Rafa Nadal, Bianca Andreescu y casi todo lo que nos dejó el US Open 2019

Rafa Nadal gana la final masculina del  US Open 2019 frente a Medvedev. Foto: Corinne Dubreuil / Cordon.

Nadie contaba con la longevidad. Cuando veíamos a aquel chaval de diecisiete, dieciocho, diecinueve años dejándose las rodillas en la pista corriendo como si no hubiera un mañana, pensábamos que efectivamente sería así: que no habría un mañana, que esa manera de jugar le condenaría a estrella fugaz y le abocaría a una retirada temprana o al menos a un sensible bajón de sus prestaciones antes incluso que sus contrincantes de mayor edad.

No ha sido así. Por supuesto, Nadal ha tenido muchísimas lesiones. Rara vez ha conseguido completar un año entero sin ausencias en torneos clave. Eso no le ha impedido mantener la competitividad ni la regularidad. El chico que ganó Roland Garros con diecinueve años es el mismo veterano que acaba de ganar con treinta y tres el US Open. Su cuarto título en las últimas diez ediciones del torneo, justo el que le había sido más esquivo en sus primeros años de esplendor.

Ese dato es el ejemplo perfecto de la evolución de Nadal. Un hombre que, sobre todo desde la llegada de Carlos Moyà, sabe dosificar sus fuerzas y mantiene ese instinto salvaje para aprovechar las oportunidades. Con Djokovic, Federer y Medvedev en el otro lado del cuadro, su presencia como finalista nunca estuvo en duda y solo perdió un set en todo el camino, contra Marin Cilic. Una vez en la final, fue mejor y se sobrepuso incluso a la mística de Medvedev, un jugador extraño donde los haya con más vidas que un gato.

Nadal ha aprendido a no fallar y en este circuito con eso basta. Desde su derrota contra Gilles Müller en Wimbledon 2017 no se le recuerda sorpresa alguna en su contra. O victoria o retirada o derrota contra sus homólogos, es decir, Djokovic y Federer. Pasaron los tiempos de Fogninis y Pouilles. Justo en el momento en el que más incómodo se siente en la competencia directa —Djokovic le ha ganado sus nueve últimos partidos fuera de la tierra batida y Federer, los últimos siete— más cerca está de convertirse en el jugador con más torneos de Grand Slam de la historia, algo que muy probablemente se cumplirá el año que viene, a los treinta y cuatro.

Hagamos un repaso a este y otros aspectos que nos ha dejado Flushing Meadows en esta quincena:

1. Hasta cierto punto, hubo dos torneos: uno que duró hasta el domingo y no fue gran cosa y otro que se limitó a la final y fue apasionante. Cuatro horas y media de una calidad bastante razonable… aunque hubo un momento en el que todo apuntaba a tres sets facilillos para Nadal. Ni verse con dos sets y break abajo fue suficiente para que se rindiera Medvedev, un hombre con una capacidad competitiva asombrosa que se dio cuenta de qué iba el partido demasiado tarde. A Nadal no puedes esperarle y devolverle bolas. Tienes que ir a por él, tienes que subirle, atacarle, incomodarle, hacer que se salga de su táctica previa… Aunque en ocasiones arriesgó más de la cuenta, Medvedev logró en el tercer y cuarto set lo que llevamos años pidiendo a su generación: que compita de tú a tú con los grandes mitos. En mi opinión fue peor que Nadal en ambos sets pero, de alguna manera agónica, los ganó y eso es lo que cuenta. Se dio a sí mismo una oportunidad y la aprovechó contra todo pronóstico.

2. Otra cosa fue el quinto set. Ahí, Medvedev llegó muerto. Me cuesta mucho imaginar cómo el ruso podría haberle ganado seis juegos a Nadal hecho un auténtico trapo… pero no estuvo tan lejos. De entrada, tuvo dos bolas de break para ponerse 2-0. Después, cedió sus siguientes servicios pese a adelantarse 40-0 y 30-0 respectivamente. Por último, ya con 5-2 y saque de Nadal, consiguió romper, salvar match point con su servicio y disponer de bola para el cinco iguales. Yo lo veía y no lo creía. Por supuesto, Rafa también estaba cansado, pero Medvedev se caía de agotamiento y no dejaba de pegar palos a las líneas. Esa versión tiene futuro. La otra, no tanto.

3. Y es que siento no compartir el entusiasmo generalizado por el ruso. Soy un viejo gruñón y tengo que vivir con ello. Su verano ha sido descomunal y ya digo que su capacidad de sufrimiento le distingue de la mayoría de sus coetáneos. Ahora bien, si de verdad quiere ser un gran campeón, tiene que mejorar determinadas cosas: de entrada, la lectura del juego. Durante buena parte del torneo y desde luego en la final, dio la sensación de ir improvisando sobre la marcha, de tirar hacia adelante como fuera, en una misión desesperada. Eso le salvó de muchísimos apuros, sobre todo en las primeras rondas, cuando parecía lesionado, pero no es una gran idea cuando quieres destronar a los campeones más laureados de la historia. Aparte, su tenis tiene carencias obvias: pese a medir 1,98 su saque es demasiado irregular, de ahí que le cueste tanto ganarlo con solvencia. Su derecha es mejorable, rara vez definitiva, y tiene mucho margen de mejora en la volea. Me parece que le falta, en general, un golpe que le pueda dar puntos fáciles, por muy bueno que sea ese revés a dos manos. Ahora bien, lo mismo se decía de Agassi y no le fue mal en la vida.

4. En cuanto a sus enfrentamientos con el público… bueno, si le ayudaron a motivarse cuando estaba contra las cuerdas ante Feliciano López o después ante el sorprendente Dominik Koepfer, estupendo. Ahora bien, el gasto mental (y físico, fruto de la adrenalina) que supone meterse en esas batallas cuando ya vienes cascado de jugar tres finales seguidas en un mes es enorme. Dejémoslo en tablas.

5. Primero se habló del «big 4», luego del «big 3» y creo que va siendo hora de llamar a las cosas por su nombre y referirnos al «big 2». Lo competido de la final, lo enloquecido de su desenlace, no puede hacernos olvidar que entre Nadal y Djokovic han ganado veintiocho de los últimos treinta y nueve torneos del Grand Slam. Eso son prácticamente tres de cada cuatro, dejando el cuarto para el Federer, Murray o Wawrinka de turno. Su tiranía es absoluta a cinco sets y este será el noveno de los últimos diez años en el que uno de los dos acaba como número uno del mundo. Si el sorteo del cuadro ya dejaba un camino bastante claro hacia la final para Rafa, la retirada de Djokovic terminó de sentenciar el torneo. Las finales pueden durar tres, cuatro o cinco sets, pero al final los que ganan son siempre los mismos.

6. Nos quedamos en Djokovic. Si en Cincinnati el problema fue con el codo que tanta guerra le dio en 2017, en Nueva York se lesionó el hombro. No sé si hay relación entre ambas molestias. Novak llevaba once semifinales consecutivas en el torneo y se vio obligado a retirarse ante Stan Wawrinka en octavos de final cuando ya perdía por dos sets a cero. Qué difícil es evaluar la carrera del serbio. Probablemente sea el más completo de los tres grandes, tiene el H2H ganado a los otros dos, ha conseguido ganar en Wimbledon a Roger y en Roland Garros a Rafa, se ha hinchado a Masters 1000 y a World Tour Finals… y sin embargo vuelve a estar a tres torneos de Grand Slam de Nadal y sigue a cuatro de Federer. 

7. Otra cosa, insisto una vez más, es que tengamos que evaluar la grandeza solo por los torneos de Grand Slam ganados. Para contar hasta veinte no hace falta ser un gran analista. Puede que haya llegado el momento en el que los tres han acumulado tantos méritos que los aficionados ya no podemos decir convencidos: «El mejor de la historia es este» sino que tenemos que limitarnos a un comedido «a mí el que más me gusta es este». Sé que también es una opinión poco popular pero creo sinceramente que al indudable talento de Novak, Rafa y Roger se ha unido una falta de competitividad escandalosa, lo que les ha permitido no solo dominar a su propia generación sino a las dos siguientes, algo extraordinario en el mundo del tenis. Talento ha habido siempre: Gonzales tenía talento, Hoad tenía talento, Laver tenía talento, y así Connors, Borg, McEnroe, Edberg, Agassi, Sampras… pero todos encontraron un dique que les frenara. Una fricción que detuvo o mitigó la corriente. Aquí, no. Aquí, ya digo, tres de cada cuatro durante diez años. Y antes, tres de cada cuatro solo para Federer durante otros seis.

8. Precisamente el torneo de Federer acabó en cuartos de final y supuestamente debido a otra lesión. Fue una enorme oportunidad perdida, pero no perdamos la perspectiva: a sus treinta y ocho años, Federer no está en la misma competencia de Djokovic y Nadal. Está a las sobras. Está a su Wimbledon y poco más. En diez años solo ha pisado una final en Nueva York y eso es por algo. Su principio de torneo, aún con la mente puesta en ese 8-7 y 40-15 de Wimbledon, fue espantoso. Luego mejoró gracias a un cuadro muy favorable y cuando ya podía soñar con algo grande se la pegó con Dimitrov. Puede, efectivamente, que la espalda fuera clave, pero el año pasado se la pegó con Millman y en el US Open ha perdido hasta con Tommy Robredo, así que me temo que es lo que hay. 

9. Con todo, ¿qué se le puede pedir al suizo a estas alturas? Tiene treinta y ocho años, acaba Wimbledon y se va de vacaciones con su mujer y sus cuatro hijos en una caravana. Cuando vuelve, entrena un poco y ya se pone a competir otra vez. ¿De verdad hay que pedirle que gane? ¿Está su cabeza preparada para afrontar otro reto como el de Londres de este año? Puede que sí y puede que no. Sin relevo, todo es posible. Por otro lado, las temporadas cada vez se le hacen más largas y todo lo que le beneficia la tierra batida de cara a preparar Wimbledon le perjudica a la hora de afrontar con garantías el final de año. Es el número tres del mundo y, en el peor de los casos, acabará el año como número cuatro. Eso ya de por sí es una heroicidad… y una señal de que los tiempos que corren no invitan al optimismo.

10. Pongamos por ejemplo al propio Grigor Dimitrov. Después de toda una carrera comparado con Federer y tras el peor año en muchísimo tiempo, logra colarse en semifinales y jugar contra un rival con problemas físicos como es Medvedev. ¿Resultado? No gana ni un set. Dimitrov ejemplifica para mí la mayoría de los problemas de los nacidos en los noventa: tiene los golpes pero no sabe cómo utilizarlos. Te puede pegar dos reveses maravillosos y una derecha que te echas a temblar pero de repente durante cuatro juegos desaparece, falla cosas imposibles, toma decisiones en la pista que no corresponden… Estas semifinales le van a salvar el año, pero a los veintiocho no se puede esperar progresión alguna.

11. Con todo, hay que reconocer que el hecho de que hubiera cuatro cuartofinalistas menores de treinta años y tres semifinalistas es un avance. Parece que están a punto de derribar el primer muro de contención, el de los Cilic, Monfils, Nishikori, Isner y compañía. Matteo Berrettini, por ejemplo, no solo se cargó al francés en un encuentro apoteósico que superó también las cuatro horas sino que en semifinales llevó a Nadal al tie-break del primer set, donde llegó a estar 6-4 por delante. A partir de ahí, el hundimiento, pero por algún lado hay que empezar.

12. Las decepciones fueron las habituales, empezando una vez más por Alexander Zverev, al que el año se le ha cruzado definitivamente sin posibilidad de remediarlo. Veremos si llega a las World Tour Finals y puede al menos defender su título. Peor aún le fue a Felix Auger-Aliassime, que sí, es un crío aún, pero del que cabe esperar algo más que seis juegos ganados en primera ronda. Kyrgios vio como su parte del cuadro se abría muchísimo tras la debacle de la primera ronda, donde cayeron Roberto Bautista, Dominic Thiem, Stefanos Tsisipas y Karen Khachanov a la vez, pero no supo aprovechar la ocasión. Tal vez esperábamos un poco más de Frances Tiafoe, pero sigue sin dar el estirón. En cuanto a Denis Shapovalov, pequeños progresos, veremos si Youzhny consigue espabilarlo.

13. Por cierto, ¿qué les ha pasado a Khachanov y, sobre todo, a Tsisipas? El ruso ganó París el año pasado y acabó la temporada en plena forma, por encima incluso de su compatriota Medvedev. Sin ser un año horrible —se mantiene en el top ten—, lo cierto es que no ha dado el paso adelante que se esperaba. Más preocupante es Tsisipas porque Tsisipas sí parecía que se iba a comer el mundo, incluso con ese punto arrogante que tanto se echa de menos… pero desde que perdiera con Wawrinka en Roland Garros ha entrado en una depresión de la que ni él mismo encuentra salida.

14. Dos historias bonitas: Álex de Miñaur y Diego Schwartzman. Al australiano le esperábamos desde su prometedor inicio de año y ha completado un excelente torneo, llevándose por delante a Nishikori, poco dado a perder con jugadores por debajo de su ranking. Después de salir del top 25 de la ATP, toca ponerse las pilas y volver a subir cuanto antes. En cuanto al argentino, volvió a colarse en cuartos de final con una gran victoria ante Zverev y disputó un extrañísimo partido ante Nadal en el que remontó un 0-4 y un 1-5 en los dos primeros sets para acabar perdiendo ambos. Enorme mérito el suyo.

15. Y enorme mérito también el de Pablo Andújar, que se coló en cuarta ronda después de tres años horribles de lesiones y operaciones constantes. Andújar tiene treinta y tres años pero al menos puede volver a disfrutar del tenis, como lo está haciendo Feliciano López a sus casi treinta y ocho. Verdasco (treinta y seis) no pasó de segunda ronda mientras Bautista (treinta y uno) perdía contra Kukushkin a las primeras de cambio. En la actualidad, hay nueve tenistas españoles entre los cien primeros de la ATP. Solo dos —Carballes (veintiséis) y Carreño (veintiocho)— tienen menos de treinta años. 

16. Pasamos ya al cuadro femenino y lo hacemos con la ganadora, la gran dominadora de lo que llevamos de año pese a su grave lesión en el hombro. A sus diecinueve años, Bianca Andreescu ha perdido solo cuatro partidos en 2019, incluyendo victorias en Indian Wells, Canadá y por supuesto Nueva York. Desde que volvió a las pistas acumula doce triunfos consecutivos… y eso que a punto estuvo de retirarse en los cuartos de final de Toronto tras molestias en una pierna. Andreescu no tuvo el cuadro más difícil del mundo pero supo llegar a la final y derrotar a la gran favorita delante de su público. No es poca cosa.

