El stoner, de jazzman a fumeta y de colgado a respetable millennial

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The Big Lebowski. Imagen: Working Title Films.

Fumeta, porrero, colgado, hay varias palabras que podrían traducir «stoner» en nuestra lengua, pero ninguna se adapta completamente al término inglés. Tal vez porque no hemos modernizado aún nuestra idea de este arquetipo, que en la cultura pop de hoy se parece más a Elon Musk que a Bob Marley. El stoner se ha construido social y culturalmente asociándolo no solo con actitudes y comportamientos sino con una serie de símbolos. Con el porro, peta o petardo como más antiguo, la pipa de agua como transición hacia la modernidad, y el vaporizador como su elemento más moderno. 

Nacidos al calor del jazz

Los músicos de jazz de los años veinte fueron los primeros stoner, y Louis Amstrong el primero de ellos. En los felices veinte dedicó el tema «Muggles», marihuana, al elogio de esta sustancia. Según sus propias palabras, «la apreciábamos porque volvía simpático a tu interlocutor, especialmente si se encendía un buen palo de esa mandanga». Su propia madre se la había recomendado, «fúmate uno de estos a diario, mueve un poco tu culo, haz gárgaras, y tendrás una salud de hierro». No es que el propietario de la voz negra más rota de la historia creciera en un entorno yonqui. Sino que la resina de cannabis se vendía en las farmacias como complemento medicinal de maravillosas propiedades, capaz de curar el cólera o la gripe desde un siglo antes. Así que su consumo generalizado en los locales de jazz de Nueva Orleans y Nueva York no era sino una manifestación más de  una juventud con nuevas preferencias. En el estilo de vestir, en la música, en su actitud vital y expectativas, distintas a las de sus padres. Liaban hierba en vez de tabaco. 

Stoner y rebelde juvenil nacieron por tanto como términos sinónimos, y así se mantuvieron hasta la ilegalización. Cada época los vistió con su propia estética, trajes y zapatos brillantes para los músicos de jazz que acudían a tocar en locales como el Cotton Club. Sin distinción de sexo, además. Ella Fitzgerald hizo su elogio a la marihuana en «When I Get Low I Get High», y su letra es una maravilla por cuanto precede a todo lo que contarán las canciones del pop y el rock en las décadas siguientes. La capacidad de las emociones despertadas por la música, el amor, la amistad, la juerga o las sustancias para elevarnos por encima de la dura realidad. Fitzgerald cuenta que ha empeñado su abrigo, que la ha abandonado su novio y amigos, que se siente sola, pero que aún le queda un dólar, ese dólar que convierte el bajón en subidón. En la misma época Cab Calloway iba aún más allá, en un delirante tema llamado «The Refeer Man», «un gato que va puesto, y te dice cosas absurdas y divertidas». Y cuyo título es un juego de palabras entre refrigerador, refeer, y reefer, porro.

La gran depresión stoner

Los jazzman y jazzwomen tomaban marihuana en los locales como alternativa estimulante y barata al alcohol, prohibido por la Ley Seca. Aunque se vendía de forma ilegal, su precio solía ser inasequible. El problema fue que hicieron la sustancia tan popular que los mismos conservadores que en aras de la religión y la moral habían prohibido la bebida se fijaron en ella. Fue entonces cuando comenzó a crearse la imagen del stoner marginal, el fumeta. 

En 1936 se estrenaba el primer largometraje propagandístico contra la marihuana, Reefer Madness, locura por porros. Lo divertido es que esta película, creada por una iglesia local como «cuéntalo a tus hijos», fue transformada por su productor para que fuera muy comercial, incluyendo secuencias de violencia y sexo no explícito. Con la excusa educacional pudo permitirse rodar el gran conjunto morboso: crímenes, violaciones, camellos induciendo al consumo, y secuencias donde el camello, actuando como buen samaritano, entrega cigarrillos liados diciendo «si quieres fumar algo bueno, prueba esto». Hoy se la considera la segunda peor película de la historia, solo por detrás de Plan 9 from Outer Space, esta sí, la peor. 

Pero su calidad no le resta un ápice al impacto que tuvo en la cultura de su tiempo, ni en su repercusión. La figura del adicto enajenado, descendiendo hacia la marginación, se conectaba con el gánster del cine negro. 

Fúmate esa, Scooby Doo. Y tú, Kerouac

Fue una sitcom estrenada en 1959, The Many Loves of Dobie Gillis, la que acabó con la imagen del consumidor criminal de marihuana e inauguró la del fumeta. Blanco y negro, chicos de instituto blancos, y un adolescente de clase media obsesionado por ligar como protagonista. Y como gran secundario su amigo Kerbs, un stoner colgado. Flacucho, luciendo perilla sin bigote, una camiseta holgada cortada por las mangas, con agujeros, y siempre con música de jazz en la cabeza, o tocándola en una trompeta imaginaria. 

No aparecían fumadores ni alusiones, pero el espectador de la época no lo necesitaba para identificar la figura del joven beatnik, seguidor del movimiento abanderado por Jack Kerouac, Allen Ginsber y William Burroughs. Para los entendidos quedaban las sutilezas literarias y para el público generalista la imagen de la generación beat. Que acabó convertida en icono perdurable cuando se creó el Shaggy Rogers de Scooby Doo, a imagen y semejanza de Kerbs. 

A finales de los sesenta los festivales al aire libre tomaron el relevo de los músicos de jazz en el consumo de marihuana, mezclándose con la espiritualidad de la generación beat y la de los hippies. La juventud tenía ahora además grupos enteros que cantaban sus alabanzas, Los Beatles, The Doors, Bob Dylan como los más destacados. A medida que sus canciones y mensaje ganaban en popularidad, lo hacía la marihuana. La encuesta de Gallup de 1973 revelaba que un doce por ciento de jóvenes la había probado. Cuatro años después era un veinticuatro. Y aunque seguía siendo ilegal ya se la calificaba de droga blanda, rechazando la imagen de criminalidad y delincuencia creada en los años treinta. 

Construyendo a El bgran Lebowski desde Silicon Valley

La película de los hermanos Cohen y su protagonista, el Nota encarnado por Jeff Bridges, será la culminación del stoner construido en los sesenta, el fumeta. Es su representación máxima y mejor definida. Dedica su vida a no hacer nada, salvo beber rusos blancos —vodkas con leche— y fumar marihuana para relajarse de sus largos períodos de vaguería. Lebowski reúne todos los tópicos acumulados de la cultura stoner, indiferencia hacia la sociedad de consumo y su cultura del esfuerzo y la competición, elogio de la maría como calmante, ropa holgada y cómoda que no se identifica con ningún estilo ni moda. La fecha de estreno, 1998, es además la de un tiempo en que los ideales hippies de cambiar el mundo mediante el amor universal y libre o con el «prohibido prohibir» ya están enterrados. El muro de Berlín lleva siete años derribado, y con él el sistema comunista. Se anuncia el fin de la historia, así que si eres un stoner nada mejor que dejarte llevar.

Con humor. Porque El gran Lebowski es la culminación de un legado humorístico, el de Kerbs, pero sobre todo el que en los ochenta plasmaron el dúo Cheech y Chong. Con una serie de gags delirantes y absurdos sobre cómo era acometer actos de la vida cotidiana cuando vas puesto. Sus largometrajes tienen nombres tan evidentes como Cómo flotas, tío, Vendemos chocolate o Seguimos fumando

La calidad es irregular, pero lo relevantes que transmitieron al gran público la idea de que los porreros eran personajes inofensivos, un poco tontos, y despreocupados en general de nada que no fuera liar unos petardos tamaño misil. Que para eso se estrenaron en plena guerra fría.

Los ochenta fueron muy productivos en el desarrollo de los jóvenes stoner con películas de serie B. La más representativa es Aquel excitante curso, donde un jovencísimo Sean Penn aparece como Spicoli, stoner adolescente, surfista y pasota. Son la alternativa del paradigma encarnado en jóvenes estudiantes, frente a los Cheech y Chong de la misma época a que estos verían como viejunos. De hecho uno de sus rasgos distinguibles es la pipa de agua en lugar del porro, y el propio Penn aparece usándola. Hubo muchas más películas como estas, y de hecho el listado con los mejores largometrajes stoner se encuentran por miles en los resultados de las búsquedas. 

El moderno Elon Musk

El año 2000 marca un antes y un después. Después de Lebowski el stoner desea rehabilitarse en la figura de aquel universitario californiano, que asistió al primer Woodstock e inventó alguna maravilla de la informática. Aires de hacker, rebeldía a lo Steve Jobs, admitiendo la vida alternativa siempre que se acompañe de un alto estilo de vida. Elon Musk es el mejor representante actual, el tío que asegura conectará nuestro cerebro directamente a los ordenadores, colonizará Marte, etc., es un defensor del consumo recreacional legal. Y va con su época, porque la legalización de la marihuana va imponiéndose en cada vez más países y estados de EE. UU.

Y así es como llegamos a Nancy Botwin. El alter ego femenino de Walter White antes de Breaking Bad. Protagonista de Weeds, serie de televisión donde la heroína es una mamá de clase media-alta que tras enviudar decide cultivar marihuana y venderla a sus acaudalados vecinos para mantener su estilo de vida. Tiene su lectura dramática, pero es definitivamente una comedia. Que además rehabilita a la stoner moderna, tan bien vestida, amable y tolerable que su condición criminal es perdonada. Vemos aparecer además los vaporizadores en varios capítulos, construyendo la imagen más moderna del stoner, la más Elon Musk, por decirlo así. Separada definitivamente de la criminalidad. Al fin y al cabo la pobre Nancy solo vende hierba porque tiene que mantener a sus hijos. Y, a diferencia de Breaking Bad, a ella no se le va ir la olla enredándose con narcos.

