La heroína y la empanada mental

Fotografía: Apetitu (CC).
Fotografía: Apetitu (CC).

Dijo el sabio que todas las generaciones se creen el eje de la historia. Un sentimiento absurdo que no conduce a nada bueno conforme se envejece. Los viejos rockeros nunca mueren, pero dan mucho mal. En el caso que nos ocupa, el del boom español de la heroína de finales de los setenta y principios de los ochenta, no es extraño encontrarnos con el delirio de que todo aquello respondía a un plan maestro. Había que anular a esa juventud contestataria, una amenaza potencial para el sistema, y los poderes fácticos introdujeron la heroína a gran escala donde más revolucionaria era. Hay mucha egolatría en esa percepción de la propia generación. Hasta cierto mesianismo. Un exceso tanto en la atribución de peligrosidad para la jerarquía social como en la falta de asunción de responsabilidad en las consecuencias del consumo irresponsable de drogas. Pero es un mito asumido por mucha gente. Por los supervivientes que se quieren dar lustre, por el yonqui que en esa teoría pasa a ser una víctima, herido de guerra nada menos, y por los palmeros de las conspiraciones políticas que, a fuerza de repetirlo con toda naturalidad y pleno convencimiento, se la cuelan a los que vienen detrás.

Comentamos en su día cuando apareció Fariña de Nacho Carretero, la guía sobre el narcotráfico gallego de cocaína, que había que complementar su lectura con ¿Nos matan con heroína? (Libros Crudos, 2015) de Juan Carlos Usó, otro trabajo meticuloso y desapasionado que recorre los años duros de la epidemia del caballo con el fin expreso de desmontar la aludida leyenda urbana de que esta droga fue empleada como arma de Estado. Un asunto, nos explica, por el que pasó «de puntillas» cuando publicó su Drogas y cultura de masas; España 1855-1995 y al que quería meter mano seriamente.

Este trabajo comienza con un repaso histórico a las acusaciones de intoxicación a gran escala de un pueblo. Porque los nacionalistas vascos no fueron los primeros. Karl Marx y Friedrich Engels ya acusaron a Inglaterra en el siglo XIX de inundar China de opio. Eso sí, Usó añade el matiz de que la propia Inglaterra era entonces una gran importadora de opio turco e indio y que su venta era libre en las farmacias del reino como opio, láudano o morfina. De modo que cuando llegaron noticias del decreto imperial chino que imponía penas de muerte por estrangulamiento a todo traficante o usuario de opio, la información fue recibida «con asombro y estupor» por la opinión pública británica. El autor explica que antes de un «plan maquiavélico» para apoderarse del Imperio chino mediante un «envenenamiento sistemático de la población», habría que preguntarse por qué el opio ya causaba antes tanta pasión entre los chinos. Si no tendría que ver con su necesidad de evadirse de una vida plagada de miseria y penurias. O también con la mera necesidad del Gobierno británico de nivelar su balanza comercial con China. En cualquier caso, cuando Marx y Engels protestaron, condenaron al «asesino inglés» pero también al «suicida chino». Lo plantearon como una responsabilidad compartida.

Después la heroína pasó a ser un «arma terrible del fascismo japonés», su empleo contra el enemigo «un refinamiento de crueldad» y, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, las acusaciones se dieron la vuelta y recayeron sobre la antigua víctima, los chinos, que ahora pasaban a verdugos. Vicisitudes de hacerse comunista. Primero, se decía, el maoísmo pretendía minar la sociedad occidental distribuyendo opiáceos por todo el orbe, como si fueran supervillanos de tebeo. Después, que los norcoreanos, maoístas de pro, empleaban narcóticos para que sus tropas obedecieran órdenes ciegamente. En 1960, Estados Unidos llegaba a acusar formalmente a Cuba de ayudar a China en su plan para inundar Estados Unidos de drogas. Nuestro diario ABC habló de «opio rojo» hasta 1970, aunque en 1972 lo que se puso de manifiesto fue que la CIA estaba implicada en operaciones de narcotráfico en las guarrerías que tenían montadas por Indochina.

¿Cuál fue el papel geopolítico de la heroína en aquellos años? Usó nos responde:

La guerra de Vietnam obró el efecto de poner en contacto directo a la mayor zona productora de heroína del planeta con el principal país consumidor del producto en aquellos momentos. Y esto fue así en sentido literal, hasta el punto de que durante años la heroína procedente el sudeste asiático entraba en Estados Unidos en los ataúdes que se utilizaban para repatriar los cadáveres de los soldados norteamericanos. Por no mencionar el hecho de que la Central Intelligence Agency (CIA), al igual que había hecho anteriormente su equivalente francés, el Service de Documentation Extérieure etde Contre-Espionnage (SDECE), aprovechó la coyuntura que ofrecía el conflicto bélico para involucrarse en el tráfico de opio y heroína con el fin de financiar operaciones encubiertas y apoyar económicamente a guerrillas, paramilitares y ejércitos irregulares de signo anticomunista.

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Fotografía: José María Mateos (CC).

En este mismo sentido habría que entender las operaciones que los servicios de inteligencia americanos desarrollaban en su propio territorio. El programa CointelPro, dedicado expresamente a «incrementar el faccionalismo, causar confusión y conseguir deserciones» en grupos antisistema para «exponer, desbaratar, descarriar, desacreditar o de lo contrario neutralizar» sus actividades. El ejemplo más comentado es el de los Panteras Negras, que fueron un objetivo del CointelPro, pero como también lo fueron el Ku Klux Klan, el Partido Comunista de EE.UU., el Partido Nazi Americano y otros. La droga podía estar presente en esta guerra sucia, pero más bien para fabricar acusaciones o forzar detenciones. Hasta llegaron a plantar marihuana en el jardín de alguno, cita el libro. Un uso de la droga que dista mucho del fomento interesado y consciente del envenenamiento de un grupo social. No obstante, sobre el evidente elevado consumo de heroína en los barrios negros, Usó sostiene que el caballo ya circulaba por sus calles desde hacía décadas y que, tras consumarse las escisiones en los Panteras Negras y desarticularse el movimiento, el lugar que dejó su red asistencial la ocuparon matones y camellos que se convirtieron en los nuevos modelos a imitar, lo que agravó el problema.

El quid de la cuestión es que lo que causaba el consumo de heroína era la demanda, que ya existía. Había factores culturales que la estimulaban y la llegada de miles de soldados que se habían enganchado en el sudeste asiático también contribuyó. Pero fundamentalmente, lo que se esfuerza por subrayar el autor, es que el factor verdaderamente determinante para que existiera esa demanda era la prohibición: «El valor simbólico que se le atribuye a la heroína viene determinado por su condición de fruto prohibido. Podemos decir que en Estados Unidos durante los setenta era una sustancia rodeada de un glamur y una fama que fue perdiendo en los ochenta para pasar a ser percibida como una droga de zombis y de perdedores… Sin embargo, la heroína no es un arma, sino un fármaco proscrito y exiliado a la fuerza de su lugar de origen: las farmacias».

