Afganistán aún existe

Lorena (izquierda) y Verbena (derecha), junto a sus colegas del Centro de Rehabilitación del CICR en Kabul. © Verbena Bottini.

(English version here)

Para Lorena Enebral Pérez, in memoriam.

El tipo realmente importante de libertad implica atención, y conciencia, y disciplina, y esfuerzo, y ser capaz de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, en una infinidad de pequeñas y nada apetecibles formas, día tras día. (David Foster Wallace, Esto es agua).

Primera parte: las leyes de la guerra

Habían ido allí para matarse los unos a los otros. Más de doscientos mil hombres de parte y parte, pertrechados con sables y fusiles, pistolas de arzón, bayonetas y unos cañones semioxidados que despedían un tufillo acre después de escupir su carga de plomo hacia los confines del cielo. Tras nueve horas de contienda, el balance no resultaba alentador: cinco mil muertos y veintitrés mil heridos se desangraban en el campo de batalla. El escenario era el pueblo italiano de Solferino. Corría el año 1859.

Henry Dunant, en cambio, no tenía intención de matar a nadie. La única razón por la que este suizo patilludo había acudido a Solferino era para tratar de entrevistarse con Napoleón III, quien además de capitanear uno de los ejércitos en liza era una suerte de influencer de la época predigital. (Dunant quería solicitar la ayuda del emperador para obtener concesiones en el norte de África, controlado aún por los franceses).

No tenía intención de matar a nadie, cierto, pero se topó de frente con la muerte. Y en vez de sortearla, se apresuró a movilizar a los ciudadanos de Solferino para atender a los miles de heridos y enterrar dignamente a los muertos. De regreso a su Ginebra natal, Dunant escribió un librito de apenas cincuenta páginas con el que cambió la vida de cientos de millones de personas: Recuerdo de Solferino. En él criticaba duramente la muy extendida costumbre de dejar que los soldados malheridos se pudriesen en el campo de batalla, para regocijo de invertebrados de cuerpo cilíndrico y aves de rapiña de toda clase. Aquel librito hizo furor entre las monarquías e imperios europeos de la época, que se miraron los unos a los otros con una mezcla de remordimiento y vergüenza. Poco después de su publicación, en 1863, se fundó el Comité Internacional de la Cruz Roja, precisamente con el objetivo de proteger y asistir a las víctimas de los conflictos armados. Un año más tarde, en 1864, se firmó el primer Convenio de Ginebra. Su principal disposición era tan sencilla como revolucionaria: los Estados firmantes se comprometían a recoger y cuidar a los heridos del campo de batalla, sea cual fuere su nacionalidad. Nacieron así las leyes de la guerra, conocidas también como Derecho Internacional Humanitario o Ley de los Conflictos Armados.

Avión del CICR sobrevolando las montañas en torno a Kabul. © Jose Serralvo.

Segunda parte: las reglas de juego Enebral

Cuentan en su barrio de Pozuelo —y no se trata de ninguna leyenda, el autor de estas líneas ha conocido a testigos presenciales de lo que a continuación se relata— que cuando Lorena Enebral tenía tres años se escapó de casa para visitar a un bebé recién nacido. El hijo de un vecino. Le acompañaba su primera y más fiel amiga, Andrea, quien rondaba su misma edad. Ambas iban desnudas. En cuanto cruzaron el umbral de aquel confiado vecino (la puerta debía estar abierta) alguien les advirtió que si querían ver al bebé tenían que entrar vestidas. Lorena se marchó a su casa a toda prisa, agarró unas braguitas de quién sabe dónde y regresó a ver al recién nacido. Su amiga Andrea aguardaba con paciencia en el jardín. Después de entrar al salón «casi» desnuda, hacer reír a todos los presentes y asomarse a la cuna, Lorena volvió a salir de allí enseguida, se quitó las braguitas y se las entregó a Andrea para que ella también pudiese entrar «vestida» a contemplar los pliegues de aquella criatura arrugada, aún más pequeña que ella. «Te toca», debió de decir mientras estiraba la mano.

Gracias a aquello, Lorena aprendió que le gustaban los niños.

Y aprendió a compartir.

La niña Lorena en los tiempos de Pozuelo. © Alfonso Enebral.

Andrea describe a Lorena como «un terremoto». Le gustaba disfrazarse, arrastrar a primos y hermanos de un tobogán al siguiente, y practicar todo tipo de deportes: voleibol, fútbol, hockey, béisbol. Al béisbol jugaban más de veinte personas a la vez, sin orden ni concierto. No había bases fijas, ni límite en el número de intentos para batear. Según Arancha, la hermana de Lorena, aquellos encuentros se regían por las «reglas de juego Enebral». Todo estaba permitido. El único requisito era divertirse lo más posible y reírse sin parar. Disfrutar de lo que la propia Lorena llamaba «la alegría de estar vivos».

Años más tarde, mientras trabajaba para el Comité Internacional de la Cruz Roja en Afganistán, Lorena —deportista incansable, exprofesora de aerobic— iba al gimnasio todos los días, nada más despertarse. Rubis Mena, una de sus mejores amigas, e ingeniera de Agua y Saneamiento en la misma organización, solía llegar cinco o diez minutos antes que ella. Sobre las seis de la mañana Lorena abría la puerta del gimnasio de un envite y entraba bailando, contoneando hombros y caderas, con los dedos índice de ambas manos izados hacia el techo, muñecas en vaivén, y esbozando una de sus infinitas sonrisas, cálidas como un fuego en inverno, holgadas como la línea del horizonte en un atardecer frente al mar.

De niña, Lorena empezó a jugar a la vida conforme a las «reglas de juego Enebral».

Y continuó haciéndolo hasta su muerte.

Centro de Rehabilitación del CICR en Kabul. © Thomas Glass.

Tercera parte: Afganistán aún existe

Aún existe, sí, pese que a veces es fácil olvidarlo.

Y es fácil olvidar que el país lleva casi cuarenta años en guerra.

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) invadió Afganistán en 1979 y permaneció allí casi una década: hasta febrero de 1989. El conflicto entre la URSS y los muyahidines, «los que luchan por su fe», se compara a menudo con la guerra de Vietnam. Los muyahidines fueron para los soviéticos lo que el Viet Cong representó para Estados Unidos: un enemigo acérrimo e imbatible. Arabia Saudí y el propio Estados Unidos fueron los principales adalides de estos guerreros religiosos. El primero pretendía poner coto a la amenaza atea de la URSS, el segundo a la expansión comunista. A lo largo de aquel conflicto, ambos suministraron a los muyahidines billones de dólares en armamento, incluidos los infames misiles Stinger. Fue así como los afganos cayeron víctimas del más cruento (y certero) de los aforismos latinos: bellum se ipsum alet. La guerra se alimenta a sí misma. Para cuando Gorbachov anunció la retirada soviética del país, los muyahidines andaban matándose los unos a los otros y cometiendo masacres por doquier. Los talibanes fueron una reacción al caos imperante: su intención primigenia no era otra que desarmar a los muyahidines e imponer un poco de paz en Afganistán, que estaba virtualmente destruido tras el enfrentamiento con la URSS y las luchas fratricidas entre las distintas facciones afganas.

Poco a poco, los talibanes fueron haciéndose con el control de la mayor parte de las provincias. (Muchos civiles, hastiados de tanta violencia, les daban la bienvenida aun cuando no comulgaban con su agenda religiosa. La paz era más importante). Luego llegó Bin Laden, y el 11 de septiembre —lean La torre elevada, el genial ensayo de Lawrence Wright— y la enésima guerra: esta vez entre el gobierno talibán y una coalición internacional liderada por Estados Unidos. Aquel nuevo conflicto, y otros muchos entreverados con él a través de relaciones de causalidad sumamente complejas (e imposibles de esbozar siquiera en este artículo), comenzó a finales de 2001 y dura hasta nuestros días.

Afganistán aún existe y los afganos llevan casi cuatro décadas soportando la lacra de la guerra, pese a que otros conflictos más recientes hayan desplazado a este noble pueblo de los diversos productos electrónicos de pantalla plana con los que Usted, querido lector, se entera de una ínfima parte de lo que ocurre en el mundo. Afganistán aún existe, y cuando pensemos en los afganos, en cualquier afgano, deberíamos tomar en consideración al menos tres cosas:

  1. Que las guerras se luchan con armas y Afganistán no es uno de los países que las producen y se enriquecen comerciando con ellas.
  2. Que a lo largo de estas más de tres décadas de conflictos cambiantes, una miríada de naciones han decidido convertir las áridas montañas afganas en su patio de recreo. Rusia, Estados Unidos, Irán, Paquistán, Arabia Saudí y los miembros de la OTAN (incluido España) forman parte de los actores que, por tal o cual razón, han prestado su apoyo a alguna de las facciones en liza en el curso de los años.
  3. Que las principales víctimas de esta sucesión de guerras son los propios afganos.

Centro de Rehabilitación del CICR en Lashkar Gah. © Thomas Glass.

Desde hace dieciséis meses comparto mi oficina afgana con Ezat Gul, consejero jurídico del Comité Internacional de la Cruz Roja. Siendo adolescente, mientras un grupo de jóvenes de su misma edad jugaba al béisbol en Pozuelo, una bomba estalló en un autobús de Kabul. Ezat fue uno de los afortunados que salió con vida, pero perdió su brazo derecho. Acudió entonces a uno de los Centros de Rehabilitación Física en los que trabajaba Lorena Enebral hasta el día en que fue asesinada. Además de recibir una prótesis, Ezat recibió una oferta de empleo. En efecto, los centros a los que Lorena consagró su último año y pico de vida no solo cuidan a sus pacientes, sino que intentan reintegrarlos en la sociedad. Mi constante y disciplinado compañero de oficina aprovechó su primer empleo con el CICR para costearse la carrera de Derecho y convertirse en abogado de la organización que le había devuelto la esperanza.

Ezat tiene treinta y cuatro años. Desconoce lo que es la paz. Cuando le pregunté qué implicaba para él vivir en Afganistán, me dio la siguiente respuesta, que les recomiendo leer dos veces, tres, cuatro, hasta que entiendan (entiendan de verdad) lo que significa: «Aunque uno desarrolla un agudo sentido de la resiliencia al nacer y crecer en un estado constante de guerra, no deja de ser triste darle un beso de despedida a tus hijos cada mañana con el horrible pensamiento de que podría ser la última vez que los ves. Supongo que eso es un buen resumen».

Residencia del CICR en Herat. De derecha a izquierda: Paula Restrepo, Rubis Mena y Lorena Enebral. © Rubis Mena.

Cuarta parte: todo recto no se puede ir muy lejos

Hay quien de pequeño quiere ser bombero o astronauta, piloto de avión, policía, maestro. La vida se mueve y los sueños fluctúan. Paula Minguell, compañera y amiga de Lorena, lo tenía claro desde el principio. A los cinco años compartió con sus progenitores su deseo de ser «médico sin fronteras». Su padre había sido opositor al régimen de Pinochet (por cuyas cárceles pasó en un par de ocasiones) y logró exiliarse en España con una beca. Paula creció en un hogar donde la dicotomía justicia-injusticia venía acompaña de verdades apodícticas.

Felipe Ramírez Mock-Kow conoció a Lorena Enebral en mayo de 2016, el día en que esta última aterrizó en Kabul para trabajar como fisioterapeuta para el Comité Internacional de la Cruz Roja. Junto con otros colegas, cenaron tortilla de patatas y embutidos recién importados. Felipe nació en Colombia, otro país con décadas de conflictos a las espaldas. «Crecí en una familia privilegiada que, como muchas otras en Colombia, se vieron afectadas por las diferentes dinámicas del conflicto». Asesinatos, amenazas, secuestros, desplazamientos forzados. Para cuando llegó la hora de resolver su futuro, Felipe también lo tenía claro: «Sabía que quería trabajar para el CICR».

El español Juan Carlos Real fue compañero de Lorena en Mazar-e Sarif hasta la mañana en que lo secuestraron. Juan Carlos permaneció veintiocho días en manos de sus captores, de cueva en cueva, casi siempre con esposas en los tobillos. («Eran esposas para las manos, pero me las ponían en los pies. Hacían un daño de la hostia»). Antes de unirse al CICR, Juan Carlos trabajó una veintena de años para distintas ONG. A la primera, Acción Contra el Hambre, llegó de casualidad: era objetor de conciencia y aquel empleo le ayudó a librarse del servicio militar obligatorio. Desde entonces, el trabajo humanitario se convirtió en una forma de vida: «Siempre he pensado que el mundo es muy mejorable», me dijo Juan Carlos, «y siempre me he preguntado qué puedo hacer yo para mejorarlo. No quiero pasar por este mundo e irme diciendo: “No he hecho nada”».

Hospital de Mirwais, Kandahar. © Thomas Glass.

En cuanto a mí, llegué al CICR huyendo de un gran despacho de abogados en el que trabajaba una media de dieciséis horas al día —en flagrante violación de la leyes laborales españolas— para lograr cosas tan inmorales como que una gran entidad financiera (hoy felizmente extinta) pudiese lavarse las manos después de perder los ahorros de cientos de pensionistas. Cada noche salía de mi despacho bien entrada la madrugada, me subía a un taxi a cuenta del cliente de turno y escuchaba a una vocecita terca, la conciencia, royéndome las entrañas. (Otros dirían que el alma). No es una coincidencia que en mi primera novela, ambientada en un trasunto de aquel bufete, los protagonistas flirteasen con las soluciones más expeditas al absurdo camusiano de la existencia.

Las razones por las que una persona decide convertirse en trabajador humanitario son variopintas y a menudo enigmáticas.

Es fácil imaginar que cuando Lorena decidió dedicar su vida a ayudar a los demás no hizo más que seguir las reglas de juego Enebral, de las que era guardiana y principal promotora. Durante cinco años trabajó en el Centro Contigo, una clínica de Pozuelo dedicada al tratamiento y rehabilitación de niños discapacitados. Allí puso su experiencia como fisioterapeuta al servicio de los más pequeños y se convirtió en una experta en la materia.

Hasta que de repente entendió que algunos seres humanos la necesitaban más que otros.

En plena conformidad con las reglas de juego Enebral, Lorena hizo las maletas y se marchó a ayudarlos.

Trabajó para la ONG África Directo en Malawi y Tanzania. Luego se unió al Comité Internacional de la Cruz Roja. Su primer destino fue Etiopía. El segundo, Afganistán.

Estuviese donde estuviese, Lorena no se permitía ni un minuto de respiro. Siempre había algo que hacer. Aurora y Julián, sus admirables padres, cuentan que cada vez que regresaba a España organizaba eventos para recaudar fondos con fines humanitarios. Construir una nueva escuela, renovar letrinas. Cualquier excusa era buena para invitar a sus amigos a cenar y espetarles en plena sobremesa que necesitaba que todos arrimasen el hombro para financiar tal o cual proyecto. Y era igual de eficaz desde su exilio afgano: si escuchaba que alguien andaba de vacaciones por Europa, enseguida le mandaba un WhatsApp y le pedía que trajese juguetes de buena calidad para estimular la psicomotricidad de «sus niños».

Lorena vivía para ayudar a los demás, dentro y fuera del trabajo.

Era libre.

Y regía su existencia por lo que Wallace llamó «el tipo realmente importante de libertad».

Al igual que El Principito de Saint-Exupéry, Lorena comprendía que «Todo recto no se puede ir muy lejos».

Diseminación de Derecho Internacional Humanitario en la provincia de Helmand. © Jose Serralvo.

Quinta parte: las leyes de la guerra (II)

El Comité Internacional de la Cruz Roja lleva más de un siglo y medio ayudando a las víctimas de la guerra. Además de sus labores de asistencia, el CICR es también el llamado «guardián del Derecho Internacional Humanitario», una rama del derecho internacional cuya piedra angular son los cuatro Convenios de Ginebra de 1949. Estos tratados han sido universalmente ratificados. Es decir, todos los Estados del planeta se han comprometido a respetar y, en conformidad con el primer artículo de los cuatro convenios, «hacer respetar» las leyes de la guerra. A día de hoy, el Derecho Internacional Humanitario no solo prescribe la obligación de cuidar a los heridos en el campo de batalla, sino que regula aspectos como el trato a personas privadas de libertad, la protección de los civiles y las limitaciones en el uso de ciertos métodos y medios de hacer la guerra.

