Viaje en cinco saltos hasta el mismísimo fin de los tiempos

El Ojo de gato, una nebulosa planetaria formada por las emisiones de plasma y gas ionizado de una gigante roja durante el último tramo de su vida. Fotografía: NASA / ESA / HEIC / STScI / AURA.

Si dos personas se diesen cita junto a un tablero de ajedrez y disputaran una partida tras otra hasta completar todas las que es posible jugar con arreglo a las normas tradicionales, esas dos personas jugarían un vigintillón de partidas. Un vigintillón es esto:

1 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000

No hace falta que pierda tiempo contando los ceros, ya le decimos nosotros cuántos tiene: ciento veinte. Por eso los números como este no se suelen escribir así, como una avalancha de cifras. Lo habitual es escribirlos abreviadamente recurriendo a la notación científica:

10120

Cuando se trata de números grandes, los divulgadores y los científicos suelen aportar comparaciones vistosas para ayudarnos a comprender sus magnitudes gigantescas. Algo frecuente, por ejemplo, es decir que hay una cantidad de tal o cual cosa mayor que el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra. Esa clase de comparaciones, sin embargo, solo tienen sentido hasta que se alcanzan ciertas magnitudes, y dejan de tenerlo con las que son todavía mayores. Sería absurdo comparar un vigintillón (1) con el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra, por ejemplo, o acaso con todos los granos de arena que hay en todos los planetas de nuestra galaxia. Un vigintillón es un número mucho mayor que el número de átomos que existe en el universo (2).

Esta es la razón por la que podemos derrotar a las máquinas jugando al ajedrez (3). No es posible construir un disco duro capaz de almacenar todas las partidas que se pueden jugar con treinta y dos fichas y el tablero reglamentario de sesenta y cuatro escaques. Incluso cuando fuese un disco duro extremadamente eficaz y emplease un único átomo de materia para almacenar una partida de ajedrez entera, sencillamente no hay suficientes átomos en el universo para construir ese disco duro.

A los seres humanos nos pasa algo muy parecido a esto. Somos incapaces de hacernos una idea de las magnitudes que representan realmente los números grandes. Aunque suele decirse que eso tiene mucho que ver con la biología y con nuestra propia evolución —entenderlos no representaba una ventaja cuando vivíamos en las selvas y en la sabana, por eso no nos hemos dotado con esa capacidad a través de la selección natural—, eso es cierto solamente en el caso de los números grandes «menos grandes», por llamarlos de alguna forma. En el caso de los números grandes «más grandes», la cosa es más sencilla: nos ocurre lo mismo que a los ordenadores. Incluso si nuestras habilidades matemáticas fuesen mejores de lo que son, estamos hablando de cantidades que exceden la cantidad de neuronas que hay en un cerebro o la cantidad de operaciones que puede realizar mentalmente un ser humano a lo largo de toda una vida.

En este artículo recorreremos el tiempo hacia delante y nos adentraremos muy profundo en el futuro, tan profundo que quizá lleguemos al punto en el que el propio tiempo se acabe. Encontrará usted muchas cifras y serán cifras muy grandes, pero no encontrará muchas comparaciones que le ayuden a comprender lo grandes que son realmente. La razón es que son números inimaginablemente grandes. Fuesen cuales fuesen esas comparaciones, sencillamente no les harían justicia.

El día que muera la próxima estrella (100 años en el futuro)

El 30 de abril del año 1006 apareció un punto de luz en el cielo y en cuestión de pocas horas se convirtió en el objeto más brillante del firmamento. Durante los tres meses siguientes pudo verse a todas horas, tanto de día como de noche, pero luego se atenuó lo suficiente como para aparecer solamente después de la puesta de sol, como hacen las estrellas y los planetas. En una crónica china de la época se dice que aquella «estrella invitada», como ellos la llamaron, brillaba tanto que los objetos arrojaban sombra durante las noches de luna nueva. Un astrónomo egipcio, Alí ibn Ridwan, precisó en sus comentarios al Tetrabiblos de Ptolomeo que emitía tanta luz como la luna durante sus cuartos. Y en la abadía de San Galo, en los Alpes suizos, los monjes anotaron que aquel resplandor variaba porque la estrella misteriosa, «de un modo maravilloso, algunas veces parecía contraerse, otras difuminarse e incluso a veces se extinguía» (4). Algunos creen que aparece retratada en unos petroglifos de la cultura hohokam, en Arizona, con la forma de un objeto celeste como radiante y expansivo, algo más parecido a una explosión (5).

Si la intención de los hohokam fue esa —retratar una explosión—, entonces fueron ellos los que estuvieron más acertados. Aquella estrella, en realidad, era una supernova, la detonación con la que terminan su vida los astros con más masa. Y se piensa que su magnitud aparente llegó a ser de −7,5, dieciséis veces mayor que la de Venus, el cuerpo más brillante de nuestro firmamento (6). SN 1006, como la conocemos hoy en día, fue la supernova más intensa que ha presenciado la humanidad a lo largo de la historia. Los restos de la explosión se redescubrieron en 1965 dentro de nuestra propia galaxia, a unos 7900 años luz de la Tierra (7).

Los restos de la supernova SN 1006. Fotografía: NASA / ESA / Zolt Levay / STScI.

Si le da envidia este acontecimiento y se dice que sería emocionante ver algo así con sus propios ojos, está usted de enhorabuena: la probabilidad de que llegue a hacerlo no es absurdamente remota, como suele pasar con la astronomía. De hecho, la posibilidad de que estalle una supernova en la Vía Láctea y de que sea visible desde la Tierra sin necesidad de instrumentos ópticos es del veinte por ciento en los próximos cincuenta años (8). Y si quiere mejorar su suerte, sabemos incluso en qué dirección debe mirar. Salga a la calle durante una noche despejada, vuelva la mirada hacia la constelación de Orión y busque la estrella rojiza que ejerce como hombro del cazador. Esa es Betelgeuse. Si alguna estrella cercana va a explotar pronto, es esa (9).