El siguiente gran hito del siglo XXI en la construcción del moderno stoner es Ted. En esta película de 2012 los stoner son dos, el protagonista y su osito de peluche traído a la vida por un deseo navideño. De adulto sigue viviendo con él, y se ha convertido en un muñeco salido, fumador y con pipa de agua, capaz de elogiar la hierba y compartirla con su compañero humano. Humor adulto con cosas de niños que además los seguidores del uso recreacional recomiendan como acompañamiento al vaporizador, pipa de agua o porro.

Definitivamente el stoner de nuestro tiempo no es más un marginal, ni un colgado al margen como el Nota. Al fin y al cabo la marihuana legal para uso recreativo cada vez es más común. Veremos por dónde evoluciona en el futuro.


Futuro Imperfecto #37: A la economía por la maría

Imagen: Pixabay.

Ya es agosto y seguimos sin beber suficiente cerveza. Es al menos lo que hemos podido deducir de esta dato: en plena temporada de cosecha los agricultores están almacenando la cebada en lugar de venderla, porque su precio está por los suelos. Resulta absolutamente insólito en un país que es a la vez un gran productor mundial y uno de los mayores importadores de este cereal. Pero con un 60% menos de clientela en locales de ocio, bares, restaurantes y hoteles, las cerveceras simplemente no lo necesitan. 

No tenemos turistas, no salimos, no bebemos, y tampoco compramos ropa, cuyas ventas han descendido un 20% respecto a la pasada temporada veraniega. En el resto de sectores las cosas no van mejor. El lunes El Confidencial estimaba que apenas hemos recuperado el 40% de la actividad previa a la cuarentena. La consecuencia es un perjuicio individual y empresarial, que también sufrirá la hacienda pública. Menos impuestos, menos ingresos, y una deuda que por las ayudas de los ERTE y el cese de actividad de autónomos, entre otras medidas, puede dispararse por encima del 120 %.

Quizá ha llegado el momento de ponernos a cultivar maría.

La carrera por el cannabis

No, este redactor no se ha fumado nada. Europa es uno de los grandes consumidores de cannabis, y España destino deseado para el cultivo por inversores canadienses y estadounidenses. Por clima, condiciones y tradición en el mercado del cáñamo reunimos las condiciones para ser líderes en el continente, además de puerta de entrada a la Unión Europea. 

Por el momento no se piensa en abastecer el consumo recreativo, sino en el mercado de los tres medicamentos comercializados hasta la fecha: Cesamet® (nabilona), Marinol® (dronabinol) y Sativex®. Se prescriben, donde son legales, para aliviar a pacientes de cáncer sometidos a quimio y radioterapia, para tratar la anorexia despertando el apetito, aplicación equivalente para enfermos de sida, y para alivio del dolor en cuadros de fibromialgia. 

Ya existe un país en nuestro continente, Macedonia del Norte, que aspira a generar el 1 % de su PIB a través de la exportación de marihuana y sus derivados. Para lograrlo ha dictado una serie de medidas que ya han atraído a grandes inversores estadounidenses. Porque además del cultivo libre pretenden avanzar en la investigación de usos médicos y científicos de esta droga. Su gran desventaja frente a España, que no forman parte de la UE.

¿Pero hay tajada o solo humo?

No es fácil informar con rigor sobre la marihuana. Sus defensores prometen la luna y sus detractores recuerdan que es una droga análoga a la heroína o cocaína. Pero la pregunta que yo quiero plantear hoy en este newsletter es si resultaría rentable legalizarla imitando los modelos de Estados Unidos, Canadá, u Holanda. Tenemos el 12% del PIB generado por el turismo en riesgo y a nuestros agricultores sometidos a un recorte en las ayudas de la PAC. 

Veamos las últimas cifras. Según el banco de inversión Cowen el mercado global del cannabis podría alcanzar en 2026 un volumen de 50 000 millones en Estados Unidos. El fondo de inversión canadiense Marijuana Horizons ETFs calcula 174 000 millones como cifra mundial. Este mes de abril informó además que en Canadá la cifra de negocio del cannabis había alcanzado los 180 millones de dólares

Canadá podría ser un modelo de comparación para España porque tiene un número de habitantes similar al nuestro, y allí la marihuana es legal para consumo propio —puede comprarse en tiendas en internet y cultivarse en casa— y también emplearse para uso medicinal. Su cifra de negocio de abril es interesante, porque en nuestro país una de las primeras empresas dedicadas al cultivo medicinal, Linneo Health, facturó en 2018 58,7 millones de euros. Esta compañía cuenta con la autorización más amplia por parte de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, AEMPS. Tiene permitido el cultivo, producción, fabricación, distribución, importación y exportación de cannabis, y esa diversificación explica en parte su volumen. Las otras ocho empresas se dividen entre las que investigan el producto con fines médicos y científicos, y las productoras. El caso de CAFINA es interesante, porque fue adquirida el año pasado por Canopy Growth, el mayor productor de marihuana del mundo, y porque ha sacado su know-how del tradicional cultivo español de cáñamo.

Habría que triplicar la cifra de Linneo Health para alcanzar el volumen canadiense, y ese es un objetivo ambicioso pero no imposible en el medio plazo. Y especialmente fácil de alcanzar si legalizamos su consumo. Somos el país europeo que más cannabis consume, y en donde más incautaciones de hierba y resina se producen. Por tanto, y sin entrar en consideraciones de salud o sociales, tenemos un mercado potencial con grandes posibilidades de negocio. Los que son consumidores y compran en el mercado negro podrían adquirir su producto, caso de legalizarse, en los estancos, si el precio fuera inferior al de la calle.

Más del 50 % de jóvenes españoles entre catroce y dieciocho años consumen cannabis de forma regular.

Cuántos euros ganaríamos con la legalización

Hace dos años la Universidad Autónoma de Barcelona estimó que los ingresos derivados de la legalización del cannabis podrían ser de 3312 millones de euros anuales entre impuestos y cotizaciones a la Seguridad Social. En su estudio aparecían otros datos interesantes, como que la demanda legal sería de 820,5 toneladas. 

Pero incluso si se cumplieran las predicciones de la UAB, debemos considerar que los ingresos por IRPF de Hacienda en 2018 fueron de 82 859 millones de euros. Tres mil millones más producidos por la maría no es una cifra enorme, aunque casi cubre lo calculado para implantar el Ingreso Mínimo Vital. Ahora bien, si lo comparamos con el resultado fiscal del cannabis en las economías donde hace años que se legalizó, parece un cálculo más que optimista.

Y siendo honestos, con este panorama estamos muy lejos de cubrir los 176 000 millones que el turismo aporta a nuestra economía, o los 25 000 millones de la agricultura. Quizá debemos fijarnos entonces en los posibles ingresos para Hacienda si fomentamos este sector empresarial. Porque desde luego si de algo vamos a estar necesitados en esta crisis es de ingresos vía impuestos. 

Tomemos de ejemplo países y Estados con un largo período de legalización. California esperaba obtener 643 millones de dólares de su regularización pero obtuvo 345, Canadá ha llegado a 32, a Holanda le resulta difícil calcularlo, los cálculos optimistas esperaban 400 millones, y actualmente no existe un dato fiable. Claro que la legalización holandesa es o bien un absurdo, u otro de esos esquemas propios del país para evadir impuestos, de los que hablé en el anterior Futuro Imperfecto.

El problema o la ventaja de una legalización esquizofrénica

La situación del cannabis en Holanda es un absurdo. Puedes adquirir marihuana legalmente para consumo propio en los coffe shops, sobre una carta con diferentes precios y calidades. En teoría debes fumarla allí, pero no tendrás problemas si te la llevas porque la cantidad que te venden entra en la de posesión legal. Pero todo esto no significa que el cultivo y venta sea legal. Las coffe shops adquieren el producto en el mercado negro a las mafias y lo lavan vendiéndolo con autorización. 

Holanda tiene además un enorme problema entre sus agricultores, muchos de los cuales viven al borde de la bancarrota. Ello ha provocado un cultivo generalizado ilegal del cannabis, que ya alcanza un volumen de 4800 millones de euros. Es una cifra que corresponde a la provincia de Brabante, y de la cual 800 millones se generan en la ciudad de Tilburgo. En la UE es un secreto a voces que ese territorio es el principal proveedor de semillas ilegales de cannabis además de exportador ilegal de maría por el continente. De hecho si en España es más común la resina de cannabis es porque llega de Marruecos, geográficamente más cercana a nosotros. Cuando más al norte viajas, más hojas, menos resina.

Lo relevante de todos estos datos es que si Holanda se decidiera a legalizar el cultivo, imitando a Canadá o EE. UU., pasaría a ser el líder indiscutible del mercado europeo. Ya tiene la infraestructura, solo necesita hacerla legal y comenzar a recaudar. Ahora bien, si no se ha decidido a hacerlo puede ser por la impopularidad de la medida, o porque entonces sus agricultores irían definitivamente a la quiebra, al perder la ventaja del cultivo de un producto que no paga impuestos. 

En España no avanzamos

De momento el gobierno no reactivará nuestra economía por la maría, porque para hacerlo necesitaría modificar la Ley de Normas sobre estupefacientes de 1967, actualmente en vigor. Esa legislación responde a la adaptación de España al Convenio de la ONU de 1961, también vigente en todo el mundo. Y resultado además de la posición hegemónica de EE. UU., que en aquel momento exigió que se igualaran las prohibiciones para la heroína, cocaína, opio, hojas de coca, oxicodona y cannabis. De ese modo opiáceos, drogas duras y blandas han acabado teniendo restricciones muy similares. El objetivo final era que solo se usaran con fines médicos y haber acabado con el consumo recreativo en un plazo de veinticinco años. Lo que se consiguió para 1986, más bien, es que los mafiosos se convirtieran en narcotraficantes —ver El padrino III—, que la Yakuza japonesa alcanzara su esplendor, y que el consumo de heroína difundiera el sida —Trainspotting, cine quinqui español—, además de otros muchos problemas sociales.

