¿Sos del River o del Boca? Una historia del superclásico

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Mientras los hinchas de River abandonaban el Monumental tras la derrota con Boca en 1997, Diego Maradona hizo pasar a un periodista al vestuario y explicó el partido: «Boca jugó a lo Boca y River a lo River».

Desdibujado, apenas estuvo cuarenta y cinco minutos en la cancha en lo que terminó siendo el último partido de su carrera. Su análisis futbolístico reconocía que cada equipo tenía un estilo propio. A lo largo de sus más de cien años desde sus respectivas fundaciones, los dos gigantes de Argentina compartieron una historia llena de encuentros y desamores.

El inicio del siglo XX en el país estuvo marcado por la llegada de los inmigrantes. Pasó de menos de cuatro millones de habitantes en 1895 a 7 800 000 en 1914, según los censos. La mayoría llegaba de Europa e ingresaba por el antiguo puerto de La Boca, en el sur de la Ciudad de Buenos Aires. A pocas cuadras alquilaban una vivienda, ponían su negocio y organizaban su vida en torno a actividades sociales, culturales o deportivas. 

En 1908, cuando se disputó el primer superclásico, todavía los dos eran del mismo barrio y estaban en el Campeonato de la Segunda División. Boca ganó el amistoso 2-1 con goles de un inmigrante gibraltareño, Rafael Pratts. La familia Priano tuvo intereses cruzados: en River jugó Francisco y su hermano Juan Bautista estuvo enfrente. Nacidos en Buenos Aires, su padre era un pizzero genovés que se había instalado en Argentina. Los jugadores también eran directivos, como Luis Cerezo, que jugó ese día y era el expresidente del xeneize.

Si algo caracteriza al superclásico argentino es la permanente tensión entre dos versiones. Respecto al primer cruce, River en su sitio oficial dice que fue en 1913. En realidad, ese fue el primero por los puntos. El Millonario, al que todavía no lo llamaban así, ganó 2-1. La rivalidad ya había nacido con el infaltable condimento de los medios de comunicación. Dos años antes, el diario La Mañana había realizado un concurso de popularidad y se publicaban incendiarias cartas de lectores de hinchas de ambos equipos, según reveló el historiador de Boca, Sergio Lodise.

Después de varios años deambulando sin sede, en 1923 River se mudó hacia la zona norte de Buenos Aires y terminó inaugurando su estadio a aproximadamente nueve kilómetros de su lugar original. Un año antes a pocas cuadras, como parte de la expansión de la ciudad, se había inaugurado el Cementerio de la Recoleta. La llegada al nuevo barrio y el abandono de la zona sur había sido el mismo camino que las familias pudientes habían optado años antes escapando de la epidemia de fiebre amarilla en los barrios de La Boca y el lindero San Telmo. Así nacería un nuevo motivo de enfrentamiento en el superclásico: Boca como el club «popular» y su alter ego de la clase alta. La masividad de ambos desmiente en la práctica esta idea que sobrevive en el imaginario. Otra vez con las dos versiones en tensión, el relato xeneize dice que la mudanza se definió en un partido que le ganaron a su eterno rival y lo obligaron a irse. 

Boca a lo Boca y River a lo River siguieron en su propio barrio y en su propio torneo, ya que entre 1919 y 1927 participaron en diferentes asociaciones de fútbol. Durante nueve años no hubo superclásicos, pero la rivalidad seguía vigente. En 1931 jugaron por primera vez en un torneo profesional y terminó en escándalo: el referí echó a tres jugadores de River que se negaron a abandonar la cancha y suspendió el partido. La revista El Gráfico publicó esa semana: «La mayoría atribuirá la culpabilidad principal al referee que pública y notoriamente es otra víctima propiciatoria del ambiente en que actualmente, y desde hace años, se desenvuelve el fútbol».

Durante la década de los 30 se dividieron la conquista de los diferentes campeonatos y cada vez que les tocaba enfrentarse lo vivían como un torneo dentro de otro. El superclásico se empezó a vivir de una forma más similar a la actual. River se ganó el apodo de Millonarios por comprar a Carlos Peucelle y a Bernabé Ferreyra en miles de pesos. Durante esos años también se tuvo que mudar y ocupó definitivamente el barrio de Núñez, donde actualmente tiene el estadio más grande del país y las instalaciones que lo transformaron en una referencia de los alrededores.

No son los títulos ni la historia de cada uno los que explican el fenómeno que supone este partido. Para el diario inglés The Guardian es el primero de los cincuenta espectáculos deportivos que hay que ver antes de morir y lo que destacan es cómo se vive. Si Buenos Aires es la ciudad con más estadios del mundo, el encuentro entre los dos más populares es el punto máximo de adrenalina y tensión futbolística.

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

La alegría de unos supone la desgracia del otro. La construcción del relato circula en paralelo y mientras en Boca engrandecen la figura de Antonio Roma por atajar un penal en el último minuto a Delem (1968), en River recuerdan el triunfo con juveniles de 1971. En pocos hechos de la historia coinciden en la interpretación. Durante muchos años, se conoció al 5-4 millonario de 1972 como «el mejor superclásico de la historia», mientras que la mayor tragedia fue lo que pasó en 1968 con la Puerta 12: a la salida del Monumental, setenta y un hinchas de Boca fallecieron en una avalancha bajando una escalera. El promedio de edad de las víctimas era de diecinueve años. 

Las familias solían replicar el fanatismo de sus padres, pero nadie estaba exento de algún díscolo. Pudo serlo, nada más y nada menos, que Diego Armando Maradona. En mayo de 1980, la revista El Gráfico advirtió que River era la solución para destrabar su situación contractual en Argentinos Juniors. Su padre, fanático de Boca, hubiera sufrido un disgusto. Meses después cuando la negociación se cayó, el joven de veinte años llamó a un periodista del Diario Crónica y le manifestó sus deseos de jugar en el xeneize. Así, metió presión para que la transferencia sucediera. En su primer superclásico, en 1981, anotó un gol para el 3-0 final.

River, que había estado dieciocho años sin salir campeón entre 1957 y 1978, sacó el pecho en 1986 y dio la vuelta olímpica en La Bombonera antes de jugar. Después ganó 2-0 en un partido que se jugó con pelota naranja porque se esperaba que los hinchas tiraran papelitos para los festivos recibimientos de los equipos cuando salieran a la cancha. A fin de ese año, conquistó la Libertadores y la Intercontinental.

Durante los 90, Boca llegó a estar trece superclásicos invictos, pero River se las rebuscó para ser campeón ocho veces en torneos locales. En 1996, el Millonario ganó la Libertadores con figuras como Enzo Francescoli, Ariel Ortega y Hernán Crespo, pero tres meses después perdió el superclásico 3-2 ante un Boca deslucido que terminó festejando por un gol con la nuca de Hugo Romeo Guerra. Al terminar el partido, Ramón Díaz, director técnico del equipo derrotado, dijo: «Boca gana partidos y River gana campeonatos».  

El supuesto equilibrio se rompió en los inicios del 2000 con la llegada de Carlos Bianchi como director técnico. Boca siguió ganando clásicos y también empezó a ganar títulos internacionales. Levantó la Libertadores en 2000, 2001 y 2003 y se consagró dos veces campeón del mundo. 

En 2004, por semifinales de la Copa se jugó por primera vez un superclásico sin público visitante. Fue el inicio de una medida excepcional que se volvió regla desde 2013 en todo el fútbol argentino. La excusa fue la seguridad, pero la realidad indicaba que a los dos clubes más importantes les quedaba mejor, ya que habían alcanzado una cantidad de socios que no entraban en su propia cancha. 

El superclásico se originó como un fenómeno popular, pero a partir del siglo XXI presenciarlo se transformó en un espectáculo exclusivo. Los hinchas concebidos como consumidores generaron una altísima demanda que los clubes aprovecharon para generar ingresos económicos. La Bombonera inauguró costosos palcos y plateas preferenciales, se armó un ranking de socios para que los «más fieles» tuvieran prioridad y hasta se creó una categoría de «socio adherente», que es como una gran sala de espera para algún día ser «socio activo».

En 2011, River descendió por primera vez en su historia. Si la Era Bianchi ya había marcado una diferencia en la eterna competencia entre ambos, la pérdida de la categoría pareció juzgar de forma definitiva una lucha con más de cien años. No fue suficiente que volviera a Primera al año siguiente, porque los hinchas de Boca ya se habían aprendido una canción de memoria: «River decime qué se siente haber jugado el Nacional, te juro que aunque pasen los años nunca lo vamos a olvidar».

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Pero la historia no podía quedar ahí. En 2014, Marcelo Gallardo llegó a River como entrenador y empezó a escribir un nuevo capítulo en la historia del superclásico. Los títulos estaban directamente ligados a la desazón de su rival. Lo eliminó de la Copa Sudamericana 2014 y fue campeón; lo eliminó de la Copa Libertadores 2015 y fue campeón; y le ganó la final de la Supercopa Argentina 2017. 

La tensión llegó a su punto máximo en 2018, cuando se cruzaron por la final de la Copa Libertadores. Boca tenía la oportunidad de terminar con la supremacía millonaria moderna y volver a conquistar un título internacional, como no sucedía desde antes de que River descendiera. 

Luego del empate en la ida, el partido de vuelta se suspendió por un piedrazo al colectivo de Boca. Como en 1931, el superclásico fue reemplazado por largas editoriales y llamados a la reflexión sobre la manera de vivir el deporte. Aquella rivalidad nacida en 1908, alimentada por el diario La Mañana y sostenida durante más de cien años con hitos variopinto, tuvo uno de sus momentos más dramáticos. Símbolo de los tiempos, la resolución fue montar un espectáculo internacional en Madrid, ante los ojos del mundo y diferente a aquel primer partido entre inmigrantes. 

River ganó en tiempo suplementario, fue campeón y, en un intento de cerrar la histórica tensa relación con Boca, los hinchas empezaron a cantarle a su rival que «murió en Madrid». Por popularidad y rendimiento, el fútbol argentino quedó reducido prácticamente a los dos más grandes del país. En las redes sociales, los hinchas de los demás equipos empezaron a hablar del fenómeno «Bover». Después de tantos años de desencuentros, el acrónimo los unió como cuando compartían barrio.

Los medios de comunicación se alimentaron de la tensión y debatieron permanentemente por esa competencia hasta el día de hoy. De tanto hacerla en cafés, reuniones y paneles periodísticos, hay una pregunta que se volvió cliché: ¿es peor descender o perder una final continental contra tu máximo rival? 

En más de cuatro años nunca se pudo alcanzar una respuesta unánime. Esa es una de las claves del éxito que se puede ver a través de la historia del superclásico: la tensión se sostiene y se construye desde dos polos opuestos. Boca a lo Boca y River a lo River.


Claudio Caniggia: «Maradona siempre le puso el pecho a todo, era como un indio salvaje»

Fotografía: Jose A. Ramos

En los años en los que el rock and roll dominaba la cultura popular, Argentina jugaba al fútbol con dos melenudos por delante, Caniggia y Batistuta. Incluso hoy, con sus gafas de cristal púrpura, Claudio recuerda a Robin Zander, de Cheap Trick. En ocasiones, estos «rockeros» por detrás tuvieron a Dios. A Diego Armando Maradona. Pero fue en ocasiones porque las suspensiones arruinaron el potencial de aquella selección. A estas alturas, Claudio Caniggia (Henderson, Argentina, 1967) no quiere hablar de nada extrafutbolístico, pero sí que recuerda momentos épicos de su carrera que son historia del fútbol. Nos encontramos en Málaga, junto al exfutbolista local Antonio Vega y el periodista Camilo López. En el repaso a su trayectoria, Caniggia rechaza valorar a los futbolistas por su técnica y florituras, para él los buenos son los que aparecen en el momento cumbre. Cuando hay que aparecer. No hay más.

Eres un futbolista salido del medio rural.

Henderson era un pueblo chiquito, de unas siete mil personas. Yo no es que fuera un hombre de campo, pero prácticamente crecí en un pueblucho. Puede que se note en mi carácter, no soy de Buenos Aires. Soy un poco más desconfiado, me protejo más. Allí lo que tenía era el campo a treinta metros de mi casa. Desde que tuve cinco años, me pasé ahí todo el día. Era un terreno que nosotros llamamos potrero. La pelota iba para donde quería. Era terrible. Pero jugar en potreros lo que te daba era algo diferente a tu fútbol. No solo lo digo yo, ya se ha hablado mucho de esto, hasta Pelé lo decía: «A nosotros la pelota nos botaba para cualquier lado». En el potrero, a salir con el balón con gente alrededor, a pensar, lo aprendes instintivamente. Luego llegas a un campo de verdad y es un lujo.

Donde yo jugaba, en un equipo que se llamaba Juventud Unida en el que había jugado también mi padre, en el campo había zonas con zarzales. Por ahí pasaban después los corderos para quitarles la lana. Nadie quería pasar por esas zonas del campo, si corrías por ahí se te llenaban las medias de espinas; luego, cuando te golpeaba la pelota, se te clavaban. Te ponías perdido de sangre, era un dolor terrible. Veinte espinas clavadas. Y si te caías…

Hiciste atletismo también.

Me gustaba mucho, corrí cien, doscientos y cuatrocientos metros. Lo que más me gustaba era el salto de longitud. Me encantaba saltar y quizá eso se quedó en mi estilo a la hora de correr sobre el campo. Siempre me dijeron que corría encogido, que me agachaba un poquito para coger velocidad, pero yo lo hacía por los rivales, para meterles el cuerpo en carrera. Si vas erguido, te tiran con solo tocarte un poquito. Una vez leí que Usain Bolt le dijo a Cristiano Ronaldo que tenía que correr con la espalda más derecha, pero no es lo mismo correr con la pelota que en la pista. Bolt hace muy bien los cien metros, pero no puedes correr como un atleta en un partido de fútbol. Ahí hay gente que te quiere desacomodar, no puedes arrancar con el pechito para adelante.

Fui a muchas competiciones de atletismo en las ciudades alrededor de mi pueblo, no competí a nivel nacional porque era muy joven, pero me hubiese gustado. Pero no creo que fuese rápido jugando al fútbol por haber hecho atletismo, ya era rápido de por naturaleza. Puedes aprender a correr, mejorar tu salida, por ejemplo, pero no se puede aprender a correr más rápido. Eso no se puede mejorar.

Con quince años te plantaron en Buenos Aires para jugar en River.

Carlos «el Negro» Jaimerena era de una peña de River en mi pueblo. Jugaba al billar con mi padre y un día propuso que me llevaran a probar. Todas las peñas hacen estas cosas. Llamó al club, le dijeron que fuéramos y nos presentamos allí los tres en un auto. Me probé como 8, que era lo que me gustaba, pero cuando vieron mi velocidad me pusieron de 7. Yo en realidad era de Boca, desde chico escuchaba los partidos por la radio y mi padre, que era comerciante y de vez en cuando iba a la capital a por electrodomésticos, me llevó alguna vez a la Bombonera.

Pero el problema de verdad fue que pasé de un sitio donde conocía a todo el mundo a, de repente, verme en una ciudad como Buenos Aires completamente solo. No tenía amigos, cambiaba de colegio cada año. Con quince años no eres niño ni adulto. No fue fácil para mí. Me encontré, además, con un equipo de pibes que llevaban tres o cuatro años jugando juntos y se bancaban entre ellos, se protegían. Ahí empezaron los problemas. Yo era el nuevo, le quité el puesto al que llevaba ahí años y dijeron: «¿Qué pasa acá?». Con dieciséis años estuve a punto de volverme. No solo por esto, también porque tenía que ir hora y media en autobús al colegio, luego coger un tren, luego otro autobús. Estaba agotado y no tenía relación con casi nadie. Vivía con mis tíos y mis primas. No fue fácil. Si no es porque me convence mi madre, que me dijo que me quedase un poco más, hubiese renunciado. El segundo año fue más fácil y no volví a tener deseos de volver al pueblo.

Te apodaron el Pájaro.

Se le ocurrió a un periodista cuando empecé a jugar en primera. Era porque corría con las puntas de los pies y parecía que no tocaba el suelo. No apoyaba el talón prácticamente. Alguien dijo que volaba y a otro se le ocurrió llamarme el Pájaro. También se dijo el Hijo del Viento, que se lo decían a Carl Lewis.

Cuando subiste a la primera plantilla, se recuerda de ti que salías de cada entrenamiento lleno de arañazos porque no te podían atrapar.

Me pegaban bastante. Hijos de puta [risas]. Cuando empiezas a entrenar con los de primera te enseñan el rigor. Me daban duro, me mataban a patadas, pero me tenía que callar. Tenía que levantarme cada vez y seguir. Nunca me lamentaba. Ruggeri decía que, cuando me daban, iba al suelo, me ponía de pie y en la siguiente jugada volvía a encararles otra vez. «Le dábamos, pero el hijo de puta seguía encarándonos», decía. Obviamente, te querían intimidar. Ahora también pasa, pero si le dan a uno en los entrenamientos sale en todas partes. Ya ha pasado. Entonces no podías decir nada. ¿Qué ibas a decir? Y te hacías jugador, u hombre, como quieras llamarlo, más rápido.

Ruggeri decía que te daban igual los golpes y que no sabías ni con quién jugabas el siguiente partido.

Sí sabía contra quién jugaba, lo que no sabía era quién me iba a marcar. Salvo los jugadores más importantes de cada equipo, no conocía a los demás. Los periodistas me preguntaban a propósito quién me marcaba y yo contestaba: «No lo sé, qué quieres que te diga». Igual era inconsciencia, pero así me quitaba preocupaciones. Si yo estaba bien, no necesitaba saber quién me marcaba. No quería tanta información en mi cabeza. Ni siquiera en los Mundiales. Seguí igual. Mi mente funcionaba así.

Ese River ganó la Copa Libertadores y luego la Intercontinental al Steaua de Bucarest.

Era muy difícil debutar en ese River, había ocho o nueve jugadores internacionales entre uruguayos y argentinos. El club tenía dinero en esa época y compraba lo mejor que había en circulación por Sudamérica. Estaban Pumpido, Ruggeri, Henrique… el centro del campo de la selección argentina campeona del mundo en el 78, Gallego y Ardiles… Hubo jugadores mejores que yo en las categorías inferiores que no pudieron jugar en ese River.

Pero cuando debutaste se dijo que no se veía nada igual desde Maradona.

Es verdad que fue un ascenso bastante rápido, arranqué a jugar y desde el primer partido encaraba, cogía la pelota y me iba para delante. Jamás me sentí intimidado. Nunca me puse nervioso. Era un poco inconsciente en ese momento. Pero fue Bilardo el que le dijo al técnico del primer equipo, Héctor Veira, que me sacase. No se la quería jugar con los pibes, que los había muy buenos, pero no los ponía. Bilardo me conocía porque utilizaba a las categorías inferiores de River como sparring de la selección argentina que luego ganó la Copa del Mundo del 86. Le dijo: «¿A este pibe qué haces que no lo pones en primera?».

Cuando llegas arriba es muy bonito, pero nada de lo que has hecho antes vale para nada. Muchos muy buenos llegaron y se cayeron. Jugaban uno o dos partidos, después iban al banco y al final desaparecían. Cuando yo aparecí, me faltaba mucha experiencia, pero era como si hubiese jugado toda mi vida en primera. Me adapté.

Puedes tener la técnica que quieras, pero si no tienes cabeza… La mentalidad es más importante que la técnica en el máximo nivel. Tienes que saber que los espacios son más reducidos, que no puedes ponerte a gambetear como si tuvieras dieciséis años, tienes que entender que el juego es más rápido, más fuerte y tácticamente tienes que prestar más atención a tu ubicación, al juego posicional. Todo eso lo tienes que aprender muy rápido. Yo no tuve ese problema, también porque era muy vertical; cuando había que ir, iba y punto. No hacía jugadas para perder el tiempo.

Esas cabalgadas tuyas recuerdan a las de Ronaldo Nazario, o al revés.

Sí, a pesar de que la posición en el campo era diferente, él era un 9, más delantero, lo mío era arrancar de atrás. En principio, yo partía como wing. En River jugábamos con tres arriba. Estaba Alzamendi, el uruguayo que jugaba en la selección, a él no le iban a largar de la derecha, así que tuve que aprender a jugar desde la izquierda. Nunca lo había hecho, ni siquiera en las categorías inferiores.

Y lo hacías contra esas defensas sudamericanas de la época…

El fútbol argentino y el italiano son los más difíciles del mundo. Te pegan, te dan codazos, no les importa. Vas a sacar un córner y te escupe toda la tribuna, te reputean. Pero eso nos pasa a los argentinos desde que somos chicos, por eso nos acostumbramos a la presión y por eso mismo cuando salimos fuera no existe la presión para nosotros. Cuando teníamos trece años, íbamos a sacar un córner y los padres del equipo contrario nos decían de todo. Nos apedreaban. Tipos de cuarenta años insultando a pibes de trece. Es una vergüenza, pero Argentina es así. Desde chico juegas en un ambiente hostil, luego te vas a Europa y te parece un juego de niños. No te causa sorpresa nada de lo que ves. Te gritan cuatro, vale, ¿y a quién le importa?

En el campo las patadas eran terribles. Todo el tiempo. Yo, que era finito, flaquito, volaba cinco metros cuando me daban. Alguna fractura me costó. En la Libertadores igual, ibas con un cuchillo entre los dientes a jugar a Paraguay, a Colombia… te mataban. Era horrible. Ahora hay cámaras, pero en esa época era el terror. Ibas a sacar un córner y no sabías si ibas a salir con un ojo menos. A mí me agarraban del pelo…

Es como dijo Riquelme hace unos meses, que Messi es un fenómeno, pero en Argentina acabaría lesionado dos o tres veces por año y no podría jugar todos los partidos. En Argentina tampoco podría tirar paredes en el área chica, porque le irían a buscar antes y le pegarían, le frenarían. Con inteligencia, pero le desacomodarían. No quiero decir que aquí no pasen esas cosas, pero el jugador sudamericano está más acostumbrado a ese tipo de fricción. A ser listo. Es así, es la naturaleza. Es como crecemos en Argentina, Brasil o Uruguay. Como sé que eres muy bueno y me vas a pintar la cara, no te voy a dejar salir. No te respetan. En Europa, a los grandes equipos les dan, pero no les dan tan fuerte. Allá no importa quién sos. Cuando volví a Boca en el 95 con Maradona me daban igual. Nos tenían respeto, pero dentro del campo, si te tienen que colgar con un alambre, te cuelgan. Así es Argentina.

Pronto llamaste la atención de los clubes europeos.

El primero que vino a por mí fue la Roma. Estaba todo listo, yo tenía diecinueve años, pero no pudo ser, ¿sabes por qué? Porque alguien, no voy a decir quién, se quería quedar con el 15 % del traspaso, que es una comisión que le corresponde al jugador. Habría jugado unos treinta partidos en primera y me ofrecieron un contrato de tres años. También lo intentó la Juventus. Yo no tenía representante, no había esas cosas, iba con mi padre a negociar porque sabía algo de contabilidad. Era el año 87, la Roma ponía cinco millones, a mí me correspondían cuatrocientos mil dólares. Eso era una fortuna en aquella época. Ya habían adelantado un millón, pero dije que no. Quería mi 15 %. Yo no le había costado a River ni una moneda. Al año siguiente vino el Verona ofreciendo un buen contrato y entonces sí decidí irme.

¿Hubo mucho cambio de Argentina a Italia? Dijiste que tenías agujetas hasta en las orejas.

Yo lo aprendí todo de Bilardo y del fútbol italiano. Era un fútbol mucho más cerrado, había que moverse mucho, si no, te comían. El italiano es el fútbol más difícil en el que he jugado. En los ochenta, los máximos goleadores del Calcio no marcaban más de veinte goles. Maradona fue máximo goleador en la temporada 87-88 con quince goles. Yo hacía unos diez u once. Había muy pocas ocasiones, se trabajaba muchísimo. Mucho.

Nunca me he entrenado como allí. Era terrible. Aunque solo lo pasé mal el primer año, en el segundo el cuerpo tiene memoria y se adapta. Pero eran entrenamientos extremos. En la pretemporada hacíamos tres al día, durante veinte días, en una montaña. Troglio, que era un tractor, tampoco podía. Al final del día, le decía: «¿Vos estás como yo o soy yo solo?». Y contestaba: «Estoy hecho polvo». Cenábamos a las ocho de la noche y nos tirábamos en la cama. Pero luego veías a tíos como Thomas Berthold, el internacional alemán, que cuando salíamos a correr a la montaña él iba solo un kilómetro por delante de los demás.

¿Sufriste al Milan de los holandeses?

Les hice dos goles en un mes. Con uno de esos dos les echamos de la Copa. También recuerdo haberles hecho uno muy lindo de vaselina un día que luego nos ganaron con un gol de Van Basten en el último minuto, que le dio a uno de los nuestros en el hombro y entró. ¿Sabes que al principio Van Basten tenía problemas con Sacchi? Pensaba: «¿Para qué trajimos a este?». Y él se quería ir. No tenían buena relación. Jugando, lo impresionante era cómo te presionaban. No te dejaban. Y se lo hacían a grandes equipos, jugaban igual contra el Inter o contra el Madrid, al que le metieron cinco.

¿Es verdad que a los extranjeros el primer día os llevaban a vestiros bien?

Eso le pasó a Van Basten, precisamente. Un día salieron a algo con sus trajes y él iba con calcetines blancos. Le dijeron: «Perdona, ¿qué es esto?». Siempre que llegaba un jugador le llevaban a vestirle. Tienes que tener en cuenta que en los ochenta no había información como ahora, que puedes pedir lo que sea por internet y hay setecientos canales de televisión. Antes nadie tenía información de un carajo. Si llegabas a Italia con veintiún años, que aquello era el Hollywood del fútbol, te llevaban a comprar ropa, varios trajes, camisas, zapatos y te explicaban cómo iba la cosa. No porque fueses mal vestido, sino porque querían que fueses bien, como se iba en Italia.

¿Por qué fichaste luego por el Atalanta?

A veces me dicen que podía haber jugado en equipos más fuertes y es verdad, pero fue así porque el fútbol era distinto, los cupos de extranjeros lo complicaban todo. Mira al brasileño Junior, fue al Pescara y al Torino. Enzo Francescoli, uno de los mejores jugadores que he visto, fue al Cagliari. Toninho Cerezo, a la Sampdoria. Zico, al Udinese. Maradona no fue ni al Milan ni al Inter ni a la Juventus, sino al Nápoles, que el primer año peleaba en mitad de la tabla. Gica Hagi, al Brescia. Ramón Díaz, uno de los mejores defensores que vi en mi vida, ¡al Avellino fue!

Ahora se ha perdido la esencia con tantos extranjeros. Antes los vestuarios estaban mucho más unidos porque estaban todos los italianos y nosotros, dos o tres extranjeros. Ahora hay quince tipos y son todos de fuera. Esos grupos ya no son tan compactos como antes.

¿Cómo viviste que Maradona ganase dos ligas con el Nápoles y tirase una, o lo que fuera aquello?

