Un smartphone, un voto

Fotografía: Japanexperterna.se (CC BY-SA 2.0)

No alcanzo a recordar en qué novela de los años veinte del pasado siglo sucedía. Puede que fuera en El secreto de un loco, de Benigno Bejarano, puede que en alguna de Carlos Mendizábal. Importa poco: lo que importa es señalarlo. De aquella novela no recuerdo nada más que esto: los personajes llevaban pequeños televisores en los bolsillos en los que continuamente veían noticiarios o películas que eran un claro vaticinio de los teléfonos móviles, aunque es cierto que los personajes no podían interactuar con sus aparatos, estos eran meros recipientes donde descargaban una programación más o menos educativa y dogmática. Pero lo que más llamaba la atención es que esta capacidad certera para intuir el futuro tecnológico se compensaba con una audaz carencia imaginativa en lo concerniente a la geopolítica: los personajes de la novela llevaban móviles en los bolsillos antes de que la televisión fuera un electrodoméstico, sí, pero en el mundo en que vivían Marruecos seguía siendo un protectorado. El autor, confiando en su capacidad de futurólogo, podía acertar en cuanto a la cuestión tecnológica, pero la política ni se la planteaba, daba por hecho que todo seguiría más o menos como estaba. Podía imaginar nuevas formas de dominio mediante la tecnología, pero las colonias eran colonias, y la geografía política no se tocaba, permanecía en el limbo de lo que no está sujeto a cambios. 

El detalle no es anecdótico: coches voladores y viajes espontáneos eran recurrentes en la ciencia ficción de pantalón corto que se practicó a principios del XX —a menudo muy ladeada hacia la sátira, como otra novela que tampoco recuerdo en la que unos astronautas viajaban por el espacio en un armario en el que solo llevaban jamón ibérico para demostrar a las civilizaciones de ahí fuera la calidad de vida de este planeta—, pero, en cuanto a la cuestión política, el único movimiento que se permitían —como haría Orwell más tarde— consistía en reducirlo todo a grandes bloques en pugna, cuantos menos bloques mejor, nosotros contra ellos, el norte contra el sur, Oriente y Occidente, imperio y rebeldes. O dejarlo todo tal y como estaba —Marruecos como protectorado— porque ningún cambio tecnológico iba a amenazar el statu quo de los países que mandaban en el mundo en tenso equilibrio.

Ahora pasa igual. A cualquiera le es fácil imaginar, en el aspecto tecnológico, a dónde van a conducir los avances de ingenieros e informáticos (puede que también se unan los cirujanos para implantarnos cosas en la cabeza, quizá una ranura donde insertar novelas), es prudente suponer que, como acontece en algunas películas del género, nada más nacer una nueva criatura se entregue a los padres un informe donde se detallen los padecimientos que la visitarán y recomendándoles alimentación y hábitos para retrasarlos —cuando no la propia selección de laboratorio sea la que cree criaturas sin defectos de fábrica: solo tendrán los padecimientos que ellos mismos se procuren con sus decisiones, no por falla de la genética—. Pero ¿quién se atreve a imaginar el futuro político? ¿Necesitaremos un tirano? ¿Se saldrá con la suya Platón, primer teórico de la realidad virtual? Lo cierto es que no hubo un solo historiador ni periodista que se adelantara a los acontecimientos para decirnos: «El Muro de Berlín va a caer». Ninguno —que yo sepa— advirtió de que la infalible necesidad de guerra de la industria del armamento y la pamplina del patriotismo necesitaría un golpe colosal como el ataque a las Torres Gemelas. Y, antes, nadie dijo nada de los campos de concentración nazis antes de que estos abrieran —naturalmente, después fueron muchos los que dijeron que lo habían predicho, que lo avisaron, pero que nadie los escuchó—. 

Las ilusiones de la influencia tecnológica en los mapas políticos se evaporan rápido y ahora suenan a cánticos de parvulario todos aquellos himnos que sonaron cuando emergió internet como una herramienta contra las fronteras, por la libertad, en impetuosa cabalgada de una globalización que, a expensas de multiplicar las posibilidades de mercado, abrocharía también definitivamente las menguadas virtudes de los nacionalismos. Más o menos cualquiera puede fantasear con coches que van solos y no chocan nunca, pero, en la cuestión política, ¿quién se atreve a apostar por nada más allá del hecho, ya obvio, de que el dataísmo se ha convertido en el ismo más influyente de la historia de los ismos? Pero hasta el dataísmo tiene todavía sus límites, porque ¿quién, por mucho big data que tuviera a mano el año pasado, hubiera sido capaz de vaticinar que habría, aquí en España, mediante moción de censura que aunara a las más diversas opciones ideológicas, un nuevo Gobierno formado por un grupo con solo ochenta y pico diputados? 

Cuando, a finales de los años noventa, internet nos empezó a colonizar la vida, ya hubo quien adelantó que un aparato como el teléfono se volvería médula de nuestra existencia, pero, en pleno boom del internacionalismo, ¿quién se habría atrevido a vaticinar que la fuerza política más pujante aquí y allá hundiría sus raíces en el populismo? ¿Perón tenía alguna lección que darnos, de veras? ¿El catecismo de Goebbels iba a ser resucitado en aras de una democracia virtual donde el ruido y la furia iban a dictar sus sentencias sin el menor asomo de respeto por lo que susurrasen los tribunales instituidos para llevar a cabo juicios? Así las cosas, ¿quién se atreve a imaginar lo que nos espera, en el plano político, a la vuelta de la esquina? Lo único que puede predecirse es lo de siempre: los cacaos ideológicos servirán solo para alzar hasta el poder a quien sea, el cual, una vez ganado el poder, traicionará minuciosamente todos los peldaños con que construyó su escalera. El poder es como el lenguaje, que decía Wittgenstein: una escalera que te permite llegar a algún punto desde el cual derribar la escalera que te ha alzado. Por ese motivo quienes ostentan el poder se parecen tanto entre sí, más allá de las escaleras que hayan utilizado para llegar al poder. Entre el Obama aspirante y el Obama presidente hay mucha más distancia ideológica que entre el Obama presidente y el Bush Jr. presidente, porque lo que pesa ahí es el cargo, no el apellido. Por eso fue tan decepcionante el mandato de Obama, porque lo comparábamos todo el tiempo con el aspirante a presidente, con la promesa, en un ejercicio de ingenuidad pasmoso. Quien ostenta el poder es siempre un enemigo de la promesa.

En aquellos días aurorales de la era digital se pensaba que la democracia se fortalecería de tal manera que se convertiría al fin —sin tener nada que ver con ese sintagma del terror soviético— en una democracia real. La tecnología facilitaría que nuestra opinión —opinión significa opción— se tuviera en cuenta no solo cada cuatro o cada seis años, sino prácticamente a diario. Votar sería una cosa cotidiana. Decidir a diario, implicarnos en la tarea de gobierno de manera habitual, un smartphone, un voto. Nos parecía que, una vez armado cada individuo con su máquina, como una extensión natural de su persona física, el Estado podría, para acabar con la farsa de la representación, ponerse de veras en las manos del pueblo —utilizo la palabra más con melancolía que con cinismo, aunque también— para que este fuera decidiendo su suerte cada mañana, con el desayuno, o al menos una vez a la semana, para que no se volviera tediosa la emisión de opiniones. 

Pero, aunque cambien las reglas del juego, el juego apenas cambia, eso lo sabe cualquiera, y por supuesto que estábamos avisados de que quien hace la ley hace la trampa, y nos temíamos, quizá, en algún momento de lucidez escéptica, que solo se nos permitiese votar desde nuestro teléfono o computadora —en conexión segura, si es que la hay— en aquellos puntos en los que sería temible escuchar a la mayoría, porque la democracia podrá tener la buena prensa que se quiera, pero es evidente que en muchos asuntos el NO le gana al SÍ, aunque haya conciencia de irresponsabilidad e injusticia, porque la suma de enemigos de algo es casi siempre superior a sus defensores. Imaginen tener que elegir un Gobierno de esa manera, donde se nos preguntase por cada cargo. El presidente propone a alguien y los ciudadanos tienen que decir sí o no, todos los ciudadanos, no solo los votantes del partido del Gobierno. No se nombraría un solo ministro nunca. La gente que tiene algo en contra de alguien siempre es más que la que lo tiene a favor, aunque solo sea por joder. La facilidad de comunicación, como se ha visto con Twitter y otras redes, lleva indefectiblemente al cinismo y la falta de piedad, porque, por incidencia que tenga en el mundo real, las decisiones que se toman siguen inyectadas del veneno de lo virtual: aquí conviene citar una desconocida novelita de César Aira, El juego de los mundos, donde los chavales destruyen planetas reales —sabiendo que son reales— desde sus computadoras. Que el acto virtual tenga incidencia en la realidad no hace que quien lo ejecuta cobre ningún sentido de responsabilidad, pues el acto contamina a sus consecuencias, por lo que las consecuencias también serán virtuales en la conciencia de quien lo realiza. 

No hace falta asomarse al futuro para obtener pruebas fehacientes de este mecanismo siniestro.

¿Cómo imaginar la realidad política en un mundo tan tecnológico como el que ya habitamos, que es apenas un parvulario del que nos espera y donde disciplinas escasamente científicas —como la sociología— parecen haberse alzado al podio de las ciencias puras, por lo que no es raro que se haya instalado en nuestras vidas la sensación de habitar en la era de la posverdad? Imaginarlo, intentarlo siquiera, tiene algo de desafío contraproducente, como saltarse un montón de capítulos intermedios en una novela para ir a las páginas finales y descubrir allí qué pasa a sabiendas de que con esa información quizá podamos imaginarnos lo que ocurrió en medio. 

Confieso que el futuro nunca me ha interesado lo más mínimo, como todo lo que no existe. No es más que el lugar de nuestra tumba. Pero si es fácil, como en la novela que no recuerdo si era de Bejarano o de quién, intuir que en el ámbito tecnológico los avances serán extraordinarios —trenes que van a dos mil por hora, desayunas pan con aceite en la estación de Cádiz a las ocho y a las nueve y media entras a trabajar en algún lugar de París— y que, naturalmente, afectarán a la vida cotidiana —¿desaparecerá el sexo entre humanos? ¿Las nuevas generaciones solo sentirán deseos ardientes por mecanos exquisitamente diseñados para aparentar ser criaturas de belleza inmarcesible? ¿Cobrarán las leyes del copyright a quienes se masturben el porcentaje de «derechos de autor» que le corresponda a quien inspire el acto onanista?—, no resulta nada sencillo intuir siquiera qué tipo de régimen político padecerán los ciudadanos, aunque es previsible que, como todos hasta el día de hoy, esté en manos de una élite y se ejerza sobre una masa uniforme a la que mantener contenta con pequeños sorbitos de vida. Pero ¿cómo? ¿Cómo conseguirá disfrazar la autoridad del Estado su mentira una vez que perezcan todos sus símbolos? ¿Que no perecerán esos símbolos? Ya, ¿alguien puede decirme cuál era la bandera de Gengis Kan, el hombre más poderoso de la historia? ¿Pueden señalarme los límites, alucinantes, de su imperio? Sí, los símbolos perecerán todos y serán suplidos por otros, eso está claro, pero ¿será toda la Tierra un Parlamento y el sueño de la razón producirá monstruos —expresión que significa, según el grabado de Goya, dos cosas muy distintas: una, que si la razón se duerme vienen los monstruos y, otra, que la razón llevada a su límite, su sueño, es también monstruosa—?

No lo sé. Solo sé que cualquier expedición futuróloga que se atreva a dibujar un panorama político se equivocará. Porque es lo único apasionante que tiene la política: que nadie puede decir «mañana a las doce y cuarto empieza la Edad Media», que solo puede acertarse su quiniela cuando ya están todos los partidos jugados, que, aunque su negocio verdadero sea el futuro, la promesa, no ha habido un solo escritor, ni Orwell siquiera, que, si se atrevía a entrar en detalles, acertara cuando imaginaba, políticamente, el futuro. Solo sabemos que empezó una revolución. Y también sabemos, nos lo ha enseñado la historia, que toda revolución acaba siempre en un Napoleón hambriento.


Jesse Owens pasaba por allí

America's great Olympic track star Jesse Owens is showing two boys from the South Side Boys Club the starting position that brought him fame. Rajah Latimore (left) Sherman Davis 1st July 1954
Jesse Owens enseña la posición de salida a dos niños del South Side Boys Club, 1954. Fotografía: Cordon Press.

En realidad, no quería demostrar nada. Jesse Owens no pretendía convertirse en un símbolo contra el racismo, ni en un icono. Eso vendría luego. Owens fue a los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 a competir como lo llevaba haciendo los últimos años en Estados Unidos. Llegó —con su mirada huidiza, su sonrisa sincera y su piel negra—, ganó cuatro medallas de oro delante de Adolf Hitler y regresó a su país a seguir trabajando como botones.

El periodismo se encargó de lo demás. Y eso que Owens seguía sin estar por la labor. Cuando un reportero le preguntó si el Führer le había dado la mano para felicitarle, el atleta respondió: «Cuando pasé, el canciller se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal. Creo que los periodistas están teniendo el mal gusto de criticar al hombre del momento en Alemania».

James Cleveland Owens era negro. Y es este el detalle que da sentido a esta historia porque, sin pretenderlo, el conocido como «Antílope de ébano» hizo trizas la teoría de la supremacía genética aria ganando todas sus pruebas en un estadio engalanado con esvásticas y copado por atletas blancos y rubios. Lo de Jesse vino por un problema de pronunciación. En su primer día de colegio en Cleveland, con nueve años, un profesor le preguntó su nombre. James respondió «J. C.» en inglés, que tiene una fonética parecida a Jesse y más si quien lo pronuncia es un chaval recién llegado de una granja de Alabama. El profesor no llegó a entenderle muy bien y le quedó Jesse para el resto de sus días.

Jesse era hijo de granjero y nieto de esclavos. Nació en 1913 en Oakville, Alabama, en séptimo lugar de un total de once hermanos. Nunca volvería a quedar tan rezagado. Como cabe imaginar, los Owens no eran ricos y desde chaval Jesse tuvo que trabajar después de la escuela. Lo suyo eran los zapatos. Los arreglaba con maestría. Tanta como la que tenía en destrozarlos corriendo. En el colegio, tal y como rememora el propio atleta en sus memorias, la mayoría de compañeros no quería jugar con él, de modo que se dedicaba a dar vueltas al campo de béisbol a zancada limpia para no aburrirse. Cuando tenía nueve años, y en plena vorágine migratoria negra desde los estados del sur al norte (que movió a más de 1,5 millones de afroamericanos), los Owens se trasladaron a Cleveland (Ohio) donde aquel profesor no entendió su nombre. No fue hasta el instituto cuando alguien se fijó en cómo corría.

Charles Ripley se llamaba el tipo que opinó que Jesse Owens podía llegar a ser un atleta profesional. En realidad, Ripley se le acercó al verlo correr y le dijo: «Dentro de unos años serás el mejor atleta del mundo». Para conseguirlo, lo primero que tuvo que hacer su nuevo entrenador fue darle de comer. Owens era raquítico, un adolescente enclenque que se alimentaba una vez al día peleando por el mejor trozo de pan con diez hermanos más. A los siete años a punto estuvo de no contarlo: una neumonía lo llevó al límite y afectó a su desarrollo durante parte de su infancia. Ripley le preparó una dieta y comenzó a entrenarle durante los tres cursos en el instituto Fairview Junior High. Pero había otro problema: al terminar las clases, Jesse tenía que ir a arreglar zapatos para llevar su parte de la paga a casa, así que el entrenador aceptó adiestrarle de forma individual a primera hora de la mañana, antes de entrar en clase. Eso suponía levantarse a las cinco de la mañana cada día: sin duda, Ripley creía en las posibilidades del chaval.

El atleta norteamericano Jesse Owens. Jesse Owens lors d'une compétition dans l'Ohio. 1936. TOP-0005314 Vente uniquement en France. Demander autorisation pour toute utilisation publicitaire.
Jesse Owens en una competición en Ohio, 1936. Fotografía Cordon Press.

Tres años después de comenzar a entrenar, y como alumno del East Technical School de Cleveland, a Owens se le ocurrió batir el récord mundial de salto de longitud de su categoría. Tenía veinte años y arrastraba unos dolores de espalda que a punto estuvieron de hacerle desistir. Finalmente decidió participar en aquel campeonato nacional para institutos celebrado en Chicago y saltó 7,55 metros. De paso, igualó el récord mundial de cien metros lisos con una marca de 10,4 segundos. Su nombre también comenzó a correr, en este caso por las universidades estadounidenses, que ya se rifaban a la promesa negra del atletismo. El chaval malnutrido de la granja de Alabama cuya pronunciación no entendían sus profesores en el colegio de Ohio, se convertía en un símbolo estando todavía en el instituto. Nada comparado con lo que llegaría ser.

Owens no se fiaba. Igual que la anciana gallega a quien le preguntan delante de su casa si por esa parada pasa el autobús número 3 y responde «ayer pasó», Owens no se dejó engatusar por los cantos de sirena de las universidades y pidió garantías a cambio de su matriculación. Estas garantías respondían a lo que había sido su vida hasta ese momento: Jesse decidió acudir a la Universidad Estatal de Ohio a cambio de un trabajo fijo para su padre y otro para él. La universidad aceptó y Owens comenzó a trabajar en una gasolinera después de los entrenamientos. Entre depósito y depósito el chaval continuó con su apabullante avance y se dedicó a despedazar récords, contento por haber logrado la estabilidad económica que necesitaba su familia. Cada semana Owens era mejor y pronto sus cronos se elevaron a la altura de plusmarcas mundiales. Siendo universitario, «el Antílope» ya estaba en la élite del atletismo mundial.