Palabra clave: cercana. Betelgeuse es la mejor candidata a convertirse en supernova entre las estrellas que conocemos bien y que están relativamente cerca de la Tierra. También es la que causaría una de las supernovas más espectaculares en nuestro cielo, ya que es una supergigante roja (la clase de estrella más grande que existe) y la estrella de esta clase que está a menos distancia de la Tierra (a unos 700 años luz). Es tremendamente improbable, eso sí, que lo haga mañana o pasado mañana o que sea la próxima en hacerlo (10), pero soñar es gratis y Betelgeuse nos está haciendo soñar últimamente. Hace unos cuantos meses era una de las diez estrellas más brillantes del cielo nocturno, pero ahora mismo ni siquiera está entre las veinte primeras. A finales de 2019 comenzó a perder luminosidad, y a mediados de 2020, cuando firmamos esta pieza, brilla un treinta y seis por ciento menos de lo habitual. Es normal que el resplandor de Betelgeuse cambie: a fin de cuentas, es una estrella variable (11), pero no es normal que lo haga tanto y con tanta rapidez.

Además, las estrellas como Betelgeuse tienen una esperanza de vida cortísima. Nuestro sol, por ejemplo, lleva brillando 4500 millones de años y lo seguirá haciendo otros tantos más, pero Betelgeuse tiene solo diez millones de años y seguramente le quedan unos cien mil, nada más. Las estrellas con tanta masa sencillamente son así, tan grandes y calientes que solo existen brevemente. Tienen más materia que las otras, pero también la fusionan a un ritmo mucho mayor y acaban con ella mucho antes. En el último tramo de su vida, cuando se dedican a fusionar elementos cada vez más pesados y lo hacen cada vez con más rapidez, sufren sacudidas parecidas a las que está sufriendo Betelgeuse. Pierden y ganan luminosidad, cambian de tamaño súbitamente y la temperatura en sus superficies experimenta variaciones vertiginosas. Son los estertores de una estrella.

El día que mueran todas las estrellas (100 años-1012 años en el futuro)

Cuando una estrella muere, expulsa sus capas exteriores hacia el espacio interestelar. Si la estrella tiene un tamaño modesto, parecido al del Sol y hasta diez veces mayor, lo hace mediante pulsos, contrayéndose y expandiéndose. Si la estrella tiene más masa, entonces se desata una única explosión violentísima, una supernova. El efecto es igual en ambos casos: los materiales esparcidos se mezclan con los restos de otras estrellas y con más gas interestelar, se aglutinan por efecto de la gravedad y dan lugar al nacimiento de nuevos astros y planetas.

Enrique III el Negro, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, observa la supernova acontecida en el año 1054 desde la ciudad italiana de Tivoli. Imagen: DP.

Sin embargo, las estrellas no diseminan todo su material por el espacio en el momento en el que mueren, solo el que integraba sus capas exteriores. Las capas interiores y el núcleo, en cambio, se contraen por efecto de la gravedad y forman un cuerpo caliente, pequeño y compacto que los astrónomos llaman «remanente» estelar. Las estrellas más modestas, que son la inmensa mayoría, se convierten de esta forma en una enana blanca, un cuerpo con un diámetro parecido al de la Tierra y una densidad monstruosa. Las estrellas de mayor tamaño, en cambio, se comprimen todavía más y forman una estrella de neutrones, un cuerpo celeste pequeñísimo, de diez o doce kilómetros de diámetro, e inimaginablemente denso. En el caso de las más grandes, la compactación no se detiene nunca y toda la materia se concentra en un punto infinitamente pequeño e infinitamente denso: un agujero negro. Estos remanentes, los tres, son estériles. La materia que acopian no regresará al medio interestelar y no contribuirá a la formación de nuevos astros (12).

Esto les pasará a todas las estrellas y esta es la razón por la que estas, simplemente, dejarán de nacer algún día. Aunque aparecen nuevos astros constantemente y lo hacen a partir de los restos de otros, la materia en circulación es cada vez menos. A medida que pasa el tiempo, a medida que las generaciones de estrellas se vayan relevando unas a otras, los remanentes estériles abundarán más y las fértiles nebulosas de gas donde se forman los nuevos sistemas estelares abundarán menos. Nacerán menos estrellas y serán más pequeñas y llegará un día en el que simplemente dejen de hacerlo.

No sabemos qué aspecto tendrá el universo entonces, dentro de 1010años aproximadamente, pero sí sabemos un detalle: que será rojo y mucho menos luminoso. Ya no quedarán estrellas azules, blancas o amarillas —como lo son ahora en función de su masa y su temperatura—, solo las más pequeñas de todas, las enanas rojas. Y las enanas rojas, ya lo dice su nombre, alumbran poco y lo hacen con luz roja. Eso sí: en lo tocante a la longevidad, no tienen competidor. Del mismo modo que las estrellas grandes viven poco porque fusionan su material enseguida, las enanas rojas viven durante un plazo de tiempo inconcebiblemente prolongado, ya que lo hacen a un ritmo muy lento (13). Se cree que las estrellas más pequeñas del universo, las enanas rojas de cerca de 0,1 masas solares, pueden vivir hasta 1012 años. Eso significa que las primeras enanas rojas que prendieron en el cosmos —y lo hicieron pronto, solo unos cientos de miles de años después del Big Bang— no solo siguen activas hoy en día; es que ni siquiera han superado el uno por ciento de su vida. Desde que el mundo es mundo, todavía no ha dado tiempo a que muera ni una sola de ellas.

El día que muera el último átomo (1012-1040 años en el futuro)

El día que se apague la última enana roja habrá acabado la era estelífera, la era de las estrellas, y dará comienzo la era degenerada. Que no le engañe su nombre, no se lo pusieron buscando dramatismo (14). En realidad, alude a la materia degenerada, la sustancia de la que están hechos los remanentes de las estrellas.

Parte de las estrellas que se acumulan en el centro de la Vía Láctea en una imagen tomada por el telescopio espacial Hubble. Fotografía: NASA / ESA / T. Brown.

