La importancia de no ser calvo

Imagen: The Walt Disney Company / Lucasfilm.

Tengo un amigo que es calvo.

Descubrí esta circunstancia la semana pasada, mientras tomábamos una caña en el bar al que acudimos todos los sábados. Hasta ese momento, la tarde estaba discurriendo con normalidad. Como cualquier pareja de amigos, acompañábamos los sorbos de cerveza con debates sobre asuntos de lo más banal como el relativismo lingüístico, las contradicciones de la teoría de la evolución teísta o la metaética y las implicaciones de la falacia naturalista. También sobre temas importantes como la presencia —o no— de cebolla en la tortilla.

De repente, algo llamó mi atención. Algo en lo que nunca antes me había fijado. Supongo que hay cosas en las que, sencillamente, jamás reparas, hasta que un día, sin previo aviso, acaparan toda tu curiosidad y el resto del mundo se desvanece. Sutilmente, observé la parte superior de la cabeza de mi amigo, que en ese momento se encontraba abstraído comentando las típicas obviedades sobre Alexander von Humboldt que se escuchan en cualquier cantina los sábados por la tarde. Había algo extraño en su cráneo. Algo inaudito. Me aproximé. Lo palpé con disimulo. Sin que se diese cuenta, traté de pasarle un pequeño peine. Fue imposible. Algo invisible, intangible, acaso inexistente, me lo impedía.

Gracias a la perspicacia que me caracteriza, comprendí de inmediato qué era aquello que tanto me desconcertaba. No sé cómo pude haberlo ignorado durante tantos y tantos años. No era una hecho cualquiera. No era una de esas circunstancias capilares que, en el fondo, a un amigo le dan igual. Todo lo contrario. Con sorpresa, pero también con dolor y frustración, descubrí que mi amigo estaba calvo. Mondo como una bombilla. Qué terrible disgusto. Qué profundísima decepción. Podría haberme esperado cualquier cosa de él. Cualquier vicio. Cualquier defecto. Pero aquello no. La calvicie no. Esa clase de contingencias deben avisarse. Un amigo nunca debería enterarse así, de sopetón. Es algo que, con toda seguridad, jamás seré capaz de perdonar.

Y el tipo estaba allí como si nada. Calvo perdido. En el medio de la gente decente y normal. Qué formidable grosería. Casi diría que le daba igual. Que no le importaba lo más mínimo. No es que ignorase su propio hecho piloso, como quien no se percata de que tiene una mancha de mayonesa en la comisura de los labios. No. Era perfectamente consciente de su alopecia. Allí mismo, mientras soltaba topicazos sobre Alexander von Humboldt, en su fuero interno sabía de sobra que estaba calvo. El muy sinvergüenza había perdido el cabello hacía años y jamás lo había mencionado. Nunca se había sincerado con nosotros. Con sus amigos. Con sus seres queridos. Al contrario. Continuaba haciendo vida normal. Presentándose en el trabajo, en los bares y en la vida misma con toda la calvicie al aire.

Comencé a sospecharlo cuando, a propósito de una alusión a la obra de John Barth para ilustrar el asunto de la tortilla, comentó que, casualmente, el escritor estadounidense se había quedado calvo a la misma edad que él. Ese fue el instante preciso en se activó mi sexto sentido. Levanté la barbilla, lo miré con esa cara que pone la gente que no ve bien de cerca y pensé: «Un momento, a ver si este tío va a ser calvo». Y comencé a recopilar pruebas.

El primer dato interesante que tuve en cuenta en mi análisis fue que, desde que conocía a mi amigo, jamás lo había escuchado hablar sobre alguna visita reciente a la peluquería. Es más, nunca me lo había encontrado en una. Profundizando en esta línea de investigación, recordé que no lo había visto mal peinado o despeinado ni una sola vez, lo que podría ser síntoma de delicadeza y pulcritud pero también de una calvicie incontestable. Cuando lo acompañaba de vez en cuando a hacer la compra, nunca lo veía meter en la cesta un bote de champú. Tampoco decía cosas como «hoy tengo el pelo muy graso» o «pues yo tengo el pelo de color castaño». De conversaciones sobre recortarse el flequillo, teñirse las canas o dejarse coleta mejor ni hablamos.

