Berlín, la ciudad troceada

El Holocaust-Mahnmal, Berlín. Fotografía: Georgie Pauwels (CC BY 2.0).

Decidí leer tres libros antes de viajar a Berlín: las crónicas germanas de Augusto Assía, el reportaje sobre el nazismo de Manuel Chaves Nogales y los artículos berlineses de Eugeni Xammar. Como hoy en día hay que buscar una buena excusa para leer un libro durante horas, sin que te acusen de perder el tiempo, me planteé utilizar las crónicas de estos tres periodistas, escritas hace noventa años, como una guía con la que orientarme por el Berlín actual. También tenía presente cierta advertencia de Josep Pla: «Antiguamente el viajar era un privilegio de los grandes. Solía ser la coronación normal de los estudios de un hombre. En nuestra época se generalizó y abarató de tal manera que un hombre como yo ha podido vivir durante veinte años en casi todos los países de Europa por cuatro duros. (…). Viajaba, ciertamente, mucha gente, pero quizá el número de personas que se desplazaban para formar su inteligencia y enriquecer su sensibilidad ha sido menor en nuestra época que un siglo o dos atrás». Yo iba a viajar con una aerolínea barata que me costaba lo que un autobús de Barcelona a Zaragoza, y contaba con techo y cama en la ciudad, gracias al éxodo internacional al que se ha sometido mi generación. Pero, siguiendo la reflexión de Pla, no quería parecer tan moderno como los que cogen un vuelo de última hora a una ciudad al azar de la que, por supuesto, no saben nada. Los que hacen eso suelen ser turistas que solo buscan impacto visual, es decir, pura pornografía. Desconfían de los que —como yo— creemos que hay cierto erotismo en entrelazar los conocimientos previos con la experiencia inmediata. Pero, por supuesto, tampoco quería ser un viajero tan antiguo como esos estudiantes románticos que necesitaban varios años para sentirse con el derecho intelectual de salir de su país. En conclusión: una semana y tres libros no estaba tan mal.

Una tropa de hombres de negocios de tipo cosmopolita, encuadrada por capitanes de industria judíos y flanqueada por toda la fauna de arribistas que produjo la posguerra, ha dado el tono a la vida berlinesa desde 1918 hasta la llegada de Hitler. Desde el bar del hotel Adlon hasta la terraza del Eden Hotel —¿conocen ustedes la película Gran Hotel?—, una corriente de humanidad, sedienta de poder y goce, que se lanzaba heroicamente a la especulación y al derroche, ha ido preparando el resurgimiento de Alemania, elaborado a fuerza de despojos feroces en una lucha espantosa en la que triunfaban los aventureros más audaces en la conquista del dinero y los más valientes en el despilfarro.

Cuando ya Alemania ha vuelto a sentirse fuerte —a pesar de la crisis y los seis millones de parados—, gracias al esfuerzo pavoroso de estos hombres sin escrúpulos que sucumbían víctimas de la fiebre de los negocios y del afán sensual de gozar del dinero tan duramente adquirido, han aparecido los nazis con sus camisas pardas, diciendo: «Hay que moralizar todo esto». Y, para moralizarlos, han empezado por quitarles la cartera a estos judíos inmorales.

Los nuevos amos plantaron primero sus reales en el hotel Kaiserhof. Desde allí fueron extendiendo su garra imperial por el centro de Berlín; la Unter den Linden y la Potsdamer Platz fueron poco a poco poblándose de caras duras y mandíbulas apretadas, que se movían bajo el signo de la esvástica de los arios; empezaron a cruzar las calles unos camiones cargados de camisas pardas que iban no se sabía adónde; de cuando en cuando dos nazis se acercaban a un caballero de ojos negros y manos largas y le invitaban secamente a que les acompañase; otras veces se veía formarse un pequeño revuelo en la acera de enfrente —¡las calles berlinesas son tan anchas!— y se sabía vagamente que unos transeúntes estaban golpeando a otro. (…)

Por la Tauentzien avanzan, cada vez más arrogantes, los hombres de Hitler con sus altas botas ferradas y sus camisas pardas. Y la gente que daba el tono a Berlín cada vez va encogiéndose y disimulándose más y más. Pronto no quedará ninguno».

(«La fauna berlinesa», Manuel Chaves Nogales [1933]).

El hotel Adlon, frente al que caminaban con prisa los hombres de negocios berlineses que observó Chaves Nogales, todavía sigue allí. Su fachada color crema está poblada de ventanas vulgares, y el tejado es de color esmeralda desgastada, como el resto de monumentos de la ciudad, siempre recubiertos de ese verde ligeramente mohoso. Entro al hotel y un portero malhumorado me detiene en el hall. El interior del Adlon está modernizado, a tono con el lujo contemporáneo, es decir, sin demasiado interés. Ha renunciado al barroquismo aristocrático de los grandes hoteles, a la nostalgia reconfortante que te hace imaginar señores con puro y pajarita fundiéndose en sofás de terciopelo. Me recuerda un poco a ciertos nuevo ricos que, en su afán codicioso, intentan que sus casas parezcan viejas y tradicionales, pero —en secreto— desean que todos noten que son absolutamente nuevas. La vejez sin decadencia suena un poco a farsa.

Salgo a la avenida principal, la Unter den Linden. A mi izquierda, la Puerta de Brandemburgo, rodeada por un ejército de turistas con palos de selfie al hombro. Leo en un cartel que este monumento se ha convertido en símbolo de la reunificación alemana. Llevo varios días en la ciudad, y cada vez que ojeo alguna información sobre «las dos Alemanias» o el Muro de Berlín me da la sensación de estar leyendo propaganda. En cambio, las informaciones sobre el nazismo están llenas de contexto, de culpas, de causas. Quizá los mitos fundadores, cuando no alcanzan ni los treinta años de edad, tienen que defenderse sin matices. Bajo por una calle lateral, la Wilhelmstrasse. Hay más paneles. Explican cuáles fueron los edificios gubernamentales que poblaban esta calle, hasta que fueron destruidos por los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Otro mito fundador, del que nadie pone en duda su bondad (yo tampoco lo haré), aunque con ello casi arrasara una de las ciudades más pobladas de Europa.

Imagino a Chaves Nogales bajando desde el Adlon, quizá por esta misma calle, camino al hotel Kaiserhof, centro de reuniones de los nazis en el núcleo de Berlín. Chaves fue el enviado especial del diario Ahora para contar los cambios en Alemania e Italia bajo los regímenes nazi y fascista. Por Berlín lo acompañó Eugeni Xammar, corresponsal fijo de Ahora en Alemania. El estilo de Chaves y de Xammar son distintos. Mientras que los reportajes de Chaves son como viajar en un tren en movimiento —excitantes, una magnífica muestra de periodismo de acción—, las crónicas de Xammar son un esfuerzo intelectual por descubrir qué hay de permanente en los hechos —algunos importantes y otros no, con la increíble dificultad de discernir entre ambos— que suceden en la Alemania de Weimar y la de Hitler. Chaves es un reportero con muy buen ojo y Xammar un analista con pocos prejuicios en la mochila. Chaves se puede permitir moralizar porque habla del hombre de la calle, mientras que Xammar relata la fría batalla que suponen las relaciones internacionales en la precaria Europa de entreguerras.

Giro la calle y me encuentro ante un gigantesco edificio, construido sobre las ruinas del hotel Kaiserhof —que también, como casi todo en esta ciudad, fue destruido por los bombardeos aliados—: la embajada de Corea del Norte en Alemania. Sus colores siguen el manual arquitectónico del buen comunista, es decir, que la única libertad cromática sea entre el gris claro y el gris oscuro. Algunas ventanas están tapadas por cortinas blancas con bordados horribles. En otras solo se ve la oscuridad del interior. En la entrada está la bandera nacional, un poco mustia, colgada de un palo muy alto, y un corcho con varias fotos de Kim Jong-un realizando diversas actividades públicas. Si no supiera que es un embajada pensaría que se trata de un edificio abandonado.

La gente pasa con prisa por delante de la embajada. La gente, en Berlín, suele pasar con prisa, y muchas veces te arrastran. De golpe estás ante un monumento prusiano, después ante una embajada del eje del mal, cruzas a toda velocidad ante un restaurante tailandés y acabas exhausto ante un memorial dedicado al Holocausto. De repente, en una calle, una música pueblerina y jovial me libera del ritmo frenético. Una vieja arrugada, embutida en mil pañuelos, toca música eslava en su acordeón y cierra y abre sus brazos de manera ondulada, hipnotizante. Estas viejas —que ya he visto en varias calles— son muchas veces los únicos toques de naturaleza, de cierta felicidad, que uno puede encontrarse recorriendo Berlín.

Hace pocos meses todavía, quien quería obtener una impresión sobre la pobreza que va inundando Berlín tenía que ir a los barrios obreros del norte, el este y el sur, a Wedding, a Steglitz, a Neukölln, recorrer los patios de los cuarteles de alquiler, los Gassen (callejuelas) donde todos los habitantes son obreros parados. La pobreza de Berlín es más impresionante que ninguna otra, porque se muestra con toda su crudeza, desnuda del pintoresquismo y la bohemia que la rodea y la protege en los países del sur. Aun en los lugares donde la miseria es más intensa, más atroz, reina la limpieza y el orden. (…)

Pero ahora ya no es necesario ir a Wedding, ni a Neukölln, ni a Steglitz para encontrarse con los rostros macilentos y el gesto de hambre. Como a una consigna los hambrientos han abandonado sus rincones y se han lanzado a las calles, a las calles más elegantes y de mayor movimiento, a las puertas de las estaciones, a las entradas del metro, se meten por los cafés, por los restaurantes, por los centros de recreo. (…) Hace dos días presencié esta escena: punto de tránsito entre las dos calles más elegantes de Berlín, la Tauentzienstrasse y la Kurfürstendamm; un policía obliga, a golpes de porra, a abandonar el terreno a una troupe de jóvenes obreros parados que se han apostado en una esquina, cantan y piden. Una señora increpa al guardia:

—¿Por qué los trata usted así? Son obreros parados, tienen hambre y no tienen qué comer, ¿qué han de hacer?

—Si yo dejara a estos, señora, tendría que dejar a todos los que quisieran hacer lo mismo, y entonces en media hora se llenaría de tal modo la Kurfürstendamm que usted no podría dar un paseo por ella.

Niños de cinco años son lanzados a la mendicidad. A veces se encuentra una familia entera pidiendo, madre, padre e hijos, jóvenes de quince a veinte años constituyen el mayor porcentaje de los mendigos berlineses, algunos venden cerillas, cordones, automáticos, otros lanzan sencillamente la gorra al pecho del pasante, con una sonrisa desolada.

(«Invasión de mendigos», Augusto Assía [1932]).

Cada día de los que llevo en Berlín veo a mendigos pidiendo. Algunos están hechos un ovillo en un recoveco de la calle, cubiertos con mantas muy gruesas —estos días hemos llegado a los cinco grados bajo cero— y con un platillo delante. Otros mendigan en el metro. He hecho pocos viajes en los que no haya pasado nadie pidiendo dinero. El mismo primer día, cuando venía en el tren que lleva del aeropuerto al centro de la ciudad, una voz melodiosa y suave, casi femenina, se puso a repetir una frase, una vez tras otra, por el pasillo del tren. Cuando pasó por mi lado, vi la silueta tétrica de lo que nosotros llamaríamos el típico yonqui. Obviamente, la situación actual está lejos de la miseria extendida en la Alemania de los treinta. Pero algo es seguro: ni yo ni ninguno de los inmigrantes españoles, latinos y europeos con los que he hablado sobre el tema esperábamos encontrarnos algo así. A todos nos sorprende que en Alemania haya gente así, porque —precisamente— a Alemania se va a buscar trabajo, aun cuando sea precario, para no acabar así.

Dos visitantes en la cúpula del Reichstag, de Norman Foster. Fotografía: Georgie Pauwels (CC).

Paseo por la intersección entre las avenidas Kurfürstendamm y Tauentzienstrasse, las dos calles pijas en las que Assía vio a los parados berlineses, en familia, pidiendo limosna. Ambas siguen conservando su estatus. Ahora son las típicas avenidas de ciudad europea en las que rusos, chinos y árabes acaudalados van a comprar ropas de marca y productos de lujo. Pero en medio de este cruce de vías, en medio de este consumismo multicultural chabacano, se eleva —y otra vez Berlín vuelve a marear mis certezas— una iglesia medio derruida, de piedra negra, casi quemada, con dos grandes huecos vacíos en su pared, en los que antes hubo —posiblemente— una magnífica cristalera. Los alemanes tienen formas interesantes de mantener la memoria histórica. En el caso de esta iglesia (Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche) se conserva el edificio tal y como lo dejaron las bombas de la Segunda Guerra Mundial. Es un recuerdo grande. Otro ejemplo de memoria —menos perceptible— son las miles de pequeñas placas de latón que hay al pie de muchas casas, en las que se recuerda con nombre, apellido y biografía, a los judíos asesinados o perseguidos que antiguamente vivían allí. Bajo la iglesia medio derruida también hay un homenaje reciente: decenas de velas y fotografías recuerdan a las doce personas que paseaban y compraban en un mercadillo de Navidad a la sombra de esta iglesia, y murieron arrolladas por un camión conducido por un terrorista solitario, hace apenas tres meses. Hay varias personas quietas, frente a las velas, y gente que cruza lentamente y mira de reojo.

Frente a la iglesia derruida se alza el Europa-Center, un centro comercial con una fachada llena de logos publicitarios, construido —de nuevo— sobre las cenizas de un fantasma de la vida cultural berlinesa: el café Romanisches. En sus salas se reunían los intelectuales más izquierdistas, enemigos de la «democracia burguesa» de Weimar. Poco a poco, con la extensión del poder hitleriano en Berlín, fue de los últimos reductos donde la gente de izquierdas o liberal —eso sí, con dinero— podía tomarse una copa tranquilamente, sin temor a ser asaltada por unos camisas pardas.

Assía debió acudir varias veces a este café, que le quedaba cerca de su casa, en el mismo barrio de Charlottenburg. El gallego fue corresponsal de La Vanguardia en Berlín hasta que el Gobierno de Hitler lo expulsó en 1933, después de enfrentarse a Goebbels en una rueda de prensa. Siguió en La Vanguardia desde Inglaterra, donde cubriría la Segunda Guerra Mundial. Fue el único corresponsal bajo el régimen de Franco que dio una postura cercana a los aliados, y también la pluma mejor pagada de la España nacionalcatólica. Cuando leo sus crónicas siento cierto alivio liberador, la esperanza de que un corresponsal en el extranjero pueda escribir con un estilo y voz propia, y no sea una mera copia —un poco decorada— del teletipo de una agencia de noticias. Assía escribe con la autoridad del que no se pierde en los detalles, y con la alegría trabajada del que sabe que escribir bien no es un aderezo opcional.

Del fantasma del café Romanisches me marcho a cierto paralelismo actual, el barrio de Neukölln. Era uno de los barrios obreros, lleno de parados, que Assía describía en su crónica. Ahora es una de las zonas alternativas e izquierdistas de la ciudad. Paseo por sus calles, una mezcla de pisos tradicionales, locales de kebab y de cachimbas con carteles de colores chillones —tan feos que parecen irónicos—, cafés hipsters donde tienen el New Yorker y grafitis, muchos grafitis. Desde que he llegado a Berlín no paro de ver grafitis por todos lados: en paredes, en puertas, en lavabos, en estaciones de tren, en el suelo. Hay algunos interesantes, pero la mayoría simplemente ensucian la calle. Su omnipresencia crea una sensación tétrica en algunas partes de la ciudad, donde los edificios son viejos y no hay demasiada gente. Hay muchas zonas de Berlín que serían perfectas para una película de zombis. Cruzo un río que corta Neukölln por la mitad y entro en un parque del barrio. Los árboles están completamente pelados por el invierno, lo que da una sensación de ciudad recién bombardeada. Hay carteles de madera con letras mal pintadas, que rodeados de vegetación tendrían un toque bucólico, pero que —sumados a los grafitis— ahora solo crean una sensación siniestra, de ocaso de la civilización, de urbe ocupada por bandas de saqueadores futuristas, al estilo The Road. La fauna que puebla el parque es de interés: un montón de punkis estirados en la hierba bebiendo cerveza —los sustitutos de los izquierdistas trajeados del café Romanisches— y un montón de madres —jóvenes, rubias y arregladas— paseando el carrito de sus hijos con total tranquilidad. Esta combinación, que a mucha gente le parece fascinante, a mí me crea una cierta sensación de impostura, de izquierdismo estético y ordenado. Creo que Berlín es la ciudad a donde viene la gente que de mayor quería ser okupa, pero sin que eso le suponga demasiadas preocupaciones.

Con la solemnidad propia del caso tendrá lugar mañana en la catedral protestante de Berlín la entronización del doctor Müller como arzobispo nacional de la Iglesia evangélica alemana reunida. El doctor Müller, excapellán castrense, amigo personal de Adolfo Hitler, personalidad eminente del movimiento “cristiano social”, es autor de un texto reformado del Padrenuestro, en el cual pide a Dios Nuestro Señor que “hable al pueblo y hable al caudillo”. Esa ocurrencia estrambótica de pedirle al Padre Eterno que se ponga en comunicación verbal directa con el jefe del Gobierno alemán indica hasta qué punto son sinceras y entusiastas las convicciones nacionalsocialistas del nuevo prelado. (…)

Hay protestantes alemanes, en número considerable, que no quieren someterse a la autoridad de una Iglesia evangélica única, dirigida y administrada por “los cristianos alemanes”, que son, en realidad, los cristianos nacionalsocialistas. Por otra parte, hay muchos nacionalsocialistas que repudian el cristianismo, tanto protestante como católico, y entienden que la religión del nacionalsocialismo tiene que ser de esencia puramente germánica, inspirada en las antiguas mitologías nórdicas. Recientes están las declaraciones de un jefe de las Juventudes Hitlerianas, afirmando que los jóvenes nacionalsocialistas se consideraban libres del pecado original, y que, por consiguiente, no necesitaban la gracia para nada.

Exageración manifiesta. La gracia —un poco de gracia, cuando menos— le sienta bien a todo el mundo.

(«Hoy será entronizado el doctor Müller en la nueva iglesia», Eugeni Xammar [1934]).

Fotografía: Fleetingpix (CC).

Estoy ante la catedral de Berlín (Berliner Dom). Es una estructura imponente, de color blanco cremoso, verde acuático y negro ceniza. Su techo no es picudo, sino redondeado: parece más concentrada en sí misma que en Dios. Podría pasar por una gran universidad, en vez de por una iglesia. Está absolutamente recargada de esculturas, detalles y símbolos, es decir, genera mucha más curiosidad que espiritualidad. Imagino al obispo Müller en su interior, exaltado, proclamando su doctrina del «Cristo ario», ante la mirada indiferente de apóstoles y ángeles de piedra.  

Cuando me alejo unos pasos de la catedral y entro en el Museo Viejo de Berlín (Altes Museum), justo enfrente, me sacude cierto impacto, un leve choque, supongo que por el cambio de temperatura. En su interior hay una magnífica exposición de arte griego y romano. Las estatuas blanquecinas dominan los pasillos y miran desde la altura. Ligero mareo. Los jarrones se ríen, el marrón arcilloso y negro de las figuras es puro teatro, escena. Me paseo un poco perdido entre las esculturas y me fijo en los vestidos femeninos, la ondulación ligera de las curvas. Tengo la sensación, un poco como con la catedral, de que cuando el vestido gana en realismo también gana en sabiduría —el detalle—, pero pierde en belleza —el absoluto—. El misterio es la belleza, cierta ausencia cincelada por la imaginación.

Sigo caminando y me encuentro unos mosaicos de uvas, mediterráneos, dionisíacos, veraniegos. Miro por la ventana del museo, empañada por el frío. El contraste entre la catedral y los mosaicos me hace pensar en Europa, en la historia, en Xammar —un catalán en Prusia— intentando escudriñar hacia dónde iba el continente. El viento helado mueve los árboles. Me da la sensación de que Berlín es una ciudad donde hay que vivir rodeado de estatuas griegas. El ambiente, el frío, estimula la inspección estudiosa y cerrada, al contrario que el Mediterráneo, que favorece la contemplación hedónica, peinada por una ligera brisa. Imagino un estudio en Berlín, poco iluminado, donde un coronel de bigote prusiano observa con minuciosidad una vasija etrusca, contento de poder huir del presente, a pasados más cálidos. Pienso en la comida turca y la comida alemana, las dos tan propias del Berlín actual. La primera es mediterránea, es decir, de filosofía ligera y sensual, más llena de placer que de nutrientes. La barriga se satisface de tiempo, no de cantidades. Las especias erotizan y crean ciertas distracciones periféricas. La comida alemana, en cambio, es matrimonial, contundente, nuclear, bastante segura de sí misma. Es combustible básico y eficiente. Es tan sexy como una patata hervida. Supongo que las diferencias gastronómicas entre lo mediterráneo y lo teutón afectarán al pensamiento filosófico, a las preocupaciones, a la poesía, a la política y a lo bien que uno duerme por las noches.

A los nazis no les divierten demasiado los desnudistas. El desnudista suele ser un tipo que cae en una órbita de preocupaciones nada gratas al hitlerismo; es esa línea ideológica que va del naturismo al internacionalismo y el pacifismo; el hombre que prescinde de la ropa suele tener algo de socialista, pacifista, vegetariano y, acaso, acaso, esperantista. No, no; los nazis no están para monsergas de este tipo; para ser revolucionarios no hay que quitarse tanta ropa; basta con prescindir de la chaqueta y quedarse con camisa parda. Creo, pues, que terminarán dando la batalla a los millares de desnudistas que hoy pueblan gozosos los bosques de Alemania. Y va a ser un conflicto; porque de todas las libertades que los nazis puedan conculcar, acaso la que más sientan perder los alemanes sea esta de poder quedarse en cueros vivos cuando se les antoja.

(«Un poco de ropa», Manuel Chaves Nogales [1933]).

Un ciclista en Paul-Löbe-Haus, un edificio del Parlamento alemán en Regierungsviertel, el distrito gubernamental de Berlín. Fotografía: Fleetingpix (CC).