En la actualidad, es un mantra mil veces repetido el afirmar que el Derecho Internacional Humanitario se viola de forma sistemática. El autor de estas líneas no comparte dicha opinión. Siempre digo que las leyes de la guerra son como las reglas de tráfico: se respetan una buena parte del tiempo, pero solo oímos hablar de ellas cuando han sido transgredidas. Sin ir más lejos, el trabajo del propio Comité Internacional de la Cruz Roja —como el de numerosas organizaciones humanitarias y otros actores varios— son un buen ejemplo de dicho cumplimiento.

Otro error común es pensar que en el Comité Internacional de la Cruz Roja todos somos médicos o enfermeros.

Paula Restrepo era una de las mejores amigas de Lorena en Afganistán. Se conocieron a bordo del Red, el avión de la organización a la que ambas pertenecían. Se saludaron en inglés, pero el acento las delató de inmediato. Pronto fueron inseparables. Además de escuchar a todas horas canciones de Panjabi MC junto a Lorena y la ingeniera Rubis, Paula ha pasado sus últimos meses trabajando como gestora de los programas de alimento del CICR. Así describe esta colombiana sus quehaceres en tierra afgana:  

En el departamento de Seguridad Económica damos soporte a las comunidades que por motivos del conflicto ven afectados sus medios de vida. Tenemos proyectos para ayudar a personas en situación de emergencia, como los desplazados, proyectos de producción de alimentos, proyectos de generación de ingresos… No seremos capaces de resolver todos los problemas del mundo. No somos magos. Pero hacer una diferencia en la vida de las personas que sufren me hace sentir y pensar que vale la pena seguir adelante.

Almacén de alimentos del CICR en Lashkar Gah. © Thomas Glass.

En 2016, más de ciento cincuenta mil afganos recibieron ayuda material gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja. Las leyes de la guerra prescriben que, en caso de desplazamiento, se han de tomar todas las medidas posibles para que las personas afectadas sean acogidas en condiciones satisfactorias de alojamiento, higiene, salubridad, seguridad y alimentación. Cada vez que Paula va a su oficina o supervisa alguno de sus proyectos, se respeta el Derecho Internacional Humanitario.

Los delegados del CICR también discuten de forma confidencial con las partes al conflicto para promover el respeto a las leyes de la guerra. Este trabajo, conocido internamente como «Diálogo para la Protección», incluye entre otras cosas recordar a los actores armados que deben tomar precauciones para evitar que la población civil se vea afectada por las hostilidades. Incluye también las visitas a prisiones de toda índole, con el fin de evitar desapariciones, prevenir malos tratos y garantizar que los detenidos disfrutan de unas condiciones materiales aceptables. En 2016, los delegados del CICR visitaron más de treinta y cinco centros de detención en Afganistán. Nelson Mandela, quien se benefició de estas visitas durante su encierro en la Isla Robben, dijo en una ocasión que «lo más importante del Comité Internacional de la Cruz Roja no es el bien que hace, sino el mal que ayuda a prevenir».

Delegada del CICR charlando con un detenido en la Prisión Provincial de Herat. © Jessica Barry.

Durante sus visitas a prisiones afganas en el transcurso del pasado año, el CICR intercambió casi once mil Mensajes Cruz Roja con los detenidos. Los Mensajes Cruz Roja no son más que pedacitos de papel a través de los cuales las personas privadas de libertad se mantienen en contacto con sus familiares. El Derecho Internacional Humanitario establece que las personas privadas de libertad tienen derecho a mantener correspondencia con sus familiares, y cada mes el CICR contribuye a que esta norma se respete cientos de veces en Afganistán.

En lo que representa su mayor constante desde los remotos tiempos de Solferino, el Derecho Internacional Humanitario también prescribe la obligación de prestar asistencia sanitaria a las víctimas del conflicto. Tan solo en 2016, el CIRC transfirió más de mil quinientos heridos de guerra a centros de salud afganos y apoyó dos hospitales que tratan a decenas de miles de pacientes. Por costumbres mediáticas que deberíamos intentar cambiar, ninguno de estos miles de ejemplos de respeto a las leyes de la guerra fue noticia en los telediarios.

Los Convenios de Ginebra también exigen que el Derecho Internacional Humanitario sea difundido lo más ampliamente posible y que los restos mortales de las personas fallecidas se entreguen a sus familiares. El año pasado el CICR —por medio, entre otros muchos colegas, del autor de estas líneas— diseminó las leyes de la guerra entre más de cuarenta mil afganos y entregó mil trescientos cincuenta y cinco restos mortales de combatientes y civiles a sus familias, permitiendo un entierro digno.

Alberto Cairo junto a uno de los trabajadores del Centro de Rehabilitación del CICR en Kabul. © Jose Serralvo.

Pero, de entre los muchos quehaceres del Comité Internacional de la Cruz Roja en el corazón de Asia, es difícil pensar en uno más encomiable que los Centros de Rehabilitación Física para los que trabajaba Lorena Enebral. Al año, alrededor de ciento treinta mil personas con discapacidad reciben apoyo en alguna de las siete clínicas que la organización gestiona a lo largo y ancho del país. El CICR fabrica además prótesis, órtesis y sillas de rueda, que distribuye entre algunas de las personas más vulnerables de Afganistán —que es tanto como decir algunas de las personas más vulnerables del planeta—. El capitán de este extraordinario proyecto es Alberto Cairo, un italiano de rostro afilado y brazos largos que llegó a Afganistán hace más de un cuarto de siglo. Alberto ha sido el encargado no solo de dirigir el trabajo del CICR en favor de millones de discapacitados —muchos de ellos lo son por culpa del conflicto, incluidos los que han perdido una o ambas piernas al caer en una mina antipersona—, sino de asegurar que los pacientes que visitan los centros de la organización se reintegran en la sociedad. «No es suficiente con curar el cuerpo. Hay que rehabilitar también la mente», me confesó el día en que fui a visitarlo. Desde su llegada a Afganistán, Alberto se ha encargado de fomentar las competiciones deportivas entre sus pacientes y de dar una primera oportunidad laboral a cientos de discapacitados. Fue Alberto quien contrató hace más de una década a mi colega Ezat Gul, que como mencioné más arriba es ahora un prominente abogado. Cuando le pregunté a Alberto cuál era el secreto para llevar veintisiete años al timón de uno de los proyectos más encomiables del CICR en todo el mundo, su respuesta fue clara y contundente, y se hallaba en feliz armonía con las reglas de juego Enebral: «Nos reímos mucho. Tanto como podemos».

Alberto Cairo (al fondo) durante un partido de baloncesto. © Thomas Glass.

Pero Alberto, como todos nosotros, perdió la sonrisa.

El 11 de septiembre de 2017, en el Centro de Rehabilitación Física del CICR en Mazar-e Sarif, un discapacitado en silla de ruedas disparó contra Lorena Enebral, de treinta y ocho años. Una única bala. Lorena murió poco después de sus heridas.

Esta tragedia era el tercer incidente de seguridad que el Comité Internacional de la Cruz Roja sufría en Afganistán en menos de un año. Primero, en diciembre de 2016, fue el secuestro del español Juan Carlos Real. Apenas dos meses más tarde, en febrero de 2017, seis trabajadores del CICR (Maqsood, Shah Agha, Rassoul, Najibullah, Murtaza y Khalid Jan) fueron asesinados en la provincia de Jawzjan y otros dos colegas afganos fueron también secuestrados. Como respuesta a estos incidentes, el CICR lanzó una campaña para recordar que, de acuerdo con las leyes de la guerra, los trabajadores humanitarios deben ser respetados y protegidos en todo momento.

#NoSoyUnObjetivo

No es cierto que las leyes de la guerra carezcan de validez. Miles de individuos se benefician de ellas y las respetan —o fomentan su respeto— cada día. Pero cualquier violación del Derecho Internacional Humanitario acarrea terribles consecuencias.

Lorena Enebral en Malawi. © Alfonso Enebral.

Sexta parte: la alegría de estar vivos

Sus antiguos colegas de la ONG África Directo describen a Lorena como «un sol de persona», que «con solo su presencia iluminaba el lugar en el que estaba». Todos los que tuvieron la suerte de conocerla se refieren a ella en términos análogos. Su buena amiga Paula Restrepo compartió conmigo lo siguiente: «Si me preguntan cómo describir a Lorena en dos palabras, diría alegría y generosidad. En una analogía, diría el Sol». Paula Minguell, nuestra querida médica hispano-chilena, afirma que «Lorena era un sol. Era energía, positivismo, un rayo de luz. Siempre con palabras amables para todo el mundo, siempre con palabras de apoyo para todo el mundo». El día en que Mónica Zanarelli, la jefa de Delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja en Afganistán, anunció el asesinato de Lorena, la describió como «el corazón de nuestra oficina en Mazar». Ninguno de ellos exageraba.

Lorena hacía latir el mundo.

Cuando estábamos juntos en Kabul, Lorena y yo solíamos quedarnos en la misma casa. La recuerdo compartiendo sus tabletas de chocolate Valor («Tú come, hijo, come») y su colección de quesos. Una noche en la que ella no estaba, un visitante de paso saqueó nuestra nevera y se zampó la mitad de una bandeja de lomo en caña que Lorena había traído de España. El pillo de turno no se molestó siquiera en quitar la etiqueta: 22€. Enseguida llamé a Lorena para advertírselo. Pensaba que estaría enfadada, molesta. (Yo lo estaba). Pero Lorena era demasiado positiva. Simplemente se rió de aquella pequeña transgresión y aprovechó para hacer lo que siempre hacía, sonreírle a la vida: «Pues aprovecha y cómete tú lo que haya quedado, anda», me respondió entre risas.

Lorena convertía los problemas en oportunidades.

Engrandecía todo lo que tocaba.

Paciente del Centro de Rehabilitación del CICR en Kabul. © Jose Serralvo.

Podría compartir decenas de testimonios que describen a Lorena como alguien «especial», «optimista», «que irradiaba buena vibra», «entregada a los demás». Todo se quedaría corto. Sería insuficiente. Imperfecto. Quizás la mejor descripción de este ser humano sin parangón sea el puñado de líneas que ella misma escribió, con caligrafía sinuosa y tinta negra, para felicitar a sus seres queridos las Navidades de hace casi cuatro años:  

Querida familia, me encantaría que el 2013 fuese un año maravilloso. Espero que no os toque la lotería ni que os regalen cosas caras ni preciosas. Sino que os riais sin parar, que continuéis aprendiendo de las personas y compartáis con todos vuestros amigos, hijos, hermanos, vecinos y desconocidos la alegría de estar vivos. Yo, aunque estaré lejos, siempre estaré con vosotros… Os quiero, Lorena.

Lorena difundió por doquier las reglas de juego Enebral, que incluyen reír a todas horas y abrirse a los desconocidos.

Compartió con nosotros la alegría de estar vivos.

El poeta bengalí Rabindranath Tagore, galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1913, escribió unos versos a los que he procurado aferrarme siempre en momentos de pérdida: «No llores cuando se oculta el sol, o las lágrimas no te dejarán ver las estrellas». Lorena, lo afirman cuantos la conocieron, era el sol. Pero su muerte, injusta, inexplicable, odiosamente precoz, es como un inmenso astro naranja hundiéndose lentamente en el firmamento. Aún no han desaparecido los últimos parches de arrebol del horizonte cuando ya pululan por el cielo cientos de motas centelleantes.  

Lorena ayudó a caminar a miles de personas.

Mejoró la vida de innumerables niños con minusvalía.

Compartió con otros sus conocimientos y experiencia, para que ellos también pudiesen socorrer a los más vulnerables.

Llenó de calidez a sus familiares, amigos, colegas y pacientes. A todos los hizo sentirse especiales.

Sembró a su paso un tupido reguero de estrellas.

Su gran amiga Verbena, su «alma gemela», también fisioterapeuta en el Comité Internacional de la Cruz Roja, lo expresó de forma elocuente: «Lorena es el mejor ejemplo de generosidad, preocupación por los demás, hermosura, energía positiva y amor incondicional en el que puedo pensar. ¡Ningún disparo puede anular eso!».

Lo mismo opina su amiga y colega Paula Restrepo: «Su generosidad y bondad eran interminables. Y podría decir que siguen siendo interminables, porque aun habiendo fallecido sus enseñanzas y su ejemplo de vida nos siguen marcando».

Las estrellas continuarán brillando.

Brillarán siempre.

Última foto juntas de Lorena (izquierda) y Verbena (derecha). © Verbena Bottini.

Epílogo

Por haber fundado el Comité Internacional de la Cruz Roja y contribuido a aliviar el sufrimiento de las víctimas de la guerra, Henry Dunant fue galardonado en 1901 con el primer Premio Nobel de la Paz.

Por sus valores y su distinguida labor humanitaria, Lorena Enebral Pérez recibió el 22 de septiembre de 2017 la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil.


Cine y política: una indagación numérica

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El cine ha sido desde sus orígenes una cosa política. Todavía no había pronunciado sus primeras palabras y ya hacía política: en 1915, Griffith rodó El nacimiento de una nación, una obra que revolucionó la técnica cinematográfica… mientras provocaba una oleada de críticas por su contenido racista y benévolo con el KKK. No contento con eso, al año siguiente el mismo Griffith rodó Intolerancia, un canto pacifista que llegaba en mitad de una guerra, cuando Estados Unidos se debatía entre intervenir o no en aquel conflicto lejano que por entonces todavía era conocido como la Guerra Europea.

Lo cierto es que el invento del cinematógrafo había generado unas enormes expectativas: los pesimistas creían que sería una arma infalible para la manipulación de las masas, con el poder imprimiendo ideología dominante directamente en nuestras mentes, mientras que los optimistas pensaban que el cine derribaría las fronteras, generaría una explosión de empatía y acabaría con la guerra y la desigualdad. La realidad ignoró a unos y otros para elegir, como es su costumbre, un rumbo de acción parsimonioso: no cambiar tanto las cosas. Desde entonces el cine ha sido un vehículo para la propaganda del poder, pero también ha contribuido al cambio social y ha alertado al mundo sobre problemas económicos, políticos y sociales. Pero el cine no solo es político por intención, lo es también por accidente: las películas son un reflejo de la sociedad, de ahí que estén impregnadas con sus ideas, sus miedos, sus preferencias, sus prejuicios… y cómo no, con sus ideas políticas.

El cine y la política están unidos por una relación intrincada, sobre la que podrían escribirse uno y mil artículos. Pero hoy mi propósito no es tanto escribir, como añadir un tercer elemento a la ecuación: datos. Hace unos días, la gente del Cercle Gerrymandering me invitó a participar en una mesa redonda sobre ficción y política, con un encargo especial: que les llevase datos. El resultado es esta indagación «cientifista» sobre la intersección entre el cine, la política y la estadística.

1. ¿Cuándo se rodó más cine político?

Dispuesto a cumplir mi labor detectivesca, empecé abordando una pregunta sencilla: ¿en qué momento de la historia se rodó más cine político? Tenía mis intuiciones, pero quería datos. Para conseguirlos busqué a a Juan Font —que ya me había ayudado a explorar la historia de los géneros cinematográficos— y juntos repetimos aquel ejercicio, ahora con géneros políticos. Tomamos datos de ciento setenta mil películas y calculamos, para empezar, qué porcentaje de los estrenos de cada año pertenecían al género «propaganda».

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Pues bien, resulta que el género propagandístico fue un fenómeno propio de la Segunda Guerra Mundial. En los años que duró la guerra hasta el 6% de todas las películas fueron propagandísticas. Lo curioso es que el género murió con aquel conflicto. Como si hacer loas a los ejércitos fuese un truco que solo podía emplearse una vez. Hay películas posteriores que consideramos propagandísticas, pero sus mensajes se volvieron, parece ser, algo más sutiles.

Pero el cine político no se acaba con la propaganda; otro género afín es el «drama político». Un género, que como observarán, creció al avanzar el siglo XX. Creció, sobre todo, en un momento concreto y muy significativo: entre 1965 y 1975. La relación entre cine y política fue especialmente intensa aquellos años. Son los tiempos de la Guerra de Vietnam, pero también de los movimientos por los derechos civiles, del asesinato de Martin Luther King, y del Mayo del 68 francés. Todos esos sucesos coincidieron con un auge del cine político, a veces de propaganda y a menudo de denuncia.