Fue una historia rarísima, llevaban cinco puntos de ventaja, cuando ganar eran dos puntos, y faltaban cinco fechas. Era casi imposible que lo perdieran. Circulan muchas leyendas sobre lo que pudo pasar. Pero ganó dos. Con un par de incorporaciones, ese equipo medio, después del Mundial del 86, se puso a pelear por la liga y ganó dos. Por eso Maradona es el jugador más grande de la historia del fútbol. Porque se fue al Nápoles. Esto hay que tenerlo en cuenta cuando se hacen comparaciones, porque parece que hablamos diferentes idiomas. Maradona fue el jugador más trascendental de la historia del fútbol. Tenía que pelear contra el poderío económico y también político del norte de Italia, y llevó al Nápoles a ganar dos campeonatos y perder otro de forma extraña.

No hay un jugador capaz de repetir eso. Se rodeó de buenos jugadores, sí, pero no olvidemos que Maradona regaló un 30 % de lo que pudo dar de sí. Entrenaba cuando le salía de las pelotas y todos los demás problemas, que no es necesario que los diga porque ya los sabemos. Fue el mejor de la historia regalando el 30 % de su carrera.

Diego le dijo a Bilardo que te llevase al Mundial, que, si no, él no jugaba.

Lo dijo Diego. No lo sé. Eso lo sabrán Maradona y Bilardo. Lo escuché por primera vez en televisión.

¿Cómo fue la preparación para Italia 90? Tras ser campeones del mundo en el 86, en la Copa América del 87 y del 89, parecía que la selección pudo haber dado más.

Argentina siempre tuvo problemas. Para el 86 se clasificó en el último momento con un gol a Perú en cancha de River que fue terrible, si no lo mete, Argentina estaba fuera; tiró Passarella, dio al palo y la metió Gareca. El Gobierno estaba presionando para que sacasen a Bilardo, llamaban a Grondona para que lo echase. No se daban los resultados, se perdía y empataba contra equipos mediocres, pero él estaba haciendo su trabajo, lo que consideraba. Se ponía en duda a Maradona, se discutía si debía jugar o todavía no. Para muchos era mejor que no fuese titular todavía.

También era verdad que con los que tenían que hacer el trabajo táctico Bilardo era terrible. A Ruggeri lo llamó un día y le dijo que se presentase en su casa, pero con ropa para jugar. Se presentó ahí confundido y Bilardo le hizo bajar a una plaza que había enfrente de su casa, donde estaban unos chicos de ocho o nueve años jugando al fútbol. Le dijo: «Venga, ya lo arreglé con ellos». Quería que jugase con ellos. «Patéale», le dijo. A un chaval de nueve años que estaba en el arco. «Pero es un chico, Carlos… no puedo». «¡Patéale!», insistió. Quería probar a ver si se había recuperado de una lesión.

Los jugadores vivían momentos que… Al Vasco Olarticoechea lo llamó a casa y le preguntó qué hacía. Le contestó que iba a llevar a su familia en coche a un sitio. Le dijo: «¿Por qué autopista?». Y le esperó en un kilómetro, detrás de un peaje. Allí le paró el coche y le dio una charla técnica pintando con un ladrillo en la pared de una casa que había al lado de la carretera.

El Loco era así, hacía cosas rarísimas. Nos grababa a todos, tenía a un tipo escondido en una parte alta tomando vídeos de los entrenamientos. A mí me hizo ver un vídeo mío en el que me mostró con los brazos en jarras. Me dijo que no podía ponerme en esa posición durante un partido porque parecía que estaba cansado y eso lo podía ver el rival y coger confianza. También me pasó vídeos enseñándome cómo me tocaba el pelo, decía que eso me quitaba concentración. Usaba los vídeos para tener pruebas cuando te decía algo. Apoyarse en algo. Yo luego me puse una cinta en el pelo.

Si tenía una charla contigo, llamaba a dos testigos. Si había una mala onda, quería que en el futuro uno no dijese que había pasado una cosa y él otra. En el 90 me lo hizo antes del primer partido, en el que no jugué el primer tiempo. Hubo una historia dos días antes, cuando dio la alineación del equipo y yo me enfadé con él. En una cena hubo mucha bronca, por mi parte hacia él, y me llevó a una habitación a hablar conmigo, pero con testigos. Tuvimos que estar ahí dos minutos los dos en silencio esperando a que llegasen Olarticoechea y Ruggeri. Cuando entraron, tenían a Bilardo de espaldas y se rieron mirándome. En cuanto él se dio la vuelta, se pusieron automáticamente serios los cabrones [risas]. Entonces Bilardo me habló y ellos solo tenían que escuchar, no podían opinar. Era una cosa entre él y yo.

Las concentraciones con él tenían que ser amenas.

Yo las recuerdo con Troglio, que era mi compañero de habitación porque habíamos ido juntos al Verona. Una semana antes de jugar contra Camerún, estábamos en la habitación jugando con la consola. Teníamos una con el Mario Bros y estas cosas. Esa noche estábamos jugando al tenis. Era la una de la mañana y no nos podíamos dormir. Llevábamos un mes concentrados, fuimos el primer equipo que llegó. Bilardo tenía la costumbre de ir habitación por habitación de los nuevos entrando sin tocar a la puerta. Con los que habían ganado el Mundial del 86 tenía otro trato. Esa noche asomó la cabeza y, como no tenía ángulo para ver la cama de Troglio, solo me vio a mí con el mando. Bilardo dio un paso para verle a él, y en esos dos segundos, Troglio soltó el mando y se puso a hacer que dormía. Bilardo se fue y le empecé: «Pedrito, maricón, puto, cómo podés…». Luego, en la sala de televisión, nos dio una charla a todos y se quejó de que yo esa noche estaba jugando al videojuego, ahí a ver si entraba la pelotita, en lugar de estar viendo vídeos de Camerún.

Pues bien, después de eso estaba yo comiendo y me llegó Maradona. Me dijo: «Ven, Claudio, tenés que ver esto». Subimos Maradona y yo a la sala de televisión, fuimos despacito, y me dice Diego: «Ahí lo tenés». Estaba Troglio tumbado, él solo en toda la sala, viendo un Camerún-Sudáfrica o qué sé yo. Él solito. Me acerqué y le dije: «Pedro, sos una mierda, un cagón hijo de puta, no puedes ser tan rata y hacer lo que te dijo» [risas]. Pero era un fenómeno Troglio, ¿eh? Un gran tipo. Maradona también le dijo ahí, pero es que Pedro era tan bueno que no le podíamos decir mucho.

Otra vez entró Bilardo en la habitación y yo estaba fumando. Empecé a fumar en las concentraciones porque me aburría. Un día le dije a Troglio: «Pedro, fúmate un cigarrillo, maricón». Él no había fumado en su vida y dijo: «Bueno, me voy a fumar uno». No se sabía tragar el humo ni nada. Se puso a fumar el primer cigarro de su vida y justo ¡entró Bilardo! Salió de ahí rápido y se fue corriendo a la habitación de Maradona: «Diego, ¡están fumando! ¡Está todo lleno de humo!». Y Diego: «Carlos, y qué quiere que yo le haga, si quieren fumar van a fumar, qué voy a hacer yo». Pero vino Diego a vernos a la habitación, llegó riéndose, se encontró todo lleno de humo y me dijo: «Cani, boludo, abran la ventana aunque sea». Pero ¿sabes por qué pasó eso? Porque teníamos habitaciones diminutas. Bilardo no quería lujos ni comodidades. Ordenó que fuera todo muy rústico y muy pequeño, en el colchón te dabas una vuelta y te caías. Pero nadie se lamentaba. No nos importaba, a mí por lo menos no. Y a la mayoría de los que estaban allí tampoco.

En ese debut en Italia, delante del papa, la selección campeona del mundo cayó ante Camerún. ¿Qué pasó? ¿Había mucha presión?

Siempre hay presión. Yo no me sentí presionado. Jamás me pasó eso. Sentía la responsabilidad de lo que me estaba jugando, tomaba conciencia de la cantidad de argentinos que estaban viendo el partido por televisión, pero no sentía presión. Obviamente, nosotros sabemos a qué compañeros les afecta la presión. Ves cómo se ha levantado ese día, si está igual que hace una semana o no. Hay jugadores que siempre están igual y otros que no. A Ruggeri lo veías igual un mes antes que a diez minutos del partido. Yo también era así.

Aquel día se perdió, pero no fue por presión. Fíjate que hubo dos cambios en ese partido y cuatro más para el segundo. Yo entré por Ruggeri, que tenía pubalgia y no volvió hasta los octavos. Pasó que Bilardo formó un equipo en el que dos estaban fuera de sus posiciones, como Balbo o Lorenzo. Jugó Fabbri, al que no volvió a sacar. Todo esto te da la pauta de que Bilardo se equivocó al formar el equipo. Esa fue la razón. Cuando yo salí, obviamente, se jugó muy bien [risas]. No, me cagaron a patadas. Hice echar a dos, se quedaron con nueve y ni así pudimos empatar. Eran buenos y fuertes físicamente. Era uno de los mejores equipos de la historia del fútbol africano; este y el de Nigeria del 94.

Tras la derrota, Bilardo dijo que, si no pasábamos, iba a coger los mandos del avión de vuelta y lo iba a estrellar. El problema era que casi te lo creías.

Se pasó como mejor tercero de grupo y, claro, esperaba un primero: Brasil.

Veníamos de empatar con Rumanía, aunque a los dos nos valía el empate, por eso el final de ese partido fue tranquilo [risas]. Antes de Brasil, Bilardo mandó a una persona a ir habitación por habitación para reservar los pasajes de vuelta a Buenos Aires en caso de que perdiéramos. Era todo mentira, pero quería que nos viésemos volviendo a Argentina a comernos toda la bronca, porque Argentina es así, es exagerado. Luego era todo mentira.

Brasil os pasó por encima, pero Maradona y tú hicisteis magia.

Brasil venía de jugar bien y ganar, pero ni nosotros ni ellos queríamos ese choque. Es peligroso jugar contra un rival directo que no te tiene miedo, que no te va a respetar, que te quiere ganar. Nadie quiere eso en octavos. Para ellos también fue una mierda el clásico de Sudamérica en octavos, por muy bien que estuvieran.

En el primer tiempo debieron irse dos a cero, no dimos tres pases. Yo estaba solo como un perro delante luchando contra todos, era el único atacante. ¿Cuántos equipos en la historia del fútbol en un Mundial han jugado con un solo atacante? Nómbrame uno.

Tuvimos muchos problemas en ese Mundial. Batista y Olarticoechea vinieron mal. Ruggeri tuvo la pubalgia. Y Héctor Enrique, que era un centrocampista bárbaro, no pudo venir por problemas en la rodilla. Burruchaga estaba a la mitad de lo que podía dar. Maradona, también a la mitad. Diego tenía un tobillo hinchado. No podía casi ni entrenar. Apenas se podía poner la bota. Se tenía que infiltrar incluso para los entrenos. Fue un calvario para él, sufrió mucho. Llegamos con muchas bajas, pero lo que sí que había era un equipo sólido que no quería quedarse afuera. Nos veíamos mal, pero también pensábamos: «Bueno, tiene que jugarse el partido». Era un poco así. Simple. Pensábamos: «Vamos a ver qué pasa, a ver si nos ganan o no». Y en un Mundial, en un acontecimiento de esa dimensión, se ve quién es cada cual.

Contra Brasil tuvimos un poco de culo, como decimos nosotros, de suerte, es verdad. No podíamos salir de mitad de la cancha. No nos dejaban. Nos presionaban alto y no podíamos. La primera mitad fue un sufrimiento, pero la segunda ya fue diferente. Obviamente, hubo un desgaste físico de ellos. Como le hizo el otro día Khabib a McGregor, ¡qué quilombo que se armó! El ruso lo hizo desgastar en el piso, le hizo perder energía. Estos igual, iban para delante, sumaban superioridad numérica, una y otra vez, pero la pelota no entraba. Eso psicológicamente afecta. Te entra un poco de desesperación. Fíjate que tenían a Romario y Bebeto en el banco. Jugaron con Müller, un negrito muy rápido que jugaba en el Torino, y Careca. Tuvimos momentos críticos, pero, poco a poco, luego ya no tanto.

Hasta que Diego tiene una idea.

La jugada de Diego fue espectacular.

Tú eres el que mejor la viste de todo el planeta.

La vi venir, sí.

Él estaba quieto, sin apoyos, y de repente dijo: «Pues me voy».

Vio un huequito, porque él veía todo, y se metió. No estaba como en el 86, que era rápido, tenía un cambio de ritmo espectacular, pero sale con el balón y no lo podían tirar. Se dijo que Alemão no lo quiso tirar porque eran compañeros en el Nápoles, ¡mentira! No podían. Era muy difícil tirar a Maradona. Yo lo he visto salir de situaciones imposibles con dos tipos colgados y no podían echarlo abajo. Tenía un equilibrio y una estabilidad, aunque lo empujasen, impresionante. Una de sus muchas cualidades es que era muy difícil tirarlo. Nunca vi un jugador así, incluso en eso destacó.

En Maracaná, en el 89, le vi salir de una situación con los uruguayos, que ellos te matan… Paró la pelota, fueron tres a por él. Uno de ellos, el Tano Gutiérrez, que jugó conmigo en River. Pensé: «Lo matan». Y puso el culito a un lado, se giró y puso el culo del otro lado, le empujaron por los dos lados y le puso un brazo a uno, un brazo al otro, y salió de la jugada. Le habían caído tres encima. Me quedé: «Pero ¿cómo hizo este tipo?». Es increíble el equilibrio que tenía en los pies. Eso nunca se lo vi hacer a nadie y le he visto hacerlo mil veces. Por eso digo que no se puede comparar con nadie. Déjenlo ahí arriba y todos los demás abajo.

En esa jugada contra Brasil, cuando lo vi venir, pensé: «¿Qué hago?». Me podía ir a la derecha, Branco era el que me marcaba. Lo primero que hice fue esperar un poquito a ver para dónde tiraba él, porque Maradona de repente te puede frenar y salir para el otro lado y yo tendría que cambiar de dirección. Cuando vi que se iba para la derecha y lo estaban cerrando ahí, cuando vi que ya no podía cortar para el otro lado, me fui a la izquierda. Estas cosas no salen de casualidad, simplemente salió perfecta. Fueron diez segundos perfectos. En milésimas de segundo, vi que no podía quedarme donde estaba porque nos quedaríamos ahí los dos. Se iba contra los cuatro tipos y contra mí también. Entonces me la jugué y empecé a correr, pero con cuidado, mirando para no meterme en fuera de juego, y vi que nadie me seguía.

Tenía a cuatro brasileños encima, ¿confiabas en que te viese?

Sí, Maradona siempre ve todo. Es difícil que no viese algo. A nivel mental jugaba más rápido que cualquiera. Piensa, como ahora Messi, mucho más rápido que cualquier otra persona. Lo que tú no ves, él lo ve.

En esa jugada, un central se debería haber ido conmigo cuando me crucé, pero se quedó con Maradona. Yo pasé rápido y era una decisión difícil para un defensor. Creo que se equivocaron, pero también fue mérito nuestro. Porque, si a mí me llegaba la pelota, era la jugada perfecta. ¿Sabes cuál era el partido perfecto para Bilardo? El que quedaba cero a cero sin ocasiones de gol. Nadie se había equivocado, no se tiraba a puerta y cero a cero. El partido perfecto [risas]. Le preguntaron una vez y dijo eso.

Yo corté y, claro, Diego, aunque iba cayéndose al piso, obviamente me había visto. La jugada resultó bárbara porque el pase le salió. Justo, entre las piernas de Galvão, pero salió. Yo estaba casi al límite del fuera de juego. Me iba frenando incluso, mirando a Diego y al último jugador de ellos. Si te fijas, no había nadie más, ninguno de nuestros compañeros. No vino ninguno.

Cuando recibí el balón, mi primera intención era tirar, arquearme un poquito y darle de rosca, pero vi que salía Taffarel. Lo complicado al encarar al arquero es que se te frene. Tú quieres que salga, que vaya hacia ti, porque tienes la ventaja si la tiras para delante. ¿Qué va a hacer ahí? No puede frenarse, echarse para atrás y alcanzarte, es imposible. Él me vino saliendo muy rápido. Como lo vi, pensé en pararla y tirarle de rosca, pero en el último momento, dije: «No». Estaba tan cerca de mí que vi que si se la tiraba larga no me atrapaba, y ya sabía que por ese lado no venía nadie, porque lo había visto al tirar la diagonal. Tomé entonces la decisión de irme a la izquierda y gambetearlo. Me quedó todo el arco libre. Pasó así de rápido y pensé todo esto igual de rápido. No son ilusiones mías ni estoy contando exageraciones. Fueron milésimas de segundo, pero en ese tiempo piensas y analizas.

No celebraste mucho el gol.

Nunca fui muy efusivo celebrando los goles, el tipo que corre por todos los lados, choca con todos, con los recogepelotas, se sube a la tribuna y abraza al papá. Pensé que a partir de ahí nos tocaba aguantar la embestida de ellos. Había que ordenarse, hablar un poquito. Solo faltaba que nos hicieran dos goles en cinco minutos. Quedaban nueve y había que estar a muerte. No perder tensión, nada de festejar tanto, todavía no había terminado.

Al final, Müller. Se quedó solo, con un centro que le vino de atrás, pero se apura. Era un gran jugador, pero solo, delante del portero, le dio mal y le salió como a tres metros del arco. Tenía que haber esperado un segundo más y haber definido en el segundo palo, ¡estaba solo!, pero la paró y se apuró en pegarle. Goycochea además era un tipo que no salía mucho, tenía todo el arco. Ahí está la diferencia. En los momentos claves, en los grandes eventos, hay jugadores que aparecen y otros que no. De local, sí, pero después de visitante en un partido chivo, duro, no aparecen.

Dicen que metisteis ese gol porque drogasteis a Branco ofreciéndole agua.

Eso es una leyenda urbana. No te lo creas. Supuestamente había Rohypnol en el bidón. Siempre he dicho que no es verdad.

Las siguientes eliminatorias las sacó adelante Goycochea en las tandas de penaltis.

Siempre fue bueno en los penales. No es que salvara grandísimas pelotas durante el campeonato, salvo alguna, que las hubo, pero no tantas. En Brasil saca una, pero las demás fueron al travesaño o fuera. No es para quitarle mérito, al contrario. Siempre tuvo esa condición, ese instinto de ver para dónde iba a ir el balón. Fue muy meritorio lo suyo. Contra Yugoslavia fallamos dos penales, si no es por él…

Faruk Hadzibegic, el que falló el quinto de Yugoslavia después de que fallaran Maradona y Troglio, dice que sueña cada día que mete ese penalti y, por la alegría que genera, su país no se desintegra, porque todo hubiese sido distinto si hubiesen jugado la final.

¿Y si hubiese perdido 3-0 el siguiente partido? Todavía les quedaba mucho.

A Italia, en Nápoles, la eliminasteis y tú marcaste, pero te sacaron una amarilla por la que te perdiste la final.

Mi mano la podría haber dejado pasar el árbitro, fue en mitad del campo. No era una jugada peligrosa. Él sabía quién estaba amonestado. Ahora, con las nuevas normas, te limpian, si te sacan amarilla en las semis, no te dejan sin final. Un árbitro tenía que tener en cuenta todas estas cosas. Además, jugaba delante, para crear, no para destruir. No paré una jugada de ataque. Eso lo tiene que saber un árbitro, para eso le ponen a pitar la semifinal de un Mundial. Tiene que tener la ética de saber que no merecía amarilla.

Obviamente, la sacó a propósito. Nos sacaron a tres jugadores. Si hubiésemos estado dos de los tres a los que nos sancionaron, hubiésemos ganado a Alemania, por mucho que ellos vinieran jugando tan bien. Íbamos de menos a más, con palos, con historias, con puteadas, con lesionados, dejando a Italia eliminada a las puertas de la final… nadie quería que ganásemos. Ya lo sabíamos nosotros. No había que pensar demasiado. Era lógico. Estaba Havelange, brasileño, al frente de la FIFA, y habíamos dejado fuera a Brasil. Europa quería que el campeonato se quedara en Europa. Para colmo, habíamos eliminado a los dos candidatos a ganarlo. No nos querían, que no te quepa duda. Si nos podían sacar amarillas, lo iban a hacer a la más mínima posibilidad.

¿Qué pasó con la bandera de Argentina de vuestro hotel de concentración?

Quemaron la bandera, se cuenta que la quemó alguien de Bilardo [risas] para crear un clima hostil contra nosotros y motivarnos, pero, si te digo la verdad, no lo sé. Igual es también una leyenda. Sí que había un poco de mala hostia en la concentración después de haber eliminado a Italia. Hubo un problema con el hermano de Maradona, que llegó con un Ferrari a la concentración y le paró la policía porque no tenía documentación. Diego se enfrentó con ellos. Hubo mucha bronca, y lo de la bandera pudo ser un italiano enfadado tanto como Bilardo intentando motivarnos. Yo no me enteré de nada, me lo contaron luego todo.

El penalti con el que os derrota en la final Alemania, ¿lo fue?

No. Fue un contacto que no era para penalti. Les empezó a entrar el pánico. No querían ir a la prórroga. Era un peligro, y ante la mínima… Echaron a dos, a Monzón y a Dezotti. Y hubo un penal contra Calderón que lo podían haber cobrado e íbamos cero a cero. En el borde del área. Si cobró el de Klinsmann, el de Calderón debió haberlo cobrado mucho más.

Fue un golpe, pero en la siguiente Copa América volvisteis a vencer a Brasil y ganasteis el torneo.

Diego no estaba porque lo habían suspendido. Basile cambió prácticamente todo, quedamos solo Ruggeri y yo del Mundial. Se incorporaron Simeone, Redondo, Batistuta, Chamot. Jugadores con personalidad, presencia y ganadores; jugadores que, juegues contra quien juegues, se los siente. Por eso digo que la selección no es para cualquiera. Aunque Redondo jugó muy poco con la selección. Solo jugó un Mundial, fue raro. A Italia no acudió por decisión, dijo que prefería estudiar. En realidad, no compartía el fútbol de Bilardo, o algo así. Luego se contó que Maradona, cuando Redondo hizo esas declaraciones, lo encaró en Sidney, en el ascensor del hotel, y le dijo: «Tú estudiás, ¿y los demás qué somos?, ¿ignorantes, burros?».

El último partido de la liguilla final fue contra la Colombia de Higuita.

Higuita me dijo que le tirase una por arriba para poder hacer el escorpión [risas]. Pero creo que lo dijo en joda. Es un crack, un personaje. Ahora vamos a jugar un partido benéfico juntos para el pueblo saharaui.

Fichaste por la Roma.

Fue en un momento en el que la Roma tenía problemas de vestuario. Tenía una camarilla dentro, un grupito. Nunca vi nada así en un vestuario de todos los que estuve. No había buen ambiente para nada. Ni con los italianos para los extranjeros ni de parte nuestra hacia ellos, porque cuando nos dimos cuenta de lo que había siempre hubo tirantez y roce. Había jugadores que llevaban mucho tiempo e iban tirando mierda. Sinisa Mihajlovic, que era buena gente, un tipo correcto. Con su personalidad y eso, pero muy correcto. Él fue uno de los que sufrió el vestuario. Fíjate que luego se fue a la Lazio y estuvo mucho mejor. El club también estaba descontrolado, desorganizado, no se sabía quién mandaba ahí. No fue un gran periodo.

Estados Unidos fue una nueva oportunidad de ganar la Copa del Mundo, Maradona y tú llegasteis a tiempo tras estar suspendidos. ¿Teníais la moral alta?

Todo empezó con un vuelo a Nueva York. Éramos campeones del 86, subcampeones del 90 y, antes de empezar el Mundial del 94, nos metieron trece horas de vuelo ¡en clase económica! Y no era económica pero todos juntos, era dos por allá, otros dos más atrás, con gente que no conocíamos. Maradona iba en una fila de cuatro asientos con tres tipos que eran turistas. Yo iba en una de tres con un señor en medio que no sabía quién era. Batistuta también iba con dos extraños. Veintidós jugadores desperdigados entre doscientas cincuenta personas. Diego iba fastidiado. Llegó Basile y le dijo: «Hay sitio acá en business class», y Maradona contestó: «Yo me quedó aquí con todos mis compañeros». Trece horas nos pasamos ahí, íbamos tirados en el piso, la gente nos tenía que pasar por arriba, otros iban tumbados debajo de los tres asientos durmiendo. Pasó que alguien en la AFA hacía sus movidas para ahorrarse un dinero y le importaba un carajo.

Pero el equipo llegó fuerte a ese Mundial.

Nos sentíamos capaces de ganar ese Mundial. Estábamos cada uno en el momento justo, con el técnico justo, el Coco Basile, que es un gran amigo, incluso ahora, y como técnico fue espectacular, uno de los mejores que he tenido. Iba al frente con todo, le ponías un tren delante y se ponía, pero a la vez creaba un ambiente muy agradable, con respeto hacia él, obviamente.

Basile no trabajaba la parte táctica como lo hizo Bilardo. Era más ofensivo, formó un equipo bárbaro que miraba siempre para delante. Ganamos así dos Copas América. Llegamos muy bien al Mundial, éramos el equipo a temer. Después del 2-0 a Nigeria venían los periodistas de todo el mundo a decirnos que venían de la concentración de selecciones fuertes, de Italia, de Brasil, y que todos comentaban, los jugadores, los dirigentes, los ayudantes o los familiares de los jugadores, que iban a jugar la final contra Argentina. Y nosotros también lo creíamos. El jugador argentino en ese sentido es muy creído, piensa que le puede pasar por encima a cualquiera; a veces no es así, pero tenemos esa moral.

En el 90 sabíamos que no estábamos bien, Bilardo metió esos cambios, cinco jugadores del primer partido al segundo, pero esto era completamente distinto. Llegamos muy bien, jugamos muy bien, en todas las líneas teníamos buenos jugadores, con personalidad todos. Podíamos crear una situación de gol en cualquier momento, eso lo teníamos clarísimo. Y de repente todo se fue a la mierda.

Echaron a Maradona por el positivo en el control antidopaje.

Perjudicó mucho lo de Diego. El ambiente se puso muy tenso, muy difícil. Estuvimos tres días encerrados, había mucha gente, habíamos perdido a nuestro hombre principal. Fue una situación jodida. El equipo estaba para pelear igual, pero hubo errores en el último partido, y encima yo me quedé fuera por una lesión.

Entrevistamos a Stoichkov y nos dijo que Maradona acudió a ese Mundial engañado por la FIFA. Textualmente: «La FIFA le prometió a Diego, sabiendo que tenía un problema, que no le iba a sacar el dopaje».

A Maradona lo utilizaron. Los argentinos, los que estamos en el ambiente del fútbol, lo sabemos todos. Sabemos que lo fueron a buscar. Lo utilizaron porque necesitaban a la figura principal del fútbol en Estados Unidos, que era el primer Mundial ahí. Querían que fuese para promocionar el campeonato. Cuando Grondona llama al representante de Diego, le dice: «Lo necesitamos, tiene que volver, tiene que ponerse bien, como sea, si necesita ayuda, que…». Algo así, ¿entendés? «Necesita ponerse bien, tiene que ponerse bien en estos cuatro o cinco meses». Y Maradona hizo de todo para ponerse bien, se entrenó como un burro. Porque yo lo veía, mañana y tarde, mañana y tarde. Todo el tiempo. Quería estar en ese Mundial y fue utilizado.

