La ciudad inconcebible

Italo Calvino. Fotografía: Cordon.

A Italo Calvino, in memoriam
(de una conversación que mantuvimos
en presencia de Copito de Nieve).

En «El duelo del doctor Hirsch», uno de los más paradójicos —que ya es decir— relatos del padre Brown, Chesterton construye la intriga alrededor de un invento de enorme interés militar: un explosivo silencioso. ¿Qué mejor metáfora de la disonancia cognitiva, de la mente desgarrada por una contradicción flagrante? Porque una explosión no se limita a ir acompañada de estruendo, como si el ruido fuera un mero atributo: una explosión es puro estruendo, por definición, puesto que el sonido es una vibración del aire y una explosión es una combustión rapidísima que sacude violentamente el aire circundante; por lo tanto, una explosión silenciosa —a no ser que ocurra en el espacio exterior— es algo tan contradictorio como un racionalismo dogmático o una sobriedad gulosa. Una vez más, el padre del padre Brown escenifica por mediación de su hijo predilecto su drama interior, su desgarramiento entre la razón y la fe, entre la virtud y el vicio (ver «El doble crimen de Chesterton»).

En Las ciudades invisibles, Calvino agrupa sus urbes imaginarias en once categorías y hay cinco en cada grupo, lo que daría un total de cincuenta y cinco. Pero hay una quincuagésima sexta ciudad doblemente invisible, escondida en el texto en cursiva, como en otro nivel de realidad (o de irrealidad). Cada uno de los capítulos del libro va entre dos breves textos en los que, a modo de prólogo y epílogo, Kublai Kan y Marco Polo dialogan sobre las ciudades. Y en el prólogo del capítulo quinto el Kan le cuenta a Polo que ha soñado con una ciudad de finos pináculos, hechos de forma que la luna, en su viaje, pueda posarse ora sobre uno ora sobre otro, o mecerse suspendida en los cables de las grúas. Y Polo le dice que esa ciudad es Lalage, y que sus habitantes dispusieron esas invitaciones a las pausas en el cielo nocturno para que la luna concediera a cada cosa en la ciudad el privilegio de crecer y volver a crecer sin fin. Y Kublai añade que la Luna le ha concedido a Lalage un privilegio aún más raro: el de crecer en ligereza.

¿Por qué relegó Calvino la ciudad de Lalage a los textos en cursiva en lugar de situarla junto a las demás, bajo alguno de los once epígrafes, varios de los cuales podrían haberla acogido holgadamente, como «Las ciudades y el deseo», «Las ciudades sutiles» o «Las ciudades y el cielo»? Tal vez para subrayar su índole inverosímil, onírica. Pero Lalage no es mucho más inverosímil u onírica que Diomira, Zobeida, Valdrada…

A veces, envueltos en la magia de la literatura, nos olvidamos de la literalidad de algunas palabras o expresiones. Muchas de las ciudades descritas por Marco Polo, por no decir todas, son oníricas, bien es cierto; pero Lalage lo es literalmente: no es una ciudad visitada —o inventada— por Polo, sino soñada por el Kan, y eso la sitúa en otro plano ontológico. Lo cual nos lleva a formular la pregunta de otra manera: ¿por qué quiso Calvino que Lalalge fuera una ciudad soñada? Porque una ciudad que crece en ligereza no solo es inverosímil, como Isaura, Tecla o Filides, sino literalmente imposible, como la explosión silenciosa de Chesterton.

Por eso Calvino decidió que Lalage fuera una ciudad soñada, porque en los sueños —y solo en ellos— puede crecer en ligereza algo más consistente que un globo de helio. Pero subsiste la pregunta, aunque otra vez cambie de forma: ¿por qué una ciudad que solo puede ser soñada, que solo puede ser enunciada, junto a otras cincuenta y cinco que pueden y deben ser descritas? Tras releer con suma atención y renovado placer Las ciudades invisibles, encontré una posible respuesta:

Todo gran libro plantea, de manera más o menos explícita, una reflexión sobre sus propios límites, es decir, sobre los nuevos territorios que nos invita a explorar. Y Lalage es precisamente la ciudad fronteriza de Las ciudades invisibles: parece una más, pero es cualitativamente distinta a todas, pertenece a otro imperio imaginario, o más allá de lo imaginario, porque una ciudad que crece en ligereza es un oxímoron, una contradictio in terminis, puesto que el inevitable crecimiento de las ciudades inevitablemente aumenta su pesantez, tanto real como metafórica. Lalage es la ciudad imposible, la fusión de contrarios que en vano intentan los sueños. No solo marca los límites del fabuloso imperio del Kan y del admirable libro de Calvino, sino de la propia literatura, de la imaginación misma. Porque Lalage no solo no es realizable, sino ni siquiera concebible.


En busca del Santo Prepucio

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Circuncisión de Cristo, detalle del Altar de los doce apóstoles (Zwölf-Boten-Altar). Pintado por Friedrich Herlin en 1466.

Las películas de Indiana Jones y su follamigo Tapón son magníficas. Eso no lo puede negar nadie. Steven Spielberg tiene un gran talento. Eso tampoco se puede discutir. Pero a la vista de la historia de la Santa Madre Iglesia, las reliquias que se eligieron para En busca del arca perdida y La última cruzada la verdad es que tienen muy poco interés. Son muy mainstream. Aunque hay que perdonar al director estadounidense: nuestra religión católica, con su Medievo y el grácil impulso de la Contrarreforma, le pilla muy lejos mental y geográficamente. No obstante, si se dejara recomendar y pudiéramos sugerirle un buen guion para su héroe —ese aburrido profesor de universidad que sufre una tormentosa relación con su padre, severo y castigador, y huye a la India con un adolescente asiático al que invita a meterse con él en una oscura cueva en el extrarradio de un poblacho donde vive otro señor que, vaya, roba niños— esa historia sería la de la búsqueda de la reliquia más apasionante de la caprichosa imaginería católica: el prepucio de Jesucristo. El Santo Prepucio.

La carne vera sacra, auténtica carne sagrada, puesto que durante mucho tiempo estuvo prohibido referirse a ella como «prepucio», era la punta del pene del niño Jesús, quien fue debidamente sometido a la ley judía. Este apéndice posiblemente fue venerado en su tiempo porque las autoridades eclesiásticas de la Edad Media lo asumieron como un sustituto del habitual pene erecto de otras religiones, símbolo de la fertilidad. Lo cierto es que Cristo fue circuncidado al octavo día, el que ahora llamamos Año Nuevo, que desde el 567 fue declarado día de la Fiesta por la Circuncisión de Cristo con el fin de alejar a los fieles de las mascaradas erótico-salvajes de herencia romana que tenían lugar la primera noche del año en la Galia y en Hispania. Y su circuncisión es un hecho. Al menos para la Iglesia, puesto que viene relatado en el Evangelio de San Lucas.

Si queremos profundizar, encontrar detalles, las fuentes ya son más dudosas, pero las hay. En el Evangelio de la infancia, apócrifo, se cuenta que la anciana que realizó la operación guardó el prepucio en una vasija de alabastro llena de aceite aromático de nardo, se lo entregó a su hijo y le dijo: «Guárdate de vender este vaso lleno de nardo, aunque te ofrezcan por él trescientos dineros». El chaval, como los adolescentes de todas las épocas, no hizo ni caso a su vieja y le vendió la vasija con el aceite y el prepucio a María Magdalena. Años después, coincidencias de la vida, cuando Jesús entró en casa de Simón el Fariseo, María estaba allí y le lavó los pies con ese aceite. ¿Y el prepucio que había dentro? Nadie lo sabe a ciencia cierta.

Pero como el recorrido de la vasija en este punto se le antojaba a este redactor más propio de un argumento de David Lynch, pregunté a un teólogo católico por las recurrentes coincidencias del «guion». Me recomendó que no me esforzase en hilar un relato porque no tiene sentido hacerlo: «Estás intentando armonizar un texto apócrifo con los canónicos, lo mismo que intentaron hacer los hagiógrafos, lo que fuerza el sentido de los canónicos. Estos por sí mismos no dan a entender nunca que María Magdalena le ungió los pies. Pero la iconografía y “caza” de reliquias del Medievo se sirven muchas veces de los textos apócrifos», explicó.

No obstante, aunque la historia sea incoherente vista ahora, desde el siglo XXI, en su día sí se discutió y muy seriamente dónde fue a parar el señalado trocito de piel. Hubo varias interpretaciones y discusiones. ¿Subió el prepucio allá donde se hallara al cielo con Jesús cuando este resucitó? Había quien decía que sí, porque subió el cuerpo completo; quien decía que no, que el prepucio, como los pelos, las uñas o las heces, eran partes del cuerpo de Cristo no esenciales, o sea, humanas, que se quedaron en tierra; y también hubo una escuela de pensadores que consideró que le creció otro nuevo al resucitar. Por no mencionar al teólogo griego renacentista Leo Allatius, que en su ensayo De Praeputio Domini Nostri Jesu Christi Diatriba (Discusiones sobre el Prepucio de Nuestro Señor Jesucristo) propuso una cuarta vía en la que el prepucio subía al cielo por su cuenta, pero no iba al cuerpo de Jesús, sino que se acoplaba como uno de los anillos de Saturno. Galileo Galilei había observado por el telescopio en esas fechas, 1610, que Saturno contaba con «extraños apéndices», en 1655, el astrónomo holandés Christiaan Huygens, vio definitivamente que eran anillos y, poco después, el aludido teólogo les corrigió: «qué va, qué va, eso lo que va a ser es el prepucio de Dios».

Mucho antes de esta teoría saturniana, la que se impuso fue la de que Jesús subió al cielo dejando en la tierra las partes sobrantes de su forma humana, entre ellas obviamente el prepucio, que se convirtió en una preciada reliquia, si no la que más. Tal vez lo de las reliquias a día de hoy nos parece cosa de mofa, pero en la Edad Media no lo era ni mucho menos. No solo porque la gente creyese que tenían poderes, que obraban milagros, sino porque constituían un negocio de primer orden precisamente por ese motivo. Tras las reliquias iban los peregrinos, que dejaban limosnas, lo que se traducía en pingües beneficios, pasta, o sea, poder.

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Ciruncisión de Cristo. Pintado por Meister der Heiligen Sippe der Ältere (Maestro de la Santa Parentela). Siglo XVI

Por eso todas las iglesias, capillas y abadías pujaban y competían por las reliquias. El Santo Prepucio era la gallina de los huevos de oro y no pararon de aparecer por Europa. En Francia fueron célebres las de Chartre, Metz, Charroux, Conques, Langres, Fécamp, Puy-en-Velay y dos en Auvergne. En Alemania hubo en Hildesheim. En Bélgica en Amberes. El escritor renacentista Alfonso de Valdés aseguró haber visto la reliquia en Burgos y, por supuesto, había una en Roma. Puede que fueran hasta ochenta en total.

Aparte del negocio, también impulsó la fiebre por las reliquias la cristianización del norte de Europa. En 787, en el Concilio de Nicea, se hizo obligatorio que cada iglesia tuviera una. Se instituyeron varias categorías. De primera clase era un trozo del cuerpo. De segunda, algo del santo. De tercera, algo tocado por el santo. De modo que cuando Carlomagno viaja a Tierra Santa ese mismo siglo, se va al Santo Sepulcro y se vuelve cargado de los souvenirs de moda en el momento: reliquias. Se trajo por lo menos el Santo Prepucio y un trozo de la cruz en la que el Señor fue crucificado; como mínimo, porque también hubo iglesias que tuvieron el cordón umbilical de Jesús, o partes del pesebre, espinas de su corona en la cruz, etcétera, con la anotación de que, cuidado, lo había traído Carlomagno. Tener el prepucio o el cordón umbilical y algún fragmento de la cruz, cualquier cosa que certificara su nacimiento y defunción o incluso resurrección, estaba cargado de simbolismo, era el alfa y omega de Jesús. Y eso atraía a las gentes, al dinero… ya lo hemos explicado.

Años antes, la emperatriz Santa Elena también había llevado a Roma la piedra sobre la que fue circuncidado Cristo. Y cuchillos con los que se hizo la operación había dos, uno en Compiégne, Francia, y otro en Maastricht, Holanda. En la web christiantimelines.com tenemos un inventario de todas las reliquias registradas en el siglo XVI que da buena cuenta de la dimensión de este mercado. Llegó a haber circulando varios frascos de sangre de Jesús, la rama de árbol con la que Jesús le daba caña al burro con el que se movía por las calles de Jerusalén, pan de a última cena, la toalla con la que le secaron los pies los apóstoles después de que se los lavara, los clavos de la cruz… En fin, de todo. Pero de todas ellas, el prepucio era la única carne de Jesús que pudo quedar sobre la tierra, puesto que su cordón umbilical al fin y al cabo era carne de su madre, de María. Digamos que el prepucio era lo más.

Y como tal, se multiplicó. Esta vez sin milagro, por arte de la mercadotecnia humana. Se podían encontrar en todos los top-manta del Medievo y su abundancia trajo cola. En un momento era posible entender que la reliquia se hubiera fragmentado y varias iglesias tuvieran partes auténticas, pero definitivamente algunas tenían que ser falsas. Para saber cuál era buena y cuál no, se instituyó un test para comprobar la autenticidad de los prepucios. Había curas que llevándose el prepucio reseco a la boca podían determinar si por lo menos se trataba de carne humana. Parece una tontería, pero hay que hacerse a la idea de que el mercado de reliquias estaba realmente saturado. En su libro Art and Money, Marc Shell, profesor de Harvard, señala que tras el saqueo de Constantinopla al final de la IV Cruzada, donde había tres mil seiscientas reliquias de cuatrocientos setenta y seis santos, hubo tal profusión en el mercado europeo de reliquias que los expertos que podían identificar las verdaderas fueron especialmente cotizados. En el libro los compara jocosamente con los periodistas de arte moderno, que con un artículo con las palabras «incalculable valor» consiguen que se paguen millones por cualquier mondongo como los que usted y yo sabemos que se exponen en ARCO.

Al final, la sobreabundancia le restó credibilidad al fenómeno y las reliquias sirvieron más para inspirar el escepticismo que la fe. Veintinueve ciudades aseguraban poseer los clavos de Cristo. Las lágrimas de la Virgen circulaban en frasquitos. Hubo hasta sesenta y nueve reliquias registradas con viales que contenían leche de su teta. Al llegar la Reforma, Lutero puso el grito en el cielo con este mercadeo de guarrerías en sus Noventa y cinco tesis. Y Calvino, en su Tratado de las reliquias de 1543, se descojonó de todas ellas. Sobre un trozo de pez que le habría dado Pedro a Jesús, escribió que esperaba que lo hubieran salado bien. Ironizó también acerca de la capacidad lechera de la Virgen, se preguntó si no sería en realidad una vaca. Lo mismo que negó que el prepucio del Señor pudiera haberse podido dividir tantas veces como Santos Prepucios había por ahí. Y lo peor fue cuando, a consecuencia de este escepticismo, el que estaba promoviendo la Reforma, se revisaron algunas reliquias en terreno católico y, por ejemplo, en una iglesia de Génova, donde decían tener el cerebro de San Pedro, echaron un ojo a ver si era auténtico y resultó que era piedra pómez.

Al final del Renacimiento, inevitablemente, el gran mercadeo de reliquias se vino abajo. Podríamos hablar incluso de que hubo una burbuja. Seguro que corrió de boca en boca eso de que había que invertir en reliquias, que nunca bajaba el precio, que siempre habría peregrinos dejando limosnas, pero al final, nada. Como siempre, llegaron los alemanes a decir que eso era polvo. Y cuando pinchó la burbuja, por supuesto, en España nos pilló en bragas. Nuestro rey Felipe II tenía siete mil quinientas en El Escorial. Considérese si las posteriores bancarrotas de nuestro reino no tuvieron que ver con esto.

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Altar-relicario de San Lorenzo de El Escorial con una pintura del Misterio de la Anunciación de María, obra de Federico Zúccaro. Fotografía cortesía de Nicoletta De Matthaeis.

Pese a todo, la fascinación por el Santo Prepucio siguió ahí y son numerosos los autores que se han interesado por encontrar el auténtico. A veces solo con la imaginación. Hubo una monja austriaca, Agnes Blannbekin, del siglo XIV, que cuando rezaba podía sentir el prepucio de Cristo en su boca. Cuando esto ocurría, su cuerpo ardía «pero no de forma dolorosa, sino placentera», escribió en sus memorias, Vida y Revelaciones —obra censurada cuando se publicó en el siglo XVIII—, y se lo tragaba. Y entonces volvía a aparecer en su garganta, y se lo volvía a tragar. Así hasta cien veces; hasta que pudo ver cómo su cuerpo se iluminaba. Como un Gusiluz, añadimos, antes de explicar que, no de forma infundada, corría el rumor de que las monjas abusaban de esta reliquia para obtener placer sexual.

En cuanto a los prepucios palpables, los que estaban en un relicario, en un principio todos los que circulaban por Europa tenían el supuesto mismo origen, el viaje de Carlomagno a Tierra Santa. La versión oficial era que a la vuelta se lo había entregado al papa León III y allí se quedó, en Roma.

Pero en la actual Bélgica, la leyenda hablaba de un prepucio traído por el caballero Godofredo de Bouillón en el siglo XI tras la Primera Cruzada en el año 1100, al que se lo había vendido el rey Balduino de Jerusalén. Concretamente, vino cargándolo su capellán, Henry Noese, y lo llevó a Amberes a la iglesia de Santa María la Gloriosa. En el libro de 1907 Die Hochheilige vorghaut Christi (El Santísimo Prepucio de Cristo) su autor Victor Muller cuenta que cuando el capellán depositó el trozo de piel curtida en el altar, el obispo de Cambrai, que estaba dando misa, vio cómo soltó tres gotas de sangre, lo que demostraba que era el Santo Prepucio de verdad de la buena. Se introdujo entonces en un recipiente de oro y se depositó en la «Capilla del Prepucio» junto a la tela que manchó para que estuviera protegido. Aunque no hay prueba documental de este suceso hasta 1426, cuando se constituye la Congregación del Santo Prepucio de nuestro Adorado Jesús en la Iglesia de Nuestra Señora de Amberes; suceso que no importa en demasía puesto que en 1566, con las revueltas de la Reforma, la reliquia desapareció para siempre.

Otro sería el de Saint Coulomb, ya en Francia, que estuvo también por Inglaterra. Catalina de Valois, esposa de Enrique V de Inglaterra, lo pidió prestado porque decían que combatía la infertilidad. Le trajeron el que estaba en Coulomb y le funcionó. Y cuando lo devolvieron, por culpa de la guerra de los Cien Años, acabó en París, en Sainte-Chapelle. Los monjes de Coulomb, muy preocupados porque se quedaban sin prepucio, y sin la pasta de los peregrinos, lo reclamaron en repetidas ocasiones. Pero no fue hasta veinte años después, en 1447, con la región pacificada, cuando regresara por orden de Luis XI. Se supone que a este monarca, cuando iba allí a rezar, le abrían el relicario y se lo enseñaban, pero de este prepucio nunca más volvió a saberse nada.

En Conques, también en Francia, en la ruta del Camino de Santiago, está la Abadía de San Foy, que tuvo y tiene una de las más amplias colecciones de reliquias que se conocen, la cual sobrevivió incluso a los decretos de la Revolución francesa que ordenaban que todo el oro y la plata que hubiera en las iglesias se entregara para acuñar moneda. Aquí incluso hoy en día atesoran un pequeño cofre en el que pone «La auténtica carne de Cristo», lo cual solo podría ser el prepucio o, a lo sumo, el cordón umbilical. Un reciente reportaje del National Geographic grabó el relicario, que está expuesto al público, y al reportero le dijeron que en 1954 se comprobaron todas las reliquias y estaban en orden y buen estado de conservación. El papa Benedicto XIII siglos atrás había concedido la indulgencia plenaria a todos los que fueran a venerarlo, perdonaba todos los pecados de los peregrinos, pero este papa fue un antipapa, algo que ahora explicaremos.

Porque el prepucio más famoso de Francia fue sin duda el de Charroux. La leyenda en este caso cuenta que Irene, emperatriz de Bizancio, se lo dio a Carlomagno como regalo de compromiso y este lo llevó a Charroux, que entonces solo era un monasterio en Poitiers, al suroeste de Francia. En plena burbuja de las reliquias, estos monjes anunciaron que también tenían la cabeza de Juan el Bautista, las cuerdas con las que habían atado a Jesús y espinas de su corona. El problema es que el monasterio se quemó con todas las reliquias, o lo que fuera aquello, y para las gentes del momento, o potenciales clientes, aquello suponía un mal augurio.

Pero estos monjes eran tenaces, de modo que para restituir la credibilidad de su negocio redoblaron los esfuerzos, la inversión en marketing. Primero, reconstruyeron su abadía con una planta que recuerda a la del Santo Sepulcro. Luego falsificaron unos textos en los que se decía que Carlomagno había fundado el monasterio en 799, precisamente justo un año antes de que, según la versión romana, el papa León III recibiera su Santo Prepucio, el oficial. Y para rematar, se apoyaron en un best seller de la época, la Leyenda dorada de Jacobo de la Vorágine, arzobispo de Génova, uno de los libros más copiados de la Edad Media, que recoge la vida de ciento ochenta santos y, entre estas historias, que Carlomagno se llevó el Santo Prepucio y la Santa Cruz a este monasterio.

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La torre de Carlomagno es el único resto que se mantiene en pie de la abadía romanica Saint-Sauveur de Charroux. Fotografía: kristobalite (CC)

El éxito de la jugada hizo prosperar la zona y a las casas que se fueron agrupando en torno a la abadía se las llamó precisamente Charroux —en la actualidad un municipio de mil doscientos habitantes—, que quiere decir «piel roja» en referencia ya saben ustedes a qué. Lo tenían todo, el plan de negocio era ejemplar. La equivalencia actual sería un parque temático del prepucio. Prepucioland. Pero, por desgracia, ese prepucio fue robado y no apareció hasta el siglo XIX, en 1856.

