¿Cuál es el mejor biopic sobre escritores?

Si bien «no por mucho madrugar amanece más temprano» es indudablemente uno de los refranes más sabios de la lengua española —justa réplica a aquel fastidioso «a quien madruga Dios le ayuda»—, tampoco es de extrañar que tomaran por loco a Jack Torrance cuando pretendía construir su obra literaria a base de repetirlo una y otra vez. Empeño tenía, pero la inspiración no llegaba. Una situación angustiosa que también hemos visto en Barton Fink o Adaptation, mientras que el protagonista de Días sin huella por su parte la buscaba en el fondo de una botella… y tal vez hubiera creado una gran novela de no haber vendido su máquina de escribir para poder comprar más alcohol. A veces el éxito editorial no llega y hay que buscar mientras tanto una amante que te mantenga, según veíamos en Desayuno con diamantes; otras veces vino en la juventud y ahí se quedó, como en La gran belleza. El protagonista de El hombre perfecto resolvía esa parte engorrosa y casi secundaria de la profesión de escritor, la de escribir algún libro, apropiándose de la obra de uno que había fallecido antes de publicarla.

Decimos casi secundaria porque si algo nos muestra el cine es que uno al parecer no ejerce dicha profesión, sino que es poseído por ella y altera drásticamente su vida y sus relaciones: es un carácter y un estado de ánimo, una maldición o una llamada íntima equiparable a la de un profeta. Quizá sea una forma de compensar en la narrativa cinematográfica algo en principio tan poco espectacular como es estar varias horas diarias sentado tecleando. Al aura romántica y bohemia que suele atribuírsele en la pantalla a menudo se le añade, cuando se aborda la biografía de un escritor real, el empeño en retratar al autor a través del prisma de su mundo imaginario, a veces incluso interactuando con sus propios personajes, buscando además en su vida alguna clave que explique su obra. Hay muchos ejemplos, sin ir más lejos la semana pasada se estrenó Colette y en unos días lo hará Dovlatov, así que aprovecharemos para recordar los biopics literarios más destacados, voten su favorito o añadan si lo desean algún otro en los comentarios.  

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Remando al viento  

Imagen de Ditirambo Films.

La literatura anglosajona es, con diferencia, la que más películas ha inspirado y lo mismo ocurre con sus autores más destacados. Hasta tal punto que se ha acuñado por algunos críticos la etiqueta «brit-lit biopic», un subgénero peligrosamente cercano al cine de tacitas, que experimentó su auge a partir de los años noventa. Tal vez podríamos situar en esta cinta española de 1988 dirigida por Gonzalo Suárez el origen de la moda. Si bien un par de años antes Gothic y ese mismo Haunted Summer abordaron exactamente el mismo tema aunque con menos repercusión. Todas ellas recrean la reunión del matrimonio Shelley con Lord Byron en la villa Diodati de 1815, «el año sin verano» debido a la erupción de un volcán, que les llevó a sobrellevar el mal tiempo ideando un concurso de historias de miedo, del que surgieron Frankenstein y El vampiro.

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Lou Andreas-Salomé

Imagen de Senator Film Produktion.

Algo de esa inspiración mutua entre escritores decimonónicos y sus devaneos amorosos encontramos también aquí. Lou Andreas-Salomé trajo de cabeza a todos los hombres con los que quiso mantener un estrecho vínculo intelectual mientras ellos le pedían matrimonio infructuosamente uno tras otro. El mismo Nietzsche, caracterizado aquí de una forma bastante simpática, cayó fascinado por su vitalismo y la libertad de su espíritu. La película sale relativamente airosa en sus diálogos, pues no es cosa fácil dar fluidez a las densas especulaciones intelectuales que se traían entre manos e integrarlas en una narración de apenas dos horas. El filósofo del martillo quedó escarmentado de ese rechazo, que trasladaría a su obra, mientras que Salomé terminó echando a perder su talento volcándose en la pseudociencia del psicoanálisis. Como es una cinta alemana también salen nazis por ahí.

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Mishima, una vida en cuatro capítulos  

Imagen de American Zoetrope.

Una personalidad tan singular y atormentada como la de Mishima no es de extrañar que captase la atención de Paul Schrader. A medio camino entre la biografía y la recreación de sus novelas —especialmente de El Pabellón de Oro, que también tenía una parte de confesión personal—, repasa su traumática infancia, su conflictiva homosexualidad, su incapacidad para adaptarse a la sociedad japonesa de su tiempo y sus ideales cervantinos en torno a la relación entre las armas y las letras. Como la Segunda Guerra Mundial no pudo ser un Lepanto para él, encontró una insólita manera de alcanzar la gloria militar e imperial en el asalto al cuartel de Tokio que acabó con su suicidio ritual, acontecimiento en el que la película centra buena parte de su metraje.

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Cyrano de Bergerac

Imagen de Caméra One.

Además de la mencionada Mary Shelley, Cyrano de Bergerac fue otro de los precursores de la ciencia ficción, con la descripción de un viaje a la luna en la que contaba cómo sus habitantes comerciaban no con monedas sino con versos de poetas y los monos de allá vestían a la manera de españoles. Respecto a su vida personal poco se sabe salvo que fue breve e intensa, de nuevo aquí tenemos otro ejemplo de alguien que aspiró al ideal de manejar tanto la pluma como la espada con gran soltura. Ya en el siglo XIX comenzó a difundirse el mito de su prominente nariz y Edmond Rostand recurrió a su figura para una obra teatral donde era protagonista de un trágico romance, adaptada al cine en una de las mejores películas francesas que se han rodado.

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Medianoche en París

Imagen de Gravier Productions.

Podrían contarse con los dedos de una mano las películas de Woody Allen que no tengan a escritores entre sus protagonistas. En este caso recurre a un viaje en el tiempo para situarse en el París de los años veinte en el que desfilan ante nuestros ojos Hemingway, Scott Fitzgerald, Gertrude Stein… Eran tiempos en los que la vida literaria debía ser particularmente muelle —cosa que da mucho juego en la pantalla al prestarse a abundantes amoríos, fiestas y diálogos afilados— pues mientras tanto en Nueva York estaba el grupo llamado La mesa redonda del Algonquin, reflejado en la película La señora Parker y el círculo vicioso, y por su parte en Londres se encontraba el Círculo de Bloomsbury, que veíamos en Carrington.

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Barfly  

Imagen de Cannon Group.

El contraste con el hedonismo sofisticado de los anteriores no puede ser mayor. Charles Bukowski encarna a un escritor que se recrea en su propia inmundicia, sin más objetivo en la vida que acumular unos pocos dólares para poder gastárselos en el bar y terminar cada noche con una pelea. Un papel que a Mickey Rourke le venía como anillo al dedo en una película en la que nuevamente Schrader mostraba su interés por seres extraviados y autodestructivos.

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Hannah Arendt

Imagen de Heimatfilm.

Tal como ha señalado recientemente Johann Chapoutot el análisis que hizo la filósofa Hannah Arendt sobre Eichmann parte del error fundamental de creer la versión que este dio en el juicio para intentar exculparse. No era un simple burócrata de pocas luces que cumplía órdenes sin saber qué implicaba eso, sino un nazi convencido, plenamente consciente de su papel histórico tal como atestiguan múltiples documentos (por ejemplo, antes del juicio se definió a sí mismo en su exilio argentino como «combatiente por la libertad de su sangre y de su raza»). Pese a todo, este profesor de historia de la Sorbona aprecia el enfoque que supo darle Arent en su momento a aquel juicio de 1961 que es lo que se recoge en este film.

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Un hombre para la eternidad

Imagen de Columbia Pictures.

