Si no tiene libros, no te lo tires

Libros
Marinlyn Monroe y Arthur Miller, 1956. Fotografía: Corbis.

Glenn Gould convirtiendo las notas de Bach en un zumbido de avispas que le quema el paladar. Su cuerpo encerrado sobre el teclado en una curva imposible. Los ojos de los espectadores atrapados en su burbuja. 

La exclamación de Cecil B. DeMille: «Thank God for Hedy Lamarr». El director que olvida las voluptuosas curvas de la estrella deslumbrado por la montaña rusa de sus neuronas de inventora.

El amor que no se atreve a decir su nombre del efebo Bosie por el genio de Wilde. 

Fernande Oliver enamorada de Picasso. Eva Gouel enamorada de Picasso. Gaby Depreye enamorada de Picasso. Olga Koklova enamorada de Picasso. Marie-Thérèse Walter enamorada de Picasso. Dora Maar loca por Picasso. Fraçoise Gillot enamorada de Picasso a la orilla el mar. Genevieve Laporte enamorada de Picasso. Jaqueline Rocque enamorada de Picasso, testigo de su final. 

Roxana leyendo, sin saberlo, las cartas de Cyrano de Bergerac. Roxana amando, sin saberlo, el genio de Cyrano de Bergerac. 

¿Qué hay detrás de esos ojos rasgados? ¿Qué talento inabarcable encierra ese cuerpo menudo? ¿Por qué no ha dicho nada más cuando le ha dado la tarjeta? Una palabra solitaria como un francotirador: breathe. Una palabra mecanografiada que toca a John Lennon. Acabará enredando sus rodillas desnudas sobre el pecho silencioso de aquella mujer. 

La hija de Truffaut y Fanny Ardant. 

«Me seducen las mentes. Me seduce la inteligencia. Me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve que vale la pena conocer. Conocer. Poseer. Dominar. Admirar. La mente, Hache, yo hago el amor con las mentes. Hay que follarse a las mentes» (Eusebio Poncela, Martin (Hache), 1997, Adolfo Aristarain). 

¿Bill y Hillary? ¿Hillary y Bill?

Bergman enamorada de Rosellini. Rosellini enamorada de Lynch. Confirmación de que la fascinación por la inteligencia es una cuestión genética. 

Steve Jobs pasea su cuerpo huesudo por el escenario. En la mano lleva el último teléfono universal. Te va a hacer sentir el más moderno y el más desfasado tan solo dos meses después. Entre su audiencia planetaria alguien acaba de caer rendido a sus pies. 

A los pies de sus neuronas. 

La mujer que sabe lo que se escondía bajo el pañuelo de Foster Wallace. Bajo su pelo húmedo. En la cabeza que terminó colgada en su casa de California. La mujer que se enamoró del bicho incansable que terminaría devorándole a él. «Uno no va al quiropráctico si piensa suicidarse», dijo Karen Green. Y se marchó tranquila al centro a preparar una exposición. 

Ante el objetivo de Richard Avedon, Marilyn Monroe ciñe la cabeza de Arthur Miller. Sus manos quieren poseer cada uno de los impulsos que recorren su cráneo. Como si esa fuera la manera perfecta de declararle su amor. 

Carlos de Inglaterra y Camilla Parker Bowles.

«Terminamos en la cama y fue un desastre. Pero entre nosotros había una atracción enorme que no era física». 1950. Howard Austen y Gore Vidal acaban de tener su primer encuentro sexual en un conocido local gay de Nueva York. No volverían a acostarse. Pero siguieron juntos en cuerpo y mente hasta 2003, cuando Howard murió. 

Annemarie Schwarzenbach intentado conjurar la soledad de la mano de Erika Mann. Jóvenes y hermosas atrapadas para siempre en el umbral de su amistad. Annemarie Schawarzenbach más allá del umbral de lo platónico de la mano de Carson McCullers. Tumultuosas e inteligentes atrapadas para siempre en un amor que ni la admiración consigue salvar. 

«Cualidades que me excitan. 1. La inteligencia». 

Escribe Susan Sontang. 

Carson McCullers comparte comuna de neuronas con Annemarie, Erika y Klaus en Nueva York. Wystan Hugh, en la habitación de al lado, se ha convertido en marido solo para darle la nacionalidad a la mayor de los Mann. 

Brahms presa del genio de la esposa de su mejor amigo. Clara Schumann al piano como si los dedos registraran sobre las teclas las sinapsis de su cerebro. 

Erika Mann deslumbrada por la inteligencia de Therese Ghiese. Therese Ghiese deslumbrada por la inteligencia de Erika Mann. Las dos se aman con palabras y resisten a los nazis desde el escenario de su cabaré muniqués. 

Galatea enamorada de Pigmalión. 

Wystan Hugh tiene noticia de una muchacha que tiene que huir de Alemania acosada por los nazis. Es la hija de Thomas Mann. Se ofrece a casarse con ella. Por conveniencia. Por convicción. Por conexiones. Por comunión intelectual. Wystan Hugh Auden era homosexual. 

«Veo tu inteligencia cuando pasas las hojas de un libro y un destello te ilumina». Guillermo Carnero sobre el amor. 

¿Barack y Michelle? ¿Michelle y Barack? 

El tributo de la melena de Rita Hayworth sacrificada en el altar del cerebro cortante de Orson Welles. La bella y la bestia. Gilda y Falstaff.

«Singular acontecimiento», tituló la prensa escandalizada. «Sorpresa y malestar». Él tiene ochenta y siete y ella cuarenta y uno. Kodama se casa por poderes con Borges en Asunción. 

Cupido —ciego pero certero— haciendo diana en el lóbulo central. 

«Pintarte quisiera pero no hay colores en mi confusión, la forma concreta de mi gran amor. F.». Donde F. es Frida Khalo.

Diane Keaton pasea junto a Woody Allen por Nueva York. Se ríen con la complicidad única de quien hace mucho tiempo fusionó su piel. Son dos envasados al vacío de neuronas y recuerdos que se acaban de abrir. Si le quitas los zapatos con alzas, el moreno artificial y el pelo implantado… ¿qué te queda? Él pregunta por Alan Alda. Tú, responde ella. Me quedas tú. 

Si pudiera encontrar un hombre inteligente y al mismo tiempo con magnetismo físico, con atractivo. Puesto que estoy en condiciones de ofrecer esa combinación, ¿por qué no esperarla de un hombre? Se suicidó Sylvia Plath. 

Revolución de fluidos y neuronas en los apacibles campos de Sussex. Los Bloomsbury mezclando células grises, rojas, translucidas y palpitantes en Charleston House. 

El único beso que no se acaba es protoplasmático. Podría haber dicho Santiago Ramón y Cajal.

«Ven, querida gran alma. Te esperamos, te queremos». La primera carta de Verlaine deslumbrado por los versos de Rimbaud. 

Dora Carrington en la cama de Lytton Strachey. Lytton Strachey en la cama de Duncan Grant. Duncan Grant en la cama de Maynard Keynes. Maynard Keynes en la cama de Lytton Strachey. Lytton Strachey —con arcadas— le propone matrimonio a Virginia Woolf. Y todos enamorados de Duncan Grant.

Promiscuidad intelectual. 

¿De qué se enamoran las mujeres que se enamoran de Phillip Roth?

Y Anaïs dijo: «Hay dos modos de llegar a mí, mediante los besos o la imaginación. Pero existe una jerarquía; los besos por sí solos no bastan». 

La chica de Queens descolgó el teléfono. Era todo excitación. Por fin había dado con la canción. Una pieza china de dos mil quinientos años de antigüedad que iban a grabar en un disco dorado. El disco contendría desde la Quinta de Beethoven hasta el sonido de la lluvia sobre los campos. La chica de Queens no podía esperar para contarle a su compañero de proyecto lo que acababa de encontrar. Aquella música viajaría en el Voyager más allá de los gigantes gaseosos buscando la comprensión de otras probables civilizaciones. Cuando acabó la llamada, la chica de Queens le había dicho a su compañero, el chico de Brooklyn, que se casaría con él. Cuatro años después lo harían. Ann Druyan y Carl Sagan, yo os declaro marido y mujer. 

Ama con todas tus neuronas. Susurra Cupido al sacar una flecha de carcaj. 

Ann Druyan meditando para que sus impulsos cerebrales sean grabados y enviados al espacio exterior. «Mi mente solo podía pensar en la maravilla del amor». 

Amor-de-mis-entrañas-viva-muerte-en-vano-espero-tu-palabra-escrita. Lorca del amor oscuro.

«Me ha gustado tanto Melville que le he preguntado si desea pasar unos cuantos días conmigo». Nathaniel Hawthorne, dos días después de conocer al hombre que todavía no había escrito Moby Dick. Algunos sostienen que solo era mutua admiración. 

Se sospecha que en algún momento Lope de Vega también secuestró el cerebro de Isabel de Urbina. 

«Eres misteriosa. Te quiero. Eres hermosa, inteligente y virtuosa, y esa es la más rara combinación», escribió una vez Scott Fitzgerald. 

El único órgano esencial para el amor es el cerebro. Dijo Cupido tensando el arco. 

«Mil gracias, Amor, te doy, pues me enseñaste tan bien, que dicen cuantos me ven que tan diferente soy». ¿Seguro que la Dama era boba?

Es noviembre. Hace frío en París. Anaïs recibe en su casa a Henry, un escritor desconocido. Él habla de Montparnasse. Ella le devora con su mirada fiera. Despiertas en mí tal mezcla de sentimientos que no sé cómo acercarme a ti. Aunque algo profundo comprendió Henry Miller, sentado sobre su cama en aquellas primeras tardes, como de cálida neblina. Y ya no pudo separarse del genio incandescente de Anaïs Nin. 

«Te estabas volviendo loca y lo llamabas genio, yo me estaba arruinando y lo llamaba lo primero que me viniera a la cabeza». Le dice Scott a Zelda. 

¿Por qué se casó aquel aspirante a actor, aquel aspirante a guionista, aquel aspirante al talento que no tenía con Dorothy Parker? ¿Le enamoraba su ingenio o solo quería medrar?

Cartas a Guiomar.

Edith Wharton y William Morton Fullerton exhaustos sobre las sábanas aún calientes hablando del rajá de Sarawak.

«No me asomaba para ver mi imagen reflejada en la fuente de la eterna juventud, intentaba sacarte a ti». Zelda a Scott.

Qué es eso que arde en los ojos de Katharine Hepburn. Créame, no es solo su belleza lo que usted ve. 

Se llamaba Mileva Maric. Pero nadie la recuerda posando feliz con su esposo. Ella fue la compañera, la confidente, la mente gemela de la de Albert Einstein. Inteligente hasta el deslumbramiento. Encerrada en sí misma. Tullida. Madre torturada de un hijo ilegítimo dado en adopción. Estoy solo con todo el mundo, excepto contigo. Con ella vivió sus años más creativos. Con ella nació la Teoría de la Relatividad. Él la dejó. 

Las neuronas son células capaces de fecundar el cerebro de los demás. Dijo Cupido marcando una muesca en el lomo de su arco. 

«Dicen que la locura nos separaba. Era justo lo contrario: nuestra locura nos unía. Es la lucidez la que nos separó». Zelda a Scott. Pero fue la suma de sus cabezas luminosas y afligidas la que les llevó al amor. 

Proust lo conoció a principios del verano en las recepciones de los martes en casa de Mme. Lemaire. Reynaldo Hahn tenía solo diecinueve años pero ya era un compositor de cierto nombre. En su primera charla quedó claro lo que les unía: la pintura, los gustos literarios y Fauré. Allí empezaron los días de los placeres de Marcel. Después de separarse, el escritor siguió durante toda su vida pidiéndole consejo a su antiguo amante. 

John Waters y el fomento de la lectura: Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo tires. 

Cupido sonríe malicioso. Entre dientes se va diciendo: sapiofílicos todos. 

Presas de sapiofilia. 

Enamorados de los cerebros. 

Adictos a las neuronas.

Enganchados al duelo mental.

Viciosos de las ideas.

Atrapados en la filia de la genialidad.


El universo tiene forma de rosquilla

Stephen Hawking (a la derecha, sosteniendo el pañuelo) posa con el Club de Remo de la Universidad de Oxford, ca. 1960. Fotografía: Gillman & Soame / Stephen Hawking: A Brief History of Mine. Cortesía de Darlow Smithson Productions.

Varias veces he visto, y una más antes de escribir estas líneas, aquel viejo programa de la BBC titulado Dios, el universo y todo lo demás en el que tres de los más grandes divulgadores científicos de nuestra época —Carl Sagan, Arthur C. Clarke y Stephen Hawking, los tres, ¡maldición!, fallecidos ya— respondían preguntas sobre el cosmos. No por el contenido de lo que dicen, que ya casi sé de memoria y, de cualquier modo, se explica mejor y con mucho más detalle en sus libros, sino por el mero placer de verlos hablando, de contrastar sus personalidades. Sagan se conduce con su habitual elocuencia, precisa y solemne. Clarke se muestra afable y con los pies en la tierra, como siempre. Stephen Hawking, que había perdido la capacidad del habla un par de años atrás, pero, aun casi por completo inmóvil, es el más vivaz de los tres invitados. Las intervenciones de Hawking estaban plagadas de chascarrillos que, una vez pronunciados por su célebre voz electrónica, esa que nunca quiso cambiar por otra más moderna, rubricaba con una amplia sonrisa y un brillo travieso en la mirada.

El humor de Stephen Hawking es lo que más me impresionaba de él, por colosales que fuesen sus aportaciones al conocimiento de la raza humana. Sabemos las condiciones en las que vivió y sería infantil pretender que no sufrió por ello, pero su sarcasmo, afilado y contagioso, nunca decreció un ápice. De hecho, era, de entre los científicos de su generación, el gamberro de la clase. Era una de las personas más inteligentes del planeta Tierra, esto no es ninguna sorpresa. Será recordado siempre como uno de los científicos más importantes de la historia. Era su faceta gamberra, sin embargo, lo que lo hacía tan cercano. Al saber su fallecimiento de Hawking, la periodista Ashley Feinberg publicó un tuit que recorrió las redes como un relámpago: «Una de mis cosas favoritas sobre Stephen Hawking es que era borde con la gente indicada». Es célebre su afición de hacer rodar su silla sobre los pies de la gente que no le caía bien, en especial personas poderosas. En 1976 le pisó los dedos al príncipe Carlos de Inglaterra. Hawking lo hizo a propósito, según comentaban los divertidos testigos. Parece ser que, además, lamentaba no haber podido pisarle los dedos a Margaret Thatcher. Eso sí, cuando le preguntaron sobre esto, el físico negó que fuese cierto. Y lo negó, claro, a su manera: «Es un rumor malintencionado. Atropellaré a cualquiera que lo propague».

El público no sentía lástima hacia él porque, al verlo en pantalla, parecía estar jugando siempre. Sus padecimientos, fueran cuales fuesen, quedaban lejos de nuestro alcance. Por el contrario, Hawking se dejaba ver en comedias de las que era un gran seguidor, como The Simpsons, Futurama, The Big Bang Theory y toda una pléyade de sketches en programas diversos. Incluyendo, por descontado, algún cameo en su serie favorita, Star Trek, en la que se daba el gusto de ganarle una partida de póquer a Einstein. «Creo que soy más conocido por mis apariciones en estas series que por mi trabajo científico», decía, aunque sus libros hubiesen vendido ya millones de ejemplares. Y eso lo hacía feliz. Le encantaba interpretar el papel de científico engreído y antipático, broma recurrente que mantuvo durante años. Jamás se dejó colocar sobre un pedestal.

Habla por sí solo que al físico más insigne de nuestro tiempo ya se lo esté recordando más por su efervescente personalidad que por sus teorías científicas. Quienes no somos físicos no podemos pretender que entendemos a fondo esas teorías —sospecho que incluso algunos físicos tampoco—, pero Hawking huía del envaramiento como de la peste y no parecía importarle lo más mínimo el sentimiento de reverencia que despertaba como el Isaac Newton contemporáneo que era. Recuerdo un divertido sketch en el que mantenía una conversación telefónica con Jim Carrey, afirmando que estaba muy contento de que al actor le hubiesen gustado «mis últimas teorías sobre el universo ecpirótico. Ni me molesto en explicárselas al resto de personas. Sus cerebritos de guisante no pueden siquiera captar la idea. Y ahora tengo que irme, estoy demasiado ocupado viendo Dos tontos muy tontos; me asombra su pura brillantez. Jim, eres un genio». A lo que Carrey respondía: «No, no. Tú eres un genio». Hawking zanjaba la cuestión con lógica de patio de colegio: «No. Tú eres un genio multiplicado por infinito». Hawking, capaz de los más agudos sarcasmos, producía la impresión de disfrutar mucho también con el humor más chorra.

Es de una relevancia extraordinaria que Stephen Hawking ayudase a iluminar un poco más el camino hacia la resolución de los misterios cósmicos, pero no es menos relevante el ejemplo de lo que hizo con su vida desde una posición tan desfavorable. Sus aportaciones científicas quedarán para la posteridad, pero su personalidad nos servía y nos continuará sirviendo de ejemplo a quienes hemos compartido su época y lo hemos visto sonreír con mirada de regocijo después de cada una de sus inofensivas maldades de escolar. No todos podemos entender su ciencia, pero sí podemos entender su mensaje vital: «Cuando cumplí veintiún años, mis expectativas fueron reducidas a cero. Era importante que llegara a apreciar lo que tenía. Y es también importante no enfadarse, sin importar cómo de difícil sea la existencia, porque puedes perder toda esperanza si no eres capaz de reírte de ti mismo y de la vida en general».

Así lo dijo el hombre que, sin ninguna vergüenza, le robó a otro de los referentes filosóficos de nuestros días, Homer Simpson, la teoría de que el universo tiene forma de rosquilla.


Pedro Miguel Echenique y Pedro Duque: «La ciencia necesita largo plazo, pactos de Estado, inversiones sostenidas, libertad y la capacidad de asumir riesgos»

A primera vista, se diría que Pedro Miguel Echenique (Isaba, 1950) y Pedro Duque (Madrid, 1963), solo tienen en común el nombre. Echenique sería un arquetipo del académico de Cambridge, su alma mater, de no ser por la temperatura de la sangre navarra, que corre por sus venas un par de grados por encima del nivel de ebullición en Sajonia. La primera impresión de Duque confirma el talante calmoso, casi panteísta del astronauta que ha visto nuestro pálido globo azul desde el espacio. Y sin embargo, cuando los entrevistadores pronuncian la palabra mágica, ciencia, académico y astronauta resuenan, apasionadamente.

Ginés Morata, genetista español, señala que la cultura del siglo XXI va ser una cultura científico-técnica como ya lo ha sido en gran parte en el siglo XX. Si aspiramos a formar parte del grupo de países avanzados es necesario que la sociedad en general y nuestros políticos en particular tomen conciencia de la gran importancia de este hecho y promocionen el desarrollo científico y tecnológico. ¿Estáis de acuerdo?

Duque: Sí, es absolutamente necesario. La gente que con su trabajo proporciona los fondos públicos debe saber y estar de acuerdo en la manera en que esos fondos se invierten, en particular en el área del desarrollo científico, de fomento de la innovación etc. Sí que es cierto que tenemos quizá algo de carencia. La gente no entiende del todo por qué utilizar dinero en estas cosas es bueno para ellos. Hay que empezar por esa base para que podamos luego reivindicar que se aumenten los fondos.

Echenique: Yo estoy de acuerdo con Morata, de hecho, esa cita me la sé de memoria (ni corto ni perezoso, la repite de cabo a rabo).

No por casualidad. Está sacada de uno de tus textos.

Echenique: Pues es una frase muy acertada. El siglo XXI, como ya lo fue en gran parte el siglo XX, va a ser científico-tecnológico y aquellas sociedades que sean conscientes de ello y en las que sus dirigentes actúen en consecuencia serán más dueñas de su futuro que las que no lo vean. Yo creo que la sociedad española y en particular políticos y empresarios no son tan conscientes de la importancia de la ciencia y la tecnología porque la consideran un instrumento, como decía Churchill: scientists must be on tap but not on top (los científicos deben estar disponibles bajo demanda pero no dirigir). Pero no se dan cuenta que no solo es un instrumento clave de desarrollo económico, sino que es una parte esencial de la cultura del siglo XXI. No ha sido siempre así, claro. En el año 1986, bajo el gobierno del Partido Socialista, se dio un salto cualitativo en la inversión española en ciencia. Parece que ahora existe la voluntad de hacer lo propio, ojalá sea cierto. Por otra parte, para que los políticos puedan ejercer esta labor es bueno que el entorno social sea consciente y lo apoye. Por eso, además de otras muchas cosas, es tan importante la comunicación científica.

Duque: Por otro lado, también es cierto que no solo es informar a la gente sino comprender que la cultura es un bien compartido, una serie de cosas que nos sirven de base para la conversación. Para que el desarrollo científico en España sea pleno hace falta que la gente tenga más presente la ciencia en su día a día.

Echenique: Actualmente se intenta convencer a la sociedad de la necesidad de la ciencia con argumentos que suelen resaltar el aspecto utilitario sin caer en la cuenta que la gente no solo se mueve por utilitarismo. La ciencia es utilitaria pero también es la cima del humanismo clásico. Las preguntas de los griegos se contestan en los laboratorios de física de hoy y además es estéticamente hermoso. A mí me gustaría transmitir el concepto de que la ciencia es económicamente decisiva, pero también es culturalmente importante y estéticamente hermosa. Una sociedad científicamente informada es más libre y más capaz de tomar decisiones.

Quizás la ciencia del espacio sea un ejemplo donde se ve inmediatamente ese aspecto que estamos comentando. Cuando la sociedad civil apoya ir a Marte no es porque los ciudadanos piensen que vamos a encontrar uranio allí. Es porque nos parece necesario y esa necesidad tiene mucho de estético.  ¿Qué opina de esto un astronauta?

Duque: Sí, claro. Hay áreas de la ciencia o de desarrollo de tecnología que por lo que sea caen más en la épica de lo que resulta fácil de apoyar casi sin necesidad de explicación, y por supuesto la exploración espacial es una de esas cosas. Yo diría que toda la exploración goza de gran simpatía entre los ciudadanos, desde los oceanógrafos que se aventuran en las fosas submarinas hasta los programas que envían sondas a los confines del sistema solar. Por otra parte, esa exploración requiere avances, a menudo enormes, en ingeniería, que a su vez dependen del desarrollo de la física, la química y en general las ciencias básicas… Otro ejemplo similar es la salud, no hace falta gran poder de convicción para que se apoye la lucha contra el cáncer, pero a su vez esto requiere el desarrollo de la bioquímica, la biofísica, la informática, la instrumentación médica… Creo que lo que tenemos que hacer es conectar correctamente esos grandes temas que preocupan al ciudadano con la armazón científico-tecnológica que hace posible que se aborden. Solo las sociedades avanzadas, con una potente inversión en ciencia y tecnología podrán viajar a Marte o curar el cáncer.

Echenique: En realidad la gente se enamora de los extremos, de lo más grande, como son las ondas gravitacionales que nos llegan como consecuencia del colapso de dos agujeros negros, o lo más pequeño, como el bolsón de Higgs o los neutrinos. Hofmann hablaba del encanto de los extremos y Carl Sagan fue un genio a la hora de transmitir ese encanto, pero hay también el encanto de lo complejo. Cierto, es mucho más fácil trasmitir la necesidad de ir a Marte que la de entender el efecto de un átomo de rutenio que se mueve en una superficie de platino y sin embargo ambas tareas son igualmente importantes, es más, complementarias.

Hablando de Sagan, sus libros y series atrajeron a generaciones de jóvenes a la astronomía, la astrofísica, el programa espacial y la física de partículas…

Duque: Algo que Sagan dejaba muy claro en sus programas es el tamaño enorme del universo. Fíjate, acaba de descubrirse la existencia de un planeta posiblemente habitable en Alfa de Centauri, la estrella más próxima a nuestro Sol, que está «solo» a cuatro años luz de aquí. A la velocidad que podríamos aspirar a mover una nave espacial, no te digo con la tecnología actual, sino con la de dentro de un siglo o dos, posiblemente nos costaría decenas de miles de años llegar… Cuando uno entiende eso, cuando comprende que la exploración a la que siempre le hemos dado tanta importancia no es tan fácil, que incluso llegar a la estrella más cercana puede ser imposible en la práctica, empieza a considerar la necesidad de cuidar del propio planeta y eso nos hace tomarnos en serio grandes fenómenos como el cambio climático. Hay que buscar un balance. Soñar con explorar otros mundos está muy bien, pero puede que la humanidad no salga nunca del sistema solar. Y si ese es el caso, cuidar de lo complejo, el equilibrio delicado del planeta que estamos alterando es esencial, nos va en ello nuestra propia supervivencia.

Vivimos en una sociedad que depende de ciencia para todo, desde la medicina a las comunicaciones, y sin embargo la formación científica de los ciudadanos no es del todo buena y eso nos lleva  a menudo a posiciones contra avances científicos de los que dependemos, como los movimientos antivacuna.

Duque: Yo creo que son movimientos minoritarios. Lo paradójico es que la razón por la que algunos pueden permitirse el lujo de no vacunar a sus hijos es porque viven en el seno de una sociedad científicamente avanzada donde el resto de los niños sí están vacunados y por tanto las enfermedades contra las que se les vacuna están casi erradicadas en la práctica. Esa gente no se da cuenta de que para llegar al estado actual de la tecnología de vacunas, hemos pasado por unas etapas de mortandades infantiles inmensas, hemos pagado un precio colosal en sufrimiento, para alcanzar un desarrollo del que ellos se benefician a la vez que actúan en su contra.

