El evangelio popular: apuntes sobre profetas y poetas pop

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Leonard Cohen, 1974. Fotografía: Getty.

Recientes estudios científicos afirman que las canciones pop cada vez son más simples, y sus letras, más tontas. Es una afirmación arriesgada, pero diríase que los estudios también han caído en el universo de la banalización y los datos sin contrastar. Salvo lo de los mensajes satánicos si pinchabas el vinilo al revés, ninguna autoridad había establecido antes que, por ejemplo, la «música chicle», cuyos títulos no pasan de interjecciones como «Yummy Yummy Yummy», era una tontería por este detalle. En 2016 le dieron el Nobel de literatura a Bob Dylan y se organizaron interminables discusiones sobre la pertinencia o no de haber concedido el premio a un cantante de rock. Como si el público y los opinólogos pintáramos algo en ese concierto de prestigiosas entidades y publicidad a gran escala. La idea central era que Dylan no es un escritor stricto sensu, sino un músico que canta sus versos. Es decir, un poeta, pero con guitarra y una voz cada vez más peliaguda. Los más quisquillosos añadían que, bueno, ya puestos, el premio lo habrían merecido más otros músicos, por ser mejores escritores de canciones pop. Por ejemplo, Leonard Cohen, que era más fino y perfeccionista. Ignoro, pero no me sorprendería, si hubo recogida de firmas para postular a otro «bardo del rock» como campeón masculino de las letras universales. Pero es absurdo despreciar la poesía como género literario, especialmente en unos tiempos en que los porcentajes de gente que lee son cada vez más pequeños.

He estado caminando cuarenta millas de mala carretera

Si la Biblia tiene razón, el mundo explotará.

(Bob Dylan, «Things Have Changed», 2000).

La poesía y la música popular son dos conceptos con una relación íntima, y Bob Dylan es un autor clave en el desarrollo de ambas cosas. Se podrán esgrimir todas las discusiones que se quiera, pero hay algo que se escapa a cualquier sanción: la increíble capacidad de sus palabras, bien escritas o cantadas, de revelarse como verdad y así llegar a millones de personas. Como un médium con el pelo alborotado, devenido en personaje de ficción (que él mismo se inventó, robando las gestas de la autobiografía de Woody Guthrie, Bound For Glory), Dylan se atrevió a mezclar los caminos del blues y el góspel, cuya principal fuente de inspiración era la Biblia, con las baladas tradicionales de la música anglosajona y las leyendas norteamericanas de pistoleros, vagabundos y aventureros. Gracias al revival folk de los años sesenta, Dylan puso contenido moderno a este armazón cultural, para escándalo de propios y extraños. Le dio relevancia social, actualidad extraída de las noticias, humor, sensualidad e ironía, y se proclamó el heredero de los autores de la generación beat. La psicodelia y el surrealismo se daban la mano con los versos del Antiguo Testamento y los discursos políticos. Dylan escribe sus visiones, hace conversar a los personajes de la Biblia con las estrellas de cine, y advierte a la autoridad y a los jóvenes, como el profeta beatnik que adaptaba los pasos de los bluesmen de principio de siglo. Los cantantes folk ya habían iniciado esa ruta, pero todavía nadie había traspasado el umbral del rock and roll, hasta entonces un campo restringido en exclusiva al entretenimiento. Dylan lo tiñó de gravedad e ironía. En su discografía ha recurrido a versos e imágenes bíblicas, como ya hicieron cantantes homéricos, como Blind Lemon Jefferson y el reverendo Blind Willie Johnson. En las canciones ha reflejado su evolución espiritual, sus saltos del judaísmo al cristianismo (hay discos enteros, como John Wesley Harding, Shot of Love o Saved). Para aquellos que no creen en el artista como escritor, su libro de memorias, Crónicas, es un fantástico viaje por los inicios de su carrera y la literatura que ha inspirado mucha de su música. Dylan menciona como autores preferidos a Chéjov, Melville, Bertolt Brecht y T. S. Eliot, entre otros. El fraseo de Dylan, tan peculiar, mezcla la jerga de la calle, los paisajes de Rimbaud y las visiones de Kerouac en un estilo único, pero imitado hasta la saciedad. La palabra, esta vez no de Dios, pero sí de la sustancia del mundo moderno, se revelaba en un cantante pop y la llevaba a todos los rincones.

Dios le dijo a Abraham, «Sacrifícame un hijo»

Abe dice, «Tío, me debes estar tomando el pelo»  

Y va Dios y le dice «No». Y va Abe y dice «¿Qué?» 

Dios dice, «Abe, haz lo que quieras, pero

la próxima vez que me aparezca, mejor sal corriendo» 

Y bueno, Abe le dice: «¿Dónde quieres que te haga el sacrificio?» 

Y va Dios y le dice, «En la autopista 61».

 (Bob Dylan, «Highway 61 Revisited», 1965).

pop

Bajo el cielo, hay una estación para todo 

y un propósito para cada momento

Tiempo para nacer, tiempo para morir

Tiempo de plantar, tiempo de cosechar

Tiempo de matar, tiempo de sanar

Tiempo de reír, tiempo de llorar. 

(The Byrds, «Turn, Turn, Turn», 1965).

Pete Seeger adaptó unos versos del Eclesiastés sobre la inexorabilidad de la existencia para una canción de Roger McGuinn y Judy Collins. Los Byrds la grabaron en su segundo LP de 1965. El subtexto de «Turn, Turn, Turn» era la guerra de Vietnam y la crisis social en Estados Unidos. Dylan vio que aquello era bueno, y una legión de músicos admiradores se lanzó a la búsqueda de inspiración en las Escrituras, desde presupuestos igual de mundanos y contemporáneos. 

Devolvedme el Muro de Berlín

Dadme a Stalin y a San Pablo

Dadme a Cristo o dadme Hiroshima

Destruid otro feto ya

De todas formas, no nos gustan los niños

He visto el futuro, nena, es el asesinato. 

(Leonard Cohen, «The Future», 1992).

 El canadiense Leonard Cohen fue educado en el judaísmo y el catolicismo, además de haber sido estudioso y practicante de otros cultos. Con su obra hizo algo parecido a Bob Dylan, pero en un estadio de la creatividad más cercana, sin duda, al escritor que utiliza la música y no al revés. Tras haber publicado varios libros de poesía y novela a finales de los años cincuenta, Cohen, que era un apasionado del sonido Nashville, decidió llevar sus palabras a los discos, pero en lugar de convertirse en un intérprete de country, desembarca en el Nueva York del revival folk. Entre otras muchas referencias literarias, sus canciones están plagadas de alusiones al Antiguo y el Nuevo Testamento, con reflexiones sombrías sobre el mundo, la condición humana y elevadas elegías al amor. El último disco del artista, You Want It Darker, editado poco antes de su muerte, era una rendición espiritual tan fervorosa que resultaba realmente increíble en la era del desapego virtual:

Magnificado, santificado sea tu sagrado nombre

Envilecido, crucificado en la forma humana

Un millón de velas arden por la ayuda que nunca llegó

Si lo quieres más oscuro, apagaremos la llama

Aquí estoy. Estoy listo, mi Señor.

(Leonard Cohen, «You Want It Darker», 2016).

pop

¡Tu amante! Desde el comienzo del mundo 

por siempre, amén, hasta el fin de los tiempos. 

Quítate ese vestido, que desciendo. 

Soy tu amante 

porque soy el que soy.

(Nick Cave, «Loverman», 1994).

Una terna de evangelistas blancos la podría cerrar el australiano Nick Cave. El compositor y escritor (su primer libro, un homenaje a la literatura sureña, con todo el imaginario de maldiciones y fantasmas bíblicos, And The Ass Saw The Angel, hace referencia al asno de Balaam), bebió del lado más sombrío de la obra de Cohen, así como de los versos de John Cale y Jim Morrison, y volcó el postpunk en reescrituras sobre la violencia, el sexo más crudo y los pasajes de las Revelaciones. No por casualidad su primer LP en solitario (From Her To Eternity) se abría con una versión, más histriónica que siniestra, de la ya por sí amenazante «Avalanche», de Cohen. En discos posteriores, el estilo de Cave se ha afinado, convirtiéndose en el elegante predicador de country and western que hubiese querido ser Cohen. Obviamente, con otra actitud y peinado psicopático, que transformaba en himno ego-rock el símbolo de la venganza divina, de El paraíso perdido, de John Milton:

Te envolverá en sus brazos 

Te dirá que has sido un buen chico

Reavivará todos los sueños 

que te costó una vida destruir.

Llegará a lo más profundo de ti 

para curar tu alma empequeñecida. 

Pero no habrá una sola cosa que puedas hacer.

Él es un dios, un hombre

Es un fantasma, un gurú

Por las tierras perdidas susurran su nombre.

Pero escondida en su abrigo 

hay una roja mano derecha. 

(Nick Cave, «Red Right Hand», 1994).

La comunidad negra utilizó la Biblia como su particular tabla de salvación durante la era de la esclavitud y en las décadas que han seguido (no son pocos los raperos que han recurrido a versos sobre la ira de Dios contra sus enemigos). Los sufrimientos del pueblo judío y el ansia de liberación que leían en el Antiguo Testamento fueron interiorizados como propios por cantantes y compositores negros. El góspel puso música a estas ansias de lucha contra el sistema sociopolítico imperante. Idéntica reacción se produjo en el movimiento rastafari, que siguió estas directrices de las comunidades religiosas norteamericanas, e hizo de los mensajes bíblicos contra el sometimiento del pueblo judío (de quienes dicen descender) su campo de batalla. El reggae, aunque no es la música «oficial» del rastafarismo, sí ha recogido en multitud de canciones palabras tomadas de los textos bíblicos. En 1977, Bob Marley dedicó un disco entero a la movilización de la comunidad Jah, titulado, no podía ser de otra manera, Exodus:

¡El movimiento del pueblo de Jah!

Abrid los ojos y mirad en vuestro interior

¿Estáis contentos con vuestra vida?

Sabemos a dónde vamos y de dónde venimos

Abandonamos Babilonia

Nos vamos a nuestra patria

¡Mándanos otro hermano Moisés desde el mar Rojo! 

(Bob Marley & The Wailers, «Exodus», 1977).

Lecturas bíblicas aparte, Leonard Cohen y Nick Cave comparten algo más. El primero llamó a su hija mayor Lorca y el segundo se extendió en dos conferencias sobre el concepto del «duende» en las canciones de amor (The Secret Life of the Love Song – The Flesh Made Word, 2007 editado en disco por King Mob). Cohen participó en la recopilación Poetas en Nueva York con un tema que se haría imprescindible en su repertorio, su versión del «Pequeño vals vienés». Pero no solo desde la devoción de estos artistas Federico García Lorca ha sido homenajeado en lugares insólitos del rock. The Clash lo hicieron protagonista de una de las canciones más célebres de su disco más célebre, London Calling. En «Spanish Bombs», Joe Strummer pronunciaba palabras en español macarrónico sobre la guerra civil y el asesinato del poeta, adornadas con tópicos del turista que veraneaba en Granada: 

Fredrico Lorca está muerto y olvidado

Agujeros de bala en las tapias del cementerio

Los coches negros de la Guardia Civil

Yo te cuero infinito, yo te cuero, oh my corazón.

(The Clash, «Spanish Bombs», 1979). 

pop

Con la sombra en la cintura

Ella sueña en su baranda

Verdes ojos, negro pelo

Su cuerpo de fría plata

Verde, que yo te quiero verde

Ay, sí, sí

Que yo te quiero verde, ay, ay, ay

Que yo te quiero verde. 

(Manzanita, «Verde que te quiero verde», 1980).

Lorca es una constante en la inspiración de los músicos del siglo XX. El cantautor Manzanita divulgó la poesía de este y otros escritores en una obra a reivindicar, más allá de su éxito con la versión del escalofriante «Romance sonámbulo». El subtítulo del drama Así que pasen cinco años, escrito por el poeta tras su viaje a Nueva York en 1931, sirvió para concebir la piedra de toque del flamenco moderno. La leyenda del tiempo, de Camarón de la Isla (1979), una colección de versos de Lorca a ritmo de bulerías, rumbas y alegrías, en una dimensión subyugante y trascendental del arte español. Años más tarde, aquel hermanamiento entre el poeta y la música popular volvería para dar vida a otro disco legendario, Omega, de Enrique Morente y Lagartija Nick (1996). En este caso, el flamenco se transmutaba en experimentaciones sonoras, deuda de The Velvet Underground. Tras la muerte del maestro Morente, se formaron Los Evangelistas, grupo de homenaje a ese disco, con la colaboración del propio Antonio Arias, la hija de Morente y J, de Los Planetas.

No es sueño la vida.

¡Alerta! ¡Alerta!

Subimos al filo de la nieve

con el coro de las dalias muertas.

Pero no hay olvido,

ni sueño, carne viva.

Los besos atan las bocas

en una maraña de venas recientes.

Y al que le duele su dolor

le dolerá sin descanso.

Y el que teme la muerte

la llevará sobre los hombros.

(Enrique Morente y Lagartija Nick, «Ciudad sin sueño», adaptación de «Nocturno de Brooklyn Bridge», para Omega, 1996).

La Biblia como instrumento político también fue utilizada en el folk español de los años setenta. El grupo Aguaviva puso música a la poesía de Gabriel Celaya, Bertolt Brecht o Blas Otero en un disco titulado Apocalipsis (1971), que utilizaba la poderosa metáfora de los cuatro jinetes del final de los tiempos como denuncia contra el franquismo y la falta de libertad de expresión. La edición fue prohibida, como lo estuvo la propia Biblia en algunos episodios de la historia de España. Estos grupos de la canción protesta fueron duramente criticados en la época dorada de la democracia y el sistema del bienestar, por una supuesta saturación y aburrimiento de melodías y mensajes de solidaridad y lucha en común, que no casaban con la bonanza económica y el ultraegoísmo consumista. El rock urbano sacudió varias bofetadas bíblicas. Recordamos los versos de María Fernanda de Andrés para Leño en «Sodoma y Chabola»: 

Los mares fueron creciendo, derribando las barreras

La sal fabricó dos alas forradas de sangre seca 

La chabola echó a volar dejando lastre y miseria

Abajo quedó Sodoma con dioses, hiel y hamburguesas. 

(Leño, «Sodoma y Chabola», 1979).

La llamada «progresía» se veía fatal en el universo de los neones y las pasarelas artificiales, aunque José María Cano buscó inspiración en la metafísica de García Lorca para el disco más vendido del pop español, Entre el cielo y el suelo, de 1986. 

Luna quieres ser madre 

Y no encuentras querer 

Que te haga mujer 

Dime luna de plata 

Qué pretendes hacer 

Con un niño de piel 

(Mecano, «Hijo de la luna», 1986). 

Sin embargo, la ironía de los ciclos históricos, el derrumbe de aquella burguesía y el cierre de las libertades individuales y colectivas nos hacen pensar que la música, quizá, podría recuperar esa inmersión en lo más profundo para extraer algo más que clics o flashes. Desde la luz o lo más oscuro, esa es una elección para el libro de cada persona. Como dijo William S. Burroughs, «El rock (…) puede ser interpretado como un intento de escapar de este mundo muerto y sin vida, y reafirmarse en el universo de la magia(k)». Sustitúyase rock por el género musical que se prefiera.

*Las traducciones de las letras en inglés son de la articulista.


Ceniza y censura

ceniza y censura
Noche de la inquisición de Francisco de Goya. ceniza y censura

Diez estatuas de paja son llevadas en procesión. El incienso intenta amortiguar la pestilencia de las calles y una multitud acompaña al cortejo cantando: 

¡Viva la fe de Cristo

entre todos los cristianos!

¡Viva la fe de Cristo

y mueran los luteranos!

El cielo de Sevilla se tiñe de negro con el humo de una enorme hoguera. Las llamas danzan en las miradas altivas de los inquisidores. Hoy no hay gritos. Solo silencio y el crepitar de la madera y la paja. El espectáculo es menor, pero el mensaje es el mismo. Las efigies representan a unos monjes que huyen por Europa acechados por espías de Felipe II. En el auto de fe que los ha condenado hay un monje que destaca. Solo él ha sido calificado como heresiarca, un maestro de herejes: Casiodoro de Reina, el monje que está traduciendo la Biblia al castellano.

En 1557 una docena de monjes estaban reunidos en el claustro del monasterio de San Isidoro del Campo, al norte de Sevilla. El azahar perfumaba el ambiente y los rosales habían florecido en el patio. La belleza del exterior contrastaba con la inquietud y el miedo de las nerviosas y apresuradas palabras que intercambiaban los monjes. Entre ellos se encontraba Casiodoro de Reina. Natural de Montemolín, Extremadura, Casiodoro llevaba una década entre esos muros dando rienda suelta a su formación en letras y teología. En su primer año estuvo presente en el entierro de Hernán Cortés, el 4 de diciembre de 1547, codeándose con los duques de Medina Sidonia, benefactores del monasterio. No se podía tener mejores protectores en el mundo terrenal. Nada hacía presagiar que ese lugar tuviera que ser abandonado en secreto, pero las pesquisas inquisitoriales y los rumores de herejes en Sevilla empezaban a levantar demasiados dedos índices apuntando hacia este monasterio de jerónimos. 

No había un segundo que perder y sí una vida libre por ganar. Cubrieron sus tonsuras con capuchas marrones y emprendieron la huida. El destino estaba claro, allí donde podrían dejar de disimular y predicar sus ideas sin miedo a caer en la heterodoxia: Ginebra, la ciudad de Calvino

Martín Lutero había colgado sus tesis en la puerta de la iglesia del palacio de Wittemberg el 31 de octubre de 1517. La Reforma emprendió el vuelo. Tres años más tarde nacería Casiodoro de Reina, igual que brotaron formas distintas al luteranismo como el anglicanismo, anabaptismo y el calvinismo. Todos se consideraban «evangélicos», pero los católicos los acusaban e insultaban como «protestantes». Tenían un principio básico: el único mediador entre Dios y los hombres era Jesús, sin más intercesores. 

Este principio se convirtió en la vocación de Casiodoro de Reina. La tradición bíblica le venía de antiguo. No en vano pertenecía a la orden de los jerónimos, que seguían el espíritu de san Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín: la Vulgata, la edición para el pueblo. El latín vulgar en el siglo IV era la lengua culta del XVI y muy pocos lo manejaban. Casiodoro tenía claro que, si los creyentes no requerían de intercesores para leer la Biblia, lo primero que necesitaban era entenderla. Inició la traducción al castellano del mayor best seller de la historia, pero no desde el latín como ya habían hecho otros, sino desde los textos bíblicos originales en hebreo, arameo y griego. Doce años le llevó la tarea mientras huía por Ginebra, Londres, Amberes, Frankfurt y Estrasburgo, con la amenaza de muerte pisándole los talones. Felipe II mantuvo una red de espionaje muy potente en los puntos estratégicos de su política exterior. Juan de León, un compañero de Casiodoro, fue capturado por los espías en Estrasburgo durante su trayecto de Ginebra a Londres. Fue llevado a Sevilla y ajusticiado por la Inquisición con pomposa publicidad para dejar claro que no existía rincón en el mundo donde un hereje pudiera esconderse. Ni siquiera Ginebra había resultado la tierra tolerante que los monjes hispalenses habían oído. Casiodoro quedó decepcionado al comprobar que desde los púlpitos ginebrinos se predicaba más sobre la destrucción del papado católico que acerca de edificar la nueva idea evangélica. Peor aún, Casiodoro supo que unos años antes de su llegada habían quemado al aragonés Miguel Servet por sus creencias antitrinitarias. Calvino y los suyos tenían su propia Inquisición. Había que huir de Ginebra también. Pero, en sus vaivenes por la Europa de las guerras de religión, Casiodoro salió adelante y el 28 de septiembre de 1569 publicó en Basilea la Biblia del Oso. Los castellanos ya podrían leer en su idioma las Sagradas Escrituras. Al menos esa dichosa mitad de la población que sabía leer, claro. 