Cuando vieron que Argentina era un candidato, que era otra vez candidato, dijeron «a la mierda». Yo te puedo asegurar que fue así. Dijeron: «¡Afuera Maradona!». Esto de irlo a buscar hasta la mitad de la cancha… ¿A quién van a buscar hasta la mitad de la cancha para hacer el control? Le esperarás en el vestuario. Irlo a buscar con el delantal blanco… ¿Se iba a escapar del estadio? ¿Va a venir un helicóptero y va a huir por la parte de atrás? Hay toda una serie de secuencias, nosotros sabemos la trastienda, lo que pasó anteriormente, y sí, fue utilizado. Tiene razón en lo que dijo Stoichkov, porque, efectivamente, fue así.

Cuando Passarella cogió después la selección, te quitó del equipo. La polémica trascendió porque se dijo que no quería en el equipo a nadie con el pelo largo.

Se equivocó, no sé si por su ego personal contra los símbolos de la selección argentina, como yo o Redondo en aquel momento. Con Batistuta también quiso hacer lo mismo. Passarella fue un grandísimo jugador, siempre he dicho que para mí uno de los mejores defensores de la historia, sin duda. Pero como técnico no. Le traicionó su ego y alguna cosita más, sus amiguitos que venden jugadores. Tenía interés en meter gente nueva en la selección y de paso venderlos después del Mundial. Algo así. Y afuera Caniggia y afuera Redondo.

Cuando todo estaba bien, fue cuando pasó toda esta pelotudez del pelo. Fue la excusa para quitarnos, pero también… ¡la cosa más patética que yo escuché en la historia del deporte! Tuve una llamada con él y, cuando me lo dijo, le contesté: «Pero ¿cuántos centímetros quieres?». Y él: «Cuatro». Y yo: «Pues te voy a dar uno y medio». Era irónico por mi parte, era joda por parte de los dos, pero fue así en un principio y luego eso se volvió, meses después, otra cosa. Ya no se habló del pelo, y el problema fue que quería ir con su gente y no con los grandes nombres de los Mundiales anteriores.

Decidiste abandonar el fútbol europeo y volver a Argentina, a un proyecto en Boca Juniors con Maradona y Bilardo.

Era un proyecto ambicioso económicamente. Maradona y yo íbamos a cobrar más que en Europa. Ponía el dinero un inversor, un millonario armenio que tenía una televisión en Argentina. Puso una pasta terrible, pero no fue por eso por lo que fui, sino por el proyecto en sí.

Estuvimos casi tres años. Diego abandonó en el 97. Fue una etapa espectacular. Diego ya venía jugando en Rosario, yo volvía después de siete años. Al principio de entrenador estaba Marzolini, el gran lateral izquierdo de Boca en los setenta, y al poco vendría Bilardo.

Fue impresionante, jugar en Boca no es para cualquiera. Te lo puedo asegurar. Teníamos treinta o cuarenta periodistas, a veces cincuenta, en todos los entrenamientos. Salías del entrenamiento y se te venían los veinte o treinta cada día. Los periodistas de radio en Argentina son terribles, están todos los días y siempre tienen algo, siempre surge un tema, Boca es Boca y siempre da para hablar. Te entrevistaban hasta en las concentraciones, entraban por dentro del hotel. Ahora el equipo tiene un centro y ya es más difícil. Con nosotros hacían las notas en el mismo hotel, eso forma parte del folclore argentino, en otros lugares es imposible que pase.

Cuando estuve al final de mi carrera en Glasgow Rangers me decían: «Bueno, Claudio, la semana que viene hay una entrevista al final del entrenamiento». Y yo: «¿Y cuándo es eso? ¿Dentro de una semana? ¡Dímelo el día anterior!». En Argentina un periodista, en un segundo, viene y te hace una entrevista.

La imagen icónica de esa etapa es en la que Diego y tú os besáis en la boca tras un gol.

Fue como una joda. Surgió así. Obviamente, no significa nada. Fue como una apuesta. Una pelotudez, alguien dijo «a ver si hay huevos» y…

¿Por qué se retiró Diego?

Se cansó, había mucha presión y él la sintió. En el último año, los últimos cinco meses, no estuvo en su mejor momento y se saturó. Él lo declaró, que casi le matan dos veces al padre en la prensa. Estaba enfermo, tenía algunos problemas, se inventaron varias historias, Diego no sabía nada y publicaron que había fallecido. Dijo: «Ya estoy cansado, basta, sobrepasaron el límite de lo que es el respeto por la persona». Le pasó lo mismo en el último Mundial de Rusia, cuando se sintió mal al final de un partido. A mí me llegó que se había muerto. Llamé al chico que trabaja con él y le pregunté y me dijo: «No, estamos acá, nada que ver, esperando al avión». Y me mandó una foto. Me quedé… ¡qué hijos de puta!

En Boca igual, estaba cansado. Ya no tenía ganas, ya no disfrutaba tanto con el fútbol. Se entrenaba menos. Los martes y los miércoles no venía al entrenamiento. Iba el jueves, viernes, sábado y jugaba el domingo. Los últimos tres o cuatro meses ya se veía que no, no lo sentía, y abandonó. Está bien, si no se levantaba contento y feliz para ir a jugar al fútbol, tenía que abandonar.

Para mí fue un placer enorme haber jugado con el que considero y el que es seguramente el mejor jugador de la historia y también un personaje salvaje, un tío con una alegría y una pasión increíble para jugar al fútbol. Nos entendimos muy bien en el campo. Aprovechaba bien mi velocidad, pero también mis movimientos entre los centrales, dándome la vuelta, girando. Los defensas me han contado después que no sabían dónde estaba y luego aparecía y los pasaba a cien por hora.

Lo he visto jugar hecho mierda, con lesiones con las que nadie podía jugar, y él lo hacía con un amor propio increíble, poniéndole el pecho siempre a todo, era como un indio salvaje. No es el mejor jugador por eso, pero eso también fue algo impresionante de él. Asumía responsabilidades, le mataban a patadas y siempre se puso al frente. Juntos pasamos momentos gloriosos y momentos no tan gloriosos, como personas, porque ante todo uno es persona, y como futbolistas. Pero es parte de la vida. Todos los momentos con él fueron inolvidables.

Siempre estuvo presente en cualquier problema. Tenía mil presiones, como ahora mismo, que cuando va a un lugar se le echan todos encima, a veces la gente no entiende, no es fácil vivir así. Es un ser humano también. No quiero hablar de su vida privada porque jamás hablaré de eso, no quiero hablar de lo que es fuera del fútbol, pero quiero decir que con las presiones que tenía siempre le puso el pecho a todo y estaba siempre disponible con mil quilombos que tenía alrededor. Y cuando jugaba al fútbol era como la vida misma para él, cuando entraba al campo parecía que se le olvidaba todo. Mira en qué situaciones límite estuvo y siempre dio el pecho. Y lo que regaló, que ya te he dicho. Siempre estuvo comprometido y, si alguna vez no lo estuvo, es porque era un ser humano y no siempre se puede estar al mil por mil, nunca nadie jamás en la historia lo estuvo.

Con lesiones increíbles, tuvo un compromiso en cada partido. Siempre estaba con los compañeros, y con el que más lo necesitaba también. Le venía mucha gente a pedir, le hacían llegar el mensaje, y siempre estaba presente o mandaba a alguien. Siempre ayudó a la gente. Yo he ido a partidos benéficos con él en Italia donde se suponía que tenían que ir los jugadores italianos más famosos y no apareció ni uno, ¡ni uno! Pero él iba. Con mil historias, porque era Maradona, e iba porque era una causa importante. Luego le criticaban, me gustaría ver a muchos en la piel de Maradona a ver si se la aguantan.

Tuviste problemas para abandonar Boca.

Decidí volver a Europa. Me quedaba un año de contrato y podía haberme quedado más tiempo, tenía una gran relación con Macri, el presidente, pero después de la última temporada, en la que perdimos el campeonato al final, en los últimos dos partidos increíblemente, pedí en una charla en Guatemala, en un partido amistoso que jugamos allí, que me dejasen marchar por motivos… Estaba todo muy…

Bueno, por una serie de razones, prefería irme a Europa. Y se armó un conflicto. Les dije que buscaría un equipo que les dejara un dinerito. Dijeron que no. Tuve que volver por una cuestión legal, para no tener un conflicto mayor. Pero fue un conflicto personal, entre Macri y yo. Al final acabé en Miami entrenando yo solo con un preparador físico en el campo que tenía un amigo italiano.

Resucitaste en Escocia.

Fui a un equipo chiquito, no es que no debiera haber ido, pero nunca se me pasó por la cabeza terminar jugando ahí, en el Dundee. Fueron solo unos meses, llegué en noviembre cuando ya llevaban diez partidos. Como me estaba entrenando solo en Miami cuando me llamaron, dije: «Bueno, pues voy». El equipo lo había cogido un amigo mío, Ivano Bonetti, que era técnico-jugador. Jugaba como centrocampista. Si te digo la verdad, en ese momento no sabía qué hacer, no sabía si seguir jugando o retirarme.

Enseguida me puse bien físicamente. Tengo suerte de que jamás en mi vida engordé, peso ahora lo mismo que cuando tenía veinticinco años, incluso menos. Nunca me costó mucho entrar en ritmo cuando volvía a una pretemporada. Y cuando empecé a jugar en este club, me di cuenta de que tenía que llegar a los grandes de esa liga, al Celtic o al Rangers, a uno de esos dos.

De la forma de jugar que tenían allí no sabía nada. A veces te dejan espacios, unas veces no marcan mucho y otras te ponen los tacos en el cuello. Se comen por la mañana huevos fritos, panceta y luego se ponen a correr. Yo si me como eso y me pongo a correr, vomito. Yo tomaba mis cereales y una tostadita con mermelada [risas]. A veces los vi comer platos de pasta con kétchup en vez de salsa. Les decía: «Sos un hijo de puta, cómo vas a poner kétchup a la pasta». Los he visto comer las cosas más impensables, pero corrían como unos animales. Entrenamientos con frío, con lluvia, con nieve que cae. Fue una experiencia espectacular.

En el primer partido casi me quiebran. Era contra el Aberdeen F.C. Antes de llegar estuve en Italia. Ahí sí que me entrené solo. Salía a correr alrededor de mi casa. No hice más que correr, nada de fútbol. Llegué a Escocia y a los tres días me pusieron a jugar. Pasé la primera parte en el banco, me dijo el entrenador que me fijase cómo se jugaba allí: «Así entiendes un poquito», y en la segunda me sacó. Salí, primera pelota, sacó el portero y me vino uno que, si no salto, me quiebra. Dije: «Muy bien, ya veo cómo se juega acá, vale, lindo, muy lindo». Pero hice el segundo gol, ganamos y ahí empezó mi aventura escocesa.

Me fijé en quiénes eran los grandes, me preparé para cuando vinieran y cuando jugué contra ellos la rompí [risas]. Enseguida me quisieron fichar el Rangers y el Celtic. Fui a una reunión privada con el Rangers, escondido en un auto con cristales polarizados, entramos por el garaje al estadio hasta la oficina de David Murray, el presidente. Un magnate del acero del Reino Unido, un millonario, «el Rey de los Aceros» le llamaban. Y no tenía piernas. Las perdió en un accidente, iba con dos ortopédicas. El entrenador era Dick Advocaat. Fiché por ellos porque insistieron más y me dieron algo más, y jugué la Champions.

Y un Mundial.

Me llevó Bielsa cuando quedaban tres partidos para empezar el Mundial de Corea y Japón.

¿Cómo es Bielsa?

Es un tipo… no sé cuál es la palabra… Es un gran técnico, muy estudioso a un nivel de locura. Como lo era Bilardo en su peor momento, que era su mejor momento. Pero Bielsa no cambia nunca la forma, es siempre lo mismo. Él lo reconoce, que no es flexible. No sé por qué, porque es un técnico muy inteligente y que trabaja mucho. Tiene gente alrededor que estudia mucho al contrario, pero no cambia. Y a veces hay que cambiar.

En las concentraciones salía del hotel y se ponía a dar vueltas él solo, mirando el piso. Recuerdo un día en Alemania que estábamos calentando, había un argentino en la grada gritándole a quién tenía que poner, y le contestó: «Callate ya, pelotudo, que no te aguanto». Le dijo eso, pero era capaz de salir corriendo hacia él y hacerle la de Cantona.

Tiene una personalidad… Está todo el día pensando en el fútbol. Su apodo, el Loco, está bien escogido.

Me contaron que un día montó un quilombo en una rueda de prensa y tenía un coche preparado en la puerta para, según saliera, irse. Fue, se subió al coche y… ¡no arrancó! Y se veía al Loco gritándole al conductor: «¡Sos un pelotudo, la concha de tu madre!». Se tuvieron que bajar y empujar el auto. Quería salir de la rueda de prensa volando y se fue empujando el coche.

Acabaste tu carrera en Catar, con Guardiola y Hierro por ahí.

No estábamos en el mismo equipo, pero estábamos todos en la misma ciudad. Éramos Batistuta y yo argentinos. Mario Basler y Stefan Effenberg, alemanes. Y Frank Leboeuf, que jugó en el Chelsea, un francés. Romario había estado antes, pero solo duró tres meses.

Allí me entrenaba todo el día porque no sabía qué hacer. ¿En Doha qué iba a hacer? No había gran cosa, algún hotel, alguna playa… de hombres, por supuesto. Los entrenamientos eran a las ocho de la noche y yo me despertaba temprano, así que me iba a entrenar. Porque lo que hacíamos con el equipo tampoco eran gran cosa.

Me llamó mucho la atención lo reprimidos que estaban los jóvenes. Un día me vino un catarí y me dijo que se iba a casar, que si iba a la boda. Un buen chico. Le pregunté: «¿Ya follaste y tal?». Y me dijo: «No, no se puede». Le contesté: «¿Cómo que no se puede? ¡Claro que se puede! ¿Cómo sabes si no si folla bien?». Y él «No, no podemos hacer eso nosotros». Esto, claro, lo ves un poquito… Cuando llegué me contaron que Romario en un centro comercial estaba con una chica, le dio unos besos y le llegó la seguridad a decirle que ahí no se podía hacer eso

Los chicos tampoco estaban muy acostumbrados a la exigencia, los entrenamientos que eran un poco duros no querían hacerlos. Yo me iba una hora antes a estirar para no lesionarme. Me estiré más ahí que cuando tenía veinticinco años, lo que también es normal. Un día tuve un problema de espalda, no me podía ni mover. Fueron al hotel a verme dos árabes, el director deportivo, que no tenía ni puta idea de lo que era el fútbol, y un médico. Al verme así, me querían hacer mes por mes el contrato, pero ya estaba firmado y me negué. El médico, un cabrón francés, no importa la nacionalidad, pero era un cabrón [risas], hablaba conmigo en italiano. Me llevaron a una clínica espectacular y le dijo al árabe que lo mejor era operarme. Yo le dije que no me iba a tocar la espalda. Me puse recaliente, porque cobran por operación y te meten en el quirófano con una uña encarnada. Me fui a Alemania a un fisio que es un crack y a los diez días estaba jugando bárbaro.

Al retirarte, ¿te costó vivir sin fútbol?

No me costó al principio. Luego me arrepentí a los dos años. Creo que debí haber jugado más, no por una cuestión de dinero, sino porque estaba para jugar hasta los cuarenta. Físicamente estaba impecable, nunca tuve grandes lesiones. Tenía treinta y siete y estaba bastante rápido. Pero al dejarlo no, me cayó la ficha a los dos o tres años porque me aburría. Esa adrenalina no la puedes tener nunca más. Yo me seguía divirtiendo jugando, no me costaba ir a entrenar por la mañana. Ni entrenar dos veces al día. Y eso que en Catar los jugadores africanos nos iban a dar. Nos iban mal y son fuertes los cabrones, especialmente iban a por mí y a por Batistuta. También había que correr en ese fútbol. Mira que Romario cuando fue pedía la pelota al pie, no corría y lo mandaron al banquillo, y a los tres meses le dijeron que basta y para casa. Me lo contaron todo unos brasileños que había en el staff de mi equipo.

¿Cómo has visto estos años a la Argentina de Messi?

La final que se perdió se pudo ganar. Hubo oportunidades, el tiro pegado al palo de Messi, la de Higuaín solo, que falló, pero hay que estar ahí y patear. Si hubiese entrado una de esas… ponte a recuperar un 1-0 en la final de un Mundial. Bueno, en el 86 se lo hicieron a Argentina, que le remontaron dos. A lo que me refiero es a que no podemos decir que Alemania la arrasara. Pero mira a los aficionados argentinos. Cuando va bien, mira cómo se ponen. Pues si va mal, es lo mismo, pero al revés y con la misma intensidad.

Este año en Rusia, cuando el técnico pierde el control de la situación, hay muchos problemas. Si el técnico dice que la selección es el equipo de un jugador, es un gran problema. Si luego Croacia en el segundo partido te gana así, es todo un caos. Nunca puede terminar bien una historia así. Nosotros pudimos tener muchos cambios, pero había solidez en el grupo. Tú no puedes decir: «Este es el equipo de Messi». Bilardo nunca dijo: «Este es el equipo de Maradona». Eso no se puede decir, todos sabíamos que Maradona era el mejor, quién no lo sabía, pero no hay que decirlo. Porque es un equipo de fútbol, una selección nacional, la selección de Argentina, no el equipo de nadie.


Barras bravas: aguante Argentina

Disturbios en la grada de la 12 durante un encuentro entre River Plate y Boca Juniors, 2010. Fotografía: Cordon Press.

El fútbol es un negocio del que viven jugadores, dirigentes, representantes, periodistas… Y a nosotros, que aportamos al espectáculo, también nos corresponde una parte. La tele nos enfoca, la gente nos quiere, cuando se habla de fiesta y carnaval, se habla de nosotros. Rafael Di Zeo

Con más de trescientos muertos a sus espaldas y un expediente plagado de los peores delitos imaginables, las barras bravas siguen manteniendo hoy un estatus privilegiado y un grado de aceptación mayoritario entre los más apasionados hinchas del fútbol. Les agradecen el aliento constante que insuflan al equipo, valoran el aguante, aplauden el colorido que aportan a las gradas, la sal y la pimienta de un deporte que en Argentina ha adquirido tintes de religión. El soporte ideológico sobre el que se sustenta su barbarie, y también su negocio, está configurado por el amor y la lealtad inquebrantable a unos colores, junto con el odio irracional hacia el rival, el enemigo. Son muchos los que afirman que pertenecer a la barra de un club en el país de Gardel y Maradona es un modo de vida, una forma particular de entender la existencia. Sin embargo, una mirada desapasionada sobre dicho fenómeno nos devuelve una realidad mucho más precisa, sin duda mucho menos romántica: ser barra brava es un medio de vida, una profesión. El aliento, a día de hoy, lleva siempre una etiqueta con el precio especificado en pesos y en dólares, mientras que el aguante no es más que una preciada mercancía al alcance de cualquiera que decida pagarlo.

La 12, historia de una barra para comprenderlas a todas

A una antigua novia suya que pertenecía a la 12 le dedicó Joaquín Sabina la canción Dieguitos y Mafaldas, cuando a la barra de Boca Juniors todavía se le suponía una cierta mística que nada o muy poco tenía que ver con la realidad, como el propio autor descubrió con el paso de los años. En origen, allá por los años treinta, el nombre de la 12 se usaba para identificar a todos los aficionados que se daban cita para animar a su equipo en cada partido. Se había impuesto la ocurrencia de un periodista local que firmaba sus crónicas bajo el pseudónimo de «El negro de la tribuna», don Pablo Rojas Paz. Antes, en 1925, ya se conocía como el jugador número 12 a Victoriano Caffarena, un hincha que financió y acompañó al equipo xeneize en su primera gira internacional. La tragedia de 1968 contribuyó a agrandar la leyenda: una avalancha incontenible de aficionados de Boca Juniors se topa con la puerta 12 del Estadio Monumental cerrada a cal y canto, convirtiendo el pasillo de acceso en una trampa mortal que asfixia la vida de setenta y un hinchas. Apenas cinco años después, en 1973, la barra brava local comienza su asalto al alma misma del club y su primer botín es el apelativo de la 12, que nunca más volverá a representar a una mayoría. Comienza el reinado de Quique el Carnicero.

Quique el Carnicero

Enrique Ocampo, alias Quique «el Carnicero», era el propietario de una famosa marisquería situada frente al estadio de la Bombonera. Muy relacionado con Carlos Bello, cacique político del barrio de La Boca para el que organizaba mítines y reclutaba voluntades. Amparado por líderes comunales, interlocutores sociales y un puñado de lugartenientes como el Lechero, el Uruguayo Chupamiel o el Alemán, comienza a imponer su poder a la directiva del club desde su trono en el paravalanchas de la Popular, la grada del estadio controlada por la barra desde entonces.

Da comienzo el negocio de la violencia. El Carnicero logra que sus muchachos accedan gratis al estadio y las entradas cedidas por el club terminan en la reventa. Viajan por el continente acompañando al equipo en la Copa Libertadores por cuenta ajena, organizan asados populares con la presencia de las estrellas del plantel, rifan camisetas firmadas y puntualmente reciben un pago en efectivo de los dirigentes que han comprendido que esta especie de guardia pretoriana que los protege y espanta a los opositores, sale barata.

La primera guerra de la 12

Cerca del segundo paravalanchas de la Popular suele situarse José Barritta, un hijo de inmigrantes italianos que ha comenzado a aportar efectivos a la barra gracias a sus buenas relaciones con un líder sindical del sector metalúrgico, Lorenzo Miguel. Barritta comienza a intuir el calibre del negocio que maneja el Carnicero y trata de argumentar sus méritos para lograr una parte de los beneficios y un lugar entre los líderes de la barra. Su propuesta es rechazada así que Barritta decide que no habrá una segunda negociación y se prepara para la guerra. Reúne un grupo de afines, entre los que se encuentran varios pesos pesados del crimen organizado en Buenos Aires, y desbanca a Quique tras una sangrienta pelea. Por su pelo canoso, al nuevo líder de la barra lo conocerán todos como el Abuelo.

El Abuelo se rodea de gente de las 62 Organizaciones, una coalición sindicalista que ampara a diferentes agrupaciones gremiales próximas al peronismo, y afianza su poder. Es tal el volumen de negocio que acumula la barra que por intermediación de Claudia Bello, hija de aquel caudillo radical relacionado con Quique el Carnicero, el propio Carlos Menem aconseja a Barrita la creación de una fundación que fiscalice sus ingresos. Nace la Fundación Jugador Número 12 y entre sus benefactores contará con nombres tan populares como los de Mauricio Macri, Guillermo Coppola, Mario Pergolini o Ante Garmaz. En seguida comienza a crecer la sospecha de que la barra utiliza la fundación para blanquear todo tipo de ingresos ilícitos y la justicia termina por intervenirla. Es el primer revés serio para el Abuelo que en 1994 verá cómo su reinado comienza a tambalearse.

La hora de Rafa Di Zeo, «el Rafa»

Es 1994, una emboscada organizada por la barra tras la disputa del Superclásico argentino termina con la muerte de dos hinchas de River Plate: Walter Vallejos y Ángel Delgado. El país se indigna y el Abuelo da un paso atrás mientras observa cómo los políticos que tanto lo han apoyado comienzan a soltarle la mano. Permanece dos meses fugado de la justicia antes de entregarse y pese a ser exculpado por el doble homicidio, ingresa en prisión para cumplir una pena de cuatro años por asociación ilícita. Muere al poco de abandonar la cárcel y el día de su entierro será despedido por una delegación de la 12 y José Alegre, expresidente del club, que le pide a dios «lo tenga en su gloria».

Rafa Di Zeo aprende a la sombra del Abuelo que las relaciones políticas pesan tanto como los puños y las balas. También comprende la importancia capital que el tráfico de drogas está adquiriendo en todos los ámbitos de la sociedad y se asegura de no cometer los mismos errores que su antecesor. Según muchos analistas, las barras bravas pasan a ocupar papel que en otros países corresponde a las maras o los grupos paramilitares en favor de los narcotraficantes.

Plenamente instalado como capo de la Popular, en 1997, Di Zeo recibe la llamada de Claudia Bello, hija del antiguo aliado de Quique el Carnicero: «El jefe te quiere hablar». Otra vez Carlos Menem al aparato con un líder de la 12, en esta ocasión para solicitar un pequeño favor: el apoyo de la barra en favor de Daniel Sciolli en las elecciones internas del Partido Justicialista que definirá los candidatos nacionales. En el siguiente partido, una enorme pancarta se despliega en la platea de los chicos de Di Zeo con el lema «Sciolli diputado». Su rival, Miguel Ángel Toma, empieza a digerir una derrota que no tarda en confirmarse.

Las cosas marchan viento en popa para Di Zeo hasta 1999. Se encuentra de vacaciones en Mar de Plata con su hermano Fernando y otros pesos pesados de la barra cuando recibe la llamada de un dirigente del club. En un amistoso celebrado en La Bombonera, algunos socios de Boca son agredidos por la barra de Quilmes que llega, incluso, a amenazar a los jugadores locales. «Si hubieran estado ustedes, esto no habría sucedido», se lamenta el directivo. El Rafa y sus lugartenientes regresan a Buenos Aires y en el siguiente amistoso, que enfrenta a Boca con Chacarita, realizan una pequeña demostración de fuerza como aviso a navegantes. Dos días después son citados a declarar, acusados por varios delitos que van desde las amenazas al robo. En este paso por la cárcel de Devoto, Di Zeo aprovecha para tejer una interesante red de contactos que aumentará ostensiblemente su poder en cuanto regresa a la cancha. Allí se encuentra con el Beto Alegre, uno de los cabecillas de una banda de criminales conocida como La Chocolatada. También se encuentra con Richard Laluz Fernández, apodado «el Uruguayo», personaje capital en los futuros acontecimientos dentro de la 12. Todavía a día de hoy, Rafael Di Zeo sigue culpando de su ingreso en prisión al secretario de seguridad del Ministerio del Interior en la fecha, Migual Ángel Toma, el candidato que se había enfrentado a Sciolli en las internas del Partido Justicialista. De todas formas, es puesto en libertad en pocas semanas.

Seguidores del Boca Juniors, 2006. Fotografía: Cordon Press.

En 2003, se recrudece el enfrentamiento con la barra de Chacarita. El 31 de agosto, los hinchas del equipo funebrero asaltan varios puestos de comida y bebida en la Bombonera y la 12 actúa. Al grito de «y pegue, Boca, y pegue», atraviesan el estadio e ingresan a la platea donde se han situado los barras rivales. La pelea termina con la intervención de la policía y deja un saldo de catorce heridos. En los días posteriores se suceden las denuncias y entre los procesados se encuentra Luis Barrionuevo, presidente de Chacarita y Senador de la nación. Es la primera vez que la justicia pone el foco sobre las relaciones de las barras bravas y la política. Di Zeo se pasa cinco meses huyendo de la policía con la inestimable colaboración de su pareja de entonces, Viviana Parrado, miembro de la Policía Federal. Finalmente decide entregarse y tras veinte días entre rejas es puesto en libertad a la espera de la sentencia definitiva.

