Nacer para la música (y 2)

Lady Gaga en el vídeo Born This Way nacer para la música
Lady Gaga en el vídeo «Born This Way». Imagen: Cordon Press.

Que vuelva la juventud a sentarse por aquí, pues seguimos con la segunda parte de «Nacer para la música».

«Born to Be Blue». Chet Baker se levanta con resaca en una habitación extraña, desconoce el nombre del hotel, de la calle, de la ciudad y hasta del país donde está. Se mira al espejo, nunca olvidará su paso por la cárcel. La trompeta descansa en su funda y ahí debe permanecer de momento. Entonces suena un piano que juega al blues y una guitarra que insiste en el jazz, y Chet se lanza a cantar con su voz dulce y penetrante. Es la típica historia de chico y chica que beben los vientos el uno por el otro, el cielo brilla, la vida es hermosa, pero entonces chica deja a chico por razones que no vienen al caso, todo se nubla y nada ya tiene sentido, chico había dado por hecho que el amor era irrompible, chico entonces se agarra a su trompeta y a la noche como clavo ardiendo, chico se hace un poco cabroncete y golfo, chico ya nunca querrá a nadie más que a él mismo, a veces ni eso, y a su instrumento, todo aderezado de heroína, chico se mete en muchos líos, ahostian al chico y lo dejan sin dientes y tiene que replantear su forma de tocar, chico no levanta cabeza y acaba despanzurrado en una calle de Ámsterdam tras caer en extrañas circunstancias por la ventana. Descansa en paz, Chet.

«Born to Cry». Verdadero himno a la ruptura sentimental de Pulp. Es melancólico, irónico, épico. Sencillo. La voz como desafinada y moqueante de Jarvis Cocker da el tono perfecto a una magnífica letra que comienza diciendo que «That coat that I gave you/ All shiny and black/ I’m sorry my darling/ But I’m taking it back», ese abrigo que te di (regalé), todo negro y brillante, lo siento cariño, pero devuélvemelo. Bravo. Y después, «Some were born to change de world/ Some never even try/ But darling you and I/ We were born to cry», algunos nacieron para cambiar el mundo, otros ni siquiera lo intentan, pero tú y yo, cariño, nacimos para llorar. Britpop del bueno.

«Born on the Bayou». Algunos no se sienten los elegidos ni creen estar predestinados para nada, lo que piensan que te marca es algo más terrenal, el lugar donde naciste y te criaste. En todo caso: ¿quién dijo que para escribir sobre algo hay que conocerlo a fondo? Un buen ejemplo es este artículo. John Fogerty no había pisado todavía los terrenos pantanosos de Luisiana cuando, sentadito en California y echándole imaginación, escribió este tema denso, atmosférico, primordial. Todo gira en torno a un acorde, el fuzz de las guitarras y el eco que nos llevan directamente al sur, a las shallow waters (las aguas poco profundas), la niebla que se alza con los primeros rayos de sol de la mañana como los espíritus de los muertos (o hoodoos), los sortilegios y las maldiciones, el contrabando y la barca entre los caimanes. Mezcla de rock sureño mestizo y prog-rock, cuando escuchas esta canción empiezas a sudar como Camacho en el teórico del carné de conducir. «Mi padre me dijo “no dejes que el hombre te coja y te haga lo que me hizo a mí. Porque te cogerá”». Escalofríos. La Credence fue una máquina de éxitos que pisó terrenos country, soul, rock y blues, nada podía salir mal. Después pasó su momento, pero dejaron grandes e imperecederas canciones, también joyas escondidas, como otro «Born to Move» que tienen bailongo.

«Born in the U.S.A.». Diez años después, Springsteen se dio cuenta de que correr no valía para nada si lo hacías dando vueltas en círculo: en realidad no había lugar donde esconderse en los U.S.A. Él solo pretendía matizar el sueño americano, despertarlos con cariño para decirles que la realidad era otra, que estaba bien soñar, pero que había mucha gente teniendo pesadillas. Algunos no entendieron la metáfora de «Born down in a dead men’s town/ The first kick I took it when I hit to the ground», nací en una ciudad de mala muerte, la primera hostia la recibí en cuanto puse un pie en el mundo, y aprovecharon la canción para poner la banda sonora al sueño reaganiano. Eran los ochenta y el sol no se ponía en el imperio U.S.A., el cine, la música, la ropa, la alimentación. Bruce pareció caer en un duermevela americano, se dejó acunar, llegaron muchos números uno, el dinero, la fama, la figura que sigue siendo ahora. La bandera de la portada no ayudó, sus aclaraciones no fueron suficientes. Una canción simplona que basa su fuerza en la batería brusca y la voz desgañitada, dos acordes y producción ochentera. Bruce nos enseñó a llevar correctamente los Levi’s 501. 

«Born in the 50’s». Decir en los años 70 que habías nacido en los 50 quedaba cojonudo, decirlo ahora solo significa que estás ante un funcionario de la seguridad social para calcular la pensión o algo peor. Aun así, The Police sentían a finales de los 70 que se iban haciendo mayores y recordaban que de adolescentes no concebían el mundo sin televisión, igual que los centennials de ahora no lo conciben sin la hiperconectividad: «Oh, we hated our aunts/ And we messed in our pants/ And we lost our faith and prayed to the TV». Odiábamos a nuestras tías, y ensuciábamos nuestros pantalones, y perdimos nuestra fe y le rezábamos a la TV. La vida es un círculo.

«Born this Way». Lady Gaga no lo puede decir más alto, porque menudo chorro de voz, pero quizá sí un poco más claro porque lo dice en inglés: así hemos nacido, esto es lo que hay, lo del pecado original es la mayor fake news de la historia. Desde que una preciosa aminoácida se esnifó una fumarola por ver qué pasaba y se desarrolló la primera forma de vida, o algo así, todos somos de nuestro padre y nuestra madre o de cualquier otra combinación, no hay nada escrito en ningún sitio que diga que tenemos que ser así o asao. «I’m beautiful in my way/ ‘Cause God makes no mistakes». Soy bella a mi manera, porque Dios no comete errores (o Dios no juega a los dados, como diría Einstein). De todos modos, lo de ir con filetes a los saraos no era necesario, Lady, ya te habíamos entendido. El mejor disco de Gaga está por llegar. 

«Born Under Punches». Aunque el título, nacido bajo una somanta, puede insinuar que un grupo de matones están esperando en el paritorio para empezar a darte tu merecido antes de tu primer berrido, la canción de Talking Heads luego parece ir por derroteros más surrealistas: «Keep a step ahead of yourself», mantente un paso por delante de ti mismo, algo que nos lleva a pensar que nosotros somos a veces nuestros peores enemigos, o quizá que hemos de alejarnos de nosotros para innovar, para no estancarnos, pero vaya usted a saber. El que habla es un delgado gobernador. David Byrne y Brian Eno firman esta pieza funk-punk monocorde y rítmica, y se tomaron siempre en serio lo ir un paso por delante de ellos mismos y de los demás.

«Born of a Broken Man». Suave que me estás matando-caña al mono-suave que me estás matando-caña al mono. Esquema compositivo de los Rage Against the Machine que tantas alegrías nos dio, con los riffs acerados y los efectos de la guitarra de Morello que levantan a los más alicaídos, a los que sujetan el cubata con la inclinación precisa para que no se vierta ni una gota, un ojo cerrado y el otro abierto para no perder detalle y a la vez echar una cabezadita, dos hemisferios cerebrales independientes como algunas aves, un hombre caucásico de Zamora de mediana edad y heterosexual por los cuatro costados pero que tuvo una experiencia con un travesti un fin de semana que fue la cuadrilla a Madrid apoyado en la pared de gotelé del bar del pueblo que de noche es también pub. Que tu viejo estuviera jodido no significa que tú lo vayas a estar. Rabia y rebelión frente a tu destino. Los Rage tienen otro tema en el mismo disco, el mítico The Battle of Los Angeles, «Born as Ghosts», nacidos (como) fantasmas.

«Born in Chains». Bonito espiritual susurrado-recitado a media voz gravosa y afónica desde las entrañas del octogenario Leonard Cohen. Nacido encadenado, la huida y la búsqueda, la fe y la duda que anida en todos nosotros, en cada uno de nuestros actos; la ancestral historia de un perseguido que huye que se repite hasta nuestros días, o una alegoría del camino tortuoso hasta llegar a dios. La lírica de lo espiritual siempre le sentó bien a las canciones, algunos pactan con el diablo, otros buscan a dios.

«Born on a Different Cloud». Esta canción fue escrita por John Lennon en el más allá y se la estaba dictando en un sueño a Liam Gallagher cuando de pronto Noel se coló como un elefante en una cacharrería y trató de llevársela, hubo tiras y aflojas, pero al final ganó Liam, que se despertó legañoso y la escribió del tirón y dijo que se le había ocurrido a él. Ya el ínclito Manuel de Lorenzo mencionaba en su artículo la tendencia de Oasis y sobre todo de Noel a tomar prestadas ideas y material del resto, como tu excuñado que se construyó la casa del pueblo mangando en obras de toda la provincia. A pesar de todo, los resultados de las riñas de los Gallagher fueron la banda sonora de parte de una generación. «Born on a different cloud/ From the ones that have burst ’round town/ It’s no surprise to me/ That you’re classless, clever and free». Nacido en un mundo aparte, de aquellos que se han reventado por la ciudad, no me sorprende que seas descastado, inteligente y libre. Algunos dicen que está dedicada a su hijo que, sorpresa, se llama Lennon

«Born Under a Bad Sign». Albert King, que era Tauro y por lo tanto práctico, ordenado, trabajador, ambicioso, serio y pragmático, deja claro en este blues que las estrellas no estaban alineadas cuando él nació. 

«(New) Born». Todos conocemos a Muse y la maestría de Bellamy a la voz y la guitarra. «The bitterness inside/ Is growing like a new born/ When you’ve seen too much too young/ Soulless is everywhere». Aquí Bellamy dice que ha tenido un bebé sano de tres quilos cuatrocientos gramos llenos de amargura, un bebé desalmado y descreído. 

«Born in Time». Había que terminar con el nobelizado Bob Dylan, padre de toda la lírica pop. Solo los audios de Villarejo tienen más chicha que las letras de Dylan. Esto es un desapercibido descarte de Oh Mercy reeditado después en Under the Red Sky. Aun así, Bob siempre deja versos marca de la casa: «In the hills of mystery/ In the foggy web of destiny/ You can have what’s left of me/ Where we were born in time». En las colinas del misterio, en la telaraña neblinosa del destino, puedes tener lo que queda de mí, allí donde nacimos en el tiempo. Bob nació a lomos del tiempo y eso significa que ve las cosas desde otra perspectiva, un observador privilegiado del mundo externo a él, el gato de Shrödinger en su regazo; por eso él seguirá de gira cuando los demás ya estemos criando malvas. Forever Young.

Este artículo se acerca a su fin, las negras nubes del tema no da para más y el aburrimiento se ciernen sobre él. En realidad, pocos o ninguno habéis llegado hasta aquí. Decenas de Borns quedaron fuera, algunos graciosos como «Born on a Horse» (nacido en un caballo) o «Born Tired» (nacidA cansadA), otros evocadores como «Born Too Late» (nacida demasiado tarde) o «Born to Dream» (nacidos para soñar), otros espeluznantes como «Born in a Mourning Hall» (nacido en un velatorio) o «Born in War» (nacido en plena guerra). Y me despido con una cita casi literal de mi abuelo, algo que a veces decía cuando vivía con nosotros en casa de mis padres y se enfadaba por cualquier nadería:

«¡Para qué cojones habré nacido!». 

Y tú, ¿para qué naciste?


Notas

Este artículo no es un ensayo, todas las traducciones e interpretaciones de las letras son libres, puede contener datos inexactos en pos de la unidad argumental de la obra. 

Este artículo se ha ceñido a canciones anglosajonas.

Este artículo no ha sido validado por la Oficina del Español de Toni Cantó.


Nacer para la música (1)

Lemmy Kilmister nacer para la música
Lemmy Kilmister. Foto: Cordon Press.

Nacer. Venir al mundo. En inglés te nacen, en español nacemos. Qué sea la última vez que naces solo1. Como si no hubiera ya gente suficiente, todo abarrotado. Después nos empeñamos en vivir, nos sale sin pensar, respirar es un acto involuntario. Y hacemos planes: la vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo planes2. Hasta que la muerte llega a reclamarnos. Y luego el olvido, apenas seremos un recuerdo que se desvanecerá en las memorias frágiles de los decennials, unos bits en el marasmo de información basura que nadie consultará jamás. O algo peor: quedaremos inmortalizados en un meme. 

Toda esta materia ha preocupado siempre mucho a los filósofos, que se pasan la vida hablando de los porqués y los significados, como cuando estás frente a un buen plato y te pones a disertar acerca de los ingredientes y su maridaje. Venga, filósofos, que se os enfría la vida. También es un asunto que quita el sueño a músicos de todo pelo. Quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos: a una terracita. Una ardilla podría cruzar España de terraza en terraza sin pisar el suelo. Todos nacimos por algo. Y nacimos para algo. Y nacimos en algún lugar. Y nacimos en un momento preciso. Mi primo fue el primer bebé dado a luz en España en el año 1981, apareció en las noticias en brazos de mi tía y al lado de mi tío, mi tío los abandonó poco después. Muchas son las canciones que tratan el asunto, a fondo o de refilón, y lo reflejan en el título que normalmente luego es el eje del estribillo. Hay canciones míticas, arrolladoras, emocionantes, evocadoras, vitales, bailonas, blandengues, olvidables, intragables, extrañas, inventadas. Acercaos, jóvenes, sentaos a mi alrededor.

Springsteen nació para correr, pero no para hacer footing, esto no es un himno runner; nació para pisarle, para huir de ciudades herrumbrosas llenas de perdedores por carreteras secundarias. «Tramps like us, baby we were born to run», vagabundos como nosotros, nena, nacimos para correr. En esta canción todo parece encajar, la temática y la poética de letra, el muro de sonido, la batería que corre y el solo grave que también nos mete prisa… Hasta el saxofón suena a gloria, y lo hace porque simboliza el viento que nos da en la cara en el descapotable de cuarta mano. Nunca después Springsteen lo hizo mejor que con esta canción y el disco homónimo. Aplausos, gracias, siéntense.

Los de Steppenwolf, sin embargo, nacieron para ser salvajes (no chupiguay, como solíais cantar vosotros). «Born to Be Wild» rivalizaría con «Born to Run» (es unos años anterior) si no fuera porque se considera el comienzo del hard rock y por tanto del heavy metal (palabras que aparecen en su letra), y eso es harina de otro costal. Pero la temática en el fondo es la misma, «Looking for adventure and whatever comes away», buscando aventuras y lo que surja; pero no hablamos de la bio de una red social de ligoteo, hablamos de la huida, la juventud que se acaba, el viento en la cara, velocidad y ciertas sustancias. Easy Rider. Éramos invencibles, todos alguna vez nos sentimos inmortales cuando fuimos jóvenes, todos menos Ian Curtis, siempre tan delicado de lo suyo. Canción guitarrera pero donde sobre todo destaca el teclado demoníaco que nos mantiene en tensión todo el tiempo. Ábranse una cerveza y también ovación cerrada. 

Lemmy Kilmister aseguraba que había nacido para levantar el infierno igual que otros levantan templos de fe, arquitecto del thrash metal y trasegador de Jack Danniels y otras cosas. «Born to Raise Hell» y la voz de Lemmy son capaces de encrespar el cabello más sedoso y acondicionado. Lemmy siempre dijo que Motörhead era una banda de rocanrol, aunque después lo matizara con las canciones, le añadiera un cachi de tabasco a la ensalada de canónigos. Con este tema todo parece encajar, uno sabe que está escuchado rocanrol, pero tan potente que sabe que es hard rock, pero tan salvaje que comprende que pisa el heavy. Lemmy no llegó al mundo a hacer travesuras, a jugar al pádel con los compañeros de oficina para tomar una cervecita o dos después. Solo un pacto con el diablo explicaría que aguantara hasta los setenta años de edad, fiel a su mito hasta el final. Ahora por fin ocupa su lugar a la diestra de Lucifer padre, fuman y beben, Lemmy le muestra al diablo las estancias que él mismo diseñó.

«Born to Lose». Johnny Thunders sabía que el diablo está en los detalles, y uno se sabe perdedor no por no llegar a alcanzar los grandes sueños, sino por quedase encallado en las minucias, lo sabes desde el principio y lo asumes. Johnny era un maldito del rock que se hizo su propio himno y contribuyó de manera decisiva a cumplir con su profecía: «That’s the way it goes / The city is so cold / And I’m, I’m so sold / That’s why I know / I was born to lose». Así es como va, la ciudad es fría y yo estoy vendido, por eso lo sé, nací para perder. Johnny tenía la flora intestinal muy descuidada y también estaba enganchado a la heroína. Cumplió a duras penas con el tricálogo: vivió rápido, murió viejoven y dejó un cuerpo reguleras. Para los perdedores, Johnny es la guía, la muerte fue su victoria final. Minuto de silencio. 

P. D.: Motörhead también tiene su «Born to Lose», el sol no se ponía en el imperio de la maldición de Lemmy.

P. D. 2: En posteriores relanzamientos, «Born to Lose» pasó a ser «Born to Loose», o sea, nacido para desatarse, una forma de quitarle hierro al asunto: no cuela.

«Born 2 Die». Aunque parezca mentira, Prince se llamaba Prince (menos la temporada en que pidió que dejaran de llamarlo así por problemas con el sello discográfico y representó su identidad con un símbolo impronunciable y entonces se le llamaba «el artista antes llamado Prince» que en el fondo era seguir llamándolo Prince y era un lío y después dio permiso para que lo volvieran a llamar Prince y finalmente falleció por un tema de automedicación y cuando el albacea de su testamento al leerlo en presencia de los herederos dijo que Prince Rogers Nelson dejaba mil dólares a la beneficencia hubo uno que pensó que quién era ese). En esta canción, nacida para morir, Prince habla de una mujer que «She left the church a long time ago/ Said they couldn’t teach what they did not know/ That’s when she lost her virginity», o en cristiano, que ella dejó la iglesia arguyendo que no decían más que gilipolleces, y que acto seguido perdió la virginidad. Vaya, Príncipe. Esto es un fantástico funky-RnB marca de la casa que nos anima a darlo todo antes de criar malvas. Prince nos dejó ya maduro pero demasiado pronto, y, este sí, nos obsequió un bonito cuerpo.

Cada vez que escucho «Lana del Rey» pienso en el rey emérito sentado en un sofá tejiendo un jersey de lana, paciente, feliz a su modo, nunca se le ha visto de esa guisa, y tampoco vestido a rayas, y no creemos que eso ya suceda. Lana también tiene su «Born to Die». Es obvio, naces, una cosa lleva a la otra, y mueres, lo del medio es relleno para los más espirituales o la chicha para los más carnales. Lana parece combinar ambas cosas aquí y dice que «The road is long/ We carry on/ Try to have fun in the meantime». El camino es largo y lo sobrellevamos, intentemos pasarlo bien mientras tanto. Esta canción es evocadora y sensual e invita, como la de Prince, al carpe diem

«(I was) Born to Love You». Es el mayor éxito en solitario del aclamado y llorado Freddie Mercury, aunque después fuera grabada por Queen en un tono más roquero. En cualquier caso, Freddie nació para quererte no solo a ti, ese «you» es una metáfora de la vida toda. Un tema de pop-rock optimista y pegadizo de letra escrita en un descanso de película de Antena 3. A Freddie le iba mucho la fiestuqui y no se exprimía demasiado el limón, hacía apología de la ligereza con tal estilo que lo elevaba a categoría de arte. Luego todo tiene un precio o no, pero que nos quiten lo bailao, y a veces me pregunto cómo hubiera encajado en una fiesta del gran Gatsby. Otro que también entró en el club de los viejóvenes fallecidos antes de tiempo. A mí de Freddie lo que más me gustaba era ese pie de micro cercenado que llevaba de aquí para allá o cuando tocaba el piano de pie.

«Born to Be Alive». Nacer para estar vivo puede sonar a perogrullada, pero después de tanta muerte y autodestrucción y solemnidad está bien hacer hincapié. Lo de haber nacido para algo no es patrimonio único de los grandes artistas, también los menos conocidos como Patrick Hernandez sienten la llamada. Aquí hablamos de intensidad, no de longevidad, hay que ser disfrutón y bailongo y hacer un poco el payasete, como cuando pinchaban este one hit wonder de ritmo dance y con ese riff arabesco y vientos acuciantes. Viajar, ver mundo, gastarte el ingreso mínimo vital en cervezas. La letra no hace más que repetir el mantra, Patrick dice que no sentará la cabeza por mucho que insistamos. Con esta canción dio sus primeros pasos de baile Miquel Iceta.

«Born to Be My Baby». Aquí los Bon Jovi te están diciendo, nena, que naciste para ser su chica, que todas las fuerzas del universo se confabularon para que tú, mujer que apenas se roza los labios con las yemas de los dedos mientras lee distraída en la biblioteca pública bajo un haz de luz primaveral, fueras la piba de Jon Bombón. Justo para después aclarar que él también fue hecho para ti, esa melenaza y esos ojazos son tuyos. Todo cuadra, el pescado está vendido. Estoy seguro de que esta es la canción preferida de alguna prima segunda de Isabel Díaz Ayuso. Bon Jovi fueron producto de su época, una mezcla, si se me permite el análisis grueso, de Guns N’ Roses y Bruce Springsteen que les dio muchas alegrías comerciales. Te pasabas sus canciones esperando a que llegara el estribillo pensando en párrafos del B.O.E., eso es buena señal. Ahora Jon va de estrella consagrada y hace temas de rock blandengue, el león se cortó la melena.

«Born to Make You Happy». Britney Spears hace toda una declaración de intenciones, altruismo en estado puro, dar sin esperar nada a cambio: «I’d do anything/ I’d give you my world», haría lo que fuera, te daría mi mundo: sexo variado y sin cortapisas, libertad de horarios con los colegas, comprensión con tus cinco años en paro porque todavía estás pillando el tono a tu novela. Haces todo eso y luego llega el futuro impenitente y te lo paga de aquella manera, te lo arrebata todo, hasta tu personalidad jurídica: eso no se hace, futuro. Parece que la muchacha no puede ni ir al Mercadona sin que se lo autorice su padre. Sin ninguna duda, Free Britney3.

(Continúa aquí)


Notas

(1) Miguel Gila.

(2) John Lennon.

(3) Este asunto cambia a cada momento.


Ara Malikian: «Si Mozart hubiera nacido ahora sería músico de rock»

Es ya un tópico comparar a Ara Malikian (Beirut, 1968) con un rockero, pero en persona se acentúa la sensación de que acaba de viajar en el tiempo y proviene de algún grupo de rock ácido californiano de principios de los setenta; si no fuese porque lleva consigo la funda del violín, cualquiera pensaría que tiene una guitarra eléctrica esperando en casa. Eso sí, es mucho más sosegado de lo que acostumbramos a ver en los escenarios; la volcánica energía que despliega sobre las tablas se transforma en una aureola de afable y tranquila cercanía. Se mueve con agilidad felina, pero con pausa; habla en voz baja, con un suave acento árabe, o quizá una mezcla de los siete idiomas que conoce; mira con calidez, sonríe con facilidad y parece siempre dispuesto a escuchar, como si olvidase que el entrevistado es él.