En España tiene mucha fama la férrea Inquisición y parece que el protestantismo no caló. Pero hubo un resquicio importante: Sevilla, el centro comercial del momento. Es sabido que en todo puerto no solo se intercambian productos, sino también ideas. Y este era el puerto más importante del mundo. Desde el castillo de la Inquisición, frente a la Torre del Oro, se vigilaba con recelo este canje de ideas, ya fueran pasando de boca en boca o inmortalizadas en tinta sobre papel. Los barcos que traían la plata de América eran registrados en busca de libros prohibidos por la Inquisición. Pero donde hay leyes de comercio también hay contrabando. Con más de cien mil habitantes, en la Sevilla del siglo XVI hubo quien escondió libros debajo del vino en las alforjas de su burro. Según el nivel de espiritualidad buscado, ambos productos tenían su clientela y sabían dónde encontrarla. No pocas de estas alforjas se colaron entre los muros de San Isidoro del Campo y allí los monjes entraron en contacto con el humanismo cristiano y las nociones de Erasmo de Rotterdam, a un paso de las ideas de Lutero. Estas lecturas hicieron de Casiodoro un ferviente convencido de su labor para con el pueblo castellano, a quienes entregaría el libro que encabezaría la lista de los prohibidos por la Inquisición: la Biblia traducida al castellano. 

Se pueden poner en duda muchos aspectos de la Iglesia católica, pero su capacidad para sobrevivir es innegable. Por ello sigue resultando habitual a nuestros oídos posmodernos el sonido de una campana. Llena el aire de un mensaje que, sí, cada vez cuesta más entender, pero sonar sigue sonando. Esta capacidad de subsistencia está relacionada con el poder, apellido de la religión. Y con el poder se suele ver a su vástago más preciado: el control. He aquí la negativa de los ortodoxos a la traducción de la Biblia en lengua romance. 

Desde que san Jerónimo trasladara los textos sagrados al latín a finales del siglo IV, no se tomó la Vulgata como versión oficial de la Biblia católica hasta el Concilio de Trento, en 1546. Leer y traducir la Biblia ha sido un acto difícil de encajar por la Iglesia porque el ejercicio supone interpretar lo que se lee. Y, claro, ¿quién eres tú, necio plebeyo, para interpretar la Palabra de Dios? No puedes leer la Biblia solo, porque no tienes la formación para entender lo que se dice. Para eso la Iglesia instruye a sus predicadores, a quienes tienes que escuchar y obedecer, vaya a ser que se les acabe el chollo religioso porque ya no necesites acudir a la Iglesia a encontrar tu salvación. 

Supieron aguantar el envite y hoy siguen hablando delante de un pueblo al que, aunque ya esté totalmente alfabetizado, le sigue engatusando el milenario y exitoso método. Muchos se creen geniales con el storytelling para el marketing, pero de toda la vida de Dios se ha usado la parábola, en versión audiolibro y en directo cada domingo desde el púlpito. Para muchos resulta tentador.

Tampoco es exclusivo del pasado el intento de censura en traducciones e interpretaciones. En los días del coronavirus se dan circunstancias que ya no extrañarán tras haber conocido el caso de Casiodoro de Reina. En el nombramiento de Joe Biden como cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos de América habló desde el púlpito Amanda Gorman. Su recital se hizo, curiosamente y a pesar de las mascarillas, viral. En solo dos meses se firmó la traducción de su obra, The Hill We Climb, a diecisiete idiomas. Editoriales de todos los países y hablas se afanan en trasladar al lenguaje entendible por su congregación el inglés de Amanda Gorman, idioma de bárbaros en su día que hoy es el culto. La elegida para traducir los versos de Amanda Gorman en Holanda fue Marieke Lucas Rijneveld, pero la periodista y activista holandesa Janice Deul siembra la discordia. En un artículo tacha de incomprensible el hecho de no elegir a una mujer joven y negra para traducir los versos al neerlandés. Rijneveld es la persona más joven en ganar el Premio International Booker y parecía una elección acertada. Pero no es negra. Desde las redes sociales aparecen punteros de ratón que ahora señalan a esta traductora y los comentarios dejan salir al pequeño Torquemada que llevamos dentro. Rijneveld rechaza la oferta de la editorial sin que sepamos el auténtico motivo: está de acuerdo con las protestas y no se considera acta para la traducción o teme que la presión acabe manchando su carrera literaria. La secuencia continúa en Cataluña. Víctor Obiols entrega la traducción finalizada a la editorial Univers para proceder a su publicación en catalán, pero los agentes literarios de Amanda Gorman rechazan el trabajo. Exigen como traductora a «una mujer de perfil activista y, a poder ser, de origen afroamericano».

Nuria Barrios, la traductora al castellano de Amanda Gorman, escribió que «exigir que a una poeta negra solo la pueda traducir otra negra es el síntoma de una nueva y letal censura». 

Parece que las letras siguen siendo peligrosas. En el fragmento recitado por Amanda Gorman en el acto que la catapultó a la fama declaró que «cerramos la brecha porque sabemos que, para priorizar nuestro futuro primero debemos dejar a un lado nuestras diferencias». Claro que siempre se puede priorizar el futuro un poco más tarde.


Contra la bibliofilia

Foto: Luis Quintero (CC0).

Mucho antes de ser un libro, la Biblia fue una colección de relatos protagonizados por hombres y mujeres de este mundo. Mientras que las grandes mitologías anteriores narran sobre todo la esfera de lo divino y su intersección con la humana, las páginas de la hebrea muestran siempre una pátina de polvo y una solidez de roca, y son pisadas por seres humanos de carne y hueso, con Yavé como motor inmóvil y personaje secundario, que va y viene —dios invisible o deus ex machina— según le convenga a la estructura dramática de cada uno de esos libros que configuran artificialmente el Libro. 

O a cada autor, porque mucho antes de ser capítulos de una única obra monumental, el Génesis, el Cantar de los Cantares o el Evangelio según San Pablo fueron poemas o cuentos o novelas o tratados o leyendas o biografías, cada uno de su padre y de su madre. La unidad de la Biblia es una ilusión colectiva, alimentada durante siglos tanto por los lectores judíos como por los cristianos. Al quedar atrapada en un único volumen se perdió su forma original, mucho más justa con su contenido: una estantería llena de rollos, sin orden ni concierto, una telaraña sin centro, un archivo. 

El primer gran editor de la historia, por tanto, no fue el genial humanista Aldo Manucio, que creó en su imprenta de Venecia un centro de estudio, composición y difusión a finales del siglo XV y principios del XVI, sino el editor o los editores anónimos que los eruditos llaman «P.». Así lo explica Karen Armstrong en La historia de la Biblia: «Revisó las narraciones de J. y E. y añadió los libros de Números y Levítico, recurriendo a viejos documentos —genealogías, leyes y antiguos textos rituales—, algunos ya escritos y otros transmitidos hasta entonces oralmente». La revolución de P., que seguramente fuera una escuela y no un único individuo, fue espectacular. Tras releer y discutir todos los materiales más o menos sagrados se decidió que el verbo shakan significaba ‘llevar la vida de los nómadas que habitaban en tiendas’ y que, por tanto, Dios en realidad no deseaba un templo, sino el desierto donde habitaban sus creyentes: «En la historia corregida de P., el exilio era la última de una serie de migraciones: Adán y Eva fueron expulsados del Edén; Caín fue condenado a llevar una vida de vagabundo sin hogar tras asesinar a Abel; la humanidad fue dispersada en la torre de Babel; Abraham dejó Ur y las tribus emigraron a Egipto para acabar viviendo como nómadas en el desierto». P. amplió hasta el infinito los límites del templo: el mundo entero fue, desde entonces, una iglesia. O, mejor dicho, un libro.

Pero P. es un peldaño de una larga escalera, que empieza con las primeras decisiones editoriales de J. y E., y prosigue con los añadidos y las reinterpretaciones de Esdras; y con los traductores judíos que vertieron al griego sus textos sagrados durante el siglo III a. C., en la isla de Faros, frente a Alejandría; y con los inventivos narradores judeocristianos de las sectas que creían en la potencia de Jesús y decidieron «escribir una colección de textos sagrados completamente nueva»; y con la lectura alegórica de Orígenes; y con la traducción de san Jerónimo (la Vulgata); y con el cambio radical de los criterios de selección y de edición que llevaron a cabo Martín Lutero y los revolucionarios protestantes. 

Desde la Biblia de Gutenberg hasta hoy, el libro más famoso y más vendido y más influyente —para bien y para mal— de la historia de la humanidad ha estado siempre relacionado con las nuevas tecnologías de la transmisión del conocimiento. Manucio inventó el libro de bolsillo en Italia, la familia Elzevir lo popularizó durante el siglo XVII en el norte de Europa y la modernidad ya no pudo entenderse sin ese formato que daba acceso a todo el mundo a un conocimiento que, durante siglos, fue monopolio de los eclesiásticos y de los ricos. La gran metáfora de esa democratización es, precisamente, el «papel biblia». Un papel fino, pero muy resistente, que absorbe bien la tinta y que se popularizó por ser la plataforma perfecta donde imprimir biblias y diccionarios.

Tengo exageradamente subrayado mi ejemplar del libro de Armstrong, porque la historia de la Biblia me parece fascinante. Su viaje desde aquellos rollos manuscritos hasta el ejemplar que hay en todas las bibliotecas (y, en Estados Unidos, en los cajones de las mesitas de noche de todos los hoteles). Su extraña evolución: en el principio era una sucesión de textos con voluntad descriptiva e histórica —digamos: de no ficción—; después se transformó en una antología sagrada —digamos: ficción disfrazada de no ficción—; y finalmente se aceptó que era una ficción simbólica —digamos: no ficción disfrazada de ficción—. Pero, más allá de esas lecturas de consenso entre los teólogos, uno puede leerla como poesía o como épica o como novela o como autoayuda, porque todos los clásicos se adaptan a las pupilas de los lectores de cada momento futuro.  

No concibo la posibilidad de que haya en mi biblioteca libros que no pueda subrayar. Doblar la esquina de la página. Prestar. Apilar. Llevar a clase. Leer en el metro o en el café. Incluso: perder. Para mí eso es la bibliofilia: el amor crítico y compartido por los libros, por su historia y por sus historias, por su lenguaje, por su capacidad de penetración intelectual, psicológica, moral, espiritual. Por eso no entiendo la otra bibliofilia, la del coleccionismo de ejemplares únicos, delicados y caros. Libros que debes consultar con guantes de tela; que no le puedes dejar a un amigo; y que tienes que esconder como los tesoros que son (mientras uno dice para sus adentros, la cara deformada por la avaricia: «Mi tesoro…»). Durante la Revolución francesa una de las formas de detectar a un aristócrata era examinando su biblioteca. La encuadernación en piel, a menudo firmada por un gran artesano, era cara; también lo era el ébano de las estanterías. Condorcet podría haber salvado el pellejo si se hubiera deshecho de su preciado ejemplar de Horacio, con el sello de las prensas reales, que lo delataba como un falso republicano. Lo primero que hacían los revolucionarios con las bibliotecas que requisaban era desprender a los libros de sus encuadernaciones, aparatosas y pesadas y monumentales, lo contrario de la ligereza y de la comodidad que invitan a la lectura.

Desde entonces hemos sido millones los lectores que hemos podido permitirnos la posesión de una biblioteca personal. Una biblioteca que —como las librerías en que se refleja, espejos complementarios— es estilística y formalmente diversa, con cubiertas y contracubiertas y solapas y tamaños distintos, con variedad cromática, como si la idea de la biblioteca moderna todavía estuviera huyendo de la imagen de aquellas bibliotecas nobles en que todos los ejemplares estaban encuadernados según el gusto único del propietario, y no según el plural de sus autores y editores. Una biblioteca democrática, donde impera el gusto por la lectura, la voluntad de evasión o el amor al conocimiento por encima de todas las máscaras del continente que, aunque bien es cierto que dan testimonio de una artesanía y de un arte y de una tradición cultural, también distraen de lo que realmente importa: el contenido.

Como la numismática o la filatelia, la bibliofilia es una afición más propia del museo que de la vida. Es un anacronismo que transporta a una época en que la lectura era patrimonio exclusivo de una élite. La democracia, no obstante, es ese orden de lo real en que pueden convivir las repúblicas con las monarquías, los videojuegos con la hípica, el ingeniero espacial con el leñador, el youtuber con el zapatero remendón. Y lo cierto es que, si eres amante de los libros, aunque no te gastes una fortuna en ejemplares únicos ni en volúmenes exóticos, no dejas de comprar otros libros, libros de bolsillo, novedades, libros de segunda mano, porque la pulsión es tiranía. Si eres amante de los libros, las paredes de tu casa se van a ir revistiendo de anaqueles, hasta cubrirlas por completo. Si eres amante de los libros, con el tiempo irás olvidando que tu casa tenía paredes. Si eres amante de los libros, en fin, estás condenado a ser anacrónico, porque el precio del metro cuadrado no permite las bibliotecas infinitas. Pero ¿podemos acaso los seres humanos no vivir en estado de contradicción?


Gazapos bíblicos: las erratas en las Sagradas Escrituras

La biblia Gutenberg. Imagen: CC.

La Biblia, el libro más famoso del mundo, un bestseller que goza de un tirón por el que Ken Follet o Dan Brown venderían a sus respectivas madres envasadas al vacío en papel de regalo. La escritura más trascendental de la historia, el volumen que dormita en los cajones de todas mesillas de los moteles roñosos de Estados Unidos, el trabajo literario más citado, una publicación que deja en ridículo a El secreto o El alquimista a la hora de acumular fanboys chalados. Objeto de culto, de sesudos estudios por parte de los intelectuales, de críticas, de malinterpretaciones y de adoración en el sentido más literal de la palabra. Algunos la consideran la guía para la vida definitiva, otros un libro de instrucciones, otros tantos la mejor obra de ciencia ficción jamás escrita y otros tontos la novela seminal de toda la moda zombi. Su repercusión ha sido tan tremenda como para que la propia palabra «biblia» se convirtiese en un vocablo utilizado para designar a aquellos libros que se jactan de concentrar todo el saber de una materia concreta.

La Biblia lidera el top de taquilla librero de todos los tiempos, vendiendo cien millones de copias al año y acumulando más de cinco mil millones de ejemplares despachados a lo largo de la historia. Es un texto que debe considerarse como el más importante e influyente de la literatura, sea uno creyente o no: cuando Johannes Gutenberg inventó la imprenta, el primer libro completo y fabricado en masa (unas ciento ochenta copias) que produjo aquella máquina fue la Biblia, convirtiéndose de ese modo en la obra que detonaría la mayor revolución editorial de todos los tiempos. Y que el primer volumen impreso fuese concretamente una biblia no tenía nada de casualidad. Porque Gutenberg era un caballero muy religioso con lo suyo, y aquel invento revolucionario había nacido con la intención personal de extender la palabra de Dios de la manera más eficaz posible. 

La primera edición impresa de la Biblia también evidenciaba que aquel texto no era un manuscrito invariable, sino uno sujeto a diferentes interpretaciones y traducciones según el credo del editor y, sobre todo, del público al que iba destinado. Porque lo que imprimió Gutenberg fue la versión Vulgata, una traducción al latín de las escrituras de la Biblia hebrea y de la Biblia griega (o Biblia septuaginta) realizada por un san Jerónimo que se inspiró en las maneras de la Biblia parisina. El caso es que, a lo largo de la historia, se han publicado diferentes versiones de las escrituras sagradas dependiendo del canon bíblico al que aquellas estuviesen adscritas (las versiones católicas de la Biblia albergan siete libros más que las protestantes, libros que los primeros etiquetan como «deuterocanónicos» y los segundos consideran «apócrifos»), y también dependiendo de la traducción realizada. Por eso mismo, existe una Biblia del oso (protestante, con traducción de Casiodoro de Reina y luciendo oso en portada), una Biblia del cántaro (una corrección de la anterior por Cipriano de Valera con un cántaro en su cubierta), una Reina-Valera con numerosas revisiones, una Vetus latina (traducida del griego allá por el siglo II y que tuvo cierto tirón hasta el siglo V), una Biblia del rey Jacobo (la popular traducción al inglés de 1611 conocida como «King James»), un Diaglotón enfático, una Biblia de Ginebra (una vetusta traducción al inglés de 1539), y un gritón de versiones más. 

Biblia del oso (izquierda) y Biblia del cántaro (derecha). Imagen: Dominio público.

Y lo cierto es que repasar la historia de las diferentes biblias oficiales se antoja tan laborioso como coñazo, porque supone entrar en tecnicismos y revisar varios siglos de gente cambiando comas, removiendo versículos y estudiando los recovecos de traducciones de unos textos que a su vez eran traducciones de otros textos. Y eso no es tan divertido como hablar de las otras biblias oficiales, aquellas que pervirtieron el legado de Gutenberg deslizando una errata entre las páginas para liarla bien gorda.

Las otras biblias

Equivocarse es de humanos y la biblia, pese a lo que pueden pensar algunas criaturas, ha sido redactada, editada e impresa por humanos. Lo hermoso del asunto es que la propia naturaleza sacrosanta del texto ha propiciado que las erratas se volviesen tan juguetonas como para ser capaces de pervertirlo todo modificando tan solo una palabra. 

La primera Biblia completa en inglés se imprimió en 1535 en (supuestamente) la ciudad de Amberes con una traducción firmada por el sacerdote católico Miles Coverdale. Se trataba de un volumen conocido popularmente con cierta guasa como «La Biblia de los bichos», porque en el quinto salmo del versículo 91 aquella edición se marcaba un espléndido «Thou shall not nede to be afrayed for eny bugges by night» («No estarás afligido por ningún bicho durante las noches»). Coverdale, un tío que ya tenía cara de bicho, se había encargado de completar personalmente la traducción iniciada por su colega William Tyndale después de que aquel fuese incapaz de rematarla por culpa de unas cuantas movidas que en realidad acabaron rematándolo a él: Tyndale fue estrangulado y quemado en un palo en medio de una plaza de Vilvoorde (Bélgica) después de dedicarle algún desplante al rey Enrique VIII de Inglaterra.

Sea como fuere, el «bugges» que se le había colado a Coverdale causaba gracia pero probablemente no tenía mucho de insecto, porque pese a parecer un error desafortunado era simplemente una palabra del idioma anglosajón más añejo, una «bugge» que a veces se utilizaba como sinónimo de «fantasma» o «espectro que atormenta». Otras biblias en inglés no hacían mención alguna a lo de plantarle cara a las chinches nocturnas (la Biblia del rey Jacobo escribía en su lugar un «No estarás afligido por ningún bicho durante las noches»), y por eso las posteriores revisiones  de Coverdale sustituyeron la palabreja por un más adecuado «terrour». En 1549, otra edición (mal) revisada de aquella misma edición se ganaría el apodo «La Biblia de la melaza» al colar un fabuloso «¿No hay melaza en Galaad?» («Is there no tryacle in Gilead?») en el lugar donde debería de ir un «¿No hay bálsamo en Galaad?». 

Miles Coverdale, guapo como él solo. Imagen: Dominio público.

En 1549, el teólogo anglicano Edmund Becke se encargó de adecentar una edición de la biblia que anunció como «sincera y puramente traducida al inglés con notable atención y diligencia». Lo jodido del asunto es que el propio Becke no solo alteró las traducciones existentes recuperando erratas que estaban presentes en la edición de Tyndale (y ya habían sido corregidas por otros editores) sino que añadió, en la Primera epístola de Pedro, una nota al pie donde recomendaba a los varones azotar a sus esposas si estas no cumplían sus labores: «Hay que tomarla como una ayudante necesaria y no como una esclava o una sierva. Y si ella no es obediente y sana hasta donde debe, se anima a golpear la furia de Dios en ella para que así pueda ser obligada a aprender su deber y hacerlo». Lo infame del asunto ha provocado que la edición con el consejo cavernícola en su interior haya sido etiquetada como la «Biblia de los maltratadores».

La segunda edición de la Biblia de Ginebra publicada en 1562 aseguraba en Lucas 21 que «Dios condena a la viuda pobre» en lugar de «Dios encomienda a la viuda pobre». El mismo ejemplar también convertía a Daniel el profeta en «David» y se marcaba un gag de Monty Python de manera involuntaria a la altura de Mateo 5:9 al afirmar «Blessed are the placemakers: for they shall be called the children of God» («Bienaventurados los creadores de lugares porque ellos serán llamados los hijos de Dios») donde debería decir «Blessed are the peacemakers: for they shall be called the children of God» («Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados los hijos de Dios»). Un desliz tipográfico que le otorgó al manuscrito la denominación de «Place-maker’s Bible». En 1579, la versión de Ginebra se convirtió en la primera biblia impresa en Escocia, una tierra donde por aquella época existía cierta ley que obligaba a toda familia a tener una copia en casa. Pero el estreno editorial llegó con un patinazo incluido que la transformó en «la Biblia de los calzones»: en el Génesis 3:7 se relataba como «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera y se hicieron calzones» cuando lo ideal (y más acertado) hubiera sido traducir la prenda para tapar las vergüenzas como «delantales». En 1598, a unos cuantos feligreses se les escaparon risillas al descubrir en otra copia de los santos libros recién producida que algún despistado había escrito «Jesus Church» en lugar de «Jesus Christ» en la Primera epístola de Juan.