Los cuerpos celestes que persistan para entonces serán estos mismos remanentes: enanas blancas, estrellas de neutrones (y las variaciones más exóticas de las estrellas de neutrones, como los púlsares, los magnetares y las estrellas de quarks) y agujeros negros (y sus propias variaciones exóticas: los cuásares). A los seres vivos, que solemos fijarnos solamente en los intercambios de energía, podría parecernos que esta no es la peor de las noticias. A fin de cuentas, las enanas blancas brillan, los púlsares también emiten grandes haces de radiación desde sus polos y los cuásares hacen fundamentalmente las dos cosas, solo que a una escala mucho mayor y con muchísima más potencia. Pero debe recordarse que estos objetos no generan esa energía, tanto si es térmica como cinética. La generaron en su día, cuando eran estrellas, y ahora solo la conservan. El brillo de las enanas blancas es más bien incandescencia, emiten luz debido a su temperatura altísima; los púlsares absorben y disparan la materia que hay en sus inmediaciones porque giran sobre sí mismos a una velocidad vertiginosa, hasta cientos de veces por segundo; y los cuásares, cuyos campos gravitatorios son potentísimos, ponen esa energía en circulación gracias a la fricción que se produce en sus discos de acreción descomunales. Pero ninguno de ellos ni ninguna otra clase de remanente estelar es capaz de poner en marcha la nucleosíntesis, de desencadenar la fusión de los átomos y de transformar materia en energía.

Poco a poco, las enanas blancas irán perdiendo temperatura, las estrellas de neutrones irán perdiendo velocidad y finalmente unas y otras se apagarán y se detendrán completamente. No sabemos cuánto tardarán en hacerlo. Una estimación muy repetida (15) dice que las enanas blancas podrían tardar unos 1015 años en convertirse en enanas negras, es decir, en cuerpos fríos e inertes constituidos por materia degenerada. El plazo en el que lo harán las estrellas de neutrones es incluso más incierto, pero el resultado será parecido.

Durante la era degenerada, el cosmos será un lugar oscuro, aunque habrá algún chispazo de cuando en cuando. En los sistemas binarios de enanas blancas, por ejemplo, las órbitas se acercarán hasta hacer que los dos cuerpos colisionen y estalle una supernova. Y algunas enanas marrones (grandes objetos gaseosos a medio camino entre un planeta y una estrella) que llegasen a colisionar de esta misma forma podrían reunir materia suficiente entre las dos como para empezar a fusionar y alumbrar alguna pequeña estrella tardía. Estas estrellas, las últimas estrellas del universo, serán enanas rojas y serán increíblemente longevas, pero da igual, el reloj tampoco se detendrá entonces. Poco a poco, eón a eón, también ellas se desvanecerán. El cosmos, ya sí que sí, será un lugar a oscuras.

Algunos creen que será entonces cuando la propia materia comience a desintegrarse. Aunque la longevidad de las partículas subatómicas es un tema muy discutido, algunos de los modelos de física de partículas más populares predicen que la vida media del protón (las partículas estables y con carga positiva que forman parte de los núcleos atómicos) es de 1038 años aproximadamente (16). El decaimiento de los protones es un asunto complejo y fascinante que daría para muchas páginas de curiosidades, pero aquí nos quedaremos solo con una: aunque el universo llegue a ser totalmente oscuro, no llegará a ser totalmente frío, al menos no todavía. A medida que sus protones decaen y sus átomos se desintegran, algunas de las enanas negras que sobrevivan irradiarían partículas subatómicas y la radiación podría alcanzar valores de hasta 400 vatios en cada una de ellas. El horno microondas de cualquier cocina emite el doble que eso y más, pero dentro de 1039 años ese será el poder que tengan las mayores estrellas.

El día que muera el último agujero negro (1040-1092 años en el futuro)

Dentro de 1040 años, un átomo se desintegrará en algún rincón del cosmos y será el último en hacerlo. A partir de ese momento ya no existirá nada mayor que un núcleo atómico en todo el universo.

Seguirán existiendo, eso sí, los agujeros negros, y dese cuenta de que eso no constituye una excepción. Aunque solemos referirnos a ellos con ligereza y los llamamos «grandes» y «pequeños», lo cierto es que los agujeros negros son infinitamente pequeños. Lo que es grande o pequeño es el diámetro de su horizonte de sucesos, el espacio alrededor de esa singularidad central en el que la velocidad de escape es superior a la de la luz y entonces ya nada puede circular en dirección contraria a la suya, debe hacerlo siempre hacia ella. Si pudiésemos viajar a las inmediaciones de un agujero negro y contemplarlo desde una distancia prudencial, ese horizonte de sucesos se dibujaría con nitidez frente al fondo luminoso y colorido que presenta el cosmos hoy en día y tendría un aspecto parecido al de una esfera negra, pero eso es algo engañoso. Lo que estaríamos viendo con los ojos seguiría siendo un espacio, una región, no un cuerpo sólido con masa. Masa tiene la singularidad central, y esa está confinada en un volumen infinitamente pequeño.

El agujero negro de la galaxia elíptica M87, primer objeto de su clase en ser fotografiado. Fotografía: EHT / ESO.

En 1974, el físico Stephen Hawking descubrió que los agujeros negros emiten una forma de radiación térmica y que al hacerlo pierden masa (17). Aunque ocurra con una lentitud que desafía al entendimiento, los agujeros negros también se evaporarán poco a poco y al final, puf, desaparecerán completamente. Hawking calculó que los más pequeños que se forman naturalmente, los que tienen el equivalente a tres masas solares, tardarían 1068 años en desvanecerse. Los mayores, los agujeros negros supermasivos que se encuentran en el centro de las galaxias, y que a veces toman la forma de cuásares, tardarán 1092 años en hacerlo. Merece la pena pararse a pensar un segundo en esta cantidad, 1092. Es un número mayor que el número de partículas subatómicas que hay en el universo.

Si pregunta usted a un astrofísico, a un matemático o a cualquier otro profesional del ramo por la muerte del universo, es probable que le digan que ocurrirá más o menos en esta fecha, dentro de 1092 años, o en todo caso cuando el último agujero negro se encoja y desaparezca. Con él se irá también la última fuente energética del cosmos, la última forma de radiación, y el universo se habrá parado totalmente, se habrá enfriado completamente, habrá tocado fondo y habrá cesado para siempre. El universo habrá muerto, larga vida al universo.

