Big Data: las bondades de un Gran Hermano

big data gran hermano
Imagen: Yellowcloud (DP). big data

Como cualquier otro pretendido sistema total de pensamiento, el conjunto de lo políticamente correcto está trufado de contradicciones. Haga la prueba. Salga a la calle y escoja al primer individuo con cara de ciudadano biempensante que se encuentre. Pregúntele a bocajarro, para que no le dé tiempo a reaccionar. Pregúntele, decimos, si cree que los Estados y las grandes corporaciones tienen derecho a recopilar, almacenar y utilizar toda la información que puedan respecto a él, usted, nosotros o cualquier otra persona. El balbuceo de perplejidad irá seguido de una probable negativa. Eso es lo que nos parece correcto: no, no pueden. Sí, tenemos derecho a la privacidad.

Acérquese luego a otro ciudadano biempensante. O, mejor aún, quédese con la cara de ese mismo y con su correo electrónico (en el caso improbable de que se lo proporcione) y pregúntele un mes después si le parece apropiado que los Estados velen por nuestro bienestar y nuestra seguridad con todas las herramientas y la información a su alcance. También pueden preguntarle si piensa que las empresas deben adaptarse al cliente para satisfacerlo. La respuesta probable (ahora ya sin balbuceos porque, bueno, ya se conocerán) es que sí, que bueno, que claro, que cómo no, que qué otra cosa si no iban a hacer.

No sea malo y no le muestre la contradicción entre las dos respuestas que ha dado. No lo haga porque usted y nosotros también habríamos caído. Esa es la magia de lo políticamente correcto: que, excepto cuando algún articulista sin ideas lo emplea para disparar contra ello en su columna dominical, es invisible. Por eso sus contradicciones no se nos muestran de manera evidente, sino que solo las enfrentamos cuando se ponen sobre la mesa. Como va a ocurrir pronto con el asunto de la recopilación masiva de información personal. Qué demonios: como ocurre ya, ahora, en este mismo instante, por culpa de Google, Snowden, Apple, Dropbox, la NSA y, posiblemente, su Ayuntamiento.

Lo que en el mundo anglosajón se ha dado en llamar big data no es sino un conjunto de técnicas que analizan cantidades vastas de información, habitualmente en formato digital, con objeto de encontrar patrones y extraer conocimiento. En ciertos círculos el término es omnipresente, tanto que hay quien lo desprecia, como el que espanta un meme o la última idea ruidosa. Pero se equivocan. 

La «datificación» del mundo es imparable, y cualquier cosa menos insignificante.

Oh, Dios mío… está lleno de datos

El análisis de datos masivos está ligado a nuevas tecnologías, que si bien no son esenciales, sí actúan como catalizador y lo hacen posible. Por un lado es evidente que el análisis a gran escala necesita, claro, ordenadores muy potentes y algoritmos sofisticados, pero estas tecnologías no son realmente la novedad. El advenimiento del big data se debe a la materia prima: los datos que ahora crecen exponencialmente. Esa abundancia es el detonante que va a transformar la relación del mundo con su información.

Todo el conocimiento que existía en 1990 está hoy volcado en internet, pero eso representa una minucia, porque ahora hay que sumarle un número astronómico de bytes con información inédita: el rastro digital que vamos dejando al interactuar con máquinas: un teléfono, un cajero, un ordenador, o una cámara de seguridad. Como piezas de un puzle, las trazas que vamos dejando en nuestras interacciones electrónicas pueden usarse para armar un conjunto y extraer conclusiones sobre nuestros hábitos, amistades, preferencias, y casi cualquier cosa imaginable.

El escenario es uno donde los datos sobre nosotros de golpe existen en cantidades ingentes, aunque son casi invisibles para nosotros mismos que los estamos generando. Nuestra actividad en redes sociales informa de nuestros horarios, nuestros gustos, nuestra red de amigos o compañeros de trabajo. Hay servicios que dicen dónde estamos, cuándo viajamos. Nuestros correos electrónicos saben qué leemos y de qué hablamos. Hay aplicaciones que registran cuándo salimos a correr, si vamos al gimnasio, qué elegimos para comer, si estamos perdiendo peso o si cumplimos o no nuestros propósitos. Pensémoslo de nuevo, detenidamente: nuestros propósitos son datos.

Además, a esta información bruta se suma todo lo que puede ser inferido a partir de ella. El análisis de datos masivo informará sobre nuestra personalidad. Alguien podría determinar si es usted infiel o aspira a serlo. Los datos servirán también para evaluar su salud (fuma, no duerme suficiente, no consume omega-3), o para estimar la probabilidad de que sea usted un criminal o un funcionario corrupto. Nadie sabe todavía cuánto podrá averiguarse a partir de ese puzle según este vaya creciendo.

Vivimos, pues, en un universo à la Matrix. No por la mentira, sino por la información: un universo en el que detrás de cada fragmento del mundo real fluye una cantidad ingente de números. Como si el mundo, de golpe, se pusiese a hablarlo todo. Como si se volviese transparente… al menos, para quien sepa mirar y «ver» en esa matriz borrosa de dígitos que lo explican todo.

Para muchos esa transparencia nos expone. A muchos les inquieta. Supone perder privacidad y es posible que nos haga vulnerables a los poderosos; a los nuevos poderosos, aquellos que saben «leer». Es evidente que el mundo masivo en datos presenta peligros y que como cualquier revolución será agitada. Surge un nuevo poder y el poder necesita siempre ser domesticado, dicen.

Pero a la vez la revolución de los datos presenta mil y una oportunidades de conseguir un mundo mejor. No ideal, pero sí más eficiente, uno que exigirá menos trabajo y menos sufrimiento, un mundo adaptado a nuestras necesidades, más justo, más seguro y más saludable. Todos podemos salir ganando.

Entre estas dos tierras se encuentra el saber general biempensante: es malo porque nos controlan pero es bueno porque nos ayuda. Vale la pena mirar más de cerca a estos dos mitos que, como todos, tienen una parte de verdad, otra de mentira, y esconden una falsa tensión que será resuelta solo al final, tras evidenciar que lo importante no es la capacidad, sino el control.

Por qué el mundo será mejor con más datos…

La premisa es sencilla a más no poder: si quienes están obligados a hacernos más felices (ese es el mandato de empresas y Gobiernos, que viven de nuestros euros y de nuestros votos) nos conocen mejor, harán que nos sucedan más cosas buenas y menos cosas malas (donde «buenas» y «malas» quedan definidas por nuestras preferencias, que serán más evidentes).

El Estado tenderá a ser lo que es su ambición, una especie de Gran Hermano bueno que cuida de sus ciudadanos. Imagine, por ejemplo, un mundo en el que no existiese la evasión de impuestos o donde la policía pudiese, casi, predecir el crimen. 

Veamos algunos ejemplos de cómo el Estado puede sacar buen partido de datos masivos.

Hoy en día, Hacienda ya cruza declaraciones de renta y datos bancarios o el registro de la propiedad. Lo mismo que puede seguir el rastro al dinero que viaja a Suiza por la puerta de atrás. Extrapolando, es fácil imaginar un futuro sin billetes de quinientos, como proponen algunos partidos, o incluso donde el dinero sea electrónico, un escenario donde será sencillo vigilar todos los flujos económicos y acabar prácticamente con el fraude fiscal.

También podemos reflexionar sobre las posibilidades del big data en el ámbito de la salud pública. Las instituciones sanitarias van a disponer de muchos datos ahora que los historiales médicos son digitales. Esa información, bien procesada, servirá un día para construir mejores herramientas de diagnóstico bayesiano. Sistemas expertos que, alimentados con probabilidades a priori, historiales médicos, síntomas y marcadores genéticos, inferirán qué personas están enfermas o podrían enfermar. Siendo menos futurista, esa misma información sirve también a la investigación médica. Los científicos contarán con datos que analizar para descubrir las relaciones sutiles, aquellas que ligan predisposición y circunstancias con la enfermedad. Esos datos dispares, aun con sus limitaciones, serán clave a la hora de enfrentar las preguntas más difíciles en medicina, que no tienen tanto que ver con la enfermedad, como con la salud.

La lucha contra el crimen es otra parcela donde la información masiva puede resultar valiosa. Pensemos, por ejemplo, en la posibilidad de predecir un crimen antes de que se cometa. La idea parece tomada de un argumento de ciencia ficción, y sin embargo, es lo que pretenden muchos proyectos actuales. Del análisis de datos masivos hemos averiguado que los lugares más peligrosos de una ciudad (estadounidense) no son el corazón del territorio de una banda, sino sus fronteras, y que la violencia es más común cerca de rutas de autobús, parques, licorerías… y bibliotecas (donde los pandilleros acuden en busca de wifi gratis).

En realidad la policía lleva anticipándose al crimen desde siempre y por eso prepara dispositivos especiales los días de fútbol y asigna guardaespaldas a personas amenazadas. El factor revolucionario es que hoy tenemos la información necesaria para sistematizar el proceso. Grosso modo, construir un sistema de este tipo supone iterar entre tres pasos: primero, analizar datos históricos para detectar patrones en binomios {circunstancias, crimen}, segundo, construir modelos predictivos; y tercero, alimentar esos modelos con datos en tiempo real (toda esa información masiva que ya nos rodea) para que nos indiquen a dónde y cuándo debemos enviar más policías. Un programa experimental de la Policía de Los Ángeles está ensayando algo semejante a esto, con resultados al parecer prometedores.

Las empresas, por su parte, también harán uso de la información que sobre nosotros van recabando. Les mueve el mismo objetivo que siempre: encontrar esos productos y servicios por los que estamos dispuestos a pagar. Es decir, averiguar qué queremos y ofrecérnoslo. Esto es lo que ya hacen Google, Facebook o Amazon. Analizan nuestra actividad (las páginas que visitamos, lo que marcamos como favorito, o el lugar donde se activa nuestro móvil) para averiguar cómo somos y qué queremos. Y luego recomendarnos libros o parejas. A veces hasta tendremos la sensación de que se preocupan por nosotros, como cuando cierta compañía de seguros nos envía un SMS avisando que viene mal tiempo, «metan los coches en el garaje, se avecina una tormenta de granizo».

Este flujo de información abre oportunidades para empresas antes impensables. Por ejemplo, es posible monitorizar nuestra actividad diaria usando datos y dispositivos móviles provistos de los sensores adecuados. Podremos estimar cuánto ejercicio hicimos hoy, cuántas horas hemos dormido, cuál es nuestro nivel de estrés o nuestro estado de ánimo. Una aplicación del tipo «ángel de la guarda» puede ser útil a un diabético o una persona con trastorno bipolar, si usa esa información para advertirle de riesgos o hacerle recomendaciones. Ya existen versiones sencillas de estas funciones. Como esa aplicación que, muy amablemente, te dice que hoy es un momento estupendo para salir correr: hace días que no entrenas, no tienes planes y luce el sol. Tú lo sabes y tu aplicación también.

… y por qué será peor

Por supuesto no todo es utopía. Edward Snowden es un héroe para muchos, no solo en Estados Unidos, sino fuera. Su arrojo a la hora de denunciar lo que para él era un comportamiento inaceptable por parte de su propio Gobierno le granjeó tanto la enemistad del mismo como la simpatía de millones de ciudadanos que se sentían y se sienten indefensos ante una Administración omnipotente que quiere saberlo todo, de todos, todo el rato.

La palabra de moda en esto es «extralimitación». De la NSA, de la CIA, de Facebook o de cualquier otro ente a quien confiamos una parte de nuestra información u ofrecemos una cierta capacidad o un voto de confianza para que puedan ejercer una vigilancia sobre la misma. Los Gobiernos y las empresas se «extralimitan» porque nosotros no esperábamos que hiciesen todo eso. Esperábamos… bueno, supongo que si esperábamos algo era lo de arriba. Que nos facilitasen la vida. Por eso nos asusta y nos decepciona y nos enfada ver que no es así, o que no solo es así. No es solo la indefensión lo que molesta, es también la traición.

Pero la traición se produce bajo un permiso que nosotros hemos otorgado y sancionado, que hemos considerado aceptable y aceptado en muchos casos (al menos mientras los Gobiernos se mantengan dentro de sus fronteras y las empresas solo trabajen con datos de clientes directos). He aquí la contradicción del biempensante: uno considera que a quien ofrece dicho permiso lo va a emplear para «el bien», y, en cualquier caso, para su seguridad. Por qué va a aprovecharse de él quien no tiene nada que temer, si él, buen ciudadano, no es una amenaza. El permiso no era para controlarle a él, sino para controlar a los demás. Así intenta el ciudadano medio resolver la contradicción: con un sencillo «el infierno son los demás».

Pero para el Estado, o para la gran empresa de turno, «los demás» somos todos. Cuando el biempensante se da cuenta de esto es cuando comienzan los impulsos luditas: la tecnología nos hace más vulnerables, puede decir. El exceso de información y la falta de privacidad es una consecuencia de los avances en la técnica y de esa manía que tenemos de pasarnos todo el día conectados, llegará a añadir. O esa manía de pasarnos el día consumiendo. O todo el día pagando impuestos, yendo al médico, siendo ciudadanos, confiando en el Estado, flirteando en WhatsApp, buscando en Google, hablando por teléfono… Viviendo.

Pero la verdad es que la informatización del mundo era tan imparable hace treinta años como lo es ahora. Desde entonces nos libra de ciertos trabajos y multiplica nuestra eficiencia, como antes hizo la mecanización industrial y como en el futuro harán los algoritmos o los sistemas expertos. Hoy, sin embargo, es el tiempo de la acumulación de información. En esta acumulación hay riesgos para los individuos, sí, igual que hay oportunidades. Pero como ocurre con todo progreso tecnológico, el que se produzcan daños o beneficios no depende de las nuevas técnicas que los hacen posibles, sino de las instituciones que gobiernan a quienes tienen la capacidad para emplear dichas técnicas. Es aquí donde la tensión en la mente del ciudadano políticamente correcto se deshace para convertirse en el dilema más viejo del mundo: la cuestión, meramente política, del ejercicio y el control del poder.

Coautor 317


El próximo Elon Musk viajará en tren

Fotografía: Patier / Renfe.

No será el coche autónomo, ni el aumento de compañías aéreas de bajo coste lo que determinará la movilidad de nuestras sociedades. Unos pocos visionarios han comenzado a comprender que es en la gestión de los ferrocarriles donde nos jugamos el futuro. Y ello porque ningún medio de transporte parece capaz de adaptarse mejor al cambio profundo que estamos experimentando.

El fenómeno actual se comprende mejor dando un paso atrás para leer Ana Karenina, de León Tolstói. Debido a su odio a los ferrocarriles, el autor comprendió como nadie su alcance, reflejando en esta narración cómo afectaba su popularización a todos los aspectos de la vida en el siglo XIX. En la trama de su novela son los trenes quienes crean problemas, otorgan oportunidades a los amantes, y disparan la tragedia. Es decir, posibilitan el amor, la amistad, el odio y la existencia misma cuando esta se desarrolla en movilidad.

También nuestro tiempo, como el de Ana Karenina, se caracteriza por continuos desplazamientos y viajes. Ahora, impulsados por el desarrollo tecnológico, hemos empezado a hacerlos como nunca antes. En lugar de limitarnos a elegir un destino y dejarnos llevar, combinamos con naturalidad diferentes medios de transporte mediante apps de movilidad. Al mismo tiempo hemos convertido internet en un centro comercial donde compramos de forma rutinaria, elevando la importancia de la logística y potenciando el transporte ferroviario. Todo este proceso de cambio ha ocurrido tan rápido como para dejar una pregunta en el aire. ¿Quién resolverá los problemas que plantea el nuevo panorama?

Renfe, como empresa clave del transporte en España, está invitando a todos los innovadores a dar una respuesta. Se necesitan nuevas ideas para la revolución que ya se ha producido en el sector de la movilidad. Porque las personas están cambiando de hábitos mucho más deprisa de lo que pueden hacerlo las infraestructuras, y el único modo de abordar soluciones pasa por una revolución digital. A fin de facilitarla, la compañía ha dado un paso al frente inaugurado TrenLab, un programa global de aceleración de startups. Que cuenta además con la colaboración de Telefónica a través de su empresa Wayra. Los emprendedores están llamados a gestionar el cambio que ya se ha producido en nuestro presente.

Pero transformar Renfe diferenciándola y resolviendo a la par sus retos de negocio no parece una tarea fácil. Los innovadores no solo tendrán que aportar ideas verdaderamente disruptivas, y lograr ser escogidos en el proceso de selección de TrenLab. Además deberán haber sido capaces de haber construido un proyecto empresarial con posibilidades claras de crecimiento, y escalables. El reto es ahora, y por si el cambio social no fuera suficiente, lo empujan las nuevas directivas y regulaciones de la Unión Europea denominadas Cuarto Paquete Ferroviario, el cual da, básicamente, acceso a cualquier compañía a prestar sus servicios en todos los países de la Unión Europea. Bruselas ya obligó en el pasado a separar las infraestructuras ferroviarias españolas, que ahora gestiona ADIF, y la explotación de las mismas, de la que se encarga Renfe. Esta última enfrentará con esta mayor liberalización del mercado nuevos competidores, pero también se le ofrecerán nuevas oportunidades. Para aprovecharlas, hay que moverse rápido.

La dificultad de los problemas a resolver está a la altura de las recompensas que pueden obtenerse. Además del premio económico de cincuenta mil euros, los ganadores de cada ronda de TrenLab tendrán acceso a las unidades de negocio de Renfe y Telefónica. Contarán con un programa personalizado de tutorización guiado por expertos. Y podrán internacionalizarse. Quienes hablan o sueñan con Silicon Valley olvidan a menudo que fueron iniciativas como esta las que hicieron posible ese vivero tecnológico. La colaboración inicial del Estado y las empresas privadas con los innovadores crearon a los Mark Zuckerberg, los Elon Musk, o los Serguéi Brin y Larry Page —creadores de Google— de hoy. En el futuro oiremos hablar de nombres y apellidos como esos, pero surgidos aquí, porque ya existe en nuestro país la capacidad de crearlos y los profesionales capaces de gestar su desarrollo. Solo necesitan un pequeño pero determinante empujón.

Que orientar los esfuerzos innovadores a la movilidad es una buena idea lo demuestra la transformación que ya ha sufrido el vehículo privado. La idea de tener un coche propio está sufriendo un cambio radical. No se trata tanto de renunciar a las ventajas de este medio de transporte como de usarlo de una manera diferente. Ya ha comenzado a ser frecuente compartir el propio o el de otros, combinarlo con los desplazamientos en tren, patinete o bicicleta, o usarlo unas horas y dejarlo. En este nuevo escenario los fabricantes comienzan a considerar la opción de no vender coches, sino el derecho a su utilización parcial. De ese modo el usuario de fin de semana pagaría menos que quien lo necesite a diario, y lo mismo sucedería con quien lo quiera para sus desplazamientos en vacaciones o a una segunda residencia.

Claro que una cosa es decirlo y otra incorporar todas las tecnologías que lo harían posible. El reto está por delante, y es muy similar para todas las opciones de movilidad, incluido el transporte ferroviario. El mismo TrenLab de Renfe demanda empresas que sean capaces de mejorar la movilidad digital, la digitalización de operaciones y la logística a demanda. Términos técnicos que tienen en una conversación corriente tanto sentido como el ácido hialurónico de algunas cremas. Suena bien, pero pocos sabrán exactamente qué es. La paradoja, y ahí está la clave para entender nuestro presente e incorporarnos a él, es que hemos sido los usuarios los que generamos estas expresiones con nuestras nuevas conductas, y con el uso permanente de los teléfonos móviles.

Fotografía: Patier / Renfe.

La movilidad digital se refiere al proceso mediante el cual hemos cambiado de hábitos como consumidores. Alejándonos cada vez más de los canales publicitarios clásicos, preferimos la recomendación de un youtuber o una búsqueda en internet a un anuncio en televisión. Compramos en el momento en que se nos plantea la necesidad, o la oportunidad de hacerlo, y eso puede ser lo mismo en un bar, en nuestra casa, o en un descanso en la oficina. Pero en contra de lo que pueda pensarse, apenas un puñado de empresas pioneras han comprendido este cambio de comportamiento, incorporándolo a sus procesos de gestión. Cuando nuevos operadores entren en el mercado ferroviario de nuestro país, Renfe deberá haber mejorado este aspecto, y las startups que le ofrezcan soluciones tienen ahí una gran oportunidad para ser promocionadas.

La digitalización de las operaciones es otro de los términos que, bajo su indefinición, esconden una de las claves para explicar nuestra nueva sociedad. Un buen ejemplo que permite entender su repercusión se produjo en China a partir del año 1991. En ese momento la Unión Soviética se derrumbó, y los chinos interpretaron que la burocracia rusa se había vuelto insostenible por no haberse informatizado y puesto esos avances al servicio de sus ciudadanos. Acertada o no, la interpretación del gigante asiático llevó a su Gobierno a un esfuerzo enorme por hacer copias de las innovaciones informáticas norteamericanas. Copiaron lo mismo los buscadores que las redes sociales, e incorporaron el Gran Cortafuegos, esa barrera de censura que impide acceder a los servicios de internet externos al país, como YouTube. Ahora sus empresas han dejado de ser meras copias para incorporar avances propios, y similares a los que pueden estar haciendo Google o Twitter en Estados Unidos. Este caso nos permite comprender la importancia de digitalizarse a fin de sobrevivir. TrenLab, identificando esta necesidad social, aspira a servir al desarrollo de digitalizaciones nacionales, que puedan prescindir de los préstamos de terceros países.

