Enciclopedia del gazapo audiovisual

Juego de tronos. Imagen: HBO.

Durante los quince primeros minutos del cuarto capítulo de la última temporada de Juego de tronos, los espectadores más despiertos descubrieron que un invitado no deseado se había colado de puntillas en los Siete Reinos: un vaso de café con tapa de plástico. Un recipiente similar a los que utiliza la famosa franquicia Starbucks que de modo inexplicable e inesperado se pavoneaba orgulloso sin mucho disimulo entre el atrezo de la escena. A los memes sobre el asunto les crecieron las alas rápidamente, la HBO se metió prisa en eliminar el vaso traicionero del metraje, Stephen Colbert comento en las redes que «esa taza de café se había cargado toda la veracidad de aquella historia donde una mujer cabalga dragones y está enamorada de un tío que ha vuelto de entre los muertos» y en las oficinas de Starbucks comenzaron a dar palmas con las orejas, los pies y probablemente las gónadas externas porque les estaban haciendo la promoción gratis.

El CM de las redes sociales de Starbucks no la ha visto más gorda en su vida.

Aquel desliz escenográfico acabó teniendo el doble de gracia cuando, dos semanas después, durante la emisión del capítulo que daba cierre a la serie asomó tímidamente la cabeza, entre las piernas de los actores, otro recipiente moderno: un botellín de agua.

Juego de tronos. Ojo a lo que se esconde detrás de una bota. Imagen: HBO.

Los errores en cualquier producción audiovisual son inevitables. Y en el caso concreto de los envases no deseados danzando por el plató existía un antecedente similar que también hizo chirriar el empaque de otra serie televisiva. Ocurrió en 2014, cuando durante la campaña publicitaria de una nueva temporada de Downtown Abbey  a la cadena británica de televisión ITV se le ocurrió publicar en sus redes sociales la siguiente imagen promocional:

¿El problema de la instantánea? Situado entre los dos jarrones a la derecha de la imagen, y adquiriendo la forma de un maravilloso botellín de plástico que algún miembro del equipo dejó huérfano en el set. Como Downtown Abbey estaba ambientada en Inglaterra entre 1912 y 1926, una época donde el plástico todavía no estaba muy de moda, la cadena se apresuró en retirar la imagen de la red. Pero los fans se mofaron del error y Julian Fellowes, guionista del show, se lo tomó fatal: «El programa es bastante exacto históricamente. El verdadero problema son aquellas personas socialmente inseguras que tratan de demostrar lo inteligentes que son señalándote fallos en la serie, promocionando su pijería y tratando de demostrar que son mejores que tú». Fellowes andaba bastante avinagrado con el tema, y no acababa de comprender que a veces simplemente resulta divertido descubrir que la ficción ha metido la pata. En el fondo los anacronismos y los gazapos llevan salpicando la historia del arte desde mucho tiempo antes de que se inventara el celuloide: ahí tenemos el famoso cuadro de La última cena donde Leonardo da Vinci dibujó un tipo de mesa que no se utilizaba en la época de Jesús y sus apóstoles. O la pintura Orfeo tocando el violín de Cesare Gennari que, como su propio título indica, representaba a un dios de la antigua Grecia tocando un instrumento que no se inventaría hasta el (un poco menos antiguo que Grecia) siglo XVI.

La última cena y Orfeo tocando el violín.

Los invitados indeseados

En las producciones para la pequeña y la gran pantalla, aquellas personas y aquellos objetos no deseados que lograban infiltrarse en el metraje final siempre han sido un bonito dolor de cabeza para sus responsables. En Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra un hombre con sombrero de cowboy se coló entre la tripulación del barco de Jack Sparrow, Gladiator muestra la famosa bombona instalada en una cuadriga que los del departamento de FX habían tuneado en el vehículo, en Indepence Day el personaje de Jeff Goldblum vuelca un cubo que tiene escrito por debajo «Departamento de arte», Braveheart luce un coche blanco aparcado tranquilamente en el campo de batalla, En busca del arca perdida tiene a un zagal luciendo camiseta y tejanos paseándose entre las túnicas del Cairo y en Tiempos de gloria era posible señalar un reloj digital en la muñeca de un niño durante la guerra civil norteamericana. Pero una de las intervenciones anónimas e inesperadas más extrañas ocurrió en la encantadoramente infumable Mr. Nanny, protagonizada por Hulk Hogan a principios de los noventa. En la cinta, el luchador paseaba su chulería en moto por una carretera cercana a la playa mientras en segundo plano, y en lo que dura un parpadeo, un hombre ajeno a la producción arrojaba un perro al mar por sabe Dios qué retorcida razón.

Un cowboy en Piratas del Caribe y un tunning Fast & Furious en Gladiator.

El calzado también ha traicionado la coherencia de más de una historia: El mago de Oz contenía un plano fugaz donde Dorothy portaba zapatos negros en lugar de los famosos zapatos de rubí. Y el número musical, dedicado a las bondades de vestir traje, que se marca Barney (Neil Patrick Harris) en la temporada cinco de Cómo conocí a vuestra madre ocultaba un detalle simpático: una de las extras que participó en la coreografía se olvidó de llevar zapatos elegantes al rodaje y salió a desfilar fugazmente (en el minuto 1:49 de este vídeo) en zapatillas deportivas.

Los agujeros de bala de Pulp Fiction, que aparecían sobre la pared antes de que la pistola que los produciría fuese disparada, también son otro clásico de los gazapos notables. Pero probablemente a Quentin Tarantino aquello le dejaba dormir, porque durante la filmación de Reservoir Dogs, cuando un miembro del equipo le apuntó un error evidente en segundo plano, el director se limitó a sentenciar que si el espectador tenía tiempo de fijarse en eso era porque no habían logrado captar su atención con lo que realmente era importante.

Fire in the hole. Pulp Fiction.

Los anacronismos suelen ser los descuidos artísticos más comentado por los pedantes. En algunos casos resultan sutiles como los walkie talkies noventeros que asoman por Stranger Things (ambientada en los ochenta), el VHS de Señora Doubtfire (una película estrenada en 1993) que aparece en Dragón rojo (cuya acción estaba ubicada en 1986), la trama de La milla verde que condenaba a un hombre (Michael Clarke Duncan) a ser ejecutado en la silla eléctrica en 1935 a pesar de que dicha pena no se instauraría en Luisiana (donde ocurrían los hechos) hasta un lustro después, el soldado que hablaba de YouTube en En tierra hostil un año antes de que la plataforma de vídeo existiese, la camiseta de Motörhead  que asomaba por Quadrophenia una década antes de que el grupo se formase, o el modelo de guitarra Gibson ES-345 de 1958 que Marty McFly (Michael J. Fox) empuñaba en Regreso al futuro durante un baile de graduación celebrado en 1955.