En el club KitKat, un par de jóvenes alegres, ataviadas con una corona de flores, cruzan ante mí. Llevan su torso níveo completamente desnudo, y sus pechos ligeramente rosáceos se tersan con el movimiento de sus brazos, su melena rubia y sus caderas, balanceándose al ritmo de la música. Tengo entendido que los teutones sienten un gran aprecio por la mitología y, en este caso, fantaseo con haberme cruzado con un par de ninfas. Seguramente han salido de la piscina situada en la habitación contigua, donde —en su margen— germanos, negros, pelirrojas y jovencitas de pelo verde fuman estirados cual romano en su triclinium. Tomando un estrecho pasillo, paso junto a una mujer oriental encerrada en una jaula, concentrada en los besos apasionados que —a través de los barrotes— le ofrece un gladiador rubio de espalda mastodóntica. De ahí llego a una gran sala, donde los presentes se liberan a los placeres dionisíacos de la danza etílica y la música sensual, como en cualquier otra discoteca berlinesa. La desnudez de muchos de los asistentes, más que atracción, produce indiferencia o una cierta alegría colectiva. Supongo que algunas tradiciones naturales —como el nudismo germano con el que ironizaba Chaves— son mucho más resistentes de lo que la ingeniería social querría.

Doy unas vueltas por la sala y me doy cuenta que hay una serie de habitáculos laterales, medio oscuros, donde las siluetas y las intenciones son más borrosas. Allí las filias individuales y grupales combustionan con una sencillez inesperada, y presentan los más variados de los erotismos griegos, aunque sin necesidad de amos y esclavos, excepto si las partes llegan a un acuerdo. ¿Qué pensaría Hitler de esta muchedumbre dionisíaca, de orígenes tan lejanos pero deseos tan comunes? ¿Qué pensaría el Führer de estos sátiros liberales, de piel oscura o de apretadísimo cuero negro, que restriegan sus pasiones en plena noche berlinesa? ¿Qué pensaría el líder del Tercer Reich de estos jóvenes arios que se someten —gustosamente— al mando de regias eslavas, orientales o latinas, es decir, que se arrodillan ante el sexo femenino y, aún peor, ante los muslos de razas absolutamente inferiores, que estaban destinadas a ser las esclavas del Gran Imperio Alemán? Berlín decide reírse burlona y, ¡ay!, el Führer ya no puede hacer nada al respecto.

Salgo del lugar donde Berlín siempre es de noche y me encuentro con el sol de la mañana, iluminando mi cara cansada. Algunas viejecitas van con sus paquetes de pastas recién compradas. Otras personas caminan, como es habitual, con prisa, y les da bastante igual que hoy sea domingo. Paseo soñoliento y miro las casas, y las calles, y los monumentos, y vuelvo a tener esa sensación de incomprensión, de que algo falta. Recuerdo unas palabras de Josep Pla que esclarecen mi mente, como un chapuzón en agua fría:

(…) su delirante anarquía evoca una ciudad en la que sus habitantes no se han puesto aún de acuerdo para vivir entre sí, pasivamente, es decir, como vecinos. Para existir una calle es indispensable un punto de unanimidad. Sin esta condición, una ciudad puede ser muy grande, muy aparatosa y muy rica y faltarle el quid divinum. (…) Una calle no es una sucesión de casas magníficas desligadas y personales. Si las casas son bellas, mejor que mejor. Pero lo importante es su integración. (…) Están unidas por un espíritu común, por una cinta invisible que las funde en un mismo destino ciudadano. Esto las sublimiza. Esto crea la calle.   

Pla no se refería a Berlín, aunque eso da bastante igual. Berlín se me aparece fragmentada, bombardeada, dividida, todavía presa de su historia reciente. Una ciudad a la que han creado diques constantemente, para dominar su espíritu espontáneo. Es la sensación del círculo sin cerrar, de un intento apresurado de coherencia. Supongo que el carácter de las ciudades madura con el tiempo y, quizá, con cierta falta de prisa.


Bajo el signo de la esvástica, de Manuel Chaves Nogales.

Salt a la foscor, recopilación de artículos de Augusto Assía realizada por Enric Vila (en catalán).

Crónicas desde Berlín, recopilación de artículos de Eugeni Xammar a cargo de Charo González.

Viaje en autobús, de Josep Pla.


Domingo en el campo

Fotografía: Montecruz Foto (CC).

I

Estoy bebiéndome el primer café de pie en la cocina, a estas horas la ducha en lugar de despejarme me ha metido el frío en el cuerpo. Pienso en qué ponerme con la aprensión de quien va a un funeral, el termómetro marca siete grados y casi un noventa por ciento de humedad, la sensación térmica está cerca de cero, seguramente en el pueblo de Oranienburg, treinta y cinco kilómetros al norte de Berlín, aún hará más frío.

Son las 8:30 de la mañana de un domingo de invierno, el campo de concentración de Sachsenhausen acaba de abrir al público.

II

Me cruzo con gente que continúa la noche y con otros que vuelven a casa, a ellos no les importa que llueva, a mí las gotas de aguanieve clavándoseme en la cara ya me han hecho pensar que todo esto es una malísima idea.

Repaso mentalmente: ahora desde mi estación hasta Friedrichstrasse, allí compro la extensión de mi abono normal porque voy a salir de área urbana, luego cojo la línea uno dirección Oranienburg hasta la última parada.

Cuando estoy bajando por las escaleras hacia el andén me doy cuenta de que el metro que espero acaba de llegar, hago el último tramo en dos zancadas y salto al vagón justo cuando las puertas se cierran. Acabo de salir y ya estoy agotada.

Nadie me espera pero tengo la sensación de llegar tarde. Necesito comer algo.

III

Andén dirección Oranienburg.

La línea 1 divide Berlín de norte a suroeste. En un extremo Wannsee, el entorno idílico donde se firmó la solución final en 1942, en el otro Oranienburg, el pueblo donde se ubicó el primer campo de concentración en 1936, la idea inicial era concentrar allí a todos los presos políticos dispersos en centros de detención por todo Berlín. El campo padre de todos los campos, el primero construido a propósito como modelo para los que vendrían después y centro de entrenamiento para guardias.

En seis años viviendo aquí no me había dado cuenta, no me había parado a mirar el mapa de las líneas de metro con tanto detenimiento. La linea 1 bajando, despeñándose y creciendo como una bola de nieve, como el Reich en su carrera fulgurante. De un campo a más de mil campos, de una solución a la gran solución.

Literal como todo lo tremendo.

Las pantallas dicen que el próximo tren tardará once minutos, pido un café hirviendo y una napolitana de chocolate en el quiosco del andén. Antes de echarme el azúcar cojo el vaso de cartón con las dos manos para calentarlas, en ese momento me doy cuenta de que me he olvidado los guantes en casa. Mierda.

Y solo son las nueve y media.

IV

Fotografía: Erik G. Trigos (CC).

Según nos alejamos de Berlín el cielo se pone más plomizo y más cargado, cada vez llueve más. En el vagón hace calor, me quito el gorro y el abrigo porque voy a estar aquí un buen rato. Es raro sentirse a gusto, menos mal que cada tanto las puertas se abren en las estaciones y entra un frío que se clava en la cara como una señal de alerta.

A ambos lados de las vías, entre los árboles, aparecen casas deliciosas y apacibles, casas con flores en las ventanas, donde criar niños sanos que jueguen en los jardines, casas con comederos de pájaros en las verjas, donde la vida transcurra como un plano secuencia y los vecinos se saluden con la mano mientras cortan el césped. Casas con un sótano en el que un psicópata podría esconder sus horrores sin levantar sospechas, porque siempre es amable y separa la basura civilizadamente. Casas normales.

Tan normales que asustan, tan normales que relajan.

Debería caer una tormenta y abrirse el suelo para confirmar que voy camino de un infierno en la tierra.

No, mejor que pare de una vez de llover.

Jersey grueso, camiseta interior, abrigo por debajo de la rodilla, botas militares, medias de lana, bufanda, los guantes se quedaron en la cocina al lado de la taza de café vacía. Me preparé para el frío, no para la lluvia.

Me acuerdo de una superviviente polaca que contó que le salvaron la vida las botas de la nieve, que era agosto cuando se la llevaron y su padre, que había luchado en la Primera Guerra Mundial, insistió en que se las pusiese antes de salir de casa.

La vida depende a veces de cosas mínimas.

V

Estación de Oranienburg.

Por suerte para de llover. En cuanto salgo del vagón y pongo un pie en el andén una ráfaga de viento me congela las orejas, me calo el gorro hasta los ojos.

Sachsenhausen está a dos kilómetros de aquí, los prisioneros solían recorrer esta distancia a paso ligero. Cuando llego a la puerta de la estación, el bus directo acaba de llegar. Los turistas nunca tienen tiempo que perder, así que se agolpan como si el conductor fuese a arrancar sin esperar a que estén todos dentro. Cuatro paradas y una voz femenina anuncia: «Gedenstäte Sachsenhausen» (‘lugar conmemorativo de Sachsenhausen’).

Dejo pasar a los apresurados delante, estamos en un calle que podría ser de una urbanización, la distancia entre las casas y la entrada es ninguna, un gato con collar bebe de un charco del suelo y nos mira con indiferencia, como un gato.

VI

Fotografía: Galo Naranjo (CC).

10:33 h

Pido en recepción una audioguía y un mapa en español.

Camino por una pista de tierra hacia la Torre A, donde está la entrada principal. A mi izquierda, el muro, que visto desde aquí no presagia nada demasiado terrible, una pared de dos metros y medio con tres vueltas de alambre de espino en la parte superior. A la derecha, el parque de entrenamiento de la policía de Brandenburg, que desde 2006 está en el mismo sitio donde estaba el acuartelamiento de la SS. Una placa conmemorativa dice que es para que las fuerzas de seguridad sean conscientes de la historia que les precede, para que no se repita.

A continuación a la derecha, justo frente a la puerta principal, el edificio del casino del campo, donde acudían los soldados para distraerse después de la jornada. Escucho las explicaciones que da una guía a un grupo pequeño que está parado a pocos metros. Aquí se representaban cabarés y se jugaba a las cartas, era necesario relajar la tensión para sobrellevar las tareas, no olvidemos que este no era un campo como los demás, aquí los soldados estaban siendo adiestrados. Por eso los escogían muy jóvenes, porque en cuanto se les tumbaban todas las reticencias ya no había vuelta atrás. Se entregaban sin condiciones al partido, a la violencia, a la barbarie, a la muerte.

Hay una parte de todo esto en la que no había pensado nunca, la del campo no solo como un lugar de exterminio, sino de adiestramiento. Un máquina enorme que se alimenta de prisioneros condenados a muerte y produce soldados jóvenes lobotomizados, inmunes al sufrimiento humano.

Perversidad manufacturada.

Mientras anoto esto en el cuaderno, el cielo se encapota y viene un aire helado. No siento la punta de los dedos.

VII

Fotografía: Galo Naranjo (CC).

Torre A.

Sachsenhausen tiene forma de triángulo equilátero y la entrada principal, la Torre A, está justo en el centro de la base. A ras de suelo, la puerta de hierro con el «Arbeit macht frei» y la ventanilla de admisiones, en el primer piso, las oficinas y el despacho del comandante.

Un cartel pequeño y una flecha indican una entrada al edificio por una puerta lateral. No hay nadie alrededor, me da un poco de miedo que mi alemán me haya jugado una mala pasada y cuando intente entrar suene una alarma. Pero no, la puerta está abierta y el edificio vacío, dentro hay una pequeña exposición sobre la burocracia del campo, además de tener una vista privilegiada desde el despacho del comandante.

Paso de una sala a otra haciendo crujir las tablas del suelo, alrededor de los retratos de los soldados y los mandos con el título: «Die Tätter» (‘los culpables’).

Todos miran de frente a la cámara y sonríen, como buenos vecinos.

En la oficina del comandante hay una foto enorme del campo en pleno recuento, todos los prisioneros, los capos y los soldados en formación. El objetivo de la cámara apunta desde el mismo lugar donde yo estoy parada, a vista de pájaro, hace menos de ochenta años.

Marco el número 113 en la audioguía, escucho el testimonio de Walter S. C. Odiaba el graznido de los cuervos, gritaban como locos especialmente durante el recuento porque hasta que terminaban no dejaban recoger del suelo a los muertos.

En la foto los soldados y los capos llevan guantes, los prisioneros, no.

VIII

Cruzar la puerta principal, ver las vallas electrificadas a ambos lados, los barracones al fondo y que de repente todo se vuelva una especie de decorado, la sensación de estar dentro de una película. Este lugar ya lo conozco aunque nunca estuve aquí.

Seguramente es inevitable, porque gran parte de nuestra memoria de la historia contemporánea, está trufada de escenas de películas y series. La imagen real fue en blanco y negro y demasiado granulada para sentirla actual, por eso en el momento en que la definición y el color son perfectos, nuestra referencia inmediata es la ficción.

Camino al lado de las alambradas, y revivo los delirios del protagonista de Shutter Island, cuando libera Dachau y ve montones de cadáveres entre la nieve y los ojos de una niña muerta se abren de pronto mirándolo.

Los muertos pueden tener movimientos reflejos, a mi tío lo velaron con un pañuelo atado a la cabeza, como si tuviese un flemón, porque en el viaje hasta la aldea donde fue enterrado se le abrió la boca. Podría ser. Damos todo por bueno cuando tiene que ver con muertos. Ellos pueden permitírselo todo, hasta no morir y quedarse en la memoria, atormentándote.

La escena de la niña de la película me tuvo semanas sin dormir.

IX

Fotografía: Kenneth Lee (CC).

El barracón 38.

Las paredes están cubiertas de metacrilato, supongo que para evitar que la gente escriba mensajes de amor o cosas peores. Para evitar en general, para evitar a la gente, a nosotros.

No se puede entrar en el cuarto de baño, hay una barandilla metálica que solo permite asomar la cara dentro, dos lavabos redondos enormes en el centro y una especie de cubículos alineados en el lado derecho a lo largo de la pared, donde quedarse de pie mientras una especie de aspersor rociaba con agua desde abajo con fuerza. Una ducha inversa.

Huele a madera húmeda, a frío y a hierba mojada, de repente el olor se vuelve intensamente familiar y me quedo parada tratando de recordar.

Una señora impaciente por no perderse un detalle, supongo, me da un codazo que me deja tambaleándome en medio del pasillo estrecho, pero me da igual, porque tengo seis años y estoy en la corte de las vacas de mi bisabuela, huele a madera mojada, a estiércol, a musgo. En casa de mi bisabuela no había váter, la corte era para todos.

No se pueden hacer fotos, pero no importa, la mujer vuelve a empujarme mientras saca la cámara con el aplomo con que lo haría una triunfadora, a la gente así de impetuosa no hay quien les niegue nada.

Sigo por el pasillo hasta el dormitorio, los visitantes caminamos por el suelo de madera haciéndolo crujir y tropezando con las uniones de las tablas, cualquiera diría que ya solo sabemos caminar sobre superficies perfectamente pulidas.

En la entrada de la habitación, la cama del kapo, sola. Calculo el ancho con mi mano, cuatro cuartas. Tengo las manos pequeñas, serán ochenta centímetros como máximo. En la habitación contigua los prisioneros normales llegaban a dormir hasta cuatro en una igual.  

No necesito medir para darme cuenta de que yo no cabría estirada, aunque me imagino que en un lugar así lo normal será dormir casi en posición fetal, la gente se estira para dormir cuando está tranquila.

Las presas nunca se duermen del todo.

X

12:49 h

Recorro el circuito de pruebas de botas y los ojos me lloran de frío. La pista traza un semicírculo de un lado a otro del campo con diferentes superficies sobre las que caminar: grava, arena, cantos, asfalto, grava otra vez, tierra, arena, cantos, asfalto y vuelta. Durante todo el día yendo y viniendo como hámsters, hasta hacer cuarenta kilómetros diarios. O hasta morir.

El viento es cada vez más fuerte, a una chica se le escapa el mapa de las manos, corre detrás de él, su amiga lo pisa y las dos chocan. Se ríen en alto y suena casi como un insulto en medio del silencio y los gritos de los cuervos. No tiene nada de malo reírse, al contrario, menos mal que podemos reírnos, pero, aun así, se siente todo muy extraño.

Como si llevaras vestida la piel de otro.

Fotografía: Tania Caruso (CC).

XI

En el edificio de las antiguas cocinas hay aseos para visitantes, cuando me voy a lavar las manos el agua está caliente, los dedos entran en reacción y siento un hormigueo agradable en las yemas. Me miro en el espejo, tengo la nariz roja y los ojos vidriosos.

Vuelvo a ajustarme los botones del abrigo, la bufanda hasta la boca, el gorro hasta los ojos. Las manos en los bolsillos.

Las papeleras están a rebosar de mondas de plátanos y envoltorios de comida.

A lo lejos una chica lanza lo que parece un corazón de manzana, dos cuervos se tiran en picado, el que ha sido más rápido espanta al otro con un graznido largo y desgarrado. Se me ocurre que estos cuervos quizá sean descendientes de aquellos que acechaban durante el recuento.

XII

Torre E.

Me siento en un banco detrás de la Torre E, en el vértice superior del triángulo, la audioguía acaba de contarme que justo aquí detrás estaban las casas de los mandos de las SS y sus familias, que el pueblo de Oranienburg contrataba a prisioneros para trabajos forzados y que nadie era ajeno a lo que pasaba allí dentro. El humo de los hornos crematorios se posaba a veces durante días en el pueblo como un aviso para incrédulos.

A menos de cien metros de la verja se ve una hilera de chalés impecables, casitas todas iguales con sus plantas con flores, se oye el ruido de trenes y pajaritos.

No sé si me gusta o me da pánico. En realidad las dos cosas, a partes iguales. Porque es necesario que la memoria se guarde, pero también es imprescindible vivir por encima de la memoria.

XIII

El tren me deja en Friedrichstrasse otra vez y sigue su camino a Wannsee, visualizo ahora nítidamente ese hilo imaginario y negro que divide la ciudad y une los dos puntos. Siempre estuvo ahí aunque yo no lo viese y esa es la clave de todo.

Es tan fácil vivir sin enterarse, tan fácil contaminar los hechos con imágenes ficticias, que solo conservar los lugares podrá salvarnos. Solo saber que, a pesar del ruido de fondo, hay un espacio donde la risa aún suena extraña porque se escucha el rumor de los que no se dejan morir del todo.


Velódromos, pintores y madrugadas en la Europa de principios del siglo XX

Léon Georget y Julien Pouchois en el Vel d’Hiv, 1911. Fotografía: Bibliothèque nationale de France (DP).

Ernest Hemingway parpadea con esfuerzo, doloridas las pupilas por el sol que se cuela tras los postigos. Es más memorias y olvidos y palabras y música. Sonríe. Nunca el bien supo tan mal. Así que se despereza poco a poco. Hadley, su Hadley, no está, tiene todo el tiempo del mundo para hacerlo. Recuerda el día anterior, el humo tamizado por los focos, el silbido deliciosamente sensual de tubulares sobre madera. Recuerda, claro, copas, cigarros y risas. Sobre todo copas, no nos engañemos, que por algo París es una fiesta y él… bueno, él es Ernest Hemingway. Vuelve a sonreír, repetirá esta noche. Se adecenta, garabatea dos o tres ideas para artículos, y baja a la calle. El Barrio Latino vive el bullicio rasposo y caótico de los fines de semana. Hemingway, que aún no ha publicado su primera novela, comienza a caminar. Le espera un buen rato andando hasta llegar a su destino. Aquel en el que se reúne toda la bohemia parisina del momento. El sitio al que hay que ir para ver y que te vean. Donde más vivo se siente.

Se llama el Vélodrome d´Hiver. Hemingway volverá esta noche a las carreras.

Es 1889 y a la ciudad de París se le han erizado los paisajes con la Exposición Universal. Promesas de lugares recónditos, de experiencias desconocidas, de aventuras por vivir. Y también un poco de circo, un pelín de diversión facilona para solaz de los europeos, esos esnobs. Algo así debió de pensar Buffalo Bill, que decide instalar su espectáculo ambulante (se pueden imaginar, caballos, pistolas, indios maléficos y vaqueros levemente alcoholizados) en Neuilly, entre la Porte de Villiers y la Porte de Maillot. Se llama la farsa «Exhibición indioamericana del Coronel Cody, alias Buffalo Bill» y se hará tan popular entre los parisinos que acabará dando nombre a los terrenos en los que se asentó. Aquellos en los que se iba a levantar el Velódromo Buffalo.

La del Buffalo es una historia particular, una que mezcla carreras de bicis, apuestas y un ambiente propio de los mejores cabarets. No era deporte, o no solo, sino algo más. Pura vida social, con un puntito de decadente dandismo que hubiera hecho las delicias de un Baudelaire.

Herbert Duncan, ciclista británico de renombre en la época, fue quien olfateó el negocio. Sí, construir el primer velódromo de París, acercar hasta la ciudad ese entretenimiento al alza que arrastraba a las masas tenía que ser, forzosamente, un éxito. Tenía la idea, pero no el dinero. No importa, eso era algo que le sobraba a Clovis Clerc, un amigo de Duncan que regentaba cierto negocio muy boyante del París finisecular. El Folies Bergère, nada menos, un cabaret que acabó convertido en símbolo de toda una época y que congregaba cada noche a un delicioso batiburrillo de alta sociedad, artistas emergentes y calaveras con ganas de medrar y divertirse. Muchos de ellos acudirían también de forma casi religiosa al nuevo local de Clerc.

Porque Clovis se anima, pone todos los billetes necesarios, y sufraga lo que se va a llamar Velódromo Buffalo. Menos de trescientos cincuenta metros de cuerda, curvas cerradísimas que serán iconos por su peligrosidad. Más de ocho mil aficionados cabían en sus gradas. Animosos, algunos. Mundanos aburridos a la espera de que fuese la hora de irse al cabaret, los demás.