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El tercer género que podemos rastrear es lo que en inglés se clasifica como «political cinema». Es una etiqueta menor y más reciente, que creció durante los setenta y explotó a partir del año 2000. No sé explicar ese boom del cine político. Quizá es un artefacto en la base de datos, o tiene que ver con el auge del cine documental. Pero también puede ser una reverberación de los atentados del 11 de septiembre en los Estados Unidos, un episodio que para muchos críticos llenó de política la ficción de medio mundo. Como cuenta Miguel Ángel Huerta, esa influencia puede observarse hasta en películas como La guerra de los mundos, una historia de ciencia ficción, que es en esencia un relato de refugiados en EE. UU. —como el propio Spielberg reconoce—, y que se construye con la imaginería de destrucción, caminantes desorientados y polvo que evoca muy directamente a las imágenes del 11 de septiembre.

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2. ¿Cuándo dio que hablar el cine político?

Había averiguado cuándo se rodó más cine de género político, pero eso no decía nada sobre muchas películas que pertenecen a otros géneros y son igualmente políticas. Me pregunté cuándo el cine político había dado más que hablar en general. Pero, ¿cómo averiguar de qué habla el mundo? Pues bien, una forma imperfecta de hacerlo es analizar los libros que se escriben en cada momento. Eso hice, gracias a N-gram, la base de datos de Google que permite consultar millones de libros.

Empecé con el mundo anglosajón y busqué la frecuencia con que los términos «Propaganda film» y «Propaganda films» han aparecido en libros en inglés. La historia de aquellas palabras es clara y nítida. En 1910 esos términos apenas existen; entonces surgen y comienzan su expansión coincidiendo con la Segunda Guerra Mundial; después decaen por veinte años, hasta que Vietnam vuelve a ponerlas de moda. Un último repunte ocurre con el fin del milenio, por motivos que sinceramente no sé explicar.

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En el gráfico he representado también otros términos relacionados, «political film(s)», «political movie(s)» y «political cinema». Unos términos que sorprendentemente apenas existían hasta 1965. Hay montones de películas anteriores que consideramos políticas, pero las etiquetas «film político» o «cine político» no existían. Es posible que se usaran otros términos… o quizá el cine político existió mucho antes de tener un nombre.

El ejercicio anterior se circunscribe al mundo anglosajón, pero podemos repetirlo analizando solo libros en español. En este caso busqué el término «cine político». Un término que tampoco existía hasta los sesenta. Surge en esos años, cuando el mundo hispanohablante vivió también una explosión de cine político. Eran los años de Vietnam y Mayo del 68, pero en nuestro país, además, eran los años del final de la dictadura y la transición a la democracia. Fueron años de política y el cine no fue ajeno a ello.

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3. ¿Qué películas influyen en nuestras ideas políticas?

Por fin decidí que quería fisgar en mil películas y averiguar dónde había política. Para hacerlo sin pasarme un millón de horas en el sofá, consulté la archiconocida IMDB, donde uno encuentra trescientas mil películas y sus respectivas palabras claves. Quería averiguar qué películas con carga política tendían a ser las más influyentes, así que consulté todas aquellas con la palabra clave «política» y las ordené por popularidad (medida en votos).

El resultado tiene algo de sorprendente: las películas más populares etiquetadas como políticas no eran El candidato o Bienvenido Mr. Chance, sino GladiadorV de VendettaBraveheart. En realidad, en la lista solo hay dos títulos genuinamente políticos: Lincoln y Los Idus de marzo. El resto son obras cuyo contenido político es sutil y lateral… aunque reconocible: no es difícil encontrar mensajes en La naranja mecánica, V de VendettaTaxi Driver, Zero Dark Thirty o Munich.

Películas más populares etiquetadas con la palabra clave «politics» (fuente: imdb.com).
Películas más populares etiquetadas con la palabra clave «politics» (fuente: imdb.com). Pueden consultar la lista completa en la IMDB.

Lo que vemos es que el cine es un vehículo para la ideología generalmente de forma lateral, sin necesidad de que por su trama pululen congresistas. Piensen, por ejemplo, en Zero Dark Thirty. Para algunos la obra de Bigelow es propaganda de la administración Obama, una exaltación de la captura de Bin Laden, mientras que para otros es una crítica a las formas brutales de interrogatorio que quizá uso esa misma administración. En realidad la política en el cine puede aparecer donde menos se la espera; prueba de ello son las tres mil palabras que Pablo Simón dedicó a describir el sistema político de la República Galáctica.

La capacidad del cine para influir en nuestras ideas políticas no está necesariamente en películas muy políticas, o comprometidas, ni sofisticadas, sino más bien en películas muy populares, aunque su carga ideológica sea burda, lateral, alegórica y hasta infantil.

4. ¿Cuáles son los temas recurrentes en el cine político?

Aunque hemos visto que la política se encuentra en películas de todo pelaje, es inevitable que algunos temas aparezcan recurrentemente. Para averiguarles eran esos temas volví a la IMDB y recopilé las cien palabras clave que más frecuentemente coinciden con la palabra clave «política». El resultado es la lista que sigue, la de los asuntos que el cine asocia a la política.

Lo primero que queda claro es que el cine político es, primero y sobre todo, cine; y como tal aborda los grandes temas de la ficción: la muerte, el amor, la familia, el sexo, la amistad y la violencia.

Los grandes temas

Palabras claves que acompañan a la etiqueta «Politics» (fuente: imdb.com)
Palabras claves que acompañan a la etiqueta «Politics» (fuente: imdb.com)

Pero en la lista encontrarán muchos otros patrones. Verán, por ejemplo, que en ocasiones la política aparece por vías convencionales: en el cine encontrarán políticos, verán disputarse elecciones, vivirán una revolución, habrá gente corrupta… ¡y hasta comunistas! También parece haber bastantes «parties», sin que sepamos si se trata de partidos políticos o fiestas desenfrenadas.

Política convencional

Palabras claves que acompañan a la etiqueta «Politics» (fuente: imdb.com)
Palabras claves que acompañan a la etiqueta «Politics» (fuente: imdb.com)

Otros patrones son menos obvios, como el estrecho vínculo que une la política y la violencia. Casi una de cada cuatro palabras en la lista tiene relación con la violencia. El asesinato es, de hecho, la segunda palabra clave más común, solo por detrás de la muerte. Pero además encontramos policías, violencia, armas, sangre, peleas, explosiones, cárceles, suicidios, torturas, disparos, venganzas, cadáveres y muchos funerales. Si conociéramos el mundo solo por su cine, uno se lo pensaría mucho antes de entrar en política.

Política y violencia

Palabras claves que acompañan a la etiqueta «Politics» (fuente: imdb.com)
Palabras claves que acompañan a la etiqueta «Politics» (fuente: imdb.com)

Toda esa violencia quizá explique por qué las películas están repletas de gente bebiendo, o borracha, o en un bar. En las películas con política se bebe mucho. Se bebe mucho, pero se fuma aún más. Seguramente ya no es así, pero en el cine tradicionalmente se ha fumando más que se ha bebido.

Además, como ocurre con el cine en general, vamos a encontrar bastante sexo y muchos desnudos. Hasta podemos usar estos datos para detectar un sesgo machista en lo que a gente sin ropa se refiere: si aparece alguien desnudo, casi dos de cada tres veces será una mujer y no un hombre.

Pero lo que más me llamó la atención fue descubrir que el asesinato es una cosa absurdamente frecuente en el cine político. Si en una película política alguien muere, es casi seguro que habrá sido asesinado (99%). Los accidentes y las muertes plácidas son algo anormal en los mundos de ficción.

Política, alcohol, tabaco, asesinatos y desnudos sexistas

Palabras claves que acompañan a la etiqueta «Politics» (fuente: imdb.com)
Palabras claves que acompañan a la etiqueta «Politics» (fuente: imdb.com)

Conclusión

La historia del cine es la suma de cientos de miles de películas, y si uno escoge entre todas ellas, puede hacer que esa historia parezca lo que uno quiera. Haciendo cherry picking, uno encontrará películas que apoyan hasta la teoría más rocambolesca: que el cine fantástico americano se politizó tras el 23-F o que los americanos no volvieron a la luna por culpa de Kubrick o Lucas. Por eso construir teorías a partir de evidencias anecdóticas no es buena idea. La alternativa es usar datos y ser sistemático. Por supuesto, este artículo no es más que indagación de juguete, pero sí muestra que los datos están ahí.

Unos datos que apoyan algo ya anticipado: que cine y política están estrechamente unidos. Se unen, como ya dijimos, por intención y accidente. Hacemos cine para influir y por eso lo llenamos de política. Hacemos cine porque conocemos su poder para alterar las ideas de la gente —sabemos, por ejemplo, que ver JFK provocaba un desencanto real en los espectadores y reducía su disposición para votar—. Queremos convencer a los demás; enseñarles el camino recto. Detrás de ese deseo no hay por qué buscar ninguna conspiración, ocurre simplemente que la mayoría de la gente cree que su forma de ver el mundo es la correcta.

Sin embargo, el cine no solo proyecta lo que sus autores pretenden. Uno coloca frente a la cámara sus ideas, un mensaje, un propósito, pero sin que nadie se percate el objetivo captura otras cosas. El cine y el arte está lleno de cosas que nadie puso ahí, pero que son el reflejo mudo de un mundo alrededor, sombras que solo se revelarán al proyectar. Cosas que pasan desapercibidas a su creador, a los primeros espectadores, y hasta generaciones enteras de espectadores; pero que una vez capturadas, permanecen.


Un cuento de verano

Hoy no voy a hablar de cohetes, ni de viajes espaciales, ni de neutrinos. De hecho, hoy, no voy a hablar, excepto para presentar a la autora del muy peculiar Cuento de Verano que os ofrece Faster than light.

Diré antes que nada que su velocidad media justificaría ya su participación en un blog en el que venimos hablando de viajes desde hace tiempo. Mi amiga Concha se mueve bastante más deprisa que los mortales comunes, al menos en el sistema de referencia de la Tierra, donde se pasa la vida cogiendo aviones entre dos de sus ciudades; Barcelona, donde es catedrática ICREA de física teórica, y Nueva York, donde es profesora en el C.N. Yang Institute for Theoretical Physics, en la Stony Brook University. Y eso es solo la rutina. Los físicos tenemos el vicio de acudir a conferencias en peregrinas partes del mundo y en el próximo par de meses, Concha tiene previsto pasearse por Japón, Australia, Europa y Estados Unidos. Lo dicho, su velocidad media excede los cien kilómetros por hora, incluso cuando está quietecita. Con ella, uno siempre tiene la sensación de que acaba de llegar y ya se marcha.

Ha sido siempre así, en los cinco lustros que nos conocemos. Escribimos nuestro primer artículo juntos cuando yo aún no me afeitaba (o casi) y ella provocaba infartos en sus primeras conferencias, con su licenciatura recién estrenada y aquella raya a lápiz negro bajo los ojos. Vino a California, donde yo acababa de estrenarme como post-doc aquel verano, uno de sus primeros viajes, que desde entonces se han multiplicado como los panes y los peces.

Desde entonces hemos escrito muchos artículos más, que firmamos con nuestros largos y latinos nombres J.J. Gómez-Cadenas y M.C. González-García. Considere el lector que hace veinte años no había demasiados Gómez, González, García, Pérez o Sánchez estudiando los neutrinos. La gente se confundía, no sabían si éramos dos o cuatro autores, si el tipo de la barba pelirroja (ahora es cana) y pinta de pirata era Gómez-Cadenas y la chica de los ojos negros que dejaba un reguero de corazones rotos a su paso era Gónzalez-García o viceversa. Algunos creían que el guión lo usábamos por ser de noble cuna. Otros pensaban que éramos familia (los cuatro apellidos sonaban igual en las orejas de nuestros colegas). La confusión, de hecho, aún no se ha despejado del todo. Compartimos hoy un proyecto CONSOLIDER, un fósil de los tiempos en que España no era un país arruinado y aún se invertía en investigación. Ese proyecto financia el experimento NEXT que yo dirijo, y un grupo hiperactivo de físicos teóricos liderado por Concha. Y de nuevo, en el ministerio no se aclaran si es Gómez-Cadenas el de la cámara de Xenón y González-García la hiperactiva que publica un artículo teórico al mes o the other way around.

En este cuento de verano, Concha narra una historia digna de la mejor ficción. Una historia que tiene que ver con su nombre, que tanta gente (yo mismo a veces) confunde con el mío.

Cuento de Verano

M.C. González-García

Antes de que naciera, mis padres estaban convencidos de que iba a ser un niño. No se por qué, pero es lo que pensaban. Así que tenían bien escogido un nombre para mi: Joaquín. Era el nombre de mi abuelo paterno recientemente fallecido. Cuando nació mi hermano, 6 años antes, le llamaron Juan José como un hermano de mi abuelo que emigró joven a Brasil y que por alguna razón, la familia siempre recordaba con mucho cariño.

Pero cuando decidí salir a ver el mundo, se encontraron con una niña para la cual no tenían pensado nombre. El de la abuela paterna, Isabel, ya se había usado para mi hermana. El de la abuela materna, Petra, tuvo el veto de toda la familia. Petra en los 60 sonaba realmente feo. Yo así lo recuerdo en mi infancia, pensando “pobre abuela” y lo afortunada que había sido de que se opusieran a que me llamara así. Tuvieron que llegar los 70 y los terroristas alemanes de la Baader Meinhof para que Petra dejara de sonar mal. Lo que daría ahora por llamarme Petra…

El caso es que el único nombre que se les vino a la cabeza fue llamarme como mi madre, Concepción. Pero para que no fuera exactamente igual y darme un algo de diferente, me llamaron María Concepción. Y así, en ese acto de “improvisación con rizo”, determinaron que mi vida fuera aún mas complicada de lo que luego vino a ser por su propia historia.

María Concepción es un nombre demasiado largo. A lo largo de mi vida las diferentes instancias donde lo he inscrito, lo han cortado de formas varias. Todo esto era anecdótico hasta que la informática nos trajo las bases de datos y mi vida derivó hacia otros países. Mi nombre, mutilado en formas diversas se transforma en nombres diversos que diversos países interpretan de formas diversas. En Brasil el funcionario de la Receita Federal decidió que Mª, que era como lo habían escrito en el consulado, necesitaba una “explicación oficial”, y tuve que ir a solicitar un certificado de que asegurara que en España Mª es abreviación de María. Dos días de papeleo, varias colas…

En la seguridad social norteamericana en Wisconsin se lo comieron, y me llamaron Concepción. Años mas tarde, en el estado de Nueva York se dieron cuenta, y se negaron a darme un carnet de identidad hasta que no lo corrigiera amenazándome con represalias varias por “mentir a la administración”. Para corregir el desaguisado tuve que viajar a un pueblo remoto de la isla larga y tragarme más colas. Pero finalmente conseguí llamarme, para la seguridad social gringa, María Concepción González García. Pero en el carnet de identidad del estado de Nueva York no cabe un nombre tan largo, y así pasé (en mi carnet de conducir americano) a ser M.C. Gonzalez Garcia, cosa que por otra parte no sorprendía a nadie, ya que están acostumbrados a las iniciales. Afortunadamente para mí, M.C. Gonzalez Garcia sonaba a nombre de rapero (como M.C. Hammer).

Hasta aquí, nada muy grave. Mi amigo Juanjo también había acabado con nombre de rapero, JJ, de hecho a él ha acabado por llamarle JJ (pronunciado a la gringa, yei-yei) hasta el apuntador. Una podía sobrevivir con estos pequeños inconvenientes, como también se las podía componer con tarjetas de crédito en las que aparece su nombre en tres versiones diferentes (M Gonzalez Garcia, MC Gonzalez Garcia, Maria C Gonzalez Garcia). De hecho, Pilar, la mujer de JJ (que en realidad se llama María del Pilar) se llamaba, durante la época en que ambos vivían en Boston, “Mariadel”, así, sin más.

