El sexto que no fue: aquel Tour de Francia de 1996

Miguel Indurain y Bjarne Riis en el Tour de Francia
Miguel Indurain y Bjarne Riis en el Tour de Francia. Foto: Cordon Press.

Quien tiene entendimiento cuente el número de la Bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis.

Más claro no lo pudo decir Juan. A ver, igual un poco más claro sí, para qué engañarnos, pero es que en Patmos hace un sol de cojones, y los razonamientos salen como salen. Pero eso, que el seis es número maldito. Seis esposas de Enrique VIII, Six, six, six que cantan Iron Maiden, seis Copas de Europa ganó el Madrid con Paca la culona. Y luego lo otro. Lo del Tour.

Porque ya me dirán ustedes cómo se explica el asunto sin caer en maldiciones. Cien añucos (algo menos allá por 1996) de Tour, cinco es el número tope. Lo mejor de lo mejor, y nada. Anquetil porque mira, para cansarme mejor no voy, y luego ya que si ayudo a Aimar, que si tengo mis primaveras, que si llevo una vida en el château que no es para entrenar demasiado. Eddy Merckx se lía la manta a la cabeza en 1975, y ataca la primera semana al completo. Luego le pegan un puñetazo subiendo Puy-de-Dôme, arranca de forma suicida en Allos, pillado en Pra-Loup y, hop… fin de una época. Eso sí, siguió ofensivo, porque para eso era Eddy Merckx, y haberse roto la mandíbula en una caída tonta pues son cosas secundarias. ¿Y Bernard Hinault? Pues peor aún. Este tenía el Tour ganado en los Pirineos, pero luego resulta que no quiso competir contra Lemond y Zimmermann, sino contra Merckx y Anquetil, y pensó que vencer no era suficiente, que debía aplastar, y atacó cuando no hacía falta desde donde no era necesario, y terminó hundido, y más grande, y mejor.

Así que un muro, una imposibilidad manifiesta. Llegas a cinco y te detienes ahí. Ni se te ocurra probar cosas nuevas, porque es imposible. Hasta que llegó él. Igual él sí, igual con él es distinto.

Veamos.

(Usted, el yanqui que agita los brazos para que le prestemos atención: no joda, hombre, no joda).

Está saliendo buen año

Porque él puede con todo. Cómo no, joder, si es un mocetón del norte. Míralo, mira qué moreno, qué brillante su rostro cuando suda, qué de sonrisas y declaraciones explosivas (bueno, esto casi mejor me lo borran). Pero vamos, totalmente asegurado lo del sexto. Es Miguel Indurain, coño. 

Estamos en 1996. Verano de 1996, pero eso ustedes ya se lo chamuscan. Año par, así que la selección de fútbol tiene su cita con alguna cagada cualquiera. No sé, unos penaltis, una nariz rota, doblete de Stojković (doblete de Stojković, macho), esa costumbre. También el Tour, que es coto cerrado y llega todos los julios, como los tomates maduros. Allí manda Indurain. Cinco seguidos que lleva, el tío, y sin rastro de dudas por su parte. Vamos, que la maldición del sexto cae ese 96. Nosotros, adolescentes, lo veíamos esperanzados. Acabemos con la maldición del sex(t)o y tal. 

Y eso, pintaba bien el asunto, no les vamos a engañar. Vamos, que para 30 de junio todos convencidos. Hubiésemos apostado dinero, incluso, en el caso de haberlo tenido (el verano es un tiempo chungo para estas cosas). Porque el tipo era invencible. Se había ventilado un quinto Tour casi sin despeinarse, dominando cuándo y cómo quiso. Si hasta hizo cosas nuevas, como eso de Lieja, y la sobrada en La Plagne. El resto, migajas. Hormiguillas. Tipejines sin posibilidad alguna. Quién va a ganarlo. Quién. Confianza.

Si es que además Indurain llevaba un año perfecto. O no. O casi. Solo que entonces a ver quién era el listo que analizaba estos asuntos con frialdad. El resumen es que ganó allá por donde iba paseando su Pinarello. Cosas pequeñas, medianas y más seriotas. Cascándose un montón con la ONCE, que iba volando, oigan, ya ustedes saben. Atacando además en montaña. Izoard, por ejemplo, ese Dauphiné. O lo de Azurki. También el Naranco, vestido de arcoíris, que mira que trae mala suerte el arcoíris, decían por entonces. Pero a él no, a él qué va. Indurain, Indurain, Indurain. Verbena preparada.

Solo que la orquesta tampoco acaba de arrancar. Detallitos que solo ves a posteriori. El cantante, que va pasado. El bajista, que vaya pedo. El de la barra en mitad del prao, que no echa bien las cuentas. Pues aquí igual. Rupturas, y siempre duelen. Indurain y su equipo ya no se llevan, ya no se miran con mirar amartelado. Lo de Colombia pesa. Demasiado tiempo, demasiados compromisos. Métase usted la hora por donde le quepa, que yo he ganado cinco Tours. También estaba por allí Padilla, pero cuentan que si pagado por el propio Indurain, porque para entonces ya no trabajaba con Banesto, que el Athletic tira mucho en Vizcaya, amigos… Pero seguía siendo médico personal de Miguel. Ya ven, raro.

Chamusquinas aquí y allá. Ya les digo, nada por entonces. Una pizca que rellena la crónica, una declaración perdida entre el pase de Amavisca y la plancha de Zamorano. Que si a Miguel le sobran todavía dos kilos. Dos kilos. Ya ven, dando pistitas desde la misma escuadra. Que si en Duaphiné hace lo del Izoard, sí, pero también sufre más arriba del Chalet Reynard, gana la crono con menos diferencia que otras veces. En la general nadie le puede toser, y todos pensábamos que aquello era definitivo. Pero también había barruntos, no se vayan ustedes a pensar.

