los grandes nombres de la literatura de ficción, como Thomas Mann, Faulkner, Queneau, Robert Musil, Walter Benjamin, Boris Pasternak, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ernest Hemingway, Dylan Thomas, Brecht, Henry Miller, Perec, Proust, Bulgakov

Los años sesenta fueron los de la internacionalización. Giulio consideraba que un editor era alguien que debía estar viajando todo el tiempo. Es entonces cuando establece las primeras alianzas con Gallimard en Francia, con Barral en España, con Rowohlt en Alemania… Suya fue la idea de crear un gran premio que «corrigiese» a la Academia de Suecia que entrega el Nobel: el Prix Internacional des Editeurs. La iniciativa se oficializó en 1961 en la isla de Mallorca, junto a su socios de España, Alemania y Francia, así como otros trece editores entre ingleses, japoneses, norteamericanos y soviéticos. Borges, Saul Bellow, Uwe Johnson o Beckett fueron algunos de los galardonados. En 1967 se concedió por última vez. El premio recayó en Witold Grombrowicz, y no sin épica. Ese año se falló en Grammhart (Túnez). El poeta y filólogo Gabriel Ferrater había sido comisionado por Seix Barral para participar en las deliberaciones. Su paso por la ciudad resultó memorable en varios sentidos. Salvador Clotas, otro de los representantes de la delegación española, en vista de cómo se habían dado las primeras noches, optó por prevenir al camarero del hotel de los hábitos de los editores. El camarero se declaró curado de espantos. Era joven pero ya había visto de todo. Había visto, en concreto, a muy buenos y grandes bebedores. Pero el día que las distintas delegaciones partían hacia sus respectivos países el camarero confesó admirado a Salvador, cuando se despidieron, que después de muchos años, «nunca había visto beber a nadie como al señor de la habitación 53». Es decir, Gabriel Ferrater. Pero su papel fue celebérrimo también por la épica defensa que realizó de Gombrowicz, su candidato al premio. Yukio Mishima era el gran favorito, y contaba con el apoyo de los editores ingleses, estadounidenses y japoneses. Pero Gabriel hablaba diez idiomas y durante los días anteriores a la votación había estado bebiendo y alternando con todas las comitivas. En su peor resaca, durante la deliberación, hizo la mejor defensa de Gombrowicz, el autor por el que había aprendido polaco, para leerlo en su idioma original. Ocurrió lo que nadie aguardaba: Wiltold Gombrowicz se alzó con el premio.

Nuevas décadas trajeron más éxitos y nuevos reveses para Einaudi, como las crisis financieras de los ochenta y los noventa. La última desembocó en la compra de la editorial a manos de Mondadori en 1994. Giulio siguió como presidente durante tres años. En 1999 murió. Pero Einaudi sigue con la luz encendida.


Roberto Saviano: «En Italia, con la cabina, la mafia puede controlar uno por uno cada voto»

Fotografía: Alberto Gamazo

Roberto Saviano es alguien a quien no dan ganas de entrevistar, por dejarlo en paz y porque siempre le preguntan las mismas cosas, del tema que le persigue. Él se ríe cuando se lo dices porque sabe que es verdad. Aunque enseguida se olvida de que está en una entrevista y es un buen conversador, una persona llena de fuerza y vitalidad pero con un profundo lastre oscuro. Ha estado en España para promocionar su último libro, La banda de los niños (La paranza dei bambini, Anagrama), un relato basado en las andanzas reales de una «paranza» de chavales de la Camorra, pero intentamos hablar con él de otras cosas, una pretensión que sale a medias, porque en realidad también acabamos hablando de lo mismo de siempre.

¿Cómo afrontas las entrevistas a estas alturas?

A veces como si fuera una especie de misión, me imagino al lector y me digo: ¿qué le puedo ofrecer para darle una llave o abrirle una puerta? Al final siempre me repito que, si solo una persona me lee y empieza a entender cómo funcionan las cosas, ya ha valido la pena. Si no, es como si de entrada ya ganaran los otros. La entrevista es una forma de conocimiento, de divulgación.

Empecemos por una pregunta rara, pero que a ti no te sorprenderá: ¿qué hay escrito sobre la tumba de Raffaello Sanzio?

Una de las frases más bonitas que he leído nunca. Dice así: «En vida, la naturaleza tenía miedo de ser vencida por él; ahora que está muerto, es ella quien tiene miedo de morir». Es decir, cuando la naturaleza ve a Raffaello piensa que hay alguien mejor que ella y tiene miedo de que haga cosas más bellas, pero, cuando muere, la naturaleza se da cuenta de que Raffaello era la naturaleza. Se da cuenta de que los genios no son una excepción, más bien son una síntesis de todas nuestras posibilidades y talentos.

Sabes por qué te lo pregunto, citaste la visita a esa tumba en una lista de diez cosas hermosas por las que merecía la pena vivir. Cuando te leo, veo siempre un amor entre líneas por la poesía. De vez en cuando citas un verso, un libro, como si tuvieras ganas de hablar de otras cosas. Como si la poesía fuera en realidad de las cosas más importantes en la vida.

Es raro decirlo, pero yo escribo de lo que escribo porque tengo esa formación. Me gusta mucho. Sobre todo, la poesía desesperada. Me gustan los poetas que no tienen miedo de la desesperación. De hecho, son los escritores que más me gustan.

¿Por ejemplo?

Sarah Kane, que no era poetisa sino más bien dramaturga, escribió versos magníficos. Auden, Philip Larkin… Los busco. Ah, un poeta español, Miguel Hernández. Lo adoro. Para mí son como socorristas. También esta poetisa argentina de origen italiano, la que se ahogó en el mar…

Alfonsina Storni.

Sí, Alfonsina Storni. Son como amigos a los que llamas cuando no estás bien. Y me gusta compartirlos.

Hay que estar muy concentrado para leer poesía. No puedes leerla despreocupadamente. Me imagino que es como un refugio, hay que estar solo para leerla. Con la vida que me imagino que llevas, la poesía será uno de tus apoyos.

Sí, así es.

¿Y qué más?

El boxeo.

¿Para desahogarte?

Sí, no soy muy buen boxeador, aunque he practicado durante años. Llevo ya años. Correr, sin embargo, me produce ansia, cuando corro sobre la cinta, empiezo a pensar y quizá no es lo mejor.

¿Cuándo empezaste con el boxeo?

Con veinte años y he seguido desde entonces. Nunca me he roto la nariz. [Risas] Tengo un acuerdo con el chico con el que suelo entrenar… El acuerdo es que yo puedo pegarle, pero él no me puede pegar a mí. Él solo se puede defender. [Risas].

He leído que ya de pequeño te atraían las historias sobre la mafia y la Camorra por su potencia literaria. ¿Cuáles son las primeras historias que recuerdas?