Libanés de origen armenio y español de adopción, creció en mitad de una guerra; después de que su precoz talento llamase la atención de importantes nombres del mundo de la música clásica, estudió en Alemania y el Reino Unido, y por fin hizo de España su país, aunque no olvida sus raíces familiares: se le ilumina la mirada al oír mencionar, por ejemplo, a campeones armenios de ajedrez. Con él hablamos de libertad creativa frente a ataduras académicas y profesionales, de trances escénicos, de una carrera que pasó por todos los estadios imaginables —concursos, conciertos infantiles, orquestas—, de su amor por Bach o Miles Davis. De una materia, la música, cuyo aprendizaje no termina jamás.

Siempre dices que tu padre te puso un violín debajo de la barbilla y ahí se quedó. ¿Has imaginado alguna vez cómo hubiese sido tu vida de otra manera?

Seriamente, no. Pero de naturaleza soy buscavidas, así que uno siempre haría algo. Me encanta tocar el violín, estoy muy agradecido a mi padre por haberme puesto el violín en la barbilla, pero también soy consciente de que, si no puedo tocar, no puedo tocar y la vida sigue. Hay otras cosas bellas en la vida y no me quedaré deprimido, que debe de ser muy duro.

Hablando de cosas duras, naciste y creciste en el Líbano. Durante tu infancia viviste una guerra que muchos solo vimos en los noticiarios o documentales, ¿cómo crees que marcó tu carácter?

No lo sé… la verdad es que podría hacer terapia para ver cómo me marcó. Quizá en que soy una persona muy optimista, que siempre ve la parte positiva de todo, que lucha para mejorar su situación y su vida. No sé si lo sería a pesar de la guerra, o no. Quizá por haber vivido la guerra, por haber vivido cosas duras y por haber llegado adonde estoy ahora desde un lugar muy oscuro, lo agradezco aún más. Estoy aún más feliz porque sé de dónde vengo.

Pese a la guerra, con bombas cayendo y teniendo que pasar mucho tiempo en refugios antiaéreos, el Líbano era tu país y estabas en tu entorno, rodeado de los tuyos. Cuando te concedieron una beca para estudiar música en Alemania, te fuiste sin hablar el idioma, sin tu familia y siendo prácticamente un niño. Aquellos también debieron de ser momentos duros.

Fue durísimo. Eso que tú dices, yo siempre lo digo: los primeros dos años en Alemania me parecieron mucho más duros que vivir la guerra. No lo eran, pero yo estaba muy triste, echaba mucho de menos a mis padres, a mi entorno. La beca era un pretexto, lo que querían mis padres era que saliera del país porque la situación era horrible. También fue un aprendizaje a lo bestia. Aquello, al fin y al cabo, me ha enseñado que hoy puedo sentirme a gusto en cualquier lugar. En cualquier país al que llego, que es desconocido para mí y donde no hablo el idioma, automáticamente me puedo sentir a gusto, incluso como en mi casa, y disfrutar. Sí, fueron momentos duros, pero lo veo como un aprendizaje.

Te curtiste, por así decir.

Bueno, es lo que tienen los años de juventud. Es verdad que tuve la suerte, o fue todo casualidad, de que toda mi juventud fue trabajo, estudio, ansia de poder vivir de lo que hago. Siempre estaba el miedo de «si no lo consigo, voy a morir de hambre o me van a echar de Europa». Fue toda esta angustia la que me ha hecho estudiar, practicar, trabajar y realizar mis sueños. Hoy día, obviamente, no tengo esta angustia de «a ver qué va a pasar mañana», y sí, disfruto.

Mencionas el miedo a que te echasen de Europa. Después fuiste a estudiar a Inglaterra, de donde, en efecto, sí te querían echar.

Me echaron, dos veces. Pero, bueno, he vuelto a ir, así que… Ahora estoy preparando un espectáculo nuevo para dentro de seis meses. Quiero llamarlo —hoy, que igual mañana lo llamaré otra cosa— Alien Office. Porque, cuando vivía en Londres, así se llamaba donde teníamos que ir para renovar nuestro permiso de residencia: la «oficina de los alienígenas». En aquella época no me di cuenta de lo que significaba, pero hoy pienso que consideraban a todos los extranjeros «alienígenas».

Es una palabra que quizá en inglés no tiene igual connotación, no lo sé, pero al menos en español suena un poco fuerte.

Sí, sí, me chocaba. Imagina que, aquí, la oficina donde vamos a renovar el NIE se llamase «oficina de los alienígenas». Adonde solo vamos los alienígenas.

Cuando llegaste a España, obviamente encajaba mejor tu carácter mediterráneo y por eso te quedaste. Aun así, debieron de producirse también importantes choques culturales.

Lo que más me chocó, aunque me chocó solo los primeros años, fue tener que acostumbrarme a las miradas despectivas. Cuando eres de otro lugar, te miran de otra manera. Eso es lo que más me costó asimilar. Que te miren así porque eres de otro lugar.

¿Sucede muy a menudo?

Sí. Hoy en día estoy superacostumbrado y hasta lo cojo a mi favor. Hoy me encanta que me miren porque soy de otro lugar, lo disfruto. Pero, cuando era jovencito, era un problema. Yo soy como soy. En Alemania, al ver que era diferente, intentaba disfrazarme de alemán. Me alisaba el pelo, me cortaba los pelos de aquí [se señala el entrecejo, N. del R.], intentaba no destacar. Todos esos esfuerzos eran para no destacar.

Debe de ser muy duro el ser un adolescente y, en pocas palabras, querer no ser tú.

Sí, sí. Avergonzarte de lo que eres.

Saliste de un país en guerra, ¿qué piensas cuando ves las oleadas de refugiados que vienen de Siria y otros países sumidos en el conflicto?

Pues mucha preocupación. Mucho enfado. Enfado porque somos seres que, de repente, nos volvemos muy egoístas. Pensamos que estos refugiados que vienen nos van a robar nuestra tranquilidad, nos van a robar nuestro bienestar. Y son gente que huye porque están amenazados de muerte. Hace sesenta o setenta años, lo mismo pasó en Europa, se fueron miles y los recibieron allá donde fueron. No sé por qué hoy rechazamos recibir a los desplazados, los refugiados. ¿Por qué razón? Pensamos de una manera política o económica para justificar rechazarlos o volver a mandarlos a su país, pero es una cuestión humanitaria. Son gente perdida, no tienen casa. Están perseguidos. ¿Qué hacemos? No podemos no hacer nada.

¿Crees que la sociedad se ha vuelto demasiado insensible?

La sociedad no, porque la gente que conozco se preocupa por los refugiados. Obviamente, no todos podemos decir que vengan a nuestra casa, es verdad que todos no podemos, pero solo expresar la opinión ya puede ayudar. Darnos cuenta de cómo funciona el problema ya sería una ayuda. Insensibles no somos, porque estamos preocupados, pero no se toman decisiones para que les podamos ayudar.

Tu adolescencia y parte de juventud transcurrieron entre conservatorios y academias, un entorno extremadamente formal. ¿Cómo valoras hoy los años de disciplina del entorno académico? ¿Qué te dejó esa etapa de bueno, y qué cosas no te gustaron? ¿Hay cosas que crees que deberían cambiar en las escuelas de música?

Para mí, lo bueno es la disciplina. Ya la tenía de mi padre, que era muy rígido, muy severo conmigo. Luego, obviamente… no sé, no quiero criticar las escuelas ni las academias, pero a mí no me sirven de mucho. Creo que en estas academias se empeñan en preparar artistas en serie, no saben sacar provecho de la personalidad de cada uno. Enseñan a tocar un instrumento, pero en el fondo te deberían enseñar a ser artista, ¿no? Y poca enseñanza de artista hay. Siempre he chocado con mis profesores, siempre tuve roces. Por eso he cambiado muchas veces de profesores y de academias, para encontrar a alguien con quien pudiera sacar provecho a la búsqueda de mi propia personalidad. El momento en que dejé de estudiar allí, yo creo, es cuando encontré mi voz, cuando encontré mi camino. Que era un camino mucho más difícil, pero por lo menos era un camino mío, un camino propio. Hoy día estoy muy agradecido de haberlo encontrado. Si no hubiera sido rebelde, si no hubiera sido inconforme con lo que me daban, pues quizás hoy seguiría estando en una orquesta.

Eso que dices de que te costó siete años «salir del foso».

Salir del foso me costó muchísimo, claro, porque trabajé en una orquesta y eso es lo que te enseñan en las academias, ¿no? Te enseñan para que, con lo que has aprendido, consigas un trabajo. Pero no te enseñan a crear. Somos creadores, artistas. Se debe fomentar más la creación. Pero en este caso no; te enseñan ciertas obras con las que entrarás a trabajar en un conservatorio para dar clase, o con las que entrarás en una orquesta. Para tener un puesto fijo.

Casi como si fuera un funcionariado.

«Casi», no. Un funcionariado. Hoy, tocar en la orquesta es un funcionariado. Yo quería salir de la orquesta; me costó porque tenía trece o catorce sueldos y toda la seguridad. Pero sentí, como músico, que debemos tener inseguridad. Esta vida bohemia que te hace crear, que te hace buscar lo que quieres hacer, lo que quieres compartir con el público. Haciendo conciertos con una orquesta no sentía la comunicación con el público, era tocar lo que nos daban y adiós, a casa hasta el día siguiente que tenemos función. Que se llamaba «función». No son funciones, son conciertos [sonríe].

Conozco a personas a quienes sus padres, como en tu caso, les obligaron a aprender un instrumento. Algunos de ellos, al crecer, se pusieron a trabajar o a estudiar otras cosas y de adultos ni siquiera quieren acercarse a ese instrumento. ¿Qué consejos les darías a unos padres que tienen un niño o una niña en quien detectan capacidades musicales, para canalizar ese talento de la manera adecuada?

Pues el primer consejo me lo tendría que dar a mí mismo, porque yo no sé cómo hacerlo. Tengo un hijo de cuatro años y me moriría de amor si él quisiera tocar un instrumento. Lo intenté y me ha tirado el violín a la cabeza, así que… no sé cómo hacerlo. De verdad que no sé. Veo muchos niños que tocan instrumentos, que acuden a mis conciertos. De tres, cuatro, cinco, seis años. Sus padres te dicen: «Gracias a ti, está tocando el violín». Eso me da una alegría que me muero, ¿no? Es la cosa más bonita del mundo que, gracias a ti, los niños empiecen a tocar un instrumento. Aunque luego sean profesionales o no, eso ya es absolutamente secundario. Eso no importa. Que hagan música desde el principio es maravilloso. Yo debería pedir consejo a estos padres sobre cómo lo hacen. Es imposible que mi hijo toque algo.

Es muy pequeño todavía.

Ya, ya, también es verdad. Pero creo que, como me ve todo el tiempo viajando con el violín, si su padre está ausente es por culpa del violín. Creo que ahí tiene algún…

Alguna asociación.

Sí. Amor-odio. Cuando a veces coge el violín, se ve que tiene una facilidad enorme. Toca algo y yo me quedo flipado. Pero le he mandado a clase y duró quince minutos.

Es incluso más rebelde que tú.

Mucho más. Es un dictador conmigo.

¿Crees que cada niño tiene «su» instrumento ideal y que si hay gente que no hace música es porque nunca han tenido la oportunidad de tocar ese instrumento que le despierte ciertas sensaciones, por el tacto o por el motivo que sea? Recuerdo tocar el piano en el colegio y no sentir nada especial. No lo he vuelto a tocar. Sin embargo, el primer día que por casualidad pulsé una cuerda de guitarra, sentí algo muy distinto y seguí tocando hasta hoy.

No sé si un niño está predestinado a un instrumento, no lo sé. No lo creo. Creo que todos los niños nacemos con talento por igual, no creo mucho en que tal niño tiene más talento que otro. Luego, lo que vives es lo que tú eres. Si un instrumento está predeterminado o no, creo que es más por lo que escuchas.

¿Crees que hay personas que tenéis más habilidad innata que la que tenemos los demás?

No lo creo. Yo, desde que nací, escuché un violín en casa. Si no hubiese tenido facilidad para el violín, eso querría decir que soy un torpe [sonríe]. He escuchado violín desde siempre. Creo que todos los niños tienen facilidades innatas, todos.

Es verdad que todos los niños saben dar palmas con una canción o entonarla sin prácticamente aprendizaje. ¿Por qué crees que la música es algo que afecta tanto a los seres humanos?

Porque creo que la música es el único arte que entra en tu cuerpo sin pasar por el cerebro. No tienes que analizarlo, te entra. No es como cuando ves un cuadro. Antes de que te emocione un cuadro, tienes que pensar qué es lo que estás viendo. Cuando lees, para que te emocione lo que lees, tienes que entenderlo. La música no tienes que entenderla. No entiendes lo que te está ocurriendo, te está emocionando.

¿El mecanismo por el que nos emociona tiene que ver con lo que somos biológicamente? Por ejemplo, el ritmo está claramente relacionado con la respiración, el acto de caminar, incluso el acto sexual…

Con los latidos del corazón, sí.

También, desde que somos bebés, atendemos a cierto tipo de «melodía», como la voz de la madre.

Sí, yo creo que sí. Es algo tan básico, tan fácil de hacer, tararear. La música nos ha acompañado desde que existimos.

Hasta las personas con sordera disfrutan con la música.

Sí, sí, lo dicen ellos. Las ondas que proporciona la música, lo disfrutan.

En tu lucha para salir adelante te presentaste a muchos concursos. Dices que te resultaron útiles, sobre todo en lo económico, pero que no tienes un buen recuerdo de ellos. Que no te parece muy bien el concepto de concurso.

No, la verdad es que no considero sano un concurso. No creo en los concursos de arte, no se puede decir «esto es mejor que lo otro». Pero es verdad que tengo que reconocer que a mí me ha sido útil porque yo venía desde la nada, nadie me conocía. Era una manera de que me conocieran, de poder tocar. También de ver mi nivel y darme seguridad. Luego, en mi carrera, si lo pienso, no ha servido de mucho. Cuando dejé de hacer concursos tuve que reinventarme. De hecho, la manera en que toco ahora no tiene nada que ver con lo que hacía entonces. Cuando hacía concursos estaba obsesionado con una cosa: la perfección. En el concurso te piden que toques perfecto; quien toque perfecto, probablemente lo ganará. Tocar perfecto no es música.

¿Qué te parecen los concursos televisivos de cantantes, tipo Operación triunfo, La voz, etc.?

Mejor que no opine, porque no me gustan nada. No me gusta nada el concepto, no me gusta nada la humillación de los chavales. No me gusta nada que todos alrededor intentan hacer un negocio de estos pobres chavales artistas. No me gusta que se haga creer al público que alguien que canta bien en casa puede ser famoso de un día a otro. Creo que es algo que está haciendo mucho daño al arte, que está haciendo mucho daño al público. Está vendiendo algo que es una mentira. Y la humillación de que te enseñan cómo trabajan, cómo se equivocan, cómo lo hacen mal. Me parece un error. Y es fatal para los jóvenes, para los niños que quieren ser músicos: «Yo, ¿para qué voy a ir al conservatorio, si voy a ganar un concurso de estos y me convierto en famoso de un día al otro?».

Además de la disciplina académica, ¿hasta qué punto es importante la teoría para un músico? Imagina que nos lee una persona joven que quiere tocar y se plantea si debería ir o no a un conservatorio.

Aunque yo hable mal de los conservatorios, creo que es indispensable ir a un conservatorio. Pero, ojo, no hagas caso de todo lo que dicen allí. De hecho, hubo épocas en que no tenía muchos conciertos y empecé a dar clase. Y no pude seguir dando clase: hay tantas maneras de enseñar, tantas maneras de hacer las cosas… Todo lo que decía a mis alumnos me lo cuestionaba yo a mí mismo. Les decía: «No me hagáis caso. Se puede hacer así como digo, pero se puede hacer también de otras maneras». Y los alumnos son maravillosos, demasiado, porque te hacen caso al milímetro. Y eso es quizá lo que hay que aprender en los conservatorios; los profesores están bien para inspirarte, pero no hay que hacer todo lo que te dicen. Eso no es sano.

Es decir, que una parte de tus lecciones consistía en enseñarles a tus propios alumnos que no te hicieran tanto caso.

Sí, absolutamente. Pero cuesta, cuesta. Los chavales son muy aplicados y quieren hacer todo lo que el profesor dice.

Quieren absorber.

Claro, y absorber está muy bien, pero hay que ser consciente de que hay muchas maneras de hacer las cosas. En mi época, y sigue siendo así, los profesores también eran muy posesivos. Se ponen muy celosos cuando tienen un alumno y, de repente, ese alumno va a hacer un curso con otro profesor. Se ponen furiosos. De hecho, está prohibido. Si se enteran, te echan. Eso me parece fatal.

¿Por qué lo hacen? ¿Consideran que contamina el aprendizaje?

Absolutamente. Molesta a su concepto. Yo estudiaba cursos a escondidas con otros profesores y, si mis profesores se enteraban, se enfadaban. Como en una pareja. Pero, en este caso, siempre hay que ser infiel a los profesores porque aprendes más cosas.

Cuando dices todo esto, da la impresión de que empezaste en el mundo clásico pero quizá hubieses encajado mejor iniciándote en el rock —grabaste junto a Extremoduro, por ejemplo—, o en un jazz libre, o en músicas tradicionales.

Puede ser. Hombre, nunca se sabe cómo hubiera sido. Mi padre tocaba música folclórica, de hecho vivía de tocar con Fairuz, una cantante folclórica árabe que era muy famosa en el mundo entero. Y a él le gustaba lo clásico. Obviamente, yo amo la música clásica. No es que tenga un rencor con la música clásica; estoy agradecido de tocarla porque me ha aportado muchísimo. Es el mundillo con lo que no me he sentido identificado. Tampoco soy quién para decir «voy a cambiar este mundillo», yo cambié hace años y ese mundillo seguirá existiendo, pero nunca me he sentido identificado. Eso sí, con la música clásica sí me siento identificado. Estoy agradecidísimo de haberla estudiado. Conozco los repertorios: el de violín obviamente, el de sinfónica, las óperas… he tenido suerte de tocar todo esto, me ha dado muchísimo, me ha inspirado mucho y hoy día saco provecho de todo lo que he aprendido. No puedo decir «ojalá hubiera hecho otra cosa». Ya la estoy haciendo, pero yo vengo del clásico.

Más allá de la academia, ¿te influyeron violinistas de otros estilos, fuera de lo clásico? Pienso en el legendario Stéphane Grappelli.

¡Sí, por supuesto! Stéphane Grappelli es uno de los cinco grandes de la historia del violín. Nadie hace lo que ha hecho él, ha cambiado la música. Lo ha hecho en el ámbito del jazz, pero es uno de los violinistas que me han inspirado y me sigue inspirando mucho, por supuesto.

¿Y el fiddle irlandés, o violinistas de estilos como el bluegrass norteamericano?

Absolutamente. Eso es lo bonito: el violín está presente en todas las culturas. Cuando salí de lo clásico, descubrí todas estas maneras de tocar el violín, cada una con sus facetas. Es tan enriquecedor, tan inspirador… sigo aprendiendo.

¿Te influyen también intérpretes de otros instrumentos, en quienes ves cosas que, en cierto modo, puedas aplicar al violín?

Muchísimo, muchísimo. Y no solo músicos, artistas en general. Actores, bailarines, pintores. Estar cerca de un artista de otro género te inspira.

¿Cómo inspira un pintor o un actor en tu manera de tocar?

Con su concepto de la vida, hablando. O solo mirando cómo se mueve, cómo vive, cómo siente su arte. Volvemos a decir lo mismo: el músico clásico se ha convertido más en algo… no sé cómo explicarlo, lo importante para él es tocar correcto, perfecto, pero se puede ir más allá.

¿Dirías que has pasado de ser un violinista clásico y académico a ser un violinista expresionista?

Bueno, es bonito, ¡nunca lo había pensado! Sí, de hecho, supongo que es así. La música tiene que ser expresión, tiene que ser emoción. Es lo que he aprendido. En la época de los concursos, cuando solo me preocupaba la perfección, tocaba para mí. Eso me decían: «Tienes que tocar para ti». Decían que, cuando tocas un concierto, solo lo entiende un tanto por ciento muy pequeño del público, quizá una sola persona: «Tienes que tocar para esa persona y para ti». Hoy día es al revés; no toco para mí, toco para compartirlo. Es como si vas de cena; una cosa es comer solo y otra es comer en compañía, que disfrutas más de cualquier cosa. Me cambió completamente el concepto. Hoy no toco para los críticos, no me importa. Toco para el público, para que esté feliz —para que estemos felices—, para que se emocione. Si el público está contento, si se ha emocionado, si ha ovacionado, me da completamente igual si hay una mala crítica. Si tengo una buena crítica, pero al público no le ha gustado y aplaude poco, ahí sí que estoy preocupado.

Alguna vez has realizado la aguda observación de que en el mundillo clásico salen a actuar con las mismas ropas de hace cien años. Eso y otras cosas conforman toda una ceremonia con la que el público actual encuentra difícil identificarse. ¿Es inmovilismo profesional, es esnobismo, qué es?

Pues no lo sé, no lo sé.

Porque se supone que todo artista quiere tener más público.

Por supuesto. La música clásica tuvo una época en que empezó a ser más elitista. No era cuestión musical, sino de ir a un evento y hacerse ver, ser consciente de todos los protocolos. Si no conoces los protocolos de los conciertos, quedas fatal. Era todo una cosa social: acudir a un concierto, ser parte de un concierto, estar invitado. Eso ha durado muchos años y ha hecho mucho daño. Hoy están intentando salir de eso. Los ciclos de música clásica y los festivales están intentando abrirse al público joven. Y está costando. Está costando que la gente se relaje. Que no pasa nada si el público aplaude en mitad de una sinfonía. ¡No es tan grave, déjales! Déjales. Están emocionados y quieren aplaudir. No les prohíbas hacerlo, ¿no? Todo esto lo están intentando cambiar, pero cuesta.

Quizá como respuesta a eso ha habido cada vez más ejemplos de músicos clásicos que han querido romper con los corsés. Sin salir del violín, Nigel Kennedy es un ejemplo perfecto.

Absolutamente, sí, lleva haciéndolo treinta años.

Hace giras tocando versiones muy personales de canciones de Jimi Hendrix o The Doors, y se lo ve feliz. No quiere volver a lo anterior.

No, ¿para qué? Porque él hace la música de la que está convencido. Hay muchos. También, para sobrevivir, tienen que hacerlo. En el mundo de la música clásica todo es tan cerrado que se vuelve un poco amiguismo, ¿no? Favores… yo te invito a ti, tú me invitas a mí. Algo muy cerrado. Y los artistas que quieren seguir tocando tienen que ser parte de ese mundillo o tienen que hacerlo a su manera. Y, una vez aprenden a hacerlo a su manera, ven que llegan mucho más lejos que cuando estaban dentro del mundillo.

Una de las quejas de Nigel Kennedy con respecto a las orquestas es que, cuando, dada su fama, le piden tocar con alguna, exigen hacer el doble de ensayos de los que él considera necesarios. Les responde: «Si hago la mitad de ensayos, puedo hacer el doble de conciertos y ganar el doble de dinero». Le piden más ensayos para buscar lo que decías antes, la perfección. Él, sin embargo, asegura que no le compensa económicamente y no se recata de decirlo en público.