Para que esta digitalización sea completa será necesario incorporar el blockchain, el big data y la inteligencia artificial al transporte. Lo que vuelve a enredarnos otra vez en la terminología técnica. Si en lugar de esas palabras dijéramos «cómo va a ser el dinero», «qué van a saber las empresas de mí» y «cómo funcionarán los ordenadores» todo parecería mucho más claro. Y lo es.

El dinero físico está tocando a su fin. Es una idea inconcebible, y cuando escuchamos que Dinamarca lo eliminará en 2030 tendemos a pensar que poseer monedas y billetes es más un derecho que una opción. La tecnología, que por sí misma no hace política, no trata de quitárnoslo, sino de darnos nuevas formas de pago, más seguras, más adaptadas al medio online, y hasta capacitadas para prescindir de los bancos. Esa sí que es una posibilidad sugerente. Precisamente el blockchain implica generar una transacción entre dos individuos o empresas sin pasar por terceros, evitando fraudes a la Hacienda pública y con la seguridad del cobro. En un futuro próximo un solo libro contable virtual, replicado en miles de ordenadores, garantizará la existencia de nuestro dinero, en lugar de los billetes o los números de la cuenta corriente. El efectivo será una cadena de blockchain, y reducirá los costes de cobro de las empresas, un ahorro que idealmente se trasladará al consumidor. Por todo ello, incorporar el blockchain a Renfe es otro de los retos que aspira a impulsar el TrenLab. Que el banco Santander haya empezado a usarlo da idea de su importancia, aunque también evidencia que, por mucha antipatía que despierten, las entidades financieras seguirán siendo actores imprescindibles de la economía.

Y qué hay del big data. Su nombre evoca los miedos a que las empresas invadan nuestra privacidad, pero en realidad lo que intentan es comprender cómo actuamos. Independientemente de algunas malas prácticas, el big data no busca el dato particular, sino estructurar toda la información que circula por internet para hacerla comprensible. Con su correcta aplicación al tráfico ferroviario, nunca volveríamos a esperar cola para pasar un control, no habría retrasos por averías —anticipando el momento en que la infraestructura necesita mantenimiento para no fallar—, y se nos ofrecería la mejor combinación personalizada de itinerarios y precios. Tener siempre una experiencia positiva como usuario parece un sueño, pero los datos para hacerlo están ahí, perdidos en el océano. Tan solo necesitamos una tecnología eficaz que permita pescarlos.

Hay muchas más digitalizaciones relevantes para el transporte, como la realidad virtual y aumentada, o la internet de las cosas. Pero quizá la más atractiva, por su denominación, sea la inteligencia artificial. No nos equivoquemos, suena bien pero aún no es inteligente. Al menos en el sentido humano de la palabra. Los procesos detrás de ella consisten en unir redes de ordenadores de tal modo que sean capaces de aprender algo. Por ejemplo, que esa persona a la que usted ve en la escalera es el vecino del tercero. Ese esfuerzo, mínimo para el ser humano, es complejo para la máquina, si bien una vez adquirida la capacidad lo realizará con mucha más eficacia. China, que ahora abandera muchos de estos procesos, ya localiza a criminales fichados mediante su sistema de cámaras de vigilancia. Es evidente que eso un grupo de policías humanos lo haría con menor eficacia. Trasladada al ámbito del transporte, la inteligencia artificial permitiría cosas como que un viajero frecuente sea reconocido por las cámaras de la estación, y que su rostro le sirva para viajar y pagar su viaje sin hacer nada más. Puede parecer ciencia ficción, pero solo es un proceso por desarrollar. Una vez más, los proyectos emprendedores y los viveros de empresas innovadoras resultarán fundamentales para lograrlo.

Pero si hay una razón por la que el transporte en tren va a ser determinante es porque, además del movimiento de personas, se ocupará del de las cosas. La logística a demanda ha otorgado a los ferrocarriles un nuevo protagonismo, especialmente debido a los grandes distribuidores en internet. El usuario aprovecha los nuevos catálogos que ya incluyen productos antes difíciles de encontrar en el entorno inmediato, o reservados a tiendas muy especializadas. Sacar de las carreteras el transporte de esas mercancías es el gran reto, y una enorme oportunidad de negocio. Pero también una asignatura pendiente.

La conclusión es clara. Uno de los campos con más desarrollo para las startups es la movilidad, y no hace falta fabricar Teslas para convertirse en el próximo Elon Musk. Aquellos que tengan una idea tienen abierta ya la primera ronda de convocatorias en TrenLab. Y es que el futuro, hoy, se empieza a construir sobre las vías del tren.


Big Data: las bondades de un Gran Hermano

Imagen: DP.

Como cualquier otro pretendido sistema total de pensamiento, el conjunto de lo políticamente correcto está trufado de contradicciones. Haga la prueba. Salga a la calle y escoja al primer individuo con cara de ciudadano biempensante que se encuentre. Pregúntele a bocajarro, para que no le dé tiempo a reaccionar. Pregúntele, decimos, si cree que los Estados y las grandes corporaciones tienen derecho a recopilar, almacenar y utilizar toda la información que puedan respecto a él, usted, nosotros o cualquier otra persona. El balbuceo de perplejidad irá seguido de una probable negativa. Eso es lo que nos parece correcto: no, no pueden. Sí, tenemos derecho a la privacidad.

Acérquese luego a otro ciudadano biempensante. O, mejor aún, quédese con la cara de ese mismo y con su correo electrónico (en el caso improbable de que se lo proporcione) y pregúntele un mes después si le parece apropiado que los Estados velen por nuestro bienestar y nuestra seguridad con todas las herramientas y la información a su alcance. También pueden preguntarle si piensa que las empresas deben adaptarse al cliente para satisfacerlo. La respuesta probable (ahora ya sin balbuceos porque, bueno, ya se conocerán) es que sí, que bueno, que claro, que cómo no, que qué otra cosa si no iban a hacer.

No sea malo y no le muestre la contradicción entre las dos respuestas que ha dado. No lo haga porque usted y nosotros también habríamos caído. Esa es la magia de lo políticamente correcto: que, excepto cuando algún articulista sin ideas lo emplea para disparar contra ello en su columna dominical, es invisible. Por eso sus contradicciones no se nos muestran de manera evidente, sino que solo las enfrentamos cuando se ponen sobre la mesa. Como va a ocurrir pronto con el asunto de la recopilación masiva de información personal. Qué demonios: como ocurre ya, ahora, en este mismo instante, por culpa de Google, Snowden, Apple, Dropbox, la NSA y, posiblemente, su Ayuntamiento.

Lo que en el mundo anglosajón se ha dado en llamar big data no es sino un conjunto de técnicas que analizan cantidades vastas de información, habitualmente en formato digital, con objeto de encontrar patrones y extraer conocimiento. En ciertos círculos el término se está volviendo ya omnipresente, tanto que hay quien lo desprecia, como el que espanta un meme o la última idea ruidosa. Pero se equivocan.

La «datificación» del mundo es imparable, y cualquier cosa menos insignificante.

Oh, Dios mío… está lleno de datos

El análisis de datos masivos está ligado a nuevas tecnologías, que si bien no son esenciales, sí actúan como catalizador y lo hacen posible. Por un lado es evidente que el análisis a gran escala necesita, claro, ordenadores muy potentes y algoritmos sofisticados, pero estas tecnologías no son realmente la novedad. El advenimiento del big data se debe a la materia prima: los datos que ahora crecen exponencialmente. Esa abundancia es el detonante que va a transformar la relación del mundo con su información.

Todo el conocimiento que existía en 1990 está hoy volcado en Internet, pero eso representa una minucia, porque ahora hay que sumarle un número astronómico de bytes con información inédita: el rastro digital que vamos dejando al interactuar con máquinas: un teléfono, un cajero, un ordenador, o una cámara de seguridad. Como piezas de un puzzle, las trazas que vamos dejando en nuestras interacciones electrónicas pueden usarse para armar un conjunto y extraer conclusiones sobre nuestros hábitos, amistades, preferencias, y casi cualquier cosa imaginable.

El escenario es uno donde los datos sobre nosotros de golpe existen en cantidades ingentes, aunque son casi invisibles para nosotros mismos que los estamos generando. Nuestra actividad en redes sociales informa de nuestros horarios, nuestros gustos, nuestra red de amigos o compañeros de trabajo. Hay servicios que dicen dónde estamos, cuándo viajamos. Nuestros correos electrónicos saben qué leemos y de qué hablamos. Hay aplicaciones que registran cuándo salimos a correr, si vamos al gimnasio, qué elegimos para comer, si estamos perdiendo peso o si cumplimos o no nuestros propósitos. Pensémoslo de nuevo, detenidamente: nuestros propósitos son datos.

Además, a esta información bruta se suma todo lo que puede ser inferido a partir de ella. El análisis de datos masivo informará sobre nuestra personalidad. Alguien podría determinar si es usted infiel o aspira a serlo. Los datos servirán también para evaluar su salud (fuma, no duerme suficiente, no consume omega-3), o para estimar la probabilidad de que sea usted un criminal o un funcionario corrupto. Nadie sabe todavía cuánto podrá averiguarse a partir de ese puzzle según este vaya creciendo.

Vivimos, pues, en un universo à la Matrix. No por la mentira, sino por la información: un universo en el que detrás de cada fragmento del mundo real fluye una cantidad ingente de números. Como si el mundo, de golpe, se pusiese a hablarlo todo. Como si se volviese transparente… al menos, para quien sepa mirar y «ver» en esa matriz borrosa de dígitos que lo explican todo.

Para muchos esa transparencia nos expone. A muchos les inquieta. Supone perder privacidad y es posible que nos haga vulnerables a los poderosos; a los nuevos poderosos, aquellos que saben «leer». Es evidente que el mundo masivo en datos presenta peligros y que como cualquier revolución será agitada. Surge un nuevo poder y el poder necesita siempre ser domesticado, dicen.

Pero a la vez la revolución de los datos presenta mil y una oportunidades de conseguir un mundo mejor. No ideal, pero sí más eficiente, uno que exigirá menos trabajo y menos sufrimiento, un mundo adaptado a nuestras necesidades, más justo, más seguro y más saludable. Todos podemos salir ganando.

Entre estas dos tierras se encuentra el saber general biempensante: es malo porque nos controlan pero es bueno porque nos ayuda. Vale la pena mirar más de cerca a estos dos mitos que, como todos, tienen una parte de verdad, otra de mentira, y esconden una falsa tensión que será resuelta solo al final, tras evidenciar que lo importante no es la capacidad, sino el control.

Imagen: DP.

Por qué el mundo será mejor con más datos…

La premisa es sencilla a más no poder: si quienes están obligados a hacernos más felices (ese es el mandato de empresas y Gobiernos, que viven de nuestros euros y de nuestros votos) nos conocen mejor, harán que nos sucedan más cosas buenas y menos cosas malas (donde «buenas» y «malas» quedan definidas por nuestras preferencias, que serán más evidentes).

El Estado tenderá a ser lo que es su ambición, una especie de Gran Hermano bueno que cuida de sus ciudadanos. Imagine, por ejemplo, un mundo en el que no existiese la evasión de impuestos o donde la policía pudiese, casi, predecir el crimen.

Veamos algunos ejemplos de cómo el Estado puede sacar buen partido de datos masivos.

Hoy en día, Hacienda ya cruza declaraciones de renta y datos bancarios o el registro de la propiedad. Lo mismo que puede seguir el rastro al dinero que viaja a Suiza por la puerta de atrás. Extrapolando, es fácil imaginar un futuro sin billetes de quinientos, como proponen algunos partidos, o incluso donde el dinero sea electrónico, un escenario donde será sencillo vigilar todos los flujos económicos y acabar prácticamente con el fraude fiscal.

También podemos reflexionar sobre las posibilidades del big data en el ámbito de la salud pública. Google cuenta ya con un sistema capaz de predecir brotes de gripe analizando las búsquedas de algunas palabras clave en Internet. un sencillo algoritmo, alimentado con algo tan impreciso como las búsqueda de «fiebre» o «gripe», consigue detectar brotes del virus antes de que lo hagan los servicios de salud. Sistemas similares pueden ser muy útiles para prevenir epidemias.

Por otro lado, las instituciones sanitarias van a disponer de muchos datos ahora que los historiales médicos son digitales. Esa información, bien procesada, servirá un día para construir mejores herramientas de diagnóstico bayesiano. Sistemas expertos que, alimentados con probabilidades a priori, historiales médicos, síntomas y marcadores genéticos, inferirán qué personas están enfermas o podrían enfermar. Siendo menos futurista, esa misma información sirve también a la investigación médica. Los científicos contarán con datos que analizar para descubrir las relaciones sutiles, aquellas que ligan predisposición y circunstancias con la enfermedad. Esos datos dispares, aun con sus limitaciones, serán clave a la hora de enfrentar las preguntas más difíciles en medicina, que no tienen tanto que ver con la enfermedad, como con la salud.

La lucha contra el crimen es otra parcela donde la información masiva puede resultar valiosa. Pensemos, por ejemplo, en la posibilidad de predecir un crimen antes de que se cometa. La idea parece tomada de un argumento de ciencia ficción, y sin embargo, es lo que pretenden muchos proyectos actuales. Del análisis de datos masivos hemos averiguado que los lugares más peligrosos de una ciudad (estadounidense) no son el corazón del territorio de una banda, sino sus fronteras, y que la violencia es más común cerca de rutas de autobús, parques, licorerías… y bibliotecas (donde los pandilleros acuden en busca de wifi gratis).

En realidad la policía lleva anticipándose al crimen desde siempre y por eso prepara dispositivos especiales los días de fútbol y asigna guardaespaldas a personas amenazadas. El factor revolucionario es que hoy tenemos la información necesaria para sistematizar el proceso. Grosso modo, construir un sistema de este tipo supone iterar entre tres pasos: primero, analizar datos históricos para detectar patrones en binomios {circunstancias, crimen}, segundo, construir modelos predictivos; y tercero, alimentar esos modelos con datos en tiempo real (toda esa información masiva que ya nos rodea) para que nos indiquen a dónde y cuándo debemos enviar más policías. Un programa experimental de la Policía de Los Ángeles está ensayando algo semejante a esto, con resultados al parecer prometedores.

Las empresas, por su parte, también harán uso de la información que sobre nosotros van recabando. Les mueve el mismo objetivo que siempre: encontrar esos productos y servicios por los que estamos dispuestos a pagar. Es decir, averiguar qué queremos y ofrecérnoslo. Esto es lo que ya hacen Google, Facebook o Amazon. Analizan nuestra actividad (las páginas que visitamos, lo que marcamos como favorito, o el lugar donde se activa nuestro móvil) para averiguar cómo somos y qué queremos. Y luego recomendarnos libros o parejas. A veces hasta tendremos la sensación de que se preocupan por nosotros, como cuando cierta compañía de seguros nos envía un SMS avisando que viene mal tiempo, «metan los coches en el garaje, se avecina una tormenta de granizo».

Este flujo de información abre oportunidades para empresas antes impensables. Por ejemplo, es posible monitorizar nuestra actividad diaria usando datos y dispositivos móviles provistos de los sensores adecuados. Podremos estimar cuánto ejercicio hicimos hoy, cuántas horas hemos dormido, cuál es nuestro nivel de estrés o nuestro estado de ánimo. Una aplicación del tipo «ángel de la guarda» puede ser útil a un diabético o una persona con trastorno bipolar, si usa esa información para advertirle de riesgos o hacerle recomendaciones. Ya existen versiones sencillas de estas funciones. Como esa aplicación que, muy amablemente, te dice que hoy es un momento estupendo para salir correr: hace días que no entrenas, no tienes planes y luce el sol. Tú lo sabes y tu aplicación también.

… y por qué será peor

Por supuesto no todo es utopía. Edward Snowden es el héroe del momento para muchos, no solo en Estados Unidos, sino fuera. Su arrojo a la hora de denunciar lo que para él era un comportamiento inaceptable por parte de su propio Gobierno le granjeó tanto la enemistad del mismo como la simpatía de millones de ciudadanos que se sentían y se sienten indefensos ante una Administración omnipotente que quiere saberlo todo, de todos, todo el rato.

La palabra de moda en esto es «extralimitación». De la NSA, de la CIA, de Facebook o de cualquier otro ente a quien confiamos una parte de nuestra información u ofrecemos una cierta capacidad o un voto de confianza para que puedan ejercer una vigilancia sobre la misma. Los Gobiernos y las empresas se «extralimitan» porque nosotros no esperábamos que hiciesen todo eso. Esperábamos… bueno, supongo que si esperábamos algo era lo de arriba. Que nos facilitasen la vida. Por eso nos asusta y nos decepciona y nos enfada ver que no es así, o que no solo es así. No es solo la indefensión lo que molesta, es también la traición.

Pero la traición se produce bajo un permiso que nosotros hemos otorgado y sancionado, que hemos considerado aceptable y aceptado en muchos casos (al menos mientras los Gobiernos se mantengan dentro de sus fronteras y las empresas solo trabajen con datos de clientes directos). He aquí la contradicción del biempensante: uno considera que a quien ofrece dicho permiso lo va a emplear para «el bien», y, en cualquier caso, para su seguridad. Por qué va a aprovecharse de él quien no tiene nada que temer, si él, buen ciudadano, no es una amenaza. El permiso no era para controlarle a él, sino para controlar a los demás. Así intenta el ciudadano medio resolver la contradicción: con un sencillo «el infierno son los demás».

Pero para el Estado, o para la gran empresa de turno, «los demás» somos todos. Cuando el biempensante se da cuenta de esto es cuando comienzan los impulsos luditas: la tecnología nos hace más vulnerables, puede decir. El exceso de información y la falta de privacidad es una consecuencia de los avances en la técnica y de esa manía que tenemos de pasarnos todo el día conectados, llegará a añadir. O esa manía de pasarnos el día consumiendo. O todo el día pagando impuestos, yendo al médico, siendo ciudadanos, confiando en el Estado, flirteando en WhatsApp, buscando en Google, hablando por teléfono… Viviendo.

Pero la verdad es que la informatización del mundo era tan imparable hace treinta años como lo es ahora. Desde entonces nos libra de ciertos trabajos y multiplica nuestra eficiencia, como antes hizo la mecanización industrial y como en el futuro harán los algoritmos o los sistemas expertos. Hoy, sin embargo, es el tiempo de la acumulación de información. En esta acumulación hay riesgos para los individuos, sí, igual que hay oportunidades. Pero como ocurre con todo progreso tecnológico, el que se produzcan daños o beneficios no depende de las nuevas técnicas que los hacen posibles, sino de las instituciones que gobiernan a quienes tienen la capacidad para emplear dichas técnicas. Es aquí donde la tensión en la mente del ciudadano políticamente correcto se deshace para convertirse en el dilema más viejo del mundo: la cuestión, meramente política, del ejercicio y el control del poder.


Borra esa sonrisa de tu cara: no tener cuenta en Facebook no te salva de que tengan tu perfil

Mark Zuckerberg testificando en el Senado de EE. UU. Fotografía: Aaron P. Bernstei / Cordon.

Aprendimos varias cosas durante las diez horas que Mark Zuckerberg pasó respondiendo preguntas en el Senado y el Congreso de los Estados Unidos. Pero hay una particularmente indignante: no hace falta ser usuario de Facebook para que Facebook tenga guardado tu perfil. Peor aún: para saber lo que dice, tienes que hacerte usuario de Facebook.

Hasta seiscientas preguntas tuvo que responder Mark Zuckerberg la semana pasada frente a los legisladores del mundo libre. La mayor parte de sus respuestas se pueden resumir en dos: no tengo la respuesta a esa pregunta y los usuarios lo han querido así. El fundador de Facebook repitió una y otra vez que los usuarios eran dueños de sus datos, que ellos mismos elegían compartirlos con quien ellos mismos querían y que tenían herramientas para gestionarlos de la manera que mejor se ajuste a su estándar de privacidad. Esto falta a la verdad de muchas maneras distintas. Las desgranamos, de la más fea a la peor.

La primera, porque la mayor parte de los usuarios no entienden los términos de usuario que firman al entrar. Esto no es una falta de dejadez, incompetencia o desidia. Facebook ha sido denunciado en numerosas ocasiones por tener un contrato farragoso, interminable y premeditadamente ilegible para cualquiera que no sea especialista en derecho digital. Lo que resulta muy conveniente para la rápida expansión de su negocio, que es transformar los datos de millones de personas en perfiles segmentados para industrias como la publicitaria, alimentaria, tecnológica, sanitaria, cosmética o farmacéutica.

El contrato está diseñado para que el aspirante a usuario lo mire, sin entender nada y lo firme convencido de que sus derechos serán respetados por una de las empresas más poderosas del mundo. No lo acepta sabiendo lo que acepta, sino pensando que algo que cientos de millones de personas no puede ser tan peligroso. Que ahora Zuckerberg les haga responsables es fundamentalmente hipócrita, porque todo el proceso está cuidadosamente diseñado para que ocurra exactamente así.

La segunda, porque las opciones que ofrece la plataforma para gestionar los datos de los usuarios son restrictivas para los demás usuarios, pero no para la propia Facebook y sus tres millones de partners. La prueba incontestable es que nadie puede borrar sus datos de la plataforma, solo sacarlos de la interfaz. Beth Gautier, portavoz de Facebook, se lo explicaba no hace mucho tiempo al Times: «Cuando borras algo, nosotros lo sacamos para que no sea visible o accesible en Facebook». Irónicamente, borrar tu cuenta es la manera más directa de perder el poco control que tienes sobre tus datos, porque ya no tienes acceso a ellos.

Tanto si borras una conversación como si eliminas tu cuenta de usuario, lo que borras es el acceso a esos datos por parte de otros usuarios y de ti mismo, que ya no puedes modificar esa información ni aplicarle distintos filtros porque parta ti ya no existe. Pero esa información permanece accesible para Facebook y sigue siendo útil a sus anunciantes en las campañas que ellos quieran, sin pedirte permiso jamás. Esto incluye todo lo que has hecho en Facebook, incluyendo las cosas que has escrito y que has borrado antes de publicar.

