Shyamalanazo (2)

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Estas caras representan las cinco reacciones más habituales entre los espectadores de El incidente. Imagen: 20th Century Fox.

(Viene de la primera parte)

De jóvenes acuáticas, plantas de exterior, superproducciones y una visita

Tras El bosque, que fue recibida con esputos por la audiencia pero aun así recaudó más de doscientos cincuenta millones de dólares, M. Night Shyamalan había apalabrado encargarse de la dirección de La vida de Pi. La adaptación de un libro de Yann Martel al que el realizador le tenía cariño por estar protagonizado por un chico de Puducherry, paisano suyo, vamos. Pero tras meditarlo, Shyamalan se bajó del bote renunciando al proyecto por culpa de los shyamalazos previos que lucía en su currículo: «Tenía mis reservas sobre dirigirla, porque el libro tiene una especie de twist ending. Y me preocupaba que el poner mi nombre en la película estropease la experiencia para todos», aseguraría el hombre. La vida de Pi acabó cayendo en manos de Ang Lee mientras Shyamalan encarrilaba todos sus esfuerzos e ilusiones en su nueva ocurrencia: La joven del agua.

La preproducción de La joven del agua (2006) supuso un drama para Shyamalan. Los ejecutivos de Disney, que financiaron sus anteriores películas, recibieron el guion y aseguraron «no entender nada». Ante dicha afirmación, y a pesar de que Disney estaba dispuesta a poner pasta en el asunto, Shyamalan se pilló un rebote importante y decidió llevar a su criatura hasta la competencia, Warner Bros, mientras se cagaba en la casa de Mickey Mouse. Poco después, en el libro The Man Who Heard Voices: Or, How M. Night Shyamalan Risked His Career on a Fairy Tale de Michael Bamberger, Shyamalan aprovechó para cebarse públicamente con Disney: «Esa empresa ya no valoraba el individualismo, ni a los luchadores». Y también arremetió desde aquellas mismas páginas contra una de las mandamases de la multinacional, Nina Jacobson, que había cuestionado su libreto: «Fui testigo de la decadencia de su visión creativa con mis propios y sorprendidos ojos. Ella no quería directores iconoclastas, solo directores que ganasen dinero». Lo gracioso de todo esto es que en Disney no andaban nada, pero nada, desencaminados.

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La joven del agua. Imagen: Warner Bros.

En La joven del agua, el encargado de unos apartamentos (Paul Giamatti) se topaba con una ninfa (Bryce Dallas Howard) en la piscina de la urbanización y, junto a ella, decidía salvar el futuro de la humanidad, reclutando a una serie de personajes predestinados para dicha tarea y lidiando con criaturas sobrenaturales. No sonaba mal, hasta que se descubría que en la pantalla nada funcionaba: la trama se inventaba sus propias normas pero aquellas no tenían gracia, el escenario y los protagonistas eran aburridos, la película se hacía spoilers a sí misma y en general todo carecía del espíritu de cuento fantástico que se pretendía.

Para rematar, la película contenía un par de decisiones cuestionables que demostraban que el creador lo que tenía era el ego en buena forma. Porque Shyamalan se reservó para sí mismo el papel de un secundario importante, un escritor cuya obra estaba destinada a cambiar el mundo, ahí es nada. Pero también porque al indio-americano se le ocurrió burlarse por adelantado de los juicios ajenos del modo más torpe posible: ideando el personaje de un insoportable crítico de cine que la palmaba de manera lamentable, narrando en voz alta lo tópico de su propia escena de muerte. Es bonito destacar que tanto el papel de Shyamalan como el rol del crítico de cine fueron cuestionados, y etiquetados como tontorrones, por aquellos ejecutivos de Disney de cuyo consejo había huido el cineasta.

La joven del agua no contenía un twist ending, rompiendo la fórmula autoimpuesta de su creador, y estaba basada en un cuento que el director se había inventado para entretener a sus hijas por la noche. Este último detalle era significativo, porque planteaba dudas sobre la capacidad del hombre para juzgar si sus ocurrencias merecían trasladarse a la gran pantalla. Y también porque hace temer que cualquier día al tío le dará por adaptar hasta sus stories del Instagram. La joven del agua pinchó a lo bestia, la gente pasó de largo, los críticos la apedrearon y no recaudó ni lo que había costado rodarla.

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Un lobo seto de La joven del agua. En su cabeza era espectacular. Imagen: Warner Bros.

Dos años más tarde, Shyamalan reapareció con un inquietante tráiler bajo el brazo, el avance de su nueva ocurrencia: la historia de cómo la humanidad se enfrentaba a extraña epidemia que provocaba que la gente se suicidase sin motivo aparente. El concepto era tan jugoso y la promoción tan eficaz como para que el pueblo recuperase la fe en el realizador y algunos comenzasen a anunciar aquello como su verdadero regreso triunfal.

