Miguel Illescas: «Magnus Carlsen es un poco friki; si no lo fuera, seguramente no sería tan bueno»

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La lucha contra el destino, el que dibujan otros, es un tema clásico de la civilización occidental. El ajedrez, infinito en metáforas, abundante en luchas, define un paisaje de mentes solitarias dialogando en silencio. Frente a EDAMI, la academia de ajedrez del Gran Maestro Miguel Illescas Córdoba (Barcelona, 1965), hay una puerta grande, alta, con un motivo vegetal pintado de un verde sobrio, un tanto desganado: es una señal, el portal es humilde, hecho de una madera poco noble que se resiste a su destino de caja de frutas. «Antes seré un portal con intención que una puerta mediocre pintada y repintada», parece decir esa madera vieja y desvaída. Como el portal, Miguel nos cuenta cómo escapó a un destino oscuro, cómo luchó y cómo llegó a ser uno de los mejores ajedrecistas españoles, instalado aún en la élite mundial del juego ciencia.

Cuéntanos cómo empiezas en el mundo del ajedrez, cuándo te das cuenta de que tienes una capacidad especial.

Empiezo a jugar de pequeño, con siete u ocho años. Dicen que para desarrollar tu talento tienes que empezar a los cuatro o los cinco años. En mi caso, entonces, empecé tarde, y al principio, todo hay que decirlo, no presté mucha atención al juego. Recuerdo que empecé porque me puse enfermo de varicela: el vecino de arriba bajaba todos los días a jugar conmigo. Ahí fue cuando empecé a cogerle el gustillo. Luego empezaría a echar partidas con mi padre, que me pegaba palizas tremendas. Un día íbamos 13-0, y gané una yo… Me queda la duda, visto ahora en perspectiva, si fue que me dejó ganar, por aburrimiento.

Y ya fue en un cumpleaños, el 1 de enero del 77, cuando mi padre me llevó a un club de ajedrez. Acababa de cumplir los once. Ese mismo año empecé a competir, y tuve bastantes éxitos durante mis primeros torneos: quedé campeón infantil de Cataluña y estuve a punto de categoría en mi primera competición. Me acuerdo de aquel club, un lugar antiguo, los rivales me echaban el humo a la cara… Era un mocoso. Me atraía mucho la parte científica del ajedrez; tengo una mente muy analítica. Me enganché también porque veía que ganaba. Pero no es que supiera que tenía un don especial, tuve una infancia muy complicada, de la cual casi prefiero no acordarme; no tuve oportunidad de pararme a pensar en esto, en si tenía o no talento.  Estaba siempre muy ocupado haciendo cosas. Luego empecé a trabajar en informática, hasta que me dediqué profesionalmente al ajedrez cuando llegué a Gran Maestro.

Sí recuerdo que hubo un momento en el que tenía una sensación de invencibilidad. Iba a los torneos, a jugar las partidas, sabiendo que iba a ganar. Era superior a los rivales, hacía puntuaciones muy altas. Fue ahí tal vez cuando me di cuenta de que no jugaba mal. Tendría catorce o quince años.

¿Cuándo te das cuenta de que puedes llegar a maestro internacional?

Cuando me dedico profesionalmente es en el año 86. Participé en la Olimpiada de Dubai, y ahí ya jugué con los mejores del mundo, hice un gran papel. Al regresar —entonces tenía una cartera de clientes, una empresa informática— le pasé todo el negocio a mi socio para dedicarme de lleno al ajedrez. Tenía invitaciones de EE. UU., de Asia… torneos por todo el mundo. Era algo irresistible para un chico de veintitantos años. Hay que decir que gané partidas muy bonitas, y me sentí muy bien. Tomé conciencia de que podía ganarme así la vida.

¿Tuviste algún tipo de obsesión por llegar a Gran Maestro?

Todo el mundo que se dedica al ajedrez sueña con llegar a ser gran maestro. Pero esto es como el que quiere dejar de fumar: no basta con intentarlo. Y a mí lo que me pasaba es que tenía tan claro que iba a ser gran maestro que no me preocupaba el título. Era una rutina, algo que iba a conseguir: en el 86 llegó la primera norma y en el 88 ya me dieron el título. Me costó un año y medio.

Sin embargo, tengo un lapso entre los trece y los dieciocho, cuando aparte de a la informática me dedicaba a otras cosas; no aproveché bien unos años que son decisivos en la formación de un ajedrecista. Tal vez hubiera podido llegar a más. Fueron años… no digo que perdidos, pero sí fue una lástima. Ahora veo mis partidas y me doy cuenta de lo que pasaba, de cómo no daba el salto porque no me estaba dedicando seriamente al ajedrez.

Hay una novela en la que un pianista de talento genial está obsesionado porque a los once años pierde seis meses y se dice que entonces ya no va a llegar al tope. Es un poco lo que estás diciendo, alguien como tú, que ha llegado a prácticamente todo en el mundo del ajedrez.

Aunque nunca he hablado de este tema, voy a hacerlo ahora, porque creo que se pueden extraer ciertas lecciones. Estuve algún tiempo rozando el mundo de las drogas, fueron cuatro o cinco años terribles para mi desarrollo ajedrecístico. Al mismo tiempo también estaba estudiando informática, trabajando en varias cosas. Recuerdo que con dieciocho años me contrataron para jugar como profesional en los casinos… La cantidad de horas que perdí contando cartas en el blackjack, y haciendo programas, estadísticas… Inenarrable.

Eres un chico de tu época, de los ochenta, que hubo de buscarse la vida.

Sí, claro. Estudiaba y trabajaba al mismo tiempo. Aprendí a programar enseguida. Cuando el profesor explicaba cómo era yo me decía: «Si esto es como el ajedrez». Tuve la suerte de que el ajedrez me ayudó mucho en toda esa etapa, primero a conseguir un trabajo y luego también a superar una fase perniciosa, a alejarme de aspectos muy negativos. Muchos de mis amigos acabaron muertos; yo salí adelante.

También es cierto que siempre he sido una persona a la que le ha gustado mucho aprender. Una vez asistí a una conferencia donde se hablaba del cerebro humano, donde se decía que aprender cosas nuevas es muy estimulante para el cerebro, se establecen nuevas conexiones neuronales, etc. Supongo que a vosotros, que sois del mundo de la ciencia, también os pasará. Me ha gustado, de siempre, el conocimiento puro. Tenía un profesor que me decía que me tenía que haber dedicado a la física o a la química. Me gustaban mucho esas materias en el colegio.

Para ser bueno en el ajedrez, sin embargo, tienes que ser un fanático, estar obsesionado con ello. Conozco a muchos grandes ajedrecistas. Y fuera del ajedrez por supuesto son personas inteligentes en unos ámbitos, pero no se trata de una inteligencia versátil que puedes encontrar en otro tipo de profesiones; es una inteligencia fanática, especializada en jugar al ajedrez. Y en ganar. Al final es un deporte, se compite; eso lo aleja de la ciencia.

No os voy a engañar, en fin, soy muy competitivo. Los finales de los ochenta, además, fueron muy buenos años para el ajedrez. Había buenos torneos, se cuidaba mucho el juego, tenía mucho prestigio. Veníamos de los setenta, del fenómeno Bobby Fischer, luego la rivalidad KarpovKasparov… Era algo muy popular, salía mucho en televisión. Yo tenía una página en el diario Marca, donde transmitía los torneos, etc. No era como ahora.

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Te sirvió también lo que tuviste que luchar, ese espíritu luchador.

Sí, sí. Mi principal cualidad era que tenía mucho carácter. Y lo usaba en el ajedrez. El otro día me preguntaban en una entrevista, dentro de las charlas que doy con relación al uso del ajedrez en la empresa, qué se le podía decir a una persona que está en paro, qué uso le podía dar al ajedrez. Hay una frase que no sé si he leído en alguna parte, y es que cuantas más dificultades tienes en la vida más fuerte te haces, inevitablemente. Si sabes usar esa fuerza en tu favor, en el momento oportuno, quizá llegará el día en el que podrás resarcirte, aprovechar y usarlo en tu favor. Sin duda, yo era un jugador muy competitivo, gracias en parte a lo que la vida me ha enseñado. Quizá me faltaba mucha escuela, me he dado cuenta después. No porque no trabajara, pero a lo mejor lo hacía en la dirección equivocada.

El primer entrenador que tuve, el ruso Boris Zlotnik, me sorprendió mucho. Yo ya era un gran maestro, y el hombre me hablaba en un idioma que no entendía. Me decía: «Venga, vámonos a correr». Y yo alucinaba… «Cómo que a correr», pensaba. Él me explicaba que teníamos que empezar la mañana corriendo. A cero grados, en León. Luego me decía que teníamos que hablar: «Vamos a hablar de tus rivales». Y comenzábamos el análisis, a desgranar un perfil psicológico que era algo a lo que yo nunca había dado mucha importancia. De pequeño, si no tienes una buena guía, adquieres muchos vicios. Yo, por ejemplo, era experto en aperturas que no valían para nada, aperturas muy malas. Tenía una educación ajedrecística malísima. Es algo de lo que me di cuenta mucho después. Intenté corregirlo… ya en el año 91, 92. Pasé de ser el número cien a ser el número treinta del mundo. Pegué un salto enorme. Me mantuve entre los treinta o cuarenta mejores del mundo  del 92 hasta el 93. Fue el periodo en el que yo jugué mejor. Ahora miro atrás y digo… «¡Qué tarde! Tenía treinta años ya». Pero es que realmente mi vida no me permitió llegar ahí antes: los errores que cometí, la necesidad de trabajar para ganarme la vida, la mala base que tenía.