17. De hecho, la final se complicó más de lo debido. Con 5-1 en el segundo set, Andreescu dispuso de su primer match point al saque y lo perdió. Nadie le dio demasiada importancia porque su superioridad había sido indiscutible, pero de repente Serena Willimas olió la sangre, llegaron los nervios, la Arthur Ashe se puso en plan caldera… y a los diez minutos el resultado era 5-5. ¿Qué hizo Andreescu entonces? Ganar los dos siguientes juegos y evitarse muchos problemas. Respuesta de campeona. Habrá a quien no le guste que la WTA no tenga una dominadora clara, pero a mí desde luego me encanta esta mezcla de talentos, generaciones y estilos de juego que hacen que Naomi Osaka pueda ganar en Australia, Ashleigh Barty en Roland Garros, Simona Halep en Wimbledon y Bianca Andreescu en Nueva York y que en cada momento parezcan imbatibles… todo para pegársela en el siguiente grande. Supongo que en algún punto medio entre la tiranía del circuito masculino y la volatilidad del femenino estará la virtud, pero de elegir, me quedo con este.

18. La gran historia del torneo, con todo, fue una vez más Serena Williams, que se quedó a un partido de levantar el trofeo… veinte años después de imponerse por primera vez. Baste recordar que su rival en aquella final de 1999 fue Martina Hingis, que venía de perder Roland Garros ante Steffi Graf. Desde su maternidad, Serena apenas se deja ver por el circuito más que en las grandes ocasiones. Ahora bien, una vez ahí, sigue siendo tan peligrosa como siempre: hasta cuatro finales ha disputado en estos dos años… y lo curioso es que no ha conseguido ganar ni un solo set en ninguno de los cuatro encuentros: ni ante Kerber en Wimbledon 2018, ni ante Osaka en el US Open de ese año ni ante Simona Halep o Andreescu esta temporada. 

19. Queda, por tanto, la estadounidense aún a un torneo de Grand Slam de Margaret Court-Smith. No creo que sea algo para obsesionarse. Para empezar, con esta regularidad, tarde o temprano el número veinticuatro debería llegar. En cualquier caso, aunque no llegara, comparar a Court y el tenis de los sesenta y setenta con la hiperprofesionalidad de los tiempos de Serena es absurdo. Por longevidad y por resultados, la menor de las Williams está a otro nivel, peleando por lo más alto del podio con las Graf, Navratilova o Evert.

20. Si antes hablábamos de Martina Hingis, ha llegado el momento de hablar de otra suiza: Belinda Bencic. Ya salía en estos resúmenes cuando perdía, así que imaginen ahora que gana. Es una gozada ver que ya puede jugar al tenis siendo ella misma, sin lesiones ni molestias de por medio. En Nueva York llegó a semifinales y le dio bastante guerra a Andreescu; más de la que le dio Elina Svitolina a Serena Williams, desde luego, aunque también es muy positivo ver que la rusa está al cien por cien y centrada de nuevo.

21. No sé si se puede decir lo mismo de Naomi Osaka. Me sigue pareciendo un caso complicado porque no disfruta jugando, se la ve siempre tensa, preocupada, como si todo la superara. No es propio de una jugadora de veintiún años con dos torneos del Grand Slam ya en el bolsillo y que llegaba a Flushing Meadows como número uno del mundo. Quiero pensar que es un ataque de vértigo que se le irá pasando con el tiempo. Peor parece tenerlo Garbiñe Muguruza, incapaz de levantar cabeza incluso tras haber cambiado de técnico. En un circuito tan igualado y con tanto talento, en cuanto te relajas te vas al hoyo a toda velocidad. Lo bueno es que subir tampoco es tan complicado y el tenis lo tiene, desde luego.

22. La gran sorpresa de Wimbledon, «Coco» Gauff, aprovechó la wild card que le otorgó la USTA para meterse en tercera ronda, donde perdió precisamente con Osaka. Buen trabajo de la estadounidense, a la que espero que nadie empiece a pedirle ahora que se líe a ganar grandes cuando no ha dejado de ser una adolescente. Monica Seles solo hubo una. La «Cenicienta» de esta edición ha sido la de Taylor Townsend, quien, proveniente de la previa, eliminó a Halep en segunda ronda en otro partido espectacular, se plantó en octavos de final y aún le arrebató un set a la futura campeona. Tiene veintitrés años así que no es ninguna cría, pero habrá que seguirla de cerca a partir de ahora.

23. Vamos acabando ya y lo haremos con el reparto de premios en otras categorías. El dobles masculino fue para los colombianos Cabal y Farah, que ya se habían impuesto en Wimbledon. La derrota en la final fue la primera para la pareja Granollers.Zeballos, demostrando lo excelente doblista que son ambos. En el cuadro femenino, las vencedoras fueron Elise Mertens y Aryna Sabalenka, que derrotaron en la final a las grandes favoritas, Ashleigh Barty y Victoria Azarenka. Si la número uno del mundo en individuales quiere seguir siéndolo, a lo mejor tiene que replantearse tanto compromiso con el dobles. No todo el mundo es como las hermanas Williams.

24. En el doble mixto volvieron a ganar Jamie Murray y Betthanie Mattek-Sands y lo hicieron ante los primeros cabezas de serie, Michael Venus y Chan Hao-ching. Por cierto, ya que mencionamos a los Murray, Andy no participó en el US Open aunque la USTA le ofreció una wild card. A cambio, se fue a Mallorca a participar en el Trofeo Rafa Nadal, un challenger en el que cayó en segunda ronda, demostrando que aún le queda bastante para llegar a un nivel mínimamente competitivo aunque esté en el camino.

25. En cuanto a los jóvenes, el checo Jonas Forejtek se impuso en la categoría masculina mientras María Camilia Osorio se convertía en la primera colombiana en ganar un US Open en categoría junior. Ni rastro de los españoles. Ninguno superó la segunda ronda de ninguna de las categorías. Una tendencia preocupante.


Patricia Ramírez: «No creo en una psicología que no esté basada en la ciencia»

Fotografía: Énkar Neil

Patricia Ramírez Loeffler (Zaragoza, 1971) es una mujer segura de sí misma, asertiva y con las ideas muy claras. No rehuye las preguntas y responde con conocimiento y entusiasmo. Se viene arriba con un público que abarrota La Rambleta, acostumbrada como está a hacer su trabajo en los grandes estadios de fútbol o en los medios de comunicación de mayor audiencia. Es, probablemente, la psicóloga deportiva más famosa del universo fútbol. Ha trabajado con el Real Betis Balompié y con el Real Club Deportivo Mallorca, aunque su trabajo no se restringe exclusivamente a la órbita del deporte rey. Hablamos de la importancia de la psicología en el deporte de alto rendimiento, de cómo las redes sociales han modificado las relaciones, de los modelos de liderazgo, e incluso de su incursión como neuropsicóloga en el campo de la enfermedad de Alzheimer.

La jornada en la que nos encontramos inmersos hoy en La Rambleta se titula «Preparándonos para vivir cien años». Patricia, como experta en psicología, ¿estamos preparados para vivir cien años?

¿Estamos preparados en qué sentido? ¿para disfrutarlo? ¿para cognitivamente estar bien? Yo creo que estamos preparados para vivir cuanto más mejor y, a ser posible, en buenas condiciones. Hoy en día hay mucho trabajo a nivel cognitivo, y sabemos desde la parte psicológica qué tipo de actividades cuidan nuestro cerebro para llegar a esos cien años en buenas condiciones.

Cuéntanos, ¿qué tenemos que hacer para llegar con unas buenas condiciones cognitivas, ya no a cien, sino a ochenta años por ejemplo?

Hoy sabemos que existe una serie de actividades que favorecen la neurogénesis, entre ellas la práctica regular del ejercicio físico, el poder meditar, dormir y descansar con calidad. Y todo lo que hacemos despertando la curiosidad, ponernos retos, aprender a hacer cosas fuera de nuestra zona confortable, trabajar, vestirte con la mano no dominante… Cualquier reto que le ponemos al cerebro favorece que se genere esa neurogénesis, que se ramifique el cerebro y que eso mantenga a nuestro cerebro cognitivamente más joven. Ya que vamos a vivir tanto que por lo menos podamos recordar qué hemos hecho anteriormente.

Entonces se trata de intentar salir de nuestra zona de confort. Esa es tu recomendación.

Bueno, no siempre, porque mi zona de confort cuando acabo el día es sentarme con mi marido a ver una serie y no quiero salir de ahí, pero sí es cierto que si queremos cultivar esa curiosidad y si queremos que nuestro cerebro sepa memorizar tenemos que entrenar ese músculo, porque el cerebro funciona un poco como cualquier otro músculo del cuerpo, si dejas de utilizarlo se atrofia. Podemos hacer ejercicios tan sencillos como ir a hacer la compra y hacer el cálculo matemático de cuánto cuesta lo que llevamos dentro del carro antes de llegar a la caja, podemos coger otro camino distinto para llegar al trabajo y obligar al cerebro a que elabore un mapa mental del recorrido, podemos abrocharnos, comer, ducharnos, con la mano no dominante, podemos hacer ejercicios que nos saquen de esa zona cómoda y que obligue al cerebro a pensar de otra manera, y eso sí que contribuye a la neurogénesis.

En resumen, ejercitar la memoria de trabajo.

A nivel cotidiano hay ejercicios muy sencillos, aprender cada día cinco palabras nuevas, aprender tres palabras en otro idioma, o hacer algún juego que requiera concentración. Hoy en día los móviles nos facilitan esto con las apps, y a nuestra edad, bueno… Porque estamos bien, pero la gente de sesenta, setenta, ochenta años tiene ahí un recurso riquísimo, no para evitar el deterioro cognitivo, pero sí para evitar muchas otras cosas. Es importante seguir aprendiendo toda la vida.

He leído que crees que la actitud condiciona más que la edad.

Totalmente. Mira, yo no creo en estas frases míticas que hay ahora en redes sociales en las que la actitud lo es todo y que sí tú quieres no hay límite, no hay techo, que los límites los pones tú. Todo esto es mentira, todo eso son frases de gente con un nivel de positivismo totalmente irreal. La actitud es importante pero no lo puede ser todo. Nosotros estamos condicionados por una genética, hay un talento, hay unas habilidades, hay una capacidad, hay unas condiciones socioeconómicas, hay un factor suerte que contribuye a que las cosas nos salgan mejor o peor, pero a igualdad de condiciones la actitud es un valor importantísimo.

Estamos hablando en todo momento de un envejecimiento, llamémosle, normal. Pero tú has trabajado en Granada, en el Hospital Universitario San Cecilio, con enfermos de alzhéimer. A mí me gustaría que nos contaras cuál ha sido tu experiencia y qué trabajo has hecho allí.

Estuve cuatro años en el departamento de neurología y trabajaba con Antonio Huete, que llevaba temas de demencia de alzhéimer, y yo llevaba la valoración neuropsicológica de los enfermos. Yo me dedicaba a evaluar el deterioro cognitivo con una serie de tests, el más conocido y más sencillo es el minimental, pero también con otros tests más complicados en psicología. Hay diferentes tipos de demencias, teníamos a gente con demencia por consumo prolongado de alcohol, teníamos a gente con treinta, treinta y cinco o cuarenta años que pensaba que tenía una demencia y realmente tenía deterioro cognitivo por un trastorno de ansiedad, que afortunadamente luego se revierte. Todo ese problema de no poder concentrarnos, de perder las llaves, de no poder estar atento, de leer y no retener, cuando eres tan joven, normalmente cursa con un trastorno de ansiedad, y yo me dedicaba a eso, a valorar en el paciente si había un deterioro cognitivo leve o una demencia, y si había demencia de qué tipo era.

Sobre el diagnóstico de alzhéimer, desde el punto de vista neuropsicológico, me gustaría que nos contaras cuán fiable es el diagnóstico psicológico para esta enfermedad

Pues mira, sinceramente, cuando yo estaba con este trabajo, que era en el año 2000 o 2001, no recuerdo que hiciésemos esas estadísticas. Recuerdo que simplemente tenía que valorar, dando unas puntuaciones, el deterioro cognitivo. Y dependiendo de la demencia, si había también una desorientación espacial, pérdida de memoria, un trastorno con el vocabulario, con el lenguaje… No encontrar las palabras adecuadas indicaba al neurólogo, aparte de las pruebas que ellos hacían, si solo había un deterioro cognitivo leve o era una demencia. Pero ahora no recuerdo la correlación, porque si se hicieron esas pruebas desde luego a mí esos datos no me los dieron. Ya me gustaría tenerlos, en psicología todo lo que no tenemos en datos no existe.

Y decías antes que trabajabas también en estimulación cognitiva con pacientes.

Sí, ahí hacíamos de todo, desde trabajar psicomotricidad fina, porque el paciente se vuelve muy torpe, hasta ayudar a los cuidadores en casa a tapar los espejos cuando el paciente ya no se reconoce o le da miedo verse en el espejo, o señalar el agua caliente o fría porque el paciente deja de percibir, a ordenar la ropa porque muchas veces el paciente de alzhéimer sale en pleno invierno con ropa de verano. También hacíamos talleres de lectoescritura, hacíamos puzles para trabajar la memoria, recordar fechas en las que estábamos, todo ese tipo de cosas.

Los aprendizajes que has sacado de trabajar con pacientes con alzhéimer son experiencias gratificantes pero también muy duras.

Muy duras.

¿Y cómo lo trasladas a otros campos de la psicología en los que trabajas?

Bueno, estuve cuatro años allí porque me lo pidió Antonio Huete, pero luego no he vuelto a trabajar con demencia de alzhéimer. Tengo un nivel de empatía muy grande, así que llegó un momento en el que no quería trabajar con trastornos psicóticos, ni con una depresión mayor, ni con enfermos de alzhéimer, porque si el cuidador sufre una depresión el enfermo ve como esa persona poco a poco se va apagando y lo pierdes. Así que decidí no seguir trabajando en ello. La lectura que saco de ahí para aplicar a lo otro es poca, porque al final me he terminado dedicando a esos entrenamientos psicológicos que nos permiten subir, de hábitos de vida saludables, de relaciones de pareja, de educación serena con los niños, de rendimiento deportivo. Hubo un momento en que lo anterior me tenía completamente marchita, todos esos trastornos de la personalidad, por más que trabajas ver un cambio cuesta muchísimo.

