Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús

Imagen: Warner Bros.

A Tim Burton se le conoce hoy en día como ese director de cine que tiene cara de ser la foto del «Antes» en los anuncios de acondicionador de pelo. Un realizador que, pese a tener algún acierto ocasional reciente (el fabuloso remake en stop-motion de Frankenweenie y, en menor medida, la decente El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares), lleva una década con el piloto automático puesto. Pero hace treinta años, el hombre era una de las miradas más interesantes de la industria del cine, una de aquellas capaz de levantar un universo propio tan personal y llamativo, tan siniestro y al mismo tiempo encantador, como para coleccionar de manera instantánea millones de fans y centenares de imitadores perdidos entre espirales, murciélagos y trajes a rayas. Y todo aquello gracias a un cadáver de pelambrera verdosa que se ocupaba de exorcizar a los vivos.

Bitelchús

Burton fue un niño californiano de la cosecha del 58 que ya desde muy pequeño tenía claro que lo suyo sería mirar el mundo a través del objetivo de la cámara. Un chaval introspectivo, jugador de waterpolo, fascinado con los payasos, fanático de las películas de Vincent Price y explorador habitual de los mundos literarios de Roald Dahl y Dr. Seuss. Carne de buylling escolar y firme competidor por la etiqueta de rarito de la clase con mención especial del jurado incluida. A los trece inviernos, el chico ya se tiraba las tardes filmando cortometrajes caseros en ocho milímetros o trasteando pacientemente con la stop-motion. También fue durante aquella época cuando el público pudo contemplar por primera vez la obra artística del zagal, expuesta de manera itinerante en el lugar más inusual posible: los camiones de la basura. Aquello ocurrió cuando Burton fue elegido como ganador de un concurso de dibujo organizado por la empresa basurera local y su ilustración (donde se veía a un robusto individuo aplastando un cubo de basura junto al lema «Crush Litter») se estampó, a modo de premio y durante un año entero, sobre todos los vehículos de recogida de desperdicios del barrio.

Esto de aquí fue la primera obra exitosa de Tim Burton.

A los dieciocho años, una beca le permitió acceder al CalArts (el Instituto Californiano de las Artes fundado por el Walt Disney) con el objetivo de convertirse en un animador competente. En aquel centro fue donde Burton agarró un lápiz y, siguiendo su política de hazlo-tú-mismo, comenzó a fabricarse sus propias peliculillas de dibujos animados, dos cortometrajes titulados Stalk of the Celery Monster y King and Octopus. El primero de ellos llamó tanto la atención de los ojeadores de Disney como para que la compañía fichase al chaval para ponerlo a currar en películas como Taron y el caldero mágico, Tod y Toby o Tron. En aquellas producciones además de oficiar de animador también se encargaba de elaborar arte conceptual, pero ninguno de sus bocetos llegó hasta la gran pantalla al lucir un estilo que no acababa de encajar del todo con el rollito Disney. En realidad ocurría que dentro de la compañía andaban como pollos sin cabeza durante aquella época de finales de los setenta. Tras la muerte del fundador (Walt Disney la espichó en 1966, aunque haya quien asegura que promocionó a cubito), los animadores y directivos más capaces del lugar fueron poco a poco mudándose hacia otras compañías, jubilándose o directamente muriéndose, hasta que solo quedó al mando gente que Burton y otros empleados consideraban de tercera división. El propio artista llegó a asegurar que se sentía como una «princesa atrapada en un castillo», porque en aquella casa le daban libertad total para ser creativo y experimentar, pero nunca utilizaban ninguna de sus ideas.

El chico no se amilanó y aprovechó para matar el rato trasteando con la cámara y dirigiendo bizarradas junto a Jerry Rees (futuro director de La tostadora valiente, productor de Space Jam y creador de peliculillas para atracciones de los parques Disney). Rees y Burton firmaron a medias los cortometrajes Doctor of Doom y Luau, siendo el primero un homenaje al cine chusco mexicano con monstruo fullero incluido, y el segundo una locura playera con fiestas, torneos de surf y Kahunas. Ambos eran filmes tremendamente caseros y cutres de manera consciente (ojo a este operador de cámara reflejado en el espejo), pero resultaban curiosos por contener en su reparto a varios currantes desencantados de aquella Disney en horas bajas. Entre ellos se encontraba Brad Bird (director de Los Increíbles y Ratatouille), Mike Gabriel (director de Los Rescatadores en Cangurolandia y Pocahontas) o el propio Burton interpretando al padre del monstruo en Doctor of Doom y a una cabeza cercenada en Luau. Una testa sin cuerpo que lucía un maquillaje similar al que Marilyn Manson intentaría hacer pasar por rompedor veinte años después.

A la izquierda Burton en Doctor of Doom como Don Carlo. A la derecha Burton en Luau interpretando una cabeza malvada y surfera con un cangrejo-esbirro a su cargo.

En la casa de Mickey Mouse intuyeron que el siniestro de Tim tenía suficiente potencial como para merecer algo más de cancha. Y le concedieron los medios para sacar adelante un cortometraje en stop-motion un poco más profesional: Vincent. La historia de un niño de siete años que soñaba con ser Vincent Price (el propio corto estaba narrado por el verdadero Price), ansiaba vivir entre arañas y murciélagos, trataba de convertir a su perro en zombi, imaginaba crímenes horrendos, leía a Edgar Allan Poe y prefería sufrir la infancia entre lamentos que salir a la calle a jugar con los demás infantes. Una peliculilla en la que Burton desenvolvía en cinco minutos varios de los trucos que se convertirían en su marca de la casa: las perspectivas imposibles, la elección estética de forrarlo todo con combinaciones de blanco y negro (rayas en el vestuario, baldosas en las habitaciones, espirales en cualquier sitio), las estructuras arquitectónicas que se retuercen como garabatos nerviosos, un sentido del humor que convierte en juguete lo tétrico, y la creación de un personaje que en realidad era una fotocopia del propio realizador. 

Vincent (1982)

Vincent coleccionó elogios y galardones. Poco después, el realizador perpetró una versión en imagen real del cuento de Hansel y Gretel, una rareza ambientada en Japón que solo se emitiría en una ocasión a través de The Disney Channel, y durante el Halloween de 1983. En aquella curiosa versión del relato de los hermanos Grimm también se intuían ciertas burtonadas estéticas: la propia bruja de la historia parecía un boceto del Pingüino de Batman vuelve (dirigida por Burton) mezclado con el alcalde de Pesadilla antes de Navidad (escrita y con personajes diseñados por Burton). 

Hansel and Gretel (1983).

En 1984, Disney decidió producir otra de las ocurrencias del artista, Frankenweenie. Una reinterpretación de Frankenstein protagonizada por un niño aficionado a rodar cortometrajes en el patio de casa y su perro fenecido, una mascota a la que el chaval revivía tirando de maquinaria de científico loco y el rayo tormentoso de rigor. O la evidencia de que Burton gustaba mucho de plasmar su infancia en la ficción. Y también de que nadie debería dejarlo nunca cerca de un perro.

Frankenweenie (1984).

Cuando el director presentó Frankenweenie en Disney, a los mandamases de la empresa se les cayeron los huevos al suelo. Inicialmente, aquel corto iba a mostrarse en cines junto a los reestrenos de El libro de la selva o Pinocho, pero el resultado era demasiado tenebroso y la compañía optó por enterrarlo en el sótano antes que proyectarlo y tener que repartir disculpas o pañales ante audiencias de rapaces asustados. Como consecuencia de aquello, en Disney aprovecharon para despedir a Burton, aquel rarito que se había fundido un millón de dólares rodando un Frankenstein para niños que nadie quería exhibir ante los niños. 

Ocurrió que el cómico Paul Reubens (ese hombre conocido por erigir una carrera como Pee-wee Herman y dinamitarla al ser pillado con el pee-wee en la mano en un cine X) pudo echarle un ojo a Frankenweenie. Y quedó tan maravillado con el estilo del joven director como para encargarle el salto a la gran pantalla de su Pee-wee televisivo. De este modo, Burton se estrenó en el largometraje con La gran aventura de Pee-wee, una comedia con pinta de juguete tontorrón por la que el alter ego de Reubens correteaba en  busca de su bicicleta. La película se convirtió en un inesperado taquillazo y Burton en un realizador rentable a quien los de Warner comenzaron a arrojar guiones para futuras películas. Pero el director pronto comenzó a desilusionarse con la industria, dirigió dos capítulos para las televisivas Alfred Hitchcock presenta y Cuentos de hadas, pero a la hora de hablar de proyectos de mayor envergadura la cosa no pintaba nada bien. Porque todos los libretos que le ofrecían eran insulsos, chabacanos o directamente infumables. Se le llegó a proponer hacerse cargo de Un caballo en la bolsa, aquella película donde un corredor de bolsa le pedía consejo a un caballo parlante, así estaba el nivel. Hasta que en sus manos cayó el guion de una historia titulada «zumo de escarabajo»  (Beetle Juice en el original) y algo se iluminó en aquel oscuro corazón gótico.

Bitelchús, Bitelchús

Bitelchús se estrenó en los cines norteamericanos a principios del año 88, fascinando tanto a crítica como a público, y convirtiéndose en un éxito sorpresa que dejaría bastante impronta. No solo era la primera película auténtica del director, aquella que no era un encargo y donde se asentaban las bases de su imaginario, sino que también se trataba de una producción extraña por su naturaleza de comedia macabra. Porque pocos taquillazos se gestan en torno a tramas que juguetean con ideas tan oscuras como la vida después de la muerte.

El film narraba la historia de Adam y Barbara Maitland (Alec Baldwin y Geena Davis) un matrimonio recientemente fallecido y condenado a habitar en modo fantasma su mansión en Connecticut durante ciento veinticinco años. Pero mientras la parejita intentaba adaptarse a su existencia espectral, nuevos habitantes cojoneros se asentaron en la vivienda, los Deetz. Una familia neoyorquina compuesta por el promotor inmobiliario Charles (Jeffrey Jones), su mujer escultora Delia (Catherine O’Hara) y Lydia (Winona Ryder), hija gótica del primero y el tormento de ambos. Junto a ellos, también se presentó el diseñador de interiores Otho (Glenn Shadix), un amigo de Delia que trataría de transformar la casa en una pieza de arte moderno.

Los Maitland, incómodos con aquellos nuevos inquilinos e incapaces de espantarlos por sus propios medios, decidían recurrir a los servicios de Betelgeuse (pronunciado como Bettlejuice en inglés y como algo parecido a Bitelchús [1] en español), un fantasma cabroncete (interpretado por Michael Keaton) que aseguraba, con un chusco spot televisivo, tener arte en lo de asustar a los humanos. Y una criatura que solo podía ser invocada al repetir tres veces su nombre en voz alta, «Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús». A partir de aquí todo se desmadraba: un muerto chalado enfundando en un traje a rayas, un poltergeist loco al ritmo del «Day-O» de Harry Belafonte, cadáveres exóticos en los sofás de una sala de espera, maquillaje extraordinario, un Más Allá burocrático y fascinante, una boda fantasmal, gusanos de tierra gigantes en Saturno y un humor que por siniestro resultaba refrescante. O Burton en un buen momento.

Adam y Barbara en el limbo, rodeados de gente guapa. Imagen: Warner Bros.