Son estas cosas de las orquestas. Como todo el mundo tiene un sueldo de funcionario… Por ejemplo, cuando pasa la hora de ensayar, pues se les cae el arco [Hace el gesto de soltar repentinamente un violín, N. del R.]. Antes, para mí, era un sueño tocar con una orquesta. Ochenta, cien músicos, haciendo música en conjunto. Para mí, era un subidón. En el momento en que lo hice, se convirtió… [Finge tocar con indiferencia, N. del R.] ¡Eso era mi sueño! Qué pena, ¿no? Pero, bueno, por lo menos lo he hecho y empecé a tener otros sueños que me han enriquecido más. Ahora mismo, si me dicen: «¿Con qué orquesta es un sueño tocar?», pues ya no tengo sueños de tocar con orquesta. Si toco con orquesta, pues toco. De puta madre. O con un director. Que la imagen de un director de orquesta está sobrevaloradísima, que lo consideran como un Dios, ¿no? Mi sueño no es tocar con un director de orquesta. Mi sueño es tocar. Tocar para el público, y ya está.

Hablando de ensayos, dices que con la técnica de interpretación que existe hoy y con el debido trabajo, se puede tocar casi cualquier pieza, por difícil que esta sea. Pero ¿hay alguna pieza que te parezca imposible?

Lo difícil de tocar el violín no es lo técnico. Hay cosas de Paganini que son muy difíciles, pero practicando lo consigues. En aquella época en que yo era muy rebelde quería hacer un golpe de arco de Paganini que estaba considerado imposible. El profesor que tenía me decía: «No, no, eso no lo puedes hacer. No se hace».

¿Te dijo «no se hace», así, a secas?

No se hace. Como él no lo sabía hacer…

… no lo puede hacer nadie.

[Ríe] Claro. Pero yo sabía que había un violinista muy bueno que sí lo sabía hacer: Ruggiero Ricci. Lo busqué y lo «ataqué» directamente. Hice un viaje largo solo para poder preguntarle: «¿Cómo se hace esto?». Él me dijo: «¿Esto? Pues muy fácil, no te preocupes tanto. Dedica dos semanas de tu vida a estudiar este golpe de arco siete horas todos los días y te aseguro que te saldrá». Y tenía razón. Me obsesioné, lo hice, y me salió. Las cosas difíciles salen. Lo más difícil de la música es, al fin y al cabo, transmitir emociones al público. Eso sí que es difícil. Cuando era alumno, y eso nos pasaba absolutamente a todos, estudias algo, practicas algo, y en casa te sale de puta madre. Tu profesor lo sabe y entonces dices: está bien. Y, de repente, tocas en público y te sale fatal. Es aprender a estar en un escenario. Los nervios y la adrenalina lo cambian todo.

¿Aún te pones nervioso antes de subir al escenario?

Por supuesto, sí, sí. Yo creo que, si no, sería muy aburrido. Subir a un escenario sería como estar en mi salón, perdería la emoción. Subir al escenario es algo muy especial, como un ritual. Subes y ves al público; también te vistes de una manera diferente, has preparado todo… En el momento en que estoy en el escenario, durante todo el concierto, es un trance. Es un momento de meditación. No pienso.

¿Dirías que es como una experiencia zen?

Es zen. Es justamente lo que pasa cuando meditas, que estás en un mundo donde no sabes qué está pasando. Ves otras imágenes. Cosas diferentes que en un estado normal no sentiría, pero en el escenario sí.

Como cuando una mujer le preguntó a Louis Armstrong: «Señor Armstrong, ¿en qué piensa mientras toca?». Y él respondió: «Si se lo dijera, señora, le estallaría la cabeza».

[Ríe] Pues sí, sí, es verdad. No sé lo que pienso. No piensas. O sí piensas, pero…

¿En cosas muy abstractas?

Absolutamente. No piensas si has pagado la factura o mañana qué cita tienes. Aunque estés en una época de tu vida con muchos problemas y muchos líos, subes al escenario y no existe nada de eso.

Es como el sexo.

Sí, sí, la verdad es que sí. Es muy parecido al sexo.

¿Cómo eres tú cuando ejerces como público? Si vas a un concierto y no estás en el escenario, sino abajo, mirando, ¿te emocionas sin pensar en nada? ¿O te vuelves exigente y te fijas en los aspectos técnicos del espectáculo?

Sí, por desgracia, sí. La deformación profesional es muy mala para mí, cuando voy a un concierto. Ahora intento solo disfrutar; tengo la suerte de ir a conciertos maravillosos que me han inspirado mucho, pero siempre miras si las luces están bien puestas… todo el rato estás juzgando. Aprendiendo también, pero juzgando. Estar juzgando es insoportable.

Cuando no tocas y estás en casa tranquilo, ¿necesitas a veces desconectar de la música, para que tu cerebro se relaje?

No, la verdad es que no. De la música, no. Necesito desconectar de la profesión, a veces; de los líos que existen, de los viajes. Pero de la música nunca he tenido la necesidad de desconectar. Siempre estoy conectado; de hecho, no quiero desconectarme. Ojalá nunca llegue el día en que me desconecte.

Te lo pregunto sobre todo porque hubo un año en que hiciste cuatrocientos cincuenta conciertos, algo que suena extenuante. ¿En ningún momento te pasó por la cabeza el pensamiento de «voy a dejarme esto, voy a buscar un trabajo más cómodo, en el que haga mis horas en la oficina o en el aula y al terminar me vaya a tomar una cerveza»?

[Ríe] No. Fue muy duro, porque era una época en la que hacía muchos, muchos conciertos infantiles. Escolares, familiares también. Estos conciertos pueden ser dos o tres al día, por eso llegamos a esa suma. Fue muy duro, aunque fue solo un año porque nadie puede aguantar ese ritmo. Pero también fue muy bonito. Eran conciertos más pequeños, más íntimos, de los que aprendí mucho. He aprendido disciplina con mi padre y en las academias. He aprendido músicas varias viajando por el mundo, he tenido muchas emociones. Pero en estos conciertos pequeños he aprendido a estar en el escenario, a estar pendiente de lo que piensa el público. A sentir al público: si respira, si se aburre. Eso lo he aprendido haciendo todas estas actividades consideradas menores. Por desgracia consideradas «menores». Los conciertos que he hecho para niños fueron lo más valioso para mí.

¿Es un público agradecido?

Es un público muy agradecido, y muy cabrón.

[Risas] ¿Por qué muy cabrón?

Porque te lo dicen en tu cara si están aburridos. Eso es maravilloso. La primera vez que hice un concierto para niños fue un desastre. Me deprimí, porque se rieron de mí directamente, sin ningún pudor. Fue un punto de inflexión: «¿Qué he hecho mal? ¿Qué he hecho mal?».

Si se aburren, son capaces de darse la vuelta e irse, sin ningún problema.

Absolutamente. Es maravilloso, todos los comentarios que hacen. Si les gusta, si no les gusta. O cuando decían: «¿Te queda mucho?». Con eso ya, sabes que lo estás haciendo fatal [Ríe].

Entonces, ¿quizá es el mejor público posible, porque es con el que más aprendes?

Hoy he aprendido que, tal como toco para los niños, lo hago para los adultos. No es más ameno si lo hago para los niños, es lo mismo. Pero antes no era así.

Siguiendo con extremos laborales, también tocaste colgado de la planta decimoprimera de un edificio.

Me acuerdo con cariño, pero también con mucha tristeza, porque trabajaba con la compañía de Pedro Aunión, no sé si recuerdas.

Sí, el chico que murió cuando hacía coreografías aéreas en el festival Mad Cool.

Tuve la suerte de trabajar con él. Mucha tristeza; este chico dio su vida por el arte. En el edificio, por supuesto yo estaba acojonado, pero Pedro estaba a mi lado y al final terminé disfrutándolo.

¿Hoy cuáles son tus compositores favoritos para interpretar?

La verdad es que no tengo. Me gustan muchos. Tengo algunos con los que siento una identificación. Con Bach, que siempre me ha inspirado y me sigue inspirando. Bach es algo muy fuerte en toda la historia de la música. Como violinista, me fascina la figura de Paganini. Lo que representa para el violín. Siempre digo que es el primer rockstar de la historia. El primero que empezó a sacar provecho de su imagen. Dicen que era feísimo; padecía una enfermedad donde sus huesos se alargaban, pero él sacó ventaja de esto y empezó a fabricar historias, a hablar de sí mismo, a hacer marketing.

Incluso circulaba la leyenda de que había vendido el alma al diablo.

Sí, que había hecho un pacto. Incluso después de su muerte. Cuando lo enterraron, el portero del cementerio decía [pone voz susurrante y cara de susto, N. del R.]: «¡Se sigue oyendo el violín!».

Al tocar, a la hora de ejecutar, ¿se nota mucho la diferencia entre una obra escrita por un compositor que toca el violín, como Paganini, y otro que no?

Sí, se nota muchísimo. Al margen de que sea bueno o malo. Hay grandes compositores como Beethoven que, aunque tocaba el violín, no era un virtuoso. Todo lo que componía para violín no es muy violinístico. Es genial también, pero no es violinístico.

¿No se toca con mucha comodidad?

No. Se llega a conocer bien, pero no es como Paganini o Sarasate, que saben sacar provecho de todos los trucos del violín.

¿Qué otros instrumentos tocas?

Bueno, toco la viola, que es parecida al violín. Y en mis años de estudio tuve que tocar piano, pero… lo toco fatal.

¿Tanto como fatal?

Sí, sí.

¿Hay algún instrumento que te arrepientas de no haber aprendido?

No, eso no. Hombre, me gustaría tocar todos los instrumentos. Pero me encanta el violín, estoy muy feliz de haber tocado el violín. Se lo agradezco a mi padre todos los días. Es verdad que a veces echo de menos haber sido mejor pianista porque, cuando empiezo a componer, siendo pianista es más fácil, tienes más acceso a las armonías. Pero eso, por razones de composición. Como instrumento, no.

A la hora de componer, ¿piensas solo en términos estrictamente musicales como armonía y estructura, o también piensas en términos no musicales, como sensaciones o experiencias?

Pues mira, cuando compongo, pienso siempre en el escenario. El concepto que tengo cuando compongo es: ¿cómo quedaría esto en un concierto? La dificultad que tiene un compositor es que sus obras las tocan otros. Y, como tengo la suerte o la mala suerte de que nadie toca mis obras, yo las toco. Las toco todo el día, en mis conciertos. Es una suerte, porque así las voy retocando, las voy cambiando. Compongo siempre pensando en mis conciertos, porque yo soy el único que va a tocar mis obras.

¿Hay algún otro arte que practiques? Como pintar o escribir, o lo que sea.

Tengo poco tiempo, la verdad. El violín es exigente. Me encanta la pintura, el teatro, la danza, pero practicarlo… no tengo tiempo, por desgracia.

Por cierto, ¿cuáles son tus pintores favoritos?

Tengo muchos, todos los grandes me gustan. Me encanta, a través de amigos, conocer pintores jóvenes nuevos, que se arriesgan. Pero no soy un experto para decir «tal pintor no me dice nada». Me gusta todo, toda la historia de la pintura. Algunos pintores me dicen más que otros, ¿no?, pero no soy tan experto para decirlo.

Hablando de historia, ¿por qué tienen tanta fama los violines Stradivarius y Guarnerius? ¿Se debe a motivos históricos solamente?

No, son muy buenos. Lo que pasa es que el precio es desorbitante, es demasiado. Son muy buenos, obviamente. Pero no solo los Stradivarius y los Guarnerius; en toda esta época del siglo XVIII, del XIX, se construyeron violines maravillosos en esa parte de Italia. Un poco por tradición, pero se dice también que esta madera que recogieron del centro de Italia se secó de una manera diferente por un pequeño cambio climático que hubo en la región. Por eso, aquellos violines suenan tan maravillosamente bien. Es verdad que hoy se hacen violines muy buenos también, y quizás, con el tiempo, llegarán a sonar como los Stradivarius.

Entonces, los que se fabrican hoy ¿no llegan a tener esa cualidad?

Hay lutieres muy buenos que hacen copias de los Stradivarius y también hacen cosas más personales. Los hay muy buenos. No llegan a ser como los Stradivarius, pero sí son muy buenos.

¿Alguna vez yendo por la calle has visto un músico callejero y has pensado: «Esta persona merecería estar tocando en teatros, en grandes escenarios»?

¡Sí! Sí, muchas veces, claro.

¿Y por qué un músico así se queda en la calle, teniendo tanto nivel?

Por varias razones. Una razón puede ser que tenga un concepto de vida y le gusta pasar por ahí. Recuerdo cuando era joven, estudiante, que tocaba en la calle y lo disfrutaba bastante. Mi sueño, que nunca he podido realizar —y todos mis amigos me dicen: «¿Y por qué no lo haces ahora?»— era viajar tocando por pueblos. Ir a un pueblo, tocar en la calle, y luego ir al siguiente. Nunca lo he hecho porque no hubo la oportunidad.

Es verdad, ¿por qué no lo haces?

[Ríe] ¡Todo el mundo me dice igual! Algún día lo voy a hacer, aunque sea de mayor. Algún día lo voy a hacer. Pero sin preparar: ir, sacar el violín, tocar. Un verano, es un sueño. En los pueblos de Italia, por cualquier sitio del mundo. Aquí en España, en Suiza, en Alemania… es una gozada. Hay gente que se dedica a esto, y viven muy bien.

Hablando de moverse, ¿de dónde sacas la energía para el despliegue físico que haces en el escenario?

Pues la saco, primero, de amar lo que hago. La saco por tener mucho respeto al público, me siento obligado a emocionar a todo este público que se ha molestado en salir de casa y venir al concierto; siento admiración de verlo. Tengo que poner el alma y el corazón, estaría muy infeliz conmigo si hiciera un concierto así [imita a un violinista tocando con desgana, N. del R.] para que pase el tiempo. No lo soportaría.

Supongo que dentro de ese concepto de no decepcionar al público entra el cuidarte físicamente.

Sí, mucho. Aún más cuando avanza tu edad. Sí, me cuido la salud. Es verdad que me preparo. Todos los días de mi vida sin ninguna excepción, aunque tenga un viaje de veinte horas, estudio. Por lo menos dos horas al día y, si hay tiempo, mucho más. Y luego dedico tiempo, todos los días también, a hacer ejercicio. Intento comer sano… si no, no aguantas.

Te quería preguntar por algunos músicos, pero no clásicos, sino de otros estilos, como excusa para tratar ciertos temas. Empecemos por Nirvana.

¡Sí, me encanta! Hombre, Nirvana era algo tan grande que influyó a toda una generación. Es impresionante que siendo tan corta su carrera hicieran tanto. Es sorprendente también que muchos jóvenes de hoy ni saben quiénes eran Nirvana. No lo saben, lo han olvidado. Tú y yo lo sabemos, pero algunos más jóvenes no lo saben.

La cuestión es que Kurt Cobain nunca fue feliz en su posición de estrella. ¿Cómo puede afectar la fama repentina a músicos jóvenes que tienen veinte, veinticinco años? Todo lo que hay alrededor de la música, la presión, el negocio.

Es obvio que es muy difícil, emocionalmente. También creo que no es nada sano. Cuando te haces famoso de un día para otro, no estás preparado. Tienes que tener un bagaje, una preparación. Y uno no se prepara durante seis meses ni un año. Es toda una vida de preparación, de interés, de ansiedad, de búsqueda. Y lo más importante: cuando eres famoso tienes que seguir creciendo. Y eso es muy complicado porque, cuando tienes veinticinco años, te sube todo a la cabeza y piensas que eres Dios. Piensas que ya has llegado. Y la caída es tan rápida, tan inminente… tienes que saber de dónde vienes, tienes que saber por qué estás ahí y siempre tienes que reinventarte. Si no, eso no dura. Ha habido millones de artistas que se han hecho famosos de un día para otro, pero ¿cuántos han seguido ahí? Muy pocos.

Parece difícil de sobrellevar, porque cuando la gente se hace tan famosa tan joven muchos terminan con problemas emocionales, adicciones, suicidios. ¿Es solo efecto del entorno, o es que el hecho de ser artista también conlleva ciertas debilidades y una sensibilidad exacerbada?

Hay un poco de todo. Es verdad que ser famoso de un día para otro —y aunque no sea de un día para otro—, que la gente te reconozca, no es fácil. Porque de repente tienes muchísimos amigos, mucha gente que está a tu alrededor, y el 99% son falsos, oportunistas, ¿no? Eso te afecta mucho. Cuando te das cuenta de toda esa falsedad que existe en este mundo, si no eres fuerte, si no estás bien arropado, te puede afectar emocionalmente y también profesionalmente. Ahí está el problema de cuando te va bien de repente. Para cualquier persona es lo mismo, no tienes que ser un famoso o un artista: cuando te va bien tienes muchos amigos, y, cuando te va mal, de repente ya nadie te llama. Lo mismo pasa con los artistas, pero multiplicado por millones. Cuando eres famoso tienes muchos amigos, pero te das cuenta de que nadie es tu amigo. Es lo que le pasó a Amy Winehouse.

En el caso de Amy Winsehouse incluso parecía que parte del producto, del marketing que había en torno a ella, consistía en venderla precisamente como un personaje inestable, problemático, quebradizo. 

Era parte de ese marketing. Y nadie la ayudaba. Tenía sus amigas de verdad, pero no les hacía caso. Tenía alrededor gente que quería aprovecharse de ella, y ella les hacía caso a estos.

Siguiendo con artistas hipersensibles, quería mencionarte a John Coltrane.

¡Hombre! Es un grande. Es un grande. Muy inspirador. Si hubiera que escoger diez nombres de la historia de la música del pasado siglo, quizás uno sería él.

¿Has escuchado sus últimos discos, que eran ya tan complejos que resultan francamente difíciles de entender?

Sí, sí. Es como Miles Davis. Siempre se han reinventado. Siempre tenían que hacer algo diferente porque eran conscientes de que, si hacían lo mismo y ellos se aburrían, su público también. Aunque Miles Davis cambiando de estilo sabía que iba a perder un público que no estaba acostumbrado al nuevo.

Supongo que la figura de Miles Davis es una gran referencia. Tú estabas en un mundo encorsetado hasta que un día dijiste «voy a hacer lo que me dé la gana» y Miles Davis venía de un jazz cuyo público no aceptaba la ruptura de ciertos límites. A Miles le gustaban James Brown, Jimi Hendrix, y decidió dejarse influir por ellos, a pesar de que parte de su público habitual mirase esos estilos con cierto desprecio.

Y le gustaba el flamenco, la música hindú… Y le salió muy bien, porque creció. Creció.

¿Qué piensas de los Beatles?

Los Beatles, obviamente, son parte de la historia. Me encantan, por supuesto. Hace poco leí una entrevista con Quincy Jones… la verdad es que los Beatles me gustan por todo lo que representan, por sus composiciones, pero algo que sospechaba y que dijo Quincy Jones es que eran malísimos tocando. Eran tan malos que Quincy contaba: «Cuando vinieron a grabar, les dijeron: “Hey, chicos, idos a comer, está todo perfecto”. Y cuando se fueron, los productores llamaron a los músicos de su confianza y estos grabaron todo para que sonara bien».

Esa entrevista de Quincy Jones [en la revista Vulture, N. del R.] no tiene desperdicio.

Sí, es maravillosa.

Aun siendo verdad que los Beatles no eran grandes instrumentistas, ¿no crees que se requiere un talento especial para, con cuatro simples acordes que cualquiera puede tocar con una guitarra en una tarde, idear aquellas melodías?

Sí, absolutamente. Como Kurt Cobain. Técnicamente, Cobain era nefasto, pero era un genio, por supuesto. Igual que los Beatles. Es el ejemplo perfecto de que no es necesario ser… perfecto. Eso demuestra que en el pop y el rock está más valorado tu arte que tu técnica. En el clásico es al revés.

Ya que lo hemos mencionado, también te gusta mucho Jimi Hendrix.

¡Uh! Soy un gran fan de Jimi Hendrix. De todo lo que representa, de lo que él movió, de lo que él es. De su música, que es una música muy friki. Haciendo esa música marciana, que tuviese masas y masas siguiéndole… no es normal. Soy un gran fan de todo lo que representa, no solo musicalmente. Su imagen, su vida, su manera de estar en el escenario. Entregaba todo, todo.

Aunque al final de su carrera parecía harto de que la gente esperase espectáculo de él, ¿no?

Bueno, se «enfermó». Es que, en el fondo, nosotros dos somos mierda [me mira y sonríe con expresión de complicidad, N. del R.]. Había una época en que los músicos rockeros tomaban droga y hoy hay una tendencia muy bonita de que los músicos de rock ya no tomen tanta droga. Los buenos, buenos de verdad, se han dado cuenta de que se puede perfectamente hacer buena música sin estar drogado.

Se hace música mejor sin estar drogado, de hecho.

Mucho mejor. Pero en su época pensaban: «Si me drogo, entro en un trance». Es una pena que la droga haya matado a muchos genios.

[En el hilo musical del hotel empieza a sonar Otis Redding, N. del R.] Mira, ¿qué te parece?

¡Me encanta!

Da la impresión de que te gustan todos los estilos de música, y el que no te gusta, intentas que te guste también.

¡Sí, sí! Hasta algo tan cuestionado como el reguetón, que es algo tan presente en nuestra sociedad hoy en día. Es verdad que a mí no me dice mucho, pero pienso que, si hay tanta gente aficionada al reguetón, algo tendrá. Y estoy buscando ese algo. Estoy intentando tocar un reguetón, para ver si me inspira. [Ve mi cara de sorpresa, N. del R.] Sí, sí, estoy grabando un reguetón.

Lo escucharemos. A veces pasa que hay música a la que se mira un poco por encima del hombro, como cierto pop comercial, no sé, el de Katy Perry o Britney Spears…

Pero esto, claro… juzgamos un poco lo que han hecho en su vida y no juzgamos su profesionalidad. Britney Spears, había una época en que hacía cosas muy buenas. Te guste o no te guste, eso es otra cosa, pero muy profesional.

Tiene algunas canciones que, solo con oírlas, se nota que están claramente compuestas y producidas por gente que sabe mucho. Podrán no haber sido escritas para nosotros, sino para otro público, pero.

Sí, claro. Y ella se lo curraba. Subir al escenario no es fácil. Hacer lo que hacen, para las masas… si están ahí, es por algo. Los que están ahí durante un buen tiempo es por algo.

¿Qué pasa si entras en un garito, en un pequeño bar, y ves a unos músicos tocando, pero resulta que son muy malos? ¿Intentas apreciar lo que hacen?

Absolutamente. Es muy valiente hacer música ahí con los demás. Lo único que no me gusta es la arrogancia y la prepotencia, ¿no? Pero estar en un sitio donde unos músicos hacen música con sus limitaciones, me parece maravilloso. Y los aprecio aún más. Con las posibilidades que tengan, están entregándose. Es maravilloso.

¿Se puede aprender viendo a gente que sea, entre comillas, malos músicos?

Sí. Yo he aprendido mucho de los aficionados. En el mundo de la música hay muchos, porque hay muchos adultos que a los cuarenta y cinco años dicen: «Mi sueño de niño era tocar el chelo, o el violín, y como nunca he podido hacerlo, ahora que tengo tiempo lo voy a hacer». Y empiezan a tocar, con sus limitaciones, con sus defectos, pero con un amor por lo que hacen… yo me muero al verles. Cómo tocan, cómo les gusta lo que hacen, lo gozan. Cuando veo una orquesta de profesionales que están ahí sentados en su sillín y tocan aburridos esperando la hora de volver a casa, digo: no es justo. Y en esto, por supuesto, me inspira mucho más el aficionado que el profesional.

Pero, bueno, la gente de las orquestas busca por otro lado hacer algo que sí les guste, ¿no?

