Un trío de historias agitadas

 

Jot Down para Martini

Cuando va referida a lo que se sirve en un vaso, la palabra cóctel tiene una resonancia especial. Es a la vez aristocrática como un dandi de la nobleza y vanguardista como un bartender tatuado. Nos lleva a extremos tan alejados como James Bond pidiendo su dry martini o el Nota de El Gran Lebowski su ruso blanco. Los buenos cócteles son precisamente eso, personalidades que no estaban destinadas a sentarse en una misma mesa. Las bebidas que los componen no se inventaron para mezclarse, y por eso cuando se produce un hallazgo válido, su receta se perpetúa generación tras generación. Especialmente si, como en el caso del negroni, su degustación va ligada a la hora del aperitivo. E incluye en su receta algo tan inseparable de ese momento como el vermú.

Como cóctel el negroni es una especie de trinidad non sancta, con tres ingredientes en idéntica proporción. Para ser perfecto debe llevar una parte de  vermú rojo, otra de bitter, y una de ginebra. Y para ser negroni, un vaso ancho, una rodaja de naranja y hielo. Que la fórmula de su mezcla sea 1:1:1 parece encerrar un secreto mágico, aún mayor si reparamos en que pudo ser creado gracias a una historia trinitaria. En ella participan la alquimia moderna, una planta creada artificialmente por el hombre, y un paladar forjado en el Lejano Oeste. Si hubiera faltado alguno hoy no disfrutaríamos de este cóctel. Y no sería una ausencia banal. El negroni es uno de los tragos más amargamente dulces que puede darnos esta vida. Que se lo digan si no a Orson Welles y a Luis Buñuel, dos cineastas que, tras conocerlo en Italia, ya no quisieron prescindir de él nunca.

El primer elemento en la historia de negroni es precisamente italiano, y tiene que ver con la peculiar idea de añadirle aromas al vino. Con eso, y también con la megalomanía de Napoleón, que después de conquistar Europa y ser derrotado estrepitosamente dejó un gran vacío, especialmente en el bolsillo de los soldados que le acompañaron en su aventura. Uno de ellos regresó a su hogar italiano en la más completa ruina, y su hijo, ante la perspectiva de la pobreza venidera, decidió buscarse la vida en otra parte. Dotado de una pituitaria excepcional, Luigi Rossi viajó a Turín, donde se hizo primero enólogo y luego herborista. Su olfato no debía andar lejos de la sublime capacidad del protagonista de El perfume, la novela de Patrick Süskind, porque pronto fue reconocido como el mejor en su oficio, y buscado por todos los fabricantes de vermú del país. Aunque el único que logró convencerle fue Alessandro Martini, quizá debido a que una variedad especial de ajenjo, elemento imprescindible para crear el vermú, solo crece en los alrededores de Pessione.

Todavía hoy el olor a caramelo invade cada jornada el aire de Pessione. El Martini Rosso, la primera creación del herborista, tiene su color gracias a ese ingrediente, además de su característico sabor dulce, en el que participan al menos otras cuarenta hierbas. Ese paladar único del vermú rojo es el primer ingrediente de la trinidad del negroni.

Dicen los Orson Wells y Luis Buñuel de este mundo, o sea, los más fanáticos aficionados a este cóctel, que del sabor del vermú que en él se mezclan depende en gran medida su toque único. Lo que reconocen, tal vez sin ser conscientes de ello, es la alquimia especial que se crea en el vaso al reunir el vermú rojo y el bitter. No hay dos recetas iguales, y cada fabricante tiene su mezcla especial de hierbas y especias. Pero la selección de Luigi Rossi tuvo desde su origen un toque tan único que pronto obtuvo para el Martini Rosso un reconocimiento internacional. No es fácil gustar a todos, y si el herborista lo consiguió es evidente que un negroni perfecto apunta directamente a tener su vermú en la mezcla.

Y es que Luigi Rossi no solo era un genio, sino también un perfeccionista. Toda su vida llevó un diario secreto donde anotaba minuciosos estudios sobre qué componentes secos y volátiles aporta cada proporción de hierbas a una determinada mezcla. No se hagan ilusiones, la fórmula de su vermú sigue siendo tan secreta como la de la Coca-Cola.

El herborista de Martini no se conformó con esa primera mezcla de vermú rojo. Siguió investigando con la alquimia de la combinación de hierbas y especias toda su vida. Así es como creó el segundo gran ingrediente en la trinidad del negroni, el Martini Bitter. Precisamente la característica de este cóctel es su equilibrio entre lo dulce y lo amargo. Y también aquí aparece el segundo elemento que compone la historia, que no la mezcla, del negroni. El árbol del naranjo.

Pocas veces reparamos en que los naranjos no son un árbol natural, sino un híbrido que se originó en el suroeste de los montes Himalayas, posiblemente creado por el hombre. Las flores de mandarino y pomelo chino, al mezclarse en diferentes combinaciones, dieron origen a una variedad de naranjas dulces, y a otra amarga. Pero esos artificiales cítricos no hubieran alcanzado Europa sin los musulmanes, que cuando dominaron Sicilia la llenaron de una variedad de árboles frutales hoy llamados naranjos morunos. Su imperio, que se extendía hacia Asia, trajo de allí los naranjales. Eso sí, tan amargos como un sorbo de negroni. O más propiamente como uno de Martini Bitter, porque otra vez el herborista Rossi investigó a fondo ese toque amargo de las naranjas sicilianas, y supo ponerla en su justa medida en su nueva creación.

Así que ya tenemos los dos primeros elementos de la mezcla negroni, el vermú rojo y el bitter, y sus dos primeras historias, el sueño de un herborista y la manía humana de enredar con las creaciones de la naturaleza. El siguiente elemento para completar esta trinidad es la ginebra de su cóctel, aunque en este caso importa menos la bebida que el personaje a quien se le ocurrió agregarla, el conde Negroni.

La anécdota sobre el aristócrata es bien conocida, pero ha ocultado qué se escondía bajo su decisión. Los más literarios y poéticos imaginan al conde cincuentón estragado por un desengaño amoroso, necesitado de algo más fuerte que el popular aperitivo de su tiempo, el americano, que es la mezcla de vermú rojo, bitter y soda. Cuando aquel día tras su paseo por Florencia entró en el Caffe Cassoni pidió al bartender que reforzara la mezcla. Pero yo más bien me inclino a creer que su mente había entrado en la añoranza de su juventud, parte de la cual había sido un ensueño del Lejano Oeste.

Sí, el conde Negroni se había dejado llevar por el aura aventurera que aún rodeaba el territorio americano. En realidad hacía años que lo habían conquistado a los indios, y que Buffalo Bill, tras masacrar bisontes hasta la extinción, estaba recorriendo Europa con su espectáculo de circo sobre indios, cowboys y diligencias. El Oeste no era más que un área civilizada y recorrida por el ferrocarril, nada salvaje, pero en el ideario colectivo permanecía inexplorado y salvaje. Eso era al menos lo que Bill Cody llevó ante la reina Isabel en su espectáculo, y seguramente Negroni, que tenía ascendencia inglesa, fuera uno de los espectadores que lo vieron. Entonces, y siempre según sus biógrafos, se dejó contagiar en su entusiasmo juvenil, y viajó al Oeste americano para participar en el espectáculo de uno de sus circos itinerantes. Quizá disfrazado de cowboy, porque su educación inglesa le había convertido en un jinete excelente. Como buen personaje secundario de la historia su aventura tiene lagunas.

Pero de lo que no puede cabernos duda es que aquel mediodía en el florentino Caffe Cassoni apostó por cambiar la gaseosa por ginebra, un toque muy británico que aportaba también el rasposo gusto del Oeste. Y oh, sublime creación, allí estaba el negroni. Tan delicioso que su médico particular le recomendó no tomarse más de veinte al día. Cabe suponer que era una broma, o que los vasos de aperitivo de la época eran verdaderamente pequeños. Ya saben, otra laguna.

Ahora se oye decir que el negroni ha vuelto, popularizado por la importancia de la hora del aperitivo, o porque la gente viaja más y su mezcla ha ido transmitiéndose de boca a oreja. No puede descartarse que todas esas ginebras con tónica que ahora van forradas de especias y canelitas, con diferentes proporciones de quinina en la mezcla, hayan ayudado. Lo cierto es que quien lo prueba lo ama, y se aficiona.

Quien acaba siendo amante de este cóctel hace sus propias mezclas de acuerdo al gusto de su paladar. El propio Luis Buñuel, que introdujo alguna variante, confiesa en sus diarios que había creado el «buñueloni». Buen intento, pero ni de lejos ha logrado ser tan popular como el del conde. Que tiene por virtud gustar a todos, como la alquimia de Luigi Rossi. Para quienes amamos el legado del herborista la receta es invariable, y a proporción 1:1:1. Uno de Martini Rossi. Uno de Martini Bitter. Uno de ginebra Bombay Sapphire.

En cuanto a la moderación es obligada. No porque acercarse a los veinte del conde signifique sentirse, al despertar, como si te hubiera atropellado un tren. Sino porque una vez que has incorporado el negroni a tu aperitivo no tardará en convertirse en tu cóctel de tarde. En tu bebida favorita a cualquier hora. En ese trago amargo e infinitamente dulce que es toda una contradicción, como la vida misma. Saben por qué. Porque si alzan el vaso y miran la vida a través de un negroni la verán de color caramelo. Ya notarán que al probarla es algo más ácido pero seguro que eso lo sabían antes de leer este artículo.


Velódromos, pintores y madrugadas en la Europa de principios del siglo XX

Léon Georget y Julien Pouchois en el Vel d’Hiv, 1911. Fotografía: Bibliothèque nationale de France (DP).

Ernest Hemingway parpadea con esfuerzo, doloridas las pupilas por el sol que se cuela tras los postigos. Es más memorias y olvidos y palabras y música. Sonríe. Nunca el bien supo tan mal. Así que se despereza poco a poco. Hadley, su Hadley, no está, tiene todo el tiempo del mundo para hacerlo. Recuerda el día anterior, el humo tamizado por los focos, el silbido deliciosamente sensual de tubulares sobre madera. Recuerda, claro, copas, cigarros y risas. Sobre todo copas, no nos engañemos, que por algo París es una fiesta y él… bueno, él es Ernest Hemingway. Vuelve a sonreír, repetirá esta noche. Se adecenta, garabatea dos o tres ideas para artículos, y baja a la calle. El Barrio Latino vive el bullicio rasposo y caótico de los fines de semana. Hemingway, que aún no ha publicado su primera novela, comienza a caminar. Le espera un buen rato andando hasta llegar a su destino. Aquel en el que se reúne toda la bohemia parisina del momento. El sitio al que hay que ir para ver y que te vean. Donde más vivo se siente.

Se llama el Vélodrome d´Hiver. Hemingway volverá esta noche a las carreras.

Es 1889 y a la ciudad de París se le han erizado los paisajes con la Exposición Universal. Promesas de lugares recónditos, de experiencias desconocidas, de aventuras por vivir. Y también un poco de circo, un pelín de diversión facilona para solaz de los europeos, esos esnobs. Algo así debió de pensar Buffalo Bill, que decide instalar su espectáculo ambulante (se pueden imaginar, caballos, pistolas, indios maléficos y vaqueros levemente alcoholizados) en Neuilly, entre la Porte de Villiers y la Porte de Maillot. Se llama la farsa «Exhibición indioamericana del Coronel Cody, alias Buffalo Bill» y se hará tan popular entre los parisinos que acabará dando nombre a los terrenos en los que se asentó. Aquellos en los que se iba a levantar el Velódromo Buffalo.

La del Buffalo es una historia particular, una que mezcla carreras de bicis, apuestas y un ambiente propio de los mejores cabarets. No era deporte, o no solo, sino algo más. Pura vida social, con un puntito de decadente dandismo que hubiera hecho las delicias de un Baudelaire.

Herbert Duncan, ciclista británico de renombre en la época, fue quien olfateó el negocio. Sí, construir el primer velódromo de París, acercar hasta la ciudad ese entretenimiento al alza que arrastraba a las masas tenía que ser, forzosamente, un éxito. Tenía la idea, pero no el dinero. No importa, eso era algo que le sobraba a Clovis Clerc, un amigo de Duncan que regentaba cierto negocio muy boyante del París finisecular. El Folies Bergère, nada menos, un cabaret que acabó convertido en símbolo de toda una época y que congregaba cada noche a un delicioso batiburrillo de alta sociedad, artistas emergentes y calaveras con ganas de medrar y divertirse. Muchos de ellos acudirían también de forma casi religiosa al nuevo local de Clerc.

Porque Clovis se anima, pone todos los billetes necesarios, y sufraga lo que se va a llamar Velódromo Buffalo. Menos de trescientos cincuenta metros de cuerda, curvas cerradísimas que serán iconos por su peligrosidad. Más de ocho mil aficionados cabían en sus gradas. Animosos, algunos. Mundanos aburridos a la espera de que fuese la hora de irse al cabaret, los demás.

Y el propio dueño gustaba de aumentar esa vinculación entre el Buffalo y la bohemia. Solo así se puede explicar que pusiera como director del velódromo a Tristan Bernard. Bernard era un abogado que bostezaba con el derecho y gastaba sus días componiendo malas estrofas que susurraba por las noches, en voz queda, a las bailarinas del Folies Bergère. Si pasean por Pigalle aún podrán ver un teatro con su nombre. Un tipo con la suficiente templanza como para mirar fijamente a su mujer medio siglo después, mientras los nazis le sacaban a rastras de su hogar, y decirle: «Tranquila, amor. Antes vivíamos en el miedo, a partir de ahora lo haremos en la esperanza». Aquel fue Tristan Bernard. Que, por cierto, volvió a casa sano y salvo… pero esa es otra historia.

