Disneyland: el lugar más real de los Estados Unidos

Disney World, Florida, 2012. Fotografía: Cordon Press.

Los desiertos poseen una magia particular, pues han agotado su propio futuro y, por lo tanto, están libres del tiempo. Cualquier cosa erigida allí, una ciudad, una pirámide, un motel, está fuera del tiempo. No es casualidad que los líderes religiosos surjan del desierto. Los centros comerciales modernos tienen casi la misma función. Los futuros Rimbaud, Van Gogh o Adolf Hitler surgirán de sus desechos atemporales. (J. G. Ballard. La exhibición de atrocidades, edición anotada. 1992).

A todos los que llegan a este lugar feliz: Bienvenidos. (Walt Disney. Discurso de inauguración de Disneyland. 1955).

Los maquilladores de comida son las personas más poderosas del planeta. No viven en palacios de oro ni en parlamentos europeos ni en despachos ovales ni en bancos mundiales; trabajan en estudios de cine o fotografía, a menudo solos o con pequeños grupos de personas a su disposición y, sin embargo, sus productos modelan nuestra comprensión del mundo y de la propia realidad hasta la primera respuesta que nos define como seres humanos: la respuesta emocional.

¿No me creen? Pues piensen en la última vez que vieron un anuncio de comida rápida. Si son aficionados al deporte los tendrán muy recientes porque es en medio de los partidos cuando más publicidad de este tipo aparece en la pantalla: pizzas bordeadas de queso desafiantemente cremoso, hamburguesas jugosas envueltas en saltarinas hojas de lechuga cubiertas del rocío más fresco de la mañana, pepinillos verdes como esmeraldas y tomates capaces de alimentar a ciudades enteras, pan con semillas de sésamo colocadas según patrones ignotos pero perfectos. Perfectamente cremoso, perfectamente jugosas, perfectamente cubiertas de rocío, perfectamente verdes y perfectamente suculentos. Todo es perfecto.

Luego vas al McDonald’s del barrio y lo que te dan es una birria. La hamburguesa que tienes en la bandeja de plástico imitación madera es un sucedáneo disminuido de esas fotografías a todo color que colonizan las paredes del restaurante. Y te frustras. No deberías hacerlo porque, al fin y al cabo, todo forma parte de un engranaje mercadotécnico y estás bien acostumbrado a ello. Sin embargo, te frustras, aunque sea de forma moderada. La cosa te jode porque ya no se trata de objetos accesorios; no es un coche o una falda o un apartamento en la playa. Es lo que nos alimenta: las hamburguesas y las pizzas, pero también las manzanas brillantes y las sopas de cocido humeantes y los filetes de pollo despampanantes. Nos hemos creído que la comida que nos anuncian es la comida real cuando, a veces, ni siquiera es comida. Las semillas de sésamo son pequeñas escamas de PVC, el pan es poliuretano y el kétchup y la mostaza son trazos de pintura acrílica roja y amarilla. Incluso la carne y la lechuga se colocan especialmente para dar bien en cámara; solo un fragmento, hacia el objetivo. Todo ello cogido con horquillas y cubierto de laca para aguantar el tiempo de la grabación y el calor de los focos. Todo ello cuidadosamente manufacturado por un maquillador de comida.

Sin embargo, esto solo son consecuencias; los culpables de nuestra frustración no son esos poderosos artesanos anónimos y tampoco el constructo difuso al que llamamos marketing. El primer responsable es Walter Elias Disney, porque él construyó una ciudad real a partir de una colección escogida de mentiras.

La ciudad de mentira

Puestos a ser falsos, Disney no fue exactamente el primero. Las Vegas ya se había refundado el 26 de diciembre de 1946 cuando Bugsy Siegel inauguró el Flamingo Hotel & Casino y, en realidad, la estructura arquitectónica de lo falso era prácticamente una tradición norteamericana desde la construcción de los parques de atracciones de Coney Island a principios del XX o de la Exposición Universal de Chicago en 1893. Esta lógica de la imitación era evidente en artilugios híbridos como el elefante habitable de Coney Island o las colosales fachadas neoclásicas de Chicago que simulaban mármol italiano, si bien se habían fabricado con madera pintada de estuco. De hecho, tampoco estos dos ejemplos pioneros eran verdaderas invenciones pues se apoyaban en el sistema constructivo natural de un país sin historia arquitectónica.

A lo largo de los siglos XVIII y XIX, la construcción estadounidense es esencialmente colonizadora; los edificios se levantaban a gran velocidad para poder solidificar los asentamientos a medida que los colonos avanzaban hacia el oeste. Las casas, los fuertes y los graneros debían construirse en el menor tiempo posible y así fundar la población como elemento consolidado. Para conseguir esta construcción de gran velocidad, se desarrolla un sistema, el balloon frame, que consiste esencialmente en una estructura de madera ligera y atomizada en pequeñas partes, normalmente embebida en las fachadas. Así, los edificios construidos con este método son herederos directos de las tramoyas teatrales y, pese a que teóricamente penalizan su durabilidad frente a la construcción con piedra, ladrillo u hormigón, terminaron conformando el procedimiento constructivo predominante en los Estados Unidos. La tradición americana es la tradición del decorado, de la imitación. Es decir, que las refulgentes fachadas-anuncio de Las Vegas o el mármol de cartón piedra de la Expo de Chicago son la verdadera arquitectura americana.

Pero en ninguno de estos casos se era verdaderamente consciente de lo que se estaba haciendo, solo respondían a una manera —arquitectónica y experiencial— de entender el mundo. Disneyland era distinta. Desde su propio discurso de inauguración, pronunciado por el mismo Walt el 17 de julio de 1955, Disneyland destilaba y cristalizaba los Estados Unidos en una ciudad.

Disneyland, California, 1960. Fotografía: Orange County Archives (CC).

A todos los que llegan a este lugar feliz: Bienvenidos. Disneyland es vuestra tierra. Aquí los mayores reviven los buenos recuerdos del pasado; aquí los jóvenes saborean la promesa del futuro. Disneyland está dedicado a los ideales y los sueños que han creado América.

Efectivamente, Disneyland no era un parque de atracciones, era un lugar conformado fuera del pasado y fuera del futuro. Como el desierto descrito por J. G. Ballard, se colocaba con extrema precisión fuera del tiempo y fuera de cualquier límite que no naciese de los sueños más o menos imprecisos de una América entendida como artefacto emocional. Lo que pasa es que esos anhelos no flotaban en el aire; Disneyland era —y es— una realidad construida. Lo sueños, que son entidades imposibles, se consolidaban en espacios tridimensionales y arquitecturas palpables, físicas. En materialidad instantánea y comprensible. Así, en una sociedad occidental de metrópolis mutantes y seres humanos impredecibles, Disneyland se entendía —y se entiende— como una isla de felicidad controlada, aunque se cimentase sobre una serie de mentiras, de máscaras corregidas y aumentadas, extraídas de los productos de la Walt Disney Company. El europeo castillo de Cenicienta, más europeo que cualquier construcción del Viejo Continente; el poblado del Oeste, también construido con balloon frame pero mucho más amable y mucho más limpio que los que colonizaron el país; Tomorrowland, tan en el futuro que ningún futuro llegará nunca a ser igual.

Todo construido como el decorado de un teatro, como en La noche americana de Truffaut. Un escrupuloso envoltorio de fachadas de cartón piedra y madera pintada que imitan madera real y piedra real, mientras los cuerpos de los edificios son despreciables y permanecen ocultos porque tienen que ser invisibles. Porque el prestidigitador nunca revela sus trucos y nadie quiere saber que, al final, la magia es un entramado de distracciones visuales. Una coreografía donde lo más importante es saber lo que hay que enseñar y lo que no. Y lo que se enseña en Disneyland es perfecto. Ciento sesenta acres perfectos.

Y lo más perfecto y lo más intrincado no son las montañas rusas ni los castillos; el lazo que ata el simulacro es la avenida que articula toda la ciudad: Main Street U. S. A. En Disneyland, la calle también es una máscara. Esa Main Street no pertenece a ningún lugar concreto, sino que representa a todo el país. Los Estados Unidos solidificados en fachadas pintorescas, en bancos pintorescos y en farolas pintorescas. Aunque todo sea igual al tacto; aunque las ventanas sean ciegas porque no abren a ningún interior; aunque la segunda planta, demasiado baja, no tenga detrás ningún espacio porque no hay altura libre suficiente para albergarlo. El espacio urbano es una ilusión óptica. Un trampantojo arquitectónico perfecto y, esta vez, real.

Islas de realidad

Pese a las reticencias iniciales de los inversores, Disneyland fue un éxito instantáneo. Ciento sesenta mil personas visitaron el parque californiano el día de la inauguración, más de tres millones y medio el primer año, la mitad de los cuales llegaron desde fuera de California. Todo el mundo quería experimentar una ciudad perfecta y la Walt Disney Company les concedió su deseo. Disney World abrió sus puertas en 1967 en Florida, Tokyo Disneyland en 1983 y Euro Disney en París en el 92. El desembarco en Europa desencadenó una fiebre global y, en cosa de dos décadas, cientos de parques temáticos de todo pelaje y condición acabaron poblando el planeta. Todos los países y todas las regiones del mundo querían tener una ciudad perfecta. Así que, para ser perfecto, el mundo acabó imitando a la imitación.

En 1972, Robert Venturi, Denise Scott Brown y Steven Izenour publicaron Learning from Las Vegas, que bien podría haberse titulado Learning from Disneyland. En el libro, abogaban por la fachada como principal elemento significativo de la arquitectura contemporánea. Esa fachada no se entendía como consecuencia del espacio interior sino como artefacto dirigido al espacio público. Por tanto, la imagen del edificio no debía responder al contenido espacial del mismo sino a su carácter semiótico. Las fachadas contemporáneas eran anuncios y los edificios no eran espacios arquitectónicos sino símbolos. El mundo se construía de acuerdo al modelo de Disneyland hasta el punto de que, en 1991, el profesor universitario Peter K. Fallon acuñaría el término disneyficación: el proceso según el cual un lugar real es desprovisto de su carácter original para ser sustituido por una versión higienizada y desinfectada del mismo. Es decir, por un decorado. Las ciudades contemporáneas se repiensan exclusivamente desde su imagen, son un disfraz manufacturado para el consumo turístico, aunque sea de los propios residentes.

El bucle se cerró en 1996, cuando la Walt Disney Company fundó la ciudad de Celebration en Florida, a unos pocos kilómetros de Disney World. Celebration se concibió como una comunidad meticulosamente calculada para ser feliz: calles peatonales, anchos amables, tiendas atractivas, un lago artificial planificado hasta el detalle más nimio, parques, piscinas, una escuela, una oficina postal y hasta su propio Ayuntamiento, pese a que el pueblo no es técnicamente independiente. Y casas, casas bonitas, agrupadas según estilos arquitectónicos del pasado, pintadas de distintos colores, con cubiertas inclinadas y ventanas de madera blanca, proyectadas por algunos de los arquitectos más representativos y más en consonancia con lo que Disney buscaba. Philip Johnson, Michael Graves, César Pelli o los mismos Robert Venturi y Denise Scott Brown levantaron obras en un experimento que llenó las páginas de periódicos y revistas especializadas en arquitectura y diseño. Porque todo estaba diseñado y todo era un experimento. Una máquina de ingeniería social en la que hasta el escudo de la ciudad se había dibujado para ofrecer la imagen de mayor paz, tranquilidad y felicidad posible. Celebration era un pueblo real disneyficado desde su propio planeamiento urbano. La compañía imitaba a la imitación de la imitación.

Pero no funcionó, claro. Celebration es demasiado perfecta, demasiado fabricada, demasiado nostálgica y absolutamente falsa. En 2001 fue elegida comunidad del año por el Urban Land Institute, pero sus calles parecen la pesadilla de color pastel que Tim Burton filmó en Eduardo Manostijeras. Porque Disneyland se cierra por las noches y renace nueva e impoluta cada mañana, mientras que una ciudad nunca se apaga. La gente no la experimenta durante cantidades limitadas de tiempo; vive una vida real dentro de ella. Y la realidad es muy difícil de controlar.

Cuando desarrolló el concepto de hiperrealidad, Jean Baudrillard afirmó que «Disneyland es el lugar más real de los Estados Unidos porque no finge ser más de lo que realmente es: una simulación». No tiene un modelo al que referirse porque es su propio modelo. No hay frustración posible porque, al contrario que la hamburguesa comestible que comparamos con la del anuncio, Disneyland solo es un decorado e, inherentemente, nada más que un decorado, tanto físico como emocional. Celebration y la mayoría de las ciudades occidentales fingen ser parques temáticos mientras lidian con miles de circunstancias cotidianas; fingen ser ciudades mientras ofrecen la imagen de parques temáticos. Sin embargo, Disneyland y sus cientos de herederos parecen glorificaciones de lo ficticio cuando son un archipiélago de realidad. El problema es que esa realidad es la droga química más poderosa del planeta: tan precisa y tan pura que solo puede resistirse en pequeñas dosis. Porque nadie sería capaz de experimentar Disneyland más de un par de días sin volverse loco.


Bugsy Siegel (y IV): la maldición del Flamingo

Bugsy Siegel. Foto: DP.
Bugsy Siegel. Foto: DP.

(Viene de la tercera parte)

Durante muchos años los juegos de azar habían estado prohibidos en casi todo el territorio de los Estados Unidos. Esto, claro, no impidió que en muchos lugares continuasen existiendo de manera clandestina casinos ilegales de pequeño e incluso mediano tamaño, pero había impedido la existencia de ciudades con una industria del juego visible que pudiera entremezclarse con las campañas para atraer turistas. La situación cambió con la Gran Depresión de 1929, que provocó que en algunos estados se empezase a abrir de nuevo la mano con respecto al juego. El estado de Nevada legalizó el juego en 1931, confiando en que eso ayudaría a aprovechar el tirón turístico provocado por la inauguración de la nueva gran atracción del estado, la grandiosa presa Boulder (hoy conocida como presa Hoover), que en su tiempo fue considerada un prodigio de la ingeniería a nivel mundial. La pequeña capital del estado, Reno —que en realidad forma parte de un área metropolitana conjunta con la ciudad de Sparks— ya albergaba una bulliciosa actividad de juego clandestino, y tras la legalización el sector emergió para convertirse en uno de los más florecientes negocios locales. Situada a unas pocas horas de carretera de las grandes ciudades del norte de California, como San Francisco y Sacramento, Reno podía atraer a los habitantes del estado vecino que estuviesen deseosos de jugar en casinos sin preocupación por las redadas policiales. Reno empezó a florecer. Se abrieron algunos nuevos hoteles, una flamante nueva sede del servicio postal, un teatro, nuevas escuelas, incluso una base aérea militar que hoy es conocida como aeropuerto Stead. En menos de veinte años, el área Reno-Sparks dobló su población y aumentó mucho sus ingresos per cápita. Pero, ¿qué sucedía en el sur de Nevada?

El nacimiento de Las Vegas Strip

En el sur, aunque a un ritmo menor, Las Vegas también había notado el tirón de la legalización. Poco después de permitirse el juego en 1931, en la ciudad ya había varios casinos que en total sumaban unas cien mesas de juego y más de mil máquinas tragaperras. Puede parecer poca cosa en comparación con lo que la ciudad es hoy, pero por entonces tenía menos de diez mil habitantes, así que los casinos eran ya una parte sustancial de la generación de riqueza local. Durante los años treinta, el número de visitantes se fue incrementando, aunque no lo suficiente como para que las salas dejasen de ser modestas. Ofrecían, eso sí, espectáculos con música y chicas, incluso había algunas actuaciones de artistas conocidos, pero todo se producía a pequeña escala.

Las Vegas estaba bien comunicada. Situada en el cruce de dos importantes carreteras —la Ruta 95 y sobre todo la Ruta 91 (hoy autopista interestatal 15), que era una de las más importantes vías de tránsito del país— estaba a pocas horas en coche de las grandes ciudades del sur de California, en especial Los Ángeles. Pero los empresarios del juego ilegal en Los Ángeles, casi todos ellos mafiosos o asociados, tenían pocos motivos para mudarse a Nevada. Las autoridades locales, plagadas por la corrupción, hacían la vista gorda ante el juego. Así, aunque Los Ángeles tenía por entonces el doble de población que San Francisco, no necesitaba una «ciudad satélite del juego» en el estado vecino de Nevada, así que podía decirse que el potencial turístico de Las Vegas estaba poco aprovechado. Basta mirar un mapa durante unos segundos para entender lo idóneo de su posición estratégica, pero durante los años treinta no muchos inversores se habían dado cuenta de ello.

Todo eso iba a cambiar a partir de 1938. Aquel año Fletcher Bowron fue elegido alcalde de Los Ángeles. Se presentaba bajo una bandera reformista y, precedido por su reputación de hombre honrado, había prometido acabar con la corrupción. El juego clandestino se convirtió en uno de sus principales objetivos. Aunque el mandato de Bowron tuvo manchas oscuras —por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial sería fervoroso defensor del apartheid contra los ciudadanos de origen japonés—, es cierto que nada más llegar al cargo se esforzó por cumplir la promesa de limpiar la ciudad de casinos ilegales. Como consecuencia, quienes se dedicaban a ello empezaron a sentirse incómodos y volvieron la mirada hacia Las Vegas, donde podían hacer lo mismo sin sentirse perseguidos. Aunque trasladar allí sus negocios iba a requerir de una costosa inversión inicial para comprar o construir inmuebles, y aunque sus ganancias iban a ser más difíciles de esconder de los recaudadores de impuestos trabajando de forma legal, dedujeron que merecía la pena. Varios nombres importantes del juego ilegal angelino empezaron a desembarcar en Las Vegas. El mejor ejemplo fue Guy McAfee, hasta entonces conocido como el «Rey del Juego» en Los Ángeles. En 1939 se mudó a Las Vegas y compró uno de los locales abiertos durante la fiebre de 1931, el Pair-o-Dice Club, la primera sala de fiestas abierta a la vera de la Ruta 91, y lo renombró como Club 91, transformándolo en un casino y estableciendo allí su nueva base de operaciones.

Las Vegas, 1946. Foto: DP.
Las Vegas, 1946. Foto: DP.

Al año siguiente abrió un nuevo casino, el Frontier, que fue uno de los más importantes de aquellos años. También una sala de fiestas, la Mandalay Lounge. Después continuó adquiriendo locales que hoy forman parte de la leyenda: dos salas de fiestas, la Pioneer y la SS Rex, y el casino Golden Nugget. En 1946 McAfee ya se había labrado una sólida posición en la pequeña ciudad (además fue él quien bautizó Las Vegas Strip, en referencia a la avenida Sunset Strip de Los Ángeles), aunque como veremos su posición financiera no era tan boyante como podía suponerse. El sector del juego a nivel local no siempre resultaba tan lucrativo como prometía, porque la competencia por una misma clientela era grande y la oferta parecía estar creciendo más que la demanda. En 1941, tres años después de la elección del alcalde Bowron en Los Ángeles, en Las Vegas ya se había inaugurado el primer casino de mediano tamaño, El Cortez. Hubo otros, como El Rancho. Pero nadie parecía haber pensado que Las Vegas podía convertirse en algo más que una versión polvorienta y pueblerina de Reno.