Pero el libreto original de Beetlejuice, firmado por Michael McDowel, resultaba mucho más salvaje y menos cómico que lo que acabaría ocurriendo en pantalla. Porque el borrador inicial era un thriller de horror que bebía de El exorcista y estaba cargado de casquería alejada de esos terrores de Burton que, aunque también eran macabros, estaban más emparentados con los dibujos animados que con la charcutería de género. McDowel había ideado a Betelgeuse como un demonio alado que adoptaba la forma de un señor bajito del Medio Oriente. Un ser malvado que debía ser invocado exhumando sus huesos en lugar de pronunciando tres veces su nombre, cuyas intenciones inmediatas pasaban por zumbarse a Lydia, asesinar al resto de su familia y destruir la mansión, no estrictamente en ese orden. Aquel guion primigenio también incluía a otra hija de los Deeds de nueve años llamada Cathy, una chiquilla que sería despellejada hasta casi palmarla por un Bitelchús convertido en ardilla demoniaca («squirrel from hell» matizaba el guion) durante el tramo final de la historia. En general, el texto original de Beetle Juice era una película ochentera del montón, una que Walter Hill (director de The Warriors o Límite 48 horas) calificó delicadamente como «un pedazo de mierda». Pero también era un relato donde Burton intuyó ideas que, con un par de retoques, tendrían suficiente potencial como para permitirle desenvolver sus mundos propios.

Stop-motion molona. Imagen: Warner Bros.

Por eso mismo, aquel guion original se sometería a numerosas reescrituras con la idea de añadir las ocurrencias del director. El propio McDowel junto al escritor Larry Wilson se encargó de rebajar el tono hacia la comedia y, poco después, el famoso script doctor Warren Skaaren agarró el texto para introducir en él todos los elementos que convirtieron la cinta en legendaria: el carácter gamberro de Bitelchús, la visión de la Otra Vida como una administración pública fantasmal (donde los suicidas se convertían en funcionarios) y la inclusión de temas musicales durante las manifestaciones espectrales de los Maitland. Aunque para esto último Skaaren había sugerido utilizar canciones de rythm & blues en lugar de tirar por el calipso jamaicano: en la cabeza del guionista, la escena final funcionaba mejor si Lydia movía las caderas al ritmo de «When a Man Loves a Woman». Durante aquellas revisiones se tantearon diferentes desenlaces para la historia: desde uno que tenía a Lydia y los Maitland transformando la vivienda en una casa encantada, hasta otro que reubicaba al matrimonio fenecido en la maqueta de la mansión construida por Adam, pasando por la idea de matar a la propia Lydia durante un incendio para que hiciese compañía a sus amigos fantasmales en el otro mundo. Mientras tanto, en la Warner propusieron rebautizar la película como House Ghosts (Fantasmas de la casa) porque aquello les parecía bastante más descriptivo que la extravagancia de Beetlejuice. Burton contestó a dicha sugerencia con sorna, espetando que también podían retitularla Scared Sheetles (Asustados y sin sábanas). Y comenzó a preocuparse de verdad cuando descubrió que los productores vieron con buenos ojos aquel título que había propuesto de broma.

Ni Dune ni hostias. Eso SÍ es un gusano. Imagen: Warner Bros.

Con la trama concretada, el proceso de casting se complicó porque la mayoría de los actores creían que aquel guion era raro de cojones. Alec Baldwin se apuntó sin estar seguro del todo («No tenía ni idea de qué iba la película, llegué a creer que tras el estreno todas nuestras carreras estarían acabadas») y a día de hoy ni siquiera está contento con su actuación. Catherine O’Hara y Silvia Sydney no se atrevieron a subirse al carro de primeras, y a Winona Ryder la ficharon tras verla en Lucas y descartar a otras actrices como Jennifer Conelly, Alyssa Milano o Sarah Jessica Parker. Para el papel de Betelgeuse, Burton tenía en mente a Sammy Davis Jr, pero los productores le convencieron para otorgarle el puesto a un Keaton que se marcó una actuación desbocada: «Yo me presentaba en el set y me convertía en un puto loco. Fue una interpretación salvaje, me desmadraba durante doce o catorce horas y al llegar a casa estaba cansado y exhausto. Resultó maravillosamente catártico, una actuación de purga y furia», recordaría el actor. Curiosamente, su personaje tan solo aparecía en pantalla durante diecisiete minutos y medio, pese a dar título a la película y robar por completo todas las escenas en las que hacía acto de presencia. Para el propio Keaton, la de Beetlejuice es la mejor interpretación de su carrera.

Clase express de FX mañosos y prácticos: en esta imagen no hay posproducción implicada. Porque Baldwin está apoyando la barbilla sobre una cartulina negra con un cuello sanguinolento dibujado.

La producción se llevó a cabo con un presupuesto de quince millones de dólares, de los cuales tan solo uno estaba destinado a cubrir los efectos especiales. Fue un millón de pavos muy bien exprimido, porque el abuso de efectos prácticos y la stop-motion ayudaban a evocar el estilo de serie B que el director adoraba. Y también porque los diseños de Burton, plagados de gusanos a rayas y llamativos habitantes del inframundo, eran tan imaginativos como para embellecer el conjunto con facilidad. Del maquillaje se encargaron Ve Neill, Steve La Porte y Robert Short con tanta mano a la hora de moldear a Bitelchús, y al resto de jetas del inframundo, como para ser galardonados con un Óscar por sus labores. 

Cómo no le vas a dar un Óscar a esto.

La banda sonora corrió a cargo de Danny Elfman, un hombre que en la actualidad es toda una institución en el terreno de los scores cinematográficos, pero que debe toda su carrera al papá de Beetlejuice: un puñado de años antes fue invitado a orquestar La gran aventura de Pee-wee solo porque Burton era fan del grupo Oingo Boingo, aquella banda donde Elfman militaba dotando de voz a temazos tan ochenteros como «Weird Science». El músico inicialmente reculó ante la proposición al carecer de la formación necesaria para componer y orquestar, pero acabó aceptando el encargo y desde entonces su obra se ha convertido en un elemento importantísimo de la historia del séptimo arte. La traviesa composición que parió para vestir a Beetlejuice encajó estupendamente en aquel cuento con fantasma cabrito. 

Contraportada y portada del vinilo con la banda sonora de Danny Elfman.

Todo lo anterior desembocó en una película fabulosa, con un Burton muy imaginativo y un Keaton forzando la rosca hasta pasarla del todo. Una fábula siniestra pero autoconsciente que atraía al público porque había pocas similares a ella en la cartelera. Con el tiempo se convirtió en un clásico, referenciado frecuentemente en otros mundos y cargado de escenas icónicas que pasaron a formar parte del imaginario pop. Cuando Glenn Shadix (Otho en el film) falleció en 2010, la última canción que se escuchó durante su funeral fue el «Day-O» de Belafonte, en honor a aquella escena de Beetlejuice donde todo el mundo meneaba el culo y cantaba sobre recoger bananas.

Entretanto, en la constelación de Orión, una estrella llamada «Betelgeuse» brilla despreocupada sin ser consciente de que su nombre primero sirvió de inspiración para bautizar a un demonio cabrón. Y después se convirtió en zumo de escarabajo.

Imagen: Warner Bros television.

Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús

Dos años después del estreno de Bitelchús, Burton comenzó a fraguar una secuela con el peor título posible: Bettlejuice Goes Hawaiian. El primer borrador del guion, a cargo de Jonathan Gems, trasladaba a los habitantes de la casa hasta Hawái con la excusa laboral de un encargo para comandar el diseño de un complejo turístico. En la trama, el hotel comenzaba a edificarse sobre el cementerio de un antiguo sacerdote Kahuna que regresaba de entre los muertos para espantar a los invasores no deseados, y a Bitelchús le tocaba salvar a los protagonistas participando en un campeonato de surf. La cosa sonaba a coña, pero no lo era tanto porque a Burton le resultaba muy graciosa la ocurrencia de vestir con expresionismo alemán el entorno de aquellas películas playeras de surfing con tufo a kitsch y crema solar. Y en el fondo, el realizador ya había hecho algo parecido años atrás con aquel cortometraje titulado Luau.

Pero Burton y Keaton se liaron con Batman vuelve, aquella película que aterró a los niños en las salas, y dejaron aparcado el proyecto de los fantasmas con sandalias. Durante los años posteriores Bettlejuice Goes Hawaiian sufrió numerosas revisiones por parte de diferentes guionistas como Daniel Waters (Las aventuras de Ford Fairlane, Demolition Man) o Pamela Norris (Saturday Night Live, Remington Steele, Miami Vice). Incluso se llegó a proponer una reescritura a Kevin Smith, aquel que a mediados de los noventa todavía parecía que iba a ser un escritor ocurrente, pero el de Nueva Jersey rechazó la propuesta con un «¿No hemos contado todo lo que teníamos que contar en Bitelchús? ¿De verdad que tenemos que ponernos tropicales?». La cosa no acabó cuajando pese a que tanto el director como el actor principal y Wyona Rider se mostraban encantados con la idea. En 2015 se intuyó un nuevo Bettlejuice 2, que transcurriría en la década contemporánea, cuando los productores comenzaron a encargar un nuevo libreto entre los guionistas de Hollywood. Pero cuatro años más tarde, y después de que Burton y Keaton trabajasen juntos en Dumbo, desde la Warner anunciaron que el proyecto estaba tan muerto y enterrado como su protagonista. Entretanto, por Broadway se paseó una adaptación musical de la película original. Y durante las promociones de dicho show teatral, tanto Burton como los productores dejaron más o menos claro que la segunda entrega cinematográfica de Bettlejuice probablemente nunca llegaría a suceder.

A día de hoy, la única secuela oficial de la película es la serie animada de Bitelchús. Un entretenimiento con cierta gracia que tomaba prestados un par de detalles de la película para construir su propio universo post morten y surrealista. Y un programa de la época en la que los dibujos animados llegaban precedidos por una cabecera espectacular, una que estaba mil veces mejor producida que el resto del show.

Imagen: Warner Bros Television.


[1] Convertir Beetlejuice en Bitelchús es una de esas ideas de los traductores tan desastrosas como para ser capaces de transformar ciertas escenas en accidentes terribles. Compárese cómo Lydia adivina el nombre del bioexorcista en la cinta original con lo absurdo de la misma escena en la versión doblada, una secuencia en la que se ven obligados a hacer malabares con las palabras para salvar el asunto de cualquier manera. El póster de la película en español tampoco se libró de inventarse una frase promocional que invocaba a la vergüenza ajena: «El fantasma que a todos pasma». Eso sí que daba miedo.


Cómo vender una película

20140509084903-a
Guardianes de la galaxia. Imagen: Walt Disney Studios.

Plantearse la promoción de Guardianes de la galaxia probablemente provocó bastantes jaquecas entre los publicistas al tratarse de una nueva franquicia basada en personajes de cómic desconocidos para el gran público. Hasta que de repente desde el departamento de marketing arrojaron un tráiler a las masas:

Se trataba de un tráiler que parecía caer en los molestos lugares comunes de la promoción engañosa al tomarse licencias sobre el metraje real: presentaba a los protagonistas poniendo cara de Sospechosos habituales en una escena que en la película no ocurría del mismo modo, en la historia ni Drax (Dave Bautista) había hecho acto de presencia durante la secuencia de reconocimiento ni la pandilla protagonista se había consolidado. Además dicha promo también utilizaba el truco ramplón de colar un fotograma fugaz de Gamora (Zoe Saldaña) desnuda y con sideboob verde (minuto 1:52) totalmente gratuito que ni siquiera formaba parte de la película. Y lo hacían justo después del topless de la otra persona guapa del film, Chris Pratt, insinuando que las aventuras espaciales incluían algo de zumba fitness y perreo galáctico.

