Relatos y creencias colectivas

Foto: Cordon Press.

La configuración de creencias colectivas suele relacionarse con la idea de que existe un objetivo superior y para conseguirlo hay que sacrificarse ahora. Desplazar el deseo en aras de una satisfacción mayor. El argumento persuasivo por excelencia sería: haz esto porque es por tu bien. La felicidad está en el futuro. Incluso en otra vida. Si te portas bien ahora te ganarás el cielo después.

El desafío consiste en diseñar relatos efectivos para que la gente los crea. Hay que insistir en que no es una realidad imaginada por nosotros mismos, sino que el orden que se impone fue creado por los dioses o las leyes de la naturaleza[1].

Las grandes líneas argumentales para el diseño de estos relatos pueden agruparse en dos: las que se refieren a la primacía del conjunto social o las que priorizan al individuo[2]. En cualquier caso, es importante conocer la forma de elaborar el deseo. Una excesiva cesión del propio deseo por el bien común puede ser tan negativo como la primacía del propio deseo particular por encima de los intereses colectivos. De hecho, para el budismo, el sufrimiento está en la persecución de sensaciones placenteras fugaces. Por tanto, la satisfacción no solo depende de lograr cosas externas sino también de perseguir sensaciones y anhelos internos.

El poder corrompe y la falta de poder corrompe todavía más

(Adlai Ewing Stevenson)

Un relato en el que confluyen el ámbito individual y el colectivo es el del dinero. Resulta fascinante pensar que todo el mundo se ha puesto de acuerdo en que un trozo de papel llamado dinero puede intercambiarse por un objeto o artículo. Aun entre gentes de diversas culturas y países. El dinero es un medio universal de intercambio que permite a la gente convertir casi todo en casi cualquier cosa[3].

Y desde luego, la religión es la gran fuente de relatos inspiradores de creencias colectivas legitimadas por una fuente superior. El modo más eficiente de instalar pensamientos y creencias en la colectividad consiste en aludir a las fuentes sagradas del conocimiento o a la voluntad de dios, creador de la vida y no creado.

En otro orden de cosas, es importante que los relatos tengan una clara vocación de expansión de estas creencias a todo el mundo. Este afán colonizador pone pasión en la defensa de la idea y además establece una diferencia entre los que forman parte del proyecto y los que no pertenecen a él. Es sabido que la sensación de pertenencia a instancias colectivas es esencial para la construcción de la identidad del ser humano[4]. Desde esta perspectiva, liberalismo, comunismo, capitalismo, nacionalismo… están a caballo entre la religión y la vocación expansiva imperial[5].

La combinación entre imperio y ciencia también suele ser muy beneficiosa. Instalar la idea de que lo que no sabemos lo podemos investigar y averiguar es interesante para el conocimiento, pero también como mecanismo de dominación.

En definitiva, para instalar una creencia se necesita desalojar al ser humano de la conexión que este tiene consigo mismo. Es necesario que la influencia de las fuentes de conocimiento sea tan potente que hagan desconfiar a la persona de sus propios criterios e intuiciones para que crea lo que se le dice desde el exterior.

Este proceso ha sido largo a través de la historia y hunde sus raíces en la transición del panteísmo al monoteísmo. Si se considera que todo lo existente es sagrado, como defiende el panteísmo, la población es más difícil de gobernar. Hermes Trismegisto (2000 a. C.) explica en el Corpus Hermeticum la importancia de la lucha por implantar un único dios verdadero, dejando de pensar que lo divino estaba en todas partes. El monoteísmo externaliza a dios y con ello, garantiza un manual de instrucciones precisas acerca de cómo adorar a un dios que es externo a cada persona. El mensaje sería: Olvídate de ti mismo, de tus intuiciones y de tus necesidades. No eres tan importante. Dios no está en todas partes. Lo esencial es adorar este dios que te propongo y que será el proveedor de tu futuro paraíso. Desconfía de lo que crees que sabes y vincúlate a las fuentes sagradas del conocimiento.