Cierta versión del volumen en la variante rey Jacobo se ganaría el apodo de «Biblia de los impresores» en 1612 al asegurar que «Los impresores me han perseguido sin causa, pero mi corazón tuvo temor de tus palabras» donde debería decir «Príncipes me han perseguido sin causa, pero mi corazón tuvo temor de tus palabras» (Salmo 119:161). El gazapo era obvio, alguien había trastabillado con las palabras y planchado un «Printers» en lugar de «Princes». En 1613, otra King James se ganaría el apodo de «Biblia de Judas» al sustituir a Jesucristo por el apóstol traicionero en Mateo 26:36 sin pedir permiso: «Entonces llegó Judas con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro». La «Biblia “Más mar”» de 1641, coló en el Apocalipsis 21:1 un «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y hubo más mar» en lugar de «…y el mar ya no existía más». En 1653, la «Biblia de los injustos» se hizo popular al asegurar «¿No sabéis que los injustos heredarán el Reino de Dios?» (Corintios 6:9). Una edición de 1716 convirtió el «Yo les perdonaré su iniquidad y nunca más me acordaré de sus pecados» del Jeremías 31-34 en un «…y me acordaré más de sus pecados», la culpa la tenía el «sin no more» inglés que había sido sustituido accidentalmente por un traicionero «sin on more». 

Una portada de la King James que ríete tú de Marvel (izquierda) y el prefacio del propio Rey Jacobo (derecha).

Diversión con biblias

Hay unas cuantas publicaciones de la Biblia que incluyen una jugarreta causada por una «coma blasfema» desaparecida, un signo ortográfico cabroncete que se ausentaba de Lucas 23:32 sentenciando que Jesús «También llevaba con él a otros dos maleantes» en vez de «También llevaba con él a otros dos, maleantes». La «Biblia del vinagre» (1717) era una traducción inglesa que titulaba el capítulo «La parábola de la viña» de Lucas 20 como «La parábola del vinagre». La «Biblia de los tontos» (1763) exhibía en el Salmo 14:1 un cuestionable «Dice el tonto en su corazón: hay Dios», un error tan garrafal como para que los responsables de la publicación fuesen castigados con una multa gorda y obligados a quemar en una pila todas las copias. El Deuteronomio 24:3 de la «Biblia caníbal» se cascaba un «Si el último marido se la come… [a su mujer]» en lugar de «Si el último marido la odia…». La «Biblia del asesino» colocaba, en boca de Judas, la palabra «asesinos» en vez de «murmuradores» (un equívoco entre el «murders» y el «murmurers» en inglés). En 1793, en una tirada de la Biblia Douay-Reims, la traducción al inglés del texto en latín por parte de un colegio al servicio de la Iglesia católica, algún despistado sustituyó la palabra «reses» («beeves») por «abejas» («bees») provocando una escena curiosa en el tercer capítulo del Levítico: «Las ofrendas de paz deberán de ser abejas, ovejas, corderos y cabras». 

La «Biblia de los leones», es un texto de 1804 donde se podía leer «Pero tú no edificarás la casa, sino tu hijo que saldrá de los leones» en donde debería de haberse escrito «…que saldrá de tus lomos».  La «Biblia de los Peces erguidos» sustituía «pescadores» («fishers») por «peces» («fishes») construyendo una escena cómica: «Y junto a él estarán los peces, y desde En-gadi hasta En-eglaim será su tendedero de redes».  La «Biblia “Oídos para oídos”» lucía un «El que tenga oídos para oídos, que oiga» al olvidarse de colocar una hache en un «hear» («oír») que mutaba a «ear» («oído»). La «Biblia Odia-mujeres» sustituía por error la palabra «life» por «wife» construyendo un redundante « Si un hombre viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y esposa, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también a su propia esposa, no puede ser mi discípulo». La «Biblia de la familia numerosa» colocó un «¿Tengo que dar a luz y no parar de dar a luz?» en vez del original «¿Cómo iba yo a impedir el nacimiento si soy yo quien hace dar a luz?». La «Biblia de los camellos de Rebeca» se hacía la picha un lío al cambiar «doncellas» («damsels») por «camellos» («camels») y fabricar así una estampa bastante graciosa: «Rebeca se levantó con sus camellos y, montadas en los camellos, siguieron al hombre». En 1966, la primera edición de The Jerusalem Bible producida por Darton, Longman & Todd coló un «Paga por la paz» («Pay for peace») en donde debería lucir un «Reza por la paz» («Pray for peace»). 

La «Biblia para quedarse» de 1805 nació por culpa de un añadido inesperado: durante el proceso de corrección, uno de los encargados escribió un «Para quedarse» en el margen a modo de respuesta ante la pregunta de si una coma del texto debía ser retirada. Y más tarde, algún torpe con pocas luces añadió aquel apunte al libro en la epístola a los gálatas 4:29 «Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu para quedarse, así también ahora». En 1944, una letra dañada en la imprenta provocó que una «n» se transformase en «l» y aquello hizo que cierta impresión en inglés de la biblia mutase uno de sus textos (al convertir «own» en «owl») hacia algo muy curioso: «Así se adornaban en tiempos antiguos las santas mujeres que esperaban en Dios, cada una sumisa a su esposo-búho». Los ejemplares de aquella remesa serían apodados como las «Biblias búho».

The Wicked Bible

De entre todas las biblias con erratas, la más famosa probablemente sea la conocida en el mundo anglosajón como Wicked Bible, también denominada «Biblia del adúltero» o «Biblia del pecador». Una versión de la Biblia del rey Jacobo publicada en Londres durante 1631 cuya inmensa popularidad se debe a que en dicho texto se puede leer una variante poco conocida del uno de los diez mandamientos: un rotundo «Cometerás adulterio» («Thou shalt commit adultery» en el original) que estaba ahí porque a alguien se le olvidó poner el «no» fundamental en la frasecita. La errata no sería descubierta hasta un año después de la publicación del ejemplar, pero lo más curioso es que aquel perverso mandamiento no era el único gazapo presente en la edición: en el mismo libro, en el Deuteronomio 5:24, en lugar de «El señor nuestro Dios nos ha mostrado su gloria y su grandeza» («The lord our God has shown us his glory and greatness») se leía un bastante inapropiado «El señor nuestro Dios nos ha mostrado su gloria y su gran culazo» («The lord our God has shown us his glory and great-asse»). Aunque lo cierto es que, en la época de publicación del libro, la palabra «asse» en realidad se interpretaba solamente como un insulto despectivo similar a «burro», y no como una referencia al culete. Pero hagamos como si nada y no dejemos que eso nos quite la ilusión en la actualidad.

A la izquierda la portada de The Wicked Bible, a la derecha un extracto del texto que anima a engañar a la pareja religiosamente.

Diana Severance, directora del Museo Bíblico Dunham en la Universidad Bautista de Houston, declaró que en el caso de aquella Wicked Bible más que meteduras de pata era evidente que se trataba de putadillas gamberras: «Si solo hubiera sido un error, como dejar de lado el “no” en el Éxodo 20:14, podría considerarse un accidente. Pero lo de el “gran culazo” en el Deuteronomio 5:24 sugiere que algo más estaba sucediendo ahí».

La mayoría de copias de la innoble Wicked Bible fueron quemadas por orden de un Carlos I de Inglaterra muy encabronado con el asunto que castigó severamente a los responsables de la edición (hay quien sospecha que las erratas fueron un sabotaje premeditado por parte de ciertos enemigos de los quienes imprimieron el texto). Hoy en día, tan solo quedan en circulación unos once ejemplares originales de esa biblia infame, textos que contienen el error del mandamiento invitando al adulterio pero no el del «great-asse». Una de las escasas copias forma parte de la colección de la Biblioteca Pública de Nueva York aunque raramente se expone a los visitantes, la British Library tiene también otra en su catálogo y la Biblioteca de la Universidad de Cambridge exhibió hace unos años un tomo con la errata a la vista durante el cuarto centenario de la King James Bible. Y actualmente, cuando uno de los tomos que todavía campan por el mundo sale a la venta, se cotiza a precios demenciales: en 2008 se vendió un ejemplar por 89 500 dólares, y en 2015 otro fue adquirido durante una subasta por 31 250 libras. Todo un pastón para poder tener en casa unas Sagradas Escrituras que te animan a abrazar el espíritu swinger, no está mal.


Jesús de Nazaret (IV): Sangre y resurrección

La incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio, 1602.

(Viene de la tercera parte)

Aruru, la diosa de la creación, contemplaba con supremo disgusto la insolencia de Gilgamesh, el poderoso rey de la ciudad sumeria de Uruk. La diosa sabía que Gilgamesh se había demostrado invencible en combate y por ello decidió juntar arcilla con agua para moldear un hombre cuyas cualidades únicas pudiesen convertirlo en un rival digno del rey sumerio. El nuevo hombre se llamó Enkidu, que significaba «hijo de Enki, dios de las aguas». Mucho tiempo atrás, había sido Enki quien, mediante la unión de la arcilla con la esencia misma de la vida, la sangre, había creado la raza humana para convertirla en servidora de los dioses.

Cuando Enkidu cobró vida, sin embargo, no adquirió consciencia de sí mismo. Era tal su inocencia que correteaba desnudo junto a los animales. Desconocía las costumbres de los humanos; no cazaba, no cultivaba, no se vestía, no se cortaba el cabello. Vivía en completa armonía con la naturaleza y era incapaz de actuar con violencia. En semejante estado silvestre, Enkidu se demostraba inútil para los propósitos de la diosa Aruru. Pero ella no se rindió. Había que despertar a Enkidu.

La diosa recurrió a una mujer que estaba su servicio, ejerciendo como prostituta sagrada. Todos la llamaban Shamhat, «la magnífica», debido a lo excepcional de su belleza. La diosa le dio a Shamhat el encargo de buscar Enkidu para convertirlo en hombre. Shamhat lo encontró, lo sedujo y mantuvo relaciones sexuales con él durante seis días y siete noches. Enkidu, por fin, despertó y obtuvo el conocimiento del bien y del mal, que es propio tanto de los seres humanos como de los dioses. En aquel mismo instante, Enkidu comprobó que sus antiguos amigos, los animales, rehuían aterrados al verlo. Entendió que la naturaleza salvaje ya no le daba la bienvenida. Así pues, Enkidu fue por fin consciente de su verdadero lugar en el mundo y siguió a Shamhat hacia la civilización para cumplir su propósito de enfrentarse a Gilgamesh.

La epopeya de Gilgamesh es la narración escrita más antigua que se conoce, compuesta más de un milenio antes de que se empezasen a redactar los primeros textos del Antiguo Testamento. La mitología sumeria influyó en el desarrollo de varias religiones posteriores, incluida la israelita. La Biblia hebrea contiene conceptos que proceden, por vía directa o indirecta, de la vieja religión sumeria. Entre La epopeya de Gilgamesh y el Génesis, por ejemplo, existen varios paralelismos. En ambas mitologías el final de la inocencia de la raza humana la convirtió en centro de la creación, pero también la despojó de la felicidad al conocer el concepto de la muerte. Era una analogía entre la infancia, cuando los niños se creen inmortales, y la edad adulta. Pero también una distinción entre la especie humana y el resto de los seres vivientes.

Los antiguos pensaban que la especie humana desempeñaba un papel único en la creación. Los animales carecían de consciencia de sí mismos y actuaban según leyes naturales preestablecidas. Los humanos, en cambio, no solo eran capaces de contravenir esas leyes naturales, sino que podían elaborar leyes nuevas, y también eran capaces de transgredir estas que acababa de inventar. No había regla que el ser humano no pudiese incumplir porque disponía de libre albedrío, que era la diferencia fundamental (y quizá la única relevante) entre el ser humano y los demás habitantes del mundo. Los mitos religiosos explicaban de diversas formas la adquisición del libre albedrío, pero casi siempre con algunas ideas comunes. La primera idea común era que la libertad humana implicaba vivir fuera de la armonía de las leyes naturales, a las que ya nunca se podría regresar. La segunda era que el abandono de la inocencia estaba acompañado por la pérdida de la inmortalidad o, dicho de otro modo, por el repentino descubrimiento de la propia mortalidad. La tercera, que la libertad de acción otorgaba al ser humano la capacidad para pecar o contravenir las leyes divinas.

El conocimiento del bien y del mal

Adán y Eva, de Alberto Durero, 1527.

El mito de Adán y Eva, pese a las reinterpretaciones que los cristianos elaboraron a partir del siglo II d.C., no habla de un «pecado original» que va pasando de padres a hijos. Ese concepto no hubiese tenido sentido para los antiguos israelitas, quienes pensaban que el pecado era siempre cometido, nunca heredado. Es verdad que en la Biblia hebrea abundan los ejemplos de castigo divino colectivo, pero en tales casos no todos los castigados merecían su destino y, como dice la frase inspirada por la propia Biblia, pagaban justos por pecadores. La reelaboración cristiana del mito israelita de la creación produjo resultados que, cabe pensar, hubiesen sorprendido a quienes los escribieron. La serpiente parlante del Génesis, por ejemplo, no era una representación satánica; Satán no tenía un papel importante en el Antiguo Testamento y la serpiente, de hecho, era un recurso narrativo habitual en las mitologías antiguas. Podía simbolizar muchas cosas, desde el engaño y la tentación hasta la eterna juventud y la fertilidad, pero no algo como el concepto cristiano de Satán. De manera análoga, cuando Dios prohíbe a Adán y Eva que coman el fruto prohibido del «árbol del conocimiento del bien y el mal» tampoco les está tendiendo una trampa para que pequen y poder así condenarlos a la expulsión del paraíso (una de las extrañas paradojas que produciría la posterior visión cristiana de este mito: el que Dios crease a la humanidad para convertirla en pecadora y poder castigarla por ello). El fruto prohibido era más bien una fórmula para enseñar de manera sencilla el concepto de libre albedrío.

Adán y Eva muerden el fruto prohibido porque están predestinados a hacerlo. Cuando Dios sitúa el árbol del conocimiento en el Edén y les prohíbe que coman de él, lo único que está haciendo es concederles la libertad para elegir. Pueden escoger entre obedecer la ley natural como los animales o bien salirse de ella, convirtiéndose en una excepción dentro de la creación. Dios les prohíbe comer el fruto, sí, pero no hace nada más por impedirlo. El árbol del conocimiento no está protegido por espinas ni por una muralla de fuego. El fruto está ahí, al alcance de la mano. Lo único que Adán y Eva necesitan hacer para incumplir la prohibición es dar un paso; la serpiente, cierto, representa la tentación, pero solo les corresponde a ellos decidir si sucumben o no a esa tentación. Por supuesto, desobedecen a Dios porque están creados a imagen y semejanza de ese mismo Dios. Ellos pueden distinguir el bien del mal, como Dios, lo cual implica que pueden tomar sus propias decisiones, como Dios. Cuando muerden el fruto del conocimiento adquieren consciencia de sí mismos, como Dios, y son forzados a abandonar la vida pacífica de los animales. Porque no son animales y Dios nunca quiso que lo fuesen. La expulsión del paraíso, pues, no es un momento en el tiempo, no es un episodio; es una descripción de la condición humana.

Enkidu, el buen salvaje del mito sumerio, despertó después de mantener relaciones sexuales, lo cual está relacionado con la naturaleza sexual del acto creador en las cosmogonías politeístas. Enkidu es hijo de la conjunción entre el elemento femenino, la tierra, y el elemento masculino, el agua. El agua fecunda la tierra y de esa unión sexual nace Enkidu, del mismo modo que la raza humana había nacido de la unión entre el elemento fecundador, la sangre, y el elemento fecundado, la tierra. En el mito del Edén, sin embargo, Adán y Eva nacen del barro, pero su creación ya no es sexual. Yahvé sopla para insuflar vida a Adán, en representación del mismo verbo con el que ha creado todo lo demás en el universo. Tampoco es sexual la expulsión del Edén, el despertar de Adán y Eva. Son expulsados por haber accedido al ámbito del conocimiento, incompartible con la vida natural; la serpiente los ha seducido, como una nueva encarnación de la irresistible Shamhat, pero no los ha despertado mediante la sexualidad y ellos se han dejado seducir, mientras que Enkidu no tuvo opción. Todo esto, insisto, respondía al plan de Yahvé. Al igual que un Enkidu feliz e ignorante le era inútil a Aruru para vencer a Gilgamesh, unos Adán y Eva felices e ignorantes le eran inútiles a Yahvé para cumplir su propósito de culminar la creación con unos habitantes dignos de reinar en ella.

El ser humano, eso sí, habrá de pagar un alto precio por la libertad y la capacidad para distinguir el bien del mal. Como es típico de muchos pasajes mitológicos, esta idea es explicada mediante dos niveles de lectura. Un nivel más sencillo y pedagógico, y otro nivel más profundo. En el nivel más básico, el precio de la libertad será, como hemos visto, la expulsión del paraíso. Esto es, vivir fuera de la armonía natural, perdiendo la feliz inconsciencia sobre la propia mortalidad: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente hasta ser devuelto a la tierra de la que saliste, pues polvo eras y en polvo te convertirás». Los animales no saben que van a morir, por eso son felices. El ser humano no puede ser feliz del todo, no después de abandonar la infancia, porque sabe que va a morir.

En la segunda lectura, más elaborada, hay otro precio a pagar por la libertad: el ser humano será sometido a la pugna constante entre sus deseos y sus obligaciones, cosa que lo convierte en el único culpable de los pecados que pueda cometer. En las religiones paganas que precedieron al judaísmo la guerra entre el bien y el mal era una guerra externa al ser humano, librada por fuerzas superiores en la esfera celeste, aunque con influencia sobre lo que sucedía en el ámbito terrenal. El ser humano no era el responsable último del mal, sino más bien su víctima. Para los israelitas, en cambio, la guerra entre bien y mal se volvió interior, convirtiendo al individuo humano en el culpable único de sus propios actos. Elegir el bien no siempre es fácil; el mal es tentador con demasiada frecuencia. La libertad implica desobedecer a Dios y provocar su enfado, porque Dios, pese a haber concedido esa libertad, ansía que el ser humano la use para el bien y tome siempre la decisión correcta, al igual que un padre lo espera siempre de sus hijos.

Cuando Adán y Eva abandonaron el Edén, pues, la felicidad los abandonó y el pesar ante la mortalidad se apoderó de sus almas. Pero se produjo un castigo todavía peor: la violencia estalló entre sus propios hijos, Caín y Abel.

El tabú de la sangre

La violencia se convertiría en una de las principales ofensas a Dios, si acaso la más grave. Aunque, cabe aclarar, la delimitación del alcance de los preceptos morales extraídos de los textos religiosos israelitas es difícil, si no imposible, en la práctica. El Antiguo Testamento, al igual que el Nuevo, es una compilación heterodoxa de textos escritos por diversos autores en diferentes épocas y contiene contradicciones flagrantes. La violencia es condenada en algunos pasajes, pero alentada, incluso conminada, en otros. Además, los libros de la Biblia hebrea no solo son de autoría diversa, sino que varios de ellos fueron creados como compilaciones de fuentes diferentes. Algunos libros contienen relatos paralelos sobre un mismo hecho que pueden llegar a contradecirse, de lo que se deduce que esos dos relatos no proceden de una única fuente y que ese libro fue dos, o más, en el pasado. Por ejemplo, existen dos mitos de la creación en el Génesis. Y no son idénticos.

El Génesis, no obstante y como ya hemos dicho, nunca pretendió ser una crónica histórica, sino la traducción de ideas complejas al lenguaje sencillo de narraciones metafóricas que cualquiera pudiera entender. De manera idéntica a los Evangelios cristianos, los textos bíblicos judíos estaban pensados para ser leídos, ya que en las congregaciones abundaban los analfabetos. Ese es el espíritu de los mitos: explicar de manera sencilla por qué la realidad es como es. Los creyentes más ingenuos podían interpretar los mitos de manera literal (algunos aún lo hacen hoy en sus respectivas religiones), pero eso no significa que esos mitos fuesen concebidos como otra cosa que elaboraciones simbólicas.