De hecho el cambio es a peor.

Normalmente ese cambio es a peor.

Y tienes dos patologías, la del paciente y la del cuidador, que tiene una depresión.

La psicología es un campo muy amplio, enfocado a ayudar.  Aunque la familia de los pacientes agradecen muchísimo la ayuda yo necesitaba ver otro tipo de cambios. Yo estudié psicología para aplicarla al deporte, y son dos campos totalmente distintos.

Por cambiar de tema, eres la psicóloga más influyente, una influencer como se dice ahora

Yo especifico ahí; a mí el colegio oficial de psicólogos me dio un premio como la psicóloga más influyente en redes sociales, porque igual en otros campos no.

En Twitter tienes unos ciento treinta mil seguidores. ¿Cómo lo llevas?

Bien, bien. Mira que Twitter es una red social complicada, porque enseguida hay alguien que salta, Instagram es una red como mucho más amable, es más difícil que la gente te salte, pero no tengo la sensación de recibir mucha crítica, alguna vez sí que hay algún comentario cuando escribo en la columna del Marca. Me dicen que si para esa columna hay que ser psicólogo, pues yo que sé, pues igual no, pero yo la escribo. Normalmente no recibo mucha crítica como para sentirme mal, al revés, en las redes sociales percibo mucho agradecimiento. Yo comparto información: en un momento determinado con un paciente sale una frase que crees que puede servir a los demás, la comparto, y puede ser que a alguien esa frase le venga como anillo al dedo e igual puede cambiar su perspectiva, hacerle reflexionar o tomar una decisión, o quitarse en un momento determinado el concepto de culpa. Eso para mí es una bendición.

Tú también dices que dime a quién sigues y te diré qué eres en las redes sociales. La comunidad que cada uno genera depende del discurso, el mensaje que lanzas hace que la red sea amable o no contigo, ¿es así?

Y que yo no soy una persona polémica, no comparto nunca ideas religiosas, ni políticas. Cuando algo no me gusta no lo critico, simplemente o dejo de seguir o no opino, pero no soy de las personas que cuando algo no le parece bien va enseguida y contesta para que se note que no me gusta. Hay críticas que creo que suman poco. Al no ser polémica, creo que la gente tampoco tiene mucho que decir contra mí.

Y desde el punto de vista profesional ¿cómo ha cambiado la irrupción de las redes sociales sobre nuestros comportamientos? ¿Hemos mejorado o hemos empeorado?

Yo, sobre todo, voy a hablar de la parte positiva porque también va relacionado con mi forma de ser. El conocimiento y la libertad que nos dan las redes sociales requiere información. Tú antes te sentabas delante del telediario y tenías que verlo entero. Con las redes sociales puedes seleccionar lo que quieras: política, ciencia, nutrición, si te interesa el deporte… Te permite seleccionar, y eso es una ventaja. ¿Qué parte negativa tiene? En la gente joven, y también en muchos adultos, existe el peligro de depender de esa aprobación social para sentirte bien. Aunque por lo general creo que las redes sociales nos han facilitado tener la información accesible y eso nos hace libres.

Tal vez nos crea cierta ansiedad por no poder llegar a toda la información o por no poder seguir a toda la gente que quieres seguir o por responder.

Pero ahí tenemos que educarnos y aprender a establecer prioridades. Igual que tenemos un límite para el tiempo que le dedicamos a la televisión por la noche antes de irnos a dormir, o un límite para la siesta porque te tienes que ir a trabajar, las personas tenemos que aprender a ponernos límites. Puedes limitar el uso de las redes sociales, dedicarle media hora por la mañana cuando desayunas y media hora por la noche antes de acostarte. Una forma de educarnos en el autocontrol, en la paciencia, es poner un límite si no lo tienes y en ese límite establecer tus prioridades.

¿Y cuándo das tú el salto a tener decenas de miles de seguidores? ¿Cuando empiezas a trabajar en el ámbito del fútbol u ocurre antes?

Ocurre antes, me abrí cuenta de Twitter cuando fui a dar una charla a la Federación Española de Baloncesto, porque colaboro en el curso de entrenador todos los años. Voy a Zaragoza y el director me dice «¿Tú no tienes Twitter? Pues hazte un Twitter». Y me lo abro y de ahí me voy a la concentración del Betis a Cardiff y Jorge Molina me dice «¿ya tienes Twitter?». Le digo que sí y ahí todos empiezan a compartir. Entonces pedí a la afición del Betis que colaborara en mis charlas mandándome historias personales relacionadas con el beticismo, y cómo han sentido el Betis, lo lancé en las redes sociales y a partir de ahí consigo unos once o doce mil seguidores. Pero el salto empieza cuando después de ese año empiezo a trabajar en Televisión Española y en El País Semanal.

Antes de llegar al Betis estabas en el Mallorca

Seis años en el Mallorca con Gregorio Manzano.

¿Cómo empieza esa experiencia?

La experiencia en el fútbol empieza con Luis Aragonés en el año 2000, en el Mallorca también, y esa fue muy corta. Luego voy a trabajar a Granada con un corredor. Me acuerdo que una vez en verano me llamó Gregorio Manzano. Y yo estaba en la consulta en agosto y me llaman por teléfono y digo «¿quién es?» y responde que Gregorio Manzano y le digo que si es para darle consulta. No lo relacionaba y me dice «no hombre, que soy el entrenador». Y me dice que quiere conocerme porque lleva siguiendo mi trabajo desde hace años, que ha leído mis artículos en el Marca, ha oído a Paquillo Fernández hablar de mí, y me dice que ahora no tiene equipo pero que le encantaría que en el próximo equipo me fuera con él. Y eso fue en verano. Y en febrero del año 2006 destituyen Cúper en el Mallorca y llaman a Gregorio y me dice: «oye, Patricia, que tenemos equipo y trabajamos ya la semana que viene». Y ahí empecé los seis años con él. Así empezó, vamos. Lo más intensivo del fútbol.

Pero había habido psicólogos en equipos de fútbol antes en la liga española, ¿no?

Bueno, lo que se conocía en ese momento era la experiencia que tuvo Benito Floro en el Real Madrid.

¿Cuál es el trabajo que hace un psicólogo en un equipo de fútbol?

Bueno, los distintos psicólogos en un equipo de fútbol trabajamos de forma distinta. Hay a quien le gusta trabajar a pie de campo, pero yo tengo una forma distinta, trabajo en la concentración. La charla que monto con los dieciocho jugadores que vienen convocados está relacionado con el late motiv que tengamos en el partido. Y eso viene fruto de una reunión con el cuerpo técnico en el que hablamos de cuál es el histórico con ese equipo, cómo estamos jugando, si venimos de haber ganado, perdido, empatado y de ahí sacamos conclusiones, de si por ejemplo es importante trabajar la concentración porque últimamente nos despistamos, o si es importante trabajar para ser más competitivos porque hasta pasados veinte minutos del primer tiempo no nos metemos en el partido… Y en función de eso yo monto una charla muy visual, porque el jugador está acostumbrado a ver o a estudiar con lo audiovisual. Hago una charla en la que se trabaja esa variante psicológica de una forma muy rigurosa, porque no creo en un psicología que no esté basada en la ciencia. Se usan fichas de trabajo, juegos, poniéndoselo fácil al jugador. Tengo una charla muy participativa con los dieciocho, siempre en forma de U para que todos se puedan ver, donde se comparte lo que hacemos, y así semana tras semana.

Entonces primero tienes la charla con el equipo técnico con el que haces el análisis del histórico del equipo, del momento de la liga en el que estás, del equipo con el que te enfrentas… y luego preparas la charla con los jugadores. Y ahí acabas.

No, no acabo. A mí, después del partido, me gusta analizar las cosas positivas, aunque hayamos perdido. Analizar qué cosas volveríamos a repetir de ese partido, qué cosas haríamos exactamente igual, qué cosas haríamos de una forma distinta. Luego tengo un eje transversal todo el año con el que trabajamos cada semana cuáles son los objetivos para cada entrenamiento y cada partido, vamos trabajando pensamientos. Y a nivel particular, individual de cada jugador, pues los hay que vienen de una lesión y hay que trabajar unos aspectos psicológicos, otro que no está siendo un jugador importante y entonces hay que trabajar la autoestima, la seguridad y la confianza. Depende de cada uno, y de sus necesidades personales.

¿Y cuál es la respuesta de los jugadores frente a un psicólogo y frente a un psicólogo mujer?

Bueno, creo que a los jugadores les da igual que seas hombre o mujer; el jugador quiere tener enfrente un buen profesional que le ayude a trabajar las variables psicológicas que mejoren su rendimiento deportivo, independientemente de si es hombre o mujer. Si el jugador entiende que tú sabes de fútbol, o que tienes una noción de lo que va lo suyo, y que eso implica o da a entender que tienes empatía para entender sus problemas y hacer un trabajo serio, riguroso con ellos, los tienes ganados. En los dieciocho años que llevo trabajando en el fútbol de élite no he tenido nunca un problema con ninguno, al revés, me he sentido totalmente apoyada, respetada, para mí son mis compañeros y los jugadores saben que yo los quiero muchísimo. Cuando un periodista viene y me pregunta por los egos de un jugador me revuelve las tripas. Estoy cansada de los juicios de valor sobre los jugadores, y esa predisposición a pensar que como son personas que cobran mucho dinero existe el derecho a juzgar su vida, con quién sale o con quién no. Dejemos la vida de los jugadores tranquila, dejemos los juicios de valor, pidámosle simplemente que sean buenos profesionales cuando salgan a jugar o a entrenar y ya está.

Entonces no es un mundo tan machista como por lo menos parece desde fuera.

¿Y por qué parece que es un mundo tan machista? Nunca he tenido la sensación de estar en un mundo machista, no.

Lo digo porque cuando ha habido una fisio o alguna médica que ha intervenido en un partido, no los jugadores, evidentemente, pero sí el público muchas veces ha hecho algún comentario fuera de lugar.

Nosotros no, pero a la afición no la podemos controlar. Pero desde luego con el trato y el respeto que  he tenido con los jugadores y el cuerpo técnico me he sentido una más. He viajado con ellos en el autobús, he convivido con ellos en el hotel, y jamás he sentido una falta de respeto, al revés, he sentido un profundo agradecimiento por parte de los jugadores. Imagino que de los cientos de jugadores con los que he trabajado alguno seguro que no le gusta mi trabajo, pero mi sensación es de agradecimiento. Es más, con muchísimos de ellos, una vez ya no hemos coincidido en el equipo, he seguido trabajando a nivel individual. Siento agradecimiento y respeto, nunca he sentido un ataque machista, ni mucho menos. Igual vas en un autobús con muchos hombres y puedes oír un chiste, pero como si lo puedes oír en tu casa y lo cuenta tu padre o tu hermano, o sea, que no puedo tener una queja.

Fabuloso.

De verdad.

Contabas que te llama Gregorio Manzano para planificar una temporada, pero también te podría llamar un entrenador para sacar al equipo de una dinámica negativa o de una situación complicada.

Mira, eso me ha pasado también, pero no creo en ese tipo de trabajo. Alguna vez, cuando me han llamado para hacer de bombero he ido, pero no creo en ese trabajo. Creo que el psicólogo debe ser un miembro más del cuerpo técnico dado que el éxito deportivo depende de tu rendimiento y de cómo gestionas tus emociones. Si le preguntas a un jugador de fútbol o de golf de en qué medida su éxito depende de su cabeza, con toda seguridad te dirá que en un porcentaje muy alto. Igual que entrenas tu parte física también tienes que entrenar tu parte mental. El psicólogo del deporte debe estar desde el inicio de la temporada y empezar a trabajar en pretemporada aspectos tan importantes como la comunicación, la cooperación, el compañerismo, el conocimiento del grupo, el tolerar la frustración, el liderazgo, establecer un código de conducta… Todo eso hay que trabajarlo al principio, porque va a aunar al grupo. Si en pretemporada generas vínculos emocionales entre los jugadores, que aprendan a quererse como personas, no solamente como jugadores, va a ser mucho más fácil que luego se quieran ayudar, que quieran cooperar, que en los momentos difíciles se echen un cable. Para mí el psicólogo del deporte debe estar integrado desde un inicio.

¿Pepe Mel también te llama antes del inicio de la temporada?

Sí, Pepe Mel me llama desde un principio. Justo salgo del Mallorca, ya que se termina el contrato y Gregorio se va, y Pepe me llama a principio de la temporada y lo único que me dice es «mira, Patri, me han hablado muy bien de tu trabajo», y me dice por favor que me vaya a trabajar con él, pero me dice «solo hay una condición, y es que este año tenemos que subir sí o sí, no hay plan B». Y yo digo: pues plan A. Y al final subimos, así que me quedé también al año siguiente en primera, y ahí ya decido dejar el fútbol como miembro del equipo para dedicarme a los medios de comunicación.

¿Por qué?

Pues porque ahí ya había escrito mi primer libro Entrénate para la vida, y lo tenía que presentar. Y empiezo a trabajar en El País Semanal, y en La 2 de Televisión Española. Y porque me gusta mucho la divulgación sencilla de la psicología, porque era para mí algo muy importante. En Granada vi que en la radio no se hablaba de psicología. Entonces me dediqué a ir radio por radio presentando un programa a ver quién lo quería, a la COPE le gustó y estuve seis años en COPE Granada trabajando en un programa de divulgación. Yo creía que la divulgación de la psicología cotidiana, no la de los grandes trastornos, era importante y que no había. Además el fútbol en el alto nivel es algo muy sacrificado cuando tienes familia. Los seis primeros años de mis hijos no los viví. Estaba en el Mallorca. Tienes que viajar todos los fines de semana con el equipo, y organizar tu consulta. En ese momento ya empezaba a despuntar como psicóloga del deporte y me invitaban a los másteres, y no podía ir . Cuando te preguntan en enero si podrás ir en mayo tienes que decir que no lo sabes, porque no sé si juego jueves, viernes, sábado, no sé dónde viajo porque el partido no te lo fijan hasta casi quince días antes, no puedes organizar tu agenda, y llegó un momento en que quería estar los fines de semana con mis hijos, quería participar en congresos, y sobre todo me llamaba mucho la atención el divulgar en medios.

