Risk, Cluedo y Monopoly: cuando los juegos de mesa invaden otros mundos

Risk Juego de Tronos (Batalla). Disponible aquí.

Jot Down para Eleven Force

Cluedo The Big Bang Theory

Anthony Ernest Pratt es probablemente una de las pocas personas del planeta a las que les ha salido rentable abandonar los libros de ciencia para iniciar una carrera como músico. Y todo por culpa de un juego de tablero, un montón de novelas de detectives y una guerra mundial. Pratt nació a principios del siglo XX en la Birmingham inglesa, abandonó la escuela durante su adolescencia y comenzó a trabajar como aprendiz de un fabricante local de productos sintéticos con la idea de intentar labrarse un futuro en la química, una ciencia que le apasionaba. Pero no tardó demasiado en abandonar la vocación científica y centrarse en su otra gran afición: la música. Pratt se convirtió en un pianista profesional y se ganó un sueldo poniendo cara de bohemio y tocando el piano en cruceros y hoteles rurales. Fue en estos últimos donde el hombre sopesó la idea de diseñar un pasatiempo de tablero detectivesco tras descubrir que los dueños de aquellos hoteles de campiña divertían a sus huéspedes organizando juegos de misterio en vivo. Entretenimientos guionizados donde los gerentes del lugar y un grupo de actores invitaban a los clientes a matar la tarde buscando pistas para localizar al asesino de un crimen ficticio.

La afición del propio Pratt a las novelas de Agatha Christie y Raymond Chandler, sumada a lo populares que parecían ser aquellos divertimentos entre el público de la época, acabó convenciendo al pianista de que un juego basado en una temática similar podría convertirse en un éxito de ventas. La Segunda Guerra Mundial obligó a Pratt a dejar de acariciar teclas y comenzar a toquetear armamento pesado al verse destinado a trabajar en una fábrica de piezas para tanques y carros de guerra. Odiaba aquel trabajo, pero aprovechó la monotonía del mismo para abocetar las normas del juego de mesa que había imaginado y pronto comenzó a diseñarlo junto a su mujer, Elva Rosalie Pratt. A finales de 1944 el matrimonio rellenó la patente de un pasatiempo llamado «Muder!» («¡Asesinato!») y se presentaron con la misma en las oficinas de Waddingtons, una empresa especializada en publicar entretenimientos que implicasen cartas y tableros. En Waddingtons rebautizaron el invento con un nombre menos tétrico: «Cluedo» (un remix de clue, ‘pista’ en inglés, y ludo, ‘jugar’ en latín) y apostaron por producirlo.

Pero el juguete tardaría un lustro en llegar a las tiendas, la guerra había exprimido los recursos del país y hasta 1949 no se fabricó en condiciones. Desde entonces, y de esto hace ya sesenta y nueve años, aquel vodevil de misterio se ha convertido en uno de los juegos de mesa más reconocibles de la historia. Un cadáver, seis posibles sospechosos interpretados por los propios jugadores, seis posibles armas del crimen y nueve habitaciones de una mansión entre las que encontrar al asesino. La fama de Cluedo ha dado lugar a una película, una serie de televisión, un musical, cómics, videojuegos y una colección de libros. Y también a más de una treintena de versiones diferentes del Cluedo original, entre las que se encuentra la protagonizada por una tropa de frikazos televisivos.

The Big Bang Theory (conocida simplemente como Big Bang por estos lares) nació cuando Bill Prady telefoneó a Chuck Lorre, productor de renombre y archienemigo oficial de Charlie Sheen, para proponerle una serie basada en los compañeros de trabajo que conoció cuando ejerció como programador informático, «Gente muy, muy inteligente que se movía por el mundo de manera distinta a nosotros». Lorre aceptó y comenzó a moldear junto a Prady un programa protagonizado por tipos muy listos pero muy incompetentes a la hora de realizar tareas mundanas, personajes que los propios productores aseguran que nunca fueron imaginados como nerds. El episodio piloto fue un fiasco, pero alguien vio potencial en el tema y, tras un segundo piloto (algo inusual en estas producciones) más prometedor, Big Bang se convirtió en parte de la parrilla de la CBS en 2007.

Sus inicios fueron discretos, pero a partir de la tercera temporada comenzó a atrapar espectadores hasta trepar al podio de las series más vistas. Desde hace seis años congrega a veinte millones de norteamericanos frente a la pantalla y sus actores principales se han convertido en las estrellas mejor pagadas de la televisión. La famosa sintonía de cabecera que abre el show también nació de un modo curioso: Lorre y Prady asistieron a un concierto de Barenaked Ladies y se encontraron al líder de la banda, Ed Robertson, rapeando sobre los orígenes del universo (el hombre se acababa de leer un libro sobre el asunto y estaba emocionado con el tema). Aquella coincidencia les hizo bastante gracia y poco después se pusieron en contacto con él para proponerle componer la música que abriría la serie, algo a lo que Robertson se mostró inicialmente reacio: «Les dije: mirad, estoy en mi casa de campo y tengo un par de semanas libres. Si resulta que también les habéis pedido que escriban un tema a los Counting Crows, Jack Johnson y a gente de ese palo, yo no quiero perder el tiempo». Cuando los productores le juraron que él era su única opción, Robertson aceptó y así nació Big Bang Theory Theme. Entre tanto, los actores de la sitcom se las tuvieron que ver para tocar instrumentos en la pantalla: Mayim Bialik (Amy) asistió a clases de arpa, Johnny Galecki (Leonard) de violonchelo y a Jim Parsons (Sheldon) le tocó lidiar con un theremín.

Años más tarde, aquel juego ideado por un músico profesional y aquella serie protagonizada por actores que se vieron obligados a convertirse en músicos convergerían en un mismo producto: Cluedo The Big Bang Theory. Una versión del juego de Pratt, protagonizada por el elenco de la sitcom de Prady y Lorre, donde el objetivo de cada partida pasa por descubrir qué miembro del reparto ha metido mano en las pertenencias de Sheldon.

Cluedo The Big Bang Theory, disponible aquí.

Monopoly Juego de tronos

En 1903, Elizabeth J. Phillips (Lizzie para los amigos) ideó un juego de mesa llamado The Landlord’s Game de ambiciones educativas. Lizzie era una fiel seguidora del georgismo, una filosofía política y económica creada por Henry George, y por extensión estaba totalmente en contra de cualquier monopolio económico. Y aquel The Landlord’s Game que había parido a mano era un modo divertido de demostrar a la sociedad los peligros del monopolio y las bondades del sistema ideado por su reverenciado George. Pero ocurrió que en 1932, durante una noche de juego junto a sus vecinos, uno de sus amigos (Charles Darrow) tomó nota del diseño y las normas del pasatiempo para plagiar la idea por su cuenta y comercializar un producto idéntico, pero con un diseño más elaborado, retitulado como Monopoly. El juego-fotocopia de Darrow fue un éxito de ventas durante la temporada navideña del 34 y en Parker Brothers le compraron los derechos para distribuirlo a lo bestia, pero cuando la compañía se enteró de que aquello era un plagio descarado también pagó por la patente original de Lizzie. Desde aquel momento, Monopoly se instauró como un clásico de las tardes alrededor de una mesa.

George Raymond Richard Martin (George R. R. Martin para los amigos de la fantasía medieval) ya había cultivado el éxito literario antes de sentarse en el trono de hierro de Juego de tronos. Aquel autor de Nueva Jersey había comenzado a escribir durante los setenta, acumulaba tres premios Hugo y dos Nebula por sus historias cortas y trabajaba como guionista hollywoodiense en cosas como el revival de The Twilight Zone (Más allá de los límites de la realidad) o una versión ochentera de La bella y la bestia en formato serie que además de trasladar el cuento al Nueva York moderno estaba protagonizada por la mismísima Sarah Connor (Linda Hamilton) y el mismísimo Hellboy (Ron Perlman). Entre tanto, Martin se dedicaba a parir guiones y episodios pilotos que nunca llegaban a convertirse en serie y a continuar navegando en el ecosistema literario como editor y también como escritor de nuevas novelas. De repente, mientras elaboraba el borrador de una novela de ciencia ficción que iba a titularse Avalon, tuvo un ramalazo de inspiración y comenzó a rubricar las primeras hojas de la saga Canción de hielo y fuego. Una serie de novelas, inspiradas por la obra de J. R. R. Tolkien, el Ivanhoe de sir Walter Scott, Los reyes malditos de Maurice Druon y la guerra de las Dos Rosas que tuvo a la Casa de Lancaster y a la Casa de York guerreando por el trono de Inglaterra.

El tono de aquellos libros (que algunos califican como grimdark), adulto y alejado de la dualidad entre el bien y el mal típica de la fantasía, encandiló a los lectores y la HBO convirtió la épica en una serie televisiva de la que ha oído hablar cualquier persona que tenga un ligero contacto con la civilización. Mientras tanto, Martin se toma las cosas con calma: en 2011 seguía mecanografiando sus textos en un ordenador basado en DOS (un sistema operativo que dejó de utilizarse a mediados de los noventa) y, a pesar de que en un principio ideó una trilogía donde cada tomo sería escrito en un plazo de dos primaveras, en la actualidad solo hay publicados cinco volúmenes de los siete que tiene planeados. Han pasado trece años desde que se publicase la primera entrega de la serie y los retrasos parecen desesperar más a los fans que al propio escritor. Cuando los lectores más impacientes comenzaron a apretarle por las redes sociales, otro escritor famoso llamado Neil Gaiman publicó una célebre frase en su blog: «George R. R. Martin no es vuestra putilla».

Monopoly Juego de tronos combina los dos grandes hobbies de fantasía con los que sueña la sociedad moderna: Juego de tronos y la idea de convertirse en un magnate de las finanzas que someta a sus oponentes bajo el yugo del monopolio económico. Porque hay pocas cosas más divertidas que encaramarse al trono de hierro a base de desplumar a todas las casas rivales.

Monopoly Juego de Tronos, disponible aquí.

Risk El Señor de los Anillos

El director de cine Albert Lamorisse saltó a la fama en 1956 tras filmar una historia de treinta y cinco minutos protagonizada por un niño y un juguete hinchable. El globo rojo (Le ballon rouge) fue galardonado con una Palma de Oro en Cannes (la Palme d’Or du court métrage en el 56), y con un Óscar al mejor guion, convirtiéndose en el único corto de la historia que ha sido nominado en una categoría que no fuese la del Óscar al mejor cortometraje. El realizador también firmó películas como Crin blanca, Viaje en globo o Fifi la plume, pero lo que nos interesa ahora es que un año después de inflar aquel globo rojo Lamorisse se empeñó en conquistar el mundo y permitir que otros lo conquistaran en el salón de casa: en 1957, el francés presentó en sociedad La Conquête du Monde, un divertimento estratégico para picarse con la familia. Un par de años después, Parker brothers compró los derechos y lo convirtió en Risk, el pasatiempo basado en conquistas más famoso de la historia. Un juego de mesa de estrategia y diplomacia donde los jugadores se enfrentan con sus respectivos ejércitos para invadir los continentes del globo, afianzar sus fronteras y aniquilar al enemigo. No era poca cosa para alguien que meses antes había conquistado medio mundo con un globo flotando entre callejuelas.

Es difícil calcular el enorme legado y la influencia que ha ejercido J. R. R. Tolkien en el imaginario fantástico universal. Su inmortal saga de libros El señor de los anillos, secuelas muy tardías de El Hobbit, se colocan entre las novelas más vendidas de toda la historia y acumulan más de ciento sesenta millones de copias despachadas. Tolkien creó aquellos mundos de manera meticulosa, estableciendo sus propios cimientos e imaginando en un principio todos los terrenos sobre los que transcurrirían las aventuras. En 1920 dibujó el primer mapa ubicado en la Tierra Media, un plano sobre cuya superficie había apuntado cosas como «avanzadillas orcas» «gnomos errantes» o «carretera de enanos», y en cuyo interior habitarían elfos, medianos, guerreros, magos y dragones. A finales de los años cuarenta, aquel mundo había crecido tanto como para que Tolkien se hubiese visto obligado a pegar más hojas de papel con las que expandir el dibujo en nuevas direcciones. El atlas de fantasía se evidenciaba como una de las piezas más importantes para entrar en aquellos mundos. «Se me ocurrió comenzar del modo más inteligente: hice un mapa y después encajé la historia en él», sentenció el literato.

Risk El señor de los anillos es el crossover definitivo de los juegos de tablero. Porque atrapa esa pasión por los mapas como pieza angular del universo de Tolkien y la combina con una necesidad humana vital: la de liderar los ejércitos de la Fuerzas de la Luz y las Fuerzas de la Oscuridad hacia la conquista de nueve regiones de la Tierra Media.

Risk El señor de los anillos, disponible aquí.

Risk Juego de Tronos, Risk El Señor de los Anillos, Cluedo The Big Bang Theory y Monopoly Juego de Tronos están desarrollados y distribuidos por Eleven Force.


Juego de Tronos Medieval Warfare: la batalla de los ineptos

Imagen: HBO.
Imagen: HBO.

Por si alguien no lo ha visto a estas alturas, este artículo contiene SPOILERS

Sin duda alguna el momento estrella de la sexta temporada de Juego de tronos fue el esperado choque entre los dos bastardos norteños más famosos, que además parece preconfigurar lo que será la séptima, una factible ensalada de guantazos de tono épico. A esas alturas no quedaban muchos que no le tuvieran ganas al sádico a tiempo completo de Ramsay Bolton —que no psicópata, pues es más que evidente que encuentra placer torturando gente y esperasen ansiosos que Jon cara-de-pena Snow le diera por fin su merecido. La cuenta de episodios donde el resucitado excomandante hacía de comercial a puerta fría por todas las casas del Norte intentando recuperar los antiguos clientes de su padre se perdía en las nieblas del tiempo.

Y hete aquí que antes de poder disfrutar de la transformación de Ramsay en un saco de pienso para perros parlante, a los guionistas se les ocurrió que tocaba por fin una buena vieja batalla medieval como las de antes. No solo eso, sino que además de poner todo el presupuesto en el asador para utilizar medios clásicos como señores a caballo y especialistas a tutiplén, han declarado haber sido inspirados por episodios históricos como la mítica batalla de Cannae, la guerra civil estadounidense o el shakesperiano encuentro de Agincourt. Nada excesivamente original, pero sí un buen augurio para todo aficionado al periodo medieval, subsección alicatarse la cara a leches.

Pues llegados a ese punto, tras atravesar un espeso camino de spoilers, y visto el capítulo de marras, uno se pregunta cómo es posible que con estos mimbres tan prometedores se haya llegado a perpetrar un atentado semejante al conocimiento no ya histórico, sino conocimiento a secas. El desarrollo general de la batalla es tan lamentable que hasta un lego en la materia necesita realizar una suspensión de juicio con doble salto mortal y tirabuzón con tal de ver a Ramsay pagar su repelente malignidad, y rapidito. No, ni todo cabe bajo la etiqueta «ficción», ni comprendo la afición por pensar que el espectador es un imbécil que se traga cualquier cosa. No hablamos de la celebrada carrera en línea recta de Rickon o del incidente de la espada de goma valyria de Jon, sino de un desastre mucho más estructural. Pero para esto hay que ponerse a analizar la batalla seriamente desde el principio.

Que es bastante interesante, puesto que se plantea de manera similar a las batallas reales del medievo: con la llegada de los ejércitos al escenario seguramente planeado de antemano. La guerra en la Edad Media consistía en su inmensa mayoría en asedios o rápidas incursiones de saqueo en territorio enemigo —razias, aceifas o cabalgadas, como se les llamaba entonces, siendo las batallas campales muy escasas, por lo que tenemos cumplida información de casi todas. Esto, que parece un sinsentido hoy en día, tenía sus motivos, como por ejemplo dar tiempo a los nobles a preparar toda la cacharrería que llevaban encima para la guerra. Como quiera que el que llegaba antes al lugar cogía sitio, tenemos minipunto para Ramsay Bolton, que juega al ladito de casa.

Pero por si no fuera suficiente la cosa, Jon Nieve además presenta una notoria inferioridad numérica; si hacemos caso de las cuentas que salen en la serie y las de los fans de internet, Jon dispone de poco más de dos mil efectivos, entre los que se cuentan los salvajes infantería tribal desorganizada que desconoce el concepto de flanco, más un puñado de caballeros reclutados de aquí y allá, incluidos los sesenta y cuatro hombres que le cede la mini-Churchill de la casa Mormont, unos cuantos arqueros y pare usted de contar. Ah, y un gigante, contribución a la fantasía que podríamos homologar, qué se yo, a una unidad de elefantes de guerra. El tarado de Ramsay junta más de cinco mil hombres, entre arqueros, caballería e infantería pesada, organizada en unas curiosas unidades a medio camino entre una falange griega clásica y los famosos piqueros suizos de la Edad Media y principios de la Moderna.

La terrorífica espada de goma valyria en acción. Imagen: HBO.
La terrorífica espada de goma valyria en acción. Imagen: HBO.

Con este panorama, lo más prudente que puede hacer nuestro bastardo favorito (el Stark, no el otro) sería desplegarse en posición defensiva e intentar evitar lo que durante todo el Medievo era el temor de cualquier líder militar en inferioridad: verse rodeado por el enemigo. Para eso habría sido interesante colocar su caballería como reserva móvil o en los flancos, para interceptar movimientos enemigos. Esta es la teoría, claro, pero después resulta que ocurre la cosa esta de Rickon, Jon se pone todo loco y se lanza en solitario contra las tropas de Ramsay como si fuera del mismo centro de Bilbao, lo que lógicamente implica ordenar una carga frontal de caballería. Y aquí empiezan los facepalms continuos, que me faltan dedos para teclearlos.

El papel de la caballería en el Medievo ha sido muy importante, aunque se ha visto magnificado por el hecho de que los miembros de la misma fueran la élite nobiliar y por tanto los que acababan contando la película. Es cierto que la caballería podía decidir una batalla, pero resultaba imperativo utilizarla en el lugar y el momento oportuno para ello o la cosa podía acabar en desastre absoluto, arte en el que los franceses tienen un máster dada la legendaria ineptitud de sus caballeros. A grandes rasgos, había de dos tipos, pesada y ligera, cuyos cometidos eran bastante diferentes: si la pesada estaba formada por nobles fuertemente blindados y equipados con lanzas para el choque, la ligera se concentraba en hostigar, evitar maniobras de flanqueo y pillar a la caballería enemiga a contrapié.

La que trae Jon Snow al combate parece estar compuesta de lo que se conocía como men-at-arms en Inglaterra, serjeants en Francia y caballeros villanos en Castilla; soldados profesionalizados que no llegaban a la categoría de noble y por tanto su armamento y equipación no acaba de ubicarlos como caballería pesada, pero que combatían junto a los nobles. Los caballos carecen de protección más allá de la silla de montar, y los jinetes oscilan entre cotas de malla, placas y armaduras de cuero, con una lanza ligera en ristre. Poco músculo si de lo que se trata es de chocar frontalmente contra la formación enemiga. Aparte del hecho de que cargar toda la distancia que te separa de las filas de Ramsay cuesta arriba y a galope te asegura que los caballos pierdan toda la fuerza por el camino, pero bueno, todo sea por mantener la tensión dramática.

Esta táctica era la favorita de los reinos cristianos hispanos, ante la ligereza con la que la infantería musulmana iba equipada, y dado que los andalusíes no disponían a su vez de caballería pesada propia. Sin embargo, el infante don Juan Manuel nos da mucha información de cómo se podía resistir una carga de caballería: en algunos combates los musulmanes llegaban a acumular hasta cinco haces de infantería en el centro, o bien simulaban una retirada para esperar que se agotase la fuerza de la carga y pillarlos a la contra. También utilizaban obstáculos naturales o artificiales para impedir un posible reagrupamiento y segunda carga, como en la batalla de las Navas de Tolosa. Y es que no era sencillo cargar, pues debías llegar al choque con el máximo ímpetu para arrollar al enemigo (el galope solo se ordenaba en los últimos metros), todos a la vez formando un frente homogéneo algo que traía de cráneo a los teóricos militares de la época y esperando romper la formación contraria. Si no, podías verte fácilmente descabalgado y encarando a la infantería enemiga superviviente en solitario, con una maza o espada en la mano. Si te encuentras frente a campesinos penosamente armados esto no es un problema, pero no todos los días es domingo, así que más valía tener infantería de los tuyos detrás para echarte un cable. Teniendo todo esto en cuenta, a estas alturas de la batalla los Stark tienen la derrota ya garantizada con la carga suicida que se marcan porque Jon lo vale. Pero si hay un recurso infinito en esta vida es la estupidez humana, y aquí viene el otro bastardo a meter la pata hasta el cuezo.

El caso es que el sádico empieza bien, pues lo de arrojarles una nube de flechas es el recibimiento estándar para debilitar el ataque del oponente, si bien el cine nos ha distorsionado un poquito el asunto de los arqueros. Esta es una manía heredada de una querencia muy anglosajona por magnificar sus fazañas bélicas, que podríamos llamar el efecto english long bow por el cual todos los arqueros de las pelis tiran unas flechas que atraviesan lo que se les ponga por delante: escudos, armaduras, Rickons… Todo excepto a Jon Snow, cuya habilidad involuntaria para esquivar los proyectiles resulta incluso risible.

Adultos modernos jugando a guerritas medievales, versión english longbowmen. Imagen cortesía de aya-life.com
Adultos modernos jugando a guerritas medievales, versión english longbowmen. Imagen cortesía de aya-life.com

La épica británica ha elevado a los arcos largos ingleses a la categoría de mito; decisivos en el campo de batalla, disparan unas salvas terroríficas que ríase usted de los SS-20 soviéticos. Las matan bien muertas, como el Cucal, aciertan siempre y hacen unos agujeros que ni el casco del Prestige. Crecy y Agincourt son lugares tópicos de masturbación patriótica británica… Pero, ¿había para tanto? Pues parece que el tamaño del arco, el peso y constitución del proyectil y las crónicas dicen que eran temibles, aunque las pruebas de la arqueología moderna de reconstrucción son bastante dispares. Resumiendo, según cómo y a qué le den resultaban mortíferos. Es más, si se tiene en cuenta que la guerra donde adquirieron fama, la de los Cien Años, la acabaron perdiendo los ingleses (igual que en la guerra civil castellana, donde aparecieron también), que se tardaba como diez años en conseguir un arquero competente, o que la nobleza aristocrática no parece haber dicho ni pum de este arma revolucionaria mientras ponía el grito en el cielo con los ballesteros o los primeros arcabuces, hay que matizar esta mítica un poquito. Aparte de que es fácil eliminar a caballeros acorazados franceses si están amontonados o atascados en el barro, como los almogávares hicieron en el río Céfiso en 1311 sin un puñetero arquero. Ya les dije que la ineptitud de los nobles francos es legendaria.

Había dos maneras de disparar las flechas: en tiro parabólico o bien directo en línea cuando el enemigo cargaba ya cerca de la formación de arqueros, que lo mejor que podían hacer para entonces era retirarse detrás de alguna unidad más pesada. Salvo los susodichos longbowmen o los arqueros montados turcos, que disparaban un arco doble curvo con muchísima fuerza, era raro que las flechas tuvieran la potencia suficiente como para matar a cualquier atacante; lo normal era que muchas se clavaran en la armadura, escudos o protecciones causando heridas de diversa consideración o dejando inservible el equipo. Se trataba sobre todo de desbaratar la formación enemiga. Cuanto más desprevenido o ligeramente armado el sufrido receptor de la salva de saetas, peores los efectos, y aquí los caballos sin guardas eran la víctima favorita. Justo, justito, los que llevan los caballeros de Jon Nieve, por lo que el efecto en los animales es muy destructivo.

Así que la cosa sigue estando muy guardia negra para nuestro héroe, pero cuando ya solo tiene que empujar la pelota dentro de la portería, Ramsay decide una gilipollez: lanzar su caballería frontalmente contra la de Jon. Vamos a ver… pero… ¿por qué? Si tienes una estupenda infantería de lanceros ahí mismo, ¿para qué desperdicias lo más caro de tu ejército en un improbable e innecesario choque de caballitos cuando puedes convertirlos en pinchitos sin esfuerzo? Huelga decir, además, que esto de embestir de frente una caballería contra la otra era extremadamente raro más allá de las justas individuales precisamente por lo primero: si puedes sacrificar peones, no gastas la flor y nata de tus filas. Pero queda todo muy cinematográfico, claro. Para redondear la idiotez, el tipo decide seguir lanzando salvas de flechas sobre el mejunje resultante del impacto, por si le sobrevivía algún caballero propio. Si alguno de ustedes recuerda Braveheart, se podrá hacer a la idea de cuán sencillo es desbaratar una carga de caballería pesada con unos cientos de picas bien puestas, tal como hicieron los escoceses en Bannockburn en 1314 y se dará cuenta de la amplitud de la memez.

¡¡¡Hola, Ramsay, venimos a explicarte algo!!! Imagen: 20th Century Fox.
¡¡¡Hola, Ramsay, venimos a explicarte algo!!! Imagen: 20th Century Fox.

Es en este punto donde ya la tontería se desborda y tiene lugar uno de los episodios más bochornosos que uno recuerda en cuanto a batallas medievales, la montaña de cadáveres. Por mucho que se inflen la cara a guantazos a campo abierto y se junten caballos y hombres tirados por el suelo, que alguien me explique cómo se forma exactamente una pila de cuatro o cinco cuerpos de alto ahí en medio. ¿Escalan a los muertos para alicatarse la cara a leches en lo alto? ¿Para qué? ¿Quién acumula fiambres así, alguna unidad de palas excavadoras que no vemos? Es cierto que en muchas crónicas se habla de campos cubiertos de cadáveres que dificultan el paso por allí (por ejemplo, en Hastings la infantería normanda tiene problemas para cruzar el campo sembrado de despojos de combates previos, aunque ¡¡subían una colina cuesta arriba!!), pero tomarse tan literalmente licencias poéticas de la época queda francamente ridículo.

En fin, el caso es que alrededor de la absurda pila de despojos tiene lugar un combate de infantería muy confuso, donde se juntan los salvajes de Snow con los infantes de Bolton (no confundir con Michael), y acaban rodeados por la falange esta famosa, que de pronto se mueve como si tuvieran un petardo en el culo y forman un bonito círculo perfecto. Aquí los guionistas querían transmitir la angustia que debieron sentir los romanos al verse rodeados en Cannae aunque en este caso los cartagineses se fueron retirando gradualmente y dejando que la masa de infantería romana en el centro se fuera metiendo poco a poco en una trampa. Para ello agitan la cámara como si Jon estuviera en una rave con chirridos a todo trapo, en plan 28 días después, aunque a él la cara de pena y confusión le permanece impávida, mientras la falange de Ramsay va apretando el cerco.

Y aquí uno se pregunta si el gigante no podría haber hecho algo más que dar manotadas, no sé, coger una lanza larga y arrojar al que la maneja bien lejos, romper la fina línea enemiga, algo. Que esto fue lo que los romanos no pudieron hacer en la famosa batalla, pues estaban rodeados por una agrupación profunda y compacta. Menos mal que llegan a tiempo los jinetes de Rohan del Valle de Arryn, para chocar contra los lanceros y deshacerlos. Que también es curioso ver cómo chocan, pues logran la hazaña de desviarse en el último momento para no llevarse por delante por el mismo precio a los supervivientes de la infantería Stark.

En estas que el ejército de Ramsay se ha quedado de pronto sin más efectivos, cual Alemania en 1918 aunque parecieran muchos más y nuestro sádico decide consecuentemente salir pitando a refugiarse en su castillo. Se trata de otra escena rarísima, porque una extraña prisa se apodera del hasta entonces amuermado gigante, que corre en solitario a derribar la puerta principal de Chez Bolton. O era un gigante muy antipático o se me escapa el motivo por el cual el afortunado Snow no reagrupa a su gente y le proporciona cierta protección al grandote, que es puntualmente convertido en alfiletero por los arqueros contrarios. Que sí, que más drama y más sacrificio, pero hombre, se agradecería con cierto fundamento al menos. Quédense con que en la «vida real» la gente con cerebro no realiza estos dispendios militares. Total, que aquí termina el combate, con arqueros disparándose a bocajarro como si llevaran subfusiles de asalto, tanto rollo para llegar a lo que todos estábamos esperando: la cruel venganza contra Ramsay, por asesino y por mal actor.

No dudo que a muchos esto les disculpa todas las memeces anteriores, pero algunos de los finolis del tendido siete militar vintage estábamos ya completamente abochornados. Así que toca poner una vela al Cid y otra a santa Juana de Arco a ver si aprenden de cosas como la Gaugamela de Stone (lo único entretenido de la peli de Alejandro) y nos tratan un poco mejor en la próxima temporada, GoT, Hostias & Dragones. Vale, peor fue Troya, pero a la HBO hay que pedirle un poco más.

¿He cerrado el gas antes de salir del campamento? Imagen: HBO.
¿He cerrado el gas antes de salir del campamento? Imagen: HBO.


Juego de Tronos VI: vientos de infierno (parte II)

Cuando vas a las fallas. Fotografía: HBO.
Cuando vas a las fallas. Fotografía: HBO.

(Atención: este artículo contiene SPOILERS)

Lo prometido es deuda, y un Lannister siempre paga las suyas. Después de repasar ayer los siete puntos flacos de la sexta temporada de Juego de tronos vamos hoy con la segunda parte de nuestra revisión anual, ahora con los siete grandes aciertos. Repetimos: spoilers, muchos. Si no ha acabado la temporada o el último libro de la Canción de hielo y fuego, mejor venga otro día. Como dijo Ellaria Arena, el que avisa no es traidor.

1. Hold the door

Cuando eres la única que no tiene poderes y se te queda la cara que se te queda. Fotografía: HBO.
Cuando eres la única que no tiene poderes y se te queda la cara que se te queda. Fotografía: HBO.

Preste atención, que le vamos a poner deberes.

Tiene usted que filmar una secuencia de acción decisiva en la serie de fantasía más vista de todos los tiempos y tiene que hacerlo con los siguientes elementos:

-Una especie de zombis.

-Una especie de superzombis que controlan a los zombis normales mediante una especie de wifi mental que tienen, o algo así.

-Una especie de duendes mágicos pero que tiran granadas.

-Un señor mayor que también es un árbol y que hace viajes astrales.

-Un niño que en ese momento está con el señor mayor viajando atrás en el tiempo para ser testigo de cómo a un señor grandote le da un perrenque.

-El señor grandote, que también está aquí, no te lo pierdas.

-Una muchacha que es la única normal y que está flipando no, lo siguiente.

Remedando a Ian Malcolm, ¿ve usted algún dinosaurio en su parque de dinosaurios? ¿Ve usted algo estrictamente fantástico en esta secuencia de fantasía? A lo mejor lo parece, porque todo el mundo va vestido como los que venden jabón artesano en los mercados medievales. Pero no. Es demasiado Ubik, demasiado Minority Report, demasiado Terminator. Por no hablar de que la gente se muere como en Matrix. Pista: es ciencia ficción. O no: es fantasía, pero contada con el lenguaje y los convencionalismos del lenguaje de la ciencia ficción. Y además, en avalancha. Eclosionando repentinamente y precipitándose en un gran aluvión. Ah, y con chimpún, porque encima hay chimpún. Al final de todo conocemos el esperadísimo background de un personaje muy querido por los espectadores mediante un flashback de efecto retroactivo, ahí es nada. Y después sacrificarlo. Y procurando que dé pena, claro.

Cuando tus amigos son LA MIERDA. Fotografía: HBO.
Cuando tus amigos son LA MIERDA. Fotografía: HBO.

Otros no podrían, pero D. B. Weiss y David Benioff lo han hecho. Y considere la dificultad. Habría sido una conquista simplemente que la secuencia no quedase mamarracha, y que en este punto no estuviésemos todos hablando del momento en el que a Juego de tronos se le salió la cadena. Solo con eso, notable alto. Si encima se considera que todo en esta secuencia está bien, sobresaliente y gran tirada de cohetes. Los adaptadores no han hecho solamente cumbre; han hecho cumbre y sobre la cumbre han hecho malabares, equilibrismo y el número de la cabra. Se han visto secuencias más espectaculares en Juego de tronos y más complejas técnicamente, sin duda. Pero en seis temporadas seguramente ninguna mejor que esta demuestra su tronío como guionistas y su grado de ambición como narradores, no tan frecuente en televisión. Medio aplauso.

2. El huevo de Colón George R. R. Martin.

Y el otro medio se lo dedicaremos, ex aequo, a George R. R. Martin. Pero antes de hacerlo le vamos a pedir que haga memoria. ¿Recuerda usted aquel acertijo que Varys planteaba a Tyrion en la segunda temporada, y en Choque de reyes, sobre un rey, un sacerdote y un hombre rico que compartían habitación con un mercenario? Cada uno de ellos le pedía al asesino que matase a los otros dos. ¿Recuerda quién vivía y quién moría?