Vamos ahora a dar un salto hacia el ajedrez en España. Empecemos con una serie de personajes, dinos qué significan para ti dentro del panorama del ajedrez: Luis Ramírez de Lucena.

¿Te refieres al inventor de la posición de Lucena? No lo conozco mucho, creo que no se sabe mucho acerca de su vida. Lo que sí conozco es su famosa aportación, la posición que dio la vuelta al mundo y que tiene un mérito enorme. Hay estudios exquisitos sobre esto. Además, ejemplifica muy bien la esencia del ajedrez, porque lo que lo hace más bonito es la lucha del espíritu contra la materia, el peón puede ganar a la dama, David contra Goliat… Es muy bella la posición de Lucena por cuanto tiene de sencilla.

Siempre, en todas las pequeñas incursiones que he hecho en otros campos aplico una máxima del ajedrez que casi siempre me funciona: las soluciones buenas casi siempre son sencillas.

Ramón Rey Ardid.

Hombre, le tengo un cariño especial. Le conocí personalmente. Era una persona muy educada; es quizá esa la primera palabra que te viene a la mente cuando piensas en Rey Ardid. Era también muy culto, muy modesto y muy estudioso. Tenía además un perfil  académico: como doctor que era, compiló una obra fabulosa, enciclopédica, sobre los finales de partida, una obra que aún hoy sigue siendo una referencia, de las mejores que se han publicado en la historia de la literatura, incluyendo la anglosajona y la soviética.

Arturo Pomar.

También le conozco. He jugado con él. Ahora está jubilado. Tuvo una vida muy difícil. Creo que acabó quizá un poco desequilibrado por las dificultades por las que pasó, lo mucho que abusaron de él, esa agenda imposible a la que le sometían. A un niño no se le puede machacar tanto. Como niño prodigio tuvo una agenda demasiado cargada.

Un Joselito del ajedrez…

Sí… y cuando llegó la hora de la verdad, cuando tuvo que jugar ya con los grandes, no tuvo el apoyo necesario. En aquel torneo interzonal, que era muy duro, él acudió sin ningún analista, cuando todos los jugadores, que eran de élite, iban muy bien pertrechados. En el caso de los soviéticos con todo tipo de ayudantes, masajistas, psicólogos, entrenadores… Arturo no podía competir con eso.

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¿Y Miguel Illescas? ¿Qué significa para el ajedrez español?

No sé… Creo que he hecho alguna aportación a la promoción del ajedrez en España, a su desarrollo. Creo también que siempre he sido muy respetuoso con este deporte. Quizá porque cuando amas algo lo respetas, nos hemos tratado con bastante cariño. Pero no me gusta pensar en pasado. Es mejor pensar en futuro, creo que me queda mucho por hacer todavía.

Sí que estoy en algún aspecto orgulloso, contento de lo que he hecho, siempre sin perder de vista lo que decía antes, que soy una persona muy exigente: conmigo mismo por fortuna, con los demás por desgracia. No estoy nunca del todo contento, siempre pienso que lo podía haber hecho mejor. Me considero un promotor del ajedrez, dirijo la única revista de ajedrez que se hace en España. Hemos desarrollado junto con otra gente como Carlos Penín un portal durante catorce años, www.jaquemate.com, que durante los años 99 hasta el 2012 contó con la colaboración de la Fundación Telefónica… Ha sido una fuente de conocimiento, de cursos gratis. Partidas ahí se jugaron millones, gracias un poco, entiendo, al trabajo que hicimos.

Como jugador creo sinceramente que no he conseguido tampoco nada especial. En España nunca ha habido tampoco un nivel muy exigente, no es Rusia, aun cuando ganar siempre es difícil. Pero, vamos, no voy a pasar a la historia del ajedrez. Pasé la barrera de 2600, cosa que no es nada especial.

[Esto último lo remarca con la misma seguridad con la que se siente pionero en la divulgación del ajedrez, pero nosotros sabemos que no debiera ser tan modesto. Los números no engañan: cuando Miguel consigue pasar esa barrera de 2600 puntos de ELO solo había treinta ajedrecistas por delante de él en todo el mundo. Y aún más importante que ello, Miguel abre la puerta del ajedrez mundial a España. De alguna manera, él representa, para el ajedrez, a la propia transición española desde los años oscuros de la dictadura hacia nuestros días].

En nuestros días tenemos ya grandes ajedrecistas como Paco Vallejo, que fue además alumno tuyo, ¿no?

La palabra alumno aquí… Descubrí a Paco (y digo descubrí porque él tenía cinco años) cuando llegué a Menorca; me dijeron: «Vas a jugar con un chaval que ya verás, ya». Recuerdo que le salí de caballo, a ver qué tal, le jugué un poco raro. Y me jugó muy bien, me hizo cinco o seis jugadas teóricas. Era evidente, claro, que él no sabía que eran teóricas. Pero tenía lo que tenía, he was a natural, que dicen los americanos. Muy pronto conseguimos llevarlo al mundial de edades donde en su primera participación creo que ya quedó tercero. Y lo hicimos sin apoyo de la federación, que no quería llevarle. Conseguimos fondos por nuestra cuenta. Fue de entrenador Javier Ochoa, yo no tenía tiempo.

Paco trabajó mucho el ajedrez, y ha conseguido cosas importantes. Ha logrado estabilizarse, lo cual es muy difícil. Lleva como diez años en la élite. La pena, quizá, es que no ha logrado desarrollar todo el potencial que apuntaba. Algo ha pasado. Tendríamos que preguntárselo a Paco. Hace poco me contó que le costaba ya pasar de esa barrera, que lo intenta, pero que no lo consigue. Llega un momento en la vida en que no basta con querer. Esto lo aprendí yo en un match contra Ljubojević: jugamos ocho partidas. Él me ofrecía tablas, y se suponía que yo, por respeto a las canas, debía acceder. Y me decía: «Oye, es que no basta con querer». Quedamos las ocho veces en tablas. A ese nivel todos trabajan mucho, hay mucho talento, la mayoría tiene muy buenos entrenadores, mucha escuela…  Ya depende de otros factores. Habiendo trabajado con Kramnik te das cuenta de las diferencias entre él y Vallejo. Las hay. Encuentra lo mismo, pero más rápido. Vallejo tiene la capacidad, la encuentra; pero Kramnik la ve enseguida. Creo que en parte es innato.

Antes, háblanos del fenómeno de Magnus Carlsen.

Hice con él tablas una vez, por cierto, cuando era un niño. Se dice que si no les puedes ganar de pequeños luego ya es imposible… Me acuerdo de que era muy tímido. He coincidido en varios torneos con él. Y quizá suene un poco raro, pero es un poco friki; si no lo fuera, seguramente no sería tan bueno. Recuerdo encontrarme con él en un ascensor y el tío ni me vio. Le quería saludar, pero te aseguro que no era consciente de mi presencia. Estaba como en otra galaxia.

Recientemente hemos publicado Magnus Carlsen, campeón del mundo. Tuve que analizar cien de sus mejores partidas. Esto, por un lado, me ayudó a conocerlo mucho mejor; y, por otro, me hizo aún más fan de Carlsen. No de él, sino de su juego. Me fascina. Es un paso evolutivo. Desde Kasparov, que fue el último gran campeón, por decirlo así, hasta Carlsen ha pasado algo.

El otro día me preguntaban quién era el mejor jugador de la historia. Y es Carlsen. Por esto, porque ha evolucionado. Es como comparar un móvil con un ordenador Olivetti de los ochenta. Ha conseguido un juego que de alguna forma integra el conocimiento humano con el conocimiento de las máquinas, y ha conseguido que ese cóctel funcione de forma natural. Nosotros, los de mi generación, o incluso los de la generación de Kramnik, nos hemos acostumbrado a convivir con las máquinas como un mal necesario, casi. Integramos las máquinas en nuestras rutinas: yo estoy en Twitter, me manejo de maravilla, le saco gran partido. Pero no es mi hábitat. Aprendí a escribir con el boli. Carlsen, sin embargo, lo lleva en la sangre. Ha aprendido con los ordenadores. Entonces, integra un cálculo de jugadas que no se ha visto antes, ni siquiera Kasparov o Fischer. Esto suyo nunca nadie lo ha tenido.

Me hacía gracia en una entrevista que leí. Le decían que igualaba partidas de la nada. Y él contestaba: «Bueno, usted cree que están igualadas». A veces ves una partida de Carlsen y te preguntas qué es lo que ha hecho mal el otro, dónde se ha equivocado.

Es verdad que ese estilo profundo, de estrategia que no es comprensible para el resto de los mortales, en Carlsen alcanza una brillantez que se pone de manifiesto de forma esplendorosa. Jugó con Aronian, que es algo mayor que él, y anterior a Kramnik, y es muy curioso, porque está aprendiendo de Carlsen, está adaptando para sí mismo el estilo de Carlsen, el más joven. Fue una partida muy muy buena. Acaba en tablas. Y es tan perfecta que da miedo. Increíble la calidad con la que están jugando.