¿Hay una correlación entre la politización de la ciencia y el rechazo a la base científica? Por poner dos ejemplos. Es fácil correlacionar la oposición a la energía nuclear y a los transgénicos con ciertas posturas políticas de izquierda y no menos fácil correlacionar la oposición a la teoría de la evolución o la negación del cambio climático con ciertas posturas políticas de derechas.   

Duque: Es imprescindible luchar contra ese fenómeno, porque ataca a la seguridad de las conclusiones a las que ha llegado la ciencia. Ese fenómeno cuestiona las conclusiones de la ciencia como si fuesen un tema debatible, como si fuera un debate de domino, tu ignorancia es igual de válida que mi conocimiento. Eso es algo que hay que evitar a toda costa y exige una especie de pacto por la ciencia que se extienda a todo el espectro político.

¿Te parece posible?

Duque: Te pondré un ejemplo. Cuando se creó la cuenta de Podemos en Twitter, no tardaron en aparecer cuentas como Podemos Homeopatía, Podemos Antivacunas, etc., que se arrogaban la prerrogativa de que ser de la nueva izquierda era estar en contra de las conclusiones de la ciencia. Pues bien, me costa que cuando Pablo Echenique se enteró, cortó eso de tajo. Yo creo que pueden encontrarse dirigentes políticos decididos a defender la ciencia contra la manipulación y las supersticiones en todo el espectro político.

Hemos leído tuits de nuestro ministro de ciencia asegurando a los escépticos que la Tierra es redonda.

Echenique: También hay gente que cree en la descripción literal sobre la creación del mundo que viene en la Biblia. ¡Que la Tierra es esférica lo sabían los jónicos, hace dos mil quinientos años, y Eratóstenes ya estimó su radio!

La discusión sobre la forma en la que la teoría de la evolución de Darwin se ha puesto en entredicho en Estados Unidos es significativa.

Duque: Quizás lo que se debería haber hecho es establecer alianzas con intelectuales conservadores pero ilustrados, que combatieran desde dentro de sus propios sectores esas tendencias que difícilmente se pueden atajar desde fuera.

Echenique: Esto nos lleva la importancia de la comunicación científica. La obligación que tienen los científicos es de ser ciudadanos responsables y también de participar en el debate social y no encerrarse en su laboratorio. Una sociedad científicamente informada es más libre y por tanto es más difícil de manipular por grupos de presión, o de ceder ante modas y supersticiones. Y esa sociedad científicamente informada exige tres cosas: primero, ampliar el conocimiento de los principios generales de la ciencia, de tal manera que el ciudadano no tenga problema en discernir que un electrón no es más grande que el ADN, o que el CO2 es un gas de efecto invernadero necesario para la vida en el planeta, el exceso de CO2 puede ser un problema, pero el gas en sí no es un veneno, como mucha gente cree. Segundo, es importante discernir qué es ciencia y que no. Y la tercera es que hay que ser consciente de cuáles son las consecuencias sociales y económicas de la ciencia. A los grupos antivacuna habría que recordarles que la viruela fue una enfermedad horrorosa que ha matado a trescientos millones de personas y hoy se ha erradicado. Entonces, sin sacralizar la ciencia porque también la ciencia puede tener problemas, es necesario ser firmes. Recuerdo un debate sobre este tema en el que mi oponente me dijo.  «Es que usted y yo tenemos diferencia de opinión» y le contesté:  «No, usted y yo tenemos diferencia de conocimiento».

Duque: Por poner las cosas en contexto, en la última encuesta de percepción social de la ciencia, el 3,3 % de los españoles decía que tenía poca o ninguna confianza en las vacunas.

Echenique: No es mucho.

Duque: Luego un 20 %  decía utilizar tratamientos alternativos a los médicos y un 5 % en sustitución de los convencionales. Yo creo que los números no son muy malos.

En España ha habido un movimiento contra la homeopatía que no ha habido en Alemania o Francia, si bien es cierto que desde las direcciones sanitarias se ha adoptado una actitud muy firme en contra de equiparar homeopatía con «fármacos alternativos».

Echenique:  La firmeza me parece imprescindible aquí. A menudo tendemos a ser tolerantes con la homeopatía, argumentando que «un poco de agua no le hace daño a nadie», pero cuando estos «remedios» se convierten en sustitutivos nos encontramos con casos de pacientes de cáncer que mueren por rechazar la quimioterapia, por culpa de estas supersticiones demasiado toleradas. La ciencia no tiene respuesta siempre a todas las preguntas, pero se progresa continuamente basándose en el trabajo y los resultados antecedentes. La homeopatía del siglo XVIII y XIX, y la del XXI es, esencialmente la misma. La medicina no tiene nada que ver. Hahnemann podría pasar un examen de homeopatía hoy sin grandes dificultades. Los más grandes médicos entre sus contemporáneos como Lister, Virchov, suspenderían los exámenes finales de medicina.

Duque: Una de las cosas importantes aquí es que la ciencia tiene que ser extremadamente cautelosa con meter la pata. No podemos expandir a los cuatro vientos que se ha encontrado una partícula que viaja más rápido que la luz sin haber primero hecho buenas comprobaciones.

Por otra parte la prisa y la presión mediática es ahora más grande que nunca.  

Echenique: Cierto, pero es imprescindible saber sustraerse a esa presión. Ahora bien, la ciencia fomenta una actitud escéptica que alimenta un mecanismo autoregulador capaz de corregir errores, a menudo a corto plazo. Los científicos somos humanos como los demás y cometemos errores, pero esos errores no suelen perdurar gracias a los mecanismos de arbitraje científico y a la capacidad de reproducir experimentos. Tanto el caso de los neutrinos superlumínicos como el de la fusión fría son buenos ejemplos. Se trata de errores, amplificados, dicho sea de paso, por los medios ya que las afirmaciones de los artículos científicos eran mucho más cautas de lo que se publicaba en la prensa, pero al final el sistema científico revela que lo son y nadie se llama a engaño. Las falsedades se perpetúan basándose en el deseo de la gente, no en los hechos. Un enfermo de cáncer quiere curarse con una receta mágica que no duela y no le perjudique, en lugar de someterse a los tratamientos a menudos imperfectos de la ciencia moderna como la quimioterapia o la radioterapia. Pero estos últimos pueden curarle y el primero, con toda certeza, no.

El progreso en ciencia necesita disponer de suficientes recursos y libertad para investigar. Y sin embargo la sociedad moderna tiende a regatear inversión, restringir libertades y aumentar trabas. Da la sensación que estamos haciendo todo lo posible por matar la gallina de los huevos de oro de la ciencia

Echenique: Totalmente de acuerdo, hay un peligro tremendo. Para mí la ciencia necesita largo plazo, pactos de Estado, inversiones sostenidas, libertad y la capacidad de asumir riesgos. Siempre que se intenta hacer algo nuevo se corre el riesgo de equivocarse, pero para eso están los mecanismos de autorregulación que ya hemos mencionado. Particularmente dañino es el aumento descontrolado y asfixiante de la burocracia. Y, naturalmente está la política real, lo que se puede y no se puede. Un nuevo ministro de ciencia, aunque tenga una gran preparación y las ideas muy claras, necesita un apoyo fortísimo del gobierno de turno para poder sacar las cosas adelante, es algo que yo he vivido en persona. Esto nos lleva a que hay que ir poco a poco, con transformaciones graduales, sería ingenuo pensar que se puede transformar el sistema de la noche a la mañana. Creo que una prioridad en España ahora mismo es garantizar que los investigadores ya probados puedan hacer su trabajo bien, para lo cual hace también falta aumentar la inversión, pero también hacerles la vida lo más fácil posible, procurando acotar las trabas inútiles y las cortapisas burocráticas. Creo que todo esto sí es posible, aunque costará esfuerzo.

Duque: La medidas que hay que tomar están claras, como está claro que la financiación es muy inferior de lo que debería ser. Desgraciadamente el problema viene de una década entera de tomar decisiones erróneas con respecto a qué hacer con la inversión en investigación y desarrollo en un momento de crisis. Cuando llegó la del 2008, solo uno entre los grandes países Europeos tomó la decisión de recortar en ciencia y ese país fue España.  De esos polvos vienen estos lodos. Por otra parte, en España la regulación tiende a asumir a veces que el ciudadano es culpable a no ser que demuestre lo contrario y eso resulta en trabas y falta de confianza que desgraciadamente se ve justificada en más de una ocasión por los casos de corrupción. Y sin embargo, no se puede combatir la corrupción asfixiando el desarrollo. Necesitamos cambiar la cultura del país, convencernos de que el ciudadano es responsable hasta que no se demuestre lo contrario. A la vez, tenemos que hacer examen de conciencia; es cierto que las reglas tienen que hacerse flexibles y razonables, pero también que debemos dejar de intentar eludirlas casi por principio. Tenemos que romper un círculo vicioso de falta de confianza. Y no es fácil, pero creo que puede hacerse.

Qué me decís de las restricciones éticas en Europa, por ejemplo en investigación en IA o en asuntos tan escabrosos como la clonación. ¿Implican un retraso con respecto a otros países como China o Estados Unidos?

Duque: No necesariamente. Las restricciones éticas pueden resultar en un retraso puntual en ciertas áreas, pero si es así, creo que debemos asumirlo porque las cuestiones éticas son importantes, y si China las ignora, no por eso debemos emularlos. Europa no puede abandonar sus criterios éticos sin dejar de ser Europa. Y sinceramente, creo que a la larga nos va a ir mejor manteniendo esos criterios éticos y que otros países como China acabarán por adoptarlos a la larga.

¿Reivindicas Europa?

Duque:  Reivindico el ecosistema de libertad y ético que Europa defiende y que creo que beneficia también al desarrollo científico. En la antigua Unión Soviética, en un momento dado a Stalin le dio por negar la evolución y eso generó un retraso en biología evolutiva del que todavía no se han recuperado. Las sociedades demasiado jerarquizadas son funestas para el desarrollo científico.  Yo creo que Europa tiene que seguir siendo Europa y nos irá bien.

Echenique: Estoy de acuerdo con el ministro, la ciencia no solo aporta libertad sino que necesita libertad. Fíjate que en la Unión Soviética florecieron muchas áreas de la física teórica (toda la escuela de Landau) que no se encontraron con conflictos ideológicos, pero aquellas que se dieron contra ellos, como la relatividad o la biología se hundieron. Por otra parte, Europa tiene que estar atenta para no incurrir en otra variante de esos prejuicios ideológicos, como puede ser el caso en lo que se refiere a la  investigación y uso de  transgénicos.

Duque Ahí no veo tanto un problema de ética como de influencias de determinados grupos de presión que terminarán desapareciendo.

Echenique: El concepto ético fundamentalmente es que no todo lo que es posible es deseable. Y por lo tanto la sociedad en su conjunto hacen bien en poner límites a la ciencia y uno de esos límites es la ética. Cómo se implementan esos límites es otra cuestión,  pero yo creo que sí, que Europa lo hace bien.

Otra cuestión un poco relacionada: Europa en general y España en particular parece obsesionada con la investigación aplicada en contraste con la fundamental. ¿Cómo se consigue un balance entre ambas?

Duque: Creo que Europa es el mejor sitio del mundo ahora mismo para la ciencia básica, no hay ningún otro lugar donde se financie una proporción mayor de ciencia básica. Un argumento buenísimo que yo utilizo relacionado con el programa espacial es el de la industria de la ciencia. Simplemente el hecho de ir encadenando cada vez experimentos más sofisticados que a su vez necesitan aparatos cada vez más complejos, proporciona un desarrollo industrial que implica un retorno muy grande. Es muy bonito mandar un cohete a Marte, pero para eso hay que desarrollar el cohete, las turbinas, el combustible, los materiales, los computadores de a bordo, el software… Todo eso implica un desarrollo industrial enorme y muy puntero.

Echenique: Un ejemplo precioso es cómo se han descubierto que las ondas gravitacionales provienen de la colisión de unos agujeros hace miles de años. Esto solo ha sido posible gracias a una tecnología de láseres que es la que te permite medir distancias de aquí a Alpha Centauri con la precisión de un cabello. Es decir, un descubrimiento fundamental de ciencia básica se hace posible gracias a un avance formidable en ciencia aplicada.

Un ejemplo lo tienes en Galileo, que perfecciona un instrumento, el telescopio, y revoluciona de un golpe la astronomía y la cosmología. Otro ejemplo, la tecnología de tubos de vacío, que te permite descubrir el electrón en 1897. Los avances en física atómica hacen posible que estemos construyendo ya ordenadores cuánticos. Los avances en instrumentación nuclear, que se hicieron para buscar nuevas partículas elementales, producen escáneres médicos que salvan vidas. Lo aplicado y lo básico están relacionados y muchas veces la aplicación no solo ayuda a responder a la pregunta básica sino que abre nuevas preguntas, creando un círculo virtuoso.

Duque: Mi tesis es que desde los poderes públicos solo tenemos que poner los incentivos adecuados y los científicos se arreglan ellos solitos; si les proporcionamos una salida cómoda que permita la utilización comercial de sus experimentos o les damos ayudas para comercializar sus patentes, lo van a hacer sin duda. Lo que tenemos que crear es un ecosistema en el cual la ciencia básica se va transfiriendo a la sociedad.

Echenique: Una forma de resumir eso sería un gran desarrollo armónico de las diversas partes del sistema que favorezca la interrelación. La clave es que sea armónico.

Duque: Pero nosotros lo que fomentamos son las condiciones. Por ejemplo, acabamos de aprobar un sexenio de transferencia que hace posible que la transferencia a empresas y la divulgación también cuente en el currículo de los científicos. Poco a poco vamos a facilitar que los científicos se preocupen no solo por hacer buena ciencia, sino por divulgarla y por sus aplicaciones.

Echenique: A mí la idea me parece buena, pero sin olvidar los individuos. Habrá científicos punteros que no tengan ni la inclinación ni la necesidad de preocuparse de las aplicaciones prácticas de sus investigaciones, considera el caso de Einstein por ejemplo. Y otros que quizás encuentren un nicho excelente en esas aplicaciones, que se especialicen en transferencia. Yo creo que la mejor política científica es crear oportunidades en abundancia para los jóvenes creativos tanto en ciencia básica como aplicada. Y en eso estamos fracasando, no estamos creando bastantes oportunidades para los jóvenes, de hecho les estamos maltratando con carreras mal pagadas, precarias, con futuro muy incierto y mientras la clase científica sigue envejeciendo.

La forma en la que se hace ciencia está cambiando. La gran ciencia, con equipos de centenares o miles de científicos, cada día es más importante.  ¿Cómo se organiza uno en estos casos?

Duque: Uno de los problemas que te encuentras en países con una financiación insuficiente como el nuestro es la dificultad de financiar o contribuir a la financiación de proyectos muy grandes. Ahí sí que tenemos un problema. Si a las agencias de financiación se les da suficiente margen presupuestario, yo creo que el sistema funcionará tanto para los grandes proyectos como para los pequeños.

¿Las agencias de financiación se adaptan a los nuevos tiempos?

Duque: Yo creo que sí, es mucho trabajo y no exento de complejidad, pero los buenos proyectos y los buenos científicos siguen pudiendo evaluarse correctamente, creo yo.

Echenique: Por otra parte, cuando hay grandes proyectos y con la métrica actual, la relevancia de la contribución de cada científico individual es más difícil de medir. Por ejemplo, nuestra métrica de citas no sabe como sopesar el peso relativo de cada autor en artículos como los de los experimentos del CERN, con miles de firmantes. Es necesario entonces afinar cada vez más para identificar las contribuciones individuales.

¿Cómo facilitamos el dialogo entre ciencia y empresa en España?

Duque:  La más obvia son las aplicaciones, es decir, la investigación descubre materiales o técnicas  que hacen que ciertos productos se puedan fabricar de manera más eficiente y por lo tanto mejoran el negocio de las empresas. Esto se tiene que complementar con que las empresas se convenzan de que invertir en I+D+i les reporta beneficios a no muy largo plazo. Para conseguir ambas cosas, nuestra labor es  fomentar ese círculo. Para ello disponemos de varias herramientas. Una muy interesante es lo que llamamos compra pública innovadora: facilitamos la creación de productos que provienen de la ciencia y resulten atractivos para los inversores, por ejemplo, nuevos aparatos de imagen médica, o sistemas de IA para tratamiento de datos. Se trata de transferir el conocimiento que poseen los científicos a la sociedad mediante estas compras públicas, que a su vez motivan a las empresas e inversores. La compra pública innovadora se realiza a través de empresas, no de instituciones académicas. Por otra parte, dado el carácter innovador de las propuestas, las empresas tienen toda la motivación del mundo para trabajar estrechamente con los científicos.

Echenique: Hace falta diálogo. No basta con prometer a los empresarios que  «la ciencia os va a ser muy rentable». Yo creo que es más bien lo contrario, si hay un foro en que empresarios y científicos se puedan encontrar, te pongo por caso jornadas ciencia-empresa, lo que yo propondría es que cada uno le cuente al otro lo que le entusiasma de su campo. Me ha pasado a menudo que cuando hablo con amigos empresarios de la belleza de la ciencia, o les explico los conceptos de simetría, el criterio de verdad, etc., se entusiasman. Y a mí me ocurre algo parecido con ellos. Un empresario que quiere poner en el mercado un nuevo aparato de imagen médica, como comentaba antes el ministro, no está pensando solo en lo rentable que le va a salir, yo creo que lo que más le importa es crear ese producto nuevo y útil para todos y lo hace con la misma ilusión que el científico. Hace falta diálogo. Que nos conozcamos las dos comunidades. Para eso hace falta tiempo y un buen entorno, unas reuniones apresuradas dirigidas a como las partes pueden obtener beneficios son mucho menos efectivas que un programa de encuentros en el que esa convergencia surja de manera natural.

Duque: En el mundo de la empresa hay que contar también con la responsabilidad social corporativa, las empresas no se mueven de manera tan ágil como los científicos. Pero sí es posible incentivarles a que inviertan en ciencia.

¿Todavía estamos anclados a lo que inventen ellos?

Echenique: No. Yo creo que no hay que ser tan pesimistas. España tiene grandes grupos internacionales de ciencia. Es verdad que no es un país grande en ciencia. ¿Por qué? Por la ausencia de una política a largo plazo, algo que hemos sufrido de manera aguda en la última década. Y también por una estructura que impide que la gestión de los fondos sea lo más eficiente posible. Pero todo se puede mejorar. No hay que ser tan pesimista.

Duque: Está claro que la última década ha sido una década de decisiones erróneas por una parte de los gobiernos de España, pero a base de esfuerzo y sufrimiento por parte de mucha gente se ha mantenido un buen nivel e incluso se ha subido en algunos indicadores. Por ejemplo España es el país que más proyectos conjuntos con otros países lidera dentro del programa Horizonte 2020. Yo estoy convencido de que aún estamos a tiempo de rescatar la ciencia en España si empezamos ya a revertir la situación.

Echenique: Creo que es esencial que las clases políticas y la sociedad en general asuma el hecho de que el conocimiento es la materia prima de la nueva economía con una ventaja respecto a las otras materias primas, ya que el conocimiento siempre crece y de hecho crece más cuánto más lo usas. Al revés que con el jabón. El conocimiento es inagotable

Duque: Totalmente de acuerdo, el único activo con valor real es el conocimiento, por lo tanto incrementar el conocimiento es la única inversión verdaderamente sostenible a largo plazo.

Siendo tan importante el conocimiento, ¿cómo es posible que el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades no esté hiperfinanciado por nuestro propio bien?

Duque: Espérate que tengamos presupuesto y veremos a ver cómo quedamos (risas).

Duele, pero también asombra que se haya regateado la inversión en ciencia, dado que se trata de partidas bastante modestas. Estamos hablando de inversiones anuales equivalentes a lo que cuesta el traspaso de un par de jugadores de fútbol de élite.

Duque: Tienes razón, es bastante asombroso, y además España es el único país que ha hecho esto en Europa, como ya he comentado. La situación me recuerda la de esas empresas, en las que, frente a una crisis, se deja la dirección al contable. Siempre se hunden. Esto es literal, me lo decían mis amigos empresarios. Cuando manda el contable, quiere decir que la empresa está en tal grado de falta de futuro que lo único que le importa es conseguir caja, por lo que ni se te ocurra invertir en ella.

¿Y tenemos la fe de que esto va a cambiar?

Duque: Sí, yo creo que sí.

Desde luego, debe de haber una razón por la que han nombrado un ministro de ciencia por primera vez en ocho años. Hay una toma de posición muy clara

Duque: Yo tengo esperanza. Si verdaderamente tenemos un período de suficiente estabilidad por delante, conseguiremos relanzar la ciencia y la innovación en España.

Nanotecnología, neurociencia, nanociencia, computación cuántica, inteligencia artificial, manipulación genética. ¿Estamos en el umbral de un Brave New World?

Duque: No creo que estamos en una situación radicalmente distinta de la que hemos estado durante el resto de la historia del desarrollo científico tecnológicos. Nadie sabía dónde nos iba a llevar la posibilidad de enviar gente al espacio. Y, bueno, hemos intentado utilizar esos avances de la mejor manera posible. Todo esto sí que es cierto que produce un desplazamiento del foco y que ahora mismo muchísimas cosas que creíamos que sabíamos, de ciencia de materiales, por ejemplo, se han quedado obsoletas mientras que creamos otros nuevos inimaginables hace un par de décadas.

Echenique: En realidad siempre ha ocurrido eso. Cada avance hacia lo desconocido siempre se ha visto con miedo. La gente siempre quiere seguridad, el avance rompe esa seguridad. En los primeros tiempos del ferrocarril se especulaba que los viajeros podían quedarse ciegos debido al exceso de velocidad, por ejemplo. Por otra parte lo que es nuevo de los tiempos que vivimos es la aceleración del cambio, que cada vez es mayor —vivimos en tiempos exponenciales—, y naturalmente crea incertidumbre. Creo que no nos queda otra que aprender a vivir con ella. La evolución de la IA por ejemplo, unos lo ven como una amenaza, incluyendo científicos muy prestigiosos, otros de no menos prestigio la ven como una bendición. Lo mismo podría decirse de la manipulación genética o la nanotecnología. Vamos a vivir una ética de incertidumbre

Duque: Por supuesto que en toda la historia el movimiento siempre ha sido cada vez más acelerado, pero el tiempo que vive una persona siempre es  parecido y ahora mismo lo que ocurre es que en casi todas las ramas de la ciencia, las personas se tienen que reciclar dos y tres veces a lo largo de su carrera, cosa que hace medio siglo no ocurría, y eso es un desafío considerable para la universidad. Las clases hay que revisarlas como mínimo cada cinco años. Los apuntes que tenía un oncólogo que estudió, digamos en 1980, están completamente obsoletos. Eso quiere decir que la sociedad del conocimiento de la que hablábamos antes, también es la sociedad del conocimiento acelerado, que exige una universidad mucho más dinámica y adaptable.

Echenique: Muy cierto, pero a la vez  hay que acertar en los conceptos básicos de cada disciplina, en los troncos esenciales de los que se van a derivar las especializaciones, en otro caso nos arriesgamos a caer en una situación en la que se sabe de mucho pero se entiende poco. Entender va más allá que saber, entender significa apropiarse de lo que uno sabe para que una vez dominado se convierta en un instrumento de creatividad, y para eso hace falta un plan de estudios que seleccione lo básico de cada disciplina, algo muy difícil con el sistema actual. Si la universidad de Barcelona hiciese el plan de estudios de la de Madrid y la de Madrid el plan de la de Barcelona, estaríamos mucho mejor al no condicionarnos a intereses locales.

Nuestras universidades no sacan muy buenas notas en los rankings internacionales…

Duque: A ver, lo primero es que tampoco leemos esos rankings del todo bien. Hay muchas universidades españolas que están en posiciones muy destacadas, en determinados campos. Lo que no tenemos en España es universidades que destaquen en todos los campos. Pero es que el sistema español no está diseñado así. Nuestro sistema se diseñó para que hubiera universidades cerca de los grandes núcleos de población, lo que hace muy accesible a los ciudadanos la educación pública. Por otra parte, la investigación se fomenta con proyectos de investigación públicos y ahí, las áreas de mayor excelencia son las que mejor lo aprovechan. Es decir, no tenemos universidades que están en el top de, digamos, Shangái, en todas las áreas, porque no las diseñamos para eso; muchas de las que lo están son empresas privadas cuyo objetivo es diferente al de las universidades públicas españolas, solo tienes que comparar lo que cuesta la matrícula. Sin embargo, nuestro sistema de financiación sí permite que en las áreas que interesan a los mejores grupos de investigación seamos tan buenos como el que más.

En ese sentido, un estudiante con motivación y capacidad en España puede escoger la universidad que mejor se adapte a lo que quiere hacer, aunque no sea la que le pilla más cerca. Para eso, también es necesario mejorar es el sistema de becas, de tal manera que ese estudiante brillante y motivado pueda desplazarse si elige otra universidad. La cantidad que le damos a los becarios para vivir en un área de España que no sea suya es demasiado pequeña. Ahí tenemos que trabajar. Y es cierto que tenemos que incentivar que en la universidad entre savia nueva a todos los niveles. Es muy difícil que eso ocurra, pero creo que sí es posible diseñar unas reglas generales que vayan encaminando esa evolución a todos los niveles.

Estamos pensando cómo podrían ser estas nuevas reglas, esta ley orgánica, de manera que no nos metamos con las competencias de las comunidades. Pero que hagamos lo racional a un nivel de regulación completa desde arriba de tal manera que no tenga que hacerse a nivel personal. Por ejemplo, no puedes esperar que la decisión de que un tribunal de oposición tenga una mayoría de personas de fuera de la universidad salga de la propia universidad. Es una medida correcta, pero muy difícil de proponer desde dentro.