En España, como en Gran Bretaña, también fue legal. En las farmacias de Barcelona se podía encontrar «morfina, éter, hachís, opio y cocaína» y, según el artículo «Los que envenenan. La felicidad está en un tarro de la farmacia» de Mateo Santos, de 1915, en el diario radical Germinal, los adictos eran «pobres borrachos de ideal», que seguían la «pose» bohemia de «determinados espíritus selectos» de aquella época como Verlaine, Baudelaire, Carrere, Bonafoux, etc… Con una oferta ilimitada, la demanda estaba reducida. Como explica Usó:

Nunca hubo mayor oferta de heroína —y de cualquier otra droga— que antes de su prohibición, ya que estaba disponible —totalmente pura y a precios bastante asequibles— en todas las farmacias, y sin embargo no parece que su consumo fuera tan problemático como después de que se generalizaran las políticas prohibicionistas. Para que se dé un aumento del consumo de un producto, sea el que sea, no basta con la existencia de una oferta abundante, hay que estimular la demanda.

En España, conforme la demanda iba aumentando durante los setenta, la heroína o los opiáceos no entraron siempre de contrabando. La gran mayoría se consiguieron en las propias farmacias. Entre 1975 y 1977, al menos la mitad de las cantidades que intervino la policía procedían de las boticas. Sin embargo no eran noticias que tuviesen demasiada relevancia durante la Transición, cuando en política todos los días pasaba algo. El consumo fue repuntando en silencio, mientras el país estaba en vilo con el ruido de sables, el terrorismo, la legalización del PCE y toda aquella efervescencia política.

No obstante, Usó sugiere una serie de hitos históricos en la cultura popular que pudieron influir en el crecimiento de la demanda. En 1976 se publicó en España Yonqui de William Burroughs, con un detallado y colorido chute en primer plano en la portada. En 1977 llegó al mercado español Rock and Roll Animal de Lou Reed con la leyenda en portada «Versión original íntegra incluyendo el tema “Heroin”». La prensa contracultural, como las revistas Ajoblanco, Ozono y muy especialmente Star —que incluía testimonios de heroínomanos sobre su cotidiano día a día— empezaron a tratar el tema sin moralismo. ¿Qué ocurrió? En palabras de Usó: «Sin que sepamos muy bien por qué, un número indeterminado de jóvenes decidió empezar a inyectarse antes incluso de tener acceso a la primera dosis de heroína». Hasta el escalofriante o, cuando menos, grimoso uso de la jeringuilla para drogarse «estaba perfectamente interiorizado en un imaginario colectivo que, antes de llegar el consumo masivo, ya había sido aleccionado culturalmente».

Siguiendo con la cronología, el año clave fue 1978, cuando la prensa empezó a dar un tratamiento sensacionalista al problema de la heroína que sufrían otros países europeos, pero todavía no España. «El miedo y la exageración alimentaron el interés y la fascinación de los jóvenes». Se extendió la convicción entre los jóvenes y adolescentes, especialmente interesados en «conductas arriesgadas», de que «algo muy caro, perseguido y peligroso, alberga placeres inmensos».

El primer consumo empezó a darse entre jóvenes de la alta sociedad. De hecho, las primeras cantidades confiscadas por la policía en Bizkaia fueron en la margen derecha, donde están los barrios bien. Luego sí que es cierto que el consumo se fue extendiendo y también que la heroína empezó a emplearse en los barrios obreros como antes se tomaba alcohol «para embriagarse, para pertenecer a un grupo social, para adquirir una imagen intimidatoria asociada a conceptos como temeridad, fortaleza o resistencia», explica. En las clases populares, muchos jóvenes, tras ver a sus padres pringar toda una vida sin recompensas muy atractivas, habían tomado la decisión de buscarse la vida en lugar de ganársela. La forma de vida del adicto al caballo encajó como un guante en estos esquemas.

Entre 1979 y 1981, la población reclusa creció más de un 50%. En 1984, España fue el país de todo el mundo con más atracos a bancos: 6 239. Un total de 4 014 millones de pesetas. «El dinero fácil permitió un consumo exagerado», alude Usó. Si bien es cierto que el lamentable espectáculo al que asistieron los españoles en las calles de sus barrios, junto con la aparición del sida, hicieron que a partir de mediados de la década los que se incorporaran al consumo endovenoso fueran solo aquellos que la heroína formaba parte de su ambiente.

De forma simultánea, los cuerpos de Policía y Guardia Civil se iban corrompiendo con esa sustancia tan lucrativa. Se registraron numerosos casos en todo el país, pero el aspecto más escandaloso fue el pago con droga a confidentes, un delito tipificado. Esta mala praxis, por referirnos a ella benevolentemente, estuvo tan extendida que hasta el luego ministro de Defensa Eduardo Serra propuso regular estas retribuciones en especie para proteger con una cobertura legal a los agentes que las hicieran.

En 1983, el periodista Melchor Miralles denunció en Diario 16 que la policía compraba información a cambio de heroína. Treinta años después, cuando apareció el vídeo de Juan Carlos Monedero acusando a las fuerzas de seguridad del Estado de introducir la heroína en el Euskadi para aplacar a la juventud rebelde, Pablo Iglesias se apoyó en esta exclusiva de Miralles, presente en el plató y que le dio la razón, para defender al que entonces era su compañero de partido. El líder de Podemos escuchaba a Miralles mirando fijamente a la cámara con media sonrisa de satisfacción, pero la relación entre los pagos irregulares a confidentes y un plan para desmovilizar a la población incómoda mediante la droga estaba por demostrar. Vamos, que no estaban trayendo a colación ninguna relación entre ambas. Por eso la cara de satisfacción de Pablo Iglesias con semejante incoherencia fue difícil de olvidar para los que lo vimos en directo y ya conocíamos los trabajos de Juan Carlos Usó, como el artículo que dio pie a este libro. Esto es lo más lejos que han llegado la demostración de la teoría, al fenómeno de los confidentes.

Fotografía: B.A.D. (CC).
Fotografía: B.A.D. (CC).

En todo caso, otro problema para alimentar el monstruo del mito fue la exageración del número de heroinómanos. Por ejemplo, Fermín Muguruza se refería a una «masacre». El poeta Antonio Orihuela hablaba de «carnicería». Muchas veces escuchamos lo de «generación desaparecida», «todos cayeron», etcétera. Pronunciamientos, precisa Usó, que corresponden más a una percepción subjetiva de lo que ocurrió que a su verdadera repercusión. Con entre 6 619 y 15 910 fallecidos de sobredosis entre 1983 y 1997, y 35 000 muertos por sida (que también correspondían a infectados por contacto sexual y transfusiones de sangre) entre 12 494 808 de nacimientos entre 1946 y 1965, es exagerado hablar de «toda una generación enganchada», sentencia.

En el caso particular vasco, según los datos de las diputaciones forales de Bizkaia y Gipuzkoa en sus Mapas de Servicios Sociales, entre 1988 y 1989, el total de consumidores de heroína en aquellas fechas era de 4 862 en Bizkaia y 2 980 en Gipuzkoaa. A principios de los años noventa, la epidemia de heroína tocó techo en España y el número total de adictos fue de 150 000 en todo el país. En Euskadi no hubo un consumo superior. El sociólogo Javier Elzo ya concluyó en el Libro Blanco de las drogodependencias en Euskadi del Gobierno Vasco que este no era «un problema específico de Euskadi, ni tiene en Euskadi características especiales en cuanto a magnitud».

