Darger y Tolkien, la huida hacia atrás

Fantasy is escapist, and that is its glory. If a soldier is imprisoned by the enemy, don’t we consider it his duty to escape? If we value the freedom of mind and soul, if we’re partisans of liberty, then it’s our plain duty to escape, and to take as many people with us as we can! (J. R. R. Tolkien)

Cuando Henry Darger murió, en 1973, en la modesta habitación que tenía alquilada en el North Side de Chicago desde hacía cuarenta años se encontró un manuscrito de más de quince mil páginas de apretado texto, junto con varios centenares de dibujos, acuarelas y collages destinados a ilustrarlo. Era una novela fantástica titulada In the Realms of Unreal (aunque el título completo es algo más largo, en consonancia con la desmesurada narración: Historia de las Vivian, en lo que se conoce como los Reinos de lo Irreal, en la Guerra Tormenta Glandeco-Angeliniana causada por la Rebelión de los Niños Esclavos), cuyas inquietantes ilustraciones constituyen uno de los más notables exponentes —y actualmente uno de los más cotizados— del denominado art brut o arte marginal.

En los Reinos de lo Irreal se centra en las aventuras de siete niñas, las Vivian, princesas del Cristiano País de Abbieannia, que apoyan una insurrección de niños cautivos contra sus brutales captores, los glandelinianos, que los explotan y maltratan sin piedad. La acción transcurre en un gigantesco planeta imaginario alrededor del cual orbita la Tierra, y en las ilustraciones se alternan las escenas idílicas, que parecen sacadas de un cuento de hadas, con las más descarnadas imágenes de masacres y torturas, a menudo inspiradas en los martirologios cristianos.

Uno de los aspectos más llamativos de las ilustraciones de En los Reinos de lo Irreal es el hecho de que las niñas, cuando aparecen desnudas, suelen exhibir diminutos pero inequívocos genitales masculinos, sin que en el texto aparezca ninguna mención al hermafroditismo o a una posible transexualidad, lo cual, según algunos estudiosos de la vida y la obra de Darger, podría deberse a que, sencillamente, el autor ignoraba que las niñas no tenían pene. Esta inverosímil explicación lo es un poco menos si se conoce la desolada biografía de Darger, cuya precaria salud psíquica lo llevó, tras la muerte de su padre, a un sórdido asilo de Illinois «para niños débiles mentales», del que logró huir a los dieciséis años, no sin antes sufrir todo tipo de malos tratos y vejaciones. Durante el resto de su vida, salvo el brutal paréntesis de la Primera Guerra Mundial, se dedicó a realizar tareas de limpieza en un hospital de Chicago y a componer su monumental novela ilustrada en la soledad de su habitación. Presumiblemente, nunca tuvo relaciones íntimas ni ningún tipo de vida social.

En la misma época, un coetáneo de Darger (coetáneo estricto, pues ambos nacieron en 1892 y murieron en 1973) también dedicaba varias décadas —su vida entera, en realidad—a construir una narración no menos monumental ni menos épica, no menos fantástica ni menos delirante. Se llamaba John Ronald Reuel Tolkien, y su novela El Señor de los Anillos se convertiría en una de las obras más leídas, imitadas y versionadas del siglo XX.

Las coincidencias entre ambos autores son tantas y tales que resulta sorprendente que no hayan sido estudiadas en profundidad, teniendo en cuenta los ríos de tinta vertidos sobre Tolkien y su universo fantástico. Ambos fueron huérfanos desde muy jóvenes y quedaron traumatizados por su participación en la Primera Guerra Mundial, y ambos buscaron en la religión, los cuentos de hadas y la fantasía épica un refugio y una forma de realización personal. Y el resultado fue, en ambos casos, sendas obras narrativas monumentales y obsesivamente meticulosas, cuyas semejanzas no son menores ni menos elocuentes que las de las vidas de sus autores.

La acción de En los Reinos de lo Irreal se sitúa en un enorme planeta alrededor del cual orbita la Tierra: un planeta imposible que, significativamente, usurpa el lugar del Sol. La acción de El Señor de los Anillos y las demás narraciones del ciclo —El Silmarillion y El hobbit— tiene lugar en un mundo previo al actual, en una mítica y turbulenta Tercera Edad del Sol (de nuevo la solaridad) de la que somos herederos. Si para Darger la Tierra es un satélite de su mundo fantástico, para Tolkien es la hija del suyo: en ambos casos, el mundo imaginario se presenta, de forma simbólica, como jerárquicamente superior al real.

Y en ambos casos asistimos a una heroica rebelión contra las fuerzas del Mal, un mal absoluto e irreductible que se concreta en sendos ejércitos de seres abyectos y despiadados, los glandelinianos de Darger y los orcos de Tolkien. Los protagonistas de En los Reinos de lo Irreal son niños, apoyados por unos alados gigantes feéricos, los blengins. Los protagonistas de El Señor de los Anillos son hobbits, pequeños seres antropomorfos sencillos e ingenuos como niños, y cuentan con la protección de magos y elfos directamente sacados de los cuentos de hadas. En ambos casos, la inocencia de la infancia se contrapone a la perversidad de un mundo adulto cruel y degradado, en consonancia con las traumáticas experiencias que tanto Darger como Tolkien vivieron durante la Primera Guerra Mundial. Y, como no podía ser de otra manera, este paralelismo formal remite a una profunda afinidad ideológica y psicológica entre los dos autores, que comparten una visión del mundo radicalmente maniquea, en la que el pensamiento mágico-religioso prevalece sobre el racional, y una actitud más escapista que crítica, o tan siquiera analítica, con respecto a la literatura fantástica.

En el caso de Tolkien, no es necesario recurrir a sutiles interpretaciones, pues él mismo expresó sin ambages su idea de que «la fantasía es escapista, y esa es su gloria». La cruda realidad es, para este católico ultraconservador (literalmente más papista que el papa, pues nunca aceptó el Concilio Vaticano II), una cárcel de la que huir más que un hábitat que hay que transformar. En su extenso poema Philomythus to Misomythus, dedicado a su colega y amigo C. S. Lewis, Tolkien afirma categóricamente: «I will not walk with your progressive apes, erect and sapient. Before them gapes the dark abyss to which their progress tends» (No marcharé con tus monos progresistas, erectos y doctos. Ante ellos se abre el oscuro abismo al que su progreso tiende). No era una vana advertencia: su vida y su obra fue una larga marcha atrás, hacia el Medioevo idealizado de los cuentos de hadas.

En el extremo opuesto del erudito profesor de Oxford, en el lado oscuro de la irresistible fuerza fabuladora que compartían, el autodidacta e inadaptado Darger, solitario superviviente de una niñez espantosa, se construyó, con los mismos materiales y la misma obstinación, un universo-refugio muy similar en los aledaños de la locura (de otra locura menos compatible con la normalidad al uso). Y más allá de las consideraciones psicológicas o estéticas, el hecho de que uno de los narradores de más éxito y uno de los artistas marginales más cotizados del siglo XX coincidan en proponernos una huida hacia atrás, hacia el falso edén de la infancia y el maniqueísmo estupefaciente de los cuentos maravillosos, nos dice algo relevante —y poco halagüeño— sobre nuestra desquiciada sociedad.


Documentar la muerte de un amor

Ophelia, de Sir John Everett Millais, 1851-2. Imagen: Tate CC-BY-NC-ND (3.0 Unported). Clic en la imagen para ampliar.

La escritora norteamericana Joan Didion empezaba su libro El año del pensamiento mágico con una advertencia: «La vida cambia rápido. La vida cambia al instante. Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba». En la sucesión de líneas posteriores relata lo que supuso para ella enfrentarse a la muerte por infarto del que había sido su marido durante treinta y nueve años, el también escritor John Gregory Dunne. Por este libro autobiográfico ganó el Premio Nacional del Libro en el 2005 y fue finalista del Premio Pulitzer en el 2006. Se premiaba no solo lo literario, sino la valentía de mostrar públicamente su vulnerabilidad y tratar un tema sorprendentemente aún tabú, la muerte, especialmente en la sociedad norteamericana, en la que exhibir las emociones se concibe como una indiscreción y una debilidad. Poco después, pero una vez que el libro ya estuvo terminado, moriría también de pancreatitis la hija adoptada de ambos, Quintana, la única que tenían. Sobre esa puñalada final, Didion escribió en Noches Azules. «El tiempo pasa /¿Es posible que yo jamás me lo hubiera creído?», con ese halo de perplejidad de quien no termina de discernir realidad de sueño. El arte es, con frecuencia, catalizador de ese despertar de conciencia.

Sharon Olds también escribió sobre el proceso de pérdida de alguien intrínseco a uno mismo. Lo hizo en un libro de poesía magistral, conmovedor, El padre (1992), que llegaría a España de la mano de la editorial Bartleby doce años después de que se hubiera publicado en Estados Unidos. Aún recuerdo la portada azul, el título en amarillo. Sus versos eran un viaje desgarrador y lento desde la vida hacia la muerte, desde la existencia hacia la nada, desde el amor hasta la pérdida. El viaje común, el mal común. La común impotencia. Olds era capaz de expresar de la forma más simple (consiguiendo la dimensión de lo «aparentemente fácil»), la complejidad de la existencia humana y de la forma de relacionarnos. En uno de los poemas, «Carrera», retrata de forma muy sutil la brutal angustia de la distancia espacio-temporal, el sufrimiento de no llegar a tiempo al lecho de muerte de un ser amado. Lo hace sin drama, con suavidad, domando las emociones. «Despegamos de un lado del continente / y no paramos hasta posarnos / sobre la otra orilla. Entré a su habitación /y vi su pecho ascender despacio /y bajar de nuevo. Toda la noche/ estuve mirándolo respirar». En «El padre», la poeta exhibe (con dolorosa opulencia) la gama de emociones, detalles y recuerdos que la acompañaron durante la estancia en el hospital acompañando a su padre, enfermo de cáncer, en sus últimos días. 

«He aprendido a encontrar placer al hablar del dolor» dice uno de los versos que aparecen en el libro, que nos conecta con otros muchos pensamientos. Hay un alivio al liberarse del daño; al explicarlo y visibilizarlo el peso del sufrimiento se comparte. Es el dolor de todos. Sostenido por todos. Como seres mortales, a nadie le es ajeno. Y en esa manifestación pública del dolor más íntimo aparece la belleza de saber que no estamos solos, que nadie está exento de ese sentimiento, que seguimos siendo unidad pese a la pérdida. También, cuando uno habla del daño, lo deja ir, como a un pájaro. Aunque revolotee y vuelva, lo que importa es el gesto, la decisión de no guardar ni reprimir lo que nos corroe.

El libro de Olds es un manual paso a paso para entender y asimilar nuestro proceso vital. Una narración del delicado arco temporal de una hija antes y después de sobrevivir a su padre.  También C. S. Lewis se enfrentaría a la realidad más descarnada en Una pena en observación, un libro de luto tras la muerte de su esposa por cáncer de huesos. Y la escritora chilena, Isabel Allende al publicar en forma libro la carta que escribía a su hija, Paula, desde que entra en estado de coma, donde permaneció un año entero, hasta que murió: «Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte, la vida es puro ruido entre dos insondables silencios». En 1975 pudo leerse Mortal y rosa, de Francisco Umbral, que empezó como una oda a la vida de su hijo que se vio interrumpida por la muerte del pequeño debido a una leucemia. La misma enfermedad que se llevó al hijo de Sergio del Molino, que también se asomó a ese abismo insondable que es la muerte en La hora violeta, publicada en el 2013. En una entrevista posterior, del Molino explicaba que después de la muerte de un hijo «aunque la gente no lo note, aunque no camines penando o con la cabeza baja eres otra persona y lo eres para siempre, incluso cambia la percepción de los sentidos». Estas obras no funcionan simplemente como desahogo personal, sino precisamente lo contrario; conocimiento compartido, avisos. Si no pueden ser tildadas de altruistas al menos sí de generosas. Es de agradecer que alguien encuentre las palabras que pocos tienen en momentos de tanto vacío.

La literatura puede detallar un sentimiento de forma gradual, expandirlo, permitiendo que el lector lo vaya interiorizando a su ritmo, racionándoselo en función de las pausas que su estado emocional le exija. El arte visual es, sin embargo, más salvaje. Nos obliga a procesar pensamientos y emociones en un solo instante.

Annie Leibovitz, considerada la fotógrafa más influyente de nuestro tiempo (definitivamente la fotógrafa mejor pagada del mundo) y nombrada «leyenda viviente» por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, es también conocida por ser la fotógrafa de los famosos. Fue ella quién fotografió a John Lennon por última vez, pero también a la reina Isabel II y a Miley Cyrus. Por eso su trabajo documental fotografiando los últimos momentos de la que fue su pareja durante dieciséis años, Susan Sontag, fue recibido con suspicacia. ¿Añadía a su porfolio el morbo de retratar el sufrimiento de una de las intelectuales y escritoras más aclamadas de los últimos tiempos en sus últimos años de enfermedad, del modo más ofensivamente oportunista? Para muchos era una pura mercantilización de la vida íntima; según Leibovitz, publicó las fotos después de mucha deliberación, tras contar con el beneplácito de la hermana de Sontag y de su propio agente: «La muerte es parte de la vida», señaló en una ocasión la fotógrafa, que también documentó el nacimiento de sus hijos y la muerte de su padre. Sin embargo, el hijo de Susan Sontag, David Rieff, nunca se lo perdonó y públicamente se ha referido a esas fotos como un «carnaval de imágenes de la muerte». Sontag sufrió de un cáncer de pecho en 1974. Lo superaría, pero paradójicamente murió en el 2004 de una leucemia que contrajo por la radioterapia que recibió durante los años setenta. Nunca quiso admitir que se estaba muriendo; según su hijo, tenía un miedo atroz a la muerte. 

Las fotografías que le hizo Leibovitz, en blanco y negro, desentrañan la narrativa del cáncer en toda su crudeza, pero hay belleza en ese realismo sin ocultación, en ese revelar la vida sin escondite, sin salvación para nadie. Las imágenes, en lugar de ser una invitación voyeurística, tienen la fuerza y la responsabilidad del memento mori. Muestran a Sontag hospitalizada, muriéndose y muerta. En España pudieron verse en el 2009, en la retrospectiva Annie Leibovitz. Vida de una fotógrafa 1990-2005 que se realizó en la sala Alcalá 31. En su ensayo Sobre la fotografía, la propia Sontag diría: «La mayor vocación de la fotografía es explicar el hombre al hombre». En este sentido, Leibovitz no ha hecho en su carrera profesional algo más solemne. 

Otro fotógrafo que documentó la gradual muerte de su primera mujer, fue el norteamericano Eugene Richard. Dorothea Lynch contrajo cáncer de pecho a los treinta y cuatro años, después de quince años de relación amorosa con el fotógrafo. Ocurrió en 1978. Al no encontrar ninguna foto de una mastectomía a disposición de aquellos que no fueran personal médico, decidieron empezar un proyecto juntos que documentara el proceso oncológico. Crearon un libro colaborativo de belleza sublime, «Exploding Into Life» (Explotando en la vida) en el que se publican los diarios de ella y las fotografías de él. Una de las imágenes más potentes es precisamente «Mastectomía», en la que Dorothea aparece sonriendo, mostrando su pecho cicatrizado después de la operación. Él le había preguntado «¿Te sientes menos femenina después de la cirugía?» y ella se había echado a reír. «Ojalá pudiera explicarle que no es solamente la pérdida de mi pecho lo que me preocupa. Es lo que simboliza esta pérdida, la premonición del día en que todas las células de mi cuerpo se extingan como estrellas frías», escribía ella en el diario que se publicó. Cuando uno termina el libro y se enfrenta a la incertidumbre de la propia vida, los sentimientos son encontrados, algo se encoge y a la vez, algo se expande.

El sufrimiento y la muerte asustan, pero la intimidad y la vulnerabilidad compartida artísticamente es un regalo que tiene además una función catártica. Sería una gran avance prescindir de los juicios banales que apelan solo al morbo y al exhibicionismo, simplificando uno de los actos más valientes y generosos que puede hacer un artista: exponer su realidad, su verdad, su esencia y su dolor, en forma de ese espejo en el que cualquiera puede mirarse. Se añade además la función social esencial de visibilizar la muerte, normalizarla, recordarnos la única certeza que tenemos: todos, sin excepción, vamos a morir.


The writer is not your bitch

George R. R. Martin, 2014. Fotografía: Denis Balibouse / Cordon Press.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista trimestral número 22, especial bibliofilia.

Está escrito en las enciclopedias: jamás sabremos quién mató a Edwin Drood. La única de las novelas que Dickens no concluyó era la única que realmente necesitaba una conclusión. «Tengo una nueva idea muy curiosa para su final», le confesó a su biógrafo, John Foster, antes de morir. Lo que no dejó dicho es que esa curiosidad sería un letal vitriolo que duraría tanto como lo hiciera el mundo. Y que lo cambiaría drásticamente. Al principio solo parecía una psicosis moderada. Un combate de especulaciones mórbidas. Pugnaron entre sí imitadores, estudiosos dickensianos, discípulos, locos ilustrados malgastando energías en revelar el misterio de quién acabó con la vida del joven arquitecto de la novela. Todo y nada valía, a la misma vez. Ni el muerto ficticio (Drood) ni el muerto real (Dickens) intervendrían por alusiones. O sí.

En octubre de 1872, un mecánico de Vermont, Thomas P. James, entró en trance tras una sesión espiritista y empezó a escribir en contra de la voluntad de su mano. Se proclamó copista al dictado de un espíritu, el de Dickens, que le susurró el final de El Misterio de Edwin Drood. Esa «escritura automática (1)» podría ser el capítulo más estrafalario de lo que se bautizó como «literatura Droodiana», pero es difícil escoger. Charley, el hijo de Dickens y el novelista Joseph Hatton formularon una versión teatral con culpable incluido; y el científico Richard Proctor contribuyó al caos con Watched by the dead, una hipótesis psicológica del verdadero final que el escritor imaginó. Que contradecía, por cierto, la que propugnaba el ilustrador oficial de Dickens, Luke Fildes, detallada en las páginas de The Times y basada en las prerrogativas que le marcó para las ilustraciones de los personajes.

La boutade se vistió de gala el 8 de enero de 1914, en Covent Garden. Ese día se subió al estrado de los acusados —quizá por ver primera— un personaje no solo novelesco, sino novelado. El tío de Edwin Drood, John Jasper, había sido el sospecho más sospechoso durante casi un siglo, y a él se le acusó. Con G. K. Chesterton como magistrado de la sala y otros ilustres colegas de la Hermandad Dickensiana (como George Bernard Shaw) de letrados, se celebró un lunático y solemne juicio contra Jasper. Impresiona ver el gesto de gravedad de sus rostros en las fotografías del evento. Chesterton acabó acusando a todos los presentes salvo a él mismode desacato y según la crónica de The Manchester Guardian: «El misterio de Edwin Drood pinta ahora peor que nunca». Porque, dicho sea de paso, ni siquiera apareció el cadáver.

«Los papeles de Pickwick (2) mostraron cuánto podía hacer Dickens con las sugestiones de otras personas, El misterio de Edwin Drood muestra qué poco pueden hacer otras personas con las sugestiones de Dickens», escribió un lacónico Chesterton.

Dickens se fue al otro mundo con una deuda. Y el mundo, más o menos, se lo perdonó. Al fin y al cabo, había fallecido sobre (encima de) el capítulo veintitrés del manuscrito, hasta las cejas de laúdano para soportar el dolor y sin dejar que las menudencias de su extensísima familia el recuento va por once hijos y un número indefinido de mujeres gestantesle importunaran ni distrajeran de su sagrada misión literaria. Pero el mundo también aprendió una lección: no volverían a dejarle una historia a medias.

Just write it!

Flashback a cualquier día al azar de 2007. O de 2008.  

«De una vez por todas: deja de jugar con tu propia mortalidad de hombre obeso y viejo. Ponte a escribir», lee en un correo nuevo. El hombre, efectivamente rubicundo, efectivamente superando la sesentena, coloca el mensaje en la misma carpeta mental utiliza internet de una manera algo rudimentaria donde va apilando esa clase de improperios, frecuentes desde 2005.

Ese año hizo lo peor que puede hacérsele a una promesa: ponerla por escrito. La soga se la enroscó él solito al pescuezo: «Tyrion, Jon, Dany, Stannis, Melisandre, Davos Seaworth y el resto de personajes que os apasionan, o a los que odiáis apasionadamente, estarán aquí el año que viene (¡eso espero!) en Danza de dragones […]», garantizó en el epílogo de su último libro. Añadió que, en realidad, tenía medio volumen ya escrito pero prefería dividirlo. Pero el año siguiente, (ni al siguiente), tampoco al siguiente, cumplió el compromiso. Seis años de retraso macerados por el monstruoso éxito de la adaptación televisiva de la saga, Juego de Tronos, que terminó por adelantar la trama literaria. ¿Hace falta que enumeremos lo de los veinte millones de ejemplares vendidos o o su impacto cultural masivo? Ha quedado claro que hablamos George R. R. Martin.

Al escritor estadounidense se le celebra, muy merecidamente, haber transgredido algunas de las convenciones más sólidas del género fantástico. También el haberse convertido en un escritor pop, una celebrity literaria reconocible hasta en los parajes más ignotos, ungido por la revista Time como «el Tolkien estadounidense». No es tan común subrayar que  Martin ha movido de sitio las fronteras de otros asuntos, casi todos los que tienen que ver con la relación escritor-lector, ese frágil statu quo. En plata: que la lió parda.

Lo crean o no, lo de menos fue que se restregara por la pernera un buen puñado de fechas, varios deadline y la santa paciencia de sus editores. Tampoco el cacareado «bloqueo del escritor». El problema fue que se sintió perfectamente legitimado para hacerlo y no se avergonzó ni se escondió como un animalito acurrucado y asustadizo. ¿Recuerdan cómo se escabullían por los rincones de la facultad/colegio para evitar toparse con ese profesor al que habían jurado entregarle un trabajo, un capítulo? Bien: George hizo exactamente lo contrario.

Mientras la demora se atocinaba, asistió a un chiflado número de convenciones, se hizo fotos y más fotos con fans. Firmas, charlas, entrevistas en las que exhibía un jacarandoso ánimo. Actualizó su blog con entradas sobre las películas, series o libros que le iban apasionando, sobre partidos de fútbol, política o el noble arte de mesarse las barbas. Viajaba mucho y se vanagloriaba del éxito de su obra en HBO. Felicitaba, cumplidamente, las pascuas. Lo hizo durante los cinco años de retraso, y también después, cuando ya publicado Danza de Dragones (en 2011) prometió que Vientos de Invierno, la sexta entrega de la septualogía, estaría listo en un par de años. Algo que, por supuesto, no pasó. Y sigue sin pasar. Entretanto, lectores de todo el mundo aporreaban sus teclados poseídos por la más voraz de las abstinencias: ACABA LA HISTORIA, GEORGE.

El sosiego, si lo hubo, duró poco. Pronto todos los que se presentaban en su blog lo hacían con el Bloq. Mayús activado y una hilera de saliva espumosa escurriéndose de la boca. Gente que necesitaba saber qué ocurría con Jon Snow para poder continuar con su vida; individuos en pleno uso de sus facultades que amenazaban con los crueles masacres si no se les proporcionaba la ración de páginas anunciadas. En esos días, asomarse a la sección de comentarios era, para cualquiera, algo similar a que un torturador vietnamita te aplicara descargas en el píloro. Una histeria inmanejable. Salvo que fueras el propietario de la página, claro está. El siguió a lo suyo, respondiendo socarrón cuando le interpelaban por la tardanza. Hasta que la oleada de odio tomó un cariz perverso y a George R. R. Martin se le agotó esa mansedumbre de ballenero beodo: el nombre de Robert Jordan se repetía más que el suyo en los comentarios. Entonces, estalló.

No fue por protagonismo, sino más bien una cuestión de entrañas. Robert Jordan era el pseudónimo de James Oliver Rigney, Jr, el escritor fantástico de la saga La rueda del tiempo. Murió como Dickens: sobre su obra. En 2007 la amiloidosis acabó con él a los cincuenta y ocho años, antes de que diera fin a la duodécima entrega, que otro autor (Brandon Sanderson) remató y ensambló. «¡No nos hagas un Robert Jordan! ¿Cómo se atrevió a morir? Qué injusto para nosotros» le increpaban a Martin, los más considerados. Pero para George R. R. Martin no hablaban de otro autor que cambiaba de mundo dejando tras de sí una obra inconclusa. Hablaban de Jim, su amigo Jim.