Así que de la mano de Bernard (y gracias al bolsillo de Clerc) el Velódromo Buffalo se convirtió en el Montmartre diurno, un centro en el que se reunían a pasar el rato, apostar y beber en copas finas quienes en las madrugadas abarrotaban el otro negocio de Clovis. Poetas, pintores, buscavidas. También, claro, algunas bailarinas y unas cuantas prostitutas. Era un microcosmos de lo que París podía llegar a ser en aquel momento. Uno en el que las bicicletas eran casi lo de menos.

Y eso pese a que en el Buffalo se podían ver proezas. Por ejemplo el primer récord de la hora, conseguido por Henri Desgrange, padre del Tour, el 11 de mayo de 1893. Fueron poco más de treinta y cinco kilómetros recorridos sobre una robusta bicicleta que portaba dos botellas de leche en su manillar. «Es por si desfallezco».

Bernard era el rey de aquella sala de variedades donde los corredores giraban y giraban. De su mano acudían habitualmente al Buffalo personajes como René Blum o escritores de la bohemia parisina más vanguardista. Pero quien acabó haciéndose familiar en esas gradas fue una figura diminuta, siempre pegada a un sombrero de tipo bombín. Alguien que amaba la vida tanto que se enamoraba de todas las muchachas que goces prometiesen. El autor de algunos de los carteles que anunciaban eventos en el Buffalo, el que inmortalizó a Bernard en su pista sagrada, brazos en jarras, pose de hombre que mira al futuro. Él.

Él se llamaba Henri de Toulouse-Lautrec, y adoraba el ciclismo. Una vez dijo que ninguna escuela mejor para un joven que la bicicleta. Pero Henri apreciaba no solo el deporte, sino el conjunto. El ambiente, las risas, las voces. La bebida, también, o la atmósfera casi irreal que surgía más allá del humo de cientos de cigarros. Sinestesia, quizá, pinceladas de colores vivos aquí y allá. El gran hedonista. «Soy feo, pero la vida es hermosa». Dice Julia Frey, su biógrafa, que contemplaba a los ciclistas en el anillo con idéntica fascinación que cuando miraba a las bailarinas en los cabarets. Seducido por el movimiento, por la plasticidad, por la velocidad elegante de un cuerpo embalado sobre dos finas ruedas. A veces el pequeño artista bajaba a los vestuarios y se quedaba embobado con el ritual casi siempre solitario del masaje. Las piernas aceitadas, el gesto preciso, ni muy fuerte ni demasiado suave. El olor a linimento, a neumáticos, a grasa para las cadenas. Una danza continua, eso era para Toulouse Lautrec el Buffalo. Y, como siempre que veía danzar, prefería hacerlo bebiendo, claro. A veces entre las gradas del velódromo se derramaba un poco de ese cóctel llamado tremblement de terre que todos decían había sido creación suya. Partes iguales de absenta y coñac creando pequeños ríos donde alguien bien entrenado podría leer vidas…

Pero París también creció y toda la deliciosa despreocupación del cambio de siglo se la llevó una sucesión casi inconcebible de acontecimientos en el verano de 1914. El Velódromo Buffalo de Neuille fue requisado por el Gobierno francés para instalar allí una fábrica de aviación. La Gran Guerra mandaba sobre todas las cosas. Y aunque después, en 1922, se levanta en Montrouge un estadio con el mismo nombre, ya nada volvió a ser lo mismo. El acontecimiento dramático que acabó con una era arrastró, también, a uno de sus símbolos más desenfadados.

Nobleza, artistas y olvidos

Con todo, el mundo siguió girando, y en París continuaban las ganas de solazarse en los velódromos observando cómo unos tipos con ropas muy ajustadas daban vueltas y más vueltas a un óvalo. Puede parecer simple, quizá levemente letárgico, pero a Hemingway, por ejemplo, le encantaba. Le gustaba «la pista de madera y sus empinados virajes, y el zumbido de los tubulares sobre la madera cuando pasaban los ciclistas, y el esfuerzo y las tácticas de los corredores desviándose arriba o abajo en el peralte, convertidos en una parte de sus máquinas». Lo cuenta, claro, en París era una fiesta, y allí explica también que jamás ha logrado crear un buen cuento sobre ciclismo, pero que no se rinde, que alguna vez capturará todas esas sensaciones entre sus letras para mostrar al mundo lo que aquello fue realmente.

Ya no gastaba sus tardes el americano en el Buffalo, como tampoco lo hacían Tanguy, o Ernst, o los jóvenes españoles Dalí y Picasso. No, ahora eran otras las pistas que disfrazaban de noches la ciudad diurna. Fundamentalmente dos: el Parque de los Príncipes y el Vélodrome d´Hiver.

El Parque de los Príncipes era la aristocracia. Allí no entraba cualquiera, allí no había borrachos, ni muchachas descaradas enseñando los tobillos, ni artistas decadentes de los que pintan putas desnudas. No, aquello era la elegancia parisina, el recuerdo de un pasado glorioso, el hablar pausado con cadencia de las dos Îles. Allí acababa el Tour de Francia, allí se celebraban las pruebas más elitistas. Era un hipódromo con bicis en lugar de caballos, y dentro había lo que hay en todos los hipódromos: sombreros raros, damas lánguidas, esnobs y larguísimos bostezos. Bueno, de vez en cuando un par de escándalos de provincias que tocan a la capital y alguna bancarrota, pero poco más.

Vel d’Hiv, 1910. Fotografía: Bibliothèque nationale de France (DP).

El Vélodrome d´Hiver (o Vel d´Hiv) era otra cosa. Estaba en la Rue Nélaton, casi al lado de la Torre Eiffel. Puro París urbano, nada que ver con la distancia, geográfica y metafórica, que imponía el Parque de los Príncipes. En el Vel d´Hiv no había un Bois du Boulogne, no había patricios, no llegaba la última etapa del Tour, nunca se coronó a un Pélissier o a un Magne. Pero tenía algo mejor. Era el nuevo centro de la bohemia, el lugar donde se reunían por el día los seres que solo existen durante las madrugadas. Fue el santuario de Hemingway, el de los primeros surrealistas, los muros que saltaba Antoine Blondin para trasegar sus primeras copas y saciar su eterna sed de ciclismo. En el Vel d´Hiv sonaba buena música, se bebía, se charlaba, alguno aprovechaba las gradas para escribir. Era el templo de la cultura en París. Era el corazón en el que palpitaba su vida.

Allí, también, acabaron enraizando su muerte.

La noche del 16 al 17 de julio de 1942 se desencadena la Operación Viento Primaveral, destinada a arrestar a judíos parisinos para dirigirlos a los campos de concentración que los nazis tenían más allá de las fronteras francesas. En torno a las cuatro de aquella fatídica madrugada casi trece mil personas fueron sacadas a rastras de sus casas y dirigidas a diversos lugares antes de su deportación. Más de la mitad acabaron en el Vel d´Hiv, que durante la Segunda Guerra Mundial tornó las sonrisas de los locos años veinte en silencios espesos e historias de las que avergonzarse. Allí hubieron de subsistir durante cinco días sin agua ni comida antes de partir en dirección, sobre todo, a Auschwitz. Centenares de prisioneros se suicidaron al comprender qué era lo que realmente estaba ocurriendo. La llamada Rafle du Vel d´Hiv ha golpeado durante décadas la memoria común francesa, principalmente debido a la participación de la gendarmería de la capital en las labores de localización y detención. Soportar el desgarro de recordar la ocupación nazi era doloroso. Reconocer que muchos franceses colaboraron activamente en las actividades criminales de la Gestapo o las SS representaba, además, un dilema moral de enormes consecuencias para un país que honra con orgullo a su Résistance y su cruz de Lorena. La polémica que acompañó en 2010 el estreno del maravilloso film La rafle, dirigido por Rose Bosch, es buen ejemplo de ello.

Tras el final de la guerra las bicis volvieron a surcar la madera del Vel d´Hiv, que recuperó en los cincuenta parte de su pasado esplendor, e incluso fue protagonista de una de las sesiones de fotos sobre ciclismo más legendarias de todos los tiempos, con Cartier-Bresson tras la cámara y figuras como un seductor Anquetil de improvisados protagonistas. Pero nada era igual. Ya no había artistas en las gradas, ni bullicio, ni fiesta. El Vel d´Hiv tenía demasiados fantasmas habitando su anillo, demasiados gritos. Tanta vergüenza. Cuando un fuego arrasa parte del edificio en 1959 el antaño popular Vel d´Hiv era solo un recuerdo de tiempos pasados.

De los buenos. También de los malos.

El Berlín de Weimar se divierte sobre dos ruedas

Al otro lado del Rhin (o del Rhein, o de la Línea Hindenburg, o de la Línea Maginot, escojan) también amaron las bicicletas durante los dorados veinte. Años que mezclaron la pobreza con el hedonismo extremo, ese que convirtió a Berlín en la capital más deliciosamente atractiva de Europa. Una noche que huye de la rígida etiqueta prusiana, que sonríe por las libertades de Weimar, que fluye entre charletas de Einstein, de Fritz Lang, de los creadores de la Bauhaus. Prostitutas, banqueros, escritores y cineastas se juntaban tras el crepúsculo en mil y un clubes para beber hasta caer redondos, dedicarse al esparcimiento pecaminoso y, sí, acudir a los velódromos. Porque en Berlín, también, la bicicleta fue la reina.

Y ejercía toda su fascinación en el Velódromo de Berlín, el centro de una abigarrada cultura nocturna que mezclaba bares y jazz, ópera y burdeles. Y carreras, esos Seis días de Berlín en los que «trece corredores avanzan sin mirar a derecha ni a izquierda, siempre los ojos clavados en el frente», en palabras de Egon Erwin Kisch, el pícaro que mejor supo describir aquel ambiente de sinuosas tentaciones.

No hay nombres para Kisch, solo figuras, colores, elasticidad en piernas, tensión en cuellos. Para él todos los ciclistas son solamente piezas de un enorme juego que se repite una y otra vez para disfrute estético de quienes miran. En realidad no eran trece deportistas, sino veintiséis divididos en parejas. Las primitivas pruebas del Seis días se llevaban a cabo de forma ininterrumpida por un solo hombre, pero el abuso de estimulantes y algunos episodios demasiado cercanos a la tragedia empujaron a las autoridades a prohibir estas prácticas bárbaras que atentaban contra la salud humana, limitando las horas que podían pasar sobre sus máquinas. Fue al neoyorquino Bill Brady a quien se le ocurrió que si un solo hombre no podía pedalear durante ciento cuarenta y cuatro horas quizás un equipo de dos sí pudiera hacerlo a relevos. Brady era promotor en el mítico Madison Square Garden, que también fue templo norteamericano de las carreras en bici. A partir de entonces a esta particular modalidad se la conoce como Madison…

Pero hablábamos de Kisch. Y Kisch es, por sí mismo, una figura fascinante. Fue reportero de guerra en España, expulsado por los nazis de su país, se hizo comunista hasta que Stalin quiso purgarlo y tuvo que huir de la Unión Soviética, era íntimo amigo de Charlie Chaplin y viajó por todo el mundo escribiendo y divirtiéndose (si solo tenía tiempo para una cosa, optaba siempre por la segunda). Cuando acude a los Seis días de Berlín en 1923 el febril alboroto de la República de Weimar está en pleno apogeo, con una ciudad que coquetea en sus madrugadas entre la inflación y el hambre, entre el miedo al retorno de los espartaquistas y el miedo a la incardinación creciente de la extrema derecha. Y, sin embargo, Berlín gozaba de su vida.

Lo hacía, por ejemplo, en el SportPalast, el recinto donde se celebraban los Seis días de Berlín, una competición de ciento cuarenta y cuatro horas en las que los ciclistas llegaban a recorrer más de cuatro mil quinientos kilómetros. Tiraban, claro, de cafeína, de cocaína, de estricnina, de cualquier estimulante que les ayudase a estar despiertos, a poder pedalear un poco más allá, un poco más rápido.

Pero eso no era lo importante, porque eso era la competición, y lo realmente trascendente sucedía no sobre el óvalo, sino en su interior. En ese lugar se levantaban templetes para vender bebidas y una orquesta tocaba temas animados que las parejas pudieran bailar. Los asistentes, dice Kisch, podían pasar desde las gradas hasta el centro de la pista por un pequeño puente pagando doscientos marcos, comprar una copa de champán helado por tres mil o adquirir la botella por veinte mil. Y allí estaba, claro, toda la animación, con bailarinas en ropa interior, políticos con zapatos bien lustrados y burgueses venidos a menos que llevaban su mejor traje. O la música. Porque en el SportPalast sonaba el mejor jazz, el mismo que empezaba a abrirse paso en los clubs más rompedores de Berlín y que muchos escuchaban por primera vez, entre el rumor sordo de cadenas engarzadas sobre el piñón. Todo era nuevo, todo era magnífico. Todo estaba, claro, tan cerca de acabarse.

Algunos de los asistentes aguantaban en el velódromo durante los seis días, sin salir jamás a la superficie, creando un espacio estanco muy particular de drogas, alcohol y diversión, donde los corredores pasaban y pasaban a su alrededor como si fueran espejismos de colorines, sutilmente entrevistos por el rabillo del ojo. Uno en el que apenas importaba lo que sucediera más allá de la pista, de las bicis, del jazz. Hasta el punto del total aislamiento. Nos lo vuelve a contar Kisch. «En el tercer día de la carrera la megafonía emitió el siguiente comunicado: “Herr Wilhelm Hahnke, con domicilio en Schönhauser Strasse, número 139, por favor acuda a casa con la mayor celeridad posible. Su esposa ha fallecido”. Y allí nadie pareció moverse, salvo algunas señoritas, y algunos menos caballeros, que hicieron gestos de horror ante la noticia».