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Volviendo al tema de la informática, esto de que los niños tienen ahora como hábitat internet, el ordenador… la gran diferencia tal vez sea que para ellos el ajedrez es como un videojuego. Tienen más facilidad para jugar, partidas rápidas, las que quieras. Es casi como un sitio virtual donde desarrollar todos los recursos cognitivos.

Sí, ha evolucionado, y es curioso cómo el ajedrez se adapta a cada época histórica. En el Renacimiento se cambian las reglas, se hace más vivo. Ahora la vida es más rápida, todo es velocidad, correr, actividad, incluso el periodismo está cambiando. El principal componente de los chavales hoy es la práctica. El ajedrez se ha vuelto mucho más concreto. Mi estrategia seguía más conceptos generales, pero ahora los ajedrecistas modernos van más a la jugada concreta, a actuar. También contribuye a eso el que los ordenadores han puesto el ajedrez en el punto de mira. Ahora ya se sabe que hay finales agotados, hay una gran base de datos. Todo esto está influyendo a los nuevos jugadores: un chaval de quince años tiene acceso a cincuenta mil torneos. Los chavales juegan y juegan y juegan. Carlsen, con veintitrés años, tiene un bagaje espectacular.

Ahora bien, cuando yo veía las dos partidas que ha jugado Caruana en Zurich, al ver los inicios de partida yo ya decía: «Se va a meter en problemas». No sabe algo de lo elemental. Cosas muy básicas como que dama y caballo es mejor que dama y alfil; que el alfil que parece muy bueno puede llegar a ser muy torpe en cierto tipo de estructuras de peones… y todo esto Caruana no lo sabe, y acaba haciendo tablas a base de esfuerzo y de cálculo, cuando yo habría hecho tablas mucho antes.

La escuela sí sirve. Ahora bien, en el ajedrez es más importante el cálculo concreto. Una sola jugada mala echa por tierra toda la partida.

El triunfo de la táctica sobre la estrategia.

Pasa en muchos campos, no siempre la persona más formada es la que triunfa. A veces triunfa el más terco. La pasión, la fuerza… influyen igual que la técnica al final.

Te iba a preguntar cuáles son las cualidades, desde el punto de vista cognitivo, que ha de tener un Gran Maestro. En lugar de eso, te voy a dar una serie de conceptos para que los comentes. El primero: la atención  como recurso cognitivo.

El ajedrez te enseña a escuchar. Esto lo decía nuestro querido amigo y colega Jorge Wagensberg. Decía que el ajedrez establece un diálogo entre las personas, y si no eres capaz de escuchar, de ver qué quiere tu rival con cada una de sus jugadas, no vas a poder ser nunca un buen jugador. Tienes que estar siempre consciente, siempre despierto.  Algo que los maestros hacemos de modo rutinario y que el aficionado no hace: yo cuando hago una jugada tengo un mecanismo, una especie de piloto automático que me hace pararme a pensar si estoy cometiendo un error, si me estoy dejando algo. El ajedrecista profesional, a fuerza de práctica y disciplina, desarrolla una serie de automatismos que mantienen esa atención al nivel necesario para evitar los tropiezos. El ajedrez es muy cruel en ese aspecto: un solo error y te echa por tierra toda una fantástica labor previa.

La pasión.

Para mí la pasión es imprescindible, porque creo que no se puede llegar a ser un gran jugador si no tienes pasión. La pasión es disfrutar. A veces, las palabras las utilizamos sin darles un contenido concreto. Recuerdo que cuando empezaba a jugar, también en exhibiciones, la impresión que yo daba era de estar pasándomelo bien. He conseguido pasármelo bien con mi trabajo. La pasión se puede buscar, se puede perseguir, y está muy relacionada con la felicidad en la vida.

La rapidez.

La rapidez mental es un lujo, no todo el mundo la tiene. En mi caso, no me considero una persona especialmente rápida y brillante. Lo compenso con otras cualidades. Por ejemplo, sé elegir el camino. Ahora casi siempre enfrento un problema del modo adecuado, tal vez me cueste tres segundos más que a otro, pero tal vez ese otro no elige tan bien como yo. Creo que la rapidez está algo sobrevalorada. Es más importante, creo, el acertar con los métodos, cuestiones como la actitud.

La belleza.

Belleza y pasión van muy unidas. Si no hay belleza es difícil que surja la pasión. La persona que juega al ajedrez y no aprecia su belleza es un infeliz en el sentido de que pierde algo muy valioso.

De todos modos, lo decía Carlsen, la belleza no es un objetivo en sí mismo.

La lógica, el pensamiento lógico.

La lógica es imprescindible, por mi naturaleza, en mi caso. Pero he visto a jugadores que llegan al mismo sitio sin usarla. La creatividad y la lógica a veces van unidas, pero a veces la lógica también va asociada a la rutina, que se pelea con la creatividad. La lógica es algo de lo que no se debe abusar.

Recuerdo una temporada, cuando empecé a trabajar con Alexei Shirov: la propia mesa era un caos. Encontrar el tablero, las piezas, el café, el ordenador, papeles por todas partes. «¿Cómo puedes trabajar aquí?». Comenzábamos a trabajar sin orden, sin ningún tipo de programa ni objetivo ni método. Pero los resultados salían. Era su forma de trabajar.

La creatividad.

Casi te lo he dicho ya: marca un poco el punto donde algunos no llegamos. Creo que es algo innato. Puedes pasarte horas buscándola… Es imprescindible. Cuando buscas jugadas buenas casi siempre acabas forzándote a ser creativo. Eso sí, se requiere ser valiente.

La valentía, el ímpetu, la audacia.

Parece que he leído tu guión, voy anticipándome… El valor va asociado, el no tener miedo al fracaso, a la creatividad y un poco a la gestión de las emociones, al éxito. Los jugadores que no asumen riesgos se quedan en un nivel medio. Se puede ser muy bueno, pero no llegar al tope.

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Acabamos la lista con la última de las muchas más que pensábamos preguntarte: saber perder.

Capablanca decía que se aprende más de una derrota que de cien victorias. Todos de pequeños creo que hemos llorado cuando hemos perdido alguna partida. La derrota en ajedrez duele mucho porque es algo muy tuyo. Además, cuando pierdes sabes que tenías que perder, que es de justicia, no hay paños calientes, no puedes hacer nada. Y es una de las cosas que tiene buenas el ajedrez en la educación. Te enseña a perder.

La única terapia que yo conozco contra la derrota es comprender por qué has perdido. Ahora ya no se estila tanto, pero toda mi vida al acabar la partida hacía el análisis post mortem. Ese análisis, aparte de lo que tiene de ejercicio intelectual es una terapia psicológica. Es algo que si se hace bien, si se logra convertirla en experiencia positiva, es muy valiosa. La derrota son nuestros demonios, nuestro aspecto feo, todo lo que hacemos mal. Y hay que enfrentarse a ella. El ajedrecista acostumbra a convivir con ella, aunque todo el mundo no lo lleva tan bien.

Recuerdo que tuve una época en la que enfermé porque no soportaba la tensión, tuve que aprender a aceptar la derrota. Y empecé a perder. Bajé del puesto treinta al cien, pero mi cuerpo agradeció la renuncia. Mi cuerpo no daba más de sí.

Pero me acuerdo por ejemplo de Kramnik, de la época en que trabajamos juntos, la derrota no estaba en el programa. Era un invitado que no podía entrar en casa. Y de Bobby Fischer es aquello que se cuenta, cuando le preguntaban si perdía, contestaba: «No me hablen de perder, no quiero hablar de eso».

El Gran Maestro Rowson tiene unos libros maravillosos para mi gusto. Habla de dos cosas que me interesan mucho: una, del sentido cómico de la posición, cómo quedan las piezas del contrario después del mate; otra, que tú también mencionas, es la idea de hablar con las piezas.

Rowson escribe muy bien, a mí me gusta mucho. Ajedrez para cebras, y otro que es Los siete pecados capitales. Para posición cómica la que tuvo Rowson conmigo [risas]. Jugamos una vez. Él jugaba con blancas y, en un momento dado, en un día inspirado, le monté un enroque largo. Y acabó con los caballos en «a1» y en «b1»… Fue una posición donde todo era absolutamente patético. Igual le inspiré para su libro.

El humor y el ajedrez, ya en serio, tienen poco que ver. No hay espacio para esos caprichos. Recuerdo que tenía un amigo que tenía setenta y cinco años y me llamaba: «¿Cómo puedo mejorar?». Y yo le decía que se tranquilizara ya, que se dedicara a disfrutar, que se divirtiera y dejara de intentar aprender.

Un ajedrecista, igual que un director de empresa, tiene que ser capaz de dos cosas: capaz de ver la posición como un todo y capaz de ver cada elemento de forma individual e independiente, y además de forma simultánea. Una torre quiere una columna abierta. Hay que ver la foto global y la foto de cada uno de los elementos.  Las piezas es verdad que tienen mucho que decir, hay que hablar con ellas.

Conectado con esto, en las simultáneas había un momento en que hablabas con un jugador, había un diálogo. ¿Cuando juegas al ajedrez estás conversando?

Tristemente, en ajedrez no se puede hablar. Es una de las cosas más difíciles de sobrellevar. Cuando se acaba se tiene la necesidad de comentar cosas. Creo también que por eso el ajedrez es tan interesante a nivel intelectual, porque es un diálogo en el que tenemos que adivinar qué está diciendo el otro. Es una conversación que no para, incesante.