Pero la impresión era otra. Películas como El pico parte uno y parte dos, 27 horas de Montxo Armendáriz o el cómic El zestas entremezclaban el terrorismo, la política vasca y la heroína en un totum revolutum. La percepción de que allí el problema se manifestaba con mayor virulencia que en ninguna otra parte fue elevada a rango de verdad por el Movimiento de Liberación Nacional Vasco con sus denuncias; incluso a rango de dogma, pues en 2008, señala en la investigación, todavía en un mitin en Bilbao ante miles de personas se describía la situación política del momento con la de «la introducción de la heroína para aniquilar a la juventud vasca rebelde en los años ochenta».

Esta situación derivó en que ETA, como el IRA, inició una campaña en contra de los camellos con una serie de atentados que acabaron con la vida de varias personas puede que vinculadas al tráfico o al menudeo, o puede que no, porque no se pudo demostrar. Para Usó no hubo ninguna incidencia de estos crímenes en el caudal de la droga en circulación, pero sí en el de leyendas urbanas:

No me consta que la ofensiva de ETA contra la droga repercutiera en el tráfico de las mismas. No obstante, tengo un amigo que asegura que las prevalencias de consumo de speed en Euskadi desde mediados los ochenta son proporcionalmente más elevadas que en cualquier otro lugar y que este fenómeno tóxico es el resultado de las estrategias de contraataque que tomó el Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV) en el ámbito de la guerra psicoactiva que había iniciado el Estado español inundando el País Vasco de heroína. Su tesis es que Herri Batasuna (HB), Jarrai y todo el entramado abertzale —enlazándose y sacando provecho de la escena proto-punk-radical-vasca de principios de los ochenta— favorecieron, por activa y por pasiva, la expansión del uso de esta droga de combatientes para contrarrestar la expansión de la droga de zombis por parte de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. O sea que la juventud vasca fue doblemente víctima del uso de drogas como arma política… Desde luego, la mente conspiranoica no conoce límites.

Finalmente, el libro analiza todos los argumentos de la conspiración, desde los del periodista Pepe Rei, los más serios que se traen siempre a colación, a los testimonios de los miembros de grupos de punk vascos. Y también entra en las teorías surgidas en Cataluña, donde Terra Illure siguió el ejemplo de ETA y destrozó cinco bares e hirió a tres personas en su particular y peculiar cruzada contra la droga. Por supuesto, al final no aparece ninguna conexión que demuestre la trama ni prueba alguna que sostenga que todo respondía a una operación del Estado.

Juan Carlos Usó concluye que, al margen de que los guardias civiles involucrados en el tráfico fueron descubiertos y enjuiciados por el propio Estado, para establecer un plan de intoxicación sistemática y selectiva de la población haría falta probar la coordinación por parte de esos poderes y también una incidencia del problema mayor que en otros lugares allá donde supuestamente se produjo, pero lo más sólido que hay hasta la fecha son sospechas de fundamentos más o menos caprichosos. Hay hasta silogismos infalibles del tipo «si el Estado es tan cruel ¿cómo no iba a hacerlo». Pero la realidad es tozuda. Hasta la plataforma Bizitzeko, un foro vasco para la legalización controlada de las drogas, vio como Egin se negó a publicar uno de sus artículos —como venía haciendo hasta ese momento— en el que decía «la única diferencia es que donde la derecha ve valores tradicionales que serían destruidos por el consumo de drogas, ETA ve jóvenes rebeldes que abandonarían su rebeldía en busca de paraísos artificiales». En ese mismo texto, más adelante, afirmaban que la supuesta desmovilización de la juventud vasca por la heroína era «una tesis por demostrar». Así sigue.


Irvine Welsh: «Los jóvenes siguen pasándoselo en grande, pero siento que les han robado la cultura»

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Irvine Welsh (Leith, Edimburgo, 1958) es un escritor escocés de clase obrera, autor de siete novelas y de cuatro colecciones de cuentos, todas traducidas al español y publicadas por Anagrama. La novela que le lanzó a la fama es, claro está, Trainspotting (1993) que a su vez generó el popularísimo film de Danny Boyle. Welsh es un autor peculiar: abandonó los estudios a los dieciséis, se metió en la heroína, emergió de la heroína, se desplazó a Londres en 1978 y formó parte de dos bandas punk menores, le arrestaron por diversos crímenes, se reformó (en cierto modo) y empezó a trabajar de especulador inmobiliario, regresó a Edimburgo, se hizo funcionario y luego se apuntó a un MBA universitario. Mientras estudiaba para dicho máster, Welsh escribió la famosa novela «que empieza con T» y que lo convertiría en narrador a tiempo completo. Welsh es fan del acid house y de la música disco, escribe a menudo en dialecto escocés (transcrito fonéticamente) y la mayoría de sus obras están centradas en el mundo de las casas baratas de su Edimburgo natal. También suele hablar de drogas, hooligans, drogas, peleas, policías corruptos, pornógrafos accidentales, clubs, drogas, criminales, camellos, funcionarios alcohólicos y, más recientemente, sobre la vida sexual de los hermanos siameses. Con o sin drogas.

Welsh vive en la actualidad en Miami, junto a su esposa, y goza de una existencia de «gentilhombre ocioso» (en sus palabras). Mi encuentro con él tiene lugar en la terraza del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), un sábado de mayo del 2014, con ocasión de su participación en el festival Primera Persona. Irvine Welsh es un conversador distendido, vivaz y audaz, siempre generoso y apasionado y rebosante de anecdotario vital. Lo que sigue ahora es una hora de charla sobre batallas, bagajes, éxtasis, familia, baile y certezas de juventud. Y también algo de literatura, no crean.

Para comenzar, me gustaría hacer una especie de viaje al pasado. He leído muchas de las entrevistas que te han hecho y prácticamente nunca te preguntan acerca de tus años de formación. Lo que quiero saber es cómo eras realmente de niño, cómo fue crecer en Leith en una familia de clase obrera. ¿Qué recuerdas de esa etapa?

Mi familia era bastante extensa y, evidentemente, yo vivía en casa de mis padres, pero en el fondo también crecí en muchas otras casas, con mis tías, mis tíos, mis abuelos y otros familiares que vivían en el mismo barrio. Mi padre y sus hermanos también se criaron con dos de mis tías. Todos vivíamos en la misma zona, había un sentimiento como de centralización, de colectividad…

Cercano a las ideas comunistas…

Sí, de alguna manera era así, también por razones políticas. En Leith se dice: «Nunca cagues en la puerta de otro, y comparte siempre los regalos de Navidad». Pasé bastante tiempo en casa de mi tía Joyce y todos los sábados comía en casa de mi tía Betty antes de ir al fútbol con mis primos. En ese contexto me sentía muy acompañado, pues siempre tenía cerca amigos y vecinos. Sin embargo, los niños ya no tienen esa sensación de seguridad en sus comunidades. Especialmente en el Reino Unido y Estados Unidos a los niños se les enseña a percibir amenazas por todas partes. Sus padres los sobreprotegen y los controlan casi de una manera policial. Cuando yo era niño, corríamos como locos por las calles, sin miedo, porque sabíamos que nos protegeríamos los unos a los otros. No concebíamos que un pedófilo pudiera pillarnos en la calle, porque nuestro gran grupo de amigos podría acabar con él al momento.