A George R. R. Martin le gustan los acertijos. A George R. R. Martin, concretamente, le gusta plantearnos acertijos. En cierto modo Juego de tronos es precisamente eso: un grandísimo acertijo. Porque funciona igual que uno. Martin nos sirve los personajes y su circunstancia y con eso debemos adivinar el resultado.

Hodor era un buen ejemplo, y por cierto uno de los que más nos traían de cabeza. Si las teorías de los seguidores en torno a la identidad de Jon Nieve, Benjen Stark o Jaqen H’ghar abarcaban todo el espectro de lo peregrino antes de consumarse la sexta temporada, las de Hodor ya eran directamente de aurora boreal. Que si era una especie de dios, que si un gigante, que si ser Duncan el Alto redivivo. Todas propuestas a partir de las circunstancias aportadas por Martin —hay un personaje, este personaje solo dice una palabra como resultado de un trauma y esta palabra es «hodor»— y de la pregunta implícita: ¿cuál fue ese trauma?

Cuando representas el mayor desafío en la historia del doblaje. Fotografía: HBO.
Cuando representas el mayor desafío en la historia del doblaje. Fotografía: HBO.

Todas las teorías se equivocaban, menos una. E incluso esa acertó, pero solamente en parte.

Alguien, no se sabe quién, adivinó hace tiempo que Hodor habría tenido que verse forzado a aguantar una puerta, y que en el curso de aquella empresa habría perdido la cabeza. Desde entonces Hodor solo dice eso, «hodor», por «hold the door». Aunque se manejaban muchas posibles ubicaciones, la teoría más repetida decía que había ocurrido en Invernalia. Aguantando una puerta, Hodor habría ayudado a Lyanna Stark a que escapara para reunirse con Rhaegar Targaryen. De esta manera, el mozo de cuadras sería el único testigo, convenientemente mudo, de que la hermana de Ned Stark no fue raptada por el príncipe Targaryen, sino que ambos huyeron juntos. No ocurrió así, como sabemos solamente ahora. Y de hecho no «fue», sino que «sería». O «iba a haber sido», por decirlo con precisión. El hecho ocurriría en el pasado y el futuro. En la cueva del Cuervo de Tres Ojos y en Invernalia. De alguna manera sorprendentemente verosímil, en ambos momentos a la vez. Palabra clave: verosímil.

El acertijo de los tres hombres no tenía una solución, como seguramente recuerda. Ninguno era el más poderoso, ni siquiera el propio mercenario, y no puede anticiparse quién vivía y quién moría en esta situación hipotética. «El poder reside donde los hombres creen que reside», acababa revelando Varys entonces. «Es una farsa, una sombra en la pared». Esa era la respuesta, o lo más parecido que tenía a una. Es trampa, dirán algunos. Y no lo es. Solo ocurre que el acertijo no era una acertijo, era una lección. Y precisamente eso, su verdadera naturaleza, era lo que constituía el acertijo.

Y Hodor, ahora lo sabemos, era un enigma parecido. En una ficción el tiempo es una farsa, le ocurre lo que al poder de la otra parábola: que no existe por sí mismo, solo porque creemos que lo hace. Y llegado el momento preciso Martin ha hecho que dejemos de creerlo, y lo ha conseguido con una maniobra terriblemente sencilla: cambiando de lenguaje. Suspender la causalidad del tiempo no se contempla en la lógica de la fantasía pero sí en la de la ciencia ficción. Paradojas, loops, matar al padre. Lo hemos visto en innumerables películas y libros del género. Pero eso es trampa, dirán algunos de nuevo. Era imposible anticiparse completamente al acertijo de Hodor, así que no era un acertijo. Y no, no lo era. Era una lección, pero eso no significa que fuese trampa. Como no lo era ir a las Indias por el Atlántico. Chafar un huevo por debajo, sin romperlo, y así conseguir que quede de pie. Y ubicar el pasado del personaje en su futuro, sin más. ¿A que era sencillo? Bien, solo teníamos que haberlo adivinado.

3. R + L = J

Cuando Paradores Nacionales tiene retenida a tu hermana. Fotografía: HBO.
Cuando Paradores Nacionales tiene retenida a tu hermana. Fotografía: HBO.

Y no del todo distinto de lo anterior es lo que reseñaremos como siguiente gran acierto de la temporada: la revelación de la verdadera paternidad de Jon Nieve.

Esta vez sí había respuesta, nada de mind games traicioneros. La cacareada tesis «R + L = J» —es decir, «Rhaegar + Lyanna = Jon»— ha sido, con mucho, la gran teoría acerca de Juego de tronos, la que ha encendido más debates y ha hecho correr más ríos de tinta. Y cuando Brann visitó de nuevo la Torre de la Alegría en el capítulo final de esta temporada, quedó formalmente confirmada —si le hace dudar que Lyanna solo lo susurrase, sepa que la HBO se ha preocupado de reafirmarlo expresamente con esta supersencilla infografía—. Y no después de seis años, que son los que lleva emitiéndose la serie; después de veinte, que son los que hace que se publicó el primer volumen de la Canción de hielo y fuego. Mucho tiempo para que los seguidores más veteranos elucubrasen con todas las posibilidades y consiguiesen anticipar la verdad. Y mucho para que el propio George R. R. Martin se sintiese entonces tentado a dar marcha atrás y establecer otra paternidad para Jon Nieve, una que sorprendiera más a la parroquia. Podría haberlo hecho, claro que podría. Esto es ficción, determinismos ni medio. Y los Tronos han cambiado mucho desde su esbozo original. Pero no lo ha hecho. Pese a los intereses de miles de millones de euros que median ya en Juego de tronos, y pese a la posibilidad de alargarse más y hacer todavía más millones, Martin se ha mantenido fiel a la R + L = J. Si eso no es respetar al telespectador, al lector y a la propia obra, entonces ya no lo es nada.

Cuando uno entra con buen pie en la vida. Fotografía: HBO.
Cuando uno entra con buen pie en la vida. Fotografía: HBO.

Así que sí: Lyanna Star concibió un hijo del entonces heredero al Trono de hierro, Rhaegar Targaryen, y ese niño se crió en Invernalia con el nombre de Jon Nieve y el estatus de bastardo. Da igual que Nieve fuera fruto del amor —lo más probable— o de una violación —como sostiene la historia oficial de Poniente—; el caso es que Robert Baratheon, que precipitó el destronamiento de la dinastía Targaryen para recuperar a su amada Lyanna, no toleraría la existencia del pequeño. Ya supimos de sus pocos escrúpulos con estas cosas. La única manera que tuvo Ned de salvar a su sobrino y de legitimar la causa Baratheon fue hacerlo pasar por su propio hijo bastardo ante todos los ojos, también los de Catelyn. Y cuando el niño se hizo mayor, la única manera de mantenerlo definitivamente alejado del Trono de hierro y del peligro era dejar que ingresara en la Guardia de la Noche. Por esa razón, cuando ambos se separaron en la primera temporada de Juego de tronos, Ned no mentía al decirle a Jon que era un verdadero Stark y que llevaba su sangre pese a no llevar su apellido. Y por eso le prometió que la próxima vez que se vieran le hablaría sobre su madre, algo que seguramente también se proponía cumplir. Ned confiaba en que, para entonces, Nieve habría entonado el juramento de la Guardia —«no tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos. No llevaré corona, no alcanzaré la gloria»—, y debería ya obediencia de por vida a sus votos.

Pero muchas cosas han cambiado desde entonces, y más muchas más lo harán a partir de ahora. Muchos seguidores de Juego de tronos piensan ya que Jon y Sansa, que son primos y no hermanastros, acabarán casándose, incluso enamorándose y concibiendo hijos. Otros sostienen que lo más probable es que Jon haga eso con su tía, Daenerys, dando continuidad a la costumbre Targaryen de casarse y concebir con miembros de la propia familia —y que tal puede deducirse ya de la abrupta marcha de Daario Naharis en el último capítulo de esta sexta temporada—. ¿Importan mucho estos detalles? No. La Stark-Targaryen es ya una alianza de facto, encarnada físicamente en la figura de Jon Nieve. No hace falta una unión; la unión ya tuvo lugar y él es el resultado. Y eso tiene ya implicaciones inmediatas en lo que veremos en la séptima temporada, y seguramente en el propio final de Juego de tronos.

Cuando ibas a petarlo pero al final ya veremos. Fotografía: HBO.
Cuando ibas a petarlo pero al final ya veremos. Fotografía: HBO.

La mayor de todas, que en Poniente no hay tres bandos en contienda, sino dos. Uno de ellos es el combo Stark-Targaryen, representado políticamente por Daenerys Targaryen, Sansa Stark y Jon, que pertenece a ambos linajes. Por los acontecimientos que se han precipitado ya al final de esta sexta temporada sabemos además que la mayoría de las grandes casas que quedan en pie se han sumado a la causa de la restauración Targaryen —la facción Greyjoy representada por Yara y Theon, y más que presumiblemente también los Tyrell y los Martell— o han jurado lealtad a los Stark —incluyendo vasallos como los Mormont y los Glover, entre otras casas del Norte, y a los parientes directos: los Arryn del Valle y los Tully de Aguasdulces—. Además de reunir todas esas lealtades, el combo Stark-Targeryen suma las fuerzas de los salvajes del Pueblo Libre, leales a Jon, y de los dothraki, leales a Daenerys. Los Stark ocupan ya Invernalia. Rocadragón, el histórico fuerte Targaryen, pilla de camino a la flota de Daenerys y está vacante desde la muerte de Stannis y Shireen Baratheon. Y tienen tres dragones. Detalle tonto: siendo de sangre Targaryen, también Jon puede cabalgar uno. Y hay muchos que creen conocer ya la identidad del tercer jinete.

Después de la caída de las casas Frey y Bolton, el otro bando lo constituyen solo los Lannister. Y políticamente solo le queda un representante: Cersei.

4. V de Vendetta

Cuando en tu mente suena Tchaikovsky. Fotografía: HBO.
Cuando en tu mente suena Tchaikovsky. Fotografía: HBO.

Y por ahí llegamos a otro de los grandes aciertos de la temporada: la entronización de Cersei Lannister. Y el hecho de que nos haya conseguido pillar a todos —o a una mayoría— por sorpresa.

Como para no. No hace tanto, cuando Varys quiso decir lo peor que se podía decir acerca de Petyr Baelish, dijo que sería capaz de quemar un país con tal de ser rey de las cenizas. Y aquello era solamente una forma de hablar. Pero Cersei Lannister acaba de hacer algo muy parecido a eso mismo, y quizá no debería sorprendernos. Cersei solo es capaz de discurrir literalmente, como dice John Cleese que corresponde a los idiotas. Su padre, por ejemplo, lo sabía. «No desconfío de ti porque seas mujer —le dijo Tywin a su hija en cierta ocasión—, desconfío de ti porque eres menos inteligente de lo que piensas». Y los espectadores debimos haber seguido su ejemplo y desconfiar también.

Ahora lo vemos claro, por supuesto. Ella no pulsaría resortes sutiles, ni neutralizaría conjuras ni armaría después complejas conspiraciones. Qué va. No sabe, no puede. No quiere. Ella jamás desollaría un ciervo tras matar Baratheons, no quemaría una piel de lobo luego de decapitar a la casa Stark, ni se dedicaría a machacar peces después de masacrar Tullys. Eso es maquiavélico, y ella no es maquiavélica. Es literal. Es honesta. Es mala como un dolor y más burra que un arado. Y lo que es peor: era la única que no quería para sí el Trono de Hierro. Y eso la convertía en la más firme y la peligrosa de todos sus aspirantes.

—Nosotras las madres hacemos lo que podemos para mantener a nuestros hijos alejados de la tumba —recordaba Lady Olenna entre los mármoles solemnes del Gran Septo de Baelor—, pero ellos parecen anhelarla. Los bañamos de buen sentido y les resbala como la lluvia sobre las alas.

—Y, aun así, el mundo les pertenece —contestaba entonces Cersei.

—Un arreglo ridículo, a mi entender.

Bum. Y ese mismo septo voló por los aires. Quién es ahora la ridícula, vieja pajarraca. Quién la brillante estratega. El mundo no pertenece a los hijos; pertenece a mis hijos. Tanta sabiduría, tantas espinas, y aún no has aprendido que las guerras no existen, solo los determinantes posesivos. Mira ese cuervo blanco. El invierno no se acerca; el invierno ya está aquí. Y yo quemaré un país con tal de que mis hijos sean reyes de sus cenizas.

Cuando eres lo mejor que ha habido desde Angela Channing. Fotografía: HBO.
Cuando eres lo mejor que ha habido desde Angela Channing. Fotografía: HBO.

Es la única cualidad redentora de Cersei, advirtió Tyrion. El amor por Joffrey, Myrcella y Tommen. Eso y sus pómulos. Y en su entendimiento literal de las cosas, lo de menos es que sus hijos hayan muerto. Puede quererse igual a una estatua en una cripta, como Robert quería a una más de lo que la quería a ella misma. Se puede seguir siendo regente en nombre de los hijos perdidos, aunque a los ojos del mundo el título tenga que ser de reina. Y reinar sobre las cenizas convertida en una leona enajenada. Probablemente, ni el dragón ni el lobo blanco podrán con ella, solo los otros leones. Uno la quiere, y no podrá hacerlo. El otro también la quiere, pero ya mató a un rey por la espalda, y lo hizo por mucho menos que esto.

5. El noveno episodio

Empecemos por lo evidente: entre esta gran tomadura de pelo y esta maravilla no hay color. En lo concerniente a las batallas, Juego de tronos ha ido de cero a cien. Allí donde más renqueaba es precisamente donde más brilla ahora. Ni todos los realizadores se proponen recorrer ese camino ni mucho menos todos consiguen hacerlo. Así que sí: con «La batalla de los bastardos», Weiss y Benioff han conquistado otro ochomil, quizá el último que les faltaba antes de su ascenso final al Everest. Y han demostrado algo que debe probarse constantemente, porque constituye la clase de obviedad que se olvida con frecuencia: cuando se hacen bien, hay cosas en las que un libro nunca será superior que su adaptación en la pantalla. Y se nota el esfuerzo de Weiss y Benioff por morder precisamente ahí. Nunca hasta ahora habíamos visto en Juego de tronos un despliegue de producción mayor y nunca antes una realización tan ambiciosa, tan solvente y tan lírica. Eso debe reconocérsele también a Miguel Sapochnik, director del capítulo y del excelente capítulo final y artífice también de la estupenda batalla de Casa Austera en la temporada anterior. Por qué no dirige él toda la serie, o todo lo que le dé tiempo, es algo que todavía nos preguntamos.

Cuando vas a un concierto de Slayer. Fotografía: HBO.
Cuando vas a un concierto de Slayer. Fotografía: HBO.

PERO. Pero. ¿Es el 06×09 el mejor capítulo en seis años de Juego de tronos, como se viene oyendo desde el mismo momento de su emisión? Quizá es decir demasiado. Mire usted estos seis minutos de El Señor de los Anillos, y son solamente seis. Hágalo, en serio. En ellos encontrará cumplidamente casi todo lo que vimos en la doble batalla en Mereen e Invernalia, y hasta en el mismo orden. No es que eso esté mal, obviamente. Que le pregunten a Propp. Pero si se calca con tanta fidelidad una coreografía tan tradicional en el género, tan vista y tan bien conocida, el espectador anticipa los acontecimientos. Lo dijeron con mucha precisión en The Atlantic a la hora de reseñar el episodio: «Como resulta ya típico últimamente, el show eligió la ruta más obvia, que luego ejecutó con maestría cinematográfica y una dosis justa de suspense». En otras palabras: «La batalla de los bastardos» fue algo impresionante pero no chocante en una serie que habitualmente es chocante, y no tanto impresionante. Como cambio resulta refrescante, sí. Pero eso no es aspirar a la excelencia, y por tanto tampoco es conseguirla. ¿Recuerdan El despertar de la fuerza? Pues eso. Cuando quieran ejecutar con virtuosismo y a la vez sorprender, y encima consigan ambas, entonces sí. Pero eso es algo que seguimos esperando.

6. El cuarto episodio

Y dirá usted: ¿cuál fue el cuarto, que tengo ya la cabeza loca y no me acuerdo? Y yo le digo: ajajá, querida amiga. Exacto. Esa fue parte de la hazaña: hacernos piruetear sin que nos diésemos cuenta.

Y eso que la pirueta tenía tela. Le recuerdo: en este episodio convergieron algunas tramas y otras solo giraron, pero lo hicieron todas a la vez y con una misma forma: el reencuentro de los hermanos largamente separados. Sansa y Jon, Margaery y Loras y Theon y Yara. Para más complicación, se omitieron completamente las tres tramas principales en las que no se involucraba aún ningún otro par de hermanos —las de Arya, Bran y Sam— pero se conservó la de Jaime y Cersei, a quienes veríamos físicamente reunidos, como a los otros tres pares, en su caso para urdir la conjura contra el Gorrión Supremo. Si eso no es forzar, que baje R’hllor y lo vea

Cuando algo te recuerda a La guerra de las galaxias. Fotografía: HBO.
Cuando algo te recuerda a La guerra de las galaxias. Fotografía: HBO.

Otros más evidentones nos habría contado expresamente que hoy la función iría sobre hermanos, pero Weiss y Benioff no lo hicieron. Regardé la gilipolluá, que dirían los profetas: ni siquiera era este capítulo el que titularon «Blood of My Blood», sangre de mi sangre. Ese fue el sexto. Los realizadores no querían llamar la atención sobre esta concatenación de reencuentros en el cuarto, y por eso ni lo titularon así ni trazaron paralelismos entre las secuencias en las que ocurrían. Simplemente las reunieron todas en un mismo episodio, le dieron cuerda al reloj y la dejaron funcionar. A ver qué pasaba.

Y algo pasó.

7. Choque de hermanos

Aunque antes de comentarlo, se impone hacer un inciso. Con demasiada frecuencia se olvidan las virtudes narrativas del cine y la tele, como hemos más arriba. En particular cuando hablamos de adaptaciones de libros. Y se da por sentado que el libro era mejor porque, je, el libro siempre es mejor. Pero existen técnicas meramente narrativas habituales en las pantallas, exigentes y meritorias, que no suelen encontrarse en los libros. Ejemplo: el montaje. Tiene un papel protagonista en la narrativa audiovisual, entrecortando y desnaturalizando la continuidad, mientras que a su correlato en la literatura (la estructura) solemos pedirle justo lo contrario: que actúe discretamente y se pliegue al objetivo de contarnos la historia de la forma más naturalista. Excepciones hay muchísimas, por supuesto. Esto no es una ley, es algo que ocurre en los libros y las películas que recurren al estilo más convencional, habitualmente por su vocación comercial. Y Juego de tronos es un ejemplo singularmente claro de esta diferencia. En los libros la historia se cuenta mediante capítulos focalizados en un personaje, relativamente largos y habitualmente sucesivos, sin solaparse. Pero Juego de tronos, la serie, es capaz de enmendar esa ausencia de sintaxis, y elige hacerlo, simplemente recurriendo al lenguaje cinematográfico de toda la vida: las secuencias se alternan entre sí, y con la forma de hacerlo nos cuentan también cosas. ¿Por qué es mejor esto, se preguntará usted llegados a este punto del párrafo más soporífero que se recuerda en la historia de Occidente? Respuesta: porque se consiguen efectos. Efectos que no se consiguen en los libros de la Canción de hielo y fuego. Y eso es enriquecedor.

Cuando lo tienes que hacer tú todo porque tu familia es de traca. Fotografía: HBO.
Cuando lo tienes que hacer tú todo porque tu familia es de traca. Fotografía: HBO.

Eso fue lo que Weiss y Benioff consiguieron en este cuarto capítulo, y además con elegancia. Entrecortado y reordenando sucesos, hicieron que apareciera un tema. No porque ningún título lo anunciase, sino porque se consiguió invocar verdaderamente. La lucha de quienes comparten la sangre contra quienes lo hacen solo figuradamente —como los dothraki a quienes atacaba Daenerys, también en este capítulo, y los «hermanos» de la fe contra quienes se conjuraban, también en este episodio, Jaime y Cersei—. A todos estos pares de hermanos les han desplazado del poder, de una manera o de otra. Y en menos de una hora los veremos a todos, Starks y Lannisters, Greyjoys y Tyrells, replegarse y proyectar su ofensiva para reconquistarlo. Sangre contra lealtades, hermanos contra hermandades. Y lo hacen acudiendo y reuniéndose en su punto de partida figurado, en su casilla de salida narrativa: el Castillo Negro, Pyke y Desembarco del Rey. Incluso Daenerys —que constituye una excepción porque obviamente no se puede reunir con Viserys— reedita su triunfo sobre los dothraki y vuelve a ganarse un khalassar por la vía de la mascletá. Y lo hace, y para estos casos se inventó la palabra «inopinado», en Vaes Dothrak.

Pura filigrana, casi relojería. Y mucha anticipación. Poco después sabremos que algunos de estos hermanos no lo son realmente, y que algunos pares mantienen lazos de sangre entre sí. Weiss y Benioff tuvieron que darse mucha maña para que todos estos acontecimientos convergieran en un punto, pero casi merece más celebración que supieran contenerse y no nos restregaran por la cara la hazaña formal, y en lugar de eso dejasen obrar su efecto. ¿Recuerda cuando Daenerys decía, a punto ya de acabar la temporada, «nuestros padres eran hombres malvados, los de todos los aquí reunidos»? Se diría que usted y yo ya intuíamos el cariz decididamente generacional que acaba de adquirir el Juego de tronos, pero no se engañe; se nos había dicho ya, solo que no verbalmente. Por eso, cuando haya que trazar el punto de inflexión de Juego de tronos, la ubicación precisa en que se acabó el nudo y empezó el desenlace, tenemos la intuición de que será exactamente ahí: en el cuarto capítulo de la sexta temporada. A partir de ahora, todo irá encajando solo.

Cuando llegas a la sección de comentarios. Fotografía: HBO.
Cuando llegas a la sección de comentarios. Fotografía: HBO.

Coautor 370


Juego de tronos VI: vientos de infierno (parte I)

Cuando el invierno no es lo único que se acerca. Imagen: HBO.

(Atención: este artículo contiene SPOILERS)

Avisaron, eso no se les puede negar. Lo dijeron bien clarito: «La sexta temporada de Juego de tronos es la mejor que hemos hecho». Baja Modesto, que suben David Benioff y D. B. Weiss. Y eso que no son ellos mucho de ponerse así de chulos. Por eso había muchas expectativas puestas en la última temporada de la serie, cuya emisión se completó el pasado domingo en HBO. Y porque, con ella, la adaptación televisiva de la Canción de hielo y fuego superaría el punto de la historia hasta el que han avanzado los libros de George R. R. Martin. Resultado: cuatro estrellitas. Aunque «la mejor temporada de Juego de tronos» quizá sea mucho decir, nos parece justo reconocer que ha sido la mejor de los últimos años.

Eso no quita, claro, que no vayamos a dar nuestro paseo anual por Poniente perdonando vidas y haciendo como si Weiss y Benioff nos debieran dinero. Y aplaudiéndoles las piruetas, eso también. Honrando la que ya es tradición en esta casa, hoy traemos un surtido picadito de impresiones acerca de la sexta temporada de Juego de tronos. Siete para lo mejor, siete para lo peor. Y esta vez en dos entregas; en la de hoy señalamos los puntos flojos de la temporada y en la segunda, mañana, cantaremos las alabanzas. Y le invitamos, como siempre, a que alce el dedo y a que se encarame con nosotros al tonel de pontificar, que arriba siempre hay hueco. Y a que no se lo tome muy en serio, que tampoco es esto la reforma educativa. Habrá SPOILERS, obviamente. Y unos spoilers del copón, porque hemos superado los libros y ahora ya sí que sí hablaremos de todo. Advertido queda si aún no ha acabado la temporada o el último libro, Danza de dragones. Como dijo Edmure Tully, el que avisa no es traidor.

1. Alliser Thorne y la banalidad del mal

«Espera, que te voy a explicar AHORA por qué no soy el malo». Imagen: HBO.

A lo mejor es que David Benioff y D. B. Weiss se han leído ahora a Hannah Arendt, puede ser. A lo mejor quieren entonar una sentida trova a la constitución contradictoria del alma humana, Dios no lo quiera. Pero observamos que últimamente ningún villano se va de Juego de tronos sin recibir lo suyo, no digamos lo de su prima. Porque a la hora de morir, zas: discursito redentor. Yo no soy mala, es que me han dibujado así. Y hala, tira. Espadazo, chorrito y títulos de crédito. Ni-no, ninoni-no, ninoni-no. Y usted en su casa como Kevin Kline cuando aquello. Y cae en la trampa, porque cae. No, si en el fondo no era tan malo. ¿Ves? Ahora me da pena.

Y no, mire. Alliser Thorne, no jodas. Desde el tercer capítulo dándole pellizquitos de monja a Jon Nieve. Desde el tercero, y van sesenta. Y al pobre Sam que si gordi, que si floji, que si no sé qué. Y al final no, yo es que cumplía con mi deber. Y en realidad soy muy íntegro, si lo piensas. Y un dechado de virtudes, por qué no decirlo. Por eso me han puesto un niño al lado en la horca, qué te crees. Lenguaje cinematográfico. Pues vale, Weiss, Benioff. Pero mirad una cosa. Yo he venido a que ahorquen a este señor, eh, con mis palomitas y mis gafas de 3D, eh, a reírme y a patalear como una hiena. Y quiero un ahorcamiento como Dios manda. Con su saña y su revancha. Y eso no es enseñarlo con obscenidad, amiga. Como si no lo enseñas. Basta con que el malo llegue a su muerte siendo eso, el malo. Y con que al final, por hache o por be, no me tenga que ir yo a mi casa con la bajona.

Roose Bolton, tres cuartos de lo mismo. El gorrión Supremo, igual. Incluso el único gesto humano que le vimos a la Niña Abandonada en todo Juego de tronos fue cuando ofreció consuelo a Arya —«todo acabará pronto»— y la posibilidad de morir de pie o de rodillas, justo antes de morir ella misma.

Cuando corres poniendo esta cara, que es una cosa muy normal que pasa mucho. Imagen: HBO.

Todos tuvieron su minutito de oro poco antes de caer, con la excepción de Ramsay Bolton y Walder Frey —y quizá solo porque se ha establecido que esos dos personajes, más que motivados, están cucú de la cabeza, y eso no hay background que lo enmiende—. Es trampa, porque el objetivo no es obrar una transformación de verdad: es dejarle a usted mal cuerpo caiga quien caiga. Cuando lo hacen los buenos porque son buenos y cuando lo hacen los malos porque resulta que también eran buenos, aunque vayamos a descubrirlo a última hora y por la vía del discurso. Los showrunners no dirán eso en las entrevistas promocionales y los junkets de prensa, por supuesto. Dirán que en Juego de Tronos también los villanos tienen sus estratos y sus motivaciones y rollos superguapos, bla, bla, bla. Y los periodistas lo repetiremos como cacatúas, porque a ver si se cree usted que las páginas se llenan solas. Pero no, mentira. Varys, Melisandre, Jaime o Theon, sí. Los que cambiaron de bando en vida, y esa transformación constituyó buena parte del cuento. Pero ya, fin. Alguien debe montar guardia en los extremos del espectro, y ser verdaderamente los buenos y los malos. Esto es ficción, no realidad. No rigen los principios de la psicología, sino las leyes de los cuentos. A ver si llevamos seis años, seis, rodando las cabezas, y resulta que aquí no era nadie el malo.

En el fondo, la culpa es también suya y mía, no se crea. Somos nosotros, los espectadores, los que nos hemos dejado convencer de una gran tontería: que las ficciones no deben ser maniqueas. Como si eso fuera posible, o acaso deseable. O como si algo tuviera de excitante un personaje virtuoso que se enfrenta a otro personaje virtuoso porque claro, las circunstancias. Yo no he venido aquí a eso, ni a que me eduquen el espíritu, Weiss, Benioff. Muchas gracias. Al fútbol y al ajedrez voy a emocionarme con las jugadas. Y Juego de tronos es eso, o eso pone en el cartel de la entrada: un choque. Con su sacrificio de los peones y sus tarjetas rojas injustas. Si todos somos buenos, entonces estamos jugando al chinchón apostando garbanzos. Y la epopeya se nos queda en coaching. Para eso me voy a ver Anatomía de Grey.

2. Sandor Clegane y el Palmar de Troya

«Un septo es, un septo es, un septo eees, una ventana en la mañana y disfrutaaar». Imagen: HBO.

Por dónde empezar, Weiss, Benioff. Por dónde empezar.

Aquí tenía que haber un monasterio, punto uno. Ubicado en una isla, y la isla ubicada en una ría en la desembocadura del Tridente. A la que se accede atravesando las marismas que descubre la marea baja. Una especie de monte Sant-Michel, en resumen. Era caro de hacer, vale. No era estrictamente necesario ceñirse a los detalles, vale. Ni siquiera hacía falta que llegásemos de la mano de Brienne, como en los libros, o que Sandor Clegane ejerciera como el enigmático sepulturero de la congregación. Hasta admitimos que Isla Tranquila era complicada cinematográficamente, porque en ella rige el voto de silencio y ya me dirás tú cómo hacemos televisión con todo el mundo callado. Y que, precisamente por eso, parece el sitio ideal para que economicemos en la partida de producción, que estamos en la sexta temporada, los dragones son ya muy grandes y las batallas de los bastardos no se hacen solas. Vale. Pero hombre, yo qué sé. Es que esto tampoco, Weiss, Benioff, perdonadme. Ya no porque la Isla Tranquila no sea una isla; es que no es nada. No hay nada. Que lo están construyendo, diréis. Ah, claro, muy bien. Pero, mientras tanto, esto es el equivalente en la ficción de una esfera ideal suspendida en el vacío: gente en un prado, Weiss, Benioff. Gente en un prado.

Y qué gente. Qué caras. ¿Esto qué es, una secta? Porque lo parece. La granja-secta-polígama de Playmobil, edición Esperando al ovni. Con el opening ese, de verdad. Qué cursi. Y qué cliché tan grande. Y el aluvión que viene después: el parto leña; el yo estuve en Vietnam; el tú eras Jeremy Irons y yo Robert De Niro y al final nos queman la aldea; etcétera. Y el Hermano Mayor, que esa es otra. Se hace reiki, se hace coaching de vida, se vende Ford Focus. Hasta le tenéis que haber sacado diciendo expresamente, y cito, «soy un puto septón», porque era talmente uno que entra en un bar. Y encima sin decir nada que no haya dicho Paulo Coelho. Barato todo. Baratísimo. Eso no se le hace a Ian McShane, Weiss, Benioff. Perdonadme que os lo diga.

Cuando eres duro pero no tienes un saco de boxeo porque esto era una ficción medievalista. Imagen: HBO.

Y menos que nadie a Sandor Clegane. Porque el Perro, más que ningún otro personaje, necesita vuestra ayuda. O sea: hombretón vueltadetódico, robusto físicamente, devoto de sus obligaciones y atormentado por su pasado. A lo mejor es el protagonista de cualquier película de Bruce Willis. A lo mejor. Y de la mitad de películas de acción de los últimos cuarenta años. ¿Es eso malo? No. Contar con un prototipo tan reconocible es hasta deseable, más entre tanto personaje extravagante como hay en Juego de tronos. Engrasa, resulta digestivo. Y más si da las mejores ensaladas de hostias de la serie. Pero, lo dicho, que entonces necesita ayuda, no que le hagáis las jugarretas relacionadas con el presupuesto precisamente a él. No que lo ubiquéis como protagonista en un escenario tan abstraído que ha quedado reducido a la égloga pastoril. Si se sumerge a un personaje cliché en un universo de clichés y lo echamos a andar por sí solo, como si fuera un muñeco a cuerda, entonces pasa esto. Mi hermano me quemó la cara: trauma. Mato porque tengo trauma: más trauma. Como tengo tanto trauma por matar, me meto en una secta absurda pero los matan a todos: supertrauma. Y así seis años sin que al Perro le ocurra realmente algo, porque todo lo que le pasa acaba siendo lo mismo. Y la casa sin barrer, y la pistola de Chèjov sin aplicar. Y la gente se marea y el público se mea.

Para hacer volver al Perro así, garbanceramente y mal, y sin que luego concurra más que tangencialmente a los acontecimientos importantes de la temporada —ni siquiera aparecía en el capítulo final—, os lo podíais haber ahorrado. Que reapareciera más tarde, en la séptima temporada, ya integrado directamente en la Hermandad sin Estandartes. Total, sería casi más plausible que encontrarlo donde lo hemos hecho. Y todo ese metraje tontamente invertido en una fábula de Samaniego podría habernos servido para no incurrir en algunas de los omisiones más incomprensibles de la temporada —cof, cof, el pasado del Cuervo de Tres Ojos como Brynden Ríos, cof—.