Aunque probablemente Owens ni siquiera fue consciente, en uno de esos campeonatos nacionales el atleta logró lo que para muchos es la mayor proeza de la historia del atletismo. Tuvo lugar el 25 de mayo de 1935. Tras pedir un día de permiso en la gasolinera, Owens acudió a la Big Ten Conference en Ann Arbor, el campeonato de atletismo más prestigioso de Michigan. Y entonces sucedió: en cuarenta y cinco minutos batió cuatro récords mundiales absolutos. La primera prueba que corrió fueron las cien yardas lisas (91 metros), que completó para pasmo del respetable en 9,4 segundos. Después descansó nueve minutos y comenzó la prueba de salto de longitud: lo zanjó en un brinco de 8,13 metros que establecía una nueva marca planetaria. Pausa de quince minutos y carrera de 220 yardas: 20,3 segundos, otro récord. La prueba final, tras otros diez minutos de descanso fueron las 220 yardas vallas, que se zampó en 22,6 segundos. Owens —es un buen momento para decirlo— fumaba un paquete de tabaco diario. Y seguiría haciéndolo hasta el día de su muerte. Por cáncer de pulmón, por cierto.

La hazaña de la Big Ten Conference convirtió a Jesse en una celebridad que en junio de 1936 logró batir el récord mundial de cien metros lisos. También en Chicago, Owens bajó el crono a 10,2 segundos por primera vez en la historia. Todos los ojos se clavaron en los Juegos Olímpicos que ya tomaban forma en Berlín, la capital de la Alemania nazi. Hitler estaría en el palco, sus teorías raciales en el ambiente y Owens —negro— en la arena. El periodismo ya tenía historión.

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Jesse Owens winning the broad jump Olympic Games Berlin 1936
El salto de Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Fotografía: Cordon Press.

Contaban entonces las radios de Washington y Nueva York que el Führer había solicitado los Juegos para exhibir el poder ario. Escarbando un poco no hay ninguna señal que respalde que la intención de Hitler fuera esa. Al menos nunca lo dijo explícitamente. Es más, en el caso de que lo hubiera sido, Hitler hubiese acabado aquella justa olímpica bien contento, ya que los atletas alemanes fueron los que más medallas se colgaron. En realidad, poco importaba si Berlín 36 era un intento de propaganda aria o no: para el resto del mundo sí lo era y tener a un atleta negro que pulverizase el escenario era un gustazo. La realidad no iba a estropear aquel capítulo que, años después, sigue sirviendo para escribir relatos, algunos épicos y otros como este.

El primer día ya hubo «movida». Según la prensa norteamericana, Adolf Hitler solo estrechó la mano tras la primera jornada a los vencedores alemanes. Incluso, cuentan, rehusó felicitar a Cornelius Johnson, afroamericano que acabó tercero en su prueba. La prensa alemana se apresuró a desmentir el incidente y aseguraron que el bueno de Cornelius se había saltado la entrega de medallas y había regresado a toda prisa a un hotel —donde estaba alojado— que ni en sus mejores sueños podía pisar en Estados Unidos. Algo parecido sucedía con el mito Owens: el Gobierno alemán le permitió alojarse en el mismo hotel que los atletas blancos —el mejor hotel de Berlín— algo que, por ley, tenía prohibido en su país. El país que le enviaba a dar una lección al racismo. Tras el incidente con Cornelius el Comité Olímpico le dijo al Führer que se abstuviese de dar la mano a los ganadores de las pruebas, ya que esto retrasaba todo el horario de la competición. Desde ese día, Hitler no volvió a dar la mano a ningún atleta, al menos en público. Tampoco a Owens cuando machacó a sus atletas arios.

El 3 de agosto salta al estadio el chaval de Alabama y con él el entusiasmo norteamericano a seis mil kilómetros de distancia. La primera prueba que afronta son los cien metros lisos, entonces todavía sobre arena. En la línea de salida también está Ralph Metcalfe, compatriota de Owens también afroamericano y su máximo rival. Ambos son los únicos negros en la parrilla de salida y se despojan del chándal mientras Adolf Hitler hace acto de presencia en el palco. Ciento diez mil personas alzan su brazo para saludar al estilo romano a su canciller. Abajo, en la arena, Owens y Metcalfe a lo suyo. En realidad, el ambiente no era hostil. Es una pena despojar de esa épica al relato, pero la única verdad es que cuando Owens comenzó a tomar ventaja con su zancada corta y sus brazos bajos, el público alemán se vino abajo en vítores. A mitad de recorrido la carrera parecía sentenciada y solo Metcalfe amenazó en el tramo final la victoria de Owens. Al lado de las dos balas negras el resto de atletas arios parecían correr con pesos en los tobillos. Owens hizo 10,3 segundos y Metcalfe 10,4. Nadie tuvo a bien hacer un plano de la cara del Führer en ese momento, y eso que la carrera fue televisada. La expresión de Hitler no debió mejorar mucho cuando las ciento diez mil personas presentes en el graderío rompieron en ovación hacia el ganador. En el podio, saludo nazi del tercer clasificado y sonrisa contenida del ganador.

Al día siguiente, 4 de agosto, Owens participó en salto de longitud. De nuevo la épica se disuelve un poco cuando se le añaden gotas de realidad: el mayor rival de Owens era el alemán Luz Long, orgullo del Reich. Sin embargo, lejos de competir con odio racial, Long charló amistosamente con Owens entre salto y salto aconsejándole algunos movimientos y estrategias. Owens reconocería tras su victoria que la había logrado gracias a las «amables sugerencias» de Luz. No solo eso: Owens y Long comenzarían una estrecha amistad desde aquel día que llevaría al atleta estadounidense a visitarle en Berlín tras la guerra.

El 5 de agosto a Jesse Owens le tocaba correr los 200 metros lisos. Y, por supuesto, volvió a imponerse. A estas alturas la prensa estadounidense esculpía un mito a golpe de reportaje. Un mito antifascista y antirracista. Un mito, sin embargo, que seguía teniendo que usar un baño distinto al de los blancos en los edificios públicos de su país.

Jesse Owens in the 100m event at the 1936 Olympics Games in Berlin.
Jesse Owens corriendo los 100 metros en Berlín. Fotografía: Cordon Press.

La cuarta medalla de Owens llegó el 9 de agosto, en la prueba de 4×100 metros, junto a sus compañeros de selección. Jesse logró su cuarto oro estableciendo un hito del atletismo que no sería igualado hasta 1984, cuando Carl Lewis, el hijo del viento, alcanzó el mismo número de oros en los Juegos de Los Ángeles.

En aquel año, meses antes de partir a Berlín, Jesse había dejado su puesto en la gasolinera y trabajaba como botones en el Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York, a donde se había trasladado tras la universidad. Cuando terminaron los Juegos, Owens regresó a su puesto con las cuatro medallas al cuello. Y sin perdonar su paquete diario.

El único homenaje que el látigo americano contra el racismo recibió a su vuelta fue una simbólica parada de la Bolsa de Wall Street. No tuvo el honor de ser invitado a la Casa Blanca, honor que sí tuvieron algunos otros atletas, blancos todos ellos. El entonces presidente Franklin Delano Roosevelt rechazó el encuentro con Owens porque se encontraba en plena campaña de reelección. En aquel contexto y en aquella época, rendir honores a un ciudadano negro podía acarrearle un serio disgusto electoral de los estados del sur. De modo que Owens, como más o menos había hecho toda su vida, terminó de competir, recogió las medallas y volvió a su puesto de trabajo. Solo años después, en sus memorias, recordaría aquel capítulo con su presidente. «Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al presidente».

Owens se convirtió en un símbolo, pero probablemente él fue el que menos disfrutó de su estatus. Hoy, Estados Unidos tiene un premio con su nombre, becas, homenajes y hasta un museo. Pero la vida real de Owens tras su hazaña en Berlín no fue fácil. Tras dejar su puesto de botones se trasladó a Chicago donde se hizo mánager deportivo. En pocos meses se dio cuenta de que el dinero estaba en el espectáculo y arrancó una carrera de autopromoción en la que se ofrecía a correr contra galgos y caballos. Hasta llegó a ser relaciones públicas de varios locales de jazz de la ciudad. En 1976 el Gobierno rindió tributo por primera vez al atleta. El presidente Gerald Ford le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad. El 28 de marzo de 1990, a título póstumo, George H. W. Bush le condecoró con la Medalla de Oro del Congreso.

Hay una calle en Berlín que se llama Jesse Owens. También en Berlín, otro afroamericano, el jamaicano Usain Bolt, pulverizó todos los registros setenta y cuatro años después, recorriendo cien metros de suelo llano en 9,58 segundos, casi un segundo menos que Owens. El chaval delgaducho de Alabama que ganó cuatro medallas olímpicas tras pedir unos días de permiso en el hotel donde trabajaba de botones murió el 31 de marzo de 1980 en Tucson, Arizona, por un cáncer pulmonar consecuencia de su adicción al tabaco. Está enterrado en el cementerio de Oak Woods de Chicago. Ahora sí, tantos años después, es un símbolo. Aunque en realidad Jesse Owens no quería demostrar nada. Eso vino luego.

Jesse Owens who runs a dry cleaning business in Chicago seen pushing a truck. 1st July 1954
Jesse Owens empujando un carrito de la lavandería que abrió en Chicago, 1954. Fotografía: Cordon Press.


Rafael Poch: “China es de los países mejor gobernados del mundo”

Rafael Poch para Jot Down 1

La información internacional sufre dos grandes males. El más de lo mismo y el a ver quién la dice más gorda. Durante muchos años, Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona, 1956), corresponsal internacional de La Vanguardia, ha destacado por trabajar en una línea opuesta a estos dos vicios. En sus crónicas, al menos, siempre hemos encontrado otro punto de vista. No el contrario a la propaganda, sencillamente una visión singular, distinta. Poch considera que el periodista no debe leer solo periódicos, sino que tiene que seguir publicaciones más académicas y libros. Se queja de que cada vez conoce más periodistas jóvenes que no leen. Él apuesta por complementar la información con fuentes alternativas de calidad, como profesores de universidad o sociólogos, dada la tendencia a la mentira y el engaño de las fuentes institucionales. El resultado de esta forma de trabajar está en las hemerotecas, pero también en sus libros sobre la URSS (Tres días de agosto, Tres preguntas sobre Rusia y La gran transición, que ha sido traducido al ruso y al chino), China (La actualidad de China, un mundo en crisis, una sociedad en gestación) y Alemania (La quinta Alemania, que aparecerá en mayo editado por Icaria). Obras didácticas, llenas de matices. Versiones de los hechos históricos, de la sociedad de estos países, nutridas con fuentes diversas que pueden ir del político al campesino, del periodista al activista. Ha sido corresponsal en Europa del Este, Moscú, Pekín y Berlín. En todos estos destinos fue y es testigo de las grandes transformaciones del mundo contemporáneo. Repasamos con él su trayectoria para que ofrezca una explicación de todo lo que ha investigado y narrado para sus lectores.

Cuando estuviste de corresponsal en la URSS, describiste la vida así: “dura y poco confortable, pero al mismo tiempo bastante relajada; todo gira a pocas revoluciones y se desconoce el estrés laboral o la inseguridad por el futuro”. Luego pasaste a China y comentaste: “Pese a las dificultades, los chinos nunca habían sido tan libres y prósperos, lo que explica el optimismo que, en general, desprende la sociedad”. Cuenta cómo encontraste Berlín a tu regreso de China hace cinco años y, particularmente, cómo has visto España estos días.

Regresar a la vieja Europa fue reencontrarme con algo que describiría como “un gran bostezo social”. Aunque precisamente después de 2008, con todos los movimientos sociales que están surgiendo, mi visión está siendo matizada. Pero sí, en Berlín, en Europa occidental, encontré un gran bostezo. Y en España, treinta años de conformismo, apatía y abulia social. La generación que siguió a la nuestra de la Transición se durmió y se desencantó con la realidad que le tocó vivir. Se acomodó a ella. Era una realidad relativamente fácil. Además, cuando mi generación llegó al poder, hubo un desencanto porque dio una imagen muy poco ejemplarizante.

Este es el panorama europeo en general. Alemania creo que es un país bastante deprimido. Ocho millones de trabajadores precarios han transformado completamente un país que cuando yo lo conocí a principios de los 80 era ejemplar. En aquella época un redactor de una agencia de prensa ganaba 3000 marcos, el equivalente actual de 4000 euros, y ahora tiene un sueldo de 1200 euros sin seguridad laboral, te pueden echar cuando les dé la gana. El mileurismo ha llegado a Alemania y lo ha transformado todo. La inseguridad, la desigualdad, la injusticia. Todo este tipo de problemas, Alemania los despachaba antes gracias a su relativa nivelación social. Ahora que la ha perdido aparecen problemas psicológicos en la población, hay estudios que lo demuestran, y por supuesto consecuencias económicas. La moral del trabajo en Alemania no es la misma que era hace 30 años. Como sigan así lograrán trabajar tan mal como los españoles. Es verdad que aún en la gran industria las relaciones laborales están basadas en el modelo anterior, pero también hay trabajadores precarios en las cadenas de montaje de Mercedes. Están cambiando la gallina de los huevos de oro, el gran modelo alemán, con la exclusa de ser competitivos. El Mercedes no compite con el coche de Japón o China, se compra por la calidad. Una calidad que se consigue con buenas relaciones laborales y no con lo que están haciendo.

Por otro lado, en España ya ves lo que tenemos. Un movimiento social incipiente que no sabemos hasta dónde va a llegar. Visto desde fuera me ha parecido en algunos momentos muy exhibicionista, con mucha propuesta online y poco contenido ideológico transformador. Sin embargo, todo va cambiando poco a poco, esperemos que evolucione. La vida les empujará, y si no evoluciona y en Europa no logramos crear grandes movimientos sociales, como dice Fontana, tendremos lo que nos merecemos. Volveremos a un nivel de relaciones sociolaborales anterior a la Segunda Guerra Mundial, es decir, espantoso.

Por eso la generación que está ahora entre los 20 y 30 años, que simplemente no tiene futuro, tiene que ponerse las pilas. Si hablamos a nivel macroeuropeo, tenemos dos escenarios. El de 1848, el de la Primavera de los Pueblos, con distintas revoluciones y revueltas cívicas en los países —porque desengañémonos, los movimientos transformadores son nacionales, igual algún día sí se pueden coaligar para una transformación en la UE—, y el otro escenario es el de 1930, el previo a la Europa parda, intransigente y xenófoba. Es cuestión de apuestas, de con cuál te quedas tú. Yo veo indicios de lo uno y de lo otro, ya veremos qué sale de todo esto, pero de lo que surja, dependerá nuestro futuro y el de nuestros hijos.

En tus crónicas desde Berlín has destacado que el momento clave fueron las reformas de Gerhard Schröder.

Sí, marcan un punto de inflexión, pero la película empieza en la Reunificación. La primera idea es que Alemania, en este proceso que ha sido calificado por Fontana o Krugman como el de la Gran Desigualdad, estaba retrasada. En Europa, desde los años 70, asistimos a una gran ofensiva del capital que se come las conquistas sociales del consenso de posguerra, tanto en Europa occidental como en Estados Unidos. Empezó con Carter y siguió con Reagan y Thatcher en Inglaterra. Pero Kohl no pudo hacer esto porque estaban en la primera frontera de la guerra fría. Tenían enfrente una república democrática alternativa, cuya imagen de marca era el estado social. Esto obligó a la RFA a adoptar un capitalismo, que llamaban renano, marcadamente social. Todo esto se acaba con la Reunificación, en cuanto deja de existir la alternativa, el establishment occidental empieza a tener la libertad de hacer lo de Reagan, Thatcher e incluso Mitterand y los suecos.

Entonces, como llegan con retraso, llegan también con ansiedad. En ese contexto, se comen los tremendos costes de la Reunificación, que costó muchísimo dinero. Se habla de dos billones de euros, eso corresponde al 8% del PIB a lo largo de 25 años. Son gastos enormes que explican la obsesión alemana por la austeridad. Además, surge tras 1990 la gran reunificación mundial. Es la nueva oportunidad de marcar un modelo de relaciones laborales diferente. Se incorporó al mercado de trabajo todo el bloque del Este, más China e India. Todo eso dobló el número global de trabajadores. Añadió 1400 millones más de obreros, lo cual alteró la correlación de fuerzas entre capital y trabajo en beneficio del primero.

En Alemania el Este se utilizó como polígono de pruebas, con salarios bajos y precariedad. Esto repercutió en Alemania Occidental. Si los sindicatos decían que no a algo, se llevaban la fábrica al Este. Entre el año 90 y 2003 las reformas no fueron todavía posibles porque estuvieron muy ocupados en digerir toda la reunificación. Fue a partir del año 2000 cuando se crea el consenso de Lisboa en Europa, lo de la competitividad y todo esto, cuando Alemania comienza a desarrollar con mucho retraso la agenda neoliberal.

Kohl ya había empezado, pero no pudo por razones obvias. Entonces, quién mejor que una coalición de izquierdas para hacer el trabajo sucio. Ahí estuvo el señor Schröder con su Agenda 2010, que impuso el programa de recortes más importantes de la historia de la posguerra alemana. Y en eso estamos. Entre 2003 y 2006 todo son reformas laborales y sociales, que tienen un resultado ambiguo. Porque en Alemania se dice, sobre todo al exterior, que tienen éxito porque han hecho las reformas, mientras que los científicos sostienen que en realidad lo que hubo fue una mejora de la coyuntura general que disparó sus exportaciones. No obstante, ahí está la trampa ideológica de hacer ver que este éxito exportador tiene que ver con los salarios más bajos, cosa que no es verdad, y está trayendo muchísimos problemas.

Escribiste que en los últimos años de Merkel las reformas han ido en sentido contrario, que Alemania se aplica a sí misma medidas opuestas a las que pide que se apliquen los demás.