Hay algo aún peor. Mis tíos me contaron algo que yo no recordaba. Cuando venían del norte a mi zona para vernos en Navidad, yo les llevaba a enseñarles los lugares donde había habido asesinatos. No había muertos, pero yo les decía si ahí habían matado a alguien. Y ellos decían: «Este niño es un necrófilo».

¿No te acordabas de eso?

No, no me acordaba. Tendría unos diez años. Pero de lo que sí me acuerdo es de que yo me sentía mayor al ver muertos. Iba a verlos, porque me sentía grande, me sentía adulto. Si ves un muerto, eres mayor. Si te fijas en las fotos de crímenes, detrás de la escena siempre hay niños mirando…

Así que, mientras crecías, la gente se disparaba y había muertos de vez en cuando. Era algo normal en vuestra vida.

Sí, no tenía el ritmo de una guerra cotidiana, pero era normal. Una vez dispararon en la fiesta del Mak P Cento, una fiesta estudiantil que se celebra cien días antes de que se acabe el colegio. Había una fiesta en un local y la Camorra mató a un chico. Estaba defendiendo a su novia, porque un hijo de Schiavone [famoso capo de la Camorra del clan de los Casalesi, n. del a.] la cortejaba. Se pegaron y hubo disparos. El guardaespaldas se inculpó de la muerte, aunque en realidad había sido el chico.

¿Y de pequeños cómo vivíais esto, ver por ahí a estos capos míticos y temidos?

En familias acomodadas, si tu padre era profesor o médico, se consideraban cosas lejanas, aunque estuviera muy cerca. Así es la burguesía del sur: piensan que se matan entre ellos, haces como si nada, aunque veas cadáveres al pasar con el coche y dices, bueno, es algo entre ellos.

Dos mundos que conviven pero que no se tocan.

Sí, era así. Lo mismo en los periódicos locales. Como la mafia en Sicilia, si tocaba la política, entonces sí interesaba. Si no, ni la mencionaban.

Alguna vez has dicho que tu padre te enseñó a disparar, ¿cómo fue esto?

Esto también era normal, disparar.

¿Teníais pistola en casa?

Sí, disparábamos a botellas de cristal. La formación militar, en polígonos, el uso de la navaja, todo esto allí tiene que ver más con la formación como hombre que con la formación criminal.

¿Cómo una transición a la edad adulta, una cosa tribal?

Sí, una de las cosas que me ha impresionado de los chicos de paranza, de la banda de los niños, cuando charlan, es que ves que no saben ni quién gobierna, sea Renzi, o Berlusconi, pero saben que es gente que no ha matado nunca. Dicen: «¿Ah, pero tú te dejarías gobernar por alguien que no ha matado nunca? ¿Que no tiene fuerza, que no tiene responsabilidad?». Aunque alguien haya matado injustamente, al menos ha tomado una decisión. Este es un pensamiento de un hombre del siglo XVI o XVII. Un rey que no ha matado es débil. Estos chicos piensan igual. Ven a uno y dicen: «Bah, ese no ha matado nunca». Y ellos no ven la hora de matar a alguien, porque así eres un hombre. Te lo preguntan siempre: Hai fatto un pezzo? [«Has hecho una pieza», n. del a.]. ¿Te has cargado a alguien?

¿Como los periodistas? [fare un pezzo significa ‘escribir un artículo’].

Sí, igual [risas]. Lo dicen porque cuando matas el cuerpo se vuelve rígido, ¿no? Claro, luego hay chicos que se lo inventan para fanfarronear: «Sí, he matado a dos tíos…».

Como en el sexo, presumir de que has estado con una chica…

Exacto. Están en la misma categoría. Aunque en el sexo te dicen: mejor si la chica con la que estás es virgen, mejor si te casas joven, mejor si tienes hijos joven… Entre estos chicos de la Camorra es normal tener hijos con dieciséis, dieciocho años. Emanuele Sibillo, el jefe de la paranza, cuando murió en 2015 a los diecinueve años, asesinado por la espalda por un francotirador —un francotirador, y esto es Italia—, su esposa ya estaba embarazada del segundo. Con diecinueve años.

Pero ¿pueden tener amantes o no?, ¿cómo son las reglas en eso?

No hay tiempo, pero hay quien sí tiene amantes.

¿Esta prisa se debe al hecho de que saben que no tienen mucho tiempo, de que saben que morirán? No es tanto como en los clanes, donde el matrimonio suele ser un hecho social, para establecerse socialmente, y después ya cada uno hace lo que quiere.

Sí, esa es la regla, pero no en estos chicos. Quizá no tienen tiempo. Morir con veinte años es demasiado pronto. Si ves sus fotos, hay un vídeo de ellos en YouTube, no te lo puedes creer, parecen muy normales. De hecho, Sibillo era muy inteligente e incluso me atrevería a decir que era culto, sabía quién era Maquiavelo, citaba a Mussolini, citaba al Che Guevara, citaba a las Brigadas Rojas. Todo aprendido en internet. Pero tenía cabeza, y no venía de una familia pobre, que es otra de las características.

Esta infancia de la que has escrito, ¿en qué es diferente de la que viviste tú? ¿Ha cambiado tanto?

Muchísimo. Además, yo crecí en las afueras y ellos, en el centro de Nápoles. La Camorra que yo viví esperaba a que tú crecieras. Esta no. Y hay otra cosa: la desesperación. Cuando yo crecí, mi familia, mi entorno, sabía que el futuro se presentaba de forma positiva.

¿Recuerdas una infancia feliz?

Había una promesa de felicidad. Era una cosa típica entre los italianos nacidos a finales de los años setenta. A mi padre nunca le he visto verdaderamente feliz, pero era un problema suyo. Pero tanto mi madre como mi padre estaban seguros de que las cosas irían bien, tendrían una casa en propiedad. Estaban seguros. Cuanto más trabajes, mejor te irá. Trabaja y crecerás socialmente. Trabaja y tendrás la casa en la playa, tendrás un coche. Estos no, estos ven a sus padres, pequeños burgueses, al borde del colapso, y ven que tienen un futuro de mierda. ¿Qué futuro te espera? ¿Qué puede pasar, que ganes menos? Si no hay trabajo en Italia. No hay nada, nada. Trabajas si hay alguien del Ayuntamiento que te ayuda, tu tío que te mete en su tienda… entonces sí. Si no, no hay nada.