«A mis detractores», tituló la entrada. En ella vino a decir que asumía su obesidad y su vejez; y recibía el mensaje, alto y claro. Sus fans no querían que hiciera otra cosa que no fuera acabar Una canción de hielo y fuego. Su réplica fue la bellísima canción de Ricky Nelson, «Garden Party». Por si aquello no era suficientemente elocuente, aprovechó una entrevista en televisión para, mirando a cámara, contraer todos los dedos de su rechoncha mano derecha, salvo uno: «Fuck you», profirió, dedicado los que estaban convencidos de que el reventón de coronarias llegaría antes que un nuevo soberano al Trono de Hierro. Desde aquella memorable peineta, su asistente se encarga de monitorear todos los comentarios del blog y de eliminar aquellos ofensivos rogamos por tu salud mental, Ty Franckcomo quien barre el desierto con un cepillo de dientes. «Si quieres comentar sobre otros asuntos, incluyendo, entre otros, la tardanza de Danza de dragones, está bien, simplemente hazlo en tus propios blogs», incluyó, como advertencia.  

Dicho y hecho. Martin había amasado una monumental masa de odio, tan poderosa, que encontró trillones de plataformas para canalizarse y fagocitarse a sí misma. En webs como Finish the book, George («Acaba el libro, George») Is winter coming? («¿Llegará el invierno?») o la más caústica Is George Martin Dead («¿Está George Martin muerto?», una especie de casa de apuestas), los fanáticos salían de las sombras y se convertían en apóstatas del autor y todo su universo. Se llaman a sí mismos «GRRuMblers». Un culto creciente de ansiosos, desafectos, impacientes y arrepentidos por un ardor lector considerado en balde. Millones de usuarios que hoy en día siguen, diligentemente, escupiendo su cósmico cabreo en sarcásticas consignas. «¿Por qué no has acabado el libro en el que has estado trabajando durante cuatro años, Master Procastinador? Han organizado juegos olímpicos completos desde entonces, George. Verano e invierno. Y sé cuánto te gustan esos Juegos de Invierno» y otro montón de cosas bonitas. Seres contrariados por la interna batalla de desear una cosa y su contraria: la muerte agónica, inminente y dolorosa de Martin (por no dignarse a cumplir con su deber ahora que amasa fortuna) que a su vez les privaría del desenlace tan largamente esperado. Como a Dickens, también le montaron un juicio, «El pueblo contra a George R. R. Martin», que contempló penitencias que no se atreverían a llevar a cabo ni los dothraki. El término «vago» era una vara de medir insuficiente para atizar a los escritores que se saltaran las fechas de entrega, así que también idearon el cántico Write Like the Wind para recordarle al escritor su mortalidad: «Lewis tardó cinco años en hacer una crónica de Narnia / A Tolkien le llevó doce años y a Rowling, diez/  Lucas invirtió casi tres décadas en Star Wars /Y todos sabemos cómo resultó eso al final», tarareaban.

La excentricidad del propio Martin, hay que reconocerlo, ha supuesto siempre un terreno fértil para el troleo escribe utilizando solo los dedos índice con un procesador de textos de 1987— y en ocasiones parece resignarse a su condición de hombre odiado. Bromea con el asunto, contesta sin evasivas y ofrece su rostro abundante para promocionar otros de sus proyectos (adaptaciones de sus novelas en HBO y Netflix). Pero en realidad tiene la genitalia a punto de ebullición. En lugar de decirlo, utiliza la boca de otros (3) para decir lo que realmente opina del rencor desaforado que suscita: que esos lectores son una panda de mimados, pertenecientes a lo que llama la «Entitlement Generation» («Generación de los derechos»). Creen que tienen derecho a ese nuevo libro.

¿Lo tienen?  

En el fondo de toda esta invectiva, la pregunta sigue sin respuesta desde Edwin Drood: ¿Qué deber tiene exactamente un escritor con su audiencia?

Not your bitch

La decepción es un hueso tan difícil de tragar que acostumbra a pudrirse en muchas gargantas. Antes de abandonarse a la ira, uno de los lectores de Martin acudió al también escritor fantástico Neil Gaiman, en busca de consejo espiritual. Como muchos, estaba ansioso por la dilatada espera y le importunaba que el autor se dedicase a otras novelas o actualizase su blog: «[…]  Al escribir una serie de libros, como hace Martin con Canción de hielo y fuego, ¿qué responsabilidad tiene de terminar la historia? ¿No es realista pensar que, al no escribir el próximo capítulo, Martin me defrauda?», planteó.

La respuesta de Gaiman no pudo ser más taxativa: «George R. R. Martin no es tu puta», contestó. La publicación que merece ser leída en su totalidad, hagan caso explica pormenorizadamente a Gareth, como se llamaba el lector, por qué él también se había saltado varios deadline y cómo se había estancado con algunas historias. Y, sobre todo, porqué comprar el primero de una saga de varios libros no implica un contrato con el escritor a perpetuidad, ni te autoriza a controlar cómo maneja su tiempo. «Las personas no son máquinas. Los escritores tampoco», adujo. «No tiene por qué estar ahí afuera tecleando lo que tú quieres leer ahora mismo».

Las palabras del autor de Sandman provocaron un cisma literario que también tuvo himno propio (la canción «George R. R. Martin Is Not Your Bitch», del músico John Anealio) que recrudeció aún más la batalla. De un lado, otros escritores bestseller como Charlaine Harris, Nora Roberts o Patrick Rothfuss aprovecharon para sincerarse sobre cómo la presión de sus aficionados, internet mediante, les sometía a un escrutinio implacable. Stephen King recordó que, tras ser arrollado por un camión, la angustia global no versó sobre si sobreviviría, sino sobre cuántas páginas tenía ya escritas de La Torre Oscura. «Un libro no viene con una caja de sugerencias, y el escritor no está obligado a esculpir una historia según tus necesidades específicas. […] Bite me(4)», dijo Roberts. La novelista Joanne Harris intentó infructuosamente poner paz. En el festival literario de Manchester presentó un bienintencionado manifiesto de doce puntos para conciliar las posturas de lectores y escritores, y los deberes de estos en el panorama de la interconectividad. Entre otras cosas, reconocía que los autores tienen el «deber moral» de proporcionar un final a sus lectores, una especie de sentido de clausura narrativa.

No se han detectado síntomas de que aquello produjera ningún efecto balsámico: del otro, continúan hiperventilando ante la pantalla quienes consideran que veinte años es demasiado tiempo para cualquier final.

La «literatura droodiana» y la «literatura GRRuMbleriana (5)» son algo más que subproductos literarios basados en obras inconclusas de escritores populares. Son espejos de sus siglos y de su tiempo. Uno es cóncavo y otro convexo, como aquellos del Callejón del Gato que deformaban en Don Quijote y Sancho a todo el que se miraba en ellos. En uno, los lectores son rechonchos y de apariencia más ramplona, pero parecen satisfechos y agradecidos por lo que reciben. Puede descifrarse en su mirada la devoción. En el otro, hay individuos enajenados, resabiados por su propia fantasía e intolerantes con la frustración de no ver complacidos sus deseos. Cualquiera podría confundirlos con clientes, no con lectores.

Ninguno, a fin de cuentas, sabrá quien mató a Edwind Drood.

Un escritor es como un mendigo con un cuenco. Nadie tiene que leer ficción. Un hombre siempre puede gastar su dinero extra en cerveza.

Robert Heinlein, autor fantástico.


(1) Si no tienen mucha faena, pueden echar un vistazo al estudio que realizó la Universidad John F. Kennedy de Orinda (California) sobre los estilos literarios de Dickens y el mecánico. Un parapsicólogo y un programa informático dicen que, bueno, podrían ser de la misma persona.

(2) Primera novela de Dickens, que fue creada a partir de los grabados de Robert Seymour.

(3) En un reportaje en The New Yorker de Laura Miller se recogían las declaraciones del asistente de Martin: «Cree que todos son jóvenes, adolescentes y veinteañeros. Y que su generación solo quiere lo que quiere y lo quiere ahora. Si no se lo dan, se cabrean».

(4) La traducción literal aquí no es la correcta. La expresión viene a significar algo así como «¡Vete al infierno!» o «que te jodan».

(5) Algunas editoriales se han lanzado a publicar libros recopilatorios que se mofan del bloqueo de George R. R. Martin: Waiting for Dragons (Esperando dragones), A Feast for Trolls (Festín de Trolls), A Dance with Detractors (Danza de detractores) o la Encyclopedia GRRuMbliana. Una asombrosa cantidad de esfuerzo para denigrar al autor de unos libros que uno confiesa amar.


Job sienta a Dios en el banquillo: sobre el sufrimiento inocente

Los juicios de Job (detalle), de Leonaert Bramer, ca. 1630.

«Creo que si hay un libro en el mundo que merece la palabra sublime ese es el de Job». Palabras de Jorge Luis Borges en una conferencia pronunciada en el Instituto Cultural Argentino-Israelí en 1965 (1). El mismo calificativo emplea Paul Claudel, de la Academia Francesa, que en su monografía sobre el libro de Job dice que, entre los libros del Antiguo Testamento, «Job es el más sublime, el más conmovedor, el más audaz, y al mismo tiempo el más enigmático, el más desalentador y, estaría por decir, el más repulsivo». Justificando sus calificativos, el autor francés añade: «¿Quién ha defendido la causa del hombre con tanto arrojo, con tanta energía? ¿Quién ha encontrado en las profundidades de su fe espacio para un grito como ese, para un clamor, para una blasfemia como la de Job?» (2). La causa del varón de Us, que es la causa de toda la humanidad, en este libro se convierte en un grito desgarrador dirigido directamente a Dios: ¿Por qué el sufrimiento inocente?

Desde que esta obra entrara en el canon judío, y por ende cristiano, ha inspirado a multitud de autores y se ha convertido, tal vez, en el libro más «reescrito» del Antiguo Testamento, en especial desde que Leibniz, en la primera mitad del siglo XVIII, diera origen a una rama de la filosofía llamada teodicea, destinada a tratar el problema de la bondad de Dios, la libertad de hombre y el origen del mal. Si Dios es único, bueno y omnipotente, ¿por qué existe el mal? ¿Acaso Dios, que es omnipotente, permite el mal? Entonces tendríamos que dudar de su bondad. ¿Acaso quiere evitar el mal pero no puede? Entonces pondríamos en entredicho su omnipotencia.

Una de las páginas que mejor han planteado el drama del mal y, sobre todo, del sufrimiento inocente, se encuentra en la obra de Fiódor Dostoyevski, Los hermanos Karamazov. En un diálogo entre Iván y su hermano Aliocha, el primero, incrédulo, quiere evitar que su hermano, novicio, siga los pasos del starets Zósimo. Para ello le plantea la objeción más potente a la existencia de Dios: el sufrimiento inocente. Ya el mal que sufren los adultos sería una objeción de peso pero, al fin y al cabo, «han comido la manzana y han entrado en conocimiento del bien y el mal (…). Y siguen comiéndola» (3). Es decir, tienen una última responsabilidad en el desorden del mundo. Pero el dolor de los niños… es injustificable.

La pluma de Dostoyevski, dando voz a Iván, no nos ahorra el relato de algunas de las atrocidades que se han cometido con los niños, de modo que la objeción a la justicia divina o a su misma existencia no resulte abstracta. En unas páginas durísimas para el lector, Iván describe las barbaridades con las que los turcos frenan las revueltas en su país. Delante de las madres, lanzan los bebés al aire y los reciben en las puntas de sus bayonetas. Hacen reír a un niño en brazos de su madre y lo encañonan con un revolver para que lo coja. En ese momento le vuelan la cabeza. Todo como parte de una pura diversión.

La larga serie de injusticias termina con el relato que tiene como protagonista a un antiguo general ruso, rico terrateniente. Un día, el hijo de una de sus siervas, jugando a lanzar piedras, hirió en la pata a uno de sus perros de caza. Descubierto el culpable, al día siguiente el general organizó una cacería y, delante de toda la servidumbre, ordenó desnudar al niño, que fue obligado a correr. En ese momento, el general lanzó a la jauría en pos de la presa. El niño fue descuartizado por los perros delante de su madre.

Iván, en el papel de Job (el libro bíblico aparecerá explícitamente entre las lecturas favoritas del starets Zósimo), se niega a aceptar las «teorías de la retribución» que establecen una solidaridad entre el pecado y el castigo. No funcionan con los niños. Ni siquiera aquellas más refinadas que ven en el sufrimiento inocente una contribución a la armonía eterna, al final de los tiempos: «lo que necesito yo es que se castigue (…). Y que el castigo se aplique no en el infinito, en algún tiempo y en algún lugar imprecisos, sino aquí, en la tierra, y que yo mismo lo vea (…). No he sufrido yo para estercolar con mi ser, con mis maldades y sufrimientos, la futura armonía a alguien» (4).  

Dostoyevski no podía imaginar que el siglo XX iba a superar con creces las barbaridades cometidas contra inocentes descritas en su novela. Los campos de concentración nazis o las purgas estalinistas bastan para reducirnos al silencio. Un puñetazo en el estómago de la apologética clásica, hasta el punto de que la pregunta de si se puede, y cómo, hacer teología después de Auschwitz se convirtió en un lugar común irrenunciable en la segunda mitad del siglo pasado.

Se entiende entonces que Job haya cobrado tanto protagonismo en la literatura del siglo XIX y XX, hasta el punto de convertirse en un portavoz de la humanidad que se levanta hasta Dios para interrogarle sobre la injusticia. Así lo presenta, explícitamente, Kierkegaard en su obra La repetición: «¡Habla tú, pues, Job inolvidable, portavoz fiel y valiente de todos los afligidos! ¡Repite, en calidad de tal, todo lo que dijiste aquella vez, cuando impávido como un león rugiente te presentaste ante el tribunal del Altísimo! (…) ¡Tengo necesidad de ti, oh, Job! Necesito un hombre que se lamente en voz tan alta que se le oiga en el cielo» (5).

Nuestro premio Cervantes, José Jiménez Lozano:

[…] Simplemente vivimos, ¿acaso sabes
lo que es tarea de soportar los días?
¿Acaso te has mostrado
ni en un espino ardiendo?;
y, en Auschwitz, ¿dónde estabas?
Celoso en nuestros pobres goces, atisbando;
ausente en la tristeza,
cruel como los borceguíes del hielo
o del implacable sol de agosto,
¿Acaso no diriges tú la maquinaria del mundo?
Pero mueren los gorrioncillos con la escarcha,
y los niños de hambre
mientras los poderosos son ungidos en tu nombre,
y callas.
«El señor está ausente, no recibe
llamadas ni contesta», dicen tus ángeles (6).

Ahora bien, es útil observar que si el hombre que pone al Altísimo contra la pared es el hombre «occidental» cuya razón no tolera la injusticia, el Dios al que se dirige este hombre es igualmente un Dios «occidental», el Dios judeocristiano, que ha proclamado la bondad de toda la creación, defiende la justicia y ama al ser humano, al que ha creado a su imagen y semejanza. Se entiende entonces la paradoja que presenta genialmente C. S. Lewis en su obra El problema del dolor, cuando afirma que «el cristianismo crea más que resuelve el problema del dolor, pues el dolor no sería problema si, junto con nuestra experiencia diaria de un mundo doloroso, no hubiéramos recibido una garantía suficiente de que la realidad última es justa y amorosa» (7). Tanto es así que, en los paralelos mesopotámicos del libro de Job, podemos ver ya las aporías que presenta la teoría de la retribución, que liga el sufrimiento con el castigo divino, pero no vemos todavía un enfrentamiento directo con el dios de turno para pedirle cuentas.

Y frente al grito del hombre que sufre injustamente y que exige del cielo un significado, en todo tiempo se han levantado «abogados defensores» de Dios, dispuestos a salir en su auxilio. Ayer y hoy. Los tres amigos de Job albergaban buenas intenciones cuando se reunieron para consolar a aquel hombre abatido. Pero no pudieron aguantar su pretensión de llevar a Dios a juicio, acusándolo de injusticia. Se erigen entonces en defensores de Dios, aunque en realidad no hacen más que preservar la imagen de Dios que tienen en su mente, que responde a un esquema causa-efecto, en el que no hay espacio para preguntas, para un ¿por qué?, y mucho menos espacio para una respuesta de Dios. «Estos individuos», dice Kierkegaard, «le dan de palabra la razón a Dios, pero cuidándose muy bien de mantener en su fuero interno el convencimiento absoluto de que son ellos los que en realidad tienen razón» (8).

«¿Sufres? Algo habrás hecho mal. Si no tú, tal vez tus hijos» (cf. Job 4,7-8; 8,4-6). En la posición de los amigos de Job, Dios se mueve «dentro de los límites de la razón». Y de ahí no puede salir. No debe salir. Si saliera, dejaría de ser previsible, estaríamos a la intemperie, tendríamos que dirigirle preguntas cuya respuesta no conocemos: «¿Por qué el dolor? ¿Por qué la injusticia?». Aceptar la inocencia de Job supondría abrir una grieta peligrosa en un universo cerrado: «Mis reflexiones me mueven a replicarte por la inquietud que hay dentro de mí. Escucho doctrinas que me molestan», replica Sofar a Job (Job 20,2-3).

La posición de Elifaz, Bildad y Sofar, como toda posición débil y precocinada, solo se puede sostener censurando la realidad que nos sale al encuentro: Job proclama su inocencia. Su comportamiento virtuoso es, además, público y notorio. Pero no hay espacio para los datos que no entran en nuestro esquema: la realidad que contraviene nuestra medida debe ser reinterpretada. Tanto es así que Elifaz, proyectando la lógica causa-efecto sobre Job, le describe los pecados que habrían provocado la ira divina (cf. Job 22,6-9). ¡Los inventa como quien propone una hipótesis explicativa de un efecto evidente! Borges comprendió bien lo que estaba en juego en la batalla entre las dos posiciones, la de Job y la de sus amigos, al resumir así el propósito del libro bíblico: «No podemos aplicar ningún epíteto humano a Dios; no podemos medirlo según nuestras medidas» (9).

No debe sorprendernos, por tanto, el paralelismo que establece María Zambrano entre los amigos de Job y el racionalismo que ha caracterizado nuestro tiempo: «Mientras que los amigos aconsejantes, erguidos, seguros de sí y de ocupar el lugar justo —del justo que nunca puede estar abatido— razonan. Y sus razones reaparecerán a lo largo de la historia de la razón triunfante, la razón del erguido, del que ha capitalizado el trabajar y el padecer de sus entrañas; sordo a ellas, con la sordera del que convierte en piedra la claridad que se derrama de la sangre y enmuran los espacios entrañables para que a ellos no descienda el logos. Profetas, precursores al menos, de la razón que se desentraña haciéndose así inextricable» (10).

Libro de Job, manuscrito de la Biblioteca Medicea Laurenziana, ca. 1175-1200.

¿Quién tiene razón en esa dialéctica que se prolonga durante treinta y cinco capítulos (Job 3-37)? Es obvio que nuestra sensibilidad moderna se inclina por Job, pero ¿qué dice el libro? La afirmación de Dios en el último capítulo, dirigiéndose a Elifaz —«Estoy irritado contra ti y contra tus dos compañeros, porque no habéis hablado rectamente de mí, como lo ha hecho mi siervo Job» (Job 42,7)—, contiene un juicio revolucionario en el contexto mesopotámico de la obra. ¿Cómo es posible que Dios se vuelva contra aquellos que pretendían defenderle? De un plumazo, Dios echa por tierra la teoría de la retribución, que ligaba el sufrimiento de los hombres a las faltas cometidas. Con este juicio, libera a la razón de un freno secular y le vuelve a dar todo su espacio natural, el del porqué, el de la búsqueda de significado.

Nosotros, hijos de este giro revolucionario, miramos con simpatía a Job irguiéndose hasta la altura de Dios y exigiéndole razones. En realidad, el personaje bíblico va más allá. Pretende convocar a Dios delante de un tribunal… para el que, obviamente, no encuentra juez (cf. Job 9,14-35; 13,1-23). Con todo, prepara su defensa, redacta su pliego de cargos (cf. Job 23,1-9; 29,1 – 31,40). No deja de sorprender que la Biblia acoja páginas así, en las que la criatura plantea un pleito contra su creador. Resulta paradójico, si leemos las páginas iniciales del libro sagrado en las que Dios, con su palabra, crea al hombre y la mujer a su imagen y semejanza, descansado en una obra que «era muy buena» (Gn 1,31), o aquellas otras que le siguen, en las que el creador modela al primer hombre con barro de la tierra.

En el Job rebelde vemos representada toda la dignidad de la razón humana, que no puede detenerse ante una injusticia, ante una explicación insuficiente, ante un sufrimiento que horade nuestra primigenia intuición de que todo es bueno. Y toda la defensa de Job se construye sobre una paradoja. El ser humano es un casi nadie en el conjunto de la creación. Si contemplamos la inmensidad del universo, ¿qué es ese ser surgido, de forma tardía, en un punto ínfimo de la mole de galaxias? Y, sin embargo, este ser es la autoconciencia del universo. En él, en su razón, la naturaleza se vuelve consciente de sí misma, consciente por lo que se refiere al conocimiento y a la exigencia de sentido y de justicia. Hasta elevarse pidiendo cuentas al creador.

«¿Se equivocó, pues, Job?», se pregunta Kierkegaard. «Desde luego, se equivocó de medio a medio, porque no pudo apelar a un tribunal más alto que el que le juzgó. ¿Tuvo Job razón? Desde luego, tuvo una razón como un templo, precisamente porque se equivocaba delante de Dios». La diferencia esencial entre Job y sus amigos está en que el hombre de Us concibe a Dios como alguien vivo (el Ser del que es deudor todo ser), con quien entabla un combate del que espera respuesta para una pregunta lacerante. Los tres amigos de Job, por su parte, reducen a Dios a una fórmula que apaga toda pregunta.

De nuevo, es Zambrano quien establece un paralelismo con nuestro mundo occidental. Para la escritora andaluza, Job elabora sus razones lanzándolas a Dios en una queja, «esas mismas razones que el pensar de la filosofía enuncia sin queja alguna, pues no hay a quién. El dios de la filosofía no es quién sino qué —lo que no ha dejado de ser una maravilla—, mas no es el dios, señor amigo y adversario, el que abandona. Como pensante —al modo tradicional en Occidente— el hombre no tiene un dios a quien reclamar, un dios de sus entrañas. Las entrañas fueron desde el principio sometidas, acalladas en el curso del filosofar» (11).

El libro de Job todavía nos reserva algunas sorpresas. Ante todo, Dios tiene que responder a la pregunta sobre la injusticia y el sufrimiento, y su respuesta, de hecho, se hace esperar: no aparece hasta el final, ocupando los cuatro últimos capítulos de la obra (Job 38-41), antes del epílogo. Si sorprendente fue el juicio divino sobre el hablar de los amigos de Job, no menos sorprendente es la tan esperada intervención de Dios ante una audiencia que es todo oídos. Podríamos esperarnos una apertura del discurso del tipo: «Y fulminó Dios a Job con un rayo desde la tormenta». Sería la respuesta que muchos atribuirían a Dios, especialmente aquellos que reducen la Biblia a una expresión más de la literatura religiosa mesopotámica. Pero entonces no estaríamos escribiendo este artículo, ni la filosofía y la teodicea en Occidente habrían sido lo que son.

Dios acepta el desafío de Job. Recoge el guante. En actitud de combate, le invita a ceñirse la cintura (cf. Job 38,3). Desciende al nivel de la criatura, se pone a su altura para entablar el cuerpo a cuerpo. Job lo ha citado para que se siente en el tribunal. Dios se sienta, pero no en el banquillo de los acusados sino en el banco de la escuela: «Voy a interrogarte y tú me instruirás» (Job 38,3). Invita a Job, que en el fragor de su defensa se había alzado hasta la altura de Dios, a subir a la cátedra y responder a las preguntas del Todopoderoso, convertido por unos minutos en discípulo del «sabio» demandante.

Con una profunda ironía comienza una batería de preguntas que no esperan respuesta y que se prolonga durante cuatro capítulos. Ante un Job que empequeñece por momentos, Dios va desgranando todas las maravillas y los misterios de la creación, preguntando al hombre de Us por su origen, que, sin duda, debe conocer, vista su voluntad de presentar enmiendas a la lógica divina:

¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra?
Cuéntamelo, si tanto sabes.
¿Quién señaló sus dimensiones
(¡seguro que lo sabes!)
o le aplicó la cinta de medir?
¿Dónde encaja su basamento
o quién asentó su piedra angular
entre la aclamación unánime
de los astros de la mañana
y los vítores de los hijos de Dios? (Job 38,4-7)

Cerrado este interrogatorio —que se prolonga hasta hasta el final del capítulo 41— se acaba la intervención divina. ¿Qué ha respondido Dios a la pregunta sobre la injusticia y el sufrimiento inocente? Resulta curioso que el libro de Job ha quedado en el imaginario popular como paradigmático del sufrimiento injusto. Sin embargo, si preguntáramos a la gente cómo responde Dios al grito de Job, obtendríamos un embarazoso silencio por respuesta. Alguno incluso preguntaría: «¿Pero Dios responde en ese libro?». No estamos ante un caso de incultura popular. Los mismos especialistas se muestran perplejos ante la «respuesta» de Dios. ¿Qué sentido tiene responder con una pormenorizada descripción de las maravillas de la naturaleza a cuestiones que tienen que ver con la libertad en el orden moral?