Pero en estas Bin Laden resolvió volar el WTC y el mundo occidental, guiado por el ángel exterminador de Estados Unidos, cayó en la paranoia. El “sistema” decidió protegerse. Pero los business tienen que seguir funcionando. Las bases de datos no se terminan de unificar, los criterios no terminan de definirse de forma unívoca. La desconfianza sistemática se impone al sentido común. Y yo, y mi nombre largo, nos caemos por las grietas…

Intento comprar un billete, pero mi nombre completo no les cabe en la reserva. El billete se emite con el nombre cortado de la forma que les parece mejor. Da igual lo que les diga, “no se puede hacer nada”. Por ello no consigo hacer el check-in electrónico, porque el nombre de la reserva no es el nombre en el documento que les doy. Tengo que ir antes al aeropuerto, hacer la cola…. Cuando llego al mostrador a hacer el check-in la misma compañía en ocasiones no encuentra mi reserva, en ocasiones me riñe por no darles el nombre completo (aunque son ellos los que lo cortaron), me avisa de los miles de problemas que puedo tener al entrar en Estados Unidos, y en ocasiones me amenaza con subirme el precio porque me tienen que emitir otro billete con el nombre corregido.

Cuando llego a Estados Unidos todo esto es en vano, porque para la inmigración americana yo soy María García, y ese nombre ha caído en la lista de los nombres a verificar no matter what. Así que, sea como sea, me mandan a las mazmorras interiores donde el tiempo se detiene de forma indefinida. Pero a veces, además, me riñen de nuevo por haberle dado “un nombre falso” a la compañía aérea. A causa de esto, no puedo arriesgarme a hacer conexiones en Estados Unidos. No puedo volar a Chicago vía New York porque no sé cuánto tiempo me puede costar pasar inmigración y la compañía aérea no se responsabiliza si pierdo el vuelo. A causa de ello Iberia ahora decide que la reserva que me hicieron ellos con el nombre que les di, y que ellos mutilaron, no tiene el nombre correcto y la tienen que corregir, eso sí, a mi coste.

Y yo, María Concepción González Garcia, solo quiero ir a Fermilab a trabajar en Agosto. Y ahí están en la agencia de viajes, peleando a ver qué me cobran y quién y cómo me llaman.

 


Julio Valdeón Blanco: El presidente y sus espejos

Ciertos comentaristas describen a Obama como un muñeco articulado cuyo carisma disfraza un persistente vacío. Sidney Poitier que primero asusta a Spencer Tracy y luego lo embruja para llevarse a la hija. Dicha caricatura queda corroborada en el imaginario español por la persistente manía de establecer duplas absurdas, digamos Obama/Zapatero. No se equivoquen. La galante figura del presidente estadounidense poco tiene que ver con la del cometa leonés. Obama, aunque peque de seductor, traje deslumbrante de los Demócratas menos recomendables, posee un imaginario político robusto y es más inapresable, refinado y complejo. Para David Brooks su perfil “es postfeminista, de estilo tradicional, hipercompetitivo, poco dubitativo y rara vez autoindulgente”. Transmite una imagen poco o nada “melodramática, sensible, vulnerable o cambiante”, que se corresponde con sus políticas de solapa subida y aversión al amarillismo.

Asunto distinto es que desde la pérdida del Congreso en noviembre de 2010 le cueste horrores sacar adelante cualquier proyecto: vive de lo conseguido durante sus primeros dos años de mandato. Desde 2011 buena parte de su actividad legislativa ha sido electoral, hasta el punto de que en marzo de 2012 ya acumulaba 191 actos de campaña, cifra récord para un presidente. Si bajamos a la mina, o sea, a lo logrado, está la cuestión del seguro médico. A falta de que el Supremo se pronuncie en junio. En la certidumbre de que el sistema, a día de hoy, necesita repensarse, transformado el déficit en una llaga creciente y, al tiempo, con 50 millones de personas sin cobertura médica. Las piezas, empero, siguen donde solían, o sea, en la discusión entre derechos sociales o caridad, Estado del Bienestar o Estado Asistencial. Sin olvidar que durante casi dos años Obama mantuvo el control de las cámaras y no pudo o supo imponerse a los demócratas más conservadores. De su indecisión viene luego una reforma descafeinada sobre la que pende la cuchilla del Supremo, presidido por el polémico John Roberts. Al fondo, como quien no quiere, destaca la vieja lucha entre el poder Federal y el de los Estados. Perpetua batalla en la historia que con no poca habilidad recalentó el Tea Party. Movimiento menos torpe y cómico de lo que pudiera pensarse, en cualquier caso partidario sin quererlo de un humor cercano al gore, perdido en su acartonado laberinto antimoderno, de una rudeza intelectual asombrosa, por el que circulan idealizados fantasmas de un pasado ahistórico.

En política exterior, una de las grandes bazas de Obama, recordemos que sacó a las tropas de Irak, tal y como había prometido. Durante un periodo de tiempo multiplicó la guerra en Afganistán, región montañosa, de pastores hirsutos, clérigos fanatizados y cultivadores de opio, abonada a su condición narcomedieval. Braceó mal durante la rebelión presupuestaria del pasado verano y si te he visto no contesto respecto a ese oasis de derechos, paraíso de la tutela judicial, llamado Guantánamo. ¿Podía haberlo cerrado mientras tuvo a favor el Congreso? Quizá la patata es ya autosuficiente y, cual monstruo de Frankenstein, camina sola. El bombón envenenado de Rumsfeld y cía. tiene difícil remedio sin asistir a una cascada de procedimientos nulos. Por otro lado Al Qaeda está muy debilitada. El uso de aviones no tripulados y fuerzas especiales, los asesinatos selectivos, sólo sorprenderán a los ingenuos o a los cínicos. Obama ha sancionado, incluso reforzado, las tácticas belicistas previas. En la asunción de que desde el 11-S su país está en guerra y de que eficacia y moralidad no siempre riman. Obama nunca ha evitado el contacto con el barro ni pretende gobernar aupado a una columna sin pecado concebida. Dijo no a la invasión de Irak porque no tragaba con los motivos, pero si contemplan Somalia, Afganistán o Yemen, las numerosas operaciones de los SEALS, la enorme cantidad de bombardeos selectivos con drones (diez veces más que durante el gobierno de Bush) o el hecho de que fuera el primer presidente de la historia de EEUU en autorizar el asesinato de un ciudadano estadounidense, si toman esos elementos y los suman, comprenderán hasta que punto, con sobrados motivos, ha sido “uno de los presidentes militarmente más agresivos de las últimas décadas”, al decir de Peter L. Bergen, director de Estudios de Seguridad Nacional de la New America Foundation.

Bergen, que en breve publicará Manhunt: the ten-year search for Bin Laden-from 9/11 to Abbottabad, cita una charla de Obama de 2007: “no voy a dudar en utilizar la fuerza militar para detener a los terroristas que representan una amenaza directa a los Estados Unidos”. O el discurso durante la aceptación del Nobel de la Paz: “Hay que afrontar el mundo tal como es, y no podemos quedarnos de brazos cruzados frente a las amenazas(…) Porque no nos engañemos: el mal existe en el mundo. Un movimiento no-violento no hubiera podido detener a los ejércitos de Hitler. Las negociaciones no convencerán a los líderes de Al-Qaeda a deponer las armas. Decir que la fuerza es a veces necesaria no significa recurrir al cinismo. Se trata de comprender la historia, las imperfecciones del hombre y los límites de la razón”. Frente a Clinton, que según Bergen, “no hizo nada por detener lo que, al menos en 1994, era ya evidentemente una campaña de genocidio en Ruanda”, Obama necesitó “sólo unas semanas para actuar en Libia cuando el coronel Gadafi amenazó con grandes masacrar a la población. Fue a las Naciones Unidas y la OTAN y puso en marcha la campaña militar —duramente criticada por la izquierda y la derecha— que derrocó al dictador”.

Volvamos a 2008. Entusiasmaba contemplar al Obama candidato. Hablaba sin liarse con el discurso escrito. Incluso sin papeles delante, aunque era/es un consumado profesional del teleprompter y, a la par, felino cuando improvisa. Apabullante en las ruedas de prensa. Género periodístico que en otros lares consiste en hacer del plumilla un amanuense al dictado que transcribe panfletos y aquí paz y si preguntas te enchufo risas (enlatadas). Tampoco sorprende nuestro deslumbramiento. Su antecesor fue tan chusco que, por limpio contraste, haría del siguiente una suerte de Churchill. No digamos ya si el elegido, por elegancia, modales y dialéctica, recuerda al Gregory Peck de Matar a un ruiseñor. Cierto, cuesta sobrevivir al mesianismo. Amplificado por la prensa extranjera, mejor europea, pero Obama nunca ha pretendido encajar en los delirios ajenos. No es culpa suya que Europa, la misma Europa sonada que arruga la nariz mientras sus aliados pelean por el mundo, incapaz de coordinar una política exterior conjunta, inútil hasta el delirio, huérfana de altura y liderazgo, siga grogui.

El hombre al que en su país los cínicos con disfraz de patriotas acusan de blasfemo leninista y manirroto rescató a la banca del bestial despelote sub-prime recibido. Sin exagerar el medallero, ojo. La economía avanza despacio y la cifras de paro asustan, en especial si añadimos a quienes han renunciado a buscar trabajo y pasan de registrarse. Condenado a cabalgar semejante ola, lo inaudito es que no se haya ahogado. El citado Clinton, gran publicista, sigue sin contar como referente. Aquel fue “el personaje más fascinante que haya aparecido desde J.R. Esa gran proporción de espectadores estadounidenses no querría que los Clinton dejasen de estar en antena. Pues se trata de un entretenimiento de televisión con la suficiente potencialidad como para superar todos los éxitos televisivos del pasado, hasta el punto de que incluso los Simpson podrían palidecer ante las futuras aventuras de Bill y Hillary” (Norman Mailer, 1996, George Magazine). Por contra, en la operación contra Bin Laden, sobresale el coraje de un Obama que toma una ruta incierta. Hay algo más que cálculo electoral, no digamos ya revanchismo, en esa hora. Una coherencia con lo anunciado, no con lo aireado por los cronistas a la violeta sino con lo que él mismo predicaba antes de alcanzar la Casa Blanca.

Ah, sí, las Super PACs amigas, o sea, los Súper-Comités de Acción Política, organizaciones independientes que apuesten por él, flaquean en comparación a los de Rommey. Por 9 millones a 52. Como explica Thomas B. Edsall, Obama ha recaudado para su campaña cerca de doscientos millones de dólares, pero las Super PACs, con el riñón forrado, son responsables de los spots jarrapellejos, anuncios bala y otros eslóganes de carnívora bayoneta. No es recomendable subestimar la artillería de unos comandos bendecidos por el Supremo en 2010 y más preocupados por la salvación de sus fortunas que de su alma. En una simpática y cordial pirueta, contemplada en el retrovisor la formidable recaudación de las Super PACs enemigas, parece que Obama, antaño enfrentado a que dichas organizaciones oculten a sus mecenas, dice Diego y digo o viceversa, e implora a los ricos partidarios que metan pasta ahí donde más duele. Por lo demás es presidente: esto es, controla una apisonadora. El lunes 14 de mayo presentó un vídeo donde retrata a Rommey como una hiena corporativa. No es el primero. Michael D. Sear, del New York Times, recuerda que “durante las primarias republicanas Gingrich lanzó un vídeo de veintiocho minutos” donde tachaba a Rommey de “carroñero”, y “Perry lo llamo buitre capitalista”. Claro que Rommey tampoco navega solo. Cuenta con la chequera de tipos como Sheldon Anderson, el archimillonario que planea Eurovegas y que mantuvo a puro huevo la candidatura de Gringrich. El jueves 17 el NY Times informaba de la nueva campaña orquestada contra Obama por una Super PAC. Otro ricacho con el presidente atragantado es Harold Clark Simmons. Lean este artículo de Monica Langley para el Wall Stree Journal.  

Mosqueada el ala evangélica del partido Republicano, que no le estima mucho, Rommey también necesitará hacer malabares. Le toca convencer de que lo suyo no es conservadurismo 2×1. Que puede sustituir en sus oraciones a sus jabalís favoritos. En realidad, en términos de inteligencia política, parece bastante superior a Perry y cía. Al tiempo que recolecta hojas de te sin hervir debe de sortear las acusaciones de oportunista, su pasado como gobernador no precisamente cafre, mientras evita el previsible acojone del electorado liberal, que no reaccionario. Un juego malabar que requiere habilidades de trilero al alcance de Houdinis como nuestro Ruiz Gallardón, ora verso suelto y olé, ora cruzado contra violencias estructurales y demás flojeras intrauterinas. La cuestión homosexual, el anuncio de que Obama apoya el matrimonio gay, ha colocado a Rommey ante un momentáneo tembleque hamletiano. Reaccionó oponiéndose, qué otra cosa podía hacer, mientras sus asesores confían en que lo que gana por la diestra pata negra no lo pierda entre los moderados, en la necesidad de que la crisis cumpla su axioma de no respetar presidentes y las cifras de desempleo enturbien los guiños a Ocuppy Wall Street (becas universitarias) y match-points como el del descabezamiento de Al Qaeda. En una campaña estruendosa, cuando ninguno de los dos candidatos arranca como favorito y sometidos ambos a turbulencias externas, la suma de ambigüedades parece inevitable.

Finalmente, para Obama la victoria será inútil si no recupera las Cámaras legislativas. En el Congreso y el Senado se dilucidará la otra gran batalla. Esta por ver si los periódicos europeos, por una vez, se enteran e informan al respecto. Si lo hacen demostrarían que poco a poco comprenden a un país mucho más interesante, complejo e impuro que el proyectado en la penumbra febril de sus elucubraciones. Un país, por cierto, donde gobierna un tipo ambicioso y con enjundia, polémico y falible, no un héroe ni, menos mal, un dios enardecido o un cirujano de hierro, sino apenas un hombre, un estadista, nada menos, de esos que Europa necesita y no encuentra.


Pablo Mediavilla Costa: El mundo presente

El cielo de Madrid luce terso y limpio como una sábana al viento. Abro la ventana del techo para detenerme en el azul sin filtros. El frío tímido primaveral me sube los gritos que un puñado de personas lanza, como cada fin de semana, a la fachada de la cercana embajada de Siria. Las persianas de la legación llevan meses echadas y sus habitantes han dejado, como consecuencia, de observar la realidad. Imagino sus movimientos nerviosos en una penumbra de llamadas telefónicas para salvar el pellejo o alquilar una parcelita en el exilio. Imagino un pasillo y unas sombras que lo cruzan y un salón versallesco de luz filtrada y polvorienta.

Lo primero que he hecho al despertar ha sido ver un vídeo de la BBC. En él, el fotógrafo Tim Hetherington, muerto en Libia el pasado abril, hablaba sobre su trabajo y me he quedado mirando su cara, como de busto romano, y sus ojos que no pestañeaban. Me han dado ganas de abrazarle como se abrazan algunos hombres en los funerales, un gesto tosco y sincero.

Aloma Rodríguez ha twitteado un enlace a su columna del Heraldo y, automáticamente, he recordado a Félix Romeo, ese desconocido que pareciera haberse reencarnado a escote entre el dream team de escritores a los que dejó huérfanos en octubre.

En las entrañas de esta máquina perfecta ideada por Steve Jobs está el mejor disco del año, Father, Son, Holy Ghost de Girls, y también mi primera crónica radiofónica (¡y en catalán!) grabada en la noche de mayo en la que mataron a Bin Laden, un real desastre de tartamudeos e imprecisiones que ni una botella de Jack Daniel’s pudo ahuyentar para pegar ojo en mi habitación de Brooklyn. El blues de Abottabad y la postal que tengo al alcance de la mano, con el puente de Brooklyn hundido en la niebla que se me empieza a formar cuando recuerdo Nueva York.

Guardo la foto que le hice a Hitchens en la New School de la calle 12, donde entonces estudiaba. Recuerdo esperar en el vestíbulo la llegada de su débil cabellera y la camisa abierta a cero grados ambiente y su pinta de haber calentado la voz con un vino de 300 dólares. Llegó con una chica joven, quizá su asistenta, que miraba cómo el jefe invadía la sala como una onda expansiva de abrazos y risotadas.