3. Esta muerta está muy muerta

Marear la perdiz: definición gráfica. Imagen: HBO.

Y mira, hablando de omisiones dolorosas. Nos vamos a dar el gusto de reventar el que ha sido uno de los spoilers más peligrosos de Juego de tronos, fundamentalmente porque ya ha dejado de serlo. Si no ha leído los libros, agárrese a algo. ¿Ya? Va:

Catelyn Stark no murió en la Boda Roja. O sea, sí. Pero revivió al tercer día, hosanna en el cielo. Y ahora es un zombi, o algo parecido. Un zombi superjodido. Y se hace llamar Lady Corazón de Piedra. Y es la líder de la Hermandad sin Estandartes. Y está enfadadísima, porque tú me dirás. Y le da igual ocho que ochenta. Y están los Frey ahora mismo que no tienen Poniente para correr. Y los que no son Frey, también.

¿Y quiere saber lo mejor de todo?

Weiss y Benioff han eliminado todo esto de la adaptación.

Durante mucho tiempos no quisimos creerlo, y confiábamos en que la espectacular rentrée de Catelyn —que en los libros ocurre poco después de la Boda Roja, en el epílogo de Tormenta de espadas— solo se estaba posponiendo. Y por eso no incurrimos en spoiler a la hora de criticar su ausencia, como hicimos cumplidamente en las revisiones de la cuarta y la quinta temporada. Parecía evidente —esa cursiva es enfática— que Lady Corazón acabaría llegando, y no queríamos estropear la sorpresa. Pero cuando ha terminado la sexta, y es obvio que el personaje ha sido eliminado de la adaptación, ya no tiene sentido guardar el secreto, porque resulta que no lo era. Weiss y Benioff no mentían, ni piadosamente ni de la otra forma. Ni George R. R. Martin. Ni Michelle Fairley. En la tele, Catelyn murió, punto. ¿Usted da crédito? Nosotros ni un poco.

Dirá usted, porque usted es así, que no es tanta la tragedia. Beric Dondarrion ha resucitado. Jon Nieve ha resucitado. Benjen Stark ha hecho algo parecido a resucitar. Gregor Clegane también, e incluso su hermano Sandor, a efectos narrativos, ha vuelto figuradamente a la vida, reenganchándose de nuevo a las tramas cuando se le daba por abatido. ¿No resultaría machacona otra resurrección?, dirá usted. ¿No sería casi un chiste? Respuesta: sí. Matiz: ahora. Porque a Catelyn le correspondía volver no después de todos ellos sino antes, en segundo lugar tras Dondarrion. Y en la sexta temporada solo debía involucrarse con decisión en los acontecimientos. El más relevante, la masacre de la estirpe Frey, pero también la muerte definitiva de Beric Dondarrion y la (posible) de Brienne de Tarth. En lugar de eso, Beric y Brienne siguen vivos y las dos hijas de Catelyn han acabado con las dos casas que ella se proponía extinguir: la Frey y la Bolton. Pues bueno, pues vale. No diremos que el puzle no se ha reencajado con habilidad. Pero nos sigue pareciendo que, sin Lady Corazón de Piedra, Juego de tronos ha perdido una gran oportunidad.

«Hoy en Masterchef: pastel de tus hijos, gilipollas». Imagen: HBO.

Y el porqué ya lo mentamos en su día, a colación de la Boda Roja. Después de ejercer como esposa en la primera temporada, como viuda en la segunda y como madre en la tercera, «Catelyn Stark, de soltera Tully, ha recorrido todos los roles que le reservaba su papel de gran matrona en Juego de Tronos», y por eso murió. Haciéndola volver Weiss y Benioff habrían contravenido este principio, y ojalá lo hubieran hecho. Ojalá en la ficción rompedora que presume ser Juego de tronos también las matronas, las madres y las viudas, las señoras, pudieran trascender sus roles femeninos —la madre abnegada, la cortesana conspiradora, la luchadora corajuda en un entorno de hombres— y convertirse, ellas también, en esos personajes aparentemente unisex que luego nunca lo acaban siendo: las criaturas, las fieras sobrenaturales. Nada tiene de valiente ni de nuevo que un guerrero joven, un Cid campeador como Jon, vuelva a la vida para seguir blandiendo su espada; pero sí lo tiene que lo haga la esposa del héroe, la madre del guerrero. Que Catelyn recupere la vida —no Ned, no Robb, no Jon; Catelyn— constituye la singularidad, el acontecimiento feliz y poderoso que habría distinguido a Juego de tronos entre las grandes ficciones comerciales y lo habría hecho ganar dignidad respecto al texto original, la Canción de hielo y fuego. Algo en lo que pensar para todos los que celebran el papel de las mujeres en esta sexta temporada, quizá demasiado impresionados por el caramelito —y solo caramelito— que constituye la joven Lady Lyanna Mormont, y porque no recuerdan demasiado bien los libros. Lady Corazón de Piedra no está. Arianne Martell no está —de eso hablaremos luego—. Y por más que otros personajes femeninos hayan conquistado un protagonismo formal y muy visible en la política de Poniente, no vemos que reciban un tratamiento narrativo distinto del convencional, quizá solo con la feliz excepción de Yara Greyjoy y el papel, siempre sui generis, de Arya Stark.

4. Jon Nieve, crónica un «meh» anunciado

Cuando eres Kit Harrington y la potra que tienes es una cosa que no te la puedes ni creer. Imagen: HBO.

Y quizá lo peor de todo es que la amputación de Lady Corazón de Piedra no ha servido para nada. La omisión perseguía un objetivo, pero ese objetivo no se ha cumplido.

Recordará usted que al acabar la quinta temporada dejamos a Jon Nieve más muerto que Mufasa. Pues bien; el pasado abril, justo antes empezar la sexta temporada, en la casa de apuestas online BetWay la resurrección del Lord Comandante se cotizaba 1/100, lo que significa que el 99% de las apuestas eran a favor —eso y que los vencedores se habrán embolsado a estas alturas la friolera de un euro por cada cien apostados—. Y no, le anticipo que no todos eran eminentes exégetas de la obra de George R. R. Martin. De hecho, solo el 80% apostaron a que abandonaría seguidamente la Guardia de la Noche, y eso que el juramento lo dice bien claro: «La noche se avecina, ahora empieza mi guardia. No terminará hasta el día de mi muerte». Es decir, que muchos ni siquiera conocían demasiado bien la obra de George R. R. Martin, y pese a eso acertaron. Les bastó con la intuición. Con sumar dos y dos.

Y a usted también, no diga que no. Lo sabían ellos, lo sabía usted y lo sabía yo. Y por eso, cuando finalmente ocurrió, pues hombre: meh. Y qué gran meh, dese cuenta. La muerte y resurrección de Jon Nieve deberían haber constituido un hito en Juego de tronos a la altura de la decapitación de Ned Stark y el desenlace de la Boda Roja, e incluso provocar más conmoción. Uno, porque su asesinato también estaba previsto en los libros publicados, pero no su resurrección, y ni siquiera los lectores sabían que pasaría; y dos, porque Weiss y Benioff habían preparado cuidadosamente el terreno para que el regreso de Nieve resultase todavía más chocante para los televidentes, y lo hicieron a costa de grandes sacrificios. El mayor de todos, Lady Corazón de Piedra. Aunque sabíamos que la resurrección de la carne se contempla también en la adaptación —y además de dos maneras: como zombi, si median los caminantes blancos, o volviendo a la vida tras la intercesión de un sacerdote de R’hllor—, en la tele nunca le había ocurrido a un gran protagonista. Y solo ahora podemos saber por qué. Si Catelyn hubiese vuelto a la vida cuando tocaba, al final de la tercera temporada o al inicio de la cuarta, habría ejercido como precedente. La muerte ahora de Nieve habría carecido de emoción, porque habríamos anticipado que resucitaría; y cuando resucitase tampoco resultaría chocante, porque sabríamos que iba a pasar. Como la muerte de un gran protagonista —la de Ned—, la sorpresa de la resurrección de otro gran protagonista era también una suerte de virginidad, algo que el espectador solo podía perder una vez, la primera. Había que elegir: o Catelyn tempranamente o Jon mucho después, ya en la sexta temporada. Y eligieron a Jon, confiados en que así darían una campanada mayor.

¿Y qué ha ocurrido? Justo lo contrario. Un epic fail rigurosamente literal, en lo epic y en lo fail. Campanada, ninguna. Sorpresa, cero. En todo momento supimos que la muerte de Jon Nieve era cierta, pero no definitiva. ¿Por qué? Por la poca maña del texto y la realización. Concretamente, porque Weiss y Benioff, o quizá la HBO, quisieron que funcionase como cliffhanger al final de la quinta temporada. Y, más concretamente, por la factura de la secuencia que ejerció como cliffhanger, convencional hasta decir basta. Con su plano cenital, su zoom, su sangre y su apestosa tromba de violines. Y su ubicación exactamente al final del último capítulo de la temporada. ¿Desde cuándo son las cosas así en Juego de tronos? Hasta entonces, las muertes de los grandes héroes habían ocurrido con una realización sobria y muy singular, desprovista de manierismos melodramáticos; y en capítulos intermedios de las temporadas en lugar de al final, contraviniendo todavía más los convencionalismos televisivos. Por eso nos sorprendieron tanto y por eso no dudamos que fueran ciertas.

Bastaba con hacer lo mismo. Con matar a Jon igual que a Ned, Catelyn y Robb. No al final de la temporada, sino en el octavo capítulo o el noveno. No mostrando sus restos en primer plano, sino veladamente, de lejos o sin hacerlo en absoluto. Habríamos creído efectivamente que Jon Nieve estaba muerto, para gran flipar, y al resucitar en esta sexta temporada nos habríamos quedado muertos en la bañera. Bastaba, en suma, con haber repetido la fórmula, esa forma honesta de crear sorpresas a través de la técnica, en lugar de optar esta vez por la forma industrial, la que tiene más que ver con el marketing, los teasers y los trailers. Una pena, la verdad.

5. Jorah Mormont, Jorah que te Jorah

«Dime que me quieres o me enveneno». Imagen: HBO.

Y mira, hablando de pena, hablemos de darla. Tres veces se han separado ya Daenerys y Jorah Mormont. Tres. Una, dos y tres. Desde la primera vez en la cuarta temporada hasta esta última, a mitad de la sexta. Casi veinte capítulos dura ya la cruzada hazmecásica, pagafántica y nuncafollista del caballero de la triste figura para conquistar el amor de su Dulcinea particular, o al menos darle pena. O recabar su perdón, que es una manera de representar lo mismo. Algunos dieron de sí, estamos de acuerdo. Pocas secuencias hemos visto en Juego de tronos mejores que la del paso de Jorah y Tyrion por la antigua Valyria, donde el caballero contrajo la psoriagrís. Pero son dos temporadas ya sin que cambie realmente nada en esta historia de amor que no es tal cosa, porque Daenerys ya eligió y eligió como Macarena, darse a su cuerpo alegría y cosa buena. Con Daario Naharis, nos ha jodido mayo. Y se llegó entonces a un arreglo con los espectadores: Daario se comería el sándwich y Jorah gozaría de mayor confianza como consejero, un plus por objetivos y un asiento permanente en lo alto de la pirámide con unas magníficas vistas a la friend zone. Fin de la historia.

Esto no es un triángulo amoroso. No lo es en los libros y en la serie tampoco puede, porque no se han practicado cambios en este sentido. Pero Weiss y Benioff insisten en retratarlo como si lo fuera. Con los clichés a los que acostumbra el cine y la tele en estos casos: secuencias a tres bandas, duelos de cornamentas y lo dicho, esos reencuentros machacones entre Daenerys y Jorah que se resuelven siempre igual, con la «Lacrimosa» de Mozart, el mutis de Mormont por el foro y la certeza —ya impepinable— de que esto mismo volverá a ocurrir en no más de cinco o seis capítulos. Y la próxima vez, será la cuarta. ¿Por qué está pasando esto? Por falta de valor, intuimos. Weiss y Benioff quieren representar formalmente algo que, en realidad, no está pasando. Y seguramente lo hacen porque piensan que no tienen elección. En Hollywood y en la gran tele persiste un miedo atroz a que un gran protagonista no mantenga algún tipo de tensión romántica, la que sea. No digamos ya si es mujer y en edad de merecer. Y ocurre que en este punto de Juego de tronos, cuando Ygritte, Shae, Talisa, Robb y Renly han muerto, hemos consumido ya la mayoría de las historias de amor, y desde luego todas las emocionantes. Y se conoce que tiene que haber alguna, por cojones. Weiss y Benioff casi lo admitieron con el subtexto del diálogo en el que Daenerys manda a Daario a tomar mismamente por donde amargan los pepinos.

Nunca hasta ahora hemos recomendado matar a un personaje, menos todavía a uno que sigue vivo en los libros. Pero a Jorah debieron haberlo fulminado hace tiempo, e inexcusablemente en esta temporada. Las razones, parecidas a las que dimos con Sandor: lleva seis años, seis, interpretando un mismo papel, el de un Humbert Humbert coñón. Demasiados para que nos resulte deseable su más que probable reunión con Daenerys por cuarta vez —¡cuarta vez!—, o acaso emocionante. Repetimos: las leyes de la vida son unas y las de la ficción son otras. Hace ya tiempo que Mormont es un zombi narrativo. Por eso esperamos que cuando vuelva, porque volverá, al menos lo haga convertido en un hombre de piedra. O en vampiro, qué más da. Pero que le pase algo, por Dios.

Posdata. Parte del metraje de Mormont podría haberse invertido en abundar en las tramas de Essos, que falta hace. Y particularmente en la de Varys, el eterno olvidado de Juego de tronos.

Tip y Coll. Imagen: HBO.

Que sí; en esta partida de ajedrez, Varys y Meñique son los caballos. Saltan por el tablero y eso es parte del encanto. Empieza a parecer que tienen un jet supersónico cada uno, pero bueno, vale. Aceptamos pulpo. Ahora bien; después de su profunda transformación televisiva –porque el Varys de los libros comparte solo filosofía con el de la serie, y sus actos son completamente distintos–, que la Araña no se encuentre con Daenerys era una línea roja, y Weiss y Benioff no es que la hayan pisado; es que han bailado el Kalinka sobre ella. Antes del último capítulo de esta sexta temporada había gente en internet diciendo ya que Varys era una alucinación de Tyrion, no le digo más. Y cuando por fin Daenerys y Varys compartieron su primer plano ocurrió literalmente en la última secuencia de la temporada. Y sin cambiar antes palabras. ¿Imagina usted que cuando ser Barristan se unió a la delfina Targaryen hubiera ocurrido así, apareciendo directamente a su vera? ¿O que se hubiera prescindido, en esta temporada, se la secuencia en que ella pacta su alianza con los hermanos Greyjoy? Pues eso.

6. A buenas horas, Manosfrías

Es un hecho ampliamente documentado que el diablo está en los detalles. Quedémonos con esta idea preliminar.

No, no le vamos a reprochar a Benioff y Weiss que nos hayan privado hasta ahora de Manosfrías, ese personaje enigmático y razonablemente sobrenatural que campa a sus anchas por la región más allá del Muro. En la cronología televisiva le correspondía efectuar su entrada mucho antes, cuando Sam y Gilly escapaban del torreón de Craster en la tercera temporada, y después quedarse largo tiempo durante la cuarta, al menos hasta que Bran llegaba a la cueva del Cuervo de Tres Ojos. Durante todo ese tiempo, en los libros, lo conoceremos por este apodo y lo veremos siempre embozado con un pañuelo, sin llegar a saber nada sobre su identidad. Y nos diremos: es Benjen. Pero es que lo mismo nos dijimos en su día sobre Mance Rayder, el rey más allá del Muro, y luego mira. Y además contemplamos la posibilidad de que Benjen sea Daario Naharis, porque en Juego de tronos ya, lo que veas. Así que Manosfrías era quizá un secreto a voces, pero un secreto. Y en eso estaba la gracia, por supuesto.

Benioff y Weiss, en cambio, no podían sostener el mismo enigma, y de hecho ningún enigma. Lo suyo es televisión, y alguien debía interpretar al personaje. Si lo hubiera hecho Joseph Mawle, el mismo actor que interpreta a Benjen, blanco y en botella; y si lo hubiese hecho otro, habríamos descartado que Manosfrías fuese el hermano de Ned Stark. Así que, en realidad, no se trata de que hayan retrasado simplemente su aparición; han dejado al personaje en off hasta superar el punto de la historia al que han avanzado los libros y entonces lo han hecho entrar, procediendo con todas las revelaciones de sopetón: pum, Manosfrías, pum, y es Benjen Stark, pum, y además está muerto. O muerto como la gente está muerta últimamente en Juego de tronos, que no es realmente mucho. ¿Que la cosa pierde? Nos ha jodido. Pero no había otra manera. Desventajas que tienen las pantallas frente a las páginas. A cambio, el sexo en la tele gana una cosa bárbara. Y los septos explotando, ni te cuento.

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«Madre mía, y para esto seis temporadas». Imagen: HBO.

Y eso es precisamente lo que vamos a reprocharle a Weiss y Benioff, porque aquí hemos venido a perdonar vidas. No los dragones, sino algo parecido: el alce. El alce en el que cabalga Manosfrías. Que tampoco es un alce, cuidado. Como el mismo Martin escribe, el animal mide diez pies de altura hasta la cruz, unos tres metros, y debe ponerse de rodillas para que suban los jinetes. Y en otros puntos le dedica los apelativos de «gran» y «gigante». Aunque a veces se propone que podría ser un alce americano simplemente muy grande, suele convenirse que se trata de un alce irlandés, también conocido por su —elocuente— nombre científico: megaloceros giganteus. Se trata de una especie de ciervo, la más grande que ha existido, extinguida hace diez mil años, a finales del Pleistoceno. De hecho, en los libros, Martin también se ocupa de mencionar expresamente que la cornamenta del animal es como la de «uno de los alces gigantes que una vez vagaron libremente a través de los Siete Reinos, en tiempos de los Primeros Hombres». Una cornamenta de tres metros y medio de lado a lado, para hacernos una idea.

¿Cuánto mola la megafauna de finales del Pleistoceno? Muchísimo. ¿Cuánto mola esa megafauna en Juego de tronos? Muchísimo más. Ya lo dijimos a colación de los mamuts: la aparición de animales no estrictamente fantásticos, sino reales pero extintos, ubican a la serie en un punto muy singular, muy suyo, entre el realismo y la fantasía, pero escorándose hacia lo primero. Una gotita de Parque Jurásico, plicy solamente una. Lamentablemente, parece que solo Martin lo sabe apreciar, o al menos que Weiss y Benioff no lo aprecian más que lo que aprecian la factura de los efectos especiales. La cuenta es la misma: después de haber omitido en televisión a la gran osa polar que cabalga Varamyr Seispieles (que por su altura de trece pies, casi cuatro metros, más parece una variación ártica del extinto oso de las cavernas que un oso polar moderno) y de que no hayamos visto tampoco a ningún ejemplar de gatosombra, el alce gigante de Manosfrías ofrecía a Weiss y Benioff una última posibilidad de establecer que la megafauna es la norma más allá del Muro, y de conseguir así lo mismo que Martin en los libros: invocar con eficacia las grandes extinciones perpetradas por el hombre prehistórico y la última gran glaciación, entre otras ideas que visten muy bien a la región más allá del Muro, y por extensión al mundo mismo en el que tiene lugar Juego de tronos.

El diablo está en los detalles, decíamos. Vaya que si lo está. Y con este se ha asomado. Tanto que debemos decir que al menos ya hay una cosa que la hacen mejor en El Hobbit que en Juego de tronos. Quién nos lo habría dicho.

7. Marina Dorne, ciudad de vacaciones

«Cobarde, fistro, te viasé pupita en el diodenor». Imagen: HBO.

¿Se acuerda usted de los Martell? Haga memoria: pelo negro, constitución chupada, tez aceitunada. ¿No? Pues fueron la Next Big Thing, los Martell. Por la mala follá, sobre todo, pero no solo por eso. También practicaban el poliamor, conspiraban que daba gloria y pasaban los dedos por velas, que es una cosa no verbal que los hacemos españoles cuando hay una cámara delante. Eran ellos así, sandungueros y españolazos. Y un poco indepes. Ya lo dijo Tywin Lannister: «No seremos siete reinos hasta que Dorne vuelva al redil». Así que Dorne volvió, y para ello Juego de tronos tuvo que desplazar su monumental aparato de producción a España. Juego de tronos no era Juego de tronos sin el arco de Dorne, o eso pensaban entonces Martin, Weiss y Benioff. Ahora se conoce que han cambiado de idea y han hecho que el reino del sur desaparezca pero así, pin, pan. Drexit fulminante de Dorne en el primer capítulo de la temporada. Y nunca más se supo hasta minuto y medio nueve horas después, en el capítulo final. Spain, one point. Lamentablemente.

Contexto: Muchos lectores de George R. R. Martin ya se quedaron fríos en la temporada pasada, cuando supieron que media familia Martell ni siquiera formaría parte de la serie. En particular la princesa heredera, Arianne Martell, que juega un papel protagonista en los libros y es uno de los personajes que asume el punto de vista narrativo en Festín de cuervos y Danza de dragones; y su hermano Quentyn Martell. No revelaremos los detalles; baste decir que las subtramas de estos personajes tienen implicaciones muy grandes en la contienda por ocupar el Trono de Hierro, por no decir que decisivas en este punto de la Canción de hielo y fuego. Sin embargo, en televisión, tampoco sus actos le fueron legados a otros personajes, simplemente se amputaron de la narración. Si además se considera que Oberyn lleva criando malvas desde la cuarta temporada, las muertes ahora de Doran y Trystane hacen que la familia Martell, que en los libros sigue relativamente completa y ganando protagonismo, haya sido completamente desterrada de la adaptación televisiva. Y lo que es más significativo: Weiss y Benioff también se han asegurado de acabar con todos los personajes del arco dorniense que retienen cierto foco en los libros: Areo Hotah y Myrcella Baratheon. Ha sido una purga, sin más. Se trataba de acabar con el arco.

Pero ¿por qué? Misterio. Aunque doctores tiene Westeros, por supuesto. En Io9, optimistas ellos, decían al empezar la temporada que Ellaria Arena, la responsable formal y única superviviente de esta masacre, «puede haberse cargado completamente Dorne como país pero puede haber salvado Dorne como trama». Ojalá, pero no. Ni siquiera se ha reemplazado una gran historia por otra pequeña, porque a minuto y medio tras nueve capítulos sin Dorne malamente se lo puede considerar una trama. Y menos cuando los verdaderos protagonistas de ese minuto y medio son los carismas arrolladores de Varys y Olenna Tyrell. ¿Podría ser distinto? Seguramente no. Ellaria y las tres Serpientes de Arena mayores, Obara, Nymeria y Tyene, son cuatro personajes poco menos que intercambiables entre sí, y tremendamente prescindibles, con una esperanza de vida narrativa de un cuarto de hora. De hecho, la perfección con que Weiss y Benioff han abortado el curso de los acontecimientos en Dorne y la forma atropellada con la que han atado sus cabos sueltos al remolque Tyrell en el último capítulo invita a pensar en que aquí no median razones narrativas, sino industriales. Alerta conspiranoia.

Precisamente mientras se emitía esta sexta temporada George R. R. Martin ha prepublicado un capítulo del siguiente libro de la Canción de Hielo y Fuego, Vientos de invierno, que tiene por protagonista y punto de vista a Arianne Martell. Parece poca casualidad que, mientras ella misma y sus satélites ganan protagonismo en la saga literaria, sosteniendo un gran arco e implicándose cada vez más en los demás, en la televisión sean precisamente ellos los que resultan completamente eliminados. Si tuviéramos que apostar, diríamos que Weiss, Benioff y Martin (que también es productor de la serie y comparte el mando en las decisiones ejecutivas, detalle importante) acaban de dar un tajo profundo en Juego de tronos para separar libros y adaptación, y lo han hecho en Dorne.

Ese tajo estaba previsto y abierto ya, por supuesto. De ahí la omisión en televisión de Arianne y que tampoco se retrate la implicación activa de los Martell en la causa Targaryen. Pero los acontecimientos han obligado a Weiss, Benioff y Martin a acometerlo de raíz, extrayendo Dorne al completo. La razón: el retraso forzoso de la publicación del próximo libro, Vientos de invierno, para después de la emisión de la serie en lugar de antes, tal y como se planeaba en un principio. De esta manera, el inminente volumen literario ya no será donde se desvele la resurrección de Jon Nieve, la verdadera identidad de Manosfrías o la destrucción del Septo de Baelor, por ejemplo; pero cuenta con un arco inmenso, cedido ex profeso por su hermano televisivo, del que los espectadores —los potenciales lectores, los potenciales compradores— lo desconocen todo. Y ese arco, lo dicho: gana más relevancia con cada momento que pasa. Tanto que no parece descabellado que sea ya determinante en la contienda final por el Trono de Hierro, al menos en los libros. Oh, porque sí: Juego de tronos tendrá un ganador, y alguien se sentará finalmente en el dichoso trono. Pero la Canción de Hielo y Fuego, los libros, tendrán también un ganador, y será otro. Habrá dos finales distintos, uno en la pantalla y otro en las páginas. ¿Que no? Al tiempo.

Y hasta aquí las siete críticas a la sexta temporada. Mañana a la misma hora cantaremos las alabanzas. Le esperamos.

Cuando te lees seis mil palabras y resulta que eso era solo la mitad. Imagen: HBO.

Coautor 370


Juego de tronos V: Danza de cabrones

Imagen: HBO / Canal +.

Este artículo contiene SPOILERS

Vale su peso en vidriagón, pero ni por esas. Seis años y la reliquia perdida de Juego de tronos sigue sin aparecer, y eso que ni siquiera está perdida. Está guardada, que no es igual. Bajo siete llaves en algún oscuro sótano de HBO, cuyos directivos han jurado por los viejos dioses y los nuevos que antes morir que perder la vida. Es Winter is coming, el episodio piloto de Juego de tronos. No el que usted ha visto, no. El otro. El de verdad. El que se grabó en 2009, dos años antes del estreno de la serie, en Escocia y Marruecos, no en Irlanda del Norte y Croacia. Aquel del que no han trascendido más que unas pocas imágenes, entre ellas las de Theon Greyjoy como la ambición rubia e Ian McNiece vestido de reina Amidala. A Sophie Turner, la actriz que interpreta a Siesa Sansa Stark, se le escapó en una entrevista que la network estuvo a punto de no hacer Juego de tronos cuando tuvo este piloto sobre la mesa, con que imagínese el tostón. Y los mismos creadores de la serie, David Benioff y D.B. Weiss, reconocen que les quedó un poco, cómo decirlo. Dadá. Según han confesado ellos mismos, le pusieron el misterioso piloto a varios amigos y colegas de profesión y la mayoría ni siquiera se enteró de que Cersei y Jaime Lannister son hermanos. Y, quieras que no, eso desluce mucho un incesto.

Finalmente, la HBO se contentó con practicar cambios y volver a grabarlo todo. Con nuevas localizaciones, decorados, vestidos e intérpretes, entre ellos las actrices que dan vida a Catelyn Stark y Daenerys Targaryen, Michelle Fairley y Emilia Clarke, que sustituyeron a las originales, Jennifer Ehle y Tamzin Merchant. Aunque la verdadera transformación tuvo que ver con el guion, específicamente con la adaptación del texto literario de George R. R. Martin, el creador de la Canción de hielo y fuego. Por la copia del mismo que circula por internet sabemos que este piloto era mucho más literal con su libro, y que seguramente ese lastre fue lo que hundió la nave. Para reflotarla, Benioff y Weiss lo reescribieron no aligerando, sino cambiando el material de Martin, y así fue como el motor dejó de renquear y finalmente arrancó. ¿Por qué le contamos todo esto? Para que lo recuerde la próxima vez que se vaya a lamentar con grande pena y amargor de que las tramas de la serie no sean exactamente las de los libros, que es precisamente de lo que vamos a hablar hoy. Aunque siempre se deban censurar algunos de los cambios, conviene tener presente que sí, Benioff y Weiss ya probaron la literalidad. Y que no, no funcionó.

Acaba de concluir la quinta temporada de Juego de tronos y en Jot Down es tradición que comentemos en este punto el rumbo que lleva la adaptación en catorce puntos, siete para lo mejor y siete para lo peor. Así que vaya sacando el martillito de pedir silencio en la sala y haciendo ejercicios de precalentamiento con el dedo de juzgar, porque esta vez tenemos mucho de lo que hablar y un primoroso post de comentarios para que usted, fiel seguidor de la serie, pueda verter con comodidad sus apreciaciones y amenazas de muerte. Y una advertencia, otra vez: incurriremos en SPOILERS en tres, dos, uno, ya. Porque hablaremos de todo lo que ha ocurrido hasta el momento, aunque vamos a intentar no destripar lo que ocurrirá, es decir, la acción ya descrita en las novelas pero que aún no se ha retratado en televisión. ¿Entendido? Estupendo. Como dijo Alliser Thorne, el que avisa no es traidor.

Lo mejor

1. Canción de hielo… (la batalla de Casa Austera)

Imagen: HBO / Canal +.

Usted no sé, pero nosotros llevábamos cinco temporadas esperando esto. Desde la primera secuencia de Juego de tronos, sin ir más lejos. Y desde que la Vieja Tata anticipase en el tercer episodio ese invierno sobrenatural que se cierne sobre Poniente, «cuando el sol se oculta durante años y los niños nacen, crecen y mueren en la oscuridad, cuando los caminantes blancos andan por los bosques». Grumpkins y snarks, decía entonces Tyrion. Pero usted y yo sabíamos que no, y por eso nos quedamos a mirar. Porque la cosa se titula Juego de tronos pero entonces el Viejo Oso se preguntaba si «cuando los muertos y cosas peores vengan a darnos caza por la noche» importaría mucho quién estuviera sentado en el dichoso trono.

Fue lo que se prometieron Martin, Waiss y Benioff entre culos y decapitaciones: un apocalipsis. Concretamente, uno de naturaleza paranormal. Y por eso muchos de nosotros nos sentamos a mirar lo que, hasta ahora, ha sido fundamentalmente un culebrón medieval con aderezos de fantasía. Un año, y otro, y otro más. Y así cuatro, que se dice pronto. Hasta llegar a 2015 y seguir como entonces, mano sobre mano, el Gran Biruji sin llegar y con un elefante en la habitación del que nadie quiere hablar, pero que responde a un nombre: PER-DI-DOS. Temiendo que lo que esté viniendo no sea el invierno, sino otra Gran Tres Catorce. Y que la Canción de hielo y fuego se complete sin el prometido trance fantástico final, al que no pueden sustituir las conspiraciones palaciegas, los locuaces duelos dialécticos ni las atrevidas escenas de cama. Debe ser acción y fantasía, y solamente eso. Muertos vivientes, caminantes blancos y dragones. Hielo, fuego y nada más.

Y por suerte, después de cinco temporadas, la decisión con la que han chocado uno y otro elemento en la batalla de Casa Austera demuestra que esa sigue siendo la intención de Martin, Weiss y Benioff. Quizá sea el primer motivo por el que celebrarla, pero no el único. También es una batalla estupendamente facturada, aunque las legiones cagalástimas ya le estén criticando la abundancia de efectos especiales. De cinco contendientes —zombis, caminantes blancos, gigantes, salvajes y hermanos de la Guardia, más la aparición estelar de algunos miembros de Mastodon— solo dos son seres humanos, pero todavía hay quien piensa que esto es neorrealismo italiano. Y aunque la escaramuza tenga lugar súbitamente y acabe quizá demasiado pronto —en las novelas el choque se narra por referencias externas a la acción e involucra a muchos personajes fulminados de la adaptación—, seguramente es lo mejor. Como decíamos el año pasado, el último capítulo monográfico sobre una batalla, en el octavo episodio de la temporada anterior, no fue demasiado bien. Ni contaba con un chimpún como este, pura gloria en televisión para escarcha de nuestros pezones. Quiera R’hllor que no volvamos a tardar otra temporada entera en vernos la caras y los cuernitos con este supervillano, que por cierto no es el legendario Rey de la Noche.

2. Y canción de fuego… (el retorno de Drogon)

Imagen: HBO / Canal +.

