La ruta del ajedrez (I)

ruta del ajedrez
DP.

Sevilla, 1987. Los dos pesos pesados del ajedrez mundial, el campeón Garri Kaspárov  y su más temible rival, el excampeón Anatoli Kárpov, están disputándose la corona mundial por cuarta vez en cuatro años. Su agria competencia ha alcanzado cotas de atención mediática únicamente superadas por aquel lejano match entre el feroz Bobby Fischer y el caballeroso Boris Spassky, en el que Estados Unidos y la URSS habían puesto el orgullo sobre los tableros. Esta vez no estará la guerra fría en juego, pero las dispares personalidades de Kárpov y Kaspárov, así como el dramatismo y la tensión casi insoportable de sus igualadísimos enfrentamientos anteriores, han convertido sus finales en otro espectáculo mediático y el mundo entero esté pendiente de lo que suceda en la ciudad andaluza. En 1987 cualquier ciudadano reconoce al instante esos dos apellidos; el interés por lo que suceda en la lucha entre ambos es enorme porque Kárpov parece siempre a punto de recuperar el trono que una vez ocupó. La televisión española retransmite las partidas de un evento que ha trascendido la competencia deportiva y se ha convertido en una auténtica guerra repleta de connotaciones personales, políticas e incluso étnicas. 

El de Sevilla será un match de veinticuatro partidas. Tras veintidós, cada uno de los contendientes ha obtenido tres victorias y el resto han sido dieciséis empates de dura lucha. Ambos están igualados a once puntos, pero un empate final permitiría que el campeón vigente retuviese el título, así que el aspirante y antiguo rey destronado Kárpov está obligado a jugar presionando al rival para ganar el punto. La vigésimo tercera partida resulta ser dramática: comienza de forma igualada y tras varias horas de tensa lucha se llega a las cuarenta jugadas reglamentarias que permiten aplazar la partida hasta el día siguiente. Pero durante la reanudación, el usualmente férreo Kaspárov parece ceder a la presión y comete un error que le cuesta el punto. Kárpov se adelanta por doce a once. Parece estar rozando el trono con la punta de los dedos. Ahora, únicamente necesita unas tablas en la última partida para recuperar el título. Y que Kárpov consiga esas tablas se considera más que factible, dada la enorme solidez de su juego, su facilidad para leer la posición de las piezas y su más que probada capacidad para neutralizar los embates agresivos del contrario. Casi todo el mundo da por hecho que Anatoli Kárpov va a conseguirlo; a falta del último juego, él es el favorito. Por su parte, el campeón Kaspárov necesita una victoria para empatar a puntos, ya que cualquier otro resultado lo destronará. Kaspárov, pues, ha de jugar agresivamente y arriesgar frente al jugador ante quien menos se debería arriesgar: el correosísimo Anatoli Kárpov. Todo pende de un hilo.

Vigésimo cuarta y última partida: todo es una gran apuesta a una sola carta. Ambos están muy concentrados y como de costumbre están muy igualados: Kárpov obtiene un peón de ventaja, pero sus piezas están menos coordinadas que las de Kaspárov y son vulnerables a un ataque. Sin embargo, algo sucede durante el transcurso del juego: Kaspárov está tan concentrado que olvida anotar sus jugadas en la planilla, lo cual es imperativo durante las competiciones, algo que todo jugador está obligado a hacer. El árbitro, siguiendo las reglas, le recuerda que ha de escribir las jugadas. Kaspárov lo hace, pero esta distracción lo saca momentáneamente de sus pensamientos sobre la partida y así deja escapar una ocasión clara de atacar. Sin embargo, también Kárpov tiene sus propios problemas: ha consumido mucho tiempo calculando sus jugadas y está sufriendo apuros de reloj. En sus prisas, no consigue visualizar una defensa que podría haber forzado unas tablas y haberle dado el título en bandeja.

Ambos jugadores han cometido errores, sometidos como están a una gran presión, pero la situación termina finalmente beneficiando a Kaspárov, que no solamente recupera el peón de desventaja sino que captura uno más a su rival. Una vez más, se llega a las jugadas reglamentarias y el juego se aplaza al día siguiente, pero en la reanudación Kárpov aparece ya con expresión de cierto desánimo. Obligado a defenderse y analizando la partida durante la noche, no ha visto la manera clara de obtener esas tablas que tanto necesita. Parece que no podrá detener a Kaspárov. Aun así, comienza una terrible guerra de sutilezas, un juego de equilibristas de la posición en torno a dos peones indefensos, uno blanco y otro negro. Ninguno de esos dos peones es capturado, pero en mitad del baile, Kárpov se queda sin ideas. Su rey está arrinconado; su reina está forzada a defender el único caballo que le queda. Por contra, el rey de Kaspárov está bien protegido y su reina acecha incansablemente a las piezas rivales; además, su último alfil se mueve con total libertad sobre el tablero. Todo ello, sumado a su peón de más, acaba constituyendo una considerable ventaja. Finalmente, Kárpov se rinde. Kaspárov gana el punto y empata el casillero: doce a doce. Seguirá siendo campeón. Kárpov lo ha tenido tan cerca… Al final, sin embargo, el auténtico vencedor ha sido el espectáculo. Esa última partida ha sido casi como el final de una tragedia griega. La rivalidad más grande en la historia del ajedrez ha alcanzado unas cotas de suspense insoportables y lo ha hecho en la ciudad de Sevilla.

En cierto modo, el que un episodio así tuviera lugar en España era casi una deuda histórica con nuestro país. Cierto es que en el ajedrez moderno no hemos tenido un campeón mundial ni demasiados grandes maestros, para los que podríamos haber podido producir. Y no es por falta de talento: por ejemplo, en los años 50 emergió Arturito Pomar —hoy don Arturo— uno de los más brillantes niños prodigio de la historia de las sesenta y cuatro casillas. De hecho, el único jugador de trece años que jamás haya logrado obtener unas tablas contra un campeón mundial vigente. Pero la falta de apoyo oficial, entre otras cosas, provocó en mucha gente la sensación de que Pomar no llegó a explotar todo su potencial ajedrecístico. Esa misma sensación es la que uno tiene cuando piensa en los jugadores que España podría haber proporcionado al mundo si las autoridades hubiesen ayudado con un mayor empujón. Ha habido y hay muy buenos jugadores españoles, pero probablemente no los que debería en uno de los países más importantes en la historia del juego-deporte-arte-ciencia. Paradójicamente, en tiempos recientes España ha sido una Meca para el ajedrez y lo ha sido durante muchos años. Ha sido el país donde más torneos regulares de categoría internacional se han celebrado y también es uno de los países donde más maestros extranjeros de primer nivel han decidido fijar su nueva residencia. También es la nación donde la iniciativa de organizadores privados ha demostrado un mayor entusiasmo, en contraste con el abierto desinterés de los sucesivos gobiernos de toda índole, ya desde los tiempos de la eclosión del jovencito Pomar. 

Pero hay más: el papel de España en el desarrollo del ajedrez moderno ha sido fundamental. El ajedrez, como bien sabemos, fue traído a Europa por los musulmanes después de que los persas conocieran el juego durante sus incursiones en la India (los orígenes anteriores no quedan nada claros, aunque el juego podría haberse originado en Egipto). Pero aquel ajedrez medieval todavía no había sido refinado hasta la perfección. Las reglas definitivas del juego, las que le dieron el total equilibrio y según las cuales todavía se juega hoy en día, terminaron de perfilarse precisamente en España. De España procedieron algunos de los primeros ajedrecistas y teóricos reconocidos internacionalmente. También aquí se publicaron varios de los primeros tratados de ajedrez más importantes. Sí, España dejó una huella indeleble en el juego de la dríade Caissa, legendaria musa de las sesenta y cuatro casillas. Aquí empezaremos a trazar, a grandes rasgos, el mapa del ajedrez en España. Una excusa como otra cualquiera para que los amantes de los escaques y los fetichistas del ajedrez se den una vuelta por aquellos puntos de nuestra geografía donde se ayudó a dar forma al más noble de todos los juegos y una de las disciplinas más fascinantes de la actividad humana. Lugares que, además suelen poseer encanto y alicientes más que de sobra para la visita de cualquiera, sea o no aficionado a los tableros.

Peñalba de Santiago: En esta pequeña pedanía del municipio leonés de Ponferrada se hallaron las piezas de ajedrez más antiguas jamás encontradas en Europa. Mal llamadas «bolos de Santiago» —así bautizadas por una confusión con piezas usadas en un juego tradicional del Bierzo—, se trata de cuatro piezas que pertenecieron a un ajedrez tallado en marfil: un peón, un alfil y dos roques (el nombre que antiguamente se le daba a las torres, de ahí el término «enrocar» cuando el rey se protege encerrándose tras una de ellas). Dichas piezas, datadas hacia el año 900, están expuestas en una de las sacristías de la iglesia mozárabe del pueblo y dice la tradición que pertenecieron a san Genadio, el cual habría usado ese mismo juego de ajedrez para entretenerse durante su retiro espiritual en una cueva. Pero Peñalba de Santiago no solamente es merecedor de una visita por ser cuna del juego de ajedrez más antiguo de Europa, sino que es un bellísimo pueblo de casas de piedra y madera que parecen surgidas de algún cuento medieval; además cuenta con un pintoresco entorno, incluyendo la cueva donde se supone que san Genadio jugó con las piezas de ajedrez. Así pues: cuatro joyas de marfil custodiadas en una joya de piedra.

Celanova y Orense: En el edificio del antiguo monasterio de San Salvador de Celanova, más concretamente en la capilla de San Miguel, fueron halladas ocho piezas que podrían fecharse apenas una décadas después del ajedrez de Peñalba, así que son también unas de las reliquias ajedrecísticas más antiguas de Europa. Se trata de una torre, dos caballos, dos alfiles y tres peones tallados en cristal según la preciosa y cotizadísima tradición del arte fatimí, artesanía medieval realizada en Egipto. Se las conoce como el «ajedrez de san Rosendo», ya que supuestamente fueron halladas en el sepulcro del antiguo obispo de Mondoñedo, muerto en el año 977. Las piezas fueron trasladadas y se exponen actualmente en la catedral de Orense, así que ya tenemos excusa para visitar esta ciudad, amén del paso obligado por el magnífico conjunto monumental de la propia Celanova.

León: En el Museo de León tendremos ocasión para contemplar cómo jugaban los aristócratas del siglo XVI. No olvidemos que un tablero bellamente labrado y unas piezas bien esculpidas constituían un lujo al alcance muy pocos por aquella época; en el museo podemos contemplar un magnífico ejemplar de tablero de madera con incrustaciones de hueso que perteneció a los condes de Luna. Además, ya en tiempos más recientes, la misma León ha sido sede de un relevante torneo que es de las pocas competiciones de primer nivel que se han celebrado ininterrumpidamente durante más de dos décadas.

San Lorenzo de El Escorial: Poco queda por comentar que no se sepa ya sobre El Escorial, uno de los edificios monumentales más conocidos y visitados de España, ya que está repleto de historia por los cuatro costados, pero como curiosidad para los aficionados al ajedrez cabe decir que en su biblioteca se guarda el célebre Libro de los juegos, confeccionado por deseo del rey Alfonso X de Castilla, gran aficionado al ajedrez. Bautizado originalmente con el largo título de Juegos diversos de Axedrez, dados, y tablas con sus explicaciones, ordenados por mandado del rey don Alfonso el Sabio, este códice está considerado como el primer tratado de la materia, y contiene los problemas y pasatiempos de ajedrez más antiguos de los que se tiene noticia, al menos en toda Europa.

Segorbe: No mucha gente sabe que el ajedrez moderno, con sus reglas actuales, nació en territorio valenciano hace más de cinco siglos. Segorbe es una localidad castellonense que independientemente de su aportación histórica al tablero merecería una visita motivada únicamente por sus monumentos y su belleza, pero en nuestro caso tiene el interés añadido de haber sido lugar de nacimiento de Francesch Vicent. Este nombre quizá no les diga mucho ni siquiera a algunos aficionados a los escaques, pero Vicent fue una figura sencillamente fundamental en la historia de esta disciplina. De hecho, podríamos decir que fue el padre del ajedrez tal y como lo conocemos hoy. 

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Gambito de dama: Beth Harmon, o el 2020 ya tiene reina

Gambito de Dama
Fotografía: Zumapress. Cordon Press

Si usted ha visto Gambito de dama ya sabe dos cosas. Una, que esta va a ser una de las series del año, Y dos, que el personaje de Beth Harmon, encarnado por la exquisita Anya Taylor-Joy, ha llegado para quedarse. Es un personaje que va a ser recordado durante mucho tiempo, y me da en la nariz que también va a ser imitado varias veces en series o películas de los próximos años. Porque la serie es muy buena, pero el personaje central es inmenso. Uno de los mejores personajes que ha visto la pequeña pantalla en estos últimos años. En parte por el personaje en sí, en parte por la manera en que lo encarna la actriz protagonista.

Creo que el éxito de Gambito de dama ha pillado desprevenido a casi todo el mundo porque, sobre el papel, la temática del ajedrez parece muy minoritaria. Y, sin embargo, el boca a boca ha funcionado tan bien que la serie está gustando a todo tipo de público. Lo primero es aclarar que no se necesita saber una palabra sobre ajedrez para disfrutar desde el primer al último minuto de los siete episodios de Gambito de dama, como no se necesita saber jugar al billar para disfrutar con El buscavidas. Por supuesto, si a usted le gusta el ajedrez, tendrá un motivo más para entusiasmarse, y más sabiendo que la serie está asesorada, entre otros, por Garry Kaspárov. En pantalla verá tableros, peones, alfiles, torneos, rusos, y demás iconografía del mundo del ajedrez, que ha sido representado, yo creo, de la manera más respetuosa y fidedigna que cabría esperar. Por descontado, hay ciertas concesiones al espectáculo visual, pero son las justas y necesarias, no más. Se nota muchísimo la asesoría de iconos del ajedrez como el mencionado Kaspárov o Bruce Pandolfini, legendario entrenador que fue interpretado por Ben Kingsley en la película En busca de Bobby Fischer. Los torneos y partidas de Gambito de dama no son disparatados como en algunas otras películas, y, salvando algún detalle, hasta la manera en que los actores manejan las piezas ha sido filmada con naturalidad. Lo cual es comprensible: no creo que nadie en la producción tuviese ganas de cabrear a Kaspárov. Como curiosísimo detalle, Anya Taylor-Joy no juega al ajedrez en la vida real, pero usó su entrenamiento como bailarina —memoria muscular, como la de los músicos— para aprenderse los movimientos de las partidas.

Si usted no sabe nada sobre ajedrez, ¡no se preocupe! No hace ninguna falta. La serie le va a gustar también. El ajedrez no es más que el telón de fondo para narrar la difícil transformación de una niña en mujer. O, mejor dicho, de una niña excepcional en una mujer excepcional y, además, excepcionalmente complicada. Beth Harmon es descubierta como niña prodigio del ajedrez a muy temprana edad, pero su descomunal talento está a la par con sus carencias afectivas y, conforme crece, su incapacidad para ajustarse a los cánones de una «persona normal» de los años sesenta. Cabe aclarar que Beth Harmon es un personaje ficticio y no representa, ni siquiera de manera velada, a ninguna persona real del mundo del ajedrez, ya sea mujer u hombre. Gambito de dama es la adaptación de una novela de Walter Tevis y, como suele suceder con los relatos de este escritor, tienen bastante peso los factores autobiográficos. Los personajes protagonistas de las novelas de Tevis solían ser un vehículo para que el escritor hablase de los problemas que le aquejaron durante su propia vida: sentimientos de inadaptación y fragilidad, miedo al fracaso, soledad, alcoholismo.

El argumento transcurre en los años sesenta, justo cuando se produjo el ascenso de Bobby Fischer. Y es verdad que la protagonista, como Fischer, es estadounidense, de origen humilde y de personalidad complicada. Pero no hay mucho más parecido que ese. Gambito de dama no es un ejercicio especulativo en plan «¿qué hubiese ocurrido si Bobby Fischer hubiese sido mujer?». El que una chica joven se abra camino en un mundo ajedrecístico dominado por hombres sin duda hubiese producido ciertas resistencias o resquemores en los años sesenta, pero la serie no cuenta una historia de machismo o rechazo, las cuestiones de género son tratadas de manera muy tangencial. Recordemos que el ajedrez de élite mundial no tiene categoría masculina sino mixta, aunque sí hay categoría femenina, y que Judit Polgar, la primera ajedrecista del mundo real que llegó a la élite mixta, fue recibida con admiración y simpatía por sus competidores. En la serie, esa misma actitud tienen (casi todos) los ajedrecistas masculinos con respecto al personaje de Beth Harmon: a algunos les fastidia perder frente a una chica, y más frente a una chica tan joven, pero esta no es la temática de la historia. Los rivales masculinos, en conjunto, la tratan básicamente como a una igual.

Beth Harmon
Fotografía: Netflix. Cortesía Everett Collection. Cordon Press.

Los temas centrales de Gambito de dama son otros, los típicos de Walter Tevis. Por ejemplo, la ambición obsesiva y el pánico ante la idea de fracasar. También los sentimientos de alienación y soledad que sufre una persona dotada con un inmenso talento, pero torturada por sus dificultades para adaptarse de manera sana al mundo; este era otro de los temas favoritos de Walter Tevis, y un reflejo de sus dificultades para encajar en el mundo, sobre todo en sus años más jóvenes. Beth Harmon es una ajedrecista genial, pero también es víctima de una infancia infeliz marcada por una madre disfuncional y suicida, y por los años vividos en un orfanato femenino en donde se recurría a los tranquilizantes para domesticar a las internas. Porque otro de los temas de la serie son las adicciones, y sobre todo el alcoholismo.

En mi opinión, Walter Tevis fue uno de los autores que hizo un retrato más vívido de los problemas con la bebida. La ficción, por lo general, suele tratar el alcoholismo con grandes cargas de melodrama, pero Tevis describe un alcoholismo que comienza de manera progresiva e inadvertida. En sus novelas, y también en esta serie, el consumo de alcohol es un proceso que empieza de manera aparentemente normal, aceptable, hasta que termina apropiándose de la vida de una persona, pero sin que necesariamente se produzcan situaciones de histrionismo trágico. Walter Tevis fue alcohólico, pero mantuvo una fachada de relativa normalidad durante mucho tiempo, y eso es justo lo que refleja, y muy bien, la versión filmada de Gambito de dama. El alcohol no es el protagonista de la historia, o no más que el ajedrez, la ambición, la inadaptación. Pero sí es un síntoma de que la protagonista, pese a toda su prodigiosa inteligencia, se automedica con alcohol porque no está preparada para procesar la metamorfosis hacia la vida adulta.