¿No lo sabías? Facebook guarda todo lo que tecleas, incluso si nunca llegaste a publicarlo. Lo descubrimos gracias a una investigación sobre la autocensura en la red. Facebook sabe si te ibas a declarar a una chica y no lo hiciste por pudor (con precisión meridiana, incluyendo la hora, el lugar y el contexto de la conversación). Sabe si le ibas a pedir dinero a tu hermana y al final te dio vergüenza. Guarda todos los comentarios envenenados que, por suerte, no te atreviste a publicar. Nada de lo que haces o dices se pierde como lágrimas en la lluvia; todas quedan atrapadas para siempre en una nube de servidores, cables, routers, antenas y bloques de refrigeración. Eso es porque nunca han sido tuyas. Siempre han sido de Facebook, Inc.

La mentira del consentimiento

Si el usuario de Facebook fuera el dueño de los datos que tiene Facebook, sabría exactamente qué datos son esos y tendría el poder de modificarlos o borrarlos para siempre. Ya sabemos que esto no es así. Pero ¿y si nunca has dado tu consentimiento porque nunca has sido usuario de su red social? ¿Cómo puedes consentir o gestionar el uso de tus datos si ni siquiera sabes que existen?

La prueba definitiva de que el único dueño de los datos en Facebook es la propia Facebook es que acumula perfiles de personas que nunca han dado su consentimiento ni han estado de acuerdo con los términos de usuario ni han posteado ni comentado ni pokeado ni aceptado ninguna interacción con la red social porque, simplemente, nunca han tenido cuenta en Facebook. Y lo más sangrante es que, para poder acceder a esos datos, tienen que hacerse usuarios de Facebook, irónicamente otorgando permiso a la empresa de Zuckerberg para tener información que ha estado guardando sin permiso hasta entonces. El demócrata Ben Luján de Nuevo México se lo reprochó claramente durante el interrogatorio.

Efectivamente, Facebook tiene perfiles sobre personas que no son usuarios de Facebook. Esta clase de información se llama «shadow profile» (perfiles oscuros) y significa que, si has sido lo bastante listo como para no hacerte ninguna cuenta en esta red social, ellos siguen teniendo tus datos. Según Zuckerberg, hay dos razones. La primera, porque tienen otra empresa de publicidad fuera de Facebook. La segunda, por seguridad.

¿Cómo consigue los datos de no usuarios?

Primero el negocio. Facebook tiene trackers repartidos por toda la red: las habituales cookies, pero también los botones de «me gusta», o «compartir» y los plugins de sus partners para seguir a sus usuarios. Todos los lugares donde hay un logo de Facebook hay trackers, y estos trackers acumulan datos para los perfiles de Facebook, aunque el visitante no pinche en el logo, no esté logueado en Facebook o ni siquiera tenga cuenta allí. Varias agencias europeas de protección de datos les llamaron al orden por este motivo en 2016 y Facebook dijo que se trataba de un error informático. Curiosamente, al mismo tiempo patentaba un método para «comunicar información sobre las actividades del usuario mientras esta en otro dominio». Ese error informático se llama Facebook Connect. Y el servicio que lo vende se llama Audience Network Ad.

Una vez más, Zuckerberg argumenta que el usuario puede pedir no ser trackeado. «Cualquiera puede elegir quedarse fuera de los mecanismos de captura de datos para publicidad —le dijo a Luján— tanto si usa nuestros servicios como si no». Una vez más, esto es relativamente cierto. Mientras que en 2014, Google accedió a no cruzar los datos de sus cookies publicitarias con los de los usuarios de sus servicios (no sabemos si lo cumplen o no), Facebook requiere que se acojan a las opciones que proporciona la industria. Esto es: la Digital Advertising Alliance en Estados Unidos, en Canada y en Europa respectivamente.

En cuanto a la seguridad, Zuckerberg dijo primero que se rastrea a no usuarios o a usuarios no logueados para proteger el sistema de otros programadores: «Necesitamos saber quién trata de recoger datos públicos y acceder a nuestros servicios para impedir este tipo de rastreo». Y luego que vigilan a sus propios usuarios para que no cometan fechorías: «Tiene que haber detalles en el modo en que usas Facebook, incluso cuando no estás logueado, que tenemos que vigilar para asegurarnos de que no estás abusando del sistema». Es difícil entender lo que dice porque en ningún caso tiene sentido. Primero, porque acceder de manera mecánica a información pública es lo mismo que hace Facebook, y hacerle la competencia a Facebook todavía no es ilegal. Segundo, porque si no estás logueado como usuario entonces no puedes abusar del sistema.

Lo interesante es que Zuckerberg quiere sugerir que los únicos perfiles oscuros de no usuarios de Facebook son de hackers, malandrines y programadores de marketing online. La verdad es que cualquiera que esté en los contactos telefónicos o del Messenger de un usuario de Facebook es susceptible de convertirse en «persona que quizá conozcas» y generar un perfil oscuro sin tener usuario ni cuenta. A partir de aquí, el perfil solo puede crecer. Pero esta es una de las preguntas para las que Mark Zuckerberg no tenía respuesta. Cuando el senador Luján le preguntó si sabía lo que era un perfil oscuro, le respondió: no estoy familiarizado con el término. Qué le vamos a hacer.

Fotografía: Cordon.


Del Flower Power al Apple Power

Stev Jobs y John Sculley, 1984. Foto: Cordon.

Steve Jobs, ya saben, el fundador de la empresa que lidera la cotización bursátil mundial, nació en San Francisco en 1955 y fue dado en adopción a una pareja de Mountain View, una localidad situada en el corazón de lo que, gracias a gente como él, se conoce como Silicon Valley: el acelerador de partículas del universo virtual, el lugar con mayor concentración de capital riesgo por metro cuadrado. Lo de Jobs siempre fue pensar a lo grande, hasta convertirse en la piedra filosofal de las dos transformaciones que nos metieron de cabeza en el siglo XXI: 1) Hacer de la computación un asunto doméstico, y 2) encauzar el discurso de los movimientos sociales de los años sesenta hacia una industria, neoliberal en sus principios, que ha ideado una nueva concepción del ser humano, lo que en estas páginas llamaremos el «Hombre Nuevo de Apple» (1) o el  HNA.

Vayamos por partes: en el célebre garaje de los padres de Jobs se reúnen en 1976 dos de las mentes más inquietas del momento en el lugar más estratégico posible. Steve Wozniak es el joven genio de la computación obsesionado con el ensamblaje de circuitos, el nerd bonachón salido de alguna película para adolescentes de Richard Donner. Por su parte, Jobs ejerce de pequeño emprendedor con un cuchillo entre los dientes y una ambición desmedida por despuntar en el mundo empresarial. Entre ambos sacarán a la luz la primera computadora personal, aquel Apple I que venderán entre sus colegas del Homebrew Computer Club de Menlo Park, el conciliábulo de geeks de la computación que pretendía sumar la revolución tecnológica a la revolución social que irradiaba desde la vecina San Francisco. Jobs se ejercita por entonces como hippie de manual: solo come fruta, duerme y se sienta en el suelo, viaja a la India, ama a Bob Dylan por encima de todas las cosas y trabaja algunas temporadas en una comuna de Oregón recolectando manzanas de la variedad Macintosh, la popular «Mac» del universo granjero.

El éxito es justo (sobre todo a juicio de quien lo logra) e inmediato. Un año después de sus primeros pinitos en el garaje, es decir, a mediados de 1977, Jobs y Wozniak conectan el home run en su versión «nuevas tecnologías»: antes de cumplir los treinta, y tras la salida a bolsa de la Apple II a finales de 1980, ambos se convierten en millonarios e inauguran la estirpe de los Bill Gates (Microsoft), Sean Parker (Napster), Mark Zuckerberg (Facebook), Elon Musk (Paypal), Jeff Bezos (Amazon) o Larry Page (Google), máximos representantes del nuevo sueño americano que sustituye el relato de superación clásico y su ascenso peldaño a peldaño por un éxito exprés y sin frenos. De eso se trata el mordisco a la manzana.

Jobs emerge por entonces como una de las voces que mejor sabrá explotar el conflicto entre los viejos modelos de negocio y la utopía de las nuevas tecnologías a través de una imagen de marca verdaderamente revolucionaria (en términos mercadotécnicos). A iniciativa de nuestro hombre, y en lo que supone uno de los hitos de la historia reciente de la publicidad, Ridley Scott rodará el anuncio que Apple estrene en la Superbowl de 1984 para anunciar su nueva Macintosh, un comercial en el que presenta un mundo salido de la imaginación distópica de George Orwell contra el que una joven en shorts rojos y walkman abate su maza justiciera: gracias al lanzamiento de Macintosh, «Verás por qué 1984 no será como 1984». La revolución está en marcha: Apple romperá con la dictadura del pensamiento único transformando la comunicación, llevando un terminal a cada casa, empoderándonos contra el sistema emisor-receptor, creando un entorno interactivo donde el ciudadano, representado en el anuncio por un ejército de seres sin voluntad, rompa al fin sus cadenas.

Lo paradójico del mensaje es que promocione, precisamente, un primer Macintosh que, tras el éxito de la Apple II, heredera de las ideas de libre intercambio y pensada para que el cliente la interviniera, inaugura el sistema sellado y no compatible, es decir, la lógica actual de un entorno cerrado cuyos dispositivos generan una dependencia mutua. A ojos de Jobs, la metáfora con la ficción de Orwell se justifica por su paralelismo con la pugna que por entonces Apple, una corporación con un valor de tres mil millones de dólares, mantenía con IBM, el monopolio tecnológico del momento. Así que el Big Brother contra el que se blande el martillo liberador no pasa de una batalla empresarial revestida, en una típica operación «jobesiana», de misión social global. No se confundan: el sistema distópico del que el primer Macintosh pretendía liberarnos no tiene nada que ver con el SISTEMA, sino con un modo de hacer negocios contra el que Apple pretendía proyectar su nuevo esquema empresarial y cultural. Que en el camino te hagas multimillonario no supone, para la retórica de los negocios norteamericana, un conflicto de intereses, sino  la prueba de que estabas en lo cierto.

Modelos humanos

Imágenes: Newsweek.

Como afirma Thomas Frank, además de la revolución hippie, la crisis de los misiles o la guerra de Vietnam, los años sesenta estarán marcados en Estados Unidos por un fuerte despegue económico y unos jóvenes directivos que sueñan con liberarse de las rígidas jerarquías, la ética del esfuerzo y la fidelidad a la empresa en favor de un individualismo estimulado por la cultura de consumo de la naciente clase media: «Mucha gente del mundo de la empresa estadounidense vio la contracultura no como un enemigo que debía hacerse añicos, ni como una amenaza al consumismo, sino como una señal de esperanza, como un aliado simbólico de sus propias luchas contra unos procedimientos rutinarios y una jerarquía insoportable que se había ido acumulando a lo largo de los años». Se podría decir que el advenimiento del neoliberalismo en la década de los setenta bebe de la misma fuente que parte de la cultura hippie más elitista e individualista de los llamados flower children. El cóctel perfecto mezclará, como si los ingredientes estuvieran esperándolo, la revolución vital juvenil con la ética de los negocios, la adopción de eslóganes de renovación espiritual: «Change the world», «Think different», con un nuevo lenguaje corporativo en manos de los nuevos genios de la revolución tecnológica.

Ese mismo año 84 en el que aparece el primer Macintosh será el que Newsweek bautizaría como el año del yuppie en un número dedicado al ascenso del nuevo modelo humano desde los laboratorios de Wall Street. Los redactores de la revista tienen claro que el yuppie, es decir, el «joven urbano y profesional» —(y(oung) u(rban) p(rofessional)— con despacho en las sedes corporativas de Manhattan y gentrificador por naturaleza, nace como una versión evolucionada del hippie, de ahí el sufijo:

Uniendo categorías contradictorias, sus miembros protagonizaron las marchas de los sesenta, después se dispersaron en un millón de solitarios joggers, corriendo por las crestas de sus propias ondas alpha, y de nuevo están ahí, apenas mirando hacia arriba desde las enormes columnas grises del Wall Street Journal según se apresuran hacia el aeropuerto, avanzando por los ochenta desde la parte de atrás de una limusina. […] El banquero que se horrorizaba en 1968 cuando los estudiantes de Columbia ocuparon el despacho del presidente no estará necesariamente tranquilo al descubrir que uno de esos estudiantes tiene hoy un M.B.A y una oficina al final del pasillo, y está lleno de planes para reducir la plantilla de la alta dirección de la empresa.

Para ilustrar el cambio el artículo menciona a Jerry Rubin, miembro fundador del Youth International Party, los yippies que tras irrumpir en la Convención Demócrata de 1968 protagonizarían el famoso juicio de Los Siete de Chicago («Chicago Seven»). Hablamos de un auténtico agitador juvenil que en pocos años pasó de firmar una de las biblias contraculturales, su DO IT!: Scenarios of the Revolution, a convertirse en analista e inversor de Wall Street, defensor de un capitalismo consciente y ecologista (¿les suena?) y organizador de los conocidos Networking Salons en el Studio 54 de Nueva York, donde miles de jóvenes profesionales se peleaban por compartir tarjetas de presentación. No nos sorprenderá que una de las paradas en el viaje vital de Rubin le lleve a convertirse en uno de los primeros inversores de la recién creada Apple, mejor representante de esa tercera vía que proyecta el funcionamiento interno de una empresa joven y creativa al modo de entender el ser humano, la sociedad e incluso la religión, cuyo nuevo fetiche es el objeto tecnológico.

El universo Apple implica el diseño del Hombre Nuevo de Apple, versión mejorada del programa neoliberal donde el empresario de sí mismo, el genio creativo, el individuo decidido a cambiar el mundo es elevado a los altares y encarnado por los propios ejecutivos de la compañía, la «Virtual Class» bajo el liderazgo espiritual de Jobs, quien repite su primer mandamiento a lo largo de entrevistas y charlas: la clave del éxito reside en rodearse de «A players», la élite de los hombres y el modelo perfeccionado del HNA. Por el contrario, el peligro lo encarnan los jugadores «Bes» y «Ces», pues debido a sus complejos e inseguridades se rodearán de «Des» y «Es» en una espiral que lo llene todo de «Zetas»: ¡Desastre y fin de tu empresa! Si algún mérito se asigna Jobs es el de rastrear esos raros ejemplares «A» y ofrecerles una visión común, un camino donde emplear su inteligencia en colectivo.

Autodiséñate

Foto: Shailesh Andrade/ Cordon.

El investigador holandés Peter-Paul Verbeek lleva tiempo interrogándose por la «ética de los objetos»: vigilémoslos, porque los objetos no son inocentes, están cargados de intenciones, concebidos para unos usos e impedidos para otros, atravesados de lenguaje e ideología, pensados para producir, en sus lógicas internas y formas materiales, tipos concretos de seres humanos. Los objetos nos usan, y sería ingenuo pensar que las nuevas tecnologías y el discurso que las produce no están construyendo nuevos modelos de individuo que transforman rápidamente nuestro lugar en el mundo.

Los tiempos, sobra decir, soplan a favor del emporio digital. A finales de 2015, de las diez empresas de mayor cotización bursátil en el mundo cinco corresponden a los gigantes de la tecnología de la información (Apple, Google, Microsoft, Amazon y Facebook), mientras las tres primeras ocupan los tres primeros lugares de la clasificación: ¿cómo los objetos que organizan nuestras vidas no van a fabricar un modelo de individuo? La sociedad digital genera esquemas personales y sociales que se extienden por los aspectos más íntimos de nuestra relación con el entorno y se materializan en gestos que, como ocurre con el selfie, sintomatizan esta nueva producción de identidades.

En su Selfcity, un estudio basado en los resultados de big data obtenidos de seiscientos cincuenta mil selfies tomadas por miles de usuarios de Instagram en cinco ciudades (Nueva York, São Paulo, Bangkok, Moscú y Berlín), Lev Manovich ofrece datos muy significativos: 1) la edad media de quien se retrata es de 23,7 años, 2) las caras muestran mayoritariamente alegría, 3) se retratan significativamente más mujeres que hombres, y 4) entre ellas es más común forzar el posado, lo que motivaría la pregunta de cuál es el patrón al que recurren, y si este se asocia, como todo parece indicar, a los esquemas —sexistas y comerciales— de la publicidad convencional. Hablamos de una identidad nacida para la exhibición y codificación de los gestos, conformados desde la lógica de consumo y su conciencia de lo políticamente correcto: ¿cómo habitar este espacio que gratifica la máxima exposición, la obscenidad siempre que sirva al mandamiento de la hiperinformación y el espectáculo de lo privado, mientras aísla y censura los mensajes realmente subversivos? No olvidemos que la plataforma que fabrica y disemina estas imágenes premia ciertos contenidos, aquellos que se adaptan al espectáculo de uno mismo a través de likes, shares, followers o friends, mientras margina los que se alejan del principio de máxima exposición e impacto visual.  Así que esa identidad en circulación está lejos de ser libre o neutra, pues se produce en el seno una norma visual que la convierte en objeto de diseño e instrumento publicitario.

¿La identidad HNA subjetiva o desubjetiva?, ¿genera individuos más conscientes y emancipados? Frente a quienes en los años noventa, en el momento más álgido de la utopía tecnológica, veían en el universo digital el comienzo de una sociedad más integrada por medio de procesos de comunicación horizontales y cuyos cuerpos virtuales podrían ir más allá de las identidades de género, color y clase social, ahora ganan terreno quienes, como Giorgio Agamben, advierten que la era digital reduce la variedad de experiencias a ciertas funciones que anulan las complejidades y contradicciones que construyen nuestra subjetividad. El algoritmo forja una realidad homogénea que pretende saciar cualquier deseo a través del gesto repetitivo y extraordinariamente limitado del scroll sobre la pantalla. Como corrobora el hecho de que en los nuevos sistemas digitales la comunicación máquina-máquina sea exponencialmente superior a la comunicación individuo-máquina o individuo-máquina-individuo, el sistema no está hecho a la medida del ser humano, sino que sus funciones y aplicaciones últimas, su distribución del tiempo y el espacio, su acumulación y gestión de data pertenecen a dinámicas donde el sujeto solo está supuesto o aparece como un elemento residual que lucha por no verse sobrepasado.

Los mejores representantes del modelo HNA no parecen, sin embargo, sentir limitaciones ni incertidumbres. Son jugadores tipo A: inteligentes, jóvenes, comprensivos, sanos, deportistas, actualizados, competitivos, optimistas y asiduos del yoga, por lo que participan en el juego con la confianza de poder sortear sus dificultades. Solo es necesario explorar las páginas corporativas de los gigantes de la tecnología para observar los modelos más modernos de cíborg, esos HNA colaborando, con una sonrisa, en mejoras que cambiarán el mundo. Lástima que aún no hayan encontrado la máquina que nos haga trabajar, como soñaba Wozniak en su adolescencia, cuatro días a la semana (la anécdota la repite en muchas de sus conferencias como una broma para atraer las risas del público), sino más bien aquellas que tienden a la sustitución y la precarización. A quienes ocupan sectores que pronto serán reemplazados por inteligencia artificial ya se les empiezan a denominar meat puppets, algo así como «marionetas de carne».

Capitalismo digital y hipsters

Marcus Barsoum, de dieciséis años, habla con la prensa tras ser uno de los primeros clientes en adquirir un  iPhone 7 en Sydney, 2016. Foto: Jason Reed/ Cordon.

Pero quizás lo más contradictorio de la utopía tecnológica haya sido su convivencia con un gramaje financiero que ha aprovechado y agrandado las prácticas de la vieja escuela. Hablamos de un universo que ha convertido en moneda común las macrofusiones, la competencia desleal con los mercados locales establecidos, el desvío masivo de capitales a paraísos fiscales o los tratos de favor de los Gobiernos (según el Parlamento Europeo, las ventajas fiscales ofrecidas desde Irlanda y Luxemburgo han causado en Europa un desvío de entre 54 500 y 76 400 millones de euros anuales en impuestos). Otros fenómenos como la deslocalización y precarización de la mano de obra, la extensión del autoservicio (el «hazlo tú mismo» que sustituye a cadenas previas de empleo) y el autoempleo han eliminado muchos de los derechos laborales tradicionales y profundizado en esquemas económicos sin garantías para el trabajador. Si, desde su nacimiento, la tecnología digital se aupó sobre un discurso utópico que concibe cada innovación como un paso más en el camino del progreso, su pretendida necesidad ha servido para justificar modelos empresariales que entienden cualquier restricción o demanda de responsabilidad social como un obstáculo para fines fuera de toda discusión.

En los países anglosajones comienza a hablarse de la gig economy y el gig employment (gig=bolo), cuya lógica del trabajo como complemento tiende a desplazarse al centro de la vida laboral de millones de individuos. La plataforma digital lo posibilita, externalizando el trabajo humano a ciertas acciones subsidiarias de aplicaciones que ofrecen la clave operativa y el canal de comunicación. Evgeny Morozov se refiere al «capitalismo de plataforma» para definir todo un modelo económico donde el proveedor de bienes o el creador de contenidos es vampirizado por el dispositivo de conexión y distribución: Google rastrea contenidos ajenos, Uber no tiene taxis, Airbnb no tiene alojamientos, Spotify no produce música, Ebay no tiene stock, Netflix, YouTube y Amazon podrían prescindir de productos propios… el éxito de esta nueva economía parecería derivado de la gestión de una ingente cantidad de trabajo ofrecido de manera gratuita.