Solo que… quién.

El ciclismo no es para calvos 

Espera, espera… ¿quién? Vamos, debes estar bromeando. Pero si no es nadie, pero si es un viejo. Todavía si me hablas de, no sé, un Zülle, pues te lo admito. Hasta Rominger, que ha arrasado con eso de la maglia rosa. O Berzin, qué puto miedo Berzin, qué rubito Berzin, qué poco va a durar, Berzin, antes de desaparecer como un Sputnik con los cálculos mal hechos. Incluso Jalabert, que es galo y eso siempre suma en la Grande Boucle, no te pienses que van a tirarse los franceses treinta años sin catar el Tour, chico, eso no se lo traga nadie..

Pero el otro. ¿Cómo dices que se llama? Bjarne Riis, eso… vamos, no puedes hablar en serio. Pero si es un grandote, un trotón del llano, válido para cosas menores, etapitas, subir agua a los realmente buenos. Sí, ya sé, el año pasado fue pódium, quinto hace tres… pero es que soy escéptico, soy escéptico. ¿Sabías que a Riis lo salvó del paro Laurent Fignon? Sí, coincidieron en una escapada durante el Tour de la Comunidad Económica Europea (donde el parisino buscaba retornar a su nivel y el danés exhibía carencias), le cayó bien y se lo llevó para su equipo. Siempre es útil tener a alguien con esa cara de mala hostia, supongo.

Además, que el ciclismo no es cosa de calvos. Mira, mira la historia. Son animadores, sí, pero luego ganan los otros. Ataca Julio Jiménez en montaña, pero vence Anquetil. Escapada a dúo de Ghirotti y Perini, parcial para Abdoujaparov. ¿Pantani? Indurain de amarillo. ¿Ugrumov? ¿Pero tú has visto a Ugrumov? Ugrumov no es calvo, es calvo-soviético. Ugrumov tiene una cabeza que lo mismo te sube el Glandon que pone balones a la olla para que remate Lubo Penev. Campeones del Tour calvos… no sé, así de memoria me salen Robic y Gaul, que más bien raleaban. Ah, también el Bartali vecchio, pero es que el Bartali vecchio era muy vecchio para la época. El resto, pelazo. Y Riis tiene de todo menos pelazo. ¿Venas en la frente? Muchas. ¿Sienes plateando? Pues también. ¿La cara rojísima que parece usted en un concierto de Los Suaves? Check. Pero pelo no. Y el ciclismo, el Tour, no es cosa de calvos.

No me jodas.

(Semanas más tarde, durante una entrevista, Lucho Herrera preguntó cómo iba la Grande Boucle, quién estaba en disposición de ganar. Herrera, leyenda de estos asuntos, vivía completamente al margen del ciclismo profesional. Riis, contestaron. Riis… pues no caigo, dijo. Riis, sí… uno calvo. Uno calvo, ah, un danés, sí, sí, calvo. Pero oiga, ¿cómo puede ganar ese el Tour? Si es solo un gregario…).

Si algo puede salir mal,saldrá mal

Y hop, acá estamos. En Bolduque, nada menos, porque estos del Tour a veces se ponen de lo más originales. Bolduque es la traducción castellana de s-Hertogenbosch. También nos vale Den Bosch. Vamos, la tierra de Jheronimus van Acken, seguro que me lo conocen. El Bosco, vaya. Augurios reguleros, ¿eh?, porque no hay nada más opuesto que Miguel Indurain y la tabla central del Jardín de las Delicias. Nah, aquí somos de sembrar y, más tarde, recoger. Sin piedras de la locura, sin tentaciones. Muy normalitos. Mala señal, se lo digo yo.

Otra. Que mira hacia arriba, colega, que se está poniendo todo malísimo. Si he lavado los maillots del Kas y no me secan, no me secan. Imposible. Toda la primera semana bascula entre calabobos, lluvia fina, lluvia intensa y «hostia, cómo llueve». Sí, sí, ah, cuando vengas trae una rebequita, que ha refrescado bastante. Vamos, que siete días los ciclistas con gafas, guantes largos, chubasqueros, manguitos. Todo empapadete, con lo que desgasta eso. A algunos más. Cuentan que Indurain es de esos. Calor, a mí dame calor, todo el que puedas. Hay fotos de esas etapas donde sale Miguel con el casco medio torcido, los ojos como después de haber visto la Llorona en una cuneta y gesto general de «qué coño hago yo aquí, con lo calentito que se rueda por Villava». Nadie va silbando, pero la caruca de susto solo la lleva él. Mira tú que si se nos constipa. Porque es la única forma de perder esto, ¿eh?, con un catarrazo.

Hasta que llega. El gran día de todos los grandes días. De todos los grandes días malos, quiero decir. Final de adolescencia, juventud o felicidad, escojan ustedes. Ese «creo que debemos tener una conversación» que te dice tu amor de siempre, y en diez minutos la pierdes a ella, a tu mejor amigo y buena parte del hígado. El «buena nota, pero no te da para entrar», el «me gusta como juegas, por eso es más difícil decirte esto», el «¿penalti? No, no, saque de puerta, la Gimnástica sigue en Segunda B». Seguro que conocen la sensación. Pues lo mismo. En un sitio de Francia de cuyo nombre no quiero acordarme. Les Arcs, creo, pero no me hagan mucho caso.