Sí, tiene que buscar emoción en su vida, por supuesto. Es una pena, pues tocar en una orquesta debería llenar la vida, pero, como no la llena, buscan otras cosas.

Si pudieras formar una banda ideal con músicos de cualquier estilo y época, vivos o muertos, para tocar con ellos, ¿quiénes serían?

Mis ídolos de toda la vida: Bach, Paganini, Miles Davis, Jimi Hendrix… Yo qué sé, es un poco surrealista, pero.

Sería surrealista, aunque, ¿no crees que entre músicos de tanto talento se acabarían entendiendo?

¡Hombre, por supuesto! Y la pregunta eterna: si Mozart hubiera nacido ahora, ¿qué hubiera sido, un músico clásico o un músico de rock? Estoy convencido de que Si Mozart hubiera nacido ahora sería músico de rock.

Aparte de lo de ir tocando el violín por pueblos, ¿qué otra cosa que no hayas hecho en la vida te gustaría hacer?

No sé… Como soy partidario de que lo mejor de mi vida está por llegar todavía, me dejo llevar. No soy muy de planificar «algún día voy a subir el Everest». Todas las cosas que quería hacer las he hecho. Me las he apañado para hacerlo. Y estoy convencido de que lo que más voy a disfrutar está por llegar. Lo que me gusta de lo que hago es que hoy día, tal como toco en el escenario, lo disfruto más que hace cinco o diez años. Y quiero que sea siempre así. Cada vez que hago un proyecto nuevo, lo disfruto más que el anterior.

Uno diría: «Qué suerte», pero ¿es suerte o es producto de tu actitud y en realidad la suerte no existe?

Hombre, yo me considero afortunado. Yo digo: «¡Qué suerte!», pero también puede ser la ilusión con la que hago las cosas. También soy muy ansioso; si hago una cosa, estoy muy preocupado por hacerla mejor que la anterior.

Antes me has comentado que te gusta el ajedrez, ¿aún juegas?

Antes jugaba. Ahora mucho menos; es difícil encontrar gente con quien jugar hoy en día. Antes la gente jugaba mucho más a menudo.

Bueno, a mí aún me gusta jugar.

¡He olvidado mucho! Pero algún día podemos jugar.

Ya puestos, mira lo que estoy leyendo [Le enseño un libro de Garri Kaspárov que llevo en la bolsa, N. del R.]

¡Ah! Kaspárov era medio armenio.

Y era armenio otro campeón del mundo, Tigrán Petrosián.

[Con una amplia sonrisa] ¡Y Petrosián!


Está usted entrando en la Zona Tyson

Mike Tyson. Imagen: Brian Brizer (CC).

Hace poco, un artículo de TMZ sobre Charlie Sheen incluía las palabras «maletín lleno de cocaína», «fiesta de treinta y seis horas», «connoisseur porno», «crítica pornográfica», «sala de cine», «fumar coca sin parar», «llamar al 911» y «Maloof» . Si llega a tener además la palabra «tigre», habría sido la mejor historia en la Zona Tyson jamás contada. 

Bill Simmons.

La Zona Tyson es es un lugar mágico que escapa a la comprensión humana, un territorio cuya posición acotó el periodista deportivo Bill Simmons un día que las musas le soplaban los vientos adecuados mientras contestaba a una remesa de preguntas de sus fans. Desde entonces la Zona Tyson se ha establecido oficialmente como un emplazamiento indómito bordeado con una aduana de férreas reglas que solo permite el acceso a un tipo de personas: aquellas que están tan mal de la puta cabeza como para que absolutamente nada de lo que hagan pueda ya resultar sorprendente. Lo que Simmons había creado era una reserva donde la sociedad podía enviar a todas aquellas celebridades que con sus actos y palabras se habían pasado de largo la vida, el universo y todo lo demás sin haberse molestado en encender el intermitente para adelantar. La zona Tyson es el lugar imaginario donde habitan aquellas caras conocidas cuyas excentricidades y excesos han alcanzado niveles extraordinarios de locura. Es el lugar exacto donde Mike Tyson tiene plantada una hermosa mansión con vistas a la demencia.

FAQ

En 2004, durante una ronda de preguntas variadas, un lector llamada Brendan Quinn le lanzó a Bill Simmons, columnista de la ESPN (Entertainment and Sports Programming Network), la siguiente consulta: «Creo que Ron Artest habita en la actualidad en un lugar de aire enrarecido. Oficialmente es el tipo de persona sobre la que alguien podría decirme “¿Has oído lo de que [nombre de celebridad] ha [orinado sobre un policía/comenzado a criar unicornios/etcétera…]?” y yo no tendría ningún problema en creer que eso es verdad. Creo que cohabita ese espacio que está ocupado por Mike Tyson, Michael Jackson, Courtney Love y el último Ol’ Dirty Bastard. ¿Se te ocurren algunos otros?».

Simmons contestó a Quinn demostrando fascinación por el concepto: «Es una teoría fantástica. Creo que deberíamos llamar a eso la “Zona Tyson”». Y enumeró una lista de personajes que consideraba dignos de residir en aquel lugar, gente entre la que se encontraban: Dennis Rodman, Omarosa, R. Kelly, Najeh Davenport, Suge Knight, Flavor Flav, Brigette Nielsen, cualquier miembro de G-Unit, Andy Dick, Anna Nicole Smith, el padre de Lindsay Lohan, Margot Kidder, Tara Reid, Lil Jon, Gary Busey, Paris Hilton, Bison Dele en sus últimos años, Henry Winkler (¿?) o Liza Minelli. Al periodista aquella idea le hizo bastante gracia y se la llevó consigo a futuros shows radiofónicos y columnas deportivas donde el concepto caló bastante bien entre sus seguidores. Simmons siempre ha tenido buena mano para popularizar ocurrencias similares y es el culpable de que también se hayan extendido cosas como la Teoría Edwing, una hipótesis basada en el baloncestista Patrick Edwing donde se sentencia que un equipo con un jugador extremadamente popular comenzará a obtener mejores resultados cuando dicha superestrella esté lesionada, sancionada sin poder jugar o retirada.

Ron Artest, aquella persona que mencionaba el lector como posible candidato para anidar en la Zona Tyson, era una criatura curiosa y con suficientes méritos como para anidar en territorio Tyson. Se trataba de un jugador y entrenador profesional de baloncesto (a lo largo de su carrera ha militado en  los Chicago Bulls, Sacramento Kings, Houston Rockets, Los Angeles Lakers o New York Knicks entre otros) que en el 2004 transformó un partido entre los Indiana Pacers y los Detroit Pistons en una batalla campal. Aquella pelea gigantesca, tan importante como para tener su propia entrada en la Wikipedia, fue detonada por una falta de Artest cometida con mucha mala leche sobre Ben Wallace. Un incidente que dio pie a enfrentamientos sobre la pista entre un montón de jugadores cabreados y degeneró hasta ofrecer una imagen espantosa: la de un Artest desquiciado que junto a sus compañeros de equipo, y tras haber sido golpeado por un vaso de plástico arrojado desde el patio de butacas, trotaba por las gradas repartiendo hostias entrre la gente del público. El espectáculo terminó con la cancha invadida y el jugador volviendo al vestuario junto a sus compañeros de equipo y bajo una lluvia de palomitas, refrescos y vasos que les arrojaban los espectadores enervados.

NBA: Where BIG happens.

El resto del currículo de Artest es no menos meritorio: se presentó en un entrenamiento en bata, apareció en el programa de Jimmy Kimmel en calzoncillos y con el nombre del presentador rapado en la cabeza, se llevó por delante una cámara y un monitor después de perder un partido contra los Knicks, participó en el reality Dancing with the Stars (el Mira quién baila estadounidense) quedando en último lugar, confesó que se metía copazos de coñac Hennessy en el vestuario durante los tiempos muertos de los partidos, publicó su propio álbum de rap (con colaboraciones de gente como P. Diddy, Mike Jones o Juvenile), se presentó en una rueda de prensa gritando «¡Tengo Wheaties!» porque le habían traído una caja de cereales, aseguró que había crecido entre cucarachas y a uno de sus amigos le habían asesinado durante un partido clavándole la pata de una mesa en el pecho, dio las gracias a su psiquiatra en una entrevista tras ganar las finales de 2010, se apuntó a irse de fiesta con los fans random que se topaba por la calle (o a jugar con ellos al Monopoly en la playa), fue acusado de maltratar a sus perros, condenado por violencia doméstica y cambió legalmente su nombre por algo mucho más evocador: desde 2011 ya no se llama «Ron Artest» sino «Metta World Peace», siendo «Metta» (una palabra budista que podría traducirse como «amor») su nombre oficial y «World Peace» (paz mundial) su apellido legal.

Metta World Peace, el artista anteriormente conocido como Ron Artest. Imagen: Keith Allison (CC).

Pero las sugerencias de Bill Simmons sobre celebridades que habían penetrado en la Zona Tyson tampoco se quedaban atrás: Najeh Davenport es un jugador de la NFL que había sido condenado en su juventud por entrar en el dormitorio de una chica de la católica Barry University y cagar en su cesta de la ropa, algo que el propio Davenport negaba («¿Dónde están las pruebas? ¿Dónde están los excrementos?»). El productor musical Suge Knight casi ha disparado tantos tiros como los que ha recibido y en la actualidad está siendo juzgado por asesinato tras atropellar a un amigo suyo y darse a la fuga. El cómico Andy Dick lleva años siendo despedido de películas y programas por presentarse en el lugar pasado de alcoholes y drogas, orinando en público, prometiendo felaciones y metiendo mano a toda mujer y hombre que se encuentra por el camino (una broma recurrente entre sus conocidos es decir que su nombre le sienta como un guante, pues «A. Dick» podría traducirse como «Un imbécil»).

Flavor Fla acabó en la cárcel tras disparar a su vecino. Liza Minnelli supo conservarse muy bien a base de mantenerse sumergida en alcohol la mayor parte del tiempo posible. A Margor Kidder la encontraron en 1996 hecha unos zorros tras vivir entre arbustos durante días como consecuencia de un ataque de nervios. Gary Busey ha llegado a esnifar cocaína del lomo de su propio perro. De Tara Reid se rumorea que perdió uno de sus dientes mientras estaba de party hard pero fue capaz de localizarlo y autoimplantárselo con pegamento para continuar la fiesta. Paris Hilton tan pronto protagonizaba una sex-tape como un anuncio de hamburguesas donde lavaba un coche refrotando el culo contra la carrocería o se montaba su propio reality show para buscarse una Best friend forever.

Dennis Rodman, alias The Worm, el jugador de la NBA que llamó la atención por sus pintas (pelos de colores, piercings y tatuajes numerosos) en una época (mediados de los noventa) donde la gente era más recatada, es de esas personas que gusta de acumular excentricidades como quien colecciona cromos: ha comisariado la Liga en Lencería de Rugby (donde se organizaban eventos que incluían «chicas, fuego, jaulas y… lencería»), le ha regalado un cabezazo a un árbitro, se ha presentado vestido de novia la promoción de su autobiografía, se ha convertido en estrella de acción para protagonizar películas espantosas como Double Team (coprotagonizada junto a Jean-Claude Van Damme) o Rescate explosivo, se ha ennoviado con gente como Carmen Electra o Madonna (quien, según el propio jugador, tenía tantas ganas de un Rodman Junior como para cruzar el país en avión durante sus días fértiles en busca de embarazo), se ha declarado bisexual para casarse consigo mismo, ha tenido su propio talk show, ha estado a punto de suicidarse con un rifle y se ha roto el pene en al menos tres ocasiones distintas.

También ha hecho carrera en el otro gran deporte que los americanos aman con pasión desbocada: la lucha libre, un terreno donde se alió con sus colegas Hulk Hogan, Kevin Nash y Scott Hall para formar un dream team de luchadores chungos conocidos como New World Order. En 2012, el periódico Los Angeles Times explicaba que su casa frente al mar podía ser fácilmente confundida con una estación de policía por culpa de las continuas visitas de los agentes del orden a los fiestorros desmedidos que organizaba Rodman. Aunque la más sorprendente de sus extravagancias sería hacerse colega del líder norcoreano Kim Jong-Un, una persona con la que asegura «haber compartido karaoke y salido a cabalgar juntos». Una relación extraña que le ha llevado a visitar Corea del Norte en varias ocasiones (en viajes patrocinados por una criptomoneda para comprar cannabis) y ha propiciado momentos tan vergonzosos como aquel monumental cabreo emitido en directo en la CNN donde fue entrevistado desde el país oriental demostrando que de políticas y actualidad el jugador no entiende mucho, un episodio bastante triste por el que acabaría disculpándose y echando la culpa al alcohol. Los cercanos a Rodman aseguran que cuando alguien le recuerda que en Corea del Norte hay gulags, el jugador contesta con la lógica de un niño de cuatro años: «Yeah. Pero yo no los he visto».

Dennis Rodman en Double Team. Imagen: Columbia Pictures.

Vecinos de la Zona Tyson

Evi Quaid confesó que ella y su marido habían intentado huir a Siberia para salvar sus vidas, pero finalmente no lo habían logrado porque «no fueron capaces de descubrir cómo se llegaba hasta allí». Unas declaraciones realizadas a una periodista del Vanity Fair, Nancy Jo Sales, a través de un teléfono de prepago porque el matrimonio había dejado de utilizar móviles temerosos de que una banda misteriosa de personas rastreasen su pista. El marido en cuestión era Randy Quaid, el hermano mayor de Dennis Quaid y un actor que ha participado en más de noventa películas (entre las que figuran cosas tan variadas como El último deber, Los fantasmas de Goya, Vaya par de idiotas, Locos de amor, Independence Day, No es otra estúpida película americana o El expreso de medianoche), ha ganado un Globo de Oro y ha sido nominado al Óscar y al BAFTA. Y las personas que supuestamente les seguían la pista eran los miembros de una asociación secreta llamada The Star Whackers que se dedicaba a asesinar estrellas de Hollywood.

Una organización que, según los Quaid, habían asesinado a David Carradine y Heath Ledger y pretendían hacer lo mismo con Lindsay Lohan, Britney Spears y Mel Gibson. Desde 2009 el matrimonio Quaid ha sido perseguido por la ley tras defraudar con una tarjeta de crédito, ocupar una casa que no era suya y pasar olímpicamente de todas las citaciones al juzgado. En 2010, ambos vivían y dormían en un coche, entre montañas de comida basura y los meados de su perro. Al final consiguieron huir de los Estados Unidos para establecerse en Vancouver, Canadá, y en cada una de las entrevistas y apariciones televisivas que han perpetrado desde entonces han dado la impresión de estar más tarados. En su visita a Good Morning America, la periodista Andrea Canning llegó a preguntarles directamente si eran mentalmente inestables, esquizofrénicos o habían ido drogados al programa y si realmente no estaban fingiendo toda esa payasada.

Randy Quaid. Imagen: James Jeffrey (CC).

Lindsay Lohan convirtió las clínicas de rehabilitación en su segunda residencia y tuvo ocurrencias tan acertadas como disfrazarse de Sharon Tate el día del cumpleaños de Charles Manson y contárselo a internet. En 2007, a Britney Spears se le fue la pinza por completo, se metió en una peluquería para raparse la cabeza a sí misma y poco después atacó a los paparazzi que la perseguían con un paraguas. En 2010, Mel Gibson descubrió que alguien había filtrado en internet una colección envidiable de conversaciones telefónicas donde el actor gritaba y amenazaba a su expareja como un completo desquiciado.

Uno de los relatos más fascinantes sobre gente acostumbrada a moverse por territorios absurdos y excéntricos es una anécdota del cantante Ninja del grupo Die Antwoord, una persona que directamente parece haber nacido en la Zona Tyson. Una crónica extraordinaria sobre cómo una llamada de Paris Hilton desembocó en una invitación de Kanye West para jugar un partido en casa de Drake, una persona que odiaba a Ninja, y acaba con Kim Kardashian preparando un pudding de banana. Una maravilla delirante que Julien Jourdain de Muizon tuvo a bien animar para Vice:

La ocasión en la que Ninja de Die Antwoord jugó al baloncesto en la casa de Drake.
Incluye testículos frotándose por la cara de raperos («aunque eso nunca ocurrió»).

Charlie Sheen directamente ha decidido plantar sus propios cultivos en la Zona Tyson. El actor de Wall Street, Conspiración en la sombra o Hot Shots! lleva desde 1998 tanteando el abrazo de las sobredosis y desde 2009 con el modo turbo activado. Ha sido detenido por destrozar habitaciones y golpear a su esposa, la policía le ha quitado la custodia de sus hijos, ha convertido en una rutina las visitas al hospital por pasarse con las drogas al mismo tiempo que se ha opuesto a vacunar a sus hijos «porque eso significa envenenarlos», ha logrado que lo despidan de la serie que le había convertido en el actor mejor pagado de la televisión estadounidense (Dos hombres y medio) por ciscarse en su productor, ha dado entrevistas para declarar que es un hechicero con sangre de tigre, ha decidido dedicar su vida a amorosa a coleccionar pornstars, ha subido vídeos a internet fumando cigarrillos por la nariz, ha reconocido ser VIH positivo pero no saber cómo lo contrajo y ha declarado «Estoy cansado de tener que hacer como que no soy especial. Estoy cansado de tener que hacer como que no soy una puta rockstar de Marte».

Charlie Sheen desayunando. Imagen: Warner Bros. Television.

«¿Deberíamos rebautizar la Zona Tyson con el nombre de Sheen?», se preguntó Simmons en una ocasión. «A lo mejor esto podría funcionar como la presidencia y que nadie tuviese permitido mantener el título durante más de ocho años. Además, Tyson es una persona que llega a justificar su estancia en la zona tres veces al año, pero Sheen lo hace tres veces al mes. Y hemos visto que Tyson durante los últimos años se ha ido tranquilizando, mientras que Sheen ya no puede etiquetarse como “libertino” porque eso menospreciaría lo que está haciendo», reflexionaba el columnista antes de llegar a la conclusión de que algunas convenciones son inamovibles: «¿A quién quiero engañar? La mantendremos como la Zona Tyson. Ese tío le arrancó de un mordisco parte de la oreja a Evander Holyfield durante un combate. Si Charlie quisiera arrebatarle el título a Tyson tendría que ir a un partido de los Lakers junto a tres estrellas porno, meterle un puñetazo en los morros a Jack Nicholson, lanzar una bolsa de coca en medio de la pista y arrojarse a esnifarla mientras mira porno en su iPad».

Al César lo que es del César

Si aquella región fantástica apadrinada por Simmons ha heredado la denominación Tyson es porque existen verdaderas razones para hacerlo. Y a la hora de la verdad es imposible vencer al rey en su terreno: Mike Tyson es el boxeador que utilizaba un pene falso repleto de orina para pasar los controles antidroga, aquel que confesó haber combatido en el 2000 contra Lou Savarese «completamente fumado y encocado». La persona que le arrancó de un bocado parte de la oreja a Evander Holyfield, amenazó con comerse a los hijos de Lennox Lewis, dijo que estaba preparado para pelear contra el mismísimo Jesucristo y le dio una paliza a siete prostitutas mientras andaba relleno de vodka, morfina y cocaína. Un despojo humano que ha sido condenado por violación, ha recurrido al vudú para intentar evitar la cárcel, ha embarazado a una funcionaria de prisiones mientras cumplía condena, ha comentado que estaba «decepcionado por no haber matado a nadie en el ring» y ha admitido que había hecho «de cinco a siete» cosas más graves que violar a una persona. Alguien que tenía tigres de bengala por mascotas, intentó sobornar al empleado de un zoo para que le dejase entrar en una jaula a darle una paliza a un gorila, se tatuó media cara con un tribal, estuvo encerrado con Steve-O tres horas en un lavabo metiéndose cocaína, le rompió la nariz a ese mismo Steve-O sin ni siquiera moverse durante un numerito en homenaje a Charlie Sheen, protagonizó un programa de televisión (Taking on Tyson) de seis episodios centrados participar en una competición de carreras de palomas y apoyó a Donald Trump en su candidatura a presidente de los Estados Unidos de América.

En 2012 un usuario de Reddit preguntaba a la comunidad sobre celebridades que hubiesen hecho méritos suficientes como para entrar la Zona Tyson.

Alguien contestaba: «Donald J. Trump. Ojalá se hubiese presentado a las elecciones para presidente».


El extraño viaje de Babymetal

Babymetal, 2015. Fotografía: Cordon.

Hay carreras musicales extrañas e inexplicables, y está la carrera musical de Babymetal. Si usted ya conoce a Babymetal, sabe de lo que estoy hablando. Si no, en fin, como decían en los anuncios de las viejas películas de ciencia ficción, prepare to be amazed. Está a punto de enfrentarse a un grupo que podrá gustarle o no —lo más probable es que, de primeras, no le guste nada—, pero cuyo descubrimiento es una experiencia nueva. Nunca ha visto algo semejante. La primera vez que uno contempla a Babymetal en acción su cerebro produce un pensamiento automático: «Pero, ¿qué cojones es esto?». Es así. Es algo tan chocante que resulta difícil encajarlo en nuestros estereotipos. Pero los estereotipos están para transgredirlos, supongo, aunque no siempre quien pretende ir más allá de los límites se sale con la suya. El que va de transgresor por el mero hecho de serlo se arriesga al escarnio o la indiferencia, por poco que a su pose se le noten las costuras. Pero a veces sucede justo al revés y los estereotipos son hechos trizas por quienes menos podía uno imaginar. Este fue el caso de Babymetal, tres chiquillas japonesas que, contra todo pronóstico razonable, se ganaron el corazoncito del mundillo del heavy metal (de los músicos, al menos). Y que, como usted se descuide, también se ganarán el suyo. Al principio descolocan, después caen simpáticas, y finalmente, en especial cuando uno conoce su carrera, se ganan la admiración de cualquiera.

Vayamos con un estereotipo: el heavy metal es cosa de hombres o, como mucho, de mujeres que proyectan una imagen fuerte. Tipos duros y tipas duras. Otro estereotipo: el heavy metal se canta con agresividad y es genéticamente incompatible con formatos acaramelados como el pop adolescente, en especial cuando se trata de J-Pop, la mortífera música adolescente japonesa. El heavy metal no puede ser cantado con voces de muñeca de Famosa y escenificado mediante coreografías a medio camino entre el grupo de animadoras de un instituto americano y el baile de función escolar. Estos estereotipos, y algunos más, son los que han pulverizado Babymetal. Nuestras tres protagonistas son la perfecta representación del kawaii, que significa algo así como «cuquismo» y, según dictaban esos estereotipos, no podían codearse ni ser tomadas en serio por la escena metálica internacional. ¿La realidad? Que Babymetal cuentan con el respeto del 99% de los grupos de heavy metal o hard rock más famosos del planeta.

Sí, es lógico que inspiren simpatía porque empezaron siendo muy niñas y hoy, cuando llevan casi ocho años en la brecha, siguen siendo jovencísimas (la mayor acaba de cumplir veinte años, para que se hagan una idea). Es comprensible que en el mundillo se las vea con ternura. Pero, aunque todos saben que Babymetal empezaron como un experimento de laboratorio, también saben que se lo han trabajado y que durante su ascenso han hecho frente a públicos que dan miedo incluso a grupos formados por tiparracos bien creciditos. Los rockeros consagrados saben, porque ellos también se han abierto camino en los escenarios, que Babymetal jamás han bajado el pistón, que nunca han pisado las tablas con desgana. En realidad, sería imposible entender por qué todas bandas legendarias del heavy metal consideran a las tres jovencitas de Babymetal como colegas de pleno derecho, salvo que uno repase la biografía de este inefable trío.