Su obra literaria dejó una huella apreciable en la teoría política y puso nombre a todas las comunidades políticas ideales que desde entonces se han imaginado, pero en realidad no es por ella por lo que protagoniza este biopic. El nudo argumental se sitúa en la fidelidad a sus principios durante el origen del anglicanismo, cosa que le costó que su cabeza acabara en lo alto de una pica y que tiempo después fuera declarado santo.

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El hombre que inventó la Navidad

Imagen de Parallel Films.

Como el propio título indica, Charles Dickens tuvo un gran peso en la recuperación de la tradición navideña a mediados del siglo XIX que ha llegado a nuestros días. Concretamente gracias al formidable éxito que alcanzó Cuento de Navidad, en cuya escritura se centra la historia, que es planteada como si de una intriga policiaca se tratase. Agobiado por las deudas y las obligaciones familiares debe escribir algo rápidamente, así que pequeños detalles de su vida cotidiana a modo de pistas van interconectándose y tomando forma dentro de su cabeza, como si en lugar de crear algo solo lo estuviera descubriendo, escribiendo al dictado de unos personajes que cobran vida para interactuar con él.

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El secreto de los Hermanos Grimm

Imagen de Dimension Films.

Es recurrente en Terry Gilliam su foco de atención en la zona fronteriza entre la realidad y la fantasía y cómo generalmente ante las miserias del mundo sus personajes acaban decantándose por refugiarse en la segunda. Miedo y asco en Las Vegas bien podría incluirse también en este listado, aunque como escritores resultan mucho más populares estos dos hermanos estudiosos del folclore germánico, aquí convertidos en protagonistas de sus propios cuentos. Por cierto, hablando de miserias del mundo esta fue una de las películas por las que la actriz protagonista, Lena Headey, denunció  públicamente a Harvey Weinstein por acoso sexual.

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Capote

Imagen de Sony Pictures Classics.

Abarcar toda la vida y obra de un escritor en poco más de cien minutos es una tarea que excede al más ambicioso de los cineastas, así que a menudo y como hemos visto en ejemplos previos se centra la atención en una obra o acontecimiento significativo, en esta caso la obra más conocida de Truman Capote, A sangre fría. Aunque también aparece por ahí Harper Lee, la autora de Matar a un ruiseñor.

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Shakespeare in love

Imagen de Universal Pictures.

Puesto que una de cada cinco obras de Shakespeare incluían de una u otra forma el travestismo, qué mejor forma de ser fiel a su espíritu que imaginándolo en una historia en la que su pareja ha de disfrazarse de hombre para actuar en un teatro en el que a su vez debía interpretar un papel de mujer.

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La joven Jane Austen

Imagen de Miramax.

«El más extraordinario romance de Jane Austen fue el suyo» era la previsible frase promocional de esta película con la que concluimos el repaso y que podríamos definir como el más genuino «brit-lit biopic». Señalan sus biógrafos que algo hay de cierto en la historia que aquí se cuenta y que además seguramente serviría de estímulo para aquello que escribió. Pero no importa demasiado. En realidad la fidelidad que cabe exigirle es al propio universo austeniano, en el que ella pasa a ser un personaje más.

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Philip Seymour Hoffman en Capote, 2005. Imagen: Sony Pictures Classics.


¿Cuál ha sido el mejor biopic de un personaje histórico?

El consuelo que nos queda a quienes no seremos recordados por la posteridad es que aquellos pocos que sí lo serán por frases que nunca dijeron. El que peor lo lleva es Einstein, del que a juzgar por lo que se difunde por internet debió ser un prolífico —y un tanto cursi— autor de libros de autoayuda de comienzos del siglo XX. Algo mejor parado sale John Wayne, a quien en una confusión del actor con sus papeles se le suelen adjudicar toda clase de declaraciones campanudas: «La vida es dura, pero es más dura cuando eres estúpido». Gran verdad, lástima que no sea suya. Pero el amo y señor de todas las citas falsamente atribuidas es sin duda Churchill. No, nunca dijo «Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas». Tampoco «Si a los veinte años no eres de izquierda, no tienes corazón. Si a los cuarenta años no eres de derechas, no tienes cerebro». Y ni mucho menos aquello de que «El mejor argumento contra la democracia es cinco minutos de conversación con el votante medio». Con todo lo que él hizo para defenderla…

Además de internet, algo de culpa en la distorsión de la memoria histórica la tiene el cine. Las necesidades dramáticas a la hora de escribir un guion suelen llevarse unos cuantos hechos por delante y requieren inventarse momentos que nunca tuvieron lugar pero, oye, quedan bien en la pantalla. Aun así algo podemos aprender. Seguramente un poco de todo ello contendrá la recién estrenada El instante más oscuro, que se añade —y esperemos que supere en calidad y rigor— a otro biopic estrenado hace apenas unos meses sobre la misma figura, titulado precisamente Churchill. En unos días llegará El joven Karl Marx y también tenemos en los cines una nueva biografía de Van Gogh, muy original en su planteamiento, por cierto. Pero en su día ya preguntamos por biopics sobre pintores, así que centrémonos ahora en aquellas películas que recrean las vidas de líderes políticos o militares que cambiaron el mundo. Seguramente ninguna superará jamás en rigor histórico a Abraham Lincoln: cazador de vampiros pero démosles una oportunidad, así que voten su favorita o añádanla en los comentarios al final.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Alejandro Magno

Imagen de Warner Bros. Pictures.

Lo bueno de las grandes producciones sobre algún personaje o acontecimiento histórico es que su estreno trae consigo una inevitable cascada de polémicas, de manera que aquellos detalles de la trama más cuestionables quedarán expuestos y al final, de una forma u otra, algo más habremos sacado en limpio. En este caso a Oliver Stone le cayeron palos por todos lados, de griegos e iraníes. Los primeros negaron la homosexualidad que se le atribuye al protagonista, los segundos  se molestaron por el maniqueismo al retratar el ejército persa como caótico frente a las disciplinadas tropas macedonias. También fueron cuestionados detalles como la visión legendaria de Babilonia próxima a los decorados de Intolerancia o que los personajes hablaran del territorio conquistado usando un anacronismo tan flagrante como el de «millas cuadradas». Pero en todo caso la película está rodada con mucha espectacularidad y abundancia de medios.

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Cleopatra

Imagen de 20th Century Fox.

Definitivamente un proyecto se te ha ido de las manos cuando el presupuesto inicial calculado termina multiplicándose por veintidós. Los problemas de salud de Elizabeth Taylor, entre otras cosas, prolongaron un rodaje en el que no se escatimaron recursos de manera que terminó siendo el más caro de la historia, sin que aún haya sido superado. Todo en esta película es grandioso, incluyendo su duración, que según el montaje varía entre las tres y las seis horas. Respecto a su fidelidad histórica cabe señalar que la ciudad en la que gobierna Cleopatra es Alejandría, así llamada por su fundador, el anteriormente mencionado Alejandro Magno. Por tanto la estética era de estilo helenístico y no egipcio, pero los espectadores demandan clichés fácilmente reconocibles y ciertamente queda más vistosa toda la iconografía del antiguo Egipto a la que se recurrió.

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La historia más grande jamás contada

Imagen de United Artists.

Tampoco quedan cortos en comparación con la anterior los doscientos sesenta minutos del metraje original de esta cinta, así que no sé si será la más grande, pero sí una de las más largas jamás contadas. Parte del rodaje tuvo lugar en los espectaculares y reconocibles escenarios del Valle de la Muerte que tantas veces hemos visto en los wésterns… pero la Biblia no dice nada de que Jesús fuera californiano, así que ahí tenemos de nuevo la supeditación del rigor a la espectacularidad. El propio Max von Sydow con sus ojos azules resultaba un improbable habitante de Palestina de la época, aunque esa manera de representar artísticamente a Jesús no fuera una novedad precisamente. Por lo demás se ajusta al relato de los Evangelios.