En este punto cabe recordar que no es la primera vez que una historia de Walter Tevis es llevada a la pantalla. Las películas El buscavidas y El color del dinero fueron las adaptaciones de sendas novelas de este mismo escritor. No estaban centradas en el ajedrez, sino en el billar, un juego que el propio Walter Tevis practicó con mucha soltura. Según contó en una entrevista, estaba solo un paso por debajo de los profesionales del billar, y podía ganarle a casi cualquier incauto aficionado, como hacía Eddie Felson, el personaje de El buscavidas, un prodigio del billar con problemas emocionales y de adaptación. La versión cinematográfica de El buscavidas, por cierto, le gustó mucho al propio Walter Tevis. Hasta el punto de que afirmó que, después de verla, los retratos mentales que él mismo se había hecho de Eddie Felson y su rival Minnesota Fats fueron sustituidos por los rostros de Paul Newman y Jackie Gleason.

También fue adaptada al cine El hombre que cayó a la Tierra, novela clásica de ciencia ficción y, en mi opinión, la más interesante novela de Tevis, centrada en un alienígena de mente brillante pero físico muy frágil que viaja a la Tierra para intentar construir una nave con la que salvar a los últimos habitantes de su planeta. El alienígena, por descontado, no consigue adaptarse a la vida entre los terrícolas, y una de las maneras que en ahoga sus penas es con la bebida. Tevis dijo que era su libro más autobiográfico, y que los sentimientos de fragilidad e inadaptación del alienígena reflejan lo que él sintió de niño al mudarse su familia desde un entorno sofisticado a un entorno rural en el que se sentía solo y como pez fuera del agua. La película, protagonizada por David Bowie, le pareció pretenciosa y demasiado abstracta. Gambito de dama capta mucho, muchísimo mejor el estilo narrativo de Tevis, una mezcla constante entre drama y suspense. El escritor elogió la interpretación de Bowie («Fue un genial hallazgo de casting. Yo conocía a Bowie porque mis hijos, pese a mis protestas, ponían sus discos en casa»). Estoy de acuerdo en que Bowie, pese a su escaso parecido físico con el alienígena del libro, era ideal para el papel. Pero la película dejaba fuera muchísimas ideas interesantes y no conseguía transmitir las ideas que sí conservaba del original. Pues bien, Walter Tevis murió en los años ochenta, así que nunca podremos saber qué hubiese pensado de esta adaptación de The Queen’s Gambit, pero quiero suponer que le hubiese gustado. Es una buena traslación de su estilo literaria al formato audiovisual, y, al contrario que la desbaratada película de Bowie, se centra en aquellos temas en los que Tevis se centraba.

Una serie donde pesa tanto la particular psicología de un personaje complejo no hubiese podido brillar si no hubiese contado con una extraordinaria actriz como Anya Taylor-Joy. Cada elemento de la serie está muy conseguido, pero Taylor-Joy es la columna vertebral que lo sostiene todo. Su interpretación es absolutamente estelar. Yo ya tenía en alta estima a esta joven actriz, sobre todo porque protagonizó una de mis películas favoritas de la última década (esa maravilla titulada The Witch, escrita y dirigida por el genial Robert Eggers, el mismo que escribió y dirigió la no menos brillante The Lighthouse). Pero lo que Taylor-Joy hace en Gambito de dama solo admite un adjetivo: espectacular. Se echa la serie sobre los hombros y no baja la guardia ni un instante. Despliega un amplio abanico de matices sin sobreactuar, causando siempre la impresión de que sabía exactamente qué debía hacer, y hasta dónde, en cada escena. Por descontado, además de su talento como actriz también tiene importancia su arrollador carisma: se supone que Beth Harmon es un personaje con aureola de misterio y fulgurante resplandor de estrella, y Taylor-Joy no se queda nada corta al desplegar estas cualidades. Se apropia del personaje de tal manera que ya resulta sencillamente impensable tratar de visualizar a cualquier otra actriz en ese papel. Beth Harmon es Anya Taylor-Joy, de idéntica manera a como Eddie Felson era Paul Newman. Hay personajes que, una vez han caído en manos de un actor o actriz, ya no admiten sustitución.

La serie está escrita y rodada con una enorme pericia, y tiene algunos momentos de gran inspiración. Basta ver la última secuencia del primer capítulo, en la que suena la banda sonora de la película La túnica sagrada: un apabullante ejemplo de cómo se debe emplear con efecto dramático la música diegética (esto es, la música que no está superpuesta externamente a la acción, sino que forma parte del propio escenario donde están los personajes). No digo más para no estropear la escena a quien no la haya visto, pero ¡menuda manera de terminar un episodio! Otra cosa que me ha gustado muchísimo es la manera en la que, sobre todo en los primeros episodios, se representan algunas partidas de ajedrez: sin narrador, y valiéndose únicamente de las sutilísimas expresiones de los personajes, se nos hace entender quién va ganando y quién va perdiendo. Dicho así, puede sonar un poco simple, pero la manera en que está ejecutado es fantástica. Más adelante sí hay algunas partidas con narrador —un mal necesario, supongo—, pero son las partidas que casi parecen cine mudo las que de verdad son una delicia narrativa. Por lo demás, prácticamente todo está en su sitio y medido al milímetro: los diálogos, los encuadres, la planificación de los episodios, etc. Si tuviera que poner un pequeño pero, puestos a ser tiquismiquis, me pareció que el arco dramático del alcoholismo y la adicción es más dejado de lado que resuelto. Pero bueno, también hay que decir que otros aspectos del personaje —sus miedos, su descubrimiento del amor y la sexualidad, su desmedida ambición— han sido desarrollados de manera muy elegante, y que Anya Taylor-Joy, desde luego, tenía un fantástico material de base con el que trabajar.

En fin, insisto: aunque no juegue usted ni al parchís, Gambito de dama es una de las cosas más memorables que han surgido recientemente en formato de serie. Y, qué demonios, le apuesto una cena a que terminará queriendo casarse con Beth Harmon.


Lasker, el ajedrez venido del espacio

Emanuel Lasker y José Raúl Capablanca, 1923. Fotografía: Autor desconocido (DP).

Emanuel Lasker fue sin duda una de las personas más interesantes que he podido conocer. (Albert Einstein)

Al alemán Emanuel Lasker, segundo campeón mundial de ajedrez y empedernido fumador, le complacía encender un buen habano cada vez que se sentaba ante el tablero. Era una costumbre inmutable que practicaba también en los torneos y partidas reglamentadas. Las normas de su época permitían fumar, así que cuando Lasker se envolvía en una olorosa humareda, la mayoría de los rivales ignoraban el hecho o se resignaban a lo inevitable. Aunque había excepciones. En una ocasión se enfrentaba a Aron Nimzowitsch, un gran maestro a quien por cuestiones de salud afectaba de manera especial el humo. Ambos acordaron de antemano que Lasker no tendría permitido fumar durante la partida. Una vez en el fragor de la batalla —porque una partida de ajedrez es una batalla— Lasker estaba tan concentrado que extrajo un puro del bolsillo, le cortó la punta y se lo puso en la boca. No lo encendió, pero aun así, el alarmado Nimzowitsch reclamó al árbitro: «¡Mire! ¡Está fumando!». El árbitro se acercó y al comprobar que el cigarro de Lasker estaba apagado, replicó: «Pero no está fumando, ni siquiera lo ha encendido». La respuesta de Nimzowitsch se haría célebre: «No lo ha encendido, pero amenaza con hacerlo, ¡y cuando Lasker amenaza con hacer algo, siempre es peor que cuando de verdad lo hace!».

Esta anécdota ilustra como ninguna otra cosa el efecto que Emanuel Lasker causaba en sus contrarios. Incluso antes de jugar se metía en la cabeza de sus competidores, impidiéndoles conciliar el sueño cada vez que debían enfrentarse a él. Su estilo de juego, incomprendido por sus contemporáneos, provocaba perplejidad y frustración. Su superioridad conllevó sonadas enemistades. Muchos ajedrecistas se marcaron la meta de arrebatarle el trono, pero durante casi tres décadas permaneció en él, incólume ante todos los asaltos. Fue campeón mundial entre 1894 y 1921, esto es, ¡durante veintisiete años! Una hazaña enorme; hoy sigue siendo el reinado más longevo de la historia del ajedrez, ni siquiera Gari Kaspárov se acercó a esa cifra. Pero lo más notable es que Lasker lo consiguió sin tener la corona del ajedrez como primera motivación de su existencia. Para Lasker, el ajedrez era una profesión que le garantizaba ciertos ingresos, aunque a menudo pasaba mucho tiempo escribiendo tratados matemáticos, muy apreciables según los expertos en la materia, y también libros de filosofía o narraciones. Llegó a escribir un análisis crítico de la teoría de la relatividad de su amigo Einstein, en el que se preguntaba si había forma de probar que la velocidad de la luz no podría llegar a ser infinita en el vacío absoluto.

El famoso físico replicó para sacar a Lasker de su error, pero con un enorme respeto intelectual, impresionado por que un profano entendiese. Y mientras Lasker aspiraba a convertirse en un hombre renacentista, los mejores ajedrecistas del mundo se estampaban una y otra vez contra el muro de su genialidad. Ni siquiera llegaban a entender por qué eran vencidos. Los rivales de Bobby Fischer, por ejemplo, entendían su estilo, que tenían por previsible, pero estaba tan bien ejecutado que no podían frenarle aun sabiendo de antemano en qué consistían sus planes. A Lasker, en cambio, no se lo podía incluir en ningún estilo. Los ajedrecistas de su época no podían entender en qué demonios estaba pensando cuando jugaba. El ajedrez, como la ciencia, la música o el cine, ha evolucionado según ciertos patrones que nos permiten clasificar a los campeones de diferentes épocas, pero Lasker fue un campeón extemporáneo y su aproximación al ajedrez era tan extraña para su tiempo que no tuvo discípulos ni continuadores. Fue un campeón marciano, ampliamente incomprendido hasta la llegada de los ordenadores.

A mediados del siglo XIX primaba el así llamado ajedrez «romántico», que consistía en buscar un jaque mate fulminante de la manera más artística y arriesgada que fuese posible concebir. En aquellas partidas, tan bellas y apasionantes como anárquicas, casi nadie tenía en cuenta la corrección matemática de los movimientos. Lo importante era sorprender al rival con un ataque tan enrevesado e inconcebible que no encontrase respuesta en el momento, no componer una partida que se sostuviese en pie bajo un análisis posterior. Pues bien, aquel estilo romántico fue pulverizado por un solo hombre, Wilhem Steinitz, que, siendo campeón mundial y casi de la noche a la mañana, abandonó los ataques románticos y sorprendió a todos con un nuevo enfoque. De repente trataba de evitar cometer errores, dejando que los cometiese el contrario. Steinitz pensaba que la mejor manera de ganar ya no era buscar un ataque decisivo, sino acumular pequeñas ventajas poco espectaculares en apariencia pero que sumadas al final de la partida otorgaban una victoria producto de la sensatez. En otras palabras: Steinitz demostró que era más fácil ganar usando la lógica que la imaginación pura. Así se convirtió en el arquitecto del ajedrez posicional moderno, que se podía resumir en una serie de principios estratégicos. Con esos principios barrió a los competidores, así que la siguiente generación de ajedrecistas los adoptó con el entusiasmo de los creyentes hacia la Biblia. Se los consideraba indiscutibles, con buen motivo, y el propio Lasker modeló su estilo en torno a ellos… a su manera. Venció al propio Steinitz para convertirse en campeón, y ya nadie le tosería en casi treinta años. Siendo el nuevo campeón, su ajedrez se volvió incomprensible.

En sus partidas, con frecuencia, abandonaba el ámbito de lo que sus colegas consideraban lógico y sensato. Cuando un ajedrecista se sale de la lógica aparente, suele ser indicio de que está cometiendo un error. El problema es que los demás no encontraban la manera de explotar aquella supuesta falta de lógica, no conseguían localizar los errores de Lasker. Usaba estrategias distintas según el rival que tuviese enfrente, casi siempre provocando pasmo e incomprensión tanto durante la propia partida como en el análisis posterior. Muchos le acusaban de recurrir al «juego psicológico», esto es, realizar a propósito jugadas que no son buenas con el fin de empantanar la partida mediante complicaciones artificiales y confundir así a los contrincantes. Aunque esta manera de jugar era legal, los ajedrecistas de élite la consideraban inelegante, poco deportiva, irrespetuosa y en ocasiones incluso ofensiva. Algunos notables rivales se sentían insultados porque no conseguían adivinar los planes, casi siempre victoriosos, de Lasker.

Uno de sus más furibundos detractores fue su compatriota Siegbert Tarrasch. La relación entre ambos era tan mala que, cuando se iban a enfrentar por el título, el organizador del encuentro convocó una reunión esperando que ambos jugadores hablasen para suavizar las cosas. Lasker acudió y se sentó para enterrar el hacha de guerra. Tarrasch no tomó asiento; se limitó a asomarse por la puerta para dejar claro que no tenía ganas de hacer las paces ni conversar: «Solo tengo dos palabras para usted, señor Lasker: ¡Jaque mate!». Y se marchó como había venido. Tarrasch, sin embargo, no tendría mucha ocasión de decir «jaque mate». En el match por el título, Lasker le pulverizó sin piedad. La autoestima de Tarrasch no se recuperó del golpe.

La mala fama de jugador psicológico no solamente le persiguió durante toda su carrera, sino que permaneció muchos años después de su muerte. No todos los estudiosos del ajedrez conseguían valorar su larguísimo reinado, como si hubiese sido contaminado por una especie de actitud deshonesta ante la noble batalla intelectual del tablero. Como si hubiese sido una especie de Houdini que se imponía no por lo sólido de su juego, sino por tácticas hipnóticas que buscaban aturullar a los aspirantes. El joven Bobby Fischer, por ejemplo, menospreció de manera abierta el legado de Lasker (aunque es verdad que años más tarde cambió de opinión).

No obstante, el advenimiento de las computadoras, que hacían mucho más fácil y precisa la tarea del análisis de antiguas partidas, empezó a demostrar la verdadera magnitud del talento de Lasker. El hombre que escogía sus tácticas para demoler psicológicamente a sus contrarios se aparecía bajo una nueva luz, la del genio táctico que, más allá de las reglas de Steinitz, era capaz de improvisar soluciones originales en cada partida. Muchas de sus jugadas eran el producto no tanto del intento de confundir a los rivales, como muchos habían pensado, sino de adaptar su juego a las circunstancias del momento, pero con una capacidad de cálculo y una intuición tan profundas que ninguno de sus contemporáneos podía aspirar a entenderlas. Aunque hubiese un cierto componente psicológico en su juego, la principal explicación de su largo reinado era otra: sus ideas eran demasiado modernas para su tiempo. Veía el tablero de otra manera, y nadie podía seguirle el ritmo.

Emanuel Lasker, 1933. Fotografía: German Federal Archives (CC-BY-SA 3.0)

Lasker cedió la corona solamente cuando un nuevo fenómeno, el cubano José Raúl Capablanca, tomó el ajedrez por asalto. Capablanca tenia una capacidad innata para entender la posición, como si hubiese nacido con las leyes de Steinitz impresas en algún rincón de su cerebro. También era mucho más joven. Lasker sabía que iba a perder ante Capablanca y evitó jugarse el título ante él durante un tiempo, pero sus perennes apreturas económicas le hicieron aceptar y, como esperaba, perdió. No era, ni mucho menos, una derrota deshonrosa para un campeón de mediana edad que se enfrentaba al que fue uno de los mayores talentos naturales en la historia de los tableros. Pero incluso habiendo dejado de ser el campeón, el nivel de Lasker no decreció todo lo que cabía esperar por su edad. Algo más de una década después, cuando Hitler llegó al poder, Lasker tuvo que huir de Alemania —era judío— y sus bienes fueron confiscados por el III Reich. Tenía sesenta y seis años y su situación económica era muy mala. Reapareció en algunos torneos por cuestiones monetarias pero lejos de parecer una vieja gloria gastada, obtuvo clasificaciones sorprendentes y jugó tan bien algunas partidas que los asistentes llegaron a ovacionarle en pie. Ya no era el mejor del mundo, pero continuaba siendo un genio en una inesperada buena forma. Su longevidad intelectual fue considerada poco menos que milagrosa. Emanuel Lasker murió en 1941, sin ver a Hitler derrotado, lo cual debió de producirle un considerable pesar.

Albert Einstein hablaba de Lasker en términos admirables, pero un tanto incómodos para el aficionado al ajedrez.

Lasker padeció por culpa de la barbarie nazi, pero no se volvió loco como Steinitz —quien al final de su vida perdió la razón y quería jugar contra Dios, ¡dándole ventaja! ¡Para ganarle!— ni se convirtió en alcohólico como Alekhine. Mantuvo una claridad mental superior hasta la ancianidad. Aun así, Einstein señalaba su lado trágico. Pensaba que la inteligencia de Lasker era comparable a la suya propia; durante largos paseos en los que conversaban de muchos temas escuchaba con atención las opiniones de un hombre a quien describió como una de las mentes más originales e independientes con las que se había topado. Sin embargo, deploraba que hubiese hecho del ajedrez su profesión. Aunque el propio Einstein había coqueteado superficialmente con el ajedrez, lo consideraba una pérdida de tiempo, y lamentó en público que su amigo dedicase tanto tiempo a un juego que absorbía tanta energía intelectual, detrayéndola de actividades para él más importantes. Hubiese preferido que Lasker se hubiese volcado más en su trabajo matemático, ámbito en el que podía haber destacado mucho más, o en cualquier otra profesión donde su inmenso talento sin duda le hubiese permitido prosperar.

Porque, a pesar de su largo reinado, Lasker nunca tuvo mucho dinero ni prestigio. Fue un campeón sin lustre social; nunca tuvo el savoir faire aristocrático de Paul Morphy o Capablanca, ni el carisma arrollador de Fischer o Kasparov; no tuvo detrás el soporte de todo un régimen como Botvinnik y los ajedrecistas soviéticos. Lasker estaba solo y su talento nunca se tradujo en el reconocimiento del gran público, ni en bienestar económico, pese a que peleó por obtener dignas remuneraciones medio siglo antes de que Fischer lo hiciera. Lasker era un rey de estandarte desvaído, cuyo legado era motivo de confusión para los estudiosos y motivo de debate entre los grandes maestros de generaciones posteriores. Afortunadamente, las máquinas, esos seres sin corazón que dictan las frías verdades del ajedrez sin tener en cuenta los viejos relatos cargados de juicios humanos, han revelado una maravillosa certeza: no era Lasker quien jugaba un ajedrez raro, era el ajedrez el que iba por detrás de él. Supo adaptarse a diversas posiciones y estilos, buscando una respuesta pragmática que podía quebrantar ciertos principios teóricos en apariencia pero que era, no obstante, la requerida por la situación. De manera no muy distinta a como hubiese hecho una máquina, no estaba limitado por los prejuicios teóricos de sus colegas, perseguía una verdad superior: verdad que gana las partidas.