Desde esta perspectiva, la teoría política defiende a menudo que es esencial que la gente no conozca la fuerza que tendría si fuera capaz de organizarse.

La racionalidad pertenece a los
observadores tranquilos, mientras que la gente
corriente no sigue más razón que la fe.

(Reinhold Nieburhr[6]).

Creencias y conciencia

La experiencia no es lo que le ocurre al individuo, es lo que el individuo hace con lo que le ocurre.

(Aldous Huxley)

No percibimos directamente la realidad, construimos mapas para enfrentar el mundo mediante reductores de complejidad que llamamos los sentidos. Las tres operaciones psicolingüísticas que empleamos para cartografiar la realidad son la generalización, la eliminación y la distorsión o metaforización de datos del exterior. Además, para realizar estas operaciones necesitamos relatos, para percibir si esa historia que escuchamos es la que da satisfacción a la intuición que tenemos acerca de la vida.

La toma de conciencia es una operación posterior a la construcción de mapas y sirve para muchas cosas, aunque también tiene una gran limitación: separa al sujeto de la experiencia que tiene del mundo y le sitúa en lo que debe pensar de la misma. La conciencia toca todas las dimensiones de la estructura de la personalidad: las capacidades, los comportamientos, la percepción de la propia identidad y por supuesto también las creencias.

Todo lo perjudicial se hace desde la auto convicción de la buena conciencia: las guerras, el rechazo a personas o a cuestiones ideológicas, recibe su fuerza de la buena conciencia.

Si un padre hace algo bueno por su hijo no dice que actúa por su buena conciencia. Si una mujer ama a un hombre no le dice que lo ama porque sigue los dictados de su conciencia. La conciencia a veces es excesivamente dominante en las relaciones. El que actúa según su conciencia cree que es correcto y excluye a los demás. La conciencia nos vincula a nuestro clan y nos excluye de los otros. Se ama a los diferentes cuando somos capaces de traspasar la conciencia.

A menudo, la conciencia impide que percibamos, nos dicta lo que debemos percibir, nos hace ciegos. Tiene una dimensión psicogenealógica ya que, en muchas ocasiones, proviene de un mandato transgeneracional que se activa en modo de diálogo interno, especialmente cuando entramos en estrés.

La conciencia fragmenta lo bueno y lo malo y polariza la atención hacia lo bueno. Sin embargo, lo bueno no puede existir sin lo malo, son valores consustanciales. Las personas percibimos igual lo bueno y lo malo. Mantenerse bajo la influencia de la buena conciencia es negar y excluir una parte del mundo y ese es el inicio de la neurosis (Bert Hellinger: DVD 8, última parte: Felicidad que permanece).

El mejor modo de ir más allá de la buena conciencia consiste en estar abierto a la percepción sensorial de lo que nos ocurre. Otro modo para lo mismo es integrar polaridades aparentemente contrarias. Es decir, practicando la atención simultánea.

Callejón sin salida

Ya sé que no hay salida,
pero dejad que siga por aquí.
No me pidáis que vuelva.
Se han clavado mis ojos y mi
carne,
y no puedo volver.
Y no quiero volver
Ya no me gritéis más que no hay
salida
creyendo que no oigo,
que no entiendo.
Vuestras voces tropiezan en mi contra
y se caen como cáscaras
y las piso al andar.
Avanzo alegre y sola
en la exacta mañana
por el camino mío que he
encontrado
aunque no haya salida.

(Carmen Martín Gaite)

Por otra parte, manejamos tres tipos de conciencia: la individual, la familiar y la colectiva.

La conciencia personal tiene un alcance limitado. Es la que empleamos para defender nuestras opiniones. Suele ser diárquica y diferencia lo bueno de lo malo. Marca la pertenencia y la exclusión de personas y de grupos. Con ella tomamos postura ante los temas opinables que se nos presentan.