Y el propio dueño gustaba de aumentar esa vinculación entre el Buffalo y la bohemia. Solo así se puede explicar que pusiera como director del velódromo a Tristan Bernard. Bernard era un abogado que bostezaba con el derecho y gastaba sus días componiendo malas estrofas que susurraba por las noches, en voz queda, a las bailarinas del Folies Bergère. Si pasean por Pigalle aún podrán ver un teatro con su nombre. Un tipo con la suficiente templanza como para mirar fijamente a su mujer medio siglo después, mientras los nazis le sacaban a rastras de su hogar, y decirle: «Tranquila, amor. Antes vivíamos en el miedo, a partir de ahora lo haremos en la esperanza». Aquel fue Tristan Bernard. Que, por cierto, volvió a casa sano y salvo… pero esa es otra historia.

Así que de la mano de Bernard (y gracias al bolsillo de Clerc) el Velódromo Buffalo se convirtió en el Montmartre diurno, un centro en el que se reunían a pasar el rato, apostar y beber en copas finas quienes en las madrugadas abarrotaban el otro negocio de Clovis. Poetas, pintores, buscavidas. También, claro, algunas bailarinas y unas cuantas prostitutas. Era un microcosmos de lo que París podía llegar a ser en aquel momento. Uno en el que las bicicletas eran casi lo de menos.

Y eso pese a que en el Buffalo se podían ver proezas. Por ejemplo el primer récord de la hora, conseguido por Henri Desgrange, padre del Tour, el 11 de mayo de 1893. Fueron poco más de treinta y cinco kilómetros recorridos sobre una robusta bicicleta que portaba dos botellas de leche en su manillar. «Es por si desfallezco».

Bernard era el rey de aquella sala de variedades donde los corredores giraban y giraban. De su mano acudían habitualmente al Buffalo personajes como René Blum o escritores de la bohemia parisina más vanguardista. Pero quien acabó haciéndose familiar en esas gradas fue una figura diminuta, siempre pegada a un sombrero de tipo bombín. Alguien que amaba la vida tanto que se enamoraba de todas las muchachas que goces prometiesen. El autor de algunos de los carteles que anunciaban eventos en el Buffalo, el que inmortalizó a Bernard en su pista sagrada, brazos en jarras, pose de hombre que mira al futuro. Él.

Él se llamaba Henri de Toulouse-Lautrec, y adoraba el ciclismo. Una vez dijo que ninguna escuela mejor para un joven que la bicicleta. Pero Henri apreciaba no solo el deporte, sino el conjunto. El ambiente, las risas, las voces. La bebida, también, o la atmósfera casi irreal que surgía más allá del humo de cientos de cigarros. Sinestesia, quizá, pinceladas de colores vivos aquí y allá. El gran hedonista. «Soy feo, pero la vida es hermosa». Dice Julia Frey, su biógrafa, que contemplaba a los ciclistas en el anillo con idéntica fascinación que cuando miraba a las bailarinas en los cabarets. Seducido por el movimiento, por la plasticidad, por la velocidad elegante de un cuerpo embalado sobre dos finas ruedas. A veces el pequeño artista bajaba a los vestuarios y se quedaba embobado con el ritual casi siempre solitario del masaje. Las piernas aceitadas, el gesto preciso, ni muy fuerte ni demasiado suave. El olor a linimento, a neumáticos, a grasa para las cadenas. Una danza continua, eso era para Toulouse Lautrec el Buffalo. Y, como siempre que veía danzar, prefería hacerlo bebiendo, claro. A veces entre las gradas del velódromo se derramaba un poco de ese cóctel llamado tremblement de terre que todos decían había sido creación suya. Partes iguales de absenta y coñac creando pequeños ríos donde alguien bien entrenado podría leer vidas…

Pero París también creció y toda la deliciosa despreocupación del cambio de siglo se la llevó una sucesión casi inconcebible de acontecimientos en el verano de 1914. El Velódromo Buffalo de Neuille fue requisado por el Gobierno francés para instalar allí una fábrica de aviación. La Gran Guerra mandaba sobre todas las cosas. Y aunque después, en 1922, se levanta en Montrouge un estadio con el mismo nombre, ya nada volvió a ser lo mismo. El acontecimiento dramático que acabó con una era arrastró, también, a uno de sus símbolos más desenfadados.

Nobleza, artistas y olvidos

Con todo, el mundo siguió girando, y en París continuaban las ganas de solazarse en los velódromos observando cómo unos tipos con ropas muy ajustadas daban vueltas y más vueltas a un óvalo. Puede parecer simple, quizá levemente letárgico, pero a Hemingway, por ejemplo, le encantaba. Le gustaba «la pista de madera y sus empinados virajes, y el zumbido de los tubulares sobre la madera cuando pasaban los ciclistas, y el esfuerzo y las tácticas de los corredores desviándose arriba o abajo en el peralte, convertidos en una parte de sus máquinas». Lo cuenta, claro, en París era una fiesta, y allí explica también que jamás ha logrado crear un buen cuento sobre ciclismo, pero que no se rinde, que alguna vez capturará todas esas sensaciones entre sus letras para mostrar al mundo lo que aquello fue realmente.

Ya no gastaba sus tardes el americano en el Buffalo, como tampoco lo hacían Tanguy, o Ernst, o los jóvenes españoles Dalí y Picasso. No, ahora eran otras las pistas que disfrazaban de noches la ciudad diurna. Fundamentalmente dos: el Parque de los Príncipes y el Vélodrome d´Hiver.

El Parque de los Príncipes era la aristocracia. Allí no entraba cualquiera, allí no había borrachos, ni muchachas descaradas enseñando los tobillos, ni artistas decadentes de los que pintan putas desnudas. No, aquello era la elegancia parisina, el recuerdo de un pasado glorioso, el hablar pausado con cadencia de las dos Îles. Allí acababa el Tour de Francia, allí se celebraban las pruebas más elitistas. Era un hipódromo con bicis en lugar de caballos, y dentro había lo que hay en todos los hipódromos: sombreros raros, damas lánguidas, esnobs y larguísimos bostezos. Bueno, de vez en cuando un par de escándalos de provincias que tocan a la capital y alguna bancarrota, pero poco más.

Vel d’Hiv, 1910. Fotografía: Bibliothèque nationale de France (DP).

El Vélodrome d´Hiver (o Vel d´Hiv) era otra cosa. Estaba en la Rue Nélaton, casi al lado de la Torre Eiffel. Puro París urbano, nada que ver con la distancia, geográfica y metafórica, que imponía el Parque de los Príncipes. En el Vel d´Hiv no había un Bois du Boulogne, no había patricios, no llegaba la última etapa del Tour, nunca se coronó a un Pélissier o a un Magne. Pero tenía algo mejor. Era el nuevo centro de la bohemia, el lugar donde se reunían por el día los seres que solo existen durante las madrugadas. Fue el santuario de Hemingway, el de los primeros surrealistas, los muros que saltaba Antoine Blondin para trasegar sus primeras copas y saciar su eterna sed de ciclismo. En el Vel d´Hiv sonaba buena música, se bebía, se charlaba, alguno aprovechaba las gradas para escribir. Era el templo de la cultura en París. Era el corazón en el que palpitaba su vida.

Allí, también, acabaron enraizando su muerte.

La noche del 16 al 17 de julio de 1942 se desencadena la Operación Viento Primaveral, destinada a arrestar a judíos parisinos para dirigirlos a los campos de concentración que los nazis tenían más allá de las fronteras francesas. En torno a las cuatro de aquella fatídica madrugada casi trece mil personas fueron sacadas a rastras de sus casas y dirigidas a diversos lugares antes de su deportación. Más de la mitad acabaron en el Vel d´Hiv, que durante la Segunda Guerra Mundial tornó las sonrisas de los locos años veinte en silencios espesos e historias de las que avergonzarse. Allí hubieron de subsistir durante cinco días sin agua ni comida antes de partir en dirección, sobre todo, a Auschwitz. Centenares de prisioneros se suicidaron al comprender qué era lo que realmente estaba ocurriendo. La llamada Rafle du Vel d´Hiv ha golpeado durante décadas la memoria común francesa, principalmente debido a la participación de la gendarmería de la capital en las labores de localización y detención. Soportar el desgarro de recordar la ocupación nazi era doloroso. Reconocer que muchos franceses colaboraron activamente en las actividades criminales de la Gestapo o las SS representaba, además, un dilema moral de enormes consecuencias para un país que honra con orgullo a su Résistance y su cruz de Lorena. La polémica que acompañó en 2010 el estreno del maravilloso film La rafle, dirigido por Rose Bosch, es buen ejemplo de ello.

Tras el final de la guerra las bicis volvieron a surcar la madera del Vel d´Hiv, que recuperó en los cincuenta parte de su pasado esplendor, e incluso fue protagonista de una de las sesiones de fotos sobre ciclismo más legendarias de todos los tiempos, con Cartier-Bresson tras la cámara y figuras como un seductor Anquetil de improvisados protagonistas. Pero nada era igual. Ya no había artistas en las gradas, ni bullicio, ni fiesta. El Vel d´Hiv tenía demasiados fantasmas habitando su anillo, demasiados gritos. Tanta vergüenza. Cuando un fuego arrasa parte del edificio en 1959 el antaño popular Vel d´Hiv era solo un recuerdo de tiempos pasados.

De los buenos. También de los malos.

El Berlín de Weimar se divierte sobre dos ruedas

Al otro lado del Rhin (o del Rhein, o de la Línea Hindenburg, o de la Línea Maginot, escojan) también amaron las bicicletas durante los dorados veinte. Años que mezclaron la pobreza con el hedonismo extremo, ese que convirtió a Berlín en la capital más deliciosamente atractiva de Europa. Una noche que huye de la rígida etiqueta prusiana, que sonríe por las libertades de Weimar, que fluye entre charletas de Einstein, de Fritz Lang, de los creadores de la Bauhaus. Prostitutas, banqueros, escritores y cineastas se juntaban tras el crepúsculo en mil y un clubes para beber hasta caer redondos, dedicarse al esparcimiento pecaminoso y, sí, acudir a los velódromos. Porque en Berlín, también, la bicicleta fue la reina.

Y ejercía toda su fascinación en el Velódromo de Berlín, el centro de una abigarrada cultura nocturna que mezclaba bares y jazz, ópera y burdeles. Y carreras, esos Seis días de Berlín en los que «trece corredores avanzan sin mirar a derecha ni a izquierda, siempre los ojos clavados en el frente», en palabras de Egon Erwin Kisch, el pícaro que mejor supo describir aquel ambiente de sinuosas tentaciones.

No hay nombres para Kisch, solo figuras, colores, elasticidad en piernas, tensión en cuellos. Para él todos los ciclistas son solamente piezas de un enorme juego que se repite una y otra vez para disfrute estético de quienes miran. En realidad no eran trece deportistas, sino veintiséis divididos en parejas. Las primitivas pruebas del Seis días se llevaban a cabo de forma ininterrumpida por un solo hombre, pero el abuso de estimulantes y algunos episodios demasiado cercanos a la tragedia empujaron a las autoridades a prohibir estas prácticas bárbaras que atentaban contra la salud humana, limitando las horas que podían pasar sobre sus máquinas. Fue al neoyorquino Bill Brady a quien se le ocurrió que si un solo hombre no podía pedalear durante ciento cuarenta y cuatro horas quizás un equipo de dos sí pudiera hacerlo a relevos. Brady era promotor en el mítico Madison Square Garden, que también fue templo norteamericano de las carreras en bici. A partir de entonces a esta particular modalidad se la conoce como Madison…

Pero hablábamos de Kisch. Y Kisch es, por sí mismo, una figura fascinante. Fue reportero de guerra en España, expulsado por los nazis de su país, se hizo comunista hasta que Stalin quiso purgarlo y tuvo que huir de la Unión Soviética, era íntimo amigo de Charlie Chaplin y viajó por todo el mundo escribiendo y divirtiéndose (si solo tenía tiempo para una cosa, optaba siempre por la segunda). Cuando acude a los Seis días de Berlín en 1923 el febril alboroto de la República de Weimar está en pleno apogeo, con una ciudad que coquetea en sus madrugadas entre la inflación y el hambre, entre el miedo al retorno de los espartaquistas y el miedo a la incardinación creciente de la extrema derecha. Y, sin embargo, Berlín gozaba de su vida.

Lo hacía, por ejemplo, en el SportPalast, el recinto donde se celebraban los Seis días de Berlín, una competición de ciento cuarenta y cuatro horas en las que los ciclistas llegaban a recorrer más de cuatro mil quinientos kilómetros. Tiraban, claro, de cafeína, de cocaína, de estricnina, de cualquier estimulante que les ayudase a estar despiertos, a poder pedalear un poco más allá, un poco más rápido.

Pero eso no era lo importante, porque eso era la competición, y lo realmente trascendente sucedía no sobre el óvalo, sino en su interior. En ese lugar se levantaban templetes para vender bebidas y una orquesta tocaba temas animados que las parejas pudieran bailar. Los asistentes, dice Kisch, podían pasar desde las gradas hasta el centro de la pista por un pequeño puente pagando doscientos marcos, comprar una copa de champán helado por tres mil o adquirir la botella por veinte mil. Y allí estaba, claro, toda la animación, con bailarinas en ropa interior, políticos con zapatos bien lustrados y burgueses venidos a menos que llevaban su mejor traje. O la música. Porque en el SportPalast sonaba el mejor jazz, el mismo que empezaba a abrirse paso en los clubs más rompedores de Berlín y que muchos escuchaban por primera vez, entre el rumor sordo de cadenas engarzadas sobre el piñón. Todo era nuevo, todo era magnífico. Todo estaba, claro, tan cerca de acabarse.

Algunos de los asistentes aguantaban en el velódromo durante los seis días, sin salir jamás a la superficie, creando un espacio estanco muy particular de drogas, alcohol y diversión, donde los corredores pasaban y pasaban a su alrededor como si fueran espejismos de colorines, sutilmente entrevistos por el rabillo del ojo. Uno en el que apenas importaba lo que sucediera más allá de la pista, de las bicis, del jazz. Hasta el punto del total aislamiento. Nos lo vuelve a contar Kisch. «En el tercer día de la carrera la megafonía emitió el siguiente comunicado: “Herr Wilhelm Hahnke, con domicilio en Schönhauser Strasse, número 139, por favor acuda a casa con la mayor celeridad posible. Su esposa ha fallecido”. Y allí nadie pareció moverse, salvo algunas señoritas, y algunos menos caballeros, que hicieron gestos de horror ante la noticia».

El jazz siguió sonando, las máquinas continuaron dando vueltas a aquel óvalo sin final. Había que disfrutar, había que divertirse.

A eso se iba al velódromo.

Vel d’Hiv, 1919. Fotografía: Bibliothèque nationale de France (DP).


Jesse Owens pasaba por allí

America's great Olympic track star Jesse Owens is showing two boys from the South Side Boys Club the starting position that brought him fame. Rajah Latimore (left) Sherman Davis 1st July 1954
Jesse Owens enseña la posición de salida a dos niños del South Side Boys Club, 1954. Fotografía: Cordon Press.

En realidad, no quería demostrar nada. Jesse Owens no pretendía convertirse en un símbolo contra el racismo, ni en un icono. Eso vendría luego. Owens fue a los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 a competir como lo llevaba haciendo los últimos años en Estados Unidos. Llegó —con su mirada huidiza, su sonrisa sincera y su piel negra—, ganó cuatro medallas de oro delante de Adolf Hitler y regresó a su país a seguir trabajando como botones.

El periodismo se encargó de lo demás. Y eso que Owens seguía sin estar por la labor. Cuando un reportero le preguntó si el Führer le había dado la mano para felicitarle, el atleta respondió: «Cuando pasé, el canciller se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal. Creo que los periodistas están teniendo el mal gusto de criticar al hombre del momento en Alemania».

James Cleveland Owens era negro. Y es este el detalle que da sentido a esta historia porque, sin pretenderlo, el conocido como «Antílope de ébano» hizo trizas la teoría de la supremacía genética aria ganando todas sus pruebas en un estadio engalanado con esvásticas y copado por atletas blancos y rubios. Lo de Jesse vino por un problema de pronunciación. En su primer día de colegio en Cleveland, con nueve años, un profesor le preguntó su nombre. James respondió «J. C.» en inglés, que tiene una fonética parecida a Jesse y más si quien lo pronuncia es un chaval recién llegado de una granja de Alabama. El profesor no llegó a entenderle muy bien y le quedó Jesse para el resto de sus días.

Jesse era hijo de granjero y nieto de esclavos. Nació en 1913 en Oakville, Alabama, en séptimo lugar de un total de once hermanos. Nunca volvería a quedar tan rezagado. Como cabe imaginar, los Owens no eran ricos y desde chaval Jesse tuvo que trabajar después de la escuela. Lo suyo eran los zapatos. Los arreglaba con maestría. Tanta como la que tenía en destrozarlos corriendo. En el colegio, tal y como rememora el propio atleta en sus memorias, la mayoría de compañeros no quería jugar con él, de modo que se dedicaba a dar vueltas al campo de béisbol a zancada limpia para no aburrirse. Cuando tenía nueve años, y en plena vorágine migratoria negra desde los estados del sur al norte (que movió a más de 1,5 millones de afroamericanos), los Owens se trasladaron a Cleveland (Ohio) donde aquel profesor no entendió su nombre. No fue hasta el instituto cuando alguien se fijó en cómo corría.

Charles Ripley se llamaba el tipo que opinó que Jesse Owens podía llegar a ser un atleta profesional. En realidad, Ripley se le acercó al verlo correr y le dijo: «Dentro de unos años serás el mejor atleta del mundo». Para conseguirlo, lo primero que tuvo que hacer su nuevo entrenador fue darle de comer. Owens era raquítico, un adolescente enclenque que se alimentaba una vez al día peleando por el mejor trozo de pan con diez hermanos más. A los siete años a punto estuvo de no contarlo: una neumonía lo llevó al límite y afectó a su desarrollo durante parte de su infancia. Ripley le preparó una dieta y comenzó a entrenarle durante los tres cursos en el instituto Fairview Junior High. Pero había otro problema: al terminar las clases, Jesse tenía que ir a arreglar zapatos para llevar su parte de la paga a casa, así que el entrenador aceptó adiestrarle de forma individual a primera hora de la mañana, antes de entrar en clase. Eso suponía levantarse a las cinco de la mañana cada día: sin duda, Ripley creía en las posibilidades del chaval.

El atleta norteamericano Jesse Owens. Jesse Owens lors d'une compétition dans l'Ohio. 1936. TOP-0005314 Vente uniquement en France. Demander autorisation pour toute utilisation publicitaire.
Jesse Owens en una competición en Ohio, 1936. Fotografía Cordon Press.

Tres años después de comenzar a entrenar, y como alumno del East Technical School de Cleveland, a Owens se le ocurrió batir el récord mundial de salto de longitud de su categoría. Tenía veinte años y arrastraba unos dolores de espalda que a punto estuvieron de hacerle desistir. Finalmente decidió participar en aquel campeonato nacional para institutos celebrado en Chicago y saltó 7,55 metros. De paso, igualó el récord mundial de cien metros lisos con una marca de 10,4 segundos. Su nombre también comenzó a correr, en este caso por las universidades estadounidenses, que ya se rifaban a la promesa negra del atletismo. El chaval malnutrido de la granja de Alabama cuya pronunciación no entendían sus profesores en el colegio de Ohio, se convertía en un símbolo estando todavía en el instituto. Nada comparado con lo que llegaría ser.

Owens no se fiaba. Igual que la anciana gallega a quien le preguntan delante de su casa si por esa parada pasa el autobús número 3 y responde «ayer pasó», Owens no se dejó engatusar por los cantos de sirena de las universidades y pidió garantías a cambio de su matriculación. Estas garantías respondían a lo que había sido su vida hasta ese momento: Jesse decidió acudir a la Universidad Estatal de Ohio a cambio de un trabajo fijo para su padre y otro para él. La universidad aceptó y Owens comenzó a trabajar en una gasolinera después de los entrenamientos. Entre depósito y depósito el chaval continuó con su apabullante avance y se dedicó a despedazar récords, contento por haber logrado la estabilidad económica que necesitaba su familia. Cada semana Owens era mejor y pronto sus cronos se elevaron a la altura de plusmarcas mundiales. Siendo universitario, «el Antílope» ya estaba en la élite del atletismo mundial.

Aunque probablemente Owens ni siquiera fue consciente, en uno de esos campeonatos nacionales el atleta logró lo que para muchos es la mayor proeza de la historia del atletismo. Tuvo lugar el 25 de mayo de 1935. Tras pedir un día de permiso en la gasolinera, Owens acudió a la Big Ten Conference en Ann Arbor, el campeonato de atletismo más prestigioso de Michigan. Y entonces sucedió: en cuarenta y cinco minutos batió cuatro récords mundiales absolutos. La primera prueba que corrió fueron las cien yardas lisas (91 metros), que completó para pasmo del respetable en 9,4 segundos. Después descansó nueve minutos y comenzó la prueba de salto de longitud: lo zanjó en un brinco de 8,13 metros que establecía una nueva marca planetaria. Pausa de quince minutos y carrera de 220 yardas: 20,3 segundos, otro récord. La prueba final, tras otros diez minutos de descanso fueron las 220 yardas vallas, que se zampó en 22,6 segundos. Owens —es un buen momento para decirlo— fumaba un paquete de tabaco diario. Y seguiría haciéndolo hasta el día de su muerte. Por cáncer de pulmón, por cierto.

La hazaña de la Big Ten Conference convirtió a Jesse en una celebridad que en junio de 1936 logró batir el récord mundial de cien metros lisos. También en Chicago, Owens bajó el crono a 10,2 segundos por primera vez en la historia. Todos los ojos se clavaron en los Juegos Olímpicos que ya tomaban forma en Berlín, la capital de la Alemania nazi. Hitler estaría en el palco, sus teorías raciales en el ambiente y Owens —negro— en la arena. El periodismo ya tenía historión.

*

Jesse Owens winning the broad jump Olympic Games Berlin 1936
El salto de Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Fotografía: Cordon Press.