El jazz siguió sonando, las máquinas continuaron dando vueltas a aquel óvalo sin final. Había que disfrutar, había que divertirse.

A eso se iba al velódromo.

Vel d’Hiv, 1919. Fotografía: Bibliothèque nationale de France (DP).


Buffalo Bill: el hombre que creó el reality show americano

Cartel del Wild West Show de Buffalo Bill. (DP)
Cartel del Wild West Show de Buffalo Bill. (DP)

George Berkeley es un filósofo menospreciado. Ya ni siquiera se encuentra en los planes de estudio españoles. Hace unas décadas tuvo sus minutos de gloria en lo que era 3º de BUP. Con la secundaria y sucesivas leyes, como ocurrió en general con la filosofía, pasó al baúl de los recuerdos de los filósofos menores. Sin embargo, este irlandés del siglo XVIII, que fue también obispo, debería haberse mantenido entre los grandes ya solo por hacerse una pregunta bien fastidiosa: ¿vemos realmente lo que vemos o es una engañifa? ¿Quién me dice que este portátil en el que escribo es un portátil y no otra cosa? Por supuesto, Berkeley era un extremista y para él era imposible conocer nunca nada de forma real. Solo podían existir las percepciones. Es decir, lo que quisieran contarnos. La verdad no existe.

Este artículo no trata de rebatir a Berkeley, sino que ahonda en los principios de este filósofo como máxima de nuestro mundo actual en el que prima la representación. O más bien, la sobrerrepresentación, la narrativa, el relato, que no deja de ser un marco subjetivo de lo real.

Quienes supieron ver antes que nadie qué se podía hacer con el poder de las percepciones fueron los creadores del reality show, de esa recreación de la realidad que nunca podrá ser real. Las televisiones, con sus Grandes Hermanos derivados años después en programas de todo pelaje donde se pueden intercambiar esposas o buscar novias para los hijos —el tufillo machista de todo esto lo dejaremos para otro artículo, no son las creadoras de este tipo de espectáculo. No, aquí hay pocas cosas que se inventen ya. Los creadores hay que encontrarlos en el siglo XIX y uno de ellos fue, además, un vaquero: el icónico Buffalo Bill.

William Frederick Cody, conocido como Buffalo Bill, un hombre con complexión física de leñador y manos de artista, fue un extraordinario cazador de bisontes —de ahí el apodo—, uno de los conquistadores del Oeste norteamericano y también el hombre que creó el show business del wéstern mucho antes de que aparecieran en el cine las películas de John Ford o Sergio Leone. Y, por supuesto, con esta narrativa también dio lugar a otro relato: el de una América construyéndose a sí misma, descubriendo vastas regiones y aniquilando a los pieles rojas. La de esa cruzada entre indios y el Séptimo de Caballería que aún sigue imponiéndose en los cines yanquis (y, por ende, en los europeos): Quentin Tarantino, tras su Django, acaba de estrenar Los ocho odiosos, otra del Oeste.

El escritor y cineasta francés Éric Vuillard (Lyon, 1968), autor de largos como Mateo Falcone, ha sido el encargado de recordarnos quién fue realmente Buffalo Bill a partir de su libro Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill, publicado ahora en español por Errata Naturae y que en Francia fue finalista del Goncourt en 2014. Es un libro extraño porque no solo es una biografía del vaquero, sino también una reflexión acerca del espectáculo que creó a finales de los ochenta del XIX, The Wild West Show, que fue la máxima atracción en la Exposición Universal de Chicago de 1893 —acudían cada día a verlo más de cuarenta mil personas y con un éxito tal que hizo giras multitudinarias por Europa. A Barcelona llegaría un 18 de diciembre de 1889 con gran éxito, según reseñó entonces La Vanguardia. No señores, las grandes cadenas no crearon el reality show.

«El espectáculo nos desposee y nos miente y nos aturde y nos ofrece el mundo en todas sus formas. (…) Y para atraer al público, para provocarle el deseo de acudir en masa a ver el Wild West Show, había que contarle una historia: la que millones de norteamericanos primero y europeos después tenían ganas de oír y que ya oían en el crepitar de las bombillas eléctricas, acaso sin saberlo (…) querían atravesar en su imaginación las Grandes Llanuras, cruzar los cañones del Colorado y conocer la vida de los pioneros», escribe Vuillard acerca del porqué de este éxito. Buffalo Bill consiguió contar la historia que los espectadores querían escuchar. Un relato que no era real pero que podía ser percibido como real. La engañifa del filósofo Berkeley.

Buffalo Bill con los indios del Wild West Show. Foto: DP.
Buffalo Bill con los indios del Wild West Show. Foto: DP.

Pero, ¿cómo llegó el vaquero a todo esto? ¿Y cómo lo hizo? Como cuenta Vuillard, fue un hombre que estuvo en el momento en el que muy pocos están: en el nacimiento de una nación y de los llamados «tiempos modernos». Y supo aprovecharlo. Estados Unidos nacía y a la vez había que contarlo. Y ya no a la manera de la crónica griega: ahora existía el balbuceante espectáculo de masas. Si en el Oeste había batallas entre indios y vaqueros, ¿por qué no llevarlas a un escenario? Y lo hizo tan bien que su gloria tuvo que ver más con el personaje de circo que con su leyenda vaquera. «Buffalo Bill se convirtió en el héroe de su propia fábula», comenta Vuillard por correo electrónico.

Por supuesto, él no creó el show solo. Supo rodearse de tipos listos como John Burke, también llamado Arizona John Burke, que se convirtió en su agente de prensa además de en uno de los creadores de la maquinaria publicitaria que hemos conocido en el siglo XX. «Burke encarnaba mejor que ningún otro el modo en el que el mito americano se ha extendido por el mundo. Inaugura una nueva forma de relato, una propaganda soft, podríamos decir, un maridaje eficaz entre la narración y la ideología. La narración se repite constantemente, pero hay un efecto de espejo: el público reconoce en ella una y otra vez lo que quiere ver, y esa rutina resulta excitante», sostiene Vuillard. Burke como un protopublicista de los anuncios que constantemente vemos ahora por televisión. Espera y verás (en tu canal).

Bill y Burke también sabían que para que su reality funcionara tenía que haber indios, y si estos eran reales y no de cartón piedra (o mexicanos disfrazados), mucho mejor. Para ello qué mejor que contratar al indio por antonomasia: Toro Sentado, el gran jefe sioux que venció en la batalla de Little Big Horn de 1876 en la que el Séptimo de Caballería sufrió una de las mayores afrentas de su historia. Burke fue quien en 1885 negoció con él y finalmente, por «cincuenta dólares a la semana, más un adelanto, dietas, todos los gastos a cargo del productor y, sobre todo, el derecho exclusivo a vender sus fotogafías y firmar sus autógrafos», según desvela Vuillard, Toro Sentado se sumó a la compañía. Dejaba de ser un jefe espiritual para convertirse en un actor de sí mismo. Todo el mundo tiene un precio y el show business lo sabe.

Toro Sentado con Buffalo Bill. Foto: DP.
Toro Sentado con Buffalo Bill. Foto: DP.

A partir de ahí, la locura. Buffalo Bill, chorreando dólares, abandonó a su familia por el negocio (y por múltiples amantes) y llegó a crear su propia ciudad, Cody, en el estado de Wyoming, que aún existe y posee un pequeño museo sobre el vaquero (aunque Vuillard comenta que es demasiado cutre como para visitarlo). También fue uno de los primeros en poner una pica en Europa en lo que al colonialismo cultural norteamericano se refiere. Su Wild West Show, con sus vaqueos e indios, con sus matanzas de pacotilla, se convirtió en un éxito descomunal a principios del siglo XX. «El Wild West Show dio comienzo a una auténtica americanomanía. Internacionalizó el drama yanqui. Pero existían diferentes percepciones del show, que en sí mismo jugaba en diversos frentes. En la zona este de Estados Unidos, las últimas guerras indias son eventos lejanos, que pertenecen al pasado. En las ciudades modernas de la costa, el apache es una imagen arcaica; a menudo se siente una simpatía por los vestigios de aquellas tribus, se las compadece. Ocurre algo similar en Europa. No se quiere percibir la relación entre los culís de imperio y los indios de Buffalo Bill, así se puede sentir hacia ellos una ternura que no compromete a nada», manifiesta Vuillard acerca del paso del espectáculo por el viejo continente.

Ahí observamos varias consecuencias del show: creó una imagen de Estados Unidos, pero ya no solo para los europeos, sino para los propios norteamericanos. Como afirma el escritor, el Wild West Show era algo a tomarse en serio puesto que «sumerge el drama de la colonización americana en una amnesia sin retorno y lo sustituye por una epopeya ruda que puede parecer humana». ¿Una matanza? ¿Un genocidio? No, fue otra cosa porque así nos lo contaron desde un principio, prácticamente desde que tenía lugar.

Es cierto que después llegaron las películas. El propio Buffalo Bill participó en algunas de ellas cuando su carrera de saltimbanqui empezaba a decaer, como recuerda Vuillard, aunque el verdadero éxito del wéstern llegaría con el cine sonoro. Con los John Wayne y compañía. Pero esas cintas no hubieran sido posibles sin el show primigenio porque la imagen que creó, que es nuestro fondo de ojo, llegó para quedarse: «Por más que lo sepamos, durante decenios [los norteamericanos] nos han embutido esa versión de la historia. Es como con la Segunda Guerra Mundial, la representación común de una Alemania motorizada y triunfante es el resultado de la propaganda: antes de la entrada en la guerra de los rusos, la mayor parte de las imágenes que tenemos sale de los estudios de Goebbels», sostiene el escritor. América como puro reality show que acabaría por contaminarlo todo, como décadas después analizaría Guy Debord en su famosísimo ensayo La sociedad del espectáculo. «Debord vio venir la globalización del capitalismo, el momento en el que los discursos teatrales que evocas se disuelven en otra cosa», indica Vuillard.

La historia de Buffalo Bill, no obstante, no acabó bien. Uno de los últimos capítulos de Tristeza de la tierra —ya de por sí el propio título del libro evoca la melancolía, que no es más que una percepción desazonadora de las cosas según las recordamos— se titula «Los príncipes del entretenimiento mueren tristes». En él narra el final del vaquero y cómo sus propuestas teatralizadas ya no se adaptaban al mundo que venía. El espectáculo de masas que él había creado y que habían visto más de setenta millones de personas, se desvanecía. En su último viaje para visitar a su hermana en 1917 caería gravemente enfermo y ya no se recuperaría. La muerte llegó con la puntualidad del día al que le toca a cada uno. Él estaba solo en una habitación. Nadie, ni su mujer, ni sus amantes, ni las miles de personas que le habían aplaudido estaban a su lado. Su leyenda podría seguir viva, pero él ya estaba muerto. Como su espectáculo. De ahí su tristeza, su soledad, su melancolía cuando todo acabó.

«Cuando la grandeza no está asociada a la verdad, es decir, a los demás seres humanos, a la comunidad de seres humanos, no puede acabar bien. La vida no es una sucesión de azares, tiene una lógica, por decirlo así. La melancolía de Buffalo Bill es el síntoma de una bajeza que se ignora o que se esconde», intenta explicar Vuillard. Nada pudiera ser lo que parece, diría el filósofo Berkeley. El vaquero, con la creación de un mundo irreal basado en uno real, siguió la máxima a rajatabla. Pero el reality show, la engañifa burda, no perdura.

Buffalo Bill en 1903. Foto: DP.
Buffalo Bill en 1903. Foto: DP.


El wéstern: notas sobre un género difunto

Escena de Centauros del desierto. Imagen Warner Bros. Pictures.
Escena de Centauros del desierto. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Aunque periódicamente algunos cineastas vuelven la mirada hacia el género norteamericano por excelencia, sin lugar a dudas el wéstern murió tiroteado por el siglo XX. Se agradecen, no obstante, briosos intentos de reanimación tales como los de Joel y Ethan Coen en su personal y respetuoso remake de Valor de Ley (2010) o el emotivo tributo al género de Tommy Lee Jones, en funciones de actor y director, en Deuda de honor (2014). Más controvertida es la exhumación reciente de Quentin Tarantino del wéstern. Si en Django desencadenado (2012) logró pergeñar un delirante, hilarante, violento y abigarrado alegato antirracista, en la interminable Los odiosos ocho (2015) confirma su capacidad para la verborrea incesante y la demencia visual más plúmbeas e insufribles.

En cualquier caso, este retorno a los añejos paisajes naturales, los revólveres raudos, el fantasmagórico acecho de los indios, el tintineo de espuelas, las cantinas y sus tragos contundentes y ásperos, el rítmico y majestuoso cabalgar de los caballos y un lejano etcétera polvoriento nos recuerda que una vez existió un universo (geográfico/temporal/iconográfico) creado justo cuando la realidad se convertía en leyenda mitológica. Así lo certificó el crítico André Bazin: «El wéstern es el encuentro de una mitología con un medio de expresión».

Por su parte, el historiador George-Albert Astre, en su canónico Universo del wéstern, escribe: «El wéstern es una de las pasiones contemporáneas más universales. Los innumerables amantes del cine del Oeste en todo el mundo encuentran en él la materialización de una sorprendente mitología, el desarrollo más o menos suntuoso, más o menos esotérico, de un cierto ceremonial: la celebración de una fiesta ritual en la que se consume, en el reencuentro con la libertad de los grandes espacios, una visión irrisoria de las civilizaciones occidentales».