En 2005, Rafael Di Zeo sigue esperando el fallo del Tribunal de Casación mientras contrae matrimonio con Soledad Spinetto, su nueva pareja. Se trata de la secretaria privada del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Felipe Sola. Al enlace, celebrado la quinta Los Galpones, acude todo el gabinete del Gobernador Sola. También disfrutan de la fiesta Diego Armando Maradona, el Ministro de Justicia Aníbal Fernández o el fiscal Carlos Stornelli, entre otros rostros conocidos. Sin embargo, su felicidad termina en 2007 cuando se confirma su sentencia y debe volver a la cárcel, donde permanecerá hasta el 10 de mayo de 2010. En su ausencia, dos de sus lugartenientes han asumido el poder de la 12 y las autoridades temen que Di Zeo comience una nueva guerra para recuperar el trono del paravalanchas; no se equivocan.

Mauro Martín y Maximiliano Mazzaro, los traidores

Gabriel Martín, el entrenador personal de Rafael Di Zeo en el Club de Boxeo Leopardi, está preocupado por su hermano pequeño y acude a pedir ayuda al capo de la barra. Mauro, que así se llama la oveja descarriada, acaba de ser detenido por un atraco en un supermercado y la familia está preocupada por su futuro. De este modo conoce el Rafa al que será su sucesor. Enseguida descubre en él virtudes que considera muy aprovechables y, en poco tiempo, Mauro Martín se codea ya con los punteros de la barra. Sin embargo, este ascenso meteórico produce recelos entre algunas facciones y una tarde de febrero de 2006, alguien decide pasar a la acción.

Los hermanos Di Zeo, Mauro y otros barras juegan al fútbol en Casa Amarilla, el campo de entrenamiento reservado al primer equipo de Boca. Cuando alguien grita dando la voz de alarma, ya es tarde. Marcelo Aravena, líder de la facción de Lomas de Zamora, y unos cuantos afines descargan plomo sobre los presentes. El principal objetivo es Mauro Martín, al que acusar de planear una brutal agresión hacia algunos de sus hombres apoyado por la gente de La Chocolatada, ya plenamente integrada en la barra. Aravena es uno de los condenados por el asesinato de los dos hinchas de River Plate que puso en jaque a José Barrita, el Abuelo. Mauro parece hombre muerto hasta que aparece Richard Laluz Fernández, el hombre reclutado por Di Zeo en el penal de Devoto, quien armado con dos pistolas protege al joven y repele el ataque de los hombres de Aravena. El arrojo y sangre fría del Uruguayo no resulta extraño y algunos recuerdan una imagen suya en el tejado de la cárcel de Devoto, con un cuchillo apoyado en la garganta de un funcionario para forzar una negociación tras encabezar un motín en la prisión.

Maxiliano Mazzaro, también presente aquella tarde de fútbol y plomo, es el capo de la facción de La Matanza y mantiene un contacto fluido con la policía bonaerense, políticos punteros de Lomas de Mirador y líderes sindicales de mucho peso. Él también le debe su vida a los Di Zeo tras un incidente que se produjo en 2004, en la previa de un Superclásico frente a River Plate en el Estadio Monumental. Disconforme con el reparto de los ingresos generados por la reventa de entradas, el líder de la facción de Moreno, Juan Castro, discute con Mazzaro y termina por sacar un cuchillo y asestarle una profunda puñalada en el costado. Mientras el Rafa trata de poner orden entre sus filas, su hermano Fernando carga a Mazzaro en brazos y sale corriendo, rumbo al hospital más cercano donde, finalmente, logran salvarle la vida. «No es para tanto, va; peor fue el día que me pegaron un tiro en el ojo», le dice para animarlo.

La guerra

Corre el año 2010 y los hermanos Di Zeo celebran su recuperada libertad en las entrañas de un prostíbulo conocido como El cocodrilo. En un momento de la noche, hace acto de presencia el Uruguayo Laluz Fernández, también recién salido de prisión después de que Mauro y Mazzaro lo hayan vendido a la policía bonaerense, sin duda para quitarse de en medio a un potencial aspirante al gobierno de la barra. Laluz propone una alianza a Di Zeo pero la conversación se enreda y termina en discusión. Cuando está saliendo por la puerta, tres disparos impactan contra su espalda. Los viejos aliados reclutados en Devoto ya no forman parte de las filas de Di Zeo: el Uruguayo vivirá el resto de sus días pegado a una silla de ruedas y los muchachos de La Chocolatada forman parte de la barra oficial dirigida por los traidores, Mauro y Mazzaro. Por el contrario, la facción de Lomas de Zamora, la gente de Aravena que asaltó Casa Amarilla a hierro y fuego, se convierten en la vanguardia del antiguo capo.

Dos años después, el 25 de agosto de 2012, los Di Zeo asestan su primer golpe a Mauro Martín. Boca juega en Santa Fe y, en el interior del país, los contactos de Mazzaro con La Bonaerense y la Policía Federal no sirven de mucho. Los leales a Di Zeo esperan, apostados en el puente de una autopista, la llegada de la caravana de autobuses comandados por Mauro. Cuando los tienen a tiro, descargan todo el plomo que llevan. Hay siete heridos y uno de ellos es el propio Mauro, que ha recibido un disparo en los intestinos. Le salvan la vida en un hospital de Rosario pero la cicatriz le sirve como advertencia del enorme poder al que se enfrenta.

Apenas dos meses después, Mauro Martín comete un error que resultará fatal. El 28 de octubre, otro Superclásico termina convertido en un pequeño Vietnam: ochenta heridos, veinticuatro de ellos hospitalizados con lesiones de gravedad incluidos dos policías arrojados a un vació de cinco metros desde la platea visitante. Argentina se indigna mientras el gobierno se felicita por el éxito del dispositivo, incluso alardean de haber evitado el ingreso del líder de la 12 al Estadio Monumental. Apenas veinticuatro horas después, un vídeo muestra a Mauro Martín subido en el paravalanchas celebrando el gol del empate de Boca. La presión de la opinión pública obliga a una reacción del ejecutivo y Mauro Martín es detenido. Resulta exonerado de los cargos que le imputan pero la investigación no se detiene y a través de una escucha telefónica consiguen, por fin, las pruebas necesarias para poner al líder de la barra tras las rejas. En su ausencia, Maximiliano Mazzaro pasa a ser el líder natural de la 12 pero el número dos de Mauro no es hombre de acción, es un alto ejecutivo de la violencia con contactos y un cerebro privilegiado. Quizás por eso mismo, por ser un tipo inteligente, decide dar un paso atrás y dejar el trono a uno de sus lugartenientes, Fido Desbaus.

De vuelta a la casilla de salida

A día de hoy, después de todo lo ocurrido, Rafael Di Zeo y Mauro Martín comparten el control de la 12. En cualquier partido se les puede ver juntos en el trono de la Popular, el segundo paravalanchas reservado a los jefes de la barra. Otras fotografías nos los muestran compartiendo un asado con Carlos Tévez, el futbolista estrella de Boca, lo que una vez más pone de manifiesto la connivencia de las barras bravas con los ídolos y las altas esferas.

De Di Zeo se cuenta que firma más autógrafos que cualquiera de los futbolistas del país, pues a pesar de todo lo que acaban de leer y muchas cosas más que no cabrían en toda una revista, las barras siguen siendo respetadas y admiradas en cuanto se entierran a sus muertos. Multipliquen todo cuanto acaben de leer por el número de clubes que pueblan Argentina y tendrán una idea aproximada del problema al que se enfrenta el país, ya no solo su fútbol. En un mundo de códigos mafiosos, hay sitio para una última referencia a El padrino: «No es personal, solo negocios». Aguante, Argentina.


Antonio Ubaldo Rattín, de profesión caudillo

Rattin en el partido Alemania-Argentina del Mundial de Inglaterra, 1966. Fotografía: Cordon.

«Yo quiero que usted estudie porque el fútbol es cosa de vagos», repetía una y otra vez el Tano Rattín a su hijo. Eran tiempos en los que el deporte, al menos en Argentina, apenas daba de comer a unos cuantos privilegiados y el padre de Antonio hizo cuanto estuvo en su mano para que el nene no se le descarriara, para que hincase los codos sobre el escritorio en lugar de andar metiendo pierna en el potrero y consagrase su buena cabeza a las letras y los números, negocio más provechoso que arriesgarla como un gil en cada disputa aérea. Sin embargo, y muy a su pesar, el chaval terminó por dar el salto al fútbol profesional, vistió la camiseta de Boca Juniors en más de trescientos cincuenta partidos oficiales y defendió los colores de la selección argentina en dos mundiales pero nada de eso importó a don Bartolomé, nadie  pudo convencerlo jamás de acudir a un estadio para ver jugar a su hijo.  

No andaba muy errado el viejo del Rata en su diagnóstico: del fútbol vivían cuatro y la mitad dedicaban más horas a la cultura del bulín y las botineras que a la del esfuerzo. No fue el caso de su hijo, quien siempre tuvo presentes sus prioridades y terminó convertido en mucho más que un buen futbolista o un gran capitán. A imagen y semejanza de su gran ídolo, el millonario Néstor Rossi, Rattín se hizo acreedor al título honorífico de caudillo, una figura casi olvidada en el fútbol moderno y que él mismo explicaba en una carta escrita a principios de la década de los ochenta, ya retirado: «En mis tiempos de jugador, antes de salir al campo me repetía siempre lo mismo: Rata, vos sos un mal necesario en el equipo; podés jugar bien, mal o regular pero tenés que dar ejemplo de entrega y debés respaldar a tus compañeros. A través de aquellas experiencias puedo intentar una definición de los que es y representa un caudillo: un tipo que no es un crack, que normalmente no deslumbra a nadie con su habilidad pero que es respetado y que con su voz, su voluntad y su presencia puede resultarle muy útil a su equipo. Como decía al principio, y en definitiva, un mal necesario».    

Antes de convertirse en figura, Rattín empezó a llamar despertar el interés de los mejores equipos de Buenos Aires en los campeonatos juveniles Juan Domingo Perón. Nacido en Trento pero afincado en Tigre, jugó varios partidos con las inferiores del gran equipo del barrio pero siempre con documentación falsa, una argucia bastante habitual en aquellos tiempos para esquivar la lentitud de la burocracia y ofrecer una oportunidad inmediata a nuevos talentos. Las primeras ofertas que recibió no resultaron demasiado alentadoras en lo económico y la austera realidad del fútbol argentino parecía empeñada en dar la razón a su padre: Chacarita le ofreció una bicicleta o cinco mil pesos por firmar su primer contrato profesional mientras que Tigre se comprometió a regalarle un traje completo, incluidas la camisa y la corbata. Tras seguirlo de cerca durante varios partidos, y consciente de que el chaval comenzaba a flirtear con el profesionalismo, Bernardo Gandulla le pide que firme por Boca Juniors con las siguientes palabras: «Pibe, venga a Boca porque usted tiene condiciones y va a triunfar; no tenga duda». Rattín, sin embargo, acepta la oferta por una razón muy distinta: le gusta la combinación de colores del uniforme bostero, tanto que jamás vestirá otra camiseta salvo la albiceleste del combinado nacional.  

Como su padre se niega a mover un dedo por facilitar la aventura del hijo descarriado, son los amigos del barrio quienes acompañan al Rata a su primer partido con la camiseta azul y amarilla. Se trata de un amistoso contra Lanús y lo primero que llama su atención al entrar en el vestuario son las botas, groseramente tuneadas con tres cintas adhesivas de color blanco en los laterales, a imitación del logo de Adidas. Cuando el utilero se acerca para informarse sobre la talla del recién llegado se topan con un pequeño problema. Antonio tiene los pies demasiado grandes, en los sacos no hay botas del número 45, así que, tras consultar con el árbitro del partido, Rattín termina debutando en zapatillas. El debut en partido oficial llegaría unas semanas después y el rival sería River Plate, el equipo acaudillado por su gran ídolo, Néstor «el Pipo» Rossi. De nuevo se niega el viejo Tano a dar su brazo a torcer, así que a la cita se presenta el futuro ídolo xeneize a bordo de una vieja camioneta Chevrolet que sus amigos se han agenciado para la ocasión.

En su palmarés destacan los cinco títulos nacionales conquistados con Boca Juniors y una Copa de la Naciones con Argentina, torneo organizado por Brasil para celebrar su recién conquistado título mundial de 1962. El peso de Rattín en su selección, su condición de nuevo caudillo albiceleste, queda patente en el duelo entre argentinos y brasileños cuando Pelé, desquiciado por las marrullerías de su marcador, noquea de un cabezazo al Chino Mesiano. Mientras los auxiliares atienden al defensa, el Rata se acerca al banquillo y solicita al seleccionador Minella la entrada de Roberto Telch, el centrehalf suplente: «Don Pepe, meta a Telch que del negro me encargo yo». El Oveja, que es como todo el mundo llama a Telch por el rizado extremo de su pelo, observaba los acontecimientos sentado en la banqueta, descalzo y comiéndose un perrito caliente, pero su ingreso al partido resulta determinante. También el marcaje de Rattín a Pelé. En un córner a favor de la canarinha, el astro brasileño se acerca al argentino y le pide firmar un pacto de caballeros: nada de golpear sin balón de por medio. «Usted juegue tranquilo que yo, sin balón, no le voy a pegar», promete el argentino. Huelga decir que el Rata cumple su palabra, el estadio Pacambú termina coreando la exhibición de la albiceleste y al día siguiente, en señal de profundo respeto, Pelé se presenta en el hotel de concentración argentino para disculparse con Mesiano y felicitar a Rattín.  

Sin embargo, el momento más recordado en la longeva carrera del Rata será su expulsión en el Mundial de Inglaterra, en 1966. El partido llega precedido de cierta polémica por las designaciones arbitrales y la violencia desmedida de los argentinos en su partido contra Alemania. El sorteo de colegiados para los cuartos de final se celebra sin la presencia de los delegados de Argentina y Uruguay quienes, siempre según su versión, son citados una hora más tarde y se encuentran con todo decidido: el duelo entre Inglaterra-Argentina lo pitará un alemán mientras que el Uruguay-Alemania correrá a cargo de un árbitro inglés. Las sospechas se vuelven certezas cuando Rattín es expulsado por apenas señalarse el brazalete y pedir explicaciones al colegiado tras la señalización de una falta. Indignado, el Rata se dirige a la grada y se sienta sobre la alfombra roja que delimita el palco real del estadio de Wembley. Cuando le indican que no puede quedarse allí, se dirige desafiante hacia los vestuarios entre la algarabía de una afición inglesa que le arroja chocolatinas y cerveza a su paso, gestos que el caudillo devuelve estrujando la bandera inglesa que flamea en uno de los banderines de córner. «Sabían que nos habían robado. Estaban tan avergonzados que al día siguiente me fui de compras y el taxista no me quiso cobrar la carrera. Los ingleses son así de honrados, son una raza especial».

El 28 de Julio de 2015, la directiva de Boca Juniors hacía justicia al viejo caudillo e inauguraba una estatua en su honor para acompañar las de otros ídolos bosteros como Maradona, Riquelme o Guillermo Barros Schelotto. Alejado del mundo del fútbol y dedicado a la venta de seguros, el Rata recibía por fin el merecido reconocimiento tras demasiados años de abandono institucional. Entrevistado por los diferentes medios presentes, el hijo de don Bernardo preguntaba a todos los reporteros si se distinguía bien el brazalete de capitán, al tiempo que ponía algún que otro reparo a la escultura: «Me siento muy agradecido pero creo que yo soy más lindo». A su especial condición, y la de otros tantos como él, dedica también Roberto Fontanarrosa uno de sus cuentos más celebrados: «Wilmar Everton Cardaña, el 5 de Peñarol». El relato del Negro es un canto a la figura casi mitológica del caudillo, a ese mal necesario que definía el propio Rata, a todos esos guardianes de los viejos códigos del fútbol. «Yo sé que es difícil imaginar, suponer, adivinar, una personalidad tierna y sensible escondida tras la carnadura hosca y prepotente del capitán. Yo entiendo que no es sencillo intuir el gesto amable o la frase cordial en un hombre que hizo del encontronazo cruel, la pierna arriba o el gesto acerbo una marca personal e indeleble a lo largo de su prolongada campaña. A lo sumo, admito, era factible entrever en él la grandeza, el coraje y la hombría de bien reconocida incluso por aquellos que fueron víctimas, encarnizados rivales o detractores». Así define Fontanarrosa a su imaginario Cardaña, unas palabras que incorporan un poco de Rattín, de Pastoriza, de Tito Gonçalves, de Zoco, de Baresi y hasta de Carles Puyol, quizás el último exponente de una estirpe en claro peligro de extinción: el fútbol moderno se ha vuelto demasiado democrático, cómo no odiarlo.


El Mundial de Maradona (y III)


Viene de la segunda parte.

Domingo, 22 de junio de 1986, Estadio Azteca. Es la una de la tarde en la capital mexicana, las ocho de la tarde en la Península Ibérica; medio mundo está sentado ante un televisor. Todo por un partido de fútbol, sí, pero no es necesario ser aficionado a al balompié para sentir una enorme expectación, porque está a punto de disputarse una eliminatoria cuya significación ha sobrepasado a la propia competición deportiva; los jugadores van a saltar al césped en medio de un ambiente de tensión previa que pocas veces, si acaso alguna, se había visto en un Mundial. Los medios de casi todo el planeta llevan varios días hablando de ello: Argentina e Inglaterra, que apenas cuatro años antes habían mantenido un breve pero intenso conflicto bélico que sorprendió al mundo, que arruinó las relaciones entre ambos países y que dejó profundas heridas sobre todo en una humillada Argentina, enfrentan ahora a sus dos selecciones de fútbol en los cuartos de final del Campeonato del Mundo. La prensa, tanto la deportiva como la generalista, ha estado haciendo uno de sus característicos ejercicios de innecesaria obviedad y no ha dejado de recordar constantemente que este partido será la “revancha” de la Guerra de las Malvinas. Las islas por las que dos ejércitos pelearon constituyen para casi todos los periódicos y emisoras el trasunto principal del partido; apenas se habla de estrellas, de sistemas, de goleadores. Parece que a mucha gente le excita la idea de que se vaya a jugar en semejantes circunstancias, de que el velo de aquella sangre derramada por los infortunados soldados, un velo de misiles y de banderas, esté tiñendo las inquietantes jornadas previas al partido. Los organizadores mexicanos, como casi todos los miembros de ambas selecciones, no están nada felices con el tono en que los medios presentan el encuentro. Incluso los futbolistas argentinos —entre quienes el ánimo de revancha nacional no deja de estar presente, aunque casi todos ellos se esfuerzan por disimularlo— desean un partido, no una guerra.

“No saldremos al campo con armas, hemos venido aquí a jugar al fútbol”

Todos los involucrados en la eliminatoria se sentían seriamente preocupados por la posibilidad de incidentes violentos entre los sectores más extremistas de ambas aficiones. Los “hooligans” ingleses y los “barras bravas” argentinos eran bien conocidos por su actitud agresiva y la tendencia a organizar considerables trifulcas bajo la menor excusa. La posibilidad de que terminase habiendo incidentes graves durante el partido no resultaba nada remota, así que —amén de llenar el estadio de policías— los organizadores poco más podían hacer que apelar a la sensatez de todos y rezar por que no se desencadenase una tragedia.

Desde los dos equipos se hicieron considerables esfuerzos por enfriar el ambiente y hay que decir que esos esfuerzos tuvieron bastante efecto. Los jugadores de ambas escuadras se habían pasado la semana desmintiendo que el partido fuese a convertirse en una revancha de ningún tipo. Hubo alguna excepción, como la del guardameta argentino Nery Pumpido, quien no pudo evitar declarar que “si derrotamos a los ingleses, estaré satisfecho por doble partida, ya que será una venganza por lo de las Falkland”. Una declaración más bien irresponsable pero que apenas fue secundada por casi ningún otro de sus compañeros, por más que en su fuero interno pudieran pensar lo mismo. Gary Lineker, la estrella de la selección inglesa en el Mundial —llevaba anotados nada menos que cinco goles antes de haberse disputado los cuartos de final— afirmó rotundamente que él era “un futbolista, no un político”. Jorge Valdano, con su elocuencia habitual, dijo que “entre los integrantes del equipo se ha hablado muy poco de las Malvinas (…) Llegados a estas alturas del Mundial, hay muchos elementos de tensión y no se trata de añadirles más. Personalmente, cuando estoy fuera del terreno, no me importa dar mi versión del tema de las Malvinas, pero sobre el césped defiendo unos intereses totalmente distintos”. Más rotundo aún se mostró el jugador que ya andaba centrando todas las miradas, Diego Armando Maradona: “No saldremos al campo con armas, vinimos aquí a jugar al fútbol. Y eso es lo que haremos. Esto es un Mundial deportivo y no una batalla”.

En la misma línea se manifestaron los entrenadores de ambas selecciones. Carlos Bilardo dijo que “aquí no se trata de resolver cuestiones de orden político, sino de sudar la camiseta”. Bobby Robson se despachó en términos similares y pidió a los periodistas que se olvidaran de las Malvinas y empezaran a informar únicamente sobre los aspectos deportivos del choque. Lamentablemente, la prensa hizo poco caso a las bienintencionadas peticiones de Robson. En casi todo el mundo se identificaba el partido con una revancha bélica y sólo en las horas inmediatamente previas al choque, la actitud conciliadora de los dos equipos terminó contagiando algo de sensatez a los periodistas. Eso sí, donde la actitud de la prensa podía alcanzar cotas especialmente tétricas era precisamente en Argentina y en el Reino Unido: no pocos medios y periodistas de ambos países dieron una lección de amarillismo con titulares sensacionalistas —y algunos incluso ofensivos— destinados a calentar el partido, que contribuyeron a extender la incertidumbre sobre lo que podría terminar ocurriendo durante la eliminatoria. Incluso los políticos empezaron a meter baza, preocupados por una nueva escalada de tensión que se sabía cómo empezaba pero no cómo iba a terminar. Hubo reaccones políticas de lo más variopinto, unas conciliadoras, otras no tanto. En Argentina, por ejemplo, un grupo de senadores del Partido Peronista pidió que la selección albiceleste se retirase del Mundial, dado que “no podemos mantener relaciones ni deportivas ni comerciales con Gran Bretaña, país que ha mostrado una actitud beligerante hacia nosotros”. La petición no ayudaba a calmar los espíritus precisamente, y como no podía ser menos el presidente Raúl Alfonsín se negó a considerarla, aduciendo que “estoy seguro de que no habrá connotaciones políticas en el partido”. En el Reino Unido, el Parlamento hizo una declaración conjunta exhortando al contingente de seguidores ingleses a que mantuviesen la cordura, además de pedir a los jugadores que respetasen los valores deportivos sobre el campo. En definitiva, el partido se iba a celebrar bajo una atmósfera muy enrarecida.

La Mano de Dios, la zurda del hombre

Maradona es un jugador de talento excepcional. Pero el partido no es entre Inglaterra y Maradona, sino entre Inglaterra y Argentina. Y sería un terrible error obsesionarnos con un único jugador, no importa cuán peligroso pueda ser. (Bobby Robson)

Fue estando en Italia cuando aprendí el arte del “Gran Gol”, del gol de la victoria, el que te da tres puntos, el que te da el alivio de saber que estás a salvo. (Maradona)

Los dos capitanes se saludan al comienzo del Argentina-Inglaterra.

Bajo una seguridad redoblada en el estadio, los jugadores de ambos equipos salieron al campo y se saludaron de manera visiblemente respetuosa, intentando dar ejemplo a sus respectivos grupos de aficionados. Mantuvieron un comportamiento muy deportivo y evitaron cualquier gesto que pudiera calentar el partido ya antes del inicio. Eso sí, la preocupación y la concentración en ambas escuadras eran máximas y en la expresión de sus rostros resultaba muy patente la tensión reinante. Con ambas selecciones formando en pie durante la ceremonia de los himnos, Maradona, que estaba justo al lado de a los ingleses, no pudo evitar mirar al adversario de reojo, disimuladamente, con expresión ceñuda y apretando la mandíbula; un gesto indescifrable que recogerían las cámaras de televisión en una secuencia clásica de aquel campeonato. También el guardameta Nery Pumpido observaba atentamente a los británicos, como queriendo analizar el estado anímico en que se presentaban sus contrincantes, o quizá sencillamente hipnotizado por la cercana presencia del rival. El ambiente era el de una final, o incluso más intenso que el de una final. Por fortuna, cuando el árbitro dio el pitido inicial no se habían registrado incidentes de consideración en el público y el fútbol pasó a centrar toda la atención. Los británicos llevaban la zamarra blanca; los argentinos vestían su segunda equipación de color azul marino. Aunque supongo que cualquier aficionado al fútbol tiene aquellos colores grabados en la retina.

El encuentro comenzó cauto y titubeante: ambos equipos se mostraban un más que evidente respeto mutuo, por no decir miedo, y tenían buenos motivos para ello. Inglaterra había goleado a Paraguay en octavos sin mayores problemas (3-0) y en Lineker tenían al artillero más en forma del campeonato. Lo cual era un peligro añadido porque, cuando un jugador tiene una racha goleadora en un Mundial, esta racha suele extenderse durante toda su permanencia en el torneo. Por su parte, Argentina había sudado para vencer a un rival algo más duro, Uruguay, por 1-0. Pese a lo ajustado del resultado, en ese partido se había visto al mejor Maradona de toda su trayectoria con la selección, lo cual había levantado muchas preguntas en Inglaterra sobre qué tipo de marcaje o seguimiento especial había que hacerle al número diez de la albiceleste. Bobby Robson declaró, no sin cierta razón, que no había que obsesionarse con Maradona; se había notado un progreso en el juego de equipo de los argentinos, el cual había aburrido y decepcionado durante la primera fase pero había empezado a desperezarse contra Uruguay.

El primer tiempo transcurrió sin mayores novedades, con un juego de centrocampismo timorato que, pese a lo previsto por muchos, fue inclinándose poco a poco a favor de los argentinos. El juego de toque impuesto por Bilardo fue echando hacia atrás a los ingleses, quienes no pudieron evitar replegarse hacia el área, dejando a Lineker casi completamente solo en ataque. Durante aquellos primeros 45 minutos, Argentina dominó y dio la sensación de poder tener el partido bajo control, pero no creó muchas ocasiones de peligro. Maradona entró menos en juego que contra Uruguay, aunque eso no le impidió poner una vez más las pocas perlas de verdadero espectáculo: carreras en las que regateaba a varios defensas, controles de balón inverosímiles, algún pase de tacón, y un dificilísimo —incluso para él— lanzamiento de falta con un efecto endiablado que, con el portero Peter Shilton ya batido, se terminó marchando a un par de palmos del poste. Nada que no se hubiese visto ya durante aquel Mundial, por otra parte: Maradona era notablemente superior al resto de los jugadores desplegados sobre el terreno y eso se traslucía casi en cada acción. Él era el principal foco de atención en los partidos, porque cada vez que intervenía podían producirse momentos memorables dignos de guardar la videoteca. Incluso se produjo algún suceso cómico: como cuando el “Pelusa” se disponía a sacar un corner y el banderín insistía en caerse. El juez de línea obligaba a Maradona a devolver el banderín a su sitio ante el desespero del centrocampista, que parecía más bien un niño travieso protestando ante su profesor. Así, con empate a cero y pocas ocasiones, terminó la primera mitad. El segundo tiempo lo cambiaría todo gracias a, literalmente, lo peor y lo mejor del Maradona futbolista.