Contaban entonces las radios de Washington y Nueva York que el Führer había solicitado los Juegos para exhibir el poder ario. Escarbando un poco no hay ninguna señal que respalde que la intención de Hitler fuera esa. Al menos nunca lo dijo explícitamente. Es más, en el caso de que lo hubiera sido, Hitler hubiese acabado aquella justa olímpica bien contento, ya que los atletas alemanes fueron los que más medallas se colgaron. En realidad, poco importaba si Berlín 36 era un intento de propaganda aria o no: para el resto del mundo sí lo era y tener a un atleta negro que pulverizase el escenario era un gustazo. La realidad no iba a estropear aquel capítulo que, años después, sigue sirviendo para escribir relatos, algunos épicos y otros como este.

El primer día ya hubo «movida». Según la prensa norteamericana, Adolf Hitler solo estrechó la mano tras la primera jornada a los vencedores alemanes. Incluso, cuentan, rehusó felicitar a Cornelius Johnson, afroamericano que acabó tercero en su prueba. La prensa alemana se apresuró a desmentir el incidente y aseguraron que el bueno de Cornelius se había saltado la entrega de medallas y había regresado a toda prisa a un hotel —donde estaba alojado— que ni en sus mejores sueños podía pisar en Estados Unidos. Algo parecido sucedía con el mito Owens: el Gobierno alemán le permitió alojarse en el mismo hotel que los atletas blancos —el mejor hotel de Berlín— algo que, por ley, tenía prohibido en su país. El país que le enviaba a dar una lección al racismo. Tras el incidente con Cornelius el Comité Olímpico le dijo al Führer que se abstuviese de dar la mano a los ganadores de las pruebas, ya que esto retrasaba todo el horario de la competición. Desde ese día, Hitler no volvió a dar la mano a ningún atleta, al menos en público. Tampoco a Owens cuando machacó a sus atletas arios.

El 3 de agosto salta al estadio el chaval de Alabama y con él el entusiasmo norteamericano a seis mil kilómetros de distancia. La primera prueba que afronta son los cien metros lisos, entonces todavía sobre arena. En la línea de salida también está Ralph Metcalfe, compatriota de Owens también afroamericano y su máximo rival. Ambos son los únicos negros en la parrilla de salida y se despojan del chándal mientras Adolf Hitler hace acto de presencia en el palco. Ciento diez mil personas alzan su brazo para saludar al estilo romano a su canciller. Abajo, en la arena, Owens y Metcalfe a lo suyo. En realidad, el ambiente no era hostil. Es una pena despojar de esa épica al relato, pero la única verdad es que cuando Owens comenzó a tomar ventaja con su zancada corta y sus brazos bajos, el público alemán se vino abajo en vítores. A mitad de recorrido la carrera parecía sentenciada y solo Metcalfe amenazó en el tramo final la victoria de Owens. Al lado de las dos balas negras el resto de atletas arios parecían correr con pesos en los tobillos. Owens hizo 10,3 segundos y Metcalfe 10,4. Nadie tuvo a bien hacer un plano de la cara del Führer en ese momento, y eso que la carrera fue televisada. La expresión de Hitler no debió mejorar mucho cuando las ciento diez mil personas presentes en el graderío rompieron en ovación hacia el ganador. En el podio, saludo nazi del tercer clasificado y sonrisa contenida del ganador.

Al día siguiente, 4 de agosto, Owens participó en salto de longitud. De nuevo la épica se disuelve un poco cuando se le añaden gotas de realidad: el mayor rival de Owens era el alemán Luz Long, orgullo del Reich. Sin embargo, lejos de competir con odio racial, Long charló amistosamente con Owens entre salto y salto aconsejándole algunos movimientos y estrategias. Owens reconocería tras su victoria que la había logrado gracias a las «amables sugerencias» de Luz. No solo eso: Owens y Long comenzarían una estrecha amistad desde aquel día que llevaría al atleta estadounidense a visitarle en Berlín tras la guerra.

El 5 de agosto a Jesse Owens le tocaba correr los 200 metros lisos. Y, por supuesto, volvió a imponerse. A estas alturas la prensa estadounidense esculpía un mito a golpe de reportaje. Un mito antifascista y antirracista. Un mito, sin embargo, que seguía teniendo que usar un baño distinto al de los blancos en los edificios públicos de su país.

Jesse Owens in the 100m event at the 1936 Olympics Games in Berlin.
Jesse Owens corriendo los 100 metros en Berlín. Fotografía: Cordon Press.

La cuarta medalla de Owens llegó el 9 de agosto, en la prueba de 4×100 metros, junto a sus compañeros de selección. Jesse logró su cuarto oro estableciendo un hito del atletismo que no sería igualado hasta 1984, cuando Carl Lewis, el hijo del viento, alcanzó el mismo número de oros en los Juegos de Los Ángeles.

En aquel año, meses antes de partir a Berlín, Jesse había dejado su puesto en la gasolinera y trabajaba como botones en el Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York, a donde se había trasladado tras la universidad. Cuando terminaron los Juegos, Owens regresó a su puesto con las cuatro medallas al cuello. Y sin perdonar su paquete diario.

El único homenaje que el látigo americano contra el racismo recibió a su vuelta fue una simbólica parada de la Bolsa de Wall Street. No tuvo el honor de ser invitado a la Casa Blanca, honor que sí tuvieron algunos otros atletas, blancos todos ellos. El entonces presidente Franklin Delano Roosevelt rechazó el encuentro con Owens porque se encontraba en plena campaña de reelección. En aquel contexto y en aquella época, rendir honores a un ciudadano negro podía acarrearle un serio disgusto electoral de los estados del sur. De modo que Owens, como más o menos había hecho toda su vida, terminó de competir, recogió las medallas y volvió a su puesto de trabajo. Solo años después, en sus memorias, recordaría aquel capítulo con su presidente. «Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al presidente».

Owens se convirtió en un símbolo, pero probablemente él fue el que menos disfrutó de su estatus. Hoy, Estados Unidos tiene un premio con su nombre, becas, homenajes y hasta un museo. Pero la vida real de Owens tras su hazaña en Berlín no fue fácil. Tras dejar su puesto de botones se trasladó a Chicago donde se hizo mánager deportivo. En pocos meses se dio cuenta de que el dinero estaba en el espectáculo y arrancó una carrera de autopromoción en la que se ofrecía a correr contra galgos y caballos. Hasta llegó a ser relaciones públicas de varios locales de jazz de la ciudad. En 1976 el Gobierno rindió tributo por primera vez al atleta. El presidente Gerald Ford le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad. El 28 de marzo de 1990, a título póstumo, George H. W. Bush le condecoró con la Medalla de Oro del Congreso.

Hay una calle en Berlín que se llama Jesse Owens. También en Berlín, otro afroamericano, el jamaicano Usain Bolt, pulverizó todos los registros setenta y cuatro años después, recorriendo cien metros de suelo llano en 9,58 segundos, casi un segundo menos que Owens. El chaval delgaducho de Alabama que ganó cuatro medallas olímpicas tras pedir unos días de permiso en el hotel donde trabajaba de botones murió el 31 de marzo de 1980 en Tucson, Arizona, por un cáncer pulmonar consecuencia de su adicción al tabaco. Está enterrado en el cementerio de Oak Woods de Chicago. Ahora sí, tantos años después, es un símbolo. Aunque en realidad Jesse Owens no quería demostrar nada. Eso vino luego.

Jesse Owens who runs a dry cleaning business in Chicago seen pushing a truck. 1st July 1954
Jesse Owens empujando un carrito de la lavandería que abrió en Chicago, 1954. Fotografía: Cordon Press.


Berlín: ¡Tan lejos, tan cerca!

¡Tan lejos, tan cerca! (1993). Imagen: Cinemussy.
¡Tan lejos, tan cerca! (1993). Imagen: Cinemussy.

«Continuará…» amenazaban las letras sobre la pantalla durante los últimos segundos de El cielo sobre Berlín. Por la manera en la que el film estaba hilvanado, y parecía llegar a su propio término gracias un golpe de inspirada suerte, la advertencia parecía más bien una manera menos prosaica de decir «fueron felices y comieron perdices» que el anuncio de una perspectiva real.

Poco después caía el muro, y las dos ciudades que hasta entonces habían avanzado aisladas por tiempos paralelos volvían a penetrarse, descubriéndose mutuamente una variedad infatigable de espacios nuevos: calles, fachadas, patios, estaciones, canales, puentes, edificios históricos, y un sinfín de otros elementos que aparecían como rescatados de otro mundo ante el atónito observador. Los ojos debieron de girar frenéticamente en las órbitas del director Wim Wenders frente esta inexplorada colección de localizaciones, decidiéndole seis años después de El cielo… —cuando la incierta expectativa de una secuela se había diluido casi por completo—, a situar a sus ángeles en el nuevo escenario de la ciudad reunificada.

En 1993 se estrenaba ¡Tan lejos, tan cerca!, que aunque premiada con el premio especial del jurado en Cannes, fue recibida tibiamente por la crítica. Y no con poca razón. Si se asocia el título a un sketch de Barrio Sésamo con Coco explicándonos alguna de las elementales leyes de la perspectiva no se está completamente desencaminado. Algo de ese candor está también presente en la película, pero en este caso es Mijaìl Gorvachov el que se nos muestra de cintura para arriba detrás de un escritorio, reflexionando sobre la paz mundial y el futuro de los hombres. La escena, al comienzo de la película y que nada tiene que ver con el resto de su desarrollo, resulta incómoda por su grandilocuencia, y hace que me pregunte qué le contarían a Gorvachov para convencerlo de hacer un cameo en una producción de arte y ensayo alemán. Pero bueno, hay que confiar en el genio del señor Wenders. Y ¿qué puede fallar en una película donde aparecen Lou Reed, Peter Falk y Mijaìl Gorbachov interpretándose a sí mismos? Bastantes cosas, porque si El cielo… poseía un equilibrio mágico a pesar de sus posibles carencias, conseguir esto una segunda vez era pedir demasiado a los ángeles. El plot, que continúa la historia del ángel Cassiel y su compañero Damiel, incorpora además tejemanejes incomprensibles entre gánsteres y la aparición de un desubicado personaje interpretado por Willem Dafoe llamado Emit Flesty —time itself al revés— que no termina de cuajar.

Dicho esto, las imperfecciones de ¡Tan lejos, tan cerca! no hacen sino contribuir a la creación de una ilusión más perfecta. Quizá porque esa intromisión excesiva de la realidad, unida a la inconsistencia de la ficción, hacen brillar a verdadero protagonista del film con más claridad. Los espacios escogidos de la ciudad son extraídos de su realidad y reformulados en una frase. Así era el Berlín de los noventa. Y esta frase enuncia una ficción tan perfecta como un sueño. Como en los sueños, al doblar una esquina no aparece la calle que siempre ha estado ahí sino otra, más auténtica, sin tantos detalles inapropiados que nos distraen de su esencia. Si la acción lo requiere, haremos pasar el cauce de un río por delante del lugar que nos interese, o recorreremos grandes distancias en unos cuantos pasos.

Wenders hace esto sin pudor, porque en ello consiste su ejercicio. Fascinado por el reencuentro con Berlín oriental, se recrea en la decadencia romántica de sus edificios que aún conservan las heridas de la guerra. Y se vale de la visión omnipotente de los ángeles para indagar en el pasado de las cosas, mostrándonos una ciudad que, aunque ilusoria, actúa como una lupa que nos anima a indagar detenidamente en todo lo que el Berlín real esconde.

Schachtofenbatterie Rüdersdorf

Ruedersdorf
Fotografía: Violeta Leiva.

Hacia el minuto diez de la película, Hanna va a visitar al viejo Konrad. La vemos atravesar un puente sobre las vías de tren y aproximarse a una hilera de ruinosas siluetas cuneiformes. La imagen, que no se parece a nada que haya visto, tiene el exotismo de los vestigios de una civilización perdida. Se trata de una batería de hornos de cal construida entre 1871 y 1877, parte de un vasto complejo de construcciones industriales de aspecto medieval, mediante las que se transportaba y procesaba la piedra caliza extraída de una enorme cantera adyacente. De aquí salieron las piedras y la cal con la que se construyeron el Reichstag, la Puerta de Brandenburgo o el Estadio Olímpico para los juegos de 1936. Se dice que en las épocas de mayor producción todo el pueblo de Rüdersdorf y el bosque adyacente se cubrían del polvo blanco que salía de las quince chimeneas. El trabajo en los hornos era duro, y los trabajadores voluntarios resultaban insuficientes. Durante los años del tercer reich, muchos prisioneros fueron enviados como trabajadores forzosos a estas instalaciones, así como a otras muchas industrias por todo el país. Más tarde, en tiempos de la RDA, se emplearon para trabajar en los hornos a presos y menores del reformatorio como parte de su «resocialización», hasta que en el año 66 los antiguos hornos cayeron en desuso al ser reemplazados por instalaciones más modernas. En los años que siguieron a la caída del muro se creó una asociación para preservar el complejo que ahora es un museo al aire libre. Aunque a unos treinta kilómetros de la ciudad, merece la pena ir hasta la estación de Friedrichshagen y coger el centenario tranvía que transita por el bosque hasta Rüdersdorf para visitar este lugar cargado de historia.

U-Bahnhof Station Alexanderplatz

Fotografía: Violeta Leiva.
Fotografía: Violeta Leiva.

Bastante menos recóndita que la anterior, esta localización está en el centro mismo de Berlín Oriental, en los subterráneos de Alexanderplatz, y es ineludible para cualquier viajero que pase por la ciudad haciendo uso del transporte público. También Cassiel, el ángel transmutado en mortal, desciende a esta maraña de pasajes subterráneos en sus primeras horas como humano, y por primera vez se encuentra con Emit Flesti, el personaje interpretado por Wilhelm Dafoe, que le tienta a apostar en el juego de unos trileros. De la estación subterránea se reconocen los característicos azulejos color verde turquesa, aunque más sucios y vandalizados que ahora. Una de las estaciones de metro más grandes de Berlín, inauguró su primera línea —hoy denominada U2— en 1913, y fue ampliada con otras dos líneas —U8 y U5— en 1930. El proyecto completo fue realizado por el arquitecto Alfred Grenader en el estilo de la Neue Sachlichkeit, y resulta sorprendente darse cuenta de que todos los andenes, especialmente el de la U2, conservan su estado original: las columnas de hierro rematadas por pequeñas volutas, el suelo de betún, los largos bancos repintados, los azulejos grises y rojos que rodean los carteles, elementos todos que pasan inadvertidos por su deliberada funcionalidad, pero cobran nueva importancia al considerar que son los mismos entre los que circulaban los viajeros hace ciento dos años.

Große Hamburger Straße

Fotografía: Violeta Leiva
Fotografía: Violeta Leiva.

Damiel, el ángel que al final de El cielo… se convertía en mortal para vivir con la mujer de la que se había enamorado, se ha convertido en un dicharachero e italianófilo padre de familia que se gana la vida haciendo pizzas en su recién establecido negocio. La calle en la que se encuentra su restaurante, y que vemos en numerosas ocasiones a lo largo de la película, no es otra que la Große Hamburger Straße. Situada en el Scheunenviertel, esta calle que no abarca más que dos manzanas condensa en cada uno de sus edificios la historia de la ciudad. En los pocos metros de su trazado se apelotonan una iglesia protestante, una escuela judía, un hospital católico y un cementerio multiconfesional. Antes de la guerra era popularmente conocida como la calle de la tolerancia, por la manera en la que todas estas instituciones colaboraban entre sí. Hoy en día posee algunas de las pocas fachadas que aún conservan la viruela infligida por la metralla de la guerra, tan abundante aún hace solo unos años. El número 28, que en la película acoge en su planta baja la pizzería de Damiel, es una de ellas.

Alte Nationalgalerie

Fotografía: Violeta Leiva.
Fotografía: Violeta Leiva.

Vagando por el centro de la ciudad el humanizado ángel Cassiel sube la larga escalinata de la antigua galería nacional y se adentra en sus salas, donde le sobreviene una visión de su antigua vida que le deja agonizando en el suelo en estado de shock. Su recuerdo escenifica la exposición «Entartete Kunst», que fue inaugurada en Munich en 1937, y tuvo posteriormente en Berlín una de sus estaciones. Promovida por el nazismo, la exposición aglutinaba gran cantidad de obras vanguardistas confiscadas a colecciones públicas y privadas, pertenecientes a artistas como Paul Klee, Marc Chagal, Wassily Kandinski, Max Ernst y otros muchos. Consideradas como una expresión degenerada de la decadencia a la que se abocaban los artistas judíos y comunistas, las obras estaban deliberadamente expuestas con desaliño, dejando apenas espacio entre ellas y colgadas sin marcos, con los títulos y nombres de los autores escritos directamente en la pared. Con objetivo propagandístico, la ridiculización del arte moderno se mostraba en oposición a un nuevo arte puramente alemán, obras de segunda y tercera clase que satisfacían los gustos amanerados del régimen y que fueron reunidas en una exposición paralela titulada «La primera gran exposición del arte alemán».

Flughafen Tempelhof

Fotografía: Violeta Leiva.
Fotografía: Violeta Leiva.

Cuando Cassiel se gana la confianza de su jefe y este decide hacerle partícipe del negocio mostrándole el almacén donde guarda la mercancía, los vemos adentrarse por unos pasajes extraños, extensos túneles subterráneos en parte calcinados y en parte cubiertos de agua. Este lugar de pesadilla se extiende por el subsuelo del aeropuerto de Tempelhof. Los cuartuchos donde se amontonan las películas porno y el armamento que el mafioso Tony Baker quiere repartir con Cassiel pertenecen al Filmbunker, una estructura subterránea de grueso hormigón que durante la guerra albergó gran cantidad material cinematográfico reunido por los nazis. Salas y salas repletas de películas de celuloide, principalmente filmaciones aéreas y quien sabe que más, eran custodiadas por una puerta blindada de varios centímetros de espesor. Según la historia oficial, al final de la guerra las tropas rusas volaron la puerta de hierro, y con la explosión el material altamente inflamable se prendió iniciando un fuego que duró tres días. La temperatura alcanzada fue tan alta que las paredes de hormigón se derritieron dejando a la vista su armazón metálico. El búnker se puede ver en una visita guiada que tiene lugar un par de veces por semana. Se ha conservado en su estado original tras el incendio, en las paredes chamuscadas iluminadas con la pobre luz de unas bombillas se pueden leer los nombres que los visitantes han ido rascando en el hollín.


Tragicomedia de Norman Foster y la cúpula del Reichstag

02 Jul 2011, Berlin, Germany --- Reichstag (Parliament Building), the dome (architect Norman Foster) --- Image by © Atlantide Phototravel/Corbis
Exterior de la cúpula del Reichstag, diseñada por Norman Foster. Fotografía: Corbis

Foster es un hombre temible, un arquitecto mediocre. (Santiago Calatrava, arquitecto, ingeniero de caminos y fuerza de la naturaleza)

Es muy difícil encontrar a alguien que no tenga opinión formada sobre sir Norman Foster, puesto que en los últimos veinte años el arquitecto británico no puede parar de triunfar. En la mayoría de las ciudades importantes del mundo es posible encontrar algún edificio o puente que lleve su firma, llegando a su máxima expresión en Londres, donde, si damos unas bellotas mezcladas con esteroides y MDMA a las ardillas de Hyde Park, podríamos verlas saltando por toda la city de obra en obra de Foster sin tocar el suelo. Como supondrán, Foster no nació petándolo muy fuerte en el mundo de la arquitectura —es más, todo lo contrario (1)—, y tuvo que estar varias décadas trabajando duro hasta que, finalmente, sobre todo gracias a su reforma del Reichstag, alcanzó su actual estatus.

En 1993, la Alemania recientemente reunificada convocó el concurso arquitectónico más apetecible en años por su carácter simbólico: reconstruir el Reichstag de Berlín para que albergara el Bundestag, su Parlamento. El edificio diseñado por el arquitecto Paul Wallot a finales del siglo XIX tenía en su cúpula de metal y cristal, calculada por el ingeniero civil Hermann Zimmermann, el contrapunto innovador a un diseño neoclásico en piedra. La cúpula, que había resistido el célebre incendio provocado de 1933 y los intensos bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, fue demolida en 1954, y desde entonces hasta la caída del muro de Berlín, como Sansón tras un corte de pelo, el edificio languidecía sin una función clara. La elección de Berlín frente a Bonn como capital de la nueva Alemania propició que se retomara la idea de que el Reichstag fuera el epicentro de la política nacional. Unos ochenta equipos de arquitectos, entre los que se encontraba Foster + Partners, se presentaron al concurso de ideas para la reforma, ya que no hacía falta ser un lince para darse cuenta de que aquello podría suponer el impulso definitivo para una incipiente carrera profesional o la consagración definitiva. En general, los concursos de esta índole suelen ser el caldo de cultivo ideal para intrigas, trapicheos y rumores de amaño ante la mínima sospecha, pero lo del Reichstag fue la charlotada suprema.

Primera vuelta: lo hacéis todos fenomenal

El 29 de enero de 1993, la comisión que se encargaba de gestionar la reforma del Reichstag anunció los tres ganadores del concurso, a saber: Norman Foster, el holandés Pi de Bruijn y nuestro viejo amigo Santiago Calatrava. Tres ganadores, sí señor. Hay muchas cosas que no comprendo y otras que no entiendo pero además me indignan: qué es eso de que hay tres ganadores. Toda argumentación del tipo «son los tres muy buenos, no sabemos con qué quedarnos» bebe de la filosofía de Torrebruno o Paulo Coelho. Personalmente, considero más digno quedar segundo en un concurso en el que el primer premio se declara desierto a que me hagan compartir los honores con otras propuestas que, como en este caso, se parecen como un huevo a una castaña. O que directamente son una castaña. Veamos:

Foster
Proyecto de Norman Foster. Imagen cortesía de berlinonbike.de

Foster se sacó de la manga una estructura gigantesca que cubriría el Reichstag, una especie de mesa de acero y cristal o de palio translúcido apoyado sobre veinticinco colosales pilares de unos cincuenta metros de altura, y que iba a integrar toda la actuación, que no se circunscribía en exclusiva al viejo edificio. Los alemanes tienen fama de ser algo fríos y circunspectos, pero los críticos le echaron salero al asunto al definir la propuesta de Foster como «marquesina de gasolinera de lujo». En efecto, era espantosa, fuera de escala y difícilmente justificable.

