El divino Claudio sobrevuela Britania

La proclamación de Claudio emperador, de Lawrence Alma-Tadema.

Húmeda y desapacible, cubierta por espesas brumas y rodeada por un océano embravecido, la isla de Britania constituía sin duda alguna el culo del mundo romano hacia el 40 d. C. A simple vista cuesta comprender los motivos que llevaron al poderoso Imperio de los Julio-Claudios a emprender una campaña de invasión para anexionarla como provincia, y no únicamente porque las fuentes latinas disponibles sean tan neblinosas como el clima local.

El primer contacto de Roma con tan remota región lo protagonizó por descontado Él, el divino Cayo Julio César que, persiguiendo a los belgas, cruzó un par de veces el canal a hacer un vini, vidi, vici de los suyos. Estuvo solo un par de meses, repartió unas cuantas tarjetas de visita y, dado que lo que vidi no le convenció demasiado, se volvió corriendo a pacificar de nuevo la revoltosa Galia. Si tenemos en cuenta los problemas que le dio una mala mar, la poca preparación de la expedición y algún susto que le dieron los britanos, el balance fue un fiasco. Eso sí, dejó una tribu amiga de Roma —los trinovantes— y una promesa de que los matones de la isla —los catuvellaunos— los dejarían en paz. Tanto le importaba al Imperio la zona que, cuando más de sesenta años después de la visita de César el rey catuvellauno Cunobelino decidió pegar a los trinovantes, quitarles su capital Camulodunum (Colchester) y ocupar gran parte de su territorio, Augusto dio los hechos consumados por buenos. Cunobelino se volvió prorromano y aquí paz y después gloria.

¿Qué ocurrió entonces para que Claudio decidiera ocupar Britania en una guerra relámpago?  Los historiadores recurren a Estrabón para justificar un interés económico, pero, siendo serios, ni el mismo autor clásico considera que la isla esté como para tirar cohetes: el oro no era tanto, el estaño se sacaba de Galicia en mayor cantidad y los esclavos britanos tampoco se cotizaban al alza en los mercados, dado que no eran especialmente atractivos ni por aspecto ni por habilidades. Primos hermanos de los galos, los britanos eran una amalgama dispersa de tribus célticas enfrentadas entre sí de limitado interés para los mercaderes romanos.

Pero había razones de peso que tenían que ver con la política interna romana. Claudio fue proclamado imperator después de que la guardia pretoriana asesinara a su sobrino Calígula; la leyenda cuenta que por ser el primer julio-claudio que encontraron vivo por palacio, el pragmatismo opina que por ser considerado un tonto manipulable. Afectado de una parálisis cerebral que le hacía cojear y tartamudear —cosa que en la Antigüedad clásica te convertía en un apestado—, se tenía una malísima opinión de él hasta que llegó Robert Graves con su inmortal novela a rescatarle. No sabemos si era simpático y entrañable como lo retrata Graves, pero inteligente debía serlo un rato largo. Al menos era perfectamente consciente de que debía su poder a la buena predisposición de los militares, y su reinado, contra lo que pudiera parecer, está sembrado de campañas bélicas: Tracia, Nórico, Iliria, Mauritania, Panfilia, Licia y Judea fueron anexionadas al Imperio además de Britania. La manera de consolidar una imagen de emperador poderoso pasaba por mostrar aptitudes militares, o al menos dar al estamento castrense algo en qué entretenerse.

Otro motivo plausible para planear una operación en un lugar tan remoto e inhóspito tiene que ver con la pacificación definitiva de la Galia. Los romanos se mostraron siempre comprensivos con las religiones de pueblos vecinos o sometidos mientras no cuestionaran las bases de su poder, pero en el caso de los celtas la enemistad con el estamento druídico era muy notoria. Los druidas constituían la élite de la sociedad celta, y lo mismo ejercían de sacerdotes, adivinos o bardos que de expertos en general. Su formación era muy larga y estricta, por lo que muy pocos hombres o mujeres —el femenino de druyd es dryade, no existiendo distinción por género— conseguían la pertenencia a esta reputada casta. Aquí encontramos una batalla épica entre las fuentes latinas —las únicas de primera mano— que señalan costumbres dudosas de los druidas como el sacrificio humano bien por combustión de la víctima dentro de un muñeco de paja o bien adivinatorio según la posición de las entrañas —clavar a un tipo en una cruz por lo visto no cuenta como sacrificio para los romanos—, y las fuentes modernas, generalmente dadas al nacionalismo anglosajón, que consideran a los druidas gentes majísimas de paz y amor y que los romanos —esos intrigantes sureños— exageran porque les tenían manía. Sea como fuere, los druidas parecen haberse resistido al gobierno romano y, dada su enorme influencia entre los celtas, las autoridades imperiales se mostraron muy proclives a destruirlos. Se da la circunstancia de que, a través de los pueblos belgas a ambos lados del canal, el tráfico de información, mercenarios y druidas era constante entre Galia y Britania. La isla estaba considerada un santuario, por lo que la invasión implicaba terminar de someter la Galia.

El pretexto definitivo lo aportaron las disputas familiares britanas. El hijo mayor de Cunobelino, Adminio, rey de la zona de Kent y heredero de los catuvellaunos, se mantuvo prorromano mientras que sus hermanos, Carataco y Togodumno, se fueron inclinando por la facción druídica, consiguiendo finalmente que su padre lo expulsara del territorio. Adminio fue a llorarle al entonces emperador Calígula y le hinchó la cabeza con la expectativa de una fácil conquista de Britania. El autócrata loco preparó en el 40 d. C. una expedición, pero sus legionarios se negaron a cruzar el canal de la Mancha. Calígula, el trol de mayor rango de la historia de la humanidad, los hizo formar frente al mar en orden de batalla, arrojarle las lanzas y recoger conchas de playa como botín. Mantuvo esta humillación hasta llegar a Roma, donde se votó un triunfo por no hacer nada.

Es posible que el proyecto estuviera sobre la mesa de Claudio tres años después, cuando Togodumno fue investido rey y Carataco tuvo consecuentemente que buscarse la vida a costa de las tribus fieles a Roma del sur del Támesis. Velica, rey de los atrébates y damnificado principal, fue a Roma a llorar y etcétera… en resumen, por segunda vez se presentaba la excusa predilecta de los romanos para una intervención, «le has pegado a mi amigo». La celeridad de los preparativos indica que estaba todo previsto: se escogieron nada menos que cuatro legiones (II Augusta, IX Hispana, XIV Gemina y XX Valeria Victrix) con amplia experiencia en acciones «anfibias» y a Aulo Plaucio, veterano soldado y familia política de Claudio, como líder.

El ejército de cuarenta y cinco mil hombres se reunió en los alrededores de la actual Boulogne, y cuando llegó la primavera, época de guerrear —en la Antigüedad se peleaba de abril a octubre aproximadamente—, Claudio se encontró lo mismo que su difunto sobrino: sus mediterráneos soldados se amotinaron porque les daba miedo el Atlántico. El emperador tartamudo envió a su hombre de confianza, Narciso, a convencer a las tropas. Estas, viendo a un liberto griego hablar como un general, se partieron de risa al grito de «Io, Saturnales», en referencia a las fiestas romanas en que el orden social se invertía, y aceptaron cruzar sin problemas.

Carataco ante el tribunal de Roma, grabado de Andrew Birrell a partir de una obra de Henry Fuseli.

A partir de aquí nadie sabe con certeza dónde y cómo desembarcaron los romanos en Britania, hay quien dice que en Richborough (Kent), mismo lugar que César, y hay quien los ubica en diversas zonas de la costa sur, hasta la isla de Wight. Como sea que no hay un claro «Desembarco del Rey», saltamos esta parte y pasamos a los hechos. El motín legionario tuvo un efecto inesperado; Togodumno y Carataco, informados por sus agentes en Galia, desmovilizaron al ejército tribal que habían reunido en abril, por lo que la invasión les pilló desprevenidos. Sabiendo desde los tiempos de César que no era buena estrategia meterse directamente con la infantería romana, les cedieron terreno para hostigarles con su arma favorita: el carro de guerra. Al estilo mesopotámico, lo utilizaban para disparar flechas pasando a toda mecha por delante del enemigo o bien para estrellarlo directamente contra la infantería con la esperanza de romper su formación. Los disciplinados romanos, avisados de las tácticas britanas, infligieron algunas derrotas preliminares a los escurridizos nativos hasta llegar al famoso encuentro del río Medway. Se le llama así porque se sospecha que tuvo lugar en sus alrededores, pero en realidad Dión Casio no indica nombres y la localización es desconocida. El caso es que los reyes britanos habían reunido a toda prisa unos ciento cincuenta mil hombres en el margen norte del río para frenar a los romanos. 

En este punto la preparación de los latinos se mostró imbatible: los soldados auxiliares bátavos (germanos de la actual Holanda), entrenados para cruzar ríos a nado con armadura completa, atravesaron el río por sorpresa justo en el lugar en que se encontraban los caballos de los carros britanos. Mientras mataban a varios miles de animales desbaratando el arma principal del enemigo, en un vado más al suroeste un tal Vespasiano —futuro fundador de la dinastía Flavia— establecía una cabeza de puente con la II Legión. Los britanos huyeron entre la confusión al ver sus carros destruidos y a legionarios romanos formados en su lado del río. Así terminó el primer día de combate; al siguiente, Cneo Hosidio Geta atacó con su XIV legión a través de la posición de Vespasiano a los britanos reagrupados. Esta arriesgada maniobra estuvo a punto de acabar en la captura del propio general, pero a la postre resultó en derrota total de los celtas, que de nuevo escaparon en desbandada. A Geta le votaron un triunfo por esta acción, hecho excepcional no siendo cónsul.

Togodumno murió en combate, o quizá unos días después, y los britanos se dispersaron perseguidos por los victoriosos romanos al norte del Támesis. Según la tradición, Aulo se vio hostigado por los supervivientes en el pantanoso terreno de Essex y no tuvo más remedio que pedir ayuda al emperador in pectore, pero una mirada más crítica indica una comedia orquestada con mucha antelación. 

En efecto, la pista de Carataco desaparece temporalmente sin que se conozca exactamente a qué se dedicó, mientras que parece improbable que Aulo permaneciera parado en los alrededores del Támesis esperando a Claudio durante las seis semanas que tardó este en alcanzar Britania. Es justo lo que un enemigo disperso necesitaría para reorganizarse; más factible parece que Plaucio se dedicara a despejar el área al nordeste del río y preparase el terreno para el advenimiento deus ex machina de su jefe supremo. La puesta en escena de Claudio apunta en este sentido: irrumpió en Britania con una parafernalia de elefantes de guerra (uno se puede imaginar el efecto que estos bichos tendrían entre los autóctonos), pretorianos y demás pirotecnia, se dirigió a Camulodunum y la tomó sin una sola baja. Allí le rindieron pleitesía once tribus britanas —ceremonia seguramente preparada por Aulo— y tras dos semanas en su nueva provincia se volvió corriendo a Roma a celebrar el triunfo.

Este es el punto final de la fulminante invasión del sureste de Britania; a lo largo de los años siguientes los romanos consolidaron su dominio de cuatro siglos, y tras la victoria de Caer Caradoc en el 50 d. C. (un importante santuario druídico), Carataco fue capturado. Llevado a Roma y sorprendentemente liberado, vivió tan pancho en la ciudad hasta su muerte, lo que indica extraordinario respeto por su figura. La resistencia posterior cesó prácticamente tras la revuelta de Boudica, aplastada en el 60 d. C. 

Los huecos entre líneas de las fuentes latinas y la evidencia arqueológica parecen indicar que la conquista de Britania fue una de las operaciones de propaganda más brillantemente coordinadas de la historia antigua, superando a las guerras cántabras de Augusto, para mayor gloria de Claudio, y que tras ella la isla volvió a ocupar el lugar marginal que los romanos le adjudicaron: el agreste confín del Imperio junto a la Arabia Félix en el otro extremo.


Locura y poder

Malcolm McDowell en Caligola, 1979. Fotografía: Penthouse Films International / Felix Cinematografica.

En 1511 salió impreso por primera vez Stultitiae Laus, el Elogio de la locura, de Erasmo de Róterdam. Esta obra fue enormemente influyente en la literatura occidental. Mordaz, crítica y acorde a los usos del Renacimiento, narra el nacimiento de la diosa Locura (a veces traducida como necedad) de los dioses Pluto y Hebe. Da cuenta de sus acompañantes: la Adulación, el Amor Propio, la Demencia, la Pereza, la Molicie, el Olvido y la Voluptuosidad. La propia diosa es la que canta sus alabanzas, habla de los niños y del matrimonio, de la amistad y de cómo solo gracias a la locura cualquier vínculo humano se puede hacer soportable (sin poder negársele la razón por lo vehemente de sus argumentos). Pero algunos de los pasajes más interesantes de la obra son los dedicados a reyes, príncipes y obispos, de cuya molicie hace una crítica descarnada.

Cuenta Erasmo que los príncipes y los reyes adoran la locura pues, de hacerse un juicio acertado de las cargas que deben soportar, su vida solo podría ser triste y desgraciada. Ser soberano implica trabajar noche y día por el bien común, no apartarse de las leyes, conocer la integridad de sus administradores, recordar que todos le miran y que el soberano puede, por sus costumbres, influir útilmente en los otros. De ser príncipes juiciosos, no podrían ni conciliar el sueño ni comer a gusto en sus banquetes. Ahora, gracias a que en el fondo son presos de la locura, dejan todo en manos del destino y de sus consejeros. Los reyes solo escuchan a quien les cuenta lo que desean oír, dedicados a la pereza, a mirar por su placer, siendo hostiles al saber, contrarios a la libertad y la verdad y buscando nada más que su propio provecho. Todos sus ornatos, sus coronas, cetros y púrpura son casi una parodia de lo que son los poderosos en realidad. 

Otro tanto dice de los cardenales y obispos. Regresado recientemente de Roma, Erasmo está totalmente desencantado con el libertinaje que se ha apropiado de la Iglesia católica, y sus escritos, de hecho, abrirían hasta cierto punto el camino a la Reforma protestante. Hace tiempo, dice, que papas y obispos imitan a reyes y sátrapas. Los pastores se alimentan bien y el rebaño lo dejan en manos de Cristo, olvidando lo que significa obispo: «vigilancia». Ven borrosa la doctrina, aunque a la hora de ir a la caza del dinero no se les embota la vista. Los papas dicen ser los vicarios de Cristo, pero si imitaran su pobreza y sus enseñanzas, dice la diosa Locura, solo podrían ser desdichados. Muchas ventajas perderían de hacerlo, pasando sin remedio de la riqueza al ayuno, los siervos a la vigilia y el estudio. Pues, además, para proteger sus ventajas se alzan en armas y trafican con las leyes de Cristo, recurriendo a la sangre tantas veces haga falta para asegurar sus señoríos. 

En esta mordaz crítica que supone el Elogio de la locura se ve un pensamiento que, solo tímidamente, se va a abriendo paso; se empieza a distinguir entre aquello que el gobernante debería ser y lo que es realmente. A diferencia de los escritos de santo Tomás de Aquino, ya no se habla solo del buen príncipe cristiano sino, como Maquiavelo o Tomás Moro, de cómo los gobernantes son en la práctica. Y lo que Erasmo recoge es que, si príncipes y papas fueran lo que deberían ser de acuerdo con su rango, solo cabría hablar de lo penoso de sus trabajos. Es decir, que nadie en su sano juicio querría el poder. Por lo tanto, de aquí se desprende que solo es posible que haya personas que soporten y se regocijen con la carga del poder porque son necios y locos. Dicho de otro modo, que el ejercicio del poder requiere un grado de psicopatía, unas actitudes que predisponen a la inestabilidad mental. Que el poder enloquece o que solo los más locos acceden a él. 

No hace falta indagar demasiado en la historia para encontrarse con todo tipo de casuísticas que refuerzan la tesis de Erasmo. Se suele hablar del caso de Calígula, el emperador romano, como uno de sus ejemplos más acabados, del que decía Séneca que se le miraba a los ojos y ya se le veían las hechuras. Más allá de que según la leyenda el emperador nombró cónsul a su caballo —lo que quizá dijera poco bueno del cargo o de los candidatos alternativos—, Calígula afirmaba ser Júpiter redivivo. A los veintiocho años fue asesinado y su nombre quedó para siempre asociado a la megalomanía del trono. El poder absoluto de los césares dará más ejemplos de locura, desde Nerón a Cómodo, casos que han llegado a nuestros días por su grabado en piedra, no porque sátrapas y tiranos anteriores, desde Persia hasta Tingitana, no hubieran sido equivalentes. Más contemporáneos tenemos a Otto de Baviera y Luis II, que acabaron bajo tratamiento médico, o a Juana la Loca de Castilla o el zar Iván el Terrible, de los cuales se decía que tenían accesos de paranoia. Hasta Juan sin Tierra o Carlos II, apodado «el Hechizado», tenían hechuras de no estar en sus cabales.

En todo caso, no debería confundirse la locura en los fines con ser expeditivo en los medios. De cualquier gobernante se espera un mínimo de racionalidad instrumental, es decir, que oriente sus acciones a conseguir sus objetivos políticos. A lo largo de la historia eso ha conllevado consigo atrocidades terribles, desde que los partos arrojaran oro fundido por la garganta de Craso hasta las mutilaciones de los desposeídos del trono bizantino o las purgas de las familias de los rivales. Hasta la mayor monstruosidad humana jamás acometida, el Holocausto, fue ejecutada con una meticulosa racionalidad. Por el contrario, la locura es una perversión en el origen de los propios fines, pero esto no tiene por qué condicionar que haya una ejecución minuciosa en él. O al menos no siempre. Lo que implica la locura es algo más terrible: la falta de previsibilidad. Esto, muchas veces alentado desde el propio poder, es lo que más tensión genera en la Corte y el pueblo. Lo opuesto a la ley es dejarlo todo en manos del diablillo que brilla en los ojos del rey loco.

Mao tocando las palmas. Foto: Cordon.

Los tiranos contemporáneos también recurren a esto en dosis más o menos moderadas. Las dictaduras caracterizadas como personalistas (por oposición a las de partido dominante o las monárquicas), por ejemplo, lo hacen a través de la figura del culto a la personalidad. Enormes retratos en cada plaza, megafonía que canta loas al nombre del querido líder, grabados y figuras conmemorativas, festividades especiales el día de su cumpleaños o alabanzas al dictador como motor del mundo o portador de la lluvia; la obra de un verdadero megalómano con plenos poderes a la cual recurrieron y recurren desde Mao a Lenin, desde Al Asad hasta Kim Jong-un. Son como pequeños Calígulas embebidos de ego y de locura, si bien tienen detrás de esto una intencionalidad. 

Para el tirano ególatra, el culto a su persona es algo que puede servir para la formación de verdaderos creyentes para la causa, algo que siempre es útil. Es posible que de repetir ad infinitum las virtudes del líder termine habiendo quien de verdad lo compre, en especial con los medios de comunicación debidamente controlados. La megalomanía es el cimiento de la propaganda que apuntala al régimen. Sin embargo, la principal ventaja del culto a la personalidad es la construcción de barreras adicionales a que la oposición pueda coordinarse contra el régimen. Resulta tan difícil que nadie puede organizarse, incluso desde una perspectiva psicológica, con los ojos del tirano siempre mirando. Y mientras, siempre hay esos costes asociados a tener que salir al siguiente desfile y aplaudir con la fuerza necesaria, besar con suficiente fuerza los pies de la estatua del dictador. Eso, que el líder combina con una intensa policía secreta y mil maneras de ejecución de sus adversarios, acrecienta el miedo al poder arbitrario. A ese rey loco que controla el país.

Pero viremos hacia el político en cualquier democracia. Cuando nuestros políticos están en un entorno tan cambiante como el de ahora, tan sobreexpuestos a los medios de comunicación, sin apenas tiempo para pensar (y solo para reaccionar), la pregunta pertinente es si el que accede al cargo ya tiene los rasgos de la psicopatía o es la propia púrpura la que lo enloquece. Hay estudios que apuntan que la mayoría de los presidentes de EE. UU., por ejemplo, han tenido rasgos de psicópata, incluso antes de la era Trump. Tiene sentido imaginar que cualquiera lo suficientemente ambicioso para entrar en política debe tener atributos como el desparpajo o la confianza en uno mismo. Con frecuencia, la ambición se marida con la mezquindad, la sociopatía y un concepto de las personas como medios y no como fines en sí mismas. Las presiones sobre el espíritu son demasiado fuertes como para no provocar algún quebranto. 

Pensemos por un momento cómo se sentirá el líder de un partido acosado por conspiraciones internas, en lucha continua con sus rivales de otras formaciones, rodeado de aduladores, vilipendiado en las redes sociales y los medios de comunicación y sintiéndose cada vez más solo y aislado. El poder es una implacable trituradora que encanece las sienes y pudre la razón. Con razón, al final su círculo se cierra y se vuelven locos. Cuanto mayor es el poder, cuanta mayor es la cercanía a la Khaleesi, más fuerte es la presión sobre ellos. Ni siquiera tienen la certeza de si seguirán en el cargo y se aferran cada vez más fuerte a los oropeles del poder, a su disfrute desenfrenado. El pensamiento libre va muriendo, las filas se vuelven prietas y las sonrisas son todas forzadas. En la intimidad, se abandonan al alcohol, las drogas o al sexo, algo que sirva para recordarles que aún están vivos de alguna manera. La locura termina siendo su único escudo.