Lo que se nos antojaba inconsistencia de sus ideas era su respuesta a la inconsistente variedad de contrincantes. Lástima que estos solamente fuesen consistentes en una cosa: no conseguían captar que, pese a lo que sus respectivos egos se empeñasen en dictaminar, Lasker era, sencillamente, superior. Ya saben, no hay más grande genio que aquel que es entendido cien años tarde.


La misma cama, la misma mesa, el mismo aguamanil

Fotografía: Ary Kerner (CC BY-SA 2.0)

Una tosca, inevitablemente reduccionista manera de clasificar a los jugadores de ajedrez diferencia entre los creativos y atacantes y los exactos y posicionales. Según esta dicotomía, Alexander Alekhine estudiaba y estudiaba para improvisar jugando mientras Raúl Capablanca jugaba (y vivía) simplemente para acertar, como una sucesión lógica brindada por lo inmediato y nada más. Dicen del primero, del ruso, que era un obseso del ajedrez y que escudriñaba el juego sin descanso. Su saber enciclopédico, paradójicamente, le brindaba luego la seguridad teórica para dejar brotar su genio durante las partidas e improvisar y arriesgarse. Por contra, el cubano Capablanca jamás se preocupaba sino durante el juego y lo desarrollaba intuitivamente con máxima economía y eficiencia. Su intensa vida social no le impedía desarrollar luego un ajedrez absolutamente arrollador (campeón con apenas treinta años y mejor del mundo durante siete años seguidos) basado en estrictos principios de conservadurismo y ventajas jugada a jugada. Concentrado, sobre todo, en ir ganando situaciones y neutralizando los movimientos del rival.

Según esta taxonomía, la historia del ajedrez discrimina entre dos grupos. Los Bobby Fischer o Anatoly Kárpov, junto a Capablanca, irían al cajón de jugadores exactos, mientras Mikhail Tal o Garry Kaspárov, Alekhine mediante, responden más bien al biotipo imaginativo. Ya se imaginarán todos los matices y reparos que pueden ponerse a este etiquetado, pero resiste el examen para el caso que nos ocupa.

Entendemos que Stefan Zweig (1881-1942) fue aficionado al ajedrez. El escritor austríaco escribió en sus últimos años de vida su novela más breve y al mismo tiempo una de sus más recordadas: Novela de ajedrez (1941). Su historia es fascinante. A bordo de un barco neoyorquino con dirección a Buenos Aires viaja un ilustre pasajero: el campeón del mundo vigente, Mirko Czentovic. El narrador del relato, anónimo para más señas, advierte emocionado la presencia en el pasaje del mejor jugador del planeta y se propone por todos los medios acceder a él, incluso poder jugar una partida. Sin embargo, las referencias que tiene de Czentovic son desalentadoras: callado hasta lo enfermizo, mezquino, tosco de modales y con hábitos sociales rayanos en lo autista. Un hombre del este europeo con un único talento, incluso una única capacidad intelectual: el ajedrez. «Ni el más avezado de los periodistas logró nunca arrancar ni una palabra aprovechable para un artículo», nos cuenta. La hondura de su ignorancia, decían, solo estaba al nivel de su genio.

Tal y como teme el narrador de la novela, todo acercamiento al campeón será en vano hasta que trama una forma de seducción más propicia. Organiza una partida de aficionados en el salón principal de fumadores que espera atraiga la atención de Czentovic. Dicho y hecho. Roto el hielo, el campeón se presta a una partida al día siguiente previo pago religioso de sus altos honorarios. El duelo se produce entonces con la tremenda excitación de nuestro cronista y todos los aficionados y curiosos que por allí se acercan. Como era previsible, ni una docena de cerebros trabajando en febril cooperación consigue plantearle la más mínima incomodidad al impasible jugador. Ni el más leve apuro. Hasta que aparece él: un misterioso hombre pálido, nervioso, que no puede evitar inmiscuirse en el juego exclamando en voz alta lo evidente del siguiente movimiento; y el siguiente, y el siguiente y el siguiente sin que aún hayan sucedido. Lee la partida con inhumana anticipación y fuerza tablas contra el contrincante que llevaba toda la ventaja y años sin perder un solo encuentro.

Nuestro narrador está entonces completamente envenenado por la intriga. ¿Quién es capaz de desmontar el ajedrez del campeón del mundo? ¿De dónde sale? Por suerte para él, el misterioso jugador se muestra bastante más accesible que Czentovic y acepta una nueva partida al día siguiente contra el campeón… con una condición. Será un único enfrentamiento. Y ninguno más. El último, de hecho, de toda su vida. «Será una prueba sobre si soy capaz de jugar una partida de ajedrez normal». Nuestro narrador no entiende en absoluto a qué se refiere hasta que el extraño hombre pálido accede a contarle su historia.

El señor B (que así se hace llamar) era una suerte de importante funcionario de la Viena imperial. Cuenta que, cuando los nazis llegaron a Austria, arrasaron con todo pero pudo deshacerse a tiempo de la documentación importante. Cuenta que fue detenido por el Reich pero que, lejos de destinarle a un campo de concentración o algo parecido, fue asignado a otro tipo de confinamiento dado que de él no se esperaba trabajo ni exterminio alguno sino información valiosa. «¡Una habitación individual en un hotel! Qué trato más humano, ¿no es cierto? Pero puede usted creerme si le digo que en realidad no nos dispensaban un trato más humano a las “personalidades” cuando, en vez de hacinarnos de veinte en veinte en una barraca helada, nos alojaban en una habitación de hotel individual con una calefacción medianamente aceptable; se trataba únicamente de un método más refinado (…) se limitaban a situarnos en el vacío más absoluto».

El señor B fue, en efecto, encerrado en una habitación escueta sin la menor distracción posible y sometido a periódicos interrogatorios. Así, día tras día. Semana tras semana. Durante meses. Tal era para entonces su ansiedad, el horror vacui al que estaba sometido por no tener cosa alguna con la que ocuparse, que en uno de sus paseos hasta la sala de interrogatorios, mientras esperaba frente a la puerta a ser llamado, adivinó la silueta de un libro en un bolsillo de un abrigo colgado cerca y no dudó en robarlo con la sed del extraviado que corre hacia el oasis. «La sola idea de un libro con palabras alineadas, renglones, páginas y hojas, la sola idea de un libro en el que leer, perseguir y capturar pensamientos nuevos, frescos, diferentes de los míos, pensamientos para distraerse y para atesorarlos en mi cerebro, esa sola idea era capaz de embriagarme». Una vez de nuevo en su celda, sin embargo, el prisionero vio con horror que aquello no era exactamente un libro. Era un manual de jugadas de ajedrez. Sin una sola palabra impresa.

Durante las siguientes semanas, sin mayor asidero que esos diagramas abstractos («e4 a e5; Ac4 a d6»), se dedicó de mala gana, primero, a aprender esa extraña nomenclatura y, luego, a visualizar cada una de esas partidas y movimientos en su cabeza, una y otra vez, hasta memorizarlas al milímetro y recrearlas hasta la extenuación, mañana, tarde y noche. Cuando todo ese proceso mecánico y memorístico se agotó por ya dominado, el alivio que había experimentado durante aquel tiempo se esfumó. ¿Qué hacer ahora, completamente aislado en aquel lugar, con el caudal de su atención, aquel libro de jugadas, completamente agotado? «La misma cama, la misma mesa, el mismo aguamanil». Maldijo aquella habitación y aquel juego que, en realidad, no practicaba desde adolescente. Desesperado, el señor B concluyó (posiblemente sin alternativa) que su única salida era inventar nuevas partidas, esto es, seguir jugando ese ajedrez mental más allá de los límites del libro. Solo había un contrincante posible entre esas cuatro paredes: él mismo.

Para lograr jugar contra sí mismo, el señor B forzó su mente hasta descoyuntarla, disociando su conciencia. ¿De qué otra manera evitar que las negras adivinaran lo que harían las blancas, y viceversa? Se entregó a ello con ímpetu esquizofrénico hasta prácticamente olvidar comer y dormir. Tras meses sometido día y noche a esta febril actividad psicótica, que le arrastraba como una patología irrechazable, acabó en la más ostensible locura y fue finalmente liberado.

Su peor cicatriz no era visible: un conocimiento completo del ajedrez le acompañaría, posiblemente, hasta la muerte.

De este modo, frente a frente, el señor B y el campeón del mundo Czentovic planteaban un antagonismo de implicación fascinante. Porque el genio eslavo era imbatible ante un tablero pero, en ausencia de él, decían, sin poder visualizarlo, tocarlo, llevar uno de entrenamiento en sus viajes, el extraño jugador era incapaz de ver jugada alguna, de enhebrar cualquier acción. Por su parte, el señor B albergaba en su cabeza el juego y podía dominarlo al revés y al derecho sin necesidad alguna de lo concreto, de lo material. ¿Quién poseía el mayor talento? ¿El genio monomaniático de Czentovic, cuyo ser al completo estaba volcado en los escaques, o la maestría universal del señor B, para quien no existía un solo movimiento desconocido?

En la película Whiplash (2014) una orquesta de jazz tiene un batería titular y otro suplente, ambos de un nivel similar de pericia. Por alguna circunstancia, el intérprete titular pierde su cuaderno de partituras y confiesa aterrado al director que no se sabe de memoria la canción que tiene que ejecutar ni es capaz de hacerlo, aunque se la supiera, sin visualizar algo de ella, debido a una enfermedad médica. El suplente no duda en ofrecerse como sustituto, puesto que puede tocar de memoria y no necesita referencia alguna para interpretar el tema al detalle.

Volviendo al principio, en el histórico campeonato del mundo de ajedrez de 1927 se enfrentaban el campeón vigente Capablanca contra el aspirante Alekhine. Definir su rivalidad mediante la analogía de Mozart y Salieri es, además de algo simplista, fruto sobre todo de la escasamente veraz Amadeus (1984), de Milos Forman, pero este paralelismo sí recoge lo esencial de un enfrentamiento asimétrico donde el cubano gozaba de un don que no le exigía demasiados sacrificios y el ruso se afanaba en perfeccionar su ajedrez antes y después de las partidas. En aquel campeonato, celebrado, curiosamente, en Buenos Aires, nadie confiaba en Alekhine vistos los precedentes y dado que jamás había ganado un solo enfrentamiento a su rival. Pero todos los pronósticos se torcieron. Alekhine había estudiado hasta la obsesión el ajedrez de su oponente y dejó de lado su estilo más arriesgado para mimetizarse con el juego de Capablanca y lograr hacerle hincar la rodilla tras treinta y cuatro partidas (veinticinco de ellas en tablas) absolutamente extenuantes que el ruso estaba mucho mejor preparado para soportar. En este caso, el estudio se impuso al talento. Todo un triunfo estratégico.

Al punto, del genio de ficción Czentovic se escribe algo apabullante sobre sus limitaciones: «A los catorce años tenía que contar todavía con los dedos, y leer un libro o un diario le costaba al jovencito un esfuerzo considerable». Como Capablanca, aprendió a jugar cuando solo era un niño mirando a los demás hacerlo. Solo mirando. Un talento que resulta casi sinestésico y completamente indescifrable frente a la prosaica locura de estudiar jugadas y manuales y armar complejas maniobras, una forma de acercamiento que, tampoco nos engañemos, no serviría de nada sin la existencia también del inestimable y rarísimo genio ajedrecístico.

De vuelta, por fin, a nuestro barco hacia Buenos Aires y a nuestra novela de Zweig, no desvelaremos, naturalmente, el desenlace de la partida entre Czentovic y el señor B, verdadero momento cumbre de la historia, aunque sí destacaremos de entre las páginas del libro una frase que desliza el escritor austríaco con especial intención: «El ajedrez es mecánico en su disposición y sin embargo eficaz tan solo por obra de la fantasía». Una aseveración de una ambigüedad y un misterio insondable que reformuló a su manera el campeón indio Viswanathan Anand: «Si pienso, juego mal».


El talento en tiempos del coaching

Agatha Christie y Lyn Dramer, 1972. Fotografía: Cordon Press.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 33

Hay gente que tiene talento y hay gente que no, les supongo al corriente de esta vulgar obviedad. O quizá no, quizá discrepen. Al fin y al cabo, Doris Lessing consideraba que el talento era algo bastante común a la raza humana y lo escaso era la constancia. En sintonía con el pensamiento de Charles Darwin: «Salvo los tontos, los hombres no nos diferenciamos mucho en cuanto a intelecto, solo en ahínco y trabajo duro», decía.  

Hola, Charles, Doris: soy 2018. Vengo a advertiros que, involuntariamente, habéis sido padres de un monstruo. Se enmascara de optimismo, de motivación luminosa, pero no es más que execrable palabrería. Gracias a él, hablar de compositores que alumbran sinfonías a los tiernos cuatro años, maestros de ajedrez prepúberes o carteros cincuentones con extraordinarias capacidades literarias equivale a dibujarse una diana en el pecho. Porque implica conceder que todos ellos Mozart, Bobby Fischer o Bukowskigozaban de una capacidad innata que les fue negada a sus congéneres, convirtiéndoles ya no en ejemplares únicos, sino en paladines de la injusticia de una genética caprichosa. Reconocer que existen los «mejor dotados», agraciados con algo mejor que el resto, no deja de ser un espaldarazo a eso de que la vida es una tómbola que rifa dones al buen tuntún.

Aunque se trata de un debate ancestral (el de la genética versus esfuerzo, el talento que se tiene o se consigue), en los últimos tiempos la discusión ha tomado sus derivas más estúpidas. Todo comenzó, o eso nos parece, con unos tipos llamados Anders Ericsson y Robert Pool a principios de los noventa. Con la honorable intención de establecer empíricamente si existía o no el talento innato, los psicólogos iniciaron una investigación de referencia en la Academia de Música de Berlín. Como cualquier compañía aérea hace durante el embarque con sus pasajeros, dividieron a los violinistas en tres grupos: los de mayor potencial, los que estaban en tierra de nadie y los considerados menos virtuosos. Estudiaron el número de horas invertidas en la práctica del instrumento de cada uno de ellos, poniendo bajo la lupa el esfuerzo respectivo. El sociólogo y periodista Malcolm Gladwell divulgó en el libro Fuera de serie (Taurus) las conclusiones, originando lo que se llamaría posteriormente «la regla de las diez mil horas». Esta sostiene que lo único que distinguía a un virtuoso de un mediocre era el esfuerzo invertido en practicar la disciplina. El talento quedó atrapado en un simplón promedio: si practicas más, mejor serás. En lo que sea. Sin distingos de materia o especialidad, como cualquier receta mágica. Talento igual a perseverancia.

Gladwell, reconvertido en gurú del éxito, no sorteó la provocativa enseñanza que se derivaba de aquello, sino que la abrazó con gusto: «Lo único que te separa de ser Bill Gates o The Beatles es una década de práctica intensa». Ya está. Ericsson se cargó de un zarpazo la razonable obviedad con la que comenzábamos el texto: «Pensar que hay gente con un don natural para algo y gente que no lo tiene puede generar diferencias desde un principio. Sin darnos cuenta, animaremos a los talentosos y desalentaremos a los que no lo son, logrando que se cumpla la profecía autorrealizada», afirmó. Tabula rasa a la humanidad.

Con el terreno abonado de tanta teoría de buen corazón, el monstruo no tardó en aparecer. En hablar. En cobrar por decir lo que decía y hacerlo con un entusiasmo grimoso: «¡Querer es poder!», bramaba, subido a un escenario. «¡Eres capaz de todo!», decía a propios y extraños. «¡Que nada impida conseguir tus sueños!», «¡Puedes ser todo lo que te propongas!», «¡No dejes que nadie te diga lo que no puedes ser!», «¡No te des por vencido!»… Un bombardeo de proclamas que no pronunciaban émulos de un Ratoncito Pérez para adultos, sino adultos. Coaches. Gentes que ayudan a «llenar el vacío entre lo que se es y lo que se desea ser». Profesionales del optimismo sentimentaloide, de la motivación a granel, de las sonrisas empaquetadas y de las patrañas. Vendehúmos creadores y cebadores de una mitología majadera que nos ha arrastrado hasta donde estamos. En un momento de la historia en la que osar decirle a alguien «no, no tienes talento para la música/la escritura/equis deporte» te convierte instantáneamente en un ogro cínico, errado e irrespetuoso. Una era en la que, paradójicamente, hay más formatos televisivos volcados en la búsqueda de individuos con vistosas capacidades que nunca conviviendo con la mayor cota de intolerancia a ser excluido del vagón de los «talentosos». Autoindulgencia a borbotones.

***

Por alguna razón, la poesía ha sido la disciplina más rápidamente devorada y bastardeada por este coaching de lo artístico. Para ella no hacía falta tener talento innato, sino, simplemente, practicar. Según expone el crítico y novelista Ben Lerner en El odio a la poesía (Alpha Decay), esto podría deberse a que desde pequeños se nos dice que todos somos poetas por el mero hecho de ser humanos. Porque la poesía es, en última instancia, eso: sentimientos. ¿Y quién carece de ellos? ¿Por qué no hacer pinitos?

De los hombros
Me salen brazos
Y de ellos
Manos

[…]

Me pidió que le regalara
una poesía
bonita.
Entonces,
le di un espejo.

¿Lo ven? Sentimiento en bruto. Versos libérrimos, efervescentes, liberados del corsé formal de la métrica. Expulsen de inmediato la palabra «poetastro», les dirá un coach. Se trata de alguien buscando «la mejor versión de sí mismo», al que solo le hacen falta unas cuantas horas más de práctica para convertirse en un genio, si acaso no lo es ya.

***

Como muchas, la revista polaca Vida Literaria recibía decenas de manuscritos de sus lectores, aspirantes a escritores. En 1960 optaron por capitalizar todo ese material. A partir de entonces los redactores se encargaron de responder, públicamente, a los poemas de los lectores, ofreciéndoles consejo y valoración en la sección «Correo Literario». La que décadas después se convertiría en Premio Nobel de Literatura, Wislawa Szymborska, era una de las encargadas de atender las dudas que corroían a los aspirantes, junto a Wlodzimierz Maciag. «Mi novio dice que soy demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de los versos que adjunto?», preguntó una lectora. «Creemos que es usted, efectivamente, una chica muy guapa», respondió Szymborska, que no escatimó jamás en audacia ni en ingenio. Solo en contemplaciones.