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Proyecto de Pie de Bruijn. Imagen: Deutscher Bundestag

Por su parte, el elemento más destacado del diseño de De Bruijn era un incomprensible volumen en el exterior del Reichstag, frente a la fachada principal, que tenía el aspecto de un plato o una concha o un frutero de abuela, que no había por dónde cogerlo y que habría jodido la fotogenia y simetría del edificio.

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Croquis de Santiago Calatrava. Imagen cortesía de peganarquitetura

Paradójicamente, y fíjense lo que voy a decir, la idea central de la propuesta de Calatrava era ¡la más sensata! de las tres: recuperar de alguna manera las formas iniciales del edificio dotándolo de una nueva cubierta de cristal y metal que gravitara sobre el Parlamento. Evidentemente no se quedaba en una cosa tan sobria, no olviden de quién estamos hablando: frente a la estática y clásica cúpula original, ahora se abriría en «cuatro pétalos» según el diseño de Calatrava. El capullo (ojo, nos estamos refiriendo poéticamente a la bóveda) se movería mediante lo que él describía como un «ingenioso sistema de cables», que a lo mejor habría funcionado pero seguramente no. Queda en entredicho la interpretación metafórica: las más que posibles goteras caerían sobre las cabezas de los diputados, los representantes elegidos democráticamente por los alemanes. «La democracia alemana hace aguas» sería el divertido titular en un universo paralelo. Por otro lado, a la vista de la maqueta, con las dimensiones que se planteaba la estructura, aquello se antojaba, cómo no, inconstruible.

Segunda vuelta: lo hacéis todos fenomenal, pero no tenemos pasta

Mientras se esperaba una resolución oficial que proclamara al ganador de verdad que llevara a cabo la redacción del proyecto, el 22 de abril de 1993 la comisión realizó un sorprendente comunicado en el que instaba a los tres finalistas a que repensaran sus diseños para hacerlos más baratos sin especificar cuánto, como quien dice vete pintando la habitación que luego ya te digo el color. La explicación oficiosa era que, debido a lo traumática que estaba resultando la reunificación desde el punto de vista económico, las autoridades alemanas habían decidido que había que recortar costes superfluos. Otras versiones inciden en que, como los arquitectos estrella tienen más peligro que una granada sin anilla, la comisión había revisado el presupuesto de cada una de las tres propuestas y había concluido que aquello era una locura.

Así, De Bruijn y Calatrava retocaron ligeramente sus trabajos, principalmente cambiando materiales y dimensiones, pero Foster corrigió su diseño a fondo: por fortuna mandó a paseo la idea del terrible dosel gigante, sobre la cámara del Parlamento colocó una discreta cubierta traslúcida que optimizaría la iluminación y ventilación natural y ganó, esta vez en solitario, el concurso.

Y la voltereta mortal: lo has hecho fenomenal, Foster, pero cámbialo todo

Foster se puso a trabajar en el proyecto, desarrollándolo en detalle, hasta que en una reunión de seguimiento con la comisión en primavera de 1994 le dejaron con el culo torcido: que lo habían pensado mejor y que querían una cúpula. Poderes económicos y políticos y gran parte de la opinión pública no concebían un Reichstag sin cúpula, así que se habían dedicado durante meses a presionar en este sentido hasta que al fin consiguieron su propósito. Foster se quedó perplejo. En la justificación de su diseño y en numerosas declaraciones a los medios se había posicionado de manera rotunda en contra de rehacer una bóveda que imitara a la original y ahora le salían con esto. En fin, con seguridad murmuraría algún juramento, pero preparó café, mucho café, y se puso a trabajar por tercera vez en un diseño para la reforma del Reichstag.

Como todos esperaban, puesto que aquel proyecto era muy goloso, Foster accedió a incluir la cúpula de marras, aunque matizó que iba a hacer una «interpretación moderna de la forma original» de la misma. Hasta llegar a la solución que se construyó, estuvo jugando con distintas ideas de bóvedas que iban desde un cilindro hasta volúmenes que recordaban a los remates de vidrio de los antiguos tendidos de telégrafos. Cuando llegaron a la prensa los ecos de este cambio de criterio y se filtraron los primeros bocetos de Foster con una cúpula, se lio parda. Se suele decir que la ópera no acaba hasta que canta la gorda. En efecto, en este último acto Calatrava salió a escena como una soprano wagneriana despechada: ¡él había tenido antes la idea de la cúpula! Se sentía realmente indignado con lo que consideraba un insulto hacia su persona y su arte (una blasfemia en definitiva), y una injusticia de alcance histórico. Desatado, Calatrava debió pensar que por qué no y puso toda la carne en el asador, sacando a la luz viejas rencillas con Foster que hay quien interpretaría como cierta tensión sexual no resuelta. Pueden revisar la hemeroteca si quieren. Cojan palomitas:

«Foster presentó un proyecto absurdo y estrafalario que, en cuatro fases posteriores, reformó como el mío».

«Arquitectos como Foster, que se venden trabajando, son cada vez más numerosos; la profesión es muy dura. Está llena de mafias y muchos de los arquitectos se han convertido en negociantes. Es cínico todo lo que está ocurriendo».

«Foster es un hombre temible, un arquitecto mediocre».

«No es la primera vez que tengo problemas con él; ya en Barcelona Bohigas le regaló la torre de comunicaciones» (2).

Foster contemporizó e hizo gala de cierta flema británica respondiendo públicamente con mucha paciencia, bastante indiferencia y sin entrar en el terreno personal (al fin y al cabo, Calatrava le había calificado de arquitecto-prostituto):

«A diferencia de Calatrava, yo he rechazado firmemente cualquier propuesta que pretenda imitar la cúpula del antiguo Reichstag».

«No hay ningún parecido con la cúpula tradicional propuesta por Calatrava o por la multitud de arquitectos que antes que él crearon cúpulas de tipo tradicional cubiertas de cristal».

Vamos, como una vaca que se aparta con la cola las moscas del culo mientras sigue rumiando la hierba. Y pasó página. Entendemos que Foster no ha perdido el sueño ni una noche por este motivo (una de las pocas noches que duerme, queremos decir).

Seamos justos. Sí, Calatrava era el único que había propuesto una cúpula entre los tres finalistas. Sí, si querían una cúpula y Foster había ganado sin ella, la situación se debía resolver convocando una tercera vuelta o nombrando a Calatrava ganador. Sí, da cierto tufo a conspiración tanta vuelta para que al final casi cojan a Foster por las solapas para decirle que quieren que les diseñe una cúpula.

PERO.

September 2009, Berlin, Germany --- Inside of the glass dome of the Reichstag, designed by architect Norman Foster. --- Image by © Frederic Soltan/Corbis
Interior de la cúpula del Reichstag, diseñada por Norman Foster. Fotografía: Corbis

La cúpula de Foster (y su diseño y justificación) no tienen nada que ver con la del valenciano. El proyecto construido del lord inglés es una maravilla. Para empezar, la estructura principal de acero dibuja una bóveda en principio bastante clásica, con base circular de unos cuarenta metros de diámetro y veintitrés y medio de altura, mientras que la cúpula original o la presentada por Calatrava tenían como base un paralelogramo y estaban formadas por cuatro hojas. Pero la mayor diferencia se encuentra en su interior: el revestimiento de cristal se sostiene gracias a unos esbeltos nervios metálicos que por su lado interno soportan una rampa en espiral, de acceso público, que permite la circulación desde la base hasta casi la coronación de la cúpula. Además, la espiral sirve para rigidizar estructuralmente el conjunto para que aguante tanto las cargas externas climáticas como las de un elemento singular que cuelga de los nervios: un cono invertido, una especie de estalactita metálica, que apunta hacia el nivel inferior, donde se encuentra el Parlamento. Este cono tiene dos funciones principales: mediante trescientos sesenta espejos orientados adecuadamente, inunda de luz natural la cámara y, además, a través de él se realiza la ventilación natural de la misma. Uno de los fines que se buscaba en el concurso era el de transmitir transparencia y acercar los mecanismos del Estado democrático al pueblo. Gracias a la transparencia que le otorgan las diferentes superficies acristaladas hábilmente dispuestas, desde el pasillo en espiral de la bóveda se puede observar tanto el exterior (la ciudad) como el interior (la cámara). Asimismo, el cono pende sobre las cabezas de los diputados como una espada de Damocles. Desde la bóveda, de acceso público (donde está el pueblo), se facilita luz y oxígeno a los políticos, que se encuentran en un nivel inferior; como insinuando que como nos la lieis, caerá sobre vosotros el peso de esta estalactita de la ley. Además, es un hito lumínico de noche, cuando, si hay sesión en el Parlamento, «brilla como un faro, proclamando en la distancia el trabajo de la democracia». Este efecto de superficies curvas acristaladas como reclamo luminoso nocturno lo ha repetido también en el City Hall, el Ayuntamiento de Londres, o en los fosteritos de Metro Bilbao (3).

La verdad es que marearon a Foster con todo el proceso, pero le hicieron un favor: el resultado es una obra emblemática, extraordinaria tanto desde el punto de vista estético como conceptual y simbólico. Aunque, bien pensado, fue un favor recíproco: Berlín le dio la posibilidad de concebir un diseño fabuloso y Foster les evitó la lacra de tener un Calatrava como objeto arquitectónico más significativo de la ciudad. De la mano del Reichstag llegó el premio Pritzker y el reconocimiento definitivo de Foster, puede que el arquitecto más grande de su tiempo. Por su parte, como ya saben, Calatrava medró, acusó esporádicamente de plagio a otros profesionales y hoy, requerido con regularidad por los juzgados, sobrevive como arquitecto estrella de fortuna; si usted es concejal de obras y quiere tener algún problema, tal vez pueda contratarlo.

Notas:

(1) De hecho, su vocación arquitectónica fue tardía. Abandonó los estudios y estuvo de becario en el Ayuntamiento de Manchester, en el departamento de Hacienda. Solo tras volver del servicio militar y trabajar de ayudante de campo en un estudio de arquitectura se decidió a comenzar los estudios. Eso sí, desde joven atesoró un increíble talento para el dibujo y una capacidad de trabajo descomunal que hoy en día sufren sus empleados: su estudio está abierto las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.

(2) Se refiere Calatrava a la torre de telecomunicaciones de Collserola, en Barcelona, un concurso ganado también por Foster para el que el valenciano presentó una especie de cohete espacial, idea que luego repetiría para la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

(3) Las icónicas marquesinas de entrada a Metro Bilbao, de cristal y acero, fueron conocidas popularmente desde un primer momento como «fosteritos» y hoy en día, incluso en los pliegos de contratación de las sucesivas ampliaciones de la línea del suburbano, se denominan así de forma oficial. Por cierto, debe ser contradictorio para tu ego que denominen «fosterito» a un elemento que se asemeja a una versión high-tech de la concha de un nautilus. Hubiera tenido su gracia que Foster hubiera sido mujer o, rematando el festival del humor de los dobles sentidos sexuales, que llamaran fosterito al edificio Swiss Re de Londres, que también es conocido como N.º 30 de St Mary Axe por su ubicación y como The Gherkin (el pepinillo) por su forma (fálica).

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada al Reino Unido #JD12


José María Carrascal: «Un periodista no puede ser amigo de un político»

José María Carrascal para Jot Down 0

La biografía de José María Carrascal (El Vellón, 1930) puede ser un verdadero resumen del siglo XX: fue periodista en el Berlín del muro, curioso espectador de la contracultura neoyorkina y figura conservadora televisiva parapetada en sus corbatas lisérgicas. Su último capítulo, que esperemos no tenga un final cercano, lo presenta como un jubilado parlanchín que escribe de manera libre sobre Cataluña, Podemos y lo que le plazca.

Usted fue marinero mercante.

El mar siempre me había tirado: había en casa tres libros del capitán Argüello. Estudié Náutica, que me costó bastante, especialmente las matemáticas. Fue una experiencia muy enriquecedora. Con veinte años uno de repente descubre que el mundo es otra cosa. Navegábamos y nunca sabíamos cuál iba a ser el próximo destino. Salías de Bilbao, donde estaba limpiando fondos, en Portugalete, luego a Emden, en Sajonia (Alemania) después me enteré de que había sido una base de submarinos alemanes. Cardiff, donde cogíamos carbón y lo llevábamos a Boston. A Filadelfia, a por trigo. Acababas en Vigo. Después Génova, luego Tatal, en Chile. Me acostaba a las cinco y me despertaba a las diez para hacer la meridiana, había que hacer un cálculo de navegación con las estrellas, ahora llamas al satélite y te da tu posición clavada. Pero yo nunca hubiera llegado a ser capitán. Lo descubrí muy pronto, el capitán me echó la bronca por hablar con la tripulación, ya que me gusta charlar y hablo con todo el mundo. Me dijo: «Usted es un oficial, y los oficiales no hablan con la tripulación». Y tenía razón, cuando estás mucho tiempo en el barco notas cómo el ambiente se va enrareciendo y hace falta disciplina.

¿Cómo acaba siendo profesor de español en Berlín?

En la Universidad de Barcelona, haciendo Filosofía y Letras, vi un anuncio que decía: «Se necesita profesor de español. Sin alemán. Nativo». Solo se necesitaba el título de bachiller, y yo lo tenía. El destino favorito de los ingenieros alemanes era Hispanoamérica. Una de las asignaturas de la Hoschule era el español. También di clases particulares a gente como Joachim Lipschitz, muy amigo de Willy Brandt, que era consejero del Interior en Berlín.

El alemán lo aprendí con mi mujer, que es la mejor forma de aprender el idioma. También con un libro de texto a base de ejercicios que compré en Berlín Este. Un libro soviético: cogías el pretérito e ibas ejercicio a ejercicio. Luego encontré trabajo en la Volkswagen como traductor en la rama de publicidad, en Wolfsburgo, un pueblecito de frontera junto a la Alemania Oriental. Cruzaba todas las semanas la RDA, ciento cincuenta kilómetros, por autopista, y volvía a Berlín con las hojas que tenía que traducir diariamente. Pagaban mucho mejor: cuatro veces más.

¿Cómo empezó el periodismo?

En el Diario de Barcelona, escribí cuatro largos artículos sobre las cuatro zonas del Berlín ocupado. Me los publicó ABC. Luego me contrataron en el diario Pueblo, sin conocerme. Y pasó una cosa muy interesante: en la prensa española se habló muy poco del congreso de Bad Godesberg de 1959 en el cual la socialdemocracia abjuró del marxismo. Informé sobre ello en Pueblo y lo importante que era, y se publicó. Entonces los corresponsales alemanes lo interpretaron como que el gobierno español estaba intentando acercarse a la socialdemocracia (risas). Nunca me dieron instrucciones, aunque quizá alguna crónica no se publicó…

Fue testigo directo cuando levantaron el muro en Berlín.

Lo vi venir antes. A los extranjeros nos permitían ir a Berlín Este sin problemas, pero luego hubo que hacer unos trámites. Empezaron a haber retrasos en la frontera, donde te fastidiaban todo lo posible, impusieron unos trámites. Estaba un día en la estación de Friedrichstraße, vi un montón de gente con maletas y le dije a mi mujer «como no cierren, se quedan sin nada». Lo dije de broma, y quince días después sucedió, llegaron las alambradas. Para la gente que vivía allí fue brutal, pero para mí supuso el inicio de mi carrera periodística. Me pusieron un télex en el diario Pueblo, cerraron la corresponsalía de Bonn y me ofrecieron ser el periodista que cubriera toda Alemania desde Berlín.

Entonces había un cálculo. Berlín Oeste le costaría tomarlo a los tanques soviéticos veinte minutos. Nos dieron doscientos marcos a cada residente por quedarnos, incluidos los periodistas extranjeros, fue lo que llamaron la zittern salen, «la paga del tembleque» (risas).

José María Carrascal para Jot Down 1

¿Cómo era el clima social de Berlín?

Era tan bueno que no he querido volver nunca más a la ciudad. Era una isla, y estas tienen un ambiente cerrado. Los extranjeros éramos los amos, los liebling de Berlín: garantizábamos que se mantuviera como una isla en medio del comunismo. Al casarme con una alemana el Ayuntamiento me proporcionó casa allí. Para que te hagas una idea, en la Maison de France en medio de la ciudad no podían entrar los alemanes a no ser que fueran con un extranjero. La asociación de corresponsales extranjeros de Berlín era la única capaz de tener gente de las dos ciudades, la capitalista y la comunista: a los orientales les interesaba ir a las reuniones con las autoridades berlinesas occidentales. Quizá por eso eran casi todos espías.

Allí estaba Willy Brandt. Nos reuníamos todos los jueves en la cervecería del Schiller Theater, y hablábamos de todo y de más: se bebía mucha cerveza. Ellos, los comunistas, nos compraban de la forma más elegante: ofreciéndonos viajes. Recuerdo uno a Praga, con nuestras esposas, en el año 65, poco antes de la primavera. Allí ya se respiraba ese ambiente de revuelta. El clima de la asociación de corresponsales se agrió por los problemas de muro y los corresponsales estadounidenses e ingleses debieron recibir instrucciones para disolverla. ¿Por qué? Porque era un sistema de espionaje, y si no se hacía, los comandantes, que dominaban cada una de las zonas, impedirían nuestro trabajo.

¿Y Berlín Este?

Era todo gris, opaco, como es en los países comunistas. Pero había lujos, para una élite, que podía comprar en determinadas tiendas, restaurantes e incluso ir a la ópera. Tenían la Universidad Humboldt donde intenté estudiar pero no me admitieron. Y el teatro de Bertolt Brecht, que dirigía su viuda. También un restaurante del partido, Ganímedes, que era muy bueno. Con nuestro cambio de divisas de cinco a uno todo nos parecía barato. Tenía unos amigos allí, del partido, y pasaba fines de semana con ellos en un barco. Vivían muy bien: en una dictadura si eres de la clase dirigente vives en el mayor de los lujos ya que nadie discute tu posición.

Es la frase de Agustín de Foxá: «Tengo el mejor cargo posible: diplomático en una dictadura».

Claro. O diplomático o del partido. Aunque en el partido te pueden cortar la cabeza en cualquier momento.

Estuvo a punto de ser corresponsal en Moscú también.

Emilio Romero, director de Pueblo, quiso que fuera corresponsal en la capital de la Unión Soviética. Pero España no tenía relaciones diplomáticas. Un amigo que había hecho en la asociación, Kukushin, me puso en contacto con el diario soviético Izvestia (La Noticias), expliqué que Pueblo en España era el periódico de los sindicatos. Me dijeron que en Izvestia me daban acceso a la información y télex, pero no tendría rublos convertibles, porque no había relación entre ambos países. Emilio Romero tendría que haberlo pagado todo, cinco mil dólares mensuales. Sin embargo, Jesús de la Serna, subdirector de Pueblo, me dijo que el gobierno de Franco se había negado. «Que luego los rusos pedirían un corresponsal en Madrid, y que luego serían todos espías», dijeron. Me ofrecieron ir de corresponsal a Estados Unidos y acepté. Mi mujer había sido azafata en la Panamericana y le encantaba ese país.

Miguel Ángel Aguilar nos afirmó que era una persona «muy corrupta», y que llegaba a falsificar las cuentas de la Asociación de la Prensa, que había robado hasta las mantas de un hospital de tuberculosos y estaba sentenciado por ello.

No tengo realmente información sobre esto, ni la menor idea de su vida particular. Hay que guardarse, eso sí, de tirar piedras a otros. Podría hablar de personajes que has citado, pero no me interesa.

¿Cómo era el periodismo bajo la dictadura? ¿Sufrió la censura?

En mi puesto no había censura, solo aquí: ellos enviaban las galeradas al Ministerio de Información y Turismo y les decían cuáles iban y cuáles no, pero no he llevado cuenta de si se me ha censurado o no. De la misma manera que no se censuró el artículo de la convención socialdemócrata, no se hizo con lo que escribí de Estados Unidos en contra de la guerra de Vietnam o el Watergate. La censura era para las informaciones del país, no para las relaciones internacionales.

Era el truco que utilizaba Haro Tecglen en Triunfo: utilizar la política internacional como pantalla de la nacional.

Sí. Se podía utilizar el Watergate, por ejemplo, un juicio a un presidente por parte de las cámaras.

¿Cómo era el Nueva York de 1966?

Era fascinante. La contracultura en aquellos tiempos era «in». En Nueva York estaba el East Village, el Electric Circus, el Fillmore East, y un buen día te encontrabas a hippies en Wall Street. En aquel tiempo los Estados Unidos eran un país muy libre: en el mismo momento que pasaras el Inmigration te perdías en el país. No existía, ni tampoco ahora, carné de identidad. Los hippies se subían a la galería de Wall Street y empezaban a tirar billetes de dólar a los brokers que estaban abajo. ¡Era un espectáculo!

John Lennon afirmaba «Nueva York es hoy como París el siglo pasado».

Más bien la Roma de nuestro tiempo. Plácido Domingo, que era mi vecino, me lo decía: «Lo que sale en el New York Times tiene una repercusión mundial». En Viena le pagaban más, pero en Nueva York tenía más fama. Cuando se establecieron las relaciones con China, tras la diplomacia del ping pong, se creó la primera línea aérea con salida de Nueva York a primera hora de la madrugada. Era para que los chinos pudieran comprar ese periódico a la una de la mañana, y llevarlo a Pekín (risas).

José María Carrascal para Jot Down 2

Usted, en su libro Groovy, fue muy crítico con la cultura hippie.

No tanto: lo que escribí estaba sacado de un hecho real. La cultura hippie comenzó como una cultura del amor, y al inicio lo era. Esos chicos de clase media, clase media-alta, creían en ello. Pero cuando todo se mezcló con chavales de extracción más baja, donde eso del amor, las rosas, les interesaba poco… entre ellos se empezó a imponer el más brutal. El caso de esa chica que novelé, a los tres día de llegar a Nueva York de Idaho, se encontró en un asesinato, es real.

Todo fue degenerando: el concierto de Altamont de los Rolling Stones, que habían contratado a los Hell’s Angels con toda la cerveza del mundo como seguridad y acabó a navajazos. Mientras que Woodstock fue un éxito, ¡cuántos niños se procrearían allí!, en Altamont tuvieron que sacar a la banda en helicóptero como a los americanos de la embajada de Vietnam. Es lo que pasa con estos movimientos tan idealistas: la naturaleza humana sale a flote. No somos ángeles.