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Braveheart

Imagen de Icon Pictures.

A la versión de la vida de Jesús a cargo de Mel Gibson, rodada en arameo, latín y hebreo, desde luego no se le puede reprochar falta de empeño en resultar fiel a las fuentes, pero si hay un biopic con el que se relaciona a tan singular cineasta es sin duda este otro, que se caracteriza precisamente por lo contrario. Para empezar el apodo de «Braveheart» no correspondía a William Wallace, la falda escocesa que luce tardaría varios siglos en inventarse, la edad, condición social y conducta de los personajes no se corresponde con la realidad, la batalla de Stirling fue muy diferente a como aparece en pantalla (tuvo lugar en un puente) y, en fin, otros detalles que por supuesto no impiden que se trate de una película muy entretenida.   

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Juana de Arco

Imagen de Columbia Pictures.

De la fascinación que esta figura histórica ha ejercido en el mundo del cine da prueba que ya la primera adaptación fuera en el año 1898, y desde entonces hasta en más de cuarenta ocasiones ha regresado a la pantalla. Ingrid Bergman la interpretó en dos ocasiones, Jean Seberg también le prestó su rostro angelical a esta santa guerra e incluso el mismo año del estreno de esta versión de Luc Besson hubo otra para la televisión.

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Elizabeth

Imagen de Polygram Filmed Entertainment.

La heroína romántica que se nos presenta aquí hacía más viva la película pero tenía muy poco que ver con lo que era realmente una reina del siglo XVI. No hablemos ya de la cronología de los hechos presentados. Pese a todo tenía momentos buenos, como ese discurso antes de la batalla en el que hace de Aragorn arengando a sus tropas frente a los españoles, que ejercemos aquí de orcos al servicio de Sauron.  

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La locura del rey Jorge

Imagen de The Samuel Goldwyn Company.

En torno a Jorge III se ha repetido con frecuencia la anécdota de que el cuatro de julio de 1776 escribió en su diario «Nada importante ha sucedido hoy». Justo el día en que se declaró la independencia de Estados Unidos, nada menos. Es deliciosamente irónico… y también falso. La realidad tiene la manía de no satisfacer nuestras expectativas, pero en ocasiones nos ofrece buen material, pues de hecho otras muchas historias en torno a este rey loco sí son ciertas y fueron enhebradas en esta película, que obtuvo a mediados de los noventa un gran éxito de crítica y público, aunque solo logró uno de los cuatro Óscar a los que estaba nominada y en una categoría menor. Una nueva afrenta a su majestad de esos malditos colonos emancipados.

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Lincoln

Imagen de Dreamworks.

Insatisfecho con la etiqueta de niño grande que tantas veces se le ha atribuido, Spielberg ha insistido a lo largo de los años en ganarse el respeto como cineasta serio capaz de fijar en la memoria colectiva la historia común. Se le reconoció como tal con La Lista de Schindler, que tiene algo de biopic aunque en realidad ahí la historia del biografiado es solo una excusa para acercarse al Holocausto, y desde entonces ha perseverado generalmente con acierto. Hubo críticos que reprocharon a esta película estar hecha a mayor gloria de Obama usando la figura de Lincoln como vía interpuesta, también algunos echaron en falta cierta carga dramática o épica más allá del chalaneo político en torno a la aprobación de la Décimotercera Enmienda. En cualquier caso en lo referido a la figura retratada, el historiador Ronald White considera que la cinta se ajusta en lo fundamental a los hechos y se deshace en elogios a la interpretación de Daniel Day-Lewis.

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Fitzcarraldo

Imagen de Werner Herzog Filmproduktion.

Carlos Fermín Fitzcarrald es uno de esos personajes extraños y fascinantes que a veces aparecen en uno u otro rincón del mundo, buscándose la vida con singular habilidad y persiguiendo sueños tan estrafalarios que uno solo puede desearles éxito. Muchos de ellos por desgracia caerán en el olvido, algunos han sido recopilados por Tseban Rabtan en El atlas del bien y del mal, y por su parte el director Werner Herzog les ha hecho un hueco en su filmografía, desde Lope de Aguirre en Aguirre, la cólera de Dios, pasando por Zishe Breitbart en Invencible hasta esta otra que nos ocupa, cuyo rodaje terminó siendo una locura comparable a la que buscaba retratar.   

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Lawrence de Arabia

Imagen de Columbia Pictures.

David Lean logró crear aquí un clásico del cine, pero también que el hermano de Thomas Edward Lawrence dijera tras verla que no reconoció en ella a su protagonista. Para empezar el esbelto Peter O’Toole poco tenía que ver con aquel arqueólogo al que sentado apenas le llegaban los pies al suelo. El paisaje en el que se mueve, formado por espectaculares dunas desérticas, tampoco guardaba relación con el que realmente sirvió de escenario a sus correrías, mientras que la cronología y repercusión de los hechos se debe, en primer lugar, a las necesidades dramáticas de la historia. Pero la cinta guarda un punto fuerte en su favor, que es también el que lo convierte en la obra maestra del cine que es. La propaganda bélica y patriótica, así como el propio entorno de Lawrence, hicieron de él desde el primer momento un héroe sin matices ni sombras, un mito. Algo a lo que no se prestó esta producción, que prefirió recrearse en una personalidad atormentada, frágil, la de alguien que más que cambiar el mundo intenta encontrarse en él, un carácter más humano y  cercano a la realidad íntima del personaje.   

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Patton

Imagen de 20th Century Fox.

«Quiero que recordéis que ningún bastardo ganó jamás una guerra muriendo por su patria. La ganó haciendo que otros pobres estúpidos bastardos murieran por ella». Así de contundente comenzaba el guion de Coppola interpretado por George C. Scott, lo que le valió a este un Óscar que no quiso recoger por la sencilla razón de no querer formar parte de un espectáculo al que no veía sentido. La recreación de la trayectoria de este militar de personalidad tan marcada fue rodada en buena parte en nuestro país, de hecho los tanques que vemos en acción formaban parte de la División Acorazada Brunete.

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El hundimiento

Imagen de Constantin Film.

Todos los historiadores coinciden en alabar el rigor de este film, fiel a los testimonios que se conservan de quienes vivieron esos días en ese lugar. A menudo los guionistas han de retorcer los hechos para hacerlos encajar en un arco argumental o para darles la pompa que merecen, pero hay momentos excepcionales en los que a la cámara le basta con ser testigo mudo. Este es el caso, en el que presenciamos la agonía de un mundo que se derrumbaba en ese búnker berlinés. La película contiene además escenas que se han convertido en una fuente inagotable de memes, qué más se le puede pedir.

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Gandhi

Imagen de Columbia Pictures.

«La vida de ningún hombre puede ser abarcada en una narración. No hay manera de dar cada año su peso asignado, para incluir a cada evento, cada persona que ayudó a dar forma a su vida. Lo que se puede hacer es ser fiel en espíritu a la grabación y para tratar de encontrar el camino al corazón de un hombre». Esta es la humilde declaración de intenciones que abre la película y que podría hacerlo también con todas las demás que estamos comentando en esta selección. La realidad siempre es complicada, pero si no la simplificamos no podremos comprenderla. En favor de esta cinta cabe destacar además que no se centra tanto en la independencia de la India —un proceso intrincado y con muchos actores implicados— sino en mostrarnos la personalidad, el trato con los demás y los valores del protagonista. En contra, también cabe decir que la narración no va un milímetro más allá de la imagen pública de santidad que él mismo construyó cuidadosamente ante los medios y que algunos documentos y grabaciones hechas públicas con el tiempo han matizado.