Echenique: Y sin embargo en Harvard o en Oxford, el profesorado se selecciona internamente. La razón es que en esas universidades los departamentos quieren seleccionar a los mejores y por tanto no necesitan regulación alguna. Y la razón de este interés es que si un departamento no selecciona a los mejores y se queda atrás, se arriesga a que lo cierren. La universidad española no está especialmente interesada en seleccionar a los mejores porque no le resulta especialmente rentable. Habría que pensar cómo conseguir precisamente eso, que fuera rentable para las universidades españolas escoger a los mejores. Y eso no es nada fácil, dado el sistema de gobierno de la universidad.

Por otra parte tampoco hay que engañarse, la inversión en las universidades de élite a la cabeza de los rankings es enorme comparada con la inversión en las universidades españolas, estoy seguro de que si normalizamos los resultados a la inversión por alumno, quedaríamos estupendamente bien. Otro efecto importante que no hay que olvidar es la dispersión, en España ninguna universidad se va mucho del valor medio, todas son razonables, como ha dicho el ministro, algunas destacan en un campo particular, otras en otro, pero el nivel medio de todas ellas no es muy dispar. En cambio, en Estados Unidos la dispersión es mucho mayor y solo nos fijamos en las mejores. Hay una anécdota muy conocida en la que le preguntaron al embajador de Estados Unidos si las cien mejores universidades del mundo estaban en Estados Unidos y este contestó «No estoy seguro, posiblemente muchas sí, pero de lo que no me cabe duda es de que las cien peores sí están en Estados Unidos». El sistema norteamericano tiene diversidad y heterogeneidad de las instituciones, mientras que el sistema español tiende a la uniformidad. Esto tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. La Universidad Autónoma de Madrid, o la de Barcelona, o la de Euskadi, no son Harvard ni Yale, pero un chico o una chica de familia trabajadora con pocos ingresos lo tiene mucho más fácil para estudiar en esas universidades, a un coste asequible, de como lo tendría para estudiar en universidades de categoría equivalente en Estados Unidos, no digamos ya en Harvard o Princeton. Así que nuestro sistema tampoco está tan mal si se pone todo en la balanza. No obstante, es imprescindible motivar la necesidad de excelencia desde dentro de la universidad y eso, ya lo hemos dicho, es muy difícil. Para que eso ocurra tiene que ser rentable hacerlo bien.

Duque: En toda esta combinación entre incentivo y norma hay que utilizar el mínimo de normas y el máximo de incentivos personales, institucionales, de grupo, etc. Por otra parte,  tenemos que encontrar una manera de transmitir los incentivos a lo largo de la cadena jerárquica, que es lo que se hace en las empresas normalmente. Si cada departamento es una entidad independiente de las facultades, que también son independientes, resulta dificilísima la cadena jerárquica.

El DIPC organizó en septiembre el festival sobre educación científica más grande del país, del País Vasco, de España y quizá de Europa.

Echenique: Estamos muy orgullosos de Passion for Knowelege. Es una apuesta decidida por acercar el conocimiento a la sociedad. La verdad es que fue una semana maravillosa, no solo por la calidad de los invitados que trajimos, entre los que se cuentan muchos premios nobel, pero también muchos científicos jóvenes muy punteros. Te pongo ejemplos, este año trajimos a Barry Barish, premio nobel por las ondas gravitaciones, a científicos españoles tan destacados como Ginés Morata o Juan Ignacio Cirac, pero también a científicas jóvenes muy punteras como María Martinón-Torres o a la flamante rectora y excelente investigadora de la UPV/EHU, Nekane Balluerka. Pero P4K, ofrece mucho más, divulgación, humor, espectáculo, arte… Queremos llevar esa pasión a la sociedad y creo que lo estamos consiguiendo.

¿Coincidís en que en España no solo tenemos fe en la ciencia sino esperanza?

Echenique: A mí me parece que el pesimismo, sobre todo en público, es estéril. Flagelarse, y no digamos ya flagelar a los demás, no conduce a nada. Ha habido una mejora sustancial, es verdad. Es una pena lo que ha pasado en la última década, pero sí, tengo fe que este retroceso no es irremediable. Construir requiere muchos años. Destruir se puede hacer en pocos.

Duque: Hay mucho potencial en este país y mucha esperanza. Tenemos que continuar con las reformas en todas las áreas que sean de competencia de los poderes públicos. Hemos tenido apoyo desde presidencia. Si perseveramos en un modelo de moderados y asumibles pero decididos podemos perfectamente tener un futuro brillante todavía.

 


The Day After, una bomba atómica psicológica y su respuesta soviética

El día después (1983). Imagen: ABC Circle Films.

El 21 de noviembre de 1983, la revista Newsweek sacaba en portada una TV-Movie de la cadena estadounidense ABC. El titular decía «TV’s Nuclear Nightmare». Recogía el impacto que había tenido la emisión de la película The Day After sobre un ataque nuclear en Estados Unidos. Fue la película con más audiencia de la historia de la televisión, más de cien millones de personas la vieron en directo, y el semanario se preguntaba si la cadena había realizado un servicio público o emitido propaganda. ¿Cómo afectará a los niños? rezaba el subtitulo.

A un niño español que la vio por la tele a finales de los ochenta en España, como fue mi caso, le impactó bastante. No como para ponerse a llorar o no poder dormir, pero sí para quedarse de piedra y tomar conciencia de que una guerra nuclear, como se decía entonces, no la gana nadie. Sin embargo, la URSS desapareció, así como los regímenes comunistas europeos, llegó la globalización, la interconexión, etc… y nos olvidamos del riesgo de guerra nuclear.

Ese miedo había existido durante décadas. La información sobre Hiroshima y Nagasaki era suficiente para asustar a la población. Tal y como recoge el documental The Atomic Café en 1982, desde los cincuenta se filmaron numerosas películas y vídeos informativos para preparar a la gente para una conflagración de estas características y, al mismo tiempo, normalizar el riesgo. En los noticiarios sobre las pruebas nucleares se minimizaban los efectos, quienes advertían de que las consecuencias eran más graves, eran tachados de locos y borrachos, o de algo peor, de comunistas. En el mismo documental aparecía Lyndon B. Johnson diciendo sobre la bomba: «Hay que acostumbrarse a tenerla y vivir en un mundo donde el enemigo de la libertad también la tiene».

Durante los sesenta y setenta hubo un periodo de distensión, pero en el ocaso del gobierno de Brezhnev se recrudeció el enfrentamiento. En contra de esta dinámica, siempre hubo activismo en contra de las armas nucleares, pero más que sus manifestaciones, a principios de los ochenta unos artículos de la superestrella científica Carl Sagan tuvieron un gran impacto en la opinión pública. El divulgador advertía de que una guerra de estas características llevaría al invierno nuclear, que podría causar la extinción de la especie humana. Los obispos católicos y el resto de autoridades cristianas del país se posicionaron en contra de las políticas de Reagan de proliferación de armas nucleares. En 1982, las encuestas nacionales mostraban que ocho de cada diez personas estaba a favor de congelar la fabricación de este tipo de armas. En junio de ese año, cientos de miles de personas se manifestaron en Nueva York a favor del desarme.

La opinión pública no estaba dormida, pero el antes y el después se produjo un año más tarde. El 20 de noviembre de 1983, la cadena ABC emitió The Day After. Ya había habido películas de género postapocalíptico. La más famosa era El planeta de los simios, que acababa con una Estatua de la Libertad neoyorquina rota en la playa como vestigio inequívoco del fin de la civilización humana. Las grandes capitales habían protagonizado muchas películas de estas características, esa era la gracia que tenían, de hecho, pero The Day After transcurría en Lawrence, Kansas. Una localidad prototípica de los estadounidenses que Nixon bautizó como «mayoría silenciosa», aquellos que apoyaban a su país en la guerra de Vietnam por mucho dolor que causara.

La cadena anunció a bombo y platillo la emisión de la película con meses de anticipación. La expectación fue extraordinaria. El director, Nicholas Meyer, declaró públicamente que su película no tenía fines propagandísticos. La cadena tenía miedo a que se percibiera como una crítica a la política exterior estadounidense y los anunciantes la vetaran. La cinta se editó concienzudamente, se eliminaron escenas y diálogos para suprimir cualquier posible mensaje político que pudiera interpretarse. Sin embargo, años después, Meyer reconoció que aspiraba a desalojar a Ronald Reagan cuando afrontase la reelección.

Los cambios fueron sustanciales. Inicialmente, iba a ser una miniserie, como V, de la NBC, que había arrasado en mayo de ese año, pero se minimizó su impacto convirtiéndola en película. Como se temía que muchos anunciantes se podían echar atrás, de este modo se recortaron gastos. De hecho, aunque al final se vendieron todos los huecos disponibles para la publicidad, se hicieron a un precio menor del ofertado inicialmente.

En marzo del 83, Reagan había puesto en marcha la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI), conocida como Guerra de las Galaxias. Una política defensiva, pero de facto aceleraba la carrera armamentística. En estas circunstancias, el revuelo organizado por la película que se iba a emitir llamó la atención de la Casa Blanca. Everett Erlick, vicepresidente ejecutivo y asesor jurídico de ABC, se ofreció para hacer un pase privado en el despacho oval, pero James Baker, jefe de personal de la Casa Blanca, lo impidió. Tenía miedo de que si finalmente The Day After no se hubiese emitido por falta de anunciantes se pudiera decir o sospechar que había sido por un veto impuesto por el presidente. Sin embargo, fue el propio Reagan el que pidió verla después de leer en octubre su presentación en National Review. El lunes 10 de octubre, escribió en su diario:

Día de Colón. Por la mañana, en Camp D. Pongo la cinta de la película que va a  emitir ABC el 20 de noviembre. Se llama El día después. Va de cómo la guerra nuclear con Rusia arrasa Lawrence, Kansas. Tiene un fuerte presupuesto de siete millones. Es muy efectiva y me ha dejado totalmente deprimido. Todavía no han vendido los veinticinco anuncios que tenían programados y puedo ver por qué. Si servirá de ayuda al movimiento antinuclear o no, no lo sé. Mi propia reacción fue que tenemos que hacer todo lo que podamos para tener un elemento disuasivo y que nunca haya una guerra nuclear.

Días después, volvía a anotar.

Todavía estoy luchando contra la depresión que me causó El día después.

Y posteriormente

Todavía había algunas personas en el Pentágono que creían que una guerra nuclear era ganable. Pensé que estaban locos. Peor aún, parecía que también había generales soviéticos que pensaban en términos de ganar una guerra nuclear.

Imagen promocional de El día después (1983). Imagen: ABC Circle Films.

Sus biógrafos dijeron después que la imagen que más le impactó fue la de Jason Robards caminando por las cenizas de su casa. Se ha dicho que quedó tan conmocionado que decidió dar un giro a sus políticas e iniciar un acercamiento con la URSS. Lo que ocurrió después está en la hemeroteca, volvió la distensión y con toques festivos. El impacto fue tal que, en un libro que se publicó después, Robert Hutchings, un experto en Europa Oriental del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, confesó que uno de los mayores retos de la administración Bush fue volver a convencer a los estadounidenses de la necesidad del dotarse de un arsenal apropiado de armas nucleares después de la repercusión de la película.

Las emotivas palabras de Reagan y el giro constatable que tomó su presidencia pueden resultar admirables e incluso enternecedores, pero también se ha documentado que la realidad pudo ser más prosaica. Las conversaciones de paz con Gorbachov han sido vistas como una escenificación muy astuta, como explica el documental The Reagan Show, para salir del bajón de popularidad que supuso el Irán-Gate y el descubrimiento de que la CIA había estado relacionada con operaciones de tráfico de drogas para financiar a aliados de dudosa reputación. Al mismo tiempo, como ha documentado Adrian Hänni en A Chance For a Propaganda Coup? The Reagan Administration and The Day After, la previsible influencia de la película puso en alerta a su gabinete y trazaron un plan para situarse inmediatamente después de su emisión en cabeza de las ansias de paz que iban a aparecer y no enfrente. The Day After supuso una oportunidad para ellos.

La audiencia fue de varias decenas de millones más de lo esperado. George Shultz, secretario de Estado, compareció en cuanto se acabó para trasladarle a los estadounidenses un mensaje tranquilizador, que no había ninguna guerra nuclear inminente. Sin embargo, eso preocupó más a los espectadores. Que saliese alguien de su nivel a decir que no pasaba nada solo indicaba que el asunto era serio realmente, por mucho que sostuviera que el único motivo por el que Estados Unidos tenía armamento nuclear era para asegurarse de que este tipo de armas no se utilice nunca.

A partir de entonces, la consigna principal del equipo de Reagan fue que ningún político negase el mensaje de la película. El escenario descrito por Nicholas Meyer podía ser perfectamente real. Había que hacer hincapié en que durante todo el año Reagan había solicitado una cumbre con Yuri Andropov. Incidir ahí era la clave. Si el líder soviético se negaba, era porque él no quería resolver el riesgo de guerra nuclear. Si aceptaba, la iniciativa había sido de Reagan

No obstante, el 1 de septiembre los soviéticos habían derribado un Boeing coreano con doscientas sesenta y nueve personas abordo que se había adentrado en su territorio. Andropov se había quejado de que la entrada del avión en su espacio aéreo respondía a una «sofisticada provocación, organizada por los servicios secretos estadounidenses». La reunión no fue posible en ese clima y, además, a Andropov le quedaban pocos meses de vida.

Lo que sí que hubo fue una ofensiva en los medios. En cuarenta y ocho horas, el portavoz de la Casa Blanca había aparecido en doce televisiones, la mitad de ellas nacionales. En días sucesivos, personajes afines al gobierno salieron en los principales canales y en los programas más importantes, como Meet the Press de la NBC o Crossfire de la CNN. También enviaron gente a quince programas de radio. Se escribieron artículos de opinión para el New York Times, firmado por el vicepresidente George Bush, el Washington Post, por el secretario de Defensa Caspar Weinberger. También en el USA Today, Journal Star, Washington Times, New York Post, etc… La Casa Blanca llegó a poner a disposición de la ABC un número de teléfono para que se lo facilitasen a la audiencia y los espectadores pudieran llamar y expresar su opinión. Miles de personas lo hicieron, se necesitaron decenas de operadores.

Cuando compareció Reagan, habló sin mencionar la película directamente, pero dejó claro el mensaje asociado a ella: «Nuestro objetivo debe ser la eliminación final de todas esas armas […] el principal objetivo de nuestra administración es ayudar a construir un mundo más seguro y más pacífico». Dos días después de la emisión sí que aludió directamente a ella, dijo que estaba «bien rodada» y que no había nada que temer: «No dijo nada que  no supiéramos, la guerra nuclear sería horrible, por eso estamos haciendo lo que estamos haciendo, de modo no que no habrá una».

La siguiente iniciativa fue ofrecerle a los soviéticos la película para que la pudieran ver también en su país. Se tradujeron unos subtítulos al ruso y se le cambió el título por uno más elocuente y amenazador, pasó a ser El último día. No funcionó. Hubo pases privados, pero la cinta no llegó a la televisión soviética hasta mayo de 1987, aunque sí que se habló de ella. El 23 de noviembre, se dieron algunas imágenes en los informativos y un reportero frente al edificio de la ABC dijo que Reagan había intentado que no se emitiera la película.

Como cuenta Andrei Kozovoi en More Powerful Than The Day After, en junio de 1984, Valery Karen, un actor armenio, miembro del partido, se presentó en el estudio de cine soviético más importante, Mosfilm, para protestar por la influencia que estaba teniendo en toda Europa la película estadounidense. Tras el éxito en su emisión en directo reflejado en la prensa mundial, durante 1984 en Europa se había presentado en cines. En España, el estreno lo patrocinó la revista Tiempo. Da buena cuenta de la expectación que había la lista de invitados. Estaban la madre del rey, condesa de Barcelona, Gutiérrez Mellado, Manuel Fraga —que abandonó la sala al final a toda prisa—, Santiago Carrillo, Gerardo Iglesias y el embajador soviético, Yuri Dubinin, quien manifestó que no le cabía duda de que un suceso de esas características sería peor en la realidad que en la ficción.

El día después (1983). Imagen: ABC Circle Films.

Al término de la proyección, un Dubinin lacónico y escurridizo se remitió a la película para dar a conocer su opinión: «El filme es suficientemente elocuente; para evitar las consecuencias de lo que presenta como hipotético debemos tener esperanza e ilusión de que se va a terminar la posibilidad de todo uso de las armas nucleares (…) Las opiniones sobre el carácter impresionante de la película no fueron generales».

El portavoz socialista en el Congreso, Javier Sáenz de Cosculluela, juzgó «demasiado efectista el filme», pero Marcos Vizcaya, portavoz del Partido Nacionalista Vasco en la misma cámara, pareció hondamente impresionado: «Esta película va a motivar una reflexión, porque, como se dice en ella, vamos a llegar al holocausto nuclear sin que nos demos cuenta ni haya posibilidades de controlar a los que al final aprietan el botón».

Un filósofo, Fernando Savater, vio también en este filme («que no es gran cosa») una consecuencia pedagógica: «Nos enseña a observar más de cerca la paradoja a que nos lleva el equilibrio del terror, que conduce al mundo a un mecanismo neurótico». A juicio del historiador Ángel Viñas, la película («que no está mal enfocada») lleva a la opinión pública «la conciencia del potencial trágico de este sistema de disuasión, cuya lógica hay que cambiar radicalmente».  (El País, 6 de marzo de 1984)

Hasta hubo cierto debate en España. Un reportaje de Joaquín Prieto en el mismo periódico se quejaba de que el país no estaba preparado para ese escenario: «Mientras nueve de cada diez suizos, o cinco de cada diez escandinavos, disponen de refugios para intentar la supervivencia en caso de riesgo nuclear, en España el estado de la cuestión se resume en la falta de todo dispositivo», protestaba. Se supone que la amenaza no nos involucraba. No había armas nucleares en la península, pero solo en teoría. Miembros del PCUS habían dudado públicamente de que fuera así.

En Estados Unidos, por las noches la gente salía con cirios a protestar. En Reino Unido, tras el verano, se estrenaron Threads y un documental, On the 8th Day. En 1965, The War Game de Peter Watkins, no llegó a emitirse porque se temía el impacto que pudiera causar en los telespectadores. Según Soledad Gallego, corresponsal en Londres en aquel momento, la audiencia quedó aterrorizada. Threads no se quedaba solo en el día después, se iba a trece años más y mostraba los cambios climáticos que se producirían y las hambrunas. Ya en 1975 tuvo éxito la serie Survivors, pero la humanidad en ese caso había desaparecido por un virus, no por la hecatombe nuclear. En Alemania Occidental se estrenó justo antes de la instalación de unos misiles y el distribuidor de la película manifestó en los medios: «Esperamos poder cambiar la mentalidad de nuestro gobierno sobre los misiles mientras aún haya tiempo».

Solo un año atrás, en 1983, se había estrenado en Europa Kamikaze 1999, de Luc Besson, que explotaba el mismo tipo de fantasía. Poco antes, Mad Max 2 y 1997: Rescate en Nueva York habían impulsado una producción de género posapocalíptico que encontró su época dorada. Precisamente, el semanario Newsweek, que se preguntaba si los jóvenes debían ver The Day After, concluía que ya habían visto tantas imágenes en el cine de terror que no debía impactarles demasiado, sin embargo, no se hablaba de otra cosa.

Por eso el soviético Valery Karen estaba indignado. Protestó ante sus camaradas porque «el país que es el mayor defensor de la paz mundial no tiene una película como la que ha rodado el país que es el centro del peligro». Karen pidió un film que asustase al espectador, que le obligase a «salir del cine para irse a protestar a la calle pidiendo la paz en el mundo». Ese fue el origen de Pis’ma mertvogo cheloveka (Cartas de un hombre muerto) de Konstatin Lopushansky.

No fue fácil llevar a término el proyecto. Se desarrolló finalmente en Lenfilm, los segundos estudios del país y hubo un sinfín de trabas y problemas que dilataron el proceso casi tres años. En la cinematografía soviética ya se había tocado de pasada el tema. Polvo de plata (Serebristaya pyl, Abram Room,  Pavel Armand 1953), iba sobre una guerra entre corporaciones americanas por el arma de destrucción masiva definitiva que había acababa de inventar un científico estadounidense. En Nueve días de un año (9 dney odnogo goda, Mikhail Romm, 1962) un científico quedaba expuesto a la radiación en un experimento y sufría las terribles consecuencias. Películas extranjeras como On the Beach, de Stanley Kramer, habían tenido pases privados, aunque no se permitió su difusión en la URSS por ser «demasiado pesimista», pero Hiroshima mon amour, de Resnais, tuvo gran influencia en muchas películas soviéticas, al menos en lo referido a las consecuencias sobre la población del ataque nuclear estadounidense en Japón. Tras la muerte de Stalin, también la literatura de ciencia ficción soviética abordó los holocaustos nucleares y dio clásicos como en La nebulosa de Andrómeda, de Ivan Efremov.

En 1972, La domesticación del fuego (Ukroshchenie ognya) de Daniil Khrabrovitsky, trataba el desarrollo de la bomba nuclear soviética y Elección de objetivo (Vybor tseli) de Igor Talankin en 1974, justificaba la producción de armas nucleares como elemento disuasorio. Sin embargo, con el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú de Carter, con la correspondiente pérdida de reputación en el mundo, el partido emitió una resolución en 1981 que instaba a la producción de películas destinadas a niños y adolescentes que les transformasen en «auténticos patriotas e internacionalistas», aunque el verdadero problema de las autoridades soviéticas con lo posapocalíptico era Sajarov. El científico que había diseñado la bomba de hidrógeno no había tardado en denunciar la carrera armamentística y advertir que nadie podía ganar una guerra nuclear, en 1975 no pudo recoger el Nobel de la Paz y en 1980 se le envió al exilio interno en Gorky. Su repercusión e influencia como disidente había convertido el asunto en un tabú.

Inicialmente, Cartas de un hombre muerto se iba a llamar La advertencia. Los permisos para empezar con ella se pidieron el 6 de septiembre de 1983. Se etiquetó como «ciencia ficción política». Era el primer gran proyecto del director Konstantin Lopushansky y el escritor de ciencia ficción Vyacheslav Rybakov, que se haría cargo del guion, el cual fue calificado por las autoridades a las primeras de cambio como «demasiado aburrido» y «neutral». Estaba despolitizado, «los protagonistas no intentan descubrir quién lucha contra quién», se quejaban en Lenfilm.

Un asesor, el prestigioso director soviético de Bielorrusia Iosif Kheifits, dijo que, en realidad, lo único positivo de The Day After era la escena de las explosiones atómicas, pero que carecía de «valor artístico». Por este motivo, Boris Gontarev, responsable de la producción, ordenó del guión que la película de Lopushansky debía ofrecer esperanza en lugar de extender el pánico.

Cartas de un hombre muerto (1986). Imagen: Lenfilm Studio.

Para febrero de 1984, estaba lista una segunda versión revisada. La influencia de The Day After seguía creciendo en todo el mundo y se estrenó en Estados Unidos otra película con un escenario de la III Guerra Mundial, Amanecer rojo (Red Dawn, John Millius) Entraron las prisas. El Comité Central del Partido y el consejo de ministros anunciaron «medidas para mejorar los niveles ideológicos y artísticos de las películas y reforzar la base tecnológica de la industria cinematográfica».

Eso suponía vientos a favor desde la cúpula del partido, pero los engranajes burocráticos siguieron poniendo trabas. Un informe denunció que Lopushansky, aparte de no tener experiencia, era ucraniano y no estaba afiliado al partido, podría imponer un sesgo nacionalista. Había sido violinista, eso podía hacerle caer fácilmente en «formalismo». Además, lo peor, había sido discípulo de Tarkovsky, un director que había sido tolerado solo porque obtenía premios en el exterior, porque en la taquilla soviética tenía resultados más que discretos.  

Anatoly Gromyko, hijo del ministro de Asuntos Exteriores, apoyó al joven director en su calidad de asesor científico de Lenfilm, pero no sirvió de nada. El guion volvió a ser rechazado por ser demasiado largo, tener demasiado diálogo y no mostrar el antagonismo entre socialismo e imperialismo. Se había perdido toda la «intención propagandística». Como sospechaban, se percibía que los autores querían ser filosóficos y no políticos. «La narrativa principal es incomprensible», sentenciaba. Sin embargo, la cercanía del 12º Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes de Moscú era una buena oportunidad para estrenar una película de estas características y aceptaron seguir a regañadientes.

Para protagonista, el profesor Larsen, fue elegido el legendario actor soviético Rolan Bykov. Daría prestigio al proyecto y bajo su paraguas lograrían eludir parte de la censura, pero también salió mal. Lopushansky pronto empezó a pelearse con él, Bykov no entendía a su personaje. El actor escribió en su diario: «Todas las ideas de Lopushansky son medio chaladuras, es imposible encontrar una forma de trabajar con él». Para colmo, tenían que interrumpir el rodaje por los múltiples compromisos de Bykov. Si se iba al extranjero, todo quedaba interrumpido durante semanas. En enero del 86, todo estuvo a punto de cancelarse para siempre cuando Bykov sufrió un infarto. Según los informes de los estudios, hubo acusaciones de que el problema cardiaco lo desencadenaron sus disputas con el director de la película y el tener que estar rodando en una húmeda cueva.

Todo iba de pena, los primeros resultados de la posproducción, además, enervaron a los burócratas. El 11 de enero el respetado director Vitalii Melnikov de Lenfilm denunció en otro informe las escenas «largas y pretenciosas». Seguía sin haber ni rastro de confrontación entre socialismo y capitalismo y «con un tono monótono y pesado», entendieron que Lopushansky no hacía más que imitar pobremente a Tarkovsky. De nuevo, una carta de Gromyko salvó la película in extremis, el científico escribió que la cinta «sin ninguna duda, representa el riesgo de una guerra nuclear de una forma mucho más poderosa que la película americana».