¿Y qué recuerdo guarda la guerra de Vietnam?

Me arrepiento un poco de haber sido crítico con ella. Cuando he visto a los norvietnamitas al acabar la guerra intentar establecer relaciones con los Estados Unidos. ¡No eran tan idealistas! La teoría del dominó, la que invocaban los norteamericanos, fue real sobre todo en Camboya. La masacre en Camboya, las pilas de calaveras, eran increíbles. Pero desde mi punto de vista ahora, me resulta absurdo que se intenten imponer los valores de Occidente por la fuerza. Lo estamos viendo en los países del golfo Pérsico: es inútil, ellos tienen otros valores.

Según un estudio de la Universidad de Harvard, Estados Unidos asesinó a seis millones de personas en esa guerra.

Sí, de acuerdo. Por eso fue un error. Los Estados Unidos tienen un sentido mesiánico: como a ellos les ha ido bien con la democracia… pero son un país que no tiene nada que ver con el resto. Es artificial por completo, es como una sociedad anónima. Con gentes que vienen de lo más bajo, y en una generación se convierten en clase media. Pero eso funciona solo allí, en el exterior no puede funcionar.

Sigmund Freud decía que «Estados Unidos es un gran experimento».

Está siempre fermentando. Estados Unidos cada vez mira menos a Europa y cada vez más a Asia. El Pacífico es su interés, y la asiatización de Estados Unidos es el fenómeno más importante que está sucediendo ahora mismo. No solo comercial, sino también racial: la cantidad de parejas mixtas, americanos y asiática, ha crecido desde los 90 un un ciento cincuenta por ciento. Es increíble. De la misma manera que la pareja afroamericana-anglosajona permanece estática, no varía. Ellas y ellos, en las universidades de élite, de ciencias, son casi todos asiáticos, donde han desplazado a los judíos.

¿Conoció a David Peel y demás agitadores contraculturales del tiempo?

Yo me movía en la contracultura porque Nueva York es muy pequeña. La ciudad que sale en los periódicos está entre la calle 1 y la 72 o 79; entre los dos ríos. Se puede hacer andando. Mientras mi mujer se iba a ver a sus padres en verano, yo me lo pasaba en el East Village porque era divertidísimo. En el Fillmore East se veían películas de Andy Warhol. Y no te digo nada del Electric Circus: era un sitio que no sabías si era un circo y veías a gente tirada en el suelo o subida a lianas. Era la libertad en su máxima expresión. Tenía que enviar mi crónica todos los días, y la enviaba… pero lo hacía sin haberme ido a dormir antes (risas). Entonces era uno joven. No conocía yo esto. Tenía un buen amigo, Pepe Sobrino (muerto el año pasado), que tenía una casa en la costa oeste, y me ofrecía visitarle. Trabajaba para la United Press. Era un ambiente tan relajado, sin complejo de ninguna clase. Sobre todo viniendo de la cultura norteamericana puritana, de disciplina moral y de estricto cumplimiento de tareas. Contra eso precisamente se rebelaba la contracultura americana. Yo la conocía por Kerouac, On the Road, y había leído bastantes libros…

¿Llegó a leer los tratados y libros de Timothy Leary? Decía «el primer golpe de Estado es el golpe de estado mental».

Él era un propagandista del LSD, y después entraba dentro del mundo de Alguien voló sobre el nido del cuco, con su autor Ken Kesey. El LSD en principio no era una droga: se ensayó en California como remedio contra la esquizofrenia. Allí se apuntó Kesey, y lo consideraba como una especie de sustituto del electroshock, pero sin quemar neuronas. El LSD actuaba como terapia de choque: se podía comprar en la farmacia. Kesey y unos cuantos iban en una furgoneta Volkswagen pintada cargados de LSD. Eran los «Merry Pranksters». De esa experiencia también sale parte de la película Easy Rider. Era otro mundo, pero que se hundió rápidamente. Yo ya dejé de ir por esos ambientes en el año 70, porque te encontrabas un tío cargado de esto y no podías responder sobre lo que te haría. El LSD confunde los sonidos con los colores, estos con las palabras: era una desconexión de las neuronas. Ellos dicen que lo pasan bien, pero la verdad es que los casos que he conocido, como el hijo de mi predecesor en ABC José María Massip (periodista al que admiraba profundamente), eran terribles.

Richard Nixon habló de Timothy Leary como «el hombre más peligroso en los Estados Unidos».

Sobre todo para él (risas). Visto con la perspectiva del tiempo no creo que fuera una persona para poner gente joven en sus manos.

José María Carrascal para Jot Down 3

¿Cómo era el clima social de la ciudad? Es el tiempo del cine de cine callejero de Paul Schrader o Martin Scorsese y las películas hippies

Yo asistí al estreno de Hair. Una amiga de mi mujer nos dijo: «He visto un nuevo musical que es tremendo, fantástico. En Off-Broadway». Fui para allá pensando en el teatro de Alemania, donde son muy formales, y fui perfectamente con mi traje gris oscuro, con mi corbata. Me senté, estaba detrás de mí la escritora que escribió El valle de las muñecas, Jacqueline Susann, y de repente llegaron una serie de hippies que me gritaron: «Are you necrophile?» («¿Es usted necrófilo?») Yo pensé «me cago en tu padre». Era por ir vestido así. Quedé fascinado con Hair, y también con Jesuchrist Superstar posteriormente. Escribí un artículo para Pueblo sobre Hair… y no lo publicaron. Pensé: «Ellos se lo pierden». Y luego, dos años después Carlos Castro, el redactor jefe, me dice: «José María, nos hemos enterado de que allí hay un musical estupendo, y se llama Hair. A ver si nos puedes enviar una críticas». Yo respondí: «¡Idiotas! ¡Os la envié hace dos años!».

¿Había tensión racial en la ciudad?

Nueva York se fue volviendo mucho más violenta. Es el marco de mi segunda novela, Mientras tenga mis piernas. En 1968 la explosión negra superó el self-hating, el odio a sí mismo, y arden esas casas, el Brownsville. Fue tan violenta que el Central Park, una especie de Retiro pero mucho mayor, se volvió intransitable. Incluso de día. A Fernando Arias Salgado, diplomático, le hicieron un corte en la cara. Un chico negro se le acercó, le pidió la cartera, él se la dio… y se llevó el corte. ¡A Antonio Garrigues-Walker le atracaron cuando iba a entrar en el hotel Walldorf Astoria! El problema de la revolución cultural es su definición. Sebastián Haffner dijo de ella que «no era más que el epílogo de la revolución burguesa». No es una revolución social, de tipo marxista, sino que las últimas libertades, de sexo o de placer, se obtienen. ¿Eso es una verdadera revolución? Nada cambiaba en el terreno social: lo máximo que llegaron los hippies fue a crear las comunas y no duraron.

¿Cómo se vive la contrarrevolución en Nueva York de la era Reagan?

Bueno, antes llegó la era Carter… El país estaba harto, fatigado, de esa revolución, y especialmente por la humillación de los rehenes en Teherán (Irán). A Reagan lo pude entrevistar, creo que fue una de las pocas entrevistas que concedió a un periodista español. Él dijo «por ahí no vamos a ningún sitio: Estados Unidos no puede recibir bofetadas». Esperaba que los rehenes quedaran sueltos antes de su posesión, el 20 de enero de 1980, lo que luego sucedió. Y vino la contrarrevolución: el patriotismo volvió a estar de moda.

Todo esto duró hasta el 11 de septiembre de 2001, donde se encontraron atacados en su propio territorio y Estados Unidos cometió el error de intervenir en Irak en ese instante. El primer Bush se detuvo en la frontera, con la primera guerra de Irak, y esta segunda guerra le ha dado la razón en lo que hizo. El chiste que corre en Nueva York es «lo de Irak se puede resolver desenterrando a Sadam Hussein y poniéndolo otra vez en el poder».

En los 60 y 70 Estados Unidos es la avanzadilla de la democracia mediática, mostrada en películas como Network. ¿Cómo se vive en Nueva York el cambio de primacía del papel a los medios audiovisuales con menos información y más opinión?

Los cambios en Estados Unidos son muy graduales, no es como en España que cambian de un día para otro. Este cambio del periodismo con mucha sustancia, del New York Times (donde prevalece la información), al de opinión ha sido más gradual. Walter Cronkite, periodista en la televisión estadounidense CBS, era alguien del que se decía que no se sabía si votaba a republicanos o demócratas, pero que de presentarse a elecciones saldría presidente. El día en el que decidió criticar la intervención de Estados Unidos en Vietnam Johnson dijo: «He perdido la guerra». Sin embargo, en estos cambios el periodismo norteamericano nunca ha perdido dos cosas importantes: separar la información de la opinión, y mantener en la opinión un cierto equilibrio. En el New York Times estaban James Reston y Tom Wicker que eran liberales de allí, socialdemócratas aquí. Al lado de ellos había columnistas claramente conservadores, republicanos. Mientras, aquí, en El País o ABC todos somos de la misma línea. Quizá por eso no se habla de cambios totales. Los Estados Unidos no necesitan revoluciones porque cambian cada día. Nosotros, que nos pasamos años estáticos, tenemos revoluciones.

¿Se podían ganar una campaña electoral a través de la televisión? ¿Qué poder tiene un presentador, un anchor, en la cultura norteamericana?

La influencia de la prensa es importante, pero son las maquinarias de los partidos las que funcionan. Quizá en casos excepcionales, como el Watergate, pero no es tan grande. Yo tenía una táctica para saber quién iba a ganar las elecciones: ver en las convenciones qué partido estaba más unido. Las convenciones eran verdaderos espectáculos, donde había de todo.

El escritor y diplomático Juan Valera, en su estancia en Washington, compara las convenciones de los partidos con los toros en España.

Eran igual. Por lo pronto en las convenciones hay barriles de cerveza, y todo el mundo acaba como acaba. Las divisiones son clave: se ve en las pugnas de Ted Kennedy en los años 80 con el partido demócrata.

¿Cómo funcionaba esto con Obama? Usted afirmó que iba a ganar.

Obama, en inicio, no tenía tanta unión, pero los republicanos estaban mucho más divididos. Ahora los republicanos tienen un problema grande con el Tea Party, y con las minorías ascendentes. Estados Unidos es un país que en el año 2040 no será blanco.

¿Cómo valora la alcaldía de Rudolph Giuliani? ¿Murió con él la contracultura neoyorkina?

Sí, y me dolió. Recuerdo salir una mañana a comprar el periódico, y venir dos hispanos, anchos y bajitos, y detenerlos la policía sin decir nada. Se notó Giuliani, y sin embargo fue uno de los alcaldes más populares. Era el «signo de la ventana rota»: el jefe de la policía de Los Ángeles lo establece y afirma que «ante una delincuencia acentuada, lo que había que perseguir son los signos externos». Si existe una ventana rota en el barrio luego habrá tres, luego una puerta rota y así. Giuliani afirmó «hay que acabar con las ventanas rotas». Antes hubo otro gran demagogo, Edward Koch, que recuerdo escucharle un mitin cerca de mi casa, en la 59, y le gritó un tipo: «¿Qué pasa con las escuelas?». Y Ed Kock le gritó: «Shut up son of a bitch». Y le aplaudieron.

¿Cómo era informar en la ONU de aquel tiempo? Se llegó a escribir un libro sobre los mejores sitios para dormir en su sede…

Yo tendría que hacerlo, porque la ONU es un fantástico desastre. Aunque es lo único que tenemos, sin ser un gobierno mundial ni de lejos. La corrupción en la ONU es de no creérselo. Empezando por que yo tenía un despacho con teléfono y todo, y no pagaba nada, en la habitación 302. Realmente no he visto que la ONU haya podido evitar una guerra si dos países querían ir de verdad. En caso de reticencias de los países, una resolución de la ONU sirve como excusa para evitar el conflicto: «… la ONU nos ordena que tenemos que negociar». Solo por eso debe seguir, pero le falta muchísima efectividad: se le llama con razón «cementerio de elefantes» ya que allí envían a los enemigos políticos los países africanos.

¿Cómo vive esa ruptura del marco de la Guerra Fría como corresponsal internacional? ¿Fue gradual o repentino?

A mediados de los años 80 consiguen interceptar misiles: se crea un misil antimisiles que intercepta otro desde Hawái en una prueba balística. Entonces se acabó todo: se rompe la disuasión. A mí me causó Gorbachov, en una visita con varios españoles, una sensación fantástica: era un hombre razonable. Lo que pasa es que es muy difícil que una superpotencia renuncie a su estatus y Rusia sigue siendo una gran potencia. Lo vemos ahora con Putin, con enormes reservas de minerales, materias primas, demografía, etc. Es un capítulo que Europa tiene pendiente.

Verstrynge es defensor de un eje «euroasiático», en oposición a los Estados Unidos.

Hay gente para todo.

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¿No cree que las administraciones norteamericanas cometieron abusos en relaciones internacionales? Nicaragua, Chile…

Los americanos han heredado la política exterior británica: «No existe política exterior, sino intereses». La Guerra del Opio es un buen ejemplo: abrieron el mercado chino a cañonazos en el siglo XIX. Sobre Sudamérica, Monroe lo dejó claro: «América para los americanos»… que en realidad quería decir «América para los estadounidenses, y además haciéndoles un favor». Pero se debe contraponer eso a lo generosos que fueron en otras partes, como en Europa o Japón.

¿Cómo llega al diario ABC?

Por aquel tiempo Pueblo estaba agonizando. Se estaba yendo todo el mundo: Jesús de la Serna, Emilio Romero, que no lo consiguió. Juan Luis Cebrián. En ABC me llamaron, puse la condición de quedarme en Nueva York y aceptaron.

¿Cómo se vive la llegada de Anson en ABC? Con esas portadas amarillistas…

A mí me importa un bledo el director del medio en el que escribo: yo sigo entregando mis piezas como me parece. Apenas habré ido a ABC. Me pasaba lo mismo con la moqueta de arriba, en Antena 3. Tengo relación con las personas que recogen mis crónicas y ya. Pero sobre esas portadas, ABC es heredero, lo decía Luis Calvo, de Blanco y Negro, y tiene algo de revista. Las portadas, aun siendo titulares, pueden ser espectaculares. Nunca lo he preguntado: supongo que ellos creen que venden más por ellas.

Anson nos confirmó, precisamente, que utilizaba esas portadas para vender más, y competir con los diarios de la Transición.

Puede ser. Yo he estado con todos los directores, y nunca he tenido problemas: no tengo tiempo para discutir. Nadie me ha dicho nunca cómo hacer mi trabajo. Me llevé muy bien con Guillermo Luca de Tena, con el que tuve una amistad casi personal, hasta que Zarzalejos prescindió de mi colaboración. Pero luego me recuperó Anson para La Razón

¿Conoce la pugna entre Losantos y Zarzalejos por el periódico? ¿No puso en peligro la cabecera?

No tengo idea. Ahora han cambiado muchos subdirectores en el periódico.

¿Por qué prescindió Zarzalejos de usted?

Tampoco lo sé. Intento ver la parte positiva de las cosas, y me dediqué a escribir un libro cada año en ese tiempo.

Usted suele afirmar que no tiene respeto al poder, pero ¿no ha sido complaciente con los conservadores?

Es que yo creo que la historia se mueve con los conservadores. Creo más en la libertad que en la igualdad, como escribí hace poco en una tercera de ABC. La igualdad es una utopía grande. Hay, claro, igualdad de derechos y oportunidades, pero igualdad ¿dónde la hay? Si no la hay en nada de la naturaleza. Soy un devoto de la historia, y todos los grandes adelantos de la humanidad son de la derecha, no de la izquierda. La izquierda lo que hace es repartir los adelantos. De hecho, el estado de bienestar es un invento de Bismarck. Los nueve años viviendo cerca de un Estado comunista, la etapa de Berlín, me hicieron darme cuenta del fracaso del «hombre nuevo» que predica el socialismo. El paraíso de los trabajadores no es tal: ahí se trabajaba cuanto menos mejor.

Haffner dejó la Alemania nazi en el año 36, siendo juez, y en Inglaterra acabó siendo editorialista del Observer. Volvió en los años 40, y se convirtió, en mi opinión, en el mejor ensayista. Comparó la derecha y la izquierda con las manos: las dos son necesarias. Mientras la derecha es la mano hábil, con la que se trabaja, la mano izquierda es la de la creatividad, del arte. Hay muchos artistas que son zurdos. Haffner acaba el ensayo afirmando «cuando falta la derecha, es bueno tener la izquierda para poder hacer cosas».

La primera revolución occidental que existe es la de Lutero, y acaba en el Bauernkrieg, en una guerra del campesinado. La revolución francesa acabó en la guillotina y el terror. Sin hablar de la dos Repúblicas españolas… la primera once meses, cuatro presidentes y Jumilla declarando la guerra a Murcia. Hay que tener mucho cuidado con las utopías. Pero hay que atar en corto a la derecha, es necesario, esta crisis ha sido por falta de controles. Reagan, al soltar a Wall Street, creó los productos sub-prime, que eran una estafa.

José María Carrascal para Jot Down 5

¿Cómo llega a Antena 3?

Me llamó por primera vez en mi despacho de la ONU Luis Ángel de la Viuda. Por aquel tiempo colaboraba con ABC y hacía pequeñas crónicas para Antena 3 Radio de cuarenta segundos. Me dijo: «¡José María! ¡Que nos han dado un canal de televisión!» (risas). Yo respondí: «Enhorabuena». Y entonces me dijo: «Y Manolo (Martin Ferrand) quiere que vengas a presentar un telediario». Le dije a Luis Ángel: «Manolo está loco». Yo iba a cumplir sesenta años entonces, en Nueva York, y estaba fantástico.

Pero una de las personas que más influyó en mi, el checo Bill Striker, cultísimo, como todos los checoslovacos que he conocido, era corresponsal extranjero de la ONU y me dijo inmediatamente: «Acéptalo». Yo dudaba mucho, porque estaba muy seguro en ABC, y el diario en esos años era reconocido por todos fuera. Pero me explicó: «Cuántos ejemplares tira ABC». Respondí: «No sé, doscientos cincuenta ,il». Y él siguió: «¿Cuántos de esos lectores leen la parte Internacional?». «Cincuenta mil, quizá».

Y la respuesta final fue: «En televisión serán cientos de miles». Él era un judío de Praga, y tenía esa visión universal, me decía que «los periodistas estamos para llegar a todos». Se lo dije a mi mujer, que no estaba conforme, pero me di cuenta de que había hecho periodismo en todo menos en televisión. Entonces Julio Iglesias pasó por Nueva York, y me llamó. Me dijo: «Acéptalo, vas a ganar mucho más en televisión, te va a conocer más gente, lo que será bueno y malo, pero para tus libros te vendrá muy bien. Confié en el talento de negociante de Julio.

Yo le admiraba mucho en este aspecto, porque tiene una voluntad de hierro: llegó a Nueva York en el 75 o el 76 y en el Club 21 nos reunió a los periodistas y nos dijo: «He triunfado en Europa, y lo voy a hacer aquí». Al cabo de unos años Nancy Reagan declaró que su autor favorito era Julio Iglesias.

Usted llevaba mucho tiempo fuera del país.

Me había perdido dos generaciones de españoles desde 1957. No tenía ni idea de cómo se hablaba en España, y me encontré con una serie de chicos y chicas jóvenes muy majos.

¿Por qué fue tan crítico con el PSOE?

Por una cosa muy simple: porque me tocó la etapa de los escándalos de corrupción. En la primera etapa del PSOE habría sido mucho más favorable, porque había renunciado al marxismo. Pero llegué en el año 90 con Roldán, Rubio: la gran época de los escándalos. Y yo tenía que informar lo que me traían de la actualidad. Hasta en el Boletín Oficial del Estado había corrupción. A Antena 3 venían políticos del PSOE avergonzados, pero no podían prescindir de Felipe, era un tótem. Había rehecho el partido, que no era el de Llopis, por desgracia. Uno de los grandes males que tuvo la Transición fue prescindir de los exiliados españoles. Eran gente excelente, y tenían mucha más experiencia democrática: los políticos de aquí no se habían educado más que en la dictadura. Si por ejemplo Tarradellas hubiese sobrevivido como presidente, en lugar de Pujol, no tendríamos estos problemas. En una ocasión tuve una reunión con los exiliados en Berlín, en el año 59 (el Congreso de la Libertad de la Cultura), donde estaban Américo Castro, Madariaga, etc. Eran de una sensatez total… y se prescindió de ellos. Eran gente tremenda. Además, se habían dado cuenta de los errores que habían cometido. Don Emilio González López, catedrático de dDerecho aquí, hubo de reciclarse como jefe de estudios doctorales de la Universidad de Nueva York. Era catedrático de Novela Española, y presentó allí mi novela Groovy.

¿Con qué exiliados trató?

En Nueva York al exiliado que más conocí fue a don Emilio González López, que era el fiscal general del caso estraperlo, director de política exterior, redactor del estatuto de Galicia, etc. Siempre me arrepentí de no haberles dedicado más tiempo: estaban ansiosos por conocer cosas de España. Eran gente que te enseñaba mucho, porque habían sufrido. No eran radicales, como podrían ser los que se fueron a Moscú. Al hijo de Negrín lo traté mucho y Álvarez del Vayo estaba siempre por Naciones Unidas, tratando de hablar con jóvenes españoles. Nos contaba la Guerra Civil, la batalla del Ebro, en plan batallitas (risas).

Dijo Anson que sin ABC, El Mundo, la Cope y periodistas como usted no habría perdido González las elecciones en 1996.

A mí eso no me interesa. Los periodistas no estamos para poner o quitar: somos, otra vez citando a Sebastián Haffner, «los bufones de la democracia». ¿Qué quiere decir esto? En las antiguas Cortes el rey era la máxima autoridad, y todos le rinden pleitesía… menos el bufón. Es el que decía la verdad. Por eso acababa el bufón apaleado muchas veces.

Así fue, Aznar, al que ayudó a llegar al poder con su informativo, fue quien lo eliminó de la tele.