En otras ocasiones, los objetos adelantados a su época chirriaban un poquito más si uno estaba puesto en el tema: Braveheart vestía falda escocesa cuatrocientos años antes de que se tejiese la primera de ellas, los nazis de Indiana Jones y la última cruzada lucían medallas de la Segunda Guerra Mundial cuando esta todavía no había tenido lugar, Morgan Freeman utilizaba un telescopio en Robin Hood, príncipe de los ladrones medio siglo antes de que dichos aparatos se ideasen y en Patton el ejército se defendía con un puñado de tanques M48 Patton, un tipo de vehículo de guerra bautizado en honor al general George S. Patton tras su muerte. La cinta Bernie de Richard Linklater estaba basada en hechos reales pero mostraba un traspié que rechinaba por pillarnos cerca al tener a Jack Black utilizando un iPhone durante los años noventa. Battlestar Galactica (la de 2004) hizo el camino del revés al marcarse un truco imposible con el que plantar anacronismos de manera retroactiva: en una de sus tramas el tema «All Along the Watchtower» de Bob Dylan tenía cierto peso en la historia, pero en el episodio final de la serie se revelaba que toda ella había transcurrido 150 000 años antes de nuestra época, alejando un poquito la posibilidad de que en el espacio alguien pudiese oír las rimas del nobel de literatura.

El extra traicionero y el objeto invisible

Lo impredecible de la naturaleza de los extras también suele ser material impagable a la hora de alimentar situaciones simpáticas en la pantalla. Con la muerte en los talones, el clásico de Alfred Hitchcock protagonizado por Cary Grant allá por el 59, es famosa por contener a un extra infante con poderes premonitorios: un niño figurante que (en el minuto 1:38 de esta secuencia) se tapaba los oídos antes de que Eve (Eve Marie Saint) disparase la pistola que llevaba escondida en el bolso. En una de las escenas finales de Teen Wolf, la cremallera abierta de un extra (que en realidad era una mujer, por lo que no había pajarito amenazando con echar a volar) logró convertirse en el centro de atención. El último samurái  tenía a un actor anónimo contratado para hacer bulto que adquirió protagonismo de la manera más dolorosa posible: recibiendo en su entrepierna la coz del caballo que montaba Tom Cruise. En la tienda de chuches de Un mundo de fantasía (Willy Wonka and the Chocolate Factory) una pequeña niña se comía una buena hostia por culpa de un dependiente cantarín.

Uno de los hijos de Doc Brown en Regreso al futuro III aprovechó que el director de la cinta estaba a otras cosas para hacer gestos inapropiados a la audiencia. En Friends una actriz del Central Perk masticaba un sorbo de café. Un usuario de Reddit descubrió que entre toda la marabunta de peña que se partía la cara en Vengadores: Endgame, existía un extra digital se quedaba congelado de manera inexplicable en plena carrera, como si los animadores del CGI hubiesen dejado el trabajo a medio hacer. En Diez razones para odiarte una actriz, en segundo plano y en apariencia muy apurada, dejaba de actuar en cuanto creía (equivocadamente) que ya estaba lejos de la cámara. Y en Quantum of Solace, una película que costó doscientos millones de dólares, un extra simulaba que barría paseando su escoba a varios centímetros sobre el suelo.

En ocasiones, la invisibilidad formaba parte del gazapo. En Una rubia muy legal una actriz bebía el agua inexistente de una fuente en primer plano. La serie de culto Firefly tenía a un personaje agarrado a un volante invisible. En Grease una camarera accionaba un interruptor de la luz sin tocarlo. En El caballero oscuro: la leyenda renace un sicario que se peleaba contra el aire (spoiler: gana el aire) a tres metros de distancia de Batman. Y en una secuencia de Postal, una de tantas deposiciones del tarado de Uwe Boll, uno de los actores sostenía lo que parecía ser una pistola incorpórea en sus manos sin ningún tipo de explicación obvia.

Un actor de Postal empuñando un arma invisible. Y esto no es, ni de lejos, lo más cutre de la película.

El stormtrooper que se deja la frente en el marco de una puerta en La guerra de las galaxias es todo un clásico de los tropezones cinematográficos. En el metraje, mientras Leila, Luke, Han y Chewbacca pelean por escapar de un compactador de basura, un destacamento de soldados del Imperio se abre paso hasta la sala de control donde se esconden R2D2 y C3PO. En dicha secuencia, el stormtrooper situado más a la derecha de la imagen se lleva un bonito coscorrón con la parte superior de la puerta de entrada, un topetazo que no descubrieron los montadores del film, adquirió fama entre los fans y acabó convertido en canon de la saga.

George Lucas, emperrado como siempre en toquetear lo que no es necesario, intentó justificar la hostia en la precuela Star Wars: el ataque de los clones al mostrar a Jango Fett golpeándose la cabeza con el marco de otra compuerta. Y explicando, en los comentarios del DVD, que el soldado de La guerra de las galaxias al ser un clon de aquel Fett había heredado genéticamente aquella torpeza natural: «Pensé “¿No sería gracioso que aquello fuese un rasgo distintivo de Jango?” Cuando se pone el casco no puede ver bien y se golpea la cabeza todo el rato, un atributo que clonarán todos los demás soldados. Por esa razón los stormtroopers se dan porrazos en la cabeza constantemente». Más allá de las idas de pelota de Lucas, los seguidores de la franquicia le pillaron mucho cariño al topetazo, aquel secundario pasó a ser conocido oficialmente como «clumsy stormtrooper» («stormtrooper torpe»), el videojuego Star Wars: Battlefronts le rindió homenaje en una de sus escenas con un soldado comiéndose con la frente una escalera y en el mundo real dos actores se tiraron media vida asegurando que ellos habían sido el extra que vistió aquel traje y cultivó aquel chichón: el recientemente fallecido Michael Leader, y Laurie Goode, un hombre que llegó a publicar una canción sobre el asunto titulada «Who Was the Stormtrooper Who Banged His Head?». A día de hoy, nadie sabe con certeza cuál de ellos interpretó realmente al accidentado soldado en la película.

Historia del cine.