Y el crítico y guionista Ángel Fernández Santos, en el memorable ensayo Más Allá del Oeste, señala el componente ritual del género:

El cine del Oeste expulsa hacia sus contempladores una impresión de equivalencia con algunas ceremonias sociales muy arraigadas. Esto quiere decir que, desde hace casi un siglo, forma parte de la memoria cotidiana de multitudes humanas, como cualquier ritual de convivencia. Al igual que en estos rituales, en el wéstern, la repetición de un patrón ceremonial preexistente no solo excluye la sensación de variedad, sino que la presupone, ya que la identidad reiterada de cada filme es una parte esencial de su originalidad, una singularidad tanto más difícil de alcanzar cuanto más vulnerables son las leyes a que ha de sujetarse.

Leyenda, mito y ceremonia. El wéstern es a una nación bisoña como la estadounidense lo mismo que La Iliada La Eneida a la cultura grecolatina; los poemas épicos medievales, el ciclo artúrico y las novelas de caballería a la sociedad europea: la necesidad de construir un territorio imaginario y fantástico que, de alguna manera, respete una señas de identidad históricas y comunes.

De esta manera, al marco físico reconocible (a pesar de que en ocasiones se presente de manera abstracta) se une una galería de personajes aferrada al imaginario colectivo y con trasunto real: Wyatt Earp, Doc Holliday, Pat Garrett, Billy the Kid, Buffalo Bill, Wild Bill Hickok, Calamity Jane, Jesse y Frank James, Butch Cassidy, Sundance Kid, los jefes indios Gerónimo, Toro Sentado y Cochise… Asimismo, las coordenadas del género definen unos arquetipos y delimitan el desarrollo recurrente de las narraciones: los duelos entre pistoleros justicieros y su némesis encarnada por bandidos despiadados, la lucha de los colonos por establecerse en el salvaje Far West, la aventura de pioneros y buscadores de oro y prosperidad, las refriegas con las tribus indias o los conflictos entre ganaderos y agricultores. Así pues, a partir de la simplicidad de una literatura de quiosco avant la lettre (Zane Grey o James Fenimore Cooper) por una parte, y de todo un arsenal de relatos legendarios por otra, las películas del Oeste se convirtieron en uno de los géneros más populares de un arte eminentemente popular.

scena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.
Escena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Prueba de ello es que algunos de los estudios apostaron por la producción en cadena de wésterns y, desde los inicios de la industria, un buen número de cineastas se apuntó al pelotón de los especialistas en el género. De los pioneros más audaces, influyentes y brillantes cabe mencionar a John FordRaoul WalshWilliam WellmanCecil B. De MilleAllan Dwan, King Vidor y Howard Hawks.

De igual manera, encontramos a unos actores que supieron encarnar el espíritu del género gracias a unas características físicas y a cierto rictus fatalista acordes con la estética del Far WestJohn WayneJames StewartHenry FondaGary CooperGregory PeckRobert MitchumRichard Widmark y Randolph Scott, principalmente.

Pese a su aparente encorsetamiento, la permeabilidad temática y genérica del wéstern es notable. Amoldado a sus anchuras advertimos la presencia del (melo)drama, la comedia, el thriller, la aventura o el relato gótico. También resulta significativa su capacidad de transmutarse, influir e incluso retroalimentarse. Por ejemplo, Easy Rider (1969) y el subgénero de las buddy movies no dejan de ser wésterns contemporáneo a la manera de Dos cabalgan juntos (1961); Taxi Driver (1976) está concebido como un wéstern urbano con reconocido homenaje a Ford; la saga Mad Max debe al género tanto su iconografía del pistolero errante y abismal como la vibrante planificación de las persecuciones.

Por otra parte, la fascinación por los filmes del Oeste marcó el ciclo samurái de Akira Kurosawa, quien a su vez fue fuente de inspiración para Hollywood. De esta manera, John Sturges versionó Los siete samuráis (1954) con Los Siete Magníficos (1960), mientras que Martin Ritt adaptó Rashomon (1950) en Cuatro confesiones (1964). También la aparición del spaghetti western supuso un revulsivo para la iconografía del género, que se tornó, más si cabe, descarnada, árida, lacónica y letal. A este respecto, la composición de los pistoleros fantasmagóricos de Clint Eastwood debe mucho al «hombre sin nombre» de la trilogía del dólar de Sergio Leone. Personalmente, considero que la única contribución de Leone al wéstern fue esa deuda que Eastwood contrajo con él.

Nacimiento de la épica

El wéstern, en sus primeros balbuceos fílmicos, aparece como documento descriptivo de la vida en el Oeste. Desde 1894 y 1903, las casas de filmación Edison y Biograph realizan una sesentena de filminas documentales que servirán de base al posterior desarrollo y consolidación del género. En cualquier caso, Asalto y robo de un tren (1903), dirigida por el periodista Edwin S. Porter, se considera el primer wéstern de la historia del cine. Porter narra el asalto a un tren, la persecución de los atracadores y la refriega armada entre bandidos y representantes de la ley. Con este simple esquema argumental, las bases genéricas están asentadas. Sin embargo, el crítico Quim Casas, en el ensayo descriptivo El wéstern, subraya la aportación trascendental de Thomas H. Ince:

Incansable e intratable durante el período comprendido entre 1910 y 1925, Ince supervisó o dirigió personalmente cerca de ochocientas películas de distintos formatos, un buen porcentaje de ellas dedicadas al wéstern y ambientadas, por lo general, en la época de los pioneros, colonos y buscadores de oro (…) La capacidad de trabajo de Ince y sus rapidísimos métodos de rodaje le llevarían a construir en solitario uno de los mosaicos wésternianos más complejos de la era silente, apoyado en una poética del paisaje que crearía escuela. Hacia 1913 concibió, con el actor William S. Hart, el personaje de Río Jim, un cowboy de rostro y maneras monolíticos que hizo frente a los otros dos actores emblemáticos del género en esa época de aprendizaje, Gilbert M. Anderson (…) y Tom Mix (un auténtico ranger de Texas que antes de aparecer en una pantalla capturando bandidos ya los había detenido en su trabajo cotidiano).

Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.
Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.

A esta producción pertinaz de wésterns en serie hay que añadirle los cánones narrativos establecidos por David W. Griffith en El nacimiento de una nación (1914). En esta gran producción, que contó con la presencia de John Ford como figurante y de Raoul Walsh como asesino de Lincoln, Griffith marca las pautas sintácticas características del lenguaje cinematográfico clásico y abre las vías para la solidificación del género.

De esta manera, en las décadas de los veinte y treinta del pasado siglo, la industria se afana en la realización de wésterns épicos, epopeyas enmarcadas en paisajes naturales y con el punto de mira argumental centrado en las vicisitudes de pioneros y colonos. La caravana de Oregón (1923), de James Cruze, El caballo de hierro (1924), de Ford, La gran jornada (1930), de Walsh, Cimarron (1931), de Wesley Ruggles, o Unión Pacífico (1939), de De Mille, son ejemplos de la construcción afanosa de la sociedad moderna. Al mismo tiempo, la figura prototípica del pistolero se iba moldeando en espacios fronterizos, silvestres y propicios a la violencia. Gary Cooper en El virginiano (1929), de Victor Fleming, y Fred MacMurray en The Texas Rangers (1936), de King Vidor, demuestran el auge de jinetes justicieros de gatillo precoz. Sin embargo, será el maestro Ford quien, mediante la encarnadura aportada por John Wayne, cree al primer pistolero inolvidable con el Ringo Kidd de La diligencia (1939), además de revolucionar el género con este film, inspirando e influenciando a infinidad de cineastas.

Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.
Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.

La consciencia del wéstern

Salvo en el apartado de la serie B, la Segunda Guerra Mundial conllevó un cierto relajamiento de la producción de films del Oeste. Entre los principales motivos no es el menor el hecho de que la industria se pusiera en pie de guerra propagandística priorizando historias que sirvieran de acicate a la moral de la población estadounidense. Como excepción, William A. Wellman rodó The Ox-Box Incident (1943), sobresaliente crítica a la infame masa cobarde y, como también había hecho Fritz Lang en Furia (1939), alegato en contra de la ley de Lynch.

Después de la guerra, el wéstern se vuelve más reflexivo, dúctil y consciente de sus patrones y posibilidades expresivas. En cierta manera, la contienda bélica oscureció la visión de la violencia y sus trágicas consecuencias. Esta nueva perspectiva sombría y con unas coordenadas morales mucho más ambiguas se aprecia en la mayor parte de los wésterns de Anthony Mann —Winchester’73 (1950), La puerta del diablo (1950), Colorado Jim (1953), El hombre de Laramie (1955), Cazador de forajidos (1957) o El hombre del oeste (1958), de Ford Pasión de los fuertes (1946), Fort Apache (1948), La legión invencible (1949), Centauros del desierto (1956) y El hombre que mató a Liberty Valance (1962) o en Río Rojo (1948), de Hawks.

Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.
Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.

Al mismo tiempo, la llamada generación de la violencia aportó un reflejo virulento de la misma a través de relatos heterogéneos que además insuflaron aires renovadores y enérgicos. En este punto cabe mencionar algunas de las aportaciones al género de Sam Fuller —I shoot Jesse James (1949), Yuma (1957), Forty Guns (1957)Richard Fleischer Arena (1953), Bandido (1956), Duelo en el barro (1959)Don Siegel Duelo en Silver Creek (1952), Estrella de fuego (1960), Dos mulas y una mujer (1969), El último pistolero (1976)Richard Brooks La última caza (1956), Los profesionales (1966) y Muerde la bala (1975)Robert Aldrich Apache (1954), Veracruz (1954), El último atardecer (1961), La venganza de Ulzana (1972).

El género, pues, experimentó una transformación que paulatinamente lo alejaba del primitivismo original. Es así como el wéstern reviste análisis psicológicos, tórridos romances y velada crítica social. Para esta nueva fase del género, los franceses (¡cómo no!) acuñaron el término superwésternSolo ante el peligro (1952), de Fred ZinnemannRaíces profundas (1953), de George StevensJohnny Guitar (1954), de Nicholas RayHorizontes de grandeza (1958), de William Wyler, entre otras.

Por otra parte, acorde con la realidad social norteamericana, el wéstern aborda la revisión sobre la colonización y sus efectos sobre la población indígena. La comprensión del otro marca filmes como las citadas Flecha rota y Apache, El último combate (1964)de Ford, o el panfleto progre Pequeño gran hombre (1970), de Arthur Penn. La mala conciencia no es ajena a la consciencia.

Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.
Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.

La belleza sanguínea del atardecer

En los sesenta, los grandes pioneros del género sufrían la (pre)jubilación forzosa. Los tiempos estaban cambiando y el wéstern empezó a adoptar un rictus nostálgico, cuando no anacrónico. Los directores Andrew Victor McLaglen (hijo del actor fordiano Victor McLaglen) y Burt Kennedy (guionista de Bud Boetticher) intentaron con buena voluntad volver a galvanizar el ajado lejano Oeste. Pero las intenciones honestas no iban acompañadas del talento necesario. Sin embargo, ahí estaba un tipo para iniciar la tarea de demolición del mito: Sam Peckinpah, quien junto al David Miller de Los valientes andan solos (1962), inaugura el crepúsculo irremisible del wéstern con Duelo en la alta sierra (1962). Tiroteará implacablemente al género en Grupo salvaje (1969), La balada de Cable Hogue (1970) y Pat Garrett y Billy The Kid (1973). Y pese a que el wéstern todavía atraía a cineastas (muchas veces alejados de su lenguaje e iconografía) tales como Sydney Pollack en Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), Michael Cimino en La puerta del cielo (1980), Lawrence Kasdan en Silverado (1985) y Wyatt Earp (1993) o Kevin Costner en Bailando con lobos (1990), fue el heredero de los viejos y curtidos clásicos quien disparó la última bala. Clint Eastwood en Sin perdón (1992).

A veces, sin embargo, el espectro del wéstern (re)aparece y nos devuelve aquel nimbado universo legendario. La última vez lo hizo en pantalla pequeña. Con las tres temporadas de la monumental Deadwood (2004-06).

Escena de Deadwood. Imagen: HBO.
Escena de Deadwood. Imagen: HBO.

Veinticinco wésterns para quitarse el stetson

Advertencia: como suele suceder en este tipo de cribas, no están todos los que son pero son todos los que están. La lista, además, y pese a pretender una panorámica amplia y razonable, es personal e intransferible. Manda la entraña.

La diligencia (1939), de John Ford

Con La diligencia, el wéstern llega a su mayoría de edad. Partiendo del relato Bola de Sebo de Guy de Maupassant, Ford inaugura la madurez del género y deja su rúbrica indeleble. La cámara abalanzándose sobre John Wayne para encuadrar al mítico pistolero o la frenética persecución de la tribu india marcan un antes y un después en el wéstern, la filmografía de Ford y la carrera de Wayne.

Dodge, ciudad sin ley (1939), de Michael Curtiz

Pura artesanía del aplicado Curtiz. Este film sobresale en la producción seriada de wésterns por armonizar buena parte de los elementos iconográficos y temáticos del lejano Oeste. La llegada del ferrocarril a tierras inhóspitas, las grandes esperanzas, la construcción de núcleos urbanos como base de la civilización moderna, los nobles pistoleros y los malvados outlaw.

El forastero (1940), de William Wyler

Wyler aportó sentido y sensibilidad, una mirada reposada y reflexiva que le vino bien al wéstern. En este caso, el cowboy Gary Cooper encarna la ecuanimidad enfrentada a la arbitrariedad atrabiliaria y prevaricadora del legendario juez Roy Bean.

Murieron con las botas puestas (1941), de Raoul Walsh

Errol Flynn moldea a un Custer campechano, simpático y extravagante. A su medida. Según parece, en realidad el general fue un botarate inconsciente en toda regla. Walsh exhibe su maestría en las escenas de acción a campo abierto. Aunque los hechos no ocurrieron tal y como los narra el film, para un servidor la batalla de Little Bighorn siempre será la de Murieron con las botas puestas.