Un buen número de biblistas cree que Dios no responde a Job, probablemente porque los capítulos dedicados a la intervención divina nada tenían que ver, en su origen, con la pregunta y el drama del hombre de Us. En el largo y complejo proceso de redacción de la obra estos capítulos habrían «aterrizado» en su lugar actual viniendo de otro sitio. «La divinidad que aparece en las nubes no aporta respuesta alguna al alma atormentada y el poema sobre la naturaleza, por muy objetivo y bello que sea, no puede sanar un corazón herido» (P. Volz) (12). «Verdaderamente, si estos capítulos no estuvieran donde están, a nadie se le ocurriría meterlos ahí» (M. Jastrow) (13). «[No veo] nada que no hayan dicho los amigos de Job después de mucho tiempo; […] tres horas de ciencias naturales…» (L. Steiger) (14). «YHWH responde a cuestiones morales con la Física» (E. Bloch) (15). Incluso se ha llegado a calificar de «irrelevante» el discurso divino: «Parece tratarse de algo verdaderamente irrelevante: es como agitar un sonajero ante un niño que llora, para distraerle del hambre» (R.A.F. MacKenzie) (16).

Algunos exégetas, sin embargo, se dejan interpelar por el hecho de que el discurso divino resultó eficaz para Job. Gerhard von Rad recoge la reacción (de perplejidad) de sus colegas para terminar sentenciando que «lo que no es tan seguro es que los contemporáneos [de la obra] hayan experimentado idéntica reacción (…). De hecho, el propio Job llegó a comprender el significado del discurso con mucha mayor rapidez y sin tantas complicaciones como encuentra el lector moderno» (17). Dicho de otro modo, ¿acaso no es nuestra mentalidad moderna lo que nos impide captar la respuesta que Dios dirige a Job? Los que leían esta obra hace más de dos mil años (o hace mil), ¿experimentaban la misma perplejidad que nosotros? El dato que debemos aceptar, si queremos respetar el hilo argumentativo del libro, es que Job se sintió corregido por la intervención divina: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echado en el polvo y la ceniza» (Job 42,5-6).

El árbol de la vida, 2011. Imagen: TriPictures.

Visto que Job se ha sentido corregido, deberíamos dirigirle a él la pregunta: «¿En qué sentido la intervención divina responde a tu alegato?». Si volvemos nuestra mirada al cine y no a la exégesis bíblica o a la literatura, podemos encontrar un eco lejano de aquella respuesta que viene de lejos, del país de Us. El cineasta T. Malick firma una prodigiosa película, El árbol de la vida (2011), cuyo hilo argumentativo sigue el alegato de Job. Desde el primer fotograma, que presenta una frase fija sacada del libro bíblico («¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra (…) entre la aclamación unánime de los astros de la mañana y los vítores de todos los ángeles?», Job 38,4.7), seguido por el drama de una familia que pierde a un hijo, toda la película está atravesada por la pregunta sobre el misterio del dolor, de las injusticias, de la muerte. Pero lo que sorprende en Malick es la atención que, en su película, dirige a la intervención divina en el libro de Job, que pretende salir al encuentro de aquel misterio.

Los primeros minutos de la película, en paralelo con el libro de Job, ven desplegarse la fatalidad sobre una madre que había prometido fidelidad a Dios («Yo te seré fiel, no importa lo que me suceda»): pierde a su segundo hijo cuando todavía era joven. También ella recibe el «consuelo» de sus «amigos» (en este caso de su madre): «La vida continúa, las personas pasan. Nada permanece igual. Te quedan los otros dos. El Señor nos lo da y el Señor nos lo arrebata». Es entonces cuando se levanta el grito de la Sra. O’Brien: «¿Crees que no te fui fiel? Señor, ¿por qué? ¿Dónde estabas?». El drama está planteado. La pelota está en el tejado de Dios.

Parte entonces el primer fotograma que da inicio a la gran escena de la creación, que se prolonga durante más de quince minutos. Hay que disculpar a aquellos que se salieron del cine en este momento o que, habiendo llegado un poco tarde, pensaron que estaban en el NO-DO. La genialidad de Malick exige un mínimo de contexto hermenéutico para ser digerida. La respuesta de Dios a Job, antiguo o contemporáneo, necesitaba de un arte plástico y visual, como el cine, para ser eficaz.

Cuando todavía sufrimos con la madre que ha perdido al hijo de sus entrañas, Malick nos «obliga» a asistir a ese otro gran parto que es la creación del mundo. No nos la cuenta, no nos la explica. Nos hace protagonistas, nos obliga a experimentarla. Quince minutos aferrados a nuestras butacas. Mirando. Sin apenas una palabra. Con la única compañía del «Lacrimosa», la música del Requiem que compuso Z. Preisner en memoria de su amigo, el cineasta K. Kieslowski. Se trata del mismo ejercicio que Dios usa con Job: hace pasar delante de él todos los misterios de la creación, sin pausa, durante cuatro capítulos.

La dinámica del dolor había llevado a Job a plegarse sobre sí mismo. A su vez, la potencia de la razón, que no descansa en su búsqueda de razones, había alzado a Job, sordo a todo lo que le rodeaba, a la altura de Dios. Llegado a la presencia del Altísimo, este le levanta la vista para que pueda «darse cuenta» de lo que le rodea: su creación. ¿Qué tiene de «interesante» la creación? ¿En qué sentido su contemplación puede corregir a Job? ¿Qué dato nuevo introduce en el razonar del hombre de Us?

Las imágenes de Malick vienen en nuestro auxilio. Son eficaces, como eficaces debieron de ser para Job las imágenes que las preguntas divinas le dibujaban. Nos impactan, nos mueven, nos asombran. Esta es, de hecho, la primera vocación de la realidad: ejercer una provocación, llamar a. Ante todo llama a un asombro porque las cosas son, existen sin que lo hayamos mandado nosotros. No están simplemente delante de nosotros como un decorado que acompaña a nuestros pensamientos. Y aquí la miopía moderna es grande, lo que hace comprensible la perplejidad de los estudiosos del libro de Job ante la respuesta divina.

El positivismo que domina nuestra mirada considera las cosas como un mero positum, algo que está ahí, puesto, de lo que solo me interesan, al máximo, sus transformaciones, las leyes dinámicas que rigen su evolución. Pero «conquistar» la realidad no coincide con la mera percepción de esa realidad como positum. «No se ha tenido en cuenta», dice Zambrano, «en esta época moderna que puede definirse como la de la crisis de la realidad, la actitud ante ella. Y la actitud ante la realidad es cosa diferente de las condiciones que el conocimiento, empezando por la simple percepción de la realidad, requiere» (18). Está de por medio nuestra libertad, en forma de actitud ante la realidad. En efecto, continúa Zambrano, «si la actitud hacia la realidad condiciona su conocimiento y hasta relativamente su presencia efectiva es porque la libertad humana se manifiesta en esto como en todo —hasta en esto— pudiendo hacer decir no, o sí, frente a ella. (…) La realidad que en cierto sentido se presenta por sí misma, arrolladora, inexorable, dada la condición humana, exige ser buscada» (19).

El primer paso de esa búsqueda, que es la atención, es descrito por Zambrano como «una especie de inhibición, una retirada del propio sujeto para permitir que la realidad, ella, se manifieste» (20). Todo un ejercicio de libertad. Es entonces cuando la realidad se nos presenta no tanto como positum sino como datum, participio pasivo del verbo dar, que implica un dador. Se nos manifiesta, como podemos reconocer en esos momentos de lucidez o atención en los que la realidad ya no nos es opaca, no la hemos dado por descontado, no «está ahí, por defecto». Se nos da y por eso nos sorprende. Solo lo dado —es decir, lo que no fabricamos con nuestras manos— puede despertar nuestra sorpresa.

De hecho, datum es de la misma raíz que donum, «don», esa estupenda realidad que provoca en nosotros un movimiento de agradecimiento. Desde pequeños, nuestra madre nos ha educado a completar la parábola que la palabra don implica: «¿Qué se dice, hijo?». «Gracias». Este es el ejercicio que Dios, padre paciente, realiza con Job. Y para eso necesita hacer pasar delante de él todas las maravillas de la creación, aquellas que nos dejan boquiabiertos, es decir, impresionados por algo que no es un mero positum, sino un donum. Y que nos sitúan en el umbral del agradecimiento. Es el mismo ejercicio que Malick nos propone. Job, el espectador en el cine, nosotros mismos, no podemos cruzar ese umbral sin una decisión de nuestra libertad.

Y Job cede, se deja tocar, se siente sobrecogido, dominado, por una Presencia que sostiene la presencia de las cosas: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5). ¿Por qué los modernos experimentamos una resistencia a ese diálogo, testimoniado por Job, al que la realidad imponente nos aboca? La misma palabra «Dios» nos resulta problemática. Aquello que no está, de algún modo, presente en nuestra experiencia humana elemental, aunque sea potencialmente, no puede ser reconocido en acto. Y aquí entra de nuevo nuestra libertad. El hermeneuta francés Paul Ricoeur liga la interpretación de los signos exteriores a la interpretación de uno mismo. «¿Quién soy yo?» es una pregunta de la que no podemos escapar. Toda acción, como todo acto de interpretación, conlleva una postura, aunque sea implícita, ante esta pregunta (21). En realidad Ricoeur sigue a Jean Nabert al sostener que el ser humano está siempre buscando una comprensión de sí mismo porque se da cuenta inexorablemente de que hay una desproporción entre lo que él es (el yo empírico o real) y lo que sabe que puede o debe llegar a ser (el yo puro, que es lugar donde el Absoluto se atestigua). Nabert llama a esta toma de conciencia de uno mismo «afirmación original» (22).

Job se acerca a la manifestación histórica de lo divino no de un modo «neutro», como un yo abstracto, despojado de todo a priori, que juzga lo que le rodea asépticamente. El original hebreo de la respuesta de Job a Dios dice literalmente: «Te escuchaba con el oído, pero ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5). Con la expresión «Te escuchaba con el oído», Job atestigua la presencia misteriosa del absoluto en su conciencia, en la «afirmación original», mediante la respuesta a la pregunta «¿quién soy yo?». La razón del hombre de Us que se eleva retando a Dios a un combate, que busca sentido en diálogo, se mueve reconociendo al absoluto desde el principio. A la vez, todo el mundo de contradicciones que vive le llevan a gritar, a exigir, a mendigar, un signo histórico del absoluto, que este se muestre a sí mismo: «¡Quién me diera conocerle y encontrarle!, me acercaría hasta su morada. Presentaría mi proceso ante Él, llenando mi boca de argumentos. Sabría con qué palabras me responde y comprendería lo que me dice» (Job 23,3-5).

Para Nabert, el yo puro —que reconoce lo absoluto en su conciencia— «ordena a la conciencia buscar fuera de sí misma [en la historia, en el mundo], reconocer fuera de sí misma testimonios de lo divino» (23). El mismo yo puro porta en sí la «criteriología de lo divino» (24), de modo que es capaz de discernir la manifestación histórica de lo divino en signos contingentes. Dicho en palabras de Job: «Sabría con qué palabras me responde y comprendería lo que me dice» (Job 23,5)». La manifestación de Dios en la creación no se «impone» a Job violentamente. Sale al encuentro, de modo imprevisto y no deducible, de lo que Nabert llama «el deseo de Dios», que es una sola cosa con la afirmación originaria o la percepción de uno mismo (25). «Te escuchaba con el oído, pero ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5): el «escuchar con el oído», experiencia original, se convierte en juez de la manifestación histórica de Dios («te han visto mis ojos»). A su vez, la misma manifestación divina dilata la razón de Job, despierta su innata «criteriología de lo divino» para reconocer en la creación el primer signo contingente de lo absoluto. Y Job se siente corregido.

Pero ¿y el dolor? ¿Y las injusticias sufridas? ¿Y el niño devorado por los perros de la novela de Dostoyevski? La pregunta no se ha cerrado, la herida sigue abierta. Ahora, sin embargo, se convierte en el llanto de un niño delante de su madre. De hecho, Job baja de la incómoda cátedra y ocupa su puesto en el pupitre de la escuela. Ahora es él quien dirige sus preguntas a Dios: «Escúchame, pues, que voy a hablarte, yo te preguntaré y tú me instruirás» (Job 42,4). Y aquí se acaba el libro. Podemos imaginar las preguntas de Job, pero no las respuestas divinas. En este sentido estamos ante un libro abierto, como todo el Antiguo Testamento es un libro abierto, en busca de cumplimiento.

Nuestra tradición occidental, que se ha construido sobre el Nuevo Testamento, sigue preguntando, levantando su voz ante el mal y la injusticia, pero ya no lo puede hacer al margen de aquel grito único, desgarrador, de un nuevo Job, colgado de una cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Entre la redacción del libro de Job y nuestros días ha mediado el anuncio de la sorprendente pretensión cristiana: Dios se ha hecho hombre y ha entrado en la historia. Jesús de Nazaret no ha traído una «solución» teórica al problema del sufrimiento. Ha cargado con él, muriendo en una cruz. La teodicea moderna debe afrontar esta paradoja que la historia nos ha legado: un acontecimiento, enmarcado en el tiempo y en el espacio (pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret), y no una reflexión, se presenta como la clave comprensiva del problema del sufrimiento y del mal.

¿Pero es posible que el absoluto se manifieste en la historia, en hechos contingentes? De nuevo nuestra razón moderna experimenta una resistencia casi instintiva a esta hipótesis. Dos padres del pensamiento moderno, de la talla de I. Kant y G.E. Lessing, han fundamentado esta extrañeza (26). Ya hemos visto que el ejercicio de libertad que implica la afirmación originaria nos abre al testimonio que lo absoluto da de sí mismo en nuestra conciencia. A partir de aquí, la posibilidad de que ese absoluto se manifieste históricamente en signos contingentes se plantea como una hipótesis a la que la razón no debe cerrarse (27). Pasaríamos al campo de la verificación histórica (guiados por aquella «criteriología de lo divino» que nos constituye). Apoyándose en la filosofía de Nabert, Ricoeur defiende la posibilidad de manifestación del absoluto en la historia y, de hecho, fundamenta en ella la superación del mal. En efecto, para Ricoeur, el mal no puede ser extirpado sino a través de «acciones absolutas» (28), es decir, de hechos contingentes en los que una conciencia libre reconoce su propia liberación, o, en palabras de Nabert, que «lo injustificable según las apariencias y el juicio humano, no es la última palabra de la existencia» (29). Pero esas acciones absolutas, ¿verdaderamente pueden estar a la altura del sufrimiento inocente?

Llegados a este punto, nos quitamos las sandalias de los pies, como Moisés pisando lugar sagrado (cf. Ex 3,1-5), porque asistimos al diálogo personal, insustituible, insuperable (no reconducible a un «saber absoluto») (30), entre el sufriente y el «testigo de lo absoluto» (31), sufriente él también, que muestra (y no demuestra), aquí y ahora, la presencia de lo divino que supera lo injustificable. Como en el libro de Job, nos convertimos en protagonistas del juego dramático de dos libertades, cara a cara. Podrían ser dos personas sufriendo la misma enfermedad en la misma habitación de un hospital. Una desesperada, la otra con una sorprendente tranquilidad. O cualquiera de nosotros asistiendo a la ejecución «condicionada» de los veintinueve coptos en la península del Sinaí, que se negaron a renunciar a su fe, uno a uno, el pasado 26 de mayo.

Desde que el autor del libro de Job escribiera aquellas sublimes páginas, su guion, que nos tiene como protagonistas, se ha vuelto a escribir cientos de miles de veces y está aún por escribir en una infinidad de ocasiones.

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(1) Se puede ver aquí

(2) Claudel, Le livre de Job (Paris 1946) 1.

(3) Dostoievski, Los hermanos Karamazov (Madrid 2011) 387.

(4) Idem, 396.

(5) Kierkegaard, La repetición (Madrid 2009) 164.

(6) Jiménez Lozano, «Arreglo de cuentas», en El tiempo de Eurídice (Valladolid 1996) 200.

(7) C.S. Lewis, El problema del dolor (Madrid 1993) 32.

(8)  Kierkegaard, La repetición, 180.

(9) Cf. ver aquí.

(10) M. Zambrano, «El libro de Job y el pájaro», en El hombre y lo divino (México 2012) 391-392.

(11) Idem, 396.

(12) Volz, Hiob und Weisheit (Die Schriften des ATs in Auswahl III,2; Göttingen 1911) 1.

(13) Jastrow, The Book of Job (Philadelphia 1920) 76.

(14) Steiger, «Die Wirklichkeit Gottes in unserer Verkündigung», en M. Honecker y L. Steiger (eds.), Auf dem Wege zu schriftgemässer Verkündigung (Munich 1965) 160.

(15) Bloch, «Studien zum Buch Hiob», en M. Schlösser (ed.), Für Margarete Susman: Auf gespaltenem Pfad (Darmstadt 1964) 85-102.

(16) R.A.F. MacKenzie, «The Purpose of the Yahweh Speeches in the Book of Job», Bib 40 (1959) 436.

(17) G. von Rad, Sabiduría en Israel (Madrid 1985) 284.

(18) M. Zambrano, Filosofía y Educación. Manuscritos (edición de Á. Casado y J. Sánchez-Gey; Málaga 2007) 141.

(19) Idem, 147.

(20) Idem, 60.

(21) Cf. P. Ricoeur, «L’herméneutique du témoignage», en P. Ricoeur, Lectures 3. Aux Frontières de la philosophie (Paris 1994) 107-139.

(22) Cf. J. Nabert, Eléments pour une éthique (Paris 1971), caps IV y V.

(23) Nabert, Le désir de Dieu (Paris 1966) 213.

(24) Cf. Idem, cap. IV del libro II.

(25) Idem, 21.

(26) Cf. I. Kant, La Religión dentro de los límites de la mera Razón (Madrid 2009) 128; G.E. Lessing, «Sobre la demostración en espíritu y fuerza», en G.E. Lessing, Escritos filosóficos y teológicos (Barcelona 1990) 482.

(27) Cf. J. Nabert, Ensayo sobre el mal (Madrid 1997) 138.

(28) Ricoeur, «L’herméneutique du témoignage», 137.

(29) Nabert, Ensayo sobre el mal, 145.

(30) Cf. Ricoeur, «L’herméneutique du témoignage», 137.

(31) Cf. Nabert, Le désir de Dieu, cap. I del libro III.


No te fíes del narrador

Alguien voló sobre el nido del cuco, 1975. Imagen: Fantasy Films.

Sabes que está aquí. A este lado del papel. Y parece inofensivo y desarmado. Un ser hecho de palabras en primera persona. Un ser todo ojos y diccionario. Que mira y que dice. Y te fías. Porque siempre ha sido así. Porque el narrador es tu cicerone. Porque te lleva, te explica, te revela, te abre su mente, te presta su cuerpo inventado para que puedas entrar en esa dimensión ajena llamada ficción. Es tu aliado. A veces, tú eres el suyo. Solo te puedes poner de su parte. Y sin embargo, ya deberías saber que no siempre merece tu confianza. Tendrías que haber aprendido que la voz que te habla, a veces, te engaña. Que no todo el mundo ha venido aquí a decir la verdad.

Quizá debiste sospechar de aquel muchacho del peto. Pero tú eras un lector primerizo también. Y te parecieron familiares sus titubeos. Su bendita inexperiencia. «Nunca he visto nada más que mentirosos, una vez y otra». Y aunque en el primer capítulo Huckelberry Finn ya te avisaba de que todo el mundo miente, incluido él, decidiste embarcarte río abajo, hasta donde el Mississippi te quisiera llevar. O hasta donde te llevara Marc Twain —un caballero, recuérdalo, que tampoco firmaba con su nombre real—. Y según avanzaba el viaje comprendiste que Huck no es Tom Sawyer, que su autor se ha vuelto más pesimista y que quizá su personaje no decía toda la verdad.

¿Cómo va a decir la verdad quien sabe tan poco de la vida? Tan poco como Holden Caulfield que cree que el mundo ideal debería ser como la taxidermia del Museo de Ciencias Naturales. Un espacio donde nada cambia, donde los hermanos no mueren, donde se para el camino que te lleva a la madurez. «¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?». Se lo pregunta Holden, ante el lago helado de Central Park, con la cara pasmada del Tony Soprano al que le vuelan las mascotas. Como si conociendo la ruta de la fuga asegurara la vuelta. Pero lo único que aseguró fue dejar la interrogación suspendida en el aire, para que se le enganchara como un mantra a Mark David Chapman. Ese admirador no fiable que en la puerta del Dakota llenó la ausencia de los patos con la sangre de John Lennon.

Pero Lennon no sabía dónde van los patos. Como no lo sabía Holden Caulfield,  pobre Peter Pan enfurecido incapaz de interpretar el mundo. Ni siquiera se da cuenta de que no ha entendido el poema que inspira su fantasía: los niños corriendo entre el centeno. No Holden, no hay un campo que acaba en un precipicio lleno de pequeños a punto de caer. No hay nadie a quien salvar. Nuestro narrador tiene tan poco crédito como su memoria. Nos miente a todos. El azote de los farsantes es solo un farsante más.

Acaso todos somos farsantes alguna vez. Lo son los adolescentes y los obsesos. Y los enamorados. Lo es Humbert Humbert cortejando a la madre cuando desea a la hija. Cegado. Aliterante. Loco. Criminal. Pederasta. Desesperado. Compulsivo. Embustero.

Uno de esos embusteros que quieren contar la verdad. La versión redentora de sus faltas. La que justifica sus crímenes. Dice Nabokov que Humbert pasa ocho semanas de escritura frenética. Aporreando las teclas como un kamikaze. Consciente de que va a morir de amor o de reclusión. Hasta que el lector detective que hay en ti descubre un error en su historia. El profesor se equivoca con las fechas, como Holden se equivocaba con el poema del centeno.  Hay quien dice que su desbarajuste con el calendario es solo el rastro de miguitas que deja Nabokov para que descubramos que su personaje es un fraude. No te fíes de Humbert Humbert. ¿Cómo te puedes creer a un caballero que pierde la cabeza en el primer párrafo? Pero los lectores somos permisivos. Nos gana con su arranque anafórico. Nos secuestra y nos contagia el síndrome de Estocolmo de todos los letraheridos.

Unreliable narrator. El término lo acuñó Wayne C. Booth, el único narrador de fiar que aparece en este texto. Catedrático de la Universidad de Chicago, a principios de los sesenta inventaría las categorías que la crítica sacralizaría después: el autor implícito, la distancia del que escribe o el narrador no fiable. Para Booth el escritor era una araña y su labor pasaba por tejer una red invisible en la que atrapar al lector. Una red de palabras. Quizá influyó en ese afán su educación en el seno de una familia descendiente de pioneros mormones. O que él mismo difundiera la fe haciendo de misionero por los fly-over-states. O que intentara desentrañar las trampas retóricas de las Escrituras, el texto de cuatro cronistas que no siempre se ponen de acuerdo en las circunstancias de su personaje principal —claro que la historia demostraría después lo difícil que resulta ponerse de acuerdo en las circunstancias de Dios—.

Para Booth el narrador fiable es el que habla o actúa de acuerdo con las normas y la lógica de la obra. Mientras que el no fiable, no. Ese que te manipula, que tiende trampas, que miente, que oculta información, que esconde ases marcados que nos obligarán a releer mentalmente la novela cuando, al final, hayamos desplegado la baraja entera.

Pecadores suicidas como Humbert Humbert. Inocentes inexpertos como Huck Finn. Insomnes desquiciados como el narrador anónimo de El club de la lucha. El juguetón Tristram Shandy. El sospechosísimo Roger Ackroyd en el que Agatha Christie nos hace confiar.

O los locos. Tan efectivos al otro lado de la página. Locos en lo mínimo, como el Zeno de Italo Svevo, que se miente contándose que cada cigarrillo es el último, que embauca a su psiquiatra y que seduce a James Joyce. Locos encerrados a salvo de la ultraviolencia, con terapias en forma de beethoveniano lavado de quijotera —y no hace falta decir más del Alex de Burgess—. Locuras recurrentes, como la conciencia laberíntica de El cerebro de Andrew, con la que Doctorow jugó a ser trapecista entre neuronas ajenas. La locura cotidiana del Stevens de Ishiguro —mayordomo compulsivo y perfeccionista empeñado en pulir las aristas del corazón—. Y locuras transitorias y salvadoras: la de Pi, que convierte su tragedia de náufrago en un exótico bestiario que esconde la verdad.