Y la pena para ellos, para los franceses, es que en esa fecha ya daba igual que lo hubieran encontrado. Las indulgencias otorgadas a los peregrinos que venerasen el prepucio de Charroux, como las de Benedicto XIII con el de Conques, las había otorgado el papa Clemente VII, otro antipapa del Gran Cisma Occidental, un periodo de años en el que existieron simultáneamente dos papas, uno en Roma y otro en Aviñón. En 1415 el papa Martín V puso orden en el Concilio de 1415 e ilegitimó todo lo que habían hecho los pontífices de Aviñón entre 1379 y 1414. Las canonizaciones, especialmente, pero también las indulgencias. Así que el único prepucio válido desde la fecha, según el riguroso derecho canónico, era el que había en Sancta Santorum de Roma. ¿Era el verdadero?

En el siglo XIII, Inocencio III no se había atrevido a decidir qué Santo Prepucio era el auténtico, pero la documentación vaticana posterior cuenta que la Virgen María se le apareció a Santa Brígida y le dijo: «Cuando mi hijo fue circunciso, guardé su prepucio como un gran honor y lo llevé conmigo a todas partes. ¿Cómo hubiera podido perder lo que yo había engendrado sin pecado? Pero cuando se acercó la hora de mi tránsito, confié la membrana a San Juan Evangelista, mi guardián, y, más adelante, la escondieron para hurtarla a la malicia de los hombres y así quedó mucho tiempo desconocida. Pero, finalmente, un ángel vino a revelarla a las almas de Dios. ¡Oh, Roma, Roma! ¡Si lo supieras, te alegrarías o, mejor dicho, si lo supieras, llorarías, porque tienes un tesoro que es para mí muy caro y que no lo honras!». Santa Brígida fue canonizada en 1390 y esta revelación suya sirvió para establecer definitivamente la autenticad del Santo Prepucio romano.

Claro que en Italia no contaban con que «Espanya ens roba» y en 1527 el ejército español, entonces los Tercios, formado también por mercenarios alemanes e italianos, saqueó Roma. Descuartizaron curas, violaron monjas y arrasaron con todas las reliquias. En el jaleo, un soldado alemán, afanó lo que pudo y tiró por su cuenta y riesgo hacia el norte, de vuelta a casa, pero fue apresado por unos granjeros y encarcelado en el pequeño pueblo de Calcata.

A este pueblo solo se podía acceder por un estrecho puente de piedra que pasaba, a través de un pasadizo, por debajo de la iglesia local. La comida tenía que traerse a lomos de animales. Y treinta años después del Saco de Roma, cuenta la leyenda que los animales, los caballos, los bueyes y demás, al meterse en el túnel, se paraban delante de una cueva sellada y golpeaban con las pezuñas en el empedrado. Esa cueva había servido para encarcelar criminales y es donde estuvo preso el soldado alemán. El cura del pueblo al final se decidió a entrar a ver si es que había algo que llamase la atención del ganado y se encontró, entre la paja y el estiércol que había en la cueva, una cajita de plata.

El sacerdote se la llevó a unas señoras distinguidas del lugar y la abrieron. Les ahorraré la serie de sucesos sobrenaturales que se produjeron. Lo importante es que dentro se encontraban el dedo del pie de San Valentino, un diente y un trozo de la mandíbula de Santa Marta y ni más ni menos que el Santo Prepucio de Jesús. Era color garbanzo, especificaron. Dos monseñores, Ceci y Pipinelli, llegaron a Calcata desde Roma para comprobar la autenticidad de la reliquia. Cuando Pipinelli estaba examinando su elasticidad, la carne se desgarró y cayó tal tormenta de repente, se cuenta, que los canónigos volvieron rápidamente a Roma y le dijeron al papa que sin duda alguna ese era el verdadero prepucio del Señor.

Hubo intentos de llevar la reliquia a Roma pero finalmente se quedó en Calcata. El papa Sixto V en 1584 dio una indulgencia de diez años al que acudiera a venerarla. Urbano XIII lo dejó en siete en 1640. Inocencio X la mantuvo, como Alejandro VII y Benedicto XIII, en 1724, la ofreció in perpetuo. Se reconstruyó la iglesia de Calcata, con una plaza enfrente como Dios manda y una escultura de la circuncisión de Jesús para el altar. Todo iba sobre ruedas.

1878 --- Original caption: Pope Leo XIII. Photograph made in 1878. --- Image by © Corbis
Papa León XIII. Fotografía: Corbis

Hasta 1856, cuando, casualmente, en Charroux, un obrero echó abajo un muro y se encontró un montón de reliquias escondidas. Debieron meterlas ahí en las revueltas de la Reforma, o en la Revolución francesa, quién sabe. En Poitiers dijeron que era el Santo Prepucio y que estaba obrando milagros a punta pala desde que lo habían desenterrado. El problema es que en 1864 el papa Pío IX tenía urgencias de otra índole y promulgó su encíclica Quanta cura contra el emergente pensamiento liberal y racional, la modernidad y la industrialización, y la prensa protestante del momento les puso a parir echando mano del recién hallado Santo Prepucio. Desde entonces, el prepucio de Charroux se pudo ver solo por las mujeres embarazadas hasta 1872. Y en 1900, el papa León XIII cortó por lo sano y prohibió hablar o escribir del Santo Prepucio so pena de excomunión reservada speciali modo. Solo el pueblo de Calcata podía sacar la reliquia en procesión el día de Año Nuevo. A partir de ahí, solo mentarla era considerado una «curiosidad irrespetuosa».

De modo que en Calcata siguieron a lo suyo, pero al Santo Prepucio, después de la burbuja medieval, todavía le quedaba sufrir otros males de nuestro tiempo: la especulación urbanística, la gentrificación y los lobbies. En 1908, tras el terremoto de Messina, en el que murieron ciento cincuenta mil personas, el Gobierno italiano diseñó un plan urbanístico para revisar todos los centros antiguos de las ciudades que pudieran ser peligrosos. Calcata entró en el plan en 1935 y a sus cuatrocientos veinte habitantes les dieron casas en una ciudad nueva, Nuova Calcata, que no estuvieron terminadas hasta 1969, fecha en la que se marcharon dejando atrás un pueblo de casas ruinosas solo ocupado por ancianos y sus gatos.

Un bocado muy suculento para los hippies, que se mudaron de Roma a Calcata en masa y compraron las casas a los aldeanos. Estos, muy contentos, se las vendían pensando que las iban a derribar, como indicaba el plan, después de darles a ellos las nuevas, pero luego no fue así. El Gobierno italiano se retrasó, los hippies hicieron lobby para que se derogara esa ley tan antigua y finalmente lo consiguieron. Las casas pasaron a costar en poco tiempo cientos de miles de dólares, cuando las habían comprado por unos pocos miles. El pueblo se llenó de esnobs, artistas y demás élites culturales setenteras. Los aldeanos se cabrearon y mucho. Y no les quedaba nada.

El 11 de enero de 1983 leímos en España la noticia en el diario El País. Dario Magnoni, párroco de Calcata, había anunciado que ese año su amada reliquia no sería sacada en procesión porque la habían robado. «Manos sacrílegas la han hecho desaparecer de mi habitación». Como nota curiosa, ese mismo día, el diario también anunciaba que el Vaticano y los Estados Unidos de Ronald Reagan habían restablecido sus relaciones interrumpidas desde 1868. Aquí puede usted empezar a conspirar.

Los ladrones habían entrado fácilmente en la casa del cura. Tenía la llaves puestas por fuera en la cerradura. El religioso, don Darío, no entendía cómo la habían podido robar, puesto que la tenía mezclada con otros objetos para despistar, se justificó.

Los dos sacerdotes viven en la parte nueva —y horrible— de la ciudad, mientras en la antigua, una joya, quedan solo los viejos y un grupo de melenudos venidos del norte de Italia que ha comprado por dos perras gordas las derrocadas casitas medievales. Y allí consumen en paz, a la puerta de la iglesia, su ración cotidiana de droga. «¿Y ahora a quién pediremos las gracias?, ¿quién nos hará los milagros?», dice una viejecita que no puede tener menos de cien años, pues es un auténtico pergamino. (El País).

Unos lugareños de Nuova Calcata culpaban al cura de haberla vendido. Otros al Vaticano. Había de todo, pero nadie creía que se la hubieran llevado unos vulgares ladrones. Los carabineros tampoco hicieron mucho por encontrarla. Le dijeron al reportero de El País que como no existían fotos del prepucio, no tenían nada que hacer.

Solo en 2007, un periodista de Nueva York, David Farley, se atrevió a investigar el misterio con un mínimo de rigor. Viajó a Italia y publicó sus conclusiones en un libro, An irreverent curiosity. Entre los testimonios que recogió en Calcata, uno decía que el Santo Prepucio ya había desaparecido en los años setenta, desde que se llevó a una exposición a Roma, y que a partir de entonces Don Darío hacía la procesión, sospechaban, con el relicario vacío. Esta versión era la más presentable. Otros lugareños le dijeron que el robo lo habían perpetrado los nazis y otros que habían sido miembros de una secta satánica para llevarlo a Turín, ciudad mágica y de brujas, situada en unos triángulos esotéricos que la unen con Stonehenge en Inglaterra y La Meca en Arabia.

El Santo Prepucio en su relicario meses antes de ser robado. Imagen del documental The Quest for the Holy Foreskin
El Santo Prepucio en su relicario meses antes de ser robado. Imagen del documental The Quest for the Holy Foreskin de David Farley

En 2013, este periodista rodó un documental emitido por National Geographic en el que dejaba caer la posibilidad de que el Vaticano, asustado ante los progresos del carbono 14, decidiera hacer desaparecer el único vestigio del cuerpo de Cristo que quedaba en la Tierra según sus papeles. Jaime Capmany, en el diario ABC, ya tiró por esta vía en su momento cuando, a propósito de la Sábana Santa, con su inconfundible estilo situaba en un mismo plano a los que creían en Dios y a los que creían en el carbono 14. Pero este ilustre señor de derechas con bigote y mujer enjoyada cogida del brazo no cayó en que veinte años después la ciencia iba a ser capaz de clonar a una oveja, lo que abría la puerta, según el documental, a que el Vaticano lo que pretendiera fuese ¡clonar a Cristo!

Esta simpática idea ya venía en un best seller italiano, La maledizione di Cristo, de Alessandro Scannella, donde se fantaseaba con que el Vaticano tenía una serie de sótanos con laboratorios secretos para clonar a Jesús y anunciar así su Segunda Venida. Si esto fuese cierto, y además alrededor del santo pontífice estuviesen los nazis, como decían los habitantes de Nuova Calcata —probablemente incluso nazis de una secta satánica, puede que hasta nazis de una secta satánica dirigidos por la CIA de Reagan—, imagínense en manos de qué clase de líder estaría la clonación del prepucio de Dios, ¿en las de Artur Mas?

En el libro rápidamente se desecha esta idea. La investigación alternativa de Farley llega hasta un tal Cybo, poseedor en 1723 de una de las mayores colecciones de reliquias del momento en la basílica de los Santos Apóstoles de Roma. El hombre tenía pelo y leche de la Virgen, huesos de los padres de la Virgen, la columna vertebral de San Pablo, un hueso de San Pedro, en fin, de todo. Y resulta que Cybo en su día acudió a Calcata a comprobar si es que allí estaba el Santo Prepucio. Al ver que era cierto, le ofreció al obispo de la diócesis en la que estaba integrado el pueblo pagarle un relicario de lujo a cambio de un trocito del prepucio. Francesco Tenderini, el prelado correspondiente, estuvo de acuerdo y así se hizo. En 1742, Cybo se llevó todas sus reliquias, junto a un pellizco del Santo Prepucio, a la iglesia de Santa María de los Ángeles en Roma y a su muerte donó toda la colección a la Iglesia a cambio de que permanecieran unidas. Eran ciento treinta y cuatro.

El periodista narra cómo, al descubrir la nueva pista, acudió a este templo al borde de la taquicardia, pero se llevó un chasco. El cura encargado de la capilla le dijo que ese tipo de reliquias las había retirado todas las Iglesia porque entendía que eran excesos del Medievo poco presentables hoy, que ahí ya no quedaba nada. Farney, desolado, volvió a Calcata. Y aquí decidió jugárselo todo a una carta antes de regresar a Nueva York. Se fue directo a la tienda de bebidas espirituosas.

Gracias a unos amigos, consiguió una entrevista con el cura don Darío, al que le robaron la reliquia. Tras unas botellas de vino, el sacerdote, que no hablaba del tema con nadie, ni mucho menos con la prensa, confiado, empezó a largar. Describió vagamente a la pareja que supuestamente la robó. Unos treintañeros, casi cuarentones. No se acordaba bien. Pero ante la insistencia del periodista, fue sincero. En realidad es que él no creía en la reliquia. La enseñaba, pero le daba igual. Había sido un cura moderno, del Vaticano II, y pasaba de chorradas. Aunque el periodista le metió más presión: «El relicario era identificable, se podría localizar». A lo que el anciano cura le espetó: «¿Pero tú sabes lo pequeño que era el prepucio? —cogió unas diminutas migas de pan que había sobre la mesa en la que habían cenado— Era como esto, como esto… nada, insignificante».

Y ahí, con un viejo cura medio borracho manoseando migas de pan y un joven periodista neoyorquino que se había comido seis mil ochocientos kilómetros para escuchar esa explicación, concluye la última pista conocida sobre el paradero del Santo Prepucio de Nuestro Señor Jesucristo. Si han llegado hasta aquí, que Dios les guarde muchos años.


Battlestar Galactica, apuntes y reflexiones (y V): una filosofía de la historia

Imagen: ABC.
Imagen: ABC.

(Viene de la cuarta parte)

Este artículo contiene SPOILERS

Quizá, la mejor forma de terminar con esta serie de artículos que pretenden compartir algunas reflexiones sobre parte de los contenidos políticos, religiosos y filosóficos que cimientan y argamasan esta entretenida serie televisiva de culto sea explicando su concepción de la historia como algo circular y su relación con el pensamiento de Nietzsche.

La voluntad de poder, el superhombre y el mito del eterno retorno

La práctica destrucción de la humanidad, el momento excepcional para un nuevo comienzo que viven los protagonistas de la serie, las posibilidades de ruptura con lo establecido y la concepción de un tiempo circular ofrecen un escenario perfecto para indagar en tres de las ideas fundamentales del pensamiento nietzscheano: la voluntad de poder, el superhombre y el eterno retorno, contaminadas, eso sí, por las veleidades religiosas de la historia.

Volvamos otra vez sobre la historia de Battlestar Galactica: la sociedad humana de las Doce Colonias, que parece haber llegado a la meta del progreso, ha creado el germen de su propia destrucción: los cylon, unos androides tan perfectos que se han rebelado contra sus hacedores y han evolucionado como especie con un sentimiento de venganza y de superioridad sobre la raza humana. La modernidad ha traído consigo, por tanto, la barbarie y el nihilismo, a la fatalidad del progreso le acompaña la pérdida de sentido de la historia. La felicidad profana del progreso técnico y científico ha sometido al misticismo y ha enmudecido los gritos del sufrimiento y de la culpa.

La historia circular: después de alcanzar la meta del progreso y provocar su propia destrucción el progreso humano comienza nuevamente en la Tierra. Imagen: ABC.
La historia circular: después de alcanzar la meta del progreso y provocar su propia destrucción el progreso humano comienza nuevamente en la Tierra. Imagen: ABC.

Los cylon quieren destruir a los humanos, matar al padre, cuyos defectos desprecian, y luchar por el dominio del universo ocupando el lugar que les corresponde. Los humanos también desprecian a las máquinas como algo carente de humanidad, cuya perfección es su imperfección, y lucharán por mantener su statu quo, su lugar en el universo. Los cylon son más perfectos, pero algunos quieren experimentar sentimientos humanos; los humanos pueden empezar de nuevo y ser mejores, construir una sociedad mejor que la que tenían. Esta es la voluntad de poder de ambos.

Los cylon se revelan profundamente «humanos» en sus sentimientos y actitudes, y también físicamente, lo que propicia la «mezcla racial» que da lugar a una nueva evolución biológica encarnada en la figura de Hera, quien más tarde descubriremos que es la «Eva mitocondrial», la antepasada biológica de todos los humanos de nuestro planeta, de nuestra sociedad actual. Tanto los cylon humanoides, como los humanos supervivientes ayudarán a convertir a la nueva especie procedente de la mezcla de ambos en el superhombre.

Además, todo lo que sucede en la serie resulta ser un momento temporal, un punto de inflexión para un nuevo comienzo en una historia que no es una sucesión lineal de acontecimientos sino algo cíclico, que ya ha sucedido y que volverá a suceder. Los acontecimientos parecen formar parte de ese objeto imposible que es la máquina de movimiento perpetuo, aunque es un movimiento que parece repetir eternamente la misma secuencia de acontecimientos, pero no porque los mismos acontecimientos se repitan del mismo modo en la misma secuencia, sino porque, aunque se quiera cambiar, aunque los hombres actúen con aparente libertad, cada acontecimiento, cada momento, cada instante encierra en sí mismo todo el presente y el futuro, porque está amarrado a toda la sucesión de acontecimientos del pasado y ligado sin remedio a toda la eternidad de acontecimientos futuros; este es el «pensamiento abismal» de Nietzsche, el eterno retorno, que en la serie se representa así: la nueva raza mezcla de humanos y humanoides progresa y cuando alcanza cierto nivel tecnológico construye unos robots que se acabarán rebelando y evolucionando hasta casi destruir a los humanos, y ambos buscarán la aniquilación mutua hasta que una serie de señales divinas les ofrezca la oportunidad de, en otro planeta, comenzar de nuevo, desde cero, para que todo se vuelva a repetir; pero, vayamos por partes.

El personaje de Hera representa a la Eva mitocondrial. Imagen: ABC.
El personaje de Hera representa a la Eva mitocondrial. Imagen: ABC.

La filosofía nietzscheana en Battlestar Galactica

Para Nietzsche, la razón es solo una faceta de la realidad, pero el mundo es, sobre todo, irracional. Tampoco, a pesar de lo que se piense, es principalmente consciente; es decir, el principal motor de los acontecimientos es inconsciente. La realidad tampoco tiene un sentido claro, las fuerzas vitales no tienen un objetivo definido. Y puesto que la existencia es inconsciente y carece de un fin, es a su vez impersonal. Lo que Nietzsche llama «voluntad de poder», por tanto, no es una voluntad solo en el sentido consciente del querer, sino una lucha entre fuerzas activas y reactivas principalmente inconsciente e irracional. Sin embargo, el hombre confía en la voluntad y en la libertad de acción porque así la moral tradicional nos hace responsables de nuestros actos mediante la culpa y el pecado. La voluntad de poder nietzscheana, esa voluntad inconsciente, es un conjunto de fuerzas que nos empuja no solo a ser, sino a ser más. Unas fuerzas en las que se reconoce al superhombre, el hombre que «siempre quiere superarse a sí mismo», más allá del bien y del mal. Y el eterno retorno es el retorno de esas fuerzas que no vuelven siempre de la misma manera, sino provocando un nuevo conjunto azaroso de posibilidades, y ese azar, ese juego caótico, limita la posibilidad de Dios. El hombre retorna una y otra vez humano, demasiado humano, como un superhombre en potencia. Los escritos de Nietzsche oscilan siempre entre la libertad y el determinismo, pero al ser la voluntad de poder un conjunto de fuerzas activas y reactivas, cabe la posibilidad de que la libertad venza al determinismo. Sus escritos también están llenos de aparentes contradicciones, como la de intentar conciliar la idea de tiempo circular del eterno retorno con la de evolución lineal del superhombre.

El hombre aparece como material de construcción del superhombre, como medio para un fin, que no tiene por qué ser literalmente un «nuevo hombre», sino que más bien parece un hombre que actúa de otra manera, una evolución humana no en un sentido necesariamente biológico, aunque ni siquiera Nietzsche parece tener claro este punto si tenemos en cuenta el lenguaje biologicista y evolucionista de algunos de sus escritos.

Para refundar la cultura hace falta un retorno a la naturaleza humana y el superhombre es aquel que vive en consonancia con dicha naturaleza. Los personajes de Battlestar Galactica encuentran el lugar de retorno a la naturaleza y las condiciones para generar el superhombre en la prehistoria, en la Tierra de hace ciento cincuenta mil años, que ya está habitada por humanos primitivos que parecen haber evolucionado también de forma natural en este planeta. Pensamiento y acción convergen y encuentran un sentido que se ha perdido en la cultura moderna… y el hombre recupera su naturaleza. Y la posibilidad de un hombre nuevo se abre con un hombre fuera del tiempo, en un pasado anterior a su momento en el que se abre la posibilidad de un nuevo futuro, renunciando al propio pasado y al propio futuro como medio de acabar con el pensamiento nihilista y renunciando a la memoria, a la identidad histórica, para liberar la naturaleza humana y rehacer la historia, con una nueva sociedad de superhombres, que ya no están sometidos a nada, que son libres, porque solo son fieles a sí mismos, a la tierra (no al cielo, no a los dioses), a la voluntad de poder. Y quienes prepararían el camino al nacimiento del superhombre serían aquellos a los que Nietzsche llama los «señores de la tierra». Por tanto, los últimos cylon y los últimos humanos son los señores de la tierra nietzscheanos. Así como el único Dios de los cylon (metáfora del Dios judeocristiano único y verdadero) transmite un mensaje de amor que trae la paz, la serenidad (de la misma manera que la trajo Cristo al liberar al hombre de sus pecados), así el Zaratustra de Nietzsche libera al hombre de su «pesadez», de las cargas morales e históricas que le impiden ser libre.

El número Seis también representa a un ángel que guía los pasos de Gaius Baltar. Imagen: ABC.
El número Seis también representa a un ángel que guía los pasos de Gaius Baltar. Imagen: ABC.