Mis pesquisas continuaron por estudiar —allí sentado, mirando al techo, mientras el otro seguía erre que erre con von Humboldt— la extraña conducta que a veces tenía mi amigo. Cuando íbamos a la playa, por ejemplo, se untaba la parte superior de la cabeza con crema protectora para evitar, según sus propias palabras, quemaduras en la piel. Un comportamiento que, a priori, encajaría con su presumible condición de calvo. Otra cosa rara que hacía era pasarse la cuchilla de afeitar por el cuero cabelludo. Lo descubrí en plena faena hace un par de años en el cuarto de baño de un camping de Tarifa al que fuimos con unos colegas a pasar el verano. ¿Cómo podría alguien con pelo afeitarse la cabeza y seguir teniendo pelo? Cabía deducir que, en efecto, el muy embustero no tenía pelo alguno.

Dadas las circunstancias, comprendí que lo más aconsejable era pasar a la acción. Averiguar de un modo directo, inmediato, si estaba calvo o no. Utilizar una fórmula eficiente y astuta que impidiese la ocultación de pruebas. Él no debía sospechar de mis intenciones. Debía ser sagaz como un zorro. Resuelto como un armadillo. Ágil como un mono bastante ágil. Había llegado el momento de la prueba definitiva. Aprovechando que se había levantado de la silla un instante para escenificar cómo tendía la ropa Alexander von Humboldt, me puse de pie a su lado, aguardé a que se sentase de nuevo y, cuando por fin lo hizo, tras unos veinte minutos de minuciosa escenificación, le dije: «Oye, ¿tú eres calvo?». A lo que él contestó: «Sí, claro». Y ahí fue donde lo descubrí. Donde se reveló la verdad. Donde desenmascaré a aquel embaucador que iba por la vida actuando como si tuviese pelo. Tal vez pensó que lograría engañarme, pero nadie escapa de mis hábiles emboscadas.

La alegría, no obstante, no me duró mucho. Al suave y melifluo sabor del triunfo lo sucedió la amargura de la evidencia. Ay… Mi amigo, mi colega de toda la vida, mi leal camarada era calvo. Pero no un calvo aceptable como Samuel L. Jackson en Star Wars o John Malkovich en Con Air, sino un calvo intolerable como Samuel L. Jackson en Los vengadores o John Malkovich en Cómo ser John Malkovich. En un primer momento no quise creérmelo. Elegí negar la realidad. El camino fácil. Pero la demostración de la alopecia era irrefutable y aquello me partía el corazón.

Ser calvo, como todo el mundo sabe, es propio de personas maleducadas. No está bien. Pero si encima se actúa con absoluta normalidad, se convierte en una explícita falta de respeto. Porque con ello se está traicionando la propia historia del ser humano. En Esparta, por ejemplo, los hombres acicalaban sus cabellos antes de la batalla como símbolo de masculinidad. Tras la pérdida de un ser querido, sin embargo, en señal de duelo, la costumbre era llevar el pelo alborotado para no dar buena imagen y evitar tentaciones lascivas. En toda Grecia, las mujeres se rapaban cuando sus esposos perecían, y el corte de pelo servía, además, para indicar el final de la infancia. Así se refleja en una bella escena de la Ilíada de Homero en la que un Aquiles adolescente consagra su cabellera al río Esperio. Pero también en el Coéforos de Esquilo, cuando Orestes ofrece la suya al río Ínaco. Herodoto nos cuenta, a su vez, que los jóvenes de Delos deslizaban sus melenas sobre las tumbas de Laódice e Hipéroca antes de casarse; ritual que se realizaba en honor a Hera en Argos, a Ifínoe en Mégara y a Hipólito en algunas zonas del Ática.