El último día del mundo (1092-∞ años en el futuro)

¿Y después? Después de eso, poco más. Fotones, partículas subatómicas y una eternidad, esos son los ingredientes de esta sopa. Los dos primeros no son gran cosa, pero el tercero sí lo es. Algunos dicen que con ese ingrediente se pueden hacer muchas cosas.

La energía oscura tiene mucho que ver con el destino final del cosmos. Si hubiese una cantidad suficiente de ella, es probable que la expansión del universo acabase desgajándolo hasta la mismísima escala cuántica. A medida que el propio espacio se expandiese y lo hiciese cada vez a mayor velocidad —ese es precisamente el efecto que parecer tener la energía oscura en nuestro mundo—, disminuiría progresivamente la cantidad de espacio con la que se puede interactuar. Pongámoslo así: un fotón saldría del punto A y se dirigiría hacia el punto B a la velocidad de la luz, pero el espacio mismo que separa A y B estaría expandiéndose a una velocidad mayor que esa. Nuestro fotón hipotético, por tanto, jamás lograría alcanzar el punto B. Se dedicaría a viajar eternamente en su dirección y, pese a eso, estaría cada vez más lejos de él y también del lugar del que salió, el punto A. El diámetro dentro del cual la materia interactúa es gigantesco hoy en día, pero se está reduciendo a medida que la expansión del universo acelera. Si esa expansión sigue acelerándose, llegará el día en el que la distancia entre los puntos A y B sea menor que una galaxia, menor que un sistema estelar, menor que un planeta y menor que un átomo. Todas las distancias se harán infinitas y esto impedirá que tenga lugar cualquier proceso, sea el que sea, y que tenga efecto cualquier fuerza. A eso se lo llama «Big Rip», el Gran Desgarramiento (18).

El Cúmulo de Pandora, un cúmulo de galaxias también conocido como Abell 2744, en una fotografía tomada por el telescopio espacial Hubble en 2014. Fotografía: NASA / ESA / STScI.

Si el Big Rip no tuviera lugar, entonces el espacio-tiempo podría acabarse de otras formas. Los partidarios de la teoría del Big Freeze, por ejemplo, se atienen al hecho de que el cosmos empezó siendo algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso, y nos recuerdan que las leyes de la termodinámica son muy claras al respecto: algo así solo puede derivar hacia lo infinitamente grande, lo infinitamente frío y lo infinitamente vacío. Y cuando las magnitudes físicas alcancen ese valor, o valores muy cercanos a ese, no cabe esperar que pase algo, sea lo que sea. El universo simplemente habrá sufrido la muerte térmica, se habrá alcanzado el grado máximo de entropía y los procesos físicos habrán cesado permanentemente. No ocurrirá nada que arrample con todo ello porque en esas condiciones no podría ocurrir nada. El mundo no acabará por una razón sencilla: ya se habrá acabado. En el mejor escenario solo habrá fotones en circulación y los fotones no experimentan tiempo, así que incluso hablar de eternidad carecería de sentido. El tiempo, que ahora es real, entonces será una ficción matemática, algo que solo existe en el plano de lo ideal y lo hipotético. The End.

Los partidarios del Big Crunch, por el contrario, admiten que algo así tendrá lugar, pero sostienen que ese no será el final del cosmos. Después de separarse al máximo, dicen ellos, la gravedad será la única fuerza capaz de afectar significativamente a las partículas subatómicas, por lo que podrían comenzar a reunirse de nuevo y hacer que la materia volviera a concentrarse poco a poco. Primero habría átomos, después moléculas y después volverían a existir trazas de material sólido. Al final, toda la materia del universo colisionaría, se compactaría y se convertiría en algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso. El mundo, en otras palabras, terminaría con una implosión, y su resultado sería la aparición de una nueva singularidad de proporciones cósmicas y el estallido, quizá, de un nuevo Big Bang (19).

Y otros piensan que este Big Bang no es algo extraordinario, que ha ocurrido muchas veces en el pasado y que lo volverá a hacer indefinidamente en el futuro. La cosmología cíclica conforme, propuesta por Roger Penrose, es una de las tesis con más predicamento en los últimos años, en parte porque reconcilia visiones del futuro lejanísimo que parecían incompatibles hasta hace unos cuantos años. Este Big Bounce o Gran Rebote, como algunos lo llaman, tendría el mismo efecto que el Big Crunch, la reunificación de la materia, pero derivaría de algo más parecido al Big Freeze, la muerte térmica del cosmos. ¿Cómo? Ay, sería largo de explicar. A través de efectos cuánticos extravagantes y de procesos que tienen que ver con la geometría de la causalidad, fenómenos demasiado enjundiosos para detenernos de forma pormenorizada en ellos. Si le interesa, le recomendamos un par de lecturas en el capítulo de notas de este artículo (20) y le anticipamos que, de todos los cataclismos físicos y matemáticos que empiezan por «Big», este es el único que no acaba en la negrura y la nada. Al contrario: el cosmos podría haber existido una, dos, cuatro, mil, un millón y hasta un vigintillón de veces antes y después de nosotros. Y nuestros ajedrecistas hipotéticos, a fin de cuentas, sí podrían jugar sus 10120 partidas, todas las que permiten las reglas del juego. Si pensamos que no podrían, nos dice Penrose, fue porque pecamos de pocas miras, porque corrimos a echar cuentas sin levantar antes la mirada del tablero. Porque no nos dimos cuenta de que nosotros somos las fichas y de que el propio universo es el juego.

La región de formación de estrellas S106. Fotografía: NASA / ESA.


Notas

(1) Debe recordarse que, igual que un billón (en español) no es la misma cantidad que un billion (en inglés), tampoco lo son un vigintillón y un vigintillion. En lo tocante a los nombres de las cifras grandes, en los países hispanohablantes solemos usar la escala numérica larga (en la que cada nuevo nombre representa una cifra un millón de veces mayor que la anterior) y en Estados Unidos y en Reino Unido se usa normalmente la escala numérica corta (en la que cada nuevo nombre representa una cifra mil veces mayor). Cuando decimos, en español, «un vigintillón», estamos diciendo 10120. Cuando se dice, en inglés, «one vigintillion», se está diciendo 1063.