Nos aterraba la escena de los juegos en Mereen. Era fácil convertirla en un pastiche entre Gladiator y la confusa batalla del Coliseo de El ataque de los clones. Pero la secuencia arranca con buen pie: las coreografías de lucha son variadas y atractivas, en particular el duelo desigual de Jorah con el espadachín braavosi. Y tras las peleas, el susto: ser Jorah Pagafantas Mormont arroja una lanza a mil metros de distancia, cual lanzador olímpico de jabalina. El objetivo del lanzazo es el nuevo marido de Daenerys, convirtiendo a la reina en viuda y dándole un ticket de salida a Jorah de la friendzone… o esa es la impresión que asalta al espectador hasta ver la lanza clavándose en un enmascarado. Entre el público se han infiltrado Hijos de la Arpía enmascarados, como tropas de asalto de Anonymous irrumpiendo en el Parlamento con máscaras de Guy Fawkes. Se desata una tormenta de espadas, y lo que en la escena de la muerte de ser Barristan quedó ridículo aquí logra parecer amenazador. En el momento clave aparece la bomba atómica de Essos: el dragón negro que despierta de una patada el sense of wonder del espectador.

La escena no es perfecta: hay algún cante de croma y momentos WTF (¿no es raro que un Jorah infectado de psoriagrís se deje tocar por Daenerys?), pero todo se perdona ante la visión de una Targaryen montando (¡al fin!) a lomos de un-puñetero-dragón. En el octavo episodio llegó un reto en forma de canción de hielo, y aquí Drogon entona su propia canción de fuego en respuesta. No es aún una sinfonía, pero sí el primer movimiento del concierto que se aproxima. El dragón aún no está plenamente desarrollado y es posible herirlo: la escena transmite bien la sensación de un triunfo arrollador amenazado por un peligro enorme.

Ah, y Tyrion. Fíjense en el careto de Tyrion… Ahí se refleja el auténtico sentido de la maravilla. La épica. La hostia en verso.

3. La reina de las malas decisiones

Imagen: HBO / Canal +.

Llevamos cuatro años agradeciendo a Peter Dinklage que enchufara a Lena Headey para encarnar a Cersei, pero quizá ha llegado el momento de enviarle unos bombones. En esta temporada que no por casualidad se abre y cierra con ellael personaje explota definitivamente, protagonizando uno de los arcos argumentales con más chicha y ya de paso llevándose por delante un par de riesgos que sobrevolaban a la mala malísima oficial. Cersei se aleja de la caricatura de reinona pérfida y chalada, que está a tres lexatines de charlar con su espejo porque teme que Margaery le mangue también el título de Miss Buenorra de Poniente. Gracias a la susurrante Headey y a esa pincelada de su niñez con la premonición de la bruja, el desquicie y la felonía de la Lannister van cobrando sentido, añadiendo al personaje una textura dramática que le viene al pelo para el lío en el que se mete ella solita. Vuelve a perseverar en su cualidad más destacable creerse más inteligente de lo que esideando una estratagema que como todos veíamos venir, acaba estallándole en la cara como colosal chaparrón de mierda.

Que Cersei querría muy fuerte ser Olenna Redwyne pero no le llega el riego era algo que ya sabíamos. Que tomaba decisiones así un poco a tontas y a locas, también. Pero ha estado francamente bien esa soledad forzosa sin Jamie ni un Tyrion cerca para advertirle de que la gente que vive en casas de cristal es mejor que no lance piedraspara dejarle entretejer una alianza con los más malrrolleros del lugar: los fundamentalistas religiosos. Fantástica la comprensión del arco de los Gorriones (liderados por un turbio Jonathan Pryce) y también, no lo neguemos, ver a Cersei dándole lametazos al suelo. Porque si poderosa era volcánica, herida y humillada lo es aún más. Que pague un poquito por haber sido tan hija de puta es algo que regocija: la reina del bitchface en un walk of shame por sus pecados no, no son precisamente los devaneos de alcobaes un giro retorcido, pero necesario. Cosa más dudosa es lo de usar una doble para el desnudo. ¿Que igual se les ha ido un poquito la mano con la crueldad? Piensen en el ISIS tomando la batuta, a ver qué tal. Cersei finaliza recolocada en un punto del tablero acojonante, en los brazos de la Montaña resurrecta y con una cara que haría desdecirse a Tyrion: porque ni el amor a sus hijos ni los pómulos la van a redimir esta vez de la que va a liar. O quizás ha aprendido algo.

4. Esas locas buddy movies en Poniente

Imagen: HBO / Canal +.

De un tiempo a esta parte, la serie nos ha dado grandes momentos de buddy movie, especialmente desde el loquísimo emparejamiento de Arya Stark y el Perro Clegane, dos personajes tan nihilistas y kamikazes que juntarlos era como hacer Arma letal pero con dos Martin Riggs. Esta temporada, la cosa sigue por el mismo camino. Para empezar, la relación entre Sansa Stark y Ramsay no es lo que se dice una fiesta loca, pero más allá del buen ojo que tiene la muchacha para arrimarse a los elementos más sádicos del tablero de juego (lo que ya es meritorio si hablamos de un tablero donde los peones son señores despellejados), lo cierto es que tener delante al entrañable psicópata de Ramsay nos ha ofrecido por primera vez a una Sansa mínimamente interesante y de la que cabe esperar algo de iniciativa. Buen cambio para quien había sido el personaje más insoportable y pavisoso del reparto, incluso durante la temporada anterior… y eso que solo hay una cosa tan difícil como encontrar un novio más cabrón que Joffrey: resultar insulsa cuando tu sparring verbal es Tyrion Lannister. Lo hemos visto con otras dos parejas cómicas ilustres esta temporada: primero, el enano y el bueno de Jorah Mormont, que aunque duraron poco nos depararon algunas conversaciones memorables. Después, la crema del pastel: Tyrion frente a frente con Daenerys Targaryen. Su larga conversación fue para un servidor el punto álgido del octavo episodio, y ni siquiera el ataque zombi en modo Abismo de Helm pudo hacerle sombra. La esgrima verbal entre los dos («después de todo, quizá os mande matar») fue digna del William Goldman que escribió el duelo de ingenio de La princesa prometida («no beberé del vino que está frente a vos»).

Pero si hay un dúo que parecía predestinado a entenderse, es el formado por Jamie y Bronn. Porque, ya que hablamos de aciertos, donde la serie se está luciendo de verdad es en el reciclaje de lo que en las novelas de Martin eran claras oportunidades perdidas, y adjudicarles a estos dos la tarea de infiltración not-so-secret en terreno dorniense (en sustitución de Personaje intercambiable #1) ha arrojado un porcentaje de compatibilidad entre ambos que ya lo habría querido Jesús Puente para su programa. Aunque Bronn le haga caída de ojos a cierta víbora peinada a lo garçon

Ahora que no podemos saber lo que tendrá pensado Martin para el futuro, solo queda esperar que Weiss y Benioff sepan seguir sacándose de la manga combinaciones tan disparatadas y maravillosas, sin miedo a experimentar en su celestineo. Al fin y al cabo, ¿quién nos iba a decir que juntar a Bruce Willis con Cybill Shepherd podía ser una buena idea?

5. Ramsay motherfucker Bolton

Imagen: HBO / Canal +.

Las que caímos rendidas ante Iwan Rehon cuando hacía de inadaptado romanticón en Misfits llevamos tres temporadas boquiabiertas observando de cuánta maldad es capaz Ramsay Bolton y cómo borda el papel el actor galés. Con esa cara de alucinado y sádico a más no poder, Ramsay recuerda al ultraviolento Alex de la película de Kubrik, o incluso al maquiavélico Joker. Abrimos la temporada viéndole ascender desde la bastardía a la legitimidad, después asistimos a su boda con Sansa, en la que protagonizaron fuera de escena uno de los momentos más truculentos y polémicos de la serie (y en Juego de tronos, esto es decir bastante), y cerramos con el intríngulis de lo que estará planeando para su madrastra y futuro hermanastro. El propio Rehon confiesa pasarlo bastante mal interpretando algunas escenas y en esta casa, aunque Theon nos inspira desprecio y Sansa hace varias temporadas que nos resulta indiferente, nunca les desearíamos un ratito con Ramsay. Es más, temblamos ante la idea de que los gorriones descubran el potencial del joven Bolton. A buen seguro formarían una combinación, ejem, inquisitoria.

6. Arya Stark

Imagen: HBO / Canal +.

La iniciación de Arya en los misterios del Dios de Muchos Rostros está narrada con una agradable contención y cierto respeto al material original, un bien escaso esta temporada. Llegamos a temer al principio que intentasen espectacularizar el aprendizaje de Arya añadiendo, yo qué sé, entrenamiento ninja, más asesinatos o una amenaza inventada cualquiera. En cambio hemos tenido escenas lóbregas y oscuras, reflexiones sobre la identidad y la renuncia (¡ese momento sencillo y fantástico en el que Arya esconde su espada Aguja!), e incluso momentos de incómoda tanatopraxia salidos de A dos metros bajo tierra. Un detalle de esa escena: Arya limpiando el pelo del cadáver usando los mismos gestos con que Myranda, más tarde en el mismo capítulo, lavará y desteñirá el cabello de la pobre Sansa.

Más allá del catártico momento de venganza final genuinamente starkiano, nos quedamos con una escena, o más bien un escenario: la fantásticamente creepy Sala de los Rostros que alberga las miles, decenas de miles de caras puestas en fila que los Hombres sin Rostro han ido coleccionando (¡hazte con todas!) a lo largo de siglos. No podemos evitar preguntarnos, eso sí, cómo llegan hasta los estantes de más arriba y lo que debe costar limpiarle el polvo a todo eso.

7. Bye bye, Jon Nieve

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Que retengan las fanfarrias los lectores cínicos, que si incluimos la muerte del efímero Lord Comandante entre lo mejor no es porque nos alegre. Sí, en la vida moderna lo molón es depreciar el amor, la luz y el bien porque nos parecen sosos, y asumimos que el bastardo lo era un rato. ¿Intensito y emo? Más todavía. Pero si disfrutamos de una serie plagada de un elenco de personajes complejos en sus tonos de gris entre el bien y el mal, también celebrábamos que hubiera alguno que nos recordara esa época en la que éramos niños, el invierno estaba lejos y quien queríamos ser era el bueno. ¿Por qué su muerte está entre lo mejor, entonces? Por cómo se ha narrado, por lo que implica y por lo que explicita. Que la serie se ha salido de los cauces del libro es algo que ya sabemos, y en muchos casos ha sido para bien (exceptuemos lo de pervertir por completo el personaje de Stannis). Benioff y Weiss acertaron al trasladar a Jon Snow a la batalla de Casa Austera, mientras que en el libro el líder de la Guardia que estaba allí era un personaje de una relevancia similar a la del tercer concejal suplente en las listas de UPyD para las elecciones al Ayuntamiento de Morata de Tajuña. Con Jon allí vemos lo que ya intuíamos y ahora sabemos: las intrigas de poder en Poniente son juegos de niños ricos, lo que viene con el invierno es una lucha entre el Bien y el Mal, así, con mayúscula. Jon ha pasado de no saber nada a saber lo esencial. Y toma las decisiones más importantes que jamás tomó un Lord Comandante de la Guardia de la Noche, aunque a esta no le guste un pelo. Nadie más que él es consciente de que no se construye un muro de hielo de trescientas millas de longitud y setecientos pies de alto solo para protegerse de los guitarristas de Mastodon. De que el enemigo es otro. Y ante los malos hay que estar unidos, aunque no todos entre nosotros sean los buenos.

Pero la ficción es tan inverosímil como la realidad, así que la alianza de civilizaciones no es muy bien recibida. Prejuicios conservadores, ya saben. Y hay una especie de crescendo narrativo («he visto cuchillos en la oscuridad», le profetizaba Melissandre en los libros, como César debía guardarse de los idus de marzo, miradas torvas de sus compañeros y diálogos muy precisos con Olly en la serie) que conducen a ese final tan shakespereano del último capítulo, puñaladas traidoras y el propio Olly ejerciendo de Bruto. Una coreografía perfecta que no acaba ahí, porque después de Jon Snow solo queda el caos. ¿Quién mantendrá la frágil paz entre salvajes y la Guardia? ¿Quién advertirá al mundo de lo que se viene desde más allá del muro?

Pues probablemente él. Pero esto ya sería hacer spoiler-ficción; no se alarmen: oficialmente está muerto y bien muerto, no les descubrimos nada. Si regresa o no, y cómo de cambiado estará de hacerlo, queda en el terreno de las teorías. No sabemos nada. O sabemos algo: el verdadero Mal va ganando.

Lo peor

1. Matar a un ruiseñor

Imagen: HBO / Canal +.

No diga nada, que todo lo que puede decirse ya lo dijo mejor Kay Cannon, guionista y productora de 30 Rock: «Estoy mayor para ver a nadie ardiendo en la televisión».

Y eso que verlo, verlo, no lo vio. Lo oyó, como todos. Durante cuarenta segundazos, los que pasan desde que la cámara se aparta definitivamente de Shireen Baratheon hasta el final de la secuencia en la que resulta quemada viva. Los que Weiss y Benioff consideraron que debíamos escuchar los gritos desgarradores de esta niña entrañable por la razón última de que hey, why not. Podríamos hacer como que nos creemos los motivos que aportan ellos, pero mira. La carne de niño churruscada le quita a cualquiera las ganas de ruedas de molinos de postre. Y eso que tenemos el estómago a prueba de fuego valyrio, o no hubiésemos aplaudido la muerte de Joffrey Baratheon como auténticos bellacos. Pero la de su prima, que ha sido bastante menos explícita, sin embargo ha sido mucho peor. Lo sabe usted, lo sé yo y lo saben Weiss y Benioff por más que digan que no: se han cargado a Shireen así, con ensañamiento y muy mal gusto, para darle al final de la temporada un chute de morbo y shock. Para sostener la atención del espectador —y esto es lo verdaderamente jodido— a cualquier precio.

Y además de forma torpe y patatera, porque a ver una cosita. Si hubiesen matado a Shireen sin montar el número, todavía. Como han hecho con Barristan Selmy o Jojen Reed, entre otros que siguen vivos en las novelas. O incluso cuando así fuera, pero entonces muriera sacrificada por las verdaderas enajenadas, que son Melisandre y Selyse. Y no artificiosamente a manos de su padre. Stannis, el Stannis televisivo que nos han vendido durante tres temporadas, no sacrificaría a su hija en una pira. Y no solo por amor, que también. Por política, que de hecho es lo único que le importa. Shireen es la última Baratheon, ojito. Aunque Weiss y Benioff lo pasen por alto para vendernos esta burra incomprensible, que un hombre obsesionado con el objetivo de reinar mate a su única descendiente porque le han dicho que trae buena suerte, como pisar mierda. Que a la postre es lo más parecido que tiene Poniente a una aspirante al trono a la vez a) legítima y b) deseable. Y que lo haga, además, por motivos religiosos, cuando hasta hoy se han dedicado a matizar constantemente que Stannis es creyente, pero no «un fanático». Palabras suyas, no nuestras. Evangelio de san Weiss y Benioff, temporada dos, capítulo cinco. Antes de medirse en el campo de batalla, Renly y Stannis Baratheon se encuentran en su región natal, la Tierra de las Tormentas, y Renly le dice lo siguiente a su hermano mayor: «Nunca me creí que realmente fueras un fanático. Alguien sin carisma, rígido, aburrido, eso sí. Pero no un hombre piadoso». ¿Eh? A ver si ahora va a resultar que nos inventamos nosotros las cosas.

2. Los gorriones

Imagen: HBO / Canal +.

Un mundo fantástico, que en el fondo no es más que la recreación de la Edad Media con todos los añadidos que puedan hacerla atractiva para el espectador —los dragones, los magos, las razas mutantes, los dientes sin cariar y las putas perfumadas— no puede ser creíble sin religión. En Poniente, y no indagamos más allá del mar que nos llevaría a tierras bárbaras por no llevarnos un chasco, la religión es lo bastante absurda como para ser creíble, pero queremos más detalles, qué diantre. La fe de los siete parece haber desarrollado una teología tan compleja que resulta imposible de explicar. Conceptos como la transubstanciación y la Santísima Trinidad, que tan afines y queridos son para los hijos de la Transición, relucen con prístina claridad al lado de ese galimatías de septones, maestres, ándalos, primeros hombres y la madre que los parió más allá del muro.

Hemos visto bodas, sí, pero muy poco flamencas —otro gallo habría cantado en la boda roja si cada señorona hubiera lucido su peineta— y ni siquiera sabemos si en los Siete Reinos, por ejemplo, las familias bien van a misa de doce los domingos, como debe ser, a cantar las alabanzas del Señor y comerse su cuerpo y beberse su sangre y aquí haya paz y después gloria. Ahí los querría haber visto yo, horas y horas escuchando el «santo santo santo santo es el Señor, dios del universo», siempre rezando por que aligeren el tempo, que lleguen al prestissimo e tanto troppo y esto termine cuanto antes, y no andarían ahora con tantos melindres a la hora de hacer frente a una reata de zombis desaboríos. Y ahora, para terminar de joder la marrana —con perdón— nos sacan a una panda de desharrapados meapilas que, para más INRI, presumen de una vomitiva pureza e incorruptibilidad moral que nadie que no estuviera ciego dejaría de relacionar con, con… ¡Mirad, es el primo Lannister de Albert Rivera! Añadid: se llaman gorriones y no les gustan los maricones. Mucho menos si practicas el sexo grupal con tu hermana. ¿Has engendrado retoños de tu misma sangre? Al hoyo, por salida. Están con los pobres y los piojosos, pero muy rojos no parecen. O sí. Yo qué sé. No era necesario, HBO. Mandad un dragón y que los queme a todos, a todos, a estos sí, en fila india, mientras cantan:

Juntooooooos como hermanos (atiende, Cersei)

Miembrooooooos de un septooón…

3. La muerte de Ser Barristan

Imagen: HBO / Canal +.

Amanece en Mereen. Al paso del inmaculado Gusano Gris y sus hombres, las lugareñas se giran preguntándose si al castrarlo le habrán dejado flauta o platillos. De repente, un grupo de extras enmascarados surgidos de la orgía final de Eyes Wide Shut prosiguen su juerga de after apuñalando transeúntes. En su papel de Guardia Urbana, los guerreros más temidos del mundo (a pesar de su estúpida costumbre de patrullar estrechos callejones portando lanzas de dos metros) plantan cara y caen como moscas frente a los juerguistas. Un anciano caballero que pasaba por allí desenvaina la espada y ataca de frente; siguen unos minutos de confusa y acelerada coreografía de lucha a empellones, durante la que el caballero jubilado rebota de un lado a otro como en un pinball. Tras un par de planos que no logran ser dramáticos aunque se filmen en un extraño contrapicado inferior, el caballero es apuñalado… Y uno de los pocos personajes que brillan con luz propia en el libro de Danza de Dragones resulta expulsado ignominiosamente de la Casa del Gran Hermano de HBO.

Matar a ser Barristan es un insulto al infrautilizado Ian McElhinney, que lleva desde el primer año sacando oro de sus pocos minutos en pantalla. Quizá se ha intentado darle así a Tyrion algún valor para la reina de Mereen (¿de qué le sirve a Daenerys un consejero de Poniente si ya tenía uno?), o introducir algún suceso relevante en la insípida primera mitad de temporada. Pero yo quería ver las dudas del honorable caballero crepuscular al verse de repente al mando de un lugar traicionero que no comprende; quería verle dirigir la batalla que ha quedado probablemente relegada a la sexta temporada. Para un personaje que hay con gravitas shakesperiana, se lo cargan una panda de borrachos. Así no, joder.

4. La violación de Sam

Imagen: HBO / Canal +.

La crudeza con la que se muestra el sexo en Juego de tronos no iba a ser menos en el caso del desfloramiento de Samwell Tarly. El pinchito más penoso de esta temporada goes to los secundarios más anodinos de Poniente, y seguramente está motivado por la lástima. Todo precioso.

La escena comienza cuando nuestro blandengue favorito, el que hace parecer duro a Jon Nieve, siempre dispuesto a defender a su chica, recibe una soberana manta de hostias que si no llega a aparecer el lobo huargo por allí igual ni lo cuenta. Tras desmayarse, es cargado hasta el catre por la sufrida Elí, que por si no tenía bastante con haberse casado con su padre y tener un hijo-hermano, ahora tiene que criarlo junto a este ñoño entre la caterva de criminales confesos que forman la Guardia de la Noche. Total, que cuando está Elí haciéndole de enfermera, Sam le lanza una de sus acostumbradas indirectas intensitas. Ella, visiblemente incómoda, intenta marcharse, pero él la retiene agarrándole del brazo. Ese gesto dispara en ella algún tipo de mecanismo regresivo por el que acto seguido se arremanga las faldas, se sube encima de él y hace todo el trabajo sin ponerle ningún entusiasmo, ni ternura, sin siquiera jadear o respirar fuerte. Sam, esa calamidad mórbida de pelo churretoso y pinta de no haber alcanzado la pubertad, no solo mantiene una pasividad total, sino que además cierra los ojos y lanza unos ays que no sabe una si está follando o le están haciendo la cera. Repelús máximo. Por suerte para nosotras, el asunto se resuelve en tres segunditos, pero como espectadores nos quedamos con un regusto amargo, de que mejor si no nos lo hubiesen enseñado.

En los libros, el encuentro sexual llega a producirse, pero con la trama bastante más avanzada y copichuelas de ron mediante. No obstante, el de la novela es un polvo peripatético también: cuando Sam procede a chuparle los pezones, Elí, que está con la lactancia, le llena la boca de leche. Amamantando a su amante. Es que no se puede ser más triste ni intentándolo.

5. Del reino progre a la tribu caló

Imagen: HBO / Canal +.

No haremos sangre con el yo-ya-lo-dije pero recordemos los presagios: Dorne olía a pescaíto frito y a españolidad arrabalera en la anterior temporada y ahora ya sabemos por qué. Weiss y Benioff no albergaban la menor intención de darle una adaptación digna al reino del sur, ni en cuanto a trama ni en cuanto a estética. La temporada ha reducido Dorne a una serie de jardines absurdos sacados de un anuncio de Chanson d’Eau, poblados por unas gentes agitanadas que tienen toda la pinta de disfrutar de la vida a base de taconeos y gazpachitos. Ojo también a ese mashup con Lawrence de Arabia que viven Jamie y Bronn en nombre del exotismo, donde echamos de menos a Aladdin aterrizando con la alfombra mágica. El verdadero espíritu e identidad de este reino el más progre de Ponienteni ha asomado las orejas, porque eso de que son muy salerosos y lo mismo les da carne que pescado era algo anecdótico que ni de lejos sintetiza las peculiaridades del territorio, que van más allá del calorcito: el único de los Siete Reinos donde no importa si se es hombre o mujer a la hora de heredar primogenitura, se vive la homosexualidad en público o no avergüenza ser un bastardo. Los Martell eran carismáticos, complejos y con bastante más enjundia, y no es difícil entender la decepción de los lectores al verlos despachados como mero relleno discursivo.

Tampoco nos rasgamos las vestiduras rompemos la camisay asumimos que la intención era condensar y adaptar la trama, eliminando el intento de llegar al trono de los de Lanza del Sol, que ya suficiente conspiraciones hay en ciernes como para calentar la mollera con otra más. No vaya a ser. Pero de eso, a reducir todo lo ocurrido en Dorne a una venganza personal de una Rosarillo desnutrida (Ellaria Arena) pues mira, no. Y lo de las Serpientes de Arena no se solventa con una ubre saltarina y un par de coreografías con lanzas en mitad de los Monegros. Eso sí, muy a favor del añadido de la muerte de Myrcella, la más insulsa de los amantes de Teruel, aunque ya puestos podían haber aprovechado para cebarse también con la guapa de la pareja, Trystane, antes de que se escape a protagonizar una campaña de cualquier perfume lánguido.

Como Jaime, nos largamos de Dorne en ese barco sin mirar a atrás, deseando no tener jamás que regresar al reino transmutado en celebración de la absurdez. Absurdamente también conservamos cierta esperanza de que el retorno de Weiss y Beinoff a España como plató en la próxima temporada salga algo mejor. Peor que Marina D’orne Ciudad de vacaciones va a estar complicado.

6. ¿Y los Greyjoy?

Imagen: HBO / Canal +.

Vamos a confesarlo de una vez: la quinta temporada nos ha gustado. Seguro que los odiadores tienen razón y aquí estamos equivocados en esto de disfrutar de la vida y no darle muchas vueltas. Pero buscando fallos significativos hemos encontrado pocos. Entre ellos, la completa desaparición de una de las grandes Casas de Poniente (porque Theon ahora es Hediondo, no cuenta). ¿Alguien recuerda a los Greyjoy y a Yara? Nosotros sí, aunque solo sea porque nos gustan los calamares. Y porque todo su arco argumental se ha borrado de un plumazo y no sabemos muy bien si no volverán o si toda la sexta temporada consistirá básicamente en un monográfico de la única chicha esencial que queda sin contar de los libros, esto es: su movida. Que sería una brasa de temporada entonces, la verdad. Y es esencial porque, sin querer spoilizar mucho a los que no hayan leído Festín de Cuervos, puede que los Greyjoy hayan encontrado una especie de arma de destrucción masiva que influirá en los equilibrios de poder de Poniente. O no, que esto ya es un sindiós.

7. Y aquello

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Aquello, sí. Aquello, guiño, codazo. Aquello que el año pasado llamábamos «eso» y ahora «aquello», porque ya empieza a quedar lejos. Hoy como entonces no revelaremos de qué se trata, pensando en quien no haya leído los libros, y a quien sí lo haya hecho baste decirle que nos referimos al epílogo de Tormenta de Espadas, el tercero de la saga. Y a lo que le sigue, una trama completa protagonizada por uno de los personajes más singulares de la Canción de hielo y fuego. Weiss y Benioff, sin embargo, decidieron no sacarlo en la temporada anterior y tampoco lo han hecho en esta, que es cuando se esperaba. Flipa. Teniendo en cuenta que hemos acabado con la quinta y que Juego de tronos seguramente tendrá siete temporadas, parece poco probable ya que el personaje vaya a aparecer en pantalla, aunque cuesta mucho imaginar las razones que se dan los adaptadores para habérselo cargado. De momento, resulta decepcionante no haberlo visto ya, cuando hace tiempo que correspondía, pero nos aferramos al clavo ardiendo: preguntados por este asunto, Weiss y Benioff no confirman ni desmienten, pero sí han dicho que antes de quejarse mejor esperemos a que hayan hecho las setenta horas de Juego de tronos. Menos da una, ejem, piedra. Así que prestaremos mucha atención a las diez siguientes, y ustedes también deberían. Nos vemos entonces.

Coautor 62


Alejo Cuervo: «El friki vive en territorio metafórico toda su vida»

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Alejo Cuervo (Barcelona, 1959) es editor y dueño de la mítica librería barcelonesa Gigamesh, referencia para los aficionados a la literatura de género y los juegos de rol. Dirige la Editorial Gigamesh, que lleva publicando desde 1999 a grandes autores de ciencia ficción y fantasía, desde Tim Powers y Neal Stephenson hasta George R. R. Martin. Ha publicado recientemente Exégesis, un compendio de artículos, textos y notas sobre su larga experiencia en el mundillo editorial. Nos recibe en su casa, un amplio piso abarrotado de libros de ciencia ficción, revistas, tomos de Canción de hielo y fuego, figuritas y un peluche del Don Depresor de Cels Piñol.

Hacer esta pregunta rodeados de libros puede parecer extraño, pero… ¿Crees que dejaremos de leer por ocio algún día?

No, creo que no. Cuando un libro funciona y te engancha, la experiencia de comunicación y de intimidad con el autor no puede reproducirse en ningún otro medio. El libro como forma de abrirse al mundo y explorarlo no es reproducible en una narración audiovisual.

Empecemos por tus orígenes literarios y tus primeras experiencias profesionales. Tu primera lectura «seria» fue Slan, de Van Vogt. ¿Crees que si hubieras empezado con alguna otra obra tu carrera habría sido distinta, o habrías acabado de cualquier modo en el mismo lugar?

No, no hubiese habido grandes diferencias: si no ese libro, habría sido otro. Slan es una de las mejores historias de patito feo que se han escrito, en clave de juvenil fantástico… Me lo regaló un amigo de mi padre, junto a El caso de Charles Dexter Ward, de Lovecraft, como vacuna porque me había enganchado a las novelas de a duro de Bruguera. Devoraba un bolsilibro en los sesenta minutos de una clase aburrida. Otro amigo de mi padre, Javier Coma, me descubrió los clásicos del cómic: El hombre enmascarado, Príncipe Valiente, Flash Gordon… Devoraba todo lo que caía en mis manos y no tenía suficiente. Mis hábitos de consumo de ficción, siempre orientados al fantástico, los incentivó mi padre dándome pasta para gastar en vicio; si me veía leyendo, estaba contento.

Durante esa época, en tus primeros años de fan de a pie, te publicaron cartas en fanzines como Kandama.

Sí, eso fue en el Kandama número cinco, el especial Philip K. Dick… La primera vez que me atreví escribir a alguna parte como aficionado. Descubrí Kandama en Makoki, la primera librería especializada en Barcelona, que estaba a su vez cerca de las oficinas de Nueva Dimensión de Santos. Makoki tenía todo lo que se publicaba en cómics y libros de ciencia ficción. Un concepto incomprensible para el fan actual es la abarcabilidad del género en aquella época: podías leer absolutamente todo lo que se publicaba.

¿Recuerdas el contenido de la carta?

Vacilaba de la biblioteca que tenía, tantos miles de cómics y libros, y que aquí estoy por si alguien quería contactar.

No ha cambiado mucho la cosa, ¿no?

[Risas.] No tanto, no. En Makoki conocí a Juan Carlos Planells, que era especialmente fan de Dick. Yo acababa de leer varias novelas suyas en batería y empezaba a engancharme de por vida. En Makoki tuve mis primeros contactos, pero la cosa se aceleró cuando conseguí la parada de libros del Mercat de Sant Antoni.

A veces, cuando algo me sobresalta, hago algo un tanto friki: repetir mentalmente la letanía Bene Gesserit contra el miedo de Dune. ¿Hay frases de libros míticos que se te hayan grabado a fuego en la mente?

La de Clarke de «toda ciencia suficientemente avanzada es indistinguible de la magia», o la Ley de Sturgeon de que «el 90 % de todo es basura», como defensa de que el 9 0% de la ciencia ficción sea basura. Otra podría ser la de Stan Lee de «un gran poder entraña una gran responsabilidad», que nuestra generación tiene grabada a fuego de manera salvaje y no deja de ser en el fondo una frase muy calvinista. Una vez Martin me la soltó y, años después, le respondí una variante, en referencia a los medios que me han proporcionado sus libros: «un gran poder permite una gran creatividad». Ah, y por supuesto, la máxima de Asimov de «la violencia es el último recurso del incompetente», que me parece maravillosa.

Esa te salvó de un lío siendo adolescente.

Menos que adolescente: es una historia de patio de colegio. Un matón vino en busca de camorra mientras estaba leyendo yo La Fundación en la edición de Fénix, muy difícil de conseguir en esa época; le solté lo de «la violencia es el último recurso del incompetente», se cortocircuitó y me dejó en paz… Al menos así lo he reconstruido, que la memoria funciona reescribiendo algo cada vez que lo recuerdas.

Trabajaste en Ediciones Martínez Roca. ¿Guardas buen recuerdo de tu paso como asesor por esa editorial?

Sí en conjunto. Aprendí muchísimo: entré muy novato e inexperto y salí con un conocimiento de mercado bastante potente. Mi jefe, al que parodio en el cuento «Ostras con salsa picante» de Exégesis, era un editor con una vena muy fuerte de oportunismo. Las pegas que me ponía una y otra vez cuando le intentaba convencer de algo han sido formativas… Es un buen ejercicio ser proselitista, querer publicar cosas incondicionalmente sean o no comerciales, y topar con quien te diga «convénceme de que no es una locura».

Tuvisteis un desacuerdo con las cartas de Magic.

Más que desacuerdo fue expolio. Cayó en manos del jefe de ventas, que barrió para casa todo lo que pudo, y llegó a colocar a su hijo como corredor de Barcelona… El Magic fue un pelotazo impresionante que no esperaban. Cuando me plantearon qué quería yo por la asesoría y por haberles conseguido la licencia del juego les planteé un discreto porcentaje de ventas, y dijeron que solo me lo darían si se facturaba una barbaridad. Contesté que sí: también estaba sacando partido de distribuir el juego en inglés, y tenía confianza en cómo iba a pegar el producto. Contablemente se quedaron justo a las puertas de esa comisión y la usaron como excusa para no pagar nada. Y ni siquiera tengo la seguridad de que esas cuentas no estuvieran apañadas. En cualquier caso, me la metieron doblada, y a raíz de eso me dije que en el futuro solo trabajaría para mí mismo.

Además de este perfil editorial, no todo el mundo sabe que fuiste profesor de física y en el camino quedó una tesis por finalizar. ¿Podrías explicarnos de qué trataba?