Tendría que ser una operación montada a gran escala: un pedófilo secuestrando a veinte niños de golpe.

Tantos chavales merodeando por las calles… Éramos casi como la policía, lo teníamos todo bajo control. El único punto negativo de todo esto es que era muy fácil terminar convirtiéndose en una banda. Recuerdo perfectamente el momento crucial en el que pasamos de ser niños que jugaban en la calle a formar una pandilla. Fue en la Noche de Guy Fawkes (1). Lo recuerdo como algo colosal. Todas las bandas de niños íbamos a la playa arrastrando toda la leña que podíamos. Lo normal es que otras bandas intentasen robárnosla, así que la cosa solía acabar con grandes batallas de palos. Si éramos menos que los otros, lo dejábamos todo y nos íbamos corriendo. Si éramos más, intentábamos defendernos de la mejor manera posible hasta que llegaba el grito inevitable «¡Ladrones, ladrones!». En ese momento, cogías todo lo que podías del resto de grupos para añadirlo al tuyo. Recuerdo un día de verano en el que íbamos cargados de palos y nos topamos con los chicos de otra banda justo enfrente, al otro lado de la calle. Siempre nos zurrábamos con ellos, pero aquel día pasó algo rarísimo: cruzaron y nos dijeron «tenemos nuestros palos, vamos juntos a Pennywell Road a acabar con los Pilkintons». Fue un momento grandioso, no sé si todo el mundo lo sintió, pero allí mismo pensé: «acabamos de convertirnos en una puta banda».

¿Cuántos años tenías entonces?

Aquí ya teníamos unos doce años. Antes, a los nueve más o menos nos metíamos en pequeñas peleas de niños. A los doce años, en secundaria, la cosa se convirtió en algo más serio. De repente, habíamos pasado de ser niños un poco traviesos a ser unos malditos psicópatas que sembraban el pánico. El gradiente es realmente insignificante. Todos llegábamos a casa completamente excitados, aunque las reacciones de nuestros padres podían ser muy diversas: «Has vuelto a pelearte, ¡entra en casa ahora mismo!», y entonces sabías que nunca más pisarías la calle. Con suerte, hasta podrías convertirte en un chaval aplicado y todo eso. En otros casos, los padres decían: «Bien hecho, hijo. Acaba con esos bastardos, y la próxima vez no olvides coger una puta navaja» [ríe]. Los míos eran más en plan: «No ha estado mal, pero, ¿qué has sacado en claro de todo esto?» [ríe].

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Esto último anula lo que te iba a preguntar: ¿Eras un niño responsable o más bien problemático?

Era un niño bastante extraño.

¿Te gustaba más estar en casa o en la calle?

Ahí está precisamente el motivo por el que era raro. Y eso nos lleva al motivo por el que he escrito The sex lives of siamese twins. Era como si tuviese un hermano siamés, y a uno le gustase el deporte y al otro el arte. Yo estaba dentro de los dos mundos. Me encantaba estar con mis compañeros de fútbol, ir a los billares y a clubes de boxeo, pero a la vez amaba la música y la literatura, escribía y pintaba. Me sentía a gusto entre la gente creativa, entre artistas. Me gustaba hablar con ellos y compartir de algún modo su angustia interior. Amaba ambos mundos por igual. Sin embargo, tras esto me topé con algo que odio. En el mundo del deporte parece que solo puedes ser el típico ceporro sin demasiadas inquietudes intelectuales, lleno de certezas y estrecho de miras. Y del otro lado, la imagen que se tiene de los artistas es de personas débiles y ñoñas, con muchos problemas imaginados en la cabeza. Así que no conseguía completarme en ninguno de los dos mundos, no encontraba un hogar feliz en ninguno de los dos. Detesto el modo en que la sociedad intenta imponernos estos estereotipos, cómo intenta especializarnos en vez de favorecer personas completas desde todos los ángulos.

¿En algún momento alguno de los dos lados de tu personalidad devoró al otro? En mi adolescencia, por ejemplo, alternaba mi afición por la literatura con el hecho de pertenecer a un grupo de mods y skinheads. Al final, el grupo acabo monopolizando mi vida y visión, y pasé cinco años sin leer. ¿Viviste algo parecido?

No, de hecho siempre estuve militantemente convencido de que ambos mundos podían ser compatibles. Y lo sigo estando. La mayoría de los amigos con los que crecí son matones ex-hooligans, y casi todos trabajan en la construcción; son unos monstruos enormes. Me ven como uno de ellos, pero la verdad es que yo siempre he sido el rarito. Ahora eso les encanta, de acuerdo, con el tiempo han acabado por apreciarlo. Podríamos decir que han vivido tanto tiempo con ello que han acabado por aceptar y celebrar mi lado excéntrico. Por otro lado, mis amigos del mundo del arte y la literatura me ven como un pirado violento y peligroso, con un pasado complicado pero valiente y aceptado en el mundo artístico. Es curioso cómo paso de ser un intelectual flácido a un tío duro que no teme decir lo que piensa, sin dejar de ser yo mismo [ríe]. A veces, durante el Festival de Edimburgo, mezclo a mis amigos de toda la vida con mis amigos de los círculos artísticos de Londres y nos vamos a beber. Nunca hay problemas, porque la gente se ha vuelto más generosa con los años, pero es casi como si alguien de Marte y alguien de Venus intentasen hablar.

De hecho, hace veinte años, probablemente esos amigos arty de Londres habrían sido vapuleados por los otros, también amigos tuyos.

Sí. Eso me hace reír mucho, pero acabo teniendo dos personalidades, en el pub. Un instante estoy diciendo: «Oh, Under the skin, que filme más fantástico, Jonathan Glazer lo hace de maravilla», y entonces tengo que volverme y decir: «Malditos cabrones del Aberdeen, si nos cruzamos hoy con ellos te juro que van a pillar…» [carcajada].

¿Recuerdas tu adolescencia como un periodo excitante? ¿Miras hacia atrás con melancolía?

Como a todos los adolescentes, lo que más me interesaba era tirarme a todas las chicas que pudiera…

Follar y rocanrolear.

Sí, y las dos acciones son parte de la misma cosa. Esa era mi motivación.

¿Perteneciste a alguna subcultura?

Primero fui punk, todo el mundo era punk, era algo que daba mucha energía. Y también fui skinhead. De hecho aún lo soy [se toca el cráneo y se carcajea]. Claro que lo de ahora no es una decisión. Pero a pesar de todo lo del punk siempre he amado la música disco y bailar, venía del rollo northern soul y para mí aquello fue algo muy grande. Me encantan Nile Rodgers, Chic, Donna Summer y los Bee Gees. Una de las mejores cosas del mundo es la primera escena de Fiebre del sábado noche, cuando John Travolta baja por la calle con un bote de pintura en la mano mientras suena «Staying Alive». Es una fusión imbatible de cine y música.

Y cultura obrera.

Y cultura obrera. En cierto modo viene de la cultura mod, del hecho de vestirte de forma elegante y de salir el viernes por la noche. Encontré mujeres fantásticas en la escena punk, pero la manera en que vestían… No me gustaba nada. Para los chicos estaba bien, pero no lo encontraba atractivo en ellas. Yo me ponía mis calcetines disco para ir a bailar, pero cagado por si alguno de mis colegas punks me pillaba. Ahí sí que se habría acabado la partida [risas]. Pero me encantaba ir a clubs como el Cavendish y bailar como un loco toda la noche.