Y eso que el tema comenzó bien. Se salía de Chambery, que es un barrio gato allá en los Alpes, y viceversa. Tres puertos bien gordos, final en el último, porque en aquel tiempo eso era lo mínimo que tú pedías al Tour, ay. Todo sigue más o menos el guion previsto. Quiero decir: Jalabert peta, porque Jalabert en el Tour siempre peta (menos en 1995, y allí también petó, solo que menos). Zülle se cae, porque Zülle siempre se cae (menos en 1995, miren qué casualidad). Bruyneel también se cae, pero Bruyneel no interesa mucho a nadie. Todos juntitos al pie del último puerto. Líderes y gregarios. De los de lujo (Bölts, Olano) y de los pintorescos (Garmendia, Fernández Ginés, hasta ese chavaluco pelirrojo que se llama Ullrich y del que hablan tan bien). Vamos, que si no acaba el asunto en tablas le va a faltar el canto de un duro, oigan.

Y entonces sucede.

O debió suceder, vaya, porque no lo vimos. Faltan unos cuatro kilómetros hasta la cima, y allí están atacando algunos secundarios de The Wire. Dufaux, por ejemplo, o Peter Luttenberger (ojo, es calvo: otra señal). También el francés Leblanc. Luc llevaba el jaune en Val Louron, un lustro antes. A veces el destino es puñetero hasta lo ridículo.

Que no lo vimos, dije. Que enfocan al grupo y ya no está Indurain. Jamás sabremos qué pasó realmente, porque los recuerdos de los ciclistas son tan fiables como las cuatro historias de Rashōmon (todas ciertas, todas falsas) y cada cual te cuenta su punto de vista. No importa, el gran hombre se ha quedado, y todos se quedan un poco con él, y nos damos cuenta que hubo tiempos mejores, y que no debimos pedir aquel último chupito, y que las resacas se pueden llevar si Indurain gana el Tour, hostias, pero si empieza a quedarse en la primera puta montaña pues entonces las resacas te van consumiendo por dentro, y no hay nada que puedas hacer, y el grandote avanza casi a gatas, y pide agua, y tú pides agua, y el mundo gira más lento, salvo para Riis, y Leblanc, y Rominger, a esos el mundo les gira a velocidad de bielas noventeras, y Miguel repta, y a ti te duele el estómago, y no sabes qué te contará aquella chica por la noche, porque es 1996 y no hay whatsapp, y todas las puertas están abiertas hasta que os volváis a ver, sí, pero también todos los relatos se han terminado hasta que os volváis a ver, e Indurain que no llega, Indurain que no llega, qué mal todo, qué mal, qué puerto más feo, que sitio más horrible, aunque suba todas las cuestas de los Alpes nunca, nunca, iré a conocer esa rampa, coño, Indurain escupe, y eso es peor aun, porque Indurain nunca escupe, porque Indurain es elegante, es inmenso, es como ese abuelete educado que siempre bebe en silencio, al fondo del bar, pero Indurain es humano, Indurain escupe, lasciate ogni speranza, cuatro minutos con Luc, tres y medio le mete Berzin, que es líder, él ya nunca, él ya nunca lo será.

Qué largo.  

¿Larrau? Yo no sé dónde está Larrau, yo no conozco ningún Larrau

¿Después de eso? Pues un leve declinar hasta la miseria más absoluta. Un poco como la década entre los treinta y los cuarenta, ustedes me entienden.

Digamos que los más optimistas creían en la remontada. Qué coño, esto es para darle épica al asunto. Si Miguelón puede con lo que le eches. Indurain, Indurain, Indurain. Trago grande de calimocho. Además, voz arrastrando las erres, quién va a poder ganarlo. ¿Berzin? Un bluff. ¿Rominger? Baboso y viejo. ¿Virenque, Leblanc? Se les mete placa en la contrarreloj. ¿Riis? Vamos, no me jodas, si tiene la cara a puntito de reventarle de tan rojo que va. Nah, está ganado. Todo por la épica. Otro trago grande. Oye, ¿me invitas a una copa?

Solo que no. Sonaba bien, pero no, que es algo a lo que mejor nos acostumbramos cuanto antes, porque va a ser inherente a la tardoadolescencia y primera edad adulta. No era el año de Miguel, no fue el julio de nadie. Bueno, de los Telekom sí, y también triunfó un montón Ferrari (segundo en constructores, primero en preparación), pero nos entendemos. Si es que hasta tenía mala suerte, el navarro, cuando se tiró todo un lustro que la mala suerte estaba lejos, escondida, con el rabo entre las piernas. Pinchazos en el peor momento. Un equipo menos competitivo que el Tropezón de Tanos jugando la UEFA. Cronoescalada sin referencias (bueno, esto fue por lo de Les Arcs, ¿eh?). Y rendimientos raros. Luttembergers, Ugrumovs, Ullrichs. Tipos desconocidos, calvos prometedores, alopécicos al borde de la retirada. Qué añito.

Y eso, que horrible. Con dos momentos culminantes. En sitios bien renombrados, por si fuera poco, porque cuando las cosas se empeñan en joderte ilusiones lo hacen a base de bien. Primero Hautacam. ¿Recuerdas el 94, Hautacam? ¿Te acuerdas de Rominger, en Hautacam? Nunca vuelvas a los lugares donde fuiste feliz, dicen. Qué cabrones, los tópicos.

Tampoco vamos a extendernos. Que ataca Riis y sale Indurain, ataca otra vez Riis y sale Indurain, ataca Riis y a la tercera… the end, my only friend, the end. El tipo sube con el plato grande a ratos (dato intrascendente, porque parece más pose que efectividad, y avanza clavadito), las mejillas contraídas por el esfuerzo, gesto de estar a punto de morirse. Pero oye, tira para arriba. A Indurain lo adelanta un grupo, luego otro, luego sus fantasmas, luego Merckx, Hinault y Anquetil, que lo invitan a unirse. Ahora sí, ya nadie cree en remontadas. Joder con el gregario de Fignon…

Y después Pamplona, y el zafarrancho ficticio de Mapei (una de esas historias que damos por buenas aunque tengamos imágenes para denostarlas), y Soudet, y Larrau, solo que yo no sé dónde está Larrau, qué es eso de Larrau, a mí háblenme de Val Louron, y del Galibier, y de Gergovia, hostias ya. 