Pero obviando estas concesiones rastreras se podía alabar a los que estaban detrás del anuncio por lograr lo imposible: otorgarle emoción a algo a golpe de ese «Uka uka uka shaka» («Ooga-ooga ooga chaka» en el original) del «Hooked on a feeling» de Blue Swede. El propio tráiler era una revisión de otro anterior centrando el énfasis en el hit musical. Y reconocer su logro era sencillo, porque que hay pocas cosas más jodidas que tratar de invocar la épica a través de un mantra pop que hace que el cerebro del espectador se conecte de manera automática con Reservoir Dogs o el bebé bailarín de Ally McBeal. Estaba bien llevado y la excusa musical guardaba relación con el film a través del walkman del protagonista (que también servía para embellecer el prólogo de la película con otro temazo, «Come and Get Your Love»). No era el primer tráiler que sabía ser listo al mezclar música y montaje (el anuncio de la tercera entrega de Piratas del Caribe cruzó espadazos con banda sonora [minuto 1:54] y Suicide Squad acaba de liarla pegando bombazos a ritmo de Queen), pero Guardianes se merendaba a otros anuncios peliculeros contemporáneos por atrevido y eficaz.

«In a world…»

Hace muchísimo tiempo las películas incluían sus títulos de créditos durante los primeros minutos de metraje y alguien pensó que sería buena idea añadir avances de otros estrenos tras el letrero «The End» que servía de cierre; con el tiempo los títulos de crédito acabarían relegados a la cola mientras las previews servían de aperitivo inicial. Los publicistas acabarían creando inconscientemente una plantilla y todos los tráilers parecerían el mismo. Aquella voz en off presentado cualquier cosa con un «In a world…» inicial se utilizaría en miles de promociones junto a otras tantas montañas de frases hechas talladas para crear emoción. Y la reiteración era tan exagerada que no resultaba difícil burlarse de ella: el tráiler de Comedian, protagonizada por Jerry Seinfeld, consistía en un chiste ocurrente y con guasa sobre los lugares comunes del narrador de este tipo de encargos:

En el fondo, la mayoría de las películas se venden igual, a través de una montaña de tópicos promocionales que ya son casi cancerígenos por reiteración: durante los tráilers cómicos los chistes remarcables suelen interrumpir la música ambiental acompañados por el sonido del scratch de un vinilo. En los dramáticos la gente pregunta mucho «¿Hasta dónde estás dispuesto de llegar?». Las épicas tiran mucho de la música calzando un Carmina Burana, el «Lux Aeterna» o la banda sonora de Braveheart y el cine de acción tenía como tradición optar por el tema «Bishop’s Countdown» de Aliens. En casi todos se abusaría del fundido a negro convirtiendo la imagen en un parpadeo constante, y por culpa de Origen en cualquier promo de una epopeya con ínfulas ahora hay que comerse el sonido de una sirena de barco atormentando continuamente.

Provócame

Todo lo anterior no significa que no existan ejemplos que, a pesar de su naturaleza comercial, no gozasen de un montaje y un mimo envidiable, ahí está el muy notable trálier montado para El padrino III. En el fondo eran un producto que jugaba con ventaja, su escasa duración servía para agarrar solo lo destacable, inyectarle mucho ritmo y vender el conjunto como si fuese la hostia en bicicleta. La sensación general, y certera, siempre ha sido la de que la mayor parte de las veces los tráilers eran mejores que la propia película, o que al menos no hacían perder tanto el tiempo.

Para encontrar ocurrencias destacables había que irse a los teasers, esos pequeños adelantos que normalmente no contenían fotogramas reales de la película, por realizarse antes de que aquella estuviese vestida del todo, y que servían para caldear las expectativas del público. En ellos los publicistas estaban mucho más creativos al tener que torear las imágenes concretas.

El teaser de Hitchcock para Psicosis consistía en una visita guiada, por el propio director, de seis minutos a través del interior de la mansión Bates. El avance de la Poltergeist del 82 era un curioso documental ficticio. El vistazo a Alien acojonaba lo suyo e inducía terror y claustrofobia con un huevo y sonidos perturbadores junto a escenas claustrofóbicas. El adelanto de Terminator 2 nos llevaba de visita por una cadena de montaje. La avanzadilla publicitaria de Toys hacía algo muy marciano al jugar con la metarreferencia con un Robin Williams explicando el asunto y bromeando sobre las campañas comerciales en medio del prado sin mostrar imagen alguna de la película. Días extraños tenía un spot fabuloso con Ralph Fiennes generando una cantidad indecente de curiosidad al hablar directamente con el espectador. Parque Jurásico se ponía científico explicando el asuntillo de los mosquitos prehistóricos, y años más tarde el Godzilla de Emmerich se colaría en un museo para pisotear el recuerdo de Parque Jurásico aplastando un esqueleto de T-Rex. Kill Bill se anunciaría con una espada penetrando limpiamente a través de carne en cuya hoja estaba tallado el nombre de la película y su director, y antes de Kill Bill Vol. 2 la Novia nos adelantaría sus planes de venganza. Para el primer Spiderman de Sam Raimi se ideó un tráiler curioso que acabó enterrado en un cajón tras el 11S por culpa de utilizar como protagonistas a las Torres Gemelas. Rocky Balboa utilizaba un único plano de los ojos del protagonista. Tron Legacy se marcaba una secuencia, que no aparece en el film, con las míticas motos para tantear al público antes de que la película entrara en producción.

Transformers parecía tonta pero fue muy lista al presentar un adelanto que simulaba documentar una misión de exploración a Marte con sorpresa. Su secuela Transformers: el lado oscuro de la Luna repetiría la jugada con el satélite del título. El avance de Monstruoso se rodaría antes de la propia película y en el mismo ni siquiera aparecía el título de la cinta. Christopher Nolan apostaría por no incluir mucho más que unos segundos de metraje del film en la preview de Interstellar. J. J. Abrams erizaba los pelillos nerds de muchos con la construcción del Enterprise. La red social se presentó de manera fantástica, con conversaciones a través del propio Facebook.

SimpsonMovie
Los Simpson: la película. Imagen: 20th Century Fox.

South Park, más largo, más grande y sin cortes enumeraba avances tecnológicos en el mundo de la animación para acabar mostrando una animación chusca de Cartman bailando. Una idea similar sería utilizada por Los Simpson al desvirgarse estos en el largometraje: un hermoso conejito bailarín saltaba feliz al ritmo de Chaikovski en un mundo vistoso dibujado por ordenador hasta que la fealdad en dos dimensiones de Moe lo aplastaba.

Una locura de tráiler ideada para El exorcista sería retirada por los propios responsables por acojonar en exceso; se trataba de aquella fiesta de flashes arrojados a la cara tan poco recomendables para epilépticos y terroríficos para todos aquellos que tuvieron el gusto de experimentarlos en una sala a oscuras. Exploradores conducía al público hasta el patio trasero de una casa para acabar en cliffhanger. Y aquel tráiler telepático de los Monty Python para El sentido de la vida sigue jugando en otra liga superior a la del conocimiento humano.

Y por último la joya visual que anunciaba la llegada de El resplandor. ¿El mejor teaser de las historia publicitaria? Posiblemente, o Kubrick haciendo lo que le salía de las pelotas y haciéndolo bien.

Lo mejor de ti

A Barry Sonnenfeld no le hizo ninguna gracia que el chiste del piloto automático, hinchable y con apariencia humana, de ese coche de Men in Black («—¿Eso viene de serie? —En realidad venía con un negro, pero siempre le paraban») acabase siendo utilizado como cierre de la promoción porque aquello estropeaba la sorpresa del gag durante la película. Era un problema promocional bastante común, porque a base de extirpar lo mejor de la película para los minutos publicitarios se acababan estropeando los mejores chistes, las mejores escenas, los giros más inesperados, o directamente toda la trama.

movies-68b80e28eabb1636cd82ff82870ffc71-image-52493
Hombres de negro II. Imagen: Columbia Pictures.

En las comedias el asunto siempre ha sido doloroso por erosionar el gag: películas como American Pie o Algo pasa con Mary repitieron los chistes más llamativos durante la promoción hasta lograr que los largometrajes pareciesen un montón de paja rellenando cuatro coñas conocidas de antemano. Rogert Ebert apuntó que en el tráiler de la infame Año cero los publicistas habían logrado incluir absolutamente todos los chistes graciosos de la obra. Los avances de las entregas de Ice Age solían olvidarse de presentar la película en sí para centrarse en los tortazos de Scrat. Las diversas previews de Enredados adelantaron todos los chistes que contendría la película. Otros también desgastaban la broma por erosión: el spider pig de Los Simpson o el «¿Quieres sufrir? Prueba a ponerte un corsé» de Piratas del Caribe no funcionaban en la sala de proyección porque el público había sido expuesto al chiste millares de veces en televisión. Los anuncios de Hancock no solo pasearon todas sus coñas durante el su excursión publicitaria sino que además desvelaron su trama por completo.

Y es que si resultaba doloroso contar el final del chiste mucho peor era hacerlo con en el de la propia película: Náufrago aprovechaba su tráiler de dos minutos y medio para exponer la introducción, el nudo y desenlace de la cinta spoileando toda la película (escena final incluida) al espectador potencial, algo que su director, Robert Zemeckis, justificaba diciendo que a su público tanto destripe se la traía al fresco; en el fondo Zemeckis es de los pocos realizadores que han metido un tráiler de una película (Regreso al futuro 3) dentro del metraje oficial de otra (Regreso al futuro 2). Melancolía, varias entregas de Crepúsculo, Speed, Tiburón, Nunca me han besado o La cenicienta de Kenneth Branagh convertían la campaña publicitaria en un sumario completo de todo lo importante que ocurría en pantalla. Los tráilers de Carrie y Pesadilla en Elm Street mostrarían todas las muertes de personajes importantes, el de Collateral desvelaba en qué consistía el trabajo de Tom Cruise, el de Arlington Road se cargaba el principal misterio del guion. La isla, Soylent Green, Contagio, El maquinista o Rescate lograron que los guionistas que buscaban retorcer al público con un giro inesperado se tiraran de los pelos al ver que su revelación cuidadosamente escondida era cantada a gritos en los anuncios oficiales. La franquicia Terminator se tomaba el asunto como una costumbre: la promoción de Terminator 2 revelaba el bando de la máquina, la de Terminator Salvation la verdadera naturaleza de un personaje, y la más reciente de Terminator génesis al villano. Normalmente la propia campaña publicitaria jugaba en contra de la película: para muchos hubiese sido más interesante descubrir en el cine, en lugar de en la televisión durante un spot, que el protagonista de El sexto sentido tenía el don de ver a los fantasmas.