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Puede que para la gente como nosotros, que salíamos con tíos más duros y no podíamos mostrar ninguna rendija de debilidad o duda, bailar fuera la única manera de expresar ese otro lado del que hablabas antes. Teníamos que parecer tan masculinos siempre, que de alguna forma bailando…

Efectivamente. En el punk, te metes en pogos, saltas, escupes, tiras cosas… Y todo eso es muy divertido, sin duda. Hay mucha energía en el rock’n’roll. En las gradas del fútbol era algo parecido: golpes, empujones, berridos. Sin embargo la música disco era diferente, bailabas cerca de las chicas y todo eso, les mostrabas tu corazón. Ya sabes, northern soul, disco, más tarde llegó el acid house, y todo a su alrededor era la bomba. Siempre me ha gustado la música que me imprime ganas de bailar. Cuando eres joven, la vida es como un supermercado de experiencias, y yo gravitaba alrededor de tipos que pensaban parecido a mí. Tenía mis amigos deportistas y mis amigos artistas y mis amigos matones, pero gravitaba hacia los chavales raros e inconformistas que no pertenecían completamente a una única categoría. A quienes les gustan los libros y los discos, pero que también se apuntan a cualquier chifladura.

Cuando yo salía con skinheads pensaba que algún día iba a tener que contar yo mismo esas historias que corrían el riesgo de desaparecer, porque no son la materia que suele interesar a los literatos. ¿En algún momento sentiste que merecía la pena conservar o escribir todas esas experiencias acumuladas?

Siempre me han considerado alguien complicado respecto a la amistad y el amor. La mayoría de parejas que he tenido ha encontrado enormes dificultades en aceptar una dicotomía: que puedo ser alguien agradable y tener amigos y decirles que son los mejores y les quiero, pero llega un día en el que necesito desaparecer durante largos periodos de tiempo. Y me desvanezco, sin despedirme de nadie. Creo que lo que llevaba haciendo toda la vida en ese tipo de situaciones era prepararme para ser escritor. Antes no me daba cuenta, no era intencionado. No me sentaba con un boli y un papel y empezaba a relatar mis experiencias, sino que solo pensaba, horas y horas. Lo que hacía entonces, y me doy cuenta ahora, era básicamente escribir sin bolígrafo ni papel, tratar de memorizar todas esas historias y personajes que iba conociendo. Pero esa actitud conlleva un precio que tienes que pagar. Durante la adolescencia tenía entrenamiento de fútbol varios días a la semana. Era genial, pasaba tiempo con mis amigos, me divertía, pero de repente dejó de interesarme y empecé a darme cuenta de que quería pasar más tiempo conmigo mismo. Solo. Pensando. Dejé de ir a entrenar o jugar para estar sentado solo en mi habitación, durante semanas. Pasado un tiempo mis padres me dijeron: «¿Qué haces ahí todo el día? Ya está bien, sal de tu cuarto». Y pensé que tenían razón, así que salí como si nada. Cuando volví a entrenar, había perdido mi sitio. «Desapareciste de repente, por lo que te hemos reemplazado. Estás fuera del equipo». Me sentó fatal. Me parecía incomprensible. ¿Por qué no puedo volver a como estaba antes, como si no hubiese pasado nada? A veces, cuando estamos en modo individualista y solo pensamos en nosotros mismos, no nos damos cuenta del efecto que puede tener esta actitud sobre la gente que nos rodea. Me recuerda a mi época con las drogas, cuando me metía heroína. Allí sí que la cagué a lo grande.

¿Qué edad tenías?

No mucho más de veinte años. En lugar de pensar en lo que hacía, cuando alguien me decía que iba a preocupar a mi madre yo respondía: «Lo único que hago es divertirme. Esto no le debería importar a nadie más que a mí. Me lo estoy pasando de miedo».

¿A quién le importa si me desangro, malditos entrometidos?

Eso [ríe]. «No puedo ni cruzar la calle, y estoy lleno de costras. Me lo estoy pasando en grande. ¿Por qué todo el mundo intenta meterse en mi vida?». En el fondo, es una parte de ser joven, el no mirar a tu alrededor. Tu narcisismo egoísta te impide ver cómo estás haciendo sufrir a la gente que te rodea. En cierto modo creo que por eso seguiré creando personajes jóvenes hasta que me muera. Adoro esa sensación de inmortalidad, de «A la mierda, haré lo que me dé la gana».

Porque la pasión se pierde un poco con los años, ¿no?

Bueno, al envejecer te das cuenta de que tus recursos físicos y mentales no son infinitos. Empiezas a pensar en la necesidad de cuidarte, de divertirte pero con cierta medida. A veces sales y te diviertes, pero no continuamente, como un centrocampista que entra y sale del área multitud de veces en un partido. He conseguido mantener esa joie de vivre que tenía y meterla en mi escritura. Ahora disfruto más de lo que hago y confío más en ello. Desde que fui a los Estados Unidos y empecé a trabajar en películas rodeado de gente, recuperé la sensación de equipo que tenía cuando jugaba al fútbol, aunque sigo necesitando mis momentos de soledad. A veces me digo: «a la mierda, voy a escribir una novela yo solo y que les zurzan». Por añadidura, al hacerte mayor debes tener en cuenta que el efecto de las drogas y la bebida es diferente. El subidón es distinto. Te das cuenta de que estás hasta las narices de ciertas cosas.

Con los años, se descubre su lado patético.

Te dices: «No puedo seguir haciendo esta basura». Y las resacas son mucho más extremas. Sencillamente, deja de valer la pena. Ya no cumple su antigua función. Te provocan otros efectos.

Irvine Welsh para Jot Down 3

De jóvenes, a los diecisiete años o así, los hombres somos bastante burros, pero ¿acaso no echas de menos aquellas certezas, las formas de experimentar con lo extremo, la idea de confiar ciegamente en algo, sin ninguna duda?

Lo que amo de ser joven es precisamente la forma en que podías odiar algo ciegamente. «Eso es una puta mierda», y punto.

Yo ya no consigo odiar así.

No, claro. Ahora admiras esa pasión y certezas que uno tiene sobre el mundo cuando es adolescente. Pero has de haber poseído aquel tipo de pasión descontrolada para luego apreciar la ambigüedad de las cosas como adulto y decirte que aquella visión de las cosas ya no funciona. Cuando ves a un chaval borracho por la calle, puede que pienses en los viejos tiempos, que los eches de menos, y te digas: «Vaya farra se ha metido el amigo». Sin embargo, si a quien ves es a un tío de mi edad piensas que es lamentable: «Joder con el anciano alcohólico, qué puta pena» [ríe]. Y exactamente lo mismo sucede con las opiniones apasionadas. Si las suelta un chaval joven, te dices: «Joder, qué claro lo tiene el renacuajo». Pero si el que refunfuña es un tipo de mi edad, lo que pensarás es: «Maldito carcamal amargado» [carcajada]. La juventud y ser joven y tener ese bagaje son cosas maravillosas. Es un gran legado. Ahora mismo, siento bastante lástima por los jóvenes. Siguen pasándoselo en grande, pero siento que les han robado la cultura. Nada es específicamente suyo. Estoy seguro que aquí en Barcelona aún encontraríamos grupos de chavales que se reúnen en torno a algo, que desarrollan inquietudes comunes…

Un secreto compartido.