Merkel llega al poder en 2005 y desde ese año no ha hecho ningún ajuste. Ya le habían hecho el trabajo. No ha parado de decir: “¡Gracias, Schröder, gracias!”. Y eso que era su enemigo acérrimo. Es al revés, ahora está recomponiendo aspectos sociales, especialmente porque está en época preelectoral, con un par de medidas en esa dirección. Por eso es curioso que esta mujer diga a los demás que se aprieten el cinturón y no como ellos hicieron con la Agenda 2010, sino muchísimo más. Lo que ha hecho Grecia, lo que hace España, una devaluación interna del 20 o 30%, es mucho más fuerte que lo que sufrieron ellos.

Y ahora viene la demanda de 200.000 trabajadores cualificados del sur de Europa. Suena como un drenaje ¿nos convertimos en sus economías auxiliares?

A esto lo llaman “Falta de mano de obra cualificada”. Lo repiten como loritos. Viene de los think tank empresariales. Pero las preguntas aquí son: cómo es posible que en un país con 7% de paro falte mano de obra cualificada cuando no hay una presión salarial hacia arriba. Deberían pagar más a los pocos que hay para quedárselos, ¿no? Cómo es posible que haya falta de mano de obra cuando por cada oferta laboral hay ocho demandas de trabajo. Lo que veo es que hay una tendencia, un recurso empresarial, para mantener los salarios a la baja. No se contrata a la gente mayor porque piden sueldos demasiado altos. En cambio, se llama a un ingeniero español, o a un conductor de autobuses español, que se conforma con 1200 euros en Stuttgart —es un caso real, concreto, que conozco—. En algunas regiones alemanas, por ejemplo, Baden-Wurtemberg, donde hay prácticamente pleno empleo, sí hay falta de mano de obra en algunos sectores concretos de la industria, pero es muy anecdótico.

En cuanto a que nos vayamos a convertir en un satélite, creo que ya lo somos desde que entramos en el euro. Aunque, en gran parte, ya lo éramos desde antes. Yo me marché de España en el año 83 y éramos un país con mucha industria. España producía de todo, teníamos industria del calzado, metalurgia, teníamos construcción naval. Éramos un país más nivelado, mucho menos de servicios. La política europea ha conducido a que Alemania sea la fábrica productiva y exportadora y los demás hayan perdido terreno, incluso Francia. Esto es algo que hay que analizar y reconstruir para sacar las conclusiones pertinentes, tanto nosotros como la propia Alemania.

Rafael Poch para Jot Down 2

Sobre la Reunificación, has apuntado que fue una historia mucho más prosaica de lo que se reflejó en su momento y ha quedado grabado en la memoria colectiva. Para empezar, porque quienes  propiciaron desde el Este la caída del muro, los movimientos contestatarios de la RDA, lo que tenían en el horizonte era una tercera vía, ni marxismo-leninismo monolítico ni capitalismo.

Una de mis sorpresas al regresar a Alemania en 2008, después de unos años sin haber pisado Europa, fue comprobar que el tema de la Reunificación estaba por escribir. Se hablaba de una revolución pacífica, un cambio, un giro, y no había bibliografía sobre lo que había pasado en concreto. Los archivos estaban cerrados. Los célebres archivos de la Stasi eran inaccesibles en lo referido a la actuación del espionaje occidental durante la caída del muro. Husmeando un poco me di cuenta, y conmigo muchos alemanes, de que la película de la Reunificación es un tema interesante.

Tuvo tres movimientos. Primero, Gorbachov, el paradigma, el hacedor de la Reunificación alemana. Él permitió que el pequeño movimiento contestatario de la RDA se convirtiera en una marea humana. Estos movimientos eran socialistoides y verdes. ¡Wir sind das Volk! (“¡Somos el pueblo!”), decían. Y en el curso de pocos meses este eslogan se convirtió en ¡Wir sind ein Volk! (“¡Somos un pueblo!”). Se pasó de poner el acento en la rebeldía popular a ponerlo en la unificación.

Kohl, que era un viejo zorro, vio en la Reunificación la oportunidad de pasar a la historia como canciller. Con un poco de suerte, si lo manejaba bien, él que estaba de capa caída podía como político conseguir mantenerse en el poder electoralmente gracias a los votos del Este. Para eso tenía que seducirlos y su mensaje fue clarísimamente, a partir de marzo o abril del año 90, en víspera de las primeras elecciones libres en Alemania Oriental, “si me votáis a mí y no a un Gobierno que os repita las chorradas socialistoides, os garantizo que vais a tener Disneylandia, tíos”. Lo llamó “paisajes floridos”. Cita textual de Kohl. Y la gente en Alemania del Este, lo que era el movimiento social, la vanguardia, los escritores, los intelectuales, los activistas de la Iglesia protestante, eran gente idealista, visionarios. Querían socialismo, pero socialismo verde. No querían ser absorbidos por la RFA, querían su propia vía. ¿Pero la masa? La masa lo que quería era Disneylandia ya.

Entre marzo del 90, cuando los sondeos le daban un 10%, y las elecciones de mayo en las que ganaron sus satélites en el Este, hubo un vuelco. La clave está en esta Disneylandia que concretamente fue la promesa de la unión monetaria, que un marco del Este valiera lo mismo que uno del Oeste. Este era el truco. Si valían lo mismo, quería decir que si yo tenía 6000 marcos ahorrados en el Este, se convertían en 6000 deutsche Mark, el sueldo de dos meses de un periodista en el Oeste, pero en el Este suponía una auténtica fortuna. Sin embargo, cuando se hizo la paridad, se acabó toda la competitividad de la industria del Este. La RDA se fue a la porra, pero directamente. Se desindustrializó y generó cuatro millones de parados. Esto Kohl no lo dijo. Él vendió Disneylandia, no dijo “¡Tendréis desindustrialización!”. Ganó las elecciones y, una vez ganadas, convocó otras para el conjunto de Alemania y sobre esta dinámica o corriente volvió a ganar y se quedó en el poder ocho años más gracias a eso. Los socialdemócratas en la oposición decían: “Esto de la unión económica puede traer problemas”, pero no fueron capaces de explicarlo, solo Oskar Lafontaine lo apuntó, que dijo claramente que esto no iba a ser como lo pintaban.

Por supuesto, también estaba el deseo de la población oriental de comprar Disneylandia. Después de 40 años de estrecheces, era manifiesto que los del Oeste eran mucho más ricos. Esa fue la clave que dio a Kohl la Reunificación. Con ello consiguió una gran victoria política, los laureles de la Reunificación, pero también cosechó diez años de crisis económica en todo el país. A partir de ahí, Alemania fue considerada como el enfermo de Europa en el Economist, lo que dio fuerza para introducir la terapia de choque de la reforma de 2003. No se dijo que aquella “enfermedad” era consecuencia de una unificación realizada chapuceramente por razones políticas.

Lo mismo que esa Disneylandia era un espejismo, además sostienes que la propia caída del muro tampoco fue un cuento idílico.

La revolución pacífica que tira el muro tiene momentos oscuros. Hay un periodista húngaro, Andreas Oplatka, que ha publicado una investigación sobre todo lo que ocurrió estos días en su país, Hungría, que fue clave en la caída. Un trabajo muy bien hecho con los dirigentes húngaros de entonces, que como sabrás es el único grupo gobernante de países del Este que consiguió reciclarse y sobrevivir a la caída del muro.

En Hungría tenían una agenda oculta de apertura hacia el Oeste desde los años 80. Dentro de esta estrategia, Kohl les dio 1000 millones de marcos y fueron tolerados por la OTAN para seguir mandando en su país. Lo que ocurrió es que en el Lago Bálaton, que era como un Lloret de Mar para los alemanes orientales, de repente aparecieron llamadas, con octavillas, para cruzar la frontera por Austria, el día tal, por tal punto, a tal hora. Fue el picnic de Sopron, una especie de tanteo para ver cómo iba la cosa. Aquello salió muy bien y entonces se procedió a la apertura total de la frontera entre Hungría y Austria, por la que se colaron, huyeron, miles de turistas alemanes orientales. A cambio, los húngaros recibieron el aludido crédito y la promesa de una rápida integración en la UE.

Todo esto hay que verlo como lo vio el régimen de Alemania del Este; un régimen cuadriculado que había perdido por primera vez en su historia la referencia moscovita, donde ahora eran reformistas y les decían “haced lo que queráis”, y la gente se le iba del país en masa. Generó un gran nerviosismo. El régimen, que tenía la gran baza de abrir el muro, lo hizo de forma desordenada y ahí se desparramó toda la RDA, afortunadamente sin sangre. Pero cuidado, no quiero dar la impresión de que la caída del muro fue el resultado de conjuras de servicios secretos. Digo que, primero, fue Gorbachov el que tumbó el muro y fue el verdadero factor de la reunificación alemana. Pero segundo, en esa reunificación hubo mucho espontáneo, es cierto, pero también algo dirigido.

En resumen, para mí, es una revolución fallida. Especialmente desde el punto de vista de la propiedad. Todo esto condujo a que el patrimonio industrial de la RDA fuera absorbido por las empresas occidentales. Fue una desposesión enorme de los ciudadanos de la RDA, que eran propietarios colectivos de todo aquel pastel que habían generado tras 40 años de duro esfuerzo.

Durante tu corresponsalía en Pekín viajaste a Corea del Norte. ¿Cómo valoras la información que se está dando en los medios de la crisis actual?

Se presenta el conflicto nuclear restringido únicamente a que Corea del Norte tiene, o parece ser que tiene, una bomba atómica. El tema es mucho más complicado, como todo el mundo medianamente informado sabe. Desde los años 50, desde la guerra, Corea del Norte ha estado amenazada por el arma nuclear. Hasta los años 90, con la disolución de la URSS, esa amenaza estaba contrarrestada por el paraguas soviético. Cuando desapareció, los coreanos se plantearon hacerse con la bomba porque la amenaza se mantuvo en los mismos términos, hay armas nucleares en Corea del Sur, hay recursos nucleares en Guam a efectos de bombarderos estratégicos, de misiles preparados para ser utilizados. Por tanto, esto, sumado a lo que ha ocurrido en los últimos años, que una serie de naciones han sido atacadas por no tener bombas nucleares, Yugoslavia, Iraq, es lo que llevó a la dirección de Corea del Norte a la conclusión de sentido común de que había que hacerse con la bomba, que es supuestamente lo que han hecho.

Ahora en esta crisis ocurre lo de siempre. Se enfatiza la respuesta histérica de Corea del Norte, régimen absolutamente impresentable, pero se olvida que son reacciones a una serie de maniobras con el aumento de la capacidad misilística de Corea del Sur y aumento de la capacidad militar americana en la región. Por eso responden de esta manera.

Rafael Poch para Jot Down 3

Esta tensión militar, aumentada por el Sur y Estados Unidos, ¿es lo que impide el deshielo del régimen?

La dirección norcoreana tiene muy claro desde Kim Il Sung, desde el abuelo, que había que cambiar el sistema económico, que había que hacer reformas y abrirse. Pero también tienen muy claro que eso no sería posible mientras no hubiera un cambio en la situación geopolítica. Si no cesaba la amenaza nuclear estratégica contra ellos, no podían hacer la reforma económica. Y cómo conseguir que cambiase, pues con la bomba atómica como carta de negociación. Los líderes norcoreanos, los gobernantes asiáticos en general, suelen ser muy inteligentes. No son repúblicas bananeras, pueden ser tiranías tremendas, pero son gente que piensa las cosas. Han visto todo lo que ha ocurrido en Asia oriental, lo que ha pasado en China. Del mismo modo que los chinos vieron lo que pasaba en Hong Kong o Singapur; vieron cómo cambiaba la economía global y después de Mao hicieron lo que hicieron. Los norcoreanos no son diferentes en eso. Saben que deben cambiar y, de hecho, han llevado a cabo intentos, pero no pueden realizarlos mientras la situación geopolítica no cambie.

Fueron incluidos en el Eje del Mal de Bush Jr.

Cuando se acaba el paraguas soviético ya era muy claro que estaban expuestos. Y si luego el imperio adversario les incluye en una lista de posibles ataques preventivos, pues en Corea del Norte, como yo digo, el misterio de la bomba atómica es el menos misterioso.

¿Pero por qué particularmente Corea del Norte sufre ese asedio militar y no los vietnamitas?

Buena pregunta. La analogía es pertinente… Es un tema interesante para el que no tengo ahora mismo una respuesta. Habría que pensarlo.

En tu viaje a Corea del Norte encontraste norcoreanos ricos.

Hace muchos años que empezaron nuevos canales de comercio y de posibilidades de enriquecerse para la gente del régimen. No es muy diferente a lo ocurrido en China o en Rusia, de una forma más discreta a lo mejor. Pero para mí, la señal que lo evidenció fue que en una localidad fronteriza con Corea del Norte, en el hotel de la ciudad, había una tienda de Salvatore Ferragano. Le pregunté a la dependienta quién compraba ahí, quién podía, y me contestó que los coreanos del Norte, naturalmente. Ahí un traje podía costar 2000 euros. Porque estos tíos manejan mucho dinero. Hay mucha producción de Corea del Sur que se hace en el Norte y hay muchos ejecutivos y hombres de negocios norcoreanos que se encargan de la exportación industrial a China, donde hacen cambalaches en zonas grises… Es la típica configuración de negocios de Estado, de sectores de la nomenclatura que son los propietarios de ese Estado y lo gestionan. Una burguesía roja, como se ha dicho siempre. Otro aspecto es que también, en los años 90, hubo una cierta reforma, pero desde abajo. La gente sencilla se saltó a la torera toda una serie de normas y prohibiciones, como no cambiar de distrito, por ejemplo. Se creó un mercado que no se podía controlar y que el Estado no podía reprimir, nada más que aceptarlo. Eso transformó muchas cosas.

Tanto la población chinocoreana, que lleva en China desde antes de la guerra, como los propios chinos, tienen fuertes lazos con la población de Corea del Norte.

Hay una red de solidaridad muy grande y muy clara entre ambas poblaciones. La frontera está poco vigilada, es permeable, mucho más de lo que se piensa, y percibí la sensación de que los norcoreanos no temían sorpresas de parte de su frontera china: no tienen despliegue militar, todo lo tienen enfocado a la frontera con el Sur. Como la población de esa zona china es étnicamente coreana, hay mucho contacto y faltan mujeres, las toman de Corea del Norte para matrimonios amañados. Prostitución de las mujeres norcoreanas, no sé, supongo que un poco de todo. Pero en estas sociedades pobres y tradicionales ves cosas que te ofenden mucho, o te sorprenden, pero si lo piensas, en tu país eran moneda de cambio corriente hace unos años. A mí lo que me llamó la atención de aquella frontera era la estrecha complicidad que había entre ambos lados.

Dijiste que para los chinos “ser prepotentes con los norcoreanos sería como serlo con su propia biografía”.

La gente de China mayor de 50 años de edad, esa generación, recuerda la época de Mao, de la que fueron partícipes. Y cuando ven a Corea del Norte la perciben como su maoísmo. Como son parientes étnicos y parientes políticos, hay cierta propensión y condescendencia. Les ven y piensan que las están pasando canutas, pero en plan “como yo cuando era joven”, cuando aquella colectivización forzosa, aquellas penurias. Eso lo ven reflejado ahora en el otro lado.

Mira, a una orilla del río está Dandong, con las ruinas de un puente que los americanos bombardearon en la guerra de Corea. Como otras ciudades chinas de frontera, Dandong es un escaparate, con una silueta luminosa de edificios altos y modernos, un skyline lleno de luces, para ser contemplada desde el otro lado del río. En el paseo fluvial se organizan bailongos, gente mayor que baila alrededor de un aparato de música. Parece que lo hagan para ser vistos desde el otro lado. Pasa lo mismo en la frontera con Vietnam, hay un cierto exhibicionismo de la prosperidad china. Al otro lado, Sinuiju, la ciudad norcoreana es pobre y gris, está muy decaída, con grandes estrecheces, sin embargo es una ciudad privilegiada porque es puerta de salida y entrada de cierta actividad económica que deja dinero, el hecho de que sea fronteriza y gran parte de la exportación de materias primas pase por ahí le da grandes ventajas antes que a otras zonas de Corea del Norte que son paupérrimas.

Ahí visité unas zonas en circunstancias bastante extraordinarias, porque no dejaban ir a extranjeros, donde se veía el Estado socialista pobre que todavía construye casas y viviendas, pero que están muy mal. Las casas están vacías, son de un austero extraordinario, no hay prácticamente decoración, solo un televisor. Hay una penuria alimentaria importante. Recuerdo haber visto un camión que era alimentado con leña, tenía un remolque lleno de maderos y unos tíos echándolos en la caldera, eso era lo que movía el vehículo. Vi mucha gente pescando en los ríos, caminando por las vías del tren; vías férreas en las que no había circulación y la gente estaba caminando con toda naturalidad sobre ellas. También encontré a la población muy delgada, muy flaca, magros, que no les sobra ni un gramo de grasa. Los que escapan, cuando llegan a China, tienen diarreas, porque la sopa de gachas es la alimentación básica de esta gente.

Pero al mismo tiempo, encontré gente con, no sé cómo decirlo, cierta dignidad. Estaban muy preocupados por el ensayo nuclear, que se había sentido como un terremoto. Los norcoreanos no son esos autómatas que salen en los desfiles militares, siempre en imágenes de archivo de los telediarios, gritando de forma fanática la consigna a sus queridos dirigentes. Es gente como todo el mundo, normales, que quisiera vivir mejor. Que sufren la opresión, la falta de libertad. Han ganado libertad de movimientos, pero tienen una población reclusa importante, no tanto como la de Estados Unidos, por cierto (risas), pero importante. Y que tienen su corazoncito, gente normal. Con su familia y su vida cotidiana, que vive en un contexto de gran opresión y constantes servicios y deberes hacia el Estado, como las movilizaciones, los ejercicios colectivos, el trabajo comunitario, todo eso que debe ser enormemente engorroso y servil. Al mismo tiempo, hay algo muy digno en su ascética austeridad y pobreza. Las casas, incluso en el campo, están cuidadas, en zonas montañosas ves que se cultivan las laderas más inverosímiles, que se intenta aprovechar todo, todo eso exuda una voluntad muy asiática, contra la que siempre es difícil luchar y contra la que los occidentales suelen estrellarse militarmente, sea en Vietnam, Laos, en el Japón, que ofreció una resistencia numantina a los americanos en la guerra del Pacífico. He visto casos de agricultores que les construyen la casa a unos vecinos porque se les ha derrumbado la suya, algo habitual dentro de la cultura campesina, que encima dentro de su régimen es obligatorio. Luego Pyongyang me recordó a la Minsk de los años 80. En el sentido de grandes avenidas, sin coches, pero en general muy cuidadas, como suelen estar este tipo de ciudades de estos regímenes.