Pero para Nietzsche hay algo aún más pesado, «el más pesado peso»: la posibilidad de que «esta vida, como tú ahora la vives y la has vivido, deberás vivirla aún otra vez e innumerables veces, y no habrá en ella nunca nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, y cada pensamiento y cada suspiro, y cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión» (La gaya ciencia). Se trata del eterno retorno. No queda claro (porque puede que él mismo no lo tuviera claro) si Nietzsche interpretaba el eterno retorno de una forma más literal o más metafórica (depende de la obra y del intérprete).

Supongamos que queremos interpretar esto del modo más literal. La interpretación literal del eterno retorno sería la siguiente: dado que la cantidad de fuerza que hay en el universo es finita y el tiempo es infinito, el número de combinaciones de dicha fuerza, es decir, el número de acontecimientos, es finito; pero, si se produce un número de acontecimientos finito en un tiempo infinito, los acontecimientos están condenados a repetirse de modo infinito. Luego todo se ha de dar no una ni muchas sino infinitas veces. Esta forma de entender el tiempo y la historia tan extraña en la filosofía occidental, este «pensamiento abismal» nietzscheano que ha dado lugar a tantas críticas e interpretaciones, parece tener ahora algunos defensores entre los científicos. A partir de la teoría de cuerdas, un esfuerzo de la física teórica para tratar de conciliar la relatividad general con la mecánica cuántica (que prescindía de la fuerza de la gravedad), se han sucedido aportaciones durante las décadas de 1970 y 1980 que han dado lugar a la llamada teoría M, enunciada por Edward Witten en 1995. Esta teoría enuncia la posibilidad de que existan once dimensiones, con lo que se solucionan los problemas a los que se enfrentaban las anteriores cinco teorías de cuerdas. La teoría M deja, para algunos, abierta la posibilidad de que no solo exista un universo, sino un número infinito de universos que son como membranas (burbujas, branas o «rebanadas de pan») y que incluso, el big bang lo provocaría el choque de dos membranas, lo que a su vez implica varias cuestiones: la primera, que el big bang se puede producir en cualquier momento; la segunda, que puesto que hay un número infinito de universos y un número finito de acontecimientos, los mismos acontecimientos se volverán a reproducir infinitas veces en alguno de los universos y, si se considera el tiempo infinito, también en cada uno de los universos; por último, esta teoría del big bang implica la casualidad de los acontecimientos, el azaroso devenir, y, por tanto, la innecesaria existencia de una personalidad creadora o impulsora de los acontecimientos: la ausencia de Dios. Todo ha existido, todo existirá, todo ha sucedido y todo volverá a suceder. Esto le habría encantado a Nietzsche.

El eterno retorno. Aunque no se repite la historia, se repiten las circunstancias en las que se desarrolla dicha historia. Imagen: ABC.
El eterno retorno. Aunque no se repite la historia, se repiten las circunstancias en las que se desarrolla dicha historia. Imagen: ABC.

Si preferimos interpretar el eterno retorno de forma menos literal, Nietzsche pretendía exponer que no existe una lógica que genere los acontecimientos de la historia. Cada momento tiene su propia lógica, cada suceso azaroso provoca su propia necesidad. Así que el eterno retorno niega el progreso y niega, por ejemplo, la escatología final del cristianismo. Pero la propia naturaleza humana, bajo la pesadez de sus cargas morales e históricas parece determinada a repetir los errores. Lo que de nuevo nos pone en las contradicciones de la posibilidad de libertad mediante la voluntad de poder necesaria para evolucionar a superhombre y del determinismo del eterno retorno, y ante la contradicción de intentar conciliar la idea de tiempo circular del eterno retorno con la de evolución lineal del superhombre. Pero la forma de conciliarlo sería no entender el eterno retorno de manera literal, donde todo se repite de igual manera infinitas veces, sino como devenir azaroso donde lo que se repite infinitas veces es la combinación azarosa de fuerzas, lo que permitiría al hombre, mediante la voluntad de poder, evolucionar a superhombre.

En Battlestar Galactica, los ángeles encargados de mostrar a los elegidos su destino no saben a ciencia cierta si los acontecimientos se van a producir exactamente de la misma manera esta vez, luego no se repite la historia, sino que se repiten las circunstancias en las que se desarrolla la historia, pero cabe la posibilidad de que en alguna ocasión el hombre tome otras decisiones llegado al punto de inflexión del progreso y no todo se repita exactamente de la misma manera: el tiempo es circular, pero el hombre parece tener libre albedrío… e incluso se podría decir que el hombre tiene en su mano la posibilidad de romper con los ciclos de eterno retorno. Dios y los predestinados parecen no existir excepto en los momentos de crisis en que necesitan ser guiados a la salvación, al retorno con el que todo comienza de nuevo: el Dios de Battlestar Galactica solo ofrece nuevas posibilidades en el inexorable eterno retorno. O quizá esté buscando que el hombre tome las decisiones correctas para que el tiempo pase a ser lineal. Esta es la contradicción a la que se enfrenta la serie por poner en juego el pensamiento religioso en un escenario tan nietzscheano. Porque el eterno retorno coloca al hombre en posición de creador, creador de sí mismo, de su yo en potencia (el superhombre), de su futuro, mediante las posibilidades de la voluntad de poder: el hombre deviene divino.

Pero si el hombre es creador y creado, si en el eterno retorno se empiezan a conciliar naturaleza e historia… ¿qué pinta Dios? Por eso, en Battlestar Galactica, cuando los ángeles y los milagros dejan de ser imaginaciones y pasan a ser fenómenos divinos «reales», se convierten en un deus ex machina, es decir, resuelven la historia traicionando su lógica interna. Alguien podría alegar que la lógica interna es, precisamente, religiosa, pero todas las señales se podrían explicar como parte de una memoria histórica de la humanidad (independientemente de que esta sea religiosa o no), producto de la propia naturaleza del eterno retorno.


Battlestar Galactica, apuntes y reflexiones (IV): la gracia y la condición humana

Imagen: ABC.
Imagen: ABC.

(Viene de la tercera parte)

Este artículo contiene SPOILERS

De entre todos los personajes de esta serie, el de Gaius Baltar hará las delicias de los espectadores más ciclotímicos.

Si a alguien se le puede aplicar con precisión el adjetivo de «inefable» es a Gaius Baltar, un personaje complejo, verdaderamente difícil de describir.

Baltar es un genio científico, pagado de sí mismo, cobarde, ególatra, oportunista y sin escrúpulos. «Su inteligencia carece de compasión dice Roslin; hay que recordarle sus responsabilidades éticas y desafiarlo a estar por encima de su instinto egoísta». Es demasiado humano y, al menos en un primer momento, «no está preocupado por la conciencia, la culpa, el remordimiento», porque «la culpa es lo que los mediocres sienten cuando se quedan sin excusas por sus errores». Se le otorga la gracia a pesar de su falta de fe, a pesar de sus dudas y tentaciones, a pesar de que se describa a sí mismo como un «apóstata que denigra a personas de fe». Pero quizá por eso «y por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento, él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba» (Hb. 2, 18), y se convierte en un extraño redentor que representa escenas bíblicas (sanación de enfermos, entrada en el templo, última cena, traición de Judas-Gaeta, martirio); una figura entre profeta verdadero y caricatura de una especie de Jesús abrumado por su destino y por sus propias contradicciones, aunque rodeado de un harén de apóstoles-amazonas.

Gaius es también el hijo de un granjero que para dejar atrás su pasado repudió a su familia y cambió con mucho esfuerzo su odioso acento rural (en la serie su padre tiene acento de Yorkshire) para integrarse en la sociedad de la city capricana. Aunque está involucrado en el ataque de los cylon, consigue salvarse, la suerte le sonríe y mantiene una ambivalente relación con los cylon y una neutralidad política que al final le lleva a la presidencia durante la terrible etapa de Nueva Caprica. Hasta en este detalle parece como si los guionistas hubieran coincidido (probablemente por casualidad) con la descripción que la Vicenne’s Gazette hace del presidente estadounidense Andrew Jackson en 1831 y que Tocqueville recoge en su libro, cuando habla de la libertad de prensa, porque se puede aplicar al presidente Baltar: «En todo este asunto, el lenguaje de Jackson ha sido el de un déspota sin corazón, preocupado únicamente por conservar su poder. La ambición es su crimen, y en ella encontrará su castigo. Tiene por vocación la intriga y la intriga confundirá sus designios y le arrancará su poder. Gobierna por la corrupción, y sus maniobras culpables tenderán a su confusión y a su vergüenza. Se ha mostrado en la arena política como un jugador sin pudor y sin freno. Ha triunfado; pero la hora de la justicia se acerca. Bien pronto le será preciso devolver lo que ha ganado, arrojar lejos de sí su dado engañador, y acabar en algún retiro donde pueda blasfemar en libertad contra su locura, porque el arrepentimiento no es una virtud que haya sido permitido a su corazón conocer jamás». Es curioso también que Jackson fuera pobre y de ascendencia escocesa, el primer presidente estadounidense de origen humilde, que apelaba al pueblo con su carisma en campañas populistas. Incluso las pugnas electorales con John Q. Adams parecen recordar, de alguna manera, a los intentos de Gaius Baltar y Tom Zarek de dirigir las campañas electorales hacia un terreno más populista, que arrancó la presidencia a Laura Roslin cuando ya se dedicaba a organizar la política a su antojo con el almirante Adama e intentó amañar las elecciones para arrebatar a Gaius su victoria por el bien del pueblo. El presidente Jackson favoreció y defendió a todos los colonos que quisieran establecerse libremente en las nuevas tierras, después de trasladar a los indígenas más al oeste; es decir, impulsó la colonización, como hizo Gaius Baltar tras ganar las elecciones alentando a la gente a establecerse en Nueva Caprica.

La gracia

Gaius Baltar es un personaje complejo, inefable, que recibe la gracia. Imagen: ABC.
Gaius Baltar es un personaje complejo, inefable, que recibe la gracia. Imagen: ABC.

El personaje del doctor Gaius Baltar es, también, un ejemplo perfecto para exponer el concepto protestante de la «gracia». Para todos los cristianos, la gracia, el amor de Dios, es un acto divino: Dios llama al hombre para que este entre en intimidad con Él. Para los católicos, esta relación provoca en las personas una actividad, da unos frutos: gozo, paz, paciencia y expresiones relacionadas con la caridad. Cuando la gracia llega a los humanos, pecadores, deviene redentora, porque el hombre toma conciencia del amor de Dios y de la relación que le une con el resto de los hombres. Pero lo fundamental en la idea católica de la gracia es la idea de justificación. Aunque este concepto teológico es complejo y merece mucha discusión, digamos, básicamente, que para un católico la fe no es suficiente si no la acompaña la caridad; es decir, que la salvación también depende de nuestras obras. Sin embargo, Lutero insistió en que la justicia divina llega solo a través de la fe, es decir, que nuestras obras son inútiles, el mérito no sirve. Por eso, el cristiano debe dejar de hacer esfuerzos vanos para no ser un pecador: los hombres siempre serán pecadores, siervos indignos de Dios que, durante su tránsito terrenal, estarán envenenados por su amor de sí mismos y por la concupiscencia, lo cual parece el retrato perfecto de Gaius Baltar. Para los católicos, la gracia trae la paz y transforma al hombre. Para los protestantes, la gracia trae la paz, pero no altera, necesariamente, el estado del hombre; dicho de otra manera, la gracia puede ser que cree bondad, pero la bondad no trae la gracia. Puesto que no importan los actos y que, si hay fe, Dios lo perdona todo porque es misericordioso, Lutero llega al extremo de negar el libre albedrío: el hombre es un instrumento pasivo en las manos de Dios (aunque luego cambiaría de opinión). Calvino sí que recoge estas ideas más radicales de Lutero, algunas ya las hemos visto: el pecado original puso al hombre en un estado de corrupción radical; la fe es la única justificación, pues la fe en Cristo hace que Dios impute a los hombres los méritos de Cristo y no existe libre albedrío. Por tanto, el calvinismo pierde la fe en la humanidad del catolicismo y la desvía totalmente a Dios. Por eso R. W. Gleason, en su libro La gracia (1964), dice que «el individualismo protestante verdadero es el que implica una conciencia real y fundamental de algo que le supera y está por encima de él, y es una actitud positiva basada en una apreciación vívida de esa relación […] El hombre no se salva como miembro de un grupo, la Iglesia, el cuerpo místico, sino como individuo. Así sus relaciones con Dios deberían ser, básicamente, a nivel individual». He aquí la madre del cordero, el centro del pensamiento protestante, calvinista, puritano: el individualismo religioso basado en la idea de que Dios ama al indigno, y no hay personaje más indigno ni más individualista en la serie, y al mismo tiempo presentado como instrumento directo de Dios para realizar sus planes, que Gaius Baltar.

La condición humana

La condición humana se desarrolla en la serie a partir de una falsa contraposición con los cylon; aunque, en realidad, estos poseen los mismos defectos y virtudes que los humanos. Imagen: ABC.
La condición humana se desarrolla en la serie a partir de una falsa contraposición con los cylon; aunque, en realidad, estos poseen los mismos defectos y virtudes que los humanos. Imagen: ABC.

Como ya se ha dicho, Gaius Baltar se presenta como un personaje demasiado humano, con mucho de lo bueno y lo malo del ser humano, aunque convencido de ser un cylon durante buena parte de la serie porque, como dice André Malraux en la obra de la que toma el título este epígrafe, «es muy raro que un hombre pueda soportar su condición de hombre». Pero son muchos los personajes de Battlestar Galactica que se interrogan sobre su condición humana, tanto humanos como cylon, porque algunos de los personajes de la serie que se consideran humanos, son cylon sin saberlo. Los cylon, a su vez, también van descubriendo las características que les hacen humanos.

Obviamente, sería inabarcable explorar esta vertiente existencialista estableciendo todas las conexiones filosóficas. Así como parece digna de un artículo aparte la cuestión, tan presente en los temas robóticos de la ciencia ficción, del complejo de Frankenstein del hombre y de los sentimientos de los androides-Pinochos. Trataré, simplemente, de exponer las características principales que definen la humanidad a través de las voces de algunos de los personajes de la serie.

Lo que define la condición humana en la serie se desarrolla a partir de una falsa contraposición con los cylon, porque, en realidad, estos poseen los mismos defectos y virtudes que los humanos desde el comienzo de la serie. La prueba es que existen varios modelos («los cinco últimos»), que han vivido como humanos sin recordar que eran cylon. Sin embargo, los otros siete modelos, excepto algún caso puntual, son conscientes de ser sintéticos: la evolución de una creación humana, una generación perfeccionada de máquinas muy similar a los androides de la película Blade Runner, y que incluso reciben el mismo nombre en inglés: skin-jobs («pellejudos»). De estos siete modelos existen infinidad de copias y su propia identidad proviene, precisamente, de la contraposición a la identidad humana.

Durante la serie, tanto cylon como humanos irán descubriendo que no existen diferencias emocionales entre ambos y cada uno se pondrá en la piel del otro. Los cylon anhelan y descubren los sentimientos y las características que consideraban específicas de los humanos; por su parte, los humanos, a través del contraste con sus antagonistas y, cuando saben que hay cylon ocultos que desconocen su propia condición, se replantearán su propia identidad, se interrogarán sobre aquello que realmente los caracteriza.

El resultado de esta contraposición con el otro, que en realidad no era tal, es la relación de una serie de características que definen la condición humana. La primera característica no es cierta. Se trata del dolor. El dolor aparece porque los humanos creen que los cylon no sufren, mientras que los seres humanos no pueden apagar el dolor, «deben sufrir y llorar y gritar porque no hay elección». Gaius Baltar, el humano más cercano a la comprensión de los cylon, sabe que Caprica Seis es «más que una máquina, eres una persona, eres una mujer; estás enamorada de mí y te duele. Ya sé que duele». Pero el dolor no define la identidad humana, porque «el hombre no tiene la patente exclusiva del sufrimiento». El comportamiento más colectivo de los cylon provoca que consideren como esencia del ser humano el egoísmo: «Hay un truco para ser humana: pensar solo en ti misma». Igualmente, se menciona la imperfección como justificación para los desmanes de la humanidad y para definirse frente a las máquinas, supuestamente perfectas (aunque nada más lejos de la realidad): «Como todo lo humano, la justicia es imperfecta, pero son esas mismas imperfecciones las que nos diferencian de las máquinas». El modelo Uno, el que concentra lo peor de los defectos humanos, es el que más reprocha: «Nosotros no somos ustedes: admitimos nuestros errores y no tememos a los cambios» o «Los humanos hacen cosas espantosas constantemente», y no hay que olvidar que «si de verdad sabemos algo de los seres humanos es que son expertos en la autodestrucción», aunque «nos convertimos en lo que perseguíamos, nos convertimos en vosotros». La imperfección, sin embargo, tampoco es exclusivamente humana, como tampoco lo es la confianza: «Las personas dice Lee Adama tienen que tener esto: confianza. Si no tenemos eso, no somos distintos de los cylon».

Caprica Seis es más que una máquina, es una mujer... y sufre. Imagen: ABC.
Caprica Seis es más que una máquina, es una mujer… y sufre. Imagen: ABC.

La serie pone más énfasis en cuatro características humanas. Estos principios de la condición humana serían: el amor, la búsqueda de la identidad, la libertad y la mortalidad.

El amor es la base de las emociones humanas, es lo que nunca se presupone a una máquina: «Si crees que amas a alguien, la amas. Amor es pensamiento, creencias. No puedes ser solo una máquina. ¿Amaría una máquina?». Y es la base de aquello por lo que merece la pena vivir: «Llevamos en guerra tanto tiempo que olvidamos por lo que luchamos: por criar a nuestros hijos en paz, disfrutar de la mutua compañía, vivir como… personas, de nuevo».

La búsqueda de la identidad es esencial. Solo el ser humano se pregunta por su origen y su condición: «Cylon, humanos, todos intentamos descubrir quiénes somos, ¿no crees?», dice Baltar. La religiosidad de los cylon, que también es una forma de amor, les lleva a pensar en un Dios que podrían llevar programado: «Soy Dios. […] Somos Dios, lo somos todos. El amor une a todas las cosas vivas». Y cuando los cylon piensan en Dios y en el amor empiezan a plantearse otras cuestiones, como en la siguiente conversación entre Uno y Tres: «Tu modelo tiene un defecto». «No, no es un defecto cuestionar nuestra función, ¿verdad? Preguntar quién programó nuestro pensamiento y por qué». «Ahí radica el problema: tus convicciones mesiánicas de que estás en una misión para iluminarnos».

Los personajes exponen su condición humana más marcada un poco en el sentido que apuntaba Malraux, en función de la libertad de elegir la forma en la que afrontar el propio destino. Esta es la característica más importante de la condición humana en la serie. Ya hemos visto lo importante que es la libertad del individuo para los humanos, que resulta la base de su sistema político. «Soy un ser humano y tengo derechos», dice Baltar; y le contesta el ángel con apariencia de Seis: «Sin libertad, ¿quién eres? ¿Se apiada Dios de alguien así?» Los hombres, dice Zarek «necesitamos ser libres, al no ser libres, no somos diferentes de los cylon». Los cylon no son libres hasta que no descubren que pueden elegir, que a pesar de ser copias del mismo modelo pueden tomar decisiones propias, independientes, como individuos. Este descubrimiento lo representa una de las cylon del modelo Ocho, que luego serán dos: Sharon/Boomer, originariamente piloto de Galactica programada para no saber que es cylon hasta que despierta para atentar contra el comandante Adama. Su conciencia, compartida por todo su modelo se bifurca en dos Ochos, una que decide luchar del lado de los humanos y otra que toma una postura radical entre los cylon en contra de su propio modelo.

La mortalidad no es una característica humana, excepto en Battlestar Galactica, donde la diferencia fundamental entre humanos y cylon es que estos, cuando mueren, trasvasan su conciencia a un nuevo cuerpo: de algún modo, resucitan en un cuerpo idéntico pero nuevo, acumulando toda la experiencia de las vidas sucesivas. Por eso, cuando los cylon comprenden que «el único defecto humano es que pasan la vida lamentándose por la mortalidad, pero es lo único que los hace completos» y cuando los cylon han tomado conciencia de su individualidad y, por tanto, de su posibilidad de ser libres, toman libremente la decisión de destruir las naves resurrección para ser mortales. Desde ese momento nada les distingue de los humanos, a excepción de unas diferencias genéticas imperceptibles.

Al final ambos caminos convergen: «Tenemos en la cabeza que somos los hijos de la humanidad, así que en vez de examinar nuestro propio destino para intentar descubrir nuestro camino a la iluminación, secuestramos el vuestro». Los creadores y los creados serán todos a su vez dioses, creadores de una nueva criatura. El destino que les espera es su propio final. El destino común es el final de la especie humana y el final de la raza cylon, que se mezclarán dando lugar a una nueva especie que somos nosotros, encarnada en Hera, el primer fruto de este mestizaje.

(Continua aquí)


Battlestar Galactica, apuntes y reflexiones (III): el puritanismo

Este famoso cartel representa la Última Cena y alude a la importancia que la religión tiene en la serie. Imagen: ABC.
Este famoso cartel representa la Última Cena y alude a la importancia que la religión tiene en la serie. Imagen: ABC.

(Viene de la segunda parte)

Este artículo contiene SPOILERS

Si en los artículos anteriores me dediqué a reflexionar sobre algunas de las relaciones de Battlestar Galactica (reimaginada) con la guerra y la política, conviene adentrarse ahora en otro de los pilares de la historia: la religión.