Cambiamos completamente de rumbo ahora: ajedrez y escuela. Tú tienes mucha experiencia.

[Se levanta y coge algún libro de una estantería] Esta es nuestra colección, la que editamos aquí en mi escuela. Veréis que hay muchos ejercicios que no son de ajedrez. Es porque pensamos que el ajedrez realmente tiene que servir al ámbito escolar como herramienta de desarrollo intelectual, no para aprender ajedrez porque sea un juego muy bonito, sino porque te da una base para lengua, por ejemplo, para matemáticas, aritmética… Yo ahora lo veía con mi hija, que se ve que en cálculo mental no anda muy bien, y me decía que le tengo que enseñar ya. Cuando cambias una pieza por otra es una operación aritmética, cuando cambias un peón por iniciativa ya ni te cuento lo que eso significa a nivel mental. ¿Qué asignatura te enseña a valorar lo intangible como el ajedrez?

El ajedrez, siendo un juego relativamente simple de enseñar, tiene unos componentes educativos extraordinarios, tanto desde el punto de vista práctico, de formación del carácter, de toma de decisiones, como desde el punto de vista puramente intelectual. Te va a costar encontrar una disciplina que te enseñe lo que el ajedrez de una forma tan limpia. Son dos mil años de historia. Un juego inventado por el demonio [risas].

¿Qué hilos hay que mover para que el ajedrez pudiera entrar en las escuelas de una manera más directa?

Bueno, es una cuestión más de tiempo, creo. Y por supuesto de empeño de todos los que estamos en ello. Recientemente, no sé si lo habréis oído, el Parlamento Europeo dictó una resolución por la cual insta a los Estados miembros a adoptar el ajedrez como asignatura lectiva en los centros escolares. Se han dado pasos en muchos países. En Alemania se llegó a monitorizar esa experiencia en un aula. Los alumnos que daban esa hora de ajedrez estaban progresando más claramente en el resto de asignaturas y una serie de capacidades que se medían que los que no tenían esa hora semanal.

En España, en la Universidad de la Laguna, se publicó un estudio fantástico que incluso iba más allá, profundizaba en cuestiones de gestión emocional de los chavales, no solamente las puramente intelectuales. Los resultados fueron muy positivos. Las evidencias están ahí. Es además un deporte muy barato. Pero hace falta voluntad política, y ahí ya… Este tipo de iniciativas en educación están trasferidas a las CC. AA., con lo cual han de ser aprobadas por mucha más gente. Las cosas de palacio van más despacio. Sería fundamental, permitiría enfoques pedagógicos nuevos. Fijaos en que el título de colección es «El ajedrez enseña a pensar».

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Relacionado con lo que acabas de decir, en 2012 publicas el libro Jaque Mate en donde intentas analizar estrategias de pensamiento y acción para emprendedores. Me ha gustado que tu planteamiento va más allá de las analogías básicas con el ajedrez y lo que trata más bien es de utilizar la manera de pensar que exige el ajedrez para poder descubrir qué planes de futuro necesitas en tu negocio o en el mundo real.

Es un libro que escribí con mucho cariño.

Se nota.

Sí, bueno, pero lo escribí también atendiendo a una serie de requisitos que me hizo llegar el editor. Lo tenía que entregar en mayo, y me costó mucho. Lo conseguí, sí, pero en mayo del año siguiente… [risas]. Fue un problema, creo que perjudicó al libro, el que me dieran una extensión a la que tenía que acomodarme. Luego traté de acortarlo y al final queda muy esquelético, muestra las ideas desnudas… y esto vale para según quién. Se podía haber trabajado mucho más. Hay quien me ha dicho: en este libro das muchas ideas, y solo con una de ellas podía haberse hecho un libro. Aunque tenía que estar en principio más orientado a la empresa acabó siendo algo de carácter mucho más general. Como soy tan puñetero conmigo mismo, como no me gusta hablar de lo que no sé, quise hacerlo todo yo. Y como  tengo ciertas limitaciones en ciertos campos, estas acaban apareciendo en el libro. No usé a nadie. Es un libro muy sintético, con muchas anécdotas. Creo que para alguien interesado por conocer a un ajedrecista, el mundo del ajedrez por parte de alguien que lo ha vivido sí es interesante en el sentido de que va a encontrar un montón de ideas que luego hay que ver cómo se desarrollan.

Cuéntanos cómo estás viviendo esta experiencia de la empresa utilizando los recursos del ajedrez.

El mundo real es mucho más complicado que el ajedrez. Esto lo discutía una vez con Kramnik, que decía que el ajedrez era lo más difícil. En el ajedrez los muñecos van donde les dices, hay unas reglas. En una empresa intervienen elementos que no son cuantificables o medibles. Aunque lo hago con mucho interés, lo cierto es que me genera mucho trabajo el tener que dar charlas y demás. No tengo recetas milagrosas. Me gusta más cuando me invitan a dar charlas sobre ajedrez e inteligencia emocional. Esto lo domino mejor. Pero llevar el mundo del ajedrez a la empresa es algo que no lo puede hacer cualquiera. Lo seguiré haciendo, porque me gusta, y creo que tiene un valor.

Ya estamos llegando al final: ajedrez y ordenadores. Has sido testigo de excepción, ¿cómo fue la experiencia desde el punto de vista personal, el verse metido dentro de un mundo de científicos locos programando sus algoritmos y tú, como Gran Maestro, dándoles ideas?

Son dos años de mi vida que yo suelo resumir en conferencias de dos horas. Ahora me pides que lo haga en dos minutos… En el libro hablo bastante de este tema. Fue una experiencia fabulosa. Ahí aprendí qué es trabajar para una gran empresa. Trabajar para IBM fue increíble, la cultura del trabajo, el respeto, los medios con que se contaba… Cuando llegó el día D yo estaba absolutamente maravillado. Había una chica de comunicación que era la que de verdad cortaba el bacalao y te miraba y te chistaba: «Chst, no te rías, ¿eh? Nosotros somos una empresa seria» No querían aparecer como los malos. ¡Y me lo pasé tan bien! Aparte, fui testigo de un hecho histórico. Sentí pena por Kasparov, jugó muy muy bien. Para mí era el mejor jugador. Tenía sangre, era de carne y hueso. Era como ver a un monstruo desvalido.

Lo cierto es que se hizo un gran trabajo. Yo puse mi granito de arena… pero ahí Murray Campbell, por ejemplo, supo transformar en números conceptos ajedrecísticos. Conseguimos hacer cosas pioneras.

Os pongo un ejemplo. Vosotros que jugáis ajedrez lo vais a entender: ¿Cuánto vale un caballo? Vale tres peones. Pero si yo tengo una casilla débil cerca de mi rey, tu caballo, aunque esté lejísimos, ya no vale tres. Es un enemigo que ahora vale mucho más. Esto se te tiene que ocurrir, lo tienes que saber programar… Deep Blue fue el primer proyecto donde la tecnología alcanza su máximo esplendor: vamos a meter ideas humanas en un robot.

Los programas actuales, que calculan millones de jugadas por minuto, si tú les quitas el conocimiento lógico de estructura de peones y de patrones que durante estos últimos años se han ido acumulando no jugarían tan bien.

Eso que dices es muy interesante porque sabes que en la inteligencia artificial la programación de ordenadores siempre fue por los dos caminos: la fuerza bruta y la heurística basada en conocimiento. Y lo que dices ahora es que finalmente ha sido la integración de los dos caminos lo que ha hecho que realmente se pudiese lograr el triunfo total.

El precursor fue Deep Blue, y el sucesor es Magnus Carlsen [carcajada].

Creo que si jugara ahora Carlsen con Houdini, desde mi perspectiva, no podría hacer nada. ¿Qué piensas tú?

Es una pregunta interesante. Creo que las máquinas están sobrevaloradas. Llega un momento en que hoy en día cualquier aficionado enseguida dice: «tiene la partida ganada». Y no, a ver, la máquina da una valoración de +1.5 pero con un buen juego resulta que acaba con un caballo contra rey, que está fuera del horizonte de la máquina, y no está ganada, la partida acaba en tablas. Muchas veces se trata injustamente a los jugadores. Y yo, modestia aparte, que soy un experto en interpretar el juego de la máquina, la relación con el humano y tal, veo que casi siempre somos injustos con los jugadores, que muchas veces tienen ellos razón. El problema es que el ajedrez es un deporte y como tal premia la regularidad, el cansancio se paga. Carlsen podría hacer tablas con Houdini. Ganarle no. Los errores que comenten las máquinas son tan imperceptibles, y luego la defensa es tan tenaz, que está más allá de la capacidad del ser humano.

Hay todo un equipo humano que ha sabido plasmar un conocimiento.

Me gustaría que todo ese trabajo sirviera para algo. No sé si conocéis ese cuento, creo que es de Asimov, donde preguntan a la máquina si existe Dios, y contesta: «Ahora sí».

Juego, arte, ciencia… ¿Con qué te quedas?

Antes, cuando me ibas a preguntar qué se requiere para ser Gran Maestro, te iba a contestar que de esos tres tienes que tener dos muy buenos. Si tienes dos de tres eres alguien. Con uno solo no basta. Yo soy sobre todo científico, un científico que intenta dar valor al componente humano, por mi trabajo y por toda la experiencia que he vivido. Valoro mucho el arte en ajedrez, aunque me cuesta producirlo. Y, desde luego, soy un gran competidor. Es muy difícil decidir. Soy científico, ya lo he dicho.