Decía Max Weber que un político de vocación requería de pasión, responsabilidad y mesura. Pasión para tener un motor interior que espolee sus acciones; responsabilidad para hacerse cargo de las consecuencias que tienen y mesura para tener una respetuosa distancia con el ejercicio del poder. Es probablemente esto último lo que más toca con la relación con la locura, donde él ve la perversión de su tiempo. Él ve al político vacío de pura ambición como algo siniestro que crece cada vez más en la Alemania de entreguerras. Y apunta muy bien cómo el narcisismo de la política termina abriendo el camino a todos los males. Hoy es complicado no pensar que la locura y la política son las dos caras de una moneda, donde pasar un psicotécnico sería impensable en un consejo de gobierno. 

La locura, que viene impuesta por la naturaleza del poder, termina por matar el último elemento que queda para su ejercicio: la empatía. El momento en el que todo gira en torno a las pasiones de ese personaje que se mueve por pulsiones, que empeña toda la energía y esfuerzo en satisfacerlas. Ya no hay capacidad de sentir por el otro, solo por sí mismo. Normal que los antiguos recomendaran escapar del cáliz de la política a aquel que aspirase a la salvación de su alma. Hay que tener un punto de loco para hacer política. Benditos aquellos que la hacen y tienen un ancla en la razón. 


Jesús de Nazaret (VI): la divinización

Jesús de Nazaret (1977). Imagen: ITC Films / RAI Radiotelevisione Italiana

(Viene de la quinta parte)

Los cobardes, los descreídos, los abominables, los asesinos, los lascivos, los magos, los idólatras y los embusteros, todos ellos irán a un lago que arde con fuego y azufre. Esa será su segunda muerte. (Libro del Apocalipsis).

La salvación

En el Imperio romano, como en todas las naciones del mundo antiguo, la vida del ciudadano humilde era muy dura. Las recompensas al trabajo, la honradez y la bondad eran escasas. Muchos hombres y mujeres debían de sentir honda indefensión ante una existencia miserable cuyas circunstancias no podían controlar, indefensión agravada por la mentalidad politeísta que describía un universo amoral donde no importaba el destino de un ser humano anónimo. No es que los romanos no creyesen en la existencia de dioses bondadosos; los había, pero no eran los únicos dioses en los que creían. También había dioses caprichosos e incluso malvados, así como demonios y demiurgos. En las esferas celestes se libraba una guerra entre fuerzas divinas que no tenía en cuenta los intereses del ser humano, cuya posición en la escala de la dignidad estaba solo por encima de la posición de los animales. Todo esto aplastaba la autoestima de los sufridos habitantes de la Tierra, quienes sentían una desesperada necesidad de protección.

Las religiones politeístas del antiguo Mediterráneo no eran mecanismos para la salvación eterna, sino herramientas de autodefensa para la vida cotidiana. Se basaban en la constante negociación: mediante ofrendas, sacrificios y ceremonias, las personas pedían favores a los dioses esperando que estos se molestasen en responder otorgándoles cierto grado de protección frente a los males del mundo. Ofrendas concretas para pedir favores concretos. El ateísmo era casi inexistente y se daba por hecho que las divinidades, aunque invisibles, no eran distantes y se ocupaban de manera activa en el funcionamiento de todo lo que el universo contenía: el clima, los ciclos agrícolas, los nacimientos, la salud, etc.

Esta visión utilitaria de los dioses facilitaba cierto tipo de apertura religiosa pues cada persona, en función de sus necesidades concretas, tenía derecho a elegir a qué dioses realizar ofrendas. Los romanos del siglo I rezaban a los grandes dioses del panteón olímpico, pero también a pequeñas divinidades locales y familiares, incluso a otras procedentes de religiones extranjeras. Cualquier divinidad era válida si se le podía pedir algo. El culto activo, el acto de realizar ofrendas y sacrificios, constituía el motor de la vida religiosa. En el Imperio también formaba parte de la vida pública y política, aunque la fusión entre religión y Estado era sobre todo ceremonial. En Roma, y en los politeísmos en general, no había creencias homogéneas ni dogmas firmes. Tampoco había una moralidad religiosa inmutables, pues la moral provenía sobre todo de la ética secular y de conceptos cívicos y terrenales.

El judaísmo del siglo I era otro tipo de religión. Se suele hacer énfasis en su carácter monoteísta como principal peculiaridad, aunque esto es una media verdad. Podría decirse que el judaísmo era de carácter henoteísta, una monolatría; esto es, una religión en la que se rendía culto a un único dios (Yahvé), pero donde se concedía la posibilidad de que pudiesen existir otros dioses. El judaísmo prohibía adorar a otros dioses que no fuesen Yahvé, pero no existía una posición única sobre la existencia o inexistencia de esos otros dioses. Esto se debía a la preponderancia del cumplimiento de las leyes mosaicas, de la moral, sobre la fe. El judaísmo, al contrario que los politeísmos, sí era una religión dogmática y contenía un sólido cuerpo de normas morales de origen divino. Aunque los israelitas realizaban sacrificios y ofrendas, no correspondían a un proceso de negociación, sino al cumplimiento de un pacto que habían firmado con Yahvé. Un pacto con un objetivo concreto: el establecimiento de un reino paradisíaco en Israel. Las leyes mosaicas, comunicadas por Yahvé a su pueblo elegido, conformaban la moral porque eran la parte del trato que los israelitas debían cumplir para aspirar a ese prometido reino. Los judíos debían cumplir aquellas leyes para hacerse merecedores del cumplimiento de las profecías sobre el Reino de Dios. Nada de esto concernía a quienes no eran judíos, que podían interesarse por estas cosas, pero no participar en ellas. Hasta que apareció Pablo de Tarso en escena.

La buena noticia

Según la tradición, Pablo de Tarso se dedicaba a la confección de tiendas y artículos de cuero. Si no fue esa su profesión, debió de ser una muy similar, artesanal o comercial, que le permitía ponerse a trabajar por cuenta propia en cada ciudad a la que iba para predicar. Se establecía con su negocio, como él mismo decía en sus cartas, para no suponerles una carga a sus seguidores.

Pablo empezó a viajar por diversas ciudades del Imperio propagando la noticia de que el dios de los judíos, Yahvé, acababa de intervenir de manera espectacular en los asuntos terrestres. Había sucedido en aquella misma generación, en Palestina. Un enviado de Yahvé, llamado Jesús de Nazaret, había prometido acoger en el futuro reino de Israel a todos los que creyesen en su mensaje. A todos, no solo a los judíos. Esto contradecía lo que defendían los seguidores originales de Jesús, pero estos se encontraban relativamente aislados en Palestina y no tenían influencia sobre las afirmaciones que Pablo realizaba en otros puntos del Imperio. Pablo insistía en que Jesús había obrado el mayor de los milagros: regresar de la muerte. Sus seguidores habían encontrado vacío su sepulcro y después Jesús se les había aparecido en visiones. El propio Pablo aseguraba haber visto a Jesús resucitado también. Dado su celo misionero, es muy posible que de verdad creyese haberlo visto.

Pablo no siempre tenía éxito. Trabajo debía de costarle hacer nuevos conversos. Encontraba especiales dificultades a la hora de intentar convencer a los judíos en las sinagogas porque, como vimos en partes anteriores, para los judíos carecía de sentido la idea de un mesías crucificado. Solo los judíos que pertenecían al círculo más cercano de Jesús y aquellos que como Pablo no fueron cercanos, pero sí tuvieron visiones, creían en el carácter mesiánico de Jesús. Entre los gentiles Pablo consiguió más adhesiones. No muchas, pero las suficientes como para crear pequeñas comunidades que perduraron y prosperaron. El motivo de la conversión era simple: quien creía en las palabras de Pablo, creía que la resurrección demostraba que Jesús era el enviado de un dios muy poderoso, lo cual podía llamar la atención de cualquier romano. La gente no resucita. Y el balance de poder, la comparación entre lo que unos dioses podían hacer y otros no, era un elemento importante a la hora de decidir a cuáles rendir culto. Además, como los romanos paganos no compartían la idea preconcebida que los judíos tenían sobre lo que debía ser el Mesías —esto es, un rey triunfante—, pudieron aceptar que dicho Mesías hubiese sido crucificado. Cierto, era una muerte vergonzosa a ojos de un romano, pero los propios romanos podían entender que alguien con la pretensión de ser el «futuro rey de Israel» acabase clavado en unos maderos. Así, los judíos centraban la mirada en la crucifixión y eso los volvía escépticos hacia el mesianismo de Jesús; los paganos, en cambio, centraban la mirada en la resurrección como demostración de poder del dios que lo había enviado a la Tierra. Eso explica la rápida implantación del cristianismo en pequeñas comunidades grecorromanas y su posterior expansión, progresiva pero imparable, por todo el Imperio.

Jesús de Nazaret (1977). Imagen: ITC Films / RAI Radiotelevisione Italiana.

Los primeros seguidores de Jesús, incluido Pablo, no pensaban que Jesús ofrecía una salvación que tendría lugar después de la muerte. La muerte es incierta y nadie sabía lo que hay después. El mensaje de Jesús había sido otro: la salvación de sus seguidores iba a ser un suceso físico y no exclusivamente espiritual. El Reino de Dios sería un reino paradisíaco, pero terrenal, donde los justos vivirían por siempre. Según Jesús, iba a suceder en aquella misma generación. Así pues, Jesús había resucitado, pero sus seguidores no necesitarían resucitar porque nunca llegarían a morir. Esta idea no fue desmentida por los primeros Evangelios, escritos cuando aún cabía la posibilidad de que quedasen vivos algunos de los primeros discípulos de Jesús. En esos textos se recoge esta idea cuando se narra que Jesús les dice a sus discípulos «no conoceréis la muerte antes de que se cumplan estas cosas». En la década de los setenta del siglo I, la Parusía o segunda y definitiva venida del Mesías era una esperanza todavía inmediata y tangible, algo que debía suceder en pocos años. La perspectiva de librarse de la muerte y ser recompensado con una vida plena y feliz en el reconstituido reino de Israel, el «Reino de Dios», se convertía en un gran aliciente para reconocer a Jesús como un verdadero profeta. Y Pablo, el apóstol o «mensajero» a quien conocían los grecorromanos, aseguraba que ese reconocimiento de Jesús como enviado de Dios era requisito suficiente para formar parte de su reino. No hacía falta ser judío ni cumplir con las leyes mosaicas.

La segunda venida de Jesús, sin embargo, no se produjo. Las primeras generaciones de seguidores empezaron a morir y el Mesías no había retornado para impedirlo: la promesa de que «no conoceréis la muerte» había sido incumplida. Para los nuevos conversos, sin embargo, esto no fue un problema insalvable. Su idea de un «Reino de Dios» era mucho más flexible que la idea que habían tenido los cristianos judíos. Encontraban fácil concebir una salvación posterior a la muerte. Los creyentes ya no habitarían un reino de Israel paradisíaco y terrenal, sino otro reino igual de paradisíaco, o más, pero espiritual y situado en alguna dimensión celestial. La modificación de la promesa contradecía el mensaje evangélico original, pero no de manera flagrante. En el fondo, se seguía prometiendo una vida eterna y feliz; eso era lo importante.

Otro aliciente para la conversión de paganos grecorromanos era el orden y armonía de la teología judeocristiana tal y como era expresada en bellos escritos que no encontraban parangón en las religiones politeístas. También, y sobre todo, un sistema moral con el que manejarse en la vida cotidiana. Esto era algo que solo había ofrecido el judaísmo —al que los romanos no podían convertirse con facilidad, como ya explicamos—, pero que no estaba presente en las religiones politeístas, donde la confusión cosmogónica y teológica impedía la formulación de preceptos duraderos. La moral romana era, sobre todo, una ética cívica y terrenal. Pero a finales del siglo I ya estaba muy extendida la opinión de que el Imperio había perdido su integridad moral. En el recuerdo permanecían los ecos de la Roma de los inicios, cuando la ciudad había heredado valores sencillos y honestos propios del entorno agrario. Esta nostalgia de un pasado más decente circulaba desde los estertores de la República, pero fue agudizada en el siglo I por la inestabilidad política y el negro historial de algunos emperadores. Hoy los historiadores afirman que no todo lo que se contaba sobre aquellos emperadores tenía por qué ser cierto, pero muchos romanos de entonces sí creían las peores habladurías. De Tiberio se decía que en su retiro se había entregado a toda clase de aberraciones sexuales, incluidas prácticas sadomasoquistas y pederastia. De Calígula se decía que practicaba el incesto, cometía asesinatos y otras cosas terribles, algunas de las cuales, para colmo, resultaron innegables incluso para sus antiguos partidarios porque ellos mismos habían sido testigos de ellas. Ambos emperadores habían muerto asesinados. Otros emperadores se suicidaron o fueron depuestos mediante la fuerza, como Nerón. La incertidumbre política se sumaba a la incertidumbre vital.

La figura de Jesús, aunque todavía generaba un culto minoritario, ofrecía una salida. Primero, ofrecía la posibilidad de adoptar ese sistema moral que los romanos siempre habían visto como superior, el judío, pero sin la necesidad de circuncidarse ni de cumplir sus más fastidiosas normas. De hecho, y siguiendo el ejemplo de Pablo, los cristianos podían despojar al judaísmo de todo aquello que no les gustaba para adaptarlo a su propia mentalidad. El neojudaísmo de Pablo se convirtió en pseudojudaísmo y más tarde en una secta tan diferenciada ya no podía ser considerada una secta judía. El título de Mesías, el «ungido», fue traducido al término griego equivalente Χριστός (Xristós) y después al latín Christus. Los seguidores de Jesús el Cristo empezaron a ser conocidos como «cristianos», cuyo significado literal es «seguidores del Mesías».

Como contrapartida a este abandono de ciertas leyes judías, se empezó a endurecer un aspecto: el del castigo. Los judíos no creían en el infierno o, más bien, albergaban conceptos difusos sobre un inframundo común para justos y pecadores, el Sheol, o sobre una especie de purgatorio punitivo, el Gehena. Pero no eran elementos centrales de su religión, pues no existía una idea unitaria sobre la otra vida. No era el castigo tras la muerte lo que más les preocupaba, sino el castigo en vida, pues en la Biblia hebrea Dios suele aplicar su castigo en la esfera terrenal (incluyendo, cosa no desdeñable, los propios castigos religiosos aplicados por las autoridades). Jesús no había insistido en los castigos terrenales. Los cristianos, no obstante, tardaron poco en idear castigos aterradores y eternos en el infierno. Si la salvación se había vuelto fácil, pues bastaba la fe, también fácil se volvería la condenación eterna ganada por la falta de fe. El concepto de infierno se haría más sólido al mismo tiempo que otro concepto nuevo: la idea de que Jesús era Dios.

De Jesús el hombre a Jesús el dios

Jesús de Nazaret (1977). Imagen: ITC Films / RAI Radiotelevisione Italiana.

En el mundo antiguo no existía una frontera clara entre lo humano y lo divino, no había un abismo abrupto, sino toda una escala de diferentes gradaciones de divinidad. Un ser podía ser divino en su totalidad, divino a medias, o ser humano con unas trazas de divinidad.

Había dioses inaccesibles, inmateriales o misteriosos, pero lo divino también podía manifestarse en dioses intermedios, ángeles, demiurgos, demonios y espíritus de toda índole. Algunos seres divinos descendían a la esfera terrenal; era la encarnación que les permitía cumplir determinadas misiones o satisfacer ciertos caprichos. Si, por ejemplo, un dios se encaprichaba de una mujer humana y se encarnaba en cuerpo terrenal para mantener relaciones sexuales con ella, el hijo engendrado por ambos sería un semidiós a medio camino entre lo humano y lo divino. Un semidiós también podía nacer de una madre virgen a la que un ser divino hubiese impregnado sin acto sexual, mito que se le aplicaría a Jesús en los Evangelios de Mateo y Lucas.

El proceso inverso a la encarnación era la exaltación. Un ser humano era elevado a la categoría de dios en atención a circunstancias o cualidades extraordinarias. Se podía divinizar a reyes, faraones y emperadores, así como a profetas y otros personajes importantes. Otras personas podían ser exaltadas debido a su inteligencia, su sabiduría, su valentía, su belleza o alguna otra cualidad. Todo esto variaba según culturas y épocas, pero la ausencia de una frontera delimitada entre lo humano y lo divino era común en todas las mitologías, incluso en la israelita. El que un individuo humano tuviese una faceta divina no lo convertía siempre en el equivalente de un dios. Sí le concedía una dignidad superior o poderes extraordinarios. El Mesías que esperaban los judíos no era una encarnación de Yahvé, sino un enviado humano cuya faceta divina podía manifestarse en su visión profética y la capacidad para realizar actos prodigiosos. De hecho, en el siglo I no solamente esperaban los judíos que el Mesías fuese humano, sino que debía descender de una estirpe humana concreta que se remontaba mil años hasta el rey David. Por supuesto, también se esperaba que su parte divina lo hiciese capaz de cumplir con las grandiosas profecías bíblicas; esa parte divina se la concedería Yahvé a modo de arma o herramienta para cumplir sus fines. Pero el Mesías no era Dios, esa idea no hubiese tenido sentido para los judíos.

Los cristianos grecorromanos se basaban en las escrituras de la Biblia judía, pero las interpretaban de otra manera, ayudados por la creciente circulación de textos nuevos que reinterpretaban esa mitología judía desde una perspectiva más acorde con su mentalidad. Eso sí, los cristianos todavía no concebían usar la cruz como símbolo, porque hubiese sido como usar una bala para rendir homenaje a Martin Luther King. La cruz solo tenía sentido como símbolo conceptual en los textos teológicos, pero no como signo visible que emplear en la vida cotidiana, donde se hubiese considerado una exhibición de muy mal gusto (la cruz como símbolo visible solo se haría omnipresente después de que el imperio aboliese la crucifixión). Los cristianos primitivos preferían otras maneras de referirse a Jesús. Como el famoso pez, pues es sabido que la palabra «pez» en griego, ΙΧΘΥΣ, servía como anagrama de Ἰησοῦς Χριστός Θεοῦ Υἱός Σωτήρ, «Jesús el Mesías, hijo de Dios y salvador». Esto no se hacía al principio, por cierto, como una manera de ocultarse porque el cristianismo estuviese proscrito, pues las persecuciones generalizadas tardarían tiempo en llegar.

La rápida divinización de Jesús tenía sentido en el mundo grecorromano. Se hacía continuamente con personas ilustres. Aunque no todos los cristianos lo divinizaban por igual, división que se percibe en los cuatro Evangelios que contiene el Nuevo Testamento. En Marcos, Jesús es un Mesías humano, aunque dotado por Yahvé con capacidades sobrenaturales (capacidades procedentes de la divinidad y por tanto, en cierto modo, rasgos de divinidad en sí mismas). En Mateo y Lucas, Jesús es más parecido a un semidiós, incluyendo la virginidad de su madre y otros prodigios relacionados con el nacimiento. En Juan, Jesús es ya una encarnación divina con todas las letras. Estos cuatro Evangelios fueron escritos en el transcurso de una o dos décadas, lo cual da idea de la rapidez con que cambiaban las ideas según eran interpretadas por cada comunidad o autor. Hubo otros Evangelios y textos cristianos que se quedaron fuera del Nuevo Testamento, pero que ofrecían versiones muy diferentes del grado de divinidad atribuible a Jesús.

Al final, cuando la Iglesia se centralizó, se impuso la versión de que Jesús era una encarnación de Yahvé, pero hubo muchas otras ideas que tuvieron popularidad en épocas y regiones concretas. Los debates (como los que tuvieron lugar en el Concilio de Nicea sobre si Jesús estaba subordinado a Dios o si era un igual a Dios o si era Dios mismo) fueron cerrados con el tiempo más por efecto de ejercicios de autoridad que de una verdadera demostración incontestable en el campo de la teología. La idea victoriosa fue la de que Jesús es un igual a Dios y no un subordinado de Dios. Quienes discrepaban, como los arrianistas o los marcionitas, tenían sus buenos motivos para no estar de acuerdo. Por ejemplo, el concepto de la Trinidad era tan incomprensible que muchos cristianos lo rechazaban de manera abierta por considerarlo absurdo. La mera identificación de Jesús con Yahvé presentaba muchos problemas de índole lógica e intelectual. Por eso, aunque la divinización de Jesús comenzó de manera temprana, durante siglos hubo muchos cristianos que no quedaron convencidos por lo que hoy consideramos la ortodoxia. Hasta que los discrepantes fueron perseguidos como herejes, esas herejías fueron, de hecho, la ortodoxia en determinados ámbitos geográficos y temporales.

La idea de que Jesús fuese Dios era discutida, pero poderosa desde el punto de vista mitológico. En especial porque los cristianos empezaron no solo a abandonar el culto a otros dioses, sino a convertir la fe, la creencia en Jesús, en una virtud principal. Como tal virtud principal, esa creencia en Jesús no solo condujo a su identificación con Dios, sino que empezó a requerir exclusividad, llevando al rechazo de la noción de que pudiese haber otros dioses. Sin embargo, como sucedía en el judaísmo, el cristianismo tenía (y aún tiene) mucho de henoteísmo. Figuras como los ángeles, los santos o la propia Virgen María se encuentran en estadios intermedios de la escala de divinidad y la barrera infranqueable entre lo divino y lo humano existía más en la mente de los cristianos que en sus prácticas religiosas. Aún hoy se le ofrecen sacrificios a santos y vírgenes para pedir favores o la intercesión ante Dios, reconociendo que esas figuras ocupan un lugar intermedio entre la esfera humana y el Dios supremo, pero habiéndoles retirado la divinidad más de manera nominal que conceptual. Incluso Satanás es un ente que, en lo funcional, pertenece a la esfera divina, aunque de manera nominal no se lo considere una divinidad. El monoteísmo cristiano es, como poco, ambiguo. Y el obstáculo para que el cristianismo admitiese ser una monolatría plagada de divinidades intermedias era la concepción del universo como una monarquía absoluta. Si Jesús-Dios reinaba sobre toda la Creación, nada podía escapar a sus designios. Todos los mecanismos de lo natural y lo sobrenatural, antes repartidos entre un sinnúmero de dioses que los manejaban según intereses dispares, estaban ahora bajo el mando único de Jesús-Dios. Las contradicciones, como la creencia en elementos angelicales o diabólicos que ejercían sus propias acciones sobre partes del universo, eran resueltas con piruetas teológicas o simplemente nominales.