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El último emperador

Imagen de Columbia Pictures

Bertolucci tuvo que lograr la aprobación del Gobierno chino para el rodaje en la Ciudad Prohibida y eso trajo consigo la estricta supervisión del guion. No es de extrañar entonces que quedaran fuera algunos detalles como el escrito por el propio Puyi en su autobiografía: «A la edad de once años, apalizar a eunucos era parte de mi rutina diaria». Tampoco protagonizó el episodio romántico que le atribuye, dado que sentía un completo desinterés por el sexo (pese a tener, formalmente, cinco esposas), una subtrama que contribuyó a endulzar esta historia eficazmente narrada que logró en su día nueve Óscar.

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El último rey de Escocia

Imagen de DNA Films

Un recurso narrativo muy frecuentado para contar un evento histórico o aproximarse a una figura relevante, especialmente si ocurre en un lugar exótico, es el de inventar un personaje en principio ajeno al contexto que permita a la audiencia identificarse con él y ver lo que ocurre a través de sus ojos. Así las costumbres locales en principio extrañas le son explicadas a él y por tanto a la audiencia y sus reacciones son, también, las nuestras. A menudo suele tratarse de un periodista occidental de visita en tierra extraña o, en este caso, un médico escocés. Garrigan nunca existió, pero su presencia resulta necesaria para que entendamos lo que vemos en la pantalla, especialmente porque en muchos aspectos resulta demasiado surrealista como para ser cierto, pero en parte así fue. Idi Amin fue algo parecido a lo que se cuenta, o tal vez deberíamos llamarlo como él mismo se bautizó: «Su excelencia el presidente vitalicio, mariscal de campo Alhaji Dr. Idi Amin Dada, VC, DSO, MC, señor de todas las bestias de la tierra y peces del mar y conquistador del Imperio británico en África en general y en Uganda en particular»

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Desnudando «Historia de una pasión» con Terence Davies

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Historia de una pasión, 2016. Imagen: Hurricane Films / Potemkino.

Una de las mayores alegrías que nos ha dado el cine en los últimos tiempos es que Terence Davies, quien siempre tuvo enormes problemas para levantar sus proyectos y solo pudo hacer seis películas en veintitrés años, se haya convertido de repente, ya septuagenario, en un cineasta enormemente prolífico. Ejemplo de ello es que hace apenas cuatro meses conversábamos con él sobre la maravillosa Sunset Song, y hace unas semanas pudimos sentarnos en San Sebastián a hablar de Historia de una pasión, su particularísimo biopic de Emily Dickinson que acaba de estrenarse en nuestros cines.

En un festival como San Sebastián, los minutos de entrevista con un cineasta como Davies se cotizan como el oro. Al final pude rascarle media hora, que aunque por lo visto se considera una eternidad en este tipo de situaciones, no es suficiente para abordar con la profundidad necesaria una obra como Historia de una pasión. Así que decidí emplearlos de forma contraria al signo de los tiempos, que renuncian a la profundidad para ganar en amplitud y nos convierten en lectores que saben un poco de todo, pero mucho de nada. En vez de eso, me propuse afinar el tiro al máximo, abarcar poco para poder comprender mucho, y centré mi entrevista en el aspecto formal más relevante de la película, que a su vez es la piedra angular del estilo de Davies, el elemento que mejor ha dominado durante toda su carrera: los movimientos de cámara. Este es un artículo, por tanto, sobre diez movimientos de cámara y sobre las diez razones narrativas o expresivas que los motivan. Su aspiración, seguramente conseguida solo a medias, es demostrar que a veces las razones que motivaron algunos movimientos de cámara pueden hacernos entender mejor una película que doscientas reflexiones sesudas sobre su historia y sus personajes.

Tras una primera escena estática y frontal en la que la maestra divide a las alumnas según su fe y Emily se niega a participar en ese encasillamiento, en la segunda escena la cámara se mueve por primera vez. Es un plano general diagonal en el cual vemos a Emily frente a la ventana, en un enorme vestíbulo bañado por una luz mágica, casi religiosa. Entonces, mientras oímos el primer poema recitado en la voz en off, la cámara comienza a avanzar muy lentamente hacia ella, como si de alguna forma confirmara que las cosas empiezan a moverse en la película y en el interior de su protagonista.

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«Cuando estábamos preparando este plano, de repente salió el sol y nos dio esta luz literalmente gloriosa (a quien esté ahí arriba: “gracias”), así que aceleramos para rodarlo inmediatamente. Me gusta que la luz dé esa sensación de algo que no es del todo real, porque ella era una persona muy espiritual. La idea aquí es que la han castigado y tiene que quedarse sola en esa habitación enorme, y ella siente la injusticia de ese castigo, porque simplemente estaba siendo honesta. Para ella fue muy duro estudiar fuera de casa, porque echaba mucho de menos a su familia. Yo sé lo que se siente, porque cuando era niño me enviaron fuera de casa durante unos meses y estuve igual que ella: literalmente enfermo de añoranza. Estaba, igual que Emily, bastante cerca de mi casa, pero me sentía como si estuviera al otro lado del mundo. […] Pero volviendo al movimiento de cámara en este momento, sentí la necesidad de acercarme un poco con la cámara… solo lo justo. Si nos hubiéramos acercado demasiado a ella, el momento se habría vuelto sentimentaloide. En cambio acercarla solo un poco es como advertir de que las cosas se mueven, que algo está a punto de ocurrir… y entonces con el corte entra su familia. Hay como un cierto suspense por la espera, y luego la recompensa».

La escena de la ópera está rodada en un solo plano secuencia que nos lleva desde la solista hasta el palco donde está sentada la familia, y finalmente de vuelta al escenario. El movimiento de grúa que nos eleva al principio combina dos aspectos que son cruciales en el estilo de Terence Davies, la música y los movimientos de cámara, y de algún modo parece traducir visualmente esa aria que entona la cantante, como si fuera la música lo que estuviera elevando la cámara hacia el palco.

«Esa música es de La Sonámbula, una ópera de bel canto. No me gusta nada el bel canto, son solo subidas y bajadas y es tremendamente aburrido, pero Emily Dickinson fue realmente a un concierto de Jenny Lynn, y este tipo de música es lo que ella habría cantado. Así que pensé que a pesar de todo deberíamos poner esta pieza en la película, porque así nos elevamos con la cámara hacia arriba a partir de esas extraordinarias subidas y bajadas de la cantante. Al principio pretendía plantear la secuencia en primeros planos, pero cuando llegamos al teatro vimos que el palco era demasiado estrecho. Sin embargo, me di cuenta de que solo necesitamos un plano: venimos hacia arriba, introducimos a la tía Elizabeth, y luego volvemos a bajar, y en ese descenso encadenamos con su éxtasis al llegar a casa, que vuelve a ser, como antes, una especie de recompensa».

Davies repite a menudo, cuando le preguntan por Emily Dickinson, que «para ella su familia era el universo, y el universo era su familia». Lo cual no solo quiere decir que apenas se relacionase con nadie fuera de la familia, sino que en cierto modo también resuelve el dilema de cómo una mujer que vivió toda su vida recluida en su casa pudo escribir una obra poética de tal magnitud. Davies considera que esa íntima comprensión de lo humano que destilan sus poemas no se contradice con su reclusión, porque vivió una vida intensa de sentimientos y pasiones, solo que dentro de su propia familia. Todo esto está condensado magistralmente en un solo movimiento de cámara hacia el inicio del filme. Una noche cualquiera, toda la familia lee en silencio sentada frente a la chimenea, y cuando Emily levanta la vista para observar la escena, la cámara inicia una panorámica que da un giro de 360º alrededor de toda la habitación, revelando sucesivamente a los personajes hasta volver a Emily, emocionada.