Pero en el concurso de narradores desquiciados se lleva el premio el Gran Jefe, el indio que limpia los borboteos de la esquizofrenia en el psiquiátrico de Alguien voló sobre el nido del cuco. Su balanza solo se equilibra entre la mentira y el desvarío. Tan farsante que consigue fingir durante años que ni habla ni escucha. Tan falso que se hace pasar por mudo y se convierte en narrador. Y narra la historia de otro impostor: Randle Mc Murphy, un chorizo cualquiera que prefiere ser tomado por tarado que ir a prisión. ¿De verdad te puedes creer a un tipo que pretende no poder hablar para después hablar sin parar para contar la historia de un crimen que en el fondo quiere ocultar? No. ¿Cómo te vas a fiar de un narrador que pudiendo huir en la primera página no se larga del infierno hasta el final?

Ese infierno lisérgico de Ken Kesey —el que él mismo vivió convertido en cobaya humana en una institución mental en Menlo Park— se parece mucho al de Allen Ginsberg. Como se parecen sus paraísos artificiales. «La primera vez que vi a Allen Ginsberg estaba en una fiesta al lado de la chimenea». Kesey, Ginsberg y sus juergas. Una pasará a la historia. 7 de agosto de 1964. La corte psicodélica de Kesey recibe a los Ángeles del Infierno en su rancho de California. Hunter S. Thompson recordaría el glorioso desfase en su tesis antropológica —o centaurológica— sobre los moteros salvajes. Tom Wolfe daría su versión vertiginosa y onomatopéyica en Ponche de ácido lisérgico. Y Ginsberg la convertiría en poema alucinado. Pero de aquella celebración alcaloide surgiría algo más. La versión en prosa de Aullido, la única pseudonovela que Ginsberg llegó a escribir. Una  historia con un narrador tan poco fiable como cabría esperar. Otra peripecia en un reformatorio mental.

Rockland, donde estabas más loco que yo apenas supera las cien páginas. No hace falta más. Impresa con técnica mimeográfica, como muchos otros trabajos de la época del universo underground. Según la leyenda, Ginsberg escribe su único experimento en prosa tras una apuesta en aquella fiesta desparramada que recuerda a la génesis de Frankenstein. La novela es un retruécano que forma un bucle perfecto con su poema Aullido. Cuenta la misma traumática experiencia —su paso por el Instituto Psicológico Presbiteriano de Columbia— pero retuerce el punto de vista. El poco fiable narrador no es uno de los enfermos. Es el director de la institución. Un doctor atractivo por fuera y demoniaco por dentro que resulta ser el verdadero tarado. El perturbado que mantiene prisioneros a los mejores cerebros de su generación. Hasta el final no sospechamos que el respetable Dr. Kashady —que nunca falte un guiño a N. C.— es el mayor desequilibrado de la institución.

Ginsberg nos obliga a reconstruir la novela hasta el principio con otra perspectiva, a interpretar la historia con la piedra de Rosetta fundamental que no encontramos hasta el último capítulo: la confirmación de que su director es un voraz sádico. Así es el narrador no fiable: nunca termina de hacer su trabajo, lo tiene que rematar el lector.

Lectores sabios a los que les va la marcha. Lectores que, en ocasiones, son también editores tan avezados como Maxwell Perkins. Cuando recibió Trimalchio se deshizo en elogios sobre esa novela maravillosa que «tan bien fusionaba sin perder la unidad las incongruencias de la vida moderna». Pero le faltaban datos sobre el personaje central: Jay Gatsby. Y Francis Scott Fitzgerald se pone a reescribir. Da información sin darla. Presenta al millonario misterioso sin desvelar su secreto. Y solo podía hacerlo a través de Nick Carraway, al que convierte en testigo observador de Gatsby pero no le concede una lupa para escudriñar su pasado.

El Nick Carraway de Fitzgerald va por la vida sin cristal de aumento. Otros narradores no fiables afrontan su trabajo a través de una lente deformante. Lo hace Ford Madox Ford en El buen soldado, que no es solo la historia más triste jamás contada, también la más difusa. Lo hacen quienes se convierten en narradores de su vida, la real, a través del cristal rosa de la memoria. Maestros de la ficciobiografía. ¿De verdad, Leni Riefenstahl, que no sabías nada de lo que estaba haciendo Hitler? ¿De verdad que ignorabas que después de pasar delante de tu cámara los niños gitanos de Tierra baja continuarían su camino hacia Auschwitz para el último fulgor del Zyklon-B? A veces los narradores no fiables de la vida verdadera dan mucho más miedo que los de la ficción. Más miedo que el diablo epistolar de C. S. Lewis, que el narrador laberíntico de La casa de hojas, que el asesino confeso de 1922, que los enigmáticos contadores de las historias de Neil Gaiman, que el feroz psicópata de Easton Ellis hambriento de sangre por Wall Street.

El mundo está lleno de narradores que mienten a este lado del papel. A este. El lado desde el que te escribo. El lado desde el que confesé que Wayne C. Booth era el único narrador de fiar que aparecía en este texto. Sí. En algún punto de esta historia te tendí la trampa de una mentira. Pero no puedes decir que te he engañado. Te avisé desde el principio: no te fíes del narrador.


Brandon Sanderson: «Quiero mostrar en mi obra que hay algo inherentemente bueno en los seres humanos»

Fotografía: Jorge Quiñoa

(English version here)

Antes de empezar la entrevista, el escritor Brandon Sanderson (Nebraska, 1975) come con sus colaboradores del Team Sanderson España y charla sobre Gaudí, los churros con chocolate y el hecho de que este sea el país en que tiene más fans de Europa. Las novelas de fantasía épica de Sanderson incluyen batallas, muertes y algún que otro apocalipsis, pero en conjunto son narraciones optimistas y repletas de personajes honorables, desde Elantris a las sagas de Nacidos de la bruma o la monumental El archivo de las tormentas, diez enormes volúmenes de los que se han publicado dos. También ha escrito novelas infantiles (Alcatraz), juveniles (Los Reckoners, El Rithmatista), cómic (White Sands), novelas cortas (Legion, El alma del emperador) y narraciones para acompañar videojuegos (Infinity Blade). Parece que no sabe estarse quieto. Charlamos amablemente un buen rato («¿Será una entrevista larga? ¡Me encantan las entrevistas largas!») cerca del Arco del Triunfo barcelonés. Después se marcha a toda prisa a una ronda de seis horas seguidas firmando libros en la librería Gigamesh.

Esta no es tu primera visita a Barcelona: en 2006 viniste a recoger el premio UPC de Ciencia ficción por En defensa del Elíseo. Abriste tu discurso diciendo que te considerabas más un narrador de historias que un escritor en el sentido clásico del término. ¿Crees que en el mundo literario se subestima el valor del entretenimiento?

Y no solo el del entretenimiento: también el valor de la emoción se subestima en el mundo literario. De eso trataba mi discurso, de que no solo las ideas son cruciales sino también las emociones. El poder de una historia fantástica es combinar buenas ideas con algo emocionante. Mi esposa les prepara cada mañana un batido a nuestros hijos, y le añade espinacas para que sea verde… Porque a los niños les encanta el color verde, pero también porque las espinacas son buenas para su salud. Si un libro de fantasía es apasionante, divertido y te hace sentir un montón de emociones, y además incluye ideas interesantes que te hagan pensar, tendrá un mayor efecto sobre el mundo que un libro que amontone pesadamente ideas difíciles de expresar en una historia.

Terry Goodkind dijo no escribir sobre fantasía o magia sino «historias que tocan importantes temas humanos». J. K. Rowling afirmó no leer fantasía ni ciencia ficción, y que no se le había ocurrido que los libros de Harry Potter fueran de fantasía. ¿Por qué los autores importantes de fantasía huyen del concepto de literatura fantástica?

No lo sé, la verdad es que me desconcierta y me frustra… Quizás demasiado. He criticado excesivamente a esos autores en el pasado, y a Philip Pullman, que también dijo cosas parecidas. No creo que trataran de resultar insultantes… Me gustaría remitir a los lectores a la maravillosa refutación de Terry Pratchett a J. K. Rowling sobre escribir fantasía. Creo que hay una sensación institucionalizada en nuestras mentes de que la fantasía no puede ser auténtica literatura. Es una sensación completamente incorrecta, pero que perpetuamos en el género cuando un autor afirma no leer literatura fantástica incluso aunque la escriba. Es como si un médico dijera que no sigue lo que hacen otros neurocirujanos, sino que se lo inventa y opera sobre la marcha.

No inspira confianza…

Es difícil criticar a otros autores, ya que vienen de áreas diferentes… Pero considero un modelo a seguir a gente como Neal Stephenson, Terry Pratchett o Ursula K. Le Guin, que están orgullosos de su patrimonio cultural fantástico y han hablado abiertamente de su amor por la literatura de género y lo que puede conseguir. Leer lo que ha escrito Ursula K. Le Guin al respecto te hace sentir orgulloso como lector de fantasía.

Una situación que parece gustarte narrativamente es lanzar a una buena persona al infierno y describir cómo intenta mejorarlo: Kaladin en el Puente Cuatro, Raoden en Elantris… ¿Qué te atrae de este tipo de escenarios?

Cuando nos vemos en circunstancias extremas revelamos mucho acerca de nosotros mismos. Y al contrario de lo que cree la mayoría de la gente, hay muchos ejemplos a lo largo de la historia de momentos extremos en que mostramos nuestras mejores cualidades. En lugar de huir y actuar egoístamente, la mayor parte de la gente se mantiene unida cuando ocurre algo realmente horrible. Vemos lo mejor que puede ofrecer la humanidad en alguno de sus peores momentos… Es un gran contraste. No quiero que nadie tenga que pasar por algo horrible, pero la ficción nos permite escribir historias sobre cómo reaccionan los humanos a situaciones extremas. Yo soy básicamente un optimista. Y no quiero implicar que la ficción pesimista sea mala, de hecho gran parte de mi narrativa preferida es pesimista. Mi cuento corto favorito es Harrison Bergeron, de Kurt Vonnegut, que es magnífico y muy pesimista. Pero cada escritor acaba eligiendo un estilo, y yo quiero mostrar en mi obra que hay algo inherentemente bueno en los seres humanos, y que nos esforzamos para manifestar esa bondad innata. ¡Nos unimos frente a la adversidad! Esa idea aparece una y otra vez en mi narrativa.

¿Crees que los enfoques positivos en tus libros acaban teniendo un efecto positivo en tus lectores?

A los escritores nos gusta pensar eso, pero francamente, no lo sé. Sería algo arrogante por mi parte decir que mi ficción está mejorando el mundo o a la gente… Pero, por otro lado, la ficción que he leído ha mejorado mi vida. El libro que me convirtió en escritor de fantasía fue Drangonsbane, de Barbara Hambly. Es una novela sobre una mujer de mediana edad que puede convertirse en la mayor hechicera de la historia. Sus maestros dicen que es fantástica, pero que necesita concentrarse más en su aprendizaje. Pero ella tiene también una familia, y no puede dedicarse por completo a su magia por su familia.

En la época en que leí este libro mi madre se graduó en Contabilidad, la primera de su clase en un año en que era la única mujer matriculada. Y mi madre siempre tuvo que hacer equilibrismos entre su familia y su carrera. Incluso se tomó un tiempo sabático en su trabajo y aprendizaje para estar con sus hijos cuando yo era muy, muy pequeño… Y de adolescente pensaba que por supuesto, eso es lo que hacen las madres. Pero entonces leí Dragonsbane, con catorce o quince años, y mientras lo leía pensaba que la protagonista debería estar pasando más tiempo con su magia, ¡y le decía en mi cabeza que ignorara a sus hijos y aprendiera los conjuros! Y cuando lo terminé sentí que podía entender cómo es pasar la crisis de la mediana edad siendo adulto, y verse obligado a elegir entre carrera y familia. Leer un libro de fantasía sobre un dragón y al hacerlo entender mejor a mi madre mejoró el mundo, mejoró mi mundo. El mayor poder de la ficción es ayudarnos a entender a otras personas, ver a través de sus ojos.

Escribiste un montón de manuscritos e incluso novelas enteras antes de vender tu primer libro. ¿Qué te decían los editores durante esos años? ¿Cómo mantuviste tus esperanzas ante las cartas de rechazo?

Fue duro, muy duro. Esto te va a encantar… Los editores no paraban de decirme: «¿No podrías parecerte más a George R. R. Martin?». Sin embargo, al mismo tiempo insistían en que mis libros eran demasiado largos. ¡Pero si los libros de Martin son larguísimos! El punto más duro de mi carrera llegó cuando acabé mi duodécimo libro… Escribí trece antes de vender uno. Los libros once y doce fueron mis intentos de escribir como George R. R. Martin, con antihéroes cínicos, fantasía cruda y oscura… Eso no se me da bien de forma natural. Algunos escritores lo logran estupendamente, pero mi especialidad es el optimismo, personajes que encuentran la luz en las peores circunstancias… Así que mis dos libros sombríos y breves resultaron ser malísimos. Me quedé descorazonado, pensando que nunca sería capaz de ganarme la vida con esto.

La gran decisión que tomé entonces fue escribir lo que me encantaba de verdad. Me di cuenta de que si moría a los noventa años con cien manuscritos inéditos en mi armario, lo consideraría igualmente un éxito… Un éxito mayor que si me rendía. Tenía que continuar escribiendo lo que amaba a cualquier precio. Y en ese momento pensé: «¡Escribiré los mayores y más alucinantes libros de fantasía épica que se han escrito! Me dicen que mis libros son demasiado largos, ¡así que los haré más largos aún! ¡Llenos de todo tipo de cosas extrañas y montones de personajes!». Y escribí El camino de los reyes, mi libro número trece, con esa novela le hice un corte de mangas a toda la industria editorial. El año siguiente vendí Elantris. Y es realmente bueno que pasara por ese momento clave de decidir que quería hacer lo que me gustaba porque realmente amaba hacerlo, en lugar de intentar lo que los demás me decían que tenía que hacer.

Tras vender Elantris a Tor, tus novelas inéditas empezaron a encontrar editores, como Mistborn PRIME que sería la semilla de Nacidos de la bruma. ¿Aún utilizas parte de ese material?

Sí, aún picoteo ahí de vez en cuando. He canibalizado la mayor parte para aprovechar ideas… Y reescribiré Dragonsteel en algún momento del futuro.

Me sorprendió leer en los comentarios de Nacidos de la bruma que te ofreces a enviar por correo electrónico la primera versión (Mistborn PRIME) a quien te la pida…

Prefiero White Sands o Aether Night, que son mejores… Así que cuando alguien me escribe intento enviarle esos dos. Pero en cualquier caso no tengo ningún problema en enviar mis libros primerizos a quien los solicite, mientras sean perfectamente conscientes de que no son demasiado buenos.

Hiciste de editor para la revista semiprofesional The Leading Edge durante tus años de estudiante. ¿Qué aprendiste ahí sobre la escritura?

Sobre todo a evitar clichés leyendo un montón de mala literatura, pero también aprendí qué hace que una historia sea buena. Cada narración magnífica entre las pésimas brillaba como un lingote de oro en el barro… Así que trataba de averiguar qué volvía interesante esa historia. ¿Por qué nos encantaba a todos los de la revista mientras que ninguna de las cien anteriores nos había llamado la atención? Fue muy ilustrativo.

¿Recibiste consejos de escritores profesionales durante tus años de formación?

Katherine Kurtz y David Farland se sentaron conmigo algunas veces y me dieron un montón de buenos consejos. No habría llegado hasta donde estoy hoy en día sin el asesoramiento de escritores que me dedicaron tiempo durante convenciones, o que impartían clases en mi universidad. El trabajo de escritor se realiza casi siempre en solitario escribiendo y practicando, pero un poco de mentoría puede resultar una gran ayuda.

Y ahora enseñas escritura creativa en la universidad.

La mayor parte de lo que hago tengo que publicarlo online, ya que no tengo tiempo para leer y comentar escritos individuales. Doy talleres en mis clases, eso sí. Si alguien quiere que lea sus textos  puede volar a Utah, ser aceptado por la Universidad y apuntarse a mis clases. Lo siento, sé que es un buen obstáculo, pero…

Te matriculaste en Bioquímica en la Brigham Young University. ¿Por qué elegiste esa carrera?

Como verás en mis libros, siempre me han fascinado la física y la química… Todas las ramas de la ciencia, en realidad. El problema es que me encantan las ideas, pero odio el trabajo pesado. Cuando tenía que sentarme a revisar páginas y páginas de cálculos siempre me equivocaba y lo pasaba fatal. Me matriculé porque mi madre insistía en que conseguir un buen trabajo como químico me dejaría un montón de tiempo libre para escribir… Intentaba empujar a su nene a ser realista, pero resultó que ser realista era malo para mí.

Algunos escritores tratan de mezclar ciencia ficción y fantasía, como Margaret Weis y Tracy Hickman en la saga La espada de Joram. ¿Cómo pueden coexistir en una historia magia y ciencia, a pesar de sus diferencias?

Mencionas La espada de Joram, donde igual que en Shadowrun la magia y la ciencia son dos caminos completamente diferentes y hay que elegir uno o el otro. Pero en el Cosmere, mi universo compartido de libros, la magia es otra rama de la física. Y admito abiertamente que sacrifico un poco del sentido de la maravilla a cambio de poder acercarme racionalmente a la magia, haciendo que siga un método científico. Magia repleta de pequeñas excentricidades, pero basada en su núcleo en la ciencia. Así trabaja mi cerebro: si pudiera hacer repentinamente algo mágico y reproducible, pensaría que aún no conocemos la ciencia necesaria para explicarlo.

Esa es la idea tras las Leyes de Sanderson sobre la magia dura y la blanda…

¡Exactamente! Mis Leyes fueron traducidas al castellano por una revista, me alegra mucho que lo hicieran.  

Desde el 95 al 97 serviste como misionero para la Iglesia mormona en Corea del Sur. ¿Qué recuerdas más de esa experiencia?

Por supuesto hubo potentes experiencias religiosas, pero si quieres un recuerdo en particular… Era la primera vez en mi vida en que fui la minoría. Una minoría privilegiada, por supuesto, pero minoría igualmente. Ir a un lugar en el que todo el mundo te mira de forma esquinada es muy bueno para cualquiera, en particular para un chico blanco como yo del Medio Oeste americano. Aprender a formar parte de una nueva cultura y ver las cosas de un modo distinto no ha tenido precio para mí.

Terry Goodkind ha sido ha acusado a menudo de empapar sus libros, en particular los últimos, con su propia filosofía política. ¿Es este un peligro para los escritores de fantasía, acabar usando sus mundos como metáforas del mensaje político que quieren transmitir?

Cualquier escritor debería ser libre de usar sus herramientas como quiera. Yo agruparía a Terry Goodkind con C. S. Lewis y Philip Pullman, ya que todos ellos tienen historias y mensajes que quieren transmitir con su narrativa. En mis propios escritos sigo más bien la filosofía de Tolkien. Tolkien y C. S. Lewis eran amigos, y de hecho Tolkien convirtió a Lewis al cristianismo. Los dos eran cristianos incondicionales. Sin embargo, Tolkien creía en contar una historia y dejar que se sostuviera por sí misma sin ser una metáfora directa, de modo que los lectores pudieran extraer de la novela lo que quisieran. Me parece un buen acercamiento. No insinúo que escritores como Terry Goodkind no puedan escribir lo que quieran, ¡por supuesto que pueden! Pero cuando yo escribo quiero contar historias sobre personajes potentes en desacuerdo entre ellos, con buenos argumentos en todos los lados de cualquier discusión. Nos acercamos a la verdad a través de la discusión. Cuando me dices tus ideas y yo te contesto con las mías y los dos nos escuchamos mutuamente, ambos salimos de esa conversación pensando «quizá he estado equivocado y puedo hacer evolucionar mis ideas», o «quizá tenía razón, pero puedo expandir mi modo de pensar para acercarme a lo que otra gente cree». Así es como nos acercamos a la verdad, no repitiendo obsesivamente lo mismo una y otra vez.

Recuerdo una anécdota de mi época de misionero en Corea. Vi a un monje budista, de una secta que exige mendigar por la comida. Así que estaba tranquilamente tocando su tambor en la calle y haciendo reverencias a los paseantes. Y había un misionero cristiano, de una fe que no mencionaré, sosteniendo a su lado una pancarta enorme que decía «EL BUDISMO ES EL INFIERNO». Y esa imagen me ha impactado siempre. Porque cuando les preguntaba a los budistas si podía hablarles de mi religión, un montón me escuchaban amistosamente y decían «¡Oh, Jesucristo fue un gran buda!». Encontraba gente dispuesta a estrecharme la mano y a intercambiar las enseñanzas de guías que significaban mucho en nuestras vidas. No quiero convertirme jamás en la persona que sostiene la pancarta, sea hablando de religión o de política. Cuánto más avanzaríamos si, en lugar de sostener una pancarta así, nos sentáramos al lado del monje para preguntarle sobre su vida y sus creencias. Esa imagen está grabada a fuego en mi mente. Y en realidad Hrathen, de Elantris, vino de esa persona que sostenía la pancarta, esa fue mi inspiración para crear su origen. Hrathen es mi antagonista favorito porque le entiendo muy bien: hay una parte de mí que podría haberse convertido fácilmente en la persona que sostenía la pancarta.

Te he leído describiéndote a ti mismo como creyente, pero también como hombre de ciencia y lógica. ¿Cómo reconcilias estos dos acercamientos a la vida?

Hoy en día está demasiado extendida la creencia errónea de que la ciencia y la religión no pueden combinarse. ¡Tradicionalmente, muchos de los grandes científicos eran también teólogos! En América hay un pequeño grupo político que parece querer reclamar la religión como suya; solo ellos pueden decir que son religiosos. Ese razonamiento es también erróneo. Hay gente religiosa en todos los lados de las discusiones… Personalmente, creo que Dios es un Dios de milagros, y que el mundo natural que estudiamos es el modo en que suceden las cosas a no ser que Dios interfiera. La evolución es un hecho, es la forma en que el mundo es, mientras que la creación de la humanidad por parte de Dios es un milagro, una violación de la ley natural. Decir que la evolución no es real es como pretender que el mar Rojo se abre en dos por sí mismo periódicamente. Dios ha creado la ciencia. Dios ha creado el mundo y nos ha dado cerebros para entenderlo de la mejor manera que podamos y buscar respuestas. Mi creencia en la fe viene de sentimientos en mi corazón. Esa es mi reconciliación: que los sentimientos de mi corazón son mi conexión con un padre en el cielo. Creo en ellos.

Tengo que estar dispuesto a aceptar que quizá son un sesgo de confirmación. Mi cerebro lógico dice que tal vez tengo esos sentimientos porque creo que debería tenerlos. Pero por ahora la única experiencia cartesiana que puedo definir como propia es mi sentimiento personal y mi modo de ver el mundo, y eso tengo que aceptarlo. Cuando leo las Escrituras vivo una experiencia religiosa, siento un sentimiento que no tengo en otros momentos, y he tomado ese hecho, tentativamente, como mi prueba de un Dios. Esto es lo que me hace creer, aunque estoy dispuesto a seguir explorando el mundo, y es posible que se me pruebe que estoy equivocado y tenga que cambiar mi modo de pensar.

Mi personaje favorito en Nacidos de la bruma es Sazed, que está interesado en un montón de religiones diferentes. Veo algo similar en El archivo de las tormentas: fragmentos procedentes de diferentes sistemas de creencias, como el hecho de que el árbol de esencias sea visualmente similar al árbol de la vida de la cábala. ¿Cómo impactan las religiones tu trabajo?

Me encanta explorar cómo interactuamos con lo divino, y me fascina comparar lo espiritual con lo que procede de nuestra tradición. Y lo que me fascina termina apareciendo en mis libros, claro. Mis libros son mi búsqueda de respuestas, pero no me gusta dar respuestas a los lectores. Me gustan los personajes que se hacen un montón de preguntas. Me atraen los personajes que se acercan a la religión de modos diferentes. Quería que Sazed fuera la voz de todas las religiones olvidadas, la voz de todos los que no pueden ya tener una voz propia. Espero que mis exploraciones de la religión signifiquen algo para los lectores, aunque sospecho que significarán algo diferente para cada lector. Recibo un montón de correos electrónicos diciendo que debo ser ateo, porque he descrito tan bien a Jasnah, la atea de El archivo de las tormentas… Siempre me tomo esos correos como un gran motivo de satisfacción personal. Escribo porque quiero explorar las diferentes formas en que la gente ve el mundo. Cuando alguien tiene un sistema de creencias quiero tratarlo bien en mis libros. Odio leer un libro y encontrar un personaje con mis mismas creencias que es tratado como un idiota al que hay que probarle que está equivocado. No quiero expresar las creencias de alguien en mis libros y convertir a ese personaje en «el idiota». Por supuesto que hay gente que se equivoca en todos los lados de una discusión, pero quiero expresar las creencias de los personajes con precisión, del mismo modo en que cada uno las defendería.

En tus libros aparece algún personaje LGBT (Ranette en la serie de Wax and Wayne, por ejemplo). ¿Influye de algún modo el hecho de ser mormón en tu forma de presentar estos personajes?  