La omniabarcadora industria de la información se ha convertido en el paradigma de la circulación y consumo de identidades, hasta producir su propio sujeto en la forma del hipster, quien recoge el testigo del yuppie como detentador del Zeitgeist actual. Eso sí, en vez  de ocupar un despacho en el bajo Manhattan y trasladarse en limusina, comparte piso y se traslada en fixie. Mucho se ha dicho del hipster y en tono, normalmente, peyorativo: que si es superficial, políticamente conservador, elitista, clasista, esnob, individualista, insolidario, gentrificador, un monigote del que se ha anunciado su deseada muerte en mil ocasiones, un cínico que redime al sistema a través de su consumo «consciente»: organic, ecofriendly, reusable, fair trade… Pero ¿cómo retratar un conjunto tan heterogéneo?, ¿y cómo evitar la superioridad moral de quien traza la descripción? En palabras de Linton Weeks, con hipster designamos una «omnicultura» capaz de extenderse por incontables muestras de la producción de identidades actual, una especie de cajón de sastre donde caben, en mayor o menor medida, todos los estereotipos comercializables. Más que definir una categoría cerrada, una tribu urbana con rasgos de identidad como los de antaño, lo hipster señala una gradación: más hipster, menos hipster, que nos incluye a todos y que, por eso mismo, negamos. Y es que el hipster, como el infierno, son siempre los otros.

Acabemos: las tecnologías que usamos, y mucho más las tecnologías de la información configuran, como afirma Tim Wu, uno de los factores más decisivos del moldeamiento individual y social. Un Wu que, en El interruptor principal, analiza cómo cada industria de la información ha evolucionado desde unos inicios en los que se presentaba como la nueva promesa de libertad y progreso a la adopción de una posición dominante que termina por impedir otras innovaciones y tomar por rehenes a sus clientes. Es lo que Richard Barbrook y Andy Cameron describen como el tránsito «del ágora electrónica», un entorno de comunicación horizontal y abierta, al «mercado electrónico» que establece con claridad la relación entre empresa y consumidores. Parecería que la ideología californiana ha evolucionado de unos orígenes rupturistas a la progresiva absorción de su potencial por la dinámica de los negocios, cada vez más alejada del hacker que interrumpe el sistema y más incorporada a los intereses financieros de los gigantes tecnológicos.

En la presentación de su Iphone7 a finales del año pasado, Apple anunció la salida al mercado, en colaboración con Nike, de su Apple Watch. El dispositivo resume perfectamente las características del último modelo de HNA; su necesidad ininterrumpida de conexión y su devoción por el alto rendimiento deportivo. Apple Watch cuenta, además, con una capacidad de cincuenta metros de inmersión, por lo que presupone un sujeto experto en submarinismo y otros deportes de riesgo, un adicto a la adrenalina que transita entre la oficina virtual y el último Iron Man en alguna isla del Pacífico (y que, si se lo propone, hasta cierra presupuestos mientras corre el Iron Man). Trevor Edwards, presidente de Nike, resumía el giro ideológico al emplear desde el escenario un lema calculado y mucho menos ambicioso de lo habitual para los de Cupertino. El propósito corporativo de ambas marcas consiste en «Hacer la vida más fácil y divertida» («Make life easier and more fun»), una declaración alejada de las utopías revolucionarias de hace unos años. Tras el asalto al poder, toca conservarlo.

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(1) Retomo el concepto que acuñó el Che Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba (1965): «Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros mismos. Nos forjaremos en la acción cotidiana, creando un hombre nuevo con una nueva técnica. La personalidad juega el papel de movilización y dirección en cuanto que encarna las más altas virtudes y aspiraciones del pueblo y no se separa de la ruta. Quien abre el camino es el grupo de vanguardia, los mejores entre los buenos, el Partido».


Rafa Nadal: ciencia y anticiencia

Rafa Nadal en la final del Open de Australia 2017. Fotografía: Cordon.

Rafa Nadal, el mejor deportista español de la historia, ha resurgido de sus cenizas. Cuando poca gente pensaba que volvería a brillar en un Grand Slam, el tenista mallorquín ha dado toda una exhibición en el Open de Australia. Lo que poca gente conoce es que tras la evolución en el juego de Rafa se esconden nuevos avances tecnológicos y diferentes disciplinas científicas. Desgraciadamente Rafa Nadal, en mi modesta opinión, se equivoca apoyando ciertas prácticas anticientíficas. Comencemos.

Una de las grandes revoluciones en el juego de Rafa es su derecha. ¿Quién tiene la culpa? El big data. En pleno siglo XXI son muchos los deportistas que recurren a la telemetría para conocer datos sobre su juego. En el caso de Rafa Nadal la presencia de varios dispositivos (acelerómetros, giroscopios, sensores de vibración) tanto en su raqueta como en su muñequera le informan, a través de aplicaciones informáticas que registran todo lo que ha sucedido en la pista, de varios aspectos claves en su juego. Entre ellos destacan la fuerza del impacto sobre la pelota, la dirección con la que la bola sale de la raqueta, si el tenista da más golpes de derecha que de revés, el efecto que se le imprime a la bola, etc. Según podemos leer aquí, la raqueta que emplea Rafa Nadal, de la marca Babolat, es capaz de almacenar en su memoria los datos de doscientos cincuenta y siete millones de golpes gracias a su capacidad para grabar hasta ciento cincuenta horas.

¿Cómo ha ayudado el big data a mejorar el juego del tenista español? Los resultados son inequívocos. La derecha de Rafa, la que tantas alegrías le había dado, empezaba a fallar. Con el paso del tiempo la fuerza con la que impactaba la bola era cada vez menor. Eso provocaba que la aceleración de la pelota de Nadal, una de sus mejores armas, comenzase a flaquear. Había que encontrar una solución.

El equipo técnico de Nadal decidió que lo mejor era cambiar el cordaje de su raqueta. Las «cuerdas» están hechas de diferentes materiales químicos como el nailon, la tripa natural, la tripa sintética o el kevlar (una fibra de alta resistencia que puede ser hasta cinco veces más resistente que el acero y que fue descubierta por la química americano-polaca Stephanie Kwolek). Incluso más importante que el material del que estén formadas las cuerdas es la tensión del cordaje. La regla fundamental acerca de la tensión del cordaje es «más tensión para control, menos tensión para potencia».

En pistas duras como las del Open de Australia la pelota tiende a moverse más rápida. Para mantener el control es recomendable subir la tensión. En pistas de tierra batida, como las de Roland Garros, la pelota se mueve más lenta y se suele bajar la tensión del cordaje para añadir potencia y profundidad a los golpes. Pero los cambios efectuados en el cordaje de Nadal para ganar potencia no surtieron efecto y el jugador nacido en Manacor tuvo que volver a su cordaje original.

La alternativa a modificar el cordaje fue incrementar el peso del marco de su raqueta. Esta solución se suele emplear no solo para incrementar la potencia, sino para reducir la torsión y vibración de la raqueta. Los técnicos de Nadal usaron cintas adhesivas de plomo para aplicar peso a la cabeza de la raqueta y con ello incrementar la potencia de golpeo y la aceleración de la pelota. Aunque al principio a Rafa le costó acostumbrarse, el resultado final fue un éxito. Desde ese momento su derecha comenzó a golpear la bola con más fuerza, la aceleración de la pelota volvió a ser la que era y sus golpes planos (aquellos que llevan la menor carga de efecto) han destrozado a sus rivales durante todo el Open de Australia.

Pero, a pesar de que la derecha plana de Rafa Nadal ha sufrido una tremenda evolución gracias a la tecnología, el tenista español sigue siendo fiel a su golpe preferido: el liftado, aquel que lleva una carga de efecto ascendente que ayuda a la pelota a salvar la red y luego a caer en la pista. Recientemente se ha medido que la «bola liftada» de Nadal puede llegar a las 5000 r. p. m. (ochenta y tres vueltas en cada segundo), mientras que la mayoría de los jugadores consiguen solo alrededor de 2600 r. p. m.

Con este liftado, en el que la física tiene mucho que decir, el tenista español logra varios objetivos. Uno de ellos es que la pelota, aunque parezca que se va a ir más allá de los límites de la pista, caiga repentinamente y entre en la misma sorprendiendo al contrario. Además, la pelota una vez que bota se eleva mucho dificultando enormemente el golpe de su rival. Finalmente, y en el caso de que el rival haya subido a la red, el liftado especial de Nadal conocido como «banana shot» le ayuda a superar a los contrarios de una forma muy especial.

En el siguiente vídeo, correspondiente a un partido entre Nadal y el también español Fernando Verdasco, se ve perfectamente cómo gracias al banana shot la rotación que se imprime a la bola hace que esta siga una trayectoria de fuera a dentro de la pista.

¿Cuál es la explicación científica de lo que acaban de ver?

Poca gente sabe que uno de los más importantes colaboradores de Nadal es el químico y físico alemán Heinrich Gustav Magnus. La archiconocida derecha liftada de Rafa que pocos jugadores saben contrarrestar no sería tan efectiva sin el efecto Magnus. ¿A qué me refiero?

Cuando Rafa Nadal golpeó la bola salió aparentemente recta y Fernando Verdasco, al igual que todo el público presente, pensó que se iría muy lejos de la pista. Sin embargo, la trayectoria de la pelota rápidamente comenzó a curvarse y terminó entrando ante la mirada estupefacta de todo el mundo. ¿Qué ocurrió? La clave fue pegarle a la pelota con mucho efecto, con suficiente fuerza y a una distancia significativa del rival. De nuevo la fuerza aparece como un factor importantísimo en los golpes de Nadal.

Inicialmente la pelota golpeada por Nadal siguió la primera ley de Newton, según la cual un cuerpo se mueve en la misma dirección y a la misma velocidad hasta que se le aplica una fuerza que lo haga variar de dirección. ¿Qué fuerza fue la que hizo que la pelota cambiara la trayectoria? La mecánica de fluidos nos da la respuesta.

Una pelota de tenis se desplaza sumergida en un fluido, el aire, que la rodea por completo. El mallorquín golpeó fuertemente en un lado de la pelota enviándola alta y a su izquierda… pero también rotándola en su movimiento. Esto provocó que en un lado de la pelota el aire se moviera en dirección contraria al giro de la misma, aumentando la presión. En el otro lado el aire se movía en la misma dirección del giro de la pelota, creando un área de baja presión. La diferencia de presiones provocó la aparición de una fuerza perpendicular a la dirección de la corriente de aire que hizo que la pelota se curvara hacia la zona de baja presión y cambiara su trayectoria, superando al rival y entrando en la pista. La cara de Verdasco al ser superado por culpa del efecto Magnus lo dice todo.

En el caso de que Nadal no hubiese dado rotación a la pelota, como ocurre en los golpes totalmente planos a los que también ha recurrido en el Open de Australia 2017, no se produce la diferencia de presiones a ambos lados de la pelota por lo que no aparece el efecto Magnus.

Vale, ya sabemos que entre Nadal y Heinrich Gustav Magnus introdujeron la pelota en la pista pero… ¿puede decirnos la ciencia algo más respecto a ese golpe de Rafa, más allá de que siguió el efecto Magnus? Sí, puede darnos la trayectoria exacta que sigue la pelota e incluso darnos la fórmula que la describe.

En un trabajo publicado en la revista Journal of Fluids and Structures, científicos franceses simularon este tipo de «trayectorias deportivas» usando como modelo un gol marcado por el brasileño Roberto Carlos a la selección francesa, del que hablé en esta conferencia. Para ello hicieron experimentos bajo el agua, lo que les permitió eliminar los efectos de las turbulencias en el aire y la fuerza de gravedad. Los investigadores establecieron que la trayectoria que sigue una esfera cuando gira al dársele efecto es una espiral en forma de concha de caracol. Esa espiral es la que destroza a los rivales de Rafa.

Entremos en la parte más peliaguda de este artículo. No todo es ciencia y tecnología en el «nuevo» Rafa Nadal. Desgraciadamente la anticiencia —un término que me gusta mucho más que el de pseudociencia por no dejar espacio a la ambigüedad— está muy presente en una de sus actividades publicitarias.

Hace unas semanas entré en una farmacia. Allí pude ver un enorme cartel donde Rafa Nadal publicitaba una serie de complementos alimenticios destinados a mejorar uno de sus puntos débiles: las articulaciones. En el rato que estuve en la farmacia compraron estos suplementos dos chicos jóvenes. Les pregunté la razón por la que compraban esos productos y ambos contestaron lo mismo: si Rafa Nadal, un portento de deportista con conocidos problemas físicos, anuncia estos productos destinados a la mejora de la salud será porque son efectivos. Veamos si eso es así.

La marca Drasanvi tiene toda una gama de suplementos con el colágeno como principal protagonista. Analicemos uno de ellos, concretamente el Collmar original que se vende al módico precio de casi veinte euros y cuyas moléculas estrella son el colágeno y el ácido hialurónico.

Imagen publicitaria de Drasanvi.

Para conocer si los ingredientes de un producto alimenticio sirven para algo hay que acudir a los informes oficiales emitidos por el máximo organismo europeo en materia de alimentación: la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA). Su panel de expertos en nutrición humana y dietética se encargan de recopilar la bibliografía existente sobre dichos ingredientes, estudiar la documentación presentada por la empresa responsable y emitir los documentos oficiales. Pues bien, en este informe de la EFSA pueden leer que no existe correlación entre el consumo de colágeno hidrolizado y el mantenimiento de las articulaciones. ¿Y el hialurónico que forma parte del Collmar original? Tampoco hay buenas noticias para el producto anunciado por Rafa Nadal. En este otro informe pueden leer que la UE ha sido demoledora con la ingesta de suplementos ricos en hialurónico.

¿Significa lo expuesto que ninguno de los ingredientes del Collmar original ha sido evaluado positivamente por la EFSA? No, la estrategia del asterisco, que tantas veces ha sido denunciada en el blog Scientia y que siguen productos como el Actimel o las beauty drinks, sirve para salvar el escollo legislativo. Este complemento alimenticio, absolutamente legal, tiene un tercer ingrediente que sí tiene las bendiciones de la máxima autoridad europea en materia de alimentación para decir que ayuda a infinidad de cosas. Me refiero a la vitamina C.

Con añadir solamente el 15% de la cantidad diaria recomendada de esta vitamina en la publicidad de cualquier alimento funcional o complemento alimenticio se puede anunciar que tiene muchas propiedades saludables.

¿Estoy diciendo que sin la presencia de vitamina C Rafa Nadal no podría anunciar nada relacionado con los cartílagos, los huesos o la piel porque el colágeno y el hialurónico no tienen ninguna función? Exacto… así lo dicen los informes oficiales de la UE.

¿Y es necesario que los españoles tomemos suplementos de vitamina C? No. Según los datos de la Encuesta Nacional de Ingesta Dietética la población española NO necesita tomar ningún suplemento de vitamina C… vamos atiborrados. Ingerimos, ni más ni menos, ¡entre un 191% y un 393% más que la vitamina C necesaria!  La vitamina C la encontramos a altísimas concentraciones y a mucho menor precio en alimentos como el kiwi, la naranja, las fresas, el brócoli, la grosella…

A modo de ejemplo les diré que un vaso de zumo de naranja (220 ml) tiene, aproximadamente, unos 125 mg de vitamina C, más del 50 % de la cantidad diaria que se ingiere usando la dosis diaria de Collmar original y más de diez veces la cantidad de vitamina C que se necesita para publicitar lo que dice el producto anunciado por Nadal. Sobran los comentarios.

Tras analizar uno de los productos analizados por Rafa Nadal mi opinión es clara y contundente. Los personajes públicos son totalmente responsables de lo que publicitan. Aunque el producto anunciado por Nadal sea totalmente legal y su ingesta no dé lugar a ningún problema de salud, el tenista mallorquín debería negarse a prestar su «marca» para avalarlo debido a lo explicado en este post. Supongo que Rafa Nadal no es consciente de la estrategia que siguen estas marcas, pero la ignorancia no exime de culpa. Sus asesores deberían estar al tanto.

La capacidad del tenista para llegar al público es muy grande y son muchas las personas que, confiando en su buena imagen, no dudan un segundo en seguir sus recomendaciones. Además, los conocidos problemas en las articulaciones del grandísimo tenista hacen que muchas personas con problemas similares compren este producto. Sin embargo, ¿de verdad piensan que en el caso de conocer que el único ingrediente efectivo del Collmar original es la vitamina C alguien iba a gastarse el dineral que cuesta?

Estimados lectores, en este artículo hemos visto que el resurgir de Rafa Nadal que vimos en el Open de Australia le debe mucho a la ciencia y a la tecnología. La física, la química, la informática y la nanotecnología se encuentran detrás del juego que ha devuelto al mallorquín a lo más alto del tenis mundial. Desgraciadamente, también les he mostrado cómo esa misma ciencia no respalda algunos de los ingredientes que forman parte de productos destinados a la salud humana a los que el mejor deportista español de la historia presta su imagen.

A pesar de todo lo expuesto, soy optimista. Estoy seguro de que Rafa, tras leer este artículo, reflexionará y mejorará. ¿Por qué estoy tan seguro? Observen la siguiente imagen y lo entenderán. Es un grande.

Bibliografía consultada:

  •  New J. Phys. 18 (2016) 073027.
  •  Journal of Fluids and Structures 27 (2011) 659–667.
  • NewJ.Phys.12 (2010) 093004.
  • EFSA Journal.


Digital & Agile Lab y BStartup

Fotografía: Jorge Quiñoa

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El término fintech es hijo del relativamente joven matrimonio entre las palabras finance y technology y se utiliza para denominar un entorno donde los servicios financieros confluyen con las tecnologías de la información. Se trata de un vocablo que ha ido extendiéndose hasta lograr que la propia palabra fintech haya acabado siendo utilizada para denominar a un tipo de empresa, que habitualmente tiene una estructura de pequeña startup, sustentada en el ámbito tecnológico. Una clase de empresa a la que habitualmente se la supone enfrentada a los bancos clásicos, aquellos que son percibidos de manera general como bastante conservadores  y reacios a los avances digitales.

El Digital & Agile Lab también es una creación moderna, aunque en este caso se trata de un laboratorio cuyo objetivo es fomentar la gestación de un tipo de ideas y desarrollos dentro del marco financiero que son conscientes del universo tecnológico, o lo que viene a ser lo mismo: la realización de herramientas fintech. Lo curioso del proyecto, que nace hermanado con un programa de financiación de startups, es que se trata de una iniciativa del Banco Sabadell, una de aquellas entidades bancarias que son visualizadas popularmente como alérgicas a los avances tecnológicos. Decidimos visitar el Digital & Agile Lab ubicado en las instalaciones del propio Banco Sabadell en Sant Cugat, con curiosidad por ver cómo afronta un banco clásico este modelo de trabajo financiero que apunta al mundo digital. A Miquel Montes Güell, director general del Banco Sabadell, no le preocupa reconocer que este tipo de postura suspicaz es en principio algo habitual por parte de la gente: «Sabemos que existe ese ecosistema tecnológico y nos queremos introducir en él, pero con la reputación que tienen los bancos después de la crisis es más complicado. Nosotros nos habremos ganado nuestra parte en dicha reputación, pero siempre se suele jugar muy en contra, todo el mundo tiene hipoteca y todo el mundo está cabreado con los bancos y por eso supone un esfuerzo extra conectar con dicho ecosistema en el entorno de los emprendedores. Pero es algo natural y que realmente no necesita ser explicado, porque un banco vive de la actividad económica de su entorno, no se puede despreciar o dejar de potenciar una parte de dicha actividad cuando tradicionalmente ya se había conectado con el entorno emprendedor». La iniciativa, que en este caso adopta la forma de un lab percibido como espacio de trabajo, parece el paso más reciente por parte de la firma hacia la inmersión en el mundo de los avances digitales: «Es un experimento que está saliendo bien, surgió fruto de un grupo muy pequeño de gente y tenemos ganas de que crezca más. En el banco llevamos toda la vida cambiando cosas, pero dichos cambios siempre se han realizado desde el mismo banco porque le venía bien cambiarlo o a la empresa le parecía bueno para los clientes. Ahora nos estamos dando cuenta de que esto tenemos que hacerlo desde otro punto de vista, no hay que hacerlo pensando en la gente, sino que el cambio lo tiene que hacer la gente», apunta Montes. «Pero es igual de locura pensar al revés, porque sería suponer que la gente te dirá lo que quiere, y el mundo no funciona por la demanda sino por la oferta, nadie pidió el primer cajero automático, la gente usa los cajeros automáticos porque existen. Por tanto, hay que encontrar confluencias y crear esos espacios donde se mezcle el interés y la voluntad, la visión de la oferta, en este caso del banco, con el interés de la demanda, la gente. Si algo tiene esta revolución de lo digital es que lo hace todo mucho más transparente, mucho menos estanco, las personas están mucho más empoderadas, pueden decidir con más autonomía y, desde ese punto de vista, es una locura pensar que vas a acertar sin involucrarte con ellos».

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En la práctica el Digital & Agile Lab es un ambiente, impoluto y ordenado, dentro del edificio del Banco Sabadell donde junto a un espacio para reuniones y los restos de una sesión de Lego Serious Play, aquel método de comunicación y resolución de problemas que implica construir con piezas de Lego, se pueden encontrar los prototipos de varias ideas nacidas en el propio laboratorio, como una hucha digital. «Este aparato surgió de una combinación de varias ideas, entre ellas la de lograr que la gente tuviese una especie de disciplina doméstica con los hijos, es una mezcla entre el banco en casa y la hucha digital, que además a través de una app permitía a los padres enviar dinero desde su smartphone. A nadie en el banco se le habría ocurrido una cosa así, en realidad ha surgido aquí con gente del banco trabajando mano a mano con gente de fuera». Montes también apunta que el entorno era algo inusual en las propias instalaciones: «Porque si te paseas por el resto de los espacios puedes observar que todos tienen una función, que es que la gente trabaje, se conecte, coma o lo que sea. Pero ninguno tiene como función que la gente se encuentre a ver qué surge de ahí». El propósito de este tipo de laboratorio es para la firma un movimiento que pretender replicar en diferentes instalaciones, en la sede londinense del Banco Sabadell en el distrito de St James’s y próximamente en Ciudad de México. «En Londres el primer proyecto iba a estar ubicado del mismo modo que el que tenemos aquí, pero hemos decidido hacerlo al revés, que lo que esté situado en primer lugar sea el digital lab y que haya unas escaleras para ir a la oficina. Que la gente pase por el digital lab antes de llegar a la oficina».