Empecé la tesis en historia y epistemología, y me tocó estudiar los papers originales de la teoría cuántica. Al cabo de un año lo dejé y pasé a hacer una tesis de «física de verdad». [Risas.] Bueno, de verdad entre comillas, que la física teórica de hoy en día no ha producido avances significativos desde el Modelo Estándar. Trabajé en simulaciones con métodos de Montecarlo para el tratamiento estadístico de temas fundamentales. Saqué tres papers en publicaciones del ámbito, una de ellas fuerte, Nuclear Physics. Estuve cuatro años de ayudante en Bellaterra, y solo me faltaba escribir la tesis y presentarla. Pero ya había montado la librería, y mi dedicación a la física había bajado. Cuando me dijeron de renovar el contrato, dije: coño, para lo poco que me falta, estar chupando plaza no tiene sentido. Pensé que ya acabaría la tesis en ratos libres. Y ahí se quedó.

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Ya que comentas que apareció esa librería y esa editorial, Gigamesh, por qué el nombre de Gigamesh?

Eso fue un poco culpa de Paco Porrúa, porque el nombre original iba a ser Minotauro. Yo era muy fan del catálogo de Minotauro, y que un sello editorial tuviera su librería era una buena suma de recursos: en aquella época, Ancora y Delfín, por ejemplo, era la librería de Destino. Se lo propuse, pero no quiso. El año pasado me reconoció que debería haber dicho que sí, y lo sentí como un halago, pero ahora ya…

¡Lástima!

Respecto a lo de Gigamesh… Empecé editando, en la parada del Mercat de Sant Antoni, un fanzine llamado Tránsito cuyo lema era «el fanzine que crece y crece como un Imperio Galáctico cualquiera», obra de MarioX, un amigo y colaborador. Empezó como un simple folio doblado por la mitad para regalar en la parada, y creció con crítica de novedades, artículos de fondo, homenajes a autores… Allá por el número siete hubo una revolución: me tenía que ir a la mili, tuve una ruptura de por medio… El Imperio se convirtió en República y yo me desvinculé. Tránsito continuó unos años con su equipo de colaboradores y yo decidí meterme a hacer otro fanzine más trabajado. Por aquellas fechas, Luis Goytisolo publicó en el dominical de El País un artículo con el título «Joyce, al fin superado», con la crítica de un libro llamado Gigamesh, de Patrick Hannahan. Se marcó un texto de descubrimiento literario reivindicando a Hannahan y citando a Stanislaw Lem como uno de los exégetas que le habían puesto sobre la pista. Pero en ninguna parte decía que ni la novela ni Hannahan existían. Su artículo salió publicado un domingo, y recuerdo el lunes a mi compañero de despacho en la facultad preguntándome: «¿Tú conoces a un tal Hannahan?» y yo empezar a descojonarme. Me gustó tanto el bromazo de Goytisolo que pensé: cojonudo, aprovechando el ruido le pondré al fanzine (y más adelante a la librería) el nombre de Gigamesh. Durante mucho tiempo no expliqué de dónde venía.

Y os decían: «¡Os falta una ele: es Gilgamesh!»

Constantemente. [Risas.] Es como determinadas reglas de la Academia, que si te las saltas a conciencia, te crecen los enanos.

¿Y la coletilla de «Vicio y subcultura»?

Esa es de estar en el mostrador de la librería, que he cubierto mis horas de mostrador como el que más. Y entraba mucha gente despistada y se producían anécdotas, claro. Entre los que entraban a buscar macetas de la época en que compartí tienda con mi madre, los que nos buscaban a nosotros pero solo veían las macetas… Un día entró una señora preguntando por La Celestina y la respuesta me salió de dentro: «Lo siento señora, aquí solo tenemos vicio y subcultura». En esa época la ci-fi estaba muy mal vista y estábamos todos a la defensiva. A los clientes que lo oyeron les hizo gracia y se quedó como coletilla. Había otra similar de la que estoy igualmente orgulloso. Era la misma época en la que entraba gente a buscar «timunmasadas» y salía con libros de Philip K. Dick bajo el brazo, que se lo pregunten a Cels Piñol… Bueno, pues una señora entró en la tienda preguntando por el Caballo de Troya 4. Me la quedé mirando muy serio y le contesté: «Lo siento señora, todo lo que tenemos aquí es mentira». [Risas.]

Has mencionado la mili. ¿La hiciste al final?

En tercero de carrera me sortearon, pero presenté una copia del expediente, que en esa época estaba lleno de matrículas de honor, debí de ablandar a algún mando y me prorrogaron. Al año siguiente no me matriculé, me dejé sortear… y salí excedente de cupo. Una lotería: me acababan de regalar un año de vida.

No te veo en el ejército haciendo de Bill, héroe galáctico.

Soy muy reacio a la autoridad, a cualquier tipo de autoridad.

Dices, y cito literalmente, que eres alguien «extremadamente puntilloso y tocacojones». Por otro lado, maquetaste y tradujiste tú mismo las primeras obras de la editorial. ¿Cuál es la causa y cuál el efecto?

Eso viene desde el día uno de editar fanzines. Al principio empiezas muy animado pero lo haces fatal, hasta que empiezas a recibir feedback de la gente. Luego, cuando empiezas a publicar a otras personas, te ves revisando textos y adquieres los recursos de un corrector, un editor en el sentido yanqui. Y no hay otra forma de aprender a corregir que ser puntilloso y tocar los cojones.

Has comentado en alguna ocasión que corriste riesgo editando El Instante Aleph, de Greg Egan, con un estilo y lenguaje difíciles de traducir y editar.

Esa novela es muy sutil: su protagonista es autista y no lo sabe. Y como libro de ciencia ficción es apabullante: habla de autismo, racionalismo, Teoría del Todo. Conecté como lector a tantos niveles que me parecía escrita a medida para mí. La duda que me quedaba a la hora de publicarla es si a alguien más le iba a interesar. Y sí, sí, sin problemas. Tampoco hice un tiraje muy loco, dos mil ejemplares, tardamos en agotarlos pero ya nos toca reeditar, tanto El instante Aleph como Cuarentena, que fue el primer libro que «edité» y publiqué. Y qué mal editaba, joder. Estoy haciendo una nueva corrección del libro, de cara a su reedición, y por un lado me abruman las burradas que se me colaban, y por otro me anima ver lo que he aprendido.

Toca hablar de la obra de George R. R. Martin. Cuéntanos cómo conseguiste los derechos de Canción de Hielo y Fuego. Los cinco mil dólares mejor invertidos de tu vida, ¿no?

Sí, claro. Yo era fan de Martin desde los primeros números de Tránsito, en que hablamos de sus cuentos publicados en Nueva Dimensión, «Los reyes de la arena» y «La ciudad de piedra». Cuando Acervo sacó El sueño del Fevre debimos de ser la única librería de España que la vendió de puta madre a base de recomendarla, a pesar de su portada espantosa. En Caralt salió Una canción para Lya. Pero primero estuvo Muerte de la luz en Nebulae: es un libro de culto, infravalorado por la crítica americana. Martin es de la generación inmediatamente posterior a la revolución de la New Wave, de la dialéctica de los sesenta y setenta entre la ciencia ficción espacial de la vieja escuela y más de ideas versus una ciencia ficción más ambiciosa y literaria, comprometida socialmente incluso. Martin resuelve el conflicto en Muerte de la luz reconciliando la tesis de la ciencia ficción clásica con la antítesis de la New Wave: escenario y psicología de los personajes íntimamente imbricados. Es una novela apabullante a la que el tiempo está poniendo en su lugar. Martin nos tenía a todos encandilados.

Cuando empecé a asesorar en Martínez Roca la única novela que quedaba por ahí era Refugio del viento; Miquel Barceló pilló Los viajes de Tuf para Nova. Queda una novela pendiente, The Armageddon rag. Es una novela bonita, con un apocalipsis rockero en el que escenifica la crisis de los cuarenta, pero tiene un final un poco anticlimático como novela de terror. Será que tampoco hay un final climático en la vida para la crisis de los cuarenta. Editarla en castellano no sería fácil, más que nada por conseguir los permisos para usar los fragmentos de canciones con que abre cada capítulo. Algunos agentes pedían un dineral para usar una cita breve de un poema, así que tuvimos que desestimarlo.

Y cuando salió Juego de Tronos en inglés…

Lo leí nada más salir, pero pensé que eran muchas páginas y no me atreví aún a publicarla en la incipiente colección de Gigamesh. Cuando salió en inglés Choque de reyes, enseguida entró en las listas de los más vendidos, y me dije: «ahora o nunca». Había publicado ya seis u ocho novelas con una entrada buena en el mercado: vendía más o menos lo mismo que los sellos grandes pero sin meter la pata, ajustándome a cada título sin aspirar a ninguna locura de ventas. Y me atreví. La negociación no fue complicada. Y sí, fue un buen negocio. Aunque claro, cada vez que hay que renovar hay que adelantar más.

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¿Nunca ha intentado alguna editorial grande hacer contraofertas a Martin? Supongo que Alfaguara, que tiene los derechos en catalán, estaría interesada.

Contraofertas a su agente, serían en todo caso. Siempre hay maniobras para ver si alguien grande, serio y de confianza puede hacerse cargo de un pelotazo tan gordo y no un mindundi como yo. Pero ni imaginaban la dimensión de lo que se avecinaba y pude aguantar el tipo, aunque renuncié a los derechos para Latinoamérica, ya que no tenía presencia ni distribución allí. Al final, la edición latinoamericana corrió a cargo de Random, que usa nuestra traducción y nuestra maqueta tal cual, sin adaptación idiomática ni nada.

¿Cómo viviste la polémica sobre el precio de Danza de dragones que llevó a acaloradas discusiones en Menéame durante unos cuantos días?

Eso surgió de un tuit de Juan Gómez-Jurado, que andaba escocido porque no le cedía los derechos de Juego de tronos para la plataforma de Apple en España, que tenían la licencia ellos.

Si no recuerdo mal, se vendió al mismo precio que Tormenta de espadas, el tercer libro, y sin embargo, con Danza el revuelo fue mucho mayor.

Salimos con Danza al mismo precio que con Tormenta… Cuestión de percepción, supongo. La repercusión más notoria de la polémica ha sido quizá que la edición trade no esté ya disponible en dos volúmenes sino en uno solo. Cuando editamos Tormenta vimos que o bajábamos el gramaje del papel o en la encuadernadora no cabía un lomo tan gordo. Así que lo sacamos en dos tomos, lo que encarece mucho el coste pero fue bien recibido por la comodidad de lectura. Cuando estábamos publicando Danza y saltó la polémica, comprobé que el encuadernador con el que trabajamos ahora sí admite ese ancho de lomo. Y eliminamos la doble encuadernación, todo el manipulado de retractilar, poner la fajita y empaquetar, y los libros pasaron de treinta y ocho a treinta y dos euros. Que no está mal por un libro de mil doscientas páginas. Al principio me picaba y entraba a contestar a la gente para hacerles distinguir entre un libro con encuadernación americana y uno cosido y con cuadernillos, pero es inútil, el que tiene ganas de quejarse por el precio, la edición o el plazo lo hará igualmente. Ahora hago lo contrario, abrazar la crítica y contestar: «Sí, sí, lo estoy vendiendo carísimo para financiar una tienda maravillosa con tu dinero». [Risas]. Que chillen lo que quieran, que los trolls están para eso. Hay que alimentarlos.

Hace unos meses abriste la nueva librería Gigamesh, un sueño húmedo friki. Lo primero que llama la atención allí es la ordenación cronológica y por editoriales de los estantes. ¿Por qué te decidiste por ese tipo de clasificación?

En la tienda antigua teníamos la segunda mano en los estantes más altos y menos accesibles: como es un género que se mueve con menos frecuencia o es menos rentable, le dábamos un protagonismo secundario. Un día reorganizamos la tienda y dedicamos una pared entera a libro antiguo y colecciones descatalogadas: así cobró más protagonismo la segunda mano y empezó a rendir mejor. Eso le daba personalidad a la librería. Nos encontramos con que había gente que hacía peregrinajes de todas partes, precisamente porque esa sección era una oferta editorial que no existía en ninguna otra parte. En la nueva librería, la pared principal que se ve al entrar es magnífica, treinta metros de estanterías a medida; se me ocurrió ya directamente usarla para poner los libros en orden de publicación. Y era consciente es de que eso no lo había visto en ninguna parte: es el rasgo más original de la nueva librería. Es algo único en el mundo y creo que ha quedado bien. Una idea resultona.

Es un efecto túnel del tiempo.

Así lo hemos bautizado, precisamente.

Vas paseando y piensas de repente: «¡Estos son los libros que leía en mi adolescencia!»

Ese tipo de reacciones me sugirieron el nombre de Túnel del Tiempo: era llegar alguien que veía por primera vez la librería, pasear delante de esa pared y de repente pararse ante un estante y decir: «Mira, aquí empecé yo». Las estanterías anteriores le suenan a arqueología.

¿Te has parado a pensar alguna vez en qué habría pensado el joven Alejo de los fanzines al entrar en la librería?

Me caía de culo, vamos. En la librería antigua había una cosa que le envidiaba a algunos clientes, como el tío que llegaba ahí por primera vez y la descubría. He visto caras de gente a la que se le abren los ojos, que empieza a babear, que entra y no se cree lo que está viendo. Tanto vicio junto, tanto libro de género… Y yo cada vez que veía esa reacción, me quedaba a un lado pensando: joder, qué envidia, quién pudiera sentir eso. Desde dentro de un comercio vas viendo los pequeños cambios, el proceso es más gradual y no tiene ningún impacto comparativo.

En los meses de vida de la nueva Gigamesh hemos visto pasar por la sala de actos a gente como Neil Gaiman o Tim Powers. ¿A quién más planeas traer en el futuro?

Van a caer todos en batería. Pero cuidado, que a día de hoy Neil Gaiman impresiona mucho, pero ya tenemos nuestro historial de firmas y presentaciones. El primer escritor que se ofreció a venir a firmar, cuando teníamos todavía macetas en los años iniciales de la librería antigua, fue Robert Silverberg. El segundo fue Ian Watson. Luego vino Bob Shaw. Y tuvimos dos veces en Gigamesh a Terry Pratchett, en sus dos primeras visitas a España. Eso de traer escritores y poder vender libros suyos probó ser un chollo. Cuando asesoraba en Martínez Roca traía a escritores ingleses, que son baratitos. De hecho esa es una de las razones por las que es más interesante publicar ingleses que americanos.

¿Es más fácil traerlos?

Es mucho más barato traerlos, y hacer promoción de un libro con el autor marca una diferencia como de la noche al día.

¿Veremos ahí a Martin?

Martin ha pasado ya dos veces por la tienda; si vuelve dependerá de cómo tenga la agenda. La última vez fue una sorpresa: fue él el que dijo que quería venir. El festival Celsius de Avilés nació gracias a eso: Martin venía en unas fechas que no coincidían con la Semana Negra de Gijón, el festival al que tenía afición de asistir, y Cristina Macía sugirió montar en Avilés otro para acogerlo.

¿Volverá la revista Gigamesh o ese tren pasó hace tiempo?

Es difícil que vuelva en formato papel, que ahora estamos en otras batallas. Una revista requiere una inversión fuerte, sobre todo si quieres alimentar un equipo de colaboradores. La revista fue deficitaria toda su andadura, y sería una herramienta de promoción y difusión innecesaria en estos momentos. Gigamesh tiene más presencia en redes y más impacto cultural hoy con la sala de actos del nuevo local que la que podría lograr con una revista. Si mantenemos la sala de actos abierta a las actividades de la comunidad, ¡será la propia comunidad la que empezará a planear maldades de las que pueden surgir revistas u otro tipo de iniciativas! Los frikis estamos madurando mucho como comunidad. Muchísimo.

El Triángulo Friki barcelonés es un conjunto de tiendas unidas por una temática similar (cómics, juegos de mesa, literatura y cine de fantasía y ciencia ficción…). ¿Qué tal la convivencia de Gigamesh con el resto?

La convivencia se puede medir por los resultados: ve a cualquier otra ciudad de España donde esa competencia se haya enfocado de forma diferente y compara. En Madrid no hay una red de tiendas con la profundidad de oferta y las maravillas que puedes encontrar en el Triángulo Friki de Barcelona. Y en teoría es un mercado más grande; debería tener más facilidad para sostener algo así. Pero ahí las tiendas frikis siempre han explotado un modelo de mixto muy similar, con todo el mundo compitiendo por su cuota de venta de novedades. En Barcelona establecimos un pacto entre caballeros entre Norma y Gigamesh de no meternos en el terreno del otro. Después de Norma y nosotros, el primer comercio que entró fue Freaks, que inicialmente tenía una sección de libros de segunda mano. Pero nuestra oferta desproporcionadamente mayor hacía que la sección no les fuera rentable, así que se especializaron en nichos que ni nosotros ni Norma teníamos especialmente bien atendidos. Así ha ido creciendo el Triángulo Friki, de forma orgánica. Somos ya quince tiendas más dos bares y el videoclub del barrio, un tejido importante. La gente viene a pasar la tarde al Triángulo Friki, sea quedando en Giga, Norma, Kaburi… No son solo comercios, sino un entorno de socialización.

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LEKTU es una plataforma de venta de contenido digital sin DRM y ofreciendo formas de pago como el pago social: un tuit o una noticia en la cuenta de Facebook del comprador. Habiendo pasado un tiempo prudencial desde su fecha de lanzamiento, ¿está funcionando, en todos los sentidos de la palabra «funcionar»?

El nivel del volumen de negocio que gestiona es muy pequeño, con lo cual, desde ese punto de vista únicamente, está funcionando igual de mal que todas las plataformas. [Risas]. LEKTU no es una fórmula mágica para convertir en negocio algo que no lo era. Pero tampoco es estrictamente esa nuestra aspiración. Estamos muy contentos con el impacto y la acogida que estamos teniendo. Para un editor, invertir en un libro en papel implica arriesgar un capital. Al autor le está haciendo un servicio importante, permitiéndole acceder a unos niveles de gasto para producir ese objeto a los que individualmente no podría, junto a ayuda editorial y conocimiento de mercado. Pero en digital, el precio de copia es cero. Los costes de traducir bien una obra los sigues teniendo: eso se transforma en una barrera. Pero para el producto que ya está en castellano y que lo único que necesita es difusión, el mercado digital es un chollo publicitario. Es un ámbito en el que puedes dar a conocer obras, activar un cierto marketing en redes sociales sea como autor o como editorial, incluso regalar libros a cambio de promoción. Y la parte que está funcionando espectacularmente bien es esa: por ejemplo, Andrés Palomino, que hace cuatro días hacía un webcomic y se autoeditaba su primer libro, el Manual para padres friquis, está compitiendo en ventas en Lektu con Cels Piñol y con Martin. Y ojo, y conmigo: yo también estoy compitiendo en difusión. [Risas]

Con Exégesis

Me gustaría demostrar que después de haber estado regalando ejemplares tanto en físico como en electrónico, podría hacer ahora una edición comercial de la Exégesis y funcionaría, porque ya tengo el trabajo de promoción hecho.

¿Aumentará el catálogo de Gigamesh en LEKTU?

Al ritmo de los resultados de determinadas tácticas y de lo que nos autoricen los agentes. Por ejemplo, algunos no quieren poner un precio de venta por debajo de determinadas cifras porque psicológicamente puede devaluar la percepción de valor del producto. Sí nos han autorizado a realizar un experimento con Las puertas de Anubis de Tim Powers. Aprovechando que está de actualidad gracias al Ministerio del Tiempo —cuyo guionista y director reconoce la influencia del libro en la serie—, lanzaremos la edición digital. Probablemente saldremos a la calle con un precio de venta de dos euros (el mínimo que cubre las comisiones de pago y no cuesta dinero a la plataforma) y pago extra voluntario de cualquier cantidad. El sistema que ha funcionado bien con Alucinadas, por el que mucha gente paga más del mínimo. La idea es sacar Las puertas de Anubis en dos ediciones: la básica, con el texto desnudo, la portada y ya está… Y la edición vestidita con la presentación, la nota del autor con la bibliografía, a lo mejor una galería de imágenes con las portadas históricas, algún caramelito simbólico pero que solo tienes si pagas por encima de la media, para incentivar que suba. Es un truco copiado de los Humble Indie Bundles, que comercializan juegos de ordenador y recaudan millones de dólares así.

Cuando a la gente se le da la opción de pagar más del mínimo…

Lo hace. El consumidor está dispuesto si se lo facilitas. La gran barrera es poner los putos datos de la tarjeta en cada sitio. Ahora que las cuentas se permiten identificar entre ellas se va avanzando, pero sigue siendo una barrera. Hay que dar algún juguete, algún incentivo a cambio. Publicar quién ha pagado más por un libro, por ejemplo… Cels Piñol está a menudo en la lista de los que más pagan, y eso también es visibilidad. Tengo pensadas muchas maldades para que la gente se involucre con la plataforma y vea su transparencia. Pero dependen del tráfico que se genere: no podemos poner todo lo que se nos ocurra si no tiene repercusión. Una de las cosas que quiero hacer es que el pago voluntario por encima del mínimo puedas colocarlo como quieras en los distintos quesitos del pastel. Que el comprador decida cómo se reparten los beneficios de la propiedad intelectual.

Al autor, al traductor…

Tendríamos el pastel promedio de lo que ha querido pagar la gente frente al del reparto original del editor. Podría dar lugar a dinámicas de información de mercado muy interesantes.

Sigues experimentando.

El proyecto de LEKTU es totalmente abierto, se nos han unido muchas editoriales indies inmediatamente. A partir de lo que piden ellos y la comunidad, la propia plataforma se va desarrollando. Uno de los problemas de cualquier revista en digital es recaudar suscripciones, pagos o donaciones. Como usuario yo estoy muy predispuesto a ese tipo de pagos: hago donaciones significativas a la Wiki, por ejemplo. Pero a la que empiece a coger la lista: eldiario.es, Periodismo Humano, Diagonal y todos los que quiero premiar… Solo pensar que voy a tener que poner los datos de la tarjeta uno por uno se me hace cuesta arriba. Pues una de las cosas que me encantaría que se pudiese implementar en LEKTU es que se pudieran facilitar botones de pago. ¿Quieres colaborar con Periodismo Humano y tienes cuenta en LEKTU? Pues invítales a una cerveza desde LEKTU. Será un proceso lento, y los hábitos de consumo no cambian de un día para otro. Lo que sí somos capaces de medir es que LEKTU se está ganando la complicidad de la gente: tenemos mucho friki avezado que se involucra y sabe aprovechar las herramientas.

En 2014 fuiste por primera vez jurado del Festival de Cine Fantástico de Sitges. ¿Qué recuerdo guardas de la experiencia? ¿Estás satisfecho con el palmarés?

La experiencia fue memorable: diez días viendo pelis y fumando petas, como un señor [Risas]. Del palmarés tengo muy buen recuerdo excepto de Orígenes, la ganadora, que es una puta mierda, dicho con todas las letras. El responsable de que saliera ganando fue el director yanqui que estaba en el jurado, que se emperró en que aquello tenía que ganar y preparó las actas como le dio la gana. Orígenes es un oxímoron. No, no, lo siento, pero no: no se puede hacer ciencia ficción new age. No. Son inmiscibles.

¿Qué tal el resto del palmarés?

Una maravilla. Cojonudas las dos de mejor actor: These Final Hours, una peli australiana de ciencia ficción apocalíptica, y The World of Kanako, una japonesa durísima, tangencialmente fantástica pero impresionante. Y la del premio del público, What We Do in the Shadows, un falso reportaje sobre vampiros delirante. Compitió una cantidad inusualmente alta de películas, más de cuarenta, y aparte tocaban tres sesiones de cortos. Llegué como un jabato a prácticamente todas y disfruté como un fanboy. Vicio puro. No todo el jurado iba con el mismo ritmo. Y a los dos yanquis según qué pelis les venían un poco a traspiés, por ejemplo una a la que le arranqué una mención: Pos Eso. Una peli de stop-motion con plastilina, de un valenciano loco del que me declaro fan irredento. Es la España de pandereta parodiada con una elegancia salvaje, a partir de una versión friki de El exorcista en la que Damián es el hijo de una folclórica y un torero. El director viene de familia franquista, y clava el lenguaje. Cuando el cura abandona la diócesis, el obispo clama: «¡Pero esto es desacato!» [Risas]. La primera trastada de Damián en la guardería es coger unas herramientas abandonadas y… su compañero de juego sale chillando con la cabeza de Pinhead.

A ver cuándo la estrenan, que nos has picado el gusanillo.

Acaban de estrenarla: el 1 de mayo. Espero que le vaya fantásticamente y, sobre todo: no os la perdáis. Es una peli de bajo presupuesto en la que su responsable ha invertido tres años de trabajo artesanal. Y debería ser un bombazo en los ámbitos frikis. En los ambientes folclóricos, la parte friki puede resultar indigesta. Para los argentinos del jurado tampoco era fácil seguir aquello, de lo trufada que está de referencias.

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Entremos en cuestiones sobre el mundo editorial. En alguna otra entrevista has dicho que hay que cultivar la paciencia respecto a la tendencia de un mercado como es el de la ciencia ficción o la fantasía. ¿Paciencia es también lo que le falta a aquellos consumidores que optan por otros entretenimientos más inmediatos (videojuegos, películas) en lugar de disfrutar de un buen libro?

Sí, supongo que sí. Estamos acostumbrados a hacer una cierta inversión de tiempo y esfuerzo para acceder a gratificaciones consumiendo ficción. Las nuevas generaciones, cada vez menos. El ritmo narrativo de la ficción ha aumentado espectacularmente: se nota sobre todo en televisión. Coges una serie de hace treinta años, la misma Yo Claudio, que es bien respetable, y parece una tortura de lenta. Pues a los chavales de ahora nuestros productos les parecen aburridos también. Además, las nuevas generaciones están formadas en un ámbito mucho más reactivo, con gratificaciones más inmediatas como un like en una red social. Antes, los procesos de socialización eran mucho más lentos, y en muchos casos viajaban por correspondencia, y estábamos acostumbramos a esperar respuesta y cultivar la paciencia.

Escribe una carta, espera que la publiquen, que la contesten…

A ver cómo ha quedado, a lo mejor en el número siguiente alguien te menciona… Ahora es instantáneo. Pero, eh, en realidad, lo aburrido era lo nuestro.

En Exégesis comentas cómo has empleado la política de asignación de ejemplares de Canción de Hielo y Fuego para «premiar» a las librerías que venden más fondo editorial frente a las que se limitan a promocionar los superventas de turno. ¿Está funcionando bien este sistema?

A un editor más avaricioso le parecería suicida. Estamos postergando ventas para evitar la saturación de mercado: prefiero una venta más baja pero sostenida en el tiempo. Mi confianza en no perder dinero viene de la calidad del producto. La vida comercial de estos libros viene del boca a boca, gente que empieza con el primer libro, se engancha y ya no para. Un editor más inseguro de la calidad de su producto pensaría que las ventas que desperdicias cuando el producto está más hot y lo colocas en todos lados con menos resistencia de venta luego no las vas a recuperar si el libro pasa de moda. ¿Me estoy arriesgando a eso? Puede. ¿Es cuantificable el resultado de una u otra política? Es difícil de juzgar. Yo lo que sé es que haciéndolo así estoy ayudando un poquito a los libreros que venden más midlist. Y hay libreros que sí lo han notado: poder ayudarlos me parece suficiente justificación.

¿Qué motivo crees que lleva a cierta parte del público a afirmar que la literatura de género no es tan buena o de tanto «nivel» como la tradicional?

Una forma cartesiana de ver el mundo. El lector friki es más cuántico, mientras que el lector de realismo sería afín a la física clásica, al determinismo. El problema del defensor de la literatura realista es que piensa que existe una forma correcta de ver el mundo. Y la tentación de creer en un modelo único es imponerlo a los demás. Eso produce personas menos dúctiles para negociar, más rígidas ante los conflictos. El friki vive en territorio metafórico toda su vida. Para él, forzar metáforas o reconciliar conceptos contradictorios son ejercicios triviales que hace a diario. Proyectarse en héroes o fabular te prepara la mente de otra forma que la narrativa realista. Yo siempre he defendido los valores del fantástico frente al realismo, y últimamente, de forma más agresiva: ¿no será que el realismo es pernicioso? ¿Que el pensar en algo como «lo real» tiene implicaciones peligrosas e inquietantes?

¿Qué opinas de los autores que difuminan las barreras de género? Por ejemplo, Iain Banks firmaba sus libros de ciencia ficción como Iain M. Banks, pero en muchos de sus libros «generalistas» hay elementos de ciencia ficción.

Los autores pueden meter más o menos elementos si se dirigen a una audiencia u otra, pero en el caso de Banks, el cambio de nombre añadiendo una «M» fue una imposición del editor inglés para «proteger» su prestigio. Cuando Banks empezó con la ciencia ficción venía de publicar La fábrica de avispas y Pasos sobre cristal, y era la gran revelación de la literatura británica. Escribe entonces una space-opera como Pensad en Flebas y el editor se caga pantalones abajo. Hablamos de cerca de veinte años atrás, cuando el menosprecio a la ciencia ficción existía incluso en Inglaterra, que ha sido país productor y exportador mucho tiempo. En las primeras ediciones de Banks en Martínez Roca, como sabía por la revista Interzone que no era una exigencia del autor, hice que esos libros salieran sin la «M».

Supongamos que algún lector de Jot Down decide iniciarse en el mundo de la fantasía y la ciencia ficción. ¿Por dónde le recomendarías empezar?

Ese ejercicio ya lo he hecho, en cierta forma, y lo he recogido en la Exégesis: la selección de La Biblioteca Ideal para Planeta.

Vi que en la ampliación de 2014 elegiste, entre otros, un libro de Murakami.

Sí. La lista original es de hace veinticinco años o algo así, y no incluye lecturas recientes. Quise actualizar un poco y rellenar: probablemente a esa lista añadiría hoy El mapa del tiempo de Félix J. Palma… Por cierto, ya que estamos, una recomendación más: Mataré a vuestros muertos, de Daniel Ausente.

¡Lo he leído, es buenísimo! Su elección de los animales de poder de Barcelona…

Y la manía que le tiene a las gaviotas, otra marca de la casa de vivir en Barcelona. Es tremendo este hombre.

¿Recomendarías evitar la lectura de alguna obra?

Pues en realidad sí. Es bonito decir que todo libro quiere ser leído, pero si uno no te aporta nada, no tiene nada de malo estamparlo contra la pared. La gente incapaz de no acabar un libro valora poco su tiempo. En la época de las reseñas en Cimoc me aficioné a puntuar las novedades de 0 a 5, de atroz a obra maestra. Los ceros y cincos los administraba a cuentagotas, pero recuerdo dos ceros seguidos, de Acervo: Reconstituida, de Anne McCaffrey, y Superluminal, de Vonda McIntyre. A lo mejor me pillaron en mal momento. En Acervo quisieron sacar ciencia ficción cutre juvenil cuando aquí no había mercado para eso y a mí me dejó traspuesto. También me puedo cabrear con un libro ideológicamente, pero a veces hay otros que me parecen deleznables y no sé por qué. Por ejemplo, le tengo mucha manía a El perfume. Me dejó totalmente frío: una serie de infodumps dignos de un tratado de perfumería, y una narración con un distanciamiento emocional absoluto, sin nada más detrás. O igual fue un poco para ir contracorriente cuando empezó a hacerse tan popular [Risas]. Me pasa algo parecido con El juego de Ender.

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Has bautizado la sala de actos de Gigamesh en honor del recientemente fallecido Paco Porrúa, de la editorial Minotauro. Te recuerdo el día de la inauguración de la tienda sinceramente emocionado al hablar de él. ¿De dónde viene tu admiración por Porrúa y cómo la explicarías a quien no conozca su trabajo?

Viene básicamente de lector, y arranca en lo mal que elegía las lecturas siendo niño. Así como un amigo de mi padre me dio a Slan y Lovecraft como antídoto contra las novelas de a duro, mi profesor de Química de bachillerato me dio su propio antídoto cuando me vio leyendo Nebulaes indiscriminadamente. Era un Tyrion, un enano al que apodaban Fejulín, el más exigente, odiado y querido del colegio pijo de jesuitas al que fui de niño. Me pasó una lista de lecturas de ciencia ficción con valor literario. Y buena parte de la lista eran títulos de Minotauro. Era una lista muy ambiciosa, y muy ecléctica: Hacedor de estrellas, Más que humano, Ciudad, Crónicas Marcianas… Lo mejor de Minotauro y algunas cosas más: 1984, Un mundo feliz…Tuvo cuidado de incluir españoles: recomendaba cosas curiosas como La máquina de matar de Atienza, muy ingenua pero también bonita, o un cuento de Santos llamado «Las alas rotas de los dioses». Con esa lista y el descubrimiento del sello Minotauro empecé a leer de forma más crítica, empezando a exigir algo más más a los libros.