Estos chicos no creen en nada. Y dicen: ¿qué es lo más importante en la vida? Las zapatillas Air Jordan. Si tienes las Air Jordan, tu vida es un poco menos triste. ¿Qué más cuenta en la vida? Armani, te sientes mal si no tienes ropa de Armani ¿Qué más cuenta en la vida? No hacer colas en la puerta de la discoteca. Hacer cola es humillante. ¿Qué más? Poder jugar el mayor tiempo posible a la PlayStation y tener un buen teléfono móvil. Básicamente, estos son sus códigos. ¿Y cómo puedes tener todo trabajando? Es imposible, trabajando todos los días por trescientos euros al mes. Entonces, es mejor coger una pistola, ir a una gasolinera, apuntar al encargado en la cara y llevarse veinte mil euros. Y con esto te compras las Air Jordan, las camisas, el hachís…

Te he oído contar que un grupo de estos chicos entró a atracar una tienda y el dueño, muy listo, les propuso ser algo así como su patrocinador: que se vistieran con su ropa, que se la regalaba. Como si fueran Cristiano Ronaldo. Porque sabía que son un modelo para los jóvenes, que crean estilos de moda, y sería bueno para su negocio.

Sí, sí, y es más, aún a día de hoy en Nápoles los chicos saben cómo se vestía Sibillo, los relojes de Sibillo… En internet puedes encontrar las fotos del cumpleaños de Emanuele Sibillo: tenía una tarta con forma de Rolex. ¿Lo entiendes?

También recuerdo una vieja historia que contabas de un sicario que vuelve a casa y su mujer le encuentra una mandíbula en el bolsillo.

Sí, sí… Es verdadera.

Es que tengo curiosidad, ¿cómo llegó allí?

Es que un arrepentido había confesado el lugar donde estaba enterrado un cadáver, en un campo. El clan se enteró y fueron corriendo a trasladar el cadáver antes de que llegara la policía. Araron el campo para tapar el agujero y se llevaron los restos, que ya eran todos huesos, y los tiraron por ahí. Pero se dejaron la mandíbula en el coche, y cuando la vieron uno de ellos se la metió en el bolsillo. Y se olvidó de que la tenía. Llegó a casa y se fue a dormir. Por la mañana, la mujer puso los pantalones en la lavadora. Él se fue a trabajar. Y luego ella se la encontró.  

Estas historias tienen una potencia como relatos que no te puedes inventar, y son reales. Literariamente son lo máximo, y no se acaban nunca. Cuando crees que has leído una historia increíble, coges el periódico y aparece otra. ¿Por qué nos atraen tanto?

Porque, en mi opinión, tienen un acceso a la verdad directa. La mafia, en síntesis, es nuestra vida. Literalmente: todos joden a todos. Es la verdad.

¿Pero tú eres así de escéptico con la vida en general?

Sí, la gente es así: todos joden a todos. En la mafia lo ves claramente. En nuestra vida es un poco más hipócrita, con la familia, amigos, esposas, novias…

¿Quizá el motivo es que en nuestro día a día no estamos tan desesperados como para llegar a dispararnos?

Sí, es el único pasaje que falta, pero todos adoran las historias de mafia por esto. La mafia es nuestra vida sin fingir. Nuestra vida, radicalizada. Un capo es idéntico al jefe de una oficina. Bueno, malo, simpático… solo que en la oficina te despiden, o te acosan laboralmente, en la mafia te matan. La fascinación nace de ahí, nace siempre de un relato auténtico. House of Cards gusta porque es auténtico. La crueldad es auténtica.

Te he oído hacer paralelismos con los jóvenes yihadistas que se inmolan. Salvando todas las distancias, naturalmente, pero imaginemos que hay dos chicos de diecisiete años, desesperados, uno en Marruecos o Túnez, y otro en Nápoles, que eligen el camino de la violencia. ¿Tienen algo en común?

Son los dos iguales. La muerte es un elemento esencial en su vida. Pero en México también es igual. Los chavales de los Zetas son idénticos a los yihadistas, por ejemplo. Su comunicación es parecida. Hice un estudio sobre esto, sobre la comunicación en narcos y yihadistas, es igual: escopetas, cabezas cortadas, coches… Igual. Los yihadistas miran mucho a los narcos y a los napolitanos. Es la muerte lo que tienen en común. Un camorrista nunca iría a la calle a matar indiscriminadamente y dejarse matar, porque no ganaría dinero con eso. Pero sí correría el riesgo de matar inocentes si es necesario para que su operación tenga éxito.  

¿Y qué hay de estos chicos ingleses, franceses, que hacen miles de kilómetros para ir a combatir a Siria? Quizá su vida no sea tan terrible…

Van para darle sentido a su vida. ¿Sabes cuál es su destino? El destino de estos chicos es ser arrestados o que les disparen si quieren ganar dinero. Cada vez que intentan mejorar su vida, se dan cuenta de que tienen una vida de mierda. Entran y salen de la cárcel, les disparan. Ir a Siria mejora su vida. Da sentido a su vida. No tienen que estar con la preocupación de ganar dinero. Se hacen famosos.  

Pero cuando lees sobre la vida de los mafiosos es una vida de mierda, porque saben que acabarán muertos o en prisión.  

Bueno, la vieja generación de mafiosos más o menos se salió con la suya. Provenzano pasó unos años en prisión y murió. Carlo Gambino llegó a los ochenta años, pero eso ya no es posible, no existe.

Entonces, si saben que es así, ¿por qué lo hacen? ¿No tienen elección?

¡Para ellos es de puta madre! El problema es vivir, no morir. Eso es una cosa que pensamos nosotros. Los falangistas también gritaban: «¡Viva la muerte!». La vida es un coñazo sin fin, morir es cojonudo. El trabajo, escuchar a tu madre, un estrés infinito… Ellos lo viven con esta ligereza, cuando llega el momento tienen el terror del instinto… Cuando he entrevistado a los supervivientes, a los que no han muerto, me preguntan la edad, digo que treinta y ocho, y se ríen, me dicen que soy un viejo de mierda. No eres nadie. Ellos mueren asesinados a los veintiuno, a los veinticinco… Tienen esta obsesión con el límite. Y, créeme, esto es algo que es común en diferentes generaciones, en África, en México… Y la referencia de todos es Dan Bilzerian, que quizá conoces.

Pues no…

¿No tienes Instagram?

No.

¡Grande! Pues Dan Bilzerian es el hombre que más ha cambiado esta generación. Es un tipo que ha ganado cien millones de dólares jugando al póquer y ha decidido «morir de coño», tal cual. Cada día tiene decenas de mujeres que pone en Instagram y no trabaja ni un minuto. Tiene menos de cuarenta años. Para él la vida debe ser así. Envejecer hoy es la prueba del trabajo precario, de la vida débil, de la pensión, de la enfermedad… La vida se ha hecho demasiado larga, alargar la vida es un problema porque se ha hecho fea. Prefieren vivir al máximo diez años, divertirse, drogarse y morir.

Entonces, ¿por qué tienen estos chicos este sentido de la familia? Si el futuro no les interesa, ¿por qué tienen mujer, hijos?