La divinización de Jesús también condujo a una visión más esclerótica y dogmática de su biografía. Jesús ya no podía compartir los pecados e imperfecciones propias de los seres humanos. Cabe aclarar que no es cierto que se ocultasen supuestos hechos biográficos como que Jesús estuviese casado o tuviese hijos, ya que no hay rastro de esos hechos ni siquiera en la tradición más temprana. Pero sí pasó a considerarse blasfema, por ejemplo, la mera insinuación de que Jesús hubiese podido tener una vida sexual o por lo menos un interés en el sexo como se le presupone a casi cualquier persona. Un Jesús divinizado debía estar libre de todo pecado, incluyendo el pecado original. Se asumió una biografía tradicional que era una combinación de los cuatro Evangelios canonizados —pese a que estos se contradicen entre sí numerosas veces— y ciertas presunciones teológicas. La figura de Jesús, tan distinta según el Evangelio que se lea (en especial si se compara Marcos con Juan), fue reinventada según las necesidades de cada época y grupo concreto. Durante más de mil quinientos años, el análisis de los textos evangélicos se limitó a lo teológico. Esos textos no serían tratados desde una perspectiva histórica y crítica hasta el siglo XVIII, cuando se empezó a pensar que quizá la información tradicional sobre Jesús no era fiable. Este enfoque, claro, había sido impensable durante los largos siglos en que nadie podía osar poner en duda la ortodoxia de Jesús como Dios.

(Continuará)


Juego de tronos VIII, segunda parte: lo mejor

Él nunca lo haría. Fotografía: HBO.

Aquí estamos, con todos los avíos, preparados para darle la ración de aplausos que Juego de tronos (también) se merece. Han sido ocho años llenitos a rebosar de apaños cutres como una pared de gotelé, pero el turno de ponernos vinagres fue ayer, cuando les perdonamos la vida a D. B. Weiss y David Benioff por los siete peores errores la la última temporada. Quedó claro, pero insistimos en lo obvio: JESÚS, QUÉ PRISAS. Toda la (larga) noche por delante y al final, zaca zaca, casquete conejero. Que bien, a ver, pero que un par de temporadas capítulos no te digo yo que no hubieran rematado mejor todo esto.

En cualquier caso, en esta casa tan tradicional es poner a los showrunners a caer de huargo como lo es lo otro: festejar lo gozoso que nos han dado los Tronos. Que lo ha habido, si no a cuento de qué va usted a saberse doce árboles genealógicos, los nombres de espadas que no existen y para qué sirve la milk of the poppy. Salvo que pertenezca a esa miríada de espectadores que se postra a las tres de la mañana a ver una serie que le pone del hígado, claro, y a anunciarlo luego en internet: en ese caso, abandone toda esperanza con lo que viene a continuación. Aquí solo hallará (más) desespero. Que igual es lo que anda buscando, cada cual que arree con lo suyo. Si es el caso, entonces quédese y refocílese en su odio como un Bolton arrancándose los padrastros. Ah, y una cosa más: SPOILERS hasta en los pies de foto. Y si no le parece bien, le decimos lo mismo que Tyrion a Jon Snow: esto mismo, eh, viene luego y nos lo cuenta, pero dentro de diez años.

1. El knighting de Brienne 

Embriaguez, etapa 3: exaltación de la amistad. Fotografía: HBO.

Desenvainen, que esto va a doler: el segundo capítulo de esta temporada, «Un caballero de los Siete Reinos», en rasgos generales, nos gustó. Fíjese qué extravagancia. Con la muerte acechando a las puertas de Invernalia, Juego de tronos se tomó una pausa de una hora para la intimidad, para celebrar una fiesta más triste que la despedida de soltera de Roslin Frey. Sin lúbricas escenas de tetas, dragones, combates, adrenalina o acaso muertes. Lo que se conoce en la jerga como un bottle episode y que en román paladino viene a significar una sola cosa: encender un fuego y poner a los personajes a dialogar a tumba abierta, con esa honestidad que solo emerge ante la inminencia de una catástrofe. «Es la muerte», dice Gendry por si acaso no estaba claro. Y esto fue una prebatalla fabulosa. Entiéndanos: no solo es que defendamos que no todos los episodios puedan ser «Aguasnegras» (ninguno, entonces, lo sería) ni que hagan capítulos como «Un caballero de los Siete Reinos» como refrescante impás entre batallas; es que simple y llanamente fue bonito y emocionante, dos adjetivos tan atípicos en Juego de tronos como dos tórtolos comiendo perdices. Fue una excusa para dar las últimas bocanadas de aire antes de que el olor a muerte lo pudriese todo. Y para abrir por fin un nuevo melón, que siempre es algo muy sano: «caballera». Real Academia, ya estás tardando.

Fue un episodio tan bonito porque reunió a los vestigios de la Guardia de la Noche a contemplar el fin de su guardia en lo alto de un muro, lo de menos es que no fuese el Muro. Y sentó a hablar a dos cuñadas, dos mujeres enfrentadas, a tratar de forjar una conciliación que nació muerta. Ese tête à tête de Sansa y Daenerys (lo sabemos ahora) pudo ser la última oportunidad de la Targaryen para enderezar su porvenir, pero optó por lo de siempre: la caja, la caja, la caja. Y la otra, a la que ya no le queda un pelo de tonta en su roja cabecita, permaneció con las lealtades intactas. Menuda es. Mire: todo lo sufrido por ambas nos ha conducido hasta aquí, hasta esta mismísima escena en la que uno podría quedarse a okupar. Lo alabamos porque, si lo piensa, era sencillísimo que la conversación se hubiera despeñado por la agonía de una pelea de gatas escupiéndose «mimimimimi». Pero no: Lady of the North y la madre de dragones se sentaron a hacer política. Solo fracasaron en su alianza.

Tía, ¿tú estás bien? Pues ya está. Fotografía: HBO.

Hubo ritos de despedida, brindis, últimas voluntades, recordatorio de anécdotas y vino de Dorne. Tormund se hizo meme, Davos fue más Davos que nunca y Arya echó su primer pinchito. Tuvieron la delicadeza de dejar para el final el peaje más coñazo del guion, LA conversación entre tía y sobrino, allá en la cripta grande. Pero lo mejor de todo, lo que elogiamos como horda de fans histéricos es el Knight King de Brienne, que pivotó todo el episodio. Fue emocionante aquello, ¿verdad? Fíjese, pasó otra cosa: fue digno de y para ella, el reverso luminoso de lo ocurrido con Cersei que criticábamos ayer. Brienne, posiblemente uno de los pocos personajes genuinamente buenos de la serie, recibió un reconocimiento formal que la audiencia no necesitaba, porque el cariño era unánime, pero ella sí. Y el momento lo tuvo todo, como un buen cantar de gesta. Ella, armada caballero de los Siete Reinos rodeada por antiguos enemigos, ahora brothers in arms, premiando su fidelidad y honor. Ella, subvirtiendo el ideal caballeresco y a la vez glorificándolo. Mirando de reojo a Podrick, poderosa e ingenua a partes iguales. Como escarpias. Y todos, todos ellos, con el rostro iluminado por el fuego escuchando una canción de gente que no quiere decirse adiós.

Ojalá, así lo decimos, ojalá ese hubiera sido el broche final para the big woman y no lo que sucedió continuación: Brienne saliendo en bata al patio, EN BATA, con el moco colgando, para suplicarle entre hipidos al poca cosa de Jaime que se quedara, por lo menos, a desayunar. Por mucho placer que le haya procurado el ardor follandero esto no es de recibo, que parece que la pobre os ha hecho algo. Qué indecencia. Y del postrero momento «Brienne, Corín Tellado de Poniente» es que mejor no hablar.

2. Arya mató al Rey de la Noche con la daga de Chéjov

A las penas, puñalás. Fotografía: HBO.

Apareció, recordarán, en segundo capítulo de la primera temporada, hace ya ocho años. Se nos contó una patraña sobre su propietario y luego una medio verdad. A quien pudo interesar, no le quedó otra que marcarse un Samwell Tarly (leer un libro) para descubrir de dónde salía aquella dichosa daga de acero valyrio y empuñadura de hueso de dragón: Tyrion y Jaime destaparon que el rey Robert se la ganó a Meñique en una apuesta y después Joffrey se la birló para encargar el asesinato de Bran. El caso es que el arma empezó a hacer rutas por Poniente, cambiando de manos en una cadena de custodia tirando a chapucera: del sicario a Catelyn Stark, de ella a Rodrik Cassel, después Meñique, Ned Stark y vuelta otra vez a Meñique. Este se la regaló a Bran Stark con todo el recochineo, que ahí aún creíamos que el muchacho estaba en Modo Avión. Total: que al final fue Arya quien hizo algo productivo con ella, rasurándole la yugular a su dueño original en estricto cumplimiento de las instrucciones de Chéjov: sacar la pistola solo para enseñarla es de parguelas.

Que sí, que la daga ha dado más vueltas que una peonza. Y a mí qué. Si lo importante es lo otro, el tema es que fue Arya quien le hizo la envolvente al Rey de la Noche con la daga de marras. Ella solita acabó con el ejército de los muertos, con el invierno perpetuo y con los caminantes blancos, pim pam, de un plumazo. Ese anticlímax provocó que se le dijera de todo: desde «Arya exmachina» hasta «Mary Sue», lo que (además de exhibir una idea bastante rudimentaria de cómo funciona en realidad un deux ex machina o un arquetipo de personaje) refuerza una sensación: que la ninja de los Stark había ocupado un lugar que no le correspondía. Arya, la usurpadora. En serio: ¿Arya, la usurpadora?

Con la mano en el corazón, conteste: ¿molesta acaso que fuera Arya quien acometiera la hazaña? Porque usted, faltaría más, en contra de la muchacha no tiene nada. ¿Quizás lo molesto no es que fuera ella sino que no haya sido Jon Snow, sin más? Porque grazna como un pato y tiene pico. Y le entendemos, no crea. Durante ocho largos años nos han convencido, sin mucha sutileza, de que sería el exbastardo quien daría la estocada final a la gran amenaza de Poniente. Hemos perdido la cuenta de los planos y contraplanos en los que el Rey de la Noche y Jon Snow se cruzaban miradas como chungos de polígono, con ojitos de verás cuando te pille. El antagonismo de uno y otro estaba subrayado en fosforito. Se tenían ganas, vaya que sí. Todo parecía dispuesto, ladrillito a ladrillito, para construir un apoteósico enfrentamiento final entre ambos reyes líderes, una coreografía del bien y el mal con sangre y nieve.

Pero hete aquí que Jon se comporta como una rotunda calamidad en la batalla de Invernalia, y el plan (choricero) le sale regular. Su inestimable campaña de concienciación sobre la hecatombe de un enemigo que ni se cansa ni se detiene (eso sí hay que reconocérselo) no le hizo dar el do de pecho en el día D. Y encima aparece Melissandre a marcarse una fe de erratas antológica y percatarse, sobre la bocina, de que el Azor Ahai igual no era señor, ni tenía derecho dinástico, ni empuñaba un espadón. Estábamos todos (ella, la que más) equivocados. La profecía señalaba a Arya. ¿Dice usted que no le encaja? ¿Por qué? ¿Porque fue Jon quien cumplió, escrupulosamente, con el camino del héroe de Joseph Campbell? Revíselo: Arya también e incluso de forma más tradicional. Las doce etapas, una por una. ¿Porque entonces no se entiende el propósito de la resurrección del que creían protagonista? Pues mire, elija: para reunir la resistencia al Ejército de los Muertos, para matar a Daenerys, para fundar Canadá en el epílogo. Lo que usted quiera. El caso es que no le hace menos héroe no haberle dado matarile al pérfido villano. Si algo socavó su pretendido virtuosismo fueron sus peleles decisiones, sus formas pusilánimes y ese rictus de haberse quedado en tierra de nadie entre el bueno de una película flojita y el Fran Perea de Poniente.

Arya, que en la capítulo anterior estaba preguntando de qué iba la movida esta de los caminantes blancos, que no había visto uno ni en foto, va y los extingue *alaridos incontrolados*. Weiss, Benioff, pasen por caja a recoger la ovación. Con ración doble de vítores y vivas a gogó. Han dicho que ya lo tenían decidido de hace rato, ya verá usted si se los cree. Las pistas estaban ahí, otra cosa es que estuviéramos todos mirando al pajarito. Lo importante es que funcionó a las mil maravillas, aceptamos cookies. Y, además, recompensó que soportáramos aquella adolescencia de Arya tan porculera, ese entrenamiento crossfitero, esa salmodia de the girl has no name, esos aires de Mata Hari con espinillas. Que igual se le ha olvidado. Al final, la chica tuvo nombre, destreza y pericia para hacer lo que tenía que hacerse. ¿Qué le decimos al héroe inmaculado? Not today, Jon Snow.

¿Es usted uno de los damnificados que puso todo su dinero en Jon 2020? Pues menudo papelón. Porque al final ni acabar con el invierno, ni sentarse en el trono, ni procurar una descendencia de Targaryens monísimos y cucús perdidos, ni Cristo que lo fundó. Las profecías, ya ve, son así de puñeteras. R+L= un estupendísimo trasero y rey de los paniaguados.

3. Lyanna Mormont y la ciudad de los niños perdidos

«Ni machismo ni feminismo: igualdad». Fotografía: HBO.

Y hablando de niñas, gestas y dignidad: Lyanna Mormont. Cómo calificar lo que hizo en la batalla de Invernalia: pues mismamente como un revolcón de gustito. Empezó el capítulo poniéndole la cara colorada al más longevo de su casa (Jorah Mormont, hijo, no te libras de una) y acabó por tumbar uno de los enemigos más temibles de la parte muerta de Poniente. Un gigante, un puñetero gigante zombi frente a una niña que no la tose usted ni nadie, pero es solamente una niña. Francamente, nada podemos añadir que la escena no diga ya por sí sola. Así se mata a un personaje tan querido como agotado narrativamente: sin contemplaciones y con épica. Habría sido mucho pedir, suponemos, que no solo abriera un ojo azul cuando se levantaron los caídos, sino que le devorara los sesos a algún dothraki, Es que no tenemos hartura. Pero fue bello verla partir con tanta dignidad.

Especialmente si tenemos presente el jaleo que se traen Weiss y Benioff con jardines de infancia, como decíamos en la entrega anterior. Sin ir más lejos, en este mismo capítulo, nos colocaron a «la niña del cuenco», esa infante de mofletes generosos y cicatrices, que le soltaba a Davos que ella iba directa al campo de batalla. Si hubieran tenido un segundo más de metraje nos cascan un flashback para ver a Shireen Baratheon a la parrilla, para recordarnos las concomitancias de este personaje accesorio. Igual es que han aprendido, pero esta vez el fuego no llegó al niño.

O igual no. Porque mira que tienen obsesión con instrumentalizar a los niños para subrayar lo terrible, lo malo, lo perverso, y mira que se olvidan de ellos en lo bueno. ¿Que de qué hablamos? ¿Vio usted a algún niño en el concilio de Elrond del último capítulo? Nosotros, que contamos con los dedos, nos faltan mocosos por todas partes. Si allí estaban las casas que habían sobrevivido a la libertadora pirómana y al ejército de los muertos, ¿dónde puñetas estaban los Reed y los Karstark? Ni rastro de las jóvenes Alys Karstark y Meera Reed. ¿Y por qué Sam es ahora heredero de los Tarly? Vale que puede adoptar niños y sentarse en la camarilla real, pero ¿y su hermana? Lo mismito con el pingajo ese que nos endosaron como nuevo príncipe de Dorne, aka Aladdin Live Action. Oberyn Martell, que se sepa, tuvo ocho hijas, él mismo lo dijo. ¿No debería ser reina de Dorne la mayor de aquellas (en Dorne, recuerde, mujeres y hombres heredan el trono sin distinción de sexos) y este otro tipo, como mucho, un regente y no un príncipe, como se lo califica expresamente? Pues nada, se conoce que no. Niñas que tenían que estar ahí: por lo menos tres. Recuento total: cero. Igual es que se han ido a fundar un continente nuevo o su propio Señor de las Moscas, vaya usted a saber.

4. La cripta de George A. Romero

 

Evitando a los enemigos, a los trolls y a las mofetas. Fotografía: HBO.

Que si oscuro, que si mal planeado, que si flojito. Sí, todo eso lo hemos dicho ya. Pero sería injusto decir que en «La larga noche» todo fueron tropiezos, la bilis no nos ha llegado aún al gaznate. Además de Lyanna y Arya repartiendo estopa, nos quedamos, sin dudarlo, con otra escena: la de la cripta. Y esto sí que fue una sorpresa, no nos maliciábamos nosotros que aquella otra Cersei bébeda perdida en la segunda temporada fuera a tener un digno rival al premio «lo que mola una santuario en una batalla». Pero sí.

Todo empezó, por ser precisos, con la home invasion de Invernalia. Con Arya ridiendo tributo a George A. Romero y todos sus muertos, esquivando con sigilo zombi tras zombi entre estanterías polvorientas. Para algo la dejaron ciega. La secuencia se construyó con mimo y reverencia, y se notó. Pero lo que nos priva verdaderamente, lo que nos llenó de gozo el alma, fueron esas manos emergiendo de sus sarcófagos, ese pánico a cholón, esa espiral de perdición tenebrosa y orgullosamente terrorífica. Esto es lo que necesita un puto apocalipsis: terror. Que nadie, pero nadie, esté a salvo. Mucho menos los que has escondido ahí para que no sufran un rasguño. Piedad ni gota. La noche era oscura y estaba llena de terrores, ¿no? Pues gracias, Miguel Sapochnik, por los horrendos manjares que pudimos disfrutar. Ojalá sobrevivas al fin del mundo para rodarlo también. Y tan bien.

Incluida, claro está, la estampa de los felices divorciados: Tyrion y Sansa. El último de los Lannister se llevó un par de testarazos de su ex, a la que no se puede negar la disputada corona de reina de los zascas. «Vuestro ingenio no marcaría la diferencia», le suelta al enano cuando sufre un patético arrebato de gallardía. Lo mismo que ese llamamiento al orden que le haría tres capítulos después a su tío Edmure Tully cuando se puso en plan señoro, que sonó como un bofetón a mano abierta y a un «estamos pasando bochorno todos, no te hagas esto y cierra la boca». Al cielo con ella. Y reina y reina y reina. Quién nos lo iba a decir.

Bonus track: muy de agradecer también que nadie, NADIE, pronuncie últimas palabras antes de morir, ensagrentado perdido. A poquitos, pero nos vamos quitando ese ridículo manierismo.

5. La Cremà

Reforma Por Sorpresa. Fotografía: HBO.

Vamos, por fin, a lo gordo. Rediós, qué despliegue. ¿No le gustó el capítulo de «Las campanas»? Pues pínchese a ver si sangra, porque menudo portento. A nosotros nos resultó un pantagruélico festín visual, y no nos vamos a esconder. Le aceptamos que lo de el dragón sorteando las mismas ballestas que fueron letales en el episodio anterior fue duro de digerir, vale. Y que, bueno, la conspiración de Varys que culminó en su barbacoa playera fue, por decirlo finamente, churrigueresca también. Se dice y ya está. Pero aquí les hemos reunido para cantar las alabanzas, no nos liemos.

La batalla de Desembarco del Rey es un sí absoluto. Tarda veintiséis minutos en empezar la mandanga, pero cuando arranca tarda un instante en subirnos a todos a bordo. Los tambores, esa música extradiegética que parece lo contrario, dan paso a los aullidos. Y ya no paran durante cuarenta y cinco minutos. Drogon arrasando Desembarco del Rey, porque esto, señoras y señores, tenía que ser el acabóse, cualquier otra solución nos habría dejado con las bragas en los tobillos. El capítulo se puso el traje de tragedia cruenta, y se fue a bailar su danza macarra. Sangriento, llameante y apabullante, lo mires por donde lo mires. Un delirio estético y palomitero, no diga que no. Para ocasiones como esta deberían reservarse las frases cursis como «de una factura impecable» y derivados, porque habrase visto qué gloria despiadada. «¡Vamos a arrasar ejércitos y a quemar ciudades hasta los cimientos!», nos prometió la Rompedora de Cadenas. Pues toma, una taza, dos y media y un camión cisterna más, por si te quedabas con ganas. Palabra clave: aniquilación. Un chaparrón de instantáneas para imprimir pósteres, y un par de cosas más.

Entre ellas, sí, el discutidísimo plot twist al son de las campanas y al chisporroteo de civiles calcinados. La (mágica) mirada trastornada, a lomos del dragón, de la otrora líder de masas Daenerys. Pero a eso iremos luego, no hay prisa. Antes, alguna cosa más.

6. La Cleganebowl

Liam y Noel Gallagher, 2045. Fotografía: HBO.