Porque lo simultaneabas…

Un entrenador o un jugador de fútbol se pueden permitir el lujo de no simultanear, pero un psicólogo no.

Porque no cobráis lo mismo, ¿no?

No. Nunca me han cesado en un equipo, he tenido esa suerte, en el momento en que te cesan si no tienes una carrera profesional al margen te puedes morir de hambre.

Pero lo que sí adquieres es una visibilidad muy grande.

Te da visibilidad, pero la visibilidad no te da de comer.

Desde luego.

Lo que te da de comer es el trabajo, yo con la visibilidad en las redes no como. Te lo digo porque me hace gracia. Imparto talleres los fines de semana y la gente me dice «me gustan más tus pósits que los talleres», y yo le digo que los pósits no me los paga nadie. El pósit está muy bien, a ti te encanta, pero yo vivo de los talleres y no de los pósits . Y tendré que compaginar… Y la gente enseguida que cuelgas algo que medianamente te genera un ingreso lo rechazan, y tampoco es eso.

Siguiendo con el fútbol, en una temporada a veces pasas rachas negativas o dinámicas muy malas…

Muy malas, las pasamos canutas… Bueno, gracias al Valencia nos pudimos mantener en primera división porque en el Betis estuvimos en primera diez partidos sin ganar, que eso es muchísimo. Yo no sé cómo no nos echaron, no lo entiendo. Entonces fuimos a jugar contra el Osasuna, y parecía que empatábamos y en el último minuto nos meten un gol, injustísimo, porque habíamos hecho un buen partido. Y ese partido no nos vamos a la calle porque los jugadores dijeron que ese día habíamos jugado bien, los pobres nos salvaron. El siguiente partido nos jugábamos el cuello, en casa, contra el Valencia y les doy una charla para cambiar la dinámica de la suerte, una charla muy chula. Y empezamos el partido y en el minuto 17 o 21 nos meten un gol y digo, «mecachis, 0-1». Y yo veía en el banquillo a dos jugadores, que eran Amaya y Ezequiel, que me miraban y me decían «Patri, tranquila, vamos a tener suerte», porque yo había hablado de la suerte, y yo los miraba y decía «madre de Dios, si confían ellos más que yo». Yo nos veía ya en la calle, y en el minuto 89 Rubén Castro mete un gol, y viene a celebrarlo conmigo a la banda y le digo «por Dios, Rubén, métete ahí dentro que tenemos que ganar», y en el minuto 94 ¡gol!, y la cara de Emery… Si podéis ver el gol por ahí, la cara decía «no puede ser lo que ha pasado». Ganamos 2-1 gracias al Valencia y a partir de ahí rompimos la racha y fuimos hacia arriba… pero sobre todo gracias al equipo que teníamos. Jugadores, cuerpo técnico, club, todos comprometidos. Fue increíble, parecía que celebráramos la final de Champions.

Aparte de que el Valencia vaya haciendo favores por ahí, que es lo que acostumbramos a hacer los valencianistas, ir salvando equipos… ¿qué haces tú para cambiar esa dinámica de diez partidos sin ganar, que son muchos?

Sí, sí son muchos. ¿Qué ocurre? Yo lo primero que hago es preguntar a los jugadores «¿oye, chicos, qué pensáis que está fallando?». Y en el fútbol hay un sentimiento de que cuando entras en una racha parece que no puedes salir de ella por tus propios medios… Yo trabajaba el locus de control interno, el ver en qué medida nosotros generamos el éxito o el fracaso, qué parte de la suerte depende de nosotros y cómo podemos crear oportunidades, trabajaba mucho en focalizar la atención en las cosas que hacíamos bien para no dar mucha vuelta a los errores, mantener un pensamiento positivo, pero es verdad que después de diez partidos cuesta.

También has trabajado con otros equipos no solo de fútbol, como el balonmano Antequera, o el CB Granada. ¿Qué diferencias ves con el fútbol? Con estos equipos, ¿el trabajo del psicólogo es diferente?

A nivel neuropsicológico hay una diferencia muy grande; en el balonmano el control mente-mano es mucho más sencillo que el control mente-pie, por lo que puedes trabajar muchas cosas respecto a visualización y concentración, y atención en jugadas, como puede ser un tiro libre en baloncesto. En la parte neuropsicológica es más fácil trabajar en balonmano y en baloncesto, pero en la parte de equipo es lo mismo. El deporte de equipo es lo mismo, porque son humanos.

¿Hay más presión en el fútbol que en el baloncesto o en el balonmano?

Hay más visibilidad y cuando hay más visibilidad hay más presión, porque la presión viene muchas veces por la sensación de que no estás cumpliendo con las expectativas. La gente te está criticando y los jugadores son humanos, y las críticas muchas veces son injustificadas porque solo se valora el resultado, pero la gente no sabe cómo entrenan, la gente no sabe lo que al jugador le importa, la gente no sabe cómo el jugador se entrega, saca la conclusión de que si no tiene un buen resultado es que no suda la camiseta, no siente el escudo, que habrá veces que pase, pero la mayoría de veces no es así. El jugador es un profesional como tú y como yo.

¿Entonces tu trabajo es diferente, independientemente de la presión?

No, es el mismo, porque la presión la traducimos en psicología como ansiedad, debido a la interpretación que tú estás haciendo de esos juicios de valor, y la ansiedad es un factor común en cualquier deporte.

También has trabajado con deportistas a nivel individual.

Sí.

Y eso sí que es diferente ¿verdad?

Es muy diferente, porque el deportista a nivel individual es mucho más controlador, es su escaparate. Tú ten en cuenta que en el fútbol cuando fallas siempre hay un compañero detrás intentando ayudar, la responsabilidad es más compartida y eso nos permite relajarnos un poco. Pero para el jugador de golf, de tenis, para el ciclista es más obsesivo con todo.

Cuéntanos un poco más del trabajo individual del deportista

El trabajo individual realmente es el mismo, porque lo que tú trabajas en el deporte de alto rendimiento son las variables psicológicas que afectan al rendimiento y ahí está, para todos igual, la presión, el miedo, las expectativas, la seguridad, la confianza, la concentración, la toma de decisiones… Para el deportista individual es lo mismo, pero tengo la sensación de que el deportista individual es un poco más sufridor, por esa sensación de que está solo. Es esa soledad de cuando acabas un partido y has perdido. En un deporte de equipo siempre hay un compañero que viene y te dice algo, ríes con alguien… Cuando pierdes un partido de tenis estás solo, hay que trabajar un poco más esa parte de soledad y esa atribución que tienen de culpa, la gestión de la frustración, mientras que en un equipo siempre hay un compañero para echarte unas risas en el vestuario.

A mí, que me gusta mucho el tenis, me fascina el control mental que tienen los tenistas de alto nivel como Rafa Nadal. El otro día contaba Carlos Moyà que su hijo le preguntaba que cómo podía ayudar a Rafa Nadal, si es el número uno del mundo. ¿Qué le puede aportar un psicólogo a un jugador que tiene esa fuerza mental como Rafa Nadal?

Pues yo creo que nada.

Te estás vendiendo muy mal.

Tengo que ser sincera. Una persona que ha ganado lo que ha ganado, con dolor, cómo se ha recuperado, cómo ha sido el número uno, cómo se ha lesionado, cómo ha vuelto otra vez… Yo creo que me tendría que sentar con Rafa Nadal y decirle «oye, ¿cómo lo haces? ¿Qué me puedes enseñar que yo pueda enseñárselo a otros?». Porque hay veces que uno elabora una serie de estrategias mentales que le convierten a uno en supercompetitivo, en positivo… Ese hombre ha desarrollado una serie de estrategias que seguramente serán como las que yo enseño, pero para mí sería muy interesante saber su manera particular de aplicarlo, para enseñárselo a otros. Aquí el aprendizaje es a la inversa, soy yo la que tiene que preguntarle a él cómo lo hace para poder enseñárselo a los míos.

A mí me sorprende que un tipo que ha ganado tanto y durante tanto tiempo tenga el hambre de seguir ganando. Recuerdo a Björn Borg, que se retiró porque estaba jugando un partido y se dio cuenta de repente de que ya no le motivaba el tenis.

Eso es importante, claro. Tú date en cuenta de que estar ahí requiere un esfuerzo y un sufrimiento altísimo, y el nivel de renuncias que haces en tu vida es enorme. Si te pones a contar los días en que Nadal está fuera de su casa son doscientos y pico. Si este hombre quisiera tener una familia y casarse con su novia de toda la vida y tener hijos sería complicado. Tú haces una serie de renuncias y trabajas con un nivel de dolor y con un nivel de esfuerzo altísimo, expones a tu cuerpo y a tu mente a una situación que no es nada natural. Y eso es porque lo que haces te apasiona. En el momento que pierdes la pasión tienes que irte. Yo imagino que Nadal sigue siendo competitivo porque le seguirá apasionando el tenis, y porque en su mente debe tener una serie de objetivos pues como Alonso. Alonso tiene el objetivo de la triple corona y sigue luchando por conseguirlo, pero si tú no tienes pasión por lo que haces y tus objetivos ya no te estimulan, entonces tienes que dejarlo.

La actitud, como decíamos antes, es muy importante. Pero por otra parte, este tipo de deportistas, como Rafa Nadal, nos ofrecen un camino de vuelta, proporcionan modelos de valor para la sociedad. Otro ejemplo es Vicente del Bosque.

Ese liderazgo tan bonito que tiene.

Ese liderazgo silencioso que ahora incluso se pone como ejemplo en las escuelas de empresas.

Hay un término del inglés que a mí me gusta mucho, que es el servant leadership, que es como el liderazgo al servicio de los demás, donde desparecen un poco las jerarquías, en el que tu liderazgo está sobre todo orientado al servicio del trabajador, no para hacer servir, si no para ser servicial. Y yo lo veo un poco en ese sentido, es un liderazgo tipo Teresa de Calcuta; estoy aquí para que tú seas mejor, no para que tú me sirvas a mí. Y a mí me parece que ese liderazgo silencioso, servicial, es el que es capaz de tener un respeto absoluto hacia la persona que tú diriges y con eso poder sacar lo mejor de la gente.

Pero un líder no silencioso no tiene tampoco por qué perder el respeto del equipo.

El respeto de un líder se mide por muchos criterios; primero por ser un modelo de conducta, segundo por el respeto que tiene hacia la persona, tercero por conocer a cada uno de los miembros del equipo, porque todos son distintos… Tú no los puedes dirigir igual, porque tienes que conocer a cada persona, no al trabajador o al jugador, que también, pero sobre todo a la persona, y saber adaptar tu estilo de liderazgo a cada uno. Hay gente a la que tienes que retar porque se viene arriba. Tienes que conocer a la gente, porque hay a quien le retas y le hundes. Para mí el líder que se gana el respeto es el que da argumentos, el que motiva, el que respeta, el que se comunica de forma amable, el que confía, el que delega, el que trata de sacar lo mejor de los suyos, el que empatiza, el que establece objetivos que son desafiantes… A mí un líder autoritario, que grita, que falta al respeto, me parece que pinta poco.

No me refiero a eso. Me refiero a una gestión más dura, no a una gestión silenciosa. Por ejemplo el Cholo Simeone no debe tener el mismo comportamiento que Vicente del Bosque, y es un líder excelente. ¿Depende entonces del líder?¿depende del grupo?

Depende las dos cosas. Por ejemplo, el liderazgo de Bielsa no encaja igual liderando argentinos que liderando aquí en España. Y se supone que es uno de los hombres que más sabe de fútbol, y la gente que ha trabajado con él dice que es el entrenador más brillante que han tenido en su vida. Cualquier padre o madre sabe que no se puede educar igual a un hijo que a otro, porque hay uno que necesita más tiempo de comunicación, hay uno que necesita un tipo de razonamiento distinto, y tienes que adaptarte al tipo de persona, al tipo de personalidad de la gente a la que diriges.

Y la gestión de un equipo y la gestión de una empresa tienen muchos puntos de encuentro.

Claro que tienen puntos de encuentro, porque una empresa es un equipo.

¿El trabajo de un psicólogo es parecido?

Pues yo creo que hay muchos valores que tú trabajas en el deporte que puedes trasladar a la empresa. Me hace mucha gracia que me llamen para trabajar y me digan: «vamos a enseñar a trabajar en equipo a la empresa». No, vamos a trabajar en equipo en la guardería y eso es lo importante, porque en la guardería no se trabaja en equipo, en el colegio tampoco, en la universidad tampoco, porque tú tomas los apuntes y son tuyos, y rara vez los prestas. Vivimos en un sistema educativo muy individualista, y luego queremos en la empresa empezar a trabajar en equipo, y eso es muy difícil, muy complicado. Trabajar en la empresa como equipo para que luego sea uno el que asciende, y ese quizá es el que le roba la medalla al otro. Igual tenemos que cambiar tantos valores en la empresa para luego educar en trabajar en equipo, que yo empezaría por una educación en valores que empezara por arriba. Porque cuando educas en valores a los trabajadores ellos te dicen «¿pero eso mi jefe lo ha escuchado?». Porque cuando educas en valores y luego el de arriba se carga lo que haces entonces no vale para nada. Para mí la base de todo es la educación en valores, y ahí está el trabajo en equipo.

Trabajar desde arriba con los jefes y desde abajo con los niños, para que luego sean futbolistas o empresarios, o lo que quieran ser.

Sí, pero para trabajar en equipo primero. Tenemos que olvidarnos de este individualismo que tenemos, que es muy potente, y que el sistema educativo lo potencia.

Te decía que a Vicente del Bosque lo ponen como ejemplo de coaching empresarial y me gustaría que me dijeras que te sugiere la palabra «coaching».

Bueno, como te decía antes soy una persona muy poco polémica, ¿que qué me parece el coaching? Pues mira, creo que habrá gente que haga coaching y lo hará de forma maravillosa, pero yo creo en la ciencia. Estudié en la Universidad de Granada, donde se estudia la psicología cognitivo-conductual y las terapias de tercera generación, y para nosotros todo aquello que no hayas probado y que hayas demostrado que funciona no existe. Para estudiar el comportamiento humano y la parte neurocientífica y las bases biológicas del comportamiento humano necesitas, cuando yo estudié, cinco años de carrera y luego un máster de dos años y luego un doctorado, como hice yo de dos años. Así que tras nueve años estudiando no creo que la calidad o los recursos o la empatía o el entendimiento de la persona que trabaja sea lo mismo que cuando haces un curso de seis meses o un máster de dos años. Y no quiero descalificar a nadie porque creo que hay coaches maravillosos, con herramientas muy prácticas que sacan cosas muy chulas, pero también creo que cuando la gente busca ayuda profesional en este sentido es gente muy vulnerable, que está en un momento muy crítico y que tiene que tener mucho cuidado en elegir a un profesional adecuado. En disciplinas como la nutrición, la psicología o la preparación física existe mucho instrusismo y se puede hacer mucho daño. Hay que creer en la ciencia.