Esto es cierto, es cierto. Es una contradicción del mecanismo napolitano. La familia se convierte en un lujo que ellos quieren disfrutar. Para ser sincero, ellos piensan a veces que tiene que quedar alguien tras ellos, su sangre tiene que perdurar. Sí que tienen esta preocupación. Menos nihilista y más de disfrute. Lo he descrito quizá de forma demasiado nihilista, en cambio está más relacionado con el disfrute, el pasarlo bien: «Quiero disfrutar de mi mujer, de mi hija». Son así. Este Sibillo tuvo un hijo y una hija, o dos, no me acuerdo. El primogénito era un varón, y para carnaval hicieron que el niño se disfrazara como si fuera el padre, que había ya fallecido, le pusieron una barba falsa, las gafas, el Rolex…

Decías que algunos capos son muy cultos, que han leído a Platón y Nietzsche. Quizá te imaginas que uno o dos lo sean, pero ¿tantos?

Bueno, muchos… Capos de verdad, sí. Schiavone estaba obsesionado con las estructuras borbónicas y Napoleón Bonaparte. Augusto La Torre, psicoanalista lacaniano. Michele Zagaria, todos los libros imaginables sobre el fenómeno mafioso. El capo de los Corleoneses, Navarra, médico de familia. Provenzano, obsesionado con lecturas teológicas. Maurizio Prestieri, lector de novelas y poesía. A Luigi Giuliano también le gustaba la poesía…

Estamos en octubre; también fue en octubre, el 6 de octubre del 2006, cuando empezaste a tener escolta. Me imagino que cada vez que llega octubre, estos días en los que cambia la luz, piensas: ha pasado otro año.

Así es.

¿Y qué piensas?

Que hice una gran gilipollez. Una de las muchas que he hecho.

Hombre, uno hace una gilipollez cuando, sabiendo que lo es, la hace igualmente.

Yo no lo sabía de verdad.

No te podías ni imaginar todo lo que te venía…

No, no lo sabía. Pero podría haber desaparecido después. Podría haberme ido a Islandia, sin escribir ni una línea más, sin internet, ni redes sociales, ni periódicos. Hoy tendría una vida diferente, sin duda, sin duda. Me hubiese olvidado de Italia, país feroz y malvado, que los españoles imaginan tan alegre… ¿España también es tan mala? Somos países hermanos.

Bueno, yo creo que no nos parecemos en nada, que es un mito. Un poco los españoles mediterráneos. Es verdad que tenemos unos estereotipos italianos de luz y ligereza que todos adoramos, pero hay un trasfondo oscuro y feroz que no tiene comparación. Este trasfondo lo hace un país muy misterioso y fascinante.

Sí, es un país en el que no sabes cuál es la ley. Si hay una regla, no sabes cuál es. No sabes nunca. Siempre hay alguno que te engaña. Es un país imposible.

Sí, pero luego hay italianos increíbles que son héroes. Están los dos extremos. Los que son honestos, coherentes y saben que están bastante solos, y por eso se convierten en ejemplares. Italia necesita a estos héroes puros, aunque sea para poderlos masacrar, y para luego arrepentirse de haberlos masacrado en vida. Bueno, todo esto lo has vivido. Desde fuera, cuando leo estas críticas a Saviano, digo: pero ¿por qué?

[Risas] ¿Tú crees que en España es posible lo que me ha dicho Salvini? «Nada más llegar al Gobierno, te quitamos el guardaespaldas». ¿Se puede o es impensable?

Si hubiese alguien tan tonto como Salvini, sí [risas]. Pero el nivel de polémica en Italia siempre es elevadísimo. Sobre la inmigración en el Mediterráneo, por ejemplo, este verano ha habido una degeneración polémica sobre el trabajo de las ONG, se les culpabiliza. Algo que hace solo un año era imposible hoy es una línea política.

Este verano, solamente dos personas, Erri De Luca y yo, hemos defendido a las ONG. Los únicos. Nadie más.

¿De dónde viene esta idea, qué hay detrás?

Mucho. La extrema izquierda ha empezado a acusar a los inmigrantes, dicen que está detrás Soros, que quiere llenar Europa de africanos para cargarse el euro, especular y comprarse todo. Y esto les sirve a los racistas para darse una motivación intelectual. Nadie ha querido tomar partido, porque seguramente te insulten si lo haces. En este momento en Italia puedes hacer afirmaciones racistas sin problemas. Hace diez años era imposible, si lo hacías eras un pobre hombre. Ahora se dice: mejor cerrar colegios que tener negros en colegios.

Otra pregunta, hablando de conspiraciones: ¿por qué Italia ha sido el único gran país europeo que no ha sufrido un gran ataque islamista? Aún no ha habido en Italia. He oído varias teorías y me gustaría saber tu opinión.

No tengo una opinión al respecto. Hay diferentes teorías y he analizado algunas. Primero, en mi opinión, el Vaticano es respetado y no es odiado en el mundo islámico. Segundo, Italia no es un país de segunda y tercera generación de inmigrantes, no existe un material humano con sentimiento de rabia o de rencor. Italia es un país donde los yihadistas viven y se consiguen documentación falsa. Además, siempre ha sido un país filoárabe, filopalestino. Tampoco creo que sea por la habilidad de nuestros servicios secretos, que es algo que se suele decir. Como no veo posible que la mafia proteja a Italia del yihadismo. Ahora bien, que la mafia trate con el yihadismo, eso ha ocurrido siempre. Los atentados de Atocha de 2004, por ejemplo, fueron financiados con dinero de los napolitanos.

¿Cómo?

Los autores del atentado habían vendido una partida de hachís al clan de los Nuvoletta y con el dinero compraron el explosivo de los atentados, aunque los napolitanos no sabían lo que harían luego con él.

No había oído nada de eso.

Ha salido por ahí, aunque en España no ha tenido eco.

Precisamente quería hablar de esto, del escepticismo con que se reciben en España algunas de tus afirmaciones sobre asuntos españoles, cuando vienes por aquí. Por ejemplo, la presunta relación entre la Camorra y ETA. Hace ya años, en 2009, 2010, lo dijiste en entrevistas, incluso tuviste una reunión con el entonces ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, y sobre este punto fue totalmente escéptico. Te basabas en testimonios de algunos arrepentidos.

Exacto, y son testimonios bastante detallados. Me sorprendió la reacción con este tema. Aunque he hablado con vascos que me dicen que es evidente que siempre ha sido así, que ETA siempre se ha financiado así. ETA no vendía droga en la calle, de hecho, mataba a los camellos. Pero ahí estaba el dinero de verdad, en la cocaína y la heroína que pasaba por el País Vasco.

Por ir al grano, tu tesis es que ETA se financiaba con la cocaína de los colombianos y la vendían a los napolitanos.