Ay, lo que fuimos.

Qué rápido pasó…


Cuando Peter Sagan no quiso ser Eddy Merckx ni Raymond Poulidor

Peter Sagan. Foto: Denismenchov08 (CC)
Peter Sagan. Foto: Denismenchov08 (CC)

Es julio de 2013 y Peter Sagan sube tranquilo las rampas del Alpe D´Huez consciente de que esa no es su guerra. Va acompañado por otro compañero del Cannondale, los dos tan cicloturistas, cuando cerca ya de los últimos kilómetros oye cómo los aficionados, cansados de ver pasar caravanas publicitarias y corredores espídicos durante horas, le gritan al unísono: «¡Wheelie, wheelie, wheelie!», y Sagan, encantado a sus veintitrés años de ser foco permanente de atención, atiende el clamor sin dudarlo: levanta la rueda delantera y hace un caballito mientras suelta los brazos del manillar. Un caballito en medio de una rampa al diez por ciento que dura unos diez segundos. Luego, sin dejar de sonreír, continúa su marcha junto al compañero atónito.

Ese es Peter Sagan: el hombre de los caballitos para los aficionados y para la televisión —días antes, justo antes de subir al Mont Ventoux, cuando el pelotón acabó con su escapada, había hecho lo mismo frente a las cámaras de TF1—, el crío que pellizca el culo de una azafata en el pódium del Tour de Flandes y después le pide perdón con cara de niño bueno y le regala un ramo de flores en la salida de la siguiente clásica de primavera… «Here I´m allowed everything all of the time».

No estamos hablando exactamente de un enfant terrible, eso sería otra cosa: el enfant terrible suele centrar todas sus fuerzas en molestar, incordiar, ir a la contra. Sagan es casi lo contrario: está obsesionado con agradar, con parecer divertido. Es joven, guapo y rico, que diría aquel, y lo va a seguir siendo muchos años, ¿por qué no disfrutarlo? En su cuarta temporada como profesional, después de ser campeón del mundo junior de mountain bike con solo dieciocho años, ya lo ha ganado prácticamente todo y de todas las maneras posibles: en sprints masivos, en sprints reducidos, atacando en la última rampa, resolviendo escapadas…

Hay en torno a él un aura de invencibilidad que parte de aquella primera gran victoria, con veinte años recién cumplidos, en la París-Niza de 2010, cuando se metió en una escapada con Alberto Contador, Nicolas Roche y Purito Rodríguez, y les ganó a todos con una facilidad asombrosa. A partir de ahí, un palmarés envidiable para un posadolescente: otra etapa en esa misma París-Niza, un triunfo en Romandía y dos en el Tour de California, su carrera fetiche.

Los años le harán cada vez mejor: en 2011 no gana etapas en la París-Niza sino en la Vuelta a España. Tres, ni más ni menos, incluyendo una soberbia exhibición del equipo Liquigas, el germen del posterior Cannondale, que copa tres de los cuatro primeros puestos en la sexta etapa. Es un triunfo curioso, poco habitual, porque Liquigas no trabaja nunca para él sino para Basso o para Nibali, de manera que Sagan se acostumbra a buscarse la vida él solo con una comodidad inaudita: en la Vuelta a Suiza gana otras dos etapas aquel año y en 2012 debuta por fin en el Tour, ganando la primera etapa en un sprint cuesta arriba contra Fabian Cancellara y el otro niño milagro, Edvard Boason Hagen.

Sería la primera de tres victorias en Francia, a las que añadir cuatro en la Vuelta a Suiza —incluyendo el prólogo— y cinco en California. Es el nuevo caníbal. La gente le compara con Eddy Merckx y a Sagan no parece importarle aunque conteste con una modestia casi impuesta, mil veces oída en tantos otros deportistas: «No quiero ser el segundo Eddy Merckx, quiero ser el primer Peter Sagan». Inicia ese año su idilio incompleto con las clásicas, que se convierten en un continuo «no pudo ser». Parte siempre de favorito y acaba siempre segundo, tercero, cuarto o quinto: así San Remo, así Flandes, así Roubaix, así la Amstel Gold Race… solo consigue imponerse en la Brabante Pilj, una enorme carrera pero sin la consideración de «monumento».

No importa: esos triunfos llegarán tarde o temprano, solo hay que esperar. Cuando llega al Tour de 2013, Sagan ya ha ganado dos etapas en la Tirreno Adriático, otras dos en Suiza y dos más en California. Su actuación es portentosa: solo gana una etapa pero queda segundo tres veces y acaba otras seis entre los diez primeros. Efectivamente, se puede permitir todos los wheelies del mundo. Por delante, un montón de corredores dicen soñar con ganar una gran vuelta. A Peter Sagan le basta con no dejar de ser él mismo.

La cosa pierde color cuando la piensas dos veces…

El problema es que entre tanta exageración, tanto reconocimiento, tanto pararse en la cuneta para darle besos a su novia Katarina, algo competitivo se va perdiendo en Sagan, como quien pretende retomar un trabajo que ha dejado meses atrás y no sabe cómo empezar, todo el rato mirándose los pies para no pisar a nadie. Cuando no se esperaba nada del eslovaco, sorprendió al mundo. Ahora que el mundo empieza a señalarlo como su referente, a Sagan le entra algo parecido a un ataque de pánico.