(2) Un vigintillón es 10120. El número de átomos en el universo oscila entre 1078 y 1082. Gott, J. Richard et al., «A Map of the Universe», The Astrophysical Journal, vol. 624, n.º 2, 2005.

(3) Algo que demostró Claude Shannon en 1950, razón por la cual hemos puesto su nombre a esta cifra y la llamamos «número de Shannon». Aunque él estimó que era 10120, hoy se cree que el número de Shannon es mayor, en torno a 10123. Shannon,  Claude E., «Programming a Computer for Playing Chess», Philosophical Magazine, ser.7, vol. 41, n.º 314, 1950.

(4) Aquellos monjes también precisaron en sus Annales Sangallenses maiores que la estrella apareció «in intimis finibus austri», tan al sur como el sur llega. Suiza es el punto más septentrional donde quedó documentado el fenómeno celeste y allí tuvo que verse solamente en junio y apenas por encima del horizonte. La constelación del lobo, donde apareció la nueva estrella, está ubicada en el hemisferio sur, pero en verano puede verse completamente hasta los 35° de latitud norte y solo parcialmente si es más al norte que eso. Stephenson, Richard F., Clark, David H. y Crawford, David F., «The Supernova of 1006 AD», Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, vol. 180, 1977.

(5) Cuando se trata de petroglifos, pintura rupestre y otras formas de arte prehistórico, las interpretaciones son siempre especulativas. Hamacher, Duane W., d«Are Supernovae Recorded in Indigenous Astronomical Traditions?»,  Journal of Astronomical History and Heritage, vol. 17, n.º 2, 2014.

(6) La magnitud aparente de un objeto celeste equivale al brillo que tiene al observarse desde la Tierra, pero fuera de la atmósfera. La magnitud aparente progresa de forma logarítmica y representa más resplandor cuanto más pequeño es el número. Las estrellas más débiles que alcanzamos a ver con nuestros ojos tienen una magnitud aparente de 6; la estrella más brillante, Sirio, de -1,5; Venus, de -4,4; la Luna llena, de -12,6; y el Sol, de -26,8.

(7) Goldstein, Bernard R., «Evidence for a supernova of A.D. 1006», The Astronomical Journal, vol. 70, 1965.

(8) La última supernova que estalló en la Vía Láctea y fue visible desde la Tierra lo hizo en 1604. La última supernova visible desde nuestro planeta tuvo lugar en 1987 y estalló en una galaxia vecina, la Gran Nube de Magallanes. En nuestra galaxia hay dos supernovas cada siglo, aproximadamente, pero tres de cada cuatro no llegan a verse a simple vista. Es preciso que no ocurran demasiado lejos, que no duren demasiado poco y que no se interpongan entre ellas y nuestro planeta nubes de polvo y gas interestelar. Sobre la probabilidad de observar una supernova desde la Tierra en los próximos cincuenta años, Adams, Scott M. et al., «Observing the Next Galactic Supernova», The Astrophysical Journal, vol. 778, n.º 2, 2013. Sobre la frecuencia de las supernovas en la Vía Láctea, Diehl, Roland et al., «Radioactive 26Al from massive stars in the Galaxy», Nature, vol. 439, n.º 7072, 2006.

(9) En palabras del astrofísico Alex Filippenko, «ninguna estrella de la que tengamos noticia tiene más posibilidades de convertirse en supernova antes que Betelgeuse».

(10) Lo más probable es que la próxima estrella que se convierta en supernova dentro de la Vía Láctea sea alguna a la que no nos hayamos anticipado, bien porque la desconozcamos totalmente o bien porque esté muy lejos y sepamos poco sobre ella.

(11) Los registros de su brillo sugieren que Betelgeuse gana y pierde luminosidad siguiendo dos ciclos, uno de seis años y otro de cuatrocientos días, aproximadamente. Algunos creen que lo que ha ocurrido en este momento es que los dos ciclos han coincidido y que Betelgeuse está experimentando un pico a la baja del que comenzará a recuperarse pronto.

(12) Hay excepciones, en particular cuando estos remanentes interactúan entre sí o con astros ordinarios en el contexto de sistemas binarios.

(13) Hay otra razón que explica la longevidad de las enanas rojas. La convección hace que los materiales puedan circular y que todo su hidrógeno tenga acceso al núcleo, donde se transforma en helio. En las estrellas grandes, por el contrario, el hidrógeno de las capas exteriores no pasa por el núcleo y no llega a experimentar la fusión.

(14) El nombre lo pusieron Fred Adams y Greg Laughlin en The Five Ages of the Universe, una obra de referencia en lo tocante al tiempo profundo y el futuro lejanísimo. Desde su publicación en 1999 se ha normalizado el uso de la cronología de cinco eras que proponían Adams y Laughlin en aquel libro, incluso entre astrofísicos y académicos. Estas eras son la era primordial, la era estelífera, la era degenerada, la era de los agujeros negros y la era oscura.

(15) Barrow, John D. y Tipler, Frank J., The Anthropic Cosmological Principle (Oxford Paperbacks, 1986).

(16) Son predicciones que se hacen desde la teoría de la gran unificación, pero otras hipótesis con mucho sustento confieren al protón una vida de hasta 10200 años. Adams, Fred C. y Laughlin, Gregory, «A dying universe: The long-termfate and evolution of Astrophysical objects», Reviews of Modern Physics, vol. 69, n.º 2, 1997.

(17) Aunque se han aportado distintos cálculos y algunos de los procesos cuánticos involucrados están descritos solo de forma muy vaga, la mayoría de los astrofísicos y los matemáticos consideran que la radiación de Hawking es algo fundado y probado. Steinhauer, Jeff, «Observation of quantum Hawking radiation and its entanglement in an analogue black hole», Nature Phys vol. 12, n.º8, 2016.

(18) Con frecuencia se dice que, si el Big Rip tuviese lugar, sería dentro de 22000 millones de años aproximadamente. Eso es en algún momento avanzado de la era estelífera, muchísimo antes del momento en el que ocurrirían los otros «Bigs», como el Big Freeze o el Big Crunch.