Second unit ninja

Con diferencia, lo peor que le puede pasar a una producción es que en algún momento parte del equipo de rodaje se cuele en un plano para dinamitar por completo la suspensión de la incredulidad. En Malcom era posible contemplar a un currante malamente escondido sosteniendo el cubo del que uno de los personajes extraería un vestido empapado. En Tiburón se podía vislumbrar a un cámara montando en una barca, otro se asomaba con muy poca vergüenza por un plano de Harry Potter y la cámara secreta, Salvar al soldado Ryan tenía a más gente en el campo de batalla de la deseada y también ocurrían cosas parecidas en Black Hawk derribado, Gremlins, Rocky y un millón de pelis más. En Bad Boys (la del 83 protagonizada por Sean Penn, no la buddy movie de Will Smith y Martin Lawrence), uno de los cámaras aparecía de manera tan evidente y descarada en el plano como para que al hombre solo le faltase aprovechar para saludar a la familia.

Pista para localizar a la segunda unidad de rodaje en esta imagen: es el señor que está arrodillado con una enorme cámara al hombro.

Los espejos y cristales siempre han sido muy traicioneros a la hora de filmar: la jeta de Robert Rodríguez era visible en Spy Kids por culpa de un espejo, y en cintas como Ghost, Titanic, E.T., Casino Royale o Transformers los trabajadores de la producción también son delatados por los reflejos. El mejor a la hora de lidiar con todo esto fue Alfonso Cuarón y su Gravity, una película que transcurría en el espacio donde el realizador coló a propósito el reflejo (en el casco de uno de los protagonistas) de un cámara y un operador de sonido con el detallazo de mostrarlos embutidos en trajes de astronautas y flotando en gravedad cero. En Matrix, las hermanas Wachowski idearon un primer plano bastante majo del reluciente pomo de una puerta, un objeto donde se reflejaban Neo y Morfeo. El problema (como siempre ocurre al jugar con espejos en el cine) fue esconder la presencia de la cámara en dicho reflejo, algo para lo que se optó por camuflar dicho objetivo vistiéndolo con chaqueta, corbata y rezando para que el público no reparase en ella.

Ahora que lo has visto ya no podrás dejar de verlo nunca. Imagen: Warner Bros.

Lo de Buffy, cazavampiros fue un caso especial. A lo largo de sus siete temporadas se le ha colado en el metraje algún micrófono, pero también uno de los cámaras que filmaba la acción durante la pelea entre Faith y Buffy en la cuarta temporada. Lo hermoso es que en aquel caso se editó el montaje para eliminar la presencia del infiltrado en posteriores emisiones. Y lo terrible es que, unos cuantos años después, la cadena de televisión la cagó de manera espectacular al tomar el sentido contrario: cuando la 20th Century Fox decidió fabricar una versión HD a partir del material original (pensado para televisores con pantallas en relación de aspecto 4:3, mucho más comprimida que las actuales), se optó por ampliar el campo de visión de cada plano. Una decisión que provocó que focos, miembros del equipo y otras maravillas que antes estaban fuera de la imagen fuesen de repente evidentes y visibles. Joss Whedon, creador de la serie, echó pestes sobre aquel desgraciadísimo apaño.

A la izquierda Buffy en su versión original. A la derecha la infame versión en HD que fue capaz de incluir a nuevo personaje en la escena sin que nadie se lo haya pedido. Imagen: 20th Century Fox.

Gazapos animados

Matt Selman, uno de los productores ejecutivos de Los Simpson, se sentó el año pasado a revisitar episodios antiguos de la familia amarilla y acabó topándose con un patinazo inesperado en el decimotercer capítulo de la sexta temporada, un episodio que retrocedía unos cuantos años en el tiempo para relatar la historia del nacimiento de Maggie. En la pantalla, Marge anunciaba a Homer que estaba embarazada de la pequeña. Y en el mismo plano, al fondo y formando parte del escenario más evidente, una fotografía enmarcada de aquella Maggie que aún no había nacido lucía orgullosa colgada de la pared.

Los Simpson. Imagen: Fox.

Las meteduras de pata en el mundo animado podrían suponerse poco frecuentes al tratarse de productos elaborados de manera milimétrica y pausada, pero haberlas, haylas. En Frozen, mientras se canturreaba la resobadísima «Suéltalo», la coleta del pelo de Elsa atravesaba mágicamente su hombro izquierdo. Un fugaz movimiento imposible interpretado como un error de animación pero que en realidad era una inconsistencia premeditada: los animadores no encontraban el modo de colocar de manera lógica aquella pelambrera donde habían planeado y tomaron el peor atajo (el del glitch) conscientemente, suponiendo que el espectador medio no se daría cuenta. En Blancanieves y los siete enanitos un cerrojo reventado se arreglaba mágicamente, un grillete en Enredados se esfumaba de repente para reaparecer poco después, La bella y la bestia mostraba dos versiones distintas del mismo cuadro rasgado, a Shrek el ojo le asomó a través del párpado, en Lilo & Stich un instrumento de percusión mutaba de un plano a otro y dos personajes de Toy Story 2 no podían ocultar su naturaleza vampira al carecer de reflejo alguno sobre la pantalla de un televisor. Ballerina incluía dos errores históricos en forma de monumentos al mostrar una torre Eiffel en construcción y una Estatua de la Libertad de color verde. La primera todavía no había comenzado a erigirse en el año en el que transcurría la trama, y la segunda en aquella época debería de haber lucido tonos cobre porque había sido elaborada en eso mismo (cobre). En realidad la efigie se teñiría de verde muchísimos años más tarde, a consecuencia de la oxidación.

Frozen. Imagen: Walt Disney Pictures.

En modo Commando

Commando es esa película de acción protagonizada por Arnold Schwarzenegger tan desenfadada y segura de sí misma, tan consciente de a lo que ha venido, como para que a la hora de la verdad se la sude absolutamente todo. Y por eso mismo podría considerarse como la Biblia Definitiva del Gazapo Cinematográfico al ser capaz de repasar en su metraje la gama completa de errores cinematográficos posibles: miembros del equipo técnico reflejados en cristales, coches destrozados que se reparan solos, carteles incorrectamente escritos (una escalera en un aeropuerto tiene rotulado un «Aire servicio» en lugar de «Servicio aéreo» por culpa de una traducción lamentable del «Air service» al español), dobles de acción evidentes, una puerta de seguridad que requiere de una contraseña pese a estar ya abierta, trampolines visibles para catapultar a los soldados afectados por la explosión de una granada, escenas que pasan del día a la noche en segundos sin razón alguna, supuestas barras de metal que se doblan evidenciando su naturaleza de goma, maniquís muy estáticos sustituyendo a los villanos durante los bombazos gordos, guardias que piden refuerzos a través de radios sin antena, frases pronunciadas sin que el orador abra la boca, bombas que explotan donde no han sido colocadas, cables de seguridad para los actores a la vista y una maratón tan inmensa de fallos de raccord como para pasarse la tarde entera enumerándolos. En el fondo, Commando ha hecho más por el cine que cualquier película felada unánimemente por la crítica durante los últimos treinta años.