La disputa se decantó del lado de Lopushansky  cuando, en marzo de 1985, hubo grandes cambios en toda la URSS. Llegó al poder Gorbachov y admitió la conclusión reiterada durante años por los expertos de que una guerra nuclear no puede ganarse. Una declaración sin precedentes en un líder soviético, aunque Kozovoi especifica que se hicieron con la intención de que Reagan retirara su Iniciativa de Defensa Estratégica, el famoso escudo, así que muy sinceras no eran, aunque se rehabilitó a Sajarov y se le liberó de su exilio interno. Eso fue más importante, el profesor Larsen de la película guardaba cierta relación con su figura.

El político Alexander Yakovlev, al que habían apartado de la política soviética enviándole como embajador de Canadá, regresó para convertirse en asesor de Gorbachov. Procedía del departamento de propaganda del Comité Central, pero había adoptado tesis demócratas y por eso se truncó su proyección. No obstante, en América había observado cómo el anticomunismo se filtraba por todos los medios culturales y periodísticos y trató de implantar algo parecido en la URSS. Antes de la cumbre de Reykjavik, ordenó presionar con estas armas criticando la política de defensa de Reagan. Paradójicamente, estos cambios se tradujeron en una limpia entre los responsables del cine, se sustituyeron por progresistas y liberales, y entró como máximo responsable Elem Klimov, el autor de Masacre, ven y mira. Con estas nuevas directrices, por fin la película vio la luz. Se pusieron todas las facilidades para que se estrenara cuanto antes.

El título se cambió por Cartas de un hombre muerto para evocar al Gogol de Diario de un loco y las Memorias del subsuelo de Dostoyevski. Se estrenó el 15 de septiembre de 1986 en Moscú. Un artículo en Izvestia explicaba que la película invitaba al espectador a pensar, no a temer, como pasaba con la estadounidense. Genrikh Borovik, periodista y presidente del Comité Soviético Para la Defensa de la Paz, manifestó en una entrevista que, con claridad, la película soviética era «artísticamente superior» a su contraparte estadounidense.

La prensa publicó que a los espectadores les conmovieron las escenas de niños enfermos por la radioactividad. Rolan Bykov fue premiado por su papel en la República Socialista Rusa, al igual que el guionista. Las autoridades se pusieron manos a la obra a difundir la película como un reflejo del nuevo pensamiento de Gorbachov y promocionar a Lopushansky como «el nuevo Tarkovsky». Llegó a haber estrenos en Francia, Alemania y países como Portugal, también dio el salto y se emitió en Canadá y Estados Unidos por televisión por cable. La prensa soviética presumía de las ventas a distribuidores extranjeros.

El impacto, sin embargo, fue mucho menor. El recuerdo de la cinta hoy, prácticamente inexistente. Se recuerda mucho más Soviet, la respuesta, (Odinochnoye plavanye, Yevgeni Mesyatsev, 1987) Siguiendo las instrucciones de Yakovlev y Gromyko, es decir, para denunciar la belicosidad de Estados Unidos, era una película de acción convencional que quedó grabada en los usuarios de los videoclubs por ser promocionada como «el Rambo soviético», aunque no tuviera nada que ver tampoco con el cine de Stallone.

La realidad fue la que fue, las audiencias masivas no cayeron cautivadas la  película de Lopushansky en ninguna parte, al final era cine de autor, una propuesta oscura y lenta. Se ha especulado con que el público soviético pudo verla como una metáfora de su situación. Cartas de un hombre muerto trataba de un grupo de personas que vivía encerrado en un búnker por culpa de un experimento fallido que había envenenado las atmósfera. Sin embargo, si algo afectó a la película y anuló su potencial propagandístico, que es para lo que se había filmado, fue que tres meses antes de su estreno se produjo la tragedia de Chernóbil. El escenario posapocalíptico causado por un accidente nuclear que impide la vida humana en los alrededores a causa de un error humano era futurista en la película, pero actualidad en la URSS de 1986.

Cartas de un hombre muerto (1986). Imagen: Lenfilm Studio.


¿Cuál es el mejor solo de guitarra de la historia?

Existen dedos virtuosos que son capaces de levantar una canción cuando la guitarra se convierte momentáneamente en el único protagonista de la actuación. Y existen temas redondos donde una exhibición de maestría a la hora de domar las cuerdas logra que el conjunto se eleve hasta alturas divinas. Existen solos de guitarra que nacieron tontorrones y se convirtieron en leyenda, y otros que fueron construidos de manera tan meticulosa como para considerarse obras de orfebrería asombrosas sin grietas a la vista. El solo de guitarra en el mundo de la música ha provocado éxtasis, embelesamientos, fascinación y ha sido capaz de transformar pellejo humano en piel gallinácea. Por eso mismo, la encuesta de hoy no es sencilla para cualquiera que tenga un par de oídos funcionales y no esté relleno de horchata: ¿cuál es el mejor solo de guitarra de la historia? Como era de esperar, no están todos los que son, y cualquier amigo del guitarreo es capaz de mentar al menos a una decena de artistas que también merecerían figurar como finalistas. Por tanto, siéntanse libres de señalar en los comentarios las ausencias más dolorosas.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Lynyrd Skynyrd – «Free Bird»

Lynyrd Skynyrd acostumbraba a cerrar sus directos con la inmensa «Free Bird», un tema de diez minutazos de los cuales casi la mitad los devoraba tranquilamente la guitarra de Allen Collins salpicándolo todo con algo que arrancaba como un fabuloso solo de guitarra y acababa convirtiéndose en una monumental jam session. Una donde Collins se lo guisaba todo él solito con su Gibson Explorer mientras Gary Rossington le seguía el ritmo con la Les Paul dejándole hacer: «Cuando nos currábamos el solo a medias nos gustaba el sonido de las dos guitarras. Y yo podía haberme unido a él y tocar también en aquella toma. Pero la manera en la que lo estaba haciendo era la bomba. Lo hizo una vez, lo repitió y ya estaba grabado». Una demencial sacada de chorra que había nacido por motivos prácticos (el grupo buscaba rellenar el tiempo con las cuerdas para que el resto de la banda descansase un rato durante las jornadas de actuaciones encadenadas) pero que acabó resultando tan inmensa como para convertirse en leyenda.


B. B. King – «The Thrill Is Gone»

Al rey nadie le tose. A Lucille (su guitarra), tampoco. Rick Darnell y Roy Hawkins escribieron «The Thrill Is Gone» en 1951, pero fue B. B. King el que elevó aquel blues a los altares en 1969 tras pasarse ocho años macerándolo en su cabeza. «La gente me pregunta por qué no canto y toco la guitarra al mismo tiempo», explicaba B. B. King, «Yo contesto que simplemente no puedo, pero la verdadera respuesta es que Lucille es una voz y yo soy otra. Y escucho ambas voces como entidades distintas. Una de ellas surge de mi garganta, mientras la otra lo hace a través de mis dedos. Cuando una está cantando, la otra quiere escucharla». Porque las mejores voces no siempre necesitan de una garganta para existir, y los mejores solos de guitarra no tienen por qué estar confeccionados únicamente a base de notas ametralladas. «The Thrill Is Gone» incluye un lamento bellísimo cantado a través de las cuerdas. El rey sigue siendo el rey, y cuando Lucille canta lo único que se puede hacer es cerrar la boca y prestar atención.


Cream – «Crossroads»

¿Mano lenta? Ojo a Eric Clapton convirtiendo el blues «Crossroads» de Robert Johnson en algo tremendamente explosivo tirando de una Gibson GS. Curiosamente, el propio Clapton renegaba de la versión de estudio de este tema y no acababa de entender por qué la gente se emperraba en considerar aquel solo como lo más potente de su repertorio.


Van Halen – «Eruption»

Los japoneses de Electric Eel Shock, esa banda garajera y relampagueante cuyo batería siempre toca en pelotas, chillaban en la letra del tema «Rock ‘N’ Roll Can Rescue the World» un muy sobrado «Puedo tocar más rápido que Eddie Van Halen». Era una coña evidente, porque estaba rematada con un eructo y acompañaba a otros versos como «Creo que podemos superar a Nirvana». Pero sobre todo por una razón que cualquier ser vivo con orejas conoce: nadie toca más rápido de Eddie Van Halen. Y «Eruption» es la prueba, una increíble pieza instrumental que Van Halen utilizaba como calentamiento hasta que la banda decidió que era tan la hostia como para formar parte del álbum de debut. El tema fue grabado con la legendaria Frankenstrat ensamblada por el artista, una guitarra con alma de Frankenstein que había nacido de combinar pedazos de una Gibson con una Stratocaster y un puente Floyd D. Rose. Lo gracioso es que pese a lo monstruoso e icónico del solo al propio artista la grabación le chirriaba: «Ni siquiera la toque bien, hay un error al final del tema. Cada vez que la escucho pienso “Tío, podría haberlo hecho mejor”». Es difícil de creer, porque podéis arrodillaros ante estos cien segundos de cuerdas hirviendo y nadie será capaz de reprocharos nada.


Pink Floyd – «Comfortably Numb»

A la hora de seleccionar el mejor trabajo de guitarras en la discografía Pink Floyd la cosa está difícil gracias a que estos muchachos han parido cosas tan enormes como «Shine On You Crazy Diamond», «Time», «Dogs», «High Hopes» o «Money». Pero lo que ocurre en «Comfortably Numb» es un trabajo de cuerdas tan excepcional que resulta divino. El guitarrista David Gilmour, perfeccionista hasta el extremo en la elaboración de los discos, agarró las mejores cinco o seis tomas grabadas del solo y combinó sus mejores partes para fabricar lo que se finalmente se escucharía en The Wall. Bob Ezrin, coproductor y codirector del disco junto a Gilmour y Roger Waters, lo dejaba claro: «A este hombre puedes darle un ukelele y hará que suene como un stradivarius».


Chuck Berry – «Johnny B. Goode»

Cualquier habitante de este planeta reconoce de manera inmediata los acordes del «Johnny B. Goode» del colosal Chuck Berry. Y desde 1977, podría decirse que cualquier habitante de otros planetas probablemente también. Porque aquel fue el año en el que las sondas Voyager fueron lanzadas al espacio con un disco de oro que contenía entre sus surcos una muestra de los sonidos del planeta Tierra: saludos en diversos idiomas, ruidos de la naturaleza, mensajes diversos y una selección musical en la que se encontraban piezas de J. S. Bach, Mozart, Beethoven y el mentado «Johnny B. Goode» de Berry. A Carl Sagan, ideólogo del álbum espacial, se le echó en cara la inclusión de ese tema por ser «música para adolescentes», una acusación a la que Sagan replicó con un aplastante «el mundo está lleno de adolescentes». A aquellos quejicas les ocurría lo mismo que al público de la famosa escena de Regreso al futuro construida alrededor de la propia «Johnny B. Goode»: que aún no estaban preparados para ello.


Santana – «Soul Sacrifice»

En agosto del 1969, un montón de gente se embarró en una fiesta de prado gorda llamada Woodstock para amar un montón a la música y a otra gente. Sobre el escenario una agrupación desconocida estaba a punto de ir cerrando su setlist con una pieza titulada «Soul Sacrifice». Los tambores comenzaron a marcar el ritmo y poco después entró la guitarra, embobando por completo a todos los asistentes. Aquel grupo se llamaba Santana, y era el único del cartel que ni siquiera había publicado un solo disco (su debut se había grabado meses antes, pero todavía no se había lanzado). Desde aquel momento no nadie podría negar que Carlos Santana había nacido para vivir agarrado a una guitarra.


Stevie Ray Vaughan – «Little Wing»

Stevie Ray Vaughan nos dejó allá por 1990 en un desgraciado accidente de helicóptero, pero su música se negó a irse con él. Un año después de su muerte, Jimmie Vaughan, hermano del artista, se encargó de ensamblar un disco llamado The Sky Is Crying para honrar al desaparecido recopilando temas que Stevie había grabado durante los años ochenta. Entre ellos se encontraba una extraordinaria versión del «Little Wing» que Hendrix ideó en 1967. Ray Vaughan se estrelló antes de tiempo, el cielo todavía sigue llorando por ello y las alas de este tema incontestable son capaces de hacer que al resto del universo también se le escapen algunas lágrimas al ser conscientes de lo que la humanidad ha perdido.


Guns N’ Roses – «Sweet Child O’Mine»

«Escribir “Sweet Child O’Mine” fue algo que comenzó como un chiste», aclaraba el mismo Slash que firmaba el famoso solo de guitarra de aquel tema, «para mí en aquel momento solo era una balada tontorrona». La canción nació con Slash precalentando los dedos mientras tocaba riffs circenses bobalicones, con Izzy Stradlin añadiendo acordes a aquello, Duff McKagan improvisando una línea de bajo y Axl Rose entrando como un loco en la habitación preguntando que qué coño era aquella maravilla y que si podía escribir una letra. A Slash, y a su réplica de Les Paul fabricada a mano por Kris Derrig, el asunto no le emocionaba tanto, pero le permitía rebajarle azúcar a la canción. «Fue una pesadilla porque aquello parecía gustarle a todo el mundo y de repente se convirtió en una canción», continuaba explayándose Slash. «El solo de guitarra fue algo totalmente espontáneo y que ocurrió en una sola toma. Porque tras haber ensayado varias veces ya sabía perfectamente dónde estaba la melodía y resultó muy sencillo». Con el paso del tiempo, el guitarra incluso llegó a pillarle cariño a su hijo feúcho: «Lo odié durante años. Pero gracias a la reacción de histeria que causaba en el público el tocar aquellas estúpidas primeras notas, comencé a pillarle aprecio». En su momento, para poder emitir el single en las radios y la MTV, los productores optaron por recortar un minuto de canción, llevándose por delante casi todo el solo de guitarra. Y a la banda aquello le tocó muchísimo los cojones, con razón.


Prince – «Purple Rain»

Hay un momento en el que para los eruditos de la música Prince dejo de ser un mero cantante de pop para convertirse en algo mucho más relevante. Ese momento se llama «Purple Rain», y aquella guitarra tuvo toda la culpa.


The Eagles – «Hotel California»

«Hotel California» se presentó en 1976 de manera bastante osada: luciendo seis minutos de duración, postergando la introducción durante cincuenta segundos y cascándose un colosal solo de guitarras (concretamente de las que empuñaban Joe Walsh y Don Felder, sobre una partitura firmada por este último) de dos tremendos minutos. Es decir, «Hotel California» se presentó haciendo todo lo contrario a lo que una banda debería de hacer con un tema para lanzarlo como single. Y, por supuesto, lo lanzaron como single. La pista se convirtió en la canción más famosa de la banda (incluso quienes nunca han oído hablar de ellos reconocen inmediatamente la melodía) y ese solo a cuatro manos fue votado en el 98 como el mejor de la historia por los lectores de la revista británica Guitarist.


Queen – «Bohemian Rhapsody»

Vale, a lo mejor lo de ciscarse en «Bohemian Rhapsody» de aquel modo en aquella encuesta era un poco disparatado, pero se nos notaba el tonillo desde la otra punta de la habitación. Qué cojones, Brian May aquí estaba glorioso y nadie va a prestarle atención al «I’m in Love With My Car» teniendo al lado esto en el mismo disco. «Freddie tenía toda la canción planeada, pero no tenía un solo de guitarra», explicaba May al hablar del alumbramiento, «yo aparecí y dije “Aquí es donde necesitas un solo, y estos son los acordes que quiero usar”. La progresión de los acordes se basó en los versos, con una ligera variante en la sección final para hacer la transición a la siguiente parte de la canción […] Eso sí, la siguiente sección, la parte más heavy era en realidad obra de Freddie. Esos riffs ante los que todo el mundo sacude la cabeza fueron más suyos que míos».


Led Zeppelin – «Stairway to Heaven»

Es una opción tremendamente obvia, aquella que suele encabezar con frecuencia las listas similares y la que todo el mundo espera ver encaramarse al podio. Pero a veces las cosas obvias lo son por algo. Curiosamente, el fabuloso y muy reverenciado solo de Jimmy Page en esta escalera no era la obra más redonda posible para el propio artista: «¿Es “Stairway to Heaven” mi mejor solo con Zeppelin? No, pero es muy bueno […] Si todo el mundo dice que es el mejor eso es genial, está bien, pero hay otros que prefiero antes que este».


The Jimi Hendrix Experience – «All Along the Watchtower»

Bob Dylan escribió «All Along the Watchtower» y Hendrix solo tardó seis meses en hacerla completamente suya. Lo mejor de todo es que el virtuosismo del de Seattle no necesita ningún tipo de presentación por parte de terceros, porque muchos pueden hacen que las guitarras suenen celestiales pero Hendrix era capaz de hacer que hablasen, y que lo hiciesen con diferentes voces. Aquí solo procede darle al play, cerrar los ojos y dejarse llevar.


Jimi Hendrix. Foto: Philippe Gras / Cordon.


Iván Ferreiro: «Cuando llegó la crisis del disco, las ratas fueron las primeras en abandonar el barco»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Por primera vez en veinticuatro años de carrera ha conseguido llegar al número 1 de ventas con Casa, su nuevo disco. Lo que resulta extraño y paradójico: ¿por qué no antes?, ¿por qué ahora? Y es que este último trabajo es cien por cien Iván Ferreiro (Nigrán, 1970): el mismo talento de siempre y magníficas canciones que llegan como si nada a quien las escucha, o llegan como una sacudida —dependiendo del tema y del momento—, pero que se quedan dentro y te acompañan. Hablamos con él de las difíciles condiciones en las que escribió este disco, de lo que hoy en día significa ser una estrella, de su pasado en Los Piratas, de sus amigos, de su papel de padre, del Nobel a Dylan o de cómo a los cuarenta y cinco años consiguió por fin entenderse gracias al diagnóstico de un médico.

A finales de 2014 te ibas a tomar un año sabático, vuelves a casa y sale un nuevo disco, ¿qué pasó?

Llevaba mucho tiempo de gira. Mi hermano y yo teníamos la obsesión de no parar. Queríamos tocar todo el tiempo. Pero estaba muy cansado. Además tenía problemas familiares, estaba en una relación que se venía abajo y un montón de cosas más. Mi mánager, Warner y todos en general me dijeron: «Estaría de puta madre que pararas, que te dieras un respiro. A nosotros también nos vendría bien redefinir tu carrera y que la gente te echase de menos». Me fui a casa. Esperaba tener un año en pareja supertranquilo, dedicado a escribir… Pero se torció todo, me vi en otra situación y poco contento.

¿En qué sentido poco contento?

Los primeros fines de semana fueron muy duros. Acostumbrado a estar siempre por ahí, de repente el viernes me pillaba viendo la tele, haciendo zapping y encontrándome programas horribles [risas]. Me puse a escribir lo que yo llamo mis mierdas. Realmente vivo de mis mierdas, la gente suele creer que es ambrosía, pero en el fondo son mierdas. Fue un año bastante interesante porque cuando estás con un mal karma y no te encuentras bien acaban pasando cosas. Me separé, me caí de la bici, me rompí la clavícula y no podía tocar, se me estropeó el ordenador, el estudio se me llenó de mierda…

¿Literalmente lleno de mierda?

El día que llegué a mi estudio y me lo encontré lleno de aguas fecales fue la mayor metáfora sobre cómo estaba mi vida [risas]. No se inundó entero ni se me estropeó nada, pero había un olor terrible y un montón de agua. Se estropearon solo algunas alfombras, el parqué y ese tipo de cosas… Y me dije: «Hostia, esto es una metáfora». Algo bueno habría también. Lo bonito es que siempre estuvieron mis amigos y mi gente. Me pasaban cosas que a uno le darían ganas de echarse a llorar y de repente tenía a un colega junto a mí haciendo un chiste. El día que se me llenó el estudio de mierda estaba mi road manager, Manolón, que además es mi amigo; estaba Luis Antelo, uno de mis técnicos y también amigo; estaba mi amiga Lucía… Me vieron la cara y no me dejaron ni limpiarlo. Me he sentido muy cuidado.

Y te pusiste a escribir.

Empecé a escribir un disco sobre que te deja tu novia, que te va mal, que tu hijo pequeño tiene problemas… Aunque este año me ha servido para solucionarlos. Las cosas de los hijos joden siempre y duelen mogollón. Es un dolor que los que somos padres entendemos. Es muy difícil estar a gusto cuando tu hijo no está bien y no es que mi hijo estuviera fatal, ni enfermo, ni que tuviera un problema muy gordo, pero te hace replantearte las cosas y te deja muy tocado.

En el disco abordas todo esto desde el buen rollo.

Sí, joder, no quería que fuera ese disco de «le fue todo mal, se encerró en no sé dónde y afloraron sus emociones». Pensé que estaba tocando fondo, pero si tocaba fondo luego iría otra vez para arriba. Me puse a escribir a partir de ahí. Quería que el disco tuviera muchos planos: que hablara de mi parte sentimental pero también de la amistad, de la música que hago. Me puse como una hormiguita, con mucha calma y con un montón de amigos músicos que me iban trayendo ideas maravillosas.

Has hablado antes de redefinir tu carrera, ¿lo necesitabas?

Más que redefinir mi carrera creo que mi mánager y mi compañía necesitaban que dejara descansar a la gente. Tengo un punto hiperactivo que a veces les revienta todos los planes [risas]. Ellos lo vieron y yo ahora me doy cuenta de que fue una buena idea. También tiene que ver con la parte comercial. Si tocas mucho tu caché no sube, y cuando alguien te va a contratar dice: «Mira, no te voy a pagar más porque has tocado ochenta y cinco veces en doscientos kilómetros a la redonda».

Y a nivel artístico, sí me hacía falta replantearme los conciertos. Iba sin técnico de luces, me basaba en el instinto y en la energía… Me apetecía montar otra vez la banda, poner un músico más, preparar los arreglos… No diría que quisiera redefinirla, pero sí apuntalar ciertas cosas.

En el disco hay un par de incursiones o guiños a la electrónica.

Sí, en mi casa hago música electrónica cuando me aburro, la tengo siempre muy presente. En Piratas hubo una fase muy electrónica. En Piratas había mucha electrónica. Hay días en los que no tengo una canción que escribir o grabar, pero la electrónica me permite hacer música y tocar; lo hago solo para mí. No es algo que vaya a sacar un día, no son suficientemente buenas, pero me divierte.

¿Qué tipo de cosas haces?

Me gusta la electrónica de tocar botones y secuenciar más que la de tocar teclas. A mi hijo pequeño le encanta, nos ponemos los dos y empezamos a hacer ruido. No importa si está afinado o si el ritmo es raro. Tengo un aparatito, el Tenori: es blanco, cuadrado y tiene dieciséis botones. Das a los botoncitos y vas haciendo música con otro planteamiento. En este disco lo he metido mucho.

¿Te preocupa exponerte mucho en tus canciones al tratar temas tan íntimos?

Creo que tengo que exponerme de alguna manera pero busco mis códigos para no contar nada íntimo de verdad, o lo cuento de forma velada.

Muchas de tus letras se pueden interpretar de mil maneras.

Una canción funciona cuando tiene por lo menos dos sentidos: lo que crees que dice, y lo contrario de lo que crees que dice. Trabajo con eso todo el rato. Por un lado, tengo cierto pudor e intento esconder las cosas, y por otro, como soy yo el que maneja la letra, trato también de salir muy guapo y sacar lo mejor de mí, vestirme bien y enseñar lo que me gustaría que los demás vieran. Y si me voy a comportar como un imbécil en la canción quiero que quede claro que estoy siendo un imbécil. La canción es un sitio que te permite un juego enorme, ser un hijo de puta si me da la gana; puedo ser quien quiera.

Me llama mucho la atención que en el videoclip de «El pensamiento circular» vuelves a destrozarte a ti mismo, algo que ya hiciste en «Extrema pobreza» o «Fahrenheit 451». ¿A qué responde?

Me parece bastante gracioso. Hay mucho humor en mis canciones. En este caso iba a ser al revés: iba a empezar hecho mierda y terminar nuevo, pero hay que confiar en el realizador, y yo creo que Jesús, de NYSU, quería contar su propia historia. El videoclip no es mi obra, es de otro. Ese juego de que te revienten está muy bien y creo que funciona en la cabeza del oyente. También me sirve para engañar, para dirigir a la gente cuando en la letra estoy contando lo contrario. A veces me estoy regenerando en esa canción y el vídeo muestra lo contrario. En «Extrema pobreza» acababas reducido a polvo. La destrucción tiene que ver con construir cosas nuevas, es un tema muy manido en el mundo del arte [risas], romperlo todo para volver a construirlo. Yo lo hago muchas veces a nivel mental: destruir todas las cosas en las que creo, romperlas y dudar de ellas para saber si de verdad merecen la pena. Estos días, viendo el repertorio para el directo, tuve que revisar todos los discos. Curiosamente siempre trato de destrozar todo lo anterior y, sin embargo, todavía estoy muy de acuerdo con las canciones que escribía antes; leo las letras y me sigo viendo en ellas.

Habrá canciones de las que habrás acabado harto.

No muchas. Tengo la suerte de tener tanto repertorio que las elimino un tiempo y luego vuelvo a ellas. Por ejemplo, de «Turnedo» nunca me canso. Y si un día estoy un poco aburrido, la reacción de la gente me da un subidón que te cagas. «Turnedo» es una canción de mandar a la mierda a alguien y a veces no tengo ganas de mandar a la mierda a nadie, pero cantarla sienta bien.

El vídeo de «Fahrenheit 451» era una parodia del de «Bitter Sweet Symphony », de The Verve, en el que Richard Ashcroft sale de puta madre, nadie lo detiene, todos se apartan… A ti, en cambio, te apaleaban. ¿Había un afán en el vídeo por redefinir qué es una estrella del rock?