Con qué definición de ajedrez te identificas más, ¿con la de Lasker de lucha, con la de Fischer de vida, la de Tarrasch de felicidad?

Desde luego con la de Fischer no. Siempre tuve claro que el ajedrez era una parte de mi vida pero no mi vida entera. Ahora que tengo una hija aún más. Soy un gran admirador de Lasker, por su aportación, porque jugaba también al bridge, me gusta que supiera de algo más que de ajedrez, yo juego al blackjack, me siento identificado tal vez… Creo que me quedo con la suya. La lucha.

¿e4 o d4?

Tengo una revista que se llama Peón Rey.  Creo que es la mejor jugada, matemáticamente. El peón de rey se dirige él solo al abismo.

En el último campeonato de España, te enfrentas a Olga, tu mujer. Si ganas vuelves a alzar la copa de campeón, si haces tablas no, pero tu mujer puede entonces conseguir norma de Gran Maestro. Tus tablas con Olga, en el campeonato de España, ¿es un éxito en la vida?

[Risas] Mi matrimonio es un éxito en la vida, sin duda.

Miguel Illescas para Jot Down 6


Ajedrez: seis piezas y un mercado inmobiliario

Piezas

¿Es el ajedrez una mera colección de figuras de madera sin personalidad propia, o cada una de ellas —por lo que pueden hacer y por lo que no— podrían representarnos, e incluso caernos mejor o peor, a cada uno de nosotros? ¿Valen siempre más las torres que los peones? ¿Valen todos los peones lo mismo? ¿Es el rey siempre tan débil? ¿Es siempre la dama tan fuerte? ¿Son todas las casillas igualmente importantes? ¿Es el tablero solamente un tablero, o es realmente un mundo en miniatura?

El peón

Si el ajedrez es un juego monárquico —y sin duda lo es porque el rey es la pieza más importante y la reina la más poderosa— entonces podemos decir que el peón es el equivalente sobre el tablero del obrero o del campesino. Y además es la pieza revolucionaria por excelencia. Como en la vida, si se produce una rebelión para derrocar al rey y la reina, son los peones quienes la protagonizarán. Porque aunque el movimiento del peón es el más limitado y su poder ofensivo muy débil… reúne dos cualidades que lo hacen único.

Por un lado, el peón es capaz de asociarse con los demás peones y así adquirir —mediante la organización— esa fuerza del pueblo llano cuando decide unirse. Si el peón desarrolla una consciencia de clase y se une a sus compañeros, puede adquirir una sorprendente fuerza. Un peón rara vez puede hacer grandes cosas por sí solo, pero cuando trabaja codo con codo junto a sus compañeros es capaz de inmovilizar e incluso de destruir a la más temible de las piezas enemigas. Los peones pueden edificar una muralla que ninguna otra pieza es capaz de romper. Philidor, teórico del ajedrez y casualmente —o no tan casualmente— campeón hegemónico de ajedrez en la Francia inmediatamente anterior a la Revolución de 1789, lo resumió en una frase que parece hablar tanto de los escaques como de la vida misma: “los peones son el alma del juego”.

Peon
Un peón puede convertirse en reina, así que nadie es insignificante en el ajedrez.

Para ser sinceros, no existe una estricta democracia sobre el tablero de ajedrez, que no deja de ser el escenario de una guerra en la que combaten dos ejércitos fuertemente jerarquizados. Pero, a pesar de todo, el pueblo sí tiene una voz, y la tiene a través del peón. La clarividencia de Philidor fue rescatada en el siglo XIX por Wilhem Steinitz, máximo impulsor de las estrategias modernas del ajedrez, estrategias basadas en el orden y la lógica. El campeón alemán cultivó una filosofía que sigue imperando en el ajedrez de hoy en día: si el juego  es como una guerra que enfrenta a dos naciones, la mejor forma de obtener la victoria es contando con el pueblo y dándole, cuando es posible, un papel preponderante. Crear una sólida estructura de peones sobre el tablero, en la que cada uno de ellos apoye al de al lado, es una de las bases fundamentales que garantizan la victoria. Una estrategia de ajedrez, como una nación, sólo resulta sólida cuando los peones se sienten lo bastante fuertes como para colaborar activamente en el resultado final. Y esa fuerza proviene del apoyo, de la colaboración, de la solidaridad. Así, Steinitz llevó la teoría del Estado moderno a la que —antes de él— fue la caótica sangría medievalizante del ajedrez, donde los peones habían sido como carne de cañón que podía sacrificarse sin demasiados remordimientos. Cuando Steinitz comenzó a vencer a todos sus rivales —algunos, celosos y consumidos por la envidia, le acusaban de efectuar un juego “poco caballeroso” cuando quizá, en el fondo, querían decir “poco caballeresco”—demostró que el pueblo, unido, no puede ser vencido.

Pero hay, además, otra vía por la que el peón puede causar una auténtica revolución sobre el tablero, y esta vía es su capacidad para coronarse. Aunque el peón avanza lentamente, paso a paso, y siempre sometido a constantes peligros —especialmente cuando se encuentra aislado—, cuando consigue llegar la octava fila, alcanzando así la retaguardia del enemigo tras la heroica odisea de atravesar todo el tablero, obtiene una invaluable recompensa. En ese mismo momento, el peón se “corona” y puede elegir en qué pieza convertirse. Naturalmente, por lo general se elige la más fuerte, la reina. Así, partiendo desde lo más bajo, un peón puede emular la carrera de todo un Napoleón Bonaparte y transformarse finalmente en un poderoso general capaz de decidir toda una batalla… y de sentarse en el trono.

Uno de los errores básicos que suele cometer el ajedrecista novato —aún más novato que quien escribe, quiero decir— es el desestimar la importancia de los peones. Habiendo tantas piezas más poderosas que un peón sobre el tablero, el jugador incauto puede llegar a creer que la pérdida de un único peón no se notará ni tendrá importancia en el desarrollo de los acontecimientos. Pero cuando la ausencia de ese anónimo campesino impida la creación de un frente defensivo disciplinado e infranqueable, o cuando ese campesino no esté allí para interponerse ante un campesino enemigo que está a punto de coronarse en nuestra propia retaguardia… es entonces cuando ese ajedrecista novato descubre la terrible verdad: en ajedrez, como en la vida, desestimar al pueblo conduce casi con toda seguridad al desastre.

El alfil

En algunos lugares del mundo también llamado el “obispo”, es la pieza más sinuosa y taimada del ajedrez. Se mueve y ataca siempre en diagonal, lo cual tiene sus ventajas y sus desventajas, pero también define toda una forma de ser.

Su ataque diagonal le permite ejercer una de sus tácticas predilectas, el ataque cortesano, rápido e inadvertido y frecuentemente a traición. El alfil puede, por ejemplo, recluirse en “fianchetto”. Esto es, ocultándose del alcance del enemigo resguardado entre la sólida escolta de varios peones. Allí, vemos al alfil aparentemente inactivo y lejos del fragor de la batalla: es efectivamente el obispo que contempla las hostilidades desde la seguridad de una ventana del castillo. Pero no está realmente inactivo, sino esperando, como un Maquiavelo o un cardenal Richelieu… aguardando a que llegue su momento. Parece silencioso y ausente cuando la batalla está en lo que llamamos el “medio juego”, esto es, el punto álgido de la lucha, cuando se derrama más sangre y cae un mayor número de combatientes. En la fase intermedia de la partida, a veces ocurre que la compleja multitud de piezas que van y vienen espada en mano suele dificultar que el alfil se mueva cómodamente y este permanece en su fianchetto. En estos casos podría dar la impresión de que el alfil, tan cobardemente escondido, ha desaparecido y ha abandonado a los suyos a su suerte.

Pero cuando llegamos al final de la partida, cuando la batalla está empezando a despejarse y las diagonales empiezan a quedar limpias de piezas, el astuto y ladino alfil demuestra que ha pasado mucho tiempo planeando su entrada en acción, la cual suele acarrear sorpresas muy desagradables para el adversario. Si se despeja una diagonal, el alfil abandona su escondite y emerge la más notable de sus virtudes: la capacidad para atacar por sorpresa, lanzando un flechazo en la distancia que generalmente sorprende por lo inesperado y dañino. Las artes del obispo han pescado a los fieros soldados enemigos en la distancia: es el francotirador del ajedrez, el hombre que aguarda entre las sombras. Un alfil bien utilizado puede ser el arma predilecta del jugador que gusta de proyectar con anticipación la batalla sobre un plano, el que reserva a su Maquiavelo en un inadvertido rincón para que, en el momento menos pensado y cuando su enemigo camina por el pasillo en que lo estábamos esperándo, aparezca ese obispo de entre las sombras blandiendo un puñal envenenado. Lo dijo Tarrasch: “el futuro pertenece a quien es dueño de los alfiles”.

Fianchetto
Fianchetto: el escondite desde donde el alfil —el Maquiavelo y francotirador del ajedrez— puede eliminar piezas que están al otro extremo del tablero.