BStartup

Yolanda Pérez Sáez, directora del programa BStartup de apoyo a emprendedores tecnológicos de Banco Sabadell, nos explica los orígenes del mismo: «El banco siempre ha sido un banco de pymes, de emprendedores, pero no tanto de las nuevas oportunidades que han generado los modelos de negocio alrededor de internet, aquellos que a veces son difíciles de entender por un director de oficina. A dichos modelos de negocio el banco se planteó acercarse en 2013 al decidir apostar por los jóvenes que se están arriesgando a montar empresas».

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BStartup trabaja en tres líneas: ofrece productos y servicios bancarios especializados para startups en ochenta y ocho oficinas bancarias, invierte en diez startups al año encargándose de su acompañamiento y mentorización, mediante el programa BStartup 10, y desarrolla innovación colaborativa con estas compañías emergentes. BStartup 10 funciona como un programa transversal de inversión en startups: «Tiene una apuesta comercial, porque el objetivo es ser el banco de empresas tecnológicas innovadoras, pero por otro lado no se limita solamente a dar servicios financieros bancarios clásicos, sino que también se invierte y el propio banco pasa a ser socio de ciertas compañías», explica Yolanda. «Es un proceso complicado donde entre los compañeros del capital riesgo del banco, de innovación y transformación digital y nosotros seleccionamos los que nos parecen más adecuados». Las startups elegidas reciben una inversión de cien mil euros por parte del Banco Sabadell, de los cuales veinte mil se presentan en servicios de acompañamiento y mentores que están diseñados para ayudar a los emprendedores. Cualquier empresa puede presentarse, aunque se aconseja haber tanteado el posible mercado para la misma: «Buscamos compañías que tengan algo desarrollado, en las bases se exige como mínimo un prototipo, pero es recomendable y preferible que lo hayan probado en el mercado. No quiere decir que tengan que tener facturación, y por supuesto existen diferentes modelos de negocio: puede tratarse de apps, P2P o e-commerce. Al presentarse muchos modelos diferentes cada caso se analiza por separado, pero sí que comprobamos que haya unos primeros resultados indicativos de cierta tendencia a crecer aunque sea durante pocos meses. Estamos hablando de dinero para estas fases iniciales y, al existir tanta competencia, buscamos gente innovadora, ambiciosa. Han de ser equipos excepcionales, no solo tienen que saber de su negocio, sino que tienen que ser equipos donde haya una clara alineación de intereses». Marc Elena, CEO de la empresa Adsmurai, interviene para remarcar ese último punto: «El tema de la alineación de intereses es importantísimo, nosotros en el pacto de socios tenemos muy claro lo que queremos los tres fundadores, es peor que un matrimonio».

Adsmurai fue una de las elegidas en la iniciativa BStartup 10, y Marc Elena nos explica en qué consisten los servicios proporcionados por la entidad bancaria: «Uno de los principales problemas que tenemos los emprendedores es que no tenemos formación en finanzas, en management, en logística, en operaciones, en recursos humanos o en marketing. Nuestros conocimientos se centran sobre lo que vamos a crear y normalmente no sabemos mucho más de todas las otras patas que realmente necesitas». Adsmurai se encarga de optimizar la publicidad en el entorno de las redes sociales. La empresa consta con una serie de partners como Facebook, Instagram, Twitter o YouTube que le proporcionan acceso a su API y a partir de ahí desarrolla un software propio que se encarga de optimizar la inversión publicitaria del cliente en las redes sociales. Esta startup ha disfrutado de un éxito notable en un periodo sorprendentemente corto de tiempo: «Nosotros empezamos tres founders constituyendo la sociedad a principios de enero del 2014, la cosa fue bien y comenzamos a crecer. El segundo año ya éramos quince personas y el tercer año, treinta y cuatro. Realizamos operaciones en tres países y hasta facturamos en eslotis, que es la moneda de Polonia. Yo no sabía ni qué era un esloti, ¿cómo iba a saber facturar a Polonia? En su momento nosotros necesitábamos que nos acompañasen y, sobre todo, que se nos concediesen ciertas herramientas de formación».

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Elena tiene clara la naturaleza del entorno sobre el que trabajaba: «Es un sector que crece muy rápido, y esta iniciativa resulta bastante disruptiva porque hasta ahora ese tipo de negocio estaba cautivo en las agencias de medios. De repente nosotros somos un nuevo ente que aparece en un ecosistema de negocios multimillonarios muy consolidados y generamos grandes beneficios a muchísima gente porque no solo proporcionamos software y tecnología, sino que también ofrecemos transparencia, y esto molesta un poco a un tipo de negocio de tanto dinero porque hay gente que aquí se ha ganado muy bien la vida. Las startups trabajamos con márgenes muy bajos, ofrecemos mejores resultados y eso resulta novedoso». El director de Adsmurai señala que en su caso concreto su actividad laboral se mueve en un entorno muy reducido: «Hay un pequeño ecosistema de compañías en el mundo en este campo, realmente muy pequeño: de Instagram en todo el mundo habrá poco más de veinte marketing partners. Somos muy pocas compañías trabajando con estos grandes soportes, con estas grandes empresas como Facebook o Twitter que realmente nos dan toda su confianza. Y esto último es verdad, porque cuando ofrecen la conexión a la API te abren la puerta de su casa y te dicen “Conéctate aquí y desarrolla lo que quieras”. Al final disponemos de una capa de desarrollo superior a la que tienen los mismos ingenieros de Facebook. Es algo muy relevante porque seguro que en alguna ocasión somos los únicos en el mundo que hacemos una cosa puntual y concreta, y esto significa que el crecimiento como compañía es muy acelerado. En la facturación también: el primer año facturamos un millón, el segundo 5,4 y el tercero facturaremos unos quince millones». También reconoce que la apuesta por las jóvenes startups es algo que tratan de fomentar diferentes firmas internacionales más allá del ejemplo actual del Banco Sabadell: «Facebook se ha encargado de crear una iniciativa muy similar al BStartup, que en su caso se llama Facebook Accelerate, un programa donde nos seleccionaron para formar parte de entre las trescientas compañías de diferentes lugares del mundo que se presentaron. Tiene un proceso de selección que es bastante estricto, y acaba ofreciendo un programa también de capacitación muy tecnológico y enfocado en su negocio. Como startup te tienes que ir capacitando con diferentes entidades o empresas que saben mucho más que tú, aquellos que ya lo han hecho antes».

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En el caso del Banco Sabadell, Elena admite también las suspicacias iniciales: «Yo el primer día pensaba, “Un banco, vale, no las tengo todas conmigo”. Porque el concepto banco se suele aplicar a todo menos a disrupción e innovación», pero acaba reconociendo que se encontró con todo lo contrario. «Era importante rodearnos de gente que sabe muchísimo más que nosotros, y apoyarnos en iniciativas de este tipo tenía todo el sentido del mundo, en el caso del banco no solo es un socio financiero, sino que lo que hace es capacitarnos. Necesitábamos un programa que nos diese las herramientas para pasar al siguiente nivel, nosotros trabajamos en el caos y en un proceso de cambios semanales o diarios con un crecimiento ultraacelerado, y ellos nos dieron la formación. Recibimos por ejemplo formación de recursos humanos recientemente, algo que fue una gran ayuda, porque considero que resulta terrible tener que tratar con gente cuando puedes tratar con máquinas. Actualmente estoy contratando a una persona cada mes, eso significa tener que hacer muchas entrevistas, que el equipo que se contrata es clave. Si el equipo no está muy motivado y van todos a una, las cosas no pasan. No quiero quedarme en ser una empresa de quince millones, quiero quedarme en ser una compañía de cien millones». También nos apunta un dato revelador sobre el mundo de las startups que ha podido observar desde su empresa: «Tenemos como clientes a startups que invierten mensualmente diez veces más en publicidad que cualquier gran anunciante de España. Y lo hacen porque la startup mañana puede estar muerta, necesitan enfocarse en la máxima rentabilidad a corto plazo».

El temor al big data

El término big data hace alusión a la recopilación de grandes cantidades de datos y al posterior análisis de los mismos para encontrar ciertos patrones que se repitan en ellos. En la actualidad es un concepto sobre el que planean ciertas dudas por lo supuestamente intrusivo que podría ser en caso de utilizarse de manera indebida. Montes nos explica cómo ha hecho uso del big data la entidad bancaria: «Nuestra mayor aplicación de big data no tiene que ver con cosas para que el banco tenga mejores listas de oportunidades de venta a los clientes, sino que se trata de una aplicación que ha salido de aquí, se llama Kelvin y se encarga de crear información para nuestros clientes con los datos que poseemos. Informa al dueño de una tienda del valor del ticket medio de sus clientes, o si dicho ticket medio es más alto o más bajo que los de otras tiendas y el comportamiento general del sector». Se nos plantea la duda de si una empresa que haga uso del big data necesita además realizar un proceso divulgativo para que la gente no lo asimile como algo a lo que temer, y Montes ofrece una respuesta que parece sincera: «Lo cierto es que el big data da un poco de miedo. Visité una exposición en el CCCB sobre el asunto y era difícil no salir aterrorizado de ahí, pero al final el riesgo no está en los elementos sino en los usos. La sociedad tiene que protegerse a sí misma y a los demás de los malos usos», y reconoce que sí están intentando ofrecer un punto didáctico, porque en el fondo el objetivo es ser útil y justo a la hora de manejar todos estos datos: «No se trata de que con esa información sepamos dónde compra la gente, dónde come o que les intentemos vender un seguro de vida porque hemos descubierto que están enfermos. Se trata de, por ejemplo, avisar de un escape de agua al observar que ha cambiado el patrón de consumo. El banco haría el tonto si no se pone al servicio de los clientes dando información de valor».

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Correlación no implica causalidad

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Con Air. Imagen: Touchstone Pictures.

Este artículo ha obtenido el primer premio del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2016

Hay afirmaciones que no solo son ciertas, sino que además son poderosas. Una de mis favoritas es, sin duda, «correlación no implica causalidad». En el mundo de los debates públicos, de las peleas en Twitter y los flames en Menéame siempre es útil contar con herramientas como esta. La frase en sí viene a significar que el hecho de que dos eventos se den habitualmente de manera consecutiva no implica que uno sea causa del otro. Así, cuando llueve es más probable que truene, pero no es la lluvia la que causa los truenos.

Imagínate que por un giro del destino te ves envuelto en una discusión sobre, por ejemplo, si el modelo de educación finés es el ejemplo a seguir en España. No tienes ni idea de pedagogía, ni del modelo educativo español, ni del finés. Si fuera una discusión en un bar no pasaría nada, podrías decir que no te interesa, pero es en internet y ya se sabe lo que eso implica. En el cibermundo no vas a reconocer que no sabes de un tema. Tienes que discutir y, aún más importante, tienes que ganar. Tu oponente dialéctico está más preparado que tú. Te bombardea con datos y estudios sobre el informe PISA, sobre los distintos métodos pedagógicos y sobre muchas otras cosas que no te interesan. Da igual, porque tú estás curtido en mil ciberbatallas y sabes como contraatacar. Esperas un momento de descuido de tu oponente. Entonces te colocas bien el palillo que sujetas con los dientes y afirmas: «Todo eso está muy bien pero no demuestra nada, porque la correlación no implica causalidad». Ni siquiera importa si estás defendiendo el modelo finés o atacándolo. Cualquier dato que se te haya dado ha quedado refutado. Correlación no implica causalidad. El debate termina y has ganado.

¿Pero tiene realmente este argumento una base sólida? No lo dudes, cualquier persona con conocimientos básicos de estadística te lo podrá confirmar. En cualquier caso vamos a indagar un poco más para que sepas usarlo correctamente. Para eso nada mejor que usar un par de ejemplos.

El ejemplo más clásico es el de los piratas y el calentamiento global. Este se basa en un estudio desarrollado nada menos que por Bobby Henderson, el creador de la Iglesia pastafari. Su intención era combatir los argumentos de los creacionistas, un grupo muy dado a encontrar correlaciones donde no las hay y a concluir que hay una causa detrás. Casualmente la causa que siempre encuentran es la misma, Dios, causa que, de nuevo casualmente, coincide con lo que estaban intentando demostrar a priori. Para ilustrar el hecho de que el que dos fenómenos se den al mismo tiempo no implica que uno cause el otro. Henderson representó la temperatura global de la Tierra en función del número de piratas en el mundo.

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Imagen: PiratesVsTemp.svg: RedAndr / Osado (CC).

Claramente se aprecia que, a medida que el número de piratas se ha reducido, la temperatura de la atmósfera ha aumentado. Según los argumentos de los creacionistas, y otros grupos favorables a encontrar causas donde no las hay, esto significaría que la escasez de piratas es la verdadera causa del calentamiento global. No hay otra explicación. Por este motivo los seguidores de la religión de Henderson se disfrazan de piratas en el momento del culto, para combatir así el cambio climático.

Veamos otro ejemplo. La página web Spurious Correlations se dedica a buscar en distintas bases de datos correlaciones absurdas entre series de datos. Una de las más populares es la que aparece en la siguiente gráfica, que representa a través de los años tanto el número de ahogamientos en piscina producidos en los Estados Unidos como el número de películas realizadas por Nicolas Cage.

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Imagen: tylervigen.com

La correlación es clara. Cuantas más películas hace el bueno de Nicolas más gente muere ahogada. Lo mejor será que el pobre se retire y así ahorrará sufrimiento al mundo.

Dado que es difícil de creer que la gente se ahogue por culpa de Nicolas Cage, o que los piratas determinen la temperatura global, podemos concluir que estas correlaciones no implican que una cosa sea la causa de la otra. Veamos entonces la explicación canónica a estas gráficas. Que dos fenómenos se den a la vez, o que uno preceda al otro, no implica que uno sea la causa del otro. Aunque observamos una correlación entre A (películas de Cage) y B (ahogamientos en piscina) eso no significa que las películas de Nicolas Cage provoquen que la gente quiera morir de una manera agónica a la vez que refrescante (1).

¿Y, si no es A la causa de B, por qué se dan los dos fenómenos a la vez de forma repetida? Bueno, en general, si hay una fuerte correlación entre los fenómenos A y B, tenemos cuatro posibilidades:

  • Que A cause B (que los ahogamientos en piscinas hagan que el bueno de Nicolas quiera hacer más cine para animar a las familias).
  • Que B cause A (yo mismo estuve tentado de ahogarme después de ver La búsqueda 2).
  • Que haya un tercer fenómeno, C, que provocara tanto A como B (es complicado imaginar alguno, pero a lo mejor el Orden Mundial conspira para reducir la población humana tanto mediante el ahogamiento como mediante el aburrimiento).
  • Puro y duro azar. Hay muchos datos en el mundo, así que si los comparamos todos más tarde o más temprano encontraremos este tipo de correlaciones que no significan nada.

Este último punto es el más importante de todos, ya que no se puede demostrar que algo no ha ocurrido por azar. Así que por muchos datos que te pongan sobre la mesa tú no lo dudes. Ya tenemos una explicación sencilla y todo encaja. Las correlaciones no tienen implicación ya que todo puede ser debido a la casualidad en lugar de a la causalidad. Así que si alguien nos dice que el sistema educativo finés es el mejor porque puntúan muy alto en PISA, podemos callarlo con un firme y convencido «correlación no implica causalidad».

Ya tenemos un arma dialéctica precisa y afinada, e incluso podemos ir más allá. Si mañana nos levantamos y leemos la siguiente noticia en el periódico, no nos pasará nada.

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Es evidente que ni las autoridades sanitarias ni el redactor del artículo tienen mucha idea de matemáticas. Nosotros, que estamos armados con un conocimiento todopoderoso, sabemos que no hay de qué preocuparse. La correlación no implica causalidad. Lo mismo son los yogures o lo mismo no lo son. Lo mejor será comprar esa marca aprovechando la bajada de precios. Está claro que tenemos un caso de una fuerte correlación. Todo el mundo que comió tal yogur murió. Mientras tanto, el resto de personas murieron a un ritmo normal. La correlación está fuera de duda.

Si algún alarmista viene a tocarnos las narices podemos usar el mismo argumento que antes. Tenemos correlación entre el comer yogur y el morir, así que tenemos cuatro posibilidades:

  •        Los yogures son los causantes de la muerte de las personas.
  •        La muerte de las personas es causante de que se comiera antes el yogur.
  •        Hay un fenómeno que es causa a la vez de las muertes y de que la gente coma yogures.
  •        Es una simple casualidad. La gente muere, la gente come yogures, ¿qué le vamos a hacer?

La segunda y tercera posibilidad son bastante improbables. Es difícil de creer que las muertes causen la ingesta de yogures o que exista un evento que provoque tanto el consumo de yogures como la muerte de los que los consumen. Sin embargo, demostrar que no es azar es difícil. La correlación es clara, pero nadie ha demostrado aún que los yogures estén envenenados.

A estas alturas el avispado lector (o la avispada lectora) ya habrá intuido que este artículo no es una defensa a ultranza de la frasecita de las narices. Seamos serios. Por mucho que estemos convencidos de que la correlación no implica causalidad, si mañana ocurre algo así no nos lo plantearíamos ni por un instante. Los yogures están envenenados. No hay otra posibilidad. Por supuesto que habrá que analizarlos para ver qué ha ocurrido, pero mientras tanto todos actuaremos guiados por la certeza de que algo ha pasado.

¿Y qué diferencia este caso del caso de los piratas o de las piscinas? Lo primero es el sentido común, que nos dice que es posible que unos yogures se envenenen, pero que es mucho más difícil que el noble oficio de la piratería afecte al clima. Lo segundo es la correlación en sí. Tenemos que tener en cuenta que no todas las correlaciones son iguales y que a partir de ellas podemos sacar muchas conclusiones. La correlación no es una magnitud dicotómica. No es algo que se tiene o no se tiene, es algo que puede ser muy grande o muy pequeño.

Volviendo al escabroso ejemplo de los yogures. Además de saber que hay una correlación, podemos estimar qué probabilidad hay de que ocurra algo así por casualidad. Imaginad que vemos en la noticia que un 0,1% de la población española consumió el citado yogur el día en cuestión. Eso hace unos 460.000 españoles muertos en un día. Este dato contrastaría con la mortalidad en todo el año 2014, que fue de 395.830 personas (según datos del INE). Ya, el que ocurra algo así es absolutamente improbable. De hecho, es lo que se suele denominar, estadísticamente imposible. Calcular la probabilidad de que esto ocurra requiere hacer suposiciones sobre cómo se distribuye la mortalidad entre la población, las edades de los consumidores de yogur y otros parámetros. Una estimación muy conservadora me da el resultado de que la probabilidad es menor que una entre 10^25 (2). Es más probable encontrar algo de principio activo en una disolución homeopática a que ocurra algo semejante por pura casualidad. Por eso podemos concluir que algo ha ocurrido, aunque aún no hayamos analizado los yogures.

¿Y qué ocurre entonces con las piscinas y las películas de Nicolas Cage? Pues ocurre simplemente que ahí la correlación no es tan grande. Ese es el quid de la cuestión y el mensaje que me gustaría que os quedase después de leer este artículo. Correlación no implica causalidad, es cierto, pero hay correlaciones más grandes que otras. Como ya hemos dicho, la correlación no es una magnitud binaria. No es tan simple como que exista o no exista. Hay correlaciones pequeñas como la de las películas de Cage, y hay correlaciones muy grandes como la del macabro ejemplo del yogur. En el ejemplo de las piscinas, la misma web que lo dio a conocer calcula la probabilidad de que sea azar, un 33,4%. Por supuesto ahí también hay suposiciones detrás, pero la manera de calcularlo es bastante estándar. ¿Es un 33,4% una probabilidad muy baja? Pues dependerá de para qué. Si tenemos en cuenta que los autores de la web analizan cientos de miles de cadenas de datos, lo improbable sería que no encontrasen ese tipo de correlaciones espurias. Simplemente analizando el número de cadenas estudiadas y las correlaciones encontradas se puede calcular la probabilidad de que sea puro azar o de que pueda tener una causa más relevante.

A esto precisamente se dedican algunos analistas especializados en big data. Analizan cantidades ingentes de datos y buscan correlaciones que nadie espera. Después, se dedican a analizar la probabilidad de que sea azar o no, y si no parece serlo lo analizan con más profundidad. Puede que dos eventos en apariencia desconectados tengan una relación causal demasiado difícil de apreciar a simple vista. Si encuentras este tipo de correlaciones, puedes llegar a ganar mucho dinero al ser capaz de predecir movimientos de los mercados que nadie más puede ver.

Nadie duda de que la correlación no implica causalidad. Científicos de todos los campos dedican cantidades ingentes de tiempo a repetir experimentos para distinguir correlaciones importantes de correlaciones espurias. Incluso se ha observado que muchos experimentos científicos con grandes correlaciones tienen una probabilidad alta de ser puramente casuales. Eso ocurre porque en el mundo se realizan muchos experimentos continuamente. La probabilidad de que nunca se dé una correlación espuria es realmente baja y son precisamente las correlaciones inesperadas las que más interesan a la comunidad científica. El único remedio para evitar esto es la repetición de los experimentos. Sin embargo, todo esto no quiere decir que las correlaciones no tenga relevancia, o que no sean indicativas de causalidad. Tenemos que saber distinguir entre correlaciones más y menos probables. Tenemos que analizar cada caso cuantitativamente y averiguar cuál es la probabilidad de que un evento sea aleatorio para saber si debemos indagar más o no.