A principios de los cuarenta, de hecho, el propio Siegel no parecía ver Las Vegas como algo más que un territorio para la expansión de su red de apuestas telegráficas. Cuando en 1941 planeó esta expansión ni siquiera se molestó en viajar allí en persona, sino que envió a su viejo amigo Moe Sedway, el mismo con el que durante su adolescencia había chantajeado a los dueños de puestos ambulantes del barrio. El hábil y según parece muy carismático Sedway, que era judío como Siegel, se abrió camino en Las Vegas al mejor estilo de algunos de aquellos viejos mafiosos sicilianos de Nueva York. Mientras establecía sus negocios, empezó a realizar donaciones a iglesias y escuelas, involucrándose en actividades caritativas o comunitarias de toda índole, en las que además de contribuir con dinero ejercía como una especie de líder cívico. Se hacía querer entre la gente, presentándose como un emprendedor honrado, exitoso y filántropo. Mientras, cerraba tratos ofreciendo a los casinos locales los servicios de la red telegráfica de Siegel, a cambio de una cuota fija. Las apuestas hípicas insuflaron nueva vida a la ciudad. Fueron los beneficios que producían aquellas apuestas los que, por ejemplo, salvaron las finanzas de Guy McAfee. Eso sí, dada la voracidad y agresividad empresarial de Siegel, casi era de esperar que pretendiese algo más que una cuota mensual. Empezó a apoderarse de participaciones en aquellos negocios a los que alquilaba sus servicios. Así, la telaraña telegráfica le servía para incrementar el control sobre empresarios locales del juego. Durante la primera mitad de la década, Bugsy estuvo muy ocupado extendiendo aquel imperio particular en California, Nevada y Arizona. Se estaban limitando a trasladar allí su modelo de negocio anterior. Hasta que un día empezó a entender que Las Vegas podía convertirse en algo grande.

«Un día habrá aquí un millón de personas»

Así que Benny Siegel empezó a trabajar en su propia empresa, un hotel y casino al que llamó Flamingo. En una ocasión había tenido una participación en el hipódromo Hialeah de Florida, donde vio grandes bandadas de flamencos rosas que anidaban en un estanque del circuito y que pronto se convirtieron en el signo más reconocible del hipódromo. Siegel vio ese pájaro como un signo de buena suerte y lo adoptó como símbolo. (M. Gosch y R. Hammer, El último testamento de Lucky Luciano)

Las Vegas convierte a las mujeres en hombres, y a los hombres en idiotas. (Bugsy Siegel)

No está muy claro en qué momento concreto empezó Bugsy a vislumbrar un horizonte en el que Las Vegas podía suponer mucho más que la mera expansión de su red telegráfica o la adquisición cuasi forzosa de participaciones en casinos ajenos. Dice la leyenda que fue durante un fin de semana que pasó allí junto a Virginia Hill y Moe Sedway, pero es tanto o más probable que su visión fuese tomando forma según se involucraba más en los negocios que tenía allí. Quizá no fue el único, pero sí uno de los primeros en entender que Las Vegas podía convertirse en un centro del juego de grandes dimensiones y desde luego el primero que empezó a pregonarlo. En 1945, sin duda, ya tenía esta nueva perspectiva en mente, porque propuso conseguir la propiedad del mayor casino que había por entonces en Las Vegas, El Cortez, con la intención de ampliarlo y convertirlo en un gran complejo de ocio. Lo compró a medias con Lansky, Sedway y algún otro de sus socios, pero su maniobra chocó con los reparos de los funcionarios municipales. No querían que Bugsy fuese propietario de un casino allí. Una cosa era que le dejaran proveer servicios de apuestas por cable, actividad que más o menos se desarrollaba bajo el radar, y otra distinta establecerse como propietario. Las autoridades de la ciudad, que como todo el país estaban muy al tanto de su fama como criminal, le impidieron dirigir El Cortez. Tuvo que revenderlo al año siguiente. Y empezó a considerar la opción de dirigir uno en las afueras, en terreno estatal, donde no llegase la jurisdicción del municipio.

La oportunidad llegó por sí sola a través de un hombre que se había atrevido a ir incluso más lejos. Billy Wilkerson era una importante personalidad en Los Ángeles. Había fundado la revista Hollywood Reporter y era empresario nocturno en Los Ángeles, donde tenía varias salas de fiestas. Además tenía contactos en el cine. Había sido sido el descubridor de la actriz Lana Turner, a la que cuando tenía dieciséis años había visto comprando un refresco, convenciéndola para intentar hacer carrera en el cine (pocos meses después, Zeppo Marx le consiguió un pequeño papel en una película). Por descontado, también conocía a Bugsy (aunque a veces se dice lo contrario). Wilkerson estaba convencido de que en Los Ángeles había clientela potencial para justificar la construcción de un ambicioso hotel-casino en Las Vegas, de gran tamaño, como el que Siegel también tenía en mente. Algo diferente a lo que ya había, más sofisticado. Compró un terreno algo separado del centro, a buen precio, pero se vio metido en problemas cuando el presupuesto inicial empezó a dispararse a causa de la escasez de ciertos materiales, provocada por la Segunda Guerra Mundial. Además, todo hay que decirlo, era muy aficionado al juego. Cuando se dio cuenta de que se había quedado sin dinero y todavía necesitaba unos cuatrocientos mil dólares (cinco millones de euros al cambio actual) para finalizar su hotel, empezó la búsqueda desesperada de nuevos inversores. Justo en el momento en que Siegel buscaba terrenos en las afueras.

La penuria de Wilkerson y los grandes planes de Bugsy coincidieron en el mismo lugar y momento. Wilkerson accedió a vender dos tercios de las acciones del hotel a Bugsy y sus socios, a cambio de que pagasen la finalización de las obras. También concedió que Siegel se encargase de decidir el diseño final de la parte correspondiente al hotel, mientras él se reservaba lo demás. La historia de que Wilkerson creyó que estaba tratando con «hombres de negocios de la costa este» no tiene mucho sentido; hay testimonios de que Wilkerson y Siegel se conocían desde tiempo atrás y habían sido amigos, o por lo menos Bugsy había sido un cliente habitual en los garitos angelinos de su nuevo socio. En cualquier caso, como es fácil suponer, resulta difícil creer en la posibilidad de que alguien como el fundador de Hollywood Reporter no hubiese sabido quién era Benjamin Siegel y no se hubiese cruzado nunca con él en alguna fiesta nocturna del ámbito cinematográfico.

Foto: DP.
Foto: DP.

Siegel puso dinero de su bolsillo, mucho, para cerrar el trato. También pidió dinero a sus socios mafiosos. En total un millón de dólares, más del doble de lo que Wilkerson había estimado necesario. Pero es que los planes de Bugsy iban mucho más allá que los de su copropietario. Empezó a describir a sus colegas sus visiones sobre una futura gran ciudad del juego en la que abundarían los grandes casinos y hoteles, repletos de lujos y atracciones, y donde habría cientos de miles de personas. Aquello, desde luego, excitaba la imaginación de los implicados. Por entonces Las Vegas tenía algunos casinos, sí, pero apenas había dejado de ser una pequeña ciudad polvorienta que de hecho seguía teniendo el Viejo Oeste como uno de los temas publicitarios más recurrentes en sus campañas para captar turistas. El propio nombre de algunas de las más importantes salas era una buena muestra de ello: Last Frontier, El Rancho, El Cortez. Lo que Wilkerson estaba construyendo se salía de esa corriente de temática vaquera y apuntaba más al refinado estilo europeo. Siegel vaticinó que esa tendencia no se limitaría a su proyecto: «Algún día habrá aquí un millón de personas». Recibió el dinero que quería para hacer del complejo algo todavía más impresionante. Era la primera piedra de su soñada ciudad del vicio.

El agujero negro

El tándem que formaba con Wilkerson empezó a deteriorarse con el paso de los meses. Siegel no soportaba que solamente una parte del proyecto estuviese bajo su supervisión. Al final, ante la presión de Bugsy, Wilkerson tuvo que retroceder y contentarse con ejercer como accionista sin voz ni voto en el proceso de edificación, que quedaba por completo en manos del gánster. Fue por entonces cuando Siegel decidió bautizar el hotel como Flamingo, (flamenco(. Circulan varias historias sobre el origen del nombre. Según algunos, era así como llamaba a Virginia Hill por la longitud de sus piernas. Aunque la explicación más probable, según quienes le conocían, es que vio una bandada de estas aves en Florida y pensó que se trataba de un buen augurio. Bugsy, esto no era ningún secreto para nadie, era un tipo muy supersticioso.

Bugsy despidió al equipo que supervisaba la construcción y el diseño, incluidos el arquitecto jefe y el interiorista principal, y fichó a otros para remodelar el complejo a su gusto. Decidió pagar muy bien a todos los empleados, incluso los obreros, como una forma de garantizar un buen resultado. Pero pronto se encontró con los mismos inconvenientes que había afrontado Wilkerson. Determinados materiales resultaban difíciles de obtener por culpa de la escasez. En vez de conformarse con alternativas más baratas, se empeñó en conseguirlos a toda costa. Los compraba en el mercado negro, pagando un precio muy elevado. Cuando no, los conseguía sobornando a algunos cargos públicos, lo cual implicaba también un gasto suplementario considerable. Su empeño por usar primeras calidades hasta en el último detalle del hotel pudo más que la prudencia presupuestaria. Es más, su perfeccionismo obsesivo llegó a alcanzar cotas de insensatez. Por ejemplo, ordenó sustituir un sistema de desagüe común para las habitaciones de cada planta del hotel —un sistema que ya estaba instalado— por otro individual para cada habitación, con el sobrecoste que se pueden imaginar.

Los cambios sobre la marcha y una tónica general de improvisación empezaron a reinar mientras Sieger ampliaba y perfeccionaba cada rincón del complejo. Las cosas terminaron de empeorar cuando dejó en manos de Virginia Hill la elección de determinados elementos decorativos. Ella, lejos de intentar hacerle entrar en razón, demostró la misma alegría a la hora de gastar. También quería lo mejor, con independencia del coste. Un problema añadido, y severo, era la total inexperiencia de Bugsy como constructor. Los proveedores, a pesar de la temible aureola de Siegel, no tardaron en descubrir que no tenía la más remota idea sobre cómo funcionaba una obra, así que comenzaron a estafarle de manera continuada. Entregaban sus materiales por la mañana y cobraban la entrega; por la noche regresaban para retirarlos con sigilo y volverlos a traer durante la jornada siguiente, cuando los volvían a entregar, cobrándolos de nuevo como si fuesen otros. Así, sin sospechar nada, Bugsy pagaba varias veces por una misma cosa. Hasta los suministradores de plantas para el jardín se unieron al carro. Cada cosa que se compraba era susceptible de generar varias facturas. Y después, claro, seguían quedándose cortos los suministros, así que había que comprar más.

Ante semejante desbarajuste, sorprende poco que el presupuesto inicial de un millón de dólares (unos doce o trece millones de euros actuales) que Siegel había considerado suficiente para la terminación del Flamingo empezase a aumentar con el paso de los meses. Primero se disparó hasta dos millones. Luego hasta tres. Siegel empezó a rascar fondos de donde pudo, incluyendo sus propios bienes, pero al final tenía que recurrir una vez más a sus socios de la mafia. Los socios criminales de Siegel se encontraron con un dilema. Tenían un lujoso hotel-casino a medio construir, y dejarlo a medias suponía perder lo invertido. Terminarlo implicaba invertir todavía más. Al final consideraban que la segunda opción era el mal menor, ya que siempre estaba la posibilidad de que el Flamingo se convirtiese en un gran negocio, como había sucedido con las apuestas hípicas. Por otro lado, Bugsy continuaba insistiendo en que Las Vegas, con el paso de los años, iba a convertirse en un centro nacional del juego y que quienes llegasen primero iban a llevarse la mejor parte del pastel. Los jefes mafiosos continuaron apoyándole, a disgusto, pero también con la expectativa de que de alguna manera se recuperase lo invertido.

Foto: DP.
Foto: DP.

Sin embargo, su paciencia no podía ser infinita. Acercándose el tramo final de 1946, la parte del casino estaba terminada, pero el hotel adjunto continuaba en obras y el sobrecoste presupuestario ya multiplicaba por cinco la inversión inicial. El único motivo por el que Bugsy continuaba al frente de la construcción del Flamingo era quizá su amistad con Charlie Luciano, que acababa de salir de la cárcel y, pese a estar exiliado en Cuba, continuaba manteniendo una posición de privilegio en el crimen organizado. Los demás jefes todavía respetaban a Luciano, como a su mano derecha Meyer Lansky. Pero había que hacer algo, así que hubo cambios en el calendario previsto. La apertura del Flamingo, que en principio estaba prevista para 1947, se fijó en la Navidad de 1946. Así empezaría a producir beneficios cuanto antes. Además, coincidiría con una importantísima cumbre mafiosa que iba a celebrarse en La Habana, donde los principales bosses de los Estados Unidos, invitados por Luciano y Meyer Lansky, se encontrarían para tratar diversos asuntos de importancia, como las nuevas vías para importar heroína. Desde allí podrían comentar lo que sucediese en Las Vegas. Bugsy, pues, se afanó en la tarea de organizar una fiesta de organización por todo lo alto para la Navidad, citando a varias de sus amistades en Hollywood, confiando en que una apertura triunfal disipase algunas de las dudas que había en torno a su gestión. Irónicamente, la campaña publicitaria hacía hincapié en que el nuevo complejo había costado cinco millones de dólares, lo cual constituía el núcleo de todos sus problemas.

Lo que Bugsy no sabía era que su torpeza como constructor no era lo único que preocupaba a sus amigos gánsteres. A la vista de que el Flamingo tragaba cantidades ingentes de dinero, era de esperar que los mafiosos vigilasen las actividades de Bugsy. Y las de su nueva novia, Virginia Hill, a la que varios de ellos conocían y tenían por inteligente y ambiciosa. Descubrieron que Virginia Hill había estado viajando a Europa con frecuencia, incluyendo elocuentes visitas a un banco de Zurich, Suiza. Estaba depositando mucho dinero en una cuenta bancaria secreta, y ese dinero tenía que provenir del presupuesto del Flamingo. Siegel quizá era cómplice de este desfalco, o quizá no, pero el hallazgo prometía desatar una tormenta. El 22 de diciembre de 1946, unos días antes de que el hotel abriese sus puertas, comenzó la famosa «Conferencia de La Habana». Mientras Siegel continuaba ocupado en Nevada, sus socios discutían acerca de qué hacer con él. La mayoría votaron a favor de una ejecución sumaria, aunque no sin antes escuchar la opinión de Meyer Lansky, en atención a que Bugsy era su mejor amigo. Lo que Lansky hizo puede interpretarse como una astuta defensa de Siegel, o quizá como una demostración más de su famoso espíritu pragmático. Admitió que era muy probable que Siegel hubiese estado robando, y aceptaba la idea de que por lo tanto merecía morir, pero al final les convenció de que estando tan cercana la inauguración del hotel —era casi cuestión de horas— lo mejor era no estropear el negocio levantando una polvareda policial a causa de un asesinato. Sería mejor esperar para ver cómo iba el hotel. Matar a Bugsy antes de que el Flamingo estuviese dando dinero quizá no era una la idea. Todos sentían respeto por el criterio de Lansky, así que, pese a lo votado, decidieron aguardar acontecimientos.

Los acontecimientos hablaron por sí solos. La noche de inauguración fue un completo desastre. Para empezar, el clima. Llovió con intensidad sobre Las Vegas y el entorno del Flamingo, situado en las afueras, se convirtió en un barrizal, haciendo poco atractiva la opción de desplazarse hasta allí. Para colmo, el mal tiempo en Los Ángeles impidió que despegase el vuelo privado que Siegel había contratado para llevar a varias celebridades a su fiesta (aunque otras, como George Raft, ya estaban en el hotel). Ni siquiera el cartel luminoso de la entrada funcionó. Una espléndida fuente en forma de cascada que debía impresionar a los asistentes tampoco funcionó, aunque al respecto se cuenta una curiosa anécdota: dicen que cuando la fuente estaba todavía apagada, Siegel vio en el interior una gata que acababa de dar a luz varias crías. Pensando que desalojar a los animales le hubiese traído mal fario, decidió dejarlos allí y no activar la cascada (otra versión, más prosaica, dice que el sistema hidráulico se bloqueó a causa de las fuertes precipitaciones). Además del clima y los problemas técnicos, Siegel cometió el error de concebir la fiesta de inauguración como un acto de etiqueta. Los naturales de Las Vegas o los turistas habituales tenían pocos motivos para acudir a una noche de gala, que suponía el gasto de alquilar o comprar un traje o un vestido. Así, la gran noche del Flamingo resultó ser un acto desangelado en el que un disgustado Siegel vio el lujoso hall del hotel vacío, con casi más empleados que visitantes. La deprimente estampa se repitió durante varios días más. Al cabo de dos semanas, se cerró el hotel para proceder a terminar las obras y lanzar una campaña publicitaria que permitiese atraer un público más amplio. Quizá en primavera, con un clima más benigno, las cosas irían mejor.

La suerte está echada

Siegel, no cabe duda, debía de comprender que unos cuantos jefes mafiosos querían verle muerto. Quizá no sabía que le tenían por ladrón, pero aun así debía mucho dinero y no parecía sentirse seguro. Pasó los meses siguientes supervisando las obras —cuyo coste llegó a alcanzar los seis millones, frente al millón planeado meses atrás— y se ocultaba a menudo en el despacho fortificado que había construido en la última planta de Flamingo. Allí, además de puertas blindadas, disponía de un ascensor privado con el que podía acceder al garaje, donde le esperaba un coche preparado para emprender la huida en situación de emergencia. Durante las veinticuatro horas del día había chóferes haciendo turnos, por si acaso. Los dos únicos motivos por los que quizá mantenía la esperanza era confiar en que la segunda inauguración del Flamingo sí fuese exitosa, y también que sus amigos Lansky y Luciano le defendiesen todavía ante los socios más enfurecidos. Pero las cosas estaban peor de lo que él imaginaba. Como recordaría después el propio Lucky Luciano, hasta Meyer Lansky, su mejor amigo, se sentía traicionado. También Lansky creía que Siegel se había quedado dinero y que Virginia Hill no había actuado sola. Estaba convencido de que en algún momento Bugsy trataría de salir de los Estados Unidos. No parece que Lansky o Luciano quisieran verle muerto, pero según las reglas mafiosas, pensaban que la ejecución resultaba inevitable. En otras palabras: lo supiera Bugsy o no, ya nadie en la mafia le apoyaba.

El Flamingo volvió a abrir las puertas en marzo de 1947, con otra filosofía más dirigida a un público más amplio, aunque el personal conservara la apariencia elegante y la suntuosa sofisticación continuase siendo un reclamo distintivo. Esta vez el hotel sí atrajo un buen número de visitantes. Dos meses después había arrojado ya unos beneficios que superaban el cuarto de millón de dólares. A ese ritmo, la inversión podía ser amortizada en unos cuatro o cinco años. El hotel, pues, era un éxito incluso teniendo en cuenta su elevadísimo coste. Siegel comenzó a sentirse más seguro. Regresó a Los Ángeles. Es probable que pensara que sus problemas iban a terminar, cuando el 20 de junio fue tiroteado por un francotirador a través de una ventana.

Virginia Hill. Foto: DP.
Virginia Hill. Foto: DP.

Es difícil determinar con exactitud qué había estado sucediendo entre bastidores. Se sabe que dentro de la mafia todos pensaban que Bugsy les había robado, aunque quizá no tenían pruebas fehacientes. También se desconoce quién dio la orden o quién apretó el gatillo, aunque varios hombres afirmaron después haber sido el misterioso francotirador. Uno de los que recibieron más crédito era Eddie Cannizzaro —apodado «Eddie the Catman» por su costumbre de recoger gatos abandonados y llevárselos a su casa—, un antiguo soldado de la mafia que estuvo a las órdenes de Jack Dragna. Su historia cuadra, porque en diciembre de 1946, cuando la ejecución de Siegel fue aplazada, Dragna era el hombre que había recibido el encargo de organizar la ejecución (no es raro, todos sabían que Dragna detestaba a Siegel). Parece ser que durante los últimos años de su vida Cannizzaro le contó a varias personas que él había matado a Siegel por orden de Dragna.