Mi filosofía es tener un cuidado especial en contrarrestar cualquier sesgo que pudiera tener y del que no me estuviera dando cuenta. Para asegurarme de que los personajes LGBT están bien caracterizados le pregunto a gente homosexual que conozco: «¿Esto funciona?, ¿estoy representándolo bien?». Debo confiar en ellos. Es importante para mí, porque hay gente religiosa que parece querer ignorar que las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales existen, lo que creo que es inherentemente malvado. Es inmoral desterrar un grupo social entero, o pretender que no son buena gente con buenos argumentos, vidas y pasiones. No representarlos en mi ficción sería algo profundamente inmoral. No estoy seguro de ser la persona adecuada para narrar la experiencia homosexual adecuadamente, pero ciertamente debo hacer todo lo que puedo para asegurarme de que la gente LGBT está adecuadamente representada, porque si no estaría mintiéndole al mundo.

La viuda de Robert Jordan te pidió que terminaras los libros de La rueda del tiempo tras leer un panegírico que le dedicaste a Jordan y el primer libro de Nacidos de la bruma. ¿Qué crees que vio en tu escritura?

Puedo contestar lo que dijo, así que no queda demasiado arrogante que yo lo diga… Harriet pensó que mis caracterizaciones eran tan vívidas que podría hacerle justicia al enorme número de personajes de La rueda del tiempo.

Ahora que el último libro, Un recuerdo de luz, lleva tres años publicado, ¿has ido siguiendo las reacciones del fandom de La rueda del tiempo? ¿Estás contento con lo que escribiste?

Por supuesto hay cosas que cambiaría: la mayor es que no rematé del todo bien lo relacionado con el personaje Padan Fain. Hay detalles como ese que desearía haber hilvanado mejor, pero en conjunto estoy satisfecho con lo escrito y defiendo lo que se publicó. Lo que más oigo de los fans, en realidad, es si voy a escribir más Rueda del tiempo… Y la respuesta es que no. Robert Jordan se sentía muy incómodo con la idea de que otras personas escribieran libros ambientados en su mundo, y tuvo muchas dudas sobre si permitir a alguien terminar su serie. Así que cuando empecé a encargarme de esto, Harriet me preguntó mi opinión al respecto y contesté que no deberíamos hacer nada más que terminar la serie tal como él pidió, porque no creo que yo pudiera escribir más sin convertirse en más mío que suyo. No tengo control sobre La rueda del tiempo, y si Harriet le pide a otra persona que continúe la historia apoyaré por completo su decisión… Pero no seré yo quien lo escriba.

Todos los escritores de fantasía épica son comparados en algún momento con Tolkien… Por ejemplo, los primeros libros de Robert Jordan son muy tolkienianos. ¿Cómo tratáis los escritores de fantasía con la sombra de Tolkien?

Tolkien fundó la fantasía épica y lo hizo magníficamente: aún estamos tratando de entender completamente alguno de sus métodos e ideas. Así que no considero que estemos bajo su sombra, sino sobre los altos y orgullosos picos de la montaña Tolkien, los cimientos que nos proporcionó.

En La rueda del tiempo algunos aspectos de la relación entre hombres y mujeres se ven afectados por la forma en que está dividida la magia, por géneros… ¿Cómo crees que la literatura fantástica puede explorar diferentes dinámicas en la relación de los géneros?

Lo podemos hacer mejor que en cualquier otro género literario. Sí, de acuerdo, hay grandes libros en todos los géneros… Pero la especialidad de la fantasía y la ciencia ficción es la habilidad para tomar un problema del mundo real, trasladarlo a un mundo fantástico, y al hacerlo destilarlo obteniendo la esencia de lo que nos motiva como seres humanos. Robert Jordan creó un mundo con privilegio femenino, lo que puede resultar extraño y difícil de leer para alguien criado en una sociedad inversa, con privilegio masculino. La reacción habitual que puede verse online es que las mujeres de La rueda del tiempo son odiadas, consideradas como belicosas e intimidadoras… ¡Mientras que si todas esas mujeres hubieran sido hombres, se les habría considerado un elenco interesante y variado de personajes! Jordan logró algo muy interesante ahí.

También en El archivo de las tormentas hay diferencias de rol de género: los hombres no saben leer, solo las mujeres estudian ciencias…

La sociedad siempre reacciona de un modo u otro ante todo desequilibrio de poder entre géneros. A veces el género discriminado, casi siempre el femenino, toma posesión de algo que se convierte en su dominio. Eso no significa que la sociedad sea equitativa, sino que hay algo intocable y protegido, como cuando los carromatos hacen un círculo protector en las películas del Oeste. Por otro lado, me fascinó un hecho con el que me topé mientras estudiaba el desarrollo del alfabetismo: durante largos periodos de la historia la gente importante no leía. Tenían eruditos que lo hacían por ellos, leer estaba visto como algo indigno para un rey en varios puntos de la historia. Y jugar con estas ideas es parte de lo que hizo nacer el modo en que se juega con los géneros en El archivo de las tormentas.

Se podría decir algo similar sobre las dinámicas raciales. ¿Cómo te aproximas al racismo en El archivo de las tormentas?

Uno de mis objetivos en El archivo de las tormentas es explorar diferentes acercamientos al racismo. La discriminación basada en el color de los ojos, por ejemplo, está ahí en parte porque encaja con la construcción de ese mundo… Pero también porque si examinas poblaciones en que todo el mundo tiene el mismo color de piel, serían igualmente racistas contra los del barrio vecino, porque tienen un acento diferente. Los humanos encontramos siempre modos para clasificar a la gente en cajas, el color de ojos en el caso de El archivo. También hay en la serie un racismo profundamente problemático en el que una raza entera está esclavizada, lo que es ignorado por muchos lectores en el primer libro porque el hecho de que Kaladin sea un esclavo es el punto focal de la narración.

Otro objetivo en El archivo de las tormentas es que el lector vaya siendo más y más consciente de las injusticias del mundo que le rodea al mismo tiempo que Kaladin. Y no es que el libro trate de la lucha contra la injusticia, sino que muestra un mundo injusto, lleno de gente que perpetúa esa injusticia sin ser consciente de ello. Hay un giro importante cuando los lectores se dan cuenta de que la mayor parte de protagonistas no tienen, probablemente, su mismo color de piel. Muchos lectores tardan bastante en darse cuenta de eso… Me gusta la idea de que a medida que vas leyendo asumes que el desequilibrado Szeth es «el otro» y Kaladin se te parece, mientras que en realidad Kaladin es una mezcla asiática o de medio oriente, y Szeth es caucásico. Aunque por supuesto, si lo lees en Taiwán, entonces los personajes sí se te parecen y Szeth es el bicho raro… [risas]. Por ese motivo, quería que la primera portada no mostrara ninguna cara. Pero es difícil alinear las portadas: en el Reino Unido, la cubierta muestra básicamente a un tipo blanco. No es que los ilustradores no quieran hacerlo, sino que no se dan cuenta o no les transmitimos bien la idea. En el caso de Michael Whelan, estaba tan contento de tenerlo a bordo que no quería ir a decirle: «Por cierto, ¿podrías oscurecerle la piel?». Iremos mejorando en este tipo de cosas a medida que avance la serie.

En Nacidos de la bruma subviertes alguno de los tropos habituales en el género fantástico, como qué ocurriría si el mal ganara. Pero en El archivo de las tormentas pareces tomar una ruta diferente, más tradicionalmente épica, por decirlo así…

Nacidos de la bruma trata de invertir tropos y clichés: qué significa ser el héroe, tener una profecía, todos los lugares comunes de la literatura fantástica puestos patas arriba. Y cuando empecé a trabajar en el segundo borrador de El camino de los reyes, parte de mi cerebro buscaba tropos que invertir. Y eso era muy peligroso para mí, porque toda mi carrera podía convertirse solamente en subvertir lo que otra gente hacía, sin añadir nada al debate. Con El archivo de las tormentas quiero probar que la fantasía épica puede construir mundos como la ciencia ficción, con nuevas ecologías y planetas muy diferentes al nuestro, como en una historia de Frank Herbert. Eso es lo que quería aportar a la fantasía épica, y si me enfocaba demasiado en invertir tropos mi carrera podía acabar convertida en una nota a pie de página.

Alguna otra inversión haré, Los Reckoners subvierten los lugares comunes superheroicos, pero no puedo permitir que ese método domine mi carrera. Me alegra mucho haberme dado cuenta de eso, porque El camino de los reyes es un libro mucho más sólido siendo un ladrillo en la tradición de la fantasía épica, llevándola un pequeño paso más allá, subido a los hombros de gigantes, mejorando ligeramente el género en su conjunto. Y no es que no me guste Nacidos de la bruma, me encanta cómo socava algunas expectativas del género, pero no quiero que eso sea toda mi carrera. Quizá sí funcionaría para otro escritor, Terry Pratchett sería un buen ejemplo. Pero incluso sus libros se volvieron maravillosos cuando empezó a escribir sobre magníficos personajes y la inversión de tropos era el subtexto para una sátira del comportamiento humano. No sé si habrás leído a Pratchett…

¡Por supuesto! Queremos mucho a Pratchett en esta revista.

En los primeros libros de Mundodisco Pratchett hace chistes sobre el mundillo de la fantasía, pero en los posteriores realiza una sátira de toda la humanidad salpimentada con bromas sobre fantasía… Y alguno de esos Pratchetts son obras de arte hermosas, atemporales y sorprendentes que se alzan entre los mejores libros de fantasía jamás escritos, y es porque trascendió simplemente la burla a los clichés del género para empezar a explorar qué significa ser humano.

Varios de tus libros han sido nominados o han ganado el premio Romantic Times a la mejor fantasía épica. ¿Tratas conscientemente de incluir (¡o subvertir!) tropos románticos en tus historias?

Buena pregunta… Cuando gané por primera vez un premio de Romantic Times pensé que era una elección bastante extraña, pero mi agente me contó que son una buena revista, acostumbrada a leer textos más allá de su propio nicho específico. Eso es muy loable. El romanticismo forma parte de nuestras vidas, casi todo el mundo tiene inclinaciones románticas en algún momento de su vida. Casi todos queremos estar con alguien, y parte de lo que nos hace ser felices y sentirnos realizados es encontrar a una persona que nos haga vibrar… Es parte de la experiencia humana, como la religión. En mis libros intento mostrar relaciones familiares y relaciones estables. ¡No se suele ver ninguna de las dos en la narrativa fantástica! En El archivo de las tormentas decidí que mi historia de amor sería entre los dos personajes de mediana edad, no los adolescentes. Kaladin no tiene un romance, Shallan sí pero con un giro argumental… Son Dalinar y Navani los que viven un romance. ¡La gente de cuarenta y cincuenta años se enamora constantemente, aunque los jóvenes pretendan que todo gira a su alrededor! No puedo decir mucho más, porque jugaré con otros tropos y no quiero destripar nada.

Has escrito libros infantiles como la serie de Alcatraz, y libros juveniles como la trilogía de los Reckoners o El rithmatista. ¿De qué modos adaptas tu escritura en cada caso?

Alcatraz es un caso único. Estaba escribiendo los libros de Nacidos de la bruma, y sentí que necesitaba un descanso. Había estado escribiendo demasiado en ese mundo, en parte porque era la primera serie en la que escribía una secuela. Así que me permití libertad creativa completa, un alivio tras las estrictas directrices que me impongo en mis otros libros, y me lancé a una escritura libre. Y salió Alcatraz. He leído bastante literatura infantil: la serie de Artemis Fowl, Eva Ibbotson, Lemony Snicket… Así que no me sorprendió que saliera un libro infantil, aunque no es como si estuviera tratando de escribir expresamente algo así. Es una serie extraña, porque su humor depende mucho del sarcasmo y de juegos de palabras, ambas cosas por encima de lo habitual en muchos lectores infantiles. Así que Alcatraz tiene una audiencia potencial reducida: niños demasiado listos para su propio bien o lectores adolescentes recientes.

Los lectores objetivo serían pues los niños de doce o trece años, y quizá los de ocho o nueve que pillen el sarcasmo. Por su parte, Los Reckoners se publican a menudo en mi línea adulta, como en España o el Reino Unido, aunque en los Estados Unidos se publican como novela juvenil. Es una decisión editorial, ya que los libros están muy en el límite. Pero los escribí como novelas adolescentes: en este caso la gran diferencia reside en que el punto de vista se centra en un solo personaje y su visión del mundo. Reckoners no tiene muchos de los rasgos distintivos de la novela juvenil, porque no está ambientada en un colegio, por ejemplo, y funciona también como adulta.

Tengo la impresión de que algunos libros de fantasía solo pueden disfrutarse si se leen durante la infancia o adolescencia, mientras que otros resultan magníficos a cualquier edad. ¿Qué cualidades hacen que un libro de fantasía resulte atractivo tanto a lectores jóvenes como a adultos?

Los libros con mayor aceptación entre diferentes grupos de edad tienden a ser los que cuentan una historia en múltiples niveles al mismo tiempo. Es el principio Pixar: sacan películas que son obviamente infantiles pero funcionan a todos los niveles, incluyendo el adulto. Inside Out podía resonarle a cualquiera que haya vivido o tratado con la depresión, sin dejar de ser al mismo tiempo una película infantil muy divertida. Eso es muy difícil de conseguir, pero solo así puedes crear algo como El juego de Ender, uno de esos libros que puede resultar significativo a cualquier edad. En mi caso, intento asegurarme de contar con una variedad amplia de personajes en cada libro con diferentes perspectivas de la vida. Eso se le daba muy bien a Robert Jordan. Cuando leí sus libros de adolescente empaticé con los adolescentes, mientras que en una relectura de adulto empaticé con los adultos y pensé que los adolescentes estaban siendo muy estúpidos.

En los comentarios de Nacidos de la bruma dices que un escritor debe tener un cierto grado de arrogancia: «hay que ser arrogante para ser un autor». Pero al mismo tiempo, tus personaje suelen ser humildes sobre sus logros, como tú mismo en varias entrevistas. ¿Cómo reconcilias arrogancia y humildad?

[Risas] No lo sé, esta pregunta es muy difícil para mí… Lo que más me preocupa de mí mismo es que se me suba todo a la cabeza y me convierta en un fanfarrón. Ese sería mi peor defecto. Al mismo tiempo, creo que un artista debe tener confianza innata en que lo que está haciendo es merecedor de que otra gente invierta en ello su tiempo y dinero. Es tan extraño… Hay en ello un contraste natural, lo reconozco. Crear personajes como Sazed, que consigue fácilmente ser humilde, es quizá mi manera de inspirarme a abandonar parte de mi propio ego. Pero no se me da demasiado bien, así que mejor que nadie me tome como modelo a seguir en esta área.  

Marta Rossich, tu editora en España, menciona elogiosamente a tu equipo de colaboradores cercanos, el Team Sanderson… ¿Qué hacen por ti exactamente?  

Su trabajo es liberarme para que yo pueda escribir, les encargo cualquier cosa que pueda acelerar todo lo que no sea escribir libros… Por ejemplo, cuando escribo una entrada en el blog, se la doy a Peter para que la edite en lugar de releerla yo tres veces para corregirla. Peter se la da luego a Adam, que la publica en mi página web. No es que eso me ahorre un montón de tiempo, pero incluso media hora son treinta minutos en que puedo estar escribiendo en lugar de liarme con otras cosas. Isaac se encarga del arte: dibuja las ilustraciones interiores o las encarga, y se asegura de que todas las ediciones tienen buenas portadas, para que no tenga que hacerlo yo. Revisó los dibujos del cómic White Sands cuando llegaron las páginas, le dio el feedback al ilustrador, y así solo fue necesario que yo le echara un vistazo al final. Ese tipo de cosas son muy útiles para mantenerme escribiendo.

Eres copresentador de un podcast sobre escritura creativa llamado Writing Excuses, que ganó un premio Hugo en 2013…

Sí. Ese podcast nació gracias a mi hermano, que estaba matriculado en unas clases de transmedia en la universidad. Quería hacer un podcast guionizado, una historia de la que yo escribiría el guion, que sería interpretado por varios locutores… Pero no tuve suficiente tiempo. Sin embargo, eso me hizo interesarme por el mundo de los podcast y empecé a escucharlos. Pensé que no había nadie haciendo un podcast como a mí me gustaría. Muchos podcast divagan mucho, lo que es divertido y muy propio de internet… Pero yo quería algo informativo, como Grammar Girl pero sobre escritura de novelas. Así que reuní a unos cuantos amigos que pensé tendrían buenas personalidades radiofónicas y lo empecé. Es como mi bebé que ha ido creciendo y convirtiéndose en algo mucho mayor.

He leído que no te interesan especialmente los juegos de cartas coleccionables, pero que adoras Magic: The Gathering. ¿Qué le encuentras de especial?

Magic saca una nueva expansión que cambia completamente el juego cada tres meses, así que seguirle el ritmo a este juego consume todo el tiempo que reservo para jugar. A veces bromeo diciendo que o juegas a Magic o a todo el resto de juegos, porque Magic es muy exigente, no para jugar sino para mantenerse al día. Así que en realidad solo juego cada nueva expansión un par de veces, porque quizá tengo tiempo una vez al mes para jugar un rato y lo que me apetece es probar las nuevas cartas de Magic.  

¿Te gustan también los RPG, como la serie Final Fantasy?

He jugado a todos, y Final Fantasy X es mi favorito. El VII es el que todo el mundo recuerda porque la construcción del mundo es chula. Pero la historia, y lo siento por todos los fans del VII que haya por ahí, era un lío terrible. Había personajes divertidos, y cuando Aeris murió estuve a punto de darle un puñetazo a la televisión, pero fue la historia del Final Fantasy X la que me llegó de verdad, porque se parece a las historias que me gusta escribir a mí.

Se dice que en tus vuelos de larga distancia trabajas en novelas cortas… ¿Cuál has estado escribiendo durante este último viaje?

En este, estoy tan retrasado con la serie de El archivo de las tormentas y el siguiente está resultando un libro tan complejo que he trabajado en él. Así que nada de novela corta esta vez, no me estaba permitido.

Te involucras en bastantes actividades colaterales a la escritura: responder en Reddit, escribir notas o comentar escenas eliminadas de tus libros, mantener una barra de progreso de tus siguientes trabajos en tu web… ¿Por qué esa dedicación?

Siempre he sido un fan de La rueda del tiempo. Y era durísimo durante aquellos años no tener ni idea de cuándo iba a salir un nuevo libro, o qué estaba haciendo Robert Jordan… Entiendo que no todo escritor puede ser transparente: por ejemplo si Patrick Rothfuss habla demasiado de su libro, eso daña psicológicamente su capacidad de trabajar en él… Pero mi psicología se beneficia de la interacción y de tener que dar cuentas, y si tengo que ir informando a los fans de cómo llevo cada proyecto es más probable que los termine a tiempo. Además, soy parte de una generación que creció con internet, así que estoy acostumbrado a encontrar cualquier cosa cuando quiera. Entiendo esa sensación, así que quiero asegurarme de que mis fans, que al fin y al cabo me sostienen y me pagan por existir, tengan toda la información que pueda razonablemente darles.  

He visto dos vídeos muy originales en que apareces escribiendo en tiempo real: la maratón de la Fundación Waygate en la JordanCon de 2014, y la escritura del interludio de Rysn de Palabras radiantes. ¿Por qué mostrar tan abiertamente tu proceso de escritura?

La idea vino de la gente que juega a videojuegos en Twitch, o que hacen demos de dibujo online… Se me ocurrió que podría hacer algo parecido con la escritura. Pero resulta que escribir es mucho más aburrido que jugar a videojuegos [risas]. En los tutoriales de dibujo, el artista puede hablar mientras pinta, pero mientras escribes es dificilísimo ir parando para hablar de qué estás haciendo. Puede que haga algún vídeo más en el futuro, pero caray, fue muy duro.

¿Qué opinas sobre la fan fiction basada en tus personajes y mundos? Autores como Martin o Anne Rice se oponen frontalmente por temas de copyright y para evitar colisión de argumentos… Otros autores no tienen problema con las obras derivadas.

No tengo problema con ellas. Creo que los fans deberían poder hacer lo que quisieran. Cuando leía de adolescente, siempre me divertía mucho insertando mis propios personajes en los libros que estaba leyendo. Creo firmemente que una vez estás leyendo un libro te pertenece, al menos tu versión en tu cabeza, y tienes derecho a cambiarlo en tu mente como quieras. También creo en el poder de la ficción y el arte para inspirar más ficción y arte. Le estamos dando vueltas a algo que publicaremos en la web tras la revisión de los abogados: la idea es dar permiso para crear legalmente fan art, incluso obras derivativas, así que si hay gente que compone música, crea algún tipo de ilustración o algo similar basado en mis libros, debería ser capaz de venderlo porque es una obra de arte diferente. Y no quiero que escriban libros para competir con los míos, pero me honra que alguien quiera escribir fan fiction si es para diversión propia o para publicar online de forma gratuita.

¿Te preocupa la piratería? Lectores que se descarguen por Torrent tus libros sin comprarlos…

No es una gran preocupación para mí. La piratería me preocupa más en países que no tienen aún un gran número de lectores de fantasía y ciencia ficción, porque me preocupa que perjudique a las librerías. Pero en general creo que la preocupación sobre este tema está sobredimensionada. Mi experiencia ha sido que los lectores quieren apoyar las cosas que les gustan, y si pueden apoyar a sus artistas favoritos lo harán. Pero si están en un punto de sus vidas en que no pueden, es mejor permitir que lean las historias que quieran, dejar que desarrollen su vida y sus ideas, y que apoyen a los artistas cuando sean capaces de ello. Así que soy muy fan de dar libros gratis…

Warbreaker está disponible por entero en tu página web…

Y animo a Tor para que regale ejemplares de El camino de los reyes y Nacidos de la bruma en EE. UU. Creo que la gente no debería piratear en la mayoría de los casos, pero no voy a tomar acciones contra ellos. Dejo que sea su propia moralidad la que guíe cómo toman esa decisión… Y me concentro así solamente en escribir mis libros y agradecer a los lectores que me apoyan.


Brandon Sanderson: «I want to show in my writing that there is something inherently good inside human beings»

Photography: Jorge Quiñoa

(Versión en castellano aquí)

Before starting the interview, the writer Brandon Sanderson (Nebraska, 1975) has lunch with his collaborators of Team Sanderson Spain and chats about Gaudí, chocolate with churros and the fact that Spain is the country with most fans in continental Europe. His epic fantasy novels include battles, death and some apocalypse or other, but on the whole they are optimistic stories full of honorable characters, from Elantris to the Mistborn saga or the Stormlight Archive series, consisting of ten huge volumes with two already published. He’s also written middle-grade novels (Alcatraz), young adult (The Reckoners, The Rithmatist), comic-books (White Sands), novellas (Legion, The emperor’s soul) and stories complementing videogames (Infinity Blade). It looks like he’s always doing something. We have a long chat (“Will this be a long interview? I love long interviews!) near the Arch of Triumph in Barcelona. After taking some pictures he goes full speed to a six-hour signing marathon in  Gigamesh library.

This is not your first time in Barcelona… In 2006 you came here to pick up the UPC Science Fiction award for Defending Elysium. I liked very much your speech… You opened it saying that you consider yourself more a storyteller and entertainer than a classical writer, so to speak. Do you think that in the literary world the value of entertainment is underrated?   

I do. In fact, the value of emotion is underrated in the literary world, and this was what the speech was about: that not only ideas are important, but also emotion. The power of a great fantasy story is to combine good ideas with something exciting. My wife makes every morning a smoothie for our children, and in the smoothie she puts spinach to make it green, because they love green, but also because spinachs are good for their health. If you read a fantasy book that is exciting, enjoyable, and makes you feel a lot of emotions, plus you insert some interesting ideas that make you think, you can have a bigger effect on the world than if you pile all this ponderous ideas that are difficult to approach into a story.  

Terry Goodkind said once that he didn’t write fantasy, but “histories that have important human themes”. J.K. Rowling also said that it didn’t really occur to her that Harry Potter books were fantasy books, and that she didn’t read fantasy.  Why do important fantasy writers try to disown fantasy literature?

I don’t know, it really baffles me and bothers me… Perhaps too much. I’ve been overly critical of some of these authors in the past: Philip Pullman has said similar things. I don’t think they were trying to be insulting… I would refer your readers to Terry Pratchett’s wonderful rebuttal on J.K. Rowling about writing fantasy. I think that there is some sort of institutionalized feeling in our minds that fantasy can’t be real literature. Completely inaccurate, completely untrue, but we perpetuate in in the genre when authors say that they don’t read fantasy even if they write it. It’s like a doctor saying “I don’t read what other brain surgeons do. I made it up and now I do brain surgery“.

It doesn’t inspire confidence…

It’s hard to criticize other authors, because they come from different areas, but I would hold up as role models people like Neal Stephenson, Terry Pratchett and Ursula K. LeGuin, who are very proud of their fantasy heritage and have spoken openly about how they love the genre and what it can do. Reading what Ursula K. LeGuin has written about this makes you feel proud as a fantasy reader.