Aun así no siempre es fácil reconstruir la interpretación original de quienes plasmaron aquellos mitos en pergamino. En la religión israelita, como después en la cristiana, no basta con el análisis de los propios textos tal y como han llegado hasta nosotros. También hay que intentar reconstruir las ideas que estaban detrás de esos textos. Un ejemplo: la Biblia, en determinados pasajes, aboga por el asesinato, la esclavitud, la violación y el expolio. Impone penas de muerte por transgresiones morales que para nosotros son triviales. Sugiere la mayor fiereza contra los enemigos. Sin embargo, estas reglas eran difíciles de aplicar a rajatabla incluso en el mundo de los antiguos israelitas. En la práctica, un seguimiento estricto de la normativa bíblica tal como estaba escrita podía atentar contra la estabilidad social. En ocasiones se producían ejecuciones brutales por motivos religiosos, ya fuese buscando la ejemplaridad o como efecto de la crueldad de algún dirigente concreto, pero también había una clara tendencia a soslayar los aspectos más severos de la ley.

La tradición cristiana se empeñaría después en retratar la justicia religiosa judía como despiadada, pero incluso el alto tribunal del Sanedrín solía aplicar medidas garantistas en los procesos religiosos y no era fácil que unos acusadores pudiesen obtener una condena a muerte. Entre los judíos, como después entre los propios cristianos, la ley solía ser más extrema cuando leída en los textos sagrados que cuando aplicada en la vida cotidiana. Si los israelitas hubiesen aplicado las leyes bíblicas al pie de la letra se hubiesen extinguido en unas pocas generaciones. Como en todas las religiones, el día a día forzaba la adaptación de las normas al sentido común y los judíos se limitaban a hacer caso omiso de aquellos mandamientos que chocaban con la convivencia básica. Entre ellos, como en cualquier otro pueblo, la violencia estaba mucho peor vista en la vida real que lo sugerido por los más brutales pasajes de sus textos religiosos. De hecho, como ya vimos en capítulos anteriores, en el judaísmo abundaban los movimientos pacifistas. El fariseísmo, escuela de la que casi con toda probabilidad bebió el propio Jesús, obviaba los llamamientos bíblicos a la violencia y el castigo físico, abogando por una visión mucho más humanista y racional de la ley religiosa.

Caín matando a Abel, de Frans Francken II, siglos XVI – XVII

Siguiendo con las contradicciones en los textos judíos, la misma Biblia que recomendaba la violencia en unas páginas caracterizaba el asesinato como el peor de los pecados en otras. Esto hacía que la Biblia y la propia ley religiosa judía careciesen de consistencia interna, por supuesto, pero la consistencia o la lógica no eran los criterios bajo los que fueron escritos aquellos textos. Según la mitología de los antiguos israelitas, de hecho, los seres humanos son hermanos entre sí. Todos son hijos de Dios. La historia bíblica de Caín y Abel ilustra la idea de que todo asesinato es un fratricidio y esa idea fue tanto o más importante en la tradición israelita que las exhortaciones a la masacre de enemigos o la aplicación de la pena de muerte por infracciones menores. Según una visión pragmática de la vida no solo la paz era preferible a la violencia, sino que el propio fundamento teológico del pacifismo era más sólido que el de la belicosidad. Todo esto nos lleva a recordar que la sangre humana, que contiene la esencia de la vida, era sagrada para los israelitas. Derramarla constituía la peor ofensa contra Dios porque suponía despreciar y desperdiciar el más sagrado de los dones que Dios ha concedido a sus hijos. Recordemos que cuando los humanos se enfrentaron entre sí, Dios los castigó con dureza mediante el diluvio universal (la idea de una inundación como castigo provenía también de otras mitologías anteriores).

Uno de los puntos críticos que la mitología israelita se vio obligada a resolver sobre la marcha era justo eso, el castigo universal. Dado que el ser humano nunca deja de pecar y su carácter violento nunca lo abandona, siguiendo la lógica impuesta por el Génesis cada generación merecería ser castigada con su propio diluvio. Y, claro, la idea un diluvio universal cada treinta o cuarenta años no tenía sentido, entre otras cosas porque resultaba evidente que no se producían tales diluvios generacionales. Así que apareció una idea novedosa en la mitología de la todavía incipiente Biblia hebrea. Yahvé terminó entendiendo que la agresividad formaba parte de la naturaleza del hombre y que castigar a toda la humanidad de manera cíclica suponía entrar en un círculo vicioso que podría ser interpretado, además, como un fracaso de su creación. ¿Qué hacer, pues, para canalizar la agresividad de sus hijos? La respuesta era permitir cierto grado de violencia. Contra los animales.

En la vida edénica de Adán y Eva, como en la de Enkidu, el ser humano era imaginado como vegetariano. No porque el vegetarianismo fuese visto como una opción moral superior, sino porque en el estado salvaje, tal como lo veían los israelitas y otros pueblos antiguos, el ser vegetariano no era una opción, sino el símbolo de que el humano edénico era alimentado por Dios. No cazaba a otros animales para comérselos ni sentía el impulso de matar porque Dios ya le proporcionaba alimento. Así pues, en el Edén, los seres humanos no derraman la esencia sagrada de la vida, la sangre. Cuando el ser humano obtiene la consciencia y la libertad, sin embargo, se despierta su faceta violenta. Yahvé la castigó una vez con el diluvio, pero en lo sucesivo tuvo que hacer concesiones. ¿Los seres humanos son violentos? Pues se les autoriza a que maten animales con el fin de alimentarse y vestirse; de ese modo pueden desahogar su lado agresivo sin recurrir al asesinato de sus congéneres. Así pues, cazar (o su equivalente, matar ganado) es una violencia que, si no del todo deseable, es inevitable. Así nació la idea del sacrificio animal como sublimación de la violencia entre humanos, una idea que entraría a formar parte de los ritos y textos de la antigua religión israelita. El sacrificio, por descontado, no era algo nuevo. Era un elemento común de todas las religiones antiguas. En las religiones paganas el sacrificio era un soborno que se ofrecía a los dioses para tenerlos contentos y obtener su favor. No tenía por qué consistir siempre en la muerte de un animal; a los dioses se les entregaba también oro, incienso, flores, frutos, grano, etc. El sacrificio pagano era como una transacción comercial: bienes materiales a cambio de favores divinos. En cierto modo, incluso en el cristianismo actual pervive esa idea primitiva (y pagana) del sacrificio como transacción, por ejemplo cuando se ofrendan bienes a algunos santos o vírgenes. Es una costumbre popular que funciona bajo una lógica pagana, pero que, dentro de ciertos límites, fue tolerada y sancionada por la Iglesia católica de origen grecorromano.

En la religión israelita, sin embargo, el sacrificio no era solo una transacción, sino también, y sobre todo, una devolución. Era una transacción que, a la manera de los modernos pagos a plazos, servía como recordatorio de la alianza entre Yahvé y su pueblo. Pero también era una devolución porque cuando Dios autoriza a los humanos a comer carne animal, lo hace con una condición: la esencia de la vida, la sangre, no puede ser consumida y ha de serle devuelta. Por ello, desde tiempos muy antiguos, los israelitas llevaban animales a los santuarios para que los sacerdotes los matasen. El animal no era un regalo para Dios (solo algunas partes grasas eran entregadas a los sacerdotes como pago por su intervención); lo más importante del sacrificio era la devolución de aquello que solo a Dios pertenecía: la sangre, esencia de la vida, que debía quedarse en el altar. Derramando la sangre del animal bajo supervisión de los sacerdotes, los israelitas asumían el recordatorio de que eran ellos, y no Dios, quienes estaban recibiendo un regalo: la posibilidad de matar animales para poder comer. Por supuesto esta era solo una de las varias ideas subyacentes que conformaban la relación de los israelitas con Dios, no tan basada en los sobornos paganos como en el nuevo concepto de alianza. Pero sí fue la idea que le dio forma al rito del sacrificio pascual, sin el que es imposible entender la concepción de Jesús como resucitado.

Antes del siglo VII a. C. los sacrificios tenían lugar en pequeños templos diseminados por la región o incluso a manos de sacerdotes itinerantes. Sin embargo las reformas religiosas del rey Josías condujeron a la prohibición del sacrificio en los templos locales, que fueron desmantelados. La matanza ritual pasó a ser un rito que ya solo podía realizarse en el Templo de Jerusalén. El judaísmo pronto adoptaría como suyo el nuevo dogma de que solo había un templo. La memoria colectiva recordaría, aunque de manera errónea, que ese centralismo religioso se remontaba al añorado Reino Unido de Israel del rey David (en época de David, el Templo de Salomón había sido el núcleo indiscutible de la fe israelita, pero no el único escenario de sacrificios. Pese a ello, la tradición se empeñaría en recordar aquello de «un solo Dios, un solo reino, un solo templo»). La reforma de Josías institucionalizó las peregrinaciones hacia Jerusalén.

Siglos después de Josías, en tiempos de Jesús, cada Pascua los creyentes llevaban un animal (por lo general, un cordero) al templo de Jerusalén para matarlo y devolver a Dios la esencia vital, la sangre. Tampoco entonces el animal muerto se quedaba en el templo. Cada creyente se llevaba su cordero para cocinarlo en una cena conmemorativa de la alianza con Dios. Una cena pascual no era parecida a nuestras cenas navideñas, pues tenía un carácter mucho más solemne y se celebraba atendiendo ciertas normas de obligado cumplimiento. Por ejemplo, no se debía quebrar ningún hueso del animal sacrificado durante su preparación. Antes de cenar los comensales debían saciar su apetito con otros alimentos, pues el cordero no debía ser consumido para saciar el hambre. La carne no debía ser desperdiciada y ningún resto de ella debía quedar al día siguiente, por lo que se podía invitar a la cena a cuantas personas fuesen necesarias para dar cuenta del animal. Cada comensal debía consumir una cantidad mínima de carne, aunque en la práctica, como atención a personas débiles o enfermas, esa cantidad mínima era simbólica: apenas un bocadito del tamaño de un dado bastaba para cumplir con el rito.

Detrás de todas estas normas estaba la necesidad de recordar, entre otras cosas, que el cordero que comían los judíos era la víctima inocente de un sacrificio realizado para expiar las culpas de los humanos. En otras palabras, matar al cordero estaba mal, pero era un mal menor.

Puesto que el tabú del consumo de la sangre no había existido en las religiones que influyeron en el desarrollo de la fe israelita y en las que también se habían realizado sacrificios animales, se deduce que dicho tabú no fue una idea derivada del propio acto ancestral del sacrificio animal, sino una abstracción elaborada que los israelitas incorporaron a ese ritual. ¿En qué momento histórico concreto reinterpretaron los israelitas el sacrificio? Es difícil decirlo, pero tuvo que ser antes de que el cuerpo textual del Antiguo Testamento tomase su forma definitiva.

La resurrección como recuperación de la sangre

Tríptico con la Visitación de la Virgen, El descendimiento de la cruz y la Presentación de Jesús en el templo; de Pedro Pablo Rubens, 1612-1614

El Evangelio de Marcos es el más antiguo, el más cercano a la época de Jesús (aunque por pocos años) y, se deduce de su contenido, el más apegado a la tradición oral que circulaba sobre el difunto Mesías de Nazaret por pequeñas comunidades grecorromanas. De entre los cuatro evangelios canónicos es el que contiene mitologías menos elaboradas y la narración más sencilla y directa de la vida de Jesús. Si solo se hubiese escrito el Evangelio de Marcos muchas de las ideas que hoy asociamos a Jesús no existirían. En Marcos no se sugiere un nacimiento milagroso de Jesús en Belén ni la virginidad de su madre, María. No se insinúa que José no fuese su padre biológico. Se menciona con naturalidad a sus hermanos y hermanas sin pretender que no fuesen sus hermanos por parte de ambos padres. De hecho, no se dice nada, ni ordinario ni extraordinario, sobre la infancia de Jesús. El relato comienza con un Jesús ya adulto que recibe el bautismo de manos del profeta Juan. Aunque Juan lo reconoce como Mesías y una voz celeste así lo confirma, el relato se muestra ambiguo en los siguientes capítulos. Ni los propios discípulos de Jesús saben que están acompañando al Mesías, al menos durante la primera parte de libro. Cuando por fin lo descubren el propio Jesús se empeña en que guarden silencio (el famoso «secreto mesiánico»). En otras palabras, el Jesús de Marcos es un Mesías humano, no una encarnación divina.

Uno de los detalles más llamativos en relación con la humanidad del Mesías de Marcos es el súbito cambio de tono que adquiere la narración desde el momento en que Jesús es detenido en Jerusalén. El cambio es llamativo porque en Marcos el personaje de Jesús emerge con mucha viveza de entre las páginas. Quien lo escribió tuvo la enorme habilidad de evitar que el personaje pareciese un estereotipo, aunque muchas escenas relatadas sí sean estereotipadas (como parece propio en un texto con marcada vocación doctrinal y pedagógica). Jesús, según el momento, se muestra cercano y manso, o bien impaciente, o incluso enfadado. A veces se relaciona con la multitud y otras veces se esconde, cansado y agobiado ante la constante demanda de atención. Puede mostrar una honda e inmediata compasión ante alguien que simplemente toca sus ropajes y, en otro momento, negarse con frialdad a recibir a su propia madre y a sus propios hermanos. Más allá de la significación o enseñanza concreta que el evangelista quiso otorgar a estos momentos, lo cierto es que el Jesús de Marcos es tan tridimensional que por momentos parece que lo estemos viendo en una pantalla de cine. Es locuaz, activo, literariamente complejo y creíble, dotado de una personalidad carismática.

Este Jesús vivaz, sin embargo, se torna silencioso y sombrío desde el momento en que los guardias lo apresan. Apenas pronuncia palabra hasta que muere en la cruz, mientras que en posteriores Evangelios hablará más durante esos episodios. Es razonable interpretar que, puesto que el Evangelio de Marcos es el que de manera más temprana e inmediata recogió la tradición oral, ese tono podría estar reflejando el recuerdo del estado de shock que la crucifixión de Jesús debió de producir entre sus primeros seguidores. En posteriores Evangelios, que parecen corregir a Marcos, se muestra a un Jesús que domina la situación incluso después de ser detenido y juzgado, un Jesús que se enfrenta a la muerte con serenidad. En Marcos, pese a haber anunciado él mismo su propia muerte, Jesús se viene abajo cuando esa profecía se hace realidad. Lo cual, por cierto, convierte su sacrificio en un suceso mucho más conmovedor. No muere diciendo «Padre, a tus manos encomiendo tu espíritu» ni «Perdónalos porque no saben lo que hacen», como en posteriores versiones de su biografía. Tampoco le promete el paraíso a un ladrón crucificado junto a él. Eso fue añadido en textos posteriores. En Marcos Jesús se limita a lamentarse pronunciando una frase que el texto original griego, como queriendo recoger la emoción del momento, reproduce en arameo, la lengua nativa de Jesús: ¡Eloi, Eloi! ¿Lema sebactani?, «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?».

El contraste entre la muerte de Jesús descrita por Marcos y la descrita por los posteriores evangelistas es tan pronunciado que llega a ser chocante, pero el tono de Marcos encaja mejor con el posible recuerdo emocional del relato oral heredado de los primeros cristianos judíos. El Mesías judío no debía morir de esa manera porque el Mesías era una figura cuyo propósito era vencer a los enemigos de Israel (Roma, en esa época) y reinstaurar el trono davídico. Es más, la crucifixión era tan incompatible con el mito mesiánico que pudo haber provocado que la figura de Jesús se perdiese en el olvido para siempre, como el Mesías fracasado que fue desde la perspectiva judía. Lo que evitó ese olvido fue una noticia extraordinaria. La buena noticia, el evangelio: Jesús había vuelto de entre los muertos.

El supuesto retorno de Jesús dio nuevas esperanzas a sus seguidores y fue, sin lugar a dudas, lo que impidió que su figura cayese en la irrelevancia histórica, como la de otros aspirantes a Mesías. Según la tradición oral recogida por los evangelistas, fueron unas mujeres —entre ellas la madre de Jesús y su seguidora María Magdalena— las que difundieron la noticia, así que pudo darse el caso de que el culto a Jesús resucitado (esto es, el cristianismo) fuese fundado por mujeres. Pero, más allá de quién propagase la noticia en primer lugar, la resurrección podía ayudar a resolver el enorme problema de fe que suponía la crucifixión. Insisto que en la redacción del propio Evangelio de Marcos, escrito ya cuando la idea de la resurrección estaba ya muy asentada, la detención de Jesús tiene un efecto devastador entre sus discípulos, quienes huyen y llegan a negar que lo conocen, dándole la espalda.

Que la resurrección salvó el culto a Jesús es un hecho, pero esto no significa, o no necesariamente, que la noticia fuese una táctica pensada con frialdad para mantener vivo aquel culto. Pensemos que sus primeros seguidores, los primeros en hacer circular esa noticia, no eran más que unas decenas —como mucho, unos pocos cientos— y no podían tener la menor sospecha del futuro que le aguardaba al cristianismo. Quizá cuando hablaban de resurrección lo hacían con sinceridad, quizá Jesús se le había «aparecido» a su madre, a María Magdalena o a otras personas. En la Antigüedad era moneda corriente el interpretar determinados sueños o visiones como verdades reveladas y no cabe desdeñar la posibilidad de que el iniciador o iniciadora de los rumores creyese de verdad que Jesús se le había aparecido. Pensemos que el más importante transmisor del evangelio cristiano, Pablo de Tarso, nunca conoció a Jesús en persona, pero aseguraba haberlo visto. Había experimentado una aparición y los acólitos de Pablo, que entonces eran casi todos los cristianos del ámbito grecolatino, nunca pusieron en duda la veracidad de esa aparición. Del mismo modo, si algunos años antes María Magdalena o algún otro seguidor de Jesús afirmó que lo había visto resucitado, los demás bien pudieron creer que estaba diciendo la verdad. En términos de la evolución histórica del culto a Jesús, lo importante no es que la resurrección fuese indemostrable, ni tampoco quién la propagó primero, sino que los seguidores de Jesús la consideraron cierta.

La resurrección demostraba que el Mesías no había sido vencido por los enemigos de Israel, los romanos. Si había resucitado aún podía volver para, como se esperaba de él, triunfar y establecer una nueva dinastía. La esperanza en esa «segunda venida», la parusía, se convirtió en uno de los motores fundamentales de la fe cristiana, aunque el significado de la misma fue variando de una generación a la siguiente.

Aún hubo otro problema que los primerísimos cristianos, que eran todos judíos, necesitaban resolver. Incluso conociendo la noticia de la resurrección, que el Mesías hubiese sido crucificado necesitaba una explicación. ¿Por qué morir para después volver? Aquí es donde se introdujo la segunda idea que separó el culto a Jesús de otros cultos similares: combinar la figura del Mesías triunfante —el único Mesías admitido por los judíos— con otras figuras de las que hablaba su tradición religiosa, como aquel enviado de Dios que expiaría los pecados de la humanidad y que, en principio, no estaba identificado con el Mesías (aunque había maneras de identificar ambas figuras a posteriori). Recordemos que, según las viejas profecías, la llegada del nuevo reino de Israel de manos del Mesías vendría precedida por un periodo de purificación en forma de desastres varios, los últimos castigos divinos antes de la salvación de los piadosos. Los primeros seguidores de Jesús propagaron la idea de que Jesús, con la preminencia que le confería ser el Mesías (esto es, un enviado de Dios), había intercedido ante el propio Yahvé para evitar que la dolorosa purificación involucrase al resto de sus congéneres. Para evitar ese último periodo de desastres y sufrimiento, Jesús se había entregado de manera voluntaria al sacrificio, permitiendo que todos los pecados fuesen expiados en su propia persona. Jesús, de esta manera, se había convertido en el Cordero de Dios.