Sí, y los napolitanos les pagaban con dinero o con armas. Armas solo en un caso, creo. Un arrepentido, Spinelli, contó que estaba allí fijo, en el País Vasco, y que le pareció que los etarras estaban locos y al final se largó. A él le mandaron porque aquello era un anillo de conexión para la droga, por su posición estratégica en Euskadi había mucha cocaína fácil. Igual con la heroína. Bueno, los GAL se financiaban con heroína, y ETA asesinaba a los camellos de los GAL para hacerse con ese mercado, aunque esta historia no se ha escrito nunca.

Bueno, hay muchos libros sobre ETA y los GAL.

Lo que no entiendo es esta visión casi romántica de ETA que he visto en el País Vasco, cuando te dicen que es imposible que los etarras traficaran. Pues como las FARC con la cocaína. Han pedido la paz porque los cárteles mexicanos bajaron los precios de la cocaína, se hicieron con el monopolio y ellos se quedaron fuera del mercado. De repente, se vieron sin dinero, no sabían qué hacer y pidieron un acuerdo de paz. Fue por esto. No es que de repente se arrepintieran después de sesenta años de guerrilla.

Pero si eso fuera cierto, lo de ETA y la droga, el Gobierno español no tendría ningún interés en negarlo, todo lo contrario.

No sé, quizá cuando lo dije se negaba porque se pensaba en que un posible acuerdo en el futuro lo puedes hacer con un interlocutor más político, no con un narcotraficante. Cuando se lo dije, Rubalcaba me negó que ETA traficara con drogas. Pero es que, si admitimos que ETA trafica, ¿cómo podemos negociar con ellos? Bueno, sé que aquí es un tema muy controvertido.

Yo es que no me imagino a dos etarras por Nápoles negociando con capos de la Camorra.

No, pero recuerdo que hubo una historia con calabreses, lo contó una investigación: un grupo de etarras que fue a Calabria, y además se perdieron.

No me extraña.

[Risas] Sí, las montañas del Aspromonte son un laberinto. Querían hacer contactos con los calabreses para hacer llegar la cocaína a Calabria directamente desde España. En mi opinión, un sector de ETA sigue activo, continúa, ha dejado todo y se dedica al narcotráfico, como harán algunas facciones de las FARC.

¿Quieres decir que siguen como traficantes con los calabreses?

Exactamente. Te lo digo porque esta operación en Calabria tenía toda la pinta de ser una operación puramente de narcotráfico, no de financiación.

¿Cuándo fue esto?

Creo que a finales de los noventa, o puede ser que haya sido más reciente.

La mafia está en España al menos desde los ochenta, hace negocios, blanquea dinero, droga… Pero son listos y no disparan, aunque de vez en cuando sí. No se presta atención al asunto. ¿Tú ves un riesgo real de infiltración mafiosa a niveles parecidos a los de Italia? ¿O es algo que se quedará tal y como está porque no es de su interés?

La situación ya es como en Italia a nivel económico. No sé a nivel político, aunque la sensación es que quieren acercarse a los políticos a nivel local. Quizá en las elecciones hay algo, aunque es distinto que en Italia. Aquí, cuando votas, te ven votar. En Italia, con la cabina, la mafia puede controlar uno por uno cada voto.

El sistema de la papeleta bailarina.

Sí, las elecciones en Italia, en los lugares de mafia, están completamente manipuladas. Funciona así. En cada mesa electoral se pierden siempre papeletas, y escriben que se han perdido una docena, o las que sean. Es alguno que trabaja para la mafia que se lleva algunas, ya selladas y firmadas. El camorrista coge una, marca las casillas para votar, la mete en el sobre y lo cierra. Tú, que tienes que ir a votar, vas donde el capo, te da el sobre cerrado, tú te lo metes en el bolsillo y vas a votar. Coges la papeleta, entras en la cabina y das el cambiazo. Metes la que ya está marcada, te llevas la limpia y se la das al camorrista, como prueba, y te da cien euros. Con la limpia hará lo mismo con el siguiente. Así uno por uno, uno por uno.

A veces hasta se hacen la foto con el móvil en la cabina para mostrarla como prueba al mafioso.

Sí, pero ya casi no se usa. La foto se hace cuando el camorrista quiere demostrar que está votando y empieza a difundirla.

Pero crees que en España aún no ha llegado a las administraciones locales.

Exacto. Quizá en algunos casos sí. Aún tengo que entender dónde y cómo. Sí que hay mafia en el sector de la construcción. No puede ser que no haya mafia ahí. En los ministerios encargados de gestionar construcciones hay presión. Será una presión industrial o económica, pero presión hay. No es posible que la política española, tanto de derecha como de izquierda, no hable de este problema. Es increíble.

¿Puede haber infiltraciones en la Administración por parte de quien se ocupa de la construcción?

Tiene que haber, porque ellos hacen lo que quieren. Lo oyes en las escuchas: vamos a Tenerife, construyamos casas en Barcelona, construyamos un hotel en Málaga. Es así. Como si lo construyeran en Kosovo. Es increíble. ¿Cómo es posible? En las conversaciones se oye hablar de ciudades españolas constantemente: Bilbao, Galicia, Sevilla, hablan de una zona en la que están construyendo todo nuevo… Y ni siquiera van con sus empresas, son empresas con sede en Dubái, Andorra. Tienen apariencia legal. Luego, los juicios son interesantes. Los jueces no tienen ni idea. He visto absoluciones  increíbles.

Sí, el juicio del clan Polverino. Todo estaba probado, pero no había asociación mafiosa.

Sí, el juez pregunta: ¿Cuál es el delito? Forma parte de la mafia. Pero ¿ha matado? No. Absueltos.

Aquí no es suficiente la asociación criminal, aunque demuestres una jerarquía, debes conectarlo con otro delito.

Esto tiene una explicación profunda. Entiendo que España, que viene del franquismo, o Alemania, que tiene su pasado, tengan miedo del delito asociativo. En la época del franquismo y del nazismo este tipo de crímenes servían para enjuiciar a quien tú quisieras. Así que lo entiendo. Cuando Merkel dice que hay que ir con cuidado con este tipo de interceptación, es porque la Stasi detenía a todos alegando que eran unos corruptos. Entiendo que haya este sentimiento, pero no puede superar un problema real. A veces he hablado con traductores italianos que trabajan en procesos, o intérpretes en juicios, y me dicen: «Roberto, los absuelven a todos, no entienden nada, los jueces se lo creen todo, es increíble». En un juicio, incluso, me nombraron a mí: decían que solo porque Saviano dice estas mentiras no hay que creérselas, que es solo un novelista.