Durante el descanso hubo en las gradas algunos incidentes entre aficionados que hicieron temer por el buen desarrollo del encuentro, pero afortunadamente fueron controlados y las cosas no llegaron a mayores. Los dos equipos contrincantes volvieron a salir del vestuario. Tras la reanudación, la albiceleste parecía muy convencida de que podía seguir dominando el juego, daban la impresión de confiar seriamente en sus propias posibilidades. Los ingleses seguían pareciendo inefectivos, lentos, faltos de mordiente. A los pocos minutos, al parecer harto de ver de tanta inmovilidad en el marcador, Maradona decidió desestabilizar el partido por sí solo. Quebró la defensa inglesa con una de sus cabalgadas inesperadas entre varios jugadores, aquellas que solían pillar tan desprevenidos a los rivales. Tras recibir el balón cerca del círculo central, se metió entre tres defensas que no supieron cómo pararlo y le hizo un pase relámpago a Valdano, quien estaba en la parte derecha del área. Valdano controló defectuosamente el balón y un defensa inglés se interpuso, pero al intentar despejar, también lo golpeó mal. La pelota salió bombeada, dirigiéndose justo al interior del área, como si fuese un centro por alto. Maradona, que siguiendo su intuición ya había corrido hacia el punto de penalty, sorteó la salida del portero Shilton con un salto: Gol.

En un primer momento, la mayor parte de los comentaristas se quedaron algo atónitos, ya que por televisión la jugada había resultado confusa: ¿había sido mano? Desde luego, a través de la cámara, lo había parecido. Y ya no les quedó duda con la repetición: poca gente dudaba ya de que el diez argentino había anotado el tanto con la mano. El gol era ilegal. Los jugadores ingleses protestaban inútilmente ante el árbitro tunecino Ali Ben Naceur, quien no había visto la infracción. Mientras, con malévola picaresca, Maradona lo festejaba corriendo por una banda y llamando a sus compañeros junto a él, porque en un primer momento incluso los demás argentinos se habían abstenido de celebrar el gol, inmóviles, sin duda esperando la inmediata anulación por parte del colegiado. El tanto, pues, subió al marcador para la indignación de los ingleses, para la cínica alegría de los argentinos, y para el asombro de prácticamente todos los demás. 1-0.

No era la primera vez que Maradona hacía trampas y metía hábilmente un gol con la mano mientras simulaba cabecear. Dada su baja estatura, él mismo admitió mucho más tarde que “donde no llego con la cabeza, intento llegar con la mano” y que lo de engañar al árbitro era algo que se podía practicar y perfeccionar. Durante sus dos primeras temporadas en Nápoles ya había perpetrado la misma travesura un par de veces. En una ocasión consiguió una controvertida victoria frente al Udinese gracias a otro cabeceo fantasma en donde realmente también había impulsado el balón con la mano. Contra la Sampdoria se había lanzado en plancha para “cabecear” un balón bajo y había usado la mano para marcar con tal habilidad que ni sus rivales se dieron cuenta en el momento, por lo que no protestaron el gol. Sea como fuere, el gesto antideportivo de Maradona ante Inglaterra bien pudo haber enturbiado por completo el recuerdo histórico de la eliminatoria. Con los años, el diez bonaerense reconoció que se había sentido satisfecho con el gol ilegal porque había sido “como robarle la cartera a los ingleses”, aunque también admitió que “si pudiera viajar atrás y cambiar la Historia, lo haría. Pero el gol sigue siendo un gol y no puedo cambiar la Historia”.

Y era precisamente la Historia del fútbol con la que Diego Armando Maradona estaba citado, así que no iba a permitir que un gol ilegal quedase como único recuerdo de aquel importante partido. Cuando solamente habían transcurrido cuatro minutos desde su trampa y mientras todo el mundo estaba todavía discutiendo sobre la escandalosa mano, se produjo la jugada más famosa de su carrera y uno de los instantes más memorables de la historia del fútbol, si no el que más. Sucedió más o menos así:

Después de regatear a medio equipo inglés, Maradona decidió sortear también al portero, corrigiendo una jugada parecida que había fallado por poco unos años atrás.

Tras un infructuoso ataque inglés, Maradona recibe un balón cerca del círculo central. Lo están marcando dos contrarios, Peter Reid y el mediapunta Peter Beardsley, pero el “Pelusa” pisa el balón, hace un “uno-dos” a la media vuelta y los despista. Ha descosido el centro del campo inglés y está ya corriendo por la banda derecha. Reid lo persigue, tratando de cubrir su flanco por si al argentino le da por detenerse para cambiar de trayectoria o por si intenta hacer un pase hacia el interior. El lateral izquierdo Terry Butcher sale al paso para impedir que Diego siga avanzando, pero el diez argentino lo engaña con un sutil amago, descolocándolo por completo y dejándolo atrás. También Butcher intenta salir en su persecución y durante todo el resto de la jugada correrá tras Maradona, aunque no lo alcanzará a tiempo. Tras ese amago que engaña al lateral, al argentino le queda libre el flanco derecho y empieza a correr hacia la esquina del área. Terry Fenwick, que estaba vigilando a Jorge Valdano, se ve obligado a abandonar el marcaje del delantero para intentar interponerse entre Maradona y el área. Pero Fenwick, como todos en ese momento, espera que Maradona haga lo que era habitual en aquellas cabalgadas imposibles suyas: piensa que Maradona pasará el balón a un compañero desmarcado, así que supone que tratará de centrar el balón a Valdano, que ahora está completamente solo en la frontal. Fenwick se sitúa a la izquierda del diez argentino para intentar cortar ese centro. Será un error. Maradona, efectivamente, hace el gesto de querer encararse hacia Valdano, pero se trata de otro engaño. En una décima de segundo utiliza su portentoso centro de gravedad para cambiar de dirección: no va a pasar el balón, sino que ha decidido continuar atacando en solitario y se adentra en el área. Proyecta el balón en vertical con un veloz autopase para quebrar a otro defensa y continúa corriendo. Fenwick, al ver que Maradona lo ha burlado, lanza una pierna a la desesperada para derribar al “Pelusa”, pero éste, con su instinto natural para el regate, ya está saltando para evitar la falta. Continúa galopando hacia la meta. Gary Stevens, que había relevado a Fenwick en la marca de Valdano, se ve también obligado a olvidarse del delantero centro y corre para cubrir el pasillo que hay entre Maradona y el poste derecho de la portería inglesa, por si el “Pelusa” decide golpear en largo con el exterior de su prodigiosa zurda. Pero la carrera de Stevens será una carrera inútil. Maradona no opta por la opción más natural —la de chutar al segundo palo— sino que decide regatear también al portero, Peter Shilton, que ya le está saliendo al encuentro. Con un toque maestro de su pierna zurda, pisando y desplazando el balón, deja a Shilton sentado en el suelo. Justo en ese momento el lateral Terry Butcher, que viene persiguiendo a Maradona desde casi el inicio de la jugada, aparece desde detrás y lo zancadillea por la espalda. Derriba al argentino, pero ya es tarde. Para cuando es cazado, Maradona ya ha impulsado el balón hacia la red: gol. Ha marcado después de quebrarle la cintura a medio equipo inglés. Se levanta casi instantáneamente y corre para celebrar el tanto. El estadio azteca estalla en un clamor unánime. Diego Armando Maradona acaba de protagonizar la jugada más legendaria en la larga y nutrida historia del balompié.

Incluso el narrador de la BBC pareció súbitamente eufórico: “¡Ohh! Tengo que decir que esto es magnífico. No hay debate posible sobre esta jugada, esto ha sido puro genio futbolístico”.Curiosamente, la jugada quizá despertaba recuerdos en algunos ingleses: era similar a una protagonizada por el propio “Barrilete Cósmico” en 1980, a los diecinueve años, durante un amistoso que enfrentaba precisamente a Argentina con Inglaterra. En aquella ocasión y en circunstancias casi idénticas, tras haber regateado a varios defensas y haberse internado hacia la derecha del área, Maradona había optado por golpear al segundo palo para no tener que regatear al portero… y el balón se había ido fuera, rozando el poste. Muchos años después, el argentino explicaría a la RAI lo que le había pasado por la cabeza durante el famoso gol de México (también lo explicaría, más brevemente y con lenguaje más socarrón —dado que esto es una traducción del italiano— en sus memorias):

Vi a Valdano correr por la izquierda. Y junto a él pude ver al último hombre de la defensa. Pero seguí con el balón. Valdano era lo único que me distraía, porque no podía pensar en el jugador inglés. Así que decidí pasar entre otros dos defensas: mi único objetivo era el arquero. Un gol como ése era lo que había soñado durante toda mi vida. Y por casualidad se produjo durante el Mundial. Antes había jugado tantos partidos en Italia, en Argentina y por todo el mundo… nunca había sido capaz de marcar un gol semejante. En 1979 habíamos jugado contra Inglaterra en Wembley, el estadio más importante del mundo. Estuve a punto de marcar un gol muy parecido, no desde tan lejos, sino desde tres cuartos del campo. El arquero inglés, que por entonces era Clemence y no Shilton, salió exactamente de la misma manera que Shilton en el Mundial, y yo golpeé la pelota con el exterior de mi pie izquierdo hacia el segundo palo. Cuando volví a casa, mi hermano pequeño me preguntó: “Pero, boludo, ¿por qué no regateaste al portero?”. Y yo le dije, “Mirá, ¡lo hice lo mejor que pude!”. “¡Noo!”, me dijo, “¡tenías tiempo y espacio para rodear también al arquero!”. Aquel consejo de mi hermano se quedó en mi mente. De todos modos, durante el Mundial, sólo lo recordé después de haber marcado, cuando estaba celebrando el gol, pero supongo que eso debió de estar dentro de mi cabeza todo el tiempo.

Con él llegó el escándalo

Por lo que llevamos visto, indiscutiblemente, es el número uno. Éste es el Mundial de Maradona. (Mark Hughes, tras el Argentina-Inglaterra)

El gobierno de mi país hizo mal, se había equivocado. Pero la manera en que los británicos masacraron a los nuestros en las Malvinas… teníamos una motivación especial dentro de nosotros. Yo fui quien los derrotó y me sentí muy feliz por ello. Muy feliz. (Maradona)

La prensa argentina celebró el triunfo sobre Inglaterra con previsible exuberancia.

Los ingleses, con un 0-2 en contra, intentaron forzar la máquina recurriendo a sus característicos pases largos y algunas jugadas de conducción que no pocas veces resultaban bastante imprecisas. Además, el defensa Óscar Ruggeri tenía bien controlado a Gary Lineker. Sólo los esfuerzos del mediapunta Peter Beardsley parecían medianamente efectivos, eran sus remates y centros los únicos que creaban cierta sensación de peligro ante una Argentina satisfecha con dejar pasar el tiempo. La presión inglesa continuaba sin grandes resultados ni sensación de poder darle la vuelta al partido. Lineker, el goleador del torneo, no daba señales de vida y el propio narrador de la BBC lo resumía así: “es extraordinario pensar que Gary Lineker apenas ha tocado balón; está siendo marcado tan de cerca que no ha sido capaz de dejar ninguna impresión en este partido. Cuando escuchas mencionar los millones de libras por su posible traspaso a Italia y cosas así, te preguntas cómo un hombre con semejante talento para anotar goles puede no tener ningún efecto en ningún otro aspecto del juego. Eso, ciertamente, no podría suceder con Maradona”.

Los hechos le estaban dando la razón al locutor británico hasta que faltaban sólo diez minutos para el final. El recién incorporado Barnes —cuya entrada al terreno de juego cambió la faz del ataque inglés— hizo una magnífica jugada personal para centrar desde la línea de fondo: el hasta entonces ausente Lineker reapareció y cabeceó el balón al fondo de la red: 1-2. Era su sexto y último gol en el Mundial donde sería proclamado máximo anotador (seguido por Butragueño, Careca y el propio Maradona, todos ellos con cinco goles). Una racha es una racha. A partir de ahí el partido entró en los típicos minutos finales de locura que se producen cuando una eliminatoria está ajustada: idas y venidas con alguna oportunidad clara para ambos bandos. Justo tras el gol inglés, Maradona montó uno de sus ataques de caballería regateando a tres defensores en el centro del campo y haciéndole un pase a Carlos Tapia, que había sustituido a Burruchaga. Tapia lanzó un magnífico tiro a puerta al que Shilton no podía llegar, pero el balón se estrelló en el palo. Por parte inglesa, otro fantástico centro del recién incorporado Barnes dejó a Lineker dispuesto a cabecear ante la misma boca de la portería, pero un defensa argentino llegó a arrebatarle la pelota in extremis en lo que ya parecía un gol cantado. Tras los instantes de aparente caos y con un minuto de añadidura, el árbitro dio el pitido final. Inglaterra estaba fuera del Mundial. Argentina, y sobre todo Maradona, los habían dejado fuera.

El asunto de las Malvinas pasó por fin a un segundo plano. Excepto en Argentina, donde, por descontado, la prensa elevó a Maradona a los altares. Los mismos periodistas que habían cuestionado su posible desempeño antes del torneo, lo trataban ahora como un héroe nacional porque había conducido a una selección aparentemente abocada al fracaso hasta las semifinales y de paso eliminando al enemigo. En Inglaterra, por el contrario, Maradona era retratado como un villano que había robado la clasificación de su país con una mano antirreglamentaria. En el resto del mundo la visión era equidistante: el público estaba totalmente maravillado con lo que más tarde sería conocido como “Gol del Siglo”, pero la prensa no sabía bien si elogiar al “Pelusa” por su genialidad, o si condenarlo por el gol que había marcado con el puño, además de por el cinismo con que respondió cuando le preguntaron sobre la jugada, (como es sabido, afirmó que había marcado el primer gol “un poco con la cabeza, un poco con la mano de Dios”). Durante los días posteriores, la “Mano de Dios” fue el asunto más discutido del Mundial en la prensa, por encima incluso de aquel segundo y extraordinario gol.

La coronación

No tenemos un Maradona en nuestro equipo, ésa ha sido la diferencia. Si Maradona hubiese jugado para Bélgica, hubiésemos ganado nosotros. (Eric Gerets, defensa belga, al finalizar la semifinal contra Argentina)

No hay nada que oponer al triunfo de Argentina. Tiene al mejor jugador del mundo, capaz por sí solo de inclinar la balanza de cualquier encuentro. Veo favorito a Argentina para la final por el simple hecho de que tiene a Maradona y Alemania no. Si yo lo hubiera tenido en mi equipo, ahora seríamos finalistas. A cualquiera de los cuatro equipos de las semifinales, él lo hubiera conducido al triunfo. (Guy This, seleccionador belga, al finalizar la semifinal contra Argentina)

El rival de Argentina en semifinales era el equipo revelación del torneo, Bélgica. Tras una fase de grupos muy discreta en la que se clasificaron casi de milagro con una ajustada victoria frente a Irak, y con pocas estrellas en el equipo (entre los nombres más conocidos, Enzo Scifo y el portero Jean Marie Pfaff), los “diablos rojos” belgas habían sorprendido durante las eliminatorias deshaciéndose de dos selecciones muy competitivas. Primero, en octavos de final, se habían enfrentado a la URSS, equipo que había metido nueve goles sólo en la primera fase y que amenazaba con hacer mucho ruido en el torneo gracias a su tremebunda potencia ofensiva. Sobre el papel, los belgas iban a ser una víctima fácil para el rodillo soviético, pero en un partido verdaderamente dramático que tuvo que decidirse en la prórroga terminaron imponiéndose por un alucinante 4-3 (con alguna ayuda arbitral, hay que decir). La eliminación de la maquinaria ofensiva de la URSS a manos de Bélgica fue un shock, pero nada comparado con lo que sucedería en cuartos de final.

La selección española se había enfrentado en octavos a la selección predilecta de buena parte de la prensa, la exquisita Dinamarca de Laudrup, Olsen, etc. Los daneses habían maravillado a propios y extraños durante una primera fase en la que despedazaron todo lo que se les puso por delante… incluyendo a Uruguay y a la mismísima Alemania, futura finalista. Dinamarca estaba completamente lanzada, parecía una escuadra destinada a grandes cosas y excepto en España casi nadie daba un duro por aquella exquisita versión de la “Furia”, frecuente e injustamente infravalorada por la prensa internacional. Pero un 5-1 de los españoles aniquiló a la mejor selección danesa de la historia. Así, el partido de cuartos previsto por muchos, URSS-Dinamarca, se transformó en un España-Bélgica donde, con todo, la superioridad técnica de los futbolistas españoles los convertía en favoritos. Además, ambos equipos se habían enfrentado en febrero de aquel mismo año y España había ganado fácilmente con un rotundo 3-0. Pero ni por ésas. Los belgas volvieron a demostrar que no se arrugaban ante nada. Jan Ceulemans marcó a la media hora de juego: a partir de ahí, los españoles se desgañitaron por intentar empatar con una Bélgica defensivamente impecable, cosa que sólo consiguieron por medio de Juan Señor a falta de cinco minutos para el final. En la prórroga, los españoles estaban decididos a imponer su superioridad y ganar a toda costa, pero se estrellaron una y otra vez ante la sólida defensa belga y ante un inspiradísimo Jean Marie Pfaff que demostró ser el guardameta más en forma del torneo. No lograron marcar y finalmente los lanzamientos de penalty clasificaron a los belgas.

Así pues, Bélgica se presentaba en semifinales con un convincente currículum en las eliminatorias, habiendo resistido dos partidos muy, muy duros y dando la impresión de ser capaces de hacerle frente a cualquier cosa. Pero Maradona no era “cualquier cosa”.

Seis defensas belgas al acecho: una fotografía clásica ilustra la obsesión de los rivales por tener bajo control a Maradona.

Los argentinos empezaron el partido con decisión. Como recordaría después Bilardo, la victoria sobre Inglaterra les hizo creer finalmente que podrían aspirar al título y salieron con actitud ganadora desde le minuto uno. Contagiados por el espíritu combativo de su capitán, los argentinos desplegaron un juego de toque con más velocidad y atrevimiento. Maradona, como de costumbre, aportó las perlas de calidad: algún regate entre varios jugadores en el centro del campo (lo cual se había convertido ya en una especie de tradición cuando pisaba el campo) o un durísimo lanzamiento lejano que Pfaff detuvo a duras penas. Las gradas rugían cada vez que Maradona tocaba el balón: el recuerdo del segundo gol a Inglaterra estaba plenamente presente y los espectadores aguardaban ansiosamente la ocasión de comprobar si aquel prodigio de 1’66 de estatura podría obrar nuevas maravillas ante sus ojos. Con todo, los ocasionales destellos de Maradona en el primer tiempo y el claro dominio inicial de su equipo no fueron suficientes. Argentina estaba empezando a aprender a jugar “sin” Maradona pero apenas creaban peligro cuando él no estaba directamente involucrado en la jugada. El equipo fue yendo de más a menos. La primera parte terminó con empate a cero y los sudamericanos daban algunas muestras de desinflarse. Durante el descanso, el propio Maradona debió de darse cuenta de ello: al igual que había sucedido ante Inglaterra, salió del vestuario dispuesto a revolucionar el partido en los primeros minutos de la segunda parte. Lo hizo, claro, y de qué manera. A los cinco minutos de pisar el terreno recibió un pase vertical que remató en carrera con un sutil toque, ante la oposición de Pfaff y el intento de bloqueo de dos defensores. Marcó un gol exquisito en una situación complicada haciendo parecer fácil lo difícil. 1-0.

Argentina siguió atacando brillantemente conducida por su capitán, que repentinamente parecía estar en todas partes y ser capaz de cualquier cosa. Empezó a repartir juego y a distribuir milimétricos pases al primer toque, visiblemente decidido a finiquitar el partido. El estadio seguía sumiéndose en un clamor de expectación cada vez que un balón llegaba a las inmediaciones del capitán argentino, porque su pierna izquierda estaba empezando a producir verdadera magia. Estuvo a punto de marcar con un tiro a puerta que Pfaff —también en estado de gracia— despejó en una magnífica estirada. Pero toda resistencia era inútil: poco después, con esa aparente sencillez de los genios, el “Pibe de Oro” se hacía con un balón en los tres cuartos de cancha, empezaba a correr metiéndose directamente entre tres rivales, los dejaba atrás, superaba a un cuarto defensa y finalmente engañaba al portero con una leve vaselina a la media vuelta. Después, manteniendo el equilibrio a duras penas en lo que ya es una imagen clásica —la de Maradona corriendo a punto de caerse, algo que solía verse en todos los partidos— se iba hacia el córner para celebrarlo. El Estadio Azteca se venía abajo. Lo había vuelto a hacer; como contra Inglaterra, sólo habían pasado unos escasos minutos desde su primer tanto y afianzaba la ventaja argentina con una extraordinaria jugada personal. Aquel gol era una nueva demostración de su talento y de cómo utilizaba su inaudita rapidez mental para, mediante la más pura geometría, destruir una defensa por el sencillo procedimiento de correr en una trayectoria que inhabilitaba a los defensores.

Aún determinado a pulverizar la eliminatoria, Maradona no cejaba en su empeño de triturar a los belgas. Poco después controlaba otro balón en posición similar a la del segundo gol, volvía a correr hacia el área y era agarrado por un defensor, pero aun así se las arreglaba para regatear a otro que le salía al paso y chutar: su tiro final, con un Pfaff completamente batido, se marchaba fuera por centímetros. Más tarde recibía un pase larguísimo por la banda derecha, reponiéndose de la zancadilla por detrás de un defensa belga que lo perseguía, controlando la pelota justo antes de que ésta rebasara la línea de fondo y sorteando la salida de Pfaff con un elegantísimo pase atrás que dejaba a Valdano con toda la portería vacía, a excepción de un único defensa. Aquello era un gol cantado, o por lo menos un penalty y expulsión fáciles de provocar, pero Valdano lanzó el balón por alto.

En resumen; en aquel partido y muy especialmente durante el segundo tiempo, Maradona se convirtió en una auténtica pesadilla para la escuadra belga. Lo hacía todo, y por momentos casi cada balón que tocaba resultaba en un “highlight” para coleccionistas. Estaba en estado de gracia, y si se hubiesen materializado todas las ocasiones claras de las que gozó personalmente, o aquellas que fabricó para sus compañeros, el partido hubiese podido terminar con un resultado de escándalo. Durante los segundos 45 minutos se había visto al mejor Maradona de su trayectoria con la selección, y además eran unos de los mejores 45 minutos que cualquier futbolista hubiese jugado jamás en un Mundial.

El partido terminó con 2-0 y Argentina estaba en la final. La prensa internacional se rindió finalmente, ya sin condiciones, a los pies del fenómeno. La portentosa demostración del diez argentino ante Bélgica hizo que las hasta entonces tímidas comparaciones con grandes del fútbol como Pelé, empezaran a formularse sin ningún complejo. Maradona era abrumadoramente superior al resto de jugadores del momento. Ni siquiera quedaba ya la posibilidad de decir —como se había estado diciendo hasta después del partido de Inglaterra— que pudiese no ser tan buen jugador de equipo como Platini o Zico. Era algo que en Nápoles ya sabían bien, pero que ahora podía entender el mundo entero: Maradona no sólo era un gran jugador de equipo, es que además era un jugador-franquicia. Los periodistas se preguntaban atónitos si realmente era posible que un solo futbolista hubiese llevado a una selección hasta la final casi, casi por su propia mano. Cierto, el fútbol es un deporte de equipo y nadie, ni siquiera él, podía vencer por sí solo. Pero tampoco nadie imaginaba a aquella Argentina jugando una final si Maradona no hubiese estado en el torneo. A aquellas alturas, Argentina había marcado un total de once goles: Maradona llevaba cinco goles y cuatro asistencias… es decir, únicamente dos de los goles no habían sido fruto de su responsabilidad directa. Nunca se había visto un jugador tan determinante en toda la historia de los campeonatos del mundo. Tras el partido de Bélgica eran ya muchos quienes decían que si Argentina ganaba, el trofeo pertenecería más a Maradona que a ningún otro futbolista. Dicho de otra manera: aquella semifinal fue lo que elevó definitivamente a Diego Armando Maradona al Olimpo del fútbol.

La final

La táctica de Beckenbauer amainó el temporal Maradona, pero dejó espacio y libertad al resto de argentinos.

Cualquier aficionado al fútbol tiene clara una ley fundamental: Alemania es siempre Alemania. Siempre es un equipo temible al que nunca se puede descartar de ningún título ni de ninguna competición. Tendrán generaciones más o menos brillantes, pero nunca dejan de ser una potencia. La final de 1986 era su segunda final consecutiva; en 1982 habían perdido contra Italia y ahora querían desquitarse. Sin embargo, llegaban a esta final bajo la impresión general de que ni siquiera ellos podrían detener a un Maradona que parecía decidido a realizar cualquier truco de magia, por inverosímil que resultara, con tal de obtener el preciado título. Lothar Matthaus, el centrocampista defensivo, maestro de la contención, líder en el campo y en ciertos aspectos heredero de su entonces seleccionador, el “Kaiser” Franz Beckenbauer, sería el encargado de tener bajo control a la superestrella argentina. Y en general, la defensa alemana iba a despacharse con cierta dureza con Maradona, porque todo el mundo esperaba que desequilibrase el partido una vez más. Pero la obsesión de los alemanes por parar a Maradona fue un error de planteamiento. Los argentinos sabrían sacarle por fin rentabilidad al hecho de que su jugador-franquicia fuese la obsesión de los rivales. Sacando la mejor versión de su juego de conjunto, como decididos de antemano a que Maradona tuviese un papel más discreto esta vez, le ganaron la batalla estratégica a sus rivales.

Durante el primer tiempo, Maradona brilló menos de lo habitual, pero el equipo de Bilardo parecía contar con ello y sentirse cómodo, como si la repentina e inesperada discreción de su capitán formase parte de su planteamiento previo, de un plan preconcebido. Los argentinos construyeron mucho de su juego sin pasar por el hasta entonces omnipresente nº10. Envalentonados por la mejora en su estilo de toque, se atrevieron a elaborar su fútbol de formas alternativas sin la necesidad imperiosa de crear peligro recurriendo siempre a Maradona. Porque Maradona, objeto de varias faltas y muy vigilado por la defensa alemana, aparecía sólo ocasionalmente. En el minuto 21 fue derribado, lo cual le valió una tarjeta amarilla a su marcador, Matthaus; de la subsiguiente falta nacería el primer gol argentino, cuando José Brown cabeceó un balón al fondo de la red. Poco después, Maradona persiguió un brillante pase de tacón de Burruchaga aunque no fue lo suficientemente veloz como para sortear la salida del portero alemán, el famoso Harald Shumascher. Aquellas fueron algunas de sus escasas intervenciones significativas. De hecho, el partido no fue especialmente dinámico durante los primeros 45 minutos: había más tensión que buen juego. Los argentinos buscaban rentabilizar su temprana ventaja con disciplina defensiva, apostando hábilmente por el fuera de juego y ralentizando el partido con sus sempiternos toques. Mientras, los alemanes se veían obligados a llevar la iniciativa para intentar empatar: lo de la iniciativa y la construcción de fútbol, por aquellos tiempos, no se les daba especialmente bien. Los argentinos ya se conformaban: la imagen de Valdano y un desapercibido Maradona haciendo labores defensivas lo decía todo.