Claro. Lo malo es que en Edimburgo, Berlín o Boston todos hacen exactamente lo mismo, tienen una cultura globalizada. Hace años ese tipo de culturas eran una cosa más intrínsecamente local, desarrollaban más particularidades únicas. Hace algunos años, después de escribir mi antepenúltimo libro, me preguntaron mi opinión sobre cómo veía a los jóvenes autores. Respondí que en el nuevo milenio solo he estado interesado por dos libros. El primero es The Old Neighborhood, de Bill Hillmann. En él habla de crecer en Chicago en una familia multirracial entre finales de los ochenta y principios de los noventa, y todos los problemas que rodean a los protagonistas, metidos en pandillas. El segundo se titula The Brief History of the Seven Killings. En él, el autor jamaicano Marlon James escribe sobre Kingston y el intento de asesinato a Bob Marley en que estuvo implicada la CIA. Lo interesante de estos dos jóvenes autores treintañeros (bueno, al menos son jóvenes para mí) es que podríamos decir que ambos escriben novelas históricas, de un lado las luchas interraciales en Chicago a mediados de los ochenta, y del otro un intento de asesinato real en los años setenta en el que se da voz a agentes de la CIA, a Bob Marley e incluso a la Miss Mundo Cindy Breakspeare (2). En las dos novelas, fantásticas ambas, autores jóvenes escriben hechos históricos donde todo es local, sitios únicos, y no se mencionan tecnologías actuales como internet o los teléfonos móviles. Es muy importante que la gente escriba sobre este tipo de situaciones o atmósferas tan propias, tan locales. Pero también es triste que esta generación tenga que saquear el pasado buscando algo que contar, porque el pasado es más vibrante y excitante que lo que tenemos hoy. Ahora mismo las novelas están plagadas de héroes genéricos. Da igual que la acción se desarrolle en Barcelona o Chicago o Londres, porque podría ser el mismo lugar. Tengo la sensación de que la gente se ha cansado de esta homogeneización online. De hecho se vuelven a comprar libros, el vinilo ha regresado y las salas de conciertos se llenan. En Edimburgo aparecen grupos de música muy interesantes por todas partes y la gente abarrota sus bolos. También en Liverpool, donde estuve la semana pasada. Nadie se queda en casa mirando una pantalla de ordenador.

Porque es totalmente deprimente.

Sí. Todo el día viendo listas de esto o aquello. Escuchas música, pero no entiendes de dónde surge. Y supongo que aquí es igual. Al descargar música evidentemente puedes escucharla, pero nunca comprenderás su contexto. El consumismo acabará por vencer a ITunes. Puede estar muy bien poder hacer listas de reproducción en internet, para un personaje por ejemplo, pero la gente necesita poseer cosas, quieren lo físico, el objeto. Y quieres salir y experimentar algo, estar en un concierto, no en tu habitación. Peter Hooton, de The Farm, me decía el otro día que hacía mucho tiempo que no veía a tantas buenas bandas en Liverpool.

Ahora que has mencionado estas dos novelas recientes de otros autores, me gustaría preguntarte si en algún momento sentiste cierto vértigo o miedo al escribir Trainspotting. Perdón por mencionar Trainspotting.

[Carcajada] ¡La palabra que empieza con T!

Sí, me siento como si tuviese que pedir disculpas. Pero has dicho en varias ocasiones que para escribir la novela tomaste a gente aleatoria de Leith y de tu juventud en general. Después, usaste otro tipo de voces ajenas a ti: el policía de Escoria, por ejemplo. Pero cuando volvías a tu juventud para revivirla escribiéndola por primera vez, ¿experimentaste cierto vértigo?

Sí. Y no quiero parecer despreciativo o peyorativo, pero después de la novela sentí que me estaba convirtiendo en un escritor profesional. Pasé a pensar primero en la calidad de los personajes y la historia más que en mí mismo o en mi propia cultura. Es algo que sucede casi de forma subconsciente, pero al mismo tiempo tiene lugar una paradoja. Cuando escribí este nuevo libro sobre dos jóvenes americanas, se lo pasé a mi mujer porque es americana y treintañera, y pensé que podría ayudarme. Al preguntarle qué le había parecido, me dijo que me había encontrado más en esos dos personajes que en cualquier otra cosa que hubiera escrito. Creo que cuando escribes sobre algo que has vivido, sobre tu vida, haces esfuerzos por ocultarte. Sin embargo, al escribir sobre algo que no tiene nada que ver contigo, de alguna manera te expones mucho más sin necesidad de escribirlo.

Lo entiendo: tienes menos miedo de exponer tus sentimientos o tus miedos más profundos porque nadie pensará que escribes sobre ti mismo.

Bueno, ahora sí lo pensarán, gracias a ti. Porque acabas de hacérmelo confesar [carcajadas].

Irvine Welsh para Jot Down 4

Lo siento. ¿Alguna vez has sentido la necesidad de crear un alter ego?

Creo que al fin y al cabo es lo que siempre he hecho. Me hace pensar en las radios antiguas, en las que había muchísimas cadenas, pero al final siempre elegimos las doce que realmente nos gustan. Es lo mismo que las personas, todos estamos compuestos de un número infinito de personajes.

De diferentes versiones de nosotros mismos.

Eso es. Salimos a la calle y actuamos según nuestros comportamientos habituales. Al escribir, miramos a otra gente, pero en realidad lo que estamos mirando son aspectos de nosotros mismos que puede que nunca hayamos utilizado, o hayamos utilizado en contadas ocasiones. Todos los personajes parten de esos rasgos, todos sienten lo mismo que tú y que el resto del mundo, pues al final todas las personas son más o menos lo mismo. Todos tenemos el mismo ancho de banda.

¿Estás de acuerdo con Kurt Vonnegut cuando dijo que el primer mandamiento del escritor es escribir sobre las cosas que conoce?

En parte sí. Pero además siempre hay que luchar por conseguir más información, hablar con otra gente y aprender de los demás. Normalmente no hago grandes investigaciones sino que simplemente lo que hago es salir por ahí y conocer a gente. Durante el proceso de escritura del libro del que hablábamos, The sex lives of siamese twins, quedé con una amiga lesbiana en Miami. Hablamos sobre el libro, y luego fuimos juntos a un club de lesbianas en el que los hombres solo pueden entrar si van acompañados por una mujer que sea miembro del local. Y allí estaba yo; un cincuentón calvo rodeado de lesbianas treintañeras, completamente fuera de lugar y dando la nota. Ellas me tranquilizaron y se mostraron tal y como son. Las vi relacionarse, hablar de sus sentimientos. No eran un montón de tipas grandes con la cabeza rapada y mirándose desde sus sofás, en plan cruising, algo completamente agresivo y obvio. Nunca habría imaginado que fueran tan directas, se escogían, se miraban, sonreían y listo. No existía ni siquiera la pantomima de simular una conversación de ascensor, del estilo «Hola, ¿vienes por aquí a menudo?». Simplemente se miraban y se iban cogidas de la mano. Cuando me hube acostumbrado a este hecho, bastante intimidante para un hombre mayor como yo (no era el único, pero tampoco había muchos más hombres), lo que me sorprendió de veras fue la atmósfera, bastante acogedora dentro del contexto, bastante cálida, mucho más de lo que habría imaginado. Pensaba que me mirarían mal, o que me increparían con algo como «Eh, tío, ¿qué coño haces aquí?». En lugar de eso recibí un «Hola, ¿qué tal?», abrazos, y vasos que se levantaban para brindar. El ambiente era fantástico. Podría pasar el resto de mi vida allí.