Nuestro país no tiene intenciones de legalizar la marihuana, más allá de la inclusión de intenciones en el programa de Podemos. El resto de partidos ni lo mencionan. Sí ha habido un camino para la aplicación médica, ahora más prometedora, pues a las aplicaciones de los principios activos del cannabis se ha unido la capacidad para reducir la respuesta inflamatoria del COVID-19, y por tanto evitar la neumonía asociada. Pero las promesas de sus defensores no se corresponden, de momento, con sus proyecciones reales. Si la marihuana puede aportar felicidad al mundo, de momento seguirá haciéndolo como solía, y no reactivando nuestra maltrecha economía. 

Futuro Imperfecto se despide hasta el 29 de agosto

Esta semana me he saltado todas las normas del newsletter, en parte como despedida temporal, en parte como homenaje a la persona con que comencé este proyecto, Guillermo de Haro, y a su otro impulsor, Ángel L. Fernández. Pero también para aliviar a los lectores de tanta realidad atosigante, espero que despertando además alguna sonrisa cannábica. Esta anomalía semanal se publicará otra vez a partir del 28. Hasta entonces, apuesten por la evasión.


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El mito del cannabis medicinal

Fotografía: Rafael Castillo (CC).

Cannabis es un género de plantas dioicas que incluye tres especies: sativa, indica y ruderalis. El cáñamo se ha cultivado desde hace milenios con el fin de aprovechar sus fibras para hacer tejidos y cuerdas, para alimentar aves y otros animales con sus frutos, los cañamones, y como droga, médica o recreativa. Cada año, ciento ochenta millones de personas consumen algún derivado del cannabis por sus poderes psicoactivos y, a nivel mundial, es la principal droga ilegal, tras el alcohol, el tabaco y el café, legales en la mayor parte del mundo. No obstante, el estatus jurídico va cambiando con rapidez y el Tribunal Supremo de México, el principal productor mundial de cannabis, dictaminó en 2015 por cuatro votos a uno que prohibir el consumo y cultivo de cannabis para uso personal violaba el derecho humano al libre desarrollo de la propia personalidad. Esta consideración como un derecho humano ha sido una sorpresa, puesto que otros movimientos legalizadores, como en Irlanda, donde han aprobado el uso supervisado de heroína, citan razones de salud pública, de uso compasivo o económicas, pero no lo consideran un derecho del ciudadano.

El principal compuesto psicoactivo del cannabis es el tetrahidrocannabinol (THC), aunque la planta contiene más de cien cannabinoides cuyas propiedades distan de ser conocidas. Es importante porque, por ejemplo, otro de ellos, el cannabidiol (CBD), parece ser útil para reducir el dolor y la inflamación, controlar los ataques epilépticos, tratar alguna enfermedad mental e incluso para ayudar a dejar la adicción al cannabis, y hay de hecho un ensayo clínico en marcha para su posible utilización. El THC incrementa el apetito y reduce las náuseas y se han aprobado medicamentos con THC o CBD con estos objetivos. Hay algunas pruebas de que el  THC también puede ayudar a disminuir el dolor, la inflamación y a aliviar algunos problemas musculares.

Las sustancias psicoactivas del cannabis se acumulan en unos tricomas o pelos glandulares, que son especialmente abundantes en los cálices florales y en las brácteas de las plantas femeninas. El producto a la venta suelen ser los capullos de las flores (marihuana), la resina (hachís) o varios extractos grasos conocidos generalmente como aceite de hachís. El uso de los derivados del cannabis es un tema importante para la salud pública pues se trata de un consumo al alza. Además, los modelos de uso de cannabis están cambiando debido a distintos factores: la legalización en distintos países o estados, la disponibilidad de análogos sintéticos —uno de los más difundidos se conoce como «spice»—, la selección de nuevas variedades como el «skunk», más potentes y peligrosas, y el uso de nuevas herramientas para su consumo como vaporizadores y diversos productos comestibles. El resultado es que a día de hoy la adicción al cannabis ha superado a la de la heroína entre los europeos que buscan ayuda en los servicios especializados de atención a drogodependientes, pero se encuentran con un problema serio: no disponemos de ningún fármaco que ayude en este proceso, al contrario de lo que sucede con otras drogas.

No sabemos cuántos usuarios habituales de la marihuana quedan enganchados a este consumo. Una cifra citada a menudo habla de un 9 %, una referencia derivada de un estudio realizado en los Estados Unidos en la década de los noventa, lo que la haría menos peligrosa que otras drogas ya que las cifras correspondientes para la heroína son 23 % y 15 % para el alcohol. Sin embargo, han pasado muchas cosas en esos veinte años y los nuevos compuestos tienen niveles muy superiores de THC, lo que aumenta el riesgo. Por ejemplo, los consumidores de skunk triplican el riesgo de psicosis frente a los no consumidores y lo quintuplican si lo usan diariamente. Los principales síntomas de la dependencia al cannabis son ansiedad, irritabilidad, aburrimiento e insomnio al intentar dejar el consumo. Un problema es que mucha gente considera que no es adictivo, por lo que es posible que estemos subestimando este riesgo.

Puesto que el consumo intenso de cannabis se ha asociado a un mayor riesgo de trastornos mentales —incluido psicosis, adicción, depresión, tendencias suicidas, daño cognitivo y falta de motivación— es fundamental que tengamos una imagen clara de los efectos del consumo de esta planta, que no son los mismos que tomar una píldora con una concentración exacta de THC o CBD. Usando tomografía de emisión de positrones se ha visto que los usuarios de cannabis producen menos dopamina, algo que es más notable en pacientes que cumplen los criterios clínicos para abuso o dependencia y que encaja con lo que habíamos aprendido en los laboratorios de investigación en roedores. Los usuarios de cannabis también muestran una menor liberación de dopamina en respuesta a un reto estimulante y déficits cognitivos que incluyen una peor memoria de trabajo, como cuando se nos olvida algo que estamos haciendo en ese momento. Hay muchas otras pruebas que permiten concluir que la liberación de dopamina está alterada en los consumidores de cannabis y que incluso está alterada la morfología de las neuronas dopaminérgicas; por un lado, es un ejemplo llamativo de la plasticidad neuronal y, por otro, un detalle preocupante.

Un factor importante es la fecha de inicio del consumo y los datos que tenemos sugieren que debemos esforzarnos por evitar el consumo durante el embarazo y durante la adolescencia. Son dos épocas de la vida cruciales en el desarrollo cerebral, y la exposición al cannabis en el feto o en los jóvenes parece que tiene consecuencias en la vida adulta. Una de esas diferencias es que la exposición al THC durante la adolescencia aumenta el efecto de los cannabinoides posteriormente, sugiriendo que el inicio del consumo durante la adolescencia incrementa el riesgo de una adicción posterior. También se ha visto que los consumidores habituales de cannabis presentan problemas cognitivos, en particular aquellos que se iniciaron en el consumo durante la adolescencia.

Finalmente, otro estudio indicaba que los adolescentes que consumían cannabis tenían un riesgo mayor de fracaso escolar, adicción y suicidio. Este artículo indicaba que el riesgo de suicidio era siete veces superior frente a los no consumidores, aunque estos estudios longitudinales muestran una correlación pero no demuestran una relación causa-efecto. Es evidente que la gente toma drogas por una razón y esa razón puede ser la que esté generando el efecto y no el propio cannabis, sin embargo parece evidente que es un mensaje preocupante. En el estudio se excluyeron cincuenta y tres posibles causas, cincuenta y tres variables, desde trastornos de conducta, hasta depresión o divorcio de los padres, pero no se pueden excluir todas las posibles variables y parece lógico que algunos adolescentes tienen problemas cuando se inician en el consumo y usan el cannabis como una forma de escapar de ellos. En Canadá, uno de los países con mayor consumo de los países desarrollados y donde el Gobierno ha indicado que procederá a la legalización del cannabis la próxima primavera, la Asociación Canadiense de Pediatría ha avisado sobre las serias consecuencias a largo plazo sobre los cerebros en desarrollo y ha pedido «salvaguardas» para proteger a los niños y adolescentes de esos daños, lo que se traduce en intentar que la fecha de inicio del consumo sea lo más tarde posible.

Fotografía: Thomas Hawk (CC).

Los defensores del consumo de cannabis utilizan frecuentemente el argumento de sus virtudes medicinales. Aunque el consumo con fines terapéuticos es legal en diferentes países incluyendo Alemania, Austria, Canadá, Finlandia, Holanda, Israel, República Checa y España, parece una excusa. Una revisión de setenta y nueve ensayos clínicos realizados entre 1975 y 2015 ha analizado los efectos médicos del cannabis con fines médicos y para distintos problemas incluyendo el dolor crónico, el dolor asociado al cáncer, los problemas de insomnio, la pérdida de apetito en las personas con sida, y los trastornos musculares asociados a la parálisis cerebral. La mayoría de los estudios mostraron leves mejorías en las síntomas, pero el análisis de los datos encontró que no alcanzaban el nivel de significación estadística; es decir, la diferencia era nula, mínima o no relevante. Otros estudios analizaron los datos sobre el uso de marihuana en personas con fibromialgia, depresión, trastornos de ansiedad, neuropatías asociadas a la artritis reumatoide y esclerosis múltiple y de nuevo no encontraron ninguna evidencia de que funcionara, de que mejorasen de sus síntomas.

La revisión de estas investigaciones no es fácil, pues muchos estudios sobre el empleo del cannabis con fines terapéuticos presentan problemas metodológicos tales como poblaciones de estudio demasiado pequeñas, datos incompletos, pérdidas sustanciales de voluntarios durante el ensayo y otros. Para otros temas para los que también se han sugerido beneficios como la depresión, el trastorno de ansiedad, la psicosis, la esquizofrenia, las náuseas durante la quimioterapia, o el glaucoma, los datos a favor son prácticamente inexistentes; es decir, no hay evidencias científicas sólidas que demuestren que el consumo de cannabis beneficie realmente en estos trastornos y enfermedades. También se recomiendan los cannabinoides cuando los tratamientos habituales para trastornos como la anorexia, la artritis o las migrañas han sido ineficaces. De nuevo, hay serias dudas de que tenga efectividad en estos casos. En realidad, las evidencias son pobres, están limitados al uso de un cannabinoide concreto y no de la planta.