La novedad de esta visión no consistía en la novedad de sus partes, todas ellas extraídas de la tradición judía, sino en la unión de todas ellas. La conversión del Mesías triunfante en un Mesías sufriente que moriría y resucitaría antes de regresar para triunfar. Esta idea fue sin duda una elaboración posterior a la crucifixión, pero queda claro que apareció muy pronto porque las cartas de Pablo de Tarso, escritas unos veinte años después de la muerte de Jesús (y anteriores por décadas a cualquier Evangelio), ya contienen una visión muy elaborada de este concepto.

La hipótesis del Jesús mítico

La ruptura entre el Mesías tradicional y un Mesías crucificado es tan sorprendente en el contexto del judaísmo de entonces que ha llevado a algunos a formular la hipótesis de que Jesús fue una invención grecorromana sobre la que fundar una nueva religión. Los historiadores desdeñan esta idea por muchos motivos. Primero, la figura del Cordero de Dios, como hemos visto, tiene hondas raíces en la mitología israelita. El entregarse al sacrificio propio para expiar pecados ajenos, demostración definitiva de mansedumbre, era una idea querida de la religión israelita. Nunca había sido asociada al Mesías triunfante y en eso consistía la única ruptura, pero, una vez extendida la noticia de la resurrección, podía encajar en la mentalidad de una minoría de judíos de la corriente farisea, en especial los que, como Jesús, valoraban esa mansedumbre como un valor moral capital.

Por otra parte, los primeros textos cristianos conocidos, las epístolas paulinas (las auténticas, que son siete), tampoco describen una «nueva» religión, sino el intento de extender la salvación prometida a los judíos para que se aplicase también a los gentiles. Y si la admisión de los gentiles en la salvación era una de las principales obsesiones de Pablo, eso demuestra que el culto al Jesús resucitado se originó como un culto exclusivamente judío y no como una invención grecorromana.

El Jesús de los Evangelios, sobre todo el de Marcos, también es demasiado judío como para pensar que fue una creación grecorromana y menos todavía fundamentada en elementos paganos. Marcos describe a un Jesús que sigue las tradiciones judías: respeta el Antiguo Testamento, habla en las sinagogas, peregrina a Jerusalén. Incluso muestra serias dudas sobre que los gentiles merezcan la salvación, aunque al final es convencido por una mujer pagana (el pasaje de la mujer sirofenicia que contradice a Jesús sobre los gentiles, haciéndole cambiar de opinión por única vez en todo el relato). Esta información básica acerca del indiscutible judaísmo de Jesús estaba tan imbuida en la tradición temprana que el cristianismo posterior, incluso en sus periodos de mayor antisemitismo, jamás pudo modificarla. De haber sido Jesús una creación pagana, no hubiese sido modelado con tanta precisión sobre la típica plantilla de un profeta apocalíptico judío de Palestina.

Los elementos paganos que sí aparecieron después en el cristianismo fueron adaptaciones a la mentalidad romana o reinterpretaciones de elementos que la tradición judía había tenido en común con otras religiones antiguas. Por ejemplo, el que la fiesta de la Navidad tenga raíces paganas y no celebrase en origen el nacimiento de Jesús es algo que nada tiene que ver con la tradición cristiana temprana. Muchos elementos navideños como el portal, la estrella de Belén o los Reyes Magos están en los Evangelios y tienen claro simbolismo judío (en especial la asimilación de Jesús al linaje real de David), pero el celebrarlos en determinadas fechas o asociarlos a otros elementos que no son judíos se explica mejor por conveniencia cultural posterior que por la idea de que la figura de Jesús en su forma original fue modelada en torno a mitos paganos, porque no lo fue. Lo mismo sucede con elementos procedentes de los dioses solares, etc. Leyendo el Evangelio de Marcos es imposible pensar que el autor de la narración se basó en elementos paganos para retratar la figura de Jesús. Lo que el texto describe, insisto, son las andanzas de un característico profeta apocalíptico judío del siglo I.

Eso sí, el que la idea judía del Cordero de Dios fuese a obtener tanto éxito en el mundo pagano grecorromano es algo que requiere explicación. La veremos con detalle más adelante, pero, por anticipar, se puede decir que no fue un fenómeno tan sorprendente. Lejos de considerar la extensión del cristianismo como un «milagro» —como decían los apologistas cristianos en tiempos pasados—, cabe pensar que estuvo propiciada por dos características básicas del propio culto a Jesús. El cristianismo grecorromano ofrecía cosas que ninguna otra religión de la época podía ofrecer, exceptuando al judaísmo, del que las había tomado. Pero además ofrecía algo que ni siquiera el judaísmo estaba dispuesto a conceder: la salvación universal. Al contrario que el judaísmo tradicional, el cristianismo no requería de costosos requisitos de entrada ni de pesadas cargas en forma de normativas estrictas. El Mesías tradicional de los judíos había pedido grandes cosas para considerar a alguien digno de salvación, pero —gracias a la insistencia e influencia de Pablo de Tarso— el nuevo Mesías, Jesús, no pedía casi nada. Todos los sacrificios necesarios los había asumido sobre su propia persona, en la cruz. Satisfecho Yahvé con el derramamiento de la sangre del Mesías, el Cordero de Dios, el cristianismo podía prometer la salvación a un precio asequible: bastaba con la fe.

(Continúa aquí)


Breve historia del comérsela doblada (y II)

Parking gratuito para visitantes del espacio exterior. Imagen: sirk_nala (CC).

Este texto es una continuación de «Breve historia del comérsela doblada».

En 1822 el capitán Samuel Barrett Edes se fundió todos sus ahorros a la hora de comprarle a un grupo de marineros japoneses el souvenir más extraño con el que se había topado nunca durante su vida en alta mar: una sirena. La criatura a aquellas alturas ya no coleteaba, pero Edes le intuyó capacidad para embelesar y la exhibió en un local de Londres con un moderado éxito de público. Tras la muerte del capitán aquel ser fantástico fue adquirido por Moses Kimball, fundador del Boston Museum, y posteriormente alquilada por P. T. Barnum, un caballero especializado en montar shows de alma circense protagonizados por todo tipo de freaks y anomalías de la naturaleza. Barnum se tomó la molestia de contratar a un naturalista para determinar si aquella sirena era real, pero dicho experto se negó a asegurar la autenticidad del bicho a pesar de confirmar que tanto sus dientes como su esqueleto eran reales y de no tener ni idea de cómo podría haber sido fabricado por una mano humana.

Aun así, Barnum se esmeró en publicitar el producto, bautizado como «sirena de Fiyi», a su manera: envió cartas anónimas a los principales periódicos explicando que un eminente doctor apellidado Griffin había atrapado una sirena en los mares de Suramérica, y registró a un amigo bajo dicho nombre falso (Dr. J. Griffin) en un hotel frecuentado por editores y plumillas para crear contactos y extender la leyenda de la sirena recién descubierta. A continuación, expuso a la criatura en Nueva York de manera exclusiva durante cinco días con la excusa de que en la sexta jornada el bueno del doctor Griffin planeaba remitir el hallazgo al Museo Americano de Historia Natural. Supuestamente, la sirena original comprada por Edes se perdió durante un incendio sufrido en los almacenes de Barnum. Aunque hay un puñado de estudiosos que creen que la sirena alojada en el Museo Peabody de Arqueología y Etnica de la Universidad de Harvard bien podría tratarse del espécimen original.

Lo malo viene ahora, porque a la hora de la verdad la silueta de la sirena en cuestión caminaba lejos de aquellas melenas rubias que han dibujado en la imaginación las leyendas populares, las fábulas clásicas o la libido de marineros que pasaban demasiado tiempo en alta mar oliendo a pescado y rodeados de otros hombres. En realidad la famosa sirena de Fiyi en lugar de tener las facciones, el cuerpo y la cola de Daryl Hannah en 1, 2, 3… Splash lucía esta otra sensual y apetecible apariencia:

I’m too sexy for my shirt, too sexy for my shirt, so sexy it hurts. Una sirena siendo irresistible en el Museo Peabody. Imagen: Dominio público.

Lo más gracioso de todo esto es que la sirena de Fiyi era en realidad un art attack de hueso y raspa. Un artefacto construido por los japoneses a base de coser el cuerpo de un mono a la cola de un pescado gordo. Porque los hoax, los engaños, los fakes y las farsas nunca han tenido muy buena pinta al ser observados desde las distancias cortas.

1869: el gigante de Cardiff

El 16 de octubre de 1869, en el pequeño pueblecito neoyorquino de Cardiff, un par de currantes llamados Gideon Emmons y Henry Nichols se deslomaban cavando un pozo cuando sus palas tropezaron con un inusual bloque de piedra. Cuando le pasaron la escoba a la roca recién descubierta, la silueta de un pie humano petrificado asomó entre la tierra removida y los dos hombres comenzaron a preguntarse si acababan de profanar la tumba de algún indio añejo enterrado en el lugar. Cuando descubrieron por completo la pétrea figura humana, a Emmons y Nichols les comenzaron a asaltar nuevas dudas acerca de la genética de los indios del lugar, porque el hombre de piedra que acababan de encontrar bajo tierra media más de tres metros.

Exhumación del gigante. Imagen: Dominio público.

El descubrimiento se hizo famoso y propició la visita de cientos de curiosos interesados en ver si el desnudo gigante petrificado estaba bien proporcionado. William Newell, dueño de la finca donde se realizó el hallazgo, y la persona que ordenó construir el pozo a Emmons y Nichols, olió negocio en todo aquel asunto y no tardó en cubrir con una tienda de campaña la ubicación del coloso y cobrar entrada a los visitantes. El público en procesión llegó a ser tan abundante como para que Newell doblase el precio de las entradas (de veinticinco centavos a cincuenta) en menos de dos días.

Andrew Dickson White, cofundador y primer presidente de la Universidad de Cornell, visitó el lugar para comprobar en primera persona a qué se debía tanto follón y dejó constancia escrita de sus impresiones: «Las carreteras estaban llenas de carros, carruajes, transportes de la gran ciudad y vagones de madera de las granjas cercanas, todos cargados de pasajeros. Y el gigante resultaba impresionante tumbado en su lecho, con la tenue luz de la tienda cayendo sobre su cuerpo y sus miembros contorsionados como en una lucha a muerte. Su figura producía un efecto extraño, la solemnidad invadía el lugar y los visitantes hablaban entre ellos en susurros».

Pero, a pesar de lo majestuoso que le resultaba al pueblo llano aquel superhombre, White no se dejó engañar y no tardó demasiado en darse cuenta de que el gigante era una artimaña bastante burda. La figura se trataba evidentemente una estatua tallada a mano sin demasiado arte, y la ubicación donde había sido descubierta era uno de los lugares más absurdos en los que a alguien se le ocurriría excavar un pozo. Pero, para sorpresa del erudito, el resto del mundo parecía habérsela comido doblada, porque los espectadores presentes no podían contener su asombro y hasta un «distinguido pastor de una de las iglesias más grandes de Siracusa» exclamó ante White que aquello era una prueba fosilizada e irrefutable de que los gigantes mencionados en las sagradas escrituras existieron de verdad.

«Más alto que el Goliat que mató David». Si lo dice el cartel será verdad. Imagen: Dominio público.

En realidad, el papá de aquel gigante era George Hull, un estanquero de Nueva York muy ateísta al que se ocurrió la idea tras discutir con un reverendo metodista sobre la literalidad de la Biblia. Concretamente, Hull no estaba del todo de acuerdo con ciertos pasajes del Génesis donde se afirmaba que unas gigantescas criaturas denominadas nefilim ocuparon en algún momento el planeta a la altura de Canaán. Para tomarle el pelo a los fanáticos de la Biblia, y al mundo en general, a Hull se le ocurrió la broma más cara y enrevesada de la historia: contrató a un equipo de hombres para extraer en Iowa un bloque de yeso, de tres metros y veinte centímetros de altura, y trasladarlo hasta Chicago con la excusa de estar elaborando un monumento en honor a Abraham Lincoln. Y después el ateísta bromista fichó con un contrato de confidencialidad a un escultor alemán llamado Edward Burghardt para tallar la pieza en forma de figura humana y envejecer su superficie (a base de ácidos para deteriorar la roca y agujas para simular los poros). Por último, empaquetó la estatua en un ferrocarril y la remitió a la granja de su primo William Newell, donde la ocultó bajo tierra. Un año después de enterrar el juguete, Newell hizo un poco de teatro y exclamó «Creo que necesito que alguien me construya un pozo justo aquí».

Toda la broma le costó a Hull cerca de lo que serían cuarenta y dos mil quinientos euros actuales, pero lo compensó con creces al vender el gigante a un grupo de empresarios por más de cuatrocientos mil euros. Los nuevos dueños del coloso de piedra lo trasladaron a Siracusa con el objetivo de hacerse de oro mostrándolo ante audiencias más numerosas, pero a finales de 1869 Hull confesó a la prensa que aquella criatura tenía poco de divina y mucho de bricomanía casera. Entre medias, el empresario de lo raro P. T. Barnum había intentado comprar (sin éxito) al famoso gigante a golpe de cheque gordo. Encabronado y celosillo por el rechazo, Barnum decidió fabricar una copia del coloso y exhibirla por su cuenta, proclamando que el de Cardiff era una estafa y el suyo era el auténtico. Hull demandó a Barnum por difamar a su hombretón fosilizado pero, al destaparse que todo era un chiste, el juez sentenció que era una tontería condenar a un hombre por decir que un gigante fake era un fake de tres metros y pico.

1917: las hadas de Cottingley

En 1917 Elsie Wright sumaba dieciséis primaveras y no encontraba demasiados pasatiempos divertidos con los que superar el tedio en Cottingley, una pequeña villa inglesa del condado de Yorkshire del Oeste. Una situación que cambió bastante cuando en su casa se instalaron, a mediados de año y provenientes de la lejana Suráfrica, su tía y su prima de nueve años, Frances Griffiths. Aquellas niñas no tardaron demasiado en convertirse en compañeras de aventuras, una pareja traviesa que mataba las tardes escapándose para jugar en un río cercano y coleccionando broncas al regresar a la residencia familiar empapadas y embarradas hasta las orejas.

A la hora de justificar las huidas y los vestidos destrozados, las primas enarbolaban una excusa fabulosa: si se escapaban habitualmente a la linde del río era porque en aquel lugar podían jugar con las hadas. Por la razón que fuese aquello no acabó de convencer a sus progenitores, pero ellas se emperraron en demostrarlo. Aprovechando que el padre de Elsie era un fotógrafo amateur, las chicas tomaron prestada su cámara (una Midg con forma de maletín) y se adentraron con ella en brazos entre la arboleda y al encuentro de las criaturas mágicas. Un puñado de minutos más tarde regresaron anunciando que se habían estrenado como exitosas paparazzi del mundo fantástico. Cuando el padre de la adolescente reveló la instantánea descubrió que la fotografía tomada a orillas del río estaba protagonizada por una Frances posando despreocupada rodeada de hadas que danzaban a su alrededor. Dos meses más tardes, las niñas volvieron a adentrarse en el bosque con la cámara y regresaron con un nuevo robado imposible: la imagen de Elsie sentada en la hierba, junto a un gnomo alado.

Las dos primeras fotos fantásticas de Frances y Elsie. Imagen: Dominio público.

Un año después, Elsie remitió una carta a una amiga de Ciudad del Cabo en la que incluyó una copia de su fotografía junto a las hadas. En el reverso apuntó: «Es gracioso, pero nunca las había visto en África. A lo mejor es porque hacía demasiado calor allí para ellas». En 1919, la madre de Elsie, que estaba totalmente convencida de que aquellas imágenes eran reales al contrario de lo que creía el padre, presentó las fotografías durante una reunión de la Sociedad Teosófica dejando con la boca abierta a todos los asistentes. Edward Gardner, uno de los líderes de aquella institución de gente amiga de lo oculto, abrazó las pruebas entusiasmado y se dedicó a predicar que Cottingley era una comuna de seres fantásticos. Las fotos llegaron a manos del ilustre Arthur Conan Doyle, un escritor muy amigo de lo paranormal, y acabaron formando parte de un artículo que él mismo firmó para el número navideño de la revista The Strand Magazine, convirtiendo a las hadas de la villa en personajes famosos.

Entretanto, Gardner y Doyle se obcecaron con demostrar que haberlas, haylas y encargaron a diferentes expertos que examinasen las estampas para concretar la veracidad de las mismas. Un erudito en fotografía sentenció que las instantáneas eran auténticas y no evidenciaban ningún tipo de truco o modelos de papel implicados. Los técnicos de Kodak también dictaminaron que ambas imágenes no habían sido sometidas a ninguna manipulación posterior, pero se negaron a emitir un certificado de autenticidad porque no les cuadraba todo aquello de los seres mágicos haciendo photobombing. La compañía Ilford, especializada en la producción de materiales fotográficos, fue bastante más severa y decretó que las fotos eran un montaje evidente. Gardner y Doyle decidieron hacer oídos sordos a esta última opinión, por la cuenta que les traía.

En 1920, Gardner visitó a la familia Wright con un par de cámaras fotográficas en la maleta para pasar el verano con las amigas de las hadas y tratar de capturar nuevas imágenes de aquellas criaturas. Las chicas convencieron a los adultos de que los seres mágicos eran bastante celosos de su intimidad y no se presentarían si había algún desconocido en las cercanías. Y tras un par de tardes campando por su cuenta por el bosque regresaron con tres nuevas fotografías. Una donde un hada aleteaba cerca del rostro de Frances, otra de Elsie junto a otra ninfa alada posada sobre una rama y una última donde varias hadas tomaban tranquilamente el sol.

Las tres últimas fotos del book de seres fantásticos de Cottingley. Imagen: Dominio público.

Las fotos se hicieron públicas, la mitad del mundo se olió que aquello era un fake como un castillo y la otra mitad comenzó a comprar cazamariposas y buscar en el mapa por dónde caía Cottingley. Gardner volvió a la villa junto al ocultista Geoffrey Hodson y este último recopiló cientos de apuntes sobre hadas que aseguraba haber visto en el bosque. En los años sesenta las otrora niñas dejaron caer que aquellos seres que fotografiaron en su infancia podían haber sido fruto de una imaginación efervescente. Durante los setenta negaron haber trucado las famosas fotos pero también apuntaron que las hadas eran algo muy poco racional y probable. En los ochenta, y ya convertidas en ancianas, Elsie y Frances confesaron que las ninfas de las fotos eran en realidad el engaño más vulgar posible: un puñado de cartones dibujados, recortados y colocados convenientemente entre la hojarasca forestal. Ellas explicaban que comenzaron con la broma por pura diversión y se les fue de las manos, en un momento dado decidieron continuar con la farsa por pura vergüenza, porque no se podían creer como «dos niñas de pueblo le habían tomado el pelo a alguien tan brillante como Conan Doyle».

1966: círculos en los cultivos

Si por algo habría que celebrar la década de los sesenta es por dejarnos en herencia un par de cosas bien bonitas y coloridas: las drogas y los ovnis. Porque aquella fue la época que puso de moda los avistamientos de objetos voladores no identificados. Uno de los casos más famosos ocurrió en las cercanías de Tully, una ciudad del estado australiano de Queensland. Allí fue donde, el 19 de enero de 1966 a eso de las nueve de la mañana, un granjero llamado George Pedley pegó un frenazo con el tractor al cruzarse con un UFO. Según Pedley, un platillo volante se había elevado, ante sus ojos y sobre el pantano de Horseshore, hasta una altura de doce metros para justo después salir disparado a toda hostia hacia los cielos emitiendo un silbido agudo. Al examinar el lugar, el hombre descubrió que sobre un campo de cañas cercano alguien o algo había dibujado un círculo de unos nueve metros de diámetro.

En aquella zona, las cañas estaban aplastadas en el sentido de las agujas del reloj hasta llegar al nivel del agua del interior del círculo. A Pedley le fascinó la idea de haber sido el primero en descubrir la huella de un vehículo marciano, pero no todos compartían ese entusiasmo por el espacio exterior: la policía local, los ilustrados de la Universidad de Queensland y la Real Fuerza Aérea del país concluyeron que el círculo probablemente había sido producido por causas naturales, como una tromba de agua. Una idea bastante probable, sobre todo teniendo en cuenta que durante los días posteriores se localizaron nuevos círculos (y un rectángulo, ojo) en los campos de los alrededores.

A la izquierda el círculo descubierto por Pedley. A la derecha el dueño de la finca inspeccionando el asunto. Imagen: Dominio público.