Es fascinante descubrir que la realidad, a veces tan lejana, acaba por emboscarse en el latido de los días. Pienso, como diría un escritor, en el millón de mariposas batiendo sus alas que van desde Mohamed Bouazizi quemándose a lo bonzo en un pueblo de Túnez hasta el rumor de la diáspora siria en mi calle y, por un momento, me parece escuchar el fino engranaje de la Historia. El mundo aquí presente.

 

 


Terrores sagrados

Según San Agustín, la función del mal estriba en realzar lo bueno, por lo que “tanto más grato el espíritu y más digno de loa cuanto más se lo compara con lo malo”. Su intuición sigue más viva que nunca en la teodicea norteamericana, por lo que no debe sorprender que sea su industria de entretenimiento y agit-prop la que propicie este artículo. El tagastiano y el Imperio comparten la preocupación acerca del problema del mal —asunto de especulación teológica para el primero y cargo de conciencia para el segundo—. Agustín entiende que lo malo contribuye a la plenitud y perfección del universo, no pudiendo éste ser perfecto sin aquel. En Hollywood, el bueno es tal en su comparación con el malo en el sentido de que el primero mata a veinte personas y, el segundo, a cuarenta. En el Doktor Faustus de Thomas Mann, el profesor Schlepfuss enseña a Adrian Leverkühn la problemática de la “cualidad incomparable” acerca de lo bueno y de lo bello absolutos, sin relación con la maldad y la fealdad, afirmando que “donde hay comparación, hay medida”.

Baste recordar el sadismo de la Lisbeth Salander, protagonista de unas novelas (la trilogía Millenium) en que el extremo detalle con que se muestra cuán malvado es el villano permite que la venganza se haga justificable y la tortura paladeable, sintiéndose el lector “totalmente legitimado para disfrutar del asesinato crudelísimo del Malo del filme” (Vida y opiniones de Juan Mal-herido, pág. 210). Las someras descripciones que los medios, en una brillante construcción del Enemigo, ofrecían acerca de las torturas de los hombres de Bin Ladin o Saddam (operación bien reflejada en el Sábado de McEwan) recuerdan al obsesivo detallismo de los autos de fe de la Inquisición, donde el morboso examen de una inaceptable pecaminosidad, por ejemplo, justificaba el bambárrico castigo.

Sí, está todo ya inventado. Retornan modas que tanto furor causaran en la Alemania protestante pero remozadas por un atractivo barniz anglosajón. Ahora se lleva el waterboarding, auténtico remake yanqui de lo que la Santa Inquisición denominaba “tortura de agua”. Y la tortura, dicen, ha cumplido el papel de Ariadna para “tirar del hilo” hasta la ciudad que nombrase el mítico Sir James Abbott y desmochar allí al Minotauro yihadista, muerto hace varios años (Ray Griffin dizque nefropático, que no frenopático) según Benazir Bhutto —asesinada poco después—. La belleza de las metáforas que los medios usaron al tratar los desafueros norteamericanos es hermana de la pátina de irrealidad que imprimió a la Inquisición el posterior embellecimiento literario, vaciándola en su abstracción (desde El Gran Inquisidor de Dostoievski como gran metáfora, a Peters y la Inquisición como “símbolo universal”), tornando asunto de cancamusa y gilicandonga. ¿Se sorprendería con Guantánamo el pobre Fray Luis, que pasó dos años entre rejas y heces hasta ser juzgado? La historia se repetiría como tele-farsa si los hechos no hubiesen sido neutralizados en pura fábula.

Pues bien, esta reflexión me asalta al contemplar el teaser tráiler de la próxima obra de Frank Miller —el padre de la novela gráfica, el cómic adulto y mil términos de márquetin que el corifeo friqui se afana en repetir—, cuyo nombre será Holy Terror. Se parte de una premisa ya habitual; ellos han destruido la democracia, que aquí suena a Martha Washington taraceado en el entorno sucio y lluvioso de Sin city. En el teaser vemos al héroe plantado en pose torera y volando cabezas a mansalva; que el lector juzgue por sí mismo, pues encajar aquí una digresión acerca del valor del superhéroe actual como expresión de coerción y unilaterismo no aportaría nada que no sepamos ya.

En 2007, Miller afirmó, respecto al ataque de Irak, que “esta gente corta cabezas. Esclavizan mujeres, mutilan los genitales de sus hijas, no respetan ningún tipo de reglas culturales que son importantes para nosotros”. Sin poder responder a la duda de si el autor diferencia entre Irak y Sudán o Costa de Marfil veo lógico suponer, a riesgo de equivocarme, que será en esta dialéctica bélica y de venoso tribalismo donde se sitúe The Fixer, el remedo de Batman creado para la ocasión. ¿Cómo será su enemigo? Si “donde hay comparación, hay medida” imaginemos, como mínimo, un engendro. El unidimensional Tarsites de 300 —poco que ver con el subversivo personaje de Shakespeare— se sitúa del lado de los buenos (frente a los hombres de Jerjes, “ese cerdo misógino”, que dice Leónidas ¡en el quinto siglo antes de Cristo!) pero su ascendencia persa es visible mediante un cuerpo deforme que roza lo teratológico (gemelo, por cierto, del giboso Lex Luthor de su Dark Knight 2, donde Miller hace gala de su extraordinario talento para la caricatura recordando a autores como Rude Goldberg). Por otro cierto, la estatua de la libertad parece resquebrajarse en las imágenes del teaser. ¿Protagonizará este nuevo cirujano de hierro otro alzamiento como el de Batman frente aquella “dictadura gentil” del Dark Knight Returns? Pero baste ya de elucubraciones: qué vanidad imaginar, que decía el poema de Cortázar.

Puede pensar el lector que nos encontramos ante una crítica en prolepsis, por decir cortésmente que reseño un cómic todavía sin publicar. Por tanto, ruego que no entiendan esta gacetilla como una crítica de Holy Terror, sino como la breve reflexión que es.


Al Yazira: el día en que los saudíes vieron porno

Esta historia se remonta al 19 de Julio de 1997 y tiene lugar en Arabia Saudí. Era sábado el día entero, así que los saudíes hicieron las cosas rutinarias que suelen hacer un sábado cualquiera los habitantes de ese país, como hablar del tiempo (¡hace sol!) y ver la tele. A las cuatro de la tarde, el canal France International tenía previsto emitir a través del satélite Arabsat un documental sobre naturaleza. Teniendo en cuenta que, según informaba El País, “cada una de las emisiones es previamente visionada por una comisión especial que veta cualquier elemento potencialmente ofensivo para la moral islámica”, parecía una opción inofensiva y apta para toda la familia.

Los saudíes no están muy acostumbrados a imágenes pornográficas.

Pero en ese momento un fallo técnico de los operarios de Telediffusion de France provocó que la señal de CFI fuera sustituida por la de Canal+, que casualmente estaba retransmitiendo una película porno. Durante más de quince minutos, los saudíes que esperaban ver antílopes, pandas o simplemente sestear con la tele encendida pudieron disfrutar de un espectáculo de posturas y gemidos al que no estaban acostumbrados. El escándalo fue considerable. Las autoridades saudíes lo consideraron “un insulto a la moral islámica” y pese a las encarecidas disculpas del gobierno francés tomaron la drástica decisión de expulsar a CFI de la señal del satélite Arabsat, que retransmitía a una veintena de países árabes con un público potencial de más de treinta millones de espectadores. Esa señal que quedó libre pasó a ser adjudicada a un recién creado canal de noticias, propiedad del emir de Qatar y que aspiraba a convertirse en una especie de CNN árabe.

En los años posteriores Al Yazira iría adquiriendo un protagonismo creciente pero fue tras el 11-S y la retransmisión de los comunicados de Bin Laden cuando despegó y pasó a convertirse en un actor destacado de la escena mundial. Sus prácticas periodísticas irritaron tanto a la administración norteamericana que esta bombardeó por error dos veces las redacciones de la emisora: en Kabul, en noviembre de 2001, y en Bagdad, en abril de 2003. También organizaron una emisora de tendencia más proamericana, pero no lograron que su influencia dejara de aumentar.

El emir de Qatar. Cuando se pone el antifaz pasa a llamarse Cálico Electrónico

Los críticos del canal le han reprochado desde entonces un deslizamiento desde el panarabismo laico y progresista inicial hacia un islamismo de corte radical, con programas como los del jeque Yusuf-al-Qaradawi, en los que lanza airadas proclamas antioccidentales y a favor de la felación como práctica compatible con el Islam. Pero ha sido este año 2011 cuando Al Yazira ha vuelto a estar en boca de todos (con perdón por la expresión, teniendo en cuenta la frase previa).

Su seguimiento de las revueltas de Túnez y Egipto fue, según diversos analistas, un elemento crucial en el desarrollo de éstas. En palabras de Philip Seib, profesor de periodismo de la Universidad de California del Sur y autor del libro The Al Jazeera Effect, “Al Yazira es al mismo tiempo mensajero y actor; ambos son inseparables en esta situación. Al brindar información a una audiencia masiva, Al Yazira entrega al público un flujo de noticias esencial para la movilización de un gran número de personas. Muy poca gente sale simplemente a la calle para protestar sin saber qué está pasando”. “Larga vida a Al Yazira” era el grito de los manifestantes egipcios en la plaza Tahrir que acabaron provocando la caída de Mubarak. Gadafi intentó utilizar la televisión estatal libia para bloquear la señal por satélite de Al Yazira. Quizás debió preguntar a los operarios de Telediffusion de France.

Otras fuentes:

Cultura mainstream.


Arcadi Espada: “Las redes sociales no son nada sin los medios de comunicación”

Arcadi Espada (Barcelona, 1957) es profesor de periodismo en la Universidad Pompeu Fabra, colaborador de diversos medios como El Mundo, escritor, director del Instituto Ibercrea y uno de los intelectuales más incisivos de nuestros días. Se abstiene de valorar a las personas pero es un Robespierre de las ideas. “Un auténtico carnívoro”, en palabras de Félix de Azúa. Reivindica el periódico como un instrumento que permite ordenar el mundo y dar sentido a la realidad y su blog -uno de los más seguidos en España- es una decantación de dicho propósito. Leerlo ayuda a comprender. Espada habla sobre verdad y ficción, la libertad y sus límites, terrorismo, ciencia, política, internet… los asuntos fundamentales del mundo sobre los que este periodista  español tiene muchas y muy certeras cosas que decir. Sus pronósticos futbolísticos, en cambio, son francamente mejorables. Para esta entrevista nos cita en una fina degustación barcelonesa.

Empiezan a circular teorías por internet en torno a la muerte de Bin Laden, ¿cuál es la teoría conspiranoica que más le interesa?

Soy un clásico: la que más me interesa es la concerniente a la muerte de Kennedy. Es la que más bibliografía ha generado. Es muy interesante analizar los delirios, cómo se organizan y se estructuran. Conozco en este caso a un conspiranoico notable que era sin embargo un hombre cargado de inteligencia y sentido común. No es fácil resistirse a las ficciones, sobre todo cuando uno es periodista. En cuanto a lo de Bin Laden, debo decir que no creo que haya tenido mucho éxito la historia en torno a él y eso es algo meditable porque en realidad sabemos muy poco, no tenemos ninguna prueba empírica de que esté muerto. Sólo tenemos la palabra del Presidente de los Estados Unidos, que es respetable pero sólo es una palabra. Quiero decir que con muchos menos mimbres se han tejido mayores Apocalipsis conspiratorios. Y después hay uno que me interesa especialmente porque lo viví de cerca y porque conozco bien cómo ha funcionado, el del 11-M.

Fernando Savater, en una entrevista concedida recientemente a este medio, dijo sobre la ejecución de Bin Laden que es una acción de guerra. ¿Dónde está la frontera entre el terrorismo y la guerra?

No lo sé, es una frontera muy complicada de definir. Estoy de acuerdo con las palabras de Fernando Savater, es un acto de guerra. Es desmesurado que el presidente estadounidense lo considere un acto de justicia: la guerra es la finalización de la justicia y además una incorrección moral notable. Pero en nuestro tiempo la diferencia entre la guerra y el terrorismo es muy incierta. Está la vieja referencia de Ferlosio sobre el soldado que muere por efecto de un rayo, que para el soldado enemigo sería válida, pero no para el terrorista. El terrorismo no es sólo la muerte, sino el anuncio de la muerte. No hay una frontera fácil de definir entre una cosa y la otra, aunque pueden hacerse aproximaciones. Yo siempre he dicho que en el terrorismo no hay víctimas colaterales, porque todo en él es una víctima colateral.

Hace no demasiado, El Mundo tuvo por titular en portada “Terror nuclear en Japón”. ¿Le pareció proporcional y apropiado?

Claro que no. Me pareció inapropiado desde todos los puntos de vista.

Y, en general, las informaciones que hubo en los medios sobre Fukushima, ¿qué le han parecido?

Fueron una demostración de cómo el periodismo ha avanzado. Pasa como cuando uno va avanzando por la selva; le van creciendo muchos matorrales al mismo tiempo, pero avanza. Y nunca un incidente nuclear tuvo la precisión informativa que ha tenido este: durante seis o siete días estuvimos viviendo en el núcleo del problema.

Había españoles en Tokio que se quejaban de que los medios estaban dando una información distorsionada.

Pero, al mismo tiempo que esa imagen distorsionada del pánico en Japón era falsa, también se estaba informando —no sólo en los medios españoles sino en los de todo el mundo— sobre si se fundían las barras, etc. Era una situación de crisis y de colapso notabilísima, porque no sólo tuvo lugar un accidente nuclear, sino también un terremoto y un tsunami. Una catástrofe de una magnitud tremenda que la imagen de Lorca nos devuelve por contraste. Creo que fue una información realmente modélica, salvo exageraciones como el titular que me has citado antes. Como modélico fue también lo que sucedió en Japón: la reacción de la población, cómo el gobierno manejó el problema, etc. Con los errores que pueda haber en una democracia.

¿Qué opina de la censura que ejercen algunos medios sobre la publicación de noticias sobre boxeo?

Un periódico tiene derecho a recortar el mundo. En realidad, el corta y pega ha sido la sustancia del oficio. ¡Mucho antes del “copypaste”! Pero en el caso del boxeo, como en el de los toros, lo repulsivo es la moralina. El boxeo hace daño. Pero mucho menos que la prostitución, cuyos anuncios reportan buenos duros a esos periódicos tan epidermis.

¿Deberían las columnas de opinión ser anónimas para que el discurso y pensamiento expresados sean juzgados por su valor intelectual intrínseco, independientemente del personaje que los formula?

¿Y por qué quedarnos en las columnas? ¿Por qué no toda la cultura?

En la entrevista que hicimos a Félix de Azúa intentamos abordar lo ocurrido con Vigalondo y Galliano. A día de hoy hay un nuevo caso, Lars von Trier, y una queja del Estado de Israel al Tribunal Constitucional por la sentencia a los libreros de Kalki. ¿Le parecen proporcionadas las reacciones y las consecuencias? ¿Dónde pondría usted la línea en asuntos especialmente graves como el Holocausto o el terrorismo para ampararnos en la libertad de expresión y pensamiento? ¿Deberían “ponerse puertas al humor”?

Quizá sea una suerte de deformación profesional, pero la línea yo la pondría en los hechos. A mí no me importa que se vendan los libros de David Irving, pero siempre que se les adose obligatoriamente las sentencias que lo condenan. Las ideas dañinas —como la de que hay que matar judíos— siempre se sustentan en hechos falsos, y es ahí donde la represión debe actuar. A los propagadores del odio les sale caro decir “hay que matar a los judíos… o a los españoles”. Y en cambio les salen baratísimos los supuestos fácticos de los Protocolos de los sabios de Sión o las martingalas del RH. La sujeción al hecho permite encarar con mayor claridad cuestiones como la del humor. Los chistes no operan con la veracidad, como saben muy bien los judíos chistosos. Y luego hay otra cuestión: a mi juicio los medios deben afinar cada vez más en definir las fronteras entre lo que es público y lo que no. Cualquier cosa que se diga en internet no es pública, como no era público el graffiti en la pared. Si se aplican a ello,  los medios pueden reducir ostensiblemente el porcentaje de estupidez colectiva.