En cuanto a la dicotomía talento-esfuerzo, ella se alineaba más con Oscar Wilde «Lo que no te dé la naturaleza, no se puede aprender»que con Darwin o Lessing. Su paciente y prolongada pedagogía poética era contraria a dinamitar la clásica distinción entre Mozart y Salieri. El segundo, disciplinado y metódico, invirtió más horas y sudor entre partituras que el primero, quien, a pesar de todo, era claramente superior. ¿Por qué? Szymborska lo tenía claro: porque el talento existía. Y, aunque era complejo de definir o delimitar en un «dícese», era tan innegable su existencia como esperpéntico tratar de esconderlo. «Es un concepto difícil de definir científicamente. Pero eso todavía no significa que algo que cuesta definir no exista», contó en una entrevista, recogida en Correo Literario (Nórdica). «El talento… algunos lo tienen, y otros no lo tendrán nunca», reflexionaba. Eso no significaba, en modo alguno, que desalentara la práctica, el estudio o la disciplina de galeote. Al contrario. Impelía a leer con voracidad, a buscar (otros) talentos si el de las letras fallaba. Y lo hacía con jarrazos de agua fría.

Szymborska empezó siendo una mala poeta, del mismo modo que Flaubert confesaba élempezó siendo un pésimo escritor. Charlotte, Emily y Anne Brontë se dedicaron, durante sus inicios, a replicar libros de época con mediocres resultados. Despertaron, domesticaron, encauzaron esa chispa talentosa: «Ninguna clase magistral, por mucha atención que uno ponga, puede ayudar a crear talento. En el mejor de los casos puede ayudar a ese talento, en caso de que ya exista, claro», respondió la poeta polaca en otra ocasión. Si hablaba o no de las charlas TED es un extremo que no estamos en posición de desmentir.

Como idea, la meritocracia del talento posee un incalculable atractivo. Pensar que prosperarán aquellos que más sudor inviertan se parece bastante a la (idea de) justicia que manejamos. Y para eso también tiene respuesta Szymborska: «En verdad, sería justo y admirable que la intensidad del sentimiento por sí sola determinara el valor artístico del poema». Parece que está hablando de poesía, pero no solo.

Estaba lanzando al futuro otras reflexiones, si cabe, mucho más valiosas: que no todo se consigue a base de esfuerzo. Que uno puede esforzarse mal. No todos valemos para todo. A veces hay que rendirse y no pasa nada. Soñar es sano, no poner límite a lo que crees que puedes lograr, no. Probablemente no seas especial. Ser crítico con uno mismo es una obligación. Hasta el verso libre tiene reglas.

«Utilizas el verso libre como si su libertad fuera absoluta. Pero la poesía (a pesar de lo que pueda decirse) es, era y será un juego. Y, como todos los niños saben, los juegos tienen reglas. ¿Por qué lo olvidan los adultos?», se preguntaba. Y, como en todas sus interrogaciones, deslizaba un par de certezas:

Escribir frases

Bonitas

Con saltos de línea

No es poesía

Tampoco es poesía que se vuelva loco el botón de Intro o que encadenes un par de ripios cuya estima no sobrepasará la de un pie de foto bañado en pretensión. «En la prosa puede haber de todo, hasta poesía. En la poesía tiene que haber solo poesía», reza otra de sus píldoras de sabiduría.

La ciencia, por cierto, está emprendiendo el camino de regreso hacia Szymborska, corriendo en dirección contraria al coaching. Al menos, en este campo. El propio Gladwell, aunque continúa desdeñando la idea de talento innato, ha introducido matices a su razonamiento inicial de que diez años de práctica se convalidan con virtuosismo en cualquier materia. Admite que existen algunas (especialmente las deportivas) donde la edad de inicio o las condiciones físicas tienen una importancia igual o superior en la ecuación. «Podría jugar al ajedrez durante cien años y nunca me hará ser un gran maestro», ha admitido. Zach Hambrick, uno de los discípulos de Ericsson, pasó años creyendo que si no se había convertido en un talentoso golfista era porque se rindió demasiado rápido. Hasta que el razonamiento empezó a hacer aguas. Acabó dirigiendo su propia investigación al respecto, esta vez cambiando el instrumento y abriendo el espectro de las profesiones. Las conclusiones harían palidecer a cualquier coach porque no solo refutaban la teoría de las diez mil horas, sino también la tesis de que cualquier éxito está al alcance de nuestra mano.

Tras la publicación de los resultados, Hambrick se lamentó de cómo muchos se le echaron encima, acusándole de «matar sueños» y aspiraciones. Había demostrado al mundo que no importa cuántas horas pase frente al tablero: es difícil que se convierta en Fischer. ¿Imposible? No, poco probable, en términos relativos. A veces la historia que nos cuenta la ciencia es la historia que queremos escuchar. Para eso están los coach, reconozcámosles el talento.

Para todo lo demás, está la poesía.

La creatividad no es un talento, es una manera de trabajar.

John Cleese


Carlsen-Caruana: Crónica de un desempate anunciado

Foto: Fredrik Varfjell / Cordon.

Me encanta que los planes salgan bien. (Hannibal Smith, El equipo A)

No puede decirse que el desarrollo del campeonato mundial de ajedrez haya constituido una sorpresa. Antes de que comenzase la primera partida ya había gente que anticipaba algo muy parecido a lo que ha terminado sucediendo. Es decir: que iba a haber mucha igualdad en las doce partidas de formato clásico y que el defensor de la corona, el noruego Magnus Carlsen, intentaría por todos los medios llegar al desempate. Porque el desempate se efectuaría mediante partidas rápidas y relámpago, formatos en los que Carlsen se sentía muy superior al aspirante, el estadounidense Fabiano Caruana.

Abracadabra, dicho y hecho. Magnus Carlsen ni siquiera ha necesitado llegar al formato relámpago. Hubo doce empates en las doce partidas clásicas, demostrando que el campeón no está en su absoluto mejor momento de forma y que Caruana había venido al match con mucha fuerza. El noruego tenía motivos para temer, como así ha sido, que en el ajedrez clásico no iba a gozar de la superioridad a la que estaba acostumbrado. Sin embargo, en las partidas rápidas ha obtenido un 3-0 verdaderamente aplastante.

Los dos rivales tenían puntos fuertes y débiles bien conocidos por todos. Magnus Carlsen posee una superior visión del tablero en cada momento dado, piensa más rápido y su intuición es mucho más certera, pero no prepara mucho la teoría y sus resultados anteriores inspiraban ciertas dudas. Fabiano Caruana tiene una mejor preparación teórica y más capacidad para realizar cálculos con mayor profundidad, aunque eso le requiere tiempo y podía plantearle problemas de reloj durante las partidas. Las doce primeras partidas han demostrado que, aun enfrentándose dos ajedrecistas con conjuntos de cualidades dispares, en ajedrez clásico jugaban a un nivel idéntico. Un nivel altísimo, además. Tan alto que ha llevado a empates muy técnicos, sin grandes errores que faciliten maniobras sorprendentes sobre el tablero. Además, como ambos contendientes sabían de la fuerza del otro, han evitado cuidadosamente el aventurarse en terrenos espinosos.

Magnus Carlsen —ahora se ve con claridad que los augurios de los que hablaba eran acertados—, había analizado sus propios puntos fuertes y débiles, también los del aspirante, y con toda esa información había trazado su hoja de ruta: jugar al empate las doce primeras partidas para decidirlo todo en el tie break. Haciendo esto, el noruego no ha retenido el título de la manera más espectacular, ni la más emocionante para los aficionados, ni la más bonita en términos estéticos, ni la más memorable en términos históricos. Pero su plan era muy inteligente y era, además, el plan que le convenía. Lo ha ejecutado casi a la perfección y se ha llevado el gato al agua.

Esto ha molestado a quienes esperaban otra cosa del enfrentamiento, pero esto no es culpa de Carlsen. Ni siquiera en la duodécima y última partida clásica, cuando Fabiano Caruana se encontraba en una posición inferior y con problemas de tiempo en su reloj. En tal circunstancia, el match parecía prometer un desenlace dramático, con Carlsen presionando para tratar de obtener la victoria antes del desempate. Para disgusto de quienes deseaban contemplar ese drama, Carlsen se abstuvo de apretar las tuercas y ofreció unas prematuras tablas al rival. El campeón prefirió no aprovechar la presión sobre el aspirante para pelear por el punto, sino para arrancarle el duodécimo empate, justo lo que necesitaba para llegar a la muerte súbita. Esto despertó una oleada de críticas. Unas críticas que puedo comprender, pero que no comparto.

Por mucho que en esa duodécima partida Caruana estuviese apurado y por mucho que las máquinas, en su frío análisis, le diesen la ventaja al campeón, cabe recordar que los ajedrecistas no son máquinas. Ni siquiera Carlsen es una máquina. En esa partida sabía bien que el nivel de Caruana en ajedrez clásico es ahora mismo idéntico al suyo y que un único error en una única jugada podía bastar para que el estadounidense encontrara una salida y, quién sabe, incluso darle la vuelta a la partida. ¿Era probable que Caruana le diera la vuelta a la partida? No, no era lo más probable, de hecho era difícil, pero al menos entraba dentro de lo posible. La ventaja del campeón no era tan grande. Una máquina puede resolver una ventaja mínima con solvencia, pero un ser humano no siempre tiene la energía o inspiración para hacerlo. Carlsen debió de pensar que no tenía un cien por cien de probabilidades de conseguir el punto decisivo. Y por algo lo pensaría. Recordemos que él es, de entre toda la élite, el jugador de élite cuyo estilo más se caracteriza por apurar una exigua ventaja hasta que sus rivales cometen alguna imprecisión o caen por puro agotamiento.

Tal vez se veía con poca energía; tal vez estaba ya tan inmerso en su plan de llegar al desempate que no se veía capaz de cambiar de marcha. Todo el mundo coincide en que Carlsen no ha estado del todo cómodo en el match clásico y que Caruana parecía gozar de mayor entereza anímica. Esto redunda aún más en favor de concluir que la estrategia del campeón, consistente en amarrar, tenía sentido. El posterior 3-0 de las rápidas le ha dado toda la razón y supongo que su abrumador despliegue de superioridad en el desempate ha hecho cambiar de opinión a más de uno.

Carlsen, pues, sabía muy bien lo que hacía. Y ha hecho lo que convenía a sus intereses deportivos, aunque no lo que convenía al espectáculo. Pero me parece bien por su parte. La mercantilización del ajedrez no es responsabilidad de Carlsen, que bastante tenía con defender su título frente a un rival peligrosísimo. La mercantilización del ajedrez es una responsabilidad de los organizadores.

Foto: Stephen Chung / Cordon.

El noruego, recordemos, era el campeón. Era de esperar que amarrase. Su estilo no es agresivo como el de Garry Kaspárov, ni asfixiante como el de Bobby Fischer. Correspondía a Caruana aparecer con un arsenal capaz de desequilibrar la balanza en las partidas clásicas, y no lo pudo hacer. Quizá, quién sabe, hubiese podido si se hubiesen jugado más partidas. Quizá Carlsen se hubiese cansado o hubiese tenido más dudas. Caruana ha jugado muy bien, ha sido el rival más duro que Carlsen ha tenido hasta la fecha, dicho por el propio Carlsen. Pero Caruana tampoco ha asumido todos los riesgos posibles. Llegando al desempate se arriesgaba a que sucediese lo que ha sucedido. Había quien confiaba en que la igualdad se trasladase al terreno de las rápidas, pero el pronóstico más realista no era esperanzador para el aspirante. La realidad ha sido menos esperanzadora todavía. Esto no es una crítica a Caruana; no es fácil, ni sensato, asumir riesgos frente a Carlsen. Por eso sigue siendo el campeón.

Otra cosa es que esta manera de resolver una final, mediante un desempate celebrado en formatos que no son ajedrez clásico, nos guste o no. A mí, aclaro, no me gusta; preferiría alguna otra manera de hacerlo. El campeonato mundial de ajedrez clásico debería determinar quién es el mejor jugando exclusivamente en esa modalidad, porque ya existen títulos mundiales para las otras modalidades. Esta final no ha aclarado quién ha sido el mejor ajedrecista clásico, porque ha habido igualdad total en partidas clásicas. Y no se han dado las condiciones para romper esa igualdad.

Carlsen, como era quizá de esperar, ha dicho en la conferencia de prensa final que no le parece «irrazonable» que el ajedrez rápido y el relámpago formen parte de una final mundial, puesto que, según sus palabras, ayudan mejor a demostrar que «eres mejor que tu oponente». Pero ese «mejor» se refiere al conjunto de las tres modalidades, no solo al ajedrez clásico. Carlsen también reconoció que «en ajedrez clásico, Fabiano tenía tantas oportunidades de ganar como yo, aunque me digan el mejor del mundo». Lo que a algunos o muchos nos hubiera gustado ver es cómo se dilucidaba esa cuestión de quién es mejor en el formato clásico… jugando únicamente en formato clásico. Una vez más, esto es opinable y habrá opiniones para todos los gustos.

Lo que es innegable es que las doce tablas en doce partidas clásicas han sido un resultado lógico dado el nivel de los rivales y las condiciones de juego. Pero no es la clase de puntuación que satisface a los aficionados. No es la mejor manera de vender la competición suprema del ajedrez. Aunque no es cierto que esto equivalga a resolver un partido de fútbol «por penaltis», porque no es comparable. Pero sí puede dejar la sensación de que algo ha faltado, de que algo no se ha terminado de resolver. En el anterior mundial entre Carlsen y Karjakin, celebrado con el mismo formato, pasó casi lo mismo, pero hubo dos partidas clásicas con resultado decisivo y eso maquilló un poco la cuestión.

Aclaro de nuevo: creo que el resultado ha sido justo, porque tal y como estaba planteada la competición, Carlsen ha ganado con una estrategia no bonita, pero legítima. Sin embargo, como dijo el Gran Maestro Alexander Grischuk durante las retransmisiones, «quien quiera ver un ajedrez de máximo nivel que mire partidas entre máquinas». El ajedrez actual entre jugadores de élite quizá es difícil de seguir durante una retransmisión por su profundidad y sutileza, pero hay algo que todos los aficionados entienden: las victorias y las derrotas. También entienden que siempre hubo mayoría de empates en los campeonatos mundiales, pero que, en otros tiempos, los contendientes tenían que buscar la manera de desequilibrar y de romper esa dinámica.

Nadie, supongo, quiere ver más finales cuyas partidas clásicas acaben todas en tablas. No porque las tablas no puedan ser intensas o bonitas, que lo pueden ser. Sino porque en cualquier competición, en cualquier deporte, el ideal consiste en evitar las igualdades irrompibles. Por eso existen los jueces en boxeo. Insisto en que la solución, que pasará por elegir otra reglamentación para las finales, no es fácil. Hay que encontrar un equilibrio entre el respetar que el ajedrez clásico siga siendo clásico y que en las partidas clásicas haya, no obstante, más probabilidades de error (y, por tanto, más probabilidades de lucha abierta, de emoción y de una belleza que el espectador pueda captar). ¿Cómo conseguirlo? Supongo que se aportarán muchas ideas al respecto. Ya se están aportando, de hecho.

En resumen, Carlsen ha sido el justo vencedor y merece todos los elogios y felicitaciones por ello. Es un genio, nadie lo duda. Ha conservado el título de manera legítima e incontestable. Es uno de los más grandes ajedrecistas de todos los tiempos. Baste decir que, durante una de las retransmisiones, tres Grandes Maestros nombraron a los cinco jugadores que consideraban más grandes; los tres coincidieron en incluir una terna formada por Kaspárov, Carlsen y Fischer.

Carlsen es tan bueno que, ahora mismo, con este tipo de final, se necesitaría casi un milagro para destronarlo. Pero el ajedrez no debería necesitar de milagros. En el pasado, las finales eran luchas más largas y cruentas, agotadoras incluso, pero aquello no desvió la atención de los aficionados (¿quién no recuerda las finales Kaspárov-Kárpov?) y, lo que es más importante, no despertó comentarios escépticos sobre el valor del ajedrez como espectáculo. Que lo tiene, y mucho.

Foto: Jon Olav Nesvold / Cordon.


La versión deportiva de las treinta monedas de plata

Luis Figo, Liga 98-99. Fotografía: Cordon.

Las treinta monedas de plata de Judas, junto con las presuntas veintitrés puñaladas a Julio César, son tal vez los mayores ejemplos históricos de uno de los pecados más fotogénicos: la traición, que se presenta como un drama en dos actos para el espectador. En un primer momento, cuando la traición en sí ya se ha producido pero aún no se ha descubierto el pastel, la única víctima parece ser la conciencia del traidor… si es que la tiene: hay abundante bibliografía y hemeroteca tendenciosa que se posiciona de forma clara al respecto. Pero cuando sale a la luz la vil verdad, siempre hay algún afectado que se siente dolorosamente engañado (cuando no crucificado o apuñalado). Si además el facineroso traidor es tu amante o un deportista carismático de tu equipo favorito, el futuro solo te ofrece dos alternativas plausibles: inmolarte a lo bonzo en la puerta de una tienda Apple abrazado a una caja de doce botellas de cerveza con zumo de limón como delirante gesto de repulsa absoluta al statu quo, o aceptar que las cosas son así y seguir adelante con tu vida rumiando bilis como el que mastica almendras amargas. En estos casos, siempre reconforta repetir como un mantra joyas de nuestro refranero: «Hay más peces en el mar. Arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. A todo cerdo le llega su San Martín… o su Camp Nou».

Blancos, llorones, pagad los sesenta millones

Dentro de la traición en el ámbito deportivo es posible diferenciar dos vertientes. Empecemos por la primera: cuando ciertos deportistas abandonan su equipo de toda la vida y los aficionados se sienten traicionados. El ejemplo paradigmático tiene, como ya supondrán, al futbolista Luis Figo como protagonista. No es novedad que Fútbol Club Barcelona y Real Madrid intercambien jugadores como si fueran hermanos gemelos que comparten ropa. La mayoría de casos de estas características se produjeron sin pena ni gloria, mientras que solo unos pocos fueron tomados por ciertos sectores de la afición como una afrenta personal. Bernd Schuster tuvo que salir escoltado por la policía tras su primer partido en el Camp Nou por un inocente detalle: dar la vuelta de honor con la Supercopa vistiendo la camiseta blanca. Este podría entenderse como un caso especial puesto que el temperamental alemán acabó su relación con los culés como el rosario de la aurora, brindando duras declaraciones, escupiendo en el té de Núñez cuando este no miraba y cosas así. No obstante, con un carácter menos volcánico y unos modales tan exquisitos como su juego sobre el césped, Michael Laudrup tampoco fue acogido con hospitalidad precisamente en su primer partido del siglo con la camiseta del rival puesto que fue abucheado sin compasión.