El Instituto Nacional sobre Abuso de Drogas (NIDA), el centro de investigación más potente del mundo en este tema, ha declarado que «hasta el momento, los investigadores no han llevado a cabo suficientes ensayos clínicos a gran escala que muestren que los beneficios de la planta de marihuana superan los riesgos para los pacientes que supuestamente va a tratar». El resumen puede ser una desilusión para algunos, pero parece contundente: no hay evidencias científicas sólidas de que la marihuana u otros derivados del cannabis tengan virtudes medicinales. Más aún, otro aspecto que los estudios sobre el uso médico del cannabis han mostrado es que los pacientes que lo consumen tiene un riesgo mucho mayor de efectos secundarios, incluyendo problemas serios como trastornos renales, hepáticos y psiquiátricos. No obstante, los más comunes son más leves: mareos, confusión y desorientación.

En realidad la impresión es que en distintos países se está aprobando su uso médico sin exigir las mismas evidencias de seguridad y eficacia que requerimos a cualquier medicamento. Si el objeto es usar la cortina de humo del uso terapéutico para encubrir una legalización subrepticia del consumo recreativo, entonces la comunidad científica debe quedarse al margen. Las pruebas sobre fármacos son uno de los pilares de la medicina basada en la evidencia y no podemos consentir que se manipulen a favor de unos intereses determinados, sean los que sean, que aquí se usen y allí no, en función de intereses del tipo que sean.

Un ejemplo de la poca claridad de ideas es que a fecha de agosto de 2016, veintitrés estados norteamericanos permitían el uso de cannabis como medicina y cuatro para uso recreativo mientras que estaba prohibido en todos los demás. Doce estados prohíben conducir si se ha tomado cualquier cantidad de cannabis mientras que otros tienen niveles umbral de 5, 2 o 1 nanogramo por mililitro. El problema aquí es que mientras que en el caso del alcohol los niveles en sangre son una buena referencia del grado de afectación de la conducción, en el caso del cannabis los efectos varían enormemente de persona a persona. La marihuana es la droga ilegal más comúnmente implicada en los accidentes de tráfico.

La DEA mantiene la clasificación del cannabis como droga de tipo 1, una categoría reservada para las sustancias que no tienen beneficios médicos. A fecha de agosto 2016, hay trescientos cincuenta investigadores registrados para poder investigar con marihuana en los Estados Unidos y solo un proveedor autorizado para proporcionales la planta: la Universidad de Mississippi, algo que no deja de ser curioso. Se va a producir a una ampliación de los proveedores de cannabis para su uso en investigación.

Dicho todo esto, es necesario replantear la política mundial sobre las drogas. Hay algunos investigadores que piensan que la legalización bajaría los precios, incrementaría el consumo y multiplicaría los riesgos detectados entre los adolescentes. Otros investigadores, en cambio, dicen que en la mayoría de los países occidentales más del 90 % de las personas afirman que es fácil comprar cannabis, por lo que preguntan sobre qué cambio puede hacer que sea aún de más fácil disponibilidad. David Nutt, catedrático de Farmacología en el Reino Unido ha declarado: «Para los usuarios de drogas recreativas, la criminalización genera más daño que las drogas que usan, y los adictos necesitan ser tratados de la enfermedad que sufren, no perseguidos». Usemos los datos que nos proporciona la ciencia para tomar decisiones racionales.

Fotografía: Lolly man(CC).

Para leer más:

  • Borgelt LM, Franson KL, Nussbaum AM, Wang GS (2013) «The pharmacologic and clinical effects of medical cannabis». Pharmacotherapy 33 (2): 195–209.
  • Weeks C (2016) «Doctors urge federal ‘safeguards’ to protect kids, youth from harms of pot». The Globe and Mail. Enlace.
  • Whiting PF, Wolff RF, Deshpande S, Di Nisio M, Duffy S, Hernandez AV, Keurentjes JC, Lang S, Misso K, Ryder S, Schmidlkofer S, Westwood M, Kleijnen J (2015). «Cannabinoids for Medical Use: A Systematic Review and Meta-analysis». JAMA 313 (24): 2456–2473.
  • «Drug Facts—Is Marijuana Medicine?». National Institute on Drug Abuse. Enlace.


La batalla por el cannabis medicinal

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Fotografía: Nicolas L (CC).

La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar. Porque no tiene, porque le falta marihuana que fumar.

Esperen. No se arranquen ustedes a bailar. «La cucaracha» no viene a este reportaje sobre el cannabis medicinal para hacer el chiste más obvio de la historia de los reportajes sobre marihuana. No se trata de eso. «La cucaracha», aunque no se lo crean, va a servirnos de punto de partida para entender por qué en 2016 seguimos versando y versando sobre la legalización del cannabis. La cucaracha era, en realidad, un soldado mexicano de las huestes de Pancho Villa, algo perezoso el hombre, que no estaba dispuesto a ponerse delante de los fusiles gringos sin pegar antes unas buenas caladitas. Con la marihuana todo se ve de otra manera. Incluso la muerte.

Los norteamericanos se quedaron con la copla, nunca mejor dicho, le sacaron tarjeta amarilla a la poción mágica de sus vecinos del sur y, para cuando la Gran Depresión golpeó los cimientos del incipiente imperio veinte años después, qué mejor chivo expiatorio que los mexicanos, sus drogas y su alboroto. Las cifras y las estadísticas no arrojaban diferencias sustanciales entre el comportamiento de los futuros espaldas mojadas y los blanquitos, pero por qué dejar que las estadísticas arruinen una buena política xenófoba. Aprovechando que el Mississippi pasaba por Memphis la marihuana se ilegalizó, como unas cuantas décadas antes se había ilegalizado el opio, que convertía a los chinos en una fuerza de trabajo imbatible, o la cocaína, la droga de los negros.

Esta, sin embargo, no es la historia de la ilegalización de la marihuana. Ya se han llenado bibliotecas enteras sobre el particular. La marihuana no es el demonio que fue, ni siquiera para los más beatos del lugar. Ahora ya no se trata de mexicanos, chinos o negros; para cualquier chaval menor de edad es mucho más sencillo conseguir heroína, cocaína, eme o marihuana que una lata de cerveza. Sigue siendo ilegal, pura cabezonería del establishment, y eso merecerá capítulo aparte, pero en torno a la maría circulan corrientes de aire mucho más interesantes que «legalización sí, legalización no», con mucho menos calado en la opinión pública. Corrientes como las que promueve el Observatorio Español del Cannabis Medicinal (OEDCM), de reciente cuño, y otras organizaciones similares que remueven cielo y tierra para exponer y estudiar las propiedades terapéuticas de la marihuana.

Empecemos por el principio. Qué es el cannabis y cómo nos afecta.

Otra vez los chinos

Hay que viajar a las montañas del Himalaya para encontrar las primeras plantas de marihuana. Y hay que remontarse cuatro mil años en la historia para encontrar en el Shennong Ben Cao Jing, un tratado chino de plantas medicinales, la primera alusión de la que se tiene constancia a los efectos balsámicos de la marihuana, del Cannabis sativa. Ya entonces se recomendaba el cannabis para dolencias para las que hoy se sabe que es útil el THC, uno de los principios (psico)activos de la planta.

¿Aquella marihuana colocaba? Por supuesto que colocaba. De hecho, esa era la razón por la que se versó sobre ella en la farmacopea del emperador Shennong. Además, existen documentos de los escitas en los que se relata que, efectivamente, ellos también utilizaban el cannabis para colocarse. Para nuestros antepasados, la medicina y los efectos psicoactivos eran una misma cosa. Sanar el cuerpo, el alma, o el más allá. Sanar, al fin y al cabo. La modernidad y la extralimitación de la moral judeocristiana cambiaron las cosas. Si la morfina es ampliamente aceptada como paliativo del dolor, el opio, su hermano de madre, es tabú. Lo que divierte, o lo que perturba, no puede ser ni bueno ni legal. Salvo el vino, que es la sangre de Cristo. Paracelso fue mucho más certero y dejó tabúes a un lado, porque «el veneno está en la dosis».

Un viejo conocido

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Fotografía: Giandomenico Jardella (CC).

Aunque seas de los que nunca quisieron darle ni una caladita a aquel canuto que te ofrecieron con quince años, debes saber que tu cuerpo estaba perfectamente predispuesto para asimilar aquella calada. El sistema endocannabinoide, el que nos ayuda a procesar la marihuana, es uno de los sistemas de neurotransmisión más antiguos que poseemos los seres vivos. Está con nosotros desde una fase muy temprana de la evolución. Es posible que la capacidad de sintetizar endógenamente cannabinoides ya se encontrara en un tatarabuelo unicelular común a animales y plantas y que más adelante, a partir del microscópico ente eucariota, toda la flora y la fauna desarrollaran independientemente sus propios sistemas de señalización intercelular basados en compuestos cannabinoides. En román paladino, no solo hallamos esos receptores en los seres humanos, también en el mejillón que te comes, o en el león que te mira desde su jaula del zoo.

Resulta cuanto menos sorprendente, no obstante, que hasta la fecha solo se hayan encontrado cannabinoides —o fitocannabinoides— en la planta del cannabis. Otras plantas contienen compuestos que quizá actúen sobre el sistema endocannabinoide, pero cannabinoides puros y duros solo moran dentro de la amiga maría. Y son hasta ochenta las moléculas de su familia. Toda una anomalía. Demasiadas moléculas y demasiado raras como para despacharlas con un decreto ley con la huella dactilar de Donald Trump estampada a pie de página.