Hablando de eso, de ser un novelista, tú empezaste como periodista. ¿No te ha costado saltar esa barrera que tenemos los periodistas ante crear e inventar, ese escrúpulo por los hechos? El salto que tú has hecho es jugar con lo que sabes, escribirlo en forma de novela. ¿Has tenido dudas de cómo combinarlo? De hecho, alguna vez te han acusado de plagio. ¿Cómo has resuelto…?

No lo he resuelto.

¿… este dilema de usar hechos reales, de cómo usar la capacidad literaria?

Este es un tema muy interesante. Creo que ya es un problema teórico. Me explico. Te preguntan: ¿Estabas tú en presencia del arresto del Chapo? No. Entonces, ¿de dónde has sacado la información? De los periódicos. ¡Ah, entonces has plagiado! Es de lo que me acusan. ¡El arresto del Chapo Guzmán está escrito en quinientos periódicos de todo el mundo! Esto es información que cojo y narro. El plagio sería si copio el análisis, o algo parecido, pero yo solo cojo la información. En Italia se me ha acusado de plagio porque en Gomorra escribí el recorrido desde la casa donde se arrestó a Paolo Di Lauro hasta el cuartel. ¿Lo he copiado? Si escribo el nombre de la calle, que iba un helicóptero, con doce policías, me dicen: ¡Lo has escrito igual! Pero estaba en varios periódicos. Esta es la acusación que siempre me hacen. Es una estrategia para decir que yo no descubro nada. La otra acusación es que yo me lo invento todo. Son dos maneras de silenciarte la voz. En la no ficción, cuento la crónica e incluyo mi análisis y mis tripas. Todo escrito como si fuera una novela. Pero son hechos, y de hecho debo defenderme si me denuncian por difamación. En la novela, abandono los hechos, me inspiro en ellos, cuento solo el mecanismo y entro en tu cabeza. La banda de los niños para mí ha sido fácil en este sentido porque trata sobre historias que yo conocía bien. Mientras que hubiera sido más difícil una historia de amor, ambientada en Madrid, sin la mafia… Necesito la realidad para inspirarme. En esto soy un neorrealista. Mis maestros son Francesco Rosi, Rossellini, De Sica, Zavattini… El método es el neorrealismo. Inspirarse en la realidad.

Es interesante que tengas a cineastas como referencia literaria.

Sí, pero todos ellos se han inspirado en textos. Lo que digo es que es más fácil inspirarse en la realidad en el cine porque, cuando ves el personaje, te lo crees. Sin embargo, el periodista, cuando debe inventarse un personaje, no se lo cree, lo tiene que ver, que existe y es real.

¿Quieres decir que como periodista no podrías inventarte una novela, tal cual?

Nunca. ¿De pura invención? No lo conseguiría jamás.

Ni te lo planteas.

Ni me lo planteo. Algo inspirado en la realidad sí. Si fuera, no sé, una historia de amor pero basada en una historia real, en algo que yo conozco, sí. Si no, imposible.

Te entiendo.

Pero es que las acusaciones de plagio son continuas. Mi voz, no sé por qué, suena muy alto. Si digo, por ejemplo, que Barcelona está llena de mafia, me convierto en un blanco.

Sí, puede cansar ser un referente. Sabes que en el momento en que hablas de un tema se crea una polémica. Es una gran responsabilidad, pero también es un privilegio. Si hablas de inmigración, sabes que se hablará de inmigración. Es bueno. Pero tendrás miles de propuestas, qué sé yo, hablar del problema de aparcamiento en Roma, ¿no?

Sí, yo noto el peso de todo esto. Pero hay algo terrible en esto también. Este verano, cuando hablé de los inmigrantes, pensé: ¿Qué me dirán? ¿De qué me acusarán?, ¿de que he matado a alguien? Porque, cuando eres tan visible y tomas partido, piensas en qué harán, en qué se inventarán y de qué te van a acusar. Siempre es así.

Tú te has visto catapultado a la fama mundial, y de repente te habrás visto tomando un café con gente famosa. Pero ¿quién te ha ayudado con buenos consejos, sinceros? ¿Quién se ha acercado de forma humana, ha entendido tu situación y te ha ayudado a gestionar esta fama, esta presión?

Nadie. El único que me ha ayudado a escapar ha sido Salman Rushdie. Estoy en Estados Unidos por él.

¿Fue idea suya?

Sí, me dijo que en Estados Unidos se puede tener una vida diferente, que en Nueva York puedes tener una posibilidad. Veremos cuánto dura, si me renuevan el visado, porque con Trump

¿Allí eres más anónimo?

Sí, eres más anónimo, la policía tiene otro nivel de seguridad sobre ti.

¿Te encuentras a gusto en Estados Unidos?

Sí, bastante. Me gustaría volver a Italia, pero a vivir. Me gustaría volver en moto.

Sí, pero ¿cómo haces? Aunque la mafia diga que te perdona y ya está, no te lo puedes creer, ¿no? ¿Qué debería pasar?

[Piensa unos segundos] Poco a poco. Sin ir por el sur, veo improbable que me maten en Turín… Pero así no puedo seguir, me estoy volviendo loco, en realidad ya me he vuelto loco. Tengo los nervios destrozados, no te puedes fiar de nadie completamente, pero de nadie.

Ya por ser italiano no te fías…

Bravo [risas].

Y encima en tu situación…

Si encima eres napolitano, y tienes escolta, ya no te fías de nadie. Ni de tus propias piernas. A veces hasta me miro las piernas con sospecha. Es así, no te fías ni de tu cuerpo.

¿Cuál es tu lugar favorito de Nápoles?

Es difícil. Bueno, tengo un rincón…

Quizá no te apetece decírmelo porque es tuyo…

No, no, es Castel dell’Ovo. El primer piso del Castel dell’Ovo, no sé por qué, porque puedes ver el mar, el golfo, desde una perspectiva diferente. Castel dell’Ovo representa la Nápoles que me gusta, guerrera, aislada, expuesta al viento. Me gusta mucho. Echo de menos los Quartieri Spagnoli. Pero en Nápoles me odian demasiado. Allí ya no volveré, es una ciudad que me odia completamente.

Pero no todos, ¿no?

Muy pocos no me odian. Incluso el alcalde. Si vas a Nápoles, ¿qué ha mejorado? Nada. No ha mejorado nada. Solo las mentiras que cuentan. En el sur de Italia son mitómanos, como decía un gran escritor calabrés, Corrado Alvaro. Adoran los mitos. Como no pueden cambiar la ciudad, hablan sobre los mitos de la ciudad: el cielo, la pizza, la simpatía, la belleza. Después, todos escapan. Me escribe gente para decirme que no ensucie el nombre de Nápoles, pero es que me escriben desde Bremen, Estambul… ¿Por qué se van?

Ahora que lo pienso, no sé si te he oído hablar de Totò, la máscara napolitana por excelencia.

Raramente hablo de él.

¿Porque eres un napolitano serio?