Pero también en Egipto se producía una asociación entre el corte de pelo y la edad. Al contrario que en Grecia, a los niños se les afeitaba la cabeza hasta que alcanzaban la pubertad, momento en el que se les permitía llevar el pelo largo. El peinado era también un indicativo de la clase social del individuo, correspondiendo el pelo largo y las extensiones a las élites y el pelo corto con flequillo a los trabajadores. Sin embargo, el cabello como símbolo identitario no es una simple anécdota de la antigüedad. He ahí la tonsura romana de los monjes católicos, el estilo Luis XIV en la Francia barroca, la locura ornamental de la España hipster. Si no fuese por el pelo, no habría hippies. Los apaches y los sioux, en lugar de cortar la cabellera a sus enemigos, les cortarían cualquier otra cosa colgante. El hair metal sería solo pop. Y en los ochenta no habría forma de distinguir a un punki de un yonki normal. Incluso en el Antiguo Testamento se prohíbe al pueblo hebreo afeitarse la cabeza (Levítico 19:27) y se menciona la calvicie como maldición divina (Ezequiel 7:18).

El problema es que para poder hacer todas esas cosas, para poder asignar al peinado un valor como símbolo social, económico, ideológico o religioso, es necesario tener pelo. Ya no digo un pelazo. Con un pelo enclenque y estropajoso es más que suficiente. Pero todo eso a los calvos les da igual. Se comportan como si no les importase. Van por la vida siendo calvos, sin pudor alguno. Ajenos a su condición antinatural. Insultando con su conducta nuestras tradiciones vellosas y principios capilares. Mostrando un ultrajante desprecio por el sentido de la decencia.

En cuanto me di cuenta del descaro de mi amigo, decidí marcharme sin dirigirle siquiera la palabra. Me levanté del taburete, desmenucé un puñado de monedas sobre la barra, cogí mi abrigo y me di media vuelta. Cuando me aproximaba a la salida, lo escuché vocear desde el fondo del bar: «¡Eh, Manuel, que sepas que se te ve el cartón!». No tengo ni idea de a qué se refería, pero comparado con lo suyo dudo mucho que tenga la menor importancia.


El cabello de Sally

Fotografía: j fletcher (CC).
Fotografía: j fletcher (CC).

El cabello es una diferenciación de la piel formada por una fibra de queratina y constituida por una raíz, hundida en la dermis, y un tallo. El análisis científico de un cabello o un pelo permite saber a qué especie pertenece y de qué región corporal se ha desprendido. Los cabellos tienen una fase de crecimiento (anágena) y una fase quiescente (telógena), dos etapas que se pueden distinguir al microscopio y que se separan por una fase intermedia llamada catágena. Durante la fase anágena, el cabello crece activamente y las células del folículo piloso depositan nuevos materiales, queratina fundamentalmente, que van formando un tallo cada vez más largo. En la fase telógena, los cabellos solo están anclados por la raíz y las células germinales que están por debajo de ella darán lugar a la próxima generación de un cabello anágeno. En esta fase de reposo, los cabellos se caen de forma habitual y son los que forman la mayor parte de las evidencias cuando un cabello llega a un tribunal de justicia. El recambio del cabello ocurre con un patrón en mosaico, una distribución al azar sin que se produzca un patrón estacional o la formación de una onda de sustitución. La vida media de un cabello o, mejor, el periodo medio de crecimiento es de unos mil días y la fase de estado quiescente de unos cien días. Por lo tanto, en un momento determinado, de los entre cien mil y ciento cincuenta mil cabellos que hay en el cuero cabelludo aproximadamente un 10% estarán en la fase telógena y bastará una mínima tracción, por ejemplo al peinarnos, para que bastantes se desprendan del folículo durmiente y se produzca la caída del cabello.