El arte del engaño

Muchos de los tráilers de las cintas en las que los estudios invierten más dinero se comienzan a fabricar antes de que la película esté completada para que la gente tenga las expectativas precalentadas. Por eso mismo, departamentos como el de los efectos especiales suelen lucir diferencias notables entre lo anunciado y el resultado definitivo. La comparativa de El Hobbit: la desolación de Smaug realizada por VideophileReviews sirve como bonito ejemplo de lo mucho que puede llegar a transformarse una película:

Pero en muchas otras ocasiones lo que se utilizaba eran tretas engañosas y conscientes. Una argucia publicitaria muy jugosa consistía en travestir el género: E. T. inicialmente se vendía espeluznante, obviando cualquier tipo de humor, porque Spielberg venía de jugar al thriller con Encuentros en la tercera fase. Y, tiempo después, los Gremlins de Joe Dante se anunciarían navideños y traviesos, ignorando la parte terrorífica, porque E. T. y su buen rollito habían vendimiado billetes gordos. Aracnofobia se promocionaba con música animada y resaltando momentos cómicos, El bosque cabrearía a aquellos que esperaban encontrarse con la cinta de terror que mostraban sus anuncios, El hombre bicentenario utilizaba extractos de un par de escenas muy aisladas para hacer pasar por comedieta de Robin Williams un dramón de dos horas. Al límite de Scorsese parecía anunciarse como un Sexto sentido en ambulancias. Sweeney Todd se olvidaba por completo de mencionar que era un musical, y Annapolis de comentar que trataba sobre boxeo. Vuelo nocturno, un thriller con terroristas en un avión, aprovechaba que su director era el desaparecido Wes Craven para tejer una treta lamentable: insinuar que era una película de terror con algún tipo de monstruo sobrenatural, algo que hacía calzando sobre Cillian Murphy un torpe y nada discreto efecto especial de ojo rojo y brillante como si fuese una criatura del averno.  

La desfachatez llegaba con la fullería de seleccionar metraje de escenas oníricas o soñadas y utilizarlo para hacer creer que toda la película transitaba el mismo recorrido. Un puente hacia Terabithia se vendía como un relato de aventuras en un mundo fantástico, e incluso su carátula mencionaba Narnia y prometía tierras mágicas, cuando en realidad se trataba de un drama bien gordo donde un par de preadolescentes vestían las cosas con su imaginación. Aquello cabreó a la autora del best seller original, Katherine Paterson, y especialmente a su hijo, David L. Paterson, que se había encargado de adaptar el libro al guion de la película: «Todo aquel que ha leído el libro y ve el tráiler promocional dice: “¿Qué es esto? Si no se parece en nada al libro. ¿Qué estás haciendo, David?”». Aventuras en Alaska, una de Cuba Gooding Jr y una manada de huskys siberianos, se vendía en su publicidad como un nuevo Mira quién habla canino al utilizar imágenes de un sueño del protagonista donde los chuchos estaban de cháchara. Y lo más curioso es que, gracias a aquella publicidad engañosa, se estrenó en lo alto de la taquilla con un montón de pequeños espectadores decepcionados porque la cinta no trataba sobre perros parlanchines. El productor Jerry Bruckheimer, tras ver la taquilla recaudada por la tropa canina, imitó la treta de incluir animales parlanchines en un sueño del protagonista y añadió a Canguro Jack una secuencia fantaseada donde el animalillo del título canturreaba hip hop, un numerito que colaría en el tráiler a propósito y auparía la película al primer puesto de las recaudaciones propiciando de nuevo un cabreo general entre la audiencia que había interpretado Canguro Jack como una película para niños cuando en realidad era una comedia soez.

beetlejuice
Bitelchús. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Mentir sobre el protagonista siempre ha sido otra argucia clásica. Bitelchús parecía el protagonista absoluto de la obra homónima cuando realmente solo asomaba por la pantalla durante poco más de un cuarto de hora. Jamie Lee Curtis en Halloween: resurrection duraba dos segundos a pesar de encabezar la publicidad. Liam Neeson aparecía cinco minutos en Los próximos tres días y Monica Bellucci otros cinco en Spectre, Helena Bonham-Carter diez en El llanero solitario, y lo de Angelina Jolie en Sky Captain y el mundo del mañana era más un cameo que un papel. Un caso curioso es el de Rick Genest, el zombie boy ese que tiene el cuerpo tatuado por completo y se va de guateques con Lady Gaga: el zagal aparece en el cartel oficial de 47 Ronin, pero en la película solo rellena un hueco de tres minutos.

Tráilers parodia

La parodia directa también ha sido un recurso socorrido: lo que parecía una nueva entrega de Batman resultaba ser una película de Scooby Doo. La horrible precuela Dos tontos muy tontos: cuando Harry encontró a Lloyd intentó hacerse pasar por El Hobbit. Los tráilers de Lilo y Stitch colaban al extraterrestre vandalizando películas de Disney ajenas. Y para The Muppets alguien decidió que lo único coherente era caricaturizar promos de otras películas: hubo versiones de Los juegos del hambre, Millenium: los hombres que no amaban a las mujeres o Linterna verde, pero también una promoción simpática que vendía una película romántica falsa, Green with Envy, en la que se colaban los propios muñecos para sorpresa del narrador, hasta que finalmente todo desembocó en un tráiler parodiando los propios tráilers-parodia de The Muppets, con repasos fugaces a Paranormal Activity, Happy Feet 2, El gato con botas o Crepúsculo: amanecer parte 1.

En pleno retorno de las precuelas de Star Wars, un teaser proporcionaba un pequeño paseo por una Estrella de la Muerte en ruinas con la respiración de Darth Vader de fondo para acabar descubriéndose como el retorno del Doctor Maligno en Austin Powers 2: la espía que me achuchó. La frase promocional tenía su gracia: «Si vas a ver una película este verano, que sea Star Wars, pero si vas a ver dos que la otra sea Austin Powers».

Maravilloso sería lo que haría Bob Esponja, la película: agarrar directamente metraje de La caza del octubre rojo, Das Boot y U-571, juntarlo todo y acabar colando en el radar submarino la silueta de la criatura amarilla de pantalones cuadrados.

Fake trailers

La posibilidad de convertir el PC en una mesa de edición casera acabó dejando claro lo sencillo que resultaba disfrazar cualquier película a través del montaje para convertirla en algo totalmente diferente. Hay gente que ha reinterpretado Mary Poppins como un slasher terrorífico, Los diez mandamientos como una comedieta adolescente de high school, revisitado Regreso al futuro con mucho homoerotismo romántico y El resplandor como una comedia familiar. Hay incluso quienes han transformado un pequeño avance de la serie secuela de Padres forzosos de Netflix en una historia de terror con tan solo añadir la banda sonora de It Follows y hasta un caballero llamado Tyler Hopkins que tirando de maña ha construido el fantástico tráiler de la cinta de acción 1,21 gigawatts, una falsa precuela de Regreso al futuro.

Aunque existen tráilers completamente falsos pero oficiales, como los creados para rellenar el espacio entre Death Proof y Planet Terror cuando ambas películas se idearon en formato pack: Werewolf Women of the SS de Rob Zombie, Don’t! de Edgar Wright, Thanksgiving de Eli Roth, Hobo With a Shotgun de Jason Eisener y Machete de Robert Rodríguez, de los cuales los dos últimos acabaron convertidos en películas reales. Por otro lado, en Universal aprovecharon que la acción de Regreso al futuro 2 se situaba en la época actual para presentar un sencillísimo teaser falso de la supuesta Tiburón 19 que tenía un cameo holográfico en la película.

CollegeHumor creó un tráiler tan exitoso en imagen real de Dora la exploradora, con el descacharrante lema «Adventure goes bilingual», que tuvo que acabar prometiendo nuevas entregas tras cientos de reclamaciones de los fans. Del mismo modo, una falsa Italian Spiderman tuvo tanto éxito en la red como para extenderse en una serie de cortometrajes.

Y Jimmy Kimmel se fabricaría un tráiler de ocho minutazos con Helen Mirren en un hovercraft, Matt Damon disfrazado de racimo de uvas, Gary Oldman convertido en centauro, Gabourey Sidibe como una Hitler negra y en general con medio Hollywood haciendo el payaso alegremente en aquella Movie: The Movie.

Deadpool

Deadpool es probablemente la película con la campaña publicitaria más descojonante de la historia reciente, una que empezó logrando que la idea de tráiler de un tráiler resultase menos dolorosa al bromear de manera nada delicada sobre la olvidable anterior aparición del personaje en X-men orígenes: Lobezno, donde era interpretado por el mismo actor pero en un tono completamente diferente:

Pero también una campaña que continuó con fotos promocionales parodiando al mítico Burt Reynolds en pelotas, un masaje a Conan O’Brien con lágrimas de panda, un adelanto en DeviantArt de los planes de la batalla final, una postal de Navidad, un tráiler con chimichangas para anunciar la versión IMAX, una página de guion anotada, un descacharrante panel publicitario compuesto por un par de emojis del WhatsApp, un póster que hacía mofa de los tropiezos cinematográficos del actor, una colección de emojis propia y el tráiler definitivo. En su estreno español remataría además con un genial tuit en castellano del propio Ryan Reynolds sobre lo bonito de partirse el ojete.

Y, sobre todo, porque probablemente se trataba de la única película que ha aprovechado que su fecha de estreno se sitúa cerca de San Valentín para echarle un morro de varias capas de cemento y venderse como una historia romántica. Este cartel es algo fantástico:

12466014_952331271527546_144728287173782764_o
Imagen: Twentieth Century Fox.


¿Qué personaje de terror resulta más simpático?

Un año más nos preparamos para celebrar Halloween, una fiesta que según vemos ya se ha adoptado mayoritariamente como propia y nos parece estupendo, aunque por empeño que le pongamos todavía no hemos logrado considerar amenazadora a una calabaza. Le echamos ganas, pero debe de haber algo que se nos está escapando en esto. Quizá tener como referencia a doña Ruperta no ayude, aunque en realidad con las demás criaturas terroríficas nos pasa algo parecido: te familiarizas con todas ellas y ya no es que dejen de asustar, es que acaban cayéndote bien. Y así no hay manera, oiga. Por ello hemos seleccionado a aquellos seres del más allá o simplemente algo raritos que al final han terminado resultándonos entrañables. Ahora votad, malditos, y quien lo desee que añada su favorito.

_______________________________________________________________________________

Nosferatu

Imagen: Prana-Film GmbH.
Imagen: Prana-Film GmbH.

Uno de los directores más destacados del expresionismo alemán, Murnau, quiso hacer en 1922 una adaptación de Drácula sin tener los derechos de la novela, así que pensó que cambiándole el nombre sería suficiente. Pues no. La justicia le obligó a destruir todas las copias, aunque afortunadamente algunas se pudieron conservar, llegando hasta hoy como todo un clásico del cine de terror. Que por cierto, como ya es de dominio público, pueden ver aquí. La cuestión es que vemos al pobre conde tan rematadamente feo, contrahecho y orejudo, avanzando temeroso —tal vez incluso avergonzado, mírenlo— y la impresión que da es que no viene en busca de sangre sino de un simple abrazo.

_______________________________________________________________________________

Igor, de El jovencito Frankenstein

Imagen:
Imagen: 20th Century Fox.