Pero fue justamente lo contrario, porque aquella película era El incidente. Y cualquiera que haya visto El incidente sabe que es algo difícil de digerir sin tomársela a guasa. La historia tenía un arranque brillante y con mucho potencial, hitchcockiano e inquietante, y carecía de final sorpresa made in Shyamalan. Pero cuando la trama decidía revelar su premisa principal, una ecovenganza botánica, aquello resultaba tan tremendamente chorras como para que a la propia cinta le fuese imposible no caer en el ridículo.

El pitorreo fue universal, porque eso es lo que ocurre cuando un relato se cree solemne siendo tonto de base. En el fondo, hasta a los directores más competentes les resultaría difícil crear tensión con un prado maligno, lo mires como lo mires. Zooey Deschanel y Mark Wahlberg protagonizaban el film. La primera es lo único bonito que tiene la película, y el segundo tuvo muchas preguntas durante el rodaje: en las imágenes tras las cámaras se le puede ver cuestionando la lógica del guion: «¿Por qué tenemos que llamar a la puerta de una casa deshabitada? ¿Qué nos hace pensar que hay comida ahí?», le espeta a Shyamalan antes de rodar una escena. Años más tarde, Walhberg descalificaría el film con saña sin cortarse demasiado: « […] una película mala en la que yo había participado […] No quiero decir de qué película se trataba… vale, era El incidente. A la mierda. Esa era. Los putos árboles, tío. Las plantas. A tomar por culo. No puedes echarme la culpa de no querer intentar interpretar a un profesor de ciencias».

El incidente no tardó en adquirir mala fama, tanto como para que su director reconociese que no había pillado el tono correcto, y para que los ejecutivos de la Fox, sabedores del cachondeo que existía con la película, modificasen la estrategia de ventas del DVD, centrando la promoción en las muertes del film y regateando el tema de las plantitas de las que todo el mundo se burlaba.

Este tráiler es mejor y más dinámico que toda la película. Y te ahorra la vergüenza ajena.

Tras El incidente, Shyamalan optó por dejar de lado las ideas propias y subirse al carro de Hollywood. Aceptó escribir y dirigir Airbender: el último guerrero, una cinta de acción real que supondría el inicio de una trilogía basada en la serie de dibujos de Nickelodeon titulada Avatar: la leyenda de Aang. Los productores del film decidieron dejar fuera la palabra «Avatar» para evitar confusiones con la tontería aquella de James Cameron. Shyamalan se declaró un gran admirador del programa original. Los creadores de La leyenda de Aang (Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko) explicaron que estaban encantados con lo de tener al indio escribiendo y comandando la adaptación. Y los numerosos fans del programa se echaron a temblar.

Resultó que, por una vez, los fanboys hooligans no estaban demasiado equivocados y cuando la cinta llegó a los cines la cosa salió regular tirando a muy mal: los críticos la apalearon con saña (luce un 5 sobre 100 de nota media en Rotten Tomatoes, algo que es todo un logro), la opinión popular la acusó de whitewashing,  DiMartino y Konietzko confesaron que en realidad ellos habían deseado muy fuerte que aquello no saliese adelante, y algunos actores como Dev Patel renegaron de la cinta. Rogert Ebert escribió sobre ella: «Airbender: el último guerrero es una experiencia agonizante en todas las categorías que se me ocurren y en otras que aún esperan ser inventadas». Que la superproducción condensara veinte capítulos, la primera temporada entera de la serie, en una hora y media de metraje a lo mejor también tenía algo que ver en todo lo anterior, pero es que el realizador aseguraba ser incapaz de dirigir historias que durasen más de noventa minutos.

Airbender recaudó trescientos millones, pero ni aun así resultó rentable por culpa de haber costado un gritón de dólares entre su presupuesto inflado y su marketing loco. Ante tanta tormenta de mierda, las secuelas se cancelaron y Shyamalan se excusó diciendo que aquel no era su rollo. Curiosamente, Netflix anunciaría en 2018 que andaba cocinando una serie de acción real basada en Avatar: la leyenda de Aang, sin whitewashing y con los creadores del show al volante. Dos años más tarde, y para sorpresa de absolutamente nadie, DiMartino y Konietzko se bajaron en marcha de dicha producción alegando que madre mía aquello apuntaba a tragedia y tampoco querían tener nada que ver con la catástrofe.

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Veinte capítulos en noventa minutos. Airbender, la película winzip. Imagen: Paramount Pictures.