La segunda conciencia es la conciencia familiar. Es más amplia y tiene en cuenta el lugar que ocupamos dentro de nuestro clan familiar. No se limita a defender una opinión, sino que tiene en cuenta cómo la defenderíamos desde el lugar que tenemos asignado en nuestro árbol genealógico. Tiene en cuenta también a los que fueron excluidos por la conciencia personal.

La tercera conciencia es de carácter sistémico y supera los límites que las otras conciencias establecen a través de la diferenciación entre bien y mal, y entre pertenencia y exclusión. Tiene que ver con la perspectiva que alcanzamos cuando tenemos una visión global del mundo y acerca de un tema determinado.

No creáis en nada simplemente porque lo diga la tradición, ni siquiera, aunque muchas generaciones de personas nacidas en muchos lugares hayan creído en ello durante muchos siglos.
No creáis en nada por el simple hecho de que muchos lo crean o finjan que lo crean.
No creáis en nada porque así lo hayan creído los sabios de otras épocas.
No creáis en lo que vuestra propia imaginación os propone cayendo en la trampa de pensar que Dios os lo inspira.
No creáis en lo que dicen las sagradas escrituras, sólo porque ellas lo digan.
No creáis a los sacerdotes ni a ningún otro ser humano
Creed únicamente en lo que vosotros mismos hayáis experimentado, verificado y aceptado después de someterlo al dictamen del discernimiento y a la voz de la conciencia.

(Buda)


Notas

[1] Yuval Noah Harari. 2015: Sapiens. De animales a dioses. Barcelona: Debate. Pág. 133

[2] Norbert Elías. 1993. El proceso de la civilización. Méjico: Fondo de cultura económica. Pág. 31.

[3] Noah Harari. Op. Cit. Págs. 200 y ss.)

[4] Boszormeny-Nagy, I. y Spark, Geraldine. (1994): Lealtades invisibles. Buenos Aires: Amorrortu.

[5] Noah Harari. Op. Cit. Pág. 254)

[6] Consejero de Asuntos Exteriores de Reagan. En Chomsky, N. (1993): El miedo a la democracia. Barcelona: Crítica


Los niños invisibles: el inadecuado lugar de Amanda

La madre de Amanda va a verla los domingos por la tarde a la Casa de la Beneficencia. Tienen un vis a vis compartido con el resto de familias del orfanato a través de la verja del patio. Las familias se van situando en la parte de afuera, la que da a la calle. Mientras, las monjas sueltan a los niños para que se acerquen a la reja a ver a sus padres. Ellos llegan corriendo y gritando alegres como el rumor del agua cuando el río viene caudaloso.

Corre el año 1968 en la ciudad de Barcelona y Amanda tiene ocho años.

—¿Cuándo me sacas? Mi hermano está enfermo por eso no le deja salir la hermana Soledad, la de la enfermería. ¿Y el papá?, ¿cuándo vendrá a vernos? ¿Para la navidad me sacas?
—Ya veremos.
—Díselo a la hermana Isabel.
—Ya veremos.
—¿Qué te pasa, mamá?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Nada, que tu padre no quiere estar conmigo.
—Bueno, pues el nene ha estado con fiebre…
—Vale.
—¿Mamá, qué te pasa?
—Nada que estoy preocupada, dile al cura que quiero que hable con tu padre. Que le diga buenas palabras para que entre en razón, que a mí no me hace caso.
—A mí no me dejan hablar con el cura y además vosotros siempre estáis igual.
—¡Ay hija, para una cosa que te pido!
—Me acuerdo cuando ibas conmigo y con mi hermano al brazo a gritarle a mi padre al balcón para que bajara y te hiciera caso, cuando estaba con aquella otra.
—¿Con la rusa aquella?
—No. Otra.
—¿Con la del puerto? Da igual. ¡No me sirves para nada! ¡Solo piensas en ti!
—¡Que no mamá, que no me dejan! Hace unos días murió la María José, una de las mayores, estaba toda hinchada, no sé qué le pasaba, llena de granos, toda gorda y encarnada.
—No sé quién es… Pues habla con la madre superiora por lo menos.
—¡Que no, mamá!
—¡Haz lo que te dé la gana…! ¡Me tengo que ir ya!
—¡Pero si acabas de llegar!
—Pues tengo prisa.
—Mira, mamá, no vuelvas. Me quedo mal cuando te veo y cuando no estás me pongo mejor y luego vienes otra vez y vuelta a empezar.
—Me voy, eres muy egoísta, no me gusta que pienses solo en ti. Te quedarás sola cuando seas mayor, nadie te querrá si eres así.
—Así ¿cómo?
—Así, así como eres. Me voy.
—Adiós, mamá. No vengas más.