Ya de entrada el monstruo de Frankenstein nos inspira cercanía: entre el perseguido y la turba enfurecida que se apunta a cualquier linchamiento, mejor el primero. Y encima es un tipo un tanto torpe, buenazo en el fondo pero rechazado por su aspecto amenazador. Así que lo hubiéramos elegido a él… hasta que se aparece por en medio Igor. Inmediatamente pasa a ser nuestro favorito con esa sonrisa maliciosa, esa chepa que seguro trae buena suerte frotarla y, por encima de todo, esa mirada penetrante. No importa en qué ángulo estés respecto a él, que sabrás que no te está quitando ojo de encima, como el buen criado siempre atento que es.

_______________________________________________________________________________

Los esqueletos de El ejército de las tinieblas

Imagen:
Imagen: Dino De Laurentiis Company / Renaissance Pictures / Universal Pictures.

Este film que dirigió Sam Raimi en 1992 está lleno de aciertos que le han llevado a ser eso que se conoce como una «película de culto», pero el mayor de ellos es sin duda el ejército de muertos que se levantan de sus tumbas, con eso efectos especiales un tanto chapuc… artesanales queremos decir, que le dan más encanto. Aunque un esqueleto en principio no parece tener mucha expresividad, estos de alguna forma logran caer bien, así que en esa batalla contra los vivos al final uno no sabe ya de qué lado ponerse.

_______________________________________________________________________________

Norman Bates disfrazado de su madre

Imagen:
Imagen: Paramount Pictures.

Probablemente la historia de amor más incomprendida de la historia del cine. Mírenlo, qué feliz se le ve así vestido ¿Qué de malo puede haber en ello? Como sabiamente nos dice Paulo Coelho «no tengas miedo a que te llamen loco». Algún día se te hará justicia, Norman.

_______________________________________________________________________________

El conde Draco, de Los teleñecos

Imagen:
Imagen: Associated Television (ATV) / HIT Entertainment / Henson Associates (HA).

El conde Draco vivía en un castillo con sus candelabros, telarañas y murciélagos, tal como era de esperar en un personaje como él. Lo desconcertante llegaba al saber que no le afectaba la luz solar y, especialmente, cuando veíamos su particular obsesión por contar. Se pasaba la vida contando cosas, y así de paso, los niños aprendían con él. Ningún profesor de matemáticas que tuvieran posteriormente sería capaz de mostrárselas de manera tan entretenida.

_______________________________________________________________________________

El vampiro de Déjame entrar

Imagen:
Imagen: EFTI.

Aunque estaba interpretado por una actriz, según la novela el personaje correspondía a un niño que fue castrado hace doscientos años. Sea como fuere, el caso es que a este vampiro se le ve buen fondo y por lo general no mata por vicio, solo a quien se lo merece. Su amistad con un niño que sufre abusos de sus compañeros lo revelan además como un alma sensible, aunque los vampiros no gasten de eso.

_______________________________________________________________________________

Brácula

Imagen:
Imagen: Producciones A.S.H. Films S.A.

Brácula, con be de Barbate, es el homenaje a la inmortal criatura de Bram Stoker por parte de Chiquito de la Calzada. Los vampiros, nos cuenta con su peculiar deje, «son como los muertos vivientes, que se alimentan de sangre humana y en un momento dado te comen hasta el carné de identidad; duermen durante y el día y se levantan muy tarde, a la hora de los panaderos». El personaje es grandioso aunque la película, para qué engañarnos, es mala con avaricia. No es el vehículo apropiado para su protagonista, aunque puede valer para ver con amigos en un momento de esparcimiento, concretamente uno próximo al coma etílico. Ahora bien, ¿y si en una versión pretendidamente «seria» —imaginemos la saga de Crepúsculo— apareciera de repente Brácula con sus grititos y sus andares? Ahí dejamos la idea.

_______________________________________________________________________________

Bitelchús

bitel
Imagen: Warner Bros. Pictures / The Geffen Company Release.

Mientras la segunda parte está en camino, de nuevo con Tim Burton como director y Michael Keaton de protagonista, no está de más recordar la primera. Con dos recién muertos algo sosainas y una adolescente que podía comunicarse con ellos aún más mustia, menos mal que andaba por ahí este exorcista de los vivos para provocar algo de caos. Aunque si Bitelchús pudiera votar en esta encuesta probablemente elegiría la que viene a continuación, que afirmaba haber visto ciento sesenta y siete veces y encontrarla cada vez más graciosa.

_______________________________________________________________________________

La niña de El exorcista

exorcista
Imagen: Warner Bros. Pictures.

El exorcista cambió el género de terror y se convirtió en una de las películas más destacadas de los setenta. Apenas unos años antes las películas de serie B incluían monstruos de gomaespuma que en comparación ya daban risa, mientras que esta pequeña cabrona provocaba auténtico pavor. Por lo que muestra esta reciente broma la gente sigue teniéndole mucho respeto aunque hayan pasado ya más de cuarenta años. En fin, es un trasto, pero tienes que quererla.

_______________________________________________________________________________

Los Gremlins

Imagen:
Imagen: Warner Bros. Pictures / Amblin Entertainment.

No podemos estar más de acuerdo con el reproche de Sheldon, solo había dos reglas: «no mojarlos» y «no alimentarlos después de medianoche», ¿Tan difícil era cumplirlas? Afortunadamente sí, pues gracias a esa transgresión pudimos descubrir que tras ese aspecto de furby un poco moñas de los mogwai hay un pequeño bicho salvaje y divertido deseando salir.

_______________________________________________________________________________

El guardián de la cripta

Imagen:
Imagen: HBO / Tales From The Crypt Holdings.

Cada episodio de Historias de la cripta comenzaba con la cámara adentrándose en una mansión abandonada en cuyo interior se ocultaba el guardián de la cripta. Descendiente de un hombre deforme exhibido en un circo y una momia egipcia, tal como pudimos ver en el episodio 2×14, este muerto viviente más feo que Picio estaba dotado de un peculiar sentido del humor con el que supo ganarse al público.

_______________________________________________________________________________

Freddy Krueger

Imagen:
Imagen: New Line Cinema.

Hay a estas alturas nueve películas protagonizadas por él, una saga en la que es el principal reclamo. Ahora bien, si tenemos en cuenta que uno de los recursos fundamentales del terror y el suspense está en sugerir, en no mostrar claramente la amenaza, en explotar el miedo a lo desconocido… entonces este personaje terminará provocando la reacción opuesta, dado que además hay un mayor vínculo emocional del espectador con él que con sus víctimas. Si además está interpretado por Robert Englund, cuyo otro gran papel era ese alienígena tan majo de V, entonces Freddy Krueger está inevitablemente condenado a caernos bien por mucho que se esfuerce en asustar.

_______________________________________________________________________________

Los vampiros ancianos de El baile de los vampiros

Imagen:
Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.

Una de las mejores películas de su director, Roman Polanski, combinando el humor con una magnífica y desasosegante ambientación en esa localidad centroeuropea a la que llegan los dos protagonistas en busca de vampiros. Finalmente los encuentran, sí, pero algunos de ellos no terminan de encajar en el estereotipo de vampiro elegante y peligroso —como el caso del torpe Yoine Shagal— o en el de seres eternamente jóvenes y dotados de superpoderes. ¿Por qué una vampira no podría estar dura de oído y usar trompetilla?

_______________________________________________________________________________


¿Cuál es la mejor escena musical de una película (no musical)?

Era de noche y sin embargo llovía, antes de entrar al portal Debbie Reynolds da un beso a Gene Kelly y este, en pleno estado de euforia, a continuación se pone a bailar y cantar por las calles como si ya nada más importara en el mundo. Seguramente no haya escena musical más celebrada en la historia del cine, pero hay otras muchas que se nos han quedado en el recuerdo. También de las películas no adscritas a este género, que no obstante en algún momento de su metraje logran combinar con brillantez la música y las imágenes creando secuencias memorables. Estas son las que más nos han marcado así que votad, danzad o añadid otra, malditos.

«Wonderful World» en Único testigo

Del talento de Peter Weir para rodar grandes películas y también secuencias muy poderosas ya hablamos aquí. Un buen ejemplo lo tenemos en la excelente Único Testigo, con esa escena de la construcción del establo con la comunidad amish colaborando en tal armonía que dan ganas de irse a vivir allá en el cercano día en que nos echen de España. Pero sin duda el mejor momento de la película es del baile nocturno en el granero, con unos Harrison Ford y Kelly McGillis en sus mejores años, cortejándose al ritmo del clásico de Sam Cooke. 

«Serenata de las calles de Madrid» en Master & Commander

No podemos dejar de mencionar esta otra película de Weir, donde no apela al romanticismo sino a una amistad noble y leal entre el capitán de navío Jack Aubrey y el médico de su tripulación. Uno se debe a la guerra y el otro a la ciencia, pero de una manera u otra acaban compaginando sus objetivos profesionales y también, cómo no, encontrando un momento para interpretar juntos alguna pieza, como en esta vibrante escena final en la que suena una obra de Boccherini.

«Day Oh» en Bitelchus

Cuando Harry Belafonte versionó la canción tradicional jamaicana «Banana boat Song» en 1956 no podía prever que acabaría siendo utilizada por dos fantasmas que quieren expulsar a unos intrusos de su hogar. Claro que con tales artimañas en realidad lo que querría cualquiera es quedarse.  Tuvieron que llegar dos muertos de ultratumba para insuflar algo de vida en lo que parecía una aburrida cena de esnobs, en una de las mejores escenas de esta joya que rodó Tim Burton.

Salieri lee las partituras de Mozart en Amadeus

El papel que quiso atribuir este film a Salieri fue el de alguien con un gran talento para la música, pero no tanto para crearla sino para reconocer las grandes obras musicales. Así que cuando se cruza con Mozart la admiración ante su genialidad es ta extrema que acaba transformándose en una envidia completamente desquiciada. Esta secuencia logra reflejar de forma inmejorable esa rivalidad que en realidad no estuvo tan clara.

«I want Candy» de María Antonieta

Y mientras Mozart andaba con sus composiciones por Viena, María Antonieta vivía en la corte francesa a cuerpo de reina. En este biopic que rodó Sofía Coppola sobre ella incluyó esta escenificación del capricho y la abundancia,  atreviéndose a incluir como banda sonora una versión de «I want Candy» del grupo británico Bow Wow Wow. Aunque parece que nunca llegó a decir realmente aquello de «si los pobres no tienen pan, que coman pasteles», por lo que vemos aquí desde luego le gustaban.

Baile de graduación en Regreso al futuro

«Johnny B. Goode» fue una de las grandes canciones que dieron lugar al rock and roll, supuestamente obra de Chuck Berry, aunque por lo que vemos en realidad la inspiración le vino por parte de un chico del futuro al que oyó por teléfono. Claro que para que ese chico, de nombre Marty McFly, la tocara entonces en el pasado de ese futuro del que provenía ya debió haber a su vez un Marty que sirviera de inspiración a Chuck. Pero mientras pensamos en el huevo y la gallina podemos volver a ver esta escena y envidiar esos bailes de graduación que al parecer tanto marcan las vidas de los norteamericanos.