Una de esas pequeñas, el ya mencionado THC, es la madre de todas las disputas relacionadas con el cannabis. La misma molécula que nuestros mayores veneraban por su capacidad para el subidón, para abrir las puertas de las que hablaba William Blake, es la que terminó por condenarla a la penitenciaría. Y no deja de ser cierto que con el boom del autocultivo y el verano del amor creció el afán por obtener semillas lo más ricas posibles en THC, pero esa curva ascendente se detuvo en 2005, con la llegada de la moda «medicinal». Desde entonces, se opta por variedades más ricas en CBD, una molécula no psicoactiva y sí de probada eficacia para un espectro considerable de enfermedades y disfunciones. Aun así, desde algunos sectores contrarios a la legalización del cannabis se prefiere que la realidad no se interponga entre el prohibicionismo y el ciudadano. Se continúa afirmando, en falso, que las concentraciones de THC en el cannabis son cada vez más potentes. Pero lo cierto es que solo los muy cafeteros se lanzan a consumir bombas alucinógenas. El resto de los mortales, entre ellos los enfermos que han decidido tratar sus dolencias con preparados de cannabis, necesitan funcionar en el día a día. Necesitan mayores concentraciones de CBD, o solo CBD. Y son ellos, los enfermos que encuentran en el cannabis una alternativa eficaz a tratamientos convencionales, los que salen peor parados de este statu quo. los perjuicios asociados a la prohibición, o a la ausencia de regulación, tanto monta, derivan en un cannabis contaminado por bacterias o metales pesados, de consecuencias a todas luces más graves para el organismo que los efectos del THC.

Nada es inocuo, ni el agua de la fuente

Y otra vez recurrimos a Paracelso. La toxicidad de una sustancia no es solo cuestión de dosis, también de patrones de consumo. Una cantidad exagerada de agua bebida en poco tiempo puede ser mortal debido a un proceso conocido como hiponatremia, una bajada súbita, a veces letal, del nivel de electrolitos. Conviene tener esto en cuenta cuando se pone en solfa la conveniencia de alguna sustancia aludiendo a su no inocuidad. Lo inocuo «no hace daño», un concepto difícilmente aplicable a la vida cotidiana. Se trata pues de asumir riesgos. Hay, por ejemplo, un consenso general respecto al consumo de cantidades moderadas de alcohol. Un vaso de vino al día es beneficioso para la salud. A su vez, equis cantidad de ese vino en una noche toledana es más dañina que la misma cantidad espaciada en el tiempo. De Perogrullo. Categorizar qué drogas o qué sustancias son más peligrosas que otras no es fácil. Sin embargo, si metemos en el ring a nuestro compañero el alcohol, tan social, tan aceptado por chicos y grandes, con la letra escarlata en la que hemos convertido al cannabis, diferentes estudios indican que las alteraciones cognitivas consecuencia del uso y abuso continuado del alcohol a menudo son permanentes, algo no demostrado con el cannabis. Y esto es extensible a la mayoría de las drogas; cuando se abandona su consumo, las áreas del cerebro que hayan podido resultar dañadas tienden a revertir ese daño, salvo casos excepcionales de excesivo abuso o patologías psiquiátricas severas.

En cualquier caso, según el OEDCM, esto no es una carrera cuadrigas. No se trata de desprestigiar al rival para así imponer los criterios propios. Esa ha sido la política, simplista y torticera, de la medicina conservadora. A la farmacología se le pide que lo cure todo sin mediar efectos secundarios, lo cual, de momento, no es viable. Con ningún tratamiento, alternativo o convencional. Porque «se critica mucho a la medicina oficial, pero luego cuando estamos enfermos terminamos acudiendo a la farmacia o al ambulatorio».

¿Qué puede hacer el cannabis por mí?

Fotografía: O’Dea (CC).

El cannabis no es el panakos que buscaban los alquimistas. No es el remedio para todo. En realidad, como sucede con la mayoría del catálogo de la farmacia, las propiedades medicinales del cannabis se centran antes en atajar síntomas que en curar, aunque, como ya se ha dicho, dado que nuestro sistema inmunitario cuenta con receptores para cannabinoides, ante un déficit del sistema endógeno el cannabis supone un suplemento efectivo. Si nuestras defensas decaen —algo habitual, por ejemplo, en quienes padecen esclerosis múltiple— aparecen enfermedades o alteraciones asociadas que el cannabis puede ayudar a corregir.

Pero si hablamos de sintomatología, de dolor, es ahí donde las propiedades terapéuticas se ponen más en relieve. Aunque la causa del dolor radique en cualquier órgano es el cerebro el que nos «alerta», y es en el cerebro donde los cannabinoides actúan atenuando esa sensación. Allí donde otros analgésicos fallan, concretamente en enfermedades de carácter neuropático, o neurológico, el cannabis supone una alternativa a tener en cuenta. También, hoy por hoy, ya se barajan múltiples evidencias relativas a los beneficios del cannabis en pacientes oncológicos, bien por su capacidad para prevenir las náuseas o la pérdida de apetito que conllevan el tratamiento con quimioterapia, bien por su ya glosado poder analgésico. En cuanto a la rumorología que otorga al cannabis propiedades antitumorales, las únicas evidencias preclínicas —obtenidas a partir de ensayos en animales— parecen optimistas, pero en ningún caso se puede afirmar que la marihuana sea, o vaya a ser en un futuro cercano, un tratamiento a tener en cuenta en la lucha contra el cáncer. «Internet dice que sí». Bueno, vivir tu vida de acuerdo a lo que «dice» internet es una opción como otra cualquiera. Desde el OEDCM, que también están en internet, advierten contra empresas o pseudoempresas que ofrecen derivados del cannabis, de dudosa calidad, como cura contra el cáncer.

Los investigadores de las propiedades terapéuticas de la marihuana no se olvidan tampoco de la salud mental. Se están llevando a cabo ensayos con CBD para el tratamiento de la esquizofrenia, y los estudios arrojan un índice de eficacia similar a los antipsicóticos aunque con menos efectos secundarios para el paciente. No se ha demostrado, no obstante, que el tratamiento con derivados del cannabis funcione mejor que los antidepresivos o los ansiolíticos. La psiquiatría es un campo complejo que a menudo está condicionada a la respuesta de cada individuo, a las terapias asociadas. No es de esperar que ninguna sustancia, «oficial» o no, rectifique per se un desequilibrio de raíz emocional. Esto, junto a la propia farmacología del cannabis, mucho más errática e intraindividual que la de otros fármacos al uso, desaconseja su prescripción como sustituto de los medicamentos «establecidos». Solo el tiempo y una buena inyección de fondos para analizar en profundidad los efectos del cannabis pueden concretar lo que hasta ahora se mueve entre la hipótesis y la duda razonable. Pero aquí…

… Con la Big Pharma hemos topado 

Un dato: el estado de Colorado vendió marihuana por valor de mil millones de dólares en 2015, lo que supuso ciento treinta y cinco millones de dólares en impuestos directos. Se les sale el IVA por las orejas a los vecinos del Cañón. Tanto que han destinado alrededor de treinta millones para la construcción de escuelas. El dilema ni siquiera parece tal cosa. Incluso si dejamos a un lado todo lo expuesto hasta ahora y analizamos el asunto desde un punto de vista puramente thatcheriano, solo hay dos caminos delante de nosotros: regularizar y llenar las arcas públicas o incidir en la prohibición y llenar las arcas de los narcotraficantes.

¿Quién podría tener interés en llenar las arcas de los narcos? ¿Cómo? ¿Es una pregunta demasiado tendenciosa? De acuerdo, la reformulamos. ¿Quién se beneficia del monopolio que ejercen los narcos sobre la marihuana? Como mínimo, la Big Pharma, el conglomerado de las grandes corporaciones farmacéuticas, asiente con media sonrisa cada vez que una opción terapéutica ajena a su control no llega a los dispensarios.

Las compañías farmacéuticas determinan, e incluso manipulan, el devenir de la práctica totalidad de la sanidad pública. No solo en el plano asistencial, también en lo tocante a la investigación, el I+D+I. Aunque es indudable que esta industria ha sido y es fundamental a la hora de obtener medicamentos eficaces y con importantes estándares de pureza, no es menos cierto que se le ha dejado entrar hasta la cocina y más allá. La Big Pharma es el verdadero Gran Hermano que Orwell imaginó. Controla, en esencia, toda la cadena de montaje; desde el diseño y caracterización de una molécula equis hasta su dispensación a los pacientes, lo cual tiene como consecuencia inmediata una actividad clínica cara, mal financiada por los Estados y avasalladora para con cualquier aproximación terapéutica que no se desarrolle bajo su descomunal paraguas.

El cannabis, por su naturaleza, no escapa al thumb down de la farmacéuticas. Fue incluido en la Lista I de las Naciones Unidas de sustancias consideradas no terapéuticas y sí de gran poder adictivo, con la infinidad de trabas burocráticas que ello conlleva; y su no patentabilidad, al tratarse de una planta que cualquiera puede cultivar, le terminan de dibujar los cuernos rojos y el tridente a ojos de las Pfizer, Roche, Bayer y compañía. En estas circunstancias, conseguir que alguien «enseñe la pasta» es harto complicado.

La realidad es que sin farmacéuticas de por medio no hay ensayos clínicos, y aunque el cannabis pudiera suponer en el futuro una alternativa segura, barata y eficaz a otros medicamentos nada de eso será posible sin los ensayos correspondientes. En última instancia está en manos del sector farmacéutico acelerar o dilatar este proceso.

Fotografía: Ian Sane (CC).
Fotografía: Ian Sane (CC).

*Este reportaje no habría sido posible sin la colaboración de los siguientes expertos en la materia:

José Carlos Bouso (Psicólogo y Doctor en Farmacología. Director de proyectos científicos de la Fundación ICEERS). Cristina Sánchez (Doctora en Bioquímica y Biología Molecular por la UCM). Manuel Guzmán (Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la UCM. Miembro de la junta directiva de la SEIC y la IACM. Académico de la RANF). Carola Pérez (Fundadora y directora de la asociación Dos Emociones. Cofundadora del Observatorio Español del Cannabis Medicinal).