Un año después, Amanda fue acogida por una familia con expectativas de adoptarla. Los de la Junta Tutelar de Protección de Menores querían quitarles la patria potestad a los padres. Los acogedores tenían dinero y le dijeron a la monja que con ellos estaría bien, que podría heredar vestidos de la señora, bueno, arreglándolos un poco, por supuesto. También podría ayudarles en la farmacia y quién sabe, en el futuro podría trabajar allí.

Pocos meses después la devolvieron a la inclusa, decían que tenía mal genio, que era arisca, que se aislaba y no se le podía decir nada.

Es muy probable que la niña se viera obligada a complacer a sus nuevos padres para poder sobrevivir, cuando aún estaba enfadada con los suyos propios.

En muchas ocasiones, las personas crecen en familias que han alterado el orden de llegada de sus miembros (1). Es decir, que ponen a los pequeños en un lugar que no les corresponde y les toca ofrecer cuando aún están en una edad en la que les correspondería recibir.

Una vieja regla psicogenealógica dice: «Los mayores dan, los pequeños toman». La regla se altera cuando se pone a hermanos pequeños a cuidar de hermanos mayores. O bien, a niños que hacen de padres o madres de sus propios padres.

En ocasiones, el adulto dimite de sus funciones dejando vacante el lugar de padre o de madre, lo que induce al hijo a ocuparlo para mantener el sistema estable. Algunas mujeres adoptan el papel de la madre niña y parecen decir a su hija:

—Yo soy débil y no puedo ejercer como madre tuya. Sé tú mi madre.

Este mensaje, que también puede transmitirse de padre a hijo o hija, es especialmente significativo porque el niño no lo percibe de su progenitor verbalmente sino gestual y corporalmente. Estos son los mensajes que mejor se graban en la memoria: los que no se les dice al niño, pero él percibe. En definitiva, lo que flota en el ambiente pero no se dice. Esta sería una definición operativa del concepto de fantasma: algo que está pero nadie nombra.

No es lo mismo lo que el mensaje significa que lo que quiere decir (2). Por un lado, el texto indica el significado del mensaje. Por otro lado, el gesto del hablante indica cómo debemos entenderlo.

Los niños pequeños, hasta cierta edad, no comprenden bien el mensaje que le dan sus mayores, pero son especialmente sensibles al lenguaje gestual con el que el adulto lo emite. Además, en ese sistema de comunicación están las claves de lo que la familia espera de ellos.

En algunos casos se da el siguiente proceso: al niño puede costarle mucho tiempo descifrar este mensaje que recibe quedando enganchado a él hasta que lo resuelva y más adelante cuando es mayor y establece relaciones como adulto, a la otra persona le parece que no está disponible, que parte de su atención está atrapada en otro lugar.

De modo que cuando quieren ser sí mismos y hacer su propia vida, sienten deslealtad con el mandato ancestral que les ordenó ocuparse de sus mayores olvidándose de sí mismos.

Y es que no se puede dar lo que no se tiene y aunque la capacidad de las personas para reorganizar su metabolismo psíquico es inmensa, es preciso restituir primero el flujo, a menudo ritualmente.

Ilustración: Trinidad Ballester.
Ilustración: Trinidad Ballester.

Notas

(1) Bert Hellinger. (2001). Los órdenes del amor. Barcelona: Herder.

(2) Jesús Ibáñez. (1986). Más allá de la Sociología. Madrid: Siglo XXI.