Si nos molestamos en mirar los datos antes de aceptarlos o desecharlos, aumentaremos nuestro conocimiento del mundo. Si nos limitamos a desdeñar los datos que contradigan nuestras ideas preconcebidas con una frase hecha, a lo más que podemos aspirar es a ser el más listo de Menéame. Lo primero es deseable. Lo segundo no es algo que uno deba incluir en su currículum.

Notas:

(1) Antes de que se me acuse de atacar a Nicolas Cage innecesariamente y empecemos una discusión gafapasta sobre Leaving Las Vegas, me gustaría contraargumentar con solo dos palabras: Ghost Rider.

(2) Un uno y veinticinco ceros detrás, o si lo preferís 1000000000000000000000000.


Judy Wajcman: «No dudo de la repetición de la historia, pero sí soy escéptica respecto al progreso»

Judy Wajcman para JD 0

Resulta simpático que Judy Wajcman (Australia, 1950) se sorprenda cuando le avisamos del rato que vamos a dedicar a la entrevista. «¿Y os funciona un formato tan extenso para la web? Es decir, ¿la gente os lee?», nos pregunta al ver que no estamos bromeando. Y es que esta catedrática de Sociología de la London School of Economics e investigadora asociada del Oxford Internet Institute ha dedicado gran parte de su carrera a estudiar el uso del tiempo en la era digital.

Aprovechamos su paso por el CCCB para preguntarle por su interés en los relojes, el impacto de las tecnologías digitales en nuestra gestión del tiempo y el estudio social de la tecnología desde el punto de vista del feminismo, ámbito donde se la considera una de las principales representantes y dentro del que ha acuñado su propio término, el «tecnofeminismo».

¿Más tecnología en nuestras vidas representa menos tiempo para…?

Sé que lo que voy a decir es la típica respuesta evasiva, pero no es que la tecnología nos haga dedicarle más tiempo, sino que nos proporciona tiempo para dedicarlo a otras cosas. El teléfono móvil, por ejemplo, es una gran herramienta de coordinación. Nos hace ahorrar mucho tiempo, nos facilita el ajustar horarios, nos ayuda en la macrocoordinación… Hay un gran debate sobre el tiempo que la gente pierde buscando webs y siendo interrumpidos constantemente, y creo que la tecnología está diseñada para cuidar de nosotros y conseguir que le dediquemos mucho tiempo. No es que la tecnología nos haga eso, sino que está diseñada así. Si realizas encuestas a gran escala, verás que la gente está muy contenta con la tecnología y creen que el teléfono móvil hace que se sientan más libres, Facebook les hace sentir más felices y conectados… Cuando realizamos críticas tenemos que tener en cuenta las experiencias de la gente. Hace muchos años fui a una conferencia sobre Facebook. Yo era muy crítica respecto a esa red social, y había un investigador americano de la comunicación que dijo que había realizado estudios que concluían que la gente se sentía más feliz cuando veía cierta interacción a través de Facebook, se sentían apoyados.

¿Cuándo y cómo empezó a interesarse por el tiempo y la tecnología?

Soy socióloga, así que siempre he estado interesada en la tecnología. Me interesan mucho los relojes y la discusión de cuánto influyó su invención en el capitalismo y el control horario del trabajo. El segundero es un invento reciente, solo tiene unos cientos de años, cuando llegó el péndulo. Lo de medir los segundos y el interés en no perder el tiempo es algo de ahora. Estamos en una época en la que se valora mucho el estar ocupado, tener una vida plena, hacer cientos de cosas… El otro día leía un artículo del New York Review of Books que hablaba del FOMO (Fear Of Missing Out) [Miedo a perderse algo, N. del R]. La gente actualmente está continuamente comprobando que no se esté perdiendo nada.

¿Cree que el mundo tecnológico es reacio a aceptar estudios de otros campos como la sociología o los estudios de género?

En el avión del que me acabo de bajar casi todos los pasajeros eran hombres, y luego he sabido que venían al Mobile World Congress. Son muchos hombres hablando de teléfonos, aplicaciones, tecnología… el mundo de los diseñadores está dominado por hombres. Las mujeres usan Facebook tanto como los hombres, si no más, pero si en lugar del uso te fijas en el diseño y la ingeniería que hay detrás están increíblemente dominados por hombres. Y eso es malo, porque igual que en el arte solo puedes hablar de tu vida y tus experiencias, si solo tienes a chicos jóvenes diseñando tecnología —y no son simplemente chicos jóvenes, son de un tipo especialmente empollón—, ¿qué van a diseñar? Diseñarán un teléfono en el que puedan incorporar medidas de temperatura, cosas así, y dirán «esto es revolucionario», y yo les diré que no lo necesito. Jesse Jackson, el activista por los derechos de los negros, ha presionado a Silicon Valley para que haya más presencia de negros, ya que hay muy pocos. Hay muchos indios, muchos asiáticos, pero casi no hay ningún negro. Y también muy pocas mujeres. Si quieres tener un diálogo abierto sobre qué dirección ha de tomar la tecnología y cómo ha de ser en el futuro has de tener una muestra muy amplia de la población, no muy uniforme como pasa ahora.

Judy Wajcman para JD 1

Usted defiende un uso de la tecnología más razonable en lugar de desconectar completamente de ella.

Soy profesora visitante en el Instituto de Internet de Oxford, donde se realiza mucha investigación sobre internet, y una de las estudiantes de allí está haciendo su doctorado sobre los Digital Detox Holidays. Está en unos campos que hay en California a los que la gente va el fin de semana y lo primero que hacen es dejar sus móviles y demás dispositivos en un lugar bajo llave. Pasan el fin de semana haciendo actividades y lo primero que hacen el lunes por la mañana es comentar en Facebook que han estado todo el fin de semana desconectados de la tecnología. ¿Quién puede tomarse un fin de semana para ir allí? ¿Qué concepción de la tecnología tienen, que la encierran para volver luego? Es muy raro. Es dar demasiado protagonismo a la tecnología, pensar en ella como una especie de cosa activa. En general, lo que defiendo en mi libro [Pressed for Time: The Acceleration of Life in Digital Capitalism] es que muchas de estas estrategias son individualistas: pones bajo llave tu propio teléfono. Es muy diferente que se acuerde, por ejemplo, no enviar correos electrónicos de trabajo durante el fin de semana. Eso es una estrategia colectiva. Siempre digo que hacen falta estrategias colectivas. Por ejemplo, están esas pulseras para hacer ejercicio con las que cuantificas más y más aspectos de tu comportamiento individual. Me parece la victoria capitalista definitiva que la gente quiera dedicar a eso su tiempo. Un colega mío usa un programa muy sofisticado con el que puedes medir tu productividad, y me decía que podía cuantificar cuánto tiempo dedicaba a la enseñanza, a la investigación… Creo que se llamaba Rescue Time, pero hay muchos parecidos. Y todos son cosas individualistas, se basan en el individualismo. Y el problema del sobretrabajo no es individual, es un asunto colectivo.

Los que trabajan con big data van a ponerse muy contentos con esas aplicaciones.

Totalmente. Y se está hablando muy poco de todos los datos que se están produciendo. Hace un par de días fui a una exposición muy buena en la Somerset House de Londres llamada «Big Bang Data», hablaban de eso.

Volviendo a lo de desconectar, supongo que es mejor ser capaz de poder ir a la montaña a pasear sin mirar el teléfono cada cinco minutos que tener que optar por ponerlo bajo llave.

Pero es que la mayoría de esas personas son perfectamente capaces de mantener una conversación sin una distracción constante. Pienso que existe mucha literatura que habla de crisis comunicativas, por ejemplo, con los niños, y que no han contrastado sus ideas con la realidad. Si lo compruebas empíricamente, verás que los niños hacen muchas cosas y socializan. Si te fijas verás que los niños pasan mucho tiempo yendo a actividades fuera de la escuela. En toda la historia de la humanidad nunca se había pasado tanto tiempo hablando con los hijos… y por todas partes se dice que hay una crisis de valores porque los padres y madres no hablan con sus hijos. ¡No es cierto! Lo bueno de dedicarse a la sociología empírica es intentar acumular estos argumentos y fijarse en qué hace la gente en realidad.    

¿Qué opina de la cultura de lo lento? ¿Es solo una moda?

En el libro hablo un poco del movimiento del slow food. Una amiga mía que trabaja en un centro de big data me dijo que lo considera un movimiento muy burgués. Pero yo creo que el movimiento slow food acepta el fast food. Leí que en ciertas partes del sudeste asiático los jóvenes usaban los McDonald’s, epítome del concepto de fast food, como lugar de reunión. Como allí la comida es barata se pueden permitir ir allí, y en los McDonald’s se encuentran, socializan… es tan determinista que sorprende. Estos movimientos son contradictorios, y el de slow food se puede convertir en un localismo un tanto nacionalista de política progresista. Es algo complejo, y contraponer los conceptos de «rápido» y «lento» como bueno y malo no tiene demasiado sentido.

En tecnología y ciencia hay un viejo dicho que afirma que nuestra velocidad de creación es mayor que la velocidad con la que pensamos en las implicaciones de nuestros descubrimientos. ¿Está aumentando esta diferencia de velocidades?

Me gustaría contestar que sí y que no. Hay algo de verdad, porque mucha gente lo dice cuando se habla de, por ejemplo, los avances que hay en ingeniería genética con el proyecto del genoma humano, que suelen ir muy por delante del debate público que deberíamos hacer con ellos. Aunque también, a diferencia de lo que piensa mucha gente de que la innovación se está acelerando, leí un artículo sobre nanotecnología en el que se afirmaba que algunos aspectos se estaban desarrollando muy lentamente, que la noción que se tenía de las innovaciones tecnológicas era muy exagerada. Que bastaba fijarse en las energías alternativas o la ciencia médica, que necesitan años y años para probar cosas. Cada tecnología tiene su ritmo y no todas se están acelerando. Si alguien me dice que el ritmo está muy acelerado porque podemos usar nuestro teléfono para controlar la calefacción de casa… deberíamos analizarlo fríamente y pensar si eso es realmente un invento tan innovador y si todas esas nuevas aplicaciones reflejan una gran velocidad de desarrollo de la tecnología. Y, en cambio, en otras cuestiones como inventar una fuente de energía que no contamine… no hemos progresado demasiado en eso. Personalmente preferiría que progresáramos en algo así que en reducir el tamaño de un chip.

Supongo que el dinero juega un papel importante en la velocidad de evolución de la tecnología. Va rápido aquello donde más se invierte.

Sí, pero con las energías alternativas se podría hacer mucho dinero. El problema está en que, por ejemplo, desarrollar una app es muy fácil. Mucho más fácil de desarrollar si lo comparamos con el colisionador de hadrones o grandes proyectos de infraestructuras que serían un cambio importante del uso de energía. Un buen aislamiento en las casas, que sería una gran diferencia… Hay muchas cosas que podrían hacerse respecto a lo que ahora consideramos problemas importantes.

Judy Wajcman para JD 2

En ocasiones usted ha usado el ejemplo del telégrafo, un aparato que se veía como algo que iba a destruir el tiempo y el espacio. La gente tenía miedo, igual que pasa ahora con internet o las redes sociales. Parece que la historia se repite. ¿Ha pensado en la posibilidad de un límite en el que realmente lo acabemos destruyendo todo?

No estoy muy segura de eso de la destrucción. No dudo de la repetición de la historia, pero sí soy escéptica respecto al progreso. No hace falta ser una gran historiadora para leer textos y ver que la gente temía la velocidad de los trenes, por ejemplo. Si te fijas, este debate siempre se centra en la última tecnología, pero en nuestro día a día acostumbramos a usar tecnología que no es nueva. Aquí estamos usando electricidad, cámaras… y no se debate. Han sido neutralizadas, como dicen los sociólogos, han pasado a formar parte de la vida cotidiana. No pensamos en ellas, nos centramos en que si va a haber un coche que se conduce solo en lugar de en bicicletas, el metro… Vivimos en un llamémoslo «presentismo». Nos centramos en el futuro y en el futuro y muy poco en el pasado y en las lecciones de la historia.

Usted afirma que, pese a movernos en entornos digitales y por tanto globales, estamos muy comprometidos con nuestra localidad. ¿Cree que pasa lo mismo con los nativos digitales?

Sí. Estamos de nuevo ante la dicotomía de global y local, que creo que ha sido separada artificialmente. Al principio del ciberespacio había mucha discusión respecto a las comunidades o amistades online sustituyendo a las locales. Ahora el debate ya se ha desplazado, porque si te fijas con quién interactúa la gente por internet es sobre todo gente a la que conoce en persona. Mucha de su actividad online es con familia y amigos. Hacemos esta distinción entre comunicación online y offline en lugar de pensar que se pueden reforzar mutuamente. Es cierto que la comunicación que se hace online está restándole tiempo a la que se hace offline, pero eso ya pasó con el teléfono. ¿Por qué no nos lo planteamos como que nos permite comunicarnos con gente que está lejos en lugar de pensar que está sustituyendo a la offline? El otro día estuve hablando con una persona por Skype, el libro digital y el de papel conviven… ¿Por qué no vemos todo esto como algo positivo?

Facebook pretende conseguir la idea del teletransporte en 2020 mediante la realidad virtual. Si eso sucede, ¿la idea de localidad se extenderá a todo el planeta?

Soy muy escéptica respecto a este tipo de cosas. He trabajado durante muchos años escuchando este tipo de predicciones. Recuerdo que hace veinte años se decía que tendríamos medicina genética personalizada. También decían que no usaríamos papel. Recuerdo muchas cosas. He participado en muchas discusiones sobre robots, y cuando hablas con gente que realmente trabaja con inteligencia artificial te asegura que aún falta mucho para cumplir las expectativas de la gente.

Aún no tenemos que tenerles miedo.

Claro. Incluso el coche que se conduce solo, tengo ganas de verlo. Pero no me lo muestres en una autopista de California.

A menudo habla de la paradoja de la presión del tiempo, que establece que la percepción del tiempo es distinta al tiempo real que empleamos en hacer algo. ¿Cambiar esta percepción cambiaría nuestra disponibilidad de tiempo?

Totalmente. Hay cierta verdad en la noción de que la tecnología nos permite sentir que hay múltiples mundos y múltiples actividades a nuestra disposición y eso hace que la gente quiera hacer muchas cosas en muchos sitios. Y supongo que eso es atribuible a una ausencia de prioridades, un cierto sentido de inferioridad, una falta de reflexión sobre a qué quieres dedicar tu tiempo y qué es realmente importante. Y también de dónde recibe satisfacciones la gente. Pero eso no es nuevo. En los años cincuenta había debates sobre la televisión. Soy lo bastante vieja como para recordar que se decía que la televisión arruinaría a los niños porque los padres se desentenderían de sus hijos al ponerlos frente a la pantalla. Y hay estudios que demuestran que la televisión satisface si la consumes con moderación, pero cuanto más la miras menos te satisface. Supongo que con los nuevos medios va a pasar algo similar. Como la televisión ya hace mucho tiempo que está entre nosotros la gente ya se ha ajustado y tiene ideas muy distintas respecto a qué es la televisión. Ahora la gente puede ver lo que quiera cuando quiera. Piensa cómo ha cambiado respecto a lo que era en los años cincuenta. Estos debates sobre los nuevos medios aún son muy nuevos, y no creo que dentro de treinta años la gente se plantee qué tiene de fantástico estar en Facebook. Se trata de la novedad, pero para entonces la gente ya habrá integrado esa tecnología en sus vidas, como ha pasado con la televisión. Así que creo que es difícil de predecir lo que me preguntabas, sería un esfuerzo absurdo.    

Su interés en ciencia, género y tecnología se desarrolló como respuesta a la marginación de las mujeres con trabajos técnicos.

Parcialmente fue así, pero mi interés ya venía de antes. Entré en la segunda ola del feminismo cuando aún se usaba la ciencia para justificar que las mujeres eran inferiores. Recuerdo escribir, en broma, que los hombres deberían jugar mejor al ajedrez porque tienen mejor orientación espacial, y mi supervisor en Cambridge, que era un hombre, lo leyó y me dijo que no todo el mundo lo entendería como una broma. Y esto fue en los años setenta, lo escribí irónicamente, pero me dijo que la mayoría de la gente me sacaría estudios locos diciendo que las mujeres no saben interpretar mapas y que son mejores cuidando bebés. El feminismo de los setenta trabajó mucho en ciencia, diciendo que muchos de los estudios científicos que hablaban de diferencias de sexo no eran realmente científicos. Y estas ideas son bastante recientes. Y esto enlaza con lo que comentabas respecto a la idea de que las mujeres no son buenas en matemáticas y por eso cuesta verlas en ingenierías o asuntos tecnológicos.

Judy Wajcman para JD 3

Usted acuñó el término «tecnofeminismo». ¿En qué consiste?

Era parte de un movimiento dentro de los estudios del feminismo en la ciencia. Empezamos con una crítica de la ciencia, y el tecnofeminismo intentaba aplicar un acercamiento similar a la tecnología. Intentaba explicar que la historia del conocimiento científico estaba influida por el hecho de que las mujeres estaban excluidas de él, y que esa exclusión formó el conocimiento científico occidental. Y queríamos aplicar este concepto a la tecnología: que el hecho de que las mujeres no hubieran participado en informática e ingeniería afectaría a qué es la informática y los productos que surgieran de ahí. ¿Y qué puedo decir al respecto? Pues por ejemplo que la Royal Society, en Inglaterra, tiene ahora un Día de Ada Lovelace, y tiene un proyecto para aumentar la información de mujeres científicas que hay en Wikipedia, ya que hay muy poca. La mayoría de gente que escribe en Wikipedia son hombres occidentales, hay mucha más información sobre Estados Unidos que sobre África. Y este proyecto trata de que haya más información de mujeres científicas de la que hay ahora. No se trata de algo consciente, sino inconsciente. Si no hay muchos keniatas que suban información, no habrá mucha información sobre Kenia.

¿Es usted optimista? 

Soy optimista porque ahora es un asunto reconocido por todo el mundo, incluso por la Royal Society, que es la asociación más conservadora de Inglaterra. Acaban de nombrar a una mujer como jefa de la asociación de ingeniería, lo que va a avivar el tema de la mujer en la ciencia. Hay muchas cosas alrededor de este proyecto. Esto hace que sea muy optimista. Pero también hay dos cosas que no me hacen ser nada optimista. Una es que en los últimos treinta años no ha cambiado la proporción de hombres y mujeres que estudian Informática. En todo caso ha ido a peor. Y la otra es que cualquier tipo de debate feminista en internet atrae a un gran número de troles con una gran hostilidad. En Estados Unidos había unas mujeres intentando diseñar videojuegos menos militarizados y se encontraron con mucha hostilidad. No sé por qué ese espacio se ha vuelto tan misógino. En realidad no debería sorprenderme, porque es una vuelta a los orígenes de Facebook. Lo que Zuckerberg hacía con Facebook era poner nota a las mujeres, así que quizá no es tan sorprendente. Pero no entiendo por qué. Supongo que porque es algo anónimo.

Leyendo estudios sobre feminismo y tecnología he aprendido dos cosas: la necesidad de cuestionar la idea de que la feminidad no es compatible con la tecnología y que la mayor parte de estos estudios son realizados por mujeres. ¿Dónde se alcanzará antes la igualdad entre sexos, en la tecnología o en los estudios sobre feminismo y tecnología?

Los estudios sobre el género no son exclusivamente estudios sobre las mujeres, son tanto sobre masculinidad como sobre femineidad, ya que no puedes entender el uno sin la otra. Y ya hay algunos hombres estudiando esos temas. No muchos, estoy totalmente de acuerdo contigo en que necesitamos a más hombres estudiándolos. Donde creo que está habiendo un gran cambio es en el interés en la paternidad, los padres están mucho más comprometidos con ese tema. Si me preguntases qué es lo que considero más revolucionario te contestaría que el hecho de que los hombres estén más interesados en la paternidad, en tener una relación igualitaria, en trabajar en las tareas domésticas… Eso es una gran diferencia respecto a lo que había en los años setenta. Ahora se cree en la igualdad de las mujeres, y ya nadie diría que no saben jugar al ajedrez. Los cambios sociales han sido revolucionarios. Eso me hace sentirme optimista. Hablando en broma, en la revista Wired ahora hay anuncios de cochecitos de bebé. Son cochecitos de alta tecnología, y eso es consecuencia de que ahora los hombres también tienen que empujarlos. Y debido a eso algunos diseñadores y desarrolladores de producto han pensado que vale la pena crear cochecitos bonitos y cómodos. Sin el cambio social eso no habría sucedido. Quizá ese debería ser mi símbolo: un cochecito de bebé de alta tecnología.

«Una nueva generación de investigadoras feministas son optimistas respecto a las posibilidades de las TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación) de empoderar a las mujeres y transformar la relación entre los sexos». ¿Está de acuerdo con esta cita?

Sí. El hecho de que las mujeres sean usuarias muy activas de la tecnología… Hace treinta años hablábamos de que los hombres accedían a los ordenadores antes que las mujeres. Hoy en día en todas partes las mujeres tiene ordenadores, teléfonos… Eso también es un gran cambio. Las mujeres se sienten muy cómodas empleando tecnología, y la usan tanto como los hombres. Yo quiero que eso se traslade al diseño. Pero sí, es un gran cambio.

¿Qué cree que es más fácil, redefinir el concepto de tecnología teniendo en cuenta e integrando el feminismo, o conseguir la igualdad en campos tradicionalmente asociados a la masculinidad, como los técnicos?