Fruto del puritanismo

Aunque la religión tiene gran importancia en Battlestar Galactica y se podría desarrollar una extraña teología completa durante la accidentada búsqueda del plan de Dios para la salvación que supone el argumento general de la serie, no me interesa perderme en disquisiciones teológicas ni en realizar un análisis exhaustivo de la amalgama de filosofías y creencias que conforman el popurrí religioso de los guiones de la serie. Tampoco en desvelar la pugna entre las formas de justicia del Antiguo y del Nuevo Testamento o en desglosar la miscelánea de figuras y episodios mitológicos, bíblicos o literarios (que, en ocasiones, se concentran hasta en un solo personaje): Adama, Apolo, Cain, Starbuck (como el primer oficial del ballenero de Moby Dick)… se puede hacer un estudio solo con los nombres o apodos de los personajes y con sus relaciones mitológicas y religiosas, pero para eso creo que ya existen algunas obras que podrían profundizar con más entusiasmo: Eberl, Jason T., «Battlestar Galactica» and Philosophy: Knowledge Here Begins Out There (Blackwell Philosophy and Pop Culture Series), Wiley-Blackwell, 2008; Potter, Tiffany y Marshall, C. W., Cylons in America: Critical Studies in «Battlestar Galactica», Continuum, 2008; Weddle, David; Steiff, Josef y Tamplin, Tristan D., «Battlestar Galactica» and Philosophy (Popular Culture and Philosophy), Cricket Books (Carus Publishing Co.), 2008 y Wetmore, Kevin J., Jr., The Theology of «Battlestar Galactica»: American Christianity in the 2004-2009 Television Series, McFarland & Co., 2012.

Kobol, el planeta en el que se originó la humanidad y del que partieron las Doce Colonias, es un anagrama de «Kólob», un astro mencionado en el Libro de Abraham de los mormones como el lugar más cercano a Dios o, incluso, la residencia de Dios. Esto no es algo aislado, porque Glen Albert Larson, el creador de la serie original, la de 1978 (y de otras como El coche fantástico), es mormón (miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días) e introduce muchos otros detalles de su religión en la serie, como el Quórum o Consejo de los Doce (los mormones tienen el Quórum de los Doce Apóstoles de la Iglesia), la idea de que los seres humanos (o los cylon) pueden llegar a ser dioses, que el pecado fue un paso necesario para el plan de vida y causa de grandes bendiciones para toda la humanidad, etc., detalles que se han conservado a pesar de que Larson no ha tenido ninguna relación con la nueva serie. Por esto último, considero que las influencias de las creencias mormonas en la versión moderna de Battlestar Galactica son de menor importancia que las del puritanismo calvinista de donde proceden y no concuerdan con algunos de los «dogmas» de su argumento, como la predestinación.

Me interesa más atender al espíritu religioso general de la serie y a su concepto de la historia, que parece haber sido apuntalado por Karl Löwith cuando escribió eso de que «toda filosofía de la historia es totalmente dependiente de la teología, esto es, de la interpretación teológica de la historia en tanto historia de salvación», lo que anula la posibilidad de que la filosofía de la historia sea una ciencia porque no se puede justificar científicamente la fe en la salvación; o cuando el propio Löwith citaba a Hermann Cohen: «El concepto de historia es un producto del profetismo […] El profeta […] es un visionario, no un teórico; su visión profética ha creado nuestro concepto de historia como esencialmente referida al futuro. El tiempo se vuelve primariamente futuro, y el futuro es el principal contenido de nuestro pensamiento histórico. En esta transformación está implicada la idea de progreso. En vez de una edad de oro en el pasado mitológico, la verdadera existencia histórica sobre la tierra está constituida por un futuro escatológico».

Un futuro escatológico que acabará siendo el pasado en un tiempo circular. La historia de Battlestar Galactica es una historia de salvación en clave teológica judeocristiana, pero dentro de un tiempo circular en el que, como se repite hasta la saciedad durante la serie, «todo esto ha pasado antes y volverá a pasar». Aunque esta clave teológica, esta historia de la salvación, como trataré de exponer en un apartado ulterior, no tiene por qué implicar la necesaria existencia de Dios, puede ser la salvación del propio hombre, el hombre entendido como un dios, creador y creado al mismo tiempo, como se expresa en la filosofía nietzscheana.

Existe en la serie también una pugna entre politeísmo (religión mayoritaria entre los humanos) y monoteísmo (la religión de los cylon). El monoteísmo, en la serie, se presenta como una religión de fanáticos, mucho menos tolerante que el politeísmo, que conduce a los androides a una guerra santa y a los humanos al misticismo.

Los cylon son monoteístas, no como los humanos de la serie. Imagen: ABC.
Los cylon son monoteístas, no como los humanos de la serie. Imagen: ABC.

Aunque lo que me interesa aquí es apuntar las influencias religiosas del puritanismo, que están tan presentes en la serie como en la vida política y en la moral estadounidenses; como dijo Tocqueville, «la religión es la que ha dado origen a las sociedades angloamericanas».

Los puritanos son una parte más radical de la reforma protestante anglicana, que acabaron rechazando a la Iglesia católica y a la anglicana a partir del siglo xvi, y muchos de los cuales estaban influidos por las doctrinas de Calvino. La persecución de que fueron objeto en Inglaterra llevó a un numeroso grupo a huir a Norteamérica en 1630, donde desarrollaron sus creencias e influyeron notablemente en el carácter de la nueva nación. Hasta el número de supervivientes inicial de las Doce Colonias de Kobol, tras el ataque cylon, se corresponde, más o menos, con el cálculo de colonos en las Colonias americanas hacia 1650 (después de la emigración puritana): alrededor de cincuenta mil personas destinadas a crear un nuevo mundo.

Ya se ha visto que en Battlestar Galactica se representa una filosofía de la historia de influencia judía; pero, religiosa, política y moralmente, prevalece el espíritu del puritanismo. Por ejemplo, no existe una cabeza visible de la Iglesia, ni politeísta ni monoteísta (porque para los puritanos, la única cabeza de la Iglesia es Cristo), y solo hay interpretaciones personales de los textos sagrados o de las señales divinas. Además, se valora la pureza moral individual: el pecado es la primera debilidad del alma y hay que edificar la vida sobre la pureza moral, sin reposo, y rescatar al mundo para ganar de nuevo el Paraíso. Por eso, se esfuerzan por rescatar la moral nacional; por eso, es importante la determinación con la que una nación apoya las políticas de su Gobierno, especialmente en épocas de guerra; y, por eso, también, los puritanos creen que los gobernadores seculares son responsables ante Dios de proteger y premiar esa pureza moral, esa virtud: deben hacer lo que Dios quiera, para lo cual, deben incluir la religión en el desarrollo de sus actos y castigar a los pecadores.

Esto es lo que dice Tocqueville sobre el puritanismo en las trece Colonias: «No hay que creer que la piedad de los puritanos fuera solamente especulativa, ni que se mostrara extraña a la marcha de las cosas humanas. El puritanismo […] era casi tanto una teoría política como una doctrina religiosa. Apenas desembarcados en esa orilla inhospitalaria […] el primer cuidado de los emigrantes es organizarse en sociedad. Realizan inmediatamente un acto trascendente:

Nosotros, cuyos nombres siguen, que, por la gloria de Dios, el desarrollo de la fe cristiana y el honor de nuestra patria, hemos emprendido el establecimiento de la primera colonia en estas remotas orillas convenimos en estas presentes, por consentimiento mutuo y solemne, y delante de Dios, formarnos en cuerpo de sociedad política, con el fin de gobernarnos, y de trabajar por la realización de nuestros designios; y en virtud de este contrato convenimos en promulgar leyes, actas, ordenanzas y en instituir según las necesidades magistrados a los que prometemos sumisión y obediencia».

Y en otro momento, dice: «El puritanismo no solo era una doctrina religiosa, sino que en muchos puntos se identificaba con las teorías democráticas y republicanas más radicales».

Los peregrinos, según Tocqueville, buscaban, fundamentalmente, libertad: «buscan una tierra tan bárbara y olvidada del mundo que les permita vivir a su manera y rogar a Dios libremente». Se podría decir «que miraba a la Nueva Inglaterra como una región entregada a los sueños de la imaginación, que se debía abandonar a los libres ensayos de los novadores. Las Colonias inglesas, y esta fue una de las principales causas de su prosperidad, han gozado siempre de más libertad interior y de más independencia política que las Colonias de los demás pueblos; pero en ninguna parte ese principio de libertad fue más rígidamente aplicado que en los Estados de la Nueva Inglaterra». Y, aunque los peregrinos y puritanos diferían mucho entre sí («sus fines eran distintos, como lo eran […] los principios por los que se gobernaban») tenían muchos puntos en común: el lenguaje, «principios de verdadera libertad […], costumbres más puras […] Todas las Colonias europeas […] contenían, si no el desarrollo, por lo menos el germen de una completa democracia».

Calvinismo

Para los puritanos, además, Dios tiene autoridad sobre los asuntos humanos. En eso, coinciden todos los puritanos. En lo que no coinciden todos es en el concepto de predestinación, algo en lo que solo están de acuerdo los puritanos más calvinistas. Por eso, la serie Battlestar Galactica es puritana y calvinista. Es calvinista el énfasis en la depravación de la naturaleza moral humana que necesita de la gracia de Dios para su salvación, es calvinista la autoridad de Dios sobre todas las cosas y el omnipresente tema de la predestinación de muchos de sus personajes, que tienen un destino o lo buscan desesperadamente: como Kara Starbuck Thrace (que por una intervención divina drástica abandona su rebeldía y se somete, obedece a los designios de su destino de forma voluntaria).

La piloto Sara Thrace (Starbuck) está predestinadaq: se ve obligada a abandonar su rebeldía por una intervención divina. Imagen: ABC.
La piloto Sara Thrace (Starbuck) está predestinada: se ve obligada a abandonar su rebeldía por una intervención divina. Imagen: ABC.

En la serie, si prestamos atención, vemos como se cumplen los cinco puntos de la doctrina calvinista. Según la doctrina calvinista, el estado natural del hombre es el de depravación (1), como se ve en Kobol. Como el hombre no puede evitar su condición por sí mismo (2), Dios tiene que actuar directamente (la elección incondicional), como lo demuestran las señales, los milagros y la presencia de ángeles consejeros. Expiación limitada (3): Cristo murió para salvar solo a un cierto número de elegidos. Dios provee los medios para salvar a los elegidos mediante la gracia irresistible, la predestinación (4), porque es imposible que los hombres vayan a Dios por sí mismos; es Dios quien los debe conducir hacia él («Todo lo que el Padre me da vendrá a mí; y al que a mí viene no le echo fuera» [Juan 6:37]; «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere» [Juan 6:44]): Dios elige a los personajes que tienen una misión y deben cumplir los designios de su destino, como le dicen las copias de Ocho a Boomer: «No luches contra tu destino. Te alcanzará siempre, a pesar de lo que hagas»; Dios llama a la presidenta agnóstica, a la piloto politeísta, a los cylon que Él considera conveniente y, sobre todo, a pesar de su resistencia, al científico ateo, cobarde y pecador (como diría Chiquito de la Calzada) de Gaius Baltar: «La vida es una melodía, un ritmo de notas en que se convierte tu existencia tocada en armonía con el plan de Dios. Haz tu parte, reacciona a tu destino: guardián y protector de la nueva generación de los hijos de Dios». La perseverancia de los santos (5): Dios no dejará que las tentaciones estén por encima del nivel de resistencia de los elegidos para salvarse: junto con la tentación ofrece una salida para su salvación.

Y en el tiempo circular de la serie, no solo hay un paralelismo entre las Doce Colonias de Kobol y los peregrinos americanos, sino entre estos y el nuevo comienzo en la Tierra, como se observa en la cita de Nathaniel Morton que recoge Tocqueville: son «un grupo de aventureros en busca de fortuna […]: es la simiente de un gran pueblo que Dios, con sus manos, va a depositar en una tierra predestinada».

Pero no puritana

A pesar de la influencia del puritanismo, no se debe caer en la trampa de considerar la serie como puritana con el sentido más peyorativo que se usa en castellano. En Battlestar Galactica se tratan sin prejuicios temas como el ateísmo, la homosexualidad, la promiscuidad, el adulterio, el aborto, el racismo, el suicidio, la tortura, los malos tratos, la intolerancia o el terrorismo. Incluso hay bastantes razones para considerar esta serie como feminista.

(Continua aquí)


Vida de Maquiavelo (y III)

Un retrato de Maquiavelo en Opere di Niccolò Machiavelli de 1782. Imagen: Santi di Tito (DP).

Acoja, pues, Vuestra Magnificencia, esta pequeña ofrenda con el mismo ánimo con que yo se la envío, pues si se hace de ella un estudio y lectura diligente, reconocerá en su interior un profundo anhelo mío: que alcancéis esa grandeza que la fortuna y las restantes cualidades vuestras os prometen. Y si Vuestra Magnificencia, desde el ápice de su elevado sitial, posa en alguna ocasión los ojos sobre estos bajos lugares, reconocerá cuán inmerecidamente soporto una enorme y continua malignidad de la fortuna. (El Príncipe, dedicatoria a Lorenzo di Piero de’ Medici [1513]).

(Viene de la segunda parte)

En 1513 Sant’Andrea in Percussina consistía en poco más de dos hileras de edificios a lo largo de una antigua vía postal romana: un puñado de casas, una pequeña iglesia, una posada y el caserón de los Machiavelli. Ubicada en lo alto de una colina, desde la aldea se podía contemplar el ondulante paisaje toscano cubierto de olivos, viñedos, arboledas, flores, etc. y, allá a lo lejos, Florencia. Pero tras una vida consagrada a los asuntos del Estado y la res publica, este marco bucólico y apacible no satisfacía a Maquiavelo en absoluto. «Mi cuerpo está bien —escribió a su sobrino Giovanni el 4 de agosto—, pero estoy mal de todo lo demás».

La mejor manera de acercarnos a su nueva existencia en Sant’Andrea es a través de las misivas que empezó a intercambiar con su amigo Francesco Vettori al poco de salir de prisión. Niccolò intentó conseguir por medio de Vettori algún puesto en el Gobierno Medici, pero el nuevo embajador florentino en Roma parecía incapaz de ayudar a alguien que en aquellos momentos era políticamente radioactivo. Lo que podía hacer era compartir con él noticias y rumores de la corte papal, y los dos diplomáticos no tardaron en entablar un apasionante diálogo sobre la situación de Italia y el equilibrio entre las grandes potencias europeas. ¿Había hecho bien Fernando el Católico en firmar una tregua con los franceses? ¿Qué curso de acción debía tomar el nuevo papa? ¿Atacarían los turcos? Esta correspondencia contiene ejemplos de fina reflexión política y momentos que recuerdan al mejor Bender de FuturamaEmbajador, vos vais a enfermar; me parece que vos no tenéis ningún pasatiempo; aquí no hay mancebos, no hay damas: ¿qué casa del carajo es esta?»), pero alcanza su cenit en una misiva que Maquiavelo envió a su amigo el 10 de diciembre de 1513.

Vista de Florencia desde Sant Andrea in Percussina. Fotografía: Tania Calamassi.

En esta carta, joya del género epistolar italiano, Niccolò describe a Vettori su rutina diaria. Por las mañanas charla con unos leñadores que trabajan en un bosque de su propiedad; lee a Dante, Petrarca o algún poeta menor junto a una fuente; habla con los viajeros que pasan por la taberna para oír qué nuevas traen. Tras almorzar con su familia, vuelve a la taberna y se pasa la tarde jugando a las cartas con los lugareños; cuando anochece, vuelve a casa.

Avanzada la tarde, me vuelvo a casa y entro en mi despacho. Y en el umbral me despojo de mis vestidos cotidianos, llenos de fango y lodo, y me visto de ropas nobles y curiales. Entonces, dignamente ataviado, entro en las cortes de los hombres antiguos, donde, amablemente recibido por ellos, me deleito con este alimento que es solo para mí, y para el que yo nací. Y no me avergüenzo de hablar con ellos, y de preguntarles por las razones de sus acciones. Y ellos, por su humanidad, me responden. Y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, me olvido de toda ambición, no temo la pobreza, no me da miedo la muerte: me transfiero enteramente donde están ellos. Y como Dante dice que no hay saber si no se guarda lo que se ha comprendido, yo he anotado lo que he sacado con su conversación, y he compuesto un opúsculo, De principatibus [De los Principados], en el que profundizo cuanto puedo en las dificultades de esta materia; razonando sobre qué es un principado, de cuántos tipos hay, cómo se adquieren, cómo se mantienen, por qué se pierden…

Este diálogo con los hombres antiguos, que inicialmente había empezado a cristalizar en los Discursos, tuvo su primer fruto en el tratado De los Principados. Publicado póstumo en 1532 con el título de El príncipe, haría a Maquiavelo inmortal. Veamos por qué.

Un príncipe para gobernarlos a todos

La originalidad de El príncipe no radica en el tema que trata: de política se llevaba escribiendo como mínimo desde los tiempos de la República de Platón y el Arthashastra del filósofo indio Chanakya. Tampoco en su formato, pues el subgénero de los espejos de príncipes se remonta a la Edad Media. No, la genialidad de Maquiavelo consistió en abordar el análisis de las dinámicas de poder dejando de lado toda consideración moral, tomando como objeto de estudio la realidad que es y no la que debería ser. Su principal consejo para un gobernante es que procure hacer lo mismo, porque a la hora de salvaguardar el bien común se ha de ser, ante todo, eficaz. Y es que desde su punto de vista el proceder mezquino y caótico de las personas solo puede contrarrestarse con las leyes y las armas, el monopolio de la violencia, el Estado.

Habrá que esperar a los Discursos para profundizar en la doctrina política de Maquiavelo: «El príncipe es una obra breve, rápida y atenta a movilizar» (M. A. Granada, 1981) cuyos principios teóricos se hallan generalmente implícitos en la argumentación que sustenta cada uno de sus capítulos. Además de ser antropológicamente pesimista (que no misántropo), Niccolò consideraba que la naturaleza humana es inmutable. Al ser las pasiones, ambiciones y necesidades de sus contemporáneos las mismas que movían a israelitas, aqueos, y romanos, un príncipe virtuoso puede valerse de las lecciones del pasado —y la atenta observación del presente— para subyugar a la fortuna y perpetuar su Estado. Aunque no sea fácil definir el concepto de virtú maquiaveliana, al leer El príncipe salta a la vista que esta amalgama de cualidades incluye arrojo y audacia en lo marcial y lo político, atención a la imagen pública (1) y una saludable falta de escrúpulos. No es de extrañar que César Borgia sea propuesto al lector como modelo a imitar, ya que antes de ser traicionado por Julio II su curso de acción había coincidido punto por punto con las recomendaciones de Maquiavelo. El opúsculo se cierra con una exhortación a liberar Italia de los bárbaros invasores y fundar un Estado italiano independiente: un arrebato idealista que, aun contrastando con el carácter fríamente analítico de los capítulos anteriores, nos da a entender cuál es ese bien común que Niccolò tenía en mente.

El príncipe circuló inicialmente en copias manuscritas; cuando fue publicado en 1532, ya era lo suficientemente conocido como para haber sido plagiado al menos una vez (De Regnandi Peritia, de Agostino Nifo). El carácter amoral de la obra y el desdén de su autor hacia la Iglesia y el cristianismo aseguraron que este tratado —y todos los escritos de Maquiavelo, de hecho— figuraran en el primer Index Librorum Prohibitorum de 1552, listado extraoficial de los best seller de ayer, de hoy y de siempre. La Reforma también lo rechazó: se decía que Catalina de’ Medici, azote de hugonotes, tenía el opúsculo dedicado a su padre como libro de cabecera. En la condena de las dos ortodoxias europeas a El príncipe entroncó un antimaquiavelismo que ha llegado hasta nuestros días, aunque durante la Ilustración se reinterpretó la obra para convertirla en una velada advertencia al pueblo sobre los excesos del poder absoluto. Los Padres Fundadores leyeron El príncipe, como también hicieron Napoleón, Mussolini, Lenin y Stalin. Pero en 1516, cuando Niccolò entregó finalmente una copia del manuscrito a Lorenzo de’ Medici, este lo recibió con indiferencia y no hay constancia de que llegara a leerlo jamás.

Se ha especulado mucho acerca de los motivos que llevaron a Maquiavelo a escribir El príncipe. Hay quien acepta la interpretación que menciono en el párrafo anterior —defendida entre otros por Rousseau y, en cierto modo, Gramsci— y hay incluso quien ha querido ver en esta obra una sátira contra los Medici (2), pero desde mi punto de vista la explicación es más sencilla. Expulsado de la Cancillería y exiliado en la aldea de Sant’Andrea, escribir sobre política era uno de los pocos lazos que todavía unían al exsecretario con su vida pasada, además de una excelente manera de hacer ver a los Medici que se hallaban ante un estadista avezado al que harían bien en emplear. Aunque fuera, como escribía a Vettori en la carta del 10 de diciembre de 1513, «para hacer rodar una piedra».

Atardecer en los jardines Rucellai

Maquiavelo y Vettori continuaron con su correspondencia a lo largo de 1514: en sus cartas hablan de la política, los impuestos, sus amigos o el amor. Niccolò seguía fuera de la órbita medicea, y en ocasiones no podía ocultar la profunda amargura que sentía al verse aislado, inútil y empobrecido. En una carta con fecha del 10 de junio escribía lo siguiente:

Seguiré tal como estoy, entre mis piojos, sin encontrar a un hombre que se acuerde de mis servicios o que crea que yo pueda ser útil para algo. Pero es imposible que yo pueda estar así mucho tiempo, porque me estoy consumiendo, y veo, si Dios no se me muestra más favorable, que acabaré teniendo que salir un día de casa a trabajar, si es que no hay otra cosa, como pasante, o como secretario de algún dignatario; o establecerme en algún lugar perdido a enseñar a leer a los muchachos; y que los míos se hagan a la cuenta de que estoy muerto. Ellos se las arreglarán mucho mejor sin mí, puesto que yo les supongo una carga, porque desde siempre estoy acostumbrado a gastar, y no sé hacer nada sin gastar…

Pero parece que en diciembre la puerta de los Medici empezó a abrirse, aunque apenas se tratara de una rendija. La tregua entre España y Francia estaba a punto de acabar, y León X dudaba entre conservar su alianza con Fernando el Católico, Maximiliano I y Enrique VIII o pasarse al bando de Luis XII y los venecianos. El cardenal Giulio de’ Medici (primo de Giuliano de’ Medici y del papa) encargó a Francesco Vettori que escribiera a Maquiavelo para sondearle: ¿qué debía hacer Su Santidad? Este abordó la cuestión entusiasmado, y a los pocos días envió a su amigo una larga carta en la que abogaba con elocuencia por una alianza entre Francia y los Estados Pontificios. Cuenta Vettori que tanto León X como Giulio de’ Medici se mostraron impresionados por sus argumentos; no lo suficiente, por desgracia, como para ponerlo a su servicio. Y es que por mucho que pudieran valorar su punto de vista, Niccolò seguía estando vetado: cuando en 1515 Giuliano de’ Medici y Paolo Vettori (hermano de Francesco) se plantearon darle empleo en un hipotético señorío mediceo centrado en Parma, desde Roma llegó una perentoria exhortación a no mezclarse con él.