El análisis forense del cabello se utiliza porque debido a esa fácil separación pueden transferirse de una persona a otra durante un contacto violento tal como una pelea, un homicidio o una violación y, también, porque a menudo permiten asociar un sospechoso a la escena del crimen por ese rastro capilar que vamos dejando por todas partes. Las identificaciones de personas se hacen normalmente basándose en el color, el grosor y la curvatura del cabello pues contienen normalmente muy poco ADN, e incluso eso ha sido suficiente para relacionar a numerosos sospechosos con el lugar de un delito. Sin embargo, esas evidencias no siempre son sólidas y una reevaluación de casos archivados ha permitido comprobar que los peritos dieron un respaldo supuestamente científico a algunas evidencias en los tribunales que no deberían haberse producido: distintas personas fueron condenadas basándose en una muestra de cabello y luego se comprobó que eran inocentes.

En octubre de 2000, dos cazadores de patos encontraron una bolsa de plástico cerca del Gran Lago Salado, el enorme lago salino situado cerca de Salt Lake City (Utah). Dentro de la bolsa había un calcetín blanco, una camiseta extragrande, unos pocos huesos y una calavera humana con unos cabellos rubios todavía pegados. Esos cabellos, tan largos que le tenían que llegar cerca de la cintura, son los protagonistas de esta historia. La policía no pudo identificar a la víctima, no había ninguna denuncia de persona desaparecida que encajara en su descripción y le apodaron «Saltair Sally», por el nombre de un establecimiento cercano a donde aparecieron los restos. Sin más evidencias que esos pocos huesos, los forenses determinaron que medía entre 1,52 y 1,60 metros y que pesaba entre 36 y 45 kilos. Buscaron en las bases de datos de personas desaparecidas, revisaron los registros dentales, pues los odontólogos guardan copias de las intervenciones realizadas y las radiografías e hicieron retratos robot reconstruidos a partir del cráneo, pero nada dio resultado. La mujer siguió siendo identificada como Saltair Sally o Jane Doe, la nomenclatura habitual de una mujer desconocida, y el caso fue finalmente archivado.

Fotografía: Jared eberhardt (CC).
Great Salt Lake. Fotografía: Jared eberhardt (CC).

En 2007, la policía recibió información de una nueva técnica forense, la espectrometría de masas para la proporción de isótopos estables o SIRMS, revisaron los casos en que podría ser útil, dieron una oportunidad a los restos de Sally y realizaron un análisis de aquellos cabellos encontrados en la bolsa. El objetivo ya no era unir como vemos a menudo en la televisión a un sospechoso al lugar del crimen, sino saber más sobre la víctima. La queratina, el principal componente del cabello humano, es una proteína que contiene los veintiún aminoácidos existentes pero sus proporciones exactas dependen de la bioquímica del organismo y varían de persona a persona. Hidrolizando la queratina y analizando las cantidades de cada aminoácido se consiguen unas medidas que comparadas con una base de datos dan pistas sobre el sexo, la edad, el índice de masa corporal y la región de origen de la persona propietaria de esos cabellos. No es una descripción exacta sino un conjunto de probabilidades que permiten, con prudencia, restringir y afinar la búsqueda.