Tras el descanso, el título pareció estar definitivamente en el bolsillo argentino cuando a los diez minutos de la segunda parte, Valdano remataba un contragolpe con un preciso y elegante toque. 2-0. La final parecía casi resuelta, visto el poco acierto de los germanos en ataque. Maradona seguía discreto y apareciendo poco, aunque cuando aparecía aún era capaz de sembrar el pánico, como una ocasión en que lanzó un pase vertical que dejaba a Burruchaga y Héctor Enrique solos ante un único defensa y el portero. Sus compañeros no supieron aprovechar la ocasión.

La táctica de los argentinos estaba clara: dejar avanzar a los alemanes y esperar el contragolpe. Maradona estaría anclado en el círculo central, ejerciendo más de mediocentro que de mediapunta. Aunque esa posición de mediocentro era una función que ya desempeñaba en Nápoles, en el Mundial estaba sin duda destinada a despistar a los alemanes, quienes esperaban ver a Maradona en vanguardia, formando parte de todos aquellos contraataques… pero no. Los alemanes se encontraban con que, sorprendentemente, Maradona casi no irrumpía en súbitas carreras hacia la portería rival como había hecho durante todo el torneo. Las pocas veces que Maradona corría hacia el área rival, los defensas no se cortaban a la hora de derribarlo en falta, así que el “Pelusa” se quedaba atrás y aquello desbarataba el esquema defensivo rival: Maradona retenía a sus marcadores lejos de la portería, lo cual dejaba más espacio y libertad a veloces compañeros como Valdano o Burruchaga. La estrategia de Bilardo para aquel partido estaba funcionando de maravilla. Tanta preocupación alemana por el Diego le estaba dando alas al resto del equipo. La final empezaba a perecer un trámite ya resuelto.

Pero los alemanes no se caracterizaban por rendirse fácilmente. Presionaban, o lo intentaban. Sin mucho acierto, pero también sin desánimo. Con el partido aparentemente perdido, encontraron las fuerzas para devolver los golpes y gracias a ello la final se iba a transformar en un acontecimiento de suspense prácticamente insoportable. A falta de tan sólo un cuarto de hora para el pitido final, el famoso pero entonces discutido ariete alemán Karl Rummenigge aprovechaba un rebote dentro del área argentina para batir a Nery Pumpido. El partido sufrió una metamorfosis a partir de ese instante, y los alemanes parecieron resurgir de sus cenizas con un fogoso espíritu combativo. Muy poco después, el delantero suplente Rudy Vöeller efectuaba un remate de cabeza que el arquero argentino se “comía con patatas”, al pasarle la pelota entre las manos. Empate. La aparentemente sólida ventaja argentina, que ya se había visto campeona, se había esfumado en apenas cinco minutos. Un súbito acelerón de la orgullosa maquinaria alemana había neutralizado el marcador cuando la final parecía prácticamente acabada. El Estadio Azteca se convirtió en una olla a presión. Los alemanes habían empezado a galopar con el mismo ímpetu de aquel caballo que llega desde atrás, el “caballo ganador”. Sólo quedaban diez minutos de partido y el equipo sudamericano se veía prácticamente abocado a la prórroga tras haber rozado la gloria con la punta de los dedos. Los argentinos siguieron atacando, como para despertar de aquella pesadilla que se había desencadenado en cuestión de minutos.

Y era entonces cuando muchos, sin duda, empezaban a preguntarse: después de haber llevado a su equipo a la final, y ahora que los Alemanes se habían lanzado al cuello del equipo argentino, ¿no es ahora cuando Maradona debería aparecer una vez más?

“Mi primer sueño es jugar en el Mundial. El segundo, salir campeón”

Pero volvamos atrás en el tiempo, y recordemos algunas escenas por las que ya hemos transitado. Servirán para intentar ponernos en situación, cuando a falta de siete minutos de partido los alemanes han agarrado a los argentinos del pescuezo.

La primera vez que Diego Armando Maradona apareció en un periódico fue durante el año 1971. Tenía sólo diez años, pero había llamado lo suficiente la atención de un periodista del diario Clarín, uno de los más importantes medios de Argentina, quien habló maravillas de aquel mocoso que mostraba maneras de futura estrella. Irónicamente, el redactor escribió mal su apellido, pero aquel fue el primer registro periodístico, el primer artículo en que se nombraba a quien terminaría convirtiéndose en una de las mayores estrellas deportivas del siglo XX. Poco después, con doce años, aquel niño sería entrevistado por primera vez ante las cámaras de televisión, porque durante los partidos de su equipo, el Cebollitas, se estaban empezando a aglomerar espectadores con la única intención de ver en acción al pequeño fenómeno zurdo. A los catorce años —no mucho antes de debutar en primera división— lo volvieron a entrevistar y el imberbe Dieguito Maradona expresó su mayor deseo: ser campeón del mundo con Argentina.

¿Qué clase de determinación lo impulsaba? Eso es algo que probablemente sólo sepa él, y otros individuos de similares características competitivas. Porque no mucho antes de hacer aquellas ingenuas declaraciones a la televisión, el pequeño Maradona había estado jugando en los polvorientos solares de la mísera Villa Fiorito, usando casi siempre balones fabricados por los propios niños con trapos, plásticos o papeles (“la estrella del partido era quien tuviera una pelota de verdad”) y zapatillas desgastadas de ínfima calidad. Algo muy alejado de cualquier horizonte donde se pudiera vislumbrar una copa del mundo, pero ya por entonces el golpear una pelota (o un sucedáneo de pelota) era la máxima obsesión de Dieguito; los demás niños de la zona estaban asombrados por lo que era capaz de hacer con cualquier objeto susceptible de ser golpeado con el pie. Como decía su hermano: “es un marciano”. Uno de sus amigos, que había logrado ingresar en las divisiones inferiores del club Argentinos Juniors, estuvo insistiendo a su entrenador para que le diese una oportunidad a Maradona. El susodicho entrenador, ya lo comentamos en la primera parte, describió más tarde el momento en que vio jugar por primera vez a aquel niño de las chabolas como “un milagro”.

Pero para el pequeño Maradona, el ingreso en un auténtico club de fútbol también fue como un milagro, un momento mágico. A su llegada a las instalaciones sintió que aquello era mejor que Disneylandia: “nunca había visto tantas pelotas de fútbol juntas, ¡y todas eran de verdad!”. Le pusieron un uniforme y unas botas reglamentarias, algo que nunca antes había tenido ocasión de vestir. Cuando probó su nuevo calzado y se puso a jugar con un verdadero balón de fútbol, se sorprendió de lo fácil que le resultaba todo de repente. Daba toques y toques sin perder la pelota: “descubrí que podía seguir dándole toques para siempre”. Sobre el césped, y con auténtico equipamiento deportivo, sintió que ya no había límites para él. Y no los había. A los quince años debutó en primera división. A los dieciséis debutó con la selección absoluta. A los diecisiete se disgustó, y mucho, cuando no lo llevaron al Mundial. A los dieciocho ganó el Mundial juvenil, nombrado mejor jugador del torneo y además fue máximo goleador de la liga profesional argentina. A los veintiuno, jugó su primer Mundial, aunque fracasó.

El diez argentino se apropió del Mundial con 5 goles, 5 asistencias y una pléyade de jugadas brillantes.

Y el 29 de junio de 1986, Maradona tenía veinticinco años. Hacía tres minutos que Alemania le había empatado la final a Argentina y el tiempo reglamentario estaba acabándose. Parecía avecinarse una durísima prórroga, si es que nadie conseguía evitarlo. Pero es el momento que Maradona ha estado esperando durante toda su vida. Para él, esta competición es lo más importante. De hecho en toda su ya larga carrera profesional apenas ha pasado tres temporadas en clubes grandes;  un año en Boca Juniors, dos accidentados años en Barcelona. Durante los otros siete años ha militado en escuadras modestas. Sólo ha ganado una liga, con Boca, su equipo del alma, donde sólo pudo jugar brevemente porque la economía del club no daba para sostenerlo más tiempo. Lo vendieron y consiguió algún otro trofeo, como la Copa del Rey con el Barcelona. Pero poco más. Era el mejor jugador del mundo pero no parecía obsesionado por militar en los grandes acorazados del fútbol planetario. Lo que él realmente quiere y siempre ha querido, desde que chapoteaba en los charcos de Villa Fiorito, es un Mundial. Ahora está en una final, con un agrio empate en el marcador. No ha tenido apenas nada que ver con los dos primeros tantos de su equipo. Pero si ha de hacerlo, si ha de cumplir su sueño, ha de hacerlo ahora. Ha de volver a ser el Maradona que dirige a su equipo con la varita mágica. Todo lo que necesita es recibir un balón. No va a ser fácil. Como veremos, los alemanes ya lo están marcando de cuatro en cuatro.

Un balón alto en un círculo central abarrotado de jugadores. Maradona, que aún sigue anclado en el medio campo, lo cabecea hacia la izquierda, donde ve a un compañero libre. Pero el compañero se ve asediado por un defensor germano y le devuelve, también de cabeza, la pelota a Maradona. El balón cae al césped. Da un pequeño bote. Maradona tiene dos alemanes justo ante sí. Hay otros dos cubriendo la trayectoria un posible pase vertical. O sea: tiene delante a cuatro alemanes dispuestos a impedirle hacer un pase definitivo. Pero el diez lleva toda la vida pensando más rápido, viendo más rápido y reaccionando más rápido sobre el campo que sus rivales. Así era en Villa Fiorito. Así era en Cebollitas. Así era cuando debutó con quince años en Primera. Y ahora está que en el centro de un enorme estadio, disputando la final de un campeonato del mundo, sigue siendo así también: pocas cosas han cambiado cuando se trata de la relación entre él y su querida pelota. Argentina necesita que el milagroso niño emergido de una chabola reaparezca, que haga su último milagro para alcanzar aquel lejano sueño cuyo cumplimiento se juró a sí mismo.

El balón bota ante él, como decíamos. Maradona sólo lo golpea una vez, al primer toque. Y el balón sale disparado; pasa entre los dos alemanes que están marcando al número diez; pasa también entre aquellos otros dos que supuestamente debían interceptar el centro. Maradona desempolva la varita mágica y se saca de la manga un pase vertical perfecto, no raso sino ligeramente bombeado —lo cual despista a los alemanes—, que viaja con tremenda exactitud por el único y estrecho pasillo posible, que de tan estrecho parece más bien un tubo. El balón, con asombrosa precisión, cae a los pies de un Jorge Burruchaga que ya ha empezado a correr. El inesperado pase de Maradona lo ha dejado solo junto a Valdano, ante un único defensa y el portero. Burruchaga decide seguir corriendo: lo ha visualizado, va a anotar. Galopa dispuesto a encarar a Schumacher y marca un gol de sangre fría desde la derecha del área. 3-2. Argentina, parece, va a ser campeona del mundo.

Pero aún queda drama. Es la final y Maradona quiere marcar también.

Recibe un pase de Valdano. Hace una pared con Burruchaga ante la media luna del área. Comienza a correr hacia arriba. Dos defensores alemanes le entran por bajo… a la vez. Maradona recibe no una, sino dos faltas simultáneas, pero salta y aunque le tocan claramente consigue mantener el equilibrio. Sigue corriendo casi a trompicones. El balón se escora hacia la izquierda del área: Maradona, el portero y un defensa van a llegar al mismo tiempo, ¿quién se hará con él? Maradona se las arregla para tocar el balón, pero entre ambos alemanes lo derriban y cae en el área. En tan sólo unos metros, han sido necesarios cuatro jugadores alemanes para pararlo… cuatro. ¡Ha recibido cuatro entradas de cuatro defensas distintos en apenas tres segundos de juego! Ése es el Maradona de 1986. Pero el árbitro no concede penalty, porque ya había pitado la falta previa, ocurrida fuera del área. Maradona se lamenta pero empieza a pensar en lanzar la falta. Sigue queriendo marcar, no por nada los tiros a balón parado son una de sus más letales especialidades. El diez toma carrerilla y chuta. No lanza hacia la escuadra como quizá era de esperar —el arquero alemán es alto, ágil y va bien por arriba— sino que tira con un efecto exterior hacia la parte baja de la portería alemana, buscando sorprender. El tiro es peligrosísimo, pero no por nada Schumacher está considerado uno de los mejores porteros del mundo: muy atento, desvía el balón en una estirada felina. El tiempo está prácticamente consumido y será su última ocasión.

El árbitro da el pitido final. El partido ha concluido. El estadio estalla, los argentinos corren enloquecidos. Son los campeones.

Maradona no ha marcado en la final, tampoco lo ha necesitado. Todos saben que la copa le pertenece a él más que ningún otro. Nadie lo va a discutir, ni en la prensa, ni en la afición, ni en su propio equipo, porque todos han visto lo que ha hecho durante el torneo. Hizo los tres pases de gol en la victoria contra Corea; marcó el tanto del empate con Italia; asistió otro gol frente a Bulgaria; no marcó ni asistió ante Uruguay pero comandó brillantemente a su equipo, creando ocasiones y siendo reconocido como el mejor del encuentro; luego marcó los dos tantos a Inglaterra; también marcó los dos tantos a Bélgica y deslumbró en una segunda parte de ensueño. Sólo en la final Argentina ha podido marcar dos goles sin que Maradona fuese directamente responsable; es más, ha sido su partido más “discreto” en todo el torneo. Pero incluso de esa manera ha ayudado a su equipo: los alemanes han perdido muchas energías y han dejado muchos espacios abiertos tratando de neutralizar a Maradona; el efecto de todo un apoteósico torneo donde había marcado la diferencia prácticamente en cada encuentro jugado, causando una honda preocupación en la escuadra de Beckenbauer. Eso sí, a la hora de desequilibrar, de romper el empate, una vez más ha sido él quien ha creado la jugada desde la nada. Su toque mágico tenía que estar ahí, en ese último pase. No le han concedido el último penalty que podría haber supuesto su sexto gol y la posterior falta no la anotado por poco. Pero qué más da a esas alturas. El Mundial de 1986 es el Mundial de Maradona.

Epílogo

Quiero hacer un párrafo aparte y destacar a Maradona, a pesar de que [en la final] no fue lo que en otros partidos en que se le dieron oportunidades. Pero quiero marcar su gran evolución. En dos aspectos: primero, por haber aprendido y entendido que hay que jugar distintamente en los diferentes sectores del campo. Tocó pelotas de primera, es decir, no pudo individualmente porque tenía una marca difícil o varias, pero mostró una tranquilidad, una madurez, que seguramente se la han dado los años y las grandes ganas que tenía Diego de ser la figura máxima del Mundial. Pero, realmente, me sorprendió porque lo vi generoso, lo vi pensante, no jugó buscando las jugadas personales contra el marcador, sino que intentó siempre devolver de primera en el medio, metió pelotas importantes de gol, trabajó con la humildad de un grande, que es lo que, a veces, uno le reclamaba El no hacer partidos personales, sino integrarse al equipo. (César Luis Menotti, en el artículo “El síndrome Maradona afectó a Alemania”, publicado unos días después de la final)

Pocos elogios más significativos que los de Menotti, el mismo que unos meses antes había proclamado que “Maradona ya no es el mismo”. Tras diez temporadas como profesional, el centrocampista argentino había necesitado aquella tremenda actuación durante la Copa del Mundo para ser unánimemente reconocido como uno de los más serios candidatos a mejor futbolista de todos los tiempos. Por entonces la prensa deportiva —menos de club, más de editorial— era reacia a subir a jóvenes jugadores a los altares demasiado pronto. Sin embargo, tras el Mundial ya nadie tenía dudas sobre ello. Eso sí, muchos se preguntaban si sería capaz de mantener el nivel mostrado en el Mundial durante mucho más tiempo.

El Nápoles vendió 40.000 abonos en los días posteriores al triunfo argentino en el Mundial. Los napolitanos acudían en masa a comprarlos hasta el punto de que se organizaron grandes aglomeraciones en las oficinas del club, obligando a la policía a intervenir para disolver trifulcas y normalizar la situación. Maradona era el ídolo local desde hacía dos años y había llevado al equipo a la tercera plaza durante la temporada anterior, pero ahora los napolitanos tenían la constancia de poder contemplar cada domingo a un futbolista al que ya se comparaba —a menudo favorablemente— con el legendario Pelé. Y claro, nadie quería perdérselo. Aún no se había fichado al brasileño Careca, pero se reforzó el equipo con jugadores como Carnevale, procedente del Udinese, o De Napoli, llegado del Avellino. Quizá el Nápoles no era la escuadra más impresionante de Italia, pero un Maradona recién llegado de su victorioso Mundial y coronado como mejor jugador del mundo, y tal vez de la historia, no iba a defraudar. Ya en la primera jornada de Liga marcó un gol similar al que le había hecho a Bélgica en México, un gol que valió la victoria del Nápoles sobre el Brescia. Era su manera de dejar claro que estaba dispuesto a seguir marcando la diferencia. Después ejerció fundamentalmente como centrocampista, más centrado en hacer sumar puntos a su equipo que en anotar tantos en ataques personales. Pero hacia la parte final de la temporada no dejó de golpear en los momentos importantes: el 27 de abril de 1987 marcaba un gol antológico frente al poderoso Milan, lo que ponía al Nápoles a las puertas de lograr su primer título mientras dejaba atrás en la tabla a los milanistas, quitándose de encima a uno de los principales rivales. Era la antesala del primer título en la biografía del humilde club napolitano. Dos semanas después y tras una dura pugna con la Juventus —los turineses habían amenazado con monopolizar el Calcio, pero Maradona y los suyos se habían obstinado en impedirlo— el Nápoles se proclamaría matemáticamente campeón del Scudetto. Fue el 10 de mayo de 1987, gracias a un empate con la Fiorentina; una fecha grabada a fuego en la memoria colectiva de la ciudad, entonces sumida en una apoteósica locura. Ganarían el título con 3 puntos de ventaja sobre la Juventus, 4 sobre el Inter y 7 sobre el Milan. En mitad de una Liga italiana supercompetitiva cuyos equipos hacían estragos en Europa, el hasta entonces modesto Nápoles —que antes de la llegada de su nuevo capitán peleaba por evitar el descenso— obtendría dos títulos de Liga, dos segundos puestos y una Copa de la UEFA. Ello, frente al Milán de las superestrellas, frente a la Juventus de las rachas victoriosas, frente a la Roma, el Inter…. el Mundial 86 había sido sólo el comienzo de lo mejor de una carrera que, sólo unos meses antes, algunos se habían atrevido a considerar en declive. Definitivamente, la Era Maradona había llegado al fútbol. La huella, claro, iba a ser eterna.


El Mundial de Maradona (II)

(Viene de la primera parte)

Faltan sólo unas pocas semanas para el comienzo del Mundial de México. Diego Armando Maradona, de veinticinco años de edad, acaba de contribuir a que el modesto Nápoles alcance la tercera posición de la tabla en la durísima liga italiana, por delante de todopoderosos acorazados como el Inter o el AC Milan. Un equipo que antes de su llegada peleaba por no descender y que ahora, con el diez argentino entre sus filas, ha cometido la osadía de querer colarse entre los grandes. El “Pelusa” ha terminado el año como cuarto goleador del “Calcio”, con 11 goles (la liga italiana, ultradefensiva por entonces, penalizaba a los goleadores; el “Pichichi” del año, Roberto Pruzzo, había logrado la exigua cifra de 19 tantos). Pero ya no se trata solamente de anotar; Maradona es el general y director de orquesta del Nápoles y su presencia ha transformado por completo al equipo llevándolo a posiciones de competición europea, algo con lo que en la ciudad ni se atrevían a soñar un par de temporadas atrás. Su rendimiento en Italia ha despertado el asombro del resto del Calcio y de la prensa deportiva mundial. La afición napolitana no alberga dudas al respecto: Maradona es un jugador sobrenatural. Pero para el resto, sin embargo, queda por probar que pueda repetir ese brillante papel en el Mundial, con una selección argentina que despierta más incertidumbre que otra cosa.

Varias sombras se ciernen sobre Maradona antes de la cita mundialista en México. Una de esas sombras es la rodilla: se le ha roto un cartílago y la acumulación de líquido sinovial le está produciendo dolores. Así, con la articulación flaqueando, ha terminado la temporada con el Nápoles. Los médicos han dictaminado que no será necesario pasar por el quirófano, pero muchos aficionados y periodistas temen que el “Pibe de Oro” pueda perderse el Campeonato del Mundo. Y dado el nivel al que ha estado jugando en Italia, todos coinciden en que un Mundial sin Maradona estaría descafeinado. No es que esperen que el argentino domine el torneo —ni mucho menos, pues la selección argentina ni siquiera está entre las favoritas— pero sí es uno de esos futbolistas cuyo aporte de espectáculo se echaría mucho de menos. En 1986, cualquier sibarita del deporte quiere tener la oportunidad de ver al “Pelusa” en la máxima instancia del fútbol. Para relativo alivio de muchos, Maradona desmiente que vaya a ausentarse por lesión. Su rodilla sólo necesita extracciones periódicas del líquido sinovial que le permitan aminorar el dolor. Podrá jugar; y quiere jugar. Sigue habiendo dudas, pero es que el mundo del fútbol aún no es plenamente consciente de la férrea voluntad de ganar de Maradona; sólo saben que el “diez” argentino quiere quitarse la espina de su irregular actuación durante el Mundial de 1982, en donde estuvo por momentos deslumbrante pero en otros perdido, quedándole sobre todo la amargura de haber sido expulsado en el partido definitivo contra Brasil. El Maradona de 1986 no se hubiese aquel perdido el torneo por nada. Tenía una misión que cumplir.

Pero no es su rodilla el único motivo de preocupación. Además de las dudas médicas, hace meses que se ha extendido una oleada de escepticismo sobre su capacidad para defender los colores argentinos en el Mundial. Y es un escepticismo que proviene fundamentalmente, por curioso que hoy nos pueda parecer, desde la propia Argentina.

“Maradona ya no es el de antes”

Hablé con todos y les dije que Maradona iba a ser el capitán porque creía que iba a hacer un gran mundial, ya que venía del de 1982, donde lo habían expulsado. Cuando llegué a Argentina lo comuniqué también a los de allí. Me costó muchísimo, porque el capitán en aquel momento era Daniel Passarella, con el que guardábamos una muy buena relación… pero el deporte es una cosa y la amistad es otra. Yo le dije a Maradona que iba a ser capitán, ante muchas críticas. (…) mucha gente me decía: “Bilardo, ¿cómo puede usted insistir con Maradona?”, “¿por qué pone a Maradona como capitán?” Muchos decían que no podía serlo. Otros decían que si estaba en la selección tenía que demostrar para qué estaba en la selección. Esto era así en todos los periódicos: el Gráfico, el Tiempo Argentino, el Clarín. Muchas veces cuando voy a dar charlas muestro esas publicaciones, para que vean lo que era antes y lo que fue después del campeonato de México. (Carlos Bilardo, seleccionador de Argentina en 1986)

Febrero de 1986: César Luis Menotti concede una jugosa entrevista a la revista alemana Der Spiegel. Menotti había sido seleccionador nacional de la Argentina del Mundial 82 y también entrenador del FC Barcelona: en ambos casos había tenido a Maradona bajo sus órdenes. También lo había dirigido cuando Maradona deslumbró en la selección juvenil. Naturalmente, en Der Spiegel le preguntan por las expectativas en torno a la actuación mundialista de la nueva estrella del fútbol mundial. ¿Podrá Maradona convertirse en un temible capitán de barco en la selección argentina como lo está siendo en el Nápoles?

Menotti fue uno de los más críticos hacia Maradona antes del Mundial 86: “ya no es el mismo”. En la foto, ambos conversan en 1979, época en que el “Pelusa” se hizo internacionalmente célebre en el mundial sub-21.

Pues Menotti no lo ve tan claro. Justo en el mes anterior de la entrevista, enero, el pujante Nápoles ha frenado su ascensión y ha atravesado una racha negativa. A Maradona, en Italia ya se le empiezan a atribuir en solitario los triunfos (¿qué otra cosa sino su presencia puede explicar la transformación de aquella escuadra modesta en un equipo competitivo?) pero también se le achacan las derrotas. El papel que está desempeñando en Nápoles es el de “hombre-equipo” en toda regla; tanto si se gana como si se pierde, la responsabilidad parece ser sólo suya, porque casi todo el juego ofensivo del equipo pasa por sus botas. Cuando Maradona juega bien, el Nápoles juega bien. Si el Nápoles pierde, es que Maradona algo no ha hecho bien. La “maradonadependencia” del equipo empieza a hacerse muy patente y durante aquel enero, cuando se producen algunos baches en el rendimiento de la escuadra, Maradona se rebela contra las críticas: “los partidos no los perdí yo, los perdió el Nápoles”.

Pero los “detractores” del jugador aprovechan esta circunstancia para lanzarle sus pullas y en la sonada entrevista de Der Spiegel que citábamos, Menotti siembra dudas respecto al futbolista. Y es una voz importante del fútbol argentino, a quien se respeta y escucha internacionalmente. Menotti remarca la naturaleza nocturna y festera del genial centrocampista, recuerda los días de Barcelona y lo compara con Bern Schuster, la otra columna vertebral de lo que pudo haber sido un equipo barcelonista de ensueño: el alemán “se acostaba todos los días a las diez, pero para Maradona el día empezaba a esa hora”. Menotti afirma que el ciclo del astro podría haberse cumplido con una frase tajante: “Maradona ya no es el de antes”. Insinúa que el portento de Buenos Aires podría estar afrontando el declive. La prensa busca a Maradona en busca de una respuesta a las declaraciones de Menotti, sabiendo que el futbolista no tiene por costumbre bajar la cabeza y callar precisamente. El jugador afea la conducta de airear los trapos sucios en público cuando ya no existe ninguna vinculación profesional entre ambos: “sólo le pido a Menotti que me ayude a conservar los recuerdos hermosos que tengo de las cosas lindas vividas juntos. Si cree que soy el peor hijo del mundo, o el peor jugador de fútbol del mundo, que tenga la delicadeza de guardárselo para él y no andar diciéndoselo a los periodistas”. También recuerda que a sus veinticinco años lleva ya diez como profesional, desde los quince, y que si ha mantenido —y mejorado— su nivel durante todos esos años, es porque sigue estando motivado.

En Europa, pese a todo, las palabras de Menotti son tomadas con bastante relativismo. Maradona está cumpliendo con el Nápoles, que tras el bache retoma la condición de “equipo revelación” y finaliza la temporada tercero, colándose entre los pesos pesados del Calcio. Para casi todos los observadores Maradona es el jugador más brillante del planeta y desde luego el más espectacular. Los periodistas europeos, en general, no dudan de que Maradona debe ser el buque insignia de la selección argentina. Pero en la propia Argentina son bastante más críticos y las palabras de Menotti no caen en saco roto. Los aficionados y cronistas argentinos no olvidan los problemas que había tenido la selección para clasificarse el año anterior, en dos tensos partidos ante Perú en los que bien pudieron haberse quedado sin una plaza en el Mundial. En la ida, jugada en Lima durante el verano de 1985, una selección peruana que había sido bastante infravalorada por la prensa argentina daba la campanada ganando por 1-0 a la albiceleste. Un atónito Maradona sufrió el férreo y por momentos brutal marcaje de Luis Reyna, que se le pegaba por todo el campo como un hermano siamés y lo sometía a un alucinante festival de entradas antideportivas. Algo que no era nuevo para el “Pelusa”, habituado a ser la presa favorita de los defensas rivales, cosa que sucedía habitualmente con la permisiva complicidad del árbitro.