No creo que se pueda hacer una cosa sin la otra. Siguiendo con el ejemplo del cochecito de bebé, hace treinta años nadie habría pensado que valía la pena perder el tiempo en ese tipo de tecnología, y ahora trabajan en la aerodinámica y lo anuncian como si fuera un coche: velocidad, curvas… Eso es, parcialmente, un redefinición, y eso hará que la ingeniería no se vea como algo masculino. En Australia hace veinte años se debatía si cambiar las asignaturas de ingeniería para enseñarla de otra manera. Hicieron un experimento centrándolas más en la ecología, y de repente las mujeres se interesaron mucho más. Otro ejemplo que quizá no esté relacionado del todo, pero que me ayudará a explicarme: un hombre con una posición muy importante en uno de los grandes bancos vino a Oxford a dar una conferencia, y alguien le preguntó sobre el trading de alta velocidad. Y contestó que esos espacios eran horribles, que ninguna mujer querría visitarlos. Pues si quieres que las mujeres se acerquen a esas salas ¡cámbialas para que quieran ir!

Judy Wajcman para JD 4

Usted ha comentado en alguna ocasión que históricamente la tendencia ha sido identificar la tecnología con las máquinas industriales y los coches, ignorando los aparatos que afectan a nuestro día a día, como los que encontramos en cualquier casa. ¿Están cambiando esta tendencia las casas domóticas, la pequeña electrónica y la tecnología en casa?

Ahora mismo no estoy segura de si mi afirmación aún está vigente. Lo dije hace unos años y sí, creo que aún tengo razón. Hay dos cosas que decir al respecto. Primero, que el internet de las cosas se centra en energía, seguridad, entretenimiento y rastreo, y no en las tareas del hogar. Además, está diseñado para una familia tradicional, no se contemplan otras formas de convivencia. Y no creo que se centre en los problemas serios a resolver. No puedo evitar pensar que si los aparatos domésticos hubieran sido diseñados por otro tipo de gente quizá habría otras prioridades. Si piensas en una casa inteligente te imaginas todo conectado: la electricidad, la luz, el climatizador… Pero cuando piensas en tareas, tienes una aplicación como TaskRabbit [aplicación y página web norteamericana para encontrar a «manitas» N. del R.] y subcontratas a alguien. Si tienes alguna dificultad en casa, ya sea cocinar la cena o montar un mueble de Ikea, contratas a alguien barato para que venga y te lo haga. ¿Qué clase de visión de futuro es esa?

¿Existen los prejuicios sexuales dentro de un campo como la robótica? Un robot no tiene sexo, aunque pueda tener ciertas características masculinas o femeninas en su diseño.

Me estás preguntando si los robots llevan consigo los prejuicios sexuales que tienen quienes los crean, que son hombres y militares. Es muy difícil decir qué pasa con los robots. No quiero sonar conspiranoica, pero gran parte del dinero gastado para diseñar los robots viene del ejército estadounidense. Cuando oigo decir que los robots son quienes van a cuidar a los ancianos en el futuro me da la sensación de que esa es una definición muy reducida de lo que significa «cuidar», y no creo que los robots vayan a ser capaces de cuidar igual que hacen las personas, ni aunque puedan convencer a una anciano con demencia de que están teniendo una conversación. Me pregunto qué mente tiene que haber detrás de la idea de engañar a alguien para que piense que está manteniendo un diálogo con una máquina que simula preocuparse por él. No sé si es importante etiquetarlo como proyecto masculino, pero me parece que está olvidándose de muchas de las cosas que implica el cuidado emocional. Es una visión muy limitada de qué significa ser humano. Todos esos robots simulan ser humanos y en muchas conferencias hay hombres que, muy en serio, me dicen que el robot es casi humano porque puede hacer esto o lo otro. Y entonces pienso que no es una concepción muy sofisticada de lo que es ser humano.

De un tiempo a esta parte han proliferado las charlas de gurús, expertos en coaching, recursos humanos, etc. sobre la gestión del tiempo. ¿Es un mero tema de éxito sobre el que escribir toneladas de libros sobre el mismo sin que cambie realmente nada?

He entrevistado a muchos directivos de empresas y me dicen que lo que hacen últimamente es quedarse unas horas en casa por la mañana antes de ir a la oficina para poder avanzar un poco de trabajo antes de enfrentarse a los correos electrónicos del día. En el mundo laboral ha habido una gran polarización: por un lado están los directivos y profesionales trabajando muchas horas y por otro lado hay mucha gente con muy poco trabajo o con trabajos temporales. Los directivos y profesionales tienen mucha presión, así que quieren sentir que han usado su tiempo eficientemente, y no pueden dejar de buscar maneras de conseguirlo. Estuve en una conferencia con ejecutivos en Washington y todos tenían una agenda electrónica en el teléfono y decían no poder vivir sin ese calendario, donde tenían todo apuntado. Pero entonces todo queda reducido a la cantidad, no a la calidad, todas las tareas quedan al mismo nivel. Es una concepción del tiempo muy loca. En lugar de darle más valor a un momento o a otro, es todo lo mismo. Si tuvieran un mejor filtro antispam en el correo electrónico y una mejor agenda electrónica, su vida sería mejor y más eficiente.

¿Y cuál es el impacto actual de la relación entre tecnología y tiempo en los países del tercer mundo?

¡Es tan difícil generalizar sobre este tema…! Solo puedo hablar del trabajo que algunos de mis colegas en Oxford están desarrollando. Es muy interesante que en el tercer mundo la población pasó directamente de no tener teléfono a usar el móvil, sin pasar por el teléfono fijo. En algunos aspectos están más avanzados que nosotros en lo que respecta a usar el teléfono como dinero. No recuerdo qué país me dijeron que era, pero hay lugares en los que se está utilizando el teléfono móvil como moneda porque el sistema bancario no es bueno. Eso es algo positivo. Otros colegas están trabajando en sistemas para contratar a gente online, y eso da acceso a trabajo a muchos países del tercer mundo. Hay gente escribiendo reseñas para Amazon desde lugares remotos de Kenia. Es bueno porque da acceso a un trabajo a gente que de otra manera no tendría manera de hacerlo, pero lo que no es tan positivo es que no se paga demasiado dinero, pese a que hay mucho dinero para esos fines.

¿Podría recomendarnos algunos libros para comprender mejor en la relación entre tiempo, tecnología y sexo?

Soy muy fan de Hartmut Rosa, que ha escrito muchos libros sobre aceleración. Hay también un libro muy bueno llamado In the Meantime, de Sarah Sharma, que es una investigadora estadounidense de la comunicación. Tiene un capítulo en el que habla de cómo los taxistas malgastan mucho tiempo esperando, y de cómo la velocidad de mucha gente depende de lo lentos que vayan otros. Hartmut escribe más filosóficamente sobre temas como la aceleración. Hay un libro muy fácil de leer, con el que no estoy de acuerdo pero que es una buena introducción para la relación entre el tiempo y la velocidad, llamado 24/7, de Jonathan Crary. Y hay un teórico francés, Paul Virilio, que es muy bueno y del que hablo en mi libro.

Judy Wajcman para JD

Fotografía: Jorge Quiñoa


Koro Castellano: «El mayor competidor del libro es el Candy Crush»

Koro Castellano para JD 0

Koro Castellano (Madrid, 1963) es licenciada en Periodismo por la Universidad San Pablo CEU. Comenzó su andadura profesional en 1982 como becaria en el semanario Cambio 16. En 1987 entró en la revista Fotogramas y un año después participó en el equipo fundador del semanario El Globo. Posteriormente realizó entrevistas y grandes reportajes en El País Semanal, donde permaneció nueve años, hasta su paso a Vía Digital como responsable de compra de derechos de cine español y más tarde directora de comunicaciones. Ha sido directora general de internet de Unidad Editorial y directora general de Tuenti y de BuyVips. Actualmente es directora de Kindle en español desde el desembarco de Amazon en España en 2011.

Nos recibe en la sede de Amazon y nos conduce a la última planta del edificio donde está la cafetería. Como único elemento diferencial, las paredes están decoradas con las huellas de las manos de los trabajadores de la empresa. No hay rastro de mesas de ping-pong ni espacios futuristas como uno intuye que deben de ser las zonas de relax de los grandes de internet, quizás ejemplificando una de las máximas de Jeff Bezos: «La austeridad y sobriedad potencia la innovación, como cualquier otra limitación».

¿Vale más pedir perdón que pedir permiso?

[Ríe] Sí, y en Amazon también. Yo creo que una de las cosas más importantes es «hacer» y muchas veces si esperas a que te pasen la autorización de si puedes o no puedes hacer algo, eso al final te para y no haces, que es lo importante.

Empezaste como becaria en Cambio 16, ¿cuáles eran las condiciones económicas de aquella época?

Las condiciones económicas eran estupendas… [ríe]. El primer año de becaria iba por las tardes y no cobraba nada y el segundo año, que iba también de becaria en el mismo horario, cobraba la gasolina de la moto.

Parece que cualquier tiempo pasado fue mejor. ¿Tienes la sensación de que los periodistas actuales están un poco instalados en la queja?

Cuando yo empecé como becaria justo coincidió con un ciclo de hundimiento del periodismo, en ese momento la situación era como ahora. Realmente era dificilísimo conseguir un trabajo y el simple hecho de poder ir a una redacción, ver lo que se decía allí y estar con gente que eran periodistas de verdad, de raza, y poder aprender de ellos… Yo hubiera pagado si hubiera tenido dinero, aunque evidentemente no tenía un duro, por poder estar allí en ese momento.

Pasaste por la revista Fotogramas y luego estuviste nueve años en El País Semanal haciendo reportajes y entrevistas. ¿Echas de menos la etapa de periodista?

A veces sí que la echo de menos, fue una época que recuerdo con muchísimo cariño. Viajaba un montón, conocí a gente interesantísima y en aquel momento la redacción de El País era un sitio muy especial.

Cuando entrevistamos a Gumersindo Lafuente nos decía que «las audiencias controlan a los periodistas». ¿Estás de acuerdo?

Cada vez más.

Empezaste en El Mundo con él. ¿Cómo fue tu fichaje?

Sindo había sido mi jefe en El País Semanal y un buen día —yo en aquel momento trabajaba en Vía Digital sonó el teléfono y me dijo: «Acaba de irse media redacción de elmundo.es y me han nombrado director, te tienes que venir conmigo». Y le contesté: «Pero Sindo, si yo no sé nada de internet». Y me respondió: «Yo tampoco, ¿cuál es el problema?» [risas]. Y añadió una frase que para mí resultó irresistible: «Mira, Koro, en el mundo de la prensa llevamos haciendo lo mismo cientos de años, en internet das dos pasos y estás en la selva virgen, donde no ha estado nadie antes». Y yo pensé que eso no me lo podía perder.

¿Aprendiste?

Muchísimo. Yo creo que todos los que hicimos elmundo.es aprendimos mucho los unos de los otros y sobre todo aprendimos mucho de las circunstancias en las que tuvimos la oportunidad de desarrollar el proyecto. 

En su momento El Confidencial informaba de tu cambio laboral con el siguiente titular: «Tuenti ficha como directora general al “cerebro” de internet de El Mundo». ¿Te consideras el cerebro de internet?

Evidentemente no [ríe]. Yo no soy el cerebro de nada, soy una curranta.

También trabajaste con Gustavo García Brusilovsky, nos contó que tras la venta de BuyVIP a Amazon lo primero que le dijeron fue: «Fantástico que estéis en siete países: ahora ciérrame cuatro». ¿Cuánto tuviste que ver en esa decisión y en ese proceso? 

Nada, porque de hecho es la primera vez que oigo esto. Entré para llevar España y por lo tanto estaba exclusivamente centrada en España.

¿Importan los fracasos más que los éxitos?

Hombre, yo no diría que importan más, pero importan. Sobre todo a la hora de construir, no tu carrera, sino tu experiencia y tu manera de aprender. Creo que de los fracasos se aprende más que de los éxitos.

En España los fracasos están mal vistos y no hay segundas oportunidades para los empresarios, pero en Estados Unidos eso es diferente.

Exactamente. En Estados Unidos se da por hecho que una persona que ha cometido errores, que ha fallado, que se ha caído y ha vuelto a saber levantarse, ha aprendido más que uno al que todo le ha salido fenomenal. Nosotros, los españoles, no lo valoramos y en eso nos equivocamos.

¿Tienes en tu equipo directivo a alguien que tenga un fracaso a sus espaldas?

Sobre todo, lo que procuro es tener a gente que sepa reconocer cuándo se ha equivocado y que sepa aprender de los errores. Yo me equivoco todos los días, pero claro, el problema es intentar aprender de esas equivocaciones.

Koro Castellano para JD 1

Antes te has definido como una curranta, ¿por qué?

La discusión sobre los gurús, sobre los cerebros… No te voy a decir que no me encantaría ser uno de ellos, ¿a quién no?, pero creo que hay muy poca gente que realmente sea un visionario. Hay muy pocos Steve Jobs, hay muy pocos Jeff Bezos, hay muy pocos Bill Gates. Y los demás, los que nos dedicamos a esto en el día a día, lo importante es que sepamos que tenemos un objetivo y que queremos llegar a ese objetivo; y para alcanzarlo hay que currar, porque las ideas están fenomenal pero hay que ejecutarlas.

Y como curranta en empresas tan potentes, ¿cómo has llevado la conciliación laboral?

Pienso que a cualquier mujer que esté trabajando y le preguntes cómo lleva la conciliación te dirá que con mucho esfuerzo y, sobre todo, con mucho cargo de conciencia, pero al final la llevas. Personalmente prefiero que mis hijos vean que su madre es capaz de trabajar y aportar algo a la sociedad, de tener una responsabilidad, de tener una disciplina y de conseguir cosas, a que vean que no. No estoy diciendo con eso que alguien que se queda en casa a cuidar de sus hijos no tenga disciplina y responsabilidad, ¿eh? Lo que quiero decir es que este es el camino que yo he elegido y el otro es exactamente igual de válido, pero a mí me gusta que ellos vean que se puede hacer todo lo que tú decidas. Yo decidí esto, podía haber decidido lo otro.

Habiendo estado en empresas tan importantes, ¿te has encontrado con el famoso techo de cristal?

No, yo he tenido esa suerte. Nunca me he encontrado con barreras por el hecho de ser mujer.

¿Quizás por el tipo de empresa? ¿Crees que existe el techo de cristal?

Leo los periódicos, veo las estadísticas y sé que hay muchas mujeres que lo sufren, por eso te digo que yo he tenido la suerte de que a mí no me ha afectado.

Más de la mitad de los españoles reconocen que han empezado a escribir un libro. ¿Es así? ¿Cómo conseguís esos datos?

El 54% ha empezado, pero el 82% no lo ha terminado. Hemos hecho una encuesta porque queríamos entender por qué nuestro servicio de autopublicación estaba teniendo tanto éxito. Cuando nosotros lo lanzamos había tenido ya muy buena acogida en otros países anteriormente y sabíamos que había un público que estaba deseando publicar y que no tenía los medios adecuados para hacerlo, que había unas barreras de entrada muy altas: te pueden rechazar los agentes, las editoriales… Un 2% de los que tienen un libro escrito sin haberlo publicado indican que el motivo es el rechazo de la editorial. Eso lo asumíamos, pero lo que no sabíamos es que iba a tener un éxito tan rápido y tan brutal y por eso, después de darle muchas vueltas, después de hablar de distintas teorías entre nosotros, decidimos preguntar exactamente por qué ocurría esto.

¿Es cierto que hay cuarenta y nueve autores de lengua hispana en el Top 100 de los libros más vendidos en amazon.com?

Esto son datos del mes pasado, pero es una métrica bastante estable. Hay cuarenta y nueve autores que escriben en español que tienen un libro en el Top 100 de la tienda en español de amazon.com.

¿En amazon.es las cifras difieren o se mantienen?

En líneas generales, de los veinticinco libros más vendidos cada semana, prácticamente la mitad, el 48%, suelen ser autores KDP [Kindle Direct Publishing], aunque varía en función de la semana.

Juan Gómez Jurado nos comentaba que Amazon, al cuestionar cómo se estaban haciendo las cosas, ha obligado al sistema a evolucionar. 

Sí, creo que hemos actuado un poco como catalizador del cambio. Cuando Amazon llegó existía un sistema que había estado operando de una manera muy estable durante determinado tiempo, y digamos que nosotros introdujimos una serie de cambios y propusimos una serie de ideas que obligaron a acelerar ese cambio que iba a ocurrir de todas maneras, lo que pasa es que probablemente nosotros ayudamos a empujarlo.

También nos decía que os estáis comiendo a los pequeños libreros. ¿Es así?

No, en absoluto. Yo creo que son modelos complementarios, aunque es verdad que cada vez la gente compra más por internet. En Estados Unidos el 42% de los libros, físicos o digitales, se compran ya por internet, y en el Reino Unido es un 37%. Aquí ese porcentaje terminará llegando antes o después porque esa es la tendencia. Pero a la vez, nosotros abrimos nuestra web para que miles de comercios, incluidas las librerías, venden sus libros en papel a través de Amazon. 

La historia de Libros Alcaná lo ejemplifica muy bien. Alcaná es una librería de libros de segunda mano y de ediciones antiguas que ha subido a Amazon todo su catálogo, que tiene más de setenta mil referencias. Es de las diez librerías que venden en Amazon que más libros tiene en el catálogo de toda Europa. En este caso, internet les facilita el acceso a millones de clientes a los cuales no habrían podido llegar nunca desde su tienda en el centro de Madrid.

Cada vez vemos más librerías, o cualquier otro tipo de pyme o pequeño comercio, que utilizan Amazon como su canal de ventas online.

¿Los autores superventas que empiezan autopublicándose en Amazon acaban siempre pasándose a las grandes editoriales?

No necesariamente. Uno de los grandes cambios que estamos viendo es lo que nosotros llamamos autores híbridos. Un autor híbrido lo que quiere es quedarse con lo mejor de ambos mundos: lo mejor del papel y lo mejor de internet. Hay autores que empezaron publicando en KDP que han pasado a las editoriales tradicionales porque les han fichado, y algunos de ellos están volviendo a la autopublicación porque han decidido que es mejor para ellos mantener el control total del proceso, que eso es lo que les permite la plataforma, y hay otros como Juan que el último libro lo ha sacado con Ediciones B pero que a lo mejor el siguiente decide que lo publica con otra editorial o que vuelve a KDP. Pienso que ahí está la belleza de esto, que nosotros al final tenemos que ofrecerles tanto a los lectores como a los escritores cualquiera de las dos posibilidades y que sean ellos los que elijan. ¿Que tú quieres firmar con una editorial tradicional? Fenomenal. ¿Que te quieres quedar los derechos en digital? Fenomenal también. 

Matilde Asensi, que es el caso más reciente y digamos el más llamativo, es la primera gran autora española que ha vendido los derechos de El regreso del Catón a Planeta en papel y los digitales se los ha quedado ella. En Amazon Matilde es una autora autopublicada y también fue número uno en ventas, de hecho ha sido el libro más prerreservado de este 2015.

Como directora de Kindle en español llevas todos los mercados y ventas de Kindle en este idioma en todo el mundo. ¿Cuál es la mayor diferencia mercadotécnica de esta disolución de fronteras que supone internet?

Esa es la gran diferencia, porque al final te das cuenta de que para un autor que tiene un libro metido en la mesilla, que decide que no tiene nada que perder y que va a probar KDP, no es lo mismo ponerlo a disposición de los lectores en España que ponerlo a disposición de los lectores en ciento setenta y cinco países. Cuando tienes ahí fuera a más de quinientos millones de personas que hablan español, eso te abre unas puertas brutales. Fernando Trujillo, que es un autor español KDP, indie completamente, es el autor más vendido en México en estos momentos. Estos autores, aunque firmaran con una editorial, nunca tendrían esa distribución, porque nunca distribuirían tus libros en Israel, donde por cierto se venden muchos libros en español, o Chile. A través de la autopublicación los pueden vender en todo el mundo sin ninguna inversión previa. El potencial es enorme.

Y luego, para las editoriales, también es un cambio radical. Estamos viendo que ya hay editoriales que venden lo mismo o más al otro lado del Atlántico que en España.

Koro Castellano para JD 2

La sensación que hay es que estáis pasando de ser el enemigo de las editoriales a que os vean como un amigo.

Bueno, desde el momento en que las editoriales han visto que realmente podemos ayudar a vender más libros y a apoyar mucho más a sus autores y a sus títulos, ¿por qué no vamos a colaborar? Además les ayudamos a llegar a una audiencia que cada vez lee más libros digitales y que también compra más libros en papel a través de internet.

Volviendo a lo que hablábamos antes, el ejemplo de México es buenísimo: el 90% de los pueblos de México no tienen librería ni biblioteca pública. ¿Cómo llegan esas personas a la cultura, cómo compra un libro? No tienen librería ni biblioteca pero tienen internet, una manera muy fácil de hacerles llegar esas obras. Por eso la venta por internet está despegando tanto en esos países y por eso se abre una oportunidad buenísima para las editoriales y para los autores. Por no hablar de los clientes que compran en español en amazon.com. Hay cincuenta millones de personas que hablan en español en Estados Unidos y nosotros tenemos una página solo con títulos en español para ellos.

Ya que mencionas las bibliotecas, ¿tenéis algún acuerdo para el préstamo de libros digitales?

En Estados Unidos sí hay un acuerdo para que se puedan tomar prestados los libros de Kindle en bibliotecas, pero en Europa todavía no.

En Estados Unidos los eBooks admiten vídeo y otras características que aún no han llegado a España. ¿Cuál es el motivo? ¿Están previstas como objetivo a medio plazo?