Unos pocos meses después del batacazo de Airbender, Shyamalan volvió a colarse en las carteleras, pero de manera encubierta, desde la barrera y a modo de productor e ideólogo. Ocurría que el hombre tenía firmado un contrato con cierta compañía, Media Rights Capital, para producir, pero no dirigir, una película al año durante tres años. Y como las tres cintas estarían basadas en las movidas que rondasen por la inquieta cabecita de Shyamalan, alguien decidió llamar a esa franquicia The Night Chronicles.

La primera de dichas películas sería La trampa del mal, la historia de un grupo de cinco personas atrapadas en un ascensor donde crece la sospecha de que uno de ellos sea el mismísimo diablo, disfrazado y divirtiéndose un rato, cuando empiezan a sucederse muertes horribles e inexplicables. La trampa del mal fue dirigida por John Erick Dowdle y se basaba en una historia concebida por Shyamalan, un relato que en el fondo era una fotocopia de los Diez negritos de Agatha Christie en versión sobrenatural. El film se promocionó inicialmente anunciando la implicación del creador con un «De la mente de M. Night Shyamalan» a modo de subtítulo en el cartel oficial. Pero los publicistas no tardaron en descubrir que aquel nombre era un repelente del público mayoritario, que ya andaba hastiado con las últimas ocurrencias del indio-americano, y decidieron reencauzar las campañas publicitarias sin darle bombo a la participación del papá de El incidente.

No salió mal, La trampa del mal costó solo diez millones y recaudó seis veces más, pero la pretendida serie The Night Chronicles no alumbraría más entregas. Supuestamente, la segunda película nunca filmada de aquellas Night Chronicles versaría sobre los miembros de un jurado deliberando durante un juicio en torno a un hecho sobrenatural. Y la tercera Night Chronicles hubiese sido una nueva versión de cierto guion que el realizador había escrito como secuela de El protegido. Uno que años más tarde volvería a reciclar para otra película con personalidad múltiple.

A continuación, Shyamalan decidió embarcarse en un proyecto familiar. Concretamente, en el de la familia de otro. Algunos padres cuando quieren pasar más tiempo con sus hijos se los llevan al parque durante los fines de semana, o echan unas pachangas al FIFA en la consola. Will Smith, en cambio, se monta una superproducción de ciencia ficción postapocalíptica de ciento treinta millones de dólares junto a su hijo, Jade Smith, y contrata a Shyamalan como director de toda esa fanfarria nepotista.

Así nació la décima película del realizador indio: After Earth, una aventura ideada por Smith Padre para que Smith Hijo se luciera y afianzara senda como estrella de cine. Spoiler: no funcionó, porque el retoño del príncipe de Bel-Air era un desagüe de carisma, y porque la aventura en general tampoco era gran cosa. Shyamalan en esta ocasión no tenía tanto la culpa, aquella historia había sido ideada por el actor y el director se limitó a adecentar un poco el libreto sin meterle mucha mano. El detalle llamativo es que el tráiler promocional de After Earth ya evitaba a propósito mencionar que había sido dirigida por Shyamalan, algo que no había ocurrido desde el bombazo de El sexto sentido, porque la propia distribuidora temía que, dada la mala fama del hombre, aquello volviese a espantar al público.

Un detalle curioso de After Earth es que a Will Smith no le sentó nada bien el costalazo en la taquilla porque escondía unos planes megalomanícos tras la cinta: su idea era construir a partir de ella un gigantesco universo propio al estilo del Marvel Cinematic Universe. Y ya había planeado desarrollar en aquel mundo postapocalíptico varias secuelas, series de televisión, dibujos animados, webisodios, videojuegos, tebeos, parques de atracciones, documentales, proyectos educativos junto a la NASA e incluso una línea de perfumes. Todo eso se perdió, lágrimas en la lluvia, pero en el fondo sabemos que salimos ganando con menos Jaden Smith con cara de intensito en nuestras vidas.

Hastiado y desencantado con las superproducciones, Shyamalan anunció que haría piña de nuevo con Bruce Willis para filmar un drama titulado Labor of Love. Una historia que el realizador había vendido a la Fox en el 93, protagonizada por un librero viudo que recorría a patita todo Estados Unidos para honrar a su fenecida mujer. Sonaba a tostón con mucho trekking, aunque al guion se le puede echar un ojo por internet y no parece terrible, pero aquello no llegó a solidificarse y Willis pudo seguir rodando las horribles películas baratas con espíritu direct-to-video, bodrios donde cobra un pastón por salir cinco minutos, que va filmando a granel en los últimos años.

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Nepotismo: The Movie. After Earth. Imagen: Sony Pictures.