Ya saben, o deberían saber, que en esta casa todo lo que huela a fantasía nos sulibeya hasta el sonrojo (ajeno). Particularmente por eso hemos permanecido atentos a la Montaña. No parecía gran cosa lo suyo, una especie de Frankestein resucitado por Qyburn para erigirse en guardia pretoriana de Cersei. Pero si mirabas bien, había algo más. Debajo del casco y la armadura, el mayor de los Clegane era un jodido golem de cuento. Sin alma, autómata y despiadado, tal y como marcaba La Cábala. Una palabra clave lo haría despertar, rebelarse contra su amo. O ama.

En el penúltimo capítulo confirmamos que no era palabra, sino carne. La suya propia. La del hermano menor que lanzó al fuego cuando aún se llamaba Gregor: el Perro. Cuando aparece, ni Cersei ni el mundo importan ya, porque el resorte se ha activado en el golem. Entonces se produce la anticipadísima batalla que se lleva cocinando estas ocho temporadas, y lo hace por la vía de la maravilla. En todo, aquí no vamos a escatimar en hipérboles: ética y estéticamente, la Cleganebowl no se salió de lo fantaseado ni un milímetro. Hostiazos, todos los que quiera y uno más; belleza, retorcida y cruel, como manda el canon.

La Montaña Intentó hacerle el eyeliner a la altura del hipotálamo a su hermano, repitiendo el modus operandi que acabó con la Víbora Roja. Pero tras el piquete de ojos ambos acaban tuertos, apáñese usted con la metáfora. Y luchan, porque les va la muerte en ello. Y mueren, porque no había otro final. Porque así es como acaban las luchas de titanes: con poesía.

Pero antes, muy poco antes, el Perro imparte su última (y única) lección. Se la da a su buddy Arya, la pareja que más añoraremos de este telenovelón medieval. Y ella le llama por su nombre, y yo no estoy llorando, tú estás llorando.

7. El monstruo era usted

Maléfica II: el Retorno. Fotografía: HBO.

FOSO DE POZO DRAGÓN – EXTERIOR – DÍA:

—Tyrion: ¿Qué une al pueblo? ¿Los ejércitos? ¿El oro? ¿Las banderas? Las historias. No hay nada más poderoso en el mundo que una buena historia. Nada puede detenerla, ningún enemigo puede vencerla. ¿Y quién tiene mejor historia que Bran el Tullido?

—Yara: Mira, escucha, ¿sabes quién? Daenerys.

—Sansa: Yo historias no sé pero soy una gran gobernante y estadista porque una vez dije: «COMEMOS GRANO. ¿HAY GRANO SUFICIENTE? PORQUE COMEMOS GRANO».

—Arya: Cof, cof.

—Sansa: Que sí, que eres ninja. ¿Queda alguien por saberlo?

—Niño Arryn: Yo mamé hasta que me creció la barba y sin embargo soy sorprendentemente apto para decidir los destinos de mis siervos. ¿Queréis ver mi foso?

—Bran: Parece que refresca.

—Arya: Pues no creo porque yo paré el invierno.

—Random príncipe de Dorne: No habéis venido ninguno a mi coronación.

—Sam: Está feo que lo diga, pero yo maté a un thennita, a un caminante blanco y luego a setecientos espectros TUMBADO en la batalla de Invernalia. Adjunto pruebas:

Sirva esto como enmienda al discurso final de Tyrion. Porque a ver, una cosa: para periplo, eh, el de Daenerys. Recorrido sucinto: Hermana subastada a los salvajes, Shakira del desierto, rompedora de cadenas y asadora de esclavistas, cabalgadora de bestias aladas y en fin, ya se hace usted a la idea. Además, que si el mérito para reinar lo marcan las trayectorias vividas, alguien debería haberle recordado al último de los Lannister que Bran desapareció de la pantalla durante una temporada completa y nadie lo echó en falta. Claro, estaban todos siendo violados, secuestrados, arrasados y tal. Tu verás.

Hagamos esta cosa tan odiosa de citarnos a nosotros mismos, porque ahora sí, vamos con la destrucción rubia: «Daenerys no pasó por Maquiavelo, ni siquiera por Calígula. De cero a Hitler, pum, directamente», dijimos ayer. ¿Hay alguien, por el amor de dios, ALGUIEN, a quien esto no le pareció atropelladísimo? En el futuro, cuando se estudie la premura como problema dramático en personajes de ficción, Daenerys volverá de entre los muertos.

La conversión de Daenerys figura en nuestro repaso a lo peor de la temporada, pero no queda otra que consignarla también entre lo mejor: defendemos que fue valiente llevarlo a cabo, tanto como lo fue en su día matar a Ned Stark. La ejecución de la transformación fuera acelerada, de eso no cabe duda, pero el topetazo que nos dimos fue estupendo. ¿Usted se lo vio venir? Pues tome un pin y el título del Cuervo de Tres Ojos, que está vacante. A la mayoría nos la colaron pero bien. No hará falta que le recuerde las niñas bautizadas con su nombre o las políticas con camisetas con su rostro.

Porque, ay, lo del rostro. Me alegra que me haga esta pregunta. ¿Cree usted que todo esto habría ocurrido si Daenerys, en lugar del semblante de princesa Disney de Emilia Clarke hubiera sido, por decirlo así, feúcha o incluso del montón? Porque a nosotros nos cuesta horrores imaginar un escenario así. Por un lado, porque las malas bellas embrujan lo que no está en los escritos. Por otro porque, ¿cómo va a ser una déspota una muchachita así de linda? Casualmente, nunca Daenerys estuvo más hermosa (discúlpenos, si puede, la frivolidad) que en el último capítulo, transmutada ya en villana total. Nunca más bella que cuando se volvió caudilla. Esa escena, esa jodida y grandiosa escena en la que, con las campanas de fondo, abraza sin más la locura y ni pronuncia dracarys, porque no hace falta. Todo está en esa mirada desquiciada. O esa otra, con las alas del dragón y el porte fascista. Gloria bendita.

Así que sí: bravo por haber tenido los redaños de llevar a cabo este giro. Por no amilanarse ante el enfervorecido clamor que no se contentaba con darle a Daenerys el Trono de Hierro y le puso en bandeja hasta la alcaldía de Cádiz y todos los pueblos colindantes. Hay un placer siniestro, ridículo, si quiere, en percatarse de que uno lleva aplaudiendo ocho años el alzamiento de una tirana. De quedarse picueto, vaya. Y real como la vida misma. Es una jugarreta fantástica. Y puestos ya de rodillas, añadamos algo más: gracias por no haber jugado la baza del ADN, o no hacerlo en exceso. Sí, Daenerys es Targaryen, y sí, tienen un historial mental para reventar el archivo de la López Ibor, pero eso no es lo que metamorfoseó a la Madre de Dragones en La Chalada de los Dragones. La moneda, con ella, quedó en el aire, fue un manotazo al final lo que la hizo quedar en el anverso cruel. A fin de cuentas, también hubo Targaryen buenos y justos.

Pero fue ella, ella sola. Azuzada por la ceguera idiota de los demás, no por su genética. Una lástima que aquello no se viera con la claridad que debía y que tuviera que ser el acerado parlamento de Tyrion el que asentara todo esto casi, casi, mirando a cámara. Daenerys merecía que fueran sus acciones las que explicaran su evolución. Su demencia, su envilecimiento, su cólera y el consiguiente exterminio. Pero en lugar de eso se nos proporcionó un monólogo sobre el poder, sobre la naturaleza misma de la tiranía y el peligro de los iluminados que quieren «cambiar el mundo» pero primero se pertrechan con una cerilla y un bidón de gasolina. Acertado, sí, pero baratísimo. En pantalla, la vimos perder el oremus y la pulcritud de sus trenzas en solo dos capítulos. ¿Y por qué? Porque le mataron a un dragón, a Missandei y se zampó dos traiciones. Porque perdió el amor de su contrario y no alcanzó el de más pueblos. Fue cobarde dejarla sola para hacerla enloquecer, decirnos que un monstruo son la suma de sus traumas (algo, por cierto, que ya hemos tenido ocasión de criticarle a los Tronos en alguna otra ocasión). Se nos robó la ocasión de verla haciendo esa transición, de querer ser adorada a no ver otra salida que ser temida, con más pausa. La misma con la que se nos mostró todo lo demás: la de su humillación, su mercadeo, su crueldad contenida, sus titubeos con el despotismo. Este es nuestro reproche, que, aunque no es menor, suavizaremos un poco más: bravo, también, por llevar el delirio de Daenerys hasta sus últimas consecuencias. Sin postrera ni ridícula redención in extremis como la que tuvo Cersei. Esta vez, por una vez, Weiss y Benioff tomaron una decisión y apechugaron con las consecuencias.

La premonición de Daenerys no era nieve, sino ceniza. El villano final no era ni Cersei, ni el Rey de la Noche, ni su rival y verdadero heredero al trono. Fue siempre ella misma, el monstruo final de estar loca. La verdadera Reina de las Cenizas.

Así de equivocados estábamos. Por fortuna Drogon, el bueno de Drogon, se lleva entre sus garras el símbolo último de nuestro error, con destino desconocido. Rumbo a donde acaban las historias.

Coautor 62


Juego de tronos VIII, primera parte: lo peor

Dothraki: Ezas eshna gech ahilee! (Traducción: «Se va a haber un follón que no sabe ni dónde se ha metido»). Fotografía: HBO.

Se acabó, o sea: tocotó. Hasta aquí hemos llegado. Ocho temporadas, setenta y tres capítulos, tres días, seis horas y cuarenta y siete minutos de Juego de tronos, que se dice pronto. Ocho años han pasado desde el estreno de la serie en 2011, veintitrés desde el lanzamiento del primer libro de la Canción de hielo y fuego en 1996 y casi treinta (año arriba, año abajo) desde que George R. R. Martin comenzó a imaginar la saga de fantasía que acabaría cautivando a los televidentes del mundo entero. ¿Quiere saber lo mejor? Que Martin, entonces un autor poco conocido, mal pagado y todavía menos premiado, se puso a escribirla huyendo de la televisión. Venía de que se cancelasen, uno tras otro, todos los programas de los que había sido guionista. Una saga épica, se dijo entonces. Un ciclo, una epopeya, algo intrínsecamente literario. Algo con mapa y con árboles genealógicos. Bum. Qué contarle a usted que usted no sepa. Juego de tronos es la serie más cara, más vista (legal y ilegalmente, las dos cosas), más premiada y más distribuida (en ciento setenta y tres países de ciento noventa y cinco que tiene el mundo) de la historia de la televisión. La historia de una niña insignificante, por la que nadie daba un duro, que acabará conquistando el mundo y que al final, cuando nada más le queda por conquistar, elegirá prenderle fuego. Considérelo si se cuenta usted entre los que temen que Martin no escriba Sueño de primavera, el esperadísimo tomo final de la Canción de hielo y fuego. Lo escribirá, vaya que sí. Otra cosa es que después coja el manuscrito, lo meta un bidón y le prenda fuego.

Juego de tronos ha terminado y es tradición en esta casa dedicarle un gran repaso a la última temporada de la magna obra de David Benioff y D. B. Weiss. Habrá dos entregas, como siempre: en esta repasaremos los siete grandes errores y en la de mañana los siete grandes aciertos de la temporada. Advertencia a descontentos, farfulleros y otros hijos de la Harpía: aquí insistiremos en el cómo, no en el qué. No nos vamos a parar demasiado en quién debió matar a quién, quién debió sobrevivir a qué y quién debió o no debió volverse tarumba al final. Eso son decisiones narrativas, materia de opinión. Y opiniones, como pasa con los culos, todo el mundo tiene una. Aquí nos centraremos en la ejecución: qué se hizo bien, qué se hizo mal y qué se hizo regulín regulán. ¿Estamos? Estamos. Ah, y otra cosa: SPOILERS, todos los del mundo y más, a partir de ya. Si no ha visto las ocho temporadas de Juego de tronos, a) enhorabuena, ojalá un biopic sobre usted, y b) vuelva usted mañana. Como dijo Varys, y lo dijo, el que avisa no es traidor.

1. La batalla de Invernalia *sad trombone effect*

El entierro del conde de Orgaz, El Greco, 1587. Fotografía: HBO.

Poco podemos decirle sobre la batalla de Invernalia que no se haya dicho ya: que no se veía un carajo, solo para empezar; que las tácticas militares que siguieron los héroes eran fundamentalmente el ataque al castillo de Playmobil; que los espectros hicieron brecha y se colaron hasta la cocina pero allí, mira tú por dónde, apenas murieron personajes protagonistas; etcétera. Quizá se cuente usted entre los quintacolumnistas súbitos, los youtubers furibundos y los profetas vueltadetódicos que califican la batalla de desastre, blasfemia y ofensa a la bandera; nosotros no llegamos a tanto, sentimos decepcionarle. De hecho, en nuestra próxima pieza, repasando los aciertos de la temporada, señalaremos algunos que tuvieron lugar en el tercer episodio. Eso sí, no podemos completar una revisión sin comentar que la batalla fue, en general, floja.

Poquita cosa, entiéndame. Escasa, por usar un adjetivo más preciso. Dirá usted que había zombis a cholón; bueno, pues más tenía que haber. Dirá que hasta caían del cielo; bueno, pues más tenían que haber caído. Dirá que había un gigante; pues eso, uno solo y nada más. Dirá que han calificado esta batalla, coja aire, como EL MAYOR ESPECTÁCULO EN LA HISTORIA DE LA TELEVISIÓN *truenos*. Mire, entre usted y yo: los hay por ahí con el gatillo fácil para los superlativos. Le pongo un ejemplo, a ver si usted me entiende: Guerra Mundial Z. Que como película es mala y como adaptación debería ser punible por ley, estamos de acuerdo, pero convendrá conmigo que las mareas de muertos vivientes vertiéndose sobre las murallas y anegando las calles de Jerusalén fueron purita gloria cinematográfica. Palabra clave: verterse. A lo bestia, a lo burro, como un tsunami. Como hacían también los muertos de Juego de tronos en la batalla de Casa Austera, sin ir más lejos, cuando se tiraban por el barranco. ¿Por qué no vimos eso, si lo habíamos visto ya, y esta vez era todo igual, solo que más? ¿Se ha parado a pensar cuántos enteros integran supuestamente este ejército de espectros? Apunte: como poco, todos los miembros que vimos en Casa Austera y todos los que ha sumado hasta llegar a Invernalia. Una porción significativa de toda la población del veinticinco por ciento superior del mapa de Poniente. ¿A usted le pareció, de verdad, que vimos semejante cantidad de gente?

Eso en el plano de las cantidades, de las cualidades mejor ni hablar. Los dragones fueron sumidos en la inoperancia, sin más. Motivo: había una nube o no sé qué. Melisandre, otra que tal baila. Superpoder: encender leña. Pues vale. Sabe R’llhor que no la íbamos a ver, por desgracia, trotando y lanzando hechizos como una hechicera de Warhammer, pero qué se yo: esta mujer es capaz de engendrar demonios, digo yo que uno o dos habrían venido bien. Y los caminantes blancos, esa es otra. ¿Dónde estaban los caminantes blancos? Se lo digo yo: juntitos de la manita sin hacer virtualmente nada. Es que ni una carga de caballería-zombi, hija de mi vida, ni una triste persecución a galope al estilo Nazgûl. Mamuts, huargos y otras cabalgaduras, apaga y vámonos. Ni las arañas de hielo que mencionaba la vieja Nana y que George R. R. Martin sacó en un tweet como diciendo «que viene, que viene, ts, ts». ¿Sabe usted lo peor? Que le han preguntado por esto a David Benioff y D. B. Weiss, por las arañas de los caminantes blancos en la mitología de la Canción de hielo y fuego, y dicen, y cito, que «quedan bien en una caratula de un disco de heavy metal» pero que en pantalla ya no tanto. Eat shit, Peter Jackson. Esto, los mismos señores que la temporada anterior nos hicieron comer un oso 1) polar 2) gigante 3) zombi 4) en llamas. Tócate las narices.

Floja, insistimos. Y lo peor es que lo fue calculadamente, no por error. Esa contención con la que se ejecutó la batalla de Invernalia, tan meticulosa, tiene que ver con aquello a lo que dedicamos el siguiente punto: el establecimiento del Rey de la Noche y los caminantes blancos como una amenaza menor respecto a Cersei y la reubicación de su enfrentamiento a media temporada, fuera del clímax de Juego de tronos. Adivine qué: ese fue el auténtico error.

2. El orden de factores sí altera el producto

Esto cuando pasa con los sanjacobos da mucha rabia. Fotografía: HBO.

Al arrancar esta temporada nuestros héroes se enfrentan a dos villanos, uno al sur y el otro al norte. Uno es un déspota que mata a capricho y se aferra obsesivamente al poder; el otro es todo eso y además cabalga un dragón-zombi, comanda legiones de muertos vivientes y en su agenda figuran goals como desencadenar un invierno perpetuo sobre la tierra y condenar a la raza humana a la extinción. Si Juego de tronos fuese una partida de ajedrez los buenos serían las fichas blancas, los malos serían las negras y luego habría una pala excavadora circulando hacia el tablero a cien kilómetros por hora. Que al final no gane la pala forma parte de las convenciones heroicas de los cuentos, por supuesto; pero decirse que aquella no es el enemigo mayor de todos es una conclusión lunática.

Y sin embargo eso es precisamente lo que han hecho Benioff y Weiss al matar al Rey de la Noche a mitad de temporada: desposeer de su estatus al gran villano y convertirlo improvisadamente en un villano secundario. Hay que elegir a quien le damos la gran batalla final, debieron decirse en algún momento: al Rey de la Noche o a Cersei. Así, pum, salomónicamente. Decidieron que sería para Cersei (solo aparentemente; al final sabríamos que la auténtica villana en aquel choque sería Daenerys) y que harían a sus personajes caracterizar verbalmente el primer combate como «la gran guerra» y el otro como «la última guerra». Como diciendo: no, si admitimos su jerarquía desigual, solo les hemos cambiado el orden. Meec, error. Esto es ficción: el orden es la jerarquía. En los cuentos no rige la propiedad conmutativa, el orden de factores sí altera el producto. En la sintaxis la ubicación confiere significado: el villano que llegue al clímax es el villano primario. Da igual que al final Daenerys acabe como una regadera y se erija sorpresivamente en archienemiga: el problema es que el villano ulterior no sea quien vino siéndolo durante los ocho años que nos preceden. Los dos villanos debieron neutralizarse siguiendo el orden natural (primero el menor, Cersei y/o Daenerys; finalmente el mayor, el Rey de la Noche) o hacer que ambos confluyeran en una única amenaza final. ¿Cómo? Madre mía, será por fórmulas. Lo más tradicional, como recordábamos en este artículo con predicciones sobre esta temporada, es que el villano menor sucumba por sí mismo o sea neutralizado por el villano mayor antes del desenlace. Denethor se tiró Minas Tirith abajo, por ejemplo. Molly Weasley acabó con Bellatrix Lestrange. A Dennis Nedry se lo comía un dilofosaurio.

¿Era difícil conciliar al villano primario y al villano secundario de Juego de tronos? Lo era, en particular porque su ubicación geográfica limitaba mucho su convergencia literal. ¿Era acaso un problema singular de Juego de tronos? Al contrario, esto es muy común en el género fantástico. En parte, porque no hay que buscarle solución, la solución viene inscrita en la propia lógica de la fantasía: el villano paranormal > el villano humano, punto pelota. ¿Es acaso un crimen imperdonable quebrantar de esta forma las convenciones del género? No. Lo grave de este caso es que han violado la promesa implícita que estos señores le hicieron a usted. Matar al Rey de la Noche a media temporada constituye una violación de la propia lógica interna de los Tronos: el crescendo. Winter is coming, nos dijeron hace ocho temporadas. Winter is coming, repitieron incansables mientras el invierno, en efecto, se acercaba poco a poco. Los héroes mermaban, las criaturas avanzaban, las batallas eran cada vez más crudas y todo lo que ocurría al sur perdía relevancia hasta el punto, recuerde, de decretarse una tregua e interrumpir la propia guerra de los héroes contra Cersei al final de la temporada pasada. «Solo hay una guerra que importe», decía Jon entonces. Ocho años, ocho, llevan Weiss y Benioff construyendo deliberadamente un crescendo que vehiculaba el pacto narrativo y les habilitaba para incurrir en infracciones (como abandonar tramas a medias e imprimir velocidades muy distintas a su narración, entre algunas de las más comunes en Juego de tronos) porque todo se amnistiaba hasta completar esa solución definitiva, ese apogeo que aguardaba al final, ese choque entre los vivos y los muertos que se definió implícita y explícitamente como auténtico destino del viaje. Al final, cinco minutos antes, han decretado que mira, que mejor no. Y seguramente, ahora que todo ha acabado, esta decisión se recordará como el gran error de Juego de tronos.

3. Qué Targaryen loco ni qué niño muerto

Zamora no se tomó en una hora pero Desembarco del Rey sí. Fotografía: HBO.

Poco tenemos que reprocharle a la batalla de Desembarco del Rey, la verdad. Tuvo todo lo que no tuvo Invernalia: hipérbole, delirio, una verdadera escala monumental. Mucho menos al capítulo final, que fue una cosa bárbara. Aplauso, plas, plas, plas. Eso ya lo glosamos mañana. Aquí un solamente detallito y solo porque constituye la guinda a una triste inercia que venimos viendo en las últimas temporadas de Juego de tronos: los niños muertos.