En 2001, Minotauro se vendió a Planeta. ¿En qué circunstancias ocurrió la venta y qué te parece el rumbo que ha seguido la editorial desde entonces?

Fue la crónica de una muerte anunciada. Minotauro era Porrúa, funcionaba a su ritmo, traducía él mismo y publicaba lo que le daba la gana sin mirar nunca su comercialidad. Minotauro se pasó años publicando a Ballard, cuando en España no vendía más de quinientos ejemplares. Pero Porrúa lo seguía editando porque le gustaba su obra y era su amigo, y algo más caía en Argentina. Minotauro estuvo en venta mucho tiempo porque Porrúa quería jubilarse. Recuerdo incluso que me tocó preparar un informe para Planeta con recomendaciones sobre el fondo de Minotauro. Era apetitoso porque había un montón de clásicos que no habían tenido nunca edición de bolsillo, y también una serie de autores como Ballard, Angela Carter, John Crowley o Cristopher Priest, que encajarían en Seix Barral, pues venderlos como género era más complicado. La venta de la editorial no se concretó hasta que se puso en marcha el rodaje de El Señor de los Anillos, que estaba en el catálogo de Minotauro. Pero el problema es que las multinacionales solo quieren rendimiento a corto plazo, y no están interesadas en construir catálogo. Quieren una lista de lo que en ese momento se está vendiendo mejor y el resto no les interesa.

Una de las primeras acciones de Minotauro en su nueva etapa dentro de Planeta fue instaurar un premio bien remunerado de ci-fi, en 2004. ¿Qué opinión te merece ese premio en particular y el papel de los premios en la ciencia ficción?

El primero notorio con una óptica amplia fue el Premio UPC, en el que competían autores de cualquier nacionalidad. Y luego el Minotauro. En cuanto a obras de calidad que puedan tener impacto en el mercado, su influencia es pequeña. Y yo inicialmente era muy escéptico y me quedaba con esa parte; no los veía un mecanismo fecundo para encontrar buenas obras. Pero el efecto sobre la comunidad ha sido grande. Que haya dinero de por medio es un caramelo que crea mercado, aunque sea en aficionados que aspiran a escribir. El problema es que la UPC ya no da premio en metálico, y Planeta no ha sabido capitalizar el Minotauro para formar una escuadra de autores españoles. Aunque por otra parte ha aparecido el sello Fanctasy de Random que sí parece interesado en alinear una escuadra. En la medida en que crean mercado, los premios son siempre positivos, y tendría que matizar mucho mi escepticismo inicial.

¿Te atreverías a afirmar que están menos amañados que otros premios más comerciales?

El UPC no lo está, claro que ahora no tiene recompensa económica. El Minotauro tendrá sus apuestas y repartos por motivos estratégicos, quizá reclutar a un autor y darle el premio como tarjeta de presentación. Son tácticas editoriales normales y corrientes: la gente se puede rasgar las vestiduras, pero al fin y al cabo es su dinero y no vas a decirles cómo invertirlo. Lo importante son los resultados que consiguen, aunque yo veo mucho dinero tirado alegremente. El Minotauro son varios miles de euros, ¿no?

Diez mil.

Hoy en día, un adelanto por las ventas de tres o cuatro mil euros no es desproporcionado, y hay gente que vende más. En cualquier caso, no creo que Planeta haya sabido darle una personalidad: tanto descubren un autor de primera como salen por peteneras.

Últimamente aparecen muchas pequeñas editoriales independientes. ¿Hay alguna que sigas con especial interés?

Sí, en realidad sí. Yo llevaba un tiempo muy a la mía leyendo en inglés lo que me apeteciera, y leyendo poco en comparación con unos años atrás. Pero llegué a Salto de Página a través de Emilio Bueso, y estoy explorando Aristas Martínez, que tiene unas cuantas cosas interesantes. Mataré a vuestros muertos ha salido en Prosa Inmortal, una minieditorial nueva… El de la autoedición y los sellos pequeños es un ámbito en ebullición en el que, encima, aparece gente muy buena. En el sector friki estamos descubriendo que tenemos más tablas y nivel de lo que creíamos.

¿Qué opinas del trabajo de Valdemar? Sus libros tienen un estante destacado en Gigamesh.

Por motivos históricos y estadísticos no solíamos tener fondo de Valdemar en la antigua librería, y al pasar a la nueva ha sido una de las cosas que hemos corregido. Valdemar es un referente, una editorial mediana que ha crecido como indie. Cualquier fan de Lovecraft les tendría que poner un altarcito: están traduciendo todo El horror sobrenatural en la literatura… Que un editor de midlist esté en una posición más o menos sana o estable es motivo de satisfacción.

¿Qué errores son los más comunes que hacen fracasar a una editorial?

El mayor peligro es el desgaste, y lo que más desgasta es no hacer énfasis en la calidad y el contenido. En el oficio de editor, tanto discriminas, tanto vales. Distinguir al que está trabajando bien del que lo hace todo al revés y te hace adquirir vicios, distinguir la crítica constructiva de la violencia gratuita… Ser editor es un camino de aprendizaje. En todo proceso de producción hay dos opciones: el estilo japonés, perfeccionarte y aprender gradualmente; o ir a destajo y preocuparte solo de sacar tantas patatas o libros a final de mes. La diferencia es que el que va a destajo no aprende, pero es una tentación muy fuerte, sobre todo al principio cuando el trabajo no resulta rentable. Por ejemplo, en el campo de la traducción, un traductor novato le va a tener que echar muchas más horas a un texto para sacar la calidad de un traductor experimentado, que se ha enfrentado a esos problemas mil veces. Pero o bien metes esas horas desproporcionadas que no compensan lo que te están pagando, o no aprendes, no llegas a ser competitivo y te quedas por el camino. Y comercialmente, ojo, está también el peligro de triunfar. Un necio nunca se recupera de un éxito.

Muchas editoriales independientes intentan extraer sus beneficios de un solo autor.

Lo puedes enunciar así o al revés: editoriales que han conseguido aguantar una línea gracias a un autor. En estos momentos Gigamesh aguanta su estructura y línea editorial gracias a Martin.

¿Ves viable un modelo así, aguantar pérdidas hasta que con un libro o autor concreto salte la liebre?

Sí. Eso dice dónde están tus prioridades. Si tu prioridad es publicar más y mejor e inviertes en hacer eso aunque unos títulos te den beneficios y otros no, indica que lo que quieres es publicar. Si tu prioridad es ganar lo máximo en el mínimo tiempo posible, no te interesa construir catálogo.

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Hace unos meses leíamos entusiasmados la elección de Barcelona como sede del Eurocon 2016, una convención de literatura de género. ¿Cómo fue el proceso de selección?

Le debemos la Eurocon de Barcelona a Ian Watson, que nos ha llevado de la oreja diciéndonos qué había que hacer y qué papeles rellenar. Había mucho interés en incorporar a España de una vez al circuito europeo de convenciones. Básicamente la selección se decide por los votos de los asistentes a la Eurocon y sus oficiales. Competíamos con una ciudad polaca que será capital europea de la cultura: un proyecto muy serio de gente que mueve convenciones de todo tipo. Nosotros teníamos apalabrada la colaboración con el CCCB, así que nos dedicamos a vender que estamos en el centro turístico de Barcelona. Todo ello junto a que el alcohol es barato y se consiguen vuelos bien de precio fue decisivo: hemos capitalizado el hecho de que a la gente le apetece venir a Barcelona.

Hablando del papel español en la ciencia ficción: te hemos leído quejarte del nivel medio de redacción de los autores españoles.

Como siempre, el 90 % de todo es basura. Ya me quejaba hace quince años cuando discriminaba poco, y ahora mi opinión debería ser muchísimo peor. El nivel medio es muy bajo, la gente se lía a escribir con pocas armas y pocas horas de vuelo, y se vuelve ambiciosa con recursos insuficientes. Pero es que no hay otra forma de hacerlo. Todos hemos aprendido así: yo a lo bruto publicando fanzines, y los disparates que metiera allí han quedado. La forma de aprender las cosas es haciéndolas mal. La diferencia es cultivar la disposición y la paciencia para ir mejorando a largo plazo. Todas las correcciones, hostias y críticas que nos hacíamos unos a otros nos han curtido y nos han permitido progresar. Estoy descubriendo ahora a gente que me deslumbra. Hemos crecido mucho como comunidad y sabemos aprovechar las herramientas: los frikis somos muy productivos trabajando en equipo.

La mayor facilidad actual para publicar, ¿la ves positiva o negativa?

Positiva. Cortando cojones se aprende a capar, así que cuantas más posibilidades haya de meter el cuchillo, mejor.

A un autor no publicado, ¿qué le recomendarías?

Rastrear quién está pidiendo cuentos específicos para algo y enviar relatos. Luego están los concursos literarios: Félix J. Palma hizo carrera profesional a base de ganar premios.

Bolaño escribió un cuento, «Sensini», sobre un autor que vivía de los premios.

Hay todo un circuito de autores que compiten por las dotaciones de los premios. Lo importante es empezar a publicar y a recibir feedback para darte cuenta de qué estás haciendo mal, corregirlo y poner en marcha el proceso de aprendizaje.

Hablemos de la actualidad. Basta echar un vistazo a tu perfil público de Facebook para comprobar que eres combativo en temas políticos. ¿Sería correcto situarte en la órbita del 15M? ¿Te consideras un activista?

Sí. Lo digo sin ambages: a mí me activó políticamente el 15M, y lo que vengo haciendo en redes desde entonces es difusión con mentalidad «quinceemera». Me interesa especialmente el metadiscurso, el mensaje de que tenemos armas en nuestras manos y podemos contribuir al cambio cada uno desde nuestro ámbito. Me encanta cuando veo a un familiar o a un amigo que se activa y se convierte en emisor también, porque se va creando una red de difusión de noticias no mediatizada e independientemente de los medios tradicionales. Hace tiempo que no sigo la prensa tradicional. Las noticias me las dan las feeds de Twitter y, especialmente, Facebook. La politización de las redes sociales es el germen de la revolución, y es lo que permite que se acelere el proceso de cambio. Estamos demasiado cerca y no nos damos cuenta de lo vertiginoso que es, hasta el punto de que nos parecen insuficientes quince escaños en Andalucía para Podemos. ¿Cómo han crecido tantísimo nuestras expectativas en tan poco tiempo? Es todo efecto de la misma marea. Vivimos una época de cambio brutal y estamos atravesando el punto de inflexión.

¿Cómo describirías la situación política actual en tus propias palabras?

Un resumen rápido sería que estamos en la vanguardia, siguiendo el mismo recorrido político que Grecia. Los discursos de los nuevos movimientos sociales, o de Syriza allí y Podemos aquí, no dejan de ser nuevas versiones del discurso Pirata de toda la vida. Es una nueva forma de hacer política: mientras sigan articulados de forma totalmente transparente, puedas verles las tripas, en qué gastan y en qué dejan de gastar el presupuesto… Todo desembocará en una nueva forma de hacer política, más colaborativa que confrontativa. Soy muy optimista con lo que puede a llegar a producir todo esto en un plazo de tiempo muy corto, y me sorprende la velocidad del cambio. Todo eso nace en el 15M, la actitud se ha contagiado a muchos sectores de la población, que les han abierto (¡les hemos abierto!) frentes en todas partes. Y la difusión viral es en última instancia el árbitro anárquico de esa especie de asamblea permanente que no controla nadie.

En las últimas elecciones al Parlament apareciste en la lista del Partido Pirata.

En puestos bajos de la lista, de relleno, porque no me veo con mucho tiempo para dedicarme a esas cosas.

Y en los últimos Sant Jordi, Gigamesh ha cedido parte de su espacio en la parada de Las Ramblas a ese partido.

El problema del Partido Pirata es que está un poquito adelantado a su tiempo. En realidad es muy friki. Está articulado en torno a una variante de las tres leyes robóticas de Asimov, pero con la defensa de los derechos humanos, la libertad de la red y el principio pirata de representación como «principios piratas». Es foolproof. Se articuló así el Partido Pirata catalán, y otros piratas europeos quieren adoptar una articulación parecida. Las asambleas e incluso las juntas son abiertas; solo les faltaría retransmitirlas en streaming. Podemos vacilaba de que había hecho un presupuesto muy modesto en relación votos/dinero invertido… Mariconadas. El presupuesto que dedicó el Partido Pirata frente a los votos que consiguió fue dos órdenes de magnitud inferior. Es un partido muy embrionario todavía, pero tienen la actitud correcta. Se quejan de que no tienen demasiados parados ni jubilados, con lo que les falta mano de obra para hacer más cosas, pero van muy bien orientados. Ahora han montado la estructura federal para acomodar los partidos regionales. Los Piratas son muy monos y lo hacen todo bien. Me tienen muy enamorado. Pero necesitan mucho crecimiento todavía, aunque haya alguna gente de peso involucrada. Pero ojo con el último susto. En las anteriores generales en Islandia habían conseguido representación en el Parlamento. Y al elevar al ámbito representativo su forma de operar, totalmente transparente y en abierto, se han ganado al personal. Había que ver la cara de pasmo de uno de los diputados piratas cuando le daban los sondeos para las siguientes elecciones: un 20 % de intención de voto, segunda fuerza política en Islandia. Y un par de semanas después: primer partido en intención de voto en Islandia.

Caray.

Es como la Wikipedia. Hace años yo mismo decía: «Vaya mierda de enciclopedia gratuita llena de errores. Esto no va a ninguna parte». Me he comido esas palabras, y cada día flipo más con lo buena que es la Wiki. Al principio, a este tipo de estructuras productivas, colaborativas y con elementos imposibles antes de la red no se les da importancia. Pero a la que suman masa crítica y empiezan a tener depuración son estructuras orgánicas que se disparan muy rápido.

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¿La subida meteórica de Podemos puede descafeinar sus propuestas iniciales?

Veremos de todo. Me hizo gracia cómo empezó Pablo Iglesias el discurso en el mitin de cierre de la campaña andaluza. «No somos perfectos, cometeremos errores, vamos a hacer muchas cosas mal», y después de esa precisión entraba con el eslogan de «pero no vamos a ser mayordomos de los poderosos», etcétera. Hay que ser pragmático: la van a cagar y les vamos a reprochar un montón de cosas, pero que sigan con la actitud básica correcta, bebiendo de la red y del consenso. ¿Qué otro partido es parte de la red como ellos? Nadie. Un partido político tradicional con un sistema de toma de decisiones vertical asoma la cabeza en la red y lo único que recibe son hostias. Ellos en cambio forman parte del engranaje, usan la red… Son muy frikis, también [Risas]. Tengo la teoría de que el 15M y la revalorización de la cultura friki forman parte del mismo proceso. Los frikis estamos en todas partes: ¡el 15M fue una revolución friki! Fue el núcleo que nos contagió un montón de actitudes y nos hizo darnos cuenta de un montón de cosas, nos consideráramos 15M o no. Fue un meme que se propagó en red y por redes sociales en una época en la que usábamos las redes sociales para jugar, yo el primero. Se propagó en ámbitos sociológicos muy concretos, todos ellos habitantes de la red. ¿Qué grupos sociales usaban la red? Los inmigrantes, los frikis y la chavalada… Y esos fueron los grupos sociales que se activaron con el 15M.

Ibas a cualquier plaza del 15M, y la gente que tratabas en los grupos de trabajo eran todos frikis. Hay gente que piensa que el 15M ha desaparecido porque hay una parte de su funcionamiento que no han entendido. Esa gente cree que el 15M eran las plazas, que las plazas eran el cerebro del 15M. Y no es cierto. Las plazas eran los oídos del 15M. El 15M contactó con los grupos activistas y sociales, se enteró de qué reivindicaban y con qué argumentos. Yo me enteré en la plaza de que en España las hipotecas no tenían dación en pago. Oí por primera vez mencionar la Tasa Tobin. Y un montón de coletillas que la propia clase política más progresista ha incorporado a su discurso. Hay una imagen del 15M que se me quedó grabada: la foto de un tío con la máscara de Anonymous sosteniendo un cartel con la leyenda «Nobody expects the Spanish Revolution». ¡Por Dios, qué cosa más friki! Esa foto nos estaba hablando a los friqkis de tú a tú.

Cuando pasó Neil Gaiman por aquí comentó que cualquier sistema político nace de la imaginación, de ver las cosas diferentes a como son en la actualidad.

Hay un estudio publicado en una revista médica sobre qué partes del cerebro se activan durante la lectura. Hicieron una comparativa de géneros y encontraron que la ciencia ficción es el género que activa más zonas distintas del cerebro durante la lectura. Tiene más grados de complejidad. No es ninguna sorpresa para los que somos aficionados al género, y me reafirma en aquello de que el realismo es pernicioso.

Las relaciones entre ciencia ficción y política son complejas. Por ejemplo, hay autores que se resisten a posicionarse a un lado u otro del espectro político, quizá por no perder lectores. ¿Qué opinión te merece esa postura?

La disputa más sangrienta con la New Wave en su día fue la lista de autores de ciencia ficción que estaban a favor o en contra de la guerra de Vietnam. Provocó un cisma en la comunidad que ahora no se recuerda, pero fueron palabras mayores y se posicionó gente muy sorprendente en ambos lados. Yo agradezco el posicionamiento ideológico, como persona y como lector. Una novela que no tome partido está descafeinada. En la ciencia ficción busco subversión, que el autor ponga en entredicho mis valores, que me hable de tú a tú. Ese es uno de los grandes méritos de la ciencia ficción: abre amplitud de miras.

¿Qué opinas de los boicots que ocurren cuando algún autor de ci-fi muestra ideas, digamos, impopulares? Por ejemplo con Orson Scott Card y sus declaraciones incendiarias sobre homosexualidad.

Si un autor no se ha tomado la molestia de redactar bien, tiro su novela a la basura: ¿por qué debería tener miramientos en tirar un libro que me ofenda ideológicamente? No hay cosa que me joda más que el adoctrinamiento. Rechazo que un autor me intente adoctrinar, incluso si es sobre ideas con las que comulgo. ¡No, no! Quiero libros que provoquen diálogo, no que me laven el cerebro. Los pecados ideológicos son perfectamente susceptibles de castigar una novela. Pero lo peor que puedes hacerle es un boicot, ya que en último término le das publicidad. Sencillamente no hables de ella.

¿Hay algún libro de ciencia ficción que consideres adecuado para entender la situación política que estamos viviendo?

Yo insisto en El jinete de la onda de shock, de John Brunner. La novela puede funcionar mejor o peor narrativamente, tiene un par de McGuffins descarados y un final feliz un poco inverosímil… Pero me sorprende cómo una novela escrita en 1975 habla tan proféticamente de los años que estamos viviendo. A partir del Minitel francés, Brunner imaginó una red de comunicaciones global, independiente y libre que alimenta activismos y activistas, e imagina cómo el gobierno se opone a esa red llenándola de ruido o librando una guerra de virus informáticos. Todo eso predice. Y sobre todo predice el impacto que el acceso a una red libre tiene sobre el ciudadano consciente, como puede contrastar las noticias y trabajar en oposición a su gobierno. La red esquiva cualquier intento de controlar nuestras percepciones y lecturas. Me resuenan los problemas morales, las dudas del protagonista, un hacker imaginado en una época en la que no existía el concepto.

Y a ver, qué más libros… La mejor novela de carga política que he leído y publicado es Leyes de mercado, de Richard Morgan, una actualización del 1984 de Orwell que narra un proceso de corrupción a manos del sistema, un sistema puesto al día con un circo divertido, duro y con mala leche. Hay otra novela que esperamos publicar el año que viene: New Model Army, de Adam Roberts, publicada originalmente un año antes del 15M… y en la que el autor se inventa un 15M bélico: un ejército mercenario que dispone de wifi privada de comunicaciones y se especializa en guerrilla urbana. Así, cuando los escoceses deciden independizarse del Reino Unido, contratan a una new model army para que se enfrente al ejército inglés. La guerrilla cuenta con armamento eficaz y barato, y toma las decisiones como enjambre, por consenso en una asamblea virtual permanente, y se comen con patatas al ejército regular inglés, cuyas respuestas tácticas son lentas y peor informadas en comparación. La novela abre con un capítulo encantador. El oficial del ejército inglés tiene que rendirse tras una serie de derrotas humillantes ante esa panda de perroflautas. ¿Y quiénes se acercan a pactar la rendición? Los tres que estaban más cerca [Risas] La puesta en escena era un calco de cuando los periodistas llegaban a las asambleas del 15M y preguntaban: «Bueno, ¿con quién puedo hablar?», y le contestaban «pues con ese mismo» [Risas]. Ah, y quizá otra novela: Soft Apocalypse, en la que el problema del paro actual es en realidad el primer escalón de una caída apocalíptica en que la civilización va desmoronándose poco a poco.

Qué optimista.

Cenital de Emilio Bueso va un poco en esa línea, y sería otra novela políticamente significativa y con un eco del 15M.

Una de las claves de la ciencia ficción es la confianza en la ciencia como elemento de progreso. ¿Simpatizas con los círculos escépticos y racionalistas?

Sí, mucho. Somos patrocinadores del Círculo Escéptico de Barcelona: cuando podemos le pagamos el viaje a algún invitado a sus charlas. Pero no tiene nada de particular: no se puede hacer ciencia ficción magufa o new age, la ciencia ficción es necesariamente escéptica, o debería serlo.

¿Cuál es tu postura frente a las religiones organizadas?

Soy profundamente ateo. Es decir, un agnóstico con mala técnica de socialización o con poco arte para convencer al contrario. Un ateo beligerante es más agresivo que un agnóstico: hacemos eso que sienta tan mal de creernos en posesión de la verdad. Pero en cualquier caso me parece la postura más elegante, más bonita. Adoro los ateos pragmáticos: por ejemplo Fredric Brown, que lo transmite mucho y muy bien. William Tenn, en la presentación a sus cuentos completos, explica que Brown era profundamente ateo y se pregunta: ¿por qué habría que molestarse en hacerle un homenaje a alguien si desde el punto de vista ateo nada es especialmente relevante? Y contesta que porque decidimos hacerlo. Cuando decidimos hacer algo a sabiendas de que es irrelevante, por darnos el placer propio y ajeno, eso es lo que lo dota de sentido. Me emociona cualquier cosa que transmita esa filosofía.

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Sabemos que eres un gran consumidor de series de televisión. Pero no caigamos en el tópico: recomiéndanos alguna serie que por tu perfil público nadie esperaría que siguieras.

Uff, ¿que no sea de género ni de política? Que no sería sorpresa que vea Juego de Tronos [Risas] ¿Algo retorcido e inverosímil…? Shameless. He visto dos temporadas de la americana, y me voy a pasar a la inglesa.

¿Qué series de género sigues?

De las recientes me gustan Extant y Orphan Black como series sólidas y bien construidas. Y luego la primera temporada de una serie islandesa espléndida, Äkta människor, traducida como Real Humans, sobre robots caseros, su impacto social, los tabúes… Los islandeses son unos sobrados. Las dos de Sherlock, la de la BBC y Elementary. Las de superhéroes que estoy viendo están un poquito descafeinadas, pero ahora que han estrenado Daredevil, soy feliz. La de piratas, Black Sails, y Vikingos son muy correctas, aunque no sean estrictamente de género sino de aventuras, algo limítrofe… Y claro, El Ministerio del Tiempo, que me parece simpatiquísima y estoy encantado con ella. Independientemente de que se meta en un berenjenal con agujeros estructurales, me encanta el talento que destila: los gags de humor, recursos como convertir un problema de la serie en humor poniéndolo en boca de un personaje… Transmite mucho oficio; hay frikis con mucho nivel tras ese proyecto.

¿Y Black Mirror?

Black Mirror no me gusta. La veo demasiado gafapasta, con historias demasiado triviales vestidas de mucho aparato.

¿Y en cuanto a series políticas?

Estoy enamorado de El ala oeste de la Casa Blanca, que es de las mejores series divulgativas que conozco, junto con Hikaru No Go por otros motivos. Series que te instruyen a través de la construcción eficaz de una ficción… House of Cards es un sueño húmedo: es como El ala oeste, pero en lugar de ser todos más buenos que el pan, son unos hijos de puta, lo que resulta mucho más convincente. The Good Wife tiene su dimensión política también, y es otra serie espléndida… Ah, y la mejor serie española de todos los tiempos: los ocho episodios de Crematorio. Vea usted cómo funciona el pelotazo urbanístico en Valencia, conozca a sus protagonistas… Espectacular.

En literatura, ¿qué tipo de novela que no sea de género te atrae?

He leído muy poco fuera del género. De jovencito tuve mi vena y me gustaba mucho Dostoievski. He leído policíacos sueltos pero no he llegado a coger a nadie en batería. Me gustó mucho Marc Behm, que tiene cosas tanto policíacas como dentro de género. Lo mejor en su caso es La mirada del observador. Ah, y libros que se podrían incorporar al género, como El hombre de los dados, ciencia ficción mesiánica tal vez.

¿Algo de ensayo?

La estructura de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn, de mis años universitarios. Ensayos de género, sobre autores y mucha crítica. Le tengo mucho respeto a los textos de divulgación de Asimov. Ah, y Guerrilla Marketing, el original, que fue muy formativo, en realidad toda la preparación que tuve en su día para meterme en embolados comerciales. Y por supuesto, en el ámbito político, La doctrina del shock de Naomi Klein. Y puestos a citar, el documental de Moore, Bowling for Columbine, que es un abreojos.

¿Cómo descubres nuevos talentos? ¿Sigues leyendo originales aún no publicados, o tienes lectores que hacen un filtrado previo?

Estoy dando lecturas a gente para ampliar un poco, pero sigo funcionando por impulso. Mientras estuve haciendo reseñas, leía toda novedad que salía por obligación, complementada con lecturas de cosas en inglés que pudiera publicar en Martínez Roca. Si me apetecía leer lo que acababa de publicar LeGuin no podía porque no tenía posibilidades de publicarlo ahí. Y eso desgasta. No poder leer lo que te apetece es chungo, quizá por reacción soy cada vez más anárquico a la hora de elegir lecturas. A veces alguien me enreda para que lea un original, y si tiene un buen arranque… Ya no perdono según qué cosas y los originales se me caen de las manos muy deprisa, pero hay gente que te da sorpresas.

Muchos recordamos la antigua Gigamesh como un lugar de peregrinación al que veníamos a por los últimos módulos y expansiones de nuestros juegos de rol. ¿Hay más o menos roleros que hace diez años? ¿Han cambiado los juegos?

De todos los ámbitos frikis, el de los juegos es el que está teniendo una evolución más salvaje y divertida. La cantidad de oferta actual es enorme. En su día, cuando querías jugar a rol tenías lo que publicaba aquí Matas y lo que llegaba de importación, pero no había tantas novedades interesantes. Los jugadores de rol son un poco como Los Vengadores: vengador una vez, vengador siempre. Los roleros no lo dejan, a lo mejor se tiran años sin jugar, pero un día se reúnen o montan un grupo nuevo y ahí están como el primer día. También han ido entrando más jugadores. El rol se ha normalizado, se ha incorporado a nuestras opciones de ocio. Y fíjate que yo no soy rolero: me llegó tarde. Me lo llegan a poner más de chavalín y estaría aún tirando dados.

Has hecho mucho por popularizar el go en España: Gigamesh es una de las pocas tiendas donde puede encontrarse buen material al respecto. ¿De dónde viene tu pasión por este juego?

Ponerme medallas cuando hay un japonés de Madrid que lleva un montón de años liando a todo el mundo y enseñando a jugar al go me parecería exagerado. Pero como comercio especializado sí que destacamos. Hace años se articuló un grupo de jugadores que empezó a jugar habitualmente a go en la terraza del bar Mariona: los rescoldos del grupo supervicioso y semiprofesional de jugadores de Magic. El Magic atrajo a gente de todas las procedencias, y de mucho nivel en algunos casos, ya que es un juego competitivo que requiere mucha destreza. Cuando nos empezamos a desenganchar del Magic nos metieron a jugar a go y acabamos aficionándonos un buen grupo. Y en Gigamesh empezamos a traer material de autoconsumo para los cuatro gatos que jugábamos: tableros, bibliografía… Es un nicho pequeño, que son los interesantes en el comercio. Cuando descubres un nicho grande como el Magic, se acaba vendiendo en todas partes y tienes que competir mucho para sacar un rendimiento estándar o bajo. En cambio en el go hay muy poquitos jugadores activos, quizá cien en toda España, pero es un mercado en el que, si te posicionas bien y no abusas de los márgenes, se forma un público cautivo que crea comunidad. Hace años Gigamesh vendía cien tableros al año, un año tras otro. Pero es que el go es un juego tan bonito…

¿Cómo explicarías las virtudes del go a quien no lo conozca?

Los juegos establecen de forma atractiva unos procesos simbólicos de aprendizaje clarísimos, y el aprendizaje es el mecanismo último de la felicidad, somos máquinas diseñadas para adaptarnos y aprender. Quien tenga inquietudes ludópatas sabrá que un juego atrae tanto como lo difícil que sea de quemar. Cuando llevas muchas partidas con un mismo juego y empiezan a hacerse repetitivas, dejas de aprender y el juego pierde interés. En el go las reglas son muy sencillas, pero es el juego más diabólicamente complejo que existe, y su proceso de aprendizaje es eterno. El nivel de complejidad es similar al de aprender un idioma. Como jugador al principio ves ahí un batiburrillo de piedras blancas y negras y no sabes qué significa. No sabes leer. Luego empiezas a distinguir formas, estructuras, lo que está vivo y lo que está muerto, a leer el flujo de la partida, y llegas a apreciar detalles de la personalidad del jugador. Ningún juego da tantas satisfacciones como el go. Y de cara a hacer proselitismo: tener como hobby el go, si eres bueno, tiene como premio viajes a Japón. Los países que más potencian los torneos internacionales son China, Japón y Corea. Pau Carles, un empleado de Gigamesh, es uno de los jugadores españoles más fuertes y cada año viaja invitado para jugar.

Para terminar, según el Fanhunter de Cels Piñol, a estas alturas ya tendrías que haber volado el Vaticano, haberte proclamado papa acto seguido y tendrías que haber prohibido todo lo que no haya escrito Philip K. Dick. ¿A qué esperas?

[Risas] Tranquilos, estoy en ello. Nunca he sido muy bueno con los plazos y las fechas. ¿Qué preferís, que tomemos el Vaticano de cualquier manera o que lo tomemos en condiciones?

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Fotografía: Alberto Gamazo


Joffrey es Alfonso XIII (y otras teorías poco descabelladas sobre Juego de Tronos)

George R. R. Martin, autor de Juego de Tronos. Fotografía: Adrian Long (CC).

Atención, que vamos a jugar al Quién es quién.

Es joven, es mujer y es la benjamina de una gran familia real.

¿No? Le daremos tres pistas más.

Una, que su estirpe gobernó durante siglos el reino más extenso del mundo. Dos, que los enemigos de la misma asesinaron a su padre, el monarca, y a su heredero varón, y que también la reina y sus hermanos mayores fueron masacrados. Y tres, que ella sobrevivió milagrosamente al baño de sangre, ocultando su identidad y abandonando el país, y que reapareció ante los ojos del mundo cuando era adulta.

¿De qué personaje se trata?

Si es usted seguidor de Juego de Tronos lo tendrá claro: es Daenerys Targaryen, khaleesi consorte y única hija superviviente del rey Aerys II, el último Targaryen que se sentó en el Trono de Hierro. Y si nos relajamos con la literalidad de los detalles, incluso podría tratarse de Arya Stark.

Pero si no sigue usted Juego de Tronos lo tendrá claro también: estamos hablando de Anastasia Romanov, la hija menor del último zar ruso, que sobrevivió a la matanza de su familia y reapareció en su madurez reclamando para sí el título de única y verdadera zarina. Al menos, en la versión romántica de la historia.

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Anastasia Romanov  (DP / Library of the Congress) y Emilia Clarke como Daenerys Targaryen (HBO / Canal +).

Y las dos respuestas son correctas, que es algo muy sano que ocurre de vez en cuando. Aunque la gran inspiración Juego de Tronos es la Guerra de las Dos Rosas —que enfrentó en el siglo XV a las casas Lancaster y York, trasuntos respectivamente de los Lannister y los Stark, por el trono de Inglaterra—, lo cierto es que los azares trazados por George R. R. Martin en su Canción de hielo y fuego incorporan muchos otros referentes reales más allá del conflicto. Y reales en las dos acepciones del adjetivo, porque se inspiran en hechos que ocurrieron en realidad y porque lo hicieron en el seno de las familias reales europeas.