Te entiendo. Siento envidia al entrar en locales de veinteañeros y no percibir la atmósfera violenta que había en los ochenta. Antes, en los bares a menudo había alguien preparado para darte en la nuca con un taburete, lo que no propiciaba un ambiente muy acogedor. En ese sentido no miro al pasado con nostalgia. ¿Sientes algo parecido? ¿Era el ambiente que tú viviste muy hostil?

Creo que prácticamente todo el mundo se ha metido en peleas en su adolescencia. Todo el mundo se metía en peleas cuando yo era joven, pero nunca me gustó especialmente.

¿Eras bueno peleando?

No, definitivamente era y soy terrible. Sigo yendo al club de boxeo, y desde que era adolescente conozco bien la técnica. Sé cómo pelear y sé cómo se colocan un buen gancho y un buen directo. También he hecho kickboxing. Y sin embargo, soy el típico tío a quien le entra el pánico en caso de pelea callejera. He pasado mucho tiempo aprendiendo a pelear en clubs de boxeo thai, y a pesar de ello en las peleas de verdad siempre termino en medio de los dos bandos, de un lado para otro y con cara de gilipollas. Creo que tiene que ver con mi incapacidad de mantener la compostura y no parecer sobreexcitado, que es lo que tienen los buenos luchadores.

También hay un momento en que piensas, «¿Qué coño estoy haciendo aquí metido? Esto es ridículo».

Eso es. «Por Dios, acabo de terminar una película, ¿qué hago aquí en mitad de la calle?». Además, solo la gente realmente comprometida y con disciplina son normalmente buenos luchadores. Yo hago boxeo y artes marciales, y controlo el medio, pero en la calle soy incapaz de aplicar todo eso, creo que nunca podría, y posiblemente tampoco sería capaz de escoger bandos [ríe]. Habiendo crecido en la calle, creo que el miedo a la violencia ha sido mayor que la violencia en sí; cuando la cosa estallaba de veras, los resultados eran generalmente cómicos. Las peleas eran habituales y generalmente no demasiado peligrosas, de vez en cuando alguien terminaba apuñalado gravemente, pero lo habitual era no pasar de narices o bocas hinchadas, y de llegar a casa con un zapato de menos, y lloriqueando. La violencia era de tebeo, a menudo. Pero el miedo a que sucediese algo era a la vez horrible y excitante.

Irvine Welsh para Jot Down 5

Se ha hablado mucho de cómo el éxtasis y el acid house cambiaron a los chavales, especialmente a los hinchas de fútbol.

La violencia desapareció por completo. De repente la gente se daba abrazos con extraños, y yo mismo lo llevo haciendo desde entonces. El éxtasis me cambió, y para bien. Muchos de mis colegas entraron también en ese mundo. Eran gente que trabajaba en construcción, casuals de futbol, tipos bebedores. Salíamos con nuestras novias o mujeres y nos separábamos por sexos en mesas diferentes. Aunque yo las llevaba viendo desde muchos años atrás, no conocía realmente a ninguna de ellas. No hablábamos. De repente empezamos a tomar éxtasis como locos, y entonces me sentaba con ellas y manteníamos las mejores conversaciones que había tenido nunca. Mis amigos venían a hablar conmigo y yo les decía «¡Lárgate de aquí, colega! Estas mujeres son mucho más interesantes que vosotros! ¿Cómo es que no había visto nunca a tu mujer, con la que llevas casado diez años, y es preciosa, maravillosa y fascinante, y llevo hablando contigo sobre fútbol, sobre jodido fútbol, diez años?». Aquello fue una gran revelación. Esa droga me ayudó a romper todas las barreras, de repente estábamos todos mezclados, éramos una pandilla mezclada. Antes del acid house vivíamos en apartheid sexual. Después, me encantaba ir con chicas a raves y fiestas en casas. Pensaba: «Joder, ojalá estas chicas fuesen mis mejores amigos». Recuerdo que cuando ya vivía en Londres iba con chicas a todas partes, nunca llamaba a mis colegas. Quería pasar tiempo con ellas y que me mimasen, y mantener buenas conversaciones.

Tengo diez años menos que tú, y crecí en una época en que ya nadie veía la parte romántica de la heroína, sino solo los hombres en chándal y sin dientes que morían en la calle. Ninguno de mis amigos se fascinó por el caballo, porque los ejemplos eran terribles. Sin embargo la gente de una generación mayor veía a Lou Reed y a Bowie, y la heroína tenía para ellos una aureola romántica, intelectual. ¿Lo recuerdas así?

Puede ser. Eso le sucedió a gente que tenía cinco años menos que yo. Creo que en ese aspecto tuve mucha, mucha suerte. De una forma extraña, pero la tuve. Para empezar era una época pre-sida, y además el material era muy bueno.

¿Te refieres a la calidad?

Sí. Eran drogas puras, no cortadas, así que no eran tan tóxicas. Era una subcultura realmente pequeña y todo el mundo sabía más o menos lo que estaba haciendo. Sin embargo reconozco que entré por una cuestión de oposición y por pura ignorancia. No solo ignorancia personal, sino de toda la sociedad. Recuerdo perfectamente a mis padres y a mis profesores cuando me decían: «No fumes marihuana, eso te matará». Tú entonces vas y fumas un poco y te sientes de perlas. Vale, me han mentido. Luego te dicen: «No tomes ácido, acabarás lanzándote de un edificio». Sin embargo, cuando lo tomas piensas: «Coño, esto es la hostia, todos estos colores… Creo que no voy a tirarme de un edificio; de hecho soy bastante feliz, ahora mismo». Después de eso viene lo de: «No tomes speed, te dará un ataque al corazón». Vas, lo tomas y pasas una noche entera bailando como un loco. Y entonces llega el: «Ni se te ocurra tomar heroína, te engancharás y te acabará matando». Y, de repente, tenían razón. Se habían equivocado tantas veces antes que esperabas que esta fuese una más. Sin embargo, en ese punto ya nadie podía ayudarte. No existía verdadera formación o educación sobre el mundo de las drogas en mi época. Al menos los métodos existentes no funcionaron conmigo ni con mucha otra gente. Estuve en ese mundo alrededor de dos años. El primero de ellos disfruté de veras y, si quieres que te diga la verdad, aunque ya estaba cayendo no era consciente de ello. Solo lo fui durante el segundo año. Entonces me di cuenta de lo alejado que había estado de la realidad. De mi entorno, mi salud, mis finanzas… Todo se iba a la mierda. También descubrí que detrás de los adictos a largo plazo había siempre algo que los hacía seguir metidos en drogas. Habían sufrido abusos de niños, sufrían ansiedad o depresión, siempre había algo más. Era como si se estuviesen automedicando para curar un dolor interior. La gente como yo, por otro lado, entraba por estupidez, y por tanto no había ninguna razón oculta para mantenerse metido en ellas el resto de una vida. Y aunque es difícil escapar de la heroína, porque físicamente es muy adictiva, es perfectamente posible. El síndrome de abstinencia es espantoso, pero puedes hacerlo. Lo que es peor es continuar, de hecho. Porque al cabo de poco lo único que te aporta aquello es tristeza y mal rollo. El principal motivo por el que la gente está enganchada a la heroína es la gestión del dolor, principalmente el dolor psicológico. La ausencia de perspectivas laborales o educativas, el acabar encontrando un trabajo de mierda, estar endeudado con los bancos el resto de tu vida, acaba alienándote del todo. Nada tiene sentido. La heroína, sin embargo, te proporciona una narrativa y una obligación: tienes que levantarte por la mañana para ir a buscar drogas. Y tu día consiste en intrigar con diferentes personas del submundo hasta acabar consiguiéndolas. Eso es una raison d’etre ideal para tirar adelante. Algo que hacer, por lo menos. Cuando no existe nada más, la heroína gana por defecto.