A su vez, y esta era la gran novedad científica, cada molécula del cuerpo está hecha de diferentes elementos químicos y, por poner un ejemplo, todos sabemos que una molécula de agua es H2O porque contiene dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Unos cuantos de esos elementos químicos son en realidad una mezcla de isótopos estables (los isótopos son átomos del mismo elemento que difieren en el número de neutrones). Por ejemplo, el oxígeno, uno de los constituyentes más abundantes de los seres vivos, es en un 99,8 % isótopo-16, 16O, cuyo núcleo contiene 8 protones y 8 neutrones. El 0,2 % restante es casi todo oxígeno-18, 18O, que tiene 8 protones y 10 neutrones en su núcleo, y hay también unas mínimas trazas de oxígeno-17, 17O, con los 8 protones y 9 neutrones. En la costa oeste de los Estados Unidos, como en la costa oeste de la península ibérica, las nubes cargadas de agua se desplazan desde el océano hacia el interior del continente. Las gotas de agua con la mayor concentración de oxígeno-18 pesan más y por lo tanto son las primeras en caer mientras que las nubes que avanzan hacia el interior tienen agua más ligera, donde la proporción 18O/16O es menor. Puesto que la mayoría de la gente bebe agua del grifo, que a su vez proviene del agua de lluvia, estudiando el oxígeno de sus moléculas podemos saber más o menos dónde vivía esa persona, dependiendo de si bebía agua más ligera o más pesada. Como cada cabello es un registro cronológico, va creciendo un poco cada día, estudiando cada milímetro por separado podemos ver si esa persona vivía en el mismo sitio o se había mudado en distintas ocasiones de la costa al interior lo que podría ayudar a su identificación. Así fue en el caso de Saltair Sally. El análisis de sus cabellos por una compañía llamada Isoforensics mostró una proporción de isótopos que en unas partes encajaban con donde se había encontrado sus restos, la zona de Salt Lake City, pero otros segmentos del cabello indicaban que había bebido agua de la región del noroeste de la costa del Pacífico, en concreto Idaho, Oregón o Washington, tres estados que están a varias horas de avión de donde se encontraron sus restos. Los investigadores pensaron que en los últimos años de su vida, los que correspondían a la longitud de sus cabellos, Sally había viajado varias veces entre Utah y la costa, por lo que pensaron que podría proceder de allí y que aquella joven habría ido a Salt Lake City a trabajar o a estudiar y allí fue donde su destino se cruzó con el de su asesino. La policía exploró entonces los casos de personas desaparecidas en esos otros estados y finalmente tuvo éxito.

El 7 de agosto de 2012 la policía anunció que había identificado a Saltair Sally. Su aspecto real no se parecía en nada al retrato robot y su altura y peso tampoco se correspondían con las estimaciones hechas por los peritos forenses. La antropología forense no es una ciencia exacta. Su nombre era Nikole Bakoles, era del estado de Washington, precisamente en el noroeste del Pacífico y se había trasladado a Utah en 1998, dos años antes de su asesinato. Como sugería el análisis espectroscópico en los años antes de su fallecimiento había viajado repetidas veces a su casa a visitar a su familia, volviendo después a Salt Lake City. Había tenido una niña y había perdido poco después su custodia, alejándose también de su familia, con los que perdió el contacto. Los padres, tras pasar años y años sin saber de ella, habían puesto una denuncia por desaparición tres años después de que aparecieran sus restos pero la policía de Washington no había pasado esa información a la policía de Utah. Finalmente, al pedir los datos de los estados costeros y encajar el período de la desaparición y la descripción de la persona desaparecida, los investigadores hicieron una comparación entre el ADN de los restos y el de su madre, confirmando la identificación. Ahora solo falta que se encuentre a su asesino, algo que aún no se ha producido, pero es sugerente pensar que nuestros cabellos, y también otras partes de nuestro cuerpo que se renuevan constantemente, guardan un diario de nuestra vida, un recuerdo de quien un día fuimos.

Para leer más:

Armitage H, Rogers N (2016) «Hair forensics could soon reveal what you look like, where you’ve been». Enlace.

Fenster A (2013) «The case of “Saltair Sally”». Enlace.


Cabelleras de fuego

El fetichismo del cabello es muy antiguo, casi tanto como el mismo cabello. ¿A quién no le sobreviene de vez en cuando una imagen infantil de sí mismo, ensortijando los dedos menudos en los rizos del cabello materno? Un estudio reciente (1) llevado a cabo entre fetichistas de todo el mundo atribuye a la tricofilia, es decir la fijación sexual por el cabello, un 7% de adeptos. Cualquier observador medianamente imparcial barruntará que se trata de una estimación conservadora.

Pensemos en la celosa Dalila, que envidiaba la opulenta melena de Sansón; en las grandes religiones que prescriben la tonsura como requisito para alcanzar la pureza del cuerpo; en el verso de Omar Khayyam, donde dice que el espesor de un cabello separa la mentira de la verdad; en los privilegiados reyes de Francia, que gozaban del llamado derecho de cabellera real y llevaban el cabello más largo que todos sus súbditos; en la costumbre de algunos pueblos bárbaros de arrancar el cuero cabelludo al enemigo, que los colones europeos llevaron a Norteamérica y luego achacaron a los pieles rojas; en los cortadores de trenzas que durante buena parte del siglo pasado aprovechaban la penumbra de los cines para deslizarse tras las butacas y apoderarse de sus trofeos con un hábil tijeretazo. Pensemos en todo ello, en fin, y comprenderemos la importancia del cabello en la historia.