Pero si en el juego medio hay una diagonal libre que le deja sitio para moverse, un alfil que controle esa diagonal es la más afilada de las piezas, porque puede eliminar, inmovilizar y amenazar a cualquier otra. A veces, incluso mejor de lo que pude hacerlo la temible reina. El alfil no es tan exageradamente valioso como para tener que protegerlo a toda costa, como sí ocurre con la dama, que precisamente por ser tan poderosa vale tanto que a veces el jugador ha de protegerla, de manera incluso timorata. Un alfil en una diagonal abierta, es un “alfil bueno”, algo muy peligroso en manos de quien sepa utilizarlo bien.

Pero el alfil también tiene sus debilidades. Cuando las partidas nunca llegan a una fase abierta, cuando no hay diagonales libres y todo se resuelve en una maraña de piezas que se acumulan en posiciones trabadas, el alfil podría llegar a resultar casi completamente inútil, especialmente cuando queda —sin pretenderlo— aislado de la batalla en una esquina desde la que ya no puede lanzar sus flechas. En tales casos, cuando es bloqueado por otras piezas, se convierte en lo que llamamos un “alfil malo”. Ahí, su poder para decidir cuestiones importantes en la batalla desaparece. De hecho, la capacidad del alfil para esconderse puede volverse en su contra, si de repente la puerta del escondrijo se cierra ante sus narices y queda atrancada desde fuera. No hay astucia sin posible contrapié.

Aun así, por lo general, los grandes jugadores han acostumbrado a preferir la sutileza a larga distancia del alfil sobre la maniobrabilidad a corta distancia su teórico equivalente en valor: la caballería.

El caballo

Es la única pieza que no se mueve ni ataca en línea recta o en diagonal, sino que lo hace trazando una retorcida “L”. Es también la única pieza capaz de saltar sobre las demás, ya sean amigas o enemigas, por lo que no necesita que se abran pasillos por los que transitar. Si en las guerras reales la caballería resulta más efectiva a campo abierto, en el ajedrez es justamente lo contrario. Allá donde hay posiciones enquistadas en las que otras piezas encuentran dificultades para maniobrar, sin pasillos ni diagonales despejados, el caballo se encuentra como en su salsa. Allá donde los demás apenas pueden avanzar, el caballo saltará alegremente de una casilla a otra, creando súbitas amenazas como la “horquilla” (atacar dos piezas a un mismo tiempo). Por ejemplo, pocos jaques hay tan terribles como el de un caballo que aparece de un salto, dando jaque al rey y al mismo tiempo atacando a una pieza mayor que estaba relativamente alejada de la zona de peligro. En tal caso, la pieza mayor puede darse por muerta, aunque se hubiese creído segura detrás de algún parapeto.

Caballos
El caballo puede ser el peor enemigo del ajedrecista principiante… o su mejor amigo, si su rival es principiante también.

El caballo es como el zapador o el ingeniero de un ejército: construye puentes, cava túneles, atraviesa muros, incluso en ocasiones revienta paredes con una súbita explosión en la que sacrifica su propia vida para demoler la infranqueable estructura de peones del contrario. Es una pieza muy valiosa cuando las trincheras son laberínticas y profundas. En cambio, cuando la batalla se despeja y los francotiradores a larga distancia —como el alfil— empiezan a dominar el horizonte, el caballo pierde gran parte de su poder. La capacidad para saltar a corta distancia, tan necesaria en la guerra de trincheras, lo hace lento e inefectivo si la batalla se desplaza a campo abierto. Además, un caballo suele resultar muy poco útil si se queda demasiado tiempo inmóvil en el mismo lugar, al contrario que el alfil, que hace del atrincheramiento una de sus mejores armas.

Pero el caballo es importante también en otra fase: la apertura de la partida, cuando es la única pieza que puede salir de su posición inicial incluso antes de que ningún peón se haya movido. Como el caballo puede controlar el centro del tablero con un único salto, es un perfecto explorador que puede escoltar a los peones en sus primeros pasos hacia el control del tablero. Es raro que un jugador experto cometa grandes errores en la apertura, pero para un jugador novel —propenso a ciertas inexactitudes en la fase inicial— el salto de un caballo contrario puede llegar a ser un movimiento tan inesperado como terrorífico, ya que el jinete explota con facilidad la existencia de casillas débilmente defendidas y es muy hábil amenazando “desde la nada” a piezas incorrectamente situadas. A este jugador inexperto, el extraño patrón de movimiento del caballo le resulta difícil de anticipar, su manera de crear laberínticas jugadas en rincones inverosímiles se le antoja casi mágica, y el uso de la horquilla atacando a dos piezas a la vez le parece ilógico y espeluznante.

Aunque muchos jugadores suelen preferir el alfil —teóricamente igual de valioso, pero más efectivo en la distancia y más confiable a largo plazo— el caballo siempre puede jugar un papel decisivo en partidas complejas. Y más en el ajedrez amateur, sobre todo si está en manos de jugadores imaginativos que vean rápidamente la manera de sacar partido a los errores de su adversario. La aparente “irregularidad” del patrón de movimiento del caballo favorece a quienes tienen una visión más inmediata de las sutiles telarañas geométricas del tablero. Ya lo decía Capablanca: “cuanto más débil o inexperto es el jugador, más terribles le parecen los caballos”.

La torre

Si en la guerra que se desarrolla sobre el tablero de ajedrez hay un equivalente del moderno tanque, ése es la torre. Su ataque frontal y arrollador resulta mucho más evidente y fácil de prever que por ejemplo el del alfil, pero es también más demoledor. Es una pieza poderosa, pero más que ninguna otra tiene su momento y no conviene usarla antes de hora. Rara vez sirve para algo al inicio de un partida, pero rara vez no resulta decisiva al nada al final. En esa fase final ya quedan pocas piezas sobre el tablero y existen muchas filas y columnas abiertas a modo de carreteras, por donde nuestros dos tanques pueden circular libremente sembrando el terror entre las filas enemigas.

Sin embargo, hasta que llega ese final, las torres suelen permanecer aparcadas en nuestra propia primera fila durante buena parte del juego. Y allí en su “garaje” deben quedarse, salvo que una circunstancia extraordinaria requiera de sus servicios antes de hora… cosa poco habitual. Generalmente una de las dos torres forma parte del enroque, el castillo donde se refugia el rey. De hecho, ambas torres guardan al monarca durante las fases iniciales y medias del juego. Son los dos tanques de su escolta y se limitan a contemplar la batalla con el motor apagado. Incluso los alfiles pueden salir antes de sus escondites, pero la torre debe esperar. Necesita amplias autopistas para llegar a su destino.

Torres
Las torres no parecen muy astutas, pero si encuentran el camino despejado, arrasan todo cuando hay a su paso.

Así, en el momento en que la batalla está cerca de terminar, cuando muchas piezas han desaparecido y las carreteras comienzan a quedar despejadas, los tanques abandonan su hangar… y es entonces cuando su marcha se torna aplastante. Arrollarán a los pocos enemigos que aún queden en pie, y harán huir al resto de las tropas. Al final de la contienda, cuando ambos tanques arrancan sus motores y avanzan de manera coordinada, no habrá forma de que el enemigo consiga responder a su asalto. Las torres finalizan mediante la fuerza bruta lo que las demás piezas han estado consiguiendo a base de milimétricas maniobras a lo largo de la partida.

Pero esa necesidad de una carretera en condiciones es su única debilidad. Decía Samuel Reshevsky que “la única torre buena es la torre en movimiento”. Estos dos tanques del ajedrez necesitan acelerar, avanzar durante una cierta distancia para causar daño. En las distancias muy cortas, salvo contadas excepciones, suelen resultar menos temibles y más vulnerables, porque resultan más fáciles de esquivar y boicotear. Imaginemos a un soldado de infantería situado justo al lado de un tanque: si es astuto, el tanque nunca podrá hacerle nada. Pero si ese mismo soldado está, no pegado al tanque, sino a cuarenta metros de distancia, visible y desguarnecido en mitad de una carretera… si el tanque empieza a acelerar apuntándole con el cañón, el soldado no tiene ningún futuro.

¿Cómo hacerles frente? Una partida compleja y repleta de piezas, de esas que tanto entorpecen la vida a los alfiles, resulta todavía más incapacitante para las torres. Porque incluso en esa clase de partidas los alfiles cuentan con la posibilidad de colarse en diagonal por algún resquicio desatendido, pero las torres no. Los tanques, decíamos, necesitan un carril bien despejado… y una de las cosas más fáciles de conseguir en ajedrez es obstaculizar un carril que el enemigo pretendía utilizar. Basta un único peón bien colocado para cortar toda una carretera.

Por todo esto, las torres son especialmente peligrosas en manos de jugadores experimentados, de esos que juegan con precisión milimétrica los finales con pocas piezas. En esos finales, una pareja de tanques es tan terrible que ni la dama podría pararles los pies.

La dama

Decía un texto medieval que “cuando vi a mi reina partir, ¡ay! No pude seguir jugando”. Decíamos que el ajedrez es un juego monárquico, pero es también un matriarcado. La dama, la reina, es la pieza más poderosa del juego. Puede efectuar cualquier movimiento posible para cualquier otra pieza —excepto el salto del caballo y el ataque del peón “al paso”— por lo cual es también la pieza más valiosa en la batalla. El rey sólo es más valioso en la teoría; su valor, decimos, no se puede calcular. Pero allá donde el rey es débil y vulnerable, la reina es fuerte y todopoderosa. Si el rey ostenta un título honorífico pero por lo general se limita a dejar que otros lo defiendan, es la reina quien gobierna y dirige a las tropas en la práctica.