En 2015, un desencantado Shyamalan ejecutó su plan B: pidió un préstamo de cinco millones de dólares, poniendo su casoplón como garantía, y filmó en secreto una cinta titulada La visita, con la esperanza de venderla a posteriori. Shyamalan editó lo rodado y lo paseó por Hollywood en busca de comprador, pero aquel primer montaje se pasaba de indie y tenía un tono de cine de autor tan marcado como para ser rechazado por todos los grandes estudios. Un segundo montaje fue descartado por el propio director cuando se dio cuenta de que con él había parido una comedia.

Finalmente, don Night decidió equilibrar el asunto y ensambló de nuevo el filme como un relato de horror con toques de comedia. Aquello llamó la atención de los chavales de Universal Pictures, quienes se hicieron con los derechos de distribución. Y también convenció a un Jason Blum a inyectar pasta en el asunto, permitiendo que su famosa compañía Blumhouse (responsables de Paranormal Activity, The Purge o Insidious) figurase en los créditos. Esto último era una jugarreta cuestionable de cara a la promoción, porque los tráilers hacían creer que La visita había sido facturada bajo el techo Blum, cuando en realidad el pobre Shyamalan se había arriesgado a filmar sin ayudas, hipotecando su chabola y despidiéndose de sus uñas en el proceso. Una treta similar a lo que ocurre hoy en el mundo del streaming: un buen puñado de las películas que la gente cree producidas por Netflix realmente son obras que la plataforma ha comprado, cuando ya estaban finiquitadas, para distribuirlas y engordar así el catálogo.

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La visita. Imagen: Universal Pictures.

La visita se estrenó en ese 2015 y relataba la estancia de una chica adolescente y su hermano pequeño, Olivia DeJonge y Ed Oxenbould, en la casa de unos abuelos maternos a quienes acababan de conocer. La historia se presentó tirando del recurso narrativo del metraje encontrado (found footage), y utilizaba como excusa para ello el rodaje de un documental casero, grabado por la pareja de hermanos, sobre sus tiernos abuelitos.

Ocurría que, por supuesto, aquellos ancianos tenían poco de tiernos y mucho de maracas psicópatas. La visita salió maja, sabía saltear el terror y los sustos con puntuales momentos cómicos, era competente y demostraba que su creador funcionaba mejor en modo low-cost, alejado de las demandas de superproducciones. La cinta devolvió al público algo de confianza en el director y, lo más importante para lo que nos toca, también trajo de vuelta el twist ending porque la cabra siempre ha gustado de trotar hacia los montes.

Entretanto, en una pared de la oficina de Shyamalan está colgada una lista con los nombres de todos los ejecutivos que rechazaron comprar La visita cuando él intentaba venderla desesperadamente. Según el realizador, la mayoría de las personas listadas ahí han acabado perdiendo el puesto. Y todo esto suena a resquemor y desquite, pero cuando algún entrevistador le pregunta por ello, Shyamalan trata de darle la vuelta al asunto y pretender que se ha sacudido todo la inquina de encima: «Esa lista significó muchas cosas para mí. En principio fue lo obvio, un “Te lo dije”. Luego se transformó en otra cosa y después, cuando los nombres de la lista comenzaron a desaparecer del negocio uno detrás de otro, dejé de aferrarme a ese sentimiento de “Te lo dije”. Observar esto como si estuvieras tratando de obtener aprobación no es saludable. No hay nada de malo en las personas de esa lista. Mi trabajo es inspirarlos». Listas del rencor aparte, La visita también generó noventa y ocho millones, casi veinte veces más de lo que había costado, y Shyamalan parecía de nuevo un negocio rentable.

(Continúa aquí)


Shyamalanazo (1)

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He aquí un jpg que puedes escuchar en tu cabeza. El sexto sentido. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.

M. Night Shyamalan es ese director que gracias a El sexto sentido se convirtió en la gran promesa del cine fantástico y hoy en día, más de veinte años después de aquel éxito, sigue siendo la gran promesa del cine fantástico. Un realizador cuya producción tiene alma de balancín, por atreverse a combinar chispazos de genialidad con ramalazos de payasada y quedarse tan ancho. Alguien capaz de filmar, en Señales, una escena fabulosamente aterradora utilizando como excusa un vídeo casero de un cumpleaños, pero al mismo tiempo, también alguien al que se le ocurre insertar en dicha secuencia a Joaquin Phoenix gritándole a los niños de la tele un «vámonos» (en español en la versión original) que bordea lo ridículo. Un director capaz de lo mejor y de lo peor, con una obra emperrada en remarcar que el hombre tiene mucho potencial pero le hace falta encauzarlo. Shyamalan también es alguien que acabó cayendo en su propia trampa: el shyamalanazo final. 