La estrella del rock ya no va a ir en limusina nunca más, por lo menos en España. Los ingleses, a lo mejor, sí pueden tener esa chulería, nosotros no. Probablemente Richard Ashcroft tenga más que pagada su casa con los tres o cuatro discos que sacó, pero yo llevo veinticinco años y sigo pagando la hipoteca. La idea de la estrella del rock me hace bastante gracia. A veces me siento una estrella cuando toco en un festival y tengo a doce mil personas cantando mi canción, pero a la hora de la verdad tengo que bajar la basura todos los días e ir yo a hacerme la compra. Y además me parece bien, esa situación hace que tengamos que escribir canciones todo el rato y no dormirnos nunca.

Es importante que lo tengamos claro, la gente a veces dice cosas sobre mí como si hablaran de otro. Piratas es un gran ejemplo. Ahora todo el mundo cree que era la hostia, pero nunca viví eso. Éramos un grupo al que no nos hacía caso casi nadie. Desaparecimos y todo el mundo empezó a hablar de grupo mítico de los noventa y del indie, cuando en el indie nunca nos aceptaron.

Tampoco erais indies.

La gran pregunta es: ¿qué coño es ser indie? Molaría que viniera alguien a explicarlo. Estamos entre todos definiendo qué es el indie y no tenemos ni puta idea. Para mí, el indie es el desarrollo del pop español que empezaron Alaska, Radio Futura y los grupos que cantaban en español.

A Piratas, como a otros grupos de los noventa, ni os pilló la Movida de los ochenta ni luego el rollo indie; os quedasteis en tierra de nadie. ¿Tienes esa sensación?

Mi sensación con Piratas es de estar todo el rato solos en un sitio. De hecho, es en mi carrera en solitario cuando empiezo a conocer a más gente y a sentirme acompañado. Pero Piratas, entre que éramos gallegos y estábamos muy lejos, y que unos consideraban que éramos un grupo mainstream facilón, otros que éramos demasiado raros, hacíamos muy pocos festivales. Y cuando íbamos nadie hablaba con nosotros. Había una soledad importante. También está el tema de que no existían las redes, no veías inmediatamente la respuesta a tus canciones como ahora. Para mí fue una sorpresa saber que había tanta gente escuchándonos en sus casas. No teníamos ni idea, y nos hubiera venido muy bien a nivel anímico.

En Madrid llenabais siempre La Riviera.

Los conciertos en La Riviera eran espectaculares, nuestra gran noche del año. Superemocionante. Pero también hubo un momento en el que sentimos que ni siquiera nos entendía muy bien nuestro público, y luego está el hecho de que la dinámica de los grupos es un poco idiota.

¿Por qué idiota?

Te haces ideas preconcebidas de lo que deberías ser, de lo que te gustaría que vieran los demás. Yo hace tiempo que no espero que me vean de ninguna manera, de ahí los vídeos en los que me destruyo. Hubo un momento en el que pensé: da igual cómo me vean, no puedo controlarlo, no tengo el suficiente talento para que vean exactamente lo que quiero, y creo que es más divertido. Antes me parecía frustrante, pero cuando empiezo en solitario descubro que me da igual y que no tener claro qué ven los demás me parece más excitante, más emocionante y da mucho más juego.

¿Es justo que casi haya desaparecido la clase media de la música y que solo existan Beyoncés o trabajadores con muchas dificultades para llegar a fin de mes?

No espero que la vida sea justa. La única parte que me duele, y lo digo bromeando, es la parte económica. Me gustaría ganar más dinero, igual que a todos, pero por lo demás es mucho más divertido ahora.

Explícamelo.

Estoy contento. Antes había un montón de gente que estudiaba Económicas o Empresariales y decidía meterse en la música para hacer un montón de dinero. Cuando llegó la crisis del disco, las ratas fueron las primeras en abandonar el barco. Por ejemplo de Warner, aquí donde estamos, se ha ido mucho capullo, aunque también se ha ido gente muy válida y maravillosa, pero creo que ahora todos los que están aman su trabajo y les gusta lo que están haciendo. A partir de esa crisis, todos valoramos cada disco y cada entrada que vendemos, y me parece que está muy bien. Se había perdido la perspectiva.

¿Hay ahora más libertad?

No creo que hoy obliguen a nadie a hacer un disco de una determinada manera. Antes creían que tenían una fórmula y que si hacías una canción así y te la ponían en una emisora concreta ganaríamos dinero todos. Poco a poco se fueron dando cuenta de que era mentira, no tenían ninguna fórmula mágica. Ahora los artistas somos más libres porque tenemos unos presupuestos mucho más cerrados y somos mucho más razonables con lo que estamos haciendo, como cualquier empresario del mundo.

Hay que saber cuánto vas a fabricar, cuánto te va a costar el disco y si merece la pena. No te puedes gastar dos millones si vas a vender seis mil copias. Si quieres hacer música, también tienes que querer venderla y llegar a los demás. Me encantaría ser millonario, pero creo que ahora trabajo de una forma mucho más sensata. Antes no dejaba que nadie opinara sobre mi música.

¿No dejabas que opinaran?

La gente con la que trabajaba estaba vendiendo discos de Miguel Bosé y Alejandro Sanz. No me interesa que alguien que va diciendo que el disco de Alejandro Sanz o el de Bosé es cojonudo, cuando a lo mejor no es un buen disco, diga que mi música es estupenda. No comentes nada de mi disco, cállate, porque estás vendiendo un tipo de música que no me gusta nada.

Dentro de una discográfica es inevitable. La gente que recibe el mensaje también lo filtra.

Sí, pero ahora estamos trabajando con gente que lleva muchos tipos de música y lo hace con mucha más sensatez. Todos tenemos claro que Jorge Drexler hace lo que quiere, que Fito hace lo que quiere y que Extremoduro hace lo que quiere; antes había una manipulación que no molaba nada. Aunque tú hicieras el disco, manipulaban a la hora de vendértelo. Ahora me siento más libre artísticamente, siempre lo he sido, pero les pregunto qué opinan. Y sé que nunca me van a decir que hace falta un tema bailable o que lo latino es lo que pega. No, ellos conocen mi carrera, me conocen y yo les escucho y les hago caso, porque sé que les gusta hacer discos.

Lo de la crisis de la música también afecta a otros aspectos. Creo que te apuntaste a Tinder.

Ya me borré [risas], pero hubo un momento en el que estaba soltero, vivo en una ciudad pequeña, no me gusta ligar en los bares… Y leí un artículo que desaconsejaba estar en Tinder si eras alguien popular, así que me apunté inmediatamente. También creo que hay mucho mito sobre Tinder. La mayoría de la gente no entiende que solo es un sitio para relacionarse, no una orgía continua ni nada parecido. Charlas con gente y cuando alguien te cae bien, quedas.

¿La gente se creía que eras tú?

Algunas sí y otras no. Había tías que se mosqueaban porque creían que era un impostor. Y yo no sé qué sentido tiene mentir sobre esto, si luego en la cita te van a ver y se va a descubrir. Además, puestos a mentir, mejor hacerse pasar por un tipo alto y guapo, y no por alguien feo y pequeño como yo [risas].

Decías que estas canciones están escritas desde una perspectiva positiva, pero muchas anteriores las hiciste desde la mala hostia. ¿Echas eso de menos? ¿Te ayudada a escribir?

Me ayudó en su momento, pero este año lo quise eliminar; ya vivimos en un sitio con demasiada mala hostia. Igual es por mi afán de llevar la contraria, pero, joder, hay mucha crispación. Tenemos la manía de decir que el ser humano es lo peor, que somos una mierda, que la gente es terrible. Y no lo creo. Conozco a mucha más gente maravillosa que a hijos de puta. Hacemos lo que podemos, tenemos un sistema que no funciona bien pero es que todavía lo estamos montando. La canción «Todas esas cosas buenas» iba a llamarse «Soy un mono y tengo miedo». Creo que es lo que somos: monos en camino de ser otra cosa, monos que saben que existen y no mucho más…

Tenemos una pequeña capacidad de entendimiento pero un desconocimiento absoluto del universo. Flotamos en el espacio sin tener ni puta idea de cómo hemos llegado hasta aquí y estamos cagados porque somos capaces de mirar al cielo y hacernos preguntas. Aún tenemos rasgos tribales y, en cuanto aparece una frontera, brotan esos rasgos. Y no me refiero solo a cosas como el Dáesh, pasa en cualquier ámbito: gente quemándose a muerte con los catalanes o con los andaluces, los de Vigo quemándose con los de A Coruña… Seguimos siendo monos, más inteligentes, pero no mucho más.

Algo hemos evolucionado.

Éramos bastante peores en la Edad Media, o hace cien años. Y eso no significa que no vivamos en una sociedad llena de cosas chungas, como el machismo. Hay gente que cree que el machismo está superado y oye, no; vivimos en una sociedad terriblemente machista, y no solo porque alguien pegue a su mujer. Cuando pasa una chica y la miramos como no miramos a un chico, cuando hablamos a una mujer como no lo hacemos a un hombre…

Tu interés por la ciencia ¿en qué se concreta?

Me interesa todo porque me hago preguntas. No me gusta mucho la literatura, creo que lleva redundando sobre los mismos temas desde el principio de los tiempos. Desde los griegos estamos hablando de lo mismo. Me interesa la ciencia y, en literatura, la ciencia ficción, porque es el lugar donde se está aplicando la filosofía, donde se está pensando sobre qué y quién tenemos que ser, dónde vamos a estar dentro de veinte siglos o de cien mil siglos.

Recomendaría a todo el mundo que viese la serie Cosmos, la de Carl Sagan, pero también la nueva. En el primer capítulo te explican el tiempo y hacen un calendario de un año: el 1 de enero sería el día de la formación del universo y el 31 de diciembre sería ahora. Entonces te das cuenta de que toda la historia del hombre transcurre en los últimos dos segundos de ese calendario.

¿Qué te parece el Nobel de Dylan?

Me parece genial. Y aún me parece mejor que no cogiera el teléfono, que tardara tanto en responder [risas].

Leí un artículo en el que la autora, Nidia García Hernández, decía que si tuviese que darle el Nobel a algún músico español te lo daría a ti.

Lo leí, lo leí.

¿Qué pensaste?

Me hizo mucha ilusión pensar que alguien me daría el Nobel, pero vamos, no me concedería el premio Nobel ni de coña.

¿Cogerías el teléfono?

Seguro. Y luego iría a por la pasta directamente [risas]. Puede que Dylan no necesite el dinero, pero yo sí.

¿Quién sería tu candidato?

Hay muchos. Dylan cambió la lógica de las letras y debía ser el primero en conseguirlo. Los Enemigos se lo merecerían, Santiago Auserón también, y Morrissey o Radiohead. Me gusta este tema del Nobel porque estoy bastante en contra de creer que los letristas somos poetas. Ser poeta es una cosa muy seria y escribir poesía es muy distinto a escribir letras. No obstante, me gusta pensar que, de alguna manera, estamos dentro de la literatura. Además, la música suele llegar mucho más lejos.

No tengo nada contra Camilo José Cela, pero Dylan ha llegado a mucha más gente. El músico de pop mete ideas en muchas más cabezas y tenemos un alcance mucho más potente.

¿Qué autores de ciencia ficción te interesan?

Leo todos los días. No controlaba mucho y estoy profundizando. Hubo una época en la que estaba con Philip K. Dick a muerte, me lo leí casi todo; también Asimov, Arthur C. Clarke… Los clásicos. Ahora mi preferido es China Miéville, me vuela la cabeza; acabo de conocer a Alastair Reynolds, leo a Poul Anderson, a Robert J. Sawyer, un escritor canadiense que me encanta. Voy de uno a otro. Me gusta toda la ciencia ficción y todos sus géneros.

Hablabas antes de la importancia que había tenido la amistad en ese año tan malo.

Este año ha sido el primero en el que me dejé cuidar. Cuando me caí de la bici y me rompí la clavícula no podía vestirme ni cocinar, y a las nueve de la mañana llegaban mis amigos: uno me ayudaba a ponerme la ropa, otro a organizar la cocina… He tenido discusiones con gente sobre qué es la amistad.

Mi forma de ser amigo no significa llamar por teléfono todos los días o salir a cenar todas las semanas. No funciono así y en algún momento alguien puso en duda que fuese amigo de mis amigos, pero para mí los amigos son una de las cosas más importantes del mundo y creo que nos definen mejor que nuestra pareja.

La pareja puede cambiar, los amigos son más estables.

Perder una pareja te toca el amor propio, pero la traición de un amigo te mueve los cimientos, te socava de una forma mucho más profunda. Yo además tengo un hermano que es mi amigo y es el que viaja conmigo, por lo tanto tengo una referencia muy potente de lo que es la amistad.

¿Has perdido amigos?

Pocos, pero ha sido muy doloroso. Y conste que ha habido veces que los he perdido y he dicho «a la mierda, no pasa nada». Es después de unos años cuando de repente me pesa que te cagas.

¿Tienes amigos músicos?

Sí. Leiva es uno de mis mejores amigos y uno de los que menos veo. También soy muy amigo de los Love of Lesbian, los Lori Meyers, la gente de Second, la de Dinero, los Sidonie… Soy muy amigo de Dani Martín, lo quiero muchísimo, con locura. Aunque tiene una carrera muy diferente a la mía, cuando hablamos aprendemos un montón de cosas el uno del otro. Admiro a Coque Malla desde hace años, él me dice que me quiere y yo lo quiero a él. Últimamente estamos acercándonos mucho más los músicos, sería absurdo que no fuéramos amigos, nadie se parece más a nosotros, ni va a tener los mismos problemas. Ahora mismo en los festivales es una gozada, una cosa que echaba de menos de los noventa. Me parece normal querer ser amigo de gente a la que admiras.

Ya no hay tanto divismo.

Es de puta madre. Por fin estamos ganando un poco de madurez. La misma que tienen los británicos. Recuerdo cuando en 2001 nos nominaron a los premios MTV, eran en Frankfurt. Lo que más me sorprendió fue ver lo bien que se llevaban todos. Está relacionado con que ellos tienen una industria muy fuerte. Veías a todos hablando con todos. Nadie le ponía mala cara a nadie. Me pareció increíble, en ese momento aquí nadie hablaba contigo. Llegabas a un festival, cada uno cerraba la puerta de su camerino y no quería saber nada. A veces incluso te acercabas a uno a decirle que te gustaba su grupo y te miraba como si fueras imbécil.

Trabajas con tu hermano Amaro, él tiene su carrera en solitario… ¿Cómo es vuestra relación?

Muy natural. Le llevo siete años, así que nos hemos ido uniendo con el tiempo. Cuando empezó a trabajar conmigo ya teníamos una relación muy buena. Tenemos una hermana, Elena, y los tres nos llevamos de maravilla. Nos cuidamos y nos gusta estar juntos. En el caso de Amaro, yo venía de Los Piratas, donde había una relación que estaba muy tocada a nivel personal entre todos los miembros, y de pronto tener el confort de un hermano es algo increíble.

Alguien que ha dormido en la misma habitación que tú desde pequeño, ha comido lo mismo… nunca hemos tenido ningún tipo de rivalidad. Cuando empecé a tocar con Amaro quería que fuésemos un grupo, fue él quien dijo que no, que era yo quien debía dar la cara. Es muy curioso, porque soy el hermano mayor pero creo que él muchas veces hace ese papel y se preocupa por mí. Habremos discutido tres veces en los últimos quince años.

¿Fue duro el paso a Iván Ferreiro?

No, fue un alivio. Venía muy tocada la cosa, era todo muy doloroso. Qué maravilla tocar, escribir y grabar con Amaro.

¿Mantienes relación con los miembros de Los Piratas?

Hay uno con el que no tengo ninguna gana de relacionarme. Con Fon Román me llevo muy bien, está en México y nos vemos todo lo que podemos, estamos acercándonos. El pobre Hal ya no está entre nosotros, y con Pablo tengo una relación cordial; ya no tenemos tanto que ver, pero hay cariño.

La muerte de Hal fue terrible.

Es una historia muy oscura. Se convierte en terrible cuando sale en los papeles. Estaba enfermo, tuvo un problema y no hizo nada. Hal era la persona más buena del mundo, pero al no poder solucionar una situación se enreda todo y acaba en un drama. Flipé bastante con cierta parte del periodismo.

¿Sensacionalista?

Yo estoy acostumbrado a tratar con gente como tú, hablamos de música. Nos necesitamos mutuamente y hay un respeto. Cuando pasó lo de Hal me iba al cine con mis hijos y me llamó por teléfono Fon; me dijo que me sentase, tenía que contarme una cosa. Me quedé temblando. Fue colgar y me llamó una periodista. Le respondí que no tenía nada que decir. Entonces la tía me picó diciendo que había malos tratos, cuando yo sabía que no los podía haber, conozco a Hal y conozco a su mujer. Le dije que él estaba enfermo, que no creía que le hubiera hecho daño a nadie y que no me mencionase porque no iba a contarle nada.

Al día siguiente vi que me mencionaban y que le daban más espacio a la parte chunga que a la verdad. Más tarde me llamó una compañera de esta chica explicándome que a ella le daba vergüenza lo ocurrido, que había mandado la noticia de una forma a Madrid pero se la cambiaron. No importa cuál es la verdad, solo quieren su puto titular. Juegan con el sufrimiento de una familia, y no estamos hablando de un político o un narcotraficante, hablamos de un chaval que tocaba la batería y tenía problemas, que tenía un hijo. Me dolió mucho.

«Abrázame». ¿Cómo se te ocurrió hacer una versión de un tema de Julio Iglesias?

Julio es el mejor. Teníamos una broma mi hermano y yo en esa época. Decían: «los que hacéis música lo hacéis para follar». Yo respondía que si todo lo que hacemos en esta vida es para reproducirnos, tal y como dicen algunos científicos, entonces el mejor es Julio iglesias. Ligarte a una chica de veinte años es relativamente fácil, lo difícil es ligarte a una señora de cincuenta y cinco años que ya tiene el culo pelado. Puede que no esté tan buena, pero es mucho más difícil. Y Julio lo consigue. Cuando hicimos esa versión mucha gente nos miró como si estuviéramos totalmente locos, pero no creo que ninguna banda británica tenga problema en hacer una versión de Tom Jones o un americano una versión de Johnny Cash. Aquí, sin embargo, seguimos teniéndolo en hacer algo de Miguel Ríos, Raphael o Julio Iglesias.

Has compuesto para Raphael y para Sergio Dalma, ¿cómo ha sido la experiencia?

Increíble. Una gozada. Para Sergio tenía ganas de escribir desde hace tiempo. Me gusta cómo canta y se lo curra en directo, es un estilo muy crudo y en mí hay algo de este tipo de cantante. Hago pop, pero incluyo esa parte dramática. Quería escribir para ellos y nadie me lo pedía. Debían de verme como un raro, o que les iba a decir que no. Hace un par de años, en México, me encontré a Sergio y antes de que le dijera nada me pidió una canción. La titulé «La ciencia», aunque al final se llamó «Si todo lo que siento se pudiera cantar». La de Raphael la escuché el otro día y es una maravilla.

Creo que es una de las mejores que he escrito, estoy muy orgulloso de ambos temas y me gustaría que me llamara mucha más gente. La de Sergio era una canción sobre por qué cantamos, por qué nos dedicamos a esto, y la de Raphael es vitalista, habla de seguir hacia adelante, y me pareció perfecta para alguien que tiene ya setenta años y esa energía.

Vigo tuvo su propia movida, ¿participaste?

Vigo es una ciudad muy pequeñita y nos conocemos todos. Cuando fue la explosión de la Movida yo era un adolescente con cara de niño, me pidieron el carné hasta los veintiséis años en las discotecas. Me costó, pero lo viví muy intensamente, con Siniestro Total y Golpes Bajos, que era mi banda preferida. De hecho tengo ahora a Pablo Novoa tocando en la mía, y ese es uno de mis grandes orgullos. Y Nico Pastoriza, que es uno de mis mejores amigos, era una parte muy activa de esa movida.

Los veía en el instituto y me gustaban esas bandas, me parecía increíble que esos grupos vivieran en la calle de al lado, pero en realidad lo que sé de la movida es lo que me cuentan mis amigos y ellos lo desmitifican. Todo se fue a tomar por culo cuando entraron las instituciones. Ahora mismo Vigo es una ciudad muy deprimida económicamente y es una pena; hay muchas bandas, mucha creatividad y es algo que se debería potenciar. Hay hip hop, soul, están los que hacen versiones de Metallica… hay de todo.

¿Te ves viviendo en otro sitio?

Vivo en Gondomar. Hago vida de pueblo, estoy en el campo. Voy a Vigo puntualmente, a hacer mis recados. Me veo viviendo en muchos sitios, pero tengo dos hijos y quiero vivir cerca de ellos. Vigo está tristona; vas a la calle del Príncipe, que es la zona comercial, y da la hostia de pena. Es una ciudad de trabajadores. Sin embargo vas a A Coruña, que tienen Inditex, y hay muchas más cosas. En Vigo estamos ahí, peleando, pero es una ciudad que vive del pescado, de los astilleros y de Citroën.

Vida rural.

Tengo mi casa en el monte. Es agradable, está la playa al lado, a veces pillo la bicicleta y me doy un paseo por un valle increíble que tenemos. Solo me quejo de mi conexión a internet, porque la fibra óptica aún no ha llegado.

¿«Años ochenta» era un himno contra la nostalgia?

Era una venganza para un cabrón que quería que escribiéramos un single. Cuando grabamos Ultrasónica nos dijeron que no nos sacaban el disco porque no tenía ningún single. Nos lo decía José Luis de la Peña, al que le tengo mucho cariño aunque parezca que no. Él venía del grupo Los Elegantes y quería un hit. Nos presionó hasta que hicimos «Años ochenta», que habla de él, de cómo querría volver a ser ese tipo que un día fue. Pensamos que íbamos a hacer hit pero también a putearle un poco [risas]. Durante mucho tiempo me dolió haberla compuesto, era la primera vez que hicimos algo por obligación. Un día en un festival la tocaron Amaral, y me reconcilié con ella. Ahora me encanta.

¿Cómo surgió «Mi matadero clandestino»?

Era una época muy cañera, escuchábamos mucho a los Smashing Pumpkins. La expresión es de El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez; era el lugar donde el protagonista se follaba a su sobrina, lo llamaba su matadero clandestino. La letra habla de que estás con alguien, pero en el fondo estás haciéndole la avería todo el maldito rato. Había mucho de eso en aquella época, de escribir cosas que la persona que tenías al lado igual no se enteraba. Es la parte cruel de las canciones.

¿Te apetece hablar de política?

Sí, hablemos de política [risas]. Igual es que no entiendo la democracia, pero ¿por qué no les dejaron gobernar desde el principio? ¿No hubiera sido más fácil dejar que Rajoy fuera presidente y empezar a darle por culo ley por ley? ¿No hubiera sido más sensato? He de decir que admiro a Rajoy, no como político, pero realmente ha sido el más listo, les ha dado una lección de cómo se maneja esto. Ha gestionado mejor que ninguno.

Supongo que tenemos un problema con la izquierda muy grave, quizá la izquierda es más autocrítica, está más desunida. Nos hace falta ser más inteligentes. No hemos aprendido del pasado. Me decía mi hermano ayer que Franco también llegó al poder porque la izquierda se hizo la picha un lío y le permitieron llegar. Las peleas entre los republicanos terminaron dándole el espacio. Es una pena que fuéramos a las plazas e hiciéramos un movimiento tan bonito…

¿Participaste?

Me pilló de gira y participé en seis plazas: Madrid, Burgos, Murcia, Bilbao… Me pareció muy emocionante, pero nos lo hemos cargado. Me hace dudar de la eficacia de la democracia, eso me aterroriza. El brexit es el ejemplo más bestia. Igual no estamos entendiéndola bien y nos está separando en lugar de unirnos.

El que se queda inmóvil consigue lo que quiere y el que se moviliza, no. Siempre nos dijeron que era al revés: que había que participar, hablar…

No tengo ni idea de qué grado de poder tenemos eligiendo según qué cosas, cuando Europa y el mundo van hacia otro sitio. Supongo que hasta que no haya una democracia mundial…

Pero aquí volvemos a la ciencia ficción: el problema es que todavía somos monos y tenemos fronteras, seguimos siendo tribales.

¿«Ciudadano A» es la única canción política que has hecho?

La política tiene que ver con nuestra sensibilidad y con la parte más íntima de lo que somos. En este disco, «La otra mitad» es una canción muy política. Tenemos en muy alta estima nuestra opinión y realmente vale una puta mierda. En Facebook estamos todo el día opinando y no le importa a nadie. Y yo me incluyo. No me interesa la opinión de los demás y no espero que a los demás les importe la mía. Mi opinión es una entre cuarenta millones.

Estás menos activo en las redes sociales.

 

Twitter ha cambiado. Antes era divertido y ahora es un drama, un coñazo. No tengo ganas de pelearme con nadie. La última que tuve fue por culpa del doblaje, en la última de Star Wars faltan diálogos en español, hay un par de chistes que no están doblados. Hice una defensa de la versión original y me cayeron hostias de todos lados. Esto se supone que era un sitio en el que podías ser un poco irónico, pero hay días en que hago un chiste y para uno soy un fascista cabrón y para otro un rojo hijo de puta. A veces tengo la sensación de que la gente no sabe leer, es agotador.

El otro día leí un comentario que decía «Iván Ferreiro hace siempre la misma canción».

Mira, puedes meterme caña de muchas maneras, pero creo que mis discos son muy diferentes. También uno decía que solo canto canciones de otros. Oye, tienes internet para ver lo que he estado haciendo los últimos veinte años. Es algo tan gratuito… Ya no contesto, me cansa.