Del cabello nos seduce su longitud, su suavidad de medusa, su combinación de fragilidad y resistencia, su persistente aroma y un crecimiento continuo que, por fortuna y en contra de lo que muchos creen, se interrumpe al otro lado de la tumba. El éxtasis puede alcanzarse de diversos modos: acariciando, olfateando o peinando largas cabelleras, cortando mechones o afeitando la cabeza y escrutando, con o sin microscopio, madejas o bucles de cabellos sedosos, perfumados, lacados o ligeramente humedecidos.

Existen además los sucedáneos en forma de peluca, lo que aumenta la variedad. En su catálogo de parafilias, Krafft-Ebing cuenta el caso de un recién casado que en la noche de bodas se había limitado a besar a su flamante esposa y acariciarle el cabello, antes de echarse a dormir. La segunda noche fue idéntica. A la tercera, el hombre obsequió a la mujer con una peluca de largos cabellos y le rogó que se la pusiera, tras lo cual se enardeció y le testimonió su cariño, como entonces solía decirse.

A la mañana siguiente, ella comprobó que las efusiones de su esposo se dirigían en primer lugar a la cabellera postiza, y que cuando se la quitaba el ardor conyugal desaparecía. Acabó plegándose a los deseos de él, y poniéndose la peluca a la hora de acostarse.

Curiosamente, al cabo de quince o veinte días la peluca perdía su ascendiente y se hacía necesario adquirir otra. El color carecía de importancia, pero para que el truco funcionase la peluca debía ser larga y abundante. Al parecer, y con todas las dudas que deben suscitar este tipo de historias, elaboradas pacientemente por generaciones de sexólogos vieneses, el fruto de cinco años de matrimonio fueron dos hijos y una colección de casi cien pelucas.

Otro caso pintoresco, también citado por el imaginativo Krafft-Ebing, es el de cierto joven que, a los quince años, tuvo su primera efusión amorosa al ver peinarse a una muchacha de su pueblo. Tiempo después, en París, se excitaba poderosamente al observar los cabellos que descendían sobre las nucas femeninas. Un día, al cruzarse con una de ellas, no pudo contenerse y la agarró por la trenza. Fue detenido y condenado a tres meses de cárcel.

En sus sueños nunca aparecían cuerpos de mujeres, sino sólo cabezas con el pelo suelto, coletas o trenzas. Adquirió la costumbre de cortar un mechón a todas las que le entregaban o vendían sus favores. Su peculiar manera de hacer el amor consistía en envolverse el pene con el cabello femenino, mientras ejecutaba los movimientos copulatorios. Las trenzas se le antojaban fascinantes, decía, porque a la vez le parecían muertas y erguidas. Cuando conseguía una, pedía que le azotaran con ella. Reunió así una colección capilar considerable, con la que se solazaba a menudo.

Adquirió la costumbre de llevar siempre unas tijeras de podar y de visitar las últimas filas de los teatros. Un día, en el patio de butacas, le llamó la atención una espléndida trenza, que refulgía como la plata. Se acercó a ella con sigilo y la cortó. Al desprenderla, notó que estaba extrañamente húmeda. No advirtió que había sido descubierto hasta que le enfocó una linterna. Al encenderse las luces, todos pudieron comprobar que la mujer tenía unas tijeras clavadas en la garganta.

De cualquier modo, las trenzas han caído en desuso y sus devotos han de recurrir a los postizos o robarlas en los museos de cera, donde las mujeres aún las llevan.