«Yo tenía el mismo sentimiento sobre mi familia, aunque nosotros éramos una familia de clase obrera, y quería transmitir esos sentimientos con esta panorámica. La idea de que su familia, esas personas que la rodeaban, representaban el mundo para ella. Le dije a Emma [Bell, que interpreta a Emily Dickinson de joven] que cuando volviéramos a su rostro quería ver cómo algo había muerto en ella, y sus ojos se llenaron de lágrimas, porque entendió lo que quería decir. Porque este es el momento en que ella se da cuenta de cuán frágil es todo lo que ama. Sus familiares están simplemente haciendo cosas ordinarias, cosiendo o leyendo o mirando el fuego… pero estas cosas pequeñas y silenciosas que hacemos todos son en realidad muy poderosas. Y mirándoles, ella cae en la cuenta de que llegará un día en que todo eso no estará ahí, que todo eso morirá».

El siguiente movimiento de cámara clave son los travellings de acercamiento en esa elipsis maravillosa que es la escena de los daguerrotipos. Vemos uno a uno de los personajes principales, sentados para un retrato, y a medida que la cámara avanza sus rostros se van transformando lentamente, hasta que nos damos cuenta de que han cambiado los actores, ya que hay un gran salto temporal. Lo más interesante de este momento es cómo se relaciona con el tema principal de la obra de Davies: el tiempo. Hacer un retrato es un intento de capturar el tiempo, y por tanto de detenerlo, pero el movimiento de cámara de Davies y la larga elipsis que contiene impiden ese vano intento y confirman la imposibilidad de detener el tiempo, que avanza tan implacable como una cámara por las vías de un travelling.

«En esta escena nos encontrábamos con un problema que me parece muy interesante como cineasta: ¿cómo filmas a alguien cambiando el paso del tiempo sobre él? Y no sé muy bien de dónde salió la idea de este travelling de acercamiento que activa el cambio de lo que son ahora a lo que serán durante el resto del filme, pero estoy muy orgulloso. Pero aun así, me parecía que no era suficiente, que necesitaba algo más por debajo. Y me acordé del músico Charles Ives, y de su genial “The Unanswered Question”, y la pusimos en esta escena. Pero cuando la grabamos se me ocurrió sacarle las interpelaciones de flauta y dejar solo las cuerdas, y eso crea un efecto como si la pieza estuviera intentando encontrar su clave, lo cual te deja un poco inestable».

Pero no todos los movimientos de cámara tienen que ser formidables y espectaculares, a veces los mejores son esos movimientos sencillos y sutiles, casi imperceptibles, pero que tienen una razón de ser tan poderosa que se cargan, gracias a ella, de una enorme expresividad. Por ejemplo en la escena de la boda de Catherine Bailey, la amiga y confidente de Emily. Toda la escena está planteada en un solo plano general, que parte del pasillo de la iglesia y se desliza lateralmente hacia la izquierda a medida que los invitados se levantan para despedir a los novios, dejando a Emily sola en el banco. Y cuando ya está sola en el plano y se sienta, triste por tener que separarse de su amiga, la cámara desciende levemente con ella, como si se cargara de su dolor.

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«Tengo que reconocer que el travelling lateral fue un accidente de rodaje, así que es fruto del azar. Lo que pasó fue que montamos el plano general (que en principio tenía que ser estático porque luego íbamos a hacer otros planos), y la cámara estaba encima de las vías y alguien se había olvidado de poner los frenos, así que mientras grabábamos se deslizó hacia la izquierda. Entonces me di cuenta de que no necesitábamos nada más, de que la escena era perfecta con ese único plano, y luego añadí el pequeño movimiento hacia abajo al final, que remarca su devastación cuando se queda sola. Pero ya te digo, fue pura suerte. […] Aunque también es verdad que como cineasta tienes que saber aprovechar los golpes de suerte: tienes que ser capaz de decidir en el momento y de cambiar la idea que tenías antes, y eso es lo más emocionante».

Otro movimiento de cámara muy poderoso, aunque quizá más estándar, es el travelling de acercamiento al rostro de Emily cuando espera impaciente el veredicto del pastor, que lee un poema suyo en silencio. Si en la segunda escena la cámara se acercaba solo un poco para aportar una cierta expectativa de que algo está a punto de suceder, aquí el travelling tiene mucho más recorrido, acabando en un primer plano de su rostro turbado. De este modo, se subraya la importancia crucial de este momento, porque para Emily ese acto de darle sus poemas al pastor es casi como si estuviera entregándose a él.

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«Claro, porque el pastor es la única persona ajena a la familia que lee sus poemas. Cuando yo empecé a escribir, y a dar cosas a gente para que las leyera, la angustia de pensar en qué le estarían pareciendo era terrible. En este momento me gustaba acercarme para remarcar, como dices, esta angustia, y para poder quedarnos en su cara. Porque ella está muy nerviosa pensando si le gustará o no el poema, y que si no le gusta tal vez no quiera volver… Cuando estás esperando a que ocurra algo hay dos formas de rodarlo: o bien cortas muy rápido, o bien dilatas mucho el tiempo, creando una gran expectativa de qué va a ocurrir. Pero lo que sostiene esa dilatación y la hace interesante es la interpretación de Cynthia [Nixon, la actriz protagonista]: ¡la cantidad de cosas que ocurren en su cara y sus ojos es sencillamente impresionante! […]. Al final el pastor se gira y le dice que los poemas son extraordinarios, y es la primera persona de fuera de la familia que los alaba, por tanto es normal que ella sienta una enorme gratitud hacia él, que luego se convierte en veneración».

A partir de un cierto punto, la soledad y el aislamiento de Emily se convierten en uno de los temas centrales de la película, y hay algunos movimientos de cámara que sirven para expresar esta idea de forma muy poderosa. Por ejemplo, en una escena nocturna en la cual un grupo de vecinos se reúne en el salón, donde la mujer con la que acabará liándose el hermano toca el piano y canta bajo la atenta mirada de todos. La cámara hace un travelling que en cierto modo se opone al de la ópera, porque ambos son «activados» por la música pero aquel iba hacia la derecha y acababa encuadrando a toda la familia, y este va hacia la izquierda y acaba encuadrando solo a Emily, que se esconde tras una puerta para espiar la escena, sin formar parte de ella.

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«No se me había ocurrido esta oposición de los dos travellings pero es verdad que son contrarios y me gusta mucho la idea. Pero en realidad este movimiento de 180º lo hice para separarla del grupo, para mostrar que todos están aquí abajo pasándolo en grande y en cambio ella no está. Ella está sola, y sabe que no puede compartir eso. Creo que a estas alturas ya sabe que es una observadora en la vida, no una participante. A mí me ocurre lo mismo: siempre he sido un observador, no un participante. Hay momentos en que te sientes muy muy fuera de la vida, y piensas: “¿cómo lo hacen los demás, cómo aguantan, cómo es que tienen esa clave de la vida que yo no tengo?”. Evidentemente, no hay ninguna clave, nadie la tiene, pero cuando estás completamente solo, y ella lo estaba, igual que yo lo he estado gran parte de mi vida, deseas con todas tus fuerzas que alguien te diga cuál es la clave. Pero claro, nadie puede dártela porque no existe».

La idea de separarla del grupo para enfatizar su soledad está también muy presente en otro movimiento de cámara: tras la muerte de su padre, el coche fúnebre arranca desde la entrada de la casa y la cámara se eleva hasta la primera planta, en un movimiento que recuerda mucho al primer plano de The Deep Blue Sea. En la ventana vemos a Emily, otra vez sola y mirando como espectadora, sin participar en la escena.