Irvine Welsh para Jot Down 6

Después de casi una hora de entrevista, acabo de darme cuenta de que hemos hablado de temas que nunca tengo oportunidad de tratar con otros escritores. Eso me lleva a preguntarme cómo te ves con relación a otros escritores británicos, gente con quien no tienes nada en común. Me pregunto si estando con gente como Salman Rushdie o Will Self te has sentido alguna vez fuera de lugar…

En la escena literaria londinense lo más importante es la clase a la que perteneces. Los escritores son de clase media-alta, criados en despachos llenos de libros, y su identidad es la del gentilhombre escritor. Esa es una perspectiva mayoritaria en la escena literaria: lectores de periódicos sesudos, Booker Prize, Channel 4, buenas universidades… Es esa mentalidad. De vez en cuando se filtran otras voces. Mi ventaja es que soy escocés, y allí ya había una tradición establecida de escritores de clase obrera como Robert Burns o James Kelman. En Inglaterra, por el contrario, autores como Kevin Sampson o John King están marginados, pues hablan de mundos que no encajan con el Booker Prize. Por el contrario, todos los escritores escoceses que publicaban cuando yo llegué, Gordon Legge, Janice Galloway, James Kelman, Alan Warner o Alasdair Gray, tenían orígenes humildes. La ascendencia de clase obrera era mayoritaria allí. Y eso no ha cambiado en la actualidad con gente como Alan Bissett, Louise Welsh o Ian Morrissey. Solo este último podría pertenecer a la clase media.

Dentro de la etiqueta de clase obrera hay una gran diversidad que no debe confundirse con ignorancia. La población en mi país se apoya en la tradición de la Ilustración escocesa del siglo XVII, cuando tras la revolución de John Knox todo el mundo en el país iba al colegio, y podía leer y escribir, mientras que en Inglaterra la mayoría de la gente eran campesinos iletrados. Esta tradición democrática y cultural, junto con la herencia de la transmisión oral, se mantienen vigentes hoy en día. Por tanto, es más aceptado ser un escritor de clase obrera en Escocia que en Inglaterra. Mis orígenes fueron una ventaja, en este sentido. Los escritores irlandeses, escoceses o galeses somos vistos casi como escritores de cualquier otro país de la Commonwealth, de la misma manera en que se leen y publican voces caribeñas o australianas. No dejamos de ser algo exótico dentro del establishment inglés, donde la mayoría de las novelas lo único que muestran es a gente de clase media enamorándose y desenamorándose.

En Notting Hill. Con Hugh Grant en el filme adaptado de la novela.

Sí. El truco es meter voces diversas, del Caribe o de India o australianas, pero al modo imperialista. Las voces escocesas o irlandesas se utilizan así, solo para darle toque exótico a las novelas de clase media, para aportar algo de salsa, nada más. Reconozco que tuve mucha suerte, pues las películas de Trainspotting y ahora también Filth tuvieron muchísimo éxito. Gracias a ese impacto pude contactar con una audiencia de clase obrera. De hecho hay mucha gente que no está interesada en la literatura en general, y sin embargo lee mis libros. Es como si hubiera conseguido trascender ese mundillo literario de alguna manera. Es cierto que siempre estás comprometido con él, pero dentro hay muchos grados. Al final tu dependencia con el patrón puede afectar enormemente a tu escritura.

Que alguien te diga «No leo demasiado, pero me encantan tus libros» es uno de los grandes triunfos de un escritor.

Es genial, es todo lo que quieres. Creo que la gente leería más si tuvieran acceso a cosas más relevantes culturalmente para sus vidas. Me dicen esto continuamente, de hecho. Y ese es mi gran subidón.

¿Cómo viviste el hecho de tener éxito comercialmente? ¿Te creó conflictos internos? Porque los escritores de clase obrera criados en música pop siempre anhelamos llegar al Top Ten.

Siempre es duro lidiar con el éxito comercial pues siempre será importante ganar dinero para poder seguir escribiendo, y tener el tiempo para ello sin preocuparte de alquileres y facturas, o de buscar otro trabajo que te dé estabilidad. Pero me he dado cuenta de algo: cuando vendí las primeras diez mil copias de Trainspotting, era un héroe en Edimburgo: «Nos has puesto en el mapa, enhorabuena». A las cien mil la gente ya empezaba a gruñir. Recuerda: era el mismo libro. Y al millón de copias me reprochaban directamente que les había robado su cultura. Y en parte es cierto. El libro sigue siendo el mismo, pero siento que como consecuencia de su viaje, de la película de Danny Boyle, el poster con Ewan McGregor, y el anuncio de trenes de Richard Branson (3), el libro ya ni siquiera me pertenece. Es un fenómeno global. Evidentemente siempre quedará algo mío en él, pero la idea del autor como alguien que controla todo el proceso es falsa. Es la propia naturaleza del capitalismo. En cuanto algo está dentro de una bolsa y entra en el mercado, ya no hay nada que hacer, es un tren que ya ha salido.

Una última pregunta: ¿Cuál fue tu gran momento de epifanía cultural en la adolescencia, aunque entonces no te dieras cuenta? En mi caso fue escuchando «In the city», de The Jam.

El mío probablemente fue viendo a David Bowie cantar «Starman» en Top Of The Pops junto a Mick Ronson.

Morrissey dice lo mismo.

Recuerdo la reacción de mi padre mientras veía la actuación. Lo odió, y por consiguiente yo lo adoré. Fue tan simple como eso. Y le agradezco haber tenido esa reacción, porque de lo contrario no habría vuelto a escuchar a Bowie en la vida, ni me habría convertido en lo que soy.

Irvine Welsh para Jot Down 7

Fotografía: Alberto Gamazo

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(1) También llamada Noche de las Hogueras. Fiesta equivalente a San Juan en España. Se celebra en Reino Unido el 5 de noviembre para conmemorar el intento fallido de Guy Fawkes ese mismo día en 1605 de volar el Palacio de Westminster. También se conoce como la conspiración de la pólvora.

(2) Miss Mundo de origen jamaicano que tuvo un hijo fruto de su relación con Bob Marley.

(3) El fundador de Virgin utilizó Trainspotting para un célebre anuncio de la TV británica.