De vida, milagros, un sexto sentido, gente irrompible y marcianos

M. Night Shyamalan nació como Manoj Nelliyattu Shyamalan en Mahé, un distrito de Puducherry en la India. Cuando tan solo contaba con unas pocas semanas de vida, sus padres, médicos ambos, emigraron a Norteamérica para asentarse en Penn Valley, un pueblecito perdido en tierras pensilvanas, en la zona suburbana de Filadelfia, esa tierra de príncipes raperos. El chico creció en Estados unidos y su interés por el oficio de director le sobrevino siguiendo el cliché clásico: a los ocho años alguien le regaló una cámara Super-8 y descubrió que era bonito observar el mundo a través de aquel objetivo. A la altura de la adolescencia, el chaval ya acumulaba en su cuarto más de cuarenta peliculillas caseras propias y tenía muy claro que lo suyo era contar historias desde las pantallas.

Shyamalan se sacó la carrera escolar entre las aulas de escuelas cristianas, territorios ligeramente hostiles donde la gente le miraba de lado por ser hindú: «Los profesores nos recordaban constantemente que aquellos que no estuviésemos bautizados iríamos al infierno», apuntaba el futuro director, «así que yo andaba en plan “Chicos, a mí no me han bautizado, por lo que supongo que nos veremos todos allí más tarde”». Demostró ser muy buen estudiante, haciendo rabiar a sus profesores al sacar las mejores notas de su clase en la asignatura de religión sin ser cristiano, y acabó aterrizando en la New York University Tisch School of the Arts de Manhattan para ilustrarse sobre las artes cinematográficas.

En aquellos años universitarios fue cuando decidió adoptar «Night» como segundo nombre en sustitución de «Nelliyattu». Una buena jugada, teniendo en cuenta que los norteamericanos se hacían lazos en la lengua tratando de pronunciar correctamente su verdadero nombre. Y también porque llamarse «Night» en el fondo es algo que mola bastante. En 1992, con veintiún años y recién graduado, escribió, protagonizó y dirigió su primera película, Praying with Anger. La historia de un indio americanizado que se reencuentra consigo mismo a nivel espiritual visitando la India en busca de sus raíces. O lo que es lo mismo: una cinta de bajo presupuesto que huele a tostón a kilómetros y que por eso mismo no llegó a estrenarse en salas, limitándose a pasear por algunos festivales indies a los que va la gente que se mesa mucho la barba.

La segunda película que firmaría, Los primeros amigos, le proporcionó el salto a la industria de Hollywood, pero se antojaba igual de poco apetecible que su ópera prima al presentarse como una comedia con toques dramáticos donde un niño católico decidía, tras la muerte de su abuelo, buscar a Dios. La historia incluía la aparición de un ángel celestial, sin alas y con el decepcionante aspecto de un niño rubio, aunque lo único que le acercaba realmente al género fantástico, aquel que haría famoso a su director en el futuro, era tener en el reparto a Rosie O’Donnell haciendo de monja. Shyamalan salió escaldado de aquel rodaje, tuvo que soportar los berridos en el set del miserable de Harvey Weinstein, que pagaba el asunto, y la postproducción de la obra fue tan problemática como para alargarse durante tres años. La película acabó dándose un batacazo descomunal en la taquilla, costó seis millones de dólares y solo recaudó trescientos mil billetes.

Tras el trastazo, Shyamalan comenzó a moverse por la parte trasera del mundo del cine ejerciendo como escritor de cualquier cosa que le pusieran delante. Se encargó de elaborar el libreto de Stuart Little, esa cinta con un ratón asquerosamente adorable que, por alguna razón arcana e insondable, en España tenía la voz de Emilio Aragón. Y también ejerció de escritor fantasma para rehacer gran parte del guion de Alguien como tú, una tontada romántica de finales de los noventa. Este último fue un trabajo que a Shyamalan le daba tanto apuro reconocer, ni siquiera aparece en su ficha oficial de IMDB, como para que el caballero tardase unos nada desdeñables catorce años en confesar su participación como guionista de aquello. Tenía cierta lógica, porque es probable que nadie te vaya a tomar en serio en Hollywood si en tu currículo figura una película protagonizada por Freddie Prinze Jr. Entretanto, su cabeza había comenzado a fraguar nuevas historias originales, relatos que él mismo definía como «más oscuros y profundos» y cuyo tono achacaba al tremendo bajonazo que le produjo el fracaso de Los primeros amigos.

Shyamalan
Estas son las cinco primeras películas en las que estuvo implicado Shyamalan. A la sagacidad del lector le corresponde adivinar cuál de ellas es la que lo convirtió en estrella.