Hubo versiones alternativas. Por ejemplo, su testimonio fue contestado por un ejecutivo de Nevada llamado Warren Hull, quien aseguró a la NBC que el asesino había sido un antiguo veterano de guerra llamado Robert MacDonald, que murió apenas tres meses después que el propio Bugsy. Una versión algo menos redonda, pero también posible. En fin, hay más historias similares pero en ningún caso se ha aportado pruebas o indicios, y algunas ni siquiera se pueden descartar, así que se trata de la palabra de unos contra la de otros. En la prensa se ha publicado de todo, incluso que el asesinato fue provocado por un «triángulo amoroso». Usando la lógica, y teniendo en cuenta que Luciano era poderoso cuando Bugsy murió, sí cabe descartar que alguien se atreviese a matar a Siegel por motivos personales sin contar con el beneplácito del que todavía era el capo di tutti capi. Hubiese o no motivos personales detrás (como los que tenía Dragna) a Bugsy lo mataron porque pensaban que había estado robando cientos de miles, o incluso millones de dólares, del fondo común de la mafia.

Dicen que Virginia Hill, que estaba en París cuando todo sucedió, se desmayó al escuchar la noticia de que Bugsy había muerto. Había ido a Francia con el propósito de comprar un cargamento de vino para el hotel (aunque parece que tenía un amante allí). Decidió no regresar a los Estados Unidos, temiendo que ella sería la siguiente, pero un sicario de Luciano la localizó mientras paseaba por la capital francesa y la obligó a hablar por teléfono con su antiguo novio Joe Epstein, quien le «aconsejó» que se comprometiera a devolver su parte de la deuda como pudiera. Poco más tarde, Virginia Hill se casó con un esquiador austríaco y en 1950 tuvo su primera hija. Parece que continuó trabajando para la mafia y se quedó de manera definitiva en Europa por una deuda con la Hacienda estadounidense. Se separó, desarrolló un fuerte alcoholismo y pasó varios años pidiendo dinero a sus antiguos amigos gánsteres. En 1966 la encontraron sentada junto a un árbol, bajo la nieve; llevaba dos días muerta, su abrigo estaba colgado de una rama y junto a ella había una nota que decía «estoy cansada de vivir». La autopsia reveló que había ingerido veinte pastillas somníferas. Aunque se especuló mucho sobre su muerte, nadie demostró que se hubiese tratado de un asesinato. El informe policial decretó que había sido un suicidio.

Epílogo

La ciudad no tardó mucho en convertirse en lo que Bugsy había soñado, aunque él no vivió para verlo. Durante los cincuenta y sesenta estuvo asociada al glamur; la mafia, como él había previsto, consiguió ganar una fuerte presencia y ganó mucho dinero allí. Más tarde se impuso otro enfoque y empezó a predominar un turismo masivo animado por grandes corporaciones. Se han celebrado conciertos memorables y legendarias veladas de boxeo. También sucedieron muchas cosas entre bastidores, sobre todo cuando los antiguos amigos de Siegel se hicieron con el control. En 2016 el municipio tiene unos seiscientos mil habitantes censados —sesenta veces los que tenía cuando Bugsy construyó el Flamingo, y el doble de los que tiene la capital del estado, Reno— y el total del área metropolitana bordea los dos millones. Por Las Vegas pasan cuarenta millones de turistas al año, más de la mitad de los que recibe todo el conjunto de España en el mismo periodo. Hay más de cuarenta rascacielos que superan los cien metros de altura. Si una persona durmiese cada noche en una habitación de hotel distinta, le costaría noventa años pasar por todas las que hay disponibles en Las Vegas Strip. La ciudad ofrece ciento cincuenta mil habitaciones de hotel. Se levantan más cuarenta casinos solamente en Las Vegas Strip, y más de cien en el conjunto urbano. La industria del juego mueve unos siete mil millones de dólares al año. También hay unas treinta mil prostitutas.

Detrás del renacimiento y transformación de la ciudad está la historia de aquel gánster que anunció a sus colegas lo que aquella población de diez mil vecinos podía llegar a ser. Bugsy no fue el primer en construir un casino en Las Vegas, pero sí entendió, en el momento de mayor clarividencia de su vida que habría otros muchos más grandes, más lujosos. Hoy solamente existe un monumento conmemorativo de su figura, situado donde estaba el Flamingo original, pero nada más. Y sin embargo, su leyenda se resiste a desaparecer. Los monumentos erigidos en su recuerdo no están hechos de piedra. Son libros, películas, y las insensatas historias de fantasmas en que algunos turistas aseguraban haber visto a Bugsy guiñándoles un ojo en algún pasillo del viejo Flamingo, o en el jardín. Son las palabras que Hyman Roth —sosias de Meyer Lansky— pronuncia sobre Moe Greene —sosias de Bugsy Siegel— en la película El Padrino II:

Estaba este chaval con el que crecí. Era más joven que yo. Era más o menos como yo, ya sabes. Hicimos nuestro primer trabajo juntos, trabajamos para salir de las calles. Las cosas iban bien, sacamos buen provecho. Durante la Prohibición llevábamos melaza a Canadá y ganamos una fortuna. (…) Tanto como cualquiera, yo le quería y confiaba en él. Después tuvo la idea de construir una ciudad en el desierto, en un lugar de paso para los militares que van a la costa oeste. Su nombre era Moe Greene, y la ciudad que inventó era Las Vegas. Era un gran hombre, con visión y agallas. ¡Y no hay una placa, ni una señal, ni una estatua suya en esa ciudad! Alguien le metió una bala en el ojo. Nadie sabe quién dio la orden. Cuando oí lo que había pasado, no me enfadé. Conocía a Moe. Sabía que era cabezón, que hablaba mucho y decía cosas estúpidas. Así que cuando resultó que estaba muerto, lo dejé estar. Y me dije: este es el negocio que hemos elegido. No pregunté quién había dado la orden, ¡porque eso no tiene nada que ver con los negocios!

Foto: DP.
Foto: DP.


Bugsy Siegel (III): Hollywood

Warren Beatty y Annette Bening como Bugsy Siegel y Virginia Hill en la película Bugsy. Imagen: TriStar Pictures
Warren Beatty y Annette Bening como Bugsy Siegel y Virginia Hill en la película Bugsy. Imagen: TriStar Pictures

(Viene de la segunda parte)

Benjamin Siegel llegó a Los Ángeles siguiendo el consejo de Meyer Lansky, que pretendía alejarlo de Nueva York, donde había enfurecido a varias bandas criminales tras una campaña de asesinatos y venganzas. En California, además, podría cumplir un importante servicio a la mafia neoyorquina, que no tenía demasiadas conexiones en la región. La consideraban casi una zona virgen. Esto, como es lógico, no era visto con buenos ojos por la mafia local. La «familia de Los Ángeles», encabezada por Jack Dragna, se sintió amenazada por la llegada de Siegel. Para empeorar las cosas nunca hubo sintonía personal entre ambos. Pero Dragna era consciente de la muy superior fuerza del conglomerado de las Cinco Familias neoyorquinas, sus aliados en otras ciudades y sus asociados judíos. Se resignó a colaborar, convirtiéndose, aunque a regañadientes, en un aliado más. Luciano tenía el respaldo financiero y el «músculo» para iniciar una expansión, usando a Siegel como embajador. Le dio a Bugsy medio millón de dólares (unos nueve millones de euros al cambio actual) para que construyera una red de apuestas en la costa oeste. Ese medio millón procedía del fondo sindicado de la mafia, el dinero que los grandes jefes depositaban en una caja común para realizar inversiones que beneficiasen a todos. Era la misión más delicada de su carrera. Tenía que demostrar que estaba a la altura de semejante responsabilidad. Si el asunto salía bien, habría demostrado a todos que era capaz de gestionar negocios a gran escala.

Estrella entre las estrellas

Bugsy era una magnífica metáfora de Hollywood. Un hombre hecho a sí mismo, que se deshizo de su acento de Brooklyn, vestía bien y se relacionaba con actrices de cine. Desarrolló una personalidad alegre y con buenas maneras bajo la que se ocultaba un auténtico asesino. (Warren Beatty)

El telégrafo era una herramienta indispensable para poder establecer una red de locales de apuestas hípicas. Había casi treinta hipódromos importantes en el país, pero no existía la televisión, y el telégrafo era la única manera de seguir los resultados. La mafia, siendo constructora y propietaria de su propio servicio de comunicaciones, podía abrir locales ofreciendo apuestas a nivel nacional sin depender de nadie. Además podía trucar la red, haciendo que determinados resultados de carreras llegasen a las casas de apuestas no en tiempo real sino con el retraso suficiente como para apostar con ventaja. Era un tipo de estafa que quizá les resuene en la memoria; en ella se inspiró la famosa película El golpe, protagonizada por Paul Newman y Robert Redford. En cualquier caso, con trampas o sin ellas, la red de apuestas establecida por Siegel tuvo un gran éxito y la inversión inicial recuperada por creces; a principios de los años cuarenta las apuestas movían varios millones de dólares al día. Este dato es importante para entender por qué en el futuro la mafia iba a recibir con los brazos abiertos los grandes planes de Bugsy para Las Vegas. El telégrafo, las apuestas y garantizar la colaboración del boss local Dragna pese a la pobre relación personal que existía entre ambos no fueron los únicos éxitos de gestión de Siegel en el oeste. Organizó timbas de juego ilegal más allá de la frontera con México, situada a unos doscientos kilómetros de Los Ángeles, e incluso en aguas internacionales. También tejió una lucrativa red de prostíbulos y empezó a importar droga procedente del sur. Además introdujo los tentáculos de la mafia en Hollywood.

Cuando se mudó a Los Ángeles, Bugsy se reencontró con otro de sus amigos de la infancia, el actor George Raft, que se había convertido en una gran estrella gracias a sus elegantes interpretaciones de gánsteres en la gran pantalla. Encasillado en ese tipo de papel, el público le concedía gran credibilidad, pues se rumoreaba que Raft conocía el mundillo criminal muy de cerca. Y era cierto. Provenía de una humilde familia neoyorquina, inmigrantes de origen centroeuropeo —católicos alemanes— y durante un tiempo había ejercido como conductor y recadero para la mafia, hasta que decidió intentar llevar una vida honrada. Ejerció como electricista e incluso boxeador; finalmente, su habilidad para el baile le permitió hacer carrera en los speakeasy nocturnos y dar el salto a Broadway. Más tarde quiso probar suerte en el cine. Al principio aparecía en algunos títulos ejerciendo como bailarín, en ocasiones sin figurar en los créditos siquiera. El mismísimo Fred Astaire llegó a elogiar su estilo diciendo que era «el bailarín de charleston más rápido que he visto nunca». Pero en su carrera cinematográfica el baile iba a ser secundario. Se hizo famoso en 1932 gracias a la legendaria película Scarface, donde su carisma callejero le permitió destacar en el papel de un matón que jugueteaba constantemente con una moneda. Era un gesto que le había sugerido el director Howard Hawks y que, pese a su aparente carácter anecdótico, se transformó en toda una tendencia. Aquel jugueteo con la moneda se tornó tan célebre llegaría a ser imitado por gánsteres de la vida real. En las películas posteriores, Raft encarnaba siempre a delincuentes con aire sofisticado; él mismo terminaría confesando que casi siempre se inspiraba en Joe Adonis, el mismo mafioso que había formado parte de Murder Inc. junto a Bugsy Siegel y a quien Raft también había conocido durante sus años como malhechor de poca monta.

Bugsy Siegel con George Raft. Foto: Cordon.
Bugsy Siegel con George Raft. Foto: Cordon.

Raft no se involucró en las actividades criminales de Siegel. Se limitaba a ser actor, pero todavía respetaba los códigos de la calle y fue un valioso aliado personal, llegando a jugarse el prestigio cuando testificó en su favor en un juicio donde Bugsy afrontaba una acusación por apuestas ilegales. También le ayudó a acomodarse en Los Ángeles, introduciéndole en el mundillo cinematográfico. Cuando Siegel mostraba interés por conocer a alguna estrella, Raft solía acercarse al actor o actriz de turno para advertirles de que «cuando Benny quiere que seas su amigo, tienes que ser su amigo». Aunque, todo sea dicho, después Bugsy se los ganaba con su simpatía natural. Muchas de aquellas estrellas, al contrario que Raft, nunca habían visto a un verdadero gánster de cerca, así que Bugsy se convirtió en la nueva gran atracción de las fiestas del mundillo. Sus maneras suaves y su buena imagen encajaban bien en aquel entorno, pero lo que despertaba más morbo era su aureola de peligro. Él se divertía mucho con todo aquello. Aunque tenía mujer y dos niñas se comportaba como si estuviera soltero y empezó a mantener romances con varias actrices sin ningún disimulo. Se había casado en 1929 con Esta Krakower, a la que conocía desde niño y siempre había sido su novia oficial, pero el matrimonio se arruinó cuando Bugsy apareció junto a una actriz en la prensa rosa. Su mujer se separó de él y se llevó consigo a las niñas, a las que Siegel continuó viendo no obstante (el divorcio se produciría más tarde, en 1946, cuando él estaba ya viviendo en Las Vegas). Bugsy solía alternar con nombres como Clark Gable, Gary Cooper, Cary Grant o Jean Harlow. Con Harlow trabó una gran amistad y según parece llegó a enamorarse, pero sin conseguir seducirla nunca (ella estaba casada). Por lo demás, invitaba a sus famosas amistades a la lujosa mansión con piscina que había alquilado, donde podía gastar el equivalente de ochenta mil dólares actuales en una sola fiesta.

En Hollywood todos conocían el rumor de que había sangre en sus manos, aunque él siempre lo negaba. Hasta entonces nunca se le había procesado por asesinato, pero aun así el rumor sobre su carácter sanguinario hizo que alguna estrella se resistiera a su amistad. En especial James Stewart, que se negó a relacionarse con él y llegó a abroncar a algunos de sus más cercanos colegas, como Gable y Cooper, por dejarse ver junto a un criminal tan notorio. Según se cuenta, era el único actor que se atrevía a hablarle claro a la cara, aunque Stewart le confesaría a su segunda mujer que en el fondo Siegel le hacía sentirse «paralizado de miedo». En alguna ocasión Bugsy llegó a apuntarle con una pistola para intimidarle, pero como la reacción de Stewart había sido la de quedarse inmóvil mirándolo fijamente, el gánster le profesaba cierto respeto. Le gustaba ver que Stewart no se dejaba intimidar. Aun así, la actitud de Jimmy ponía nerviosos a varios de sus amigos. En una ocasión, incluso el sensato Henry Fonda le aconsejó que, por su propia seguridad, tratase a Bugsy con más diplomacia. Las cosas se pusieron más tensas cuando murió Jean Harlow, que en el pasado había sido novia de Stewart. Ambos, actor y mafioso, se encontraron en el funeral. Siegel se dejó ver muy afectado; que un hombre como él mostrase semejante clase de emociones en público era inusual y hasta James Stewart pareció ablandarse un tanto, acercándose a saludarle. Bugsy le dijo: «Sentía mucho cariño por ella». El actor respondió con algunas palabras de consuelo, para después aclarar que «esto no cambia la opinión que tengo sobre ti». Cuando la anécdota llegó a oídos de George Raft, este se presentó en casa de Stewart —según su viuda, «George estaba tan alterado que parecía al borde del infarto»— diciendo, casi a gritos, que estaba jugando con fuego y que nunca más se le ocurriese darle un desplante semejante a Siegel.

James Stewart, en realidad, podía estar tranquilo. Siegel era de temperamento explosivo, sí, pero no estaba en Hollywood para matar actores. Las grandes organizaciones criminales podían amenazar y extorsionar a algunas estrellas, pero tenían poco que ganar involucrándose en la muerte de civiles, y mucho menos en la muerte de civiles famosos. Sin embargo, Raft y sus compañeros de profesión tenían dudas al respecto. En la época había muchas habladurías sobre la actriz Thelma Todd, que en 1935, cuando tenía veintinueve años, fue encontrada muerta dentro de su coche, asfixiada por el monóxido de carbono que procedía del motor. Las investigaciones no consiguieron determinar que el caso fuese algo más que un suicidio o un accidente, y descartaron el homicidio aunque no faltaban sospechosos, desde un exmarido que la había sometido a maltratos hasta un director de cine casado con el que estaba manteniendo un romance por entonces, pasando por el mismísimo «Lucky» Luciano, con el que había mantenido una complicada relación con drogas de por medio. Algunas voces insistían en que Luciano era quien había ordenado que la mataran. Esto es poco probable, pero la posibilidad —aunque muy remota— de que la mafia hubiese matado en Hollywood podía ser tomada en serio por algunos.

James Cagney, por ejemplo, tuvo serios roces con la mafia justo cuando Siegel estaba en Los Ángeles. Él era, junto a George Raft, Paul Muni o Edward G. Robinson, uno de los grandes especialistas en interpretar gánsteres en el cine. Cosa curiosa, Cagney también había empezado en el mundo del espectáculo ejerciendo como bailarín, y su habilidad en el claqué era legendaria (quién puede olvidar el momento en que bajaba unas escaleras bailando). Sin embargo, al contrario que Raft, deploraba la presencia de verdaderos mafiosos en la industria. Siendo presidente del sindicato de actores pretendía eliminar la influencia del crimen organizado sobre Hollywood, lo cual le valió recibir amenazas de muerte por parte de un jefe mafioso de Chicago. La situación se tornó tan tensa que George Raft, preocupado, acudió a Siegel para que intercediera, cosa que hizo, aunque incluso sin su intervención cabe suponer que hubiese sido poco probable que Cagney fuera víctima de un atentado. Lo último que pretendían los jefes criminales de aquella época era saltar a las páginas de los periódicos por asesinar a una de las mayores estrellas del celuloide. En cualquier caso, pese a haber salido en defensa de Cagney, Bugsy no desaprovechó sus contactos en el cine para hacer negocios sucios; como hubiese dicho Tony Soprano, era su naturaleza. Consiguió hacerse con las riendas del sindicato de extras y empezó a chantajear a los jefes de los grandes estudios, los mismos que contrataban a los actores que ahora eran sus amigos. Si no le pagaban una determinada cantidad antes de empezar cada película, haría que los extras se marchasen del plató, boicoteando el rodaje, retrasando las agendas de trabajo y multiplicando los costes. A los productores no les quedaba más remedio que aceptar. Es más, ni siquiera las propias estrellas se libraban de la voracidad de Siegel, que con sus buenas maneras y su sonrisa de galán pidió numerosos préstamos a grandes iconos de la pantalla. Nunca los devolvía. Y claro, nadie se atrevió a reclamar.

El hecho de que Siegel se estuviese convirtiendo en una figura de relevancia en cierto tipo de prensa podía parecer un inconveniente a ojos de muchos de los jefes mafiosos para los que trabajaba. Atraía demasiadas miradas. Recordemos que por entonces todos tenían muy presente el alto precio que Al Capone había pagado por su celebridad. A las autoridades políticas les disgustaba que un gánster se hiciera demasiado famoso. Aun así, los próceres del Sindicato del Crimen no podían negar que el aterrizaje de Bugsy en California había sido un gran éxito. Su red de casas de apuestas era muy rentable, como la de prostíbulos y la de tráfico de estupefacientes. Obtenía bastante dinero de la industria del cine sin necesidad de invertir un solo dólar. Había hecho las cosas bien y su prestigio dentro del mundo del crimen estaba en alza; ya nadie lo veía como un matón irreflexivo que solamente era útil a la hora de pegar tiros. Quedaba patente que era inteligente y podía hacerse cargo de proyectos de envergadura.