Commando. Todos los Óscar del mundo no le harían justicia. Imagen: 20th Century Fox.


La Ley Chandler contra Aquaman

Raymond Chandler. Imagen: dominio público.

Tras acumular todos los clichés del artista maldito (alcoholismo, problemas con las mujeres, depresión y una etapa como soldado) Raymond Chandler, nacido en Chicago y crecido en Londres, decidió volver a intentarlo con la escritura a principios de los años treinta cuando ya andaba bien afincado en la cuarentena. Un buen montón de inviernos atrás, el caballero ya había estrenado la pluma rubricando historias cortas y poemas que no acabaron de resultar demasiado convincentes. Pero en su segundo intentó decidió tomar una nueva ruta y saltar a la piscina del pulp mascado por revistas como Dime Detective, The Fortnightly Intruder, Black Mask o Detective Fiction Weekly. Una zambullida en las ficciones de crímenes gracias a la que pudo corroborar que se encontraba muy a gusto chapoteando entre aquellos mundos. En 1939 se atrevió con su primera historia larga, El sueño eterno, la primera novela de las siete que escribiría en vida (una octava inacabada se publicó treinta años después de su muerte, tras ser completada por Robert B. Parker), todas ellas protagonizadas por una leyenda de la ficción noir, Philip Marlowe. Un detective aficionado al alcohol, las mujeres, los cigarrillos Camel, el ajedrez y los problemas en general.

El pulp que lo parió.

La prosa que Chandler exhibía en sus páginas no tardó en ser admirada tanto por el público como por el resto de escritores contemporáneos. Philip Marlowe había nacido en la novela negra y se transformó en pilar primigenio del hardboiled, un subgénero creado cuando a la clásica historia de detectives se le ocurrió apretar los puños hasta que se le blanquearon los nudillos: relatos donde la norma era la violencia, los antihéroes, el cinismo a paladas y la corrupción. Es cierto que durante los años veinte Carroll John Daly y Dashiel Hammett ya habían comenzado a definir ese estilo, de nombre tan rotundo como un tiro a bocajarro, pero también que la firma de Chandler fue una de las más duchas e influyentes a la hora de perfeccionarlo. El cine noir le debe muchísimo a su obra, sus libros saltaron a la gran pantalla en diez ocasiones (también se adaptaron a la radio, a la televisión e incluso al mundo del videojuego) y el propio escritor se encargó de los guiones de películas como Perdición (escribiendo el texto junto a Billy Wilder), La dalia azul o Extraños en un tren de Alfred Hitchcock. En realidad, el autor detestaba el ecosistema que rodeaba al celuloide y no solo sentenció que «Hollywood tiene la misma personalidad que un vaso de papel», sino que a la hora de referirse a sus propias colaboraciones en la industria no se cortaba en aclarar «Si mis libros hubieran sido peores nunca me habrían invitado a ser parte de Hollywood. Y si hubiesen sido mejores nunca debería de haber ido».

El sueño eterno. Imagen: Warner Bros.

Lo más interesante de Chandler es su manera de entender, redefinir y posteriormente explicar el subgénero que había perfeccionado. O lo que es lo mismo, cómo su trabajo se ha convertido en un manual para escritores interesados en las razones que moldean una novela hardboiled y a los habitantes de la misma: Marlowe nació como una versión más afilada y oscura del great detective (el investigador impecable) que solía abundar en las novelas de misterio, y se forjó gracias a la manera en la que fue construido el universo en el que se movía. Chandler aborrecía cómo se fabricaban popularmente las historias de misterio, siguiendo punto por punto el estilo inglés: confinando la aventura en escenarios cerrados donde todos los participantes estaban a la vista, las pistas aparecían en el momento exacto y el investigador amateur resultaba ser más listo que la policía y que el asesino. Una estructura argumental que Chandler menospreciaba, considerándola propia de escritores vagos, y definía como un estilo donde el autor «tenía a Dios sentado en su regazo». Por eso mismo, a la hora de construir su propio mundo, Chandler decidió dinamitar las paredes de aquellas escenografías de estancias cerradas y colocar al (anti)héroe en un entorno que el autor (una persona desencantada que venía de pasarlas putas) conocía personalmente: las calles de una Los Ángeles hostil y moralmente ambigua, donde las clases bajas vivían desamparadas y las altas eran despiadadas. Aquel movimiento, aquella manera de dotar a la ficción de un tono realista para hacerla más opresiva y terrible, fue una genialidad.

A la hora de hablar sobre otros literatos famosos, Chandler demostró que tenía la lengua tan cargada de pólvora como sus relatos. El escritor fue capaz de ciscarse en las obras de Agatha Christie y Dorothy L. Sayers dictaminando que «los ingleses puede que no sean siempre los mejores escritores del mundo, pero indudablemente son los mejores siendo los más aburridos escritores del mundo», despreció a otra leyenda del noir como fue James M. Cain opinando que «cualquier cosa que toca huele a cabra. Representa todo lo que detesto en un escritor, un falso naif, un Marcel Proust vistiendo un mono grasiento, un chico sucio con un pedazo de tiza, una valla y nadie mirando», y desde su punto de vista Ernest Hemingway solo había parido una buena historia y el resto de su obra era «lo mismo con pantalones diferentes… o sin diferentes pantalones». Entre tantos esputos también tuvo algo de tiempo para alabar las virtudes de las páginas de Dashiel Hammet: «Él fue el escritor que devolvió el asesinato a la clase de personas que lo comenten con razones para hacerlo y no solo para proporcionar un cadáver. Y sus crímenes tienen lugar con los medios lógicos que uno tiene a mano y no con pistolas de duelo forjadas a mano, curare o un pez tropical».

Pero la herencia destacable del escritor no solo se reduce a novelas y puyas divertidas sobre otros autores, porque Chandler también tuvo el detallazo de dedicarle muchísimo tiempo a la tarea de educar a sus lectores en cómo concebir aventuras remojadas en el noir. Y lo hizo redactando numerosos artículos sobre la creación del género oscuro, ensayos como el famoso The Simple Art of Murder, construyendo con ellos una guía que repasaba los trucos más recomendables de su manual de escritor. Entre sus estrategias más destacables se encontraban postulados como Los diez mandamientos de Raymond Chandler para la novela de detectives o la muy recurrente Ley Chandler. Los primeros eran una serie de normas ideadas para crear una novela hardboiled pura. Y la segunda era un salvavidas, válido para cualquier género, con el que superar el clásico bloqueo creativo del escritor. Un flotador en forma de truquillo fácil que al ser utilizado con maña servía para fardar de ingenio, pero que cuando era manipulado por los escritores más torpes hacía que ocurriesen cosas como Aquaman.