Entre aquellas ideas se encontraba el guion de una película con niño y fantasmas, El sexto sentido, una historia que se le ocurrió a Shyamalan tras ver un episodio de El club de medianoche (Are You Afraid of the Dark?), la popular serie de terror para adolescentes de Nickelodeon. Más concretamente, lo que hizo Shyamalan fue adaptar la premisa del capítulo «La historia de la chica soñada» de la tercera temporada de El club de medionoche, un cuento protagonizado por un zagal que acababa descubriendo, en el desenlace del episodio, que estaba muerto y no era más que un fantasma que solo podía ver su hermana. Inspiraciones y fusilamientos narrativos aparte, el libreto de El sexto sentido propició un bonito follón cuando el indio comenzó a moverlo entre los despachos de los grandes estudios. Porque desató una pequeña guerra entre varias compañías que querían atrapar los derechos de algo que olía a bombazo. Finalmente, un productor de Disney, David Vogel, decidió comprar el guion a lo loco, sin consultar a sus superiores, desembolsando tres millones de dólares de golpe y ofreciendo a Shyamalan la dirección de la película. Vogel tuvo buen ojo, pero la osadía de sacar la cartera sin recibir la aprobación de su compañía le costaría el puesto de trabajo a la larga.

La historia de El sexto sentido arrancaba con un psicólogo infantil, llamado Malcom Crowe e interpretado por Bruce Willis, sufriendo un desagradable asalto en su propia casa a manos de un expaciente al que no fue capaz de ayudar años atrás. Y continuaba meses más tarde, con el terapeuta aceptando tratar a un niño de nueve años, Cole Sear, interpretado por Haley Joel Osment, que sufría un trastorno similar al de aquel agresor que allanó su piso. Lo jugoso del asunto es que el pequeño rapaz padecía un mal singular: aseguraba ser capaz de ver fantasmas.

Era un punto de partida fantástico para facturar una cinta de horror competente, pero Shyamalan fue un poco más allá y fabricó un artefacto redondo. La película se estrenó con menos bombo del habitual, pero se convirtió en un taquillazo descomunal, en gran medida gracias a un público que recomendaba ir a verla a sus conocidos antes de que algún desalmado les contase el final. Y es que aquellos últimos minutos de película contenían la jugada maestra de Shyamalan, un giro final inesperado que le daba la vuelta a toda la historia: el protagonista, Malcom, descubría que en realidad había fallecido en el prólogo del film, durante el asalto inicial, y no había sido consciente hasta entonces, al igual que la audiencia, de que en realidad era un fantasma.

¿Esto era un spoiler? Difícilmente a estas alturas, porque El sexto sentido hoy en día es famosa por su sorpresa final, hasta el punto de que dicha revelación es conocida incluso por quienes no han visto la película. Aquel twist ending fue tan efectivo como para convertirse en un elemento popular y representativo de la película, algo muy difícil de esquivar. Es el equivalente al plano final de El planeta de los simios, a la identidad del asesino en Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie, al destino de Romeo y Julieta o al «Yo soy tu padre» de El imperio contraataca. Un espectador tendría que haber vivido aislado de la sociedad durante los últimos veinte años para sentarse completamente virgen ante esa cinta. Joder, si ni siquiera la banda sonora de la película se molesta en guardar el secreto: la última pista de la partitura firmada por James Newton Howard se titula «Malcom está muerto», así, a pelo y sin rodeos, casi parece una troleada del compositor.

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El sexto sentido. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.

El truco de El sexto sentido no era novedoso, pero estaba muy bien ejecutado. Porque Shyamalan lo aplicaba con precisión, tejiendo la historia a medida de la sorpresa y valiéndose de estratagemas para jugar con el espectador. Gracias a ello, existen dos formas de ver El sexto sentido: por primera vez, y en una segunda vuelta donde todo encaja mientras la historia se reescribe de manera diferente. Ahí residía la genialidad de aquel guion, en ser capaz de desviar la atención con habilidad y, al mismo tiempo, salpicar el relato con decenas de pistas que resultaban obvias una vez conocido el secreto.