¿Sabemos cuáles son? A veces sí, porque Martin las confiesa con cuentagotas y porque también cuela pequeñas pistas de vez en cuando. En otras ocasiones son los hechos de la ficción los que evidencian su deuda clara con un referente real, como el Muro de Adriano respecto al Muro del Norte, la Cena Negra de la que fueron víctimas los Douglas de Escocia con la Boda Roja en la que se asesinó a varios Stark, el histórico enfrentamiento entre las casas Percy y Neville de Inglaterra con el de los Stark y los Lannister o el matrimonio de Enrique VI y Margarita de Anjou, considerado con frecuencia el modelo que sigue el de Robert Baratheon y Cersei Lannister. Por citar solo algunas de las deudas más evidentes.

En una gran mayoría de ocasiones, sin embargo, los personajes y giros de Juego de Tronos resuenan en la historia real solo genéricamente, lo que no significa que menos sino que de forma menos evidente. La remezcla, en palabras del propio Martin, no es «enormemente original» pero sí resulta en algo singular, que es lo que el autor pone de relieve. «En Canción de Hielo y Fuego cojo material de la Guerra de las Rosas y otras cosas de fantasía», aseguraba en una entrevista publicada hace solo unos días, «y todo ello da vueltas en mi cabeza para cuajar de algún modo lo que, espero, entonces ya es propio y único».

Hasta qué punto son conscientes estas incorporaciones solo él lo sabe, pero siempre es divertido especular, que es precisamente lo que vamos a hacer hoy. Si le turba la idea de que las tramas de Juegos de Tronos pecan de hiperbólicas y poco realistas, le proponemos un breviario de referentes con algunas hipótesis nada descabelladas sobre qué pudo pasar por la cabecita de Martin para parir semejante culebrón de traiciones, matanzas y perversiones. Verá que la realidad, como se dice en estos casos, supera ampliamente a la ficción.

(A partir de aquí incurriremos en algún SPOILER y nos referiremos a las tramas televisivas, cuyos detalles pueden diferir de la versión literaria, y solo hasta el punto al que ha avanzado la serie)

Amantes bandidos en la Edad Media

Empezando por la idea que más le rechina seguramente al espectador contemporáneo, la de que los monarcas medievales podían practicar discretamente la homosexualidad. Si cree que es una licencia, se equivoca.

En Juego de Tronos es Renly Baratheon, monarca autoproclamado de los Siete Reinos, quien mantiene una relación en estas condiciones con Loras Tyrell, delfín de una casa noble afín a la propia, y lo hace caballero de su guardia personal. El affaire se trata con sutileza en las novelas originales y de forma explícita en la televisión, pero no debe tomarse como algo extemporáneo. De hecho, tiene un precedente claro en la prolongada relación que mantuvieron desde su juventud Eduardo II de Inglaterra, primero príncipe y después rey, y Piers Gaveston, caballero guerrero y más tarde primer conde de Cornualles. O que pudieron mantener, por cumplir con la prudencia. Fue a finales del siglo XIII y principios del XIV, un siglo y medio antes de la Guerra de las Dos Rosas.

Las crónicas de la época no refieren expresamente su condición de amantes, lógicamente, pero sí una interminable sucesión de pormenores que mueven a pocas dudas, entre otros la constante compañía física que se hicieron los hombres y los inauditos honores con los que el rey honró a su favorito, empezando por títulos y fortuna y acabando por la mismísima regencia de Inglaterra. No nos pararemos a repasarlos, porque están más que repasados, aunque sí reseñaremos dos paralelismos reveladores con la historia de amor de Renly y Loras.

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Eduardo II y su favorito, una pintura de Marcus Stone en 1872 (DP) y Gethin Anthony y Finn Jones como Renly y Loras (HBO / Canal +).

El primero, su famosa huida juntos de Newcastle cuando los Lancaster atacaron la ciudad en 1312, del mismo modo que los de la ficción huyeron juntos de Desembarco del Rey cuando los Lannister se hicieron definitivamente con el control de la corona. Y el segundo, los también recordados festejos en los que la estrecha relación de uno y otro se hicieron evidentes: el torneo de la Mano en Juego de Tronos y los que siguieron a la coronación de la esposa de Eduardo II en la realidad, en los que Gaveston apareció vestido con los colores reales y Eduardo soliviantó a la nobleza y a su nueva familia política no prestándole atención a la reina, sino a él. Entre otros detalles reveladores —como él éxito de Gaveston en las justas, similar al de Loras en la ficción— está el de que la fiesta se desarrolló en un enclave histórico, hoy un pequeño municipio inglés, cuyo nombre suena a cualquiera que lea o vea Juego de Tronos en su idioma original: Kings Langley. Martin no ha admitido ni desmentido la inspiración en ese famoso enclave para bautizar Desembarco del Rey  —Kings Landing, en inglés—, pero he aquí una pista: el año pasado, la HBO trasladó al municipio un pequeño acto promocional en el que el pueblo cambió oficialmente su nombre durante una semana por el de la capital de los Siete Reinos.

Caprichos de un rey niño

¿Qué respondería si decimos que el perverso rey niño Joffrey Baratheon podría inspirarse de pasada en Alfonso XIII? Que estamos locos, seguramente, y buscándole los tres pies al gato. Hace poco el propio autor confesó que la sonada Boda Púrpura en la que murió se inspira «un poco» en el asesinato de Eustaquio IV de Blois, hijo —aunque adulto—de Esteban de Inglaterra, y en la Edad Media inglesa existieron varios reyes niños que podemos asimilar con Joffrey. El más célebre de todos, Enrique III, guarda los suficientes paralelismos con el personaje como para darnos por satisfechos. Gobernó en el siglo XIII, ascendió al trono con solo nueve años y lo hizo en el contexto de la primera guerra de los Barones, un enfrentamiento entre casas nobles en el que su padre murió de disentería. En los manuales de historia se suele reseñar su fuerte espiritualidad, su mal gobierno y su inclinación al derroche. Fue el abuelo de Eduardo II, por cierto, de quien hablábamos unas líneas más arriba.

Pero, ¿de dónde viene el rey niño caprichoso, sádico y cruel que ha movido nuestra inquina durante varios libros y más de tres temporadas televisivas? George R. R. Martin es estadounidense y en la historia de su país tiene mucha más presencia otro monarca niño, seguramente porque lo fue en la última gran guerra que Estados Unidos libró contra un reino europeo en la era colonial: la hispanoamericana de 1898. Aunque la regencia de España residía en su madre María Cristina y el gobierno del país en Práxedes Mateo Sagasta, el rey coronado desde el mismo día de su nacimiento era Alfonso XIII, una situación percibida con perplejidad en la política republicana al otro lado del Atlántico. La propaganda bélica se cebó con la figura del joven rey, retratado como un niño lastrado por numerosos males, entre ellos la «crueldad», el «antagonismo de la civilización», los «métodos del siglo XVI» y verse acompañado por una «aristocracia corrupta».

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Dos viñetas políticas de Udo J. Keppler para Puck Magazine de 1898 (DP / Library of the Congress).

Y los paralelismos no acaban ahí. De hecho, empiezan con la propia vida de sus padres y la de los padres del joven rey de Westeros, Cersei Lannister y Robert Baratheon. Como hace el rey Robert en la ficción de Martin, el rey Alfonso XII era un mujeriego impenitente que se entregaba al adulterio de forma poco menos que indisimulada, hasta el punto de que dejó varios hijos bastardos, como Robert, y se suele considerar que la reina consorte vivió su muerte con alivio, como Cersei. Declarada María Cristina regente a su muerte como Cersei lo fue tras la de Robert, su mismo hijo Alfonso acabó heredando las inclinaciones poco puritanas del padre, como hizo Joffrey. Si el de la ficción acabó asaetando una mujer como parte de un juego sexual, Alfonso XIII tiene el honor de figurar en la historia de España no solo como uno de sus reyes, sino como el gran impulsor del género de la pornografía cinematográfica. Y un último paralelismo, aunque no en la figura del hijo sino del padre: como Joffrey, algunos sostienen que Alfonso XII tampoco era hijo del reyFrancisco de Asís, del que se dice con frecuencia que era homosexual— sino de la reina y su amante.

Todo queda en familia (I)

Con esto llegamos a ese punto tan oscuro de Juego de Tronos, el del incesto, y a la relación entre Cersei y Jaime Lannister, amantes y hermanos mellizos. Oscuro, al menos, si obviamos el punto de vista que exponía hace poco en una entrevista Nikolaj Coster-Waldau, que interpreta a Jaime: «Si te paras a pensarlo te das cuenta de que, en la serie, más o menos todas las relaciones lo son por motivos políticos, son matrimonios concertados. ¡Oh, no, espera! Hay una que se fundamenta en verdadero amor: la de Jaime y Cersei».

Antes que ellos los Targaryen, la familia real de los Siete Reinos, se casaron durante generaciones entre hermanos para mantener, en principio, la pureza de su sangre. Nos lo recordaba la propia reina Cersei en una escena emblemática de la primera temporada, aquella en la que se entrevistaba con Ned Stark para añadir que «cuando juegas el juego de tronos ganas o mueres; no hay término medio». A nadie se le escapa que, de haber ocurrido en la realidad, el ejemplo de la reina para justificar su conducta habrían sido los antiguos faraones egipcios, particularmente los de la dinastía ptolemaica.

Como los Targaryen, los Ptolomeos eran un linaje extranjero procedente del mundo clásico en la era de su decadencia —del heleno en la realidad, de la antigua Valyria en Juego de Tronos— que se hizo con el trono mediante la conquista; como los Targaryen, comenzaron después a casarse entre hermanos para mantener a la familia en el poder; y como los Targaryen, fueron finalmente desalojados del trono por sus antiguos socios políticos. Aunque en ambos casos la razón formal fue otra, la verdadera causa política es quizá la misma que Cersei anuncia aquella escena: «cuando juegas el juego de tronos ganas o mueres; no hay término medio». Los Ptolomeos y los Targaryen se casaban entre ellos. No jugaban al juego de tronos.

Todo queda en familia (II)

Esto, en lo que concierne a los Targaryen. Si la historia de Cersei y Jaime tiene un precedente claro, sin embargo, ese es el de Lucrecia y César Borgia, hijos de Alejandro VI a los que el exmarido de ella acusó de incesto. Como a la propia Cersei, también a Lucrecia su padre le concertó varios matrimonios de conveniencia para afianzar su poder territorial, primero con Milán mediante Giovanni Sforza, después con Salerno mediante el príncipe Alfonso de Aragón y con la antigua Ferrara mediante el matrimonio Alfonso d’Este. De nuevo no insistiremos en su historia, que está muy contada ya, pero sí señalaremos el paralelismo estructural de los últimos grandes Borgia con la historia de los Lannister de Juego de Tronos.

Lucrecia Borgia como Santa Catalina en un fresco de Pinturicchio de 1492 (DP) y Lena Headey como Cersei Lannister (HBO / Canal +).

Como Rodrigo Borgia al ascender al papado como Alejandro VI, Tywin Lannister se convierte en Mano del Rey gracias a la posición en la que sitúa a sus hijos; como los hijos de Alejandro VI, Lucrecia y César, también los de Tywin, Cersei y Jaime, son acusados de incesto y algunos les atribuyen un hijo juntos, Juan Borgia en la realidad, Joffrey en la ficción; y como le ocurre en la ficción con Tyrion Lannister, también ambos cuentan con un hermano pequeño, Jofré Borgia, rechazado y humillado por su padre —llegó a encerrarlo en el castillo de Sant’Angelo— que cuenta con la amistad de uno de sus hermanos, en la serie Jaime, en la realidad Lucrecia. Y si le hacen falta más detalles, le añadimos dos: todo esto fue durante las guerras italianas —que empezaron en el sur de Europa en 1494, solo diez años después del final de las de las Dos Rosas— y la coincidencia resiste la prueba del algodón —fonético—: pruebe a pronunciar en inglés «César» y «Cersei».

Una Severa en Desembarco del Rey

¿En qué lugar deja eso a los Tyrell de Altojardín y a su fulgurante matrona, la poderosa Olenna Tyrell, de soltera Redwyne? En uno complicado, pese a que parece el más sencillo de rastrear. Los Tyrrell —con dos erres— eran una poderosa familia inglesa en la época de las Dos Rosas cuyo miembro más recordado, James Tyrrell, sirvió a Ricardo III, el último York en el trono antes de la dinastía Tudor. Pero, ¿son los Tyrrell los Tyrell? No. Pese al nombre, los de Juego de Tronos tienen más que ver con la propia familia Tudor y, sobre todo, mantienen su paralelismo más evidente con un linaje de emperadores romanos: los Severos.

Particularmente cuando se trata de Olenna y de una de las más grandes matronas a la sombra que ha conocido la historia, Julia Maesa. Natural de Siria y solo una visitante ocasional en Roma —como Olenna es natural del sur y solo visita la capital—, fue cuñada, tía y abuela de cinco emperadores romanos, varios de los cuales consiguió ella misma entronar y destronar hasta conseguir que se dé por cierto que entre los Severos, ellos ocupaban los cargos y ellas —Julia Maesa, su hermana Julia Domma y sus hijas, Julia Mamea y Julia Soemia— eran quienes detentaban realmente el poder. Y es concretamente una historia, la del joven emperador Heliogábalo, la que revela los paralelismos más evidentes entre ambas estirpes nobles.

Posiblemente Julia Maesa (Giovanni Dall’Orto, CC) y Diana Rigg como Olenna Tyrell (HBO / Canal +).

Como Julia Maesa fue abuela de Heliogábalo, un joven transexual —a veces considerado el primero del que se tiene noticia en la historia—, Olenna Redwyne tiene un nieto homosexual, Loras; como Julia Maesa sitúa a su nieto en el trono cuando es solo un adolescente, Olenna casa a su nieta con el rey adolescente de Juego de Tronos; como ocurrió con el emperador Heliogábalo, Joffrey se revela pronto como un monarca enajenado y su breve reinado está marcado por la crueldad y los escándalos sexuales; como Olenna hace con Joffrey, Julia Maesa encarga el asesinato de Heliogábalo y lo hace para que el trono recaiga en su hermano pequeño; como el hermano de Heliogábalo, Alejandro Severo, el joven Tommen Baratheon resulta ser un monarca más dócil y templado. Y todo esto ocurre en el marco de la imposición de una nueva religión monoteísta en Roma, la de El-Gabal, que pretende desterrar el politeísmo con el patrocinio de la propia familia real.

Ingredientes de una mala malísima

Religión, sí, porque no nos íbamos a ir sin hablar de Melisandre. Junto a Varys y Meñique, la sacerdotisa roja se integra en el reducido conjunto de personajes a los que no ata el parentesco con las familias nobles, y que por lo tanto resultan más complicados de rastrear. ¿Es Melisandre Ana Bolena, la mujer por la que Enrique VIII abandonó a Catalina de Aragón para que le diera heredero varón y de la que escuchó el mensaje reformista religioso? ¿Es acaso Rasputín, el enigmático monje y místico que consiguió embaucar a la familia Romanov, al que se acusó de controlar a la zarina y de llevar la desviación y la extravagancia sexual a la corte rusa? ¿O es Torquemada, el fraile que sembró su poder confesando a la reina Isabel la Católica, creador del Tribunal de la Inquisición e inquisidor general poco después de que la institución quemase vivas en Sevilla a sus primeras seis víctimas? Melisandre es todos y seguramente alguno más, como descubriremos conforme avance la historia de Juego de Tronos. En la historia de los reyes ha habido muchos favoritos y no pocos han conquistado la posición en el púlpito y la cama, cuando no en las dos a la vez.

Algo similar, pero al revés, ocurre con la figura de Ana Bolena, la Carmen San Diego de Juego de Tronos: todo el mundo la busca, todo el mundo da con pistas de su presencia y, sin embargo, nadie la acaba de encontrar. Aunque muchos la ven en Melisandre y en Cersei —quizá más por su marido Robert, en muchos aspectos una versión Enrique VIII, y porque también acabó siendo acusada de incesto—, lo cierto es que es Margaery Tyrell quien recuerda más a esta figura capital de la historia inglesa.

Ana Bolena c. 1533-1536 en un retrato anónimo (DP) y Natalie Dormer como Margaery Tyrell (HBO / Canal +).

Lo primero por lo más evidente, que es que la actriz que la interpreta, Natalie Dormer, dio vida a Bolena en la ficción de Showtime Los Tudor. Pero, sobre todo, por su papel en el triángulo que acabó componiendo junto al rey Joffrey y la que iba a ser su esposa por matrimonio de convenciencia, Sansa Stark, muy similar al de Bolena con Enrique VIII y su primera mujer, Catalina de Aragón. Como Ana Bolena, Margaery es una noble de menor alcurnia que Sansa, que juega en este supuesto el papel de Catalina de Aragón. Como Ana Bolena, Margaery hizo a su familia medrar y ganar influencia en la corte gracias a su relación con el rey. Como ella, Margaery implicó a su hermano en los asuntos cortesanos —Loras en la ficción, Jorge Bolena en la realidad— y sostuvo la amistad de Sansa, al igual que la original hizo con Catalina. Y, por supuesto, Margaery acabó desplazando a Sansa para casarse con el rey, como Ana Bolena hizo con la hija de los Reyes Católicos. Si los paralelismos no resultasen convicentes, anótese al menos la pijada: Catalina de Aragón era tataranieta de Juan de Gante y emparentaba lejanamente con los York.

Y hasta aquí el repaso, con tres casos de incesto real, tres reyes homosexuales y al menos dos matanzas reales. Y esto dejándonos en el tintero a los Príncipes de la Torre, a los Greyjoy y la revisión de lo que ocurre en Dorne, que también tiene tela. Lo decíamos al principio y al final creemos estar en posición de poder repetirlo: si Juego de Tronos peca de exagerada no lo hace con el culebrón, sino con el asunto de los dragones y el de los señores esos tan blancos y malhumorados que aparecen de vez cuando. La realidad, y para muestra un botón, supera ampliamente a la ficción.


Choque de reyes en la AP-7: Juego de Tronos II

“A veces, un hombre muy pequeño puede proyectar una sombra muy grande.”

George R. R. Martin, Choque de reyes

Me va a resultar tremendamente complicado mantenerme objetivo al analizar la segunda temporada de Juego de Tronos. Estoy tan satisfecho y a un tiempo tan disgustado con su evolución, que corro el riesgo de escribir una reseña totalmente esquizofrénica, o al menos más de lo habitual.

Primero, una confesión: soy fan fatal tanto de las novelas como de la serie. A las 00:01 del 12 de julio de 2011 me presenté en la librería Gigamesh para comprar Dance with dragons, el quinto libro de la serie, la misma noche de su publicación en inglés (el 22 de junio se publicará la traducción al castellano, por cierto). Al pasar el trono de hierro el año pasado por Barcelona, no tardé en retratarme ahí un par de veces. Cuando el próximo 28 de julio el mismísimo George R. R. Martin acuda al CCCB de Barcelona, ahí estaré en las primeras filas. En resumen: los buenos ratos que me han hecho pasar las novelas me predisponen ya de partida a favor de la serie de HBO y, en general, de cualquier cosa que tenga el seal of approval del gordo cabrón.

Por otra parte, este reconocido fanboyismo tiene su cara oscura. Buceando por la red me quedo con la impresión de que algunos fans empiezan a presionar demasiado a los autores, llevados por el prurito perfeccionista de los “fans coñazo” a los que me referí ya en otro artículo. Verbigracia: Bryan Cogman, el único de los guionistas habituales  con cuenta de Twitter, decidió cerrarla de un portazo (es decir, con el hashtag  #NoMoreGoTWritersOnTwitter) después de que un grupo de fans descontentos le machacaran durante unos cuantos días. Este talante quejoso y faltón resulta especialmente sangrante si se une a los ya clásicos apremios a Martin para que acabe de una vez los puñeteros libros (recordemos a Neil Gaiman subrayando que George R. R. Martin is not your bitch). En este ambiente generalizado de tocacojonismo me siento un poco incómodo criticando según qué de la serie, ya que resulta evidente que el esfuerzo que están dedicando productores y guionistas es realmente titánico, y en algunos momentos el resultado es absolutamente soberbio. Pero estos éxitos no permiten esconder que esta segunda temporada tiene errores de bulto en su concepción y cuenta al menos con dos líneas argumentales fallidas: la de Jon y la de Daenerys.

Pero vamos por partes. El reto al que se enfrentaban los creadores de la serie, David Benioff y Dan Weiss (conocidos cariñosamente como D&D), era monumental: adaptar Choque de reyes, un libro mucho más largo, complejo y desestructurado que el primero. Cuando Martin empezó a escribir la saga de Canción de hielo y fuego la planteó como una trilogía, pero a medida que avanzaba con Choque de reyes se fue dando cuenta de que necesitaría unos cuantos libros más para llevar a buen término todas las líneas argumentales. La decapitación de Ned Stark en el primer libro fue un manotazo propinado sobre el tablero que dispersó las piezas del juego por las cuatro esquinas de Poniente. Personajes en fuga (Arya), sitiados (Sansa, Tyrion), embarcados en un viaje a territorios cada vez más salvajes (Jon, Daenerys), aislados por la batalla (Catelyn, Brienne)… Cada uno vive su propia historia, relacionada con el resto pero dotada de cierta independencia temática e incluso estilística; el tono más místico y etéreo de los capítulos de Daenerys contrasta con el “realismo sucio” de los narrados por Tyrion en Desembarco del Rey.

¿Cómo condensar esta metástasis de líneas argumentales en sólo diez capítulos? La solución más obvia es la que se ha adoptado durante gran parte de la temporada: saltos continuos de uno a otro escenario y personaje, dividiendo las tramas en pequeños flashes independientes. El problema es que este enfoque hace difícil que los capítulos tengan una lógica interna que ate cada episodio en una unidad temática coherente. Tal vez hubiera sido mejor centrar cada episodio en dos o como mucho tres líneas argumentales. Así se hizo en Blackwater, el capítulo guionizado por el propio Martin: centrar la atención en Desembarco del Rey y el asedio de Stannis le dio al episodio un enfoque y objetivo del que otros carecen. El resultado fue un episodio excelente, afilado y centrado: el mejor de la temporada y de la serie. ¿Por qué no hacer algo parecido con Jon o Daenerys, que ven su historia troceada en fragmentos finos cual pieles de cebolla?

Más allá de esta objeción, lo cierto es que los guionistas triunfan en su difícil encargo. Los cambios respecto al libro, con alguna notable excepción que veremos luego, son pertinentes: lógicos movimientos menores de piezas (Shae como doncella de Sansa en lugar de Lollys, Bronn como capitán de la Guardia, Samwell encontrando el vidriagón) y alguna escena añadida con mayor o menor fortuna. Otros momentos de la novela han sido magistralmente comprimidos y filmados, como el divertido truco de Tyrion para encontrar al espía de Cersei.

En general hay menos sexposition que en la primera temporada, aunque la serie continúa con la afición de mostrar desnudos con cualquier excusa, lo que acaba resultando algo irritante incluso para un erotómano pechófilo como yo. El cachondeo con este asunto llegó a Saturday Night Live: no os perdáis este impagable gag en que se descubre la identidad de un asesor muy especial…

De siete en siete: siete aciertos

Siguiendo un poco el estilo de mi reseña de la primera temporada, he ordenado los comentarios en grupos de siete, el número sagrado en Poniente. Siete triunfos, siete fallos y siete dudas.

CUIDADO, QUE AQUÍ EMPIEZAN LOS SPOILERS: dejad de leer los que no hayáis visto la segunda temporada todavía.

1. Los peligros del parto natural: La escena en que una embarazadísima Melisandre (por obra y gracia de una especie de pera hinchable, por cierto) da a luz un engendro de sombras es sin duda uno de los momentos icónicos de la temporada. Ya comenté en su momento que una de las principales bazas de Juego de Tronos es la forma comedida en que trata la magia: en cada libro lo sobrenatural tiene más peso que en el anterior (“la magia retorna al mundo”), pero de forma gradual y escalonada. El resultado es que el espectador/lector comparte con los personajes una sensación de maravilla y desconcierto ante prodigios que no deberían existir, o al menos que llevaban siglos ausentes del imaginario colectivo. El parto de la criatura de sombra cumple perfectamente ese objetivo de asombrar y aterrar. Con unos efectos especiales más que correctos y un tanto cronembergianos, el nacimiento obsceno e impío (cómo me gusta imitar a H.P. Lovecraft) queda retratado a las mil maravillas.

Se me ocurre una única objeción menor, fruto de haber unido en una sola escena las dos criaturas de sombra que aparecen en el libro… En la serie no se explica dónde demonios están. Físicamente, digo: ¿dónde está esa cueva enrejada a la que Davos lleva a parir a Melisandre? En el libro tiene sentido: es un conducto que lleva al interior de Bastión de Tormentas, y el bebé de sombra debe matar a Courtnay Penrose, el castellano que lo defiende. En cambio, siendo la víctima Renly en su campamento: ¿por qué es necesario que Davos lleve a Melisandre a una cueva en medio de la nada?

2. Brienne, la Bella Bestia: Cuando hace unos meses Martin publicó en su blog que la actriz elegida para interpretar a Brienne de Tarth sería Gwendoline Christie, mi primera reacción fue de escepticismo contenido. La actriz es en efecto adecuadamente enorme (más de metro noventa), pero la veía demasiado guapa y elegante para representar a una mujer “con cara y dientes de caballo”. Y sin embargo ha superado todas mis expectativas, firmando la que probablemente sea la mejor interpretación de la temporada. Visualmente es una Brienne perfecta: con el pelo bien corto (Christie cuenta que lloró un poco al cortárselo), un cuerpo que se nota trabajado en el gimnasio y un aspecto que logra conjugar una cierta torpeza de gigante con un aura de peligro y agresividad latente. Hay una diferencia notable entre la Brienne de los libros y la de la serie: la televisiva es mucho más violenta, más dispuesta a matar cuando es necesario. Más allá de este detalle, la esencia del personaje está ahí: una mujer siempre rechazada y demasiado ansiosa por encajar. Ahora entiendo lo que dijo Martin durante el casting: “vimos muchas actrices que interpretaban a Brienne y luego a una que era Brienne”. Christie incorporó a su interpretación algunas de sus experiencias como actriz rechazada una y otra vez debido a su altura gigantesca… La aplicación del método Stanislavsky más sencilla de la historia.

Nota lateral: me hizo gracia que la Guardia Real de Renly a la que se incorpora Brienne no mantuviera el nombre que recibe en los libros: La Guardia Arcoiris, en la que cada uno de los siete caballeros ostenta un color diferente. Y es que en pantalla la visión de esa Guardia hubiera quedado probablemente demasiado “fin de año en Chueca”.

3. Cersei va rompiendo su coraza: Confieso que Lena Headey no me convenció demasiado la temporada pasada, al interpretar a Cersei demasiado contenida y casi ausente… Pero en este año le ha pillado al fin el punto al personaje añadiéndole un toque personal: la Cersei de los libros es más volcánica, impredecible y hasta caprichosa, puro fuego; la Cersei de la serie es más taimada, calculadora y retorcida, puro hielo. Y sin embargo, Headey consigue mostrar bajo ese hielo un infierno de demencia preparada para aflorar a la mínima oportunidad, sea en el intercambio con Meñique durante el primer episodio (“el poder es el poder”, nunca una tautología fue enunciada con tanto entusiasmo), en las siempre algo crueles interacciones con Sansa o en el clímax de Blackwater, sentada en el Trono de Hierro con Tommen, borracha y al borde del suicidio. Merecería como mínimo una nominación a los Emmy de este año, que no todo va a ser Dinklage. Y hablando de todo un poco: es una pena que de los mil chistes de Tyrion se haya caído de la adaptación una puyita maravillosa dirigida a Cersei: “no me parece justo que te abras de piernas para un hermano y no para el otro”.

4. Theon Greyjoy, empresario español: He disfrutado enormemente del arco argumental de Theon, quizá el más redondo de la temporada. El año pasado su personaje pasó más bien desapercibido, siendo incluso motivo de bromas por parte de no lectores de los libros que no le encontraban sentido a su presencia. Y sin embargo, en esta temporada tiene su momento de gloria… O de fracaso.

El personaje de Theon es un pobre desgraciado que siempre toma la decisión equivocada y busca constantemente respeto y aprobación (de su padre, de su hermana, de sus hombres) sin conseguirlo jamás. También es un hijo de puta capaz de asesinar niños y decapitar ancianos, claro. En cualquier caso, Alfie Allen logra presentar las contradicciones de su personaje con una interpretación rica y matizada. Le ayuda un buen guión, con detalles como la breve escena en que quema la carta de Robb: un momento creado para la serie por Bryan Cogman y que Allen consigue mostrar como potente y decisivo.

En palabras de un buen amigo, Theon Greyjoy recuerda fuertemente a un empresaurio español de la era de la chapuza, en particular cuando aplica “soluciones creativas” como cargarse a dos críos cualquiera  para esconder la fuga de Bran y Rickon. “Y si cuela, cuela, ya nos apañaremos con la inspección de trabajo”, parece estar pensando, distraído. Reconozco que siempre he tenido debilidad por los Hombres de Hierro y sus apariciones en los libros y la serie, tal vez por el kraken que lucen en su escudo (siempre he sentido cariño por los cefalópodos). Quizá por eso me ha encantado verlos en acción: menos vikingos de lo que temía (su look en la serie es más original y propio), impertinentes y pendencieros. Su reacción ante el emocionante discurso final de Theon es tan brillante, adecuada y propia de hijos de perra que todavía me hace sonreír cada vez que la recuerdo.

5. Al fin, una batalla: Es difícil seleccionar una escena de Blackwater, el ya legendario noveno capítulo de la temporada. El guión lo firma el propio George R. R. Martin: recuerdo que me cabreé cuando colgó en su blog que lo estaba escribiendo, porque mi primera reacción en estos casos es pensar “¡deja eso y ponte a escribir The winds of winter!”. Ahora me alegro de que lo haya hecho: la batalla mostrada en los libros se conserva en sus detalles esenciales (y alguna omisión menor, como la cadena que sella el puerto) y se beneficia de un enfoque cerrado del capítulo, que prescinde de argumentos paralelos evitando así el aire descoyuntado de otros capítulos. Dos factores más beneficiaron el episodio: el primero fue la decisión de HBO de aumentar el presupuesto ya abultado, lo que permitió mostrar por primera vez una batalla digna de tal nombre. El segundo golpe de suerte fue el fichaje a última hora del director Neil Marshall, claro y competente a la hora de filmar escenas de acción. Ya había dirigido escenas espectaculares con cuatro duros anteriormente, como mínimo en Centurion y Dog Soldiers.

Hay varios momentos icónicos en el episodio: Bronn como arquero olímpico (casi esperaba oír la fanfarria de Barcelona’92 cuando su flecha impacta en el barco cargado de fuego valyrio), Cersei borracha sentada en el Trono de Hierro, o Tyrion arengando a las tropas en su mejor momento de toda la temporada (“Son hombres valientes: ¡vamos a matarlos!”) y dándole a Dinklage otra oportunidad de Emmy.

No todo es perfecto: Stannis me cuadra más como estratega en la retaguardia que repartiendo mandobles en el pelotón de primera fila, pero en fin, no queda tan cantona la cosa como poner, no sé, al presidente de los Estados Unidos en un caza como en Independence Day. Venga, aceptamos que el Rey esté por una vez en pleno combate en lugar de cazando como hubieran hecho Robert Baratheon o Juan Carlos I.

Ah, y el broche de oro para un capítulo casi perfecto: Las lluvias de Castamere. Se me ponen la piel de gallina al escuchar por primera vez una canción que tanto aparecerá en las tramas futuras…

6. Pon un Perro en tu vida: Recuerdo haberme quejado de que el personaje del Perro  estaba infrautilizado en la primera temporada: escenas eliminadas, fragmentos de diálogo regalados a Meñique… Este año Sandor Clegane ha tenido por fin ocasión de brillar, especialmente en sus interacciones con Sansa. Ni os imagináis cuántos fans tienen ganas de que el Perro y Sansa se dejen llevar por la pasión: cuando se les ve juntos parecen tal cual la Bella y la Bestia, o más bien King Kong y Fay Wray, según cómo se mire. Su último diálogo, en particular, es extrañamente freak (en el sentido Tod Browning) y conmovedor.

Por lo demás, en Blackwater el actor Rory McCann tiene una buena oportunidad de ganarse a la audiencia: sus escenas de batalla son apropiadamente brutales (no se me ocurre mejor manera de mostrar su bestialidad que partiendo gente por la mitad) y el contraste con Bronn  y su estilo ágil de pelear es mostrado de forma muy visual y efectiva. Pero el momento clave llega cuando lo envía todo a la mierda: ese “Fuck the Kingsguard. Fuck the city. Fuck the king” debe pasar desde ya al Olimpo de frases macarras memorables.

Anécdota curiosa: McCann estuvo a punto de partirse la crisma mientras le daba de comer a unos pajarillos en plena tormenta escocesa. Algo muy propio del Perro.