El incidente se convirtió en una noticia que algunos interpretaron como prueba de que existía vida extraterrestre, y Tully se transformó en un destino interesante para todos los amigos de vestir un gorro de papel de plata. Durante los años posteriores comenzaron a aparecer nuevos círculos en diferentes localizaciones del planeta, reforzando la idea de que el campo de cereales era el aparcamiento gratuito predilecto de los marcianos que venían de excursión. A la altura de los ochenta, las apariciones de círculos en los montes (sobre todo en las campiñas inglesas de Wiltshire y Hampshire) ya se habían popularizado tanto como para dejar de ser un hecho insólito y convertirse en una de esas cosas curiosas que ocurren en el campo. Los escépticos apuntaron que resultaba bastante sospechoso cómo los dibujos brotaban en lugares de fácil acceso o especialmente visibles. Pero los aficionados a lo paranormal estaban demasiado ocupados dando palmas con las orejas ante tanta evidencia de marcianos aficionados al turismo rural. Y entonces, dos ingleses llamados Doug Bower y Dave Chorley levantaron la mano para hablar.

En 1991, Bower y Chorley solicitaron los servicios de un cereologista (un estudioso de los orígenes de aquellos dibujos) para comprobar si un círculo que acababan de descubrir era real o no. El experto en el tema certificó el hallazgo como auténtico (sentenciando que no podía haber sido elaborado por el hombre) y la pareja confesó que en realidad ellos mismos habían dibujado, horas antes y ante la prensa, el círculo a mano utilizando una cuerda, un tablón, un poco de alambre y una gorra de béisbol. Bower y Chorley explicaron que llevaban desde 1978 trazando aquellas siluetas por los loles, y se atribuyeron la autoría de más de doscientos círculos pintados a base de doblar tallos. La revelación de que todo era una broma de dos señores con mucho tiempo libre (que se habían inspirado en el descubrimiento de Pedley en el 66) no logró que los círculos dejasen de invadir praderas, sino todo lo contrario: desde que los bromistas ingleses revelaron lo sencillo de sus métodos para dibujar huellas de ovnis, los círculos comenzaron a aparecer con muchísima más frecuencia y a lo largo de muchos más países.

Círculos en un campo de Suiza. Imagen: Dominio público.

1973: echarle huevos

A principios de los setenta, en los supermercados de Holanda las ventas de huevos comenzaron a declinar de manera repentina e inexplicable. Alarmados, los principales proveedores del país llevaron a cabo una serie de estudios y análisis de mercado con los que descubrieron algo que nunca habían tenido en cuenta: que la gente había dejado de comprar el producto por la apariencia impoluta del mismo. Las docenas de huevos que salían de las granjas y fábricas masificadas lucían un aspecto tan limpio como para convencer al subconsciente del comprador de que no eran naturales. El huevo moderno estaba «muy limpio, empaquetado y tenía pinta de no haber sido tocado nunca por hombre o animal alguno», algo que lo alejaba de la idea de producto de granja que tenía el consumidor y lo acercaba a un estilo de vida moderna «plastificado y artificial». Para solucionarlo, a la industria se le ocurrió que lo más sencillo era invocar al fake: se optó por agarrar los huevos de las fábricas, recién limpiados y abrillantados, para enguarrarlos con barro, plumas y estiércol, dotándolos del aspecto natural por el que la gente realmente estaba dispuesta a pagar.

1994: Microsoft inicia el monopolio religioso

A principios de diciembre de 1994 una nota de prensa de Associated Press comenzó a circular entre los buzones electrónicos del mundo. Se trataba de un comunicado anunciando un movimiento empresarial insólito, la noticia de que Microsoft había pujado para adquirir la Iglesia católica a cambio de una cantidad indeterminada de acciones de la compañía de Bill Gates. El texto, cuya cabecera ubicaba su origen en el Vaticano, anunciaba que «en caso de llevarse a cabo sería la primera vez en la historia que una compañía informática adquiriese una religión mundial». Pero la cosa se ponía mucho mejor según avanzaba el texto: «Con la adquisición, el papa Juan Pablo II se convertirá en el vicepresidente senior de la nueva división de software religioso, mientras que los vicepresidentes senior de Microsoft, Michael Maples y Steven Ballmer, participarán en el colegio cardenalicio, según explicó el presidente de Microsoft, Bill Gates».

El anuncio apuntaba que como parte del trato la compañía informática se llevaría a su caja fuerte los derechos de la Biblia y la colección de obras de arte que hasta entonces poseía Vaticano, un tesoro donde figuraban obras de artistas como Miguel Ángel o Leonardo Da Vinci. La nota de prensa también informaba de que los planes inmediatos de la compañía incluían el hacer que los sacramentos estuviesen disponibles en línea por primera vez y que los fieles pudiesen obtener la comunión, confesar sus pecados, recibir la absolución en incluso reducir su estancia en el purgatorio sin salir de su casa, frente a la pantalla del ordenador. De rebote, se anunciaba que convertirse al catolicismo era un upgrade y el lanzamiento de una nueva aplicación llamada Microsoft Church, «un software que incluirá un lenguaje de macros con el que será posible programar la descargar automática de las gracias celestiales cuando el usuario se encuentre alejado de su ordenador».

Bill Gates de Todos los Santos, aunque en la actualidad la lacra del fanatismo religioso extremo lo tiene Apple reflejado en sus consumidores. Imagen:CC Kuhlmann /MSC.

El email en su totalidad era una coña enorme y evidente, pero eso no impidió que en Microsoft comenzasen a recibir llamadas de gente que había creído que aquello era una broma de mal gusto perpetrada por parte de Gates y sus colegas. Y también de otras personas que se había tragado la inocentada y reclamaban muy serios explicaciones a la compañía. Unos cuantos días después, la propia Microsoft se vio obligada a emitir un comunicado oficial desmintiendo el asunto. La tontada no llegó más lejos, pero sí que pasaría a la historia al tratarse del primer hoax que fue capaz de alcanzar una audiencia masiva exclusivamente a través de internet. Un precursor de los cansinos correos electrónicos en cadena que inundarían las redes años después. Y también una profética advertencia del poder de internet y la insinuación de que en el futuro todo eso de la información veraz iba a ser un auténtico cachondeo.

Poco tiempo después, otro email comenzó a presentarse en las direcciones virtuales de correo de la época. Era otra supuesta nota de prensa, una en cuyo título podía leerse: «IBM compra la Iglesia episcopal de los Estados Unidos».


Bowdlerízate para no ofender a nadie

El británico Thomas Bowdler (1754-1825) fue un doctor que nunca llegó a practicar la medicina porque tenía cierta aversión a la gente enferma, un miembro de la Royal Society, un ajedrecista profesional, un caballero viajado que se tiró cuatro años trotando por Europa, un entregado defensor de la reforma penitenciaria (en Londres dedicó quince años de su vida a ello) y una persona tan ilustre como para que su nombre se haya convertido en verbo gracias a su legado. De todo lo anterior, la historia ha decidido que lo último es lo único que merece realmente la pena y por eso mismo los diccionarios de inglés reconocen oficialmente la palabra bowdlerize (que sería algo así como ‘bowdlerizar’) como un vocablo válido que quiere decir: «Extirpar de un texto o similar el material que es considerado ofensivo, obteniendo como resultado una obra más floja y menos convincente». La culpa de todo la tenían los padres de Bowdler, una pareja muy amiga de meterle mano a William Shakespeare y a las Sagradas Escrituras.

Shakespeare edición familiar

La infancia de Bowdler estuvo marcada por un progenitor (un hombre que también se llamaba Thomas Bowdler, porque en el siglo XVIII la descendencia se entendía como una clonación) que entretenía a su esposa e hijos leyéndoles en voz alta las obras de Shakespeare. Con el tiempo, el pequeño Bowdler descubrió que las lecturas de su padre omitían y camuflaban aquellas secciones que el hombre consideraba más inapropiadas para que las almas puras de su mujer y sus seis hijos no sufrieran demasiado. La Sra. Bowdler (una mujer cuyo nombre real se desconoce porque los historiadores son muy de obviar a la gente sin pito), además de ser la esposa de Thomas Bowdler y la madre de otro Thomas Bowdler, también era aficionada a meterle tijera a aquello que consideraba ofensivo: ella misma publicó, en 1775 y de manera anónima, una versión del libro bíblico del Cantar de los Cantares donde había censurado o modificado personalmente todo lo que su criterio consideraba sucio o inapropiado. Aquel Cantar de los Cantares de la Sra. Bowdler era tan exageradamente puritano y pardillo como para sustituir la palabra «cama» por «carroza de nupcias». Con tanto antecedente en su propia casa, no resultó extraño que al pequeño Bowdler Jr. se le ocurriese trabajar en una empresa similar: la de producir una edición de la obra de Shakespeare para todos los públicos, un producto libre de contenido ofensivo o pernicioso e ideado para todas aquellas unidades familiares que no tenían un padrazo con capacidad para editar sobre la marcha la lectura. A la hora de podar los escritos de Shakespeare, recibió la ayuda de su hermana Henrietta Maria (Harriet para los amigos), una erudita muy religiosa que consideraba indecentes a los bailarines de ópera y que acabaría publicando (anónimamente porque estaba mal visto que las mujeres se pasasen de listas) un exitoso libro titulado Sermones sobre las doctrinas y deberes del cristianismo.

En 1807 se publicó la primera edición de The Family Shakspeare (1). Una obra elaborada a cuatro manos por Thomas y Harriet que inicialmente no lucía el nombre de ninguno de los dos autores, pero años más adelante sería atribuida únicamente al primero para no meter en problemas a su hermana. Aquel Shakespeare en modo familiar recogía veinticuatro de las obras del escritor inglés en cuatro volúmenes diferentes, piezas que habían sido convenientemente adaptadas para no herir sensibilidades. En aquellas revisiones los Bowdler se habían cargado un diez por ciento del texto original a base de perpetrar ocurrencias como sustituir las exclamaciones de tipo «¡Dios!» o «¡Jesús!» por cosas más pardillas como «¡Cielos!» para sortear las blasfemias, eliminar los personajes de moralidad cuestionable como las prostitutas, evitar que Lady Macbeth pronunciase la palabra «maldito» o modificar directamente ciertos eventos: en su Hamlet, el personaje de Ofelia no tiene intenciones suicidas y la palma por accidente.

Ofelia de John Everett Millais con Elizabeth Siddal ejerciendo de modelo (circa 1851). Según los Bowdler, aquí la mujer en lugar de canturrear esperando a la muerte estaba ahogándose accidentalmente a cámara lenta.

En 1818, se publicó la segunda edición de The Family Shakspeare, una reimpresión cuyo título completo era The Family Shakspeare en diez volúmenes; en los cuales no se añade nada al texto original pero se omiten todas aquellas palabras y expresiones que no pueden ser leídas en voz alta delante de la familia. El texto llegó acompañado de anuncios en prensa donde el propio autor aclaraba la naturaleza de su mutación literaria: «Mi objetivo con este trabajo es eliminar de los escritos de Shakespeare algunos defectos que disminuyen su valor. Y al mismo tiempo ofrecer al público una edición de sus obras que cualquier padre de familia, ese guardián e instructor de la juventud, pueda colocar en manos de sus hijos sin temor alguno. Un texto gracias al cual el joven a su cargo puede aprender, disfrutar y perfeccionar sus principios morales mientras refina su gusto sin incurrir en el peligro de ser lastimado por ninguna expresión indecorosa. Y aprender, gracias al destino de Macbeth, que incluso un reino puede salir caro si la virtud es el precio a pagar».

Aquella segunda edición se presentó en diez volúmenes que ahora incluían todas las obras del dramaturgo inglés. Y su contenido refinaba de nuevo el material reciclado de la anterior tirada: los hermanos Bowdler aprovecharon para revisar su trabajo y deshacer algunos de los cambios perpetrados en la primera edición, pero también introdujeron otro puñado de nuevas modificaciones. En algunos casos, como Medida por medida u Otelo, ante la presunta imposibilidad de aligerar eficientemente lo indecoroso de la pieza original, los autores optaron por dejarlas tal cual añadiendo una advertencia bien clara: «Poco adecuado para la lectura familiar». Aquella versión definitiva del Shakespeare family friendly se convirtió en una de las ediciones más vendidas de la obra de Shakespeare en tierras inglesas para alegría de sus editores. Tras el éxito, Bowdler planeó producir una versión familiar de la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano de Edward Gibbon, pero no vivió lo suficiente como para verla publicada.

El legado de Bowdler

Las ventas de The Family Shakspeare propiciaron que durante los años posteriores a su publicación brotasen hasta cincuenta versiones depuradas y corregidas de las obras clásicas de Shakespeare de mano de otros editores y autores. Remakes que ya hacían con el material lo que les salía de las gónadas: expurgar sus elementos ofensivos, inventarse escenas añadidas, reescribir los diálogos, montarse crossovers entre diferentes obras de Shakespeare e incluso pervertir totalmente la idea original, como en cierta edición light de Romeo y Julieta que se anunciaba fardando de final feliz. Pronto la acción de «bowdlerizar» (to bowdlerize en el original) comenzó a popularizarse como sinónimo de saneamiento literario para las pieles más finas. En 1836, el político Thomas Perronet Thompson lo utilizó por primera vez en un escrito y a partir de entonces el verbo sustituyó al clásico «castrar» que se usaba hasta entonces para definir las censuras literarias de naturaleza similar. En la actualidad, el término sigue siendo utilizado con el mismo significado que Perronet le atribuyó en 1836: para señalar aquellos trabajos desbravados por terceros y convertidos en productos estériles y fáciles de masticar para público de todas las edades. Porque lo de destrozar el material original nunca ha pasado del todo de moda.

En 1967, la editorial Ballantine Books aprovechó que poseía los derechos del Fahrenheit 451 de Ray Bradbury para editar una edición bowdlerizada enfocada al público adolescente que se denominó «Bal-hi edition». Una adaptación que modificaba el texto que consideraba inadecuado, reformaba capítulos y censuraba las palabras que creía malsonantes («infiernos», «aborto» y «maldito», entre otras como «ombligo»). Aquella edición aguada fue comercializada legalmente hasta 1979, el año en el que Bradbury se enteró de su existencia y se le hincharon las pelotas. El conde de Montecristo de Alexandre Dumas sufrió de censura puritana cuando los traductores de la obra al inglés (Dumas era francés y el original está escrito en dicho idioma) decidieron eliminar de la historia el romance lésbico y el consumo de hachís. La vida de las abejas del belga Maurice Maeterlinck soportó una edición titulada La vida de las abejas para niños que eliminó todas las reflexiones filosóficas del escrito (la verdadera gracia del asunto) y lo convirtió en un texto educativo del montón. La novela Adiós a las armas de Ernest Hemingway padeció una edición libre de tacos que sustituyó todos los «joder», «mierda» y «cabronazo» de los diálogos por guiones, una decisión que cabreó tanto al propio Hemingway como para escribir a mano las palabrotas en las copias que regaló a James Joyce y Maurice Coindreau. El clásico Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain recibió recientemente una reescritura que sustituía todos los «nigger» del texto por «slave». En la edición de 1964 de Charlie y la fábrica de chocolate, Roald Dahl describió a los Oompa-Loompas como pigmeos originarios de África, pero las reimpresiones de la década de los setenta modificaron el país natal de los empleados de Willy Wonka por Loompalandia para evitarse problemas. Ciertas ediciones para todos los públicos de Los viajes de Gulliver eliminaban todas las referencias sexuales que Jonathan Swift deslizaba en la historia sin disimulo alguno. El cuento ilustrado La cocina de noche de Maurice Sendak fue motivo de una controversia ridícula tras publicarse allá por 1970: el protagonista era un niño que se paseaba por las viñetas con el culo al aire y lo de ver un pito en imágenes puso tan nerviosos a los concienciados padres como para que con sus quejas obligasen a retirar el relato de las tiendas. Lo gracioso es que algunas librerías optaron por bowdlerizarlo a mano, dibujando pañales sobre el pene del niño protagonista.

El caso de la obra de Enid Blyton es curioso porque sus libros para niños fueron inicialmente criticados por tener cierto tufillo machista, elitista y racista, pero se convirtieron en best sellers potentes. Y hasta la propia BBC prohibió expresamente radiar cualquier extracto de su obra en antena durante los años treinta, cuarenta y cincuenta, alegando que la escasa calidad de los manuscritos no se merecía atención alguna. En la época actual, las ediciones modernas de algunas de sus creaciones han sufrido una bowdlerización de chiste: en la saga iniciada con El bosque encantado se han eliminado las peleas de la historia y los personajes de Dick y Fanny han sido rebautizados como Rick y Frannie para evitar las connotaciones sexuales modernas que pudiesen tener los nombres anteriores (dick vendría a ser ‘pito’ en inglés, mientras que fanny es sinónimo de ‘vulva’ en Inglaterra y de ‘nalgas’ en Norteamérica).

Los cuentos clásicos son un tema especial, porque llevan toda la vida siendo bowdlerizados y la gente está tan acostumbrada a consumirlos en su versión light como para sorprenderse al descubrir que originalmente eran fábulas muy retorcidas y cabronas: en La Cenicienta las hermanastras de la protagonista se mutilaban los dedos del pie para encajar la pezuña en el zapato de cristal que portaba el príncipe, Pinocho no solo la diñaba de manera horrible a mitad de sus aventuras sino que antes tenía tiempo para cargarse a Pepito Grillo por accidente, el lobo se merendaba a dos de Los tres cerditos, en muchas fábulas tradicionales las ranas no se convertían en príncipe gracias a un beso sino a base de hostias y mutilaciones, Mulan desembocaba en el suicidio de la heroína protagonista, La bella durmiente era violada por un rey durante su sueño y sus hijos perseguidos por una celosa esposa del monarca (que pretendía cocinarlos para dárselos de comer a su marido), La sirenita intentaba asesinar al príncipe del cuento después de que aquel se casase con otra y la fábula original francesa en la que se inspiraron los hermanos Grimm para escribir Hansel y Gretel se marcaba un final feliz con los niños protagonistas rajándole el cuello al mismísimo diablo.

La Cenicienta, Mulan y Los tres cerditos.

Hot on TV

Entre tanto, en el mundo televisivo la bowdlerización está tan extendida y resulta tan delirante que repasar sus grandes éxitos convertiría esto en una letanía (aún más) insoportable. Basta con recordar que la televisión americana es muy amiga de redoblar ciertos diálogos para extirpar las palabras malsonantes que podrían hacer llorar a los niños, cosas tan disparatadas como sustituir en El gran Lebowski un «See what happens when you fuck a stranger in the ass?» («¿Ves lo que pasa cuando le das por el culo a un extraño?») por un «See what happens when you meet a stranger in the alps?» («¿Ves lo que pasa cuando te encuentras con un desconocido en los Alpes?»). Aunque el mejor de ejemplo de dichos remaches surrealistas se encuentra en la versión de Serpientes en el avión que se emitió en el canal FX, aquella cuyo doblaje sustituyó la legendaria frase «I have it with this motherfucking snakes on this motherfucking plane» («Estoy hasta los cojones de esas putas serpientes y hasta los cojones del puto avión») por «I have it with this monkey-fighting snakes on this Monday to Friday plane» («Estoy cansado de esas serpientes que luchan contra monos y de este avión que circula de lunes a viernes»).

Aprended, familia Bowdler.

La leyenda de Tickle Cock

Tickle significa ‘cosquillas’ y cock se traduce coloquialmente como ‘polla’, partamos de ahí. Pues bien, resulta que en el pueblecito de Castleford de Yorkshire del Oeste (Inglaterra) existe un paso subterráneo inaugurado en 1890 y conocido oficialmente desde entonces como Tickle Cock Bridge. Un acceso peatonal que conecta la zona residencial del pueblo con la comercial y es utilizado semanalmente por varios miles de personas. En 2008 se tomó la decisión de restaurar el pasadizo por completo, porque el hecho de que aquello llevase teniendo el mismo aspecto desde la época victoriana ni era demasiado moderno ni parecía demasiado seguro. El gobierno del lugar decidió aprovechar para rebautizar la localización sustituyendo el jocoso «Tickle Cock» por un sosísimo «Tittle Cott», en un ejemplo maravilloso de lo que significa bowdlerizar en la vida real. Una vez finalizadas las obras, se colocó en el lugar una placa que lucía orgullosa la nueva denominación del paso subterráneo, algo que cabreó bastante a los habitantes del lugar. Margaret Shillito, representante de una agrupación llamada Castleford Area Voice for the Elderly y formada por mayores de cincuenta años, lo dejaba bien claro en las noticias: «La placa estaba mal, mostraba el nombre equivocado y aquello nos ofendía. Lo importante es mantener el nombre del lugar, no darle uno nuevo solo porque alguien ha considerado que suena mejor. Tickle Cock es el nombre por el que se ha conocido este puente durante varias generaciones, y nos gusta ese nombre, tiene carácter y tiene su historia. No queremos que el nombre equivocado sea el que pase a la posteridad».