Según el climatólogo Antón Uriarte, las noticias sobre el cambio climático en los medios son, a menudo, exageradas. Llega a hablar de una campaña mediática promovida por intereses económicos (Areva, empresas españolas de energías renovables…) ¿Qué opina usted?

No tengo datos suficientes para saber si hay efectivamente esa implicación de las compañías. Pero esa implicación no es necesaria. El éxito del asunto del cambio climático en los periódicos responde al gusto inexorable del periodismo por el Apocalipsis. Que se acabe el mundo es lo mejor que le puede pasar a un periódico siempre que tenga tiempo de publicarlo.

Desde noviembre de 2010 es usted Director de Ibercrea (entidad que agrupa a sociedades de defensa de derechos de autor como la SGAE) y siguió con atención el debate y la aprobación de la Ley Sinde. ¿Se siente satisfecho con su aplicación?

Cuando se empiece a aplicar veremos. La Ley Sinde fue un pegote, pero en España nuestra historia lo único que demuestra es que nos defendemos a pegotes. España, Europa y el mundo en general tiene que resolver el problema de la regulación de los derechos de autor en un marco completamente nuevo. No de creación, sino de distribución de los contenidos. Esta es la gran diferencia. Lo que está en juego es la redacción de una ley de propiedad intelectual inscrita en su tiempo, en los mecanismos de diseminación del contenido intelectual. Cosa que no pasa con la mayor parte de leyes de propiedad intelectual del mundo y singularmente con la española.

Los detractores de dicha ley, como Álex de la Iglesia, sostienen que el problema estaría en que la industria del cine y de la música seguirían aferradas a un modelo de negocio “analógico”, previo a internet y basado en la venta de dichos productos en soporte físico.

Conozco una página llamada iTunes que sigo desde hace muchos años que me produce un gran placer estético y que no se basa en soportes físicos. Del mismo modo, soy socio premium de una página que se llama Spotify que también me produce lo mismo, pagando. Del mismo modo veo cada vez más películas a través de Filmin, que es una web estupenda que nos permite ver en streaming películas de notable calidad. Yo lo que creo es que la transición del modelo industrial al modelo digital es lenta, difícil; hay que proteger muchos derechos. Es evidente que los derechos de los autores necesitan la protección, pero no solamente por ellos, sino por la creación en sí misma. Esto es algo que se olvida. El experimento social de un país donde la creación se esterilice porque no sale a cuenta crear todavía no lo hemos hecho. Pero sería tan interesante como experimentar una democracia sin periódicos o una sociedad donde la opinión circulara de forma puramente capilar, sin argumentos, sin asociaciones. Todos esos experimentos están por hacer. Es más, todo lo que los geeks más o menos analfabetos sostienen respecto a los modelos culturales parten de un equívoco extraordinario, y es que desde el punto de vista de los contenidos internet no ha creado nada. No ha creado ni un solo periódico, por hablar de algo que conozco bien por mi oficio. Son productos todavía analógicos. La inmensa mayoría de la conversación que se registra hoy en Twitter es una conversación en la cual los medios tradicionales son sus principales suministradores. Las redes sociales no son nada sin los medios de comunicación.

Usted ha escrito que “La inteligencia de Zuckerberg (el creador de Facebook)  fue escribir cuatro millones de líneas de código para follar”. ¿Son los hombres feos el motor del progreso?

Eso está muy bien, pero la pregunta es tan inteligente que no merece respuesta. No hay respuesta que la mejore.

Siguiendo con el mencionado Zuckerberg, más de 600 millones de personas cuentan los detalles íntimos de sus vidas en su página.

¿Detalles íntimos? Esto mucho decir. Detalles íntimos en Facebook se cuentan muy pocos. Esto es un mito. Yo tengo una cierta experiencia en esto de internet, llevo muchos años siguiendo su progreso. Zuckerberg dijo una frase muy graciosa que le honra: «contrariamente a lo que digan los periódicos, Facebook tuvo poco que ver con las revoluciones árabes». Sin duda. Solamente hay que ver las condiciones técnicas que existen en esos países. Así que, más allá de la palabrería, hay que mirar las cosas como las dice este chico, que me parece bastante inteligente. Cuestiones íntimas en Facebook hay pocas, no forman parte de la conversación habitual de Facebook, como no forma parte de la conversación habitual de las personas en otros ámbitos. Ni siquiera cara a cara.

¿Sería factible una situación equivalente a la de Zuckerberg, pero protagonizada por una mujer?

Las mujeres no escriben código. Las chicas no programan.

Por cierto, usted es muy crítico con cierto sector del feminismo.

Yo soy crítico con todas las imposiciones del grupo sobre la persona y sobre la realidad. La política de cuotas pervierte el recto sentido de las cosas, es como una lente deformada sobre la realidad. Cuando el feminismo cae en eso me parece que debe estar sujeto a la crítica. Por otra parte, la gran revolución de mi generación es el acceso de las mujeres no ya al poder, sino a la vida misma. Es mucho más interesante para los hombres el cómo tenemos ahora las mujeres que no el cómo las tenían en el siglo XIX. Ahora son seres mucho más complejos e interesantes, incluso para combatir con ellos. Antes su lugar en el mundo era demasiado pasivo y la interrelación entre los hombres y las mujeres era infinitamente menos compleja de lo que es ahora. Es mejor que haya dos orgasmos que uno sobre la cama.

Si las mujeres tienen una sexualidad y una psicología diferente a la masculina, ¿llegará a haber una igualdad completa entre hombres y mujeres?

Pero ¿esto de la igualdad completa qué quiere decir? La igualdad completa entre hombres y mujeres no es determinar que en este bar tiene que haber cinco camareros y cinco camareras. Eso es una estupidez. La igualdad completa es simplemente que el sexo no cuente a la hora de otorgar derechos. Que por un igual trabajo cobren lo mismo, que tengan igualdad de oportunidades, etc. La igualdad de sexos no es pretender que los cerebros masculino y femenino sirvan con la misma competencia para unas cosas que para otras. Por lo que sabemos, hay trabajos que desempeñan mejor los hombres y otros que desempeñan mejor las mujeres. Eso no es igualdad completa, es reparto de la eficacia en términos casi darwinistas. Que una secretaria debe cobrar lo mismo que un secretario que desempeñe una función similar, es evidente. Que dos personas con igual capacidad no tienen que ser elegidos por su sexo, eso por supuesto. Pero, a partir de ahí, hombres y mujeres son distintos y se reparten de manera distinta las responsabilidades sobre muchas cosas fundamentales como la crianza de los hijos. Susan Pinker dice que las mujeres ascienden, pero sólo hasta la vicepresidencia ¿Por qué no dan el último paso? Su conclusión es que no les interesa.

Entonces, ¿no existe eso que las feministas denominan “techo de cristal”?

No, eso del techo de cristal es absurdo, es de la época de El segundo sexo de Beauvoir; sabemos mucho más sobre los hombres y las mujeres ahora que hace cincuenta años. Susan Pinker explica que, en las sociedades libres como Gran Bretaña, Francia o España las mujeres no eligen carreras duras, a diferencia de lo que pasaba en las sociedades del Este. ¿Por qué sucede esto? ¿Es que la naturaleza humana no es igual en ambas sociedades? Sí, pero en el Este la naturaleza humana era vencida por el hecho de que las carreras duras eran la única salida honorable para las mujeres, la única forma de tener un sueldo decente.

Sus polémicas tienen generalmente un patrón común, que es el conflicto entre ficción y no ficción. También en lo que se refiere al uso de la fotografía. Esto es interesante porque, si bien es cierto que en nuestro mundo consumimos imágenes a raudales, existe muy poca educación sobre esas imágenes. Éstas se presentan en los medios como prueba de algo, pero cualquiera que se dedique a la fotografía sabe que una imagen aislada no demuestra nada.

No es una prueba pero sí un indicio bastante razonable sobre las cosas. Como cualquier indicio sujeto a la manipulación, puede caer en manos poco sagaces. En el fondo, lo que hay en esas polémicas siempre es la capacidad de decir o no la verdad. Un fotógrafo sabe muy bien cuándo está mintiendo. Yo siempre he tenido una gran relación con los fotógrafos porque he hecho muchas entrevistas. Había uno que, antes de salir de la redacción, decía a los jefes «por favor no me redactes la fotografía». Eso me parece una expresión estupenda, porque había gente que le decía «ve allí y cuando el tío esté llorando entonces lo fotografías». No, el fotógrafo auténtico va allí a ver qué sucede, pero a menudo ya se va con la fotografía redactada buscando una excusa en la realidad.

Hubo una fotografía de las manifestaciones en Egipto que dio la vuelta al mundo: un señor en la plaza Tahrir con un cartel que decía “Egipto apoya a los trabajadores de Wisconsin”, coincidiendo con los problemas sindicales de ese estado. Aquella imagen no era representativa, seguramente era la única persona en todo Egipto con un cartel similar. Pero demostraba un gran conocimiento de las redes sociales y además condensado en una sola imagen.

Ese es el tema de la sinécdoque. La parte por el todo y el todo por la parte. El periodismo siempre trabaja con eso. Distinguirlo es muy interesante, siempre hay que hacer una reducción para expresarse. La representación siempre es una reducción. Pero la reducción siempre ha de tener un sentido, no como ésta.

Las agencias de prensa tienen fotógrafos sueltos por el mundo que en ocasiones envían el material sin estar asociado a ninguna noticia concreta. O bien la noticia es la propia imagen. ¿Le parece que tiene sentido esa práctica?

Seguro, sí. Es como decir ¿tiene sentido que haya periodistas sueltos por el mundo? Sí, claro. Periodistas, no periodistas-ciudadanos.

¿Algún fotógrafo que admire dedicado al periodismo?

En realidad no entiendo mucho, pero me gusta Nachtwey.

Siendo un cliente regular de elBulli, ¿comprende su retirada? ¿Teme quedarse sin este restaurante?

Bueno, ya me he quedado sin ese restaurante. Tengo que ir este año a hacer la última cena, como Jesucristo. Para mí es una pésima noticia. He sido obstinadamente feliz durante veinte años yendo anualmente a elBulli, uno de los privilegiados que han podido hacerlo. Iba allí cuando no era nada de lo que es hoy y he seguido yendo gracias a la generosidad de Ferran Adrià. Para mí es una pésima noticia, me entristece profundamente. Pero él sabrá lo que hace, yo ya le he dicho que no me parece bien. En el fondo creo mucho en los géneros, deben mantener su característica porque son decantaciones profundas de la historia, de la estética, y el restaurante es un género que todavía no ha sido sustituido por nada mejor. A lo mejor Ferran nos sorprende con una cosa extraordinaria que mejora el original, pero yo no veo todavía un diseño conceptual claro.

¿Hay algún restaurante español que pueda cubrir ese vacío?

Sí, para mí no hay ninguna duda y es una experiencia que tengo fresca, el heredero de Adrià esDiverXo, en Madrid. David Muñoz es un chaval jovencísimo, lleno de talento. Si hay alguien ahí, es él.

¿Y la gastronomía japonesa?

Me interesa, pero la hecha en Europa. Hablo de muchas cosas de las que no tengo la menor idea y especialmente de la gastronomía japonesa, porque por desgracia nunca he estado en Japón. Pero sí he estado en muchos restaurantes asiáticos de Europa y algunos de América, y la verdad es que han sido importantísimos a la hora de marcar mi evolución personal más decisiva, que es apartarme del sofrito.

Creo que es usted madridista.

Sí, soy del Real Madrid. Bueno, en realidad soy del Betis, pero las circunstancias de la vida me han llevado a tener que ser del Real Madrid obligatoriamente, como cualquier persona decente.

¿Cómo se lleva lo de ser del Real Madrid en Barcelona?

Es muy fácil. Somos el segundo equipo de Cataluña e incluso estamos arañando espacio al primero. Somos un equipo potentísimo aquí, hay muchos aficionados que tiran cohetes cada vez que el Madrid gana. Lo único es que estamos atravesando un mal momento, pero no hay mal que cien años dure. Como bien sabe, el F.C. Barcelona, después de tantos años, al fin ha podido ser el equipo del Gobierno. El equipo del Gobierno, la vergüenza del país, como cantaba aquella estrofa. Cosa que hay que aplaudirles, porque lo que importa en esta vida es ganar.

¿Cree que durará mucho su imperio?

No, creo que el año que viene cambiarán las cosas de una manera radical.

Usted es todo un “geek”, demuestra estar atento a los últimos “gadgets” tecnológicos. ¿Se siente un poco solo entre los de su generación?

Sí. Esa es una observación muy pertinente. Siempre me siento solo con esto de la tecnología, objetivamente es así. Me hubiera gustado que la gente alfabetizada fuera también alfabetizada tecnológica, eso hubiera facilitado el diálogo. Aunque también es verdad que van cambiando las cosas poco a poco. Cada vez hay más viejitos que nos incorporamos a este mundo. Pero, efectivamente, la brecha digital está en que los que saben no manejan las máquinas y los que manejan las máquinas no saben.

Cuando se pone a ver una película y ve el cartelito de “Basado en hechos reales”, ¿se indigna?

No, normalmente lo veo al final, el truco es verlo al final. Pero no me indigno por eso. A mi lo único que me indigna es que los productos no ficcionales contengan ficción, pero que los productos ficcionales contengan no-ficción me trae sin cuidado. Como dijo Álvaro Pombo durante su discurso en la academia, en una frase que suelo citar: “en un continente de ficción cualquier cosa que se añada siempre será ficcional”.

Da la impresión de que usted desprecia las novelas.

Es que no me interesan para nada. Me han interesado para aprobar cursos y para hacerme un canon de la vida, como correspondía al jovencito que fui, pero en realidad las únicas novelas que me interesan son las de mis amigos, porque lo que me interesa son ellos. Pero la novela no me interesa como género en sí, me parece que está fuera del interés de cualquier persona curiosa.

Lleva muchos años siendo un intelectual envuelto a menudo en discusiones muy controvertidas, ¿la polémica le fortalece o tiene sus momentos de debilidad?

A mi me interesa la discusión sobre el mundo. Me parece que una de las cosas que merecen la pena del hecho de haber vivido es debatir sobre cómo organizamos todo esto. Lo veo como algo perfectamente natural. Cuando la gente comete la indiscreción de llamarme polémico, yo siempre contesto que los polémicos son los otros. No sé por qué tengo que cargar en solitario con el pesado fardo de ser polémico. Tan polémico seré yo como los demás, lo que pasa es que parece que uno juegue siempre en campo contrario. Hay discusiones en mi oficio como esta de la ficción que yo me tomo muy en serio, porque me parece algo fundamental a la hora de establecer qué es nuestro oficio, qué queremos que sea y cómo ayudará a los hombres a mejorar su estancia en el mundo. Porque todo está hecho, desde el vino a una gacetilla, para que seamos lo más felices posible.

Su estilo al escribir puede parecer airado, incluso iracundo a veces. ¿Lo es expresamente con la intención de no parecer jamás condescendiente en sus críticas? ¿Cree que en el periodismo actual hay un miedo excesivo a hacer crítica irritada y quizá por ello honrada? ¿Es una lucha contra la corrección política? En la forma, además, algunos le acusan de ser demasiado complejo. ¿Se trata de una especie de lucha contra la desidia del lector acomodado?

Contra lo que suele suponerse, el único modo de soportar la vida es tomándosela en serio. ¡Es el único modo de no pensar en la vida! Es así que todos los asuntos son para mí asuntos de vida o muerte. Es normal que mi retórica se corresponda con esa idea. Pero en la supuesta violencia de mi escritura hay también mucho de Peckinpah. O sea, humor. Otro asunto es lo que usted amablemente llama complejidad y otros cripticismo o incluso que se me hace la polla un lío. A veces no puedo ser claro, porque simple y llanamente no sé lo suficiente sobre lo que escribo para poder ser claro. Otras veces la oscuridad viene de lo que siempre me comenta una aristócrata andaluza, pobretona y simpática: “ozú, otra vez cabargando sobre implísitos”. La escritura en la era de internet tiene una gran ventaja: puede desambiguarse con facilidad y así me puedo dedicar a otras cosas. Tengo prisa, siempre lo digo. Mi escritura salta y a veces se da unos morrazos fenomenales. Pero eso es, paradójicamente, el precio de respetar el tiempo del lector y de tratar de no darle papillas regurgitadas. En el periodismo, además, siempre te quedas a medias. Hasta mañana.