Pero aquello no fue nada comparado a lo que sufrió Figo, quien contaba con antecedentes que pintaban como inverosímil una espantada: era habitual verlo cantando cuando celebraba títulos con el Barcelona («blancos, llorones, saludad a los campeones»), desgastándose los labios besando el escudo del Barça y, finalmente, negando tres veces a Florentino Pérez antes de que sonara el gallo que anunciaba el fin del periodo electoral madridista. Pocos días después de confirmar su fe en la causa blaugrana en una entrevista trufada de titulares, Figo aparecía contra todo pronóstico junto a Pérez con la camiseta que no empaña entre sus manos rivalizando en blancura con su sonrisa. Y se lio parda. Su primer partido en el Camp Nou vistiendo la elástica madridista provocó una lluvia de billetes del Monopoly a modo de plaga bíblica a pequeña escala y generó diversos estudios que comparaban el nivel de decibelios de los abucheos con diferentes ruidos ensordecedores: aviones despegando, excavadoras picando, grupos de metal alemán ensayando, etc. Fue sin embargo su segunda visita, que aconteció tras recoger el Balón de Oro como jugador del Real Madrid, la que ha pasado a la historia por la inexplicable cabeza de cochinillo lanzada al campo, aunque hay quien es capaz de justificar en cierto modo este tipo de comportamiento: Joan Gaspart, presidente del FC Barcelona por entonces, aseguraba que «entendía» la ira de la afición puesto que Figo había ido «a provocar» lanzando córneres, como el que dice que si no quieres que te violen no lleves minifalda.

Hay ocasiones en las que pienso en esa persona que, en su casa, decidió que qué mejor complemento para ver un intenso partido de fútbol que una cabeza de cochinillo asado. Es de imaginar que sintiera mareos por su audacia y tuviera que poner las piernas en alto para recuperarse. Ya fuera una decisión muy meditada en la soledad o respaldada con el apoyo de sus conocidos, el caso es que consiguió pasar, entendemos que a escondidas, la cabeza del gorrino y la tiró al campo. Bueno, eso es lo que captaron las cámaras, puede que también lanzara el costillar y algo de guarnición. Es de suponer que cuando lo cuenta en las barras de bar en Barcelona aún hoy conseguirá follar. Gratis, en ocasiones. Haciendo de abogado del diablo, entre lanzar carne asada y la indiferencia absoluta, se podría haber conformado con muchos puntos intermedios: levantar una ceja, lanzar un juramento que afecte a un santo de perfil bajo o negar con la cabeza.

Hasta ahora solo hemos citado ejemplos de futbolistas que emigraron, en busca de un futuro mejor, de la Ciudad Condal a la capital de España, pero obviamente en la afición merengue tampoco han encajado con toda la deportividad que cabría esperar que uno de los suyos acabara en el equipo catalán. El segundo gesto más absurdo en el mundo del fútbol, solo superado por el ya citado beso en el escudo, es no celebrar (o pedir perdón) cuando marcas a un exequipo. Considero que es preferible simular una lesión creíble (molestias en el pubis, elongación de flequillo, retraso mental severo, etc.) a no querer festejar un tanto puesto que pone en duda tu profesionalidad, aunque siempre habrá entre los aficionados quien valore estos gestos vacíos. Por este motivo, cuando Luis Enrique celebró sin remilgos un gol en el Bernabéu como jugador del Barça, no le sentó del todo bien a la parroquia madridista que, como venganza, propagó rumores de difícil encaje en la genética mendeliana en los que se afirmaba que el asturiano compartía vestuario con su padre. Y es que los grandes competidores ven su camiseta como algo circunstancial: puede ser del color que sea que se partirán la cara por ella y celebrarán los triunfos que consigan como si fuese lo último que fueran a hacer en su vida. Otro ejemplo en esta línea es el baloncestista serbio Sasha Djordjevic, que tras varias temporadas en el Barça se marchó al Madrid y acabó celebrando ostensiblemente en el Palau Blaugrana la victoria como visitante en el quinto y decisivo partido de la final de la ACB del 2000. Por descontado, fue abroncado e invitado a retirarse del campo a empujones por alguno de sus excompañeros.

Si hablamos de baloncesto, el premio al mayor Judas se lo llevó indiscutiblemente LeBron James en el verano de 2010, no tanto por el destino (se fue de Cleveland a Miami, no es una rivalidad histórica que digamos) sino por las formas: anunció que dejaba los Cavaliers por los Heat en un programa de televisión. Cuando pronunció el famoso «llevo mi talento a Miami» se echó en falta en plató algún seguidor de los Cavs para que aquello acabara como el talk show de Laura Bozzo, en el que algún invitado terminaba llevándose una buena mano de hostias o, al menos, era zarandeado con violencia. Tras esta performance televisiva, James desbancó a Benedict Arnold (un general norteamericano que durante la guerra de la Independencia cambió de bando) como imagen del traidor nacional. En Cleveland, como podrán entender, no se lo tomaron muy bien: la gente quemaba públicamente la camiseta de LeBron, mutilaba muñecos vudú y, en definitiva, se vivía un clima similar a los momentos previos a la toma de La Bastilla. Pero el tiempo pone a cada uno en su sitio: James volvió a los Cavs después de cuatro fructíferas temporadas en los Heat (cuatro finales, dos anillos). Las indignadas declaraciones, incendiarias cartas abiertas a los medios y desplantes varios del propietario de los Cavs pasaron a segundo plano. Firma de contrato, apretones de manos, «vuelvo a casa», sonrisas, quién sabe si besos en la boca: aquí paz y después gloria. Y es que, volviendo al refranero, «nunca digas de esa agua no beberé o ese cura no es mi padre»: Fernando Alonso se cavó su propia tumba con su ya mágico «NUNCA volveré a McLaren» (las mayúsculas enfáticas son mías). Aunque en este caso la única traicionada fue su palabra.

En el baloncesto nacional el caso más sonado fue la marcha del Estudiantes de Alberto Herreros, a quien la demencia (la afición más radical estudiantil) nunca perdonó. El Real Madrid ha pescado con frecuencia en el caladero estudiantil (los hermanos Reyes, Antúnez, Orenga, Carlos Suárez, etc.) pero Herreros era la niña bonita. A los abucheos interminables y los esperados calificativos (pesetero, Judas, vendido…) que le dedicaban cada vez que volvía como visitante, le añadieron el «¿Dónde están los trofeos?» cuando el Madrid estuvo algunas temporadas en blanco. El aficionado madridista tomó buena nota y le aplica la misma medicina al ahora blaugrana Ante Tomić que se fue del Madrid «para ganar títulos».

Mi nacionalidad es esta, pero si no le gusta tengo otras

El otro tipo de traición deportiva tiene que ver con los colores nacionales. Dejando de lado casos singulares en los que el pecado se transforma en delito como el goteo constante de deserciones de deportistas cubanos cada vez que acuden a un evento internacional, o la caída en desgracia del ajedrecista Bobby Fischer que pasó de ser un símbolo estadounidense que se enfrentaba al comunismo a traidor de la patria, lo habitual es que se genere cierta polémica por la elección de una nacionalidad a la que defender.

Obtener la nacionalidad de un país puede ser tan simple como firmar unos papeles o tan difícil como realizar una serie de pruebas que rivalizan en dificultad con una combinación entre «El tiempo es oro» y el pentatlón moderno. Qatar es uno de los países que presenta requisitos digamos más relajados para obtener su nacionalidad. Así, la selección qatarí de balonmano que disputó el Mundial 2015 como anfitriona contaba con ocho nacionalizados (un español, un tunecino, un bosnio, un francés, un cubano y tres montenegrinos) y parecía una plantilla fichada a golpe de talonario por un oligarca ruso o un jeque árabe. Ups.

En otras situaciones, los deportistas acceden a nacionalizarse no ya por intereses económicos, sino puramente deportivos. Nikola Mirotic y Serge Ibaka se decantaron por España por nuestro carácter extrovertido, nuestra merecida fama de buenos conversadores y porque nuestro combinado nacional está al más alto nivel mundial o, al menos, a un nivel algo superior a Montenegro y Congo, respectivamente. En cambio, en esta época decidirte entre la canarinha o la roja en fútbol es un verdadero dilema. Diego Costa finalmente se embarcó con España y bien que se lo recordaron con sorna los aficionados brasileños en el Mundial de 2014. Fíjense si será una decisión difícil, que los hermanos Thiago y Rafinha Alcántara, hijos del mítico Mazinho, han tomado caminos divergentes: uno representa internacionalmente a España y el otro a Brasil.

También se busca una nación refugio cuando el deportista es consciente de que participar representando a su país es prácticamente imposible por el talento de sus compatriotas, especialmente en el caso del baloncesto si eres norteamericano. Así, no es extraño encontrar estadounidenses nacionalizados en exóticos combinados nacionales como en Macedonia (Bo McCalebb), Croacia (Dontaye Draper), Georgia (Jacob Pullen) o incluso Rusia (J. R. Holden, lo recordarán por la última canasta que nos privó del Eurobasket 2007). Un caso similar a este último que tuvo gran repercusión fue el de Becky Hammon. La baloncestista, una de las mejores jugadoras de la WNBA, al no verse incluida en la preselección de su país para los Juegos Olímpicos de Pekín decidió nacionalizarse rusa. El problema vino cuando USA Basketball hizo pública otra preselección en la que sí estaba Hammon y esta, herida en su orgullo y empeñada su palabra, siguió adelante con su decisión. Este gesto le valió un torrente de críticas hacia su patriotismo, incluso la seleccionadora la llamó indirectamente traidora (ah, de nuevo la palabra) a lo que Hammon vino a responder que a ella no le vinieran con lecciones, que la habían dejado de lado, que ella era americana de las de «Dios, familia y país» y que, al fin y al cabo, abrirse camino ante las adversidades forma parte del espíritu americano. El curso del torneo olímpico quiso que las semifinales arrojaran un Rusia-Estado Unidos rebosante de morbo aunque la neta superioridad de las norteamericanas y los nervios que atenazaron a Hammon, que jugó un partido pésimo, evitaron la sorpresa. No obstante, en el encuentro por el tercer y cuarto puesto frente a las chinas, Hammon se recompuso y sus veintidós puntos ayudaron decisivamente a que Rusia se colgara la medalla de bronce. Años más tarde, Becky Hammon se retiró del baloncesto profesional siendo considerada como una de las quince mejores jugadoras de la historia y es hoy en día la primera mujer entrenadora asistente en la NBA, en los San Antonio Spurs. Parece que la traidora sí que consiguió abrirse camino.


¿Es posible el ajedrez perfecto?

Garri Kasparov contra Deep Junior, 2003. Fotografía: Cordon.

Todavía estoy intentando decidir si fue una maldición o una bendición que cuando conseguí el título de campeón mundial las computadoras de ajedrez fuesen flojas, cosa de risa, y cuando me retiré en el 2005 fuesen ya imbatibles. (…) Es interesante que las más grandes mentes de la ciencia de las computadoras, los padres fundadores —como Alan Turing, Claude Shannon y Norbert Wiener—, vieron el ajedrez como un test definitivo. Pensaron: «Oh, si una máquina consiguiese jugar al ajedrez y ganar a jugadores fuertes, no digamos ya a un campeón mundial, eso sería el signo del amarecer de la era de la Inteligencia Artificial». Con todo el debido respeto, estaban equivocados. (Garri Kaspárov, entrevista en Business Insider, 2017)

En 1997, año en que la computadora Deep Blue venció al campeón mundial de ajedrez Garri Kaspárov, una oleada de asombro recorrió el mundo, materializada en sensacionales titulares de prensa. Era un hito, sin duda. Hasta no muchos años antes habían abundado los escépticos con respecto a las posibilidades de victoria de una máquina frente a un Gran Maestro humano. Aquel escepticismo no era irrazonable, pues nadie imaginaba cuán rápido sería el progreso en la capacidad de cálculo y se sabía que las máquinas no sabían pensar, y siguen sin saber. Pueden calcular, pero sus análisis dependen de lo bien que las hayan programado sus creadores. Sin embargo, conforme mejoraba la tecnología, y también la habilidad y conocimiento de los programadores que enseñan a las máquinas cómo tomar decisiones, se alcanzó el punto crítico en que el mejor ajedrecista del planeta ya no estaba hecho de carne y hueso.

Hoy ya no sorprende a nadie que las computadoras puedan vencer al mejor de los ajedrecistas humanos. De hecho, visto en perspectiva, lo asombroso es que Kaspárov plantase cara con tanta dignidad a un ordenador que nunca se cansa, ni sufre la presión, ni es consciente de que las cámaras de todo el planeta están mirando, ni siente miedo a perder o ansia por ganar. Ahora tenemos «motores» de ajedrez lo bastante potentes como para que no podamos ni soñar con vencerlos. Eso sí, mucha gente podría albergar la equivocada noción de que las máquinas ya saben jugar ajedrez a la perfección, y lo cierto es que no es así. Las máquinas de ajedrez también se equivocan, incluso las mejores, aunque sus errores no sean tan obvios como los que cometemos los humanos. A día de hoy el ajedrez perfecto está fuera del alcance de los ordenadores más potentes que existen sobre la faz de la Tierra, y todos juegan cometiendo imprecisiones, por pequeñas que nos parezcan. El principal motivo de esto es la complejidad propia del juego, que escapa a toda capacidad de procesamiento de la tecnología actual. Lo interesante es que, pese a todo, se ha empezado a caminar en esa dirección, y ese camino pone de manifiesto la enorme diferencia que todavía existe entre el cerebro humano y las máquinas a la hora de procesar información y tomar decisiones. Las máquinas pueden calcular de manera asombrosa, pero nosotros, los humanos —incluidos aquellos que jamás han jugado al ajedrez—, poseemos armas de las que ellas, por ahora, no disponen.

La complejidad del ajedrez

En el primer tercio del siglo XX había quien pensaba que el ajedrez estaba a punto de ser «resuelto» por completo. Por entonces no existían ordenadores y nadie se había detenido a realizar un cálculo coherente de la complejidad matemática del juego, aunque existían algunos indicios, como la famosa fábula india de los granos de arroz. Cuenta la leyenda que un matemático inventó el ajedrez y se lo presentó a un rey; a este le gustó tanto que dejó que el sabio eligiese su recompensa; este pidió que se le pagase con arroz, poniendo un grano en la primera de las casillas del tablero, dos en la siguiente, cuatro en la tercera… así hasta completar la sesenta y cuatro. El rey, sorprendido por lo que creía una petición modesta, accedió. Sin embargo, cuando un ayudante del rey realizó el cálculo, reveló que el resultado final arrojaba una cantidad tal de granos de arroz que no había bienes ni tesoros suficientes en todo el reino para pagar al inventor del ajedrez. En efecto, el número total de granos sobrepasaba los nueve trillones.

Aun así, el número de la fábula es ridículamente minúsculo comparado con el total de partidas de ajedrez diferentes que pueden llegar a existir. Como es bien sabido, cada jugada de ajedrez da pie a un número de posibles jugadas subsiguientes, cada una de las cuales hace posible otro número de jugadas. Cada jugada individual, pues, es como un árbol que se va ramificando hasta que la cantidad de posibilidades se vuelve inconcebible. Imagine que va a jugar usted con piezas blancas. En la primera jugada tiene a su disposición veinte jugadas posibles (dieciséis jugadas distintas posibles con los peones, y cuatro posibles con los caballos, pues el resto de piezas están todavía encerradas en sus posiciones de salida). Su contrincante, que juega con negras, tiene también veinte jugadas posibles para responder a cualquiera que usted haya elegido. Esto es, veinte por veinte. Al final del primer movimiento (1 movimiento=1 jugada de blancas + 1 jugada de negras), hay cuatrocientas posiciones posibles. Este número se vuelve a multiplicar con la segunda jugada de las blancas, y de nuevo se multiplica con la segunda jugada de las negras; además, el resto de piezas van entrando en juego, lo cual aumenta todavía más las posibilidades. ¿Hasta dónde puede llegar la cifra total de posiciones? Bien, la respuesta es alucinante. El matemático Claude Shannon hizo una estimación, llamada «número de Shannon», sobre la cantidad de partidas diferentes que pueden producirse en un tablero de ajedrez usando jugadas legales. La cifra era enorme: 10120. Un 1 seguido de ciento veintitrés ceros:

10.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 partidas posibles.

Para que se hagan una idea de la enormidad de esta cifra, se estima que la cantidad total de átomos en todo el universo (esto es, sumando todas las galaxias que conocemos) es de 1082. Ningún cerebro humano puede calcular todas posibilidades que se producen durante los movimientos iniciales de una partida, no digamos ya calcular todas las opciones posibles. Por fortuna, no es necesario conocer todas esas ramificaciones para jugar al ajedrez entre humanos con un nivel aceptable. Aunque, como veremos, este número sí es un obstáculo por ahora insalvable para que las máquinas puedan alcanzar la perfección.

Cómo piensan los ajedrecistas humanos

Bobby Fischer en una partida contra Boris Spassky, 1992. Foto: Ivan Milutinovic / Cordon.

Los seres humanos no juegan al ajedrez basándose en el cálculo, o, mejor dicho, el cálculo es una parte muy pequeña del proceso mental del ajedrecista. Para empezar, aunque cada jugada implique innumerables posibilidades futuras, un jugador experimentado puede descartar la mayoría de las ramas de ese colosal árbol de posibilidades. Una partida tiene tres fases (apertura, juego medio y final) y en cada una de esas fases se aplican diversas herramientas. Bobby Fischer lo resumía con una famosa frase: «En la apertura hay que jugar como en los libros; en el juego medio, como un genio, y en el final, como una máquina».