Tu papel de padre. Dices que no eres como los demás.

Nadie lo es. Es un tema que me atormentó mucho tiempo. Se supone que debes ser un padre que acompañe a su hijo al fútbol los sábados y decirle que es el mejor. Yo no creo en eso. Mi madre me dijo que no me agobiara, que cada uno es el padre que es.

Descubrimos hace poco que mi hijo pequeño tiene TDA, y que yo también lo tenía. Fue un descubrimiento maravilloso. Me salvó. Estaba harto de que me dijeran que era un mal padre. Todo dios tiene una puta opinión. De hecho, hay gente que dice que el TDA no existe. Hay que dejar de escuchar a los demás. Mi TDA me hacía sufrir a mí, y a mi hermano a veces también, cuando venía a componer y yo estaba a otra cosa. Ahora ya lo sé, y tengo una pastillita que ni siquiera me tomo todos los días.

¿Tan liberador fue el diagnóstico?

Siempre tenía la cabeza en otro sitio. Ahora sé que tengo un problema con mi atención y me digo a mí mismo: atiende. Si veo que no, me tomo mi pasti. Y con mi hijo fue increíble, porque pasé de verlo sufriendo a tener un hijo feliz. Quiero preservar su intimidad pero también creo que es importante hablar de estas cosas. Mi hijo lo pasó fatal en el último colegio que estuvo. Como yo. Mi médico me explicó que no me había dado cuenta porque tengo un trabajo que me encanta, y me preguntó qué hubiera sido de no haberme dedicado a la música. Me quedé pensando, y le respondí que probablemente el dealer de mi pueblo [risas], porque fui a la universidad pero no era capaz de estar delante de los libros. Me sentía imbécil y creo que no lo soy. El problema es que hay muchos niños que se creen tontos por no poder hacer lo mismo que sus compañeros, pero pueden hacer otras cosas. Tienen una cabeza que funciona de una forma distinta, no están enfermos.

¿Cómo descubriste que tenías TDA?

Estuvimos un tiempo con una psicóloga por el comportamiento del niño, y nos mandó a los dos al médico porque decía que teníamos TDA. Salí llorando de felicidad de ese médico. Pensaba: qué bien, no soy imbécil. Me lo explicó todo, y yo llevaba tiempo con un psiquiatra hablando de la relación con mi madre, de esto y de lo otro, preguntándome qué es lo que me pasaba. Un tipo me dio todas las soluciones en una hora: cuando tienes ese día de éxito tú no lo disfrutas porque estás pensando en lo que vas a hacer mañana; quieres ir siempre hacia el no, buscas el fracaso, y si sale bien, te sientes mal. Tenía un problema muy grande por la relación entre el aburrimiento y la depresión.

¿Eres depresivo?

No, pero si me aburría, creía que estaba deprimido. Y hubo un momento en el que no conseguía recordar las melodías. Llegaba mi hermano, tocaba un temazo increíble y yo no era capaz de recordarlo. No lo entendía, me agobiaba. Los amigos me traían un montón de ideas para las canciones y no les hacía ni caso, se iban y me sentía vacío y triste, culpable porque no había trabajado. Una mierda y un sufrimiento que te cagas. Pero fue entenderlo y ya está. El día que vienen a trabajar me tomo mi pastillita, un cuarto, y hoy por ejemplo he estado con vosotros todo el rato. Antes nadie se daba cuenta pero yo no estaba, pensaba en el siguiente paso. Era infernal.


Un gritón de dólares

Fry a por todas. Imagen:FOX.

En un episodio de Futurama, durante la subasta de la última lata de anchoas existente en todo el universo, un adinerado Fry decidía pujar bien alto para hacerse con los pececillos en conserva y lanzaba una oferta colosal: «¡UN GRITÓN DE DÓLARES!». Una cifra que asombraba a los presentes casi tanto como la respuesta del juez de la subasta: «Señor, ese número no existe».

Las unidades de medida creativas e imaginarias siempre han sido un juguete divertido para las ficciones y también para muchas realidades. Porque no hay mejor forma de cuantificar las cantidades disparatadas que con medidas disparatadas y siempre es divertido convertir las ocurrencias graciosas en coñas científicas. En algunas ocasiones esas trolas numéricas, en lugar de ejercer como chiste, lo han hecho como recursos de la historia, como herramientas para la trama o incluso como homenaje a figuras eminentes.

Money, money

En el universo Disney el Tío Gilito no solo es capaz de esquivar las leyes físicas al bucear y hacer largos entre las toneladas de dinero que atesora, algo que en la práctica no es nada sano, sino que también demuestra que sabe driblar con alegría los números conocidos. Durante la serie de cómics The Life and Times of Scrooge McDuck de Don Rosa se establece que la fortuna del pato con chistera está tasada en «Cinco multiplijillones, nueve imposibidillones, siete fantastrillones de dólares y dieciséis centavos», una cifra que evidentemente se escapa tanto a la comprensión humana como a las calculadoras terrestres. A pesar de ello existen seres bondadosos que han intentado traducir aquel número fantástico a una cantidad real. En un rincón de internet un usuario llamado Valorum agarró el tebeo número 341 de la serie Tío Gilito y se puso a echar cuentas. La trama de dicho ejemplar contenía un artefacto mágico que drenaba la fortuna del multimillonario a razón de mil millones por minuto, una sangría ante la cual el propio Gilito sollozaba « ¡Perdiendo mil millones por minutos estaré arruinado en seiscientos años!». Con aquellos datos a mano a Valorum no le resultó difícil calcular que el total de la pasta amasada por Gilito se aproximaba a los 315.569.400.000.000.000 dólares.

Viñetas de The Life and Times of Scrooge McDuck y Tío Gilito 341.

El índice de nieve Jimmy Griffin

Al alcalde de Buffalo (Nueva York) entre los años 78 y 93, James Donald Griffin, sus amigos lo llamaban cariñosamente «Jimmy» mientras el resto del país se refería a él jocosamente como «Six Pack Jimmy». Un apodo que el hombre se ganó con sus declaraciones durante el periodo de alerta ante una peligrosa tormenta de nieve que golpeó a Estados Unidos a principios del año 85. Concretamente, el bueno de Jimmy recomendó a los residentes de Buffalo que se enfrentasen a la borrasca inminente «comprando un pack de seis latas de cerveza Genesee y metiéndose en casa a ver un buen partido de fútbol». La cadena de televisión del lugar, la WKBW-TV, aprovechó la guasa popular para establecer con ella el «Índice de nieve Jimmy Griffin», o el modo local para calcular el peligro potencial de una tormenta de nieve. Un índice que se mide en latas de cerveza: tomando como base que las seis latas recomendadas por Jimmy equivalían a sesenta centímetros de nieve, según el Índice Jimmy Griffin una tormenta tasada con una sola lata de cerveza supondría una nevada de diez centímetros de nieve, dos latas equivaldrían a veinte centímetros y así sucesivamente.

Muy, muy lejana

En La guerra de las galaxias Han Solo menciona los pársecs erróneamente como si fuesen una unidad de tiempo. En el mundo real el pársec es utilizado en astronomía para cuantificar distancias colosales en el terreno interestelar y equivale de manera más o menos aproximada a unos 3,26 años luz o a 3,086 x 1016 metros. Cuando George Lucas y compañía se dieron cuenta del gazapo, se justificaron asegurando que el error era intencionado para demostrar que Solo era bastante zopenco, añadiendo que si uno se fijaba bien vería como Obi-Wan ponía cara de póker ante la afirmación de que el Halcón Milenario se había ventilado la carrera Kessel en doce pársecs. Y poco después recularon para explicar que en realidad el contrabandista galáctico no estaba hablando de tiempos sino de distancias, excusándose con que el bueno de Solo lo que quería decir es que se había tomado un atajo por el hiperespacio. En los comentarios de la edición en Blu-ray el propio Lucas incidía en el asunto (que tiene bastante preocupados a los fans) al explicar que aquello no tenía nada de metedura de pata, que en sus galaxias las carreras se medían en pársecs de distancia porque las naves no podían saltar al hiperespacio en línea recta y tenían que apañárselas para encontrar la ruta más corta y no escoñarse contra la basura espacial.

Han Solo te la coló primero. Imagen: Disney.

Muchos otros universos de la ciencia ficción han echado mano del pársec correctamente exponiendo gracias a él distancias enormes en sus historias. En ocasiones también se ha utilizado la propia unidad de manera humorística para darle la vuelta a lo colosal de su alcance: añadiéndole el prefijo «atto» (que indica un factor de 10−18) y utilizando los «attoparsecs» resultantes para señalar distancias mínimas. De este modo, un attoparsec equivaldría a (3,086 x 1016)x10-18 unos 3,086 centímetros, y sería la manera más rebuscada posible de medir longitudes cotidianas.

El «hopper» nació como una unidad de medida (valorada en treinta centímetros) en honor a la excelsa Grace Hopper, la madre del lenguaje de programación COBOL. Una mujer que solía pasearse por las conferencias que ofrecía portando un alambre de cobre de treinta centímetros de largo. Y no lo hacía por capricho, sino por motivos prácticos, porque Hopper cargaba con aquel cable durante las charlas para mostrar de manera visual la distancia que era capaz de recorrer la electricidad en un nanosegundo.

Grace Hopper es la única de la foto que tiene pinta de saber lo que está haciendo. Imagen: dominio público.

El «smoot» es una de las unidades de distancia más entrañables posibles. Una que le debe su nombre a Oliver Reed Smoot, pero no por rendirle homenaje, sino por haberle utilizado como herramienta para medir un puente durante la época de novatadas universitarias. Ocurrió en 1958, cuando Smoot era un joven estudiante del Instituto Tecnológico de Massachusets, y fue invitado amablemente a medir el puente que conectaba la Back Bay de Boston con la urbe de Cambridge a base de tumbarse sobre su superficie consecutivamente, ejerciendo con su propio cuerpo de vara de medir. Smoot se lo tomó muy en serio y planchó la espalda sobre aquel Harvard Bridge más de trescientas veces, estableciendo que la distancia del puente era de 364,4 smoots (más una oreja). Teniendo en cuenta que el chico medía 1,70 metros aquel dato fijaba el largo del puente en unos 620 metros aproximadamente, si contábamos también con la oreja extra. Lo gracioso es que el smoot en lugar de quedarse en anécdota se convirtió en leyenda: los estudiantes del MIT continuaron repintando todas las marcas originales de la medición en las temporadas posteriores, en el instituto tuvo lugar un Smoot Celebration Day con motivo del cincuenta aniversario de la novatada, la calculadora de Google y Google Maps soportan el smoot como unidad de media y, durante los años ochenta, la policía de Cambridge solicitó al Ayuntamiento que restaurase las marcas eliminadas tras unas obras en el puente. Porque los policías se habían acostumbrado a utilizar los smoots anotados en el suelo como referencia para localizar incidentes situados sobre la estructura.

La marca del smoot número cien en Harvard Bridge. Imagen: Dvortygirl (CC).

Entre otras convenciones métricas simpáticas se encuentran el «Altuve», nombrado en homenaje al jugador de béisbol José Altuve, uno de los más bajitos de la liga, y estimado en la altura del hombre: 1,65 metros. El «campo de fútbol» también es frecuentemente utilizado como escala para embellecer titulares al hablar de emplazamientos enormes y compararlos con algo que conoce el espectador más básico. Douglas Adams y John Lloyd idearon el «sheppey», que se define como «la distancia más corta en la que una oveja resulta pintoresca» y se valora en siete octavos de una milla (o 1,4 kilómetros). En El Señor de los Anillos, el reino de Númenor utiliza el «ranga» (equivalente a 96,52 centímetros) para medir las distancias. En Battlestar Galactica se menciona como medida el «metron» cuyo equivalente en el mundo real es, para sorpresa de nadie, un metro. En Star Trek los klingon calibran distancias en una unidad llamada «qell’qam» que se corresponde más o menos con un par de kilómetros clásicos. En Suabia (Alemania), además de parlotear un idioma denominado alemánico (o suabo), también tienen una palabra para designar a la unidad más pequeña conocida por el ser humano: «Muggeseggele», que literalmente significa «pene de mosca». Otra medición de dudoso gusto es el «RHC», que en algunos rincones de internet se definió como «la unidad más pequeña de longitud conocida por el hombre. Y la medida predilecta de los contratistas y de los carpinteros sureños de vieja escuela». Las siglas RHC hacían referencia a un «red hair cunt», un «pelo de coño pelirrojo».

Existe una unidad de distancia que nació inspirada por los años luz pero enfocándose en las distancias más ínfimas, y pilosas: el «barba-segundo» («beard-second» en el original). Un estándar cuyo valor supuestamente está definido por la longitud en la que crece una barba común en el lapso de un segundo. Pero, a pesar de lo específico de su definición, realmente no parece existir un acuerdo definitivo sobre la extensión del vello facial: Kemp Bennett Kolb acota en 10 nanómetros la distancia que crece una barba en un segundo, mientras la calculadora de Google o Josep Maria Maniat, en su libro Ciencia optimista, tasan el barba-segundo en 5 nanómetros. Entretanto, el Beard Liberation Front (El Frente de Liberación de la Barba) ha declarado que se trata de una unidad imposible de definir al no existir algo que pueda calificarse como «una barba común». Sea como fuere, el barba-segundo lleva una unidad de tiempo asociada: la «barba-pulgada», o el tiempo que tarda la barba en crecer una pulgada. 29,4 días si utilizamos el valor de Kolb y 58,8 días si usamos el estándar de Maniat.

The time of your life

Terry Pratchett estableció en la novela Lores y damas que la unidad de medida más pequeña de todo el multiverso era el «degundo de Nueva York». Un valor definido como la cantidad de tiempo transcurrido entre que el semáforo se pone en verde y el coche que tienes detrás comienza a tocar el claxon. El «friedman» equivale a un lapso de tiempo de seis meses y debe su nombre al columnista Thomas Friedman, un periodista con tres Pulitzer que siempre que se ponía a hablar sobre la Guerra de Irak sentenciaba «los próximos seis meses serán críticos para la resolución del conflicto». El matemático John von Neumann ideó el término microcenturia (una millonésima de siglo) para establecer «la duración máxima de una conferencia»: 52 minutos y 35,76 segundos. En My Little Pony los caballitos en ocasiones calculan el tiempo en «lunas» y en Doctor Who los daleks utilizan el «rel» que dura lo mismo que un segundo de los de toda la vida.

La parsimonia del ingeniero, matemático y físico Paul Dirac propició que sus colegas científicos sentenciasen que un «dirac» era equivalente a una palabra por hora. Todo lo contrario a lo que ocurría con el físico, informático e ingeniero electrónico Butler Lampson. Un hombre tan famoso por su verborrea endiablada como para que el profesor Forrest Baskett en cierta ocasión comentase durante una conferencia un «Vamos justos de tiempo, así que voy a subirme la velocidad a 700 mililampsons».

El «jiffy» es una unidad de tiempo que existe desde el siglo XVIII, probablemente nace de la expresión «I’ll be back in a jiffy» («volveré en periquete») y tiene valor variable según donde se use: el químico físico Gilbert Newton Lewis lo delimitó como el tiempo que tarda la luz en recorrer un centímetro en el vacío (33,3564 picosegundos), en electrónica equivale a un ciclo de alimentación de corriente alterna, en informática es el periodo de tiempo comprendido entre dos tics de la interrupción del temporizador del sistema y en la vida diaria se corresponde con un «rápido de cojones».

Gimme da power

En el blog paralelo al fabuloso webcómic xkcd, Randall Munroe se tomó la molestia de examinar escrupulosamente la secuencia de El Imperio contraataca donde Yoda extraía un X-Wing de la charca tirando de los poderes de la Fuerza. Tras recopilar datos como el peso de la nave o la gravedad del planeta, Munroe acabó concretando que la cantidad de energía que era capaz de generar un «yoda» era de 19,2 kilovatios.

Imagen: xkcd.

Mark Watney, el protagonista de la novela El marciano, acababa hastiado de calcular en kilovatios por hora la energía que necesitaba para sobrevivir en el planeta rojo donde estaba varado. Y para darle un poco de vidilla al asunto decidía rebautizar aquella unidad con un nombre mucho más molón: los «piratas ninja». Andy Weir, autor del libro, suele comentar con orgullo que el equipo de la NASA que monitoreaba la Curiosity adoptó también los piratas ninjas como medida para hacer el curro más ameno.

El índice Big Mac

En 1986, la revista The Economist ideó el «índice Big Mac» como un baremo con el que cotejar el poder adquisitivo de los diferentes territorios del globo. Una ocurrencia que comenzó de broma y acabó volviéndose bastante seria, donde se tomaba como cimientos la teoría de la paridad del poder adquisitivo y, sobre todo, se aprovechaba que la franquicia McDonald’s estaba firmemente asentada sirviendo comida rápida y empozando arterias en más de un centenar de países distintos. Gracias a esto último The Economist se dedicó a comparar el precio de la hamburguesa Big Mac en diferentes regiones con la idea de concretar el nivel de vida del lugar y si la moneda local de cada región estaba infravalorada o sobrevalorada en relación a otras. El índice Big Mac se obtiene al dividir el precio de la Big Mac de un país (en su moneda correspondiente) entre el precio de la misma hamburguesa en otro país (en su moneda) y comparar el valor resultante con el tipo de cambio real. En caso de ser más bajo confirmaría que la primera moneda está infravalorada con respecto a la segunda, y en caso de ser más alto que está sobrevalorada.

Número de hamburguesas que se podían comprar en 2012 con cincuenta dólares según el país.

Métrica fantástica

Futurama se inspiraría en el personaje de Fonzie de la serie Happy Days para instaurar el «megafonzie» como una unidad capaz de medir lo mucho que molaba algo o alguien. La legendaria belleza de Helena de Troya también fue útil para crear un baremo tirando de lo escrito en La Ilíada: teniendo en cuenta que la jeta de la chavala fue capaz de fletar un millar de barcos, se establece que una «milihelena» sería la cantidad de belleza necesaria para fletar un solo barco. En 4chan un usuario propuso definir un «hitler» como una unidad de medida (equivalente a seis millones de muertes) sobre la que poder comparar la recurrente afirmación de que alguien «es peor que Hitler». Y en South Park, el volumen de caca se mide en katie courics, siendo una Katie Couric algo cercano a un kilo y ciento treinta cuatro gramos de mierda.

El «warhol» se inspiró en la famosa frase de Andy Warhol («Todo el mundo tiene derecho a quince minutos de fama») para establecer una medición que combinaba tiempo con fama y que tenía múltiplos como el kilowarhol (equivalente a 10,42 días de fama) y el megawarhol (28,5 años de fama). Otra graduación bastante maja para calcular la fama es la que utiliza el «shortz» como medida. Una unidad que hereda su nombre del diseñador de crucigramas Will Shortz, y evalúa la popularidad de una persona según número de veces que su nombre ha aparecido entre las pistas o las respuestas del crucigrama de The New York Times. El propio Will Shortz posee solo un shortz de fama en la escala que lleva su nombre.

A Tom Weller se le ocurrió inventar la «escala Rictus» como un método con el que establecer la fuerza de un terremoto. Una alternativa a la famosa escala Ritcher basada en analizar la cobertura que los medios de comunicación realizaban del terremoto en cuestión. Un valor del 1 al 3 en dicha escala suponía pequeños artículos en la prensa local, la aparición del suceso en las noticias locales se tasaba entre el 3 y el 5, el rango del 5 al 6 estaba reservado para los terremotos que abrían telediarios y tenían a los gobernadores visitando el lugar de la tragedia, los valores entre el 6,5 y el 7,5 representaban terremotos con el presidente presentándose en la escena, enviados de prensa aterrizando en la zona y camisetas conmemorativas. Cualquier cifra por encima del 7,5 será aquella que supone portadas en revistas y libros sobre la catástrofe.

En 2004 un grupete de amigos de los debates interneteros solicitó al paleoclimatólogo William Hyde, de la prestigiosa Universidad Duke, su opinión sobre la película de catástrofes El día de mañana. Hyde se limitó a bromear contestando que no tenía intención de ver la cinta de Roland Emmerich a no ser que alguien le pagase cien pavos. Pero los usuarios de Usenet hicieron colecta para recaudar dicha cantidad y sentar al bueno de Hyde en el cine a sufrir. La crítica resultante de aquella sesión de cine forzada es un texto divertidísimo que incluye frases como «Esta película es a la climatología lo mismo que Frankenstein a la cirugía de transplantes de corazón», pero en ella también se inventa una nueva unidad para medir la felicidad: los «milipeeves». Que según Hyde estaban definidos por la base de que un Peeve es «el sentimiento que notas cuando en la cafetería se quedan sin tu leche favorita y tienes que usar la segunda opción».

La escala «F-count» es una ocurrencia ideada para cuantificar la pobreza de lenguaje. Su metodología se basa en contar cuantos «fuck» por minuto escupe una persona cuando habla y establece que a mayor número de palabrotas utilizadas, más iletrado resulta el interlocutor. Sus creadores también apuntaban que «Sorprendentemente en ciertos gimnasios se han registrado valores elevadísimos».

Carl Sagan

El famoso, y adorado gracias al programa Cosmos, divulgador científico Carl Sagan tiene el honor de ser la única persona cuyo propio nombre se ha convertido en unidad de medida en dos ocasiones diferentes. La culpa de la gestación de una de ellas la tuvo el programa televisivo The Tonight Show Starring Johnny Carson. Un espacio que el divulgador había visitado como invitado en numerosas ocasiones propiciando que Johnny Carson realizase parodias amables de Sagan. Durante aquellas imitaciones, Carson y su peluca convirtieron en muletilla famosa la expresión «mil millones y mil millones» («billions and billions» en el original, donde un billón estadounidense equivale a mil millones de los nuestros) a pesar de que Sagan nunca la había utilizado durante la serie Cosmos, porque en realidad lo que solía decir el hombre en su programa era «mil millones sobre mil millones» («billions upon billions»). Aun así la sentencia con el combo de millones acabó anidando en el subconsciente colectivo y provocando que algunas mentes lúcidas decidieran establecer el «sagan» como unidad de medida. O una cifra indeterminada que se utilizaría para señalar una cantidad la hostia de grande de algo, que técnicamente hablando sería cualquier cosa por encima de los dos mil millones.

Por otro lado también existe el  «número Sagan», una cuantía de carácter indeterminado y variable. El número Sagan es el equivalente al número de estrellas que existen en la parte visible del universo, una cifra que se va expandiendo con el paso del tiempo según la ciencia va ampliando el horizonte cosmológico conocido. El propio Sagan estimó que la cantidad de estrellas en 1980 era de diez sextillones en escala numérica corta (1022), pero pronto quedó en evidencia que el que andaba corto era él. Porque en 2003 se recalculó el asunto y se tasó la suma de estrellas en algo cercano a los setenta sextillones (7 × 1022). En 2010 se volvió a evaluar el recuento y se estimó que la cosa andaría por los trescientos sextillones (3 × 1023). A este paso llegamos al gritón de estrellas en un par de décadas más.

Carl Sagan en Marte sin casco porque, coño, es Carl Sagan. Imagen: dominio público.


Aliens: ¿dónde están todos?

Arrival, 2016. Imagen: Sony Pictures Releasing.

En 1950 una conversación entre Edward Teller (físico de origen húngaro, 1908-2003), Herbert York (físico nuclear americano, 1921-2009), Emil Konopinski (científico nuclear de origen polaco, 1911-1990) y Enrico Fermi (físico italiano, 1901-1954) dio como resultado la pregunta de este último que daría pie a la paradoja de Fermi: ¿dónde están todos?

Se refería, desde luego, a los alienígenas. El hombre que contribuyera a la creación de la bomba atómica se preguntaba dónde están nuestros vecinos espaciales si la vida en el universo es una probabilidad difícil de cuestionarse. Si hay tantos millones de galaxias, y tantos posibles planetas similares a la Tierra (no se sabía entonces, pero las actuales teorías hablan de cientos de miles de planetas similares el nuestro solo en nuestra galaxia), y siendo el carbono (la base de nuestro ADN) uno de los elementos más comunes en el universo, ¿por qué no ha venido todavía nadie a visitarnos? ¿O, al menos, por qué no hemos encontrados signos irrefutables de su existencia?

La paradoja de Fermi, que se encuentra con un importante punto de apoyo en la hipótesis de la Tierra especial (que postula que el surgimiento de vida pluricelular en la Tierra se debe a una serie de coincidencias extremadamente difíciles de repetir), surgió en una época en que los avistamientos de platillos volantes proliferaron en Estados Unidos con obsesiva continuidad. El autor italiano Tommaso Pincio (seudónimo de Marco Colapietro) recoge en su libro Gli Alieni (2006) la curiosa anécdota de los platillos volantes y los cubos de basura. Ante el robo de cientos de cubos de basura propiedad del ayuntamiento de la ciudad de Nueva York y la oleada de avistamientos de platillos volantes, el dibujante satírico Alan Dunn decidió unir ambos hechos: los ovnis robaban cubos de basura. ¿Por qué, para qué? Que nadie ose cuestionarse los métodos alienígenas. Y, aunque disparatada y jocosa, esta historia tiene su doloroso reverso: el hecho de que no hay manera de ponerse en contacto con otra raza galáctica señala que, tal vez, no la haya. Se establece una conexión entre dos hechos, en apariencia igual de absurdos.

Así pues, no es de extrañar la pregunta de Fermi: ¿dónde están todos?

La respuesta, de momento, es desalentadoramente clara: en la ficción.