Aquaman. Imagen: Warner Bros.

Los diez mandamientos de Raymond Chandler para la novela de detectives

Los diez mandamientos de Raymond Chandler enuncian lo que el autor consideraba un decálogo ideal a la hora de concebir una novela detectivesca. Y son los que siguen:

1. La situación y el desenlace deben tener unas motivaciones creíbles.

2. Los métodos para la ejecución del crimen y la resolución del mismo deben ser técnicamente plausibles.

3. Debe ser realista en sus personajes, escenario y atmósfera. Debe tratar sobre gente real en el mundo real.

4. Debe tener un valor narrativo sólido más allá del elemento de misterio. Es decir, la investigación en sí misma ha de ser una aventura que merezca la pena leer.

5. Debe ser lo suficientemente sencilla como para que se puede explicar con facilidad cuando llegue el momento.

6. Debe ser capaz de desconcertar a un lector razonablemente inteligente.

7. La solución ha de parecer inevitable una vez que se haya revelado.

8. No debe intentar hacerlo todo a la vez. Si se trata de un enigma que habita una atmosfera atractiva, fresca y razonable no puede ser al mismo tiempo una aventura violenta o un romance apasionado.

9. Debe castigar al criminal de un modo u otro, no necesariamente siguiendo el cumplimiento de la ley. Si el detective falla a la hora de resolver el crimen se deja un hilo suelto que solo provoca irritación en el lector.

10. Debe ser honesta con el lector.

Y hasta aquí, la lección de Chandler sobre cómo escribir una novela negra. Ahora vamos con su otra ley, que es la divertida.

La Ley Chandler

La Ley Chandler fue enunciada por el novelista de manera rápida y directa a modo de recomendación universal para cualquier escritor: «Cuando tengas dudas, haz que un hombre entre por la puerta con una pistola en la mano». Se trataba de una táctica que podría parecer absurdamente gratuita, pero que bien utilizada era capaz de demostrarse como todo lo contrario. Un recurso recomendado para todos aquellos escritores/guionistas/narradores que han llevado la historia hasta un callejón del que no saben cómo coño salir. La puesta en práctica es sencilla: en caso de titubeos ante la página en blanco, lo mejor para hacer avanzar la historia es que un elemento inesperado (generalmente en forma de amenaza) asalte sin compasión alguna la trama irrumpiendo en ella de manera repentina. Chandler ejemplificaba el asunto con un hombre empuñando un arma de fuego pero lo cierto es que es posible sustituir al anónimo armado por cualquier otra cosa que se le ocurra al autor, desde explosiones imprevistas hasta pollos de goma, pasando por ejércitos de la WWII, ninjas, accidentes de tráfico o canibalismo de felpa. Hay que apuntar que la Ley Chandler no tiene nada que ver con la pistola de Chéjov, pese a compartir artillería. Porque mientras Chéjov colgaba el arma (que tendría importancia más adelante) con disimulo en una pared del escenario durante los primeros actos, Chandler optaba por introducirla en la acción de golpe y por sus santos cojones. El primero buscaba resolver un problema con una herramienta insinuada de forma velada, el segundo perseguía que el argumento avanzase propinándole una buena patada.

La intención de La Ley Chandler es desatascar una situación de golpe, un diálogo que el propio autor no sabe a dónde conduce, una escena que no tiene final a la vista, un tedio que invade la acción o cualquier otra cosa que el creador haya iniciado pero no tenga claro cómo rematar. Como recurso es tremendamente fácil y gratuito, caminando cerca del Diabolus ex machina (la introducción repentina de un peligro inesperado), pero en manos hábiles puede convertirse en una jugada espléndida cuando el hombre y la pistola que se cuelan en la trama son capaces de no quedarse en anécdota, de generar preguntas interesantes y abrir nuevos caminos en el argumento. En otras ocasiones, la estrategia enunciada por el literato se utilizaba para despachar algo (una secuencia, un sketch, un chiste, un enfrentamiento) que nadie sabía cómo finalizar.

Numerosos creadores han utilizado consciente o inconscientemente esa ley que realmente ya existía muchísimo antes de ser enunciada. Stephen King reconoció que a la hora de escribir La danza de la muerte, una novela nominada al World Fantasy Award en el 79 y considerada entre lo mejor de su producción, sufrió un tremendo bloqueo del escritor que solo pudo solucionar invocando la Ley Chandler a base de bombas que se llevaban por delante a parte del reparto. Joss Whedon explicaba que el recurso habitual que tenían en la mesa de guionistas para añadir drama a algún capítulo de la serie Buffy, cazavampiros se basaba en el concepto «poner a Willow en apuros». Y también que en el caso de Firefly se utilizaba la variante «que alguien apunte con una pistola a Kylee». Jim Henson confesó que cuando no sabía cómo darle conclusión a un sketch protagonizado por sus marionetas optaba por hacer que algo explotase o que uno de los personajes se comiese al resto. Terry Gilliam ha comentado en numerosas ocasiones que durante la redacción del guion de Las aventuras del barón Munchausen, cuando se quedaba sin ideas para la trama, simplemente hacía explotar alguna cosa. Una confesión que en realidad parecía una herencia acarreada de los Monty Python, ese grupo cómico que cuando no tenía claro cómo cerrar un sketch se limitaban a arrojar una pesa sobre sus protagonistas, enviar a la policía para detener a los actores por lo tonto del gag o hacer que un hombre vistiendo armadura entrase en escena para golpear a alguien con un pollo de goma en la cabeza. Las cinco (espantosas) secuelas del libro Bill, el héroe galáctico se convertían en el peor ejemplo literario posible del uso de la Ley Chandler al utilizarla constantemente como el único recurso para que sucediesen cosas en la historia sin molestarse en dar explicaciones posteriores. En el mundo de los videojuegos, y especialmente en aquellos centrados en la acción pura, la Ley Chandler es el motor ideal para arrastrar hacia adelante al jugador: arrojarle en la cara situaciones extremas e inesperadas que superar.