Resignado quizá a pasar el resto de su vida apartado de la política, Maquiavelo se entregó de lleno a la actividad literaria. No es casual que en torno a 1516 empezara a frecuentar los jardines de la familia Rucellai, que acogían a un círculo de jóvenes patricios intelectuales (escritores, poetas, músicos…) de marcadas tendencias republicanas. Inmerso en este ambiente culturalmente fértil e ideológicamente afín, Maquiavelo terminó los Discursos y escribió La Mandrágora Del arte de la guerratodas ellas obras que —aun siendo brillantísimas— suelen verse eclipsadas por la fama de El príncipe y el aura maldita de su autor. Y es una lástima, porque los Discursos sobre la primera década (3) de Tito Livio son su legado más profundo y ambicioso, Del arte de la guerra se anticipa tres siglos a Clausewitz y La Mandrágora es la obra de teatro más importante del Renacimiento italiano.

Maquiavelo conocía bien a Livio y su narración de la historia de Roma: en 1475 su padre Bernardo había obtenido un ejemplar sin encuadernar del Ad Urbe Condita a cambio de elaborar un listado de sus topónimos. Al no haber para él mejor forma de gobierno que la república ni mejor república que la romana, esta obra suponía un punto de partida inmejorable para reflexionar sobre las causas del éxito de la Roma republicana y el modo de replicarlo en la Italia de sus días. Se ha dicho que resulta algo incoherente escribir un manual para monarquías y acto seguido uno para gobiernos populares, pero esta supuesta contradicción no es tal: aunque la estabilidad y libertad de las repúblicas las hagan superiores a cualquier otro régimen, Maquiavelo —en la línea de Platón— creía que hasta el Estado más perfecto está condenado a corromperse y decaer. Y cuando eso ocurre, solo concentrando el poder en manos de un príncipe se puede dejar atrás la anarquía y refundar un orden institucional sobre los restos del anterior. Por lo demás, tanto en El príncipe como en los Discursos el precepto fundamental es el mismo: bien común mediante Estados libres, Estados libres mediante Realpolitik.

A punto de cumplir cincuenta años, Maquiavelo leyó fragmentos de los Discursos en los jardines Rucellai ante una audiencia de jóvenes republicanos a los que imagino adecuadamente impresionados. Cuando terminó el libro (en 1519, probablemente), se lo dedicó a sus amigos Zanobi Buondelmonti y Cosimo Rucellai, asiduos a estas tertulias. Pensando a bien seguro en la dedicatoria de El príncipe y en un estilo autoirónico típicamente suyo, afirma que:

[los que escriben] suelen dedicar sus obras a algún príncipe y, llevados por la ambición y la avaricia, alaban en él todas las virtudes, cuando deberían vituperarlo por sus faltas. Así que yo, para no caer en este error, he escogido no a los que son príncipes, sino a los que por sus buenas cualidades merecerían serlo; no a los que podrían llenarme de empleos, honores y riquezas, sino a los que, no pudiendo, quisieran hacerlo…

Por esas fechas Maquiavelo también terminó el Del arte de la guerra, un tratado militar presentado al lector a través de un diálogo ficticio entre el célebre condottiere Fabrizio Colonna y figuras habituales de los jardines Rucellai. Si bien es cierto que su fijación con los autores clásicos —que en este libro raya lo dogmático— le lleva a minimizar la importancia de la artillería o a recomendar formaciones sin cabida en un campo de batalla real, estos fallos no desvirtúan en absoluto la dimensión estratégica de la obra. El tratado resulta particularmente brillante e innovador cuando afronta aquellos temas que brotan de la intersección entre lo militar y lo político, porque para Niccolò un Estado no podía ser realmente libre (no podía ser) si carecía de medios fiables para defenderse. De ahí la necesidad de prescindir de tropas mercenarias e instaurar un servicio militar obligatorio: la guerra le parecía demasiado importante como para dejarla en manos de la clase de personas que hacían de ella su profesión.

Esquema de una formación de batalla en Del arte de la guerra, de 1521.

«Niccolò Machiavelli, historico, comico et tragico»

Del arte de la guerra (1521) convirtió a Maquiavelo en una autoridad en el campo de la teoría militar: solo en alguien realmente excepcional podía solaparse ese logro con el enorme talento para la comedia que demostró con La Mandrágora. Después de todo, tanto la política como la comedia exigen un íntimo conocimiento de la naturaleza humana, y… ¿acaso hay algo más humano que la lujuria, la codicia y el engaño? Lujuria la de Calímaco por la bella y joven Lucrezia; codicia la de su anciano marido Nicia, la del parásito Licómaco o la del fraile Timoteo; engaño el que vertebra la obra y por virtud del cual todos y cada uno de  los personajes transgreden las normas morales para finalmente acabar —de un modo u otro— saliéndose con la suya. Estrenada en 1518 (o en 1520, según otras fuentes), La Mandrágora tuvo una gran acogida. En una época de adaptaciones de autores clásicos y teatro sacro, los diálogos de Maquiavelo en prosa vernácula resultan naturales y espontáneos; sus personajes son lo suficientemente creíbles e imperfectos como para que el público no tenga problemas para verse reflejado en ellos. Y la trama, que se desarrolla en la misma Florencia, funciona como un reloj sin necesidad de gemelos secretos, hechiceros entrometidos o intervenciones divinas. Está claro que nos hallamos ante un catalizador del teatro moderno (P. Oppenheimer), una obra innovadora cuyo éxito hizo circular el nombre de Maquiavelo en los ambientes más elevados.

Tras la muerte de Giuliano de’ Medici en 1516, el control de Florencia había pasado a manos de su sobrino Lorenzo. Este sucumbió en 1519 a los efectos combinados de la tuberculosis y la sífilis, pero antes de que su cadáver se enfriara el cardenal Giulio de’ Medici ya se había trasladado a la ciudad para evitar desórdenes y velar personalmente por los intereses de su familia. Los amigos de Maquiavelo en el cenáculo de los jardines Rucellai se mostraron entonces más eficaces en la rehabilitación del exsecretario de lo que Vettori había sido años atrás: Lorenzo Strozzi —a quien Niccolò dedicaría el Del arte de la guerra un año después— le consiguió en marzo de 1520 una entrevista con Giulio de’ Medici; Battista della Palla, en abril, le informó de que León X estaba pensando en encargarle algún proyecto.

Florencia había alcanzado su cénit con Cosme el Viejo y su nieto Lorenzo el Magnífico, pero hacía décadas que la única constante de la política florentina era su volatilidad. Los Medici querían dar con una forma de gobierno que fuera tan estable como la de sus antepasados y perpetuara a su familia en el poder, así que —tras ocho años de ostracismo— Maquiavelo fue consultado sobre el tema. El resultado, entregado a los Medici en algún momento de ese mismo año, fue el Discurso sobre los asuntos de Florencia después de la muerte de Lorenzo de’ Medici, el joven. Me gustaría remitirles a los primeros capítulos de las imprescindibles Sumisiones Voluntarias de Albiac, pero mientras tanto baste con decir que Niccolò se mantuvo fiel a sus ideas en vez de limitarse a escribir aquello que los Medici querían leer. Para Niccolò el esplendor de la Florencia pseudorepublicana del siglo XV era un espejismo, y si no lo fuera daba igual, porque en la Italia del siglo XVI esos modelos políticos tenían los días contados.

No puede, por tanto, Su Santidad, si lo que desea hacer es construir un Estado estable en Florencia para gloria suya y salvación de sus amigos, hacer otra cosa que constituir un principado auténtico o una república plena. Cualquier otro modelo no solo sería vano sino además de brevísima vida…

Como señala Albiac, Maquiavelo podía haber terminado el memorándum ahí.

¿Lo hizo? Claro que no.

Porque ¿por qué construir un principado allá donde tan bien funcionaría una república? Del mismo modo que ¿por qué se construiría una república donde funcionase bien un principado? Eso sería cosa difícil, inhumana, indigna de alguien que desease ser tenido por piadoso, por bueno, y por esa razón a partir de aquí dejaré de razonar acerca del principado y hablaré de la república…

A partir de ahí, el grueso del documento va dedicado a esbozar una constitución republicana que garantizaba un puesto privilegiado a León X y al cardenal Giulio, pero no a las generaciones Medici posteriores. El informe fue ignorado, pero por suerte para Maquiavelo los Medici seguían interesados en contar con sus servicios. Tras ser despachado a Lucca (4) para mediar a favor de unos mercaderes florentinos afectados por una bancarrota, en septiembre de 1520 se le encomendó la redacción de una nueva historia de la ciudad de Florencia, un encargo prestigioso que llevaba asociado un modesto sueldo anual. Maquiavelo aceptó encantado y en mayo de 1525 presentaría su Historia de Florencia ante el nuevo papa Clemente VII, Giulio de’ Medici (5), que se mostró ciertamente satisfecho y le pagó con sus fondos personales el doble de lo acordado. Dice M. Viroli que esta es la decisión más acertada que tomó Clemente VII en toda su vida, ya que con ese dinero Niccolò pagó la dote de su hija Baccina, a cuyo hijo (Giuliano de’ Ricci) hemos de agradecer que recopilara gran parte de la correspondencia de su abuelo. De las otras decisiones de Clemente VII —menos afortunadas, sin duda— hablaremos más adelante.

En mayo de 1521 Maquiavelo hizo una pausa en la redacción de su Historia para representar a Florencia durante el capítulo general franciscano que había de celebrarse en la ciudad de Carpi. Se trataba de una legación de importancia más bien menor, pero vale la pena mencionarla porque puso de manifiesto la complicidad entre Niccolò y Francesco Guicciardini, padre de la historiografía italiana, alto funcionario de los Estados Pontificios y, a la sazón, gobernador de la cercana Módena. Maquiavelo quería divertirse a costa de los franciscanos, y con la ayuda de su amigo hizo creer a los frailes que se hallaba entre ellos por cuestiones trascendentales y secretas. Estos no tuvieron más remedio que creerle: todos los días llegaban desde Módena ballesteros al galope con misivas para Niccolò, misivas en las que los dos amigos iban comentando la jugada y a las que Guicciardini llegó a adjuntar informes diplomáticos de Zurich para hacer bulto. Estamos ante dos mentes privilegiadas —dos gigantes del Rinascimiento—, pero está claro que no se resistían a hacer el idiota de vez en cuando.

Tras la muerte de León X, los oponentes de la casa de’ Medici intentaron aprovechar la coyuntura para retomar tradiciones florentinas de toda la vida: en junio de 1522 fue descubierta en el seno de los Jardines Rucellai una conspiración con respaldo francés para asesinar al cardenal Giulio de’ Medici. En esta ocasión las autoridades consideraron que Maquiavelo no estaba implicado, pero algunos de sus amigos fueron ejecutados y otros, como Buondelmonti, della Palla y Alamanni, tuvieron que huir a Francia. A partir de 1524, y con el círculo de los Jardines Rucellai disuelto, Niccolò empezó a disfrutar de la hospitalidad de Iacopo Falconetti: sus veladas no ofrecían quizá el mismo estímulo intelectual, pero los banquetes eran excelentes. Más allá de eso, solía coincidir en estos encuentros con Barbara «Barbera» Raffacani Salutati, una actriz, cantante y cortesana de la que acabó siendo amante. Maquiavelo era tan consciente como sus amigos de que su enamoramiento por una mujer treinta años más joven tenía cierto componente senil, y para muchos su comedia Clizia —escrita para Falconetti a partir de una farsa de Plauto— no deja de ser Maquiavelo riéndose de sí mismo. La obra, al fin y al cabo, gira en torno a los esfuerzos del decrépito anciano Nicómaco (nótese el juego de palabras) por acostarse con la joven criada Clizia, de la que está locamente enamorado. Sin ser tan brillante u original como La Mandrágora, el estreno de Clizia en enero de 1525 fue un éxito clamoroso que extendió la fama de Niccolò como comediógrafo. Incidentalmente, las piezas que Philippe Verdelot compuso para los entreactos (con letras de Maquiavelo y cantadas por Barbera) están entre los primeros madrigales de la historia.

Con cincuenta y seis años, Maquiavelo ya había dejado de verse a sí mismo como el quondam Segretario de la República florentina, y en una carta de octubre de ese mismo año se autodefine como historiador, cómico y trágico. Pero en las postrimerías de su vida, la Fortuna iba a ofrecerle una última oportunidad de servir a su patria, no como el hombre de letras en el que se había convertido, sino como el hombre de Estado que en su fuero interno nunca había dejado de ser.

Tanto Nomini Nullum Par Elogium

La derrota de Francisco I en la batalla de Pavía (24 de febrero de 1525) abrió un paréntesis en la guerra por la Lombardía que le había enfrentado al emperador Carlos V. Con el rey francés prisionero y camino de Madrid, Clemente VII cerró un acuerdo de protección con el Emperador —pagado por los florentinos— y al mismo tiempo empezó a maniobrar en secreto para frenar el dominio imperial sobre Italia. En enero de 1526 se firmó la Paz de Madrid: a cambio de su libertad, Francisco I renunciaba a cualquier demanda sobre los territorios italianos. En una carta escrita en marzo, Maquiavelo afirmaba lo siguiente:

De manera que yo me atengo a esta opinión: o que el Rey no será liberado, o que, si es liberado, observará lo pactado…

Pero se equivocaba por partida doble, pues Francisco I fue liberado tres días después y el 22 de mayo se uniría a la flamante Liga de Cognac, una alianza contra Carlos V impulsada por el papa y compuesta por los Estados Pontificios, la República de Venecia, el Milanesado y Florencia. En una cosa tenía Niccolò razón, no obstante: «yo pienso que, pase lo que pase, en Italia habrá guerra, y pronto».

En estas circunstancias, la popularidad del Del arte de la guerra no podía sino beneficiar a Maquiavelo. A finales de marzo fue convocado a Roma para discutir sobre el estado de las fortificaciones de Florencia; en abril se le nombró secretario del comité encargado de reforzar las defensas de su ciudad. Y en junio, cuando estallaron las hostilidades en el norte, fue enviado a la Lombardía para supervisar la disciplina de las tropas y hacer de enlace con Francesco Guicciardini, que había sido nombrado teniente general de los ejércitos papales (6). Por esas fechas escribía el propio Guicciardini que

Maquiavelo se encuentra aquí; había venido para reorganizar este ejército, pero, viendo hasta qué punto está corrompido, no confía en obtener ningún mérito. Se conforma en reírse de los errores de los hombres, ya que no los puede corregir…

Aunque los ejércitos italianos cosecharon algunas victorias al principio de la campaña, el retraso de las tropas francesas y los titubeos del papa frenaron a la Liga, que fracasó en su intento de capturar Milán. La situación empeoró el 19 de septiembre: aprovechando que Clemente VII había reducido las defensas de la ciudad, los Colonna (nobleza romana partidaria del Emperador) entraron en Roma, saquearon el Vaticano y obligaron al pontífice a retirar sus tropas de la Lombardía. Dos meses después, y con la Liga a la defensiva, diez mil lansquenetes descendieron sobre Italia sin que los venecianos hicieran nada para impedirlo. Giovanni de las Bandas Negras —el último condottiere— intentó hacerles retroceder a la orilla norte del río Po, pero no tuvo éxito y sucumbió a sus heridas el 30 de noviembre. Aunque el duro invierno ralentizó el avance imperial, a finales de febrero de 1527 las tropas españolas y alemanas retomaron su marcha hacia el sur lideradas por Carlos III, duque de Borbón.

Maquiavelo cabalgó hasta Parma (y más tarde a Bolonia, Ímola y Forlì) para mantener informados a sus superiores de los movimientos del enemigo, cuyas tropas —aun estando mal pagadas y peor alimentadas— mantenían su curso inexorable hacia la Toscana mientras Clemente VII dudaba entre pactar o luchar. Preocupado por la seguridad de su familia, el 2 de abril Niccolò escribía a su hijo Guido:

Saluda a doña Marietta, y dile que yo he estado cada día a punto de partir, y así estoy ahora; y que nunca tuve tantos deseos de estar en Florencia como ahora, pero no puedo hacer otra cosa. Dile solamente que, por más que lo sienta, mantenga el buen humor, que yo estaré allí antes de que suceda cualquier contratiempo…

Lo único que podía interponerse entre Florencia y veintidos mil soldados imperiales era el ejército veneciano del duque de Urbino, que había evitado en todo momento entablar combate con las tropas invasoras y se había limitado a seguirlas desde una distancia prudencial. Para Maquiavelo (y Guicciardini) el problema no era de exceso de prudencia sino de falta de motivación: el Duque solo acudió a defender Florencia cuando los florentinos se comprometieron a entregarle la fortaleza de San Leo (7). Sus fuerzas llegaron el 24 de abril, justo a tiempo para sofocar un levantamiento popular contra los Medici que nos da una idea del estado de ánimo en el que se encontraba la ciudad.

Las tropas del Emperador no contaban con los suministros necesarios para asediar Florencia en esas condiciones, así que aprovecharon la confusión para marchar rápidamente sobre Roma y el 4 de mayo acamparon ante las murallas aurelianas. Del salvaje Saco de Roma se ha escrito mucho, así que seré breve: los soldados de Carlos V asaltaron la ciudad el 6 de mayo, entregándose a una orgía de violencia y destrucción que redujo la población de la ciudad a la mitad, devastó su patrimonio artístico y marcó a fuego el fin del Renacimiento italiano. Maquiavelo recibió noticias de la tragedia estando en Orvieto, donde prestó asistencia a los primeros refugiados antes de desplazarse hasta el puerto de Cittavecchia para organizar una contingente evacuación del papa.

Hay cierta simetría en el hecho de que la carrera política de Maquiavelo —que había comenzado tras la caída de la República de Savonarola en 1498— terminara definitivamente el 16 de mayo de 1527, cuando los florentinos proclamaron una nueva república savonarolista y expulsaron a los Medici (8) de la ciudad. Los esfuerzos de Niccolò por entrar al servicio de la Casa de’ Medici se habían vuelto en su contra: en la nueva República de Florencia no había sitio para él. Derrotado, decepcionado y abatido, cayó enfermo poco después; falleció el 21 de junio rodeado de amigos y familiares.

Cuentan que en su lecho de muerte Maquiavelo tuvo un sueño. En él vio a una fila de personas harapientas y de aspecto miserable: eran los santos y los beatos camino del paraíso. Luego vio a una multitud de personas de porte augusto y nobles atavíos que discutían con elocuencia de cuestiones políticas: eran los condenados al infierno. Al despertar le contó el sueño a sus amigos; confesó que cuando muriera prefería ir al infierno a debatir con filósofos e historiadores antes que aburrirse para toda la eternidad entre santos y beatos.

No sé cómo lo verán ustedes, pero con Maquiavelo en el infierno, la elección está más clara que nunca.

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«No hay elogio digno de semejante nombre». Cenotafio de Maquiavelo en la basílica de Santa Croce, en Florencia. Fotografía: Pierluigi Ruotolo (CC).

BIBLIOGRAFÍA

Además de los libros citados anteriormente (I y II), para esta entrega he consultado las siguientes fuentes:

ALBIAC, Gabriel. Sumisiones Voluntarias. La invención del sujeto político: de Maquiavelo a Spinoza. Madrid: Tecnos, 2011.

GUGLIELMINO, S. GROSSER, H. Il sistema letterario. Guida alla storia letteraria e all’analisi testuale. Quattrocento e Cinquecento. Milano: Principato, 1993.

MACHIAVELLI, Niccolò.

  • Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Arancón, A. M. (trad). Madrid: Alianza Editorial, 1987.

  • Del arte de la guerra. Carrera, M. (trad). Madrid: Tecnos, 1998.

MACDONALD, Don. A biography of Machiavelli in graphic novel form. 2012.Disponible aquí.

SKINNER, Quentin. Maquiavelo. Benavides, M. (trad). Madrid: Alianza Editorial, 2008.

1. Para Maquiavelo la mujer del César no tenía que ser honesta, solo parecerlo.
2. Don MacDonald explica en su blog por qué esta interpretación no se sostiene.
3. La primera década son los diez primeros capítulos del Ad Urbe Condita.
4. En el transcurso de esta legación escribió un Sumario de la corte de la ciudad de Lucca y Vida de Castruccio Castracani, una biografía (muy libre) de un célebre condottiere luqués del siglo XIV.
5. León X había muerto en diciembre de 1521. Tras el breve pontificado de Adriano VI, los Medici se harían de nuevo con el papado en 1523.
6. Ecos del pasado: Giovanni de las Bandas Negras (Capitán General de la infantería de la Liga) era el hijo de Caterina Sforza; Vitello Vitelli (comandante de las tropas florentinas) era sobrino de Paolo y Vitellozzo Vitelli; Francesco Maria della Rovere (duque de Urbino y comandante de las tropas venecianas) era el sobrino de Julio II.
7. La Roca de San Leo, que pertenecía tradicionalmente a los duques de Urbino, había sido tomada por los florentinos en 1516.

8. Y de paso también a los judíos.

Fotografía de portada: Video Villain (CC).


Vida de Maquiavelo (II)

Maquiavelo retratado por Antonio Maria Crespi en el siglo XVII.