Duelo al sol (1946), de King Vidor

El productor David O. Selznick y el director consiguieron fraguar la historia de un triángulo amoroso fatal con trasfondo bíblico. Entre el pasmarote Joseph Cotten y un turbio y retorcido Gregory Peck, la ígnea morenaza Jennifer Jones lo tiene clarísimo, vamos. Ardores de bajo vientre, humedades caliginosas y amor fou entre rocas impávidas. Junto a Pradera sin ley (1955), el mejor wéstern de Vidor.

Cielo amarillo (1948), de William A. Wellman

Espectral, oscuro y desasosegante, Cielo amarillo parte de una historia del escritor W. R. Burnett que narra la escapada a través del desierto de unos forajidos hasta llegar a un pueblo fantasma. Tintes góticos y siniestros para uno de los wésterns más insólitos, misteriosos y magnéticos.

Winchester 73 (1950), de Anthony Mann

Casi como MacGuffin, el robo de un rifle (bien pudiera ser la caza de una ballena blanca) sirve para trenzar una historia errante y aventurera. Stewart compone un personaje que se repetirá en sus siguientes trabajos con Mann: un tipo obcecado, persistente en sus fijaciones y con un contorno moral difuso.

Flecha rota (1950), de Delmer Daves

Primerizo film de la tendencia pacificadora. El jefe Cochise y su tribu dejan de ser una masa amenazante y presta siempre a la batalla. Toman la palabra y tienen sus razones. También su corazón.

Encubridora (1952), de Fritz Lang

El rancho Chuck-a-Luck bien pudiera estar ubicado en Shangai, habida cuenta de que su propietaria es Marlene Dietrich. Un joven llega al tugurio repleto de delincuentes en busca de venganza. Entonces Dietrich, seductora y malévola, se marca el «Get away, young men», y el pipiolo vengativo queda hecho un flan. Una obra maestra heterodoxa.

Raíces profundas, (1953), de George Stevens

El superwéstern por excelencia. A lomos de un inmaculado corcel (tan blanco como el del Cid) llega de la nada un pistolero misterioso (tal es la potencia visual del film que la suspensión de la incredulidad incluso es capaz de pasar por alto el protagonismo del bajo Alan Ladd) que, cual ángel guardián, socorrerá a la población atemorizada y chantajeada por los matones locales. Stevens demuestra su prestante pericia en la plasmación hiperrealista de la violencia. Memorables peleas a puñetazo limpio sin los amaneramientos coreográficos tan en boga en el cine de acción actual.

Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray

Lírica, tórrida, sublime. El romanticismo de Ray en todo su fulgor. Faltan líneas para enumerar sus virtudes y transcribir sus diálogos sin desperdicio. Valga, por lo menos, la mención a la célebre escena de «miénteme»:

Johnny: ¿A cuántos hombres has olvidado?
Vienna: A tantos como mujeres tú has amado.

Ya le gustaría a Tarantino.

Centauros del desierto (1956), de John Ford

Para muchos, entre los que me incluyo, Centauros del desierto no es únicamente el mejor wéstern, sino que es la película (léase en mayúsculas enfáticas). La odisea de un hombre en busca de su sobrina (en verdad, su hija) esconde un abismo obsesivo de odio y venganza. Solo John Wayne podía arrastrar los pies y contonearse lentamente hacia el yermo olvido final. Solo Ford podía filmarlo con tanta dignidad, emoción y belleza.

Seven men from Now (1956), de Bud Boetticher

Otra de las sobresalientes historias de venganzas del wéstern. Seven men from Now pertenece al ciclo Ranown Cycle, en referencia a la productora Ranown, que fundó el actor Randolph Scott. Scott y Boetticher colaboraron en siete filmes de bajo presupuesto pero altísima calidad. El perspicaz Bazin era un enamorado de esta película.

El tren de las 3.10 (1957), de Delmer Daves

Howard Hawks consideraba que el sheriff de Solo ante el peligro (1952) era un llorica y carecía de ética profesional. Siguiendo las reservas del maestro, me inclino por El tren de las 3.10 como representación de la corriente psicológica. Angustiosa espera y congoja general ante la inminente llegada de los bandidos.

Forty Guns (1957), de Sam Fuller

Escrita, producida y dirigida por Fuller, Forty Guns supone uno de los filmes más personales y sugestivos de la filmografía del cineasta. Enérgica, expeditiva, original y con algún toque barroco en su planificación marca de la casa.

Río Bravo (1959), de Howard Hawks

El maestro de la profesionalidad y la camaradería trasladó su concepción del trabajo bien hecho en equipo al wéstern. Después de este film (que versionaría con variantes en 1966 con El Dorado y en 1970 con Río Lobo), mil veces hemos visto en pantalla a un grupo atrincherado y defendiéndose de todo tipo de ataques. Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976) de John Carpenter tal vez sea el homenaje más rendido a Río Bravo.

El hombre de las pistolas de oro (1959), de Edward Dmytryk

La ciudad de Warlock sirve de escenario a una historia de amistad, viejos rencores, antagonismo y redención. Violencia contenida, verbalizada y finalmente resuelta a balazos. En la tensión confrontada de primeros planos se masca la tragedia, que diría un radiofonista futbolero.

El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford

Enésima y última lección insuperable de Ford. Tanto es así que algunos la consideran su mejor obra. Por encima de Centauros… En todo caso, el ocaso del género se inicia con el asesinato de Liberty Valance. Y un apotegma a manera de epítome: «Cuando la realidad se convierte en leyenda, imprimimos la leyenda».

Los profesionales (1966), de Richard Brooks

Desencantados, cínicos, achacosos y con la melancolía corroyéndoles las miradas. Así son estos profesionales que no por ello dejan de hacer bien su trabajo. Brooks firma un wéstern de supervivientes incapaces de tomarse en serio ni a sí mismos. Saben demasiado sobre las derrotas de la vida.

El póker de la muerte (1968), de Henry Hathaway

Como en La noche del cazador, Mitchum interpreta a un predicador atípico en este no menos atípico film del eficaz artesano Hathaway. Mezcla de thriller, suspense, policiaco, El póker de la muerte gira en torno a una mesa de juego y el asesinato de los jugadores. Agatha Christie con sombrero stetson y revólver al cinto.

La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah

Un año después de Grupo Salvaje, Peckinpah rodó este canto triste a un pasado perdido. El público esperaba tiroteos a mansalva y se encontró con esta lúcida balada sobre el desarraigo de un hombre que se refugia en el amor de una prostituta (¡cuántas putas en la vida y en el cine de Peckinpah!). Nada acompaña a la épica, sino más bien a una aceptación resignada de su pérdida y a la añoranza de tiempos míticos (y mitificados) en los que esta era posible.

El día de los tramposos (1970), de Joseph L. Mankiewicz

Trampantojo, farsa de pícaros, comedia dramática, charada. Mankiewicz finge filmar/firmar un wéstern, pero en realidad está rodando otra cosa. El día de los tramposos no es un wéstern. ¡Qué más da! Es un Mankiewicz, y por lo tanto, merece la inclusión en cualquier lista de los mejores.

El juez de la horca (1972), de John Huston

Tal vez no sea un wéstern tan bien construido como Los que no perdonan (1960). Tal vez adolezca de arritmias y caídas de interés, digresiones deshilachadas y cierta desidia formal. Sin embargo le tengo mucho cariño a este excéntrico Roy Bean escu(l)pido por Newman. Como el propio Huston, el juez hace lo que le da la real gana.

La venganza de Ulzana (1972), de Robert Aldrich

Tras Apache y Veracruz, el dúo Lancaster/Aldrich se despide del wéstern con un film que es más mirada al pasado que recreación del presente. La última misión antes de la jubilación merecida está filmada con sabiduría provecta y un escepticismo acumulado con los años al galope persiguiendo indios. Reflexiva y crepuscular.

Sin perdón (1992), de Clint Eastwood.

El último clavo del ataúd. La obra maestra solitaria y final. Otra vuelta de tuerca al discurso fordiano de El hombre que mató a Liberty Valance. La realidad que esconde la leyenda es profundamente sucia, desagradable y soez. El mejor tirador no es el más rápido y audaz, sino el que tiene sangre ofidia e instintos criminales. Eso sí, paciente lector: si ha pensado en decorar su pocilga con el cadáver del amigo de William Munny, le recomiendo que consiga un revólver y olvide los escrúpulos a la hora de apretar el gatillo.

Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.
Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.


Nube Roja, el hombre que derrotó a los Estados Unidos (y II)

Red Cloud Hz
Nube Roja y otros líderes de la Nación Cheyenne. (PD)

(Viene de la primera parte)

Esta es la primera oportunidad que tengo de escribirle desde la gran masacre, y para empezar le diré que siento vergüenza por haber formado parte de aquello. No serviría de nada contarle cómo fue conducida la lucha; me limitaré a decirle que pienso que el oficial al mando debería ser ahorcado. Tras la batalla hubo una escena que espero no volver a ver jamás: a los hombres, a las mujeres y a los niños se les quitaron las cabelleras, se les cortaron los dedos para despojarlos de sus anillos. Se disparó a niños pequeños mientras rogaban por sus vidas. Le dije al coronel que creía que era un asesinato atacar a indios amistosos. Me respondió diciendo: «Dios maldiga a cualquier hombre que simpatice con esos indios». (Carta del teniente estadounidense Joseph Kramer a uno de sus superiores)

Noviembre de 1864. La tétrica noticia corre por las grandes llanuras como un reguero de pólvora encendido: setecientos soldados blancos, dirigidos por el sanguinario coronel John Chivington, han atacado una aldea cheyenne en Colorado. Una aldea pacífica, no involucrada en la guerra que otra parte de la Nación Cheyenne libra contra los blancos. Una aldea teóricamente beneficiaria de la protección estadounidense por efecto de un tratado con el gobierno de Washington. Y aun así, los hombres de Chivington han cometido una carnicería que ha horrorizado incluso a militares que formaban parte de esa misma expedición: en su correspondencia personal y oficial, así como en los informes verbales ante sus superiores, algunos de esos oficiales piden abiertamente que el coronel Chivington sea llevado al patíbulo. Cuando la noticia de la masacre empieza a circular por el país, incluso renombrados enemigos de los nativos —como el antiguo trampero y aventurero de la frontera reconvertido en líder militar Cristopher «Kit» Carson— hablan de la matanza con una mezcla de rabia y náusea:

Lo que ese perro de Chivington y sus sucios sabuesos han hecho en Sand Creek… sus hombres han disparado a mujeres y le han volado los sesos a niños inocentes. Y llamáis a esos soldados «cristianos», ¿no es así? ¿Y en cambio llamáis «salvajes» a los indios? ¿Qué pensará de esto el padre celestial, que nos creó tanto a nosotros como a ellos? Te diré algo: no me gusta un piel roja hostil más de lo que te gusta a ti. Y cuando son hostiles he luchado contra ellos tan duramente como cualquier otro hombre. Pero aún no le he puesto un dedo encima a una mujer o a un niño. Y abomino de los hombres que sí lo hacen.

Incluso Kit Carson, enemigo de los indios en la batalla, se sintió horrorizado por la matanza de inocentes en Sand Creek.
Incluso Kit Carson, habitual enemigo de los indios en la batalla, se sintió horrorizado por la matanza de inocentes en Sand Creek. (PD)

El suceso alcanza tal resonancia que el mismísimo Congreso estadounidense se verá obligado a organizar una comisión de investigación en la que se escucharán testimonios verdaderamente tristes, como el de este soldado que estuvo presente en Sand Creek: «Vi los cuerpos tendidos allí, cortados a trozos, con las peores mutilaciones que yo hubiese visto nunca. Las mujeres despedazadas a cuchillo, sus cráneos pelados, sus cerebros al aire. Gente de todas las edades muerta en el suelo, desde bebés hasta guerreros. ¿Que quiénes los mutilaron? Las tropas de los Estados Unidos».

Si entre los estadounidenses de la época —generalmente poco escrupulosos a la hora de despojar a los nativos de sus tierras e incluso de sus vidas— se produjo tal reacción, cabe imaginar la honda impresión que la noticia causó en las naciones indias. La coalición sioux-cheyenne-arapajoe, ahora en guerra, conoció detalles de aquellos hechos gracias a la llegada de supervivientes de Sand Creek: indios antes pacíficos que tras haber sido testigos de la matanza decidieron unirse a la lucha contra los Estados Unidos.

La masacre era un motivo más, pensaron sin duda los jefes de la coalición, para no desfallecer en su resistencia frente a una invasión blanca cada vez más cruenta. Sin embargo, para librar una exitosa guerra contra los soldados blancos necesitaban enfocar la estrategia bélica de manera distinta a lo tradicional. Los indios de las praderas, cuando se enfrentaban entre sí, estaban acostumbrados a librar guerras efímeras. Como mucho se producían guerras «prolongadas» que no eran sino estados de animadversión perenne entre determinadas naciones que por lo general se manifestaban mediante incursiones fugaces y aisladas a nivel local. Siendo tan escasa su población y disponiendo de un reducido número de guerreros no podían permitirse guerras masivas ni prolongadas, así que habían desarrollado una mentalidad combativa basada en la revancha instantánea. Las partidas de guerra indias solían causar pocas bajas en ambos bandos y estaban más dirigidas al pillaje o a la captura de esclavos que a la exterminación del contrario. Los indios de Norteamérica carecían de estrategia militar a largo plazo.