Recordando a Carl Sagan

Carl Sagan. Foto: Corbis.
Carl Sagan. Foto: Corbis.

Cierto día en la estación de trenes de Washington, un mozo ayudó a Carl Sagan con su equipaje, como hacía con cualesquiera otros pasajeros. Sin embargo, cuando Sagan sacó su billetera para darle la propina de rigor, el mozo hizo un gesto de rechazo. Aunque lo relevante de la anécdota no es el gesto en sí, sino la frase con que el mozo lo acompañó: «Guarde su dinero, señor Sagan. Usted ya me ha dado el universo».

La anécdota es muy famosa y habla por sí misma del papel que tuvo Carl Sagan en nuestra cultura. Ningún otro divulgador científico ha sabido pulsar tan bien los resortes de la imaginación colectiva. Quizá se debiera a aquella característica tan suya: la capacidad para experimentar y compartir un extático asombro ante la magnitud y complejidad del universo. Un entusiasmo que resultaba contagioso y al que él llamaba el «sentido de lo maravilloso». Gracias a Sagan y sobre todo a su serie televisiva Cosmos: Un viaje personal, muchas personas experimentaron ese sentido de lo maravilloso junto a él. Especialmente quienes tuvieron la suerte de verla por primera vez durante la tierna infancia: Carl Sagan era como el mago que abría el baúl de los grandes secretos ante nuestros ojos y desvelaba prodigios que parecían fantásticos, pero que no pertenecían al ámbito de las novelas o películas de ficción, sino que existían de verdad. Prodigios que estaban allá arriba, sobre nuestras cabezas, o a nuestro alrededor, o incluso dentro de nosotros. Carl Sagan fue sin duda el catalizador de las ensoñaciones cósmicas de toda una generación. Incluso de quienes nunca nos convertimos en científicos, porque teníamos escrito otro destino o sencillamente lo elegimos así, prácticamente no hemos pasado una noche sin alzar la mirada hacia las estrellas y entonces resulta inevitable acordarse de él. Siempre nos quedará la imagen inolvidable de aquella «nave de la imaginación» con forma de semilla emplumada con la que Sagan nos condujo hacia lugares que nunca visitaremos, pero que ya forman parte de nosotros mismos, tan familiares como nuestra propia casa, como el «pálido punto azul» que flota en torno a una estrella cualquiera en un rincón poco destacado de una insignificante galaxia.

Sagan diría, naturalmente, que el número 2014 carece de importancia en términos cósmicos, como carece de importancia cualquier otra cosa que los humanos podamos pensar, decir o hacer y que al vasto universo le resultará indiferente. Pero en el fugaz extracto temporal de nuestras vidas llamamos 2014 al año en que se estrena la nueva versión de Cosmos, presentada por el que muchos consideran el sucesor de Sagan, el astrofísico Neil deGrasse Tyson. Y también en este 2014 Sagan está de aniversario: hubiese cumplido los ochenta años, caso de no habernos dejado huérfanos hace casi dos décadas. Pero, ¿quién era Carl Sagan? ¿Cómo pensaba? ¿En qué consistía su mensaje? Sirva este repaso a algunas de las facetas de su vida y de su pensamiento no solamente como homenaje, sino también como recordatorio de todo aquello que lo convirtió en una figura única e irremplazable.

Sagan y el cosmos

Queríamos llegar a todo el mundo, porque pensábamos que tener disponible este conocimiento era un derecho innato de la persona. (Ann Druyan, viuda y colaboradora de Carl Sagan)

Ya cuando el pequeño Carl tenía cinco o seis años, sus padres eran conscientes de su brillantez intelectual, de su ansia por obtener respuestas ante cuestiones como «¿qué son las estrellas y de dónde están colgadas?». Hijo único de una familia de condición muy humilde —su padre era un inmigrante ucraniano que trabajó como acomodador en un teatro y su madre una neoyorquina que había crecido prácticamente en la miseria—, el pequeño Carl tenía pocos medios para saciar aquellas ansias. Pero sus padres eran inteligentes y demostraron una gran sensibilidad hacia las necesidades intelectuales de su retoño, así que decidieron que lo mejor que podían hacer era apuntarlo a una biblioteca pública. Aquello abrió los ojos de Carl Sagan y cambiaría su vida para siempre:

Le pedí al bibliotecario algún libro sobre las estrellas. Y la respuesta a mis preguntas era impresionante. Resultó que el sol era una estrella que estaba muy cerca de nosotros. Que las estrellas eran soles, aunque estaban tan lejos que las veíamos como meros puntitos de luz. De repente, la verdadera escala del universo se reveló ante mí. Fue una especie de experiencia religiosa. Había una magnificencia en ello, una grandeza, una sensación de magnitud que nunca después me ha abandonado. Nunca me ha abandonado.

El mensaje divulgador de Sagan giró siempre en torno a una idea central: el ser humano, especie animal que vive sobre la superficie de un planeta cualquiera, es insignificante cuando lo contemplamos bajo términos cósmicos. La humanidad es apenas un soplo fugaz del que seguramente no quedará ni rastro cuando se extinga; y a nadie ahí fuera le importará, si es que hay alguien. El cosmos es un lugar inmenso, inabarcable, que nos humilla y empequeñece. Y sin embargo, cuando era Sagan quien nos describía ese panorama aparentemente descorazonador, brillaba una intensa luz poética que cautivó a quienes le escuchábamos. El ser humano, nos decía, no es importante para el universo. Pero sí es inmensamente afortunado porque puede contemplar la inmensa grandeza de ese universo y maravillarse a causa de ella. Cuando miras las estrellas, lo importante no eres tú: son las estrellas. Y siéntete feliz por poder mirarlas.

Sagan y la comunidad científica

El polo opuesto de la ciencia popularizada es, al final, una ciencia impopular. (Gregory Benford, revista Skeptic)

Sagan contribuyó significativamente a la ciencia astronómica, particularmente con sus análisis de las atmósferas y superficies planetarias en una época en la que apenas se disponía de información fiable. Su bagaje abarcaba tanto astronomía como biología —trabajó con biólogos tan notables como Stanley Miller, George Muller o Joshua Lederberg— y así ayudó a dar forma tanto a las ciencias planetarias como a la exobiología. Colaboró directamente en varias misiones espaciales de la NASA y fue, como sabemos, quien diseñó los mensajes destinados a posibles civilizaciones extraterrestres que fueron incluidos en las sondas espaciales Pioneer y Voyager.

Sin embargo, estas aportaciones resultaron empequeñecidas por su papel como divulgador. Hoy sabemos que en la comunidad científica existieron muchos recelos hacia Sagan y su siempre creciente fama. Entre los astrónomos gozaba de gran predicamento, pero entre otros científicos —algunos físicos, por ejemplo— podía llegar a estar bastante mal visto porque consideraban que sus intentos de popularizar la ciencia amenazaban con «trivializarla». Otros lo veían como un ególatra que buscaba la fama y otros más, probablemente, tenían envidia de su capacidad para llegar a diversos estratos de la sociedad. El caso es que, académicamente hablando, Sagan pagó un precio por esa celebridad. En 1967, cuando era profesor interino en Harvard, le denegaron una plaza fija pese a sus extraordinarias dotes como docente, dotes bien documentadas por su alumnado. ¿El motivo oficial? Que sus investigaciones departamentales eran «poco relevantes» y «derivativas». Pero en realidad tuvo mucho que ver el que hubiese empezado a aparecer en televisión el año anterior, algo que no agradaba en la elitista universidad. Tras aquello, Sagan se marchó a la Universidad de Cornell para poder obtener una cátedra fija. Así que sí, como suena: en Harvard prácticamente echaron a patadas al divulgador científico más importante del siglo XX… y todo porque aparecía demasiado menudo en la pequeña pantalla.

Otro ejemplo: en 1992, siendo ya una celebridad internacional, Sagan fue nominado para el ingreso en la Academia Nacional de Ciencias. Su nombre fue propuesto por iniciativa de los astrónomos, pero más allá del mundillo científico se esperaba la aceptación de su candidatura como un hecho lógico e inevitable, dado lo mucho que Sagan había hecho por la difusión del saber científico. Sin embargo, su candidatura originó en la Academia uno de aquellos caldeados debates que habían colmado la paciencia de Richard Feynman, el famoso premio Nobel que había llegado a dimitir de la Academia cansado del elitismo y luchas de egos de sus miembros. La candidatura de Sagan fue rechazada cuando la mitad de los miembros votaron negativamente, algo que no sucedía a menudo. El pretexto más aireado fue que más allá de la divulgación sus logros científicos no resultaban lo suficientemente relevantes. Ni siquiera importaron detalles como que Stephen Hawking lo hubiese elegido como prologuista para su Breve historia del tiempo. Fuera de la Academia nadie entendió el correctivo que algunos científicos que se consideraban más «serios» habían querido infligir a la estrella mediática. Aunque Sagan no se pronunció en público sobre su ingreso fallido en la Academia, sabemos por su viuda que «le dolió bastante, porque fue un desprecio que él ni siquiera había buscado». Cuatro años después fallecería sin haber obtenido el honor.

Tras su muerte, la Academia corrigió el error haciéndolo miembro honorífico. Ni que decir tiene que la percepción de la comunidad científica hacia Sagan ha cambiado radicalmente desde entonces. Hoy en día no existe un científico que se permita el lujo de menospreciar públicamente su figura. Muchos científicos de la nueva generación comenzaron a estudiar bajo la influencia de Sagan. Algunos, como Neil deGrasse Tyson, recibieron incluso el respaldo personal del propio Sagan durante sus años como estudiante: Sagan, impresionado por su expediente académico, envió una carta de ánimo a un incrédulo Tyson adolescente e incluso le invitó a visitar su laboratorio. Aún hoy, Neil deGrasse afirma que se siente obligado a animar a los jóvenes estudiantes siguiendo el ejemplo del propio Sagan. Sea como fuere, hoy se reconoce abiertamente la tremenda importancia de su tarea como popularizador de la ciencia. Y aunque no hubiera sido así, él lo explicaba de manera tremendamente sencilla: la mayor parte de la financiación de los científicos proviene del pueblo, así que el pueblo tiene derecho a que le expliquen qué hacen los científicos con su dinero, y los científicos tienen la obligación de explicarlo en los términos más asequibles posibles.