Danzad, danzad, malditos

Todo musical que se precie tiene sus elegantes coreografías que ensalzan con cierta ingenuidad la alegría y el amor. Viendo esta película en general y esta escena en concreto diríamos que Sydney Pollack odia furiosamente el género y quiso hacer exactamente lo contrario: una escena que retrata la agonía, el dolor y la desesperación, con unos bailarines arrastrándose como zombis. De hecho uno está literalmente muerto.

«We Are Not Alone» de El club de los cinco

Cinco estudiantes son castigados a pasar un sábado en la biblioteca. Inicialmente sus personalidades chocan entre sí pero gracias al porro que se fuman al final se disuelven las rencillas entre ellos y se marcan este baile tan dicharachero. Una de las películas más entrañables de los ochenta.

Escena final en El club de la lucha

Mientras suena «Where Is My Mind?» del grupo Pixies, y ante la mirada de los dos protagonistas cogidos de la mano, todo el centro financiero de la ciudad se desmorona en una escena en la que luego algunos consideraron premonitoria del 11-S. En este vídeo no aparece ESE fotograma, qué le vamos a hacer.

«Always Look on the Bright Side of Life» de La vida de Brian

La canción que escuchamos en la escena final de este film es toda una declaración de principios, una forma de ver la vida y la muerte. Hasta tal punto que cuando falleció uno de los miembros del grupo Monty Python, Graham Chapman, sus compañeros lo despidieron entonándola en su funeral.

«Gutterballs» de El gran Lebowski

El sueño que tiene El Nota por supuesto gira en torno a su gran pasión, los bolos, pero también vemos en él bailarinas, una vikinga, Sadam Hussein y, sobre todo, una manera elegante y señorial de bajar las escaleras.

Duelo de banjos de Deliverance

Los habitantes de la América rural han sido retratados en el cine tal cantidad de veces como paletos violentos y fanáticos, cuando no directamente anormales, que si se cruzan con algún guionista tal vez sientan la tentación de alejarse gruñendo con los ojos en blanco, arrastrando un pie y prometiendo volver con una escopeta. Para no quitarle la ilusión, más que nada. En esta película  de John Boorman salen especialmente malparados y el celebradísimo duelo de banjos del comienzo con ese extraño muchacho ya nos introduce en esa atmósfera inquietante que irá a peor, mucho peor.

Baile en el restaurante en Pulp Fiction

Estamos ante una película en la que cada línea de diálogo es memorable y cada escena han sido imitada, homenajeada o parodiada infinidad de veces. Pero aun así, si preguntásemos a cualquiera por el momento más recordado, seguramente diría que es el baile en el restaurante Jack Rabbit Slim’s.

«Moon River» en Desayuno con diamantes

Aquí vemos a Audrey Hepburn sentada en la ventana interpretando una canción que no solo cautivó a George Peppard, también a la Academia que le otorgó un Óscar a la mejor canción original y a millones de espectadores desde entonces, con una melodía reconocible hasta para aquellos que no han visto la película.

«Wise Up» de Magnolia

La cantante de rock Aimee Mann compuso este tema que es tarareado por cada uno de los protagonistas, sin duda uno de los momentos más conmovedores de la película.

«Canned Heat» en Napoleon Dinamite

Napoleon y su amigo Pedro parecen sufrir algún tipo de retraso, pero en realidad solo son dos adolescentes. Como con ese aspecto y personalidad no están destinados a ser los quarterbacks del equipo ni los más populares del instituto, buscan otra vía para hacerse valer. Pedro se presenta a las elecciones y para apoyar su discurso de presentación su amigo baila «Canned Heat» de Jamiroquai (a partir del 3:30) sacando para ello a la bestia que lleva dentro.


Indiana Jones contra la lógica del frigorífico

Jones, honesto saqueador de tumbas que considera que eso debería estar en un museo. En busca del arca perdida (1981) Imagen: Paramount Pictures.
Jones, honesto saqueador de tumbas que considera que eso debería estar en un museo. En busca del arca perdida (1981) Imagen: Paramount Pictures.

Aunque pueda parecer lo contrario, la lógica del frigorífico tiene poco que ver con Indy convirtiendo una nevera en un búnker antinuclear volador en aquel tropiezo con tirabuzón que era el Reino de la calavera de cristal. En realidad la expresión es culpa de la silueta de un británico extraordinario tras las cámaras: Alfred Hitchcock, quien al ser preguntado por la inexplicable desaparición de Madeleine en el hotel de Vértigo contestaba que aquella era una icebox scene, un agujero de la trama sin justificación del cual el espectador no llegaba a ser consciente hasta que horas más tarde se paraba a pensar en ello mientras realizaba algo tan mundano como sacar el pollo congelado de la nevera.

La expresión lógica del frigorífico se basa en esa simpática escena: una persona rebusca la cena, una cerveza o delibera cuál de los ocho yogures del pack tiene el sabor más exótico, cuando de repente cae en la cuenta de que, en la película que ha visto dos horas antes, era imposible que Marty Mcfly viajara años en el futuro para comprobar cómo sería su existencia si en el pasado él mismo había desaparecido de la línea temporal por el propio hecho de viajar al futuro. La denominación de ese descubrimiento tardío se antoja prima de aquel espíritu de la escalera francés y en ambos casos el sujeto se pregunta cómo ha sido posible que la revelación no se le haya ocurrido antes o durante.

The big bang theory contra Indiana Jones

En el episodio «Raiders minimization» de The big bang theory Sheldon propone a Amy sentarse a gozar con En busca del arca perdida para obtener, una vez finalizada la película, una puntualización que derrumba el pedestal en el que el personaje tiene a la aventura de Indy: en opinión de Amy el film es entretenido pero la presencia de Indiana Jones es innecesaria para el desarrollo de los acontecimientos. Su teoría asegura que el mayor plot-hole del guión es muy obvio: de no existir el héroe los nazis habrían descubierto el Arca igualmente, se habrían fundido al abrirlo y el resultado final sería el mismo, convirtiendo la figura protagonista en prescindible. Es justo reconocer que los guionistas de la sitcom se apuntaron un buen tanto aquí al girar la perspectiva de un clásico del cine y de paso propiciar un acalorado debate de fanboys discutiendo hasta qué punto Amy tenía razón. Probablemente el ejército nazi hubiese descubierto tarde o temprano el Arca, pero quizá el destino del mismo hubiese sido muy distinto: en un momento dado los protagonistas vuelan por los aires el avión que iba a transportar la reliquia supuestamente a Alemania (no se especifica el destino pero un diálogo lo insinúa al mencionar la poca paciencia del Führer), y eso convierte la afirmación de Amy en una pesadilla para el groupie de Indy ya sea cierta o no: si ella tiene razón Indiana Jones no influye para nada en la historia, pero si está equivocada y ese avión se dirigía a Berlín resulta que la única acción del héroe que realmente modifica los acontecimientos ha sido evitar que el Arca llegase a las mismas manos de Hitler. Es decir, Indy ha impedido indirectamente que Hitler se convirtiera en una pizza cuatro quesos al abrir la tapa del cacharro en su casita. Indy ha salvado a Hitler.

Amy a punto de perder su virginidad. The big bang theory Imagen: CBS
Amy a punto de perder su virginidad. The big bang theory Imagen: CBS

Indiana Jones contra la lógica del frigorífico

Ese Indy de En busca del arca perdida estaba tan obcecado por perseguir el Arca capturada por los nazis que se subía a la cubierta de un submarino alemán y aguantaba el paseo tranquilamente hasta que la nave alcanzaba su destino. Una escena que reposada en la memoria provocaba intensos debates sobre su viabilidad. ¿Cómo podría alguien aguantar un viaje de más de una jornada sobre un submarino? La respuesta más obvia señalaba que no existía mucho problema si el submarino no se sumergía durante el trayecto, pero esa posibilidad era rápidamente demolida si uno tenía a mano un diccionario de alemán porque los tripulantes de la nave recibían en la siguiente escena la orden de iniciar la inmersión. La verdadera solución al misterio se podía encontrar en el guión original: se especificaba que en el momento de la inmersión el plan de Indy consistía en amarrarse con el látigo al periscopio, que asomaba sobre las aguas, para acabar cayendo rendido y despertar horas más tarde con el viaje hecho. Incluso existen pruebas que dan la razón a esta explicación: esta foto furtiva que insinúa que la secuencia llegó a rodarse y una viñeta del cómic oficial que adaptaba el script original incluyendo esta imagen descartada. Aquello era un agujero de guión tonto y con cierta justificación, algo planeado que se quedó en la sala de montaje, pero lo que realmente escuece es la otra lógica del frigorífico, la que se le escapaba a los guionistas en esa misma secuencia. Porque era imposible que el Arca estuviese dentro de aquel submarino debido a una razón bastante sencilla: el artefacto era demasiado grande como para que cualquier nazi, aun empujando muy fuerte, fuera capaz de hacerlo entrar por la pequeña escotilla del submarino.

No era la única duda que planteaban las desventuras de Indy: ¿cómo era posible que una tribu diseñase trampas sensibles a la luz? ¿Cómo se podía apoyar Indy sobre la losa más cercana, cuando casi se despeña en la prueba rollo Apalabrados de La última cruzada, si esa letra era tan incorrecta como la que acababa de pisar? ¿Cómo era posible que el cuerpo de un alienígena atrajera magnéticamente el contenido de un granada si en la composición de una granada no existen elementos metálicos? ¿Los indígenas que surgían del interior del decorado en El reino de la calavera de cristal se tiraban el día ahí, agazapados tras un Tetris de piedra esperando al aventurero casual?

Todo el cine contra la lógica del frigorífico

Un clásico incombustible es el Rosebud de Ciudadano Kane, ya que la película se construye a raíz de gente intentando descubrir qué significa realmente aquella palabra murmurada por un anciano Charles Foster Kane en su lecho de muerte. Pero ese enigma central que justificaba la trama era a su vez el error más idiota: resultaba imposible que la historia se articulara alrededor de aquel misterioso nombre cuando la persona que lo pronunciaba fallecía en soledad y sin nadie cerca para tomar nota de sus últimas palabras. En Toy Story el personaje de Buzz Lightyear era un juguete que creía ser una persona y no un muñeco de plástico. Hasta aquí todo bien porque allá cada uno con sus movidas, pero lo inexplicable ocurría cuando entraba en escena algún ser humano real, porque en ese momento Buzz se congelaba al igual que el resto de muñecos, comportándose como un juguete en modo disimulo. Gremlins establecía unas reglas básicas para cuidar de los bichejos entre las cuales se encontraba el no permitir que las criaturas entraran en contacto con el agua, pero en la práctica esto se contradecía con unos cuantos gremlins bebiendo líquidos, arrastrándose por la nieve o buceando en una olla de agua y verduras —Gremlins 2—. Por lo menos Joe Dante se cubrió las espaldas sobre todas las cuestiones relativas a los cabroncetes verdes en aquella secuela: un grupo de secundarios de la película debatirían si la regla referente a la alimentación («No darle de comer después de medianoche») tenía en cuenta la posibilidad de que algún gremlin se tragara un paluego después de las doce o se encontrara en un vuelo a través de diferentes zonas horarias. El propio director zanjaba estas divagaciones soltando por sorpresa a un gremlin en escena en un ejemplo más que evidente de «deja de darle vueltas y procura disfrutar del espectáculo». Ben Affleck preguntó al director Michael Bay si en Armageddon no sería más lógico entrenar a astronautas en la perforación que entrenar a los perforadores para ser astronautas, y la respuesta que obtuvo fue un cariñoso shut the fuck up. Steven Soderbergh reconocía que en Ocean’s eleven no existía manera de explicar cómo y quién había cambiado el dinero real por flyers de prostitutas durante el robo. En La bella y la bestia se fijaba la edad de Bestia en veintiún años y en otro momento uno de los secundarios-mobiliario afirmaba que la maldición llevaba ya diez años de recorrido, con lo que era posible deducir que Bestia fue convertido en un cosplay de Chewbacca a los once años, algo que desafía directamente la existencia en el palacio de un retrato adulto del príncipe en su versión humana.