Es una cuestión tecnológica, todavía no tenemos esas funcionalidades disponibles para España. No te puedo desvelar el road map pero obviamente nosotros lo que queremos es tener todas las funcionalidades que permitan enriquecer la experiencia de los lectores y de los autores y esto es algo que nos piden constantemente.

Una de vuestras grandes apuestas comerciales es Kindle Unlimited, que es un sistema análogo a Spotify pero con libros. ¿A partir de qué número de lecturas anuales creéis que es rentable que un usuario se haga socio?

Creo que eso depende muchísimo del tipo de usuario, es como el gimnasio o, como tú bien has dicho, Spotify. Hay gente que quiere estar apuntada al gimnasio porque le da tranquilidad mental y simplemente con ir una o dos veces al mes ya está, porque lo tiene ahí y sabe que puede utilizarlo cuando quiera, y hay gente que considera que si no va todas las semanas es un dinero mal invertido. No soy capaz de decirte una cifra porque es algo muy personal. Creo que tener la posibilidad de leer todo lo que quieras ilimitadamente entre, ahora mismo más de un millón de libros, es una muy buena oportunidad.

¿Y cuál es el feedback que estáis teniendo?

El feedback es más positivo de lo que esperábamos. Al final también volvemos a lo que son las tendencias: la suscripción está aquí y está aquí para quedarse. Habrá gente que quiera seguir comprando sus libros a la carta: «Ha salido Juan Gómez Jurado y me lo quiero comprar ahora mismo». Y habrá gente que diga: «Yo tengo una estantería con un millón de libros para elegir cuando quiera y como quiera y donde hay títulos buenísimos». Nos estamos llevando una muy grata sorpresa.

Amazon ya no paga por descarga sino por páginas leídas. ¿Ha satisfecho este cambio a los autores?

Esta fórmula solo es para los autores de KDP que están en Kindle Unlimited. Todos los cambios tienen que entenderse. Amazon tiene un fondo, que si no recuerdo mal el último mes ha sido de más de doce millones de dólares, por el cual se paga a los autores KDP que tiene sus libros disponibles en Kindle Unlimited. Entonces, si tú has escrito un libro de cien páginas y los lectores han empezado a leerte y resulta que a la página veinticinco lo dejan porque el libro no les interesa, tú vas a cobrar menos que alguien cuyo libro de cien páginas les ha interesado a los lectores hasta el final. Por eso pensamos que es una retribución más justa, porque al final los que deciden si el libro es bueno o no lo es son los lectores. Digamos que es como si tuvieras a un jurado popular ahí fuera que es el que decide qué es lo que se te va a pagar en cada momento.

¿Era una demanda de los propios autores?

Los autores son exigentes. Y es bueno que así sea. Nos piden muchas cosas e intentamos satisfacerles en la medida de lo posible.

Sin embargo resuelves un problema pero generas otro: David Cantone, que es otro de vuestros autores, comentaba en su blog que pagáis a 0.0058 dólares por página leída, que viene a ser entre ciento ochenta y doscientas palabras, y que esto beneficia sobre todo a los autores de ficción porque en los libros técnicos o de consulta a lo mejor la gente solo se lee diez páginas. 

Es una buena reflexión. No obstante, el concepto Kindle Unlimited está mucho más enfocado a la ficción que a los libros de consulta técnica. Dicho de otra forma, seguramente este tipo de libro no sea el mejor título para tener en Kindle Unlimited y seguramente habría que venderlo copia a copia.

¿Cómo se calcula aproximadamente el KDP Select Global Fund?

Actualmente, el fondo tiene 12,7 millones de euros. El porcentaje que les corresponde a los autores lo calculamos contando las páginas de los libros en Kindle Unlimited que los lectores han leído por primera vez y comparando este número con el total de páginas que se leyeron de todos los títulos que participan en el programa.  

Amazon almacena las posiciones de lectura de los libros digitales para sincronizar dispositivos pero imagino que también utilizáis esos datos para otros objetivos.

No, solo para pagar a los autores y sincronizar los dispositivos.

Una curiosidad, ¿podríais decirnos cuánta gente que se descarga El Quijote se lo acaba?

Es que nunca lo hemos medido, estos datos realmente no los analizamos. Sí que te podríamos decir las diez frases más subrayadas de El Quijote, el número de comentarios que se han hecho y, en fin, todo lo que son las funcionalidades que se usan habitualmente, pero nunca hemos hecho el análisis de cuánta gente se ha terminado realmente El Quijote o La montaña mágica, por ejemplo. 

Nosotros siempre damos las frases más subrayadas y lo que sí vi en una ocasión fue un muy buen trabajo de alguien en Estados Unidos que cogió, no me acuerdo bien pero digamos que los veinte libros más subrayados, y vio en qué página estaban las frases. De ahí dedujo, mediante un algoritmo, cuántos de estos libros se terminaban o no, y era muy interesante. Pero insisto, el trabajo era externo a Amazon en base a una información que sí proporcionó Amazon.

Me imagino que con esos datos tendréis que tener extrema precaución.

Exactamente. Nuestra tarea es poner a disposición de los lectores todos los libros jamás publicados. Y ellos deciden si llegan o no al final de las historias.

¿Cuáles son las tres frases de El Quijote más subrayadas?

Lo analizamos hace poco con motivo del 400 aniversario de la publicación de la segunda parte del libro. Y son: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». La segunda: «Porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma». Y la tercera: «En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio».

Una petición frecuente de los lectores es que se regale la versión digital de un libro comprando la edición en papel. ¿Qué opináis vosotros? ¿Estáis por la labor?

En Estados Unidos existe un programa de Amazon llamado Matchbook, donde tú compras la versión de papel y se entrega la versión digital al cliente, con un precio que va desde 2.99 dólares hasta gratis. Sin embargo, este programa no está disponible en España. Si se lanzara aquí, tendríamos que analizar primero si es factible desde un punto de vista legal.

Koro Castellano para JD 33

Se os ha acusado de posición dominante por tener un formato cerrado. ¿Os habéis planteado que vuestros eBooks puedan ser utilizados en otros lectores que no sean Kindle?

Tener un formato único y propio tiene sus ventajas, pero también tiene sus inconvenientes. Nosotros optamos por el formato propio porque creemos que así podemos mejorar la experiencia de usuario lo máximo posible. Tenemos un ecosistema en el que podemos innovar para enriquecer la lectura, y creemos que eso, al final, es mucho mejor para los usuarios de Kindle. Por ejemplo, no solo se puede sincronizar en el último punto donde dejaste el libro, también tienes acceso a los diccionarios, las notas, los comentarios integrados o, entre otras funcionalidades, Word Wise, muy útil para leer en otro idioma: tú le dices al dispositivo el nivel de inglés que tienes, y el dispositivo ya adivina la palabra que es posible que no sepas y te la traduce sin necesidad de que pongas el dedo encima. También podemos tener tarjetas memo integradas que te permiten marcar y almacenar las palabras que no conoces y luego, cuando ya has terminado de leer, te muestra todas las palabras nuevas que has aprendido. Estas cosas solo se pueden hacer si las desarrolla uno mismo.

Pero Kindle también tiene aplicaciones para PC o para móvil. ¿Por qué un eReader de un fabricante distinto, como por ejemplo Sony, no puede leer vuestro formato?

No es necesario tener un Kindle para leer en Kindle o para comprar libros Kindle, se puede leer en PC, en Android, en tabletas. Otra cosa son los eReaders; si los otros fabricantes desarrollan sistemas para sus eReaders que nos permitan a nosotros poner nuestras aplicaciones, servirían. Nosotros desarrollamos para los sistemas operativos mayoritarios: Windows, iOS, Android…Con un iPhone, con cualquier tableta, puedes descargarte la aplicación Kindle y lees perfectamente.

¿Se lee más en tabletas y móviles o en Kindle?

De momento todavía se lee más en los Kindles, pero el crecimiento de la lectura desde el móvil o tableta es muy elevado.

Hablando de tabletas, ahora habéis sacado la nueva Amazon Fire con un precio muy competitivo si se compra con el sistema de publicidad integrado. ¿Se ha notado en las ventas?

Bueno, es que el precio del Fire sin publicidad integrada también es muy competitivo.

Ya, pero el otro cuesta cincuenta y nueve euros.

No hemos recibido ningún feedback negativo y la verdad es que se está vendiendo muy bien en España. Estamos acostumbrados a la publicidad, la tenemos asumida. Por usar el ejemplo de Spotify, si lo quieres gratis tienes publicidad. No creo que en la cabeza de los usuarios esté ese debate y, en cualquier caso, tienes las dos posibilidades. Si no te gusta recibir ofertas especiales, puedes pagar los treinta euros de diferencia y se eliminan.

¿Por qué las grandes editoriales tienen mejores condiciones en cuanto a márgenes que los autores que se autopublican o las pequeñas editoriales?

Es que la revolución que han traído los libros digitales lo ha cambiado todo: ha cambiado la manera de leer, ha cambiado la manera de comprar y ha cambiado la manera de publicar. En Amazon tenemos acuerdos directos con prácticamente todas las editoriales. Y los negociamos, como cualquier otro distribuidor, en función de varios parámetros como, por ejemplo, el tamaño de su catálogo. En cambio, KDP está pensado para que los autores autopubliquen sus libros. Ellos son sus propios editores. En KDP tenemos un rango de precios que permite que el autor se lleve hasta un 70% del precio que él ha puesto. Y este porcentaje varía en función del precio que decida el autor. ¿Por qué? Según los estudios que hemos hecho y lo que nos dicen los usuarios, pensamos que el precio de un libro digital no debería ser superior a nueve euros. El sistema de tramos nos permite orientar a los autores, decirles que con un precio más elevado van a vender menos y, por tanto, van a ganar menos. De este modo, intentamos encontrar el precio que los consumidores creen que debe costar un libro digital. Hemos preguntado en focus groups cuánto estarían dispuestos a pagar por un libro digital los lectores, que no saben nada de gastos de distribución, de gastos de traducción, de gastos de papel, que solo quieren coger un libro y leerlo. La respuesta mayoritaria que obtenemos, y es una respuesta instintiva, es: «Máximo, nueve euros». 

Nosotros intentamos hacer caso a estos lectores y, de la misma manera, intentamos explicarle esto a los editores. Intentamos darles información y orientación para que sus libros se vendan lo máximo posible.

Entonces, ¿cuál consideras que debe ser el precio medio óptimo de las novedades?

Pensamos que una novedad no debe estar por encima de 9.99€. Pero insisto, no porque lo pensemos nosotros, sino porque es lo que nos han dicho los lectores. A nuestro entender, las novedades deberían estar a ese precio y, evidentemente, los libros de catálogo a mucho menos. Esto forma parte de una discusión muy interesante: la política de precios y los precios móviles. O sea, cómo un libro puede tener distintas vidas en función del precio que tú le vayas poniendo a lo largo de su recorrido.

En países donde existe una ley del precio fijo como Alemania, Francia o España muchas veces tenemos la mentalidad de que un libro tiene un precio y que ese precio es válido para siempre, y no es así. Los editores pueden poner distintos precios a los libros en distintos momentos, y no necesariamente a la baja, para alargar su vida y para llamar la atención de los lectores.

El precio de los eBooks está condicionado también por el llamado entorno de ocio digital. Esa es otra discusión interesantísima: ¿Quién es hoy el mayor competidor de un libro? El Candy Crush.

Finalmente habéis llegado a un acuerdo con Hachette en cuanto al precio de los libros y acaba de salir un informe que refleja que desde que ellos ponen los precios del libro digital sus ventas han caído respecto al año anterior. ¿Confirmaría eso lo que me estás diciendo?

Sí. Hay un tema muy importante: los libros digitales cada vez se venden más, el mercado crece, pero el mercado no solo se compone de las ventas de los libros de las grandes editoriales. El mercado se compone de las ventas de los libros de las grandes editoriales, de los autores autopublicados y de los modelos de suscripción, es decir que tiene tres patas. ¿Qué pasa? Que las grandes editoriales deciden subir los precios de los libros y es evidente que esto afecta a las ventas. Pero el mercado de la lectura digital son las tres patas, no solo una.  

¿Cuál es la relación de crecimiento de España respecto a Europa o Estados Unidos en cuanto a la compra de libros digitales? ¿En España se crece más rápido, está en la media o por debajo de ella?

Nosotros seguimos creciendo estupendamente. Hay países en los que el mercado del libro digital está muchísimo más avanzado, Reino Unido, por ejemplo, donde llevan más tiempo y es un mercado maduro. España e Italia vamos más retrasados, pero nuestras ratios de crecimiento son muy elevados.

¿Crees que influye mucho en las ventas el sistema de recomendaciones de Amazon o Goodreads en relación con la valoración de los medios tradicionales?

Influye muchísimo. Al final, cuando estás a punto de comprarte un libro, tienes dos maneras de saber de qué va ese libro: en los libros físicos la contraportada, que para nosotros es lo que llamamos la página de detalle, en la que alguien te cuenta de qué va: si es un thriller, si es una novela de misterio… Pero luego tienes que saber si ese libro es bueno o no, y para eso las estrellas, los ratings que ponen los usuarios y los comentarios son fundamentales.. Los libros más populares y los que más venden son siempre los que mejores ratings y comentarios tienen.

¿Para cuándo un Goodreads en español? Es una petición de muchos usuarios.

Yo también lo pido [risas].

Solo tenéis diez mil seguidores en la página de Kindle España en Facebook, siendo esta la red social que mejor está funcionando para atraer clientes y realizar ventas. ¿Es una cuestión estratégica no depender de Facebook o estáis en ello y sí queréis vender a través de esta red social?

Habiendo trabajado en Tuenti, te puedes imaginar que mis dudas sobre la eficacia de las redes sociales son inexistentes. O sea, yo soy una absoluta convencida de que son canales que sirven para varias cosas, no solo para vender. Sirven para estar en contacto con tus usuarios, sirven para escucharles, sirven como canal de quejas y canal de feedback, pero también sirven para vender. Lo que nosotros tenemos que entender exactamente es cómo convertir mejor a través de estos canales. No consiste en estar por estar, hay que estar con unos objetivos y con una estrategia.

Eso se arreglaría creando una estrategia, entonces la duda es por qué no habéis trabajado ese canal. Parece que lo veáis más como una competencia o como un «no alimentar al trol». ¿Cuánto está uno dispuesto a depender de Facebook?

Yo personalmente no lo considero un trol y en Amazon tampoco. Creo que estamos intentando entender cómo sacarle el mayor partido y no dar palos de ciego. Me parece que esa sería la traducción más acertada de lo que estamos haciendo.

Koro Castellano para JD 4

¿Vosotros también facilitáis herramientas de marketing, en este caso a las editoriales? ¿Se puede pagar por estar mejor posicionado?

Tenemos distintos acuerdos de marketing con las editoriales, pero pagar para estar mejor posicionado nunca en la vida. De la misma forma que las librerías tiene su mesa de novedades, las editoriales pueden acceder a herramientas que les dan más visibilidad en la página y, si te ven más y compran más, el algoritmo funciona mejor. Son opciones para incrementar tu visibilidad, pero nunca para estar mejor posicionado. Esto lo deciden los lectores.

Hay SEO y hay SEM, digamos.

Está muy bien visto lo del SEO y el SEM porque es exactamente eso: hay un posicionamiento orgánico que no se toca y el algoritmo nunca va a recomendar un libro porque alguien haya pagado, pero sí puede tener más visibilidad

¿Hay alguna editorial grande que ya esté trabajando con vosotros en este sentido?

Esto forma parte de los acuerdos, exactamente igual que en el mundo de papel. Entra dentro de los planes de promoción de las editoriales, igual que en el mundo físico. La editorial va a lanzar un libro y te dice: «esta es mi apuesta para esta temporada ». A nosotros nos gusta vernos como socios de las editoriales en el sentido en que las apoyamos, como por ejemplo con las ofertas de Kindle Flash, las promociones… Todo eso se hace de acuerdo con las editoriales.

¿Cuáles son los criterios para censurar un libro en Amazon?

No censuramos libros. Eso sí, tenemos unos guidelines para los libros autopublicados que especifican que no pueden ser libros racistas, ni sexistas, ni de apología del terrorismo…

Ha habido varios casos de autores quejándose de censura, por ejemplo el de una ficción en la que se hablaba de incesto que fue retirada. ¿Cuál sería el criterio, si es Lolita de Nabokov sí pero si lo escribe otra persona no? Es decir, ¿si está reconocido por la sociedad o si lo edita Planeta sí y si lo hace un autopublicado no?

No, hay una serie de guidelines absolutamente exhaustivas. La subjetividad en estos casos es muy peligrosa y nosotros intentamos no ser subjetivos.

¿Tenéis un equipo de censores?

No [ríe]. Tenemos una serie de procesos automáticos que identifican una serie de características de los libros y luego hay un equipo de gente que toma decisiones. Mein Kampf, por ejemplo, que es un libro prohibido en Alemania, no se vende en amazon.de. Pero eso no quiere decir que tengamos un equipo de censores, quiere decir que tenemos que ser sensibles también al sentimiento de la sociedad en la que operamos.

El año pasado en Francia pusieron en marcha la denominada Ley Amazon, de corte proteccionista, en la que se obliga a Amazon a cobrar por el envío del libro, y Amazon reaccionó poniéndolo a 0.01€ ¿Cuál es el mensaje, se le pueden poner puertas al campo?

No se le pueden poner puertas al campo. Al final nuestra política está siempre centrada en beneficiar al usuario, en beneficiar al consumidor, en beneficiar al lector. Entonces, si tenemos las posibilidades de hacerlo, nuestra obligación será actuar en defensa de ese consumidor.

¿Se ajustan las condiciones que impone Amazon a las editoriales a las normas de competencia de la Unión Europea? Lo digo porque hay una demanda al respecto.

Pues claro que se ajustan. Sí, hay una demanda, pero todo lo que hacemos se ajusta absolutamente a la legalidad y cumplimos la ley en todos los países en los que operamos.

¿En general, crees que ahora se lee menos o más?

Ahora compites contra muchas otras formas de ocio. Compites contra llegar a tu casa agotado, sentarte delante de la tele y que te pongan una reposición de Sálvame o una película, que es gratis, todo es gratis. O, yo qué sé, ver en el telediario lo que ha pasado en París o coger la tableta y meterte en Facebook… Entonces, desde ese prisma, la lectura tiene más competidores de los que tenía antes, y de nuevo aquí el precio tiene un impacto muy importante. Pero nosotros también tenemos datos que podrían contradecir eso: una persona que tiene un Kindle multiplica por cuatro su compra, tanto de libros físicos como digitales, respecto a cuando solo adquiría libros físicos a través de Amazon. ¿Lees más? Compras más.

Según esto, la auténtica competencia de la lectura serían los juegos de móvil o las series de televisión. ¿Hay una pelea por el ocio?

Sí, absolutamente. Hay una pelea por el ocio, hay una pelea por tu tiempo libre y hay una pelea muy encarnizada en el mundo de las aplicaciones. Al fin y al cabo, Facebook es una aplicación, Instagram es una aplicación, el correo electrónico termina siendo una aplicación porque va contigo en los móviles, y tu rango de tiempo libre son unas determinadas horas o minutos al día y eso es muy importante que lo entendamos los que queremos que la gente lea, los que amamos la lectura, los que leemos mucho. Tenemos que darnos cuenta de que estamos en un campo de batalla donde hay gente que viene muy bien armada y a precios muy competitivos o gratis.

La primera librería física de Amazon arma su escaparate basándose en la valoración de los libros que la gente ha comprado por internet, la cantidad de reservas previas y su popularidad en Goodreads. Suena bien.

Sí, digamos que el objetivo es unir lo mejor de los dos mundos. Si tú tienes esa información antes de comprar un libro, te estoy proporcionando una información valiosa, te estoy ayudando en tu proceso de compra. Además, no sé si has visto que recomendamos que lleves el móvil contigo cuando vayas a la tienda. ¿Por qué? Porque tienes más información todavía, mucha más de la que te podamos mostrar en el espacio físico.

¿El objetivo es montar muchas más librerías Amazon?

De momento vamos a ver cómo funciona la primera.

¿Vuestro objetivo final es convertiros en editorial?

Amazon ya tiene una editorial en Estados Unidos que se llama Amazon Publishing, que identifica historias que han triunfado en cualquier lugar del mundo y las edita para que puedan llegar a incluso más lectores. También traducimos libros de autores KDP de otros países al inglés o al alemán. En España acabamos de lanzar ocho títulos de Amazon Crossing, nuestro sello especializado en traducciones. Se trata de libros que han cosechado mucho éxito en el mercado anglosajón y que nadie había traducido al español hasta ahora.

¿Trabajar en Amazon es una pesadilla tal como contaba The New York Times este verano?

Yo no he visto a nadie llorar en su mesa. Sinceramente, no reconozco a la compañía que describía el artículo.

¿No tenéis mesa de ping-pong como en Google?

Solo tenemos manos de colores pintadas en las paredes. No tenemos mesa de ping-pong pero yo tampoco creo que tenerla me hiciese más feliz, sinceramente.

¿Sueles ir a librerías? ¿Cuál es el último libro que has comprado?

Yo sí. El último libro que he comprado es el de Magallanes de Stefan Zweig y lo he comprado en físico en Amazon porque no está en digital, me llega hoy.

Para acabar, recomiéndanos un libro.

El poder del perro, de Don Winslow, un poco bestia pero buenísimo. No encuentro un adjetivo mejor que bestia, es escalofriante. Me lo acabé y empecé El cártel, me metí los dos en vena uno después del otro. He entendido muchas cosas que me hubiera gustado no saber, se te quita la inocencia.

Koro Castellano para JD 5

Fotografía: Lupe de la Vallina

Documentación: Loreto Igrexas