Los fundadores de la Sociedad Planetaria. Carl Sagan, sentado a la derecha. Foto: NASA (DP)
Los fundadores de la Sociedad Planetaria. Carl Sagan, sentado a la derecha. Foto: NASA (DP)

Sagan y la fama

Carl Sagan poseía dos cualidades que no pueden transmitirse ni en la más excelsa de las instituciones educativas: un tremendo carisma personal y una gran capacidad para comunicar; características ambas que no abundan entre los científicos y que obviamente constituyeron los cimientos básicos de su estrellato. Antes de estrenarse Cosmos, Carl Sagan ya era famoso en los Estados Unidos gracias a sus frecuentes apariciones televisivas, incluyendo el programa más famoso de América, el show de Johnny Carson. El público quedó rápidamente prendado por su manera calmada pero pasional de hablar sobre el universo. Se convirtieron en coletillas populares algunas de sus expresiones, las hubiese dicho en voz alta o no: a Sagan, por ejemplo, le sorprendía que le atribuyeran constantemente la frase «billions and billions» y en una conversación privada con Carson aseguraba no haberla pronunciado jamás. Pero el presentador se limitó a responder: «pues si nunca la has pronunciado, deberías». Así, entre otras cosas, fue como Sagan aprendió que la fama depende de ciertos estereotipos y tics que pueden ser irreales, pero que capturan la imaginación del público. Entendió que en su labor divulgadora el estilo era tan importante como el contenido, y esto lo distinguió de muchos otros divulgadores científicos. Había que llegar al público, diciendo verdades, sí, pero haciéndolas no solamente fáciles de asimilar sino formalmente atractivas. En el acto de comunicación existen dos partes: el emisor y el receptor. Sagan, saltándose muchas actitudes elitistas extendidas entre los científicos de entonces, trató a sus televidentes y lectores como iguales intelectuales. Los consideró dignos receptores del saber científico y la gente común respondió convirtiéndolo en el rostro más reconocible de la ciencia a nivel mundial. Terminó asumiendo que el público tenía una imagen formada de él y que esa imagen era una importante herramienta de divulgación. Incluso llegó a titular su último libro Billions and billions, un guiño chistoso a aquella frase que nunca había salido de sus labios pero que la gente le había adjudicado como suya.

Sagan y la religión

Sagan no creía en Dios, pero cuando hablaba de sí mismo, rechazaba el término «ateo» porque para él implicaba el conocimiento cierto de que Dios no existe, un conocimiento que sencillamente no estaba a su alcance. Así pues, prefería definirse como «agnóstico». Sin embargo, su discurso no era exactamente el de un agnóstico. Según sus allegados, Carl Sagan era «ateo en todo excepto en el nombre», lo cual es una buena definición de su actitud. Su amigo David Grinspoon, por ejemplo, diría que en la práctica Sagan era prácticamente indistinguible de un ateo que use ese término para definirse.

Su actitud podía parecer contradictoria, pero lo era más que nada a niveles semánticos. Sagan no creía en Dios y con frecuencia calificó el concepto de un Dios personalizado, como el que se venera en casi todas las religiones, de pura fantasía. En su discurso el término «religión» aparecía generalmente acompañado de otros como «superstición», «mitología» y «folclore»; no como sinónimo hay que decir, pero sí en una yuxtaposición que difícilmente podía tener algo de casual. Es más: en sus últimos años, cuando era consciente de que la enfermedad podía llevárselo a la tumba, se preocupó muy mucho de dejar claro que no había comenzado a creer en Dios o en una vida ultramundana ni aun con la perspectiva de una muerte cercana. Incluso sabemos, gracias a su correspondencia publicada póstumamente, de su disgusto cuando alguno de sus colegas científicos consideraba la idea de abrazar la fe en algún dios. Si algo así sucedía, Sagan le enviaba una carta repleta de razones por las que consideraba intelectualmente indefendible la creencia en un dios personal.

El autoproclamado agnosticismo de Sagan era pues más un posicionamiento público que una creencia íntima. Y la gente lo sabía, porque en su mensaje planeaba constantemente una concepción atea del mundo. Conforme crecía su fama lo hacían también las interpelaciones de personas creyentes que discutían sus ideas, incluso ocasionalmente las amenazas de algunos fanáticos religiosos. A menudo lo invitaban a encuentros organizados por asociaciones religiosas para que su opinión sirviera de contraste, pero Sagan era extraordinariamente escrupuloso a la hora de aceptar. En una ocasión declinó participar en un congreso titulado «¿Cómo encontrar a Dios?» porque, como decía en su carta de rechazo, el título del congreso daba a entender que la existencia de Dios era un hecho probado independientemente de las conclusiones a las que se pudiera llegar durante el susodicho congreso. Sagan fue uno de los más notorios representantes del pensamiento escéptico, entendiendo como tal la no aceptación de la certeza de un hecho sin las necesarias evidencias que la sostengan, y acostumbraba a repetir el principio de que «afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias». Aun así, como en muchos otros asuntos, Sagan primaba la ponderación. Pese a manifestar una y otra vez su desaprobación intelectual hacia cualquier tipo de pensamiento mágico, incluyendo el de las grandes religiones, recordaba que mientras hubiese una pequeña posibilidad de que existiese un dios, él no se sentía capacitado para descartarla. Pero, al mismo tiempo, disimulaba mal su concepción de la religión como mera superchería y de manera parecida a Arthur C. Clarke confiaba —o deseaba confiar— en que el avance del conocimiento científico pusiera a las religiones en recesión de una manera progresiva y natural.

Sagan y las pseudociencias

Al igual que con la religión, Sagan se caracterizó por un abierto escepticismo hacia campos como el de la astrología y otras creencias «paranormales» que no podían sustentarse mediante una observación contrastable, como la que tiene lugar en el método científico. De hecho pensaba que estas creencias eran irracionales y estaban inevitablemente ligadas a factores puramente emocionales: en una ocasión, durante un debate televisivo con Stephen Hawking y Arthur C. Clarke, el presentador preguntó a Sagan si los nuevos descubrimientos científicos harían que los astrólogos terminasen perdiendo su negocio. Sagan, con tanta rapidez como sarcasmo, respondió: «¡Nada podría conseguir que los astrólogos se queden sin su negocio!».

Sin embargo, ese escepticismo estaba una vez más matizado por el deseo de ponderación. Ante el disgusto, incomprensión o sorpresa de otros científicos, Sagan veía razonable que los defensores de estas ideas tuviesen voz en determinados simposios, encuentros o conferencias. Su filosofía parecía ser la de que, mientras existiese una posibilidad aun remota de que hubiese oculto algún conocimiento válido entre tanta superchería, merecía la pena el intento de intentar sacarlo a la luz. Por ejemplo, sorprendió mucho su apoyo a algunos congresos ufológicos. Sabiendo que Sagan nunca creyó que seres inteligentes de otros mundos nos hubiesen visitado y que el fenómeno OVNI estaba compuesto de innumerables malas interpretaciones de estímulos visuales explicables o de fenómenos de sugestión, no tenía reparos en afirmar que quizá, y solo quizá, un pequeñísimo porcentaje de avistamientos podría haberse debido a la presencia de naves extraterrestres. Como en el caso de la existencia de Dios, Sagan no creía en ello pero parecía no querer negar algo en un cien por cien mientras no tuviese pruebas suficientes y tampoco quería negar su voz a quienes lo creyesen.

Sagan y la marihuana

Carl Sagan fue un ávido consumidor de marihuana durante muchos años, aunque esto no se supo hasta después de su muerte, cuando sus allegados lo hicieron público. A mucha gente le sorprendió saber que un científico de aspecto tan formal había fumado «hierba» habitualmente. A Sagan siempre le preocupó mucho que la difusión de este hecho pudiera dañar a su carrera. Pensemos que su popularidad se cimentó en unas décadas donde el consumo de marihuana era considerado por mucha gente casi como un signo de personalidad antisocial. Él, sin embargo, comprobó en primera persona que los mensajes emitidos sobre el gobierno sobre los peligros de la marihuana eran una exageración. Eso sí, nunca quiso convertirse en un apologista. Al menos no con su nombre. Sí escribió algún texto con seudónimo en el que defendía el consumo de marihuana de los ataques que recibía por parte del establishment, pero aparte de eso a lo más que llegó fue a abogar por su uso medicinal en condiciones controladas, porque sus efectos terapéuticos sobre ciertas dolencias estaban siendo bien documentados. Por lo demás no quería ser asociado con aquella droga que podría arruinar su imagen pública. De hecho, se enfadó mucho cuando uno de sus amigos escribió un artículo defendiendo la marihuana, donde se decía que muchos profesionales respetados la consumían y se citaba entre esas profesiones la de astrónomo: Sagan pensó que la gente podría deducir que estaba hablando de él porque el autor del artículo era un amigo muy cercano.

Pese a sus preocupaciones, el público nunca supo de su afición al cannabis. Sin embargo, tiene cierto sentido cuando lo contemplamos desde hoy. Sagan publicó muchos libros y artículos, pero en realidad escribía poco; acostumbraba a dictar ideas sueltas y textos a una grabadora que llevaba siempre consigo; después una secretaria lo transcribía a papel. Esta costumbre no solamente le ayudó a perfilar el característico tono conversacional de su discurso, sino que hizo que muchas de sus reflexiones surgieran cuando estaba bajo los efectos de la marihuana. Sagan, en privado, defendía que cuando estaba colocado le surgían ideas que podían ser certeras, pero que resultaban inaceptables para el ego cuando las escuchaba al día siguiente estando sereno. Y entonces abogaba no por descartar las ideas que tenía cuando estaba colocado, sino por examinarlas a despecho de la resistencia que sus esquemas preconcebidos pudieran ofrecer. Así, consideraba la marihuana una herramienta legítima de exploración intelectual.