¿Tiene razón el autor de este artículo cuando afirma que posee usted “alma de artista” pese a sus esfuerzos en disimularlo?

Es un comentario de una apreciable inteligencia metafísica. Pero yo no tengo alma de artista, tengo cuerpo. En realidad la mayor parte de mis objeciones siempre son estéticas. Lo que menos soporto de algunos escritores y de algunos políticos no son sus jueguecillos oportunistas e inmorales, sino esa densa capa de patchouli, de pedo perfumado, que impregna sus palabras. La corrección política, por ejemplo… baba de caracol. Ecs. Para mí el arte es limpieza. Y lo más grande se produce cuando a la higiene general de un párrafo se le añade un elaborado descuido, casual, “arreglao pero informal”. Para seguir con el ejemplo de Montano: mi arte, fracasado o no, son todos esos esfuerzos por no ser el evento consuetudinario que acontece en la rúa.

Por último, cinco libros imprescindibles para Arcadi Espada.

La Tabla Rasa, Steven Pinker.

Alfabeto para Gourmets, Mary K. Fisher.

Los Ensayos, Montaigne.

Journal Littéraire, Léautaud.

El mito de la educación, Judith Rich Harris.

Fotografía: Jesús Llaría


Juan Pedro Quiñonero: “Los catalanes quieren ser catalanes”

Fotografía, literatura, Israel, racismo, guerra, Bin Laden, catalanismo, extrema derecha, París… estos naipes y más repartimos sobre el tapete en nuestra conversación con Juan Pedro Quiñonero. Escritor, periodista, fotógrafo… observador, en definitiva; porque la observación es el fototropismo del intelectual. Hablamos con Juan Pedro sobre cultura y sobre política, anverso y envés de la condición humana. Le encontramos —cómo no— con la cámara colgada al cuello: la fotografía es una de sus grandes pasiones y no sólo impregna su última novela (Dark Lady) sino que determina el compás del deambular de Juan Pedro a través de la urbe: la lente es casi como su cordón umbilical con la realidad y, mientras hablamos y caminamos, Juan Pedro va destilando las esencias de una vibrante y primaveral Barcelona deteniéndose allí donde la ciudad le habla para retratar los momentos, los rincones y los rostros. Con esa vocación de vidente —en el sentido estricto del término, entiéndasenos— no podíamos dejar pasar la oportunidad de que nos regalase algunas pinceladas (o quizá él preferiría decir “instantáneas”) de su mirada sobre lo que está sucediendo, ha sucedido y podría suceder en este convulso y fascinante mundo nuestro.


Tu próximo libro, Dark lady, tiene puntos de conexión con Nabokov, Proust, Shakespeare…

Dark lady es, efectivamente, la dama de negro de los sonetos de Shakespeare. En mi libro, es también un club nocturno. A través de la vida de un fotógrafo y de la historia de la fotografía, el libro es una parábola del fin de nuestra civilización. El fotógrafo no sabe quién es su padre; su madre le abandonó. Su educación comienza en una suerte de campo de concentración para niños abandonados, niños sin familia. Se iniciará a la fotografía en un centro de preparación para comandos de élite, donde se inicia a la fotografía militar en Francia: un tipo de fotografía muy dura. Como fotógrafo, hará de todo, estudio, calle, papparazzi, hasta descubrir la fotografía de moda. Llegará a ser un gran fotógrafo de moda en el París de los años 60 y 70, cuando tienen su momento álgido dos fotógrafos que me gustan mucho, Guy Bourdin y Helmut Newton. Mi fotógrafo es compañero de viajes de Newton.

¿Entonces mezcla realidad y ficción al estilo de La locura de Lázaro?

Está muy mezclado: la Guerra Civil de España, el destierro, una generación de hombres y mujeres que nacen de gente perdida durante la II Guerra Mundial. Desterrados, judíos que vienen del este, refugiados españoles, americanos que llegan a Europa y caen en la trampa de la guerra, gente que va a desaparecer en los campos de concentración. Y sus hijos, como el fotógrafo de Dark Lady, van a crecer intentando buscar las raíces. Todas las obras que atribuyo a mi fotógrafo en realidad son comentarios de fotografías bastante famosas, con las que yo dialogo. Como las del gran fotógrafo de moda, el alemán Horst, que huye al destierro: las últimas fotografías de Horst —ese celebérrimo corsé— están ligadas a las que hace mi fotógrafo. En sus comienzos como fotógrafo de guerra hace muchas fotos de cadáveres. Después se convierte en paparazzi “de nivel”: saca unas fotos de Ava Gardner mientras ella rueda su película Fiesta:
esas fotos son reales, y son esas fotos de Ava Gardner en Tossa del Mar las que a mí me inspiran. Me invento otras fotos de Gardner con Errol Flynn en el Hotel de París de Biarritz, que no existen pero son la síntesis de varias fotos reales. Esa es la carrera del fotógrafo. Y su novia, su compañera, a la que conoció en el internado para niños abandonados, llegará a ser gran modelo. Esa historia es la historia del fin del arte, del fin de la fotografía, de la corrupción y conversión de todo ello en mercancía.

¿La decadencia de la civilización a la que te referías es la decadencia del arte?

Es la decadencia y a la vez la salvación. Creo que la gran fotografía y la gran moda dicen más sobre la civilización que muchos libros de filosofía. Son mucho más interesantes fotógrafos como Bourdin y Newton, o dos modistos como Saint Laurent y Lagerfeld, que la filosofía francesa de esos años. Veo muy amenazada la influencia de Sartre, por ejemplo, mientras que las chaquetas trapecio de Saint Laurent siguen estando ahí.

¿Crees entonces que estos modistos tienen más influencia sobre la sociedad que los libros de Sartre?

No sé si tienen más influencia, pero yo los veo como cosas vivas. Yo fui, no amigo, pero traté al último Néstor Almendros

Un genio.

Exacto. Yo le decía: “Néstor, tu obra habla de la lucha de la luz contra las tinieblas”, porque Néstor tenía una visión muy olímpica de la fotografía. Todas las cosas que fotografía Néstor Almendros son bellas y las que no son bellas él las ennoblece. El gran creador inventa otros mundos. La fotografía de las películas de Fritz Lang o del expresionismo alemán no son realistas, crean otros mundos. Yo no sé si la Viena de Fritz Lang o la Viena de El tercer hombre son reales. También quienes retratan cosas felices inventan mundos mejores que el nuestro. El París de la fotografía de Avedon es mucho más bello que el París mondo y lirondo, que no tiene ningún interés. Avedon inventa un París imaginario que nos ayuda a ver con otros ojos el París real.

¿Y qué te parece la forma de fotografiar París de Woody Allen?

Yo creo que es un diálogo entre lo que Woody Allen quería hacer y lo que su operador jefe le hace. Son fotos de un convencionalismo patético.

(risas) De postal.

De postal. No he visto la película todavía. Las fotos muestran un universo declinante y moribundo. Estuve por la zona en donde estaban rodando, y recuerdo muy bien cómo lo hacían: envían una bruma falsa, ponen unos focos falsos… y sin embargo ese París de tarjeta postal tiene una brizna de ácido que no perturba demasiado a la gente bienpensante pero que es un guiño a los menos bienpensantes: “no os creáis este París, me lo estoy inventando”.

Y tu visión de París, ¿a la de quién se parece?

Vaya usted a saber. Me gustaría dar visibilidad a una ciudad invisible, oculta tras las nubes  tóxicas de la polución audiovisual. Decía Baudelaire que el corazón de las ciudades cambia más deprisa que el corazón de los mortales. Hay un París convencional e histórico, el París de Doisneau, el última vals de una noche del 13 al 14 de junio, noche de bailes populares, fotografiado  sin flash —el otro beso para la revista Life me convence menos, es una foto publicitaria— y el equivalente de aquel París es invisible hoy. Es una ciudad mestiza: la ciudad de franceses, que no tiene ningún interés y es de una trivialidad pavorosa. Hay otra ciudad de negros, moros, inmigrantes, que está llena de vida y que nadie fotografía.

Quizá es que eso a los propios franceses les parece “demasiado marsellés”

Los franceses no lo quieren ver. Pero a mí, una mujer negra con un carricoche, subiendo o bajando las escaleras del metro, me dice muchas cosas. Dos adolescentes que todavía no saben que son lesbianas pero que lo van a saber esa misma tarde en un bar de la Goutte d’Or me habla de realidades muy profundas, de una belleza sin mancillar por el “buen gusto”. Hablo de cosas mías. No son fotos artística o técnicamente buenas, pero hay mucha vida ahí. Es el mundo donde me siento intelectualmente bien. Cuando vas a esos barrios, todo el mundo te dice que allí han vivido muchos españoles —que eran los negros y los moros de su época— y han dejado su huella. Voy a un bar donde se reunían los anarquistas ansiosos por hacer la revolución y ahora pertenece a una pareja de bereberes. Y hay allí unos “proletas” con una pinta de “proletas” terrible; me acerco a uno de ellos y me dice “¡yo soy gallego!”. Y ahí está el gallego mezclado con unos negros. Hay una continuidad. El escritor español que más ha escrito sobre estos barrios es
don Pío Baroja, quien tiene una novela llamada El hotel del cisne, que apenas ha sido comentada por la crítica, pero que me gusta mucho porque creo que habla de un mundo real muy en sintonía con lo que está ocurriendo ahora.

¿Es ese mestizaje el futuro de París, el futuro de Europa?

En París, en Barcelona, se dice “es que los inmigrantes no se integran bien”. Eso quiere decir que no son blancos, no son católicos y no creen en la Sagrada Familia. Pero la gente no se da cuenta de que entre los nuevos franceses hay muchos que son musulmanes o negros y que no piensan dejar de serlo. Aunque lo de musulmanes no tanto; los hay, como entre los católicos, integristas, que son minoritarios. Pero luego las chicas no llevan velo. Si los católicos no creen en Dios, no veo por qué los musulmanes van a creer en Alá… con todos los respetos para Dios y para Alá.

¿Cómo se está llevando la prohibición del velo islámico integral en París?

Hay unas dos mil chicas que llevan velo integral, el burka. El 60%, el 75% de ellas son francesas convertidas en musulmanas. Con las que yo me he topado son provocadoras natas. En mis tiempos, las chicas para provocar se ponían una minifalda. Hoy en día eso ya no es provocación de ningún tipo. Y con las burka pasa un poco eso.

¿Qué está sucediendo con el auge de la extrema derecha en Francia?

En bastante medida, es un fantasma de los periódicos. Yo llevo siglos en Francia y la extrema derecha sigue pesando lo mismo, ni más ni menos, ni menos ni más, que a primeros de los años ochenta del siglo pasado. Oscila siempre entre un 12% y un 16%, es un fondo de comercio que está ahí, que ni va a mucho más, ni va a mucho menos. ¿En otros países como en Finlandia tiene más importancia? Tengo una amiga, profesora de literatura en Finlandia, que comentaba cómo la prensa española se aterrorizaba encantada: “¡qué viene la extrema derecha! ¡qué viene la extrema derecha!”. Pero luego no va a ningún lado. En las elecciones francesas del 2007… aquello fue un cataclismo total provocado por la soberbia del candidato socialista, convencido de que era la hostia, y la fragmentación del voto de la izquierda. Gracias a eso, Le Pen pudo eliminar al candidato socialista. En la actualidad ocurre lo contrario: quien está convencido de que es la hostia y de que tiene una mujer guapísima —y en eso no se equivoca— es Sarkozy. Hay otros candidatos de derecha, unos más centristas, otros más conservadores, que roban votos a Sarkozy y le hacen la cama a la extrema derecha, que puede eliminar a Sarkozy en la primera vuelta, favoreciendo el triunfo del candidato o la candidata socialista, en la segunda vuelta, la definitiva. Esto es así.

Pero esta coincidencia del auge de la extrema derecha en varios países crea una ola de preocupación en Europa.

Ahora que no nos oye nadie… yo, hace más de veinte años, ya hacía crónicas del tema “la extrema derecha arrasa en Europa”. Pero en Francia siempre ha oscilado en torno al 15%. En lugares donde hay gente de derecha muy enérgica, no hay extrema derecha que valga: en Italia, Berlusconi se los come a todos. En España sólo hay que escuchar la radio, ver la TV, y te das cuenta de que nadie quiere hablar de extrema derecha pero esos sentimientos están ahí.

“Yo no soy racista, pero…”

Esa misma frase se la escuché a un patriarca socialista, Jacques Delors. Éramos vecinos. Íbamos a la misma peluquería. Con motivo de unas elecciones europeas, ya hablábamos del peligro de la extrema derecha. Un tunecino había instalado una tienda en el bajo de la casa de Delors, que estaba horrorizado. A las tantas de la tarde, nos sorprendió a todos con esa frase: “… ya sabéis que yo no soy racista… pero a los tunecinos ¡no los soporto”. En esas estamos: “Yo no soy racista, pero…”. Hay un problema cultural de fondo.

¿Crees que hay en la izquierda una corriente de antisemitismo, o mejor dicho, de antijudaísmo a raíz del conflicto palestino-israelí?

Sobre el problema de Palestina e Israel existe una ignorancia profunda que conlleva que cuando hay una matanza o una intervención militar expeditiva de Israel —tiran cuatro bombas y matan a todo el que pillan por medio— se percibe la tragedia, pero es una tragedia unilateral, siempre. Vengo cubriendo estos temas desde hace no sé cuánto tiempo y en Israel hay muchos judíos hijos de puta, como hay muchos palestinos hijos de puta. Pero también hay judíos que quieren llegar a un acuerdo. El problema de los palestinos es que: uno, los echaron de mala manera, para dar la tierra a los judíos. Dos, no solamente los traicionaron las grandes potencias ocupantes —en este caso, Inglaterra— sino que los países árabes no quisieron acogerlos porque los consideraban peligrosos. Tres, desde la fundación de la OLP en el Cairo, en los años 60, hay varias tendencias palestinas que pelean entre ellas a tiros, matándose. Y en esta situación, que es de una complejidad propia de tragedia del Antiguo Testamento, es más perceptible para la opinión internacional el sufrimiento de los palestinos que el sufrimiento de los judíos. En cuanto a la izquierda, hay que matizar: hay una izquierda libertaria que siempre ha sido pro judía, por la historia de los Kibutz…

…que eran un ejemplo.

Eran un antecedente. Y en cambio para la izquierda marxista es el horror supremo. Hay la tentación de decir “hagamos una manifestación de apoyo al pueblo palestino”. Pero, ¿al pueblo palestino de Gaza donde manda Hamás o al pueblo palestino de Cisjordania donde manda la OLP? Complicado, porque normalmente no es tanto de apoyo al palestino como una manifestación anti-israelí.

Quizá es que la gente busca respuestas sencillas y culpables rápidos.

No hay respuestas sencillas. He discutido sobre esto durante muchos años en París, Madrid, El Cairo… la BBC ha hecho una película llamada La promesa, que está muy bien, y que cuenta los orígenes del terrorismo judío. La creación del Estado de Israel también es indisociable de actos de terrorismo terribles. El atentado al hotel King David, la matanza de soldados… los judíos lo hacían con una eficacia terrible. Echaron a los ingleses y los echaron a bombazos. Con actos de terrorismo que protagonizaron los grandes hombres de estado, Menahem Begin… eran todos terroristas muy eficaces. Cómo echaron a los ingleses… eran una gente temible. Al mismo tiempo, dar esa sola imagen de Israel me parece injusto para los judíos. Hay una frase que se atribuye a Golda Meir tras los atentados de Münich: “Lo que no perdono a los palestinos no es tanto que maten a nuestros hijos, sino que nos obliguen a matar a los suyos”.

Otro pecado de Israel ante la izquierda europea es el ser percibido como la cuña de Estados Unidos en Oriente Medio.

Eso, además. Pero creo que los israelitas se las apañan para complicarse la vida ellos solos.