Dos hombres y medio incluía un ejemplo consciente de mal uso de estas estrategias dentro de su propia ficción: Alan Harper (Jon Cryer ) se animaba a escribir una novela, pero al no superar sus bloqueos creativos y verse incapaz de hacer avanzar la historia acababa arrojando un meteorito sobre los protagonistas. En el mundo de Westworld, la Ley Chandler era el cimiento sobre el que se sostenía el parque de atracciones que daba título al show: un plató habitado por seres artificiales programados para generar narrativas violentas e inesperadas que entretuviesen y proporcionasen aventuras interesantes a los visitantes. Y durante la última temporada de la serie Cheers, una de las secuencias iniciales del show (aquellos pequeños actos precréditos en forma de gag no relacionado con el resto del episodio) se atrevió a reírse de la Ley Chandler: en pantalla, la fauna del bar estaba muerta de aburrimiento preguntándose qué hacer para matar el rato, hasta que Andy Schroeder (Derek McGrath) irrumpía en la escena vistiendo un cinturón de dinamita y solicitando en plan psicópata ver a Diane (Shelley Long). Cuando el hombre era informado de que la mujer ya no trabajaba en la cantina (Long, y por extensión su personaje, abandonó la serie seis años antes), Andy se limitaba a irse del lugar y el resto de los personajes a seguir preguntándose qué podían hacer para superar el tedio.

Cheers. Imagen: NBC.

Cada año se celebra a lo largo del mes de noviembre el National Novel Writing Month. Un evento que parte de una premisa genial: la de que la mayoría de la gente lleva una novela en su interior pero es demasiado vaga para llegar a plasmarla sobre un papel. La propuesta del National Novel Writing Month es tan sencilla como abrazar la incontinencia literaria y escribir dicha novela del tirón en el plazo de un mes, a lo loco, a caraperro, sin pararse a pensar demasiado. Los participantes en el concurso se ven obligados a redactar un tochazo de cincuenta mil palabras entre el 1 y el 30 de noviembre de cada año y el ganador (aquel que sea capaz de parir la pieza más notable) se lleva algo tan bonito, y poco remunerado, como un mensaje de felicitación y la satisfacción personal implícita. Pero lo mejor de todo son las recomendaciones que da la organización a los competidores en el evento: nada de pararse a pensárselo demasiado, nada de ser cautelosos y nada de revisar el texto. Simplemente escupir todo lo que a uno se le ocurra sin valorar las consecuencias porque lo más importante es que las palabras acaben llegando al papel. Para ello, los veteranos en la competición aconsejan recurrir a todos los trucos fáciles del oficio del escritor. Tretas entre las que, por supuesto, se encuentra la Ley Chandler, una estrategia que los habituales al evento definen de manera similar pero tirando de la cultura popular más entrañable: «Durante un bloqueo creativo y cuando todo lo demás falle, haz que un ejército de ninjas atraviese la pared y ataque a cualquiera».

Ponga un ninja en su vida. Imagen: Joey Gannon.

Aquaman

Aquaman es esa película durante cuya preproducción los mandamases de Warner se reunieron para decirse «O le metemos colorinchis y chistacos al universo DC o nos vamos a seguir comiendo los mocos con el agonías de Zack Snyder». Ese Cirque du Soleil dirigido por James Wan (responsable de Saw, Fast & Furious 7, Insidious o Expediente Warren: The Conjuring) donde todo vale. El equivalente a un Batman & Robin subacuático con un presupuesto que se mide en gritones y una exhibición de CGI que podría considerarse como una copiosa diarrea digital. Y también es una peli divertida, a su manera. Pero, sobre todo, la cinta protagonizada por Jason Momoa es una aventura donde la Ley Chandler en lugar de servir como salvavidas se utiliza como yate con el que navegar por el argumento: cada vez que en la película dos o más personajes mantienen una conversación importante, que los guionistas no saben cómo dar por finalizada, la cháchara se liquida a base de bombardear de manera literal la escena. Con un petardazo totalmente gratuito que aterriza en los morros de los personajes para arrojarlos por los aires, algo que no solo sucede una o dos veces, sino continuamente a lo largo del metraje. Aquaman es esa cinta que se llama Aquaman porque La Ley Chandler contra Aquaman sonaba muy poco comercial.

Aquaman. Imagen: Warner Bros.

Chandler y los malos escritores

En cierta ocasión una señora escribió a Raymond Chandler  solicitándole consejo para lograr que su hijo se convirtiese en un escritor de éxito. El padre de Philip Marlowe le remitió de vuelta a la mujer una misiva sincera y directa, muy hardboiled: «Estimada señora, mi experiencia a la hora de intentar ayudar a la gente a escribir ha sido limitada pero muy intensa. He hecho de todo, desde prestar dinero a los aspirantes a escritores hasta planear, reestructurar y reescribir las tramas que habían ideado. Y hasta ahora me he encontrado con que todo eso es una pérdida de tiempo. Las personas a las que Dios o la naturaleza han destinado a ser escritores siempre acaban encontrando sus propias respuestas, y aquellos que se ven obligados a preguntar son gente a la que es imposible ayudar. No son más que personas que quieren ser escritores». Como los guionistas de Aquaman, vamos.


Imprescindibles: Buffy Cazavampiros

En 1992 se estrenó una película un tanto peculiar. La protagonista era la chica más popular del instituto: capitana del equipo de animadoras, saliendo con el capitán del equipo de lo que en USA llaman football, un pelazo rubio que te cagas y sin necesidad de seguir ninguna moda porque ella es la que marca tendencia (eso sí, la moda adolescente de los noventa, así que tampoco debería creérselo mucho en ese sentido). Sin duda, un personaje altamente odioso, la protagonista de una película más de instituto, sin nada que aportar a un género que tampoco es que aporte demasiado. ¿Sin duda? Bueno, no lancemos las campanas al vuelo, porque nada es lo que parece en este mundo.

Esta chica, de apellido Summers, responde al nombre de Buffy. No lo sabe aún, pero es la Elegida de nuestra generación, y ella sola tendrá que defendernos de los vampiros y demonios que intentan destruirnos. Eso ya es más interesante. Vamos a ver el reparto… hum… Kristy Swanson, Luke Perry, David Arquette… no está mal. Rutger Hauer, que ha visto cosas que nosotros no creeríamos. Interesante. ¡Donald Sutherland! Es un gran reparto, la historia es convincente, a ver quién la firma… ¡Joss Whedon! Menudo cóctel explosivo puede suponer esa mezcla.