La herramienta fundamental para los inicios de partida es la «teoría de aperturas». Ya en el primer movimiento, al menos si usted pretende obtener un buen resultado, no puede optar por cualquier jugada de las veinte disponibles. Varias de ellas pueden conducir a una derrota rápida. Los errores en la apertura resultan fatales. Por ejemplo, está la partida conocida como «mate del loco»: si el jugador que lleva las blancas mueve el peón de alfil de rey a la casilla f3 y el peón de caballo de rey a la casilla f4, se arriesga a que le hagan jaque mate en solamente dos movimientos. Es el mate más rápido posible, así que ningún jugador con algo de experiencia hará esas jugadas. Existen otros errores gruesos (como el famoso «mate pastor») que solamente cometerá un novato, pero también hay trampas menos evidentes, conocidas como «celadas», en las que puede caer un jugador aficionado, a veces incluso después de años de práctica, a poco que le falle la concentración. Para evitar estos errores y esquivar las venenosas celadas se ha elaborado una teoría de aperturas que reúne las más razonables, las que merece la pena utilizar, bautizadas con diferentes nombres, como por ejemplo «apertura Ruy López», «gambito de dama», «defensa Philidor», «defensa india de rey», etc. Cada una de ellas tiene a su vez diversas variantes que también pueden tener su propio nombre (p. ej. «variante del dragón de la defensa siciliana»).

Algunas de esas aperturas existen desde hace siglos, como la apertura Ruy López o «española», y se siguen poniendo en práctica hoy; otras, sobre todo las variantes, son algo más recientes. Estudiarse estas aperturas ayuda a descartar los malos inicios de partida, lo cual reduce de forma drástica las ramificaciones del juego, al eliminar aquellas indeseables. La teoría de aperturas funciona de manera parecida al método científico. Las aperturas son puestas a prueba en el laboratorio de la competición y el análisis posterior de las partidas; algunas aperturas son abandonadas cuando se descubre su punto débil, otras se mantienen y son mejoradas, e incluso las hay que han sido rescatadas del olvido cuando alguien ha encontrado una forma de compensar lo que se consideraban sus puntos débiles. Existen unas mil trescientas aperturas y variantes recogidas en la teoría, que suelen cubrir los primeros quince o veinte movimientos de una partida. Es un número grande, pero asequible, sobre todo porque un ajedrecista puede especializarse en sus aperturas preferidas, y hay maneras de evitar aquellas aperturas de las que uno tiene menos experiencia o conocimiento.

Con todo, incluso si usted no conoce todas las aperturas puede manejarse con ellas, al menos hasta cierto punto, cuando aparecen sobre el tablero. Es verdad que distintas aperturas conducen a distintos tipos de partidas: las hay que favorecen un juego abierto y de ataque, otras favorecen un juego trabado y posicional, y le corresponde a usted elegir las que mejor se adapten a su estilo. Pero todas siguen ciertos principios estratégicos. A cualquier jugador novato le explicarán que lo primero que necesita aprender sobre la apertura es que necesita perseguir esos objetivos estratégicos. Por ejemplo, que se debe intentar dominar el centro del tablero, lo cual hace preferible mover en primer lugar los peones de las columnas centrales, o evitar que los caballos se vayan a los extremos del tablero. O que se debe conseguir una estructura de peones sólida, sin ningún peón aislado e indefenso; o que los caballos y alfiles no queden bloqueados y puedan maniobrar; o que el rey se enroque y quede protegido; o que la dama esté en una posición segura pero desde la cual pueda lanzarse al ataque cuando la situación lo requiera; o que las dos torres queden en comunicación entre sí para dominar la primera fila y así proteger el enroque del rey. Estos principios son útiles para cualquier novato que no conozca bien las aperturas y además le ayudan a descartar un montón de jugadas que no ayudan a conseguir esos objetivos. En cualquier caso, lo mejor es saberse el mayor número de aperturas posible, lo que Fischer llamaba «jugar la apertura como en los libros».

Cuando termina la apertura y el libro ya no cubre lo que sucede sobre el tablero, comienza el «juego medio». Aquí la ventaja ya no es del jugador que más ha estudiado, sino del que interpreta mejor la posición sobre el tablero. Es imposible memorizar el inabarcable rango de posiciones que pueden presentarse, pero también hay principios estratégicos que se aplican a las diferentes situaciones que se producen conforme avanza el juego. Los buenos ajedrecistas aplican estos principios estratégicos y eso les permite descartar un enorme número de malas jugadas para centrar su atención únicamente en aquellas que contribuyen a mejorar su situación, o por lo menos a no empeorarla. Los profanos suelen creer que los Maestros profesionales se limitan a calcular ramificaciones de jugadas todo el tiempo; en realidad, lo que distingue a los grandes jugadores es su capacidad para captar de un vistazo los puntos fuertes y débiles del tablero en cualquier momento dado. El ajedrez es un lenguaje; un jugador experimentado puede leer el tablero con rapidez y precisión, por eso vemos a los Maestros ofreciendo exhibiciones de partidas simultáneas frente a muchos jugadores más débiles, y ganar casi todas ellas, o todas. En estas exhibiciones, los grandes jugadores no necesitan estar calculando cuando pasan de un tablero al siguiente; ellos ven el tablero, leen la posición y rápidamente deducen qué jugadas pueden ser beneficiosas.

A los profanos esto les parece magia, pero en realidad se trata de la facilidad de los Maestros para reconocer patrones, como cuando un músico oye una canción por primera vez y es capaz de tocarla con la guitarra o el piano sin haberla ensayado nunca. Así, usted puede mostrarle a un ajedrecista una partida que él nunca ha visto, y aunque le muestre una posición a mitad de juego sin que haya visto cómo se ha llegado hasta ahí, él sabrá reconocer lo que está sucediendo sobre el tablero, como un músico reconoce la estructura de una melodía con solamente oírla. No conocerá esa canción antes, pero quizá sí conoce otras muchas en las que hay patrones similares. De igual modo, el ajedrecista verá qué piezas están en mala posición o amenazadas, cuáles pueden atacar, o qué casillas domina cada bando. Y basándose en eso podrá elegir la siguiente jugada en función de los principios tácticos y estratégicos que se derivan de su experiencia.

También se ayudará del cálculo, por supuesto, pero el ajedrez de competición se juega con reloj y el tiempo destinado a los cálculos mentales es reducido, así que antes de calcular posibles ramificaciones, el jugador ha de saber qué ramificaciones merecen ser calculadas. Una de sus armas, relacionada con el reconocimiento de patrones, será la intuición (que es un reconocimiento de patrones pero más subconsciente o, si lo prefieren, automático). Kaspárov ha explicado muchas veces que durante una de sus partidas más admiradas, la «partida inmortal» que jugó contra Topalov en 1999, inició su genial combinación de jugadas ganadoras por puro instinto, sin haber calculado muy bien a dónde iban a conducir, pero teniendo el pálpito de que el resultado iba a ser bueno. Sin esa intuición, que sin duda era producto de la combinación entre su experiencia y su talento, quizá no hubiese iniciado un árbol de jugadas que a primera vista podían parecer demasiado arriesgadas. Precisamente por la existencia de patrones, unos más bonitos que otros, el ajedrez es un juego tan «artístico». En el ajedrez, como en la música, las posibilidades «razonables» una vez iniciada cada partida son limitadas en número, y las posibilidades «bellas» todavía más limitadas, pero ahí estriba el encanto de su práctica. A esto es a lo que Fischer llamaba «jugar el juego medio como un genio», esto es, tratando de ver lo que otros no ven.

En la fase final de la partida, el ajedrecista también se apoya en principios estratégicos que en algunos casos pueden estudiarse. También hay una teoría de finales, pero esta ya no estudia secuencias fijas de jugadas como la teoría de aperturas, sino simulaciones de lo que puede suceder cuando quedan pocas piezas sobre el tablero. Saberse manejar en esas circunstancias también depende de la experiencia y la intuición, pero el cálculo gana importancia. A esto Fischer lo llamaba «jugar el final como una máquina», aunque lo dijo más como una metáfora que como un paralelismo con la manera en que las «máquinas» piensan (cuando Fischer pronunció esa frase, no existían computadoras de ajedrez dignas de ser tenidas en cuenta por su nivel competitivo).

El ajedrez entre humanos es pues una mezcla de estudio, capacidad para el reconocimiento de patrones —incluyendo la intuición— y una muy pequeña parte de cálculo. En general, se trata de ver quién lee mejor la partida, no quién calcula más jugadas de antemano. Si un ajedrecista tuviese que calcular todas las posibles ramificaciones de cada jugada, no existirían ajedrecistas porque la tarea sería inalcanzable. El ajedrecista humano sabe, ante todo, separar el grano de la paja. No lo hace a la perfección, pero sí lo bastante bien como para jugar a buen nivel. Para él, cada posición significa algo concreto, por eso algunos pueden recordar partidas enteras después de muchos años, o incluso jugar a ciegas. Esto es lo que las personas, por ahora, hacemos mejor que las máquinas: saber al instante por dónde debe y no debe discurrir la partida. El jugador humano, en primer lugar, evalúa la posición del tablero. Solo después de esa evaluación se preocupa de intentar prever las consecuencias de las pocas jugadas que su razón dicta como susceptibles de ser elegidas.

Cómo piensan las máquinas

Los ordenadores lo hacen todo justo al revés. Carecen de intuición, una herramienta que por ahora no puede ser programada. Lo que sí tienen es una enorme capacidad de cálculo. Primero elaboran un árbol de posibles jugadas —los ordenadores más potentes pueden calcular cientos de millones de posiciones por segundo—, y es después de haber realizado cálculos cuando evalúan las posiciones resultantes. ¿En qué se basa su evaluación, si carecen de intuición? Pues se basa en las reglas que sus programadores hayan introducido en su código; miles de reglas que, combinadas, producen un resultado numérico: 0 si la partida está igualada, un número positivo si las blancas tienen ventaja, y un número negativo si las negras tienen ventaja. Así, cuando un ordenador juega con blancas, calculará miles o millones de posiciones y elegirá la que arroje un número positivo mayor. Si juega con negras, elegirá la jugada que arroje un número negativo mayor. Las reglas que utilizan los motores de ajedrez son demasiadas para ser enumeradas aquí, pero su filosofía puede explicarse con algunos ejemplos. Por ejemplo, cómo calculan el valor de las piezas. El cálculo del valor del material del que dispone cada bando es una de las reglas básicas que deben utilizar para evaluar la posición. Por defecto, los valores son estos: peón=1, caballo o alfil=3, torre=5, dama=9 (el rey, cuya captura es el objetivo final del juego, es de valor incalculable, o más bien necesita reglas de evaluación distintas). Durante la partida estos valores pueden cambiar dependiendo de muchos factores. Veamos un ejemplo:

En la figura 1 vemos que cada bando conserva, además de su rey, dos peones. La máquina podría establecer que el valor del material para cada bando es de 1+1=2. La partida está igualada. En la figura 2, sin embargo, un peón blanco está en la séptima fila; cuando llegue a la octava —cosa que sucederá en la siguiente jugada, pues las negras no tienen forma de impedirlo— se «coronará», y podrá convertirse en otra pieza (siempre se elige la dama porque es la pieza más potente). Esto significa que ese peón está a punto de convertirse en dama y por lo tanto vale prácticamente lo mismo que una dama; esto es, ahora no vale 1, sino 9. En este caso, pues, la máquina calculará que la ventaja material del blanco es de 10 a 2. Ahora veamos la figura 3. El peón también está en la séptima fila, pero el rey negro le impide avanzar y, como además el peón está indefenso, el rey negro podrá «comérselo» en la siguiente jugada. Así pues, ese peón nunca podrá coronarse y su valor ya no es 9 como el de una dama, y ni siquiera 1 como un peón normal, sino prácticamente igual a cero, porque está a punto de desaparecer del tablero. Ya ven cómo cambia el valor de una pieza según la posición; pues bien, cuando hay más piezas sobre el tablero, la cosa se complica muchísimo más. Las reglas para calcular el material son muy numerosas. Un alfil que está bloqueado y no puede moverse (un «alfil malo») puede valer menos que un peón. Una pieza que amenaza con capturar a otra aumenta su valor intrínseco, mientras que la pieza amenazada lo disminuye. Una pieza que puede hacer jaque e iniciar una combinación ganadora aumenta su valor; las piezas defensoras, si no son capaces de detener ese ataque, pierden parte del suyo. ¿Cuántas reglas de este tipo puede emplear la máquina? Tantas como su programador haya querido o podido introducir. Así pues, el número final con el que la máquina decide qué jugada le conviene es el resultado de una compleja serie de fórmulas que, cuantos más y mejores algoritmos incluyan, más efectivo harán su juego. En conjunto, lo que determina cómo de bien jugará la máquina será la combinación entre la calidad de su programa (el «motor de ajedrez») y la capacidad de procesamiento de su hardware. Por esto existen competiciones entre ordenadores, que son como la F1 para los fabricantes de motores de automóvil: todo un campo de pruebas

Ahora bien, aunque una computadora actual pueda calcular millones de posiciones por segundo, siempre cometerá errores. Para jugar a la perfección debería saber cuál es la mejor jugada posible en cada posición posible. Como vimos antes, el número de partidas posibles es 10120, más que los átomos del universo. Es verdad que en muchas de esas partidas habría coincidencia de posiciones (a una misma posición del tablero se puede llegar por varios caminos), así que la máquina no necesita conocer todas las partidas posibles sino las posiciones posibles. Aun así, el número sigue siendo descorazonador: alrededor de 1045 posiciones legales. Una cifra inasequible para nuestra tecnología. Así pues, a las computadoras les sucede lo mismo que a las personas: llega un momento en que no son capaces de calcular más y han de tomar una decisión con cierto grado de incertidumbre. Eligen entre las posibilidades que han calculado, que son muchísimas (y por eso nos vencerán siempre a los humanos), pero hay otras posibilidades que no han llegado a calcular. ¿Qué implica esto? Que las máquinas juegan muy bien, pero aun así cometen imprecisiones.

Una partida de ajedrez entre dos máquinas que supieran jugar a la perfección, eligiendo siempre la mejor jugada posible, sería la «partida perfecta». Si no aplicásemos las reglas de competición entre humanos que determinan que una partida termina en tablas cuando se alarga más de la cuenta, para no agotar a los contrincantes, suponemos que una «partida perfecta» podría durar miles y miles de movimientos. El juego tardaría muchísimo en decidirse. No sabemos cómo terminaría esa hipotética partida perfecta. Sí se ha calculado el resultado de la partida perfecta en juegos mucho más simples. Por ejemplo, en el «tres en raya» la partida perfecta arroja un empate perpetuo. En el «conecta cuatro», la partida perfecta la gana quien haga la primera jugada. Pero, ¿en ajedrez? No se sabe. Las dos posibilidades razonables que se manejan son que la partida terminase en empate o que ganasen las blancas por tener la ventaja de salir primero, pero hoy resulta imposible de saber. Y, sin embargo, se han dado los primeros pasitos, todavía humildes, en pos de averiguarlo. Todo lo que se necesita es una herramienta nueva, cuya construcción quizá termine siendo la obra más longeva en la historia de la humanidad.

El largo, y quizá imposible, camino hacia la perfección

Para que una máquina pudiese elegir siempre la mejor jugada desde el principio y conseguir una partida perfecta, necesitaría conocer todas las posiciones posibles del ajedrez. Al principio de la partida, con treinta y dos piezas en el tablero y 1045 posiciones posibles, esto no puede ser calculado. Pero ¿y al final de la partida, cuando quedan muy pocas piezas sobre el tablero? ¿Puede llegar a construirse una tabla donde estén todas las jugadas posibles con unas pocas piezas, para que, con ayuda de esa tabla, la máquina pueda jugar un ajedrez perfecto al menos en la parte final?

Pues bien, esto es en lo que se está trabajando desde hace años. Se llama «base de datos de tablas de finales». En la actualidad existen bases de datos completas para posiciones donde hay hasta siete piezas sobre el tablero. La base de datos de siete piezas fue completada hace poco; se estima que la de ocho piezas podía estar completada hacia el 2020-22, pero de ahí en adelante, con cada nueva pieza que se añade, la complejidad se multiplica. Al ritmo actual, se tardará siglos en llegar a la base de datos completa, la de treinta y dos piezas. O, mejor dicho, no se llegará nunca, salvo que la tecnología informática avance lo suficiente como para almacenarla y manejarla. Con nuestra tecnología es y será imposible. La esperanza está depositada en el desarrollo de ordenadores cuánticos. Si ese momento llega, tampoco sabemos si se conseguirá o cuánto tiempo se tardará. En cualquier caso, ahora tenemos una pequeña muestra de «ajedrez perfecto», jugado con siete piezas como máximo. Es una muestra incompleta, pero ya arroja algunos resultados sorprendentes.

Garri Kaspárov comentó en una entrevista el asombro que le causó ver un final «perfecto» de pocas piezas jugado de acuerdo a esa base de datos, gracias a la cual una máquina, sin necesidad de calcular o evaluar posiciones, puede sencillamente elegir la mejor jugada posible en cualquier posición que se le presente. ¿Cómo era ese «ajedrez perfecto» con pocas piezas? Kaspárov tuvo la impresión de estar viendo un ajedrez jugado casi al azar. Las piezas se movían sin sentido, o, mejor dicho, sin seguir los patrones lógicos que los humanos estamos acostumbrados a reconocer sobre el tablero. Es evidente que el ajedrez perfecto usa una lógica tan, tan afilada que los humanos no somos capaces de seguirla. Esto es chocante, porque los ordenadores, cuando no juegan con ayuda de esa base de datos, sí juegan un ajedrez reconocible. Sin embargo, el juego perfecto sigue patrones cuya lógica se extiende a lo largo de centenares de jugadas, y eso escapa a nuestra comprensión. Es como estar viendo una partida entre dos alienígenas. Cabe preguntarse si una partida jugada a la perfección desde el inicio sería también irreconocible, o hasta qué punto seguiría la actual teoría de aperturas; o acaso viésemos un baile de piezas sin sentido (para nosotros), y más incomprensible cuanto más avanzada estuviese la partida. Es como si hubiésemos inventado una máquina capaz de componer música «perfecta» con unas pocas notas, pero al escucharla comprobásemos que nos parece un ruido sin sentido. En cualquier caso, la hipotética base de datos completa con treinta y dos piezas, que contendría el secreto de la partida perfecta, de la mejor partida posible, será inalcanzable durante generaciones. Quién sabe si la humanidad llegará a desarrollar la tecnología que lo permita.