Y no solo el coaching, sino también otras prácticas pseudocientíficas que entran en el campo de la psicología probablemente de forma más virulenta. ¿Cómo podemos luchar contra eso?

Bueno, creo que para luchar contra eso tienes que tener un colegio profesional detrás. Y que cuando vas a buscar a una persona la busques con un colegio profesional que avale que tiene una experiencia, y que detrás tenga unos estudios que avalen que esa persona tiene conocimientos. También habrá profesionales, como imagino en todos los sectores, que tengan muchos conocimientos y mucha carrera universitaria y que luego no sean muy brillantes, pero por lo menos como cliente tienes que buscar gente que te avale desde la parte científica. Para mí eso es importante, pero claro, la gente es libre de elegir. Igual hay alguien que va a uno que es entrenador de la mente y le va muy bien, pues qué vamos a hacer. No podemos ir portal por portal quitando todo lo que ponga psico- lo que sea. El otro día me preguntaron: ¿qué piensas del coaching transnosecual?, unos nombres que no tengo ni idea.

Hay uno que es coaching celestial..

¿Para los que van al cielo?

No lo sé, no he profundizado en el tema.

Para que te vayas tranquilo al cielo, no lo sé, igual eso es un cura.

Seguramente, debería serlo, si no entiendo que sería intrusismo. Tienes un libro que se titula Por qué ellos sueñan con ser futbolistas y ellas con ser princesas. Dime que el título lo pusiste para vender más.

No. El título es ¿Por qué ellos sueñan con ser futbolistas y ellas con ser princesas?. Es un interrogante.

Es verdad.

Mucha gente me dice «vaya título más machista». Y no, es una pregunta para que la gente reflexione. Simplemente son estrategias para que la pareja se lleve bien y el título tiene mucho que ver en por qué. Aunque tengas un padre feminista, como he tenido yo, aun así quieres tener una muñeca o vestirte de princesa. A mí mi padre no me hizo los agujeros cuando yo era pequeña, ni me regaló una muñeca en su vida. Hay una base biológica que explica por qué las mujeres elegimos según qué cosas, aparte de la base educacional. Hay parte biológica que explica muchas cosas y luego la mayor carga está en la educación, ¿por qué todos los niños quieren ser futbolistas? ¿por qué a pocos les da como al mío por hacer esgrima? Algo hay, es esa reflexión, era un título que invitaba solo a la reflexión.

En ese libro tienes un capítulo que dice «¿Los hombres estamos más predispuestos al sexo?». Dime sí o no porque se nos acaba la entrevista.

Sí.

Vale.

Sí, porque…

No, no. No lo cuentes, que lean el libro.

Porque tenéis más niveles de testosterona.

Yo creo que vamos a ir acabando pero no me resisto a irme sin preguntarte por tu afición por los pósits. ¿Por qué en todos los vídeos aparecen tus pósits con dibujos?

Yo creo que soy una adicta a todo lo que sea papelería; rotuladores, fosforitos, pósits… Y un día me dio por poner un pósit en las redes sociales y desde entonces. Porque si me preguntas «¿cómo eres Patri?», fácil, soy una mujer fácil, me gustan las cosas fáciles, y las frases en los pósits me parecen fáciles. Me parece que resumen mucho en una sola frase, y como me encanta rotular y combinar, es como un ejercicio de meditación. Los pósits a mí me permiten meditar. Y luego veo que a la gente le gusta, hay ese feedback y como todo lo que refuerza lo repites me reforzaron un pósits y me quedé ahí enganchada. Me quedé enganchada a los pósits.


Guillermo Ortiz: Björn Borg, el hombre que no quiso dejar de ser un adolescente

Durante ocho años, el talentoso francés Henri Leconte pudo presumir de haber acabado con la carrera de Björn Borg. Aquello ya tenía algo de extraordinario porque el sueco estaba retirado en la práctica cuando se plantó en la tierra de Sttutgart para jugar en primera ronda ante un rival que por entonces se manejaba con soltura entre los 25 mejores del mundo. Fue un partido con poca historia: 6-3, 6-1 para el francés, poco más que una anécdota. Es de suponer que Borg se llevaría su buen dinero por la aparición y de vuelta a Montecarlo a disfrutar del casino y el yate.

Estamos hablando de un mito del tenis de los 70 que llevaba más de un año sin disputar un partido profesional. Después de alejarse de las pistas al acabar 1981, Borg solo había competido en Mónaco, donde residía: en 1982, ganó dos partidos antes de caer avasallado por Yannick Noah. En 1983, ganó precisamente a Leconte para perder en segunda ronda contra el irreductible José Luis Clerc. Desde entonces, nada. Borg acababa de cumplir los 28 años y acumulaba tres torneos en tres años. Su juventud era parte de su leyenda: todos soñaban con un regreso por todo lo alto. Todos menos él, que estaba a otras cosas.

Su último torneo del Grand Slam lo había ganado en París, en sus pistas talismán de Roland Garros, precisamente en 1981. Era su sexta victoria sobre la tierra batida francesa, undécimo grande si contamos las cinco victorias en Wimbledon… y eso que el sueco apenas se acercó una vez a Australia, en 1974, vio cómo estaba aquello de lejos y se volvió a Europa. Después de aquel triunfo, aún llegaría a la final en Wimbledon y en el US Open, donde perdería en ambos casos con el joven John McEnroe. Cuando Borg salió de la pista central de Nueva York antes incluso de que empezara la ceremonia de entrega de títulos, ya sabía que su vida de tenista profesional se había acabado y poco le importaba que la gente le dijera que solo tenía 25 años y seguía entre los tres mejores jugadores del mundo.

Probablemente, Borg intuía que no podía seguir compitiendo con el talento de McEnroe ni con la tenacidad de Connors y Lendl. No, al menos, sin horas y horas de concentración, entrenamiento y dedicación exclusiva. Lo que venía haciendo desde que tenía quince años. Aquella era la cuarta final que perdía en Queens y no tenía demasiado interés en quitarse ninguna espina clavada: era joven, guapo, arrogante y tenía suficiente dinero para permitirse la vida que le diera la gana. Ser un eterno adolescente para poder recuperar el tiempo perdido.

Acabó la temporada jugando solo dos torneos más: Ginebra —donde ganó— y Tokio, donde cayó en segunda ronda. No disputó el Masters y se limitó a guardar un incómodo silencio, acumulando incomparecencias en los grandes torneos. En abril de 1982 se movió unos metros de su casa para jugar el torneo de Montecarlo y no se volvió a saber de él. A finales de aquella temporada, confirmó públicamente lo que todos sabían de facto: ya no iba a volver más, su carrera se acababa a los 26 años. El propio John McEnroe le pidió públicamente que volviera, supongo que para él era mejor jugar contra un iceberg que contra un cyborg como Lendl, pero Borg no hizo caso: jugó los dos partidos mencionados en Montecarlo y aquella especie de exhibición puntuable de Sttutgart ante Leconte de 1983.

Por supuesto, los rumores de retorno continuaron durante unos años, como sucede con cualquier estrella pop, pero Borg era el John Lennon del tenis. No, no y no hasta que, justo cuando la presión había desaparecido, cuando ya casi nadie se acordaba de aquel hombre de melenas que había arrasado en el circuito durante ocho temporadas impecables, Borg anunció su vuelta a las pistas. Su discurso tenía que ver con la necesidad de volver a competir, con una supuesta “deshumanización” del tenis por la aparición de “cañoneros” como Becker o posteriormente Sampras e Ivanisevic, y la voluntad de demostrar que a sus 35 años seguía siendo competitivo, quizá no para aspirar a la victoria en Wimbledon —su gran sueño, de hecho, era participar de nuevo en un Grand Slam, solo participar— pero sí para ir ganando partidos sueltos.

La realidad es que estaba arruinado. Había derrochado en nueve años de retiro los millones de dólares que amasara entre publicidad y victorias en sus nueve años de éxitos.

Borg volvió con canas, pelo ligeramente más corto, piel curtida por el sol y su raqueta de madera. Era una locura. Corría 1991 y el circuito estaba dominado por los Courier, Edberg, Agassi, Sampras, Becker y compañía, jugadores mucho más jóvenes y con una potencia física incomparable a la del veterano sueco. Como lugar de regreso eligió de nuevo Montecarlo. El sorteo lo emparejó con el español Jordi Arrese, un jornalero del tenis que pululaba por el número 52 del ranking pero que se manejaba con soltura en la tierra batida, tanto que el año siguiente sería medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Si la tan anunciada —y bien pagada— vuelta de Borg tenía sentido alguno, se tenía que ver no contra los Courier sino contra los Arrese. El partido duró 78 minutos y el sueco perdió su saque seis veces en apenas ocho juegos al servicio. No es que Arrese estuviera a un nivel descomunal —cedió a su vez tres breaks— pero la diferencia era demasiada entre un profesional del tenis bien entrenado y un buscavidas que intenta el milagro sin preparación durante casi una década. El resultado, 6-2 y 6-3, era demasiado contundente como para imaginar que Borg pudiera seguir manchando su nombre. De hecho, durante un tiempo, pareció que sería así: no volvió a competir en todo 1991.

Sin embargo, los problemas de dinero no desaparecieron, y a punto de cumplir los 36, ya con una raqueta en condiciones, Björn volvió al circuito de manera más o menos estable: hasta nueve torneos profesionales jugaría aquella temporada, cosechando nueve derrotas, incapaz de ganar un solo set y acabando el año con un terrible 6-0, 6-4 en Toulouse ante Lionel Roux, por entonces, el 196º del mundo. Según las estadísticas oficiales, aquel año Borg se embolsó 26.390 dólares por sus apariciones en los diferentes torneos. Esa cifra apenas le daría para pagar los gastos de desplazamientos y hoteles, hay que suponer que la cantidad embolsada en patrocinios puntuales y dinero bajo mano por parte de los organizadores superaba con mucho esa cifra.

Habían pasado dos años desde su vuelta a la ATP y Borg tenía aún que ganar un set a algún rival. El elegido fue Jaime Oncins, un sólido jugador brasileño, número 46 del mundo, que cedió el tie-break del segundo parcial antes de ganar el partido de primera ronda del torneo de San Francisco. La gente se puso de pie y aplaudió al sueco como si hubiera ganado a Connors en sus buenos tiempos. La historia se repitió un mes más tarde, en marzo de 1993, contra el portugués Cunha-Silva, con el fugaz torneo en pista cubierta de Zaragoza como escenario: 1-6, 7-5, 5-7. Vale que Silva no estaba ni entre los cien mejores del ranking, pero parecía que Borg se iba acercando a un nivel decente. En junio cumpliría 37 años, la broma no podía durar mucho más tiempo.

Cuando se saltó el tradicional torneo de Montecarlo, pareció que la aventura había llegado a su final. Por un lado, uno sentía la lástima habitual de dejar de ver a una leyenda viva compitiendo con la clase media de un deporte tan elitista, y por el otro agradecía que el esperpento acabara. Borg había sido demasiado grande como para estar arrastrándose ante Oncins y Silvas. Quizá picado por conseguir al menos una victoria que justificara deportivamente el regreso o quizá porque Rusia ya se había convertido en un estado controlado por oligarquías muy adineradas, el caso es que el sueco eligió la Kremlin Cup de Moscú como último destino del viaje.

El sorteo no le fue especialmente benévolo: en primera ronda le tocó un local, Alexander Volkov, número 17 del mundo, el ranking más alto al que había tenido que enfrentarse Borg desde marzo de 1983.

Aquel miércoles 10 de noviembre de 1993 estaba marcado como el último de una de las carreras más exitosas y rocambolescas de la historia del tenis. Era impensable que Volkov fuera a tener problemas para doblegar a su rival, pero algo sucedió que sorprendió al ruso y a todos sus compatriotas: de repente, Borg volvía a sacar como antes. Apoyado en doce aces y un 88% de puntos ganados con el primer servicio, el sueco ganó el primer set con cierta holgura (6-4). El mismísimo Boris Yeltsin miraba anonadado y a la vez divertido desde el banco. Un partido más de Borg, que ya había empezado a hacer sus pinitos en el circuito senior, costaría a los organizadores un montón de dinero… pero también le daría muchísima publicidad al torneo. Si era a expensas del chaval de 23 años, no había problemas.

Volkov se rehízo en el segundo set (6-3) y todo quedó para el tercero. Borg se resistía como gato panza arriba. En la memoria de ambos estaba el recuerdo del partido que habían disputado año y medio antes en Estados Unidos, en el Campeonato Profesional de los EEUU, un torneo no puntuable para la ATP pero en el que el ex número uno del mundo decidió ganarse un dinero. Ahí, Volkov tuvo que llegar al 7-5 del tercer set para vencer y en Moscú la cosa se pondría aún más complicada, hasta el punto de que, después de casi dos horas de juego, Borg dispuso del primer punto de partido desde que volviera a las canchas, con 6-5 y 30-40 sobre el servicio de Volkov.

Un punto y a segunda ronda de uno de los torneos más caros de la ATP. Eso sería acabar por todo lo alto.

No fue posible. Volkov ganó aquel punto, forzó el tie-break y se llevó el partido al tercer match ball —Borg no se rindió, nunca— con un disputadísimo 9-7 en la muerte súbita. No era un final soñado pero era un final más que aceptable. El público se puso de pie, Yeltsin pidió otra copita y Volkov saludó efusivamente al maestro en la red. “Estoy físicamente preparado para seguir un año más”, diría Borg al anunciar ese mismo día su retirada definitiva, “pero psicológicamente me cuesta afrontar estos desafíos”.

Psicológicamente, su lugar estaba en otro lado. Lo estaba ya con 25 años solo que el dinero hizo que se le olvidara. Con su pelo en una media melena ya blanca, se despidió de la ATP y cobró su último cheque. Desde entonces, combina torneos de veteranos con exhibiciones con apariciones gloriosas para entregar premios a todos los que se han atrevido a batir sus distintos records, como el propio Sampras, Nadal o Federer. A él parece no importarle. En la televisión de plasma se ve todo mucho mejor.