El caso Harry Greenberg

Joseph «Nig» Rosen, Benjamin «Bugsy» Siegel, Harry Teitelbaum, Harry Greenberg y Louis Buckhouse. Foto: New York Police Department (DP)
Joseph «Nig» Rosen, Benjamin «Bugsy» Siegel, Harry Teitelbaum, Harry Greenberg y Louis Buckhouse. Foto: New York Police Department (DP)

El pistolero Harry Greenberg era otro de los viejos compañeros de andanzas adolescentes de Siegel, que después le fichó para formar parte de Murder Inc. Juntos cometieron varios golpes, hasta que Siegel dejó el escuadrón y se mudó al oeste. En 1939 Greenberg estaba tratando de evitar una condena carcelaria; decidido a abandonar la vida delictiva y convertirse en testigo protegido, huyó a California para convertirse en informante de la policía. Desde ese mismo momento, la mafia puso precio a su cabeza. El nuevo líder de Murder Inc., Louis «Lepke» Buchalter, debía haber sido el encargado de perseguirle y eliminarle, pero estaba demasiado ocupado eliminando testigos de una investigación que el implacable fiscal especial Thomas Dewey había iniciado contra la mafia, así que delegó el encargo en uno de sus más eficaces subalternos, Allie Tannenbaum. Apodado «Tick-Tock» por su costumbre de hablar sin parar, era la clase de individuo que podría haber interpretado su propio personaje en una película. De aspecto frío y rudo, ejecutaba toda clase de encargos, desde palizas y cobros por la fuerza hasta la organización de tumultos violentos para terminar con huelgas y, por descontado, los asesinatos. Rara vez fallaba. Sin embargo Meyer Lansky, haciendo gala de su característica meticulosidad, quería a alguien de mayor rango que supervisara a Tannenbaum. En California, el único hombre de alto rango y total confianza era Bugsy.

Siegel, fiel a sus antiguas costumbres, no pudo resistir la tentación de hacer algo más que supervisar. Cuando Tannenbaum afirmó haber encontrado a su objetivo, un animado Bugsy desempolvó su pistola y salió a las calles de Los Ángeles para dar caza a Greenberg. Siegel, Tannenbaum y otros dos hombres siguieron a Greenberg hasta una callejuela y en cuanto comprobaron que no parecía haber testigos lo mataron a tiros. ¿El problema? Que el asunto atrajo la atención de las autoridades locales, poco acostumbradas a este tipo de sucesos. En la costa este o en Chicago el crimen organizado acumulaba décadas de intensa actividad y las guerras entre mafiosos eran el pan de cada día, pero la ejecución de Greenberg era la primera de importancia que la mafia estadounidense cometía en el sur de California. La policía local reaccionó con alerta y premura. Aunque no tenían pruebas fehacientes, a los investigadores no les resultó difícil relacionar el crimen con la presencia de Siegel: si Greenberg había abandonado la mafia para convertirse en informante, su asesinato tenía que haber sido supervisado por el hombre de la mafia en California. El que además hubiese apretado el gatillo en persona era un regalo que los policías debieron de recibir como maná del cielo. Bugsy había cometido un error involucrándose en la acción. Por fin entendió que su estatus era demasiado elevado como para protagonizar ejecuciones y pretender que no le indagasen a él antes que a nadie.

Bugsy Siegel con Jerry Giesler. Foto: Cordon.
Bugsy Siegel con Jerry Giesler. Foto: Cordon.

Las autoridades comenzaron a urdir una acusación penal contra Bugsy, y demostraron una extraordinaria competencia. Tras echarle el guante a Allie Tannenmabum y otro de los hombres que había participado en el crimen, Whitey Krakower, consiguieron que accediesen a testificar en contra de Siegel para reducir sus propias condenas. Desde el punto de vista policial era el momento más delicado en la vida de Siegel, que había matado muchas veces, pero era la primera vez que iba a sentarse en el banquillo por ello. Fue detenido y encerrado en prisión preventiva. Pasó varios meses en la cárcel, aunque la prensa, para escándalo de muchos, reveló los sorprendentes detalles del trato privilegiado que se le daba allí (de manera parecida a Charlie Luciano, que por entonces llevaba varios años gobernando la mafia desde una celda tras haber sido juzgado por proxenetismo). A Siegel se le permitía meter comida del exterior e incluso mujeres en su celda. Compraba a los funcionarios y estos garantizaban su comodidad.

La fiscalía, al contrario que los funcionarios de prisiones, estaba siendo implacable, pero Siegel no reparó en gastos y contrató al «abogado de las superestrellas», Jerry Giesler, que acumulaba una descomunal reputación profesional gracias a sus sonadas victorias en casos donde habían estado implicadas personalidades de Hollywood. Entre sus mayores éxitos estuvieron la absolución de Errol Flynn, acusado de acostarse con dos chicas menores de edad; la del productor Walter Wagner, acusado de disparar a un hombre que intentaba seducir a su mujer (la actriz Joan Bennett); la de Charlie Chaplin, acusado de infligir la ley Mann (aquella extraña norma que prohibía atravesar la frontera entre dos estados en compañía de una mujer «con propósitos indecentes» y que además de llevar a Chaplin al banquillo, había servido para destruir la carrera del campeón mundial de boxeo Jack Johnson). Giesler era tan hábil que incluso había conseguido la absolución de un famoso médico que había estado violando a su propia hija desde los once a los catorce años, dejándola embarazada. En cualquier caso, por muy maquiavélico que fuese el talento de Giesler como defensor, la acusación se frotaba las manos. Los testimonios de otros implicados garantizaban la condena. Y entonces, poco antes de que empezase el juicio, sucedió algo que los fiscales deberían haber esperado. Uno de los dos testigos, Whitey Krakower, fue abatido a tiros en Brooklyn. Era la primera vez que un antiguo miembro del escuadrón de ejecutores de la mafia recibía su propia medicina, porque nunca antes un miembro de Murder Inc. había sido liquidado por sus propios colegas. Cuando Allie Tannenbaum conoció esta noticia se echó atrás; su testimonio sería desestimado durante el juicio a causa de su poca utilidad (Tannenbaum era listo, porque consiguió llegar a otros acuerdos con las autoridades y vivió como testigo protegido el resto de su vida, siendo uno de los pocos mafiosos importantes de su generación que murió de viejo). Ante esto, la acusación se encontró con que el caso se desmontaba. Muy a disgusto, la fiscalía y el juez tuvieron que permitir que Bugsy quedara libre. Ya no volvería a pisar la cárcel.

Virginia Hill

Virginia Hill. Foto :Cordon.
Virginia Hill. Foto :Cordon.

Bugsy era un reputado mujeriego y ni siquiera su matrimonio le había supuesto una cortapisa. Incluso antes de su separación pasaba poco tiempo en su casa, aunque le gustaba estar con sus hijas, que después le recordarían como un padre afectuoso y atento (una de ellas, ya adulta, le tenía idealizado de tal modo que se negaba a creer que su padre hubiese sido un asesino, pese a los numerosos testimonios que afirman lo contrario). En cualquier caso, si era un padre cariñoso, su papel como marido debió de ser bastante deficiente; desde luego no da la impresión de que fuese fiel en ninguna etapa de su matrimonio. En California, sin embargo, conoció al que, dicen, fue el gran amor de su vida: Virginia Hill. Después de su esposa, fue la única mujer con la que pareció dispuesto a sentar la cabeza, o por lo menos a mantener una relación más o menos convencional. Problemática, pero intensa.

Virginia Hill era una mujer inteligente, de fuerte personalidad, que siempre se había movido entre criminales y poseía un retorcido sentido de la pertenencia muy similar al de los propios mafiosos. Había nacido en el seno de una familia pobre de Alabama y siempre presumió de su origen sureño; parece ser que solía adornar su biografía según con quién estuviese hablando. Se rumoreaba que había ejercido la prostitución. Lo que era cierto es que había sido la típica aspirante a actriz de la época que trabajaba como camarera, cuando conoció a Joseph Epstein, un gánster de Chicago que tras convertirse en su pareja le facilitó la entrada en la estructura del Chicago Outfit, la antigua banda de Al Capone. Una vez asociada al crimen organizado, Hill no perdió ocasión para continuar cultivando contactos. Después de Epstein, con quien rompió de manera amistosa, mantuvo romances con mafiosos tan importantes como Joe Adonis y Frank Costello. Es de suponer que usó sus nuevas amistades para hacer negocios. Su cuenta bancaria llegó a ser muy abultada, aunque nadie tenía muy claro de dónde había sacado tanto dinero —ella lo explicaba con nuevas historias novelescas sobre su pasado en el sur, diciendo que había heredado de un rico terrateniente con el que había estado casada—, aunque parece que sí llegó a ser proxeneta de un nutrido grupo de acompañantes masculinos, lo que además le servía para incrementar sus beneficios con el chantaje. Sus víctimas, como resulta fácil adivinar, eran hombres de cierta relevancia social a quienes Hill amenazaba con divulgar secretos de su vida personal, en especial las prácticas homosexuales con sus prostitutos de lujo. En cualquier caso, Virginia Hill era hábil ocultando sus actividades de las miradas de los curiosos hasta el punto de que ni siquiera algunos de los más avispados criminales lograban descifrar el entramado de sus chanchullos. Y tenía la personalidad suficiente como para embarcar a Siegel en una problemática relación que tenía idas y venidas, en la que algunos sospechaban que el antaño indómito Bugsy estaba siendo manejado. Fuese verdad o no, Virginia Hill iba a desempeñar un importante papel en los futuros negocios de Siegel. Él iba a cometer sus propios errores, desde luego, pero ella, casi como una Lady Macbeth, haría lo posible para agravarlos todavía más.

(Finaliza en la última parte)


Bugsy Siegel (II): Asesinatos S.A.

Bugsy Siegel en una ficha policial de 1928. Foto: New York Police Department (DP)
Bugsy Siegel en una ficha policial de 1928. Foto: New York Police Department (DP)

(Viene de la primera parte)

El mejor amigo de Bugsy

Después de Benny Siegel, Meyer Lansky es el tipo más duro que he conocido jamás. Y eso incluye a Albert Anastasia y los otros pandilleros de Brooklyn, o cualquiera en quien pueda pensar. (Charlie «Lucky» Luciano)

El ascenso de Bugsy Siegel dentro del crimen organizado estuvo condicionado por su estrecha relación con Meyer Lansky, su mejor amigo. Ambos se trataban casi como si fuesen hermanos. Sin Lansky, es posible que Siegel jamás hubiese alcanzado un estatus tan elevado en el mundillo.

Siegel era hijo de inmigrantes pero había nacido en Nueva York. Meyer, en cambio, sí recordaba el viejo continente. De hecho, su infancia en Europa había sido digna de una novela. Nació el 4 de julio de 1902 en la ciudad de Grodno, situada en la actual Bielorrusia. Los Suchowljansky (que ese era el apellido de Meyer antes de simplificarlo para alivio de sus conocidos y de los historiadores occidentales) eran una familia acomodada, dedicada al comercio. Eran judíos, como la mitad de la población de Grodno. Hasta poco antes del nacimiento de Meyer, la comunidad hebrea de la ciudad se había librado de los problemas raciales que azotaban a sus congéneres de la región desde hacía cientos de años. Durante toda la Edad Media Gordno perteneció al Gran Ducado de Lituania. En 1569, los lituanos estaban tan preocupados por la amenaza de anexión por parte de sus vecinos rusos que decidieron unirse a Polonia. Así nacía la República de Las Dos Naciones o, como se la llama a veces, la «mancomunidad polaco-lituana». El escudo protector de Polonia permitió a Grodno respirar hasta finales del siglo XVIII, gracias a lo cual prosperó una burguesía judía que tenía un orgulloso concepto de sí misma. En 1796, sin embargo, el escudo protector de Polonia dejó de ser efectivo y la ciudad fue anexionada por el Imperio ruso. En 1894 el zar Nicolás II ascendió al trono de Rusia y se mostró decidido a impulsar una renovada campaña de violencia contra las minorías judías. Decretó que las persecuciones étnicas y religiosas, los pogromos tenían un carácter legal, y que además serían apoyados por las autoridades. La policía y el ejército zaristas tomarían parte activa en los ataques contra los judíos. Ocho años después de ese siniestro decreto nacía Meyer Lansky.

Vivió sus primeros años en mitad de una atmósfera tóxica y violenta. La ciudad, que había sido tan próspera, empezaba a venirse abajo a causa del conflicto racial. En cuanto el pequeño Meyer tuvo suficiente entendimiento para captar lo que sucedía a su alrededor, supo que su familia se sentía amenazada. Desde la tierna edad de cuatro o cinco años empezó a ser testigo de escenas que recordaría durante toda su vida. Por ejemplo durante las fiestas religiosas más señaladas del calendario judío, cuando aparecían hordas de conciudadanos cristianos que se dedicaban a saquear los hogares y negocios de algunos hebreos, con el beneplácito —cuando no la activa colaboración— de las fuerzas del orden rusas. Varias veces contempló a sus padres aterrorizados enterrando todas las pertenencias valiosas de la familia en el jardín. Los Suchowljansky nunca podían estar seguros de cuándo les llegaría el turno, cuándo podían ser saqueados, agredidos o expulsados de su casa. También les aterrorizaba la perspectiva de que durante algún disturbio alguien prendiese fuego a su hogar con ellos dentro, siniestra práctica que había comenzado a extenderse por la región. Un día, mientras comían, Meyer escuchó a sus mayores discutiendo una tremenda noticia: uno de sus tíos caminaba por la calle cuando, sin mediar provocación, fue atacado por un soldado cosaco. Con un tremendo golpe de sable, el cosaco le había cercenado un brazo de cuajo.

Meyer Lansky a finales de los años veinte. Foto: New York Police Department (DP)
Meyer Lansky a finales de los años veinte. Foto: New York Police Department (DP)

Los judíos de Grodno habían sido siempre, en su gran mayoría, personas pacíficas y religiosas, con buena educación y un estatus de clase media cimentado en oficios artesanales y comerciales. Como varios siglos de relativa tranquilidad habían erradicado cualquier tradición violenta, muchos mostraban una actitud pasiva, resignada y casi sumisa ante sus fanáticos perseguidores. Aquella actitud, como podemos imaginar, no servía para aminorar los ataques, así que algunos judíos locales decidieron que había llegado el momento de organizar una milicia armada para garantizar la autodefensa. El padre de Meyer, que se contaba entre quienes no se veían con un rifle en la mano, rechazó una y otra vez unirse a la milicia pese a los desesperados intentos de sus miembros en pro de convencerlo. Pero las cosas iban a peor. Su negocio, acosado y boicoteado, dejó de funcionar. Empezó a planear la huida hacia América, pero llevar a su familia costaría una cantidad de dinero de la que ya no disponía. No podía vender su casa, ya que una de las nuevas leyes raciales del zar impedía que los judíos se beneficiaran de la transacción de sus propiedades. Solo podía pagar un pasaje. En 1909 hizo las maletas y se marchó a los Estados Unidos con la idea de trabajar hasta ahorrar lo suficiente como para costear los billetes de barco de su mujer y sus hijos, además de reunir lo que debían pagar para asegurarse el permiso de residencia en América. Con poco más de siete años, Meyer vio como su padre se marchaba al otro lado del Atlántico.

Su madre, Yetta, había estado alimentando a los pequeños gracias a los ahorros que le había dejado Max antes de partir. Después de dos años el dinero empezaba a agotarse. Aún conservaba algunas joyas familiares, aunque venderlas en aquel ambiente de persecución resultaba imposible; es más, podía confiar en que tan pronto en Grodno supieran que las tenía le serían requisadas sin contemplaciones. El abuelo de Meyer, que se había convertido en el cabeza de familia, también se quedó sin dinero; viendo acercarse el final de su vida, decidió emigrar a Jerusalén, donde murió al poco de llegar. Con algo menos de nueve años, Meyer se había convertido en «el hombre de la casa». Imbuido por un súbito sentido de la responsabilidad, se aplicaba afanosamente en los estudios y las tareas domésticas. La punzante miseria estaba ahogando a la familia cuando en 1911, por fin, llegaron desde Nueva York las buenas noticias que esperaban. Su padre acababa de enviar por correo el dinero que necesitaban para comprar los pasajes. Yetta escondió en su maleta las joyas familiares, que debían ayudarles a establecerse en Estados Unidos. Subió a sus dos pequeños en un tren con destino a Odessa; para los niños aquel fue un momento excitante, porque además de abandonar un ambiente peligroso y sombrío y la expectativa de volver a ver a su padre, se sumergieron en el torbellino de sensaciones del viaje iniciático, del contacto con las cosas nuevas. Era la primera vez que viajaban en ferrocarril.

Cuando llegaron a Odessa, sin embargo, aquellas cosas nuevas se volverían desagradables. Yetta poco sabía de cómo funcionaban las cosas allí, en la puerta de salida de muchos emigrantes del este, el lugar perfecto para que los desaprensivos se aprovechasen de las gentes desesperadas que trataban de zarpar en el primer buque. Un pasaje a América era un bien muy codiciado y en Odessa se amontonaban los ahorros de muchas personas que trataban de huir el continente. Donde están los ahorros de los desesperados, están los depredadores sin conciencia. La pobre mujer compró unos billetes de barco que nunca llegaron a sus manos. Fue estafada. El dinero por el que su marido había trabajado en América durante más de dos años se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. Descubrió que ni siquiera vendiendo —o malvendiendo— sus joyas podía reunirlo de nuevo. Cuando la gente que aguardaba en el puerto vio su estado de desesperación, se produjo una reacción; organizaron una especie de colecta para recaudar el precio de los billetes. Así, finalmente, Yetta y sus hijos pudieron embarcar. El viaje no fue agradable para el pequeño Meyer. Debido al mal tiempo, el buque se agitaba movido por el oleaje y Meyer conoció ese infierno en la tierra llamado mareo. Se sintió muy enfermo durante buena parte del trayecto, aunque habiendo aprendido en Grodno que lo propio era ocultar el sufrimiento, pasaba buena parte de las horas del día escabulléndose entre la multitud de pasajeros de clase baja, para que su madre no lo viese vomitar. Llegó a América vistiendo todavía pantalones cortos, pero ya se había empezado a endurecer.

Los Suchowljansky descubrieron que su padre, antaño un bien situado empresario, había pasado aquellos dos años planchando ropa en una lavandería, completando jornadas interminables a cambio de un pobre sueldo. Y así continuó. La paga mal alcanzaba para pagar el alquiler y la comida. Pronto tuvieron que mudarse de un apartamento malo a otro todavía peor. La familia estaba finalmente reunida, sí pero la vida en Nueva York empezaba a ser casi tan miserable como en Grodno, aunque al menos ya no tenían que preocuparse por los pogromos. América no ofrecía una existencia más fácil en lo económico, pero tenía sus ventajas. Max y Yetta podían llevar sus hijos a la escuela pública; fue al inscribirlos cuando decidieron cambiar el apellido familiar, indescifrable para los angloparlantes, por la versión americanizada, Lansky.