Para hacerlo, el director tiró de todo tipo de argucias. Planteaba situaciones donde la ausencia de interacción de Malcom con otros personajes (que no podían verle al ser un fantasma) no era evidente a primera vista. Deslizaba detalles como vestir al psicólogo exclusivamente con la ropa que había utilizado la noche en que falleció, insinuar su naturaleza fría y fantasmal con secundarios que se abrigaban cuando lo tenían cerca, o mostrar el color rojo en pantalla solo cuando el mundo de los vivos se cruzaba con el de los muertos. Incluso se atrevía a juguetear con la educación visual preconcebida de la audiencia: una escena, en apariencia trivial, mostraba a Malcom intentando abrir la puerta del sótano donde guardaba sus pertenencias, pero al no conseguirlo, el hombre rebuscaba las llaves en sus bolsillos. La película cortaba en ese momento la secuencia para reubicarse inmediatamente en otro plano donde aparecía Malcom en el interior sótano. Parecía un simple trabajo de montaje, pero realmente era otra artimaña simpática: en la historia, el espíritu de Malcom era incapaz de abrir aquella puerta, que estaba bloqueada en el mundo de los vivos, y por eso Shyamalan no podía mostrarlo haciéndolo, pero el público, acostumbrado a esas ediciones en el cine, daba por sentado que lo había hecho. Entretanto, el relato también aprovechaba para soltar por sus fotogramas unos cuantos fantasmas y situaciones aterradoras. Todo era un gran truco, sí, pero uno bien orquestado.

El sexto sentido fue un éxito tremendo que encumbró el nombre de su creador. Recibió seis nominaciones a los Óscar (mejor película, mejor director, mejor guion, mejor actor de reparto, mejor actriz de reparto y mejor montaje) aunque no se llevó ninguno a casa, y se convirtió en la segunda película más taquillera del año, por detrás de aquel Episodio I de Star Wars protagonizado por Jar Jar Binks. El único problema de la película era paralelo a ella y solo se manifestó a posteriori: cuando su creador decidió convertir ese giro final que torcía culos en las butacas, ese shyamalanazo, en su firma personal.

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Nick Fury on motherfucking wheels. El protegido. Imagen: Buena Vsta Pictures Distribution.

Shyamalan se convirtió de golpe, con tan solo veintinueve años, en la gran esperanza india del cine norteamericano. Tras la desmesurada fama amasada de El sexto sentido, o la primera película en la que Bruce Willis hacia el fantasma sin pegar tiros, el director se encontró con Disney besándole los pies, George Lucas y Steven Spielberg llamándole al móvil para ofrecerle colaborar en el guion de una nueva entrega de Indiana Jones y los productores ofreciéndole cheques locos para convertir más ocurrencias de las suyas en películas.

Aprovechando el impulso, Shyamalan escribió y dirigió El protegido (2000). Una película protagonizada por Bruce Willis y Samuel L. Jackson que partía de una premisa la mar de llamativa: Willis interpretaba a David Dunn, el improbable único superviviente de un accidente de tren, alguien que inexplicablemente no presentaba ni un solo rasguño tras la desgracia acontecida. La principal sorpresa de la trama fue descubrir que en realidad se trataba de un cuento de superhéroes de cómic reubicado en un entorno realista. En cambio, lo que no resultó tan novedoso fue toparse con otro giro final, uno que esta vez era más flojo y menos elaborado que el de El sexto sentido. Además, en aquella película Shyamalan ya daba muestras de renquear al cometer uno de los grandes pecados del mundo del cine: rematar la historia con textos sobreimpresos en la pantalla a modo de resumen, como si aquello fuese una teleserie chusca de los ochenta.

Curiosamente, Disney decidió promocionar la cinta como un thriller sobrenatural, en contra de los deseos del productor, para esconder que en realidad la película versaba sobre superhéroes. Porque en aquella época, alejada del cansino fenómeno Marvel actual, los tebeos en el noveno arte eran un repelente de para el público. «Eso solo le interesa al tipo de gente que va a las convenciones» le dijeron los ejecutivos de Mickey Mouse a Shyamalan cuando se le ocurrió mentar los tebeos, «y vas a cabrear a todos los que estamos en esta habitación si vuelves a utilizar esa palabra [cómic]». El protegido era un producto bastante decente, que no brillante, pero su paso por las salas de cine sería discreto. Con el tiempo, una parte del público se dedicó a rescatarla y a dar tanto la brasa con ella como para que haya acabado convirtiéndose en una de esas películas con cierto culto detrás. 

La siguiente ocurrencia de Shyamalan fue Señales (2002). Una invasión alienígena, mucho más minimalista que aquellas a las que nos tiene acostumbrados el cine, donde Mel Gibson (interpretando a un exsacerdote, je) y Joaquin Phoenix se las veían con hombretones verdes from outer space en una granja perdida en algún lugar de Pensilvania. En esta obra, nuestro fantasioso indio-americano ya no incluía un twist ending como tal, sino una perversión de ese concepto en forma de inexplicables pistolas de Chéjov. Señales recaudó mucha pasta y legó a la humanidad aquella utilísima imagen de los gorritos de papel de plata, pero con ella el público comenzó a sospechar que en las creaciones de Shyamalan existían algunos elementos que bordeaban la tontería. 