(19) Todos estos escenarios son conjeturas y la del Big Crunch es la más especulativa de todas. De las cuatro fuerzas fundamentales que rigen los procesos físicos (la fuerza nuclear débil, la fuerza nuclear fuerte, el electromagnetismo y la gravedad) la gravedad es la que nos resulta más familiar y la que mejor comprendemos intuitivamente, pero también es la peor documentada en el modelo estándar de física de partículas y la que más desconocemos en grado fundamental.

(20) Penrose presentó su tesis en una conferencia de 2006 titulada «Before the Big Bang: An Outrageous New Perspective and Its Implications for Particle Physics», que puede leerse aquí. Se trata de un texto muy celebrado por sus dobles sentidos y su retórica informal, aunque resulta inaccesible sin conocimientos muy avanzados de física de partículas. Para los profanos es mucho más recomendable la lectura de su libro de divulgación Cycles of Time: An Extraordinary New View of the Universe, publicado en 2010.


Enano Rojo: vaguear por el espacio toda la eternidad

Imagen: BBC.

Enano Rojo, sí. Y si no sabe de qué le estoy hablando, lo mejor es que dé paso al mensaje con el que se iniciaba cada capítulo de esta serie en sus primeras temporadas: «Esta es una angustiosa llamada de socorro desde la nave espacial Enano Rojo. La tripulación murió a consecuencia de una fuga radiactiva. Los únicos supervivientes fueron David Lister, que estaba en animación suspendida cuando se produjo la catástrofe, y su gata preñada, que quedó encerrada y a salvo, en la bodega. Revivido tres millones de años más tarde, los únicos compañeros de Lister son un ser que evolucionó a partir de la gata y Arnold Rimmer, el holograma de uno de los componentes muertos de la tripulación. Mi nombre es Holly y soy la computadora de a bordo. Mi coeficiente intelectual es de seis mil, equivalente al de seis mil monitores de gimnasia. Fin del mensaje».   

Era una comedia arquetípica, en el sentido de juntar a tres personajes con personalidades completamente diferentes y enfrentadas y ponerlos a convivir en un espacio reducido. De hecho, ese era únicamente el plan cuando comenzó a grabarse en vídeo. Originalmente, Rob Grant y Doug Naylor, guionistas del extraordinario Spitting Image, hicieron un programa de radio titulado Dave Hollins: Space Cadet. Trataba de las conversaciones con su ordenador de un tipo que se había quedado solo a la deriva en el espacio. Se hizo un piloto para televisión, pero la BBC lo descartó porque no veía qué sentido tenía mezclar ciencia ficción con comedia. Tuvo que ser BBC North, tras cancelar una serie prematuramente, la que aceptara este proyecto. Les sobraba dinero y lo intentaron, pero pidieron que no hubiera ciencia ficción, solo interacción entre los personajes. La crítica no le vio mucho recorrido a lo que presentaron. 

En la cabecera aparecía un astronauta pintando las letras de «Enano Rojo» en su nave. Era diminuto. Querían dar a entender así cuál era la situación. Ese hombre estaba solo en una nave de diez kilómetros de largo y era el último humano conocido. Vagaba por el cosmos en sentido literal. Se tocaba los huevos, vaya. 

Aparte de no querer paradojas físicas en el espacio ni ocurrencias semejantes, los productores tampoco querían alienígenas, para que no se confundiera con Dr. Who. En el primer capítulo es en el que moría toda la tripulación y se quedaba Lister. En los siguientes, aunque el argumento fuese su soledad, había numerosos flashbacks de la época en que estaban todos vivos. Poco a poco, la serie se fue sacudiendo esas premisas y empezó a incluir tramas de ciencia ficción. En clave de humor, pero ciencia ficción dura. Y se convirtió en un clásico inmortal. 

Estaba llena de homenajes al género. En un capítulo aparece por ahí la nave de Espacio 1999, también salió aparcada la nave auxiliar de la Nostromo de Alien, en la que escapa Ripley. En una ocasión, el androide-ama de casa del Enano Rojo, Kryten, intentó hacer una llave de artes marciales vulcanianas, como las del señor Spock de Star Trek. Y al igual que en 2001 de Kubrick, donde el nivel de detallismo llega hasta una placa que hay en la pared del WC con las instrucciones sobre cómo debe emplearse en ingravidez, un decálogo, en Enano Rojo también había detallados carteles en la nave, pero con el vacile de estar escritos en esperanto auténtico. 

Al margen de recoger el testigo de Dark Star, Galaxina o Spaceballs, películas del espacio que se descojonaban de los clásicos del género, Enano Rojo también tenía otra particularidad. Los protagonistas vivos eran negros. El ordenador y el holograma eran actores blancos. Cuando se rodó un piloto para Estados Unidos, que no llegó a prosperar, los personajes eran todos blancos. 

El personaje del gato era un caso curioso. En el primer capítulo, vimos que Lister tenía escondida en la nave a una gata preñada. Por eso le meten preso en una celda que le aísla hasta del paso del tiempo. Cuando todos los pasajeros de la nave mueren por un escape de radiactividad, el ordenador le mantiene encerrado hasta que la radiación desaparece. Pasan tres millones de años. En ese tiempo, la gata preñada da a luz, sus criaturas se reproducen y, con el paso de los siglos, evolucionan. Así se llega al Gato —interpretado por Danny John-Jules, que es un actor negro—, mitad felino, mitad Little Richard. Un tipo al que se contrató inmediatamente en el casting cuando, al pedirle que hiciera de felino homínido, le dio por meterle rock and roll a la interpretación. En Estados Unidos nada de esto se tuvo en cuenta. Tiraron por lo básico y pusieron a una tía buena. Terry Farrell, que luego se hizo famosa en Star Trek.

Imagen: BBC.

Ocurrió lo mismo con el ordenador, en Estados Unidos también era una mujer. Jane Leeves, que posteriormente triunfó por todo lo alto en Frasier. En el Enano Rojo británico, el ordenador, Holly, inicialmente era Norman Lovett, pero él mismo se cambió de sexo y pasó a ser interpretado por Hattie Hayridge. 