La dama puede atacarlo todo y a todos, y allá donde vaya, allá donde se sitúe, su sola presencia cambia instantáneamente la naturaleza de la batalla en curso.  Resulta muy difícil defenderse de ella; también resulta complicado bloquearla en algún rincón y casi imposible inutilizarla por completo. No es menos difícil intentar quitarle la vida, lo que siempre requiere un complicadísimo plan… o un fallo muy garrafal del contrario. Hay pocos rincones a donde la dama no pueda llegar y pocos fragmentos de muralla que sean completamente inmunes a su poder. Reúne, en un solo cuerpo, la fuerza de los tanques y la sutileza de los alfiles. Vale más que todos los peones juntos. Vale más que los dos caballos juntos. Vale más que los dos alfiles juntos. Sólo la pareja de torres —si  ambas están intacta y si tienen buenas carreteras por donde moverse— constituye un rival digno de la reina… porque si queda una sola de las torres, no hay tampoco nada que pueda hacer.

Reina
La dama es la pieza más poderosa y temible: el ajedrez es un matriarcado.

La reina es además la mejor comandante del juego Cuando actúa en solitario es temible, pero si además se rodea de algunos escuderos para desarrollar un plan en compañía, su poder contagia a las piezas menores  y pocas veces ese ataque conjunto no termina siendo irresistible.

Sin embargo, su enorme poder constituye su único posible punto débil, ya que la hace enormemente valiosa. Y al ser tan valiosa, si el enemigo consigue algo difícil pero no imposible —ponerla en peligro— nuestros planes se verían completamente trastocados, ya que salvar la vida de nuestra dama pasaría a ser la primera de nuestras prioridades, desbaratando cualquier otro plan en que estuviésemos embarcados hasta ese momento. No pocas batallas que creíamos ganadas, cuando ya teníamos al rey enemigo a la vista, terminaron volviéndosenos en contra en el momento en que tuvimos que girar sobre nuestros pasos y correr para salvaguardar a la reina en apuros. Por ello, pese a sus enormes capacidades, la dama ha de ser usada con precaución. Es asombrosamente fuerte, pero no invulnerable, y si cae en una trampa nuestro ejército se quedaría sin su mejor general. La dama es como Juana de Arco: difícilmente habrá ejército sin ella.

Aunque a veces, cuando es lanzada voluntariamente a una trampa, cuando sacrificamos su vida a sabiendas, cuando la convertimos en una mártir en pos de ganar la batalla, la partida de ajedrez alcanza una nueva cota de épica y belleza. El sacrificio de dama que conduce a la victoria es probablemente la jugada más espectacular y grandilocuente del ajedrez. Hemos dejado marchar nuestra mayor arma precisamente para desarmar al contrario: una paradoja que tiene más de novela que de matemática, una de tantas situaciones que hacen del ajedrez algo tan asombrosamente humano. Así lo entendían por ejemplo Tartakower (“el sacrifio de la dama, incluso cuando resulta bastante obvio, siempre alegra el corazón del amante del ajedrez”) e incluso alguien tan poco amigo de las aventuras trágicas e inciertas sobre el tablero como Anatoly Karpov (“las combinaciones con un sacrificio de dama están entre las más impactantes y memorables del ajedrez”). Perder la dama es la peor desgracia del ajedrecista, pero entregarla a propósito para vencer al contrario es la mayor de sus glorias.

El rey

La pieza más débil, y la más importante también. Evitar la captura definitiva de nuestro rey —así como capturar al monarca enemigo— son las dos finalidades fundamentales del juego, del arte y de la ciencia del ajedrez.

Durante la mayor parte de la partida el rey es una pieza completamente pasiva, que contempla desde su trono los esfuerzos que hacen sus generales, caballeros y súbditos por preservar su seguridad. Son muy escasos su movilidad y poder. Además padece un serio condicionante: la imposibilidad de entrar en casillas que estén siendo amenazadas por el enemigo, así como la necesidad imperiosa de huir de su casilla cuando es puesto en jaque; porque si no puede huir se produce esa captura definitiva —el jaque mate— que hará que su ejército sea definitivamente derrotado.

Así pues, como tantos monarcas en la Historia, nuestro rey de madera se limita a sentarse indolente en el trono mientras son los otros quienes derraman sangre por su causa. Mientras existen muchas piezas sobre el tablero, el rey no es solamente menos útil que un peón, sino que dejarlo al descubierto puede traernos considerables problemas cuando el adversario encuentra una manera de acosarlo. Es normal que muchos jugadores principiantes se apresuren por enrocarse, salvaguardando al rey en su castillo, y sientan un miedo cerval ante la sola idea de verse obligados a maniobrar con el indefenso monarca en zonas descubiertas. No sin razón, ya que durante la apertura o el medio juego, un rey al descubierto es una presa desnuda que está completamente a merced de las flechas, lanzas y espadas del contrincante.

Rey
Un rey por sí mismo, sin el apoyo de su nación, no tiene poder alguno sobre el tablero.

Sin embargo, como decía Reuben Fine, “el rey también es una pieza, ¡úsala!”. Si la partida llega a su etapa final, el hasta entonces pusilánime titular de la corona puede empezar a cumplir un papel importante en la batalla. Pese a su debilidad intrínseca, cuando ya hay pocas piezas que puedan acosarlo a base de jaques o amenazar con darle mate, el rey puede abandonar su castillo y empezar a combatir también, mandoble en mano, como cualquier otra de sus piezas. El rey es débil, pero no inútil. De hecho, encarna una sonora y solemne metáfora: cuando la guerra ha dejado a su nación en cuadro, cuando muchos han muerto y quedan pocas manos para combatir, cuando flaquean los ánimos, también él ha de arremangarse y derramar sangre, sudor y lágrimas. Porque, en situación de escasez de efectivos, su aportación se hace no ya posible, sino completamente necesaria.

Para el ajedrecista principiante, los finales de partida probablemente son la fase más difícil y misteriosa —pese a la escasez de piezas— de todo el juego. Porque en esa fase, el valor intrínseco de cada pieza se modifica considerablemente, así como la función que puede desempeñar. Por así decir, las leyes del ajedrez cambian. El rey, al que hasta entonces había que proteger a toda costa, es llamado a filas como un soldado más. Esto, que puede parecer una tontería, constituye un salto psicológico importante para el jugador inexperto.

¿Por qué? Porque a menudo no resulta fácil decidir en qué instante la partida ha abandonado su “juego medio” y ha entrado en la fase final propiamente dicha —lo cual puede llegar en un solo movimiento y se caracteriza, a veces, por cambios muy sutiles sobre el tablero—, en la que las estrategias y necesidades cambian. Por eso mismo no resulta nada fácil detectar el momento preciso en que hemos de perder el miedo a utilizar el rey y hacerlo entrar sin miramientos y pese a las posibles amenazas en el fragor de la batalla. Muchas veces, hacerlo sólo con una jugada de retraso (o, cómo no, hacerlo precipitadamente) marca la diferencia entre la victoria y la derrota. El empleo adecuado del rey, pieza que parece escuálida hasta lo inusable, significa mucho cuando la partida llega a ese tramo final y, como todo en los finales del ajedrez, es una ciencia complicada de aprender.

Porque el rey, a veces, consigue grandes cosas si se aproxima a la acción en el momento justo, sin más precaución de la debida pero utilizando el camino que mejor combine seguridad y rapidez. Un rey, como cualquier otro combatiente, también puede amenazar una casilla eficazmente o incluso capturar una pieza enemiga. Rara vez lo hace por sí mismo, pero sí ejerciendo como apoyo de los planes y trampas que han construido cuidadosamente sus tropas.

Blancas y negras

No es asunto de razas, ni de credos, ni de banderas. En el ajedrez no hay buenos ni malos. Ni las piezas blancas personifican la bondad  impoluta ni las negras son un “reverso tenebroso”. No hay diferencia entre unas y otras, excepto que su color determina quién avanza en primer lugar. Los colores en ajedrez no significan nada. Pero el tiempo sí.

Las blancas siempre inician el juego. Siempre, cada vez, invariablemente. Ello no constituye ninguna metáfora étnica, cultural o nacional, ni ningún doble sentido histórico: se trata simplemente de una necesidad en el orden interno del juego, un mero reflejo de que también de color blanco y negro son las parcelas del tablero. De hecho, los colores blanco y negro son una convención competitiva oficial, porque fuera de las competiciones las piezas podrían ser (y a menudo lo son) de otro color y textura: la única norma no escrita para jugar al ajedrez en cualquier lugar es que pueda distinguirse con facilidad a un bando del otro.

El hecho de que las blancas efectúen la primera movida se considera, sobre el papel, una importante ventaja en un juego donde tan importante como lo que se hace —o incluso a veces más importante— es el cuándo se hace. Una de las primeras cosas que buscará cualquier ajedrecista es tomar la iniciativa: frecuentemente resulta menos peligroso entregarle al enemigo un peón que entregarle un tiempo. Quien posee la iniciativa es quien elige el plan a seguir, quien decide qué se juega y en qué parte del tablero, mientras el rival sin iniciativa se ve limitado a reaccionar pasivamente sobre la marcha. De hecho, por ejemplo, no pocos jugadores lo hacen y sacrifican un peón para obtener la iniciativa. Pierden un soldado pero ganan un tiempo. Es algo que no siempre funciona, pero es una posibilidad que está ahí. Un turno de ventaja es un patrimonio a conservar.