Y tan primitivas como sus estrategias eran sus motivaciones bélicas, casi siempre puramente coyunturales ya fuesen la disputa de un territorio de caza o la mera revancha por un ataque anterior. Para los indios, la venganza era en principio un casus belli legítimo. Una aldea atacada injustificadamente se consideraba con el derecho e incluso con el deber de vengar la afrenta. En ocasiones se conformaban con saquear a sus enemigos, pero lógicamente también se podía llegar al frío asesinato, especialmente de los guerreros y los líderes rivales. Nube Roja, por ejemplo, nunca fue un hombre particularmente misericordioso y durante su juventud ejecutó más de una venganza con sus propias manos. Un ejemplo: parte del clan donde vivía se rebeló contra el Viejo Jefe Humo (tío materno de Nube Roja, recordemos) mediante el teatral gesto de lanzarle tierra a la cara. Tras la escenita, los rebeldes se escindieron del clan y formaron uno propio con el que comenzaron a atacar las aldeas o campamentos de su antiguo jefe. En una de aquellas incursiones llegaron a matar a otro pariente de Nube Roja, quien tomó buena nota y participó vigorosamente en una partida guerrera destinada a acabar con los rebeldes. En la batalla final, el líder rebelde fue herido en una pierna y quedó sentado en el suelo, incapaz ya de combatir. Nube Roja se dirigió directamente a él. Pese a ver que estaba indefenso, pese a las súplicas que el líder rebelde hacía por su propia vida, Nube Roja le apuntó con su arma a la cabeza y tras pronunciar la frase «todo esto es por tu causa», disparó. Matar a un hombre herido e indefenso fue un gesto inmisericorde, sin duda, pero Nube Roja estaba imponiendo la férrea ley de las praderas. La piedad, pensaba él, quedaba para quienes se la habían merecido y un guerrero que había asesinado a antiguos compañeros de clan no la merecía.

Pero Nube Roja nunca tuvo fama de hombre injusto, más bien al contrario, y por eso logró escalar puestos hasta la jefatura máxima cuando se declaró la guerra a los blancos. Es más: pese a su acerado pasado como guerrero y pese al miedo que su nombre estaba empezando a provocar entre los blancos, Nube Roja no era un líder guerrero arrastrado únicamente por pulsiones de venganza, ni siquiera sabiendo que aquellos blancos trataban de quitarle sus tierras a su pueblo o que acababan de provocar un baño de sangre inocente en Sand Creek (no fue el único de la época, por cierto, aunque sí el más sonado). Nube Roja comprendía perfectamente que la guerra contra los Estados Unidos no podía limitarse a la típica sucesión de golpes de revancha. Los blancos estaban mejor armados, eran superiores en número —aunque la ulterior leyenda propagandística en novelas y películas afirmase lo contrario— y sobre todo eran capaces de reemplazar rápidamente sus bajas con nuevos reclutas, algo que los indios no podían permitirse. Así, aunque los indios preferían las guerras muy breves, Nube Roja sabía que este nuevo conflicto debía ser planificado a medio plazo. También había que elegir cuidadosamente los objetivos para crear en el ejército rival una sensación de desgaste sin compensación. En esto se distinguió de otros jefes indios, quienes pensaban que el hostigamiento a las líneas de suministro y comunicación de los colones estaban poniéndoles en situación de ventaja de cara a una negociación de paz. Nube Roja, por el contrario, sabía que se necesitaba más. Y entendía la necesidad de que sus nuevos objetivos fuesen sobre todo militares: tenían que hacer entender a los soldados blancos que no podrían establecer cómodamente su dominio en aquellas tierras.

Sus ideas fueron escuchadas. En 1865, la coalición india atacó un puesto militar estadounidense llamado Platte Bridge Station. Veintiséis soldados blancos murieron, entre ellos uno de sus comandantes. Esto constituía un golpe tremendo para la sensación de seguridad de los soldados en la región: hasta entonces los indios habían hostigado las líneas de suministros y las caravanas de los colonos, y a los militares porque estaban ejerciendo los militares como escolta. Pero ahora los indios comenzaban a atacar directamente a las guarniciones. La noticia llegó al general Greenville Dodge, responsable de Fort Laramie, el mayor establecimiento militar en esa parte del continente. Él ya había estado considerando planes para detener la intensa actividad india, y ante el ataque de Platte Bridge Station creyó necesario enviar una inmediata expedición de castigo a gran escala. De hecho lo hizo de manera precipitada y sin un verdadero estudio de la situación. Irónicamente, estaba adoptando la misma estrategia primitiva que los indios habían desechado para el conflicto: ir a la batalla como resultado de una venganza automática.

Dos mil seiscientos «casacas azules» —aquel era el nombre que los indios daban a los soldados estadounidenses— partieron de Fort Laramie decididos a apagar la rebelión india. Era la llamada expedición del Powder River, principal operación militar estadounidense desde el comienzo de las guerrillas indias, ahora transformadas en una guerra abierta. Consistía en tres columnas de soldados que se adentraron en los territorios de caza indios de Nebraska, Wyoming y Montana. Los soldados estadounidenses eran superiores en armamento y organización. Muchos de ellos, para colmo, eran veteranos de la reciente guerra civil. Así que Greenville Dodge creía ciegamente en la victoria. Aquel iba a ser el principal error de toda su carrera.

El general Greenville Dodge planeó una operación de castigo que fue desmantelada por la coalición india.
El general Greenville Dodge planeó una operación de castigo que fue desmantelada por la coalición india. (PD)

La primera de las columnas, dirigida por el general de brigada Patrick Connor, fue la única que obtuvo algunos éxitos iniciales. Se internó en el territorio del actual estado de Wyoming y edificó un fuerte (Fort Connor) desde el cual hostigar a los indios de la zona. Connor era un militar despiadado: había tenido un importante papel en otra sangrienta matanza de indios —la masacre de Bear River, donde murieron varios centenares incluyendo a mujeres y niños— y también aquí dio la orden inicial de matar a todo varón indio «de doce años de edad en adelante» aunque, por fortuna, esa orden fue atemperada por un superior, muy consciente del impacto todavía reciente de la masacre de Sand Creek. Pese a la consabida brutalidad de Connor, contó con la inestimable ayuda de algunos exploradores pawnee y omaha, que eran tradicionales enemigos de los sioux. Las debilidades humanas, ni que decir tiene, también se producían en el bando indio. Gracias a aquellos rastreadores, Connor tomó por sorpresa a toda una aldea arapajoe en la batalla de Tongue River, una emboscada que desembocó en una derrota aplastante del clan indio. Sus soldados también consiguieron rescatar a una importante y costosa expedición minera que había estado siendo asediada por los arapajoes en la región.

Pero aquí se detuvo el inicio triunfal de Connor. Aquellos golpes no fueron suficientes para desanimar a los arapajoes, quienes siguiendo las mismas tácticas que la coalición india llevaba empleando desde hacía meses, procuraban dirigir sus ataques sobre todo a los medios de transporte del enemigo. Así, poco a poco, las carretas y monturas de los soldados estadounidenses iban desapareciendo. Pronto los casacas azules tuvieron que moverse a pie, sin suministros frescos y alimentándose con la carne los pocos caballos que todavía les quedaban con vida. Finalmente, la capacidad operativa de la columna de Connor terminó siendo prácticamente nula y las magras victorias iniciales se habían obtenido a costa de un desgaste inaceptable. La misión de Connor concluyó, pues, en total fracaso. Sus tropas, desprovistas de caballos y comida, regresaron al fuerte para refugiarse en espera de ayuda, incapaces ya de hacer frente a los indios en campo abierto.

Las otras dos columnas de la gran expedición del Powder River sufrieron un destino igual o incluso peor. Tras adentrarse en Montana y Nebraska respectivamente, descubrieron que no sabían cómo sobrevivir en aquellas tierras donde los indios se desenvolvían con mucha mayor facilidad. La falta de pastos provocaba la muerte de los caballos (cuando no eran propios los indios quienes mataban o robaban a sus animales). El mal tiempo entorpecía la marcha. La falta de conocimiento del terreno hacía que se perdieran o que diesen vueltas en círculo, algo agotador, especialmente cuando empezaron a verse obligados a ir a pie. Los nativos aparecían, atacaban brevemente y desaparecían; así una y otra vez, dando la sensación de ser como fantasmas a los que no se podía dar caza. Los soldados estadounidenses se desmoralizaron y su voluntad combativa se desplomó. Cuando las dos columnas —o lo que quedaba de ellas— consiguieron reunirse tras experimentar un vía crucis por las praderas, partieron también hacia Fort Connor buscando refugio. Cuando aparecieron allí, parecían, como lo resumiría un historiador, «la tropa más patética que se haya visto jamás en Wyoming».

En resumen: la triple expedición de Powder River, que teóricamente debía finiquitar la guerra con los indios, terminó en un absoluto desastre y provocó la completa desbandada de las tropas estadounidenses enviadas desde Fort Laramie. Fue una victoria india sin paliativos, en tres frentes distintos, y que básicamente había desbaratado la fuerza militar estadounidense en la región. Iniciado el verano de 1866, el Departamento de Interior del gobierno los Estados Unidos pareció reconocer implícitamente su derrota cuando envió a los indios un mensaje en el que invitaba a los jefes de la coalición india a visitar Fort Laramie para firmar un tratado de paz.

Nube Roja tuvo que pensarse mucho si debía acudir a la negociación o no. Algunos jóvenes guerreros muy destacados de su tribu, como el ahora legendario Caballo Loco, se oponían visceralmente a la negociación y consideraban que firmar la paz en aquel momento era precipitado. Pero Nube Roja, como gran jefe que era, tenía que atender a otras razones: por un lado consideraba que la situación militar era lo bastante buena como para intentar forzar un tratado beneficioso. Por otro, aún más importante, la temporada de caza había sido muy mala y a los guerreros les iba a venir muy bien un tiempo de paz para alimentar a los suyos, entre quienes comenzaba a amenazar el hambre. Incluso podrían necesitar para vivir la indemnización de guerra estadounidense —generalmente pagada en bienes— que pudiesen obtener a raíz del acuerdo de paz. Finalmente Nube Roja aceptó negociar, al igual que prácticamente todos los demás jefes participantes en la guerra. En Fort Laramie se produjo un espectáculo sin duda notable cuando numerosos grupos de guerreros indios acamparon en los alrededores mientras sus jefes parlamentaban con el representante del gobierno, E. B. Taylor.

Pero la negociación, que en principio parecía marchar bien, estaba condenada a fracasar desde el principio. Los indios no tardaron en descubrir el doble juego que siempre se practicaba desde el gobierno de Washington, o desde sus diferentes ramificaciones regionales. La prueba de ello no pudo llegar en peor momento: justo cuando los jefes indios estaban en Fort Laramie, apareció una cuarta columna estadounidense. Eran un millar largo de soldados dirigidos por el general Henry B. Carrington, cargados de materiales de construcción y con la evidente misión de erigir un nuevo fuerte en la región. Nube Roja no daba crédito a sus ojos. Al día siguiente le enfureció comprobar que el general Carrington se sentaba en la sesión de negociación como si tal cosa. Nube Roja se negaba a parlamentar con un militar, porque la paz era un asunto entre gobiernos. Para él, la aparición de Carrington y sus hombres era una prueba de que los blancos continuaban empeñados en amenazar a los indios incluso tras haber sufrido una seria derrota. La cosa estaba clara: los estadounidenses fingían negociar la paz mientras se preparaban para continuar la guerra.

Los jefes cheyennes y arapajoes, en cambio, no consideraron tan grave el asunto. Al día siguiente se presentaron ante Taylor y  Carrington para seguir conversando, aunque parecían más dubitativos, como si no estuviesen seguros de querer estar allí. Y Taylor no dejó de notar que Nube Roja se encontraba ausente. Quiso saber dónde estaba. La respuesta que recibió no fue nada halagüeña: Nube Roja, le dijeron, se había marchado para continuar la guerra por su cuenta. Nube Roja ya no quería firmar la paz y los jinetes sioux volvían a cabalgar por las llanuras.

Nube Roja (derecha) junto a su compatriota sioux oglala, el jefe Caballo Americano.
Nube Roja (derecha) junto a su compatriota sioux oglala, el jefe Caballo Americano. (PD)

Aquello era un más que evidente signo de que la guerra iba a continuar, pero Taylor estaba obcecado con obtener un éxito político de aquellas negociaciones y decidió maquillar la situación de cara a Washington. Envió un mensaje diciendo que el acuerdo de paz era inminente y que casi todos los jefes indios de la región iban a firmarlo. Admitía que Nube Roja se había negado a firmar y que había partido hacia las llanuras acompañado de algunos centenares de guerreros, pero que aquello no impedía pintar el triunfal retrato de la paz inminente. En sus parciales informes, Taylor ni siquiera hizo notar el hecho todavía más inquietante de que el puñetazo en la mesa de Nube Roja había sacudido a sus aliados y que, gradualmente, los jefes cheyennes y arapajoes estaban empezando a imitar el ejemplo de los sioux. En sus informes, a Taylor se le olvidó decir que los indios estaban siguiendo masivamente a Nube Roja. Y que el porcentaje de jefes dispuestos a firmar la paz era cada vez menos representativo del conjunto de la coalición.

En Washington compraron fácilmente las mentiras de Taylor. Incluso más ansiosos por obtener rédito político de la paz y también ansiosos por demostrar que se daban las condiciones para finalizar su gran proyecto nacional —el ferrocarril transcontinental—anunciaron a bombo y platillo un inminente tratado de paz. La prensa, con igual despreocupación, vendió felizmente la piel de un oso al que no se había cazado. A nadie en la capital se le ocurrió comprobar si realmente Nebraska, Wyoming o Montana eran ya territorios pacificados. No había comunicación telegráfica entre la capital y la frontera, recordemos, y las noticias llegaban a caballo o en carreta. Y como las últimas noticias decían que los indios estaban comenzando a disgregarse —y era cierto, pero lo hacían para seguir la vieja costumbre de pasar el invierno con los suyos incluso en tiempos de guerra— la ilusión de una paz en el «salvaje oeste» se extendió hasta límites absurdos. El mismísimo presidente de los Estados Unidos, Andrew Johnson, se plantó en el debate sobre el estado de la nación —allí llamado «debate sobre el estado de la Unión»— y se ganó los aplausos de sus ilustres señorías presumiendo de que la guerra contra los indios había terminado.