En Grodno, Meyer había sido un niño estudioso y aplicado. No le costó adaptarse a la escuela estadounidense, aprendiendo el idioma con mucha rapidez y mostrando una singular brillantez que lo distinguía entre sus compañeros; le gustaban sobre todo los números, las matemáticas (más tarde, ya convertido en un exitoso criminal, contrató a un matemático para que compitiese contra él en ejercicios de cálculo mental). Pero con el tiempo empezó a desentenderse de los estudios. Las calles del Lower East Side comenzaron a ejercer una poderosa atracción sobre él. Al contrario que muchos de sus futuros colegas mafiosos, su aspecto no intimidaba lo más mínimo. Era enclenque, de pequeño tamaño para su edad —según Lucky Luciano, «medía una cabeza más que un enano»— , con expresión afable y unas características orejas de soplillo. En apariencia, cualquier otro chaval podría derribarlo de un simple bofetón. Pero él era duro. Nada le intimidaba.

Lucky Luciano. Foto New York Police Department (DP)
Lucky Luciano. Foto: New York Police Department (DP)

Además se valía de otras armas: también en los asuntos de la calle era muy, muy listo. Se sintió fascinado por los juegos de azar; en casi en cada esquina de aquellos barrios los chavales jugaban a algo con dinero de por medio, y descubrió cómo impresionar a los demás por su habilidad para las apuestas. Dados, naipes… Meyer no tardó en relacionar la mecánica de los juegos de azar con sus queridas matemáticas; era todo una cuestión de números y un poco de suerte. Envalentonado, empezó a meterse en algunas timbas, jugándose el dinero que sus padres le daban para hacer la compra. Al principio tuvo una buena racha; varias veces pudo regresar a casa con la compra hecha y algunos dólares extra para sí mismo. Hasta que un día lo perdió todo. Volvió a casa con las manos vacías, para consternación de la familia, que se había quedado sin nada para comer. Aquello fue un duro golpe en su autoestima y le hizo cambiar de actitud. Decidió que nunca volvería a jugar si no tenía la garantía de que iba a salir ganando, lo cual iba a definir la mentalidad con la que más adelante triunfaría en el mundo del crimen. Hiciese lo que hiciese, debía asegurarse siempre de que tenía algún tipo de ventaja previa.

Dejó de participar en las timba donde no notaba que podía convertir su capacidad de cálculo en una ventaja definitiva, pero le gustaba mirar y aprender, así que su presencia en las partidas continuaba siendo habitual. No era raro que alguna partida degenerase en discusión o pelea, porque había mucho tramposo suelto y también mucho jugador suspicaz que no sabía perder y veía trampas hasta donde no las había. Cuando la cosa no iba con él, solía apartarse unos pasos para quedarse fuera de la acción. Pues bien, un día en que Meyer contemplaba una de tantas partidas entre adolescentes, a varios de los cuales no conocía demasiado, la cosa terminó mal. Todos empezaron a pegarse y el asunto subió de tono cuando uno de los pandilleros sacó una pistola. No llegó a disparar; quizá pretendía intimidar a sus adversarios, poco más. Pero hubo un chaval que no se dejó intimidar. Se dirigió hacia el pistolero y, como si no le importase la posibilidad de ser tiroteado, forcejeó con él hasta que el arma cayó al suelo. Se agachó y se hizo con ella. Este otro chico sí parecía dispuesto a disparar. Parecía estar loco. Era, cómo no, Benny Siegel. Entonces Meyer escuchó el silbato de un policía que se acercaba corriendo, atraído por el tumulto. Y actuó como un resorte, con ese instinto para la preservación que desarrollaban los delincuentes juveniles, se acercó a Siegel y le dio un golpe en la mano. La pistola volvió a caer al suelo y la policía no pudo verle empuñándola. Siegel se mostró agradecido y desde aquel mismo momento se hicieron amigos. Durante los años venideros, en incontables ocasiones, se defenderían en mitad del despiadado fragor de los bajos fondos neoyorquinos.

Los italianos

Llegas mucho más lejos con una palabra amable y una pistola que solamente con una palabra amable. (Al Capone)

Meyer Lansky, como ya narramos en una serie anterior, se hizo amigo de un chaval siciliano llamado Salvatore Lucania. Aunque pertenecían a grupos étnicos diferentes, descubrieron que sus personalidades encajaban y tenían una misma visión de cómo dedicarse a la delincuencia, minimizando los riesgos y maximizando las ganancias, lo cual implicaba saber cuándo emplear la fuerza y cuándo la diplomacia. Todavía eran jóvenes e inexpertos, pero tenían claro que si querían progresar en los bajos fondos debían utilizar la cabeza para obtener una ventaja decisiva sobre aquellas otras pandillas que únicamente sabían emplear la violencia de manera indiscriminada. Lucania sabía cómo imponer respeto y cuando le obligaban a pelear no se andaba con remilgos, pero era demasiado listo como para no entender que exponiéndose de continuo terminaría con alguna bala en el cuerpo. Su perspectiva se terminó de confirmar cuando, al poco de cumplir la mayoría de edad, pasó su primera temporada entre rejas por traficar con drogas. No le quedaron ganas de repetir. Como Meyer, empezó a mantenerse alejado de la acción directa siempre que le fuera posible. Para eso ya estaba Benny.

Lucky Luciano y Meyer Lansky en 1932. Foto: DP.
Lucky Luciano y Meyer Lansky en 1932. Foto: DP.

Lucania y Lansky formaron una alianza entre sus respectivas pandillas. Ellos dos tramaban las estrategias y negociaban con terceras partes. Incluso empezaron a invertir en negocios legítimos, como una manera de blanquear dinero y guardarse las espaldas. Los demás miembros de las dos bandas ejecutaban las órdenes. Siegel era, con diferencia, el más temerario a la hora de ponerlas en práctica. No parecía tenerle miedo a nada. Algunos de sus compinches, incluyendo el propio Luciano, recordarían después cómo se lanzaba a pecho descubierto hacia los adversarios hasta en mitad de un tiroteo, incluso antes de que el tiroteo hubiese empezado. Parecía estar enganchado a la descarga de adrenalina. Se comportaba como si desdeñase la muerte, algo que lo hacía particularmente temible. Su temperamento era explosivo. Tenía una tendencia no pocas veces inoportuna a las explosiones de ira.

A principios de los años veinte, Meyer Lansky y Charlie Luciano —que este era el nuevo nombre americanizado de Salvatore Lucania— estaba haciéndose un nombre en el hampa de Nueva York. Las circunstancias estaban a favor de los jóvenes brillantes como ellos. El crimen organizado estaba multiplicando su poder gracias a la Ley Seca, pero esto requería de algo más que un ejército de pistoleros. El tráfico de alcohol expandió de tal manera la magnitud de los negocios ilícitos que los grandes jefes criminales, forzados a delegar sectores enteros de sus florecientes imperios, empezaron a buscar nuevos talentos capaces de hacerse cargo de una gestión elaborada. Las calles, sí, estaban llenas de matones que podían pegar tiros, asestar puñaladas e incluso poner bombas sin pestañear. Lo que no abundaba tanto eran los jóvenes inteligentes capaces de hacerse cargo de los negocios también en los despachos. Individuos que debían conocer la ley de la calle, pero también acostumbrarse a tratar con abogados, autoridades, etc. Que debían manejar grandes cantidades de dinero. Cuando aparecían jóvenes brillantes, se convertían en cotizados lugartenientes que no tardaban en encontrar lucrativos trabajos junto a las figuras delictivas más importantes. Cuando el gánster Johnny Torrio descubrió al veinteañero Al Capone, entendió que podía hacer mucho más que pegar palizas y ejecutar encargos sangrientos, así que se lo llevó a Chicago para convertirlo en su mano derecha. El resto es historia. De manera similar, el importante hampón judío Arnold Rothstein tomó bajo su protección a Charlie Luciano y Meyer Lansky, asimilando en su organización a las dos bandas que ambos lideraban. La organización de Rothstein era por entonces era la más boyante del ámbito delictivo.

Al contrario que muchos otros jefes criminales de su época, Arnold Rothstein provenía de una familia adinerada, muy bien relacionada con la alta sociedad neoyorquina. Su padre, Abraham Rothstein, había sido un hombre de negocios de tan intachable reputación que un gobernador del estado se había referido a él como «Abe el Justo». La atracción hacia la delincuencia de su hijo Arnold nunca se debió a la necesidad. En la familia no faltaba de nada. Podían dedicar bastante tiempo a la formación religiosa y cultural, cosa muy valorada por el matrimonio. El hermano mayor de Arnold terminaría convirtiéndose en rabino. Él, sin embargo, dio muestras de tener un carácter problemático ya desde la infancia. Como Meyer Lansky, su inteligencia y su habilidad para las matemáticas se convirtieron en un arma de doble filo cuando descubrió que además de aplicarlas en la escuela podían servirle en los juegos de azar de la calle. Terminó creando su propio negocio de apuestas. Llegó a tener un papel protagonista en los escándalos de compra de partidos en la liga de béisbol durante 1919, lo cual hizo que F. Scott Fitgerald tomase a Rothstein como referencia para perfilar uno de los persdonajes (Meyer Wolfsheim) de la novela El gran Gatsby.

El imperio de Arnold Rothstein alcanzó la cúspide en lo más florido de la era de la Prohibición. En 1925 ya se había convertido en el traficante de alcohol más importante del país; por entonces Al Capone todavía se estaba adaptando a la jefatura en Chicago. De temperamento refinado en las formas, aunque no siempre fácil de tratar, Rothstein desdeñaba los códigos de comportamiento callejero y apenas se esforzaba por resultar simpático en los ambientes criminales. Cultivaba un aspecto sofisticado y elegante, jactándose de su origen burgués. Era sin duda un hombre petulante y engreído, pero también era muy brillante; baste decir que se le conocía como «el cerebro». Pues bien, trabajando junto a Rothstein, Luciano y Lansky aprendieron con rapidez muchas cosas importantes acerca de la manera idónea en que debían manejar los asuntos criminales. Sobornos mejor que disparos. Procurar la adecuada satisfacción monetaria de sus socios. Bajo sus órdenes empezaron también a ganar mucho, mucho dinero. Luciano, que no había cumplido la treintena, se llevaba unos beneficios de cuatro millones de dólares al año. Por entonces, el joven e impetuoso Siegel ejercía de pistolero y aceptaba cualquier misión, por peligrosa que fuese. Aunque su carácter complicaba las cosas a veces, Meyer Lansky nunca dudaba de su lealtad. Por ende, tampoco dudaba Luciano. Empezaron a permitirle llevar sus propios negocios. Cuando tenía la mente fría, Bugsy demostró que era despierto y se manejaba bien con los números.

La organización de Rothstein no iba a durar mucho tiempo, por culpa de su punto débil: la adicción al juego. En 1928, durante una partida de póquer organizada por el tahúr George McManus (no confundir, claro, con el legendario dibujante del mismo nombre), Rothstein perdió medio millón de dólares. Haciendo gala de su característica actitud desdeñosa, se negó a aceptar la derrota y alegó que sus rivales se habían puesto de acuerdo para hacer trampas. Pese a la insistencia de sus deudores, continuó en la misma actitud durante meses. Cuando se dieron cuenta de que nunca iba a pagar su deuda planearon una emboscada. McManus organizó una falsa reunión de negocios en un hotel. Arnold Rothstein acudió, convencido de que para sus acreedores los tratos que ofrecía valían más que una deuda de juego. Se equivocó. Fue acribillado a balazos y murió en un hospital a las pocas horas.

Al contrario de lo que solía suceder en los grandes grupos delictivos de la época, el imperio de Rothstein no fue heredado en bloque por un nuevo jefe. En ausencia de un elemento unificador, sus antiguos subordinados se repartieron el pastel y se marcharon cada uno por su lado. Esto implicaba que Luciano, si quería sobrevivir en medio de la feroz competencia, debía unirse a otra organización importante. No le costó demasiado encontrar un puesto de privilegio en la mafia siciliana de Nueva York, cuyo jefe, Joe Masseria, también vio sus cualidades y pronto lo convirtió en su mano derecha. Pero Masseria era un mafioso de la vieja escuela y no aprobaba la estrecha colaboración de Luciano con sus amigos judíos. Por primera vez, el «gang de Meyer y Bugs» se veía apartado de sus aliados italianos. Al menos sobre el papel, porque Luciano se limitó a fingir que ya no tenía trato con ellos, cuando en realidad seguían hablando entre bastidores. Luciano nunca estuvo cómodo con Masseria, a quien consideraba un hombre inculto y cerril. Tenía claro que, si alguna vez había problemas, su mejor opción era recurrir a Bugsy. Y la ocasión no tardaría en presentarse.

Asesinatos S.A.

El cuerpo de Joe Masseria tras el asesinato. La carta que sostiene Joe Masseria la colocó el fotógrafo para darle más drama a la imagen. Foto
El cuerpo de Joe Masseria tras el asesinato. La carta que sostiene Joe Masseria la colocó el fotógrafo. Foto: New York Police Department (DP)

Los acontecimientos tomaron un giro inesperado cuando desde Sicilia apareció Salvatore Maranzano, otro mafioso de la vieja escuela que estaba dispuesto a desplazar a Masseria de su trono. Se desencadenó una guerra en las calles neoyorquinas. Luciano, entendiendo que su jefe la iba a perder, decidió traicionarle. Decidió que Benjamin Siegel se encargase de formar un comando de ejecución para eliminar a Masseria; era el nacimiento de un grupo que con el tiempo sería bautizado por la prensa como Murder Inc., «Asesinatos S.A.», el brazo ejecutor de la mafia neoyorquina. Al frente de Murder Inc. Siegel iba a ejecutar algunos de los asesinatos más importantes en la historia de la mafia estadounidense.

Una noche, mientras Luciano cenaba y jugaba a las cartas con Joe Masseria en un restaurante, pidió permiso para ir cuarto de baño. A los pocos segundos entraron en el local cuatro hombres armados: Busgy Siegel iba en cabeza, como de costumbre, seguido de Vito Genovese, Joe Adonis y Albert Anastasia. Vaciaron sus cargadores sobre Masseria, que murió en el acto. Después Luciano llegó a un acuerdo con el vencedor de la guerra mafiosa, Salvatore Maranzano, pero pronto la desconfianza empezó a reinar entre ambos, así que Lucky volvió a encargar a Siegel que eligiese a algunos hombres para asesinar a Maranzano. Haciéndose pasar por policías y fingiendo que efectuaban una redada, Siegel y sus acompañantes sorprendieron a Maranzano su despacho, donde lo apuñalaron y tirotearon. Luciano no se quedó ahí. Se proclamó nuevo jefe de la mafia y comenzó una campaña de ejecuciones a nivel nacional para eliminar a todo aquel jefe de la Cosa Nostra al que considerase incompatible con la visión del negocio que planeaba imponer. Un puñetazo sobre la mesa que borró toda oposición. Luciano era el nuevo rey. Lo cual, entre otras muchas cosas, significaba que sus amigos judíos iban a convertirse en los principales socios y colaboradores de la Cosa Nostra italoamericana. Meyer Lansky empezó a ejercer, ya sin disimulo, como consejero personal de Luciano y como tesorero general del «Sindicato del Crimen».

Estando tan cercano al hombre que gobernaba el crimen y al cerebro en la sombra, Bugsy empezó a desarrollar nuevas funciones. Pese a su naturaleza violenta, bien conocida en las calles, Bugsy había empezado a desarrollar una nueva faceta. Cuando no estaba metido en tiroteos o no se dejaba llevar por la ira hablaba con suavidad y, pese a su origen humilde, se esforzó en ofrecer una imagen sofisticada. Vestía de manera impecable y gustaba de codearse con la alta sociedad. Esto lo convirtió en enlace perfecto con diversas autoridades a las que agasajaba mediante dinero, regalos, fiestas, mujeres y demás sobornos. Siempre que se necesitaba «ablandar» a políticos, jueces o jefes de la policía, Siegel y Frank Costello eran los individuos idóneos, mientras Luciano y Lansky, en la medida de lo posible, preferían permanecer en la sombra. Tras el ascenso de Luciano, de hecho, Siegel pasó una temporada sin tener problemas con la ley, pese a estar metido de lleno (y de manera muy visible) en actividades criminales. En una ocasión le multaron con cien dólares por un asunto de apuestas en Florida. En otra ocasión fue detenido mientras acompañaba un camión repleto de alcohol, pero también se escabulló con una pena irrisoria. Eso sí, como era demasiado importante como para dirigir en primera persona Murder Inc., el escuadrón terminaría pasando a manos de Albert Anastasia y Louis «Lepke» Buchalter, uno de sus antiguos compañeros en la banda de Lansky. Esto no significaba que su gusto por la acción y la sangre hubiese disminuido lo más mínimo, y su fogoso carácter lo llevó a continuar participando en guerras callejeras pistola en mano.

Waxey Gordon era un traficante de alcohol que había sido aliado de Luciano y Meyer Lansky hasta finales de los años veinte. La asociación empezó a resquebrajarse cuando Gordon se dejó llevar por la ambición y empezó a intentar apoderarse de algunos de sus territorios. Luciano y Lansky empezaron respondiendo con su característica astucia y, en vez de intentar resolver el problema a tiros, decidieron investigar las cuentas de su adversario. Cuando obtuvieron la información que necesitaban, se la proporcionaron al FBI, que montó un caso penal contra Gordon por evasión de impuestos y delito fiscal. Dicho y hecho, en 1933 estaba sentado ante un tribunal y poco después sería condenado a diez años de prisión. En su banda no se lo tomaron a bien. Siguieron causando problemas en Nueva York. Tantos, que Luciano y Lansky llegaron a limar asperezas con uno de sus tradicionales adversarios, Dutch Schultz, para formar una alianza temporal. El objetivo era erradicar de una vez por todas lo que quedaba de la molesta organización de Gordon, pero los miembros de esta se revolvieron como gato panza arriba y decidieron que la mejor defensa era un buen ataque. Uno de ellos, Frank Anthony Fabrizzo, acechó el cuartel general de la banda de Meyer y Bugs. Trepó al tejado y dejó caer una bomba casera por el hueco de la chimenea. Aunque la explosión no resultó mortal sí causó diversos heridos, entre ellos el propio Siegel. Como era de esperar, Bugsy no pudo pensar en otra cosa que en la venganza. Podría haber delegado la ejecución de esa venganza en los siempre eficaces verdugos de Murder Inc., pero eso no iba con su estilo. Quería hacerlo él mismo, en primera persona. Tras una temporada de convalecencia, se sintió lo bastante recuperado como para lanzarse a la caza y captura de Fabrizzo, a quien vio en Brooklyn junto a uno de sus hermanos. Mató a ambos a tiros. Esa misma noche Siegel había firmado el ingreso voluntario en un hospital para tener una coartada, pero la tapadera no cuajó. Nadie creía que el ingreso en el hospital hubiese sido auténtico y por los bajos fondos de la ciudad se hablaba de que Bugsy había eliminado a los Fabrizzo.

Dutch Schultz. Foto: DP.
Dutch Schultz. Foto: DP.

La nueva alianza también implicaba que Luciano y Lansky debían colaborar en la guerra contra los enemigos de Dutch Schultz. Una vez más, Siegel aprovechó la oportunidad de inmiscuirse en la acción directa. Otra pareja de hermanos, Joey y Louis Amberg, estaban causando problemas a Schultz. Uno de ellos, Louis Amberg, era conocido por el irónico apodo de «Pretty», pese a que no era demasiado agraciado; tenía la costumbre de clavar tenedores a quienes le enfadaban. Uno de los damnificados de su ira fue el celebérrimo cómico Milton Berle, que tuvo la desdichada ocurrencia de burlarse de Amberg desde el escenario mientras pronunciaba un monólogo. Amberg no se lo tomó muy bien, y como recuerdo de aquella infausta noche Berle se fue al hospital con la marca de un tenedor en la cara. Pues bien, pronto el iracundo «Pretty» fue encontrado en el interior de un automóvil en llamas. Su asesinato nunca fue resuelto, pero todas las habladurías señalaban a Siegel como autor principal.