Los niños muertos y toda su parafernalia, entiéndame. Ese bebé lastimero que llora inconsolablemente, ese fistro de madre abnegada, ese hombre ante la barbacoa de miembros churruscados que antes era su hijo. Violines, slow motion, coros de voces blancas. Y el caballito de madera que hace las veces de peluche en llamas en el mundo de los Tronos, eso que no falte. Qué drama, jademivida. Faltaron solo los zooms y una manada de cachorritos de golden retriever en llamas. Problema: la pena no se puede someter a partitura. Problema peor: se puede, pero no se debe. En eso radica la diferencia entre un drama y un melodrama. Problema peor todavía: esto es algo que no se hacía en los Tronos cuando los Tronos eran los Tronos. Y que entonces se vivía como una rareza y un acierto felicísimo. Aquí la gente moría y vivía y a usted nadie le decía si tenía que darle pena, alegría o absolutamente igual. Es usted mayorcita, era el mensaje implícito; usted sabrá. ¿Sabe quién decapitó a un inocente en el primerísimo capítulo de esta serie? Ned Stark. ¿Sabe quien salvó las vidas de miles al urdir la Boda Roja? Tywin Lannister. Y de las masas anónimas, en fin, mejor ni hablar. Al menos dos veces más hemos asistido a la devastación de Desembarco del Rey (durante la batalla del Aguasnegras y la destrucción del septo de Baelor) y en ninguna, que yo recuerde, nos aporrearon con una pancarta que dice ESTO DA PENA. Por no hablar de todos los otros reinos, fortalezas y ciudades-Estado por los que hemos pasado. Periodismo de datos: en las ocho temporadas de Juego de tronos hemos visto en pantalla más de tres mil quinientas muertes. Casi doscientas corresponden a personajes protagónicos y con frase hasta que la gente que hacía esta web se aburrió de contarlas al final de la sexta temporada. ¿Y ahora, AHORA dan pena?

Que sí, Weiss, Benioff: los edificios derrumbándose no bastan, de alguna manera hay que caracterizar el drama humano que está montando Daenerys. Que sí: matar inocentes no está bien. Pero, coño, que con una secuencia o dos bastaba. Que me lo estáis gritando al oído con un altavoz. Que no es un documental, son extras correteando en llamas que luego los apagan con extintor y les dan un bocadillo. Relajaos un poco. ¿Y si quiero yo, eh, sentir empatía con Daenerys? ¿Y si esto no es, ni más ni menos, lo que corresponde a una khaleesi del Mar de Hierba, a la Anastasia Romanov de una dinastía centenaria cuya familia fue masacrada? ¿Y si esto no es, en suma, mucho peor que algunas cosas que sí han hecho nuestros virtuosísimos protagonistas ya no en el background, sino en pantalla? Jon sentenció un niño a la horca, os recuerdo, y ejecutó él mismo la sentencia. Jaime tú le invitas a tu casa y él tira a un hijo tuyo por la ventana. Catelyn le rajó el cuello a Joyeuse Frey, de quince años, que ya me dirás tú qué culpa tenía de nada. ¿Por qué estos niños de ahora son diferentes de aquellos? ¿Es acaso que las faenas que le hicieron a Catelyn o a Jon son peores que las que ha sufrido Daenerys a manos de la conga interminable de traidores, indeseables y ratas de alcantarilla que integran el elenco de personajes de Juego de tronos? Cuesta imaginarlo y, sin embargo, no me estáis permitiendo que sienta afinidad con el personaje. Setenta y tres capítulos tuvo esta serie y en el número setenta y dos, pum, bautismo en masa: #teamJon por decreto ley. Pues mirad, no. No me da la gana.

4. La calamidad rubia

Aquí es cuando las hienas tocaban el xilofón con huesos. Fotografía: HBO.

Y después que eso, ensañamiento. Daenerys no pasó por Maquiavelo, ni siquiera por Calígula. De cero a Hitler, pum, directamente. Ay, con el último capítulo de Juego de tronos no se puede uno pelear: fue estupendo, pura magia. Pero qué mal sabor de boca dejó la atropellada transformación de Daenerys en la Reina de Corazones.

Allá por 2011 Martin, Weiss y Benioff cogieron dos leyes narrativas bien gordas, las transgredieron y anunciaron implícitamente que aquellas dos transgresiones serían, de hecho, el propio tema de su serie. Una era la mortandad de los héroes; la otra, que los héroes y los villanos intercambiaban su signo. Rebobine ahora, volvamos a 2019, y respóndame a esta pregunta: ¿le dio a usted penita la muerte de Theon allí arriba, en el bosque de dioses de Invernalia, en el tercer capítulo de esta temporada? A nosotros mucha. ¿Sabe por qué? Porque lo suyo sí fue una transformación de verdad, para cuando murió le habíamos perdonado ya las perrerías. ¿Le emocionó cuando Sansa dio señales de tener nervio, por fin, hace dos temporadas? Lo mismo: fruto solamente de la machaconería infatigable de los showrunners, que poquito a poquito, paso a paso, año tras año, lograron convencerle a usted de que había lobos dentro de aquella bobalicona. ¿Piensa usted que eso es acaso genio, el resultado de un afanoso proyecto intelectual al alcance solo de unas mentes privilegiadas? Lamentamos disentir: es tiempo y nada más. Y tiempo es precisamente lo que nos ha sobrado: ocho años llevamos mamando la teta capitolina de HBO. Ocho años han tomado las transformaciones de Sansa, Theon, Arya y Jaime, por citar solo las más significativas.

Se puede hacer en menos, claro está. Cuatro años. Dos. Uno, qué se yo. Pero no en dos minutos, nos tendrá que perdonar. Que tuvieron una realización prodigiosa y Emilia Clarke se ganó un carretillo de Emmys, pero fueron dos minutos lo que tardó Daenerys en volverse tarumba en el quinto episodio de esta temporada. Y después de eso, en el sexto y último, ya no quedaba Daenerys, solamente un espantajo. A usted me dirijo, sucio realista de los Stark, asqueroso miembro de las huestes #teamJon: míreme a los ojos y dígame sinceramente que no le chirrió aquella Daenerys que vimos en el salón del trono, pobre hija mía, que le faltaba solamente dar vueltas de campana y darle la mano al mismo dos veces. Y el asunto ese del «despertar del dragón», la metáfora de la monedita que decía Varys, eso ni me lo nombre: son dispositivos verbales, excusas baratas. Era una gran idea que Daenerys se convirtiera en villana, un Targaryen sembrando la devastación siempre constituye un magnífico espectáculo, la decisión como tal es valiente e impecable; pero un cambio así necesitaba tiempo. Si no lo tienes, estupendo; entonces todo esto tenía que haber comenzado antes.

5. La buena mala

*Piensa en elefantes*. Fotografía: HBO.

Y ahora, con su permiso, una contradicción, que siempre es algo muy sano.

El orfeón de papagayos que le hacemos el caldo gordo a los Tronos llevamos ocho años repitiendo que sus personajes son «complejos», que «evolucionan» y que tienen «profundidad». Lo acabamos de hacer aquí, no le digo más. Es una forma asquerosa y doctrinaria muy popular de valorar la calidad de los personajes de una película o una serie de televisión: hacerlo en la medida en que parezcan personas de verdad. Su psique lo es todo, nos decimos. Y de su psique solo importa que atraviese los mismos estados que la psique humana, nos decimos después. Personajes = personas. En pintura hace tiempo que aprendimos que si la verosimilitud fuese la medida de todo no tendríamos el Guernica de Picasso ni El beso de Klimt, pero con la ficción seguimos anclados en Rembrandt.

Consejo: no nos haga mucho caso. Este naturalismo radical que exigimos a los personajes en nuestra era no es siempre lo más deseable. Las autoridades, por ejemplo, deben tener un dedito o dos de profundidad, nada más. Imagine que Yoda o que el Oráculo de Matrix, que están ahí para hacernos conocer información incuestionable sobre el mundo donde acontece la narración, dudasen, se contradijesen, cambiasen de parecer y tuviesen, en suma, tribulaciones humanas. Pasa parecido con los villanos. Si un villano da signos de obedecer motivaciones distintas de la pura villanía entonces ese villano no es realmente un villano, es un ser humano lastrado por la imperfección, como usted y como yo. Es un personaje profundo, complejo, evolutivo, sí; pero es un personaje que no mueve debidamente la animadversión del espectador y que no cumple bien su función. Es un mal personaje.

Hace años esa era Cersei: un manojo de miedos, ambición, compasión y crueldad, entre otros atributos contradictorios. Un ser intelectual, político y sexual, una reconstrucción veraz y convincente de un ser humano. No era un mal personaje, Dios me libre; ocurre que aquello funcionaba precisamente porque Cersei no era el villano, o no el gran villano de Juego de tronos. Eche la vista atrás: el villano entonces era Joffrey y Cersei lo contenía, de hecho, para que no cometiera tropelías peores. Cersei abandonó la periferia moral del cuento y accedió al puesto de comandante en el polo antagonista de la historia después de morir su hijo mayor. Ya no era ese personaje desbordante y enriquecido de las primeras temporadas, era simplemente un señor Burns acompañado por su preceptivo Smithers. Como Sansón, perdió la fuerza con el pelo. ¡Caricato!, bramaron entonces muchos. ¡Desdibujo!, repitieron otros a coro. ¡Cersei ya no gusta!, vinieron a decir. Y sí, claro, pero mire, con perdón: nos ha jodido mayo. Es la mala, ahora sí que sí. No te puede gustar. Si te gusta (si te gusta de verdad) entonces no es verdaderamente mala. Es, disculpe el juego de palabras, una mal mala.

Y a una buena mala, una mala de verdad, como lo era la Cersei tardía, lo peor que se le puede hacer es lo que le han hecho a ella: redimirla patateramente y mal en sus últimos diez minutos de vida. Un tic que ya le hemos criticado a Weiss y Benioff y que en este caso es, o nos lo parece a nosotros, particularmente flagrante. La leona de los Lannister, la figura que ejercía simultáneamente de reina y rey y alfil y caballo y torre a su lado del tablero, reducida al tembleque, la inoperancia física y el lloro con moco. Y ese cobardísimo correteo, tiquitiquitiqui, con el que sorteó a los hermanos Clegane cuando ambos se disponían a darse su anticipadísima ensalada de hostias. No compro, lo siento de verdad. Primero, no hacía falta; Cersei ya practicó la cabalidad, la compasión y otras virtudes en otra era de Juego de tronos, cuando le correspondía. Y, segundo, es indigno del personaje. Cersei era poderosa, temperamental hasta la temeridad y más burra que un arado: dejad que lo sea, Weiss, Benioff. Dadle su apoteosis operística. Cersei bramando al cielo, poco menos, en lo alto de la Fortaleza Roja mientras Daenerys reduce el castillo a cenizas. Un King Kong furioso encaramado a su rascacielos, un Saruman que solo va a bajar de su torre apuñalado por la espalda. O un final simbólico, algo contenido pero retórico al estilo de Maegor I, apodado «el Cruel», que murió atravesado por las propias espadas del trono. El tramo final del delirio, cuando no se acepta ya la propia realidad. El final que tuvieron Viserys Targaryen, Joffrey Baratheon, Ramsay Bolton, el mismísimo Rey de la Noche y hasta Daenerys Targaryen. No era mucho pedir.

6. Sus vidas son los ríos que van a dar en la mar, que son los plot holes

Un barco lleno de irrelevantes. Fotografía: HBO.

Y seguidamente nos ocuparemos del último punto, el que pone final a esta revisión de la octava temporada de Juego de tronos, pero antes echemos un vistazo a esa gran fosa común que son los plot holes. Pedimos un minuto de silencio por todos los personajes que, sin morir a lo largo de esta temporada, han muerto realmente más que los que sí lo han hecho:

Ilyn Payne. Profesión: verdugo. La cosa tiene mandanga: Juego de tronos ha acabado y el único miembro de la lista de Arya que ha quedado sin despachar, por hache o por be, ha sido quien decapitó literalmente a Ned Stark. Si querían hacerle a Sean Bean un feo peor que matarlo, enhorabuena: lo han logrado.

Kinvara. Profesión: gran sacerdotisa del templo rojo de Volantis, persona chunga en general. Nunca sabremos cuáles fueron las palabras que salieron del fuego cuando Varys fue castrado y por extensión nunca sabremos nada más de esa parcela del background que llegó a insinuarse que sería determinante en Juego de tronos. Kinvara conocía esos detalles pero Kinvara apareció una sola vez y luego nunca más se supo.

Quaithe de la Sombra. Profesión: hechicera, domadora de sombras, tattoo artist. Lo mismo: en su única aparición, Quaithe parecía conocer de antemano que Jorah acabaría atravesando la antigua Valyria y contrayendo la psoriagris, y encima bastante antes de que ocurriera. ¿Cómo? Ah, misterio.

Illyrio Mopatis. Profesión: urdir complots, chupar del bote, sus mamandurrias. No es que sea una ausencia grave: a diferencia de lo que ocurre en los libros, las apariciones de Mopatis han sido muy escasas en Juego de tronos. Hay quien dice que si Ian McNiece hubiese conservado el papel otro gallo habría cantado.

Tycho Nestoris. Profesión: trabaja en la Sareb. Es un señor muy coñazo, estamos de acuerdo, pero el representante del Banco de Hierro de Braavos es quizá es el único de este recuento que tenía que haber salido en la octava temporada. ¿O cree usted acaso que la monstruosa deuda contraída por la corona de Poniente durante el reinado de Cersei queda conmutada con la coronación  de un nuevo rey?

Daario Naharis. Profesión: asesino pero poco, amante bandido. Lo dejamos como representante del poder Targaryen en Mereen. ¿Es ahora Mereen una colonia dependiente de los seis reinos? ¿Ha vuelto el esclavismo, por el contrario, a la Bahía de los Esclavos? Si uno dedica un epílogo a hablar de los desafíos políticos que depara el futuro, ¿no son estos los detalles que deberían aclararse?

Meera Reed. Profesión: salvar a Bran y por extensión a Poniente y por extensión a la propia raza humana. Recompensa: ninguna. Ni un cargo, ni un puestito, es que ni participar en su coronación. Y mira que había gente en el concilio aquel, hija de mi vida. Faltaba Elrond.

Jaqen H’ghar. Profesión: ninja mágico o algo así. ¿Nos despedimos de él? Sí. ¿Sonó a verdadera despedida? No. ¿Hacía falta siquiera contratar al mismo actor para hacer aparecer al personaje en la octava temporada? No. ¿Entonces? Entonces nada. Es que ni el caramelito de la teoría Jaqen H’ghar = Syrio Forel. Anda que no habría quedado bonito.

7. Bran I el Roto, y tan roto

El capitán Panaka urdiendo una estratagema. Fotografía: HBO.

Todos tenemos amigos de esos que llaman solo cuando necesitan algo, seguro que usted también. ¿Sabe lo que le digo, verdad? Estupendo. Hablemos de Bran.

O, lo que es lo mismo, hablemos del Rey de la Noche. En los libros originales no existe el Rey de la Noche (existe un «Rey de la Noche» pero es una figura legendaria que no toma parte en el curso de la acción). «Los Otros», como se los denomina en las novelas, son una masa imprecisa de muertos vivientes y caminantes blancos sin una figura que ejerza su liderazgo. Da igual que cuentes con vidriagón o acero valirio, así solo los matas uno a uno. Pretender detenerlos es como querer detener el agua asestándole puñaladas. Por eso David Benioff y D. B. Weiss introdujeron al Rey de la Noche en su adaptación televisiva: es una abeja reina, un dispositivo que permite desactivar al ejército de espectros. Y luego nos ofrecieron estampas (cómo fue creado él, cómo creaba él a sus caminantes blancos, cómo los caminantes creaban sus propios espectros) que al final han servido para naturalizar su destrucción: con esa daga que le clava Arya se desata una reacción en cadena al estilo muerte de Sauron. No es particularmente original, puede tener un cierto efecto de anticlímax, pero innegablemente se comprende. Bran era la otra parte de este mecanismo: el cebo. Para matar al Rey de la Noche y desactivar al propio ejército de los muertos necesitarían un cuello de botella, un lugar preciso por el que la criatura tendría que pasar sí o sí y hacerlo desprovisto de su cabalgadura monstruosa, Viserion. Eso se nos confirmó solo un capítulo antes de que llegase a ocurrir, que no es lo ideal, pero también pudo comprenderse.

El problema con Bran lo conoce usted bien, lleva ya un par de años siendo uno de las disfunciones más agudas de Juego de tronos. Weiss y Benioff han ido más allá con Bran y al hacerlo han forzado el mecanismo que ellos mismos nos vendieron. A medida que convenía, aprovecharon su omnisciencia para revelar información que nada tenía que ver con el arco sobrenatural y el Rey de la Noche, en particular el asunto de la verdadera identidad de Jon. Y lo peor, la verdadera pirueta, es que luego le pusieron en mute de nuevo cuando lo encontraron conveniente. Cuando hubo que matar a Meñique en la temporada pasada, Bran habla y aporta la prueba definitiva en su contra; pero como Jaime no podía morir en esta antes del clímax (vete tú a saber por qué, pero el hecho es que no podía), entonces Bran no habla y nadie le ahorca en el mismo momento en el que pone un pie en Invernalia. A Daenerys le dice que el Rey de la Noche ha resucitado a Viserion (noticias frescas, esto los espectadores ya lo conocíamos) y sin embargo no dice nada acerca de la ubicación precisa del villano y su ejército (para que esa información, que todavía desconocíamos, dependiera entonces de la incursión de Ed el Penas, Beric Dondarrion y Thormund Matagigantes en la fortaleza de los Umber); etcétera. No es nuevo, esto mismo ya lo criticábamos en la temporada anterior, pero es ahora cuando la reviste verdadera gravedad.

En parte, y solo en parte, Weiss y Benioff han logrado naturalizar la conducta de Bran y su manera de inmiscuirse donde nadie le ha llamado, y es justo decir que lo han hecho con un golpe de efecto magistral. «Estabas exactamente donde debías estar», le dice a Jon en el muelle de la Fortaleza Roja. Todo en esa escena (el texto, la realización, la interpretación de los actores, la ubicación de la propia escena al final) canta por los cuatro costados a iceberg de Hemingway: algo gigantesco que se crea en el espacio en off de la narración invocándolo solamente con un apunte brevísimo. Sugiere que sí: Bran, tal y como lleva especulándose desde hace años, ha intercedido en el pasado de Juego de tronos. Ha aprovechado su poder para terciar en todo aquello que hemos visto en los últimos ocho años, y seguramente más atrás, para que los hechos condujesen al momento final en el que su hermana Arya aparece en el bosque de dioses de Invernalia armada con un puñal de acero valirio y facultada con la destreza necesaria para acuchillar al Rey de la Noche. Eso sí: de que esto sea o no sea «canon», olvídese. Es un recurso literario que se ha puesto en funcionamiento, esta vez, en una historia en pantalla. El iceberg no obedece a ese criterio. Nadie lo va a confirmar.

Sin embargo, a Bran lo han hecho rey. ¿Será Bran el Roto un buen rey en los seis reinos? Indudablemente. ¿Sienta bien un poco de calorcito al final, después de todo el frío que hemos pasado? Mucho. ¿Comporta una simetría resultona que Bran suceda en el trono a la mujer que lo arrojó por una ventana? Sí. Pero narrativamente no es, ni mucho menos, una solución; al contrario, es un embrollo que no lo parece porque aparece cuando queda solamente medio minuto de cuento. Problema número uno de todos los que plantea: si Bran ha reconducido los hechos hasta este punto, parece que se ha convertido a sí mismo en rey. Como ocurre con Dios según el viejo razonamiento (o Dios no es todopoderoso o Dios no es bondadoso; ambas cosas a la vez son incompatibles), Bran o es rey o es un héroe, pero las dos cosas no pueden ser. ¿Lleva solución este entuerto? No lo lleva, es una paradoja. Se la tiene que comer usted, ñam ñam, con cucharita. Weiss y Benioff crearon un autómata con un propósito específico, le dieron cuerda y lo echaron a andar. Después de completar su tarea, sin embargo, olvidaron desactivarlo de tanto que les gustaba y el autómata hizo lo que hacen los de su clase en estos casos: coronarse rey del mundo. No es la primera vez que pasa.

(Y hasta aquí nuestras críticas a la temporada; en este otro artículo cantaremos las alabanzas. Le esperamos).

Coautor 62


Calígula, locura y poder en el Imperio

Calígula, Carlsberg Glyptotek. Fotografía: Richard Mortel (CC).

Calígula se ha convertido en uno de los símbolos de la depravación en la Roma imperial. Gobernó apenas cuatro años (37-41 d. C.), pero la fama de sus excesos le ha servido para ganarse un puesto en la historia. Aunque, hoy en día, los historiadores cuestionan las interpretaciones más estereotipadas de este césar.  

Sexo y poder. Muchos catalogarían así los cuatro años de gobierno de Calígula. La lista de depravaciones y desvaríos que se le imputan es tan variada como uno desee: incesto con sus hermanas, el palacio imperial convertido en un burdel, considerarse un dios, nombrar cónsul a su caballo… Desde los historiadores romanos hasta las series y películas contemporáneas han utilizado estos tópicos para perpetuar la oscura imagen de este personaje.

El problema para conocer qué hay de cierto y de falso en las perversiones de Calígula es la falta de fuentes históricas imparciales. En Roma acusar a alguien de prácticas sexuales excesivamente libertinas era también decir que era incapaz de gobernar adecuadamente.  

En este sentido, conviene remarcar que los testimonios de historiadores romanos que han llegado hasta nuestros días son claramente hostiles. Por ejemplo, Séneca en su obra Sobre la ira le acusa de ser un derrochador y un enfermo sexual. Aunque no hay que perder de vista que este pensador fue acusado de participar en una conspiración contra Calígula.