Pero lejos de allí, en aquellos mismos días en que el presidente alardeaba desde el estrado, estaba sucediendo algo completamente inesperado: contra todo pronóstico y aun habiendo entrado en lo peor del invierno… los indios estaban reapareciendo.

Mientras en Washington se celebraba una paz inexistente, un comando indio dirigido por Caballo Loco atacó un tren de transporte de madera. En otro lugar, los guerreros nativos tendieron una astuta trampa de factura casi napoleónica a la guarnición de un pequeño fuerte, aparentando ser inferiores en número para atraer a los soldados guarnecidos a campo abierto, en donde sufrieron una ominosa derrota. Poco después, la coalición india atacaba por sorpresa Fort Kearny, aquel nuevo fuerte construido a toda prisa por el mismo general Harrington cuya aparición en las negociaciones de paz había provocado la furia de Nube Roja. Los blancos volvieron a caer en la trampa de intentar dispersar y perseguir a unos indios aparentemente escasos que asediaban el fuerte: un contingente de soldados comandados por un fogoso subordinado de Carrington —el capitán William Fetterman— abandonó el fuerte para eliminar a los asaltantes. Y aquellos escasos asaltantes parecieron huir (aunque dejándose perseguir) hasta un lugar predeterminado en donde los casacas azules se vieron repentinamente emboscados por una nube de guerreros comandados por Nube Roja: en la aparentemente vacía pradera, como saliendo de la nada, atacaron los arapajoes y los cheyennes desde un lado y los sioux oglala desde el otro. Los estadounidenses quedaron justo en medio. No hubo piedad. Ninguno de los casacas azules regresó con vida. Pero lo más significativo tuvo lugar tras la batalla: los cadáveres de los soldados blancos fueron mutilados en simbólica imitación de lo sucedido con los habitantes del poblado de Sand Creek. Aquellas mutilaciones de cadáveres pretendían enviar un claro mensaje a Washington: los indios no estaban dispuestos a olvidar. Eso sí, hubo algún detalle sorprendente: el único cadáver que no había sido mutilado era el del corneta Adolph Metzger, inmigrante alemán enrolado en la infantería que había dado grandes muestras de valor durante la batalla, atacando a los indios con su corneta a modo de porra metálica (lo sabemos porque los propios indios lo contaron más adelante). Los indios, en señal de admiración por el evidente coraje del corneta, no solamente habían respetado la integridad de su cadáver sino que lo habían envuelto en una piel de búfalo, gesto de respeto con claros tintes ceremoniales.

En Fort Kearny, extrañados por la ausencia de noticias de los soldados que habían partido persiguiendo a los indios, enviaron un nuevo contingente de tropas en ayuda de la primera expedición. Todo lo que encontraron fue la espantosa imagen de los cadáveres concienzudamente desfigurados. Aquella fue la «matanza de Fetterman», uno de los hechos definitorios de la «Guerra de Nube roja».

Durante varios días, más allá de Fort Kearny, nadie tuvo noticia de la matanza. Menos de una semana después, en la guarnición más cercana —Fort Laramie, a casi cuatrocientos kilómetros— desconocían por completo lo sucedido y mientras una tormenta de nieve azotaba el paisaje, en el interior del fuerte tenía lugar un despreocupado baile navideño donde oficiales y sus esposas lucían sus mejores galas al estilo de cualquier película de John Ford. Pero aquella no sería la imagen más cinematográfica de la velada, porque de repente, irrumpiendo en plena fiesta, apareció un mensajero recién llegado desde Fort Kearny. El soldado presentaba un aspecto lamentable: estaba cubierto por la escarcha, temblando de frío y al borde del colapso por agotamiento tras haber forzado la marcha para cubrir la distancia que separaba ambos fuertes —más o menos la misma distancia que hay entre Madrid y Valencia— en cuatro jornadas a caballo, por la nieve, bajo la ventisca y afrontando un frío inhumano que en ocasiones podía superar los treinta grados bajo cero. Ante la dantesca visión del mensajero, la música cesó y todos se dispusieron a escuchar las malas noticias que el pobre tipo traía desde Fort Kearny: los indios habían reaparecido en pleno invierno contra todo pronóstico, habían masacrado a Fetterman y su tropa, y amenazaban con asaltar directamente el fuerte y diezmar a las pocas fuerzas que le quedaban al general Carrington.

Aunque mucho menos conocido en Europa, el capitán William Fetterman sufrió un desenlace similar al del general Custer.
Aunque mucho menos conocido en Europa, el capitán William Fetterman sufrió un desenlace similar al del general Custer. (PD)

Así, en Fort Laramie supieron no solo que la guerra no había terminado, sino que tendrían que enviar urgentes refuerzos a Fort Kearny. Le preguntaron al mensajero si había visto indios durante su largo camino entre ambos fuertes. El soldado afirmó no haber visto absolutamente a ninguno, pero nadie interpretó adecuadamente aquel hecho: siendo ya legendaria la capacidad de los nativos para hacerse invisibles sin por ello dejar de acechar a sus enemigos, podía pensarse que les había interesado particularmente que las noticias de su ataque fuesen conocidas en Fort Laramie (o de lo contrario, claro, aquel mensajero jamás hubiese llegado a Fort Laramie con vida). Aquella era una idea inquietante que alguien debió haber tenido en cuenta: ¿por qué los indios no se molestaron en evitar que Fort Laramie recibiese el mensaje y enviase refuerzos? Pero en Fort Laramie no se detuvieron más de la cuenta en analizar aquella sospechosa situación o bien se sintieron en la obligación de responder inmediatamente a la solicitud de ayuda. Así que tras haber visto abruptamente interrumpidas sus galas navideñas, un contingente de tropas partió hacia Fort Kearny para ayudar al fuerte supuestamente asediado. No fue un viaje fácil: los soldados de refuerzo tuvieron que hacer el camino inverso al del mensajero, padeciendo las mismas temperaturas dignas de la Antártida. Al menos uno de los hombres murió de frío durante el trayecto. Otros perdieron dedos de los pies por congelación y no pocos enfermaron. Tampoco ellos vieron a ningún indio por el camino y para cuando llegaron a Fort Kearny, los guerreros que teóricamente lo asediaban habían vuelto a desaparecer. Porque los indios, ahora sí, se habían retirado definitivamente a sus respectivos refugios… no sin antes haber atraído a nuevas tropas hacia el inclemente corazón de las praderas, donde iban a ser azotados por lo peor del invierno. A los soldados que llegaron para reforzar Fort Kearny y a los que ya estaban allí les tocaba pasar por un auténtico calvario: con tanta nieve no había pastos, así que perdieron —o se comieron— a casi todos sus animales. Los suministros desde Fort Laramie no llegaban en cantidad suficiente porque el mal tiempo y la dificultad del trayecto hacían casi imposible la asistencia. En sus almacenes empezó a escasear la comida fresca como la fruta y la verdura, así que los soldados, además de enfermar por el frío, lo hacían también por el escorbuto. Los indios estaban ganando una nueva batalla sin necesidad de disparar ni una sola flecha, ni una sola bala de sus escasos y anticuados rifles. Todo lo que habían necesitado era atraer más soldados a Fort Kearny para que el famoso General Invierno, el mismo que había derrotado a Napoleón, demostrase que se había aliado con Nube Roja y los suyos. Una vez más, la astucia india estaba costándoles muy caro a los casacas azules estadounidenses.

Todavía en pleno invierno, a principios de 1867, finalmente, empezaron a llegar a Washington las noticias sobre la intensa Navidad que se había vivido en las praderas: en la capital supieron de la «masacre de Fetterman», del asedio sufrido por el ya destituido general Henry B. Carrington en Fort Kearny, del ataque al tren, etc. Aquello revolvió completamente la percepción que los estadounidenses tenían del progreso colonial en las llanuras. Habían creído que la paz estaba firmada pero ahora se encontraban con lo que solo podía ser calificado como desastre militar. Los periódicos airearon profusamente los inquietantes datos del catastrófico intento de dominar las praderas. Los mensajes triunfalistas del presidente fueron súbitamente ridiculizados por la realidad. Los Estados Unidos estaban perdiendo la guerra. La situación era muchísimo peor que antes del primer intento de firmar un tratado, cuando Nube Roja había salido airado de Fort Laramie.

El gobierno de Washington envió nuevas tropas a Fort Laramie para reforzar la presencia militar en la región, pero a casi ningún oficial con dos dedos de frente se le escapaba que incluso con aquellos refuerzos iba a resultar prácticamente imposible someter a la coalición nativa. Sí, los indios eran poco numerosos y mal armados, y su ejército tenía una organización desestructurada y dispersa. Pero sus tácticas de guerrilla, su conocimiento del terreno y su bravura contrastaban dramáticamente con la aparente indefensión de los soldados estadounidenses en las praderas, desmoralizados por un territorio inclemente y aterrorizados ante un enemigo al que veían como diabólicamente astuto. Por otra parte, a causa de los recortes presupuestarios y de la mala situación que se había heredado de la reciente guerra civil estadounidense, Washington no tenía tantas tropas de refresco como hubiese necesitado para hacer frente a la situación. Los hombres que tenían en las praderas eran casi todos los que podían desplazar a la región en aquel momento… y no parecían bastantes.

No hay invierno que dure por siempre y finalmente llegó la primavera, lo que en principio constituía una buena noticia, al menos para las maltrechas tropas de Fort Kearny. Pero con la primavera no solamente retornaba el buen tiempo; también los indios reaparecieron de donde quiera que hubieron estado ocultos.

Esta vez, la «Guerra de Nube Roja» se dividió en dos frentes. Tras las deliberaciones que sin duda habían tenido lugar durante el invierno entre los jefes indios, las tres naciones habían decidido dividir sus fuerzas. Los cheyennes y los arapajoes atacaron un fuerte en Montana. Mientras, los sioux de Nube Roja lanzaron un ataque supuestamente definitivo a Fort Kearny para intentar desmantelarlo por completo.

Auténtica camisa de Nube Roja, regalada por él a un antiguo militar y hoy expuesta en el museo de Pine Ridge.
Auténtica camisa de Nube Roja, regalada por él a un antiguo militar y hoy expuesta en el museo de Pine Ridge.

Sin embargo Nube Roja se topó con un obstáculo que no podía haber previsto. En aquellos tiempos la tecnología armamentística progresaba a velocidad de vértigo y los soldados blancos disponían de un arma temible: el nuevo rifle Springfield, que había llegado con los refuerzos enviados por Washington, era más fácil de recargar, podía disparar más balas en menos tiempo y era un arma que básicamente multiplicaba por diez la capacidad de resistencia de los soldados guarnecidos en un fuerte. Gracias al Springfield, el ataque a gran escala de Nube Roja fue firmemente rechazado: los sioux se vieron envueltos en una lluvia de balas y se dieron vuelta rápidamente cuando comprendieron que la potencia de fuego de los defensores resultaba ahora prácticamente infranqueable. Pero Nube Roja se caracterizaba por extraer lecciones incluso de sus fracasos: supo que, pese a su plan inicial, ya no debía atacar directamente las guarniciones militares. Era hora de retornar a las viejas tácticas: atacar las caravanas y los convoyes de transporte que estaban facilitando la colonización minera a través del llamado «camino de Bozeman», el mismo que conducía directamente al oro de Nebraska. Quizá los soldados tenían mejores armas ahora, pero ya no eran suficientes para cubrir todos los frentes. Los sioux de Nube Roja, a quienes no se les había escapado la importancia que los blancos concedían al ferrocarril, volvieron nuevamente sus ojos hacia el «caballo de hierro». Con un fabuloso sentido de la oportunidad, Nube Roja dirigió un exitoso ataque sobre un tren de la Union Pacific que hizo saltar todas las alarmas en Washington. La importantísima conexión este-oeste, clave para la consolidación de los Estados Unidos como potencia internacional, podía pender de un hilo si los sioux continuaban asediando el ferrocarril.

Pero si decidían enviar tropas a proteger las vías de tren, tenían que descuidar la vigilancia en el «camino de Bozeman», porque ya no disponían de soldados suficientes para garantizar la seguridad en ambos frentes. Los indios, en cambio, utilizaban tácticas guerrilleras que les permitían estar en todas partes con muchos menos guerreros disponibles. Así que la providencial aparición del rifle Springfield bien pudo haberle dado un giro a la guerra en otras circunstancias, pero para entonces la situación psicológica en Washington ya había cambiado del ciego triunfalismo de la Navidad anterior al sentimiento de que se encontraban en la antesala de un desastre. Los informes de los militares no ayudaban a mejorar los ánimos: resultaba más difícil de lo previsto enviar nuevos refuerzos para cubrir las numerosas bajas causadas por la coalición india. Los comandantes advertían de que, de seguir así las cosas, apenas se podía contar con el ejército como no fuese para agazaparse en sus fuertes, utilizando sus modernísimos rifles para disuadir a los indios de atacar las guarniciones directamente, pero poco más. Y aunque salieran a campo abierto para enfrentarse directamente a los indios, o bien protegían el ferrocarril, o bien protegían la carretera Bozeman que estaba facilitando la colonización de Nebraska y aledaños. Una de las dos cosas iba a perderse. Si es que no se terminaban perdiendo las dos.