¿Hay un alcoholismo excesivo como en la URSS?

No creo que nada que signifique exceso esté al alcance de la población general por una cuestión de pobreza. Ahora, entre los cuadros dirigentes y tal, hay mucha gente que le da al alcohol, como ocurría en la URSS. Aunque yo le hice una entrevista en una ciudad de provincias a un cargo del partido, un dirigente local, que me pareció el típico tío honesto, preocupado por la gente. En China pasa lo mismo, hay tipos dirigentes absolutamente despreciables, que solo piensan en sí mismos, que se aprovechan de la corrupción y la falta de pluralismo, y luego, al menos yo he visto, gente completamente comprometida con la comunidad, honesta, y que realmente son los mejores.

Explica tu teoría de que Corea del Norte es un “canario global”.

Tiene que ver con la analogía de los submarinos nucleares soviéticos, que entre tantos indicadores y medidores, tenían un canario, y si la palmaba quería decir que estaba pasando algo malo ahí dentro. Esto tiene una lectura realmente universal en el caso de Corea del Norte, porque es un país que ha sufrido el hundimiento general de casi todo, de sus intercambios comerciales, ha sufrido la incapacidad de alimentarse y se ha tenido que replantear otro modelo económico después del hundimiento del bloque del Este. Ese ejercicio titánico podría ser el que la humanidad se vea forzada a realizar si realmente se hunden una serie de cosas, de intercambios, o condiciones, que hoy sostienen el desarrollo normal de nuestra economía. Me refiero a combustibles fósiles, a la red de intercambios que está ligada precisamente al uso desmesurado de estos combustibles. Y todo eso encima en unas condiciones geopolíticas sumamente difíciles donde el imperio más importante del mundo está ahí achuchando. Es un caso paradigmático desde ese punto de vista.

Rafael Poch para Jot Down 4

¿Por qué Corea del Norte se ha sentido siempre como la legítima Corea?

Hay una continuidad. A principios de siglo Japón invadió Corea y se hizo con una serie de colaboracionistas. Cuando acabó la guerra los americanos hicieron lo mismo que en Alemania con los exnazis, emplearon a esos colaboracionistas para reconstruir el nuevo Estado. Pusieron a una serie de señores en la dirección, como Park Chung Hee, que tenía incluso un nombre japonés, Masao Takagi. Durante ocupación estaba bien visto adoptar nombres japoneses. Esta gente fueron los encargados de garantizar el statu quo. De ahí la percepción que tenían los coreanos del Norte, como de que el Sur era un Estado de “mentirijillas”. A diferencia de ellos, que habían conquistado su soberanía con las armas y nunca habían tenido un papel tan subsidiario respecto a China y la Unión Soviética como el que el Sur había tenido con Estados Unidos y Japón.

Este régimen del Sur cometió masacres.

Antes de la guerra, en el Sur hubo tremendas masacres a cargo de este Gobierno; masacres contra movimientos que simplemente pedían transformación, que ni siquiera eran comunistas, eran simplemente movimientos sociales.

Entonces Kim Il Sung termina liando a la URSS y China en un juego diplomático para lanzarse a por el Sur, campaña que a Stalin no le hacía mucha gracia.

Creo que los dos regímenes, el del Norte y el del Sur, tenían ganas de zurrarse. Las grandes potencias no estaban en esa longitud de onda. Acabó en una dinámica de acontecimientos bastante confusa, todavía se discute quién y cuándo empezó la guerra. Hubo muchas escaramuzas previas, hubo multitud de incidentes fronterizos antes. No está del todo claro. La versión occidental ha puesto el énfasis en una ofensiva del Norte sobre el Sur, pero la cosa era más complicada. Las responsabilidades yo diría que están repartidas y las potencias fueron un poco el juguete.

En la guerra, el Norte terminó arrasado por los bombardeos, incluso con armas biológicas.

Esto también se desconoce, pero ayuda a comprender la situación actual. Era un país devastado. Todas las ciudades fueron asoladas a niveles del 70% u 80%, con una población que sufrió muchísimo. También fueron norma las crueldades sobre la población civil. Algunos estudios señalan que hubo más atrocidades en las fuerzas del Sur que en las del Norte, incluso los americanos tuvieron hechos conocidos de masacres de civiles. Esto en la iconografía de Corea del Norte, por supuesto, está sobredimensionado. Se pone el énfasis en los aspectos que a ellos les conviene, como es natural y como hace todo el mundo. Pero cualquiera que examine los hechos ve que fue un conflicto tremendo y que marcó a toda una generación que está todavía mandando en Corea del Norte. Y, curiosamente, también es importantísimo para comprender la situación que los hijos de los imperialistas japoneses están en el poder en Tokio. Textual, hijos y nietos de los mandamases de la etapa imperial. Como en Corea del Sur, donde gran parte de los descendientes de los colaboracionistas también son los que mandan. Hay un gran fenómeno biográfico.

Tras la guerra, en los 70, Corea del Norte llegó a tener un gran desarrollo industrial, con una renta per cápita mayor que la del Sur. Hasta era donante de ayuda al desarrollo.

Estaban ubicados en los intercambios comerciales del bloque del Este, y lo hicieron con cierto éxito porque son muy capaces, muy trabajadores. Así tuvieron un relativo equilibrio en los 70 con lo que sucedía en el Sur hasta que a partir de ahí la cosa se disparó. El Sur fue uno de los raros países del mundo que consiguió ascender de categoría, llegar a ser un país del primer mundo en pocos años, y el Norte se quedó muy atrás. Entonces, cuando todo este esquema de intercambios se hunde, ellos tienen que desarrollar la agricultura para poder comer. Una “reagrarización” para conseguir la autosuficiencia.

Hasta llegar a la hambruna.

En el 94 hubo una hambruna tremenda. Una mezcla de desastres estructurales, naturales y de errores políticos, claramente. También, del propio aislamiento del país, lo cual puede formar parte del error político. Porque si el precio de la autosuficiencia y la independencia es que tu población se muera, igual tienes que empezar a cambiar eso y vender un poco de tu soberanía a China, o a Rusia. Bueno, en los 90 Rusia estaba out. Quizá sí a China para tener un poco más de prosperidad, ¡un poco menos de mortandad al menos!

Esa resistencia delirante es en lo que consiste la filosofía del Amado Líder, el Juche.

Todos los Estados comunistas han establecido cierta continuidad dinástica con los padres fundadores del socialismo. Tenemos el ejemplo más claro en la Unión Soviética, con los carteles de Marx, Engels y luego Lenin, y después Stalin. China hizo lo mismo con Mao, el marxismo-leninismo pensamiento Mao Tse-tung. Todos enmendaron la ideología inspiradora. Pero los coreanos del Norte fueron más allá y crearon una ideología nueva, alternativa al marxismo, que se consideraba más importante y mejor. Eso fue el Juche, cuyo trasfondo no es poca cosa, la defensa de la soberanía nacional ante todo, el “nosotros somos los mejores”. Una ideología de autosuficiencia que viene inseparablemente unida al ejemplo del confucionismo, donde el padre de la nación, el padre fundador, es considerado un dios y sus hijos y nietos queridos dirigentes o amados líderes. Es un rasgo de sociedad tradicional y oriental, para las cuales la continuidad es muy importante. Esos señores que a nosotros nos parecen tan ridículos, sobre todo el hijo y el nieto, desde el punto de vista patrimonial del Estado dan cierta seguridad. Y luego en la Constitución tienen el lema de los tres mosqueteros, el todos para uno y uno para todos, por el colectivismo, etcétera.

Del hijo, Kim Jong Il, leímos muchas caricaturas sobre sus excentricidades, pero también era un líder que llevó a cabo un reparto de poder y luego hay testimonios, como el de Madeleine Allbright, que le definían como alguien “sensato, resolutivo”.

Es una opinión generalizada entre la gente que le conoció. Luego se ha creado la leyenda de que si llevaba tacones, que si le gustaban las películas, que si los peinados. La caricatura se ha fomentado, pero la realidad era otra. Con respecto a las reformas que él hizo, como símbolo de un establishment —que son los excompañeros de su padre en la guerrilla—, para protegerse del hundimiento del Este, creó una configuración absolutamente atípica. Consideraban que la urgencia derivada de la amenaza estratégica era lo prioritario. Para eso cambiaron la estructura típica del comunismo y pusieron al ejército por delante del partido. En eso consistió el reparto de poder.

Durante tu estancia en China, enviaste una crónica en la que hablabas de que era una ventaja para este país no tener democracia porque se libraba de las políticas cortoplacistas derivadas de las legislaturas de cuatro o cinco años.

Aquí podríamos hablar de las ventajas de la dictadura, para formularlo en términos crudos. El concepto dictadura contiene realidades muy diversas y muchos matices. Hay dictaduras 100% nefastas, hay dictaduras que económicamente son eficaces y, muy pocas, políticamente menos impresentables. Hay muchos matices y en Occidente tendemos a obviarlos. En Oriente Medio el sistema iraní es superior considerablemente al catarí o el saudí. Hay mucha más libertad, mucho pluralismo, muchos más derechos para las mujeres, más respeto para las minorías, judíos incluidos. Pero esto lo desconoce el lector de diarios.

Por eso cuando hablamos de dictadura vale la pena enfocar de qué estamos hablando en un país concreto. Estoy de acuerdo en que la dictadura china, con todos sus inconvenientes —como la falta de pluralismo, que tiene repercusión en la corrupción, imposibilita el oxígeno a la sociedad civil, todo lo que ya sabemos—, tiene una cierta capacidad de programar y planificar. Con la crisis que estamos viviendo en Occidente, donde la política está siendo controlada por la economía, la financiera concretamente, en China la gran superioridad que tienen es que es la política la que sigue gobernando a la economía. Esto les da una capacidad de previsión y continuidad, en el sentido de que no tienen la esclavitud de las elecciones a cinco años vista. Piensan en generaciones. Los gobiernos continúan la labor del anterior, con las rectificaciones que el anterior ha apuntado. Esto es así.

También China es un país, dijiste, rodeado por un cerco militar, para el que el 11S fue una bendición porque la atención se apartó ligeramente de ellos, que ya habían recibido un misil en su embajada en Belgrado durante el bombardeo de Yugoslavia.

La relación de Estados Unidos con China es ambigua, ambivalente. Por un lado son socios económicos, cada vez más socios en el terreno internacional, porque no se pueden tomar muchas decisiones sin contar con China, y al mismo tiempo está el reflejo del imperio dominante, hegemónico, una de cuyas tareas principales es impedir que surjan competidores o potencias alternativas a su gobierno. Entre estos dos polos se mueve la política americana, por un lado coordina aspectos económicos, por otro está creando un cerco militar alrededor de China. Empezó con Bush, pero se ha recrudecido clarísimamente con Obama, que profundiza en la idea de que China está creciendo demasiado y hay que tener sus vías de comercio en un puño, y sus vías de aprovisionamiento energético lo más amarradas posible.

Ahí está la intervención en África que está creciendo. La crisis siria, la de Irán, que es el máximo suministrador de gas y crudo a China. Todo eso forma parte de la misma jugada. No digo que China justifique toda la política mundial, pero es inevitable relacionar todo lo que está ocurriendo en África con China. Su presencia allí es exitosa políticamente. En otros aspectos es restrictiva y agresiva con el medio ambiente, pero tremendamente benévola porque no exige condiciones a las dictaduras africanas, y también hace cierto trabajo o desarrollo positivo. Sobre todo su máxima bondad es que para los países africanos abre la posibilidad de vender sus minerales a unos o a otros. Antes tenían un solo comprador.

Este cerco militar es muy significativo. El conflicto de Corea del Norte está también dentro de este contexto. Y los conflictos con Japón, disputas territoriales en el Mar de China oriental, con Vietnam, con Filipinas. Todo esto sube de tono desde el momento en que está dentro de un corsé de alianzas militares americano.

Rafael Poch para Jot Down 5

No obstante, apuntas que la mayor amenaza que sufre China es la del cambio climático.

Esto es una amenaza para ellos y para todos. Lo que quiero decir es que China es el país que personifica la crisis de una forma más extrema por su relación entre población y recursos. Hablábamos antes del canario de Corea del Norte, eso es una analogía mundial también. En el sentido de que el desarrollo chino se basa en el consumo desmesurado de recursos fósiles, que se van a acabar, y hay que buscar una forma de desarrollo sostenible y ecuánime. Pero ese es el problema de la humanidad en el siglo XXI.

Aunque sí, los datos que manejé en mi libro relativos al cambio climático eran muy oscuros para Asia y para India porque la desecación y los glaciares del Himalaya menguantes son los que alimentan los grandes ríos de Asia, eso ya está estudiado en el plano de las previsiones. Menos agua es menos rendimiento agrícola. Se habla de un 30% de caída de los rendimientos agrícolas que tiene repercusión sobre centenares de millones de asiáticos. Es un fenómeno global que en Asia, por su concentración de población, puede ser complicado. Hablamos de Pakistán o Bangladesh, son países que pueden tener problemas muy serios. Y en un mundo interrelacionado, los problemas de esos países afectarán al humor del planeta.

¿Cuál es su relación entre población y recursos?

Es la proporción entre lo que ellos llaman mucha gente y poca tierra. China es un país superpoblado y tiene que dar de comer a mucha gente; un país que tiene recursos limitados y cuyo gran acierto ha sido regular la urbanización. No ha sido la barra libre por la que todos los excedentes del mundo agrario acudieran a las ciudades sin ton ni son. No ha sido como ocurriera en Nigeria o en India, o en Brasil, con los problemas de las megaurbes. China es el único país del mundo en desarrollo que no tiene los cinturones de miseria habituales en las ciudades de estos otros países. Ha sido así porque ha habido una regulación autoritaria del proceso de urbanización, que se basa en retener al campesino en la tierra. Con cupos. El resultado ha sido una organización general mucho más ordenada, compatible con un programa de construcción de viviendas y una situación en el campo mucho más desahogada que en India, por ejemplo.

Y la clave aquí es Mao. Su sistema de tenencia de tierra, que es colectivo, privado o una cosa mixta, en el que lo que está claro es que cada uno tiene el trozo de tierra que necesita para subsistir. Eso crea una retaguardia para todo ese proletariado nuevo que ha acudido a las ciudades, pues, en caso de crisis, gran parte de ellos tienen la posibilidad de volver al pueblo y no morirse de hambre. Yo creo que China, aunque suene muy fuerte, es de los países mejor gobernados del mundo. Si uno atiende a las enormes dificultades que tiene el gobierno de China, dificultades objetivas de recursos, de enorme población, desde ese punto de vista es un país bien gobernado, lo cual no quiere decir que no cometan errores.

Puedes abundar en la importancia de Mao.

Mao defendió una restauración de China. Era el país más poderoso del mundo y perdió su estatus por razones en las que no vamos a entrar. Se convirtió en una nación sometida, crucificada, violada por las potencias extranjeras que vinieron de ultramar, que eran muchísimo más poderosas y que evidenciaron su retraso. La última China imperial intentó hacer toda una serie de reformas como en la Rusia zarista para ponerse a tono, para no estar absolutamente apartados de la historia y no ser objeto de la rapiña de otros. Pero fracasaron las reformas en Rusia y fracasaron las de la última China imperial, que terminó con una guerra civil y una intervención extranjera.

Mao fue el hombre que al final resolvió esto. Unificó el país, unificó un desarrollo alternativo a todo aquello que no había funcionado en los últimos 150 años y puso a China en pie. Además, Mao tuvo una repercusión en los movimientos de liberación de todo el mundo. Mao fue un revolucionario, un Stalin y Lenin juntos, y al mismo tiempo fue también un déspota oriental, acabó siendo una especie de emperador.

También con él tuvieron la mayor hambruna del mundo en el Gran Salto Adelante. Se puede discutir cuánto tuvieron que ver las catástrofes naturales o el hecho político, pero es algo que está ahí. Tuvieron varias decenas de millones de muertos y hay que tener mucho cuidado. Pero con el balance general, si miramos con quién se puede comparar China, el país más acorde es India. Esos 40 o 50 millones de muertos del Gran Salto Adelante, en India se produjeron por pobreza y hambre. ¿Cuál ha tenido más éxito de los dos? Es un debate abierto. China está muy por delante en muchas cosas. India tiene pluralismo político, es un país complejísimo y tiene una democracia al mismo tiempo, pero eso no impide todo tipo de barbaridades, no noticiadas por cierto, del mundo agrario, que en China sí son noticia. La explicación oficial china es que Mao tuvo un 70% de influencia positiva y un 30% negativa. Yo no lo sé, es muy complejo. Pero un hecho es indiscutible: Mao está en el origen de la China de hoy, a la que se da como exitosa.

Dices que Mao optó por la economía planificada porque era el modelo más exitoso de crecimiento cuando él tomó el poder.

Esa es la pregunta sobre qué es el comunismo chino. En Occidente nos la solemos hacer en términos muy ideológicos, que nos llevan a esas combinaciones estrambóticas del capitalismo rojo. Si nos planteamos la cuestión desde el punto de vista de las sociedades en desarrollo, la argumentación es seguramente mucho más clara. En estos países tan retrasados el comunismo fue una solución al problema del desarrollo, de salir del hoyo.