«Es la misma idea, sí, de recorrer ese espacio que la separa a ella del resto, el abismo de su soledad. Se parece al movimiento de The Deep Blue Sea, claro, pero en ese plano lo más importante era su contraste con el último plano de la película, cuando la cámara realiza el movimiento contrario, alejándose de la ventana. […] Lo que Emily Dickinson más quería, creo yo, era que su familia se mantuviera siempre igual. Pero claro, la gente muere, se van, se casan… no puedes mantener esa felicidad de la familia de Cita en San Luís [1944], aunque a todos nos encantaría. Pero ella había invertido toda su vida en esa idea, y cuando ve que comienza a desintegrarse frente a ella no sabe qué hacer. Siendo honesto, esto me recuerda bastante a mi carrera: estuve 10 años sin dirigir porque nadie aceptaba ninguno de mis proyectos, y me sentía completamente desesperado… porque aquello a lo que había dedicado toda mi vida parecía estar abandonándome. Hay gente que puede ser muy cruel con tu trabajo, personas cercanas a ti, que pensabas que eran amigos, que luego no te apoyan, y eso puede ser muy duro. Así que sé cómo se sentía ella, porque la desesperación es el peor de los dolores».

Y llegamos al final de la película, que contiene otros dos movimientos de cámara muy interesantes. El primero es justo cuando Emily acaba de morir: la vemos en un plano general lateral, una forma muy típica de encuadrar a alguien estirado en una cama… pero entonces la cámara inicia un movimiento de grúa que la eleva hasta convertir el plano en un general cenital, que sería la forma típica de encuadrar a un difunto. Además, este cenital es idéntico a un plano anterior del cuerpo sin vida del padre, aunque las posiciones están invertidas (ella tiene la cabeza a la izquierda mientras que el padre la tenía a la derecha). Pero en cualquier caso, es asombrosa la forma en que el movimiento de cámara materializa de forma literal la idea de la muerte, en tanto que pasamos de un encuadre estándar de persona estirada a un encuadre estándar de persona difunta.

«Exacto, esta es la idea de este sencillo movimiento de cámara. Ella pasa de ser una mujer a ser una estatua, porque en el cenital quería que pareciese una de esas esculturas que antiguamente decoraban las tumbas. Eso es lo que muestra el movimiento, nada más que eso: la extraña transformación que comporta la muerte. La imagen de ella como estatua me recuerda mucho a un poema de un poeta inglés maravilloso, Phillip Larkin, que escribió un verso magnífico sobre el paso del tiempo, que dice “snow fell undated” [“cayó nieve intemporal”]».

El último plano de la película también contiene un movimiento de cámara maravilloso, que se avanza a la comitiva fúnebre y nos mete literalmente en el agujero de tierra en el que van a meter a la fallecida Emily Dickinson… y luego funde a negro para dar paso a los créditos.

«La premisa es que ese será ahora su hogar; la tierra es su nuevo hogar. Eso es lo que estamos diciendo con este movimiento de cámara. Pero se dice con una cierta distancia, igual que ella, en el poema que oímos en la voz en off, habla de la muerte una cierta distancia, como si dijera que eso está pasándole a otra persona. Todos sentimos esto con respecto a la muerte, como si solo murieran los demás. Entonces creo que quizá este movimiento de cámara y el distanciamiento que comporta con respecto a lo que dice (que la tierra es ahora su hogar) está inspirado por la forma extraordinaria en que Cynthia Nixon leía este poema final, “Because I could not stop for Death”. Nunca hubiera pensado que podía leerse con ese punto de distancia, casi de ironía, como si no fuera ella quien está muriéndose sino otra persona, pero me parece una forma maravillosa de entender y leer ese poema, y creo que tal vez eso me inspiró para imaginar este movimiento de cámara final».

El siempre genial Richard Brody, crítico cinematográfico del New Yorker, escribió sobre Historia de una pasión que «ningún cineasta podría crear un retrato convincente de un artista sin ser él mismo un artista de imaginación comparable». Davies se defiende del cumplido aduciendo que, aunque lo encuentra maravilloso, él no está «en absoluto de acuerdo. […] Yo, como siempre, solo veo los fallos en la película. Y además veo muchos». Si son fallos tan pensados y trabajados como los diez movimientos de cámara en los que se ha centrado este artículo, seguro que son, aunque Davies no lo sepa, fallos felices de un artista enormemente imaginativo.


Mi reino por Los Ramones

The Ramones. Foto: Plismo (CC)
The Ramones. Foto: Plismo (CC)

Por razones obvias (solo hay que mirar mi segundo apellido), los Ramones fueron durante mucho tiempo mi banda favorita. Aquellos tipos con chupas de cuero que tocaban a la velocidad del sonido aliviaron mi adolescencia y me hicieron olvidar los juegos de palabras a costa de mis antepasados. Por supuesto, durante mucho tiempo pensé que Ramón era su auténtico apellido. Me parecía algo extraño, ¿pero por qué iba una banda americana a llamarse así? Y aún más importante: ¿cómo no iban a ser hermanos aquellos tipos? Las semblanzas eran indiscutibles: la vida sin Google era mucho más sencilla.

Finalmente, el 11 de marzo de 1991, en la sala Zeleste de Barcelona, pude ver a los Ramones en directo. Tocaron una hora y dos minutos, parando solo para que Dee Dee pudiera decir «One, two, three, four» entre tema y tema. Más de treinta canciones que fueron inmortalizadas en el disco Loco live. Mis recuerdos son borrosos, más allá de un pogo inacabable que hubiera hecho las delicias de cualquier traumatólogo aficionado a las horas extras y la sensación de que había estado en la sala seis horas. Por supuesto, en aquella época se podía fumar y digamos que la audiencia gustaba de productos que no se vendían en el estanco, lo cual contribuyó a un ambiente postapocalíptico. Sin embargo, todos sabían que habían visto algo histórico: los malditos Ramones en directo.

Por eso, cuando el 27 de agosto de 2014 la agencia Reuters publicó que Martin Scorsese estaba preparando una película sobre la banda, una pequeña parte de los integrantes de mi generación (los Ramones nunca fueron un grupo masivo) pusieron el champán a enfriar. Algunos empezaron a especular con el reparto y alguien dijo que Robert De Niro debería ser Joey y Joe Pesci, Johnny. Alguien habló de Adam Driver, otros votaban por Paul Dano, y en las páginas de fans ardía Troya. Lamentablemente, siete meses después seguimos sin noticias nuevas. Scorsese no ha abierto la boca: sabemos que está preparando una serie sobre el nacimiento del rock ’n’ roll para HBO, un documental sobre Grateful Dead y una película sobre Sinatra. Ni rastro del proyecto sobre los Ramones. Como ya sucediera con aquel musical que David Simon estaba escribiendo sobre los Pogues: esfumado, liquidado, perdido en el limbo.

Así que, esperando a que la cosa se reactive y Dee Dee, Tommy, Johnny y Joey vuelvan a la vida (es curioso que tres de los componentes murieran en el periodo que siguió a la desaparición de la banda), tendremos que conformarnos con algunas de las películas que en 2015 van a repasar la historia de la música desde una perspectiva —a priori— sugerente. A un servidor lo que le suena mejor es el proyecto de F. Gary Gray sobre los N.W.A. llamado (cómo no) Straight outta Compton y que cuenta la vida y milagros de cinco punks negros (otros les llaman raperos) llamados Dr. Dre, Eazy E, Ice Cube, MC Ren y DJ Yella. Para los que no sean aficionados al rap, estos son —probablemente— los padrinos del rap en la Costa Oeste (Compton es un barrio de Los Ángeles poco recomendable si uno no lleva un lanzamisiles) y los tipos que lograron reflejar la mala hostia de un género, hablando de drogas, armas y mujeres sin demasiados miramientos. Las radios americanas los prohibieron por culpa de unas letras que nadaban en incorrección política y a mitad de los años ochenta los N.W.A. ya eran la banda más odiada por la policía de California. Por cierto, N.W.A. son las iniciales de «Niggas With Attitude», no hace falta mucho inglés para saber qué significa.