Yo la suelo comparar [la fortuna] a uno de esos ríos torrenciales que, cuando se enfurecen, inundan los campos, tiran abajo árboles y edificios, quitan terreno de esta parte y lo ponen en aquella otra; los hombres huyen ante él, todos ceden a su ímpetu sin poder plantarle resistencia alguna. Y aunque su naturaleza sea esta, eso no quita, sin embargo, que los hombres, cuando los tiempos están tranquilos, no puedan tomar precauciones mediante diques y espigones de forma que en crecidas posteriores, o discurrirían por un canal, o su ímpetu ya no sería ni tan salvaje ni tan perjudicial… (El Príncipe, capítulo XXV).

Como venía contándoles en la primera parte de este ensayo, en 1503 tuvo lugar la primera legación de Maquiavelo a Roma. Pero poco antes de partir, este había empezado a trabajar en un proyecto formidable y ambicioso, fruto de la brillante mente de Leonardo da Vinci y con el potencial de doblegar definitivamente a Pisa. ¿De qué se trataba? Lo describiré brevemente, pero sepan que merecería un artículo propio.

Trazado de los canales del Arno (Da Vinci, 1503-1505)

El río Arno nace en los Apeninos y atraviesa Florencia y Pisa antes de desembocar en el mar de Liguria. Esto supuso que cuando los pisanos se rebelaron en 1494, la República de Florencia no solo perdió Pisa, sino también su acceso al mar. Y supuso también que (en los asedios posteriores) esta ciudad contaba con una vía de abastecimiento que Florencia difícilmente podía cortar. Pero a principios de 1503, y en un genial alarde de pensamiento lateral, a Leonardo da Vinci —que hasta hacía muy poco había sido ingeniero militar en jefe de César Borgia— se le ocurrió que si no se podía sacar a los pisanos del río, a lo mejor se podía sacar el río de Pisa: su plan consistía en desviar el Arno hacia un pantano al sur de la ciudad rebelde a través de dos canales, dejándola en dique seco. Además de su utilidad militar, el proyecto haría del Arno un río más navegable y ayudaría a controlar sus peligrosas crecidas. Cabe mencionar que esta no es la primera vez que Florencia intentaba algo parecido: cuenta un historiador de la época que en 1430 Brunelleschi convenció al Gobierno de su ciudad (¡mediante la falsa y engañosa ciencia de la geometría!) de que podía desviar el río Serchio e inundar Lucca, que estaba siendo asediada. En aquella ocasión, sin embargo, lo único que acabó inundado fue el campamento militar florentino.

A pesar de los desafortunados antecedentes históricos, la idea de Leonardo entusiasmó al gonfaloniero vitalicio Soderini, que encargó a Maquiavelo la supervisión del proyecto. La iniciativa fue ganando partidarios, por los posibles resultados que he mencionado pero también —sospecho— por la cara que se les iba a quedar a los pisanos cuando Florencia les dejara sin río. Niccolò y Soderini tardaron casi un año en conseguir que se aprobara la financiación necesaria, pero en agosto de 1504 dos mil jornaleros (protegidos por un millar de soldados) se pusieron finalmente a trabajar a las órdenes del ingeniero hidráulico Colombino, que decidió introducir modificaciones significativas en el proyecto de Leonardo. No está muy claro por qué el propio Da Vinci no se encargó personalmente de dirigir los trabajos, pero quizá fuera porque en esos momento se hallaba ocupado con el fresco de La Batalla de Anghiari y con la Gioconda1. A lo mejor los cálculos de tiempos de Leonardo eran demasiado optimistas o quizá las modificaciones del proyecto fueron contraproducentes, pero en la Cancillería se dieron cuenta enseguida de que los trabajos no estaban progresando adecuadamente y empezaron a preguntarse si Colombino sabía lo que estaba haciendo. El 3 de octubre Maquiavelo explicó a sus superiores que con las reformas adecuadas la situación podía solventarse en siete u ocho jornadas, pero nunca sabremos si tenía razón: ese mismo día una gran tormenta echó abajo los muros de contención de los canales, hundió varios botes que custodiaban la boca del Arno y acabó con la vida de ochenta trabajadores. Cuando a los pocos días de la catástrofe el Consejo de Señores decidió abandonar el proyecto, los pisanos se apresuraron a destruir lo poco que quedaba de los canales. La República de Florencia y la ciudad de Pisa se habían convertido en el Coyote y el Correcaminos del Renacimiento italiano, y en la Señoría no estaban contentos.

Como suele ocurrir en estos casos, resultó que toda Florencia sabía desde el principio que el plan de Leonardo era una locura irrealizable. Soderini y Maquiavelo fueron duramente criticados, así que este último decidió mantener un perfil bajo hasta que las cosas se calmaran. Fruto de estas semanas alejado de la Cancillería es el Decenal, una narración en verso de los últimos diez años de historia florentina. Niccolò es mejor filósofo que historiador —sobre todo si se le compara con Guicciardini— y mejor historiador que poeta; el Decenal, aun siendo poéticamente aceptable, no iba a convertirle en poeta laureado. Los cuatro últimos versos, no obstante, suelen citarse con frecuencia:

Aunque confíe en el piloto diestro,
en los remos, en las velas y en las jarcias,
sería el camino fácil y breve no obstante
si volvierais a abrir el templo a Marte.

El piloto diestro es Soderini. Y el significado de la exhortación a reabrir el templo a Marte está claro: la República de Florencia necesitaba un ejército propio.

La milicia florentina y el papa guerrero

Como buen humanista, Maquiavelo tenía como referencia a los hoplitas de las ciudades-estado griegas y, sobre todo, a los ciudadanos-soldado de la antigua Roma. Como cualquier europeo de la época, sentía además un saludable respeto por la infantería de los cantones suizos, modelo para los lansquenetes alemanes y los tercios españoles. Francia, España, Inglaterra y la República de Venecia llevaban a cabo levas entre su campesinado, y el mismo César Borgia había formado una milicia con campesinos de la Romaña cuando la mayoría de sus capitanes desertaron en 1501. Pero al carecer de ejército propio, Florencia tenía que depender en cambio de tropas mercenarias o extranjeras, tropas que habían demostrado una y otra vez ser muy poco fiables. A lo largo de los últimos años Maquiavelo había tenido sobradas ocasiones de comprobarlo, y es por eso que a principios de 1504 propuso a Soderini crear una milicia florentina formada por campesinos de los alrededores de la ciudad. Pero los optimates, temiendo que se tratara de un plan del gonfaloniero para hacerse con un ejército personal, se opusieron a la iniciativa.

La situación cambió un año después. Tras hacerse con el reino de Nápoles, los españoles planeaban atacar Florencia e instaurar un gobierno Medici que les fuera afín; los franceses se hallaban a la defensiva en el Ducado de Milán y cada vez parecían menos capaces de defender a nadie. Pero el verdadero punto de inflexión tuvo lugar en el verano de 1505, cuando Antonio Tebalducci —veterano hombre de armas florentino y duelista de renombre— dirigió al enésimo contingente mercenario contra los pisanos. Tras varias victorias, el ejército florentino llegó a Pisa, y en septiembre la artillería consiguió abrir varias brechas en las murallas. Pero cuando llegó la hora de asaltar la ciudad, las tropas mercenarias decidieron que eso de la guerra era un asunto muy peligroso, y en dos ocasiones (8 y 12 de septiembre) se negaron a cargar. A Tebalducci le habría gustado ordenar a la artillería que disparara contra sus propios soldados, pero tuvo que conformarse con informar de lo sucedido a la Señoría y el ataque fue suspendido. Maquiavelo aprovechó el resentimiento generalizado contra los mercenarios para impulsar la iniciativa de la milicia y Soderini, esta vez sí, consiguió los apoyos necesarios para comenzar el alistamiento a pequeña escala y en los distritos rurales.

El gélido invierno de 1505 Niccolò lo pasó subido en un caballo, recorriendo aldea a aldea las regiones de Mugello y Casentino, al noroeste y al este de Florencia respectivamente. Sus habitantes atesoraban enemistades seculares con los poblados vecinos, suplementaban sus labores de labranza con el ocasional acto de bandidaje y sentían poca lealtad hacia una república de la que no eran ciudadanos, pero Maquiavelo entrevistó y reclutó a todos los que pudo. El 15 de febrero de 1506 los primeros cuatrocientos reclutas formaron armados y uniformados en la plaza de la Señoría: Luca Landucci escribió en su Diario Florentino que el evento «fue tenido por el más bello espectáculo jamás ofrecido a la ciudad de Florencia». A cambio de la amnistía de sus delitos y la condonación de sus deudas —y tres míseros ducados al mes si eran llamados a filas—, los milicianos mantendrían el orden público en tiempos de paz y lucharían por Florencia en tiempos de guerra. Solo faltaba alguien que liderara a los milicianos y supervisara su adiestramiento: el candidato de Maquiavelo era el infame Michelotto de Corella, otrora mano derecha de César Borgia. De marcadas tendencias homicidas, este hombre de armas valenciano había servido felizmente a Borgia durante años, encargándose entre otros asuntos de organizar la milicia del Ducado de Romaña y de estrangular con sus propias manos a numerosos enemigos de su señor. El nombramiento de Michelotto como bargello (alguacil mayor) el 1 de abril acentuó la paranoia de los optimates, y aunque a finales del verano sus hombres ya se hallaban hostigando a los pisanos, su proceder le enfrentó a menudo con la Señoría.

Julio II, el Papa guerrero (Brugkmair, 1511).

En Romaña, mientras tanto, la República de Venecia y los señores locales habían empezado a llenar el vacío de poder que César Borgia había dejado en la región, que pertenecía de iure al Estado Pontificio. Julio II estaba resuelto a devolver estos territorios descarriados al redil de la Iglesia, por lo que a finales de agosto se puso una armadura y marchó hacia la Romaña al frente de una comitiva que incluía tres mil soldados, nueve cardenales muy desorientados y el coro de la Capilla Sixtina. Maquiavelo abandonó temporalmente las labores de reclutamiento para unirse al séquito de Julio II como representante de la República, lo que le permitió observar las insólitas circunstancias de la toma de Perusa el 13 de septiembre. En el capítulo XXVII de los Discursos, Niccolò escribiría que:

[El papa] quería echar de Perusa a Giampaolo Baglioni, tirano de aquella ciudad, por haber jurado contra todos los tiranos que ocupaban las ciudades de la Iglesia. Llegado a las cercanías de Perusa con esta intención y este propósito conocidos de todo el mundo, no esperó para entrar en aquella ciudad a que su ejército custodiara su persona, sino que entró desarmado, a pesar de que en la ciudad estaba Giampaolo con muchas tropas que había reunido para defensa suya. De esta forma, llevado de aquel furor con el que conducía todas sus cosas, se metió con solo su guardia en las manos del enemigo…

El temerario papa se había puesto a merced de Gian Paolo Baglioni, que tenía mucho que ganar con un golpe de mano al estilo Senigallia. Tal y como señala M. A. Granada en su Antología, desde el punto de vista de Niccolò «la muerte del papa resulta políticamente necesaria y comporta en su siniestra grandeza gloria indeleble», pero Baglioni —fratricida y dado al incesto— no estuvo a la altura y Julio II culminó su campaña militar en Romaña entrando triunfalmente en Bolonia el 11 de noviembre. Ante episodios como este, el científico en Maquiavelo no podía sino preguntarse por qué en política el mismo proceder podía tener resultados distintos, y comportamientos distintos el mismo resultado. En las semanas sucesivas plasmó sus reflexiones en las Fantasías a Soderini (el borrador de una carta) y en el poema Sobre la Fortuna, dos textos que dedicó a Giovanni Battista Soderini, sobrino del gonfaloniero. En ellos Maquiavelo explica que los hombres tienen éxito cuando su naturaleza y talento intrínsecos se hallan en armonía con las circunstancias. No obstante:

puesto que los tiempos y las cosas, particular y universalmente, cambian continuamente, y los hombres no varían su imaginación ni sus modos de proceder, resulta que un mismo hombre tiene durante un tiempo buena fortuna, durante otro tiempo, adversa. Y, en verdad, si existiese alguien tan sabio como para conocer los tiempos y los órdenes de las cosas, y para acomodarse a estos, tendría siempre buena fortuna, o se resguardaría siempre de la mala […] Pero, debido a que estos sabios no se encuentran (al ser los hombres, en primer lugar, cortos de inteligencia y no pudiendo, además, gobernar su propia naturaleza), se sigue que la Fortuna varía y gobierna a los hombres, y los tiene bajo su yugo…

Independientemente de su virtú, todos los hombres —todos los príncipes— están abocados a verse en unas circunstancias a las que no podrán o no querrán adaptarse; abocados, por tanto, al fracaso. Solo se salvan aquellos que mueren antes de que la fortuna les dé la espalda: «se ve al fin que con el pasar del tiempo / pocos son los felices y que ellos murieron / antes de que su rueda atrás tornara / o que girando abajo los portara».

El 1 de noviembre regresó a Florencia. Un mes después fue aprobada la Ordinatio militie florentine, que daba base legal a la milicia y la ponía bajo la autoridad de la recién creada magistratura de los Nueve Oficiales de la Ordenanza y Milicia Florentina. Los Nueve recibieron la orden de reclutar y equipar a una fuerza de diez mil hombres; su primer secretario, nombrado el 10 de enero de 1507, fue Maquiavelo.

La venganza de los optimates

Al principio de su carrera, las relaciones entre Maquiavelo y la clase alta florentina debían de haber sido como mínimo correctas, o de lo contrario nunca hubiera conseguido su puesto en la Cancillería. Pero poco a poco su origen y simpatías populares empezaron a distanciarle de los optimates, un desapego que se vio indudablemente agravado por la propia idiosincrasia de Niccolò. Para él la política era una vocación y un oficio: no tenía paciencia para aquellos mercaderes o aristócratas que, una vez dentro del Gobierno, en el mejor de los casos resultaban ser diletantes y en el peor, arribistas. Biagio Buonaccorsi le aconsejó en más de una ocasión que accediera a contentar a personas que a menudo eran sus superiores, pero su amigo parecía incapaz de tomar parte en lo que hoy llamaríamos política de oficina. Un ejemplo muy conocido de esta actitud se dio durante su primera legación a Roma a finales de 1503, cuando Agnolo Tucci —un alto funcionario del Gobierno florentino y librero de profesión— le exigió cierta información en una serie de misivas arrogantes e inanes que Maquiavelo no se molestó en responder. Tucci se quejó airadamente en la Cancillería, y cuando por fin obtuvo su respuesta, esta fue deliciosamente sarcástica:

He recibido vuestra carta del 21, y aunque no distinguí bien la rúbrica, creo que os reconocí por la grafía y las palabras; […] Y aunque todas estas cosas [la información exigida por Tucci] ya se me hayan preguntado en la correspondencia oficial, y haya ya respondido extensamente a todo (de manera que vos podéis consultarla para asesoraros), para no faltar a mi deber con vos, puesto que me habéis invitado a hacerlo, volveré a responder. Y lo haré en vernáculo, por si aquella correspondencia mía con la Cancillería estuviera en latín, aunque no me lo parece…

Si Maquiavelo se hubiera limitado a burlarse con discreción de la ignorancia y mala caligrafía de individuos como Tucci, el asunto probablemente no hubiera ido a mayores. Pero en una sociedad cada vez más polarizada entre los partidarios de la República popular y los promediceos, ser la mano derecha de Soderini le enfrentó directamente con los próceres florentinos. Los optimates, que se habían opuesto ferozmente a la formación de la milicia, eran muy conscientes de que Maquiavelo era el alma del proyecto, y pronto tuvieron ocasión de vengarse.

Aunque llevaba al frente del Sacro Imperio Romano desde 1493, Maximiliano I de Habsburgo nunca había viajado hasta Roma para ser nombrado emperador por el papa. Cuando en 1507 llegaron a Italia rumores de que el Habsburgo estaba barajando la posibilidad de acudir finalmente a Roma a recoger su corona imperial, en Florencia se desató una tormenta política. Algunos temían que al estar el Sacro Imperio y Francia enfrentados, el viaje se convirtiera en una invasión del Ducado de Milán y puede que incluso de la República Florentina; otros veían una oportunidad para cortar lazos con Luis XII y aliarse con los alemanes. El 19 de junio Soderini decidió enviar a Maquiavelo al Sacro Imperio con un doble objetivo: estimar las probabilidades de que Maximiliano entrara en la península y evaluar sus fuerzas militares. Pero los optimates se opusieron a esta elección: era sencillamente inaceptable que se enviara a la augusta corte imperial a alguien como Niccolò, habiendo en Florencia tantos y tantos jóvenes de alcurnia dispuestos a formarse en las cuestiones de Estado. Así que Maquiavelo se quedó en Florencia, y en su lugar la Señoría envió al aristócrata Francesco Vettori, de alta cuna pero poca experiencia.

Maximiliano I de Habsburgo (Durero, 1519).

Maquiavelo encajó esta humillación como pudo —hay quien atribuye su poema Sobre la ingratitud a este período— y en agosto acudió a Siena para recabar información sobre una legación papal que se dirigía a la corte de Maximiliano para ofrecerle alternativas a su viaje a Roma. Niccolò volvió a Florencia poco después, acompañado por las preocupantes noticias de que la Dieta Imperial (un parlamento formado por los príncipes de los Estados imperiales) se había comprometido a proporcionar al Habsburgo las tropas que había solicitado. En otro orden de cosas, en octubre se vio obligado a prescindir de los servicios de Michelotto de Corella: tanto se habían deteriorado las relaciones del bargello con la Señoría que para evitar problemas futuros alguien llegó a sugerir que «se le arrebatara secretamente la vida». A lo mejor Florencia no tuvo nada que ver —al valenciano no le faltaban enemigos, después de todo—, pero Michelotto fue asesinado tres meses después en las calles de Milán2.

En la corte imperial de Bolzano, entre tanto, Francesco Vettori se estaba viendo sobrepasado rápidamente por los acontecimientos. Sus informes no lograban esclarecer las auténticas intenciones de Maximiliano, del que se rumoreaba que se hallaba en negociaciones con los Medici. Cuando el Habsburgo (irritado por la entente franco-florentina) empezó a exigir a Florencia donativos, Vettori pidió que enviaran a alguien con más experiencia y finalmente Maquiavelo fue despachado a Bolzano el 17 de diciembre. Aun a riesgo de ofender a Luis XII, la Señoría le ordenó que —de juzgar inevitable el descenso de Maximiliano en Italia— comprara la seguridad de Florencia con cincuenta mil ducados. En vez de cabalgar directamente hasta Bolzano, Maquiavelo dio un rodeo pasando por Ginebra y Constanza para observar de primera mano los cantones suizos y el Sacro Imperio, aunque al atravesar la Lombardía tuvo que destruir las órdenes que llevaba para que no cayeran en manos francesas. El 11 de enero de 1508 llegó a la corte imperial, donde entabló una estrecha amistad con Vettori: los dos habían sido instruidos por los mismos maestros, eran compatriotas en una corte hostil y compartían el gusto por las mujeres y la buena vida en general.

Maximiliano quería más dinero del que la Señoría estaba dispuesta a pagar. Niccolò y Vettori alargaron las negociaciones todo lo que pudieron para ganar tiempo, y esta vez parece que temporeggiare funcionó. Harto de esperar a que los venecianos le permitieran atravesar el Veneto, Maximiliano se proclamó «emperador electo» el 4 de febrero y les atacó, pero fue derrotado con tanta contundencia que el 6 de junio se vio obligado a firmar un armisticio y renunciar a varios territorios fronterizos. Con el emperador lamiéndose las heridas, Maquiavelo aprovechó para volver a casa; cuenta Vettori en uno de sus informes que este había empezado a padecer de piedras en el riñón, o quizá una acumulación de humores espesos en la sangre.

Caída y conciliábulo de Pisa

Asaltar Pisa resultaba imposible, así que Florencia decidió someter a esta ciudad mediante el lento pero efectivo método de matar a sus habitantes de hambre. Corsarios genoveses bloquearon sus vías marítimas de suministros, y en verano la milicia florentina se encargó por primera vez de la destrucción de los cultivos pisanos, actividad conocida como guasto. Tan prometedora parecía esta iteración de los esfuerzos florentinos que Luis XII recordó de pronto que la ciudad rebelde se hallaba bajo la protección de Francia desde 1494 y exigió cien mil ducados para mirar hacia otro lado, una manera como cualquier otra de castigar a la República florentina por negociar con el Sacro Imperio. Fernando de Aragón, por su parte, se mostró más comedido: a cambio de mantenerse neutral se conformó con cincuenta mil. Florencia no tuvo más remedio que pasar por caja, pero estrechó el cerco en torno a Pisa.

Cuando en febrero de 1509 Maquiavelo recibió el encargo de supervisar el asedio, no dudó en acudir al frente y dirigir personalmente a un millar de milicianos en primera línea de combate. Sus superiores, alarmados, le instaron a retirarse a un campamento en la retaguardia, pero él respondió que «de haber querido evitar el peligro y el trabajo duro, [se] habría quedado en Florencia». El hambre, entretanto, hacía estragos en la ciudad asediada: el fin amargo y anticlimático de quince años de conflicto llegó a principios de junio con la capitulación de los pisanos. Niccolò estuvo entre los que suscribieron los estatutos de rendición el 4 de junio, y pocos días después entró con las tropas florentinas en Pisa. Para muchos Maquiavelo y su milicia había sido la clave de esta victoria, pero a pesar —o a causa— de su éxito, en los meses siguientes fue acusado anónimamente (algo legal en Florencia) de practicar la sodomía (algo ilegal en Florencia) con cierta dama de afecto negociable conocida como la Riccia, o de estar incapacitado para ocupar sus cargos a causa de las deudas de su difunto padre. Aunque no prosperaron, estas acusaciones son una señal de que los optimates no se habían olvidado de él.