¿De dónde saca el hielo para tallar sus estatuas Eduardo Manostijeras cuando se aísla del mundo si es virtualmente incapaz de transportar nada y además vive solo? ¿Por qué Skynet se emperra en enviar terminators de uno en uno y no moviliza todo un ejército? ¿Por qué ET no vuela hasta su nave al comienzo de la película si posteriormente se demuestra que el marciano es capaz de hacer levitar lo que le venga en gana? ¿Por qué durante el enfrentamiento final del Batman de Tim Burton el Joker asegura que solo era un niño cuando mató a los padres del enmascarado si no conoce la verdadera identidad del murciélago? ¿Cómo es posible que Daniel pueda vencer el torneo en Karate kid con una patada en la cara si una norma del propio torneo es que están prohibidos los golpes en la cara? En la única película que existe de Matrix ¿cómo puede Cifra reunirse con el agente Smith y traicionar a sus compañeros si para conectarse a la propia matrix necesita de manera obligatoria la ayuda de otra persona? ¿Por qué Darth Vader va por las galaxias enfundado en un supositorio negro que le ayuda a sobrevivir durante un futuro en el que la tecnología ha avanzado lo suficiente como para crear prótesis artificiales del cuerpo?

En el mundo de Bitelchús (título que es una horrible y muy cuestionable adaptación de ese Beetlejuice original que sonaba similar al nombre de la estrella del film: Betelgeuse) era bastante obvio que aquellos que habitaban el plano de muertos recientes conservaban en su físico pistas sobre la forma en la que habían fallecido. Todos menos los dos protagonistas (Adam y Barbara), quienes aparecían completamente secos pese a haber fenecido ahogados. También chirriaba el plan sugerido por su asesora para asustar a los nuevos habitantes de su casa: deformar sus caras de manera grotesca, algo muy práctico si no fuese porque se deja claro que los indeseables inquilinos (exceptuando a Lydia) son incapaces de ver a los fantasmas.

Parque Jurásico (1993), Inception sin arquitectos. Imagen: Universal Pictures
Parque Jurásico (1993), Inception sin arquitectos. Imagen: Universal Pictures.

Jurassic Park también ofrecía momentos para rascarse la cabeza, el famoso enfrentamiento con el T-Rex obligaba a ignorar cómo era posible que el dinosaurio salvase un inmenso precipicio (que en escenas anteriores parecía no existir) para escapar de su cautiverio. Y el encontronazo final con la misma criatura ocurría dentro de un edificio que no disponía de puertas de entrada lo suficientemente amplias para permitir la entrada de un tiranosaurio. La secuela El mundo perdido abría la nevera para algo mucho más inexplicable: tras un viaje en barco, toda una tripulación llegaba a su destino supuestamente masacrada por el T-Rex que la propia embarcación transportaba en cautividad, pero la carnicería resultaba improbable al extenderse a lugares inaccesibles, por estrechos y recónditos, para el carnívoro (como la cabina del timón), sobre todo cuando el propio dinosaurio ni siquiera había escapado de su encierro. La explicación real se había quedado fuera del film, una escena original aclaraba que a toda la tripulación humana se la había merendado un velociraptor infiltrado, pero al no llegar a ser parte del montaje final lo que se generaba era un agujero del tamaño de una pisada de dinosaurio.

Y lo inevitable en cuanto a neveras es repasar la saga de Regreso al futuro, donde encontramos el ejemplo mencionado al comienzo del texto: era imposible que Marty viajara al futuro para ver cómo sería su vida allí cuando su persona se había evaporado del pasado para viajar a ese 2015, incluso la propia película había sentenciado antes con el viaje del perro que cambiar de época suponía dejar de existir en la actual. Pero también azuzaba otras dudas: ¿por qué la Jennifer del futuro se sorprendía al toparse con su yo del pasado cuando su propia memoria debería conservar un recuerdo del momento? ¿Cómo podía el Biff del futuro viajar al pasado para modificarlo y luego volver a un 2015 no modificado? (otro plot-hole que una escena eliminada aclaraba). ¿Por qué los padres de Marty no lo veían demasiado parecido a aquel Calvin Klein que conocieron? ¿Por qué en Regreso al futuro III Doc no se dedica a buscar la forma de fabricar gasolina —cuando, recordemos, es una persona que produce hielo en pleno Oeste y que, joder, ha fabricado una máquina del tiempo? Y sobre todo ¿por qué no se le ocurre utilizar el combustible del DeLorean en el que él mismo ha llegado a la época, ese que se encuentra escondido en una cueva para el Marty del futuro?

Horror de nevera

Lo divertido siempre llega con la parte más perturbadora del asunto. O revelaciones que insinúan que quizá no todo es tan bonito como pudiera parecer en un primer momento. El gigante de hierro es una muy recomendable película en la que un chaval se hacía amigo de un golem de acero y escasísimas palabras (doblado por Vin Diesel) construyendo una fábula hermosa pero con un trasfondo lúgubre que afortunadamente escapaba al espectador. Todos los encantos del corazón de chatarra hacían olvidar al público la misión inicial del extraterrestre: someter la Tierra. De hecho en alguna viñeta del storyboard original se puede echar un vistazo a unos recuerdos del gigante donde se nos muestra otro mundo devastado y esclavizado por robots. La conclusión es obvia, quien quiera que haya enviado aquella máquina de destrucción a nuestro planeta volverá a intentarlo, y probablemente con una legión de ellos. El desenlace de Jumanji resetea treinta años de golpe al devolver a los protagonistas iniciales a su forma infante tras haber concluido una partida que había estado en modo pausa durante las décadas en la que los personajes habían seguido creciendo. Teniendo en cuenta que la memoria de ambos permanece inalterada, el escalofrío aquí también es razonable: se han convertido en dos personas adultas atrapadas en cuerpos de niños. Aceptemos que en Independence day se hackean los ordenadores alienígenas con un virus y sentémonos un momento a razonar a cuánta gente han aplastado al ser derribadas/volatilizadas unas naves gigantescas situadas sobre los principales núcleos de población. Rio finaliza con la última pareja de guacamayos azules del planeta dispuesta a salvar su especie, algo loable sobre el papel pero ligeramente defectuoso al aplicarle leyes biológicas: si solamente dos especímenes son los encargados salvar su legado, eso implica que durante el proceso tarde o temprano alguien tendrá que montar a su primo, hermano o padre y los genes se irán de rave entre ellos hasta acabar desembocando en todas las desventajas de la endogamia. La mención especial es para los hábitos alimenticios que se adivinan a los queridísimos ewoks de El retorno del jedi. Una tribu que, recordemos, intentó cocinar a Han Solo y que durante el banquete final de celebración ameniza la fiesta usando como bongos cascos de soldados derrotados. Lo terrorífico es imaginar el menú de dicho banquete, porque no hay rastro alguno de los dueños de aquellos cascos imperiales y tampoco hay ningún prisionero a la vista.

Enternecedor, pero ha venido a acabar con tu especie. El gigante de hierro (1999) Imagen: Warner Bros Pictures.
Enternecedor, pero ha venido a acabar con tu especie. El gigante de hierro (1999) Imagen: Warner Bros Pictures.

Y por supuesto el can-can temporal de Regreso al futuro también venía acompañado de sombras oscuras. En su desenlace Marty obtenía una nueva familia 2.0, o lo que venía a ser en realidad un conjunto de completos desconocidos con los que nunca había crecido y que tan solo compartían aspecto físico con la familia original. Pero lo más jodido de todo era descubrir que el cabeza de aquella familia consideraba muy normal contratar como asistente de su casa a alguien, Biff, que en el pasado había intentado violar a su mujer.

Los nerds contra The big bang theory

Existe un texto muy interesante en cierto blog en el que una persona que se identifica como nerd describe cómo ha evolucionado su relación con la serie. La que en un principio le resultaba una sitcom divertida donde veía reflejada parte de su obsesión por la cultura pop del entretenimiento, acabó resultándole una serie incómoda de ver por razones que no acababa de acotar. Hasta que repensando sobre ello llegaría a una aterradora conclusión: The big bang theory se estaba riendo de él. La serie utilizaba como excusa una dignificación de la cultura nerd, convertía en protagonistas a los que usualmente son los secundarios cómicos más vapuleados, pero al mismo tiempo practicaba el bullying con ellos de forma disimulada. Según el autor del post, si uno observaba detenidamente detalles como las risas enlatadas y el momento en que estas se producían llegaba a descubrir cómo los creadores identificaban al espectador con el personaje de Penny (el considerado «normal» por ser ajeno al mundo nerd). También se descubre que la mayoría de las gracias no se forraban de ese tipo de subcultura sino que se reían de ella al convertir la mera mención de Dungeons & Dragons en objeto de carcajada, o a un personaje femenino nerdy (Amy) en alguien asexuado a favor del estúpido tópico de que una mujer inteligente no tiene interés en las cuestiones sexuales. Para ese bloguero incomodado TBBT es un farsante que se promociona en la Comic-Con descaradamente vendiendo camisetas. Es lo opuesto a la celebración de lo nerd que le ofrece Community. Es lo que ha encontrado al fondo del frigorífico.

Amy tiene unos padres que se ríen de ella en su propia cara a través de risas enlatadas y en ese mismo universo Indiana Jones le ha salvado el culo a Hitler.

Cerrad la puerta de la nevera al salir.


¿Qué título de película ha sido peor traducido en España?

La última es tan última que todavía ni ha sido, con que imagínense si es última. Jupiter Ascending, la película de los hermanos Wachowski que se estrenará el próximo julio, llevará en España y Latinoamérica el título de El destino de Júpiter. En el mercado angloparlante tendrá un nombre tan elegante como «Júpiter ascendiendo», pero sus distribuidores en estas latitudes del mundo han decidido que aquí nos les vale, seguramente por el gerundio y porque el verbo «ascender» es más bien rebuscado.

JUPITER-ASCENDING
Imagen: Aaron Sims Company / Village Roadshow / Warner Bros.

No es que no hayan caído en las connotaciones, por supuesto. En que «ascender» evoca un ascenso al trono —el de la protagonista, que se llama Júpiter y en efecto aspira a un trono— y a la par el tránsito celeste del planeta homónimo, lo que parece apropiado en una space opera que tiene lugar en el Sistema Solar. O en que «ascend» se traduce a este mismo efecto como «ascender», ya que en español también se asciende al trono y Júpiter asciende. No. Es que pasan. Los efectos retóricos del título les dan igual si lo pueden sustituir por uno sin ellos, más directo, más ramplón. Más vendible a costa de ser peor, resumiendo. Y si es con expresiones ya convencionalizadas en el lenguaje de los títulos cinematográficos en español —«el destino de X», «X como puedas», «un X de muerte», etcétera—, mejor que mejor. ¿Para qué dejar que el espectador se deleite con un título lírico pero más exigente, pudiendo poner uno para dummies y que los dummies paguen su entrada sin incómodas reflexiones previas?