Lo fue, de hecho, pero no en el sentido positivo de la expresión: Sutherland hacía lo que le daba la gana, el estudio metía sus narices donde no le llamaban… De la idea original de Whedon a lo que vimos en pantalla hay un largo calvario tan duro que el director se desmarcó del resultado. No le gustaba lo que habían hecho con su proyecto y estaba cabreado. Tanto que decidió coger el toro por los cuernos y arreglar la situación. Se puso a trabajar y así es como nació, cinco años después, la serie de televisión Buffy Cazavampiros.

La historia es la misma, pero sin hacer referencias a la película, fuera del canon, y con la historia de orígenes de Buffy ya despachada. Comienza con la llegada de una nueva alumna al pueblo Sunnydale, después de que la cazadora, interpretada por Sarah Michelle Gellar, fuese expulsada de su anterior instituto por quemar el gimnasio. Luchando contra los vampiros, claro, a los que descubrió en cuanto recibió «la llamada», pero eso no quedaría muy convincente como excusa, claro está. Más aún si tienes que mantener tu don en secreto para no comprometerte. Ese don, esa «llamada» es lo que convierte a las elegidas en cazadoras de pleno derecho, pues cuando una muere, otra debe ocupar su lugar. Así, esta chica que había tenido una especie de sexto sentido toda su vida, lo que ella había creído intuición, se convertirá en una supermujer con una fuerza extraordinaria y una eficaz exterminadora de plagas sobrenaturales. Pero esto no es automático. La cazadora no nace sabiendo que algún día se convertirá en la defensora de la humanidad. No en estos tiempos, al menos. Antes, la elegida de cada generación crecía bajo la tutela de un Vigilante, miembro de un Consejo tan antiguo como la Primera Cazadora, que vela por la seguridad de estas chicas y ejerce como guía y entrenador personal. Porque, aunque tienen un talento innato espectacular, si no entrenan, si lo descuidan, pueden acabar lamentándolo. Pero los tiempos cambian y el Mal no se manifiesta con tanta regularidad como antes. Los vampiros han pasado a ser leyendas de antaño, cuentos para no dormir y la humanidad tiene que centrarse en cosas más importantes. Además, cada cultura es diferente y, en muchas ocasiones, el don no es tan bien recibido. Porque una chica de instituto como Buffy no tiene entre sus metas el salir a matar criaturas de la noche. Es más, en estas situaciones, en este tipo de historias, la chica rubia, animadora y popular del «insti» suele ser de las primeras en morir, o el último personaje en quien confiarías a la hora de salvar la situación. Pero el señor Whedon es un especialista en coger estereotipos y retorcerlos a su gusto (basta con echarle un vistazo a la magnífica The Cabin In The Woods, que tiene su sello, para convencerse de esto). Y en esta serie decidió que esa chica se convertiría en la heroína, la que pega las leches mientras hace comentarios ingeniosos hasta que llega su destino que muy a su pesar consiste en proteger a la humanidad.

Imagen: WB Television Network.
Imagen: WB Television Network.

Pues bien, como decimos, Buffy se debate entre recuperar su vida anterior o aceptar el camino que debe recorrer (o al menos, que pueda compaginar ambas labores) mientras llega a la pequeña ciudad. Un destino nada casual, pues aunque en principio parece anodina y sin nada malvado que combatir, en otros círculos a Sunnydale se la conoce como «la Boca del Infierno», uno de los puntos geográficos en los que el Mal se concentra con especial intensidad. Y el epicentro de esa boca se encuentra en el nuevo instituto al que «destinan» a Buffy. Todo muy conveniente. Tras conocer a Giles (interpretado por Anthony Steward Head), su nuevo Vigilante, comenzará su preparación para aniquilar a todo aquel que intente abrir la Boca del Infierno sin fracasar escolar y socialmente.

¿Cómo podríamos definir Buffy, Cazavampiros? La salida más sencilla sería decir que es una serie de instituto al uso en la que vemos cómo la protagonista hace amigos, genera las envidias y desprecios de las chicas populares, trata de aprobar y se enamora del chico misterioso y atractivo, pero con el añadido de peleas impresionantes contra monstruos de todo tipo.

La respuesta compleja sería decir que esta serie comienza con la definición anterior pero con una evolución extremadamente rica y muy espectacular, tanto en el desarrollo de personajes, en los arcos argumentales de las temporadas, en las historias de los episodios, como en la parte técnica, los efectos especiales, el presupuesto, etc. Whedon nos presenta un pequeño universo lleno de personajes que ganan importancia o la pierden, situaciones que se recuperan con acierto en episodios posteriores, nuevas perspectivas para entender algunas criaturas o leyendas; decíamos antes que el director es muy dado a pasarse los clichés por el forro, y en esta serie lo hace mucho: Halloween es el día en que los fantasmas, monstruos, vampiros y demás NO hacen nada, hay demonios a los que ni les va ni les viene eso de matar o conquistar el mundo, o el Bien tampoco es tan puro…

Todo eso para crear una mitología que conquistó rápidamente a las audiencias y que hizo que la serie entrase por méritos propios entre las cincuenta mejores series de todos los tiempos. Una mitología que no se detuvo con el final prematuro (por causas que explicaremos más adelante) de la serie de televisión, pues siguió en cómics que Joss Whedon sacó adelante para cerrar las dos últimas «temporadas» de la historia de Buffy.

Así que dejamos claro que la serie no es moco de pavo.

¿Por qué caló tan hondo esta serie? Quizás el motivo principal sea que era una serie «para cualquier sensibilidad»: los que buscaban acción la tenían a raudales; aquellos que deseen una serie que se preocupe de la profundidad de sus personajes también podían verse satisfechos; los que querían entretenimiento lo tenían garantizado, al igual que quienes buscasen tramas profundas e historias bien construidas. La serie ofrecía tramas amorosas interesantes, como la de Xander (Nicholas Brendon), el amigo payaso de Buffy, uno de los personajes más queridos de la serie, y la exdemonio de la venganza (una movida muy larga) Anya (Emma Caulfield); la relación mágico-lésbica entre la adorable y, posteriormente, terrible, Willow (Allyson Hannigan) y Tara (Amber Benson); o la anterior relación de Willow con Oz (Seth Green), un rockero que termina siendo un hombre lobo. Aunque, evidentemente, los amoríos más importantes son los tres que implican a Buffy: el primero, con Angel, el vampiro que más tarde tendría su propio spin-off (bastante inferior a esta serie), un romance muy tortuoso por varias razones: Angel es un vampiro maldito que recuperó su alma (imaginen qué terrible sentir remordimiento por todas las vidas con las que terminaste a lo largo de tus doscientos años), constantemente deprimido, pero irremediablemente enamorado de la cazadora de vampiros, destinada a aniquilar a esa especie. Luego está Riley (Marc Blucas), un estudiante interno en el departamento de Psicología de la Universidad de Sunnydale y que, en sus ratos libres, es el miembro de un proyecto militar secreto, La Iniciativa, que combate a todas las criaturas mágicas hostiles, por lo que sus caminos se cruzarían inevitablemente. Y, por último, la más complicada de todas, con el mejor personaje de toda la serie: Spike (James Marsters), un vampiro conocido en su día como William el Sangriento, uno de los peores enemigos de Buffy, pero que, a causa de un chip desarrollado por La Iniciativa que le fríe el cerebro si trata de hacer daño a los buenos, se convierte en un antihéroe sin escrúpulos, capaz de ayudar a los protagonistas en unos episodios o venderlos al mejor postor si así obtiene algún beneficio. Buffy y Spike protagonizan una de las relaciones amor-odio más literalmente brutales que se recuerdan.