Charles Baudelaire, Stephane Mallarmé, Joris-Karl Huysmans y Guy de Maupassant escribieron abundantemente sobre la fascinación de las cabelleras y la lenta caricia de los peines. En Contra natura, de Huysmans, Des Esseintes ordena, ante el tocador, frascos de esencias y preparados cosméticos:

«Curioseó entre este instrumental, adquirido tiempo atrás para complacer a una amante que solía alcanzar el éxtasis y el placer bajo la acción de ciertos perfumes y bálsamos; una mujer neurótica y desequilibrada que gustaba de ver sus pezones macerados por perfumes, pero que tan solo accedía a un éxtasis profundo y completo cuando un peine rastrillaba delicadamente su cuero cabelludo o cuando a las caricias del amante se mezclaba el olor a yeso fresco procedente de edificios en construcción, o el emanado por las gruesas gotas de una tormenta estival al repiquetear sobre la tierra seca.»(2)

En su relato La cabellera, Guy de Maupassant nos muestra el cuaderno de un hombre, abrumado por el deseo de las damas de antaño, que se convierte por azar en el poseedor de una enorme trenza de cabellos rubios, casi pelirrojos, cortados junto a la piel y atados por una cuerda de oro:

«Luego, cuando había acabado de acariciarla, cuando había cerrado de nuevo el mueble, seguía notando su presencia allí como si fuera un ser viviente, oculto, prisionero. La sentía y la deseaba otra vez. Tenía de nuevo la necesidad imperiosa de volver a cogerla, de palparla, de excitarme hasta el malestar con aquel contacto frío, escurridizo, irritante, enloquecedor, delicioso. Viví así un mes o dos, ya no lo sé. […] Una noche me desperté bruscamente con el pensamiento de que no me encontraba solo en mi habitación. Sin embargo, estaba solo. Pero no pude volver a dormirme. Y como me agitaba en una fiebre de insomnio, me levanté para ir a tocar la cabellera. Me pareció más suave que de costumbre, más animada. ¿Regresan los muertos? Los besos que depositaba en ella me hacían desfallecer de felicidad. La llevé a mi cama y me acosté, oprimiéndola contra mis labios, como quien va a poseer a una amante. ¡Los muertos regresan! Ella vino. Sí, la he visto, la he tenido entre mis brazos, la he poseído, tal como era cuando estaba viva: alta, rubia, exuberante, los senos fríos, la cadera en forma de lira. Y he recorrido con mis caricias esa línea ondulante y divina que va desde la garganta hasta los pies, siguiendo todas las curvas de la carne.»(3)

Entre los autores españoles, acaso sea Valle-Inclán quien más ha exaltado el fetiche de los cabellos. En Sonata de otoño, el lujurioso marqués de Bradomín le dice a Concha: «¿Te acuerdas de cuando quería que me disciplinases con la madeja de tu pelo? Cúbreme ahora con él.» Ella, amorosa y complaciente, «echó sobre mí el velo oloroso de su cabellera. Yo respiré con la faz sumergida como en una fuente santa, y mi alma se llenó de delicia y de recuerdos florecidos. El corazón de Concha latía con violencia. Mis manos trémulas desbrocharon su túnica, y mis labios besaron su carne.»(4)

Uno imagina al autor mesándose a intervalos la larga barba deshilachada, mientras escribía este pasaje otoñal.

El cabello tiene también un papel fundamental en el dramático desenlace del cuento de Valle-Inclán Rosarito: «El alfilerón de oro que momentos antes aún sujetaba la trenza de la niña está bárbaramente clavado en su pecho, sobre el corazón. La rubia cabellera extiéndese por la almohada, trágica, magdalénica.»(5)

Entre los colores del cabello humano, el rojo, que oscila entre el tono rubí o cereza y el cobre, es el menos frecuente, ya que sólo se encuentra en un 1% o un 2% de la población mundial. Esa rareza ha hecho de pelirrojas y pelirrojos un singular objeto de deseo, pero también, sobre todo en épocas de conflicto, los ha convertido en una minoría perseguida. Una larga tradición, subrayada por numerosas representaciones iconográficas, ha teñido de rojo el cabello de personajes como Caín, el primer asesino de la Biblia, el rencoroso Esaú o Judas, traidor por antonomasia.