 


Las siete vidas de Rafa Nadal

Lo que acabamos de contemplar en Roland Garros es Historia. Y no solamente porque se haya roto un récord que —antes de la llegada de Nadal y tras la lesión de Gustavo Kuerten— se antojaba inatacable. A muchos les parecerá lógico que Rafael Nadal haya ganado un nuevo título. Quizá sea lógico, pero algunos no lo teníamos tan claro. Bien podría haber sido de otro modo. Porque la carrera del tenista español estaba en una encrucijada histórica.

En fútbol solemos escuchar a menudo expresiones como “partido del siglo” o “clásico”, con frecuencia aplicadas a competiciones estrictamente nacionales y partidos cuya repercusión en la tradición, en lo que estudiarán los futuros historiadores deportivos, será escasa o más bien nula. Pero el producto que vende mucho y pretende vender todavía más puede permitirse el lujo de la hipérbole falaz. Así, el fútbol puede fingir que cada partido es vital aunque no lo sea, o que es un hito de cambio aquello que no es más que pura rutina, cuando la verdad es que en balompié muy pocas veces se hace Historia, al menos de la universal, de esa con mayúsculas y letras de oro. Siendo justos, podríamos decir que esa Historia se hace en los campeonatos mundiales de fútbol y poco más.

En tenis, sin embargo, se llevan ya unos años esculpiendo hito tras hito en lo que también era una larga tradición, como mínimo desde la fulgurante aparición de Roger Federer, ese fenómeno inexplicable que ha marcado un antes y un después en el deporte de la raqueta. En la última década hemos podido ser testigos de no pocos partidos que, sin necesidad de hipérbole alguna, nos daban la sensación de ser puntos de inflexión que iban a marcar el futuro del tenis. Eran Historia. Muy particularmente algunos de los enfrentamientos entre Federer y el español Rafael Nadal: cruentas batallas en una larga guerra psicológica que a veces fue asombrosamente brillante en lo tenístico y a veces no tanto, pero que casi siempre resultaban apasionantes porque sabíamos lo que había en juego. Esa guerra psicológica, de trincheras y de desgaste, fue en última instancia perdida por Federer. El suizo —como en Astérix y Obélix— tiranizó a toda la nación del tenis excepto una pequeña aldea que decidió resistir al invasor; esa aldea, llamada Rafa Nadal, tardó años en darle la vuelta a las tornas pero finalmente lo hizo porque estaba decidido a conseguirlo a toda costa. Nadal se garantizó un lugar en la posteridad desde el momento en que se convirtió en el único rival que pudo jugarle de tú a tú al Más Grande, e incluso tumbarlo, cuando el Más Grande estaba en lo mejor de su juego. Con el tiempo a su favor y con la ventaja mental completamente de su lado, Nadal terminó por auparse finalmente al número uno, en detrimento de ese otro tenista al que nadie niega otro número uno, el de la Historia.

Pero esa historia, la del tenis, es caprichosa y cambiante. Novak Djokovic estaba ahí para amargarle la fiesta al mallorquín. No es que esto fuese exactamente una sorpresa; algunos consideraban al serbio —que ya había ganado un título grande— una bomba de relojería, un supercampeón en ciernes cuya eclosión definitiva era meramente cuestión de tiempo. Y así fue. Djokovic estalló y se lo llevó todo por delante, incluido un Rafa Nadal a quien “Nole” infligió las mayores humillaciones de su carrera, en forma de una serie ininterrumpida de finales perdidas que hubiese hecho sangrar incluso al endurecido Jimmy Connors. Y esto ponía la carrera triunfal de Nadal en serio peligro. Así, como suena.

Nadal, de hecho, había dado ya alguna muestra del inevitable cansancio de la competición; los tenistas que empiezan a ganar muy jóvenes suelen quemarse también muy jóvenes. Esto es, con pocas excepciones, un hecho probado. Veinticinco años podrían parecer pocos para un deportista de élite, pero por citar un ejemplo que viene muy al caso: a esa misma edad el gran Bjorn Borg estaba hastiado del tenis, a un paso de la retirada definitiva. El nivel competitivo de Borg a esa edad era todavía muy bueno, similar al del Nadal de 2012: de hecho, en 1981 Borg ganó un título grande y jugó otras dos finales. Pero haber perdido tres grandes finales frente a su nueva Némesis, el fenómeno emergente John McEnroe, terminó de minar la determinación del joven astro sueco. Borg entendió que de camino a los veintiséis años su reinado estaba avistando el ocaso, con el casi imbatible norteamericano alzándose frente a él en las superficies rápidas y con un amenazante Ivan Lendl que, si bien todavía no había conseguido arrebatarle la corona en Roland Garros, sí anunciaba que le podría poner las cosas muy, muy difíciles en el futuro. Después de ocho temporadas en lo más alto, a Bjorn Borg sólo le restaba la caída —lenta o rápida, pero caída al fin y al cabo— así que, pensando que de la cumbre sólo cabe descender y harto de haber entregado tanto tiempo y esfuerzo a la competición, decidió tirar la toalla cuando físicamente le quedaban varios años de plenitud. Pero esto es tenis: el físico no lo es todo. La mentalidad juega un papel igualmente importante. Sin la actitud correcta no se puede ganar. Y con los años de triunfos la actitud suele ser la primera en erosionarse.

Fueron ocho años los que transcurrieron desde que un Borg adolescente empezó a acumular títulos hasta que los primeros nubarrones asomaban por el horizonte. También ocho años tardó en llegar el declive de Roger Federer. Y ocho años son precisamente los que lleva Rafael Nadal en la cumbre.

No es una cifra científica, eso sí. Ha habido campeones más longevos. Pero… no muchos.

Y como decimos, la mente competitiva sufre desgaste, a veces más que el propio cuerpo. Tras quebrantar el espíritu de Roger Federer —contra ningún otro jugador se vio al suizo vencido de antemano tantas veces ya al salir del vestuario—, Nadal notó cómo su propio espíritu, ya algo resquebrajado por el hastío de combate, era ahora quebrantado a su vez por Novak Djokovic, el único jugador del mundo que conoce el secreto para anular al español una y otra vez. Tras años de dura pugna por obtener el nº1, lo perdía al poco de conseguirlo, a manos de una bestia negra balcánica que no mostraba signo alguno de piedad por el mallorquín. ¿Saben ustedes cuántas veces en la historia del tenis un jugador se ha recuperado de una situación semejante? Muy, muy pocas. La pérdida de la corona, o aun la mera posibilidad de perderla, hace flaquear al más pintado. Por ejemplo, Federer no volvió a oler la victoria frente a Nadal en una final de Grand Slam desde aquel antológico partido de Roland Garrós, en 2008, cuando Nadal lo barrió literalmente de la arcilla parisina. Aquel partido supuso una humillación tal que marcó el sino de las futuras grandes ocasiones entre ambos: desde entonces Federer ha perdido las otras tres grandes finales que le han enfrentado al español. Así pesó aquel partido, aquella humillación, sobre su confianza en sí mismo. Y es todo, o casi todo, cuestión mental. El tenis es un juego donde la psicología es importantísima, como en cualquier deporte individual que requiera, además de precisión y concentración, unas considerables dosis de fe en uno mismo. Muchos tenistas técnicamente capacitados para ganar han perdido partidos antes incluso de pisar la pista porque no creían lo suficiente en sí mismos. El ciclismo tiene los puertos de montaña y las “pájaras”; el tenis tiene los rivales que se te atraviesan y contra los que no sabes, o crees no saber, cómo vencer. La actitud gana y pierde más partidos que el servicio, la derecha y el revés. Que se lo digan a Guillermo Coria, el argentino que se quedó sin su título de Roland Garros… aún no sabemos por qué.

Lo que trato de decir es que el momento psicológico en que Nadal ha afrontado este torneo debía de ser, por decirlo suavemente, peliagudo. El deporte individual, y el tenis especialmente, es así: una vez sientes que la Historia te ha vencido y que tu momento ya ha pasado, resulta casi imposible volver a creer en ti mismo. A Pete Sampras, con el vértigo de la cuesta abajo, le supo tan a gloria su último y relativamente inesperado título del US Open, que decidió aprovechar la ocasión para retirarse en lo más alto. Porque incluso siendo el campeón vigente resultaba obvio que no se consideraba capacitado para repetir el éxito. Hasta ese punto lo puede todo la falta de confianza.

Todo esto debería servir para conferir un mérito añadido a la victoria de Rafael Nadal en ese útlimo Roland Garros, una victoria que ha llegado remando contra la corriente psicológica frente a un rival que venía montado en canoa y descendiendo unos rápidos. Porque no hubiese sido nada extraño —es más, hubiese resultado incluso comprensible— ver a Nadal sucumbiendo ante la falta de fe y ante un Djokovic en su mejor momento. Un Djokovic que venía a por el único gran trofeo que falta en sus vitrinas, después de haber ganado los otros tres de manera consecutiva… e incontestable. Nadal quería hacer Historia superando los seis títulos en tierra que acumulaba Bjorn Borg. Djokovic quería hacer Historia uniéndose al selecto club de hombres que han ganado el Grand Slam y que (lo siento por Rod Laver) lo han hecho en superficies diversas, como acaba de hacer por cierto Maria Sharapova en la competición femenina. Ambos querían marcar un hito, pero uno venía renqueante y el otro con la pistola cargada. El viento, qué duda cabe, soplaba a favor de Djokovic. Porque el serbio, digámoslo, no le tiene miedo a nadie. No queda ni rastro de aquel tenista inmaduro que flaqueaba a las primeras de cambio en cuanto las cosas no le iban bien durante un partido. El Novak Djokovic de 2011/12 se ha convencido que puede vencer a todos en todas partes, después ha puesto esa hipótesis en práctica, y eso es el arma más peligrosa de la que dispone cualquier tenista: la fe absoluta en sí mismo. Ese arma de la que Nadal ya no gozaba.

Pero esta vez Djokovic no ha podido. Quizá por efecto de la sorpresa, ha flaqueado otra vez cuando ha comprobado que ante él tenía al Nadal de los mejores tiempos, en un partido donde ambos aspiraban a obtener una gloria universal reservada a los elegidos. El séptimo Roland Garros es una meta única y Nadal sabía que no estará ahí siempre para intentar obtenerla. Aún es joven, sí, pero ya no puede quemar demasiadas ocasiones de romper grandes récords. Entre otras cosas porque Djokovic no va a desaparecer del mapa y no va a dejar de ser un portento capaz de barrer de la pista a cualquiera, aunque se llame Rafa Nadal. Así que Rafa ha jugado mirando más allá de su temible rival, y eso era precisamente lo que necesitaba hacer. Ha jugado mirando más allá de Djokovic, al porvenir, a lo que los libros dirán sobre él en el futuro; ha jugado mirando a su fotografía por encima de la de Bjorn Borg. Y claro, haciéndolo así, ha vencido.

Ha sido toda una hazaña. En mi opinión, este ha sido el título de Slam psicológicamente más meritorio de su carrera, después del primero y después de aquella victoria en el inhóspito US Open a cuyo trono no parecía especialmente destinado. Porque este Roland Garros 2012 ha supuesto emerger de debajo del yugo de Djokovic, tarea nada fácil: Federer no consiguió escapar del yugo de Nadal, y el suizo no tiene menos talento y determinación que el español. Si acaso, tiene aún más. Pero el mallorquín lo ha hecho. Y ya vemos con qué despliegue de euforia lo ha celebrado, sabiendo la enormidad no ya de la marca que ha establecido, sino de la magnitud de la misión misma y su dificultad. No sólo ha hecho Historia, esto lo ha ayudado a resucitar. Ahora sabe que puede volver a ganar a Novak Djokovic en una gran final. No será fácil, no sucederá siempre, incluso es posible que suceda las menos veces. Pero vuelve a ser posible. Y eso es todo lo que Rafa necesitaba saber. Francamente, no me extrañaría que en lo más hondo de su espíritu de competición hubiese llegado a olvidarlo. Nadal también es humano, y el Djokovic de 2011 podría haber hecho añicos la autoconfianza de cualquiera.

Así que el récord de Borg no ha sido lo único que se ha roto esta semana sobre la arcilla de París. Se ha roto también un maleficio, un “efecto Djokovic” que empezaba a parecerse muy seriamente a aquel “efecto Federer” que asoló la competición masculina durante años y contra el que nadie, excepto Nadal, parecía tener antídoto.

Eso sí, no podemos olvidar que el territorio del otrora vasto Imperio de Nadal —sobre el que no se ponía el sol en el 2010— ha retrocedido. Como en sus primeros años, Rafa se ha visto confinado a reinar solamente en tierra, abandonando el resto de superficies a su más directo rival. El 2012 se parece al 2007, sólo que hoy el manacorí tiene muchos más kilómetros en las piernas y muchas más horas de esfuerzos a sus espaldas, así como menos metas que alcanzar… y las que tiene son más difíciles. Va a necesitar mucha más determinación para revertir la actual situación de la que necesitó entonces, cuando no tenía tanto que perder y sólo podía ascender. Porque ya no es el caballo que viene de atrás, sino el caballo que intenta no quedar rezagado tras haber ido en cabeza.

Pero lo volvemos a repetir: ahora vuelve a ser posible. Djokovic ha sufrido un toque de corneta, lo cual podría despertarlo —eso sería malo, desde luego— o por el contrario podría hacerlo dudar de sus posibilidades. Lo sabremos a no mucho tardar. Si no ocurre nada extraño, o si Federer no decide reflotar, o si Andy Murray no convierte en realidad lo que hasta ahora es una sorda —pero sólida— amenaza y tumba finalmente a Djokovic, el serbio y el español deberían repetir como finalistas en el próximo Slam, Wimbledon. Es lo más probable y lo más deseable. Es el partido que todos querríamos ver, porque es el que enfrentaría a los dos mejores del momento en otra encrucijada histórica, en otra batalla de esta nueva guerra mental… la segunda gran guerra de la era Nadal. Y ahí comprobaremos qué efecto ha tenido esta victoria en París sobre la historia del tenis. Si Djokovic se deja doblegar también en Inglaterra, que empiece a preocuparse: Nadal tendría un nuevo desafío a la vista, esto es, intentar alcanzar los dieciséis títulos del Divino Federer. Eso, ahora mismo es una meta lejana. Pero con un título en Londres sería un objetivo algo más razonable. Y lo que parece razonable ayuda a estimular la fe y la ambición. Y la fe y la ambición son lo que ganan partidos de tenis.