En cuando al otro hermano, Joey Amberg, varios miembros de Murder Inc. le sorprendieron en un taller mecánico y, en el más tétrico estilo de los hombres de Capone, le hicieron ponerse contra la pared para acribillarlo a modo de fusilamiento. Aunque tampoco en este crimen había pruebas de la participación de Bugsy, también se corrió la voz de que había encabezado a los verdugos. Como se ve, la fama de sanguinario de Siegel iba en aumento, y llegó al clímax poco después. La guerra contra los enemigos de Schultz dio un giro inesperado cuando su principal lugarteniente, Abe Weinberg se revolvió contra él. Se daba la circunstancia de que Weinberg había sido amigo de Siegel desde la infancia; siendo niños, ambos habían correteado juntos por las calles neoyorquinas. Esto era un hecho bien conocido, pero Bugsy tuvo claro cuáles eran sus lealtades y, pese a haber podido evitarlo, una vez más quiso encargarse del asunto en primera persona. Engañó a Weinberg para que lo acompañase en su coche hasta un rincón solitario en la orilla del East River. Una vez allí, lo mató a golpes, empleando un bate de béisbol. Después apuñaló el cadáver para que no flotase y lo arrojó a las aguas. Siegel había mandado un claro mensaje a los bajos fondos: tal vez ahora se vestía con corbata y se codeaba con políticos, pero no iba a tolerar que nadie pensara que se había ablandado.

El mensaje llegó hasta el último rincón de Nueva York. Sin embargo, todo aquel derramamiento de sangre iba a tener su contrapartida. Había hecho muchos enemigos en la ciudad y varias facciones habían puesto precio a su cabeza a causa de los asesinatos que había cometido y puede que también algunos en los que no había participado pero que de igual modo se le atribuían debido a su fama. El ambiente estaba tan caldeado que Lansky, preocupado por la seguridad de su viejo amigo, le sugirió que se marchase a la otra punta del país, a California. Allí la organización de Luciano todavía no estaba establecida. Necesitaba a alguien capaz de poner en marcha importantes negocios. Bugsy hizo las maletas y se mudó a Los Ángeles. Allí iba a encontrar el entorno perfecto para revestirse de un nuevo glamur que jamás hubiese alcanzado quedándose en su ciudad. De manera sorprendente, Benjamin Siegel iba a convertirse en una estrella de Hollywood. Y sin necesidad de aparecer en ninguna película.

(Continúa aquí)


Bugsy Siegel (I): solamente nos matamos entre nosotros

Bugsy Siegel. Foto: DP.
Benjamin «Bugsy» Siegel. Foto: DP.

Orgulloso de su éxito, el insensato Ícaro renunció a la guía de su padre y, envalentonado por la vanidad, comenzó a remontar usando sus alas para ascender y poder así tocar el cielo. Pero tanto se acercó al sol abrasador que el calor ablandó la fragante cera que mantenía las plumas pegadas a sus brazos, hasta derretirla por completo. Así, en lugar de alas, quedó agitando en el aire sus brazos desnudos, sin plumas que sostuvieran el vuelo. Mientras gritaba el nombre de su padre, la voz de Ícaro terminó apagándose, sofocada por el oscuro mar azul. (Publio Ovidio Nasón, Las Metamorfosis)

Compra un terreno en Las Vegas. Algún día habrá aquí un millón de personas. (Benjamin Siegel)

Las ciudades, como las personas, tienden a embellecer su propia historia. Con frecuencia para ocultar las vergüenzas de un pasado turbulento, sobre todo cuando se entremezclan con la naturaleza misma de la ciudad, con el momento de su fundación o de su transformación en lo que son ahora. En el año 350 a. C., la ciudad griega de Estagira fue invadida por un terrible enemigo, el rey Filipo II de Macedonia, que la destruyó hasta los cimientos. Quizá el recuerdo de aquellas ruinas se hubiese perdido para siempre si allí no hubiese nacido treinta y cuatro años atrás cierto hombre llamado Aristóteles. En uno de los tantos giros irónicos de la historia, el filósofo se convirtió en tutor del príncipe Alejandro —hijo de Filipo—, el que después conquistaría el mundo y a quien la eternidad terminaría conociendo como el Magno. Aristóteles educó al primogénito del mismo rey que había arrasado su pequeña patria; Filipo, en gesto de agradecimiento, hizo reconstruir la ciudad natal del sabio. El mismo hombre que había borrado Estagira del mapa volvió a situarla en él, pero esto debió de entrañar una seria incomodidad para los estagiritas. Tras la muerte de Aristóteles, el más renombrado de todos ellos, trasladaron sus cenizas a la ciudad y decidieron que había sido el insigne filósofo, y no el sangriento Filipo, el segundo fundador de Estagira. Era una verdad a medias; una mentira, incluso. Pero era más llevadera que la verdad.

Algo parecido sucede en Las Vegas. Las autoridades de la capital mundial del juego, la joya del desierto de Nevada, no tienen demasiado interés en recordar que uno de los grandes artífices de su éxito, quizá el principal, fue un criminal con justa fama de sanguinario. Un gánster neoyorquino, Benjamin «Bugsy» Siegel, de baja catadura moral pero deslumbrante carisma, que había compartido fiestas con rutilantes estrellas de Hollywood mientras se manchaba las manos de sangre. Un hombre ambicioso que fue el principal responsable de que aquella población insignificante llamada Las Vegas se convirtiera en lo que ahora conocemos. Fue el primero en vaticinar lo que iba a suceder, y en sus visiones se erigía una capital del vicio donde la gente acudiría para dejarse vaciar los bolsillos con alegría. Hoy, sin embargo, Las Vegas reniega de Benjamin Siegel. Es verdad que en su memoria se ha erigido un monumento que conmemora la apertura del casino-hotel Flamingo, del que fue el primer director. Un monumento situado con discreta delicadeza en el corazón de un agradable jardín; quienes conocen su biografía pueden ir a visitarlo, pero no es exhibido con ganas por las autoridades por la ciudad que él ayudó a refundar. Es cierto que no fue una persona ejemplar y más allá de la deslumbrante máscara su carisma se mostró como un hombre vulgar en muchos aspectos; el vivo retrato de un sociópata. Pero al igual que sucedió con Estagira, los intentos por cambiar la historia no siempre tienen éxito. Veinticuatro siglos más tarde aún conocemos la verdad sobre la ciudad griega; en Las Vegas no pueden esperar mejor suerte para su conato de encubrimiento. Una vez la leyenda se hubo solidificado en torno a Bugsy, ya no hay campaña institucional que pueda borrar su recuerdo. Bien lo saben los políticos de Chicago y Cicero, que eliminaron todas las referencias que encontraron sobre Al Capone con el fútil propósito de romper su identificación con la ciudad. Las Vegas, con mayor motivo incluso, existirá a la sombra de Bugsy siempre.

Incluso puede decirse que Siegel dio su vida para que la ciudad existiese. No a propósito, y no como gesto de grandeza. Pero de algún modo se convirtió en un mártir, cierto que sin santidad alguna. La moderna Las Vegas nació como feliz accidente de la misma ambición que le costó la vida. Así como Alejandro Magno buscaba la inmortalidad fundando ciudades en homenaje a sí mismo, el nombre de Benjamin Siegel brilla en el mapa, allí donde una gran ciudad sustituye a lo que hace un siglo era un insignificante pueblo. Un gánster que dejó una capital tras de sí, gesta propia de faraones. Como Ícaro, el personaje del mito griego, Siegel quiso volar demasiado alto y cayó antes de ver su gran sueño convertido en realidad. Su vida se presta a tantas y poderosas lecturas que parece barnizada por la solemne inmensidad de los mitos bíblicos. Y si su vida es como un Evangelio pagano, por qué no comenzar por el mismo corazón del mito: el pasaje de la crucifixión.

Solamente nos matamos entre nosotros

—¡Marineros! ¿Os habéis enrolado en ese barco? (…)
—Sí —contesté—; acabamos de firmar el contrato.
—¿Figura en ese contrato alguna cláusula sobre vuestras almas? (…) Bueno, bueno; lo firmado, firmado está. Lo que tenga que ser, será. De cualquier modo, todo está ya establecido y arreglado. Unos marineros u otros tendrán que acompañar al capitán Ahab, supongo. Pues ya sean estos hombres de aquí o aquellos de más allá, ¡Dios tenga piedad de ellos! Buenos días tengáis, marineros, buenos días. Lamento haber interrumpido vuestra marcha. (Moby Dick, Herman Melville)

Veinte de junio de 1947. Es el último día que Benjamin Siegel va a pasar en el mundo de los vivos. Tiene cuarenta y un años de edad. Está metido en problemas. Después de muchos años siendo un mandado —de lujo, pero un mandado— en el crimen organizado, ha intentado erigir algo por sí mismo, algo grande. Algo que fuese su idea, su iniciativa, su creación, y no la de otros mafiosos que tienen fama de ser más brillantes e inteligentes que él. En el mundillo criminal, Siegel no era el faraón, pero eso no le impedía anhelar su propia pirámide. Y qué mejor emplazamiento para una pirámide que el desierto. En una población del desierto de Nevada, casi por completo desconocida del mundo, pero donde algunos avispados llevan más de una década maniobrando para construir casinos y salas de fiestas. Nadie tenía grandes planes para Las Vegas. Nadie, excepto Bugsy, que entendió que aquel sitio tenía un futuro mucho más prometedor y brillante de lo que había imaginado el más optimista de los empresarios del juego y de la noche.

En 1947 la ciudad soñada es todavía una quimera, aunque Siegel ya ha dejado su impronta en ese plan propio de reyes: el hotel-casino Flamingo, construido con el dinero de los principales jefes mafiosos del país. La aventura se le ha ido de las manos. No ha sido capaz de terminar su construcción dentro del presupuesto. Bugsy les debe más de cinco millones de dólares a sus amigos de la mafia. Y eso es un problema muy serio. Él confía en el apoyo de sus amigos de la infancia, esos que dirigen el cotarro, y quiere creer que le defenderán ante los acreedores más airados. Una fatídica muestra de ingenuidad que le costará la vida. En Moby Dick, la más famosa novela de Herman Melville, se respira la misma atmósfera fatídica que en los últimos meses de la existencia de Bugsy. Cuando Ismael, el protagonista, pasea por el puerto después de enrolarse en la tripulación del ballenero Pequod, un extraño individuo interrumpe su caminata. Se llama Elías, como el profeta bíblico, y lanza una oscura advertencia: quienes zarpen junto al capitán Ahab están condenados a entregar sus almas al océano, como en una maldición del Antiguo Testamento. Ahab está obsesionado con la monstruosa ballena blanca que un día le arrancó una pierna: o no sabe, o no le importa, que sus irracionales ansias de venganza ofenden al cielo y le conducirán a una muerte segura. A Siegel, obsesionado con su propia ballena blanca —la futura ciudad del juego— nadie parece haberle avisado de lo que viene. Aunque no debería hacer falta. Él sabe muy bien cómo funcionan las cosas en su profesión.

Las Vegas alrededor de 1947. Foto: DP.
Las Vegas alrededor de 1947. Foto: DP.

La noche del 20 de junio es una agradable velada, típica del verano californiano. Los problemas financieros no han impedido que Siegel haya disfrutado de una jornada tranquila. No lleva mucho tiempo en Los Ángeles, tras pasar varios meses atrincherado en Las Vegas, temiendo por su vida. Ahora el Flamingo ha empezado a producir beneficios y Siegel imagina que, a ese ritmo, su deuda podría quedar amortizada en unos pocos años. Sin duda lo cree, porque ya no se esconde ni toma grandes precauciones. Ese mismo día ha acudido a un salón de belleza para hacerse la manicura, ajustándose al estereotipo de gánster elegante y presumido con el que todo el país le asocia. No ha sucedido nada. Nadie parece seguirlo. Cena en una marisquería, acompañado por su socio Al Smiley y el hermano de Virginia Hill, su novia, que durante esos días está de viaje en Europa. Al terminar, se detiene en un quiosco para comprar un ejemplar de Los Angeles Times, como hace todos los días. De nuevo, ningún problema. Si le vigilan para atentar contra él, debería notarlo; no en vano fue durante años el organizador del temible comando de ejecución con el que la mafia neoyorquina mantenía a raya a sus enemigos. ¿De verdad está libre de complots, o es que Siegel ha perdido el instinto? Quizá ya no conserva el olfato de sus años jóvenes, cuando las cosas eran más fáciles porque le bastaba con cumplir órdenes y después guardarse las espaldas. Ahora su cabeza está llena de cifras, de balances, de ensoñaciones difusas sobre la futura evolución de los beneficios; preocupaciones abstractas más propias de un empresario que del brazo armado de una organización criminal.

El grupo regresa al espléndido bungalow que Virginia tiene alquilado en el 810 de Linden Drive, una calle de suntuosas viviendas rodeadas de jardín. La casa se erige apenas a doscientos metros de la famosa avenida Sunset Boulevard, que a esas alturas, alejada del centro, se ha transformado en una discreta y apacible calle del lujoso barrio Beverly Hills. A la casa se accede desde la calle, caminando por una pintoresca escalerilla de piedra que bordea un césped impoluto, y no hay vallas ni muros. Es una construcción grácil, de inspiración mediterránea, con paredes blancas, tejas rojizas y arcos arábigos en los balcones. Parte de la fachada está enmascarada por setos, palmeras y un gran árbol; las ventanas denotan un calculado sentido de la discreción, pero nada de eso se parece a una medida de seguridad. Un gesto extraño sorprende a sus acompañantes: Bugsy se detiene y les pregunta si también notan el intenso perfume de las flores. Ellos no huelen nada. Todos entran en la casa. Mientras su cuñado se retira al primer piso en compañía de una chica, Bugsy entra el en salón y se sienta en el sofá. Al Smiley entra junto a él y tras descorrer las cortinas —según se cuenta, estaba al tanto de lo que iba a suceder— también se acomoda en el sofá, para no despertar las sospechas de Siegel, que sigue enfundado en su costoso traje de exquisito corte y todavía lleva puestos los caros y brillantes zapatos; lo sabemos porque ese mismo atuendo podrá verse durante los días siguientes en las portadas de los periódicos.

Se sumerge en la lectura. No mira hacia las ventanas. Ni siquiera sospecha que en la oscuridad del exterior se esconde un francotirador, armado con una carabina automática M1, como las que utilizan los militares. Con la paciencia de un profesional, el sicario aguarda el momento adecuado para cumplir su encargo. Ve luz en la cristalera del salón. Allí está su objetivo. Aprieta el gatillo. Las balas empiezan a silbar a través de la ventana. Varias impactan sobre él: dos en la cabeza, una en el cuello, otra en los pulmones. Las que no aciertan destrozan una escultura de mármol que hay detrás de él. Resulta difícil saber si Benjamin Siegel llegó a ser consciente de lo que estaba sucediendo. Es probable que no. Debió de ser todo tan instantáneo que las luces se desvanecieron de repente, como en un apagón, o como en cierta famosa escena de cierta famosa serie que muchos de ustedes recordarán sin duda. Es posible que ni siquiera llegase a escuchar el sonido de los disparos, porque las balas viajaban con mayor rapidez que el propio sonido. Así, tan fácil; en un momento está repasando las noticias del día, al momento siguiente ya no habita este mundo.

El francotirador desaparece. Al Smiley, que se había tirado al suelo, vuelve a incorporarse. Está ileso. Poco después acude la policía. Se prevé un gran revuelo; es un suceso inusual en el pacífico entorno de Beverly Hills. Y la víctima es una figura de gran notoriedad, uno de los criminales más célebres de la nación desde los tiempos de Al Capone. Los agentes de la ley entran en la casa y se encuentran con la tétrica escena: Siegel recostado en el sofá, dando la espalda a la entrada; casi se diría que se ha quedado dormido mientras leía. Un segundo vistazo, sin embargo, bastará para desmentirlo. Su rostro aparece desfigurado y cubierto de sangre, pero sin expresión, como un maniquí con el que alguien se hubiese ensañado sin producir padecimiento alguno. Uno de sus ojos continúa abierto, lanzando una inerte mirada azul hacia el vacío. Donde debería estar el otro no queda más que un siniestro hueco; una de las balas ha entrado por un lado de su cabeza y ha impactado en el puente de la nariz con tal fuerza que la presión ha hecho saltar el globo ocular izquierdo a varios pasos de distancia, donde será encontrado por uno de los detectives que registran el salón en busca de pistas. Cuando llega el momento de obtener instantáneas para adjuntarlas al informe policial, el fotógrafo retrata el cadáver desde diversos ángulos. En una de las tomas se siente particularmente inspirado y nos muestra a Siegel reclinado en el sofá con su cara ausente convertida en una siniestra máscara, mientras en el primer plano vemos una estatuilla que adorna la mesa y que representa una mujer desnuda, de suaves curvas, una belleza adolescente muy al gusto del Renacimiento. Esa figurita ha sido la última mujer que Benjamin Siegel, el seductor nato, ha visto antes de morir. Está hecha de porcelana, pero en las imágenes parece estar más viva que él. El fotógrafo debió de sentirse satisfecho por tan certera alegoría.

Foto: Los Angeles Police Department (DP)
Foto: Los Angeles Police Department (DP)

Nunca se supo quién dio la orden de asesinar a Benjamin Siegel, pero no se necesita un nombre concreto. Toda la cúpula de la mafia estadounidense de la época bendijo la ejecución. Estaba escrito. El ambicioso proyecto del Flamingo tenía que convertirse en la cripta de Bugsy como el Pequod sería una tumba para un Ahab empeñado en dar caza a la invencible ballena. En el fondo, Siegel tuvo que presentir que algo así iba a suceder tarde o temprano. Un año antes, mientras estaba todavía enfrascado en la problemática construcción del Flamingo, había amedrentado a Del Webb, supervisor de las obras (y después propietario de los New York Yankees, el famoso equipo de béisbol) mencionando la cantidad de individuos a los que había liquidado él mismo, con sus propias manos. El pobre Webb palidecía más por momentos, cosa lógica cuando uno de los gánsteres más temibles del país le estaba amenazando de muerte. Siegel cambió de actitud y le explicó cómo funcionaban las cosas entre sus amigos: «No te preocupes. Solamente nos matamos entre nosotros».