Ambas escuadras debieron resolver la clasificación para el Mundial una semana después, en Buenos Aires: si los peruanos conseguían repetir victoria, la Argentina de Maradona quedaría eliminada y hubiésemos asistido a un cambio dramático en la historia del fútbol. En un ambiente de tensión casi prebélico, los argentinos calentaron el partido desde el minuto uno gracias a la brutalidad del defensa Julián Camino, que le realizó una escalofriante entrada al peruano Franco Navarro. El atacante hubo de ser sustituido con sólo un minuto y medio de juego real transcurrido, de nuevo ante la vergonzosa permisividad del árbitro, que sólo sancionó a Camino con tarjeta amarilla por una entrada que hoy supondría una severa suspensión de varios partidos. Algunos vieron en aquella entrada una venganza por el marcaje que Maradona había sufrido en el primer partido, pero fuese o no el caso, era con toda seguridad el resultado de una atmósfera viciada.

Pese a las reticencias de público y prensa en Argentina, Bilardo apostó todas sus cartas a Maradona. Y acertó.

En mitad de aquel entorno histérico y enrarecido, el partido continuó y la selección argentina se echó para adelante intentando anular la posibilidad de una victoria peruana que supondría un cataclismo. Maradona se las arregló para escapar por una vez del marcaje del omnipresente Reyna, realizando una de sus cabalgadas hacia la línea de fondo y asistiendo a Pedro Pasculli, quien con un gesto de suma habilidad se deshacía de dos defensas e inauguraba el marcador. Sin embargo, Perú empataba por mediación de Velázquez, volviendo a soplarles la nuca a los argentinos. Y la debacle pareció materializarse cuando la estrella peruana, César Cueto, realizaba una jugada digna del propio “Pelusa”, regateando brillantemente a varios defensas y poniendo un increíble pase de tiralíneas que dejaba al delantero Barbadillo en cabalgada franca ante la portería argentina: gol. 1-2. Argentina iba perdiendo y estaba provisionalmente eliminada en el último partido de la clasificación. Maradona, el favorito del seleccionador Carlos Bilardo, había asistido un gol pero no estaba resultando lo decisivo que se podría esperar de semejante talento. La albiceleste empezó a atacar a la desesperada y sería con la esforzada jugada de Daniel Passarella, el último de los veteranos de la triunfante Argentina del 78, como se consiguió un agónico gol donde la pelota, a trompicones y regañadientes, traspasaba la línea de meta por segunda vez. Así, los argentinos lograron un polémico empate y se clasificaban in extremis, evitando por muy poco que Perú los apease del Mundial.

Tanto traspiés a la hora de clasificarse dejó una sensación agridulce en la afición argentina. Habían sufrido más de lo debido. Surgieron hacia Maradona críticas propias de la idiosincrasia local, esa clase de críticas que después, por ejemplo, se han repetido con Lionel Messi. Que si Maradona jugaba mejor en Nápoles al estar motivado por el dinero de su club europeo, que si era un “pecho frío” más interesado en su estrellato napolitano que en defender los colores de su selección, que si los veteranos de la albiceleste eran la auténtica columna vertebral del equipo. Este último punto provocó no poca contorversia, especialmente cuando el seleccionador Carlos Bilardo —sometido a toda clase de presiones en su país para elaborar la alineación— afirmó que “ningún jugador tiene garantizada la plaza para el mundial excepto Dieguito”. Algunos de los veteranos, como el propio Passarella, se mostraron abiertamente soliviantados. El favoritismo de Bilardo hacia el número 10, quien consideraba debía ser el corazón y cerebro del equipo además de ejercer como capitán, fue objeto de no pocas censuras: la prensa local criticaba abiertamente la apuesta total del seleccionador por el “Pelusa” y la hinchada albiceleste consideraba el asunto una actitud caprichosa de Bilardo. Pero más allá de las críticas centradas en la estrella, la propia selección como bloque era poco apreciada tanto en Argentina como en el resto del mundo. Nadie esperaba ningún resultado de aquel equipo, juzgado como poco brillante y exceptuando al genial centrocampista zurdo, sin grandes jugadores capaces de marcar la diferencia. El que Maradona pudiera cargarse aquel equipo a las espaldas y conducirlo al triunfo era simple y llanamente material de ciencia-ficción. Imposible. Así que la albiceleste partió hacia México contando con el cínico escepticismo de casi todos. La percepción general era la de un Bilardo “enamorado” de Maradona, apostándolo todo a una carta y conduciendo a un equipo decadente a un previsible fracaso. Nadie creía en ellos. El propio Maradona resumió la situación en una conversación privada con el seleccionador: “creo que estamos solos”.

El astro defendió públicamente al seleccionador y se mostró tajante ante los periódicos, cuando éstos no dejaban de especular sobre el equipo que debía llevar Bilardo a México: “Basta de ver jugadores, basta de andar escarbando. Está todo dicho. No creo que de aquí a junio vaya a surgir un fenómeno para decir: con éste, ganamos el Mundial”.

Irónicamente, y aunque nadie podía saberlo todavía, aquel fenómeno era precisamente él.

La fase de grupos y los octavos de final: del fácil tedio a un digno pesimismo

Una vez en México, Argentina se topó con un grupo bastante desigual en el que debía jugarse uno de los dos puestos que daban derecho a la clasificación para octavos de final frente a Italia. Los acompañaban la (a priori) incómoda Bulgaria y una de las “Marías” del torneo, la por entonces muy débil Corea del Sur. Teóricamente, la clasificación era asequible aunque fuese como segundos de grupo. El partido clave —se suponía— iba a ser el que los enfrentaba a Bulgaria, porque la clasificación de los italianos, vigentes campeones, se daba por hecha. El debut mundialista de la albiceleste debía producirse ante Corea del Sur y Maradona, metido ya en tareas de capitán por mucho que eso no gustase en su país natal, fue claro y explícito ante la prensa: a Corea se la debía ganar, y a ser posible, se la debía golear.

La brutalidad de los coreanos enfadó a Maradona y abrió un debate sobre la tremenda dureza defensiva que imperaba en los 80.

En el partido pronto quedó claro cuál iba a ser el sistema de Bilardo: un juego de toque, de parsimonioso centrocampismo, que debía derivar en la solución perenne de darle el balón a Maradona para que él inventase sobre la marcha una transición ofensiva. Una táctica fea como equipo, que sólo confiaba en elevar el nivel de espectáculo cuando el “Pibe de Oro” se hacía con el cuero. Y una táctica que no suele funcionar en estas instancias mundialistas, donde nunca un único jugador consigue sobreponerse al trabajo en conjunto de unos rivales bien organizados. De todos modos, contra Corea la cosa era fácil; los asiáticos no tenían nivel como para aspirar a una victoria y los argentinos lo sabían.

Sin despeinarse ni deslumbrar con grandes alardes, el combinado sudamericano venció por 3-1, con dos goles de Valdano y uno de Ruggeri. Maradona, acostumbrado a desenvolverse en el durísimo Calcio italiano, se paseó de manera estelar, asistiendo los tres tantos de su equipo y poniendo de manifiesto que para él los defensores coreanos eran tan inoperantes como juguetes… excepto por la cantidad de patadas y entradas agresivas a las que fue sometido, incluyendo algún placaje más propio del rugby que del fútbol. Los coreanos intentaron neutralizar la apabullante superioridad del astro argentino a base de violencia y fue cosa de milagro que Maradona no saliera seriamente lesionado de aquel partido. Aunque estaba muy acostumbrado a padecer continuamente marcajes que en pleno 2012 nos parecerían inaceptables, la suciedad de los coreanos fue tan extrema que llegó a provocar su enfado: en declaraciones hechas al terminar el partido, se quejó amargamente de la dureza antideportiva con la que había sido tratado. Muchos periodistas a lo largo del globo se hicieron eco de esa opinión, lamentando que uno de los futbolistas más espectaculares del Mundial pudiera correr el riesgo de quedar fuera del torneo a causa de unos defensores que pensaban poco en la belleza del fútbol y mucho en derribar a toda costa al mayor virtuoso del planeta. Los únicos flashes de calidad de aquel partido los había puesto Maradona, y la prensa deploraba el que la defensa coreana se hubiese comportado como un hatajo de energúmenos con él, ante, una vez más, la blandura del arbitraje.

Con todo, Argentina venció pero no convenció. Corea del Sur era un rival demasiado fácil y aun así, pese al desahogado resultado, el juego de la albiceleste no enamoró a nadie. El partido fue considerado tedioso. Maradona destacaba, eso sí, pero para llegar lejos en la competición iba a necesitar de un fútbol más atrevido por parte de sus compañeros. Aunque no lo hicieron mucho mejor los italianos, que para sorpresa de todos empataron con Bulgaria en un debut todavía menos prometedor. Así que en el siguiente partido, el encuentro estelar del grupo, los argentinos iban a vérselas con una Italia inesperadamente metida en problemas. El partido contra Bulgaria ya no parecía tan decisivo: si los argentinos lograban al menos un empate con Italia, podían dar casi por hecho su pase a la siguiente ronda.

Los italianos conocían muy bien a Maradona, tras haberse enfrentado a él domingo tras domingo en el Calcio durante las dos últimas temporadas, y de todos los equipos presentes en el Mundial eran los más preocupados por las habilidades del “Pelusa”. Se sabía que los italianos iban a asignar un marcador único a Maradona para intentar neutralizarlo, como en 1982 habían hecho exitosamente por medio de Claudio Gentile. El año anterior, Perú también había conseguido frenar al “Pelusa” en Lima, gracias a la agresiva persecución de Reyna que comentábamos más arriba. Se especulaba con que el jugador italiano finalmente designado para la tarea fuese Salvatore Bagni, su compañero en el Nápoles, que lo conocía bien. O bien el más famoso Giuseppe Bergomi. Finalmente fue Bagni el elegido, aunque al final los italianos decidieron que sería mejor optar por una defensa tradicional con atención especial a Maradona, pero sin obsesionarse y también intentando ahogar el juego de toque, lento y paciente, de los argentinos.

El sistema que impuso Bilardo empezó aburriendo, pero la presencia de Maradona compensaba el precio de la entrada.

En el partido las cosas comenzaron bien para Italia: el árbitro señaló un penalti a su favor a los pocos minutos de juego y los transalpinos se adelantaron en el marcador. Una situación tradicionalmente ideal para los equipos italianos: gozando de ventaja podían echarse atrás, plantar “el autobús” en defensa, dejar que los minutos pasaran para desesperación del contrario y ya de paso amenazar con un contragolpe. Los argentinos, por su parte, decidieron no perder la paciencia. Siguieron con su lento juego de toque, con un Maradona que ocasionalmente intentaba romper la balanza con un pase largo o un regate brillante, como aquél con el que pasó justo entre sus dos marcadores haciendo un “uno-dos” que levantó un rugido en las gradas, aunque finalmente no condujo a nada. El diez bonaerense empezó a moverse de un lado a otro en busca de una manera de romper el cerrojo italiano y el público local —como los televidentes— pudo comprobar que Maradona no había venido al Mundial a esconderse, y que no sólo había sido capaz de destilar sus filigranas frente a los débiles y violentos zagueros coreanos, sino también ante los temibles defensores italianos, maestros en la materia, que además lo conocían muy bien. Finalmente, aprovechando un pase por alto de Valdano, el “Pelusa” chutó saltando en carrera y elevando la pierna por delante de un defensor, colando el balón casi sin ángulo por la única trayectoria de gol posible, un pasillo tan estrecho que ni el portero había contado con ser batido de semejante manera. Un gol inverosímil que ponía la igualada en el marcador. A partir del empate, ambas escuadras demostraron conformarse con el resultado y el conservadurismo se apoderó del partido. Los italianos confiaban en clasificarse batiendo a Corea en el tercer partido y los argentinos, primeros de grupo, no necesitaban mucho más. Tras algunos sustos en ambos áreas, se llegó al final con esa igualada que convenía a ambos… pero que aburría a los espectadores.

En el tercer partido, la albiceleste no tuvo problemas para rubricar su primera plaza frente a una Bulgaria inoperante que en la segunda jornada no había pasado del empate contra Corea y que se convirtió en una de las grandes decepciones del torneo. Jorge Valdano marcó de cabeza a los tres minutos, adelantando a los suyos y básicamente terminando con cualquier posible suspense. Maradona volvió a poner el único espectáculo en un encuentro sin otro mayor interés, entreteniendo con sus regates, sus pases inesperados, etc. Hizo un pase vertical que destruyó la defensa búlgara, aunque Valdano se quedó en fuera de juego al marcar y el gol no fue contabilizado. Después le puso un centro perfecto a Burruchaga, que este cabeceó al fondo de la red para hacer el segundo gol. Maradona, en resumen, llevó la mayor parte del peligro de su escuadra. El partido finalizó sin pena ni gloria con un 2-0 y la sensación de que los búlgaros se habían rendido de antemano ante unos argentinos poco propensos a pisar el acelerador: ya inventará algo Maradona.

Contra Uruguay jugó el considerado mejor partido internacional de toda su carrera (hasta entonces), pero aún le quedaba capacidad para sorprender al mundo.

Clasificados ya para los octavos de final sin apenas problemas (como la prensa decía: “para los argentinos, el Mundial empieza ahora”) los albicelestes iban a enfrentarse a sus primos y vecinos de Uruguay en la llamada “Batalla del Río de la Plata”. Uruguay era una selección que se había clasificado entre las mejores terceras de grupo pese a unos exiguos resultados en la primera fase, y la tensión regional del partido no podía esconder el hecho de que los uruguayos, pese a contar con jugadores de la talla del gran Enzo Francescoli, lo iban a tener bastante difícil. Maradona prometió públicamente a la afición de su país la victoria por una cuestión de “honor patrio”. Y durante el partido, el “Pelusa” hizo todo lo que pudo para cumplir su promesa. Corrió las bandas, bajó a buscar balones, se movió de un lado a otro y trató de crear ocasiones de la nada para sus compañeros una y otra vez. Le dio un dócil “pase de la muerte” a Valdano que este no acertó a cabecear con el portero ya batido, desperdiciando una ocasión única. Luego lanzó una soberbia falta desde bastante más allá del área, estrellando el balón en el larguero. Sentó a dos defensas en la línea de fondo y dio un centro a Pasculli que éste no supo aprovechar tampoco. Estaba haciendo todo lo posible y parte d elo imposible y no había manera de marcar. El único gol del partido, por una vez, no tuvo nada que ver con Maradona, sino que fue una jugada de Burruchaga y Valdano que Pasculli redondeó con el tanto de la victoria. El partido finalizó 1-0, con una Uruguay que pugnó muy dignamente y que incluso tuvo sus ocasiones pero que poco pudo hacer ante una albiceleste más sólida, y sobre todo, ante un Maradona que por primera vez cosechó elogios unánimes e incondicionales de la prensa argentina. Su brillante e incansable partido ante Uruguay fue reconocido como la que, hasta entonces, era la mejor actuación con su selección en toda su carrera. El “Pelusa” tiró de los suyos, peleó, dirigió, creó oportunidades y pese a no ser directamente responsable del único gol —si bien participó en el inicio de la jugada— dio toda la sensación de haber roto el partido con su inteligencia táctica y sus imprevisibles diabluras. El goleador del encuentro, Pedro Pasculli, lo resumió en la rueda de prensa: “Cuando Diego Maradona funciona como lo hizo, funcionamos todos. Posiblemente éste haya sido el mejor partido de Maradona con la camisola blanquiceleste, pero no será mejor que el próximo”.

El partido contra Uruguay terminó de certificar el excelente estado de forma de Maradona, así como la eficacia de su liderazgo sobre el campo y dentro del vestuario, donde los problemas estaban desapareciendo a velocidades mágicas a medida que el equipo empezaba a carburar. Y ciertamente, iban a necesitar que así fuera. Tras la previsible clasificación en octavos, llegó la tremenda noticia: Argentina se iba a enfrentar en cuartos de final a su más fiero enemigo, Inglaterra. Cuatro años atrás, soldados de ambos países habían derramado su sangre en la breve, triste e incomprensible Guerra de las Malvinas. Ahora llegaba una revancha en forma de partido de fútbol que provocaba la rugiente expectación de la prensa mundial y la preocupación entre los organizadores mexicanos por los posibles brotes de violencia entre “hooligans” y “barras bravas”. Futbolísticamente, nadie daba un duro por Argentina ante una muy potente selección inglesa. Los argentinos sólo se habían topado con un rival de verdadera entidad en todo el torneo, Italia, y habían terminado en un aburrido empate que convenía a ambos. El otro equipo digno que se habían encontrado, Uruguay, los había hecho sudar pese a ser objetivamente inferiores. Ahora, enfrentados a una potencia de categoría mundial, ni con un Maradona descollante como el que se había visto frente a Uruguay había demasiadas perspectivas de tumbar a aquellos ingleses dispuestos a todo. Tendría que ser capaz de hacer frente a Inglaterra lo que había hecho frente a Uruguay… pero eso era fácil de decir, aunque difícil de imaginar y aparentemente imposible de realizar. Por entonces, Maradona sólo llevaba un gol en el torneo —el brillante tanto marcado a Italia— aunque ya contaba cuatro asistencias. Había deslumbrado técnicamente en todos los partidos y había llegado a enamorar contra Uruguay, pero todavía tenía que demostrar que podía ser ese mismo Maradona contra los temibles ingleses. Y vaya si lo iba a demostrar. Maradona lo había decidido: estaba predestinado a tomar aquel Mundial al asalto. Los dos partidos siguientes, cuartos de final y semifinal, iban a situarlo definitivamente en el Olimpo del fútbol gracias a dos actuaciones que iban a causar un sordo y escandalizado pasmo primero, y un maravillado y eufórico asombro después. Iban a empezar a llover las comparaciones con los más grandes. Para cuando llegase la final, incluso aunque la hubiese perdido, Diego Armando Maradona ya había trascendido la condición de futbolista mortal y se había situado entre los dioses del balompié.

(Continúa)

 

 


El Mundial de Maradona (I)


“Dicen que por lo menos una vez en la vida todos los hombres asisten a un milagro. El mío ocurrió la tarde de un sábado de marzo de 1969 sobre el pasto mojado del Parque Saavedra cuando un pibe bajito, que me dijo que tenía ocho años —y yo no le creí—, hizo maravillas con la pelota” (Francisco Cornejo, primer entrenador de Maradona)

El 29 de junio de 1986, en el estadio Azteca de México, Diego Armando Maradona levantaba la Copa del Mundo ante un público extasiado y el revuelo de una prensa que desde los años cincuenta no había asistido a un momento semejante: la ceremonia de coronación de un futbolista. Porque una cosa es señalar a un jugador como el mejor del mundo y otra cosa muy distinta es verlo ceñirse la corona. Lo primero conlleva la fama; lo segundo, la gloria eterna. Es un momento raro e inusual, incluso en un deporte tan multitudinario como el balompié, porque ha de producirse durante un acontecimiento muy determinado que sólo tiene lugar cada cuatro años. De hecho, una coronación así sólo se ha producido dos veces. Una, en 1958. Otra, en 1986. Seguimos esperando la tercera.

Maradona, de veinticinco años de edad por entonces, llevaba ya bastante tiempo siendo considerado por muchos —aunque no por todos, ni mucho menos— el mejor futbolista del planeta. Pero su asombroso repertorio técnico y su desbordante creatividad sobre el césped no bastaban para reclamar el trono. Su situación en 1986 era similar a la de Michael Jordan en los inicios de su carrera: todo el mundo podía ver que se trataba de un jugador especial, pero la escasez de grandes títulos servía a los escépticos para recordarle que aún tenía por delante a varios e ilustres genios veteranos que sí acumulaban un abultado palmarés. Al Maradona de principios de 1986 aún no se lo había apeado a los altares de la Historia. La prensa de aquellos años —lo comentaremos varias veces a lo largo de este relato porque conviene no olvidarlo— era bastante menos complaciente con los futbolistas, especialmente con los jóvenes, que la prensa actual. Para ganarse un lugar en el Olimpo un jugador debía graduarse obligatoriamente en la gran batalla futbolística del orbe: el Campeonato Mundial. Si habías nacido en un país futbolísticamente débil, mala suerte; por muy bueno que fueras, la corona iba a esquivarte porque nunca dominarías un Mundial. Si habías nacido en un país potente, entonces ya no tenías excusa para no hacerlo, si es que querías ser considerado un rey. Maradona, jugando para una nación campeona como Argentina, tenía una obligación consigo mismo: ganarse la gloria que él pensaba merecer en el susodicho Campeonato del Mundo, para cumplir un sueño que muchos años atrás, siendo todavía un chaval, había expresado ante las cámaras

“Crecí en un barrio privado de Buenos Aires. Privado de agua, privado de luz, privado de teléfono”

El pequeño Maradona, a quien su primer entrenador calificó como “milagro”.

Criado en el barrio de chabolas de Villa Fiorito, quinto de ocho hermanos, nacido en una mísera familia donde había que medir lo que se servía en los platos para que todos pudieran comer, Diego Armando Maradona fue uno de los últimos futbolistas en emerger desde, literalmente, el estrato más bajo de la sociedad. Él mismo recordaría después cómo su madre parecía tener siempre dolor de estómago: una sufrida mentira que ella usaba para no cenar y repartir su propia ración de comida entre los hijos, quienes sólo de adultos se detuvieron a pensar que quizá aquella mujer no había sufrido dolores noche tras noche, sino pura y simple hambre. Maradona era un niño sin futuro ni esperanza, condenado de nacimiento a una existencia marginal, de la que jamás hubiese escapado de no ser por el balón. Sin entender este origen, no se puede entender al Maradona hombre, pero es que tampoco se podría explicar al Maradona futbolista: jugando con pelotas de trapo o con cualquier cosa a la que se pudiera dar una forma redondeada; trotando hasta que caía la noche en una barriada sin iluminación pública, se veía forzado a jugar prácticamente a ciegas —algo que como él mismo dice le ayudó a enriquecer su desconcertante inventario de diabluras— y encontró en el fútbol un modo de vida y de evasión; un centro de gravedad para su existencia. Con esa determinación obsesiva de los genios infantiles, el pequeño Diego pegó su pie izquierdo al balón y ya no lo separó de él hasta que en todo el planeta supimos de su existencia. Cultivó una íntima relación con la pelota cuyos resultados en forma de malabarismos todos hemos contemplado, pero que sólo él puede llegar a entender verdaderamente. No había cumplido diez años y ya podía darle mil toques al balón sin dejarlo caer. Era un fenómeno en toda la extensión de la palabra. Y lógicamente, no tardaron en darse cuenta a su alrededor.

Los Cebollitas era el simpático nombre del equipo de categoría infantil donde se formaba la cantera de un club de Primera División, el Argentinos Juniors. Los Cebollitas eran un criadero de futuros talentos que estaba destinado, en breve, a hacer historia en las divisiones inferiores del fútbol nacional, entre otras cosas gracias a un fichaje que hicieron sobre la marcha. Porque un buen día, en 1969, uno de los Cebollitas —Goyo Carrizo, el mejor amigo de Maradona durante la infancia, que también procedía de una familia de chabolistas— se acercó al entrenador Francisco Cornejo y le habló de un amiguito suyo al que debía, sí o sí, aceptar en el equipo. El pequeño Carrizo se mostró tan pesado e insistente que, finalmente, Cornejo accedió a visitar al “famoso” Dieguito del que tanto le hablaba. El entrenador se desplazó a Villa Fiorito, buscando en sus mugrientas calles al pibito. Finalmente lo encontró pero no pudo más que contemplarlo con escepticismo, por no decir con cierta conmiseración. Dieguito era, por decirlo piadosamente, de planta bastante insignificante. Un niño escuálido incluso para lo que podía uno esperar en aquel infortunado barrio de chabolas. Cornejo ni siquiera creyó que Diego tuviese la edad mínima requerida para el ingreso en el equipo; pensaba que Maradona era más pequeño de lo que decía ser y para colmo el niño no poseía documento alguno con el que poder demostrar su fecha de nacimiento. “¿Estás seguro de que tienes diez años?”, le espetó incrédulo el entrenador de Cebollitas. Maradona era por entonces un niño tímido y de gesto serio, que hablaba como intentando no salir de sí mismo, siempre paseando la mirada tristona y esquiva por todas partes excepto por los ojos de su interlocutor. Aunque intimidado, Dieguito aseguraba que sí, que tenía la edad requerida. Su actitud asustadiza no ayudaba a que Cornejo lo creyese, pero se debió de decir el entrenador: bien, ya que estoy aquí, démosle una oportunidad al chiquillo.

Cornejo citó a Dieguito para hacer una prueba con Cebollitas dos días después, en Las Malvinas, que así se llamaba el complejo de entrenamiento del club Argentinos Juniors. Aún quedaba un obstáculo: Diego Maradona padre, que se resistía a la idea de que su hijo —el primer varón de entre su descendencia, después de cuatro niñas mayores— fuese a probar con un equipo de fútbol. No quería darle permiso. y sólo la insistencia de toda la familia surtió efecto: muy a regañadientes, don Diego terminó aceptando. Cuarenta y ocho horas después, tiempo que el pequeño Dieguito vivió con una torturante impaciencia —pues el fútbol ya lo era todo para él— un pintoresco grupo de chavales de Villa Fiorito tomaron el autobús hasta la “ciudad deportiva” de Argentinos Juniors. Y una vez llegaron allí… la lluvia persistente de Buenos Aires, que había tornado impracticable el campo. Decepcionados, los niños contemplaban el terreno de juego que no podrían pisar ese día. El entrenador los animó: “¡vamos a otra canchita!”. Montaron todos en una destartalada furgoneta y buscaron un campo en mejores condiciones sobre el que jugar, y así llegaron al Parque Saavedra. Formaron dos equipos y empezaron a darle al balón. Allí, por primera vez, alguien procedente del ámbito profesional del fútbol vio jugar con sus propios ojos a Diego Armando Maradona. Un asombrado Francisco Cornejo describiría después aquel momento como “asistir a un milagro”. Repentinamente, la edad de Dieguito dejó de tener ninguna importancia para el entrenador. Sus ojos acababan de contemplar algo grande. Aquel chaval tenía que seguir jugando al fútbol.

El pequeño Dieguito Maradona en acción; ya siendo un niño, su presencia causaba pánico entre los equipos rivales.