En el caso de China, se inspiraron en lo que había en el mercado de las ofertas en desarrollo. Es decir, en los años 30 parecía que el estalinismo era una cosa que funcionaba muy bien. Tenía un tempo de desarrollo, y ahora hemos sabido que desigual y con muchas contradicciones, con una represión de narices, pero crecía más rápido que el resto. Y entonces los chinos compraron aquello. No digo que exentos de ideología, pero la preocupación fundamental del comunismo chino era salir del agujero. Y el agujero era: pobreza, intervención extranjera, sometimiento. En fin, eran cosas muy claras. Eso explica ese ansia, esa prioridad del desarrollo, de crear una nación rica y próspera. Ese era el contenido real del comunismo chino. Eso explica que ese imperativo justifique 30 o 40 años después una operación aparentemente inversa, comprar la economía de mercado. Pero el impulso a finales de los 70 era exactamente el mismo que en los años 30, desarrollar.

Desarrollo con explotación. En tu libro comentas que las leyes laborales son papel mojado por la pugna de las diferentes regiones por atraer inversión.

Es uno de los muchos problemas que hay en China. Porque este país es un mundo, hay un Gobierno central que más o menos gobierna, pero cuyos impulsos muchas veces se pierden en la enormidad del país, en sus múltiples Gobiernos locales. Cada provincia es un Estado. Sichuan tiene más habitantes que Alemania, más de 80 millones. Tiene sus propias lógicas y sus propios intereses de poder. Cada provincia tiene su estrategia.

600.000 muertos al año por estrés o extenuación en las fábricas.

La cifra ahora me pierdo un poco en ella. Pero China es la fábrica del mundo y hay mucha explotación. Es evidente. Así se construye el iPad y estas cosas. Exactamente lo mismo, o un poco peor, ocurre en Bangladesh, o en India o en todo el mundo en desarrollo. Lo que pasa es que otra vez no es noticia allá. En China sí, porque nuestra crítica a la explotación es muy selectiva y muy ideológica. Como China es vista como un país adversario, por la adscripción ideológica del comunismo, se tiende desde Occidente a denunciar lo que es norma del capitalismo en todos estos países e incluso en casa, en nuestra casa, y ahora cada vez más.

Ellos dicen que lo que oprime, lo que aprieta al trabajador chino, son los precios a la baja de los clientes extranjeros.

El capitalismo es explotador por definición, el chino también, no hay ninguna posibilidad de embellecerlo. Lo que pasa es que la manufactura china es muy subalterna, es decir, gran parte de lo que se produce en China son empresas occidentales establecidas allí. Creo que el 50% de la exportación china a Estados Unidos era de empresas estadounidenses que fabrican en China. Todo está muy interrelacionado. ¿Quién tira de las cuerdas de esa explotación? Creo que en primer lugar el capitalismo central y en segundo lugar el capitalismo periférico, donde está China, dentro de esta estructura.

Rafael Poch para Jot Down 6

En tu libro citas casos de huelgas que han llegado a buen fin, han mejorado las condiciones de los trabajadores. Pero, ¿qué proporción hay entre protestas con éxito y fracasos que se saldan con muertos y presos?

Es difícil de valorar, hay muchas revueltas que terminan en injusticias y fracasos para la comunidad. Pero el hecho de que a los dirigentes de provincias o distritos no les convenga el disturbio, determina que ellos intenten que las revueltas no se produzcan y que traten de cortarlos antes de que se gesten. Existe la lucha de clases, los de arriba que están robando y los de abajo que son robados. No hay vuelta de hoja. Pero sí hay huelgas que amortiguan las cosas.

El Gobierno de China es un despotismo benevolente, digamos. No tiene pluralismo político, con realidades de espejismo muy crudas, y al mismo tiempo es un sistema abierto que se considera imperfecto. Todas las lacras que tú y yo podemos enumerar sobre el régimen chino, como tortura, falta de pluralismo, corrupción, toda la lista que podamos hacer, los gobernantes chinos las reconocen y las consideran un defecto a mejorar. Esta mentalidad, esta apertura, no es la solución a los problemas, pero cuando un Gobierno no se considera perfecto quiere decir que la posibilidad de resolverlos está como mínimo abierta. Aunque eso no significa que lo vayan a resolver. El problema del pluralismo es muy grave y genera mucha corrupción. Se insiste en que se necesita un poder judicial independiente que pueda juzgar a un político. Al final allí todo se resuelve con golpes de fuerza. Pero sí que hay un propósito de buen gobierno, eso que en otras dictaduras desarrollistas no se ve. Un esfuerzo de buen gobierno que viene en gran parte de la tradición confucionista de que al poder llegan los mejores, como en una gran selección.

Describes que su cultura de gobierno es la meritocracia, gobernar como forma de evitar conflictos junto con prudencia, experimentación y racionalidad propias de quien carece de prejuicios religiosos.

Son los rasgos generales, no es una receta para el éxito, pero evita muchos fracasos. Desde el año 98, el de la crisis asiática, en Pekín se dice: “Cuidado, que dependemos demasiado de las exportaciones, hemos de ir a un desarrollo más diversificado, aprovechar nuestro mercado interior, si hay un enfriamiento global nos vamos a quedar con el culo al aire”. Desde entonces, buscan la cohesión social, lo que significa desarrollar el mercado interno: tener una población capaz de consumir, una población pobre no es capaz de consumir, ¿no? tiene que haber un enriquecimiento más general. Obviamente la prosperidad general es el objetivo de cualquier Gobierno en teoría, pero del Gobierno chino en especial. En la práctica es evidente que hasta ahora lo que ha habido es el enriquecimiento de unos y muchas veces a costa de los otros.

Un dirigente, el primer ministro Wen Jiabao, dijo: “El desequilibrio entre el desarrollo económico y el social es como un hombre que camina con una pierna más larga que otra”. Dices en tu libro que mientras la prensa de Wall Street alertaba de que China tendría problemas por “malos créditos” o el “fardo de las empresas estatales”, los chinos vieron que su problema era de “falta de socialismo”, de “gasto público en asistencia primaria de la población”.

Esto lo dijo a raíz del brote de SARS (una neumonía atípica). La epidemia lo que demostró es que la estructura de seguridad social sanitaria china estaba en ruinas. En la época de Mao tenían un sistema sanitario precario, pero generalizado. Con la, digamos, privatización, con el desarrollo de mercado, todo esto se perdió y no se construyeron estructuras alternativas. El resultado ha sido que la mayoría de población no tenía cobertura sanitaria. El SARS evidenció la necesidad de construirlo. Y eso empalma con la necesidad de disponer de un mercado robusto, capaz de consumir y afirmar un desarrollo más sostenible. O sea, que todo está relacionado. Ahora, cuando ven que sus grandes mercados exportadores de Europa y Estados Unidos están tambaleándose, ellos son más conscientes que nunca de la necesidad de diversificar su apuesta, de no poner todos sus huevos en la exportación.

Actualmente, se proponen crear un sistema de seguridad social general para el año 2020. En la época en que estuve ahí, la sanidad se prestaba mediante un sistema mixto de cotizaciones de trabajadores, aportaciones del Estado, las regiones y las provincias. No sé en qué estado se encuentra ahora, pero me consta que la conciencia de dinamizar ese sector es muy amplia. Y se ha comprobado con la intención de aumentar salarios en la manufactura china.

Pasemos a tu corresponsalía en Moscú. Siempre hablaste maravillas de Gorbachov.

Es inevitable hablar bien de él. Lo primero, porque fue el hombre que acabó con la guerra fría. Esto era una mala relación, un mal. Situaba el peligro de una confrontación nuclear, no digo que este peligro no exista hoy, que en algunos aspectos está hasta más descontrolado, pero aquello era realmente una gran amenaza. Basta recordar la crisis de los misiles de Cuba, que estuvimos a un tris de una conflagración suicida.

Gorbachov quería un socialismo democrático. Un producto de los años 60 o 70, que se demostró que en los años 80 y 90 era inviable en estos países. Cuando intentó reformar, se hundió todo. ¿Fue responsable del derribo? Sí, porque un buen hombre de Estado lo tendría que haber previsto, pero eso es muy fácil de decir ahora. Profecías del pasado. Entonces, con el caos de la situación, era muy difícil.

En Gorbachov, desde el punto de vista de la historia rusa, hay un aspecto fundamental. Recibió el poder absoluto, era secretario general del PCUS, y fue el primer zar ruso que en lugar de acumular más poder, en buena lógica del poder moscovita, en la tradición milenaria moscovita, lo hizo al revés. Transfirió su poder a cámaras representativas. Eso supuso un cambio histórico en la lógica de poder rusa. Y supone un cambio de paradigma para la nación. Cambio que todavía no se ha comprendido del todo, el poder sigue la senda de la autocracia. Si bien el actual poder ruso no es el de la autocracia comunista, no es una autocracia plenipotenciaria como antes, sí que es un poco mejor. Al mismo tiempo, económicamente, han surgido muchas contradicciones y problemas nuevos que en parte invalidan lo ganado. Así es la historia, que no avanza lineal.

Diste la exclusiva mundial el día en que te colaste en el avión que fue a buscar a Gorbachov a Crimea tras el golpe de Estado de 1991.

Nos colamos varios periodistas en ese avión. Fue en el contexto del día 21 o 22 de agosto, en Moscú, que había una confusión total, con caos circulatorio, los tanques retirándose de las calles. Entonces salió un avión a Crimea para ir a buscar a Gorbachov. Yo tuve la “genial intuición” de ir a ese aeropuerto y subirme en ese avión. La escalerilla estaba rodeada de militares y periodistas y, por una serie de circunstancias extrañas, mágicas, me colé. No sé aún cómo. Pero eso me dio acceso a cubrir en directo el cautiverio y la liberación de Gorbachov, que llevaba tres días secuestrado por la pseudojunta que había tomado el poder en Moscú. Entonces fue una exclusiva mundial porque de los tres periodistas que fuimos, y ese fue el tercer milagro, solo yo tuve la suerte a las tres o las cuatro de la madrugada de poder llamar por teléfono desde el aeropuerto. El teléfono era internacional, cosa rarísima en la URSS, pero en el aeropuerto de autoridades los había. Pude llamar a La Vanguardia, decir que teníamos un notición. También tuve la suerte de tener a un redactor de guardia muy competente y la suerte de que la estructura de La Vanguardia daba de sí para cambiarlo todo y sacar otra portada. Los otros dos no pudieron hacerlo, uno era de France Press y otro del Guardian. Los rusos que había no contaban porque la prensa salía el día después, a otro ritmo. Pero fue todo un golpe de suerte, lo digo sin falsa modestia, es una cosa que a mí me pareció una cojonada. Luego tuvo gran repercusión, el gran éxito periodístico de Rafael Poch, pero esto a mí me parece completamente secundario. Fundamentalmente fue una cuestión de suerte.

La reforma de Yeltsin te pareció desastrosa.

La reforma rusa de Yeltsin fue un despropósito manifiesto que contaba con el consentimiento y el aplauso de toda la élite occidental. El Economist y el Financial Times estaban diciendo cada día qué bien lo estaba haciendo Rusia y qué mal lo estaba haciendo China (risas). Cuando los resultados eran escandalosos por discrepantes. Fue una sucesión de despropósitos desde el principio, liberalizar los precios cuando ni siquiera Rusia tenía el control del Banco Central… Cuando se disolvió la URSS hubo 16 centros emisores de rublos. Cada república soviética emitía rublos. Tú no puedes liberalizar en Rusia cuando al mismo tiempo tienes tipos en Kazajistán, por ejemplo, o en otras repúblicas que van imprimiendo billetes. Fue un error de primer año. Pero los Jeffrey Sachs, los Richard Layard, todos estos gurús del Reino Unido, de Estados Unidos, decían que estaba todo cojonudo. La privatización fue simplemente abrir un pastel económico muy suculento por las materias primas a toda una serie de tipejos, que se precipitaron sobre ellas. Muchos eran exfuncionarios, o vinculados a la nomenclatura, y simplemente se reciclaron socialmente. De ser una clase política administrativa, administradora de un patrimonio que no poseía, pasaron a ser una clase en el propio sentido capitalista del término, propietaria, plenipotenciaria. En 1936 hay una cita de Trotski sobre este fenómeno que es extraordinaria por lo profética: “El privilegio solo tiene la mitad del valor si no puede ser transmitido por herencia a los descendientes, es insuficiente ser director de un consorcio si no se es accionista”.

En 1993, te quejaste de una gran tergiversación en toda la prensa. Cuando Yeltsin bombardea el Parlamento, se dio a entender que esa cámara era “soviética”, comunista, de antiguo régimen, cuando en realidad había sido elegida democráticamente.

En el año 93, con Rusia ya sin la URSS, el país había heredado de Gorbachov el primer parlamento plenamente electo de la historia de Rusia. Subrayo lo de plenamente electo, porque así como el parlamento soviético creado por Gorbachov fue una mezcla de diputados elegidos y otros designados corporativamente —los sindicatos, las organizaciones de mujeres, el partido tenía un cupo de diputados establecidos— en las elecciones rusas, que no soviéticas, del año 90, fue todo plenamente electo por la población por primera vez en la historia de Rusia. Pero se presentó la pelea que hubo entre el ejecutivo, la presidencia de Yeltsin y este parlamento como una pelea entre un presidente democrático y un parlamento comunistoide que no había sido elegido por procedimientos homologables. Esto era una mentira objetiva repetida en todos los medios de comunicación de una forma escandalosa. ¿Por qué Yeltsin era más democrático? Era exmiembro del comité central, del PCUS, ¿era más democrático que el presidente del parlamento ruso, Ruslan Jazbulatov? Fue todo una cuestión de geopolítica, de apoyar a nuestro hombre en Rusia. Occidente entendió con buenos motivos que Yeltsin era su hombre y demonizó a aquel parlamento en el que había fuertes impulsos de corregir la política económica, controlar la privatización y regresar a un estatismo ruso, una economía más planificada, etcétera. Fue una manipulación muy clara y muy lógica. Y no me quejo solo en el caso de Rusia, en general la información de nuestro mundo funciona muy mal por razones en las que no voy a entrar.

Luego, en las elecciones de 1996, hubo fraudes para que no ganaran los comunistas.

Sí, esas elecciones probablemente las ganaron los comunistas. Hubo pucherazo, como siempre, con el beneplácito de los medios de comunicación occidentales, que presentaban a esos comunistas en una línea como la del año 93, como el viejo régimen. En realidad este partido defendía más estadismo, más cuidado a la dimensión social de los cambios y en política exterior romper con la línea de ser lacayos de EE. UU., que es lo que Yeltsin apuntaba. Al mismo tiempo, los comunistas rusos que sobrevivieron a la reforma de Gorbachov eran y son un partido que yo lo definiría en un 80% nacionalista y en un 20% social. Como alternativa de poder eran poca cosa. En cambio, como espantajo eran muy buenos (risas). Porque la gran jugada de Yeltsin era aparecer como: “Yo, que soy un impresentable, que acabo de hacer esta reforma que ha dejado completamente empobrecidos a los jubilados y tal, soy malo pero soy la alternativa a estos, que son unos pasados de moda, nostálgicos de la URSS”. Entonces el gran público ruso, con ayuda del bombardeo de los medios de comunicación en manos de tan solo una de las opciones, que tenían un monopolio escandaloso de la campaña electoral, pensaba que a Yeltsin no había por donde cogerlo, que les estaba haciendo las cosas bastante difíciles, pero que tanto como volver a la URSS, pues no. Encima, con las técnicas estas de cocinar a la opinión pública ni siquiera se ganaban (risas), había que hacer un pucherazo.

¿Qué representa Putin años después?

Fue nombrado por Yeltsin. Era un agente del KGB, pero no de la inteligencia o del espionaje, sino un funcionario muy pedestre en Dresde. Aunque era un hombre con cierto espíritu de cuerpo, con cierta rectitud y amoldado a los tiempos. Trabajaba para el alcalde de San Petesburgo, un neoliberal extremo, y Yeltsin se fijó en él en ese contexto. Por un lado, un guardia civil, por otro, el machaca de un neoliberal. Yeltsin era consciente de que tenía que haber hecho lo que hizo, destruir el viejo sistema, esa era su mentalidad, pero también era consciente de que había sido un desastre considerable y había que poner cierto orden. En esa reflexión Putin encajaba con las dos cosas. No iba a volver atrás, era la garantía, no iba a intentar reconstruir el viejo régimen comunista, pero tenía ciertas cualidades policiales que a lo mejor podía atajar la corrupción y encuadrar un poco todo aquello.

El resultado ha sido ese. Putin, una vez más, el malo de la película, ahora frente a Dmitry Medvedev simplemente porque es más estatista e independiente en la esfera internacional, intentó poner cierto orden o por lo menos hizo un pacto con esta clase capitalista oligárquica, en el sentido de que estos millonarios no tenían que actuar contra la voluntad del Estado: “Podéis seguir siendo millonarios, pero hay ciertas esferas y decisiones estratégicas que no podéis traspasar. Por ejemplo, no podéis disputar el poder del presidente de Rusia y con vuestros millones crear una presidencia alternativa, que es lo que intentó hacer Mijaíl Jodorkovski”. A este magnate por eso lo han mandado a la cárcel. Por eso y vender petróleo o llegar a tratos con los americanos que desmontaban todo el esquema estratégico del Estado ruso. Putin ha intentado poner orden ahí, estabilizando el orden yeltsinista, de capitalismo oligárquico, haciéndolo compatible con cierta supervivencia del Estado ruso.

Este nuevo régimen ha devenido en una población envejecida con profundas desigualdades sociales. ¿Tiene solución de continuidad?