Lo que sí sabemos es que, con bastante probabilidad, el ajedrez perfecto nos dejará fríos. La belleza del ajedrez entre humanos reside en su imperfección. Vemos que un jugador comete una imprecisión, y disfrutamos viendo cómo el rival aplica su talento para aprovechar esa imprecisión. No es la matemática del ajedrez lo que se disfruta, sino la humanidad de los jugadores, con sus errores e intuiciones geniales. Imaginemos que se fabricasen máquinas tenistas que nunca se equivocasen; obtendríamos el partido de tenis más aburrido de la historia. Lo bello del tenis entre humanos es que es imprevisible, que no hay un golpe igual a otro, y que los jugadores han de recurrir a su talento para afrontar lo imprevisto, ya sean imprecisiones propias o del contrario. En eso, el tenis o el baloncesto no se diferencian en nada del ajedrez. Sobre el tablero también suceden cosas imprevistas, y la emoción emana de la contemplación de los jugadores de talento sumidos en el trance de solucionar problemas sobre la marcha, con sus propias e imperfectas armas. Además, siempre hay una historia detrás: los jugadores pueden estar cansados, o nerviosos, o tensos, y eso es lo que crea el relato de la partida. En el último campeonato mundial, disputado por Magnus Carlsen y Serguéi Kariakin, tuvimos un buen ejemplo; incluso los empates podían llegar a ser muy tensos, porque la guerra psicológica entre ambos contendientes se hacía patente con cada nueva jugada. Así pues, el ajedrez perfecto quizá sea inalcanzable, pero nunca sustituirá al ajedrez imperfecto, del que emana la belleza del juego. La fotografía, que puede obtener una imagen perfecta de lo real, no acabó con la pintura, que es más bella cuando se aleja un poco de la realidad, porque lo que queremos ver y disfrutar en un cuadro no es la realidad, sino la interpretación del artista. Por ello sigue impresionando más el trabajo de Velázquez o Rembrandt que el de pintores hiperrealistas. En el ajedrez existe una verdad matemática, que no hemos descifrado, pero la verdad y el arte no son la misma cosa, igual que un lienzo con un paisaje no es el paisaje, sino otra cosa; es arte.

Quizá haya personas que nunca han jugado al ajedrez y piensan que se trata de una especie de pasatiempo matemático. Es difícil expresar la sensación de jugar a quien nunca lo ha hecho, pero sí se le puede decir esto: sería como pensar que hacer música es un mero pasatiempo matemático porque la materia prima de la música sean las frecuencias sonoras y las reglas matemáticas que determinan las armonías o los ritmos. El ajedrez, como la música, es un acto creador. En toda partida llega el momento en el que el jugador ha de tomar decisiones, y esas decisiones no están determinadas por el mero cálculo. Su propia personalidad, sus aspiraciones, su inclinación hacia la belleza o hacia el pragmatismo son los ingredientes que conforman el relato del ajedrez. No hay dos ajedrecistas iguales como no hay dos músicos iguales. Es un juego que, cabe recordar, no fue inventado por máquinas. Es dudoso que máquinas inteligentes hubiesen querido inventar algo como el ajedrez. Lo inventamos los seres humanos porque es una expresión de las luchas humanas. Así pues, si usted juega mal al ajedrez, no se desanime: sus partidas siempre serán más interesantes que las de una máquina.


In memoriam: Mark Taimánov

Mark Euguénevich Taimánov. Foto: Dutch National Archives (DP)
Mark Euguénevich Taimánov. Foto: Dutch National Archives (DP)

Cuando daba conciertos me estaba tomando un descanso del ajedrez. Cuando jugaba al ajedrez estaba descansando del piano. ¡Mi vida ha sido como unas largas vacaciones! (Mark Euguénevich Taimánov)

Las vacaciones de Mark Euguénevich Taimánov han llegado a su fin. Han sido largas, noventa años, y han sido fructíferas. Casi como dos vidas en una. Fue uno de los más importantes ajedrecistas del mundo durante una generación legendaria, repleta de iconos de los tableros. Fue, además, un reputado músico durante otra generación de intérpretes y compositores que también han pasado a la historia. Y por encima de todo fue un hombre que amaba vivir, cosa que no siempre puede decirse de los que viven. Eso se desprendía de su ajedrez; jugaba como el músico que también era, porque el disfrute del arte —sobre los tableros o ante el piano— pareció mover toda su existencia.

El poeta argentino Antonio Porchia escribió en su única obra, Voces, que «se vive en la esperanza de llegar a ser un recuerdo». Pero esta idea, cabe suponer, es algo con lo que Mark Taimánov no hubiese comulgado. Siempre supo que, por lo menos en lo que se refiere al ajedrez, no se le recordaría como merece. No por nada que él hiciese mal, sino sencillamente porque en la crónica de cualquier deporte se producen acontecimientos puntuales que pueden eclipsar el brillante legado de quien tiene la desdicha de salir como perdedor. Recuerden al futbolista Roberto Baggio, uno de los más talentosos que jamás haya pisado un campo, pero del que muchos se acuerdan porque falló un penalti que le costó a su selección toda una copa del mundo. La memoria comunal es cruel porque no es objetiva, y se compone más de percepciones que de certezas.

Un resumen cierto de la trayectoria de Taimánov tiene que describir al hombre que logró la improbable hazaña de alcanzar la élite en dos carreras tan difíciles de perfeccionar y tan exigentes por separado como el ajedrez y el piano clásico. Este logro era algo poco común ya en sus años de gloria deportiva (hoy sería impensable) y a él parecía divertirle la extrañeza que eso despertaba en todos: «Los ajedrecistas me veían como un músico y los músicos me veían como un ajedrecista». Como si se empeñasen en creer que tenía que ser un aficionado en alguna de esas cosas, aunque era profesional de élite en ambas. Y él se decía feliz estando entre dos aguas, porque así podía hacer amigos en cada orilla sin que nadie se molestase en hacer de él un enemigo.

En cualquier caso, incluso en el mundo de las sesenta y cuatro casillas —donde todos los profesionales de élite, por definición y necesidad, son personas muy inteligentes—, la combinación de talentos de Taimánov merecía homenaje. Pero volvemos a lo injusto de la memoria: qué eran sus talentos o su impresionante currículum cuando se vio aplastado por la imparable avalancha de una mitología ajena; su nombre estuvo durante décadas bajo la sombra de la sangrante derrota que sufrió en 1971 a manos de Bobby Fischer, durante los cuartos de final de aquel Torneo de Candidatos en que el estadounidense consiguió, para desgracia de sus rivales, la más amplia superioridad que ningún jugador haya mostrado sobre la competencia en toda la historia del ajedrez. O eso dice Garry Kaspárov, que de superioridad sobre los rivales sabe bastante.

Aquel 1971, el estadounidense barrió a Taimánov de la eliminatoria mundial por 6 a 0, sin que Taimánov pudiese conseguir siquiera unas tablas, siendo el empate el resultado más habitual entre Grandes Maestros. Semejante paliza no se había visto en todo el siglo XX. De hecho, para encontrar el único resultado parecido entre dos jugadores de primer nivel había que remontarse a 1870, cuando un enfrentamiento entre Steinitz y Blackburne terminó con un 7-0. Cosa que incluso en el primitivo ajedrez decimonónico parecía una anomalía, un suceso aberrante destinado a no repetirse nunca. Pero se repitió, cien años después, y Taimánov, para su desgracia, se vio protagonizando lo impensable frente a Fischer: «Experimenté el terrible sentimiento de que estaba jugando contra una máquina que nunca cometía errores, y eso hizo trizas mi resistencia». Fue así como aquel hombre de enorme talento quedó apilado como un ladrillo más en los cimientos de la leyenda que Bobby estaba edificando a marchas forzadas en su ascenso hacia la corona.

Bobby Fischer frente a Mark Taimánov. Foto: Dutch National Archives (DP)
Bobby Fischer frente a Mark Taimánov. Foto: Dutch National Archives (DP)

Ese único suceso, más que ningún otro, se empeñó en apellidar la biografía de Taimánov de cara a los medios más generalistas y al aficionado casual; lo cual es injusto, insisto, pero sucedió así. Él, claro, nunca lo olvidó. Unos veinte años más tarde, durante una exhibición en Italia, un seguidor abordó al Gran Maestro ruso y le pidió que firmase un cuaderno manuscrito en el que había anotado y comentado todas las partidas importantes de su ídolo. Taimánov empezó a pasar las páginas. Su expresión, según cuentan, se ensombreció cuando llegó a las transcripciones de aquellas infaustas seis partidas en las que Fischer lo había hundido en la miseria. El propio Taimánov parecía resignado a llevar sobre los hombros la carga de ser recordado como la primera gran presa del tiburón estadounidense en su camino hacia el título mundial, no en vano escribió una crónica sobre el enfrentamiento y la bautizó de esta manera: Cómo me convertí en la víctima de Fischer.

Ese título no era una hipérbole. Estando en plena Guerra Fría y jugándose el prestigio nacional, las autoridades soviéticas no se tomaron bien el resultado. Y no porque Taimánov hubiese perdido, que era lo previsto, porque para entonces el mundo había entendido ya que Bobby Fischer estaba en pleno «Big Bang». Lo que enfureció al Kremlin fue que su representante hubiese perdido de manera tan aplastante, con un vergonzante rosco en el marcador, dándole así a los Estados Unidos un material propagandístico de primera. Se convirtió en un apestado para el régimen. No es que nadie fuese a recibirlo al aeropuerto, que por descontado no fueron, sino que anduvo cerca del precipicio mientras en el Partido decidían si debían incluso considerarlo un traidor y juzgarlo como tal:

Se me privó de mis derechos civiles. Se me quitó el sueldo. Se me prohibió viajar al exterior y se me censuró en la prensa. Era impensable para las autoridades que un Gran Maestro soviético pudiera perder de semejante forma ante un americano, sin que hubiese una explicación política. Por lo tanto me convertí en objeto de calumnia; se me acusaba, entre otras cosas, de leer libros de Solzhenitsin en secreto. Se me apartó de la sociedad. Fue también la época en que me separé de mi primera mujer.

El calvario se prolongó durante dos años, aunque cabe decir que no estaba destinado a durar mucho más, porque en la URSS pronto supieron que la humillante derrota de Taimánov no era culpa suya. Sus compañeros, los Grandes Maestros rusos que dominaban la escena mundial, lo habían defendido ante los comisarios políticos, asegurando que Taimánov no había jugado tan mal como indicaba el resultado, e insistiendo en que era Fischer el que parecía haber ascendido a un estado de gracia. Los hechos, además, lo demostraron cuando ya en la semifinal del Candidatos, Bobby le infligió otro 6-0 al Gran Maestro danés Bent Larsen, por entonces número tres del ajedrez mundial. Nadie podía creerlo, claro. Pero para Taimánov fue, por lo menos de cara a medio plazo, una buena noticia. Ya no era el único que había caído en la trituradora. En la final del Candidatos Fischer también aplastó al antiguo campeón mundial Tigran Petrosian, por un marcador de 6.5 a 2.5, aunque Petrosian salvó algo de honrilla competitiva anotándose una partida y rompiendo la racha de victorias de Fischer, que casi con toda seguridad el ajedrez jamás volverá a contemplar, salvo que aterrice un alienígena y la FIDE le permita federarse. El Kremlin entendió que Taimánov no había sido el problema. Eso no le libró de la preceptiva cuarentena social que demandaba el orgullo soviético herido, pero al final pudo recuperar su vida y sus dos carreras, aunque ya era consciente de que su papel como víctima propiciatoria del huracán Fischer había quedado marcado a fuego en su legado.

Mark Taimánov nunca fue, sin embargo, una figura melancólica o trágica. Lo pasó mal a principios de los setenta, sin duda. Pero su vida fue más plena y exitosa que la del propio Fischer en todos los ámbitos excepto en el tablero. Siempre pareció destinado a cosas grandes. En 1937, cuando tenía doce años, un equipo de rodaje fue hasta su ciudad, San Petersburgo, para realizar una película en la que debía aparecer un niño interpretando piezas de Beethoven con el violín. El pequeño Mark tocaba el piano por influencia de su madre, pero jamás había tocado un violín. Aun así, se aplicó en la tarea y con una velocidad pasmosa consiguió tocar aquel nuevo instrumento lo bastante como para que le diesen el papel: «Parece que hice un trabajo aceptable, porque la película fue un éxito y hasta le concedieron un premio en el festival de cine de París».

Aquel prodigio musical, sin embargo, se decantó hacia otro amor. En aquella misma época el estado soviético le ofreció estudios especializados para formarse en la profesión que él eligiese, dado que era un alumno de grandes capacidades y Moscú tenía un programa especial de desarrollo de niños superdotados. En el entorno de Mark esperaban sin duda que optase por estudiar piano, pero él se salió por la tangente: «Una voz en mi cabeza me susurró: ¡ajedrez!». Así, le dijo al Estado que su primer objetivo era convertirse en campeón, y entró en la infalible fábrica soviética de Grandes Maestros para estudiar nada menos que junto al futuro campeón mundial Mijail Botvinnik. Mientras se entrenaba para la élite de los escaques, continuó con sus estudios de piano. Así conoció a su primera mujer, Lyubov Bruk, también pianista. Con ella empezó a girar interpretando piezas para cuatro manos; se convirtieron en uno de los dúos pianísticos más solicitados del planeta. Con el tiempo, de hecho, uno de sus discos sería seleccionado por la casa Phililps como parte de la colección Los cien mejores pianistas del siglo XX. Taimánov, que siempre dijo sentirse como «un aficionado» en las dos difíciles profesiones que ejercía, sonreía como un niño cuando le recordaban que había entrado en ese distinguido centenar: «¡Estoy ahí, con los grandes!».

Y lo estaba. Fue colega y amigo de gigantes de la música como el famoso compositor Dimitri Shostakovich (seguro que les suena su «Romance»), el pianista Sviatolav Richter, el violoncelista Mstislav Rostropovich o Aram Khachaturian, autor de la celebérrima «Danza del sable». Esto es algo de lo que Fischer, quien apenas pasaba de escuchar la radio mientras bebía una Coca-Cola, nunca pudo presumir. Pero fue precisamente Fischer quien dijo «el ajedrez no es como la vida, el ajedrez es la vida», y por descontado esta es otra sentencia que Taimánov se hubiese negado a asumir. Para él, el ajedrez era una parte importante de su vida, sí, pero ni mucho menos la única. A veces le preguntaban si no pensaba que sostener sus dos carreras al mismo tiempo había perjudicado su rendimiento en ambas. ¿Hubiese sido un aspirante más serio a al campeonato mundial de haber abandonado la música? ¿Hubiese sido un concertista más famoso de haber abandonado los tableros? Recuerden que Albert Einstein, amigo del campeón mundial Emmanuel Lasker, lamentaba que este «perdiese el tiempo» con el ajedrez, siendo como era un matemático profesional cuya inteligencia consideraba equiparable a la suya propia. Pero Taimánov no pensaba en esos términos. ¿Por qué renunciar a una de sus dos vidas? Decía, con mucha sensatez, que nada le hubiese garantizado obtener todavía mejores resultados en cualquiera de las dos profesiones de haberse entregado por completo, pero sin duda hubiese perdido la mitad de sus experiencias renunciando a una mitad de sí mismo. «Por fortuna tengo un carácter débil, así que nunca me pude decidir por una de mis dos profesiones», dijo, aunque como en sus inescrutables combinaciones de jugadas, es difícil precisar si lo decía en serio. Hasta sus últimos años fue así: vivir no le agotaba. Décadas después de haber formado una familia, fue padre, ¡a los setenta y ocho años!

Foto: Dutch National Archives (DP)
Foto: Dutch National Archives (DP)

Quizá lo que más le gustaría que recordásemos es su legado, cultivado bajo la premisa de que el ajedrez como un arte. Cuando le preguntaban por sus jugadores favoritos, respondía sin dudar: Alekhine, Mijáil Tal, Kaspárov. O lo que es lo mismo, tres de los más significados genios del ataque y la improvisación. Esa era la filosofía ajedrecística que él compartía: crear belleza sobre el tablero. Él mismo relacionaba esa actitud con su faceta de pianista. Y produjo partidas memorables bajo ese enfoque. En 1977, cuando Anatoly Kárpov era el intratable titular de la corona mundial, arrasando sin piedad en torneos, acumulando trofeos con furia y con sus poderes en su punto álgido, Taimánov hizo la machada de ganarle con una de esas combinaciones de jugadas que van a las enciclopedias de ajedrez solamente porque no pueden ser colgadas como un lienzo. Ambos se enfrentaron en un torneo conmemorativo del sesenta aniversario de la Revolución soviética. Toda la cúpula del ajedrez mundial estaba mirando y los mandamases de la política local estaban bien atentos. Taimánov, quien había sido tratado como un paria hasta apenas meses antes, doblegaba al campeón con una combinación sorprendente, tan «sencilla» como difícil de ver sobre el tablero. A Kárpov se le escapó y no digamos al aficionado medio. Tanto es así, que aquella combinación fue incluida en libros de ejercicios como uno de esos rompecabezas de solución cristalina y armoniosa que nacen del genio imaginativo de algunos ajedrecistas, aquellos que se empeñan en mirar más allá de lo convencional.

Al año siguiente, por cierto, Taimánov volvió a maravillar en una partida contra Alexander Shashin, sacrificando dos alfiles, uno detrás de otro, para atacar al rey contrario en la mejor tradición del ajedrez romántico, ese que prima la belleza por encima de la matemática. Taimánov tenía una facilidad notable para revivir el carácter poético del ajedrez del siglo XIX. En 1963, durante el Torneo de Candidatos y jugando contra el correoso Tigran Petrosian, ofreció un alfil envenenado que su rival no podía capturar, y justo después ofreció también la dama, por igual envenenada, para al final lanzar una torre suicida contra la muralla de peones tras la que se resguardaba el rey de Petrosian, dejándolo repentinamente indefenso, sorprendido por un diluvio de creatividad. Algo parecido le hizo a Lev Polugaevsky en 1960, «regalando» una dama que Polugaevsky no podía aceptar sin perder… aunque rechazándola perdía también, con su rey huyendo por el centro del tablero hasta que, cuando la partida llevaba solamente veintitrés movimientos, tuvo que inclinarse. No hay nada tan bello en ajedrez como la caza inclemente del rey enemigo por caminos enrevesados, cuando además se sacrifican piezas propias en pos de una victoria que parece emerger de la nada. En ese terreno es donde brillaba Taimánov, un compositor sobre el tablero.

Los jugadores como él, los creadores de arte, no siempre abundan en la élite. Es probable que vayan a ir abundando cada vez menos. Por eso es doloroso despedir a Mark Taimánov; es uno de esos hombres con los que los admiradores de una disciplina sienten que se marcha una época. Por fortuna, sus grandes partidas quedarán ahí, inmutables, enrevesadas, sorprendentes, para quien quiera verlas. Y por supuesto, su música, para quien quiera oírla. Hasta siempre, Maestro.