Imagen: WB Television Network.
Imagen: WB Television Network.

Hablando de Spike, otro de los atractivos de la serie es la gran variedad de enemigos principales: desde el Amo, uno de los vampiros más poderosos y temidos de su raza, hasta el Mal puro y duro que representa el Primero, pasando por el mencionado Spike, la inestable dualidad conocida como Glory o el siniestro alcalde y «fundador» de Sunnydale Richard Willkins, Adam (o el moderno moderno Prometeo psicópata zumbado) o los menos carismáticos nerds que deciden convertirse en supervillanos gracias a su dominio de la tecnología, la magia negra o las referencias a películas de ciencia ficción o cómics (especialmente los de Marvel, donde Whedon parece tener algún tipo de influencia o algo así). Salvo estos últimos, los villanos tienen una grandísima fuerza, no solo como entidades poderosas malvadas, sino como personajes. Cada uno representa tipos de terrores muy concretos, una heterogeneidad que provoca que disfrutes con cada enemigo y que, aunque los eches de menos de una temporada a otra, no es porque el de la siguiente temporada sea un fracaso, salvo la temporada de los nerds. Y si grandiosos son los enemigos principales, no podemos olvidarnos de los secundarios, aquellos que aparecen en uno o pocos episodios, pero que dejan una huella imborrable. El primero que se me viene a la cabeza es el sacerdote Caleb, interpretado por Nathan Fillion en la última temporada. Un cura de una fuerza sobrehumana que, en lugar de hacer el Bien, decide interpretar la Biblia a su manera para exterminar tanto al pecado como al pecador. Aunque el concepto de pecado no sea el más ortodoxo, claro. Pero en esta categoría reinan The Gentlemen, unas criaturas sacadas de cuentos infantiles que aparecen en uno de los mejores capítulos que ha dado la serie: «Hush». Lo que les hace tan terribles es, además de su escalofriante aspecto (extremadamente delgados, de un color enfermizo, mirada enloquecida y una perenne sonrisa de lo más aterradora), que roban las voces de todos los habitantes de las ciudades a las que van. Ese capítulo es, efectivamente, sin diálogo.

Pero lo que más beneficia a la serie es, sin duda, la voluntad de su creador de hacer llegar al público sus propias aficiones de una forma atractiva. Ya hemos hablado de la influencia de los cómics. Hay miles de referencias a los cómics más importantes de la Casa de las Ideas o a las películas de La guerra de las galaxias. Si hay alguna temporada en la que más se note la influencia comiquera es la cuarta, la de La Iniciativa, que en ocasiones recuerda a la agencia S.H.I.E.L.D. Y no solo se dedica difundir cosas así.

Una de las obras más conocidas de Joss Whedon es Dr. Horrible (Sing Along Blog), que protagonizaban Neil Patrick Harris, Felicia Day y Nathan Fillion. Y, ¿qué es esto? Un musical. ¿Adivinan cómo es uno de los episodios de la serie? Efectivamente: un musical. Y, además, uno de los mejores episodios: «Once Again, With Feeling», la otra cara de la moneda que forma con «Hush». En este, un demonio provoca que cualquier situación cotidiana se convierta en un espectacular número musical protagonizado por gente que acaba on fire. Literalmente.

Imaginarán que, para realizar un episodio tan arriesgado, Whedon debía tener la confianza total de los productores. Y así es. Una confianza que se ganó a lo largo de las siete temporadas que duró la serie, en la que tampoco había puestas demasiadas esperanzas y que pasó a tener un gran presupuesto por el impacto generado. La muestra más significativa es la frecuencia de la mítica forma en que los vampiros mueren cuando les clavan una estaca, un efecto digital que convierte al vampiro rápidamente en un esqueleto que estalla en una nube de polvo. Por lo visto era carísimo, y había muy pocas muertes así en pantalla (se suplía con el efecto sonoro fuera de plano). Esto cambió, evidentemente, así como la mejora de las transformaciones de los vampiros o las criaturas generadas por ordenador.

Pero, lamentablemente, la serie llegó a su fin demasiado pronto. No es algo que ocurriese de la noche a la mañana, pues la séptima temporada nació como la última que se grabaría de Buffy, Cazavampiros. Por varios motivos. El principal tiene nombre y apellidos: Sarah Michelle Gellar. Siete temporadas encarnando a la protagonista deben cansar, y conforme avanzaba la serie, si al personaje de Buffy se le notaba de forma convincente el cansancio era porque la actriz se sentía igual. No quiso continuar en un papel del que se siente orgullosa, pero que la agotó. Ella misma dijo que no se trataba de perseguir una carrera cinematográfica o explorar otros papeles, sino que necesitaba un descanso. Además, la cadena que emitía la serie, la WB Television Network iba a cerrar. En estas circunstancias, Whedon se vio obligado a escribir toda una temporada de despedida en la que Buffy se enfrentaba al Primero, con la ayuda de todas las futuras cazadoras. En esta temporada entraron nuevos personajes, se despidieron algunos y se cerraron algunas tramas que habían quedado abiertas para usarlas en el futuro. Pero, sobre todo, se ponía punto y final a la versión audiovisual de las aventuras de Buffy. Porque la serie termina con un final muy abierto que, como hemos señalado, Whedon concluyó con dos «temporadas» de cómics, más de una treintena. Se habló durante años de una posible película, pero se antoja imposible, sobre todo teniendo en cuenta lo atareado que está Joss con el universo Marvel. De todos modos, no hace falta.

PD: Y sería bastante imperdonable que volviese antes algo de Buffy que de Firefly.

Imagen: Dark Horse Comics.
Imagen: Dark Horse Comics.