El momento en que quedó claro que Babymetal, a su manera, habían conquistado el mundo, fue a mediados de 2016, cuando aparecieron en un programa puntero de la televisión estadounidense, Late Show with Steven Colbert. El propio Colbert las presentó diciendo «no estoy muy seguro de qué es lo que estamos a punto de ver aquí», algo que habla por sí solo de la impresión que producen, pero la acogida histérica del público asistente daba a entender que las chicas habían alcanzado el estrellato. Respaldadas por su poderosa banda de músicos (estos sí son congruentes con el concepto de músico heavy), las tres chicas interpretaron una canción titulada «Gimme Chocolate!», cuya letra pueril y melodía popera discurren sobre una atronadora base metálica. Después de pelearse contra los prejuicios en escenarios de todo tipo durante años, las tres chicas no se dejaron amilanar por estar en un famoso programa de la TV americana. Al revés, demostraron que ya poseían un dominio total del escenario y que sabían cómo meterse a la gente en el bolsillo.

Insisto: si no las conocen aún, no miren el siguiente vídeo pensando en que la canción les va a gustar (aunque a mí sí me gusta, cosa que no puedo decir de muchos otros de sus temas). No se trata de juzgar la canción dentro de los parámetros de los estilos estandarizados ni de poner en duda la enorme calidad de sus músicos, que no está sujeta a discusión, porque son fantásticos. Incluso si lo que escucha le horripila, que lo puedo entender, se trata de tener una visión de conjunto sobre la intensidad del espectáculo que estas tres chicas ofrecen. Casi todas las semanas veo actuaciones en directo en programas similares, y pueden creerme, muy pocas veces he visto a un grupo invitado merendarse el plató con tal despliegue de energía:

Créame, sé lo que está usted pensando. Yo pensé algo parecido. Pero, por más que lo pienso, no consigo recordar un fenómeno parecido. Aquí donde las ven, las abanderadas del kawaii metal, o cuquimetal, han teloneado a grupos como Metallica, Guns n’ Roses o Red Hot Chili Peppers, han sido la primera banda nipona que ha actuado como cabeza de cartel en Wembley, y una de las pocas que han colado éxitos en las listas estadounidenses y europeas. Eso sí, les ha costado años. Han pasado por tragos que ni Katy Perry ni Britney Spears tuvieron que afrontar en su día, como actuar en un festival sin saber si el público purista iba a querer lincharlas por lo que estaban haciendo. Pero vamos al grano: el experimento Babymetal gira fundamentalmente en torno a dos personas: el productor Key Kobayashi y la cantante Suzuka Nakamoto, aunque ambos son más conocidos por sus respetivos apodos, Kobametal y Su-Metal. Key Kobayashi (no confundir con el cocinero del mismo nombre que tiene en París un restaurante con estrella Michelín) es el cerebro detrás de todo el invento, tanto en el aspecto musical como en el estético. Suzuka aporta su voz y un carisma escénico que no ha hecho sino crecer con el tiempo.

En 2010, cuando era una mocosa, Suzuka militaba en un grupo llamado Karen Girl’s. Nada interesante, un trío de pop discotequero formado por crías pequeñas que grababan música espantosa para un público que también consistía, supongo, en crías pequeñas (aunque en Japón uno nunca sabe con total seguridad qué cosa está dirigida a qué tipo de público, aquello es muy confuso). Karen Girl’s ni siquiera hicieron giras; se limitaron a grabar algunas canciones, a rodar algunos videoclips y a conceder algunas entrevistas, todo con la velocidad y eficiencia militar propias de la industria «idol» japonesa, que lanza un producto adolescente para el consumo masivo, lo exprime al máximo, y luego lo sustituye por otro. Los atuendos y las temáticas de Karen Girl’s se basaban en una popular serie anime, así que el trío era la mera comercialización efímera de unos dibujos animados que por entonces estaban de moda. Después del año previsto por su contrato, Karen Girl’s se separaron. El mundo no se perdió nada. Pero bueno, aquello era horrible pero ahí estaba la futura vocalista de Babymetal, que tenía solamente once años. Es fácilmente reconocible por sus características orejas de soplillo. Las otras dos chiquillas dejaron la música para centrarse en los estudios, pero Suzuka llevaba el gusanillo del escenario en la sangre: llevaba desde los siete años recibiendo clases en una prestigiosa escuela de actores de su ciudad natal, Hiroshima, y de hecho ha seguido actuando en teatro de forma paralela a su carrera con Babymetal. También había aparecido en los típicos programas televisivos de actuaciones infantiles. Hasta aquí, nada que la distinga de cualquier otra niña cantarina del negocio.

Key Kobayashi, por su parte, era un productor curtido en el mundo del heavy metal que, por lo visto, quería sacar tajada del negocio idol porque imagino que veía fluir los yenes. Kobayashi planeaba una continuación de Karen Girl’s y quería hacerlo en torno a Suzuka, que sabía cantar, bailar, interpretar y tenía un enorme desparpajo escénico. En un movimiento típico de la industria idol, recurrió a una agencia de casting para encontrar a dos nuevas componentes para rehacer el trío, pero el talento musical de las aspirantes solía brillar por su ausencia: «El resto de candidatas eran modelos infantiles que no tenían experiencia cantando ni bailando, sino desfilando y actuando», recordaría Kobayashi. No lograba encontrar en otras niñas la combinación de factores que se daban de manera natural en Suzuka, así que se cansó de buscar y decidió que ella sería la voz única y principal. Buscó a dos niñas que fuesen un poco más pequeñas para que ejerciesen como escuderas, y ni siquiera necesitaba que tuviesen una gran voz, porque se limitarían a acompañar a Suzuka en las coreografías y a hacer algunos coros facilitos.

Hasta aquí, una vez más, nada nuevo. La fórmula de girl band infantil es muy habitual en Japón y sobre el papel no parece encerrar demasiado secreto: melodías pop y una imagen kawaii, cuqui y tierna. Pero Kobayashi, sabe Dios impulsado por qué visión, empezó a alejarse del concepto inicial. Le motivaba la posibilidad de grabar una música infantil que no sonase a lo de siempre. Pero, ¿a qué estilo recurrir para marcar la diferencia? Suzuka tenía buena voz, pero su timbre era tan convencional que no daba como para experimentar con sonidos alejados del R&B moderno y el pop, típicos del «idol», que eran los que ella sabía cantar. En algún momento, tras darle muchas vueltas al asunto, a Kobayashi se le encendió la bombilla. Su música preferida era el heavy metal, así que se preguntó qué pasaría si añadía un acompañamiento guitarrero a las melodías dulzonas. Sí, la ocurrencia no tenía ningún sentido, pero él hizo la prueba y, al menos desde su punto de vista, funcionó. La angelical vocecilla de Suzuka encajaba con unas guitarras que, según la costumbre, suelen ir acompañadas de recias voces, cuando no directamente de berridos. Satisfecho con la química sonora del asunto, ya solo faltaba un nombre para el experimento. También el nombre le vino por ciencia infusa: Babymetal, que pronunciado en japonés («bebi-metal») rima con heavy metal. Así, Suzuka se convirtió en Su-Metal y sus dos compañeritas, Yui Mizuno y Moa Kikuchi, fueron rebautizadas como Yuimetal y Moametal.

Lo sé, suena todo tan estúpido que, hasta aquí, podemos estar de acuerdo en que la ocurrencia parecía una inmensa broma, una astracanada que quizá nunca iba a llegar a gustarle a alguien. Pero fue ahí, en el momento de concebir el producto, cuando Key Kobayashi empezó a dar muestras de su brillantez como mánager y productor. Para empezar, quiso que la música que respaldaba a las chicas fuese heavy metal de verdad, nada de sucedáneos ni de estructuras de acordes poperos ejecutadas con guitarras fuertes, como tantas veces se ha hecho en los Estados Unidos. Cuando grabaron su primer sencillo, Kobayashi mezcló los instrumentos de forma parecida a como se habían hecho las mezclas en los discos de Pantera (no es broma, lo ha dicho él mismo varias veces). También insistió en el aspecto visual del grupo, sobre todo en el baile, que debía reflejar la fuerza de las guitarras pero sin perder el toque kawaii. Contrató como coreógrafa a una antigua profesora de baile que Suzuka había tenido en Hiroshima, para que las chicas tuviesen una puesta en escena cuqui, sí, pero también muy enérgica. No soy coreógrafo ni nada que se le parezca, pero admito que lo de hacer cuernos mientras adoptan poses cuquis tiene su gracia.

Aquel primer single, llamado «Doki Doki Morning», sonaba raro de narices, como si el niño de «Do What I Say» de Clawfinger hubiese secuestrado al cantante y se hubiese apoderado de la canción. Por entonces, Kobayashi todavía no las tenía todas consigo: era un hombre con una reputación dentro del gremio rockero y, como reconoció más tarde, temía que los fans del heavy metal japonés se le echasen encima y que la comunidad local de músicos metaleros, a los que conocía muy bien porque había trabajado con muchos de ellos, pensaran que Babymetal era una aberración. Tampoco había garantías de que el público adolescente, acostumbrado al pop masticable, supiese cómo digerir el invento. Desde el primer momento, el factor «pero qué cojones es esto» era intenso en Babymetal. Por entonces, además, ni siquiera tenían banda de acompañamiento y Suzuka era la única que cantaba de verdad, así que todavía eran poco más que un producto de laboratorio. Sin embargo, ya en su primer directo dejaron claro cuáles iban a ser algunos de sus principales puntos fuertes: el desparpajo de Suzuka y la energía contagiosa con la que las tres niñas ejecutaban sus coreografías. No podía negarse que se dejaban la piel sobre las tablas. Ellas (y, sospecho aunque no puedo afirmarlo, los espectadores a sueldo que el mánager solía llevar a sus primeros bolos para que animasen desde abajo), constituían un nuevo tipo de espectáculo. Contemplen el alucinógeno debut de las niñas, allá por el 2010:

Conforme las chicas iban engrasando su maquinaria escénica, empezaron a actuar con mayor frecuencia. Primero se dejaron ver en los circuitos propios de la música pop, aunque Kobayashi, astutamente, se saltó algunas reglas de promoción que eran sagradas en la escena «idol». La costumbre dictaba que los artistas fuesen filmados o retratados con mucho mimo; incluso en las entrevistas televisivas supuestamente «casuales» todo era estudiado al milímetro como si fuese una sesión de fotos; se miraba con lupa la ropa, el maquillaje, los escenarios y la iluminación. Y aunque Babymetal ofrecían una imagen cada vez más elaborada en el escenario, su mánager insistió en que, fuera de escena, las cámaras debían captarlas de la manera más natural posible, sin iluminación especial, ni maquillaje, ni retoques de ningún tipo. Quería acentuar el contraste entre las tres fierecillas que el público veía haciendo cuernos sobre el escenario y las tres renacuajas muy, muy pequeñas que en realidad todavía eran. La apuesta era tan llamativa que Babymetal empezaron a atraer la atención más allá de circuito idol. En 2012 aparecieron por primera vez en un festival de rock muy importante en Japón, el Summer Sonic Festival. Actuaron en un escenario pequeño, ante un público escaso y suponemos que atónito, exceptuando al grupo habitual de animadores sospechosos que copaba las primeras filas.

La cosa no hubiera pasado de la mera anécdota si Key Kobayashi no hubiese continuado cuidando los detalles. Por ejemplo, cuando un técnico de luces le impresionó durante un concierto de heavy metal al que asistió como espectador, lo convenció para que empezase a trabajar para Babymetal. Desde entonces, la iluminación se convirtió en otro de los puntos fuertes de su puesta en escena. Además, Kobayashi contrató a varios músicos de pega con el fin de que hiciesen playback en la parte de atrás del escenario… aunque lo hilarante es que ensayaban tanto aquellos playbacks que buena parte del público creía ¡que estaban tocando de verdad! Cuando Kobayashi pensó que esto no era suficiente, reunió otro grupo de músicos, pero para que interpretasen de verdad las canciones, tanto en disco como en vivo. No se anduvo por las ramas ni se contentó con fichar a unos músicos cualesquiera. Tirando de contactos, y suponemos que usando todo su poder de convicción, se hizo con los servicios de algunos cotizadísimos instrumentistas de la escena metálica nipona. En cuanto a desempeño instrumental, la Kami Band, que así se hace llamar el grupo de acompañamiento de Babymetal, podía medirse con cualquiera en la escena heavy internacional.

Con un grupo de auténticos músicos, el directo de Babymetal dejó de ser una pantomima verbenera y se convirtió en un auténtico concierto, en el que ya solo estaban pregrabados algunos coros y efectos. El redoblado poder de sus directos les ganó el respeto del público metalero japonés, algo que dejó alucinado al propio Kobayashi, que siempre había temido un rechazo total por parte de esa escena. Después, Babymetal atrajeron a diversos tipos de audiencias y, en un par de años, llegaron a lo más alto en su país. En 2013 publicaron el sencillo «Ijime, Dame, Zettai» (un título que significa algo así como «No al acoso escolar») y obtuvieron suficiente éxito como para terminar actuando en la legendaria sala Budokan de Tokio, donde han grabado algunos directos míticos gente como Bob Dylan, Ozzy Osbourne o Cheap Trick. Las chicas, que por entonces tenían entre dieciséis años (Su-Metal) y catorce (las otras dos), habían refinado muchísimo su puesta en escena durante los cuatro años anteriores y ya ni siquiera parecían las mismas de su debut. Sus músicos sonaban como una apisonadora, desde luego, pero también ellas demostraban un total dominio de las tablas. ¿Seguían siendo una marcianada? Sí, ¡mucho!, pero ahora eran también un grupo de verdad. No solo eso; Kobayashi diseñó espectaculares números que aún no eran conocidos fuera de Japón, pero que dejaban en agua de borrajas muchos montajes metaleros occidentales. Por ejemplo, la crucifixión de Su-Metal, una cantante de dieciséis años, en mitad de una canción instrumental titulada «Death». Una puñetera locura. El público metálico no podía quejarse de la escenografía, porque Babymetal y sus crucifixiones hacían que Marilyn Manson pareciese un monaguillo en comparación

En 2014 grabaron su primer álbum de larga duración, Babymetal, que vendió muy bien en su país. Key Kobayashi había conseguido que su delirante ocurrencia se ganase al público japonés, pero la gran pregunta era si algo tan aberrante iba a tener alguna acogida en el extranjero. En Japón, el concepto era visto como una rareza, al igual que aquí, pero la gente hablaba el mismo idioma que las chicas, conocía sus personalidades y sus trayectorias gracias a la televisión. Los espectadores estaban familiarizados con el contexto cultural del grupo. ¿En otros países? La reacción podía ser imprevisible. Pese a que la invasión internacional del anime y el manga sugieran lo contrario, Japón sigue siendo muy insular para según qué, y allí suceden muchas cosas que en Occidente no conocemos o que no serían bien recibidas. Es decir, puede que en occidente haya «bronies», asociaciones de adultos que son fans acérrimos de Mi Pequeño Pony (no, no me lo estoy inventando). Pero, aparte de que uno se pregunte sobre si esta gente debería conducir y manejar maquinaria pesada, hablamos de algo minoritario. El heavy metal, en cambio, no es tan minoritario. Puede que no arrastre tanto público como el pop, pero los seguidores del metal son muy, muy leales al estilo y se pueden tomar como una ofensa personal según qué cosas.

Sin internet, es posible que Babymetal nunca hubiesen salido de Japón. Kobayashi, pese a todo, estaba esperanzado gracias al creciente número de comentarios en lenguas occidentales que leía en los vídeos de la cuenta de Youtube del grupo. Se mostraba dispuesto a intentarlo, aun siendo muy consciente de que determinados fenómenos japoneses no son bien entendidos fuera. Eso sí, lo hizo por la vía difícil, sin anestesia. Para el debut internacional de unas Babymetal de las que nadie había oído hablar, eligió el escenario más delicado posible: el festival Sonisphere de 2014, a su paso por Inglaterra. Sobre el papel, aquello podía ser un suicidio artístico, y casi un suicidio literal. Quien esté familiarizado con el mundillo heavy sabe cómo puede reaccionar parte del público cuando algo no le gusta, y muy en especial si hablamos de público británico. Hemos visto muchas veces cómo algún grupo es sometido a humillaciones e insultos, y aún peor, a lluvias de objetos que incluyen vomitivos bombardeos con botellines o vasos llenos de orina.

Imaginen los nervios que debieron de sentir estas tres indefensas chiquillas japonesas ante la perspectiva de actuar por primera vez fuera de su país y, cosa aún más aterradora, ante el público más numeroso de sus vidas, que para colmo estaba repleto de sujetos que podrían tomarse su extraña propuesta como una ofensa al Verdadero Metal. Muy pocos de ustedes querrían pasar por ese trance; yo, desde luego, no me hubiese atrevido. Para colmo, en Japón ya eran famosas y llevaban sus propias luces, su propio escenario, sus efectos escénicos, pero en el Sonisphere tendrían que actuar de día, en un escenario secundario, y deberían valerse únicamente por sí mismas (y sus músicos) para que el espectáculo se ganase al respetable. Por descontado, la incontestable potencia de sus músicos, que comenzaron solos el concierto, sirvió para dejar claro que tenían detrás una verdadera banda de metal. Con todo, el que las tres chiquillas no se dejasen amilanar es algo que tiene que ser valorado. Vamos, que le pusieron ovarios al asunto. La cosa podía haber terminado en tragedia, pero ellas salieron, desplegaron todo su encanto cuqui y toda su energía y, tras media hora de actuación, vencieron y convencieron. El que tres mocosas japonesas, que apenas sabían pronunciar el inglés, hicieran cantar al público metalero del Sonisphere aquello de «Gimme Chocoreto cho-cho-cho» (2:45 de vídeo) es un fenómeno paranormal que yo nunca hubiese creído de no existir el registro documental de los teléfonos móviles de los asistentes al evento. Pero sucedió:

Si el cuquimetal de Babymetal había funcionado en el Sonisphere, podía funcionar en cualquier rincón del continente, al menos sobre el papel. Es más, parte de la prensa heavy europea (aunque no toda, cabe decir) empezó a tomárselas como algo legítimo. La revista Metal Hammer les dedicó una atención especial en su siguiente número, aunque otras revistas eran mucho más escépticas, cuando no directamente despectivas. Pero el boca a boca funcionó y la gente empezó a hacer cola para acudir a sus conciertos; era fácil reírse de ellas a primera vista, pero la gente que iba a verlas salía de los recintos hablando maravillas sobre su espectáculo. Babymetal llevaban ya algunos años aprendiendo en Japón cómo meterse al público en el bolsillo, así que en Europa se estaba viendo un producto muy pulido. La gente reconoció que había calidad musical por parte del grupo, calidad vocal por parte de Su-Metal, y un incontestable esfuerzo por parte de las tres chicas.

Quedaba, eso sí, el siempre difícil salto a los Estados Unidos. Babymetal debutaron en el Fonda Theatre de Los Ángeles, Como de costumbre, la banda de acompañamiento empezó el concierto con varias demostraciones de pericia instrumental (incluyendo algún guiño a Van Halen, algo que siempre agrada a los rockeros californianos), y después las tres chicas salieron a cantar y bailar su extraño híbrido. Volvieron a triunfar. En aquel primer concierto americano fueron recibidas con entusiasmo y la demanda por verlas en directo empezó a crecer también en aquellas tierras.

Faltaba comprobar, eso sí, cómo serían recibidas por la gente que formaba parte de la industria, y muy en especial por los grandes nombres del gremio del heavy. Es verdad que recibieron un enorme espaldarazo desde dentro de la industria musical cuando Lady Gaga se las llevó de teloneras en varios conciertos, pero claro, eso tampoco era una carta de presentación muy convincente a ojos de los puristas metaleros. Sin embargo, cuando las chicas empezaron a actuar en festivales estadounidenses y canadienses, los grupos que compartían cartel con ellas empezaron a respetar su entrega. Incluso empezaron a defenderlas, como cuando Andy Copping, promotor del Download Festival, aseguró que nunca las contrataría para su evento: «Hay un tiempo y un lugar para Babymetal. A cada uno lo suyo, pero ese lugar no es el Download Festival». Copping calificaba Babymetal como «otra moda de los japoneses».

La mejor y más hilarante respuesta a las críticas del promotor provino de las propias chicas. En junio de 2015, mientras se celebraba un Download en el que Babymetal habían sido vetadas, un confuso Copping publicaba un mensaje en su cuenta de Twitter: «Acabo de ver a las Babymetal entre bastidores, ¿qué está pasando?». Y lo que pasaba era que las chicas estaban en el festival como invitadas de uno de los grupos metálicos del cartel, Dragonforce, con quienes ya habían coincidido en otros escenarios. Molestos por el veto de Copping, Dragonforce sacaron a las tres chicas al escenario y tocaron el tema «Gimme Chocolate» para que ellas pudieran cantarlo en toda la jeta del promotor. Las chicas se tomaron una sarcástica foto haciendo cuernos ante el logo del festival. Hasta donde yo sé, ninguna banda heavy ha tenido los arrestos de aparecer en un festival donde se los hubiese vetado, y estas tres colegialas, con una despreocupación digna de los Sex Pistols, se presentaron en el escenario pese a los deseos del promotor. El micro de Su-Metal dio algunos problemas pero, aun así, la gente respondió bien y los propios Dragonforce se lo pasaron en grande (sobre todo el teclista). No sería la última vez en que actuarían junto a Dragonforce, con quienes entablaron amistad. Quienes se empeñaban en menospreciar a Babymetal, pues, podían encontrarse defensores en los rincones más insospechados. Rob Zombie llegó a pelear con sus propios fans en Facebook, afirmando que Babymetal le habían impresionado: «Estas tres chicas tienen más energía que el noventa por ciento de las bandas con las que solemos tocar».

El segundo disco del grupo, Metal Resistance, apareció en 2016. Llegó al puesto 15 de las listas británicas, lo más alto que cualquier artista nipón hubiese llegado nunca en aquel país. También fue el primer grupo japonés en ser cabeza de cartel en el estadio de Wembley. Poco después, como ya vimos, hicieron su debut en un programa puntero de la televisión estadounidense. Rob Halford apareció en uno de sus conciertos para cantar con Su-Metal un par de temas de Judas Priest. Los Red Hot Chili Peppers se las llevaron de teloneras en un par de giras, y sus miembros salieron varias veces a compartir escenario con ellas. Chad Smith, por ejemplo, tocó la batería en las dos versiones de Judas Priest que las chicas ya habían añadido a su repertorio habitual, y lo hizo vestido y maquillado como un miembro más de la Kami Band. Poco después, las chicas fueron teloneras de Metallica en Seúl y de Guns n’Roses en Tokio. En fin, vean a Chad Smith tocando «Painkiller» y «Breaking the Law» de Judas Priest para despedir la gira conjunta. Es evidente que no son canciones concebidas para una vocecilla melódica como la de Su-Metal y que están a años luz de su estilo. Pero aunque «Painkiller» es tan difícil de cantar que no le sale ni al propio Rob Halford, la chica las sacó adelante de manera sorprendentemente aceptable, teniendo en cuenta que dudo fuese capaz de gruñir ni a una mosca. También es evidente que ha desarrollado su carisma escénico y que se basta por sí misma para llenar las tablas aunque no esté arropada por las coreografías de sus dos compañeras.