Sí, exactamente. Querían información destilada. Buruaga había anunciado en los cursos de El Escorial de la UCM que «se acababan los informativos de autor». Y ese era el mío, claro. Me había mantenido en él Campo Vidal, que no era de mi ideología, pero Buruaga me dijo que mi «informativo no daba las mismas noticias de los noticieros de las tres o las nueve». Quería unificar.

¿Esa fue la excusa?

Es lo que dijo. Me dejó elegir el programa que quisiera, pero le contesté «soy periodista, solo puedo hacer informativos».

Aznar decía que usted no era de fiar.

En el círculo de Aznar se extrañaron. A mí eso me lo dijeron. No suelo tener relación con políticos, y me extrañaba que llegara gente de la Transición afirmando «me he ido de copas con González». Un periodista no puede ser amigo de un político. Una vez, en las elecciones del 93, Miguel Ángel Rodríguez nos invitó a Mallorca para hablar de «cómo debía tratarse la información» junto a Aznar. Llovió muchísimo, y no pudimos salir del hotel. Algunos lo trataban ya como presidente, y yo le dije «usted y yo no podemos ser amigos: si lo somos usted es un mal político y yo un mal periodista. Cumplimos funciones diferentes». Y el biógrafo de Aznar mucho después me reveló: «Me han comentado que no eres de confianza, no se pueden fiar de ti».

¿Cuánto había de conspiración en la afirmación que hizo Anson sobre el frente anti PSOE en los 90?

¡Espero no estar allí! Yo no conspiro con nadie. No pertenezco a ningún club o grupo. Espero que no les haya dicho nada…

José María Carrascal para Jot Down 6

¿Cómo se le ocurrió comentar el libro de Madonna Sex en vivo en el telediario? Es un clásico de los zapping españoles…

Aquel libro me lo enviaron. Había ido al primer concierto de ella en Nueva York, y me salí en el descanso. Me pareció malísima. Lo sigue siendo ahora. Es uno de los blufs mayores que existen ahora: canta como pisarle la cola a un gato. Más que bailar hace ejercicio gimnástico. Lo único que ha hecho Madonna es poner las prendas de ropa interior encima de las prendas normales. ¡Es un desastre total! Eso sí, sabe aprovechar muy bien la polémica, con cosas como «Like a Virgin». Entonces un día me encontré el libro de Madonna, y pensé «bueno, voy a desahogarme».

Volviendo a la actualidad, escribió usted hace poco un artículo en el ABC sobre Cataluña con gran apertura respecto a la línea editorial del periódico. Dijo que no se podía impedir en el siglo XXI que se independizase si lo quería la mayoría. Defendía «un divorcio amistoso».

España en cierto sentido es un continente con muchos modos de ser, y muchas fórmulas. Ahora bien, si llega un momento en que un brazo quiere desprenderse no hay forma de evitarlo. Pero Cataluña está en estos momentos contra la historia: la aldea global es una realidad. El que no se consolide en unidades cada vez mayores está condenado. No tanto a desaparecer, sino a ser irrelevante. Según me han confesado representantes de Cataluña, cuando llegan a Washington o a Bruselas les dicen: «si aquí estamos tratando de unir, y vosotros venís con que queréis separaros».

Por esto, si se llega a ese momento de separación será doloroso para ambos, pero sobre todo para Cataluña. Cataluña desde todos los aspectos ha ido alejándose de España, y descendiendo su importancia en el Producto Interior Bruto. Yo conocí Cataluña cuando en los años 50 era el motor de España, mucho más que el País Vasco. Ahora Madrid tiene más peso. La creación de una nueva nación en Cataluña, también, crea una nueva clase política, y eso significa privilegios. Y si el paradigma de esa clase política son los Pujol… van listos.

¿Tenemos mucha mediocridad entre la clase política?

Sí, por falta de conocimiento de la práctica democrática, primero. La democracia no son solo derechos, sino también deberes. Oí una vez a un catedrático constitucional alemán esto: «la democracia es responsabilidad». Tanto individual como colectiva. En una dictadura no existe la responsabilidad: el dictador lo tiene todo. Ese sentido de la responsabilidad no se tiene aquí en España. Y segundo, el movimiento de vaivén que hubo de la prohibición de todos los partidos políticos a que tuvieran el poder absoluto, incluido el judicial a través del Consejo Superior del Poder Judicial y la Fiscalía General del Estado.

Estas opiniones suyas tan ponderadas contrastan con lo que dijo de Pablo Iglesias, que veía «violencia en su mirada».

He estado frente a él en un debate televisivo. Y en su entrevista en Carne Cruda, en la radio, dijo una frase que me impresionó: «Te concedí la entrevista porque creí que eras amigo mío. Tenías una moralidad como nosotros». Me atengo a los hechos: en él veo el bolchevismo en su estado más primitivo. Mi reflexión sobre Podemos es que al hacer tanto tiempo de la caída del socialismo real, del comunismo, nos hemos olvidado de lo que era. Cuando Fernando de los Ríos fue para allá, Lenin le dijo: «Libertad, ¿para qué?». Espero que el pueblo español no se deje arrastrar, especialmente si traen un modelo caudillista, en el estilo venezolano.

José María Carrascal para Jot Down 7

Fotografía: Begoña Rivas


El cielo sobre Berlín: un recorrido por escenarios que ya no existen

El cielo sobre Berlín
El cielo sobre Berlín (1987) Imagen: Road Movies Filmproduktion / Argos Films / Westdeutscher Rundfunk (WDR) / Wim Wenders Stiftung

El cielo sobre Berlín nos recibe engalanado con una densa armadura de nubes que hace tambalearse a nuestra nave. Si conseguimos atravesarla, habremos llegado a la ciudad prometida. Berlín refleja como pocos lugares los devenires de su historia. Cada vez que el ojo se vuelve a mirarla ya parece otra, más maltratada, más mimada, más sexy. Cuando Wim Wenders quiso retratarla hace veintiocho años, esta ciudad no solo era otra, sino que eran dos. Dos ciudades grises salpicadas de descampados donde antes se irguieron los edificios más suntuosos de Europa.

En la visión de Wenders, Berlín está custodiada por ángeles con gabardina que hacen lo que pueden por consolar a los habitantes de este particular purgatorio de espacios desiertos y muros infranqueables. Los ángeles son los únicos que pueden traspasarlos a su antojo, y gracias a ellos disfrutamos de una visión omnisciente y meditativa de la ciudad. La cámara de Henri Alekan los sigue por los aires y a pie de calle para mostrarnos lugares emblemáticos de la ciudad, hitos de tiempo conservados para recordar, y otros a punto de desaparecer. Apenas dos años después de la filmación caía el muro y Berlín volvía a ostentar su estatus de capital de la Alemania reunificada, entregándose a un faraónico proceso de reconstrucción urbanística que dura hasta nuestros días. Quizá intuyendo lo que se avecinaba, Wenders tuvo la voluntad de documentar la ciudad de entonces, enmarcada en una reflexión sobre el tiempo, sobre la aceptación del pasado y la dicha del cambio.

Se podría acusar a su película de tener un argumento laxo, un guion a ratos forzado y un ritmo lento. Pero, ¿acaso importa? ¿Acaso se ha de juzgar El cielo sobre Berlín con estos parámetros? La película nos ofrece la ciudad tal y como era entonces, el destello de belleza de lo que va a desaparecer. Hoy apenas queda rastro de las barreras que la encorsetaban. Paseando por los sitios que Wenders filmó en ocasiones resulta difícil conciliar sus imágenes con lo que vemos.

Potsdamer Platz

Fotografía: Violeta Leiva
Fotografía: Violeta Leiva

«Ich kann den Potsdamer Platz nicht finden. (…) Das kann er doch nicht sein (…) ich gebe so lange nicht auf bis ich den Potsdamer Platz gefunden habe!». «No puedo encontrar la Potsdamer Platz. (…) Esto de aquí no puede ser (…) ¡No me rendiré hasta que la encuentre!». Así habla un Homero octogenario encarnado por el actor Curt Bois mientras camina trabajosamente por un inmenso descampado. ¿Dónde está el café donde solía sentarse? ¿Y los tranvías, y la gente? Ni siquiera hay alguien a quien preguntar. Si la buscara hoy seguiría sin encontrar su Potsdamer Platz, ni tampoco hallaría rastro de ese inmenso descampado. El punto cero de Berlín es hoy un complejo que alberga diecinueve edificios, entre ellos un centro comercial, un casino, varios cines, hoteles y rascacielos.

Al desaparecer el muro que había convertido este centro neurálgico de la ciudad en tierra de nadie, las propuestas para su reconstrucción empezaron a bullir hasta concretarse en el plan de los arquitectos Hilmer & Sattler. En 1998 era inaugurada a bombo y platillo la nueva Potsdamer Platz. Atracción turística de visita obligada, sigue siendo a pesar de ello uno de los sitios más inhóspitos de la ciudad, donde el viento campa a sus anchas, como si siguiese siendo un descampado. La escala humana parece haber sido dejada a un lado en favor de la gigantomanía. Pero esto no achanta a los turistas ni a los cinéfilos, que duermen guardando cola para sacar las entradas de la Berlinale. El festoval se celebra cada mes de febrero en los diversos cines que alberga el complejo.

Hotel Esplanade

Fotografía: Violeta Leiva
Fotografía: Violeta Leiva

Marion (Solveig Dommartin) «baila» en una sala abarrotada al ritmo de Crime & the City Solution mientras el ángel Damiel la contempla sin ser visto. La sala de estilo Belle Époque, que volveremos a ver hacia el final de la película —esta vez con Nick Cave en el escenario—, forma parte del Hotel Esplanade, sito en la Bellevue Strasse y construido en 1908. Durante su época dorada se hospedaron allí actores como Charles Chaplin y Greta Garbo. El enorme edificio fue destruido casi completamente durante la II Guerra Mundial, pero aún en la época de posguerra las dos salas del ala que permaneció en pie siguieron en uso como restaurante y salón de baile. Con la división de la ciudad el edificio quedó en el perímetro de seguridad, haciéndolo inaccesible al público. Durante esta época sirvió de escenario para películas como Cabaret y, más tarde, El cielo sobre Berlín. Tras la caída del muro fue declarado monumento protegido, detalle obviado inicialmente en el plan de construcción de la Potsdamer Platz, que se resolvió finalmente moviendo el edificio setenta y cinco metros de su situación original para integrarlo en el nuevo Sony Center. El resultado es, cuanto menos, chocante: un gigante posmoderno digiriendo un salón neorrococó entre acero y cristales. En la foto vemos un fragmento de la Frühstückssaal, protegido por un cristal.

Mehringplatz

Fotografía: Violeta Leiva
Fotografía: Violeta Leiva

Aparece al principio de la película, mientras la cámara sigue a una mujer en bicicleta. Las viviendas sociales que rodean la plaza son las mismas que vemos hoy, y fueron construidas a finales de los sesenta sobre las ruinas de los edificios arrasados durante la II Guerra Mundial. Situada al final de la Friedrichstrasse en Kreuzberg, su cercanía al muro la convertía entonces en un lugar deprimido, y aún lo sigue siendo. Foco de problemas sociales desde hace décadas, el Senado intenta ahora paliar esta situación con una serie de iniciativas, entre ellas, el saneamiento de la plaza.

Theodor-Wolff-Park

Fotografía: Violeta Leiva
Fotografía: Violeta Leiva

A escasos pasos de la Mehringplatz nos encontramos con este modesto parque en el cruce de Friedrichstrasse con Franz-Kühl Strasse. En 1987 este espacio lo ocupaba un descampado, y fue aquí mismo donde Wenders plantó la carpa del Circo Alekan, en la que Solveig Dommartin jugaba a ser un ángel sobre el trapecio.

El parque, que ya se ve algo envejecido, cuenta con una fuente llamada Nichtgeburtstagsbrunnen («fuente del no cumpleaños»), compuesta por una tetera que lanza un chorro de agua sobre la cabeza de los paseantes hasta una taza. Desafortunadamente, está fuera de servicio.

Anhalter Bahnhof

Fotografía: Violeta Leiva
Fotografía: Violeta Leiva

En otra escena, Peter Falk camina absorto en sus pensamientos y se topa con la Anhalter Bahnhof. La ruina de una gran portada se recorta sobre el cielo. «This must be the station they told me about, with the funny name. Not the station where the train stops, but the station, where the station stops». Efectivamente, la estación de ferrocarril que fue durante una época la más grande de Europa, terminaba o empezaba, según se mire, en esta portada. Hoy es todo lo que queda de ella.

Si atravesamos una de sus puertas y caminamos en línea recta, sorteando un campo de fútbol, nos adentraremos en un parque donde aún, disimulados entre la vegetación, podemos encontrar numerosos carriles de vías.

Lohmühlenbrücke

Fotografía: Violeta Leiva
Fotografía: Violeta Leiva

Los ángeles Damiel y Cassiel caminan por un puente sobre el canal, el puente termina abruptamente en un muro. Una pintada sobre este dice: «Iss rotes Apfelmus!» ((«¡Come puré de manzana rojo!»). Los dos ángeles conversan y atraviesan el muro como si tal cosa.

Si cruzamos hoy el Lohmülenbrücke nada nos hace sospechar su pasado. El puente, situado en la intersección de tres barrios —Kreuzberg, Neukölln y Treptow— se enclava en una zona muy revalorizada en los últimos años, en la que el proceso de gentrificación de la ciudad es más palpable. A un lado y otro del canal se suceden los cafés y las terrazas. Entre la clientela nadie parece tener más de treinta años. Se respira una atmósfera lúdica muy alejada de la pausada y melancólica visión de la película. Si los ángeles siguen paseándose por Berlín, es posible que se sientan importunados por tanto hipster.


Un imperio y dos orillas

Zapatiila utilizada por Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Fotografía: Cordon Press
Zapatiila utilizada por Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Fotografía: Cordon Press

Es difícil trabajar con la familia. A veces las cosas se dicen, los sentimientos se hieren y se crean las grietas. Adolf Dassler

Mientras Paulina hace la colada en el cobertizo de casa, sus tres hijos despachan a domicilio la ropa recién lavada. En Herzogenaurach a los hermanos Dassler todos les conocen por «los chicos de la lavandería». Adi, el más pequeño y tozudo de los tres, aún es capaz de arañar tiempo libre, y así talla ramas que le sirvan como jabalinas, o pule piedras para lanzarlas como pesos. A orillas del río Aurach la vida es mansa y ordenada, pero en cuanto se inicia la Gran Guerra todo empieza a desmoronarse. Los hermanos mayores, Fritz y Rudolf, pasarán los cuatro años siguientes enfangados en las trincheras belgas, y Adi, que cuenta con tan solo diecisiete años, también combatirá ya en el epílogo de los enfrentamientos. Y a pesar de que los tres regresaron sanos y salvos, los estragos del frente curtieron para siempre el carácter, hasta entonces afable, de los hermanos Dassler. Las estrecheces de la posguerra recortan los gastos domésticos, ya nadie puede pagar para que le laven la ropa. La lavandería no tenía ya razón de ser, pero donde cunde la miseria Adi ve una oportunidad, y con las herramientas que recolecta de días enteros peinando los abandonados campos de batalla junto a la máquina de coser diseñada a partir del cuadro y los pedales de su vieja bicicleta fabricó, en el cobertizo de casa, la primera de sus revolucionarias invenciones: las zapatillas de clavos para correr.

La firma del tratado de Versalles sometía la gestión de los recursos alemanes a manos de los vencedores; el momento para emprender es adverso. Como alivio a todas aquellas tensiones, el deporte comenzaba a atraer a la gente. Su hermano Rudolf huele el negocio, y se une al proyecto. Sus caracteres son antagónicos, pero se ensamblan a la perfección: cuanto más introvertido es uno tanto más afable es el otro. Así, mientras Adi se afana en el taller, Rudolf desarrolla sus hábiles dotes comerciales. Nace así Gebrüder Dassler Schuhfabrik. Es 1926, la empresa crece, por lo que se han de mudar a una fábrica más grande en la otra orilla del Aurach. Además la industria, al igual que el país, resurgía. Como tantos otros, los tres hermanos se afilian al Partido Nacionalsocialista en mayo de 1933. Los nazis ven en el deporte el galvanizador idóneo para esparcir camaradería y disciplina. Cuando Hitler garabateaba su imperio sobre un mapamundi, los hermanos Dassler levantaban el suyo desde un cobertizo.

En el seno de la familia olímpica rondan dudas más que razonables sobre la celebración de los Juegos Olímpicos en Berlín, nido del emergente nacionalsocialismo. Al mismo tiempo, en Barcelona, en un flagrante intento de boicot político, se contraprogramó con la denominada Olimpiada Popular, donde unos doscientos de aquellos deportistas, después de participar, se quedaron en España para unirse a las milicias republicanas.

El éxito empieza a asomarse cuando Josef Waitzer, seleccionador nacional de atletismo, peregrina hasta Herzogenaurach en busca de esos locos de las zapatillas de clavos. A raíz de aquella visita, y con los años, se tejieron unos profundos vínculos de amistad y colaboración. En Berlín, al socaire de Waitzer, Adi campa a sus anchas por la villa olímpica. Casi todos los atletas nazis llevaban calzado Dassler, pero Adi centra su atención en Jesse Owens. Impresionado con el «Antílope de ébano», Adi le muestra furtivamente sus zapatillas de clavos con gestos, ofreciéndole un par: «toma, pruébatelas». Owens se las calzó, y con ellas ganó todo lo que se podía ganar. Los cuatro oros obtenidos enmudecieron Berlín, aunque el zarpazo definitivo sucedió en la final de salto de longitud. Jesse no solo batió el récord olímpico con un salto de 8,06 metros por delante del ario Lutz Long, sino que el saltador alemán fue el primero en abrazarse y felicitar a Owens. («Se podrían fundir todas las medallas que gané y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que hice con Long»).

Jesse Owens y Lutz Long. Fotografía: ©TopFoto / Cordon Press
Jesse Owens y Lutz Long. Fotografía: Cordon Press.

Berlín supone el despegue internacional de los productos Dassler. Se amplían las naves, y al lado se construye «la Villa», la mansión donde vivirá todo el clan. Pero mientras construían una multinacional, a los Dassler se les derrumbaba una familia. Adi se volvió más terco con el trabajo, y Rudolf cada vez más descastado con los suyos. También se torna decisivo el papel desempeñado por ambas esposas. La discreta Friedl, la mujer de Rudolf, balancea el genio descarado de Käthe, la mujer de Adi. Friedl era el dique que contenía la furia de su esposo, entretanto Käthe no hacía otra cosa que enconar la cizaña.

Existen dos clases de conflictos que explicarían una civilización entera: los armados y los de familia. Al tiempo que repunta el auge nazi, Rudolf disputa el liderazgo de la compañía a su hermano Adi. Las malas lenguas, además, apuntan a un affaire entre Rudolf y Käthe. Y a pesar de no existir confirmación alguna de aquello, solo espurias versiones como la de la señora Welker —la primera contable de la empresa, que lo aireó en una comida familiar— los rumores siempre emponzoñan más que las certezas. El odio se redobló, y cada uno de los hermanos ya no pararía hasta arrastrar al otro al infierno.

Mientras Europa se suicida, Herzogenaurach logra mantenerse al margen. Por entonces Adi es llamado a filas, pero a los tres meses fue declarado exento, ya que se le consideró más útil en Gebrüder Dassler que en el frente. Entonces sí que la guerra empezó a anegarlo todo, se raciona el esfuerzo industrial y Adi se ve abocado a improvisar auténticos malabares para evitar el cierre la fábrica, desde solicitar prisioneros rusos para completar la plantilla hasta ampliar la gama con modelos como «Kampf» (Lucha) o «Blitz» (Relámpago).

El ensañamiento se colma en febrero de 1943, con los primeros bombardeos nocturnos sobre Herzogenaurach. Una de aquellas noches fúnebres Rudolf ya se encontraba en el refugio antiaéreo junto a su familia cuando poco después acudió Adi en compañía de la suya, quien, nada más entrar, no pudo por menos que rezongar un «ya están aquí otra vez estos cabrones». Adi, por supuesto, se refería a los aviones. Rudolf, lo tenía claro, asumió que iba por ellos.

Totaler Krieg – Kürzester Krieg. Fotografía:  Bundesarchiv (CC)
Totaler Krieg – Kürzester Krieg. Fotografía: Bundesarchiv (CC)

La puntilla la da Hitler llamando a la movilización de todo el pueblo alemán. Ahora es Rudolf el reclutado por la Wehrmacht, siendo destinado a la lejana aduana de Tuszyn. La paranoia y la distancia redoblaron la aversión cainita de Rudolf, quien no cesaría hasta arrastrar a su hermano al infierno, como se lo hizo saber mediante una carta: «No dudaré en pedir que cierren la fábrica para que tengas que asumir una ocupación que te permita jugar a ser jefe». Goebbels llama a la Totaler Krieg: las tropas entrarían en combate, los liberados trabajarían en las factorías setenta horas semanales, y quedarían suspendidos todos los eventos culturales y deportivos, así como las operaciones comerciales civiles. Quién necesitaba zapatillas. Ahora Gebrüder Dassler fabricaría los Panzerschreck —«el terror de los tanques»—, plagio nazi del bazooka estadounidense. Cuando a principios de 1945 los tanques aliados cruzaron el Rin, y el Ejército Rojo avanzaba hacia posiciones próximas a Tuszyn, Rudolf huyó de su puesto. La Gestapo no tardó en detenerle, aquella deserción le costó dar con sus huesos en la cárcel. La condena consistió, encadenado junto a otros veintiséis reos, en caminar trescientos kilómetros hasta el campo de concentración de Dachau. La orden era nítida: matar a los prisioneros durante la travesía, descerrajándoles un disparo por la espalda. Pero Luwdig Müller, el supervisor de la marcha, obvió la orden, dirigió el grupo hacia el sur, y cerca de Pappenheim fue interceptado por un convoy de americanos, lo que permitió la liberación de todos los prisioneros.