Los habitantes de Castleford llevaron a cabo una asamblea pública en la que casi todos los ciudadanos se mostraron a favor de restaurar el nombre original. La presión de los lugareños logró que las autoridades competentes reculasen por completo y sustituyeran la placa por otra con la denominación correcta, permitiendo que la gente siguiera llamando a las cosas por su nombre.

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(1) En The Family Shakspeare el nombre del escritor inglés está escrito de ese modo (con una «e» ausente) de manera consciente. En aquella época nadie se ponía de acuerdo sobre cómo se escribía dicho apellido y existen multitud de variantes locas del mismo.


El dólar y la Biblia: una extraña historia de la Norteamérica profunda

Foto: Antoine Gillet (CC).

Tengo tres Biblias en casa. La de toda la vida, la del rey Jaime y la Biblia de los Gedeones. La Biblia de los Gedeones es bastante rara, tiene las tapas como de hule acolchado color cobre y parece más usada que vieja. Me la llevé del cajón de la mesita de noche de un motel de San Francisco, igual que le pasó al «Rocky Raccoon» de la canción de los Beatles buscando a su chica por las montañas de Dakota. Me la llevé porque en el interior pone muy clarito que puedes hacerlo (pero no puedes venderla, evidentemente), y porque alguna vez había escuchado eso de «Take the Bible, not the towels». Algo así como «Llévate la Biblia, no las toallas». De hecho, el señor Woody Murray, portavoz de la editorial de la Biblia de los Gedeones, anima a los clientes a que se la lleven si quieren, y casi que la intención parece ser esa, con tal de que se lea.

Los Gedeones empezaron hace muchos años, en 1898, cuando dos viajantes de comercio, el señor Nicholson y el señor Hill, llegaron al pequeño pueblo de Boscobel, Wisconsin, a pasar la noche. No se conocían de nada pero como quedaba solo una habitación libre no les quedó más remedio que compartirla. Después de la cena se pusieron a charlar, esto era antes de la tele, y ya a las tantas se les ocurrió crear una asociación evangélica para comerciales y hombres de negocios como ellos. Pronto se les unió el señor Knight y llegaron a la conclusión de que la mejor manera de distribuir la Biblia era hacerlo en los hoteles y moteles de todo el país. Empezaron por Montana y en los siguientes ciento veinte años no han hecho más que expandirse, van por los 1700 millones de Biblias que puedes leer en hoteles, en hospitales, prisiones, en todas partes (salvo en los hoteles Marriott, que fundaron mormones, y donde en lugar de la Biblia te encuentras el Libro de los Mormones, claro). Biblias de costa a costa, eso te encuentras en Estados Unidos, aunque aquí según tu confesión la interpretes más o menos al pie de la letra. Incluso en pleno sigo XXI ser baptista, metodista, presbiteriano o pentecostalista define más de lo que podría parecer.

A grandes rasgos las diferencias entre estos grupos cristianos vendrían a ser estas: los metodistas y presbiterianos son los más liberales, en el sentido de que no toman la Biblia al pie de la letra, son casi todos blancos y cada vez menos numerosos, y son urbanos, con estudios. Los baptistas son bastante más fundamentalistas en cuanto a la interpretación de la Biblia. Al contrario que los metodistas y presbiterianos, creen que una vez que has sido bautizado ya irás al cielo hagas lo que hagas (por eso no puedes ser bautizado hasta que no tienes uso de razón), y creen firmemente en la evangelización y propagación de la palabra de Dios. Son estos baptistas los que más nos suenan, los hemos visto en True Detective y en True Blood, esas ceremonias de inmersión en ríos cenagosos, bautismos de quinceañeras con los ojos rojos, de noche, al olor de las magnolias.

Foto: James Willamor (CC).

Los baptistas son más del Bible Belt, una región algo difusa que viene a ocupar el sur de Estados Unidos salvo Florida y la costa oeste, con fuerte presencia en Oklahoma y Kentucky (donde se encuentra el Museo Creacionista, un museo sobre la historia de la humanidad con bonitos dioramas didácticos donde los humanos aparecen junto con los dinosaurios). El sur bíblico, el sur republicano, el sur sudista hasta la médula. Fue aquí, en el sur, en Kentucky, en el corazón de los Apalaches, donde nació el «Tent Revival», en julio de 1900, a orillas del río Gasper. Entonces se unieron un puñado de evangelistas para rezar porque no tenían otro lugar donde hacerlo. Al año siguiente se reunieron la friolera de veinticinco mil personas entre presbiterianos, baptistas, metodistas, todos juntos, y a partir de ahí se abrió la veda. El Tent Revival (que, no resulta sorprendente, está ahora mismo resurgiendo en algunos estados del sur) no era otra cosa que la congregación de un gran número de feligreses en enormes tiendas de campaña que se levantaban a la intemperie en zonas rurales o remotas donde, entonces,  no había iglesias construidas. Las tiendas de campaña tenían pinta de carpas de circo porque había mucho de eso ahí dentro, donde se unía la oración con el entretenimiento, la fe con el espectáculo, la Biblia con el ocio (aunque también era un circuito de alfabetización y educación que funcionó a las mil maravillas, todo hay que decirlo).

Unos pocos años más tarde, en 1906, William J. Seymour, un pastor afroamericano, tuerto, hijo de esclavos, se plantó en Los Ángeles para llevar la palabra de Dios. Venía de Houston, donde se había labrado un nombre como pastor, pero Los Ángeles se le resistía. Así que en marzo de ese año hizo una promesa y tras cinco semanas seguidas de oración y tres días de ayuno, el día 9 de abril se subió a un púlpito en medio de la calle y empezó a hablar en «una lengua extraña». Había recibido el don de lenguas del que habla el Pentecostés. En ese momento muchas otras de las personas que se encontraban allí en la esquina empezaron a hablar en lenguas extrañas también. Esto ocurría en la calle North Bonnie Brae, (muy cerca del actual Echo Park), donde poco a poco se fue reuniendo una multitud que estuvo «hablando en lenguas» durante tres días y tres noches, hasta que los cimientos de la casa se vinieron abajo y se mudaron a Azusa Street, a un antiguo establo donde muy pronto se reunieron hasta mil quinientas personas. Hombres, mujeres, niños, latinos, blancos. Corrían, saltaban, se arrojaban al suelo, se desmayaban, gritaban durante días y noches seguidos, hablaban en lenguas. Así se tiraron tres años enteros, tres años de fiebre religiosa y fervor delirante. Acababa de nacer el pentecostalismo. El pentecostalismo, más allá del exceso, viene a decir que la experiencia con Dios es directa, y que cuando el Espíritu Santo te embarga puedes hacer cosas extraordinarias como hablar en lenguas extrañas y sanar enfermos.

Foto: Paul Nicholson (CC).

Los pastores pentecostalistas lo que tenían (y tienen) es un pico de oro, muchos de ellos eran unos embaucadores, unos asaltaviejas y cantamañanas que empezaron a proliferar sobre todo por la costa oeste, donde no era raro encontrar un Elmer Gantry en cada pueblo. Pero fue entre los años cuarenta y los cincuenta cuando se produjo el verdadero boom, una auténtica cruzada de «pastores sanadores» o healing revivals de entre los que merecería rescatar a Oral Roberts. Oral Roberts, un descendiente de indios cherokees, un buen día de 1947 se compró un Buick y a la mañana siguiente se le apareció Dios y le dijo que se fuera a sanar enfermos. Y eso hizo. Al principio emprendió su misión en carpas donde reunía hasta tres mil personas de una tacada y su taquilla  fue tal que al poco tiempo acabó visitando los cinco continentes. Fundó una revista y una universidad en Tulsa, Oklahoma. Como no tenía bastante, fue el primer televangelista, en 1954. Después fundó su propia cadena de televisión. Y después el City of Faith Medical Center, en 1977, un establecimiento en el que sanaba a los enfermos mediante la medicina y la oración. Toda esta actividad frenética empezó a torcerse un poquito cuando en enero de 1987 dijo en la tele que, a no ser que recibiera una donación de ocho millones de dólares, Dios se lo llevaría a su seno en dos meses. Llegó marzo y seguía ahí, predicando en su programa de televisión, con su tupé teñido y almidonado, a pesar de no haber recaudado más que la mitad. Entonces amenazó vagamente con suicidarse si no conseguía esa cantidad y a las pocas semanas alcanzó los nueve millones de dólares (por cierto, que la redacción de las cartas para recaudar fondos corrió a cargo de un tal Gene Ewing, quien sigue vivito y coleando y tiene el récord de conseguir hasta seis millones de dólares… en un mes). Hacia los ochenta empezó a tener líos con Hacienda, como la práctica totalidad de los televangelistas.

Si alguien recuerda Going Clear, el documental sobre los entresijos de la Cienciología, entenderá por qué la mayoría de estos ladrones de guante blanco consiguen evadir dinero al fisco y aquí no pasa nada (y es que en Estados Unidos cualquier iglesia y actividad religiosa tiene exención fiscal). De entre los pentecostalistas de la tele que más ruido han hecho tenemos a Jimmy Swaggart, que lleva nada menos que cuarenta años predicando por la televisión a nivel local e internacional, con audiencias de hasta quinientos millones de personas y campmeetings a lo bestia. En los ochenta se embarcó en una cruzada personal muy loca contra el heavy metal, hasta el punto de que Steve Harris, el de Iron Maiden, lo demandó por vía judicial. La demanda judicial levantó otros temas escabrosos de rebote, como el encuentro de Swaggart con una prostituta, y otros tejemanejes que acabaron saliendo a la luz. Harris ganó el juicio en el 88 y, como al final resultó que no era Lucifer sino un señor, acabó dedicando a Swaggart una canción, «Holy Smoke».

Foto: Steve Rhodes (CC).

Otro pentecostalista muy popular y que aún pita hasta en las redes es Creflo Dollar (es su nombre real, sí), un tipo que se ha inventado la jugada perfecta para que sus feligreses (trescientos mil) y él mismo engañen a Hacienda mientras engordan la billetera y viajan en jet privado. Creflo Dollar fue uno de los seis investigados por el Senado en el 2007 en la que ha sido quizás la mayor operación contra los televangelistas de la historia americana. Sorprendentemente, la investigación, que puso en marcha el senador republicano Chuck Grassley, acabó como el rosario de la aurora, sin el menor éxito, y probablemente no consiguió más que justificar lo injustificable. De hecho, ha sido desde entonces cuando han empezado a proliferar aún más si cabe las megachurches o ‘megaiglesias’, edificios enormes como un campo de fútbol que pueden alojar hasta cincuenta mil personas. Las llaman también McChurch o McIglesias porque, además del recinto para el encuentro religioso, cuentan con tiendas y cafeterías, todo encaminado a que consumas, te encuentres bien y pases un buen rato como cuando bajas al McDonald’s. Está todo tan bien calculado que suelen estar situadas en lugares de difícil acceso para asegurarse de que el «cliente» viene en coche (y dispone de cash, en consecuencia).

Como siempre ocurre, la lata no se abre más que desde dentro y quien de verdad acabó tirando de la manta de todo el cotarro y la farsa del pentecostalismo fue Marjoe Gortner, un pastor que lo petaba allá en los sesenta. Marjoe Gortner, un caradura con pinta de Rolling Stone que pasó de ser el pastor más joven del mundo, ordenado a los cuatro años, a salir en Falcon Crest. Ya debían de gustarle las cámaras desde muy pequeño porque a la edad de apenas cinco años casó a una pareja en Hollywood y se marcaba unos sermones de padre y muy señor mío en teatros de toda América. Corrían los años cincuenta y su madre le cosía bolsillos secretos en los pantalones de terciopelo y las camisas de seda para esconder los billetes. Unos billetes que alcanzaron alrededor de los tres millones de dólares y de los que Marjoe nunca vio un centavo porque sus padres se lo levantaron todo y lo dejaron solito, y ¿adónde se fue? A San Francisco. Con dieciséis años.

Era guapetón, era un pelirrojo con una cara a lo Kennedy, era el Verano del Amor. Se hizo hippy, acabó viviendo en la calle. Como no tenía ni dónde caerse muerto y necesitaba dinero recurrió a lo único que sabía, a darle al pico. Así que volvió a subirse a los escenarios del circuito evangélico. Se fijó en Mick Jagger como modelo, la estrella más bombástica del momento. Empezó a vestirse como Jagger, a moverse como Jagger, lentejuelas, mallas, camisa abierta y una masa de rizos afroangelicales. Pasaba seis meses predicando y con lo que sacaba se volvía a California, a tirarse a la bartola y tocar en su banda de rock. Todo iba muy bien, demasiado bien, hasta que un día se cansó de todo ese circo. Le había entrado cargo de conciencia. Se buscó un director de cine (dos, en realidad, Howard Smith y Sarah Kernochan) y unas cuantas cámaras para que le acompañaran en la trastienda de la que sería su última gira por Estados Unidos. La peli que resultó, Marjoe, pasó por Cannes y ganó el Óscar al mejor documental en 1972. En una escena Gortner aparece contando un montón de billetes sobre la cama del hotel, en otra hace una demo de cómo «hablar en lenguas», de cómo se camela al personal, de cómo prepara cada espectáculo. Después de esto dejó los escenarios, por supuesto. Se casó con la chica de American Graffiti, sacó un disco, muy malo, intentó entrar en Hollywood. Actuó en Terremoto, salió en alguna peli de serie B. El documental tuvo muy poca difusión en Estados Unidos, de hecho, la única copia se perdió en los setenta hasta que el negativo se recuperó en el 2002 y salió en DVD y luego en Netflix. De Marjoe poco se sabe ya. Si algo le salvó de verdad fue ser uno de los elegidos por Christopher Hitchens en Dios no es bueno, y eso sí que es que Dios te elija. Una vez, en una entrevista, Marjoe dijo algo muy claro, negro sobre blanco, el dedo en la llaga: «Los pentecostalistas como yo predicamos para gente muy pobre. Si no te ven llegar en un Cadillac, no creen que has sido elegido por el Señor».

En una de las últimas encuestas efectuadas sobre creencias religiosas, cuatro de cada diez americanos (unos cien millones de personas) se consideran born again, es decir, ‘renacidos en la fe’. Esta encuesta es del 2010. Amén a eso.

Foto: micadew (CC).


Grandes canciones del pop y del rock inspiradas en la Biblia

Leer la Biblia, aunque de gran interés, es también una experiencia desasosegante a medida que vas descubriendo prohibiciones que desconocías y que tal vez ya hayan condenado tu alma sin remedio: no puedes herir a tus esclavos en los ojos, ni comer búhos, ni guisar el cabrito en la leche de su madre, ni acostarte con tu suegra, entre tantas otras cosas. La parte de las exhortaciones es más grata, sin embargo, pues recomienda sustituir el agua por el vino y, por encima de todo, cantar. Los autores del libro sagrado eran unos empedernidos melómanos y ya en el mismo Génesis se atribuye a los músicos un ilustre linaje, nada menos que el de Caín… lo cual explica bastantes cosas.

En las páginas siguientes casi toda ocasión es buena para ponerse a cantar, bailar y tocar arpas, salterios, tamboriles, címbalos y trompetas, mientras se reconoce a personajes tan relevantes como David, Salomón y Moisés como compositores, e incluso «los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros». Hasta tal punto importa este arte que, de hacer caso a las visiones del Apocalipsis, quienes obtengan la salvación se distinguen porque «cantaban un cántico nuevo delante del trono, y delante de los cuatro seres vivientes, y de los ancianos; y nadie podía aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que fueron redimidos de entre los de la tierra». En conclusión, no es de extrañar que tantos músicos a lo largo de la historia se hayan sentido concernidos por la Biblia, encontrando inspiración en ella e incluso citando sus versos en las letras. Hay innumerables ejemplos, así que seleccionaremos los más conocidos y, quien lo desee, puede añadir sus favoritos en la sección de comentarios.

(La caja de voto se encuentra el final del artículo)

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«Sinnerman», de Nina Simone

«Métete en la peña, escóndete en el polvo, de la presencia temible de Jehová, y del resplandor de su majestad» (Isaías 2:10). A partir de este pasaje y de otro similar del Apocalipsis 6:15-17, este espiritual negro hablaba de un pecador que intentaba ocultarse de la cólera de Dios. En los años posteriores tuvo adaptaciones a la música popular bastante conocidas, como esta de The Seekers o esta de Sixteen Horsepower, o en nuestro país la del grupo Nuestro Pequeño Mundo, que interpretó en TVE esta versión. Pero la más conocida y lograda de todas fue sin duda la de Nina Simone, que ya estaba familiarizada con ella desde su infancia al ser hija de una ministra metodista.

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«Creeping Death», de Metallica

La canción resume el segundo libro de la Biblia, el Éxodo, más concretamente el capítulo doce, hablándonos de la esclavitud de los israelitas en Egipto y de las plagas que envió Jehová para doblegar al faraón. Como vemos en esta recopilación y en el vídeo sobre estas líneas de su reciente actuación en Madrid es una tradición de cada concierto que mientras tocan este tema el público coree «¡MUERTE!», por el contexto entendemos que de los primogénitos egipcios. Lo cierto es que para James Hetfield la religión es un tema espinoso, dado que su madre pertenecía a la secta llamada «ciencia cristiana», y debido a tales creencias sustituyó el tratamiento médico que necesitaba por la fe, con un desenlace previsible que dio lugar a la canción «The God That Failed». Aun así podemos encontrar otros temas de inspiración bíblica en su repertorio, como «The Four Horsemen».

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«Awake my Soul», de Mumford and Sons

Como en los dos casos anteriores, Marcus Mumford creció en un hogar de fuertes convicciones religiosas, dado que sus padres, John y Eleanor Mumford, son los máximos representantes en el Reino Unido de una iglesia evangelista llamada Vineyard. No obstante reniega de la etiqueta de «rock cristiano» y por eso lo incluimos en esta lista de música dirigida a un público generalista. El título hace referencia a «¡Despierta, alma mía! ¡Despierten, arpa y lira! ¡Haré despertar al nuevo día!» de Salmos 57:8.

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«Rivers of Babylon», de Boney M

De las ciento ochenta y cinco canciones que pueden encontrarse en la Biblia, es decir, aquellas partes que están hechas explícitamente para tener un acompañamiento musical, ciento cincuenta pertenecen a los Salmos. No es casualidad, dado que la palabra griega de la que proviene, psalmós, significa «música instrumental» o también «cantos que acompañan a la música». En consecuencia muchos grupos han encontrado aquí el trabajo medio hecho. Es el caso de  los rastafaris de The Melodians en «Rivers of Babylon», aunque la versión  de Salmos 137 que se hizo un hueco en la posteridad fue la de Boney M: «Junto a los ríos de Babilonia / Allí nos sentábamos, y aun llorábamos, / Acordándonos de Sion. / Sobre los sauces en medio de ella / Colgamos nuestras arpas. / Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos / Y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo: / Cantadnos algunos de los cánticos de Sion. / ¿Cómo cantaremos un cántico de Jehová en tierra de extraños?».

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«Through the Valley», de Shawn James   

«Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo: tu vara y tu cayado me infundirán aliento» (Salmos 23:4). Unos versos tan contundentes no podían pasar desapercibidos a nadie, de manera que en la cultura popular contemporánea son un icono que permite identificar a cualquier tipo duro o darle épica a cualquier escena. Se mencionaban en El jinete pálido, y en Corazones de hierro Sean Penn los parafraseaba añadiendo «no temeré mal alguno… porque soy el mayor hijo de puta del valle». De forma muy similar se mencionaban en Jarhead y en Deep Blue Sea. Marilyn Manson llamó de esa forma a un álbum, mientras que The Grateful Dead, 2Pac y Megadeth les dedicaron canciones, así como eran el inicio del rap «Gangsta’s Paradise». Los escuchamos en Titanic y Bush los recitó en su discurso a la nación tras el atentado contra las Torres Gemelas. Por último, el videojuego The Last of Us 2 incluyó el tema de Shawn James cantado por la protagonista, también con algunos cambios:«I walk through the valley of the shadow of death / And I’ll fear no evil because I’m blind to it all / And my mind and my gun they comfort me / Because I know I’ll kill my enemies when they come».