Empieza la temporada 2014 con veinticuatro años recién cumplidos en enero, pero algo no funciona: ataca demasiado pronto o demasiado tarde, se crispa con facilidad, lanza los sprints a destiempo, se pelea con su equipo, a punto de cerrar tras la marcha de Nibali al Astana. El hombre que arrasaba de enero a julio, llega al Tour de ese año con una sola etapa en la Tirreno Adriático y otra en su santuario de California. Las clásicas han vuelto a ser decepcionantes: pese a ganar Herelbeke, no pasa del tercer puesto en la Gante-Wevelgem, del sexto en Roubaix y del décimo en la Milán-San Remo.

Cualquier otro lo habría firmado, pero Peter Sagan no es «cualquier otro». No lo ha sido nunca y no va a empezar justo ahora.

Su actuación en el Tour no ayuda a sacarle de dudas: aunque gana su tercer maillot verde consecutivo, hay en su regularidad algo de impotencia. Queda entre los cinco primeros de las siete primeras etapas, igualando un récord que databa de antes de la I Guerra Mundial, tiempos del mítico Charles Pélissier… pero no gana ninguna. A veces es un despiste, otras es falta de fuerza; otras, directamente, mala suerte o milímetros que separan su rueda de la del rival. Probablemente algo había cambiado antes en Peter Sagan, pero ahora se ve mejor que nunca: está crispado, no hay caballitos, no hay sonrisas ni espectáculos. Vive para la victoria y la victoria no llega. Desesperado, se mete en todas las escapadas, incluso en las etapas de montaña, y acumula premios de la combatividad, pero no, no hay pódium, ni azafatas, ni ramos de flores…

Después de un cortejo de años, el magnate ruso Oleg Tinkov le hace una oferta para unirse a su equipo: el Saxo. Sagan acepta. Ahí tendrá más apoyos y mejores compañeros que en Cannondale y si no los tiene al menos tendrá más dinero: doce millones de euros por tres años, una barbaridad en tiempos de crisis, casi lo mismo que cobra la estrella del equipo, Alberto Contador… solo que Contador acaba de ganar su sexta grande: la Vuelta a España y aún ganará una séptima —el Giro— al año siguiente.

El resto de temporada es infame: se pasea por la Vuelta sin ningún ánimo combativo hasta que acaba retirándose días antes de llegar a Madrid. Muchos apuntan a que quiere preparar el Mundial de Ponferrada… pero en el Mundial ni aparece, muy lejos de la nueva revelación, el polaco Michal Kwiatkowski. «El cambio me sentará bien», piensa, y tras unos meses de relajación se marcha a Gran Canaria a reunirse con sus compañeros de equipo para entrenar durante el invierno.

De Eddy Merckx a Raymond Poulidor

Oleg Tinkov no tarda mucho en darse cuenta de que los problemas de Sagan no se han quedado en Italia. Hombre iracundo e impaciente por naturaleza, casi sacado de una novela de Emmanuele Carrère, Tinkov ve cómo avanza la temporada 2015 y sus grandes estrellas no consiguen ganar nada. Contador lo ha fiado todo al Giro y Sagan solo se ha llevado una etapa en Tirreno después de su habitual colección de segundos puestos en carreras menores.

Cuando llegan las clásicas de primavera y Sagan solo puede quedar cuarto en San Remo y en Flandes, dando enormes muestras de debilidad y fatiga ante rivales que no habría temido apenas dos años antes, el millonario estalla en Twitter. No quiere más excusas. No quiere más segundos puestos. Se ha gastado un dineral en el equipo y quiere que sea un equipo ganador. Echa a Bjarne Riis, ese ilustre dopado, de su puesto de director deportivo y se pone a sí mismo en su lugar. De repente, las cosas cambian casi milagrosamente: Contador se pasea por Italia ante la resistencia caótica del siempre poderoso Astana y Sagan consigue dos etapas en la Vuelta a Suiza, igualando el récord total de Koblet y Kubler, y logra imponerse en el Tour de California a su manera, con una sola etapa pero seis top tens en las siete etapas disputadas.

Todo apunta a un Tour grandioso para los dos líderes del Tinkoff-Saxo, pero a la hora de la verdad ninguno cumple del todo con las expectativas: Contador acaba quinto, pero a casi diez minutos del vencedor, Chris Froome, y Sagan gana por cuarto año consecutivo la regularidad pero vuelve a dar una imagen de frustración, acumulando cinco segundos puestos y hasta doce etapas entre los diez primeros sin victoria alguna. De Merckx ha pasado a Poulidor en demasiado poco tiempo y ser Poulidor no le hace ninguna gracia. Cuando las cosas parecen arreglarse en la Vuelta a España, ganando una etapa y a punto de ganar otra, una moto de la organización se lo lleva por delante. Es una de la imágenes del año: no la del atropello, porque nunca se quiso emitir, sino la de Sagan con el muslo abrasado discutiendo con motos, médicos, organizadores y todo lo que se le ponga por delante.

Al día siguiente no toma la salida. La versión oficial habla de las heridas sufridas. La lógica apunta a que el cabreo no ha remitido lo más mínimo.

La redención de Richmond

Y así llega el Campeonato del Mundo, una prueba que lo tiene todo para ser la gran referencia del ciclismo mundial pero que suele perderse entre recorridos mal diseñados, desinterés de algunas estrellas y la dichosa maldición del maillot arcoíris que parece que hubiera que evitar a toda costa. El circuito de Richmond es principalmente llano pero presenta alguna cuesta empinada no muy larga y tramos cortos de pavés. Si se piensa con distancia, es difícil hacer un recorrido mejor para Peter Sagan, pero, sin embargo, el eslovaco apenas entra en los pronósticos porque nadie sabe con qué actitud encarará la prueba.