Dramático, que es peor.

¿Qué piensas de él?  

Lo adoro. Es un genio. Maltratado en vida, igual que otros. ¿Sabes lo que decían de Totò, y de Eduardo de Filippo? ¡Siempre con esta Nápoles pobre, siempre con esta Nápoles de las callejuelas! Además, a Eduardo le acusaban de ser un pésimo actor. Pero era un genio. Eduardo, Totò relataban una Italia que no puede contar con los derechos y entonces solo se puede fiar de dos cosas: del engaño, el saber sobrevivir, y de la empatía de las personas. Que, a pesar de que estemos en dos planos distintos, encontramos un punto en común, algo que haga reconocer al otro ser humano. Toda la grandeza de las películas de Totò está en eso, intenta encontrar siempre un punto en común, aunque sea con el engaño, el robo, el tomar el pelo, el conflicto. ¿Por qué? Porque derechos, leyes, todo esto, no existirá nunca. No son fiables. Entonces, se fía de la humanidad. La grandeza de Totò es esta. La grandeza de Eduardo es indagar en el drama humano.

Un día alguien te preguntaba en Twitter si se puede ser feliz en Italia y tú le respondiste con una foto tuya de cuando eras niño. Era una foto graciosa, eras rubísimo.

[Risas] Sí, tenía mucho pelo y era rubio.


Tutti a casa

La ciociara, 1960.

No hay cine bélico menos bélico que el italiano. Es decir, es muy bélico porque describe muy bien la guerra, pero desde un punto de vista poco exaltado y menos frecuentado, el de los que no creen en ella y hacen todo lo posible por evitarla. Es el cine más antibélico y ácrata que existe, el más vacío de clichés, y no a través de grandes gestas o heroicidades épicas, sino pequeñas gestas y heroicidades anónimas de gente común. La humanidad del cine italiano en las películas de guerra es aún más desbordante y compleja.

Pero antes ocupémonos un momento de un estereotipo: el soldado italiano cobardón y poco de fiar. Es un tópico consolidado tras la Primera Guerra Mundial, en la que Italia empezó en un bando y terminó en el otro, y fue promovido en buena parte por el resentimiento germánico; también apareció en la guerra civil española, con la desastrosa derrota de los italianos en la batalla de Guadalajara, debido a errores estratégicos de bulto; y fue reforzado por la propaganda estadounidense en la Segunda Guerra Mundial —donde también empezó en un lado y acabó en el otro—. Hollywood alimentó el estereotipo porque en el diseño propagandístico del Departamento de Guerra los malos malísimos eran alemanes y japoneses, pueblos crueles y depravados, pero los italianos no eran mala gente, lo era solo Mussolini y su régimen. Influía la enorme comunidad italoamericana de Estados Unidos, claro está, y también el hecho de que Italia era considerada el anillo débil del Eje. Los italianos de las películas de los años cuarenta tienen carácter agradable, son de rendición fácil y se intuye que en el fondo desprecian a los alemanes, cosa que suele ser recíproca, como se ve en una de las primeras escenas de Casablanca (Michael Curtiz, 1942), cuando llega a la ciudad el mayor Strasser: se le presenta un oficial italiano de aspecto patoso y servil, y él lo mira con desdén. Inciso: por cierto, si vuelven a ver Casablanca, en el arranque resulta esclarecedor ver esas masas de refugiados por el mapa en sentido contrario al actual, de Europa a África, y, luego, cómo se trapichea con pasaportes y transportes en el bar de Rick. Todos potenciales delincuentes, sin duda alguna.

Volviendo a lo nuestro, es interesante que la maquinaria de propaganda norteamericana confiara el proyecto más ambicioso, un gran documental sobre la intervención de Estados Unidos, a un inmigrante italiano: Frank Capra, siciliano, que llegó al país siendo un niño. Rodó siete películas entre 1942 y 1945, la serie Why We Fight (Por qué luchamos). Con Mussolini se despacha con todos los tópicos negativos, es un gánster y un bufón, pero en cambio es benévolo con los italianos como pueblo. Hay otro documental menor del ejército estadounidense, muy curioso, llamado At the Front in the North of Africa (1943). Muestra material rodado en el frente africano, y hacia la mitad de la película anuncia con un rótulo: «Paracaidistas italianos capturados parecen muy deprimidos de estar a salvo fuera de la guerra». Entonces aparece un grupo de prisioneros italianos sonrientes que dan volteretas, literalmente, lo juro. Está en YouTube, minuto 29:09. Los aliados luego arrestan a unos soldados alemanes, que aparecen malhumorados y en un grupo aparte, y el rótulo dice: «Los nazis no se relacionan con los italianos». Rommel, en sus memorias, ya hacía ver lo poco que se fiaba de las tropas italianas, no tanto por ellos como por sus superiores y su material anticuado.

En todo caso, el cine italiano sabe muy bien lo que es la guerra, y nos lo ha hecho saber mejor que nadie. El neorrealismo nace en 1944, con Roberto Rossellini, un genio, rodando entre ruinas aún humeantes y en una ciudad apenas abandonada por los nazis. Roma, città aperta (Roma, ciudad abierta, 1945) es una de esas películas que uno dice: la he visto. Luego la vuelves a ver y es como si no la hubieras visto antes. Los italianos empezaron muy pronto a hacer películas de lo que les había pasado, lo que habían sufrido y lo que habían visto, lo tenían muy fresco. La trilogía de Rossellini sobre la Segunda Guerra Mundial —las otras dos son Paisà (1946) y Alemania, año cero (1948), rodada en las ruinas de Berlín— es devastadora, y revolucionaria para su época por su crudeza. Luego está, por ejemplo, La ciociara (Dos mujeres, 1960), brutal obra maestra de Vittorio de Sica, otro genio, y el primer Óscar como actriz a un intérprete no estadounidense, Sophia Loren. Es sobre las violaciones en masa que cometieron los soldados africanos franceses en los alrededores de Roma. El horror de la guerra en Italia lo tienen clarísimo.

Por eso lo interesante también es cómo la empiezan a contar después. Si tomamos la Primera Guerra Mundial, el cine italiano la radiografía con La grande guerra (La gran guerra, Mario Monicelli, 1959). Comienza con un italiano que se ha escaqueado del frente, Alberto Sordi, que engaña a otro que se quiere escaquear, Vittorio Gassman. Y estos dos elementos son los protagonistas, dos individuos unidos por su falta de patriotismo y de entusiasmo por morir. Gassman se burla de sus compañeros cuando dicen «Sí, señor» al sargento. «¿Sí, señor? Qué borregos sois. No, peor: objetos, minerales, eso es lo que sois». El idealista es un ingenuo, el obediente es ridículo, quien respeta la autoridad, tonto.