Ya en el antiguo Egipto, para reconciliarse con el dios Osiris, los hombres de pelo rojo eran sacrificados, a fin de que sus cenizas, mezcladas con las semillas de trigo, diesen lugar a espigas doradas. Y en la Edad Media, en toda Europa, los pelirrojos, hombres y mujeres pero especialmente estas últimas, padecían la acusación de tener comercio carnal con el diablo. El cabello rojo, los lunares y la disposición de las pecas bastaban para demostrar que sus poseedoras habían estado demasiado cerca de las llamas del infierno. Se estima que, a lo largo de siglo y medio, esos rasgos enviaron a la hoguera a unas veinte mil mujeres.

Y es que el pelo rojo, además de ser signo de oprobio y deshonor, se consideraba atributo de gente apasionada y lujuriosa, que vivía para satisfacer sus instintos y carecía de fe y de ley. En la mente de los inquisidores, el pelo rojo evocaba la hirsuta piel de los zorros, de los gatos rojizos y de las ardillas, animales que también eran sacrificados por miles los martes de Carnaval, en Pascua y durante las noches de san Juan. Incluso Victor Hugo, en Notre-Dame de París, a la hora de atribuir a Quasimodo todos los defectos, le concedió una gran cabeza deforme, erizada de cabellos rojos.

Un inciso. La persecución a los pelirrojos tuvo una reciente derivación, por fortuna paródica, en el videoclip del single Born Free, de la cantante M.I.A., dirigido por Romain Gavras, que escenifica una violenta búsqueda y captura de pelirrojos por parte del ejército estadounidense.

Quizá fueron los pintores prerrafaelistas, desde John Everett Millais a Burne-Jones, pasando por Holman Hunt, Waterhouse y Dante Gabriele Rossetti, amante de la malograda pelirroja Elizabeth Siddal, quienes dieron prestigio y magia a las cabelleras flamígeras. A este lado del canal de la Mancha, Courbet, Toulouse-Lautrec y Renoir siguieron la moda o la reinterpretaron, y poetas como Baudelaire y Verlaine dedicaron sus obras a mendigas y princesas de cabello rojo.

En nuestros días, es el cine quien mantiene viva la antorcha capilar. En 1932, Jane Harlow, que era rubia platino, utilizó una peluca para interpretar La pelirroja. Y Rita Hayworth, pese a sus titubeos iniciales, en los que alternó el negro cuervo con el castaño oscuro, optó por el rojo fulgurante que era su color natural y que, al menos en la pantalla, se avenía a la perfección con la turbulencia de sus personajes. Es bien sabido que Orson Welles, segundo de sus cinco maridos, aumentó el problema de identidad capilar de su esposa al obligarle a prescindir de sus largos bucles y teñirse de rubio para protagonizar La dama de Shangai.

Dado el mayor porcentaje de personas pelirrojas en Escocia, donde son el 13%, y en Irlanda, donde son el 10%, se entiende que muchas actrices hayan nacido en esos lugares, como la irlandesa Maureen O’Hara, quizá la más flamígera y apasionada de todas, o la escocesa Deborah Kerr.

Existe al menos una página de Internet dedicada a famosas actrices pelirrojas (6), donde se especifica si el color se debe a la genética, a la tinción o al uso de pelucas. Pero en esto del cine, como en todo, lo importante son los propios sueños.

(1) Scorolli, C; Ghirlanda, S; Enquist, M; Zattoni, S; Jannini, E A (2007).“Relative prevalence of different fetishes”. International Journal of Impotence Research.

(2) J-K. Huysmans. Contra natura. Tusquets editores, 1980.

(3) Guy de Maupassant. La cabellera. Relato incluido en Obras completas. Aguilar, 1948.

(4) Ramón María del Valle-Inclán. Sonata de otoño. Espasa-Calpe, 1975.

(5) Ramón María del Valle-Inclán. Rosarito. Relato incluido en Historias perversas. Casa editorial Maucci, 1907.