Se habla de Kristoff, de Degenkolb, de Greipel, de Van Avermaet, incluso del veteranísimo Tom Boonen… y a Sagan se le menciona de corrido porque, bueno, hay que mencionarlo, igual que uno se ha acostumbrado a mencionar a Boasson-Hagen sabedor de que, desde que dejó el Sky, su rendimiento no ha estado nunca a la altura. Así, pasan los kilómetros y las fugas y el cansancio y de Sagan no se sabe nada. Como no tiene nadie que le ayude —Eslovaquia solo cuenta con cuatro corredores, ninguno de ellos con calidad suficiente como para cerrar una fuga o lanzar a un compañero— se limita a esperar a que los demás se maten entre ellos y confiar en llegar vivo a la última vuelta.

Todo sale según lo previsto: el pelotón compacto enfila el último giro con el equipo belga en cabeza tirando a bloque. El primero en intentarlo es el checo Zdenek Stybar, otro habitual de los puestos de honor en las clásicas de primavera. Tras Stybar se va Van Avermaet como loco, sabedor de que es incapaz de ganar una carrera al sprint y que tiene que intentarlo de lejos. El problema es que Van Avermaet tiende a atacar a destiempo y cuando ya ha gastado casi todas sus energías se encuentra de morros con la famosa calle 23, la pared de piedras, donde ve cómo Boasson Hagen le coge la rueda y Peter Sagan directamente se va como loco hacia arriba, igual que si estuviéramos en 2011, 2012 o 2013.

A partir de ahí todo es historia: la ventaja del eslovaco es mínima, de diez o veinte metros, pero cuando Van Avermaet se relaja un par de segundos para coger resuello, Sagan no mira hacia atrás y continúa a todo ritmo, solo dos kilómetros para la meta, bajando con el pecho sobre el manillar. Mientras Van Avermaet y Boasson Hagen se hacen los remolones, como si una medalla les bastara, él se lanza a la típica aventura que en el Tour acabaría en un tercer o un cuarto puesto o incluso, para mayor crueldad, un segundo.

No tiene tiempo para pensar en eso y cuando Sagan no piensa es mucho más peligroso. Toma una curva a derechas a tal velocidad que está a punto de hacer como Cancellara en los Juegos Olímpicos de Londres cuando se comió las vallas en plena entrada a línea de meta. Esa curva, esa velocidad, es crucial: le da la ventaja definitiva. El pelotón no volverá a saber nada de él. Mete un desarrollo inhumano en la cuesta final, una cuesta que no acaba nunca y en la que parece ir parado, pero no, avanza y avanza y cuando cruza la meta, en vez de celebrar a lo grande, se limita a reivindicarse abriendo los brazos como si el triunfo fuera algo inevitable para después bajarse de la bici y empujarla casi con desprecio: «Ahí tenéis vuestro campeonato del mundo, hijos de puta», parece querer decir para después, erguido, pasear por la línea de meta en dirección contraria.

Él de pie, los demás aún sentados.


Marco Pantani: ascensión y descenso de Il Pirata

Marco Pantani, “Il Pirata”, fue uno de los grandes iconos del ciclismo mundial. Recientemente, el mundo del ciclismo le ha dedicado un monumento en el punto exacto en el que lanzó uno de los más sobrecogedores ataques de la historia de ese deporte, ascendiendo la cima del Galibier: ataque que le sirvió para ganar el Tour de Francia. Héroe y villano al mismo tiempo, sigue siendo recordado como una de las figuras más carismáticas del deporte reciente.

El 27 de julio de 1998, Marco Pantani logró una de las más grandes hazañas en la historia de la bibicleta. En un Tour que no tenía cabida para los escaladores y que durante años había sido dominado por contrarrelojistas como Miguel Induráin, Jan Ullrich o Bjarne Riis, “Il Pirata” (así apodado por su carácter guerrero y su estética: rapado, con pendientes, perilla y una bandana en la cabeza) rompió los esquemas en aquella etapa de alta montaña que pasaba por la Croix de Fer, el Galibier y Les Deux Alpes. La climatología de ese día le fue adversa, como lo fue casi todo en su vida: lluvia y frío se ensañaron con su pequeño cuerpo, de 1’72 metros de altura y tan sólo 57 kilos de peso. Un físico aparentemente frágil que sin embargo encerraba una fuerza y una capacidad de sacrificio sobrehumanas.

Pantani arrancó ese día con tres minutos de diferencia en la clasificación general respecto al líder, Jan Ullrich, gran contrarrelojista alemán que ya había ganado la anterior edición del Tour y nada invitaba a apostar en su contra en éste. Es probable que Pantani en un principio tan sólo buscara la victoria de etapa, de tan lejano como parecía el liderato. Salió el pelotón bajo el temporal replegado sobre sí mismo, como un rebaño que busca el calor de sus congéneres, pero en cuanto el terreno empezó a ascender sólo los más fuertes pudieron seguir el ritmo. Hasta aquí todo tenía sentido. Y entonces llegó el Galibier, puerto relativamente corto pero de gran dureza y que asciende hasta unos imponentes 2.642 metros de altura. Y entonces todo perdió sentido.

Il Pirata arrancó como una fiera desbocada, las manos en la parte baja del manillar como el escalador de raza que era, sus piernas dos pistones de acero amenazando con destrozar la bicicleta, que parecía de repente demasiado endeble como para soportar semejante castigo. Ullrich ni siquiera trató de seguirlo, ni lo pudo hacer nadie más. La posibilidad parecía tan ridícula como la de haber tratado de seguir un bólido de Formula 1. Fue tal la virulencia del ataque que Pantani coronó esa primera cima a poco menos de tres minutos del grupo de Ullrich. Dicho de otro modo: les sacó casi medio minuto por kilómetro. Ojalá pudiera expresarse con palabras lo que eso significa.