Curiosamente —y como en el caso de Ice-T— el líder de la banda, Ice Cube, ha interpretado a policías en diversas ocasiones (bueno, Ice-T recibió amenazas de muerte por su papel de secreta en New Jack City, pero eran otros tiempos), Dr. Dre se ha convertido en un magnate (produciendo a Eminem, entre otras muchas cosas) y la película promete ser memorable: el presupuesto —dicen— pasa de los noventa millones de euros, el protagonista es el hijo del propio Ice Cube y Gary Gray ha jurado que no piensa suavizar la historia de uno de los grupos más faltones que ha habido.

Los N.W.A. no van a ser los únicos afroamericanos en visitar la gran pantalla: las biopics de James Brown y Miles Davis también hablarán de figuras cumbre del soul y del jazz. Brown revive en la piel de Chadwick Boseman (el tipo que interpretará a Pantera Negra en el universo Marvel, empezando por la próxima entrega de El capitán América) en Get on up, con muy buenas críticas para él en un papel complicado: un genio machista y misógino que revolucionó a un continente. Lo de Davis es incierto: la película, Miles ahead, es un circo de tres pistas (escribe, dirige e interpreta) de un tipo en el que hay depositadas muchas esperanzas: Don Cheadle (Ocean’s eleven). Empezó a rodarse en Cincinatti en verano del año pasado y las dudas se centran en saber qué va a contar Cheadle, que planea arrancar la acción en 1979, cuando Davis llevaba años de silencio creativo pero en los que había superado su adicción a la cocaína, sobre todo gracias al apoyo de la actriz Cicely Davis (cuyo personaje, que se casó en 1981 con Davis, no aparece —en principio— en la película). Siendo la opera prima del actor nadie puede asegurar nada, aunque la presencia de Ewan McGregor en el reparto, interpretando a un periodista musical, despista bastante.

Tampoco hay que olvidarse de André Benjamin (de OutKast) en los zapatos de Jimi Hendrix, en All is by my side, el filme de John Ridley (guionista de 12 años de esclavitud) sobre los años de Hendrix en Londres, después de dejar Nueva York: la película ha tenido un estreno limitado hace unos meses en Estados Unidos y todo son alabanzas para Benjamin… y palos para Ridley.

Pero, sin duda, el proyecto más esperado (y que también parece estar donde los proyectos locos van a morir) es el que tendrá a Tom Hardy interpretando a Elton John. No nos lo hemos inventado, nadie puede inventarse algo así. En octubre de 2013 la revista Hollywood Reporter anunciaba que Hardy había sido confirmado como el protagonista de la biopic sobre el cantante británico, producida por este y titulada Rocketman. El propio Hardy aparecía en algunos periódicos declarando que había empezado a preparar el papel vistiéndose con las ropas que Elton John le había prestado.

Un año y medio después nadie es capaz de confirmar si Rocketman va a suceder. John no abre la boca y Hardy tiene la agenda ocupada hasta 2017. Para muchos (me incluyo) la idea de ver a Hardy sentado al piano con unas gafas raras era tan inquietante como deliciosa.

¿Películas con las que a uno se le eriza el vello de la nuca? (Por motivos que no tienen que ver con la excitación sino con el miedo). El proyecto sobre Motley Crüe dirigido por un papanatas como Jeff Tremaine; Janis Joplin con Amy Adams de protagonista (excelente) con dirección de Lee Buttler (mal); el de Kurt Cobain con guion de David Benioff (Juego de tronos) que no acaba de arrancar; el de Freddie Mercury con Sacha Baron Cohen (que parece ha dejado paso a Ben Whishaw, lo cual me sigue produciendo escalofríos) y ese biopic de Elvis que —parece— dirigirá Kevin McDonald.

¿Y los Ramones? Habrá que ponerle una vela a Scorsese: Dee Dee, Joey, Johnny y Tommy (y Marky) se lo merecen todo.


¿A qué monarca le ha hecho un favor mayor el cine o la televisión?

Lo fácil es echarle la culpa a Disney, pero no se confunda. Esto es tan viejo como aquel rey que fermoso sonrisaba en el Cantar de mio Cid o los cuentos de los hermanos Grimm, donde no hay princesa a la que no envenenen por guapa o rana que no acabe convertida en un príncipe invariablemente buenmozo, hunky y con un hoyuelo en la barbilla del tamaño de Texas. Por no mencionar el desafortunado conflicto diplomático aquel del rostro por el cual zarparon mil naves y que hizo arder las torres infinitas de Ilión, etcétera.

Desde los tiempos de la epopeya y el cantar de gesta, reyes, reinas y otros VIPs de la realeza reciben en las ficciones el equivalente literario del retoque con Photoshop, obviadas de esta forma sus verrugas, olvidadas sus estaturas poco regias y omitida toda mención a esa costumbre tan monárquica de no de tener mentón. Y la cosa no ha cambiado con las disciplinas visuales, ni siquiera en la edad de oro del biopic. Aunque nadie le vaya a cortar hoy la lengua al juglar, el cine y la televisión modernos también regalan el oído a los monarcas, y la vista no digamos. Particularmente a aquellos a los que la cámara habría querido menos de haberla conocido en vida. A fin de cuentas, todos sabemos quién gana en la riña de siglos que mantienen el rigor histórico y las audiencias. Por eso hoy queremos preguntarnos a cuál de todos estos reyes, reinas, príncipes y princesas le ha hecho un favor mayor el cine o la televisión.

A Isabel I de Castilla

Imágenes: Anónimo (DP) / Museo del Prado / TVE.

Empezando por Isabel de Castilla, a quien interpreta Michelle Jenner en la serie de TVE. Actriz dotada y un encanto, nos consta. Y la historia arrancaba cuando la soberana era adolescente, de modo que aún nos la muestra en sus años mozos, de acuerdo. Pero insistimos: Michelle Jenner.

A Leónidas I

Imágenes: David Holt (CC) / Warner Bros. / Legendary Pictures / Virtual Studios.

Lo de Leónidas no es de ahora, no se crea. La batalla de las Termópilas como rave homoerótica se le ocurrió primero a Jacques-Louis David, que ni un triste taparrabos le concedió a los abnegados espartanos. Lo que hizo Zack Snyder, Frank Miller mediante, no fue más que reinterpretar. Véase, si no, la única imagen que nos queda atribuida al rey Leónidas I —de identidad muy discutida, porque lo más probable es que sea un simple hoplita— y aquel carismático machote de six-pack marmóreo que interpretó Gerard Butler.

A Olimpia de Epiro

Imágenes: Walters Art Museum / Warner Bros. / Intermedia / Pacifica / Egmond Film & TV / France 3 / Pathé.

Por alguna razón, Oliver Stone decidió hacer una película sobre la gesta bélica más gloriosa de la Antigüedad para contarnos que sus protagonistas tenían sentimientos. Para ello redujo al conquistador más grande de todos los tiempos, Alejandro Magno, a un amasijo de pamplinas con esguince de cejas, gesto cagalástimas, pelo rubio pollo oxigenado y unos mommy issues de escándalo. Como para no, por otra parte. A su madre, Olimpia, la interpretó Angelina Jolie. Que además de ser Angelina Jolie —algo ya absurdo en sí mismo— solo tiene un año más que el propio Colin Farrell. Además, Stone decidió no ponerle ni una sola arruguita mientras enterraba a Val Kilmer en prótesis cosméticas —por alguna razón, Filipo II era la única persona que envejecía en esta película—. Remató la faena Jared Leto, que dio vida al general y amante de Alejandro. Recordarán a Hefestión por una sombra de ojos que animaba a darle una somanta de lo que su propio nombre indica.