El presidente, sus asesores, el congreso… todos temían un cataclismo. Washington no tenía muchas opciones. O dedicaban ingentes recursos —que no iba a resultar fácil reunir— a intentar darle la vuelta a una guerra que podía alargarse varios años más, ahogando el crecimiento de la nación, o intentaban firmar de nuevo la paz, pero esta vez otorgando a los indios casi todo lo que estos pidieran. Desde que Nube Roja abandonó las anteriores negociaciones de paz, la coalición nativa había tenido todo a su favor. Resultaba evidente que no iban a ceder. Era la primera vez desde la llegada de los blancos al continente en que los indios se encontraban en una posición más fuerte para negociar una paz.

Firmas (marcas en forma de cruz) de los jefes indios en el Tratado de Fort Laramie.
Firmas (marcas en forma de cruz) de los jefes indios en el Tratado de Fort Laramie. (PD)

Washington envió una nueva propuesta de diálogo, aunque hacer llegar el mensaje costó lo suyo porque en Fort Laramie y alrededores no se conseguía encontrar hombres dispuestos a adentrarse en territorio sioux. Nadie se atrevía a llevarle personalmente el mensaje a Nube Roja. Cuando finalmente encontraron un voluntario, pese a todo, este entregó el mensaje y regresó con vida. Con vida y con una respuesta de Nube Roja.

Esta vez, el gran jefe sioux quería imponer varias condiciones antes de siquiera sentarse a parlamentar. No negociaría nada al menos que los soldados abandonasen los tres nuevos fuertes que se habían erigido en sus territorios, Fort Kearny incluido. Ese era un requisito sine qua non para que se dignase aparecer de nuevo por Fort Laramie.  Washington aceptó, así que los casacas azules abandonaron sus fortificaciones: tardaron apenas unas horas en saber que los sioux les habían vigilado estrechamente para comprobar que efectivamente se marchaban; los soldados estadounidenses vieron humaredas en el horizonte, señal de que los fuertes ahora vacíos estaban siendo reducidos a cenizas por los indios. El abandono de aquellos fuertes era una renuncia territorial sin precedentes en el imparable avance de los Estados Unidos a costa de las naciones indias. Después de tres años de conflicto, la coalición india había derrotado a la potencia emergente de más rápido crecimiento en todo el planeta. Y Nube Roja, su principal líder, era el primer jefe indio que verdaderamente podía afirmar que le había ganado una guerra a Washington. Sería el último.

La tensión en Fort Laramie se mantuvo durante meses, porque aunque algunos jefes iban apareciendo para negociar la paz, Nube Roja no daba señales de vida. Nadie podía afirmar si estaba esperando para comprobar que no llegaban nuevas tropas a la región, o si sencillamente estaba planeando una prolongación de la guerra. Pero resultó ser la primera opción: Nube Roja no quería precipitarse y tardó bastante tiempo en aparecer por Fort Laramie, donde se lo esperaba ansiosamente. Cuando finalmente se dejó caer por allí, ya sabía que los blancos no habían hecho ningún intento por volver a avanzar en sus territorios. Sabía que tenía todas las cartas a su favor. De todos los jefes indios presentes fue nuevamente el más duro a la hora de negociar. Únicamente cuando se le garantizó la creación de una muy amplia reserva india en cuyo territorio no podría entrar ningún hombre blanco sin permiso expreso de los indios, aceptó a firmar unos papeles que no podía leer pero en cuyo contenido confió con una ingenuidad casi infantil, algo sorprendente en un guerrero tan experimentado y astuto. Y es que también los blancos tenían sus astucias. Nube Roja era un hombre de honor: bien sabía que los blancos nunca cumplían sus promesas y sin embargo, pensó que aquella victoria tal vez había cambiado la situación.

Después de firmar el tratado junto a otros muchos jefes indios, Nube Roja se retiró a vivir a la reserva, decidido a dejar atrás una vida marcada por las constantes guerras. Estaba cansado de luchar. Había vencido a los estadounidenses y pensaba que había obtenido para su nación un territorio inviolable en donde los sioux pudieran vivir en paz, cazando búfalos, rindiendo culto a sus espíritus y criando a sus hijos según sus propias costumbres.

Los blancos, que son cultivados y civilizados, me han engañado. Y soy fácil de engañar, porque no sé leer ni escribir. (Nube Roja)

Nube Roja no tardó en descubrir que había sido engañado. El tratado de Fort Laramie contenía cláusulas que le habían sido leídas de manera interesada (y que, aun sabiendo leer, estaban redactadas con la malicia y ambigüedad propias de los abogados gubernamentales; puede leerse el texto completo, en inglés, en este enlace). No sabía leer, pero la realidad habló por sí misma de las malas intenciones de sus antiguos enemigos. Por ejemplo, en una práctica habitual de Washington, se habían incluido en la reserva sioux territorios ya pertenecientes a otras naciones indias. De repente, los sioux se encontraban metidos en otro conflicto territorial, esta vez contra sus hermanos de raza. También resultó que el tratado, en realidad, daba manga ancha para que los representantes del gobierno se estableciesen en las reservas… y según la sinuosa y ladina redacción del tratado, prácticamente cualquier blanco podía ser considerado un «representante del gobierno» por el mero hecho de ser designado como tal. El resultado fue que el acuerdo, tal como había sido explicado a los jefes indios en término simples —y tal como ellos creían haberlo firmado— empezó a ser vulnerado repetidamente. La anhelada paz en la reserva empezó a tornarse insostenible: los Estados Unidos habían estado ganando tiempo para recuperarse, simplemente, y los sioux se sentían cada vez más decepcionados y enfurecidos.

Menos de una década después de la firma de ese Tratado de Fort Laramie, en un ambiente ya claramente prebélico, Nube Roja acudió a Washington en un último intento por detener un nuevo derramamiento de sangre. Y como narrábamos en la primera parte, se sintió decepcionado e incluso insultado por la frialdad de los políticos, incluyendo al presidente, con quien conversó personalmente (y con brevedad). Viajó a Nueva York y dio aquel discurso con el que comenzamos la narración y que fue el último intento, a la desesperada, de hacerse oír ante los blancos. Washington no cedió y los pocos defensores comprometidos que la causa india tenía entre los estadounidenses tampoco consiguieron mucho más. No se pudo evitar la guerra. En 1876, tras siete años de precario alto el fuego y constantes transgresiones estadounidenses, los sioux —liderados por guerreros de la siguiente generación— volvieron a rebelarse ante la invasión blanca. Pronto se sumaron sus antiguos aliados cheyennes. Estallaba la Gran Guerra Sioux, comandada por Toro Sentado y Caballo Loco. Ahora ellos eran los grandes jefes.

Cuando era joven, era pobre. Durante las guerras contra otras naciones luché en ochenta y siete batallas. En ellas me hice un nombre. Por ellas me eligieron jefe de mi nación. Pero ahora soy viejo y deseo la paz. (Nube Roja)

Toro Sentado intentó, sin éxito, volver a derrotar a los Estados Unidos después de que Nube Roja buscara ansiosamente una paz imposible.
Toro Sentado intentó, sin éxito, volver a derrotar a los Estados Unidos después de que Nube Roja buscara ansiosamente una paz imposible. (PD)

Nube Roja no participó en una nueva guerra donde los sioux perdieron lo que con él habían ganado. Pese a victorias tan sonadas como la batalla de Little Big Horn (la misma en la que el célebre Séptimo de Caballería del general Custer fue aniquilado hasta el último hombre) los indios ya no pudieron inclinar de su lado la balanza. El desgaste humano y material terminó erosionando su capacidad combativa. Varias malas cosechas y la incompatibilidad entre dedicarse a la caza o a la guerra contra los Estados Unidos hicieron que el alimento escaseara en los poblados indios. La moral de los nativos cayó en picado cuando comprobaron que los suyos empezaban a pasar hambre. Primero se rindieron los cheyennes. Más tarde el jefe sioux Caballo Loco fue arrestado (murió en circunstancias muy poco claras, recibiendo un bayonetazo cuando supuestamente intentaba escapar de su cautiverio). Finalmente, el último gran jefe sioux que todavía resistía, Toro Sentado, se rindió también cuando la situación de su gente era ya desesperada a causa del hambre y la escasez. Toro Sentado se había creado una enorme reputación entre los blancos, muchos de los cuales le respetaban pese a haber sido un enemigo. Demostró siempre una voluntad integradora e incluso adoptó como hija a la legendaria tiradora blanca Anne Oakley, tras bautizarla con un simpático nombre que venía a significar «la pequeña con un disparo certero». También aceptó formar parte del curioso espectáculo de Buffalo Bill y no rechazaba la convivencia con los blancos, un sueño utópico que venía manteniendo incluso desde los tiempos de la guerra. Sin embargo, también Toro Sentado murió en extrañas circunstancias cuando se negó a ser arrestado ilegalmente, sin la presencia del agente de asuntos indios de la región. Poco importó que no llevase un arma encima. Su buena predisposición fue recompensada con un disparo en el pecho.

Así pues, la resonante victoria de Nube Roja duró apenas una década. Sobrevivió a Toro Sentado y a Caballo Loco, legendarios jefes más jóvenes que él. También sobrevivió a su propio país. Tras la derrota sioux, vio como la reserva era reducida a una minúscula fracción de lo que había sido su Gran Nación. Vio como a los suyos se le les daban territorios escasos, dispersos y poco fértiles. Vio como los indios dependían ahora casi completamente de los suministros gubernamentales de Washington, repartidos mediante aquella corrupta red de agencias indias que tantas y tantas veces había denunciado en el pasado. Pese a todo, Nube Roja nunca cejó en el intento de obtener beneficios para los suyos: de camino a su vejez se convirtió en un astuto político, incluso llegó a «convertirse» al catolicismo —más bien se dejó bautizar— en 1884 porque pensaba que así sería más fácil negociar con los blancos, ya que muchos de los principales defensores de los indios pertenecían a asociaciones religiosas (Toro Sentado hizo el mismo paripé, aunque parece que sí hubo conversiones sinceras como la del jefe Ciervo Negro).

No consiguió gran cosa, pese a sus esfuerzos constantes. Cuando llegó el cambio de siglo, la Gran Nación Sioux era solamente un remoto en la mente de aquel anciano indio que ahora estaba prácticamente ciego. Aun así, al igual que Toro Sentado, nunca mostró desprecio o acritud hacia los blancos en general. Durante sus últimos años, uno de sus grandes amigos fue un antiguo militar estadounidense: el capitán James Cook. Cuando notaba próximo el fin, dictó para Cook una afectuosa carta instándole a quedarse con varios recuerdos suyos (como ropa personal o su pipa ceremonial con su respectiva bolsa, una posesión muy simbólica e importante para los sioux). Entre esos objetos estaba un retrato al óleo que un estudiante de arte había hecho de Nube Roja. El viejo jefe insistía en que Cook conservara el cuadro para que los hijos de ambos pudieran contemplar «el rostro de uno de los últimos jefes que vivieron antes de que los hombres blancos vinieran y nos expulsaran del antiguo camino que veníamos recorriendo desde hacía cientos de años».

Nube Roja, Mahpíya Lúta, el único jefe indio que ganó una guerra a los Estados Unidos de América, murió en 1909 poco antes de cumplir los ochenta años. Fue enterrado según dicta el rito católico en el cementerio de Pine Ridge, bajo una losa blanca presidida por una cruz cristiana. Aún hoy su tumba es un lugar de peregrinación donde se dejan banderas o pequeñas piedras de recuerdo. Actualmente, Red Cloud es el apellido legal de sus descendientes directos: en julio de este mismo años 2013, por ejemplo, ha fallecido a los noventa y tres años Oliver Red Cloud, su bisnieto y jefe de la «nación sioux» desde 1977.

Dos décadas después de la muerte de Nube Roja, cuando las guerras que él protagonizó formaban parte —convenientemente embellecidas— no solo del folclore estadounidense sino de la cultura popular internacional, los jefes indios seguían alzando su voz aunque ya nadie estaba dispuesto a escucharles. Durante mucho tiempo la literatura, el cine y la televisión estadounidenses (y por ende, las de sus imitadores a lo largo del globo) falsearon la historia y retrataron a los indios de Norteamérica como meros salvajes empeñados en cortar cabelleras —costumbre, por cierto, introducida por los europeos— y en asaltar sin motivo a los plácido granjeros blancos. Hoy conocemos mejor la verdad: sus tierras les fueron arrebatadas mediante una larga cadena de agresiones, tratados vulnerados, promesas incumplidas y por aquella barbaridad genocida llamada el «Destino Manifiesto», la idea de que los Estados Unidos tenían necesariamente que extenderse de una costa a otra de Norteamérica, buscando su lebensraum sin importar que prácticamente todas las tierras de aquel continente perteneciesen a otras naciones. Como decía amargamente una declaración del Gran Consejo Indio de 1927, apenas dos décadas tras la muerte de Nube Roja:

La gente blanca, que está intentando modelarnos a su imagen y semejanza, quieren que seamos eso que llaman «asimilados», quieren integrar a los indios en la mayoría, destruir nuestra manera de vida y nuestros patrones culturales. Creen que deberíamos estar contentos como aquellos cuyo concepto de la felicidad es materialista y avaricioso, lo que difiere mucho de nuestra forma de ser. Pero queremos ser libres del hombre blanco, más que estar integrados. No queremos ser parte del sistema, queremos ser libres y educar a nuestros hijos según nuestra religión y según nuestras costumbres. Queremos ser capaces de cazar, pescar y vivir en paz. No queremos tener poder, no queremos ser congresistas o banqueros… queremos ser nosotros mismos. Queremos conservar nuestra herencia, porque somos los propietarios de estas tierras y porque a estas tierras es a donde nosotros pertenecemos. El hombre blanco dice que existen libertad y justicia para todos. Ya hemos experimentado esa “libertad y justicia”… lo cual ha conseguido que hayamos sido exterminados casi por completo. No lo olvidaremos.

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Nube Roja. (PD)