El descenso del Galibier estuvo marcado de nuevo por la climatología: al frío y la lluvia se les sumó una niebla que impedía ver a veinte metros. Solo y sobre una carretera resbaladiza, Pantani hizo lo que ha hecho toda su vida: tomar riesgos e ir al límite. Esta vez le salió bien. Al terminar el descenso contaba con cuatro minutos sobre Ullrich, y se elevaba ahora ante él otro puerto, el de Les Deux Alpes, que afrontó de nuevo con una fuerza incomprensible. “No puede seguir así: va demasiado forzado, terminará cediendo”, nos decíamos todos. Pero “il Pirata” seguía marcando su ritmo infernal, kilómetro tras kilómetro, solo ante la montaña. Su gesto destilaba dolor, cansancio, pero sobre todo una determinación enfermiza. Con esa expresión cruzó la meta, sacándole casi dos minutos al segundo clasificado, un Massi que estuvo colosal. Pero “colosal” no basta como para acercarse siquiera a lo que hizo Pantani. Nueve minutos después, el que cruzaba la meta era un Ullrich incrédulo. Un escalador le había arrebatado el maillot amarillo.

Al día siguiente, Ullrich atacó con todas sus fuerzas, y nadie fue capaz de mantenerle el ritmo. Nadie, excepto un exultante Marco Pantani, que no le dio ni medio metro a un desesperado alemán, que veía como su perfectamente calculado Tour se le escurría entre los dedos debido a un factor que nadie tuvo en cuenta: un extravagante italiano absolutamente descontrolado que no sólo tuvo fuerzas como para ganar el Tour si no que además se había proclamado ese mismo año vencedor del Giro. Ese 1998, Pantani escaló montañas hasta llegar al cielo. Con su sempiterna bandana, había roto con la dictadura de los contrarrelojistas y había logrado un Tour para Italia rompiendo así treinta y tres años de sequía. El mundo se rendía ante el carismático pirata.

Cinco años y medio después, en el día de San Valentín, catorce de febrero de 2004, su cuerpo fue encontrado muerto en la habitación de un hotel fuera de temporada. El diagnóstico: muerte por paro del corazón como consecuencia de un edema pulmonar y cerebral, derivados del consumo abusivo de cocaína.

En menos de seis años, il Pirata había pasado de la más alta cima al más profundo pozo. ¿Qué le pasó a ese personaje extrovertido y luchador para verse reducido a un despojo?

El 1999 y a sólo dos jornadas de ganar de nuevo el Giro de Italia, Marco fue despertado por la mañana por unos desconocidos que llamaban a su puerta: “control antidopaje”, le dijeron, secamente. Pantani no entendía nada: no era el procedimiento habitual. Los controles solían avisarse con cierto tiempo de antelación y desde luego nunca sacaban a nadie de la cama para hacerlos. Dio positivo por contener su sangre unos niveles de hematocrito más altos de lo legal. Los ciclistas saben cómo bajar los niveles de hematocrito: salinos y aspirina. Por supuesto, si el control no es anunciado con tiempo, como fue el extraño caso de Pantani, no pueden tomarse medidas. “¿Conoce a un deportista que no se dope?” preguntaba retóricamente tras la muerte la que fue su novia, Cristina Jonsson, a un periodista francés. Pantani desde luego no era la excepción. Fue expulsado del Giro que tenía ya en el bolsillo y suspendido durante un año.

“Il Pirata” jamás se recuperó de ese golpe. Tras la exclusión del Giro, pasó varios días encerrado en casa sin dejar de llorar. Siempre tuvo el convencimiento de que se la habían jugado, de que ese control sorpresa respondía a poderes fuera de su comprensión. Nunca pudo demostrarlo.

Pasado el periodo de sanción volvió a pedalear, pero nunca fue el mismo. Tras un par de años más agrios que dulces y retirado ya definitivamente del ciclismo, pasó los siguientes años de tribunal en tribunal intentando limpiar su imagen sin conseguirlo. Encontró refugio en la droga; “era la única manera que tenía para soportar la presión”, cuenta Cristina, que consumía cocaína con él “por amor”. Pantani padeció una depresión hasta la fecha de su muerte, que lo golpeaba con más fuerza cada vez que creía recuperarse. Intentó rehabilitarse del consumo de drogas diversas veces sin éxito alguno. Su conducta fue en muchas ocasiones autodestructiva. La relación con su familia se había roto por completo por culpa de la droga. La asombrosa capacidad para llevar su cuerpo al límite, rozando el masoquismo, la afición a llevar una vida extravagante y su propensión al riesgo fueron las cualidades que lo hicieron grande. Esas mismas cualidades, sin embargo, lo llevaron a la muerte.

Ese febrero de 2004, Marco reservó una habitación en Le Rose, decadente hotel de Rimini, una ciudad costera que pasa los veranos en ebullición pero durante el invierno es prácticamente un pueblo fantasma. Por qué eligió ese hotel barato y esa ciudad es algo que aún se desconoce. Sí se sabe que esa noche maldita del 14 de febrero atrancó la puerta de la habitación con un mueble y atiborró su maltrecho cuerpo de droga, ése que había coronado las más altas cimas pero ya no reconocía como suyo. Antidepresivos y cocaína sirvieron de mortal cóctel, y varios papeles en los que había escrito frases inconexas y sin sentido servían de desquiciado testamento.