Hoy queremos conocer precisamente la opinión de los dummies, con perdón, y saber cuál es el título de película que peor ha sido traducido en España. No aquellas que han recibido un título más diferente del original, ojo, ni aquellas terriblemente tituladas precisamente porque se llaman igual que en su versión original. De las que se han traducido peor. La que sigue, por tanto, es una lista subjetiva y llena de omisiones, porque ejemplos hay miles y podríamos pasarnos aquí el día entero. El lector que no encuentre en nuestra lista el ejemplo de su (dis)gusto, ahí tiene el post de comentarios.

______________________________________________________________________________________________

Brokeback Mountain / Brokeback Mountain (en terreno vedado)

Y empezamos con un ejemplo no de traducción, sino de adición, que ilustra a la perfección ese paternalismo interesado con el que las distribuidoras retitulan sus películas en España. Brokeback Mountain (en terreno vedado) no se tituló de otra manera, qué va. Solo faltaba, cambiarle el nombre a la montaña. No, lo que hicieron fue añadirle al título «en terreno vedado». Como diciendo que cuidado, los personajes se adentran en un terreno vedado, metafóricamente hablando. No sea que nadie se pensara que era una película en la que los personajes no se adentraban en un terreno vedado, metafóricamente hablando. Y no fuese a verla nadie, creyendo que era un documental sobre una montaña muy bonita que se llama Brokeback y unos cowboys que se enamoran pero no pasan a mayores.

BROKEBACK
–¿Te apetece ir al terreno vedado, Jack? –No, me apetece tomar té toda la tarde, Ennis. Imagen: Focus Features / River Road Entertaiment.

______________________________________________________________________________________________

Shaun of the Dead / Zombies Party (una noche… de muerte)

Otro ejemplo muy estúpido, el de Shaun of the Dead. Es un juego de palabras, vale. Entre «Shaun», el nombre del protagonista, y «Dawn (of the Dead)», la histórica película de George A. Romero. Y como juego de palabras que es, no se puede traducir. Vale también. Pero de no poder traducirla a ponerle Zombies Party, media un trecho. Para empezar porque en la película había zombis, pero no party. Party ninguna, que sepamos. Y, sobre todo, porque descartar un título en inglés para ponerle otro en inglés, pero gilipollas, es, en efecto, muy gilipollas. Y no te digo ya si le añades después «una noche… de muerte» así, con sus puntos suspensivos y su «de muerte». Sin complejos. Total, solo es la mejor comedia que se ha hecho jamás sobre zombis, sin duda la mejor película de Simon Pegg y Nick Frost y aparece con frecuencia en los top cien y top cincuenta de las mejores cintas de la historia. Para qué nos vamos a romper la cabeza.

SHAUN-OF-THE-DEAD
Simon Pegg se entera de cómo se llama Shaun of the Dead en España. Imagen: Universal Pictures / Studio Canal / Working Title Films.

______________________________________________________________________________________________

Star Wars / La guerra de las galaxias

¿Qué galaxias, a ver? La galaxia. Solo había una. ¿Y qué guerra? Guerras. Varias. Plural. Wars. Pasando por alto que lo correcto habría sido decir guerras «estelares» y no mencionar la galaxia, ¿por qué se tradujo como «la guerra de las galaxias» si lo correcto habría sido «las guerras de la galaxia»? ¿Por qué respetar los términos, pero cambiando sus cantidades de forma tan absurda? ¿Porque en la primera película solo salía una guerra? ¿Es por eso? Una pista, linces del departamento de ventas, virtuosos del fino arte de saber más que el médico: era el capítulo IV. Lo ponía en letras bien gordas nada más empezar. Y Leia menciona poco después que antes de los hechos de la película tuvieron lugar las Guerras Clon. Que acabaron saliendo en una precuela, por cierto. Por eso George Lucas dijo «guerras», no «guerra». Porque eran varias. De verdad, es que el título original tenía solo dos palabras. Dos. Es hasta complicado meter la pata en las dos.

STAR-WARS
Su carencia de fe en George Lucas resulta molesta. Imagen: Lucasfilm / Twentieth Century Fox.

______________________________________________________________________________________________

Some like it hot  / Con faldas y a lo loco

Le pasa lo mismo que a la anterior, que por su antigüedad y consagración cuesta un poco ver la tontería del título. Y eso que este es bastante peor porque, piénselo: Con faldas y a lo loco. Abstraiga y piense, de verdad: Con faldas y a lo loco. O repítalo mucho, para que pierda sentido en su mente y lo consiga ver con perspectiva. Con faldas y a lo loco, Con faldas y a lo loco, Con faldas y a lo loco.

¿Ya lo ha visto? Bien. Sigamos.

CON-FALDAS-Y-A-LO-LOCO
¿Tú llevas faldas? –Sí. ¿Y tú vas a lo loco? –Sí. –Pues perfecto. Imagen: Ashton Productions / Mirisch Corporation.

______________________________________________________________________________________________

Beetlejuice / Bitelchús

No es que necesite aclaración, pero en fin. «Beetle», escarabajo. «Juice», jugo. «Beetle juice», jugo de escarabajo. Y suena como «Betelgeuse», que es una estrella razonablemente famosa. Ja ja, hace risa. En español podrían haber buscado otro juego de palabras, como hicieron con Eduardo Manostijeras, o ceñirse al original, pero no. Tiraron por la calle de en medio y mira, Bitelchús. Con dos cojones. Menos mal que quien lo hizo no se encargó también de traducir otras películas cuyos nombres refieren seres de fantasía, porque tela. La famosa niñera voladora se llamaría «Meripopis», el simio gigante «Quincón» y el ogro verde, «Esrrec».

BEETLEJUICE
–¡¿Acaso te llamo yo a ti Yina Deivis?! Imagen: Geffen Company / Warner Bros.

______________________________________________________________________________________________

Police Academy / Loca academia de policía

Police Academy. Loca academia de policía. Pues bueno. Pues vale.

LOCA-ACADEMIA
–Disculpe, señor, ¿es la academia de policía normal? –No, es la loca. –Ah, mis disculpas. Imagen: The Ladd Company / Warner Bros.

______________________________________________________________________________________________

Death at a Funeral / Un funeral de muerte

A ver una cosa, amigos que traducís esto. «Death at a funeral», una «muerte en un funeral», es algo singular, porque a los funerales se va ya a muerto y normalmente –normalmente– no se suele morir nadie más. Por eso es contradictoria, presenta contraste y tiene gracia. «Un funeral de muerte», en cambio, no es más que un funeral. De muerte, en efecto, porque los funerales es lo que tienen. Que son de muerte. Por eso es una expresión sin contradicción, sin contraste, sin gracia. ¿De verdad era tan determinante eliminar la original?

FUNERAL-DE-MUERTE
¡¿Dónde está mi peluca rubia?! Imagen: Screen Gems / Sidney Kimmel Entertainment / Wonderful Films.

______________________________________________________________________________________________

Weekend at Bernie’s / Este muerto está muy vivo

En esta ocasión sí que tirasteis de contraste, mira tú. Y sin que nadie preguntase. La película original se titulaba Weekend at Bernie’s, algo así como «un fin de semana en casa de Bernie», pero se conoce que resultaba muy largo y decidisteis que era mejor ponerle Este muerto está muy vivo. Que, además de casi igual de largo, es diez veces más estúpido. Enhorabuena.

ESTE-MUERTO-ESTÁ-MUY-VIVO
–¡Eh, este muerto está muy vivo! –¡Este muerto está muerto, no diga usted estupideces! Imagen: Gladden Entertaiment.

______________________________________________________________________________________________

As good as it gets / Mejor… imposible

Atropello sutil, pero atropello. Esta magnífica comedia de James L. Brooks recibió en inglés el título de As Good as It Gets, una línea que dice el propio protagonista cuando se da cuenta de que, pese a su carisma extravagante y sus muchas movidas mentales, su situación psíquica es precisamente así, «as good as it gets». Es decir, tan decente como le es sencillamente posible, tan buena como puede llegar a ser, pese a que no sea muy buena. ¿Complicado de traducir al castellano de forma directa y sencilla, sin recurrir expresiones tan imprecisas como «es lo que hay», por ejemplo? Estamos de acuerdo. Pero es que a lo mejor esta era la ocasión dejarse de literalidades y ejercitar la creatividad, esa que sin embargo fluye tanto cuando no hace falta. En cierto modo, Mejor… imposible es el peor título que podría recibir esta película, por no hablar de los aparentemente inevitables puntos suspensivos. En España solemos decir «mejor, imposible» cuando algo es inmejorable por su calidad suma, y no precisamente porque esté falto de calidad, como ocurre en este caso con la expresión en inglés. Cosas del castellano y del uso que le damos sus hablantes, que somos rebuscaditos. Qué le vamos a hacer. Deal with it, que diría un angloparlante. Que, aclaramos, no se traduce como «trata con ello», sino como «arréglatelas», «apechuga» o incluso «te jodes», dependiendo del contexto. Por si nos está leyendo algún distribuidor.

MEJOR-IMPOSIBLE
Carol, soy mejor imposible. –Mira que lo dudo, Melvin. Imagen: TriStar Pictures / Gracie Films.

______________________________________________________________________________________________

Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb / ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú

Sin comentarios. O sí, pero solo uno: en gran parte de Latinoamérica, esta comedia se tituló Dr. Insólito, o Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba, pero en España alguien decidió que era mejor poniendo títulos que Stanley Kubrick. Nada más que añadir.

VOLAMOS-HACIA-MOSCU
¿A dónde dice que volamos? Imagen: Columbia Pictures / Hawk Films.

______________________________________________________________________________________________

Eternal sunshine of the spotless mind / ¡Olvídate de mí!

Ah, qué bonitos versos aquellos de Alexander Pope. «How happy is the blameless vestal’s lot! / The world forgetting, by the world forgot. / Eternal sunshine of the spotless mind! / Each pray’r accepted, and each wish resign’d». Tanto que Michel Gondry eligió uno de ellos para titular la que seguramente es su mejor película, Eternal Sunshine of the Spotless Mind, y le dio a Kirsten Dunst un discursito en el que lucirlos. Esta cinta hermosa y lírica, Oscar y BAFTA al mejor guión en 2004, podría haberse titulado en España «El brillo eterno de la mente inmaculada», pero no. Alguien, momentos antes de quedarse tan ancho, decidió que era mejor que se llamase ¡Olvídate de mí! porque total, salía salía Jim Carrey.

THE-ETERNAL-SUNSHINE
–La culpa es tuya por ser Jim Carrey. –Pues tú serás Kate Winslet pero mira qué pelos. Imagen: Focus Features / Anonymous Content.

______________________________________________________________________________________________

Ai no korîda / El imperio de los sentidos

Porque la traducción literal es infinita, infinitamente mejor.

EL-IMPERIO-DE-LOS-SENTIDOS
El imperio de los sentidos. Sí. Ya. Imagen: Argos Films / Oshima Productions.