El pequeño Diego ingresó en el Cebollitas, un combinado infantil que haría cosas tales como estar 136 partidos invicto. Los equipos rivales pronto se familiarizaron con el apellido Maradona y empezaron a planificar los partidos con ese nombre en mente, aunque todavía no conocieran bien la cara de aquel niño endemoniado al que había que tenerle tanto miedo. El entrenador de Cebollitas, sabiendo que tenía en el banquillo un talento sobrenatural, gustaba de jugar con los nervios de los entrenadores rivales. En ocasiones dejaba a Maradona sentado en el banco al empezar el partido, y lo sacaba más adelante para hacerlo dinamitar el resultado. En una ocasión, cuando los Cebollitas tenían que enfrentarse a los imponentes cachorros de Boca Juniors, la temible cantera de la mayor institución futbolística del país y una de las mayores fábricas de talentos del mundo, Cornejo decidió engañar al rival una vez más. Inscribió a Diego en el partido con un apellido falso, Montanya, y lo dejó en el banquillo de inicio. Para los chavalines de Boca, saber que el temido “petiso” Maradona no iba a estar presente constituía un verdadero alivio. Comenzó el partido y Boca, muy superior, empezó a barrer. Pronto los Cebollitas iban perdiendo tres a cero. Entonces, Cornejo hizo salir al campo al tal “Montanya”. Aquel chaval cetrino, bajito, de cabello ingobernable y negro como el carbón, salió al césped y básicamente le dio la vuelta al partido. Con aquella batuta mágica suya tomó las riendas de Cebollitas y condujo al equipo hasta el empate, metiendo dos goles él mismo y causando el estupor entre los chavalines de Boca y la gente que estaba contemplando el partido. El entrenador rival, fuera de sí, finalmente entendió lo que había pasado: se dirigió hacia Francisco Cornejo con gesto desencajado y a gritos resumió la esencia de la situación: “¡Pusiste a Maradona, hijo de puta!”

Los Cebollitas, liderados por aquel precoz genio que mostraba su innata vocación de creador de juego en la posición de “diez”, se convirtieron en un espectáculo. Es más, hicieron algunas giras de exhibición que llegaban a los países limítrofes. A Diego llegó incluso a visitarlo la televisión más de una vez. Con doce años lo filmaron dándole toques al balón sobre una polvorienta cancha de Villa Fiorito, mientras sus amigos opinaban sobre su talento y uno de sus propios hermanos lo describía con palabras cándidamente esclarecedoras: “Es un marciano”. Todo el mundo quedaba deslumbrado por su talento. En 1973, los Cebollitas llegaron a las semifinales del Campeonato Evita, competición que iba a decidir al campeón nacional de entre las categorías inferiores. Los Cebollitas de Maradona se enfrentaron al equipo de Social Pinto, caracterizado por su disciplina y su trabajo duro. Y no pudo ser. Los Cebollitas perdieron y quedaron eliminados a sólo un paso de la final nacional. Al finalizar el partido y tras consumarse la derrota, el diminuto Diego Armando se arrastró a un lateral del campo, se dejó caer, y sentado a solas sobre la banda comenzó a llorar amargamente. Uno de los chavales rivales se acercó a él y le dijo unas proféticas palabras que Maradona, según él mismo, no iba a olvidar jamás: “No llores, porque algún día serás el mejor diez del mundo”.

Algún tiempo después, el adolescente Maradona volvió a hablar para la tele, diciendo que había dos grandes sueños en su vida: el primero, jugar un Mundial con la selección argentina. El segundo, ganarlo. Ya entonces, aunque balbuceante e inseguro ante la cámara, mostraba aquella determinación tan suya. Conviene no olvidarlo porque ése es el ingrediente principal de esta historia. Si algún ejemplo positivo puede obtenerse de la accidentada vida de Diego Armando Maradona —ya que tanto hemos hablado y hablaremos de los ejemplos negativos que también nos ha dado— es precisamente éste: no hay límites para quien de verdad cree que sus límites no existen. La consecución de su sueño no fue fácil y requirió un despliegue de competitividad que nunca antes y nunca después se ha visto sobre un campo de fútbol. Jamás aquel trofeo, la Copa Mundial, que teóricamente premia la labor de todo un equipo, había pertenecido en tan alto porcentaje a un solo jugador. La actuación de Maradona en el Mundial de 1986 fue algo que nunca se había visto y que difícilmente se repetirá en un futuro. Pero el camino hasta aquel triunfo estuvo plagado de dudas, especialmente antes del torneo, cuando ni Argentina estaba entre las favoritas para ganarlo ni Maradona había logrado su consagración como rey del fútbol, ni siquiera como rey absoluto en su propia época. Nadie, ni sus más entusiastas partidarios, había esperado que el centrocampista argentino fuese a realizar semejante exhibición durante el torneo. Un ejemplo de lo que Maradona, contra todo pronóstico, terminó haciendo: de los 14 goles marcados por Argentina en aquel campeonato, 10 fueron responsabilidad directa suya (marcó 5 de ellos y asistió otros 5), pero estuvo además involucrado en 3 de los restantes. Realizó la mitad de los tiros a puerta de su equipo, produjo la inmensa mayoría de los pases con peligro de gol e hizo más regates exitosos que cualquier otro jugador del torneo, con una considerable diferencia y teniendo en cuenta que también fue, con mucho, quien recibió más y peores faltas. Produjo dos de los mejores goles de la historia del torneo en dos partidos consecutivos. Pero ni siquiera la estadística puede reflejar con exactitud lo que fue aquel Maradona de 1986. La épica del héroe deportivo va más allá de cualquier número y de cualquier dato; todo es mucho más inconcreto y abstracto, imposible de resumir en unas cuantas tablas de números. Hay que contemplar todos aquellos partidos, comprobar en qué equipo jugaba, con qué actitud saltaba al campo y cómo bregaba para ir colando a los suyos en la siguiente ronda. Hizo lo posible e imposible, hizo hasta trampas —la celebérrima “Mano de Dios”— pero sobre todo demostró que, por difícil que parezca, la voluntad y talento de un individuo puede desequilibrar un deporte gregario como el fútbol, donde es prácticamente imposible que un solo jugador pueda decidir un partido y otro partido entre otros veintiún colegas. Prácticamente. Porque él lo hizo, sin embargo, y en un equipo técnicamente inferior a otros; como después lo haría en el Nápoles. Ésa era la esencia de Diego Armando Maradona: un equipo mediano, con él entre sus filas, podía transformarse en un equipo campeón. Y  Maradona quería asaltar el trono y aun la propia Historia, sin importarle las condiciones adversas. En unas pocas semanas pasó de ser considerado un jugador tremendamente brillante pero con muchas cosas por demostrar (y no pocas dudas en cuanto a su desempeño a nivel internacional) a verse convertido en un mito viviente al que se comparaba de golpe y porrazo con los más grandes nombres del pasado.

Y sin embargo, los había que, a punto de comenzar el campeonato, afirmaban que Maradona no dejaría huella en aquel Mundial, porque ¿qué había ganado hasta entonces?

El accidentado ascenso del fenómeno

Vistiendo la camiseta de Argentinos Juniors fue durante tres años el máximo goleador de la liga argentina.

El 20 de octubre de 1976, aquel chaval bajito, cetrino, de traza poco imponente, debutaba en la Primera División argentina vistiendo la zamarra roja del modesto equipo Argentinos Juniors. Le faltaban diez días para cumplir dieciséis años y ya estaba en la liga profesional más potente de América. En aquella escuadra militó durante cinco temporadas, deslumbrando a propios y extraños con un inexplicable repertorio de gestos técnicos, recursos imaginativos y filigranas imposibles que lo convirtieron rápidamente en la principal atracción del fútbol nacional. De haber debutado en 2012, probablemente hubiese tardado sólo unas semanas en dar el salto a algún gran club europeo, si es que los ojeadores extranjeros no se lo habían llevado antes siendo todavía un niño. Pero en los años setenta se vivía en un mundo menos globalizado que el actual, con medios de comunicación más primitivos y con un considerable abismo, el Océano Atlántico, que dividía el corazón del mundo del fútbol en dos continentes poco comunicados. No había Internet ni tampoco televisión internacional al alcance de cada salón. Las hazañas adolescentes de Dieguito en la Primera División argentina fueron manjar exclusivo para los paladares locales, mientras que a Europa sólo nos llegaban ecos lejanos e inmateriales de que un adolescente “la estaba rompiendo” en un equipo porteño. En 1977, con sólo dieciséis años, Maradona debutó con la selección absoluta de su país. El niño prodigio del fútbol mundial estaba al borde de dar la campanada en todo el planeta.

Pero no la dio. No todavía. Cuando ya parecía que sería convocado para disputar el Campeonato Mundial de 1978, aquel que Argentina terminaría ganando en casa, el seleccionador César Luis Menotti lo dejó finalmente fuera del equipo. El jovencísimo Maradona quedó sin poder probar las mieles del máximo torneo a los diecesiete años, como en su día sí pudo hacer Edson Arantes do Nascimento. Aquello supuso una amarga decepción para él, pero Menotti podía alegar que Maradona era demasiado inexperto y que el fútbol de 1978 ya no era el de 1958, cuando un Pelé adolescente se coronaba en Suecia. Si me preguntan a mí, el triunfo final le dio la razón a Menotti, porque a un seleccionador se lo contrata para que gane el título y eso hizo él… pero la razón de los resultados a veces resulta feamente prosaica. Hubiese sido más que interesante contemplar a Maradona en el Mundial de su país, aunque sólo fuera como suplente. Argentina hubiese podido ganar igual. Pero la Historia del fútbol escribe recto con renglones torcidos.

Maradona se desquitó, al menos en parte, durante el año siguiente. Con dieciocho años se convirtió en el máximo goleador de la liga argentina, siendo el jugador más joven de toda la historia en conseguirlo (repetiría el “Pichichi” en 1980 y 1981). Después, durante aquel mismo 1979, acudió al Mundial Juvenil de Japón, donde básicamente se limitó a demostrar que estaba varios escalones por encima de todos los futbolistas de su franja de edad. Ganó el trofeo al mejor jugador del torneo casi por arrolladora aclamación, tras mostrar una superioridad sonrojante por sobre todos los demás talentos juveniles del mundo, y ya de paso contribuyó a conducir a Argentina a la victoria final frente a una potente URSS. La prensa deportiva de todo el planeta “descubrió” al fenómeno Maradona. Lo que hizo en el Mundial Juvenil era, como de costumbre en él, cuestión no de números, ni siquiera de trofeos; era una cuestión de presencia. Si Maradona pisaba el césped un partido de fútbol se convertía en otra cosa. De repente parecía haber dos equipos; el equipo rival, y Maradona junto a diez más. ¿Le suena a usted exagerado? Créame, no lo es. Quien lo ha visto, lo sabe. Para trazar una definición de aquel jugador, podría decirse que hay dos clases de fútbol: el fútbol normal, y el fútbol cuando Maradona estaba sobre el campo.

Con Boca Juniors ganó su primer título de liga, aunque tardaría unos cuantos años en volver a ganar otro.

Una buena muestra se produjo durante un partido que Argentinos Juniors jugaban frente a Boca Juniors en el estadio de Vélez, el José Amalfitani. Antes de empezar el partido, cuando los jugadores estaban saltando al campo, un Maradona de sólo veinte años que ya lucía los galones de capitán en Argentinos recibió unas cariñosas palabras por parte del portero rival, el famoso Hugo “el Loco” Gatti, quien lo llamó “tonel regordete” y le dijo que “nunca podrás meter un gol”. Soliviantado, Maradona comenzó el partido con ansias de venganza: tras marcar un primer gol de penalti, hizo otro de falta desde la banda derecha, casi sin ángulo, introduciendo el balón por la escuadra en una trayectoria inverosímil que dejó a Hugo Gatti desencajado. Después controló un balón aéreo con el pecho y en carrera volvió a batir a Gatti con una de aquellas vaselinas de terciopelo en las que apenas parecía tocar el balón. Sólo un par de minutos después, volvió a escaparse de la defensa y fue derribado cuando ya parecía camino del gol: a resultas, lanzó una nueva falta desde la frontal, que una vez mas entraba justo por la escuadra. Aquella jornada Maradona hizo cuatro goles para humillar al arquero rival, Argentinos Juniors vencieron al todopoderoso Boca por 5 a 3 y la anécdota terminó trascendiendo como un ejemplo de lo que un Maradona encabritado podía hacerle a sus rivales. El chico tenía algo más que carácter: sabía convertir su enfado en magia futbolística. Cuando estaba fieramente determinado a obtener una satisfacción, surgía su mejor juego y poco importaba quién más hubiese sobre el césped. Sólo así se entiende lo que terminó logrando durante su carrera con equipos casi siempre inferiores a la competencia.

Por entonces empezaba a quedar claro que semejante jugador no podría seguir mucho tiempo en Argentinos Juniors, una escuadra demasiado modesta para un talento emergente de su magnitud. En 1981, en un acuerdo ejecutado a mitad de temporada, fue finalmente traspasado a un equipo grande: precisamente Boca Juniors, donde pudo vestir la camiseta de sus amores. Con Boca ganó su primer título de liga; estando allí comenzaron a llegar las primeras ofertas de grandes equipos internacionales. Fue tentado desde Inglaterra, pero los directivos de Boca rechazaron la oferta al considerar que el precio ofrecido no era suficiente. Sabían que tenían entre manos a un diamante en bruto y que no lo debían malvender, aunque en los primeros meses de 1982, mientras se aproximaba el Mundial de España, nadie dudaba ya de que Maradona daría el salto a Europa al finalizar dicho campeonato. Resultaba ya evidente que el “Pelusa” tenía el potencial necesario para convertirse, si todo le iba bien, en el mejor jugador de su generación. La relativa falta de proyección de la liga argentina en Europa hizo que hubiese sido pasado por alto —hasta cierto punto— durante varias temporadas, pero en 1982 era la Joya de la Corona del fútbol mundial y así quedó demostrado cuando el FC Barcelona hizo un tremendo desembolso económico (1.200 millones de pesetas, una cifra astronómica en su momento) para hacerse con los servicios del jovencísimo centrocampista argentino.

Y eso que su actuación en el Mundial 82 fue considerada por la mayoría de los observadores como decepcionante. Ciertamente, visto desde hoy, su desempeño fue irregular pero bastante más convincente, por ejemplo, que el mostrado a una edad similar por Lionel Messi en Sudáfrica 2010, un jugador con el que las comparaciones resultan lógicamente inevitables. La decepción mundialista no fue solamente culpa del “Pelusa”, todo hay que decirlo. Acudió con una selección argentina que era la vigente campeona y que atesoraba una considerable calidad individual pero que estaba en proceso de descomposición, con el seleccionador Menotti empeñado en el espejismo de que el Maradona goleador en la liga argentina funcionaría mejor como delantero mientras que, por ejemplo, un cansado Mario Alberto Kempes se metamorfoseaba de “Matador” del área a insólito constructor de juego. Aquel planteamiento contra natura no podía funcionar. La selección argentina aún no jugaba a aquello de “démosle el balón a Maradona y que él edifique la jugada”. No, Maradona debía quedarse arriba y utilizar sus talentos técnicos para intentar marcar, algo que como decimos iba en contra de sus instintos, porque Maradona no buscaba el gol; el gol le aparecía en momentos de inspiración mientras fabricaba jugadas ofensivas para los demás. Pero ni Menotti ni los veteranos del equipo estaban preparados para entender a Maradona, ante un mundo que tampoco había entendido con precisión cuál era el rol que “el Pelusa” quería ejercer sobre el césped. Con todo, Maradona realizó algún gran partido, como frente a Hungría, a la que marcó dos goles y asistió otro,  y ante la que deleitó al público con todo un despliegue de genialidades en ataque. Aunque sufrió bastante en otros partidos, como contra Italia, donde un férreo (y cuestionable) marcaje de Gentile neutralizó al “Pelusa”, en una de las pocas ocasiones durante su carrera en que alguien conseguía pararle los pies. O como contra Brasil, donde vagó sin rumbo por el tercio ofensivo del campo. Frustrado, el joven Diego se saltaba ocasionalmente el sistema planteado por Menotti y bajaba al centro del campo a buscar balones, en la urgente necesidad de expresar su verdadero yo futbolístico, que no era el de esperar y meter goles sino el de construir el juego desde atrás para ceder esos goles a los demás. Pero como decimos, aún estaba demasiado inmaduro como para imponer esa jerarquía por sí solo y poder establecerse como cerebro de un equipo plagado de campeones veteranos que nunca hubiesen concebido la posibilidad de entregarle la batuta y los galones al novato. Rubricó su desorientación con una desafortunada expulsión frente a Brasil en el partido definitivo, siendo Argentina eliminada a manos de la fabulosa escuadra brasileña comandada por Zico, que para muchos, con un Diego todavía en el horno, era el mejor jugador del momento. En la declinante selección albiceleste de 1982, el “Pelusa” no pocas veces se encontró como pez fuera del agua. Maradona no quedó nada feliz tras aquel Mundial en el que sólo realizó un partido realmente bueno. Tenía una espina clavada.

Enfermedad y lesión marcaron el sino de su accidentado paso por el FC Barcelona, justo cuando su fútbol estaba alcanzando la excelencia.

Los momentos difíciles de su ascendente carrera no terminaron ahí, aunque el irregular Mundial con aquella decepcionante Argentina no empañó las expectativas creadas en torno a su brillante futuro y a los veintidós años aterrizó en Barcelona en mitad de una más que considerable expectación. En el Barça, Maradona comenzó a dar muestras de querer destacar, de que era ambicioso y estaba preparado para el estrellato europeo. Pero además de diversos encontronazos con el entrenador Udo Lattek, hubo de dejar la competición a causa de una hepatitis cuando sólo llevaba disputadas trece jornadas de Liga. Estuvo en dique seco durante tres meses y aquello detuvo su progresión en la delicadísima y crucial temporada de su llegada a Europa. También el propio Barcelona, que había empezado a contagiarse de la chispa del crack argentino, se resintió por ello. El entrenador, Lattek, perdió el puesto en favor de César Luis Menotti mientras el equipo se resignaba a la cuarta posición de la tabla. Aunque Maradona reapareció hacia el último tramo de la temporada, ya no había tiempo de pretender convertirse en revulsivo. Con todo, tras regresar a los campos una vez finalizada su convalecencia, el argentino se las arregló para seguir deslumbrando. Por ejemplo, siendo ovacionado por el público del máximo rival, el Real Madrid, al marcar un antológico gol en el Santiago Bernabeu. El “Pelusa” empezaba a enamorar a la afición, propia y ajena, con aquellas genialidades inesperadas que tan bien conocían ya en Argentina. Tanto fue así que pese a su truncado año de debut, los demás equipos españoles empezaron a verlo como un peligro a neutralizar. Había que ser idiota para no entender que el diabólico diez de Buenos Aires podía romper los partidos a voluntad, así que los defensores rivales —como solía suceder— no se andaban con contemplaciones. Había que parar a Maradona en cuanto recibía el balón y daba indicios de empezar a inventar. Dicho y hecho, finalmente fue brutalmente neutralizado cuando al comenzar la siguiente temporada, una horripilante y antideportiva entrada de Andoni Goikoetxea estuvo a punto de retirar a Maradona del fútbol para siempre. Aquella fue quizá la peor entrada sufrida por el “Pelusa” en su carrera, o por lo menos la que tuvo peores consecuencias, pero durante los años ochenta el juego duro contra Maradona se convirtió en una ley no escrita del fútbol hasta el punto de que los árbitros lo permitían como algo “normal” y el propio Diego llegó a acostumbrarse; tantas veces lo hemos visto levantarse después de recibir una falta sucia, sin protestar y limitándose a expresar una especie de atribulada resignación en el rostro, que cuando lo pensamos hoy, en pleno 2012, resulta inverosímil. Si en el fútbol actual se sometiese a este tipo de marcajes a una estrella actual, todos los equipos rivales acabarían con ocho jugadores una y otra vez. Afortunadamente, Maradona pudo ser operado y recuperarse en unos pocos meses contra todo pronóstico. Una vez más, regresó a final de temporada y pudo jugar los doce últimos partidos de liga: su actuación volvió a ser buena, pero nuevamente se había perdido casi toda la competición y el Barcelona quedó tercero en la tabla. Asi pues, las dos temporadas de Maradona en Barcelona fueron un coitus interruptus de mala suerte: la enfermedad y la lesión arruinaron los que parecían destinados a ser dos de los mejores años en la carrera del jugador. Maradona dejó una honda impresión visual en la Liga española, con muchos momentos de ensueño y varios goles memorables, pero fueron tantos los meses que pasó convaleciente que sólo podemos calificar aquel periodo como de “accidentada transición”.

Además, con tanto parón e incertidumbre, el ambiente se enrareció en torno a él en la Ciudad Condal. El futbolista empezó a aficionarse a las juergas nocturnas, provocando el enfado del presidente del club, Josep Lluís Núñez. Además, diversos incidentes deportivos —como una sanción por verse metido en una pelea durante un partido contra el Athletic de Bilbao de su antiguo verdugo, Goikoetxea— y también extradeportivos produjeron descontento mutuo entre jugador y club. Aquello terminó produciendo un movimiento que en su momento resultó sorprendente y que, contemplado históricamente, es bastante aberrante. El Barcelona aceptó una oferta del Nápoles italiano y el argentino, a los veintitrés años y en un nivel de juego que empezaba a ser astronómico (cuando las circunstancias lo dejaban jugar, claro) hizo las maletas para dirigirse a un club muy inferior. Había jugado 58 encuentros con el Barça, marcando un total de 38 goles y lo que era más importante, la sensación de poder convertirse en la clase de jugador cuya presencia en un equipo puede alterar la esencia misma de ese equipo. Pero así fueron las cosas, Maradona se marchó a un equipo modesto —en su momento la prensa española solía comparar al Nápoles con el Hércules de Alicante—, una escuadra que la temporada anterior había evitado el descenso por los pelos y que ahora se encontraba con que tenía al joven talento de mayor proyección del planeta en su plantilla.

En un par de años, la presencia de Maradona llevó al modesto Nápoles de evitar el descenso a entrar en competición europea.

Maradona fue recibido en mitad de un ambiente de extática euforia por la hinchada napolitana, acostumbrada a no ganar nunca y lo que parece lo mismo pero no lo es, a perder siempre; una hinchada acomplejada frente a los poderosos equipos del norte de Italia pero que ahora iba a poder contemplar domingo tras domingo a aquel fenómeno que ya había producido unas cuantas jugadas de videoteca durante sus dos borrascosas temporadas en Barcelona. En plena reconstrucción, el modesto Nápoles estaba planeando un proyecto que sería edificado enteramente en torno al joven Diego Armando, lo cual terminaría cambiando la historia del club. En la temporada 1984/85, tras un inicio titubeante, el Nápoles terminó haciendo un papel bastante digno en la liga italiana, finalizando octavo. El “Pelusa” no sólo ofrecía espectáculo y goles (14 en 30 partidos) sino que, convertido en motor, cerebro y corazón de la escuadra, demostró que era por encima de todo un jugador de equipo. En la temporada siguiente, la 1985/86, la temporada previa al nuevo Mundial, maradona seguía contruyendo equipo en torno a él y aquello se plasmó en resultados. El Nápoles, que un par de años antes casi había perdido la división, ahora quedaba tercero en la liga más dura y difícil del mundo, en la que militaban bastantes de los mejores jugadores del planeta. ¡Terceros en el Calcio! Insólito. En aquellos dos primeros años —y aunque lo mejor aún estaba por llegar— Maradona se metió a todo Nápoles en el bolsillo y de paso se transformó en el jugador favorito de los sibaritas del fútbol.

Con un Nápoles que empezaba a soplarle la nuca a los grandes acorazados del Calcio, con un Maradona debatiéndose en un club humilde, luchando por ganarse los galones en el fútbol mundial, llegaba la Copa del Mundo de 1986. Argentina no estaba entre las favoritas y nadie esperaba que llegasen muy lejos, pese a la presencia del “Pelusa”. A nivel internacional, Maradona contaba con tantos admiradores rendidos como observadores tendentes al escepticismo en cuanto a su capacidad para marcar la diferencia. Ya eran pocos quienes no lo reconocían como el mejor futbolista del mundo a nivel tanto técnico como de producción de espectáculo, pero sí había bastantes voces que —pese sus primeras hazañas en Nápoles— todavía dudaban de su capacidad para llevar la batuta de un equipo al mismo nivel en que podían hacerlo Zico o Platini. Parte de la prensa deportiva tenía sus prejuicios con respecto a Maradona como jugador de equipo; muchos aficionados también y muy especialmente en Argentina. No llegaba al Mundial, ni mucho menos, como el niño mimado del fútbol argentino. Así que, ¿cómo se lo veía antes del Campeonato Mundial y qué se esperaba de él? ¿Podría estar a la altura de aquellas expectativas? ¿Por qué había voces críticas con el protagonismo que el seleccionador argentino quería darle en aquel Mundial? Intentaremos responder a todo esto y mucho más en la segunda parte.


Marcel Gascón: Los heridos de River, los petardos de Giulesti

“Tragedia” y “drama” fueron dos de las palabras más repetidas en los medios digitales españoles para contar el domingo futbolístico de Buenos Aires. Iban bien arriba en las portadas, y no se referían, como podría pensarse, a los más de 70 heridos, dos de ellos en estado grave “con traumatismos de cráneo por impacto de proyectiles”, que dejaron las algaradas de una parte de los aficionados de River Plate tras un partido contra Belgrano. El drama y la tragedia, y también la noticia, eran el descenso de River por primera vez en sus 110 años de historia, de cuya consumación parece consecuencia natural el vandalismo criminal de los hinchas.

Es conocida la afición al lenguaje épico del periodismo, especialmente del deportivo, pero es obsceno ver destacadas las lágrimas por el destino de un balón cuando unos bárbaros que lo seguían están a punto de matar a dos hombres. Interviene en estos textos el conocido kilómetro sentimental, que además de las distancias físicas mide las culturales y las económicas y la cotización del pasaporte de las víctimas. Que en Argentina el tratamiento mediático haya sido el mismo no significa nada. Allí la violencia hace tiempo que es parte integrante y resignadamente normalizada del espectáculo del fútbol, como demuestra que el patibulario entrenador Passarella no haya encontrado mejor metáfora tras los incidentes que “sólo saldré de River con los pies por delante“.

Quiero pensar que la prensa española actuaría muy distinto si el Madrid bajara a segunda con dos antidisturbios debatiéndose entre la vida y la muerte en el hospital de La Paz, pero atención, porque además del “kilómetro sentimental” hay que tener en cuenta “la bula del fútbol”. Al amparo de la comprensión masiva del pueblo, el fútbol lo puede permitir todo. Desde alterar las normas del tráfico en día de partido hasta los heridos y la ruptura de escaparates de las grandes celebraciones, nada es suficiente para robar protagonismo a la pelota.

Hace tiempo, tras una falsa amenaza de bomba en el Bernabéu, el jugador del Madrid Guti aseguró que el fútbol debe estar por encima de todo. Lo dijo Guti entonces y lo sentimos muchos, cuando con la cerveza o las pipas va a empezar el partido que hemos esperado semanas. Como ante ciertos sexos sin condón, podemos y nos podemos hacer daño, pero por nada renunciaríamos a esos minutos prometidos de disfrute.

Permitimos que el fútbol esté por encima de todo y el llanto, con dos personas al filo de la muerte en una cama de hospital, es por el descenso de River. Las bengalas caen al césped detrás de la portería del viejo campo de Giulest.

El Rapid gana al Steaua y el estruendo de los petardos redobla nuestro entusiasmo.

Sobre el tartán del estadio ya no está la ambulancia, pero no nos importa  que se llevara a un bombero herido.