Me quedo con lo segundo. La población envejecida tiene que ver con la política social, si tienes una política de familia como los franceses tendrías la demografía correspondiente. Pero es un país donde no hay esperanza. Hasta los ricos tienen la mentalidad del “deprisa, deprisa” que esto no va a durar. Por eso compran cosas en el extranjero, todos tienen su retaguardia cubierta. Hay un poco la mentalidad de que va a haber una revolución y todos tendrán que salir por piernas. Este nivel de desigualdad se acerca a lo latinoamericano. Pero en Rusia es muy contradictorio porque lo que puede funcionar en Guatemala no puede funcionar en un país como este que tiene un nivel de instrucción comparable a los más altos de Europa occidental. Hasta ahora esa desigualdad y ese escarnio ha sido tolerado por cierta pasividad de los rusos, cierta mentalidad de mejor que no nos revolucionemos que puede ser peor, como pasó en el 17. Pero a largo plazo, conforme crezcan las nuevas generaciones, esa mentalidad evolucionará. De hecho ya está ocurriendo. Una noticia que me llamó la atención fue que en el último Festival de Cine de Berlín, las últimas películas que han llegado de Rusia son de marcado carácter social. Una, Za Marksa (Por Marx) de Svetlana Báskova, que narra las vicisitudes de unos trabajadores que intentan montar un sindicato y son literalmente machacados por los empresarios. Y la otra, Dólgaya Schastlívaya Zhizn (Una larga y feliz vida) de Boris Jlébnikov, cuenta los problemas del presidente de lo que queda de una granja colectiva que va contra la voluntad de unos magnates interesados en la tierra que cultivan y también es apartado y machacado. Esto es una novedad en Rusia.

Últimamente, desde hace un par de años, hay protestas, que no me parecen significativas porque todavía son protestas moscovitas, urbanas. Quieren un capitalismo sin las trabas que el “Estado putiniano” les está poniendo; quieren regresar a la libertad omnímoda de la época de Yeltsin. Con todo, lo que me parece es que un día u otro aparecerán movimientos sociales y será entonces cuando tengamos que hablar en serio sobre Rusia, porque puede haber un hundimiento político a cinco, seis o siete años vista, a menos que el régimen consiga cambiar, que es muy difícil.

Rafael Poch para Jot Down 7

Fotografía: Alberto Gamazo


Es la memoria, estúpido

A primera vista el británico Christopher Hitchens y el estadounidense David Rieff parecen dos tipos separados por un océano de desacuerdos (simplemente virtuales, no tengo noticia de ningún enfrentamiento directo más allá de alguna coincidencia en el debate televisivo de turno). El primero, corresponsal de guerra, ensayista, escritor de altura, agnóstico abonado a la polémica y belicista cuando ha hecho falta; el segundo, corresponsal de guerra, ensayista, escritor de altura, ateo con reticencias y profundamente reflexivo en los asuntos guerreros. Hitchens fue siempre un fanático defensor del intervencionismo cuya sublimación se produjo en su cerrada apología de la invasión de Irak cuando George W. Bush guiaba los destinos del imperio estadounidense. Reiff un firme defensor de las causas humanitarias (incluidas las intervenciones militares) hasta que a principios del siglo XXI decidió que no existía el humanitarismo belicista ni la dictadura del bien y que la coincidencia ideológica entre los ultra-liberales en las altas esferas estadounidenses y los principales gurús de los derechos humanos era demasiado dolorosa. Contó todo ello en A punto de pistola, probablemente el libro más contundente (en su criticismo) que jamás se ha escrito sobre la ONU sin ni siquiera la necesidad de recurrir a trapos sucios, contando la historia, sin ambages.

Desde las esquinas opuestas del cuadrilátero muestran sin embargo coincidencias notables: su amor (más crítico en el caso de Hitchens) por Rudyard Kipling, al que ambos utilizan como referente para (re)interpretar el mundo moderno; su desprecio, agudo en Hitchens, grave en Reiff, por Noam Chomsky (Rieff le llama “el antes intelectual”) y por esa izquierda de corte ingenuo que comanda el lingüista y filósofo y que pretende ser un icono de la intelectualidad global; su (brutal) relación con la mortalidad, que se refleja en el libro póstumo de Hitchens, Mortality, preciosa y durísima crónica de sus últimos tiempos, cuando llegó a perder la voz, su posesión más preciada y en Un mar de muerte, el doloroso relato de los días en los que la madre de Rieff, la dramaturga Susan Sontag, agonizaba en el hospital. Y, finalmente —lo que nos va a ocupar en estas lineas— la voluntad de ambos de transitar sin red por la cuerda de la incorrección política, de no ceder a la tentación de callarse para ahorrarse líos, de no pertenecer a “el rebaño de los librepensadores” (en afortunada expresión de Hitchens). Hasta ahora el inglés había tomado la delantera con obras —hipercríticas— sobre la madre Teresa de Calcuta (con un título que se las traía: La postura del misionero), Clinton o el propio Dios, pero una vez desaparecido, parece que el hijo de Sontag ha decidido que le toca a él menear el avispero.

Rieff, un hombre que exhuma cultura ya desde la mismísima montura de sus gafas, se atreve a ir más lejos que nunca en Contra la memoria (Editorial Debate), un ensayo de poco más de cien páginas contra la lacra de la memoria (en algunas de sus acepciones, que quede claro). El escritor cuenta que la tesis central de su libro, el hecho de que la historia se utiliza como motor de futuros conflictos y que la memoria no solo no previene futuras repeticiones de lo malo y lo peor sino que lo agrava, se forjo en las montañas que rodean Sarajevo. En el conflicto de la Antigua Yugoslavia donde los odios enterrados bajo capas de silencio forzado desde Tito a Milosevic resurgieron para borrar de la faz de la tierra a miles de seres humanos en el peor drama que ha vivido la Europa contemporánea desde la Segunda Guerra Mundial.

La premisa de Rieff, polémica de nacimiento, puede resumirse en palabras del propio escritor de la siguiente manera: “Pero ¿y si ello es erróneo, a pesar de que pueda parecer contrario a toda intuición y a pesar de que se pueda comprender la seriedad moral de Ricoeur y Margalit? ¿Y si la memoria de un caso de mal radical —incluso si se trata de la misma Shoá— de nada sirve para proteger a la sociedad de los casos posteriores de mal radical? ¿Y si la memoria colectiva nacional de un país (…) no solo se sobrestima absolutamente como indicador de la coherencia de una sociedad , no solo es quijotesca, sino a menudo positivamente peligrosa? ¿Y si en lugar de ser heraldo del sinsentido, la justa medida de olvido comunitario es el sine qua non de una sociedad pacífica y decente, y en cambio el recuerdo es el empeño político y moralmente arriesgado?”

Para que quede claro, Rieff hasta niega la mayor cuando tacha de “demostrablemente falso” el axioma de Santayana que rezaba “aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo” y va aún más lejos: “Tanto los fascistas como los multiculturalistas rinden tributo al ‘Deber de la memoria’”. Si la incorrección política fuera un barranco Rieff se habría despeñado y sin embargo sus reflexiones, aún mentando a ideólogos en las antípodas de sus tesis como Ricoeur o Margalit, tienen un trasfondo de veracidad que se cuela en la cabeza del lector: ¿qué pasa si aplicamos las teorías de Rieff a la memoria histórica española y a los años de conflicto en el País Vasco? Seguramente de repente todo lo que nos parecía lejano se nos indigeste, que es —obvio— lo que Rieff pretende, causar una especie de tormenta en conceptos que hemos interiorizado durante siglos. El escritor, con no poca mala leche, se pregunta por qué no celebramos la instauración del shogunato Tokugawa en Japón, la batalla de Salamina o la guerra Chu-Han en China, cuando —en perspectiva— resultan mucho más importantes que eventos como el 11-S. Él mismo se responde que “la mayoría de las civilizaciones, y el arte y el pensamiento que engendran, desaparecen mucho más pronto [que su mitología]”.

Si alguien no se ha sentido aún ofendido o chocado, o perplejo queda el toque final: Rieff mantiene que nadie —sensato— puede esperar tener paz, verdad y justicia. Si uno aspira a la paz, no tendrá más remedio que renunciar a la justicia (al menos en la gran mayoría de los casos): “La paz y la justicia no se avienen tan fácilmente”, dice. Lo mismo sucede con la verdad; a veces la paz conlleva el olvido, o la aceptación de una certeza que nada tiene que ver con la verdad y es que la paz nunca llega gratis. Para ilustrarlo, el escritor vuelve de nuevo a Bosnia: “Para muchos de nosotros que habíamos sido testigos presenciales del horror de aquella guerra, toda paz, toda terminación, no importa cuán injusta, a la incesante imposición de la muerte, el sufrimiento y la humillación era preferible a la continuación de la masacre”. Hay quien dice que pensar duele y probablemente tenga razón, a Rieff desde luego no le resulta sencillo.

Contra la memoria es un libro complejo, radical en su desarrollo pero impecable en su planteamiento y directo en su conclusión. Probablemente resultará doloroso a aquellos que han perdido o que aún buscan, pero es innegable la relevancia de sus palabras en una época en que la memoria se usa como arma arrojadiza y mentar la tradición sirve para escabullirse de cualquier embrollo. En la España moderna, y especialmente ahora, se antoja un volumen imprescindible para entender un poco más qué demonios está pasando en nuestro país, y —ya de paso— en el mundo.

 

 


Luis Marcelino: El libro y la película

Cuando me propusieron escribir este artículo intenté decidir cuál era mi libro preferido. Pero como era complicado quedarme sólo con uno, lo confié todo a los números: el que me haya leído más veces. Se pueden contar con los dedos de una mano las novelas que haya releído, y en todas las ocasiones lo he hecho sólo una vez excepto en un caso: El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. He disfrutado con las andanzas de Voland y Beguemot por Moscú unas cuatro o cinco veces y supongo que eso quiere decir que el libro tiene para mí un magnetismo que el resto no tiene.

Cierto es que me aventuré a comprarlo por primera vez cuando estaba en una época de “rusofilia” y me dio por leer todo lo que pudiera de Dostoyevski, Gógol, Tolstói, Pushkin y cualquier otro compatriota suyo; así que la predisposición era buena ya de inicio, pero la misma (o más) tenía cuando empecé Anna Karénina y lo terminé sólo porque nunca abandono un libro, siempre con la esperanza de que en la última página la historia dé un vuelco insospechado y haga que me enamore de la novela, cosa que ni siquiera el tren del novelón de Tolstói consiguió. Pero con El maestro y Margarita me sentí subyugado ya desde el principio: el diablo aparece en Moscú acompañado de su séquito entre el que hay un gran gato parlante llamado Beguemot (Hipopótamo) y empieza a hacer de las suyas. ¿Puede haber un planteamiento más atrayente que ese?

Cuando la sorpresa inicial debido a lo inusual del argumento empezaba a desvanecerse y quedaba solo el interés por la trama (que no era poco), se acabó el primer capítulo. Impaciente, empecé el segundo… y me dejó totalmente descolocado: de repente me encontré leyendo una especie de Biblia remastered: Jesús de Nazaret, Pilatos, Judas… Ateo como soy gracias a haber estudiado en un colegio de jesuitas durante doce años, torcí el gesto pensando que me las había prometido muy felices pero que a ver si eso iba a desembocar en un folleto de los que te dan los mormones tras preguntarte si conoces a Jesús. Falsa alarma, nada más lejos de la realidad. No era más que un relato sin intención alguna de proselitismo.

Y así fui devorando las páginas del libro, donde se iban alternando los capítulos sobre las diabluras del “wild bunch from hell” en el Moscú del siglo XX con los de Jesús en el Medio Oriente del siglo I, hasta que lo acabé. Y, algo inaudito en mí, me vinieron ganas de volver a empezar; pero refrené el impulso y no fue hasta al cabo de unos meses que volví sobre él. Me gustó tanto como la primera vez, y así ha sido en cada ocasión. Es un valor seguro.

A diferencia de lo que me pasa con los libros, me gusta ver películas que ya he visto, y por ese motivo también las acumulo. El problema es que yo estaba muy orgulloso de mi colección, que contaba con más de 400 títulos, pero igual que el vídeo mató a la estrella de la radio, el DVD mató mi colección de VHS. Evidentemente no voy a comprarme en DVD lo que ya tengo en VHS (aunque haya cedido a la tentación en algunos casos en concreto, como con El padrino) pero me doy cuenta de que cada vez que me pongo una cinta me lamento de la mala calidad de imagen y sonido que tiene, defecto que antes me pasaba desapercibido, y no deja que me centre por completo en la película en sí. Supongo que eso es algo que le pasa a todo el mundo, pero a mí el aspecto que más me gusta de una película es el guion, más allá de efectos especiales y otros artificios, así que me conformo con lo que tengo. Y si me viene a la mente una cinta con un argumento que me enganchara fue Donnie Darko, una de esas películas que, al acabar de verla, te planteas si lo has entendido todo y te aficionas a buscar por Internet comentarios sobre ella para asegurarte de haber captado todos los detalles, cosa altamente improbable. Poco aficionado como soy a la ciencia-ficción, ahora que me lo planteo me sorprende que me guste tanto este título, ya que durante el metraje encontramos viajes en el tiempo y paradojas temporales; pero por otro lado también hay diálogos sobre si la Pitufina era la esclava sexual de todos los pitufos, un adolescente hipnotizado que confiesa que desea tirarse a Christina Applegate, un relato de Graham Greene, unconejo bípedo gigante e invisible para muchos que pronostica el fin del mundo para dentro de menos de un mes, Drew Barrymore con unas hombreras inmensas como profesora de Literatura, Patrick Swayze como gurú espiritual, un debate familiar sobre si votar a Bush o a Dukakis que acaba con una niña pequeña preguntando qué es un gilipollas… es una película desconcertante. Más allá de ese argumento enrevesado, no deja de ser una historia de amor adolescente; pero que no cunda el pánico, nada que ver con azucaradas y empalagosas películas de vampiros afeminados. Y, pese a las veces que la he visto, aún no estoy completamente seguro de si la sensación que me queda al acabar de verla es triste o alegre. De lo único de lo que estoy seguro es de que pocas veces he visto una película en la que la música case tan bien con las imágenes (pese a que hubo problemas legales para conseguir algunos temas y tuvieron que ser sustituidos por otros) y de que si alguna vez cae un motor de avión en tu dormitorio mejor que esa noche no hayas dormido en casa. O no, quizá sea mejor que te aplaste, aún no lo sé.


Javier Gómez: Tontos que perseveran

Llegué a pensar que la intervención en Irak era positiva. Un taxista en La Haya me convenció de ello. Se llamaba Mohamed, era iraquí y había sufrido a Sadam Husein en sus propias carnes, algo crucial que lo diferenciaba de todos los intelectuales con columna en página 3. Era un taxi amplio, incómodo y sin amortiguadores, un poco como nuestras varias conversaciones en aquel fin de semana de reportajes. Me contó cómo se exilió para no ser torturado. Cómo su madre, en aquel fin de semana de elecciones, “se disfrazaría como un perro si era necesario y arriesgaría su vida” solo para ir a votar. Y cómo su pueblo sabía que tenía que haber muertos como peaje de la libertad. “No entiendo una cosa”, recuerdo que me dijo, en su inglés de consonantes a trompicones, “¿por qué nuestros muertos os importan más a vosotros que a nosotros?”

Todavía me cuesta estar en contra de que se deponga a un dictador, llámenme intervencionista. O, al menos, reconozco que me cuesta darle lecciones a Mohamed de lo que es bueno para su pueblo. Pero, políticamente, la intervención en Irak fue una burda mentira, un desastre estratégico y una cadena de infantiles errores políticos. Y todo se explica por una causa: la incapacidad de reconocer el error sobre las armas de destrucción masiva. Un error que se repite sin cesar en la Historia: la dificultad de los Gobiernos para rectificar y adaptar su análisis al paisaje que contemplan, no al que habían prediseñado. Tony Blair llegó a decir: “No fue malo entrar en Irak, sino hacerlo por el motivo equivocado”. En vez de invocar los derechos de los iraquíes, se inventaron las armas de destrucción masiva.  Donde los líderes mundiales mejor asesorados la habían cagado, Mohamed había dado en el clavo.

Los tiempos no han cambiado. Los Gobiernos son ciegos por naturaleza. Europa presta dinero a un Estado para que lo reparta a sus bancos y los avale si no lo devuelven, pero Rajoy se niega a llamarlo rescate. El pobre cree que lo hace por su bien. Intuye que mentir le beneficia políticamente. Sus paleolíticos asesores así se lo dirán. Supongo que son los mismos que le dijeron que no presentara los presupuestos recién elegido, sino que esperara a las elecciones andaluzas. Que eso de la credibilidad internacional son paparruchas. Mariano y sus asesores deberían leer The march of folly (La Marcha de la locura), un ensayo de Barbara Tuchman, publicado en 1985, que analiza por qué la “insensatez” es la constante más repetida en el Gobierno de los pueblos desde la antigua Troya.

Tres ingredientes convierten a una política en insensata, según Tuchman, y léanlas pensando en el famoso “rescate”: debe ser percibida como contraproducente en su época; deben haber existido alternativas viables antes de aplicarla; debe haber sido dictada por un Gobierno o una sucesión de Gobiernos. ¿Quién empezó a liberalizar suelo con vehemente frenesí? Aznar. ¿Quién siguió, abrazado al maná que escupía la cementera? Zapatero. ¿Quién, ya estallada la burbuja inmobiliaria, prometió liberalizar más suelo como remedio? Rajoy en la última campaña electoral.

¿Quién dejó que los bancos se convirtieran en los promotores inmobiliarios de España, y las cajas en los Medici de las comunidades autónomas? Aznar. ¿Quién profundizó en ello permitiendo fusiones como Bankia y no les ajustó las tuercas contables? Zapatero. ¿Quién defiende hoy esa política y se niega a investigar a sus antecesores? Rajoy.