There is a situation that seems to appeal to you narratively speaking: throwing a good person into hell and describe his efforts to turn it into a better place. Kaladin in Bridge Four, Raoden in Elantris… What do you find interesting in these kind of scenarios?

When we are put in extreme circumstances we often reveal the most about ourselves. And contrary to what a lot of people think, there are many examples in history that in those extreme situations we exhibit our best qualities. Instead of running away and acting selfishly, most people hold together when something really terrible happens. We see the best of humanity at some of its worst moments, which is a very a big contrast. I wouldn’t want anyone to have to go through that, but in fiction we can write stories where we examine how human beings react to extreme situations. I am an optimist. This is not to say that pessimistic fiction is bad, in fact a lot of my favourite fiction is pessimistic.  My favourite short story is Harrison Bergeron, by Kurt Vonnegut, and it’s wonderful, but hugely pessimistic. But we each pick a style, and I want to show in my writing that there is something inherently good inside of human beings, and we will strive to keep being good. We’ll be more unified in the face of trouble! You will see that popping time and time again in  my fiction.

Do you think that positive messages in your books end up having a positive effect on your readers?

We certainly like to think this way, as writers. I don’t know… It might be a little arrogant of me to say that my fiction is making the world a better place or is making people better, but at the same time, fiction I read made my life better. The book that made me a fantasy writer, the first book that pulled me into fantasy was Dragonsbane by Barbara Hambly. This is a book about a middle-aged woman who has been told that she can be the greatest magic user ever. Her teachers say that she is wonderful, but she needs to concentrate on the magic learning. She also has a family, and she can’t dedicate herself entirely to her magic because of her family. At the same time, my mother graduated first in her class in Accounting, in a year where she was the only woman in the accounting classes, and she always had this bouncing between career and family. She did even took time off of her career to stay with his kids when I was very young, and as a teenager I thought “OK, that’s what mothers do”. But then I read this book when I was fourteen or fifteen years old, and I kept thinking that the protagonist should be spending time with her magic, and ignore her kids to learn the magic! And when I was done with this book I felt I could understand what it’s like to have a midlife crisis as an adult, and to have to choose between career and family. Reading a fantasy book about a dragon and then understand my mom better improved the world, improved my world. And that’s the greatest power that fiction has, helping us understand other people, see through their eyes.

You wrote a lot of manuscripts and even full novels before selling your first book. Could you speak a bit about those years? What did the publishers say, what kept your hopes up against rejection letters…

It was hard. You’re gonna love this: what the publishers kept telling me was: “Can you make this more like George R. R. Martin?”. At the same time, though,  they were telling me that my books were too long. But George R. R. Martin books are huge! The hardest point in my career came as I finished book number twelve… I wrote thirteen before I sold one. Books number eleven and twelve were my attempts to be more like George R. R. Martin, with gritty anti-heroes, dark and grim fantasy… That’s not a natural fit for me. Some writers do a fantastic job of it, but for me: person thrown into hell but inside of them there is the light of hope, they are good people in a bad situation, that’s what I excel at. So my two grim and shorter books were very bad books, and I got discouraged, thinking that I was never going to be able to do this for a living. And the big thing that I decided then is that I absolutely loved what I did as a writer, and I realized that if I get to age ninety and die with a hundred and twenty unpublished books in my closet, I would think of myself as a success… More of as a success than if I give up. I just had to keep doing this. And at that point I sat down and I thought “I’m gonna write the biggest most awesome epic fantasy ever. People say that my books are too long, well then: they’re gonna be longer! Full of all kinds of weird things and characters!”. And I wrote The Way of Kings, book number thirteen, and with this book I was flipping the bird at the entire publishing industry. The next year I sold Elantris. It is really good that I went through that moment of deciding to do what I wanted to do because I loved it, rather than chasing what people told me to do.  

After selling Elantris to Tor, some of your unpublished novels started to get publishers. Did you rewrite some of them, like with Mistborn PRIME? Are you still using some of that material?

Yes, I’m still dipping in there now and then. Most of them have been cannibalized for their ideas, but Dragonsteel, for instance, will someday get rewritten.

I was surprised that in Mistborn annotations you say that you can email that first version of Mistborn to whoever asks…

I prefer White Sands and Aether Night, which are better… So when people write I point to them. But yes, I’m perfectly happy to send my early books when requested, as long as they know that they are not great books.

You acted as editor for the semipro magazine The Leading Edge during your student years. What did you learn about writing there?

I learnt about avoiding cliches by reading a whole bunch of bad writing, but I also learnt about what makes a good story. A great story among all the awful ones shone like a nugget of gold in the dirt, so I would try to find what made that story great. Why we all loved it while the hundred stories before that didn’t grab us? It was very illustrating to me.

Did you receive good advice from professional writers during your formative years?

Katherine Kurtz and David Farland sat me down and gave me all kinds of great advice. I wouldn’t have gotten to where I am today without the advice of writers who took time during a convention to talk to me, or engaged a class in my university. This job is mostly done on your own by writing and practicing, but a little mentorship can go a long way to help you out.

And now you teach creative writing…

Most of the things I do I just have to put them online, as I can’t read and give advice on enough individual writing. I do workshops in my class, though. People who really want me to read their writing can fly to Utah, get accepted by the university and take my class. It’s a big hurdle, I’m sorry, but…  

You enrolled Brigham Young University as a biochemistry major. Why did you choose that discipline?

I’ve always been fascinated by physics, chemistry and all branches of science: if you read my books you will find lots of those ideas there. The trouble is that I loved the ideas, but I hated the busywork. When I had to sit and view pages of calculations I was always wrong and I didn’t enjoy it. I enrolled because my mother made the point that getting a good job as a chemist would leave me lots of time for writing… She was pushing her baby boy to be realistic, but it turns out that being realistic was bad for me.

Some writers have tried to mix science fiction and fantasy, like Margaret Weiss and Tracy Hickman in the Darksword final books. How do you think that fantasy and science, being so different, can coexist in a story?

You mentioned Darksword, which is the Shadowrun approach: magic and science are two different paths and you have to choose one or the other. But in the Cosmere, my shared universe of books, magic is another branch of physics. And I fully admit that I sacrifice a little of the sense of wonder for being able to rationally approach the magic, for having magic that follows a scientific method. Magic full of little weird oddities, like science itself is, but scientifically-based at its core. This is just the way my brain has to approach it. If I could suddenly do something magical and reproducible, I would think that we don’t understand science well enough to explain why it happens.

That’s the idea behind the Sanderson Laws about hard and soft magic…

Yes, it is! Those got translated to Spanish by a magazine, I’m very pleased that they did that.

From 95 to 97 you served as a missionary for LDS Church in South Korea. What do you remember most about that experience?

Of course there are the powerful religious experiences that come with that, but if you want one thing I remember: it was the first time in my life being the minority. A privileged minority, but still the minority. And I think that’s so good  for a person, particularly a white kid like me from the Midwest of America, to go to a place where you are the one who everybody looks sideways at. Learning to be part of a new culture and to see things in a different way was invaluable for me.

Terry Goodkind has been accused sometimes of letting his own political philosophy to pervade too much his books, particularly the last ones. Do you consider that a danger for fantasy writers, using their worlds as political metaphors, as a way to carry a message or an agenda?

People should be free to use their writing tools however they want to use them. I would lump Terry Goodkind with C.S. Lewis and Philip Pullman, all of whom had stories and messages they wanted to bring to their fiction. In my own writing I take more of Tolkien’s philosophy. Tolkien and C.S. Lewis were friends, in fact Tolkien converted C.S. Lewis to christianity, so they were both very staunch christians. But Tolkien felt to tell a story and let it stand on its own, with people drawing what they want of it. I fall more into that camp. I don’t want to say that people like Terry Goodkind should not write what they want. Of course they should! But when I write I want to tell a story about powerful characters who disagree, where there are good characters with good arguments on all sides, because I think we approach truth through discussion. When you tell me your ideas, I tell you mine and we actually listen, we both walk away thinking “maybe I’ve been wrong and I can evolve my thoughts”, or “maybe I’ve been right, but I need to expand my thinking to approach to what other people believe”. That’s how we get closer to the truth, not by doggedly repeating the same thing over and over again. I remember a story from my mission, when I was in Korea. There was a buddhist monk from a sect that required them to beg for their food. And so he was quietly drumming in the street and bowing to everyone who passed by.  And there was a christian missionary from a faith I won’t mention holding a big sign saying “BUDDHISM IS HELL”. And that image always struck me. Because when I would ask buddhists if I could talk to them about my religion, a lot of them would friendly listen and say “oh, Jesus Christ was a great buddha”. That is someone reaching across to shake my hand so we can exchange teachings of people that meant a lot in our lives. And I always say, whatever I do I don’t want to be the person holding the sign, whether it’s religion or politics. How much further would we get if, instead of holding up the sign, we just sat down next to this priest and ask him about his life and beliefs. That image is burnt into my head. And actually Hrathen from Elantris came from that person holding that sign. That was my inspiration for where he came from. He’s actually my favourite antagonist, because I understand him so well: there is a part of me that could easily have become that person with the sign.

I have read you describing yourself as a believer, but also a man of science and logic. How do you reconcile those two approaches to life?

There is too much of a faulty belief in society these days that science and religion don’t have a part with each other. Classically, all of the great scientists were also theologians! In America, there is a small political group who seem to want to claim the religion as theirs; only they can say that they’re religious. That belief is also faulty. Religious people are on all sorts of sides of all arguments. Personally, I believe that God is a God of miracles and the natural world that we study is the way that things happen unless God interferes. Something like evolution is the way that world is, it’s a fact, and God creating people, a miracle, is a violation of natural law. Saying that evolution is not real is like trying to pretend that the Red Sea automatically parts, periodically, on its own. God has created science. God has created the world and has given us brains, so our job is to do the best that we can to understand the world and search for answers. My belief in faith comes from feelings in my heart. That is my reconciliation: that feelings in my heart are my connection to a Father in Heaven. I believe in them. I have to be willing to accept that maybe they are confirmation bias. My logic brain says that maybe that’s what it is, you feel that feeling because you think you should feel that feeling. But so far  the only cartesian experience that I can say definitely as my own is my personal feeling and the way I see the world, and I have to accept that. When I read Scriptures I have a religious experience, I feel a feeling I don’t feel at other times, and that I’ve taken, tentatively, as my proof of a God. I’m willing to continue to explore the world  and is possible I can be proven wrong and I’ll change my mind, but this is what has made me believe.

My favourite character in Mistborn is Sazed, who is interested in a lot of different religions. I see something similar in your writings, bits and pieces coming from different belief systems, like the Surgebinding tree being visually similar to the tree of life of the Qabalah. How do different religions impact your work?

I love looking at how do we interact with the divine, and I’m fascinated with what is spiritual versus what is part of our tradition. And what I’m fascinated by ends up in my books. I feel that my books are my search for answers, but I don’t like giving people answers, though. I like characters who ask lots of questions. I like people who approach  religion from different ways. I wanted Sazed to be the voice for all forgotten religions, for those who could no longer have a voice for themselves. I hope that my explorations on religion mean something to the readers, but I suspect they will mean something different for every reader. I get a lot of emails from people saying that I must be an atheist, because I wrote Jasnah, the atheist in Stormlight, so well… I always take that as a big mark of pride for myself. I’m writing because I want to explore the way different people see the world. When someone has a belief system, I want to treat it well in my books. I hate it when I read a book with a character who believes like me and is treated like an idiot who has to be proven wrong. I don’t want to express someone’s beliefs in my book and then have that person be the idiot, if that makes sense. Not to say that there can’t be people on all sides of the issues that are wrong, but I want to express people’s beliefs accurately, the way that they would argue.  

There are some LGBT characters in your books (Ranette in Wax and Wayne, for instance). Does the fact of being LDS influence in any way how do you present those characters?

My philosophy is to be extra careful that I counter any bias I might have that I might not be noticing. To make sure that LGBT characters are well represented I ask gay people that I know: “Is this working? Am I approaching this right?”. I have to trust in them. It’s important to me, because a lot of religious people seem to want to ignore that lesbian, gay, bisexual and transgender people exist, which I think is inherently evil. It is immoral to banish an entire group of people, and to pretend that they are not good people with good arguments, and lives and passions. To not represent that in my fiction would be something deeply immoral. I’m not sure if I’m the right person to tell the gay story appropriately, but I certainly should do everything I can to make sure that gay people are represented, because otherwise I would be lying to the world.

Robert Jordan’s widow asked you to finish The Wheel of Time books, after reading an eulogy you wrote to RJ and the first Mistborn book. What do you think that she saw in your writing?

I can answer this for her so it’s not too arrogant for me to say… She felt the characterizations were so vivid that I could do justice to the large number of characters in the Wheel of Time.

Now that A memory of light has been out for three years, have you been listening to the reactions of the Wheel of Time fandom? Are you satisfied with them?

There are of course things I would change: the big one is that I think I dropped the ball a little bit on a character called Padan Fain, didn’t quite stick the landing with him. There are little things like that I do wish I had done better, but on the whole I am satisfied and I stand behind what I released. One thing I hear from fans is if I am going to do more Wheel of Time… And the answer is no. Robert Jordan was very uncomfortable with people writing books in his world, and he was very hesitant to even let anyone finish his series. So, when I picked this up, Harriet asked my opinion on this and I said that we should not do more than finishing the series as he asked to be done, just because I don’t think I could write anymore without it becoming me instead of him. I don’t have control over Wheel of Time, and if Harriet asks somebody else to write more, I would be completely behind her… But I won’t write anymore.

All epic fantasy writers are at some point compared with Tolkien… For instance, early Robert Jordan feels very Tolkienesque. How do fantasy writers deal with Tolkien’s shadow?

Tolkien founded epic fantasy, and he did a very good job: we are still trying to figure out exactly some of his methods and ideas. So I don’t really consider Tolkien’s shadow, I think we stand high and proud upon the peaks of Tolkien, because of the foundations he gave us.

In The Wheel of Time some aspects of gender relationship are affected by the way that the magic is divided between men and women… How do you think that fantasy literature can help explore different dynamics in gender relationships?

We can do it better than anywhere else. Granted, there are great books in all genres, but in fantasy and science fiction this is our specialty: the ability to take a real world issue, bring it into a fantasy world, and in so doing distill it down and get out what makes us tick. Robert Jordan has a world with female privilege and that can be really weird and off-putting to read for someone raised in a society with the inverse, male privilege. The general reaction that can be seen online is that  the women in Wheel of Time are hated, considered as belligerent and bullying… Whereas if all that women had been men, they would have been considered a diverse and interesting cast of men! Jordan managed to pull something very interesting of there.

Also in your Stormlight books there are gender role differences: men don’t know how to read, only women study science…

For good or bad, during history society reacts when there has been an imbalance of power between the genders. Sometimes the gender disenfranchised, usually women, grabs a hold of something that becomes their dominion, it’s a natural split. It doesn’t mean that society is equal, but that there is something that you don’t touch, a “circling the wagons” sort of thing. I grew also very fascinated with the idea of literacy, as I ran across the fact that there were great periods in time where important people didn’t read. They had scholars to do that for them, it was seen as beneath a king to read at various points in history. That idea is part of what gave birth to how the gender roles play out in Stormlight.

Same thing could be said about race dynamics. How do you approach racism in Stormlight?

One goal for me in the Stormlight was to do some different takes on racism. The racism based on eye color, for instance, is there in part because in part it fits the worldbuilding, but also because if you look into populations in which everyone has the same skin color, they would be still racist against the guys down the street because they had a different accent. Humans find ways to put people in boxes. The eye color in Stormlight became very interesting for me to explore how you can have a society where racism is rampant even if everyone has similar skin tones. And then there’s this deeply problematic racism with a whole race enslaved, which most readers ignore in the first book because Kaladin being enslaved is the focal point. One of the goals in Stormlight is that as Kaladin becomes more and more aware of the injustices in the world around him, the reader becomes aware too. Not to say that this is a book about fighting injustice, it is a book about a world that is not fair, and full of people perpetuating this without realizing it. One big reversal is when readers realize that most of the main characters probably don’t look like them. Most readers don’t make that connection for quite a while… I like the idea that as you read you assume that the offbeat Szeth is “the other” and Kaladin looks like you, when in reality Kaladin is an Asian-Middle Eastern mix, while Szeth is caucasian. Of course, if you read it in Taiwan, then the characters really look like you and Szeth is the oddball… [Laughs] I wanted the first cover not to show somebody’s face because of that reason. It’s hard to get the covers to align, though: in the UK, the cover has basically a white guy on it. It’s not that the cover artists don’t want to, it’s just that they don’t quite make the connection or it doesn’t get through. In the case of Michael Whelan, I was so happy to have him that I didn’t want to go to him and ask “By the way, can you make his skin darker?”. We will get better at this as we progress.

In Mistborn you subvert some of the established tropes in the fantasy genre, like what would happen if evil won. But in Stormlight Archive you seem to be taking a different route, more traditionally epic, so to speak…

Mistborn was about trope inversion: what does it mean to be the hero or to have a prophecy, all the classic fantasy tropes turned on their heads. And so, when I was working on the second draft of The way of kings, part of my brain was looking for tropes to invert. And that was very dangerous to me, because my whole career could become only about subverting what other people did, not adding to the discussion. With Stormlight one of the things I wanted to do is prove that epic fantasy can have worldbuilding like science fiction, with brand new ecologies and a very different planet, something like you would see in a Frank Herbert story. That is what I wanted to bring to epic fantasy, and if I focused too much in inverting tropes I felt that my whole career would become just one footnote. Certainly I will do more: The Reckoners are a trope inversion, but I can’t let my career to be only about that. I’m so glad I realized this, because The way of kings is much stronger a book being a block in the tradition of epic fantasy, taking hopefully a little step forward standing on the shoulders of giants, making the whole genre just a bit better. Not that I dislike Mistborn, I love how it undermines some of the genre expectations, but I don’t think that should sum my whole career. Maybe it would work for someone else, Terry Pratchett would be a good example. But even his books became fantastic when he was writing about great characters and the trope inversion was the subtext for a satire of human experience. I don’t know if you’ve read Pratchett…

Oh, yes! Pratchett is well beloved in this magazine.

In the first few Discworld books he’s trying to do jokes about fantasy, but in the later ones he makes a satire of all humankind with some fantasy jokes prickled in… And some of those Pratchetts are just beautiful, timeless, amazing works of art that stand as some of the best fantasy ever written, and it’s because he got beyond just making fun of the tropes and instead exploring what does it mean to be human.

Some of your books have been nominated or won the Romantic Times award for Best Epic Fantasy… Which romance tropes do you try to put (or subvert) on your stories?

That’s a very good question. When I first won an award from Romantic Times I thought it was an odd choice, but my agent said that they are a very good magazine accustomed to read outside their own specific niche. That’s actually quite laudable. Romance is part of most of our lives, almost everyone has romantic inclinations in times in their lives. Most of us want someone to be with, and part of what makes us happy and fulfilled is to find someone else that we flip with, so most of my books will contain that to an extent… It’s part of the human experience, like religion. One thing that I try to do in my books is to show family relationships and  stable relationships. We don’t see enough of either one of these in stories! In Stormlight I decided that my love story would be between the middle-aged people, not the kids. Kaladin does not have a romance, Shallan does but there is a twist involved, Dalinar and Navani are the ones having a romance. People who are in their forties and fifties fall in love all the time, kids pretend that it’s all about them! But I can’t say more, because I’m playing with some tropes that would give spoilers.

You have written middle-grade books like the Alcatraz series, and young adult books like the Reckoners trilogy or The rithmatist. In which ways do you try to adapt your writing in each case?

Alcatraz is a very unique case. I was writing the Mistborn books, and I felt like I needed a break. I had been writing too much in that world, in part because it’s the first world where I wrote a sequel. So after the second Mistborn book I needed to do something else. So, letting myself complete freedom from the very strict outlines I need for my other books, I started a free-write and this is what came out.  I’ve read a decent amount of middle-grade: the Artemis Fowl series, Eva Ibbotson, Lemony Snicket… So I wasn’t surprised when a middle-grade novel came out, but it isn’t like I was trying to write that. Alcatraz is a really weird series, because the humor involves a lot of sarcasm and wordplays, things that are above a lot of middle-grade readers. It has a very narrow audience: middle-grade readers that are too smart for their own good or the very recent young adult readers. Twelve and thirteen year olds is Alcatraz’s sweet spot, and maybe the nine or ten year olds who like and get sarcasm. As for The Reckoners: it is often published in my adult line, like in Spain or UK, although in the US is published as young adult. It’s just a publisher decision, as the books are so on the line. But I did write it as a young adult book: in this case the big difference was that I focused on only one character as viewpoint. It doesn’t have a lot of the young adult hallmarks, because it’s not set in a school for instance, that’s why it goes both ways.

I have the feeling that some fantasy books should be read during early years to make an impression, while others are enjoyable at any age. Which qualities make a fantasy book appeal to both young readers and adult ones?

The books that have the widest appeal between the age groups tend to be the ones that tell a story at multiple levels at the same time. It’s the Pixar principle: they make movies that are sensibly children’s films but work on all levels… Inside Out was able to speak to anyone who has dealt with depression, while also being a fun kids film. This is very difficult to do, but it’s the way you can make something like Ender’s Game, one of these books that can be meaningful for any age group. I just try to make sure I have a variety of characters in each book with different perspectives of life. Robert Jordan was very good on this. When I read his books as a teenager I empathized with the teenies, and rereading as an adult I empathized with the adults and thought that stupid teens were being stupid.

In the Mistborn annotations you say that a writer must have a certain degree of arrogance: “you have to be arrogant to be an author”. But at the same time, yourself and most of your characters are humble about their accomplishments. How do you reconcile arrogance and humility?

[Laughs] I don’t know, that one is so hard for me… The thing I worry most about myself is getting a big head, becoming a braggart. If I have a fatal flaw, that would be it. At the same time, I do think an artist must have some innate confidence that what they are doing is worth other people spending their time and money on. It’s so weird… It’s got a natural contrast to it, I agree. Trying to write characters like Sazed, who can manage to be humble, is maybe a way to try to inspire myself to abandon a bit of my own ego, but I’m sure bad at this at some times, so don’t hold me up as a role model in this area.

When speaking with Marta Rossich, your Spanish editor, she spoke highly of your team of close collaborators, “the Sanderson Team”… What do they do for you exactly?

Their whole job is to free me up to write books. Anything that I can conceivably give to them to speed up all the things that aren’t writing books, I do. For instance, when I write a blog post, I give it to Peter to edit it rather than going through it three times finding the typos myself. Then he gets it to Adam, who posts it in my website. It’s not that saves me a ton of time, but even half hour is thirty minutes more that I could be writing. Isaac handles art, so he draws a lot of the pictures for the interior art or commissions them, and works with the cover illustrators to make sure we have good covers, so I don’t have to do any of that. He went over the art for White Sands: when the pages came in, he was the one who gave the feedback to the artist, and then I had only to do a final glance-over at the end. These sort of things are very helpful for just keeping me writing.

You co-host a writing advice podcast called Writing Excuses, a work that won a Hugo award in 2013. How did that podcast came to be?

The podcast came to be because of my brother, who was taking some transmedia classes in college. He wanted to do a scripted podcast where I wrote a story and he had voice actors act it out, but I didn’t have enough time for that. Anyway, this got me very interested in podcasts, I started listening to them. Over time, I thought, there’s nobody really doing a writing podcast the way I want. A lot of podcast ramble a lot, which is fun, but I wanted something informative, like Grammar Girl but for writing podcast, specifically for novel writing. So I got together some friends that I thought would be good on-air personalities, and I started it up! So it’s kind of my little baby that has now changed into something much larger.

I’ve read that you are not specially interested in collectible card games, except for Magic: The Gathering. What do you see in that particular game?

Magic releases an extension that revolutionizes the game every three months, so keeeping up takes basically all my playing time. I joke: “you either play Magic or you play all other games”, because Magic is very demanding, not to play but to keep up on. And so, I usually only get to play a new Magic set maybe once or twice, because I get only once a month time to be able to play some games… So I want to use that time to play the new Magic set. It just doesn’t leave time to play one of the others.

Do you also like RPG games, like the Final Fantasy series?

I played them all, and Final Fantasy X is my favourite. VII  is the one that everyone holds up because the worldbuilding is cool. But the story, sorry for all the VII fans out there, was a mess. There were fun characters, and when Aeris died I was ready to punch my TV, but Final Fantasy X story clicked for me, because it was very like the stories I like to write.

I’ve heard that in all your long distance plane flights you work on novellas… Which one have you been writing in this last trip?

On this one, Stormlight has been so demanding and I’m so behind on it that I actually worked on Oathbringer. No novella for me this time, I wasn’t allowed to do it.  

You seem to do a lot of collateral things to your writing, like answering reddit, writing annotations to your books, keeping a progress bar about your next works in your website… Why do you try to be so active with the fandom?