Si bien Florencia estaba en paz, la guerra azotaba el norte de la península. Julio II había afirmado en una ocasión que no descansaría hasta que los venecianos volvieran a ser los humildes pescadores de antaño, y con esa intención había formado a finales de 1508 la Liga de Cambray para acabar con la República de Venecia y repartirse sus restos con Francia, España y el Sacro Imperio. Cegado por el odio, el papa tardó meses en darse cuenta de que con esta alianza los franceses habían salido peligrosamente beneficiados: en febrero de 1510 disolvió la Liga, se alió de improviso con los venecianos e inició los preparativos para una campaña contra Francia. Una guerra entre la Iglesia y los franceses pondría a los florentinos en una situación imposible, por lo que estos empezaron a llevar a cabo intrincados malabarismos diplomáticos para no decantarse por ninguno de los dos bandos. Las tropas papales comenzaron las hostilidades en agosto; Luis XII contraatacó impulsando la convocación de un Concilio de cardenales rebeldes que depusiera a Julio II y eligiera a un papa filofrancés. Por desgracia para Florencia, en enero de 1511 solicitó que este Concilio se celebrara en Pisa.

La Señoría esperó a que Francia concatenara varias victorias contra las tropas véneto-pontificias para aceptar, pensando que así se aseguraban de apoyar al bando ganador. Soderini había escrito a Maquiavelo el año anterior que se un Papa amico non val molto, inimico nuoce assai si bien un papa amigo no vale mucho, enemigo resulta muy dañino»), y es probable que Niccolò recordara esas palabras cuando un iracundo Julio II contrarrestó el conciliábulo de Pisa con la convocación del Quinto Concilio Lateranense y amenazó con excomulgar a Florencia, algo que además de poner en peligro el alma inmortal de sus habitantes dejaría a sus mercaderes sin garantías legales a lo largo y ancho de la cristiandad. Los florentinos intentaron echarse atrás y Maquiavelo cabalgó a matacaballo hasta la corte francesa con ese fin, pero solo consiguió que el concilio cismático se retrasara dos meses y la excomunión fue impuesta en septiembre de 1511. El conciliábulo de Pisa comenzó en noviembre, pero la actitud pasivo-agresiva de los pisanos y el buen hacer de Niccolò llevaron a los cardenales rebeldes a trasladarse a Milán y más tarde a Lión, donde disolvieron la asamblea sin que nadie les hiciera demasiado caso. Esto no apaciguó a Julio II, y a finales de noviembre Maquiavelo echó un vistazo al mapa de Italia y juzgó que era un momento tan bueno como cualquier otro para hacer testamento.

El regreso de los Medici

En octubre de 1511 los Estados Pontificios, la República veneciana, Inglaterra, España y los cantones suizos formaron la Liga Santa, una monstruosa alianza antifrancesa a la que posteriormente también se uniría el Sacro Imperio. Luis XII respondió enviando un gran ejército a Italia para entrar en Roma; a pesar de ganar la cruenta batalla de Rávena el 11 de abril de 1512, los franceses tuvieron que retirarse cuando en junio Fernando el Católico invadió el reino fronterizo de Navarra y los ingleses se dispusieron a atacar el norte de Francia. Los florentinos habían apostado y perdido: las potencias de la Liga reunidas en Mantua decidieron en agosto que el régimen de Soderini tenía que ser abolido.

Giuliano de Medici (Rafael, 1515-1516)

El lector atento habrá notado que desde su expulsión en 1494 los Medici habían sido una presencia ominosa en las lindes de la esfera política florentina, tanteando constantemente en busca de una fisura, un punto débil. Al abandonar la via di mezzo y enemistarse con el papa, la República florentina había brindado a los hijos de Lorenzo el Magnífico la oportunidad que estos habían estado esperando. Tras reivindicar en Mantua el derecho de su familia sobre Florencia, Giovanni de’ Medici (cardenal y legado papal) y su hermano Giuliano pagaron los sueldos atrasados de unos cuantos miles de soldados españoles —liderados por Raimundo de Cardona, virrey de Nápoles— y a mediados de agosto marcharon hacia la Toscana con la bendición de la Liga Santa.

A buen seguro los florentinos pensaron que la suerte les sonreía cuando corrió la voz de que las tropas invasoras acampadas ante Prato (a escasos dieciséis kilómetros de Florencia) carecían prácticamente de suministros. En una carta del 17 de septiembre a una dama desconocida, Maquiavelo describió lo ocurrido:

A todo esto sucedió que el ejército español se había presentado en Prato y realizado un gran asalto. Al no poder rendirlo, su excelencia el virrey comenzó a tratar de un acuerdo con el embajador florentino […] ofreciendo que se daba por satisfecho con una cierta suma de dinero y que la causa de los Medici se remitía a su majestad católica [Fernando de Aragón], quien podía rogar y no forzar a los florentinos aceptarlos en la ciudad…

El virrey presentó su oferta el 28 de agosto: estaba dispuesto a desentenderse de los Medici y llevarse a sus famélicos batallones de vuelta a Nápoles a cambio de pan para sus hombres y treinta mil ducados para sí. No obstante:

… Llegados con esta propuesta los embajadores y referida la debilidad de los españoles, alegándose que se morían de hambre y que Prato resistiría, todo ello suscitó tanta confianza en el gonfaloniero y en la multitud, con cuyo parecer él se gobernaba, que aunque los sabios recomendaban que se aceptara aquel acuerdo [Maquiavelo entre ellos, probablemente], también el gonfaloniero lo retrasó…

Los españoles no estaban para que se les diera largas, y la tarde del 29 de agosto de 1512 tomaron Prato a sangre y fuego. El prestigio de Maquiavelo sufrió un duro golpe cuando los milicianos que defendían la ciudad huyeron como ratas tan pronto como los primeros atacantes escalaron las murallas.

Entonces los españoles, ocupada la ciudad, la saquearon y mataron a sus habitantes en un lamentable espectáculo de calamidad. No voy a referir a vuestra señoría los particulares de todo ello para no causar a su ánimo esta molestia; tan solo diré que allí murieron más de cuatro mil hombres y los demás quedaron prisioneros, siendo obligados a rescatarse de una u otra manera; ni siquiera perdonaron a las doncellas recluidas en lugares sagrados, los cuales se colmaron todos de estupros y sacrilegios…

Mientras las noticias sobre el atroz saqueo de Prato iban llegando a la ciudad, partidarios de los Medici tomaron el Palacio de la Señoría y amenazaron con asesinar al gonfaloniero. Maquiavelo y Francesco Vettori consiguieron negociar su salida: la noche del 31 de agosto Soderini abandonó para siempre su ciudad, a la que no volvería jamás. Al día siguiente Giuliano de’ Medici entró en Florencia como un ciudadano privado; después de dos semanas de equilibrio político inestable —seguidas por un golpe de Estado incruento pero eficaz— el poder pasó a manos de su familia. En el nuevo régimen no había sitio para aquel que había sido el hombre de confianza de Soderini, y el 7 de noviembre a Niccolò se le privó de todos sus cargos. Lo sucesivo solo puede interpretarse como un acto de ensañamiento: en las dos semanas siguientes se le prohibió entrar en la Cancillería o abandonar los confines de la República; también le fue impuesta una desmesurada fianza de mil ducados que solo pudo reunir gracias a la generosidad de sus amigos.

Lo peor, no obstante, estaba por llegar. En febrero de 1513 unos jóvenes florentinos idealistas e ineptos trazaron un plan para asesinar a Giuliano de’ Medici, pero a uno de ellos se le cayó un papel con los nombres de posibles aliados y la conspiración fue descubierta. El de Maquiavelo era el séptimo nombre de la lista, y eso bastó para que el 18 de febrero se le enviara a prisión con el resto de implicados, donde las autoridades intentaron —tortura mediante3— arrancarle sin éxito una confesión. Los líderes de la conjura fueron ejecutados, y no sabemos qué habría sido de Niccolò de no ser por la oportuna muerte de Julio II y la elección de Giovanni de’ Medici (en lo sucesivo León X) como nuevo pontífice. En Florencia se declaró un indulto general como parte de los festejos, y el 11 o 12 de marzo Maquiavelo fue puesto en libertad. Pocos días después daba noticias suyas a Vettori, que había sido nombrado embajador en la corte papal y se hallaba ya en Roma.

Y cada día vamos a casa de alguna muchacha a reponer las fuerzas, y ayer mismo estuvimos viendo pasar la procesión en casa de Sandra di Pero. Y así vamos contemporizando con esta felicidad universal, disfrutando de este resto de vida que me parece estar soñando…

Su alivio acabaría por dar paso a la amargura. El nuevo régimen desconfiaba de él, su carrera (en la que cifraba su identidad) había sido aniquilada y contaba con muy pocos medios para mantener a su mujer e hijos. A finales de abril Maquiavelo se retiró con su familia a Sant’Andrea in Percussina, una pequeña aldea a doce kilómetros de Florencia en la que había heredado de su padre una modesta finca. Daba comienzo así el periodo que él mismo llamaría post res perditas: «después de haberlo perdido todo».

(Continúa)

BIBLIOGRAFÍA (II)

Además de los libros citados anteriormente, para esta entrega he consultado las siguientes fuentes:

INSTITUTO ITALIANO DELL’ ENCICLOPEDIA. Dizionario Biografico degli Italiani. 1960. Disponible aquí.

LANDUCCI, Luca. Diario fiorentino dal 1450 al 1516. 1883.Disponible aquí.

MASTERS, Roger D. Fortune is a River: Leonardo Da Vinci and Niccolo Machiavelli’s Magnificent Dream to Change the Course of Florentine History. Nueva York: Free Press, 1998.

1Curiosamente, son muchos los que han observado que el paisaje a espaldas de la Gioconda es muy similar al del valle del Arno.

2César Borgia había muerto en combate unos meses antes, víctima de una emboscada cerca del castillo de Viana.

3Seis sesiones de garrucha, que es un poco como Pilates.

Imagen de portada: Robert Scarth (CC).


Vida de Maquiavelo (I)

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Fotografía: Joshua Schnable (CC).

En estos tiempos de antipolítica rampante resulta particularmente oportuno evocar la figura de Nicolás Maquiavelo, padre de la ciencia política moderna y epítome del hombre renacentista. Con el quinto centenario de El príncipe todavía reciente, Jot Down les propone un recorrido por la biografía de su autor: la obra lúcida, quirúrgica y perspicaz de Maquiavelo es el producto de una vida intensa y agridulce en la que tuvo ocasión de estudiar de primera mano los sucesos y protagonistas de una de las épocas más apasionantes de la historia. Sirva pues el siguiente ensayo para repasar los triunfos y fracasos de un hombre muy poco maquiavélico que nunca dejará de ser nuestro contemporáneo.

… Con todo, si os pudiera hablar en persona, no podría evitar llenaros la cabeza de elucubraciones, porque la Fortuna ha hecho de tal manera que, no sabiendo razonar ni del arte de la seda, ni del arte de la lana, ni de las ganancias o pérdidas, me convenga razonar de los asuntos de Estado… (Carta de Maquiavelo a Francesco Vettori, 9 de abril de 1513).

Niccolò Machiavelli, hijo de Bernardo de Niccolò Machiavelli y Bartolomea de Nelli, nació en Florencia el 3 de mayo de 1469. Los Machiavelli llevaban más de dos siglos viviendo en la región, y doce gonfalonieros de Justicia1 habían llevado ese apellido. «Viviré tal como vine, que nací pobre y antes aprendí a fatigar que a disfrutar»: palabras del propio Maquiavelo, que sin embargo exagera. Su padre Bernardo pertenecía a una rama de la familia venida a menos y había contraído fuertes deudas, pero las rentas de sus terrenos y propiedades permitían a su familia2 vivir con relativo desahogo. El hecho de pertenecer al poderoso gremio de Abogados de Florencia le proporcionaba útiles contactos en la Cancillería florentina, y posiblemente también en los círculos mediceos.

Maquiavelo fue instruido en gramática, aritmética y latín; leyó a Aristóteles, Cicerón, Ptolomeo, Boecio y Tito Livio. No se tiene constancia de ningún suceso particularmente notable en su niñez, pero mientras el pequeño Niccolò empezaba a familiarizarse con las ideas y nociones de los grandes pensadores de la Antigüedad —sobre las que apuntalaría más adelante sus obras capitales—, en Florencia e Italia se sucedían acontecimientos decisivos.

Décadas más tarde, ya en su vejez, Maquiavelo describiría con detalle en la Historia de Florencia la conspiración de los Pazzi, un complot antimediceo con respaldo papal que tuvo lugar en Florencia el 26 de julio de 1478. Durante la misa mayor del Duomo, los Pazzi cosieron a puñaladas a Giuliano de’ Medici e hirieron a su hermano Lorenzo; mientras tanto, el arzobispo de Pisa intentaba asaltar el Palacio de Florencia. No sabemos si Niccolò estaba en el Duomo esa mañana, pero lo que es seguro es que en los días sucesivos no pudo evitar ser testigo de la venganza extremadamente pública de los Medici sobre los conspiradores, cuyos cadáveres —incluyendo el del arzobispo— colgaron durante días de las ventanas del Palacio. El asesino de Giuliano, que a pesar de huir a Turquía no logró escapar de la ira de Lorenzo el Magnífico, fue colgado un año después; tuvo el honor de ser bosquejado post mortem por Leonardo da Vinci.

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Bernardo Baroncelli, asesino de Giuliano de’ Medici, retratado por Da Vinci en 1479. When you play the game of thrones, etc.

Aunque el papa Sixto IV emitió un interdicto contra Florencia y venció a los florentinos en la batalla de Poggio Imperiale, los Medici salieron reforzados de esta crisis y afianzaron su control sobre los mecanismos de gobierno de la ciudad. Pero Lorenzo el Magnífico moriría en 1492, y después de la humillante capitulación de su hijo Piero ante Carlos VIII de Francia en 1494, los florentinos expulsaron a los Medici de su ciudad y proclamaron una república lastrada desde el primer momento por las luchas entre las familias patricias (los optimates) las clases populares. El vacío de poder resultante fue llenado por Girolamo Savonarola, un profeta y predicador que afirmaba hablar con Dios y que consiguió convertir Florencia —corrupta a todos los niveles— en una verdadera república teocrática imbuida de fervor religioso. Cuatro años y varias hogueras de las vanidades después, Savonarola fue condenado por hereje y ejecutado en la plaza de la Señoría: según Maquiavelo (que no se contaba entre sus seguidores) Savonarola cometió el error de no recurrir a la fuerza para mantener firme la fe de sus seguidores, de ser un profeta desarmado. Curiosamente, a mediados del siglo siguiente Calvino se haría con el control de Ginebra a través de la religión, y al usar el miedo y la fuerza para conservarlo, lo mantuvo hasta su muerte.

Maquiavelo, secretario

Nos hallamos en el año 1498, y arrecian vientos de cambio en Florencia. Maquiavelo, que había intentado anteriormente y sin éxito conseguir una plaza en el Gobierno de la ciudad, fue nombrado secretario de la Segunda Cancillería —encargada de cuestiones bélicas y de política interna— en junio, y secretario de los Diez para la Libertad y la Paz —un comité ejecutivo para asuntos diplomáticos y militares— en julio. Acababa de cumplir veintinueve años.

Como secretario florentino, Maquiavelo redactaba informes y componía misivas para la Señoría y los Diez, pero también (como veremos a continuación) llevaba a cabo misiones diplomáticas de gran importancia ante reyes y papas. Si el trato que se da a los subalternos es una buena medida de la valía de un hombre, Niccolò resulta sobresaliente: sus subordinados en la Cancillería lo tenían en alta estima, y a través de sus ojos podemos ver a un hombre agudo, ingenioso y vivaz que conservaría la amistad de muchos de ellos a lo largo de toda su vida. Uno de sus ayudantes era Agostino Vespucci —primo del explorador Amerigo Vespucci—, y en una carta de 1502 le escribía con familiaridad que «así que ya ves adónde te lleva ese espíritu tuyo, tan ávido de cabalgar, correr de aquí para allá, y marcharse. Te culparé a ti, y no a otro, si ocurre algún incidente». Y es que siempre que tenía ocasión se subía al caballo y dejaba atrás la burocracia de la Cancillería para representar los intereses de su ciudad en el extranjero.

Su labor durante sus primeros años al frente de la Segunda Cancillería se encuadra en el contexto de la guerra contra Pisa, que había pertenecido a los florentinos durante casi un siglo hasta que en 1494 Piero de’ Medici cedió la fortaleza de la ciudad a Carlos VIII para su campaña italiana. Cuando en 1496 los franceses vendieron la fortaleza a los pisanos —que se declararon de inmediato independientes— en vez de devolvérsela a Florencia, la reconquista de Pisa se convirtió en la máxima prioridad de la Señoría. Al no contar con un ejército propio, los florentinos dependían de tropas mercenarias, pero los condottieri (que se estaban quedando obsoletos rápidamente) no eran precisamente honestos ni leales y tenían la fea costumbre de exigir a mitad de campaña más dinero del acordado. Sea como fuere, el nombramiento de Maquiavelo como secretario coincidió con el de Paolo Vitelli —reputado capitán mercenario— como capitán general de los ejércitos florentinos.

Su primera misión como legado tuvo lugar en noviembre de 1498, cuando se le envió a Piombino a reclutar a Jacopo Appiani, señor de esa ciudad y condottiere. Y cuando en marzo de 1499 Jacopo revisó al alza el precio de sus servicios y pidió cinco mil ducados más, Maquiavelo acudió al campamento militar florentino en Pontedera para, con tacto y diplomacia, darle largas y conminarlo a cumplir con su deber. Es importante mencionar que ganar tiempo dando largas y ofreciendo promesas vacías (temporeggiare) era, para irritación de Niccolò, la estrategia diplomática favorita de la Señoría. Tuvo éxito, y en julio de ese mismo año viajó a Forlì para llevar a cabo una tarea similar ante la legendaria Caterina Sforza. El contrato entre Florencia y la compañía mercenaria de su hijo Ottaviano había expirado: a cambio de su renovación Sforza exigía a los florentinos el compromiso formal de defender Forlì ante la expansión de los Borgia en Romaña. La Señoría no tenía ninguna intención de enfrentarse a César Borgia (ni a su padre, el papa Alejandro VI), así que Maquiavelo regresó a la Cancillería sin brindar el apoyo de Florencia a Caterina. César Borgia tomaría Forlì seis meses después.

A principios de agosto la artillería florentina consiguió abrir varias brechas en las murallas de Pisa. La toma de la ciudad era inminente, y en Florencia se empezó a discutir cómo castigar los tres años de rebeldía pisana. Pero pasaron los días y el asalto no tuvo lugar: las tropas atacantes se pudrían en los pantanos que rodeaban la ciudad mientras Vitelli hacía caso omiso de las órdenes que le llegaban desde Florencia y aducía ora un brote de malaria entre sus filas, ora lluvias torrenciales. A principios de septiembre dio la orden de levantar el asedio y los florentinos, que habían gastado ingentes sumas de dinero para nada, sospecharon que Vitelli había sido sobornado por los pisanos, los venecianos o los milaneses. El 30 de septiembre fue aprehendido y torturado: al día siguiente se le ejecutó sumariamente. También se intentó capturar a su hermano Vitellozzo, pero este consiguió escapar y juró venganza. Volveremos a hablar de él.

Fueron muchos, incluso dentro de la Cancillería, los que cuestionaron la culpabilidad de Paolo Vitelli, pero Maquiavelo no era uno de ellos y su irritación por todo este asunto quedó patente. En una carta a un canciller de Lucca que había criticado el proceder de Florencia, escribió sobre Vitelli que:

o por no haber querido (por corrupción) o por no haber podido […] por su culpa han surgido innumerables inconvenientes para nuestra empresa: y tanto un error como el otro, o los dos juntos (que pudiera ser el caso), merece un castigo sin fin…

Y terminó la carta así:

… Solo os recordaré que nos os alegréis demasiado de los acuerdos que, según decís, se están fraguando; y máxime, sin conocer los contraacuerdos que hay en marcha. Y os aconsejo, fraterno compañero, que, cuando en el futuro queráis secundar vuestra pérfida naturaleza, ofendiendo sin que os reporte ninguna utilidad, ofended de modo que, al menos, se os pueda considerar más juicioso.

Pullas aparte… ¿A qué contraacuerdos se refería Maquiavelo?

Primera legación a Francia

Mientras Vitelli hacía como que asediaba Pisa, los ejércitos de Luis XII (sucesor de Carlos VIII) cruzaron los Alpes para hacer valer los derechos dinásticos de su soberano sobre el Ducado de Milán y el Reino de Nápoles. Aprovechando la presencia francesa en Italia, los florentinos se aliaron con Luis XII: a cambio de la colaboración de los florentinos en la invasión del Reino de Nápoles y cincuenta mil ducados, el rey francés se comprometía a defender Florencia de sus enemigos y proporcionar tropas suficientes para tomar Pisa de una vez por todas.

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Florencia y alrededores, 1494 aprox. (Shepherd, 1923)

Estas tropas (quinientos lanceros gascones y cinco mil mercenarios suizos) no se apresuraron en llegar a Pisa. De camino se desviaron para saquear Bolonia y otras ciudades de Emilia; en Toscana derrocaron al marqués Alberigo, señor de Massa y aliado de Florencia. Llegados a Pisa en junio de 1500, se dedicaron a saquear por los alrededores lo poco que quedaba por saquear, y cuando por fin se unieron al asedio y abrieron una brecha en las defensas… se amotinaron. Algunos gascones desertaron y otros se retiraron hacia Florencia; los suizos secuestraron al comisario florentino Luca degli Albizzi y pidieron rescate por él. La Señoría decidió levantar el asedio, se negó a acuartelar a las tropas francesas en su territorio y envió a Maquiavelo (que había sido testigo de estos lamentables sucesos) a la corte francesa para que defendiera los intereses de Florencia ante Luis XII. El 26 de julio llegó a Lyon.