Tuchman da dos explicaciones a estos comportamientos: los Gobiernos se autoengañan y, además, son testarudos. Se creen una realidad propia y se obstinan en no cambiar de plan. Son, por definición, lo contrario a un ente racional. En su ensayo, analiza la estupidez de los Troyanos introduciendo el caballo de madera de los aqueos; la ceguera por el lujo de los papas del Renacimiento (Borgias y Medicis) financiaron las grandes obras de Miguel Ángel, Tiziano o Rafael mientras sus pueblos morían de hambre y hervían de insatisfacción; la incapacidad para reaccionar y conciliar de Jorge III cuando Gran Bretaña perdió Estados Unidos o la de los gobernantes americanos en Vietnam por puro orgullo. Erraron en la geopolítica, a la hora de dimensionar la importancia e influencia de Vietnam, que sigue siendo una dictadura dizque comunista en 2012, por cierto; erraron en lo militar, obstinados en que su fuerza podía machacar a los vietnamitas y erraron en lo político. Todo se explica por esta frase de Nixon, en 1969: “No voy a ser el primer presidente que pierde una guerra”.

Los niños se creen sus propias mentiras y los Gobiernos, su propia propaganda. Anteponen la pasión a la razón y se nublan por su  “sensación de omnipotencia”. Ven “hilillos de plastilina” donde hay catástrofes ecológicas, “brotes verdes” en un marasmo de recesión y “líneas de crédito” donde no hay más que un rescate de emergencia para que no colapse el sistema bancario.

Pongamos incluso que Rajoy ha tomado las decisiones adecuadas. Entonces, ¿por qué no asumirlas, reconocer su verdadera identidad y explicarlas? ¿Investigar los errores del pasado y cambiar las leyes que los han permitido? Rajoy ya ha entrado en su Irak particular. Hace unas semanas fue capaz de anunciar públicamente : “La situación ya se ha resuelto”. Bush, Blair y Aznar también habían encontrado las armas de destrucción masiva.


Emilio de Gorgot: Diez profecías para el 2012

Las profecías las carga el diablo. Alguien me contó esta historia en alguna tertulia vespertina: a principios de los ochenta, un individuo se convenció de que iba a llegar el fin del mundo y decidió refugiarse en lo que, según él, era uno de los pocos lugares seguros del planeta… unas islas recónditas del Atlántico que iban a salir indemnes del inminente Apocalipsis. Tras vender todas sus posesiones, se trasladó a aquellas áridas islas con su familia, sintiéndose un elegido y dispuesto a sobrevivir al Día del Juicio Final que estaba a punto de llegar, en el que perecerían todos los escépticos que no habían hecho caso de sus advertencias. Una decisión muy juiciosa, especialmente si tenemos en cuenta que aquellas islas recónditas eran las Malvinas y el momento de su traslado allí, los primeros meses de 1982… la suerte de la fea el idiota la desea.

Pese a todo, las profecías resultan muy entretenidas. Con todo esto de la crisis, que es como un pequeño Juicio Final, la gente ha dejado de prestar atención a lo del calendario maya y el supuesto fin del mundo en el 2012, lo cual es una lástima. En un par de semanas se empezarán a emitir los orwellianos anuncios navideños —mucho calentamiento global, mucha subida de las temperaturas, pero la mortificante Navidad empieza cada vez antes; no sé cómo se las arreglan— y en cambio no hay ni rastro de histeria apocalíptica. No veo gente llevándose carros repletos de garrafas de agua mineral del Carrefour, nadie está preocupado por si los ordenadores fallan de repente (todos a la vez, quiero decir) y por si empiezan a hundirse los barcos, a caer los aviones y a saltársele los puntos a Berlusconi. Así que, a falta de un revuelo profético como el del “efecto 2000”, he decidido ponerme en plan Nostradamus y elaborar mis propias predicciones mágicas para el futuro más inmediato:

1) Mariano Rajoy ganará las elecciones y se convertirá en presidente del gobierno de España. Lo cual significa básicamente que a los ciudadanos nos dejará igual de tirados que Zapatero, con la diferencia de que la solución mágica a todos nuestros problemas ya no estará en la teletubbiesca Alianza de Civilizaciones sino en las escalofriantes estampitas de Escrivá de Balaguer. De la sartén al fuego, pero con Biblia de por medio. Debería haber descanso entre legislaturas, como en los partidos de fútbol; nadie puede sobrevivir a tanto político seguido.

2) Hablando de lo único, el fútbol: F.C. Barcelona y el Real Madrid se repartirán trofeos, portadas, minutos de telediario e interminables tertulias tabernarias. Es decir, se nos perpetuará el angst futbolístico de ver cómo los niños de [inserte aquí nombre del barrio rico de su ciudad] juegan con su balón nuevo y sus relucientes uniformes contra los niños de [inserte aquí nombre del barrio rico de la ciudad de al lado] mientras los niños de [inserte aquí, amigo lector, el cochambroso barrio obrero donde nació usted] han de conformarse con patear latas en un solar. O lo que es lo mismo, elija qué le pone más nervioso: si las depilaciones de cejas de Cristiano Ronaldo o el eterno empeño de Guardiola por parecer libre de pecado y ya de paso tirar la primera piedra. Real Corporación Dermoestética contra F.C. Emporio Armani. Trágico.

3) Gradualmente, los grandes sindicatos españoles darán más señales de vida impulsados por un tropismo ancestral: cuando gobierna la derecha, es el momento de redoblar tambores. También la Iglesia Católica empezará a dar más señales de vida, impulsados por un tropismo más ancestral todavía: cuando gobierna la derecha, es el momento de crecerse y recordarnos que sus fábulas —escritas por no se sabe quién en una época en que casi no existían los retretes y la gente creía que la Tierra era un círculo plano— prohíben que la gente use preservativos o se case con gente de su mismo sexo. Como si dentro de dos mil años a alguien le da por decir que la Palabra de Harry Potter prohíbe comer mejillones en escabeche.

4) Algunos célebres veteranos de la farándula seguirán haciendo zig-zag entre “yo era de la SGAE pero me estoy quitando” y “¿por qué la gente ataca a los derechos de autor?”. Es decir, se curarán en salud para que, salga como salga el asunto al final, haya constancia de declaraciones suyas en un sentido y en el contrario. Pero algo no cambiará: Teddy Baustista seguirá teniendo muchísimo más dinero que usted y que yo, pese a que el jaleo judicial haga pensar a algunos que, finalmente, algo está cambiando en este país (¡no!). Eso sí, habrá otra gente, más anónima, que escudándose en lo muy mala que es la SGAE seguirá justificando el que cada cual se monte su propia SGAE particular, esto es, descargándoselo todo gratis porque grabar discos, rodar películas o escribir libros no es un trabajo. Son cosas que aparecen mágicamente de la nada, como la paella de mamá.

5) Barack Obama seguirá con su sempiterna cara de que le aprietan los zapatos, desempeñando eficientemente su papel en esa recurrente comedia de “presidente bueno / presidente malo” que es la alternancia entre Demócratas y Republicanos en la poltrona de Washington. Escudado por el “no nos vamos a meter con él, para una vez que votan a un presidente negro” seguirá hibernando en un limbo zapateriano, mientras quienes de verdad mandan en aquel país esperan pacientemente a que a los europeos se nos pase la resaca de Bush, para así volver a las andadas.

6) China nos seguirá vendiendo toda clase de productos baratos y más ahora que no podemos permitirnos demasiados lujos. Lo cual equivale básicamente a decir que seguirán comprándonos lentamente ellos a nosotros, hasta el día en que les pertenezcamos por completo y empecemos a echar de menos los tiempos en que nos quejábamos de los estadounidenses. Vayan aprendiendo a comer con palillos.

7) Quentin Tarantino seguirá pareciéndose cada vez más al hermano borderline de Morrissey. Sus películas también seguirán pareciéndose cada vez más a las películas que haría el hermano borderline de Morrissey.

8) Los programas televisivos del corazón seguirán dedicando tantas y tantas horas a chafardear sobre las deprimentes andanzas de una decadente caterva de ex-concursantes de estúpidos reality-shows, que toda esa energía marujil concentrada alcanzará un punto crítico de fisión, se creará una Singularidad Intelectual y entre todos ellos descubrirán una cura contra el cáncer.

9) Habrá tres grupos que seguirán sorteando la crisis: las cucarachas, los bancos y los videntes que en pleno siglo XXI siguen viviendo de la simiesca creencia de que puede verse el futuro de una persona tirando unos naipes sobre una mesa o preguntándole en qué constelación estaba el planeta Venus el día en que nació. Lo cual no deja de ser curioso, porque el 99’9% de los individuos que con tal excusa les limpian el bolsillo a sus ingenuos “clientes” no serían capaces de reconocer el planeta Venus cuando aparece en el horizonte. Afortunadamente, estas prácticas tribales propias de los supersticiosos tiempos de la Peste Negra prácticamente han desaparecido de la sociedad y, por ejemplo, las televisiones no les dedicarían programas nocturnos destinados a recibir llamadas telefónicas de valor añadido…

10) Continuaremos sin saber muy bien qué quedó de todo aquello del 15-M, y nos preguntaremos por qué todo empezó de forma tan prometedora pero después salió gente que empezó a componer manifiestos como óperas de Rossini, y por qué hacia el final olía cada vez peor en alguna de esas plazas, y por qué terminaron apareciendo tantos señores con bongos, y cuál era la función de los susodichos señores con bongos —y de sus perros— en todo el movimiento de protesta. Eso sí, también hemos aprendido que cuando pasemos cerca de los Mossos d’Esquadra de Barcelona es mejor que nuestro corazón no lata con demasiada fuerza, o podrían interpretar el estruendo como una provocación y terminar midiendo la envergadura de sus porras sobre nuestros cráneos.

 En resumen, y esto puede considerarse una undécima profecía: todo va a seguir como hasta ahora. O sea, mal. Sólo que seremos un año más viejos y tendremos unas cuantas cosas más de las que arrepentirnos. Además, ¿cómo podría ser mejor el 2012 que el 2011? Las fotos de Scarlett Johansson desnuda han aparecido en el 2011. No hay forma humana de superar eso. De ahí, para abajo.


Manuel Jabois: Piratas

Visto en perspectiva había entonces cierto romanticismo en matar a alguien que no era de tu país precisamente por eso, por extranjero. Si se llevaba a cabo en alta mar, y de ello se derivaban tesoros varios y un largo recuento de cadáveres tumbados con la espalda al sol o enterrados en el océano, lo romántico aventaba a los piratas (sólo a los escrupulosamente patriotas, que los había promiscuos). Dijo hace poco el escritor Alberto Fortes que no era un romántico del mar, pero lo dijo porque lo había vivido y lo había vivido joven. Siempre ha defendido uno que desde la ignorancia es más fácil idealizar estas cuestiones. En otros siglos el patriotismo se entrenaba matando y ahora hay que celebrar algún gol suelto de Salinas, cuando Salinas ya ni juega. Manuel Vicent habló de la patria como efusión del cerebro reptil: la defensa del territorio. Por eso un día puso como ejemplo a un perro, al que descuidadamente llamó Toby. Cuando sale el perro de casa mea en un árbol, en otro y en el de más allá. No por aliviarse, sino por definirse: su patria. Sarkozy, con la arbolada patria a cuestas, envió hace años sus mejores presentes para sofocar un secuestro infame en aguas somalíes y Zapatero en la misma casi piensa en una excursión de catequistas, pero llegó a enviar una fragata para pagar a gusto. Desde que un mal día se puso el sol España ha sido siempre un país que se debate fuera entre la blandenguería y la estolidez. Cuando hubo que hacer una guerra sucia se metió en un saco a Segundo Marey. Cuando hubo que plantar cara a Bush, Aznar salió corriendo a por el hueso. Sobre los piratas modernos que nos secuestran en África no cae la romántica pátina del pasado, sino el estigma de una banda de chikilicuatres en pedaleta con ínfulas marinas. Y sin embargo se atreven hasta con los de Portonovo, como pasó la semana pasada, en un hecho sin precedentes desde la Armada Invencible. Suelen ser ex militares que cuidan a sus rehenes y que defienden una patria rápida: el dinero. Si hay cierta moral, deberían los barcos españoles empalmar en la proa una ancha tabla de madera y empujar al enemigo a los tiburones con la punta oxidada de un viejo sable del pirata de A Moureira Benito Soto, que murió viendo a su verdugo cavando tierra para que dejase de agonizar, pues le habían dejado una cuerda demasiado larga.


Los pájaros

Siempre existe una solución clara, plausible y errónea para cada problema.
H. L. Mencken

Poco después de las campanadas de año nuevo de 2011, una lluvia repentina de pájaros muertos (turpiales sargentos de ala roja, puestos a entrar en detalles) cayó sobre los habitantes del pueblo de Beebe, en Arkansas. Cinco mil pequeños cadáveres precipitándose sobre casas, coches y carritos de bebé, como en un final alternativo de Los pájaros de Hitchcock.

La atención mediática que recibió el fenómeno, del que es fácil encontrar abundantes fotos y vídeos, llevó a que aparecieran en pocas horas decenas de teorías para explicar este miniapocalipsis ornitológico. Contaminantes industriales, un fenómeno meteorológico único como un rayo globular o un microtifón, un experimento del Gobierno con una variante del fosgeno (gas venenoso usado en pesticidas y guerra química), un estampido sónico causado por un OVNI o un avión experimental,  una prueba de funcionamiento del HAARP (la famosa estación de investigación sobre la ionosfera financiada por el ejército de los EEUU y que se ha convertido en el Santo Grial conspiracionista)…

Tras realizar necropsias a unos cuantos cadáveres y hallarlos, por usar terminología forense, “espachurrados por dentro”, un grupo de ornitólogos concluyó que ciertos fuegos artificiales ilegales espantaron a la bandada, que al estar poco acostumbrada a volar de noche habría chocado en masa y de forma letal contra paredes, tejados y postes de teléfono.

Yo me creo la explicación porque es lo suficientemente prosaica y absurda como para ser cierta, pero para cuando acabaron las necropsias la imparable rueda de la conspiranoia se había puesto en marcha. Pocos días más tarde apareció en un basurero el cadáver de John P. Wheeler III, un antiguo consejero militar de Reagan y los Bush, asesinado por causas desconocidas tras haberse comportado erráticamente en los días anteriores a su desaparición. Supuestamente Wheeler participó en la redacción de informes sobre las desventajas y peligros de la guerra bacteriológica. Los foros sobre conspiracionismo en internet que suelo consultar (AboveTopSecret, Godlikeproductions, Armageddon Online) empezaron a echar humo.

Antes de seguir se impone un full disclosure: siempre he sido fan tanto de la conspiranoia como del anticonspiracionismo; para ser precisos, de la dialéctica que se establece entre ambos. Hay varios motivos para ello, pero el principal es que la conspiranoia es un gran ejercicio aeróbico para el cerebro, un desentumecimiento de los músculos del razonamiento y una impagable gimnasia mental necesaria en un mundo en que cada vez es más sencillo ahogarse en el exceso de información. Tratar de probar la veracidad o falsedad de cualquier teoría de la conspiración permite ejercitarse en la búsqueda de fuentes fiables, separar el grano de la paja, asignar grados de credibilidad a afirmaciones contradictorias.

Tras la muerte de los turpiales (y del pobre Wheeler) empezaron a multiplicarse las noticias de fallecimientos masivos de animales: ocho mil tórtolas en Faenza, cuarenta mil cangrejos en Thanet, cien grajos en Falkoping, millones de peces en la bahía de Chesapeake. Resulta enormemente curioso consultar el mapa online de Google Maps que cualquiera puede ir actualizando con cada nuevo informe de muertes masivas animales. El único requisito para agregar una chincheta a este mapa virtual es adjuntar un enlace a algún medio de comunicación (sea el Pravda, La Vanguardia o El Mundo Today) que recoja la noticia. Casi esperaba cuando entré por primera vez adivinar un diseño significativo: las chinchetas formando un pentagrama satánico como en las pelis de Jack el Destripador, por ejemplo.  Pero lo que se deduce es más bien en qué zonas del planeta hay mejores conexiones de internet y mayor cobertura mediática. Y es que la mayoría de chinchetas están en Estados Unidos, unas pocas en Europa y el sudeste asiático, una sola en Brasil (mortandade misteriosa de peixes  no litoral, 100 toneladas), ninguna en todo el continente africano. El clásico dilema filosófico: si un millón de lenguados mueren frente a las costas de Angola y no hay nadie para verlo, ¿se pudren realmente ahí los cadáveres?

De nada sirve que biólogos de todo tipo se desgañiten repitiendo que siempre se han producido muertes animales masivas (“¡en 1986 murieron dos millones de peces en Maryland y nadie les hizo caso!”) y que lo que ha cambiado es la sobreexposición mediática de esta última hornada de casos. El titular lo alcanzan las ocho mil tortugas muertas de Italia, no el informe sobre parasitosis en quelonios. Tampoco importa que cada uno de los casos parezca tener su propia explicación: enfermedades, vertidos ilegales de desechos contaminantes, variaciones bruscas en el clima o el desplazamiento natural del Polo Norte Magnético de la Tierra, que altera periódicamente los delicados sistemas internos de navegación de ciertos pájaros y peces.

No son ese tipo de explicaciones las que se hacen populares, claro. Ya he mencionado algunas, desde el HAARP hasta la intervención extraterrestre o la cercanía del apocalipsis de 2012. Una de mis teorías preferidas es la que atribuye las muertes a experimentos con armas biológicas realizados como ensayo general del próximo exterminio masivo del 90% de la humanidad, necesario paso previo a la instauración de un Nuevo Orden Mundial a manos de una elite de empresarios, científicos y políticos. Los peligros del neomaltusianismo, supongo.