Los científicos en general no son ni ajenos ni escépticos al poder de la ficción. El propio Carl Sagan estableció muchas de sus teorías de contactos con alienígenas en su novela Contacto (1985, editada en nuestro país por el sello Nova de Ediciones B). De las múltiples teorías sobre lo que ocurriría si la humanidad contactara con una raza de otro planeta, la actual ciencia ficción, tanto en literatura como en cine y videojuegos, ha adaptado las nuevas líneas de pensamiento científico a sus historias. De este modo nos hemos encontrado con El problema de los tres cuerpos del autor chino, ganador del premio Hugo, Cixin Liu (1963), cuya extravagante teoría de un mundo con fluctuaciones de clima extremas que empuja a sus habitantes a una invasión interplanetaria se vio curiosamente «demostrada». No, no estamos sufriendo una invasión alienígena, que sepamos, pero las fluctuaciones en Próxima Centauri (la estrella más cercana a nuestro sistema solar y, curiosamente, lugar donde se ubica el planeta extraterrestre en la citada novela) afectan de manera increíble al planeta Próxima B, descubierto en 2016 y del que se dijo, en un principio, que se encontraba en la zona habitable de su sistema. En la novela, las violenta acometidas de la enana roja que tiene el planeta por estrella, unido a la gravedad simultánea de tres cuerpos celestes, da como resultado un mundo en que las estaciones no tienen una duración determinada y se mueven en grandes extremos: un invierno puede durar unos meses, y el verano unos segundos. En este escenario la vida parece complicada, pero el autor fabula con una raza que vive en este clima extremo y planea la invasión de un cercano planeta cuyas condiciones son mucho más amables: la Tierra.

Aprovecha el autor chino para saldar una cuenta pendiente con la humanidad. Alejar el fenómeno alienígena de Estados Unidos y establecerlo en una China comunista herida aún por su pasado. La tradición de considerar a Estados Unidos como eje central de la actividad ovni se estableció en 1947, con la primera mención a un «platillo volador» por parte del piloto Kenneth Arnold. Desde entonces, se ha presupuesto que si hay un contacto con otras razas será allí.

No mucho se aleja el autor Jeff VanderMeer (1968) de Estados Unidos con su trilogía Southern Reach, adaptada recientemente al cine por Alex Garland (1970). En esta obra, editada en España por Destino y compuesta por tres libros que no se regalan en páginas, se narra la caída de un ente extraterrestre a la Tierra, dando como resultado una zona de cuarentena en que la flora y la fauna se ven terriblemente afectadas por el contacto con el ser de otro mundo. El resultado es una mezcla de ADN entre lo terrestre y lo extraterrestre y una incontinencia creativa por parte de la naturaleza que acaba por afectar, inevitablemente, a los humanos. Aunque la película de Garland, estrenada en Netflix y protagonizada por Natalie Portman (1981), se centra casi exclusivamente en el primer libro, Aniquilación, establece algunas de las bases de las que somos testigos en la lectura del resto de la saga. El resultado es una atípica historia de contacto extraterrestre cuya naturaleza no queda del todo clara en las novelas: VanderMeer juega al despiste, a no terminar de explicar nada, y aunque la película ahonda en el tema alienígena, tal vez los lectores de los libros debieran coger esta explicación con pinzas.

Lo que sí queda definido es el Área X, esa porción de tierra con una loca naturaleza que parece querer adueñarse de todo, y que mezcla animales con plantas o con restos humanos al libre albedrío. Una reminiscencia a otra gran obra sobre contactos extraterrestres; una que pone la interrogación en nuestro papel como especie en el universo: Stalker, de Boris y Arkadi Strugatski (1933 y 1925), la novela en que se basa la famosa película de Andréi Tarkovski (1932) estrenada en 1979. En esta historia, reeditada recientemente por Gigamesh, los extraterrestres vinieron, pasaron el rato y se marcharon, y el resultado son unas zonas en que un montón de basura alienígena se ha convertido en auténticos tesoros por los que se paga una fortuna. Los stalker son los encargados de adentrarse en las zonas y extraer la chatarra que puedan. ¿Esa es la posición que nos reserva el universo a la raza humana? ¿Chatarreros y carroñeros de otras razas superiores? Tal es el mensaje que parece destilar de gran parte de la obra de ficción enfocada en el contacto con seres de otro mundo; el de la inferioridad humana. La muerte completa de las ideas antropocéntricas.

La cara más amable recientemente la pone la película La llegada (Denis Villeneuve, 2016) y basada en el relato corto «La historia de tu vida» del autor Ted Chiang (1967). Aquí los extraterrestres (una especie de gigantescos calamares) tratan de enseñarnos a usar su idioma, que es la clave para percibir el tiempo como un todo, un círculo, en lugar de la forma lineal en que lo concebimos los seres terrenales. El contacto con estos seres resulta tremendamente beneficioso para la humanidad, que crece y se desarrolla hasta límites insospechados gracias al descubrimiento.

En España han aterrizado pocos extraterrestres antes y después de El milagro de P. Tinto (Javier Fasser, 1998). No podemos olvidarnos de Extraterrestre (2011), la cinta dirigida por Nacho Vigalondo (1977) que imagina una invasión de platillos volantes en mitad de un trío amoroso. España no se prodiga en espectacularidad en lo que a asuntos ajenos a la Tierra se refiere, pero en literatura tiene bastante más que decir. Como en Arañas de Marte (Valdemar, 2017) la novela de Guillem López (1975) en que los aliens nos invaden a través de la mente. Una narración que vuelve a moverse en supuestos, que no deja clara ninguna respuesta y se puede entender desde el prisma de una invasión, de un amistoso contacto, o de la locura de una serie de personajes que se imaginan cosas.

Más surrealista, aunque también más alejado de los convencionalismos, resulta el contacto imaginado por Laura Fernández (1981) en El show de Grossman (Aristas Martínez). Aquí, el planeta Rethrick es fan de la Tierra; de su cultura, de su basura, de sus maneras y de sus absurdos; presentando personajes perdedores y perdidos de ambos mundos. Parece que no siempre vamos a ser nosotros los impresionados con una raza alienígena superior. Aquí una escritora de ciencia ficción ha sido condenada al ostracismo y la indiferencia del público terrestre, mientras en el otro planeta es una auténtica best seller. Paradojas del espacio, oiga.

Pero, volviendo a Fermi y a su maldita pregunta: ¿dónde están? La obsesión por esa respuesta ha alimentado nuestra (ciencia) ficción desde que el ser humano dejó atrás ciertas creencias y perdió la manía de quemar a astrónomos en plazas públicas bajo la atenta mirada del clero. La respuesta más extendida actualmente es que las distancias en el universo son demasiado grandes; exageradamente imposibles de abarcar por la raza humana y, probablemente, por ninguna otra raza por muy avanzada que esté. Deberíamos ser vecinos y encontrarnos a muy pocos años luz para poder establecer un contacto. Por eso, la ficción es lo que nos queda. Uno puede mirar a los telescopios, los instrumentos del SETI («La gran oreja») e imaginar el tremendo silencio que están captando. La naturaleza en movimiento: colisiones, planetas muertos, órbitas, luces. Y continuamente lanzamos un mensaje, pero nadie responde. Por eso, volvemos a los libros, las películas, el arte, capaz de crear otros mundos que sí estén habitados. Pero, ¿bastará con eso? Hay otros mundos, pero están en este, que decía el poeta Paul Éluard.

Y mientras artistas de todas las épocas y razas siguen componiendo historias de contacto entre especies de otros mundos, anhelando que la suya sea la aproximación más certera, en la Tierra seguimos preguntándonos lo mismo desde hace más de medio siglo: ¿dónde están todos?


¿Por qué sabemos que no es así? (y II)

Uri Geller. Fotografía: Cordon.

(Viene de la primera parte)

La física cuántica demuestra científicamente, mediante sus experimentos, que la mente es capaz de modificar la materia. (Josep Pamiés, horticultor).

Carl Sagan dedicó toda su vida a mirar a las estrellas y a contarnos, en un lenguaje que pudiera entender hasta un tronista de MYHYV, qué es lo que había allí arriba, qué sabíamos de todo lo que nos rodeaba y qué no habíamos podido averiguar aún. Consciente de la infinita complejidad del universo, desde los organismos unicelulares casi tan básicos como un tronista hasta la más majestuosa de las galaxias, nunca adoptó el discurso del talibán de las probetas y los cálculos matemáticos que descarta con una mueca de desdén todo aquello que la ciencia no podía probar (o no había probado). Creía, sobre todas las cosas, en la falibilidad de la ciencia y de los científicos, en la experimentación sin juicios previos. Y era esa vocación por no acomodarse entre certezas irrebatibles lo que le legitimaba para mostrarse extremadamente crítico y escéptico ante las pseudociencias, la teología o cualquier afirmación que no pudiera ser refrendada por la observación y el estudio. Si, como científico, adoptó una actitud vigilante ante posibles fallas de las teorías que manejaba, cómo no hacerlo con Uri Geller y sus cucharas artríticas. La suya, no obstante, no era una batalla personal contra Uri Geller, el Maharishi Mahesh Yogui o los Josep Pamiés de la vida, sino una guerra abierta contra la ignorancia, con el saber por bandera. Construir, no destruir. Pero construir con sensatez y utilizando de la mejor manera posible los recursos que la evolución y un cerebro hipertrofiado han puesto a nuestro alcance.

La última obra de Sagan, su obra póstuma, escrita mano a mano con su compañera del alma, Ann Druyan, no giraba sin embargo en torno a los cuerpos celestes ni a emocionantes elucubraciones sobre la existencia de vida inteligente en otros rincones del cosmos. El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad, era el testamento vital de un hombre preocupado por la deriva de una sociedad que parecía estar dándole la espalda al conocimiento y la razón en favor de teorías cuando menos descabelladas y esoterismos varios. Una sociedad que, embotada por el entretenimiento de usar y tirar y por los «horrores varios de la estupidez actual» había llegado a confundir ciencia con ciencia ficción. El ciudadano medio, se lamentaba Sagan, dedicaba mucho más tiempo a documentales de dudoso rigor sobre el Área 51 que a informarse sobre el efecto invernadero; ponía más atención en el más allá y sus etéreos habitantes que en el más acá y los apremiantes peligros de la sobrepoblación:

Aquel taxista me reconoció. Tenía muchas preguntas sobre ciencia. ¿Me molestaba que me las hiciera? No me molestaba. Y nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio (Texas), de «canalización» —una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos… que no es mucho, por lo visto—, de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín… Presentaba cada uno de esos portentosos temas con un entusiasmo lleno de optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarle cada vez. La prueba es insostenible, le repetía una y otra vez; hay una explicación mucho más sencilla. Pasado un rato, mientras viajábamos bajo la lluvia, me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no solo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior.

Como Thomas Gilovich unos años antes en How we know what isn’t so, Sagan alertaba de los peligros de no emplear ningún tipo de filtro a la hora de dar por válidas creencias, historias para no dormir, o fenómenos de cualquier tipo. Los peligros para nuestra salud, para la naturaleza, los peligros para nuestras decisiones políticas, e incluso para nuestra estabilidad econonómica y mental si, llevados por un exceso de fe, terminamos siguiendo al gurú de turno hasta el desierto o hasta una finca en Guyana. Por desgracia, los peores presagios del creador de Cosmos se nos presentan ahora como la más triste cotidianeidad, en un mundo sobresaturado de información y en el que esa información nos llega desde los cuatro puntos cardinales sin ninguna clase de criba previa o control de calidad y la mayoría de las veces como meros vehículos para el ocio o el chismorreo. Este orden de cosas, conjugado con los «vicios» mentales que hemos desgranado en la primera parte del artículo los que nos hacen creer lo que no es así, parece estar devolviéndonos en parte a épocas en que superstición y ciencia eran, a ojos del pueblo y de sus practicantes, una misma cosa. Los alquimistas vuelven a ejercer de médicos, los consejeros espirituales y los videntes vuelven a hacer las veces de terapeutas, y las cosas son ciertas solo porque no se puede probar que no lo sean. Una suerte de perversión del latinajo in dubio pro reo: ante la duda, debe ser cierto.

La pseudociencia al poder

Pensemos en el caso de la pequeña Rhea Sullins, de siete años, hija del presidente de la Sociedad Americana de Higiene Natural. Su padre creía firmemente que ningún fármaco eran tan efectivo como una semana sin comer o una dieta a base zumos de frutas. Cuando Rhea cayó enferma de neumonía el señor. Sullins la mantuvo dieciocho días bebiendo solo agua y, después de esto, diecisiete más ingiriendo zumitos. Como certificaron los médicos, Rhea murió de un fallo multiorgánico propiciado por un estado de severa malnutrición. Agua, zumos… ¿Qué mal pueden hacer?

Afirmaba Sagan que «se abraza la pseudociencia en la misma proporción en que se comprende mal la ciencia real». Y de esto tienen buena culpa nuestros gobernantes, tan celosos de sus plasmas y sus másters bajados de internet como poco interesados en los controles civiles y la educación científica. Y cada vez que esto sucede, con cada una de estas renuncias «se produce otro pequeño tirón de la pseudociencia». Porque la pseudociencia es muy distinta de la ciencia errónea. La ciencia avanza con los errores y trata de eliminarlos uno a uno. Se llega continuamente a conclusiones falsas y callejones sin salida, pero esas conclusiones han sido formuladas, siempre, hipotéticamente, y las hipótesis se plantean de forma que puedan refutarse. Sin embargo, la pseudociencia es justo lo contrario. Sus hipótesis se expresan de manera que sean invulnerables a cualquier experimento que ofrezca una posibilidad de refutación, por lo que difícilmente puedan ser invalidadas. Los seguidores y los auspiciadores de las pseudociencias, por su parte, se muestran siempre cautos y a la defensiva. Se oponen al escrutinio escéptico. Cuando las hipótesis de los pseudocientíficos no consiguen convencer a los científicos se alegan conspiraciones para suprimirla.

Curo el ébola. Y el sida… El sida no existe

Josep Pamiés. Fotografía: Cordon.

De conspiraciones es de lo que suele hablar, muy encendido, el paradigma español (o catalán) de la pseudociencia y la osadía, el horticultor leridano Josep Pamiés. Sirva él como cabeza de turco en esta exposición de los riesgos de exponerse demasiado y sin demasiadas precauciones a creencias dudosas. Porque este humilde agricultor que niega el sida, asegura poder curar el ébola y factura dos millones de euros al año no será el primero ni será el último de su estirpe, y probablemente no sea tampoco el más peligroso de todos, pero Pamiés y su Dulce Revolución están de moda. Una buena cartera de clientes/incondicionales, y un negocio en expansión a base de vender hierbas sanadoras y la Solución Mineral Milagrosa —el dióxido de cloro que todo lo cura—, le convierten, ¡ay!, en diana de todos los científicos vendidos a la Big Pharma y de los malvados periodistas que tienen la manía de exigir pruebas, datos, estudios. Contra los cuestionamientos, arrogancia. Contra las solicitudes de evidencias sólidas, la nada más absoluta. Y aun así su «revolución» avanza y los miembros de su rebaño hacen piña en torno a él con la lección conspiranoica bien aprendida.

¿Cómo es posible tanta suspensión de incredulidad? ¿Cómo puede ser que Pamiés convenza a miles de personas de que la medicina «oficial» no tiene ni idea y él sí? ¿O cómo puede el negocio homeopático facturar cientos de millones de euros al año despachando bolitas de azúcar? ¿En qué falla una sociedad cuando no logra transmitir algo tan sencillo como que en una dilución homeopática —seis veces, noventa y nueve disoluciones cada vez— hay tantas probabilidades de encontrar la molécula curativa de marras como de dar con una molécula de orina de Hitler en un cubo de agua de mar? Es cierto que la homeopatía da síntomas de estar en franco retroceso, aunque, posiblemente, para ser sustituida por la bioneuroemoción de Enric Corberá, la Estagiria o cualquier otra terapia beneficiosa para las cuentas corrientes de quienes las promueven, pero aun así, según un estudio de 2017 de la Fundanción Española para la Ciencia y la Tecnología, más del cincuenta por ciento de los adultos españoles creen en las propiedades de la homeopatía y casi el sesenta le tiene ley a la acupuntura. Paradójicamente, según ese mismo estudio, solo el veinticinco por ciento cree en los curanderos. Vamos avanzando.

¿Son molinos o son gigantes?

El despropósito tiene dos padres. El primero es el Estado, que, a diferencia de cómo fiscaliza los medicamentos al uso, que han de demostrar que hacen lo que dicen que hacen, solo exige de la homeopatía y similares que sus productos sean inocuos. Vended lo que queráis, pero no me vayáis a matar a nadie. No obstante, el concepto de inocuidad es delicado si lo aplicamos al campo de la salud. Recordemos la historia de la pequeña Rhea Sullin. Todo lo que su progenitor le dio para tratar la neumonía respondía a las exigencias «inocuas» que ahora hace el Ministerio, pero el problema de Rhea o de un enfermo de cáncer que renuncie a los tratamientos tradicionales para abrazar zumos y sales y dióxido de cloro no está en lo que toman sino en lo que dejan de tomar.

El otro padre de esta cadena de catastróficas pifias es, de nuevo, un error de cálculo; o la ignorancia de la que hablaba Sagan. La ignorancia que no se sabe ignorante, la peor de todas. «La mayoría de la gente», decía Gilovich, «no es consciente del poder curativo de nuestro propio cuerpo sin necesidad de que medien médicos, medicamentos o cirugía. El cincuenta por ciento de las enfermedades por las que la gente visita un centro de salud son “autolimitadas”, es decir, se curan gracias a procesos que nuestro organismo pone en marcha de manera automática. De no ser así, las diferentes civilizaciones habrían desechado la búsqueda de tratamientos mucho antes de que se conocieran la antisepsis, la vacunación o los antibióticos. No habríamos llegado vivos hasta aquí sin llevar dentro una maquinaria capaz, la mayoría de las veces, de curarse a sí misma». Las hierbas de Pamiés, la homeopatía, o, por qué no, el Frenadol, aseguran estar curando algo de lo que el cuerpo, en condiciones inmunológicas normales, ya se está ocupando con eficacia y precisión. Pero hay que señalar que la gran diferencia entre el Paracetamol en sobre y las hierbas o la homeopatía son los estudios clínicos y los controles de calidad a los que se prestan uno y otras. La vil farmacopea oficial se somete a los férreos marcajes de Sanidad —les va en ello el negocio—; la medicina pseudocientífica a ninguno en absoluto. Y no deja de ser preocupante que millones de personas renuncien voluntariamente y de buena gana a dichos controles sobre los productos que se meten en el cuerpo serrano. Así, un día te levantas, enciendes la televisión, y Donald Trump es presidente de los Estados Unidos de América. Y visto lo visto, tiene todo el sentido.

Persiguiendo fantasmas

Íker Jiménez en Cuarto milenio. Imagen: Cuatro.

Si dejamos nuestro cáncer, o nuestro ébola, o nuestra fibromialgia en manos de los conocimientos de un agricultor —con todos nuestros respetos para los labriegos—, ¿por qué no vamos a creer en fantasmas, y en médiums, y en la imposición de manos? Hay tanta gente que afirma haber sido testigo de excepción de uno o varios fenómenos de la llamada «percepción extrasensorial», se les da tanta cancha en medios, películas y literatura que, por supuesto, hacemos nuestro el refrán «cuando el río suena, agua lleva». Es el tipo de «ciencia» que le gustaba al taxista desengañado por Carl Sagan. No sorprende, entonces, que Cuarto Milenio sea uno de los programas estrella de la parrilla generalista española, parrilla en la que no encontraremos —no en horas de gente decente, y salvo los «experimentos» de El hormiguero— nada parecido a un Íker Jiménez de la ciencia. Aquí la responsabilidad no recae sobre la oferta, que solo nutre una demanda, ni sobre el Estado, que no entra en asuntos del más allá, sino de una cuestión ya pormenorizada en la primera parte de este artículo: el deseo de creer.

Lo «paranormal» no generaría apenas audiencia si no apelara a creencias ya anidadas dentro de nosotros. Primero nos convencemos de que «debe de haber algo» entre las sombras, monstruos debajo de la cama o voyeurs verdes allí arriba en el cielo y después Íker y su equipo se encargan de nutrir esos cerebros ávidos de fenómenos inexplicables (e inexplicados). Y creemos en la telequinesis o en la telepatía o en las caras de Bélmez porque nuestra voluntad por hacerlo es poderosa. Y fácil de comprender. Para aquellos que creen en lo sobrenatural hay implicaciones, muy seductoras, que les ayudan a cargar con el peso de todas esas preguntas que el ser humano se lleva haciendo desde aquellas largas noches de invierno en cualquier cueva del sur de África. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? Lo sobrenatural nos sugiere que podemos trascender, que la muerte no es el final, que nos reencontraremos con nuestros seres queridos o que llegarán hombrecillos de otra galaxia para mostrarnos el camino hacia la inmortalidad y la sabiduría, o para contarnos que no estamos solos. ¿Quién no querría esas certezas? La mayoría de nosotros estaríamos dispuestos a creer si las evidencias nos parecieran lo suficientemente plausibles. Porque lo cierto es que, por mucho que deseemos creer, si la realidad se interpone y nos obliga a desechar una idea solo alguien que vive fuera de esa realidad se seguirá aferrando al creacionismo o la negación del sida. Así que, ¿cómo llegamos a esas evidencias que nos parecen plausibles? Gilovich lo relacionaba con nuestro día a día, con las experiencias cotidianas y cómo una buena cantidad de testimonios, sucesos que creemos extraordinarios, y algunos bulos, pueden ayudarnos a aceptar que, efectivamente, el río lleva agua.

Jugamos a los dados, pensamos en un número y ese número sale, y entonces creemos que hemos podido ejercer algún tipo de influencia; telequinesis de mesa camilla, o adivinación. Soñamos con Paquito, nuestro compañero de pupitre del colegio, el bueno de Paquito, y al día siguiente nos lo encontramos al doblar una esquina. Tenemos el don de la premonición. Alguien muy cercano muere y al poco tiempo, al abrir un libro, cae al suelo una nota escrita por él y dirigida a nosotros. De alguna manera, desde el más allá, su espíritu nos ha guiado hasta encontrar lo que quería que encontráramos. Los muertos van a un lugar mejor y nosotros somos médiums. Pero, ¿qué tienen en común este tipo de fenómenos? Son coincidencias que presumimos tan increíbles que no podemos creer que se deban al mero azar. Aquí empiezan los problemas y las consultas a doscientos euros la hora con Octavio Aceves. Porque, teniendo en cuenta la cantidad de experiencias, encuentros, pensamientos, que componen una sola vida humana —cientos de miles, millones— lo increíble sería que nunca se produjeran ese tipo de coincidencias. En palabras del paleontólogo Stephen Jay Gould, «El tiempo hace que lo improbable termine siendo inevitable. Dadme un millón de años y conseguiré que la moneda caiga de cara cien veces seguidas». A menudo, o casi siempre, pasamos por alto lo que los estadísticos llaman la Ley de las Grandes Cifras. Alejando la lupa de nosotros mismos y de nuestras pequeñas vivencias, entenderemos que multitud de otros seres humanos están experimentando, quizá en el mismo segundo del mismo día, las mismas «coincidencias» que nosotros, y pensando, igual que nosotros, que todo se debe a capacidades durmientes de nuestro cerebo o a la intromisión de los «fantasmas de nuestros antepasados».

Elegimos no utilizar la cabeza

Sesión de reiki. Fotografía: Ängsbacka (CC).

Damos validez a lo que puede ser refutado o explicado por la mera estadística y sin embargo desdeñamos o no nos molestamos en comprobar la infinidad de estudios que se han llevado a cabo para tratar de arrojar un poco de luz sobre el consenso generalizado de que lo sobrenatural flota en el ambiente y que hay quienes pueden controlarlo. Después de ciento cincuenta años de experimentos en universidades y laboratorios de todo el mundo, con una vasta bibliografía que los respalda, la conclusión es que, si bien no se puede afirmar categóricamente que no exista el alma o que no sea posible mover piedras con el poder la mente, ninguna evidencia ha sido puesta encima de la mesa y todos los que se decían poseedores de algún don especial en este sentido fueron desenmascarados o jamás se prestaron a experimento alguno. Experimentos, por otro lado, tan sencillos de llevar a cabo que hasta una niña de nueve años, Emily Rosa, diseñó uno para averiguar qué había de cierto en el «toque terapéutico», el reiki de hace veinticinco años:

Emily citó a un grupo de personas que aseguraban ser capaces de sentir el «campo energético» que, según dicen, a todos nos rodea, y los colocó uno a uno delante de una mesa. Los puso frente a una cartulina blanca con un hueco en la parte inferior para que pudieran extender los brazos con las palmas hacia arriba. Lo único que veía Emily del sujeto al que «la Fuerza» acompañaba eran sus manos, y lo único que el sujeto veía era una cartulina blanca. Repitió el mismo procedimiento una y otra vez, diez veces por cada sujeto: tiraba una moneda al aire y, dependiendo de si salía cara o cruz, colocaba una de sus manos encima de la del sujeto, sin tocarle. Acto seguido, la investigadora de nueve años preguntaba al maestro o a la maestra del «toque terapéutico» qué mano había colocado encima de la suya, si la derecha o la izquierda. Después de repetir el proceso con veintiún voluntarios y tras doscientos ochenta intentos por parte de estos, lo que el experimento arrojó fue que ni siquiera llegaban a acertar el cincuenta por ciento de las veces, una proporción ni mayor ni menor que la de cualquier persona sin poderes jedi.

Así fue como una cría de primaria desmontó las teorías que sostienen el boyante negocio del reiki y las «energías». Hoy, más de veinte años después, si buscamos Emily Rosa en Google obtendremos menos de sesenta mil resultados. Si buscamos «reiki», el Oracúlo de Brin y Page nos devolverá casi setenta millones de entradas. Tenemos lo que más buscamos. Es hora de dejar de culpar al Estado, a los recortes en educación de Rajoy y a las macroconspiraciones planetarias. Tampoco podemos culpar a los Pamiés, Corberá et al. Al fin y al cabo, estos individuos solo ven un nicho comercial y lo aprovechan, como cualquier otro mercader de productos que necesitamos poco o nada. Somos nosotros, consciente y voluntariamente, quienes elegimos no hacer uso del pensamiento crítico que posee hasta una niña de nueve años. Ahí nos las den todas.