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«Turn! Turn! Turn!», de The Byrds

«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora». Así comienza el capítulo tercero del Eclesiastés, que a continuación enumera diversas facetas de la vida por medio de pares opuestos. A una letra semejante la banda californiana solo tuvo que añadir al final «I swear it’s not too late» para darle el tono pacifista y esperanzado que la época demandaba.

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«Plastic Jesus», de Paul Newman

Como la lista nos está quedando muy veterotestamentaria ya es hora de mencionar al personaje bíblico más significativo. Fue compuesta en 1957 por Ed Rush y George Cromarty y desde entonces ha conocido toda clase de versiones, esta corresponde a la película La leyenda del indomable, con un Paul Newman que la interpretaba entre lágrimas, pues su personaje acababa de recibir en la cárcel la noticia de la muerte de su madre. Más adelante Billy Idol sustituíría en los últimos versos a ese Jesús de plástico del salpicadero por otra cosa.

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«Prodigal Son», de The Rolling Stones

La parábola del hijo pródigo forma junto a la de la moneda perdida y la de la oveja perdida la llamada «trilogía de la misericordia», aunque tal vez podría llamarse también el departamento de marketing del cristianismo. El Evangelio de Lucas deja claro que lo importante es captar nuevos clientes aún al precio de frustrar a los que siempre han permanecido leales a la marca, proselitismo antes que fidelización. En cualquier caso la adaptación de la parábola correspondió al cantante de blues Robert Wilkins, de la que luego se hizo esta versión.

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«In Gods’s Country», de U2

Desde luego devoción no les falta: se podría decir que U2 es la banda sonora de la Biblia, pues nada menos setenta y siete de sus canciones aluden a ella. Esta perteneciente a su álbum más reconocido y además de aludir a su estirpe cainita, tal como dijimos al comienzo, prafrasea la primera Epístola a los corintios: «Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor».

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«Delilah», de Tom Jones

El compositor de la música, Les Reed, quiso hacer una versión moderna de Sansón y Dalila, pero los letristas estaban más interesados en un musical adaptado de Carmen de Bizet en torno a los celos y la infidelidad. El arreglo al final consistió en añadir una línea en la que el protagonista se consideraba un esclavo que no podía ser liberado, para remitir vagamente a la historia del Libro de los Jueces.

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«Rolling in the Deep», de Adele

En la Biblia también hay sitio para el karma, concretamente en la Epístola a los gálatas 6:7 a la que indirectamente se menciona en este tema que lanzó a la fama mundial a la artista británica: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará».

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«Perfect Day», de Lou Reed  

Que es el mismo mensaje con el que concluye esta canción: «you’re gonna reap just what you sow». Pero hay además otra referencia bíblica: «Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, Que va en aumento hasta que el día es perfecto» (Proverbios 4:18).

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Contra Jesucristo

Fotografía: Oliver Thompson (CC).

Lo dijo Mark Twain, que no es precisamente cualquiera:

Todos tienen la creencia de que mientras estuvo en el cielo, Dios fue severo, injusto, resentido, celoso y cruel, pero que al bajar a la Tierra y tomar el nombre de Jesucristo se convirtió en lo contrario de lo que había sido, es decir, se volvió amable, cordial, misericordioso y paciente. Su carácter cruel desapareció y en su lugar brotó el intenso amor que sentía por sus pobres hijos humanos. ¡Pero fue siendo Jesucristo cuando concibió el infierno y lo anunció! Es decir, que como humilde y piadoso salvador fue miles de millones de veces más cruel de lo que había sido en el Antiguo Testamento. ¡Ay, era incomparablemente más atroz que en sus peores momentos de los viejos tiempos!

Habla Satanás, pero no el Satanás que usted se piensa. No tiene cuernos y tridente ni rige los tormentos que los pecadores sufren en el infierno. De hecho, ni siquiera es un demonio. Es un arcángel que visita nuestro planeta y escribe a sus compañeros Miguel y Gabriel para describirles las criaturas humanas que lo habitan y las extrañas teorías que tienen acerca de Dios y la religión. Son las Cartas desde la Tierra de Twain, recopiladas en el volumen de Escritos irreverentes que salió varias décadas después de su muerte porque el escritor y después su hija los consideraron impublicables. Los reunió un editor poco amigo de lo sacro a quien el destino reservó el nombre, je, de Bernard DeVoto.

Y tiene razón, como solía tenerla él. Steve Wells, un escritor escéptico de esos que venden libros como churros, ha contado el número de personas que Dios ejecutó o hizo ejecutar en la Biblia: 2.821.364, ni una más ni una menos. Y eso sin contar las cantidades de víctimas cuya magnitud no se especifica en los textos sagrados, en cuyo caso —y atribuyéndoles siempre un número hipotético, aunque razonable— la cifra se aproximaría a los veinticinco millones (1).

Dios, en efecto, era un personaje colérico y terrible inclinado a las matanzas de primogénitos y a convertir a la gente en sal, pero eso cambió cuando Jesús nació en la Tierra para gozo del hombre y sobre todo de los peces en el río, que ya se sabe que al efecto bebieron, bebieron y volvieron a beber. Con aquel hijo suyo tan campechano y tan moderno se le templó el carácter y se acabaron las plagas y las lluvias de azufre. A cambio, el Mesías solo impuso una pequeña novedad en la letra pequeña del mundo: el infierno.

Ignis inextinguibilis

Y no un infierno cualquiera, ojo. Pocos infiernos hay más jodidos que el que Jesús le anunció a la humanidad.

Del infierno griego, por ejemplo, solemos recordar a Sísifo y su piedra o a Ticio, a quien dos buitres devoran el hígado eternamente. Pero incluso cuando parecen condenas irrisorias comparadas con el quemarse eternamente en fuegos sobrenaturales, los suyos son además dos casos excepcionales y del Tártaro, que ni siquiera era la sección más poblada del Hades. Para los antiguos helenos, el grueso de la humanidad acababa en la región de los Campos Asfódelos, un lugar monótono y gris que recuerda, aunque sea intuitivamente, precisamente a aquello en lo que consiste estar muerto: en no mucho, la verdad.

Parecido ocurre en la mayoría de infiernos que el ser humano ha concebido en sus mitologías, donde la inmensa mayoría acaba en un estado que ni fu ni fa y solo unas pocas personalidades, legendarias y singularmente malvadas, reciben un castigo tan severo que sus proporciones son eternas. Al Naraka budista o al Diyu chino, por ejemplo, va todo el mundo durante un periodo de tiempo finito, y lo mismo ocurre con el Gehena judío, en el que todas las almas invierten como máximo un año con la excepción de cinco personas, que por su condición singularmente malvada morarán allí durante toda la eternidad. El Seol, el precedente más evidente del infierno cristiano, se describe en Job como una «tierra de tinieblas y sombra» y como un «silencio» al que se desciende en los Salmos, donde ni se sufre ni se deja de sufrir. Ni pena ni gloria, para entendernos.

Y eso es precisamente lo que prometió Jesús al anunciar el infierno: o la pena o la gloria, porque no hay más. Y por si la segunda no constituyese una motivación suficiente para seguirle —a él y a aquellos en quienes delegó su administración con aquel asunto de la piedra—, con la que amenazó por no hacerlo fue una pena peor que la peor de las penas concebibles, que es el morir. Su infierno, en efecto, es más aterrador incluso que la muerte, que estaremos de acuerdo en que es algo bastante aterrador. En la cosmogonía cristiana, a los infieles y a los pecadores no les espera una eternidad vagando por alguna oscura región o acaso la inconsciencia de la propia existencia, algo ya de por sí espantoso. Les espera eso mismo, pero sumado al sufrimiento agudo e implacable de un ignis que la Iglesia se preocupó por definir como inextinguibilis, lo que significa que para toda la vida. O la muerte, en este caso. O la vida después la muerte, si se prefiere. Algo muy desagradable, vamos.

Por supuesto, la doctrina no dice que Jesús crease el infierno. Como le podrá confirmar su párroco de guardia, el papel del Mesías en el inframundo se limitó a descender y ponerse a patear culos demoníacos como el mismísimo Steven Seagal. Es a lo que dedicó los tres días que fueron desde su muerte en la cruz hasta la resurrección: a reventar las puertas del infierno, a aplastar bajo ellas al Demonio y a liberar las almas de los justos allí encerradas, que por cierto eran las de todas las personas que habían muerto hasta la fecha durante toda la historia de la humanidad. (2) Iban automáticamente al infierno —alguien mordió la manzana que no debía, recordemos— pero Jesús acababa de amnistiar al género humano muriendo «por el perdón de los pecados» y lo había hecho con carácter retroactivo. A partir de entonces, el alma del difunto no iría impepinablemente al inframundo, sino que lo haría después de un juicio desfavorable de sus virtudes durante la vida. Esta catábasis de Cristo se menciona de pasada en los Hechos de los Apóstoles, en el Evangelio de Pedro y se cita en el Credo, pero curiosamente es otro evangelio apócrifo, el de Nicodemo, el que relata los detalles de la versión que la Iglesia asume como doctrinal.

Pero la doctrina niega que Jesús lo crease, insistimos. Y sin embargo cuesta —y cuesta mucho— encontrar menciones al mismo en los textos sagrados previos a su nacimiento, que recordemos que abarcan milenios de historia sagrada. Desde luego no aparecen donde deberían, en el capítulo 26 del Levítico y en el 28 del Deuteronomio, donde se describen los premios y las «consecuencias de la desobediencia». Y tampoco Moisés habló de nada remotamente parecido al infierno por más que podría esperarse de él, nacido y criado en una cultura —la egipcia— que contemplaba la recompensa y el castigo en la ultratumba. En el Antiguo Testamento, Jehová y sus profetas se atuvieron estilísticamente al guión y amenazaron a quien se mease fuera del tiesto con lo de siempre: enfermedad y pestilencia, campos yermos, desolación de naciones y en fin, ese tipo de cosas. Pero de infierno, nada.

Aun así, y dependiendo de la traducción, se pueden encontrar algunas escuetas menciones al fuego y la eternidad salpicando los libros del Antiguo Testamento, aunque muchos expertos cuestionan que estuvieran ahí originalmente. Para comprender cómo el inframundo cristiano pudo aparecer así, se impone recordar una historia que pudo sufrir una reubicación parecida en esa misma época, la de Cristo y los siglos inmediatamente posteriores. La mayoría creerá conocerla y, sin embargo, la desconocerá. Es la de Noé y el Diluvio Universal.

De lluvia y gigantes

Fotografía: Eric Schmuttenmaer (CC).

Porque hay quien dice que esa historia es en realidad la de los nefilim, un nombre que de entrada le sonará a pocos. Según varias tradiciones cristianas, entre ellas la copta, los nefilim eran una raza de gigantes nacida de la unión de madres humanas y padres grigori o vigilantes, unos ángeles renegados que habitaban la Tierra después de ser expulsados del Cielo. Como el que presenta Mark Twain, estos ángeles caídos tampoco son los monstruitos rojos y cornudos en los que solemos pensar. Ni habitan bajo tierra –han sido expulsados del Cielo y viven por tanto en la Tierra, otro punto a favor de la ausencia del infierno en el Antiguo Testamento– y, por supuesto, tienen sexo. Sexo del que se tiene y por tanto, del que se practica. Y vaya si lo practicaron.

Sus descendientes, estos gigantes nefilim, medraron en Canaán, aparecen mencionados en varios puntos de la Biblia —en Números 13:33, en el Deuteronomio y en el Libro de la Sabiduría— y el más célebre de su estirpe habría sido, por supuesto, Goliat. Pues bien: en dos libros de la Biblia etíope, el de los Jubileos y el de Enoc, se especifica que el Diluvio Universal del que Noé rescató a humanos y animales no fue invocado por Dios para fulminar a los humanos pecadores, sino para exterminar a los nefilim, una raza que no contemplaba su —Su— plan. La tesis también fue avalada por Flavio Josefo y Filón de Alejandría en el siglo i de nuestra era y aparece, por si fuera poco, en el Libro de la Sabiduría, que el lector puede consultar en la primera Biblia católica que tenga a mano. Capítulo catorce, versículo seis.

¿Qué pasó entonces para que en el Génesis de hoy se diga que el Diluvio tuvo por objetivo el castigo de la humanidad y que así lo pregonen la doctrina, la catequesis y la homilía? Depende de a quién preguntemos, por supuesto. Algunos hablan de una reedición motivada de la historia del Diluvio para adaptarla a las sensibilidades religiosas impuestas por el cristianismo, (3) en las que el componente folclórico se desvanece y la humanidad se hace merecedora constantemente del castigo de Dios. Para otros, sin embargo, la desaparición de los gigantes es una consecuencia espontánea de la sucesiva traducción de los textos, una tarea imperfecta siempre condicionada por su interpretación doctrinal. Aquí y allá, «nefilim» dejó de designar gigantes para convertirse en un gentilicio y el gentilicio se convirtió en un nombre que, por extensión, acabó atribuyéndose a toda la humanidad. También lo habría hecho el título que se le asigna a esta raza en otros puntos del texto sagrado, el de «hijos de Dios», que sustituyó al que recibía en este contexto la humanidad, el de «hijos de Caín». Unos y otros habrían pasado a ser indistintamente «hijos de Dios» y estos «hijos de Dios» pasaron a constituir el conjunto de la humanidad (4).

Con el infierno que anunció Jesús habría ocurrido algo parecido a lo de los nefilim, solo que al revés: en lugar de desaparecer del Antiguo Testamento durante los primeros siglos del cristianismo, la novedad brotó a posteriori en parte de los textos antiguos, reeditados al efecto de incorporar la tesis cristiana de que hay un lugar bajo tierra en el que los pecadores se cuecen a fuego lento. Suele atribuirse esta aparición a la influencia que tuvieron en el primer cristianismo el gnosticismo e incluso el orfismo, un culto mistérico en torno a la figura de Orfeo –—que descendió al Hades, en efecto—.

Para una mayoría de expertos, las alusiones al infierno que hoy encontramos en el Antiguo Testamento habrían sido originalmente al Seol judío y a la Gehena, que en la traducción al griego se denominaron «Hades» y de ahí pasaron al latín como «Infernus», aunque en traducciones modernas —empezando por la Reina-Valera— se vuelva a encontrar la terminología hebrea original. Otros aventuran que algunos libros de la Biblia, incluyendo los Evangelios canónicos del Nuevo Testamento, fueron traducidos así de forma intencionada, incorporando no solo el nombre, sino la moderna noción del submundo según evolucionaba el concepto doctrinal del infierno, incluyendo sus alusiones al fuego, la pena y la eternidad.

Cabe recordar en este punto que la Iglesia no estableció que la pena infernal era eterna hasta el II Concilio de Constantinopla en el año 553, y que hasta entonces Padres de la Iglesia como San Jerónimo —traductor de la Vulgata, la primera Biblia en latín—, Gregorio de Nisa, Orígenes o Teodoro de Mopsuestia habían defendido que el infierno era una pena temporal. El averno moderno fraguó definitivamente en el I Concilio de Letrán de 1123, cuando su existencia se consagró como dogma de fe.

El negocio de las llamas

¿Estaríamos hablando hoy de Jesús si no hubiera venido acompañado del infierno? Quizá, pero quizá no. La Iglesia que fundó es indudablemente una de las instituciones más exitosas de la historia, si no la que más, pero es también una de las que amenaza con el castigo sobrenatural más terrible, una de las que lo promete por las mayores levedades y una de las que más acapara la competencia exclusiva de su perdón. Puede que no ocurra ahora, cuando el individualismo y la razón han cambiado nuestro modo de pensar incluso teológicamente, pero en los siglos que nos preceden los pecadores lo eran simplemente por no participar en las liturgias que administraban los religiosos, como los sacramentos del bautismo o la confesión. No cumplir materialmente, y no solo espiritualmente, era garantía de eterna condenación.

La propia historia de la Iglesia está ligada a la rentabilidad del infierno, religiosa en primer lugar pero también económica. A partir del siglo xii, con el asentamiento teológico del concepto del purgatorio —un estado de tránsito hacia el cielo, en el que el alma sufría temporalmente las mismas penas que en el infierno—, la Iglesia emprendió uno de los negocios más pingües y obscenos a los que se ha dedicado en su historia: el tráfico de indulgencias, bien propias o para un familiar fallecido. Monetizando así el terror que infundía en las personas el dolor después de la muerte, la institución consiguió cimentar económicamente su imperio sobre todos los asuntos del mundo aunque con el tiempo le costase su unidad y, con ello, su mismo imperio. La implantación que adquirió el mercado de indulgencias fue el factor detonante de la rebelión de Lutero contra Roma y de la posterior Reforma protestante.

Lo de menos a estas alturas, por supuesto, es si el mismo Jesús llegó a pontificar sobre el fuego eterno o si fue algo que se atribuyó a su discurso después, como parece más probable. O la discusión —frecuente en círculos académicos teológicos— sobre si un carisma como el del Mesías sería capaz de concebir semejante espanto, habida cuenta de que Jesús y Dios son hijo y padre pero también, según su fe, dos terceras partes de una misma cosa. Si no fue uno fue el otro. O la divinidad violenta y caprichosa del principio, como decíamos al arrancar, que más tarde se hizo amor en la figura de un hombre divino, o un Dios, como dijo Twain, que al nacer en la carne e inventar el infierno fue «incomparablemente más atroz que en sus peores momentos». Eso queda a su elección, solo faltaba, y al grado de necesidad que confiera al infierno en el croquis fundamental del mundo. A fin de cuentas, es un hecho conocido que ni la ciencia ni sus profetas, los peritos lingüistas, tienen nada que decir sobre el verbo de la Biblia, o al menos nada que decir sobre su verdad. Las del Texto son verdades, como todo el mundo sabe, que lo son en función de la fe. Y la fe, como todo el mundo sabe, nunca ha necesitado asistirse de verdades.

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(1) Son cifras de Drunk with Blood: God’s Killings in the Bible. De Wells son particularmente recomendables su blog, www.dwindlinginunbelief.blogspot.com, y su Skeptics Annotated Bible, accesible desde la web www.skepticsannotatedbible.com.

(2) Desde la escolástica medieval, el enclave donde las almas de los justos esperaron la redención de Cristo se denomina Limbo de los Patriarcas y está relacionado con el Seno de Abraham judío. En la Biblia, el Seno de Abraham solo aparece citado una vez, en Lucas 16: 22-23, como el lugar al que acude el alma del pobre Lázaro después de su muerte, enclavado en el infierno aunque libre de sufrimientos: «Aconteció que murió el mendigo [Lázaro], y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces, gritando, dijo: «Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama». Pero Abraham le dijo: «Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, males; pero ahora este es consolado aquí, y tú atormentado».

(3) Según el doctor Jacques Van Ruiten, de la Facultad de Teología y Estudios Religiosos de la Universidad de Groningen, el texto sagrado se adulteró mediante la adición de nuevos contenidos durante los primeros siglos de nuestra era. En Primaeval History Interpreted: The Rewriting of Genesis llama la atención sobre las incoherencias que incorpora el Génesis acerca de las motivaciones del Diluvio, asegurando que «el juicio de Dios en Génesis 6:3 concierne a la humanidad, mientras que los hijos de Dios son los responsables de lo que pasó en Génesis 6:1-2 y 4». Muchos exégetas, añade Van Ruiten, «han asegurado que el versículo 3 es una interpolación posterior» que «se puede entender como una crítica de la historia mitológica de Génesis 6:1-2 y 4».

(4) En The Origin of Evil Spirits, el doctor y profesor de la Universidad de Durham Archie T. Wright explica que «aunque la mayoría de académicos conviene que los gigantes fueron el fruto de una unión prohibida entre los hijos de Dios y las personas», el término nefilim «es quizá el más problemático de toda la narrativa del capítulo 6 del Génesis». También recuerda que «a pesar de su aparición en el pasaje del Génesis 6:1-4, el autor del Libro de los Vigilantes —el Libro de Enoc— lo excluyó de la narrativa, bien por elección o porque desconocía el término».