El hijo pequeño de la familia Siegel

Meyer y yo éramos como analistas. No nos precipitábamos en ninguna decisión hasta tener la oportunidad de pensar sobre ello. Siegel era todo lo contrario. Y supongo que era eso lo que lo hacía bueno para nosotros, porque actuaba de acuerdo a sus entrañas y su instinto (…) Todo el mundo quería a Benny. (Charlie «Lucky» Luciano)

Aunque Benny Siegel no era tan listo como Lansky, era incluso más temerario, siempre dispuesto a hacer cualquier cosa, a aprovechar cualquier oportunidad para demostrar que tenía más agallas que ningún otro. Era el primero que lanzaba un puñetazo en una pelea, el primero que entraba en una tienda durante un atraco. Mientras los demás todavía tenían ciertos reparos a la hora llevar una pistola, Benny Siegel rara vez iba por ahí sin un arma. Estaba, según decían sus amigos, loco. Y por eso le llamaban Bugsy, aunque años más tarde, cuando adquirió un barniz más civilizado, nadie le llamaba así a la cara, excepto los amigos de los viejos tiempos como Lansky o Lucania. Para todos los demás, era Ben o Benny. (M. Gosch y R. Hammer, El último testamento de Lucky Luciano)

Benjamin Siegel, como la mayoría de los más relevantes miembros del crimen organizado neoyorquino de su generación, provenía de las clases más pobres de la gran ciudad. Eran casi todos hijos de inmigrantes, o habían llegado a Nueva York siendo todavía niños, pero habiendo crecido ya como estadounidenses. Atraídos por el bullicio de las calles, se habían juntado en pandillas para divertirse y buscar emociones fuertes primero, ganar algo de dinero después, y al final pelear por la obtención de poder y reconocimiento dentro de sus barrios. Querían ganarse por las malas el respeto que la sociedad, por las buenas, nunca les había dado a sus padres, muchos de ellos extranjeros que habían desembarcado con siglos de tradición metidos en una maleta y que tenían que sobrevivir desempeñando duros trabajos a cambio de salarios de miseria. La vida no era fácil para los recién llegados. Cuando los padres de Bugsy, Max y Jannie Siegelbaum abandonaron Europa en busca de un futuro mejor, se encontraron con un destino que se parecía bien poco a la América de las grandes esperanzas, al paraíso que muchos emigrantes habían imaginado más por desesperación que por constancia de que existiese en la realidad. Casi todos ellos partían hacia América escapando de la pobreza, aunque pronto descubrirían que esa misma pobreza los estaba esperando al otro lado del Atlántico. Otros quizá no hubiesen embarcado nunca de no ser por las persecuciones étnicas que se producían en Europa. Los pogromos, movimientos de acoso y linchamiento perpetrados contra las minorías judías del centro y este de Europa, eran la otra gran causa de emigración. Los padres de Benjamin Siegel eran judíos.

El puerto de Nueva York era la puerta de entrada de la inmigración europea así que resultaba lógico que muchos se quedasen a vivir en esa ciudad; desde mediados del siglo XIX había estado experimentando el más desmesurado ritmo de crecimiento en todo el planeta, transformándose en una de las metrópolis más recargadas, desordenadas y heterogéneas de su tiempo. Hacia 1910 vivían más de dos millones de personas solamente en la isla de Manhattan y por lo menos la mitad de ellos había nacido fuera de los Estados Unidos, según refleja el censo de la época. Brooklyn albergaba otro millón y medio largo, del que una tercera parte eran extranjeros. Cualquiera de estos dos barrios contenía, por sí solo, más población que la mayor parte de las ciudades que había en el resto del mundo. En muchas calles neoyorquinas era más sencillo toparse con escenas cotidianas propias de Italia, Irlanda, Alemania, Rusia, China y otros países lejanos, que con escenas que podamos considerar típicas de la cultura estadounidense. Tanto era así que había varias zonas de la ciudad donde apenas se escuchaba hablar inglés. La policía y otros servicios públicos contrataban a inmigrantes o nativos de primera generación para que fuesen capaces de hacerse entender en esos vecindarios donde, por lo demás, ley apenas ponía el pie excepto cuando un suceso grave o llamativo agitaba a la prensa.

Migrantes judíos en Nueva York a principios del siglo XX. Foto: DP.
Migrantes judíos en Nueva York a principios del siglo XX. Foto: DP.

El caos demográfico era tal que hubiese parecido imposible estimar la magnitud y distribución cultural de la población neoyorquina, de no haber sido por el incansable trabajo de los agentes del censo municipal, que intentaban desentrañar el rompecabezas visitando las viviendas una por una para interrogar a sus ocupantes acerca de su origen. Comprobaban in situ el número de personas que había en cada apartamento. Es en uno de sus informes donde encontramos el primer registro documental de la existencia de Benjamin Siegel. Todavía hoy se puede consultar en los archivos neoyorquinos el microfilm que muestra la hoja censal de 1910 en la que un enviado del ayuntamiento registró los ocho habitantes de un pequeño apartamento de Williamsburg, en Brooklyn. A saber: el matrimonio formado por Max y Jannie Siegel, que se declaran originarios de Austria; sus dos sobrinas adolescentes, Rosie y Lillie, también austriacas. Y los cuatro hijos del matrimonio, tres niñas, Esther, Ethel y Betsie, y un niño, Benjamin, que por entonces tenía cuatro años. Aunque en esa hoja no consta la fecha exacta en que los Siegel llegaron a América, fue casi con total seguridad antes de 1906, año en que nació Benjamin.

A veces se ha escrito que la familia de Siegel era de origen ruso, aunque esto es exacto solo desde un punto de vista administrativo. Sus padres procedían del protectorado de Podolia, que por entonces era territorio del Imperio ruso (hoy pertenece a Ucrania), pero eran miembros de la minoría germánica local. El apellido de su padre, Siegelbaum, era de origen bávaro. El apellido de soltera de su madre, Riechenthal —lo conocemos porque aparece en la documentación personal de Bugsy, por ejemplo en su certificado de defunción— era también alemán. Estas consideraciones étnicas quizá puedan antojarse secundarias, pero además de ilustrar la confusión burocrática que existía en torno al origen de muchas familias inmigrantes, sitúa mejor a Bugsy en el rompecabezas cultural que eran las bandas juveniles de la ciudad. Pues bien, como tantos otros inmigrantes, Max Siegel se tuvo que adaptar por la fuerza al país que le había dado acogida, dispuesto a aceptar cualquier empleo disponible. Trabajaba durante largas y agotadoras jornadas a cambio de un magro salario con el que intentar alimentar a su familia, con la poca ayuda que sus dos jóvenes sobrinas pudieran aportar desempeñando empleos igual de ingratos. Lillie se ocupaba de la casa y los cuatro niños. Max pronto aprendió a hablar inglés; su esposa Jannie, en cambio, nunca llegó a dominar el idioma. Muchos años más tarde, Millicent Siegel, hija mayor de Bugsy, recordaría que siendo niña no entendía casi nada de lo que su abuela le decía; tan malo era el inglés de la mujer incluso después de haber vivido durante varias décadas en los Estados Unidos.

Desde muy temprano, el único hijo varón de la pareja mostró una clara tendencia a tomar atajos para salirse con la suya. Durante sus primeros años, el joven Benny siguió una línea biográfica que, de tan repetida entre sus colegas criminales, parece casi un estereotipo. Empezó teniendo muchos problemas en el colegio, producidos en especial por su palmaria incapacidad para someterse a cualquier tipo de autoridad. Pese a su afición a los números, faceta en la que mostraba una gran habilidad, dedujo que en la escuela no tenía porvenir y la abandonó en cuanto pudo. Se unió a una pandilla de delincuentes juveniles del Lower East Side, barrio situado al otro lado del puente de Williamsburg, ya en la isla de Manhattan. El delito fue su primera y única ocupación profesional. No quería romperse el lomo trabajando como su padre a cambio de unas pocas monedas, así que empezó a cometer hurtos y robos de poca monta. Pronto terminó derivando hacia un negocio más lucrativo, o por lo menos más sencillo: la extorsión. Junto con otro chaval llamado Moe Sedway, que ejercía como su fiel escudero, chantajeaba a los dueños de los puestos ambulantes que saturaban las calles, carromatos de madera en los que se exponía mercancía de todo tipo. Benny se acercaba al dueño de algún puesto y le ofrecía «protección» frente a los ladronzuelos y malhechores de la zona —como si él mismo no fuese uno de los peores— a cambio, por supuesto, de un pago regular. Si el comerciante se negaba, Moe y algún otro compinche rociaban el carromato con gasolina y encendían una cerilla, momento en que los comerciantes podían elegir entre someterse al chantaje de aquellos jovencísimos malhechores o arriesgarse a que le prendiesen fuego a su preciado carromato, con todo lo que hubiera dentro. A Siegel, pese a su juventud, no le resultaba difícil intimidar a la gente, incluso a los adultos. Le gustaba la violencia y no se arredraba ante nadie. Incluso parecía disfrutar durante las situaciones de peligro. Aquella característica de su personalidad siempre despertaría admiración y a veces incluso asombro entre sus colegas. Todos pensaban que estaba mal de la cabeza. Fue entonces cuando se ganó el apodo Bugsy, que significaba algo así como «majara» o «pirado», y que él, por cierto, siempre detestó. Ironías de la vida: en el futuro todo el país le conocería por ese apodo, que aparecería incluso en los titulares de los periódicos.

Sin embargo, es posible que nunca hubiésemos oído hablar de Bugsy si su ascenso no hubiese estado ligado al de otros dos chavales, uno siciliano y otro polaco, a quienes conoció en la calle durante sus años de pandillero juvenil. Los tres, juntos, estaban destinados a hacerse famosos. Su amistad, que parecía inquebrantable, duraría décadas. Hasta el momento en que los otros dos tuvieron que firmar su sentencia de muerte.

(Continúa aquí)


El sueño de Cuba

Este texto es un capítulo del libro Crónicas de la Mafia, editado por Libros del K.O.

crónicas de la mafiaIgual que cada uno alimenta leyendas de su biografía, como los países construyen mitos en su historia, también la Cosa Nostra tuvo su gran fantasía erótica. Cuba fue el sueño prohibido de la Mafia. Si en Sicilia, primero, y en Estados Unidos, después, logró implantar un modelo de vida ilegal paralelo al Estado, en Cuba tuvieron la visión de ir más allá y tener prácticamente su propio Estado. Con un Gobierno a sus órdenes mientras los capos se dedicaban a la buena vida y se forraban con hoteles, casinos, juego, clubes y putas sin que la policía los molestara. En resumen, ser los reyes del mambo, en sentido literal, en un país a su medida. Y por poco no lo consiguen. Es una historia entretenidísima que está muy bien contada por T. J. English en Nocturno de La Habana.

La idea fue de Meyer Lansky, el amigo listo de Lucky Luciano, un granuja judío que emigró con doce años desde Rusia y enseguida hizo carrera en el Lower East Side con partidas de dados y contrabando de licores. Estamos hablando de uno de los grandes cerebros de la Mafia, discreto y laborioso, alejado del trabajo sucio pero con una formidable visión criminal y de los negocios. Por ejemplo, fue el inventor de Las Vegas. Aunque aquello fuera un desierto, él se fijó más en el pequeño detalle administrativo de que en Nevada el juego fuera legal. En 1946 mandó allí a su amigo ‘Bugsy’ Siegel, que era el cabra loca de la pandilla, para que abriera el primer hotel con casino en medio de la nada, el Flamingo. Lansky tenía mucho ojo. Y para lo de Cuba tenía además un buen contacto: un tal Fulgencio Batista, alto mando militar a quien veía posibilidades de llegar lejos. Se hicieron amigos y el futuro dictador fue incluso uno de los pocos invitados a su boda, celebrada en La Habana. En esa ceremonia está ya el núcleo del poder mafioso en Cuba en los años cuarenta y cincuenta.

Cuando se terminó el chollo de la ley seca en 1933 había que buscar nuevas oportunidades de negocio y a Lucky Luciano le gustó la idea de colonizar el territorio virgen de Cuba. La Mafia ya conocía la isla desde los años veinte, pues era una escala de contrabando de ron. Convocó a la Comisión y les dijo a todos los capos que pusieran medio millón cada uno para invertir en Cuba. A Batista lo compraron con un maletón de billetes a cambio de que les consiguiera la gestión de los casinos del célebre Hotel Nacional y otros lugares turísticos. Lansky se convirtió en accionista del hotel y a partir de 1937, cuando Batista ya era jefe de las fuerzas armadas, empezó a llevar en persona algunos casinos.

Aunque Batista llegó a presidente en 1940, la Segunda Guerra Mundial frenó un poco el proyecto. Al término de la contienda las perspectivas volvieron a ser bastante buenas. Había un problema: Luciano estaba desterrado en Italia, pero eso se podía arreglar. No tenía ninguna intención de quedarse allí y como no podía pisar Estados Unidos le gustaba la idea de montar su nuevo imperio en Cuba. En 1946, siete meses después de su llegada a Italia, el gran capo se embarcó en secreto y llegó a la isla en octubre. De inmediato fue convocada una nueva reunión de la Comisión para retomar los negocios a lo grande y se celebró en el Hotel Nacional, del 22 al 26 de diciembre de 1946. Para la cumbre mafiosa les cerraron los dos últimos pisos y todo fueron cenas, fiestas y putas. Acudieron veintidós capos, la plana mayor de la Mafia. A todos les pareció maravilloso lo de Cuba y dieron el visto bueno.

En cambio, lo de Las Vegas iba fatal. Mujeriego, de gatillo fácil y con aún más facilidad para meterse en líos, ‘Bugsy’ Siegel volvía a dar problemas. No hacía más que fundirse la pasta de la gran inversión mafiosa en la construcción del Flamingo, cuyas obras no acababan nunca. Ya había ocurrido cuando lo mandaron a Los Ángeles para sondear el terreno delictivo en Hollywood y no se perdió una sola fiesta. Era amigo de Cary Grant, Clark Gable y muchas otras estrellas. Decidieron cargárselo, aunque era un amigo de infancia de Lansky, Luciano y Costello. Lo asesinaron en 1947 y uno de los disparos fue en el ojo. Este detallito cruento les recordará un crimen similar de El Padrino. Efectivamente: el personaje de Mo Green es un trasunto de Siegel. Por otro lado, todo buen aficionado a la saga sabe que en la segunda película hay una buena parte dedicada a Cuba inspirada en esto que estamos contando.

En La Habana todo iba de maravilla hasta que el mundo se enteró en febrero de 1947 de que Luciano no estaba en Italia, donde se le suponía. Se debió al eco de las orgías y las juergas que se corrió allí con un amigo suyo: Frank Sinatra. La familia del cantante era del mismo pueblo siciliano que Luciano, Lercara Friddi. En Estados Unidos, donde veían a Lucky como todo el eje del mal en una sola persona, se armó un gran revuelo y la presión política, incluido un embargo comercial de medicinas, llegó al punto de que las autoridades cubanas tuvieron que echarlo del país. Nunca volvería a Cuba y recordaría siempre con nostalgia aquellos cinco meses de lujo tropical. Allí se acabó el último intento de Luciano de seguir dirigiendo en primera persona el cotarro.

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Lansky quedó definitivamente convertido en el hombre de la Mafia en La Habana y le tocó la lotería el 10 de marzo de 1952. Su vieja apuesta, Fulgencio Batista, dio un golpe de Estado y se convirtió en dictador de Cuba. Poco después lo fichó como asesor del Gobierno para la reforma del juego, para dar un toque de calidad y clase a los casinos pensando en el turismo. Acabó abriendo uno y cerrando los demás. Empezaba el juego. Lansky se sentó luego en la propia Comisión Nacional de Turismo. Era perfecto: estaba al frente de la institución que debía promover su propio negocio. La Mafia casi era Estado. Batista creó luego un banco de desarrollo para financiar grandes obras públicas y proyectos que se dedicó a costear, con su porcentaje para el presidente, el despegue del imperio mafioso con hoteles mastodónticos, lujosas salas de juego y fastuosos clubes nocturnos. Así nació la mítica Habana de los cincuenta y muchas de las moles de hoteles que aún se ven hoy en la ciudad. Después fueron llegando mafiosos de todos los rincones. Entre ellos, Santo Trafficante, con base en Tampa, Florida, que se convirtió en el otro gran capo de la isla y rival de Lansky.

A los estadounidenses ya les encantaba antes la noche loca y el turismo sexual de La Habana, pero la Mafia lo montó todo tan bien que Cuba se puso de moda y vivió una explosión turística sin precedentes. Una compañía de ferrys incluso empezó a permitir viajar con el coche, y gracias a ella la ciudad se llenó de esos fantásticos Cadillacs, Oldsmobile o Buicks que aún siguen circulando. Además la época tuvo el raro privilegio de tener su banda sonora: el mambo, el chachachá y el jazz latino, que se inventaron en la explosión de clubes y cabarés. Los shows del Copacabana eran conocidos en todo el mundo y en el club Shanghai eran famosos los numeritos de un tipo con un pene de treinta y cinco centímetros —nombre artístico, Superman— que aparecía volando en bolas sobre los espectadores con un trapecio. También sale en El Padrino II. Había mucho vicio, de todos los palos, y por ejemplo el senador de Massachusetts se pegó una buena orgía con tres putas en 1957. Quizá dicho así no sea demasiado significativo, y es mejor que les aclare que se llamaba John Fitzgerald Kennedy. En los clubes actuaban las mejores estrellas internacionales, de Nat King Cole a Ella Fitzgerald, y por supuesto los ídolos cubanos, como el gran Beny Moré, y se dejaban caer de vacaciones Marlon Brando o Errol Flynn.

Imaginen lo divertido que era todo que Batista hasta hizo una amnistía y soltó a Fidel Castro en 1954, un chaval detenido tras un asalto al cuartel de Moncada en julio de 1953, la primera chispa de la Revolución. Ni Batista ni la Mafia supieron ver lo que venía. Estaban muy ocupados con lo suyo. Todos los lunes un mensajero de Lansky iba al palacio presidencial y entregaba un maletín con dinero. La Comisión de la Mafia a Batista era de 1,28 millones de dólares al mes. El cuñado del dictador controlaba a medias con la Mafia el negocio de todas las tragaperras y los parquímetros de la isla. La Cosa Nostra, por su parte, cada vez pensaba más a lo grande, con lo que después el batacazo fue estratosférico. En 1957 Lansky inauguró el Hotel Riviera, el gran proyecto de su vida, el más lujoso de La Habana. Y, al año siguiente, abrió el Hilton. Hasta organizaron un Gran Premio de Fórmula Uno, como el de Montecarlo. Para la Mafia, La Habana tenía que convertirse en el Montecarlo del Caribe. En 1958, de hecho, empezaron las obras de un hotel monumental llamado precisamente Montecarlo, el más grande de la isla, con Frank Sinatra como primer accionista. Cuando el sueño de la Mafia estaba llegando a la cúspide, todo se vino abajo. Mientras Lansky montaba escuelas de crupieres, Castro desembarcaba en el Granma. La Nochevieja de 1957 los rebeldes pusieron una bomba en el Tropicana. No era el primer ataque a un club, pero sí el más preocupante para la Mafia, que hasta entonces no prestaba mucha atención a los barbudos que zascandileaban en el lejano oriente de la isla. Para Castro la vida nocturna de La Habana era la imagen de la degeneración moral del enemigo. Lansky y los demás pensaban que aunque ganaran los guerrilleros ellos se adaptarían a la situación, siguiendo la costumbre mafiosa, porque cualquier Gobierno necesitaba el dineral de los casinos. Evidentemente no sospechaban que el de Castro no iba a ser cualquier Gobierno. Por si acaso, para cubrirse las espaldas, la Mafia, como la CIA, tuvo contactos con los rebeldes para financiarles y enviarles armas.

La Nochevieja de 1958 cerró brutalmente la persiana a los negocios de la Mafia. Tras correrse la voz de la huida de Batista, la gente se echó a la calle y la tomó directamente con todo lo que significaba la alianza de tiranos y gánsteres. Lo primero, destrozaron los parquímetros del cuñado de Batista por todas las calles. Luego, las tragaperras. Y, para terminar, la muchedumbre asaltó los casinos. Lo peor fue para el Riviera, el orgullo de Lansky y la Mafia: soltaron dentro un camión de cerdos. La Mafia casi era Estado, y por extensión, también fue una revolución contra la Mafia, un caso único en el mundo.

Muchos mafiosos acabaron en campos de prisioneros, viendo cómo iban ejecutando a los hombres del régimen y Castro amenazó en algún momento de sus horas de discursos con fusilar a los gánsteres americanos. Lansky fue uno de los pocos a los que no detuvieron, porque se largó del país. No podía olvidar que tuvo que huir con doce años de Rusia: «Conozco una revolución comunista cuando la veo, y esto es una revolución comunista», le dijo a su chófer al despedirse, según relata T. J. English, que buscó y encontró a este hombre en La Habana. Trafficante lo pasó fatal y tardó meses en lograr que le dejaran en libertad. En 1960 se nacionalizaron todos los casinos y propiedades estadounidenses.