De igual manera, el historiador judío Filón de Alejandría lo critica en su De la embajada a Cayo y Flaco por querer colocar una estatua suya en el Templo de Jerusalén para ser adorado. Algo que chocaba frontalmente con el estricto monoteísmo hebreo.

Otras dos fuentes romanas que han llegado hasta hoy son Dion Casio y Suetonio. En especial destaca la biografía que el segundo le dedica en su obra Vida de los doce césares. Aunque nuevamente encontramos opiniones interesadas. Ambos historiadores eran nostálgicos de la República, y defendían la posición de los patricios frente a la autoridad más centralizada de los emperadores.

Este último aspecto conviene no perderse de vista. Recordemos que Calígula fue el tercer emperador de Roma. Octavio Augusto había inaugurado el Principado en el año 27 a. C. y aunque el emperador era el centro de poder del estado, aún se mantenía al Senado de la época republicana. Se trataba de una institución simbólica, para mantener cierta ficción de poder entre los patricios. Pero también quedaban muchos nostálgicos que aspiraban a restaurar el poder de la República.

Augusto supo mantener a raya a estos ambiciosos patricios, pero las tensiones y las conspiraciones políticas se exacerbaron durante los gobiernos de Tiberio y Calígula. Curiosamente, dos emperadores que han pasado a la historia con una pésima fama por sus depravaciones.

Por lo tanto, con este panorama, cuesta encontrar una aproximación objetiva a la figura de Calígula. Tampoco ayudan las obras más contemporáneas como la novela y su serie Yo, Claudio o el  largometraje de finales de los 70 dirigido por Tinto Brass. En la actualidad, los historiadores siguen debatiendo sobre qué hay de cierto y de mito interesado en todos los actos depravados de los que se acusa a Calígula.

Uno de los trabajos más recientes y que pretenden arrojar luz es Calígula, el autócrata inmaduro (La Esfera de los Libros, 2012) del catedrático de la Universidad Complutense José Manuel Roldán. Lejos de pretender justificar al personaje se plantean una serie de tesis interesantes, como que estaríamos ante un personaje condicionado por una terrible infancia y juventud.

Cayo Julio César Augusto Germánico, nombre completo de Calígula, era hijo de Germánico, uno de los mejores generales romanos de aquel momento. De hecho, «Calígula» significaba ‘pequeñas sandalias’, y era el apodo que los soldados le pusieron cuando era un niño de corta edad que acompañaba a su padre vestido como un legionario.

Su padre falleció en extrañas circunstancias, hecho que propició que su madre, Agripina, acusara al emperador Tiberio de estar detrás de la muerte. El gobernante se habría querido quitar de en medio a un posible rival por el trono. Esto desencadenó una persecución contra la familia de Calígula que terminó con la muerte de su progenitora y sus dos hermanos mayores, Nerón y Druso.

De este modo y con 18 años, Calígula se convirtió en un rehén en la corte de Tiberio. Allí tuvo que sobrevivir a un emperador al que sus opositores también acusaban de haber perdido la cordura y de entregarse a los placeres más extremos. Entre las apetencias que le atribuían destacaba su afición por bañarse junto a niños de corta edad, a los que hacía juguetear entre sus piernas, y a los que llamaba pececillos.

De hecho y por los avatares de la política, Tiberio necesitaba un heredero que también tuviera sangre de Octavio Augusto en sus venas (la madre de Calígula era nieta del primer emperador). Así que Calígula de rehén pasó a heredero, aunque debía compartir el poder con su primo Tiberio Gemelo.

En el año 37, el emperador fallecía. Tal y como se refleja en Yo, Claudio y como apuntan algunas fuentes, Calígula y el jefe de los pretorianos, Macro, remataron al agonizante césar, ahogándolo con la almohada; al poco de vestir la púrpura imperial también ordenó el asesinato de Gemelo.

Pese a estos siniestros primeros pasos, los historiadores romanos nos presentan un inicio de reinado esperanzador. Calígula aprueba una serie de medidas que otorgan más poder al Senado, y mejora la administración fiscal del Imperio.

Aún con esta buena prensa inicial, el joven emperador dio tempranas muestras de sus gustos por los grandes acontecimientos y festejos. Enseguida se presentó como un gran aficionado a los combates de gladiadores, las carreras de caballos, así como las extravagancias en las fiestas en palacio (como servir alimentos recubiertos de una capa oro).

El descenso a los infiernos de Calígula comenzó tras llevar un año en el trono, cuando comenzó a encadenar una serie de terribles acontecimientos. Sufrió una recaída de su enfermedad, su querida hermana Drusila fallecía (el dolor que mostró sirvió para alimentar las acusaciones de incesto por parte de sus rivales) y tuvo que hacer frente a una conspiración organizada por sus otras dos hermanas.

Para algunos investigadores, su complicada juventud, la carga del poder y estos oscuros eventos fueron nefastos para su salud mental, que terminó por quebrarse. A partir de aquí comenzó su etapa más tiránica, en que hizo valer su lema Oderint dum metuan («Que me odien mientras me teman»). Dos años de gobierno autoritario que terminaron cuando murió asesinado por su propia guardia pretoriana y un grupo de senadores durante unos juegos. Su sucesor fue Claudio, alguien que a priori también parecía más dócil a los intereses senatoriales.

Una de las obras de ficción que inciden en este cambio de comportamiento es la pieza teatral Calígula de Albert Camus, que sitúa el giro depravado del emperador en la muerte de su amada hermana Drusila.

Calígula centró su comportamiento tiránico en su desafío a los senadores. En ocasiones haciendo gala de un siniestro sentido del humor, como con la célebre anécdota de nombrar a su caballo Incitatus cónsul. Normalmente se ha atribuido a la demencia del césar, pero otros investigadores han querido ver una manera de desprestigiar a los patricios, al asegurar que hasta un animal podía ocupar un cargo así.

En este tramo final del reinado es cuando pululan todas las historias turbias. Pero el análisis detallado de las fuentes muestra que no debemos creernos todo. Por ejemplo en el caso tan comentado del incesto. Suetonio es claro en sus acusaciones, y dice que trataba públicamente a Drusila como su esposa. Pero otras fuentes más contemporáneas a Calígula, como Séneca, no dicen nada de relaciones sexuales con sus hermanas.

Otro punto a analizar es su crueldad al asesinar a los rivales políticos. Como por ejemplo el comentado asesinato de Gemelo. Este tipo de violencia era habitual en la cultura política romana, todo dependía de la habilidad política del emperador  que ordenaba las ejecuciones para pasar a la historia con mejor o peor fama.

Por último, no podemos olvidar los presuntos delirios divinos. El tópico se ilustra a la perfección nuevamente en Yo, Claudio donde John Hurt nos mostraba con una magistral interpretación a un césar obsesionado con ser el mismísimo Zeus. Calígula no inventó la divinización, como muchos le han atribuido. Augusto y Tiberio ya se presentaron como dioses en las provincias orientales. Su novedad fue llevar este culto a Italia. Aunque también hay discusión al respecto, ¿se trataba de otra muestra de su locura o era una maniobra política para reafirmar su poder?

Resulta complicado saber qué hay de cierto y falso en estas afirmaciones. Sin duda, Calígula sufría algún tipo de desequilibrio y esto lo llevó a cometer algunos excesos. Pero es complicado hacerse una idea acertada debido a la visión interesada que ofrecen las fuentes que han llegado hasta nosotros. Además, los novelistas y guionistas contemporáneos han visto en esta rumorología una fuente inagotable de inspiración por lo que se ha perpetuado la imagen siniestra de este emperador.


Miedo, represión y política

Núremberg, 1935. Fotografía: Charles Russell / National Archives and Records Administration.

Camarada, el único plan de producción que se está cumpliendo es el plan de arrestos.

La utilización del terror y el miedo como instrumento político es algo que existe desde que existe la política en sí. En los años finales de la República Cicerón ya se preguntaba si para un gobernante era mejor ser temido o ser amado. Su respuesta era que el «oderint dum metant!», o «¡Que me odien, mientras me teman!» (una cita del poeta Accio que supuestamente gustaba a Calígula) no era una buena forma de hacer política. Por desgracia el Segundo Triunvirato no opinaba lo mismo, y el filósofo y orador fue ejecutado. Pero el debate jamás perdió su relevancia y quince siglos después, Maquiavelo sugería que, puestos a elegir, el terror era superior. La razón era que, mientras que la emoción y la afección por el gobernante eran mucho más susceptibles de cambios impredecibles, el miedo dependía únicamente del cálculo racional de la supervivencia, lo cual era mucho más poderoso y controlable.

Esta dicotomía entre ser amado y odiado está intrínsecamente ligada al nivel de represión y miedo que cualquier régimen está dispuesto a alcanzar, una decisión que varía dependiendo del contexto y de los objetivos de cada tirano. Una de las formas de analizar esta clase de situaciones es pensar en lo que el politólogo Lukes llama las tres facetas del poder. De manera resumida, cuando Lukes escribió su clásico Poder: una visión radical, existía un debate muy serio en la ciencia política sobre lo que significaba el poder y la medida en que se podía observar o medir. A pesar de que a toda persona le resultaría fácil pensar en situaciones que reflejan el uso del poder, resultaba difícil el definirlo con exactitud. En ese sentido el poder es como la pornografía, en palabras del juez estadounidense Potter Stewart: quizá no pueda definirlo con exactitud, «pero lo reconozco cuando lo veo». En general, el poder se definía como la medida en que alguien o algo podía influenciar la decisión de otra persona o entidad. En ese sentido, politólogos como Robert Dahl defendían que la mejor manera de analizarlo era a través de conflictos políticos reales. En principio, si uno analiza las diferentes posturas de los agentes involucrados, y el ganador final, es factible observar quién tiende a ganar y quién a perder, y por lo tanto quién tiene más poder. Esta es la que Lukes llamaba la primera faceta del poder, la capacidad para salir victorioso en conflictos observables y activos.

Sin embargo, otros autores discrepaban de esta postura, arguyendo que el poder que no se puede observar, valga lo místico del concepto, es en ocasiones igual o más importante que el visible. Esta clase de poder consiste en influenciar no los conflictos políticos, sino todo el entramado institucional, o las decisiones sobre lo que se puede poner sobre la mesa, o discutir. A modo de ejemplo, un sistema político donde un grupo étnico o de otro tipo no tiene representación, como el apartheid en Sudáfrica o la época previa al sufragio femenino, significa que existirán clivajes políticos que jamás saldrán a la palestra, porque carecen de canales de representación institucional. La tercera faceta del poder es la que consigue influir en las propias preferencias de los individuos o grupos. Por lo tanto, no es solo que algunos temas controvertidos no se discutan, sino que alguien tiene el poder de convencer a los actores de que no les conviene hacerlo. En definitiva, esta clase de poder modifica las preferencias de los agentes para que estén en contra de sus propios intereses. Evidentemente, esta faceta es la más complicada de estudiar, porque requiere el imputar preferencias a los individuos que están en contradicción con las que ellos mismos expresan.

El miedo y la represión juegan un papel importante en estas dos últimas caras del poder. Una de las mejores ilustraciones de estas diferencias es El caso del camarada Tulayev, la gran novela del escritor marxista (y acérrimo crítico del régimen estalinista) Victor Serge. La premisa de la historia es la misteriosa muerte a tiros de un jerarca del partido, pero el libro es realmente un análisis preciso y brillante de los engranajes de un sistema totalitario. El camarada Tulayev es asesinado una noche de febrero al bajar de un coche oficial para ir a ver a su amante. El dedo que aprieta el gatillo es el de un joven, Kostya, sin agenda política más allá que su desencanto con el sistema. Pero para el aparato gubernamental esta acción presenta una imposibilidad, porque en la narrativa de un régimen totalitario que se jacta de ser perfecto no hay espacio para la oposición de ciudadanos independientes. La única explicación que cabe en ese marco es que tiene que tratarse de una conspiración de traidores que intentan destruir el sistema desde dentro. La historia que sigue es la de una investigación kafkiana que identifica como culpables a varios personajes que comparten dos cosas: su compromiso ideológico con la revolución y su inocencia en relación con el crimen, y que precisamente por ello acaban siendo destruidos por el instrumento represor del sistema al que son fieles.

A un lado tenemos a los revolucionarios desencantados, los que construyeron el sistema pero que a la vez serán destruidos por él. Kondratiev, amigo del líder y veterano de cientos de batallas, intuye que su caída se acerca por haberse atrevido a interceder por un joven trotskista arrestado por el servicio secreto. Rublev, antaño brillante intelectual de referencia, hoy sabe que sus días están contados. Ambos son conscientes de que el sistema camina hacia su propia perdición, pero saben que no pueden hacer nada al respecto. Son víctimas de la segunda faceta del poder, la que persigue que debates políticos cruciales, como en este caso el preguntarse si la revolución ha fracasado, no salgan a la luz por la amenaza de represión del régimen. El sistema es tan perfecto que no solo suprime visiones alternativas de forma activa una vez aparecen, sino que induce a los propios individuos a no intentar exponerlas para empezar.

Al otro lado del banquillo nos encontramos con aquellos que aún creen que trabajan al servicio del partido y del país. Tenemos a la fiscal Zvyeryeva, que ayuda a preparar la acusación ficticia por el asesinato de Tulayev. Son personajes a menudo anodinos, a los que el sistema ha llevado a seguir un camino que va claramente en contra de sus intereses porque, aunque quizá no lo sepan aún, sus acciones acabarán convirtiéndolos en las víctimas de la próxima purga. Los ascensos y éxitos de hoy se convierten en futuras condenas, como en el caso del jefe de seguridad Erchov, que pasa de verdugo a acusado en cuestión de días.

Otra forma de ver la segunda y tercera faceta del poder en acción, como menciona Xavier Márquez, es a través de la censura. Un censor en un sistema autoritario tiene que elegir un punto medio entre dos extremos: o una oferta cultural completamente homogénea que repita sin pausa las consignas del régimen, pero a la vez insoportablemente tediosa para los ciudadanos (lo cual provoca descontento) o un panorama más independiente en el que se permite completa libertad y creatividad a los medios. El problema, claro está, es que a la par que se mantiene más contentos a los ciudadanos, también se arriesga uno a la publicación de contenidos contrarios a la ideología oficial. Una prensa absolutamente controlada aburre y por lo tanto solo es tomada en serio precisamente por los más fanáticos seguidores —los que menos la necesitan—, mientras que una prensa libre es más atractiva pero a la vez fracasa en el adoctrinamiento. El punto óptimo de censura y control, por lo tanto, no queda nada claro.

En consecuencia, a menudo la censura se llevaba a cabo de una manera bastante burda. Márquez nos da abundantes ejemplos de los primeros años del régimen de Franco, cuando los oficiales de la Vicesecretaría de Educación Popular intentaban controlar la opinión pública a través de consignas, muchas de ellas a menudo involuntariamente humorísticas. Así, se conservan mensajes que pedían a los periódicos que se esforzaran en contar las anécdotas «menos conocidas» de los líderes (dado que algunas ya estaban muy vistas), sin que estas dejen, por supuesto, de ser «ejemplarizantes». También se les rogaba que intentaran reducir a toda costa el «sabor oficial» de lo publicado, para darle un toque más fresco. Evidentemente el ser creativo bajo amenaza de castigo fulminante es complicado, por lo que los medios (naturalmente) optaban por ser lo más cautos posibles. El resultado es que la balanza se acabó inclinando hacia el lado del aburrimiento, hasta el punto de que el propio Franco no leía la prensa española por lo predecible que era. No así con el New York Times, que el dictador consideraba una fuente muy fiable sobre la masonería internacional. En la Alemania nazi pasaba tres cuartos de lo mismo, y Goebbels se desvivió durante los primeros años, sin mucho éxito, por limitar el número de eternos discursos de jerarcas nazis y darle algo de variedad a la música marcial. A pesar de ello, se cuenta que las celebraciones del primero de mayo de 1934 incluyeron unas diecisiete horas de programación. Como en el caso franquista, en el régimen nazi tanto el número como la variedad de la oferta cultural disminuyó rápidamente a medida que pasaban los años.

Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces, y la nueva represión es más sofisticada, en parte gracias a las nuevas tecnologías. En un estudio reciente sobre las redes sociales en China, los politólogos King, Pan y Roberts llevan a cabo un esfuerzo descomunal para analizar el comportamiento de los censores gubernamentales. En China, al contrario que en Europa y el resto del mundo occidental, el mercado de las redes sociales está muy fraccionado y hay cientos de proveedores. El Gobierno actúa tanto de forma descentralizada (mediante censores que dependen de los propios proveedores) como a través de empleados públicos (la llamada policía de internet, miembros del partido y monitores, que en total podrían llegar a casi trescientos cincuenta mil en número) que supervisan de forma manual lo que se publica. Dado que el control no es automático, hay un tiempo que transcurre entre la primera publicación de un mensaje y su posterior edición o eliminación por parte del censor. Los investigadores guardaron todo lo publicado en un periodo de tiempo determinado y luego analizaron qué tipo de publicaciones se habían censurado.

Lo curioso es que, al contrario de lo que uno podría imaginar, el Gobierno no parece tener un interés especial en censurar las críticas hacia el régimen, el partido o autoridades concretas. Las críticas rutinarias a las promesas de democratización, como por ejemplo, el que «la democracia intrapartido es hoy en día una excusa para perpetuar un régimen de partido único», pasan el filtro. En cambio, los censores le dedican mucha atención a las publicaciones sobre acción colectiva. Por ejemplo, publicaciones sobre las protestas de Mongolia interior se censuran sin piedad, al igual que entradas relacionadas con los disturbios en el distrito de Zengcheng.

La idea que se intuye es que gracias a la información disponible el régimen chino ha conseguido encontrar el cierto equilibrio que buscaban sus antecesores autocráticos en el negocio de la represión: el permitir relativa libertad a los ciudadanos para que critiquen lo que deseen, de forma que la red siga teniendo interés tanto como plataforma de consumo de información como para el desahogo de frustraciones y enfado. Todo ello, claro está, siempre que no redunde en una mayor capacidad organizativa o de resistencia de la población.

Aunque la de la represión no es una historia alegre, siempre nos quedará el hecho de que, aun en el sistema más despótico, siguen existiendo formas de rebelión. La resistencia pasiva (o política subalterna, en las palabras del politólogo James Scott) es la forma de expresión o insurrección cuando no hay espacio para hacerlo a través de las instituciones tradicionales. La histeria represora que lleva a conclusiones tan trágicas como las del caso Tulayev también conduce a rebeliones a través de mecanismos como el humor.

Esta faceta de rebelión es retratada por el novelista egipcio Albert Cossery en La violencia y la burla. La premisa de la novela es muy actual: en una ciudad árabe cualquiera, gobierna un dirigente autoritario extremadamente egocéntrico y vanidoso. En vez de optar por la revolución armada, un grupo de jóvenes —más caraduras, machistas y bon vivants que disidentes, todo sea dicho— decide que la mejor forma de derrotar al líder es utilizar un arma que no puede combatir: su amor propio. Así pues, los jóvenes comienzan a publicar panfletos tan aduladores que rozan lo estrambótico. El problema para las autoridades es que no pueden hacer nada al respecto. En un preludio a lo que hoy se conoce como la Ley de Poe —que a menudo resulta imposible el diferenciar posturas extremistas pero sinceras de la parodia—, los gobernantes tienen que optar entre permitir la expresión de lo que todo el mundo sabe que es una sátira del dirigente, o retirar los panfletos y carteles, reconociendo que es imposible que alguien tenga tan buena opinión de un Gobierno represor.

Desde la tala de árboles de las tierras de la corona, como hacían campesinos ingleses en la Baja Edad Media, a desertar en tiempos de guerra, a cosas tan sencillas como retrasar la producción, arrastrar los pies o contar chistes, las formas de rebelión informal son innumerables. Todo ello son formas de protesta que cobran un papel vital cuando el resto de canales de resistencia deja de existir, y el miedo y la represión abundan. No en vano se dice que la guerra fría fue una de las edades de oro de los chistes en el este de Europa. Uno de ellos cuenta que para celebrar el aniversario del régimen comunista en Polonia, el Politburo le pidió a un artista que pintara un retrato de la visita de Lenin a Varsovia. Al desvelarse el cuadro frente a Brezhnev y el resto de jerarcas, los asistentes se miran entre sí confundidos, porque el cuadro muestra a la mujer de Lenin y a Trotski en la cama. Brezhnev, airado, le pregunta al artista: «¿Oiga, dónde está Lenin?»; «Lenin», responde el pintor, «está en Varsovia».


El vino como forma de transmisión de cultura

Imagen: DP.
Imagen: DP.

Jot Down Magazine para Vivanco

Si bien hay quienes han usado el vino como vía paliativa de la infelicidad y el desasosiego, lo que comúnmente se ha venido a llamar «ahogar las penas», el vino también ha obrado como transmisor cultural, como más tarde lo hicieran la imprenta o, incluso, internet.

La autoridad wikipédica se limita a describir el vino como una bebida obtenida a través de la fermentación de la uva, y que los testimonios arqueológicos sugieren que este caldo se produjo por primera vez en el Neolítico, entre 9000 y 4000 a. e. c., en los montes Zagros, entre el norte de la actual Irán y Armenia. No en vano, Areni, en Armenia, son los restos arqueológicos de las instalaciones vitivinícolas más antiguas conocidas hasta la fecha y datan del 4100 a. e. c.

Sin embargo, a poco que no nos quedemos en la superficie de esta acepción, descubriremos que también ha formado parte y ha participado activamente de cambios históricos y sociales de gran relevancia.