I am a Wheel of Time fan. And it was so hard during those years not to know when a new book was coming and how Robert Jordan was doing on it… I understand that not every writer can be transparent: for instance if Patrick Rothfuss talks too much about his book, psychologically it harms his ability to work on it… But my psychology benefits from interaction and accountability, and if I have to report to the fans how I’m doing I’m more likely to get things done. I’m also part of a generation of people who grew up with the Internet, so I’m used to be able to find whatever I want when I want it, and I understand that feeling. So I want to be able to make sure that my fans, who are supporting me and paying for me to exist, have all the information that I can reasonably give them.

I’ve seen two videos of you writing in real-time: the write-a-thon for the Waygate Foundation in JordanCon 2014, and the writing of the Rysn interlude in Words of Radiance. How did you get the idea of showing so openly your writing process?

This came from people who play video games on Twitch or who sometimes do painting demos online, and I thought “can I do something like this with writing”? It turns out that writing is way more boring to do than playing videogames. [Laughs] In painting tutorials the artist can talk while drawing, but when you’re writing it’s very hard to stop and talk about what you’re doing. I might do more of that in the future, but it was super-hard.

What is your opinion on fan fiction based on your characters and worlds? Authors like Martin or Anne Rice are opposed adamantly to it because of copyright issues and to avoid plot collision. Other authors, in contrast, have no issues with derivative works…

I have no issues with it. I think that fans should be free to do what they want. When I read as a young boy, one thing I always did was to insert my own characters into the books as I read them in my head. I believe strongly that once you are reading a book, it belongs to you, at least your version of it in your head. You have the right to change in your head how you want it to be. And I also believe in the power of fiction and art to inspire more fiction and art. We’ll be posting something in my website after running past our attorneys, to give permission for people to create legally fan art and things like this. Even people who do a transformative work, so if they make music or a visual art piece based on my books they should be able to sell that, because it’s a new piece of art. As for writing, I don’t want them writing books to compete with me, but I’m honored that they would want to for their own fun or to release online for free.

Are you worried about book piracy? Readers torrenting your books without buying them, for instance…

It’s not a main concern for me. I worry about it more in countries that don’t already have a strong science fiction and fantasy readership, because I worry about it undermining the bookstores. But in general I think the worry about this is overblown. My experience has been that readers want to support things they like, and if they can support their favourite artists, they will. But if they are at a point in their lives where they can’t, then it’s better to let them read the stories they want, develop their life and their ideas, and let them support artists when they’re capable of it. So I am a big fan of giving away books for free.

Warbreaker is fully available on your website…

And I encourage Tor to give away The way of kings and Mistborn in the US. I don’t think people should in most cases pirate, but I’m not going to take actions to stop them. I let their own morality guide how they approach that, and I’ll just write my books and be thankful for the people who support me.


Tender puentes: una conversación con Javier María Prades y Juan José Gómez Cadenas

Javier María Prades López y Juan José Gómez Cadenas para JD 0

Conversamos con Javier Prades (Madrid, 1960) y Juan José Gómez Cadenas (Cartagena, 1960). Javier es licenciado en Derecho y doctor en Teología. Actualmente ejerce como rector de la Universidad Eclesiástica de San Dámaso. Juanjo estudió Ciencias Físicas en la Universidad de Valencia y más tardé completó su formación académica realizando estudios de posgrado en la Universidad de Stanford. Ahora lidera el proyecto internacional NEXT, cuyo objetivo es comprender la naturaleza intrínseca del neutrino y de la materia oscura.

Sus tesis doctorales fueron muy diferentes. La de Javier se denomina El misterio de la inhabitación de la Trinidad en los escritos de Santo Tomás; la de Juanjo lleva por título Estudio del calorimetro electromagnético forward de Delphi: Aplicación a la búsqueda del Boson de Higgs HO en LEP-I. Quedamos con ambos para comer en el restaurante ecológico Mama Campo con el objetivo de buscar, si los hubiera, puntos de encuentro entre la ciencia y la religión. Juzguen ustedes.

En 2012 Richard Dawkins y Rowan Williams (entonces arzobispo de Canterbury y cabeza de la Iglesia de Inglaterra y la Comunión Anglicana) protagonizaron un debate sobre ciencia y religión que fue seguido por muchísimas personas. ¿Qué pueden aportar este tipo de diálogos a la sociedad?

Javier: Lo primero es ayudar a remover las dificultades que se han arraigado por una historia difícil, con momentos de conflictos graves. Hay que tener en cuenta que cierta divulgación social sigue a veces dominada por ideas como que la ciencia y la religión —o la ciencia y la teología— son dos esferas separadas, en el fondo incompatibles o incluso opuestas, donde la victoria de una es la derrota de la otra. Creo que hoy tenemos margen para retomar la cuestión en otros términos y este tipo de diálogos ayudan a acercarla al público.

Juanjo: Dawkins es un ateo militante, y un aguerrido defensor del método científico. Sus libros han tenido una influencia enorme. Rowan Williams es un eminente teólogo y su proyección humana y social es impresionante. Vale la pena ver el debate y darse cuenta de cómo este par de intelectuales, a pesar de sus profundas discrepancias, se esfuerzan en encontrar áreas comunes, e incluso cuando difieren nos enriquecen con su inteligencia y erudición. Es un debate que te permite disfrutar del puro ejercicio de la razón, algo extraordinario en unos tiempos, como los que nos ha tocado vivir, en los que se da por sentado que razonar es innecesario. El debate político en los últimos tiempos, plagado de clichés, eslóganes y falsedades, es un buen ejemplo de esta triste situación.

Ambos habéis nacido en 1960 y dedicáis vuestra vida a la docencia y a la investigación. ¿Qué tienen en común un doctor en Teología y un doctor en Física, además del nivel universitario?

Javier: Al nacer en el mismo año y en el mismo país hemos compartido una historia común, la de la España del desarrollo económico, de cambios culturales y sociales que no podíamos ni imaginar, la transición política… Probablemente, hemos percibido estos episodios con una afinidad generacional que no tendríamos con otros, mayores o más jóvenes. Y luego, en el ámbito de las inquietudes y la sensibilidad, compartimos —y lo hemos advertido con sorpresa y simpatía— una pasión por la realidad y un amor a la razón. Estas dos categorías son, a mi juicio, los primeros pilares de ese puente que queremos tender.

Juanjo: Para mí hay otro elemento, y es que a mi edad aburre un poco limitarse a conversar con la gente que piensa como uno mismo. A mí me entusiasma haber encontrado —por puro azar— a Javier y descubrir que tenemos afinidades personales, intelectuales y generacionales, vamos, que hay química entre nosotros. Me atrae que una conversación con él empiece por la cosmología o los neutrinos, pase por nuestros recuerdos de la Transición, bordee cuestiones sobre inteligencia artificial, se pregunte por el sentido del mal y se recree en Kant, todo esto sin hacerle ascos a unas bravas con un par de cañas. Creo que esa atracción entre polos opuestos también le gusta a Javier, de hecho tengo pruebas de ello. Recientemente presentó un libro suyo sobre teología, y los tres ponentes que le acompañaron en esa presentación eran un científico declaradamente agnóstico —yo mismo—, un conocido filósofo e intelectual convertido al judaísmo y una destacada filósofa y feminista con bastantes manifestaciones anticlericales en su currículum. Cuando le pregunté a Javier sus razones para invitar a tan peligrosas amistades me contestó que prefería hablar con gente de fuera de la Iglesia porque con los teólogos ya tenía otras ocasiones. Mi lectura de esto es justamente la misma que te estoy dando. La búsqueda del otro, del otro que es a la vez tu opuesto y tu semblable, como dicen los franceses. Me parece que es una de las obligaciones del intelectual.

¿Hay verdades indemostrables en la ciencia y la religión?

Javier: Quizá sea más interesante empezar teniendo en cuenta la otra cara de la moneda, las verdades demostrables, quiero decir, el espectáculo sorprendente de que somos capaces de entender a fondo muchos aspectos de la realidad. No buscaría el encuentro entre ciencia y religión empezando por lo puramente indeterminado. Es decisivo reconocer a la ciencia, pero también a la filosofía y a la teología, la confianza sobre la capacidad de la razón humana para revelarnos cosas verdaderas. Verdades que se juegan en distintos ámbitos. La razón puede descubrir muchísimas cosas: lo vemos estos días con la observación de las ondas gravitacionales. Son proezas del conocimiento, que reposan en nuestra capacidad para reconocer la verdad. Creo que un diálogo constructivo entre ciencia y religión puede partir de esa capacidad de la razón para identificar la verdad.

Juanjo: Estoy de acuerdo. El uso de la razón como instrumento de búsqueda de la verdad no es una metodología exclusiva del método científico, de hecho, me parece que lo hereda de la filosofía. La teología de Javier se basa en la misma metodología y ofrece un territorio común.

Decía Francisco Vázquez que la única manera de interesarse por Dios era mediante la razón humana. Entonces, la verdad revelada, ¿qué papel tiene?

Javier: Puedo coincidir con la observación, porque si no se respeta la razón no se honra a Dios. En cuanto a la revelación (me refiero al cristianismo) tiene un papel singular sobre el que luego podemos volver. Pero querría insistir en algo previo. En nuestro mundo occidental se ha vuelto problemática la relación entre el conocer y el creer. Parece inevitable lo que llamaría una mutua exterioridad. Si una cosa es acorde a la razón, no tiene nada que ver con la fe revelada. Y si algo pertenece a la revelación, es ajeno a la razón. Esa división tiene raíces antiguas y ha generado dificultades de envergadura. Es uno de esos temas que debemos reconstruir con un diálogo paciente para rescatar una manera de concebir la razón que pueda contemplar distintos ámbitos, y que permita entender por ejemplo que la religión no es algo puramente arbitrario o sentimental, aunque su forma de conocer sea diferente de la de las ciencias o la filosofía, precisamente por lo singular de su objeto.

Juanjo: A mí, en este sentido, me resulta interesante echar la vista atrás y darte cuenta de que no hace tanto tiempo, esta dicotomía no existía. Isaac Newton, que es probablemente el físico más importante de la historia, no tiene ningún conflicto en proponer las leyes de la gravitación universal y asumir sus verdades reveladas y su religión cristiana. Da la impresión de que esta evolución hacia la confrontación es una cosa reciente y desde luego no me parece necesaria. Un diálogo razonable admite diferencias de puntos de vista, pero no se recrea en la confrontación y mucho menos en la descalificación del otro. Por el contrario, se interesa en averiguar si el otro punto de vista tiene algo que ofrecer. Se trata de dialogar para aprender, más que para rebatir.

Actualmente se considera que el método científico es la única vía adecuada para obtener conocimiento. Sin embargo, tras cada revolución científica la verdad alcanzada se demuestra incompleta o directamente falsa. ¿Cómo evaluamos la validez de un método de acercamiento a la verdad?

Javier: Necesitamos ensanchar la noción de la razón para comprender que el método científico aplicado al conocimiento de la realidad se ha adaptado en función de su objeto. Hay un largo camino en el que el pensamiento occidental ha explorado las características del método científico. Pensemos en la preocupación de Descartes o de Kant y luego de Husserl… Sienten la necesidad de identificar las características de un conocimiento universal objetivo, que funcione sin contaminación ideológica o pasional. Y los motivos de esa preocupación vienen de una historia compleja que concierne a Europa y donde desde luego estuvo implicada la religión. Uno de los resultados fue el progreso extraordinario del conocimiento tecnocientífico, así como su aceptación social, hasta alcanzar el prestigio que tiene hoy en día, en que es el único modo incontestado del saber socialmente compartido. Si tú quieres publicar una cosa, basta que digas: según un estudio científico… [Risas]. Es curioso que haya adquirido la credibilidad que tenía la doctrina religiosa. Ahora bien, ¿eso significa que no hay que contextualizar ese método para darnos cuenta de que los hombres podemos conocer la realidad en más aspectos que los accesibles a la tecnociencia? Aspectos que son los más importantes para la vida de cualquiera: los afectos, la convivencia social y política, el conocimiento íntimo de las personas. Imagínate que se quisiera explicar lo que es una persona o sus relaciones solo en términos de ADN y funcionamiento neurobiológico. ¿No hay una manera razonable de acceder a otros aspectos de la realidad? Yo creo que sí. Ahí es donde se especifican los métodos que permiten decir qué tipo de evidencias y de certezas son posibles. Y son distintas las certezas morales que las evidencias científicas. Normalmente, la gran ausente de estos debates es la filosofía.

Juanjo: En efecto, el hecho de que la ciencia, hoy en día, sea tan predominante a la hora de explicar el mundo tiene mucho que ver con el gran éxito que ha tenido en su ámbito. Pero eso no implica que no tenga limitaciones. El teorema de Gödel asegura la existencia de proposiciones que son a la vez ciertas e indemostrables. La cosmología moderna ignora de qué está hecho casi todo el Universo, llamamos “materia” y “energía oscura” a nuestra ignorancia. Nadie sabe lo que hay más allá del horizonte de sucesos de un agujero negro ni cómo emerge la conciencia. Y por supuesto nadie sabe qué había antes del big bang. Sabemos que la velocidad de la luz es una constante del universo, pero no sabemos por qué. Sabemos el valor de la constante de estructura fina y de la masa del electrón y del ángulo de mezcla entre neutrinos muónicos y tauónicos, pero no sabemos por qué esas cantidades tienen esos valores y no otros. Sabemos también que vivimos en un universo de proporciones gigantescas en el que ocupamos un lugar aparentemente insignificante. Nuestra ciencia nos informa de todo eso y mucho más, pero no nos dice quiénes somos ni por qué estamos aquí, no nos conforta con el propósito de nuestra existencia —aunque tampoco nos ofrece pruebas irrefutables de que tal propósito no exista—. El universo es asombroso y sobrecogedor y a la hora de explicárnoslo la ciencia nos acompaña solo un trecho del camino. La búsqueda de la verdad más allá de las fronteras hasta las que puede llevarnos tiene que utilizar otras herramientas. Religión, intuición, literatura… con esto no quiero decir que la noción de Dios sea inevitable. De hecho, para mí no lo es. Pero reconozco que para otros sí puede serlo.

Javier María Prades López y Juan José Gómez Cadenas para JD 1

La verdad es indefinible. Está demostrado matemáticamente.

Juanjo: Hay cosas que son verdad y es indemostrable que sean verdad. Y esto es un tema matemático, no es una afirmación filosófica.

Javier: El mundo en el que estamos es interesante. En él conviven influencias muy distintas. Sigue teniendo vigencia social aquel ideal absoluto del saber científico, aunque no responda ya al punto en el que está hoy la ciencia. Las adquisiciones científicas, desde Heisenberg y Gödel para acá, aportan una modestia junto a la grandeza de la física y la matemática. Tenemos también el pensamiento posmoderno, normalmente considerado nihilista o relativista. Puede serlo sin duda en muchos pensadores. Pero también cabe pensar, por ejemplo, que un Foucault está haciendo una crítica a la concepción tecnocrática de la verdad. Es una crítica desde una mirada posmoderna que reivindica la verdad como acontecimiento. Habría que entender a fondo qué quiere decir, pero me gusta pensar que es como un grito humano, una especie de sublevación contra una comprensión rígida de la inteligencia de la verdad, plegada a un canon tecnocrático que se nos queda estrecho. Es como si por muchas vías reapareciese la intuición de que la mente humana no puede abarcar por completo lo real. ¿Eso va a favor del hombre o en su contra? Ahí todos tenemos que ponernos sobre el tapete.

Parece que la religión siempre va un paso por detrás de la ciencia. ¿A qué es debido? ¿Es una suerte de seguridad jurídica necesaria?

Javier: Es una observación recurrente; siempre aparece… Haría falta matizar sin duda. Por lo que toca al judeocristianismo occidental, al encontrarse con el mundo griego dio lugar a una singularidad cultural muy interesante en la historia humana, en cuyo cauce nació la ciencia moderna… No se pueden valorar por igual todas las culturas o religiones respecto al ejercicio de la razón o la conciencia moral…

Juanjo: Hay que llevar cuidado con la noción, tan en boga hoy en día, del relativismo, la idea de que toda cultura o sistema ético es equivalente a cualquier otra. A primera vista, parece perfectamente razonable. Pero creo que a todos nos repugnaría una cultura que admitiera el asesinato infantil, por poner un ejemplo.

Javier: La idea de que la religión va por detrás de la ciencia puede ser el eco de las dificultades a las que nos hemos referido al empezar. ¿Son inevitables? Creo que no, creo que es algo coyuntural. Por desgracia, en un momento dado se produjo un conflicto y, cuanto antes, conviene superar ese punto muerto, si la teoría científica delimita bien sus métodos propios y sus relaciones con otros saberes, y si la religión (de nuevo pienso desde el cristianismo) recupera y profundiza su imprescindible diálogo con la razón.

¿Los católicos estáis a favor del multiculturalismo?

Javier: Prefiero una expresión que me parece más sugerente porque provoca más a pensar: el proceso de mestizaje de culturas. Si el multiculturalismo se expresa en el modelo de gueto, como se ve por desgracia en no pocos lugares de Europa —acabo de volver de Bélgica—, no estoy a favor de ese modelo. Ese modelo desvela la fragilidad cultural, antropológica y social del que acoge. Prefiero hablar de mestizaje de culturas, que permite el reconocimiento del otro, porque el otro nunca será tan distinto de mí como para no ser un alter ego, otro como yo. Es algo que está en la entraña del cristianismo: ser universal. El cristianismo tiene una aspiración no étnica, que se realiza históricamente acompañando y asumiendo el proceso de mestizaje de culturas, en el sentido en que lo han entendido algunos autores contemporáneos.

¿Hay incompatibilidad entre aceptar el modelo de creación del universo inflacionario y que exista Dios?

Javier: No tiene por qué haber incompatibilidad entre una teoría propia del saber científico y una afirmación filosófica o religiosa. Y los modelos científicos van cambiando con el tiempo. En el XIX ni se consideraba la idea de un universo singular y en expansión, idea que en principio cuadra mejor con una visión religiosa de creación, y se pensaba que el universo era eterno, inmutable y estático. Quien hubiera dicho lo contrario en el ámbito de la ciencia hubiera sido poco menos que desterrado, ya que el universo era una magnitud infinita. Por eso se añadía, pasando a otro ámbito, que junto a ella no podía caber un Dios, porque eran dos infinitos que se excluían. La hipótesis del big bang surge en el ámbito científico y lleva a revisar profundamente la noción del universo físico. No sugiero con ello que debamos ir a posiciones del llamado «creacionismo» en el ámbito científico, sino que sencillamente observemos la evolución de los modelos de astrofísica que se van proponiendo, para comprender cada vez mejor la realidad en su dimensión cosmológica, física. Y sigue siempre abierta la pregunta, digamos metafísica, que requiere la intervención de otros modos de usar la razón. Para evitar un falso concordismo hay que hacer el trabajo fundamental, al que me vengo refiriendo, de un ejercicio global de la razón, atendiendo a los presupuestos epistemológicos del saber científico. A mi modo de ver, es en ese ámbito donde será más fácil encontrarse.

Juanjo: Inevitablemente, además, el científico se pregunta: ¿y qué hubo antes del big bang? La tendencia natural del pensamiento, y en particular de los modelos científicos y matemáticos, es seguir buscando un porqué, y no son pocas las posibles respuestas, algunas muy atractivas intelectualmente. Por ejemplo, quizás nuestro universo no sea sino una burbuja en un enorme multiverso. Esta «teoría» permitiría entender, por ejemplo, los valores de las constantes físicas como la velocidad de la luz o la carga del electrón, postulando que en cada uno de los infinitos universos-burbuja que se crean en el multiverso esas constantes tienen un valor diferente, el nuestro es simplemente uno de tantos, en el que esas constantes han hecho posible la emergencia de la vida y la inteligencia. Pero es importante darnos cuenta de que hay que ponerle comillas a la palabra «teoría». El método científico se basa en poder contrastar hipótesis y que yo sepa nadie ha dado con una manera razonable de contrastar la hipótesis del multiverso. Es una idea elegante y sugestiva, al menos para los científicos, entre los que me incluyo, pero tan indemostrable, al menos hoy en día, como la existencia, o no, de Dios.

John Wheeler hizo una analogía del universo como un circuito autoexcitado. En física cuántica, ¿es cierto que de la nada se puede crear algo, aunque sea un milisegundo?

Juanjo: En física cuántica lo que es cierto es que la nada fluctúa, o, para ser más exactos, lo que fluctúa es el vacío cuántico, que puede generar pares de partículas virtuales, que se crean y se destruyen constantemente. El vacío cuántico es mucho más rico que el vacío clásico, al que sí podemos asociar con la noción clásica de nada. La posibilidad de que todo nuestro universo sea una fluctuación del vacío cuántico es completamente compatible con la física moderna.

Javier: Vuelvo a lo que decía Juanjo sobre las preguntas que se hace el científico. El científico es un hombre, y en cuanto tal busca una explicación unitaria de lo real. Si el científico está investigando la antimateria, o el neutrón o el protón, a veces se concibe como un especialista tan enfocado en lo que estudia que no quiere oír hablar de nada que no sea su objeto de estudio, como si no hubiera nada más.

Juanjo: Y algunos no salen de ahí.

Javier: Y luego tienes otra posición, que es la del hombre que tiende a buscar una explicación global de su vida y del mundo. En este caso, entran en juego muchísimos más saberes que los que se siguen de la observación científica de un fenómeno dado. Los hombres tenemos una exigencia de explicación unitaria, que nos es muy propia. Habermas tiene una observación interesante a este respecto. Es un tipo de pensador que ha abierto espacio al diálogo público con la religión. Dice que intentar pasar desde la explicación científica de un punto particular a una tesis totalizadora no es ciencia sino mala filosofía. El hombre de ciencia puede y debe hacer ciencia, y de ahí se seguirán normalmente consecuencias buenas en su ámbito. Pero si en cuanto científico transita de este punto de la explicación científica a una explicación completa de la realidad, se produce un salto injustificado. Y si lo que se quiere sostener es que la ciencia en cuanto tal es la explicación universal de todo, esa no es una afirmación científica. Y se reabre el debate…

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El ejemplo lo tenemos con el famoso teorema de Gödel. Se saca siempre de su ámbito de aplicación para explicar otras cosas.

Javier: Estuve hace tiempo en una mesa redonda en la universidad con un físico de primera categoría. En el diálogo posterior venía a sostener, a partir de la explicación del principio de indeterminación en la mecánica cuántica, que a su hijo no le debía orientar o indicar nada como verdadero porque su libertad era indeterminada. Supongo que cabrá concebir así la educación de un hijo… pero no es razonable hacerlo en virtud del estudio del teorema de Gödel.

Juanjo: Me parece que a menudo se comete el error de sacar un determinado ámbito de conocimiento de su contexto. El teorema de Gödel puede asegurarnos la existencia de proposiciones ciertas pero indemostrables, pero la educación de un niño se interesa más por cosas tan humildes como respetar a tu vecino, aprender a dialogar, controlar tu frustración, e interesarte por el otro, la célebre, preciadísima y se diría que cada vez más escasa empatía con los demás. Quizás todas esas cosas sean también proposiciones indemostrables, pero en ciencia existe la noción de la «teoría efectiva» —la química es una teoría efectiva de la física y la biología, una teoría efectiva de la química— que nos permite abarcar un espectro más amplio de la realidad a cambio de simplificar el problema, de redefinir su contexto. Una teoría efectiva de la educación posiblemente nos permita enseñar a nuestros hijos a ser nobles y altruistas, sensibles y compasivos, a pesar de las indeterminaciones matemáticas y filosóficas inherentes.

Javier: A veces parece que desde los experimentos sobre los electrones se puede inferir que es imposible decidir si un niño debe o no darle patadas a su perro…

Juanjo: Y esa inferencia es errónea. Porque el electrón es un objeto que sabemos describir con una teoría matemática coherente y predictiva. Pero un niño no es un electrón y no puedo describirlo como la suma de todos sus electrones, que era el sueño de Laplace. Así que necesito una teoría efectiva. Y como los niños y los perros están bastante distantes en el ámbito de la razón de los electrones, es mejor guiarse por otros principios que el de incertidumbre cuántica a la hora de construirla. A lo mejor con el sentido común y la común ética nos vale.

Javier: Necesitamos urgentemente una buena teoría de los usos de la razón. Porque educar a un niño implica utilizar la razón. Ángel, no sé si tienes hijos, digo yo que no querrás educarlos en la pura irracionalidad espontánea. Y cuando se quiere educar de modo razonable, no se tratará de considerarlos del mismo modo que si fueran electrones, por ejemplo. En este orden de cosas es donde veo más importante tender los puentes. En tiempos como los actuales, que no tratan demasiado bien a la razón, curiosamente.

Parece una paradoja. Que haya tanto seguimiento de la ciencia y, sin embargo, la ciencia, que se supone que está basada en la razón, deje de lado a la razón cuando no está dentro de la ciencia.