Por si quieren más cuquismo en vena, vean como, al terminar la actuación, Chad Smith sacó una tarta —el cumpleaños de Suzuka era el día siguiente— e hizo que el público le cantase «Cumpleaños Feliz». Pero bueno, la actitud paternal de las bandas consagradas hacia Babymetal es comprensible; los músicos veteranos como los Peppers, Dragonforce o Metallica saben mejor que nadie lo que supone abrirse camino y enfrentarse a públicos que no siempre van a ser acogedores, sobre todo cuando se enfrentan a algo a lo que no están acostumbrados. También saben que Su-Metal es, aunque en su estilo, una gran cantante, y que tiene madera de estrella. Es lógico que quieran hacer bien visible su apoyo a las chicas, aunque para entender todo esto, quizá sea mejor escuchar las palabras de Corey Taylor, de Slipknot, que le explica a un locutor de radio por qué es fan de Babymetal. Su disección de lo que el grupo significa para el público infantil, comparándolas con Kiss, es bastante elocuente.

Yo nunca pondría un disco de Babymetal en casa (aunque sí me divierte escuchar «Gimme Chocolate» y algún otro tema suelto) pero lo cierto es que respeto lo que estas tres crías han conseguido, porque les ha costado esfuerzo y dedicación, y además ha requerido una excepcional valentía. Y qué demonios, son buenas en lo suyo, el cuquimetal. Preferiría mil veces ir a un concierto de Babymetal que a uno de Nightwish, ya se lo digo… puestos a ponernos moñas, ¡que por lo menos sea divertido de contemplar! Que haya bailecitos y cosas, que los otros parece que están siempre de entierro.


Mensajes ocultos, leyendas urbanas y curiosidades en canciones clásicas

Hay canciones que, más allá de su propia melodía, tienen vida propia. La música tiende a excitar la imaginación de la gente desde tiempos muy remotos, y las creencias supersticiosas, las malas interpretaciones o sencillamente las anécdotas que rodean su creación hacen que ciertas piezas musicales generen en torno a sí sus propias leyendas, rumores y habladurías. En algunos célebres casos están rodeadas de polémica por la inclusión de supuestos mensajes satánicos ocultos, en otros casos —se decía— son canciones cuya grabación recogía el supuesto asesinato en directo de una persona… o que directamente provocaban la muerte del oyente. Otras canciones están ligadas a leyendas más inofensivas e incluso intrascendentes, pero que aun así han despertado durante décadas discusiones entre los fans para decidir si determinado título estaba o no inspirado por un banco, o si determinada canción estaba dedicada a un perro, o si determinada melodía era una pieza clásica interpretada al revés. Y aún hay otras grabaciones que, lejos de arrastrar populares leyendas urbanas, tienen detrás una historia sorprendente que poca gente conoce.  Hagamos un repaso a canciones asociadas a leyendas, maldiciones, curiosidades y anécdotas de todo tipo. (Haciendo click en los respectivos títulos, podréis escucharlas en Youtube)

Edificio Mony
El único edificio al que se ha dedicado una canción de amor.

Louie Louie (The Kingsmen) La letra más sucia de los años sesenta

No todo el mundo sabría decir su título o sus autores, pero es una de las canciones más célebres del planeta y cualquiera que haya visto películas o series norteamericanas la reconocerá al instante como la canción que en Estados Unidos asocian a las fiestas universitarias. Sin embargo, pese a ser un enorme éxito, fue grabada en condiciones muy precarias: con un micrófono colgando del techo. Suele decirse, y con razón, que es uno de los “hits” peor grabados de la historia… aunque en ello reside buena parte de su encanto. Debido a la mala calidad de la grabación, la letra resultaba en parte ininteligible y hasta los propios estadounidenses la tarareaban sin saber muy bien qué estaba diciendo el cantante. Ciertas frases, al estar la voz tan alejada del micro, suenan confusas. Ello, naturalmente, disparó la imaginación de la gente —y más en plenos años sesenta— y empezó a correr la voz de que la letra de Louie Louie decía auténticos disparates; cualquier frase ambigua que no se entendiese muy bien era instantáneamente transformada en una guarrada con connotaciones sexuales. Hasta el FBI llegó a estudiarla seriamente para averiguar si The Kingsmen estaban pervirtiendo a los jóvenes con una canción sobre felaciones y actividades eróticas varias. Como es lógico y como resulta fácil suponer, la letra original era en realidad bastante inocente, pero la canción y su leyenda no serían lo mismo sin las letras alternativas que, durante décadas, han circulado entre la gente como si fuesen ciertas.

Ohio Players
Ohio Players, creadores del "snuff record".

Love Rollercoaster (The Ohio Players) Asesinato en directo

Aunque en España Love rollercoaster no es tan conocida como otras canciones que citaremos en este mismo artículo, la leyenda urbana que rodea este tema es una de las más tétricas y escalofriantes de la historia de la música, pese a que la canción en sí es un tema sumamente alegre pensado para las desenfadadas discotecas de 1975. The Ohio Players eran unos de los reyes indiscutibles del funk, estilo generalmente poco asociado a anécdotas tenebrosas; pero tras el éxito de la canción empezó a circular la historia de que una mujer había sido asesinada en el estudio y que la grabación había captado su último grito. ¡Casi nada! Lo que desencadenó la leyenda fue que, efectivamente, puede oírse al fondo un casi imperceptible grito (sobre el minuto 2:30 de canción) el cual, una vez asociado a la leyenda, la verdad es que pone los pelos de punta. Por descontado el grito no lo había proferido una mujer mientras moría, sino Billy Beck, teclista y principal compositor de la banda. Pero tras el revuelo que se estaba armando en la prensa y dándose cuenta de que aquello constituía una gran publicidad gratuita, The Ohio Players guardaron silencio y no se molestaron en desmentir la historia hasta varios años después. Aun así, incluso hoy existe gente que habla de “una canción en donde se escucha morir a una mujer”.

Gloomy Sunday (Rezső Seress) La canción que mata al oyente

Si Love rollercoaster contenía la supuesta grabación de una muerte en directo, lo cual es de por sí bastante fuerte, ¿qué otra forma de superar la hazaña que con una canción que, directamente, provoca la muerte de quien la escucha? Gloomy Sunday era una tristísima canción compuesta por el pianista húngaro Rezső Seress, la cual se convirtió en un gran éxito con versiones como la de Billie Holiday. La versión original de la canción tenía una deprimente letra que hablaba del suicidio como una forma de reunirse en el Más Allá con una amante fallecida. Tras el éxito del tema, empezó a circular la historia de que varias personas habían sido encontradas muertas con la canción sonando en sus tocadiscos, que habían sido cientos quienes se habían quitado la vida tras escucharla y que las emisoras de radio se estaban negando a radiarla porque su escucha provocaba el suicidio de muchos oyentes. Por si fuese poco, el propio Seress, autor de la canción, se quitó la vida a final de los años sesenta, lo cual no hizo sino reafirmar la leyenda. Para el lector impresionable, decir que —naturalmente— esta habladuría no tiene ni pies ni cabeza y que no existe una música capaz de matar a quien la oiga, pero hay gente que tras conocer la historia ¡no se atreve a escuchar la canción!

Suicide Solution (Ozzy Osbourne) Suicidios, malentendidos y titulares

A principios de los ochenta, la asociación PRMC —formada por diversas esposas de políticos norteamericanos— se empeñó en censurar la industria discográfica, y los grupos de “heavy metal” fueron su blanco favorito. Suicide solution (una de las canciones del disco de debut de Ozzy Osbourne, Blizzard of Ozz) saltó a los titulares cuando un joven fan de Ozzy se quitó la vida de un disparo en su habitación… mientras sonaba el tema. La prensa se empeñó en culpar a la canción del desgraciado suceso y no ayudó a mitigar la idea la imagen del propio Ozzy, quien además de descabezar murciélagos y pájaros a mordiscos, provenía de Black Sabbath, un grupo que muchos padres asustados asociaban con el satanismo. Además, en aquel mismo disco había grabado Mr. Crowley, una canción que era un claro homenaje al famoso satanista del siglo XIX, Aleister Crowley. El único problema era que la letra y el título de Suicide solution no hacían referencia a quitarse la vida sino al alcoholismo (estaba dedicada a Bon Scott, difunto cantante de AC/DC, quien había fallecido a causa de la bebida). De hecho, la palabra “solution” era usada en su segunda acepción, la de “solución líquida” y no como “manera de resolver un problema”. Incluso el supuesto satanismo de Ozzy era más bien infantil —cualquier que haya visto la serie The Osbournes se hará una idea de ello— pero en aquellos años cualquier cosa que sonase a rock duro era sospechosa de estar inspirada por el Señor del Averno. Ozzy terminó saliendo indemne del asunto, aunque el asunto llegó a los tribunales y por un momento no pareció claro si terminaría pisando la cárcel o no, sólo porque los censores no se habían leído la letra o no sabían que la palabra “solución” significaba más de una cosa.

Stairway to Heaven (Led Zeppelin) Cuando Satán habla al revés

Led Zeppelin
Led Zeppelin, los Chicos Malos de los 70.

Con toda seguridad el ejemplo más célebre de canción que, pese a su dulce sonido, contiene presuntos “mensajes diabólicos”. Estaba incluida en el disco Led Zeppelin IV, disco que en realidad no tiene título y cuya esotérica carpeta mostraba una figura del tarot, un brujo y unos símbolos rúnicos que representaban a los cuatro miembros del grupo, lo cual le daba a todo un aire muy misterioso y demoníaco. La canción es de sobras conocida: una balada de inspiración medieval que termina en un crescendo rockero, con una letra repleta de imágenes oníricas sobre una “escalera hacia el cielo”. Escrita por el guitarrista Jimmy Page —quien en este caso, y por una vez, sí tenía interés por el satanismo en su vida real—se convirtió en el mayor éxito de una ya de por sí exitosa banda. Corría el rumor de que Led Zeppelin habían hecho un pacto con el diablo para triunfar (rumor disparado tras algunas declaraciones del cantante Robert Plant, quien llegó a culpar a las ceremonias de Page de las desgracias que sufrió en su vida personal). Según la leyenda, Stairway to heaven contendría mensajes de adoración a Satán que pueden escucharse si se reproduce el disco al revés. Hoy sabemos que en muchas canciones puestas al revés suenan frases extrañas —y más con un idioma monosilábico como el inglés—pero, aun así, la leyenda urbana en torno a Stairway to heaven nunca ha llegado a desaparecer del todo.

Hotel California (The Eagles)  Bienvenidos al hotel del infierno

El otro gran clásico “satánico” de los 70. De nuevo una dulce balada con clímax guitarrero final (parece la receta predilecta del diablo) conteniendo supuestas referencias a Satán. La letra habla de un imaginario Hotel California que no existía en la realidad y que dio lugar a toda clase de interpretaciones. El hotel atrae a sus clientes con sus encantos terrenales (“puede ser el cielo, o puede ser el infierno”) y una vez dentro, ya no puedes salir. Aunque la letra era una alegoría sobre los excesos que atrapaban a las estrellas del rock en Los Ángeles (sexo, drogas, alcohol, etc.) y que a veces les conducían a un callejón sin salida de hedonismo salvaje, rápidamente se corrió el rumor de que la canción había obtenido su éxito como producto de un pacto con el diablo y de que la letra era un homenaje a Lucifer. Otros hablaban de un guiño a la Iglesia de Satán, fundada en un edificio que, al parecer, estaba en una calle llamada California. El que la canción fuese tan extrañamente absorbente ayudó a acentuar ese aura sobrenatural, pero lo cierto es que los propios miembros de los Eagles terminaron hartos de la susodicha leyenda urbana, aunque todavía hoy su letra es interpretada de las maneras más retorcidas imaginables.

Frank Zappa
Frank Zappa fumando con una amiga.

Ya Hozna (Frank Zappa) Mensajes ocultos ¡en alemán!

Fue uno de los músicos que más intensamente luchó contra la censura del PMRC y el único músico de la historia que tiene el extraño honor de que un disco completamente instrumental (Jazz from hell) luciese una pegatina de “Advertencia para los padres: letras explícitas”. Siempre dispuesto a burlarse de sus adversarios conservadores y viendo cómo se disparaba la histeria de los mensajes ocultos en las canciones, Zappa grabó este extraño tema repleto de voces inquietantes y (esta vez sí) mensajes ocultos grabados al revés a propósito. Aunque, como puede fácilmente suponerse dada la eterna actitud irónica de Zappa, sus mensajes ocultos no eran invocaciones a Satán sino ocurrencias estúpidas y frases inocuas en alemán destinadas a reírse de los censores. Zappa debió de regocijarse bastante mientras los fundamentalistas de costumbre perdían el tiempo poniendo el disco al revés e intentando descifrar aquellos mensajes… que consistían en frasecitas de amor y tonterías sobre sofás. Una deliciosa tomadura de pelo.

Fire on High (Electric Light Orchestra) Una obertura para horripilar al oyente

Una reacción similar a la de Frank Zappa tuvo Jeff Lynne, líder de la E.L.O., después de que se le acusara de introducir mensajes subliminales en su disco de rock sinfónico Eldorado: a symphony. A Lynne no le hizo demasiada gracia la acusación y decidió contraatacar a lo grande, abriendo su siguiente LP con Fire on high, cuya obertura mezclaba siniestras voces al revés, arreglos propios de una película de terror y fragmentos del Aleluya de Haendel, todo ello pensado para aterrar a los censores. Aunque los mensajes ocultos, cómo no, eran totalmente inocuos, el inquietante pasaje musical debió de causarle pesadillas a más de un aterrado cristiano.

Perfect Sense (Roger Waters) Mensajitos a Kubrick

El ex-líder de Pink Floyd fue otro de los diversos artistas que incluyeron mensajes al revés a propósito en una canción. Perfect sense tenía como telón de fondo la voz de HAL 9000, el ordenador de 2001: una odisea del espacio, al que se escuchaba agonizar mientras la música de Waters creaba una absorbente atmósfera melancólica a su alrededor. Pero los mensajes ocultos no eran más que una puya dirigida a Stanley Kubrick, quien no quiso cederle a Waters efectos sonoros originales de la película con la excusa de que todo el mundo empezaría a pedírselos también. Las palabras grabadas al revés, una vez puestas del derecho, decían cosas como “Stanley, hemos decidido incluir un mensaje al revés dedicado a ti y a los otros quemadores de libros”. Casi tan críptico como cuando se escucha del reverso.

Baby one more time (Britney Spears) Ocultismo con coletas

Britney Spears
Britney Spears ya es mayor.

No sé qué sistema usan los buscadores de mensajes ocultos en canciones o cuánto tiempo le dedican al asunto, pero haber encontrado mensajes al revés en el tema que hizo famosa a una adolescente Britney Spears es cuanto menos bastante sorprendente. Aunque el hallazgo subliminal no resultaba demasiado satánico, sí estaba en consonancia con la artista en cuestión: durante el famoso estribillo, reproducido al revés, se puede escuchar la frase “sleep with me, I’m not too young” (“duerme conmigo, no soy tan joven”). Obviamente cabe suponer se trata poco más que de una casualidad fonética afortunada (o eso, o el productor era tan retorcido como el Jimmy Page de los mejores tiempos), pero el tipo que la descubrió tiene su mérito, aunque probablemente esté ahora encerrado en un manicomio buscando mensajes alienígenas ocultos en las manchas de humedad de la pared. De todos modos, con los años, Britney ha dejado atrás las frases al revés y ha perfeccionado los mensajes subliminales —que ahora son bastante menos subliminales— poniendo a alguna canción un título como If you seek Amy (“Si buscas a Amy”), frase que en inglés se pronuncia exactamente igual que “F.U.C.K. me” (“fóllame”).

My Way (Frank Sinatra) El himno que pudo hacer famoso a Bowie

No se trata de una leyenda urbana, sino más bien de una curiosidad poco conocida que pudo cambiar el mundo de la música. Es bien sabido que My Way es la adaptación al inglés que Paul Anka hizo de un tema francés. Comme d’habitude (“Como de costumbre”) había sido un éxito en Francia, pero apenas era conocida en el exterior. Paul Anka había descubierto el potencial de la canción mientras estaba de vacaciones en aquel país y compró los derechos de la composición, pero no le gustaba la letra original, que hablaba de una pareja que convive fingiendo seguir enamorada cuando ya no hay amor. Aquello le parecía un tanto convencional y escribió una nueva letra, más existencialista, pensando específicamente en Frank Sinatra, a quien le iba a ceder el tema. Sin embargo, en aquel mismo momento, un desconocido músico británico llamado David Bowie había hecho su propia adaptación al inglés de la canción, titulándola Even a fool learns to love, pero no conseguía que ninguna compañía discográfica se interesase por su publicación. Bowie seguía peleándose por editarla cuando el disco de Frank Sinatra salió antes al mercado y la canción fue un éxito mundial instantáneo, enriqueciendo a Paul Anka —que había firmado un astuto acuerdo con los autores franceses—y transformándose en un clásico inmortal del repertorio del “crooner” norteamericano. El pobre David Bowie, con su maqueta aún en la mano, vio cómo pasaba la oportunidad de su vida ante sus narices. Por suerte para él, el éxito que le había esquivado en esa ocasión llegó no mucho después con Space Oddity, aunque Bowie no perdió la ocasión de usar los acordes de My Way en otra canción: Life on Mars? Bowie copiaba, sí, pero lo hacía con estilo.

Because (The Beatles) Música clásica tocada al revés

Beatles
Beatles: sus canciones siempre tienen cosas raras. Y si no, se buscan.

Uno de los mejores y más espectaculares ejemplos de lo bien que empastaban las voces de Lennon, McCartney y Harrison. Como muchas otras canciones de este grupo, su artesanía e inspiración maravillaron a los oyentes, aunque pronto empezó a circular la extraña habladuría de que en realidad se trataba de la sonata Claro de luna de Ludwig Van Beethoven… pero interpretada al revés. El típico rumor producto de la era de las drogas psicodélicas. Aunque lo mejor de todo es que la leyenda urbana, ¡terminó siendo cierta! El propio John Lennon contó más tarde cómo nació la canción: un día escuchó a Yoko Ono tocando algo al piano y le preguntó: “¿qué es eso?”. Cuando ella le dijo que era una pieza de Beethoven, él respondió “muy bien, ¿puedes tocar los mismos acordes pero en orden inverso?”. Sobre el resultado, Lennon escribió la melodía de Because. Aunque dicha melodía no tiene nada que ver con la original de Beethoven y fue únicamente la estructura de acordes la que fue usada como base, la verdad es que con atención sí puede escucharse la relación entre ambas piezas.

Helter Skelter (The Beatles) El tema favorito de Charles Manson

Si los Beatles son los reyes de las leyendas urbanas asociadas a sus canciones, Helter Skelter es el ejemplo más notorio, aunque en realidad no se trata de una leyenda como tal, sino de la cruda realidad. Es, con diferencia, la canción más cafre del cuarteto de Liverpool y una de las más salvajes de los años sesenta, escrita y berreada por Paul McCartney como resultado de un pique con The Who, quienes tenían fama de ser el grupo más bestia (al menos en directo) de la escena musical. Por desgracia, el psicótico gurú Charles Manson se obsesionó con la canción, atribuyéndole mensajes ocultos sobre el supuesto fin del mundo, y la grabación sirvió de inspiración  para los sangrientos asesinatos cometidos por él y sus seguidores (por ejemplo el de la actriz Sharon Tate), hechos atroces para los que Helter Skelter, cuyo título viene a significar “caos”, sirvió de telón de fondo. Si algo así hubiese ocurrido en los años ochenta, los Beatles podrían haberse visto en problemas y haberse sentado ante un tribunal, pero en los sesenta todo el mundo entendió que no podía culparse a una canción de que Manson y sus seguidores estuviesen completamente mal de la cabeza. Aun así, el tema arrastró bastante mala fama durante años y aunque ha conocido varias versiones por otros artistas, no es una canción demasiado popular (en comparación con otras de los Beatles, quiero decir). Incluso en pleno 2011 hay gente a la que le sorprende comprobar que los Beatles grabaron una animalada semejante, en la que por momentos, y literalmente, se les puede oír tratar sus guitarras a golpes. No en vano al final del tema se escucha a Ringo Starr gritando “¡me han salido ampollas en los dedos!”.

High School U.S.A ( Tommy Facenda) La canción que estuvo veintiocho veces en las listas de éxitos

Tommy Facenda
Tommy Facenda, más singles en las listas que Lady Gaga.

Nadie piensa en Tommy Facenda cuando piensa en el rock de los años cincuenta, y probablemente con razón. No era Elvis Presley o Little Richard precisamente, y de hecho terminó ejerciendo durante el resto de su vida como bombero, pero tiene el honor de haber colado una misma canción veintiocho (¡28!) veces en las listas de éxitos estadounidenses. ¿Cómo es posible? Muy sencillo: Facenda grabó un tema llamado High School U.S.A. en el que citaba los nombres de diversos institutos de secundaria del estado de Virginia. La referencia hizo gracia a los estudiantes virginianos, felices de oír el nombre de su instituto en una canción, y convirtió el disco en un éxito en las listas regionales. Entonces Facenda tuvo una idea brillante: grabar el tema con una nueva letra en la que citaría institutos de otros estados importantes, hasta que hubo circulando simultáneamente veintiocho versiones de la canción con veintiocho letras diferentes, que fueron un éxito en otros tantos estados (además de una versión nacional en la que nombraba los institutos más famosos del país). Ni Elvis, ni los Beatles, ni Led Zeppelin, ni Michael Jackson pueden presumir de haber tenido veintiocho singles a la vez copando las listas de éxitos. Tommy Facenda sí.

Ain’t that a shame (Fats Domino) El título cambiante

Fats Domino fue uno de los pioneros de la era rock, pero pese a su éxito en los años 50 nunca fue suficientemente reconocido y ya su primer éxito le dejó un sabor amargo. Su canción Ain’t that a shame fue de hecho una de las primeras canciones “Rhythm & Blues” en convertirse en un éxito nacional en los Estados Unidos. Pero Fats Domino era un negro de Nueva Orleans y las compañías discográficas quisieron llevar la canción al gran público con un intérprete “presentable”: se sacaron de la manga a Pat Boone, un blanco con imagen impoluta que grabó una versión horrorosamente edulcorada y cursi de lo que originalmente era un blues melódico, rítmico y triste. Boone era tan pánfilo que incluso quiso modificar el título, cambiando la contracción vulgar “ain’t” y sustituyéndola por la forma académicamente correcta, “isn’t”. La discográfica no le hizo caso, pero aun así y por error la versión de Boone fue publicada con un tercer título distinto: Ain’t it a shame. Salió al mercado muy poco después que la versión de Domino y, al gozar de mayor apoyo mediático, se transformó en un enorme éxito que eclipsó por completo la canción original. Obviamente, hoy en día nadie se toma en serio la sonrojante versión de Pat Boone y la interpretación de Domino es la única que cuenta, pero aun así el bueno de Fats, conocido por su perenne sonrisa, nunca le ha perdonado a Boone la jugada. Aunque otros rockeros negros como Little Richard piensan que Pat Boone es un buen tipo y que sus blandas versiones sirvieron al menos para llevar la música negra al gran público blanco, Fats Domino sigue pensando que Boone le robó su canción y que se aprovechó de ser blanco para construir toda una exitosa carrera a partir de ella, a costa suya. Pat Boone es el único individuo, que se sepa, hacia quien el bonachón Fats Domino haya mostrado rencor públicamente. Y no le falta razón.

Shine on you crazy diamond (Pink Floyd) Aparición fantasmagórica en el estudio

Syd Barrett
Syd Barrett, el miembro fantasma de Pink Floyd.