El vino como antítesis de la barbarie

El vino es un líquido que ha servido tradicionalmente para trasmitir cultura, y a modo de máquina de la verdad, para expresar lo que verdaderamente sentíamos. «El vino revela lo que está oculto», declaró Eratóstenes.

Si la cuna de la filosofía, la política, la ciencia y la literatura fue la antigua Grecia, fue el vino la correa transmisora de esas ideas. Gracias al comercio marítimo de esos caldos mediterráneos, no solo las ideas se diseminaron, sino que se sometieron a juicio y escrutinio en fiestas o simposios en los que los concurrentes bebían de un recipiente compartido de vino diluido. Gracias a él, los participantes eran capaces de superarse a sí mismos en ingenio, empleando para ello las más abracadabrantes figuras retóricas. Decía por ejemplo el poeta cómico griego Aristófanes: «Rápido, traedme una copa de vino, para que me remoje el entendimiento y diga algo inteligente».

En palabras de Tucídides, autor griego del siglo V a. e. c. que fue uno de los más importantes historiadores del mundo antiguo, «los pueblos del Mediterráneo empezaron a emerger de la barbarie cuando aprendieron a cultivar el olivo y la vid». Y es que el vino empezó a considerarse un signo de distinción, un símbolo de civilización y una forma de distinguirse fácilmente de los bárbaros, bebedores de vulgar cerveza.

La vinculación del vino con los griegos y la cerveza con los bárbaros no solo tenía que ver con el sabor o los efectos etílicos que producían ambas bebidas, sino también por las dificultades que entrañaba elaborarlas. El vino, indudablemente, era mucho más difícil que obtener que la cerveza, como explica Tom Standage en La historia del mundo en seis tragos:

La fruta es estacional y se estropea con facilidad, la miel silvestre solo estaba disponible en pequeñas cantidades y ni el vino ni la hidromiel podían almacenarse durante mucho tiempo sin cerámica, que no surgió hasta alrededor de 6000 a. C. La cerveza, en cambio, podía fabricarse a partir de las cosechas de cereales, que eran abundantes y fáciles de almacenar, lo que permitía elaborar cerveza de manera fiable, y en grandes cantidades, cuando era necesario.

También los griegos pretendían establecer claras diferencias de clase y de posición intelectual entre los bebedores de vino y los de cerveza, hasta el punto de que, en ocasiones, se elaboraban teorías un tanto descabelladas, como esta que J. C. McKeown copia literalmente de Aristótelesen Gabinete de curiosidades romanas:

Los que se emborrachan de vino caen de bruces, mientras que los que han tomado la bebida de cebada (cerveza) echan la cabeza hacia atrás, puesto que el vino produce pesadez de cabeza, mientras que la bebida de cebada es soporífera.

Para los griegos, beber vino era sinónimo de civilización y refinamiento: el tipo de vino que se bebía y su edad indicaban lo culto que se era. Salvando ciertas distancias, el vino era como internet: te permitía comunicarte con los demás dejando a un lado de rigideces protocolarias del día a día, a la vez que te significaba como individuo cultural y tecnológicamente superior.

Imagen: DP.
Imagen: DP.

Las etiquetas de Roma

Como explica Tom Standage en La historia del mundo en seis tragos: «La difusión del consumo de vino prosiguió en tiempos de los romanos, la estructura de cuya jerárquica sociedad se reflejaba en una estratificación minuciosamente calibrada de vinos y clases de vino». Con todo, la variedad de la época sería extraña para nuestro paladar, porque aquel vino solía mezclarse con agua (incluso de mar) y otros ingredientes, como frutas, miel o especias. Algo así como el calimocho o la sangría.

Estos caldos, además, llegaban de muy lejos y debidamente transportados en ánforas con sellos que pueden compararse a nuestras modernas etiquetas. En estas etiquetas podríamos leer el nombre del mercader o transportista, el contenido neto, los datos del control fiscal, entre otras indicaciones.

Eso sí, a veces los vinos más caros se reservaban para uno, y a los convidados se les servían otros menos sofisticados, tal y como explica Fernando Garcés Blázquez en Historia del mundo con los trozos más codiciados:

Por vanidad, los romanos pudientes invitaban al mayor número posible de personas, pero por tacañería o prudencia, luego hacían trampas. Plinio el Viejo critica a aquellos de sus contemporáneos que «sirven a sus invitados un vino distinto del que ellos beben, o a lo largo del banquete sustituyen los buenos por otros mediocres». Plinio el Joven, sobrino del anterior, registra otra fullería: guardar el vino en pequeños frascos de calidades diversas y sacar unos u otros según la importancia de los invitados.

El vino más caro y lujoso de la época y, por consiguiente, el que solo se reservaba para invitados muy especiales, o para nadie que no fuera uno mismo, era opimiano, la mejor cosecha de Falerno, de la región de Campania, en el sur de Italia. Lo bebió Julio César, y también al emperador Calígula le sirvieron opimiano de ciento sesenta años.

Sacramento

Tras Grecia y Roma, el vino prosperó en diferentes culturas, sobre todo con su vinculación a lo religioso, tanto para alabarlo como para defenestrarlo. Un código visigodo redactado entre los siglos V y VII, por ejemplo, desgranaba castigos detallados para cualquiera que dañara un viñedo.

Entre los cristianos, el consumo de vino era una modalidad de comunión sagrada, aunque siempre en pequeñas dosis, a diferencia de los cultos a Dionisio y a Baco, los equivalentes divinos en Grecia y Roma. En algunos casos, la venta de vino elaborado en las tierras de la Iglesia constituyó una importante fuente de ingresos. Entre los vinos más conocidos en esta época está el hipocrás (mezcla de vino y miel).

El vino, aquí, sería para alcanzar otra verdad, pero esta vez de índole mística.

La prohibición musulmana del alcohol tiene un origen multifactorial, pero también un origen un tanto caprichoso, como explica Standage:

Según la tradición, la proscripción del alcohol por parte de Mahoma fue fruto de una pelea entre dos de sus discípulos durante una fiesta con bebida. Cuando el Profeta buscó orientación divina sobre cómo evitar semejantes incidentes, la respuesta de Alá fue tajante: «El vino y los juegos de azar […] no son sino abominación y obra del Demonio. ¡Evitadlos, pues! Quizá así prosperaréis. El Demonio solo quiere crear hostilidad y odio entre vosotros valiéndose del vino y el juego, e impediros que recordéis a Dios y practiquéis la azalá. ¿Os abstendréis, pues?».

Imagen: DP.
Imagen: DP.

En España se instaura en el siglo XVIII la figura del guardaviñas (posición que perdura hasta 1960), que hace un papel fundamental en la vigilancia de los viñedos. Debido a las dificultades de producir vino local en el norte de Europa, este escaseó, sustituyéndose progresivamente por la cerveza. La distinción entre cerveza en el norte de Europa y vino en el sur subsiste hoy día, en base a patrones de consumo que se forjaron a mediados del primer milenio y fueron determinados en gran medida por el alcance de las influencias griega y romana.

El vino es cultura que se transmite a través del paladar y que engrasa las relaciones sociales y abre la mente del par en par. Por esa razón, el vino no solo debe consumirse, sino considerarse un patrimonio cultural digno de estudio, exhibición y admiración, y también debe engarzarse con otras obras de arte. Un legado como el que recoge el Museo Vivanco de la Cultura del Vino, situado en Briones (La Rioja), y que es considerado el mejor museo del vino del mundo.

En una superficie de cuatro mil metros cuadrados, el edificio se divide en seis espacios que recogen los diferentes pasos de la elaboración del vino y donde se muestran elementos y herramientas que se han empleado para este fin a través de la historia, así como piezas arqueológicas de Babilonia, Egipto, Grecia o Roma, como el vaso con la diosa Hathor, procedente de la XXII Dinastía egipcia (945-715 a. e. c.)

También allí podemos contemplar cómo el vino ha propiciado tecnologías asociadas al mismo, como los distintos tipos de botellas y sacacorchos (un total de tres mil, incluidos los primeros modelos patentados datan de finales del siglo XVIII), así como una prensa húngara de doble husillo, la única pieza conservada de la Primera Exposición Vinícola organizada en la ciudad de Pecs el 11 de Agosto de 1888. En el espacio Guardar las esencias, por ejemplo, también se exhiben desde una botella cuadrada de cristal de la cultura romana (siglo II-III e. c.), hasta la que Vivanco ha utilizado como modelo para fabricar las botellas de sus vinos, una botella cilíndrica de vidrio soplado, datada en 1840, de Francia.

Un amplio espacio dedicado al arte (pinturas, esculturas y bajorrelieves) también se expone en un apartado sobre el vino en la cultura, como un grabado de Joan Miró, Le troubadour, que representa un sacacorchos de doble palanca, tipo inventado en 1850 por J. Heeley en Gran Bretaña.

Literatura, arte, cine, gastronomía, educación, investigación… todo eso es lo que le interesa compartir y divulgar a Vivanco, con su museo y fundación, en el que se encuentra el Centro de Documentación (donde encontramos obras tan importantes como Oda al Vino manuscrita de Pablo Neruda) y la editorial. Ocho mil años de historia que evidencian, una vez más, que el vino no solo es una bebida, sino una forma de transmisión de cultura.

Le troubadour, de Joan Miró.
Le troubadour, de Joan Miró.


Actores que no sabían lo que estaban haciendo

Bros before hoes. Ben-hur. Imagen: Metro Goldwyn Mayer.
Bros before hoes. Ben-hur. Imagen: Metro Goldwyn Mayer.

En 1995 se estrenó El celuloide oculto, un entretenido documental, basado en un libro de Vito Russo, que revisitaba el interior de los armarios de Hollywood en épocas en las que, por alguna razón inexplicable, era difícil para la comunidad global aceptar que hay gente que se divierte llevándose al colchón a otra gente que tiene el mismo pack de complementos a la altura de la cintura. La película recorría cintas clásicas, anécdotas de celebridades y libretos denunciando que el prototipo de gay, lesbiana o transexual que vendía la industria del cine era en la mayoría de las ocasiones el de una persona psicópata que te pregunta si te apetece una cabalgada mientras canta «Goodbye horses» en el sótano de su casa con los huevos entre el cascanueces. O en el mejor de los casos alguien cuya orientación sexual le condenaba a una muerte horrible: la cinta recopilaba escenas en las que los personajes gais eran recompensados con epílogos tan sutiles como aquel árbol que caía sobre la bollo interpretada por Sandy Dennis en La zorra de 1967. Pero el documental también se divertía revisitando personalidades cuya brújula sexual conocemos hoy en día, como ese Rock Hudson en una escena de Confidencias de medianoche encarnando a un galán que fingía un amaneramiento tópico para putear a una dama, logrando coreografiar un pasodoble demencial entre las aceras: el de un actor gay que se hacía pasar por hetero a los ojos de la sociedad de la época interpretando momentáneamente en la ficción a un ligón hetero haciéndose pasar por gay a los ojos de otro personaje.

Lo más interesante ocurría cuando El celuloide oculto se dedicaba a rebuscar entre las líneas, cuando señalaba las escenas de vaqueros hablando de relojes y mujeres, o al par de caballeros en el jacuzzi de Espartaco charlando sobre gastronomía y lo adecuado de merendar caracoles, ostras o ambas cosas. Porque entonces aparecía en escena Gore Vidal, uno de tantos guionistas que se encargaron de Ben-Hur y la liaba al hablar de la película de las cuadrigas. Vidal reconocía haber recibido la orden del director del aquel film (William Wyler) de taponar un llamativo agujero del guión: el hecho de que no existiera una razón lógica para que los personajes de Judah Ben-Hur (Charlton Heston) y Messala (Stephen Boyd) pasaran de ser amigos de la infancia a enemigos a muerte. El guionista optó por lo visceral y propuso adjudicar a Ben-Hur y Messala un pasado como amantes gais, un desliz adolescente que un Messala con ganas de mambo intentaba retomar para descubrir que Ben-Hur ahora le hacía la cobra, justificando con el despecho del rechazado aquel trayecto desde el amor al odio. El guionista afirmaba que tras consultar con productor, director y uno de los actores implicado (Boyd) se dio por válida la idea y el personaje de Messala recibió la orden de actuar frente a Heston como si estuviese enamorado del personaje, haciéndole muchos ojitos. Por otro lado, como Heston tenía pinta de tener bastante estrechos los pasillos de la tolerancia —y también de cambiar de canal de la tele disparando con un rifle— se acordó utilizar una técnica diferente a la hora de informarle sobre el trasfondo bisex de su personaje: nadie le dijo nada de aquello.

Cuando se pudo ver El celuloide oculto, la entrevista a Vidal llegó a gozar de la suficiente repercusión como para provocar que Heston redactara una cabreadísima carta pública al guionista en la que afirmaba que la mera insinuación de un Ben-Hur con ganas de agarrar algo con mango que no fuese la espada le sacaba de sus casillas («irritates the hell out of me»). Desde aquel momento, y hasta que la muerte los separó, guionista y actor jugaron al tenis con los «Señora, no invente» y las acusaciones particulares. Que la anécdota de Vidal sea cierta o no importa poco a estas alturas, aunque es muy divertido revisitar ciertas escenas de Ben-Hur teniendo en cuenta ese contexto. Lo curioso es que la cabeza de Heston comenzara a hervir cuando se insinuó que no tenía ni idea del papel que estaba interpretando realmente. Como si no existiese una tradición nutrida de actores que estaban totalmente equivocados sobre lo que estaban haciendo ante las cámaras.

Actores que no sabían lo que estaban haciendo

Stanley Kubrick, famoso por putear a sus actores hasta el extremo, decidiría tras ver El rostro impenetrable contratar a Slim Pickens para interpretar al mayor Kong en Teléfono rojo ¿volamos hacia Moscú? Lo simpático del fichaje es que Pickens facturaría su trabajo sin haber leído más allá de las páginas del guión correspondientes a las escenas en las que participaba, una técnica ideada por Kubrick para mantener al actor completamente ajeno al género de la película y así tratar de extraer de él una interpretación más pura. Es decir, que nadie le dijo a Pickens que la película era una comedia para que este mantuviera el tono serio. Otra cinta de Kubrick que también jugaría a esconder bajo la mesa el género de cara a uno de sus protagonistas era El resplandor: Danny Lloyd, el niño del pedaleo incesante, vivió la filmación totalmente ajeno al hecho de que participaba en un film de terror. Ni siquiera llegaría a ver la película completa hasta que tuvo dieciséis años y unos amigos decidieron alquilarla en un videoclub para reírse del peinado de su colega durante la etapa protozoo. Lloyd en la actualidad es un profesor y granjero de cuarenta años cuyos recuerdos del rodaje incluyen a dos gemelas muy simpáticas y educadas, y a un Jack Nicholson que hacha en mano simulaba hacer el indio armado con un tomahawk para sacarle unas carcajadas durante las pausas del rodaje.

Peter O’Toole, John Gielgud, y muy probablemente el reparto completo de la miserable Calígula asegurarían en su momento que no tenían ni idea de que la película incluiría escenas de sexo explícito. Algo que en realidad era culpa de Bob Guccione, fundador de Penthouse, quien para aliviar los problemas económicos que padecía el rodaje de la cinta propuso a Tinto Brass y Gore Vidal (el mismo de Ben-hur, sí) financiar el desastre a cambio de insertar más violencia y pornaco. Guccione se atrincheró en la sala de edición para plantar pequeños insertos de hardcore sex y de paso joder el resto del metraje introduciendo escenas que habían sido eliminadas y desordenando el orden lógico de otras tantas. Brass y Vidal renegaron del film y una actriz y modelo de Penthouse, Anneka Di Lorenzo, demandó a Guccione por considerar que transformar la cinta en una película X había hundido su carrera. La chavala ganó el juicio y fue indemnizada con cuatro dólares, literalmente.

Merienda cena from outer space. Alien. Imagen: 20th Century Fox.
Merienda cena from outer space. Alien. Imagen: 20th Century Fox.

La secuencia más fabulosa del Alien de Ridley Scott, aquella donde el bicho decide presentarse formalmente en sociedad atajando por las tripas, también jugó durante su concepción a engañar al reparto. En el guión suministrado a cada uno de los actores la única aclaración sobre lo que ocurriría durante dicha escena era un parco «Esa cosa emerge» acompañado de la línea de diálogo «Ohmygooaaaahh»[sic] exclamada por el personaje de John Hurt. «Esa cosa» era algo que los chicos del reparto aún no habían tenido el placer de conocer con calma más allá de la idea de que la criatura parecía un pene con dientes. Scott preparó el decorado a espaldas de los figurantes situando a Hurt sobre una mesa trucada. A continuación el casting entró en el set con un enjambre detrás de las orejas al ver a todo el equipo de cámaras cubierto con chubasqueros y percibir el olor de restos de carnicería y pescadería que serían utilizados como coloridas entrañas. Sigourney Weaver y compañía rodarían una primera toma en la que el pecho de Hurt sufría una serie de convulsiones sangrientas, y los actores, tras comprobar que quizá no había demasiado por lo que preocuparse, se relajaron un poco. Pero Scott lo había planeado todo para que el reparto se confiara tras la toma de contacto, y cuando grito «acción» de nuevo un chorro sangriento sorprendió a los actores acompañando la aparición del chestburster. Veronica Cartwright gritó de terror y besó el suelo al recibir la ducha de hemoglobina mientras los demás desparramaban los nervios y se agobiaban bastante. Como consecuencia de todo esto las cámaras lograrían captar unas reacciones exquisitamente naturales ante el horror sanguinolento, y al equipo de vestuario le tocaría lavar varios pantalones. No solo los bípedos serían víctimas de la búsqueda de realismo del director: en una secuencia distinta, para conseguir que el gato Jones erizase el lomo con total naturalidad ante la manifestación alienígena, el realizador le plantaría al felino un pastor alemán delante del hocico.

El director Bryan Singer hizo creer a cada uno de los actores principales de Sospechosos habituales que su personaje era el legendario Keyser Soze, una pieza clave de la película cuya identidad era la gran revelación final. Cuando el casting pudo ver la película completa todos menos Kevin Spacey se llevaron un chasco importante y Gabriel Byrne en particular entró en modo berserker con Singer y acabó arrastrándolo a la calle para discutir lo mucho que le agradaba cómo se la había colado.

Lo de Bill Murray con Garlfield tiene delito; el ilustre cazafantasmas firmó a ciegas el acuerdo para ponerle voz al gato de Jim Davis tras ojear solo un par de páginas del guión que le fue remitido. La razón para aceptar con tanta celeridad la propuesta se encontraba en la primera hoja de aquel libreto: el actor leyó el nombre del coautor del texto y decidió que sería una gran idea trabajar en algo que esa persona hubiera parido. Cuando tocó entrar al estudio de grabación un Murray asombrado por la escasa calidad de los diálogos pidió asomarse al metraje de la película para corroborar que aquello era realmente un accidente cinematográfico. En esas estaba cuando volvió a revisar la firma de la primera página del guión y se cagó muy fuerte en todo: «Joel Cohen». A Murray le ocurrió lo que a la mayoría del pueblo llano, que había travestido el apellido de los famosos hermanos directores de Muerte entre las flores vistiéndole con la hache intercalada que lucía en el apellido el cantante canadiense ese que es el alma de las fiestas. La realidad era que el tal Joel Cohen no tenía nada que ver con el Joel Coen que era papá del Nota. Y la anécdota explica en parte por qué Murray interpretándose a sí mismo en Zombieland utiliza sus últimas palabras para decir que lo único de lo que se arrepiente en esta vida es de Garfield. Pero no aclara por qué se apuntó a vestir de nuevo el pelaje de gato naranja en Garfield 2.

Mel Brooks a mediados de los setenta perpetró Sillas de montar calientes, una comedia absurda de vaqueros que alardeaba de ser pionera en introducir el sonido de una flatulencia (varias en realidad) en la historia del cine. Para el tema musical principal de la película Brooks publicaría un anuncio solicitando una voz capaz de imitar a Frankie Laine, un conocido cantante especializado en interpretar las tonadillas de créditos de los westerns, y resultó que el propio Frankie Laine se presentó en su despacho preguntando por la oferta de trabajo. Brooks decidió no explicar al cantante que en realidad entonaría la banda sonora de una parodia del cine del Oeste por miedo a que el hombre se saliese del proyecto; no en vano John Wayne ya había declinado participar con un cameo por considerar la película demasiado sucia. Laine grabó la canción que se convertiría en el tema principal poniéndole mucha pasión y creyendo que estaba cantando en otra clásica cinta de vaqueros.