Lucien van Impe, un escalador que ganó el Tour en 1976, dijo de Pantani cuando estaba en su plenitud: “Su problema es que escala con las piernas y no con la cabeza”. Sin saberlo, resumió a la perfección su vida.


Guillermo Ortiz: La leyenda de Jan Ullrich

Jan Ullrich atacó al pie de uno de los puertos que llevaban a Andorra —no recuerdo el nombre— y dejó a todos sin resuello, cabizbajos. En la radio, Ángel González Ucelay se volvía loco: “Ahí va el alemán rumbo a la leyenda, rumbo a Paris, sí, pero… ¿de qué año?” Aún sin cumplir los 23, Ullrich ya había sido segundo de un Tour que hubiera ganado de no dedicarse a prepararle los sprints a Zabel y las subidas a Bjarne Riis y, un año después, su dominio era sencillamente arrollador, incontestable. No solo ganó aquel Tour del 97 sino que su ventaja con respecto al segundo rozó los 10 minutos.

Aquello iba para largo, para muy largo. La gente empezó a hablar de 6,7, 8 Tours de Francia… Ullrich arrasaba contra el reloj y a pesar de su corpulencia subía con una potencia inaudita. Parecía una versión incluso mejorada de Induráin y se plantó en la salida del Tour 98 como único favorito, sin opción para nadie más, muy por delante de los Olano, Hamilton, Virenque, Jalabert y compañía…

En la séptima etapa dio el primer hachazo: etapa y liderato en una contrarreloj exigente, con casi un minuto y medio de ventaja sobre el segundo y más de cuatro minutos sobre Marco Pantani, reciente ganador del Giro de Italia y escalador de los que marcan época. La ventaja conseguida en un solo día era tal que a Ullrich no le importó que el italiano le recortara 23” en Luchon o casi dos minutos en Plateau de Beille. A él le bastaba con controlar a Hamilton y Jalabert, los que le podían hacer daño contrarreloj: a Pantani se le acabaría pronto el gas y el entusiasmo post-Giro.

Así siguieron las cosas, inamovibles, hasta la decimocuarta etapa, el primer contacto serio con los Alpes: subida del Galibier y meta en Les Deux Alpes. Los Kelme se mostraron muy activos: Escartín atacó en el penúltimo puerto, Pantani se pegó a su rueda y Serrano les dejó al pie de la última ascensión. Detrás, los Telekom impusieron su ritmo de caza: la ventaja en la cima del puerto era de tres minutos pero tras el descenso se había quedado en poco más de minuto y medio. Todo esto para esto. Era un día espantoso, con muchísimo frío y muchísima lluvia. Justo cuando están a punto de afrontar las primeras rampas de Les Deux Alpes, Jan Ullrich pincha.

El Telekom tiene que pararse en seco y ayudar a su líder a remontar posiciones poco a poco en un pelotón ya partido en mil pedazos. La paliza que se pega Ullrich para alcanzar la rueda de los mejores es descomunal y para cuando cree que ha llegado, Pantani ya se ha ido de Escartín y de todos, balanceándose sobre la bicicleta, pañuelo al viento e imperial, rumbo al doblete que nadie conseguía desde el gran Induráin.

A Ullrich se le hincha la cara: ese gesto será su maldición durante años y años. Cuando Ullrich está mal, se infla como un globo y en vez de subir, baja. Al segundo kilómetro del puerto, le empiezan a pasar todos los que él había adelantado anteriormente. Algo va mal. Algo va muy mal. Riis y Bolts se quedan con él, en la vana esperanza de que se recupere y al menos aguante el amarillo. La distancia con Pantani, recordemos, sigue en los tres minutos en la general y solo queda coronar y bajar a meta.

Pero Ullrich no puede, lleva una pájara de escándalo. La diferencia vuelve a los tres minutos, luego sube a cuatro, luego a seis. Pantani vuela y Ullrich se hunde. A la llegada a meta, “El Pirata” levanta los brazos con rabia y orgullo mientras espera al alemán, que no llegaría hasta nueve minutos después, completamente descompuesto.

Ahí se acabó la leyenda de Jan Ullrich, en una tarde de perros cerca de un cantón suizo. Tenía solo 23 años, pero no se recuperó jamás de aquel palo inesperado: a base de combatividad y talento consiguió acabar aquel Tour en segundo lugar y ganar la Vuelta a España de 1999.

Después, su historia fue la de un perdedor. Probablemente, el perdedor con más clase que haya visto nunca. Todos sus duelos con Armstrong, que marcarían los siguientes seis años, seguían un mismo patrón: el americano mostraba debilidades, Ullrich se ponía a tirar como loco, dejándose la piel para machacarlo definitivamente y en ese momento, el de Texas sacaba fuerzas de flaqueza, decía “nos vemos arriba” y pegaba un demarraje seco, a molinillo, que acababa con los pómulos de Ullrich a punto de estallar.

Incapaz de superar a Armstrong contrarreloj y muy inferior en la montaña, abusando siempre de desarrollo, Ullrich acumuló a lo largo de su carrera hasta cinco segundos puestos y un tercero, desde 1997 a 2005. Justo el año que su archienemigo decidió retirarse, a él lo retiró la Operación Puerto, una trama anti-dopaje que se llevó por delante a medio pelotón.Triste final para un campeón del mundo, campeón olímpico y ganador de Tour y Vuelta. El hombre llamado a ganar siete veces el Tour de Francia y que se cansó de ver a Armstrong ocupar su puesto.

Aburrido y sancionado, decidió volverse a Alemania, manifestar su inocencia con cierta desgana, engordar sin límite alguno y recordar su leyenda. Se dice que aún compite, de vez en cuando, en pruebas amateur con un nombre secreto mientras prepara una autobiografía, con la esperanza de que al menos ahí encuentre un final feliz.