El mundo en que vivimos es una densa maraña de causas y efectos casi imposible de desenredar: una mariposa radiactiva mueve sus alas en la costa de Fukushima y mil estorninos caen muertos en la desembocadura del Guadalquivir.  Una consecuencia obvia de este retorcido ovillo kármico es que un mismo fenómeno puede estar provocado por mil causas diferentes en distintos momentos y lugares. La conspiranoia es la espada de Alejandro que parte en dos este nudo gordiano y señala una posible causa común para sucesos similares, ordenando y clarificando un mundo complejo. Einstein pasó gran parte de su vida buscando la “teoría del todo”, una sola ecuación que unificara las fuerzas físicas del universo. Cuánto más fácil le hubiera resultado de haber tenido en cuenta la fuerza física fundamental de los Illuminati, que igual te hunden un Titanic que le prenden fuego a un Hindenburg. Todo acorde a un Gran Plan como el que parodia Umberto Eco en El péndulo de Foucault: un designio secreto y semidivino que debe explicarlo todo o si no, no explica nada.

Un buen amigo fanático de las conspiraciones ha sabido llevar este tipo de pensamiento a su máximo nivel con una teoría brillante sobre las muertes animales, según la cual estamos viendo el efecto antes de la causa.  Se avecina un evento cataclísmico tan inimaginablemente potente y explosivo que sus primeras víctimas caen muertas antes incluso de que suceda. Un apocalipsis retroactivo. Tal vez sea cierto y todos hayamos muerto ya, aunque sólo unos cuantos bichos hayan empezado  a darse cuenta.

Y esa idea me fascina, aterra y divierte a partes iguales, porque como en gran parte de las tramas conspiranoicas, tras ese envoltorio absurdo de locura se adivina un núcleo terrible de verdad.


Schwartz-García Siñeriz: “En la televisión actual no encajamos en ningún sitio”

Fotografía: Jesús Llaría

Nos encontramos en un restaurante de Palma de Mallorca con Ana García-Siñeriz y Fernando Schwartz, que nos confía: “en esta mesa de aquí al lado se sienta Su Majestad en verano”. La verdad es que entre el entorno, la comida y la agradable compañía, nos sentimos como reyes. Estando los dos juntos sentados codo con codo en la misma mesa, es inevitable comenzar preguntando por Lo + Plus.

Fernando Schwartz: (Risas) ¿Sabes que me siguen reconociendo por la calle? Hace ya cinco o seis años que dejé el programa y todavía me dicen “yo a este señor le veía todas las tardes”. Me pasa mucho. Y me llama la atención que me pasa con mucha gente joven.

Sí, no me extraña; toda una generación de estudiantes enlazábamos Friends con Lo + Plus.

Ana García-Siñeriz:
¡Yo también! Veía la serie todos los días antes de salir al plató. Esa serie era fantástica. Aquélla fue una época maravillosa. Y es irrepetible, porque no estábamos sujetos a la tiranía de la audiencia: un día traíamos personajes televisivos que siempre nos hacían subir los espectadores, y al día siguiente Juan Luis Arsuaga o un violinista que no conocían más que los melómanos… Pero sobre todo, que la gente venía con mucho ánimo al programa. Recuerdo entrevistas memorables, de divertirnos, de reírnos sin parar…

A pesar de la existencia de tantos canales en abierto, entre la homogeneidad de las ofertas y la programación que actualmente hay en antena, no ven factible la existencia de un programa de aquellas características, tanto por presupuesto como filosofía. Aunque hay alguno que se salva.

AGS: Por ejemplo, el otro día fui de invitada a El intermedio y me lo pasé fenomenal. Me recordó un poco a nuestros viejos tiempos. Hay muy buen ambiente, hacen sketches… nada más llegar me metieron en lo que llamábamos nosotros un pregrabado (que consistía en meter al invitado en una patochada que se le había ocurrido a los malévolos guionistas), con Wyoming, a lo Gran hermano, debajo de un edredón los dos y me divertí mucho.

FS: Con Wyoming… Nosotros, si te acuerdas, hicimos un pregrabado metidos en la cama con Cameron Diaz. Hay cierta diferencia, ¿eh?

(Risas). Sí, mucha diferencia. Hablando de parodias de Gran hermano, ¿qué opináis del cambio de CNN+ por un canal con 24 horas de Gran hermano?

FS: Duele, duele.

¿Y la audiencia, respaldando el cambio?

AGS: ¿Y qué esperabais? La televisión no es algo independiente del resto de la sociedad. Si en un kiosko vendes Le Monde Diplomatique y, de repente, su editorial retira esa publicación y la sustituye por una revista del corazón y cotilleos, el público seguramente va a responder. El problema es cuando sólo puedes comprar revistas de cotilleos. En la televisión la oferta cada vez es más homogénea y queda desprotegida gente que tiene otros intereses, porque no tienen nada que ver. Ofrecen sólo lo que demanda la masa.

Las audiencias muestran una realidad y las encuestas, otra. Así como la mayoría de encuestados proclama que ve los documentales de La 2, las audiencias dicen que la mayoría está viendo el Aquí hay tomate”de turno. Fernando nos recuerda: “todo el mundo dice que lee los editoriales de El País”. Ya que ha salido el nombre de ese diario, aprovechamos para preguntarle su opinión sobre Wikileaks, ya que, como ha sido diplomático y editorialista en El País, ha estado, por así decirlo, en los dos lados.

FS: Yo creo que Wikileaks es un megabuzoneo. Dicho lo cual, sirve para sacarle los colores a alguna gente, para castigar a algunos criminales, pero no sirve para cambiar las relaciones internacionales. Cuando el Departamento de Estado desclasifica documentos a los 50 años, lees hoy los documentos de 1945. Con Wikileaks, abrimos los documentos de hoy; aceleran el tiempo. Creo que hay alguna lección fundamental que sacar de estos documentos. Contrariamente a lo que se dice, los americanos trabajan los temas, los analizan y los planifican con una mucha mayor profesionalidad de lo que la gente se cree. Pero luego tienen a Bush como presidente y claro, no actúan como deberían. A mí me sorprendió encontrar algunas cosas como un cable en el que se hablaba de una posible penetración norteamericana en China y, al mismo tiempo, los chinos intentaban una reunificación de las dos Coreas pero sin decirlo a los del Norte, que son una banda de locos… Me pareció de una habilidad y de una fuerza diplomática perfecta. También plantea algún problema de acceso y redistribución de la información confidencial, que es complicada… Openleaks por ejemplo, tiene una capacidad de selección de quién quieres que sepa lo que tú estás diciendo. Todo esto hace que la gente tenga que ser un poquito más cuidadosa.

De todas formas, parece que Wikileaks iba a ser más explosivo de lo que ha sido. Por ejemplo, al poco de publicar los primeros cables, sale a la luz la Operación Galgo, que acapara todas las portadas y Wikileaks pasa a segundo plano. Parece que el periodismo, de forma similar a la televisión, también está intentando atraer a la audiencia con la última y más sonora noticia.

AGS: Totalmente. Y de hecho hay veces que no se respetan ciertas cosas. Hay países en los que no se puede publicar la foto de un presunto criminal hasta que no ha sido condenado. Aquí te acusan y ya aparece tu foto en el periódico como presunto violador de niños. Por ejemplo, los casos de pederastia: un cura a quien cogieron en Facebook con un montón de fotografías; seguramente será un sinvergüenza, pero todavía ningún jurado o ningún juez ha dicho que es un sinvergüenza. Es que, además, después de una acusación así estás condenado socialmente.

FS: Me temo que, en los temas de pederastia, aunque los declaren inocentes, van a ser considerados culpables por la sociedad para siempre jamás. Luis Montes será culpable de la muerte por asesinato para siempre.

AGS: Hay muchas cosas que deberíamos revisar y hacer un ejercicio de buenas prácticas, que no todo vale. Hay cosas con las que no haces daño, como los gatitos en Internet. Pero hay cosas que tienen un daño colateral, cuando haces según qué en los informativos.

Surge el nombre de Sostres, de gran actualidad en las fechas de la entrevista por su última salida de tono en una columna de El Mundo. Estamos de acuerdo en que sus comentarios sobre una mujer asesinada son totalmente desafortunados. No obstante, parece que últimamente hay una especie de policía del pensamiento.

AGS: Sí, es lo que decía, no me gusta que exista. Hay ciertos temas que tienen los límites muy claros, pero tampoco me gusta la sociedad tan vigilada en la que nos movemos. No se puede hacer ni un chiste sobre nada. Como en el caso de Nacho Vigalondo. Originariamente era una broma, pasadita, pero era una broma. El problema vino cuando se creció y empezó a responder a los comentarios que estaban en contra del chiste y le llamaban antisemita, con bromas que ya eran de mal gusto. Luego pidió perdón muchas veces. Pero me pareció excesivo.

Además de presentadores de televisión, comparten la faceta de ser escritores y haber publicado diversas obras de distintos géneros. Preguntamos a Fernando si nos puede adelantar algo sobre la novela en la que está trabajando.

FS: Poco, poco. Estaba rondando esta idea desde hace tiempo. En cierto modo es una novela sobre la Transición, pero no es una novela correcta, porque está vista desde la óptica de una familia rica, pija y franquista, que no es lo habitual. Es una familia bastante normal que, siendo franquistas, inician la evolución a la democracia de forma remolona, pero no les queda más remedio. Son gente, sobre todo la madre, que consideran que ellos son la verdadera España porque son ricos, son guapos, hablan idiomas, han viajado… no la chusma que hay del otro lado. Ellos representan verdaderamente la España que Europa quiere.

AGS: Una pregunta tipo Lo + Plus: ¿qué hay de autobiográfico en esta novela? Porque son ricos, son guapos, han viajado…

FS: (Risas) Yo cuento la experiencia desde donde la veo porque la conozco. Pero no es mi familia.

AGS: Entonces nadie te va a dejar de hablar.

FS: Bueno, alguien se va a reconocer… En fin, es la historia entre dos bombazos: el de Carrero y el del 11-M. La familia, en muchos momentos de la novela, no entiende lo que está pasando, para ellos es todo un choque político y cultural. Me gustaría que funcionara porque desde la visión del conservadurismo no hay una novela.

Por lo que cuenta, los protagonistas de su nueva novela van a ser los “malos”…

FS: No los malos, el otro lado. Por qué no. Ellos vieron el 23-F del otro lado y quisieron colaborar; eran la trama civil del golpe, todos los viejos franquistas que todavía no se habían ajustado a la democracia.

¿Es más arriesgado poner la voz de la novela en el otro lado? Tal vez los protagonistas pueden no producir empatía.

FS: Sí, es posible que pueda producir rechazo. Pero el efecto empatía es irrelevante. Por ejemplo, el protagonista de Vichy 1940 yo pensaba que era simpático y que representaba bastante bien mis ideas, y sin embargo hubo algunos críticos que dijeron que les había parecido antipático desde la primera página hasta la última. Todo depende de la óptica del lector.

Al hilo de esto y lo que comentábamos antes de la pederastia y el antisemitismo, me vienen ahora a la mente dos novelas: Lolita y Las benévolas, ambas redactadas desde el punto de vista de los “malos”, y generaron muchas críticas en contra.

AGS: ¡Menuda novela, Lolita! Pero hoy día, cualquiera escribe Lolita, te meten en la cárcel.

FS: Y Las benévolas… ¡qué novela! Yo la tuve que leer a trozos porque me producía repulsión que, al fin y al cabo, era lo que buscaba. Era terrible.

La fecha que maneja para la salida del libro, del que tiene preparado algo más de un tercio, es final de año. No obstante, se muestra conservador con los plazos, porque “pasas mucho tiempo no necesariamente creando a los personajes, o describiéndolos, sino colocándolos. Aunque no lo parezca, dedicas mucho tiempo a hacerlo”. Ana lo corrobora.

AGS: De hecho no sé cómo fui capaz de escribir una novela. Comienzas a tirar de un hilo y de ese hilo vas construyendo toda la novela, pero podías haber tirado de otro… No estoy descontenta con ella, se vendió bien para ser una primera novela, pero me da rabia una cosa: la estructura me gustaba mucho. Tal vez vuelva a utilizarla para otra novela. Ya habrá una segunda. Bueno, de todo se aprende. Por ejemplo, ahora estoy metida en un proyecto de libros infantiles, muy bonito, que va a salir en septiembre, y he aprendido a ser más madura, a dejar de pensar que por no molestar eres mejor. Y es peor. Si no molestas, no tiendes a la excelencia. Hay veces que tienes que decir: “esto no es así, estoy hay que hacerlo de otra manera”.

Continuamos hablando un poco más de literatura: Ana, que sigue fiel al papel, nos recomienda “ remember, de Joe Brainard; y Fernando, que utiliza su Kindle sin parar, Wolf hall, de Hillary Mantel (ganadora del Booker hace un par de años). Está claro que el formato digital está entrando en el mundo editorial gracias a la difusión de los libros electrónicos. ¿Hará que la gente lea más gracias a la facilidad de acceso a los contenidos y a la piratería?

AGS: No sé. A mí me sorprendió mucho el otro día que una persona que conozco me dijo “ah, ese libro ya lo he leído, se lo ha bajado mi hijo”. Yo pensé que el negocio editorial estaba todavía a salvo de los piratas porque para mí leer es un acto tan civilizado – al menos yo lo entiendo así  que me parece incompatible con una actitud de pirata. Yo creo que hay actos de piratería inocuos, que no causan un perjuicio económico y moral al autor. Pero al final, si los autores no ganan dinero, no podrán ser escritores, sino que tendrán que ser fontaneros, médicos o electricistas. Lo que no sé es si piratearán solo a Dan Brown o hasta a un poeta vasco desconocido.

Precisamente en la revista tenemos un artículo en el que comentamos la paradoja de 1Q84, de Haruki Murakami, un libro que no está a la venta en castellano en España en formato digital, pero que se puede conseguir ilegalmente. En digital está a la venta en catalán, a unos 15 euros, frente a los 26 que cuesta en papel.

AGS: Sí, ¡ése es el libro que comentaba antes! El mercado audiovisual es un claro ejemplo. Yo siempre cuento que quiero comprar películas o series de televisión y no me dejan. Si yo un día quiero ver una película en mi casa, desde mi ordenador, es tonto que usted le deje el negocio al pirata en lugar de facilitar al usuario que lo compre legalmente. En el mundo de cine es más complicado porque interviene mucha gente, pero en el negocio de la música o de la edición se pueden autorregular muy fácilmente tendiendo hacia la autoedición. Pienso, por ejemplo, en el propio Dan Brown, o Antonio Gala, o Pérez-Reverte, gente que vende mucho, que cuelguen sus propios libros y los vendan independientemente, por un precio de unos 3 euros, y serán prácticamente 3 euros de ganancias por cada ejemplar. En la música, Radiohead cuelga sus propios discos en su página web.

Hace unas semanas, leí una noticia en la que decían que los grandes estudios cinematográficos habían llegado a un acuerdo para ofrecer en televisión las últimas novedades a las pocas semanas de su estreno en los cines. Las salas se quejaron.

AGS: Pero es que la gente seguirá queriendo ir al cine. Si Ferran Adrià saca sus platos congelados, ¿crees que la gente que va a elBulli dejará de ir porque piensa que tiene lo mismo en el supermercado? Ofreces distintos productos, distintas ventanas a los consumidores. Pero la experiencia, en este caso del cine, no tiene nada que ver con ver una película en casa, aunque un día no te apetezca salir y prefieras quedarte en zapatillas. Son cosas complementarias. Pero es lo que veníamos diciendo, dejad que cada uno utilice las cosas como le da la gana, dad libertad al consumidor.

Surge el ejemplo de las series de televisión: emiten una serie en Estados Unidos, de madrugada en España. Y al día siguiente, no sólo te puedes descargar la serie de forma gratuita (e ilegal), sino que alguien ha preparado subtítulos en castellano. “Lo tenían que ofrecer en HBO o en TMZ. Si intentas ver una serie en sus páginas te aparece un mensaje de que tu IP no te permite acceder a este contenido. Vale, no te preocupes. Ya me ocupo yo”.

(Risas) Entonces, ¿por qué creéis que las cadenas no hacen como en la finale de Perdidos, y emiten las series prácticamente en directo?

AGS: El mercado está en plena ebullición. Llegará un momento en el que el negocio se ordenará. Ahora mismo, casi nadie ve el anuncio que está en mitad del bloque publicitario, pero lo han pagado. Si lo meten antes del inicio o al final de un capítulo online sabes que lo tienen que ver por narices, y sabes que tienes tres millones de clicks. No hay mejor audímetro que éste. Pero todavía no lo han asumido. Cuando quiero ver un programa que me divierte, prefiero verlo por Internet, cuando a mí me da la gana, no cuando ellos lo programan. Cuando llegue la Web TV se va a acabar todo lo que hay ahora; es otro concepto, no tiene nada que ver.

FS: Para cuando llegue yo ya estaré muerto. (Risas)

AGS: No, no. Tú ahora tienes una televisión conectada a Internet y buscas el programa que quieras. Tú ya no ves lo que te echan, sino lo que te apetece. Te puedes montar tu propio canal, el canal Fernando Schwartz, en el que dan tus programas y lo comercializas. Se abre un nuevo horizonte. Hay una cosa que en Francia funciona fenomenal: el canal de seniors.

FS: (Risas) No sé si cabrearme.

¿Y un canal de gatitos 24 horas?

AGS: (Risas) A mí me encantaría, yo sería espectadora.

Acabamos la entrevista preguntando a Fernando por un blog de diplomáticos donde le critican tan duramente. Ni quiere responder, ni tomárselo en serio.

FS: No merecen nada. Que cada cual sopese en un platillo a estos anónimos cobardes, esos fachitas cabreadines, y mi trayectoria como escritor, editorialista, presentador de TV, etc.

Todo eso que dicen ¿es representativo de la carrera diplomática?

FS: Sí, mucho me temo que sí. El poso final de la carcunda está ahí. Esta carrera tiene ese problema.