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La historia podría acabarse aquí, pero tiene un epílogo muy interesante. Lo de Castro podía ser un golpe latinoamericano más que se acabara desinflando y la Mafia no perdió la esperanza de recuperar su negocio. Lansky ofreció un millón de dólares para matar a Castro y así empezó una conspiración en la que muy pronto encontró nuevos socios. Bajo la presidencia de Kennedy, y con el apoyo del fiscal general, su hermano Bob Kennedy, la CIA y la Mafia se aliaron para eliminar al líder cubano, como confirmó en 1997 la desclasificación de documentos secretos de la CIA. El enlace de la CIA con la Mafia fue Santo Trafficante, al que llegaron a través de dos capos de origen italiano con quienes tenían más confianza: John Rosselli, de Los Ángeles, y sobre todo Sam Giancana, porque además de ser un gran capo de Chicago era muy cercano al presidente Kennedy, que le debía su ayuda en la llegada a la Casa Blanca. Kennedy y Giancana eran amigos de Sinatra y entre los tres compartieron una amante, la actriz Judith Campbell, que años después aireó la historia de esta ensalada amorosa. La CIA ofreció ciento cincuenta mil dólares por matar a Castro, pero la Mafia lo consideró una ofensa: estaban dispuestos a hacerlo gratis. Tras barajar varias ideas, al final se optó por el envenenamiento. Dos pastillas fabricadas en los laboratorios de la CIA fueron entregadas al camarero de un famoso restaurante de La Habana frecuentado por Fidel. Debía servirlas con el helado. Pero la chapuza es un factor nada desdeñable en la historia humana. Fidel fue al restaurante, pero las pastillas se quedaron pegadas a la superficie del congelador y el camarero no consiguió sacarlas. Fue pocos días antes del ataque de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, y según el plan, para entonces Castro ya tenía que estar muerto. Quizá en ese caso el intento de invasión hubiera tenido éxito. Fue lo más cerca que estuvieron nunca de cargarse al líder cubano, aunque después intentaron de todo: rifles telescópicos, estilográficas con veneno, puros tóxicos y conchas explosivas.

Tras la crisis de los misiles en 1962 la colaboración con la Mafia terminó, pero los tres capos involucrados se harían famosos poco después como grandes sospechosos del asesinato de Kennedy, en 1963. Según esta tesis, Giancana y el resto de la Mafia estaban muy cabreados por la ofensiva del Gobierno contra sus intereses, igual que los anticastristas, por dejarles sin apoyo aéreo en Bahía de Cochinos. No se asusten, en el asesinato de Kennedy no vamos a entrar. Pero bueno, casi todos acabaron mal. Bob Kennedy, tiroteado en 1968. Sam Giancana, en 1975, antes de declarar ante el comité del Senado que investigaba la implicación de la CIA en los intentos de asesinato de Castro. Rosselli desapareció en 1976 cuando debía testificar en la Comisión de Investigación del caso Kennedy y apareció flotando en un bidón con las piernas cortadas en una bahía de Miami. Lansky murió en 1983 como muy pocos mafiosos, de viejo y en su casa de Miami, con ochenta y dos años. Era ya una leyenda, pero nunca pudieron pillarle por nada. Batista también vivió tranquilamente y falleció en 1973 en Marbella. Al cierre de este libro, parece que Castro sigue vivo.


Las claves de ‘El padrino’

Joe Valachi, primer mafioso en desvelar los secretos de la Cosa Nostra. Sin su testimonio, quizá hoy no tendríamos las películas de la saga El Padrino.

Durante décadas, en la imaginación del público, la expresión “crimen organizado” fue sinónimo de Al Capone, ametralladoras Thompson y caóticos tiroteos en las calles de Chicago. Cuando el mítico Capone —que tuvo íntima relación con la Mafia pero que nunca perteneció a ella, ni siguió sus reglas y costumbres— fue encarcelado, el ciudadano de a pie dejó de escuchar noticias sobre grandes organizaciones delictivas y la gente sabía bien poco de los auténticos reyes del crimen norteamericano: individuos como Lucky Luciano, Carlo Gambino o Sam Giancana que habían llegado a acumular un inmenso poder, hasta el punto de influir en las altas esferas, incluyendo el FBI, la CIA y la propia Casa Blanca. La existencia de la Cosa Nostra y su extraña naturaleza ritual, inspirada por viejas costumbres del caciquismo rural siciliano, eran un secreto bien guardado. Por eso, en 1963, causó una considerable conmoción el testimonio de un mafioso de poca monta (Joe Valachi) quien ejercía de chofer en la “familia” Genovese y que fue el primer miembro de la Mafia en describir públicamente sus estructuras y ceremonias de iniciación.

Vito Corleone
Aunque muchos espectadores pensaron que Vito Corleone era demasiado “peliculero” como para resultar realista, lo cierto es que estaba directamente basado en mafiosos auténticos.

De repente, toda una realidad oculta de la sociedad norteamericana quedaba al descubierto cautivando la fantasía de una sorprendida audiencia. El escritor Mario Puzo terminó de rentabilizar el asunto ilustrando el mundo mafioso en su novela The Godfather. El libro, que narraba sucesos con una considerable base real —aunque cambiaba los nombres de algunos personajes y creaba otros nuevos sintetizando características de varias personas reales— se convirtió en un gran éxito y también en la obra literaria más apetecida por el Hollywood de entonces. Incluso el director italiano Sergio Leone soñó con adaptar el libro, pero la historia cayó finalmente en manos de un relativamente poco conocido Francis Ford Coppola.

La extraordinaria calidad artística y el resonante éxito de las películas El Padrino y El Padrino II establecieron una nueva corriente cinematográfica a la hora de retratar el crimen organizado. Vito Corleone sustituyó a Al Capone como estereotipo del capo italoamericano gracias a la poderosa interpretación de Marlon Brando, y una Mafia sinuosa, secretista y de férrea disciplina se convirtió en objeto de las fantasías morbosas de los espectadores. Aunque las dos partes de El Padrino (la tercera, francamente, no la tendremos en cuenta) mostraban una imagen excesivamente estilizada y romántica de la Cosa Nostra y sus miembros, lo cierto es que muchos de los personajes y situaciones que aparecían en pantalla eran reflejo más o menos evidente de personajes y situaciones reales. Semejanzas que en algunos casos fueron rápidamente captadas por los espectadores pero que en otros pasaron más desapercibidas. De hecho cuesta encontrar algo en aquellas películas que no tenga un referente directo o indirecto en la historia real de la mafia norteamericana de los años 30, 40, 50 y 60. Hagamos pues un repaso a todas esas referencias, comenzando por las más conocidas y fácilmente identificables hasta llegar a las más complejas y retorcidas, como las que sirvieron para construir a los dos protagonistas de El Padrino, Vito y Michael Corleone.

Estas son las claves de El Padrino y El Padrino II:

Johnny Fontane: fue la referencia más obvia de la saga. Todo el mundo identificó inmediatamente a Frank Sinatra con aquel cantante de emociones inestables que recurría constantemente a la Mafia para solucionar sus problemas. De hecho, Fontane era —junto a Michael Corleone— uno de los protagonistas absolutos del libro original, pero en las películas su papel fue acertadamente reducido a una aparición anecdótica.

Frank Sinatra y Carlo Gambino

Eso no impidió que Sinatra se mostrase ofendido por el retrato que se hacía de él como de un perrito faldero de los mafiosos (relato certero, por otra parte). Aunque la famosa secuencia de la cabeza de caballo metida en la cama de un productor para conseguirle un papel a Fontane era ficticia, sí tenía fundamento real la historia que Michael Corleone cuenta en el film acerca de cómo Johnny Fontane es liberado por Luca Brasi —a punta de pistola— del contrato que le impide avanzar en su carrera.  Frank Sinatra recurrió a la Mafia para romper su contrato con el director Tommy Dorsey, a quien se le hizo “una oferta que no pudo rechazar”: darle el finiquito laboral a Sinatra o ver sus propios sesos esparcidos por la mesa de su despacho. Como hemos dicho, el film enfureció a Frank Sinatra, pero si el cantante pensó una vez más en recurrir a sus amigos mafiosos para vengarse de Coppola y Mario Puzo, tenía una idea equivocada de su relación con la Cosa Nostra: en aquellos tiempos, el capo Sam Giancana estuvo acariciando seriamente la idea de asesinar a Sinatra —a quien consideraba demasiado inestable y poco fiable— para que no contase lo que sabía.

Luca Brasi y Albert Anastasia

Luca Brasi: El temible —aunque no muy inteligente— sicario de confianza de Vito Corleone es la versión cinematográfica de Albert Anastasia, uno de los más célebres asesinos en la era “clásica” de la Mafia. De físico similar al de Luca Brasi de la pantalla, Anastasia fue el líder de Murder Inc (“Asesinato S.A.”), el escuadrón de asesinos que trabajaba para el todopoderoso Lucky Luciano y que se encargaba de eliminar a los adversarios del jefe mafioso. De hecho incluso la prensa solía referirse a Anastasia como Su Alteza el Ejecutor. Al contrario que Luca Brasi en el film, Anastasia consiguió llegar a lo más alto y reinó durante un tiempo en la poderosa familia Gambino, pero también murió asesinado. Anastasia no fue demasiado astuto manejando las intrigas internas y Su Alteza el Ejecutor fue ejecutado a tiros mientras se sentaba en el sillón de una barbería con una toalla húmeda cubriéndole el rostro.

Hyman Roth: el apacible mafioso judío que hace tratos con Michael Corleone y que fue interpretado por Lee Strasberg (legendario profesor del Actor’s Studio) es la representación de Meyer Lansky, amigo personal y socio de Lucky Luciano, y que fue célebre por convertirse en el primer contable oficial de la Mafia norteamericana, el hombre que puso en orden la economía mafiosa, que descubrió el enorme poder de la organización y que tenía fama de ser el cerebro más brillante del crimen. La frase con la que Hyman Roth anuncia a Vito Corleone la magnitud económica de la Cosa Nostra («Somos más grandes que U.S. Steel») es la frase que, en la realidad, empleó Meyer Lansky para comunicarle ese mismo mensaje a Lucky Luciano.

Hyman Roth y Meyer Lansky
Hyman Roth y Meyer Lansky

Al igual que Roth, Lansky intentó usar su condición de judío para refugiarse en Israel y evitar el acoso policial pero las autoridades israelíes le negaron el visado, tal y como se ve en la película. Curiosamente, aunque el personaje de Hyman Roth difería bastante de su verdadera personalidad, al auténtico Meyer Lansky le gustó el trabajo de Lee Strasberg y así se lo hizo saber —para asombro del actor— en una ocasión en que se encontraron casualmente. De todos modos, la citada secuencia de la conversación entre Roth y Michael Corleone, en la que el viejo mafioso judío recibe a Michael sin camiseta y sentado de forma indolente viendo el béisbol, curiosamente no está inspirada por Meyer Lansky sino por la visita que Coppola hizo a un productor de cine que le recibió de tal guisa en su casa.

Moe Green: escudero de Hyman Roth, de carácter irascible y encargado de dirigir los casinos mafiosos de la familia Corleone, es evidentemente el retrato de Benjamin “Bugsy” Siegel, el hombre que inventó Las Vegas. Ambos personajes son temperamentales y están obsesionados con el buen vestir, ambos pertenecen a la mafia judía y ambos tienen un excesivo afán de independencia. La ambición de Siegel y su carácter impulsivo le llevaron a fundar un imperio del juego, pero también a perder el control de sus gastos en la construcción del suntuoso casino Flamingo, endeudándose hasta límites intolerables con los mismos jefes mafiosos que le habían respetado hasta entonces. En la película, Moe Green es asesinado de un disparo en un ojo mientras recibe un masaje, y en la realidad Bugsy Siegel fue asesinado de un disparo en un ojo mientras leía tranquilamente el periódico en el sofá de su casa.

La cumbre de La Habana: Michael Corleone, Hyman Roth y otros jefes mafiosos se reúnen en la terraza de un hotel para repartirse los negocios en Cuba (cortando una tarta con la misma forma de la isla). Una reunión similar tuvo lugar en el hotel Continental de la capital cubana, donde los principales capos de su tiempo —Meyer Lansky entre ellos— acordaron cómo llevar sus negocios caribeños. A diferencia de lo que ocurre en la pantalla, nadie conspiró para eliminar a Lansky, pero sí se decidió que era necesario terminar con la vida de su protegido Bugsy Siegel, que llevaba gastados seis millones de dólares (de la época) en un casino que debería haber costado menos de tres.

La secuencia del bautizo: una de las escenas más famosas de la saga El Padrino, en la que Michel Corleone bautiza a su sobrino mientras sus matones lanzan una repentina campaña de asesinatos para borrar del mapa, en un solo día, a sus adversarios. Esta matanza está basada en la “Noche de las Vísperas Sicilianas”, cuando Lucky Luciano barrió a sus enemigos de manera semejante, en un solo día y en diversas partes del país.

El asesinato de Solozzo en el restaurante: otra secuencia universalmente célebre —homenajeada a menudo, incluso en Los Soprano— con la que, por cierto, Al Pacino se ganó el respeto de quienes trabajaban en la película, que hasta entonces le habían considerado inadecuado para el papel de Michael Corleone. El personaje de Pacino está cenando con un mafioso rival —Solozzo— y con el jefe de policía —McCluskey— y de repente pide cortésmente permiso para ir al servicio. Una vez allí, saca una pistola escondida en una cisterna del lavabo, sale y dispara a los otros dos comensales. Esta secuencia está inspirada por uno de los episodios más famosos en la biografía de Lucky Luciano, quien —antes de convertirse en un “Padrino”— cenaba en un restaurante similar con su jefe, Joe Masseria, quien por entonces controlaba el crimen italiano en Nueva York. Lucky Luciano, como Al Pacino en la película, también pidió permiso para ir al servicio, aunque no sacó ningún arma y se limitó a escabullirse por la puerta trasera. Mientras, varios de sus compinches —Bugsy Siegel, Vito Genovese y Albert Anastasia— entraban en el restaurante y cosían a balazos a Masseria.

Don Fanucci: el matón de traje blanco que chantajea y aterroriza a los inmigrantes italianos del barrio donde crece Vito Corleone, es la representación no de un único personaje sino de una organización: la “Mano Negra”. Estas eran unas bandas criminales que, a finales del siglo XIX y principios del XX, se dedicaban a extorsionar a sus compatriotas en los barrios italianos de las ciudades norteamericanas, especialmente Nueva York. Incluso intentaron chantajear a toda una estrella mediática, el tenor Enrico Caruso, por actuar en “su territorio”. Los métodos de la Mano Negra eran brutales y además de las palizas constantes y asesinatos eran frecuentes las violaciones e incluso el secuestro de niños para chantajear a sus familias (incluso algún pequeño rehén fue descuartizado y devuelto a la familia en una cesta). Cuando los miembros de la Mafia —que normalmente llegaban a Estados Unidos huyendo de la justicia italiana— empezaron a establecerse en Nueva York, comenzaron a ponerse de acuerdo para asesinar los líderes de la Mano Negra y someter a los miembros de aquellas bandas. Los recién llegados miembros de la Mafia eran más disciplinados que la chusma incontrolada de la Mano Negra, se adaptaban mejor al nuevo país —los más jóvenes de entre ellos incluso aprendían a hablar inglés, algo poco común entre población italoamericana de entonces— y además su intervención fue bienvenida por los inmigrantes italianos quienes, teniendo que elegir entre lo malo y lo peor, decidieron que la dictadura de la Mafia resultaba más soportable que la brutalidad arbitraria de la Mano Negra. La Mafia solía tener sus códigos, mientras que la Mano Negra no había tenido códigos ni límites y había hecho negocio incluso con la prostitución infantil, de manera abierta y sin disimulos. En la película, Vito Corleone asesina a Don Fanucci para controlar el crimen en el barrio pero también establece un régimen paternalista sobre sus compatriotas inmigrantes, para quienes Vito Corleone es un “santo varón” al lado de Don Fanucci. Ello cual ilustra cómo se produjo la toma de control de la Mafia sobre otras bandas criminales italianas en América.

Vito Corleone

Vito Corleone: con este personaje, Marlon Brando definió una nueva imagen universal del jefe criminal. Aunque mucha gente consideró —y aun hoy considera— que Don Vito resulta demasiado estereotípico y cinematográfico como para tener alguna base real, lo cierto es que sí está inspirado en un personaje concreto: el capo Carlo Gambino, que había reinado en los tiempos inmediatamente previos a la novela de Puzo y los films de Coppola. Al igual que Vito Corleone, el temido Don Carlo era un hombre de aspecto modesto e inofensivo, que nunca levantaba la voz y detestaba que nadie gritase en su presencia. Era un hombre de familia chapado a la antigua: no era mujeriego ni se le conocían grandes vicios y vestía de forma discreta. Vivía en una mansión de Long Island muy parecida a la casa de Vito Corleone. Bajo su conducta tranquila y su forma de hablar pausadamente y en voz baja, Carlo Gambino era realmente un individuo frío y calculador, capaz de reservarse una venganza durante años hasta encontrar el momento oportuno. Ambos personajes vivieron plácidamente sin entrar nunca en prisión y ambos murieron de un ataque al corazón a una edad avanzada.

De todos modos, y aunque Carlo Gambino es el molde para haber creado la personalidad y conducta de Vito Corleone, la caracterización de Brando incluye algunos elementos inspirados en otros mafiosos reales. El actor se basó en el mafioso Frank Costello —amigo íntimo de Lucky Luciano— para darle a su personaje aquella mítica voz quebrada. Y la expresión facial típica de Vito Corleone —cejas arqueadas y cara de resignación— está evidentemente basada en varias fotografías tardías del supercapo Sam Giancana.

Michael Corleone y Lucky Luciano

Michael Corleone: el personaje protagonista de la saga está a medio camino entre la realidad y la ficción. Su personalidad ni está basada —ni se parece— a la de ningún jefe mafioso concreto y de hecho se puede considerar que Michael Corleone es un personaje de ficción en toda regla. Sin embargo, el papel que Michael representa en la Mafia de la película y varios de los sucesos que protagoniza hacen referencia directa a la biografía de Lucky Luciano. Al igual que Michael Corleone, Luciano fue el responsable de “profesionalizar” la Mafia, invirtiendo en empresas y apoderándose de negocios legales gracias a sobornos, chantajes o amenazas. Comprendió la importancia de dejar atrás ciertos tabúes de la Mafia siciliana, modernizando sus métodos y tratando de minimizar el uso de la violencia, ejerciéndola de manera puntual y lo más discreta posible. Pero el parecido entre ambos termina ahí: Luciano era muy inteligente pero no tenía estudios —había sido un delincuente callejero desde su niñez— ni tampoco era tan ascético como Michael Corleone. De hecho, a Luciano le gustaba estar rodeado de mujeres y solía retozar con prostitutas a diario. El único detalle similar en sus vidas sentimentales es el hecho de haberse enamorado de una italiana durante sus respectivos exilios: en el film, Michael Corleone se enamora de una siciliana —aunque es asesinada al poco tiempo— y lo mismo le pasó a Lucky Luciano con la mujer que convivió con él hasta que el mafioso murió de un infarto en un aeropuerto.

Nos han quedado en el tintero muchas otras referencias, la mayor parte de ellas menores, que darían pie a todo un libro dedicado al asunto (y más aún si se incluyese la tercera parte de la trilogía cinematográfica) pero creemos que con todas las citadas ya hay más que suficiente como para empezar a ver las dos películas clásicas con otros ojos.