Es sabido que Pink Floyd expulsaron a su primer guitarrista y líder, Syd Barrett, cuando los efectos secundarios del abuso de LSD le incapacitaron para continuar en el grupo. En los años posteriores, el estado mental de Barrett fue empeorando hasta quedar prácticamente apartado de una vida normal. Aunque su expulsión fue una medida lógica e inevitable, el bajista Roger Waters se sintió abrumado por la culpabilidad durante mucho tiempo y sus tormentos al respecto aparecieron en varios de sus discos. Waters le dedicó a Syd Barrett varias de las mejores canciones de Pink Floyd, como Wish you were here o Shine on you crazy diamond (que contiene las siglas S.Y.D., si uno se fija bien). Durante la grabación de esta última ocurrió algo extraño: un individuo apareció en el estudio y se sentó en un rincón, observándoles. Llevaba la cabeza y las cejas rapadas. Como nadie sabía quién era, nadie se atrevió a echarle. Sólo al cabo del rato el sujeto empezó a hacer cosas extrañas y cayeron en la cuenta de quién era: el mismísimo Syd Barrett, quien por alguna extraña casualidad había aparecido allí justamente mientras grababan el gran tema dedicado a él. Cuando intentaron dirigirse a Barrett, este pareció ausentarse mentalmente y se agudizaron sus comportamientos extraños, provocando la desolación entre sus antiguos compañeros. Finalmente terminó marchándose, aunque el ambiente que reinaba después en el estudio era propio de un funeral: todos se sentían hundidos y Roger Waters lloraba sin parar. Con este estado de ánimo y la descorazonadora aparición de un enloquecido Syd todavía en las retinas, siguieron grabando Shine on you crazy diamond, que no sin motivo desprende esa intensísima vibración dramática, especialmente durante las partes cantadas, que fueron interpretadas por Waters. Pocas veces una canción ha registrado tan directamente los sentimientos que la habían inspirado.

Mony Mony (Tommy James & the Shondells) Oda a un banco

Al igual que Louie Louie, esta es una canción cuyo título e intérpretes son bastante desconocidos, pero que cualquier persona ha escuchado alguna vez en su vida y es capaz de reconocer y tararear al instante. Fue un gran éxito a finales de los sesenta, una típica canción de amor playero que, en medio de la era hippie, rescató temporalmente la despreocupación juvenil de inicios de la década. Al oír la canción en la radio, mucha gente creyó que el célebre estribillo dice “I love you, money” en vez de “I love you, Mony”, y empezó a circular el rumor de que la canción, cuya letra hablaba obviamente sobre una mujer, estaba dedicada a una entidad bancaria. Pero es uno de esos casos extraños en que la realidad se ha filtrado en la leyenda urbana. El propio Tommy James contó que estaba en su apartamento de Nueva York, intentando componer una canción dedicada a una chica, y buscaba un nombre llamativo al estilo de superclásicos como Louie Louie o la arrolladora Bony Moronie de Larry Williams. Pero sólo se le ocurrían nombres demasiado estúpidos como para ser usados, la composición de la canción se le quedó atrancada sin un título que sirviese de estribillo eficaz, y —hastiado de romperse la sesera— dejó la guitarra y salió al balcón a fumarse un cigarro. Entonces vio en lo alto de un rascacielos el letrero luminoso con las siglas del banco Mutual Of New York (M.O.N.Y.) y tuvo una revelación: aquel sería el título para su nueva canción. Cuando poco después Mony Mony arrasó en las listas, la gente empezó a especular con la idea de que el tema tenía algo que ver con los bancos y, por una vez, ¡resultó que tenían razón!

Fire (The Jimi Hendrix Experience) Tío, ¿está hablándole a un perro?

Jimi Hendrix
Si Hendrix quiere sentarse junto a la chimenea, se le deja sentarse junto a la chimenea.

Uno de los encantos de la era hippie era el modo en que las drogas alucinógenas hacían que los fans se obsesionasen con los detalles más nimios de algunas canciones. Fire era una canción del primer disco de Jimi Hendrix, con una letra intrascendente de connotaciones sexuales (“déjame estar cerca de tu fuego”) y que era básicamente un vehículo para el lucimiento de su extraordinario batería Mitch Mitchell, quien llena la canción de espectaculares contratiempos y redobles, mientras Hendrix está más comedido de lo habitual con su guitarra para no robarle protagonismo. Pero a la gente le dio por fijarse no en la batería sino en las extrañas frases que Hendrix pronunciaba antes del solo de guitarra: “move over, Rover, and let Jimi take over, you know what I’m talkin’ about, get on with it baby!” (“apártate, Rover, y deja que Jimi se ponga en tu sitio. Ya sabes de lo que te hablo, ponte a ello baby!”). Aquellas no parecían frases destinadas a una chica (Rover era más como el nombre de un perro) y los fans de Hendrix, conociendo la afición de su ídolo por el LSD y las metáforas psicodélicas, empezaron a preguntarse cuál era el extraño significado de aquellas palabras o a quién estaba dedicado el mensaje, porque no tenía ningún sentido que el guitarrista empezase a hablarle a un perro en mitad de una canción sobre sexo. Y lo cierto es que sí, ¡le estaba hablando a un perro! La letra de Fire trataba sobre sexo pero su inspiración había llegado en una noche muy fría, cuando Hendrix —invitado en casa de su bajista Noel Redding—pidió permiso para calentarse junto a la chimenea. Allí se le ocurrieron las frases principales del estribillo como “let me stand next to your fire”. Pero en el sitio junto a la chimenea estaba tumbado el pastor alemán de Redding, llamado Rover, a quien Hendrix tuvo que apartar. A la hora de grabar la canción decidió incluir lo que le había dicho al perro, seguramente porque la frase le sonaba bien. Hubo infinidad de profundas discusiones psicotrópicas como producto de una frase tan intrascendente (“¿será Rover uno de los extraterrestres de los que suelen hablar Hendrix en sus canciones?”, “¿será un mensaje oculto para algún músico de la competencia?”)… pero no: Rover era sencillamente lo que parecía; un perro.

He’s a rebel (The Crystals) Las abuelas de Milli Vanilli

The Crystals era uno de los varios grupos femeninos que Phil Spector controló durante los años sesenta. Un buen día el productor descubrió la canción He’s a rebel, que estaba a punto de ser grabada por otro grupo femenino, y pensó que ahí había un éxito en potencia. Él quería la canción para The Crystals y la única forma de adelantarse a sus rivales era grabándola lo antes posible, pero… sus chicas estaban de gira y no podrían volver al estudio hasta un tiempo después. Ni corto ni perezoso, Spector usó a otras cantantes para grabar el tema y lo publicó rápidamente como el nuevo single de The Crystals, aunque ninguna de las Crystals había puesto su voz en él. Cabe imaginar el asombro de las integrantes originales del grupo cuando vieron en el mercado un disco en el que no habían cantado una sola nota. Pero así era Spector, y las Crystals tuvieron que hacerse a la idea, añadieron la canción a su repertorio de directo e incluso se vieron obligadas a hacer algún playback televisivo simulando que eran ellas las que habían granado la canción.

Tutti Frutti (Little Richard) A wop bop a loo bop a lop bop bop!

Little Richard
Little Richard: en cuanto dejó salir la rabia, prácticamente inventó el rock & roll moderno.

Los productores o los propios artistas no siempre saben exactamente lo que va a convertirse en su marca de fábrica. Algunos de ellos no sólo encuentran su estilo por pura casualidad, sino que  prácticamente le dan forma a décadas de historia de la música con un momento de afortunada e inesperada revelación. Durante la primera mitad de los cincuenta, la carrera de Little Richard no conseguía despegar. Por su enorme talento como vocalista y pianista, la discográfica pensaba que Richard podría encajar en el rhythm & blues tradicional que hacía Fats Domino o en la forma laica de gospel (el “soul”) que estaba popularizando Ray Charles. Pero no funcionaba. Richard, que en directo solía dejarse llevar por influencias bastante mundanas —como por ejemplo el sector más alocado del artisteo homosexual al que él mismo pertenecía, y el mundillo de los travestis— se contenía en el estudio para grabar una música más formal. El resultado, sin embargo, no era bueno y no le convencía ni a él ni a su productor. Un buen día, harto de pasar horas encerrado intentando grabar algo decente, aprovechó un descanso para desahogarse con una canción que había interpretado muchas veces en antros de diverso pelaje, una “mariconada” llamada Tutti Frutti que por su ritmo salvaje (¡hablamos de 1955!) y su letra abiertamente gay jamás se le hubiese ocurrido plasmar en vinilo. Liberado de las ataduras del estilo más tranquilo de Domino o Charles que intentaba en vano imitar, Little Richard, con una actitud repentinamente más salvaje pronunció la antológica introducción del tema —en la que su voz parodia un redoble de batería— y, aporreando el piano como un poseso, cantó el tema a berrido limpio. El productor se quedó atónito: no sabía qué clase de canción era aquella ni de dónde había sacado Little Richard aquella voz, pero ¡era precisamente eso lo que tenían que grabar! Aunque el propio Little Richard no lo veía claro —el sonido le parecía demasiado agresivo para lo que se estilaba entonces—terminaron grabando el tema, no sin antes cambiar la letra para eliminar diversas referencias al sexo anal, y Tutti Frutti se convirtió en un gran éxito y en una de las piedras angulares del rock. En aquel nuevo estilo, Richard se destapó como simple y llanamente el mejor vocalista de rock & roll de todos los tiempos y siguió haciendo historia con pedazos de dinamita como Long Tall Sally, la arrolladora Keep a knockin’, Lucille y otras tantas canciones que, no es que sonaban increíblemente potentes entonces, es que ¡siguen sonando increíblemente potentes hoy! Y todo por un momento de frustración en el estudio que transformó a un artista confuso en busca de un estilo propio en La Voz: Dios bendiga a la frustración.

Ain’t no good (Orion) Elvis Presley vuelve de la tumba

Jimmy Ellis
¿Y al tercer día resucitó?

Hay quien asegura haber visto a Elvis comprando en un supermercado y otros creen que fingió su muerte para retirarse a una isla y vivir con Marilyn Monroe, así que no es extraño que también hubiese quien estuviese dispuesto a pensar que Elvis había retornado para grabar un disco de incógnito, bajo el alias de Orion y apareciendo con una máscara en la portada. Obviamente, Elvis no se había levantado de entre los muertos, como dictaba la lógica (¿qué discográfica dejaría pasar semejante ocasión histórica grabando un disco de bajo presupuesto con un nombre falso?) y detrás del invento sólo estaba un imitador de Elvis, Jimmy Ellis, aunque su timbre de voz llegó a confundir a algunos incautos. Esta Ain’t no good, es un buen ejemplo de su trabajo: la canción es una copia de un viejo éxito de Elvis, Little Sister, la cual era bastante mejor aunque hay que admitir que el timbre de voz de Ellis da bastante el pego y quizá por ello hubo no pocas personas que mordieron el anzuelo. Orion nunca afirmó ser Elvis, pero con una voz tan parecida su aparición en escena causó algún que otro susto entre los oyentes más ingenuos. Por si alguien quiere tintes trágicos que añadir a la leyenda de Orion, Jimmy Ellis y su mujer murieron tiroteados en la tienda de su propiedad, a manos de un grupo de delincuentes juveniles. Aunque Orion, por ahora, no ha regresado de la tumba…


Entre mamarracha y excéntrica: el fenómeno Lady Gaga

De mamarracha a excéntrica, todos los adjetivos encajan con Lady Gaga excepto convencional. O te gusta o la odias. ¿Cuál es su fórmula secreta para convertir en oro todo lo que toca? Una estética impactante, canciones masticables, polémicas facilongas y mucho feedback para sus fans.

Aunque se empeñe en hacernos creer que ella nació así (Born this way, 2011), Internet (esa hemeroteca malvada) nos recuerda que, una vez, Lady Gaga (Nueva York, 1986) fue una guidette italoamericana de larga melena negra que vestía sosamente. En resumen, poco o nada queda ya de la Stefani Joanne Angelina Germanotta de aires románticos que editó Red and Blue a principios de 2006. Su formación musical había comenzado mucho antes: Stefani ya tocaba el piano con soltura cuando compuso su primera canción, con apenas trece años.

Lady Gaga, ¿por qué?

¿Qué le pudo suceder a aquella muchachita para terminar convirtiéndose en mother monster, como la llaman cariñosamente sus fans? Poco se sabe de los dos años que median entre Red and Blue y su primer álbum como Lady Gaga: empezó a consumir drogas, escribía canciones para otras personas, tuvo una depresión. Por entonces, conoció a otra artista que intentaba abrirse hueco en el mercado: Lady Starlight. Juntas iniciaron una serie de shows-performances homenaje al rock de los setenta, en los que pesaba tanto el espectáculo (de corte burlesque, ligeritas de ropa) como las canciones. Starlight se lo enseñó todo —lo de actuar y vestirse, cochinos—, Gaga incorporó el glam (su propio nombre artístico hace referencia a una canción de Queen, Radio Ga Ga), y juntas dieron una mítica actuación en el festival Lollapozoola en agosto de 2007. Desde aquel momento, a Lady Gaga le aguarda The Fame (2008).

Pero ¿estaba Lady Gaga preparada para la fama? En principio, podría decirse que no reúne los requisitos mínimos: nunca ha destacado por tener un físico explosivo, condición casi imprescindible para las estrellas femeninas del pop; tampoco es una belleza: demasiado delgada, desgarbada, ni siquiera es fotogénica. A pesar de todas sus horas de ensayo, sólo consigue bailar espasmódicamente. En los videoclips que ha grabado junto a Beyoncé sus dotes para la danza quedan en ridículo. Y las numerosas actuaciones que se encuentran en YouTube demuestran que fuera del estudio tampoco se distingue por su gran técnica vocal. Dudo que pasara con éxito el cásting de uno de esos realities de cantantes tan de moda hoy en día. Y sin embargo, el fenómeno Gaga tiene una fuerza que deja atrás a cualquiera de sus competidoras, suponiendo que las haya. Porque lo suyo es otra liga.

En una escena pop más bien aburrida, plagada de arrabaleras desnudistas y cursis monjiles (¿pero es que no puede haber un término medio?), Gaga trajo el entertainment. Y lo trajo a lo grande, porque no se conforma sólo con llevar sus singles al número uno de las listas de ventas, también ha logrado acaparar la atención de las revistas de moda, es la persona más seguida en Twitter (más de trece millones de personas atentas a cada uno de sus clics) y su vídeo Bad Romance, el más visto de la historia de YouTube. Así se las gasta la monstruita.

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Atuendos inverosímiles

Vestida para matarte las retinas

Su mayor baza es lograr hacer de sus defectos auténticas ventajas. Y una de ellas ha sido precisamente su imagen. Como no es guapa, no va de guapa. Y de este modo puede darse a una estética rocambolesca. Ha depurado sus artimañas para monopolizar la atención centrándose sobre todo en su indumentaria, en la que puede verse una evolución: cuando se da cuenta de que no puede quitarse más ropa, comienza a ponerse encima todo lo que pilla. Es imposible hablar de ella sin mencionar sus maquillajes absurdos, sus tocados inverosímiles (aquella langosta plateada, aquel teléfono deconstruido), los vestidos que apenas la cubren. Su atuendo siempre destaca. Como aquella ocasión en la que, suponemos, abochornó a toda su familia acudiendo a la graduación de su hermana pequeña con unas trazas para deshederarla. Y siendo sinceros, ¿alguien se la imagina bajando en chándal y chanclas al supermercado? Las chanclas son terreno de la Spears y el chándal se lo dejamos a Madonna. Sus pintas son su carta de presentación, preceden incluso a sus canciones. Y nadie permanece indiferente a su estilo, te gusta o te repele. O te gusta precisamente porque te repele.

Al principio era ella misma quien diseñaba su indumentaria (ayudada por su equipo de estilistas, Haus of Gaga) y lo combinaba sagazmente con carísimos diseños de alta costura: Armani Privé, Atsuko Kudo, Louboutin, Alexander McQueen o, por supuesto, Jean Paul Gaultier. Ahora son esos diseñadores los que idean el vestuario para ella o incluso para sus bailarines. Personaje voraz, para fraguar su estilo ha fagocitado a Madonna, a Marilyn Manson, a Lady Starlight, a David Bowie, a Ágata Ruiz de la Prada, a Stefani Germanotta y finalmente, a todos nosotros. La fascinación por sus looks es tanta que incluso pone a la venta, por Halloween, distintos vestidos y complementos a modo de disfraz: el lazo de pelo, las gafas de sol a lo Mickey Mouse… Ofrece exactamente lo que pedimos de ella: entertainment non-stop, reinvención continua, atuendos imposibles, un puntito perturbador, una pizca de fetichismo, declaraciones políticamente correctas pero no exentas de polémica y sobre todo mucha, mucha cercanía con sus fans.

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Ecos ‘burtonianos’

Lady Gaga, que podría haber salido de una película de Tim Burton, encarna perfectamente el tópico de chica inadaptada que termina siendo popular precisamente por su originalidad. Es la Lydia de Beetlejuice. Es como cuando todas las maduritas del vecindario quieren que Eduardo Manostijeras les recorte los setos. Es como cuando el hombre lobo adolescente gana el partido de básquet y hace el paseíllo por el instituto acompañado de otros púberes fervorosos. Es como cuando descubrimos que Sloth no es malo y los goonies se lo llevan con ellos a pasar trabajitos. Es la hija perdida de los Adams. Lady Gaga es digna heredera de todos ellos. Aunque, espera un momento, ¿inadaptada? ¡Pero si estudió en el mismo colegio que Paris Hilton! Bueno, sí, pero allí también era una marginada.

Lady Gaga en la graduación de su hermana

Precisamente es ese su encanto: ha conseguido vendernos una imagen de rarita (cuando sus canciones son prácticamente masticables) con la que ha ganado para su causa a adolescentes y niños de todo el mundo, atraídos por el triunfo de una freak que encima les tiene en cuenta, les habla como si fuera su madre espiritual, responde sus comentarios, agradece sus regalos en las redes sociales, etcétera, etcétera, etcétera; en una interminable campaña de promoción que, dios mío, debe de ser agotadora.

Ese feedback constante que mantiene con sus seguidores es una estrategia de venta que le ha salido redonda. Por ejemplo, la primera vez que actuó en Madrid, en la sala Ocho y medio, hubo lleno absoluto y varias decenas de personas se quedaron sin entrar. Pues bien, al terminar la actuación, Lady Gaga preguntó a qué hora cerraba la sala y como aún quedaba tiempo, hizo pasar a toda la gente que había fuera y repitió el show. Una vez, durante una inacabable firma de discos en una tienda de Los Ángeles, la cantante encargó 80 pizzas para todos los seguidores que esperaban su turno haciendo cola. Y con motivo de su cumpleaños, Lady Gaga linkó en Twitter un vídeo que recopilaba las felicitaciones de cumpleaños que le habían dejado sus fans vía YouTube. Hace sólo unos días, subió a una niña al escenario a cantar Born This Way, rompió a llorar escuchando la interpretación de la pequeña y luego dejó un mensaje a las redes sociales en el que aseguraba que esa niña y todos los demás fans son la razón por la que había escrito aquella canción. Detalles como estos son los que le han conseguido unas elevadísimas ventas en todo el mundo y el cartel de entradas agotadas en prácticamente todos sus shows.

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Pura controversia

Sabiamente sazonados de polémica, cada uno de sus movimientos es analizado y comentado por miles de personas en la web. Al principio, Internet dijo de ella que era un hombre, luego lo dejó simplemente en que era hermafrodita. Se rumoreó también que era lesbiana, baza que supo aprovechar: en un concierto ante una multitud gay declaró que la canción Poker Face habla en realidad de acostarse con un hombre mientras se fantasea con una mujer. De ahí la cara de póquer. Por supuesto, su reivindicación de la diferencia, su imagen kitsch y sus canciones pegadizas han sido abrazadas por el público gay, que la ha encumbrado como una de sus divas.

Lady Gaga conoce a la reina de Inglaterra

También ha incluido polémicas referencias religiosas en sus videoclips, lo que le ha valido multitud de críticas y alguna alabanza. En cierta ocasión comenzó a manarle sangre del pecho en mitad de su actuación en una gala de premios, y terminó el espectáculo colgada (de una mano, eso sí) simulando su muerte. La acusaron de incitar al suicidio. Ella no suele responder a esas protestas, pero cada una de ellas hace aumentar los números en su cuenta corriente.

Y mientras tanto, no dejan de lloverle los premios, las colaboraciones, las campañas publicitarias… el trabajo, en definitiva. Y ella es inagotable. ¿Sus últimas salidas de tono? Pues además de crearse un alter ego masculino —Jo Calderone; tampoco está muy guapo de tío, todo sea dicho— para el que se ha rumoreado que utiliza un pene de plástico (lo que tiene bastante gracia si recordamos los rumores sobre su posible hermafroditismo) y presentarse de esa guisa en una gala de premios, la última locura de Lady Gaga ha sido vestirse de persona normal, dejando boquiabiertas a las redacciones de medio planeta y provocando más de un infarto cerebral.

Lady Gaga es un circo. Se ha instalado en un permanente más difícil todavía, y aunque va perdiendo fuerza, consigue mantenerse en la brecha pasados casi tres años de su debut. Además de extravagante, frívola y superficial, es muy, muy lista. O está muy bien asesorada. El caso es que tanto sus estrategias de venta como su rápido ascenso a la popularidad e impacto social se estudian ya en algunas facultades. Así las cosas, llegará un día en que Lady Gaga se haga mayor —es demasiado lista para morir trágicamente, me temo— y ¿cómo recordará una anciana Germanotta, con sus problemas de espalda por haber cargado con esos tocados descomunales, con sus tatuajes desvaídos en la piel arrugada, la vida turbulenta de aquellos años? Será interesante averiguarlo. Mientras tanto, Lady Gaga mantiene su posición y se ha convertido ya, pese a quien pese, en un icono.

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Videografía básica

Siete videoclips esenciales para entender el fenómeno Gaga:

Just Dance (2008): Su primer single. En el vídeo aparece en una fiesta. Llama la atención su vestuario, bastante discreto para lo que nos tiene acostumbrados, la larga melena rubia totalmente lisa y el rayo azul que le atraviesa la cara, homenaje a Aladdin Sane.

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Poker Face (2008): Ya en los primeros segundos se aprecia la evolución del personaje: Lady Gaga emerge de una piscina embutida en un largo mono asimétrico de látex negro con apliques geométricos en el hombro y llevando una máscara de cristal de espejo. A cada lado, un gran danés: son sus propios perros, Rumpus y Lava, que la acompañarán como elemento fetiche en muchos de sus clips. El vestuario se vuelve más atrevido, más futurista y más hortera, como ese bañador azul metalizado combinado con guantes del mismo material. Aparece por primera vez el lazo de pelo, el tocado característico de la artista.

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Paparazzi (2009): Un corto de ocho minutos en el que aparece junto a Alexander Skarsgard, el musculoso Eric de True Blood, que interpreta a su novio. Este solo hecho demuestra que no tiene un pelo de tonta, o que está muy bien asesorada. El videoclip, con mucho látex, incluye un asesinato y varias muertes sospechosas, además de una de las actuaciones más perturbadoras de la cantante (sí, bueno, qué le pedimos): su entrada en la mansión, tratando de mantenerse en pie, ayudada por las muletas y vestida con corsé metálico brillante. Sexo, muerte, fetichismo, vestidos estrambóticos, peinados inverosímiles e ingentes cantidades de random stuff… Ya es plenamente la Lady Gaga que conocemos.