A Carlos de Inglaterra

Imágenes: Dan Marsh (CC) / Pathé / Granada / BIM / France 3 / Canal + / Future Films / Scott Rudin Productions.

Alex Jennings hizo un gran trabajo en The Queen, de eso no cabe duda. Clavó la voz de Carlos de Inglaterra y esa presencia apocada tan propia de los Windsor. Su parecido físico con el príncipe, sin embargo, es solo remoto. Y se conoce que Stephen Frears no quiso dejarse el presupuesto de toda la producción en el maquillaje necesario para conseguir ese gesto tan, ejem, característico del heredero al trono británico, que después de mucho reflexionar vamos a calificar como «centrípeto». Solución: Jennings pasó toda la película intentando aglutinar los elementos de su cara en un punto central hipotético situado en las inmediaciones de su entrecejo. Y a las orejas renunció, directamente.

A Felipe el Hermoso

Anónimo (DP) / Noordbrabants Museum / Canal+ / Enrique Cerezo Producciones / Pedro Costa Producciones.

Vicente Aranda, a ti nos dirigimos. Entendemos que Felipe el Hermoso tuviera que ser como su propio nombre indica, de verdad que sí. Pero hombre, moderación. Puestos a desmitificar que Juana la Loca estuviese cucú, no habría estado de más que Felipe el Hermoso no fuera tan ídem. ¿Tú has visto el retrato del susodicho? Porque nos colaste en su lugar a Daniele Liotti, date cuenta.

A Cleopatra VII

Imágenes: www.ancientmoney.org / Twentieth Century Fox / MCL Films / Walwa Films.

Eran otros tiempos, vale. En 1963, la gente fea estaba desterrada del cine. Y a Mankiewicz poco se le puede reprochar, estamos de acuerdo. Pero el perfil más singular de la historia, la faraona Cleopatra VII, quizá mereció una nariz mejor que ese respingo pluscuamperfecto que tenía Liz Taylor. O al menos, una nariz pegada a una mujer que no fuera la más bella que pisaba la Tierra. Como Dorothy Dandridge, por ejemplo, que fue la primera opción y la más económica, habida cuenta de que Taylor acabó encaramadísima a la parra. Cobró siete millones de dólares, uno por cada hora de metraje que apareció vestida de caballero del zodiaco. Con la inflación de 2014, equivaldrían a un gritón de dólares. Aproximadamente.

A Enrique VIII

Imágenes: Hans Holbein el joven (DP) / Walker Art Gallery / Showtime.

Puede que Enrique VIII sea uno de los reyes más feroces de la historia de Inglaterra, pero llevaba gorritos absurdos y posaba haciendo la tetera. Esto es así. En Los Tudor, sin embargo, alguien decidió que la mejor opción para interpretar al monarca —seguramente una de las caras de pan más conocidas de la historia— era Jonathan Rhys-Meyers, plusmarquista mundial de subir mucho los párpados de abajo. No contentos con eso, le hicieron posar enseñando el escaparate y en gesto evidente de gustarle mucho la gasolina.

A Catalina la Grande

Imágenes: Georg Christoph Grooth (DP) / Hermitage Museum / MR Filmproduktion / Patrola Film GmbH / Skylark Cine Inc.

Encuentre las siete diferencias. Pista: son solo dos y se podría meter la cabeza entre ambas.

A Mongkut

Imágenes: Anónimo (DP) / Smithsonian Institution / Twentieth Century Fox.

Es posible que Mongkut o Rama IV le suene más por su última encarnación cinematográfica, a cargo de Chow Yun-Fat. Hollywood siempre ha pasado de puntillas por el singular aspecto que presentaba este rey de Siam e incluso por el hecho de que no fuera chino, sino vietnamita. O ruso de ascendencia suiza, gitana y mongola, como Yul Brynner. El exmodelo y exacróbata metido a actor puso su rico patrimonio genético al servicio de un Mongkut inopinadamente sexy en El rey y yo, de 1956. Y ganó un Óscar.

A la reina Sofía

Imágenes: Ricardo Stuckert / PR / Agência Brasil (CC) / Telecinco.

Le proponemos un ejercicio mental: imagine a la reina Sofía sin sonreír. ¿Puede? Nosotros tampoco. Esa mujer no pierde la sonrisa. Ni bajo el ataque de osos panda enfurecidos, ni siquiera cuando está a punto de ser ingerida por un burro. Algo que pasó por alto Marisa Paredes cuando la interpretó en la TV movie Felipe y Letizia.

A Cómodo

Imágenes: Kunsthistorisches Museum / Gryffindor (CC) / DreamWorks SKG / Universal / Scott Free Productions.

Atención, noticias frescas: el gran péplum de nuestro tiempo, Gladiator, tiene menos rigor histórico que un capítulo de Peppa Pig. Y lo peor no es eso, sino que estuvo en la mano de Ridley Scott haberse pasado menos la realidad por el arco de Trajano. Su emperador Cómodo, a quien Scott concedió los rasgos exquisitamente sui generis de Joaquin Phoenix, se parecía en realidad al emperador Caracalla. Pero un huevo, además. Y a Cómodo, lo que un huevo a una castaña.

A María Antonieta

Imágenes: Louise Élisabeth Vigée Le Brun (DP) / Château de Versailles / Columbia Pictures.

Vale que en el siglo XVIII el único color que combinaba con un color era ese mismo color, pero dudamos que la cosa llegase al extremo de tener que ir a juego con el estampado de las paredes. Sofia Coppola no le hizo a María Antonieta un favor enmendando su físico —algo que la reina consorte de Francia no necesita— sino sus outfits, entre los que incluyó incluso el cameo de unas Converse. O lo intentó, porque la corte de Francia de la época poco tenía que ver con ese filtro de Instagram tan ocre y hipster en el que se sumergía Kirsten Dunst. Más bien se parecía a esa boda de un primo remoto en la que todo el mundo luce materiales textiles reflectantes homologados por la DGT.

A Guillermo de Inglaterra

Imágenes: TheMatthewSlack (CC) / SevenOne / Silver Screen / Königsberg Co.

No es que el príncipe Guillermo no sea un hombre atractivo, tampoco es eso. Pero se le ven las ideas, las cosas como son. Y la etiqueta no le permite lo que al común de los mortales, que es un rapadito resultón o unos polvos fumigadores fus fus crecepelos Great Looking Hair. Es lo que dio que hablar con William & Kate, una TV movie de 2011 en la que el príncipe era interpretado Nico Evers-Swindell, de mirada picaruela y egregio pelazo. Muchos espectadores estuvieron de acuerdo en que parecía más un inquietante híbrido entre el heredero al trono y su hermano, el príncipe Enrique.

A Felipe II

Imágenes: Sofonisba Anguissola (DP) / Museo del Prado / Universal / StudioCanal / Working Title.

No fue un retrato amable, recordarán. A fin de cuentas, era el malo de la película. Y además Shekhar Kapur hizo un trabajo estupendo en Elizabeth: la edad de oro confiriéndole a Cate Blanchett las pintas de una drag queen saliendo por la puerta de la escuela de payasos, que era el aspecto que presentaba Isabel I de Inglaterra. ¿Por qué tanto remilgo por afear a Jordi Mollà, que tan claramente lo necesitaba?