Tal y como yo lo veo, tenemos tantos motivos para ser optimistas como para ser pesimistas con respecto a Wimbledon. Dicho de otro modo: la cosa está “fifty-fifty”, así que mejor optar por una visión positiva. Nadal puede hacerlo. No será fácil. No será agradable. No será cómodo. Pero hace tan sólo unos meses estaba empezando a parecer sencillamente imposible.

El séptimo Roland Garros de Nadal ha sido como la séptima vida del gato. Ha resucitado y si cae panza arriba podrá hacer daño a cualquiera. Ahora queda saber cuántas vidas le quedan a Novak Djokovic. Es muy simple: en la próxima final que jueguen, la banda sonora debería ponerla Ennio Morricone. Porque será el duelo que decida hasta dónde llega la carrera de cada cual. Y eso, una vez más, será “history on the making”. No puedo esperar.


¡Alarma, es Novak Djokovic!

La explosión de Novak Djokovic no es, o no debería ser, una sorpresa para nadie. No estoy queriendo decir que alguien hubiese podido adivinar cómo de espectaculares serían sus números en el 2011, porque esa clase de rachas victoriosas resultan imposibles de prever. Pero el hecho de verle convertido en un número uno y en un jugador dominante era algo que sabíamos perfectamente que podría ocurrir. De los ases de su generación, entre los que incluimos a Juan Martín del Potro o Andy Murray, fue Djokovic quien antes y más dio que hablar, y en términos más prometedores. Desde hace bastantes años, la pregunta no era “si” el tenista serbio se iba a convertir en un enorme jugador, sino “cuándo”. Es el máximo representante del inesperado “boom” del tenis serbio, que empezó dando sonoras campanadas en el tenis femenino con Ana Ivanovic o Jelena Jankovic pero que está alcanzando su culminación en el tenis masculino.

Durante esos pasados años, los avisos de que Djokovic podría explotar fueron sonados. Ya tan temprano como en el 2007, el serbio tuvo una breve racha de juego en la que se mostró casi intratable —y en varios partidos, sin el “casi”— y que le llevó a ganar tres torneos en el cemento de Norteamérica, arrasando en gira previa al US Open. Ya en aquella racha del 2007, jugadores como Roger Federer o Rafael Nadal no pudieron encontrar soluciones para detenerle. Djokovic llegó incluso a disputar su primera final de Grand Slam en el mencionado US Open, pero en una gran final el Federer de 2007 era demasiado para el joven aspirante. Aquel 2007 fue como la primera brisa del huracán Djokovic. Un segundo y más serio aviso vino con su victoria en el Open de Australia del año pasado: su primer trofeo grande rompía una gran barrera psicológica. Volvamos al presente: en 2011 y mientras escribo estas líneas, “Nole” Djokovic ha ganado ya la friolera de ocho torneos, ha tenido una racha de cuarenta y tres victorias consecutivas, y únicamente ha sufrido una derrota, a manos de Roger Federer en Roland Garros. Una temporada que da miedo: ha nacido un monstruo.

¿Por qué ahora, de repente, es tan bueno Novak Djokovic?

Djokovic es el epítome del estilo moderno de jugar al tenis. Buen saque, tiros potentes y precisos enmarcados en un juego de fondo de pista pero agresivo, y una preferencia por la inteligencia táctica sobre una imprevisible espontaneidad artística. Allí donde Federer es un artista y un improvisador, Djokovic es una máquina de fabricar tenis agresivo: previsible, pero imparable. De hecho Djokovic siempre ha mostrado ese patrón de juego y realmente su estilo no ha evolucionado demasiado desde sus inicios, pero había varios factores que le impedían explotar.

Ana Ivanovic y Novak Djokovic: la Bella y la Bestia del tenis serbio. Ella parece haberse perdido en el camino a la grandeza, él no.

El primer factor era la inmadurez. El serbio solía ser un tenista de carácter inestable sobre la pista, pronto al desánimo y la frustración. Había un abismo entre la idea que él tenía de sí mismo como jugador y los resultados reales, que se empeñaban en desmentir esa idea. Un buen ejemplo fue aquella rueda de prensa en la que, tras ser vencido con facilidad por Nadal, el serbio insistía en que “él“ había tenido el partido “bajo control”. O cuando se retiraba en algún que otro partido alegando lesión, pero dejando en el público la impresión de que abandonaba cobardemente porque no era capaz de seguir afrontando la derrota. Djokovic no sabía perder, pero tampoco sabía aprender a ganar. Cuando juega bien, despliega su maquinaria con una naturalidad insultante, pero parecía tener la creencia equivocada de que eso debía bastar para derrotar a cualquiera. Sin embargo, todos estos condicionantes mentales han desaparecido o han perdido importancia: Djokovic ha estado acudiendo a un psicólogo, que le ha ayudado a afrontar la competición con una actitud correcta. Ahora, en cierto modo, recuerda a Pete Sampras: él tiene una forma de jugar, que cuando funciona bien no puede ser respondida por casi nadie, y todo lo que tiene que hacer es seguir jugando de esa manera sin preocuparse de quién tiene enfrente. Djokovic, como Sampras, se aferra a sus sistema: que sean los demás quienes se preocupen por averiguar cómo se desmonta dicho sistema.

Otro de sus problemas era la condición física: la imagen de Djokovic boqueando en busca de aire tras un punto muy disputado o cuando el partido empezaba a alargarse, era una imagen habitual. Sus problemas respiratorios, de naturaleza similar al asma, resultaban muy evidentes y le hicieron perder la competitividad en no pocos partidos. Ahora, sin embargo, parece haberse curado milagrosamente. Lo atribuye a la ayuda de un nutricionista, que ha eliminado de su dieta los alimentos susceptibles de causarle alergia. Además, Djokovic ha aprendido a moverse mejor sobre la pista, sin tener que correr de un lado a otro y anticipándose a los tiros del contrario, un talento utilísimo que comparte con Roger Federer. Gracias a todo ello, hemos asistido a espectáculos tan chocantes como el de Rafael Nadal —uno de los reyes de la resistencia física en el tenis— cansándose frente a Novak Djokovic, algo que hace unos años resultaba sencillamente impensable.

¿Qué puede hacer Rafael Nadal frente a él?

Buena pregunta. Eso me lleva a preguntarme a mi vez, ¿cómo puedo responderla mejor? Porque la primera respuesta, la más obvia, es: por ahora, no hay mucho que Nadal pueda hacer. Este 2011 ha traído muchas cosas nuevas y sorprendentes, pero la más importante para la inmediata historia del tenis es que Rafael Nadal, el competidor por antonomasia, el hombre que tantas jaquecas le causó al todopoderoso Federer, ha jugado cinco finales contra un mismo tipo y las ha perdido todas. En cemento, en hierba y dos veces (¡dos veces!) sobre tierra batida. ¿Cómo se explica esto?

El cénit de Djokovic le plantea a Nadal problemas difíciles de resolver.

Se explica fácilmente: el juego de Djokovic, como ya hemos dicho varias veces, es letal. Si Djokovic está en plena forma mental y física, existen pocas respuestas. Además cuando se enfrenta a Rafael Nadal no muestra las famosas flaquezas de Federer (como la dificultad para golpear de revés el infernal efecto topspin del mallorquín). Nadal tenía un sistema para dañar a Federer pero no tiene ninguno, por ahora, para dañar a Djokovic. Nos tememos que, o algo cambia, o el español tendrá que esperar a que el serbio baje el pistón. La diferencia de forma entre ambos jugadores no es muy grande —si Nadal ha disputado cinco finales es porque también ha conseguido llegar a ellas— y la diferencia de nivel juego, incluso ahora mismo, es sensible pero no es aplastante. Nadal aún puede vencer a Djokovic, el problema es que no depende sólo de sí mismo. También va a necesitar cierta ayuda: que “Nole” se descentre, se desanime o se ponga nervioso durante la competición. Rafael Nadal tiene esa cualidad que los norteamericanos llaman “clutch”, la capacidad para dar lo mejor de sí mismo precisamente en los momentos más difíciles, cuando toda la apuesta está sobre la mesa y otros jugadores suelen fallar a causa de la presión. Es la cualidad que mostraban Pete Sampras, Michael Jordan o Diego Armando Maradona. El mejor Nadal aparece cuando la tensión sobre la cancha es insoportable, cuando el público contiene la respiración primero y grita después, cuando los puntos son definitivos: Nadal necesita de la épica como Federer necesita de la inspiración. Es, como dice Ramón Besa, la lucha entre el irreductible y el artista. El problema es que la forma de jugar de Djokovic no favorece la épica de Nadal, porque el serbio no se basa en la inspiración como Federer. El tenis del serbio es un tenis industrial, mecánico, asentado en una temible eficiencia. No es un artista y no se le puede desequilibrar como a un artista. Nadal ya había tenido dificultades con el estilo de otros jugadores antes (con Davidenko o Blake; también aunque más puntualmente con Tsonga y Soderling) pero eran jugadores de una magnitud inferior a la suya, y a la postre el mallorquín siempre ha terminado desentrañando las soluciones o simplemente imponiendo su vasta superioridad. Pero Djokovic en su mejor versión es como un muro de acero de una magnitud no inferior a la de Nadal. No sabemos cuántas veces más aparecerá esa mejor versión del serbio, pero no podemos olvidar que acaba de comenzar su explosión y que, si toda le va bien, aún tiene para varios años de máxima forma.

Tampoco podemos olvidar que Nadal sigue en estado óptimo: ha ganado su sexto Roland Garros, y sí, ha perdido cinco finales con Djokovic, pero también las ha jugado. Sin embargo, habría que estar ciego para no haber notado que un pequeño porcentaje de su legendaria combatividad ha dejado de estar ahí. Sólo un pequeño porcentaje, algo apenas perceptible,  pero son esas pequeñas diferencias las que marcan el sino de muchos partidos importantes. Y aunque no fuésemos capaces de verlo, el propio Nadal ha hablado de cierta sensación de rutina y cansancio producto de tantos años de competición. No es algo sorprendente ni es algo nuevo: Bjorn Borg, un jugador similar a Nadal que también empezó a ganar títulos muy joven, tiraba la toalla precisamente a estas alturas de su carrera (se retiró oficialmente a los veintiséis pero ya había perdido la motivación bastante antes) agobiado por la presión de tener que ganar siempre y dándose cuenta de que John McEnroe había hecho con él lo que Djokovic ha hecho con Nadal. O sea, bajarle del trono de una patada. Es difícil imaginar a Nadal retirándose dentro de un par de años, pero hay que reconocer que es humano y sería absurdo no entender las secuelas que produce el llevar años y años entregado al máximo nivel. Nadal aún tiene, si él quiere, un importante y difícil reto para motivarse: intentar alcanzar el número de slams de Federer, pero admitamos que la presencia de un Djokovic en plan Terminator desanimaría a cualquiera.

Así que, como ya hemos dicho, lo mejor que puede hacer Nadal es no desmotivarse y esperar a que Djokovic empiece a flaquear, algo que sucederá tarde o temprano. Pero sí, ese flaquear podría suceder dentro de cinco años y eso sería, con perdón, una putada. No podemos pedirle a Nadal que siga otros cinco años ejerciendo de número dos y partiéndose el alma sobre las pistas. Si Djokovic empieza a flaquear en el 2013 o incluso en este US Open, gran noticia. Si no, mala suerte… y habrá que hacerse a la idea de que el indiscutible nº1 ya no es español.

¿Y los demás rivales?

Hasta que explote otro joven talento dispuesto a romper el status quo, sólo hay dos nombres a tener en cuenta: Del Potro y Murray.

Por distintos motivos, Murray y Del Potro aún no logran amenazar el reinado de Djokovic.

El argentino explotó con su merecida victoria en el US Open del 2009, derrotando a Federer en una intensa final. También, como Djokovic, es un buen exponente del estilo de tenis más moderno. Su juego es igualmente polivalente —si no versátil— y puede defenderse también en todas las superficies. Comparte varias de las virtudes del serbio aunque tiene algunas cosas en su contra. En primer lugar, las lesiones le martirizan continuamente y están condicionando muy seriamente su carrera. En segundo lugar, incluso en su mejor versión —cuando la hemos podido ver— su juego no es ni tan aplastante ni tan determinante como el de Djokovic. En tercer lugar, ambos jugadores se han enfrentado sólo cuatro veces, pero Del Potro ha perdido siempre: lo cual, como estadística, no necesariamente tiene por qué significar algo (las tendencias cambian) pero desde luego es una barrera psicológica a romper y más con el serbio en estado de ebullición. Es una verdadera lástima que el frágil físico del grandullón argentino le impida convertirse en el factor que debería ser, pero en mi opinión, y aun siendo el gran jugador que es, necesitaría algo más que salud para dominar al monstruo Djokovic.

El escocés Andy Murray es el avión que nunca termina de despegar. Al igual que Djokovic y Del Potro, lleva creando expectativas desde hace bastantes años, pero en su caso aún no se han concretado. Tiene un juego menos espectacular que el del serbio o el del argentino, pero su eficacia defensiva debería llevarle un poco más lejos de donde está ahora, porque ha demostrado que puede crearle problemas a cualquiera. El mismo Djokovic dice que a Murray “sólo le falta un 2%” para alcanzar el punto de inflexión y ganar un título grande, pero ¿cuándo llegará ese 2%? Curiosamente, y aunque no ha alcanzado los logros de Del Potro, en las peculiaridades de su juego sí se adivinan ciertas características que podrían plantearle algún escollo a Novak Djokovic. No para dominarle, pero sí para crearle dolores de cabeza cuanto menos. Pero una cosa es que esas características parezcan estar ahí, y otra cosa bien distinta es que se pongan en práctica. Murray es todavía una incógnita, pero el tiempo pasa y si se descuida su incógnita podría pasar a engrosar la larga lista de tenistas que “parecían tenerlo” y que quedaron en agua de borrajas.

En cuanto al resto de jugadores jóvenes, de algunos ya sabemos que no parecen destinados a la gloria (¿alguien habla todavía de Richard Gasquet?) y otros aún están en formación, como el australiano Bernard Tomic, que lleva dando que hablar desde que era un niño y que ha empezado a asomar el hocico en competiciones importantes apuntando muy buenas maneras, pero todavía es muy pronto para emitir un juicio sobre él. No podemos decir hasta dónde llega su auténtico potencial y habrá que esperar algunas temporadas.