Y la tragedia de los palestinos es…

Hay muchas tragedias palestinas: la desposesión de su tierra, la diáspora, los campos de concentración, etcétera. Para colmo, una tragedia última: también hay dos embriones de Estado palestino. Hay un embrión de estado islámico en Gaza que quiere destruir Israel a bombazos, y otro embrión que quiere negociar apoyado por los Estados Unidos, que es el de la OLP y la Autoridad Nacional Palestina, en Cisjordania. Hubo un principio de acuerdo, hace semanas, entre Hamás y la Autoridad Nacional Palestina. Pero llevan en guerra civil, terrible, trágica, desde hace muchos años. Cuando los Hamás tiran unas cuantas bombas a los colonos del sur, los judíos lanzan una operación de castigo y destruyen no sé cuántas casas. En Israel son todos militares. Ves una chica guapa con la que estás ligando en una discoteca y resulta que es la ministra de justicia, que ha estado en el Mossad y que sabe cómo estrangularte.

¿Cómo ves las revueltas árabes, por ejemplo el futuro de Libia?

Con esto de las revueltas árabes soy bastante optimista, y con lo de Libia, optimista dentro de un orden. Los demógrafos están de acuerdo en que lo que está pasando es la emergencia de una generación joven, de entre quince y treinta años, que tienen una relativa cultura, acceso a Internet… y que de pronto descubren que la religión de sus padres y abuelos les interesa “ma non troppo”, que el Estado es criminal… y se tiran a la calle a pedir pan y libertad. Quieren romper con la familia tradicional, con los hábitos culturales tradicionales. Y romper con unos estados que son parodias de estados. ¿Cómo acabará lo de Libia? Vaya usted a saber. Kissinger ha dicho que se necesita una intervención militar enérgica. Yo no me atrevo a dar lecciones de cómo acabar con Gadafi, pero la cosa no tiene por qué terminar mal. Para la comunidad internacional sería tan humillante que gane Gadafi, que es impensable.

Pero desde lo de Irak, la idea de una intervención internacional —y claro, “internacional” significa básicamente norteamericana— está muy mal vista.

Ya, pero precisamente por eso el presidente Obama lo vio claro desde el primer día. Y los europeos desconfían de los rebeldes, no les dan armas. Eso, en términos militares, un cuerpo de ejército estadounidense lo arregla expeditivamente en dos semanas. Desembarcan, capturan a Gadafi, lo ahorcan y aquí paz y después gloria. Pero no han tomado esa actitud y me parece positivo. ¿El inconveniente? Pues que está durando mucho. Los americanos tienen por Libia un interés relativo. Si la revuelta fuese en los Emiratos o en Arabia Saudita ya habría allí un cuerpo de ejército
imponiendo la “paz americana”.

¿Y el futuro de Irak?

Uf… el día en que los americanos llegaron a Bagdad, ganaron la guerra y un soldado ponía la bandera, yo estaba en París con un gran orientalista español, Javier Teixidó, y él me preguntó: “¿Qué, cómo ves la cosa?”. Yo le dije: “Los americanos son la hostia, han ganado, ponen un régimen fantoche y pasemos a otra cosa. ¿Tú cómo lo ves?”. Entonces
Javier me dijo una frase que tengo grabada: “Lo que tendrían que hacer los generales americanos es mirar Los desastres de la guerra de Goya, porque eso es lo que les espera”. Una guerra irregular, internacionalizada, con muchos flecos religiosos, que va a durar años. Hábilmente, Obama se salió de ahí: “Que se maten entre ellos”. En Europa, en España, pensábamos que nuestros estados debía estar formados por ciudadanos blancos y católicos. Al resto, moros y judíos, decididos echarlos militarmente. Todavía estamos pagando aquella inmensa tragedia. En Irak, como en tantos países árabes, la realidad cultural es la de un mosaico étnico, religioso y cultural, muy complicado. Hay árabes de muy distinta sensibilidad religiosas, musulmanes, judíos, cristianos, agnósticos, qué se yo. Para colmo, en Irak, hay una gran “minoría” kurda, que quieren construir su propio Estado, con los kurdos de Turquía y Siria. En Irak, al mismo tiempo, hay una guerra de religión que viene de muy lejos, entre sunnitas y chiítas…. ¿Quienes ganarán esas distintas guerras civiles y religiosas? ¿Qué nuevo orden impondrá? Vaya usted a saber. La unidad de Italia no se consumó hasta el siglo XIX, la unidad de España tardó seis o siete siglos. ¿Se consumará la “unidad” de Irak más rápidamente? No lo tengo muy claro.

Los EEUU finalmente han cazado a Bin Laden: ¿qué podemos esperar a partir de ahora? ¿Han creado un mártir o han reforzado la seguridad de occidente?

Pues vaya a usted a saber. No hay un occidente, hay muchos. El occidente  europeo está en crisis. Europa vive su relativo ocaso o eclipse histórico.  Comenzamos a descubrir un mundo post occidental y post islamista. Es China quien
paga con sus créditos buena parte del tren de vida de los EE.UU. China, India,  Brasil son las grandes potencias emergentes. Europa sigue siendo un foco de  civilización. Pero no tiene la fuerza, la energía, ni la determinación para
seguir “pesando” en la nueva geografía mundial de manera determinante. Dicho  eso, no veo a ninguna banda terrorista amenazar la seguridad de ningún  occidente. El asesinato, el crimen, el terror de masas, pueden causar estragos,  grandes matanzas. Los mejores especialistas piensan que, en verdad, las  revoluciones y revueltas árabes ya dieron la puntilla política a Bin Laden y los  islamistas. Los jóvenes árabes (que tienen muchas sensibilidades, son  musulmanes, judíos, cristianos, incluso agnósticos) no se tiran a la calle  pidiendo la instauración de repúblicas islámicas. Se tiran a la calle pidiendo pan y libertad, que es una muy otra cosa. Entre los musulmanes, hay de todo.  Están tan divididos como lo han estado los cristianos, desde hace mil años. Hay musulmanes fanáticos, menos fanáticos, tolerantes, y de muy diversa sensibilidad. Quizá Bin Laden sea un icono para algunos de ellos. No creo que sean los musulmanes mayoritarios. Lo que quieren los árabes y musulmanes jóvenes  es libertad, democracia, cosas incompatibles con el fanatismo subversivo, a mi modo de ver.

Obama anuncia que un comando secreto ha eliminado a Bin Laden y ha dejado caer su cadáver en el océano, sin juicio y (por ahora) sin imágenes. No es habitual que un presidente de EEUU hable abiertamente de una black operation nada más producirse ésta, ¿ya no es necesario siquiera el fingir
una apariencia de formalidad legal?

Los Estados siempre han resuelto esas cosas de la misma manera: a través del  asesinato político. La Conjuración de Catilina sigue siendo un texto canónico. Las tragedias shakesperianas, también. Se trata de una realidad que el personal más joven y más sensible no acepta con facilidad. De la puesta en escena de Obama creo, sin embargo, sobraba una palabra. La palabra “justicia”. Puede pensarse lo que se quiera del asesinato a tiros de un criminal. Pero no creo que la palabra “justicia” sea la más adecuada para definir esos comportamientos. La justicia es una muy otra cosa. Tiene sus reglas, sus normas. Asesinar a Bin Laden y quedarse tan contento me parece comprensible. Incluso me parece sensato que un presidente de los EE.UU. salga en la tele diciendo que ha sido él quien ha tomado la decisión de matar a tiros a un criminal. Vale. Ok, boy. La justicia es otra cosa, oiga. Recuerdo al viejo Clint Eastwood dirigiéndose a un criminal, dispuesto a pegarle cuatro tiros, diciéndole, de entrada: “Make my day, boy”.

Y ya que estamos en Barcelona… el problema catalán.

El problema catalán no es un problema económico, ni siquiera político. Es un problema cultural: los catalanes quieren ser catalanes. Y hay muchas formas de ser catalán. Boscán era catalán de Barcelona y escribió en castellano. Los catalanes que hablan y escriben catalán defienden una Cataluña que viene de Ramón Llull… en Badajoz, Jaén, Cartagena, Cuenca… se tiene una idea un poco sumaria de lo que es “ser catalán”. Hasta que los catalanes no convenzan a los de Cartagena y Jaén de que la cosa es “una miqueta” más complicada, el problema será sencillamente insoluble. Ya hablaba y escribía filosofía en catalán en el siglo X. Se trata de una realidad cultural milenaria. Habrá problema catalán mientras esa realidad no se comprenda en su raíz y consecuencia últimas.

El catalanismo se vende mal, tiene muy mal marketing.

El origen es la cuestión cultural que luego se complica al infinito, y sin contar la hipocresía esquizofrénica de los políticos, que piensan una cosa, dicen otra y hacen una tercera. Eso crea en los creyentes de la catalanidad una situación esquizofrénica tremenda: en casa se dice una cosa, en el trabajo se dice otra…

A continuación, pedimos a Juan Pedro su breve opinión sobre una serie de personajes:

Nicolas Sarkozy: “Un trepa”

Muamar el Gadafi: “Un criminal”

Barack Obama: “Un tío simpático”

Rodríguez Zapatero: “Uf… un insignificante. Un presidente accidental en
un país rico y complejo, con resultados catastróficos”

Mariano Rajoy: “¡Uf! Por sus obras los conoceréis. Mucha barba. Demasiado
galleguismo”

Marine Le Pen: “Lista temible”

Pérez Reverte: “Es un paisano, pero no lo he leído”

Pérez Rubalcaba: “Temible”

Vladimir Putin: “Peor que temible: un tío sinuoso. Inquietante”

Juan Manuel de Prada: “¡Corramos un tupido velo, por favor!”

Benedicto XVI: “Es un gran teólogo. Un hombre que es más listo y sabe más
de lo que parece. Creo que ganaría si se quitara la púrpura papal… hay unos
diálogos del Papa con el filósofo alemán Habermas, que son de una altura
intelectual considerable”.

Javier Marías: “Qué te digo de Javier Marías… es el más listo de su
familia”

Salvador Sostres: “Un siniestro”

Silvio Berlusconi: “Siendo siniestro, es una siniestrez caradura. Por
momentos no te diré que me cae simpático, pero lo hace más llevadero”

Pedro J. Ramírez: “Inquietante, temible, siniestro”

Fotografía: Jesús Llaría

 

Nuestro agradecimiento al hotel Barceló Raval por su hospitalidad y por cedernos sus instalaciones.


Bin Laden duerme con los peces

“Quien cuestione que Bin Laden recibió lo que merecía necesita que le miren la cabeza” (Barack Obama)

Me gustan los westerns. Son películas perfectas para ciertos momentos en que nos apetece hacer la vida un poco más simple: están los buenos —libres de todo pecado—, están los malos —que son muy traicioneros y muy cobardes— y está el duelo final en que el plomo es mágicamente repartido según las culpas de cada cual. Los buenos ganan, los malos reciben todas las balas. La venganza equivale a la justicia y no hay muchas más preguntas que hacerse, excepto a dónde irá el héroe que se aleja cabalgando hacia el horizonte: The End.

Barack Obama, como todos los presidentes de los Estados Unidos, tiene la capacidad de decir las cosas de un modo sencillo y aparentemente incontestable que casi obliga a quienes discrepan a parecer antipatriotas o, aún peor, justificadores de los terroristas. Osama Bin Laden era un villano —en eso todos estamos de acuerdo— y, por tanto, non sequitur, cualquier final que se le inflija es justo, aun sin un juicio ni un proceso penal de por medio. Como los villanos del western, Osama ha recibido el plomo que merecía recibir, ni más ni menos. Habría que estar loco para dudarlo.

Pero entonces nos acordamos de El bueno, el feo y el malo, donde ni el bueno era tan bueno, ni el feo era tan feo, aunque el malo sí era bastante malo. También en esa película terminaba todo con un duelo final, pero la confuciana búsqueda de la justicia era sustituida por rastreros afanes terrenales. Ya no ganaban los buenos, porqu enadie era realmente bueno. Y nos asalta la duda: ¿qué tal un juicio para comprobar, antes del duelo final, si el feo es efectivamente tan feo… y si el bueno resultase esconder algunos motivos ocultos o incluso el malo tuviese algo interesante que decir?

“Es un viejo mensaje siciliano. Significa que Luca Brasi duerme ahora con los peces”

La frase de Peter Clemenza en El Padrino me vino inmediatamente a la memoria en cuanto supe que el cadáver de Bin Laden había sido lanzado al océano. Desde siempre, en cualquier ensayo, novela o película sobre la Mafia, el lanzar un cuerpo al mar sólo podía significar una cosa: la intención de ocultar evidencias. No hay cuerpo, no hay crimen. Todos saben quién ha muerto y todos saben también quién le ha matado… pero lo importante está en los detalles que el agua borrará.

La turbiedad de esta forma de proceder es algo tan obvio y palmario para cualquier observador que cuesta creer que lo hayan hecho todo así, por las buenas, sin pensar en las posibles suspicacias que eso iba a despertar. ¿Es que no saben que todos hemos visto Los Soprano? Evidentemente sí, lo saben, pero el argumento de esta historia es mucho más complejo de cualquier guión de Hollywood y confían en que nunca lo llegaremos a desentrañar. De hecho, probablemente aún pasaremos siglos debatiendo quién mató al presidente Kennedy y con lo que pueda haber detrás del caso Bin Laden pasará exactamente lo mismo.

“El método empírico de pensamiento, sobre el cual se fundaron todos los logros científicos del pasado, está opuesto a los más fundamentales principios del partido” (George Orwell, 1984)

La práctica judicial democrática, al menos en su ideal, se basa en el empirismo: sólo se puede condenar a aquel cuyas culpas han sido demostradas empíricamente, de modo que cualquier ciudadano pueda corroborar que se está efectivamente castigando al verdadero culpable. No estoy queriendo decir que Bin Laden no fuese culpable de lo que se le acusa. Pero me hubiese gustado ver un proceso penal en el que se muestra cómo y por qué hizo lo que suponemos que hizo, donde él mismo hubiese tenido la oportunidad de hablar. No porque se merezca tal oportunidad, sino porque es así como debe funcionar el sistema: hasta el peor de los individuos tiene derecho a una defensa. No es cuestión de merecimiento, sino de derechos y de respeto a la justicia democrática. Si les quitamos ese derecho a los peores, sólo nos queda decidir quiénes son los peores… a priori.

Además de ese derecho a la defensa —derecho que, lo sé y lo digo antes de que Barack Obama nos lo recuerde, no tuvieron las víctimas de Al Qaeda, sea lo que quiera que Al Qaeda es— está nuestro derecho a saber en qué emplean los gobiernos nuestro dinero y qué clase de gente nos dirige. ¿Por qué tiene el ciudadano que quedarse en la duda y conformarse con elegir entre aplaudir la ejecución sin juicio de Bin Laden o por el contrario, si no la aplaude, ser considerado un apologeta de Al Qaeda? ¿Es que tenemos que fiarnos siempre de lo que digan los presidentes? ¿Cómo puede ser que el terrorista que ha marcado la política internacional desde hace diez años haya sido convertido en comida para peces y se nos pida que nos conformemos e incluso que lo celebremos?

“Cualquiera que proclame la violencia como método, inexorablemente debe elegir la mentira como principio” (Alexander Solzhenitsyn)

Lo peor de todo esto, aparte de las muchas víctimas inocentes que han derramado su sangre durante años por el fanatismo de unos y el afán de poder de otros, es que quizá nunca lleguemos a saber qué ha sucedido realmente. De hecho, y sin intención de establecer comparaciones odiosas, conocemos mejor las motivaciones de Tony Soprano que las de Barack Obama. Porque Tony, como en los westerns, se mueve según principios sencillos que los guionistas se han molestado en explicarnos. Pero no veo cómo esos principios sencillos podrían trasladarse desde una simplista historia de ficción a una tarea tan compleja y repleta de recovecos como debe de serlo la presidencia de los Estados Unidos. El manierismo “buenos contra malos” no puede servir de respuesta para el ciudadano medianamente despierto. Necesitamos saber qué, por qué, quién y cómo.

Pero, según parece, tampoco nosotros merecemos esas respuestas. Respuestas que, como Luca Brasi, duermen ahora con los peces.

 

Ilustración: Diego Cuevas