In memoriam: Víktor Korchnói

Víktor Korchnói en 1976. Foto: Dutch National Archives (CC)
Víktor Korchnói en 1976. Foto: Dutch National Archives (CC)

Para amar el mundo del ajedrez no se necesita saber mover las piezas. He pensado esto desde que no sabía jugar al ajedrez pero hojeaba los libros y revistas de mi padre; me saltaba las partes técnicas, como las transcripciones de partidas o las explicaciones teóricas, pero leía con delectación crónicas de torneos repletas de anécdotas o descripciones psicológicas de jugadores, y los artículos históricos en que se rememoraban hechos del pasado. El mundo del ajedrez está repleto de personajes y situaciones que parecen extraídos de novelas. Me gustaban de manera especial las revistas publicadas durante los años setenta, que repasaba en orden, como si fuesen un serial televisivo, experimentando el suspense de acontecimientos que ya habían sucedido, pero que para mí eran nuevos. Los setenta fueron los años del reinado y desaparición de Bobby Fischer, de la lucha de Anatoli Kárpov por deshacerse del peso de haber sucedido al estadounidense, y de la segunda juventud deportiva de Víktor Korchnói, el hombre que convirtió dos finales del campeonato mundial, las de 1978 y 1981, en toda una película de espías.

Si un profano repasa el historial de campeonatos y torneos importantes sin más información, verá solamente un listado de nombres de los que, con suerte, conocerá tres o cuatro. Los consabidos Fischer, Garri Kaspárov, Kárpov y quizá Boris Spassky, cuyo apellido aparece asociado al de Fischer y aquel mundial de 1972 que tuvo a todo el planeta en vilo. Sin embargo, hay mucho más. Muchísimo más. Bucear en el historial de torneos de diferentes épocas nos descubre que esa lista de nombres, en apariencia fría y anodina, se revela como una compleja textura de personalidades y situaciones que, como los fractales, desarrolla más ramificaciones cuanto más de cerca la observamos. Como dice Leontxo García, son quinientos años de historia bien documentada, algo que no sucede en ningún otro deporte o competición de los que yo tenga noticia. Casi todas las épocas son ricas en sucesos, pero los campeonatos mundiales pocas veces fueron tan excitantes (y a la vez seguidos con tanto detalle mediático) como durante los años setenta y ochenta. En 1972 la tensión acumulada de la Guerra Fría se vertió sobre el tablero cuando Bobby Fischer, después de años de inexplicables espantadas, consiguió por fin optar al título mundial. En los ochenta, por descontado, se produjo la titánica rivalidad entre Kárpov y Kaspárov, que arrastró una maquinaria mediática casi comparable a la de los tiempos de Fischer. ¿Qué hubo en medio de ambas cosas? Pues bien, en medio se produjeron dos enfrentamientos antológicos entre Kárpov y Víktor Korchnói, finales cuyas surrealistas circunstancias no desmerecían de todo lo vivido en torno al imprevisible Bobby. Víktor Korchnói, el hombre que nunca se sentó en el trono pero a quien hoy el ajedrez despide como a uno de los más grandes, que lo fue, tenía una personalidad casi tan compleja y desconcertante como la del propio Fischer. Es difícil exagerar en torno al carácter de Korchnói: incendiario, controvertido, discutido (y no pocas veces discutible), excesivo, indómito, valiente e incorregible.

Al contrario que Fischer, que tras obtener el campeonato mundial pasó buena parte de su vida retirado y a veces incluso desaparecido como un fantasma, Korchnói permaneció siempre en el mundillo, a la vista, compitiendo mientras las fuerzas le dieron para ello. Cuando la edad lo transformó en una figura venerable demostró ser mucho más que una vieja gloria. Por ejemplo: en el cambio de siglo, cuando se aproximaba a los setenta años, todavía era capaz de sorprender con un nivel de juego insólito en alguien de su edad, y no era raro que pusiera en problemas a rivales mucho más jóvenes. Es verdad que su mejor momento llegó de manera tardía, pues optó al título cuando ya había pasado los cuarenta años, edad en la que otros grandes declinan sin remedio. No fue capaz de superar a un Kárpov que parecía invencible (y casi lo era, hizo falta todo un Kaspárov para destronarlo) pero a Korchnói no se le puede culpar por ello. Es uno de los más cualificados aspirantes a esa distinción honorífica, pero muy importante, de «mejor ajedrecista que nunca ha ganado un título mundial». Donde quiera que esté ahora, el feroz Korchnói puede presumir de haber ganado más de cuarenta y cinco partidas a nueve de los más grandes, nueve jugadores que en algún momento lucieron la corona mundial: Mijail BotvinnikVasili Smyslov, Spassky, Mijaíl TalTigran Petrosian, Fischer, Kárpov, Kaspárov y Magnus Carlsen. Esto, más que ninguna otra cosa, demuestra la manera en que fue capaz de hacerse notar a lo largo de varias décadas. Siempre fue un jugador irregular, esto lo sabían todos, incluido él mismo; como decía Kárpov, «el juego de Korchnói depende de su estado de ánimo», pero aun así siempre estuvo ahí, entre los mejores, hasta que los achaques de la ancianidad se lo impidieron.

Su carácter fogoso, que por momentos llegaba a ser muy problemático, empezó a fraguarse durante una infancia repleta de sufrimientos. Conoció muy pronto la pobreza, pese a provenir de una familia aristocrática. De raíces católicas y polacas, el estalinismo y la guerra arrasaron sus primeros años. Su padre era profesor de literatura, aunque los planes quinquenales de Stalin le arrojaron de su acomodada posición, enviándole a trabajar como operario en una fábrica. Su madre era pianista y tras separarse de su marido terminó viviendo casi en la miseria. Korchnói apenas llegó a conocer los buenos años de su familia, pero no olvidaba; afirmaba tener un «recuerdo borroso» de una casa con muebles antiguos, repleta de libros y estímulos culturales, en la que los temas de conversación todavía «no se habían resumido a uno solo: el de qué íbamos a comer durante las semanas siguientes». Las cosas todavía tenían que empeorar. En 1941, cuando el pequeño Víktor tenía diez años, quedó atrapado en el sitio de Leningrado. Mientras los alemanes cercaban la ciudad vio morir a varios de sus familiares. Su padre, destacado en el frente, no sobrevivió a los combates. El propio Víktor, con diez u once años, tuvo que arrastrar, con ayuda de un tío suyo, el cadáver de su abuela hasta el cementerio. Cuando las privaciones del cerco arreciaron, él mismo tuvo que ser hospitalizado a causa de la desnutrición, algo que le causó problemas de salud durante años. Él mismo hablaría de la influencia que aquellas experiencias tuvieron sobre su personalidad y su juego: «Desde niño, no he sabido hacer otra cosa que defenderme». Y así era: muchas veces, cuando sobre el tablero descubrió que sus contrincantes favoritos eran los que le atacaban. Korchnói era un especialista en dejarse arrastrar hacia situaciones en apariencia desesperadas, para después contraatacar con toda la ferocidad de quien había sobrevivido por poco al apocalíptico sitio de Leningrado.

Max Euwe y Víktor Korchnói. Foto: Dutch National Archives (CC)
Max Euwe y Víktor Korchnói. Foto: Dutch National Archives (CC)

Su víctima propiciatoria fue el genial Mijaíl Tal, considerado por muchos el mejor y más imaginativo atacante de todos los tiempos; Tal acostumbrada a desconcertar a lo más granado del ajedrez mundial con sus marcianas y fascinantes ocurrencias ofensivas, pero casi nunca pudo con Korchnói, que le infligió una buena cantidad de derrotas. Korchnói no se dejaba amilanar por las retorcidas combinaciones del «genio de Riga» y casi siempre parecía encontrar un punto débil por el que convertir cada asalto dirigido a él en un contragolpe decisivo. Rara vez se lo veía mostrar preocupación ante un rival. Jugó pocas veces contra Bobby Fischer, pero consiguió que el registro de partidas entre ambos terminase en empate. La tremenda presión psicológica y táctica que Bobby ejercía sobre los mejores jugadores del mundo tampoco parecía afectar al beligerante Víktor, que se negaba a sentirse empequeñecido ante nadie. Aun así, tardó mucho tiempo en convertirse en un aspirante con verdaderas posibilidades. Lo único que lo alejaba de mejores resultados era aquella inconsistencia que traía de cabeza a los dirigentes deportivos de la URSS; más de una vez, durante sus años jóvenes, Korchnói recibió reprimendas por una afición a la bebida que nunca se molestó en negar, a cuyos efectos sobre el juego no ayudaba una úlcera que lo atacaba con periodicidad. Por lo demás, él nunca parecía contento. Incluso después de haber ganado algún torneo sorprendía a los periodistas con quejas sobre su rendimiento o las circunstancias del evento. Su perenne frustración sacaba de quicio a algunos y confundía a otros. Una sordera parcial terminó de agriar su carácter, aunque le ayudaba concentrarse durante las partidas. Una vez, mientras jugaba un torneo en Moscú, los cañones del ejército empezaron a disparar salvas para conmemorar un día festivo. Spassky, que estaba jugando contra él, dio un respingo. Pero Korchnói solamente notó que algo raro pasaba porque «la silla y el tablero temblaban y las piezas empezaron a moverse».

Nunca se resignó a que los años hicieran mella en él. En los setenta, cuando sus tiempos jóvenes habían pasado, muchos le daban por acabado. Casi toda la vieja guardia soviética había quedado desmoralizada por el huracanado ascenso al trono de Bobby Fischer; el mismísimo Spassky, hasta poco antes el gran héroe de la URSS, estaba sufriendo un doloroso ostracismo a causa de su derrota. Los soviéticos depositaban ya todas sus esperanzas en una nueva generación encabezada por Kárpov. Pero Korchnói no bajaba la cabeza. Si tenía que enfrentarse a Fischer, lo haría en condiciones. Decidió cambiar de vida. Empezó a correr varios kilómetros diarios, dejó de beber e incluso empezó a practicar yoga. Se preparó con ahínco de cara a la final de 1975, que debía disputarse contra el campeón reinante. Korchnói dio buenas muestras de que podía enfrentarse a la nueva guardia. Primero ganó el Torneo Interzonal de 1973, primer paso hacia la candidatura, empatando a puntos con Kárpov. En el paso siguiente, las eliminatorias del Torneo de Candidatos de 1974, se deshizo con esfuerzo del antiguo niño prodigio brasileño Henrique Costa Mecking, reivindicando una vez más su condición de serio aspirante. Después venció al excampeón mundial Petrosian. Finalmente tuvo que disputar con Kárpov la posibilidad de enfrentarse a Fischer. Fue un enfrentamiento tenso que Kárpov ganó por muy poco, aunque lo que de verdad dolió a Korchnói fue comprobar que pese a toda su preparación y el buen nivel al que estaba jugando las autoridades soviéticas le dedicaban todas atenciones a Kárpov, que tenía veintitrés años, mientras lo ignoraban a él, que ya contaba con cuarenta y tres. Aquello marcó el inicio de su resquemor público hacia la URSS, cuyos dirigentes pensaban que Korchnói no estaba preparado para enfrentar al coloso estadounidense (en realidad tampoco estaban convencidos de que Kárpov pudiera ganar, pero confiaban más en su carácter frío, que iba a necesitar si Fischer empezaba a hacer de las suyas). Cuando llegó 1975, el momento de dirimir el título, Fischer se negó a reaparecer. El título pasó a manos del Kárpov, que ni siquiera había tenido que arrebatárselo sobre los tableros al americano. Por entonces, Korchnói ya había decidido que Kárpov era su némesis. Esto, sumado a su descontento por la vida bajo el régimen de Moscú, hizo que abandonase la URSS. Se convirtió en un ruidoso disidente. Empezó a atacar sin cortapisas a todo lo que tenía que ver con la maquinaria soviética de ajedrez. Quitarle el título a Kárpov podría ser una dulce venganza. Entretanto, Kárpov se sentía incómodo por la forma en que se le había otorgado la corona; además de intentar por todos los medios que Fischer accediese a jugar contra él (no lo consiguió) empezó a presentarse a todos los torneos que podía con la intención no de ganar, sino de arrasar, de destruir, de apabullar a los rivales. Quería ser aplastante, indiscutible, para sacudirse de encima la alargada sombra de un Fischer espectral cuyo paradero el público desconocía y a quien muchos, sobre todo en occidente, seguían considerando el rey in absentia.

Así se gestaron las dos finales que Korchnói disputó contra Kárpov en 1978 y 1981. Cabe suponer lo mucho que significaban para ambos, la enorme carga política y personal. El match de 1978, sobre todo, fue un espectáculo digno de la más disparatada de las novelas. Korchnói se presentó rodeado de una estrafalaria comitiva en la que había monjes budistas y parapsicológos; dejaba atónitos a quienes le veían poniéndose cabeza abajo para practicar sus posturas de yoga. Convencido de que Kárpov y su equipo trataban de hipnotizarle, se presentó con gafas de espejo en una partida. Sus acusaciones sobre manejos psicológicos y telepáticos eran causa de chanza pero, con mayor frecuencia, de pasmo. No fue la única vez que afirmó notar cosas extrañas cuando se enfrentaba a jugadores soviéticos: aseguró que durante un match contra Boris Spassky, este le había estado «leyendo la mente». Con su característica tendencia a dramatizar el pasado, Korchnói mantuvo esa versión hasta el final, insistiendo en que había experimentado sensaciones «sobrenaturales». Como decía el alcoyano Ricardo Calvo, médico, Maestro Internacional e historiador de los tableros, la superstición es algo habitual en el ajedrez, aunque muchos jugadores —gente inteligente y de buena formación— lo ocultan; «no tiene que ver con el nivel cultural, sino con el nivel de riesgo», decía Calvo.

Víktor Korchnói en la London Chess Classic de 2010. Foto: Paweł Grochowalski (CC)
Víktor Korchnói en la London Chess Classic de 2010. Foto: Paweł Grochowalski (CC)

Sin embargo, lo de Korchnói salía de lo normal y llegaba a rozar la paranoia. No quería conducir porque tras haber sufrido algún accidente se convenció de que la KGB pretendía matarlo (todo sea dicho, esto era algo más probable que lo de la hipnosis y la telepatía). Incluso la prensa occidental, proclive a apoyar al disidente, terminó perdiendo la paciencia con sus extravagancias. Con todo, Korchnói fue un rival mucho más bravo y decidido de lo que habían esperado los soviéticos. Bobby Fischer no se había metido en política y siempre se había declarado discípulo de los jugadores soviéticos, a quienes solamente atacó cuando les acusó de hacer trampas a mediados de los sesenta; acusación en la que no estaba solo y sobre la que, de manera implícita, la federación internacional le dio la razón al cambiar los sistemas de clasificación. Por lo demás, a Fischer le había disgustado la politización de su campeonato mundial. Pero lo de Korchnói era algo distinto. Él venía desde dentro, desde la propia URSS, y no se reprimía a la hora de vilipendiar el sistema. Perdió las dos finales que jugó contra Kárpov —aunque en una ocasión estuvo a punto de materializar una remontada que hubiese sido gloriosa— pero lo hizo jugando bajo una enorme presión. En 1981, cuando se disputó la segunda, su familia continuaba sin poder salir de la URSS; su hijo estaba en un campo de concentración. Los miembros del equipo soviético dedujeron que su combustible para competir era el «odio a Kárpov». De hecho, cuando empezaron a ignorar sus provocaciones y sus constantes intentos de hacer hervir el ambiente, notaron que su fuerza sobre el tablero comenzaba a descender.

Los detalles de aquellos enfrentamientos son tan profusos que mejor los dejaré para algún artículo donde pueda narrarlos con más extensión, pero cabe imaginar lo incómoda que fue la figura de Korchnói para la URSS y la enorme entereza que demostró siendo capaz de resultar competitivo en semejantes condiciones. Se le podía acusar de muchas cosas: conflictividad, paranoia, extravagancia. Pero nunca nadie le pudo acusar de cobardía. Víktor Korchnói le plantó cara a la URSS de una manera que muchos otros jugadores ni se hubiesen planteando, y con ello se ganó una aureola legendaria de rebelde. Sísmico e impredecible, pero rebelde. Así, Korchnói se ganó un lugar especial en la historia del ajedrez. Era un Quijote peleando contra gigantes que, en su caso, eran mitad molinos imaginarios y mitad gigantes de verdad. Su explosivo carisma, su arrojo, su determinación, sobresalen hoy por sobre las locuras que en su momento ocuparon los titulares. Fue el «casi campeón» del exilio, pero sobre todo una figura que iluminó con su paso unos años que, sin él, hoy recordaríamos probablemente como un reinado legítimo, pero anodino, del por entonces inexpugnable Kárpov. Recuerdo leer artículos del momento en los que se decía, cosa que puedo entender, que las extravagancias de Korchnoi habían causado daño a la imagen del ajedrez. Quizá así fue, a corto plazo, que es el plazo en el que escriben los periodistas deportivos. Pero visto desde hoy, todo aquello contribuyó a que Víktor Korchnói escribiese unas páginas increíbles que hoy constituyen un relato fascinante. 

Después de aquello, terminada una segunda juventud ajedrecística que llegó casi hasta los cincuenta, Korchnói siguió compitiendo; ya no estaba en primera línea, pero tampoco era un visitante honorífico de los torneos, donde su sola presencia bastaba para inundar el ambiente con el inconfundible brillo de la leyenda, pero también creando momentos de genuino interés ajedrecístico. Teniendo en cuenta que pasaban los años y los rivales eran cada vez más jóvenes y fuertes, Korchnói se desempeñó con admirable eficacia; su ajedrez fue tan longevo que, desde hace décadas, ya solo quedaban para él palabras de admiración. Además, su florida personalidad era buscada por periodistas y aficionados; él rara vez defraudaba, porque no tenía pelos en la lengua y opinaba sobre cualquier asunto según le venía en gana, con una sinceridad aplastante y una predisposición al «aquí me las den todas» que no parecía disminuir un ápice ni siquiera cuando su cuerpo empezaba a fallar. Genio y figura. Sus entrevistas, como muchas de sus viejas partidas, eran todo un despliegue de contraataques. Nunca dejó de ser un hombre feroz y aferrado a la vida. Ahora nos ha dejado, en la infausta misma semana que otro gran rebelde, Muhammad Ali. Pero, conociendo a Korchnói, no me atrevería a jurar que no será capaz de contraatacar una vez más, en el momento más inesperado y de la manera más sorprendente. Si alguien es capaz de hacerlo, ese es él. Descanse en paz, maestro.

Víktor Korchnói en 2009. Foto: Juerg Vollmer (CC)
Víktor Korchnói en 2009. Foto: Juerg Vollmer (CC)