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Nunca podremos agradecerle a Señales lo suficiente esta estampa, en especial durante las épocas de magufadas. Imagen: Buena Vista Pictures.

Un par de años más tarde, en 2004, ocurrió algo inquietante. La cadena Sci-Fi Channel anunció el estreno de un documental titulado The Buried Secret of M. Night Shyamalan (El secreto escondido de M. Night Shyamalan). Un reportaje que había surgido de manera accidental: durante el rodaje de un making of de la inminente nueva película de Shyamalan, titulada El bosque, los responsables de filmar lo que ocurría entre bastidores intuyeron que el director ocultaba un secreto importante. No solo se mostraba esquivo, por lo visto en el set existía la norma de no mirarle a los ojos, sino que además a su alrededor sucedían cosas raras, fallos técnicos sobre todo, que atufaban a presencias paranormales.

A base de indagaciones y entrevistas, el documental acabó descubriendo que Shyamalan, siendo niño, había estado clínicamente muerto durante media hora al (casi) ahogarse en un lago helado. Y por lo visto, tras recuperarse de forma milagrosa, desde entonces poseía capacidad de comunicarse con los espíritus, algo que, fíjate, alimentó su obsesión por lo sobrenatural. Los días previos a la emisión del programa, el propio Shyamalan mostraba públicamente un notable cabreo con aquel especial filmado sin su consentimiento.

The Buried Secret of M. Night Shyamalan duraba dos horacas, había sido dirigido por Nathaniel Kahn, un documentalista nominado en dos ocasiones al Óscar, y en su metraje incluía sesiones de ouija, adolescentes turbios encapuchados que adoraban al cineasta y entrevistas a famosetes como Adrien Brody o Johnny Depp. Pero olía a tostada chamuscada desde el planeta más cercano. Y con razón, porque en realidad todo aquello era un timo. Una farsa ideada por Shyamalan y compañía para darle más publicidad al lanzamiento de El bosque. La treta no duró demasiado, Sci-Fi Channel tuvo que admitir que todo era un hoax y los ejecutivos de la NBC (hogar del Sci-Fi Channel) pidieron disculpas y se fustigaron públicamente. En sus casas, los espectadores norteamericanos comenzaron a pillarle verdadera manía al realizador y sus fantasmas.

El bosque se presentaría en 2004 con un reparto tremendo compuesto por Bryce Dallas Howard, Joaquin Phoenix, Adrien Brody, William Hurt, Sigourney Weaver, Judy Greer, Michael Pitt, Frank Kranz, Jesse Eisenberg y el propio Shyamalan en un cameo simpático reflejado en un cristal. Pero el estreno de la película, una fábula sobre un pueblo de colonos del siglo XIX que vivía acosado por monstruos extraños, no ayudaría demasiado a disipar las sospechas sobre el talento del creador.

Por un lado, porque la errónea promoción de El bosque, que vendía la cinta como una historia de horror cuando realmente era un drama de misterio, engañó a muchísimos espectadores que acabaron saliendo del cine disparando sapos por la boca. Por otra parte, porque el guion aquí también se marcaba de nuevo un shyamalanazo, un giro que pretendía reescribir la película como hizo El sexto sentido. Pero en este caso el twist ending era tan absurdo como para que la mayoría de la audiencia fuese incapaz de tomárselo en serio. El crítico Roger Ebert resumió el sentir general al apuntar a ese shyamalanazo como culpable de todo en su reseña de la película:

‘El bosque’ es un error de cálculo colosal. Una cinta basada en una premisa que no la puede soportar, una premisa tan transparente que sería objeto de risa si la película no fuese tan mortalmente solemne […] Llamar a su final un anticlímax no es solo un insulto para los clímax, sino también para los prefijos. Es una sorpresa cutre, que en la escalera de la originalidad narrativa tan solo está un peldaño por encima del «Todo era un sueño». De hecho, el secreto es tan tonto que nos hace desear el poder ser capaces de rebobinar la película para no descubrirlo nunca.

Lo cierto es que, a pesar de la tormenta de palos que ha llovido sobre ella, es posible defender El bosque, porque la película tiene ciertas virtudes, contiene escenas más que dignas y un tono interesante. Su revelación es tontorrona, sí, pero si uno se la toma con ligereza, como si fuese un capítulo inflado de alguna serie de cuentos fantásticos tipo En los límites de la realidad o Historias asombrosas, la cosa no está ni tan mal, eh. Años más tarde, otro crítico llamado Carlos Morales revisitaría El bosque y daría en la diana al sentenciar que «el verdadero giro de guion aquí es que la película que el público quería ver no era la que Shyamalan había rodado».

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Shyamalan
El bosque. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.