Adrien Brody, el Manolete Hollywoodiense, se alistó a las tropas de La delgada línea roja de Terrence Malick con muchísima ilusión porque, según el guión original y la novela en la que se basaba, el uniforme que le tocaba vestir se presentaba como el protagonista principal de la historia. Lo que no tenía tan en cuenta el joven Brody era a la propia figura de Malick, un director que tan pronto se tira veinte años entre el rodaje de una película y la siguiente (Días del cielo y La delgada línea roja) como se sienta sobre un petardo y factura cuatro films en cuatro años. Y también alguien conocido por entrevistarse hasta con el portero de su edificio para formalizar el casting: en lo que respecta al proceso de selección de su bélica locura uno acabaría antes enumerando con qué actores no llegó a reunirse Malick. Pero ante todo el hombre del sombrero era un realizador que una vez configuraba un reparto colosal (el cartel final de la película casi ni tiene sitio para tanto nombre conocido) se ponía tras la cámara, rodaba una cantidad infame de metraje y se metía en la sala de montaje para desechar la mayor parte del material mientras rebusca la película que realmente quería configurar. Y en esas ediciones andaba Malick cuando decidió que casi todas las líneas de diálogo de Brody y la mayor parte de su interpretación se irían a la papelera, quedándose el personaje reducido a un par de frases y una presencia secundaria. Contemplar el resultado final supuso un mazazo para un Brody que se había dejado los huesos durante el rodaje creyendo que sería la estrella de la película, sobre todo porque el zagal ya había comenzado a ofrecer entrevistas promocionales en las que se presentaba como el actor principal. Pero el suyo no sería el único desengaño doloroso de la línea roja: Mickey Rourke se esforzaría por clavar una interpretación de la que ni un solo fotograma llegaría hasta el montaje final (aunque se conservan como escenas eliminadas en la edición Criterion), y lo mismo ocurriría con Bill Pullman y Lukas Haas. Billy Bob Thorton también sería contratado, en este caso para ejercer de narrador, grabar una épica parrafada de tres horas bajo la supervisión del director y descubrir finalmente que de aquel registro de audio no se utilizaría ni un solo minuto en la versión final del filme. Imdb asegura que Gary Oldman, Viggo Mortensen y Martin Sheen también tenían planos rodados que nunca llegaron al producto final, pero del primero se dice que ni siquiera pisó el escenario y de los demás no existen pruebas de que hubiesen siquiera llegado a rodar algo.

Sacha in da hood. Borat Imagen: 20th Century Fox.
Sacha in da hood. Borat. Imagen: 20th Century Fox.

Sacha Baron Cohen es más listo de lo que parece; su base creativa tiene una concepción de humor clásica basada en tallar el gag, medir el ritmo y ordeñar lo absurdo de una situación concreta. Pero al mismo tiempo lo recubre todo con toneladas de cosas soeces sin pararse a dibujar líneas que limiten hasta dónde pueden llegar los chistes de penes y negándole la entrada a la discoteca al humor que calza las zapatillas del buen gusto. Quizá es un cómico inteligente que disfruta barnizándose con la brocha más gorda. Sus logros cómicos más hilarantes son aquellos en los que, disfrazado de uno de sus personajes, engaña a gente real que no es consciente de lo ficticio del juego para construir la broma. Para su famosa Borat localizó un pueblecito en Rumania llamado Glod (una palabra que por lo visto significa barro) y aterrizó en el mismo con su equipo, convenció a los habitantes de que su objetivo era la realización de un documental sobre las gentes del lugar y les pagó amablemente la participación con el dinero que encontró al limpiar los sofás de su casa. Cuando se estrenó la película los residentes de Glod descubrieron que en la pantalla su villa se transformaba en Kazajistán, país de origen del personaje Borat, y sus simpáticos pobladores en una pobre comuna mugrienta de prostitutas, médicos que practican abortos en chabolas y medios de transporte arcaicos. Enfurecidos por la tomadura de pelo, por haber participado en la misma a cambio del dinero que cuesta una bolsa de pipas, por el éxito del film y por sentirse diana de chistes crueles en todo el mundo, los habitantes de Glod se arrimaron a un abogado para llevar a Baron Cohen ante los tribunales y aquello se transformó en otra película televisiva a modo de documental real sobre la supuesta vileza del humorista: When Borat come to town.

Hasta que la muerte nos separe

Si resulta molesto para un actor el no saber realmente en qué está participando quizás es lógico aventurar que sería especialmente incómodo el no saber en que estará participando después de abandonar el mundo vivo. Porque en ocasiones ni siquiera la muerte es capaz de detener el proceso de casting.

La única película en la que Brando no le tocó los cojones a nadie. Superman returns. Imagen: Warner Bros.
La única película en la que Brando no le tocó los cojones a nadie. Superman returns. Imagen: Warner Bros.

En 1982 se estrenó Tras la pista de la Pantera Rosa. El detalle a tener en cuenta en esta obra es que su actor principal, Peter Sellers, llevaba dos años muerto y en esencia alejado de las pantallas de cine. Pero aquello parecía traérsela bien floja al director y todo el equipo, porque Tras la pista de la Pantera Rosa estaba construida como un Frankenstein incoherente, reciclando escenas descartadas y metraje de anteriores entregas de la saga del inspector Clouseau y evidenciando que daba un poco igual pisotear la lógica común: la edad de Sellers variaba visiblemente de un plano a otro y tanto el atrezo como la tecnología de las escenas saltaban entre décadas sin razón aparente si uno desconocía que se trataban de piezas sobrantes de varias películas. Para rematar el sinsentido algún listo decidió utilizar la técnica más idiota de rodar nuevo metraje protagonizado por el inspector: cubrir la cara de un doble con un vendaje sin venir a cuento. La última esposa de Sellers demandó a los creadores del film por considerar que insultaba a la memoria de su exmarido, y ganó.

El último gran héroe predeciría en una coña con un holograma de Humphrey Bogart que el futuro visitaría el cementerio con una pala digital y un saco de FX de ordenador. Superman returns tenía en plantilla, como padre de Superman, a un Marlon Brando que había abandonado el mundo de la gente que respira un par de años antes de la creación de la película. A Sky captain y el mundo del mañana le ocurría algo parecido: contaba en su reparto con un Laurence Olivier que llevaba quince años forrado de pino. Ambas resurrecciones habían sido patrocinadas por el combo entre material de archivo y el maquillaje del efecto especial por ordenador.

La cara anónima más conocida de Hollywood

Jenny Joseph trabajaba como artista gráfica en un periódico de Nueva Orleans cuando un amigo le presentó a Michael Deas, un pintor cuya obra había dado la vuelta por todos los Estados Unidos (era autor, entre muchos otros, de los retratos de Edgar Allan Poe y Marilyn Monroe que circulaban por el país en formato sello) y este propuso a la chica un pequeño y breve trabajo como modelo. Joseph aceptó y se encontró posando en las horas libres enredada en una sábana y sujetando una lámpara. El objetivo era completar un encargo de Columbia Pictures, y tanto el artista como la modelo declararían que en aquel momento no eran conscientes de cómo el fruto de su colaboración llegaría hasta las pantallas de cine. Joseph consiguió, con el único trabajo como modelo de su vida, convertirse en la cara anónima más conocida por los espectadores de todo el mundo. Porque sin saberlo estaba interpretando uno de los papeles icónicos del séptimo arte: aquellas sesiones de posados a la hora de comer dieron forma y rostro al personaje que probablemente haya participado en más películas durante la historia del cine, la mujer del logo de Columbia Pictures.

Este es el pie de foto que indica a quién corresponde el copyright de la imagen, pero os voy a dejar que lo adivinéis porque os considero muy sagaces.
Este es el pie de foto que indica a quién corresponde el copyright de la imagen, pero os voy a dejar que lo adivinéis porque os considero muy sagaces.


El inevitable fracaso de los intelectuales metidos en política

Boecio y la filosofía, por Mattia Preti, siglo XVII.
Boecio y la filosofía, por Mattia Preti, siglo XVII.

Mientras leía vuestra carta conseguía olvidar mi infeliz estado, y me parecía volver a aquellos manejos en los que en vano invertí tantas fatigas y tiempo. (Nicolás Maquiavelo, 29 de abril de 1513)

El esquema parece repetirse una y otra vez a lo largo de la historia: alguien movido por la ambición personal o por el deseo de ver hechas realidad las ideas sobre las que ha teorizado se mete en la arena política, gracias a su talento logra ascender en la jerarquía, aproximándose cada vez más a ese poder que tanto ansía y le deslumbra, hasta que cual Ícaro ascendiendo al Sol o polilla que se acerca demasiado a la bombilla termina siendo achicharrado sin piedad. Entonces, derrotado políticamente, renegado por sus antiguos aliados, expulsado de su cargo, partido, ciudad o país, encarcelado o hasta condenado a muerte, recapacita en sus últimos días sobre qué es lo que ha fallado, qué hubiera cambiado de tener una segunda oportunidad o incluso sobre qué sentido tiene todo: la política, el poder, los ideales, la libertad, la vida misma. Podría decirse que una parte considerable de la literatura, teoría política y filosofía occidental son los restos de una larga serie de naufragios personales. ¿Por qué? ¿Cuánto hay de causa o de consecuencia? ¿Fracasaron como políticos por pensar demasiado o fue ese fiasco el que los dejó meditabundos? Decía Eurípides que los sabios tienen dos lenguas, con una dicen la verdad y con la otra lo que conviene a cada momento, ¿acaso les sobraba una de las dos para medrar en la política? Quizá un breve repaso de alguno de los nombres más significativos nos ayude a entenderlo.

El fundador de esta larga dinastía de pensadores caídos en desgracia tras acercarse al poder fue, naturalmente, Platón. Pionero en este como en tantos otros campos, podría decirse que su experiencia política en Siracusa es una idea platónica al respecto de la que las posteriores son una pálida sombra, lo que seguramente le habría encantado. En el año 387 a.C. visitó por primera vez a esta ciudad situada en la isla de Sicilia, un viaje que repetiría más adelante en otras dos ocasiones. Su pretensión era hacer del tirano que gobernaba allí, Dionisio, un gobernante-filósofo a la manera en que teorizó en su obra La República. Pero el alumno le salió díscolo: no sabemos si porque no le entendió, o porque le entendió demasiado bien, terminaría desterrándolo y vendiéndolo como esclavo en una ciudad vecina. Posteriormente lo intentaría de nuevo con su hijo y sucesor en el poder, Dionisio II, y nuevamente terminaría decepcionado. Su sociedad utópica era perfecta en todos los aspectos salvo en el pequeño detalle de que resultaba irrealizable en la práctica, pero al menos su intento de hacerla realidad no le costó la vida.

Tres grandes pensadores romanos como Cicerón, Séneca y Boecio no tuvieron esa suerte. El primero fue un jurista, filósofo y, ante todo, excepcional orador, que dejó para la posteridad una serie de discursos en torno a la amistad, los dioses, la política… Empleó a fondo su elocuencia para defender la república y granjearse poderosos enemigos que le llevaron en cierto momento de su vida a decir «estoy profundamente arrepentido de vivir, nadie ha sido jamás víctima de una calamidad tan grande; para nadie ha sido más deseable la muerte». Terminó exiliado en su residencia de Tusculum dedicándose a la escritura pero la llegada al poder en el 43 a. C. de Marco Antonio —contra el que había dedicado inspirados discursos— supuso su final de una de las peores maneras imaginables: le cortaron la cabeza y las manos, que fueron exhibidas públicamente en Roma.

Y no decimos la peor porque ahí está el caso de Séneca. Otro destacado filósofo que alcanzó un gran poder en el Senado romano, por lo que estuvo a punto de ser condenado a muerte por el emperador Calígula y luego por Claudio, aunque este último conmutó la pena por el destierro a Córcega. Fue allí donde nuestro pensador escribiría algunas de las obras que le dieron la inmortalidad. Tras ocho años de exilio regresó a la política convirtiéndose en el tutor y consejero de Nerón (y gobernante de facto del imperio), pero viendo que al emperador su presencia cada vez le resultaba más molesta, Séneca terminó retirándose de la vida pública. Momento que de nuevo le serviría de inspiración literaria, hasta que de todas maneras Nerón terminó ordenando su muerte, cría cuervos… Como buen romano, Séneca prefirió entonces el suicidio cortándose las venas primero, bebiendo cicuta después sin lograr que hiciera efecto y tomando un baño caliente en el que finalmente le llegaría la muerte.

La muerte de Séneca, por Manuel Dominguez Sánchez
La muerte de Séneca, por Manuel Dominguez Sánchez.

El tercero en desgracia fue Boecio. Nacido en Roma en el año 480, su ascenso político fue fulgurante: llegó a ser senador a los veinticinco, cónsul a los treinta, y apenas una década después consejero del rey Teodorico el Grande, un cargo en el que tuvo un considerable poder político y que le permitió atribuir sendos cargos de cónsules para sus hijos. Pero ese mismo rey terminó enviándolo a prisión bajo la acusación de conspiración. Había llegado a lo más alto con presteza y ahora de forma aún más rápida lo había perdido todo ¿Cómo había sido tal cosa posible? En sus largos meses de soledad en la celda, mientras esperaba el momento de su ejecución, pensó en ello obsesivamente hasta darle forma en un libro que le sobreviviría, Consolación de la filosofía. Escrito de acuerdo a los cánones romanos de las consolaciones y a modo de libro de memorias, de especulación filosófica y teológica, narra en él su desgracia («yo que en mis mocedades componía hermosos versos, cuando todo a mi alrededor parecía sonreír, hoy me veo sumido en llanto, y ¡triste de mí!, solo puedo entonar estrofas de dolor») y llega a la conclusión de que hay que sobrellevar los vaivenes de la vida con estoicismo, pues la diosa Fortuna es caprichosa:

Hago girar con rapidez mi rueda, y entonces me deleita ver cómo sube lo que estaba abajo y se baja lo que estaba en alto. Súbete a ella, si quieres, pero a condición de que cuando la ley de mi juego lo prescriba, no consideres injusto el que te haga bajar.

Así le habla cuando se aparece ante sus ojos en prisión, creando una imagen que arraigaría con firmeza en la cultura europea durante los siglos posteriores, como ya vimos aquí. Se diría a la luz de los ejemplos que estamos viendo que esta diosa generosa y cruel juega con todos nosotros, aunque parece tener especial predilección por aquellos que se lanzaron al ruedo político.

Otro autor que influiría considerablemente en el imaginario occidental fue Dante Alighieri. Nació en torno a 1265 y desde joven estuvo inmerso en las intrigas políticas que dividían a los florentinos primero entre güelfos (partidarios del Pontificado) y gibelinos (partidarios del Sacro Imperio Romano Germánico) y —una vez fueron derrotados los segundos— entre güelfos blancos y negros. Inicialmente la diosa Fortuna lo hizo ascender a un alto cargo como magistrado y embajador de la ciudad pero en el año 1302 se deleitó en hacerlo caer estrepitosamente: los equilibrios políticos que le habían beneficiado dieron un brusco giro y junto a otros seiscientos güelfos blancos fue condenado al exilio para el resto de su vida. Su caída en desgracia y su resentimiento hacia quienes le traicionaron fueron sin embargo muy inspiradoras para su faceta de escritor, pues apenas dos años después comenzó su gran obra, La divina comedia. En este monumental poema se retrata a sí mismo caído en el infierno, que irá recorriendo en sus nueve círculos acompañado por el poeta Virgilio. En cada nivel descubrirá un tormento distinto para las almas allí atrapadas, como espantosos ríos de sangre en los que se ahogan eternamente, torbellinos, lluvias de fuego, fosos de resina hirviente, cementerios con las almas enterradas hasta la cintura… y en cada lugar casualmente va encontrándose a los diferentes enemigos políticos que tuvo en Florencia. Esa parte, la del infierno, fue la primera que escribió de La divina comedia —se estima que entre 1304 y 1307 y fue la más brillante, la que le hizo entrar en el Olimpo de la literatura universal. Más adelante en las cánticas del purgatorio y del paraíso retrató a quienes les debía gratitud, como el señor de Verona, que lo acogió en su exilio. Pero ya no era lo mismo.

Estatua de Maquiavelo, por Lorenzo Bartolini. Foto Jebulon (CC)
Estatua de Maquiavelo, por Lorenzo Bartolini. Foto Jebulon (CC)

Dos siglos después nacería otro florentino con un destino similar en ciertos aspectos, como si no hubiera vidas originales para todos y a algunos les tocase una repetida. Estamos hablando de Nicolás Maquiavelo. Su gran oportunidad política llegó con la expulsión del poder de los Médici en 1494. Fue entonces cuando comenzó su carrera de funcionario que le haría ascender cuatro años después a canciller y secretario de la Segunda Cancillería. Ejerció de embajador para su ciudad-estado ante reyes, príncipes y papas, observándolos como un entomólogo a sus insectos. Analizaba meticulosamente su comportamiento, escrutando cuándo decían la verdad o iban de farol así como intentando prever su próxima jugada (y lo hizo a menudo con gran acierto). Pero en 1512 el papa Julio II impuso el regreso de los Médici al poder, haciendo acabar así la república florentina y con ella la carrera política de Maquiavelo, que fue sometido a torturas acusado de conspiración y posteriormente condenado al exilio. En su retiro en una pequeña propiedad rural además de leer a Dante comenzó a escribir inspirándose en su vida anterior, plasmando sobre el papel sus observaciones sobre el poder. Nacería así El príncipe.

Si Maquiavelo es una de las figuras que encarnan el Renacimiento, Baltasar Gracián lo es del Barroco. Los jesuitas han sido considerados tradicionalmente como gente astuta y vinculada al poder y Gracián es un buen ejemplo de ello. Formado en la orden de los jesuitas, tuvo siempre grandes ambiciones políticas que le llevaron primero a trabar amistad con Vincencio Juan de Lastanosa, un noble aragonés conocido por su mecenazgo cultural. Pero más adelante quiso probar suerte en la Corte de Madrid, una experiencia que terminó en un doloroso fracaso… y que de nuevo fue motivo de inspiración literaria. Posteriormente escribiría obras como El Criticón, El Político y Oráculo manual y arte de prudencia. Este último influyó notablemente en filósofos como Schopenhauer y Nietzsche, aunque hoy día se haya convertido en un libro de autoayuda para ejecutivos al estilo de El arte de la guerra de Sun Tzu. Es una colección de aforismos con los que aconseja al lector cómo ser un buen cortesano arribista. Todos ellos giran en torno a ser taimado, mentiroso, traicionero y manipulador hasta tal extremo de refinamiento y perversidad que algunos críticos posteriores lo han considerado una sutil parodia y una crítica implacable a las intrigas cortesanas que tanto le escarmentaron y en general al ambiente imperante en cualquier centro de poder. Todo político que se precie hoy día parece seguir su máxima «ni por el hablar en la plaza se ha de sacar el sabio, pues no habla allí con su voz, sino con la de la necedad común, por más que la esté desmintiendo su interior». Y cualquier ciudadano en consecuencia merece estar advertido por este otro:

Es el oído la puerta segunda de la verdad y principal de la mentira. La verdad ordinariamente se ve, extravagantemente se oye; raras vezes llega en su elemento puro, y menos quando viene de lejos; siempre trae algo de mixta, de los afectos por donde passa; tiñe de sus colores la passión quanto toca, ya odiosa, ya favorable. Tira siempre a impressionar: gran cuenta con quien alaba, mayor con quien vitupera. Es menester toda la atención en este punto para descubrir la intención en el que tercia, conociendo de antemano de qué pie se movió.

Tras el Barroco llegó la Ilustración, y con ella un nutrido grupo de intelectuales que cuestionaron el poder vigente y se subieron al carro de la Revolución. En realidad el mismo concepto de «intelectual» podría decirse que tiene aquí su nacimiento, en lo que tiene de escritor que influye en la opinión pública en favor de alguna causa política. Podríamos mencionar varios nombres pero un ejemplo paradigmático lo tenemos en el caso de Nicolás de Condorcet. También recibió formación de los jesuitas, lo que le permitió aprender sus argucias y combatirlos luego de manera infatigable. Su aguda inteligencia le hizo destacar en varios campos, siendo nombrado inspector general de la Moneda. Pero su protagonismo llegaría con la Revolución Francesa, con él como uno de sus principales ideólogos, ejecutores y, finalmente, víctima de ella. Participó en la Asamblea legislativa, y por su posicionamiento moderado se ganó la hostilidad de los jacobinos, que le obligaron a permanecer oculto tras la orden de arresto que dictaron en su contra. Durante ese periodo aprovechó para escribir Esbozo para un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, cuyo optimista título parecía una amarga ironía en relación con la precaria situación en la que vivía. Finalmente fue capturado por las autoridades y murió en su celda, aparentemente por suicidio, en el año 1794.

La muerte de Condorcet en prisión, de Alexandre-Évariste Fragonard.
La muerte de Condorcet en prisión, de Alexandre-Évariste Fragonard.

Si el siglo XVIII supuso la invención del intelectual, el XX los llevó a su máximo apogeo. Algunos se distinguieron por apoyar la democracia frente al fascismo, como en el caso español sin ir más lejos, con figuras como Unamuno o Lorca, con un coste personal ya conocido: arresto domiciliario y asesinato. Otros se posicionaron según las modas o las conveniencias en un sentido u otro a lo largo de la guerra fría cultural, pero la mayoría se manifestaron encendidamente partidarios de los totalitarismos de diverso signo. Los motivos de esta cerrada adhesión a regímenes que han llevado la tiranía y la muerte a millones de individuos por parte de personas cultas e inteligentes —que ingenuamente cabía suponer que apoyarían ideales ilustrados— han sido objeto de profundos análisis (El opio de los intelectuales, de Raymond Aron o Pasado imperfecto, de Tony Judt) y requerirían otro artículo. La lista sería interminable, pero una figura muy interesante y cuya trayectoria vital tuvo algo que ver con otras que hemos mencionado es la de Albert Speer, que tras ser el arquitecto de Hitler y su ministro de Armamentos, terminó cumpliendo condena en la cárcel de Spandau tras los juicios de Núremberg. Allí escribió sus memorias, un libro de lectura sencillamente imprescindible en el que volcó con mucho detalle y a veces también cierta autoindulgencia su paso por el epicentro mismo del Tercer Reich. Y ya que mencionamos el nazismo, para concluir este breve recorrido regresando a los orígenes no podemos dejar de citar la conocida anécdota sobre el filósofo Martin Heidegger, cuando ocupó de nuevo su cátedra universitaria tras haber apoyado al nazismo de forma entusiasta y un colega le preguntó burlonamente «¿de vuelta de Siracusa?».