¿Propósito de enmienda?

Todos tendemos a preferir los blancos o los negros a las tonalidades grises, y a todos nos seduce la idea de que lo que (nos) sucede es perfectamente controlable. Además, como ya hemos visto, la tendencia a detectar patrones y estructuras coherentes en eventos fruto del azar está tan arraigada dentro de nosotros que no podemos esperar eliminarla por completo. ¿Qué hacer, entonces, para no caer en la(s) trampa(s)? Hay que encontrar un equilibrio, hay que buscar la compensación. Debemos, sobre todo, mostrarnos reticentes a sacar (o a aceptar) conclusiones a partir de evidencias poco concluyentes o incompletas. En vez de dejarnos llevar por el entusiasmo ante lo que percibimos como prueba irrefutable conviene dar un paso atrás y preguntarnos, como hizo Emily Rosa, ¿qué pasaría si estas personas que afirman detectar las energías que emite el cuerpo humano no pudieran ver a quien tienen delante? ¿Los resultados serían los que ellos afirman que son?

Los creyentes, por ejemplo, llevan la cuenta de las veces que sus plegarias fueron atendidas, y concluyen que existe un Dios que les protege y les entiende. Los ateos, por su parte, no olvidan todas aquellas oraciones que nadie pareció escuchar. Pero todos llegan a sus conclusiones por el camino equivocado, o todos extraen conclusiones de evidencias poco representativas. Todos deben dar ese paso atrás y contabilizar tanto las plegarias atendidas como las que cayeron en el olvido, y también, o ante todo, todas aquellas esperanzas que se hicieron realidad sin que mediara plegaria alguna. Entonces tendrán los elementos de juicio necesarios para decidir si existe un Dios o si todo es fruto de la casualidad y la estadística. Si no nos dejamos llevar por la pereza —que es pecado capital, por cierto— en la mayoría de las ocasiones seremos capaces de reunir una buena cantidad de información. Pero hay que buscarla. En primera persona, si se puede. Tenemos que ser conscientes de que los testimonios que creemos de segunda mano —lo que nos cuenta nuestro mejor amigo, o nuestra pareja— pueden venir de mucho más lejos. Es fundamental cuestionar las fuentes, o preguntar por ellas.

Tanto Sagan como Gilovich, en sus respectivos epílogos, hablaban de la necesidad de estar entrenados en el método científico y de los riesgos de alejarnos demasiado de él. «Una mayor familiaridad con las herramientas (prácticas o teóricas) que la ciencia pone a nuestra disposición nos ayudará a desarrollar los hábitos mentales necesarios para detectar creencias dudosas y diferenciar entre lo que es una evidencia y lo que no lo es en absoluto», concluía Gilovich. Para Sagan, «los mecanismos de la pobreza, la ignorancia, la desesperanza y la baja autoestima se mezclan para crear una especie de máquina de fracaso perpetuo que va mermando los sueños de generación en generación. Todos soportamos el coste de mantener esa máquina en funcionamiento. El analfabetismo es su eje principal».


¿Por qué sabemos que no es así? (I)

Quiz Show (El dilema), 1994. Imagen: Laurenfilm.

Estás en un concurso de televisión. Eres el más listo de la clase y has superado a todos tus contrincantes. Entre fanfarrias y deslumbrantes juegos de luces te muestran el dilema final; lo que te separa de la gloria catódica y el dolce far niente. Son tres puertas. El presentador te informa de que detrás de una ellas hay un maletín con un millón de euros, y que detrás de las otras dos hay cabras. Salvo que seas muy amante de lo rural, te seduce la idea de ganar un milloncejo, así que eliges una puerta al azar. Una cualquiera. En ese momento las probabilidades de elegir la puerta correcta son de una entre tres. Pero esto es televisión, hace falta tensión y drama. El presentador abre una de las otras dos puertas y te enseña una cabra que está aún más nerviosa y deslumbrada que tú. Y llega la pregunta clave: «¿Quiere usted cambiar de puerta?». El concursante no tiene mucho tiempo para pensar pero tú, lector, puedes parar de leer ahora mismo y meditar sobre tus opciones…

Aun así, aunque te pares a pensar, es probable que llegues a la misma conclusión que el 99 por ciento de la gente. Da igual cambiar de puerta o no; es puro azar y yo ya he elegido. Antes tenía una posibilidad entre tres, ahora una entre dos; mis opciones han mejorado algo, pero no demasiado y, en el fondo, todo sigue estando en manos de la casualidad. Ya le he dado un arreón a la rueda de la fortuna. Dejaré que ruede.

Si tu decisión ha sido no cambiar de puerta «porque casi que daba igual», siento decirte que has cometido un error. Todos lo cometemos. A menudo todos damos por hecho lo que no es así, bien guiados por intuiciones defectuosas, por no pensar lo suficiente, o por creencias erróneas. El dilema del concurso es un sencillo problema matemático que viene a ilustrar lo que Thomas Gilovich, profesor de Psicología de la Universidad de Cornell, llamaba en su libro How We Know What Isn’t So (Cómo sabemos lo que no es así) «la falibilidad del razonamiento humano en el día a día». Si no damos nada por hecho y analizamos con frialdad la situación entenderemos, sin necesidad de sacar la calculadora científica, que con bastante probabilidad al otro lado de la puerta que habíamos elegido esperaba una cabra. Al enseñarnos la cabra tras la otra de las puertas, y no hay que olvidar que el presentador sabe perfectamente dónde están las cabras y dónde el premio, casi se nos conmina a cambiar. Sabemos dónde está una de las cabras, sabemos que detrás de nuestra puerta es muy probable que haya otra, sabemos que la puerta cerrada ha «absorbido» la probabilidad de la que hay abierta. Nuestras opciones si no cambiamos son de una entre tres, pero si cambiamos son de dos entre tres. Dos tercios. El doble. Debemos cambiar. Pero hay que pararse a pensar antes, claro. La situación se revela mucho más cristalina si multiplicamos el número de puertas y de cabras. Si tuviéramos delante cien puertas —noventa y nueve cabras y un millón de euros—, nos abrieran noventa y ocho (con sus respectivas noventa y ocho cabras saludando al tendido) y nos invitaran a replantearnos la elección original, solo un arrebato de estupidez supina nos mantendría pegados a esa primera elección. Pensemos más y, sobre todo, mejor. Con cien puertas cerradas, es casi seguro que hemos elegido una cabra. Noventa y nueve posibilidades entre cien de irnos a casa con ganado caprino. Cuando alguien abre noventa y ocho de las otras puertas, alguien que sabe dónde está el maletín del millón de euros, es evidente, obvio, salvo que dominemos la percepción extrasensorial o la visión de rayos X y nuestra primera elección hubiera sido la correcta, que es en la otra puerta que queda cerrada y no en la nuestra donde encontraremos un maletín lleno de dinero. Pero todo a su tiempo, más adelante también hablaremos en estos artículos de percepción extrasensorial.

No son aquellas cosas que desconocemos las que nos meten en problemas, sino aquellas que no son como creemos que son. (Artemus Ward)

Este artículo no pretende mirar a nadie por encima del hombro, no se titula «La gente es tonta, así en general». Porque, o nadie lo es, o todos lo somos. La gente no alberga creencias cuando menos cuestionables por mera idiotez o por ingenuidad. Al contrario. La evolución nos ha provisto de poderosas herramientas intelectuales para procesar enormes cantidades de información con bastante tino y eficacia. Nuestros malos juicios, creer que algo es lo que no es, derivan de una mala aplicación de esas herramientas. A veces, sencillamente, nos pasamos de listos (o de confiados). En palabras del sociólogo Robert K. Merton, en su estudio The Self-fulfilling Prophecy (Profecías autocumplidas), «la gente se aferra a creencias erróneas porque, para ellos, parecen ser producto de su propia experiencia». Además, este mundo, tan cambiante, tan lleno de variables, en vez de ofrecernos información clara y certera que nos lleve al conocimiento nos llena la cabeza de datos desordenados, o poco representativos, o ambiguos, o inconsistentes, o de segunda o tercera mano. El mundo, como dice Gilovich, no juega limpio con nosotros, pero nosotros podemos estar mejor preparados de lo que lo estamos para sus golpes bajos y sus maniobras de distracción. Sin embargo, nadie arregla lo que no cree que esté roto; hacen falta motivos, razones, para que una cierta fuerza de voluntad nos permita analizar y torcer todo lo que preconcebimos o nos tragamos cual oca con un embudo en el gaznate.

Así que, ¿por qué molestarnos en cambiar lo que, en realidad, ya nos va bien para ir tirando? Bueno, uno solo está dispuesto a cambiar si algo le toca el bolsillo, la salud o los principios más básicos. Pero mientras decidimos si lo que creemos que es así (pero no lo es) afecta a nuestra cuenta bancaria o a nuestra escala de valores, podemos acordarnos aquí de nuestros amigos los rinocerontes, de los osos negros americanos o de las focas. La superstición, que no deja de ser una creencia errónea, ha conducido a la casi extinción de los rinocerontes africanos, cuyos cuernos, creen algunos, encierran propiedades afrodisíacas. La superstición mataba a unos trescientos osos negros al año en las Great Smoky Mountains porque en Corea del Sur se cree que sus vesículas biliares son mano de santo para la indigestión. Y la superstición rebanaba los penes de las focas —cuarenta mil penes de foca se llegaron a encontrar, a principios de los años noventa, en un almacén de San Francisco— en beneficio de una supuesta mejora en la potencia sexual del varón humano. No, la naturaleza no puede someterse a nuestras supercherías y nosotros, como parte interesada de ese ecosistema, tampoco deberíamos hacerlo. Aunque estés muy a favor de la caza, los toros, y la sumisión de cualquier criatura no racional ante el macho alfa de la evolución terráquea, has de saber que ni los cuernos de rinoceronte, ni las vesículas de oso, ni los penes de foca salen baratos. Como mínimo, te vaciarán el bolsillo a cambio de… nada. Poca o mucha superstición, pocas o muchas creencias erróneas, son un lujo que no nos podemos permitir.

Es preferible, ante la duda, confiar al azar tirando la moneda al aire y equivocarse uno mismo para después aprender de la experiencia, que utilizar el criterio de otros para evitar equivocarnos. (Pedro Jara Vera, psicólogo)

Digamos que tenemos propósito de enmienda, que queremos estar más alerta, cuestionarnos un poco más lo que otros nos cuentan que es «la verdad», o rebajar el exceso de confianza al que a menudo nos conduce nuestra propia percepción. Digamos que la próxima vez que alguien nos hable de los milagros de Lourdes tenemos la firme intención de hacernos preguntas parecidas a la que se hacía el desparecido Terenci Moix: ¿Qué pasa con las doscientas personas que han muerto en accidente de tráfico viajando a Lourdes en busca de un milagro? ¿El Señor quería aligerarle la agenda a Su madre? Habrá quien diga que sí, que era exactamente eso lo que sucedía. Él nos lo da, Él nos lo quita. Los escépticos y los que gustan de tener siempre más elementos de juicio, por su parte, necesitan argumentos contundentes para creer. Y no solo para creer en el poder curativo del agua bendita de manantial, también para dar por buenas (o por malas) las explicaciones de un presidente o conocer el verdadero destino de esos vecinos judíos a los que acaban de desalojar de sus casas en plena madrugada. «A afirmaciones extraordinarias deben seguirles evidencias extraordinarias», escribía Carl Sagan en El mundo y sus demonios; pero, ¿qué es lo que nos hace renunciar a esas afirmaciones extraordinarias? ¿Qué mecanismos se ponen en marcha o cuáles se detienen para que terminemos creyendo lo que no es así?

Ver algo donde no hay nada

Las constelaciones de Ptolomeo, mapa realzado por Durero en 1515. Fotografía: maulleigh (CC).

Miramos al cielo, al espacio, y creemos ver una cara en la superficie de la luna o una serie de canales en Marte. Las estrellas se agrupan en forma de carros, o de osos, o de arcos con sus flechas. Tenemos en la mano una patata frita con la silueta de Elvis, y eso tiene que significar algo. Y sí, significa algo. Significa que nuestro cerebro es una máquina de generar patrones y secuencias. Estamos predispuestos a ver orden y sentido en el mundo que nos rodea, y todo aquello que nos cuesta entender, el caos, lo que no parece tener sentido, nos produce desasosiego y frustración. Como consecuencia de esta compulsión por clasificar y etiquetar tendemos a ver orden donde no lo hay, detectamos patrones a los que otorgamos un significado o una explicación donde sólo están operando los dados con los que Dios practica en su casino.

Pero esta tendencia no es ni mucho menos una falla en nuestra cognición. De hecho, detectar patrones es precisamente lo que nos permitió bajar del árbol para llegar a ver en YouTube vídeos de discípulos de Jackass. Esa capacidad era básica para nuestros ancestros, a falta de registro alguno o de cualquier otro sistema de análisis. El problema es que el cerebro humano continua buscando (y encontrando) patrones ahora como hace medio millón de años, y ahora, a diferencia de hace medio millón de años, ni necesitamos ordenar con urgencia lo que nos rodea —en general todo está ya bastante ordenado y clasificado— ni carecemos, como el humano primitivo, de herramientas o estrategias analíticas. Confiamos demasiado en nuestro cerebro, como si aún tuviéramos que decidir, en cuestión de minutos, por dónde escapó la gacela.

Somos expertos en patrones y, sobre todo, somos expertos en explicarnos a nosotros mismos el porqué de esos patrones. En cuanto sospechamos que se está produciendo un fenómeno equis no nos cuesta demasiado dar con argumentos que lo sostengan. En palabras de Gilovich, «no tenemos ningún problema en dar solidez a nuestros errores de percepción con teorías de andar por casa». Si a alguien se le dice, aunque no sea cierto, que sus capacidades están por encima de la media, en cuestión de segundos desarrollará una explicación para sus dotes especiales. Lo mismo sucede si a esa persona le decimos que es mediocre; en ese caso armará toda una defensa de excusas y justificaciones. Por lo que parece, vivir consiste en explicar y justificar para dar coherencia a lo que creemos que es coherente (o dar incoherencia a lo que creemos que es incoherente). Todos somos maestros de la explicación y la justificación; no hay nada a lo que le dediquemos más tiempo. Si identificamos (erróneamente) un suceso arbitrario y azaroso como un fenómeno con una causa y un efecto, en ese momento deja de ser un hecho aislado y sin trascendencia para integrarse perfectamente con nuestras teorías y nuestras creencias previas. Ya forma parte, como decía Merton, de nuestra propia experiencia vital.

La necesidad de confirmación

Somos perezosos. En general, nos gusta que nos señalen la línea de puntos que tenemos que unir con el lápiz. Pensar y razonar es un ejercicio a veces más agotador que la zumba, por lo tanto es del todo comprensible buscar la salida más fácil, o más obvia. Teniendo en cuenta, además, como expone Gilovich, que la mayoría de creencias que llevamos en la mochila se basan en la relación entre dos variables —Dios existe o no existe, perder o ganar, la homeopatía funciona o no funciona—, ambos factores, el binario y la vagancia —y, como veremos más adelante, «querer creer»—, nos conducen a menudo a extraer conclusiones equivocadas a partir de escenarios o explicaciones que nos privan de buena parte de la información necesaria.

Se aferran con cabezonería a la idea de que la única respuesta que vale es un sí. Si me preguntan, «¿El número está entre cinco mil y diez mil?», y les respondo que sí, se ponen contentísimos; si les digo que no, se lamentan y se quejan, aunque en cualquiera de los casos les haya dado exactamente la misma cantidad de información. (John Holt, Why chilren fail)

El testimonio del pedagogo John Holt es revelador; desde niños ya mostramos una especial querencia por buscar evidencias confirmatorias. Cognitivamente, nos es más sencillo lidiar con ellas. A nuestro cerebro le vienen mucho mejor planteamientos como «El PP tenía una caja B» que un rajoyesco «No se puede decir el PP tuviera una caja B, pero algunas de las informaciones que apuntan a que la tenía no son del todo falsas». Y al dejarnos llevar por esta inercia sacamos de la ecuación preguntas capitales u obtenemos respuestas que nos ofrecen muy pocos datos. En última instancia, en lo tocante a las creencias erróneas, lo que la búsqueda incansable de confirmación, en detrimento de la búsqueda de refutación, hace con nosotros es conducirnos a detectar relaciones o correlaciones que en realidad no se están dando o se están dando solo en parte.

Ver mucho donde hay muy poco

Imagen: Wellcome Library.

«Lo he visto con mis propios ojos», «Conozco a alguien a quien le funcionó», «Es muy habitual que eso suceda». Afirmaciones de este tipo casi siempre vienen a sustentar las creencias de alguien. «Tragar migas de pan cuando tienes hipo es mano de santo, porque a mí me lo quita siempre». Y según Gilovich, las convicciones basadas en ese tipo de afirmaciones no van del todo descaminadas. Esa clase de evidencias y testimonios deben aparecer en algún momento para que una idea o una sospecha pueda ser confirmada. Ahora bien, ¿son las «evidencias extraordinarias» de las que hablaba Sagan? Rotundamente no. Son evidencias pobres, testimonios de segunda, tercera o cuarta mano que nos llegan distorsionados, sesgados. La ciencia de cohetes no hubiera llegado muy lejos con argumentos como «Me hablaron de un señor polaco que, viajando a una velocidad cercana a la de la luz, percibió que el tiempo pasaba más despacio para él y mucho más rápido para todos los demás» (Albert Einstein, Academia Prusiana de las Ciencias, 1915). La calidad y la cantidad de información de que disponemos son básicas, pero la cantidad nunca puede compensar la falta de calidad como en aquel diálogo de Annie Hall:

La comida era horrible.
¡Y qué raciones más pequeñas!

Lo cierto es que no siempre somos capaces de calibrar cuánta cantidad de evidencia necesitamos para poder afirmar algo ni cuánta es la calidad de esas evidencias, y es por ello que podemos poner demasiado peso en datos o experiencias que nos dan una «ilusión de validez». Con un buen cóctel de pequeños indicios, no importa los vagos que sean, y algo de voluntad por creer, adaptaremos casi cualquier fenómeno a nuestra lógica personal. Y tendrá todo el sentido. Y de ese burro no nos bajará ni Dios, salvo que de verdad se nos presente delante y nos conmine a desmontar el rucio. La situación se agrava cuando, sencillamente, la información necesaria para validar o refutar nos es inaccesible. En ese momento, entre no creer y creer basándonos en la experiencia vital de nuestro vecino —¿por qué nos iba a mentir nuestro vecino?— optamos por creer.

Profecías autocumplidas

Una variante del «ver mucho donde hay muy poco» son las «profecías autocumplidas» que estudió Robert Merton; cuando «nuestras expectativas nos llevan a actuar de manera que cambiamos aquello que estamos observando». Gilovich aludía a este fenómeno a partir de un experimento, «El dilema del detenido»:

Se interroga por separado a dos personas que han cometido un crimen. Hay pruebas suficientes para condenarlos a ambos por delitos menores, pero no para llevar a buen puerto un juicio por los delitos más graves. A cada uno, entonces, se le ofrece la oportunidad de confesar. Si uno confiesa y el otro no lo hace, el confeso saldrá libre y todo el peso de la ley recaerá sobre su compañero. Si ninguno confiesa, las condenas de ambos serán moderadamente cortas. Si ambos confiesan, recibirán castigos algo más severos, pero nunca el más duro.

Llegados a este punto podemos volver a detenernos y pensar en cuál es nuestra mejor opción. ¿Confesar y «competir» con nuestro compañero, o aliarnos con él? Sin duda, confesar nos deparará una condena menor, haga lo que haga nuestro compañero. Y quizá confesemos porque no confiamos en la lealtad del otro, pero al actuar de esa manera estamos generando una «profecía autocumplida». Nuestro compañero, como vaticinábamos, confesará. Le hemos obligado a que lo haga para beneficiarse él también de un castigo más benevolente.  

«El dilema del detenido» y las profecías autocumplidas nos sirven para explicar por qué a veces creemos ver en otras personas actitudes que no solo no estaban ahí sino que hemos provocado nosotros mismos. Si nos comportamos con hostilidad ante un vecino porque creemos que es quien nos raya el coche, recibiremos hostilidad y eso nos terminará de convencer de que, efectivamente, ese cabrón pasea su llave por toda la carrocería de nuestro flamante crossover. Además, sacaremos todo tipo de conclusiones acerca de él; es un envidioso, es mala gente, está amargado, solo puede permitirse un Dacia. Pero lo único cierto de todo esto es que, por razones que en realidad desconocemos, ese vecino no nos saludó el otro día al cruzarse con nosotros en el garaje. Las relaciones humanas están llenas de «profecías autocumplidas», de prejuicios, que en la mayoría de los casos son creencias erróneas.

Ver lo que esperamos ver / Ver lo que queremos ver

La buenaventura, de Caravaggio, ca. 1595.

Lo veré cuando lo crea. (Juego de palabras, Thane Pittman, psicólogo)

Si hemos creído en algo durante toda nuestra vida y durante toda nuestra vida nos hemos encargado de hacer acopio de argumentos que sostengan esas creencias lo lógico es que adoptemos una postura de total escepticismo ante observaciones o datos que cuestionen esas creencias y que aceptemos sin demasiados miramientos supuestas evidencias que las apoyen. De entre todas razones por las que nos entregamos a «lo que no es así» esta es la más humana de todas. Nuestras ideas, nuestras creencias, nuestros prejuicios, no solo forman parte de nosotros, son de nuestra propiedad y, como sucede con todo aquello que poseemos, llega a generarse un vínculo emocional entre la posesión y nosotros. Un sillón, una prenda de ropa, una idea. El «objeto» es indiferente. No nos deshacemos así como así de un sillón que nos gusta y nos parece cómodo ni de aquella camiseta que arrastramos por el barro en un festival de música y que nos hace recordar que una vez fuimos jóvenes y salvajes. Tampoco de una idea que nos hace sentir confortables o que nos sirve para explicar(nos) mejor el mundo que nos rodea y nuestra posición en él. En defensa de esas ideas veremos siempre lo que esperamos ver, o lo que queremos ver, y descartaremos lo que no queremos saber.

Un buen ejemplo de esta tendencia es el llamado «efecto Barnum», en honor al artista de circo P. T. Barnum, célebre por su afirmación «nace un pringado cada minuto». Este «efecto» se refiere a cómo personas totalmente distintas pueden aceptar la misma descripción de sí mismos —una descripción benevolente— siempre que crean que el diagnóstico es exclusivo. Algo como: «A veces eres extrovertido y sociable, pero otras veces te muestras más reservado. Conoces tus debilidades pero, en general, sabes sobreponerte a ellas. Te precias de decir siempre lo que piensas y de no dejarte influir por las opiniones de los demás». Sí, el «efecto Barnum» es la piedra angular sobre la que se erigen el negocio de la videncia, los horóscopos, y la psicoterapia barata. Tan poderoso es el impulso de querer creer que llegamos a creer cosas de nosotros mismos que, en el fondo, sabemos que nunca han estado ahí. Sobre todo si nos ofrecen una imagen mejor que la del espejo.

También vemos lo que queremos o esperamos ver cuando algo nos resulta un fastidio. O al contrario, cuando nos provoca algún tipo de placer o goce. Dicen que el teléfono siempre suena cuando uno está en la ducha, pero, ¿cuántas veces nos duchamos sin que suene el teléfono? A entrenador nuevo, victoria asegurada, pero, ¿cuántas veces ha llegado Clemente a un equipo y se ha llevado una manita y una pañolada? Las goleadas a Clemente en sus debuts pasan desapercibidas, no aguantan mucho en nuestra memoria. Las victorias, por otro lado, vienen a confirmar nuestra idea de que al cambiar de entrenador siempre se gana el siguiente partido, por lo que una victoria se nos grabará bien en la cabeza. Como se nos grabará el maldito sonido del teléfono importunándonos mientras estamos dando el do de pecho en la ducha. Nos interrumpe, nos incomoda, y ello deja la huella que no dejan todas las duchas de ayer, de hoy y de siempre que se desarrollaron sin incidentes, como las elecciones generales. Por razones similares, si creemos que nuestros sueños encierran profecías, que todos llevamos dentro un Nostradamus, solo conectaremos sueño y realidad en aquellas ocasiones en que algo de lo soñado parezca tener relación con algo que nos sucede, obviando los miles de sueños que nunca cristalizan en la muerte de alguien, o en un encuentro inesperado, o en esa canción que suena en el bar. ¿Por qué dejar que la abrumadora estadística trunque nuestras fantasías precog?

Bueno, pero… ¿Qué mal puede hacer?

Hasta aquí la mayoría de los mecanismos o los motivos por los que abrazamos creencias erróneas. Otros, como la poderosa influencia de los medios de comunicación y las redes sociales en la distorsión de conceptos o líneas enteras de pensamiento, o la fe ciega depositada en remedios y tratamientos «alternativos» o esotéricos, sean penes de foca o dióxido de cloro, no dejan de ser aplicaciones prácticas de todo lo expuesto. Y son esas aplicaciones prácticas por parte de terceros las que hay que tener en cuenta si alguien nos pregunta: ¿qué mal puede hacer creer en alguna tontería? Pero, ya lo comentábamos al principio, en ello nos va, como mínimo, la salud y el bolsillo. De todo eso, de cómo unos u otros se sirven de nuestra facilidad para abrazar creencias erróneas, nos ocupamos en la segunda parte de este artículo.