Sin esta frescura, o nivel de locura, los pilotos americanos no lograron sorprender a las audiencias seleccionadas que los vieron y por eso no se rodaron más. Su protagonista, Craig Bierko, reconoció que si no funcionaron fue, entre otras cosas, porque le eligieron a él para hacer de Lister, el último humano. Craig Charles, el actor de la versión británica en ese mismo papel, lo explicó muy bien en su día. Se quejó de que en la versión americana hubieran elegido a alguien para hacer su papel que tenía el grave defecto de ser guapo. Eso iba contra la filosofía de la serie y del personaje. 

En Inglaterra, sin embargo, arrasó. Entre los fans de la comedia había verdaderos fanáticos y se llegaron a marcar audiencias de nueve millones de personas. La influencia que tuvo sobre Futurama parece evidente. Lister, en Enano Rojo, es su propio padre. Fry, en Futurama, también por un viaje en el tiempo, se convierte en el padre de su padre. Es abuelo de sí mismo. 

Las paradojas temporales han sido un argumento recurrente durante las doce temporadas que se han emitido a lo largo de treinta años. En un capítulo, por ejemplo, se encuentran con Jesucristo. Hitler sale un par de veces. También Stalin. Pero, sin duda, el mejor de todos es el capítulo en el que dan con JFK. Lister inicia un viaje al pasado porque se ha acabado el curry en la galaxia. Durante esa odisea, impiden el asesinato de Kennedy por humanidad. Sin embargo, al seguir vivo, JFK acaba en la cárcel por sus conocidos problemas con las mujeres y el país queda entonces en manos de la mafia. Por responsabilidad, tienen que volver y asesinarlo. Y, para no volver a influir en el pasado, hacen el nuevo viaje con el propio Kennedy presidiario, al que le encargan que haga el favor de matarse a sí mismo. Es el propio JFK llegado del futuro quien dispara a JFK en Dallas. Lo hace por patriotismo. Una hipótesis de los hechos tan plausible como la de Oliver Stone. 

Otro de los capítulos más logrados es uno en el que Lister se contagia de un virus espacial y se convierten en personas, se encarnan, la confianza y la paranoia de su cerebro. Paranoia le dirá, por ejemplo, que las manchas que lleva en el traje probablemente sean de pis, que se ha meado. Y Confianza le dirá que toca la guitarra como un genio, que tiene un talento espectacular. El problema vendrá cuando no esté Paranoia y solo quede Confianza, que le motivará para salir de la nave y quitarse el traje espacial. También hay un capítulo donde, al estilo de Solaris, en una luna se convierten en realidad los miedos de los personajes. 

Un delirio maravilloso es la figura del Inquisidor, un robot que vaga por el espacio que asesina a todos aquellos que no han aprovechado su tiempo en esta vida y los sustituye por gente que sí lo hará. Un problema grave para un vago de solemnidad como es el último humano vivo. 

El juego con otros universos es otra genialidad. Resulta que, en el universo paralelo, existen también sus alter ego, pero son opuestos, allí ellos son mujeres. En el encuentro, Lister no puede evitar acostarse consigo mismo y la particularidad es que hay fecundación, pero también a la inversa. Es decir, el que se queda embarazado, y de gemelos, es él. Se convierte en la madre de sus hijos cuando ya era su propio padre. 

En el último capítulo de la última temporada, emitido el 16 de noviembre de 2017, los guionistas asumen el reto de llevar a la práctica la teoría que dice que cada decisión o cambio que se toma en un universo genera otro en el que hay otro cambio o se toma otra decisión. Los universos son infinitos y en cada uno ocurre una posibilidad. Los tripulantes del Enano Rojo pueden viajar entre ellos con solo apretar un botón. La motivación es que Rimmer, el holograma que ejerce de mando en la nave, busca un universo en el que no sea un perdedor. Un desgraciado. No para de saltar de universo en universo, y siempre lo es. Solo encuentra uno donde es un reputado oficial, pero resulta que en esa realidad Lister es su superior, por lo que prefiere volver al universo inicial en el que le es más apetecible la realidad, una en la que está muerto y es un holograma de sí mismo. Mucho mejor que tener por jefe a un negro con rastas que se dedica a no hacer nada toda la eternidad.

Posiblemente, el mejor capítulo jamás emitido es el primero de la tercera temporada. Es en el que se produce el big crunch, que es el final del big bang. El universo ha llegado al límite de su expansión y comienza a contraerse. La particularidad es que el tiempo va hacia atrás. Los tripulantes del Enano Rojo se meten en un agujero que los lleva hasta la Tierra, pero todo va hacia atrás. La gente habla del revés, en lugar de beber café, lo vomitan dentro de la taza. Los ladrones atracan los bancos y depositan el dinero en su interior después de haber cumplido una condena de cárcel. Rimmer y el robot Kryten, que se quedan colgados en esta dimensión, tienen que ganarse la vida y lo hacen como los Srehtorb Esrever, es decir, los Reverse Brothers. Actúan con normalidad, por ejemplo, bebiendo un vaso de agua. Pero para todo el mundo ahí, sin embargo, lo hacen al revés, y es un éxito de público. El capítulo se emitió el 14 de noviembre de 1989. Unos que pudieron tomar nota de él fueron Faemino y Cansado, su número de Johnny Benítez y su hermano se le parece bastante. Pero lo mejor era un detalle mundano: en un universo en el que todo va hacia atrás, no se hace caca. No se depone, sino que, de repente, los excrementos se te meten por el culo. Lo sufre el gato, que es al que le entran ganas. 

En las últimas temporadas, de 2016 y 2017, no solo incorporan los adelantos tecnológicos actuales, también la crisis del capitalismo. En el primer apartado es notoria la impresora 3D, que no solo puede imprimir objetos, también carne humana. Las personas que salen en su bandeja, si ha habido alguna interferencia, aparecen deformadas. Por ejemplo, con la cara en lo alto del cráneo. Mirando siempre hacia arriba. En la crítica política, la carga de profundidad es con las multinacionales. M-Corp es una compañía que vende paquetes de vida. El más básico te deja decir doscientas palabras diarias. Cuando pasas el límite, nadie te oye. La forma de pago es en tiempo, el bien más preciado del universo. Beber agua para sobrevivir, cuando te llega la factura, te hace envejecer.  