Por tanto, las blancas, que ya gozan de ese tiempo de ventaja ya en la salida, tienen las de ganar. O eso se pensó durante mucho tiempo.

Reloj
El reloj es un juez omnipresente que, cuando una partida no finaliza por sí misma, termina decidiendo quién se lleva la victoria.

Los ajedrecistas constantemente perfeccionan su arte, y eso ha traído épocas en que veían las cosas de un modo, y revoluciones que cambiaron su punto de vista. Como con casi todo, han vivido la cuestión de los colores de maneras diferentes a lo largo de la historia. Durante largos periodos se pensó que la ventaja inicial de un tiempo de que gozan las piezas blancas aconsejaba atacar cuando uno jugaba con ellas, mientras que lo recomendable era proceder de manera conservadora e intentar forzar el empate jugando con las negras. Había, pues, un bando “mejor”, una nación más despierta que iniciaba siempre antes la batalla, mientras la otra dormía, desprevenida, la siesta. Quienes jugaban con negras se sentían, de entrada, acomplejados. Su juego iría a remolque de la voluntad del iniciador, así que lo más sensato parecía intentar tomar todas las precauciones defensivas posibles. Obtener un empate con negras era como obtener una victoria con blancas.

Pero esa costumbre de jugar buscando tablas con negras fue, sin embargo, demolida por los ajedrecistas modernos —muy especialmente por aquella paradoja viva, aquel “dogmático destructor de dogmas” llamado Fischer— ya que siempre puede haber un camino para la victoria incluso para las negras. O siempre está, como mínimo, la obligación de buscarlo. Así pues, jugar con blancas o con negras no es tan importante como el quién juega y cuál es su actitud. No es tan importante el quién dispone del primer tiempo como el hecho de cómo usará ese primer tiempo, lo que depende tanto de su habilidad como de su personalidad. Un jugador agresivo, dispuesto a correr riesgos, puede robarle rápidamente la iniciativa a las blancas, si es que su adversario se descuida o se anda con demasiados temores. O un jugador que empieza teniendo la iniciativa con las blancas puede perderla si su ímpetu lo lleva por vericuetos demasiados peligrosos. Como siempre en ajedrez, el balance entre riesgo y seguridad es un logro difícil. La iniciativa puede cambiar de manos con facilidad cuando la partida está comenzando. Incluso en esto ha terminado siendo justo el ajedrez para ambos contendientes: creímos que había un bando mejor, pero resultó que sólo es mejor en el mundo ideal del “ajedrez perfecto”, inalcanzable —por fortuna— para los humanos.

Naturalmente, la ventaja de la salida sigue estando ahí; pero no es tan determinante como para obligarnos a adoptar una “mentalidad de blancas” o una “mentalidad de negras”. Entre profesionales, las maneras de neutralizar o mantener la ventaja en el inicio del juego están bien estudiadas. Entre aficionados, es fácil que el jugador blanco cometa imprecisiones sutiles que le hagan perder esa ventaja o que el jugador negro explote a base de astucia los resquicios que se le presentan, o que sencillamente apabulle al jugador blanco con su ímpetu. Así, las piezas terminan teniendo un único color: el de la habilidad de quien las maneja.

Tierras caras, tierras baratas

En estos tiempos de crisis inmobiliaria, el ajedrez es para el mercado del suelo —como lo es para tantas cosas— un perfecto ensayo general. Este juego podría usarse como lección para un sinfín de disciplinas, incluso para algunas que quizá aún no existían cuando empezó a inventarse. Y desde luego podría servir en una escuela de inversores inmobiliarios. Por lo general, si observamos el tablero al inicio de la partida, una casilla tiene más o menos valor según dónde esté situada. De salida, ya antes de efectuar la primera jugada, no todas las casillas del tablero valen lo mismo. Pero eso no significa que una misma casilla tenga un precio fijo. No sólo depende de dónde está situada, sino también de quién la ocupe y de qué esté pasando a su alrededor.

El ajedrez lo personificamos mejor a través de las piezas —distintivas, vistosas, variadas— pero en realidad es básicamente una guerra por el terreno. La misión es derrocar al rey adversario, de acuerdo, pero tal cosa no puede hacerse sin primero conquistar sus territorios. Hasta que podemos pisar la sala del trono, plantarnos ante el monarca enemigo, poner la punta de nuestra espada sobre su pecho y obligarlo a rendirse o morir, el juego es básicamente una lucha por mantener nuestras posiciones y ganar posiciones nuevas. Ahora bien, ¿cómo saber qué posiciones debemos conquistar?

Nada más empezar la partida, las casillas a intentar dominar son las del centro geométrico del tablero. En asegurar el control sobre esas casillas —conservando a la vez la armonía entre nuestras piezas— consiste básicamente toda la ciencia de la apertura, estudiada desde hace siglos. Y es lógico: desde esas casillas del centro resulta más fácil llegar a cualquier otro punto del campo de batalla que desde las alejadas casillas de los flancos, las cuales resultan menos útiles y por tanto menos valiosas. El centro del tablero es, como el centro de una ciudad, más caro y más codiciado. Pero también los litorales del tablero son suelo codiciado: nuestra retaguardia, allá donde iniciamos la partida, es un terreno que debemos defender a toda costa. Por varios motivos. Porque allí solemos construir los cimientos de nuestro castillo, porque allí se resguarda nuestro rey, y porque si un peón enemigo llega a la orilla de nuestro océano estaremos perdidos, pues dicho peón se coronará y de él surgirá una poderosa dama que hará estragos en lo que quede de nuestro castillo.

Así, al iniciar la partida podemos —más o menos— trazar un plano del tablero y establecer los precios de cada casilla. Así sabemos en qué terrenos empezar a fijarnos. Debemos dominar el centro, defender nuestra orilla y amenazar la del contrario. Los flancos no son tan importantes, y en las esquinas probablemente ni reparemos durante toda la partida. El ajedrez tiene un catastro.

Jugando
Especular en ajedrez puede ser la mejor de las ideas… o la peor.

Pero —y esto es algo que hemos aprendido en la vida como lo podemos aprender en el ajedrez— hay que ser flexible y no obcecarse en pensar que lo que sabemos ahora valdrá para siempre. Controlar una buena casilla es importante, pero no es menos importante saber detectar cuándo esa casilla ha dejado de valer lo que valía, o cuándo merece la pena abandonarla para conquistar otra casilla que ha adquirido un nuevo precio, o cuándo se ha vuelto una casilla débil cuyo control no podremos conservar en el futuro. Porque en ajedrez también existen las hipotecas. A veces empleamos una pieza importante en adquirir una casilla que nos gusta o nos conviene, pero con el tiempo resulta que haber hecho esa inversión se convierte en una pesada carga. Sí, existen las casillas hipotecadas. A veces nos enteramos por sorpresa. Comprar esa casilla parecía tan buena idea…

En el ajedrez, las circunstancias lo son todo. Lo que hoy es valioso, mañana podría no serlo. Y pasado mañana podría volver a serlo otra vez. Lo único seguro en el ajedrez, lo único que nunca cambia, es que debemos proteger al rey —por eso se dice que su valor es incalculable— pero el valor de absolutamente todo lo demás es relativo. Los precios y las importancias pueden dispararse o venirse abajo de un instante a otro. Desde el modesto peón a la ilustre reina, desde las casillas burguesas del centro a los yermos recuadros de las rurales esquinas, el precio de cada cosa lo marcan los acontecimientos del momento. Por ello, en ajedrez hay que ser flexible y juzgar sin demasiadas preconcepciones. ¿No es acaso frecuente el caso de que un jugador inexperto pero imaginativo vence al jugador más experto pero más rígido de pensamiento? En verdad no es algo difícil de creer, especialmente si una partida es compleja e imprevisible, donde la teoría puede decirnos “conserva las casillas del centro” pero donde la práctica, de repente, dicta que lo que “se lleva ahora” es un chaletito en las afueras. A veces, la victoria o la derrota pueden depender de algo tan nimio como el haber sabido detectar a tiempo cuándo una casilla de las importantes iba a dejar de serlo, o a la inversa.

Por eso mismo también existen los especuladores inmobiliarios en el ajedrez. Jugadores que invierten en una casilla de acuerdo a un plan, pensando que el precio de esa casilla —ahora insignificante— subirá en cuanto se den un par de circunstancias favorables. A veces el plan tiene éxito y ese jugador vence porque situó allí una pieza antes de que pareciera una ubicación razonable. El ajedrez funciona de acuerdo a la ley de la oferta y la demanda, qué se le va a hacer.

Empezamos estas líneas diciendo que el ajedrez es un juego monárquico que puede transformarse en revolucionario, y podemos terminar diciendo que el ajedrez es, además, mercantilismo puro. Con una diferencia: en el mercantilismo de la vida real nos convencen a menudo de que algo insignificante tiene mucho valor, y alegremente pagamos un alto precio por ello. Pero en ajedrez, cada cosa vale lo que cuesta y sólo un jugador que se engañe a sí mismo pagará un precio alto por algo —una pieza o una casilla— cuya utilidad es realmente poca.

Aunque, pensándolo bien, quizá también en eso se parezca el ajedrez a la vida.