Así que las cosas están de esta manera: salvo que algo extraño suceda o regresen sus antiguas inseguridades, nos queda Novak Djokovic para rato. Es el nuevo —y merecido— número uno, y tiene todas las armas para seguir siéndolo durante bastante tiempo. Por más que a los aficionados españoles les pueda entristecer que hayan aparecido nubarrones en el carrerón de Nadal, o por mucho que a Federer (a quien nunca le ha gustado Djokovic y aún menos su peculiar y por momentos irritante familia) le fastidie la idea de ver al serbio en el trono. En estos casos lo que tenemos que hacer es disfrutar del tenis de Djokovic mientras dure. Quizá no es tan bello como el de Federer, y quizá no es tan épico como el de Nadal, pero no deja de ser un gran tenis y supone la recapitulación técnica y estilística de toda una época. No podría decir cuántos grandes títulos va a ganar Novak Djokovic, pero lo que sí puede decirse ya que representa a la perfección el paradigma teórico de tenista de principios del siglo XXI y como tal será muy probablemente recordado. Novak Djokovic ha llegado;  no sabemos cuándo se irá, pero que va a dejar huella es ya un hecho.


La importancia de llamarse Federer

Roger Federer. Fotografía: Cordon Press.

¿Cómo de grande es Roger Federer? Eso es casi como preguntar cómo de grande es el Universo. Los aficionados al tenis que hemos tenido la suerte de ser sus contemporáneos sabemos que hemos sido testigos de una aparición prácticamente sobrenatural. Ha sido, en muchos aspectos, un campeón de ciencia ficción.

Hace una década, en el año 2001, un suizo de diecinueve años eliminaba al todopoderoso Pete Sampras en Wimbledon: el estadounidense era el vigente e insultantemente indiscutible campeón de la Meca del tenis: había ganado siete ediciones en los ocho años anteriores. Aquel fue el primer y único partido que enfrentaba a Sampras con Federer y terminó con una victoria simbólica del jovencísimo Roger, que fue eliminado más tarde del torneo a su vez, pero que con los años terminaría derribando el casi intocable record de catorce títulos del Grand Slam de Sampras. Naturalmente, todo el mundo se dio cuenta de que Roger Federer era un campeón en ciernes, pero nadie sabía exactamente cuán lejos podría llegar. En los vestuarios y pasillos de los torneos sus colegas de profesión ya hablaban abiertamente de él como “un genio”. En la prensa, en cambio, se solía señalar su inestabilidad emocional como un posible freno a su evolución tenística. Pero Federer maduró y cuando lo hizo dejó en ridículo incluso las previsiones más osadas sobre su prometedor futuro. Durante los mágicos cuatro años de la Era Federer —entre 2004 y 2007— ganó ¡once títulos del Grand Slam! (los mismos que Björn Borg en toda su carrera). Tuvo una racha de diez grandes finales consecutivas, de las que sólo perdió un par contra Rafael Nadal en París. En esos cuatro años se apuntó otros tantos torneos de Wimbledon seguidos… y también cuatro consecutivos del U.S. Open. Digámoslo de este modo: durante el cenit de su reinado, podía decirse que, en lo que al tenis respecta, Roger Federer era como Dios.

Pero es que, además, estaba su juego: es su manera de jugar, y no sólo sus números, la que le va a convertir en un referente universal y definitivo del tenis. Desde que se inauguró la era ATP en 1972 ha habido unos cuantos colosos del tenis, pero por un motivo u otro, ninguno consiguió convertirse en la piedra angular de lo que el tenis debería ser. Veamos por qué: repasando a los gigantes del pasado nos haremos una mejor idea de qué hace de Federer un campeón único.

Los gigantes de la era ATP: ellos no eran Federer

¿Por qué ninguno de los antiguos campeones se convirtió en un referente universal? Pues por tan diversos motivos como diferentes eran ellos entre sí: Rod Laver podría quizá haber sido un gran referente, pero hay poco material audiovisual de sus mejores años (en los que, para colmo, jugó en un tenis de élite dividido en dos mundos: el profesional y el amateur) y era difícil que nuevas generaciones pudiesen moldear su tenis en torno a Laver… no hablemos ya de campeones anteriores de quienes no existen ni filmaciones. De alguien como Björn Borg, en cambio, sí hay abundante material y además tuvo las cualidades necesarias para ser una gran estrella en su época (en Wimbledon aún recuerdan la histeria que despertaban sus greñas de rockero), pero el tenis de Borg era demasiado heterodoxo como para crear una amplia escuela en torno a él. De hecho, han pasado muchos años hasta que ha surgido otro campeón cuyo estilo puede calificarse de borgiano: Rafa Nadal.

Otros grandes campeones sufren el problema de haber perfeccionado un estilo de tenis, el saque-volea, que hoy en día es apenas practicado por un menguante puñado de tenistas. El estilo de John McEnroe o Boris Becker podía resultar espectacular, pero actualmente se considera “pasado de moda” y muy raramente es el estilo fundamental de juego de los jugadores de de élite. Además, alguien como McEnroe se apoyaba de tal manera en su genial inspiración y en su capacidad de improvisación que difícilmente se le podría intentar imitar: al igual que Borg, es el tipo de jugador que no puede crear una verdadera escuela debido a su heterodoxia. La mencionada obsolescencia del saque-volea ha afectado también al legado del gran Pete Sampras, con el añadido de que su manera de jugar —a menudo intentando ganar por la mínima y apoyándose considerablemente en su indestructible saque— unida a su falta de carisma le impidieron conectar con una amplia base de fans entregados, entre los que (no lo olvidemos) siempre hay futuros tenistas que están eligiendo a sus ídolos para moldear su juego en torno a ellos.

Jugadores como Jimmy Connors o Ivan Lendl, en cambio, sí fueron claros precursores del tipo de tenis que se juega en la actualidad. Ambos ganaron una buena cantidad de títulos y la influencia de su juego es visible aún hoy, pero tenían un serio problema: sus personalidades no gustaban al público ni a la prensa. Connors, especialmente, era un ejemplo de combatividad y capacidad de lucha pero su actitud sobre la pista podía llegar a tener bastante más mala sangre que incluso la de su odiado John McEnroe. Buena parte del público, incluso en los Estados Unidos, detestaba a Connors y no sin razón. La actitud de Ivan Lendl no era tan mala, de hecho era un tenista correcto y nadie le podía reprochar malos comportamientos, pero su frialdad y su forma robótica de jugar le privaban también del afecto de los aficionados. Tal era así, que la importante revista Sports Illustrated llegó a dedicarle una portada con el malévolo titular “El campeón que no le importa a nadie”. Incluso hoy sigue siendo uno de los grandes del tenis más injustamente infravalorados.

…y entonces llegó Él

Federer quizá no tenga la imagen de Borg o el carisma de McEnroe, pero tiene prácticamente todo lo demás que un tenista podría aspirar a tener. En toda la era ATP no ha habido ningún otro jugador que domine tantos y tan variados golpes y técnicas como el suizo. Combina la eficacia de Pete Sampras con la solidez de Lendl, la creatividad inagotable de McEnroe y la elegancia de Stefan Edberg. Puede jugar saque-volea, puede jugar un tenis plano y agresivo de pista rápida y puede jugar un tenis con topspin de tierra batida, todo ello con idéntica naturalidad.

Ahora que está empezando lentamente a declinar es cuando la gente se da cuenta de lo mucho que vamos a echar de menos al mejor Roger Federer. Nadal es grande, pero ha tenido la suerte o la desgracia de que varios de sus mejores años coincidiesen con los del suizo y sin esa rivalidad directa ya no parece el mismo Nadal. No lo decimos como crítica, al contrario: los grandes se necesitan unos a otros, como Borg necesitaba a un McEnroe o Sampras necesitaba a un Agassi. Y sí, Novak Djokovic es muy bueno, por momentos avasallador, pero difícilmente puede alcanzar con su tenis siquiera una fracción de la magnificencia mayestática de Federer. Hay grandes jugadores que en un buen día hacen que uno salte de su asiento dos o tres veces durante un set, pero Federer podía lograrlo seis, siete, ocho veces durante un set. En sus mejores años el suizo dejó tantos golpes geniales dignos de la videoteca como varios de los otros grandes campeones combinados. Parecía que no había nada que Roger Federer no pudiese hacer.

No es extraño que en la prensa especializada la explosión de Federer causara una conmoción sin precedentes. El suizo no tuvo la inmediata repercusión popular de Borg o Becker, pero en el mundillo del tenis se contemplaban sus hazañas con infinito asombro. ¿Cómo era posible que alguien pudiera jugar al tenis así? Muchos recordamos aún la divertida reacción de Andy Roddick tras ver cómo Federer le ganaba un punto gracias a una derecha acrobática, ejecutada en pleno salto —desde prácticamente las gradas—, para devolver una bola alta que parecía inalcanzable. Tras el alucinógeno golpe, el norteamericano lanzó su raqueta a la pista del suizo y pasó al otro lado de la red como diciendo: “esto es absurdo, me niego a seguir jugando contra este tipo”. Incluso de sus rivales lograba constantes gestos de pasmo. Y, cómo no, hemos podido escuchar a locutores de televisión lanzando toda clase de exclamaciones exaltadas a voz en grito —en español, en francés, en inglés, en alemán, en árabe, en japonés— o riendo incrédulos a pleno pulmón cuando Federer hacía una de aquellas cosas imposibles.

Roger y Rafa: una rivalidad para la historia

Nadie es perfecto y Federer no es una excepción, aparte del ominoso bolso dorado que lució en Wimbledon o del hilarante anuncio de su perfume RF, queremos decir. Rafael Nadal fue quien se encargó de explotar las pocas imperfecciones del suizo y de recordarnos que también Federer es humano, lo cual sólo ayuda a engrandecer más su figura. Aunque con los años han terminado siendo amigos y mostrando un profundo respeto mutuo (respeto que por ejemplo Federer no siente por Djokovic o que Nadal tampoco siente por Robin Soderling), lo cierto es que a Roger le costó bastante digerir el surgimiento de Nadal como rival. El suizo llegó a dejarse llevar por algunas de las críticas —infundadas— que cierta prensa vertía sobre el juego del español y dijo del tenis de Nadal que era “unidimensional”. La antipatía inicial de Federer por Nadal era más que patente, pero el mallorquín respondía adoptando una actitud humilde y hablando maravillas de Federer siempre que podía. Así, mientras Rafa le torturaba sobre las pistas lanzando pesadísimas pelotas con topspin infernal al revés del suizo, se ganaba su corazoncito fuera de ellas. Hoy, Federer y Nadal se gustan y se admiran mutuamente, algo que nunca pudo decirse de McEnroe y Connors (o de cualquier jugador y Connors) o de la emponzoñada rivalidad entre Sampras y Agassi.

Federer fue tan dominante durante su propia era que sin sus partidos contra Nadal —y muy especialmente las sobrecogedoras finales de Wimbledon 2007 y 2008— su carrera hubiese carecido de grandes clímax emocionales. Cuando siempre gana el mismo, la tensión de la competición se desvanece, pero el público pudo gozar el cosquilleo de la incertidumbre cuando ambos tenistas se enfrentaban. No era lo mismo ver a Federer perder un partido contra su máximo rival que verle perder dos veces seguidas con el argentino Guillermo Cañas. Lo de Cañas era anecdótico y lo de Nadal, sin embargo, suponía jugarse cada vez el balance psicológico de la rivalidad para determinar el futuro inmediato del tenis y el lugar de cada uno de ellos en la historia. Cuando en el futuro se hable del tenista más grande de todos los tiempos se tendrá que unir su nombre al de nuestro Nadal, que fue el único capaz de sacarle los colores durante su imperio. Del mismo modo, claro, Nadal ha necesitado a Federer para probar hasta dónde llegaba su talento. No sólo en las famosas finales de Wimbledon, sino demostrando cuán abrumador era su dominio sobre la arcilla con aquella humillante paliza al suizo (un increíble 6-1, 6-0, 6-3) en la final de Roland Garros de 2008. Ambos jugadores han evitado que el otro ganase aún más títulos, pero para bien: cada uno ha contribuido a construir la leyenda del otro.

Crónica de una desesperación anunciada

Roger Federer, como cualquier otro jugador, terminará retirándose del tenis. Sucederá tarde o temprano. Pero incluso aunque ya no estemos viendo su mejor versión, será un momento duro para el sibarita tenístico. Nos sentiremos como un niño que acaba de comerse su postre preferido pero sabe que no va a poder repetir. Será como la Gran Depresión del tenis, que sólo podrá empeorar el día que también se retire Rafael Nadal.

El miedo a estar huérfanos de Federer ha hecho que, durante años, no hayan sido pocos quienes han intentando encontrar a su sucesor en cualquier parte, a veces bordeando la ridiculez. Recordamos aún los inicios del francés Richard Gasquet, un buen jugador del que algunos incautos se empeñaron en decir que sería un digno heredero del suizo (y aún estábamos gozando del Rogerde los mejores años). Como el tiempo ha demostrado, no basta con tener un estético revés a una mano para que le puedan comparar a uno con el más grande. Son los excesos de la desesperación anticipada, el deseo de cerrar la herida antes de que sea abierta. La moraleja: cualquier cosa, por absurda que resulte, antes que afrontar la idea de que tarde o temprano no habrá más partidos de Federer.

Cuando eso suceda, tendremos al menos su legado: a partir de él sí puede crearse una escuela de juego. Obviamente su talento le pertenece únicamente a él, pero muchos de sus golpes y tácticas pueden ser usados como modelo. Hay infinitos detalles que aprender e imitar de un jugador así, porque es tan versátil y completo que puede inspirar a cualquier tipo de tenista. A partir del mismo día en que se retire, Roger Federer será —si no lo es ya— la piedra de toque para cualquier profesional del tenis. Ha establecido el listón, el estilo y el repertorio de recursos. Es el nuevo molde para forjar el tenis del futuro, el nuevo temario de toda escuela y el nuevo manual de referencia para todo aquel que aspire a perfeccionar el difícil arte de la raqueta, además de una inagotable fuente de inspiración estética. A partir de ese día, Roger Federer será sinónimo de “tenis”. Esa es, más que ninguna otra, la importancia de llamarse Federer.