El éxito de la serie se debió en buena parte a la química que había entre los actores. Ninguno era actor profesional. Craig Charles (David Lister) era un poeta punk. Danny John-Hules (Gato) era bailarín. Robert Llewellyn (Kryten) era lo más cercano, hacía espectáculos de humor en teatros. De hecho, se introdujo su personaje, el robot ama de casa, después de que le vieran actuar haciendo, precisamente, de robot. Cuando trabajaban, en realidad, se interpretaban un poco a sí mismos. Craig lo explicó una vez en una entrevista, dijo que Chris Barrie (Rimmer), que interpreta a un aspirante a oficial acomplejado, en la vida real es un coleccionista obsesivo. De Llewellyn reveló que estaba «lleno de culpa de clase media». Y sobre sí mismo, sentenció: «Soy un gran bebedor». Todo encajaba. No es extraño que se vieran muchas veces encorsetados por los guiones y sintieron malestar cuando a finales de los noventa empezaron a encontrarlos repetitivos. 

En el plató ocurría como en el episodio «Ecos del futuro», en el que el Enano Rojo viaja a la velocidad de la luz y se producen ráfagas en las que se ve lo que va a ocurrir al cabo de cinco minutos. Chris Barrie confesó que le ponía nervioso hasta qué punto la serie había llegado a basarse en los personajes. Cuando hacía una broma o decía cualquier cosa, luego aparecía en el guion. Lo llegó a encontrar molesto. A veces incluso parecía que los guionistas se reían de ellos. Consideraba que los guionistas hacían eso porque en realidad eran unos vagos y le daba rabia no poder decir cualquier cosa relajado sin que apareciera luego en un capítulo.

A los doce años, Craig ya había ganado un certamen de poesía. Era hijo de un alcohólico, creció en un barrio difícil en los años Thatcher, cuando, en sus palabras, apareció una nueva clase dentro de la clase trabajadora, la clase no trabajadora. Llegó a ser futbolista profesional en el Tranmere Rovers F.C., pero a los diecisiete años realizaba veladas de poesía en teatros enfundado en un traje de rayas. Poesía punk. «El primer y, hasta ahora, el último poeta de clase trabajadora en transformarse en una estrella de la televisión en horario de máxima audiencia», escribió el Guardian. En un número de 1993 de Red Dwarf Magazine —hasta una revista oficial tenía la serie—, dijo: «Cuando vas al supermercado quieres comprar tomates, no firmar seis autógrafos (…) esto es adulación». 

Imagen: BBC.

A los dieciocho años se casó con Cathy Tyson, también actriz, espectacular en Mona Lisa de Neil Jordan. Tuvo un hijo con ella y se divorció cuando tenía veinticuatro. Ahí, soltero de nuevo, se le empezó a ir la olla. Su primera desgracia llegó en 1995. Ingresó tres meses en prisión preventiva en la cárcel de Wandsworth acusado de violación. Fue absuelto, pero en el juicio salió a la luz que se ponía hasta arriba de cocaína en clubes de striptease, aunque sobre este último extremo declaró que iba solo a jugar al billar porque estaban al lado de su casa. Por detalles como esta excusa se entiende que los guiones se basasen en él.

Volvió a casarse y a tener más hijos. Para seducir a su nueva mujer, Jackie Fleming, con la que sigue casado a día de hoy, le dijo que tenía un Rolls-Royce. Era mentira, pero en un aparte llamó a su asistente personal y le pidió que le comprara corriendo un Rolls. El hombre adquirió para él un modelo Silver Shadow de segunda mano por veinticinco mil libras. Lo tuvo durante años, hasta que 2008 los gastos de mantenimiento le costaban más de lo que valía el propio coche. 

Pero el drama del juicio y la muerte de su padre le llevaron a incrementar sus adicciones. Se pasó al crack. Admitió que se debió dejar un cuarto de millón de libras en esta droga. Siguió triunfando en televisión cuando entró a formar parte del elenco de Coronation Street, uno de los culebrones más vistos en Inglaterra. Trabajó en casi un millar de capítulos. Sin embargo, el crack le dejó a los pies de los caballos hasta que llegó su gran desgracia. Se iba a mudar a Mánchester y eso iba a suponer el despido de su chófer. En el último viaje que hicieron juntos, el conductor aprovechó para fotografiarle y vender las imágenes al Daily Mirror. Le pagaron treinta mil libras. 

En la fotografía, que se publicó en portada, aparecía fumando crack en el asiento de atrás del coche completamente ido rodeado de revistas porno. Iba de gasolinera en gasolinera, fumando a tope de la pipa, ordenándole al chófer que le comprara más revistas porno en cada una. Le echaron de la serie. Explicándolo, dijo que no es que hubiera incumplido el contrato, es que vivía tan enganchado que estaba «incumpliendo con la vida».

Le volvieron a admitir en la serie meses después, pero la prensa le hizo un duro marcaje. También le sacaron borracho un día a las once de la mañana. Lo curioso es que hubo gente de su entorno que declaró a la prensa que esa portada en realidad le salvó la vida porque de otra manera no le hubiera dado por rehabilitarse. Ahora, recuperado, es uno de los DJ de música negra más reputados de su país, tiene un programa de radio que lleva varios años en BBC 6 Music, donde ha entrevistado a músicos de la categoría de James Brown o George Clinton, y limpia la conciencia de sus años locos en Make-A-Wish, una ONG que concede deseos a enfermos terminales. 

Craig nunca quiso volver a grabar Enano Rojo. Se hizo una temporada 9 en 2009, Back to Earth, que se grabó como una película en tres partes, y estaba pensada para cerrar la serie, que llevaba diez años sin emitirse. Pero tras una temporada 10 en 2012, la serie se ha plantado en trece temporadas (esta última se estrena en 2019) firmando capítulos soberbios. En un especial titulado Universe Challenge en el que fans de la serie se enfrentaban a los actores a ver quién sabía más sobre Enano Rojo, los fans contestaron hasta qué hora daban los relojes que salían en la serie. A Craig no le hizo mucha gracia, dijo: «¿Qué mierda habrá sido nuestra actuación si estaban mirando un reloj que estaba en una pared de detrás?». En realidad, miraban como se mira la serie que llegó a ser el paradigma de la comedia ciberespacial: hasta el último detalle.

Imagen: BBC.