Esta no fue una legación fácil para Niccolò: su padre Bernardo había muerto en mayo y su hermana Primavera fallecería en octubre. Además de esto, los fondos proporcionados por la mezquina Cancillería eran insuficientes, así que para seguir a la corte itinerante tuvo que pagar de su humilde bolsillo —endeudándose— transporte, alojamiento, sirvientes y mensajeros. Pero lo peor fue comprobar que en la obra de teatro que era la corte francesa, Florencia era un personaje muy secundario. Esto es lo que escribió el 27 de agosto en un informe a sus superiores:

… [A Luis XII y sus consejeros] les ciega su propio poder y la ganancia inmediata, y solo tienen en cuenta a aquellos que están armados o están dispuestos a pagar. Esto perjudica gravemente a Vuesas Señorías, porque a sus ojos no cumplís ninguno de estos requisitos. […] Os llaman Ser Nihilo [Don Nadie] […] y achacan la mala conducta de sus tropas a vuestro mal gobierno…

Luis XII, aun estando dispuesto en un primer momento a compensar a los florentinos, terminó exigiéndoles los treinta y ocho mil ducados que había pagado por los mercenarios suizos. Florencia, al no disponer de los medios para hacerse respetar, no sería respetada. Maquiavelo explicó la situación a la Señoría una y otra vez, pero los líderes florentinos creían que podían dar largas al rey francés como si fuera un Jacopo Appiani cualquiera y solo accedieron a pagar cuando Luis XII dejó claro que aunque prefería recuperar su dinero por las buenas, si no tenía más remedio lo haría por las malas.

Maquiavelo abandonó la corte francesa el 12 de diciembre. En una de sus últimas conversaciones con Georges d’Amboise, cardenal de Rouen y principal consejero del rey, este le dijo que los italianos no entendían de guerras. Puede ser —replicó Niccolò—, pero los franceses no entendían de asuntos de Estado. En su campaña para conquistar el Reino de Nápoles, Luis XII se había aliado con sus competidores (los venecianos, el Reino de Aragón y el papa Alejandro VI) y estaba alienando a las pequeñas potencias (Florencia, Forlì, Bolonia, etc.), cuando debería estar haciendo lo contrario. Y no se equivocaba, porque Fernando el Católico acabó arrebatando el Reino de Nápoles a los franceses en 1504.

Las buenas prácticas de César Borgia

Parafraseando a Dante, la guerra siempre estuvo en el corazón de los tiranos de la Romaña. Aunque técnicamente debían lealtad al Papado, los señores feudales de la región rechazaban el yugo de Roma y dedicaban sus energías restantes a luchar entre sí. Pero con el apoyo de su padre y de Luis XII, César Borgia (apodado el Valentino) llevó a cabo una campaña militar despiadada y eficiente, derrocándolos o sometiéndolos uno a uno hasta hacerse con el control de la zona. En 1501, y habiendo sido nombrado duque del flamante Ducado de Romaña, volvió la mirada a sus vecinos florentinos, debilitados por la campaña contra Pisa. En el marco de una expedición contra Piombino, Borgia exigió a Florencia permiso de paso para sus tropas, y una vez en Toscana intimidó a los gobernantes florentinos para que le contrataran como condottiere. La Señoría, en un alarde de temeridad poco menos que suicida, acabaría rompiendo el contrato tras llegar a un acuerdo de protección con los franceses. César Borgia, por cierto, conquistó Piombino pocos meses después.

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César Borgia retratado por Melone c. 1513.

Maquiavelo, mientras tanto, había encontrado tiempo entre misión y misión para casarse con Marietta Corsini en agosto de 1501. Aunque no fue el amor de su vida —y no fue ni mucho menos un marido fiel— sentía por ella afecto sincero y se preocupó siempre por su bienestar y el de los seis hijos que tuvo con ella. Pero los asuntos de la Cancillería lo mantenían alejado de casa y había una crisis en ciernes: los habitantes de Arezzo se alzaron en armas contra el control florentino en junio de 1502 y, tras pedir la ayuda de nada más y nada menos que Vitellozzo Vitelli, lo recibieron en su ciudad como a un libertador. Por si esto no fuera lo suficientemente grave, en esos momentos Vitellozzo se hallaba al servicio de César Borgia.

Los pueblos florentinos en los alrededores de Arezzo se convirtieron en el objetivo de las salvajes incursiones de Vitellozzo, que contaba con el respaldo de Piero de’ Medici. César Borgia, al mismo tiempo que afirmaba que el capitán mercenario estaba actuando por su cuenta, exigía que Florencia adoptara un gobierno del que se pudiera fiar y amenazaba con restablecer a los Medici por la fuerza. Solo la consumada habilidad de la Cancillería para ganar tiempo y la providencial intervención de Francia salvaron a la República florentina: el Valentino se vio obligado a tirar de la correa de Vitellozzo y la rebelión de Arezzo fue contenida. A raíz de esta crisis (que había puesto de manifiesto la fragilidad sistémica de la República) y a pesar de ciertas reticencias entre los optimates, en Florencia se decidió que el cargo de gonfaloniero pasara a ser vitalicio. Hasta este momento el gonfaloniero era poco más que el primus inter pares de un Consejo de Señores que iba renovándose cada dos meses: poco tiempo para familiarizarse con los rudimentos del gobierno, pero suficiente para verse tentado a dejar los problemas correr hasta la elección del siguiente Consejo.

Piero Soderini fue elegido gonfaloniero vitalicio el 20 de septiembre de 1502. Una de las primeras misiones que encomendó a Maquivelo fue la de viajar a Ímola el 6 de octubre para mantenerle informado de los movimientos e intenciones de César Borgia, pues el Valentino nunca estaba muy lejos de los pensamientos de una República que lo despreciaba, odiaba y temía a partes iguales. Entre otros motivos, Soderini le eligió porque ya había tratado con Borgia en el pasado: Maquiavelo había acompañado a Francesco Soderini (obispo de Volterra y hermano del nuevo gonfaloniero vitalicio) en la legación que fue enviada a Urbino a negociar con el duque de Romaña durante la crisis de Arezzo. Fue precisamente durante la legación a Urbino cuando Niccolò, en una carta al Consejo de los Diez, había descrito a Borgia con estas palabras:

Este señor es muy espléndido y magnífico y en las armas es tan animoso que no hay gran cosa que le parezca pequeña, y por gloria y por conquistar Estado no descansa jamás ni conoce la fatiga o el peligro. Llega a un sitio antes de que se pueda oír su partida del lugar de donde se va; se hace apreciar por sus soldados; ha enrolado los mejores hombres de Italia, cosas todas ellas que lo hacen victorioso y temible, a lo que se añade una perpetua buena fortuna…

No, parece que Maquiavelo no odiaba ni despreciaba a César Borgia. Y si lo temía no dio muestras de ello cuando al llegar a Ímola el 7 de octubre se presentó de inmediato ante el duque de Romaña con la ropa de montar todavía puesta y noticias sobre una conspiración contra él: algunos aliados de los Borgia (los Orsini y varios condottieri) habían empezado a preguntarse si eran tan imprescindibles como pensaban y anticipándose a una traición que imaginaban inminente planeaban acabar con el duque. Es evidente que el Valentino estaba al tanto de esto y Maquiavelo lo sabía, pero difícilmente podía hacerse una idea de sus propósitos preguntándole directamente por sus planes.

Los conspiradores habían solicitado el apoyo de Florencia; César Borgia no tardó en hacer lo mismo. Niccolò recomendó a la Cancillería que la República se pusiera del lado del duque de Romaña, pero lo que se le ordenó es que no se comprometiera a nada y temporeggiara todo lo que pudiera. Previendo una legación larga, encargó a su amigo y colega Biagio Buonaccorsi un cargamento de vino y una copia de las Vidas de Plutarco, así como una capa de terciopelo y damasco (con gorro a juego) para causar una mejor impresión en la corte de Ímola. «Espero que te quede bienle escribió Biagio el 21 de octubre, tras encargarla—; si no, ráscate el culo». Aunque a lo largo de los meses siguientes Maquiavelo solo pudo hacer partícipe a Borgia de los buenos —y vacuos— deseos de la Señoría, los hechos que presenció durante esa legación dejarían una marca indeleble en su concepción de la política.

El Valentino entabló negociaciones con los conjurados y a finales de octubre ambos bandos firmaron un acuerdo de paz. Y cuando la brutalidad de Ramiro de Lorca, gobernador de la Romaña, empujó a los campesinos de la comarca al borde de la rebelión, Borgia lo mandó ejecutar. El 26 de diciembre, Maquiavelo escribía a sus superiores lo siguiente:

El señor Ramiro ha sido encontrado esta mañana partido en dos pedazos en medio de la plaza y allí está todavía. Todo el pueblo lo ha podido ver. No se sabe bien la causa de su muerte, excepto que así lo ha querido el príncipe, que muestra saber hacer y deshacer a los hombres a su antojo y según sus merecimientos…

Con este gesto prácticamente teatral Borgia se ganó el amor y la admiración de sus súbditos; a nadie pareció importarle que Ramiro se hubiera limitado a obedecer fielmente las órdenes de su señor. Y aquellos que intuían que el Valentino había empezado a albergar dudas sobre la lealtad de Ramiro… puede que captaran un destello de lo que estaba por venir.

Esa misma mañana César Borgia partió de Imola con su ejército y se dirigió a la ciudad adriática de Senigallia, que los conjurados acababan de tomar en su nombre como ostensible gesto de reconciliación. Borgia llegó a Senigallia el 31 de diciembre: lo que ocurrió a continuación sería narrado por Maquiavelo —que presenció los hechos— en su Descripción de cómo procedió el Duque Valentino para matar a Vitellozzo Vitelli, Oliverotto da Fermo, Paolo Orsini y al Duque de Gravina Orsini. En una maniobra magistral, César Borgia separó a los conjurados de sus tropas, a las que acto seguido atacó por sorpresa y masacró. A Vitellozzo y Oliverotto se les dio garrote esa misma noche; los dos Orsini fueron ejecutados pocos días después. Alejandro VI, por su parte, encerró al cardenal Giambattista Orsini en las profundidades de Castel Sant’ Angelo, donde murió envenenado. Para Maquiavelo, César Borgia había devenido en el paradigma de líder virtuoso —estando el concepto de virtú maquiaveliana desligado de cualquier connotación moral, ojo—. El futuro de Borgia se le antojaba prometedor, pero en su siguiente encuentro, que habría de ser el último, las circunstancias habían cambiado radicalmente.

El mismo brote de malaria (o el mismo veneno) que acabó con el papa Alejandro VI en agosto de 1503 dejó al Valentino postrado en su lecho y al borde de la muerte, incapaz de contener el expansionismo veneciano, hacer frente al oportunismo de los caciques de la Romaña o tomar parte activa en la elección del nuevo pontífice, Pío III. Es posible que Borgia hubiera podido sobreponerse de algún modo a este revés de la suerte, pero cuando el nuevo papa murió a los veintiséis días de ser elegido, el Valentino cometió el error de apoyar en el siguiente Cónclave al cardenal Giuliano della Rovere, enemigo jurado de su familia. Este había prometido al Valentino favor y fondos a cambio de los votos de los cardenales españoles; según Maquiavelo, que se hallaba en Roma desde finales de octubre desempeñando labores diplomáticas, «el Duque se deja llevar por esa animosa confianza suya y cree que las palabras de los demás han de ser más firmes de lo que han sido las suyas». Mientras el Ducado de Romaña se desmoronaba, della Rovere fue elegido papa a finales de octubre y adoptó el nombre de Julio II. El Valentino se dispuso a retomar el control sobre sus dominios y solicitó a la República de Florencia permiso de paso para sus tropas, pero la Señoría (por boca de Niccolò) retrasó su concesión para finalmente denegárselo. El Borgia colérico e impotente con el que trató Maquiavelo en ese noviembre de 1503 poco tenía que ver con aquel «señor espléndido y magnífico» que tanto le había impresionado hace un año:

[El Duque] dijo […] que […] ya no quiere ser engatusado más por vosotros, sino que piensa poner con su mano lo que le queda en manos de los venecianos, y cree que pronto verá vuestro Estado arruinado y él se reirá de ello; y que los franceses o bien perderán el reino o estarán tan ocupados que no os podrán ayudar. Y aquí se extendió con palabras llenas de veneno y de pasión. A mí no me faltaba materia con que responderle ni tampoco me habrían faltado palabras; sin embargo, tomé la decisión de irle calmando y con la mayor habilidad que me fue posible me separé de él, que me pareció una eternidad… (Carta de Maquiavelo al Consejo de los Diez, 6 de noviembre de 1503).

Sea como fuere, Julio II no tardó en renegar de su promesa: mandó encarcelar al Valentino el 23 de noviembre, le despojó de sus títulos y puso fin a su andadura en Italia. Como señala Blanca Llorca (2010), la desilusión que Niccolò experimentó a raíz de la rápida caída de Borgia lo llevó a replantearse los principios políticos que había empezado a formular en sus escritos, dado que, para someter a la fortuna, la virtú parecía ser una condición necesaria pero no suficiente. Pero lo que estaba claro es que en un mundo imprevisible en el que el mismo papa no tenía reparos en pasarse por el cíngulo los principios morales, cualquier gobernante que mereciera serlo debía estar dispuesto a hacer lo mismo.

Quiero imaginar que la decepción de Maquiavelo se vio atenuada por las noticias que recibió desde Florencia en noviembre: su esposa Marietta había dado a luz a su primer hijo varón. Este es un fragmento de la única carta escrita por Marietta que se conserva, con fecha del 24 de noviembre:

El bebé está bien y se parece a vos. Es blanco como la nieve, pero su cabeza parece de terciopelo negro […]. Como se asemeja a vos, paréceme bello. Es avispado como si llevara un año en el mundo, y abrió los ojos nada más nacer y llenó de estrépito toda la casa…

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Retrato de Maquiavelo de Santi de Tito en la segunda mitad del siglo XVI.

(Continuará)

BIBLIOGRAFÍA

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  • Epistolario privado: las cartas que nos desvelan el pensamiento y la personalidad de uno de los intelectuales más importantes del Renacimiento. Forte, J. M. (ed. y trad.). Madrid: La Esfera de los Libros, 2007.
  • Il Principe. Milano: Bur, 2000.
  • El Príncipe. Granada, M. A. (ed. y trad.).Madrid: Alianza Editorial, 1981.
  • The Historical, Political, and Diplomatic Writings of Niccolo Machiavelli. Detmold, C. E. (tr). 1882.Disponible aquí.

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LLORCA, Blanca. «Maquiavelo, César Borgia y las mille mutazioni». Ingenium. Revista Electrónica de Pensamiento Moderno y Metodología en Historia de la Ideas. 2010. Disponible aquí.

1Uno de los integrantes de la Señoría, órgano de gobierno de Florencia.

2Maquiavelo tenía tres hermanos: Primavera, Margherita y Totto.

Fotografía de portada: Jay8085 (CC).


Stefan Zweig: Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia

Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia
Stefan Zweig
Traducción de Berta Vias Mahou
Acantilado Editorial

¿Qué puede llevar a toda una ciudad como Ginebra, con una larga tradición democrática, con unos ciudadanos acostumbrados a regirse por sus propias leyes, elegidas por orgulloso referéndum a mano alzada, a doblegarse ante la voluntad de un solo hombre, extranjero para más inri? No hablo de una sumisión forzada por la derrota militar sino de una docilidad voluntaria, propiciada primero por la inseguridad y luego apuntalada por el miedo. Hablo del férreo gobierno que instauró Calvino y que llevó a la ciudad suiza a un puritanismo modélico, a un extremo rigorismo que cumpliese con las severísimas exigencias del maestro, y a la persecución implecable del disidente, lo que condujo a la primera quema de un hereje de la fe reformada, Miguel Servet, y al acoso de uno de los mayores humanistas de la época: Sebastian Castellio.

Son admirables la inteligencia y determinación de Calvino a la hora de hacerse con el poder en Ginebra. Genial manipulador y estratega, sabe cómo contaminar la autoridad civil con la religiosa para hacerse dueño de ambas. Su raíz puritana pronto se deja sentir en todos los aspectos de la vida cotidiana: se prohíben las conversaciones ligeras, los libros que no sean obras piadosas (y, dentro de estas, solo las autorizadas por Calvino), los peinados demasiado largos, las ropas vistosas, los bailes, las fiestas, los juegos… Todo signo de alegría y de vida es suprimido. El control de los ciudadanos —¿mejor decir fieles?— alcanza niveles de virtuosismo gracias a una amplia red de delatores y espías que informan puntualmente de cualquier desviación de la doctrina. La diplomacia ginebrina da fiel noticia al maestro Calvino de las convulsiones en el extranjero.

A este espíritu fanático e intransigente se opuso, obligado por las circunstancias y por la firmeza de sus creencias, otro espíritu simétricamente opuesto. Sebastian Castellio era un erudito al que apasionó la polémica que levantó Lutero en toda Europa acerca de la libre interpretación de la Escritura. La inteligencia abierta y tolerante de Castellio enseguida fue ganada para la causa protestante, dedicandose nada menos que a una nueva traducción de la Biblia al francés y al latín. Buscando un lugar donde imprimir la primera parte de su trabajo, se alejó del ambiente francés, hostil a los protestantes, y fue a dar en ese bastión del reformismo llamado Ginebra. Por si fuera poco, Castellio y Calvino habían coincidido brevemente de estudiantes, cuando este último era un ferviente partidario de la libertad de conciencia, por lo que el humanista confiaba en disponer con presteza del imprimátur. Cuál no sería su sorpresa cuando Calvino contestó a sus requerimientos pretendiendo introducir cambios en su traducción de la Biblia. Y es que la traducción de Castellio reconocía su ignorancia en algunos puntos oscuros del texto sagrado, puntos que Calvino ya había zanjado conforme a su propia doctrina. Se inició así un cruce de escritos polémicos entre ambos (mejor dicho: entre Castellio y los subordinados de Calvino, pues este prefería delegar estas escaramuzas) que concluyeron en la pérdida del trabajo de Castellio y en su expulsión de Ginebra.

Castellio pasó muchas penalidades a partir de entonces. Tuvo que aceptar infinidad de trabajos para mantener a su familia, además de robarle horas al sueño para continuar su traducción de la Biblia y redactar una gran variedad de escritos. Desde su enfrentamiento con Calvino se mantuvo en un prudente segundo plano, trabajando sin llamar la atención. Obtuvo un puesto en la Universidad de Basilea, comunidad donde era querido y considerado. Y así podría haber seguido sine die apaciblemente si un hecho tremendo no lo hubiese obligado a empuñar la pluma de nuevo: la quema en la hoguera de Miguel Servet. Servet, un aragonés inquieto y provocador, cometió el mismo error que Castellio: recurrió a Calvino esperando encontrar un interlocutor para sus ideas teológicas y se topó con un furibundo déspota que no toleraba ni la más mínima discrepancia.

Los capítulos que Zweig consagra a Servet destacan con un relumbre especial debido a, por un lado, la extraña personalidad del aragonés y, por otro, a su espantoso final. Servet es presentado como un personaje de Dostoyevski: brillante y contradictorio, astuto y temerario. El encontronazo con la pétrea autoridad de Calvino lo lleva al suplicio primero y luego a la quema pública, en unas páginas vívidas y conmovedoras que dejan huella en la memoria. Este horror en medio del oasis de libertad que había pretendido ser la Reforma empujó a Castellio a empuñar la pluma en defensa de la libertad de culto, argumentando que las cuestiones de fe corresponde a Dios dirimirlas, no a los hombres. La oposición del humanista enfureció a Calvino, quien puso en marcha toda su máquina propagandística para desacreditar a su enemigo y desautorizarle ante sus paisanos. Las calumnias constantes y la aparición de un libelo infamante hacen que Castellio se lance de nuevo, de mala gana, a la polémica, redactando un elocuente Contra libellum Calvini (el panfleto acusador venía firmado por uno de los secuaces del maestro pero Castellio sabía muy bien quién era el verdadero autor), un monumento de honestidad, rigor y tolerancia, una implacable demolición de las acusaciones y, a la vez, una llamada a la tolerancia. Llamada que Calvino respondió de la única manera que sabía: redoblando sus ataques. Indagó la vida entera de Castellio, sus amigos, su pasado y le saltó delante, como una liebre, un indicio que podía llevar al humanista a ser acusado de herejía: cundió la sospecha de que un discreto y generoso noble muerto hacía un tiempo podía haber sido en realidad David de Joris, un anabaptista fugado de Holanda hacía años. Dicho noble había sido amigo y contertulio de Castellio. Pero cuando la acusación parecía tomar cuerpo, Castellio murió a causa de su debilitado físico a los 48 años.

Sobre el trasfondo siempre apasionante de las controversias religiosas suscitadas por la Reforma, varias aspectos sobresalen en este duelo entre Castellio y Calvino. En primer lugar, llama la atención la pusilanimidad de los ciudadanos suizos, quienes ceden sin demasiada resistencia a las presiones de un carácter autoritario: acatando, los ginebrinos, los puritanos requerimientos de Calvino y, los ciudadanos de Basilea, cediendo a las calumnias contra un profesor de su Universidad cuyo comportamiento no había sido sino ejemplar. Parece que siglos de tradición democrática no proveen en absoluto de coraje y preocupación por el prójimo. Destaca también, como he dicho, la figura de Servet, siempre al borde la perdición, guiado por algún demonio interior que le hacía mirar fijamente a la nada. Repelente y fascinante, con algo más de esto último, se me antoja el retrato de Calvino. A pesar de su fanatismo y de su indiferencia ante el dolor ajeno, uno no puede dejar de admirar su inteligencia fría y precisa, su ambición desmesurada que sale a la luz tal vez por una casualidad (Zweig insiste en las dudas de Calvino antes de ir a Ginebra, solo resueltas por la insistencia de Farel), su logro de esculpir una ciudad entera a su imagen y semejanza. En cuanto al apacible y tenaz Castellio, el biógrafo le dedica las líneas más cálidas del libro para resaltar su inteligencia, su sabiduría y, sobre todo, su respeto a los demás que le llevó a practicar y defender hasta el final la tolerancia hacia las creencias de los demás.

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