Derrengado y exhausto, fue así como Rudolf logró regresar a Herzogenaurach. De poco o nada le sirvió: es arrestado de nuevo, en esta ocasión por el bando aliado, acusándole de tareas de espionaje y censura. Cuando es internado en el campo de Hammelburg, Rudolf fue informado de que estaba allí porque alguien le había denunciado. Y no tuvo dudas de quién pudo ser. Pero el atasco burocrático y la prioritaria reconstrucción provocan retrasos que torpedeaban la resolución de los casos, lo que provocó que muchos de los acusados prisioneros, los que no fuesen amenaza, quedasen en libertad. Justo un año después Rudolf Dassler vuelve a ser libre.

La lucha siguió en la casa de los Dassler con interminables discusiones para aclarar qué pasó durante la guerra. Rudolf se vuelve furioso contra Käthe, seguro de que fueron ella y su marido quienes interpusieron la «denuncia de mala fe». Si el panorama ya era insostenible justo dos semanas antes de la liberación de su hermano, Adi, catalogado como «colaborador muy activo» del régimen nazi, tuvo que defender su propio caso ante el comité de desnazificación. No pudo ocultar su pasado de afiliación y pertenencia a las Juventudes Hitlerianas, por lo que se vio abocado a recopilar apoyos para su defensa. Valentin Fröhlich, antiguo alcalde de Herzogenaurach, no dudó en afirmar que Adolf era muy apreciado en la comunidad, a diferencia de sus hermanos, y que de los sesenta empleados de la fábrica solo uno estaba afiliado al partido. Decisivo fue también el testimonio de un veterano miembro comunista del KPD: «Por lo que yo vi, el deporte era la única política que contaba para él. No sabía nada de la política de los políticos».

El odio se iba haciendo grande, desplazando a cada hermano a una de las orillas del río. Rudolf recién liberado vuelve a casa con la tozuda intención de horadar más en la culpa de su hermano, desterrarle en la ignominia, fabulando que la idea de fabricar armas fue de Adi, que él no supo nunca de estos manejos. Käthe, despechada y furibunda, no cejó hasta elevar un escrito al mismísimo comité de desnazificación, exculpando a Adi de la emboscada de Rudolf: «Declaro que es incierto. Mi marido hizo todo lo que pudo para exonerar a su hermano». También desmontó que Adi arengara a los empleados con soflamas políticas («Los discursos, tanto dentro como fuera de la fábrica, deben atribuirse a Rudolf Dassler, como podrá confirmar cualquier empleado de la empresa»).

La declaración de Käthe logró que el comité modificase el veredicto, por lo que Adi fue declarado «Mitläufer», uno más de los millones de miembros del partido que, sin embargo, no colaboraron activamente. Así es como pudo volver a reflotar la fábrica.

El retorno al hogar estrangula definitivamente la convivencia. Las continuas tribulaciones desembocan en la ruptura definitiva. Rudolf se instalará a una orilla del Aurach. Las naves, patentes y maquinaria se repartirían a partes iguales. En lo que concernía a la plantilla se improvisó un plebiscito para que los empleados eligiesen con quién quería cada uno quedarse a trabajar. Los comerciales, con Rudolf. Los operarios y técnicos, con Adi. Se crean dos marcas. Adi registra la suya con el acrónimo de su nombre y su primer apellido: Adidas. Tres bandas blancas serán su emblema. Rudolf quiere hacer lo mismo con su empresa, pero «Ruda» suena poco atrayente. Su negocio se llamará «Puma». En 1948 se registra el logo del felino veloz y fiero. La seña de identidad sería al principio una única pieza blanca, terminando en el formstripe que hoy sigue.

El cisma seccionó la ciudad en dos; el río Aurach sería la frontera. Los pumeraner contra los adidassler. Herzogenaurach a partir de entonces será conocida como «la ciudad de las cuellos encorvados»: antes que a los ojos se mira al suelo. No para mostrar respeto, sino para escrutar el calzado del otro. Cada orilla tiene sus propios gremios, hasta distintas escuelas. Incluso los equipos locales se reparten el patrocinio: RSV para Adidas, FC Herzogenaurach para Puma.

Fue Rudolf quien lo tuvo todo para conquistar el mundo del calzado deportivo, pero lo brusco de su carácter le hizo pelearse con el hombre equivocado: Sepp Herberger, seleccionador de fútbol germano. Forjó Rudolf una recia amistad con Sepp, y él mismo la evaporó. Rudolf no se consideraba bien tratado, con la deferencia debida, y no dudó en recriminárselo a Herberger: «No eres más que un reyezuelo. Si no nos convienes, escogeremos a otro». A raíz del encontronazo Herberger entabló relación con Adi, de perfil más parecido al suyo. Aunque escuetos en el hablar, les bastaba un simple gesto para descifrar lo que el uno esperaba del otro. Aquel silencio cómplice terminó convirtiéndose con el tiempo en una estima casi litúrgica. Adi pasó a ser habitual de Herberger y su entorno. Así, el joven zapatero terminó en 1954 en el mismo autobús que llevó a «Die Mannschaft» a la final del Mundial de fútbol de Suiza. Ese 4 de julio, en Berna, Alemania sufría aún un velo de humillación que atenazaba a todo un país en derribo. Tras muchos altibajos se llegó a la final contra Hungría de los Kocsis, Czibor y el mismísimo Pancho Puskas, «los magiares mágicos». Alemania por entonces no jugaba a nada, y a la pésima noticia del sol reluciente se le unió el precedente contra Hungría, equipo combinativo y preciosista que jugaba con el primer falso nueve de la historia, Hidegkuti, y que ya en la ronda preliminar les había endosado un humillante 8-3. Pero empezó a llover, y se oyó a Sepp Herberger gritar: «Adi, atornilla los tacos». Botas de fútbol con tacos intercambiables, la increíble última creación de Adi Dassler: los más largos evitarían resbalarse en el barro, los más cortos se usarían si el césped estaba seco. El 2-0 con el que se adelantó la favorita Hungría fue neutralizado antes del descanso por los alemanes. Lo que hoy se conoce como el milagro de Berna (Das Wunder von Bern) no llegó hasta que quedaban seis minutos para el pitido final, cuando Helmut Rahn marcó el definitivo 3-2. Campeones del mundo. En la foto del equipo alemán, por insistencia de Herberger, asoma la silueta del zapatero, Adi.

Fotografía: imago sportfotodienst / Cordon Press
Fotografía: imago sportfotodienst / Cordon Press

Extraoficialmente era el resurgimiento de Alemania, el fin de una infame devastación. La inopinada victoria desborda la demanda de pedidos en Adidas. Las tres bandas blancas se convirtieron en símbolo mundial. Adi seguiría siendo aquel jefe modesto y sencillo que goza del aprecio de los empleados. Mientras, en la otra orilla del Aurach, Rudolf dirigía más informalmente Puma, tenía tendencia a las charlas informales, casi paternalistas, compartiendo incluso el almuerzo con sus pumeraner. Pero mudaba rápidamente de humor, muy a menudo y de repente, y eso también lo sufrían sus empleados.

Pasaron los años, y ambas compañías empezaron a monopolizar los suministros de calzado y equipaciones deportivas: Puma en los clubs alemanes, Adidas en las selecciones nacionales de Europa y África. Y aunque olía a retiro dorado para los dos fundadores —mientras en una orilla del Aurach los nietos de Adi jugaban con Beckenbauer, sus primos peloteaban al otro lado del río con Pelé— ninguno quiso capitular del todo: sus hijos se encargarían de dirigir los respectivos imperios deportivos con idéntica tenacidad, y mayor repulsa hacia el enemigo, si cabe, que sus propios padres.

Cuando Rudolf falleció, el 6 de septiembre de 1976, desde Adidas se emitió una irónica, casi vengativa, nota de condolencia: «Por razones de humana piedad, la familia de Adolf Dassler no hará comentario alguno sobre la muerte de Rudolf Dassler». Cuatro años después murió Adi. Tan separados en muerte como lo estuvieron en vida, en el cementerio de Herzogenaurach los dos hermanos están enterrados lo más alejado que se pudo el uno del otro. Como si la muerte tuviese también dos orillas.


Guía para ser más de Berlín que John F. Kennedy

Fotografía: m.a.r.c (CC)
Fotografía: m.a.r.c (CC)

«Ich bin ein Berliner» dijo John Fitzgerald Kennedy en 1963 desde el balcón del antiguo ayuntamiento de Berlín. ¿Y saben una cosa? Tenía razón. Porque una vez pones el pie en el viejo continente, eres berlinés. Yo lo soy y ustedes lo son y todos lo somos. Porque Berlín es el centro y el nodo. Es la fuente y la base de la cultura urbana europea.

Porque Berlín es la capital de Europa.

Pasó mucho tiempo desgajada en dos cápsulas tan simétricas y tan ajenas que acabaron siendo un símbolo del siglo XX; pero cuando las burbujas se diluyeron y se mezclaron y Berlín se abrazó a si misma, la ciudad nos dijo que lo del año 2000 era mentira. Que el mundo acababa de entrar en el siglo XXI.

Berlín nos empujó propulsada por motores que nacían en los museos y las exposiciones. En edificios históricos y construcciones hipertecnológicas. En Bertolt Brecht y Herta Müller. En el rock y el techno. En el cuero y el queer. Y en cada bar y cada grafiti y cada piedra de cada una de sus calles.

Mitte, el mito y el corazón

Berlín es el centro y, hasta hace un siglo, Berlín solo era el Mitte —literalmente, el centro—. Ahora, el centro es tan grande que ocupa hasta trece barrios. Al este, el barrio de los museos; una isla en medio del río Spree que despliega sus brazos hacia el sur en el Museo de Historia Alemana y la antigua estación término de la línea ferroviaria Berlín-Hamburgo: el Hamburger Bahnhof Museum für Gegenwart. Es bonito imaginar a los trenes desembocando en un contenedor neoclásico para el arte contemporáneo.

Aún más al este, siguiendo al río que es casi un canal, llegamos a la Alexanderplatz, que pertenece tanto a Alfred Döblin y a Rainer Fassbinder como a la Torre de televisión y al Ayuntamiento Rojo —rojo de historia y rojo de ladrillos—. Y también pertenece al presente, a la parte más serena del presente. Entre la isla y la Alexanderplatz, se despliega el Hackescher Markt y los veintisiete mil metros cuadrados del Hackesche Höfe: ocho patios interconectados que se abrían al cielo sobre los ciudadanos del Berlín oriental y que ahora mira a todos los berlineses. Nos mira a todos.

Al final, en la Auguststraße, nos encontramos con la parte más divertida del pasado que ha corrido hasta nuestro futuro. Es la Clärchens Ballhaus: cafetería, restaurante y, como su letrero dice, sala de baile entre espejos que llevan allí desde 1913. Desde Marlene Dietrich y Kurt Weill.

Fotografías: Colin Ford y Fridolin freudenfett (CC)
Fotografías: Colin Ford y Fridolin freudenfett (CC)

Si caminan un poco más por la Auguststraße, deberían entrar en The Barn, donde sirven el que es posiblemente el mejor café del Mitte. Aún más al norte llegamos al viejo cine Delphi que, como la Clärchens Ballhaus, lleva en pie desde antes de la guerra. Construido en el 29, su fachada entre el art-decó y el racionalismo resistió el bombardeo aliado y, con un breve paréntesis, ha mantenido su actividad hasta hoy. Es uno de los pocos cines de Alemania, quizá del mundo, que aún pintan a mano los carteles de las películas que proyectan. No pudo ser, porque estaba en el este, pero seguro que los berlineses habrían disfrutado allí del Uno, Dos, Tres de Billy Wilder acompañado de una Coca-Cola de 1961.

En el oeste, en el nuevo Mitte se levanta el nuevo Reichstag. Un centro, un vórtice desde el que Berlín se arremolina con todos sus cristales intactos. También se levanta la Puerta que miraba al este y, un poco más al sur, la Potsdamer Platz, que mira al gran plano de la Neue Nationalgalerie levantada por Mies van der Rohe en 1968, cuando Kennedy ya no era ni berlinés ni americano.

Kreuzberg, un baño en el centro de la modernidad europea

Si alguna vez, tras una caminata urbana o quizás al acabar una noche de las largas, se han comido un döner kebab, sepan que se lo tienen que agradecer al Kreuzberg, porque allí se inventó a mediados de los setenta. En esa época, el barrio era tan distinto como los dos lados del Muro. Ahora, los berlineses le llaman —le llamamos— sencillamente X-Berg. Y es que si Berlín es un motor, el encendido de ese motor chispea en un barrio poblado por alemanes, turco-alemanes, judíos alemanes y alemanes llegados desde cualquier punto y momento del globo. O sea, por berlineses.

El X-Berg corre entre la Oranienstraße y la Bergmannstraße, al sur del Spree, y sus calles y sus tiendas y sus negocios marcan la tendencia mundial. No en vano, es uno de los enclaves europeos donde más start-up tecnológicas han abierto en la última década y hay un buen número de locales que aceptan el bitcoin como moneda de pago.

En el X-Berg nació el döner kebab, pero también nacieron las tiendas abiertas hasta las tres de la mañana, que los berlineses llamamos spätis. Porque en el X-Berg comemos kebabs en sus decenas de puestos callejeros, pero también vamos al Curry 36 de la Mehringdamm a por una currywurst, picante, india y berlinesa. Y cuando buscamos algo un poco más sofisticado, vamos al Bar Raval, que Daniel Brühl abrió en 2011 junto al parque Görlitzer. Un local tan alemán como Brühl y tan barcelonés como Daniel.

En el X-Berg podemos comprar ropa de segunda mano en cafeterías como la Sing Blackbird  de Sanderstraße o renovar nuestro armario más moderno y más vintage en la Voo de la misma Oranienstraße.

Fotografías cortesía de Arena Club Berlin.
Fotografías cortesía de Arena Club Berlin.

En el X-Berg jugamos al golf fluorescente en el Schwarzlicht Minigolf. Escuchamos jazz en terrazas junto al canal o en jardines y parques, como en el club Das Edelweiss. Cantamos indie y rap y punk y rock en el Magnet, en el lynchiano Madame Claude, con sus mesas en el techo, o en el SO36: templo de la música en directo europea desde hace más de cuarenta años. Allí han actuado desde los Dead Kennedys y Die Ärtze hasta lo más avanzado del electro contemporáneo. Y en verano, sea día o noche, nos bañamos en el Arena Club Badeschiff, una piscina cubierta y descubierta empotrada en el Spree. El Arena Club es un complejo donde, aparte de remojarnos en aguas controladas, bailamos en raves y paseamos entre cuadros, esculturas y performances. Porque en el X-Berg, incluso donde hay fiestas acuáticas flota el empuje cultural.

Porque en Kreuzberg vibra todo. Vibran las cicatrices del pasado en el Museo Judío de Daniel Libeskind y también palpita el mejor arte callejero en todos los murales de todas sus paredes. Es tal la categoría a la que ha llegado el grafiti berlinés que, hace apenas unas semanas, el artista italiano BLU decidió borrar una de sus mejores obras cuando supo que una constructora la estaba usando como reclamo para las viviendas que iba a construir enfrente.

Fotografía: CBS Fan (CC)
Fotografía: CBS Fan (CC)

Friedrichshain, una exposición al cielo abierto sobre Berlín

Sí, Berlín está llena de museos y galerías; y sí, el arte urbano se ha convertido en seña de identidad de toda la ciudad. Pero hay un lugar donde la ciudad es lienzo, es Friedrichshain. Enclavado al norte del río, junto a Kreuzberg, barrio con el que forma co-distrito, las calles de Friedrichshain aún respiran la atmósfera okupa de los ochenta. Ahora también hay parques y plazas tranquilas como Boxhagener, por las que caminar plácidamente entre los árboles y las fachadas.

Pasear por Berlín es pasear por la historia. Y la historia de Berlín está a la orilla del Spree, en los restos de la cara este del Muro que se salvaron del derribo y que corren por Mühlenstraße. Es la East Side Gallery, y a lo largo de 1.316 metros de hormigón se suceden murales y grafitis, la mayoría encargados ex profeso para la instalación y muchos de ellos convertidos en reflejo de un tiempo y un espíritu que sigue envolviendo al barrio y a la ciudad.

Fotografía: Osamu Kaneko (CC)
Fotografía: Osamu Kaneko (CC)

Claro que la historia de Berlín es también la historia del techno, desde la alianza con Detroit a principios de los noventa hasta el Love Parade que recorría la ciudad cada año hasta 2010. A pocos metros del Muro, en la antigua central eléctrica de Vattenfall abre sus puertas el Berghain, posiblemente la discoteca más importante del mundo del techno y símbolo del hedonismo y la libertad berlinesa. De hecho, en el mismo edificio se esconde el Lab.Oratory, con su decadente decoración industrial y sus laberínticas salas, que pasa por ser el local gay masculino más intrincado, más perverso y a la vez más exquisito de Berlín.

Schöneberg, el eje de la cultura gay

Porque al igual que pasa con el arte urbano, la cultura gay de Berlín es sello de la ciudad y se extiende libremente por todos sus barrios. Desde la Fetish Week, que suele coincidir con la Semana Santa, hasta el festival anual Folsom Europe, dedicado casi exclusivamente al leather. Pero todo centro tiene un centro, y el corazón LBGT de Berlín está al suroeste de la Puerta, en Schöneberg.

Fotografía: Babewyn (CC)
Fotografía: Babewyn (CC)

Alrededor de Motzstrasse y Fuggerstrasse nos encontramos con locales gay de toda condición; no solo bares de copas, sino también cines, cafeterías, restaurantes o mezclas de todo ello como el Café Berio. Y también la Prinz Eisenherz, ese príncipe tan valiente que se inauguró en 1978 y que es la librería gay más antigua de Europa. Porque histórico, verdaderamente histórico es el movimiento LGBT berlinés. No en vano, aunque la mayor parte de la población actual del barrio es masculina, Schöneberg comenzó a ser barrio gay en los años veinte gracias a las lesbianas que se reunían en sus cabarets. Las mismas mujeres que inspirarían a Christopher Isherwood para dar vida a Sally Bowles. En los mismos cabarets que servirían a Kander y Ebb y a Bob Fosse para dar nombre, atmósfera y espíritu a su formidable musical.

Neukölln, mercados bio y un aeropuerto que es un parque

En Berlín respiran decenas de parques y jardines de todo porte y superficie. Desde el boscoso Großer Tiergarten al oeste de la Puerta, hasta el monumental Treptower, un recuerdo del pasado soviético de la ciudad enmarcado en un realismo socialista ciclópeo y hierático. Con todo, el parque más curioso de Berlín es Tempelhofer, el antiguo aeropuerto de la ciudad. Construido en los años veinte y remodelado por Albert Speer durante el Tercer Reich, desde el Flughafen Berlin-Tempelhof despegaron aviones hasta el año 2008. En todos esos años también sirvió para celebrar eventos y conciertos e incluso para que Steven Spielberg metiera a Indiana Jones en un dirigible camino de su última cruzada. Ahora, el Tempelhofer abre sus pistas para que los berlineses paseemos, corramos, montemos en bici, patinemos o volemos cometas.

Fotografía: Robert Aehnelt (CC)
Fotografía: Robert Aehnelt (CC)

Junto al antiguo aeropuerto corre la Karl-Marx-Straße y se extiende el barrio de Neukölln. Los martes y los viernes, el Neukölln se convierte en un pequeño Estambul en el frente del canal, cuando el Türkenmarkt desparrama sus puestos y tenderetes de ropa, telas, cortinas y hasta alfombras, pero también de especias, carne asada, fruta fresca y legumbres.

Porque la comida, la parte más especial y a veces más oculta de la comida, define Neukölln. En Kranoldplatz abre Die Dicke Linda, el mercado con nombre de patata y cuyos productos no son únicamente bio —cultivados en condiciones de equilibrio ecológico— sino que la mayoría proceden de granjas locales. Todo Neukölln parece prestar especial cuidado en la alimentación de los berlineses: supermercados ecológicos como BioCompany o LGT BioMarkt, cafeterías y restaurantes como el encantador Roamers, situado al final de la Pannierstraße. De hecho, en el barrio podemos entrar en el primer paleorestaurante de Berlín. Y es que en el Sauvage de la Pflügerstraße se come como hace diez mil años: sin gluten, sin harinas, sin granos, sin azúcares refinados ni aceites procesados. La misma carne y el mismo pescado y las mismas frutas, verduras y raíces que poblaban Europa cuando aún no existía Europa.

Fotografía: abbilder (CC)
Fotografía: abbilder (CC)

Prenzlauer Berg, música en directo y también al aire libre

Los domingos soleados, a los berlineses nos gusta subir hasta el Mauerpark —el parque del Muro— en un extremo del tranquilo barrio de Prenzlauer Berg. A comprar antigüedades en el mercadillo más importante de la ciudad. A escuchar a artistas y grupos que tocan jazz y rock entre los parterres. Quizá incluso a cantar en el karaoke público y gratuito que divierte a las gradas del anfiteatro durante casi seis horas.

Por las noches preferimos que el barrio sea menos tranquilo y nos vamos al club Bassy, en Schönhauser Allee. En el Bassy se enorgullecen de que su música siempre será anterior a 1969; dirty blues, garaje punk, surf, thrash, blues y, por supuesto, rock n’ roll. Allí, entre tupés, vaqueros remangados, camisas hawaiianas y neo pinups de eyeliner desafiante, nos apetece creernos que nuestras noches son las mismas noches salvajes que Iggy Pop y David Bowie pasaron en Berlín.

Fotografía cortesía de Bassy Club.
Fotografía cortesía de Bassy Club.

El 26 de junio de 1963, el presidente Kennedy dijo que era berlinés. Nosotros también los somos, porque nos gusta el art decó y la arquitectura de vanguardia. Porque nos gustan las fotos de Helmut Newton y los grafitis en murales del tamaño de edificios. Porque nos gusta patinar por aeropuertos que son parques. Porque nos gusta comer kebabs y salchichas y alimentos sin pesticidas o ni siquiera procesados. Porque nos gusta la ropa moderna y la de segunda mano. Porque nos gusta el rap, el techno, el punk, el indie y el rock. Porque nos gusta ser heteros y gays y lesbianas y transexuales. Porque nos gusta Wenders y Fassbinder y Bowie y Dietrich y Daniel Brühl. Y porque nos gusta bañarnos bajo el cielo del centro de Europa. Sí, somos berlineses.

Fotografía: Rae Allen (CC)
Fotografía: Rae Allen (CC)