En L’arte di arrangiarsi (El arte de apañarse, Luigi Zampa, 1954) el personaje de Sordi —otra vez él, otro genio— explica así los sentimientos que le invaden tras alistarse en la Segunda Guerra Mundial: «Sentí una fuerte repugnancia por la violencia. Ante la idea de matar a otro ser humano, o de que este otro ser humano pudiera matarme a mí, hice un examen de conciencia y decidí no partir». Se hace pasar por loco y acaba en un manicomio militar. Encaja a la perfección en la sagaz definición de Ambrose Bierce: «Un cobarde es aquella persona cuyo instinto de conservación aún funciona con normalidad».

En la Segunda Guerra Mundial el asunto es especialmente complejo. En Tutti a casa (Todos a casa, Luigi Comencini, 1960) hay una escena estupenda que describe la confusión del 8 de septiembre de 1943, cuando Italia se rinde a los aliados y de socio de Alemania se convierte en país ocupado por los nazis. Ese día Alberto Sordi vuelve de una marcha con sus hombres al cuartel y es recibido a tiros por los alemanes. Se mete en el bar de enfrente y llama alarmado a sus superiores: «¡Coronel, una cosa increíble, los alemanes se han aliado con los americanos!». Fue un momento de colapso, donde imperaba el sálvese quien pueda. Y ese es el tema de la vida de cualquier italiano, también en tiempo de paz, con las únicas armas de su ingenio y su suerte en un entorno hostil.

La grande guerra,1959.

Curzio Malaparte cuenta en su novela La piel (1949) que la orden de rendición del rey y del mariscal Badoglio del 8 de septiembre decía: «¡Oficiales y soldados italianos, arrojad vuestras armas y vuestras banderas heroicamente a los pies del primero que venga!». «No había error posible», concluye irónicamente el escritor. En Tutti a casa, Sordi camina por una vía con sus hombres detrás en una larga hilera y entran en un túnel. Suena una pedorreta en la oscuridad, risas y, cuando sale y se gira, solo quedan él y otro, al que encima le dice que es tonto por haberse quedado. Este punto de vista comprensivo con las debilidades es muy amplio: en Il federale (Luciano Salce, 1961), el protagonista, Ugo Tognazzi, es un miliciano fascista un poco tontorrón encargado de trasladar como prisionero a un profesor disidente.

La prioridad en estas películas bélicas italianas es sobrevivir, no morir, y siempre hay una permanente preocupación por la comida, por las salchichas, por el plato de pasta, la polenta. Es más, en Cari fottutissimi amici (1994), Monicelli, un genio más, cuenta las tragicómicas peripecias de un grupo de boxeadores ambulantes en la inmediata posguerra, y el narrador recuerda con nostalgia aquellos años de desesperada vitalidad: «Quizás sobrevivir es mejor que vivir». La huida de la guerra e incluso del mundo real, en clave casi onírica, es paradigmática en Mediterráneo (Gabriele Salvatores, 1991). Es lo mismo, un pelotón de soldados italianos indisciplinados, de escaso sentido marcial y con pocas ganas de combatir acaba olvidado en una isla griega, donde se dedica a los placeres simples de la vida y confraterniza con la población local. Ganó el Óscar a la mejor película extranjera en 1991, otra prueba de que Hollywood adora tanto la manera de tomarse las cosas de los italianos como los estereotipos sobre ellos. Aunque las películas bélicas de estos estén tan alejadas de la épica patriótica de las suyas.

El ejemplo extremo, arriesgado y muy audaz, de esta peculiarísima manera de afrontar la vida y la guerra es La vita è bella (La vida es bella, Roberto Benigni, 1997). El título ya es una declaración de principios, sobre todo teniendo en cuenta de lo que habla. En este caso Benigni lleva la ligereza y el humor para abordar el horror al interior mismo de un campo de exterminio nazi. Creó controversias, claro está. Nunca el cine italiano había ido tan lejos. ¿Hasta dónde podía llegar ese arte de la evasión, de no querer ver, de tomar la vida como un teatro absurdo? Hollywood le dio tres Óscar: mejor película extranjera, mejor actor y mejor banda sonora.

Llegados a este punto, dicho todo esto, hay que aclarar que la cosa no se queda aquí, sino que termina de modo también muy significativo. Los protagonistas de estas películas a menudo no creen en grandes ideales, ni en las banderas, ni en los políticos, ni en su país siquiera, solo creen en lo que ven. Y solo lo que ven les hace tomar partido. Su heroicidad es inesperada, absurda, porque sucede cuando ellos se la creen, nadie se la hace creer. Suele tener que ver con el sentido de la dignidad última del ser humano, más última que nunca porque aquí solo emerge al final, cuando ya no hay escapatoria y llega el momento de las decisiones cruciales. Y, entonces, es ahí cuando el italiano actúa de forma contradictoria con todo lo que ha hecho y dicho hasta ese momento, pero absolutamente coherente, porque la clave que da sentido a todo es la pura humanidad. Si ya habíamos cogido cariño a los personajes siendo golfos, entonces después les queremos aún más.

Aviso: ahora contaré cómo acaban algunas de estas historias, lo digo por los paranoicos de los spoilers y porque uno ya no sabe lo que es normal. Antes era normal haber visto estas películas, las ponían en la tele, se daba por sobreentendida una base cultural común, el cine italiano era patrimonio universal. Veamos. En La grande guerra, esos dos gandules que han estado toda la película zascandileando acaban apresados por los austriacos y negándose a dar información al enemigo, aunque un segundo antes estaban muertos de miedo y dispuestos a contar todo lo que sabían. Pero un comentario de desprecio del oficial austriaco hacia los italianos les revuelve la sangre. En Tutti a casa el protagonista, que se pasa toda la película intentando volver a su pueblo y huyendo del frente, acaba cogiendo una metralleta y disparando a los alemanes en Nápoles, vestido de civil. Tras ver morir a su amigo, concluye: «Uno no puede quedarse siempre mirando». En otra obra maestra de Rossellini, El generale della Rovere (1959), el protagonista es un sinvergüenza que trapichea en el mercado negro y con los alemanes. Acaba infiltrado como espía en un grupo de prisioneros, haciéndose pasar por general, con el encargo de averiguar para los nazis quién es el jefe de la Resistencia. Pero se acaba creyendo el papel, decide no traicionar a sus compatriotas y muere fusilado como general.

Lo complejo de la vida, que no es en blanco y negro, es siempre el tema de fondo de la comedia italiana, que se suele llamar comedia con esa coletilla, «a la italiana», por ese talento tan especial que tiene: nos solemos acordar de que sonreímos al verla, pero precisamente eso nos hace olvidar su amargura, lo que nos angustiamos y lloramos también durante la película. Esa sonrisa es el triunfo de la vida, y de Italia.

La ciociara, 1960.