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Bad Romance (2009): El vídeo más visto de la historia de YouTube: casi 180 millones de visitas. PVC por todas partes en su videoclip más cercano, en cuanto a la estética, a Marilyn Manson, con quien, por cierto, grabó un remix de otro tema y que más tarde salió diciendo de Lady Gaga que no le gustaba la gente que copiaba y lo hacía mal, que antes se copiaba mejor. Lo que hay que ver. En cuanto al vídeo,  incluye —además de publicidad muy poco disimulada— estética monstruosa, torturas de sanatorio mental de los chungos, columnas vertebrales cylon, sexo, muerte, varios pares de zapatos joya de Alexander McQueen y delicioso random stuff como ese abrigo de oso polar que termina ardiendo.

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Telephone (2010): Otro corto, secuela de Paparazzi. Aparece con Beyoncé, que la deja a la altura del betún en cuanto a movimientos danzarines, y a la que, en venganza, viste a lo Gaga. Al comienzo del vídeo hay un pequeño guiño a los rumores sobre su hermafroditismo: dos funcionarias de prisiones la acompañan a su celda, donde la despojan de su abrigo dejándola prácticamente desnuda. Cuando se van, una de las carceleras le dice a la otra: “Te dije que no tenía pene”. Sus estilismos nos dejan para la posteridad las gafas de cigarrillos, los rulos-lata de Coca-Cola y el triquini hecho a base de bandas de No trespassing… Látex de colores, grandes dosis de publicidad, asesinatos en masa, sencillas recetas con veneno y la aparición estelar de la Pussy Wagon de Kill Bill completan otro videoclip inolvidable.

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Alejandro (2010): Látex. Nazis. Sexo duro. Muerte. Religión. No merece la pena. Mucho más recomendable es buscar en YouTube la reacción memorable que provoca en un fan español el esperado estreno de este videoclip.

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Yoü and I (2011): El plato fuerte del vídeo es que aparece travestida como Jo Calderone y se besa a sí misma. No tiene mayor interés.

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Charlie Sheen – Livin’ large

Born to lose, live to win.

De cabeza al desastre. Hollywood tenía que encontrar un nuevo bad boy y sólo ha necesitado agitar un trapo rojo para que Charlie Sheen se tire de cabeza a la piscina vacía sin molestarse en comprobar la altura del agua. Los productores de su exitosa serie Two and a half men, en la que el amigo Sheen cobraba $2.000.000 por episodio (no, no sobran ceros ni es un error; dos millones de dólares), se atrevieron a decir que si sus vicios le impedían cumplir con su trabajo podrían continuar la serie sin él. Fue como desatar a la fiera. El irreflexivo actor usó una entrevista radiofónica para responder a sus jefes en un alarde de fina diplomacia, esto es, insultándoles abiertamente, provocando su propio despido y la cancelación de la serie. ¿Le ha servido esto para escarmentar? ¿Ha reflexionado ante la adversidad y ha pedido perdón humildemente? Bueno… ¡no! La pérdida del trabajo y los ataques de la prensa no han hecho más que exacerbar su chulería a niveles inauditos en Hollywood y súper-Charlie defiende a capa y espada su estilo de vida, sus drogas, sus actrices porno y su completo desdén por la opinión que el mundo pueda tener de él. Con pasmosa arrogancia. Sin justificaciones. Sin rememorar traumas de la infancia. Sin lloros. Sin hacerse la víctima. Yo soy Charlie Sheen, me meto más drogas que nadie porque mi organismo es especial y lo soporta todo. Me tiro a las estrellas porno a pares. Tengo un montón de pasta. Soy un puñetero ganador.

A codazos y sin reparar en daños colaterales, Sheen se ha despachado a gusto con quienes pretenden domesticarle, ya sea Alcohólicos Anónimos («es una secta») o su propio padre, el actor Martin Sheen («su apoyo no significa una mierda»).

Charlie y su indispensable botella de sangre de tigre, el Desayuno de los Campeones.

He de admitirlo: me divierte su actitud. No pretendo dar a entender que la apruebo o que la transmitiría como enseñanza a mis hipotéticos hijos, pero seamos serios: el star system estaba pidiendo a gritos un canalla en condiciones. Los que había hasta hoy resultaban decepcionantes. Robert Downey Jr. resulta cada día más insoportable con su actitud de «mirad qué malote he sido pero no hagáis chistes sobre ello o aguantaré la respiración», Joaquin Phoenix es un graciosete de instituto y las hazañas psicopáticas de Mel Gibson son demasiado truculentas como para resultar realmente divertidas. Charlie Sheen ha agarrado el toro por los cuernos decidido a acomplejar a los crapulillas autodestructivos de postal (sí, Robbie Williams, esto va por ti), demostrando de una vez y para siempre cómo debe una celebridad impactar su cráneo contra la pared sin perder el aura de estrella. Escupiendo contra el viento con frenesí temerario, a Charlie no le ha temblado la voz ni un solo instante. No estamos ante la nueva Britney Spears, Sheen está hecho de otra pasta. La desvergonzada autosuficiencia de su actitud ha llevado incluso a despertar dudas sobre su condición psiquiátrica (algunos doctores mediáticos insisten en que Sheen se halla en la fase eufórica de un trastorno bipolar) y desde luego no ha ayudado a que le creamos cuando afirma estar limpio de drogas —«cocaine is a hell of a drug».

Después de que en los Globos de Oro —cuando Ricky Gervais decidió despellejar vivo a medio Hollywood— los iconos de la pantalla demostrasen carecer de sentido del humor y tras padecer una gala de los Oscars casi tan entretenida como la Misa del Gallo, Charlie Sheen nos está dando lo que razonablemente podemos esperar de una verdadera estrella: estilo, engreimiento y delirios de grandeza. Quizá cuando se recojan sus huesos del fondo de la piscina nos toque compadecernos de él y de su familia, preguntarnos qué hizo con su vida y por qué el éxito le condujo a la tumba. Pero, entretanto, ya nos cuenta él mismo lo que hace con su vida: dormir con dos jovencitas, ponerse hasta las cejas de alcohol y harinas varias y restregarle al orbe su apoteósico triunfo. Quién puede reprochárselo. Tiene 45 años y quizá muera de un infarto, pero también las hipotecas provocan infartos; sólo que no vienen con un par de rubias.

A por ellos, Charlie.

 


El retorno del piernoteo

A pesar de mi poco pelo no viví en primera persona aquellos años de salas de fiestas llenas de paisanos viendo las piernas a las vedettes, edad de oro del “landismo” y del destape (dos términos gloriosos) —aunque ahora, cuarenta años después, descubramos gracias al mundo paralelo progre que los cabarés en realidad estaban vacíos y todo el mundo estaba o corriendo detrás de los grises, o era gris—. Hoy, por culpa de, no sé, la MTV, los 40 y demás caprabos mediáticos, el muslamen ha vuelto a nuestras vidas. ¡Larga vida a las pezoneras!

Alicia Keys: yo también fui decente

Ahora estos medios de comunicación le colocan la etiqueta de glamourosa o de diva a cualquier penca de extrarradio, ya sea una vedette-cantante como Rihanna, o una vedette-vedette como esa cosa llamada Dita Von Teese, que es al glamour lo que la Pajín a las buenas maneras y que para encubrir su verdadero trabajo, los loros de las revistas dicen a los españolitos que hace burlesque en vez usar su nombre en castellano, esto es, revista. Sí, Norma Duval o Lina Morgan hacían burlesque. Hemos vuelto a los setenta. Nada ha cambiado. Que digan que gallinas como Marta Sánchez o Sarah-Jessica Parker tienen glamour es pecado mortal. Si Santa Carole Lombard levantara la cabeza…

Las cantantes actuales son vedettes que han cambiado Pigalle por estadios de fútbol. ¿Qué es un concierto de Kylie Minogue más que un show de plumas y lentejuelas con canciones picantes en play back y dos mil bailarines en taparrabos detrás de la solista? Ya es imposible que salga una cantante fea y, si lo es, como el zeppelín gritón de Beth Ditto, enseña toda la carne que pueda, que es mucha. Y todas se apuntan al carro. ¿Quién convenció a Shakira para arrastrarse en el fango de esa manera? ¿Qué ha quedado de la dulzura de canciones como Antología y otras pequeñas joyitas de soft-pop de sus primeras grabaciones? ¿Fue al conocer a Beyoncé, cuyo proceso de emputecimiento se estudiará en las autoescuelas? Vale que esta última siempre ha ido en paños menores, pero al principio —con bestiadas como Crazy In Love— por lo menos en los vídeos no salía (tan) vestida de putón como en los últimos, donde lo más fino que hace es salir contoneándose (aka frotándose) con un rifle que lleva entre las piernas. ¿Por qué modositas como Nelly Furtado —grande, muy grande su pilinguismo en el rompepistas Maneater— o la Maricruz Soriano estadounidense, Alicia Keys, se han apretado y encuerado y se han vuelto tan chonis que parecen concursantes, es decir, analfabetas, de algún programa de LaSexta o Tele5? ¿En qué tienda se pueden comprar los vestidos de zorrón en tallas para niñas de doce años que se embute Mariah Carey?

Lady Gaga dándolo todo (y a todos) en Lollapalooza

Hoy, todo este movimiento de guarrillas, encabezado por petardas años noventa como Britney Spears (cuya cumbre del puterío es irónicamente el sudoroso y jadeante vídeo de su mejor canción, I’m ASlave 4 U —siempre tras la obra maestra del estercolero que es su primer disco …Baby One More Time) o Christina Aguilera de la que no se salva ni una sola nota de una sola canción, ha sido superado por la llegada de la hasta-en-la-sopa Lady Gaga; pija neoyorquina que una vez vio mientras esperaba en la peluquería un vídeo de Blondie y desde entonces se cree rompedora. Y eso no sería problema, creerse rompedora —también se creía juez el juez Garzón—, si no hubiera convencido a todo el mundo que lo es. La basura ochentera que publica puesta en imágenes de la manera más soez posible, más Ricchi e Poveri de lo que pensamos, quizá escandalizara a nuestras madres cuando merendaban tortitas antes de irnos a buscar al tuto pero, hoy en día, cuando la única manera de llegar al éxito que tiene un artista es meterse con los católicos o los judíos y en el que las obras de arte más complejas estructuralmente y más perturbadoras son los peinados de Gadafi, ¿a quién quiere engañar?

Tampoco me gustaría que todas las cantantes fueran como Mama Cass o cualquiera de las de Mocedades, no es eso. Ahí sigue en activo la mejor y más bella cantante de pop del mundo, Susana Hoffs, y no necesita salir desnuda para triunfar, si es que alguna vez ha triunfado. Pero ella siempre fue un poco different drum, a Dios gracias. Lo que sería interesante es que alguna cantante no tuviera que disfrazarse de putón verbenero para triunfar.

Ya lo escribió alguien hace años en Fotogramas: para que Jessica Alba tuviera más éxito tenía que emputecerse un poco. Y todas las cantantes del mundo han hecho caso a la Biblia del cine, tiempo ha experta en destape y cochinerías varias.


Psychopiñatas

Scream, o El Día En Que Los Cuadros De Munch Atacaban a La Gente

Probablemente en la historia evolutiva del hombre no fue demasiado amplio el lapso de tiempo que separó la invención del “cuchillo” de la invención del “cuchillo clavado en hombre”. El ser humano tiene instintos básicos en su naturaleza: dale una herramienta para bosquejar y en algún momento pintará un pene, dale una para cortar y se la clavará a alguien. Con el tiempo y para dotar de color al acto, arraigaron divertidas costumbres que embellecían las lesiones a terceros: caretas que infunden respeto, selección de víctimas adolescentes unicelulares, entretenimiento en forma de  acertijos y similares complementos que agradecerían los fanáticos del terror en el celuloide. Pero la selección darwiniana a base de puñaladas que ejercían los psychokillers no fue demasiado bien entendida y a estos villanos se les vapuleó, golpeó, prendió fuego, arrastró, mató y remató una y mil veces. Y ellos se emperraban en volver. El subgénero del slasher, más allá de cualquier body count de secundarios, nunca tuvo piedad alguna con la mayor de sus víctimas: el psicópata, apaleado eterno, serial Sísifo. Psychopiñata.

Wes Craven, otrora influyente director y últimamente facturador de importantes deposiciones en el género del terror (La Maldición, My Soul to Take), retorna a la dignidad en pantalla con Scream 4, probablemente aquejado por la falta de dinero para la gasolina del cochecito de golf con el que recorre los pasillos de su mansión tras haber creado con las anteriores entregas la saga de horror más rentable de la historia del cine. Scream se estrenó en el 96 y su gran acierto fue no huir de los clichés del género, sino rebozarse en ellos convirtiéndolos en trama: en la cinta el casting era diezmado si recorría los tópicos del género y el asesino, disfrazado de cuadro de Munch, mostraba tres velocidades significativas: correr cuchillo en mano, tropezar y recibir palos. La segunda parte seguía siendo una película más que digna que en esa ocasión se inclinaba sobre los estereotipos de las secuelas, mientras que lo más destacable de Scream 3 era lo bizarro de los cameos (Roger Corman, Jay y Bob El Silencioso o Carrie Fisher) y la absoluta falta de ingenio de todo lo demás. La cuarta, diez años después, recupera el espíritu primigenio. Pero lo realmente curioso es que durante todas las entregas ningún personaje tratara de identificar al asesino investigando los hematomas de los sospechosos.

Antecedentes Penales

Históricamente Craven no inventó el slasher, simplemente recuperó una ya reescrita concepción del mismo: sus antecedentes lejanos se encuentran el giallo italiano de los 60 y 70, un subgénero pulp que abogaba por el espíritu de Cluedo a la hora de identificar al asesino tras la careta, plagado de muertes sanguinolentas estilizadas, excesivas y hasta poéticas, entre planos gratuitos de desnudos varios. Mario Bava (Seis Mujeres para el Asesino, Bahía de Sangre), Dario Argento (Rojo Oscuro, El pájaro de las Plumas de Cristal), Sergio Martino (Torso), Umberto Lenzi (Siete orquídeas Manchadas de Rojo) y muchos otros cultivaron estas raíces con barroquismo conceptual y una brutalidad elegantemente europea que se perdería en sus hijos bastardos fílmicos.

John Carpenter, poniendo mucho el ojo sobre los italianos, pegó el taquillazo con Halloween en 1978 lanzando a la fama de las scream queens a Jaime Lee Curtis e inventando al legendario Michael Myers, asesino aficionado durante la infancia a trinchar a su hermana, que lucía careta aséptica y carecía de prisas al andar, creando así leyenda y siete secuelas con detalles tan insólitos como obviar por completo al propio Myers (Halloween III), recuperar a Jaime Lee Curtis (Halloween H20) o situar la matanza en una especie de Gran Hermano chusco para Internet con Busta Rhymes y Tyra Banks (Halloween Resurrection). Y, en general, una profunda sensación de cabezonería por parte de un villano tiroteado, decapitado, arrojado, electrocutado y apuñalado.

La audiencia comenzaba a disfrutar del sadismo contra el antagonista y se mostraba curada de espantos: cuatro años antes Tobe Hopper había impactado al espectador con La Matanza de Texas; filme de culto que, mediante una familia muy disfuncional, un escenario campestre y un zumbado homicida con máscara ecológica (piel humana), defendía la motosierra como utensilio de trabajo para la fabricación del picadillo de teenager. Su legado se extendió a lo largo tres secuelas (siendo la última de éstas un pseudo remake chusco protagonizado por una Renée Zellweger pre-Briget Jones).

Tomate Ochentero y sus secuelas

Freddy Krueger, manicura francesa.

A raíz de estos éxitos comerciales se gestaría Jason Voorhees, superstar de Viernes 13 (1980),  adorable infante de dos metros que feneció (o no) ahogado en Crystal Lake. Icono de los 80 que no empezaría a matar hasta la segunda parte (en la primera el verdadero psycho era una bastarda y campy inversión de los roles de Psicosis), no llevaría la conocidísima máscara de hockey hasta la tercera, adquiriría poderes sobrenaturales en la sexta (justificando su presunta inmortalidad para ejercer de punching ball), sería enviado al espacio en la décima (un recurso de las sagas chicle, cuando la tierra está demasiado explotada la trama se transforma en un from outer space, véase Critters 4) y participaría en un crossover (anteriormente insinuado al final de Viernes 13 IX) con Freddy Krueger en su undécima aparición.

Y es que Freddy Krueger era la otra mitad del horror ochentero. Creado por Wes Craven para Pesadilla en Elm Street, Krueger era un ser sobrenatural poco preocupado por las modas (estilismo fijo: jersey a rayas, sombrero y guante con cuchillas), carisma a raudales y rostro a la parrilla que asesinaba a sus víctimas dentro del mundo de los sueños, permitiéndose con dicha excusa transmutar la franquicia en un festival humorístico gore muy jocoso con todo desmadre imaginable posible: desde escenarios con forma de laberintos de M.C. Escher hasta jóvenes deglutidos por su propia cama (un imberbe Johnny Depp), pasando por chicas obligadas a merendar sus propias entrañas, personajes cuyas venas son utilizadas como cuerdas de títere o la infame escena de Pesadilla en Elm Street 6 en la que Freddy araña una pizarra con las cuchillas hasta hacer explotar la cabeza de su objetivo. Mención especial merece la primera secuela, cinta que escondía (aunque no demasiado) insinuaciones gays con tanta sutileza como para convertir la frase “Pesadilla en Elm Street 2 es muy homosexual” en un mantra de la época. Freddy, además, tuvo el dudoso honor de no ser sólo vapuleado, incendiado y dinamitado al final de cada película por chavalería diversa, sino también por Jason Voorhees (otra psychopiñata) al clavarle éste su propio guante, con el resto del brazo incluido, en el acto final de Freddy Vs Jason.

Siguiendo la senda de lo sobrenatural y también durante la década de las hombreras, se estrenaba Muñeco Diábolico y Chucky hacía acto de presencia. Encantador juguete infantil poseído por el alma de un serial killer con afición por lo afilado y poco respeto por la vida ajena. El alma de plástico de Chucky lo convertiría en el personaje troceado y tiroteado con más sadismo del género. La serie, inicialmente centrada en el terror, tuvo un punto de inflexión en su cuarta reencarnación a finales de los 90: La Novia de Chucky, cómico y oscuro homenaje al género (empezando por el cartel parodia de Scream y acabando porque rinde un tributo a Hellraiser de la manera más enrevesada jamás vista: claveteando la cabeza de John Ritter) y genialmente autorefencial. Fue seguida de una nefasta continuación (La Semilla de Chucky) en donde lo más absurdo no era que el hijo de Chucky se pareciese a Ziggy Stardust y Bimba Bosé (que, de todos modos, vienen a ser lo mismo), sino la pésima calidad de  todo el metraje, que incluía sutilezas como un Chucky al volante sacando de la carretera el coche de Britney Spears y un reparto con elecciones extrañísimas como el rapero Redman y una de las rubias del S Club 7.

La fiebre por el slasher propició decenas de subproductos cochambrosos con delirantes asesinatos: una colchoneta sustituida por una cama de pinchos durante una prueba de salto con pértiga en El día de Graduación o un tipo al que fríen la cabeza en un microondas abierto en El Retorno de Martin. Lo peor venía en forma de absurdos antagonistas sin el necesario carisma redentor: un leprechaun en cinta homónima protagonizada por Jennifer Aniston o el muñeco de nieve al que combatir con secadores en la versión de Jack Frost del 97. Unos cuantos sobrevivieron al polvo del videoclub dudosamente, como en el caso de Siete Mujeres Atrapadas, Los Ojos de un Extraño o San Valentín Sangriento.

Cuchilladas Recientes, el Teen Horror

Jigsaw, con el albornoz de Sugar Ray Robinson

A mediados de los noventa y por culpa del efecto Scream, se recupera un slasher más comedido y destinado a la gran pantalla. El film de almodovariano título Sé lo que hicisteis el último verano, aparte de una secuela de título rastrero (Aún sé lo que hicisteis el último verano) y cierto estilimo prestado del giallo, alumbraba un asesino (fusión de Capitan Pescanova y Hook) con razones de peso para matar a la cuadrilla de jóvenes al ser atropellado y arrojado al mar por la chavalería antes siquiera de descuartizar a nadie. Leyenda Urbana, producción con malvado vistiendo careta de esgrima,  presumía por su parte de cierta gracia al mimetizar con las muertes las diversas leyendas urbanas del folclore moderno (incluyendo una sutil y camuflada mención al affaire entre Richard Gere y un hamster). El chiste se acabó pronto porque la cinta era un pestiño importante, pero la cuerda duró para dos secuelas más.

Una de las propuestas más ingeniosas vino de la mano de Destino Final (película que jamás se proyectará durante un viaje en avión), donde se obviaban tanto la presencia física del homicida como las probabilidades de apaleamiento del mismo y la oportunidad de supervivencia del grupo. Aquí el verdadero enemigo era la propia muerte que se cepillaba a los protagonistas con divertidas máquinas imposibles dignas de Rube Goldberg, hiperbólicas hasta lo disparatado, con más sangre que de costumbre y un sentido del humor negro rendido al blockbuster. Sus diversas secuelas, carentes del ingenio de la primera, no aguantaron el tipo ni con el salto a la tercera dimensión (Destino Final 4). La marea llegó hasta terreno patrio dando lugar al desfile por pantalla grande de producciones que copiaban con poca gracia el formato: la abominable Tuno Negro con Silke, Sergio Pazos, Alexis Valdés, Javier Veiga y Maribel Verdú haciéndose pasar por universitarios; School Killer, que recuperaba a Paul Naschy para la serie B; o El arte de morir, que dio alguna alegría en taquilla pero dejaba con la duda de si también se asesinó por el camino al logopeda de María Esteve.

El guión de Scream 4 recalca la reciente sequedad cerebral de los mandamases de la industria hollywoodiense, arenal neuronal de ideas que propició una lluvia de remakes en los últimos años: Pesadilla en Elm Street, Un San Valentín Sangriento 3D, La Matanza de Texas, Viernes 13, Halloween (de la mano del zumbado de Rob Zombie, quién rodó tanto la revisión como una continuación de la misma) o Hermandad de Sangre son ejemplos de versiones modernas mucho menos desenfadadas, carentes de alma campy y con psicópatas a años luz de los primigenios. Otra longeva saga actual como Saw presenta a un malvado (Jigsaw) que asesina jugando al Profesor Layton con sus víctimas. Pero la propuesta provoca sonoros bostezos, resultado de sólo tener una entrega entretenida (la primera) y de las infantiles triquiñuelas para estirar una serie cuyo antagonista oficial lleva muerto desde la tercera parte (de siete).

Así pues, quizá haya que buscar alternativas curiosas como Behind the mask, un falso documental sobre un serial killer que prepara la escena del crimen para conseguir el efecto visto en el cine durante cualquier película; Alta Tensión o el aterrador descubrimiento del francés Alexandre Aja; bizarros experimentos como el slasher gay Hellbent; el retorno del  protagonismo del hacha en Hatchet; o la genial propuesta de Tucker and Dale vs Evil, cinta que se antoja un cruce entre Dos tontos muy tontos y Viernes 13 al presentar a dos afables pueblerinos tomados erróneamente por un grupo de estudiantes como psicópatas asesinos y degenerando el enredo en desgraciadas y sanguinolentas muertes producidas por una serie de catastróficas coincidencias que refuerzan la falsa idea de la pareja protagonista.

Mientras tanto y entretenido con el aperitivo de Scream 4, el fan del slasher sigue esperando al próximo psicópata hostiable como Dios manda.