Javier: A mi juicio, este es uno de los campos preliminares para que la conversación ciencia-teología o ciencia-religión no se convierta en un diálogo de sordos. Si fuera así, al final volveríamos a crear guetos, no étnicos sino intelectuales. Y, en cambio, no nos conviene esa lógica de las paralelas. ¿Por qué? Porque hay un espacio de interés común para todo ser humano que es el de fomentar la vida buena. Un interés compartido por la comunidad científica, y también por la comunidad social y por la comunidad religiosa.

Juanjo: Yo creo que un diálogo sincero y atrevido puede ser muy enriquecedor. Y creo que ambas partes tienen que ser sinceras y atrevidas. El intelectual religioso tiene que ponderar la información que le da la ciencia, datos que aseguran, por ejemplo, que somos apenas diferentes —genéticamente hablando— de nuestros primos los grandes simios y, si me apuras, del resto de los mamíferos. La idea del hombre como centro de la creación, como ser especial, hay que valorarla no solo en el contexto de un universo gigantesco en el que parecemos ocupar un lugar insignificante, sino en el de un planeta en el que somos los últimos en llegar, un producto más, se diría, de la ciega rueda de la evolución. Pero el científico tiene que pararse a pensar que no tiene respuestas válidas a cuestiones tan elementales como si es lícito comer niños fritos. La ética pertenece al ámbito de la razón y, sin embargo, no es fácil de abordar desde una perspectiva y metodología científica. Y aquí se puede optar por el relativismo y asegurar que todas las opciones morales son equivalentes —amar a tus hijos o comértelos para desayunar, por ejemplo—, o bien se puede defender que existe una verdad ética a la que tenemos acceso usando la razón. En este ámbito, las herramientas de la filosofía y quizás la teología pueden ser más útiles que la metodología científica. En mi caso, estoy convencido de que la verdad ética existe, que el amor a los hijos y a los padres es una verdad ética central. Ese punto de vista lo comparto con un teólogo cristiano como Javier. De ahí que me interese y me enriquezca dialogar con él.

¿Hay que tratar a todas las religiones igual?

Javier: Yo creo que hay que tratarlas con respeto, en el sentido de que hay que respetar a todas las personas y no se puede demonizar de antemano a nadie, siempre que a su vez respeten una visión social y cultural compartida. Pero creo además que es legítimo y coherente con lo que estamos diciendo que se pueda hacer una valoración de las distintas posiciones. Si tú me dices que tu religión consiste en hacer sacrificios humanos… tendré que poder decir, de acuerdo con la condición humana compartida, que eso atenta contra la dignidad humana… ¿o no? Porque luego, cuando se trata de la ablación del clítoris, no se admite el relativismo cultural. ¿O sí?

No, no se admite.

Javier: O cuando se habla de la explotación sexual de los niños en ciertos países de Asia, no consentimos que se diga que hay una predisposición interna en esa cultura, y que por tanto lo que nosotros consideramos abusar de un niño no es una aberración, porque nosotros somos occidentales y no comprendemos que entre el niño y el adulto en esa cultura, por seguir con el ejemplo, hay una correlación interna que hace que eso no sea un crimen aunque a nosotros nos lo parezca. Nos rebelamos. Y no aceptamos que la definición de genocidio, por poner otro ejemplo, no sea universal.

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¿Existe una minusvaloración de la sociedad actual sobre el cristianismo?

Javier: En estos tiempos es la religión más perseguida violentamente. No en Occidente, pero sí en el resto del mundo, donde decenas de miles de personas mueren al año por el puro hecho de ser cristianas. Es muy impresionante. Los europeos tenemos el conflicto de sabernos herederos del cristianismo y de estar a la vez incómodos con el cristianismo, por eso nos cuesta mucho a nivel institucional y cultural decir una palabra en favor no digo del cristiano como yo, que no me siento perseguido cruentamente, sino del cristiano de Pakistán o de Irak o de Egipto o de Nigeria… Hoy el cristianismo no es una fuente de intolerancia, al contrario, es un factor de educación para la paz.

Juanjo: Estoy de acuerdo con Javier en que los europeos nos sabemos herederos del cristianismo y nos sentimos incómodos siéndolo. En España, suscribimos nuestra herencia católica y a la vez renegamos de ella. Conviene no olvidar que la Iglesia católica es un sistema humano y sus miembros son humanos también. Todos conocemos las limitaciones que eso conlleva, y ahí están filmes imprescindibles como Spotlight para dejarlo bien claro. Pero, al igual que no negamos la democracia a pesar de sus múltiples problemas, no hace falta apresurarnos a negar nuestra herencia cristiana por los problemas que se derivan de la estructura y limitaciones de la Iglesia católica. Un agnóstico como yo se siente razonablemente cómodo en el sistema de valores éticos y estéticos judeo-cristiano-griego-romano, aunque no lo suscribo incondicionalmente ni tampoco lo considero exclusivo. Pero es una buena referencia.

En cada época hay temas que son tabú, no se pueden hablar.

Juanjo: Exactamente. Yo abandoné la práctica activa de la religión católica siendo un chaval de once o doce años. Y fue por razones múltiples. Me aburría en misa y era incapaz de creerme la realidad de los sacramentos, así que abandoné la práctica de la religión sin dudarlo y sin remordimientos y, como aquel que dice, no volví a pensar en ello. Treinta años más tarde publiqué mi primer libro de relatos, La agonía de las libélulas, y uno de mis amigos, profesor de universidad, tras hacer una crítica muy valiosa, anota: este libro de relatos podría haberlo escrito un cura. No lo hace de manera peyorativa. Se limita a recalcar que los relatos de ese libro reivindican una serie de principios éticos, una colección de valores, un posicionamiento vital que refleja mi educación cristiana, o si se prefiere judeo-cristiana-greco-romana. Descubrir al cura que me escribe los cuentos no me ha hecho dejar de ser agnóstico. Pero hay que reconocer que me llevo bien con él.

Estás en la búsqueda.

Juanjo: ¿Y quién no lo está?

Javier: En los episodios que citaba Juanjo está la grandeza y el riesgo del método cristiano. El cristianismo dice que Dios se ha hecho hombre, lo cual es de una audacia descomunal. Se trata de una pretensión inaudita sobre quién y cómo es lo divino, que pudo resultar inaceptable en el pasado y también ahora. Se afirma nada menos que la presencia de lo divino, que sería lo más lejano e indescifrable para el hombre, se ha hecho carne y la puedes encontrar fácilmente, de modo casi familiar. Yo redescubrí a Dios gracias a que encontré personas en las que reconocí una diferencia, un plus de humanidad, una calidad distinta que me hacía desear esa forma de vivir. Es como si vieras una diferencia de potencial. Y te dices: aquí hay algo más, que me atrae. Volví al cristianismo de una manera consciente, por atracción. Y eso da un valor extraordinario al testigo, al mediador humano. Es como la gratitud que tienes hacia las personas que han sido para ti grandes maestros, o al padre y a la madre. Son experiencias impagables porque solo a través de relaciones así se adquieren cosas esenciales en la vida. Por eso, cuando esas relaciones se tuercen, y una experiencia de paternidad o maternidad, o la de un maestro, se traicionan, el daño es mucho más grave que si te engaña el quiosquero que vende los periódicos. Pues bien, esa misma es la grandeza y el límite del método cristiano: Dios ha querido apostar tanto por la libertad humana como para pasar a través de la libertad de otros hombres. Y eso que desde Nietzsche para acá habitualmente se presenta el cristianismo como la antilibertad. Creo que es lo contrario; si es que Dios se la ha jugado apostando sobre nuestra libertad…

Juanjo: Aunque pueda ser una blasfemia, mi revisión de los principios cristianos me lleva últimamente no tanto a la idea de que Dios se hizo hombre como a que es posible que el hombre se pueda hacer Dios con el tiempo.

Javier: Si quieres puedo darte una variante perfectamente ortodoxa… que es precisamente el resultado de la encarnación. Cuando se habla de la divinización del hombre, la cuestión es si se autodiviniza o si recibe la divinización de otro. Al final, que el hombre, siendo lo más noble de la creación, pueda ser divinizado… no es tan altisonante. Lo llamativo es —no por atentar contra el dogma, sino contra la razón— que el hombre, que sabe que no es Dios, tenga la presunción de hacerse Dios a sí mismo. Si no eras Dios, nunca serás Dios. Y si eras Dios, ya lo eres desde siempre.

Existe el transhumanismo. ¿Hasta qué punto puedo divinizar con la tecnología? La manipulación genética.

Javier: Son fronteras recientes y no las conozco bien, pero son muy provocativas. Al escuchar algunas explicaciones sobre las inmensas posibilidades de la tecnología no deja de percibirse una aspiración fáustica. Cuando uno tiene poder, en este caso tecnocientífico, imagina una mejor condición para sí. Un poder para mejorarnos, para salvarnos. ¿Por qué se nos ocurren estas cosas? No me parece en primer lugar una amenaza a la religión, sino una mutación de la pregunta última sobre nuestro destino. Es decir, llegaremos a salvarnos por nosotros mismos… seremos Dios. ¿Y por qué tenemos que tener en la cabeza esta perspectiva? Podríamos limitarnos a decir que se ha hecho este descubrimiento tecnocientífico o aquel otro… pero de repente decimos: esta es «la» alternativa. Ya por fin no necesitamos a Dios. Este Dios tan invasivo, que restringía los ámbitos de la libertad social… Pues bien se le han ido quitando espacios a la influencia social de Dios. ¿Qué le queda? Es como privar a Dios de su divinidad. Pero le podemos dar la vuelta a la cuestión. Es asombroso que, cada vez que se avanza en alguno de esos ámbitos, se lea enseguida en clave de conquista de una humanidad o de una transhumanidad o de lo que venga, que no sé lo que vendrá, frente a una exigencia curiosamente sentida de salvación, de divinización, o de endiosamiento… llámalo equis. ¿Por qué? A mí me hace pensar.

Juanjo: Aquí hay un buen símil que puede ayudar a explicar esto, y es considerar cuál es la posible diferencia entre las dos especies más inteligentes del planeta: la especie más inteligente del planeta, como es bien sabido, y todo aquel que ha leído El autoestopista galáctico sabe, son los delfines. Los segundones somos los humanos. Considerad por un momento que esta afirmación sea cierta. Después de todo, los delfines tienen un cerebro enorme y muy convolucionado. Considerad: ¿por qué los delfines siendo más inteligentes que nosotros —aceptemos esto por un momento— no han invadido de una manera tan tumoral el planeta como hemos hecho los autodenominados sapiens? ¿Podría ser que el tipo de inteligencia de los delfines es tal que a ellos, siendo muy inteligentes, les basta con disfrutar de su tranquila existencia en el mar, de la filosofía acuática, las matemáticas y la física de ultrasonidos? Porque inteligencia no implica necesariamente deseo de cambio, deseo de manipulación, deseo de transformación, deseo en último término de determinar. Todo esto parece que es otra característica adicional y no necesariamente asociada a la inteligencia. Los sapiens tenemos esta voluntad de transformarlo y manipularlo todo, de entenderlo todo, que de paso nos ha llevado a destruir mucho, incluyendo a la mayoría del resto de las especies del planeta que han tenido la mala suerte de cohabitar con nosotros. Es una característica especial, que quizás no sea otra cosa que locura colectiva y nos lleve a autoexterminarnos cualquier día de estos. O quizás nos lleve a trascendernos, a inventar algo nuevo, diferente. ¿Quizás mejor? Sin duda mucho más poderoso. Podemos estar en camino de crear un Dios y, como nos avisa Harari en su imprescindible libro Sapiens, ¿existe algo más peligroso que un Dios que no sabe lo que quiere? Ya os dije que me iba a poner blasfemo.

Javier: Eso nos obliga a repensar qué significa la inteligencia y qué significa ese deseo de entenderlo todo, y cómo se articula la dimensión racional con el resto de las aspiraciones de bienestar definitivo, de seguridad, de no necesitar un Dios, o necesitarlo. ¿Por qué surge esto? ¿Por qué permanece —como dice un pensador alemán— este rumor inmortal, esta inquietud nunca del todo extinguida?

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La conducta religiosa es un fenómeno exclusivamente humano del que no se ha encontrado un equivalente en otras especies animales. ¿Consideráis la religión una ventaja evolutiva?

Juanjo: No necesariamente. Los delfines no son religiosos —que sepamos— y les ha va bastante bien. Las bacterias no son religiosas —de eso estamos bastante seguros— y les ha ido muy bien. Es un elemento a considerar, pero no necesariamente una explicación. Puede que la afinidad por la religión sea una ventaja evolutiva y puede que sea un efecto colateral, algo que surge cuando nuestro cerebro se adaptó a tirar piedras con buena puntería. Quizás la ventaja evolutiva era la capacidad de apuntar, de predecir dónde iba a estar la presa cuando lanzábamos el proyectil y, a partir de esa ventaja, nuestra máquina de pensar desarrolla la capacidad de imaginar, que no es sino una versión extendida de la capacidad de predecir dónde va a estar el antílope o el león. Pero nuestra imaginación es como una caja de Pandora, cuando la abrimos salen de ella todos los ángeles y todos los demonios. Yo creo que Dios es una de nuestras imaginaciones, pero creo también que, precisamente porque somos capaces de imaginarlo, podemos crearlo. «Y el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza…». Peligroso, ya lo he dicho. Pero interesante.

Javier: Puede ser una explicación, como dice Juanjo, de algo que en todo caso sería una ventaja evolutiva… Según un estudio científico (ves, yo también apelo a la aureola de la ciencia…), las monjas de clausura norteamericanas tienen más esperanza de vida que la media de las mujeres americanas, y gozan de mejor calidad de vida, pero no creo que nadie se meta a monja de clausura pensando en que así vivirá noventa años apaciblemente. Cuando Juanjo habla de sus hijos lo hace de una manera muy conmovedora; es uno de los rasgos que más me persuaden en él. Cuando amas a tus hijos sabes que, si coges a tu hijo de la mano, en ese movimiento están implicados decenas de niveles de explicación real: motrices, neuronales, biológicos. Todos necesarios. Cuando tú levantas a un hijo en brazos… esta noche cuando vayas, si lo ves, lo levantas en brazos y le das un beso. Consciente de todos estos niveles de implicación, y consciente de que ciertas partes del cerebro se activan de una manera concreta, tú dices: ¿esto es todo? ¿El orden neurobiológico me explica plenamente la relación con mi hijo o me explica a mí la relación con mi padre, o la relación por la cual reconozco que existe Dios, hasta el punto de darle mi vida? Si además, gracias a esa relación voy a vivir hasta los noventa en un contexto humano que me va a hacer más positivo, pues mejor, pero la explicación de la realidad no sería exhaustiva. Necesitamos llegar hasta el último nivel de la explicación de nuestras vidas.

Muchos neurocientíficos creen que la conciencia no es más que una ilusión. ¿Se puede decir que si una IA supera el test de Turing tiene conciencia en el mismo sentido que la tenemos los humanos?

Juanjo: Este es un tema que me preocupa y que acabo de atacar a través de un relato que se llama El dilema de Turing, publicado por la editorial Nextdoor. En todo caso, afirmar que la conciencia es solo una ilusión me parece equivalente a afirmar que la conciencia es obra de Dios. Se trata, en ambos casos, de proposiciones indemostrables, al menos por ahora. La naturaleza de la conciencia es una de las incógnitas más profundas del conocimiento y hasta no hace mucho muy pocos científicos se atrevían a salir del armario y tratar de estudiarla. Pero los tiempos han cambiado y entender el cerebro (y esa cosa que llamamos mente) es uno de los grandes retos intelectuales y científicos del próximo siglo. Pero no nos podemos olvidar de que en el cerebro hay cien mil millones de neuronas, y desarrollar una teoría efectiva de esa máquina prodigiosa no va a ser fácil ni cosa de un día. Antes de explicar la conciencia tenemos que entender el lenguaje, un fenómeno absolutamente fascinante, y que al parecer ninguna otra especie del planeta, incluyendo los delfines, posee, al menos a nuestro nivel de complejidad. Quizás sea el lenguaje el que nos permite crear un mundo imaginado que se superpone al mundo real. Quizás el lenguaje nos permite imaginar a Dios. Eso no garantiza que exista. Podría ser perfectamente una imaginación colectiva, como lo es el dinero o la literatura. Somos una especie que hace de mentir un arte. Toda la literatura es por definición una mentira.

Javier: Hombre, una mentira…

Juanjo: Son cosas que nos hemos inventado.

¿Ficción?

Juanjo: Ficción es la manera de decirlo elegante, pero te estoy contando una bola, una fantasía. Imagínate una especie que fuera absolutamente realista en su descripción de la realidad, que no entendiera la idea de ficción. Fíjate que es una cosa prodigiosa de la mente humana. Tú podrías imaginarte una inteligencia muy superior a la nuestra desde el punto de vista computacional, desde el punto de vista algorítmico, pero que se quedara a cuadros escuchando nuestras historias y pensando: ¡estos tíos no hacen más que contarse mentiras mutuamente! Se pasan la vida repitiéndose los unos a los otros cosas que no han ocurrido, que se han inventado. ¿Qué pretenden con eso? Esta capacidad de la mente humana de imaginar, y de imaginar colectivamente, me parece prodigiosa.

Añadirías al test de Turing que sea capaz de mentir…

Juanjo: Con el test de Turing pasa como con el Ulises de Joyce, que todo el mundo habla de él y nadie se lo ha leído. El test lo concibe Turing como un imitation game. Turing se da cuenta de la complejidad de lo que llamamos conciencia, y decide que todo lo que el test requiere es una imitación consistente, puesto que no puedo probar que una máquina sea consciente, basta con que esa máquina consiga imitar a una persona, con que no pueda decidir, tras una conversación indefinidamente larga e inquisitiva, que no lo es. El test de Turing es en cierta manera un ejemplo de confianza. En mi reciente relato decido darle la vuelta y preguntarme a mí mismo qué test de Turing tendríamos que pasar los seres humanos para que una inteligencia superior a la nuestra nos aceptara. Este planteamiento, por cierto, tiene su connotación interesante desde el punto de vista religioso. Suponed que admitimos la existencia de Dios. Pero ¿por qué Dios debería preocuparse de nosotros? ¿No sería mucho más razonable que nos ignorara como nosotros ignoramos los sueños y ambiciones de las termitas o los planes mejor trazados de los ratones?

Javier María Prades López y Juan José Gómez Cadenas para JD 5

La Iglesia y los partidos políticos que la representan pelean por la escuela privada en nombre de la libertad de enseñanza. ¿Creéis que hay casos de fe como resultado de un programa educativo? ¿Y en las escuelas islámicas?

Javier: Hombre, no creo que hoy haya partidos que representen a la Iglesia…. digamos que algunos respetan algo más el espacio de su actividad social, cultural o caritativa… Prefiero remitirme a la experiencia. Me consta que hay muchas personas que han redescubierto el cristianismo gracias a sus profesores de religión. En general se suele aceptar que la religión esté presente en la escuela al menos en su aspecto histórico y cultural, y eso deja abierta la posibilidad de tener en el profesor de religión un testigo que te haga descubrir el valor de la vida desde el cristianismo. Cosa que puede suceder también con el profesor de filosofía o con el de matemáticas… Pienso que antes de sacar la religión de la escuela habría que preguntarse por la conexión que tiene esa decisión con el resto de las cuestiones tan serias que nos estamos jugando en la continuidad de nuestra sociedad y de las que estamos hablando. Sobre el resto de religiones, habría que colocarlas en el marco de las grandes categorías que consideramos irrenunciables para la cultura humana: la libertad, la autodeterminación, la razón, la seguridad jurídica para esos bienes compartidos, la capacidad de acoger al diferente…

¿Qué aporta la religión a la educación universitaria? ¿Limita el conocimiento en algunas áreas?

Javier: Si de algún sitio han nacido las universidades es de una tradición cultural marcada por una religión, que es la cristiana. Ese dato puede ser incómodo hoy. En Bolonia, en París, en Salamanca, en Coimbra, se había gestado un saber en esta gran matriz cristiana europea, que pasa por el Trivium y el Quadrivium hasta las grandes disputas medievales y renacentistas… Hay un pasado que sensatamente nos dice que es compatible universidad y religión. Si se quiere sacar a Oxford del ranking de las universidades, pues la sacamos. Y entonces se decide que Oxford o Cambridge no pueden ser parte del mundo universitario porque han sido confesionales hasta ayer. Ahora bien, tener un glorioso pasado es inútil si no se vive el presente. La idiosincrasia del mundo universitario y la del mundo religioso tienen muchos entrelazados, que deben motivarnos para corregir los abusos, pero no para poner en discusión el hecho. ¿La religión es un límite al conocimiento universitario, o permite integrar el conocimiento en el conjunto de las exigencias éticas del diálogo de la razón con la libertad? Por ejemplo, ¿cuál es la relación del saber con el poder? ¿Vamos a dejar el saber en manos del poder…? Porque luego nos quejamos de la hegemonía de las multinacionales, de los ricos, de los poderosos. Si no tenemos una base social con fuerte motivación ética e ideal, el progreso de la tecnociencia estará en manos de cada vez menos gente, que podrá usarlo para dominar a cada vez más gente.

Juanjo: Eso es así ya.

Javier: En genética, por ejemplo… ¿la religión es un límite? ¿O es una condición de posibilidad para que permanezca un saber abierto al servicio de todos? No es extraño que Habermas pidiera lo que llama una traducción cognitiva de las implicaciones que tiene la visión religiosa del hombre como «imagen de Dios» para los grandes debates de la bioética. Si alcanzamos un desarrollo técnico —y esto lo decía hace tiempo C. S. Lewis, cuando ni se imaginaba lo que podría llegar a desarrollarse la neurociencia, por ejemplo— será siempre un desarrollo controlado por las manos de muy pocos. Si debilitamos las instancias de capacidad crítica frente a la tecnociencia, no nos irá bien a ninguno.

¿Universidad y religión tienen que estar conectadas?

Juanjo: Como Javier ha hablado de Oxford y Cambridge, yo me remito a Harvard. En Harvard hay una cátedra de Teología, y hay una escuela de divinity. La universidad es el sitio donde debe caber todo el conocimiento y la universidad se alimenta de diálogo. Si no se dialoga en la universidad, entonces, ¿dónde? Si la universidad no es libre, no es independiente, no es iconoclasta e inconformista, estamos perdidos. Quien dicta las reglas del juego son los poderosos. Hasta la ciencia básica está dominada por el poder en contra de lo que a veces ingenuamente queremos creer. ¿Por qué llevamos cincuenta años de física de partículas? Es la ciencia más básica que hay, la más elemental, la más inútil, entre comillas. Pero la creación de la bomba atómica significó un cheque en blanco para los físicos nucleares y de partículas durante más de medio siglo. De hecho, ese crédito empieza a agotarse y en el gremio nos quejamos de que nos cortan el grifo, aparentemente el bosón de Higgs y las oscilaciones de neutrinos no le bastan al complejo tecnomilitar que paga nuestro negocio. La ciencia, mal que nos pese, no es inocente. Convertir nuestras universidades en coto exclusivo de científicos sería un error, creo. Creo que hacen falta las cátedras de divinity y las de escritura creativa, las de teatro lírico, las de latín y las de ética liberal. En ese sentido, el cansino debate entre enseñanza de la religión o educación para la ciudadanía me parece bastante estéril. ¿Por qué no incluir unas cuantas horas de cada una y de paso de ajedrez? ¿De qué tenemos miedo?

Javier: Hablemos de lo que hablemos, ¿cuáles son los argumentos de fondo para contrastar? Realidad y razón. Ahí nos medimos todos. Los creyentes y los no creyentes: realidad y razón. Para las religiones y para el cristianismo, en el Occidente postsecular y poscristiano, son las dos grandes categorías con las que medirse. Habría que añadir la libertad. Tenemos que entender mejor la realidad, necesitamos construir una sociedad capaz de medirse por ejemplo con la emigración masiva. Porque cuando llega el conflicto de los inmigrantes, no sabemos bien qué hacer. Ante tareas de estas dimensiones, ¿no vemos la responsabilidad que tenemos para sumar entre todos? ¿Y sobre qué vamos a sumar cuando tenemos puntos de vista tan diferentes? Creo que sobre la común condición humana, caracterizada por la razón, la libertad, el lenguaje, las aspiraciones de vida buena, el sentido de lo que somos… Tantas cosas como hemos ido diciendo. Pero estas cuestiones, en las que emerge una conexión entre razón, realidad y religión, pertenecen al ámbito público y ahí se deben debatir. Creo que se ha agotado el modelo que lleva a la religión a encerrarse en lo privado. Ese modelo ha dado de sí todo lo que podía dar. En Estados Unidos llevan años hablando de religiones públicas en el mundo moderno, por citar el título de un libro conocido. Se comprende que la ruptura entre privado y público es inadecuada para el fenómeno religioso, porque es por definición un fenómeno comunitario e incide en la vida social. Este es solo uno entre tantos elementos que tenemos que seguir afrontando…

Javier María Prades López y Juan José Gómez Cadenas para JD A