7. La sota de copas de Harrenhal: De todo el material creado exclusivamente para la serie, la única idea que me ha entusiasmado es la de convertir a Arya en copera de Tywin Lannister durante su estancia en Harrenhal. Los dos actores (Maisie Williams y Charles Dance) están fantásticos, sus interacciones resultan creíbles y la posición de Arya permite a los guionistas mostrar parte de los planes de Tywin sin necesidad de meterle constantemente en un burdel como al pobre Meñique. Solo me sobró ese final apresurado en que Arya busca sin éxito a Jaqen para ordenarle matar a Tywin (¿no podría haberlo pensado antes?).  Pero es una crítica menor a un buen número de escenas soberbias.

Siete fallos

1.- Renly tropieza con su propia sombra. Empecemos la ristra de agravios con el momento más decepcionante de la temporada: el inicio del quinto capítulo. Después del parto con que acababa el capítulo anterior las expectativas estaban muy altas, y sin embargo el asesinato de Renly se resuelve en pocos segundos y de forma totalmente fría,  desangelada y anticlimática. Ni siquiera Catelyn y Brienne (fantásticas en el resto de la serie) reaccionan de modo especialmente creíble o significativo. He leído por ahí que hubo algún problema de efectos especiales con la escena: en un primer momento iba a ser más parecida al libro, con la criatura camuflándose como la sombra de Renly hasta el último momento, pero finalmente se optó por una resolución rápida y poco visual. Además, darle a Brienne la reacción de rabia asesina que en los libros muestra Loras es bueno para el personaje de Brienne pero pésimo para el del caballero: en contraste, la reacción de Loras resulta demasiado comedida y atenuada. Se supone que el Rey era el amor de su vida, pero Loras Tyrell vela su cadáver con más pinta de crío enfurruñado que de amante transido por la pena.

2.- De Melisandre a Mesalina: Estaba muy ilusionado con la aparición de Melisandre en la serie, pero su única escena convincente ha sido la ya comentada del parto. Por lo demás, la magnífica Carice Van Houten ha sido desaprovechada, y su personaje guionizado con la sutileza de una taladradora industrial. Por poner un ejemplo: la posibilidad de que Stannis le pusiera los cuernos a su esposa con Melisandre se insinúa en los libros (de algún lugar tienen que salir las criaturas de sombra), pero en la serie de vuelve demasiado explícita. O al menos, puestos a mostrar el asunto, hubiera sido mejor hacerlo de un modo más sutil: es poco propio del adusto y austero Stannis Baratheon romper a follar como un adolescente sobre los mapas de la Mesa Pintada de Rocadragón.

3.- La Madre de Dragones roba una cubertería: En Choque de Reyes la historia de Daenerys no es muy extensa, así que era previsible que para darle tiempo de pantalla los guionistas expandieran o directamente se inventaran fragmentos de historia. El problema es que los ingredientes añadidos resultan obvios y poco interesantes: el robo de los dragones, la pseudo-trama de golpes de estado con Xaro y su caja fuerte, la traición de la doncella Doreah… Como consecuencia, todo el arco argumental se resiente y queda deslavazado, inconexo y en el fondo prescindible. Probablemente habría sido mejor solución concentrar la trama de Qarth en dos o tres capítulos como mucho, lo que hubiera aportado más solidez a la trama de la pobre Khalessi colaborando de paso a reducir los excesivos saltos entre protagonistas.

Pero mi mayor crítica es por una ocasión desperdiciada: las visiones de Daenerys en la Casa de los Eternos, guarida del brujo Pyat Pree (todo un acierto fichar al inquietante Ian Hanmore, por cierto). Aprovechando alguna de las visiones de la novela el resultado podría haber sido puro David Lynch: reyes con cabeza de lobo, enanos mordiendo los pechos de una mujer desnuda, una rosa azul en un muro de hielo… Imágenes proféticas aparentemente sin demasiado sentido pero que en los libros acaban haciendo referencia a hechos pasados o futuros. La solución por la que opta la serie es mucho más simple: una visión estéticamente espectacular de la sala del trono destruida (¿fundida por fuego de dragón?) y cubierta de nieve… Y un cameo fantasmagórico de Khal Drogo. Un poco pobre, en comparación. De todas formas, ahí va mi teoría: ambas imágenes son tan significativas para la historia como las de la novela, y no puedo decir nada más sin chafar el final del quinto libro a quienes no lo hayan leído. Y de lo que no se puede hablar, mejor callarse.

4.- No puede ser tan caro conseguir extras: Varias escenas se hubieran beneficiado enormemente de una mayor presencia de extras, como la rebelión del populacho en Desembarco del Rey (presentada en los libros casi como una Toma de la Bastilla y en la serie apenas como una escaramuza) o en la misma batalla de Blackwater, un tanto limitada en escala. Sí, ya sé, la tele tiene un presupuesto más limitado que el cine, pero ¿por qué no recurrir por ejemplo a los fans? Imagino que habrá un buen número de fanáticos de los libros o la serie dispuestos a aparecer gratis, cobrando una miseria o incluso pagando, como se hace en ciertas superproducciones.

5.-  La enfermera sexy y el rey pasmado: Sobre el papel era buena idea escribir unas cuantas escenas para Robb Stark: no sólo porque Richard Madden había causado buena impresión en la primera temporada, sino porque en pantalla no hubiera funcionado referirse a Robb elípticamente, como en la mayor parte de Choque de Reyes. Parecía adecuado añadir alguna escena en que Robb conociera a Jeyne Westerling, la joven noble encantadora pero sin utilidad para la realpolitik. Vamos, que el trabajo de los guionistas estaba ya medio hecho, e incluso cambios menores como convertir a Jeyne en una plebeya extranjera llamada Talisa podían funcionar, e incluso añadir matices a la historia.

Sin embargo, la subtrama ha provocado exasperación y bostezos, cometiendo el peor pecado para una línea argumental de Juego de Tronos: la previsibilidad. A los cinco segundos de la primera aparición de Talisa ya sabemos que va a ser el interés amoroso de Robb. Sus escenas son una sucesión de clichés encadenados, sin llegar al nivel de cursilería de un Anakin vs. Padmé pero por poco. No es culpa de Richard Madden ni de Oona Chaplin: ambos lidian como pueden con un material de partida mejorable.

Por último, y sin querer pasarme de pureta, hay un cambio involuntario en la motivación de Robb para casarse con Talisa/Jeyne que resulta algo molesto. En el libro, Robb busca consuelo en Jeyne tras enterarse de la caída de Invernalia y la muerte de sus hermanos. Una vez desflorada la noble, lo que tendría consecuencias nefastas para ella aunque fuera de una Casa menor, su honor de caballero le exige “hacer lo correcto” y casarse con ella. Cuando su madre le intenta hacer ver los peligros políticos de esa decisión, Robb se enroca en su tozuda honorabilidad, en una postura muy propia de su padre Eddard. En cambio, en la serie, su planteamiento viene a ser que le apetece casarse con ella, y por qué no debería romper sus promesas si todo el mundo, incluso su madre (en referencia a la fuga de Jaime) lo hace. Y no, coño, no es eso.

6.-Jon Nieve da un largo paseo: La historia de Jon ha quedado bastante deslucida, paradójicamente por la voluntad de querer darle más peso. La decisión de avanzar la aparición de Ygritte y alargar sus escenas era ya conocida, pero la forma de hacerlo separando a Jon de sus compañeros me pareció algo torpe. Eso sí, Rose Leslie es una Ygritte perfecta, adecuadamente arrolladora, convincente y con buena química con Jon… Aunque demasiado limpita para ser salvaje, ¿no? Como en las películas prehistóricas en que las protagonistas aparecen maquilladas y con peinado setentero.

El problema es más bien un efecto colateral no buscado pero inevitable: sumar minutos a Ygritte se los resta a Qhorin, lo que convierte uno de los personajes clave del libro en un segundón… Y esto, a su vez, disminuye el impacto de la escena en que Qhorin fuerza a Jon a matarlo para que pueda infiltrarse entre los salvajes. Además, eliminar la intervención de Fantasma durante la pelea provoca que haya que añadir un nuevo elemento para hacer creíble que el joven Jon venza a un veterano explorador: la rabia que siente cuando Qhorin insulta a su desconocida madre. El confuso resultado deja abierta la posibilidad de que Jon lo haya matado en un ataque de rabia, en lugar de con gran dolor de su corazón y sintiéndose increíblemente culpable por ello.

 7.- Lord Petyr Baelish, proxeneta: Empiezo a estar harto de que el único negocio de Meñique sean los burdeles. En los libros es un comerciante con tentáculos en todos los negocios de la ciudad, no sólo un proxeneta deluxe que se dedica a amenazar a sus pupilas (véase la innecesaria escena con Ros en uno de los primeros capítulos). Por lo demás, en esta temporada no le dan nada demasiado interesante que hacer aparte de convertirle en recadero paseándose por diversos campamentos. Aidan Gillan es un actor genial: ¡no lo reduzcáis a un chulo conspirador!

Siete dudas

Y termino con siete preguntas que me carcomen, siete escenas o situaciones que no estoy muy seguro aún de si odiar o amar.

 1. ¿Era necesaria la escena del Spanking King?:  Si el año pasado fue una escena gay la que hizo correr ríos de tinta, este año la polémica ha venido de una secuencia inesperada de sadomasoquismo extremo no consensuado a manos del rey Joffrey y dos prostitutas. Una de ellas es la infame Ros (Esmé Bianco), que como pronto veremos no es muy querida por los fans, y la otra es una simpática actriz porno llamada Maisie Dee, que explicó aquí su experiencia.

Tal vez esta escena no me molestaría si no fuera tan larga y redundante: otra secuencia mucho mejor en este mismo episodio ya establece el carácter sádico y cruel de Joffrey. Cuando el rey niño ordena a Boros Blount pegar y desnudar a Sansa, tenemos una escena con todo lo necesario, incluso el detallito del Perro diciendo “ya basta” y el rescate in extremis de Tyrion. ¿Para qué gastar cinco largos minutos de episodio (¡el 10% del capítulo!) en el dormitorio de Joff repitiendo esencialmente lo mismo? Por otra parte, y ya a título personal como sadomasoquista aficionado que soy: subrayar tanto a la audiencia que un personaje es malvado cargándolo de imaginería S&M es un tropo ya muy gastado.

2.  ¿Tan caro es filmar con lobos?: La poca presencia de los lobos huargo en la serie es una queja recurrente de los fans a la que ya hice referencia en mi reseña de la primera temporada. En el primer capítulo de este año hemos tenido un “momento huargo” magnífico durante una de las escenas inventadas para la serie: la intimidante visita de Robb y su mascota a la celda de Jaime Lannister. Ahí se ve por fin el huargo como se describe en los libros: una criatura feroz e inquietante, mucho más grande que un lobo y casi incontrolable. Lo malo es que ése es el único momento en que un huargo asusta durante la temporada, y es para mí una lástima que por ejemplo Fantasma esté ausente en la pelea final de Jon y Qhorin.

3. ¿Por qué Jaime asesina al becario?: Es decir, a su antiguo escudero, un personaje llamado Alton Lannister creado para la serie. En un extraño lapsus de juicio Robb decide encerrar juntos a Alton y Jaime, a pesar de que sería más lógico mantener al Matarreyes incomunicado y sin noticias de la guerra. Y ahí Jaime ve su oportunidad: tras un rato de charla tranquila sobre su pasado (bastante interesante, por cierto, y extraída en parte de Tormenta de Espadas) se abalanza sobre su pariente y lo liquida a golpes. Que su gran plan posterior sea pillar desprevenido al guarda cuando entre a ver qué pasa es un topicazo absoluto para el que no necesitaba matar a su pariente, solo darle una hostia, a lo sumo. En el libro, Jaime huía gracias a unos saboteadores enviados por Tyrion: representar algo similar en la serie hubiera permitido ver que su hermano se preocupaba por él y lo tenía presente…

Y sin embargo, puedo entender el cambio. Ya han pasado muchos capítulos desde que Jaime lisió a Bran, y puede parecer necesario recordarle a la audiencia que es básicamente un tipo egoísta, cruel y despiadado, con un fondo moral oculto (el motivo tras su traición a los Targaryen), pero capaz de las mayores barbaridades para sobrevivir. Vamos, que entiendo a los guionistas y no creo que la escena sea una traición al personaje, como he llegado a leer por ahí.

4. ¿Ros? ¿Quién es Ros?: Para muchos lectores de los libros, la pobre Ros se está convirtiendo en el Jar Jar Binks de Juego de Tronos. Tampoco se trata de eso, pero sí resulta irritante que se le dé tiempo de pantalla para… Bueno, para nada especialmente interesante, en realidad, mientras se recortan escenas de otros personajes. El único momento en que parece que Ros va a tener relevancia es cuando toma el papel de Alayaya, la presunta amante de Tyrion castigada por ello a manos de Cersei. Lo mejor de esa escena es la reacción de Tyrion al ver a Ros cuando creía que iba a encontrarse con  Shae encadenada, una mezcla de alivio y fría rabia que promete justicia y venganza. Claro que luego Tyrion parece olvidarse de ella (tiene otras cosas en que pensar después de la batalla), pero lo extraño/absurdo es que Cersei también. ¿No tenía retenida a alguien supuestamente importante para Tyrion? ¿Por qué le permite volver con Meñique como si tal cosa?

La única luz al final del túnel para Ros es la visita de Varys en el décimo capítulo, que parece casi una ruptura de la cuarta pared: el eunuco como trasunto de un guionista prometiendo darle a Ros algo mínimamente significativo que hacer el año que viene.

5. ¿Arya es una inocente criatura?: Pensadlo un poco: ¿no os da la impresión de que Arya evoluciona más bien poco en Harrenhal? Desde que Tywin la emplea como copera no da la impresión (muy presente en la novela) de que se encuentre en peligro constante. Para transmitir esa sensación de peligro malsano, probablemente hubiera ayudado mostrar más a Gregor Clegane, la Montaña Que Cabalga… Pero tenemos pocas escenas suyas,  tal vez para no desconcertar a los espectadores con el cambio de actor (este año Conan Stevens ha dejado el rodaje por conflicto de calendario con El Hobbit, siendo sustituido por Ian Whyte).

Todo le acaba resultando a Arya demasiado fácil, y ni siquiera tiene que matar a nadie: en el libro toma un papel más activo en su fuga, matando a un guardia en el proceso. Esa muerte quedará grabada en su mente junto a la del crío del establo que mata casi por accidente en la primera novela: ambas serán parte esencial de su evolución y su futuro…

6. ¿No tenía demasiados mofletes Asha/Yara?: Cambiarle el nombre al personaje de Asha para que no se confunda con Osha (la salvaje que cuida a Bran) es un poco tomar a los espectadores por gilipollas, pero en fin, es lo de menos. Con lo que no estoy muy convencido, aunque dejando un margen para la evolución de la actriz en la próxima temporada, es con el casting: a primer vistazo Gemma Whelan parece demasiado blandita y solemne en comparación a la Asha burlona, agresiva y siempre alerta de la novela. En fin, veremos.

7. ¿Es aquí el plató de The Walking Dead?: Este recurrente cachondeo con la última escena de la temporada es un poco absurdo, pero también previsible: si la gente se extraña es porque no ha habido prácticamente ninguna referencia previa a los muertos vivientes, al menos este año. En sí misma la escena me ha gustado mucho como sobrecogedor colofón para la temporada. Sin embargo, tengo un curioso problema con el look de los Caminantes Blancos… Como ya avancé el año pasado, mis gónadas y yo tenemos el convencimiento interior de que en los últimos libros de la serie George R. R. Martin introducirá elementos de ciencia ficción en la historia que explicarán la longitud variable de las estaciones (¿cambios en la órbita del planeta?), la existencia de los dragones e incluso la maldición de la destruida Valyria (¿catástrofe econuclear?). No tengo nada en que sustentar mi teoría aparte del hecho de que Martin ha escrito libros de eco-ciencia ficción como Los Viajes de Tuf, así que no insistiré: si la menciono es sólo para explicar que mi imagen de los Caminantes era mucho más oscura, estilizada, tecnológica incluso. Pero me temo que faltan aún muchos años para saber si tengo razón…


Cómo convencer a un escéptico de que debería ver Juego de Tronos

— No me lo puedo creer… ¿Aún no has visto ningún capítulo de Juego de Tronos?

Ni uno. ¿Es que debería? Ya sabes que a mí el rollo friki-fantástico a lo Señor de los Anillos no me interesa lo más mínimo…

— No te dejes llevar por las comparaciones facilonas de periodistas perezosos: Juego de tronos tiene poco que ver con El señor de los anillos más allá de compartir una cierta ambientación medieval. Difieren en casi todo lo demás: el tono de la historia, su tratamiento de los elementos fantásticos, los toques de culebrón, las intrigas políticas, la importancia del sexo, el verismo (que no necesariamente realismo) de la ambientación…

— Pero la serie está igualmente basada en novelas de “fantasía épica”, ¿no?

— Sí, una serie de libros muy entretenidos escritos por George R. R. Martin, un muy competente autor de ci-fi, terror y fantasía… Su Sueño del Fevre es una gran novela de vampiros a la vieja usanza: nada de nenazas que brillan bajo la luz del Sol, sino terribles asesinos nocturnos en decadentes barcos de vapor que surcan el Mississippi. Genial. Y soy fan también de Los viajes de Tuf, una especie de mezcla de libro de aventuras y ciencia ficción ecológica. Pero claro, la fama mundial le llegó con la saga de Canción de hielo y fuego.

— ¿No se llamaba “Juego de tronos”?

— Ese es el título de la primera novela de la saga… Y de toda la serie de HBO, claro. Hasta ahora se han publicado cuatro libros, con un quinto a punto de aparecer tras seis angustiosos años de espera… Y es que Martin sufrió una especie de pájara creativa a media redacción de este quinto tomo, y el retraso en la publicación se ha hecho interminable. Muchos fans están (estamos, vaya) acojonados ante la posibilidad de que el pobre hombre la diñe antes de terminar la saga, que está ya algo mayor: se dice que un grupo de fans americanos le han pagado un seguro médico de lujo…

— Los fans de cualquier cosa, que sois raritos. Oye, ¿y no han saltado aún polémicas con los puretas de las novelas sobre las adaptaciones a la tele? Porque recuerdo auténticas batallas con el Señor de los Anillos…

— No tantas como podría pensarse. Cada vez que se adapta un libro a la gran pantalla (o pequeña, en este caso) empiezan a surgir bajo las piedras fans coñazo acusando a los adaptadores de no respetar el espíritu original de la historia, como si cada pequeña omisión o cambio fuera una traición al legado del escritor. En este caso, el hecho de que el propio autor de los libros esté involucrado en la serie ha acallado la mayor parte de estas críticas… Y sin embargo es inevitable que haya pequeños o grandes cambios. Una novela larga y una serie tienen ritmos diferentes, una distribución propia de los clímax, métodos diferentes a la hora de dar profundidad a los personajes… Aunque claro, también es cierto que Juego de tronos juega con ventaja por la forma en que están escritos los libros.

— ¿Qué quieres decir? ¿Que los libros están escritos como si fueran guiones?

— No exactamente. Las novelas están formadas por decenas de capítulos breves escritos en tercera persona pero centrados en un personaje… Vemos cómo van ocurriendo los sucesos de forma bastante cinematográfica, a través de los ojos y pensamientos de cada uno de esos personajes “punto de vista”, como si llevaran una cámara suspendida sobre su cabeza. Cada capítulo tiene su propio tema y estilo, y su correspondiente mini-clímax final… Se nota que Martin tiene experiencia en el mundillo televisivo.

— Ah, ¿había escrito ya guiones antes?

— Sí, para algunos capítulos de Twilight Zone, nada menos… Y también de La bella y la bestia (¿recuerdas esa serie? Qué ochentera y qué chula). Ahora ha vuelto a escribir guiones para la adaptación de Juego de Tronos, al menos un capítulo por temporada… Y es que aunque hacía ya más de una década que no guionizaba para la tele, eso es como nadar: no se olvida. ¡Martin comenta en alguna entrevista que lo que más le costó fue ponerse al día con el software de edición moderno!

— Así que es una adaptación fiel…

— Bastante, sí, no sólo en espíritu sino literalmente: hay muchos diálogos sacados directamente de las novelas. También hay escenas creadas específicamente para la serie, claro: en los libros muchos sucesos ocurren elípticamente entre bambalinas, sobre todo cuando ninguno de los personajes “punto de vista” es testigo directo de los mismos. Y es en estas escenas donde tienen campo libre los creadores de la serie para improvisar y añadir su sello a la serie. Por suerte, porque tienen talento escribiendo… Cuando quieren.

— ¿Quiénes?

— Pues David Benioff y D.B. Weiss… Conozco sobre todo al primero, que escribió hace años una novela chulísima que retrataba la Nueva York post 11-S: The 25th hour, que aquí se tradujo como La última noche. Igual te suena, porque Spike Lee rodó una película que adaptaba esa novela, y que guionizó el mismo Benioff. Una peli que protagonizaba Edward Norton y que contiene un monólogo genial ante el espejo de un bar.

— La he visto, sí. ¿Y por qué dices lo de ser también capaces de lo peor?

— Bueno, más adelante Benioff firmó los guiones de Troya y Wolverine.

— Vaya evolución…

— Lo curioso es que en las escenas añadidas a la serie se nota claramente esta especie de mezcla de auténtico talento para la escritura mezclado con comercialismo ramplón… Algunas son absolutamente brillantes, como la mayoría de las que incluyen al Rey Robert (que no es personaje “punto de vista” en el libro) y que alcanzan un punto shakesperiano realmente notable… Y luego en otras te encuentras con los famosos momentos de sexposition.

— ¿Sexposition? ¿A qué te refieres con eso?

— A ver… En las novelas el sexo tiene un papel importante en la trama, pero en la serie aún se ha magnificado más, por motivos obvios de comercialidad. Nada que objetar a la abundancia de escenas eróticas, al contrario, aunque cuando el añadido de elementos sexuales es torpe, se carga la credibilidad de una escena. Por ejemplo: hasta ahora el único personaje creado específicamente para la serie es una prostituta norteña cuyo papel en varios capítulos es básicamente enseñar carne y contribuir de forma lateral al retrato de algunos personajes. Esto a veces resulta creíble y no chirría demasiado, pero… En una escena allá por el séptimo capítulo un personaje explica gran parte de su background y motivaciones mientras contempla una tórrida escena lésbica entre dos prostitutas desnudas. Y en fin, no sé, llámame raro, pero yo no me pongo a rememorar en voz alta mi atormentada adolescencia mientras dos bellezas retozan a pocos centímetros. Algunos críticos han llamado a estas escenas sexposition (por sexual exposition), y en el fondo no dejan de ser una herramienta más, útil y bonita de ver en ocasiones, torpe y burda en otras. Aunque ahora que lo pienso, igual te refieres a la polémica que surgió en torno a la escena gay.

— ¿Cómo? ¿Polémica por una escena gay? Imaginaba que ya estarían más que superados estos cutre-escándalos…

— La verdad es que el follón resultó muy gracioso. A ver cómo te lo explico sin reventarte nada importante del argumento. Dos personajes masculinos llamados Renly y Loras aparecen en la serie en pleno encuentro homosexual: nada especialmente explícito para los estándares de la HBO, aunque cierto ruidito felador (chuic-chuic) y la abundancia de carne masculina hicieron levantar la ceja a más de uno. Sin embargo la polémica no vino de ahí, sino del hecho de que muchísimos lectores habían captado en las novelas la homosexualidad de Loras (bastante evidente) pero no la de Renly, que estaba insinuada de diferentes formas en las novelas pero no confirmada explícitamente. Y empezaron entonces los comentarios insinuando que HBO había cambiado la orientación sexual de un personaje para poder añadir una escena homo y ganarse al público gay. “¡Qué manera de cargarse a Renly, que en los libros es un machote!”, decían algunos.

— Pero ¿en las novelas es gay o no lo es?

— Yo me llevé esa impresión al leer los libros, pero otros lectores interpretaron de otra forma las pistas al respecto que deja caer el autor. Pero por si a alguien le quedaran dudas, el propio Martin había comentado ya en varias entrevistas que Renly era homosexual, que nunca había pretendido hacer un misterio de ello pero que en una sociedad medieval tampoco era algo que se fuera comentando abiertamente. Y como ninguno de los dos personajes es “punto de vista”, nunca les vemos a solas o entramos en sus pensamientos. Pero, en fin, polémicas absurdas aparte, la verdad es que tengo pocas pegas que ponerle a la adaptación. Bueno, quizás una un poco extraña, que no tiene que ver con cómo la serie refleja los libros sino al contrario.

— ¿Qué quieres decir?

— Martin está colaborando en la serie a muchos niveles: productor, asesor, guionista, promotor… Incluso participa directa o indirectamente en los castings. Algunos fans se quejan del peligro de que tanto trabajo para HBO le deje menos tiempo libre para finalizar la saga de novelas, un asunto espinoso después de un retraso de tantos años en la publicación del quinto tomo. Pero mi duda no va por ahí. Escribir una novela no tiene por qué ser un trabajo a tiempo completo, y ocuparse de la serie le da una oportunidad de replantearse sus personajes, volver sobre su psicología y motivaciones. Seguro que es refrescante.

— ¿Entonces a qué te refieres?

— Mi miedo (probablemente infundado) es que Martin escriba los libros que faltan pensando directamente en la adaptación a la pantalla, y por lo tanto rebaje la épica, el tamaño y la espectacularidad de escenas que serían carísimas o imposibles de filmar. En su blog Martin ha mencionado ya unas cuantas veces los serios problemas con que se está encontrando al escribir el guión de Blackwater, el noveno capítulo de la segunda temporada. Y el recurso de presentar las batallas de forma elíptica, como se está haciendo en los últimos episodios de la primera temporada, sólo puede estirarse hasta un límite… También podría ser, puestos a especular, que escribiera los libros que faltan con los actores en mente, añadiendo o quitando relevancia a personajes en las novelas según lo mucho o poco que le guste su actuación en la serie.

— ¿No se te está yendo un poco la olla?

— Probablemente sí, no me hagas caso. Lo que importa ahora es que tanto la serie como la saga de libros son increíblemente entretenidos, sexys, emocionantes, impredecibles (¡hay casi un giro de guión por capítulo!)… Y que ya tardas en lanzarte, caray, que no sabes lo difícil que es hablar de Juego de tronos sin chafarte el argumento o las sorpresas.

— Me lo estás vendiendo bien, la verdad, pero hay otra cosa que no veo clara. En todas estas historias de fantasía épica me chirrían mucho los toques de magia, dragones, orcos, elfos, hechiceros que resuelven los problemas en plan deus ex machina y demás imaginería fantástica…  El típico “lo ha hecho un brujo” de Xena para explicar imposibilidades e incongruencias, ya sabes: se carga el realismo y queda infantil.

— No creo que eso te resulte un obstáculo para entrar en la serie, la verdad… Y es que Martin ha sido muy inteligente al retratar la magia en sus novelas. Lo que Tolkien creó en su momento fue un mundo en el que la magia se está desvaneciendo poco a poco: cada vez hay menos elfos, menos magos, menos monstruos, y la Tierra Media se va convirtiendo en un lugar muy parecido a la Tierra. Por el contrario, en otros universos de fantasía como el de Dragonlance o Dungeons & Dragons la magia está presente y activa, forma parte de la vida cotidiana y nadie se sorprende al verla… Pero Martin escogió una tercera vía para su mundo: allí la magia existió en siglos pasados pero ya prácticamente ha desaparecido, y la mayor parte de la gente casi ha olvidado su existencia. Esta forma de enfrentarse a lo sobrenatural permite que el núcleo de la serie sea “realista”, pero también ir introduciendo gradualmente fenómenos mágicos de manera que los personajes se sorprendan realmente al ser testigos de ellos… La sensación de irrealidad y miedo al enfrentarse a lo inexplicable es muy creíble porque es similar a la que tendríamos nosotros mismos. Por otra parte, la verdad es que no me extrañaría que Martin introdujera en los últimos libros algún elemento ci-fi que explicase la cosmología de su mundo: las estaciones de duración variable (años enteros generalmente), la construcción del gigantesco Muro de Hielo…  E incluso podría explicar los legendarios dragones como criaturas originarias de una luna ahora destruida: algo que se menciona de pasada en la serie, y que sería similar a lo que ocurre en la saga de los Dragoneros de Pern, de Anne McCaffrey.

— ¿Los Dragoneros de qué?

— Da igual, son unos libros de fanta-ciencia ficción… ¡Te los recomiendo, si no los conoces! Pero por no apartarme del tema, y prescindiendo de mis paranoias personales: en Juego de Tronos sí encontrarás elementos fantásticos, zombis, dragones y fenómenos sobrenaturales, pero distribuidos con cuentagotas a lo largo de las páginas. Si bien en un relativo crescendo a medida que avanzan las novelas.

— Aún hay otro problema que me echa para atrás… No me apetece engancharme a otra serie con tanto hype como ésta, menos si está basada en novelas larguísimas que ni siquiera se han acabado de escribir… No me fío. Aún me dura el desengaño del final de Perdidos: tanto misterio y tantas piezas que debían encajar y terminó todo en un batiburrillo pseudorreligioso…

— Es gracioso que digas ésto, porque precisamente hace unos meses salió a la luz pública una polémica absurda entre Martin y Damon Lindelof, uno de los creadores de Perdidos. Martin acuñó en una entrevista la expresión “hacer un Perdidos” como sinónimo de cerrar mal una serie, dejando cabos sueltos y sin dar explicación a los misterios y tramas pendientes. ¡Dijo Martin que si hacía algo así, los fans vendrían a por él con horcas y antorchas! La verdad es que la reacción de Lindelof fue muy infantil (tweets como “han llamado de los años 90, ¡dicen que les devuelvas el diseño de tu blog!”)… Y todo esto no pasaría de ser una pseudonoticia irrelevante nacida al calor de la estúpida tendencia periodística de fabricar titulares a partir de tweets ajenos, si no fuera porque las palabras de Martin resultan significativas y en cierto modo tranquilizadoras. Y es que Martin se preocupa de no dejar cabos sueltos, de cerrar todas las complejas tramas que inicia (un final ambiguo para una trama es correcto, un final cojo o arbitrario no)… Y si por ello tarda cuatro años más de lo previsto en publicar una novela, pues los tarda: parece inmune a las presiones de editores, fans y productores.

— Bueno, vale, me has convencido… Le daré una oportunidad.

— Ten en cuenta que curiosamente el primer capítulo es quizá el más flojo de la temporada… Pero a partir de ahí empieza un crescendo que me apuesto lo que quieras a que consigue engancharte.

— Y si no, pues a otra cosa.

— Exacto, a otra cosa. Eeeh… ¿Aún no has visto ningún capítulo de Mad Men?


HBO: Juego de Tronos, la serie

Emilia Clarke, la nueva joya de la corona de HBO.

Supongo que los seguidores de la exitosa saga literaria de George R.R. Martin estarán encantados con la adaptación de su obra a la pequeña pantalla, pero esta crítica va dirigida a quienes, como yo, no han leído ninguno de sus libros y sólo quieren saber “qué tal está la serie”, sin que la adoración ciega del fan suponga una duda razonable sobre la imparcialidad de la crítica.

Pues bien: la serie —o lo que llevamos de ella— no está nada mal, francamente. Imaginemos un mundo fantástico similar al de El señor de los anillos pero con argumentos bastante más adultos y sus buenas dosis de violencia explícita, sexo, intrigas políticas, incesto, traición y personajes de lo más retorcido. Incluso el actor protagonista, Sean Bean (que interpretaba a Boromir en la famosa trilogía) hace aquí una interpretación más profunda y matizada: su personaje de Ned Stark es bastante más fascinante y carismático que aquel Boromir. Como en casi cualquier serie de la cadena HBO, el reparto es el punto fuerte: desde Emilia Clarke —una sex symbol internacional en ciernes que además demuestra tener un considerable talento— a Peter Dinklage, quien está francamente soberbio como el astuto y sinuoso Tyrion Lannister.

Incluso quienes no sean especialmente aficionados a los libros de fantasía repletos de espadas y dragones encontrarán alicientes en Juego de tronos. El entorno fantástico de la historia es lo de menos: las actuaciones, los diálogos y la estructura misma de los episodios son más que satisfactorios para cualquier espectador exigente. Si bien el episodio piloto es algo más lento —algo inevitable, dada la necesidad de presentar a los personajes a aquellos que no hemos leído los libros; además lento no significa aburrido— desde el siguiente capítulo el ritmo se acelera y el suspense se incrementa considerablemente. Los guiones no son nada pueriles y el tono de la historia recuerda más a los concursos de puñaladas palaciegas de Yo, Claudio que a las aventuras de El señor de los anillos. Además, la producción es impecable: decorados, vestuario, atrezzo. Juego de tronos es otro logro (uno más) de HBO y no es necesario ni haber leído las novelas originales, ni haber jugado a juegos de rol para poder disfrutar con ella. Muy recomendable.