Sagan y la política

No resulta fácil trazar un perfil convencional de sus opiniones políticas, aunque sí se le podría definir como liberal en el sentido estadounidense del término. En España podríamos llamarlo progresista, por buscar un término más o menos equivalente. Sí fue un activista político comprometido, pero lo fue en algunos asuntos concretos, muy particularmente el pacifismo y las preocupaciones en torno a la ecología.

Sagan fue, como bien sabemos, un estrecho colaborador de la NASA. Al principio de su carrera lo fue también de las fuerzas aéreas estadounidenses, cuando los vasos comunicantes entre ambas instituciones eran bastante fluidos. Sagan llegó a tener un perfil alto como asesor militar, hasta el punto de que estaba autorizado a consultar documentos calificados como alto secreto. Sin embargo renunció a colaborar con las Fuerzas Armadas en el mismo momento en que su país se involucró en la guerra del Vietnam, a la que se oponía abiertamente. Desde entonces se caracterizó por un mensaje abiertamente pacifista. También se opuso a la proliferación nuclear y fue muy activo en contra del programa de Iniciativa de Defensa Estratégica de Ronald Reagan (la «Guerra de las Galaxias», para entendernos), llegando a ser detenido en algunos actos de protesta. Consideraba que aquel programa rompía el equilibrio atómico con la URSS y por tanto dificultaba un acuerdo de desarme nuclear total, paso que consideraba necesario.

También se oponía a los totalitarismos y recordaba siempre que buena parte de sus familiares europeos —tanto por parte materna como paterna—, judíos casi todos ellos, habían sido asesinados en los campos de exterminio nazis. Aunque él era pequeño durante la guerra y su madre trató de protegerlo de esas nefastas noticias, Sagan supo que la pobre mujer sufrió intensamente durante aquellos años, así que conocía de primera mano los nefastos efectos de una ideología extremista. En consecuencia, condenaba los estados totalitarios y dictatoriales. También se oponía a que los gobiernos entrasen a regular determinadas opciones éticas de los ciudadanos, y por ejemplo, con su ponderación habitual, lanzó argumentos en favor del aborto en determinados plazos de la gestación, un asunto por entonces muy sensible en los Estados Unidos, incluso más de lo que pueda serlo hoy.

Sagan junto a una maqueta de las sondas Viking, destinadas a posarse sobre Marte. Foto: NASA (DP)
Sagan junto a una maqueta de las sondas Viking, destinadas a posarse sobre Marte. Foto: NASA (DP)

Sagan y el calentamiento global

Una de las aportaciones científicas más relevantes del inicio de su carrera fue la deducción de cuáles eran las características superficiales del planeta Venus. Hasta entonces se había especulado con la idea de que podía ser un planeta húmedo, siempre cubierto de una capa de nubes de vapor de agua que lo protegían de la radiación solar y bajo la que quizá se cultivaba un clima benigno y favorable para la vida. Una especie de blanco Edén. Pero Sagan descartó esta idea y dedujo que Venus estaba sufriendo un caso extremo de efecto invernadero, que su capa perenne de nubes impedía que el calor saliese del planeta y que por lo tanto su superficie se habría convertido en un infierno capaz de derretir plomo a temperatura ambiente. Sagan tenía razón, como demostrarían más adelante las sondas enviadas a nuestro planeta gemelo, y esa como decimos fue una de sus grandes aportaciones a la ciencia planetaria.

Pues bien, Sagan citaba el ejemplo de Venus para ilustrar que el efecto invernadero es un proceso que no se autorregula, que perfectamente puede salirse de madre porque, pasado cierto punto crítico, se retroalimenta y se acelera hasta convertir un planeta en un horno. A menudo expresó su preocupación por el fenómeno del calentamiento global en la Tierra, considerando que los gobiernos y las sociedades no se lo tomaban lo bastante en serio. Nos recordaba que el efecto invernadero no se corrige por sí mismo, o de lo contrario Venus sería el vergel húmedo que se había imaginado en otras épocas y no el infierno que sabemos que es. Sagan veía las cosas a escala planetaria e intentaba que los poderes públicos las viesen así también. Los procesos de la atmósfera de un planeta nada entienden de intereses económicos o políticos, y funcionan por sí mismos, más si la actividad humana pudiese contribuir a empeorar sus efectos. La sola posibilidad de que así fuese le parecía motivo más que suficiente para prestar mucha atención al asunto.

Sagan y las mujeres

Siempre se consideró un feminista. Aunque públicamente apenas hablaba de su vida personal, sabemos por su correspondencia que le marcó profundamente el destino que habían tenido sus padres. Su madre era una huérfana a la que por su condición de mujer pobre se le había denegado la posibilidad de sacar partido a su potencial intelectual. Su madre fue muy creyente —cumplía escrupulosamente los preceptos de su religión—, y Sagan siempre creyó que las circunstancias le habían impedido poseer una manera de pensar verdaderamente crítica y una vida acorde a sus capacidades, todo por haber sido mujer en el lugar y momento equivocados.

Carl Sagan se casó tres veces y tuvo cinco hijos. Sabemos gracias a su primera mujer que su matrimonio fracasó porque dedicaba demasiado tiempo a su carrera y poco a su familia; probablemente sucedió lo mismo con el segundo matrimonio. Su tercera esposa, Ann Druyan, fue no solamente su relación más estable sino una estrecha colaboradora en el ámbito profesional (de hecho le ayudó a escribir la serie Cosmos). En todo caso, buscó activamente en sus parejas una contrapartida intelectual, una igual, y en privado lamentaba que su madre no hubiese gozado de las mismas oportunidades.

Sagan y los alienígenas

Sagan creía en la existencia de vida extraterrestre —incluso en la existencia de civilizaciones alienígenas— mucho antes de que fuesen descubiertos los primeros planetas más allá del sistema solar. Para él era cuestión de pura lógica: si la raza humana era producto de procesos naturales, y siendo el universo tan grande, por la pura fuerza de los números debían existir otras razas avanzadas en planetas con unas igualmente condiciones favorables para la vida compleja. Ayudó a impulsar el programa SETI y esperaba que tarde o temprano pudieran localizarse indicios de alguna civilización alienígena, consistentes en algún tipo de señal anómala no explicable mediante procesos naturales. Llegó a decir que le fastidiaba la idea de morir sin haber vivido ese momento en que escuchásemos una voz procedente del espacio.

Esa creencia está bastante extendida entre otros científicos y resulta bastante razonable, pero hoy por hoy no se ha detectado la más mínima señal. Como exclamó un día Enrico Fermi: «¿Dónde están?». Si el universo produce civilizaciones con relativa frecuencia, ¿por qué no las detectamos? Todavía no existe una explicación unánime, pero Sagan defendió hasta el final la creencia de que no tiene sentido pensar que somos la única especie tecnológica en el universo, ni siquiera en nuestra propia galaxia. Solamente el paso del tiempo, con suerte, podrá decirnos si Sagan tenía razón. O quizá nunca lleguemos a saberlo. Pero él jamás dejó de acariciar la idea.

Sagan y nosotros

Carl Sagan nos hizo mirar hacia las estrellas y darnos cuenta de la magnitud del universo, en el que ocupamos un rincón infinitesimal. Nos trató, a los ciudadanos de a pie, como a seres inteligentes y a quienes la ciencia concierne tanto como a los propios científicos, porque el universo no es patrimonio de los científicos, sino de cualquiera que pueda alzar sus ojos y contemplar sus prodigios. Gracias a Carl Sagan, la NASA incluyó en sus sondas una cámara fotográfica que pudiera captar el planeta Tierra desde una gran distancia, y todo porque Sagan quería que pudiéramos entender que estamos todos en el mismo barco, la Tierra, y que ese barco es apenas una frágil chalupa en mitad de un océano inmenso. Que las fronteras, ideologías y religiones son simplemente invenciones de unas criaturas que habitan una esfera hospitalaria, iluminada a la distancia justa por una estrella blanca, y que deberíamos preocuparnos ante todo de que nuestra esfera continúe siendo hospitalaria porque la inmensa mayoría del universo no lo es. Sin nuestra pequeña barca, suspendida en mitad de ese inhóspito vacío, no podríamos contemplar el cosmos y experimentar ese sentido de lo maravilloso, que es una de las mejores cosas que tendremos durante nuestra breve existencia.

Al final, lo verdaderamente importante es que Carl Sagan, más allá de su coyuntura y de sus cualidades o defectos personales, mimó y cuidó su mensaje hasta el más mínimo detalle, como un compositor de sinfonías. Lo resumió en una serie de televisión, el más improbable de los medios, y consiguió crear poesía mientras transmitía conocimiento. Y ese mensaje de divulgación es puro, mucho más poderoso de lo que cualquiera excepto él podría llegar a expresar. Nosotros somos insignificantes; el universo no lo es. Y no podría ser más hermoso si fuese de otra manera.

Mira de nuevo a ese pequeño punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Ahí estamos nosotros. Todos a quienes amas, todos a quienes conoces, todos de quienes has oído hablar alguna vez; todo ser humano que alguna vez existió; cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño repleto de esperanzas, cada inventor, cada explorador, cada reverenciado maestro moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí… en una mota de polvo suspendida en mitad de un rayo de sol.

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«Pale Blue Dot», la imagen lejana de la Tierra —el pequeño punto sobre el rayo de luz amarillento— tomada desde seis mil millones de kilómetros, por iniciativa de Carl Sagan. Foto: NASA. (DP)